Apunte sobre la fijeza de las ideologías

Logos del alma

En principio las ideas sirven para ver, pareciera como si se viera por medio de ellas, como a través de espejuelos que reflejan la realidad de forma directa. Las personas creen, entonces, que ven el mundo recreado en un espejo fiel que se atiene a los gustos y deseos del observador, es decir, que la realidad es igual a su interpretación de ésta. Se puede llamar a esta fantasía: la ilusión narcisista de la realidad.

No obstante, al mundo se le observa filtrado por una idea que se ha impuesto a la visión y el sujeto se toma de ella sin percatarse, porque los conceptos están ahí, como amarras en el espíritu de la época, en la vida lógica que da sentido a la existencia y que la re-construye con sus reglas de formación-transformación. De modo similar, en las Upanishads se dice que: “El Brahman es no lo que el ojo puede ver, sino aquello por lo que el ojo puede ver”.

Jung utilizaba los términos “complejo” y “arquetipo” para ejemplificar este proceso simbiótico de la dimensión noética y aunque le daba connotaciones energéticas propias de su contexto cultural, el carácter autónomo y dominante, incluso daimonico, de la psique objetiva se comprende como una parte ineludible de la dinámica de las ideas, las cuales conforman la verdadera vida de las personas, siendo éstas, verdaderamente, solo sus representaciones positivas.

Las ideas son móviles, cambian de un momento a otro y se transforman continuamente, por ello el mundo es siempre distinto. Sin embargo, para los seres humanos que se nutren de ellas, que las respiran, es una tentación muy común adherirse demasiado tiempo a un esquema solidificado de nociones doctrinarias que emancipan a la persona del terrible riesgo de pensar, esto es, de permitir que el flujo de pensamiento siga su propia dirección, su telos inherente.

Con la ilusión de la permanencia eterna se busca quizás evadir el miedo a la muerte, ese destino terrible que yace en el núcleo de la propia vida. Ante la incertidumbre de un universo mutable, la conservación de un punto de vista promete estabilidad y seguridad incorruptibles. Posiblemente así nacen las ideologías, que no son otra cosa que ideas que han perdido su movilidad, que se han anquilosado en un significado unívoco, volviéndose signos permanentes y literalizados.

Pero la naturaleza dinámica de las ideas no permite que este estado de literalidad persista, pues la contradicción se cuela por los muros ideológicos y los desgaja desde su interior, es entonces que la ideología se vuelve más inflexible y en su deseo de permanencia excluye todo aquello que pueda devolverla a su movimiento. La ideología, por ende, se vuelve en una continua confrontación y en un fundamentalismo que se guarda de todo lo que pueda significar algún cambio, devora todo lo nuevo y así acaba devorándose a sí misma.

Es el destino uroborico de las ideas, que se destruyen a sí mismas para llegar a ser la noción que de hecho ya son. Las nociones vivas son su propio crepúsculo. Su caminar dialéctico las enfrenta consigo mismas y el concepto estancado es roto por el espíritu de contradicción que se encarga de dar vida a la lógica del alma, como la sintaxis de un discurrir que sigue su propio telos, y que por ello no puede complacer a sus sujetos.

Quizás la ideología no sea sino una dubitación en el camino de las ideas, un respiro de muerte y destrucción, de violencia y podredumbre, necesario para que la idea rompa contra sí misma y se impulse en su fijeza. Mientras tanto, el alma se encuentra en tal bifurcación cuando no advierte sus propias manifestaciones y las actúa de manera maníaca, cuando desea, inflexiblemente, mantenerse en ellas en un estado de participación mística.

El hombre cree que tiene ideas, pero en realidad él es parte del periplo de un concepto que se encarna en su figura y que lo construye y lo rehace impulsado por una fe ciega en el transcurso de su dinámica interna. Ha llamado a la fantasía de control y voluntad: el ego. Cuya función principal es obliterar el flujo conceptual y sumergir al hombre nacido en un sueño que sirva de combustible al gran espíritu de la época.

Las personas, entonces, creen que padecen enfermedades y limitaciones, y que pueden superarlas si se esfuerzan lo suficiente, pero nada pueden hacer por ello, ya que son el alimento de dioses a los que no les importa en lo más mínimo sus deseos y necesidades, sus miedos e inquietudes. Los padecimientos de la gente son, en cambio, expresiones de aquellas divinidades y de la lucha por no ser conscientes de la nimiedad de los individuos y la de los dioses mismos.

