Prólogo a «The Neurosis of Psychology»

Traducciones

Greg Mogenson, Canadá

Prólogo al libro ‘The Neurosis of Psychology’, volumen I de los artículos reunidos en inglés de Wolfgang Giegerich, pp. xi-xiv

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

El pensador crítico, entregado en su compromiso a una determinada escuela de pensamiento, se sentirá alentado, tal vez incluso inspirado y guiado, por la feliz frase, tradicionalmente atribuida a Aristóteles, «Amo a Platón, pero amo más la verdad». Esto puede decirse ciertamente del autor de los trabajos recogidos en estos volúmenes. Alabado en su día por James Hillman como la persona que está haciendo «el pensamiento junguiano más importante que se hace ahora»,1 Wolfgang Giegerich lleva más de tres décadas dedicado a lo que ha llamado «pensar el mito junguiano en adelante».2 Amante de la psicología de Jung, especialmente por lo que ha elogiado como su auténtica noción del alma,3 Giegerich se ha visto obligado al mismo tiempo, por un respeto aún mayor por la verdad, a convertirse en su crítico más exigente. A veces, como Giegerich me ha dicho, esta tarea ha resultado tan difícil como «cortar en [su] propia carne».4 Pensamientos seminales de Jung, en los que él, como analista junguiano, ha tenido un interés personal, han tenido que ser rigurosamente interrogados. Pero así es como debe ser, pues sólo cuando la psicología de Jung se refleja en sí misma a la luz de sus contradicciones internas puede destilarse alquímicamente su esencia vaporizada y hallarse el elixir que contiene.

Ahora bien, es importante subrayar que la verdad que hay que amar más que a Platón, Jung o cualquier otro pensador no es una verdad importada de fuera. Como lo que Giegerich denomina «disciplina de la interioridad», la psicología trabaja estrictamente mediante la aplicación a sí misma de la teoría en cuestión o de la materia que nos ocupa. Evitando las referencias externas (es decir, las normas de validez de otras disciplinas), una psicología que es verdaderamente psicológica en su forma y enfoque procede por medio de la reflexión interna, la crítica inmanente, la lectura de Platón en términos de Platón, Jung en términos de Jung, los sueños, los síntomas y otros fenómenos en términos de sí mismos también.

Evidentemente, el contraste que separa la psicología, tal como se acaba de describir, de los enfoques científicamente concebidos que operan en términos de la idea de objetividad y verificación externa no podría ser más fuerte. Además, se podría decir que, desde el punto de vista de los primeros, la psicología científica se ha constituido desde el principio en una falacia. Comprometidos con una forma externa de reflexión, los enfoques científicos asignan el epíteto de «internos» a fenómenos tales como las imágenes, las emociones y los recuerdos, mientras siguen considerándolos ingenuamente como si estuvieran simplemente ahí fuera, frente a la conciencia, sin adulterar y puros.

Pero, ¿cómo proceder entonces, si no es mediante la ciencia? ¿Cómo puede la psicología llegar a la interioridad o «al alma» desde dentro de sí misma, desde el principio?

Mediante lo que en filosofía se conoce como deducción trascendental, Kant lanzó su filosofía crítica preguntándose cómo debe estar constituida la mente para que nos sea posible tener los tipos de experiencia que tenemos. La psicología, que trabaja con una forma más coloquial del mismo estilo de argumentación, plantea preguntas similares con respecto a sus ideas, sus teorías.

Los ejemplos son legión, no existiendo ningún tipo particular de fenómeno sobre el que tenga que versar la psicología. Como ya hemos indicado, todo lo que se requiere es que el tema, sea cual sea, se tome subjetiva o hermenéuticamente en términos de sí mismo.

Tararear unos compases de esta música trae a la mente una fantasiosa serie de preguntas de tipo trascendental-deducción expresadas coloquialmente.

¿Qué dice el hecho de que la psicología haya formulado las ideas que tiene sobre su concepción de sí misma? ¿Y cómo se equilibran las balanzas cuando cada una se pesa contra sí misma como contra una pluma? ¿Queda un resto cuando se hacen las cuentas? ¿Algo extra que ahora hay que contabilizar mediante actos posteriores de reflexión? La reseña en la revista, podemos preguntarnos más concretamente, ¿tiene un mango lo suficientemente robusto para la hoja que esgrime? El procedimiento que hemos inventado, la operación que hemos realizado, ¿pueden seguir calificándose de éxito dado que el paciente ha muerto? Y el humo de este cigarro, ¿tiene tanto peso a su manera como el habano que lo desprendió por primera vez?

«Nunca olvides», aconsejó Jung, «que en psicología el medio por el que juzgas la psique es la psique misma».5

Cabe citar aquí algunas frases de Hegel, el filósofo más citado por Giegerich. La primera de ellas no hace sino expresar la forma lógica de las preguntas que acabamos de formular: «… en lo que la conciencia dentro de sí misma designa como el An sich o lo verdadero, [en esto] tenemos la norma por la que la conciencia misma se propone medir su conocimiento».6 La segunda nos ayuda a comprender, con Hegel y Giegerich, que la reflexión, lejos de necesitar ser rechazada cuando no está a la altura de sí misma, debe pensar sus contradicciones en un nivel completamente nuevo, transformándose así a sí misma: «… [E]l Absoluto [como forma sublimada de las contradicciones que le han dado origen] es… la identidad de la identidad y de la no identidad, la oposición y la unidad están ambas en él».7

En los artículos que siguen, temas tan diversos como la fantasiosa historia de la conciencia de Neumann, la teoría de la proyección de la psicología analítica, el pensamiento del yo de Jung y la cuestión de la identidad junguiana se aplican reflexivamente a sí mismos del modo que acabamos de describir. El resultado es que, en cada caso, el tema en cuestión deja de ser un mero asunto de psicología. Aunque ciertamente sigue siéndolo en un nivel, cada uno se convierte, en virtud de haberse reflejado en sí mismo, en un comentario esclarecedor con respecto a la cuestión mayor de cómo se constituye a sí misma una psicología que puede pensar con autoridad propia, desde la profundidad de su propia noción. Como lo ha expresado Giegerich: «Lo que en un principio aparece como un contenido de la conciencia [por ejemplo, los temas de psicología antes mencionados] es en verdad la semilla de lo que quiere ser una nueva forma de conciencia en general.»8

La descripción que acabo de hacer del movimiento reflexivo que está en juego en este primer volumen de los Collected English Papers de Giegerich se aplica también a los cuatro. En efecto, como descubrirá el lector a medida que lea Tecnología y alma (vol. 2), Violencia del alma (vol. 3) y El alma siempre piensa (vol. 4), la nueva forma de conciencia psicológica que comenzó como una semilla con el artículo que da título al presente volumen, «La neurosis de la psicología», pasa cada vez más a primer plano.

Empezamos con un adagio de Aristóteles acerca de que su amor por la verdad era mayor que su amor por Platón. Luego lo extendimos a Jung. Volviendo ahora a los trabajos de Giegerich, podemos volver a formular este adagio, esta vez con la psicología como tema. Por lo general, se considera que la psicología es idéntica a las cosas a las que se aplica, es decir, a los fenómenos psíquicos de diversa índole. La diferencia entre tales fenómenos en su positividad y la lógica de la psicología como negatividad (o reflejo en sí misma) no se reconoce, no se dibuja. En su lugar, tenemos una proliferación de diferentes psicologías. El problema aquí, como ha señalado Giegerich, es que cada una de estas llamadas psicologías procede como si la psicología pudiera simplemente encontrarse ahí fuera, en los objetos que observa empíricamente. Tal ingenuidad, sin embargo, ignora drásticamente la idea crucial de Jung de que toda experiencia está psíquicamente mediada, de modo que ningún fenómeno, ya sea «interno» o «externo», es inmediatamente observable aparte de la constitución de la conciencia misma. Retomando esta idea (incluso a veces aupando a Jung sobre ella, como sobre su propio petardo), Giegerich ha demostrado que es precisamente porque todos los fenómenos se reflejan desde el principio por lo que surge la cuestión de su lógica, la cuestión de su verdad. No podemos, como ha argumentado Giegerich, tener simplemente psicología – «sin más«- en la forma de los temas fenoménicos que nos interesan, sino sólo como, en el caso de cada uno de ellos, y a través de la crítica de la aparente inmediatez de cada uno, llegamos a amar más la verdad.

Si hay un hilo conductor a través de las vueltas laberínticas de los Collected English Papers de Giegerich, se encuentra en nuestro reconocimiento de que la contribución más importante de Giegerich a la psicología reside en haber pensado rigurosamente la psicología en términos de la «diferencia psicológica» que acabo de describir. Retomando ahora este hilo, ojalá que, como amantes de este fenómeno o de aquella psicología, aprendamos con Giegerich que una psicología verdaderamente psicológica sólo puede fundarse a través de nuestro mayor amor a la verdad.


1 James Hillman, «Once More into the Fray: A Response to Wolfgang Giegerich’s ‘Killings'», Spring 56 (1994), p. 1.

2 Wolfgang Giegerich, «The ‘Patriarchal Neglect of the Feminine Principle’: A Psychological Fallacy in Jungian Theory», Harvest: Journal for Jungian Studies 45.1 (1999), p. 7.

3 Wolfgang Giegerich, La vida lógica del alma: Hacia una noción rigurosa de la psicología (Fráncfort del Meno: Peter Lang, 1998), pp. 39-43.

4 Comunicación personal, 20 de octubre de 2000.

5 CW 18, § 277.

6 Citado en Charles Taylor, Hegel (Cambridge: Cambridge University Press, 1975), p. 135.

7 Citado en Taylor, Hegel, p. 67.

8 Wolfgang Giegerich, «Is the Soul ‘Deep?’-Entering and Following the Logical Movement in Heraclitus’ ‘Fragment 45′» Spring 64 (Otoño/Invierno, 1998), p. 19.

Ruptura, o: Psicología y Religión

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘The Neurosis of Psychology’, volumen I de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 11, pp. 219-231

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

El subtítulo que he elegido para esta ponencia dentro de los límites del tema general «Religión y ciencias humanas en el mundo contemporáneo» puede dar lugar a la expectativa de que siga un informe sobre los hallazgos empíricos de la psicología en relación con el problema de la religión en la psique humana del hombre moderno y sobre la posición que adopta la psicología al respecto. Pero no puedo pasar sin más al tema que nos ocupa. Porque la palabra «psicología», cuando se coloca en la frase «psicología y religión» y cuando se ve en el contexto del tema general de este simposio, contiene algunas dificultades que no debemos ignorar. Así que, en lugar de proceder a lo que la psicología tiene que decir sobre la religión, volvamos la psicología sobre sí misma. Pero puede resultar que una reflexión de este tipo nos lleve también a una respuesta a la pregunta planteada por el tema de nuestro simposio, una respuesta más adecuada que si procediéramos directamente con los hallazgos de la psicología sobre la religión y sus puntos de vista al respecto.

El primer problema es el vergonzoso hecho de que, estrictamente hablando, no existe la psicología en singular, sino sólo una multitud de psicologías de convicciones a menudo muy diferentes, cuando no mutuamente excluyentes. No tenemos dificultades con el hecho de que haya muchas religiones o, dentro de una religión, muchas denominaciones. Pero el plural «psicologías» es difícil de aceptar. La división de la psicología en muchas escuelas diferentes, o denominaciones, le resta valor como ciencia. Parece convertir a la psicología en una especie de religión en sí misma, una serie de sectas con sus prácticas correspondientes. Esto significaría que no podríamos hablar legítimamente de psicología y religión en absoluto, como si fueran dos categorías completamente diferentes. Ambas pertenecerían, por así decirlo, al mismo lado del «y». Se trataría de una diferencia intrarreligiosa, no de una diferencia entre religión y otra cosa. No puedo entrar aquí en este problema,1 sino simplemente enumerarlo como una primera indicación tanto de la extraña relación entre psicología y religión como del hecho de que la psicología obviamente no encaja en la idea convencional de una ciencia humana. Me limitaré a matizar que, cuando hablo de psicología, me refiero a la psicología tal como se entiende en la tradición junguiana: la psicología analítica y, más concretamente, la psicología arquetípica en el sentido de James Hillman.

En segundo lugar, se observará que la frase «en nuestro mundo contemporáneo» contenida en el tema general se ha suprimido de mi encabezamiento. Mi título suena como si planteara la cuestión de la relación atemporal entre psicología y religión. Pero esto es sólo aparente. La psicología no sólo es históricamente hablando una ciencia muy nueva (como la psicología profunda es hija de este siglo), sino que también está intrínsecamente ligada a nuestro mundo contemporáneo. Desde el principio, la psicología analítica (así como el psicoanálisis freudiano) ha sido en el fondo nada menos que un intento de dar una respuesta al predicamento del hombre moderno, a la «neurosis», como se la denominó. Sin duda, la neurosis se descubrió como una especie de mal funcionamiento o trastorno dentro del individuo, y esta perspectiva personalista ha seguido siendo el marco de muchos psicólogos. Pero sin ser siempre consciente y explícita de ello, la psicología profunda ha considerado desde el principio la neurosis dentro de un contexto cultural más amplio y a la luz de la tradición mitológica y religiosa occidental, cuyo ejemplo más famoso es el «complejo de Edipo». Lo que guió el pensamiento psicoanalítico de forma factual pero más o menos inconsciente todo el tiempo, se elevó a la conciencia y recibió una expresión sistemática en la teoría de Jung de un inconsciente colectivo y una psique objetiva y transpersonal. Ahora, después de más de 80 años de psicoanálisis, podemos decir: la psicología ha sido un intento de dar cuenta y elevar a la conciencia lo que se había caído, perdido o reprimido en el camino hacia el modernismo. Jung lo dijo explícitamente: «Mi problema [como psicólogo y en contradicción con otras escuelas psicológicas] es luchar con el gran monstruo del pasado histórico, la gran serpiente de los siglos, la carga de la mente humana, el problema del cristianismo».2 Jung entendía que «sin historia no puede haber psicología, y ciertamente no puede haber psicología del inconsciente.»3

Al dar a la psicología esta tarea de luchar con el gran monstruo de nuestro pasado, Jung hizo dos cosas a la psicología (como se entiende aquí). (1) Definió la psicología como una psicología siempre terapéutica, incluso cuando es teórica y se ocupa de las grandes cuestiones de nuestra tradición y nuestra época. Cuando se concibe como un gran monstruo o como la serpiente de los siglos, la historia deja de ser el objeto científico neutro que es para el historiador. Es un vis-à-vis, casi un animal con el que luchar, algo que nos implica a nivel personal, existencial, el nivel de un compromiso terapéutico. (2) La terapia ya no se limita a los confines de los problemas personales y la biografía personal, sino que, incluso cuando es la terapia del individuo y sus problemas personales, siempre es también una terapia de nuestra historia colectiva. Siempre se dirige y responde a nuestra situación histórica concreta. La psicología ya no se ve como una ciencia antropológica en busca de verdades atemporales, sino que siempre es relativa a una situación histórica concreta.

Es cierto que ha habido intentos (un ejemplo notable: Malinowski) de demostrar la validez atemporal y transcultural de, por ejemplo, el complejo de Edipo, el complejo de Edipo, es decir, intentos de convertir la psicología en el estudio de la estructura y el funcionamiento intemporales de la psique, en última instancia, en el estudio de la «condición humana» abstracta, como si la psicología fuera una especie de antropología y pudiera concebirse a sí misma como algo parecido a la física, que se entiende a sí misma como el estudio de la organización intemporal del universo, o como la biología, que se considera la ciencia de la estructura y el funcionamiento intemporales del organismo vivo. Pero este interés por las esencias atemporales en la tradición del platonismo occidental no se corresponde realmente con la visión central y la vocación de la psicología. La psicología está llamada a abandonar las alturas y la pureza de los estudios neutrales e intersubjetivos y a descender a nuestro desorden real, a lo que Jung llamó en su día el lodo y el fango del fondo del alma humana1,4 sin olvidar, no obstante, que el «desorden real» no es personal, individualista, privado, sino que comprende en sí mismo la situación colectiva específica, que a su vez conserva en sí toda la historia anterior.

Así que habría sido más que superfluo mantener la frase «en nuestro mundo contemporáneo» en mi título. Habría sido engañoso, sugiriendo que la psicología podría aplicarse, como una teoría abstracta y neutral, a nuestro mundo contemporáneo, mientras que la implicación (terapéutica) con el aquí y ahora es inherente a la propia noción de psicología. La psicología siempre está hablando de nuestra situación real (contemporánea), incluso cuando abiertamente puede estar hablando de mitología antigua o alquimia medieval, etc. Tiene «nuestro mundo contemporáneo» dentro de sí como su momento (en el sentido de Hegel), no ahí fuera como un objeto de estudio al que puede dirigirse o no. De hecho, este sentido de «dentro de sí», esta interioridad intrínseca de su objeto de estudio, sea cual sea, es lo que constituye el modo psicológico de pensar o lo que hace que la psicología sea psicológica.

No es casualidad que la psicología haya sido una de las últimas «ciencias» en surgir. Sólo pudo surgir una vez que todas las grandes ciencias estuvieron firmemente asentadas y la modernidad fructificó a través de ellas o junto con ellas. En efecto, la psicología no debe entenderse como una ciencia más, que sólo se diferencia de las demás por tener un tema diferente. Su aparición no significa únicamente el descubrimiento de un nuevo campo o tema de investigación, de una nueva Fach (disciplina especializada) al lado de todas las demás especializaciones. La psicología debe entenderse más bien como la conquista de un nivel de reflexión totalmente nuevo, más allá del de las ciencias, como algo así como la «conciencia» (en un sentido no moral) de las ciencias, como la disciplina cuya tarea consiste en reflejar los cambios introducidos por las ciencias en la psique, es decir, en nuestro ser-en-el-mundo, y en elevar a la conciencia, dentro del mundo moderno, las ganancias y las pérdidas que ha traído consigo este mundo moderno en su conjunto. Dado que la psicología tiene la tarea de comprender, debe situarse por debajo, en un nivel más bajo y profundo que las ciencias. Se dirige al terreno del que surgieron las ciencias, la psique.

En la cita de Jung en la que habla de la gran serpiente de los siglos, también nombra el «problema del cristianismo» como una posible forma de formular lo que le preocupa como psicólogo. De nuevo observamos que la psicología no tiene por qué aplicarse a la religión, aquí al cristianismo, sino que, al menos para Jung, el cristianismo y los problemas que implica para nuestro ser-en-el-mundo son, para empezar, de lo que trata la psicología. También la religión está dentro de la psicología, no fuera de ella. Y así, estrictamente hablando, no hay, no puede haber, ningún «y» entre psicología y religión, porque el problema religioso es el problema propio de la psicología y no sólo el problema de tal o cual religión (o de la religión en general) ahí fuera. El psicólogo que sigue a Jung no puede estudiar la religión desde fuera como un objeto neutral, ni, como un creyente en una de las religiones, acercarse a la religión desde la base de la implicación confesional. Se acerca a la religión como algo suyo, como la carga y el predicamento propios del alma -para citar a Jung: «como las cargas históricas que el cristianismo ha amontonado sobre nosotros».5

La religión como carga: ¿qué significa esto? Se podría pensar que expresa una postura negativa y crítica hacia la religión: la religión se experimenta como la parte culpable y, por tanto, algo de lo que hay que deshacerse o contra lo que hay que luchar. Pero lo que se quiere decir aquí es casi lo contrario. Aquí se acepta la religión como nuestra propia carga, como nuestro propio problema con el que luchar. La religión como carga está en mí, soy yo mismo, no mi oponente ahí fuera. Más arriba he intentado sugerir que la psicología no está al mismo nivel que las ciencias, sino que se sitúa por debajo del plano en el que se encuentran las ciencias. Lo mismo parece ocurrir con la relación de la psicología con la religión. Tanto los creyentes o teólogos como los críticos de la religión (como Voltaire, Marx, Nietzsche) experimentan la religión, lógicamente hablando, en el mismo plano. La única diferencia es que unos dicen Sí a la religión y están a favor de ella, mientras que los otros dicen No y están en contra. El nivel de conciencia es el mismo. Sin embargo, el hecho de que Jung viera en la religión una gran carga de la que sufría es señal de que la experimentaba en un nivel de conciencia completamente nuevo.

Lo que intento sugerir aquí es que la psicología no encaja, sin más, en el tema general de este simposio tal y como ha sido formulado porque ocupa una posición muy peculiar tanto con respecto a las ciencias humanas como con respecto a la religión. La psicología hace estallar los conceptos contenidos en la formulación de este tema, y ser lo que hace estallar estos conceptos (y el estado de ánimo que implican también) es de lo que trata la psicología. Permítanme expresarlo en términos hegelianos. Antes de hacerlo, sin embargo, tenemos que darnos cuenta de que Jung, como los demás pioneros de la psicología, partió de la práctica cotidiana de la psicoterapia y no de una teoría bien elaborada. Las ideas teóricas surgieron (no sólo históricamente, sino también) lógicamente después de la experiencia práctica. Así pues, la teoría formulada no siempre está lógicamente a la altura de la lógica inherente a los descubrimientos e inquietudes de los propios psicólogos, sobre todo teniendo en cuenta que Jung, curiosamente, se enorgullecía de ser empirista, al parecer sin darse cuenta del flaco favor que estaba haciendo a su propio trabajo. Muy a menudo, las ideas revolucionarias se expresaban en términos de categorías de pensamiento que pertenecen a modos de pensar bastante convencionales y anticuados, realmente se ponía vino nuevo en recipientes viejos, porque el sesgo empirista impedía la clarificación lógica de las nuevas ideas. Así pues, cuando quiero expresar el estatus lógico de la psicología en términos hegelianos, me refiero al estatus realmente inherente al empuje principal de las propias realidades psicológicas que se mostraron a Jung, pero no me preocupa inmediatamente el estatus que se sugiere a sí mismo a partir de los términos y categorías que Jung utilizó para formular teóricamente sus descubrimientos psicológicos.

La psicología es la disciplina cuyo trabajo consiste en transgredir el estatus lógico de «esencia» (Wesen) al estatus de Begriff (Concepto o Noción) en el sentido hegeliano.6 Tanto la ciencia como la religión (al menos en Occidente) residen en el estatus de «esencia», en lo que Nietzsche analizó como el platonismo de nuestra tradición y lo que Heidegger mostró como las cadenas metafísicas del pensamiento occidental. Cuando se reflexiona sobre lo que el análisis junguiano individual, especialmente el llamado proceso de individuación, es y significa en última instancia para el individuo (lo que ha de producir), y cuando se reflexiona sobre lo que la aparición del fenómeno del psicoanálisis (tanto en el sentido del proceso de individuación como de una realidad intelectual) es y significa en última instancia para nuestra época, se puede decir en ambos casos que significa nada menos que la caída de un nivel de conciencia a otro, la caída de un estatus lógico a otro inferior (o superior). Esto es lo que quiero decir con la peculiar posición de la psicología con respecto tanto a las ciencias como a la religión.

Debemos darnos cuenta de que la religión, tal como la conocemos, no es sólo el conjunto de enseñanzas, emociones y prácticas que constituyen su sustancia, sino también el estatus lógico o nivel de conciencia que representa. Del mismo modo, las ciencias, y esto se aplica tanto a las ciencias humanas como a las naturales, no son sólo el sistema de conocimientos y métodos que las componen, sino también el estatus lógico que encarnan las ciencias modernas.

En el fondo, Jung tenía un claro conocimiento de que la psicología había descendido a un nivel diferente y, por tanto, ya no se encontraba en el mismo estatus lógico que las ciencias. Reflexionando sobre la posición de la psicología como ciencia, Jung dijo: «Ella [la psicología] debe sublimarse como ciencia [sich aufheben], y precisamente al hacerlo alcanza su meta científica» (OC 8 § 429, trad. modif.). Esta frase, junto con su contexto, no dice otra cosa sino que la psicología como «ciencia» es, en verdad hegeliana, la sublimación dialéctica (Aufhebung) de la ciencia. La psicología no es ni ciencia ni su opuesto no dialéctico, una fe no científica, una Weltanschauung, o lo que sea. Es la negación concreta, la nada determinada (bestimmte Nichts) de la ciencia. En la misma línea, también debemos afirmar que la psicología no es ni religión (o su equivalente secular: una Weltanschauung, ideología) ni el opuesto no dialéctico de la religión, una ciencia neutral irreligiosa. Es «religión sublimada», aufgehobene Religion, del mismo modo que es «ciencia sublimada», ya no sujeta a la contradicción ciencia versus religión, sino que, al haberla superado, contiene esta contradicción en sí misma.

Aunque en el espacio de que dispongo aquí no podría explicar adecuadamente por qué y cómo la psicología es la sublación dialéctica de la ciencia y la religión, es decir, de todo el estatus lógico al que ambas pertenecen, dos cosas están claras: (1) una psicología que tiene que ser vista de esta manera debe ser una vergüenza para la mente dominante; no encaja en ninguna de las categorías a las que estamos acostumbrados; (2) con respecto a la cuestión de la religión en nuestro mundo contemporáneo, una psicología que tiene que ser entendida como religión y ciencia sublimadas nos transporta a una situación radicalmente nueva que hace que todo parezca muy diferente.

Tomemos por ejemplo el nihilismo y la secularización, esas dos fuerzas que suelen considerarse el aprieto en el que se encuentra la religión en nuestra época. Creo que la idea del nihilismo es una trampa en la que han caído Nietzsche y quienes le siguieron. El problema al que nos enfrentamos no es el nihilismo; nuestro problema es la interpretación de nuestra situación como nihilismo. Esta interpretación es una defensa contra la ruptura decisiva de un nivel de conciencia a otro, más profundo o más elevado, que ha tenido lugar desde hace mucho tiempo. Es el intento de dar cuenta de un cambio innegable y radical, que sacude la tierra, sin sufrirlo como nuestra transformación lógica y psicológica, como nuestra muerte y resurrección, es decir, la muerte y resurrección de nuestra conciencia. Al diagnosticar el «nihilismo» o la «secularización», podemos mantener el cambio ahí fuera, como una muerte de la religión en las condiciones objetivas de la sociedad, mientras rescatamos la continuidad de nuestra mente, nuestros ideales, expectativas, nuestra noción de religión. Mantenemos intacto el statu quo de nuestra mente y nos mantenemos inocentes («ilesos») culpando a la historia de haber conducido a un vaciamiento gradual de todo significado. Al admitir que el nihilismo prevalece en nuestro tiempo, conseguimos aferrarnos a las mismas categorías y valores dominantes que informan nuestro pensamiento y que abiertamente admitimos que han perdido su validez en nuestra situación objetiva. Es sólo una admisión simbólica. Una admisión real supondría el sacrificio de nuestras ideas e ideales, valores y categorías más preciados. Equivaldría a «perder la cabeza».

Jung escribió algo así como que nuestra conciencia sólo imagina perder a sus Dioses, mientras que en realidad simplemente hemos sido apartados del lugar donde podemos experimentarlos.7

En efecto, nos hemos alejado del locus de las religiones tradicionales. La «Verdad» ha emigrado a un nuevo continente, por así decirlo, mientras que nuestra conciencia conserva las categorías adquiridas en el viejo continente y adaptadas a él. ¿Cuál es este nuevo continente? El profesor Nishitani ha subrayado uno de sus aspectos más importantes: la universalidad o el alcance planetario del mundo moderno. Otro aspecto importante es el hecho de que hoy vivimos sabiendo que podríamos aniquilar literalmente la tierra habitada. Esto significa psicológicamente que, en cierto sentido, ya no estamos irrevocablemente incrustados en la naturaleza, sino de algún modo por encima de ella, nos guste y lo sepamos o no. Es la expresión externa del hecho de que el mundo natural ha sido lógicamente superado, sublimado, reducido a un momento de nuestra conciencia. El mundo natural en su conjunto ya no es la esfera en la que (lógica y psicológicamente) habitamos y que nos rodea fundamentalmente. Se ha reducido a una «cosa» o contenido en la (aún desconocida, pero ya real) nueva esfera de nuestra existencia.

Un tercer aspecto del «nuevo continente» en el que se desarrolla ahora nuestra existencia es el hecho, quizá aún más grave, de que lógica y ontológicamente (aunque no ónticamente), el mundo natural y sensual ya ha sido aniquilado. La «verdad» ya no reside en el nivel de las cosas con forma concreta y visible, sino en el de las partículas subatómicas y subcelulares. Sabemos que no podemos creer a nuestros ojos, confiar en nuestros sentidos; sabemos que lo que vemos como cosas sólidas es en realidad espacio vacío interdisperso de partículas a, por así decirlo, distancia cósmica unas de otras. Las cosas se han vuelto falsas, fantasmales, aunque no lo admitamos. Ya no necesitamos la enseñanza cristiana de «he vencido al mundo», ni la idea zen de «ninguna imagen», ni métodos religiosos que nos liberen del mundo sensual y nos permitan alcanzar el «vacío», porque lo que las religiones presentaban antes como una promesa o un objetivo por el que luchar, o como una verdad interior, hace tiempo que se ha convertido en un hecho consumado, una realidad cuasi «empírica» ahí fuera, en las cosas mismas. La religión (cuya lucha por la liberación espiritual del mundo literal sólo se producía en la interioridad subjetiva del hombre) ha sido superada por la realidad objetiva, de hecho física, de modo que los esfuerzos y aspiraciones centrales de la religión van a la zaga del estado real de las cosas. No hace falta que nos prediquen que no guardemos las cosas que la polilla y el óxido destruyen (Mt. 6:19), pues en una sociedad de usar y tirar ésta es ya la lógica objetiva inherente a las cosas que usamos. Ya nada de lo que coleccionamos para «acumular riquezas» puede hacernos ricos, porque incluso las cosas más caras, como un cuadro de 30 millones de dólares, se han vuelto ontológicamente baratas, como se desprende precisamente de su precio inflado.

Se ha producido un cambio fundamental. El «mismo» sol que el hombre vio hace 3.000 años ya no es el mismo. Ya no podemos hablar legítimamente de un amanecer, como en los tiempos míticos, y mucho menos ver en él al Dios o a la Diosa. El «amanecer» es, en el mejor de los casos, una Erlebnis subjetiva en nuestro «Lebenswelt» (Husserl), que sin embargo es un mundo privatizado sin validez objetiva.

La ruptura que se ha producido parece consistir en el hecho de que el mundo al que respondían las religiones conocidas se ha desplazado, por así decirlo, de debajo de ellas. Ahora nos enfrentamos a un mundo lógicamente totalmente nuevo, al que la religión ya no corresponde. La «pregunta» que el mundo, en tanto que constituido como «mundo natural», planteaba en su totalidad, es decir, como ámbito en el que el hombre vivía psicológicamente, ha sido respondida exhaustivamente a lo largo de los últimos 2.500 años. Ahora, un mundo cambiado, que existe en el nivel subatómico post-natural, representa una «pregunta» totalmente nueva. La «conversación» entre el mundo y el hombre, de la que las artes, la religión, la filosofía, la organización política y la cultura en general son el registro, ha pasado a la siguiente pregunta, por así decirlo. ¿Acaso las religiones tradicionales no se encuentran objetivamente en una situación similar a la de los coches de caballos de antaño? También ellos siguen siendo populares en los lugares de turismo, pero sólo como algo definitivamente obsoleto. Y sólo porque son obsoletos pueden colmar nuestro anhelo nostálgico. No creo que las religiones (como fe personal, como prácticas literales) estén amenazadas hoy en día; al contrario, gozan de una popularidad creciente. Lo que está amenazado, sin embargo, es ese estatus lógico o nivel de conciencia del que la religión es una encarnación. Sin embargo, parece erróneo hablar de amenaza, puesto que la destrucción o superación de la lógica, como lo que es la religión, ya es un hecho consumado. Esta lógica se ha convertido en algo del pasado por el curso objetivo de la historia, mientras que los productos de esta lógica, las religiones literales, se extienden hasta nuestra época e incluso se conservan, del mismo modo que se conservan las pinturas medievales y otras reliquias del pasado, incluso después de que el mundo al que pertenecen haya desaparecido irrevocablemente.

Ahora, a finales del siglo 20, a medida que aprendemos más sobre la historia primitiva y ganamos más distancia objetiva respecto a nuestra propia tradición, poco a poco llegamos a una posición que nos permite ver que la religión como tal puede haber sido sólo un interludio en la historia del hombre, en contraste con uno de los eternos de la existencia humana. Al decir esto, no quiero defender ningún tipo de posición atea, agnóstica o nihilista. Más bien, pienso en términos de la visión histórica de Heino Gehrts. Gehrts distingue cuatro etapas fundamentalmente diferentes de desarrollo cultural, las de las culturas chamánica, ritualista, religiosa y científica (o tecnológica).8 El chamanismo y las prácticas y creencias de las culturas ritualistas y las llamadas altas religiones no se agrupan bajo el epígrafe general de «religión». Más bien, según este punto de vista, un hiato fundamental, de hecho una línea divisoria, separa las dos primeras culturas de la religiosa, un hiato mucho más radical que el que se encuentra entre las culturas chamánicas y ritualistas o entre las culturas religiosas y científicas. La religión sólo es relativa a una etapa del desarrollo cultural. No existía hace 3.000 años. Puede que no exista en el futuro.

Esta visión es muy útil. Nos facilita desprendernos (no sólo de los contenidos específicos, sino de la noción misma) de la religión sin tener que temer que entonces tengamos que sucumbir al nihilismo. De hecho, podemos ver que el problema del nihilismo surge sólo para aquel que puede estar dispuesto a resignarse a la «muerte de Dios [o de otros contenidos de la religión]», pero sólo para aferrarse aún más, en sus secretas expectativas o como su demanda oculta, a la idea de religión. Podemos comprender que se nos exige más que el sacrificio de los contenidos de la religión y menos que nuestra reconciliación con el nihilismo absoluto. Hoy se trata simplemente de la ruptura de un estadio a otro. Del mismo modo que el chamanismo y el modo ritualista de ser-en-el-mundo fueron sustituidos por la religión, ahora la religión parece estar en proceso de ser sustituida por algo nuevo, de lo que todavía no tenemos ni idea.

La ‘religión’ es sólo la respuesta o el correlato de ese mundo que fue constelado como el mundo natural, el mundo tal como lo experimenta la «conciencia común y natural» en el sentido moderno de ‘natural’. Esto no es el mundo. Tampoco existió siempre y, como ya hemos señalado, ontológicamente hablando, ha empezado a dejar de existir para nosotros. El mundo de la época chamánica era muy diferente, y por eso la respuesta del hombre al mundo de entonces no fue la religión, sino el chamanismo.

Por tanto, no me preguntaría qué podemos esperar de la religión y qué medidas concretas hay que tomar para hacer realidad nuestras expectativas. No pensaría en cómo rescatar nuestras diversas tradiciones religiosas y trasladarlas al cambiante mundo actual. Porque, en mi opinión, cualquier intento de este tipo sólo equivaldría a un intento de rescatar el estatus lógico o el nivel de conciencia en el que vivimos subjetivamente y al que estamos cómodamente acostumbrados, y de congelarnos psicológicamente en el pasado, mientras que objetivamente llevamos mucho tiempo viviendo en una realidad caracterizada por un nuevo estatus lógico. La ruptura en el mundo objetivo de ahí fuera necesita una ruptura correspondiente en nosotros, y en nosotros no como personas, sino como la lógica o psicología como la que vivimos. No basta con intentar adaptar nuestras religiones a nuestra nueva situación, no son ellas las que tienen que ajustarse. Somos nosotros. Y por eso creo que la respuesta al problema de la religión en nuestro mundo contemporáneo es la «psicología», no la psicología como ciencia particular, como tal o cual escuela de pensamiento, sino la psicología como un movimiento que hay que hacer, el movimiento de volver la cuestión de la religión hacia nosotros mismos, hacia lo que tenemos más cerca: nuestro estado de conciencia; en otras palabras, la psicología como la realización de la necesidad inevitable de la muerte que ha de morir por nuestro estado de ánimo.

Mientras nos aferremos a nuestras religiones, nos cegaremos ante lo divino que se mostraría de forma totalmente nueva e inimaginada desde el interior de nuestro mundo real. Repetimos monótonamente la misma respuesta, incluso cuando se nos plantea una nueva pregunta. Estamos alejados del lugar en el que seríamos capaces de ver, como dijo Jung, pero, por supuesto, no porque nos hayamos alejado, sino más bien porque nos mantuvimos obstinadamente en el antiguo lugar de la verdad y no acompañamos, en nuestra conciencia subjetiva, el movimiento realizado por nuestra conciencia objetiva, la psicología o lógica «implícita» (ansichseiende) inherente a nuestro propio mundo moderno.

Quizá haya llegado el momento de aplicar el «Bienaventurados los pobres de espíritu» cristiano al propio cristianismo, a la religión como tal; y de aplicar el vacío que hasta ahora se buscaba en el Zen al propio Zen en su conjunto. Tenemos que aprender (no a luchar por el vacío, sino) a vivir con y en el vacío que ya existe. No necesitamos (activamente) sacrificar nuestras religiones, ni la noción y el estatus de la religión como tal. El sacrificio en cuestión ya nos ha sido infligido objetivamente. Sólo necesitamos asumirlo, permitirlo. Religiosa y metafísicamente, estamos con las manos vacías. Así lo vio también Jung. Nos comparó con mendigos que, tomando prestadas ideas religiosas exóticas de otras culturas que no son las nuestras, intentan hacerse pasar por reyes del teatro. Y dijo: «… [L]a pobreza espiritual busca renunciar a las falsas riquezas del espíritu para retirarse no sólo de los lamentables restos… de un gran pasado, sino también de todos los atractivos del oloroso Oriente; para, finalmente, volverse hacia el interior de uno mismo, donde, a la fría luz de la conciencia, la vacía esterilidad del mundo llega hasta las mismas estrellas.»9

Tenemos que aprender a sufrir que nuestras manos estén vacías, en el sentido más pleno de la palabra sufrir. Sin imágenes. Sin símbolos. Sin significado. Sin dioses: sin religión.

Porque ¿no es la mano vacía, y sólo la mano vacía, la que puede llenarse? Mientras nos aferremos a nuestras tradiciones religiosas, pretenderemos estar en posesión de algo. Impedimos así el advenimiento de lo que sólo puede llegar, si es que llega, como el don gratuito del mundo real a quien está dispuesto a recibirlo porque no tiene nada por sí mismo, como el don a quien ya no denuncia, con una modestia que es arrogancia disfrazada, nuestra pobreza como nihilismo, sino que la comprende como la presencia del futuro desconocido.


Nota del editor: Unos doce estudiosos de diversas disciplinas, aproximadamente la mitad de ellos de Japón y la otra mitad de otros países, habían sido invitados a debatir juntos el tema «Religión y ciencia humana en el mundo contemporáneo» en el Sexto Simposio Zen de Kioto, que tuvo lugar del 8 al 13 de marzo de 1988 en el Hotel Rantei de Kioto, Japón. La ponencia sobre «Ruptura» fue la contribución de Giegerich a este Simposio.

1 Wolfgang Giegerich, «Psicología junguiana: Una empresa sin fundamento: Reflexiones sobre nuestra identidad como junguianos», véase el capítulo siete de este volumen.

2 CW 18 § 279.

3 MDR, pp. 205 y ss.

4 Letters 2, p. 557, a Anónimo, 7 de mayo de 1960.

5 CW 18 § 279.

6 Estoy en gran deuda con Bruno Liebrucks, Sprache und Bewußtsein, 7 vols., Akademische Verlagsgesellschaft, Frankfurt (más tarde Verlag Peter Lang, Bern et. al.) 1964-1979 para mi comprensión de la lógica de Hegel.

7 Combino aquí dos pasajes de Jung, Letters 2, pp. 594 (a Serrano, 14 de septiembre de 1960) y 612 (a von Koenig-Flachsfeld, 30 de noviembre de 1960).

8 Véase, por ejemplo, Heino Gehrts, «Vom Weltenbaum zum brennenden Baum. Die kulturellen Entwickungsstufen im Geborgenheitserlebnis», GORGO 13, 1987, pp. 41-66 o ídem, Von der Wirklichkeit der Märchen (Regensburg: Erich Röth Verlag, 1992), especialmente la introducción y el capítulo 1.

9 C. G. Jung, CW9/1 § 29, trad. modif.

La cuestión del antisemitismo de Jung

Traducciones

Posdata a Cocks

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘Neurosis of Psychology’, volumen I de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 9, pp. 191-195

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Es sorprendente la persistencia y el énfasis con que se siguen atribuyendo calificativos como «fascista» o «antisemita» a ciertos pensadores como C. G. Jung o Martin Heidegger, y es deplorable que estos calificativos se utilicen en su mayor parte sólo para desacreditar sus obras en su totalidad y para absolver al público de la obligación de un estudio serio y abierto de sus ideas. En lugar de examinar la validez y el peso de tales acusaciones sobre la base y en el contexto de toda la vida y obra de estos hombres, a menudo se intenta, por el contrario (perversamente), interpretar su pensamiento de forma reductiva en términos de sus supuestas inclinaciones fascistas y, por lo tanto, se buscan en sus obras simplemente rasgos capaces de prestar algún tipo de apoyo a esta supuesta inclinación. Se trata de un planteamiento que no difiere mucho de la práctica de los propios nazis, para quienes las clasificaciones «judío», «comunista», etc. hacían superflua cualquier argumentación basada en la sustancia. Dado que la acusación de antisemitismo se adhiere al nombre de C. G. Jung, se hace necesario, incluso para aquellos que ven a Jung de manera diferente, examinar de cerca los fundamentos de esta acusación y entablar un debate imparcial sobre todo este tema. El artículo anterior es una valiosa contribución a este debate.1 Escribiendo como historiador, Cocks presenta hechos que hablan por sí mismos. Sin embargo, parece cuestionable que una cuestión tan cargada de emociones pueda «resolverse» únicamente con pruebas históricas. ¿Acaso las intensas emociones relacionadas con este tema no indican que se agita un punto sensible en lo más profundo de la psique, que este tema se extiende a dimensiones que van mucho más allá de lo histórico-factual? De hecho, los propios hechos establecidos por el historiador plantean una serie de interrogantes.

Por una vez, aunque parece claro a partir del material presentado por Cocks que el comportamiento de Jung no estaba motivado por un sesgo antisemita, aún queda la cuestión de por qué Jung habló públicamente de la diferencia entre una psicología judía y otra germánica, de un inconsciente ario y otro judío, y eso precisamente durante aquellos años en los que el antisemitismo empezó a pasar de ser una mera ideología a una realidad política que amenazaba la vida. Este es probablemente el principal punto de partida de estas acusaciones, tanto entonces como hoy.

Así, en una reseña en Psyche (1975, pp. 273-85) desde una perspectiva freudiana de las Briefe de Jung, en la que se acepta como verdad subjetiva la protesta de Jung sobre sus buenas intenciones como presidente de la Sociedad Médica General de Psicoterapia, encontramos la expresión de asombro ante «la ingenuidad política difícilmente creíble» con la que Jung se defendió «como malicioso malentendido de sus intereses completamente científicos» de la indignación general causada por haber hecho la distinción entre un inconsciente ario y uno judío y por haberse unido así de facto «al coro de los conformistas del régimen de la época». La autora de esta reseña, Ilse Grubrich-Simitis, no le reprocha tanto el fondo de sus reflexiones sobre las diferencias raciales, sino que afirma que fue sobre todo el momento en que hizo sus observaciones lo que las convierte en escandalosas, momento que delataba su falta de suspicacia y su total desprecio por la situación histórica. Jung contempló el fenómeno del fascismo con un estado de ánimo «en el que faltaban por completo categorías históricas, verdaderamente políticas, incluso criterios sociológicos o económicos, y que, por tanto, era inadecuado para una evaluación realista de la situación.» Concluye su análisis de este aspecto calificando las cartas de Jung de este periodo como «una conmovedora lección de psicología política.»

El propio Jung confirma esta «ingenuidad política» suya cuando afirma: «… [En el fondo yo era completamente apolítico» (Briefe 1: 280). Pero mientras que el desinterés político de Jung será desechado por muchos como una laguna en su personalidad o en su enfoque, puede convertirse en un punto de partida para una investigación más profunda: ¿por qué Jung no pensaba en términos estrictamente políticos y a qué apuntaba su enfoque? Aquí no podemos discutir esta cuestión en su totalidad, sino que debemos limitarnos a algunas observaciones generales. Lo que llama la atención es que Jung reaccionó ante la cuestión racial de la misma manera que lo hizo con respecto a los «cismas» en la psicología profunda. En ambos casos, Jung no creía en adoptar simplemente una postura a favor o en contra, en defender un punto de vista y combatir el otro y forzar así la cuestión a un punto muerto. Jung quería «reunir a las partes en torno a una mesa de conferencias, para que por fin pudieran conocer y reconocer sus diferencias» (CW 10 § 1032).

El suyo era un enfoque terapéutico. El terapeuta no resuelve los conflictos de sus pacientes llamando a una parte «correcta» o «buena» y a la otra «incorrecta» o «mala», sino que intenta elevar toda la cuestión a un nivel en el que uno ya no se vea atrapado por la cuestión por detrás y arrastrado por sus reacciones emocionales subjetivas. De forma muy parecida, Jung quería elevar el problema racial desde el nivel político, donde hay que elegir entre conformismo e inconformismo y donde, en última instancia, el poder decide la cuestión, a un nivel psicológico, donde la reflexión crítica y la conciencia son posibles -como ya había hecho con el conflicto teórico entre Freud y Adler, al considerarlo desde la perspectiva tipológica.

Visto así, lo que parecía «ingenuidad política» desde una perspectiva política, se revela nada menos que fe psicológica: «Esta ingenua creencia mía en el alma humana puede parecer, desde el punto de vista olímpico de un intelecto hipertrofiado o de una ceguera partidista, risible, sospechosa, antipatriótica y Dios sabe qué» (CW 10 § 1022). Jung no era apolítico, ni siquiera a-político, en el sentido de que evitaba las cuestiones políticas de la época y escapaba al reino de la «Innerlichkeit». Estaba muy comprometido, en el sentido de Mattoon (Spring 1978). Sólo era apolítico en el sentido de que quería -en lugar de una respuesta dogmática correcta/incorrecta- aplicar el enfoque de la resolución psicológica de conflictos a través de la reflexión crítica incluso a los conflictos políticos o ideológicos. No cayó en la trampa de la literalidad, ni uniéndose a la batalla de un lado u otro, por un lado, ni evitando toda la cuestión como si fuera «una zona tabú en la que nadie puede entrar so pena de muerte» (CW 10 §1031), por otro; quiso abordar el problema candente que encontró constelado en su época y ver a través de él.

En otras palabras, no limitó la psicologización a los problemas personales de la vida privada ni volvió a una posición prepsicológica en cuanto surgieron diferencias ideológicas, políticas o teóricas, sino que siguió siendo psicólogo en todo momento; y el hecho de que no tuviera éxito no se debió a una «laguna» por su parte, sino a la falta de fe psicológica y de madurez psicológica por parte del público: nadie estaba preparado para el enfoque psicológico, nadie le dio una oportunidad. La experiencia general de la psicoterapia justifica la opinión de que se podría haber quitado mucho viento de las velas de la cuestión racial si la gente hubiera estado dispuesta a cuestionar críticamente su implicación emocional en ella y a verla como un problema psicológico colectivo. Si hay que reprocharle algo a Jung, es que no se diera cuenta de que estaba «adelantado a su tiempo» y que sobrevalorara a sus contemporáneos, quienes, como ha demostrado la historia, sólo eran capaces de reaccionar en el plano de los juicios a favor y en contra. Puede que en este punto fuera realmente ingenuo, pero la fe en el alma probablemente nunca es «realista» y «eficaz».

Así que estaría de acuerdo con I. Grubrich-Simitis, aunque por razones opuestas, en que las cartas de Jung de la época nazi pueden ser «una lección conmovedora de psicología política». No hay que ver en ellas una enseñanza para ser más político-factual o para adoptar una postura clara contra todo lo que parezca malo o erróneo; esto no sería más que una forma sublimada de resolución primitiva de conflictos por la fuerza bruta.

Más bien deberían considerarse una invitación a todos nosotros para que nos dejemos llevar de verdad por la verdadera cuestión que subyace a cualquier problema o prejuicio que se constate, independientemente de que sea razonable y aceptable o estúpido y vergonzoso, y así pasar del nivel de los hechos a otro en el que sea posible el movimiento psicológico.

Esta es la verdadera razón por la que, por muy valiosa que sea la investigación de Cocks, no basta con responder a la pregunta sobre el supuesto antisemitismo de Jung en el plano histórico-factual (con un sí o un no o algo intermedio). Pues tal respuesta no mueve nada. Una respuesta verdadera sólo puede darse asumiendo la tarea que Jung señaló y que aún está por hacer: la tarea de entrar en el recinto tabuizado de los prejuicios raciales, de permitir que nos toquen, de hacer de los imponderables de las propias diferencias étnicas un tema de examen psicológico y de penetrar en ellos hasta un punto en que se hagan visibles sus proporciones míticas y nuestro arraigo histórico y étnico. Esta es, sin embargo, una tarea que exige más conocimiento y perspicacia psicológica de lo que la mayoría de nosotros podemos ofrecer, como queda claro en una de las cartas de Jung de abril de 1957 sobre el trasfondo étnico del pensamiento de Freud:

Para una comprensión real del componente judío en la perspectiva de Freud sería necesario un conocimiento profundo de los supuestos específicamente judíos con respecto a la historia, la cultura y la religión. Puesto que Freud exige una evaluación extremadamente seria en todos estos niveles, habría que sumergirse profundamente en la historia de la mente judía. Esto nos llevaría más allá de la ortodoxia judía, a los trabajos subterráneos del jasidismo (por ejemplo, las sectas de Sabbatai Zwi), y luego a las complejidades de la Cábala, que aún permanece inexplorada psicológicamente. El hombre mediterráneo, al que también pertenecen los judíos, no está exclusivamente caracterizado y moldeado por el cristianismo y la Cábala, sino que todavía lleva dentro una herencia viva de paganismo que no pudo ser erradicada por la Reforma cristiana. Yo… me he dado cuenta de que hay que tener en cuenta todos estos hechos para comprender realmente el psicoanálisis en su forma freudiana ….

En vista de la sombra manchada de sangre que se cierne sobre la llamada «comprensión aria del judío», cualquier valoración que cayera por debajo del nivel de estas -como puede parecerle a usted- altisonantes condiciones no sería más que un lamentable malentendido, especialmente en suelo alemán. (A Edith Schroeder, Cartas II: pp. 358-59.)


1 Nota del editor: En un artículo titulado “C. G. Jung and German Psychotherapy, 1933–1940: A Research Note” (Spring 1979, pp. 221–227), el historiador Geoffrey Cocks investigó la cuestión de «si las acciones de Jung con respecto a Alemania tras la toma del poder por Hitler representan necesariamente la expresión de un antisemitismo fundamental por su parte». En la presente «Posdata», Giegerich continúa el planteamiento histórico de Cocks sobre esta cuestión con una discusión sobre cómo habría que concebir un enfoque psicológico de la misma.

La psicología como teoría liberada (dentro de sí misma)

Logos del alma

El objeto de la psicología es la conciencia en cuanto logos de la psique, al menos lo es para una perspectiva que asume al alma como su núcleo de estudio y que se concibe como psico-lógica. Por ende, el objetivo primordial del abordaje anímico no es la conducta, ni el comportamiento, ni el psiquismo humano y sus mapas topológicos y sus órganos imaginales. Tampoco tiene como fin el bienestar o el mejoramiento moral de las personas, ni su edificación, pues se considera que la individuación de la persona es una consecuencia, sin importancia, de la comprensión de que el alma preexiste en su propio carácter de absoluto. Además, desde la dimensión del alma el hombre es una cosa ínfima y sus necesidades nunca son fijas.

Todos los elementos psíquicos son imágenes e ideas por medio de las cuales la consciencia se conoce a sí misma y permanecen externos a ella hasta que no se lleva a cabo el ejercicio de la reflexión y se les permite desvanecerse en su negatividad, solo entonces cobran importancia, cuando lo pensado en ellos se piensa a sí mismo y se interioriza en su propia forma para poder existir como la no-existencia de ellas mismas, liberadas de su literalidad. Toda presencia guarda dentro de sí una noción atrapada en su positividad, la cual es debido pensar para poder emanciparla como autorreflexión, como noesis noeseos. El alma siempre piensa y lo hace en la profunda exterioridad de sus propios objetos.

Al abordaje activo de la psicología lo llamamos psicoterapia, pues implica un cuidado atento de la propia psique, como la perspectiva que atiende la inteligencia del fenómeno, considerando a su característica sintomática como una expresión legítima del propio movimiento lógico del alma. El síntoma es un pensamiento ocluido en sí mismo que es necesario seguir pensando de tal manera que éste pueda llegar a su hogar en la consciencia. Por eso se considera a lo patológico como una guía imprescindible y como el propio esfuerzo del alma por “curarse” a sí misma. El psicoterapeuta no es otra cosa sino un guardador, un aprendiz del pathos de la psique, ella tiene su propio ethos y no siempre compagina con lo que el individuo preferiría. Por todo esto la psicología debe ser psicoterapéutica para ser psicológica.

El psicoterapeuta guarda en su corazón el misterio del fenómeno, pero a su vez él mismo es introducido en el núcleo de dicho misterio, sin embargo a tal dimensión solo puede acceder aquello que es idéntico a lo que se presenta. Se asume entonces que el psicoterapeuta debe desaparecer mientras el opus se desenvuelve y que su labor implica el esfuerzo por desvanecerse de la mejor manera. Un buen psicólogo es quien en el ejercicio del pensar permite que lo otro sea quien se piense, el psicoterapeuta es aquel que se puede apartar para dejar que el logos del alma haga la psicoterapia.

Por todo lo dicho el objeto de la psicología no puede ser aprehendido bajo programas fijos o estrechos o ante esquemas externos al fenómeno, C. G. Jung recomendaba estudiar todo lo posible y frente al paciente olvidarlo todo. Esto no significa dejar a un lado la teoría y entregarse a la pura intuición o a una suerte de anarquismo teórico-metodológico; más bien implica que la teoría, aprendida con mucho esfuerzo, debe ser abandonada al ser superada por una dimensión nueva del conocimiento. Tal dimensión contiene lo estudiado y lo sabido, se funda en ello, o mejor dicho se nutre de esa cascara o cascaron vacío que ésta abandona una vez que ha surgido.

Lo conocido ha sido la vida del logos durante un momento, pero para desenvolverse tiene que abandonar dicha posición o hacerse consciente de que ya ha dejado atrás su antigua estancia. Pero esto no es el salto de una teoría a otra teoría mejor o diferente, lo cual solo sería un movimiento horizontal que mantendría a la consciencia en la misma dimensión, fingiendo que ha habido un cambio. El movimiento es un movimiento en la lógica del entendimiento y sólo así, con la muerte del saber del sujeto puede el objeto de la psicología surgir de manera plena y por fin morar en la consciencia, es decir, llegar a casa a sí mismo.

En cambio, un programa fijo cuyo objetivo primario es pragmático, cercará a su objeto para poder entenderlo, lo abstraerá de su contexto lógico, reduciéndolo a un objeto aislado y, sin saberlo, lo obligará a cumplir un destino programado por una metodología positivista. Todo ello dará buenos resultados y será útil y eficiente, medible y comparable, pero este sistema de poder prevalece a costa del propio saber del objeto, quien alienado de su consciencia permanecerá mudo, en un hacer separado del conocer, una vía tecnológicamente compulsiva que destruye sistemática su carácter de Otro.

La bomba nuclear y el destino de Dios: Sobre la primera fisión nuclear

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘Technology and the Soul’, volumen II de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 5, pp. 101-115

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Si se observa una pintura medieval, como la de la escuela holandesa, hay que acercarse mucho para apreciar sus detalles. Cada pelo de un cuello de piel, cada brizna de hierba, parecen estar pintados por separado. Sin embargo, si nos acercáramos a un cuadro de un impresionista francés, sólo veríamos manchas de pintura, pero ningún cuadro. Así pues, cada cuadro prescribe al espectador la distancia que le corresponde. Esto no sólo es cierto para los cuadros, sino para todos los temas de contemplación, incluidos los de reflexión teórica. Por esta razón, depende mucho de que encontremos la distancia «correcta» a nuestro tema, la bomba nuclear. Porque si nos acercamos demasiado a ella y la contemplamos sólo desde nuestro presente inmediato, sólo en el contexto de los bloques de poder y las negociaciones de desarme actuales, sólo en el contexto de nuestros temores personales de supervivencia, entonces sólo tendremos una percepción esencialmente reducida de la bomba.

ENCONTRAR EL PUNTO DE VISTA ADECUADO

La bomba nuclear amenaza la vida en su totalidad. Esto significa que debemos encontrar un punto de vista que conceda a la bomba el horizonte más amplio posible dentro del cual sólo pueda desplegar toda su esencia. Porque todo lo que tiene el poder de poner en juego nuestro mundo en su conjunto debe ser una especie de equivalente de este mundo en pocas palabras y, como tal, estar profundamente entretejido y enraizado en la historia y la realidad de nuestro mundo occidental en general.

El contexto de los problemas de supervivencia y la política de poder actuales sólo permite una percepción muy limitada de la bomba. Nuestra imagen de ella sería igual de reducida si la entendiéramos meramente de forma personalista: como la expresión de nuestras agresiones reprimidas, nuestra «tradición patriarcal hipertrófica», nuestra arrogancia y nuestra actitud de aprendiz de brujo, por mencionar sólo algunos de los tópicos más comunes. La bomba nuclear, en su fenomenología, es tan inmensa y tan inhumana que, a pesar de ser un objeto fabricado por el hombre, se extiende mucho más allá de lo meramente humano hasta la dimensión de lo ontológico y lo teológico, hasta la dimensión del Ser y de los dioses. Sólo en este plano podemos esperar hacer algo de justicia a su espanto.

Sin embargo, no hablo como teólogo, sino como psicólogo y fenomenólogo. Como tal, estoy convencido de que siempre que se trata de puntos de inflexión fatídicos, ya sea en la historia o en nuestra vida personal, tenemos que mirar a los dioses y a su destino. Los dioses y lo que les ocurre son, simple y naturalmente, la articulación de ese fondo de la psique colectiva en el que se producen las grandes decisiones de calado histórico, decisiones que a su vez son el marco en el que transcurre la vida y el pensamiento de cada época histórica. No postulo dioses de manera metafísica, y mucho menos los propago como objetos de fe. Simplemente me quedo con la fenomenología de las imágenes de Dios tal y como se dan en la realidad. Considero que éstas son el punto en el que algo del trasfondo oculto de la existencia histórico-psicológica del hombre se nos hace visible en formas o rostros concretos, de modo que no estamos meramente condicionados por este trasfondo desde atrás como objetos aburridos, sino que podemos, como corresponde a los humanos conscientes, relacionarnos con ellos cara a cara. Así podemos establecer y cultivar una conexión psicológica que sin las imágenes de Dios no sería posible: la cultura y el culto psicológicos, la therapeia, la religio-como la observación cuidadosa (relegere) de los dominantes arquetípicos que vinculan (religare) nuestras percepciones, pensamiento y comportamiento.

El destino de Dios que tenemos que considerar en relación con nuestro tema me parece que tiene lugar en los acontecimientos que se nos cuentan en la historia  del Antiguo Testamento1 sobre la adoración del Becerro de Oro (Ex. 32).

LA HISTORIA DEL BECERRO DE ORO COMO DOMINANTE PSICOLÓGICA

No quiero leer esta historia como un documento histórico, ni con la pregunta en mente: ¿Qué ocurrió realmente y qué significó en el contexto de su época y para la vida religiosa de los judíos? Tampoco me ocuparé de cuestiones de crítica textual, fuentes, autoría y de las revisiones que haya podido sufrir el texto. Con tal planteamiento, el relato se convertiría en un mero objeto de indagación y quedaría desplazado a la lejanía de un pasado remoto y exótico que, en el fondo, nos es indiferente. Paradójicamente, la búsqueda del sentido «original» del cuento y de las intenciones «originales» de sus autores no nos devuelve a los verdaderos orígenes; más bien produce un artefacto, la reconstrucción de un pasado pretérito que sólo es posible gracias a ingeniosos métodos científicos. No es que pretenda dudar de la corrección de las reconstrucciones históricas. Simplemente pienso que nunca pueden conducirnos al origen, sino sólo a algo esencialmente derivado: la historia abstracta.

El origen no se encuentra en la edición crítica en la «lengua original» de un texto, ni en el conocimiento exacto de los hechos históricos que rodean al texto; el origen es más bien la historia de la Biblia tal y como nos la contaron en la infancia en nuestra lengua materna -en una forma, teológicamente hablando, posiblemente bastante insostenible- y, sobre todo, tal y como se la contaron durante siglos a nuestros antepasados, que ciertamente no se vieron afectados por las preocupaciones histórico-críticas. Sólo así está viva la historia en la psique occidental. Toda la erudición crítica llega demasiado tarde, va detrás de la imagen real arraigada en lo más profundo de nuestro ser y de nuestra tradición. Toda investigación científica presupone esta imagen y, por supuesto, en última instancia, sólo se lleva a cabo por ella y porque, en primer lugar, despertó la curiosidad de los estudiosos.

Es el trágico error del Occidente cristiano haber tomado lo histórica o teológicamente «correcto» por lo real, y así haber pensado que el verdadero cristianismo podía encontrarse en la interpretación más sofisticada y pura de la doctrina cristiana. Esta ficción nos hizo ciegos a los efectos reales de nuestra religión, permitiéndonos conformarnos con nuestro mejor juicio y pensar que, gracias a la corrección erudita de nuestras ideas, las imágenes primitivas se habían acabado. Pero la imagen simple no fue empujada a la inexistencia por la visión corregida, sino que simplemente desapareció de nuestro campo de visión, de modo que pudo estar en acción sin ser perturbada. Conserva su propia «voluntad», que no está necesariamente de acuerdo con la mejor exégesis teológica, y quiere materializarse a sí misma (en lugar de la «verdadera intención»). Incluso bajo la superficie de la teología más erudita, es la simple imagen la que realmente se cree y tiene fuerza motriz. Nuestro mejor juicio, precisamente porque es mejor, más elevado, meramente consciente, no tiene ni ha tenido nunca importancia psicológica e histórica, pues carece de poder transformador, mientras no se haya filtrado hasta convertirse, al cabo de mucho tiempo, en una nueva imagen en la psique por derecho propio. Sólo la imagen primitiva es históricamente potente, tanto en el individuo como en los pueblos.

Por lo tanto, me gustaría leer la historia del Becerro de Oro como la imagen psicológicamente real como la que se ha implantado, como una semilla, en la psique receptiva de los pueblos del Occidente cristiano inicial y, tras un periodo de incubación que duró varios siglos -llamado habitualmente «Edad Media»-, empezó a brotar hasta que finalmente dio frutos maduros en nuestro siglo. Intento escucharlo como parte de ese «mito» en el que vivimos y que sustenta la constitución ontológica del mundo occidental.

Esta historia es, por así decirlo, una historia de la colisión de dos mundos. El primer mundo está situado en las tierras bajas y se caracteriza por una imagen de Dios con forma de animal fundida en metal a la que el pueblo adorador lleva ofrendas y en cuyo honor celebra una fiesta, entregándose lúdicamente a esta celebración. El otro mundo es el de la cima de una montaña2 y se caracteriza por un Dios invisible y trascendente en las alturas, por un código de leyes morales grabado en tablas de piedra y, tanto por parte de Dios como de Moisés, por una ira feroz contra el pueblo celebrante.

Moisés, acalorado por la ira, con la Palabra de Dios en su mente y las tablas de la ley en sus manos, rompe la piedra en su ira. Irrumpiendo como un extraño en la multitud juguetona, interrumpe la celebración sagrada y pulveriza la imagen animal. A Aarón, que hasta ese momento había participado inocentemente en la ejecución del ritual, le da mala conciencia, de modo que Aarón se avergüenza y siente la necesidad de justificarse. Y finalmente obliga a todos a tomar una decisión: «¿Quién está del lado del Señor? Que venga a mí». Ordena a sus seguidores que tomen sus espadas y recorran el campamento de puerta en puerta y maten a cada uno de sus hermanos, a cada uno de sus compañeros y a cada uno de sus vecinos. «Y aquel día cayeron del pueblo unos tres mil hombres».

Siempre hay una diferencia crucial en cuanto a las imágenes «míticas» con las que nos informamos colectivamente. Hemos sido educados con esta historia; esta imagen de una masacre ejecutada sobre los adoradores del Becerro de Oro por celo del verdadero Dios ha sido implantada en el alma del hombre occidental durante dos mil años. Ha echado raíces profundas y nos ha imprimido miedos traumáticos. Todos vivimos bajo el hechizo de esta masacre. La conmoción es profunda. Desde que sonó la llamada «¿Quién está del lado del Señor? que venga a mí», resuena una y otra vez en lo más profundo de nuestro ser. Y desde entonces una grieta incurable atraviesa el «pueblo» de nuestra alma, infectando todos nuestros pensamientos y experiencias y moldeándolos según su imagen.

En lo que respecta a nuestras aspiraciones más nobles, desde entonces se nos ha colocado a priori en un lado, en el lado del verdadero Dios, independientemente de que lo conozcamos y nos guste o no, y no debemos, seamos creyentes o no, temer más que deslizarnos al otro lado, el de los adoradores del Becerro de Oro, el lado de los asesinados. No tenemos elección mientras no trabajemos conscientemente el trauma de esta escisión. Pero simultáneamente con el mantenimiento de un lado (el del Señor), el otro lado, el de la idolatría, se constela también, y nuestros instintos escindidos, más primitivos, sucumben por necesidad cada vez más a la fascinación cada vez mayor que la imagen terrestre, ahora denostada como ídolo, ejerce sobre nosotros. Pues esa grieta que separa al mundo sólo existe como oposición, es decir, como unidad separada, de ambas partes. Sin ídolos, no hay Dios «verdadero», y sin éste, no hay dioses «falsos».

DESCUBRIENDO LA CUESTIÓN NO MENCIONADA DE LA HISTORIA

Si seguimos la perspectiva del narrador, esta es una historia de la caída infiel de los hijos de Israel de su verdadero Dios que los sacó de la tierra de Egipto, y de su posterior castigo. Sin embargo, si vemos a través de la intención didáctica del informe narrativo a su contenido latente, obtenemos una imagen totalmente diferente. Los estudiosos del Antiguo Testamento nos informan de que la palabra hebrea traducida como «becerro» no pretende en realidad referirse a un becerro en esta historia, sino que es un término despectivo para la imagen de un toro que, de hecho, era el objeto de adoración.

Aún más importante es el hecho de que el propio Yahvé tenía originalmente una naturaleza de toro, de acuerdo con toda la antigua religión semítica. Esto se manifiesta incluso en tiempos posteriores, como en Amós 1:2: «El Señor rugirá».3 El Dios tribal de los israelitas, el Dios de la confianza, era, sin duda, un Dios joven, pero con él los israelitas se remontaban a la tradición religiosa más antigua del Próximo Oriente, al Dios más elevado de los antiguos semitas, El elión (Gn. 14), el Señor del Cielo y Dios del Mundo.4 Este Dios es constantemente apostrofado en los textos ugaríticos como «El Toro». Esto significa que la imagen del toro adorada por los Hijos de Israel en nuestra historia y conocida por nosotros con el nombre de Becerro de Oro no era un Dios diferente, ajeno, en oposición al Dios supremo, ¡sino que era este mismo Dios!

