Sombra y síntoma de la psicología

Logos del alma

Marie-Louise Von Franz comienza su libro Shadow and Evil in Fairy Tales contando una anécdota donde Jung, con el fin de que sus alumnos no quisieran sistematizar su pensamiento, les decía, cuándo se hablaba de la sombra,: “… es simplemente lo inconsciente completo”. La sombra, como concepto, es lo inconsciente y no una dimensión o un arquetipo o un complejo, es la totalidad de lo inconsciente, incluso se podría decir que es su sinónimo.

En ese enunciado Jung presenta una dimensión poco recurrida de su propia obra, donde dejando de lado los esquemas y las figuras didácticas, entiende que no hay un mapa determinado de la psique, pues ésta, como proceso móvil, siempre se encuentra en constante cambio, porque en sí misma no es otra cosa más que movimiento lógico, solo un proceso dialéctico que se superpone y se construye de manera incesante en cada nuevo fenómeno.

Se deduce, en consecuencia, que la mentalidad no tiene un asiento donde recargar su existencia, no hay descanso para su persistente transformación, porque su ámbito es la negatividad, entendida como el proceso de interiorización de las cosas en los conceptos que les dan estructura. Su transformación requiere de los entes, pero no se suscribe a ser uno de ellos, más bien subyace al carácter óntico y lo reflexiona de tal forma, en el vaso alquímico del pensamiento, que lo que emerge es la dimensión ontológica de los fenómenos.

La consciencia, por consiguiente, no es un objeto que pueda ser hallado, ya que como concepto mora, en un habitar lógico, en el reino de la preexistencia. La mentalidad no está en el cerebro, ni en un dios o en el mundo de los arquetipos, ni tampoco en el inconsciente entendido como un topos. Jung acostumbraba decir que la mayor parte del alma se encuentra fuera de la persona, pero entonces la circunstancia interior o exterior no suponen una delimitación válida. Parece ser que no hay nada fuera del alma.

El cerebro, los arquetipos y el inconsciente son formas positivizadas de entender la dialéctica intrínseca del movimiento psicológico, pero todas ellas son imágenes detenidas en el transcurso de su encarnación. Sin embargo, esos objetos no contienen a la consciencia como receptáculos cerrados, al contrario ellos mismos son textos donde el alma se lee así misma para luego abandonarse en el placer de sus frágiles renglones. Es el pensamiento el que constriñe el mundo a las nociones que le darán estructura. No sucede que se tengan ideas, más bien, las ideas nos tienen a nosotros.

Giegerich interpreta la frase del principio de esta manera: “[el alma] A veces se imagina a sí misma como «ego», a veces como «el inconsciente», o como «sombra», como «ánima», etc. Es noética. Es tan sólo ideas, fantasías, interpretaciones, visiones. Es vida lógica.” Aunado a ello se puede pensar que Jung se refiere a que lo inconsciente, así como la sombra, es, en general, la imagen e idea de lo rechazado, aquello que se teme, pues es lo desconocido que no quiere conocerse; siempre y cuando lo inconsciente sea visto como un concepto histórico que expresó la verdad de su época y no como una entelequia o como un trasmundo.

Se puede decir que lo más rechazado es la verdad de los tiempos presentes, aquello que solo por medio de la evasión se oculta a plena vista, porque es omnipresente. Pero lo rechazado se expresa en síntomas y un síntoma representa, de forma transaccional, aquello que constituye la verdad del fenómeno actual.

Es, por ende, lo patológico, el logos del pathos, donde la consciencia está más viva, en las simas más hondas del espíritu, donde el dolor del desasosiego teje lentamente una trama que va envolviendo al mundo. La realidad es hija de oscuros padres que no proveen esperanza, ni consuelo, solo incertidumbre, desesperación y abandono. Ante esta circunstancia no es extraño que se propongan soluciones fantásticas a la verdad de los tiempos presentes, estas vías de escape pretenden negar lo doloroso y prometen el éxtasis como un subterfugio.

La psicología y la psicología junguiana, se han vuelto un emisario predilecto de esta evasión, y lo hacen por medio de un discurso simplista y categórico que propone la felicidad, el crecimiento, la experiencia de lo numinoso, la sanación de heridas infantiles, el encuentro con los dioses, la expansión de la consciencia y otros esquemas que son una mezcla de inflación egoica, nostalgia infantilizada y un proyecto capitalista inconsciente que vuelve al sujeto un producto comercial al que proporcionarle mantenimiento para conservar su valor de mercado.

Paradójicamente está psicología cuyo proyecto es la huida ante la realidad del alma y que la niega por medio del escapismo a la mitología, los rituales y las formas religiosas ya irrelevantes, por otra parte actúa, hace acting out, de los aspectos más lacerantes del espíritu de la época. Su intención es la sustitución de la verdad de los tiempos presentes por un consuelo fatuo que, sin embargo, encarcela al individuo de manera miserable, pues no permite que el sufrimiento haga su trabajo en él como la contradicción que espera ser elevada al pensamiento de sí misma.

Después de todo el alma es ineludible y el intento de fuga recae en el circulo ritual de la neurosis. Este ingenuo desvío se debe resarcir por medio de un procedimiento similar a aquel antiguo ritual que convocaba a los espíritus de su prisión en la casa de Hades: con la sangre de la vida realmente vivida se alimenta a los espectros que conectan al viajero con el reino de la muerte. Pero no es el sujeto quien se religa (religare) sino la consciencia misma que positiviza a sus imágenes para diluirlas en la lógica de su concepto.

El psicólogo y el psicoterapeuta son aquellos que son capaces de atender el pensamiento de los fenómenos sin la necesidad de apropiárselos ni de eludirlos. Su labor consiste en pensarlos ahí donde los fenómenos se despliegan en la realidad presente, aun si son desgarradores y lacerantes se les asume como verdaderas manifestaciones del alma. En los tiempos que corren se les puede encontrar en aquello que nos somete: la tecnología, la economía y la ideología, ahí la consciencia trabaja constantemente para hacerse a sí misma, muchas veces a costa de la relevancia del hombre.

Porque es debido saber que nosotros también somos imágenes que deberán en algún momento ser devueltas a su carácter noético. Somos un momento en la senda de una consciencia que no existe, de un dios que se encarna para no-ser, en un movimiento no espacial que no podrá ser imaginado, pero que se puede entender solo cuando se asuma que quien entiende siempre será el otro, la sombra.

Alcanzar la adultez

Logos del alma

Cuando un niño hace una rabieta es común desear que en algún momento madure, con ello nos referimos al hecho de que pueda afrontar las dificultades de la frustración y que sea capaz de plantarse frente a la realidad de una manera firme y sostenerse en ella aún ante los embates de los sucesos adversos.

Pedimos demasiado cuando exigimos que el niño despliegue una serie de recursos que de forma natural habría de integrar a lo largo de su niñez. Cuando un niño se vuelve tranquilo, imperturbable y maduro, durante el periodo lúdico, por lo regular no significa que haya alcanzado las herramientas del adulto, sino que se ha vuelto neuróticamente complaciente y se ha adaptado a las necesidades infantiles de los adultos en turno.

Por lo tanto, ser adulto no es solo un estado al que se llegue de manera inusitada, más bien es un proceso que se construye en la relación continua del sujeto con la realidad. Mientras la niñez es el periodo de construcción y consolidación de los sistemas psíquicos que permitirán al individuo atender el medio que lo rodea y adecuarse a sus condiciones, la adultez supone la puesta en escena de los esquemas adaptativos aprendidos.

No basta con alcanzar el estado del adulto, hay que llegar a él, porque la responsabilidad prístina del ser humano implica dar testimonio del estadio que se ha alcanzado. La existencia marca el camino de tránsito de la consciencia del individuo y éste debe demostrar que se encuentra a la altura de sus circunstancias, es el deber consigo mismo llegar a ser lo que ya se es y responder al llamado que insta: hic Rodus hic salta.

El hombre, a diferencia de otras especies animales, no está determinado de forma primaria por su relación con la naturaleza. Mientras que el animal es un ciudadano bien adaptado, como decía Jung, pues es idéntico a sus instintos y se encuentra integrado con el impulso vital, el ser humano ha debido nacer a un nuevo útero, ya no biológico, sino meramente lógico. Es incubado, aún después de nacer, en una matriz de conceptos, imágenes y esquemas mentales que lo contendrán hasta su muerte.

Durante milenios, la institución del ritual constituyó el terreno consensuado donde el hombre podía llegar a las cotas que la consciencia predeterminaba en su contexto anímico. En la agónica teatralidad de los rituales se encontraban las herramientas necesarias para separar, al miembro del clan, de su niñez y colocarlo en los asuntos de la vida adulta. El hecho de estar contenido requería que la cultura pudiera proveer de los ítems necesarios para promover un nuevo nacimiento.

Es por esto que el hombre no solo debe nacer sino que requiere alcanzar su propio nacimiento. En términos generales, en cuanto al homo totus, la modernidad supuso el momento donde el sujeto fue liberado de sus ataduras metafísicas y emergió a sí mismo de forma irremediable, con el precio de la angustia de yacer desnudo en el frío y la penumbra de la existencia. Por tal razón, la vida ritual ha sido descartada de su forma prístina, debido a que se ha interiorizado en la existencia actual, como la continua necesidad de hacer consciente lo inconsciente, que es otra forma de decir que un hecho debe ser elevado a sí mismo en la reflexión para tornarse en experiencia.

El proceso anímico de la modernidad no resulta, sin embargo, de importancia práctica para el individuo empírico, éste a menudo vive de forma premoderna, y como Jung aludía hay hombres de la Edad Media conviviendo con habitantes del paleolítico en la cotidianidad de las urbes. Esto se puede entender cuando pensamos en la poca importancia que tienen para la vida consciente de las personas la revolución paradigmática de la física cuántica y de la teoría de la relatividad, pues para la gran mayoría un mundo newtoniano, e incluso ptolemaico, es más que suficiente.

Pero, el hecho de que la adultez psicológica sea una constante, supone que siempre estamos en relación con esa sintaxis que envuelve la vida lógica del alma. Éste es el terreno donde la adultez moderna se despliega y por eso tiene que ser alcanzada una y otra vez en el escarceo de la vida cotidiana.

Un punto importante de los comportamientos neuróticos es que surgen como oclusiones del proceso de llegar a ser conscientes de las propias circunstancias. Es así que la persona puede gastar grandes montos de energía en un esfuerzo, inconsciente, por no estar a la altura del momento presente. Es un trabajo exhaustivo eludir la realidad de forma constante, pero la cultura tiene como objetivo subvertirse al proceso de individuación.

Una muestra de ello es que en la televisión asistimos a espectáculos de lo más estúpidos, los héroes culturales ya no son quienes ofrecen ejemplos de talentos singulares ni son representantes de las más nobles cualidades, en cambio, los influencers se distinguen por ser quienes exaltan las características más deleznables y míseras de la condición humana. El techo del apetito del hombre yace por debajo de su condición anímica.

En el mismo tenor, los libros más vendidos son los que contienen temáticas simples y que reducen a la realidad a su complejidad mínima. Un ejemplo son los textos de autoayuda y de espiritualidad popular, donde se pretende calmar la angustia de la existencia proponiendo nuevas figuras metafísicas que reemplacen a las que se han perdido e inflar la posición egoica para que ésta sea capaz de vivir la ilusión de que su voluntad particular es importante para el mundo.

Quizás por eso se puede atestiguar el deseo tenaz por opinar de forma constante en los distintos foros, por dejar una huella, aunque sea somera y ridícula, de la importancia personal, lo que solo es relevante para la subjetividad. De manera caricaturesca se podría caracterizar a las redes sociales como un conjunto de adultos haciendo rabietas porque los demás no opinan igual que ellos.

Esta inflación psíquica es una característica intrínseca de la niñez, siendo un estado de narcisismo necesario para la asimilación de las imágenes psíquicas que se cimentarán en el trato rutinario con las circunstancias de la vida, es un símil de la contención psicológica que ha ocurrido en la filogenia de la especie. Pero llevado más allá del momento infantil, el narcisismo se torna patológico, Freud lo llamaba «narcisismo secundario».

A partir de lo dicho se pude comprender que la neurosis cultural tiene como uno de sus fines la infantilización de los individuos, promoviendo los estados afectivos más primitivos y un dopaje constante que simula un estado continuo de gratificación. Es por esto que la opinión del sujeto se ha vuelto el eje de determinación de la realidad y que su voluntad se ha erigido al grado de sobreponerse a sus propias circunstancias.

La adultez, en este contexto, no puede ser alcanzada, porque se ha instituido la disposición infantil como la meta inconsciente de la cultura y esto requiere la vivencia de una contención artificial que mantenga la ingenuidad de los sucesos lejos de las contradicciones que los podrían convertir en experiencias. La cerradura de está condición es la atomización de las relaciones y el continuo rechazo de la otredad.

En la naturaleza, los rasgos neotenicos tiene cómo función sostener en el tiempo la flexibilidad y adaptabilidad que los organismos pierden con el paso de la edad. La maduración corresponde a un grado de especialización de las especies. Pero la infantilización cultural significa un incesante sacrificio intelectual que delega la responsabilidad de las contingencias en el ambiente y en los semejantes. Al contrario de la neotenia, el volverse infantil supone una rigidización de la capacidad de adaptarse a las circunstancias.

Volviendo a la imagen de la pataleta infantil, se puede entender que su despropósito emocional, en ese momento, no le pertenece al niño, se debe de mirar por consiguiente en dirección del adulto que soporta el psiquismo de la relación. Es aquel que ostenta la posición de la adultez quien apuntala la capacidad de hacer frente a la frustración cotidiana del infante, éste último aún tiene su concepto de adulto fuera de sí mismo, ya que crecer conlleva la capacidad de interiorizar dicho concepto y volverlo real en la singularidad de la propia vida.

La emocionalidad desmedida, al contrario de lo que el sentido común pretende, es un signo claro de la falta de adaptación con uno mismo y en una edad madura es una muestra de regresión infantil. Jung era muy firme cuando decía: “Una emoción es una explosión instintiva que indica que no hemos estado a la altura de nuestra tarea […] ser emocional ya está en camino de una condición patológica.”

Por lo anterior se infiere que ser adulto significa la disposición constante por estar a la altura del opus particular, dicha aptitud debe ponerse en juego ante cada nueva dificultad que la vida depara y, por ende, es un proceso que se renueva reiteradamente. Siempre se está a prueba. A diferencia del niño, el adulto lleva la emoción hasta el plano lógico que le corresponde, se hace cargo de su condición y evita, en lo posible, la fascinante ocasión de querer que sea el otro quien asuma la obligación de hacerse cargo del concepto de uno mismo.

Animus-Psychologie, Parte 1, horizonte

Traducciones

Horizonte

Wolfgang Giegerich, Alemania

En «Animus-Psychologie» de Wolfgang Giegerich, en editorial Peter Lang, 1994, pp. 23 a 36, traducido directamente del alemán.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Ha resultado ser nuestra tarea sumergirnos en la intuición del animus contenida en la obra de Jung y en la psicología junguiana en general para desarrollar un concepto del mismo. No tiene sentido hacerlo sin más. Porque entonces no quedaría claro dentro de qué horizonte tiene lugar nuestro esfuerzo por conceptualizar el animus. Dependiendo de lo amplio o estrecho y de cuál sea exactamente el horizonte de pensamiento en el que se plantee la cuestión del animus, lo que surja como resultado puede ser más superficial o más profundo. La tarea consiste en encontrar el horizonte mental adecuado al pensamiento de Jung. Sería incoherente escoger un término de la psicología de Jung y luego querer definirlo más estrechamente dentro de un horizonte mental completamente distinto. Los conceptos individuales de una psicología son siempre la unidad de su definición en sentido estricto y de todo el espíritu que sopla en la psicología respectiva. Este espíritu es quizás aún más importante que la definición más estrecha del contenido de los términos individuales.

Discutiré el horizonte fijado para todo lo que sigue según cuatro direcciones. En primer lugar, me pregunto por la preocupación motriz de la psicología junguiana o la «cuestión principal» de Jung. Más allá de todas las investigaciones y descubrimientos individuales, ¿qué era lo que Jung realmente quería saber y quizás lograr? Esta es la cuestión del motivo, la fuerza motriz, de la investigación psicológica. 2. Estoy preguntando por el punto de referencia relacionado con el contenido, »modelo« o »paradigma«, que explícita o implícitamente dirige el pensamiento al considerar fenómenos individuales.  3. Pregunto sobre la «actitud» personal que debe adoptarse para obtener una perspectiva adecuada sobre cuestiones psicológicas.  La cuarta pregunta ya se refiere específicamente al ánimus.  Es la cuestión del «elemento» dentro del cual sólo el ánimus puede ser discutido significativamente.

La cuestión principal. Aquí quisiera ir un poco más lejos. Hace dos mil años se planteó la siguiente pregunta: «¿De qué le serviría al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? (Mt 16,26; cf. Mc 8,36s.) En esta frase se contraponen dos posibilidades. En una de las balanzas se pone el mundo entero, en la otra la psique, la vida o el alma del hombre. La pregunta es: ¿Puede un beneficio, por grande que sea, la ganancia del mundo, compensar un cierto daño, la pérdida del alma? La consecuencia de esta contraposición es que el mundo y el yo como tal se enfrentan en una dura alternativa. O se puede ganar el mundo y se debe pagar inevitablemente por ello dañando el alma, o viceversa: así es como suena la frase para un oyente imparcial. Sólo se puede tener una cosa, el mundo o la salvación del alma humana.

Parece que hoy vivimos en esta alternativa. Con mucho, la mayor parte de la sociedad en nuestras latitudes parece estar consagrada al objetivo de la «ganancia mundana» y en gran medida ajena a cualquier preocupación real por la salvación del alma. En el gran mundo, el de los negocios y la industria, pero también en el resto del público, lo que cuenta es el crecimiento, el beneficio, la promoción profesional, el nivel de vida y, por supuesto, para compensar, lo que ahora se llama «cultura». La psique y la psicología son aquí más o menos desconocidas y carentes de interés. No hay que olvidar que la psicología profunda es marginal, comparativamente insignificante de la vida social contemporánea. 

Por otra parte, en los últimos años se ha producido un verdadero auge de la psicología en una pequeña parte de la sociedad. En diversos grados, el dicho bíblico antes citado parece seguirse aquí, aunque en un nuevo sentido, ya no necesariamente relacionado con Cristo, sino secular. Cada vez más personas buscan el autodescubrimiento, la espontaneidad y la creatividad, el acceso a sus propias profundidades, a través de una amplia variedad de métodos analíticos, meditativos y otros métodos grupales o individuales, así como a través de la lectura en el mercado de libros de psicología, en enorme expansión. Uno se da cuenta de que ha sufrido daños en su propia alma, ya sea en el sentido de auténticas tormentas psíquicas o sólo en el sentido de un vacío palpable de la vida. La atención se vuelve hacia el interior, a menudo en un decidido alejamiento de los valores externos, materiales. No es necesario dar más detalles al respecto.