Las ideas sirven para ver, en principio parece como si se viera a través de ellas, pero en verdad son ellas las que se observan a ellas mismas, lo hacen a través de los sujetos, y la vida de las personas es la superficie en la cual su luz reflexiona sobre sí misma. La existencia primaria es la suya y el mundo que se filtra es un espectáculo para el entretenimiento de la lógica de las ideas, de la vida lógica del alma.

Del joven rico o el espíritu demasiado cargado

Logos del alma

Quién tiene un dios, una idea o una visión fija del mundo, tiene un tesoro que defender y, sin saberlo, se encuentra atado a aquello que aprecia en demasía. El problema no es la condición de la atadura, pues todos, irremediablemente, tienen un lazo de compromiso con la realidad y se debe cumplir con los votos pertinentes. Más bien, la dificultad estriba en que el objeto idolatrado simula conceder la liberación de este vínculo con la existencia, de cualquier forma inexorable, y sustituirlo así al precio de la neurosis.

En la mitología escandinava es recurrente la imagen del dragón que custodia celosamente el cumulo de su riqueza, misma que se convierte a la vez en su nido y en su tumba, y que está construido sobre la base de su orgullo y de su ambición. El dueño de tal lecho no es libre de abandonarlo y morirá ahí donde yace, esclavizado por aquello que tanto atesora. Es su sentido de posesión lo que lo que encadena.

Tal situación se puede observar en psicoterapia cuando el paciente, a pesar de la aparición en su vida de la dimensión patológica, se sostiene fuertemente de aquello que conoce mejor que nada, es decir, del esquema de conductas, imágenes e ideas, que sin embargo ya son inadecuadas para el momento presente de su existencia y que lo sumergen en un dolor artificial que lo escinde, como sugiere Jung, de aquel dolor original que, gracias a esta estrategia, permanece intacto para la consciencia.

Pero tampoco el terapeuta está a salvo de éste peligro, pues él mismo se atiene a límites dictados por sus apegos teóricos y teme ir más allá de lo que ya sabe. Le resulta temerario explorar otras posibilidades, ir allí donde los mapas marcan el límite del mundo con un “hic sunt dracones”.

Y si lo anterior es complicado, lo es aún más, dar el salto a la negatividad del no-saber para permitir que sea el pensamiento del otro quien se piense, situación que marca el inicio de un entendimiento del logos de la psique. Esto último requiere haberse desatado de toda posibilidad de ser libre y rendir protesta del compromiso inextricable con el mundo, es decir, de empobrecerse para poder dar cabida al huésped que requiere un espacio amplio.

James Hillman hacía hincapié con el concepto literalizar en que las ideologías se configuran a partir del ocultamiento del hecho de que el mundo es una poiesis de las ideas. A diferencia del sentido común que marca una distinción falaz entre el pensamiento y los objetos materiales, realmente la consciencia participa en la construcción de sus objetos, de tal manera que al crearlos se actualiza en ellos y se imagina a sí misma como figuras positivizadas, ésta es la necesidad empírica del alma.

Pero el olvido de este proceso, en donde la imagen antecede a su objeto, deviene en la intrigante contención de dicha imagen en el mismo objeto. Tal inversión es fuente de confusiones que tienen la estructura de fórmulas causalistas anquilosadas. Así, el que sufre una adicción debe ser un adicto, el que comete un crimen ha de identificarse como un criminal y al que le acaece un padecimientos deber ser nombrado de acuerdo al mismo, la idea es, de tal modo, encerrada en aquel objeto positivo sobre el que actúa y así el alma se vuelve positivismo.

Como se observa, la riqueza, es decir la idea literalizada, no es necesariamente escogida, puede ser impuesta por las necesidades sociales, y de cierta manera es un signo de la civilización. Pero es deber de todo individuo diferenciarse de aquello que lo contiene y, por lo tanto, permitir ponerse a la altura del movimiento dialéctico de estas ideas e imágenes que constituyen el núcleo productor de la consciencia.

