La televisión se estableció a través de las décadas como la máxima actividad de entretenimiento de las personas y, de alguna manera, ha transformado la forma de percibir la realidad en la mayoría de los hogares en que se instala. Giovanni Sartori bien lo dice, el sujeto transita a paso rápido hacia un estadio de homo videns, es decir, un sujeto atado a una lógica técnica determinada de la cual no es consciente y ante la que no puede sobreponerse por propia voluntad, pues ésta misma tecnología dirige sus deseos y limita su campo de acción.
Por lo dicho, entre las varias imprecaciones que se le pueden imputar al medio televisivo, una de ellas es la menos socorrida por los analistas del fenómeno mediático, se trata de la supremacía de la imagen sobre el símbolo en la observación de la realidad. Este hecho no es nada deleznable pues el hombre ha surcado toda una travesía marcada por su capacidad de utilizar los símbolos como modo de interacción interpersonal. El individuo es ante todo un ser simbólico, luego es, quizá, racional.
La diferencia más significativa entre este homínido de especie sapiens y otros animales radica en su capacidad simbólica, que lo obliga a relacionarse de maneras singulares con el mundo exterior. El ser humano percibe estímulos mas allá de los que le son estrictamente necesarios y se ve en la necesidad de clasificarlos y reducirlos a través signos y símbolos que le permiten una estructuración más o menos coherente del universo en que habita, de otro modo su atención se dispersaría y pondría en peligro su propia existencia.
Por ello la imagen tiene una importancia primordial en la construcción de la realidad, pues ella funciona como un mediador entre los objetos y las personas, permitiéndoles asir el mundo no como algo inmediatamente dado sino a través de una red lógica que refina la realidad y permite su manipulación a niveles inéditos en el mundo animal, al precio inadvertido de ser engullido por ese mismo aparato traductor.
La historia de la relación del hombre con su medio ha sido relatada de varias y diversas maneras, una que atiende al matiz que aquí se intenta resaltar podría ser la siguiente:
Al principio el hombre primitivo, en su estado animal, únicamente estaba en contacto con el objeto, de él se desprendía un halo misterioso e indescifrable, el mundo y las cosas llegaban a los aparatos perceptivos humanos de formas distorsionadas y difusas, además, el contenido de la apropiación sensorial era predominantemente subjetivo. El viejo homo sapiens descubrió por fin, ante la incertidumbre, un método para poder asir esos significados que se escapaban a su mera percepción. Encontró la manera de dotar a los objetos de un remanente simbólico, los capturó en figuras y así nació la imagen, herramienta primigenia del lenguaje.
La imagen permite que el universo sea asequible para la cognición humana, le confiere una representación universal y la capacidad de ser transmisible en el contacto interpersonal. Sin embargo, la imagen interfiere entre el hombre y los objetos, sustituye al mundo y se convierte en un simulacro. Con el paso del tiempo esta imagen se antepuso a la realidad y la desechó, arrastrando al sujeto al infierno de la idolatría.
Cuando el hombre se rindió ante la imagen, hubo intentos fortuitos por romper con tal ilusión, algunos comenzaron a fragmentar la pantalla falaz y la acomodaron en patrones discernibles, convirtieron los símbolos en signos y así creyeron controlar el poder mágico de los ídolos. Tal es el proceso de génesis de la escritura. Con el texto nació a su vez la capacidad de crear conceptos y categorías, el acomodamiento de la realidad fue entonces más claro y organizado, no obstante este hecho no acercó al hombre a los objetos, sino que lo alejo aun más.
Desde entonces existió un proceso dialéctico entre la imagen y el texto, pues mientras el texto transfigura e interpreta las imágenes, éstas funcionan como el material a través del cual lo escrito es viable de imaginarse.
Paulatinamente se suscitó de nuevo un riesgo, pues si la escritura concibe un mundo inteligible, obstruye el paso entre las imágenes y el hombre y las banaliza. Pronto, el individuo creyó interactuar con el mundo por medio de los textos y estos se impusieron como la efigie primera de la realidad. En cuanto el hombre dejó de lado las imágenes y se abdicó a los textos, los mismos desistieron de ser imaginables y surgió así la textolatría.
Para saldar esa carencia de imagen, la perdida de la imaginación, se construyó entonces una referencia técnica al texto, una forma de representación de lo escrito que lo reificara. Aparece entonces la imagen técnica, aquella que tiene por origen un aparato, es decir, la aplicación de un texto científico al mundo inteligible.
