En la cultura posmoderna se evalúa al sujeto de rendimiento de acuerdo a ciertos estándares que determinan su adaptación al modelo socioeconómico imperante, estos atributos esperados no tienen que ver con la conveniencia de la persona sino con las necesidades de un mercado autónomo que requiere actividades incesantes como la producción y el consumo. El individuo es absorbido en una vorágine de productividad que le exige incluso que él mismo se fabrique una faceta como objeto de intercambio comercial. El propósito del capitalismo es la transformación de los individuos en productos.
Entre las actividades que fomentan la mutación mercantil de la persona, una de ellas es la demanda constante por el crecimiento personal o la búsqueda de la salud mental. Por supuesto, hay una oferta creciente de productos para poder lograr dicho objetivo, de ellas se alimentan las miríadas de terapias que ofrecen lo que también se ha llamado las emotional commodities, una especie de activos intangibles con los que se pueden hacer transacciones en el mercado del potencial humano o de lo que Sloterdijk ha llamado la antropotécnica, que no es otra cosa sino la fase técnica de la construcción del Yo, concebido, ilusamente, como libre de las ataduras sociales pero inmerso más que nunca en los esquemas ideológicos inadvertidos.
Entre dichos activos emocionales, se encuentran tres de los que Adolf Guggenbül-Craig nos habla en su ensayo “Creativity, Spontaneity, Independence: Three Childrens of the Devil”, ahí argumenta, con la brillantez que lo caracteriza, en contra de tres pilares de la psicoterapia moderna y que en la cultura popular se subrayan como facetas ideales del ser humano: la creatividad, la espontaneidad y la independencia. Este artículo puede ser encontrado en su libro “From the Wrong Side” editado por Spring Publications.
En cuanto a la idea de la independencia, propia del hombre self-made y de los alegatos posmodernos del desapego y de la atomización del sujeto, Guggenbül-Craig señala que resulta contra intuitivo promulgar la independencia del individuo pues éste no es otra cosa sino los lazos relacionales que lo constituyen, el hombre siempre está en una posición dependiente del medio, de sus congéneres y sobre todo de las múltiples imágenes que se expresan en su vida psíquica; nadie es realmente independiente. El ser humano es un proceso intencional dirigido siempre hacia los otros, inclusive factores como su identidad no pueden emerger sino es en la compañía de sus congéneres. La fragmentación del ego moderno evade la verdad sobre el hecho de que la unidad solo lo es en relación con su propia naturaleza multiple.
Por otra parte, la espontaneidad es un atributo poco deseable del sujeto, si todos actuáramos de forma espontánea, dejándonos llevar por nuestros impulsos inconscientes, ciertamente cometeríamos las más horribles atrocidades, nuestra imaginación está llena de buenos deseos, pero también, y quizá más predominantemente, de impulsos destructivos que tienen que ser refrenados continuamente para poder vivir en comunidad. Mucho se ha conjeturado en que la cultura no es sino el desvío de una violencia primaria hacia actos que la subliman. Ademas, ser espontáneo es bastante engañoso cuando responde a una prerrogativa de la moda imperante.
En cuanto a la creatividad, el autor indica que confundimos la habilidad personal o la sensibilidad subjetiva con la verdadera creatividad, la cual es una propiedad no del individuo sino del contexto psicológico en que éste se desarrolla, es el “alma” quien es creativa y usa al hombre de genio para expresar la verdad de su tiempo; esta situación no es un privilegio sino una carga que muchas veces arruina la vida de dicho hombre genial.
Al exigir al hombre moderno que sea espontáneo, creativo e independiente, la psicología actual le orilla al complejo de dios, es decir, a la apropiación de una voluntad autónoma que se manifiesta de forma inusitada en cada sujeto, esto es una clara señal de la inflación egoica que caracteriza los tiempos que transcurren y es, tal vez, la enfermedad de nuestra era.
Ante la urgencia del capitalismo emocional, una terapia verdaderamente psicológica tendría que estar centrada sobre todo en la desestimación de las ambiciones egoicas y en la aceptación de nuestra falta de grandiosidad, una terapia de la mediocridad, en una época en que tal palabra es casi un tabú, pero que nos sitúa justamente en el punto medio de una cadena que va desde lo más primitivo hasta lo más sofisticado, desde lo animal hasta lo divino y el ser humano justamente, ordinariamente, en un lugar equidistante de ambos puntos. Ni animal, ni dios, simplemente siendo lo que ya es.