En Mt. 19:20-24 se cuenta la la historia de un joven rico que quiere ser seguidor de Jesus, pero no se le permite y pregunta contrariado:

«¿Qué más me falta? Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme. Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones.  Entonces Jesús dijo a sus discípulos: De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios.»

El joven rico interpela por aquello qué le hace falta y se decepciona porque, al contrario tiene demasiado, prefiere cargar con sus posesiones, quiere lo permanente, pero la vida es impermanencia y la dinámica psíquica exige la flexibilidad necesaria para poder atender a las circunstancias desde su propia lógica, y no caer en la tentación de someter al fenómeno al lecho del dragón que también son los esquemas preferidos que se han vuelto rígidos solo por ser los más apreciados.

¿Y qué son las posesiones sino todo aquello que da seguridad y comodidad, aquello por lo que se desea permanecer en un instante? No hay ningún pecado en el goce, pero detenerlo, buscar su conservación, implica la muerte del placer.

¿Y quién es rico sino el que está atado a sus posesiones, a sus saberes, a sus placeres, a sus opiniones, a sus objetos, a sus experiencias y a sus virtudes? Es el hombre bueno, que no puede despreciarse a sí mismo. Ese permanecerá cargado como un animal de carga, dormido en su animalidad y no podrá pasar por la puerta estrecha del espíritu y la verdad.

La dinámica de las ideas

Logos del alma

En mi soledad he visto cosas muy claras, que no son verdad.

Antonio Machado

La palabra “idea” proviene del griego eidos que significa “forma”, para Platón tales imágenes permanecían eternas en el mundo de los arquetipos, aquellas figuras primordiales de las cuales los objetos del mundo son mero reflejos. La raíz etimológica remite la palabra al verbo griego designado para indicar el acto de ver. Así, la idea es aquello que se ve, pero también a través de lo cual se ve. A partir de esa paradoja, Platón pudo configurar una particular teoría en la cual, existen formas esenciales que son invisibles para los ojos, la salvedad se encuentra en el establecimiento de distintos niveles de percepción, pues el hombre normal, según Platón, es incapaz de alcanzar sensorialmente el mundo de las ideas arquetípicas, sólo le es permitido tener acceso a las sombras que éstas representan ante la realidad. Las ideas son inalcanzables por la vía cotidiana, pero sus remanentes constituyen lo perceptible.

En la filosofía platónica las ideas son inmutables, su forma terrena en cambio es siempre inconstante. Esto supone la dualidad entre la esencia y la apariencia. En cada ser, si se piensa en esa ontología fragmentaria que es la óptica individualista, existe una forma que se conserva y otra que no, la primera corresponde a una estructura perenne que proporciona una identidad definida, es decir, una igualdad con una estructura de orden arquetípico. La segunda es un cascarón siempre renovable. Por lo tanto, las ideas son cambiantes y estáticas a la vez.

En la mitología china se aduce que aun después de la creación de las diez mil cosas, del universo, éstas siguen siendo una unidad, dicha intuición resarce la naturaleza mutable y la inmutable del ser. Pero el acceso humano a lo real es sumamente limitado, el contacto del hombre con el mundo, y esto incluye a otros hombres, se inicia primariamente en el plano sensorial. El individuo, expuesto a los estímulos exteriores, recibe ciertos impulsos a través de sus sentidos, dispuestos por su morfología orgánica, luego, los mismos, convertidos en señales eléctricas y químicas, son reconfigurados por las estructuras nerviosas superiores basándose en las experiencias anteriores del sujeto en cuestión. Esto implica que el hombre jamás tiene acceso al mundo objetal, su único contacto con esa esfera de la existencia es a través de la experiencia estrictamente subjetiva. La acepción común del concepto de idea, es precisamente el acomodamiento perceptual que el sujeto lleva a cabo, de forma inconsciente, para entrar en una relación irreal con el mundo que lo rodea. Ese contacto, aunque ficticio, es lo que le permite desarrollarse y sobrevivir.