La pregunta «¿De qué le serviría a un hombre ganar el mundo entero y, sin embargo, sufrir un daño en su alma?» suena diferente hoy que hace dos mil años, porque se refiere a una situación completamente distinta. En aquella época, el mundo tenía una imperturbabilidad evidente. El alejamiento del mundo y de los tesoros externos, que el óxido y la polilla se comen, no dañaba al mundo. Descansaba, debía parecer, eternamente en sí mismo. Tanto si el hombre se volvía hacia él e incluso se enamoraba de él como si se apartaba de él, el mundo no se veía afectado. Sólo le afectaba a él personalmente. En aquel tiempo, la palabra bíblica era evidentemente una respuesta válida a la situación real de la época, la situación del hombre de la antigüedad tardía.

Sin embargo, nuestrol problema actual no se aborda con la consideración que se hace en el pasaje bíblico. Ya no podemos confiar en la imperecederidad del mundo. Debemos temer por su existencia, la de los bosques, la atmósfera, las aguas, las especies vegetales y animales, incluso, a la vista de las modernas armas de destrucción, por la existencia de todo el planeta Tierra. Si realmente se quisiera hablar de nuestra situación actual, la pregunta no debería ser más bien al revés: «¿De qué le serviría al hombre salvar su alma, si el mundo exterior se fuera al garete?” Y además, si se considera que en el Tercer Mundo -y es también nuestro mundo- millones de refugiados o los más pobres entre los pobres luchan por su mera existencia en una lucha demasiado a menudo inútil, ¿no parece la búsqueda de la propia salvación el lujo impúdico de una sociedad acomodada? ¿Salvo realmente mi alma si sólo puedo salvarla sumergiéndome en mi propio interior y apartando así automáticamente la mirada de la miseria que impera fuera, en el mundo? Un alma que sólo tuviera su salvación en su propio interior se habría expuesto como carente de emociones y de alma. Tendría que estallar de vergüenza. La miseria del mundo exterior se revela así al mismo tiempo que la propia miseria del alma.

Así pues, Jung, como psicólogo que señaló el camino hacia el interior como ningún otro, tuvo siempre presente, no obstante, la relación del ser humano con el mundo. Cuando dice: «Desgraciadamente, el alma no está hecho de hormonas, sino que es un mundo de dimensiones por así decirlo cósmicas «1 , este mundo podría tomarse aún como un mundo puramente interior. Pero la palabra «cósmico» ya lo indica. Y el apuro de la psicología, es decir, el apuro al que la psicología tiene la tarea de enfrentarse, es efectivamente la neurosis, que en primer lugar se hace sentir como corrientes personales en el ser humano individual. Pero Jung también ve esta neurosis individual en un contexto mundial. No sólo está dentro, sino también fuera, por ejemplo en la gran situación política mundial. En su libro de 1957 «Gegenwart und Zukunft» (Presente y futuro), se pregunta y nos pregunta: «¿Cuál es la intención de la grieta que atraviesa el telón de acero?2 El problema político de la Guerra Fría aparece como la angustia del alma occidental. Y Jung sabe que la neurosis del paciente individual no es exclusivamente, sino en gran medida, relativa a nuestra época, al estado moderno del mundo. Escribe algo así3:

Entre los llamados pacientes neuróticos de nuestros días hay no pocos que en épocas anteriores no se habrían vuelto neuróticos, es decir, divididos consigo mismos. Si hubieran vivido en una época y en un entorno en el que el hombre todavía estaba conectado por el mito con el mundo ancestral y, por tanto, con la naturaleza experimentada y no meramente vista externamente, se habrían ahorrado el desacuerdo consigo mismos. Se trata de personas que no pueden soportar la pérdida del mito y que no pueden encontrar su camino hacia un mundo que sólo es externo, es decir, hacia la cosmovisión de la ciencia de la naturaleza, ni pueden satisfacerse en el juego de fantasía intelectual con palabras que no tiene nada que ver con la sabiduría.

Y como es bien sabido, la principal preocupación de Jung era la neurosis que surge de la pérdida del mito. De esto es de lo que estamos hablando aquí, no de los trastornos puramente personales.

Según esta cita, la neurosis en este sentido amplio es un estado de división, la división de uno mismo. Pero no sólo de uno mismo, sino, como también aclara la cita, al mismo tiempo también estar aislado del mundo ancestral y, por tanto, de la tradición y la historia del pueblo, y en tercer lugar, la alienación del mundo que nos rodea, de la naturaleza o el cosmos. En cuarto lugar, está también la alienación de la comunidad humana. Estas cuatro formas en que la neurosis nos aliena: del yo, de la tradición histórica, de la comunidad y de la naturaleza, son, por supuesto, en conjunto una sola alienación, la alienación del mundo. Jung, en nuestra cita, atribuye a la pérdida del mito. La palabra clave mito no significa aquí narraciones mitológicas individuales o todas ellas. Se refiere a todo un estado del mundo que se caracterizaba por una ser en-el-mundo completamente diferente, precisamente mítico. Para retomar una vieja expresión que Jung también utiliza unas páginas antes del pasaje citado4 : se trata del estado de la «simpatía de todas las cosas», del estado simpático del mundo en el que el hombre estaba unido consigo mismo, con su mundo, sus antepasados y su sociedad. Vivía (si no necesariamente empíricamente, sí lógicamente) verdaderamente seguro en el mundo.

Si la tarea de la psicología es la curación de la neurosis, entonces en última instancia debe ser también el intento de restaurar algo parecido a un estado simpático del mundo en nuestra nueva situación. Se puede decir que éste es el gran motivo central que impulsó toda la psicología junguiana. Jung nunca se ocupó sólo de las necesidades exclusivamente privadas del individuo; Jung no quería «perderse» con los enfermos «en pequeños y minúsculos callejones de dudosa reputación»5 , aunque tampoco se ocupara exclusivamente de los grandes problemas de nuestra existencia histórica en el mundo. Más bien ocurría que Jung, incluso en la consulta, no quería perder de vista la «visión de conjunto», la «conexión con la totalidad del alma»6 , en definitiva, el problema del estado simpático del mundo. Para Jung, la psicoterapia no es el tratamiento de la neurosis, que a priori ya se consideraría una enfermedad exclusivamente personal del individuo. La psicoterapia es más bien el «tratamiento» de la neurosis como intento de responder a la cuestión psicológica de nuestro tiempo, la cuestión básica planteada por el problema de la modernidad: «¿cómo se ha de comprender, responder y posiblemente resolver la profunda división del hombre y del mundo?»7 «¿Dónde están las respuestas a las necesidades y presiones psicológicas de una nueva era? ¿Dónde está, de hecho, el conocimiento de los problemas psicológicos planteados por el desarrollo de la conciencia moderna? Nunca antes tal arrogancia de voluntad y capacidad ha sido más desafiante para la verdad eterna».8 «Las últimas y más elevadas cuestiones de la psicoterapia no son un asunto privado, sino una responsabilidad ante la más alta autoridad», la psicoterapia tiene lugar en un campo al que «se ha desplazado el centro de gravedad de los problemas de la humanidad».9

La idea de psicoterapia que surge de la «pregunta básica» es una idea que, aunque tenga lugar en la consulta, no tiene allí su lugar psicológico ni lógico. Pues la consulta forzaría la experiencia a un «formato dual» (Jung), porque prescribe este formato y, como un filtro, deja pasar todo lo experimentado sólo en la medida en que corresponde a él. Sin embargo, la idea de psicoterapia aquí contemplada contrasta fuertemente con la realidad de la psicoterapia tal y como se practica hoy en día en casi todas partes, incluso en la dirección junguiana. La libertad mental y la expansión de no estar en la sala de consulta, de no estar fijado en el paciente individual en el trabajo con él o ella, sino de mantener el «panorama general» a la vista, por lo general no se da, y probablemente no hay ni siquiera un indicio de que este podría y debería ser el caso. De niño se aprende a no señalar con el dedo a las personas. Pero la psicoterapia realmente existente, sin embargo, intenta llegar directamente al paciente, dispararle directamente, por así decirlo. Carece de tacto psicológico y de lo que Jung llamó una vez la «inteligencia más fina «10 o la «intelligence du coeur»11 . No comprende que lo que se alcanza y se puede alcanzar directamente es siempre sólo el individuo abstracto, el ser humano ya positivizado y reducido a un hecho: el «caso» casuístico, como se dice con razón; el que está subordinado a una generalidad abstracta, por ejemplo en el marco de un diagnóstico médico-psicodinámico12, mientras que al individuo concreto y real como «individuum ineffabile» sólo se llega si, en lugar de dirigirse directamente a él, sólo se le aborda circunvalándolo, hablando a su alrededor, sugiriéndolo, y permitiendo así al «ineffabile» ser puesto en el centro evocando el espacio para hacerse presente.

Es sin duda por esta razón que Jung prácticamente no ha dado historias de casos (o sólo aquellas en las que, al hablar de este hombre, al mismo tiempo no está hablando directamente de él, sino de su «historia», es decir, de su mito). Jung habla de las visiones de Zosimos, del Libro de Job, de la psicología de la alquimia, del Mysterium coniunctionis, de los símbolos de la transubstanciación, del símbolo de la transubstanciación en la misa, etc. etc. Pero no habla fuera de la caja. No desvela los secretos del psicoterapeuta. Una vez dice: «Él [el psicólogo] no quiere conseguir desterrar el alma a los confines del laboratorio o de la consulta del médico…»,13 y otra vez dice (refiriéndose concretamente a la discusión del material pictórico de la experiencia interior de una mujer): «Evito deliberadamente los detalles personales porque significan muy poco para mí. Todos estamos hechizados por estas circunstancias externas, y distraen nuestra atención de lo real, a saber, que nosotros mismos estamos divididos interiormente».14 Esta falta de concentración en los detalles fácticos de la biografía no tiene nada que ver con una evitación de la tarea terapéutica, sino más bien con el conocimiento de que con la mirada hechizada en las circunstancias externas de la vida, se pasa de largo lo que es terapéuticamente importante forzándolo a los confines de lo banal.

El desinterés de Jung por la técnica terapéutica corresponde a la “visión» del paciente real. En toda técnica, incluida la técnica del tratamiento psicológico, el ser humano se asume como un objeto positivizado de manipulación. Dado que la manipulación psicológica puede ser extremadamente sutil, es fácil pasar esto por alto o incluso ocultárselo a uno mismo, sobre todo porque los analistas normalmente pueden rechazar la manipulación en su mente consciente con honesta convicción. Pero en cuanto surge el interés por la técnica de tratamiento y la cuestión del «plan terapéutico», el «objetivo terapéutico» y las «técnicas a utilizar», los hechos contradicen la actitud. Von Fr.Th. Vischer (También Einer) enuncia la frase: la moral siempre se entiende a sí misma. También en el análisis, el comportamiento terapéutico-práctico siempre se comprende a sí mismo. La «técnica de tratamiento» no es un tema. Es un testimonio psicológico de valor. Es la señal de que uno no ha podido aferrarse a la vastedad de la vida lógica del alma, sino que ha caído en la positividad del manejo pragmático y se ha encerrado en la estrechez de la consulta.

La técnica de tratamiento no debe convertirse directamente en el tema, porque entonces el trabajo degenera en «tratamiento» (del ser humano ya positivizado y de su psique igualmente positivizada). ¿Cuándo y por qué la conducta terapéutica es evidente? Si y porque sólo es comportamiento psicoterapéutico, si surge por sí mismo, con deliberada involuntariedad, de la actitud viva del terapeuta como este ser humano real frente a este ser humano real que sufre en su situación concreta, y de la absorción de todo corazón en el trasfondo anímico arquetípico constelado por él – con simultánea conciencia despierta. El mejor entrenamiento en la técnica psicológica consiste, por tanto, en el arte de la indirecta, por un lado, y en la capacidad de captar los trasfondos anímicos con cierta profundidad y sensibilidad, por otro.

Sería un error decir: «No es necesario explicar la referencia, por ejemplo, del sueño a la realidad práctica de la vida del paciente, porque es evidente». Debería ser: «No hay que explicar esta referencia porque y para que pueda entenderse a sí misma». Querer deletrearlo, es decir, responder directamente a la pregunta de la vida real, es una defensa, porque significa querer comprenderlo, cuando se trataría de dejar que el sueño se comprendiera a sí mismo. Esto, por supuesto, también significaría dejar que se apodere de ti y de tu propia realidad de vida, captarlo y dejar que tenga un efecto sobre ti. Querer comprenderse a sí mismo es el modo en que la conciencia, contrariamente a la vida del alma, se instala firmemente en la conciencia natural y en la metafísica del sentido común y se aferra a la realidad positiva para escapar a ser comprendida y, por tanto, a la transformación.

Además, el deseo de que el sueño te conmueva o te diga algo es un signo de lo que podríamos llamar filisteismo en el arte. Se corresponde con la creencia de los teatreros de hoy en día de que pueden (y deben) dar «actualidad» a una tragedia clásica y hacerla «relevante» mediante un decorado contemporáneo, alusiones a las guerras de Vietnam o del Golfo y trajes de los actores en vaqueros azules. La pregunta (a menudo oída a los pacientes): «¿Qué significa este sueño para mí?» identifica al interrogador como miembro de la era de los medios de comunicación. El ego quiere sentirse interpelado, el sueño como mercancía debe ser «llevado al hombre», empaquetado y preparado de forma atractiva a través del marketing (ahora terapéutico) y la publicidad (terapéutica) (palabra clave «presentación»). Sólo si el sueño adquiere la «actualidad» personal de una emisión en directo y el paciente se siente muy cercano e implicado («En ARD y ZDF te sientas en primera fila»), estará dispuesto a «sintonizar». En caso contrario, su índice de visionado es nulo: «El sueño no me conmueve», «No me dice nada».

El deseo de relacionar el sueño con la propia actualidad es la admisión de que el sueño hace tiempo que se considera una mercancía y un consumo sin sentido, que sólo puede adquirir un significado secundario a partir del beneficio o la euforia subjetivos. Es la voluntad de explotar el sueño para los propios fines y de silenciar sistemáticamente su propio significado, que tal vez no nos sea accesible. Esto sólo tiene una oportunidad si al sueño se le permite entenderse a sí mismo y hablar de sí mismo o del alma, porque sólo entonces se le permite hablar en absoluto con lo que tiene que decir. Para ello, sin embargo, necesita el «silencio desapasionado de la sola cognición», lejos de todo pathos y deseo «existencialistas» (obsesionados con la propia existencia y actualidad). Necesita la devoción amorosa a la necesidad fríamente progresiva de la materia.

Lo que aquí se ha expuesto significa en la práctica para las siguientes discusiones de la psicología del animus que no toman como punto de partida la experiencia de la sala de consulta (aunque tampoco se sitúan a su lado ni la pasan de largo sin relación). No hablaré desde el armario del analista: no traeré casos, ni sueños, y no consideraré lo que se va a discutir desde el punto de vista del individuo.

El paradigma. Con las observaciones precedentes hemos llegado ya al ámbito del marco más sustantivo al que se refiere la investigación psicológica en la psicología de Jung. Jung no obtiene su paradigma -quizás podríamos decir también su visión de la tarea psicoterapéutica- de la experiencia de la consulta. Su paradigma no es la novela familiar, ni el cuadro de relaciones, ni los deseos pulsionales, ni la oposición patriarcado y matriarcado, ni el autodesarrollo (el ser humano asegurando y aumentando su existencia, su progreso, su satisfacción). Jung extrae su paradigma de la inmensidad de la mitología, de la historia religiosa, de la historia cultural del mundo entero. Podemos ilustrar la diferente comprensión resultante de la psicología con algo aparentemente muy lejano, la ejecución que Jung hace de las obras literarias. Jung explica, asombrosamente, que la novela psicológica, que adopta un enfoque no del todo distinto a la perspectiva de la consulta, no es especialmente productiva para el psicólogo. Esto contradice lo que la mente cotidiana entiende por «psicología». Para ellos, por supuesto, la novela psicológica tendría que considerarse psicológicamente relevante antes que cualquier otra literatura novelesca. Según Jung, la novela psicológica sólo se mueve dentro de los límites de lo que se puede comprender y captar psicológicamente (es decir, aquí: subjetivamente, personalmente); se ocupa de lo «originalmente conocido». Se permanece así «en el reino de la psicología transparente». «Nada ha permanecido oscuro, pues todo se explica convincentemente por sí mismo». Por lo tanto, no tiene más que un significado superficial para la psicología; lo que uno encuentra aquí es psicología, pero sólo psicología inauténtica. Hasta aquí la «novela psicológica» sin interés psicológico.

De la combinación contradictoria (atribución) de «psicológicamente poco interesante» con «novela psicológica» en dicha frase se desprende que para Jung la psicología no es simplemente psicología. Jung se aleja a sí mismo y a la psicología de un concepto ordinario de la psicología a otro. Tiene una comprensión más elevada y estricta de la psicología, y no sólo en términos metodológicos (cientificidad), sino en términos de cuál es el verdadero objeto de la psicología y cómo está constituido. Pero la diferencia así establecida (yo la llamo «diferencia psicológica») permanece dentro del concepto ampliado y estirado de psicología. Lo psicológico en el sentido ordinario no queda completamente eliminado del nuevo concepto de psicología. Lo psicológico en sentido ordinario no queda completamente eliminado del nuevo concepto de psicología, sino que sigue siendo un elemento dentro de él, y además necesario, porque el concepto más profundo (o más elevado) sigue dependiendo de él, en la medida en que sólo se encuentra a sí mismo alejándose de él.

