De la ignorancia

Cotidianidad

De camino a la salida del edificio, el vigilante me alcanza y dice: “ha llegado un libro, es suyo ¿verdad?”, le interpelo que no y me responde: “que raro, pensé que era suyo, es al único al que le llegan libros”, cabe mencionar que en el condominio habitan otras setenta y cinco familias con un perfil profesional alto.

Mientras pensaba en lo curioso de la situación, de que haya tan poco interés por la lectura o en los libros, llego a la ferretería y pido un papel lija muy abrasivo, el dependiente se me queda viendo y me increpa un: “no entiendo”, la duda me obliga a regresar de mis pensamientos y le contesto: “que raspe bien”, una luz se trasluce en los ojos del joven frente a mi y vuelve de inmediato con lo pedido.

Después de hacer las compras, llego a casa y mi mujer me dice con tono de reproche: “no es la sopa que te pedí, acuérdate que ésta no nos gusta”, entonces me doy cuenta de que cada quien carga con su ignorancia a cuestas, no leer, no conocer una palabra o no saber la marca de la sopa, todo delata nuestra pobreza implícita.