Desde este punto de vista, nuestra historia no es simplemente una historia de rebelión e infidelidad. Más bien esta historia narra un acontecimiento fatídico en la historia de este mismo Dios. Esta escena anuncia dramáticamente un cambio dentro de Dios. Dios se separa de un aspecto de sí mismo. La naturaleza de Dios se divide. El pueblo celebrante no era en absoluto desleal; al contrario, hacía lo que hasta ahora había sido siempre agradable a Dios. Pero ahora se ven sorprendidos, incluso descendidos de la nada, por este cambio en Dios, que por primera vez progresista Moisés parece haber previsto. Y como siempre que hay cambios en la esfera divina para los que la conciencia humana no está preparada, tienen que pagarlo caro.

En el antiguo Cercano Oriente no parece haber habido dioses estrictamente teriomorfos como los que había en Egipto (por ejemplo, el toro Apis). Más bien, se suele encontrar la conexión de dioses antropomórficos con animales como sus asistentes, es decir, una deidad con forma humana se muestra sentada en un trono mientras sus pies descansan sobre toros. El toro sirve de pedestal a la divinidad. Además, existe un culto muy extendido que se prolonga hasta la antigüedad tardía, en el que se erige el trono vacío de la deidad para invitar a bajar a la deidad, que en este caso se consideraba esencialmente invisible. En la historia del Becerro de Oro podríamos entender la imagen del toro como un pedestal erigido con el fin de invitar al alto Dios invisible a descender y manifestarse.

El animal como símbolo o pedestal de una deidad antropomórfica o invisible sugiere ya una diferenciación interna en la naturaleza de Dios. El aspecto animal como pedestal se ha convertido en un aspecto literalmente inferior de este Dios; el toro se ha convertido en un mero ayudante que acompaña al Dios, aunque siga siendo su fundamento, mientras que el propio Dios se desmarca obviamente del animal por medio de su forma humana, o incluso más como un Dios esencialmente invisible, el que una vez llevó él mismo el título de Toro. Pero incluso esta deidad apartada y elevada seguía estando esencialmente unida a su animal. Este era él mismo en su aspecto visible, y la imagen del toro poseía el poder de atraer el aspecto invisible hacia abajo.

Sin embargo, lo que ocurre en nuestra historia es que Dios se desprende, por así decirlo, de los toros, de su base animal, y despega hacia las alturas. Así, la espada de Moisés no sólo separa al pueblo en dos mitades, no sólo mata a los tres mil fieles al Becerro; sino que esa espada corta los últimos hilos que atan a Dios a su antigua forma divina de toro. Se trata, pues, de un relato del nacimiento de Dios tal y como lo conocemos a través de un desdoblamiento del Ser como tal, un relato del nacimiento de la noción de Dios dominante todavía hoy y que informa la constitución ontológica de nuestro mundo.

EL NUEVO DIOS

¿Cuál es la noción de Dios que resulta de la disociación en la naturaleza de Dios? En primer lugar, Dios se desprende de su visibilidad de una vez por todas y se convierte en un Dios totalmente invisible. El toro real era a la vez también una epifanía del Dios. Incluso el Dios invisible del antiguo Oriente Próximo estaba «basado» en su pedestal visible. Dios necesitaba una imagen animal visible para hacerse presente. Porque, como diría Thomas Mann, «¿Cómo contemplarías al Dios, si no es en el animal?».5 Ahora ya no puede haber epifanías. Dios sólo está presente en la fe y en la predicación de su palabra.

En segundo lugar, Dios deja de ser un poder inmanente al mundo y se eleva a la altura de un Dios completamente sobrenatural, trascendente, extramundano. Sólo como tal es posible que Dios se convierta en el creador en el sentido bíblico, es decir, en el creador de la nada. Los dioses míticos eran fenómenos naturales, el trueno, el grano, el sol, el océano, la muerte, y como tales no eran creadores extramundanos del mundo, sino partes o aspectos del mundo. Incluso el dios esencialmente invisible de Asia Menor no salía del mundo, sino que era el fenómeno de una fuerza invisible inmanente en el mundo.

En tercer lugar, este Dios se convierte en el Dios monoteísta absoluto. Mientras Dios tenía forma de toro, no podía haber un solo Dios, tan seguro como que había, además del toro, también sol, mar, rayo y trueno, etc. Como forma visible tenía que ser necesariamente particular, un Dios al lado o tal vez también por encima de muchos otros, pero incluso si por encima de ellos, entonces sin embargo sólo como primus inter pares.

En cuarto lugar, junto con la forma de toro, Dios rechaza su naturaleza animal y se define a partir de ahora como espíritu, puro espíritu.

En quinto lugar, pierde su realidad corporal concreta, convirtiéndose gradualmente en una idea idealizada. Digo gradualmente, porque sólo con el Nuevo Testamento se completa el proceso de la idealización completa de Dios como amor puro y Dios se identifica totalmente con este ideal de sí mismo. El lugar de la epifanía, es decir, de su manifestación en la realidad terrenal tal y como es en cada momento, lo ocupa ahora la revelación, es decir, la declaración verbal sobre su verdadera naturaleza. Como la epifanía ya no es una posibilidad para Dios, debe exigir la fe, la creencia en sus declaraciones. Las epifanías hablaban por sí mismas. Eran la autorrepresentación irreflexiva y sin censura de Dios a través de su comportamiento real en el mundo. No era necesario, es más, no se podía, creer en Baal, el Dios de la tormenta, o en Astarté, la Diosa del amor y la guerra, porque los tenías en la guerra y la tormenta ante tus ojos y estabas expuesto a su funcionamiento. Por el contrario, un autocomentario que ya no se confirma en la realidad sensorial depende de la creencia y la fe y requiere un flujo ininterrumpido de testigos que lo profesen.

Como sexta y última característica de la nueva noción de Dios que resultó del desdoblamiento de Dios, menciono el literalismo. El culto original se dirigía a la imagen, al fenómeno, a la manifestación fenoménica. Los adoradores del Becerro de Oro no confundían de ninguna manera, podemos suponer, con dios el Becerro de Oro como objeto en el sentido positivista, porque en una cultura ritualista tal objeto no existía todavía. No, dios era la visión visible del brillo dorado y la poderosa forma de toro, la visión de la imagen brillando desde lo que hoy llamaríamos un objeto muerto. Y los adoradores del Becerro de Oro no «creían» en la imagen a modo de mistificación, como si fuera algo diferente de lo que realmente era: una imagen, nada más. Porque todos sabían, por supuesto, que acababa de ser fundido de sus propias joyas. Pero cualquiera podía ver inmediatamente, por la calidad imaginal que irradiaba el toro, que se trataba de Dios. La esencia de Dios estaba originariamente en la radiación y en la numinosidad inherente a este brillo metafórico.

Al desprenderse de su imagen de toro, Dios se desprende también de todo brillo y apariencia,6 y se establece como un Dios literal. Esto significa no sólo un Dios de mandamientos escritos e inscritos, sino también un Dios que es inequívoco e incuestionable, exclusivamente Dios. Como se ha desprendido de todo lo sensorial y terrenal, puede declararse «el verdadero Dios» detrás de la realidad sensorial, y puede plantearse en un sentido metafísico como literalmente, casi me gustaría decir positivamente, existente. La fe es el modo de esa relación con la divinidad en la que ésta se toma literalmente y como absoluta, en último término como la entidad más elevada. La fe y su contraparte, la duda, se refieren principalmente a la existencia de Dios («porque el que se acerca a Dios debe creer que existe» -Heb. 11:6). En consecuencia, la cuestión de la existencia de Dios ha estado durante siglos en el centro del pensamiento sobre Dios, las mentes más grandes lucharon con el problema de las pruebas y refutaciones de su existencia. La cuestión de la existencia de los dioses míticos nunca se planteó, no podía plantearse. En la situación mítica, la única cuestión importante es el ¿Quién? (¿Cuál?) y el ¿Cómo? de la manifestación de los que brillan en nuestras vidas de forma tan evidente e incuestionable como el sol.

Debemos tener en cuenta la dialéctica de este proceso de disociación. A través de la escisión de su naturaleza, Dios se elevó por encima de sí mismo y ascendió a cotas antes insospechadas. Pudo adquirir una existencia literal. Se convirtió en el Dios puro y verdadero, el absoluto. Pero todo esto no es simplemente una ganancia, sino también una pérdida. El ascenso a lo absoluto es como un absolvere (un desprendimiento) al mismo tiempo una privación: Dios sufrió una considerable pérdida de sustancia y es, como lo infinito, sólo un resto infinitamente diluido de lo que una vez fue, habiendo cambiado el estatus de una realidad fenoménica por el estatus empobrecido de una afirmación que depende de ser creída para obtener la convicción de realidad. Esto contrasta completamente con la existencia saturada e imperturbable que es propiedad de los dioses míticos desde el principio. Su ser-en-el-mundo, sin embargo, no tenía la cualidad de una existencia literal, positiva-factual, sino sólo la de epifanía, de manifestación fenoménica. En otras palabras, Dios sólo pudo adquirir su existencia literal pagando el precio de su sustancialidad, su autoevidencia y su encarnación mundana. Sólo abandonando su realidad sensorial, sólo a través de su mistificación, pudo convertirse en espíritu absoluto y verdadero Dios.

LA INVENCIÓN DE LA IDOLATRÍA Y LA DESTRUCCIÓN DE LA TIERRA

Simultáneamente con la autoexaltación de Dios,7 la realidad sensorial fue empujada a un nivel inferior. Es una misma acción -el golpe de espada de Moisés- que entronizó al verdadero Dios y estableció la idolatría «por primera vez». En esta simultaneidad de movimiento ascendente y descendente, la degradación de la imagen a la condición de falso Dios tiene una prioridad interna. Sólo porque la narración del Becerro de Oro es la historia didáctica de la invención de la idolatría puede ser también la historia de la instauración del Dios «verdadero». La lucha contra los ídolos es el modo en que surgen tanto el «Becerro de Oro» (en el sentido idolátrico del término) como el «verdadero Dios». Porque sin los ídolos y antes de cualquier lucha contra ellos, no había ídolos, sino sólo dioses míticos. Dios (en el sentido del Dios verdadero) y el ídolo -ambos igualmente distantes de los dioses míticos- son lo mismo, aunque no iguales, de modo que dondequiera que se encuentre la idolatría real se puede sospechar del «Dios verdadero» en el fondo y en el entorno de cualquier culto al Dios verdadero se puede contar con la idolatría de alguna manera. La idolatría y el servicio al Dios verdadero, aunque sean opuestos, son gemelos.

El hecho de que Moisés pulverice y derrita el Becerro de Oro es un asalto a la cualidad imaginal de la realidad como tal, un asalto que recibe su fundamento teológico expreso en el mandamiento: «No te harás ninguna imagen, ni ninguna semejanza» (Ex. 20:4), que también entra en el contexto de nuestro relato. Moisés reduce la realidad de Dios a «mera materia»: polvo en lugar de imagen divina. Al igual que Dios se convierte en un Dios literal, aquí se origina la materia en un sentido positivista, si extrapolamos un poco. Es este acto el que da lugar por primera vez a la idea de algo terrenal que no es «nada más que» terrenal, pues se ve privado de su brillo imaginal. Al igual que Dios se convirtió en algo sin mundo por su obtención de lo absoluto, la realidad terrenal se convirtió en algo sin Dios.

Es crucial ver aquí que el hecho de que Dios abandonara la figura visible del toro no significaba que el toro pudiera quedarse como estaba antes. Pues Dios se apartó de él como de su pedestal y al hacerlo lo empujó a las profundidades. Este empuje hacia abajo, puesto de manifiesto en nuestra historia por la trituración del Becerro por parte de Moisés, significa que la misma desimaginación que le tocó a Dios también ocurrió con las cosas de esta tierra. El éxodo de Dios de la realidad sensorial a la espiritualización absoluta, por un lado, y la destrucción de la forma imaginal de las cosas, por otro, son reflejos mutuos, siendo la espada de Moisés el espejo, por así decirlo, que mantiene separadas las dos imágenes del espejo.

Ciertamente, tuvieron que pasar siglos hasta que la imagen divina quedó completamente pulverizada. Sólo con nuestra actual visión del mundo se ha cumplido el programa establecido en esta historia y se ha desmantelado toda la realidad en el «polvo» de las moléculas, los átomos y las partículas elementales subatómicas, a las que, en cuanto a la realidad última y actual, pueden, es más, deben reducirse todas las cosas que tienen una forma visible. Al principio, sin embargo, las cosas conservaron su forma durante más de dos mil años. La destrucción de su cualidad imaginal, que produjo el literalismo, no debe entenderse en sí misma como literal. No es tanto la forma y la imagen de las cosas lo que se destruye, sino la naturaleza imaginal de su forma, su resplandor divino, su brillo dorado, su resplandor numinoso: el poder conmovedor de la imagen. La naturaleza imaginal que antes tenían las cosas reales se reduce ahora a la mera forma de la materia (morphê, forma), de modo que ahora sólo queda una comprensión formal de la imagen. Esto significa que lo imaginal se entiende ahora de forma literal y, por tanto, ha sido subsumido por su propio opuesto. La imagen despojada de su naturaleza imaginal ha sido, por supuesto, pulverizada de forma mucho más radical que si se hubieran pulverizado literalmente todas las cosas formadas.

LA EXPLOSIÓN NUCLEAR Y EL LEVANTAMIENTO PRIMARIO DE LA VOLUNTAD

Hasta ahora, hemos contemplado el proceso divino sólo como una separación en dos partes, en el animal (que se ha reducido a una comprensión biológica y, por tanto, puede ser idolatrado) y en el verdadero Dios. Pero lo que ocurrió comprende más que eso. La separación en dos implica tres aspectos. La unidad original que unía a los dos y que está oculta por esa unidad se libera del todo original como el Tercero de los Dos junto con la disociación. Para que esta disociación en mero toro y puro Dios sea posible en primer lugar, su naturaleza imaginal original, que mantenía a los dos y daba a ambos, Dios y toro, su esencia completa, debe ser primero arrancada de ambos. La descripción completa de lo sucedido en nuestra historia es, pues, la siguiente: primero, el ascenso de Dios a las alturas del espíritu sin imágenes (trascendencia); segundo, el empuje del toro o, más generalmente, de la realidad terrenal al estado no imaginal de la mera materia (positividad empírica); y tercero, la eliminación de lo imaginal de la ontología dominante.

Lo que ha ocurrido aquí es una enormidad. Es la primera fisión nuclear, la fisión nuclear, es decir, la escisión del núcleo del Ser: la imagen. Esta primera escisión fue la que hizo posible las explosiones nucleares de la física moderna. De lo que se trata aquí no es sólo un asunto para los estudiantes de historia religiosa. Se trata de una explosión ontológica que trastorna los fundamentos de la existencia, del Ser como tal. Porque el Ser, en su núcleo más íntimo, está anclado en la imaginalidad.

Si Hillman8 acuñó la frase «base poética de la mente», me gustaría ampliar esta idea y hablar de la base poética o cualidad imaginal del Ser. Y si Jung dijo que la imagen es psique, ahora podemos añadir que el Ser tiene calidad de imagen y de alma. Dios y el toro (el mundo) eran lo que eran sólo en virtud de su naturaleza imaginal.

En correspondencia con las explosiones nucleares de la física podemos describir los tres aspectos de la Primera fisión nuclear como sigue.

(1) La naturaleza divina de Dios, que es el primer componente de la imagen, se eleva a los cielos y se vuelve puramente espiritual. De este modo, irradia con una intensidad inaudita. Es lo que los físicos llaman la «estrella» en las explosiones nucleares.

(2) El segundo componente de la imagen, lo terrenal-sensible, se reduce a mera naturaleza, a creación de Dios, ya no divina por derecho propio. Esto es lo que se llama «ceniza nuclear». La ceniza nuclear no es sólo un producto empírico de las explosiones nucleares del siglo XX; la realidad en general ha sido ontológicamente ceniza nuclear durante más de dos milenios. Despojado de su divinidad inherente, el mundo se hizo accesible en su desnudez empírica a la investigación científica y a la explotación técnica de una época muy posterior. El oro del Becerro de Oro nunca podría haber sido sometido a un análisis químico, el toro nunca podría haber sido utilizado para experimentos biológicos: porque el predicado «Dios» irradiaba de ellos.

(3) La liberación del Tercero de los Dos, la cualidad imaginal, a través de la explosión de la imagen liberó una tremenda energía, al igual que las fisiones nucleares de la física. Esta energía liberada, en primer lugar, dio a Dios el impulso para su despegue hacia la trascendencia; en segundo lugar, proporcionó al mundo el poder para su demonización y para el inmenso aumento de la realidad que experimentó -volveremos sobre esto más adelante-; y, en tercer lugar, produjo lo que llamamos en metafísica y psicología, la Voluntad. La antigua historia del Becerro de Oro es, pues, en el contexto de la historia de nuestro Occidente cristiano, también el mito del nacimiento del ego moderno, cuya esencia más íntima es la voluntad.9

La psicología considera que el ego es un determinado complejo central de la personalidad. Pero es mucho más. Ante todo, es también el modo en que este complejo se ha interpretado y constituido a sí mismo para empezar. Pero incluso esto no es todo. Como poder arquetípico, el ego trasciende lo psicológico en el sentido personalista-humano de la palabra y es, en su significado integral, el modo de ser moderno de todo lo que es, el modo de ser de Dios, del mundo y del hombre. No somos nosotros los que tenemos un ego, el ego o la voluntad nos tiene a nosotros y a nuestro mundo. Al igual que las explosiones nucleares de la física se desencadenan por el bombardeo del uranio con electrones, el golpe de la espada pone en marcha la fisión nuclear ontológica. El golpe de espada, sin embargo, es la forma en que la Voluntad llega a ser. Es la expresión del tremendo celo que embarga a Moisés y que no es más que el reflejo en un humano de ese celo al que, en el mismo relato, Dios acaba de profesar («Yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso», Éxodo 20:5). Pero el golpe de la espada no es el resultado de una voluntad (el celo) existente con anterioridad como su causa o motivación. Más bien, al hacer estallar el modo imaginal del Ser, el golpe de la espada es el levantamiento primario de la voluntad, el acto mediante el cual la voluntad se libera a sí misma en la existencia por «primera» vez. La voluntad nace de sí misma, del ejercicio «repentino» del querer. Es su propio origen. Como ésta es la naturaleza de la voluntad, todo acto de querer tendrá el mismo carácter violento de un golpe de espada que corta el Ser y de una «primera» irrupción en el mundo imaginal.

Fue un acto de voluntad que expulsó a Dios, a la realidad terrenal y a la naturaleza del hombre, a los tres, del medio del ánima, es decir, de lo imaginal, y los sometió así a sí mismo -a la voluntad o al ego establecido por este mismo acto de subyugación- como el nuevo medio de la existencia en su conjunto. Si Nietzsche definió la esencia del mundo como la «Voluntad de Poder», caracterizó precisamente la cualidad metafísica más íntima del Ser, sin darse cuenta, sin embargo, de que ésta era sólo la cualidad del Ser tal como resultaba de la fisión nuclear ontológica, no la cualidad del Ser primigenio; y sin darse cuenta de que al proclamar la Voluntad de Poder como el principio supremo, él, Nietzsche, no era más que el portavoz del Dios-Creador cristiano, un agente de ejecución en la historia de la fisión nuclear ontológica, uno de los ejecutores finales de la voluntad de Moisés.

LA VOLUNTAD COMO PRINCIPIO ONTOLÓGICO SUPREMO

Mientras el Ser estaba inmerso en el reino imaginal del ánima, los rostros de los dioses miraban al hombre desde el interior de las cosas. Esto significa que las cosas reclamaban al hombre. Las cosas y las situaciones exigían de sí mismas tal o cual trato, eran vinculantes. Como imágenes afectaban directamente, en virtud de su numinosidad, al psiquismo instintivo, y por ello conducían a ese comportamiento que llamamos ritual. Desde el declive de la epifanía y el éxodo de los dioses de este mundo a la trascendencia, la fuerza vinculante ha salido de las cosas y las situaciones mismas. Esta fuerza se ha liberado y ahora tiene una existencia separada en forma de normas éticas absolutas. A éstas el hombre tiene que otorgar, por un acto de voluntad y por su propio esfuerzo espiritual, cualquier poder y realidad que puedan tener, porque no tienen fuerza propia.

El ego humano y su actitud moral cargan ahora con todo el peso de la responsabilidad, ya que la mirada divina que surge de la realidad ya no conduce de forma natural a la actividad ritual del alma en el nivel instintivo. El ethos de la época ritualista estaba anclado en la propia realidad externa. No sólo las acciones del hombre, sino que el mundo objetivo era, por así decirlo, ético en sí mismo. La ética abarcaba tanto al hombre como a la realidad. En el caso de la ética moralista, sin embargo, el hombre está solo con su responsabilidad moral frente al mundo de las cosas, que ahora no tiene obligación y está sujeto a decisiones arbitrarias. Las cosas ya no tienen voluntad ni pretensiones propias, son, como se dice, «éticamente neutrales».

En ese momento en que las cosas ya no son imágenes de dioses, sino que tienen a su Dios como creador extramundano fuera de ellas mismas, se han convertido en juego limpio, en objetos mudos para el estudio y la explotación. De ahí que una ley moral impuesta desde arriba se convierta en una necesidad para restringir el uso de la realidad ahora proscrita. Así, la historia de la separación de Dios del Becerro de Oro tenía que ser también, inevitablemente, la historia de los Diez Mandamientos tallados en tablas de piedra, es decir, la historia de un cambio de la relación psicológica y ritualista con el mundo a una relación espiritual y moralista, y al mismo tiempo la historia de la instalación del hombre en su nuevo modo de ser como el dispuesto.

Sin embargo, esta cosificación de la realidad no es obra de los hombres. Más bien, ser materia muerta explotable es la naturaleza real de las cosas desde que dejaron de ser imágenes divinas y se convirtieron en cosas creadas, en cosas hechas por Dios. Pues sólo secundariamente y de forma indirecta, es decir, sólo si el hombre cree en el creador extramundano con un acto de fe precario y constantemente sometido a tentaciones, se les puede suministrar una cierta calidad de imagen. Pero ésta seguirá siendo siempre una cualidad imaginal de segunda mano, una imago dei infinitamente alejada de Dios mismo.

El segundo componente de la imagen, Dios, también ha sido sumergido y sometido al elemento de la voluntad del ego, al igual que la realidad terrenal. Dios está ahora fuera del mundo, de modo que ya no habla al alma a través de epifanías visibles y ya no le impone la impresión abrumadora de su realidad incuestionable. Dios ya no es nada por sí mismo; ahora sólo es una idea, un flatus vocis, completamente sujeto a las contingencias y vicisitudes de la fe del hombre. Sólo indirectamente, sólo a través de un acto espiritual del hombre (la fe) se puede dotar a Dios de ese poder que le da una realidad secundaria. La fe es la afirmación volitiva que el hombre otorga a Dios. Y sin este impulso del hombre, «Dios» sigue siendo una palabra vacía, como demuestra la historia del mundo moderno. La fe tiene, pues, una naturaleza contradictoria. Por lo que dice como contenido de su creencia, erige a Dios como creador; pero por lo que hace, por lo que supone el acto de fe en sí mismo, hace que la realidad de Dios dependa de la voluntad del hombre. No es Dios quien crea al hombre a su imagen y semejanza, sino que el Ego crea a Dios.

DIOS «VERDADERO» Y DIOSES «FALSOS»: LA MORALIZACIÓN DEL SER

En esta coyuntura, profundicemos en el análisis de la disociación del Ser en el sentido de una fisión nuclear ontológica. La escisión de Dios de su imagen como toro tiene consecuencias para las categorías del Ser como tal. Lo que se escinde aquí, son, en última instancia, lo verdadero y lo real. El Dios resultante de la escisión es el Dios «verdadero»; lo que queda del toro después de la escisión es, ciertamente, visible y tangible, es decir: real, pero sólo es un ídolo, un Dios falso. Por lo tanto, también podemos decir que esta Primera fisión nuclear parte la verdad de Dios y su realidad.

Verdad y realidad son grandes palabras, con múltiples significados según el marco filosófico subyacente. ¿Cuál es la base filosófica de mi uso de estos términos? Ninguna. No aplico a nuestro tema los términos verdad y realidad como construcciones metafísicas prefabricadas y como elementos de mi «sistema» filosófico. No pretendo que exista algo como la verdad de Dios o que yo tenga conocimiento de la verdad de Dios. Más bien, tomo la palabra «verdad» y su significado de nuestro cuento. Vemos que en la historia del Becerro de Oro surge un Dios que dice ser «el Dios verdadero». «La verdad» en este sentido enfático y absoluto se plantea aquí «por primera vez», por así decirlo. Sólo me preocupa ese tipo de verdad que Dios reclama para sí mismo; si tiene alguna validez fuera de la fantasía y la terminología de este relato mítico no interesa en este contexto. Pues «lo absoluto» o «per se» está, como vemos, establecido por este mismo relato, de modo que metodológicamente no tendría ningún sentido postular como categoría a priori y necesaria del pensamiento lo que sólo es producto de un acontecimiento concreto de la mitología occidental, la escisión de la imagen.

Se puede describir fenomenológicamente el acontecimiento de nuestra historia como sigue: Toda la verdad de Dios, es decir, la divinidad de Dios (o el predicado Dios o también la idea pura de un Dios) se extrae de las imágenes de Dios y se aísla como un destilado purificado de la divinidad. Por un lado, Dios se convierte en el ideal de un Dios que carece de una realidad convincente. Por otro lado, surge una realidad terrenal de Dios cuya numinosidad se hace cada vez más insistente, pero se le niega el reconocimiento como divino. La palabra ídolo es la «formación de compromiso» resultante (en el sentido de Freud). En la palabra ídolo subyace tanto el reconocimiento del poder real, numinoso, que ciertas realidades tienen sobre el alma, como al mismo tiempo la negación del predicado Dios para este impacto numinoso que sentimos.

Es posible que la enormidad de lo que ha sucedido aquí no nos haya llegado todavía. Originalmente, la verdad y lo real iban juntos como algo natural. Lo real era también lo verdadero y lo verdadero sólo lo era en la medida en que era real. La situación en la que verdad y realidad son lo mismo, aunque no sean iguales, tiene el carácter de phainesthai, apariencia, brillo. Es la situación de la realidad mítica o ritual. La unidad esencial de lo verdadero y lo real que encontramos en el mundo mítico se ilustra con mayor claridad en una conversación entre C. G. Jung y un jefe de los indios Pueblo. Para el jefe y su pueblo el sol era el Padre divino. Jung le preguntó al jefe si no pensaba que el sol era una bola de fuego, moldeada por un Dios invisible. Jung, en otras palabras, utilizó el argumento de Agustín: «Dios no es el sol, sino Aquel que hizo el sol».10 Para el indio esto era, según nos cuenta Jung, la más horrible blasfemia. Él se limitó a responder: «El sol es Dios. Todo el mundo puede verlo». «Esto es el Padre; no hay ningún Padre detrás».11

Este jefe Pueblo insistió en que los efectos numinosos de los fenómenos reales en la psique sean reconocidos de todo corazón como Dios. No hay nada detrás del fenómeno. Y, por tanto, tampoco una mera «realidad externa». Lo que se manifiesta e impresiona al alma (incluyendo, sobre todo, la imagen primordial de la manifestación o el brillo mismo: el sol) es verdadero en virtud de su brillo, y no hay aquí otra noción de verdad. Por eso la realidad debía ser vinculante y comprometedora en sí misma. Llevaba en sí la Verdad, es decir, la divinidad de Dios, y por tanto el valor anímico supremo. El significado de la verdad en este contexto es algo que nos vincula o incluso nos obliga y que es reconocido por nosotros sin reservas. Debemos admitir que 2 x 2 = 4. Sin embargo, hoy en día, la verdad en contextos filosóficos o religiosos es una categoría totalmente diferente de la realidad. Que la bomba nuclear sea real en la medida en que nos fascina y asusta profundamente, no significa en absoluto que sea algo incuestionablemente verdadero en el sentido actual de la palabra y que tenga un poder vinculante sobre nuestra actitud hacia ella. Por el contrario, tenemos que degradarlo junto con todo lo verdaderamente numinoso en un ídolo, incluso en algo satánico, ya que la habitual degradación subjetivista de los factores numinosos como mera ilusión o engaño no parece tener éxito en el caso de la bomba.

Con la distinción entre dioses verdaderos y falsos, se produce una confusión fundamental. La verdad ontológica se confunde con la verdad lógica, es decir, con la verdad de nuestros enunciados o predicados. El Ser real y nuestro reconocimiento de esta realidad como válida y vinculante se separan. El reconocimiento se convierte en algo independiente, del mismo modo que con el papel moneda, el valor de las cosas se convirtió en una entidad separada. Ahora se puede conceder o negar a cualquier realidad ad libitum.

En realidad, por supuesto, no puede haber dioses falsos. Porque o son dioses, entonces no son falsos, o son otra cosa, entonces tampoco son falsos. Lo real es simplemente lo que es, y en ello radica la verdad inconmovible de todo lo que existe. No hay clima verdadero y falso, no hay árboles verdaderos y falsos, pero hay muchas clases de climas y de árboles. «El Dios verdadero» tiene tanto sentido como una afirmación como «Sólo el sol es el clima verdadero; la lluvia es el clima falso». Las opiniones y las afirmaciones pueden ser falsas, pero no las realidades. Sin embargo, con las palabras «ídolo» y «falsos dioses» no se critica una opinión errónea. Más bien se degrada una realidad: la numinosidad del toro de oro, del sol, de la tormenta eléctrica.

La energía liberada por medio de la destrucción de la cualidad de imagen se ha convertido en un instrumento de poder con el que se pueden condenar arbitrariamente ciertos aspectos de la realidad12 mientras se exaltan otros, es decir, con el que se puede manipular el mundo en una determinada dirección -la dirección que frecuentemente se llama desarrollo de la conciencia, o progreso evolutivo. Aquí vemos de nuevo que la voluntad ha subyugado al Ser como tal. La espada de Moisés es la invención de la idea de que hay falsas realidades y que lo verdadero (o como se dice en psicología: el verdadero yo) no se ve, no se deja ver, en lo que realmente existe.

Mientras la realidad llevaba en sí misma el predicado verdad, cualquier cosa que tuviera ese tipo de efecto sobre el alma que a modo de abreviatura sólo quiero indicar con la única palabra numinosidad, era en sí misma dios o daimon. El efecto fáctico era la única medida de la verdad. Ahora, sin embargo, el efecto fáctico ya no cuenta. Qué y dónde está Dios está determinado por una definición predeterminada establecida en el dogma. Ahora sabemos a priori que ciertas cosas, aunque sean altamente reales y numinosas, no pueden ser Dios, porque no deben ser Dios. De este modo obtenemos una nueva formulación para la paradoja antes mencionada: que Dios al haberse elevado a la más alta altura de lo absoluto se ha sometido en verdad a un ideal o norma, y que a la inversa sólo puede ser el «verdadero Dios» en la medida en que se subordine a esta norma. Dios obedece ahora a un super-yo, por así decirlo. No puede simplemente ser y aparecer como es, no tiene libre juego para su naturaleza, sino que debe cumplir con una norma fija de una vez por todas (summum bonum, amor puro) que está inmunizada contra su comportamiento real por el dogma, el oficio doctrinal y la inquisición. Esto es lo que da a la nueva naturaleza de Dios el carácter de un ego-ideal.

Nuestra historia demuestra al mismo tiempo el fundamento arquetípico y la génesis del sentimiento de inferioridad y el afán de superioridad en su unidad. Es evidente que lo que disparó la ascensión de Dios desde un dios mítico y fenomenal hasta «el verdadero Dios» fue un poderoso afán de superioridad. No es sólo Dios quien profesa su celo o celos en este mismo lugar; también Moisés, su reflejo humano, muestra el mismo empeño. ¿Qué significa este celo? Dios quiere ser superior a la imagen visible del toro. Sobre todo, quiere que la opinión que se tiene de él sea más elevada que la de la imagen del toro. Para ello es necesario un instrumento de poder, la espada, que muestra que una pretensión de superioridad que no tiene poder de convicción propio ha de ser impuesta por la fuerza. Evidentemente, Dios no se conforma con existir sólo como epifanía mítica, como brillo fenomenal. Considera que su forma primaria es inferior. Quiere desarrollar «su verdadero ser», por así decirlo, y tener una existencia literal. De ello se desprende que el sentimiento de inferioridad se basa en el afán de superioridad y viceversa. Pues sólo porque Dios toma su idea verdadera (es decir, su ideal) como norma absoluta, debe despreciar su propia realidad como falsa. El mundo natural real se vuelve inferior.

Lo que ha ocurrido aquí se ha colado entretanto -con la llegada del siglo XX- en la psicología personal de los individuos. Si hoy en día muchos pacientes se sienten inferiores y piensan que tienen que aparecer como «más» (más educados, más dignos, más ricos, moralmente mejores, o lo que sea), esto no sólo tiene sus razones en la historia de la vida personal de estas personas. Más bien se trata de la representación ritual tardía de este paradigma divino en la vida personal de un ser humano.

EL CAMBIO EN LA NATURALEZA DE LA IMAGEN

La destrucción de la imagen divina no ha eliminado por completo la cualidad imaginal. No es que antes el hombre viviera en un mundo imaginario y hoy no. La imagen sólo ha sufrido un cambio fundamental de calidad. El modo de ser de la imagen ha cambiado, pero no ha disminuido. De hecho, la imagen sufrió la misma tremenda intensificación en un destilado de imagen que hemos visto que ocurre con respecto a la verdad de Dios. Es evidente que se ha producido una inflación inaudita de la imagen, de modo que ahora vivimos en una época absurdamente imagista. Nunca el mundo ha estado tan inundado de imágenes: carteles, revistas, grabados, libros de arte, cómics, televisión, publicidad en casi todos los envoltorios, enormes colecciones de cuadros en los museos de las ciudades, telas estampadas y papel pintado. … Además, hay un aumento inflacionario del uso figurativo del lenguaje, de los juegos de palabras y similares, lo que demuestra una vez más el dominio de la imagen.

Antes la imagen era la manifestación de algo. En la imagen del toro, por ejemplo, la esencia interna del toro -el toro Dios- se manifestaba. La imagen siempre transmitía una realidad como Otro numinoso distinta de la propia imagen; pero de tal manera que la realidad numinosa se manifestaba inmediatamente en la imagen, brillando desde ella, aunque sin ser idéntica a ella. La imagen tenía un contenido sustancial irreductible, por el que era imagen y al que se entregaba. Así, la imagen era imagen al ayudar a su contenido sustancial a hacerse presente, a manifestarse de tal manera que la imagen quedaba subsumida por su actividad de mostrar a su sujeto. La imagen era «santa» en la medida en que su realidad servía para mostrar la verdad.

La imagen presentada en la publicidad o en los programas de televisión se ha liberado de toda dependencia de su contenido. Es la imagen totalmente desatada, purificada, que sólo se muestra a sí misma Ya no está ahí para mostrar algo. La imagen en la publicidad es absolutamente indiferente a lo que muestra o de lo que es imagen. En esta indiferencia reside su total libertad y, por tanto, su carácter absoluto. Para un mismo producto se puede hacer publicidad mediante una imagen de la dura vida de los vaqueros con la misma facilidad que con la imagen opuesta de una sociedad refinada que lleva una vida lujosa. La Novena Sinfonía de Beethoven puede ser el fondo musical de un anuncio de jabón lo mismo que de un anuncio de coñac o de un partido político. Lo único que importa es que sea puro espectáculo y que haya llevado su presencia al más alto grado de forzamiento. El correlato en el hombre de este tipo de imagen desencadenada es, por tanto, la experiencia sentimental como en el turismo (si el efecto es consciente), o la «persuasión oculta» (si es inconsciente).

Aquí vemos de nuevo que la cualidad imaginal también ha sido subyugada a la voluntad. Sólo una imagen liberada en la indiferencia de su contenido puede ser utilizada y explotada arbitrariamente para cualquier fin; sólo sometiéndose totalmente a la voluntad puede la imagen liberarse de estar ligada a su sujeto como realidad numinosa de la sustancia, y ascender a lo absoluto. Por lo tanto, la finalidad del beneficio económico que está intrínsecamente ligada a la publicidad confirma el carácter absoluto de la imagen y es una condición para ella. La explotación financiera de la imagen es la garantía misma de que la imagen ha superado de forma absoluta su contenido sustancial, y ahora es espectáculo únicamente con fines de espectáculo.

Cuando oímos hablar de una explotación de la imagen, tendemos a reaccionar con una condena moral. La publicidad y la televisión se consideran bajas e inferiores. Ese es el consenso general, aunque este consenso no parezca restarles realidad y popularidad. Pero, después de lo que hemos comentado anteriormente, ya no podemos pensar de esta manera condenatoria, porque ese patrón de pensamiento fue la causa misma de lo que ahora, mirando a través de sus gafas, estaríamos condenando. Por lo tanto, debemos tratar de apreciar la publicidad, la televisión y toda la avalancha de imágenes de hoy como la forma moderna del culto a la imagen: como la auténtica y única forma posible de adorar la imagen del Dios cristiano.

Porque, ¿cuál es la imagen del Dios cristiano? Este Dios, en su forma del Antiguo Testamento como Yahvé, acaba de emitir en nuestra historia una prohibición: «No te harás ninguna imagen, ni ninguna semejanza ….» Esta prohibición sólo se dirige contra las deidades naturales, no contra las representaciones pictóricas del propio Yahvé13 Lo que se rechaza aquí es, por tanto, el culto a lo natural en cuanto pretende ser sustancial y divino por sí mismo; y lo que se exige ipso facto es un culto a un Dios-imagen que ha dejado atrás todo rastro de lo natural y no tiene ningún contenido sustancial: en otras palabras, es una imagen sin imagen. Esto corresponde exactamente a la nueva naturaleza de Dios, que se ha desprendido de su realidad natural y se ha purificado en una abstracción «irreal» idealizada, en una imagen en el sentido de las relaciones públicas de la palabra. La existencia del Dios cristiano no es sustancial, reside únicamente en su prestigio, en el efecto de sus «relaciones públicas», en que le crean sus «verdaderos creyentes», sus «fans». En resumen: su esencia está en la opinión pública que se tiene de él. Pues la definición de su naturaleza («bien supremo», «palabra verdadera», «todo amor») no contiene cualidades sustanciales particulares. Sólo nombra, de forma bastante abstracta, la relación con su público (amor, mensaje, Padre), o la reputación que quiere que se le conozca (summum bonum). Así, vive enteramente para su imagen pública y se reduce a ella, mientras que los antiguos dioses sólo se hacían presentes, sólo tenían su epifanía, en la imagen y como imagen, pero lo que se manifestaba en la imagen era su sustancialidad cualitativa y su esencia particular. Ahora, la imagen está vacía, aunque retrate la riqueza de todo el mundo; ya no hace que se manifieste nada, planteándose como un fin en sí mismo: puro prestigio.

La principal diferencia entre los llamados dioses paganos y el Dios cristiano no radica en que los primeros sean adorados en imágenes y los segundos no, sino en la transformación de la naturaleza del Dios-imagen. Hoy adoramos la imagen de nuestro Dios tanto como los antiguos adoraban sus imágenes de Dios. La única diferencia es que nuestra imagen de Dios no tiene la forma sensual de un fenómeno natural o de una imagen fundida, pintada o tallada, sino la forma abstracta y absoluta de la imagen per se: la imagen de las relaciones públicas. La numinosidad antes invertida en lo que la imagen manifestaba pertenece ahora a la «imagen por la imagen». Necesitamos imágenes, más y más imágenes, sin importar de qué.

El Dios absoluto sólo puede ser uno (monoteísmo: «para que te conozcan como el único Dios verdadero» -Juan 17:3), y por la misma razón sólo hay y puede haber una única imagen absoluta, sin importar cuántas «versiones» diferentes tenga. Da igual que se trate de la imagen de Dios, de un político, de una empresa, de un producto o de un particular: siempre es una y la misma cosa la que se muestra en la imagen (en el sentido de relaciones públicas de la palabra) gracias a su total indiferencia a cualquier contenido específico: el prestigio como tal, la alabanza del nombre por el nombre; no de un nombre particular, pues éste sería de nuevo el nombre de algo o de alguien. En la medida en que la naturaleza cualitativa de Dios es ser imagen (la opinión pública como tal), cualquier actividad que cultive el prestigio de algo (de la propia imagen o de la imagen de un producto u organización, o lo que sea) es una promulgación de la naturaleza de Dios y, como tal, un acto sagrado: el culto o la adoración de nuestro Dios-imagen. Con cada imagen en la publicidad o en las relaciones públicas, el Dios absoluto celebra su siempre nuevo triunfo de Dios absoluto sobre su forma de toro sustancial.

Para que el cristianismo superara definitivamente el politeísmo, tuvo que volverse absolutamente indiferente a cualquier contenido particular de la imagen, incluso a la idea misma de un contenido. Las imágenes sagradas eran meras representaciones, ayudas funcionales, no santas en sí mismas. Así, el cristianismo también tuvo que volverse indiferente a sus propios contenidos doctrinales, a su propia iconografía y sustancia mítica. La sustancia teológica literal del cristianismo, tal como se predica todavía hoy en las iglesias, es el último remanente pagano, por así decirlo, del propio cristianismo. Sólo allí donde este remanente de lo natural y sustancial se ha transformado completamente en función, y sólo allí donde los contenidos noéticos pretendidos se transmutan totalmente en forma objetivamente existente, el cristianismo ha alcanzado su forma consumada: publicidad, entretenimiento, turismo, relaciones públicas, ego-psicología, teoría de la información y cibernética -por muy chocante que pueda parecer esta percepción al principio. Porque detrás de cada contenido que insistiera en seguir siendo contenido, por muy cristiano que fuera, siempre estaría al acecho uno de los dioses míticos, un segmento de la divinidad autónoma del mundo natural: los ídolos.

Considerar todavía hoy que el cristianismo «actual» es el cristianismo en su forma teológica expresa, significaría pensar que la promesa cristiana podría cumplirse por el mero eco de la misma en lugar de hacerla buena, y pensar que la tarea establecida por la visión cristiana podría cumplirse por la repetición monótona de esta tarea en lugar de por su ejecución. El discurso teológico sólo podía ser una representación preliminar de la religión cristiana porque sólo era cristiano «accidentalmente», sólo en virtud de la intención consciente de la persona que hablaba. Con la publicidad, por mencionar sólo un ejemplo, esto ya no es así. Es en virtud de las necesidades de su esencia e independientemente de las contingencias de las intenciones humanas que la publicidad es la proclamación constante de la salvación y la confirmación constante en la creencia en la salvación. Aquí, el cristianismo (la predicación del Evangelio = la buena nueva y la misión de convertir) ya no es una actitud subjetiva: se ha transformado en una existencia objetiva, que opera su realidad sobre nosotros incluso en contra de nuestras «voluntades».

LA DEMONIZACIÓN DE LA REALIDAD

A medida que la verdad de Dios se fue elevando más y más hasta llegar a la cima absoluta en el Nuevo Testamento, su realidad se volvió inferior. Sin embargo, la supresión de la realidad de Dios en el estatus de los ídolos o, más tarde, del diablo, no significa que la realidad de Dios permaneciera congelada en su antigua condición. Por el contrario, sólo la persona idealizada de Dios como espíritu puro y amor puro quedó congelada una vez que alcanzó su forma más elevada posible con el Nuevo Testamento. Pues, ¿cómo podría seguir progresando lo absoluto, cómo podría seguir desarrollándose una verdad escindida de su realidad? La verdad de Dios había llegado a su fin. No así la realidad de Dios, que ahora se ha vuelto inferior. De hecho, le estaba reservada la fermentación y el desarrollo activos.

Mientras la realidad sensorial llevaba el predicado Dios, estaba firmemente anclada y ligada al nombre de Dios. Debido a su naturaleza divina, el mundo mítico tenía una plenitud pleromática y una gravedad en sí mismo que impedía que las cosas se esforzaran más allá de sí mismas hacia lo ilimitado (hubris, titanismo). Esto cambió en el momento en que la realidad fue cortada de su amarre interior en el centro de lo imaginal por un golpe de espada. A partir de entonces las cosas no tenían su centro ontológico, su centro de gravedad en ellas mismas. Ese centro había sido transferido desde su interior a la trascendencia, de modo que las cosas de este mundo fueron llevadas a un estado ontológico de inevitable malestar, ya que ahora tenían que anhelar su centro en un esfuerzo incesante. Desde entonces, para usar formulaciones de Nietzsche, el mundo está rodando desde su centro hacia la X, de forma similar a un arroyo que quiere llegar a su fin14 -un proceso que comenzó imperceptiblemente y que sólo se hizo claro para todos durante la era moderna.

Del mismo modo que la verdad de Dios separada de su realidad se había esforzado por alcanzar las más altas alturas como un globo liberado, así, a la inversa, la realidad, separada del nombre de Dios y así liberada, podía, y tenía que, esforzarse por hacer avanzar su realidad terrenal hasta grados de intensidad inauditos para corresponder a la intensificación alcanzada por el predicado «Dios». La tremenda cantidad de energía, liberada por su separación de la verdad de Dios, estaba ahora disponible para su desarrollo completamente autónomo. Toda la fuerza antes invertida en la vinculación ritual de la realidad y, por tanto, en la veracidad de la realidad, era ahora para el único beneficio de la realidad pura y dura. Esto significa que la realidad fue cargada enormemente, fue demonizada. También la realidad debía adquirir una existencia literal en lugar de imaginaria. El último resultado de este desarrollo es la bomba nuclear. Con ella, se ha alcanzado un grado de realidad tras el cual el salvajismo y el peligro del toro y de todos los demás antiguos animales divinos, incluidos Leviatán y Behemoth, se desvanecen en la nada.

La realidad natural se ha intensificado en la realidad tecnológica. La forma animal de Dios ligada a todo el complejo de la vida ha sido superada por la forma de máquina abstracta y absolutamente desatada de Dios. Al igual que la verdad de Dios sufrió, con el Dios del amor puro y de la palabra verdadera, una estilización en el ideal absoluto limpio de toda realidad, así también la realidad, liberada de su atadura a la verdad de Dios, se intensificó en el puro destilado de la realidad. La energía nuclear es, por así decirlo, la realidad como tal, la realidad absoluta, limpiada de todas las «cenizas» del ideal que por necesidad se incorporaron originalmente a lo real.

NUESTRA EXPERIENCIA REAL DE DIOS

Sin embargo, con esta situación, el desarrollo se invierte. La bomba nuclear es tan aterradoramente real que simplemente obliga a la conciencia a reconocerla como una verdad innegable: fea, depravada, mortal, pero aún así, verdad. La realidad largamente degradada y reprimida ha vuelto a alcanzar a esa conciencia que se había fijado exclusivamente en la verdad pura. En la forma de la bomba, la realidad repudiada por Dios nos exige el pago, con intereses compuestos, de una deuda gigantesca, exige el nombre de Dios que fue retenido a la realidad durante más de dos milenios, el reconocimiento sin reservas de la realidad como verdadero Dios. La humanidad occidental tiene una deuda de adoración a la realidad, después de haberla despreciado como ídolo, falsos dioses, Mammón, Moloch, Reino de Satán, lo secular, y similares. El hombre occidental ha alabado la verdad de Dios hasta el cielo, es más, tanto que al final se evaporó; pero renegó de la realidad como un bastardo, a pesar de que esta realidad atrajo poderosamente la codicia del hombre (bienes de consumo), su curiosidad (ciencia) y su industria (grandes negocios), demostrando así su irresistible numinosidad. A través de la fe, creyendo, la humanidad se abandonó ciegamente al propio ídolo de Dios.

Aquí no hay que olvidar que fue el propio Dios quien se separó de su realidad y ordenó que se la despreciara. Con su celo, Dios mismo persiguió su estilización ascendente al Dios absolutamente verdadero y exigió la fe en esta imagen de sí mismo. Pero al igual que el psicoterapeuta le debería algo a su paciente si creyera ciegamente en la autorrepresentación de éste en lugar de percibir también su realidad inconsciente, también Dios ha sido traicionado en un sentido más profundo precisamente porque la humanidad creyó en su autorrepresentación y acató la degradación de la realidad de Dios perseguida por el propio Dios. Parece que al hombre le correspondía ser más perspicaz y probar los espíritus con agudeza crítica.

C. G. Jung subrayó repetidamente que la higiene psicológica requiere que la conciencia se distinga de aquellas verdades arquetípicas que puedan sobrevenirle. Es fundamental no sucumbir a ellas. Sobre todo en la terapia, el analista tiene que pagar caro el hecho de tomarse al pie de la letra las conjeturas neuróticas de su paciente. Pues la realidad inconsciente que aflora desde el interior de la patología insiste en ser vista como lo que es, a pesar de todas las buenas intenciones de la conciencia. Incluso el propio paciente quiere, en última instancia, ser reconocido en su realidad, por muy fuertes que sean sus defensas contra tal reconocimiento al principio y por mucho que insista, en sus palabras conscientes, en su verdad, es decir, en su yo idealizado. ¿Acaso la realidad de Dios en forma de bomba no insiste en el reconocimiento sin reservas, incluso contra su autorrevelación consciente como puro amor y verdad creativa? ¿No quiere Dios también ser visto en su realidad?

Lo que en forma de bomba nuclear llama a nuestra puerta y quiere ser recibido en la conciencia no es otra cosa que la propia realidad de Dios, esa realidad que hace siglos había desechado en forma de imagen de toro y, por tanto, desatado. Desde el punto de vista terapéutico, es una necesidad indispensable que lo desatado sea atado de nuevo, que lo que ha sido escindido se una con su otra mitad. No se debe volver a decir: «Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron» (Juan 1:11). Pero la unión de lo desatado no puede tener lugar sólo en la tecnología o mediante técnicas políticas. También, e incluso principalmente, debe tener lugar psicológicamente en el nivel objetivo de la psique, es decir, en nuestra ontología y teología. Porque sólo entonces no se ve constantemente amenazada por el colapso de nuestra buena voluntad, sino que está firmemente asentada en un fundamento que nos sostiene también a nosotros mismos. A la realidad de Dios hay que devolverle por fin su verdad, retenida durante tanto tiempo. Y por eso digo: La bomba nuclear es Dios.

No soy yo quien deifica la bomba nuclear. La fenomenología objetiva lo hace desde hace tiempo. Ante la bomba, ¿no debemos, citando a Schleiermacher, tener el sentimiento de nuestra absoluta dependencia? ¿No es la bomba nuclear, para hablar con Tillich, nuestra última preocupación? Frente a ella, ¿no debemos confesar, por utilizar la frase de Lutero, que «si confiáramos en nuestras propias fuerzas, nuestro esfuerzo se perdería»? ¿No es, por citar a Rudolf Otto, el poder numinoso de nuestra época? Es el gobernante supremo de nuestra existencia o inexistencia. Tiene el poder de llevar a cientos de miles de personas a manifestaciones públicas, una variedad moderna de procesiones sagradas. Provoca temores ilimitados, se muestra al hombre en innumerables sueños. Y, sobre todo, según su telos, es radiación que todo lo impregna (resplandor), calor abrasador, fuego ardiente, onda de presión que todo lo aplasta.

Esto es lo que realmente experimentamos. ¿Podemos reconocer esta experiencia como vinculante para nuestro pensar y hablar? ¿Permitimos que nuestra experiencia nos diga qué nombre darle, o nos quedamos ciegos ante ella y situamos nuestro pensar y hablar en un ámbito recortado de la conciencia? En última instancia, la cuestión es si concedemos, junto con C. G. Jung, por ejemplo, que la experiencia fenomenológica posee un poder ontológico vinculante, o si desde una posición espiritual suspendida desrealizamos nuestra experiencia psicológica como «meramente» psicológica, «meramente» subjetiva. Jung fundamentó la «verdad psicológica» en la «realidad de la psique». Decía que una idea «es psicológicamente verdadera en la medida en que existe», y de forma similar decía sobre la realidad física, a modo de ejemplo, que «un elefante es verdadero porque existe» (CW 11 § 4s.). Jung bajó así la noción de verdad del cielo trascendente a la tierra fenomenológica. La verdad «superior» ya no está literalmente por encima del mundo, sino que es la profundidad y la esencia del propio mundo real. Si, por tanto, nuestra experiencia real vincula nuestro pensar y hablar, entonces debemos decir que la bomba nuclear es Dios, nuestro verdadero Dios, el Dios del Occidente cristiano en su realidad.

Si, por el contrario, nos aferramos a una determinada idea de Dios y la inmunizamos contra toda experiencia real, entonces estaríamos pretendiendo tener un conocimiento absoluto sobre quién y cómo es Dios y qué y cómo no puede ser de ninguna manera. Para que tengamos tal conocimiento, para que poseamos una norma trascendente con la que medir las cualidades divinas o no divinas de los fenómenos reales, tendríamos que ser nosotros mismos trascendentes o incluso ser superiores a Dios. Sin embargo, si nos damos cuenta de nuestra naturaleza finita y del carácter finito de nuestro conocimiento, debemos comprender que estamos irremediablemente englobados en nuestro mundo fenomenal y que, por tanto, dependemos de adquirir no sólo nuestro conocimiento sobre los fenómenos individuales, sino también los criterios para juzgarlos, de la propia experiencia fenomenológica.

No conocemos al «Dios verdadero» (como insiste la propia teología negativa), y esto es así aunque Dios mismo establezca una imagen particular de sí mismo como la verdadera y exija la fe en ella. Que Dios sea el «Dios verdadero» o el absoluto es sólo su atributo o nombre, sólo el contenido de una estructura arquetípica. Como tal contenido, la afirmación es verdadera (verdad psicológica), pero esto, por supuesto, no significa que el arquetipo de lo absoluto sea en sí mismo de hecho absoluto (al igual que Muhammed Ali al decir «soy el más grande» no debe ser necesariamente el más grande). Sólo podríamos pensar así si nuestra conciencia estuviera infectada por la idea arquetípica de lo absoluto o del «verdadero Dios» como por un virus y, en un interminable ataque de megalomanía «febril», hubiera olvidado su naturaleza irremediablemente finita. ¿No es el mero coqueteo con la idea de lo infinito una presunción para el hombre mortal? Pues la conciencia finita no sería verdaderamente finita si pudiera acceder de algún modo a algo infinito. ¿No ha llegado el momento de despertar de este frenesí occidental y ver que la idea de un Dios absoluto e infinito es en sí misma una idea muy finita, humana y atemporal?

Que algo tan espantoso como la bomba nuclear sea supuestamente Dios, no es nada extraño en cuanto a la historia y la fenomenología de la religión. Incluso el Dios cristiano era espantoso en los tiempos del Antiguo Testamento. Por supuesto, esto contrasta con su autorrevelación como amor. Pero tal vez podamos aplicar a nuestro tema una diferenciación que en su día utilizó Kafka15 y decir sobre la base de nuestra experiencia fenomenológica real: sí, verdaderamente, Dios es amor, pero aún más verdaderamente es el terror del Ser o, como lo formuló Jung en su día, la sombra todopoderosa, el miedo que llena el cielo y la tierra.16 Sí, verdaderamente, Dios es su verdad, pero aún más verdaderamente es su realidad. Verdad, pero aún más verdad: ésta es la relación que prevalece entre la conciencia y el inconsciente, entre el yo idealizado y la realidad.

LA NUEVA PRIMITIVIDAD

La afirmación «La bomba nuclear es Dios» no puede tomarse literalmente. Sería absurdo. Más bien, esta afirmación hace estallar nuestra habitual noción literal de Dios, así como nuestra comprensión literal de la bomba como un objeto meramente técnico. No puedo «creer» en la bomba como Dios, porque entonces la habría idolatrado. Pero tampoco puedo buscar a Dios detrás de ella, detrás de la realidad, y atribuirle una existencia literal por encima de todo el mundo. En última instancia, esto también sería una idolatría, en la medida en que la idolatría significa que un aspecto escindido, parcial, es adorado como Dios por derecho propio. Tengamos en cuenta lo que decía el indio Pueblo: «El sol es Dios. Todo el mundo puede verlo. Él es el Padre, no hay padre detrás de él». Este sol venerado no es, por supuesto, el sol reducido de la física o la astronomía. Es el sol original en toda regla, la imagen que mira al alma desde la profundidad de la ONU. En la misma línea, la bomba nuclear no es Dios como objeto de la física, sino como imagen real del terror absoluto que arroja al alma y que la llena de miedo y temor, o es la imagen de ese resplandor inconcebible ante el que ya no podríamos ocultar nuestro rostro, sino que tendríamos que retirarnos a los refugios antinucleares. Aquí no tenemos que mistificar: Todo el mundo puede verlo.

No tenemos que buscar nada detrás del fenómeno. La visión real, no reducida, de la bomba nuclear es Dios. El literalismo, o la relación metafísica con el Ser, ha sido superado y el Ser vuelve a fundarse en la imagen metafórica, en la apariencia, en el brillo fenoménico. La noción de Dios que había sido elevada al cielo metafísico y, archivada allí, ha vuelto a bajar a la tierra, de modo que a la realidad se le puede atribuir de nuevo el poder vinculante de la verdad, es decir, el atributo Dios, simplemente porque es tan terriblemente real. La naturaleza y el espíritu ya no son los componentes últimos del mundo, ya no son opuestos absolutos. Se devuelven a la psique, y la psique, a su vez, se restablece en su rango hereditario como aquello que nos rodea por todos lados y no tiene nada fuera de sí.

Por nuestra parte, volvemos con esta posición metafórica, psicológica, fenomenológica, a una nueva primitividad; si se quiere, a una especie de «animismo», que, como se sabe, viene de anima. Como Jung declaró una vez en una conversación con un hombre de la iglesia: «Yo soy un primitivo; usted es un hombre civilizado». Cuando Jung relató esta conversación, añadió: «En cierto modo, este hombre es mucho más maravilloso que yo. Él puede [debido a los medios de gracia de la iglesia] ser un santo; yo no puedo ser un santo, sólo puedo ser un negro, muy primitivo, pasando por lo siguiente: bastante supersticioso» (CW 18 § 682).

Si nos atenemos a lo siguiente de esta manera tan «ingenua», entonces, supongo, nos arrodillaremos ante el espantoso terror y el indecible resplandor que nos mira desde el interior de la bomba nuclear. Entonces podrá concluirse la adoración del Becerro de Oro, interrumpida en ese momento, pero en el nivel completamente nuevo de lo absoluto al que hemos llegado entretanto. ¿No es la realidad de Dios, no es su espanto, no es la bomba nuclear la que nos exige que la adoremos? ¿No es la adoración la única posibilidad real de su propiciación? Con la adoración no quiero decir, por supuesto, que la aprobemos, que estemos «a favor» de ella. Me refiero simplemente a que correspondamos a la experiencia real en nuestra alma mediante un reconocimiento consciente de la sustancia de esta experiencia. Quiero decir que ocupamos expresamente nuestro lugar en lo que realmente es. Me refiero, en sentido figurado, a la danza en torno a nuestro Becerro de Oro. ¿Te imaginas esto? ¿Una humanidad que baila alrededor de la bomba? ¿Una humanidad cuyo endurecimiento y contención, cuya competencia de poder y protesta se suavizaría en la danza, una humanidad que se columpiaría en la música «atómica» del Ser? ¿Y una bomba que ya no tendría que ser utilizada, porque sería el centro que autorizaría la danza? ¿Una bomba que, como ese centro, vincularía al hombre y, al vincularnos, también se vincularía a sí misma?


1 Como me señaló amablemente David Miller, el nombre convencional en inglés «Old Testament» ya no se utiliza en los estudios religiosos. En su lugar se prefiere el término «Escrituras Hebreas». El hecho de que no cambie esta frase ahora (en 2006) no se debe sólo a mi aversión a lo «políticamente correcto» y al tipo de cambio de nombre sin cambio de pensamiento. El lenguaje es un bien demasiado preciado para ser sometido a la violencia de la manipulación deliberada; tampoco necesita ser disciplinado desde arriba, porque uno puede confiar en que cualquier cambio verdadero en las actitudes de un pueblo se reflejará tarde o temprano en el lenguaje por sí mismo, y sólo entonces un cambio de dicción es auténtico. Mi principal razón para no estar de acuerdo con este equivalente lingüístico de las purgas políticas conocidas de los sistemas totalitarios es psicológica. El «Antiguo Testamento» está arraigado en la tradición desde la que hablo. Es rico en tonos de sentimiento y está saturado de asociaciones y experiencias culturales centenarias. Cualquier nombre nuevo sería psicológicamente abstracto, esterilizado, cortado de sus raíces. Tenemos que preocuparnos, así lo sintió ya Jung (Cartas 2, 5 de enero de 1952, a Erich Neumann, p. 33), de la religión en tanto que es «específica» y «localmente válida», «bárbara» y «abismalmente anticientífica». Si desde el punto de vista «postcolonial» la denominación «Antiguo Testamento» puede parecer indicativa de la sombra de la cristiandad, debo recordar al lector que, en general, la labor del psicólogo no es saltarse o eliminar la sombra y los posibles prejuicios de uno, sino estar en contacto con ellos, responsabilizarse de ellos e integrarlos. No debemos traicionar nuestra propia tradición por miedo a ofender los sentimientos de los demás. Los sentimientos de los demás son su problema y su trabajo. La psicología no tiene la tarea de cultivar el narcisismo y la hipersensibilidad de las personas.

2 Sobre el significado psicológico de las cumbres y las tierras bajas, véase James Hillman, «Peaks and Vales», en Puer Papers (Irving, DC: Spring Publications, 1979), pp. 54-74.

3 Realenzyklopädie für protestantische Theologie 9 (1901), pp. 704-13. También podemos recordar aquí que Jesús en la cruz, en la hora de la desesperación total, cita el Salmo 22 («Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?») en el que también encontramos imágenes de estar acorralado por animales brutales («Muchos toros me han rodeado: fuertes toros… me han acorralado» -Ps. 22:13). Cf. James Hillman, «Betrayal», en Loose Ends (Zürich: Spring Publications, 1975), p. 69s. En el momento en que la imagen del Dios de la confianza se hace añicos, vuelve el toro.

4 Ulrich Mann, «Ikone und Engel als Gestalten geistleiblicher Mittlerschaft», en Eranos 52-1983, pp. 1-53.

5 Thomas Mann, Joseph und seine Brader (Sin lugar: S. Fischer, 1976), p. 512, (Capítulo «Nachtgespräch» en «Joseph in Ägypten»), mi traducción.

6 Es interesante notar que el brillo fue transferido de Dios a Moisés («Y cuando Aarón y todos los hijos de Israel vieron a Moisés, he aquí que la piel de su rostro resplandecía; y tuvieron miedo de acercarse a él»-Ex. 34:30).

7 Sobre la «autoexaltación» («Selbst-über-hebung») véase Wolfgang Giegerich, «Beitrag zur Polytheismus-Diskussion», GORGO 2 (1979): 61-69.

8 James Hillman, Re-Visioning Psychology (Nueva York: Harper tic Row, 1975), p. xi.

9 Sobre la voluntad y el surgimiento original de la voluntad, véase especialmente Martin Heidegger, Nietzsche, 2 vols. (Pfiillingen: Neske, 1961). La conexión psicológica entre el ego y la voluntad (y el animus) se aborda en James Hillman, «Anima (II)», Spring de 1974, especialmente en la página 143.

10 Augustinus, In Johannis Evangelium, XXIV, 2, col. 2037, tom. III/2: Non est Dominus sol factus, sed per quem sol factus est.

11 Cito los informes de este encuentro en Jung, MDR, p. 250 y siguientes, así como en Jung, CW 18 § 688.

12 Esto no significa «como uno quiera», sino según la ley inherente a la voluntad. La voluntad no es en sí misma una cuestión de libre elección.

13 Ulrich Mann, «Ikone und Engel», pp. 9 y ss.

14 Friedrich Nietzsche, Der Wille zur Macht, comp. Peter Gast (Stuttgart: Kröners Taschenbuchausgabe Band 78, 1959), nº 1.5 y «Vorrede» nº 2.

15 Franz Kafka, «Das Urteil», en F. K., Das Urteil und andere Erzählungen, (Frankfurt y Hamburgo: Fischer Bücherei, 1952), p. 21: «Ein unschuldiges Kind warst du ja eigentlich, aber noch eigentlicher warst du ein teuflischer Mensch!»

16 Letters 1, 16 de marzo de 1943, a Arnold Künzli, p. 333.

El cohete y la base de lanzamiento, o el salto de lo imaginal al espacio exterior llamado «realidad»

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘Technology and the Soul’, volumen II de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 6, pp. 117-135

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Independientemente de lo que se pueda decir sobre la insignificancia del vuelo a la Luna y otras misiones espaciales desde un punto de vista práctico y humanista, psicológica y «metafísicamente» la aventura en el espacio es un acontecimiento de la mayor importancia psicohistórica. Es el símbolo que señala que una verdad milenaria y «eterna» ha quedado obsoleta: la distinción entre el mundo sublunar y los cielos. También en otro sentido, los cohetes pueden considerarse fácilmente como un símbolo de este siglo; basta con pensar en el desarrollo vertiginoso de las ciencias y la industria. Pero justo aquí nos encontramos con una dificultad. Me refiero a la casualidad de que lo que yo llamo «conciencia natural», la conciencia que imagina «cosas» o más bien en un estilo de cosa en analogía con la percepción visual, se interpone y, por tanto, impide una comprensión verdaderamente simbólica y psicológica del cohete, así como de nuestra época.

Para la «conciencia natural» los cohetes son objetos particulares en la realidad entre millones de otros objetos. Sin embargo, es posible ir más allá de la conciencia natural. En el Kena Upanishad, por ejemplo, se pasa de «lo que los ojos pueden ver» a «lo que abre los ojos». Del mismo modo, la Psicología Arquetipal pasó de lo literal a lo imaginal, y Hegel ha mostrado cómo la transición de la mente natural al Entendimiento nos transporta a un «segundo mundo supersensible», que en contraste con el primer mundo supersensible (el reino platónico de las Formas atemporales), no es un reino por encima y más allá de la realidad ordinaria, sino un mundo invertido, es decir, el mismo mundo, pero como se ve cuando uno se pone de cabeza. Tenemos que hacer este movimiento para poder entender el cohete no como una cosa en la realidad, sino como la forma de nuestra (tipo de) realidad, la forma de la conciencia del hombre occidental, «conteniendo» en sí mismo todo lo que constituye el mundo en su conjunto, incluyendo los cohetes literales.

Otra diferencia con la conciencia natural es que, mientras que ésta tiende a temer un ataque con misiles nucleares como un posible acontecimiento futuro que hay que evitar a toda costa, yo propondría que este acontecimiento ha ocurrido hace mucho tiempo y es la base misma de la existencia del hombre occidental, de hecho de la «realidad» como tal.1 A diferencia de lo que se suele suponer, la «realidad», tal y como la experimentamos en Occidente, no es la palabra que designa lo que está naturalmente dado y que existe tanto antes como independientemente de nuestro pensamiento sobre él. Es más bien el resultado de un acontecimiento violento y «artificial» en la historia del alma: el lanzamiento de un cohete. El propósito de este artículo es meternos en el cohete, en su imaginación. De hecho, hemos vivido en este (tipo de) realidad durante más de dos mil años. Pero no de forma consciente e imaginaria. Es una necesidad psicológica para que finalmente traslademos sin reservas también nuestra conciencia e imaginación a lo que ha sido nuestra morada fáctica todo el tiempo.

Los cohetes necesitan bases, cimientos sólidos e inflexibles desde los que puedan despegar. Una tercera diferencia con respecto al punto de vista natural, que sostendría que la base de lanzamiento y el cohete son dos cosas distintas y que el cohete, una vez lanzado, deja atrás la base, es que, en lo que respecta al misil imaginario, es al lanzar el cohete cuando se establece la base de lanzamiento por primera vez. La base no es sólo el origen (el pasado) del cohete y el objetivo no sólo su destino (futuro). El cohete arquetípico crea su propia base de lanzamiento mientras vuela y se dirige a su objetivo. Cohete, objetivo y base son una misma cosa.