Llegamos ahora al otro concepto real de psicología, tal como se desprende de las observaciones de Jung sobre la poesía. Jung dice: «Por el contrario, la novela no psicológica ofrece generalmente mejores posibilidades de penetración psicológica…». He aquí de nuevo la brusca recopilación de términos contradictorios en la que se produce la apertura de la diferencia psicológica. Aún más productiva que la novela no psicológica (a diferencia del tipo de creación artística psicológica) es la creación artística visionaria, en la que Jung piensa en obras como el Fausto II de Goethe. «Aquí todo se invierte: El material o la experiencia que se convierte en el contenido de la creación no es nada familiar, es de una esencia extraña, de naturaleza enigmática, como si procediera de los abismos de tiempos prehumanos o como si procediera de mundos de luz y oscuridad de naturaleza sobrehumana, una experiencia primordial…. El valor y la fuerza residen en la enormidad de la experiencia, que emerge extraña y fría o significativa y sublime de profundidades intemporales…». Se trata de la «visión primigenia».15 La psicología es psicología profunda, y su profundidad no se refiere a «capas» más profundas de la «maquina» psicológica o personalidad, sino a experiencias que se proyectan en la vida humana desde un «mundo no humano». El verdadero interés de la psicología está, pues, en el fondo arquetípico del alma como verdadero nivel de la vida humana, no en el primer plano de la experiencia, el esfuerzo, el deseo y la opinión, que, aunque se trate de impulsos o contenidos inconscientes, es siempre lo «primordial», lo «humano y demasiado humano» y como tal no lo verdadero, sino algo que se debe a una reducción metódica al nivel práctico-técnico. Hablar de «trasfondo anímico» significa también que la psicología de Jung se sitúa en un nivel de reflexión completamente distinto. Para distinguir este nivel del nivel de la comprensión común de la psicología, podemos decir en lenguaje figurado-objetivo:

La posición de Jung está determinada por el hecho de que existe una diferencia entre lo que siempre se ha conocido y lo que se conoce en todo el mundo, la fe del día, lo que permanece dentro de los límites del mundo bien ordenado y manejable de la conciencia, en el que «las leyes de la naturaleza se aplican como las leyes humanas en un estado ordenado», también podríamos decir: lo humano-todo-humano por un lado, y por otro un mundo nocturno ajeno. «¿Debemos creernos simplemente en posesión y control de nuestra alma, mientras que lo que la ciencia llama psique y entiende como un signo de interrogación encerrado en la cápsula del cráneo es en el fondo una puerta abierta por la que lo desconocido y lo misteriosamente activo entran a veces desde el mundo no humano y en alas nocturnas alejan al hombre de la humanidad y lo conducen a un trabajo y un destino suprapersonales?”16

Lo que he referido y citado aquí se refiere a la observación psicológica de la poesía. Pero también muestra de forma excelente el horizonte en el que Jung aborda las cuestiones psicológicas en general. Lo que Jung sólo insinúa brevemente aquí se refiere claramente a «experiencias primigenias» que podemos asociar con las experiencias en la iniciación chamánica, el viaje del alma al cielo, o también con las experiencias iniciáticas en las culturas rituales. Por consiguiente, incluso en el caso del cristianismo, mucho más tardío, y del desarrollo ulterior de su mito, Jung se ocupa de retomarlo allí donde «el Espíritu Santo se dirigió a los apóstoles». No sólo a ellos, sino a todos los demás que, a través de ellos y después de ellos, recibieron la filiatio, la filiación de Dios, y así también se hicieron partícipes de la certeza de que no sólo eran animalia autóctonos, descendientes de la tierra, sino que, como nacidos dos veces, estaban enraizados en la divinidad misma»17. «En el ritual, (las personas) están cerca de la divinidad; incluso son divinas. Basta pensar en el sacerdote de la Iglesia católica, que está en la divinidad. Se lleva a sí mismo al altar para el sacrificio; se ofrece a sí mismo como sacrificio.»18

Creo que, en última instancia, las categorías en las que se describen estas experiencias primordiales y las correspondientes referencias mítico-rituales nombran el paradigma de contenido a partir del cual -en su distancia o proximidad a él- todo lo psíquico ha de ser comprendido, juzgado y medido en su rango: la psicología tiene lugar allí donde se franquea la diferencia entre el ser humano como Hijo de la Tierra y el ser humano como Hijo de Dios (y eso significa: como divino él mismo19). Esta diferencia es su marco. Es una diferencia que, como algo que se puede formular objetivamente, es al mismo tiempo también una diferencia de niveles de reflexión.

Lo que me parece especialmente importante aquí es que Jung no devalúa psicológicamente estas experiencias visionarias. No las encierra en la cápsula craneal ni en ninguna otra parte interna del sujeto: para él no son meras imaginaciones subjetivas. En la cita anterior habla, aunque con cautela y en forma de pregunta, de una puerta abierta por la que entra algo ajeno procedente del mundo no humano. En la experiencia visionaria, algo se encuentra con el hombre; algo que no es él mismo, que está más bien «fuera de él», viene hacia él. Jung no despoja a las experiencias iniciáticas y otras experiencias visionarias del estatus lógico de conocimiento de la realidad, del estatus de verdad. En el mismo escrito, habla de la realidad psíquica [yo diría: realidad psíquica], «que tiene al menos la misma dignidad que la realidad física».20 «Igual dignidad» significa nada menos que: con respecto a la verdad y la realidad, tiene el mismo rango lógico, con una expresión anticuada también se podría decir: el mismo rango metafísico. El mundo no humano no es una «mera metáfora», se le atribuye una cierta dignidad «ontológica».21 Es un mundo y no una mera concepción en la conciencia o inconsciencia humanas, cuya referencia a una realidad y su objetividad serían de entrada cuestionables o incluso excluidas. Sólo porque a este mundo no humano se le otorga dignidad «ontológica» en el marco del modo objetivo de representación puede Jung tomarse en serio la adopción de un nivel de reflexión completamente diferente en términos metodológicos. (Por otra parte, queda abierta la cuestión de cómo deben entenderse lógicamente las formulaciones mitológicas utilizadas aquí, como «mundo no humano» o «algo que está aparte de él». Ni que decir tiene que no deben tomarse al pie de la letra y, sin embargo, tampoco deben desactivarse como «mera metáfora». El significado de esta contradicción aún no se ha aclarado aquí).

La apertura transgresora del alma al «exterior», el posible encuentro con otra dimensión «extramundana», «metafísica», «trascendente», pertenece así al paradigma del contenido. El alma no permanece encerrada en sí misma. Experimenta que hay algo más aparte de ella misma, pero tener esta experiencia es precisamente lo que pertenece al concepto de alma. El alma es en sí misma la referencia a esta dimensión «metafísica». Esta forma de hablar resulta chocante y embarazosa, sobre todo porque el término «metafísica» no se identifica aquí todavía de forma lógica, sino que permanece unido a una forma de hablar mitológica y despierta así la sospecha de lo meramente ideológico. A pesar del peligro de esta sospecha (mal entendida, aunque comprensible en ausencia de identificación lógica), debo volverme aún más ofensivo, expresar lo que aquí se quiere pensar de forma aún más rigurosa y contundente, libremente incluso sin identificarlo aquí lógicamente:

Sin Dios, no hay verdadera psicología; sin referencia a Dios, no podemos hablar del ser humano real, del mundo como realidad (en contraste con él como mundo externo positivo), de la conciencia y del alma. (Deliberadamente no entrecomillo a Dios y no hablo de arquetipos ni de «los dioses». Hablar de arquetipos ya es inofensiva palabrería científica; y hablar de dioses «politeístas» sale fácilmente de nuestros labios. Siempre es mero material educativo. Dado que, en primer lugar, no es realmente serio, tampoco dice realmente nada).

La actitud. ¿Dónde tengo que situarme para poder adoptar un punto de vista que merezca llamarse psicológico? ¿Qué debe ocurrirme como psicólogo – metódicamente – para que pueda tener realmente un punto de vista psicológico? Debo haber caído o dejarme caer sin reservas en la metáfora básica de la psicología, «alma»; «alma» en su indefinición y desconocimiento.

Curiosamente, la psicología, que pretende ser una ciencia, ha intentado en la mayoría de los casos evitar esta naturaleza abismal del «alma», bien eludiendo otro término como «comportamiento del organismo», bien anteponiendo a la teoría psicológica una definición del «alma». Es obvio que la psicología en cualquier sentido científico no puede surgir de esta manera. Pues no se debe anticipar la definición de la metáfora básica de una «ciencia», porque esta definición no es otra cosa que todo el curso de la investigación científica de esta metáfora básica misma. Si se piensa que hay que evitar de un modo u otro el desconocimiento de la metáfora básica, entonces se está revelando que la psicología no debe serlo en absoluto.

Aquí sólo lo estoy insinuando. En los capítulos siguientes se examinará más detenidamente qué es el «alma» y qué significaría caer en la incógnita de esta metáfora básica de la psicología.

El elemento. ¿Cuál se considera el elemento más intrínseco del animus? ¿Cómo debe interpretarse? Hemos hecho hincapié en que el animus depende de nuestro propio pensamiento, de la culminación de la comprensión de su significado, y en que no debemos recurrir precipitadamente a imágenes mitológicas. Emma Jung ha hecho aproximaciones a una diferenciación de los papeles del ánima y del ánimus, ambos de los cuales, según la teoría imperante, deberían tener la misma función de mediación hacia el inconsciente. Emma Jung explica que ambas no tienen esta función en el mismo sentido y de la misma manera. El ánima hace conscientes, visibles, los contenidos inconscientes, nos los presenta como una imagen. El animus, en cambio, tiene la tarea de reconocer, comprender, captar el significado. «Sólo después de que estos contenidos hayan llegado a la conciencia, tal vez ya hayan sido modelados [ésa sería la actividad del ánima], debe el animus desplegar su efecto».22

Aquí se ha captado algo decisivo que sólo hay que singularizar y radicalizar. El elemento dentro del cual debe tener lugar la discusión sobre el animus no puede ser la imaginación. Ni el reino del alma, ni el mito, ni el mundo de las bellas figuras (y desde luego tampoco la experiencia y el comportamiento de los personajes). Sino que su elemento es el concepto frío, el «ser» abstracto, el pensamiento, la filosofía – la lógica. En sentido figurado, sin embargo, su elemento es la distancia, el vacío y la frialdad del espacio, en contraste con la sangrienta realidad humana y la exuberancia y colorido de la naturaleza terrenal. El animus, como oiremos con más detalle, nos aleja de la realidad, de la vida. Remite al mundo de la muerte, a las «tierras de fantasmas». El estilo y la atmósfera de nuestra preocupación por el animus deben corresponder a esto desde el principio. Por ello, rebato la opinión de Th. Moore de que «a menos que se le dé voz y rostro, el animus sigue siendo abstracto… «23 Se trata de una idea abstracta de la concreción. El animus sólo se vuelve concreto si se le permite mostrarse en la abstracción que es su esencia.

James Hillman, cuando presentó su trabajo sobre el ánima, tuvo que disculparse por querer presentar la fenomenología del concepto de ánima. Tal era el clima anti-intelectual de la psicología analítica de la época. Desde entonces, su libro se ha ganado un lugar en la psicología junguiana. Sin embargo, es probable que la hostilidad conceptual no haya cambiado mucho. Pero en el caso del ánimus, las cosas son diferentes desde el principio que en el intento de describir la fenomenología del concepto del ánima. En este caso no es necesario disculparse, ya que el pensamiento está legitimado, es más, exigido, por el propio tema del animus. Puesto que el animus es logos, espíritu, pneuma, huelga decir que el acceso primario a él debe pasar también por el concepto.


  1. C.G. Jung, CW 10 § 366.

2. C.G. Jung, CW 10 § 488.

3. C.G. Jung, Erinnerungen, S. 149.

4. C.G. Jung, Erinnerungen, S. 143.

5. C.G. Jung, CW 10 § 367.

6. Ebd

7 C.G. Jung, GW 16 § 534. Meine Hervorhebung.
8 C.G. Jung, GW 16 § 396.
9 C.G. Jung, GW 16 § 449.
10 Vgl. C. G. Jung, Briefe Bd. III, S. 148 (an L. Kling, 14.1.58).
11 C.G. Jung, GW 8 § 543.
12 Siehe James Hillman, Healing Fiction, Barrytown (Station Hill) 1983. finden, Zürich (Schweizer Spiegel Verlag, Raben-Reihe) 1986

13 C.G. Jung, »Psychologie und Dichtung«, Vorrede, GW 15, S. 98.
14 C.G. Jung, The Visions Seminars, 2 Bde., Zürich, (Spring) 1976, Bd. 1, S. 2 (meine Übersetzung).

15 Referiert und zitiert nach C.G. Jung, GW 15 § 136-143.

16 C.G. Jung, GW 15 § 148.
17 C.G. Jung, Erinnerungen, S. 335, meine Hervorhebungen.
18 C.G. Jung, GW 18/1 § 627, meine Hervorhebungen.
19 Elijo «Hijo de Dios» en lugar de «Niño de Dios» no para discriminar a las mujeres, sino únicamente por la proximidad explosiva de «Hijo de Dios» al predicado «Hijo de Dios», que de otro modo está reservado solo para Jesús como Cristo.  Quizás también podríamos usar la expresión «Dios hombre».  «Niño de Dios», por otro lado, despierta ideas completamente diferentes e inofensivas.

20 C.G. Jung, GW 15 § 148.

21. Utilizo el término «ontológico» con plena conciencia, aunque sólo le doy una justificación muy preliminar.  Es necesaria en tanto se permanece en la comprensión cotidiana de la psicología como doctrina de ideas y sentimientos subjetivos y se piensa en la extrañeza de una «realidad psíquica» que tiene la misma dignidad que la física.  La expresión «lógico» sería más correcta, pero no es suficiente en este punto y para la conciencia mencionada, porque lo lógico se entiende por esto como «meramente» lógico.  Sólo cuando se ha aceptado la imposición inherente a la «dignidad ontológica» se puede transferir la categoría de lo ontológico a la de lo lógico, por supuesto de tal manera que la imposición no se deshaga.

22 Emma Jung, Animus und Anima, Zürich und Stuttgart (Rascher) 1967, S. 36.
23 Th. Moore, »Animus mundi: or the Bull at the Center of the World«, Spring 1987, hier S. 126.

De la psicología de la bomba atómica

Logos del alma

A partir de los eventos de Hiroshima y Nagasaki no ha cesado el interés por el fenómeno de la bomba atómica y lo que ésta significa para la humanidad. Su potencia destructiva se presenta de forma traumática en los sueños terribles del espíritu de la época y ha marcado de manera indudable la vida psíquica de las generaciones venideras. El potencial apocalíptico de la fuerza atómica es tal que por primera vez en la historia humana se está frente a la posibilidad clara de destrucción del medio ambiente y, por consiguiente, de la autodestrucción.

Wolfgang Giegerich estuvo muy interesado en dicho problema, de tal manera que dedicó varios ensayos a su análisis e incluso publico un par de volúmenes sobre El psicoanálisis de la bomba atómica. Pero entendemos que su postura no es la que el sentido común podría esperar sino la de quién observa el fenómeno de la bomba desde una perspectiva psicológica en sí misma, es decir atendiendo al logos que se presenta en el estallido del tema y como su resplandor llega hasta los confines de nuestra comprensión anímica.

La cuestión psicológica, entonces, gira en torno al esfuerzo por concebir la bomba atómica como un fenómeno, lo cual supone entender el papel que juega la psicología ante aquellos acontecimientos que determinan la vida del hombre en la actualidad, no desde una perspectiva catastrofista, pero tampoco desde el anhelo por revivir estadios perdidos en la memoria del alma, sino desde el interés genuino por comprender el espíritu que se desenvuelve en el desarrollo de la bomba.

El alma, la vida lógica, no es algo que se deba crear, pues ya está dada como el clima psicológico que todos respiramos, por lo tanto el papel del pensador lo conmina a atender a los fenómenos ahí donde se muestran de manera más nítida. En nuestra época eso significa que el alma ya no está presente ni en los mitos, ni en los sueños, ni en los antiguos misterios de otros tiempos, sino que existe en lo que no puede ser elegido, es decir: el capitalismo, la guerra, la tecnología, las redes sociales, la IA y, por supuesto, la bomba atómica. Ahí, en la fatalidad está el nuevo templo de lo divino.

Por lo tanto, el papel del psicólogo ante tales predicamentos no consiste en querer remediarlos, ni mejorarlos, sino en tratar de entender como el alma se expresa través de ellos. La meta del psicólogo no es la de transformar o la de curar sino la de entender y ser enseñado por la realidad, por la verdad del síntoma que acaece.

Para entender a la bomba atómica como realidad psicológica debe quedar claro que el objeto técnico que ésta supone habita en un contexto lógico que lo sostiene y que le da potencia, es decir, que la bomba no es un producto de la inteligencia humana, sino que es el resultado de una inteligencia propia. Es, antes que una cosa, una vía de expresión anímica en la propia alquimia de la historia.

La fisión de los núcleos pertenece al proceso de la historia de la consciencia tornandose en un objeto positivo que contiene el impulso explosivo de una serie de sucesos que determinaron su construcción, pero su existencia como idea es anterior a su presencia material, e incluso se puede decir que no hubo nadie que la ideara, más bien su misma lógica es la artífice de la realidad de la que surge. Es ella la que se crea y nos crea de manera sucedanea.

Por ende, pensar psicológicamente en el objeto técnico nos remite inevitablemente a entender como la técnica se consolida como la forma de ser-en-el-mundo de los fenómenos enmarcados en un proceso que transita de una condición donde los sujetos estaban rodeados por un infinito caótico a poder asumirnos como individuos con un sentido de interioridad inédito en comparación con otros momentos históricos.

Se puede conjeturar que el momento liminal en la historia del alma para este hecho fue la irrupción del cristianismo en la antigua cosmovisión pagana, que posibilito la expansión de la consciencia al recrear su magnitud infinita en la logicización de la realidad, es decir en la construcción de un infinito interiorizado que ha sido el verdadero telos de la ciencia en la búsqueda de los mecanismos que develan el mundo.

Así, la artificiosa polarización entre el bien y el mal (que sin embargo hoy damos por sentada) fue el antecedente de la vivencia de un mundo exterior consciente y un mundo interior inconsciente, y dicha polaridad generó la energía suficiente para la expansión técnica y la posterior emancipación del pensamiento de su base humana. He ahí la división primordial desde la cual pudo concebirse, posteriormente, la división del átomo.

La bomba atómica, la exploración espacial, la televisión, el internet, las redes sociales, la IA y el capitalismo podrían parecer fenómenos dispares y sin ninguna conexión más que pertenecer a la actualidad como el tiempo histórico donde se insertan cual realidades ineludibles, sin embargo la emergencia de la lógica que hizo posible su cimentación es una narrativa común a todos estos hechos. Tales sucesos son la consecuencia de la irrelevantificación de una forma de ser-en-el mundo y su interiorización en sí misma, que da como resultado la expresión más pura de su concepto.

Tal mutación de la consciencia tiene muchos nombres y representaciones, pero todas se conjugan en el punto de quiebre de nuestra civilización: la emergencia del cristianismo. Se podría pensar que la historia de un hombre que es a la vez el Cristo es solo una ficción conveniente para la constitución de una religión entre otras, pero se pasaría de largo la tremenda importancia de la realidad subyacente en la idea expuesta por tal símbolo.

El cristianismo significó la destrucción de las posiciones mitológicas y ritualistas y la transición de una posición imaginal a una constitución lógica del alma. Cristo no solo es un alegoría religiosa sino una realidad psicológica que comenzó hace miles de años con un dios solitario que un día se impulso sobre sí mismo para encarnar y, para tal propósito, el alma debió crear el mundo de una forma completamente distinta, liberándose a sí misma de sus figuras metafísicas y separándose de sí. De esta escisión nace el pensamiento tecnológico y la ciencia como su teoría.