Nos encontramos ahora en el dominio de las imágenes técnicas, desde la fotografía hasta el video de alta definición, pero las imágenes de tal tipo no atrapan tampoco a la realidad, al contrario se apartan, nuevamente, de ella pues su universo implícito es el de los conceptos, ellas significan textos y no objetos primarios.
A partir de lo tratado se puede corroborar que las nuevas imágenes aunque parecen ser nítidas y ciertas no son más que abstracciones de grado superior a las imágenes primitivas y a los textos. Alejan al hombre del contacto con el mundo, lo engañan y le presentan un nuevo cosmos transfigurado y simple.
Existe una gran diferencia entre las imágenes primitivas y las imágenes técnicas, mientras que las primeras reordenaban el exterior y lo sustentaban con una cosmovisión mágica, las imágenes técnicas transforman los conceptos en sí y les otorgan sustancia, alteran la percepción del hombre sobre la realidad y le elevan a su máxima potencia, a su grado hiperreal. Ya no es el mundo el que es transformado sino el modo en que se concibe tal sistema de objetos. Las máquinas antiguas y los aparatos modernos comparten la misma diferencia en su propósito.
La televisión, en este ámbito, recibe la suerte de los aparatos modernos, presenta al público una imagen artificial y la hace pasar por verdadera. Sartori nota que la imagen técnica, a diferencia del símbolo, no es un objeto de desciframiento, pues elude la necesidad inmanente del individuo por traducir e indagar en los contextos trascendentes de su estructura. Es decir, la imagen televisada no se interpreta, se cree.
La televisión, como las demás herramientas actuales de comunicación audiovisual, vende la promesa de que lo que a través de ella sucede es el remanente más puro y claro de lo que constituye lo real. Sólo en sus pantallas pretende la realidad ser asequible e incluso inmejorable. Y al parecer la gente juzga, sin discusión, que tal hecho es totalmente tácito.
Las personas no cuestionan lo que en las pantallas ocurre, la imagen entra a sus sentidos y la reflexión no alcanza mayores grados de complejidad, no hay critica ni discernimiento, el estimulo es demasiado veloz, demasiado ligero para que su cognición logre defenderse del mismo, la verdad de la imagen aturde al telespectador y lo obliga a la ignominia de la pasividad, del zapping.
Por lo tanto, la libertad de expresión en nuestra sociedad resulta ser muy ambigua, porque cuando una empresa o cualquier particular es dueño de una señal televisiva no únicamente ejerce su derecho a la libre expresión, con el ejercicio de ese poder arrastra un sin número de efectos sobre los telespectadores que presencian el espectáculo en su pantalla. La emisión de una señal de tal tipo, conlleva un grado de influencia en la interacción del sujeto con los cuerpos que limitan su existencia.
El dueño de ese medio no sólo vende un producto, vende también una forma de la verdad, vende un cosmos en el que la masa de homo videns tratará de encajar; el hombre de negocios utiliza las imágenes técnicas para comerciar pero en ese intento termina alterando la realidad de miríadas de atentos telespectadores. Y quien es capaz de afectar el fenómeno de lo real, tiene en su poder la capacidad de controlar la opinión y el actuar de quienes están bajo esa manifestación audiovisual.
La volición humana es más débil de lo que se pretende, un pequeño desfase en su concepción del mundo y toda ella se reestructura y cambia.
El ámbito de los medios de comunicación va más allá de los términos comunes de las críticas cotidianas a su influencia, sobrepasa términos confusos como lo son la libertad y la moral. Su dominio altera algo más que la estructura social de la moda y de las preferencias estéticas, tergiversa con su mácula aquel fenómeno que los hombres han dado por sentado, la realidad.
Sin embargo, no se debe entender este proceso como algo instigado por sujeto particulares, aun los dueños de los medios sucumben al poder la lógica del espíritu de época, ellos son, igual que el ciudadano de a pie, fieles creyentes en las nuevas divinidades que se han instaurado en el lugar de los antiguos dioses y quienes exigen una misa continua frente al poder de la imágenes técnicas omnipresentes.
Las diatribas, en cuanto al poder de las imágenes, giran en torno a fenómenos secundarios, la gente descree del poder tremendo de la imagen técnica, pero la televisión posee, como una suerte de basilisco, una mirada terrible y habrá que indagar largamente cuales son los alcances de los medios de comunicación en nuestra cultura, ya que el problema no radica en la falta o el exceso de libertad de expresión ni en la escasa normatividad sobre la calidad y el contenido de lo expuesto, sino en la propia forma del aparato, en su capacidad técnica como medio de convencimiento y, sobre todo, en la carencia de reflexión del individuo que recibe toda esa plétora de mensajes.