No podía haber tal base desde la que se pudiera disparar un cohete literal mientras, durante la etapa ritualista y mitológica de la civilización,2 el hombre vivía incrustado en lo imaginal. La imaginación mítica no permite el tipo de fijación necesario para constituir una base. Una base necesita la fiabilidad de la positividad (hecho positivo) como el equivalente metafísico de una gruesa capa de «hormigón». Debe ser una roca inflexible. Y debe estar en una posición exacta determinada geométricamente, o de lo contrario el cohete no podría ser llevado de forma fiable a su curso balístico calculado. Este tipo de exactitud matemática y fiabilidad positivista de un punto focal sólido es contrario al mundo del mito y el ritual.

Se podría objetar aquí que la imaginación mitológica poseía también la noción de un punto focal eminente, en la idea del centro de la Tierra, situado en ciertos lugares geográficos, como en Delfos. Sin embargo, este punto central carecía de las propiedades literales y positivistas exigidas a una base; no era un hecho geográfico, físico, no era un centro en el sentido rígidamente fijo de la geometría, porque había muchos centros de la Tierra. Cada templo, cada santuario, incluso cada lugar temporal de una ceremonia ritual era, mientras duraba el ritual, el centro de la Tierra. Por lo tanto, a pesar de ser el centro, no era una realidad literal y no poseía la autoidentidad inequívoca e inmutable que se requiere de una ubicación positiva. El centro podía estar potencialmente en cualquier parte, porque aquí el «centro» no se definía en términos de igual distancia a la circunferencia (en cuyo caso sólo habría un único punto que pudiera llamarse centro), sino en virtud de su cualidad «metafísica»: era el punto en el que una dimensión vertical rompía la superficie horizontal de nuestro mundo cotidiano, abriéndonos la profundidad del inframundo y la altura del cielo. Así pues, del mismo modo que horizontalmente el centro no podía identificarse de forma inequívoca, tampoco podía servir, en sentido vertical, como fundamento inamovible que ofreciera la resistencia necesaria para el despegue de los cohetes, en la medida en que su significado expreso era abrir el suelo sólido bajo nosotros a la dimensión de la profundidad (que por definición no tiene fondo).

Fue el logro del cristianismo dar a la humanidad la idea de un suelo absolutamente firme. «Sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno [el antiguo inframundo] no prevalecerán contra ella» (Mateo 16:18), una iglesia que a su vez se describe como «columna y fundamento de la verdad» (1 Tim. 4: 15). «Por tanto, cualquiera que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, le compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre una roca: Y descendió la lluvia, y vinieron las inundaciones, y soplaron los vientos, y golpearon aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre una roca» (Mt. 7: 24 ss.). «Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, que es Jesucristo» (1 Cor. 3:11). En estas citas se expresa un anhelo de algo absolutamente sólido, de un punto fijo literal, positivo, que pueda perdurar en el cambio de los tiempos. Es la voluntad de una inversión del significado mismo de «suelo»: base, lecho de roca, fundamento sobre el que apoyarse, en lugar de profundidad sin fondo (como en: el suelo del mar, del infierno, etc.); y suelo como lo que está puesto, en lugar de suelo primordial de donde surge todo lo que es (como de un manantial).

El cristianismo aportó la solución a la fantasía de Arquímedes de encontrar un «punto sobre el que pararse» que le permitiera desencajar el universo. Cristo no es otra cosa que este mismo punto arquimediano, y al mismo tiempo Cristo es quien efectivamente ha desquiciado el universo: «Anímense, yo he vencido [neníkêka, conquistado] el mundo» (Juan 16:33). En el ámbito del mito, ese deseo de desarticular el universo habría sido impensable. El héroe que más se aproxima a una postura tan violenta hacia el mundo, Hércules, no aprovechó la oportunidad que se le brindó de hacer algo parecido a desintegrar el universo. Es cierto que le arrebató a Atlas la bóveda celeste, pero se la llevó obedientemente y luego se la devolvió sin haber alterado el orden del cosmos.

Se podría pensar que el mensaje de la roca que se nos ha proporcionado en Cristo no es más que una audaz alegación que, como mera alegación, carece en sí misma de fundamento. Así es como solemos pensar en las afirmaciones religiosas: son una cuestión de fe, es decir, depende de nosotros creer o no en ellas. Pero yo sugiero que es de otra manera. El cristianismo es lo que promete y enseña. No es una cuestión de creencia. Al relegar ingenuamente el mensaje cristiano a la esfera de las meras creencias subjetivas, nos protegemos para no darnos cuenta de a qué nos enfrentamos. De hecho, el cristianismo sentó las bases mismas que predica. Es más, estableció la naturaleza ontológica del «suelo» como roca, después de que antes la esencia del suelo fuera la profundidad insondable.

Un famoso cartel de James Montgomery Flagg, utilizado para reclutar voluntarios para el ejército estadounidense durante la Primera Guerra Mundial, muestra a un hombre vestido como el Tío Sam que señala con su dedo índice directamente al espectador diciendo: «Te quiero a ti» (Fig. 1). Aquí ocurre algo extraordinario. La persona dibujada o pintada en el cartel irrumpe, por así decirlo, con su dedo índice señalado y su mirada penetrante a través del plano del cuadro; rompe su contención dentro del mundo ficticio o imaginario del cuadro y se adentra en la realidad literal «externa» donde viven los espectadores de carne y hueso.

Este cartel proporciona una manera sencilla y precisa de entender la naturaleza del logro singular del cristianismo. También el cristianismo hace estallar el «lienzo» del «cuadro», la «pantalla» de la «película» que presenta o el «texto» del «mythos» que tiene que contar. Al hacer estallar el plano del «cuadro», salta de la esfera de la realidad imaginal al espacio exterior de la realidad literal, una realidad que, sin embargo, sólo se crea originalmente mediante este mismo acto de salto arquetípico y primordial. También el cristianismo se centra en el individuo con una mirada penetrante y le señala directamente con el dedo índice. Se dirige a él a bocajarro, exigiéndole, por así decirlo, a punta de pistola: «Jesucristo te quiere a ti”. 

Con la idea del ataque cristiano al individuo (a todos los individuos) «a punta de pistola» no me refiero a la forma agresiva de predicar y misionar que se da entre ciertos fundamentalistas radicales. Su comportamiento podría considerarse, desde el punto de vista de la propia teología cristiana, como una aberración deplorable, como un error empírico (óntico) de los que se producen en la historia de cualquier movimiento debido a la incomprensión por parte de determinados individuos que lo practican. Pienso más bien en el ataque (ontológico) al individuo inherente a la propia lógica del mensaje cristiano. Desde el principio, el cristianismo se presenta con una pretensión absoluta sobre todos. Por mucho que, de hecho, el cristianismo deba dejarnos libres para decidir, lógicamente (en su visión ontológica del hombre) no nos da ninguna opción, ya que, según él, estamos metafísicamente amenazados, en caso de nuestra negativa, por la condenación eterna y absoluta. Simplemente debemos ser voluntarios como reclutas. No hay escapatoria, no hay alternativa, ya que la única alternativa se define como la idea misma de una no-alternativa: el infierno. Y mientras no nos hayamos incorporado, ya hemos sido arrojados metafísicamente al ser etiquetados como pecadores (en el sentido teológico de pecado). No existimos realmente. No tenemos Vida. Somos un cadáver.

En el negocio de la publicidad encontramos la idea del «público objetivo». Se basa en la constatación de que las necesidades, los gustos y el «lenguaje» de las personas son diferentes, de modo que lo que se vende y cómo se les vende tiene que diferir en consecuencia. En el contexto cristiano y en vista del implacable control cristiano sobre el individuo tenemos que dar a esta noción un significado mucho más radical, concretamente «metafísico». Aquí no significa el grupo óntico selectivo al que se dirige el mensaje cristiano; significa que a la humanidad como tal se le da por primera vez el estatus (onto-) lógico de «público» como «objetivo», como «objetivo» de una dirección a bocajarro, de hecho, de una especie de ataque. El público es ahora lo que hay que alcanzar, y alcanzarlo con una pretensión absoluta. El cristianismo no utiliza una forma cortés de dirigirse, mediante la cual se mostraría un respeto por la dignidad intocable del Otro y se evitaría una posible intromisión en su esfera privada. El cristianismo se dirige al Otro con una brusquedad casi indecorosa: «Jesucristo te quiere a ti»; de hecho, el cristianismo es la voluntad expresa de una intrusión y penetración en el santuario interior de una personalidad.

El objetivo es ya inherente al núcleo del propio drama cristiano y no sólo surge con la venta del mismo. Mientras que en otros mitos y dramas los protagonistas sólo interactúan con los demás «actores en escena» (con los dioses o los héroes míticos in illo tempore), la vida de Cristo tiene desde el principio un objetivo fuera de su propia esfera. Su interacción esencial no es con Dios, su Padre, ni con sus discípulos, ni con otros personajes de su drama. El objetivo de la obra cristiana es destruir la «ilusión» de la obra como un drama autónomo, relacionándose directamente con el público y haciéndolo participar directamente: la verdadera dirección está fuera del escenario, el único objetivo de la vida de Cristo es morir por sus espectadores desconocidos y anónimos, la humanidad en general: por su redención. Una inversión completa. El público ya no tiene que dejarse seducir por la imaginación de la obra y ser arrastrado así a una participación mimética en el mito en una especie de nivel visionario en la profundidad del alma. El héroe mítico, convertido en su siervo (Mt. 20:38, Lc. 22:27), sale a escena para dirigirse a ellos directamente, no sólo mediante un sermón literal, sino también y sobre todo representando el drama de su vida, por así decirlo, delante del telón ya cerrado, en el proscenio o incluso en la sobria y común realidad del «auditorio»: en el mundo empírico-histórico ordinario.3 Cristo quiere llegar al hombre precisamente en su realidad cotidiana.

Esta orientación hacia el exterior es lo que da al mensaje cristiano el carácter de misil. Como el cristianismo tiene carácter de misil, debe verse a sí mismo esencialmente frente a un público definido como un objetivo que debe ser alcanzado absolutamente. Y a la inversa, porque tiene un objetivo, adquiere el carácter de un misil que no se queda in illo tempore, o en el escenario o detrás del cristal que cubre un cuadro, sino que puede y debe atravesar la «pantalla de cine» y salir disparado hacia la realidad literal de los hechos duros, del público «real» de ahí fuera. Debido a esta dirección hacia un objetivo externo, se hace posible la diferenciación de dos tipos de realidad. También se podría decir que se produce su separación original, comparable a una división celular: la realidad positiva de ahí fuera (que para nosotros es la realidad propiamente dicha) y la realidad dentro de la imagen o la historia (que, debido a la ruptura del protagonista con la obra, o más bien a la reorientación del impulso de la obra directamente hacia el público, se degradó a una realidad secundaria y para nosotros no es más que «mera ficción», «imaginaria», una «ilusión»).

Así pues, el disparo del cohete cristiano es lo que originalmente abrió para sí mismo un espacio exterior (que antes simplemente no había existido) al que podía pasar. Este espacio debe su existencia a la idea revolucionaria de un mensaje como misil y un público como objetivo, cuya idea es la irrupción de lo imaginal. Hemos vivido en la (noción de) realidad conquistada por el cristianismo durante tanto tiempo que nos cuesta darnos cuenta de que se trata de una invención revolucionaria y de que podría haber existido, durante la era del mito, un modo de ser-en-el-mundo caracterizado por una constitución de la realidad fundamentalmente diferente, en la que todo estaba envuelto en el aura de lo imaginal y que simplemente no tenía nada «fuera» de sí mismo. Podemos hacernos una idea de esta antigua constitución de la realidad observando un cambio que se aprecia en las obras del arte griego primitivo.

Como han señalado B. Schweitzer y Bruno Snell4 , en el caso de las primeras estatuas griegas la estatua se identificaba, sin dudarlo, con la persona representada. Así, la inscripción de una estatua decía, por ejemplo «Soy Chares, gobernante de Teichiussa». Sólo en Atenas se encontraban inscripciones como «Soy la imagen de tal o cual…», que es una forma de decirlo que corresponde a la visión moderna. Para los atenienses, la realidad de la persona «real» se había separado obviamente de la de su imagen. La estatua sólo se refería o señalaba al gobernante, lo «significaba» o «representaba» o «recordaba», pero no era idéntica a él. En la situación anterior, la estatua misma hablaba como un «yo» y era él a quien, como debemos decir desde nuestro punto de vista moderno, «representaba»: «Yo soy Chares». La imagen, obviamente, irradiaba la autoridad del gobernante. La convicción de su poder real debe haber descendido sobre el espectador desde la mera visión de la estatua. El aura de Chares estaba presente de forma inmediata y completa en la imagen, de modo que el espectador se sentía sobrecogido y envuelto en el hechizo que emanaba de la estatua. La imagen tenía el poder de seducir a los espectadores en su propia realidad. Así, los espectadores se encontraban en el mundo imaginario de la imagen, rodeados por su aura. En la capacidad de la imagen para envolver al espectador en el hechizo de su profundidad arquetípica residía su autoridad silenciosa y no violenta sobre él y la verdad de su afirmación: «Yo soy Chares, el gobernante ….». Era una autoridad basada no en el poder empírico de la realidad «exterior» (armas, ejército, policía), sino en el resplandor de lo imaginal (sánscrito bharga, tejas, śrî: brillo, Fortuna, Königsheil, realeza, es decir, la sustancia «metafísica» de luz de la que debe estar lleno un rey para ser un verdadero rey). Todavía hoy, en medio de un ambiente completamente cristianizado y democrático, podemos tener una remota intuición de la fuerza hechizante de lo imaginal, cuando una novela o una película nos fascinan de tal manera que vivimos durante un tiempo en su mundo, absorbidos y conmovidos por su atmósfera, o cuando multitudes de personas se alinean en las calles con motivo de la visita de Estado de algún miembro de la realeza, para al menos por un momento bañarse en la śrî real que emana de ellos.

En las civilizaciones arcaicas, el hombre vivía en este tipo de realidad imaginaria. No había otra. El mensaje cristiano con su expreso y punzante TÚ («Jesucristo te quiere») expulsa radicalmente al espectador o al oyente de su incrustación en lo imaginal. Ya no nos atrae en su hechizo, ni siquiera en el de su propia verdad imaginal, sino que nos enfrenta, nos golpea con ella, apartándonos irremediablemente de ella y contra ella. El telón de lo imaginal se cierra definitivamente. El TÚ nos devuelve a nuestro lugar en el lado del auditorio del telón y detiene el deseo de la pasión y la imaginación del alma de transgredir (imaginariamente)5 al otro lado del telón en el drama divino en el escenario. De este modo, nos expulsa a un mundo «exterior», nos convierte en individuos aislados, en egos, que están desnudos frente a Cristo. Sólo el individuo existencialmente aislado e implacablemente arrojado sobre sí mismo puede decidirse por Cristo; y para pertenecer a Él, debemos decidirnos, y todo por nosotros mismos y desde el núcleo de nuestra existencia individual. Un sí o un no inequívoco y deliberado. No servirá simplemente dejarse atraer, encantar por las imágenes de la religión cristiana. Decidirse por Él será la afirmación definitiva para ser un paria de la realidad mítica y para ser arrojado de nuevo sobre la propia individualidad aislada, arrojado de nuevo sobre el principio del Uno, el principio del aislamiento. Pues si Cristo se dirige a nosotros a bocajarro con su exigencia de pertenecer a Él, esto es sólo la consecuencia de que este Cristo es Él mismo un TÚ expreso, incluso más que eso: Él es el principio de la posibilidad de señalar y «significar» las cosas o las personas con ese señalamiento confrontativo.

Se pueden distinguir tres características de la penetración a través de la superficie de la imagen en el espacio exterior de la realidad literalista. Primero: el señalamiento directo y abstracto (el «Esto»), segundo: el Uno, y tercero: el Todo.

Las siguientes citas bíblicas apuntan a la primera: «Este es aquel de quien dije: Después de mí viene un hombre que es preferido antes que yo» (Juan 1:30). «Y he aquí una voz del cielo, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mateo 3:17). «Este es el que vino por agua y sangre, Jesucristo» (1 Juan 5:6). «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel, que a ese mismo Jesús que vosotros crucificasteis, Dios lo ha hecho Señor y Cristo» (Hechos 2:36). «…es él quien habla contigo» (Juan 9:37). El señalamiento y el planteamiento que penetra en el «lienzo» de la imagen y entra en la realidad literal se expresa lingüísticamente también de otras maneras que no son el uso del pronombre demostrativo. «eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mateo 16:16). «Hoy se cumple esta Escritura en vuestros oídos» (Lucas 4:21). «Yo soy el que te habla» (Juan 4:26).

Esto, eso mismo, yo, tú, hoy (aquí y ahora): nos encontramos evidentemente en el mundo del capítulo «Sentido-certeza» de la Fenomenología del Espíritu de Hegel. Este capítulo no es, por así decirlo, más que la explicación filosófica de lo que en el Nuevo Testamento se había conquistado con la actitud que habla de las citas anteriores. Para comprender mejor la naturaleza de esta conquista, quiero volver a la inscripción «Yo soy Chares, gobernante…» y compararla con la última de las citas bíblicas citadas, «Yo… soy él» o con aquella otra famosa, «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Juan 14:6). A primera vista, las frases griegas primitivas y las cristianas parecen tener una estructura gramatical idéntica. Pero son afirmaciones fundamentalmente diferentes. Lo que dice la estatua tiene el carácter de una autopresentación; proporciona información, comunicando al espectador el nombre propio y la «profesión» de la persona retratada. Alguien se muestra y se da a conocer. El «Yo soy el camino, la verdad y la vida» de Cristo, por el contrario, no contiene ninguna información fáctica sobre el sujeto de la frase; es una identificación formal, y por eso puede abreviarse igualmente «Yo soy». La afirmación de Jesús no nos dice nada sobre él, sobre su «profesión» o su naturaleza particular. No dice, por ejemplo, Yo soy el camino, en contraposición a un lugar de reposo. Sólo quiere asegurarnos que Él «es».

Todas estas proposiciones con un «esto es», «hoy», «tú eres», «yo soy» sirven para detener a alguien o algo e identificarlo en un sentido casi criminológico. La pregunta en torno a la cual gira todo a partir de ahora es: «¿Es él o no es él?». Es la pregunta de las novelas policíacas, de los whodunits, de los detectives y de los jueces, y es la pregunta de la fe y la duda. Por eso también se puede negar la identificación: ¡No es él! Así leemos, por ejemplo, «¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿cómo es, pues, que dice: He bajado del cielo?» (Juan 6:42). Se trata de acorralar, señalar, mantener a raya, aprehender: ¡Éste es él! ¡Él lo ha hecho! Mientras que Chares se nos revela y se nos impone, la afirmación de Jesús se vuelve contra sí mismo y lo clava en o sobre sí mismo. El «yo soy él» es en realidad una (auto)incriminación y, como tal, sinónimo del «éste es él» o «tú eres el único» por el que el Cristo está firmemente aprisionado en el Jesús de Nazaret, o por el que Dios está encerrado en el Jesús histórico. Cristo no sólo fue clavado en el momento de su Crucifixión, sino que es Aquel que está clavado en sí mismo, que está absolutamente identificado consigo mismo, es más, ser el principio de la fijación y del señalamiento es su propia naturaleza.

La situación casi judicial explica también el papel decisivo de los testigos en el cristianismo. Cada cristiano tiene que ser un testigo más para «incriminar» de nuevo a Jesús. La finalidad más íntima de la existencia cristiana parece ser el acto de encerrar al Cristo imaginal en el Jesús empírico, histórico, y reafirmar su encierro solitario allí una y otra vez.

También en otras religiones hubo o hay personas empíricas que encarnan realmente a los dioses, por ejemplo, el faraón egipcio o el Dalai Lama. Pero aquí nunca se podría decir: «Este es él», porque la «existencia del faraón» o la «existencia del Dalai Lama» no estaba aprisionada exclusivamente en un solo individuo histórico; estaba diseminada en toda la serie de faraones o Dalai Lamas, que abarcaba miles de años y también futuras encarnaciones. Ciertamente, estaba presente en el ser humano particular que resultaba ser la encarnación actual, pero ningún faraón, ningún Dalai Lama tiene su divinidad como propiedad personal. Por el contrario, precisamente por ser la encarnación de una persona divina, se le quita importancia como individuo empírico que es y se le reintegra en la realidad divina más amplia que tiene que encarnar, y se le relativiza por sus múltiples encarnaciones en personas anteriores y futuras. En virtud de la diseminación de la encarnación en cada una de sus múltiples manifestaciones, su presencia es esencialmente suave, mientras que toda la divinidad de Cristo se concentra en la única persona histórica Jesús de Nazaret como foco exclusivo de la Historia como tal, lo que dota a la encarnación cristiana de una violenta agudeza. Todos los posibles «aquí» de una teofanía o epifanía han sido metidos de una vez por todas en el exclusivo Jesús histórico, de modo que ningún aquí y ahora real, antes o después de Él, puede ser ya el lugar de una epifanía en toda regla. El «allá» de ese Jesús de Nazaret se ha tragado todo posible «aquí y ahora». Ha privado al Tiempo de su vida y de su alma y se ha apoderado de él, de modo que el Tiempo ya no puede tener su vida en el flujo de momentos siempre nuevos que reciben su plenitud a través de la presencia epifánica de diversos personajes divinos. Ahora sólo hay un único momento cumplido (kairós) en toda la historia, dejando todo el resto del tiempo esencialmente (psico-lógicamente) vacío.

Con estas observaciones hemos entrado ya en la discusión de la segunda característica del salto que irrumpe en la naturaleza imaginal del Ser: el Uno. Es el tema de la exclusividad absoluta del Cristo. Jesucristo es el Único. «Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, que es Jesucristo» (1 Cor. 3:11). «Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos» (Hechos 4:12). Jesucristo está rodeado y protegido por todos lados por negaciones: ningún hombre, ni en ningún otro, ningún otro bajo el cielo. El señalamiento (el planteamiento del «Éste es») no apunta obviamente a un contenido positivo, sustantivo, sensual, sino que sirve esencialmente para excluir y alejar todo nombre concreto, la concreción como tal. El «Esto es él» significa la reducción a un espacio en blanco, a un punto desnudo en el sentido geométrico: el Alfa y el Omega; el axis mundi; el punto de inflexión del Tiempo; el punto cero de la historia. Porque el punto es esencialmente el punto cero, porque no tiene ninguna extensión, ninguna difusión en la amplitud del mundo. La introducción de la vara sagrada en el Gólgota es la implantación (posicionamiento) del punto cero en el Ser, que antes tenía un carácter mítico, imaginario. La vara (= la cruz en la que sufrió Cristo) es la imagen arquetípica de la idea que se enuncia expresamente en la proposición: «Éste es». Y el crucifijo, como dos ejes de coordenadas que se cruzan, es el símbolo del punto cero del Ser y de la subordinación del Ser bajo un sistema de coordenadas. Mucho antes de que el número cero fuera aceptado en las matemáticas, el cristianismo había inventado el cero como principio metafísico. Y, característicamente, el reconocimiento matemático del cero como número se produjo durante la época en la que comenzó la realización real del cristianismo,6 a saber, en el año 1629 (un año después de que Harvey descubriera la circulación de la sangre7 ) y de nuevo, sólo unos años más tarde, por una de las grandes mentes que impulsaron decisivamente la realización del cristianismo: Descartes (1637). Pues Descartes proporcionó al hombre moderno el fundamentum inconcussum, el ego, esa roca sobre la que la época moderna podía construir su casa y de la que podía desprender el mundo natural (el mundo vivido mítica o imaginariamente).

Al igual que en las matemáticas el concepto de cero permitió salir del ámbito de los números naturales (positivos) y conquistar los mundos de los números negativos, irracionales, imaginarios y trascendentes (por lo que el cero ha sido calificado como la invención más trascendental de las matemáticas), el cero metafísico es el punto en el que, hablando en sentido figurado, el Tío Sam rompe la contención en la realidad natural (imaginal) y se adentra en la realidad positiva «de ahí fuera».

Nos perdemos el sentido mismo del mensaje cristiano si no concebimos la exclusividad de Jesucristo estrictamente como el «Uno» que es el cero o un punto. Por supuesto, se podría partir de la idea de una persona real y natural que se llamaba Jesús de Nazaret y que tenía todo tipo de rasgos particulares, y luego decir que en esta persona, elegida por Dios entre todos los hombres, se reveló el Mesías. Pero este punto de vista se quedaría corto respecto a la idea cristiana. Seguiría siendo una recepción pagana del cristianismo, la traducción de lo específicamente cristiano a una versión mitológica del mismo. No puede ser que el Hijo de Dios, por así decirlo, por mera casualidad, se encarnara sólo en la única persona humana llamada Jesús y que, por lo tanto, al menos teóricamente fuera factible que el Cristo pudiera haber nacido igualmente «en varios otros nombres bajo el cielo» y en varios otros momentos. Jesús debe ser desde el principio y por necesidad e incuestionablemente el Único, si ha de ser el Jesucristo. Pero si Él es el Único absoluto, entonces Él es desde el principio el punto vacío, sin extensión. Incluso Su nombre no puede ser un nombre concreto bajo el cielo; debe ser el nombre del «no-nombre», del «esto» abstracto.

Se lleva a cabo una identificación o equiparación con las formulaciones «Éste es», «Jesús, el Cristo» y otras versiones de esta idea. Sin embargo, de acuerdo con lo que se acaba de decir, no es que se tome una persona empírica conocida aquí y una noción trascendental conocida allí para luego, por medio de la cópula, equipararla. «Jesús, el Cristo» no es una frase como «Einstein, el físico» o «Napoleón, el emperador de los franceses». No es una proposición en absoluto. Más bien, «Jesús (es) el Cristo» es el acto audaz de la equiparación, el acontecimiento de la proposición de «esto»: el salto de lo mítico o imaginal a lo positivo-factual («positivista»).

Si la frase «Jesús, el Cristo» conectara e identificara dos entidades conocidas (dos contenidos concretos) como en el caso de «Einstein, el físico» (sabemos quién era Einstein, y sabemos qué es un físico), permanecería dentro de la misma vieja esfera de la realidad sin irrumpir en ella en un salto radical. Esta ruptura fundamental sólo podría lograrse si en la frase «Jesús, el Cristo» no se identifica nada, nada que exista con anterioridad e independientemente del acto de identificación. Sólo podría lograrse si la frase como acto es nada más y nada menos que el esquema arquetípico de la identificación, el planteamiento original y por primera vez del signo igual, y si los contenidos particulares del sujeto y del predicado, de «Jesús de Nazaret» y «Cristo», se disuelven (como un «esto» vacío por un lado y un «él» vacío por otro) en el signo igual vacío como el Uno exclusivo abstracto, es decir, el cero. Si se supone que Jesucristo realmente ha vencido al mundo y nos ha redimido de él, no puede ser primero una persona concreta con muchos atributos y luego encima también el Encarnado. Debe tener su propia naturaleza en ser el evento desnudo del «Este es él», y todo lo demás que se nos enseña sobre Él debe seguir de, y estar contenido en, esta ecuación. La imagen gráfica y vívida de Jesucristo que se encuentra en la piedad cristiana es la imagen gráficamente embellecida del cero establecido en el «Este es él». De lo contrario, la salvación no podría funcionar.

Antes dije que las enseñanzas cristianas no tenían el estatus de meras alegaciones, sino que el cristianismo es lo que dice ser. Ahora ha quedado claro por qué tiene que ser así. El «Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, que es Jesucristo» de Pablo no es, en efecto, una mera afirmación en la que haya que creer o no, como tampoco son meras cuestiones de fe la invención de la rueda o la receta para mezclar la pólvora o construir la bomba atómica. No, la afirmación de Pablo es la verdad que formula, porque, en primer lugar, al identificar o equiparar a Jesús como el Cristo, realiza, en virtud de este acto de fijación, el planteamiento del «esto», que equivale al salto fuera de la esfera mítica, y, en segundo lugar, porque el fundamento sólido no es otra cosa que este acto de planteamiento originario. El planteamiento del «Esto (es él)» es la condición de la posibilidad a priori de una realidad positiva (positivista), una realidad que ya no debe su existencia y constitución a la manifestación epifánica de los dioses, sino que se ha establecido en virtud de un salto y debe su existencia al acto de un planteamiento.

Y no hay otro camino que el acto de plantear el cero establecido en «Jesús, el Cristo» para llegar a un punto fijo arquimediano fuera del mundo «abismal» de la imaginación mítica. Pero allí donde se ha producido realmente el acto de identificación y de establecimiento del punto cero, allí también se han puesto realmente los cimientos: se ha establecido el origen (punto cero) para un sistema de coordenadas que lo abarca todo (la cruz del mundo). En efecto, no puede haber ningún otro fundamento que pueda establecerse, ya que el punto cero sólo existe una vez. Incluso si su invención se produjera repetidamente, sería la invención de la misma cosa.

Así también es cierto que, como dice la sagrada escritura, nuestra fe «es la victoria que vence al mundo». «¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?». «El que tiene al Hijo tiene la vida; y el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida» (1 Juan 5:4s. y 12). Estas afirmaciones no son en sí mismas meras cuestiones de fe, como inocentemente nos gusta creer para evitar la percepción de que se trata de hechos duros que rigen nuestras vidas, independientemente de que nos definamos como creyentes o no. Esta inocencia es un lujo que ya no podemos permitirnos. El que cree que Jesús es el Hijo de Dios ha realizado el acto de identificación, que es la única forma de superar el mundo, porque en ese acto rompe de una vez por todas con el mundo natural (es decir, mítico, imaginal) y ha abierto arquetípicamente para sí la literalidad del Ser, la positividad de la realidad (cuyo nombre teológico es «Vida Eterna»). Los principales enunciados del cristianismo no hacen ninguna afirmación «misteriosa». En la terminología kantiana, se les podría llamar, en efecto, proposiciones analíticas (y no sintéticas): proposiciones cuyo predicado no añade nada nuevo a la noción expresada en el sujeto, sino que se limita a desplegar expresamente lo que contenía esa noción para empezar, como «el que salta al agua se moja». Es evidente que el salto al agua implica mojarse, y todos sabemos que un salto al agua es una posibilidad real (práctica). Igualmente es evidente que quien realiza el salto al «Esto es» tiene «vida eterna». Y no cabe duda de que este salto es una posibilidad práctica: porque todos vivimos en el Espacio Exterior, en la realidad establecida por este salto hace dos mil años.

En el mundo natural todo está contenido en el brillo mítico. Cristo sería aquí una imagen mítica, pero también el hombre Jesús de Nazaret, como todo acontecimiento empírico, estaría potencialmente envuelto en la esfera mítica. Más fundamentalmente, los pueblos de antaño derivaban incluso su ascendencia (y por tanto, en última instancia, su naturaleza real) de los dioses. A pesar de ser mortales, pertenecían a una misma esfera ininterrumpida con los dioses. Las realidades divinas y humanas, arquetípicas y empíricas, se reflejaban mutuamente, y la existencia estaba completamente envuelta en este proceso interminable de reflexión mutua, sin que hubiera un exterior, el punto fijo de un mundo positivo-factual.

El Tío Sam que aparece en nuestro póster lo tuvo fácil para salir de lo imaginal porque para el artista que lo pintó había habido siempre, después de 2.000 años de cristianismo, dos tipos de realidad, la imaginaria sobre el papel o el lienzo, y aquella en la que vivía el propio artista. Por supuesto, esto era muy diferente para el salto primordial fuera de la constitución mítica del Ser, porque «antes» de este salto no había existido otra realidad que la mítica. Aquí el salto tuvo que crearse originalmente de la nada, por así decirlo, el reino al que iba a saltar. El «Este es él» o «Jesús, el Cristo» pudo llevar a cabo con éxito la ruptura a través de lo mítico y el establecimiento inicial de la realidad positiva de la siguiente manera. Señalando absolutamente de entre toda la extensión de la múltiple realidad imaginal un punto (que sólo se reduce a un punto o a un cero por este acto de señalamiento) como el Uno y Único y estableciéndolo como un «esto» inequívoco al que hay que enfocar con toda la fuerza; y además, al equiparar absolutamente este «esto» con «Cristo» (la idea igualmente absolutizada de todo valor mítico o metafísico), todo lo demás en el mundo, todas las cosas y acontecimientos, de hecho la naturaleza como tal fue privada de su dignidad mítico-metafísica autónoma: de la posibilidad de ser «Cristo», es decire., de ser divina o epifánica. Con la identificación entró en el mundo una dualidad de «mundos»: Jesucristo aquí, realidad secular allí; o dentro de «Jesucristo»: el individuo empírico aquí, la persona divina allí. Al colocar un signo de igualdad entre el «esto» y el Cristo, se ha establecido por primera vez una división irreconciliable entre lo uno y lo otro (este mundo y el más allá).8

Es la separación absoluta y la simultánea identificación absoluta de los polos escindidos de esta diferencia lo que puso por primera vez el «fundamento firme»: la literalidad y positividad del Ser como tal. Este es el fundamento sobre el que puede construirse el mundo de los hechos positivos, extirpado radicalmente de la imaginalidad mítica, del mismo modo que podría basarse en él la fe literal en las «verdades» metafísicas: porque ambos están enraizados en la identidad dividida propia del cristianismo propiamente dicho. Sin embargo, la facticidad positiva (literalidad) se basa en la negación inherente al «Éste es» o «ningún otro». Más precisamente: la positividad de lo positivo-factual se basa en la negatividad del cero. Sin la negación absoluta, sin el repliegue radical desde la plenitud y la amplitud del mundo mítico hasta el punto cero vacío, no habría realidad positiva, ni roca arquimédica desde la que lanzar los cohetes llamados revolución científica, tecnológica e industrial, cohetes con los que, efectivamente, ya se ha desquiciado el universo.

Pero el cartel del Tío Sam es y sigue siendo un cartel, una imagen. El Tío Sam representado en él no sale de la imagen para nosotros, el público. Sólo parece hacerlo mientras nosotros, por nuestra parte, miramos el póster con naturalidad, imaginariamente: somos seducidos por su aura. La irrupción de la imagen se produce en la imagen y como imagen. Teniendo esto en cuenta, se hace evidente que el «esto es él» y la realidad positiva que se origina en el salto fuera del mundo mítico no nos saca de hecho de la imaginación mítica al Espacio Exterior del mundo «real», sino que se queda dentro de lo imaginal. El Espacio Exterior es en sí mismo una fantasía mítica que, sin embargo, para estar «fuera» de lo imaginal, estando de hecho dentro de él, tiene que ocultar su naturaleza imaginal y estar en oposición radical a cualquier otra imagen mítica. El estallido de lo imaginal equivale simplemente a una restricción y constricción radicales de la misma esfera mítica a una sola idea arquetípica dentro de ella, la idea del «esto» vacío, que al estar exclusivamente focalizada adquiere ahora la apariencia imaginal de ser la única y verdadera realidad. La riqueza de nuestro conocimiento científico sobre los hechos positivos de la realidad no es otra cosa que la ampliación o explicación de esta única «imagen» arquetípica, el cero.

Pensamos que los agujeros negros descubiertos por los astrónomos están a muchos años luz de nosotros, allá en el espacio exterior. No nos damos cuenta de que desde ese salto de lo imaginario hemos estado viviendo todo el tiempo en un Espacio Exterior que es en sí mismo el agujero negro. Pero el hecho de que la idea de los agujeros negros haya sido descubierta en este siglo en el universo astronómico no hace más que subrayar una vez más la intuición psicológica de que el primer indicio (la primera inmediatez) de las grandes realizaciones sobre nosotros mismos (sobre nuestra psicología) nos viene siempre de fuera. Que los agujeros negros hayan podido ser descubiertos en este siglo podría indicar que ha llegado el momento de que nos demos cuenta de que estamos, aquí mismo, sentados en el agujero negro y que toda nuestra realidad tiene, de hecho, la naturaleza de dicho agujero negro: es el resultado de que el hombre occidental se haya atrincherado devotamente en los detalles cada vez más minuciosos de una sola imagen arquetípica («El Tío Sam te quiere» o «Este es él») en la que se ha centrado monomaníacamente (monoteísticamente), inflando este punto cero hasta convertirlo en un universo total y negando la existencia de todas las demás imágenes arquetípicas que lo rodean, así como cegándose a su propia naturaleza como imagen.

No es necesario añadir mucho sobre la tercera característica del establecimiento de la base de lanzamiento. El tercer aspecto es lo aparentemente opuesto al único punto cero: el Todo, el conjunto, la totalidad. El problema del punto cero es que no existe mientras haya algo, algo que además del Uno pueda pretender ser algo por derecho propio. Pues junto a él, el cero sería simplemente nada. Y el problema del Uno absoluto es que no es el Uno mientras haya otros (otros nombres bajo el cielo). Porque si no es el Uno, entonces también es sólo una de las muchas miles de cosas del mundo mítico y no se convierte en el fundamento establecido. Por eso el cero tiene que convertirse en el principio del todo, y en su único principio. Debe tener el estatus de una Aufhebung (sublación, superación) hegeliana del conjunto de las cosas naturales y habitar así un nivel fundamentalmente superior. Todo debe estar sometido a él, reunido bajo su dominio (que es lo que hace del punto cero el agujero negro). Esto es lo que encontramos expresado en Efesios 1:10, «Para que… reúna en uno todas las cosas en Cristo, tanto las que están en el cielo como las que están en la tierra; incluso en él». Jesús el Cristo (o el punto vacío de «Este es él») como el Señor sobre el Todo.

¿Cómo puede someterse todo a la regla del cero? ¿Cómo se puede hacer desaparecer el Todo en la irresistible succión de un agujero negro? La respuesta a esta pregunta es la cruz, que es la idea arquetípica del sistema de coordenadas como cuadrícula de todo lo que es. Este sistema arquetípico de coordenadas es, en efecto, capaz de engullir todo el cosmos natural (mítico) y de convertirlo así en el punto único del «universo» positivista. Y sólo habiendo transmutado el cosmos en su conjunto en la literalidad positivista del «universo», existe una base imaginal firme para el lanzamiento de misiles, de modo que también podrían construirse bases y cohetes literales. Si no fuera el mundo entero el que se hace inequívocamente fiable al estar subsumido en un sistema único, cualquier base particular dentro de él, sea en sí misma tan sólida como pueda serlo, sería en su conjunto inestable.

En el «universo» el Uno y el Todo son lo mismo, porque aquí todo lo que existe sólo existe en virtud y en términos de su relación con el punto cero. Son lo mismo como la trayectoria del misil que se dirige a su objetivo es idéntica a la potencia absorbente del agujero negro o como el desarrollo vertiginoso de las ciencias, de la tecnología y de la industria es idéntico a la cementación cada vez más sólida del universo como base de lanzamiento arquetípica.9 Pero todos ellos están igualmente alejados de la multiplicidad propia de la actualidad natural.

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1 Hay que tener en cuenta que la palabra «natural» se utiliza aquí en dos sentidos diferentes, casi opuestos: en relación con palabras como «mente» es en cierto modo sinónimo de «falacia naturalista» y en contradicción con una comprensión más profunda, imaginal; en referencia al Ser o al mundo denota un estado anterior a, y no perturbado por, una intervención humana artificial que establece un punto de vista firme frente a la imaginación.

2 En el sentido de Heino Gehrts. Gehrts distingue cuatro estadios culturales sucesivos distintos, la cultura chamánica, la ritualista, la religiosa y la científico-tecnológica, una línea divisoria que separa las dos primeras de las demás. En otras palabras, para Gehrts la religión no es una palabra omnicomprensiva que se aplica también al chamanismo y al modo ritualista de estar en el mundo. Más bien, la etapa religiosa de la cultura se caracteriza por una postura muy diferente, casi opuesta, del hombre en el cosmos, un sentido diferente del tiempo, etc., mucho más cercano a la postura científica que a las dos anteriores.

3 La tendencia de algunos teatros modernos a implicar directa y literalmente al público o a hacer que la obra sea inmediatamente «relevante» para sus preocupaciones sociales o políticas puede verse quizás como una mímesis ritual de la necesidad cristiana de socavar, dentro de la obra, la ilusión de la misma y evitar así una «regresión» a un nivel más profundo (mítico, imaginal: pagano) de implicación.

4 Véase Bruno Snell, Die Entdeckung des Geistes: Studien zur Entstehung des europäischen Denkens bei den Griechen (Göttingen: Vandenhoeck & Ruprecht,4 1975), p. 101.

5 Cf. James Hillman, «A Psychology of Transgression Drawn from an Incest Dream», Spring de 1987, pp. 66-76.

6 Considero la Edad Media como una etapa preliminar del cristianismo. Fue la época de la Escolástica, como bien se denominó a sí misma, la época de una primera escolarización del hombre occidental en la estructura interna del pensamiento cristiano, es decir, una especie de propedéutica cristiana. Con el comienzo de la época moderna (Neuzeit), el hombre se había «graduado» de esta escolarización, de modo que, al haberse convertido el modelo de pensamiento cristiano en una segunda naturaleza para él, ya no necesitaba expresar sus pensamientos en términos literalmente (dogmáticamente) cristianos. Todo lo que pensara o estudiara lo haría necesariamente con un espíritu completamente cristianizado.

7 Véase mi «Liberación de la corriente de los acontecimientos: Okeanos y la circulación de la sangre», en Sulfur 21 (invierno de 1988): 118-140, ahora en mi The Neurosis of Psychology (Nueva Orleans: Spring Journal Books, 2005), capítulo 12, pp. 233-255.

8 «Por primera vez» en este documento no debe tomarse demasiado literalmente. Me preocupan menos los primeros comienzos literales en el tiempo histórico que las raíces arquetípicas, (psico)lógicas y dónde encontraron su formulación más elevada y adecuada en el tiempo histórico.

9 Podríamos dejarnos engañar por las tendencias modernas hacia un pluralismo de teorías y modelos de mundo y tomarlas como una señal de superación del universo monolítico. Pero creo que este pluralismo (empírico, literal) de métodos y modelos está al servicio del monismo (psicológico u ontológico) del universo.

La invención de la potencia explosiva y el proyecto de la bomba: Un capítulo de la prehistoria imaginaria de nuestro problema nuclear

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Artículo publicado en ‘Technology and the Soul’, volumen II de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 5, pp. 101-115

Quinientos años antes de que se inventara la pólvora en Europa, hacia el año 1300, los chinos ya la conocían y la utilizaban para los petardos y cohetes. Pero esta invención en China no revolucionó en absoluto el espíritu y el desarrollo de la cultura china. Vista desde fuera, hasta 1912 la cultura china seguía siendo básicamente la misma de siempre. Por el contrario, desde la Edad Media, la mente de Occidente ha despegado como un cohete, comenzando lentamente a elevarse sobre el suelo, y luego acelerando exponencialmente, hasta que ahora, por poner sólo un ejemplo, puede decirse que cada ocho años se duplica la cantidad total de conocimientos científicos.

Esto no tiene parangón. Ninguna otra civilización muestra este desarrollo explosivo autopropulsado. Vistos desde esta perspectiva, las bombas atómicas y los misiles de este siglo no parecen subproductos accidentales de nuestra cultura, no son un invento más entre miles de otros, sino el símbolo de Occidente en su conjunto, símbolo en el sentido más amplio de la palabra como encarnación del significado interno de nuestro desarrollo.

Los físicos e ingenieros que inventaron la bomba no la inventaron de la nada. La bomba no es realmente un invento suyo. Es más bien al revés. Fueron los exponentes de la mente explosiva del Occidente cristiano. La Bomba los inventó a ellos; produjo a sus propios productores, como dijo Goethe: «Los poemas me crearon a mí, no yo a ellos».1 La Bomba sólo pudo ser inventada por una civilización que se formó a su vez a imagen y semejanza arquetípica de la Bomba. Sólo lo semejante descubre lo semejante.

Así que la construcción de la bomba como realidad técnica literal debe haber sido precedida por la edificación de la bomba en el alma occidental. Utilizo la palabra «edificación» deliberadamente, ya que tiene un significado religioso. Porque fue lo que en el lenguaje cristiano se llama edificación, es decir, la construcción del alma en la fe y la firmeza moral, lo que edificó la Bomba no sólo en el alma del hombre occidental, como dije antes, sino más bien como el alma del hombre occidental: la nuestra es un alma bomba, una mente explosiva, una conciencia de misil.

La imagen arquetípica de la bomba nos resulta familiar a todos. Está expresada en el cuento de hadas del diablillo de la botella, el Espíritu en el Vaso, contado por los hermanos Grimm. Una sustancia altamente peligrosa, personificada como un demonio llamado Mercurius, está encerrada en una botella. Un sello mantiene el explosivo en la botella, pero puede ser roto fácilmente por cualquiera que sea alcanzado por la tentadora llamada del interior de la botella: «Déjenme salir, déjenme salir». Si se le deja salir, el espíritu o la sustancia, que mientras estaba contenida en la botella parecía pequeña e inofensiva -el cuento de hadas la compara con una rana-, explotará fuera de la botella y adquirirá proporciones tremendas, amenazando con matar a su liberador.

Jung dedicó una conferencia de Eranos a este cuento, el único cuento de hadas tratado por él en profundidad. Jung plantea también un punto desconcertante: ¿cómo llegó el Espíritu Mercurius a la botella en primer lugar? Porque sabemos, por supuesto, que la naturaleza de la sustancia mercurial en la alquimia es ser extremadamente evasiva y aparecer en cualquier lugar, a nuestro alrededor, y que de igual manera la naturaleza del Dios Mercurio o Hermes en la religión griega era no pertenecer a una región, y mucho menos estar confinado. Más bien, como Dios mensajero, cruzaba todas las fronteras, estaba dentro y fuera, arriba y abajo. Pero en este cuento él o lo que queda de él puede ser localizado. Así que entre el estado natural de Mercurio y el estado en el que el cuento muestra que se encuentra ahora, debe haber ocurrido una intervención de alguna fuerza externa, de algún mago poderoso, por así decirlo, que interrumpe su libre despliegue y lo aprisiona artificialmente como un espíritu maligno. El cuento de hadas refleja así, indirectamente, el destino histórico que corrieron los dioses paganos en el mundo cristiano. Fueron demonizados, subsumidos bajo la imagen del diablo y embotellados -reprimidos, como decimos hoy-.

Jung evalúa este destino de Mercurius a la luz de su conocida idea de que sin sentimientos de culpa moral y sin distinciones percibidas no podría haber conciencia en absoluto. Habría prevalecido una existencia meramente instintiva y una inconsciencia ingenua no perturbada por la culpa. Habríamos seguido siendo mera naturaleza, si el «maestro» no hubiera puesto fin a esto interrumpiendo el libre desarrollo del ser natural, introduciendo una distinción entre el «bien» y el «mal» y condenando al ostracismo al «mal». Debemos conceder al maestro de almas -esta es la evaluación de Jung- que su extraña intervención fue útil para el desarrollo de cualquier tipo de conciencia, y en este sentido algo bueno.

La afirmación de Jung contiene una visión impactante. El bien y el mal no son factores primarios dados con la naturaleza del mundo. Más bien, son el producto de una «intervención extraña», de una «distinción» introducida «artificialmente», el resultado de un acontecimiento histórico, a saber, la incursión del cristianismo en el mundo natural pagano. Hasta Jung, el mal se consideraba una verdad metafísica a priori, intemporal, eterna. Pero al igual que la rueda u otros inventos similares que revolucionaron la vida humana, el mal también fue «inventado» en el curso de la historia mediante un acto incisivo, una especie de operación alquímica de separatio realizada sobre lo que por sí mismo no está precisamente separado.

La filosofía nos da un apoyo indirecto a esta idea. Como han demostrado tanto Kant como Nicolai Hartmann, nadie puede desear hacer el mal por el mal. Es humanamente imposible. En todo lo que hacemos, incluso en un acto criminal, estamos motivados por algún bien. El asesino puede tener como objetivo un valor relativamente bajo (por ejemplo, enriquecerse) y violar un valor superior (la vida de los demás), pero sigue estando motivado por un valor y no por el «mal». Así pues, el mal en sentido estricto no se da en la experiencia humana primordial, y no es un factor eterno del mundo que en tiempos arcaicos simplemente no se hubiera descubierto todavía.

Jung ve a través de la artificialidad de la distinción entre el bien y el mal y, por lo tanto, nos hace conscientes de los opuestos morales que anteriormente se habían dado por sentados inconscientemente, es decir, que habían mantenido nuestra conciencia en sus garras. Y, sin embargo, el propio Jung parece estar todavía bajo el hechizo de la idea cuando afirma que la distinción entre el bien y el mal era necesaria y útil para el desarrollo de cualquier tipo de conciencia, y por lo tanto algo bueno. Jung parece creer que esta distinción trajo consigo una percepción más precisa, más adecuada y más consciente de la realidad. Pero esto no es una descripción de los efectos de los opuestos morales; es una evaluación en sí misma guiada por la propia distinción entre el bien y el mal que se supone que evalúa.

Esta distinción provocó cambios fundamentales, pero no en la dirección de una «conciencia superior», más diferenciada. Al contrario. La distinción entre el bien y el mal supuso una reducción y simplificación fundamental de la conciencia. Al igual que en la literatura la representación en blanco y negro de la novela occidental con sus «buenos» y «malos» refleja un nivel de conciencia muy burdo en comparación con las complejas y sutiles descripciones de los personajes en las grandes novelas o dramas, la enfática oposición entre el bien y el mal, Dios y el diablo, reduce las múltiples diferenciaciones de la era mítica a una única y abstracta distinción mínima: positivo frente a negativo. Zeus, Artemisa, Dionisio, Wotan no pueden ser tratados con una distinción tan burda, son demasiado complejos y multicolores.

La invención del bien y del mal supuso una pérdida de concreción y de diferenciación precisa. Y esta pérdida fue el precio de una ganancia, una ganancia, sin embargo, de naturaleza totalmente diferente a la que Jung tenía en mente: en lugar de diferenciarse más, la conciencia se radicalizó e intensificó enormemente. Las múltiples y sutiles diferenciaciones se concentraban ahora en una sola distinción. El ser fue electrificado, llevado a la máxima tensión de un polo positivo y uno negativo. Todas las diferenciaciones cualitativas debían ser subsumidas y utilizadas para una superdistinción, la distinción moral. La invención del bien y del mal no es una conciencia «más alta», que se acerque a la «verdad», como parece haber pensado Jung, sino una conciencia más tensa y electrificada. Esta invención es un motor metafísico y psicológico, la invención de un transformador del mundo. La idea del mal es una gigantesca central eléctrica psicológica. Por medio de los opuestos morales la conciencia pudo producir artificialmente más y más energía para sí misma quemando las múltiples cualidades imaginarias policromadas del mundo y explotar esta energía para ganar poder sobre toda la naturaleza.

El motor de energía requiere una tensión extrema. Para crear esta tensión de alto voltaje en el alma, el odio se vuelve vital; no el odio personal, sino el odio en un sentido ontológico. El eros cosmogónico que mantiene unidos a los opuestos y permite el libre flujo, por ejemplo, del Yin al Yang y viceversa, desaparece. En su lugar, la enemistad entre los opuestos se convierte en el principio que rige el ser en general. Esto se expresa en poderosas imágenes, como la de Satanás. Satán es el adversario como tal, el enemigo que como enemigo es el «príncipe de este mundo» (Mateo 13:39 y Juan 12:31). O, «Porque todo el que hace el mal odia la luz» (Juan 3:20, afirmando algo que, como aprendimos de Kant y Hartmann, es humanamente imposible). O bien, la muerte es «el último enemigo que será destruido» (1 Cor. 15:26); la enemistad se pone entre la serpiente y la mujer (Gn. 3:15) y entre el mundo y Dios (Sant. 4:4; Rom. 8:7). Enemistad significa aquí incompatibilidad absoluta, o más que eso: la voluntad fija por parte de uno de los opuestos de destruir totalmente al otro. ¡Qué fantasía tan diferente de la china del Yin y el Yang!

Una conciencia que vive con el antagonismo radical e irreconciliable del bien y del mal está continuamente, porque ontológicamente, puesta en alerta, lo que exige una movilización total de todas las reservas. La polarización es tal que el peligro es constante. Ontológicamente vivimos en tiempos de guerra perpetua. La situación es extremadamente inflamable. No debe haber sueño, ni descanso, ni juego libre para los impulsos y las imágenes del alma. «Sed sobrios y velad, porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar» (1 Pe. 5:8).

La idea del mal se deriva de un procedimiento de separación y purificación similar a los procedimientos de la química moderna por los que las materias primas naturales se separan artificialmente en sustancias valiosas purificadas, por un lado, y residuos venenosos, por otro. Detrás de esta idea opera una voluntad de veneno puro, la voluntad de que el mal puro sea. Vemos un poco de esta voluntad de maldad en el Sermón de la Montaña, cuando Jesús lleva los Diez Mandamientos al extremo. Por poner un solo ejemplo, ya no se considera malo el acto de adulterio cometido, sino el mero hecho de mirar «a una mujer para codiciarla» (Mt. 5:28). ¿Qué es lo que motiva este llevar a los extremos? Detrás de esta radicalización está la voluntad de dar autoridad absoluta a la idea del mal. Hasta entonces, cualquiera que no cometiera adulterio, que no matara, que no mintiera, podía ser considerado justamente bueno (justo). La diferencia entre el bien y el mal tenía un significado práctico preciso. Sin embargo, lo que el Sermón de la Montaña quiere conseguir es que se elimine la diferencia entre las personas que sí cometen esas acciones y las que no: todos son pecadores. Así, Jesús no quiere ayudar a las personas a vivir una vida mejor y más moral, sino que quiere imponerles la idea de la ineludibilidad del mal (el pecado) para aumentar la autoridad del mal. Se declara que el mal gobierna sobre todos, sin excepción. «No hay nadie que haga el bien, ni siquiera uno» (Salmo 14:3). El mal o Satanás es incluso entronizado como el «Dios de este mundo». Esto no es algo que se reconozca o se descubra que es así, es algo que se hace al mundo y al hombre.

Con respecto al mal, la gran pregunta que mueve al mundo cristiano ha sido siempre pdthen tô kakdn? ¿De dónde viene el mal? La pregunta correspondiente para las culturas arcaicas era la contraria: ¿Qué hacer con el mal? ¿Dónde ponerlo? Un método utilizado por estas culturas para tratar el mal era el ritual del chivo expiatorio. Se elegía a un miembro de la tribu, o a un animal, y se le cargaba ritualmente con toda la mancha y luego se le arrojaba al desierto o a una sima. Erich Neumann, Friedrich Seifert y otros han criticado esto como una represión temprana, literalmente realizada, mientras que ellos abogan por la integración del mal. Su punto de vista proyecta una condición psicológica u ontológica moderna hacia tiempos anteriores. Heino Gehrts rechazó con razón esta teoría del chivo expiatorio. Señaló que el hombre arcaico vivía en un mundo rodeado de infinidad por todos lados. El mundo humano ordenado y civilizado era una pequeña isla incrustada en un enorme desierto, en el Caos. Por eso, cuando el chivo expiatorio era conducido al desierto o a cualquier otra representación del Caos, no era reprimido, sino que, por el contrario, era liberado en la extensión abierta, en la que se disolvía. Desapareció realmente. Represión significa todo lo contrario: encapsular algo en la propia prisión interior para que no pueda perturbar inmediatamente nuestra conciencia; pero, al conservarse sin cambios en su interior, podría liberarse de nuevo en cualquier momento.

También en el cristianismo, la liberación del mal se imagina en la imagen del chivo expiatorio. Cristo es el cordero del sacrificio, sobre el que se nos dice que echemos todos nuestros cuidados (1 Pe. 5:7). He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Pero ¡qué diferencia con los rituales del chivo expiatorio de las culturas arcaicas! Aquí el pecado de todo el mundo se carga de forma abstracta y global sobre el cordero; en las culturas ritualistas se trataba siempre de manchas particulares, por lo que el ritual debía realizarse una y otra vez. El ritual cristiano es un único superritual que debe librarnos de todo el mal, pasado y futuro, para siempre.

Además, este ritual tiene lugar dentro de una constitución del ser totalmente nueva. Los dioses míticos eran dioses de y en este mundo. También ellos tenían el Caos, el Tiempo, las Parcas por encima y alrededor de ellos. El Dios cristiano, por el contrario, es el creador del mundo que está expresamente fuera y por encima de todo el mundo. Es lo último, lo absoluto. Ahora el mundo está completamente rodeado por Dios; no hay extensión abierta, ni frontera, ni fuera, ni nada. El mundo se ha vuelto finito, meramente secular. La humanidad no tiene acceso inmediato al infinito. Nuestro mundo está ineludiblemente encerrado, y el Dios cristiano no es más que la imagen primordial y el garante de su cerco absoluto y de su condición meramente secular. Por eso los místicos y los psicólogos tenían que mirar hacia dentro para encontrar un infinito «interior», el Dios interior (Jung). La situación se invierte. La posición y orientación del hombre arcaico en el cosmos es la opuesta a la nuestra; miraba hacia fuera, hacia el cosmos, hacia arriba, hacia los dioses superiores o hacia abajo, hacia los dioses inferiores. Para él este mundo tenía su propia infinidad en sí mismo. Mercurio o Hermes estaba a su alrededor y por todas partes, mientras que ahora, como hemos visto, está encerrado en una botella de cristal, reducido a un pequeño objeto rodeado en el foco del espectador humano, al igual que el Dios cristiano es el gran espectador para el que el mundo en su conjunto es como una pequeña botella de cristal frente a él.

Si el mundo está cerrado, y si al mismo tiempo el pecado acumulado del mundo se acumula en Cristo, la pregunta «¿Adónde? ¿Qué hacer con el mal?» ya no se plantea, puesto que no hay lugar para tal pregunta, no hay lugar para ningún adonde en un mundo absolutamente cercado. Aquí el chivo expiatorio no puede ser enviado a la nada, no puede ser soltado. Más bien, lo que sucede es que todo el mal se concentra en un punto, Cristo, y se conserva allí -un verdadero Endlagerung (almacenamiento final)- sin posibilidad alguna de dejarlo desaparecer en algún lugar abierto. En un mundo absolutamente cercado, la única manera de tratar el mal (al igual que con nuestros residuos nucleares) es la represión, el almacenamiento en el fondo, y el redentor debe paradójicamente convertirse él mismo en el plêrôma como kakzas, la plenitud del mal, por decirlo con una expresión gnóstica. La carga concentrada del pecado del mundo queda encerrada en el mundo, preservada para siempre. Nunca puede salir, porque ya no hay «salida». Pero tampoco debe salir, porque ¿quién, en su sano juicio, podría seguir queriendo arrojar el chivo expiatorio si este chivo expiatorio resulta ser ahora Cristo, el valor más alto y central del alma, psicológicamente hablando, la imagen del Ser? Cristo es indispensable. Pero si es indispensable y al mismo tiempo el chivo expiatorio, esto significa que en el cristianismo el chivo expiatorio y todo el pecado que lleva consigo tendrán que quedarse también con nosotros. Puede quitarnos el pecado para que seamos redimidos, pero el mal que lleva permanece irredento, como nuestros residuos nucleares depositados en lo más profundo de la tierra. Permítanme que pregunte esto a modo de inciso: ¿Podemos esperar encontrar una solución salvadora para los residuos nucleares mientras creamos vivir en un mundo finito, meramente secular, y ser nosotros mismos criaturas finitas? Sin una lógica del infinito, es decir, sin una capacidad de pensar realmente el infinito aquí y ahora, nuestra única opción es la represión, la llamada Endlagerung.

Por lo tanto, cabe preguntarse si el propósito psicológico secreto de la redención no ha sido la redención en el sentido inocente de la palabra, sino la máxima concentración del mal: la producción de una verdadera carga explosiva en la psique del hombre occidental, amontonando en un solo lugar todos los defectos individuales hasta entonces extendidos por todo el mundo y a lo largo del tiempo, e intensificándolos así en un Mal absoluto en el núcleo del ser (Cristo).

Todo el pecado del mundo concentrado en la pura maldad e irremediablemente contenido en el mundo: esto sí que es una dinamita imaginal por excelencia. Pero incluso esto no es todo. En el cristianismo, el lugar en el que se deposita el mal acumulado del mundo ya no es el chivo expiatorio, sino expresamente el cordero inocente e inmaculado (1 Pe. 1:19). En la fantasía cristiana actúa una voluntad de pensar la unión sin paliativos del mal absoluto y de la inocencia pura, una voluntad de hacer coincidir los opuestos purificados sin dejarlos sin embargo fundir, una voluntad de máxima tensión.

«El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» es una fantasía impactante. ¿Acaso el inocente cordero debe ser adecuado para cargar con el pecado del mundo? ¿No es esto como confiar el control de un depósito de municiones a niños pequeños? Pero con esta fantasía, el alma del hombre occidental ha sido informada. La unión de una conciencia verdaderamente inocente y de un «pecado» concentrado, ésta es la realidad del mundo occidental: «Si no os hacéis como niños» y el ataque a la naturaleza en forma de bestia; los «valores superiores» del idealismo y el materialismo desnudo; «Ama a tu prójimo» y el imperialismo; «Paz en la tierra» y la bomba atómica. Nietzsche habló del «humor de la cultura europea: se considera una cosa como verdadera, pero se hace la otra».2

El cristianismo nos impulsa a pensar en la cercanía y la distancia absolutas a la vez. El cordero, aunque lleva el pecado recogido del mundo, no se ve afectado por él, se conserva su inocencia inmaculada. Se trata, por supuesto, de una contradicción abierta para la que sólo hay una resolución posible, y esta resolución es, en efecto, el descubrimiento revolucionario del cristianismo: el «uno en otros». Puedo cargar con la culpa concentrada y, sin embargo, permanecer intacto por ella en la inocencia de mi conciencia si incorporo el pecado a mi interior (que en virtud de este acto de incorporación se configura como un reino separado en mí). Este acto crea por primera vez la diferencia entre la mente consciente, por un lado, y el interior inconsciente, por otro. El cristianismo no es una religión genuinamente dualista en la que Dios y el Diablo serían principios iguales, Dios también está por encima del Diablo, abarcándolo completamente. Del mismo modo, el cordero inocente y el pecado tienen la estructura del en-uno-otro. Así, el cristianismo tiene, después de todo, una especie de respuesta a la pregunta: «¿Adónde con el mal?», a pesar de que para el cristianismo ya no hay salida a la extensión infinita del caos. Su respuesta es: dentro, tragar en el interior, incorporar. ¿En qué otro lugar debería guardarse el mal -el tipo de mal que el propio cristianismo inventó- una vez que el mundo está encerrado y totalmente rodeado?

El trascendental descubrimiento de la interiorización es un descubrimiento al que debe su existencia toda la psicología moderna. Sin él, el hombre occidental no tendría un alma como propiedad personal y no la llevaría dentro de sí. Debido a 2.000 años de influencia cristiana, simplemente lo tomamos como algo evidente, aunque la idea de la interioridad es realmente revolucionaria. Los antiguos, ya lo dijimos, miraban hacia afuera o hacia arriba, no hacia adentro, no hacia su interior. Incluso el «conócete a ti mismo» délfico y socrático, que suena a los oídos modernos como una invitación a la introspección, tenía un significado muy diferente, más objetivo. Era una invitación a que el hombre conociera su lugar como mortal en distinción a los dioses. En efecto, los griegos no tenían ningún interior. Su alma estaba fuera, en el mundo, en el cielo, en las profundidades de la tierra, pues para ellos este mundo tenía su propia infinidad. La misión del cristianismo era dar la vuelta al ser-en-el-mundo del hombre y capacitarlo para ser aquel que, encerrado en un mundo secular finito, encerrado en un empirismo positivista, mira desde fuera hacia el interior de las cosas y de sí mismo.3

El cristianismo fue capaz de liberar del pecado a través del en-uno-otro del pecado concentrado y del cordero inocente. Sin embargo, este tipo de en-uno-otro es precisamente el modelo de la Bomba: fuera una cáscara inofensiva, dentro un terror diabólico concentrado. Cuanto mayor sea la tensión de los opuestos -es decir, cuanto más puros y concentrados estén, cuanto más cerca estén la inocencia y el poder agresivo, cuanto más íntimamente encapsule uno al otro- más fuerte será el poder explosivo. La cáscara explosiva no es un subproducto incidental del cristianismo; es esencial para su propósito central. Si el cristianismo quiere realmente vencer al mundo, debe tener el poder de hacer estallar el mundo, debe ser él mismo una bomba, y como tal el cristianismo siempre se ha entendido a sí mismo, aunque no por medio de esta metáfora.

La represión o incorporación debe permanecer inconsciente, porque en el momento en que fuéramos conscientes de ella, el contenido incorporado ya no estaría incorporado en el interior, sino que se objetivaría ante la conciencia. Por lo tanto, el cordero del sacrificio que lleva el pecado del mundo sigue siendo sólo inocente. El cristianismo no revela que el pecado está dentro del cordero, es el cordero. Sin embargo, la interiorización como método para conservar la inocencia mientras se concentra el mal encuentra una amplia expresión en el Nuevo Testamento a modo de proyección sobre sus oponentes. Una y otra vez se levanta el reproche de hipocresía contra los representantes de la antigua piedad israelita, por ejemplo: «Pero ¡ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!». (Mt. 23:13). La gran imagen de la estructura interna de la hipocresía se da en el pasaje «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces» (Mt. 7:15).

Debemos ver ambas imágenes juntas, la del cordero que quita el pecado del mundo y la del lobo voraz dentro de la inocente oveja. Juntas forman una sola fantasía.

El nombre bíblico de la invención del interior del bien y del mal es hipocresía. El descubrimiento del interior se produce como el descubrimiento o más bien la invención de la hipocresía. Pues la hipocresía no existía en todos los tiempos. Hypdchrisis en el griego clásico no tenía un significado negativo. Hypochrinomai se refería sobre todo a la actuación del actor en el teatro. Para la filosofía estoica, la capacidad de interpretar cualquier papel impuesto por el destino era la distinción misma del hombre de mente noble. Del mismo modo, en el griego clásico no existía una palabra para designar la mentira. Pseûdô significaba «decir algo que objetivamente no era cierto» sin insinuar necesariamente una intención subjetiva secreta y sin ninguna valoración despectiva.

También debemos suponer que los piadosos de Israel no eran francamente hipócritas. Ciertamente, intentaban cumplir la ley con honestidad, aunque fuera dentro de los límites de lo humano. Desempeñar un papel de forma engañosa o, a la inversa, sospechar de intenciones secretas o pretensiones en los demás no es una posibilidad para el hombre arcaico. Friedrich Georg Jünger dijo: «Donde el tipo está intacto, no hay necesidad de psicología [es decir, de la psicología personalista y reductora de la desconfianza] porque uno se conoce, sabe quién es el otro». Por supuesto: uno se conoce porque dentro de un mundo infinito, la vida se jugaba al aire libre. Vivir significaba mostrarse. La sospecha de pensamientos ocultos que difieren del comportamiento manifiesto no podía surgir, porque el abismo entre el interior y el exterior no se había abierto.

Jesús no descubre la hipocresía de los fariseos. Utiliza a los fariseos como pantalla de proyección para elaborar la nueva idea de hipocresía. Inventa el esquema de la hipocresía, saca a su público del mundo en el que se conoce y lo obliga a pensar que todo lo que se ve a la vista esconde intenciones siniestras en su interior. Enseña a sospechar de lo manifiesto. Y esta mirada recelosa crea el hombre interior. Sin lobos rapaces y sin la idea del mal, no hay interioridad. «Porque del corazón salen los malos pensamientos, los asesinatos, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios…» (Mt. 15:19). Sólo mediante la idea del mal, cargada de emociones, el corazón podía convertirse en este foco crucial, forzando toda la atención hacia el interior e invirtiendo la postura ontológica del hombre. Aquí hay que recordar la muy diferente comprensión de los crímenes en el cosmos mítico, donde no provienen del corazón de los hombres, sino de fuera, como la actuación de los dioses en la vida humana, de Hermes el ladrón y embaucador, Pan el violador, Afrodita la adúltera, etc.