Tal separación es inherente en la figura de Cristo en la cruz y como ésta supone la base de lanzamiento de la consciencia hacia la exterioridad de un mundo antes encerrado sobre sí mismo, tal ruptura es el prefacio de nuestra civilización tecnológica y, por lo tanto, la verdadera forma de la imitatio christi.

El cristianismo no es una religión común, a pesar de tener todos los elementos culturales de una religión (mito, rito y adoración) su objetivo está orientado no hacia el culto monótono de un dios que muere y renace cíclicamente como en las antiguas culturas ritualistas. Al contrario, las transformaciones de su dios no ocurren en el plano imaginal de la realidad, sino que lo hacen en la dimensión interior de la lógica. Su núcleo narrativo corresponde a una transición en la historia de la consciencia desde posiciones meramente metafísicas hacia configuraciones lógicas que, sin embargo, ya estaban presentes en las imágenes míticas de sus antecedentes semíticos.

Un episodio precedente a esta separación es la adoración del becerro de oro a los pies del monte Sinaí. Ahí se observa claramente la división del Dios de sus elementos telúricos y la emergencia de su forma sutil e inaprensible. El becerro de oro corresponde a la contención, en la vasija anímica, de la parte animal de la divinidad, la cual, no obstante, debe regresar a él en todo su salvajismo, como el huésped indeseable de la modernidad o como la bomba atómica que si se desata amenaza con destruir el mundo.

De estas reflexiones se puede deducir que Dios ya no esta en los cielos pero tampoco es una fantasía, al contrario es la sintaxis de la cultura y sobre todo es su forma violenta y terrorífica, por lo tanto Dios es la bomba atómica. Y lo es porque al separarse de sus elementos positivos creo un espacio donde la fisión nuclear comenzó a gestarse, ahí en el abandono de una dimensión de su figura previa la contundencia de lo numinoso se trasladó, en una ruta de miles de años, a una nueva visión tremenda, la del hongo nuclear que yace en el aparato destructor.

Por lo dicho, se comprende que el fenómeno de la bomba atómica no comienza en el campo de pruebas, ni en las teorías físicas modernas, lo hace en esa apertura primera que libero al dios de su fuerza animal, y que fue seguida de una serie de reacciones que derivaron en la crucifixión. Estas divisiones no ocurrieron en el espacio, lo hicieron en el núcleo del alma donde la unicidad atómica la mantenía fija de la dimensión metafísica que le daba sostén. El rompimiento del núcleo dio apertura a un nuevo claro que se fue abriendo paso a través del tiempo y en la ideas más señeras de la cultura.

De manera común se cree que la ciencia y la religión son dos fenómenos antitéticos, pero como se ha visto solo son dos momentos distintos de un mismo proceso de división lógica, el proyecto cristiano encuentra su cumplimiento en el espíritu de la ciencia, es ahí donde la esencia del dios se ha vuelto sutil.

Es debido recordar que fueron los grandes escolásticos los que encontraron la puerta abierta a la experimentación en el mundo, y que la antigua idea de la naturaleza como el otro libro de Dios fue una encrucijada necesaria para que la mente humana pudiera aventurarse por los paramos de una nueva forma de acercarse a Dios, esta vez por medio de su acción en el mundo.

El terreno para la transformación de la potencia divina en la fuerza atómica que nos aterroriza es parte de la mutación histórica del alma en su avance hacia la emergencia de los conceptos que va desgranando como hojas de un árbol que debe de agotarse para dar nuevos frutos. La pregunta que surge es si nosotros seremos parte de esos símbolos muertos, cuya irrelevantificación es necesaria para permitir que el alma sea. ¿No es acaso el sueño del cristiano ser uno con Cristo?

La bomba atómica nos llama a un sueño del que somos imágenes, superadas y sometidas al calor de un Huevo Filosofal que es capaz de deshacer el mundo como lo conocemos, y hoy, como siempre, somos parte de un drama divino que inició antes de nosotros y que quizá termine con nuestra existencia. Pero el propósito del psicólogo no es alarmarse, ni hacer escándalo por ello, sino mantener su razón firme de tal manera que sea capaz a de atender a lo pensado en este tránsito quizá terrible. La pregunta no debe ser, en consecuencia, dirigida a la salvación del hombre sino a la del fenómeno, pues esa postura es la única que la psicología puede tomar para tratar de estar a la altura de los tiempos presentes y hacer justicia al potencial destructivo de una era marcada por la fragmentación y la explosividad de sus formas culturales.

El problema anímico de la violencia

Logos del alma

Duerme el tigre. La sangre de este sueño,/gotea. 
Eduardo Lizalde

Quizás no haya una narración mitológica que no comience con un episodio de violencia, las cosmogonías antiguas inician siempre con el asesinato de los viejos dioses, con la separación violenta de los amantes en el hieros gamos o con el sacrificio de un animal primordial. Más tarde, la guerra se volverá el pretexto que pondrá en movimiento a la historia de los héroes. En todos estos ejemplos tampoco el amor es libre del impulso violento y en numerosas ocasiones el deseo amoroso ha de ser la antesala de la destructividad.

Walter Burkert caracterizó al hombre como un homo necans, proponiendo que la característica definitoria del ser humano es su impulso asesino. Contrario a sus pobres recursos como depredador, el hombre primitivo se entregó a la caza y al ritual del sacrificio y en la medida en que mataba al animal como su propio otro, de la sangre emanada se construían las formas culturales que darían pie a la civilización.

Wolfgang Giegerich notaría que el alma se mata a sí misma para ser, es decir que la matanza fue el acto primigenio en el andar de la consciencia hacia sí misma, y que en la búsqueda de su otro dialéctico el andar del proceso anímico siempre ha sido impulsado por la sed de sangre, por el reconocimiento de lo semejante por conducto del acto interiorizador de la matanza. El alma solo emerge de su contención en la naturaleza por medio de un golpe estremecedor que resuena a través de las eras y que crea, en la apertura del claro, la vivencia del presente, a la vez que el recuerdo del pasado.

La expansión de la cultura griega se sostuvo en las continuas guerras y matanzas de los romanos, Europa se abrió al proceso globalizador que dio fin a la Edad Media después de la mortandad de la peste y de la barbarie de las cruzadas. Fue la matanza de millones de indígenas americanos lo que impulsó la edad moderna, y el salto tecnológico de la actualidad tuvo como su fuente el holocausto sin precedentes de la Primera y la Segunda Guerra Mundiales. Por último, el mapa geoeconómico actual está sostenido por la masacre continua de guerras civiles, intervenciones extranjeras, dictaduras y políticas impulsadas por las grandes transnacionales, que destrozan el ambiente y a los pueblos oriundos, con guerrillas, narcotráfico y trata de blancas. La historia humana es un rio de sangre.

Sin embargo, la violencia no ha sido comprendida en cuanto a su naturaleza como fenómeno del alma, ella misma ha estado presente en las imágenes que configuran el panorama de la relación del hombre con la consciencia, y es característico del movimiento anímico ser asumido como violento en los cambios que dejan atrás símbolos muertos y dioses olvidados.

Los fenómenos violentos no son comúnmente atendidos sino para ser condenados como formas abyectas de la cultura, de la historia, del carácter individual y como posiciones patológicas que debieran ser curadas por medio de su control y exterminio. Pero, es curioso como el lenguaje medicalizador está plagado de metáforas bélicas y las fantasías de salvación, curación o progreso no pueden deshacerse de su matiz destructivo.

En la tortuosa senda que transitan los fenómenos hacia la consciencia de sí mismos, indudablemente el puente de la violencia deberá ser cruzado, y no dejarán cabeza sobre ningún hombro para poder llegar al lugar del otro, a la plena realización de sí mismos como noción absoluta. Quizás sea aquí, en su apoteosis, donde el impuso hostil pueda ser resuelto y no en las arengas santurronas de quienes asustados por el miedo a la muerte confunden la moralidad humana con la lógica de los fenómenos.

Tal vez el problema de la violencia no radique en cómo deshacerse de ella, sino más bien en aprender a atenderla de manera adecuada para ser capaces de brindarle un lugar en la mesa del pensamiento y así evitar que se vuelva inconsciente de sí misma y que arrastre a las conductas hacia la destrucción superflua. Pero aun este precepto está asentado en una esperanza ingenua y posiblemente al alma le importen poco nuestros deseos y necesidades y siga ejerciendo su violencia contra nosotros como las víctimas sacrificiales que siempre hemos sido.

En la turba cansada de la agresión de los agresivos, aquella que mata violentamente a sus agresores, en el hombre que golpea a su mujer, en la mujer que descarga su rencor contra sus hijos, en la pareja que se desea con furia, en las imágenes asesinas que nadie confiesa pero que todos imaginan de vez en cuando, ahí tiene su asiento el psiquismo del hombre, como un reflejo del proceso anímico que es a la vez un veneno así como un remedio, un phármakon que pende de un equilibrio muy frágil que hace de cualquier hombre honesto el más cruel de los asesinos y que expresa una verdad de nuestros tiempos: que las manos de cualquiera están llenas de sangre de sus semejantes, porque el no reconocer la violencia, como diría Rene Girard, es ya haber asesinado a nuestros hermanos.

La impostura religiosa y la flecha del tiempo del alma

Logos del alma

La consciencia sigue un intrincado camino que la lleva al despliegue constante de sí misma, es la historia de sus transformaciones la que precede y le da forma a la nuestra, y por lo tanto la idea histórica es anterior, lógicamente, a los sucesos que se viven como determinantes históricos. Quizás, se podría confundir este enunciado con una sucesión de hechos, como a los que el sentido común está acostumbrado, pero lejos de poder reducir lo dicho a una mera causalidad eficiente, necesitamos entenderlo como un proceso dialéctico donde lo más postrero es, a su vez, aquello que ya precede la senda, actual y efectiva, del alma. Ademas, debemos asumir que es el alma quien camina por esa vereda, pero también es el camino, así como la meta y el punto de partida. Todo a la vez. Hysteron Proteron.

Sin embargo, es evidente que los claros abiertos que se dejan ver en esta travesía, son abandonados tan pronto como el pensamiento sigue su curso hacia sí mismo, por lo que así como el terrón de azúcar disuelto en la taza de café no puede volver a su forma previa, las mutaciones de la consciencia son irreductibles a los momentos que ya han sido absorbidos en el tiempo actual que se despliega de manera precisa. Es inútil querer recuperar lo superado, porque tal superación no ocurre en el terreno de lo espacial sino en la fantasía del tiempo donde las estructuras se sumergen en nuevas complejidades y son abandonadas, a la vez que conservadas, para permanecer como recuerdos del propio fenómeno y su dinámica.

La física del siglo XX significó el rompimiento definitivo de la consciencia con la idea un tiempo circular y reversible, a partir de la teoría de la relatividad el universo pudo ser asumido como un sistema en expansión constante y bajo la reglas desconocidas de una transformación invariable de sus elementos. Para pensadores como Illya Prigogine, la irreversibilidad del tiempo es un factor determinante de la cosmología que explica, por lo tanto, que la entropía no es el destino definitivo del universo sino que, al contrario, es el factor precedente que supone el paso constante de una especie de no equilibrio hacia un equilibrio distinto. Las dimensiones presentes en el inicio de este tiempo ya no son accesibles porque están contenidas en las actuales. De cierta forma la ciencia cumple así el objetivo del cristianismo.

Sobra decir que dichas concepciones cosmológicas surgen como visiones desde un contexto sintáctico que ya ha roto con las ideas precedentes de las esferas celestiales y del eterno retorno y que ha sido capaz de colocarse ante sí mismo para poder observarse como formación, transformación y eterna recreación de sí. Por ello, se entiende que ciertas posturas nostálgicas, si bien loables, descansan en la imposibilidad de la lógica que se ha desplegado de forma impositiva, porque nadie ha elegido ese proceso, todo fenómeno es parte de su inalienable movimiento lógico.

Así, es que las posturas revivificadoras de los antiguos estadios de la consciencia están condenadas al fracaso, pues el hecho de querer volver a una comprensión mítica o religiosa del mundo requiere haberse emancipado de las mismas. Solo ante lo que ha sido dejado atrás por la consciencia puede el hombre imponer su voluntad y ser capaz de elegirlo, porque ello ya no es relevante para las estructuras noéticas que sostienen la realidad; e inclusive el concepto de realidad solo pudo emerger de la muerte de la union naturalis y de un mundo que estaba lleno de dioses.

Ya no podemos escuchar a los ríos, ni el lenguaje de las aves, ni saber las intenciones de la madre naturaleza, los dioses han dejado de ser los patronos de la consciencia e incluso el único dios hace mucho que dejo de hablar con el hombre categorial. Todo ello es ahora la voz de un mundo que se ha vuelto lenguaje, que se ha desgajado en signos y cuyos símbolos se han convertido en conceptos. Lo divino ha encontrado su hogar en eso que nos religa sin advertirlo: la tecnología, la polución, el internet, la I.A., el capitalismo, la bomba atómica y todo aquello a lo que le rendimos nuestra adoración. Eh ahí nuestra religión, la religio del espíritu de la época.

Por ello, el reencantamiento del mundo es imposible, sería necesario hacer retornar la flecha del tiempo del alma y ella ya no puede tolerar la dimensión pictórica de sí misma ni la experiencia religiosa pues ésta pertenece a una fase histórica que ha sido dejada atrás, e interiorizada, hace mucho tiempo. Así como el pensamiento mágico del niño, su egolatría, ha de ser abandonada por el adulto o caer presa de una neurosis, el Adam Kadmon ha dejado atrás sus lazos con el padre y la madre celestiales, para plantarse firmemente en el tiempo histórico que le toca vivir y ser digno de su herencia y de su condición, y permitirse, entonces, pensar lo pensado en él.

No obstante, el individuo no es igual a su categoría, y por lo tanto la creencia religiosa es lo más común y la búsqueda de satisfacciones emocionales enmarcan su presencia. Las personas van siempre por detrás del alma. No solo el creyente es presa del influjo regresivo, también el que busca un significado de la vida, el que encuentra mensajes en sus sueños, el que emprende el viaje hacia una consciencia cósmica, el que añora riquezas, lujos, imágenes, reconocimiento, etc., todo ello exige un sacrificio intelectual, no pensar sino solamente sentir, y es en esta posición donde no es posible estar a la altura del presente y el individuo es devorado por la enfermedad de nuestro tiempo. La regresión es el opio de los que han decidió ahogarse frente a la marea y llaman a esto salvación. El espíritu que se encoge de miedo ante el vacío.

Animus-Psychologie, Parte 1, La psicología y el Animus, el Animus y la psicología

Traducciones

La legitimidad de la animadversión

Wolfgang Giegerich, Alemania

En «Animus-Psychologie» de Wolfgang Giegerich, en editorial Peter Lang, 1994, pp. 13 a 22, traducido directamente del alemán.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Cuando hablo del animus, hablo desde una tradición determinada, la de la enseñanza de Jung. Ninguna otra escuela de psicología profunda o de psicología académica conoce el término animus. Y cuando planteo las cuestiones y los problemas relativos al animus, hablo desde esta tradición. Mis preguntas y reflexiones a este respecto no se producen en un espacio libre. Sin darnos cuenta, nuestro pensamiento se mueve siempre por caminos que él mismo no ha abierto. La tradición, ciertas convicciones básicas metódicas y de contenido derivadas de esta tradición, tal vez incluso algo así como una «concepción del hombre», siempre están ya implicadas, son coautoras silenciosas, por así decirlo, cuando me dirijo al tema del animus. Por eso es bueno ser consciente de ello específicamente. Cuanto más permanezca en la conciencia, más pronto será posible reflexionar sobre algo de las trayectorias por las que se ha movido el pensamiento sobre el animus, y entonces también avanzar en el tema del animus por su parte. Comienzo con algunas observaciones más bien externas sobre los sentimientos, los afectos, la atmósfera y las actitudes que se asocian al tema del animus, ya sea de forma subliminal o más explícita, o que ha traído consigo dentro de la tradición de la psicología analítica.

Lo primero que hay que observar es que el animus es el hijastro de la psicología de Jung. Jung descuidó bastante este tema. Es evidente que no le interesaba por sí mismo. Por supuesto, no descuidó abordarlo y tratarlo -si así fuera, no tendríamos en absoluto el término animus-, pero uno tiene la impresión de que lo hizo más por obligación que por otra cosa: cuando, por ejemplo, en un escrito sobre las relaciones entre el yo y el inconsciente, hablaba de la importancia del anima para el hombre, inevitablemente había que decir algo sobre la mujer y su animus. El ánima recibió una simpatía completamente diferente por parte de Jung. En lo que dice sobre ella, se percibe que tiene vida propia, que también procede de la experiencia personal de Jung, pero sobre todo que el interés de Jung por el tema del ánima y el mundo anímico, los mitos y los símbolos, fluye con toda naturalidad. Los pasajes sobre el animus son más secos y escasos. Parecen más un apéndice a las explicaciones sobre el ánima que un tratado sobre un tema de igual peso y valor.

Incluso desde las plumas de los alumnos de Jung, no se ha aportado mucho sobre el animus más allá de lo poco que dijo el propio Jung. El ensayo de Emma Jung es interesante por sí mismo, y Esther Harding y otros de los primeros estudiantes de Jung también proporcionan resúmenes sólidos, así como algunas adiciones individuales a la fenomenología del animus. Pero, en general, lo que se ha dicho se mantiene totalmente en la línea establecida por Jung. En lo que autores posteriores tenían que decir sobre el animus, el cuadro dibujado por C.G. Jung, Emma Jung, Esther Harding y otros fue en su mayor parte sólo repetido y quizás también algo difundido, revestido de diferentes palabras. Todavía no se ha presentado una monografía exhaustiva sobre el animus, como la que James Hillman ha proporcionado sobre el ánima1. No obstante, en sus escritos hay algunos indicios decisivos para la psicología del ánimus, a saber, cuando examina críticamente la correlación del ánima con el hombre y del ánimus con la mujer (es decir, la naturaleza de sexo opuesto de los dos arquetipos), cuando toca el tema de la sicigia y también se ocupa de la demarcación de las palabras ánimus y ánima, que son idénticas en cuanto a su raíz pero fundamentalmente diferenciadas en su significado psicológico, y, por ejemplo, muestra la conexión entre el ánimus y «el ego».

