Uno es el hombre

Cotidianidad

«Uno es el hombre —lo han llamado hombre—/que lo ve todo abierto, y calla, y entra.«

Jaime Sabines

Uno es el hombre, y lo sabemos cuando nos confundimos con aquello que pensamos, entonces queremos ser todo lo que se nos achaca y nos vestimos de paciencia, sobriedad y empeño. Pero uno solo es el hombre y nada más; y entendemos que estamos ebrios, locos, iracundos, que tenemos miedo de ser solo el hombre, que buscamos secretamente la grandilocuencia de la emoción que nos aleje del tedio. Y nos ocultamos en la palabra y bajo una luz oscura cerramos los ojos para estar lejos de nosotros mismos, en la hora, también umbria, que se cierne. Somos la vergüenza y la acedia, la lujuria y la avaricia, nos despedazamos como un espejo roto, nos insertamos en nuestra propia sangre y nos disolvemos. Hay una ave oscura sobre el techo, es la noche, es la noche, y cae lentamente sobre nuestro cuerpo. Uno es el hombre y ha nacido hombre sin remedio.

Escribir en la arena

Cotidianidad

Uno se cansa del hombre, la fatiga es el signo de los tiempos presentes. Se emiten mensajes que dejan de ser importantes en cuanto nacen, emergen con la banalidad a cuestas, incluso dejan de ser relevantes para quien los declara en cuanto se publican. Las redes sociales son una gran maquina de expresión y de vaciamiento, de la saturación de opiniones para alejarse del ejercicio de pensar. El exceso, en el impulso, determina su extinción.

Quizá seria más provechoso escribir en la arena…

La otra respuesta a Job

Logos del alma

Job es un hombre justo, pero todo le es arrebatado, a su vez sobre Dios se cierne la duda acerca de su propia naturaleza y esa duda es el hombre, cuya calidad moral habita ya en sí mismo y no, como antes, en Dios. La misma divinidad se lo confiesa así a través del diálogo con su propia sombra, pues ¿habría para razón de aparecer de forma tan terrible, para usar tal despliegue de fuerza sino estuviera frente a un semejante, un deus absconditus?

La divinidad sabe de su carencia, de que su forma prístina ha dejado de ser evidente, pues ha llegado el tiempo del hombre. En el drama de Job el alma se confronta con la superioridad moral de su nueva forma y a manera de protesta arremete, lastimosamente, contra ella misma, pero es inútil, al final Job sabe quien es Dios, lo ha conocido y por ello ha preparado el terreno de su decadencia, una muerte que durará un suspiro para la consciencia, pero que para el hombre serán dos milenios de su breve historia.

Job concluye: “La noticia de ti había llegado a mis oídos, pero ahora que mis ojos te han visto, me estremezco de pena por la arcilla mortal” o como dirá Nietzsche, siglos más tarde: “Dios ha muerto, nosotros lo hemos matado”.