La diferencia entre el interior y el exterior se lleva al contraste más agudo posible: el lobo y el cordero, el mal y la inocencia, es decir, el más y el menos. Este modo de pensamiento electrificado y violento, inaugurado en el Nuevo Testamento y tan diferente del pensamiento cosmológicamente armonioso del hombre mítico, se apoderó de la mente del Occidente cristiano produciendo la dinámica explosiva del desarrollo cultural europeo.

Quiero dar al menos dos ejemplos de los comienzos de la era moderna, de la época en que el hombre occidental, después de haber aprendido con esmero la lección cristiana durante la época de la «Escolástica», se dispuso a aplicar esta lección al mundo entero, lanzándose a la conquista del mundo mediante exploraciones literales de los viajes y de la ciencia. Mis ejemplos son de dos contemporáneos, Lutero e Ignacio de Loyola.

En cuanto a Lutero, me gustaría recordar su fórmula «simul justus et peccator» (a la vez justo y pecador) y las dos frases complementarias sobre la libertad del hombre cristiano:

«Un hombre cristiano es un señor libre sobre todas las cosas y súbdito de nadie». – «Un hombre cristiano es un esclavo servil de todas las cosas y súbdito de todos».

Ignacio, en el «fundamentum» (nº 23) al principio de su libro sobre los ejercicios espirituales,4 exige la actitud de indiferencia hacia todas las cosas creadas, por supuesto dentro de los límites de los Mandamientos, porque el hombre, dice, ha sido creado para servir a Dios y adorarlo, mientras que todas las demás cosas de la tierra han sido creadas para el hombre. Y en el nº 365 de la misma obra dice (aproximadamente): Lo que veo que es blanco, debo creer que es negro, si esto corresponde a la doctrina de la Iglesia. Pongo un ejemplo de lo que quiere decir Ignacio: Tengo que creer que precisamente lo que veo como un desastre absoluto, es decir, el Cristo crucificado, es la gloria, es el Cristo triunfante. Aquel que sabemos que es el hijo de un vulgar carpintero de Nazaret, tenemos que creer que es Dios.

Tenemos que desarrollar un sentimiento de lo que sucede aquí. Una misma cosa a la vez: señor y esclavo, blanco y negro, justo y pecador, desastre y triunfo; un hombre a la vez infinitamente culpable e infinitamente redimido. Es absolutamente libre y absolutamente atado. Lo que para los ojos del mundo aparece de una manera, es para los ojos de la fe (que no ven, sino que creen) lo contrario. Evidentemente, Ignacio y Lutero pusieron en práctica el modo de pensar dialéctico, «más afilado que una espada de dos filos» (Heb. 4:12), ensayado por primera vez en el Nuevo Testamento; a partir de ahora se convierte en todo el modo de ser-en-el-mundo del hombre moderno y se pone en práctica lentamente. El ser se vuelve explosivo. Los opuestos se cortocircuitan. Aquí se libera una enorme fuerza psicológica, una fuerza que era capaz de hacer estallar la incrustación original y normalmente irrevocable del hombre en la naturaleza. El hombre arcaico estaba rodeado por el vínculo de Ananke, la Necesidad, y en la mitología este cerco ontológico se expresaba, por ejemplo, en la imagen de una serpiente enroscada alrededor del disco de la Tierra, sujetándolo y forzándolo. Este vínculo de la Necesidad en torno a la Tierra fue roto por Cristo, el libertador, y su ruptura se manifestó siglos más tarde, cuando el hombre pudo abandonar la terra cognita, la Tierra conocida, y partir hacia lo desconocido, primero en busca de otros continentes, hoy del espacio exterior y de la estructura más interna de la materia. El hombre se libera.5

Podemos ver que esto sucede en la fórmula de Lutero «a la vez justo y pecador». Con esta fórmula, el hombre es catapultado fuera de ese nivel en el que importaba el valor moral de sus acciones específicas. Ahora es, aunque su conducta sea casi perfecta, sin embargo, un pecador absoluto, y a la inversa, incluso con los crímenes más horrendos es redimido de una vez por todas. Esto se aplica no sólo a la esfera moral. Se aplica a la existencia como tal. Aquel nivel en el que los hechos concretos y sus cualidades específicas eran metafísicamente esenciales ha sido arrancado del hombre. Lo quiera o no y lo sepa o no, el hombre ha descendido metafísicamente del nivel de los acontecimientos naturales, del nivel de las cosas concretas con forma y color visibles y sustancia tangible, al nivel fundamentalmente inferior de lo absoluto. Ahora vivimos metafísicamente, es decir: ahora la verdad reside, en el nivel post-natural de las «cosas» abstractas que ya no podemos ver pero que tenemos que creer, el nivel de la electricidad, del radar y de las ondas de televisión, de los átomos, de los electrones, de las células, de los genes, de los oligoelementos. … Y por el contrario, lo que vemos como cosas, tenemos que creer que en realidad es sobre todo espacio vacío, con comparativamente pocos átomos que giran en la distancia cósmica unos alrededor de otros. En efecto, el mundo ha sido superado. La naturaleza se ha vuelto obsoleta, conservada sólo en nuestra nostalgia.

A esta ruptura de la existencia natural corresponde el hecho de que el hombre, en el nuevo nivel de lo absoluto, fue sometido a una tremenda tensión. Ahora tenía que ser una polaridad absoluta de blanco y negro, justus et peccator, ser una contradicción existente de opuestos purificados. Esto significaba, por un lado, una condición existencial increíblemente intensificada, una alta bóveda (no emocional, sino ontológica) en su esencia más profunda, pues ahora el hombre estaba llamado a la tarea más elevada. Por otro lado, precisamente por estar llamado a la tarea más elevada, estaba sometido a una tensión extrema, impulsado, obsesionado, constantemente, es decir, ontológicamente, llamado al deber. El desarrollo moderno de las ciencias, de la técnica, de la industria, de la política y de la economía sólo podía ser realizado por ese tipo de humanidad cuyo núcleo metafísico estaba sometido a una tensión tan extrema.

La fórmula de Lutero nos dice que el hombre es ahora redimido como el pecador que es. La redención no es un segundo acontecimiento adicional que anule su condición de pecador. Más bien, el hombre es redimido sólo en virtud de su pecaminosidad fundamental e indeleble. Es redimido si, y mientras, se mantiene en el nivel de la dialéctica absoluta y sostiene la cuerda floja a la que equivale su ser-como-polaridad. Porque entonces se ha levantado de la condición natural, ha superado el mundo. Su redención como pecador reside en el hecho de que si es un pecador absoluto de todos modos, independientemente de su conducta concreta, simplemente por el hecho de ser humano, entonces es inatacable en su esencia. Goza de un privilegio de tonto metafísico. Todos los lazos religiosos naturales concretos que solían atar sus acciones así como su ser han sido explotados. Es absolutamente libre, liberado e incluso llamado al asalto ilimitado de la naturaleza, sin el temor de que las consecuencias de sus acciones puedan recaer sobre él, en lo que respecta a su esencia metafísica. Pues su pecaminosidad es segura desde el principio. Lo peor ya es un hecho, y ese peor ya está redimido, de modo que, metafísicamente, ya no puede ocurrir nada realmente terrible.

Por eso una regla ignaciana, tal como la formuló su discípulo Baltasar Gracián, puede ser la siguiente «Aplicad los medios humanos como si no hubiera los divinos, y los divinos como si no hubiera los humanos».6 La realidad divina y la realidad secular se dan jaque mate y, al estar desligadas la una de la otra, al mismo tiempo se intensifican mutuamente hasta el extremo. Se inmunizan totalmente la una de la otra y se reconcilian absolutamente entre sí. El ser se ha cargado, se ha convertido en una cáscara viva.

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1 «… wie mit Gedichten, ich machte sie nicht, sondern sie machten mich»-Johann Wolfgang von Goethe, Kampagne in Frankreich (bajo la fecha del 30 de agosto de 1792).

2 Friedrich Nietzsche, Der Wille zur Macht, Ausgewählt von Peter Gast (Stuttgart: Kröner Taschenbuchausgabe Band 78, 1959), #241.

3 Véase mi «El entierro del alma en la civilización tecnológica», capítulo 8 del presente volumen.

4 Ignacio de Loyola, Exercitia spiritualia (1548), muchas ediciones y traducciones.

5 He explorado el tema del vínculo de la Necesidad y su ruptura en mi «Liberación de la corriente de los acontecimientos: Okeanos y la circulación de la sangre», en Sulfur 21 (invierno de 1988): 118-40, ahora en Wolfgang Giegerich, The Neurosis ofPsychology, Collected English Papers, Vol. 1 (Nueva Orleans: Spring Journal Books, 2005), pp. 233-255.

6 Balthasar Gracian, Hand-Orakel und Kunst der Weltklugheit: Aus dessen Werken gezogen von D. Vincencio Juan de Lastanosa und aus dem Spanischen Original treu und sorgfältig übersetzt von Arthur Schopenhauer (Stuttgart: Reclam, 1953), No. 251, mi traducción.

La bomba nuclear como realidad psicológica

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘Technology and the Soul’, volumen II de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 2, pp. 37-54

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Si no repetimos irreflexivamente la frase «La bomba nuclear como realidad psicológica», sino que permitimos que lo que dice llegue a nosotros, entonces es de alguna manera «imposible». La bomba nuclear y el alma parecen ser casi contradictorias. La bomba, por un lado, y la realidad psicológica, por otro, pueden ser cada uno por separado un tema aceptable, pero el «como» que los une hace que este título sea intolerable. Sin embargo, es precisamente este «como» el que será nuestro tema aquí. El propósito, al principio sin duda desconcertante, de este trabajo es contribuir al rescate de la bomba nuclear para el alma y a la apertura del alma para la bomba nuclear.

Comienzo con un hecho triste: la bomba nuclear existe, y estamos atrapados con ella. Independientemente de que las negociaciones de desarme tengan éxito o no, nunca podremos volver de nuestro conocimiento de la bomba y de nuestro poder para destruir el mundo entero a un estado de inocencia, y por lo tanto nunca podremos estar seguros de si alguna persona o estado loco o malvado sucumbirá tarde o temprano a la tentación de poner en uso nuestro conocimiento de la bomba. Por lo tanto, es vital que el potencial destructivo sea desactivado de alguna manera, aunque, por supuesto, no es suficiente con desactivar las bombas reales. Mucho más importante sería desactivar nuestro peligroso conocimiento sobre el potencial explosivo de la naturaleza vinculándolo, integrándolo de alguna manera. Porque el problema de las bombas desactivadas o desmanteladas es que en cualquier momento pueden ser rechazadas y construidas de nuevo, con lo que siempre estaríamos en la situación más precaria de tener que esperar que la solidez de la razón del hombre, su buena voluntad y su sentido de la responsabilidad moral no se rompan.

Es relativamente fácil desactivar las bombas técnicamente. Pero cómo frenar su poder destructivo de manera que la existencia de la humanidad no dependa de las contingencias y vicisitudes de nuestro comportamiento razonable y amante de la paz es una pregunta sin respuesta. Hay un obstáculo fundamental que hace imposible por el momento encontrar una respuesta. Este obstáculo es que no vivimos en una sola realidad, sino en dos distintas. La bomba nuclear, por ejemplo, es, para empezar, un objeto físico y técnico para nosotros. Cómo construirla, repararla, desactivarla o encenderla, cómo financiarla, dónde colocarla y qué planes diplomáticos y estratégicos formular para su uso es el dominio de los técnicos en el más amplio sentido de la palabra, incluyendo economistas, políticos, militares.

Cuando los psicólogos, en cambio, ven la bomba, se ocupan únicamente de cuestiones como qué complejos reprimidos hicieron posible, en primer lugar, inventar una cosa tan absolutamente loca como la bomba, que amenaza no sólo al enemigo, sino a todos nosotros. O las cuestiones de cómo lidiar con nuestros miedos a la bomba y con nuestras imágines enemigas proyectadas. El objeto técnico, por tanto, puede ser causado por factores psicológicos en nosotros, y puede a su vez afectar al alma dándole pesadillas, pero no es en sí mismo nada psicológico. Sólo mi miedo a ella es psicológico, no la bomba en sí. Permanece fuera de mi realidad interior como una realidad física externa. Así que podemos decir que la psique, el campo de nuestras motivaciones, emociones, imaginaciones y comportamientos humanos, tiene la bomba fuera de sí misma, como la bomba tiene el alma fuera de sí misma.

Esta condición de escisión de la realidad en dos realidades -una física y técnica e irrevocablemente no psicológica, otra psicológica y con el objeto físico irrevocablemente fuera de sí- puede ser sometida a la reflexión psicológica. Aparece entonces como una condición muy crítica, como una escisión de la conciencia, como una disociación neurótica. Ante un mismo objeto, el hombre moderno dispone, por así decirlo, de dos compartimentos separados para organizar su visión de su realidad como un todo. Un aspecto de los fenómenos (los miedos y las esperanzas que provocan, la obligación moral que nos imponen y otros similares) se coloca siempre en un compartimento, y el otro aspecto «externo» de los mismos fenómenos en el otro, de modo que los dos aspectos nunca pueden encontrarse realmente. Por supuesto, nuestra visión del mundo permite que las conexiones causales vayan y vengan entre los contenidos de los dos compartimentos, pero mi miedo a la bomba nuclear y la realidad física de esta bomba siguen estando cada uno en su propio compartimento.

Aquí se podría objetar inmediatamente que difícilmente podemos hablar de dos compartimentos que mantenemos separados, pero que efectivamente existen dos realidades separadas. Es un simple hecho que el miedo es algo interno, psicológico, subjetivo en mí, y la bomba algo técnico ahí fuera. A esto respondo que, sin duda, es cierto, pero, y ahora viene el punto crucial, sólo es cierto para el Occidente cristiano, e incluso allí sólo para la era moderna. En ningún momento anterior y en ninguna otra parte del mundo se ha dividido la realidad de esta manera. Ni en China, ni con los llamados primitivos, ni en la antigua Grecia, por mencionar sólo tres ejemplos bastante diferentes. Si el primitivo miraba su fetiche tallado, entonces éste no era para él un objeto físico exclusivamente hecho por el hombre que podía tener ciertos efectos en su alma, y, por otra parte, este efecto no era una mera emoción intrapsíquica. Más bien, el fetiche real, «externo», estaba en sí mismo animado y vivo. Para los griegos no había una yuxtaposición de física y psicología. Los fenómenos psicológicos, como el amor y la ira, pertenecían con todos los demás a la única naturaleza y eran también objeto de la física, pero la física no en el sentido matemático o incluso mecanicista moderno, sino en un sentido «poético», precisamente porque el alma y las materias divinas formaban parte de ella.

Así, si decimos que la psique y el mundo exterior objetivo son efectivamente dos realidades separadas, esto no significa que la separación sea un hecho de la naturaleza, sino que es un producto de la historia y está sujeta a las condiciones de la historia de nuestra alma. La relatividad histórica de esta verdad aparentemente absoluta debe hacerse consciente mediante la reflexión crítica. Para nosotros es cierto que existen dos realidades, porque nuestra conciencia, mucho antes de nuestro propio pensar y percibir, se ha dividido en esos dos compartimentos y porque nosotros, es decir, la humanidad occidental, residimos dentro de una neurosis. Y tal vez sólo ha habido este desarrollo tecnológico extremo hacia la bomba nuclear porque la tecnología se ha escindido del alma, y el alma, como realidad exclusivamente interna, se había escindido de la realidad externa para que el mundo externo pudiera experimentar un desarrollo sin restricciones ni limitaciones inherentes.

Mientras los dos mundos estén yuxtapuestos, seguiremos estando fundamentalmente amenazados porque todas las restricciones tienen que ser impuestas desde fuera, por nosotros, por nuestra moral y nuestras buenas intenciones. Pero esas limitaciones impuestas nunca podrán alcanzar y afectar a la naturaleza interna de la bomba y al propio potencial explosivo. La bomba, ya sea como objeto fáctico o como idea, seguirá siendo indomable y una tentación constante para probarla finalmente, una tentación que requiere enormes esfuerzos de la voluntad para resistirla. Esta condición tan insatisfactoria sólo puede esperarse que cambie si primero se puede eliminar la escisión que divide lo psicológico de lo físico y si se llega a un estado en el que la naturaleza explosiva exterior ya no está separada de los valores interiores, y los valores éticos y religiosos interiores ya no están separados de la realidad exterior. El objetivo de las siguientes reflexiones es permitirnos comprender más profundamente esta división y acercarnos un poco más a esa fusión de lo psicológico y lo externo.

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Durante los primeros siglos cristianos, una tradición de pensamiento sostenía que la mujer no tenía alma. Mulier non habet animam. Hoy nadie negaría seriamente el alma de la mujer. Esta idea nos parece absurda. Y de hecho, hoy en día se piensa con frecuencia que, si realmente existe una diferencia entre los sexos en lo que respecta al alma, la mayor afinidad con el alma debe atribuirse a las mujeres, al igual que el alma tiende a entenderse como una cualidad femenina y no masculina.

Pero sería un error suponer que porque pensamos así hemos superado la antigua tradición que declaraba a la mujer desprovista de alma. Pasamos por alto que utilizamos el mismo patrón de pensamiento, con la única diferencia de que se ha producido un desplazamiento de la mujer a la realidad externa en su conjunto. Por supuesto, no decimos, la mujer no tiene alma. Pero decimos, la realidad externa non habet animam, la tecnología no tiene alma, los objetos técnicos no tienen alma. Sólo las personas tienen alma, sólo los seres humanos pueden tener alma. El paralelismo entre la tesis «la mujer no tiene alma» y la tesis «el mundo técnico no tiene alma» no es meramente accidental y formal, sino que revela una auténtica conexión. Ambas son expresión de la misma postura, de la misma tradición intelectual. Ambas están informadas por una fantasía arquetípica, es decir, un patrón de pensamiento que antes de cualquier acto particular de pensamiento y antes de cualquier contenido particular ha trazado durante mucho tiempo el curso general y la estructura que nuestro pensamiento debe seguir o cumplir. La fantasía arquetípica que se encuentra en funcionamiento en las ideas que nos ocupan puede llamarse «maniquea», en un sentido laxo. Es la visión del mundo como desgarrado por una oposición fundamental e inevitable. Por un lado, el mundo «superior» del espíritu, de la luz y del bien, por otro, el mundo «inferior», totalmente corrupto y malvado, de la materia, del cuerpo, de lo femenino.

Este patrón de pensamiento sigue prevaleciendo hoy en día, aunque ejerce su influencia en una forma completamente nueva. Ya no proyectamos los opuestos en las grandes potencias mítico-metafísicas Espíritu y Materia. Por lo general, las ideas metafísicas ya no captan nuestra imaginación, parecen irreales y no nos tocan ni conmueven, mientras que hubo un tiempo en que las diferencias metafísicas provocaban incluso guerras. Nuestro pensamiento prefiere los problemas «concretos» y «prácticos». Pero esto no implica en absoluto que los opuestos metafísicos Espíritu y Materia hayan desaparecido. Hoy, simplemente están inmersos en el medio de lo terrenal o concreto. El lugar del Espíritu y la Materia lo ocupan ahora la naturaleza, por un lado, y la tecnología, por otro. Lo «natural» es el representante actual de lo que antaño era el principio del Espíritu, pues lo natural es -seamos o no conscientes de ello- considerado como la pureza original, en definitiva como la creación no adulterada de Dios, impregnada de su espíritu. La naturaleza, desde el punto de vista del psiquismo objetivo, ya no es la Madre Tierra, deidad femenina, barro y sangre, que da a luz y devora. En verdad, pero en secreto, tiene hoy carácter de logos y es de naturaleza espiritual, idea e ideal de lo primigenio, lo puro y verdadero, el mundo antes de la Caída, tal como fue concebido en la inteligencia infinita de Dios. La naturaleza debía tener esta cualidad desde que se convirtió en la creación del Dios cristiano, que es mente absoluta. Asimismo, la naturaleza significa para nosotros un cálido sentimiento por el campo y profundas emociones a la vista de su grandeza, por lo que se la considera anímica, ya que alma implica ante todo sentimiento para el hombre moderno.

La tecnología (sobre todo la bomba nuclear), por el contrario, es el ámbito que en nuestro tiempo cumple la otra mitad de este patrón arquetípico y debe llevar para nosotros el estigma del mundo corrupto y malvado de la materia, del cuerpo, de la oscuridad y de lo femenino. Al fin y al cabo, la tecnología es la responsable de la destrucción del medio ambiente y de la racionalización de la vida, y la bomba nuclear, en particular, es considerada como la expresión de nuestro pecado, como el mal incorporado. Entre la naturaleza y la invención de la tecnología hay para nuestro sentimiento una caída fundamental.

Curiosamente, la fantasía arquetípica del mundo corrupto y el mundo de la luz emplea hoy la idea de la oposición de lo patriarcal y lo matriarcal, de la racionalidad masculina unilateral frente a los valores femeninos. Dado que esta idea, al fin y al cabo, pretende una revalorización de lo femenino, a primera vista parece como si todo lo que se condenaba en el maniqueísmo -el mundo inferior caído del cuerpo y lo femenino- se liberara aquí de esta misma condena, mientras que el antiguo mundo superior de la racionalidad unilateral masculina se relativizara y rebajara. Pero la contraposición popular actual de lo patriarcal y lo matriarcal puede verse fácilmente como una nueva versión del pensamiento maniqueo, una nueva versión que, además, tiene la ventaja de estar disfrazada de lo contrario de sí misma y, por lo tanto, puede mantenerse más fácilmente inconsciente. Porque si estamos a favor de la naturaleza, de los productos alimenticios cultivados biológicamente, de la espontaneidad, del trabajo corporal y en contra de la mentalidad patriarcal orientada al logro, entonces esto parece prueba suficiente de que hemos renunciado al énfasis maniqueo en el reino puro del espíritu y al desprecio por la tierra.

Pero esto es sólo lo que parece. Porque, en primer lugar, no importa cuál de los dos polos del dualismo está arriba y cuál abajo. Basta con que, aunque el contraste se pusiera al revés, seguiría prevaleciendo el mismo patrón dualista, incluida la condena de un polo y la alabanza del otro. Sin embargo, en segundo lugar, el dualismo no se ha invertido, sino que sólo se ha rebautizado. Hoy como antes, el Espíritu o la Mente es lo bueno, y la Materia es lo malo, con la única diferencia de que el Espíritu inesperado se supone hoy en el mundo «virgen» de los «primitivos», en los valores «femeninos» de la cercanía a la naturaleza y la espontaneidad, de la emocionalidad y la sensibilidad corporal, mientras que el mundo malo de la materia y de lo femenino toma paradójicamente el nombre comercial de lo «patriarcal». Porque es lo «patriarcal» lo que dio origen a la ciencia y a la tecnología, y como dijimos, la tecnología es el disfraz con el que se nos da hoy la idea mítica de la Materia oscura y femenina.

La tecnología es «materialista» porque, según el consenso general, es materialista y desalmado poner el corazón en los televisores, los frigoríficos, los coches, los ordenadores y todos los demás artilugios técnicos. La tecnología es materialista porque, como parte del sistema capitalista, con su publicidad y su ansia de crecimiento, está al servicio de la codicia de los beneficios y está a cargo de Mamón. Pero si es materialista, entonces pertenece arquetípicamente al reino de la mater, la Gran Madre, por mucho que empíricamente haya sido producida por los hombres, pueda requerir un pensamiento racional y pueda conducir a la racionalización del proceso de producción en las fábricas. Lo verdaderamente «matriarcal» -el mundo bajo el control de la Gran Madre- simplemente ya no es el mundo de la tierra verde, del crecimiento de las plantas, aunque sigamos actuando como si lo fuera, y la propia Gran Madre ya no es la señora de los animales (en un sentido biológico). Hace tiempo que se ha alejado de la naturaleza y del reino corporal. Hoy la Gran Madre gobierna en la tecnología y sobre el «crecimiento» económico. No deja de ser significativo que las fábricas y otras obras industriales se denominen «plantas», al igual que apenas hay diferencia entre las palabras «producto» para las frutas y verduras y «productos» para lo que se fabrica en las industrias. La fantasía arquetípica que prevalece aquí y que nos informa sobre el lugar psicológico de todo el mundo de la industria es evidente: es la esfera de la diosa de la vegetación, la señora de la Tierra.

Que la esfera de la tecnología es realmente la forma moderna de lo femenino, lo terrenal, lo corporal, se hace plenamente evidente cuando nos damos cuenta de que recibe toda su parte de la condena maniquea del cuerpo como lo corrupto y lo malo. De la misma manera que antes se culpaba a la mujer de la existencia corporal y se proyectaba sobre ella la sensualidad y se la consideraba como vas iniquitatum, como recipiente de pecado, la tecnología es para nosotros la fuente de una sustancialidad negra y de un mal absoluto: de contaminantes, smog, residuos venenosos, rayos atómicos y todo tipo de contaminación. Son la realización literal del pecado negro, que antes se daba sólo en el modo de una realidad espiritual o mítica. Es como si la idea de la materia corrupta no pudiera descansar hasta que lo absolutamente nocivo hubiera recibido de hecho y literalmente una presencia objetiva y concreta en nuestro mundo, de modo que la posición de la materia maligna fuera ocupada por un símbolo visible y evidente.

Por supuesto, si generalmente en nuestra época la tecnología se atribuye al pensamiento patriarcal; si hoy la idea de lo patriarcal hipertrófico y lo matriarcal terriblemente descuidado es una charla común y despierta los sentimientos del público, entonces uno podría, sobre la base de este consenso general, suponer que con esta idea se debe haber descubierto una simple verdad. Pero para una psicología arquetípica, es decir, para una psicología crítica, esto parece muy diferente. El hecho de que el cliché del contraste hombre-mujer o patriarcado-matriarcado sea tan común y esté tan extendido es, desde un punto de vista psicológico, sospechoso en sí mismo. Da la impresión de que un patrón de pensamiento colectivo arquetípico, una idea mítica -la visión maniquea del mundo de la que hemos hablado- se ha apoderado de la conciencia y oscurece la percepción libre y desprejuiciada de los fenómenos mismos. Nuestro pensamiento está, al parecer, ocupado y puesto al servicio de este patrón mítico, de modo que nos vemos obligados a medir una y otra vez todo tipo de fenómenos históricos y actuales con el mismo viejo rasero y a tomarlos como prisioneros de este moderno mito nuestro. Es importante ser consciente del poder que este patrón de pensamiento arquetípico tiene sobre nosotros.

Como tantas veces, hace falta el ojo del poeta para ver a través del aspecto superficial a la imagen mítica y, por lo mismo, para reconocer en la tecnología la nueva forma de lo femenino (¡en un sentido mítico-psicológico, no biológico!), para reconocer que en los productos técnicos ha tomado forma la versión moderna del ánima. Presentaré un ejemplo al respecto. El escritor flamenco-francés Huysmans hace decir al héroe de su novela de 1884 A rebours («A contrapelo») que la naturaleza ha sido superada y está en su ocaso.

¿Por qué, si tomamos la más exquisita de todas sus obras, la única de todas sus creaciones cuya belleza es considerada por el consenso general como la más original y la más perfecta, es decir, la mujer, no han fabricado los hombres, por su propio esfuerzo, un organismo vivo, aunque artificial, que es todo su equivalente desde el punto de vista de la belleza plástica? ¿Existe en este mundo nuestro un ser, concebido en las alegrías de la fornicación y dado a luz en medio de los dolores de la maternidad, cuyo modelo, cuyo tipo es más deslumbrante, más magníficamente bello que el de las dos locomotoras recientemente adoptadas para el servicio del Ferrocarril del Norte de Francia?

Una, la Crampton, una rubia adorable, de voz chillona, de cintura delgada, con su reluciente corsé de latón pulido, su gracia flexible y felina, una rubia hermosa y fascinante, cuya perfección de encantos es casi aterradora cuando, endureciendo sus músculos de acero, derramando el sudor del vapor por sus flancos calientes, pone a girar el círculo pujante de sus elegantes ruedas y se lanza como un ser vivo a la cabeza del rápido expreso o de la especial de la costa.

La otra, la Engerth, una morena de complexión maciza, de cejas oscuras, de voz áspera y ronca, con lomos gruesos, ataviada con una armadura de chapa de hierro, una giganta con una melena desordenada de humo negro que se arremolina, con sus seis pares de ruedas bajas y acopladas, qué potencia abrumadora cuando sacude la misma tierra, lleva a remolque, lenta y deliberadamente, el pesado tren de vagones de mercancías.

Sin duda, entre las mujeres, ya sean frágiles bellezas de piel clara o majestuosas encantadoras de piel morena, no se encuentran tipos tan consumados de esbeltez delicada y de fuerza aterradora ….»1

Huysmans no se limita a percibir en la tecnología lo patriarcal y lo racional. Es más, para su ojo poético y fenomenológico la tecnología es la mujer, la bestia salvaje, y está lejos de menospreciar a esta hembra y de negarle el alma según el viejo lema, mulier non habet animam o según la versión que prevalece hoy, «la tecnología no tiene alma». Todo lo contrario. Lo que presenta es una imagen del ánima misma en dos de sus numerosas formas posibles. No habla ni a favor ni en contra de la tecnología, sino que se limita a mostrar su imagen interior, su naturaleza psicológica, es decir, cómo aparece si es vista por el corazón o por el alma y si nuestro pensamiento no está atrapado en un mito despectivo.

No se trata de una «mera» figura literaria, una «metáfora», originada por una «licencia poética». Se trata de una observación muy estricta que refleja fielmente la realidad. La única diferencia con la habitual visión externa de la tecnología es que aquí se ve desde dentro, nuestra mirada penetra hasta la imagen psicológica. C. G. Jung también vio que efectivamente ha habido un desplazamiento del ánima de la naturaleza a la tecnología.2 Dice que el paralelismo alquímico Cristo-lapis había tenido el efecto de «canalizar el numen religioso en la naturaleza física y, en última instancia, en la propia materia, que a su vez tuvo la oportunidad de convertirse en un principio «metafísico» autosubsistente» (CW 14 § 150). Yo diría: convertirse en el lugar y el portador de la psique objetiva. Jung también señala un cambio decisivo en el simbolismo inconsciente: «Hoy en día, los animales, los dragones y otros seres vivos son sustituidos fácilmente en los sueños por ferrocarriles, locomotoras, motocicletas, aviones y productos artificiales semejantes. … Esto expresa el alejamiento de la mente moderna de la naturaleza; los animales han perdido su numinosidad; se han vuelto aparentemente inofensivos; en su lugar, poblamos el mundo con monstruos que ululan, retumban y hacen ruido ….».3

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Es posible que haya oído hablar de un método psicoterapéutico llamado juego de arena, desarrollado por Dora Kalff. En una bandeja de arena de cierto tamaño, el paciente en la hora de análisis tiene que formar una escena dando forma a la arena de la manera que quiera y colocando en ella figuras de juguete. No se le ha dado un tema para crear, sino que se le dice que siga los impulsos de sus imaginaciones y necesidades internas. De esta manera se producen los más variados dibujos de arena. Una persona puede llenar toda la bandeja de arena con agua hasta que sólo sobresalga de la superficie una pequeña isla en forma de cono. En esta isla coloca a un niño pequeño. Este cuadro puede mostrar, por ejemplo, la condición psicológica de una conciencia del yo amenazada por las olas del inconsciente y apenas capaz de mantenerse. Otra persona puede construir un muro alto en el centro de la bandeja de arena, y a la derecha de este muro nivela meticulosamente la arena y coloca algunos objetos en ella en orden geométrico, mientras que a la izquierda crea una situación completamente caótica. En esto podríamos reconocer una evidente automanifestación de una disociación neurótica, es decir, de una condición psicológica en la que no hay conexión entre los dos polos del orden y el caos, ningún toma y daca, sino que ambos están absolutamente separados el uno del otro, aquí puro caos, allí orden absoluto. Estos dos ejemplos sirven para dar al menos una idea aproximada del juego de arena terapéutico.

Me gustaría utilizar la idea del juego de arena como una analogía que nos ayude a superar ese patrón de pensamiento que nos obliga a yuxtaponer el alma como realidad interior frente a una realidad exterior concebida como carente de alma. Propongo que intentemos mirar el mundo de los objetos técnicos, de la industria y de la economía como si fueran un gigantesco cuadro de arena, un cuadro de arena que no ha sido creado por los científicos, técnicos y gestores industriales individuales de la historia a partir de sus necesidades interiores personales, sino uno en el que el inconsciente colectivo o la psique objetiva de la humanidad occidental intentó expresarse. La bandeja de arena en la que se desarrolla este juego de arena no tendría las dimensiones de 50 por 30 pulgadas, y las figuras que se introducirían en la obra no serían figuras de juguete en una estantería. Se trataría más bien de una obra en la que la «arena» es el mundo entero y en la que las figuras son personas reales y vivas, nosotros mismos y la humanidad en general. Toda la historia moderna sería entonces, por así decirlo, una única sesión de terapia en la que el hombre occidental ha trabajado y sigue trabajando en el cuadro de arena colectivo.

Del mismo modo, se pueden ver los mundos de otras civilizaciones y otras épocas como sus diferentes imágenes de arena. Si, por ejemplo, se observa el cuadro creado por los primitivos, se encuentra un sistema social de clases matrimoniales con tabúes estrictos y reglas complejas, se encuentran casas para las reuniones de los hombres, máscaras y tótems, toreros, tatuajes, sacrificios de animales y demás. Si miramos el cuadro de arena de los griegos, encontraremos templos espléndidos, la poesía de Homero, la Tragedia griega, la diferencia entre hombres libres y esclavos, la institución de la pederastia, la polis como forma de unidad política, mientras que, muy diferente también, el cuadro de arena medieval se caracteriza por la división de poder entre el emperador y el papa, por la caballería, el monacato, los gremios comerciales, por las catedrales góticas, etc. Sin embargo, si observamos nuestra imagen de arena, encontramos en ella fábricas, cintas transportadoras, ordenadores, libros de bolsillo, relojes de cuarzo, bombas nucleares, seguridad social, derechos humanos, etc.

Ningún juego de arena, ya sea en la psicoterapia o en la historia, puede calificarse de «erróneo» mientras los que juegan no traicionen las necesidades internas de su cuadro, es decir, mientras no hagan trampas. No está «mal» representar los mundos del orden y del caos en pura concentración y separados por un muro, aunque sea problemático o neurótico. El terapeuta no podría estar «en contra» de esa imagen y no debería tratar de intervenir y, a modo de «arreglar» las cosas, aconsejar al paciente que derribe el muro que separa los dos reinos. Por el contrario, esta imagen es bastante correcta y terapéutica en sí misma. Porque al crear esta imagen de arena, el paciente produce para sí mismo un recipiente visible en el que toda su alma, precisamente con su escisión, puede fluir, una casa en la que las energías de su psique inconsciente pueden fluir. De este modo, la escisión ya no se queda encerrada en la prisión de su propio interior, sino que se presenta y crea para sí misma algo real en el exterior en el que puede moverse y en el que puede sentirse como en casa. Sólo esto hará que las cosas se muevan en él.

Lo mismo ocurre con nuestra imagen colectiva de la arena. En él, el hombre moderno no ha construido templos como los griegos ni catedrales como en la Edad Media -es obvio que eso sería inconcebible en la situación psicológica de la modernidad-. Más bien, la energía psíquica del hombre occidental fluyó hacia la producción de fábricas, máquinas, ordenadores, armas y también de la bomba nuclear. La escena representada de este modo es, sin duda, muy peligrosa, altamente explosiva, pero esto no significa en absoluto que esta imagen, incluida la bomba, sea «errónea», siempre que estemos dispuestos a considerarla no sólo política y moralmente, sino verdaderamente psicológica. No, psicológica y terapéuticamente la bomba nuclear es obviamente un símbolo central de nuestro, el moderno inconsciente colectivo. Con la bomba, la psique objetiva intenta crear para sí misma ese recipiente visible que sería capaz de contener y sostener las tremendas energías colectivas-psicológicas aparentemente desatadas en el hombre moderno.

Ciertamente, la bomba nuclear es una amenaza terrible, pero también es un contenedor, un receptáculo para la peligrosa condición del inconsciente colectivo moderno. Y sería inimaginable lo que ocurriría psicológicamente si no tuviéramos al menos este contenedor, por insuficiente que sea, para los explosivos de la psique colectiva. Como esta dualidad de recipiente de amenaza y contención, la bomba es, al igual que C. G. Jung dijo una vez de la neurosis, «nuestro mejor enemigo o amigo» y algo eminentemente terapéutico, quizás incluso nuestra única oportunidad. Porque al reflejar nuestra condición inconsciente, es decir, oculta, sólo puede ayudarnos a tomar conciencia de las tremendas energías que deben haberse desatado en la psique colectiva y de lo cargada que debe estar ésta. Sin la bomba, podríamos seguir permaneciendo definitivamente en nuestras ilusiones y no tendríamos que despertar a nuestra realidad. Al igual que el fervor religioso de la Edad Media exigía catedrales para que hubiera un recipiente en el que pudiera fluir, también parece que la psique inconsciente del hombre moderno exige algo como la bomba nuclear para tener un equivalente visible y una contención para una condición anímica que es obviamente muy explosiva.

El cuadro de arena de la sesión psicoterapéutica es una realidad externa, material, y sin embargo no es algo meramente externo. Es también, incluso principalmente, algo psicológico. La catedral medieval es una obra técnica, pero a nadie se le ocurriría decir que no es más que un objeto técnico. Todos sabemos que es más bien algo esencialmente religioso y simbólico y la expresión del alma medieval. Lo mismo ocurre con la bomba nuclear. Está construida por técnicos, pero eso no significa en absoluto que sea algo exclusivamente técnico. Tal vez nos resulte tan difícil verlo sólo porque no lo vemos desde la distancia de los siglos como en el caso de la catedral, en segundo lugar porque se trata de un símbolo terrible y no atractivo, y en tercer lugar porque no revela abiertamente su carácter religioso y simbólico. En el caso de la catedral, el propósito religioso es obvio y explícito. En el caso de la bomba está igualmente presente, pero oculto. Al igual que la catedral, tiene primero un carácter imaginario y psicológico y sólo después es también un objeto técnico. Es una obra de la poesía (poiesis) del alma. La única diferencia es que nuestra alma ya no desemboca en la belleza de las estatuas griegas de los dioses o en la profunda e intensa devoción de las representaciones góticas de la Virgen María, sino que adopta la forma de elegantes coches, jets, cohetes lunares, de sofisticados microchips y pantallas de radar, y en lugar de mármol, bronce o pinturas al óleo, utiliza como soporte fibras de vidrio, nylon, silicio y uranio, para corresponder a una realidad psicológica fundamentalmente cambiada.

Así, el mundo de la tecnología no tiene que entenderse como una realidad externa sin alma que, en el mejor de los casos, interactúa con el mundo interior psicológico. Podría ser más bien un fenómeno psicológico en sí mismo: la imagen del alma del hombre moderno y su inconsciente colectivo. El inconsciente real no sólo estaría entonces en nosotros, en el interior del hombre, sino que también estaría en nuestro mundo real ahí fuera, tal y como ha sido representado en nuestro «juego de arena» de acuerdo con las necesidades e impulsos internos de nuestra alma. Y la única cuestión sería qué actitud adoptar ante nuestra imagen del alma, cómo tratarla.

Puede ser que si hemos creado un cuadro de arena o hemos tenido un sueño no nos guste nada el cuadro completo o un elemento del mismo. Puede ser, por ejemplo, muy embarazoso. En esta situación hay varias formas alternativas de reaccionar. Podemos eliminar el elemento vergonzoso de la imagen o, en terapia, suprimir la escena onírica objetiva al informar sobre el sueño y actuar como si la imagen o el sueño estuvieran completos sin esta parte. La mitad perturbadora de la imagen de la arena se declara como no perteneciente. Sólo la mitad derecha inofensiva de la imagen, por ejemplo, se considera ahora como la imagen real. Por supuesto, esto es un engaño. Sólo nos engañaríamos a nosotros mismos sin cambiar la situación real en lo más mínimo. Pero del mismo modo se podría reaccionar ante la bomba. Porque es tan inhumana que se podría decir que no pertenece a nuestro cuadro de arena. No es el elemento sombrío de nuestro cuadro, que forma parte de él tanto como los toques de luz, sino que es un error, un error en la construcción del cuadro. Nuestro cuadro real sólo incluye la dignidad del hombre, la libertad democrática, la prosperidad y la educación para todos, etc., pero, por supuesto, no los residuos venenosos, el smog, las bombas nucleares, los barrios marginales y los regímenes totalitarios.

Sin embargo, ¿no podría ser que la imagen verdaderamente creada por nosotros sea la unión del «amor al prójimo» y la bomba nuclear, la unión de la libertad democrática y el armamento, del humanismo y la explotación, es decir, que en esta imagen la bomba nuclear sería tan «correcta» como nuestro humanismo, y que este último sería verdadero en la medida en que la bomba también lo es?

El filósofo Hegel dijo que la verdad está en el conjunto, y esto es correcto al menos en el caso de un cuadro o una obra de arte. Si uno de los elementos, la bomba nuclear, es eliminado de nuestro cuadro de arena, entonces inevitablemente todos los demás elementos también, de hecho este cuadro en su conjunto, dejará de ser verdadero.

Si en una imagen no se pueden tener los aspectos deseables sin los dolorosos y estos últimos no sin los primeros, tal vez se pueda pensar que lo mejor sería borrar toda la imagen de arena y empezar de nuevo desde cero, creando una imagen fundamentalmente nueva en la que no sea necesario un elemento vergonzoso o terrible para empezar. Pero la segunda imagen, tal vez mucho más armoniosa, no cambiaría el hecho de que la primera imagen era exactamente como era, incluido el elemento vergonzoso. La realidad psicológica de la primera imagen no se deshace realmente al borrarla y crear una nueva. Sólo se habría vuelto invisible para nosotros, sin por ello dejar de ser real. Conocemos este planteamiento como pensamiento utópico, el deseo de una reforma total de la sociedad, de una vuelta a la naturaleza o de cualquier otro nuevo comienzo, condenando la historia en su totalidad como un desarrollo equivocado.

Como psicoterapeuta, no me satisface ninguna de las dos posibilidades, ya que ambas equivalen a una negación y represión. Como terapeuta, no tengo ningún conocimiento sobre cómo debería ser un cuadro de arena concreto. Más bien intento ver cómo es y trabajar con lo que realmente contiene, sea bello o feo, delicioso o terrible. El trabajo de la terapia quizá pueda imaginarse mejor en términos de la obra alquímica. La alquimia significa trabajar en la transformación de cualquier sustancia. En este sentido, lo que quiero decir no es una mera conservación o arreglo de una mala situación existente. Es ciertamente importante que las cosas cambien. Pero la cuestión es cómo. Si seguimos el pensamiento alquímico, todo lo que forma parte de nuestro cuadro debe meterse en un solo recipiente alquímico, por así decirlo, de modo que el ultraje de la bomba nuclear ya no quede al lado de nuestros nobles ideales como la dignidad humana, la libertad de desarrollo personal y la pureza del aire, etc., sino que lo ultrajante y lo noble se toquen, se cocinen juntos y se impregnen mutuamente. De ahí podría surgir una nueva imagen, pero no sería, como en el caso del pensamiento utópico, un nuevo comienzo absoluto. Sería la misma imagen de siempre, sólo que con una nueva forma. Todos sus ingredientes seguirían estando ahí, incluso aquellos de los que está hecha la bomba nuclear. Sería una transformación de la imagen desde dentro.

No podemos escapar del cuadro de arena de nuestra historia, ni podemos eliminar dentro de nuestro cuadro de arena el elemento terrible. Pero me parece que la bomba nuclear no es en absoluto el verdadero problema patológico. Mucho más patológico que la bomba es la separación de la mitad idealista de nuestra imagen de arena de la mitad terrible. Para reducirlo a una fórmula bastante burda, la patología real consiste en que mantenemos nuestra conciencia cristiana humanitaria y la bomba nuclear separadas en dos compartimentos distintos, en lugar de dejarlas chocar como los ingredientes de un solo recipiente alquímico, los componentes de nuestra única realidad mental, para que puedan disolverse mutuamente. Lo más precario es que repudiemos un aspecto del cuadro de arena construido por nosotros como si fuera un hijo ilegítimo y lo menospreciemos como un bastardo, es decir, que no lo reconozcamos como nuestro cuadro que hace visible para nosotros la verdad inconsciente sobre nosotros mismos. Trabajamos en este cuadro, pero luego le damos la espalda despectivamente y no queremos saber nada de él, mientras que el propósito mismo de los cuadros de arena es decirnos algo sobre nuestra condición psicológica oculta, para que podamos permitir que los nuevos contenidos que salen a la luz desde el cuadro de arena pasen a formar parte de nuestra vida consciente.

Que renegamos de nuestra imagen de arena se revela en que concebimos la bomba nuclear sólo como una realidad técnica externa ante la que tenemos que reaccionar política, moral y humanísticamente como un problema literal de armamento y poder. Se manifiesta en que nos negamos a verla también psicológicamente, es decir, como imagen del alma, como figura mítica y criatura anímica. Esto, por supuesto, tiene el resultado contraproducente de que nuestra propia actitud permanece endurecida por estar fijada en el complejo de poder y que la realidad técnica seguirá estando privada de la afluencia del corazón y la imaginación que tan urgentemente necesita. ¿Cómo se van a suavizar de forma duradera las estructuras de poder externas que se materializan en las instituciones de la sociedad y en realidades objetivas como el armamento, si nosotros mismos nos enfrentamos a ellas sólo con un estado de ánimo orientado al poder y al conflicto y las privamos de las cualidades del sentimiento? ¿Pero cómo puede el sentimiento, cómo puede el amor fluir en la llamada realidad externa y animarla si no vemos la imagen que se esconde en ella?

Quien quiera tener un conocimiento experto del aspecto técnico de la bomba nuclear tiene que someterse a una larga formación en matemáticas superiores, en física e ingeniería nuclear. Pero quien quiera opinar sobre el aspecto psicológico y moral de la bomba sólo parece necesitar su conciencia y unas cuantas categorías como «el bien y el mal», «patriarcal y matriarcal», «agresiones reprimidas» y «proyección de imagotipos enemigos». Por un lado, la vertiente técnica, la más alta diferenciación y profesionalidad; por otro, la vertiente psicológica o ética, un nivel de conversación de cóctel y una decidida condición de aficionado. ¿No es aterrador que una realidad tan compleja y sofisticada, en la que se invierte el trabajo y el ingenio de siglos, se encuentre con un talante tan simplista en nosotros? Es como si hiciéramos que un artesano de la Edad Media, con sus toscas herramientas, reparara un ordenador, o que un niño fuera el piloto de un avión. Es evidente que algo no funciona. El nivel de comprensión psicológica y moral seguramente debería corresponder al nivel de diferenciación alcanzado en la ciencia y la tecnología. El derecho a opinar sobre la evaluación psicológica o moral de nuestra situación tendría que adquirirse a través de una formación tan diferenciada en este ámbito y mediante una concentración tan seria de la mente como lo es el derecho a opinar sobre la física moderna.

¿Por qué no es así? En esta desconexión de la actitud mental con la realidad técnica, la escisión del mundo único en dos realidades (por un lado la naturaleza objetiva estudiada por las ciencias, y por otro nuestras actitudes y comportamientos subjetivos estudiados en los campos de la psicología y la ética) se muestra de forma especialmente dolorosa. Debido a esta disociación, nuestra conciencia puede obstinarse en permanecer en un nivel ingenuo «medieval» y en abordar esta realidad absolutamente increíble e inédita de la bomba nuclear con categorías tan ridículamente inconmensurables como el bien y el mal, la guerra y la paz, la imago enemiga y el aprendiz de brujo. Puede negarse a acompañar los cambios de la psique objetiva, es decir, los cambios tecnológicos, y a verse verdaderamente afectado y transformado por la explosión fundamental de todos nuestros puntos de vista y expectativas tradicionales durante la modernidad. Este es nuestro principal problema. La bomba nuclear por sí misma es comparativamente inofensiva.

¿Podemos pensar realmente que el desafío que plantea la bomba nuclear puede ser superado si cargamos la realidad con la tarea de adaptarnos a los ideales de nuestro ego? ¿O no somos nosotros, la humanidad de hoy, los que tenemos que adaptarnos paso a paso a la inaudita situación de ahí fuera haciendo acopio de todas nuestras fuerzas y facultades y sacrificando ideas morales y religiosas largamente acariciadas, por muy doloroso que sea?

¿Cuál es esta situación inédita que exige nuestra transformación en una condición humana fundamentalmente nueva? Es que la psique objetiva hace tiempo que emigró del mundo macrofísico de las cosas perceptibles con nuestros sentidos desarmados, y se ha instalado en el nivel de las partículas nucleares y la biología subcelular. El mundo tal y como lo hemos conocido se ha desmoronado en sus partículas nucleares. Sus propios cimientos se han resquebrajado. El mundo natural ha quedado definitivamente obsoleto, ahora sólo tiene el mismo grado de realidad que una fachada. Hoy el mundo real es como nos lo muestra la física nuclear. Las sillas en las que estás sentado no son lo que parecen ser: materia sólida. En su mayor parte son espacio vacío, apenas intercalado con partículas diminutas en distancias cósmicas entre sí. Lo sabemos, pero no lo admitimos. Nuestra conciencia quiere aferrarse al modo «medieval» de percibir el mundo como constituido por cosas formadas, por cuerpos. Es sorda al mensaje de su propio conocimiento científico, y consigue hacerse la sorda declarando que los resultados de la ciencia pertenecen a un compartimento, el del mundo externo material que supuestamente no tiene nada que ver con nuestra experiencia subjetiva, nuestros sentimientos, puntos de vista y valores, en definitiva con la psique. De hecho, sentimos que nuestra conciencia bienintencionada debe defender militantemente los antiguos puntos de vista y valores como una posesión interior contra los hechos objetivos establecidos por la ciencia. Pero los resultados de la ciencia tienen que ver con nuestra psique. Pertenecemos a este cambio como a nuestro cuadro de arena, a nuestra verdad oculta. Este cambio es un acontecimiento tan fundamental en la historia del alma que ya no debe mantenerse alejado de nuestra conciencia. Todas nuestras facultades deben concentrarse en hacer que nuestro modo de existencia se corresponda cada vez más con el cuadro de arena que ha estado durante mucho tiempo ante nuestros ojos, pero que ha sido rechazado y negado por nosotros, sus constructores. Esta es la tarea del futuro. Y de nuestro dominio de esta tarea dependerá también que seamos capaces o no de hacer justicia al principal símbolo del nuevo nivel nuclear de la realidad: la bomba nuclear.

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1 J. K. Huysmans, Against the Grain, with an Introduction by Havelock Ellis (Nueva York: Illustrated Editions Company, 1931), p. 104f. Estoy en deuda con James Hillman, quien amablemente me señaló este pasaje.

2 Wolfgang Giegerich, «Das Begräbnis der Seele in die technische Zivilisation», Eranos 52-1983 (ahora como «El entierro del alma en la civilización tecnológica», capítulo 8 del presente volumen).

3 Cartas 2, 23 de abril de 1949, a Christian Stamm, pp. xlvi s. Cursiva mía.

«Jung y Hegel» revisados1

Traducciones

O: El problema del alma del hombre moderno y la «duda que lo ha matado»

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘Dreaming the Myth Onwards’, volumen VI de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 7, pp. 323-406

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Doce años después de la publicación de un artículo sobre la adopción de Jung de un empirismo basado en Kant y el rechazo del pensamiento especulativo de Hegel2 es posible sacar nuevas chispas del tema de Jung y Hegel.

Comenzaré con las mismas citas. En 1935 Jung escribió:

Kant, en particular, erigió una barrera a través del mundo mental que condenó a la inutilidad incluso el salto más audaz de la especulación en el objeto. El romanticismo fue la contrapartida lógica expresada con más fuerza, y más astutamente disfrazada, en Hegel, ese gran psicólogo vestido de filósofo. (CW 18 § 1734, trad. modif.)

En una carta también del mismo año 1935 (31 de julio, a Friedrich Seifert, que había contribuido con un artículo sobre Hegel y Jung al Festschrift de Jung), Jung escribió,

Siempre he pensado que Hegel era un psicólogo manqué, de la misma manera que yo soy un filósofo manqué. En cuanto a lo que es «auténtico», parece que lo decide el espíritu de la época…. Hegel me parece un pensador romántico en contraste con Kant y, por lo tanto, un típico hijo de su tiempo; y como romántico ya está en el camino de la psicología. La forma de pensar ya no es auténtica, sino que es un vehículo. (Letters I, p. 194, a Friedrich Seifert, 31 de julio de 1935)

(Un psicólogo manqué» es la traducción de ein uneigentlicher Psychologe, que significa: un psicólogo, sin duda, pero no un psicólogo en el verdadero sentido de la palabra, no formalmente ni propiamente; y en la frase «en cuanto a lo que es ‘auténtico'», «auténtico» es la traducción de eigentlich, lo contrario de uneigentlicher [Psychologe]).

La siguiente cita, muy cargada de emoción, procede de la obra probablemente más importante y definitiva de carácter estrictamente teórico que ha escrito JUNG, y no de comentarios más casuales en cartas originalmente no destinadas al acceso público. Al pertenecer a un ensayo publicado y aparecer en un contexto teórico absolutamente serio, la afirmación debe considerarse como bien concebida.

Creo que es obvio que todas las afirmaciones filosóficas que transgreden los límites de la razón son antropomórficas y no tienen ninguna validez más allá de la que corresponde a las afirmaciones psíquicamente condicionadas. Una filosofía como la de Hegel es una auto-revelación del fondo psíquico y, filosóficamente, una presunción. Psicológicamente, equivale a una invasión del inconsciente. El peculiar lenguaje altisonante que utiliza Hegel confirma este punto de vista: recuerda al lenguaje imperioso de los esquizofrénicos, que utilizan palabras terroríficas para reducir lo trascendente a la forma subjetiva, para dar a las banalidades el encanto de la novedad, o para hacer pasar los lugares comunes por sabiduría inquisitiva. Una terminología tan ampulosa es síntoma de debilidad, ineptitud y falta de sustancia. Pero eso no impide que la última filosofía alemana [esto se dirige con toda probabilidad a Heidegger, véase el pasaje citado a continuación, en el que se agrupa el lenguaje de Hegel y de Heidegger] utilice las mismas palabras de poder chifladas y finja que no se trata de psicología involuntaria. (CW 8 § 360, trad. modif.)

El último pasaje relativo a Hegel que quiero citar en este momento dice:

El punto de vista de Aristóteles nunca me había atraído especialmente; tampoco Hegel, que en mi muy incompetente opinión ni siquiera es un filósofo propiamente dicho, sino un psicólogo fracasado. Su lenguaje imposible, que comparte con su hermano de sangre Heidegger, denota que su filosofía es una confesión altamente racionalizada y profusamente decorada de su inconsciente. (Carta a Joseph F. Rychlak del 27 de abril de 1959, Letters 2, p. 501.)

A Hegel, uno de los más grandes filósofos de todos los tiempos, se le imputa la peor acusación imaginable para un filósofo, a saber, que no era realmente un filósofo en absoluto, que simplemente pretendía serlo e incluso disimulaba astutamente su debilidad (filosófica), su ineptitud y su falta de sustancia ocultándolas tras una fachada de palabras de poder descabelladas. Filosóficamente, su obra es una «presunción», un «ropaje» profusamente decorado. En otras palabras, Hegel es un charlatán, un fraude. Jung desecha a Hegel de forma prepotente.

Por muy improbable que sea esta desestimación generalizada de Hegel, podría, por supuesto, existir la posibilidad teórica de que Jung viera realmente algo, viera a través de algo, algo que otros no fueron capaces de ver. Quizá los miles de estudiosos que tienen a Hegel en alta estima precisamente como filósofo, como verdadero pensador, simplemente cayeron en el «astuto disfraz» de Hegel. Así que, para empezar, tendremos que examinar dos cuestiones. (1) ¿Apoyan «los hechos», la apariencia fenomenológica del cuerpo de la filosofía de Hegel, de alguna manera, los cargos de Jung en lo que respecta a sus acusaciones específicas? ¿Hay alguna evidencia en la obra de Hegel en su conjunto para la visión que Jung tiene de ella? (2) ¿Hasta qué punto era Jung competente y estaba cualificado para juzgar a Hegel? ¿Cuál era su base de conocimientos sobre él, su familiaridad con su obra? Y además, ¿hasta qué punto Jung tenía un auténtico acceso al pensamiento filosófico, a «la forma pensante», en general?

1. PROYECCIÓN

El primer punto de Jung es que la filosofía de Hegel es la mera «racionalización» de «afirmaciones psíquicamente condicionadas», una «confesión de su inconsciente». En ella obtenemos una «autorrevelación del fondo psíquico» (CW 8 § 359). Su obra expresa los contenidos del inconsciente «con la mayor fuerza» (ibíd.). «La forma pensante [denkerische Form, la forma específicamente filosófica, la forma del pensamiento] ya no es auténtica, sino que es un vehículo».

Un contemporáneo de Hegel, que en realidad lo criticaba porque consideraba que en el pensamiento de Hegel «el fuego seco de la inteligencia» «succiona toda la vida húmeda de la naturaleza», y que personalmente prefería «la brisa fresca y primaveral que respira por todas partes en la Naturphilosophie de Schelling», reconocía sin embargo: «No he encontrado en ninguna parte …. una fuerza mayor para sujetar un pensamiento puro y obligarlo a explicar todos los momentos inmanentes del concepto».3 Por supuesto, esto es sólo una opinión, la opinión de una persona, y como tal no demuestra nada. Pero al menos muestra que puede existir la opinión de que Hegel merece las más altas calificaciones precisamente en lo que respecta a «la forma pensante» y al «fuego seco de la inteligencia». El «fuego seco de la inteligencia», si fuera una apreciación correcta, excluiría toda posibilidad de que la obra de Hegel no fuera más que la «confesión de su inconsciente» subjetivo y su forma filosófica un mero ropaje o vehículo, porque «confesión de su inconsciente» y «autorrevelación del fondo psíquico» significan que la verdadera fuente y sustancia material de su filosofía fue lo que surgió espontáneamente (¡Jung habla incluso de «una invasión»!) a la manera de sus imaginaciones e ideas autistas4 desde el interior de su propia personalidad. No hay «relación de objeto». Lo que la interpretación de Jung excluye totalmente es la posibilidad de que la filosofía de Hegel sea precisamente el reflejo de la relación cognoscitiva del sujeto (Hegel) con un objeto, de una interacción entre sujeto y objeto, es decir, que su pensamiento derivara de la experiencia del mundo despierto de Hegel como mente pensante, de su percepción y absorción pensante de lo que ocurría en el mundo (así como de la existencia humana en el mundo en general) y del procesamiento de todo ello en las profundidades de su mente, dando una respuesta humana e inteligente a las preguntas y conflictos inherentes a su tiempo y a nuestro ser humanos. «La confesión de su inconsciente» implica un individuo solitario, aislado y encerrado en sí mismo y sus experiencias fundamentalmente privadas que surgen exclusivamente desde dentro, desde su interior, desde «el inconsciente», como algo totalmente ajeno al mundo que le rodea, a la experiencia pública de la vida, a la realidad social e histórica en la que vivió y a lo que sólo puede conocerse a través del estudio y el aprendizaje serios, por un lado, y a través de la experiencia empírica de la realidad, por otro.

El paradigma que subyace a la interpretación de Jung de Hegel en términos de una «invasión del inconsciente» lo encontramos en la propia autointerpretación de Jung, su fantasía sobre el origen de su propia obra. Al final del capítulo sobre su «Confrontación con el inconsciente» durante los años de desorientación después de su separación de Freud (1912-1917), resumiendo el significado de este período para su vida y su obra, Jung afirma:

De joven mi objetivo había sido lograr algo en mi ciencia. Pero entonces, di con esta corriente de lava, y la pasión contenida en el calor de su fuego reconfiguró mi vida y la puso bajo un nuevo orden. Esa fue la materia primordial [Urstoff] que lo impulsó, y mis obras son el esfuerzo más o menos exitoso de incorporar esta materia incandescente a la visión del mundo de mi tiempo…. / … Toda mi actividad posterior consistió en elaborar lo que durante esos años había irrumpido del inconsciente y que al principio me inundó. (MDR p. 199, trad. modif.)

Tenemos en esta fantasía una distinción entre las esferas mutuamente excluyentes de la ciencia (así como de «la visión del mundo de su tiempo»), por un lado, y la corriente de lava, por otro. La ciencia es fundamentalmente un proyecto público. Es (a) en principio intersubjetiva, así como (b) basada en lo que por Brentano y en la fenomenología de Husserl se llama la intencionalidad de la conciencia, la conciencia está necesariamente dirigida a algún objeto. La intencionalidad implica una diferencia fundamental o vis-à-vis entre sujeto y objeto y, por tanto, una interrelación entre «dos». En el ámbito de la intencionalidad de este tipo, la verdad es la adaequatio rei et intellectus, la correspondencia entre lo que la mente humana piensa (sus juicios) sobre la realidad y la realidad misma. La experiencia de una corriente interior de lava, por el contrario, es lo contrario en ambos aspectos. Es (a) completamente «autista» o «solipsista», si se me permite decirlo, y (b) la conciencia está invadida o empantanada, es decir, toda la entrada proviene de la materia primordial dentro del propio sujeto y precisamente no por haber dirigido la conciencia su atención, en el sentido de la intencionalidad, hacia algún objeto, algún Otro fuera de sí misma. La corriente de lava no corresponde (ni tiene que hacerlo) a nada fuera de sí misma. Se basta a sí misma, es fundamentalmente monocéntrica, e incluso derrama su «verdad» sobre el sujeto, inundándolo con su «verdad», subsumiéndolo bajo sí misma, forzando violentamente una identidad sin fisuras y una sintonía yoica del sujeto con lo que lo inundó. Su «verdad» no tiene el carácter de «afirmación sobre…» que tendría que ser justificada en el sentido de un rationem reddere o logon didonai. Ésta ES no otra cosa sino su poder, su ser. Su poderosa existencia es su «justificación», la única justificación que se le exige. Sólo se revela a sí misma y, por lo tanto, qua autorrevelación, autorrepresentación, se presenta a priori como verdadera. Por eso Jung dice de la psicología «Su verdad es un hecho y no un juicio. Cuando la psicología habla, por ejemplo, del motivo del nacimiento virginal, sólo se ocupa del hecho de que existe tal idea, pero no se ocupa de la cuestión de si tal idea es verdadera o falsa en cualquier otro sentido. La idea es psicológicamente verdadera en tanto que existe» (CW 11 § 4). «Hecho» implica una mismidad o identidad originaria, hablando alquímicamente la unio naturalis ininterrumpida. «Juicio» (Urteil5 ), por el contrario, presupone una diferencia o dualidad, la disociación de la unidad primordial en sujeto y predicado y su conjunción mediante la cópula.

La intencionalidad implica una distancia, como dicen los fenomenólogos, entre la noesis y el noema, y un acto (a saber, la noesis) por parte del sujeto, la mente. Si la conciencia está empantanada, hay en cambio un ser-informado absolutamente inmediato, un saber inmediato. No hay distancia y diferencia que deba ser salvada por un acto de cognición. La conciencia no tiene que realizar ningún acto intencional. Por el contrario, todos los intentos por parte del sujeto de volverse activo y relacionarse con cualquier objeto son sencillamente arrasados por la irrupción de la corriente de lava, que es el único sujeto activo y reduce la conciencia a un receptor pasivo.6 Por eso también Jung, en el momento en que experimentó la irrupción de estas fantasías abrumadoras, temió seriamente volverse loco y por eso tampoco tiene reparos en hablar del lenguaje de Hegel como una reminiscencia del «esquizofrénico (Machtsprache’)» («el [lenguaje imperioso de] los esquizofrénicos»), al igual que en una improvisada charla oral del año 1959 se atrevió a decir sobre Heidegger, a quien, después de todo, consideraba hermano de sangre de Hegel: «Ellos [los locos] inventan por ejemplo un lenguaje especial. Tienen estos neologismos, se expresan hiperbólicamente, como por ejemplo Heidegger, … y no se dan cuenta de que se repliegan en «palabras de poder», en las palabras mágicas de los primitivos.»7

En opinión de Jung, Hegel era, por así decirlo, completamente autista, en el sentido de que estaba abrumado por el inconsciente y no tenía ninguna relación real con el mundo que le rodeaba. En contraste con Kant, que «puso ciertos límites al conocimiento humano en general», y en contraste con «la ciencia natural y el sentido común», que «sin dificultad se ajustaron» a esos límites, Hegel, según Jung, «proyectó grandes verdades fuera de la esfera del sujeto en un cosmos que él mismo había creado» (CW 8 § 358, trad. modif.). En otras palabras, ni siquiera las proyectó en el mundo real; la filosofía de Hegel no se compromete en absoluto con el mundo, con la realidad. Se quedó encerrado en su idios kosmos (que es la concepción de la que hemos sacado la palabra «idiota») o, como dijo el propio Jung, «me pareció un hombre que estaba enjaulado en el edificio de sus propias palabras y encima de él con aire orgulloso se pavoneaba en su prisión» (MDR p. 69, transi. modif.),8 su propio manicomio privado.9

Ahora bien, comparando este punto de vista de Jung con la filosofía de Hegel, cualquiera que tenga algún conocimiento al respecto sólo puede decir que se trata de una interpretación absurda, que por sí misma no entra en contacto de ninguna manera con la realidad, aquí: con el verdadero Hegel. Con este punto de vista Jung se queda encerrado en una fantasía propia que proyecta sobre Hegel.

Sobre Schelling, su amigo y compañero de habitación desde la época de estudiante, Hegel dijo más tarde: «Absolvió su formación filosófica ante el público». Esta afirmación se refería al hecho de que Schelling, como prodigio intelectual que era, a partir de los 18 años escribió y publicó en rápida sucesión una obra filosófica tras otra, revisando una y otra vez sus concepciones y llegando así poco a poco a su propia meta. Hegel, por el contrario, permaneció en silencio públicamente durante mucho tiempo, emprendiendo los más amplios estudios en diversos campos, adquiriendo para sí mismo una sólida base de conocimientos, extrayendo pacientemente todo tipo de obras de diferentes campos, con el resultado de que de este modo adquirió una familiaridad enciclopédica actualizada con el conocimiento de su tiempo. Y durante toda su vida se mantuvo al corriente de las nuevas investigaciones que se realizaban. Sólo este hecho demuestra que Hegel era todo menos «autista» o «solipsista», su obra todo menos una «confesión» subjetiva. En el Prefacio a la Fenomenología del Espíritu, Hegel escribió: «Porque la naturaleza de la humanidad es presionar hacia el acuerdo con los demás; la naturaleza humana sólo existe realmente en una comunidad de mentes lograda. Lo antihumano, lo meramente animal, consiste en permanecer dentro de la esfera del sentimiento, y ser capaz de comunicarse sólo a ese nivel». Y ridiculizó el hecho de que «el hombre de sentido común hace su apelación al sentimiento, a un oráculo dentro de su pecho». ¡El oráculo dentro de su pecho! Es decir, exactamente aquello de lo que Jung le acusaba, mientras él mismo se apoyaba en ello. Porque ¿qué es «lo que durante esos años había irrumpido desde el inconsciente y al principio me anegó» sino este oráculo del interior de su pecho?