La crítica a la distribución del ánima y el ánimus entre los sexos, que Hillman había presentado y justificado por primera vez en el marco de una valoración diferenciada del problema general, fue retomada después sobre todo por autoras feministas, con lo que el concepto de ánimus de Jung fue discutido de forma bastante controvertida. Muchas feministas llegaron incluso a rechazar completamente el concepto, negaron la existencia de algo parecido al animus y condenaron la teoría por provenir de un típico prejuicio masculino. Este cuestionamiento del género opuesto de anima y animus y la negación de la validez del concepto de animus en general son las verdaderas innovaciones con respecto a la teoría convencional del animus, probablemente las únicas.

En este punto, la cuestión del sexo opuesto no debería preocuparnos todavía. No quiero entrar aquí en una discusión sobre el contenido del concepto de animus. Por el momento, sólo me ocupo de destacar algunos rasgos formales y afectivos de la teoría del animus, de su posición y estatus en el conjunto de la psicología junguiana y de la cuestión de su base (fundamento) teórica y fenomenológica.

La primera característica llamativa de la teoría del animus fue el escaso interés que suscitó. La segunda es su connotación negativa. El animus, a pesar de todas las afirmaciones posteriores en sentido contrario, tiene mala reputación. La experiencia básica que dio lugar al concepto de animus es el animus negativo. Es la experiencia de la mujer «obsesionada por el animus», es decir, la mujer que tiene opiniones rígidas y dogmáticas que no han «crecido en su propio estiércol», sino que han sido adoptadas «ciegamente» por alguna autoridad, por el padre, por los maestros, por grandes y admiradas mentes adoptadas “ciegamente”, pero sólo como principios muertos, no a la par con la espiritualidad viva que se ha desarrollado en esas personas y a través de la cual únicamente reciben su justificación. En la psicología personal del hombre, el ánima también se hace sentir de forma negativa al principio, a través del capricho. Sin embargo, predomina la valoración positiva del ánima. Aunque se acentúe la peligrosidad del ánima, esto no puede afectar significativamente a la valoración benévola de ella y a la fascinación por ella. Por supuesto, también debe existir un animus positivo. Cuando el ánimus inicialmente negativo se diferencia y desarrolla, cuando el complejo que «poseía» la conciencia de la mujer se ha convertido en una función psíquica a través de la integración en la conciencia, entonces se supone que surge de él una verdadera espiritualidad, pneuma, sentido. Pero uno tiene la impresión de que esto sigue siendo más bien un rumor o una promesa cuyo cumplimiento aún no se ha vislumbrado del todo y, desde luego, no se ha demostrado (documentado) de forma creíble.

Todo arquetipo tiene, como suele decirse, un «lado» positivo y otro negativo. Puede tener un efecto saludable y otro desfavorable. En el caso del animus, sin embargo, el predicado «negativo» parece indicar no tanto uno de los dos estados básicos en los que puede aparecer el animus como que ilumina su reputación general. Por mucho que se sepa teóricamente que también existe un «animus positivo», la palabra animus, pronunciada sola, se asocia involuntaria y tácitamente a la idea del «animus negativo». Para exagerar, es casi como si la formulación «animus negativo» fuera un pleonasmo, un «cuervo negro».

Además de la negligencia y de la valoración negativa del concepto de animus, una tercera característica es la forma mecánica de pensar con la que se opone el animus al ánima. Con cierta automaticidad, al parecer, el animus se deriva del ánima únicamente a través de su inversión en lo contrario. «Puesto que el ánima es un arquetipo que surge en el hombre, cabe suponer que debe haber un equivalente en la mujer, pues así como el hombre es compensado por lo femenino, la mujer es compensada por lo masculino «2. Puesto que el ánima = Eros, el animus = logos. La imagen anímica en el hombre debe (¡!) corresponder a una imagen anímica invertida en la mujer. Del mismo modo que biológicamente el pene y la vagina son contrapartes distribuidas exclusivamente al hombre y a la mujer, así también el ánima y el animus parecen estar distribuidos complementariamente a los sexos. En cierto sentido, sólo hay que cambiar el signo del ánima para hacer de ella un animus. Sólo tiene su esencia a través del contraste con su contraparte, como lugar en un sistema dado. Evidentemente, no se trata de una realidad independiente que se encontraría y sólo tendría que experimentarse gradualmente por sí misma en su totalidad, sino que es más bien como si pudiera deducirse del ánima, ya que, como en el caso del hombre esférico platónico, un todo dado en la idea parece haber sido dividido en sus mitades opuestas y distribuido entre los hombres y las mujeres.

En cuarto lugar, se nota que el ánimus no sólo es tratado más bien de forma negligente como tema de la psicología, sino también que la propia psicología junguiana no está particularmente inspirada y guiada por el ánimus en su estilo de proceder, en lo que subraya y en sus pensamientos. El animus sigue siendo parte integrante de la enseñanza, se localiza en los pacientes y debe ser tratado allí, en ellos, diferenciado y llevado a la conciencia por ellos, mientras que la psicología no asume el desarrollo de su «propio» animus en sus propias acciones y comportamiento. La cuestión es si está en mejores manos en las gmujeres de lo que estaría en la propia psicología, y si las mujeres pueden lograr en absoluto «desarrollar» el animus si la psicología, en cuyo marco se supone que tiene lugar el desarrollo, no ha realizado ella misma esta tarea y sigue rechazándola.

Y rechaza esta tarea. El animus, por mucho que podamos decir antes de entrar en la investigación propiamente dicha, tiene algo que ver con el logos, es decir, con la lógica y el pensamiento. La psicología junguiana, sin embargo, lo tiene difícil. Cultiva sobre todo la imaginación (además del sentimiento). Se ocupa de imágenes, mitos y cuentos de hadas, fantasías, en definitiva, de lo imaginario. Las imágenes tienen significado para ella, pero el significado no debe pensarse, adquirirse de un modo estrictamente pensante que no rehúya el trabajo conceptual disciplinado, sino que debe «mirarse» en las propias imágenes y «experimentarse» o «vivenciarse» mirándolas, y en parte debe «realizarse prácticamente» en la vida real. Pensar en psicología es impopular, incluso está mal visto. El pensamiento es condenado como «meramente teórico», como puramente «intelectual». No es de extrañar que el animus, por su parte, salga tan mal parado en psicología. Porque, entre otras cosas, también nos exigiría el trabajo extenuante y renunciatorio de pensar. Pero, ¿quién quiere asumir este trabajo? Es mucho más agradable mirar imágenes (simplemente mirarlas y experimentarlas con sentimiento), desarrollar ideas y, en la teoría psicológica, recorrer ideas y sentimientos sin tener que entrar nunca en el proceso de pensar. A menudo, incluso la actividad de desarrollar ideas y tener ideas y justificar ideas a través de otras ideas se considera pensamiento. Pero si el concepto de pensar en psicología ya es confuso, ¿cómo puede apreciarse adecuadamente el animus, como figura arquetípica a cuya competencia pertenece el pensar?

Si el animus es tan controvertido que su existencia puede ser negada rotundamente, aunque sólo sea por algunas feministas radicales, por no mencionar el hecho de que ninguna otra escuela de psicología ha tomado nota o incluso adoptado el concepto de animus, la cuestión de la legitimidad del concepto de animus se hace urgente. No tiene sentido querer investigar algo si tal vez sólo sea un fantasma, un producto de la imaginación junguiana, al que nada corresponde en la realidad. Antes de abordar seriamente la cuestión del animus, debemos tener en cuenta el hecho de que la palabra animus se refiere a algo y no a nada. De lo contrario, toda la empresa podría ser un juego autocomplaciente y encerrado en sí mismo, sin ninguna referencia a la realidad. Lo primero que tenemos que hacer es proporcionar una especie de prueba del animus, una prueba de la existencia del animus.

Esto nos plantea las siguientes preguntas. ¿De dónde sacamos el término animus? ¿En qué se basa? ¿De dónde sacó Jung su concepto del animus? ¿O basta con remitirse simplemente a Jung como autoridad e, independientemente de lo que le haya podido dar derecho a hablar del animus, partir sin más de la doctrina existente sobre el animus? ¿Cuál es el criterio para abordar ciertas experiencias e imágenes en el sueño y el mito como manifestaciones del animus?

En la teoría de la enfermedad se ha planteado la cuestión de la realidad de la enfermedad, la cuestión de la «unidad nosológica». ¿Es el animus en este sentido una «unidad psicológica», una entidad existente real, un complejo o una función? Esa sería la variante realista desde el punto de vista de la disputa universal medieval. ¿O es «animus» sólo nominalmente una designación como moneda de uso corriente para aspectos meramente recortados de la multiplicidad de la realidad según los puntos de vista pragmáticos humanos, es decir, más o menos arbitrariamente, un medio práctico de comprensión (una etiqueta), sin poseer una realidad propia, del mismo modo que el dinero es un medio práctico con el que es mucho más fácil pagar que con huevos, pollos, cerdos, vacas o sacos de maíz, del mismo modo que el dinero, al menos el papel moneda y el dinero de plástico, ya no posee un valor sustancial propio. En otras palabras, ¿tiene el animus un «esse in re» o sólo un «esse in intellectu»? ¿Existe el animus en la psique del mismo modo que el corazón, los pulmones o el estómago en el organismo? ¿De dónde sacamos el derecho de escoger algunos de los fenómenos y decir: eso es animus, y de dónde sacamos el derecho de hablar de «el» animus en absoluto?

Está claro que apelar a la autoridad de Jung no puede bastarnos. Entonces seguiríamos en la Edad Media. Debe sernos comprensible cuál es la base del animus en la realidad. Es habitual apelar a la experiencia empírica o fenomenológica. Esta experiencia, a su vez, puede basarse en dos cosas: el comportamiento del organismo o personalidad, o los productos pictóricos elaborados por la psique. De ambos ámbitos, que no se tratan aquí por separado, se desprenden algunos fenómenos que se asignan al animus. 1. En el comportamiento de los seres humanos, se encuentra la obstinación en sostener y representar opiniones, que suele considerarse la primera manifestación (negativa) del animus. 2. En los sueños, en la mitología, en las leyendas, etc., existen figuras típicas que se supone que tienen carácter de animus, como la figura del «amante en la sombra». 3. También en la mitología y en la filosofía natural metafísica hay parejas, una de las cuales, la masculina, se supone que representa el animus, la femenina el anima (parejas de dioses, conceptos como netkos y philia en Empédocles, yin y yang en la filosofía china). Pero la apelación a la fenomenología no nos ayuda realmente. Parece dar al concepto de animus una base real, pero no más que una base. Porque estas imágenes y figuras, así como el comportamiento anímico, no aparecen con un cartel en el cuello que diga: soy un fenómeno anímico. Al contrario, seguimos siendo nosotros los que elegimos estos fenómenos particulares de entre toda la plétora de fenómenos y les atribuimos que pertenecen al animus. La cuestión de qué derecho tenemos a hacer esto sigue abierta.

Es cuestionable partir directamente de la «experiencia empírica» y tomarla como base. El gran problema del empirismo es que entonces uno tiene sus presuposiciones detrás. La implicación de la propia psique en ver lo que luego se encuentra fuera permanece oculta. Aunque Jung se presentaba repetidamente como empirista, no era tan ingenuo como para no ver estos problemas. Comprendió «… que las ciencias naturales en particular se esfuerzan por presentar los resultados de sus investigaciones como si hubieran surgido sin la intervención humana, es decir, la indispensable participación de la psique permanece invisible.» 3 Jung también fue capaz de aplicar esta perspicacia a sus propias hipótesis, que consideraba demostradas empíricamente, y así hablar de una hipótesis, por ejemplo, «que ciertamente procede de mí mismo -aunque imagine que la he encontrado a partir de la experiencia «4. El concepto de animus no procede de la experiencia. Si el animus se encuentra fuera, en el material empírico, procede ya del ver que lo encuentra. Así que nada está «probado» en absoluto. La apelación al empirismo es circular, una petitio principii. Siempre es necesario un concepto preliminar del animus para identificar determinadas imágenes y modos de comportamiento como manifestaciones del animus.

Existe una segunda vía para legitimar las herramientas psicológicas que utilizamos. Esta vía, por lo que veo, sólo ha sido tomada por Jung y es una vía verdaderamente psicológica. El hecho de que Jung reconociera y siguiera este camino le distingue como psicólogo. La idea básica aquí es que en la teoría psicológica sólo se pueden utilizar términos que procedan de lo que Jung llamó el «consensus omnium» o «consen sus gentium». Los términos deben ser validados por la tradición. Así, Jung fundamentó el concepto de libido en las nociones arcaicas de «energía» que se dan «por doquier» en el mundo (mana, wakanda, churin- ga, manitu, etc.), el concepto de «arquetipo» a partir del uso de este término en la filosofía antigua (Academia platónica, Agustín, etc.), y para sus conceptos tipológicos de extraversión e introversión, pensamiento y sentimiento, se inspiró en una tradición ampliamente expuesta en su libro sobre los tipos, desde los Padres de la Iglesia, pasando por la Escolástica y la polémica de la Última Cena de Lutero y Zwinglio, hasta Schiller, Nietzsche e incluso autores más modernos.

Es importante darse cuenta de que Jung no hizo esto sólo ni principalmente con intenciones históricas. Más bien, estas explicaciones históricas tienen un sentido sistemático: sirven para fundamentar (legitimar) sus conceptos. Esto resulta ciertamente desconcertante para quienes se orientan hacia la ciencia moderna. ¿Qué información sobre la legitimidad de los términos que se van a utilizar en una ciencia puede obtenerse del hecho de que términos análogos ya hayan sido utilizados por otros y en otros lugares? En el pasado se utilizaron todo tipo de términos abstractos que nuestra ciencia ya no puede utilizar porque acaba de refutar su legitimidad (por ejemplo, éter, música de las esferas). Y, sin embargo, Jung ha dado al menos en la diana con este intento de justificación. Sólo hay que recordar que se trata de conceptos psicológicos. La justificación de los conceptos psicológicos sólo puede tener lugar con referencia a la fenomenología del alma misma. Esta es precisamente la base del intento junguiano de fundamentar los conceptos en una tradición. El alma misma siempre se ha articulado en la tradición. Si los conceptos de la psicología se obtienen de las automanifestaciones del alma, es evidente que no se le aportan desde fuera y desde una posición arbitraria. La psicología se atiene a lo último. Refleja su objeto de forma inmanente. Se deja dar sus categorías, con las que quiere observar la vida del alma, a partir de la vida ya visible y comprobada del alma misma. Sin embargo, dado que todos los conceptos proceden de la psique, sigue siendo importante ver si los conceptos tienen una cierta universalidad según la edad y la distribución mundial, porque de lo contrario alguna manifestación extravagante e inusual del alma podría elevarse a categoría para la vida del alma en general. De ahí el criterio del «consensus gentium».

Ahora, por supuesto, el «animus» no está probado por la tradición. «El» animus no existe. Se trata de una creación junguiana con hábil recurso a las palabras latinas anima y animus, palabras latinas de la lengua normal, ojo, y por lo general en absoluto términos de significación terminológica, como es el caso de Jung. El hecho afortunado de que en latín la palabra alma se presente en dos formas fonética y gramaticalmente sólo ligeramente diferenciadas, a saber, una masculina y otra femenina, obviamente le vino a Jung perfectamente para poder expresar su teoría de un ánima del hombre y un ánimus de la mujer con sus opuestos complementarios. Pero esta teoría no está amparada por la tradición y el consensus gentium. Hace unos años, Thomas Moore presentó un estudio detallado de la palabra animus en latín.5 Aparentemente creía que del uso lingüístico de la palabra animus en latín podía derivar el concepto de animus tal y como se denomina en la psicología junguiana. Incluso dio con un «animus mundi», que era la contrapartida del «anima mundi» que se conocía desde hacía tiempo, sobre todo por los estudios alquímicos de Jung, y que indicaba que el animus tenía una dimensión cosmológica más allá de su papel en la psique personal.

Pero esta investigación no es convincente. Sigue sin resolverse el gran problema de hasta qué punto el uso de la palabra animus en la lengua latina corriente puede utilizarse para «el» animus en sentido terminológico. Cuando el psicólogo habla de anima y animus, ¿existe una identidad real o al menos una continuidad con los términos latinos que iría esencialmente más allá de la equivalencia de palabras? Del mismo modo, queda sin responder la pregunta de hasta qué punto la elección de la palabra animus en lugar de anima en ciertas frases latinas podría ser accidental (quizás anima podría haber estado ahí perfectamente) y hasta qué punto es significativa. En alemán, uno puede reflexionar sobre algo en su «corazón», en su «mente», en su «pecho», en su «seno», en su «sentido», en su «espíritu» o en su «conciencia». Ciertamente, cada una de estas palabras tiene asociaciones diferentes y se asocia a distintos tonos de sentimiento. Pero en determinadas frases podría utilizarse una u otra palabra con más o menos igual justificación y significado. Sobre todo, no tendría que referirse necesariamente a una cosa distinta en cada caso, a un órgano diferente del alma, por así decirlo. Sospecho que del mismo modo el latín anima y animus podrían utilizarse indistintamente en muchas frases sin demasiada pérdida de sentido, a pesar de todos los matices de significado, y sobre todo de que no siempre se trata de dos «órganos» o «funciones» psicológicas diferentes. Esto me parece muy claro en el caso del animus mundi tomado de Ficino, que evidentemente no se refiere a un segundo factor del mundo paralelo al anima mundi, como supone Moore, sino que es sólo otro nombre intercambiable de anima mundi. Pues Ficino utiliza a menudo ambas formas lingüísticas en un mismo párrafo para una misma circunstancia sin ninguna diferenciación aparente de significado, al igual que, por cierto, las formas simples anima y animus. Anima y animus pueden ser, pues, sinónimos en sentido estricto, sólo que con una pequeña diferencia formal, del mismo modo que en el siglo XVIII todavía era posible decir «el conocimiento» y «la cognición» en el mismo sentido.

No parece haber ninguna justificación externa (filológica, biológica, empírica) para el término animus. En realidad, no podemos vincularlo a nada y liberarnos así de nuestra propia responsabilidad por este término. El concepto no puede estar asegurado por ninguna justificación extrapsicológica (autoridades, empirismo, fenomenología, tradición). Tampoco nos es posible referirnos a la oposición de género y a los genes, ni mucho menos a ningún tipo de inspiración o iluminación. Más bien, nos vemos abocados a nosotros mismos, a nuestro propio pensamiento. Tenemos que mostrar nuestros colores nosotros mismos, mantener la cabeza en alto, por así decirlo. El animus de Jung es una intuición, una visión, un pensamiento. Su justificación depende de nuestra capacidad para pensar el animus. La pregunta debe ser: ¿se puede desarrollar un concepto a partir de lo que había en la intuición de Jung, a partir del cual se pueda desarrollar lo que debe pertenecer a la fenomenología y al carácter del animus como internamente coherente y con el que al mismo tiempo también se comprenda algo, algo de la vida del alma?

