El problema anímico de la violencia

Logos del alma

Duerme el tigre. La sangre de este sueño,/gotea. 
Eduardo Lizalde

Quizás no haya una narración mitológica que no comience con un episodio de violencia, las cosmogonías antiguas inician siempre con el asesinato de los viejos dioses, con la separación violenta de los amantes en el hieros gamos o con el sacrificio de un animal primordial. Más tarde, la guerra se volverá el pretexto que pondrá en movimiento a la historia de los héroes. En todos estos ejemplos tampoco el amor es libre del impulso violento y en numerosas ocasiones el deseo amoroso ha de ser la antesala de la destructividad.

Walter Burkert caracterizó al hombre como un homo necans, proponiendo que la característica definitoria del ser humano es su impulso asesino. Contrario a sus pobres recursos como depredador, el hombre primitivo se entregó a la caza y al ritual del sacrificio y en la medida en que mataba al animal como su propio otro, de la sangre emanada se construían las formas culturales que darían pie a la civilización.

Wolfgang Giegerich notaría que el alma se mata a sí misma para ser, es decir que la matanza fue el acto primigenio en el andar de la consciencia hacia sí misma, y que en la búsqueda de su otro dialéctico el andar del proceso anímico siempre ha sido impulsado por la sed de sangre, por el reconocimiento de lo semejante por conducto del acto interiorizador de la matanza. El alma solo emerge de su contención en la naturaleza por medio de un golpe estremecedor que resuena a través de las eras y que crea, en la apertura del claro, la vivencia del presente, a la vez que el recuerdo del pasado.

La expansión de la cultura griega se sostuvo en las continuas guerras y matanzas de los romanos, Europa se abrió al proceso globalizador que dio fin a la Edad Media después de la mortandad de la peste y de la barbarie de las cruzadas. Fue la matanza de millones de indígenas americanos lo que impulsó la edad moderna, y el salto tecnológico de la actualidad tuvo como su fuente el holocausto sin precedentes de la Primera y la Segunda Guerra Mundiales. Por último, el mapa geoeconómico actual está sostenido por la masacre continua de guerras civiles, intervenciones extranjeras, dictaduras y políticas impulsadas por las grandes transnacionales, que destrozan el ambiente y a los pueblos oriundos, con guerrillas, narcotráfico y trata de blancas. La historia humana es un rio de sangre.

Sin embargo, la violencia no ha sido comprendida en cuanto a su naturaleza como fenómeno del alma, ella misma ha estado presente en las imágenes que configuran el panorama de la relación del hombre con la consciencia, y es característico del movimiento anímico ser asumido como violento en los cambios que dejan atrás símbolos muertos y dioses olvidados.

Los fenómenos violentos no son comúnmente atendidos sino para ser condenados como formas abyectas de la cultura, de la historia, del carácter individual y como posiciones patológicas que debieran ser curadas por medio de su control y exterminio. Pero, es curioso como el lenguaje medicalizador está plagado de metáforas bélicas y las fantasías de salvación, curación o progreso no pueden deshacerse de su matiz destructivo.

En la tortuosa senda que transitan los fenómenos hacia la consciencia de sí mismos, indudablemente el puente de la violencia deberá ser cruzado, y no dejarán cabeza sobre ningún hombro para poder llegar al lugar del otro, a la plena realización de sí mismos como noción absoluta. Quizás sea aquí, en su apoteosis, donde el impuso hostil pueda ser resuelto y no en las arengas santurronas de quienes asustados por el miedo a la muerte confunden la moralidad humana con la lógica de los fenómenos.

Tal vez el problema de la violencia no radique en cómo deshacerse de ella, sino más bien en aprender a atenderla de manera adecuada para ser capaces de brindarle un lugar en la mesa del pensamiento y así evitar que se vuelva inconsciente de sí misma y que arrastre a las conductas hacia la destrucción superflua. Pero aun este precepto está asentado en una esperanza ingenua y posiblemente al alma le importen poco nuestros deseos y necesidades y siga ejerciendo su violencia contra nosotros como las víctimas sacrificiales que siempre hemos sido.

En la turba cansada de la agresión de los agresivos, aquella que mata violentamente a sus agresores, en el hombre que golpea a su mujer, en la mujer que descarga su rencor contra sus hijos, en la pareja que se desea con furia, en las imágenes asesinas que nadie confiesa pero que todos imaginan de vez en cuando, ahí tiene su asiento el psiquismo del hombre, como un reflejo del proceso anímico que es a la vez un veneno así como un remedio, un phármakon que pende de un equilibrio muy frágil que hace de cualquier hombre honesto el más cruel de los asesinos y que expresa una verdad de nuestros tiempos: que las manos de cualquiera están llenas de sangre de sus semejantes, porque el no reconocer la violencia, como diría Rene Girard, es ya haber asesinado a nuestros hermanos.