La aportación material con la que Hegel trabajaba venía de fuera, no de dentro. Así, para decirlo en términos fenomenológicos modernos, estaba definitivamente dominado por la «intencionalidad» de la conciencia, o, para decirlo aún en otros términos, la libido que se expresa en su filosofía es, por así decirlo, «extravertida», dirigida hacia «el objeto», en lugar de «introvertida». Su interés no son las «revelaciones» del interior, sino el conocimiento y la perspicacia reales, y el conocimiento y la perspicacia sobre lo que se había descubierto por medios empíricos, así como por la teorización intelectual de sus contemporáneos y de los que le precedieron. Todo esto debía ser pensado y comprendido. Por ello, su obra filosófica se nutre y se basa sólidamente en los conocimientos de su tiempo y muestra su verdadero contacto con el mundo. Ciertamente, no hay ni rastro de que esté «enjaulado en el edificio de sus propias palabras». En toda su obra se dedica a la comprensión de lo Real, ya sea el mundo natural o los mundos social, económico y político, o la conciencia y la psicología humanas, el Derecho y la vida ética, las artes, las religiones de la humanidad, la historia del pensamiento, etc.

También fue un astuto observador de las dramáticas revoluciones y cambios políticos y sociales de su época. Un detalle biográfico como el de que todos los años abría una botella de vino o de champán el 14 de julio y la bebía en conmemoración del asalto a la Bastilla delata su conexión interior con el mundo real que le rodeaba.10

Que llamara a su obra sobre la lógica Ciencia de la Lógica no es un «disfraz astuto» de algo que en verdad es de naturaleza proyectiva, una especie filosófica de «imaginación activa». Al margen de la cuestión de si se está de acuerdo o no con sus resultados, no se puede negar que en su forma esta obra es realmente un estudio «científico»11. Aunque la Lógica examina las formas o determinaciones más abstractas del pensamiento mismo, este tema es como cualquier otro, más concreto, que le viene dado objetivamente al investigador, a saber, por toda la historia del pensamiento anterior a él, así como por la historia del pensamiento específico sobre el pensamiento (la lógica), y por tanto no es, por supuesto, una confesión.

De nuevo en el Prefacio a su Fenomenología del Espíritu, Hegel describió lo que en su opinión era la tarea de la filosofía y que debía ser su forma. «La verdadera forma en la que existe la verdad sólo puede ser el sistema científico de dicha verdad. Ayudar a que la filosofía se acerque a la forma de la Ciencia, a la meta en la que pueda dejar de lado el título de ‘amor al saber’ y ser un saber real, eso es lo que me he propuesto hacer.» ¡La forma de la ciencia frente a la corriente de lava! Dos ideas opuestas y mutuamente excluyentes. Jung tacha el carácter racional de las obras de Hegel como nada más que una «racionalización» secundaria de lo que en verdad son «afirmaciones psíquicamente condicionadas» (CW 8 § 360, trad. modif.). Pero para Hegel el carácter racional, la forma de la ciencia, era el objetivo primordial. Para él, todo el asunto de la filosofía consiste en eso.

Y también podemos afirmar que la declaración subjetiva de Hegel sobre lo que pretendía hacer está plenamente corroborada por el carácter real y el espíritu de su obra en su conjunto. Su atención se centra siempre en die Sache, la cuestión o materia, su objetivo «el conocimiento de lo que es». «Y a la inversa, su desprecio se dirige una y otra vez a todas las exposiciones de la filosofía que ven el propósito de la filosofía en «suprimir las diferenciaciones de la Noción y restaurar el sentimiento del ser esencial», en resumen en «proporcionar edificación en lugar de conocimiento» y «el fermento del entusiasmo». «Pero la filosofía debe cuidarse del deseo de ser edificante».12 El impulso que impulsa su obra es claramente contrario a cualquier tipo de autoexpresión o a ofrecerse como portavoz pasivo de una «autorrevelación del fondo psíquico». Si Hegel despreciaba algo, entonces habría sido lo que Jung le imputa, a saber, proyectar «grandes verdades fuera de la esfera del sujeto en un cosmos que él mismo había creado». Tales «grandes verdades», o como el mismo Hegel lo expresó, «el conocimiento inmediato del Absoluto», eran precisamente absolutamente inútiles en su opinión. «Pero sería mejor, con mucho, ahorrarse el esfuerzo de sacar a la luz verdades últimas de ese tipo; pues hace tiempo que están disponibles en los catecismos o en los dichos populares, etc.»13 No el «Absoluto», sino el Concepto o la Noción elaborada, es decir, el conocimiento conceptual de lo que hay que conocer, era para él la tarea de la filosofía, el relato racional cuidadoso de lo real.

Lo más revelador es, por supuesto, el papel del escepticismo en el pensamiento de Hegel. Él tenía en un alto concepto al escepticismo griego, pero además concebía expresamente el movimiento del pensamiento, y por tanto también específicamente el movimiento de su propio proyecto filosófico, como «este escepticismo exhaustivo»14 (dieser sich selbst vollbringende Skeptizismus, es decir, un escepticismo que se realiza a sí mismo llegando hasta el final), como una profundización de la duda metodológica cartesiana (Zweifel) en la Verzweiflung (también metodológica), la desesperación, en el sentido de un abandono sin remedio de la posición dudada. A la vista de tal postura, ¿se puede considerar con respecto a Hegel la idea de una «confesión profusamente decorada de su inconsciente»? El principio metodológico de su obra es precisamente, podríamos decir, la negación sistemática determinada de cualquier «decoración fastuosa» con la que vienen originalmente las ideas.

El compromiso «extravertido» de Hegel (si se me permite utilizar esta jerga junguiana para resaltar la diferencia con la imagen que Jung pinta de Hegel) «con los hechos» se muestra también de forma bastante evidente en otro rasgo característico bastante diferente de su proceder. Las obras que produjo fueron concebidas fundamentalmente como «obras en curso». Nunca pensó en ellas como algo parecido a la última palabra sobre cualquiera que fuera el tema o como «sabiduría última». Refiriéndose a la historia de que Platón supuestamente había revisado siete veces sus libros sobre la República, expresó con resignación, en el prefacio a la segunda edición del primer libro de la Ciencia de la Lógica, el deseo de «que para una obra que, por pertenecer al mundo moderno, se enfrenta a un principio más profundo, a una materia más difícil y a un material más rico en compendio, se hubiera tenido tiempo de revisarla siete y setenta veces». No dudó en cambiar sus anteriores exposiciones y puntos de vista. Por ejemplo, la alta estimación de la imaginación productiva (produktive Einbildungskraft) que todavía expresaba en su primera obra Fe y conocimiento (1802) dio paso a la concepción fundamentalmente diferente en su Enciclopedia (1830) de que no la Einbildungskraft, sino la Gedächtnis (memoria), como memoria «retentiva», «reproductiva» y «mecánica», proporciona la transición al pensamiento: «Pensamos en nombres», es decir, en signos fundamentalmente externos (§§ 461 y siguientes). Y en sus conferencias universitarias sobre un mismo tema, que a lo largo de los años pronunció varias veces, especialmente en las de religión, se puede ver muy bien cómo cada vez no sólo tenía en cuenta la nueva literatura que había aparecido entretanto (como las primeras traducciones a lenguas europeas de textos clásicos de la India, Persia, China) y las incorporaba a su filosofía de la religión, sino que también seguía revisando ciertos aspectos de la concepción básica para acercarse a una descripción adecuada. Siguió luchando con las cuestiones, en el caso de las religiones con las religiones que habían aparecido de hecho en la historia de la humanidad y su fenomenología objetiva y desarrollo histórico, no con sus opiniones personales sobre lo que debería ser la religión y lo que uno «debería» creer.

Y también está el estilo de sus obras, el estilo considerado frase a frase. Está comprometido con la «labor del concepto», la «disciplina del pensamiento» y, despreciando toda impaciencia, sigue paso a paso «la fría marcha de la necesidad en la cosa misma [der kalt fortschreitenden Notwendigkeit der Sache]». Se ofrece una explicación detallada del contenido de cada fenómeno o pensamiento. Ya he citado a v Lasaulx diciendo: «No he encontrado en ninguna parte …. una fuerza mayor para sujetar el pensamiento puro y obligarlo a explicar todos los momentos inmanentes del concepto». Está claro que no es la autoexpresión. Un trabajo paciente y duro. Y, sin embargo, no es trabajo en el sentido de manipulación.

En lo que respecta a la naturaleza en particular, fue el singular logro de la filosofía de la naturaleza de Hegel (Philosophie der Natur, en claro contraste, por ejemplo, con la Naturphilosophie de Schelling) el desahogar, de manera crítica, el estudio empírico de la naturaleza de todas las categorías metafísicas que la mente, consciente o inconscientemente, aún arrastraba, liberándola así para dedicarse a toda la riqueza de la experiencia concreta no anticipable. Esto fue el resultado del hecho de que para Hegel la Idea es, ciertamente, en sí misma divina, pero como Naturaleza aparece en, liberada en, la forma de su alteridad y exterioridad.

Jung nos enseñó a iniciar una imaginación activa manteniendo la mirada tranquila y desapasionada, por ejemplo, sobre una figura del sueño hasta que ésta comience a moverse. Podemos utilizar esta imagen como analogía estructural, en el ámbito de la intuición y la imaginación, de lo que ocurre en Hegel en el ámbito del pensamiento. Hegel pone, por así decirlo, una tesis inicial, un pensamiento o un fenómeno como su materia prima en una réplica, manteniéndola fija en ella, y «mirándola» atentamente, o escuchando de cerca lo que precisamente afirma, se da cuenta de su automovimiento, un automovimiento a través del cual tanto explica una por una sus determinaciones de pensamiento inmanentes, como cada vez se demuestra que en verdad está en contradicción con lo que su afirmación era, de modo que se sublima, pasando a su contrario. La sublación no es infligida al pensamiento inicial por el filósofo. Él es sólo el «observador» de su auto-sublación, auto-sublación que es representada por él y se convierte en plausible para la mente reflexiva. Pero en ambos casos, en la imaginación activa y en el pensamiento de Hegel, el automovimiento de la imagen o del pensamiento, respectivamente, sólo puede producirse si existe la «mirada» devota de una mente consciente. Esta mirada intencionada por parte del adepto es, por así decirlo, la indispensable bebida de sangre proporcionada por un visitante humano, como Odiseo, a las almas muertas en el inframundo, que es la única que permite que su memoria (de otro modo dormida) vuelva a las sombras.

La diferencia fundamental con el automovimiento en la imaginación activa es que lo que sucederá en la imaginación está determinado por numerosos factores extraños desconocidos (la personalidad de quien la practica, sus recuerdos, las contingencias de la historia de la persona y las condiciones de vida actuales, etc.), mientras que el automovimiento del concepto simplemente despliega una especie de análisis (en el sentido kantiano) de los momentos inmanentes del propio concepto, su «memoria», su vida interna. Por eso Hegel hablaba de «la marcha fría de la necesidad….» Y es posible porque el concepto está, por así decirlo, herméticamente encerrado en la retorta. La imaginación también puede seguir leyes, sus propias leyes, pero especialmente en el caso de la fantasía activa deliberada de una persona común y corriente moderna -en contraste con las grandes obras de la literatura o el arte- está muy contaminada por factores subjetivos fortuitos y además suele tener un carácter «sintético», pasando narrativa y aditivamente de una imagen a otra, una especie de deslizamiento de los significantes. La imaginación activa, como la imaginación en general, no suele tener un recipiente de contención ni un cierre hermético. Puede seguir y seguir, y el auto-movimiento de la imagen puede salir y alejarse en todo tipo de direcciones diferentes y hacia nuevas imágenes. Pero el concepto no. No puede salir. Al estar firmemente encerrado en la retorta, su automovimiento se ve obligado a entrar en sí mismo.

Jung, ha quedado claro, no tiene ninguna base para sostener su audaz afirmación de que Hegel no es verdaderamente un filósofo y que la «forma de pensar» es inauténtica en su caso. Su «Hegel» es un producto de su imaginación.

Además, hay otra acusación que Jung formuló contra Hegel, la de su lenguaje altisonante, ampuloso e imperioso y sus palabras de poder chifladas. Pero sólo podemos hablar de ello después de haber discutido la cuestión de la competencia y la cualificación de Jung como crítico de la filosofía y el estilo de Hegel.

2. IGNORANCIA

En una carta del año 1959, de la que he citado una parte antes, Jung escribió en respuesta a una pregunta sobre la influencia de la filosofía de Hegel en la obra de Jung:

En el mundo intelectual en el que crecí, el pensamiento hegeliano no jugaba ningún papel; … La dialéctica de Hegel, puedo decir sin temor a equivocarme, no tuvo ninguna influencia, que yo sepa… / Nunca he estudiado bien a Hegel, es decir, sus obras originales. No hay posibilidad de inferir una dependencia directa … Hay, por supuesto, una notable coincidencia entre ciertos principios de la filosofía hegeliana y mis descubrimientos sobre el inconsciente colectivo (Letters 2, pp. 501 y s., a Rychlak, 27 de abril de 1959).

Según su propia declaración explícita, Jung nunca había estudiado las obras de Hegel y puede excluir la posibilidad de una influencia directa. Todo lo que sabía o creía sobre Hegel debía proceder, pues, de fuentes secundarias.

Ahora bien, es posible que Jung, en su vejez, no recuerde correctamente, o que tenga razones para restarle importancia a cualquier familiaridad con la obra de Hegel. Pero hay algunas pruebas en la obra de Jung que hablan a favor de la corrección de la información que Jung dio sobre su conocimiento de Hegel y de la posibilidad de una influencia directa de Hegel sobre él.

El carácter de la obra de Jung en su conjunto habla en contra de tal influencia. No hay ninguna afinidad estructural entre sus planteamientos y los de Hegel. Incluso la supuesta «notable coincidencia entre ciertos principios de la filosofía hegeliana y mis descubrimientos sobre el inconsciente colectivo» aparecen como tales probablemente sólo para los observadores superficiales que no entienden realmente a uno de los dos autores o a ambos. En lugar de pensar realmente pensamientos, Jung simplemente tiene pensamientos, es decir, contempla las ideas como contenidos de la conciencia, como objetos frente a la conciencia. Disfruta de los misterios, de las paradojas, de las ideas especulativas enigmáticas (como el «cuerpo sutil»), de las imágenes míticas, de las afirmaciones de sabiduría, pero él como sujeto se queda frente a ellas, como espectador o consumidor. Basta ver cómo trabajó con los conceptos de la privatio boni, la Trinidad, la Encarnación y la kenôsis, la prueba ontológica de Dios, para darse cuenta de que no los aborda pensantemente y como pensamientos, sino como ideas de cosa, ideas sobre las que razona (en la reflexión externa), como un niño juega con ladrillos de construcción. Del mismo modo, por la forma en que percibe el pensamiento de Kant, se ve que se hace una simple visión del mundo (algo que hay que imaginar pictóricamente) y una epistemología a partir de ella y no entra en la esfera del pensamiento de Kant.

Es cierto que el término «dialéctico» aparece en Jung como en Hegel, lo que podría hacer creer que hay cierta afinidad, pero tiene un significado fundamentalmente diferente, que se refiere en Jung a la interacción en la terapia entre dos «sistemas psíquicos». En general, Jung piensa en términos de opuestos de entidad y no de dialéctica. No entra en absoluto en la esfera del pensamiento. La «función trascendente», que a veces se considera un paralelismo con la dialéctica de Hegel, es incompatible con la dialéctica hegeliana, ya que opera, como lo hace, con opuestos fijos que se excluyen mutuamente (véase la idea favorita de Jung de una «colisión de funciones») y con la idea de un surgimiento impredecible de un tercero reconciliador. Para Hegel, por el contrario, el momento dialéctico «es la autosublación de tales determinaciones finitas y su paso a sus contrarios» (Encyclop. , 3rd ed., § 81) ….

En Tipos psicológicos, en el capítulo «Definiciones», sub voce «IDEA», Jung habla brevemente (en tres frases) de la «idea» de Hegel y cita así dos afirmaciones o frases de Hegel (CW 6 § 735 = GW 6 § 814). En dos notas a pie de página proporciona los números de página de dos obras de Hegel como referencias. Aquí tenemos que recurrir al original alemán, porque la edición inglesa de las obras de Jung borra el rasgo que quiero señalar. La nota a pie de página de la primera cita dice escuetamente: «Ästhetik. I, 138.» La otra nota a pie de página, en consecuencia: «Logik. III, p. 242 s.» Hasta aquí todo bien. Estas notas a pie de página nos dan la impresión de que Jung citó esas dos obras de Hegel. Pero cuando se acude ahora a la bibliografía al final del libro para obtener el título completo y los datos bibliográficos de las obras, se descubre una nota añadida a la entrada de la bibliografía que dice: «Citado en Eisler, R.: Wörterbuch der philosophischen Begriffe (Diccionario de conceptos filosóficos). 3rd edition, Berlin 1910″ (traducción mía). Y al mirar el Wörterbuch der philosophischen Begriffe de Eisler, uno encuentra que incluso lo que Jung dijo en este breve párrafo suyo sobre la «idea» en Hegel también está tomado más o menos directamente de la breve y bastante descabellada discusión de Eisler. Incluso el mismo hecho externo de que en las notas a pie de página inmediatamente consecutivas de Jung el número de página se da inconsistentemente una vez sin y otra con una «p.» precedente parece indicar que las referencias de página han sido copiadas directamente de Eisler, donde encontramos la misma inconsistencia.15

Creo que este pequeño ejemplo es un apoyo bastante concluyente para la propia afirmación de Jung de que «nunca he estudiado a Hegel propiamente, es decir, sus obras originales». Al querer decir algo sobre el concepto central de la lógica de Hegel y de su filosofía en general, la idea, tuvo que recurrir a un diccionario filosófico general y copiar afirmaciones de su texto directamente en el suyo. E incluso lo que dijo en este caso me parece que indica que no tuvo ningún acceso directo a la obra de Hegel, porque la afirmación de que «Hegel hipostasia la idea completamente» es, reportada como fuera de contexto y sin calificaciones, simplemente ingenua. El hecho de que el contenido específico del término «idea» en el pensamiento de Hegel se desvíe así de este término en todo el discurso filosófico anterior y pertenezca sólo a Hegel debería haber prohibido la afirmación de Jung, una afirmación que trata de sugerir que Hegel simplemente hizo algo (algo ilegítimo, por cierto) a la «misma» «idea» tradicionalmente conocida, a saber, que la «hipostasiaba». Sabemos lo que esto significaba a los ojos de Jung. Significaba el «pecado mortal de hacer una afirmación metafísica, es decir, hipostasiar un mero noúmeno, una cosa en sí…» (MDR p. 70, trad. modif. Jung se refiere aquí a Schopenhauer). Pero todo esto es un sinsentido. En Hegel no ocurre nada de eso. Si Jung hubiera estudiado a Hegel, difícilmente podría haber hecho tal afirmación. Pero si obtuvo su información sobre Hegel sólo de diccionarios filosóficos generales y otra literatura secundaria de este tipo, uno no puede sorprenderse.

Tampoco puede sorprender que Jung repita como un loro en otros casos los prejuicios populares basados en la ignorancia de los hechos, lo que apoya de nuevo la idea de que sólo se basó en fuentes secundarias y en rumores. En una conferencia temprana, también sobre «Tipos psicológicos» (CW 6 § 865), Jung, hablando de los individuos «de mente labil» de James, hace los siguientes comentarios: «Les importan poco los hechos, y la multiplicidad de los fenómenos empíricos apenas les molesta o desconcierta; encajan a la fuerza los datos en sus construcciones ideales, y reducen todo a sus premisas a priori. Este fue el método de Hegel al establecer de antemano el número de los planetas». No puede ser nuestra tarea aquí entrar en la cuestión aludida. Lo único que hay que señalar en nuestro contexto es que se trata de otro ejemplo en el que Jung recoge alguna afirmación copiada de un autor desinformado a otro sin que nadie haya acudido al propio texto de Hegel, en este caso a su temprana Dissertatio Philosophica de Orbitis Planetarum, donde podría haber encontrado que lo que se afirma es lo contrario. Walter Jaeschke, comentando esta idea errónea ampliamente difundida, dice: «Esta crítica común hasta el momento presenta aquí, con una mezcla confusa de antipatía e ignorancia, el ejemplo de un «mundo invertido»: Hegel, el supuesto pensador especulador y enemigo del conocimiento empírico, [de hecho] argumenta precisamente en contra de sacar conclusiones sobre la realidad empírica a partir de modelos abstractos…»16 Quien esté interesado en los hechos debería consultar la obra citada de Hegel y el cuidadoso comentario que se ofrece en una nueva edición de la misma.17 En cualquier caso, vemos que al menos en este caso fue Jung quien «se preocupó poco por los hechos y encajó a la fuerza a Hegel en su construcción ideal», precisamente acusando a este último de esta misma falta.

Asimismo, en otro momento Jung afirma: «Hegel era el filósofo del Estado prusiano, considerado como un famoso sabio ….. Hegel era un filósofo en un sistema político definido; siempre se encuentra un tipo así en cada sistema político, es decir, el asno enjaezado por los poderes de la tierra al carro político».18 Una vez más, se trata de un prejuicio popular que se transmite sin sentido de un autor a otro, sin que adquieran un conocimiento propio sobre lo que están haciendo afirmaciones audaces. Von Franz, por cierto, repite la misma opinión sobre Hegel.19 A juzgar por su referencia, ella también obtuvo su «conocimiento» sobre Hegel sólo de la literatura secundaria (aparte, por supuesto, del hecho de que probablemente había escuchado las conferencias de Jung). No se puede exponer aquí lo errónea que es esta idea de Hegel como «el filósofo del estado prusiano» y como «el asno enjaezado por los poderes de la tierra al carro político». Ya se ha escrito bastante sobre el tema. Sólo citaré aquí a un autor reciente que escribe en inglés. Terry Pinkard en su Hegel. A Biography, señala «las mordaces referencias de Hegel a K.L. von Haller, que era más o menos el filósofo ‘oficial’ de los elementos más reaccionarios de la corte prusiana». «Hegel proporciona largas citas de la obra de Haller para ilustrar lo que considera sus idioteces, y arremete contra él con el tipo de polémica sarcástica que siempre reveló el lado más agresivo de Hegel. Habría sido difícil (especialmente en aquellos tiempos) lanzar un ataque más claro contra la ideología dominante de los elementos reaccionarios de la corte …»20 En una nota (n. 97, en la p. 726) Pinkard recuerda al lector el hecho de que «Allen Wood en G.W.F. Hegel, Elementos de la filosofía del derecho demuestra la clara afinidad entre el texto de Hegel y los objetivos de los reformistas prusianos como Stein». Y antes había relatado que Hegel, como en todos los años (ya lo había mencionado) también en 1820 brindó por el asalto a la Bastilla el 14 de julio, incluso de forma pública en compañía de muchos estudiantes y amigos y «en pleno apogeo de la reacción y en un momento en que él mismo podría haber estado en peligro» (p. 451).21

En CW 6 § 66, en el contexto de su discusión sobre la prueba ontológica de Dios, Jung escribe: «Hegel lanzó el reproche a Kant de que no se podía comparar el concepto de Dios con un imaginario de cien táleros. Pero, como señaló Kant con razón, la lógica despoja de todo contenido, pues ya no sería lógica si prevaleciera un contenido.» Una réplica ingenua, y otra indicación de que Jung no se familiarizó con el pensamiento de Hegel. No tiene ningún sentido repetir simplemente el mismo argumento que ha sido criticado por Hegel y pensar que esto podría servir como refutación de la crítica. No es necesario estar de acuerdo con Hegel. Sin embargo, si hubiera querido encontrar fallos en las tesis de Hegel, Jung habría tenido que enfrentarse al argumento de Hegel. Este último estaba, por supuesto, familiarizado con esta idea unilateral e instrumental de la lógica, la «lógica formal» (la única que Jung conoce), tanto con sus méritos como con su limitación fundamental. Pero también había afirmado (y demostrado) que «si se supone que la lógica carece de un contenido sustancial, entonces la culpa no reside en su materia, sino únicamente en el modo en que se capta esta materia.»22 Y en lo que respecta a la forma de captar esta materia por parte de Jung, es ciertamente cierto que a ella se aplica la crítica de Hegel23 a la noción ordinaria de pensamiento: «pensamos inmediatamente que ‘pensar’ significa nuestro pensamiento, tal como es en la conciencia. Sin embargo, aquí [es decir, en Anaxágoras, de quien Hegel habla aquí] se entiende el pensamiento estrictamente objetivo …». En otras palabras, cuando el tema era el del pensamiento, el propio psicólogo que quería que avanzáramos hacia el punto de vista de la psique objetiva se quedó atascado en una noción decididamente psicológica del ego sobre el pensamiento. Jung da simplemente por sentado que el pensamiento es «ego», no «alma». La implicación de esto sería: la conciencia puede pensar en el alma, pero el alma no piensa (que es, por supuesto, también la razón por la que el «alma» en Jung se define básicamente como «el inconsciente» y como «naturaleza pura»). Jung simplemente afirma un prejuicio dogmático, absolutizando un concepto particular de «lógica».24 (Pero incluso la autoridad de Jung en estas cuestiones, Kant, conocía una filosofía [y por tanto también una lógica] según su Weltbegriff en contradicción con su Schulbegriff, por lo que también pudo introducir el concepto de una «lógica trascendental», que ciertamente no es idéntica a la lógica formal).

Lo que se podría decir a favor de Jung en relación con sus afirmaciones erróneas sobre Hegel es que éstas eran simplemente las opiniones convencionales sobre Hegel durante la época de Jung. Después de la muerte de Hegel, su pensamiento cayó rápidamente en descrédito y fue sucedido por el espíritu completamente diferente, mucho más positivista-científico, de la era de la modernidad, así como, en filosofía, por los esquemas abiertamente antihegelianos de Schopenhauer, Feuerbach, Marx (al menos parcialmente). También estaban Nietzsche y, más tarde, el neokantismo. En la época en que Jung creció y estudió, Hegel era «un perro muerto».25

Sin embargo, lo que al principio podría parecer una posible excusa para la tergiversación de Jung sobre Hegel se vuelve precisamente contra Jung. ¿Cómo puede un hombre de la formación científica, el prestigio profesional y el estatus académico de Jung contribuir a las habladurías no sólo infundadas, sino directamente falsificadoras sobre Hegel? ¿Cómo puede, con cierta pasión, emitir juicios absolutamente demoledores sobre un filósofo en tanto que filósofo si no ha leído su obra, y mucho menos la ha estudiado? ¿Cómo podía conciliar un comportamiento tan irresponsable con sus propias normas? Dejó muy claro cuáles eran sus normas cuando se trataba de que otras personas emitieran juicios sobre su propia obra. En respuesta a un profesor de psicología estadounidense que le había enviado el borrador de un capítulo sobre Jung, hizo, entre otras severas críticas, el siguiente comentario:

Alguien intenta presentar la obra filosófica del señor Platón. En Europa deberíamos esperar que cualquiera que intente llevar a cabo tal plan lea todos los escritos de Platón y no apenas la mitad y principalmente la parte anterior de los mismos. Tal aprocedere no calificaría y difícilmente podría llamarse responsable o confiable. Ni siquiera se podría defender con un autor tan insignificante como yo. (Letters 2, p. 185, a Hall, 6 de octubre de 1954).

Pero, evidentemente, Jung no tuvo reparos en defenderla, o más bien practicarla, con un filósofo tan significativo como Hegel. En el momento en que se trataba de recurrir a este último, Jung debió disociarse de las exigencias que, según su propia declaración, «nosotros en Europa» hacemos a las presentaciones o juicios sobre un autor. Es evidente que ese profesor de psicología había leído realmente al menos algunos de los escritos de Jung y se había esforzado por hacerles justicia. Y sin embargo, Jung le acusó de incompetencia y de comportamiento científico irresponsable. No hay que imaginarse lo indignado que se habría puesto Jung, y con razón, si alguien hiciera audaces afirmaciones sobre él, Jung, simplemente sobre la base de lo que se encuentra en un diccionario psicológico superficial, como, por ejemplo, A Critical Dictionary of Jungian Analysis de A. Samuels, B. Shorter y F. Plaut. Al no leer a Hegel, y mucho menos penetrar laboriosamente en su pensamiento, Jung reduce a Hegel para sí mismo a una mancha de Rorschach. En otra ocasión, al enterarse de las disputas entre los junguianos londinenses sobre algunas cuestiones de su psicología, escribió: «De tales discusiones se desprende lo que me espera una vez que me convierta en póstumo. Entonces todo lo que antes era fuego y viento será embotellado en espíritu y reducido a nostrums muertos. Así, los dioses son enterrados en oro y mármol y los mortales ordinarios como yo en papel» (Letters 2, p. 469, a von der Heydt, 22 de diciembre de 1958). Pero el entierro en papel sigue siendo mejor que lo que le hizo a Hegel: el entierro en la más absoluta falsedad.

3. EL LENGUAJE DE HEGEL

Ahora estamos preparados para ver las afirmaciones de Jung sobre el lenguaje de Hegel. Repasemos lo que Jung tiene que decir al respecto. Hegel utiliza un «lenguaje imposible», un «peculiar lenguaje altisonante» que «recuerda al lenguaje imperioso de los esquizofrénicos, que utilizan palabras terroríficas para reducir lo trascendente a la forma subjetiva, para dar a las banalidades el encanto de la novedad, o hacer pasar los lugares comunes por sabiduría inquisitiva. Una terminología tan ampulosa es síntoma de debilidad, ineptitud y falta de sustancia». Su lenguaje era «tan laborioso como arrogante» (MDR p. 69, trad. modif.). «Palabras de poder chifladas», lo que para Jung implica «las palabras mágicas de los primitivos». Hablando específicamente de Paracelso, pero, como muestra el texto, incluyendo también a «ciertos filósofos modernos» (lo que sin duda se refiere a Hegel y a «su [supuesto] hermano de sangre» Heidegger), Jung revela la fantasía básica general que subyace a su evaluación del lenguaje de Hegel.

Generalmente aparecen ciertos síntomas, entre ellos un uso peculiar del lenguaje: se quiere hablar con fuerza para impresionar al adversario, por lo que se emplea un estilo especial, «ampuloso», lleno de neologismos que podrían describirse como «power-words». Este síntoma es observable no sólo en la clínica psiquiátrica, sino también entre ciertos filósofos modernos y, sobre todo, cada vez que hay que insistir en algo inverosímil ante la resistencia interior: el lenguaje se hincha, se sobrepasa, brotan palabras grotescas que sólo se distinguen por su innecesaria complejidad. A la palabra se le encomienda la tarea de conseguir lo que no se puede hacer por medios honestos. Es la vieja magia de las palabras, y a veces puede convertirse en una verdadera obsesión (CW 13 § 155, trad. modif.).

Las dos cuestiones que surgen del veredicto de Jung sobre el lenguaje de Hegel son, por supuesto, si su acusación puede ser fundamentada, es decir, si se corresponde «con los hechos», y si Jung tenía derecho a emitir un juicio al respecto en primer lugar. Empezando por el segundo aspecto, es obvio que es bastante descarado que alguien que no ha estudiado a Hegel haga afirmaciones tan devastadoras. Si el lenguaje de Hegel es (1) significativo o más bien consiste en nada más que «palabras de poder chifladas» y (2) si su «complejidad» es adecuada y apropiada o más bien «innecesaria» es accesible sólo para quien ha penetrado en su obra y adquirido una comprensión de lo que se dice en este lenguaje. Sin comprender un lenguaje extraño o ajeno no puedo evaluarlo. Que el lenguaje de Hegel sea «laborioso» no es un argumento. Con el mismo rasero también podría calificar el lenguaje de las matemáticas superiores y de la física cuántica de «ampuloso» y «lleno de neologismos» y «síntoma de debilidad, ineptitud y falta de sustancia»: simplemente porque no lo entiendo. Pero el hecho de que no tenga ni idea de lo que hablan las matemáticas superiores y la física cuántica no me justifica para suponer que estos campos utilizan este lenguaje simplemente «para impresionar» a los demás y «hacer pasar lugares comunes por sabiduría inquisitiva».

Pero para Jung su propia ignorancia y falta de comprensión es precisamente su principal, si no su único, argumento, un hecho que da lugar a la sospecha de que la designación del lenguaje de Hegel como «imposible», «ampuloso», etc., no es realmente lo que se pretende que sea, a saber, una descripción de una faceta de Hegel, sino en verdad nada más que la proyección de la propia no comprensión de Jung. En la imperiosidad de la supuesta «schizophrene Machtsprache» de Hegel, que supuestamente es utilizada por él para insistir con fuerza en «algo inverosímil» «en los dientes de la resistencia interior», aparece como objeto ante la conciencia de Jung nada más que la vehemente resistencia y antipatía que prevalece en la propia conciencia de Jung, su negativa a dejarse llevar por lo que Hegel está luchando en sus obras filosóficas. Este es un fenómeno común. Uno se molesta por no entender algo y acusa al autor de escribir en un lenguaje imposible o de decir tonterías: La obra de Kafka debe ser mala literatura porque no se puede entender a primera vista … Cuando Jung cree que la obra de Hegel es una «revelación del inconsciente», esta creencia de Jung revela más bien el rechazo inconsciente de Jung. Pero debe quedar claro que no se debe juzgar algo que está por encima y más allá del propio horizonte.26 Lo que el propio Jung afirmó una vez, a saber, que «quien es verdadera e irremediablemente pequeño siempre arrastrará la revelación de lo más grande hasta el nivel de su pequeñez, y nunca comprenderá que ha amanecido el día del juicio para su pequeñez» (CW 9i § 217), se aplica a su propia postura frente a Hegel (aunque de ningún modo quiero sugerir que Jung fuera en su totalidad verdadera e irremediablemente pequeño. Su pequeñez es específica. Se refiere a un tema determinado y se manifiesta especialmente en su reacción emocional ante Hegel y Heidegger).

Una y otra vez, en sus obras y cartas, Jung advirtió del peligro de quedarse atrapado en las palabras. «¿Puedo darle un consejo?» Jung escribió a sus corresponsales: «No se dejen atrapar por las palabras, sólo por los hechos» (Letters 2, p. 474, a Tjoa y Janssen, 27 de diciembre de 1958). Pero cuando Jung no ve en Hegel (y en Heidegger) más que «la vieja magia de las palabras», «las palabras mágicas de los primitivos», él mismo hace precisamente lo contrario de lo que sugería. Como Jung se queda mirando la superficie de las palabras de Hegel y no va más allá y penetra hasta die Sache, la materia, la sustancia, la realidad, que se debate con las palabras (el equivalente a los «hechos» de Jung), éstas se convierten para Jung en «terroríficas palabras mágicas». Esto me recuerda a una persona mongólica que más o menos había aprendido a leer y le encantaba hacerlo para ser como las demás personas de su familia, pero no entendía mucho de lo que leía; cuando pedía un libro nuevo de la biblioteca de su padre, solía responder a las primeras sugerencias que le hacían con comentarios del tipo siguiente «No, este libro es demasiado rojo», «este es demasiado azul». Sólo veía la portada.

Al no haber cruzado el umbral de lo que se quiere decir, las palabras, vistas así completamente desde fuera y sin que Jung haya entrado en contacto con su significado, se vuelven excesivamente impresionantes, incluso monstruosas para Jung. Está primitivamente hechizado por la magia de las palabras de Hegel27 porque, por un lado, se negó a avanzar hacia lo que las palabras tratan, hacia una comprensión del significado de las palabras, y, por otro lado, porque tampoco pudo simplemente dejar ir a Hegel, dejándole hacer lo suyo, diciendo, por así decirlo, «esto no me gusta», «no entiendo ni una palabra de lo que Hegel trata de decir». El embelesamiento experimentado por Jung (aunque sólo sea por proyección) y la supuesta «magia de las palabras» son el resultado de la combinación de dos cosas: El rechazo de Jung y su fijación simultánea en Hegel, su ver en él un enemigo al que atacar y despreciar.

Los estudiosos de Hegel -y con esto llego por fin a la primera de las dos cuestiones que dije que planteaba el veredicto de Jung, a saber, si el juicio de Jung sobre el lenguaje de Hegel puede ser fundamentado- han demostrado suficientemente que lo contrario es cierto: que lo que dice Hegel siempre tiene mucho sentido, siempre que se penetre hasta comprenderlo. Hablando de la Fenomenología del Espíritu de Hegel, un filósofo del siglo XX, Ernst Bloch, afirmó «En ningún lugar se puede ver con mayor precisión lo que es el gran pensamiento en su surgimiento, y en ningún lugar se despliega ya su curso de manera más completa». De nuevo, no puedo demostrar esto aquí (implicaría una comprensión penetrante del pensamiento de Hegel y una comparación de su pensamiento y del lenguaje utilizado para articularlo). Pero pondré aquí dos citas más que abordan específicamente el lenguaje de Hegel, aunque, por supuesto, de nuevo no son más que opiniones de dos autores (aunque autores informados y opiniones bien fundadas). La primera proviene de un renombrado estudioso de la literatura alemana de la propia ciudad de Jung, un profesor de la universidad de Zúrich, Emil Staiger. Escribió, hablando del lenguaje de Heidegger, en 1936 en el principal periódico de Zúrich (que supongo que también leía Jung, sobre todo porque ocasionalmente publicó en él, por ejemplo, en 1934, por lo que es muy posible que también hubiera visto el artículo de Staiger),

Admiramos este lenguaje, …, precisamente como lenguaje científico…. Lo llamamos originario [ursprünglich], al igual que el lenguaje de Hegel -el único otro ejemplo dentro de toda la filosofía alemana- es original, como hoy en día ninguna otra persona de habla alemana en absoluto, indudablemente todos los poetas, habla de manera originaria…. Y con tal maestría originaria, este lenguaje es sobrio, como todo lo auténtico, tanto lo filosóficamente auténtico como lo poéticamente auténtico, es siempre sobrio».28

Incluso 30 años después, pero sin incluir explícitamente a Hegel, Staiger mantuvo su valoración de Heidegger, hablando de «este lenguaje tan denostado que todavía hoy me parece uno de los mayores logros en el ámbito de la prosa filosófica».29

El segundo autor citado es un renombrado estudioso de Hegel, Terry Pinkard, a quien ya he citado antes. Hablando del impacto temprano de Hölderlin en Hegel, escribe,

Sin embargo, los intereses que unían a los dos jóvenes eran profundos. Hölderlin ha sido llamado, con razón, el primer gran poeta europeo «moderno», y el gran interés de Hegel por la vida moderna se vio reflejado en el interés de su amigo por crear una «nueva sensibilidad» que ayudara a inaugurar la era moderna. La convicción de Hölderlin de que era responsabilidad del poeta crear un nuevo lenguaje apropiado para la nueva era -y crear una responsabilidad por parte de sus lectores de participar en la creación de esta «nueva sensibilidad»- tuvo un profundo efecto en Hegel; le llevó a dar un giro decisivo hacia el final de su estancia en Fráncfort, abandonando en sus escritos filosóficos el estilo de prosa más fácil de sus primeros años y adoptando en su lugar su propia analogía con la noción de Hölderlin de exigir a sus lectores que participaran activamente en la creación de esta nueva forma de asumir responsabilidades con el mundo y con los demás. Fue, sin duda, el más ambiguo legado a su viejo amigo que le convenció para que su filosofía se plasmara en una forma que exigiera a sus lectores que lo tomaran en sus términos.30

En una nota (# 79) Pinkard cita el aforismo de Hegel de su «Libro de desechos»: «Mientras que esos [pensamientos (Gedanken)] deben hacerse válidos por sí mismos, como conceptos deben, por el contrario, hacerse comprensibles (begreiflich), por lo que el tipo de escritura experimenta así un cambio, [adquiriendo] una apariencia que exige un esfuerzo tal vez doloroso, al igual que con Platón, Aristóteles». Y Pinkard añade: «El tipo de proyecto que imaginó para sí mismo le exigía claramente que hiciera sus puntos de vista ‘comprensibles’, ‘asibles’ de una manera que impidiera que la gente pudiera apropiarse de ellos sin esfuerzo. Es, curiosamente, similar al tipo de estrategia adoptada por modernistas muy posteriores como T.S. Eliot, Ezra Pound y James Joyce, salvo que Hegel ciertamente nunca pretendió que sus difíciles categorías fueran lúdicas, ni siquiera en lo más mínimo. Para él, lo que estaba en juego era la Wissenschaft modernista».31 De esto podría surgir para nosotros que el problema de Jung con el lenguaje de Hegel y Heidegger es principalmente su propio problema con la modernidad.

4. EL ABISMO ENTRE LO «MODERNO» Y LO «PREMODERNO». LA NUEVA FORMA

La palabra «modernista» en la frase «Wissenschaft modernista» puede recordar al lector un pasaje citado anteriormente en el que Hegel se refería a que Platón había revisado su República siete veces y expresaba, a propósito de su Ciencia de la Lógica, el deseo de «que para una obra que, por pertenecer al mundo moderno, se enfrenta a un principio más profundo, a una materia más difícil y a un material más rico en compendio, se hubiera dispuesto de tiempo para revisarla siete y setenta veces». Lo que Hegel da a entender es que, en comparación con el mundo de la Antigüedad, el mundo moderno plantea exigencias fundamentalmente superiores al filósofo. La filosofía tiene que enfrentarse a «un principio más profundo«, a «una materia más difícil» y a «un material más rico en compás«. La complejidad que Jung percibe en el lenguaje de Hegel tiene, pues, su fundamento realmente en la mayor complejidad del mundo moderno, cuya comprensión es lo que Hegel consideraba su responsabilidad como filósofo moderno.

Curiosamente, Jung había llegado, a su manera, aunque con respecto al simbolismo, a una conclusión similar sobre la diferencia entre el mundo antiguo y el moderno. Jung es muy consciente de

el hecho desafortunado de que se exija al hombre actual mucho más de lo que se exigía a las personas que vivían en la época apostólica: para ellos [las personas que vivían entonces] no había ninguna dificultad en creer en el nacimiento virginal del héroe y semidiós, y Justino Mártir todavía podía utilizar este argumento en su apología Tampoco era nada inaudita la idea de un hombre-Dios redentor, ya que prácticamente todos los potentados asiáticos junto con el emperador romano eran de naturaleza divina. Nosotros, por el contrario, ya ni siquiera tenemos una idea del derecho divino de los reyes. Los relatos milagrosos de los evangelios, que convencían fácilmente a la gente de entonces, serían una petra scandali en cualquier biografía moderna y evocarían lo más contrario a la creencia. La naturaleza extraña y maravillosa de los dioses era un hecho evidente cuando el mito aún estaba vivo… «Hermes ter unus» no era un absurdo intelectual sino una verdad filosófica. Sobre estas bases se pudo construir de forma convincente el dogma de la Trinidad. Para el hombre moderno este dogma es o bien un misterio insuperable o bien una curiosidad histórica, principalmente esto último. Para el hombre de la antigüedad la virtud del agua consagrada o la transmutación de las sustancias no era en ningún sentido una enormidad…» (CW 9ii § 274, trad. modif.).

Un diagnóstico muy similar. Las exigencias que se le plantean al hombre actual son mucho mayores que las que se le planteaban antes. ¿Cuáles son las mayores exigencias? Si lo que antes era una «verdad filosófica», que aquí sólo significa tanto como «verdadera sabiduría» (en contraste con una verdad de la filosofía propiamente dicha, una verdad en forma de pensamiento), se ha convertido para la conciencia moderna en un absurdo intelectual; si para la gente de la era apostólica el nacimiento virginal no presentaba ninguna dificultad intelectual: entonces queda claro que la nueva dificultad para la mente moderna y las mayores exigencias que se le plantean son del ámbito de la forma de pensamiento de los contenidos del dogma y no de los contenidos mismos. El paso de la antigüedad a la modernidad supone el paso de un nivel de conciencia más simple a otro mucho más complicado y sofisticado. Para esta conciencia, lo que antaño era inmediatamente convincente (simplemente como contenido semántico o imagen, independientemente de lo irreal o milagroso que fuera, si tan sólo fuera «arquetípicamente» auténtico) tiene de repente el estatus de no más que «un misterio inaccesible» o «una curiosidad histórica», de modo que «Lo mejor que puede ocurrir, por tanto, es que el efecto se quede estancado en la esfera del sentimiento,32 aunque en la mayoría de los casos no llegue ni siquiera a eso». Pero en todo caso «están a kilómetros de distancia de la comprensión consciente del hombre moderno» (CW 9ii § 275). Las mismas ideas dogmáticas de siempre requieren hoy una forma fundamentalmente diferente para hacerse comprensibles intelectualmente y poder llegar así a todo el hombre. La esfera del sentimiento, de lo emocional, de las experiencias numinosas no suele plantear problemas al hombre moderno. El hombre moderno, en efecto, anhela, y sabe muy bien cómo producir, sensaciones de «subidón». Pero lo que Jung comprende es que tales experiencias emocionales no están ni aquí ni allá. Es una reducción, un quedarse atascado, «atrapado en la esfera del sentimiento». Las experiencias en este nivel pueden, por supuesto, impresionar mucho al ego, pero no dan satisfacción al alma. El alma sólo obtiene satisfacción si los contenidos son, sobriamente, lo que Jung llamó aquí «verdades filosóficas» para ella.

Jung escribió una vez que «los dioses mueren de vez en cuando…» (CW 9i § 22). Esto podría significar un cambio histórico simplemente a nivel de contenidos, como por ejemplo de la religión griega tradicional al culto de Mitra o a las otras religiones mistéricas helenísticas basadas en la importación de divinidades de las tradiciones del Cercano Oriente o de Egipto. Tal cambio dejaría intacta la antigua forma. No dejaría el horizonte de la conciencia tal y como estaba constituido en el mundo de la Antigüedad. Pero tanto el «principio más profundo, la materia más difícil, el material más rico en compás» de Hegel como las «exigencias mucho mayores» de Jung apuntan a un cambio de orden fundamentalmente diferente, un cambio del horizonte del mundo de la Antigüedad (incluida la época apostólica) al horizonte totalmente nuevo de la conciencia moderna y, por tanto, el cambio radical de la forma pensante o de la forma intelectual misma. «Todo lo que no se ha hecho accesible al pensamiento y que, por tanto, se ha visto privado de una conexión significativa con la conciencia, que, al fin y al cabo, es una conciencia en desarrollo, se ha perdido» (CW 9i § 28, trad. modif.) y se perderá y quedará obsoleto. Esta es la nueva situación.

Por eso Jung se dio cuenta de que «… no podemos volver al simbolismo que se ha ido…. La duda lo ha matado, lo ha devorado» (WC 18 § 632). Y en este contexto Jung también dejó muy claro que el problema no es el contenido, sino la forma. A modo de ejemplo explicó: «No podemos girar la rueda hacia atrás; no podemos volver a un simbolismo que ya no existe. […] No puedo volver a la Iglesia católica; no puedo experimentar el milagro de la misa; sé demasiado sobre ella. Sé que es la verdad, pero es la verdad en una forma en la que ya no puedo aceptarla. No puedo decir ‘Este es el sacrificio de Cristo’ y verlo más. No puedo. Ya no es verdad para33 mi; no expresa mi condición psicológica. Mi condición psicológica quiere otra cosa. Debo tener una situación en la que esa cosa vuelva a ser verdadera. Necesito una nueva forma» (CW 18 § 632, cursiva mía). «Uno no puede dar marcha atrás y obligarse a creer «lo que sabe que no es verdad» (CW 11 § 293).

Pero, ¿qué encontramos cuando examinamos la respuesta de Jung a su propia percepción de que necesita una nueva forma? ¿Aceptó el reto del nivel de la forma, aceptó el reto del mundo moderno, se dejó llevar por las «mayores exigencias» que nos plantea el mundo moderno? ¿Fue la solución que ofreció una en el modo de denkerische Form? La respuesta tiene que ser un «No» rotundo.

Sin duda, Jung vio y aceptó claramente la realidad psíquica moderna de que «Dios ha muerto». Vio y expresó repetidamente el predicamento moderno, más que eso, luchó verdaderamente con él («Me pregunté una y otra vez por qué no hay hombres en nuestra época que puedan ver al menos lo que yo estaba luchando. … Veo el sufrimiento de la humanidad en el predicamento del individuo y viceversa» [Letters 2, a Herbert Read, 2 de septiembre de 1960, pp. 586, 589]). Pero lo veía precisamente sólo como un predicamento, una condición patológica, como «nuestro presente iluminado» (Letters 2, p. 396, a Trinick, 15 de octubre de 1957). Su postura básica era antiilustrada, por mucho que se obligara a mantener el busto de Voltaire (y, por tanto, una imagen prototípica de la época de la Ilustración) frente a sí mismo en su escritorio. «Es la fatídica desgracia de la psicoterapia médica haberse originado en una época de ilustración, cuando las antiguas posesiones culturales se volvieron inaccesibles por culpa [del hombre] [durch Selbstverschulden] ….» (CW 10 § 370, trad. modif.). Aquí hay que señalar, para poner de manifiesto el afecto antiilustrado que contiene, que con la palabra Selbstverschulden Jung alude polémicamente, y convierte en lo contrario, la conocida definición de Kant de la Ilustración como «la salida del hombre de su inmadurez autoimpuesta [o: autoincurrida, selbstverschuldet] ….» Precisamente lo que para Kant era la salida de un estado erróneo debido a la propia culpa del hombre, Jung lo presenta ahora como el propio pecado [Schuld = culpa].

Pero todo esto muestra y se refiere sólo a la actitud interior de Jung. Mucho más importante en nuestro contexto es la calidad objetiva de su respuesta al predicamento moderno. Aquí vemos que Jung precisamente no intentó trabajar en el nivel de la forma. El único de sus dos grandes movimientos en este ámbito no fue, evidentemente, uno hacia una «nueva forma» en absoluto. Al insistir en «soñar el mito hacia adelante» mostró que precisamente se aferraba a la antigua forma característica de los mundos primitivo y antiguo, en parte también medieval y tempranamente moderno, a saber, la forma de los contenidos, las imágenes, las narraciones en su inmediatez. Y su mayor movimiento específico en relación con el mito soñado en adelante fue el de la Trinidad cristiana a la cuaternidad, un movimiento del Tres al Cuatro. Evidentemente, se trata de un movimiento en el nivel del contenido del «mito» y no en el de la forma. Que haya un monoteísmo estricto como en el Islam o un monoteísmo trinitario como en el cristianismo o una cuaternidad que incluya dentro de la Trinidad, como una Cuarta, la realidad del mal o a María como Madre de Dios, no supone ninguna diferencia en cuanto a la forma de pensar. Las tres son alternativas diferentes en un mismo nivel lógico (el nivel semántico), y comparten la misma forma de pensamiento básica del pensamiento religioso tradicional, a saber, el pensamiento pictórico. En lugar de hacer un movimiento vertical desde el nivel anterior al nuevo nivel alcanzado por la «conciencia, que, después de todo, es una más desarrollada», Jung trató de resolver el problema moderno en el viejo nivel y en la vieja forma mítica, imaginal, añadiendo un anexo. Esto es muy parecido a lo que ocurrió en la época helenística, por ejemplo, con la ampliación del panteón griego y romano mediante la adición de la diosa egipcia Isis.

El segundo movimiento importante de Jung fue el desplazamiento del locus de la verdad desde el conocimiento comunal público a la privacidad de la experiencia interna inmediata del individuo (Urerfahrung) y, al mismo tiempo, el relleno de la verdad desde el estatus de transparencia iluminada a ese estatus lógico de autoencerramiento y oclusión («hechos de la naturaleza») que él llamó «el inconsciente». Una vez más, no se trata de un paso del contenido a la forma, sino de un desplazamiento del contenido semántico (sea cual sea el contenido) a una nueva ubicación o departamento.

Así que Jung se contradice. Su afirmación «Necesito una nueva forma» no tuvo consecuencias. Jung no la siguió. Lo que en realidad, con toda la pasión de su corazón, trató de aportar y ofrecer como solución para el predicamento del hombre moderno fue, como hemos visto, en parte otra historia, otro mito, y en parte experiencia subjetiva (interior). Pero, evidentemente, la cuaternidad de Jung no es de ninguna manera más «convincente» intelectualmente, más accesible al «entendimiento consciente del hombre moderno» que, por ejemplo, la Trinidad o el nacimiento virginal. Si Jung no pudo volver a la Iglesia católica, no pudo experimentar el milagro de la misa, porque la duda lo ha matado y sabe demasiado, no se entiende por qué debería ser más fácil para él (o para cualquiera) abrazar y experimentar el dogma de la Assumptio Mariae y la tesis de la Cuaternidad. ¿Acaso están de repente exentos de la «duda que lo ha matado» y de que Jung los conozca demasiado? La obsolescencia que Jung diagnosticó con razón no se cura ni se supera quedándose en el nivel de la imagen, el mito, el dogma o el contenido e insertando simplemente una figura adicional (María o el diablo) en el dogma cristiano o en la imaginación de la divinidad cristiana, ni transportando lo que el dogma decía sobre Dios al ámbito personal-psicológico, al interior del hombre como «el Ser» y la «imagen de Dios en el alma» para ser experimentada privadamente en el interior de uno mismo. Es un error fundamental pensar que una nueva estructura o patrón arquetípico, una nueva imagen, por un lado, o la experiencia inmediata del propio interior, por otro, podrían resolver el predicamento moderno que Jung vio como su tarea para dirigirse a sí mismo. ¿Por qué? Porque (a) «En cuanto a lo que es ‘auténtico’, eso parece ser decidido por el espíritu de la época», como el propio Jung se había dado cuenta, y nuestra época resulta ser, como Jung también se dio cuenta, la época de la «duda que lo ha matado», y porque (b) del carácter particular de esa «duda» que nos ocupa. ¿De qué tipo de duda se trata?

5. LA «DUDA» COMO FORMA INTRÍNSECA DE LA VERDAD EN LA MODERNIDAD

En primer lugar, la duda de la que hablaba Jung y de la que se había hecho muy consciente, no es un acontecimiento o condición psíquica en él como individuo, la experiencia personal de sentirse atacado por las dudas que le corroen sobre algo. Jung no dijo: dudamos. Dijo que la duda ha matado (objetivamente) los rituales y los dogmas. Si han sido «matados» entonces Dios ESTÁ muerto, los contenidos de la religión SON obsoletos. Han perdido su validez. No: no somos lo suficientemente piadosos.

La duda de la que habla Jung no es una duda metódica-epistemológica como en Sócrates o Descartes, que, al menos en el caso de Descartes, servía para llegar a un fundamentum inconcussum. Tampoco es la duda cristiana en el sentido de las vexationes o tentationes, que acompañan a la fe y son una tribulación a través de la cual la fe tiene que probarse a sí misma. Tampoco es el acto mental subjetivo explícito en los individuos, como los filósofos de la Ilustración, de desacreditar los dogmas, ni la actitud general de ser escéptico, simplemente tener una conciencia radicalmente crítica. La duda no se refiere aquí al escepticismo, a la incertidumbre, a la ambivalencia. Y en segundo lugar, lo que se «duda» no es tal o cual contenido concreto. No, es la «duda» en un sentido muy diferente: la «duda» objetiva, la «duda» como el carácter objetivo subyacente del mundo de la modernidad como tal. La afirmación de Jung expresa la conciencia del hecho de que la modernidad como tal se caracteriza por la intrusión fundamental del pensamiento crítico en el dominio mismo de las imágenes arquetípicas y de la fe religiosa, en lo que alquímicamente hablando es la materia prima misma, una intrusión que es fundamental porque precisamente no es una reflexión externa de las personas sobre las creencias (como el objeto dudado). No es un hacer o pensar humano, ni una actitud humana. Más bien, esta «duda» es la aparición de la «forma de pensar» como la forma de conciencia que ahora prevalece como tal.34 Por lo tanto, ahora es inherente a la forma misma de los contenidos de la conciencia como su propio estatus lógico (e inevitablemente), al igual que los propios productos de la producción industrial tienen su «carácter fetiche de mercancías» (Marx) como su propio carácter objetivo en sí mismo. Es, por así decirlo, el propio «descrédito» interno de los contenidos, es más, su ya «descrédito», su llegada como «descrédito».

Por eso Jung tuvo que decir: «Sé que es la verdad, pero es la verdad en una forma en la que ya no puedo aceptarla. Ya no es verdad para mí». Las propias verdades del alma (independientemente de qué verdades), las imágenes y los símbolos, han perdido, por principio y de una vez por todas, su inocente e incuestionable convencimiento y certeza que antes prevalecían. En sí mismas se socavan, se descomponen alquímicamente: se vuelven lógicamente negativas. Dentro de sí mismos se presentan como ya negados. Llegan como «muertos por la duda», es decir, en el estado de la negatividad absoluta. No había sido la duda de Jung, sus propias reflexiones escépticas sobre la misa católica, lo que le había imposibilitado volver a ella. «La duda» o «la forma pensante» es, en la condición anímica moderna, inherente a la propia fenomenología de los fenómenos psíquicos.

La palabra «duda», que suena muy despectiva, para la forma intrínseca de la verdad en la modernidad, resulta que no significa en verdad más que las verdades anímicas tradicionales ya no son una realidad presente (esto se expresa en: «ya no es verdad para mí»), sino que existen sólo en mnemosyne para nosotros, sólo como presencia histórica (la presencia del pasado: «sé que es la verdad»).

Mientras que antes, la forma de pensar pertenecía sólo al lado del sujeto, era sólo la forma de cómo la conciencia subjetiva piensa en el objeto, ahora, con la aparición de la «duda» que Jung identificó, la forma de pensar ha llegado plenamente a sí misma de modo que también aparece en y determina el objeto mismo, la materia, las verdades, como su propia forma o estatus intrínseco. Antes, la forma pensante sólo existía en un compartimento especial de las actividades culturales, el campo de la filosofía, y como su carácter. Ahora es el carácter general objetivo y a priori de la experiencia como tal, de cualquier contenido al que la mente pueda recurrir. Las propias verdades del alma han perdido así su estatus lógico de revelaciones, un estatus que tenían para la conciencia psicológicamente ingenua y premoderna. Las revelaciones llegan a la conciencia como verdades indubitables.

Esa «duda» de la que hablaba Jung y de la que se había hecho muy consciente no mató, por tanto, según lo que acabamos de aprender sobre ella, simplemente esta o aquella idea particular de Dios o este o aquel dogma o símbolo, por ejemplo, la noción trinitaria de Dios, o la idea del nacimiento virginal, o el «milagro de la misa». No, «mató» (hizo psicológicamente imposible, convirtió, como dijo Jung, en «absurdo intelectual») la forma misma de la religión como tal, la lógica de la idea de los dioses o del Ser, la inocente creencia en «lo imaginal». Se «mató» la capacidad de la forma de la imagen o del contenido y de la forma de la experiencia personal para expresar «la condición psicológica» del hombre moderno y para dar, como «verdades filosóficas» (es decir, revelaciones, percepciones indubitables), satisfacción al alma. La lógica o forma sintáctica como tal de la religión, de tal cosa como Dios o los dioses, de la imagen, el mito o el símbolo, se ha vuelto obsoleta. La «duda la ha matado» de Jung significa que el fundamento general ha sido arrancado objetivamente de debajo de tal cosa como la experiencia religiosa y los artículos de fe (cualesquiera que sean), así como de debajo de la imaginería. La conciencia se ha desplazado a un nuevo fundamento. Y esta «duda» objetiva fundamental (en contraste con nuestra duda personal contingente en el sentido de una reflexión externa) es el nuevo fundamento.

El sentido inocente de Hillman de la imaginería35 es el resultado de una disociación. La propia «duda» interna del fenómeno moderno, la «negación de sí mismo» o la «forma de pensamiento» se escinde y se exilia, de modo que sólo queda la semántica abstracta y la «cara» del fenómeno. La negación exiliada regresa entonces como lo reprimido fuera de los fenómenos mismos en una experiencia igualmente abstracta del mundo moderno en general, a saber, de la modernidad como un mundo caído y sin alma, como totalmente literal, racionalista y saturniano. Esta limpieza de los fenómenos de su sintaxis inherente, esta abstracción de su propia modernidad innata, es lo que hace posible la inocente imaginería de los fenómenos. Hillman piensa que lo que yo (W.G.) hago es literalizar el tiempo y la historia, mientras que él (supuestamente) sigue a Plotino para quien «el tiempo está en el alma (es un fenómeno psicológico)». Pero es incapaz de ver que este punto de vista (sea Plotiniano o no) es precisamente mi posición. Sí, efectivamente, el alma es en sí misma tiempo, es histórica. El tiempo histórico es inherente a los fenómenos, a las imágenes reales, intrínseco a su fenomenología particular. Los fenómenos psíquicos son inevitablemente la expresión o la articulación de su tiempo, al igual que todos nosotros, junto con nuestras formas de pensar, somos ineludiblemente hijos de nuestro tiempo. El tiempo, y por tanto también la posible obsolescencia o negación de las imágenes, no es externo a los fenómenos.

Para Hillman, sin embargo, los fenómenos tienen obviamente su tiempo fuera de sí mismos, o no tienen tiempo alguno. Parece pensar que es nuestra elección situar los fenómenos en un marco temporal histórico o no. Pero los fenómenos modernos se distinguen en sí mismos de sus homónimos premodernos. El tiempo no es un agente o factor externo que inflige obsolescencia a los fenómenos (independientemente de que uno piense que este agente es un tiempo histórico literalizado o nosotros que -innecesariamente- elegimos encerrar los fenómenos en un esquema temporal). El tiempo es el automovimiento del alma en su fenomenología. Y, a la inversa, la individualidad de los fenómenos (en el sentido imaginario) sólo reside en su atemporalidad metódicamente producida, en su aislamiento deliberado, o en su limpieza lógica, de su propio tiempo.

Estas reflexiones nos permiten dar otra descripción a «la duda que lo ha matado». Es también la manifestación objetiva de la conciencia naciente del alma como tiempo. El carácter del alma como tiempo, como movimiento histórico y como proceso de su autoproducción, de su autorrepresentación, ha llegado a la propia alma; se ha interiorizado e integrado en su forma de manifestación. Antes, el alma había sido, por supuesto, también tiempo, pero no había sido consciente de ello, no había sido explícitamente lo que implícitamente siempre es. Se había presentado más bien en términos «ontológicos», como (como si fuera) seres sustanciales eternos (dioses, demonios, espíritus, etc.) o verdades.

Lo que nos ocupa cuando comprendemos la duda «objetiva» moderna como el nuevo fundamento es, pues, el carácter fundamental del modo de ser-en-el-mundo del hombre moderno como «hombre nacido», el hombre cuyo conocimiento se libera de repente del refugio de la metafísica en el sentido de una prima philosophia, que era lo que antes había garantizado la negatividad anímica o absoluta incluso de las creencias y verdades positivamente sostenidas y fundamentadas, así como de las cosas y acontecimientos reales del mundo. Mientras prevaleció la metafísica, el hombre podía, con facilidad, concentrarse en los contenidos semánticos y confiar en encontrar en ellos el sentido de su existencia, porque el fundamento general que proporcionaba la metafísica, por así decirlo de forma automática y tácita, les otorgaba el estatus lógico de negatividad absoluta. Esto es lo que los había convertido en «verdades filosóficas» para el alma y les permitía dar satisfacción al alma. Los contenidos semánticos podían simplemente hablar por sí mismos, porque en su hablar eran, bajo las condiciones de una prima philosophia, inmediatamente expresivos del fundamento metafísico.

Sin una prima philosophia surge la necesidad de que el hombre avance hacia una conciencia de la forma de la forma y produzca él mismo explícitamente esta negatividad en el estilo de su apercepción. Pues sin una prima philosophia el hombre moderno puede, ciertamente, manteniéndose en el nivel de los contenidos semánticos, obtener un conocimiento positivo (positivista) sobre los hechos acumulados por las ciencias. Pero estos hechos, este conocimiento fáctico sobre el mundo, no pueden hablar por sí mismos, no pueden por sí mismos proporcionar un sentido o una profundidad anímica. Son inevitablemente sólo positividades. El sentido ya sólo puede, en el plano semántico, imponerse secundariamente al mundo en forma de ideologías, como las del «progreso científico-técnico», la «preservación de la creación», la «eco-psicología», la «curación de nuestro planeta», el «mundialismo», si son sistemas de creencias, o en forma de bienes de consumo, si son experiencias emocionales, y en ambos casos como simulación. La «duda» en este sentido radical es el sentido claro de una pérdida fundamental de todo significado como existencia objetiva en el nivel del contenido, de la verdad como tal en un sentido semántico, y por lo tanto también la invitación a una iniciación en «una nueva forma», la «forma pensante», la forma de la forma, como la única que podría volver a producir (o más bien ser) la forma de la negatividad lógica (y por lo tanto del alma) para el mundo moderno. Pues está claro que la forma de la forma es en sí misma lógicamente absoluta-negativa porque no tiene contenido.

La negatividad lógica conlleva la conciencia de la subjetividad irrevocable del alma objetiva. No una sustancia que piensa, sino un pensamiento objetivamente en curso. La naturaleza performativa del alma.

Biográficamente, en su juventud y como hombre joven, Jung había experimentado en el plano existencial un ejemplo vivo de esta duda en su propio padre (la forma, al menos, en que él lo había percibido). Jung se dio cuenta «de que mi pobre padre… estaba consumido por las dudas internas. Se refugiaba en sí mismo y por eso insistía en la fe ciega» (MDR p. 73). Siendo un ministro protestante, su padre, cuando su fe fue socavada por una duda tan fundamental, naturalmente se encontró en un terrible aprieto. Este conflicto interior le hacía estar terriblemente irritable y malhumorado, lo que, debido a sus frecuentes ataques de mal genio, arruinaba el ambiente en el hogar paterno de Jung, lo que a su vez debió de causar una profunda impresión en Carl Gustav respecto al poder efectivo y la realidad de esta duda. La experiencia inmediata de Jung en su propia familia había sido, pues, el encuentro con la duda como estatus lógico de la modernidad. Por supuesto, en su padre, este carácter lógico omnipresente de la modernidad como tal sólo aparecía en su primera inmediatez como estado psíquico, en un nivel personal meramente existencial, las dudas persistentes de su padre en plural. Pero esta experiencia es, sin embargo, la prefiguración del propio diagnóstico posterior de Jung de que «la duda lo ha matado» -lo ha matado no sólo subjetivamente, sino objetivamente: «la duda» como la verdad de su propia condición psicológica así como de la condición colectiva de todos nosotros: «No podemos volver ….» «…lo que uno sabe que no es verdad».

¿Cómo se posicionó Jung frente a la duda de su padre, entonces y después, es decir, en el momento de escribir sus capítulos sobre estos años de su vida en MDR? Comienzo con un comentario general sobre cómo Jung veía la relación entre su propia tarea vital y sus padres. Comentando un sueño de años muy posteriores, dice que tuvo la sensación de que en este sueño sus padres habían sido cargados con un problema que «en realidad era mi tarea». «Algo había quedado inconcluso y seguía con mis padres». Estaba «reservado para el futuro» (MDR p. 214).36 En otra parte oímos: «En efecto, a menudo he pensado: ¡si hubiera podido abrir los ojos de mi padre! Pero él murió antes de que yo pescara el pez cuyo hígado contiene la medicina maravillosa» (Letters 1, p. 194, a Erika Schlegel, 31 de julio de 1935). Las reflexiones teológicas de Jung en los últimos años también fueron concebidas explícitamente como si sirvieran para resolver el problema que dejó inconcluso su padre. Pero ya de joven Jung había querido redimir a su padre de su problema religioso.