Tenemos que asumir la idea junguiana del animus, tal como se presenta inmediatamente, en su incertidumbre y falta de fundamento, y desplegar coherentemente (rigurosamente) lo así asumido. Debemos soportar ya la falta de prueba empírica, la falta de toda justificación externa. Precisamente en esta incertidumbre acerca de la justificación del concepto de animus debemos perseverar, detenernos en su falta de fundamento, en lugar de ponernos en marcha debido a la incomodidad causada por tal incertidumbre y terminar abruptamente, por ejemplo, decidiendo en contra de todo el concepto. No nos ayuda preguntarnos: ¿existe el animus, es correcto o incorrecto lo que Jung enseñó? No podemos obtener ninguna ayuda del exterior. Tampoco podemos refugiarnos en ningún argumento traído de fuera, ni a favor ni en contra. El animus no nos lo pone tan fácil. Más bien, tenemos que seguir el pensamiento de Jung en nuestro propio pensamiento, ampliarlo, profundizarlo, radicalizarlo, porque sólo en nuestra culminación del pensamiento puede quedar claro si la «verdad» y la «autoridad» son inherentes a él o no, y si nuestro pensamiento tiene poder o no. Necesitamos el valor de utilizar conceptos, de pensar por nosotros mismos. ¿De qué otra forma se supone que el Animus, que se supone que es el Logos, va a demostrar su existencia si no es mediante el pleno esfuerzo del concepto por nosotros mismos? Sólo lo semejante puede reconocer lo semejante.

El animus sólo puede justificarse como experiencia propia de sentido. Yo mismo debo haber captado el significado de «animus» y el significado o coherencia de la diferencia entre anima y animus y desde el centro de este concepto desarrollar o juzgar todo lo demás – y luego defenderlo. El animus es sólo una aproximación (mental) (que proviene de «setting»). No se me permite evitar las imágenes desde el principio. Pues el espíritu nunca es algo parecido a una cosa existente y visible. No es un fenómeno del fin del ser. Los fenómenos e imágenes existentes sólo pueden ser siempre una base para enunciar el animus, nada más. Y sólo a partir del significado ya experimentado y comprendido de «animus» pueden seleccionarse las imágenes mitológicas que son realmente relevantes para él y éstas pueden convertirse en la base para la discusión del animus.

Por lo tanto, el recurso de Jung a la solución de Abälard del problema de los universales a través de la idea de esse in anima6 también me parece problemático. Depende mucho de cómo se entienda. Si uno toma como base la comprensión obvia de esta fórmula, que los universales tienen un ser en el alma en el mismo sentido de ser que está presente en «esse in intellectu» o «esse in re», entonces uno podría y tendría que persistir en la búsqueda, uno podría, por así decirlo, esperar tranquilamente a ver si y cómo el animus «se muestra a sí mismo», por ejemplo, como una imagen en un sueño. Sería un objeto (imaginal), exterior, frente a nosotros. Con el anima esto puede ser apropiado: anima habet «esse» in anima, el alma tiene un ser en sí misma, en el alma, y siempre es también el arquetipo de la ontologización. ¿Pero el espíritu? ¿»Es»?


1. James Hillman, Anima. An Anatomy ofa Personified Notion, Dallas (Spring Publications) 1985.

2. C.G.  Jung, GW 9/II § 27. Jung, por supuesto, agrega: “Con esta consideración, sin embargo, no quiero dar la impresión de que estas relaciones de compensación fueron deducidas”.

3 C.G. Jung, GW 10 § 498.

4 C.G. Jung, GW 4 § 778.

5. Thomas Moore, »Animus mundi: or the Bull at the Center of the World«, Spring 1987, S. 116- 131.

6. Anima aquí = alma en sentido general, no específicamente: el ánima.

Acontecimientos y experiencias

Logos del alma

Es una característica de nuestra época la creencia de que el sujeto debe sumergirse en una gran variedad de acontecimientos para nutrir su identidad. Se ha vuelto común desear presumir la plétora de vivencias que nos acontecen día con día y terminar agotando la experiencia en la manía delirante por dar testimonio de lo que se ha vivido, olvidando con ello el acto mismo de vivir, que en principio es misterioso e irrepresentable.

El impulso por exhibir aquello que ha acontecido resulta en la exhibición de la propia vivencia, en su transformación en una imagen inerte sobrecargada de sentido, donde su dinámica se ha consumido en la consecución del objetivo técnico de despojar a la realidad de su naturaleza negativa y sustituirla por una forma positivizada, por ejemplo la de la imagen digital. Así, es de lo más normal el acto de grabar con la cámara del teléfono móvil cualquier acontecimiento advertido para poder darle el estatus de algo realmente ocurrido, pareciera que la realidad tuviera que pasar por el filtro de la pantalla para ser real.

Si un individuo de otra época observara el ritual cotidiano de fotografiar al mundo, quizás pensaría que las personas esgrimen la pantalla como una defensa contra el objeto que temen, que no se atreven a mirarlo de manera directa. Las culturas ritualistas sobrevivientes sospechaban de la fotografía porque pensaban que en ella su alma sería aprisionada, y si se entiende al alma no como una sustancia metafísica sino como un modo de ver y como el acto de construir imágenes en constante movimiento dialéctico, entonces una imagen fija es lo prolongación perversa de un instante al que se le ha despojado de su carácter contradictorio. El anima móvil ha sido abstraída y congelada en el instante efímero.

Pero el mundo nunca ha sido verdaderamente visto de manera directa, la mirada no es un canal de reproducción fiel de lo que se observa, al contrario el ojo imagina lo que ve, porque en sí mismo el acto de ver es un proceso productivo del alma como vida lógica, ella crea la realidad que también es. El mundo no existió hasta que pudo ser visto, antes de ello, contenido en sí mismo, no era operativa la distinción entre lo cerrado y lo abierto. Una vez que la consciencia se observa a sí misma, puede entonces existir la noción de contención, al mismo tiempo que emerge el concepto de apertura.

En este periplo es el objetum, aquello que es arrojado enfrente, de quien, en el mismo acto de proyectar, el sujeto obtiene su identidad, por lo que se puede comprender que tanto el sujeto como el objeto se realizan a la vez. No es que exista un sujeto que observa un objeto, más bien, ambos ocurren a la par y el mismo hecho de lanzar adelante al otro crea el espacio negativo de relación, un claro de significado que permite la reflexión en lo semejante y, en consecuencia, la experiencia de la mismidad. El individuo solo puede serlo porque sabe que hay un mundo que se le contrapone y que le niega.

Por ende, el acto de abstraer la realidad en una imagen técnica y condenarla a la positividad implica realmente la desrealización de la realidad, al sustraer de ella el matiz negativo de su presencia ontológica se le convierte en algo solamente evidente, sin un secreto que lo contenga, fijo en su transparencia y servil a un objetivo puramente tecnológico. Los antiguos mitos temían el retorno del caos, es decir, de la indiferenciación de lo creado, de la degradación del cosmos y del regreso de lo titánico. Parece ser que la imagen técnica representa la sumersión en el pléroma de una dimensión particular de la consciencia con un propósito que solo será claro en su devenir, pero que por el momento amenaza la lógica de un estadio del alma que posiblemente ya ha sido irrelevantificado.

Por supuesto que la invención de la fotografía no es actual, pero nunca como hoy, hubo un fervor tan manifiesto por transmutar las imágenes acaecidas en objetos positivos de forma masiva. Incluso las fotografías físicas se han mudado de modo inevitable a un cuerpo digital, han mutado en pura información. En esa transformación de lo real en datos se asiste a un proceso que comenzó hace milenios en el corazón de la consciencia y de la cual inadvertidamente se participa por medio del continuo error de tomar los acontecimientos por experiencias.

La confusión entre acontecimientos y experiencias ha contribuido a este proceso cada vez mas urgente de sustitución del mapa por el territorio. James Hillman advierte que lo que acontece es algo vacío, inservible para el hacer alma si esto no pasa por el filtro de la psicologización de la vivencia, es decir si el alma no guarda dentro de sí misma la verdad realmente vivida y permite que ésta se realice en la reflexión sobre el mundo, entonces lo acontecido permanece como un elemento externo a la experiencia. En cambio, la experiencia requiere de la interiorización del acontecimiento dentro de sí mismo, su enfrentamiento reflexivo con el espíritu de la contradicción también llamado: «la sombra».

Esa es la razón por la que vivir demasiadas experiencias no determina la calidad anímica de las mismas, pues no se trata de la cantidad de acontecimientos a los que se acudan sino cuánto de ello ha sido reflejado en sí mismo para permitir que el acto meditativo de la propia alma suceda y que el pensamiento pensado en el fenómeno se exprese de manera autentica. Pero las personas tienen la ilusión infantil de que experimentar algo es igual a sentirlo, y se buscan entonces las emociones profundas y estridentes para que sean testimonio de que algo ha sucedido.

Las adicciones, por ejemplo, tienen en su núcleo el deseo contemporáneo de sentir más, de aturdirse con las sustancias psicoactivas que posibilitan al ego moderno el deshacerse de las amarras que lo constriñen a la angustiante realidad que le configura como liberado de su ancla metafísica. El adicto utiliza herramientas rituales y mistéricas, que en otros tiempos permitían el sostenimiento del cosmos, para abstraerse de su propia existencia moderna y morar así en la idealidad del pléroma. Pero el sentir es un placer que requiere de dosis cada vez más pronunciadas y esta ansía interminable se estructura como el esquema adictivo del hombre en busca del sentido.

No obstante, la necesidad de abstracción del contexto anímico no es particular de las adicciones, ocurre en toda acción que se alimente de la repetición de estímulos placenteros que tengan la función de liberar momentáneamente al individúo de la ansiedad. Por lo tanto, la lógica de la adicción coincide con el proceso de desrealización del mundo por medio de la proliferación de los acontecimientos en demérito de la profundización de las experiencias.

Por todo ello, es usual que las personas hablen constantemente de sus muchas vivencias, que muestren los cientos de lugares que han visitado, lo miles de libros que han leído, la variedad de musica que han escuchado, los muchos rituales a los que han acudido, los cursos y posgrados que los respaldan y las horas de terapia que han llevado a cabo. Son como el rico que no pasará por el ojo de la aguja pues están demasiado cargados de acontecimientos, de emociones que no han sido interiorizadas para abrirse a sus conceptos. Han escapado de la experiencia por medio de la repetición inocua de lo emocionante.

La actividad ingente se evidencia como una estrategia más de la neurosis de los tiempos presentes que sirve para evitar el proceso de psicologización de los acontecimientos. Jung decía sobre la religión institucional que ésta es muchas veces un lugar para poder escapar del dios vivo, así la preocupación desmedida por la actividad psicoedificante, que colecciona procesos terapéuticos, horas de clase o sesiones de rituales místicos, sirve para poder huir cada vez mejor de la realidad del alma, cuyo hacerse a sí misma no ocurre en la opulencia emotiva sino en aquellos corazones que libres de la inflación psíquica están dispuestos a despojarse de toda carga y a desvanecerse en la presencia del otro que también son.

No hay mucha diferencia entre el impulso adictivo por fotografiar lo que se come o a donde se viaja, el deseo de dosis más intensas de diversas drogas y la compulsión por sustituir la vida con actividades egoedificantes de crecimiento personal, la noción que se despliega en esas labores es el esfuerzo de hacer permanecer los acontecimientos como solo acontecimientos, despojándolos de su matiz dialéctico y sustituyendo así el proceso generador de experiencias. La visión del sujeto permanece únicamente como anima sin permitirse ser penetrada por la lógica de su animus, no se consiente la conuntio del fenómeno.

En estas diversas maneras se intenta evadir la poiésis de la existencia, la cual nunca es complaciente con sus sujetos y se manifiesta de forma regular como dolor, angustia y desesperanza, pues el hombre es solo un puente y el alma quema los caminos que ya ha recorrido para poder conservarlos como sus recuerdos, es la labor humana permanecer en el ardor de esa experiencia.

Animus-Psychologie, Introducción

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

En «Animus-Psychologie» de Wolfgang Giegerich, en editorial Peter Lang, 1994, pp. 7 a 12, traducido directamente del alemán.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

El título Psicología del Animus es ambiguo. Puede entenderse en el sentido de genitivus objectivus (enseñanza psicológica sobre el objeto especial «animus»), pero igualmente en el sentido de genitivus subjectivus (psicología inspirada por el «animus», psicología en el espíritu del «animus» o también: psicología que no sólo considera el «animus» como uno de sus objetos -a observar en las personas o en los productos del alma como los sueños-, sino que también lo deja entrar en su propia conciencia, es decir, en la concepción de sí misma o en su planteamiento, es decir, en la concepción de sí mismo o de su enfoque). La ambigüedad es intencionada. La alternativa de la investigación empírica sobre los objetos y la filosofía de la ciencia ascendente o descendente que se aplica a las ciencias pierde la esencia de la psicología. Si afirmo esto, entonces también significa que no puedo considerar que gran parte de lo que se ha producido hasta ahora bajo el título de psicología sea psicología real. La psicología aún no ha demostrado su existencia. Y proporcionarla es una de sus principales tareas.

Lo habitual es que los psicólogos recurran a sus temas. Se llevan a cabo investigaciones empíricas, se observan bebés, se realizan experimentos con sujetos de prueba o se describen e interpretan experiencias adquiridas en psicoterapia. Incluso cuando los analistas investigan psicológicamente mitos y cuentos de hadas o fenómenos religiosos, espirituales-históricos como la alquimia, esto suele hacerse desde y hacia los analizados (lo que incluye la posibilidad de que el investigador también se oriente hacia sí mismo como posible analizado). La pregunta sigue siendo objetiva: ¿qué aporta lo que se ve a la comprensión de los procesos psicológicos y de los complejos enredos del individuo? ¿Cómo puede utilizarse para promover el desarrollo de los pacientes o de aquellos que se esfuerzan por tomar conciencia de sí mismos? El pensamiento permanece enteramente en lo que Nicolai Hartmann denominó la «intentio recta», la orientación directa hacia los objetos. Esto significa que la forma de pensar sigue comprometida con la ciencia (constituida por la separación sistemática de la ciencia y la teoría de la ciencia), incluso cuando el procedimiento en sí no es tan estrictamente científico.

Uno se aproxima prácticamente a los problemas que surgen. En muchos ámbitos de la psicología, la cuestión del alma está incluso prohibida, el término «psicología» se evita (se reprime) y el alma misma se coloca en la famosa «caja negra» (esa «variable interpuesta y desconocida, irreconocible, que interviene en el proceso estímulo-respuesta») en la que no se permite mirar.1 O se da una determinada definición del alma y de la psicología, y con la reconfortante sensación de que se ha cumplido con este deber, es decir, con este requisito previo detrás de ellos o con este fundamento fiable debajo de ellos, creen que entonces son libres de sumergirse en el «verdadero» trabajo psicológico sin preocuparse, para simplemente construir sobre el fundamento que han elegido una vez – el alma que entonces desde hace tiempo que se conoce y la esencia de la psicología que desde hace tiempo está asegurada.

Pero la psicología no tiene cimientos. No tiene fondo.2 No está construida sobre ninguna base sólida. Y no tiene presupuestos. No tiene ningún suposición. No tiene, como las ciencias, simplemente «objetos». Porque, como pregunta por el alma, es la pregunta por aquello que da a todos los objetos posibles su objetividad y su definición en primer lugar. En la medida en que la psicología se toma en serio a sí misma, no es posible como ciencia. Es esa «ciencia» entre comillas la que debe realizar la proeza de que la exhalación y la inhalación no sean dos actos separados por la sucesión, sino un mismo acto, al inhalar en la exhalación y al exhalar en la inhalación. Debe moverse como unidad de intentio recta e intentio obliqua, desde su respectiva presencia como centro, simultáneamente en direcciones opuestas. Para ella, lo desconocido no está sólo delante de sus objetos, sino también detrás de ella (o debajo de ella), en sí misma, en su propio cuestionamiento y visión, y en lo que los motiva y les da forma. Esto es lo que constituye su absoluta falta de condiciones previas y falta de fundamento, que son tanto su necesidad como su distinción. Por tanto, debe experimentar, hablar y pensar de tal modo que se refleje en el objeto que tiene delante y en sí mismo (psicología y la cuestión de la esencia del alma). Por lo tanto, debe experimentar, hablar y pensar de tal manera que se refleje simultáneamente en el objeto que tiene delante y en sí mismo (psicología y la cuestión de la esencia del alma).

Las ciencias no tienen esta dificultad. Es cierto que, en última instancia, tampoco tienen fondo. Pero han establecido su carencia de fondo, en la que ellas también, como todo lo demás en el mundo, están fundadas, como un fundamento firme desde dentro de sí mismas y por adelantado. De este modo, han puesto de una vez por todas la cuestión de su suelo fuera de sí mismas como algo que no les concierne y, por tanto, sólo deben y pueden mirar siempre hacia delante en una dirección dentro de su falta de cimientos. Esto hace posible la (amplia) falta de ambigüedad, la fiabilidad y la utilidad práctica de sus resultados. Para ellas, sólo hay un frente, pueden disparar a su objeto (concebido como un problema que hay que resolver o un enemigo al que hay que enfrentarse) con toda la fuerza y una determinación sin límites. La psicología no puede «apuntar» a sus objetos de esta manera (como con un rifle). Esto no se debe a que se trate de seres humanos y no sea apropiado apuntar a las personas de una forma tan clara o incluso apuntar con un arma y apretar el gatillo. Las ciencias del hombre (más claramente la medicina y la teoría médica) han demostrado que esta consideración no tiene por qué frenarnos. Pero sólo porque la psicología se frustró a sí misma con ello. Sólo entonces los enunciados son psicológicos si tienen en lo que dicen de su objeto ante sí al mismo tiempo la infinitud de su fundamento, el alma. Sólo entonces las preguntas son preguntas psicológicas cuando, en los objetos particulares a los que se aplican, hay al mismo tiempo una pregunta sobre qué es esto desconocido, qué es el alma, qué es la psicología misma. La pregunta inmediata por la esencia del objeto que tenemos delante está vedada a la psicología, como lo está la pregunta inmediata por la esencia del alma o el planteamiento de la psicología que tenemos detrás, por tanto, lo uno o lo otro, la intención directa sobre el objeto o la intención replegada sobre la conciencia que pregunta y su fundamento.

Nuestro objeto es el animus. Sin embargo, de acuerdo con lo que se ha dicho, es así que lo que en él se nos muestra como hechos individuales se refleja siempre al mismo tiempo en la autocomprensión y en las «categorías» de la psicología con las que capta los hechos, y a la inversa, lo que se ha de decir sobre el enfoque o el horizonte intelectual de la psicología pone al ánimus bajo una determinada luz.