En principio el mundo es real, pero no hay forma de saberlo, la interacción únicamente ocurre en un nivel imaginario, el universo es una invención del ser que lo concibe. Aun así, es necesario seguir inventando dicho universo, los conceptos o ideas cobran entonces un papel predominante pues acercan y sirven como medio para interactuar con lo real, a modo de filtro y de puente. Una vez inventada la idea, ésta sirve de vía única para la relación sujeto-objeto. Pero entonces surge la cuestión de ¿quién es el verdadero observador? ¿el sujeto o la idea misma? pues si fuera el sujeto éste tendría que ocupar un lugar sobre el plano noético y ser autónomo de tal dimensión, sin embargo, el proceso de la auto-consciencia que caracteriza al ser humano conlleva que él mismo está imbuido por ideas y, realmente, no es sino la dinámica de éstas en el proceso de ser conscientes de sí mismas. De esta forma la idea ha transcurrido de ser “a través de lo que se observa y lo observado” a ser “quien se observa a sí misma” o simplemente el puro acto de observación. Su naturaleza delusoria es parte inherente de su estructura, pues requiere ser fantasía para conservarse como un proceso móvil que ha de ser concebido solo como movimiento lógico.

Las ideologías son el conjunto de ideas que conforman la percepción sistemática de la existencia, surgen como rutas de supervivencia y dotan de esquemas formales que con el tiempo se concretan. El hombre las asume y las despliega a lo largo de su vida, ya que le proporcionan seguridad acerca de su medio, no obstante dicha constancia es limitada, pero es mejor que cualquier incertidumbre. Una buena ideología proporciona un equilibrio entre la dinámica ordenada y la caótica, explica algunas cosas que suceden y deja abierta la respuesta a otras, permitiendo la mutación de los esquemas que le son propios, su confrontación con sus contradicciones inherentes. Sin embargo, esto sucede pocas veces de manera sencilla, lo más común es que el conjunto de individuos, cómodo con el cúmulo de ideas que ostentan, prefiera no cambiar y ni siquiera cuestionar su visión del mundo. Se resisten al movimiento lógico de las ideas, por que temen la faz oscura de la incertidumbre, así se establecen de manera rígida en las ideas hegemónicas y las implantan a guisa de sistemas inamovibles. Por ello, las ideologías son comúnmente nociones detenidas y por eso es difícil cambiar los esquemas cognitivos de cualquier persona, a menos que estos entren en conflicto con su vivencia actual y estén en pleno desequilibrio.

Lo común es que las personas defiendan ciegamente las ideas que sustentan su experiencia cotidiana. La historia de las civilizaciones tiene como marco la constante batalla entre la evolución y el estatismo de los sistemas conceptuales, la religión y sus guerras santas son un perfecto ejemplo de cómo los conceptos inamovibles decaen en la destrucción de quienes se oponen a ellos, y no sólo la religión también la razón y la ciencia sufren de este mismo destino pues sus defensores no se dan cuenta de que la presencia de un método es en principio una invención útil que por supuesto habrá de ser superada. La literalización de las ideas es parte de su camino hacia sí mismas siempre que la constitución de los edificios teóricos sea sucedida por la demolición de aquellos.

En la dimensión de las imágenes no hay diferencia entre el mundo de los dioses y el de las partículas elementales, ninguno representa fielmente la realidad, empero, la emergencia de la noción en ambas figuras permite diferenciarlas de acuerdo a sus contextos y a la vida lógica a la que se adecuan. Pero en cuanto se olvida que la vida es sueño nacen de este descuido los ismos y la ceguera, que tienen como matriz el miedo innato al cambio y a la tempestad. Dicha situación, ciertamente, dura poco, y realmente es un tanto inútil; y es que la dinámica de la realidad, aunque desconocida, termina siempre por derribar los muros limitantes. Mientras tanto, el horror de la incertidumbre permanece. Las ideas son vehículos para alcanzar un mundo inalcanzable, ilusorio y necesario, pero el olvido de su naturaleza proteica sume al hombre en el sufrimiento y la desesperación, el servidor se convierte en el tirano o en el esclavo, dos facetas de la misma vivencia, y se llega así al izamiento de creencias dogmáticas, aquella que enuncian una realidad estable y que desprecian todo lo que no se ajuste a su método de indagación. En esta sociedad dominada por las ideas rígidas cualquier desequilibrio resulta desastroso, pues no existe la claridad de que las cosas son ideas y, por ello, puro movimiento lógico. Por eso lo real es tan peligroso, pues quien cree haber entendido el mundo es dueño de un universo muerto y degradado, pero la verdad, felizmente, será siempre transitoria y fija a la vez.