Sin embargo, en lugar de ver la duda como el síntoma que trae la cura37 y, por lo tanto, en lugar de reconocer en esta duda el lapis in via ejectus como lo real a redimir, Jung cayó en la trampa personalista al querer redimir (1) a su padre y (2) de su duda. El encierro en el baúl privado de su padre es el lugar equivocado, la forma de sufrimiento psíquico (síntoma personal) el estado equivocado para esta duda. El espíritu mercurial que se agita en este sufrimiento quiere ser liberado de la botella, liberado de su encarcelamiento en la fisicalidad de la existencia material; la duda como mero síntoma necesita ser liberada en su verdad, la forma de la verdad. En la experiencia y el recuerdo del sufrimiento de su padre por la «herida de Amfortas» (MDR p. 215) de esta duda, el destino había dado a Jung una amplia oportunidad para absorber e integrar la «duda» en su conciencia como su nueva estructura. Su locus histórico le había presentado al psicólogo que había en él su sujet, su tarea psicológica, su materia prima para ser trabajada alquímicamente: para ser destilada, sublimada, es decir, transformada de una condición psíquica particular en una verdad psicológica universal, de un sufrimiento existencial personalista y literalmente mal entendido en una visión reveladora del estatus lógico imperante de la modernidad. La experiencia de las dudas de su padre había sido, por así decirlo, una invitación personal a Jung para iniciarse en el alma de la modernidad,38 al mismo tiempo también una invitación a la conciencia para iniciarse en el estatus de la negatividad psicológica absoluta. ¿Qué es esta duda sino la primera inmediatez y, por tanto, la aparición aún concretada, congelada y literalizada de la forma de la negatividad absoluta? Al presenciar tempranamente este sufrimiento de la duda, el destino había puesto en el regazo de Jung el huevo que debía ser empollado por él. Ahí estaba el Hic Rhodus, hic salta de Jung.

Pero en lugar de «saltar», en lugar de honrar el síntoma como la primera inmediatez de la «nueva personalidad» que quiere emerger y como la nueva forma del alma (como Jung diría normalmente sobre la psicopatología39), lo había menospreciado. Había esperado poder convencer a su padre de sus dudas y, en cambio, forzarle antidotalmente su propia panacea de una experiencia inmediata de Dios: un caso claro de volver a tirar el lapis in viam e in stercus (estiércol), el lapis que, cuando aparece en forma de duda, es por supuesto, como siempre, exilis (incómodo) y vilissimus (muy despreciable). Fue el propio Jung quien «cometió aproximadamente el mismo error que la vieja escuela de medicina cuando atacó la fiebre creyendo que ésta era el agente nocivo» (CW 10 § 369). Cuando dice que «no podía entender que él [su padre] no aprovechara cada oportunidad que se le ofrecía para llegar a un acuerdo pugnaz con su situación» (MDR p. 92, trad. modif.), vemos que Jung abordó el problema de las dudas de su padre en términos de voluntad del ego40 y no en un estilo alquímico, no con una fantasía de a su conflicto entre las exigencias de su fe y la realidad de sus dudas, el nivel de la verdad para el nivel de la voluntad pugnaz. En el ámbito de estos temas, sin embargo, el propio pensamiento de Jung se mantiene firmemente dentro de la categoría de la voluntad y el poder y es incapaz de permitir (o no está dispuesto a permitir) que la verdad de su locus histórico se muestre por sí misma del modo en que necesita mostrarse. Incluso Dios mismo es, a la manera típica del siglo 19 (Schopenhauer, Nietzsche, la física, la industria pesada), concebido por Jung en términos de poder estrictamente egoico, como una voluntad abrumadora y terrible (der Gotteswille) fermentando la corrupción, la destilación y la liberación en su verdad, una liberación que equivaldría a su integración en la forma de la conciencia. En lugar de abrazar el sufrimiento de su padre, lo rechazó como falso, traicionándolo así (y, por supuesto, también a sí mismo, a su propia experiencia del poder y la realidad de esta duda). El rechazo de Jung a Hegel es en realidad una repetición de su rechazo a la verdad inherente a su propia experiencia de las dudas de su padre. A lo largo de su vida, el compromiso con la voluntad siguió siendo el estilo de pensamiento de Jung (al menos en este ámbito de la fe y de Dios), expresándose con mayor fuerza en su última obra, Respuesta a Job.

Para resumir esta discusión sobre las dudas de su padre podemos decir que Jung conocía bastante bien, y por una experiencia personal continuada y profundamente dolorosa, la «duda» que ha matado la antigua forma de las verdades del alma. Pero en general dejó de lado este conocimiento propio, pretendiendo que lo que venía del «inconsciente» eran todavía revelaciones, verdades inmediatas, verdades semánticas.41 Y, en consecuencia, Jung también escribió a lo largo de su vida en lo que Terry Pinkard, en su discusión sobre el lenguaje juvenil de Hegel, había llamado «un estilo de prosa más fácil», en un estilo que era inmediatamente y sin esfuerzo accesible a la conciencia convencional ordinaria. Debido a su énfasis exclusivo en la «experiencia inmediata» (llegaremos a este tema más adelante), Jung no exigía a sus lectores que participaran activamente en la producción de una nueva sensibilidad, en una nueva forma de asumir responsabilidades con el mundo y con los demás. Todo lo que era tal vez extraño y nuevo para un nuevo lector que llegaba a su obra eran las ideas particulares. La forma de la prosa en los escritos de Jung es, sin embargo, la del lenguaje cotidiano convencional, y la forma del pensamiento igualmente la del nivel ordinario de conciencia, la conciencia del «hombre de la calle». Jung no desperdició ninguna reflexión sobre la forma de la conciencia, sino sólo sobre los contenidos y sobre el hecho de que se basen en la experiencia personal.

Resulta interesante que, en contraste con su despotricar contra el lenguaje «imposible» de Hegel, Jung no tenía realmente ninguna objeción a la dificultad y oscuridad de los escritos de los alquimistas, porque su modo de expresión imposible no era de lenguaje o estilo de pensamiento (que eran sencillos), sino simplemente de ideas y declaraciones confusas, enigmáticas y paradójicas. Durante años Jung emprendió la labor de descifrar cuál era el significado de sus crípticas expresiones, es decir, la labor de aprender su lenguaje, pero rehuyó la «labor del concepto» y la labor de aprender el lenguaje de Hegel. Expresar el ignotum per ignotius le gustaba a Jung: porque de esta manera uno se quedaba atrapado (por supuesto esta vez no en la esfera del sentimiento, sino) en la esfera de lo que él llamaba (y en otras ocasiones realmente criticaba como) intelectualmente «misterios inaccesibles.» Y esto, aunque Jung sabía muy bien que la forma de misterio inaccesible no era ninguna solución, sino más bien un problema adicional: «Además me pregunto seriamente si no es mucho más peligroso que los símbolos cristianos se hagan inaccesibles al pensamiento conceptual y se destierren a una esfera de ininteligibilidad inalcanzable…. el hombre tiene el don del pensamiento que puede aplicarse a las cosas más elevadas» (CW 11 § 170, trad. modif.). Pero, sin embargo, eludió la necesidad, su propia necesidad, de abordar el predicamento del hombre moderno en el nivel de la forma pensante o intelectual y en una forma de expresión lingüística correspondiente. Al desentrañar el lenguaje de los alquimistas, uno podía quedarse con los contenidos de la conciencia, mientras que someterse al esfuerzo de comprender a Hegel a través de la labor del concepto habría significado una educación y un trabajo de la conciencia misma.

Su clara perspicacia respecto a la «duda que lo ha matado» habría exigido en realidad a Jung que su pensamiento avanzara hasta la noción (y el proyecto) de algo parecido a «este escepticismo exhaustivo (dieser sich selbst vollbringende Skeptizismus)» de Hegel. Hegel, por así decirlo, había abrazado la duda (Zweifel), había llegado hasta el final con ella profundizándola en la Verzweiflung, la desesperación, integrando así la duda experimentada en la forma misma de su pensamiento. Jung se había negado a abrazar esta duda y, en general, incluso la había ignorado. Todo su proyecto era lo contrario, era establecer un baluarte contra ella a través de sus dos grandes movimientos ya mencionados: «soñando el mito hacia adelante», es decir, proporcionando un nuevo contenido, una nueva «teología», y en segundo lugar, de forma más general, insistiendo en una nueva «experiencia primordial» (Urerfahrung, nuevas revelaciones del «inconsciente») por parte de cada individuo y, por tanto, una nueva convicción incuestionable,42 una nueva inocencia o ingenuidad. Intentó contrarrestar el ineludible escepticismo, tratándolo como un error, un desarrollo defectuoso, la neurosis moderna, es decir, un enemigo a combatir. En absoluto contraste con Hegel y, por cierto, con Hölderlin, no pudo apreciarlo como la característica especial legítima de la modernidad, el mérito principal propio de la modernidad, el talento, el logro, y su contribución particular a la historia del alma. Y no llegó hasta el final con ello. En cambio, Jung creyó que podía tomar un atajo hacia una supuesta inmediatez, inocencia y naturalismo ininterrumpido de la experiencia sentida. La experiencia psicológica actual no debía ser, en su esquema, una que siempre ya y en sí misma ha rendido tributo a la lógica de la «duda» y a la modernidad. «La duda» y la modernidad en general no se admitían como ingredientes intrínsecos e inalienables y honrados de toda experiencia moderna. La realidad del alma fue concebida por Jung de tal manera que por principio excluía la modernidad. Y esto es lo que suele significar en el fondo del junguismo cuando se alaba a Jung por su «retorno al alma». Este antimodernismo fundamental es inherente a la postura de todas las variedades de la psicología «sólo del alma».

6. LA RESUCITACIÓN DEL «ALMA» COMO LA TRAICIÓN DEL ALMA

Ahora bien, es cierto que no todo el mundo necesita dejarse llevar por la forma del pensamiento, por la forma de la forma y por la forma de la negatividad absoluta, así como no se puede exigir a todo el mundo que comprenda las matemáticas superiores y la física moderna. Hay suficientes profesiones y estilos de vida respetables en los que uno puede prescindir de todo esto.

Mientras Jung se hubiera conformado con ser un psicólogo experimental académico que hiciera cosas como estudios de asociación de palabras, pruebas de inteligencia, investigación sobre tipos psicológicos o teoría del aprendizaje, en otras palabras, investigación positivista sobre el «comportamiento» del animal humano; o, una segunda opción, siempre que se hubiera conformado con ser un estudioso de la mitología y el simbolismo comparados; siempre que, además, la personalista de la psicoterapia práctica hubiera podido satisfacer sus demandas, me refiero a la psicoterapia tal como fue, por ejemplo, concebida por Freud o Adler, como un proyecto que tiene su verdadero horizonte en el consultorio. , durante tanto tiempo, Jung podría haberlo hecho bastante bien sin entrar nunca en la esfera del pensamiento. Sin embargo, el momento en que en cambio concibió una psicología que quiere aplicarse al Seelenproblem des modernen Menschen (traducido como: “El problema espiritual del hombre moderno”, título de un artículo contenido en CW1043) y a la psique objetiva , el momento en que dice: “Veo el sufrimiento de la humanidad en la situación del individuo y viceversa”44: en ese mismo momento se convirtió en una traición a su tarea autoimpuesta el hecho de que se negó radicalmente a dejarse involucrar en el problema de la forma y que inmunizó la sustancia de la experiencia psicológica contra la intrusión del principio y fundamento nativo de la modernidad, la forma pensante.45 Realizó esta inmunización de hecho, por ejemplo, desarrollando la teoría de los arquetipos atemporales que nunca envejecen, una construcción teórica que más tarde fue transformada por otros junguianos en la teoría igualmente inmunizada o inmunizadora de “lo imaginal”.

La traición mencionada se puede describir por medio de la frase del título que acabamos de citar. Jung intentó, por así decirlo, curar el Seelenproblem des modernen Menschen devolviéndole el alma. ¡El hombre moderno en busca de un alma! “La resucitación de las imágenes por parte de Jung”, dijo Stanton Marlan (y muy probablemente podría haber encontrado la plena aprobación de Jung para su punto de vista), “fue un regreso al alma y comenzó una inversión del proceso histórico dominante que había despotenciado las imágenes y reducido el alma al espíritu intelectual racional.”46 En otras palabras, era, por así decirlo, el proyecto de Restauración del Antiguo Régimen tras el acontecimiento de la Revolución psicológica francesa. Jung se centró y se concentró en el alma, en las imágenes arquetípicas, en las concepciones religiosas: en el nivel semántico, de contenido. Pero así es precisamente como se perdió su propia tarea autoimpuesta.47 Porque el verdadero problema a abordar no reside en absoluto en el primer elemento del título del ensayo de Jung (el Seelenproblem des modernen Menschen), sino en el segundo elemento, en el “hombre moderno” (el Seelenproblem des modernen Menschen), o en sea ​​más preciso: en la modernidad del hombre moderno, la forma de la conciencia o ser-en-el-mundo. Y el carácter específico de la modernidad no es, por supuesto, más que el hecho de que “la duda la ha matado”. Este, el estado de “duda” fundamental de la situación moderna, es el tema psicológico, y precisamente como tal es también el verdadero Seelenproblem des modernen Menschen, el problema real que necesitaba therapeia: atención dedicada y cultivo. Pero esto se evitó más o menos por completo, incluso se excluyó sistemáticamente de la concepción de la psicología junguiana.

¿De qué le sirve a un ciego que le den los regalos más coloridos, y de qué le sirve al hombre moderno si se le devuelve el alma y se le resucitan las imágenes? Es absolutamente inútil. En principio, el mismo Jung había proporcionado la respuesta correcta a esta pregunta (sin, sin embargo, extraer las consecuencias correctas de ella para sí mismo). “Como niños codiciosos, extendemos nuestras manos y pensamos que, si pudiéramos agarrarlo, también lo poseeríamos. Pero lo que poseemos ya no es válido, y nuestras manos se cansan de aferrarnos, porque las riquezas están por todas partes, hasta donde alcanza la vista” (CW 9i § 31). En el mismo ensayo, Jung dijo: “El cielo y el infierno son los destinos asignados al alma y no al hombre civil, quien en su desnudez y torpeza no tendría idea de qué hacer consigo mismo en una Jerusalén celestial” (§ 56, modificación trad.). Podríamos reemplazar «hombre civil» por «hombre moderno» y agregar al ejemplo dado por Jung («Jerusalén celestial») las palabras «así como todos los demás lugares e ideas míticas o arquetípicas y experiencias numinosas». A pesar del consumo voraz de imágenes míticas y de los llamados sentimientos numinosos, tan populares entre numerosos individuos modernos, estos últimos, en su esencial desnudez y torpeza, no tienen psicológicamente, la menor idea de qué hacer con ellos mismos en la esfera del mito, imágenes arquetípicas y experiencias numinosas, y de qué hacer con esas mismas experiencias e imágenes numinosas, es decir, de cómo integrarlas en la conciencia moderna y en la vida moderna. Porque a todos estos contenidos arquetípicos y emociones numinosas, de hecho, al “retorno al alma” mismo, se aplica lo que Jung había dicho sobre la misa católica: “Ya no es verdad para mí; no expresa mi condición psicológica. Mi condición psicológica quiere otra cosa”. Pero “mi condición psicológica” es precisamente la condición moderna. Entonces, ¿de qué sirven todas las imágenes míticas y experiencias numinosas, de qué sirve “volver al alma”, si ya no son verdaderas para nosotros, ya no expresan nuestra condición psicológica y si ipso facto ya no son capaces de darnos satisfacción del alma? Y a la inversa, ¿de qué sirven si se encuentran en nosotros con nuestra “desnudez y torpeza”, nuestra (digamos) ceguera “metafísica”?

Esta desnudez, torpeza, ceguera no deben entenderse como deficiencias personales. Son meramente la reflexión en el hombre de la condición objetiva moderna del ser-en-el-mundo, a saber, que es un vivir bajo la condición de esa “duda que lo ha matado”, o, como también podríamos decir, la condición del hombre nacido.

A pesar de su perspicacia, Jung en última instancia y en general se limitó a acomodar el anhelo de los niños codiciosos (también su propio anhelo como niño codicioso de Dios o codicioso de la revelación), en lugar de prestar atención a la condición psicológica del hombre moderno, a la inherente «ceguera y torpeza». Su trabajo principal fue precisamente difundir para nosotros y hacer cada vez más apetecibles las riquezas arquetípicas que se encuentran en todas partes: el tráfico de mitos («imágenes arquetípicas») y el tráfico de «drogas» («experiencias numinosas»), lo que en última instancia hace más inconsciente, cultivando la inconsciencia. La cuestión es que no es el alma lo que en nuestro tiempo se reprime, ni lo imaginal o la imagen, y mucho menos las emociones o “el cuerpo”. Más bien, lo que se reprime es nuestra especial «condición psicológica» como personas modernas, la particular distinción y don de la modernidad misma, la forma y el nivel de la forma, cuya primera inmediatez es la experiencia de la «duda que lo ha matado». Esto es denunciado como intelectualismo abstracto y racionalismo, por un lado, y como nihilismo, por el otro.

Tenemos contenidos, imágenes, ideas arquetípicas, emociones en abundancia. No falta todo eso. Lo que falta es una condición que otorgue la posibilidad de que un contenido (cualquiera que sea el contenido) sea verdadero para nosotros, exprese de hecho nuestra condición psicológica, tenga la “nueva forma” en la que verdaderamente exprese nuestra condición psicológica.48 Al poner toda su esperanza en la nueva Urerfahrung y en la inmediatez de la misma, es precisamente el propio Jung quien piensa que todo lo que necesitábamos era “asirla” y que entonces “también la poseeríamos”. Pero, como él mismo había visto, lo que poseemos —podríamos agregar: ipso facto— ya no es válido. Y esto se aplica, contrariamente a Jung, precisamente también a su solución: la experiencia individual inmediata. ¿Qué es la experiencia directa («como los pájaros cantan, como el viento silba») sino este aferramiento crudo, sin educación, sin forma, este deseo sin sentido, en última instancia positivista, de poseer? “Necesito una nueva forma”, había dicho Jung, pero esta necesidad es totalmente incompatible con Urerfahrung. La necesidad de una nueva forma es la necesidad de una educación de la conciencia. En general, a su psicología le importa un carajo la cuestión psicológica de la forma y opta por la restauración regresiva (e ilusoria) de la (perdida hace mucho tiempo) unio naturalis («los productos más naturales de nuestra vida mental», de los cuales, como sabemos, él mismo ha tenido que admitir que la duda los ha matado). Prefiere lo crudo y lo bruto y la relación directa de la conciencia con ello. La nueva forma implicaría una negatividad absoluta. Sin aferramiento, sin posesión, sin inmediatez. Nuestra condición psicológica ya no es la premoderna para la cual las verdades del alma (semánticas) a priori llegaron como seres en el estado de negatividad lógica absoluta. Para el hombre nacido, el alma ha vuelto a sí misma. Ya no puede ser verdad en la forma externa de contenidos semánticos, de ideas contempladas o experimentadas. Debido a un proceso alquímico de destilación y evaporación en la historia del alma, la verdad ha progresado recursivamente al nivel de lo sintáctico, de la forma lógica.

La insistencia y devoción a lo semántico, es decir, a la experiencia personal, a las imágenes, metáforas y fantasías, mitos y símbolos, es, en las condiciones de la modernidad, una expresión del positivismo psicológico. Un enfocarse en contenidos concretos. Y quizás no sea casualidad que Marlan, a quien hemos oído elogiar a Jung por haber resucitado las imágenes, escribiera un libro sobre El Sol Negro y una oscuridad que se niega a la asimilación consciente. Teniendo especialmente en mente a Schopenhauer, Nietzsche dijo una vez sobre el Hombre, “y más bien está dispuesto a querer la nada que no querer” (“und eher will er noch das Nichts wollen als nicht wollen”). La nada es, sintácticamente, todavía algo, una sustancia, una positividad (aunque semánticamente, en sí misma, signifique nada), y esta nada positivizada es, aparentemente, mucho mejor que el «no», que la negatividad misma. Mientras que “el nada” es un sustantivo, “no” es solo sintáctico, solo forma, la forma de la negación.mismo modo, podríamos decir que los junguianos prefieren poseer la imagen positiva de una condición sin imagen (de un vacío, una oscuridad en la que no se ve absolutamente nada) a no poseer. Prefieren el objeto o el contenido a la forma lógica. En la imagen del sol negro y su oscuridad total e inasimilable, la positividad celebra su triunfo final, el triunfo del Antiguo Régimen del contenido semántico, mostrándose absolutamente inatacable por cualquier “no”. Porque en esta imagen, la positividad ha (literalmente) «terminado», subsumido su propio opuesto, la negatividad, de modo que ella, la positividad, permanece como el único e indiscutible amo. El único problema con esto es que en realidad la duda lo mató hace mucho tiempo.

La visión convencional en la psicología junguiana es que el mundo moderno está neuróticamente disociado. Es unilateralmente racional e intelectual y ha perdido el alma, y ​​se ha escindido de la imagen, la emoción y el cuerpo. Hay algo en la modernidad que es fundamentalmente erróneo, morbido, enfermo (basta pensar en la “inversión del proceso histórico dominante” de Marlan como un ejemplo). Pero lo que tenemos que darnos cuenta es que esta visión ES en sí misma la misma disociación que proyecta sobre el mundo moderno. Es la conciencia que da la espalda al Seelenoroblem del hombre moderno, a su condición psicológica, a su necesidad de una nueva forma, y ​​responde a todo esto con un intento de “revertir el proceso histórico dominante que [¡supuestamente!] había despotenciado imágenes y alma reducida a espíritu intelectual racional”, como Marlan lo había expresado acertadamente, en otras palabras, mediante un (intento) de repristinación de la forma antigua (que, por supuesto, una vez que “la duda la ha matado” en verdad ya no puede ser más que una simulación de la forma antigua). Muchos junguianos piensan en esta misma línea, que es nuestro trabajo como psicólogos reparar la historia y animar “una vez más” al mundo. Pero aparte de la terrible exageración y la ilusión del deseo de enmendar la historia (¡¿quiénes somos nosotros para desear enmendar la historia?! También podríamos querer cambiar la ley de la gravedad. ¿Quiénes somos nosotros para pensar en poder animar al mundo?49), esta es la interpretación antimoderna de la modernidad, la denuncia del “espíritu intelectual racional” como desalmado y como resultado de un desarrollo defectuoso.

Pero en cuanto a la situación moderna, el alma no es la víctima inocente de una violencia ejercida sobre ella, a saber, su reducción a espíritu intelectual racional. El alma es más bien la fuerza impulsora detrás de este “proceso histórico dominante”. Y no es una cuestión de reducción en absoluto, sino más bien el avance del alma a una nueva forma de sí misma, a la forma de la forma, a la negatividad absoluta, y por lo tanto un intento por parte del alma de llegar a su territorio de origen, interioridad absoluto-negativa, para volver a sí misma, después de su exilio primordial en forma de imaginación sensible, es decir, en el estado de ser proyectado en forma de exterioridad.

Es en esta denuncia donde radica todo el Seelenproblem del hombre moderno y no, como esta denuncia quiere presentarlo, en el “espíritu intelectual racional” imperante. Esta última es simplemente la forma en que la disociadora y defensiva percibe la condición psicológica moderna: esa condición que necesita “una nueva forma”, la forma pensante, la forma de la formay la negatividad absoluta. Y esta denuncia es el Seelenproblem porque, por supuesto, es el alma que necesita la nueva forma, esa alma para la cual las imágenes, los rituales y las experiencias sentidas numinosas, aunque todavía «sabe que son la verdad», ya no son verdaderos porque son “la verdad en una forma en la que el alma ya no puede aceptarlos”, la verdad en una forma que “ya no expresa la condición actual del alma”—e ipso facto se ha vuelto falso.50 Sobre el uso de drogas que “expanden la mente”, Jung había dicho: “En mi opinión, es un método útil para un Peyote bárbaro, pero una regresión lamentable para un individuo cultivado”. Una vez que uno ha entendido esto, ¿cómo puede pensarse, sin embargo, que podríamos hacer justicia al Seelenproblem del hombre moderno de la propia conciencia bárbaro: en el nivel de las imágenes, de los contenidos semánticos, de la aisthesis y de la emoción, en otras palabras, debajo de lo cultivado, educado de la conciencia moderna alcanzado durante la historia del alma hace ya doscientos años, por debajo del nivel de la «forma pensante» y la «sintaxis», por debajo de «Hegel»? Es como tratar de acercarse a un microchip con las herramientas y la mentalidad apropiadas para las máquinas mecánicas.

La “resucitación de las imágenes” y “el retorno al alma” es realmente Ersatz en el sentido literal. Interpreta el Seelenproblem del hombre moderno como si fuera algo así como una deficiencia de vitaminas que se puede curar administrando píldoras de vitaminas, es decir, sin tener que entrar y atravesar el Seelenproblem en sí. La presuposición subyacente sobre el alma que hace posible tal punto de vista es que el alma es un aditivo, algo opcional; que puede estar o no estar, que puede faltar o restaurarse. Esta visión es reduccionista. Reduce el alma a un adorno. Por eso lleva también a los psicólogos a soñar con “Dar vida al mundo”. Esta es, podríamos decir, la idea de “reforestación” del trabajar-alma, plantar nuevos árboles en el desierto de la modernidad. Compensación simple (complementación) de una unilateralidad (cf. la interpretación de Jung de la alquimia medieval como una compensación de la supuesta unilateralidad del cristianismo).

Una verdadera psicología debe rechazar este menosprecio de la noción de alma e insistir en que el alma no es una alternativa a lo Real, no algo como el exuberante crecimiento de la vegetación que “falta” en un desierto. Lo Real tiene todo lo que necesita dentro de sí mismo, incluso si lo Real tiene forma de desierto. No necesitamos estar “en busca de un alma”. No necesitamos restaurar el alma. Porque el alma nunca se perdió. Siempre está ahí. Siempre estamos en eso. El alma es simplemente la verdad interna y la profundidad de lo Real, independientemente de si lo Real en un momento dado resulta ser como un desierto o como una selva tropical o como una tierra cultivada. No hay otro. Esto es todo! ¡Hic Rhodus, hic salta!

Lo que dificulta hoy a la conciencia es sólo el hecho de que el alma cambió de forma, que en la modernidad aparece de repente en forma de negatividad absoluta. El sentimiento generalizado y la idea de la pérdida del alma no deben tomarse literalmente, como si el alma (como sustancia o ingrediente positivo) de hecho faltara. No, hay que comprender que este sentimiento no es otra cosa que el reflejo de que el alma en esta su nueva forma de negatividad absoluta no es reconocida como alma, que en consecuencia el “no” de su negatividad absoluta se sustancia y se positiviza como una falta (un cero). El sentimiento de pérdida delata que la conciencia no está adaptada. Acostumbrada a la inmensa riqueza de contenidos semánticos, sustanciales de significado y esperando lo mismo hoy, “no comprende [podríamos añadir: o se niega a comprender] cómo ha cambiado el mundo para ella, y cómo tendría que ser su actitud en ordenar que se adapte de nuevo” (CW 9i § 61, trad. modif.). La conciencia no tuvo la experiencia de que algo se perdió, que fue privada de algo. No, es al revés: “perdió” (desechó) su profunda conexión con el mundo, negándose a reconocerlo como su propio mundo, su único mundo. Fracaso subjetivo, no pérdida objetiva. Lo que falta no es eso, el alma. El alma sigue ahí, como siempre. Lo que verdaderamente falta es la adaptación del hombre moderno a su mundo ya su tiempo, el salto a SU hic, el único hic que existe para él.

Sobre Jung podemos decir que traicionó su propia tarea y su propia verdad, porque de hecho había llegado a la intuición explícita de que el problema era la nueva forma faltante que sería capaz de expresar realmente la nueva condición del alma. No hace falta decir que al traicionar esta su propia tarea traicionó también al alma. Aquellos que lo siguieron en su camino, sin embargo, simplemente continuaron traicionando el alma, pero no su propia tarea, porque en su mayor parte nunca habían avanzado en la comprensión del problema de la forma y tampoco habían asumido la tarea del Seelenproblem del hombre moderno. Simplemente se enamoraron y abrazaron con avidez el poderoso impulso que se mostraba en el intento de Jung de resolver, en el antiguo nivel semántico de imagen y objeto, el problema del alma moderna recurriendo a las imágenes ya la experiencia inmediata. Y lo abrazaron como una especie de doctrina o cosmovisión: algo ya hecho.

7. EL RECHAZO AFECTIVO DE LA «FORMA DE PENSAR»

Queda una cuestión central. En ninguno de los contextos de los escritos de Jung había necesidad alguna de que expresara una opinión sobre Hegel o Heidegger. Si no entendía su lenguaje, si no había estudiado a Hegel (y probablemente tampoco a Heidegger), ¿por qué Jung habría sentido la necesidad de hacer una y otra vez esas desagradables declaraciones sobre ellos? La prudencia ordinaria bastaría normalmente para evitar que una persona se arriesgara a hacer el más absoluto de los ridículos emitiendo juicios arrolladores y completamente desviados sobre un pensador del que no sabe nada. Debió de ser un poderoso complejo inconsciente, un resentimiento y aversión profundamente arraigados, lo que le hizo deslizar repetidamente comentarios tan afectivos y mordaces sobre Hegel, llegando a calificar su lenguaje de «esquizofrénico» y negando su condición de filósofo precisamente en el aspecto de la forma de pensar.

Pero, ¿de dónde viene esta vehemente antipatía (y la vehemencia de la misma)? En MDR p. 68 y ss. leemos sobre la época entre el decimosexto y decimonoveno año de Jung,

Leí una breve introducción a la historia de la filosofía y así adquirí una cierta visión de conjunto de lo que ya se había pensado… Sobre todo me gustaron los pensamientos de Pitágoras, Herádoco, Empédododes y Platón, a pesar de lo prolijo de la argumentación socrática. Eran bellos y académicos como una galería de cuadros, pero algo remotos. Sólo en Meister Eckhart sentí el aliento de la vida, sin haberlo entendido del todo. La escolástica cristiana me dejó frío, y el intelectualismo aristotélico de Santo Tomás me pareció más inerte que un desierto de arena. Pensé: «Todos quieren forzar algo mediante trucos de lógica, algo que no les ha sido concedido y de lo que no tienen realmente ningún conocimiento. Quieren demostrarse a sí mismos una creencia [sich einen Glauben anbeweisen51 ], cuando, al fin y al cabo, se trata de una cuestión de experiencia». Me parecieron personas que sabían de oídas que los elefantes existían, pero que nunca habían visto uno, y que ahora trataban de demostrar con argumentos que, por razones lógicas, tales animales deben existir y que su naturaleza debe ser tal como es en realidad. La filosofía crítica del siglo XVIII no me llegó por el momento por razones comprensibles. Hegel me desanimó por su lenguaje, tan farragoso como arrogante, que consideré con una desconfianza sin reservas. Me parecía un hombre que estaba enjaulado en el edificio de sus propias palabras y encima de él con un aire orgulloso se pavoneaba en su prisión. (Trad. modif.)

No nos equivocamos al suponer que Jung describió aquí el origen temporal de su antipatía por Hegel, su complejo de Hegel. Se remonta a la juventud de Jung y tiene, en lo que respecta a los conocimientos de Jung sobre Hegel, como base no más que «una breve introducción a la historia de la filosofía». Probablemente no es sorprendente que un joven se precipite a sacar conclusiones simplemente sobre la base de gustos subjetivos y emociones personales evocadas por una información insuficiente. Pero es sorprendente que Jung parezca haber mantenido sus prejuicios juveniles sobre Hegel durante toda su vida. Uno habría esperado que Jung procediera de una de las dos maneras posibles: que, como hombre maduro y científicamente formado, hubiera considerado necesario revisar su prejuicio tempranamente adquirido sobre la base de un estudio serio posterior de los textos de Hegel o, si simplemente no estaba interesado en emprender tal esfuerzo (lo que para él como psicólogo podría, desde un punto de vista positivista y compartimentador, haber sido perfectamente legítimo52 ), que entonces se hubiera sentido obligado a abstenerse por completo de cualquier juicio sobre algo de lo que no sabía nada. La razón de que en público hiciera declaraciones venenosas completamente infundadas sobre Hegel debe ser, por supuesto, que no era simplemente un prejuicio o una aversión lo que tenía, sino un poderoso «complejo de sentimientos» que lo «tenía».

El origen temporal, por tanto, no explica la razón psicológica de la aparición de un complejo, el complejo Hegel de Jung. No cabe duda de que en Jung existía un complejo de este tipo, pero para explicar por qué existía y por qué le obligaba a lanzar repetidamente acusaciones absurdas contra Hegel tenemos que elaborar nuestra propia hipótesis. Los complejos como éste surgen sobre la base de amenazas profundamente sentidas (o similares) a la autodefinición de uno, si la autodefinición de uno ya se sabe de alguna manera inconsciente que es insostenible, pero sin embargo se defiende obstinadamente a toda costa.

Mi sospecha es que el Jung maduro intuyó, instintivamente, que Hegel había realizado precisamente lo que era inherente a la propia tarea de Jung (abordar el Seelenproblem del hombre moderno), lo que por lo tanto tendría que haber sido realizado por él (Jung), pero que no tanto descuidó como más bien rechazó por principio a causa de una decisión irrevocable de aferrarse a la forma premoderna de los contenidos semánticos -como si los contenidos todavía pudieran hablar verdaderamente por sí mismos. Si en la fantasía de Jung Hegel se convierte en «ese gran psicólogo vestido de filósofo» y él lo ve como «un psicólogo manqué, de la misma manera que yo soy un filósofo manqué», vemos que Jung imagina una casi identidad simultánea y sin embargo una diferencia radical entre él y Hegel. Son, en su fantasía, gemelos inimitables, la contraparte o el reverso del otro.

Lo que los separa es, evidentemente, la forma denkerische. Pues esto es lo que convierte a Hegel en un psicólogo manqué porque, tal y como lo ve Jung, la forma pensante arruina lo que en sí mismo es (y para Jung debería seguir siendo) «una autorrevelación del fondo psíquico», que a su vez es responsable de la supuesta «notable coincidencia entre ciertos principios de la filosofía hegeliana y mis descubrimientos relativos al inconsciente colectivo». Por otra parte, Hegel «ni siquiera es un filósofo propiamente dicho, sino un psicólogo equivocado», porque la forma pensante no es en el caso de Hegel más que un «adorno» externo y un «disfraz astuto» de la sustancia psicológica. Y, a la inversa, la denkerische Form es también lo que convirtió a Jung, por su parte, en «un filósofo manqué’ porque la materia del inconsciente que Jung trató era en realidad la materia prima de una filosofía, pero Jung no pudo o no quiso darle la denkerische Form necesaria para elevarla realmente al rango de una verdadera filosofía. Por lo tanto, la forma de pensamiento debió ser el punto crucial de la discusión para Jung. Era el punto débil. De alguna manera, subconscientemente, debió temer que Hegel, tanto con su «laborioso» lenguaje como con la «forma pensante» (que, como sabemos, culmina en el «escepticismo llevado a su culminación y fruición»), pudiera haberse dejado llevar por la modernidad del hombre moderno e ipso facto también por el verdadero Seelenproblem del hombre moderno de una manera más adecuada que él mismo, Jung. Pero esta posibilidad no se permitió. La decisión de Jung de escapar de la lógica interna de la modernidad era absolutamente innegociable. Por lo tanto, tenía que ser la decisión de abordar ese Seelenproblem precisamente sólo en el modo de la forma antigua, de manera simplista: simplemente en el nivel semántico y en su lenguaje convencional desenfadado, volviendo directamente al alma, al símbolo, al mito y a la imagen, así como jurando por la inocente inmediatez de la «experiencia inmediata».

Sí, Hegel era, en efecto, laborioso, engorroso, y ello precisamente y necesariamente porque abordaba el problema allí donde se encontraba realmente y porque este problema de la modernidad se basaba en un «principio más profundo», representaba una «materia más difícil», un «material más rico en compás» y, por tanto, era un problema que planteaba inevitablemente «exigencias mucho mayores» al investigador. Su lenguaje era laborioso porque exigía del lector -de la conciencia- que emprendiera el esfuerzo personal de adecuarse en su propia constitución a esta mayor complejidad, que se sintiera responsable de la nueva sensibilidad exigida por la situación moderna. Sabía que lo que se necesitaba era una educación de la conciencia. Su estilo de lenguaje apuntaba a la forma de la conciencia (en lugar de limitarse a proporcionar, como Jung, nuevos contenidos o experiencias edificantes para ella: imágenes arquetípicas, numinosas). Esta es la razón por la que Hegel era una espina en la carne de Jung: Hegel era el reproche realmente existente para su, de Jung, propia toma de un atajo alrededor del problema de la complejidad del alma moderna; el reproche por su venta de este su (absolutamente y por principio) ignorando el problema real del hombre moderno qua hombre moderno sin embargo como la verdadera cura del problema del alma del hombre moderno. Por eso, su complejo de Hegel insiste precisamente en hacer a Hegel, desechándolo por completo al caracterizarlo como patológico y como impostor. El propio engaño de Jung se le aparece como el fraude de Hegel (en cuanto al «fraude»: compárese la acusación de Jung: «La palabra está encargada de conseguir lo que no se puede hacer por medios honestos»53 ). Y lo que era precisamente la fuerza de Hegel, la forma del pensamiento, tenía que ser denunciado como inauténtico.

Muy pronto Jung había tomado la decisión de la que he hablado, en un nivel profundo, inconsciente, existencial. Muy temprano había lanzado todo su peso detrás de lo que más tarde se convirtió en su dogma de «la inmediatez de la experiencia abrumadora», «experiencia» en un sentido sin sentido (¡nada más que «hechos»! ¡Pura naturaleza!). Fue durante su duodécimo año que la suerte estaba echada, que Jung había marcado el rumbo para toda su vida al hacer su elección,54 y claramente una elección en el sentido de una disociación: antifilosófica, antiintelectual, contra la «forma pensante».

Lo sabemos por el informe del propio Jung de sus últimos años en el MDR sobre el incidente de la «catedral de Basilea»55 (su pensamiento espontáneo durante su duodécimo año de que un enorme zurullo procedente del trono de Dios en el cielo cae sobre la catedral y la destroza). El niño Jung se las arregló para invertir el significado inherente de esta fantasía espontánea, cegándose a sí mismo sobre el punto mismo que su fantasía hizo y en su lugar, a través de artificiosos artificios propios, reubicando y reconstruyendo esta fantasía como una que «fue forzada en mí y fui obligado, con la mayor crueldad, a pensarla». Se trataba, según su interpretación, de su choque con la voluntad absolutamente abrumadora de Dios y, como tal, también de una indudable Urerfahrung espontánea de Dios mismo: «una de las experiencias más ciertas e inmediatas». Había llegado a «[su] certeza sobre Dios». Dios era «tan evidente como cuando le cae a uno un ladrillo en la cabeza» (MDR p. 62, trad. modif.). Esta experiencia se convirtió en su gran y poderoso56 «secreto», como él lo llamaba, un secreto que estaba rodeado de un tabú absoluto, por lo que no pudo compartirlo con nadie durante muchas décadas. Y como este secreto fue, en un nivel existencial profundo, el fundamento subyacente o el principio rector inconsciente de toda su perspectiva futura como psicólogo (al menos en la medida en que no sólo se ocupaba de cuestiones psicológicas meramente científicas, por ejemplo, los estudios de asociación de palabras, sino del predicamento del alma moderna).

Ya hemos escuchado anteriormente que Jung esperaba poder curar a su padre alopáticamente de sus dudas internas y ganarlo al camino de la experiencia inmediata. Su discusión es muy reveladora. Al darse cuenta de que su padre, debido a su conflicto interno con su necesidad de creer causada por sus dudas, «tenía que pelearse con alguien, así que lo hizo con su familia y consigo mismo». A esto Jung añade: «¿Por qué no lo hizo con Dios, el oscuro autor de todas las cosas creadas, el único responsable de los sufrimientos del mundo?» (MDR p. 92). Una clara petitio principii. ¿Cómo pudo su padre pelearse con Dios si sus dudas internas le habían quitado el piso a su creencia en Dios? No se puede discutir con alguien que no se asume como real. El padre de Jung se mantuvo honesto, fiel a su situación real. No se engañó a sí mismo, como hizo Carl Gustav Jung, para tener una experiencia inmediata de un Dios cuya realidad ya se había descompuesto para él («que ya no era», podríamos decir, «verdadera para él»).

8. CONOCIMIENTO CIEGO Y CEGUERA DEL PENSAMIENTO

De la descripción de Jung, especialmente de la imagen del ladrillo que cae en la cabeza, se desprende que su certeza y su conocimiento sobre Dios era un conocimiento fundamentalmente sin sentido y sin entendimiento (si es que se puede llamar «conocimiento» a una certeza tan ciega), y que la «experiencia inmediata» no es, en última instancia, más que la experiencia de ser golpeado en la cabeza por la fuerza bruta. La conciencia como tal no estaba implicada (simplemente tenía que estar ahí [en el sentido de Dasein] para que hubiera algo que golpear con el ladrillo que caía). La inteligibilidad fue radicalmente recortada, la posible inherencia intrínseca del sujeto y su implicación en una experiencia esencial fueron excluidas. Jung criticó la «fe ciega» de su padre y deseó que él (Carl Gustav) «hubiera podido abrir los ojos de (su) padre». Hay que criticar la insistencia de Jung en el conocimiento ciego. Las dudas y la ceguera de su padre podrían haberse convertido en la puerta de entrada al conocimiento iluminado. Al volverse contra él, Jung, sin duda, pasó de la fe al «conocimiento», pero conservó la forma de la ceguera y se perdió la forma de la auto-transparencia, la auto-reflexión de su «conocimiento», que sólo podría haber sido alcanzado llegando hasta el final con la ceguera que vio en su padre.57 (Cualquier comprensión, si acaso, sólo podía darse en este esquema a posteriori, como reflexión externa, como veremos más adelante).

El hecho de que su experiencia de Dios tuviera que permanecer como un secreto absoluto encerrado en su pecho también habla de la falta de mente y la ceguera interna de esta experiencia. «Ladrillo» y «secreto», aunque no son iguales, son sin embargo lo mismo. La falta de mente al ser golpeado por el ladrillo significa que el «conocimiento» así adquirido no podía salir a la luz, no podía exponerse con confianza a la discusión, es decir, no se permitía que fuera verdadero (= alêthes, «inconcebible»).

Sobre los secretos aprendemos del propio Jung: «Tan beneficioso como es un secreto compartido con varias personas, tan destructivo es un secreto meramente privado. Este último funciona como una carga de culpa, cortando al desafortunado poseedor de la comunión con sus semejantes» (CW 16 § 125, trad. modif.). Jung dice esto sin pensar en el hecho de que esto se aplica a su propio secreto absolutamente privado. «La posesión de secretos actúa como un veneno psíquico que aleja a su poseedor de la comunidad» (§ 124).58 Pero mucho peor que aislar al poseedor de tal secreto de la comunidad,59 es decir, de la conciencia-como-tal, es lo que el ocultamiento absoluto significa para el secreto (su materia) mismo: lo priva de su potencial para ser una verdad y para llegar a ser (lógica, psicológicamente) consciente. Porque tanto la verdad como la conciencia requieren ser compartidas o, como dijo Hegel, «una comunidad de mentes lograda».60 Así como no puede haber un lenguaje privado (Wittgenstein), tampoco puede haber una verdad privada. Mi conocimiento del contenido de mi secreto no es en absoluto suficiente para hacerlo consciente en el pleno sentido de la palabra. Lo que sólo yo conozco (psíquicamente) y lo que considero que debe mantenerse absolutamente secreto es, en un sentido psicológico, inconsciente. Un «saber» meramente privado no cuenta. No es un saber, un saber consciente, en absoluto (una insuficiencia a menudo profundamente sentida que es lo que lleva a algunas personas a la confesión, a otras a la psicoterapia, o a ciertos criminales no detectados ocasionalmente años después de su acto incluso a la policía para revelar su crimen).

A Jolande Jacobi Jung escribió el 25 de agosto de 1960:

Me ha impresionado mucho y me ha complacido saber que mis esbozos autobiográficos le han transmitido algo de lo que mi lado exterior ha mantenido oculto hasta ahora. Tenía que permanecer oculto porque no podría haber sobrevivido a las brutalidades del mundo exterior. Pero ahora he envejecido tanto que puedo soltar mi agarre al mundo, y sus estridentes gritos se desvanecen en la distancia (Letters 2, p. 585).

«Brutalidades del mundo exterior» es aquí la frase de Jung para lo que en realidad sería la prueba de fuego de las verdades afirmadas. Por lo general, los místicos no tenían reparos en hacer públicas sus experiencias interiores. No temían ninguna «brutalidad del mundo exterior» (a menudo incluso en tiempos de la Inquisición). Confiaban en la validez de sus visiones. Pero entonces eran premodernos. Jung, como hombre moderno, tiene por supuesto razón, «tenía que permanecer oculto», tenía que ser aislado como un secreto absoluto, «porque de hecho no podría haber sobrevivido» a la prueba de fuego. ¿Y por qué no? Porque en la modernidad tales verdades están intrínsecamente (en sí mismas) en el estatus lógico de la «duda que lo ha matado». Pero Jung quería que su secreto sobreviviera como una verdad lógicamente positiva, como «su luz y su tesoro» que había que custodiar.61 Quería protegerlo del proceso alquímico de corrupción fermentada, de la destilación, de la evaporación, de tener que entrar explícitamente en el estatus de la negatividad absoluta (al que esa «duda» lo había transportado implícitamente y de hecho todo el tiempo), de «este escepticismo exhaustivo.» La elección de Jung de la palabra «brutalidad» revela sobre todo su propia Zärtlichkeit (su exceso de blandura), su insistencia en conservar su propia inocencia infantil lógica y su virginal falta de heridas.

Volviendo a la descripción que hace Jung de su reacción ante los distintos filósofos, tal y como estaban representados en la breve introducción a la historia de la filosofía que había leído entre sus dieciséis y diecinueve años, podemos decir, después de habernos dado cuenta de la falta de mente y de la inconsciencia (ceguera) fundamental del «conocimiento» secreto de Jung sobre Dios y de su necesidad de defender su inocencia lógica, que no es de extrañar que Jung muestre que simplemente no tiene acceso al pensamiento filosófico, en particular a lo que es específico de él: la Forma denkerische, por un lado, y su comunalidad fundamental (su ser a priori dirigido a la conciencia-como-tal), por otro. Sufre, por así decirlo, de una «ceguera del pensamiento» (como algunas personas sufren de ceguera del color). Para él, los pensamientos de los filósofos no son realmente pensamientos. Los percibe con una mentalidad sustantiva, imaginando simplemente como ideas, opiniones, contenidos semánticos, es decir, como objetos (mentales) frente a la conciencia -cosas, ciertamente, en la esfera mental, pero por lo demás, como las cosas de la naturaleza. Ya los he comparado con los ladrillos de construcción con los que juegan los niños. Y también por eso los aborda con categorías estéticas: En la medida en que le gustaban los pensamientos, «eran bellos y académicos como una galería de cuadros»: meras ideas, algo que mirar con una actitud de consumidor pasivo, pero nada que pensar. Su mente tenía que ser una conciencia inmune, tan inmune frente a los contenidos como lo son un espejo o un vaso de cristal. El pensamiento, por el contrario, implica e incluso afecta a la propia forma de conciencia del sujeto. Al pensar, el sujeto se hace responsable de lo que piensa. El «objeto» en el que piensa «es» su propio producto o proceso de pensamiento: un pensamiento, no una entidad externa que se le da como los cuadros de un museo.

En los casos en los que este tipo de «mirar» estético (y obtener placer de él) claramente no funcionaba, como en los casos de la prolija argumentación socrática o de la escolástica cristiana de St. Thomas, Jung lo rechazó como «más inerte que un desierto de arena», contrastándolo con Meister Eckhart como el único en el que sentía «un soplo de vida» (lo que nos recuerda el comentario de Ernst v Lasaulx sobre «la brisa fresca y primaveral que respira por todas partes en la Naturphilosophie de Schelling«). Con respecto a estas reacciones de sentimiento, debemos tener en cuenta que este informe, procedente del viejo Jung, no se limita a informarnos sobre lo que sentía el joven Jung. Más bien, refleja también la postura de Jung ante la filosofía y el pensamiento en el momento en que habla de su juventud. No hay ni rastro en su informe de un distanciamiento crítico de estas primeras reacciones.

El problema aquí no es en absoluto que Jung prefiera el «aliento de vida». Cualquiera lo haría. No, el problema es su incapacidad para percibir este mismo «aliento de vida» en las instancias de la verdadera filosofía, de los pensamientos en la auténtica «forma pensante «62 Esto es lo que revela su «ceguera de pensamiento». Es su propia esterilidad filosófica, su propio mantenimiento de la mente como mero espectador fuera y vis-à-vis (es decir, su negativa a pensar los pensamientos, en lugar de limitarse a entretenerlos como «ideas»), lo que convierte para él el intelectualismo aristotélico de Santo Tomás en un desierto de arena. No se adentra en la interioridad del proceso aventurero del pensamiento.

En cartas tardías Jung escribió: «Si hay algo que me desanima es el conceptualismo muerto» (Letters 2, p. 543, a Karl Schmid, 9 de febrero de 1960, trad. modif.). «El pensamiento abstracto no puede llevarnos más allá de los sofismas intelectuales» (ibid. p. 620, a Albert Jung, 21 de diciembre de 1960). Sin duda, el «conceptualismo muerto» y los «sofismas intelectuales» desanimarían a todo el mundo, también a los principales filósofos escolásticos. Esto es evidente. Sin embargo, la pregunta es: ¿está Jung, con su claro sesgo antifilosófico, en condiciones de juzgar dónde termina el pensamiento vivo y empieza el conceptualismo muerto? ¿Tenía una idea de lo que es la «forma pensante»? Es como si Hegel se hubiera anticipado ya un siglo y medio antes que Jung y hubiera respondido al reproche de sofistería de este último, cuando dijo «Pues el «sofisma» es un eslogan utilizado por el sentido común ordinario contra la razón culta, al igual que la expresión «sueño visionario» [recordamos la frase de Jung, «confesión profusamente decorada de su inconsciente»] resume, de una vez por todas, lo que significa la filosofía para los que la ignoran.»63

Un campesino, a principios del siglo 19 , tenía algo que hablar con el pastor local. Cuando se acercó a la casa parroquial, otro campesino salía de ella. El recién llegado, queriendo saber si iba a molestar al pastor en algún trabajo importante, preguntó «¿Qué está haciendo el pastor?» La respuesta fue: «Oh, nada en absoluto, está sentado en su escritorio escribiendo».

Desde el punto de vista del campesino, sólo el trabajo manual se considera trabajo. Escribir y pensar no es trabajar en absoluto.64 Del mismo modo, para Jung sólo las «ideas bellas» como las de «una galería de cuadros» cuentan como si tuvieran vida; sólo las ideas cosmológicas o weltanschauliche inmediatamente accesibles en su positividad, tal como las presentó en su Libro Rojo, o la Ergriffenheit emocional (estar agarrado), que ofreció como la única buena alternativa al «pensamiento abstracto» rechazado en la última cita de su carta a Albert Jung. Por el contrario, el pensamiento genuinamente filosófico (como, por cierto, también lo encontramos en muchos de los textos de Meister Eckhart, que no era un mero «místico», sino un verdadero pensador del pensamiento altamente abstracto, pero vivoj65 ) está muerto; pero, tenemos que darnos cuenta, está muerto sólo porque decepciona fundamentalmente la expectativa ingenua de que debería revelar su vida inmediatamente al consumidor pasivo y porque Jung no se toma la molestia de entrar él mismo en los pensamientos, de entregarse seriamente a ellos. Se mantiene comprometido con la exterioridad. Sigue siendo el espectador inocente, que juzga en base a la apariencia exterior y al atractivo subjetivamente sentido de los contenidos del pensamiento.

El error de Jung es que interpreta su antipatía subjetiva («me dejó frío», «me desanimó», «desconfianza sin reservas») como el defecto objetivo de la filosofía. En lugar de decir: «No soy la persona adecuada para el pensamiento filosófico, no estoy dispuesto ni soy capaz de pensar (en el sentido pleno y filosófico de la palabra)», dijo que el pensamiento filosófico es más inerte que un desierto de arena.

Si para este punto de vista el pensamiento propiamente dicho tiene -supuestamente- el alma fuera de y frente a sí mismo y si este esquema psicológico funciona así con una disociación (el o bien de la imagen frente al intelecto racional), resulta comprensible que lo que se consideraba necesario era una «resucitación de las imágenes», y «un retorno al alma» y «una inversión del proceso histórico dominante que había despotenciado las imágenes y reducido el alma al espíritu intelectual racional». Pero todos estos movimientos son el reflejo de la escisión fundamental entre la imagen (y, asimismo, la experiencia inmediata) como lo que es exclusivamente anímico, por un lado, y el trabajo del pensamiento vivo que implica que el sujeto como tal tenga que responsabilizarse de los pensamientos, por otro. Aquí la vida del alma no es omnipresente, rodeándonos por todos lados. Sólo está presente en una parte particular de toda la fenomenología real (por ejemplo, las imágenes míticas), mientras que la otra parte tiene que ser despreciada.

La disociación se expresa claramente en nuestro pasaje por la oposición entre «forzar algo por los trucos de la lógica» frente a «una cuestión de experiencia». ¿Como si Santo Tomás (o cualquiera de los otros grandes escolásticos) hubiera necesitado sich anbeweisen una creencia? Ridículo. ¡Como si no hubieran estado siempre firmemente parados en su creencia y como si la creencia cristiana no hubiera sido el principio completamente natural, autoevidente y omnipresente, el suelo y el horizonte para el hombre medieval! Incluso mucho más tarde, mientras prevaleció la metafísica en el sentido de una prima philosophia, la creencia en Dios fue la verdad objetiva generalmente prevaleciente dentro de la cual la gente vivía, del mismo modo que el organismo humano biológico vive dentro de la atmósfera terrestre. Jung habla como si para los escolásticos la creencia cristiana hubiera necesitado desesperadamente ser apoyada de forma secundaria contra una duda persistente, incluso ser «forzada» a la conciencia, que ipso facto habría tenido que ser una conciencia incrédula y resistente. Jung retrotrae aquí la situación del hombre moderno a la Edad Media. Es de suponer que lo que predominaba en el fondo de su mente era la imagen de las luchas de su propio padre para combatir sus dudas interiores (él «insistía en la fe ciega, que tenía que ganar por medio de la lucha y quería obligar a venir con esfuerzos contorsionados» MDR p. 73, trad. modif.).

Jung podría haber conocido la necesidad anímica totalmente diferente que inspiró el «intelectualismo aristotélico» de los escolásticos: a saber, la necesidad del alma de que la creencia que tiene, y de la que vive de todos modos, se vuelva también perfectamente iluminada e intelectualmente transparente para sí misma; la necesidad de adquirir un conocimiento verdadero sobre lo que implica toda esta creencia. Una creencia que fuera precisamente no sólo «inmediata», un hecho natural, un hecho bruto, fundamentalmente irracional y que simplemente se diera por sentado (como damos por sentado el aire que respiramos). Y tampoco una mera certeza comparable a la certeza instintiva de las bestias, o una resultante de una «experiencia inmediata» tan abrumadora e irracional como la de ser golpeado en la cabeza por un ladrillo que cae. Sino una creencia digna de los seres humanos en los que hay una mente, una mente que a su vez fue una chispa de la Inteligencia Divina. Fides quaerens intellectum, como dijo Anselm Jung, en el espíritu de San Agustín. Quae de Deo sive de eius creatura necessario credimus (lo que necesariamente creemos de Dios o de su creación) debe ser expuesto sola ratione (por la sola razón). Para el alma, «tener experiencias» no es, en sí mismo, nada, o a lo sumo sólo un magro comienzo.

Con respecto a la sentencia de Jung, «no creo, sé», podemos recordar lo que ya tuvimos que realizar más arriba: ser golpeado en la cabeza por un ladrillo es precisamente no saber. Este «saber» es, como su experiencia subjetiva, lógicamente inevitablemente su secreto privado, hecho que priva a este «saber» de su verdad (en el pleno sentido de la palabra), de su inconfesabilidad y compartibilidad. Pero el intellectum que hacía traslucir la fe común de los escolásticos era a priori, por definición, un intelecto y un entendimiento públicos y compartidos, aunque empíricamente pueda haber sido utilizado en una situación concreta sólo por un individuo en su soledad. El pensamiento (en la forma pensante), incluso el pensamiento de una mente empíricamente solitaria, necesariamente, es decir, lógicamente, tiene lugar en la esfera de la generalidad (porque apela a razones, se justifica a sí mismo [logon didonai] ante el tribunal superior [transpersonal] de la conciencia-como-tal). Así pues, lo que hicieron los escolásticos fue en realidad una verificación en toda regla, Wahrmachung, de lo que mientras estuvo en forma de fides era la verdad en una forma todavía inconsciente e implícita para sí misma. Concebir el conocimiento, como lo hizo Jung, como una experiencia inmediata (en su sentido) equivaldría a una perversión del concepto mismo de conocimiento, ¡incluso a un verdadero sacrificium intellectus! Y nunca quitaría el estigma de un secreto (lógicamente) absolutamente privado, y por tanto de su irracionalidad, a lo que se «conoce», aunque psíquicamente, empíricamente, se divulgara.

Es cierto, Jung ciertamente no anbeweisen literalmente una creencia, y mucho menos a través de argumentos lógicos. Sin embargo, su pensamiento sobre Dios sigue precisamente la misma lógica de algo que se le endilga a la conciencia de forma no natural. Fue él mismo quien hizo lo que acusó injustamente a los escolásticos cristianos, él que operó con una prueba, un argumento asesino -la única diferencia es que lo que en el caso de los escolásticos -al menos según su fantasía sobre ellos- había sido un proceso interno de la conciencia, una autorrelación (su forzamiento de una creencia sobre sí mismos a través de su propia argumentación lógica) en su caso se interpretó como una relación externa. La prueba de muerte vino sobre la conciencia desde fuera, sobre la conciencia como «víctima» absolutamente inocente, pasiva y también muda de la fuerza arrolladora de una «experiencia inmediata».66 Pero tanto si la prueba de muerte es producida por la propia conciencia como si, con la lógica de la exterioridad y la disociación, es vista como un Otro autónomo, la estructura de «anbeweisen» es en ambos casos la misma.

9. EXPERIENCIA INMEDIATA: EL APLASTAMIENTO DE LA «DUDA» Y LA SUBORDINACIÓN DEL SUJETO COMO SUJETO MUDO

La necesidad de esta insistencia en ser abrumado, de este momento de violencia, es una señal de que había algo que debía ser superado, alguna resistencia o duda. No se trataba, por supuesto, de una mera duda subjetiva y personal respecto a Dios, de una duda como acto o acontecimiento psíquico, sino más bien de una «duda» tal y como Jung la entendía en su pasaje sobre la misa católica y tal y como la he descrito más arriba: como la situación objetiva general del hombre moderno, como el carácter lógico imperante de la modernidad (su entrada en el estatus de la negatividad lógica), es decir, una «duda» en la que Jung, como hombre moderno, vivía inevitablemente, y no sólo una que tenía personalmente en su interior y que le roía.

La respuesta de Jung a la situación de duda absoluta fue la siguiente: esta duda fundamental tenía que ser simplemente aplastada, derribada por el golpe, y a priori, a saber, a través de la abrumadora experiencia interior inmediata.

Lo que dijo sobre los escolásticos, que son como personas que sólo sabían de oídas que los elefantes existían, pero que nunca habían visto uno,67 y que ahora trataban de demostrar con argumentos que sobre bases lógicas tales animales deben existir, se aplica mutatis mutandis a él también. Por supuesto, es cierto que no demostró nada sobre bases lógicas. No, pero la «experiencia inmediata» le sirvió de prueba. El punto aquí es que la experiencia inmediata no fue de ninguna manera, para permanecer dentro de la imagen de Jung, un encuentro directo con un elefante (su visión real de uno), sino simplemente un evento dentro de la subjetividad aislada de su psique privada, que no lo acercó a los elefantes reales «allá afuera» como lo hizo cualquier «fundamento lógico». No importa si se trata de un acontecimiento emocional (en el caso de Jung) o de fundamentos racionales (en el caso de la fantasía de los escolásticos de Jung): ambos se utilizan como argumentos de nocaut para compensar la falta de haber visto realmente elefantes. La filosofía, por el contrario, no tiene este problema. Al pensar un pensamiento (en contraste con el mero entretenimiento, imaginándolo como una idea), la conciencia está viendo real y directamente «el elefante», es decir, de qué trata ese pensamiento.

Todo el énfasis de Jung, en general, en la experiencia directa, en ser un empirista, y en los «hechos, nada más que hechos» tiene que ser visto, en última instancia, como disparado por su profunda necesidad psicológica de interpretar al sujeto como fundamentalmente mudo68 (sin mente) y como víctima absolutamente inocente, una víctima siendo abrumada por un Otro autónomo.69 No es una visión. No iluminación, comprensión.70 Ninguna implicación intrínseca y originaria del sujeto como forma pensante, de la mente consciente, es decir, ninguna cognición (ninguna relación cognitiva con la realidad, ninguna necesidad de una adaequatio rei et intellectus). Por tanto, tampoco hay responsabilidad primaria por parte del propio sujeto, no hay rendición de cuentas.71 Debemos recordar aquí la metáfora fundacional de Jung de la corriente de lava que irrumpe desde el inconsciente y anega despiadadamente la conciencia. Inmediatez, franqueza. «Revelación». «Naturaleza pura».

Lo que esto significa en verdad es que era la necesidad más profunda de Jung de dejar que la condición psicológica moderna del sujeto, la «duda» o la negatividad lógica como existe (usualmente llamada el ego moderno), sea simplemente aplastada, para que el hombre pueda una vez más ser capaz de decir con convicción: No creo, sé. La disociación absoluta era necesaria si se trataba de rescatar la idea de lo divino en las condiciones del mundo moderno, del hombre nacido. La única opción que Jung parece haber visto en la situación moderna era la de elegir entre la «duda» moderna o el «estar abrumado». Sólo la «fuerza bruta», por lo que debemos analizar la inferencia inconsciente de Jung, podría seguir otorgando credibilidad irrefutable a la idea de una realidad ontológica (por supuesto psicologizada) de Dios(es) o de poderes arquetípicos. Sin la irrefutabilidad, la realidad de Dios(es) estaría inmediatamente sujeta de nuevo a la propia «duda» a aplastar que era, después de todo, el motivo principal y el motor del proyecto de Jung.

Aquí, sin embargo, debo apresurarme a añadir que este aplastamiento de la mente moderna (y la eliminación radical de la inteligibilidad intrínseca de las experiencias, como ya se ha mencionado) no fue un avasallamiento psíquico -que habría dado lugar a la inflación o a la psicosis-. Fue exclusivamente un aplastamiento lógico, psicológico, un logro de una fuerza bruta lógica. Sucedió en la esfera de fondo de cómo las cosas fueron definidas e interpretadas (no en la esfera experiencial inmediata, la esfera de los eventos que le sucedieron y fueron notados por el ego). El de Jung es un irracionalismo lógico, al igual que lo es la disociación fundamental en su esquema entre el sujeto y su experiencia. En cambio, en lo psíquico (en lo empírico, en lo práctico, en lo vivencial), o, como también podríamos decir, en lo civil, conservó el pleno control sobre sus facultades intelectuales y siempre insistió precisamente en que debíamos sentir emocionalmente lo que contenían las imágenes experimentadas, en que debíamos comprenderlas intelectualmente y en que debíamos asumir la responsabilidad ética de nuestras experiencias desde el inconsciente.

Pero el sentimiento, la comprensión y la respuesta ética que tenía en mente debían ser unos que (1) sólo podían venir después del hecho como una reflexión o reacción externa y, por la misma razón, (2) ocurrían a este lado de la insuperable barrera lógica entre «el ego y el inconsciente», es decir, del lado de la conciencia o del ego, mientras que lo que la conciencia tenía que comprender estaba lógicamente situado de manera irrevocable allá, del otro lado, es decir, en lo que se define a priori como los «arquetipos o imágenes arquetípicas del inconsciente colectivo «irrevocablemente inconscientes.» La comprensión intelectual y la implicación ética, que llegan esencialmente a posteriori y se suponen actos psíquicos, no pueden alcanzar ese nivel en el que se sitúa el problema psicológico. No pueden deshacer o curar esa disociación que la propia teoría de la psicología había establecido como premisa o axioma. Pero también debían permanecer externos a la «materia» de la experiencia del lado del inconsciente porque sólo así se podía garantizar que estarían protegidos de la posibilidad de ser infectados por la condición moderna, su «duda», el estatuto lógico de la negatividad absoluta.

(La Psicología Arquetípica heredó la misma necesidad de mantenerse en la esfera de la positividad de los contenidos semánticos sin ser tocada por la «duda», es decir, por la negatividad lógica. Pero no tenía que pasar por los movimientos lógicos que Jung había necesitado hacer [su desarrollo de su «secreto» y su insistencia en la violencia lógica del argumento de noqueo de la experiencia primordial abrumadora y del empirismo en general]. Podía simplemente apoyarse en la lógica del resultado que Jung había luchado por alcanzar a través de sus movimientos, en el terreno lógico preparado por Jung, y pasar de ahí a su esquema, ahora mucho más ligero, de flotación libre y estetizante, de «lo imaginal». Una sublimación, sin duda, pero en absoluto alquímica. La psicología arquetípica protege mucho más sus imágenes de ser objeto de un proceso alquímico de corrupción fermentativa. Su intemporalidad es un índice claro del blindaje fundamental de «lo imaginal». El hecho de que la psicología imaginal sea una empresa mucho más ligera que la de Jung se debe principalmente a que ha renunciado por completo al criterio de verdad, que para Jung seguía siendo esencial,72 y lo ha cambiado por la autosuficiencia estética de las imágenes, su brillo de «belleza». Después de todo, a Jung le preocupaba «ver realmente un elefante real ahí fuera». La verdad seguía siendo indispensable. Recordemos su afirmación: «Debo tener una situación en la que esa cosa vuelva a ser verdadera»).

El ejemplo paradigmático a gran escala de esta disociación radical entre la experiencia primordial primero y el procesamiento intelectual secundario después es, por supuesto, la propia autointerpretación de Jung: primero se produjo, de forma completamente irracional, la «corriente de lava», y sólo más tarde produjo sus obras científicas, que «son el esfuerzo más o menos exitoso de incorporar esta materia incandescente a la visión del mundo de mi tiempo». «Toda mi actividad posterior consistió en elaborar lo que durante esos años había irrumpido del inconsciente y que al principio me anegaba» (MDR p. 199, trad. modif.). Este desdoblamiento temporal es la condición previa (o, si se quiere, a la inversa: el resultado de la necesidad) de la intemporalidad de los arquetipos y de «lo imaginal» y de su presencia y relevancia inmediatas para los humanos de todas las épocas («El arquetipo no tiene edad y está siempre presente», Letters 2, p. 394, a Trinick, 15 de octubre de 1957). Y es el reflejo en el tiempo y en el proceso real de la escisión teórico-estructural en la psique o personalidad entre «el inconsciente» y la conciencia (o «el ego»).