Esto tiene consecuencias. Al intentar sumergirme en mi tema sin presuposiciones, mis explicaciones no pueden tener la «generalidad» que los enunciados científicos pueden reclamar legítimamente para sí debido a que evitan metódicamente la falta de fundamento de la que también surgen. La «objetividad» de un texto psicológico se parece más a la de una obra de arte, donde la objetividad no excluye la subjetividad. Por otra parte, las observaciones hechas en este libro no son puramente subjetivas en el sentido de arbitrariedad indisciplinada. El fundamento consciente en la falta de base de la «ecuación personal» (C.G. Jung), en virtud de la cual todo lo que se dice tiene siempre también un «carácter confesional» -el psicólogo siempre se «traiciona» a sí mismo en todo lo que dice de los demás y de los otros- , tal vez permita alcanzar la realidad humana con mayor facilidad que la metodología científica, porque dicha investigación, desde su planteamiento, no rehúye su origen en la propia realidad humana y, en lugar de negarla o filtrarla, más bien la asume en su propia conciencia y, por tanto, en su responsabilidad.

Y también tiene su propio rigor y consecuencia. Éstas son reales en la medida en que es posible comprender el fenómeno psíquico observado y pensar sus implicaciones y consecuencias. Cuando hablo del fenómeno «observado» y, por tanto, de una visión, tengo en cuenta el hecho de que, a diferencia del objeto de la observación empírica, el fenómeno psicológico es siempre ya la unidad del objeto visto ante nosotros y de la visión que guía el ver del objeto.

Toda pretensión de exhaustividad se mantienen aparte. Del mismo modo que en una obra de arte no se busca la exhaustividad, sino que el cuadro intenta mostrar toda la verdad de lo que representa, a saber, su ser más íntimo, más exactamente y con Hegel: su concepto, tampoco aquí pretendemos necesariamente dar una imagen exhaustiva y enciclopédica de todo lo que se ha dado a conocer en la investigación sobre el animus y es accesible en la literatura. No pretende ser un libro de texto o un compendio sobre un único tema, el animus, como al parecer pretendía C.A. Meier con su «Libro de texto de psicología compleja» en cuatro volúmenes con respecto a esta psicología en su conjunto. Por lo tanto, no pretende tener autoridad de ninguna manera. Tampoco pretende ser completo ni definitivo (aunque sólo sea por el momento). Su autoridad no se deriva de la suma de lo que se sabe de la literatura sobre el tema, sino de la devoción al fenómeno observado y de la entrada vinculante en el proceso de pensamiento que se deriva de su observación. La entrada en el pensamiento se convierte en vinculante si y sólo si está guiada por la siguiente intuición: El pensamiento a ser pensado aquí tiene «todo lo que necesita en sí mismo». «Al hacerlo, hay que tener cuidado de no dejar entrar desde fuera nada que no le pertenezca».3 Las necesidades de este proceso, las necesidades de la representación del concepto de animus, determinan lo que se toma de la literatura y lo que no, lo que puede servir de referencia y lo que no. El objetivo no es presentar de forma equilibrada los resultados de las investigaciones realizadas hasta la fecha, haciendo justicia a todos los aspectos.

Al fin y al cabo, no se trata de presentar conclusiones y resultados inmediatos. Se trata mucho más de reflexionar sobre cómo debemos pensar el animus y la psicología; se trata de elaborar algo así como las categorías, los criterios y los horizontes de la cuestión del animus en primer lugar.

Por tanto, la representación también tiene un carácter de aventura o expedición. No evita el riesgo de equivocarse (a juicio de otras posiciones) y de errar el tiro. No desarrolla un edificio que ya existe en su envoltura. Se trata más bien de que me confíe lo más incondicionalmente posible a la dinámica del pensamiento del animus tal y como se me ha mostrado, que me monte sobre él, por así decirlo, como sobre un caballo, para dejarme llevar a donde me lleve. Puede ser que el caballo simplemente corra de vuelta a su establo, si es un animal domado; pero también puede ser que como caballo salvaje me lleve a campo abierto. Queda por ver qué es, y la cuestión de adónde me lleva sigue abierta en cualquier caso.

En nuestra época surge inevitablemente la pregunta, sobre todo para el autor psicológico, de por qué añade otro libro y artículo a los miles que parecen publicarse cada año. ¿Afirma tener algo que decir que el público necesita saber? ¿Cree que tiene un «sentido de la vida» que ofrecer al público, ávido de psicología y significado, o incluso una sola idea que no debería pasar desapercibida? Hace doscientos años, el Fausto de Goethe ya llegó a la ineludible conclusión: «No te imagines que puedo enseñar algo / para mejorar y convertir a la gente» (371 y ss.). Hoy se nos arrebata, o al menos a mí, la posibilidad de albergar tales intenciones con toda seriedad y buena fe.

Debido al punto de vista especial presentado aquí en la introducción y que guía las explicaciones siguientes, parto de la base de que mi «Psicología del Animus» tiene sin duda algo nuevo que aportar al tema dentro del pensamiento psicológico tradicional. Pero no puedo ocultarme a mí mismo que la avalancha de libros en el mercado de los libros de autoyuda, que a menudo atienden a la necesidad del público de un consumo inmediato de sentido, y la imparable comercialización de ideas psicológicas han creado de hecho un pantano que hace que escribir libros sea hoy éticamente cuestionable. El pantano arrastra inevitablemente todo lo que se escribe, sin importar la dirección o el nivel. La escritura de libros se convierte así en algo absurdo, porque arruina su propia condición previa: un clima intelectual genuino. La inflación de publicaciones inevitablemente lo abarata todo, porque impide una atmósfera rigurosamente intelectual en la que sólo la obra individual podría florecer; en lugar de concientizar, las publicaciones psicológicas corren hoy el peligro de servir para anestesiar mediante la confirmación de alguna fe, alguna visión psicológica (o no tan psicológica) del mundo. El lector es llevado a estilizarse a sí mismo y a su vida según alguna doctrina psicológica, y también busca doctrinas en las que alojarse. Por lo tanto, hoy más que nunca se aplica la palabra alquímica: Rumpite libros, ne corda vestra rumpantur – Romped los libros, no sea que se os rompa el corazón.

No es coherente que, a pesar de todo, presente este libro. No tengo ninguna justificación para ello, salvo la alegría de la cosa y de escribir. Así que sólo puedo consolarme de mi propia incoherencia con las palabras de un poeta persa, retomadas por Goethe: «Arroja tus pasteles al agua, / Quién sabe quién los disfrutará».4


  1. Vgl. dazu Wolfgang Giegerich, »Die Alchemie der Geschichte«, Eranos 54-1985, Frankfurt (In­ sel) 1987, S. 325-395, hier S. 353-357
  2. Wolfgang Giegerich, »Die Bodenlosigkeit der Jungschen Psychologie: Über unsere Identität als Jungianer«, GORGO 12, 1987, S. 43-62.
  3. Vgl. C.G. Jung, GW 14/11 § 404. Jung spricht dort diese Worte mit bezug aufs »Phantasiebild«, nicht auf den Gedanken.
  4. J.W. v. Goethe, Westöstlicher Divan, Buch der Sprüche. Der Spruch beginnt mit folgenden Zei­ len: »Was wiUst du untersuchen, / Wohin die Milde fließt.« Bei Hafis heißt es: »Tue Gutes und w irf s in die Fluten hinab.«

Introducción a «The Neurosis of Psychology»

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Introducción al libro ‘The Neurosis of Psychology’, volumen I de los artículos reunidos en inglés, pp. 1-17

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Ha habido muchas denominaciones para la psicología establecida por C. G. Jung y continuada, de una forma u otra, por los llamados junguianos: «psicología junguiana», «psicología analítica», «psicología compleja», «psicología arquetípica». Jung también se refería a veces a su psicología, sin dar a esta frase el estatus de nombre oficial y sin indicar explícitamente que se refería a su propia psicología, como «la psicología moderna del inconsciente.» Pero también podía hablar de «mi psicología crítica».1 De nuevo, se trata más de una descripción que de un nombre. Pero por razones que expondré brevemente aquí, «psicología crítica» podría ser un buen candidato.

La última frase que he citado es del año 1957. Pero «psicología crítica» aparece en los escritos de Jung ya mucho antes, al menos a principios de los años treinta, por ejemplo, en su «Prólogo a la edición argentina» (1934) de Tipos psicológicos2 y en una carta a Wolfgang Kranefeldt de 1933.3 En el uso más temprano de la frase se refiere a una idea bastante directa, como muestra la explicación de Jung: «una psicología crítica que se ocupa de la organización y delimitación de los procesos psíquicos que pueden mostrarse como típicos»,4 «un aparato crítico para la criba del material empírico».5 La franqueza del pensamiento que prevalece en estas citas radica en el hecho de que aquí hay una clara distinción entre la tipología como herramienta («aparato»), por un lado, y el material u objeto al que se puede aplicar esta herramienta, por otro. El hecho de que Jung rechace aquí, o reduzca a una importancia secundaria, el «diagnóstico caracterológico del paciente» en favor de la tipificación «de sucesos psicológicos» no cambia realmente la clara separación entre instrumento aquí, y material críticamente «tamizado», «organizado» y «delimitado» por medio de ella allí.

Las primeras reflexiones de Jung que desembocaron en su posterior tipología habían servido, sin embargo, al propósito de hacer consciente el problema de la «ecuación personal». El origen de su tipología hacia 1913 y antes había sido el deseo de explicar psicológicamente las diferencias teóricas básicas entre la perspectiva freudiana del «eros» y la perspectiva adleriana del «poder» sobre los procesos psicológicos, que para Jung no podían resolverse declarando que una era verdadera y la otra falsa. La idea de tipos actitudinales básicos, tipos de movimiento psíquico (extraversión frente a introversión), parecía ofrecer una explicación. Lo interesante en este contexto es que esta idea rompió con la oposición lineal del psicólogo (estudioso de los procesos psíquicos) frente a los procesos psíquicos y comenzó a acercarse a una concepción circular de la relación entre el psicólogo y la realidad psicológica: el movimiento psíquico de la libido no sólo actuaba ahí fuera en el paciente, sino también en el analista, y no por separado (o el uno después del otro), sino de tal modo que precisamente mientras el psicólogo observaba los procesos psíquicos en el paciente, él mismo estaba sujeto a procesos psíquicos, de modo que sus explicaciones eran tanto un fenómeno psíquico como aquello que debían explicar. Es una misma vida psicológica la que aparece en ambos lados.

En sus comienzos, Jung aún no se había percatado plenamente de las trascendentales consecuencias de esta idea seminal suya para la constitución básica de la psicología. Pero con el paso de los años se fue imponiendo la diferencia decisiva entre la psicología y las ciencias naturales. Cayó en la cuenta de que en psicología era el alma misma la que tenía que reconocer al alma. Esta idea encontró su expresión más clara y sistemática en el último ensayo de Jung, «Sobre la naturaleza de la psique» (1954, versión anterior 1946). Allí leemos,

[La psicología] carece de la inmensa ventaja de un punto de Arquímedes como el que disfruta la física. … La psique … se observa a sí misma y sólo puede traducir lo psíquico de nuevo en lo psíquico…. La psicología no tiene ningún medio en el que reflejarse: sólo puede representarse a sí misma en sí misma y describirse a sí misma …. [Al describir los sucesos psíquicos, no nos hemos trasladado, desde el punto de vista científico, a ningún plano que esté por encima o al margen del proceso psíquico, y mucho menos lo hemos traducido a otro medio. (CW 8 § 421, trad. modif.)

… [L]a psicología se funde inevitablemente con el propio proceso psíquico. Ya no puede distinguirse de éste, y se convierte así en ella…. [No es, en el sentido más profundo, una explicación de este proceso, porque ninguna explicación de lo psíquico puede ser otra cosa que el proceso vivo de la psique misma. La psicología tiene que sublimarse como ciencia y ahí precisamente alcanza su meta científica. Toda otra ciencia tiene un punto fuera de sí misma; no así la psicología, cuyo objeto es el sujeto mismo que produce toda ciencia. (§ 429, trad. modif.)

El alma es autorreflexión, autorrelación, y la psicología (explicaciones o descripciones psicológicas) es una de las formas en que el alma se refleja a sí misma. La oposición básica de las ciencias de sujeto y objeto, teoría y naturaleza, no existe en y para la psicología. La psicología no puede ser una ciencia. Es en sí misma y desde el principio ciencia sublimada, en sí misma psicología «científica» sublimada. La clara distinción entre la psicología y su objeto, el alma, no puede mantenerse: la psicología es en sí misma alma y el alma es interpretación de sí misma (psicología). Tanto el alma como la psicología siguen una lógica «urobórica».

Si bien es uno de los mayores méritos de la psicología de Jung haber avanzado hasta esta perspicacia, es deplorable que Jung considerara negativamente la situación de la psicología, que analizó correctamente, como una «cosa trágica» (§ 421) y considerara que la psicología se encuentra por ello «en una situación desafortunada» (§ 429, trad. modif.). Esta valoración negativa es, en mi opinión, «lo trágico» del propio Jung.6 Por lo que puedo ver, su ideal tácito y expreso seguía siendo la idea de una psicología como ciencia objetiva y del psicólogo como observador neutral de la psique como un hecho de la naturaleza (pues incluso en el mismo pasaje que contiene su asombrosa perspicacia se dice explícitamente «en comparación con las demás ciencias naturales» que la psicología se encuentra en dicha desafortunada situación).

Así que sólo tenía la resignada conciencia de que -lamentablemente- este ideal no podía, por principio, hacerse realidad. No estuvo a la altura de su propia perspicacia. Lo vio correctamente, nos presentó aquellas afirmaciones que realmente superan lo que podríamos llamar el positivismo imperante de la mente científica convencional, pero las percibió y evaluó desde abajo, desde el viejo punto de vista positivista como su norma y medida. No se desprendió de las mismas expectativas y de ese sistema de valores que sus propios conocimientos superaron y destrozaron. Su perspectiva, o mejor dicho, la forma lógica de su conciencia, no se acomodaba al contenido semántico que su conciencia albergaba. El insight revolucionario se limitaba a la «semántica» de la conciencia, mientras que la «sintaxis» de la conciencia permanecía inalterada. Jung vislumbró una gran concepción desde lejos, pero no dio el paso adicional de entrar en ella, de aplicarla a su propia mentalidad o a la constitución lógica de la psicología. La suya fue y siguió siendo una reflexión externa (äußere o äußerliche Reflektion) sobre la psicología, mientras que el mensaje de esta reflexión externa era que la psicología es una reflexión interna o inmanente.

Más que eso, Jung tampoco fue capaz de aclamar esta situación de la psicología (tal como él la describió) como la distinción y el privilegio de la psicología, y como su oportunidad singular. Lejos de ser la trágica desventaja de la psicología, el inevitable carácter autorreflexivo de la psicología es en realidad algo así como su tierra prometida. Sólo si su carácter hubiera sido abrazado conscientemente por la psicología, habría vuelto a casa consigo misma, se habría unido lógicamente con el alma y de este modo, y sólo de este modo, se habría convertido en verdaderamente psicológica. Su alienación o exilio de su hogar, la tierra del alma, y de su objeto, la vida del alma, habría terminado. Pero Jung no se elevó al nivel requerido por su propia perspicacia, en el que podría haber apreciado que esta compleja e implicada estructura de autorreflexión traiciona y requiere a la vez un estatus superior de conciencia; que es indicativa de la conquista de un grado superior de refinamiento lógico de la mente y de un significativo avance cultural más allá de la ingenua inocencia de la postura de la inmediatez para la que existe una inequívoca separación de teoría aquí y hecho allá.

Por increíble que parezca, ya en 1954 declaró abiertamente que lo no psíquico es la norma y la medida de lo psíquico. «Si hemos de emprender reflexiones fundamentales sobre la naturaleza de lo psíquico, necesitamos [!] un punto arquimédico que sea el único que haga posible un juicio. Esto sólo puede ser lo no psíquico…» (CW 8 § 437). Una clara confesión por su parte a la reflexión externa como base de la psicología en todas las cuestiones fundamentales y a una postura en última instancia «positivista». Cuando se trata de la naturaleza de lo psíquico en sí, entonces de repente lo psíquico ya no tiene «todo lo que necesita dentro de sí».7 Más bien, Jung sugiere que hay que haber abandonado la psicología y posicionarse fuera de la psique -volverse no psicológico- para llegar a ser capaz de comprender la naturaleza de la psique. Da una razón para su punto de vista en la continuación de la frase citada: «… pues, como fenómeno vivo, lo psíquico yace incrustado en algo que parece ser de naturaleza no psíquica. Aunque percibimos esto último sólo como un dato psíquico, hay razones suficientes para creer en su realidad objetiva.» Se supone que la experiencia ordinaria y cotidiana del mundo del yo es decisiva. Esta experiencia es lo que aquí fundamenta Jung. Mientras que empírica y semánticamente el mundo entero está, como Jung subraya una y otra vez, incrustado en la psique y estamos ineludiblemente rodeados por la psique por todos lados (lo que incluso se confirma una vez más también en esta misma cita: «sólo un dato psíquico»), lógica, epistémica y sintácticamente para él es al revés. Jung (al menos aquí) no quiere que la psicología tome su propia medicina, esa medicina que se expresa, por ejemplo, en su advertencia (relativa al fenómeno psicológico individual): «Sobre todo, no dejes que nada de fuera, que no pertenezca, se introduzca en ella…»8 No quiere que la psicología se sumerja en su propia interioridad para encontrar la «verdad» más profunda sobre sí misma exclusivamente dentro de sí misma y a través de su propia autorreflexión.

Sin embargo, sólo es capaz de rescatarlo de su propia interioridad mediante una disociación. La «inmersión en el baño» (alquímico) está, por así decirlo, reservada al individuo que experimenta en la práctica de la psicología (análisis), pero rechazada cuando se trata de «reflexiones fundamentales» por parte de la teoría psicológica, es decir, cuando se trata de la forma lógica de la psicología misma.