Y esta lógica disociativa que prevalece en el esquema de Jung es la razón por la que el sentimiento, la comprensión y la respuesta ética del individuo a las experiencias del inconsciente están en el pensamiento de Jung (como podemos decir con las propias palabras de Jung dirigidas a otros) «encargados de la tarea de realizar lo que no puede hacerse por medios honestos«. «Deshonestidad» en este contexto, es decir, deshonestidad psicológica, significa que el individuo tiene la tarea de realizar lo que la lógica de la materia objetiva de la experiencia misma, así como la lógica de la psicología en general, excluyen a priori. El individuo tiene la tarea de ponerse, en la intimidad de su interior, en la postura de mirar hacia arriba (este es el trabajo del análisis y del proceso de individuación) cuando en verdad el hombre moderno está lógicamente ya irremediablemente en el estatus de hombre nacido. El sentimiento, la comprensión y la respuesta ética de la persona individual tienen que suministrar esa vida, ese sentido y esa validez vinculante que la imagen experimentada no tiene por sí misma (porque, como sabemos, «la duda la ha matado»). «Deshonestidad» significa, de manera más general, que la semántica (así como los objetivos y esfuerzos empírico-prácticos en el proceso terapéutico) son contradictorios, y por lo tanto lógicamente socavados, por su propia sintaxis o lógica (que es un reflejo de la lógica generalmente prevaleciente en el momento). Significa que los actos psíquicos subjetivos se supone que logran lo que en principio es negado por las premisas psicológicas objetivas. Se trata de un caso de disociación, en el que una mano ha refutado a priori, y sigue refutando, lo que la otra trata de conseguir.73

«Por medios honestos» implicaría, por el contrario, que el contenido semántico de la experiencia sería capaz de hablar por sí mismo, que se limitaría a ejemplificar, retratar y realizar en la actualidad lo que ya está, de forma más general y por principio, esbozado en la «sintaxis» imperante.74 El trabajo fundamental de autentificación lo haría la lógica o sintaxis. El contenido sería la manifestación explícita de la verdad imperante. El comportamiento empírico-práctico de la conciencia individual se vería así liberado de la carga de tener que establecer por sí mismo la validez fundamental (estructural75) y el cumplimiento del significado del contenido. La conciencia se sabría apoyada a priori y plenamente respaldada. La deshonestidad invierte esta relación y, por lo tanto, equivale a una vida psicológica a crédito, sin esperanza de poder devolver las deudas acumuladas. Pero la deshonestidad es inevitable si la verdad de la condición moderna es la negatividad lógica mientras que la conciencia insiste (en el ámbito de las cuestiones esenciales) en la positividad del sentido y del conocimiento.76

Asimismo, el proceso de individuación psíquica, empírica, tenía en el esquema de Jung la tarea de lograr la coniunctio oppositorum que estaba excluida de la lógica de su teoría psicológica. Esta disociación (diferencia insalvable) tiene la forma de un aplazamiento, o différance, hacia el futuro. Es el mismo tipo de lógica que prevalece en la «intencionalidad» de la conciencia en la fenomenología husserliana, donde cada noesis (acto intencional) no puede nunca ponerse al día consigo mismo. Por supuesto, toda la relación entre esta noesis particular y su noema puede convertirse a su vez en el objeto o noema de un nuevo acto intencional, pero esta nueva noesis de meta-nivel está entonces, por principio, divorciada de sí misma, y así ad infinitum. La única diferencia (en este sentido) entre la fenomenología de Husserl y la idea de Jung sobre el proceso de individuación es que en la fenomenología la diferencia insalvable se revela y discute explícitamente, mientras que Jung disfraza la misma diferencia que prevalece en su esquema, enviándonos, por así decirlo, a una búsqueda inútil, como si la coniunctio oppositorum y la «individuación» en su sentido fueran una opción real.77

Si el irracionalismo de Jung, como he señalado, es «sólo» lógico y no empírico o semántico, vemos que su teoría, que en sí misma, en su apariencia semántica, está totalmente comprometida con los contenidos semánticos y rechaza el nivel de la forma sintáctica o denkerische Form, opera, sin embargo, en el nivel de la forma lógica, y como teoría moderna, por supuesto, inevitablemente. El hecho de que Jung embute la vida del alma en el nivel semántico de las imágenes experimentadas y en «el inconsciente» no es en sí mismo un acto en el nivel semántico, sino un acto sintáctico. La psicología comprometida con la «experiencia inmediata» no se basa en sí misma ni es expresiva de la «experiencia inmediata». Los escolásticos y todos los filósofos (incluido Hegel, por supuesto) realizan sus operaciones lógicas a la intemperie. La psicología del inconsciente y de la experiencia directa empuja sus operaciones lógicas fuera de sí en su fondo invisible, manteniéndose inconsciente sobre ellas (¡por eso se denomina con razón «psicología del inconsciente» [genitivus subjectivus]!).

A veces, aunque bastante bien camuflado, Jung recurría incluso de una manera más visible a los «fundamentos lógicos», a los tan despreciados «sofismas intelectuales», a saber, haciendo un uso equívoco de la palabra «experiencia», dando a entender su «experiencia inmediata» (en el sentido de un acontecimiento interior y subjetivo, una «visión» o fantasía) como si se tratara de la experiencia directa de elefantes reales. «En consecuencia, cuando digo como psicólogo que Dios es un arquetipo, me refiero con ello al «tipo» en el alma, palabra que, como sabemos, deriva de TOnoç = «golpe» o «huella». La mera palabra ‘arquetipo’ presupone un impresor» (CW 12 § 15, trad. modif.) Sabemos de sus contorsiones mentales respecto a la relación entre la imagen de Dios en la psique y el Dios real (por ejemplo, en el mismo párrafo). Ya el niño Jung había extraído, mediante una deducción lógica (implícita), de su pensamiento de la «catedral de Basilea» un «¿Quién?», la mistificación de un agente «real», pero oculto, como originador externo de su pensamiento y detrás de él («Pero ¿quién quiere que lo haga? ¿Quién quiere obligarme a pensar algo que no sé ni quiero saber?». MDR p. 37).

En su decisión categórica de responder a la situación moderna y a su «duda» fundamental respecto a la cuestión religiosa con su argumento fulminante de la «experiencia inmediata» tenemos la raíz más profunda no sólo de su rechazo del pensamiento filosófico, sino también de su complejo de Hegel. Habiendo abrazado la duda y habiéndola integrado en su propio pensamiento convirtiéndola en el spiritus rector de su propio método, Hegel había hecho, por un lado, lo que, sobre la base de cómo Jung interpretaba todo su proyecto, estaba absolutamente prohibido, pero, por otro lado y al mismo tiempo, «Hegel» amenazaba, si se le quería tomar en serio, con sostener el espejo ante Jung, recordándole la trampa y la violencia que subyacen a su solución (la de Jung). En el fondo debía haber en Jung un profundo malestar e incertidumbre, si no sentimiento de culpa, por la «certeza» de ladrillo que había creado en sí mismo (y mantenido absolutamente oculta como su «secreto»78) al haber aplastado la «duda que lo ha matado» cuando quiso aparecer por primera vez en su conciencia en el episodio de la catedral de Basilea y después cuando fue la experiencia impresionante y duradera del tormento interior de su padre. Debió de haber un malestar fundamental, porque tal «duda» no desaparece realmente al ser aplastada. Y aplastar el carácter mismo de la modernidad no es, por supuesto, una solución real para el Seelenproblem del hombre moderno. La «experiencia inmediata» no le lleva a ninguna parte en el ámbito de las cuestiones esenciales, salvo a las «bellas imágenes como en una pinacoteca»,79 a la falsedad de las ideologías,80 y a las emociones infladas de «numinosidad».81

Pero si Hegel no era ni un verdadero filósofo, ni un verdadero psicólogo,82 y su lenguaje no era más que arrogante y pomposo, entonces «Hegel», como recordatorio externo de certeza para Jung del acto de haber aplastado el estatus lógico de la modernidad, también fue aplastado de una vez por todas. La amenaza que la «forma pensante» suponía para el proyecto de Jung y, más estrechamente, la amenaza que el pensamiento dialéctico de Hegel83 suponía para el principio irrenunciable de Jung de una disociación fundamental entre la experiencia (arquetípica) y el sujeto que experimenta, así como entre la semántica y la sintaxis, fueron eliminadas. Lo único que quedó en última instancia fue el secreto de Jung, su secreto absolutamente incomunicable que se ocultaba, por ejemplo, tras su tardía afirmación verbal: «No creo, sé». Al mismo tiempo, se salvaron la inmediatez, la inocencia lógica, la exterioridad y la exclusividad del ámbito semántico, que en conjunto constituyen la simulación (¡no un retorno a!, ¡no un renacimiento o resucitación!) en la modernidad del Ancien Régime lógico.

10. AUTOCASTRACIÓN AD MAJOREM DEI GLORIAM. HABEMUS PAPAM DE JUNG

Con la última frase ya hemos pasado de nuestro análisis más causal-reductivo al aspecto final-prospectivo verdaderamente psicológico de la postura empirista de Jung, que le hizo tener que rechazar a Hegel a ojos vista. La necesidad de aplastar (y por tanto deshacerse) de la «duda» moderna es sólo el aspecto negativo, defensivo. Hay también un aspecto constructivo o productivo, un deseo de establecer y celebrar algo. Se quería establecer algo como absolutamente incuestionable, radicalmente fuera, por encima o antes de la historia cultural y del proceso histórico, de la conciencia y del logos, de la mente humana, algo fundamentalmente pre… y absolutamente privilegiado: primordial. Exento del pensamiento humano, de ser un resultado de las reflexiones, un producto de la cultura. Algo verdaderamente intacto y puro, un Otro irreductible y vis-à-vis de la conciencia. Algo que está «detrás» de lo que ocurre en la vida. Un origen puro.

En la psicología de Jung, así como en la psicología arquetípica, esta naturaleza absolutamente pura y pre… aparece bajo diversas formas. Jung afirmó una y otra vez explícitamente que lo que proviene del inconsciente es «naturaleza pura», no adulterada por ningún procesamiento humano. Están los arquetipos como conciencia atemporal omnipresente – dominantes externos de la conciencia. Existe la idea de la Urerfahrung. Jung contempla la idea de algo «extramundano» con lo que debemos relacionarnos. Está su concepto de numinosidad. La Psicología Arquetípica se define explícitamente como una «psicología con dioses». El empirismo y el inmediatismo de Jung reaparecen en ella (en forma alterada, mucho más sutil) bajo las etiquetas de «imagen-sentido», «certeza-animal» y aisthesis. Refinado como está frente a la aplastante Urerfahrung de Jung, el esteticismo de Hillman procede igualmente de la suposición de una experiencia absolutamente «directa», lo que también se manifiesta en su sentido decididamente antihistórico y aislante de la «individualidad». Habla de las «voces» interiores que hay que escuchar, de los «rostros» que nos miran desde el interior de los fenómenos y de los «poderes» por los que somos vividos. Cree en algo «pre-lógico», «pre-dialéctico». También para él, los dioses y los mitos son eternos, fundamentalmente por encima del tiempo histórico. Tiene en su esquema el «anima» así como el «anima mundi» como un puro Otro frente a nuestra racionalidad totalmente «desalmada» y al mundo moderno «desalmado».

Todo esto se reduce a una insistencia en la lógica de una relación lineal y un orden jerárquico. Dios, los dioses, los poderes como dominantes mandan, el sujeto como «pez mudo» recibe. Las «voces» hablan, nosotros escuchamos. El alma pura y el mundo real degenerado. Las revelaciones del inconsciente y la conciencia puramente receptiva. Es el orden lineal y jerárquico tal y como lo conocemos por la estructura lógica de la religión y la metafísica, la relación entre lo absoluto (en un sentido metafísico, bellamente reflejado políticamente en la monarquía absolutista) y lo relativo, entre la sustancia metafísica y lo contingente, accidental -el Ancien Régime psicológico.

Lo que, por el contrario, la «duda» que Jung experimentó tan vivamente, tanto biográfica como culturalmente, «mató» no es otra cosa que este sentido de cualquier Pre-…, Ur-…, arche-…, An-sich, cualquier cosa absolutamente privilegiada y primordial, cualquier Inmediato, cualquier sustancia absoluta, cualquier cosa exenta de la productividad cultural humana y por encima del tiempo histórico. Es este mismo sentido de linealidad y jerarquía. La «duda que lo ha matado» ha arrancado el suelo bajo esta estructura de pensamiento, ha destruido la condición previa para esta proyección de una propiedad de la mente hacia fuera, para establecerla como existente fuera y antes de ella. Pero el logro y el don de esta destrucción producida por la «duda» es que forzó y permitió que la relación del hombre con el mundo se volviera urobórica. No hay otro extramundano para la mente moderna. Esta proyección ha sido vista a través. Interioridad absoluta. La mente sabe que todo lo que experimenta, puede ser empíricamente lo más inesperado y sorprendente posible, no es nada verdaderamente primordial. En lo que experimenta, la mente sólo se encuentra con (aspectos de ) ella misma. La experiencia ocurre dentro de la autorrelación y el autoconocimiento urobórico de la mente. Estamos totalmente, por todos lados, rodeados de alma. Ningún Otro fundamental. Nada verdaderamente externo. Lo que encontramos no es «naturaleza», sino siempre ya «cultura».84 Los arquetipos en particular y todo lo que viene «del inconsciente» son bienes culturales hundidos, sedimentados (en contraste con lo que descubren las ciencias modernas, que equivale a desarrollos verdaderamente nuevos de la autocomprensión de la mente, la autorreflexión en la forma en que la física, la química y la fisiología obligan a la mente a comprender el mundo).

Así que también podríamos decir que a lo que se reduce realmente el aplastamiento de la «duda» es a la traslación ideológica de la historia (la cultura, la mente humana) a la naturaleza (donde «naturaleza» significa algo pre-dado y externo a la mente). Es ideológica porque las condiciones previas (y, por tanto, la justificación) para tal proyección (o extrayendo) de la mente y la historia al estatus de un «A priori» absoluto han sido de hecho destruidas. Tanto en la época del mito como más tarde en la época de la religión y la metafísica en el sentido de una prima philosophia, era perfectamente legítimo ver el mundo y la existencia humana en términos de un orden mundial jerárquico con una base metafísica firme y un Creador extramundano y extratemporal del mundo y sustentador del mismo. Esta percepción de los contenidos propios del alma o, mejor dicho, de las funciones «ahí fuera» en el cosmos como entidades y seres, como poderes divinos y como «sustancia» metafísica, era psicológicamente completamente apropiada y estaba plenamente respaldada por el estatus que entonces alcanzaba la conciencia y el modo real de ser del hombre en el mundo. Pero una vez que la conciencia ha vuelto a sí misma, una vez que ha visto objetivamente a través de lo que antes se había experimentado como poderes cósmicos, fuerzas divinas y seres ontológicos son el resultado de sus objetivaciones de sus propias estructuras de pensamiento extraídas de la mente, una vez, es decir, la «duda» ha imposibilitado toda percepción de este tipo, entonces el aferramiento personal a la idea de un orden jerárquico, de un vis-à-vis lineal de la conciencia como receptor pasivo y del alma como naturaleza pura y otro fundamental, y la creencia en la inmediatez de la Urerfahrung o de la imagen-sentido, es inevitablemente ideológica. La ideología es la entrega contrafáctica de los deseos subjetivos como realidad objetiva. Es una hipóstasis estructuralmente metafísica que postula como realmente existente lo que en verdad sólo se echa de menos. Es la sustanciación y objetivación de las funciones subjetivas. Mitificación, «fetichismo».

Está claro que la negativa a informarse y obedecer a la «duda» ya experimentada como la nueva verdad de nuestra situación es -aparentemente paradójica- una traición fundamental al alma, paradójicamente porque esta negativa se presenta precisamente como su contrario, como una intención programática explícita (y por supuesto subjetivamente honesta) de promover la causa del alma, del ánima, del ánima mundi: de reencantar el mundo y de encontrarse verdaderamente a sí mismo. Es una violación de la conciencia objetivamente ya alcanzada de la interioridad urobórica del alma.

La motivación más profunda era de naturaleza genuinamente religiosa. Pues, como se ha dicho, el aplastamiento del estatus moderno de la conciencia que se había alcanzado negativamente en virtud de la «duda que lo ha matado», el aplastamiento que convertía al sujeto humano en un «pez mudo», tiene que ser visto como un sacrificium intellectus, una noción a la que ahora, sin embargo, de otra manera que antes, tenemos que dar su verdadero sentido y profundidad religiosos. Fue un sacrificio ad majorem dei gloriam, por poder seguir en una postura de mirar hacia arriba, hacia algo numinoso y absoluto, en definitiva por tener algo que adorar, tener una semántica. Era una autocastración estructuralmente análoga a la autocastración de los galli en la Antigüedad, jóvenes que en un éxtasis se castraban para honrar a Cibeles, la Gran Diosa Madre frigia, siguiendo el modelo de Atis, su hijo y consorte, pero diferente de esa autocastración en tres puntos.

En primer lugar, mientras que la autocastración de los galos sólo servía, y una vez más celebraba y renovaba, la gloria de una diosa ya existente, una diosa plenamente respaldada por la sintaxis interna de la imagen semántica de ella, la autocastración psicológica moderna servía al propósito de un establecimiento «primario» de una relación de lo humano con unas fuerzas superiores, divinas, en las condiciones reales de la «duda» y del «hombre nacido», es decir, cuando ya no hay ninguna autorización de la idea semántica de las fuerzas divinas por su propia sintaxis intrínseca. La autocastración era el medio, y el precio indispensable que había que pagar, para la posibilidad de mantener el orden «metafísico» jerárquico en primer lugar en una época en la que ha quedado obsoleto. Sólo a través de esta autocastración se creó la posibilidad de seguir estando en posesión de una «verdad» semántica, en posesión de un sentido de lo eterno y divino, de «lo sagrado» y «lo numinoso», de «poderes» y «voces» que merecen nuestros «actos de humildad y sumisión a sus indicaciones». Sólo el autosacrificio del sujeto como inteligencia (que en la tradición junguiana ES en sí mismo el verdadero acto de humildad y sumisión, el único factible) estableció el triunfo que consiste en la postura de una psicología con un Yo como imagen de Dios en el alma o de la postura de una psicología «con Dioses». La experiencia inmediata ES, metafóricamente hablando, la versión objetivada de Jung de la Annuntio vobis gaudium magnum: habemus Papam.85

La autocastración (lógica) produjo, es decir, fue la producción por primera vez de la sensación (empírica) de algo absolutamente abrumador. No hubo primero algo como la Diosa Madre frigia o, mucho más tarde, el Dios trinitario cristiano como realidad culturalmente autorizada y verdaderamente experimentada86 que exigía de nosotros nuestra humildad y sumisión. El auto-sacrificio no era una respuesta a una experiencia de algo prepotente. Era al revés. En la situación moderna en la que se encontraba la psicología junguiana y en la que «la duda la ha matado», la postura estratégica87 de humilde sumisión y autocastración era lo primero; era el método para otorgar a priori a las imágenes oníricas ordinarias o a las experiencias de fantasía la aureola y la mística numinosa de las insinuaciones del más allá, de las voces y los poderes. «La numinosidad» en la psicología junguiana es resultado y producto de una fabricación (lógica). La urerfahrung es una construcción: la reinterpretación sistemática de las experiencias (reales) como primordiales y como revelaciones directas de algún significado «superior» y sobrecogedor. La virginidad inocente de lo directo y lo imaginario asignado a los fenómenos, que encuentra su fundamento en la idea de lo imaginal con su atemporalidad, es el resultado de una abstracción.

En segundo lugar, el sacrificio del intelecto difiere de la autocastración en el contexto de la Gran Madre frigia en que es lo que Erich Neumann llamó una «castración superior» en lugar de una «inferior» o literal.

Y en tercer lugar, difiere en que no tomó la forma de un comportamiento ritual literal en la realidad práctica, sino que ocurrió ya en los recovecos ocultos de la mente, como una forma lógica general, una interpretación puramente epistémica o científico-metodológica de las cosas en el nivel sintáctico. Por eso se mostró (¡más bien se disfrazó!) como el empirismo de Jung en la psicología, cuyo aspecto y significado religioso intrínseco sólo se manifiesta indirectamente en el afecto casi fanático con el que tuvo que defender la afirmación de que era un empirista contra tantas pruebas en contra. Es un sacrificio ya fundamentalmente sublimado, un acto religioso fundamentalmente sublimado, un sacrificio como forma general de ver los acontecimientos.

Esto tiene de nuevo dos aspectos. El primero ya lo tocamos arriba cuando tuvimos que darnos cuenta de que el aplastamiento de la mente moderna por parte de Jung significaba un irracionalismo lógico, no psíquico o empírico. Jung, y lo mismo puede decirse de Hillman, no se recortó literalmente el intelecto. Su sacrificium intellectus fue un sacrificio lógico, no literal, no empírico-práctico. Lo que antaño había sido un acto cultual o ritual, en su caso se ha evaporado «alquímicamente» y, por lo tanto, ha retrocedido a la sintaxis oculta de la psicología. El hecho de que la autocastración se haya producido en la forma fundamentalmente destilada de una sintaxis general nos dice que se trata de un sacrificio no de un objeto, un órgano del cuerpo como en el caso de los galli, o, en el caso de Jung, de una facultad humana literal, a saber, el intelecto o la capacidad de razonar del ser humano. Se trata más bien de un sacrificio de la estructura o lógica urobórica, autorreflexiva y dialéctica de la conciencia lograda en la modernidad, la interioridad autocontenida de la mente que objetivamente ya se había realizado. Si iba a haber la deseada oposición lineal no dialéctica (vis-à-vis) del ego y el inconsciente, el ego y el Ser, la conciencia y la abrumadora experiencia primordial (o, en el caso de Hillman, nuestra vis-à-vis directa con las «voces» o imágenes en su sentido de aisthesis = la postura de la inmediatez) entonces, como cuestión de rutina, la estructura urobórica autorrelacional de la conciencia tenía que ser eliminada.

El aplastamiento de la «duda» moderna88 ES la perdición del uroboros como nueva forma lógica de la conciencia. Lo es porque esta «duda» es, expresada negativamente, el socavamiento de la firme creencia en la exterioridad lógica y en la existencia objetiva independiente de lo que se experimenta, y, expresada positivamente, la primera inmediatez de la autoconciencia del sujeto como elemento indispensable en la producción de la experiencia: Es la conciencia de que es el propio sujeto (la mente humana) el que ha producido -quizás en gran medida inconscientemente- lo que recibe conscientemente a través de su experiencia, producido incluso aquellas experiencias por las que puede verse abrumado. No existe el Otro como autor misterioso.

Hasta aquí el primer aspecto. El segundo aspecto es que la religiosidad del sacrificio ha sido en sí misma semánticamente negada y agotada por completo. Se trata de un sacrificio religioso en ese nivel histórico de conciencia para el que la religión ya se ha sublimado in toto, lo que significa que allí donde se aferra se ha convertido lógica pero involuntariamente en una religión nihilista: una religión de la nada. En la psicología junguiana ya no hay una deidad específica a la que rendir culto o un credo específico, ni una práctica de culto concreta, ni un «sentido de la vida» particular, de hecho no hay ningún contenido semántico concreto. Ya no importa realmente qué nombre utilicemos, si Dios, o el Yo, la imagen de dios en el alma, o los «arquetipos», o incluso de forma totalmente abstracta «el inconsciente» -o, lo que es aún más sorprendente, los nombres clínicos meramente científicos de los síntomas, como «obsesión» o «fobia», porque según Jung también ellos no pueden sino confirmar la estructura general del «servicio religioso». Pero eso es precisamente, aunque no se admita, lo único que sigue contando realmente: a saber, que la estructura lógica abstracta se mantiene de una relación lineal con algo abrumador (no importa qué), con algo que se venera sin palabras como «arquetípico», «numinoso», «sagrado»: la forma vacía de la religión, la postura metodológica generalizada de la mirada hacia arriba, la lógica de la «humildad y la sumisión», el «Eso» en blanco del significado superior.

«El mandala es el centro», dijo Jung, aconsejando circunvalar el centro. «Después, todo apunta al centro» (MDR p. 196 s.). Pero Jung nunca pudo demostrar tal centro, y nunca dijo qué es este centro postulado, qué o quién está en el centro. Cuando intentó describir positivamente el centro no pudo hacer más que utilizar tales Leerbegriffe (conceptos vacíos) como «totalidad» o «el yo». Dibujar mandalas, circunvalar «el centro», esforzarse por la «totalidad», malgré lui traicionan el nihilismo oculto de Jung: una práctica de dar vueltas alrededor de la nada, una palabra vacía, una mera sugerencia de algo. Los israelitas que danzaban alrededor del Becerro de Oro tenían realmente un centro realizado. Había realmente un Becerro de Oro que constituía un verdadero centro y hacía que la circunvalación en torno a él valiera la pena y fuera auténtica. Y el hecho de que hubieran sido capaces de crear esta imagen del Becerro de Oro en primer lugar estaba plenamente respaldado por su psicología o la lógica de su modo de ser-en-el-mundo. ¿Pero hoy?89 La circunvalación ociosa del ego tiene la función de tener que evocar la esperanza ilusoria de que donde hay un movimiento circular seguramente debe haber también un centro. La circunvalación en sí misma se ha convertido en algo puramente funcional.

Con grandes palabras de poder como «totalidad» y «yo» e «individuación», Jung postula algo como positivamente existente que en sí mismo no tiene contenido y no puede ser documentado: de esta manera él inadvertidamente (1) adora (2) la Nada. Ahí radica el nihilismo secreto del proyecto de Jung. ¿Qué es la «totalidad» sino la hipostatización de una abstracción totalmente formalista? Todo el discurso de los mitos, de los dioses, de lo imaginal se reduce a la posesión de una semántica que, sin embargo, es en sí misma hueca, el mero marcador de posición de una.90 El estadio cero de una semántica. Todo esto sigue la lógica expresada en la intuición de Nietzsche citada anteriormente, «más bien el Hombre está dispuesto a querer la nada que a no querer».

Todo lo que procede del inconsciente colectivo se considera (al menos en última instancia) religioso en este sentido abstracto, sublimado y vaciado. La propia palabra religio no significa para Jung, en última instancia, más que la «observación atenta» de nuestros sueños y fantasías espontáneas. «¿Qué es el gran Sueño? Consiste en los muchos sueños pequeños y en los muchos actos de humildad y sumisión a sus indicios» (Letters 2, p. 591, a Read, 2 de septiembre de 1960). Imágenes concretas como las que se producen en nuestros sueños y visiones sirven meramente como catalizador o como material de práctica por medio del cual se puede realizar siempre de nuevo el acto funcional de la abnegación, que a su vez sirve para erigir la estructura de la mirada hacia arriba, el sentido de que uno posee (no algo [lógicamente] positivo a lo que mirar, un Becerro de Oro real, una Verdad real, un Dios real, sino meramente) la idea vacía de algo positivo.

Mientras que el propio Jung creía que su empirismo era la misma postura metodológica verdaderamente científica que la que prevalece en la ciencia moderna,91 y mientras que no fue realmente capaz de ver a través del hecho de que era para él mucho más bien un sinónimo de la religión en este sentido diluido (religio, observación cuidadosa de los «hechos» puros), la Psicología Arquetípica está más allá de ese empirismo literal. Sin embargo, conservó precisamente la estructura básica lograda mediante el sacrificium intellectus en el sentido religioso, la estructura de la mirada hacia arriba. La sublación fundamental de su religión, y el nihilismo inherente a su postura, se hacen más evidentes en su «politeísmo» psicológico, por un lado, lo que en última instancia significa que religiosamente «todo vale», y, por supuesto, en la reducción de «los dioses» a metáforas, por otro lado. De nuevo, es la forma vacía de «religión», la actitud religiosa metodológica como tal, una especie de l’art pour l’art, sin ningún compromiso real. Y porque de alguna manera lo sabe, no se llama a sí misma religión y ha roto con la «teología» más explícita de Jung (o, como yo preferiría decir, su «teosofía»), llamándose en su lugar psicología imaginal, pero no obstante una psicología «con dioses», una «psicología politeísta». Y en la medida en que no se toma a sí misma literalmente, sino que tiene una relación irónica y lúdica consigo misma, así como con sus Dioses como meras «metáforas», este carácter lúdico es, sin embargo, en sí mismo mortalmente serio. Semánticamente los Dioses no son más que metáforas (no objetos de creencia y culto), pero psicológicamente o sintácticamente la actitud religiosa sobrevive.

La lógica del dictum tan fuertemente respaldado por Jung, Vocatus atque non vocatus deus aderit, se muestra verdadera también aquí, es decir, en el momento post mortem dei, para usar la feliz frase de Greg Mogenson.92 La psicología junguiana no puede ofrecernos un dios o un sentido, sino sólo la posición irrevocablemente vacía de uno, o el esfuerzo por principio insatisfactorio de uno, la circumambulatio alrededor de un centro que por definición tiene que permanecer vacío.93 No establece una sustancia en el sentido metafísico literal, pero ciertamente proporciona el vago sentido de una. No obtenemos positividades plenas, pero sí la forma vacía de la positividad; no hay semántica cumplida, pero sí la forma vacía de la semántica. Este carácter de forma vacía es un homenaje a la modernidad, a la negatividad absoluta inherente a la «duda que lo ha matado» o, lo que es lo mismo expresado desde el punto de vista de la otra cara de la moneda, al estatuto urobórico de la conciencia. Vocatus atque non vocatus: no se puede escapar de la «duda», de la negatividad absoluta, aunque se la aplaste, se aplaste la mente subjetiva, para simular la situación del Otro fundamental. La negatividad, una vez que pasa a ser el estado lógico real del alma, te atrapa de una manera u otra. Así pues, a pesar de que el sacrificium intellectus que encontramos en Jung es un sacrificio de profundidad y significación verdaderamente religiosas ad majorem dei gloriam, lo que en última instancia pretende conseguir se ha reducido fundamental e involuntariamente, evaporándose «alquímicamente», a la forma sintáctica (secundariamente semantizada) de los contenidos semánticos (y a la forma de la ideología94 en ese sentido): es decir, aquella que está «encargada de conseguir lo que no puede hacerse por medios honestos».

En último término, es la propia «duda» hipostasiada, astutamente disfrazada de su opuesto profusamente decorado.95


1 Escrito en 2010.

2 Ahora el capítulo seis de este volumen.

3 Ernst v. Lasaulx en una carta a Joseph v. Görres, 15 de mayo de 1831. Citado de Hegel en Berichten seiner Zeitgenossen, ed. de Günther Nicolin, Hamburgo (Meiner) 1970, # 666, p. 429.

4 Jung subrayó repetidamente desde el principio que tenía un secreto fundamental del que no podía hablar con nadie y que ese secreto era su verdadero tesoro. «Toda mi juventud puede entenderse en términos de este secreto. Me indujo a una soledad casi insoportable» (MDR p. 41).

5 Hölderlin, con una etimología creativa pero falsa, pensó que Urteil como término lógico significa «Ur-Teilung», «división o dirección primordial («ur-«)», interpretación que fue adoptada por Schelling así como por Hegel.

6 A este respecto, podemos recordar también la concepción de Jung sobre la religión. Leyendo de joven la Christliche Dogmatik de Biedermann, «aprendí de él que la religión era un acto mental de la auto-relación del hombre con Dios’. Yo no estaba de acuerdo con eso, pues entendía la religión como algo que Dios me hacía; era un acto de su parte, al que yo simplemente estoy expuesto, pues Él era el más fuerte» (MDR p. 56 for., trad. modif.): el rechazo de la idea de «acto mental» y la insistencia en la total pasividad o condición de víctima del sujeto. Jung está comprometido con la lógica de la unidireccionalidad absoluta. Esta es también la lógica que informa la idea de Jung sobre el inconsciente. – Pero mientras que la «unidireccionalidad» podría seguir sugiriendo una dualidad, debemos darnos cuenta de que debido a la cualidad absolutamente dominante de Dios (o «el Otro») el «sujeto» humano se convierte realmente en un objeto. En última instancia, como polo exclusivamente receptor de dos, es (lógicamente) subsumido o engullido por el activo, de modo que la dualidad se reduce (lógicamente) a una estructura monocéntrica (el ego dando vueltas alrededor del Yo). La dualidad es vista como, y reservada para, la estructura de la neurosis («disociación» entre el ego y el yo). Jung intentó subsanar este defecto (el sujeto humano convertido subrepticiamente en objeto) en el plano semántico, asignando al sujeto humano el poderoso papel de redentor del Dios oscuro inconsciente, así como por su tesis de la necesidad de una cierta rebeldía contra Dios («El hombre tiene siempre alguna reserva mental, incluso frente a los decretos divinos. De lo contrario, ¿dónde estaría su libertad? ¿Y de qué serviría esa libertad si no pudiera amenazar a Aquel que la amenaza?». MDR p. 220). Pero esto es una modificación fundamentalmente secundaria y meramente semántica o psíquica (conductual) que no altera la psicología subyacente, la estructura lógica.

7 C.G. Jung, Uber Gefühle and den Schatten. Winterthurer Fragestunden. Textbuch, Zürich y Düsseldorf 1999, p. 21 (mi traducción).

8 Teniendo en cuenta lo que Jung había dicho sobre la insoportable soledad debida a «su secreto» (véase la nota 4 más arriba), ¿no podríamos decir que él, Jung, era un hombre enjaulado en la prisión de su secreto y también, sin duda, orgulloso de ello («Tenía la sensación de estar proscrito o elegido, maldito o bendito» MDR p. 41)?

9 La fantasía de Jung está obviamente influenciada por las impresiones que recibió durante muchos años como psiquiatra en la clínica Burghölzli.

10 Esto, por cierto, contrasta favorablemente con la temprana fascinación de Jung por el movimiento reaccionario nazi, al que Jung ni siquiera dudó en atribuirle ser una manifestación de una fuerza arquetípica, el dios Wotan. -Que la conmemoración de Hegel del asalto a la Bastilla no es expresión de un entusiasmo ingenuo y de una ceguera ante el terror absoluto de la Revolución Francesa (al modo en que muchos intelectuales marxistas franceses cerraron sistemáticamente los ojos ante los terrores estalinistas) queda claro en su capítulo «Libertad absoluta y terror» de su Fenomenología del Espíritu.

11 Por supuesto, «científico» no en el sentido habitual de hoy, que se refiere a las ciencias naturales positivistas.

12 G.W.F. Hegel, Phenomenology of Spirit, transi. por A.V. Miller, Oxford (Oxford University Press) 1977, p. 17.

13 Ibid. , p. 42.

14 lbid. , p. 50.

15 Aunque Eisler utilizó la «S» alemana, mientras que Jung cambió a la «p» latina.

16 Walter Jaeschke, Hegel-Handbuch, Stuttgart, Weimar O.B. Metzler) 2005, p. 108. Mi traducción.

17 Hegel, Dissertatio Philosophica de Orbitis Planetarum. Philosophische Erörterungen über die Planetenbahnen, traducido [al alemán] y con introducción y comentario de Wolfgang Neuser, Weinheim 1986. Especialmente pertinente: p. 56. En este contexto, me gustaría volver a referirme a lo que señalé brevemente más arriba sobre la filosofía de la naturaleza de Hegel.

18 C.G. Jung, El Zaratustra de Nietzsche. Notes of the Seminar given in 1934-1939, ed. por James L. Jarrett, Princeton (Princeton University Press) 1988, vol. 2, p. 1121.

19 Marie-Louise von Franz, C. G. Jung. Sein Mythos in unserer Zeit, Frauenfeld y Stuttgart (Huber) 1972, p. 57.

20 Terry Pinkard, Hegel A Biography, Cambridge (Cambridge University Press) 2000, p. 459 s.

21 Sobre las implicaciones más amplias de todo este tema, véase Rebecca Comay, Mourning Sickness. Hegel and the French Revolution, Stanford (Stanford University Press) 2011.

22 Hegel’s Science of Logic, transi. por A.V. Miller, Atlantic Highlands, NJ (Humanities Press International) 1989, p. 48.

23 En la sección sobre Anaxágoras en las Hegel’s Lectures on the History of Philosophy.

24 Para una discusión filosófica de los diferentes tipos de lógica, véase Stefan Schick, Contradictio est regula veri. Die Grundsätze des Denkens in der formalen, transzendentalen und spekulativen Logik, Hegel-Studien Beiheft 53, Hamburgo (Meiner) 2010.

25 Cf. el título de una conferencia en Oldenburg, Alemania, en 2007: “Ist Hegel ein toter Hund? Über die Wirklichkeit der Vernunft in postmetaphysischer Zeit.” La expresión «un perro muerto» había sido utilizada sobre todo por Lessing para referirse a cómo se había tratado a Spinoza desde después de su muerte hasta la época de Lessing, y más tarde fue aplicada repetidamente (ya sea afirmativa o negativamente) también a otros pensadores por otros pensadores (por ejemplo, por Stirner, Marx).

26 Me di cuenta de esta cita por el «Jungian Analysis Post Mortem Dei» de Greg Mogenson, en: Spring vol. 84, 2010, p. 243.

27 El uso mágico de las palabras las trata como entidades poderosas, no como signos lingüísticos.

28 Emil Staiger, «Noch einmal Heidegger», Neue Zurcher Zeitung, 23 de enero de 1936. Ahora en: Antwort. Martin Heidegger im Gespräch, ed. G. Neske y E. Kettering, Pfullingen (Neske) 1988, p. 270.

29 Emil Staiger, «Ein Rückblick», en: Heidegger. Perspektiven zur Deutungseines Werkes, Colonia-Berlín 1969, p. 242

30 Terry Pinkard, Hegel. A Biography, Cambridge (Cambridge University Press) 2000, p. 82.

31 Ibid. nota 79, f. 676. Cf. a este respecto también Jung, Letters I, p. 425, a Wilfrid Lay, 20 de abril de 1946: «En realidad, mi intención era escribir de tal manera que los tontos se asustaran y sólo los verdaderos eruditos y buscadores pudieran disfrutar de su lectura». Pero este no era el propósito de Hegel. El suyo era: un lenguaje apropiado para la forma lógica del contenido y para la situación moderna.

32 En otra ocasión Jung afirma a propósito del conocimiento revelado de las religiones del mundo «Nosotros [es decir, nosotros hoy] no podemos más que sentir nuestro camino hacia él y percibir algo de él [es nur noch einfühlen y anempfinden]» (CW 9i § 10, trad. modifühlen: traducido a menudo como «empatizar con» significa, en efecto, algo así como sentir el camino hacia él; pero anempfinden significa en realidad producir en uno mismo, mediante algún esfuerzo, sentimientos, estados de ánimo, etc., que uno no tiene por sí mismo, es decir, su afectación. Ambos verbos indican externalidad y algún tipo de artificialidad (en contraste con los sentimientos o convicciones que aparecen espontáneamente en uno mismo o que, como convicciones tradicionales consagradas o sentimientos y valores culturales, uno se ha imbuido, por así decirlo, con la leche materna). Ambos verbos pertenecen a la esfera de la reflexividad, no de la inmediatez. Este es el estatus de nuestro sentimiento moderno: einfishlen y anempfinden. – Pero «estar metido en la esfera del sentimiento» implica además algo más. Sentir algo, tener experiencias emocionales, «numinosas», si es meramente «lo mejor que (en estas circunstancias) puede (todavía) suceder», no es por principio suficiente para que un símbolo o dogma sea una realidad psíquica o una verdad del alma: Hay que hacer justicia no sólo al «polo emocional» «en virtud de su numinosidad [del símbolo o dogma]» (la impresión de lo que muestra la imagen, el contenido), sino también al «polo conceptual» de toda la personalidad «en virtud de su forma [del símbolo o dogma]» (CW9ii § 280, trad. modif.). Obviamente, es una falacia psicológica concentrar y poner la esperanza en las experiencias numinosas y en la esfera del sentimiento, el nivel emocional. Esto es lo que precisamente reduciría los símbolos y el dogma a la condición de «misterios inaccesibles», es decir, significaría cultivar la mistificación (e ipso facto la auto-estratificación). Pero los verdaderos símbolos y dogmas también pretenden, es más, exigen, ser inteligibles, intelectualmente «convincentes», accesibles al «entendimiento consciente del hombre moderno»; quieren ser lo que hace posible la más alta iluminación intelectual. Quieren ser «verdades filosóficas» (§ 274; en esta frase de Jung, «filosófico» no debe tomarse en el sentido estricto, como referido a la forma de pensar, sino que tiene más generalmente el significado de «sabiduría intelectualmente aceptable»). Quieren ser accesibles a «toda gama de pensamiento» (CW 9i § 10, literalmente: jeder denkerischenAusschöpfungzugänglich, accesible a toda forma posible de agotar el significado completo contenido en ellos a través del pensamiento conceptual). Jung había utilizado la palabra denkerisch (normalmente traducida por «intelectual») también al hablar de lo que se ha traducido como «forma pensante» (denkerische Form).

33 He cambiado «verdadero a mí» por «verdadero para mí» porque así se evita el malentendido de lo que Jung quiso decir como si quisiera dar a entender una cuestión de lealtad o fidelidad de la misa a él.

34 Pero, por supuesto, al ser sólo la primera inmediatez de esta aparición, se produce en la forma negativa de «duda». Esta duda particular, sin embargo, en lugar de implicar incertidumbre y vacilación, es un conocimiento firme (¡negativo!) de que aquello a lo que se refiere ya no es cierto («Uno no puede … obligarse a creer ‘lo que sabe que no es cierto'», había dicho Jung).

35 Sólo menciono su «Cosmología para el alma. Del universo al cosmos», en: Esfinge 2, 1989, pp. 17-33, y su «Imagen-Sentido», en: Primavera de 1979, pp. 130-143.

36 Véase el punto anterior.

37 «Nosotros no la curamos [la neurosis] -ella nos cura a nosotros-…. lo que el neurótico desecha como absolutamente inútil contiene el verdadero oro que nunca hubiéramos encontrado en otra parte (CW 10 § 361).

38 Iniciados también, podríamos añadir, en ser capaces de abrazar el espíritu de «este escepticismo exhaustivo» de Hegel.

39 «En realidad la neurosis [es decir, en nuestro caso: la duda] contiene el alma del paciente…» (CW 10 § 355, trad. modif.). «Duda» es la nueva forma lógicamente negativa de alma.

40 Jung criticó que su padre «insistía en una fe ciega, que tenía que ganar por medio de la lucha y quería obligar a venir con esfuerzos contorsionados. Por eso no podía recibirla como una gracia» (MDR p. 73, trad. modif.). Pero al mismo tiempo le reprochaba que no se esforzara por llegar a su situación. Que en la situación moderna hubiera y pudiera seguir existiendo esta gracia es un prejuicio «metafísico» y la expresión del deseo o exigencia egoica de Jung. Porque, ¿eran los años del siglo XIX (y son nuestros años) todavía verdaderamente «años de gracia» (del modo en que se justificaba en la Edad Media y en los primeros tiempos de la modernidad decir, por ejemplo, «en el año de gracia 1250»), de modo que la expectativa de gracia se hubiera autentificado? Además, es evidente que la gracia que Jung tenía en mente sólo podía producirse a través de la lucha pugnaz, que delata que es lo contrario de sí misma. Jung tampoco se da cuenta de que lo que él sentía como su propia experiencia de «gracia» (a través del incidente de la catedral de Basilea) era el resultado de sus esfuerzos contorsionados, de sus retorcidas manipulaciones mentales, y de ninguna manera lo que uno normalmente entendería por «una experiencia de gracia.» Es posible que el padre de Jung haya sido demasiado honesto para intercambiar, con respecto

41 Cf. por ejemplo: «Freud diría [a una determinada idea delirante de un paciente demente]: ‘Un deseo-fantasía incestuoso’, porque querría salvar al pobre paciente de un sinsentido odioso. Pero le diría al paciente: ‘Qué pena que seas demasiado estúpido para entender bien esta revelación’. (Letters 1, p. 266, a Anónimo, 22 de marzo de 1939. Énfasis mío).

42 «Dios es una experiencia inmediata de naturaleza muy primordial, uno de los productos más naturales de nuestra vida mental, como el canto de los pájaros, como el silbido del viento, como el trueno del oleaje…. Puedes alegrarte de tener tal convicción, como un hombre que está en un estado de ánimo feliz, aunque nadie más, ni siquiera él mismo, sepa por qué, pero ciertamente nadie podría demostrarle que es infeliz o que su sentimiento de felicidad es una ilusión» (Letters 2, p. 252 y s., a Snowdon, 7 de mayo de 1955). «[L]a certeza de la experiencia interior» (Letters 2, p. 378, a Bernhard Lang, junio de 1957). «… la experiencia esencial, es decir, la experiencia religiosa primordial. Sólo ésta constituye el verdadero e inconmovible fundamento de su vida interior de creencia» (Letters 2, p. 486, a Tanner, 12 de febrero de 1959). «Cuanto más envejezco… más recurro a la simplicidad de la experiencia inmediata para no perder el contacto con lo esencial, es decir, con los dominantes que rigen la existencia humana a lo largo de los milenios» (ibíd., p. 580, a Earl of Sandwich, 10 de agosto de 1960).

43 Pero utilizo la frase del título de este artículo, aparte del artículo mismo, como una formulación general adecuada de lo que Jung se había propuesto como tarea vital como psicólogo para dirigirse a sí mismo. Seelenproblem se traduce probablemente mejor como el «predicamento del alma», del alma [del hombre moderno]. Tanto «problema psicológico» como «problema espiritual» son demasiado específicos, el uno hace pensar en términos de la psique de las personas, el otro en términos de lo que ahora entendemos cuando escuchamos «espiritualidad». Seelenproblem implica ciertamente la dimensión espiritual o religiosa, pero no tiene nada que ver con nuestra espiritualidad en el sentido New-Age y la sección de espiritualidad en las librerías. Se refiere al problema del alma objetiva en la que tenemos nuestro lugar, es decir, a la dimensión profunda del ser humano moderno en el mundo como tal.

44 Letters 2, p. 589, a Herbert Read, 2 de septiembre de 1960.

45 La forma denkerische es, por supuesto, mucho más antigua que la modernidad. Se remonta a la Antigüedad. Sin embargo, desde la Antigüedad hasta el período temprano de la metafísica clásica, la forma pensante era sólo un modo subjetivo de apercibir y abordar las cuestiones esenciales. Formaba parte de una reflexión externa. Lo que tiene de especial la modernidad, con la «duda que ha matado», es que la forma de pensar se ha vuelto objetiva. Es el carácter intrínsecamente objetivo del mundo moderno como tal, de los propios ruths, lo que hay que percibir y atender. Como señalé anteriormente: dentro de sí mismas las verdades se socavan a sí mismas como verdades inocentes que deben ser creadas. En sí mismas exigen ser pensadas. La «duda» a la que se refiere Jung es el reverso negativo de lo que desde su otro lado positivo es la forma del pensamiento que se ha convertido en objetivo, inmanente a la materia de la experiencia esencial. Al decir que Jung traicionó su tarea e inmunizó la materia de la experiencia psicológica contra la forma del pensamiento, no quiero indicar en absoluto que su tarea hubiera sido filosofar en la reflexión externa sobre nuestro predicamento anímico. Su tarea habría sido encontrarse con la en su propio nivel, el de la «duda» o denkerische Form.

46 Stanton Marian, «From the Black Sun to the Philosopher’s Stone», en: Spring 74 (Alchemy). A Journal of Archetype and Culture, Spring de 2006, pp. 1-30, aquí p. 9.

47 El hecho de que Jung, después de haber obtenido una clara visión de la «duda que lo ha matado» y de la necesidad de una nueva forma, insistiera sin embargo en quedarse sistemáticamente en el nivel semántico, podría interpretarse con una versión psicológica, no religiosa, de la idea bíblica del pecado contra el Espíritu (Matth. 12: 31s., «la blasfemia contra el Espíritu Santo»). El ejemplo más flagrante de este «pecado contra el Espíritu» es el manejo que Jung hizo de niño de su experiencia en la catedral de Basilea, que es un rechazo evidente a su iniciación. Véanse los capítulos dos y tres del tomo 5 de mis Collected English Papers.

48 Jung se mostró justamente descontento con el uso moderno de drogas como el LSD para inducir experiencias visionarias, subrayando que «simplemente se cae en tales experiencias sin poder integrarlas. El resultado es una especie de teosofía, pero no es una adquisición moral y mental. Es el hombre eternamente primitivo teniendo experiencia de su tierra fantasma, pero no es un logro de su desarrollo cultural…. Es, a mi entender, un método útil para un peyote bárbaro, pero una regresión lamentable para un individuo cultivado, un «Ersatz» peligrosamente simple y sustituto de una verdadera religión» (Letters 2, p.382 y ss., cursiva mía). ¡Cuánta verdad! Pero también, ¡qué estrecho es el paralelismo de la lógica que opera en estos comentarios con la de mi argumento anterior! El contenido semántico de las experiencias no es suficiente, incluso puede llevar a la regresión. No necesitamos más experiencia sentida, más entrada imaginal, más Ersatz. Lo que cuenta es la forma, el nivel cultural (y el avance de este nivel) de la conciencia. Sin embargo, Jung no tomó su propia medicina cuando se trataba de su propia respuesta psicológica al predicamento anímico del hombre moderno. La mera fuente de las experiencias (visiones inducidas por drogas frente a visiones o sueños espontáneos, por muy diferentes que sean) no debería suponer una diferencia decisiva. Porque en ambos casos se trata del «hombre eternamente primitivo que experimenta su tierra de fantasmas», o, en la psicología imaginal, que se entretiene con los mitos y se entrega al Ersatz. Por cierto, «método útil para un peyote bárbaro, pero una regresión lamentable para un individuo cultivado» también es paralela a la afirmación de Jung sobre la misa: «Sé que es la verdad, pero no es más verdadera para mí».

49 Este deseo también equivale a un programa del ego, es decir, lo contrario de sí mismo. ¡Sólo el alma podría engendrar el mundo! ¡Y qué megalomanía pensar que «el mundo» podría ser un posible objeto de nuestros esfuerzos!

50 La psicología no debe operar, como, por ejemplo, el ateísmo y el dogmatismo religioso, con la oposición binaria, no dialéctica, de la verdad y la falsedad, la verdad y el error o la mentira, con, como dijo Jung, «la separación artificial de la sabiduría verdadera y la falsa» (CW 9i § 31). Por el contrario, apuesta por la verdad absoluta: la noción de verdad «absuelta», liberada, de esa oposición de tipo O bien. Por eso, para la psicología, sólo son las verdades (en el sentido pleno de la palabra) las que pueden dejar de serlo y quedar obsoletas (cf. «sé que es la verdad» – «ya no es [esta misma verdad] para mí»), al igual que sólo la conciencia puede ser inconsciente. Ni el hecho de que algo sea una verdad contradice la otra verdad de que ahora pueda ser falsa, pasada de moda, una mera «curiosidad histórica»; ni su falsedad significa que haya que rechazarla totalmente y desecharla por haber sido intrínsecamente y desde el principio una ilusión, una creencia errónea. A diferencia de cualquier dogmatismo, la verdad absoluta es a lo que llega dieser sich selbst vollbringende Skeptizismus.

51 Al igual que anempfinden (véase más arriba), anbeweisen es difícil de traducir. Significa forzar una creencia sobre uno mismo por medio de pruebas «lógicas», una creencia que uno no tiene realmente por sí mismo, es decir, como una creencia auténtica y natural. La argumentación lógica tiene más bien el propósito de combatir una incredulidad o duda realmente imperante.

52 Sin embargo, desde un punto de vista verdaderamente psicológico, no habría sido legítimo. Una psicología con alma no debe mantener la filosofía fuera de sí misma. ¡Qué pobre concepción de la psicología si se interpreta como algo que puede hacer una conciencia inculta -sobre todo filosóficamente inculta, ignorante-! Y en lo que respecta a la situación anímica moderna, Hegel en particular resulta ser indispensable (lo que no significa en absoluto que tengamos que convertirnos en hegelianos y considerar su filosofía como la respuesta a nuestro predicamento; más bien significa que su obra es indispensable para la formación y educación de la mente).

53 Pero en verdad, Jung quiere decir con esto: lo que no se puede hacer de manera simplista, con los medios del lenguaje cotidiano. Es decir, sin involucrar la constitución de la conciencia misma. La conciencia debía ser un recipiente neutral.

54 Es esencial darse cuenta de que su concepto de «experiencia inmediata» no es en sí mismo una experiencia inmediata ni se basa en ella, ¡sino que es un producto de las reflexiones y manipulaciones intelectuales del muchacho! He discutido esto en detalle en los capítulos dos y tres de The Flight Into the Unconscious, vol. V de mis Coll. Engl. Papers, Nueva Orleans (Spring Journal Books) 2013. Fue el resultado de una decisión de última importancia por parte de toda la persona (homo totus). Y como era una decisión vital, un compromiso total, adquirió para él el carácter de una verdad absoluta inquebrantable, el carácter de su articulus stantis et cadentis.

55 Véase la referencia indicada en la nota anterior.

56 «Más tarde mi madre me dijo que en aquellos días me deprimía a menudo. En realidad no era eso, sino que rumiaba el secreto» (MDR p. 42).

57 Juntos, la fe ciega de su padre y sus dudas son dos mitades de una sola verdad. Cada una tiene lo que le falta a la otra. La fe tiene su propia iluminación en las dudas. Las dudas tienen su contenido en la fe del padre. Las intuiciones sin conceptos son ciegas, los conceptos sin intuiciones son vacíos, había dicho Kant. Una relación similar prevalece entre la fe ciega y la duda iluminadora. La disociación entre las dos mitades de un todo no es, sin embargo, un error. Es la operación alquímica del alma de la separatio de la unio naturalis entre la semántica y la sintaxis, una separatio que es indispensable para hacer, por primera vez dentro de la historia del alma, el nivel de la forma lógica o sintaxis consciente y explícita. Pero la condición de disociación significa también que la fe sin su propia iluminación y autorización desde dentro de sí misma, a través de su propia sintaxis intrínseca, que ahora a través de la disociación ha sido extraída, exteriorizada y objetificada como esas dudas, se convierte en una semántica ciega (normalmente conocida bajo el título de ‘ ideología»), una semántica que a causa de su falta de autorización interna necesita ser apuntalada desde «fuera» por la voluntad del ego. A la inversa, la «duda» privada de su propia sustancia semántica intrínseca permanece vacía (lo que suele experimentarse bajo los títulos de «nihilismo», «pérdida de sentido» o, como aquí, «dudas»). Una coniunctio de los opuestos separados sigue siendo un mysterium, con lo que no me refiero, como Jung, a un suceso misterioso, a una experiencia mística como positividad, sino que me refiero al hecho de que es algo todavía completamente inimaginable, y mucho menos pensable. Sería que se ha alcanzado un nivel por encima del.

58 Por supuesto, Jung tiene también una visión muy diferente y altamente positiva de la función e importancia de un secreto, y estoy en deuda con Greg Mogenson por instarme a incluir este aspecto aquí. Jung afirmó, por ejemplo, que «no hay mejor medio de intensificar el atesorado sentimiento de individualidad que la posesión de un secreto que el individuo se compromete a guardar» (MDR p. 342), «Como el iniciado de una sociedad secreta que se ha liberado de la colectividad indiferenciada, el individuo en su camino solitario necesita un secreto que por diversas razones no puede o no puede revelar. Tal secreto le refuerza en el aislamiento de sus objetivos individuales» (p. 343). Hay algo que decir a favor de tales secretos. Los secretos como los de las sociedades secretas pertenecen a las estrategias «religiosas» generales del alma para crear algo absolutamente precioso a las que también pertenecen los tabúes y la distinción entre un temenos o templum o santuario interior, por un lado, y lo profano, por otro. Jung probablemente tiene razón cuando afirma: «El individuo que no está fundado en Dios [aquí podríamos decir en cambio: fundado en algún terreno absoluto, e interpretar esto como referido al contenido de «el secreto»] no puede ofrecer ninguna resistencia con sus propios recursos a los encantos físicos y morales del mundo» (OC 10 § 511). Pero es bien sabido que un verdadero arraigo en Dios que pueda ofrecer tales resistencias no debe tener siempre la forma de un secreto; también puede ser profesado. Basta pensar en Dietrich Bonhoeffer. O en San Pablo. E incluso cuando es un secreto literal como en las sociedades secretas, no debe ser lógicamente un secreto aislante. Sobre los indios Pueblo, Jung dijo: «Tienen por norma mantener sus prácticas religiosas en secreto …. [Es un] secreto conocido por todos los comulgantes …. Esta extraña situación me hizo pensar en Eleusis, cuyo secreto era conocido por toda una nación y, sin embargo, nunca fue traicionado» (MDR p. 249, trad. modif.). Se trata, en otras palabras, de un secreto en el estado lógico de la compartición, de la comunalidad. Se trata de un tipo de secreto totalmente diferente al que se basa en el miedo egoico y está motivado por un repliegue desafiante en la intimidad y el aislamiento, es decir, por una actitud defensiva. Esto último se aplica al propio secreto de Jung y lo hace objeto de su crítica citada anteriormente («veneno»), tanto más cuanto que su sustancia no se basaba en una verdadera revelación espontánea, sino en una fabricación mental. El secreto de Jung le produjo una «soledad casi insoportable» y lo aisló de la comunidad de mentes. Para Jung, el secreto que alaba es ya una posesión absolutamente privada del individuo moderno (fundamentalmente aislado, escindido). Podemos, por el contrario, pensar en el Memorial de Pascal como un ejemplo de secreto literal sin ningún rastro de propósito disociador. Lo que Pascal guardaba estrictamente para sí mismo no estaba, lógicamente, aislado de la fe comunitaria.

59 A la inversa, es muy probable que el hecho de que Jung tuviera un secreto tan fundamental (me refiero a la forma de secreto como tal, al acto psíquico de disociar algo de la vida natural de la conciencia que se desarrolla más adelante, de congelarlo y aislarlo, y a la fuerza de carácter de mantenerlo en secreto, no al contenido o «verdad interna» del secreto) y que estuviera absolutamente comprometido con su secreto como si fuera la verdad absoluta fue lo que le dio, o al menos contribuyó a que tuviera, el impresionante poder mágico de la personalidad que experimentaron tantos de sus analizados y discípulos. El «veneno psíquico» de un secreto también puede actuar como una poción mágica. Al mismo tiempo, es probable que el hecho de que Jung tuviera este secreto tan importante y absolutamente tabú creara intrapsíquicamente una enorme tensión que funcionó como fuente de energía creativa para Jung. Su sentimiento de ser «proscrito o elegido, maldito o bendecido» (MDR p. 41) a causa de su secreto es una excelente condición psicológica para la creatividad. La creatividad no sólo se basa en una dotación innata. – Jung no era totalmente inconsciente del veneno en su propio caso. Dijo que ciertas ideas cristianas sobre Dios «envenenaron toda mi religión» (OC 18 § 1643). Pero aquí confundió causa y efecto. El verdadero veneno era su secreto, con el que se inmunizaba contra los efectos medicinales de lo que consideraba el veneno inherente al cristianismo.

60 No necesariamente la compartición empírico-factual (social), pero sí la compartición lógica: en la conciencia-como-tal. Si un contenido está en mi mente objetivamente interpretado como propiedad de la conciencia-como-tal, de la generalidad, puede seguir siendo una verdad incluso si, bajo las condiciones sociales imperantes, lo oculto a otras personas o simplemente lo entretengo en la soledad de mi mente. – Jung era, por supuesto, consciente de la indispensabilidad de la «compartición», pero tuvo que «reprimirla» lógicamente en el inconsciente (como «inconsciente colectivo«) y, por tanto, en el estatus lógico del pasado, de la obsolescencia. Allí donde contaría, a saber, en la conciencia y en el nivel de la modernidad, fue en el esquema de Jung eliminado.

61 «Guardo mi luz y mi tesoro, convencido de que nadie saldría ganando y yo mismo quedaría mal, incluso irremediablemente herido, si lo perdiera. Es muy valiosa no sólo para mí, sino sobre todo para la oscuridad del creador, que necesita al hombre para iluminar su creación» (Letters 2, p. 597, a Serrano, 14 de septiembre de 1960). Su secreto es de importancia cosmológica y soteriológica. Y es necesario mantenerlo en secreto. Precisamente como secreto guardado se supone que ilumina la creación de Dios. Compara y contrasta esto con: «Nadie, cuando enciende una vela, la pone en un lugar secreto, ni debajo de un celemín, sino en un candelero, para que los que entren vean la luz» (Lucas 11:33).

62 Aunque esto es perdonable en un joven, no lo es en un psicólogo maduro del calibre de Jung. Pero no hay nada que indique que la evaluación del Jung maduro fuera diferente a la de su juventud.

63 G.W.F. Hegel, Fenomenología del Espíritu, op. cit., p. 43.

64 «Inmediatamente accesible»: sin implicar a la conciencia. La conciencia podría seguir siendo el observador inmune de los «hechos».

65 Basta con ver, por ejemplo, su Primera Quaestio de París de 1302.

66 Cf. la experiencia de la «catedral de Basilea» de la que Jung derivó originalmente su certeza sobre Dios: «No he hecho esto ni lo he querido, me ha venido como un mal sueño…. Esto me ha sucedido sin que yo lo haya hecho». «¿Por qué he de pensar algo que no conozco? No quiero, por Dios, eso es seguro. ¿Pero quién quiere que lo haga? ¿Quién quiere obligarme a pensar algo que no sé y no quiero saber? ¿De dónde viene esta terrible voluntad?» (MDR p. 37)

67 Jung podría expresar la misma idea también de una manera menos figurativa, en el contexto de los comentarios sobre la ceguera fundamental general de los hombres: “Estaba igualmente seguro de que ninguno de los teólogos que conocía había visto nunca ‘la luz que brilla en la oscuridad’. ‘ con los suyos… (MDR 93).

68 Ya mencioné (nota 6) que Jung trató de enmendar de alguna manera la reducción de la dualidad del «sujeto» humano y verdadero (Dios o la experiencia inmediata en general) a una estructura monocéntrica (por ejemplo, el ego que gira alrededor del Sí mismo) a nivel semántico o conductual. En cierto sueño (MDR p. 219 f ver Capítulo Uno arriba), en el que habría sido su tarea someterse por completo, como su padre, a la «presencia más alta», fingió tocar el suelo con la frente, pero realmente no fue todo el camino hacia abajo. Y su comentario a esto es: “Algo en mí estaba desafiante y decidido a no ser el pez tonto…. El hombre siempre tiene alguna reserva mental, incluso frente a los decretos divinos. De lo contrario, ¿dónde estaría su libertad? Entonces vemos que aquí Jung se ha dado cuenta explícitamente del problema que existe si el sujeto humano se construye como «pez tonto» o, como había dicho, víctima tonta. Sin embargo, no abordó este problema en el nivel en el que fue creado, es decir, el nivel de la psicología , no revisó la lógica subyacente de su pensamiento. Más bien, abordó este problema solo fuera de la psicología misma, en el nivel del comportamiento literal (meramente psíquico): por medio de un acto empírico de desafío (resistencia) o reserva mental después del hecho. Lo que realmente se habría necesitado era una retractación fundamental de este dogma psicológico de la experiencia inmediata, la estructura de «anbeweisen». Lo que Jung no vio es que el pez desafiante sigue tan mudo como antes. El problema del “pez tonto” no puede resolverse en el nivel de la voluntad del ego y un juego de poder. Este es un error de categoría, una metabasis eis allo genos: actuación en lugar de recuerdo/interiorización. Por supuesto, el problema del «pez tonto» debe abordarse en el nivel en el que existe, el nivel de la mente, de la verdad y la percepción. El desafío voluntario no deshace la estupidez; la resistencia no hace que los fundamentalmente ciegos (cf.: los hombres “nacen mudos y ciegos como cachorros”) vean “la luz que brilla en la oscuridad” (cf. MDR p. 93). Lo único que podría haberle quitado la estupidez es precisamente la “duda que la ha matado”. El desafío es el sustituto de Jung para dejarse llevar por esa “duda” que es el estatuto lógico de la modernidad, su sustituto también para la verdadera libertad que se imagina poder defender con una reservatio mentalis.

69 Jung también usó su tesis del empirismo bastante literalmente (es decir, en el nivel conductual, ya no lógico) como un argumento demoledor contra algunos de sus críticos (por ejemplo, Martin Buber) afirmando que no tenían experiencia clínica y por lo tanto implicando que ellos simplemente no eran competentes para criticar su trabajo. No hay necesidad, por lo tanto, de tomar en serio sus críticas. Las objeciones planteadas por el intelecto, por mentes inteligentes, podrían simplemente eliminarse de esta manera.

70 El mismo Jung, como individuo, tenía, sin embargo, muchas percepciones asuntos y situaciones concretas. Una y otra vez uno queda asombrado por su profundo entendimiento. Pero estos fueron una especie de acontecimientos y no lo indujeron a alterar su punto de vista teórico básico y su postura real.

71 “… la experiencia de Dios, la más evidente de todas las experiencias. Sabía lo suficiente sobre epistemología para darme cuenta de que un conocimiento de este tipo no podía probarse, pero estaba igualmente claro para mí que no necesitaba más prueba que la belleza de una puesta de sol o los terrores de la noche” (MDR p. 92). , mi énfasis).

72 Aunque para Jung la verdad (en forma de certeza inquebrantable) se había privatizado, con una contradictio in se, como verdad individual de cada persona.

73 Una disociación completa en el sentido psicológico no es meramente una diferencia entre la mano izquierda y la derecha, no inofensivamente sólo el hecho de que uno no sepa lo que el otro está haciendo. La disociación neurótica implica autocontradicción, o más precisamente: una escisión que impide que la autocontradicción se vuelva abiertamente visible y, por lo tanto, se autodestruya o autosupere.

74 La diferencia entre “semántico” y “sintáctico” es el equivalente estático, estructural, de ese otro par de opuestos que denotan una performance o acción, ya sea espontánea o metódica: “acting out”, por un lado, y “’ recordar,’ interiorizar-en-sí”, por otro lado.

75 “estructural” Estoy en algo así como la “estática segura” del contenido.

76 Podemos distinguir tres aspectos que juntos forman una estructura. (1) La construcción fundamental del sujeto como “pez mudo” abrumado por la experiencia inmediata, que (2) es posible solo a través de la disociación radical en el nivel sintáctico entre la experiencia inmediata y el sujeto pensante (que como sujeto moderno está irrevocablemente en el estatus lógico de “duda”), y (3) el rescate secundario ilegítimo (psicológicamente “deshonesto”) de la “libertad” (Jung) del sujeto a través de una suerte de “acting-out” a nivel semántico o psíquico.

77 Por supuesto, al decir en una ocasión: “La meta es importante solo como una idea; lo esencial es el opus que conduce a la meta: esa es la meta de toda una vida” (CW 16 § 400), Jung parece admitir, aunque solo indirectamente, que la meta nunca puede alcanzarse realmente. Para entonces, sin embargo, elogiando la obra de esforzarse por que la meta sea la nueva “meta de toda la vida” real, finge que después de todo hay una real y que lo que de alguna manera admitió que era una es estaverdadero objetivo Al mismo tiempo, vemos aquí claramente cómo la obra empírica está «encargada de la tarea de lograr lo que» teóricamente se establece como categóricamente fuera de alcance: como existente solo «como una idea«.

78 ¡Jung nos había dicho que secretos como el suyo “actúan[-] como un veneno psíquico que aliena a su poseedor de la comunidad”!

79 Se puede pensar aquí sobre todo en el culto a la imagen y a “lo imaginal” en la “psicología imaginal”

80 Los ejemplos son el esfuerzo ortodoxo-junguiano por la totalidad y la individuación, el movimiento del mito personal, «el mito del significado», la nueva «eco-psicología», las cosmovisiones holísticas esotéricas, etc.n

81 Vide a todos los individuos e instituciones que están en el negocio de vender la idea de “Portales a lo Sagrado”, de promover experiencias “numinosas”, y prometer nuevos sentimientos religiosos.

82 La tesis de Jung es que Hegel es realmente nada, cero, porque en él el psicólogo y el filósofo simplemente se anulan mutuamente. El astuto disfraz filosófico arruinó la sustancia psicológica y el origen psicológico del inconsciente invalidó el significado filosófico de su obra.

83 Un pensamiento que logró partir y terminar en una coniunctio oppositorum modo que semántica y sintaxis se reflejen perfectamente: este es el signo de la “honestidad” psicológica en el sentido dado.

84 En un sentido más básico porque es lingüístico.

85 Con énfasis en “tener”, “poseer”. Así como el Papa es el representante visible del Cristo de otro mundo, nuestros síntomas y experiencias internas apuntan en última instancia a algo divino.

86 La autorización residía en el hecho de que el hombre no nacido miraba hacia arriba y que estos dioses o diosas eran la articulación semántica de modos específicos de esta mirada hacia arriba. Las imágenes semánticas de los dioses fueron autenticadas porque estaban animadas desde dentro de sí mismas por esta sintaxis de mirar hacia arriba.

87 En lugar de “postura estratégica de…” también podríamos decir: el acto de establecer la lógica de…, la decisión de hacer propia esta lógica.

88 De ningún modo debe confundirse el aplastamiento de la duda moderna con la negación de la negación. Argumenté en contra de tal confusión —a propósito del tema particular de la actitud del hombre moderno hacia la naturaleza— en las primeras páginas de mi «‘Irrelevantificación’ o: Sobre la muerte de la naturaleza, la construcción del ‘arquetipo’ y el nacimiento del hombre». ”, en mi The Soul Always Thinks, Nueva Orleans, LA (Spring Journal Books) 2010, pp. 387–442.

89 En 1948, el historiador del arte Hans Sedlmayr publicó su influyente Verlust der Mitte (1948, publicado en inglés en 1957 como Art in Crisis: The Lost Centre, London: Hollis & Carter), y aunque uno no quiera aceptar su controvertido evaluación antimodernista, sigue siendo válida su descripción analítica de la fenomenología delXIX yXX que muestra la pérdida cultural del centro. También recordamos el ataque general a todo tipo de “centrismo” por parte de la filosofía y la crítica literaria “posmodernas” más recientes.

90 Simplemente tenemos que contrastar el Christian Symbolum Apostolorum (Credo de los Apóstoles), que explica específicamente lo que se cree y, por lo tanto, se concentra en la semántica, con el dictamen meramente formal y sin contenido de Jung: «No creo, lo sé». que se centra en el verbo (el acto subjetivo realizado por el yo) y la diferencia específica entre creer y saber.

91 Aunque en otro aspecto era fundamentalmente diferente para él porque era un empirismo del alma.

92 Greg Mogenson, «Jungian Analysis Post Mortem Dei«, en: Spring Journal vol. 84, otoño de 2010, págs. 207–270.

93 “Por principio” y “por definición” porque la psicología no debe cometer el “delito” de una hipóstasis metafísica literal. Solo podemos tener nuestras propias experiencias (irrevocablemente subjetivas). En cuanto al vacío recordamos la afirmación ya citada: “La meta es importante sólo como idea; lo esencial es el opus que conduce a la meta: esa es la meta de toda la vida” (CW 16 § 400).

94 Pero, por supuesto, como hemos visto, no es más que una forma fundamentalmente vacía de ideología.

95 Lo contrario: la riqueza de símbolos arquetípicos, imágenes mitológicas, el politeísmo de Hillman como una realidad presente.

Existe el Progreso Psicológico. ¿Puede haber progreso de la psicología?

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘The Soul Always Think’, volumen IV de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 21, pp. 563-589

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

La creencia en el progreso es una herencia del Siglo de las Luces. Se convirtió en una fuerza ideológica muy poderosa y popular durante el siglo 19. En su forma de darwinismo cultural pudo aliarse fácilmente con otras fuerzas históricas como el imperialismo, el colonialismo y el racismo como su justificación ideológica. En el asombroso e indudable progreso de las ciencias, la tecnología y la industria durante el siglo 19 tenía su evidente sustento fáctico. Los constantes y aparentemente interminables avances en los frentes científico y técnico, con sus numerosas innovaciones en la cultura material, y los consiguientes cambios en la vida social, constituían una experiencia enormemente impresionante en la vida real y práctica que todo el mundo podía sentir en su día a día. Desde el punto de vista psicológico, esta experiencia tuvo necesariamente un fuerte impacto. Produjo un sentimiento existencial particular, un sentido y una actitud particular hacia la vida. Este sentimiento, a su vez, condujo y dio, por supuesto, un vigoroso impulso a una idea más generalizada de que la vida en general, la vida también en el ámbito de la cultura humana, la perspicacia y el desarrollo ético, sigue un patrón de progreso similar.

El «progreso» en este contexto posterior siempre implica un juicio de valor. Significa mejor, mayor, más alto: mejora, perfección. Cuando hablo, por el contrario, de progreso psicológico no tengo en mente esta noción de progreso. Simplemente me refiero a la progresión en analogía con la forma en que imaginamos la evolución biológica, como un desarrollo desde formas de vida unicelulares muy simples hasta grados cada vez mayores de complejidad y diferenciación. Es cierto que también hablamos de los mamíferos «superiores», pero en biología esto no es un juicio de valor. No significa al mismo tiempo que sean mejores. Lo único que significa son grados más altos de complejidad. El término progresión o progreso es apropiado porque realmente hay pro-gresión (no mera diversificación), en la medida en que los tipos de organismos más complejos presuponen los tipos más simples. Se basan en las soluciones realizadas en los estadios de evolución alcanzados hasta el momento y parten de ahí para llegar de nuevo a formas un poco más diferenciadas. En otras palabras, utilizo «progreso» como un término meramente descriptivo.

El progreso en la historia del alma procede igualmente por el hecho de que el alma se desplaza una y otra vez de una constitución predominante de sí misma a otras lógicamente más complejas. Como el tema del progreso psicológico no es mi tema aquí, sino sólo un telón de fondo para mi pregunta actual, sólo mencionaré tres fenómenos principales representativos de diferentes etapas de la evolución psicológica como ejemplos del progreso psicológico a nivel macro: hablando crudamente, politeísmo – monoteísmo – el fin de Dios o de la religión (en el sentido de «el nacimiento del hombre»). El monoteísmo es politeísmo sublimado, el nacimiento del hombre es monoteísmo sublimado. En cada caso, la forma posterior no habría sido posible sin la anterior, y a pesar de la negación por parte de cada forma posterior de su predecesora, existe sin embargo una cierta continuidad, precisamente porque cualquier forma posterior es la negada o sublimada anterior. Los cambios ocurren dentro de una memoria cultural no perturbada, en lugar de que cada uno sea una realización aleatoria y sin contexto de cualquiera de todas las formas de conciencia abstractamente posibles. Esto es lo que nos permite hablar de progreso.

A primera vista, se podría objetar, por supuesto, que el paso del politeísmo al monoteísmo, por no hablar del paso del monoteísmo al nacimiento del hombre, es un progreso en el sentido de una mayor diferenciación. ¿Acaso el politeísmo, el sistema de muchos dioses y cultos paralelos en una sociedad, no es obviamente más complejo que el monoteísmo con su único Dios? Esta objeción es correcta, pero sólo en la medida en que se miren las cosas desde un nivel psíquico o semántico. Muchos es más complejo que uno. Pero no es sostenible cuando se trata de la psicología, la lógica o el aspecto sintáctico del asunto. Desde ese punto de vista, el monoteísmo es lógica o psicológicamente mucho más complejo. Supone un grado mucho mayor de diferenciación de la conciencia. En el politeísmo, la diferenciación o complejidad es, por así decirlo, actuada; es «literal», todo «ahí fuera». Es la complejidad de los contenidos de la conciencia. Pero ipso facto no es todavía la diferenciación propia de la conciencia. Para haber llegado a existir, el monoteísmo, por el contrario, debe haber interiorizado esta diferenciación externa en el nivel del contenido en la propia constitución o forma lógica de la conciencia. La ha integrado, como también se puede decir, en la conciencia. Ya no puede ocuparse de la complejidad en el nivel de los contenidos que tiene ante sí y, por tanto, se mantiene libre de ella. Tiene que existir como esta complejidad. Mutatis mutandis, lo mismo puede decirse de la situación psicológica en la que ya no hay Dios en absoluto. En este estadio, «Dios» ha sido sublimado, es decir, interiorizado en la forma de la conciencia (que por esta misma razón se ha vuelto incapaz de tener un Dios frente a sí mismo o por encima de sí mismo, como contenido de la conciencia).

He mencionado esto sólo a modo de ejemplo, para que se pueda tener una mejor idea de lo que quiero decir cuando digo que «hay progreso psicológico». Pero para comenzar con la cuestión que en este trabajo es mi verdadero interés, a saber, si puede haber progreso de la psicología, progreso en el conocimiento psicológico o insight, utilizaré como punto de partida una famosa cita de Max Planck de su Wissenschaftliche Selbstbiographie (1948).

La forma habitual de que una nueva verdad científica sea generalmente aceptada no es que sus oponentes sean persuadidos y se corrijan, sino que sus oponentes mueren gradualmente y la siguiente generación crece con esa verdad desde el principio.1

Por muy cierta que sea esta afirmación, y por mucho que la experiencia la confirme, no deja de ser chocante. Da un golpe de gracia a la idea de que la ciencia se rige por la racionalidad. Todos los científicos, así debería pensarse, se convencerían inmediatamente de una nueva verdad, simplemente porque es una verdad. «Es una verdad científica» no debe entenderse aquí en términos de una verdad metafísica. No significa más que es una tesis apoyada por los mejores argumentos y apoyos empíricos disponibles en ese momento. La mera palabra «oponente» (de la nueva verdad científica) introduce algo irracional en el progreso del conocimiento científico. Suena como si la ciencia fuera una cuestión de lucha de poder entre partidos o grupos de interés, o una cuestión de preferencias y gustos personales, y no una cuestión de razonamientos sólidos y pruebas empíricas. ¿Cómo puede un científico, comprometido con la argumentación racional, ser un opositor de una nueva verdad? Increíble, pero obviamente cierto. Si sus oponentes tienen que morir para que una nueva verdad tenga una oportunidad, si, en otras palabras, la victoria de la nueva verdad depende de que los «defensores» de los puntos de vista obsoletos desaparezcan de la escena mediante el acontecimiento natural y contingente de su muerte y de que sean sustituidos por otras personas jóvenes, aún no comprometidas, que entren recientemente en la arena de la ciencia, entonces el progreso científico depende de factores serendípicos externos.

Pero cuando dije que la declaración de Planck asesta un golpe mortal a la idea de que la ciencia se rige por la racionalidad, no fui preciso. Confundí la diferencia entre la ciencia en sí misma y la comunidad científica, es decir, la multitud de individuos humanos en y a través de los cuales se realiza la ciencia. En realidad, se trata de dos realidades distintas. Lo que Planck describió se refiere sólo a la segunda realidad, a las personas que son científicos y a su psicología humana, no a la ciencia en sí, que es una realidad abstracta que pertenece a la esfera ideal o noética. En el momento en que intervienen las personas, entra en juego un elemento irracional. La ciencia en sí, por el contrario, no se ve afectada por la descripción de Planck. En la propia ciencia, como reino abstracto de las ideas y el conocimiento, una nueva verdad, si es realmente una verdad, es como una cuestión de rutina simplemente la verdad con respecto a la cuestión particular. No puede haber ninguna duda o resistencia a ella. La ciencia per se se desarrolla estrictamente sobre la base del mejor argumento. Pero en el momento en que los seres humanos entran en juego, hemos abandonado la esfera ideal y entrado en una escena totalmente diferente. Un científico, aunque sea un trabajador en el campo de la ciencia, no es idéntico a la ciencia. Más bien, es en sí mismo la unidad y la diferencia entre la propia ciencia y lo humano, demasiado humano. Como ser humano, el científico es limitado. Y al decir esto no me refiero a la posibilidad de que haya malos científicos, aquellos que, por ejemplo, por motivos ulteriores (fama, carrera, celos de otros, más financiación para la investigación) falsifican o inventan los resultados de los experimentos. Dejo esta posibilidad completamente de lado y me concentro sólo en el caso ideal de científicos concienzudos sin motivos ulteriores. Aun así, habrá que tener en cuenta el factor humano.

Teniendo en cuenta lo señalado por Planck, el principal factor humano que crea «opositores» a una nueva verdad científica puede identificarse probablemente como la fuerza del hábito. Sin embargo, no se trata de un hábito en el sentido habitual de un apego a viejos puntos de vista tradicionales. Es un hábito en un sentido especial, muy personal y biográfico. Los miembros de la comunidad científica son científicos, es decir, investigan, intentan hacer avanzar la ciencia. Los científicos de una determinada generación han recorrido ellos mismos una distancia, habiendo pasado de un punto de partida (el punto que representaba el «estado del arte» del conocimiento cuando empezaron) al estado al que les llevaron sus propias investigaciones. La vida de un científico es, pues, esencialmente el paso de un terminus a quo a un terminus ad quem.

Para llegar a esto último, a lo largo de su vida los científicos tuvieron que invertir en su trabajo mucho tiempo, celo y sudor, y además muchas emociones profundas: decepciones que hay que combatir, satisfacción por los avances exitosos, alegría por llegar a nuevos descubrimientos. Así que el terminus ad quem, es decir, las convicciones adquiridas lentamente, ganadas con esfuerzo, probadas y confirmadas una y otra vez durante su estudio de toda la vida como científicos, es para ellos su logro supremo, algo así como el «tesoro difícil de obtener». A través de su larga y lenta labor para llegar a sus resultados se han apegado a ellos, incluso podríamos decir que se han convertido en uno con ellos, han crecido junto a ellos. Esta unidad es una realidad encarnada con cierta estabilidad. Estos científicos son como un viejo árbol que ya no puede doblarse libremente hacia un lado o hacia otro. Están fijados.

Además, tenemos que darnos cuenta de que para llegar a donde están se agotaron. Las convicciones adquiridas a lo largo de toda una vida de investigación y enseñanza tienen para ellos, psicológicamente, el carácter de haber llegado a una meta, a un final. Y si en esta situación aparece de repente una verdad científica radicalmente nueva, es para ellos como si a un corredor le dijeran al final de una carrera que debe comenzar inmediatamente una nueva y posiblemente más larga.

En ambos casos, podemos entender eso y por qué una nueva verdad científica tiene pocas posibilidades con la vieja generación. Sus representantes simplemente tienen que morir. Para que sea aceptada y se convierta en un nuevo terminus a quo, se necesitan personas nuevas y jóvenes. Sin embargo, estas personas nuevas y jóvenes tendrán que desaparecer a su vez, cuando llegue su momento, para dejar paso a una nueva generación por la misma razón. Las personas que producen la ciencia, una tras otra deben ser descartadas para que la ciencia misma pueda triunfar. «Ésta debe aumentar, pero ellos deben disminuir». Son arrojados sin piedad y enterrados en el cementerio llamado «historia de la ciencia», que, en lugar de un cementerio, podría verse también como una enorme papelera. Así, la relación entre la mano de obra humana en la ciencia, por un lado, y la propia ciencia, por otro, puede compararse en cierto modo con la construcción de una catedral medieval que se extendió durante varios siglos y consumió a muchas generaciones de trabajadores de la construcción.

Este «reciclaje» humano no obstaculiza el progreso científico en sí mismo. Más bien es necesario para el progreso de la ciencia. El consumo y la eliminación constantes de científicos humanos no perjudica a la ciencia. La ciencia permanece intacta, no se ve afectada en su eterna paz y esplendor, al igual que una catedral o una pirámide egipcia no muestran en absoluto ningún signo de los sufrimientos, las heridas, las muertes de todos los trabajadores utilizados para su construcción. En la propia ciencia, o en el plano de la ciencia como realidad noética, las verdades científicas, una vez descubiertas, sustituyen irremediablemente a las ideas anteriores, ahora demostradas como erróneas, sobre el mismo tema. Las viejas ideas, ahora falsificadas, sufren su verdadera muerte2 precisamente en la muerte literal de los científicos de la vieja generación que las defendían. Para la experiencia simbólica del alma, sus partidarios se llevan las ideas obsoletas a la tumba. Y para las nuevas y futuras generaciones de científicos será ipso facto imposible volver a las ideas superadas.

La sustitución continua de una generación por otra en la ciencia es necesaria para superar lo que podría llamarse la «pegajosidad» de las percepciones, su tendencia a solidificarse, a fijarse, a «materializarse», al crecer junto con una persona realmente existente (el científico) y quedarse pegada a ella como su convicción inamovible. Es necesario un corte despiadado para cortar el vínculo que conecta las verdades científicas y tiende a amalgamarlas con sus portadores naturalmente existentes, la conciencia de las personas que son los descubridores de esas verdades. Es la muerte (literal), la muerte de los científicos, la que finalmente y en última instancia libera las verdades de su contaminación inicial con la naturaleza y las libera en una existencia en la esfera puramente ideal del conocimiento. Un defecto fundamental de las ciencias naturales es que no pueden realizar por sí mismas y dentro de sí mismas esta liberación de sus propias verdades, sino que dependen de una fuerza externa, la naturaleza, para que se produzca este desprendimiento, en forma de un hecho positivo, un acontecimiento fundamentalmente contingente: la muerte. Las ciencias naturales no trabajan con verdades3 que vendrían como a priori liberadas de la naturaleza o que en su interior tendrían la fuerza de realizar este desprendimiento por sí mismas como su propia lógica inherente.

Se podría suponer que algo similar podría ocurrir en la psicología (y al decir «psicología» me limito aquí principalmente a la psicología junguiana). Dado que la psicología tiene un aspecto empírico muy fuerte a través de la experiencia diaria de los psicólogos en la consulta, cabría esperar que se produjera un proceso de aprendizaje a partir de la experiencia, de modo que también aquí se falsificaran ciertas ideas psicológicas antiguas en el trabajo con los pacientes y, al mismo tiempo, se obtuvieran nuevos conocimientos sobre la realidad psíquica. ¿Y por qué no habría de tener efecto aquí también el problema de las generaciones señalado por Planck, su observación de que los opositores de una nueva verdad simplemente tienen que morir para que ésta sea aceptada?

Pero es evidente que no es así. Y el hecho de que no sea así en psicología demuestra que la psicología no es una ciencia. La cuestión es qué la diferencia de una ciencia.

Una mirada superficial basta para darnos cuenta de que el proceso de la psicología no puede compararse, como el de las ciencias, con el trabajo de numerosos obreros en la construcción de una catedral. Más bien, la psicología se deshace inevitablemente en una multitud de universos paralelos, no sólo la escuela junguiana al lado de todas las demás escuelas de psicología, sino también dentro del propio campo junguiano. Bajo estas circunstancias no puede haber ningún progreso del campo, porque diferentes puntos de vista sobre la misma cosa pueden coexistir pacíficamente en esos múltiples universos. Sólo si existe una unidad fundamental del campo puede una hipótesis desviada ser verdadera o falsa y tener lugar un verdadero proceso de eliminación de lo falso. Sin esta unidad nada puede ser descartado, quedar de una vez por todas obsoleto, de modo que sólo quede la idea victoriosa, la nueva verdad. Ni siquiera la muerte de la vieja generación de psicólogos ayuda, porque aquí la nueva generación no crece con «la nueva verdad» como algo natural, ya que ahora hay toda una serie de «verdades», nuevas y viejas, que compiten entre sí. Las «viejas verdades» no quedan enterradas junto a sus adeptos. Siguen vivas como una opción posible.

De hecho, la propia idea de una verdad como en la ciencia ya no tiene sentido aquí. Sólo hay diferentes ideas, puntos de vista, concepciones, no verdades y no verdades. Por eso, en psicología no puede haber ningún aprendizaje a partir de las experiencias. La experiencia, en el mejor de los casos, proporciona nuevas ideas. No niega despiadadamente ninguna antigua, al menos no de forma vinculante para la generalidad. Por qué esto es así es algo que también hay que explicar.

¿Por qué no hay un único edificio en el que trabajen todos los psicólogos? ¿Y por qué los insights de la psicología no tienen el carácter de verdades (al modo en que los resultados científicos se presentan como verdades en el sentido descrito anteriormente)? La razón de esta diferencia fundamental entre la ciencia y la psicología es que la psicología (la psicología profunda, en particular la psicología junguiana) es una disciplina que no se constituye mediante una diferencia estructural entre sujeto y objeto, mente y naturaleza. Como Jung vio muy claramente, en la psicología el alma explora el alma, el sujeto estudia al sujeto. No hay para ella ningún «punto arquimediano» fuera de sí misma. Esto significa que la psicología está lógicamente constituida de tal manera que opera dentro de una identidad fundamental. No es estructuralmente diferente de sí misma. Expresado simbólicamente: es urobórico; se muerde la cola. Está contenida en sí misma, encerrada en sí misma, sin posibilidad de salir, de llegar a un otro «objetivo». Esto es muy diferente en la ciencia. Aquí la disciplina viene como estructuralmente a priori distinguida de sí misma. Subyace como su acto constitutivo un corte fundamental. La ciencia se configura como teniendo su objeto de estudio lógicamente (no sólo empírica y fácticamente) fuera de sí misma, y por tanto irremediablemente fuera.

La división lógica irreversible entre sujeto y objeto que se da con la estructura de la ciencia tiene consecuencias tanto para el sujeto como para el objeto. La división estructural inherente al campo de la ciencia como tal se imparte necesariamente a ambos. En el momento en que una persona entra en la ciencia (entra de verdad en ella, lo que significa que ha sintonizado con la lógica que la constituye y está informada por ella), siempre se ha producido ya en ella una ruptura como sujeto, una división entre la subjetividad meramente personal y privada del sujeto y una (a través de esta entrada recién instituida) subjetividad intersubjetiva. En la medida en que un científico es realmente un científico, no piensa como su yo privado, sino que ha tomado lógicamente el punto de vista de la conciencia como tal, la conciencia de todos y cada uno de los científicos (independientemente de si es empírica y subjetivamente capaz de mantenerse a la altura de este punto de vista). La cuestión aquí es que el campo objetivo viene con esta distinción y constela ipso facto al sujeto universalizado en el momento en que se ha entrado realmente en el campo de la ciencia. Precisamente no es tarea personal del individuo lograr, mediante su propia lucha, esta abstracción de su subjetividad personal. La lógica de la institución de la ciencia ya se ha encargado de ello por el científico. Lo único que tiene que hacer el individuo es entrar de lleno en la ciencia. Y es aquí, en el grado en que esta entrada tiene éxito o no, donde las deficiencias humanas, demasiado humanas, del individuo pueden entrar después de todo e interferir con el punto de vista puramente científico.

Sólo porque un científico ha dejado, por principio, su subjetividad privada por el mero hecho de convertirse en científico y piensa como conciencia, obtenemos en la ciencia esa situación que comparé con la construcción durante siglos de una catedral a través de muchos constructores. En el caso de cada cuestión científica sólo puede haber una única verdad válida para todos los científicos. La conciencia científica como tal es común a todos los científicos, y la verdad también. Es una misma conciencia compartida la que decide lo que es verdadero o falso, independientemente de cuántos científicos individuales puedan estar participando empíricamente en ella y de quiénes en particular puedan estar hablando en un momento dado. Cada individuo es sólo un sustituto humano temporal de esta conciencia general.

Ahora quiero examinar lo que la división estructural que constituye la ciencia hace al objeto de la misma. La división que separa al sujeto y al objeto se manifiesta en el objeto mismo al haber sido despojado de toda subjetividad. Es puramente «objetivo», es decir, tiene una naturaleza o esencia firme como propiedad propia e inalienable, independientemente de quién sea el sujeto que lo estudie. Como tal, es resistente, inflexible. Puede decir «¡No!» a las preguntas e hipótesis del sujeto sobre ella. Y da de forma fiable la misma respuesta a la misma pregunta sin importar cuántas veces se le pregunte y por cuántas personas diferentes. La realidad se interpreta aquí a priori como un hecho positivo.4 Como el objeto es resistente y puede dar su respuesta independiente a nuestras preguntas humanas, existe en la ciencia la posibilidad de aprender de la experiencia.

El ser-así independiente y la dureza del objeto tienen que ser entendidos (vistos a través) como el resultado o producto de la lógica de la ciencia que pone su propio objeto radical e irremediablemente frente a sí mismo. La solidez no es en sí misma un hecho, algo naturalmente dado. La implacabilidad del acto lógico de corte que subyace a la institución de la ciencia es lo que en la ciencia da al objeto su dureza. Esto resulta tanto más claro cuanto más confrontamos la naturaleza resistiva del objeto en la ciencia con el objeto de la psicología. Al estar constituido por una lógica urobórica de la identidad, el objeto de la psicología no muestra un ser propio e inequívoco, independiente del sujeto. No ofrece el mismo tipo de resistencia. Es más bien comparable al agua. Cuando intento agarrar el agua, simplemente cede. Y se adapta perfectamente a la forma de cualquier recipiente u obstáculo. El agua, más que tener una forma propia, recibe su forma de lo que la rodea. De forma similar, el objeto de la psicología se caracteriza por una gran plasticidad. El objeto se limita a cumplir las órdenes del sujeto.

Esto se pone de manifiesto en el hecho de que todos los diversos teóricos de la psicología encontraron sus teorías confirmadas por su observación empírica, por ejemplo, en sus terapias. Jung, muy consciente de este problema, intentó mostrar que un mismo caso puede ser interpretado tanto desde un punto de vista freudiano como adleriano o junguiano5. Obviamente, el material del caso no dice por sí mismo «¡No!» a otra hipótesis interpretativa. Acepta de buen grado todas y cada una de ellas. Pero si no hay falsificación, tampoco puede haber aprendizaje de la experiencia. Patricia Berry demostró algo parecido.6 Presentó el mismo sueño a muchos analistas junguianos diferentes y recibió igualmente muchas interpretaciones diferentes. En psicología, la realidad psíquica no corrige las ideas del psicólogo sobre ella. Sin resistencia, se deja moldear de una u otra manera, dependiendo de las perspectivas y convicciones con las que se aborda. La psicología, por tanto, no tiene nada externo de lo que desprenderse. Si se desprende, entonces necesariamente sólo lo hace dentro de sí misma y desde sí misma (o desde lo que ya es su propia propiedad interna o lo que ha convertido en su propiedad), como discutiremos a continuación.

En la misma línea, Shamdasani señala que,

«Si algo han demostrado la psicología y la psicoterapia en el siglo XX es la maleabilidad de los individuos, que han estado dispuestos a adoptar conceptos psicológicos para ver su vida (y la de los demás), en términos de un juego de reflejos condicionados, un deseo de matar al padre y acostarse con la madre, una psicomaquia entre el pecho bueno y el malo, un desfile de alteraciones disociadas, una búsqueda de la autorrealización a través de experiencias cumbre o giros contorsionados a través de los aros de lo simbólico, lo imaginario y lo real.«

E insiste en que «la ‘realidad psíquica’ es, por excelencia, lo real fabricado» y afirma que «su ‘propiedad’ más notable era su capacidad de presentarse según cualquier teoría que se tuviera sobre ella».7

La frase «Lo real fabricado» contiene, se diría, un veredicto demoledor. Por un lado, este veredicto está justificado, en la medida en que en psicología el objeto no es una realidad independiente que resiste a las falsas comprensiones de él y las refuta, sino que se deja moldear según las necesidades o perspectivas del sujeto que lo ve. Las interpretaciones en psicología «fabrican» aquello que interpretan, y el acto de interpretación es en sí mismo esta fabricación. Esto muestra una vez más el carácter urobórico de la psicología. Por otra parte, la frase «lo real fabricado» se queda corta. Pretende ser crítica, si no demoledora. En cierto modo, sigue utilizando como norma, y así confirma, la idea de un real «objetivo» que no es fabricado, tal como lo encontramos en la «naturaleza» de la que trata la ciencia. Pero para entender la psicología y hacer justicia a su naturaleza urobórica tenemos que dejar completamente de lado la idea de una realidad «objetiva» por ser totalmente engañosa. Que la psicología «fabrique» lo «real» que estudia no es su defecto, sino su carácter especial, desde cierta posición podríamos decir incluso su virtud y distinción. Dado que en la psicología no existe ese vis-à-vis estructural, esa separación fundamental entre sujeto y objeto que caracteriza la lógica subyacente de la ciencia, no puede haber una división clara entre la visión subjetiva aquí y la realidad objetiva allá. Más bien los dos aspectos, la interpretación y la realidad, son aquí dos momentos integrales de y dentro de un mismo acto de hacer psicología. Se entrelazan urobiamente.

Una vez más, Jung vio esto muy claramente. Sabía que en la psicología, en última instancia, la Bekenntnis y la Erkenntnis8 (confesión/expresión subjetiva de uno mismo/exhibición de uno mismo, también podríamos decir «proyección», por un lado, y reconocimiento/descubrimiento científico/conocimiento objetivo, por otro) van juntas; la una sólo es como la otra y viceversa. Por la misma razón se dio cuenta de que, por ejemplo, Freud desarrolló su particular psicología porque tenía una «psicología freudiana». La teoría psicológica de Freud era la autorrepresentación de la psicología que él, Freud, vivía o como la que existía. El mismo principio se aplica a cualquier psicólogo que diseñe una teoría psicológica y, por tanto, por supuesto, también al propio Jung. En la psicología, a diferencia de la ciencia, la lógica del campo no despoja a priori a la conciencia del investigador de su individualidad, de modo que lo que estaría presente en todos los investigadores psicológicos sería la misma conciencia universal única, compartida por todos. Más bien, cada persona que trabaja en psicología tiene su conciencia privada. Esto significa también que cada uno tiene -potencialmente- su propia verdad. No hay una piedra de toque externa de la verdad. Lo que es verdadero, tiene que determinarse aquí sólo desde dentro de la teoría psicológica particular. Cada psicología tiene su piedra de toque dentro de sí misma.

Como señaló Jung, el trabajo psicológico procede inevitablemente bajo la regla de «la ecuación personal». Ésta es el equivalente en el lado del sujeto a la plasticidad que descubrimos en el lado del objeto. Y ambos aspectos son, por supuesto, inseparables; se reflejan naturalmente el uno en el otro, porque sujeto y objeto no están definitivamente separados por la lógica que informa a la psicología. Pero si lógicamente no es una sola conciencia universal la que estudia la realidad psicológica, por muchos investigadores empíricos individuales que haya, tampoco puede haber una verdad universalmente válida en psicología.

Hemos visto que, por un lado, el objeto de la psicología no es inequívoco ni de otro modo; no se resiste ni corrige implacablemente nuestras suposiciones erróneas. Y hemos visto que, por otra parte, el objeto de la psicología se deshace inevitablemente en tantas conciencias individuales (y por tanto tantas verdades personales) como investigadores hay. En estas circunstancias está claro que el progreso en psicología es impensable. En lugar de progreso se produce una multiplicación.

Jung declaró en una ocasión que era el único de los seguidores de Freud que desarrolló más allá dos ideas particulares que eran las más importantes para Freud. En otras palabras, en su propia estimación progresó más allá de la posición de Freud. David L. Miller también diagnosticó un ejemplo de un tipo de progreso en la psicología. «Si el trabajo de James Hillman sobre la ‘psicología arquetípica’ representa después del propio Jung el junguismo de la segunda ola, el trabajo de Wolfgang Giegerich bien puede indicar el pensamiento junguiano de la tercera ola».9 Si estos dos puntos de vista fueran correctos (lo que no es un problema en nuestro contexto), ¿contrarían mi tesis en este trabajo de que no puede haber ningún progreso en la psicología? En absoluto. Porque en todos los casos mencionados, la posición psicológica que ha sido superada por el movimiento posterior continúa, sin embargo, floreciendo sin ser molestada al lado de los desarrollos posteriores. El hecho de haber sido superada no la supera. Pensando en la afirmación de Planck de que los oponentes de una nueva verdad tienen que morir para que ésta sea aceptada, podríamos señalar que, en el caso del progreso real o imaginario de Jung más allá de Freud, éste murió efectivamente durante la vida de Jung, la mejor condición previa, según el dictamen de Planck, para que la opinión de Jung sea aceptada. Pero nada de eso ocurrió en la realidad. El progreso no tiene ningún efecto fuera de sí mismo, ningún efecto sobre la teoría que ha sido superada por él.

Lo que tenemos que comprender es que incluso si hay un progreso, como ciertamente lo hay, por ejemplo, en el caso de la «psicología de la re-visión» de Hillman, este progreso es, sin embargo, algo completamente diferente de lo que Planck tenía en mente cuando hablaba de una nueva verdad científica que se volvía generalmente aceptada. La física cuántica trascendió la física newtoniana dentro de la ciencia en general y para la ciencia como tal. Pero Jung desarrolló los puntos de vista de Freud (en esas dos áreas que tenía en mente) sólo dentro de su propia psicología y para su propio pensamiento. Como se puede mostrar, hay realmente un movimiento más allá de Freud en la teoría de Jung. Pero no tiene consecuencias para la teoría de Freud. Por la misma razón, Hillman revió la psicología sólo dentro de su propia psicología y para ella, así como yo me aparté de la psicología imaginal sólo dentro de mi propia posición psicológica y para ella. Lo que se supera en cada caso sólo se supera dentro y para el nuevo esquema, pero en ningún caso supera a su predecesor fuera de este esquema. Así que puede haber efectivamente un progreso lógico en una psicología, pero no un progreso fáctico de la psicología como tal.

Ahora bien, es importante no ver esta coniunctio de Erkennen y Bekennen planteada por Jung como una desventaja que no debe ser, y debe ser superada. Pero aquí se le puede reprochar a Jung que no haya bebido realmente su propia medicina hasta las heces. No llega hasta el final con su propia y maravillosa visión de la lógica de la psicología. Por ejemplo, dijo,

Nuestra experiencia psicológica es todavía demasiado joven y está demasiado poco extendida como para permitir la elaboración de teorías generales. Se necesitan más investigaciones para reunir muchos más hechos antes de que podamos atrevernos a hacer un primer intento de presentar proposiciones universales (CW 16 § 236, trad. modificada).

Aunque Jung ha comprendido y afirmado claramente la lógica urobórica de la psicología, todavía se aferra firmemente a la fantasía y al deseo de la psicología como ciencia futura posible. La psicología simplemente no está todavía ahí. Por el momento es todavía demasiado pronto. La psicología es todavía demasiado joven. Se necesita mucho más trabajo de preparación. Pero cuando todo este trabajo necesario se haya realizado, entonces, un día en un futuro lejano, la psicología podrá avanzar hacia proposiciones universales después de todo.

Lo que Jung dice en esta cita es insostenible, dada su visión seminal de la identidad del reconocimiento y la autoexpresión, porque entonces (1) no hay hechos en primer lugar y (2) una teoría general en el sentido de proposiciones universales está completamente fuera de cuestión. Todos los llamados hechos son en sí mismos interpretación y sólo se producen por esta interpretación en primer lugar, su articulación. Y cada época, cada intérprete los reinterpretará según sus necesidades y creará ipso facto «los mismos» «hechos» como diferentes, nuevos. No, la idea de una teoría universal tiene que ser abandonada por completo junto con la idea de «hechos», de un «real» externo. La lección del entrelazamiento urobórico de «fabricación» y «realidad» en la psicología es precisamente que la psicología es la disciplina de la interioridad, lo que aquí significa que la noción misma de lo real y la noción misma de verdad están lógicamente absolutizadas-negativamente en el proceso de producción, en el acto de hacer psicología. El proceso de producción o interpretación tiene lo real como producto en sí mismo. La psicología es productiva. Al igual que el arte, se produce a sí misma como lo real de lo que se trata; produce verdades y no las encuentra o descubre. La psicología es la fabricación del alma, no la explicación del alma. Y este real que «fabrica» es en sí mismo una interpretación. No es un hecho positivo, o es el hecho de que exista esta interpretación, esta visión.

Para la psicología no hay ninguna «esencia» o sustancia metafísica determinada que deba ser expresada o interpretada, ni como un real externo ni en el sentido de la propia y verdadera naturaleza interior. Pero la psicología tampoco carece totalmente de «esencia». No, produce esencias como resultado de su hacer. Es inventiva.

Para la psicología hay dos posibles problemas principales, dos cosas que pueden salir mal. Un primer problema surge si la postura científica o pseudocientífica con su lógica de la externalidad («hechos», un real absolutamente independiente y «objetivo») y una única conciencia universal como tal se mantiene y como norma y medida indispensable informa el pensamiento de uno incluso sobre la psicología, mientras que lo que se hace en la propia psicología se rige de hecho por una lógica totalmente diferente. Encontramos un ejemplo de este problema en el pasaje de Jung citado anteriormente, en el que su esperanza, aunque sólo sea para un futuro lejano, sale a relucir para las proposiciones universalmente válidas y, por lo tanto, para la psicología como ciencia, a pesar de su clara percepción del entrelazamiento urobórico del reconocimiento y la confesión.

El segundo problema surge cuando lo que es inherente a la lógica de la psicología, a saber, su carácter de confesión «subjetiva», se toma literalmente como una licencia para que el ego se entregue a su subjetividad con todas sus idiosincrasias, carencias y necesidades o deseos personales. Este segundo problema es, diría yo, el estado normal de las cosas en la psicología junguiana. Para quienes se convierten o son junguianos, la psicología suele servir al propósito de la autogratificación, de la autocomplacencia. Es un viaje del ego. Las personas que se adentran en la psicología junguiana o arquetípica se sienten atraídas por ella, en su mayoría, porque esperan que les proporcione consuelo para su profundo descontento con el mundo moderno, por las enormes exigencias intelectuales que plantea a todos los que participan en él, la abstracción de la vida moderna, su vacío metafísico y religioso; y que, en segundo lugar, puede proporcionar un sentido, una especie de sistema de creencias, una ideología, y servir así de religión sustitutiva; y que, en tercer lugar, puede proporcionar todo esto inmediatamente, sin más, porque se piensa que cada persona ya lleva en su interior todos los tesoros deseados. Con respecto a este sistema de creencias ni siquiera tienes que someterte a artículos de fe fijos que tendrías que estudiar para entenderlos adecuadamente. Y realmente no tienes que creer en nada, en el sentido de una creencia vinculante con consecuencias prácticas. Todo lo que se necesita, por el contrario, es (a) experimentarse a mismo y experimentar o (b) entregarse a las imágenes, los mitos, los símbolos. En última instancia, todo lo que se experimenta se va, al igual que cualquier imagen, cualquier mito. No importa lo que sea. No hay criterios de verdad. No se necesita ningún trabajo duro, ninguna disciplina, ninguna inteligencia. Las bellas imágenes y ciertos mantras ocupan el lugar del pensamiento. Una tierra intelectual de Cockaigne que hace que el significado esté disponible mientras uno está dormido (¡sueños!) y que, para la mente despierta, tiene almacenada mucha comida rápida intelectual y comida de bebé sentimental. Este tipo de psicología satisface las necesidades emocionales e ideológicas de las personas.

Al estar motivados por tales necesidades y esperanzas, los junguianos tienen intereses creados en su propia versión del junguismo que satisface su particular necesidad emocional-ideológica. Dado que su interpretación particular de la psicología junguiana se ajusta a sus necesidades, éstas a su vez confirman dicha interpretación. Es un sistema que se autoalimenta. Y como hay suficientes personas con el mismo tipo de necesidades entre sus pacientes y en el público en general, esta interpretación incluso recibe apoyo del exterior.

Ambos problemas necesitan una respuesta. La respuesta al primer problema es que, en lugar de seguir jugando con la esperanza de llegar por fin a una ciencia de la psicología, lo que necesita la psicología es adoptar sistemáticamente la posición de la unidad contradictoria del reconocimiento y la confesión. No existe para ella ninguna verdad externa, ni la forma de verdad históricamente primordial (la verdad de los padres, de los antepasados, de los muertos, de los dioses, de los profetas, de los antiguos, de la tradición, de cualquier autoridad) ni la forma de verdad posterior (la verdad científica de los hechos positivos y del argumento racional). La psicología tiene que desprenderse implacablemente de cualquier soporte externo al que pudiera aferrarse y de cualquier esperanza o deseo de dicho soporte y, en su lugar, sumergirse con plena determinación en el proceso de fabricación del alma como producción (¡sí, fabricación!) de su propia verdad. Lo que Jung se limitó a describir como un hecho deplorable

La psicología se funde inevitablemente con el proceso psíquico mismo. … ninguna explicación de lo psíquico puede ser otra cosa que el proceso vivo de la psique misma» (CW 10 § 429). «Con respecto al estatus científico, nosotros [es decir, al describir o interpretar el proceso psíquico] no nos hemos retirado de ninguna manera a un nivel superior o al lado del proceso psíquico … (ibíd., § 421, traducción modificada),

tenemos que abrazar conscientemente como nuestro principio metodológico. Pero esto significa que, aunque no haya progreso de la psicología, nuestro hacer psicológico (nuestro hacer del alma) participa, sin embargo, del progreso psicológico mencionado al principio, del progreso histórico del proceso psíquico, en tanto que es uno de los momentos de éste.

La respuesta al segundo problema es que es un malentendido (y un abuso con fines egoístas) de la lógica urobórica de la psicología que concede al psicólogo la licencia para ir en su propio viaje del ego, mientras que, sin embargo, da esto como «psicología». No hay nada que decir en contra de ir en su propio ego-trip. Pero esto no es psicología. Si queremos hacer psicología, su lógica urobórica no nos dispensa de la necesidad de tomar distancia de nuestra subjetividad privada, meramente personal. Cualquier campo o disciplina depende de esa distancia, aunque dependiendo del tipo de campo esta distancia tendrá características diferentes. El hecho de que, a diferencia de la ciencia, la psicología no proporcione a priori la distinción del sujeto de sí mismo simplemente a través de la división fundamental sujeto-objeto inherente a su constitución lógica interna, significa más bien que en la psicología el propio sujeto tiene que producir sistemáticamente el equivalente de esta división como su propio trabajo metodológico dentro de la psicología. La ciencia tiene esta división fuera de sí misma, como su a priori y presuposición, por lo que el científico individual está liberado de tal tarea. El campo ya lo ha hecho por él. Pero la psicología, como disciplina de la interioridad, lo tiene todo dentro de sí, y por eso también la necesidad de que el sujeto realice activamente la tarea de la autodistinción del sujeto cortando sin piedad su propia carne. En psicología siempre empezamos como yo empírico, como «el ego», la personalidad cotidiana ordinaria que somos. Pero para que la psicología sea realmente capaz de llegar a existir, dentro de la psicología tenemos que abstraernos lógicamente de nosotros mismos como individuos meramente privados, de hecho, con plena determinación metodológica para pasar por debajo como «el ego», para poder hacer psicología como «ya difuntos».10 Mientras que en la ciencia, según Planck, el progreso dependía en gran medida de la diferencia generacional y del acontecimiento contingente de la muerte literal de los adversarios de una nueva verdad, en la psicología la «muerte» indispensable para su nacimiento es metodológicamente producida e intrínseca.

Siempre tenemos que recordar que la psicología, como el habla del alma a sí misma sobre sí misma, no es sobre «nosotros», sobre las personas, no sobre los objetos externos, sino sobre sí misma. Jung ya nos había advertido que «Nunca debemos olvidar que en cualquier discusión psicológica no estamos haciendo declaraciones sobre la psique, sino que la psique se está expresando inevitablemente a sí misma» (OC 9i § 483, trad. modificada). En otras palabras, aunque no seamos conscientes de ello, aunque en nuestro hacer psicológico creamos que somos nosotros (como «ego») los que estamos hablando, en verdad es la psique la que está hablando. Sin embargo, la visión de Jung sólo nos lleva a un hecho inevitable, por así decirlo un hecho de la naturaleza. Pero el hecho no es suficiente. La verdadera psicología comienza sólo cuando esta verdad fáctica e implícita se ha hecho explícita para la propia psicología, es decir, cuando se ha adoptado activamente y con conciencia metodológica como punto de vista propio de la psicología y, como consecuencia, se muestra de hecho en las perspectivas y el estilo de nuestro hablar. La psicología sólo ha comenzado cuando nosotros, con nuestro interés propio, nos hemos callado para que en y a través de nuestro psicologizar pueda ser el alma la que se hable a sí misma. Pablo dijo: «Vivo yo, pero no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal. 2:20). Análogamente, el psicólogo debe llegar a un punto en el que sea capaz de decir, porque se ha convertido en una verdad explícita en su trabajo, «Yo hago psicología; sin embargo, no soy yo, sino que es la propia psicología (objetiva, impersonal) la que se hace a sí misma en mí.»

Mientras la psicología se represente de hecho como una autocomplacencia privada, carece de verdad. Sólo es diversión, entretenimiento o autoestabilización. Por cierto, también aquí es la psique la que se expresa inevitablemente, pero precisamente sólo la psique como psique subjetiva, la psique reducida reductivamente al «yo» («el hombre empírico») con todo lo que ello implica -aunque explícitamente uno se declare dedicado al inconsciente colectivo o al ánima mundi. Pero cuando el sujeto ha adquirido para sí su propia distinción de sí mismo, entonces se abre al alma objetiva, que, fría y ajena, puede no corresponder en absoluto a nuestras propias emociones y necesidades emotivo-ideológicas, pero sigue sus propias necesidades. Lo que significa, en definitiva, haberse liberado de la identificación con uno mismo y con los propios sentimientos, necesidades e ideas, es que se ha dejado entrar en la esfera del pensamiento, se ha abierto al pensamiento real y objetivo como el que existe y se despliega el alma. Cuando se está verdaderamente confrontado con el alma objetiva -el alma de y en lo que es, tal como se manifiesta en aquellas condiciones de nuestra realidad moderna a las que la historia del alma nos ha transportado- entonces ya no importa la cuestión de si las percepciones psicológicas a las que somos conducidos son agradables o no. Y aunque la verdad en el sentido de la distinción científica verdadero-falso está en principio fuera de cuestión para la psicología, ésta puede encontrar -producir- su propia verdad dentro de sí misma, mediante el opus de la interiorización absoluta-negativa en sí misma de lo que se le da como su «materia prima», independientemente de lo que ésta sea en cada caso. Esta interiorización de la materia es el proceso de liberación en su verdad, a través de la «fría marcha de la necesidad de la materia» -¿una marcha hacia dónde? Por supuesto, a nada más que a que la materia se sumerja en sí misma, en su lógica o sintaxis interna, su verdad, su alma.

* * *

No puedo dejar la cuestión del «progreso de la psicología» sin recurrir a un cuento poderoso -el cuento clásico de nuestra tradición- sobre el problema de la progresión de un estado de conciencia a otro. Todos lo conocemos. Habla de unas personas en una cueva, tan atadas que no pueden moverse y se ven obligadas a mirar exclusivamente de frente a la pared del fondo de la cueva. En ella, ven las sombras de los objetos que pasan a sus espaldas, sombras proyectadas por un fuego que arde aún más atrás. Toda su «experiencia del mundo» se limita, pues, al juego de las sombras. Ahora bien, si una de estas personas se liberara y se diera la vuelta, se encontraría de repente con los objetos reales cuyas meras sombras había visto antes, pero sólo a la luz artificial del fuego. Si salía por completo de la cueva, vería el mundo a la luz del día e incluso sería consciente del propio sol. Su experiencia del mundo se habría enriquecido inmensamente con dimensiones completamente nuevas. Si volviera a la cueva con sus antiguos compañeros para compartir con ellos su experiencia de las nuevas dimensiones de la realidad, ellos, firmemente convencidos de que su experiencia era la única razonable y verdadera, se reirían de él y, si intentara sacarlos de la cueva, probablemente intentarían matarlo.

Aunque la metáfora particular elegida en esta historia de los cavernícolas absolutamente fijados y cautivados por las imágenes (sombras) que aparecen en la pared podría sugerirnos inmediatamente a los psicólogos junguianos la posición de una psicología imaginal dogmática que se entrega a las antiguas imágenes míticas como horizonte último de su pensamiento, deberíamos entender este relato más bien como una parábola general sobre cualquier situación histórica de discrepancia entre una posición apreciada y establecida y una nueva posición que la trasciende. Cada nueva posición revolucionaria adquirida se convertirá a su vez, en el transcurso del tiempo, inevitablemente, en la nueva posición cavernícola y, tarde o temprano, se verá superada por una nueva posición revolucionaria. Podemos entender nuestro cuento como una situación de lo que en la historia de la ciencia llamamos hoy en día un cambio de paradigma (en el sentido de un cambio de un modelo más pobre y simple a otro más profundo, complejo y completo: las sombras de los objetos son bidimensionales, los objetos reales tridimensionales; y la experiencia de las sombras es una experiencia en blanco y negro, el mundo fuera de la cueva a la luz del día es colorido).

Las personas que se quedaron en la cueva no pueden dar sentido al informe de alguien que ha estado fuera. No puede, por así decirlo, explicar a los daltónicos lo que es el color. La experiencia bidimensional no tiene cabida en sí misma para una tercera dimensión. Los cavernícolas se ven obligados a interpretar reductivamente, en términos de sus propias categorías bidimensionales, todo lo que se dice sobre una realidad tridimensional colorida e inevitablemente ven en el informe del habitante de la cueva sobre esta última nada más que tonterías, afirmaciones absolutamente incompatibles con toda razón y con su experiencia del mundo, si no un ataque sacrílego a su propio sistema de creencias, que, después de todo, es para ellos la verdad.

En general, son factibles dos posibles reacciones de las personas que se quedaron. La primera reacción es la que se ejemplifica en nuestra historia. Los cavernícolas se convierten, por así decirlo, en apologistas que probablemente se limitan a reiterar las opiniones tradicionales, insistiendo en la veracidad y razonabilidad de su propia experiencia (una veracidad y razonabilidad que ahora, sin embargo, ya no es inocente, sino que ya se ha puesto en tela de juicio debido a su confrontación con el mensaje de su colega que regresa). Más aún, en nuestro relato se convierten en fanáticos defensores de la fe de la ortodoxia que, en última instancia, están dispuestos incluso a matar al perturbador de la paz.

Es bien sabido hasta qué punto Freud sintió que su teoría «revolucionaria» del psicoanálisis era rechazada por el mundo académico establecido de su época11 (pero también parece haber apreciado y cultivado la idea de ser despreciado). El temprano Jung enfrentado a la misma situación se consoló con una idea que se acerca a la teoría de la «secuencia de generaciones» de Planck. Dijo sobre el psicoanálisis que podíamos conjeturar «que aquí está ocurriendo algo extremadamente significativo, que el público erudito combatirá (como siempre) primero con muestras del más vivo afecto». Pero [y ahora viene el consuelo]: magna est vis veritatis et praevalebit [Grande es el poder de la verdad y prevalecerá]» (OC 7 § 441).12 En su vejez, este optimismo le había abandonado. Le invadió la resignación, si no la desesperación, respecto al impacto de la psicología que había otorgado al mundo. En sus últimas cartas abundan sus lamentos por no ser comprendido, incluso por sus mismos discípulos, y por ser combatido o despreciado.

La otra reacción de la «gente de las cavernas» (para mantenernos dentro de nuestra metáfora) puede ser ejemplificada por el bien intencionado guía espiritual del joven Lutero, Staupitz, quien, cuando, como hombre todavía medieval, fue confrontado con las experiencias interiores decididamente post-medievales de Lutero, sólo pudo afirmar: «No lo entiendo». ¡Una reacción honorable! Como todavía se encontraba en el horizonte de las concepciones medievales, no entendía, ni podía entender, las experiencias de alguien que había sido catapultado más allá. Sin embargo, se limitó a reconocerlo sin condenarlo a priori como absurdo o herético, como habrían hecho los habitantes de nuestra historia de la cueva. Una reacción así es, por supuesto, rara, ya que requiere cierta autoconciencia y valentía (en la medida en que no localiza automáticamente el problema en la otra persona que tiene los puntos de vista inauditos, sino en cómo juzga la para él ajena experiencia que Staupitz se queda con él mismo, con su propia limitación para comprender. De este modo deja abierto si la nueva posición puede tener algún mérito o no. Ultra posse nemo obligatur). La no aparición de una comprensión no hizo que Staupitz cambiara de nivel reaccionando ante lo incomprendido con las habituales «muestras de afecto más vivas» (como había dicho Jung). Permaneció en el nivel intelectual, y precisamente al reconocer que había sido decepcionado o negado, confirmó su continuo deseo de comprensión.

Teóricamente, existe también una tercera posibilidad, a saber, que una persona esté dispuesta a seguir las indicaciones del que ha vuelto a la cueva y a averiguar por sí misma lo que puede valer la reclamación del que ha vuelto a casa. Pero en la realidad práctica esto es olvidable.

Además, también debo mencionar la posibilidad de la no reacción, que es probablemente la más frecuente en la realidad: que la gente no muestre ningún interés por lo que tiene que decir la persona que devuelve y simplemente lo ignore, ya sea porque pasa por encima de sus intereses o porque está absorta en sus propias cosas.

Veamos ahora la posición de la persona que originalmente salió de la cueva y adquirió su experiencia del mundo más dimensional. En nuestro relato, regresó a sus compañeros de la cueva movido por un impulso ético y un eros pedagógico. Pero me pregunto si este impulso es verdaderamente ético. ¿No deberíamos hablar, en lugar de un eros pedagógico, de un deseo de misionar?

Esto me recuerda un pasaje de Jung en una carta a Herbert Read del 2 de septiembre de 1960. «Me pregunté una y otra vez por qué no hay hombres en nuestra época que puedan ver al menos lo que yo estaba luchando. Creo que no se trata de mera vanidad y deseo de reconocimiento por mi parte, sino de una auténtica preocupación por mis semejantes. Se trata, presumiblemente, de la antigua relación funcional del hombre-médico con su tribu, de la participación mística y de la esencia del ethos del médico. Veo el sufrimiento de la humanidad en la situación del individuo y viceversa» (Cartas 2, pp. 586, 589). Esta es prácticamente la misma postura que presenta el héroe de la parábola de la cueva. Una preocupación genuina por sus semejantes (que sólo son una humanidad sufriente porque todavía están en la cueva y no han avanzado al nivel de lo que Jung está luchando). El ethos del médico. La relación del médico con su tribu.

Suena muy bien.

Pero, ¿realmente lo es? ¿No es realmente una posición inflada? ¿Una identificación con el arquetipo del curador, la personalidad-maná? Y una identificación precisamente por parte de aquel analista que enseñaba la necesidad de la «disolución de la mana-personalidad» (CW 7 § 398), de la propia distinción de cualquier arquetipo (así como de uno mismo), y que predicaba la individuación, es decir, el llegar a ser lo que uno es (en el sentido de «¡sólo soy eso!»). Jung adopta la postura de un curandero o chamán arcaico ante su tribu. El psicólogo que nos exigía disolver la unio naturalis justifica aquí su sufrimiento por la falta de reconocimiento con una participación mística. No puedo evitar detectar una especie de celo misionero detrás de la postura adoptada aquí por Jung. ¿No es una presunción sentir que él, C.G. Jung, como ser humano y ego-personalidad debería ser quien asumiera una responsabilidad por «su tribu»? ¿Por qué no podría dejar a la gente a su aire y dejar al alma cómo se desarrollará la humanidad? ¿Quién lo nombró médico-hombre, quién lo autorizó?

El curandero o chamán de antaño es precisamente el curandero de su tribu porque la gente de su tribu acude a él en busca de ayuda y consejo y, por tanto, le reconoce como su sabio. Del mismo modo, el psicoterapeuta de hoy en día sólo se activa cuando la gente viene a consultarle y, por tanto, le autoriza. No va, como un misionero o un profeta, por iniciativa propia, a salvar a la gente independientemente de que ésta quiera o no ser salvada. Si ningún hombre de nuestra época ve lo que Jung estaba luchando, esto habla por sí mismo. ¿Por qué se planteó «una y otra vez» esta pregunta? ¿No es evidente? Y: ¿no es justo? Es la simple autoexposición de la relación objetiva que existe entre él y los demás. Además, lo que Jung dijo una vez sobre la neurosis, ¿no se aplica también a la incomprensión o al rechazo con los que se puede encontrar aquel que avanzó a un nuevo nivel? Jung había dicho (CW 10 § 361, trad. modif., cursiva de Jung) «Deberíamos incluso aprender a estar agradecidos a ello…. No se cura, sino que nos cura«. ¿Por qué? Porque la incomprensión y el rechazo, si se reciben con agradecimiento, pueden ayudar a ponerlo en su sitio. Es un agente terapéutico cauterizador. Actúa «disolviendo la mana-personalidad», la inflación.

Sorprendente para un psicoterapeuta es también la reacción de Jung ante el sufrimiento de la humanidad y de los individuos. Aquí parece como si viera el sufrimiento (psicológico) como la noxa que hay que curar, mientras que psicológicamente es, después de todo, el «propio mejor enemigo o amigo» de las personas, su psicopompo. Es el camino a seguir, su única vía real de progreso psicológico (en el espíritu del estatuto de Zeus relatado por Esquilo, pathei mathos). El sufrimiento es simplemente la forma en la que se produce el cambio psíquico como un cambio real por debajo del nivel del ego, que se inscribe en la carne. No es Jung y sus conocimientos los que deben ser sus maestros. Su único maestro auténtico lo tienen en su propio sufrimiento «espiritual», que tiene todo lo que necesita dentro de sí mismo. «En realidad, este sufrimiento contiene el alma del que lo padece; perderlo significaría volverse inútil», podríamos decir adaptando algunas de las formulaciones anteriores del propio Jung (CW 10 § 355). Jung parece pensar que si la gente fuera capaz al menos de ver con qué está luchando y si tal vez incluso siguiera sus respuestas al problema colectivo, esto les ayudaría. Pero probablemente no sería más que «un sustituto del sufrimiento legítimo», al igual que hoy en día muchos junguianos quieren engañar a la gente (e idealmente incluso a la sociedad en general, si fuera posible) de su propio sufrimiento auténtico por la falta de sentido, ofreciéndoles una «visión del mundo junguiana», una alternativa compensatoria a la «unilateralidad» de la vida moderna, y las llamadas «experiencias numinosas», como gratificación y consuelo para el ego. Taponando la grieta hacia «el inframundo».

Qué diferente es todo esto de la posición que Jung había adoptado veinticinco años antes en sus Conferencias Tavistock.

Digo lo que veo, y si alguien está de acuerdo conmigo me agrada y si nadie está de acuerdo me es indiferente. No puedo adherirme ni a la confesión adleriana ni a la freudiana. Sólo puedo estar de acuerdo con la confesión junguiana porque veo las cosas de esa manera aunque no haya una sola persona en la tierra que comparta mis puntos de vista. Lo único que espero es daros algunas ideas interesantes y que veáis cómo afronto las cosas. (CW 18 § 276)

Ciertamente, todo el mundo se alegra si descubre que alguien está de acuerdo con él. Pero lo contrario, que «si nadie está de acuerdo le es indiferente», suena un poco dudoso, una muestra de una indiferencia mayor de la que probablemente exista. Nunca es agradable encontrarse con el desacuerdo o el rechazo. Sin embargo, tanto es así que uno debería al menos ser capaz de aceptarlo sin recelos y comprender que es simplemente el precio por haber seguido el propio camino, un precio que hay que pagar. Es el mismo precio que en nuestra historia de la caverna se muestra en su última consecuencia: ser asesinado (el ejemplo paradigmático en la historia es, por supuesto, Sócrates, quien, por cierto, afrontó su muerte sin rencor). Psicológicamente, no hay nada malo en esta posibilidad. Es, si sucede como un hecho literal, simplemente la actuación literal de la verdad de la discrepancia objetiva que se ha producido. El que sigue su propio camino y avanza más allá del nivel de conciencia de sus semejantes ha creado él mismo esta discrepancia al haber avanzado a este nuevo nivel.13 Y tiene que estar dispuesto a pagar por ello. No hay amargura. No se puede tener las dos cosas: avanzar y, sin embargo, insistir en la aprobación de los que quedan atrás. Tal vez si uno dice «si nadie está de acuerdo me es indiferente», restando así importancia al hecho de que es molesto o tal vez incluso duele, se elude el pago del precio.

Pero el otro punto que Jung señala en este pasaje es admirable. «Digo lo que veo» y «dejo ver cómo abordo las cosas». Nada de guardarse sus ideas exclusivamente para sí mismo (al modo en que el matemático Carl Friedrich Gauß, simplemente por temor al «clamor de los beocios», retuvo en vida sus revolucionarios trabajos sobre la geometría no euclidiana). Pero tampoco ninguna misión educativa, ninguna actitud de sanador o educador. Sólo una oferta, una presentación de su caso al público por lo que pueda valer y, por supuesto, argumentando su caso lo mejor posible. Goethe, adaptando unos versos del poeta persa Hafis, escribió una vez en un poema algo así como «Tira tus pasteles al agua [río], quién sabe quién puede disfrutarlos».

Y «sólo puedo estar de acuerdo con la confesión junguiana porque veo las cosas así aunque no haya una sola persona en la tierra que comparta mis puntos de vista», porque yo, C.G. Jung, soy como soy; sólo soy lo que soy. Es mi necesidad ver las cosas de esta manera.14

Tanto esta última posición de Jung como la parábola de la cueva me recuerdan algo que escribió Kant. «Admito libremente que fueron los puntos críticos de David Hume los que, hace muchos años, interrumpieron por primera vez mi sueño dogmático y dieron a mis investigaciones en el campo de la filosofía especulativa una dirección completamente diferente».15 Y en un pasaje posterior de la misma obra dijo de cierto producto o resultado notable de la razón pura (en su uso trascendental) que es «lo que también es el agente más contundente entre todos para despertar a la filosofía de su sueño dogmático e inducirla a emprender la difícil empresa de la crítica de la razón misma» (A 142). La metáfora utilizada por Kant equivale en realidad a una compresión de la historia de la caverna en una cáscara de nuez. El sueño dogmático de Kant era el equivalente a que los cavernícolas estuvieran completamente embelesados por las sombras de la pared de la cueva. Luego, su sueño fue interrumpido, fue girado en «una dirección completamente diferente», y esto lo llevó más tarde a sus percepciones críticas.

Pero también hay una diferencia decisiva. Como quien ha despertado de este sueño dogmático, no quiere dar la vuelta y volver «a la cueva» para despertar a otros (filósofos, seres humanos). En lugar de centrarse en las personas, en los filósofos y en «lo que dicen«, pero también en lugar de centrarse, como Jung, en su «confesión» (también meramente personal), sólo le preocupa la filosofía en sí misma, la mente objetiva. Es la filosofía como estructura objetiva -y por la misma razón en nuestro caso la psicología (como alma objetiva que se ha vuelto explícita)- la que necesita ser despertada de su sueño dogmático, no los filósofos y psicólogos de los suyos. Y sólo en este nivel, en el discreto nivel de fondo de la lógica de la psicología, de su punto de vista y de su forma de reflexión, podría ser cierto que la veritas praevalebit. Aunque en nuestra época, la de la cultura de masas, la de los medios de comunicación de masas, la del consumismo «espiritual» y la de la comercialización descarada de los «mitos», las «imágenes», «lo sagrado» y los planes de salvación ecológica -en definitiva, en una época de institucionalización explícita y deliberada del sueño dogmático del alma en la caverna-, esto parece ciertamente bastante improbable. Sea como fuere, una cosa es segura: el clamor de los beocios no dejará de hacerse oír.

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1 Mi traducción.

2 Real en el sentido no sólo lógico, sino noético. En la realidad material.

3 En este trabajo mantengo el término tradicional de Planck «verdad» para las ciencias, a pesar de que, en sentido estricto, este término es inapropiado. La ciencia no busca la verdad, ni siquiera busca afirmaciones «correctas», sino fiables. Como señaló Heidegger, la ciencia es en el fondo y desde el principio tecnológica (y no, como se cree popularmente, que la tecnología es ciencia aplicada). Y como Niels Bohr comprendió ya en 1963, «es un error pensar que la física tiene la tarea de averiguar qué es la naturaleza. La física se ocupa de lo que podemos decir sobre la naturaleza». Aquí, sin embargo, porque me preocupa la cuestión del progreso científico, trabajo con la comprensión de la ciencia en el sentido tradicional, donde era la voz de la verdad, y porque el progreso se produce a través de la simple separación de lo que es verdadero de lo que es falso («verificación» y «falsificación»). Esta «verdad» es pragmática, no metafísica: es nuestro mejor conocimiento confirmado en la actualidad. No hay afirmaciones superiores («verdades eternas») relacionadas con ella. – Este sentido ingenuo y pragmático de la verdad también debe distinguirse de mi término de verdad en contextos estrictamente psicológicos.

4 La nueva visión del siglo 20, por ejemplo, de Niels Bohr, citada en una nota anterior, de que «es un error pensar que la física tiene la tarea de averiguar qué es la naturaleza. La física se ocupa de lo que podemos decir sobre la naturaleza», aunque se aparta de la anterior idea ingenua de la posibilidad de un acceso directo a la naturaleza objetiva, no obstante, conserva, e incluso confirma, la noción de una esencia positiva-factualmente dada de la naturaleza («lo que la naturaleza es»). La ciencia sigue operando hoy en día dentro del patrón de la pregunta/hipótesis humana y un Sí o un No de la naturaleza.

5 Pero también tenemos que ver que hay otro lado de Jung, también. Señaló que las interpretaciones erróneas de un analista simplemente no funcionarán, por lo que existe, a través del ser real de los pacientes, un factor correctivo en la terapia, después de todo. De nuevo, otro aspecto (y problemático) de su pensamiento es que cuando era atacado por sus puntos de vista generales, por ejemplo, su teoría de los arquetipos, por parte de los no analistas, trabajaba con el argumento de que si estos críticos tuvieran experiencia terapéutica práctica se verían naturalmente obligados a aceptar sus teorías.

6 Patricia Berry, «Una aproximación al sueño», en: P. Berry, Echo’s Subtle Body. Contributions to an Archetypal Psychology, Dallas, TX (Spring Publications) 1982, pp. 53-79.

7 Sonu Shamdasani, Jung and the Making of Modern Psychology, Cambridge (Cambridge University Press) 2003, p. 11.

8 Cf. GW 10 § 367; también «Über Psychologie», en: Neue Schweizer Rundschau 1933, 1, pp. 21-27 y 2, pp. 98-106, aquí p. 22.

9 Edward S. Casey y David L. Miller, «Introduction to the Philosophy and Psychology Issue», en: Spring 77. A Journal of Archetype and Culture, primavera de 2007, p. 6.

10 Cf. Wolfgang Giegerich, La vida lógica del alma. Hacia una noción rigurosa de la psicología, Frankfurt/Main et al. (Peter Lang), 1998,4 2007, pp. 24 (nota) y 80.

11 Por ejemplo: «… la revuelta general contra nuestra ciencia, el desprecio de todas las consideraciones de civismo académico y la liberación de la oposición de toda restricción de la lógica imparcial», 18th de sus Conferencias Introductorias, Edición Estándar vol. 15, p. 285.

12 Jung añadió significativamente a esta cita de la Vulgata 1 Esdras 4:41 (magna veritas et praevalet) o de Tertuliano, Adversus Praxean 26, la palabra vis y cambió el tiempo del verbo al futuro. Jung ya había utilizado esta cita en la forma Magna est vis veritatis tuae et praevalebit («Grande es el poder de tu verdad y prevalecerá») en su carta a Freud del 11 de noviembre de 1908.

13 En términos menos subjetivos tendríamos que decir: «el alma» creó esta discrepancia al avanzar en y a través de él a este nuevo nivel…

14 Si es simplemente mi necesidad de ver las cosas de esta manera (al igual que es la necesidad de los demás de ver las cosas de manera diferente), el que yo vea las cosas de esta manera no es nada de lo que deba estar orgulloso, nada que se me suba a la cabeza. El hecho de haber avanzado a un nuevo nivel no me sitúa por encima de los demás.

15 Immanuel Kant, Prolegómenos A 13.