Esta incapacidad de Jung para ver la situación básica de la psicología descrita y lamentada por él, a saber, que no tiene un punto de Arquímedes, como un paso adelante fundamental por parte del alma es, por cierto, una de las razones por las que necesitaba vehementemente y, por así decirlo, «instintivamente»9 para rechazar a Hegel.10

Pero sea como fuere, a pesar de estas deficiencias, Jung nos legó la preciosa visión del entrelazamiento mutuo de la observación psicológica y la fenomenología psíquica observada y la inextricable inmersión de la psicología como disciplina teórica en aquello de lo que trata esta disciplina, a saber, la vida del alma. La psicología no tiene la vida del alma claramente delante de sí como una positividad, un hecho natural. Desde el principio es ella misma una expresión de esta vida, de modo que tiene la vida del alma a la vez delante de sí y a sus espaldas, como su a posteriori y su a priori. Esto es lo que significa decir que el alma es autorreflexión. El carácter autorreflexivo del alma tiene como consecuencia que la vida del alma, por principio, no puede ser para la psicología un objeto idéntico (semejante a una cosa), un «hecho». En este sentido, el alma no debe ser comprendida como una parte de la naturaleza, ni en términos ontológicos (en términos de ser: como una entidad, una sustancia). Es esencialmente mental, noética, lógica.11 No es una realidad inmediata, sino en sí misma ya reflejada. No hay primero un alma como entidad existente que luego resulta que también se refleja a sí misma como una de sus actividades. «El alma» es autorreflexión y nada más: es interpretación y aquello de lo que es interpretación es ella misma interpretación. Podríamos expresarlo así: el acontecimiento real de tal autorreflexión, el acontecimiento de que una lógica «urobórica» se ha hecho explícita, es lo que llamamos, con un nombre todavía mitificador y sustantivador, «el alma.» Y puesto que «alma» y «psicología» son sólo dos momentos distintos de lo mismo en el sentido de la unidad de la unidad y diferencia de psicología y alma, la psicología tampoco es una teoría sobre o interpretación de ciertos hechos o acontecimientos naturales directos (inmediatos). Al tener una estructura autorreflexiva, es la interpretación de interpretaciones (puntos de vista, teorías) de la realidad. Cuando dije que la psicología no puede ser una ciencia, quise decir que no puede operar con la ficción de que tiene su objeto directamente frente a sí misma y que este objeto es lo que es, independientemente de sus interpretaciones (de la psicología).

A través de estas consideraciones basadas en las posteriores ideas de Jung, nuestra noción de «psicología crítica» se ha vuelto mucho más compleja y profunda. Una psicología crítica en este sentido implica una psicología que intenta llegar y mantenerse en el nivel de la lógica urobórica brevemente descrita. Por supuesto, nos queda a nosotros extraer de la intuición de Jung las consecuencias necesarias que él no pudo extraer por sí mismo. Lo que para él era y seguía siendo un contenido previsto de su pensamiento frente a la conciencia tiene que convertirse para nosotros en la base misma así como en la forma lógica intrínseca de nuestro pensamiento psicológico mismo. Y los trabajos reunidos en este volumen tienen en su mayor parte el propósito de preparar el terreno para tal concepción de la psicología o incluso mostrarla en acción.

Pero si estos papeles están en el camino de una «psicología crítica, ‘crítico’ también puede implicar el significado más ordinario, en nuestro caso una crítica cáustica en el sentido de «probar los espíritus», si están de acuerdo con la constitución desarrollada de la psicología o no. Hay una tremenda simplificación en el trabajo de la psicología junguiana tal como la practican los junguianos. Lejos de haber sacado las consecuencias del significativo discernimiento obtenido por Jung sobre el carácter autorreflexivo del alma y la psicología, por lo general incluso se han quedado atrás de este discernimiento y operan ingenuamente con la idea de una realidad psicológica como un dado inmediato, con su creencia en el alma como un hecho natural, con símbolos y arquetipos como entidades objetivas, etc. (Una marcada excepción es la Psicología Arquetípica, establecida por James Hillman, con, por ejemplo, sus ideas de la psicología como creación del alma, de la ficción de las historias de casos, de la base poética de la mente, y de las perspectivas arquetípicas que gobiernan nuestra visión y pensamiento sobre el material psicológico. Aquí se ve una estructura autorreflexiva en funcionamiento). Lo que generalmente rige es una postura caracterizada por la inmediatez y la positividad, por un pensamiento objetivista, naturalista y personalista, que es absolutamente incompatible con una psicología que ha tomado conciencia de sí misma. Incluso cuando se citan las ideas de Jung, por lo general sólo se hace caso omiso de ellas y no tienen ningún efecto de retroalimentación sobre la constitución de la psicología y la mentalidad real del psicólogo, que permanecen inmunes.

Una «psicología crítica» debe alejarse de este tipo de psicología simple. Por esta razón necesitamos un equivalente en psicología a lo que Nietzsche, en el subtítulo y prefacio de su Götzendämmerung, llamó «filosofar con un martillo». Lo que Nietzsche tenía en mente con el martillo no era una herramienta para destrozar. Incluso comparó el martillo con un diapasón (¡!), porque lo que trataba de discernir con la ayuda del suave tacto de un martillo era si aquello a lo que se aplicaba daba o no «ese famoso sonido hueco». No hace falta machacar, porque para la psicología, como para la filosofía, el sonido hueco, si se hace audible, es la autodestrucción de lo hueco. Sin embargo, este tipo de crítica no deja de ser una reflexión externa, porque el martillo o el diapasón se aplican desde fuera al texto o doctrina investigados. Debemos tener esto claro y distinguirlo de la «psicología crítica» propiamente dicha, que es autorreflexiva. En esta «Introducción» ya he probado el martillo sobre la postura cientificista de Jung. La revolucionaria visión de Jung sobre la naturaleza autorreflexiva de la psicología resultó ser hueca porque no se aplicó a sí misma a la psicología.

Todos los artículos de este volumen se escribieron por separado, y a menudo para ocasiones concretas, como conferencias. Sin embargo, aunque no era la intención en el momento de escribirlos, no sólo «circunvalan alrededor del mismo centro», sino que, al menos en parte, puede demostrarse que siguen una línea de pensamiento coherente, aunque no intencionada. Cada artículo aporta una exploración de un aspecto o componente esencial de una psicología que merecería su nombre. En los comentarios que siguen intentaré, en retrospectiva, aclarar la coherencia interna de los distintos temas y las diferentes orientaciones de cada uno de los trabajos.

El primer artículo de esta colección, sobre Erich Neumann, está dedicado, como indica el subtítulo, a una «Crítica fundamental» de su psicología, una crítica evidentemente sólo en el sentido de reflexión externa, como ya se ha explicado. La obra de Neumann y la pretensión esencial que conlleva se toman como «dados» objetivos y se someten a continuación a un examen crítico. A pesar de este carácter externo de la crítica, la cuestión es decisiva para la psicología junguiana. Lo que está en juego en la concepción de Neumann es la relación entre lo empírico-histórico y lo arquetípico o mítico (trascendencia), lo personal o individual y el género humano. La crítica principal de mi trabajo es que, en cada caso, la forma en que se establecen los dos polos en su esquema equivale a una mistificación. Esta mistificación es el resultado del hecho de que no se presta atención a una complicación psicológica esencial a la que se alude en el subtítulo del Mysterium Coniunctionis de Jung, a saber, la «separación y síntesis de los opuestos psíquicos». Neumann, se demuestra, «sintetiza» (amalgama, incluso iguala) los opuestos sin más, sin su previa separación implacable. La unidad que en realidad debería ser el resultado de una mediación en el sentido de unidad de la separación y unidad de los contrarios se convierte así en una unidad plana, inmediata (aunque inflada). («¿Ontogenia = Filogenia? Una crítica fundamental de la psicología analítica de E. Neumann»).

Pero los trabajos que siguen operan ya en el espíritu de una «psicología crítica» en el sentido más elevado de una psicología autorreflexiva (aunque la psicologización «a martillazos» sigue desempeñando aquí también un papel). Así, lo que emerge en «Sobre la neurosis de la psicología o El tercero de los dos» es que aquello de lo que la psicología terapéutica práctica trata de ocuparse «ahí fuera» en los pacientes, la neurosis, es ya, aunque sin saberlo, inherente a la propia teoría de la psicología. La inocente tendencia a centrarse en los casos y en el material psicológico antes que en la conciencia mantiene a la psicología inconsciente sobre el hecho de que la teoría (o teorías, en plural) que guían su conciencia están siempre en ella, desde el principio. Pero lo fuerte que es la tendencia a evitar la estructura autorreflexiva de la psicología se revela especialmente en dos hechos. En primer lugar, la idea misma de autorreflexión sólo existe en su forma literalizada y actuada como actividad separada y como comportamiento personal, a saber, en forma de análisis de entrenamiento que precede a la propia práctica del análisis. En segundo lugar, incluso el propio carácter inseparablemente urobórico de lo psicológico aparece a la conciencia psicológica convencional sólo como embutido en la esfera social literal, donde se positiviza como esos fenómenos que se llaman transferencia y contratransferencia. Lo que en realidad debería ser la forma intrínseca de la constitución de la psicología se reduce a sucesos empíricos que ocurren en el curso de la práctica de la psicología. Las personas empíricas tienen que llevar la carga que la psicología como teoría o la constitución lógica de la psicología no quiere llevar. Se mantiene sistemáticamente libre de la lógica urobórica que la convertiría en verdadera psicología, mientras que al mismo tiempo la psicología puede vivir con la sensación de dar constantemente a esta lógica lo que le corresponde ya que, después de todo, atiende con gran esfuerzo a la transferencia personalista.

El verdadero lugar del alma no es el individuo empírico en su positividad. Su verdadero locus es la psicología, la psicología no tal como se concibe abstractamente como ciencia, sino como ese pensamiento vivo concreto al que el individuo puede elevarse.

Después de que la psicología haya vuelto a sí misma desde su fijación exterior en las personas y acontecimientos empíricos que estudia, es necesario reflexionar sobre la oposición entre interioridad y exterioridad como tales. Esta es la tarea del artículo sobre la proyección («El salto después del lanzamiento: Sobre ‘ponerse al día con’ las proyecciones y sobre el origen de la psicología»). Resulta que, en el sentido del entrelazamiento urobórico de los opuestos, la verdadera interioridad no se alcanza retrayendo el movimiento hacia fuera inherente al fenómeno de la proyección, para volvernos hacia dentro (hacia lo que hay en nosotros mismos). Al contrario, este movimiento hacia el exterior debe ser seguido, incluso superado, y sólo así se alcanza la interioridad como «tierra del alma». O mejor dicho, no se alcanza, en la medida en que «lo interior» no es un lugar literalmente existente al que se pueda ir, sino que se produce originariamente como resultado del movimiento interiorizador hacia la «pro-yección» (hacia las ideas o ficciones producidas por el alma) o del autoabandono por parte del sujeto a las producciones del alma. «El alma» no es, hay que hacerlo, sin embargo de un modo tan autocontradictorio (dialéctico) que lo que sólo es el resultado producido es sin embargo a la vez el origen de todo el movimiento. Ni que decir tiene que con esta actitud psicológica se disuelve también la noción convencional positivista y abstracta de la verdad como algo estrictamente «objetivo». Para la psicología, la apariencia, la ficción, las opiniones subjetivas ya no son el opuesto abstracto de la verdad.

Una vez que hemos llegado a la interioridad del alma a través de nuestra entrega implacable al movimiento exterior del alma, es necesario dar otro paso: un cierre radical del espacio interior creado. La entrega al movimiento del alma continúa ahora en forma de una entrega sin reservas al fenómeno psicológico (el contenido «proyectado») para excluir todo lo de fuera que no corresponda. Así se establece el equivalente psicológico al recipiente alquímico herméticamente cerrado y se concibe el fenómeno psicológico, el fenómeno en su totalidad, psicológicamente como una verdadera materia prima. Para la psicología en general esto significa que tiene que partir sistemáticamente del presupuesto de la autonomía de la psique. No debe tener «coartada»: ningún otro afuera, ninguna causa externa. Precisamente no un deseo, como todavía lo tenía Jung, de una traslación del proceso psíquico a otro medio. («¡Sin coartada! Comentarios sobre «La psique autónoma. Una comunicación a Goodheart desde el campo bipersonal de Paul Kugler y James Hillman»).

Un cierre similar es constitutivo de la psicología en un sentido temporal. En «The Present as Dimension of the Soul: ‘Actual Conflict’ and Archetypal Psychology» exploro este aspecto: la dedicación sin reservas al fenómeno psíquico en cuestión en su realidad presente (incluso si se trata de una patología), sin jugar con la idea de ninguna causa que se encuentre en el pasado ni con la idea de un objetivo de desarrollo futuro para la persona. (El ataque en este trabajo al desarrollismo en psicología es característico de los primeros tiempos de la «psicología arquetípica»). El objetivo psicológico no debe ser liberar de la patología a la persona que la padece, sino escuchar lo que esta patología tiene que decir y aprender a ver el mundo a través de sus ojos. En este trabajo, presentado por primera vez en 1977, introduje por primera vez el concepto de «diferencia psicológica», la diferencia entre el hombre y el alma. Con este énfasis en el presente vemos que la «each-ness» mencionada en el párrafo anterior necesita ser complementada por la «nowness» y, podría añadir aquí, por la «my-ness», como los tres caracteres de la verdad psicológica.

Si el «cierre» en el sentido indicado es constitutivo de la psicología, esto tiene consecuencias para la naturaleza particular y el estatus de los conceptos y las ideas básicas de la propia psicología. En «The Provenance of C. G. Jung’s Psychological Findings» se intenta explorar, a modo de ejemplo, la cuestión de cómo Jung llegó, y por qué tuvo que llegar, al concepto de arquetipos tan central para él. El objetivo no es, sin embargo, rastrear el desarrollo histórico del pensamiento de Jung que le llevó a su teoría de los arquetipos. Más bien, este artículo se ocupa de la «fuente» psicológica y lógica y de la necesidad interna de ese concepto. Queda muy claro cómo y por qué la psicología de Jung es incompatible con las ciencias naturales empíricas. El concepto de arquetipo, por el contrario, puede mostrarse como el resultado necesario de esa postura metodológica particular que puede llamarse verdaderamente «fenomenológica» debido a su compromiso con la individualidad de cada fenómeno. Esta postura metodológica nos abre el «alma» (la profundidad interior y la verdad) del fenómeno en cuestión, y esta profundidad interior y verdad es lo que Jung llama «arquetipo». El enfoque fenomenológico sólo es capaz de abrirnos la profundidad arquetípica de un fenómeno porque se mantiene fiel a cómo éste, el fenómeno, aparece. La verdad psicológica es la verdad de la apariencia, una verdad independiente de la diferencia entre «hecho» e «ilusión» (o «engaño») -y en este sentido verdad absoluta: verdad absuelta de la diferencia entre hecho e ilusión. La apariencia (Schein) tiene su verdad en sí misma, es la verdad arquetípica del fenómeno. Del mismo modo que en el trabajo sobre el presente como dimensión del alma se rechazaba la traición al fenómeno en cuestión remontándose tras él a sus causas en el pasado, aquí se rechaza el intento de desertar de la apariencia («¡fainómeno!») buscando una verdad fáctica tras la apariencia y precisamente en contraste con la apariencia (porque esta verdad pondría al descubierto que la apariencia ha sido mera apariencia).

Al entregarse sin reservas al movimiento del alma y a la profundidad infinita del fenómeno que nos ocupa, la psicología deja de tener una base sólida en la que apoyarse. Como había afirmado Jung, la psicología se funde con el propio proceso psíquico. No es ningún tipo de teoría o doctrina científica («positiva»), una suma total de descubrimientos empíricos y supuestos axiomáticos en los que, como base segura, pueda apoyarse todo trabajo posterior; no, incluso como teorización es, sin embargo, sólo movimiento, proceso, fluidez. Esto tiene consecuencias para la cuestión de qué constituye la identidad de un junguiano. No puede haber una identidad en el sentido positivista de la palabra. La psicología resulta ser una «empresa sin fundamento». En este sentido, el movimiento que antes se describía como un movimiento hacia fuera puede verse ahora simultáneamente como una caída, una caída en lo sin fondo y en lo infinito del alma. Pero precisamente y exclusivamente en su falta de fondo la psicología encuentra su base sólida. («Psicología junguiana: Una empresa sin fundamento. Reflexiones sobre nuestra identidad como junguianos»).

Una vez que se ha comprendido que la psicología se funde con el proceso psíquico mismo, la noción misma de un «sujeto» que hace psicología también se ve afectada. No puede sostenerse como el yo concebido como observador autoidéntico y neutral del curso de los acontecimientos. No es sólo que no tenga una base sólida en la que apoyarse, como se ha señalado en el párrafo anterior. Incluso su identidad interna como positividad o sustancia estable se disuelve. Lo que surge en la discusión de «El pensamiento del yo de Jung a la luz de sus experiencias subyacentes» es que el sujeto, que es el «segundo creador» de lo que ve, es en sí mismo una unión de opuestos; es su propio opuesto y, por tanto, autocontradictorio. Pero si es a la vez sí mismo (su propia identidad) y a la vez en sí mismo su propio otro, entonces ya no puede ser imaginado en términos ontológicos como un ser, una especie de entidad, sino que tiene que ser comprendido como negatividad, como vida lógica, como el juego de los contrarios.

El pensamiento del Yo tal como lo concibe Jung no habría sido posible en la antigüedad, aunque la idea de una unión de opuestos, de la unidad de la unidad y la diferencia del hombre y su Otro (Dios), era ciertamente un patrón de pensamiento familiar en la antigüedad. El «Yo» es algo nuevo. Lo que surge aquí es un sentido de la historia, de la historia como diferencia radical. La diferencia en términos psicológicos puede explicarse como la que existe entre un pensamiento en términos de mito u ontología frente a otro en términos de logos, entre la esfera de la «semántica» y la de la «forma lógica» o la «sintaxis». La historia es, por así decirlo, el laboratorio alquímico del alma en el que, entre otras cosas, puede formarse «el Ser».

Era inevitable que la historicidad del alma saliera a la superficie una vez que se ha comprendido que la psicología se funde con el proceso psíquico mismo. Pues, ¿qué significa que con la psicología no nos hayamos retirado a «un plano en modo alguno por encima o al margen del proceso psíquico», que la psicología «ya no pueda distinguirse de este último»? Si el alma es en sí misma movimiento o proceso debe ser fundamentalmente histórica, es decir, precisamente no inmersa en la historia y sujeta al tiempo como todo en la tierra, porque entonces la psique se imaginaría como una sustancia lógicamente distante que sólo está expuesta secundariamente, empíricamente, al cambio histórico; alma e historia se imaginarían como dos realidades distintas. Pero no: el alma es ella misma historia, y la historia es el autodesdoblamiento del alma. No hay un alma detrás, por encima o al lado del curso histórico de los acontecimientos. No debemos imaginarla como una sustancia atemporal, como un conjunto de constantes antropológicas «por encima del proceso psíquico». Jung escribió una vez: «Tengo que estar en todas partes por debajo y no por encima«.12 Lo que Jung expresó aquí como su actitud subjetiva debe aplicarse a la psicología misma, a la postura «objetiva», teórica, del psicólogo. La psicología necesita lógicamente sumergirse en el propio proceso psíquico, y sólo lo hace en toda su extensión si ya no se resiste a fundirse con el proceso histórico de tal manera que nada quede atrás. Por eso, un volumen sobre una «psicología crítica» debe incluir necesariamente una perspectiva histórica.

Un breve artículo sobre los resultados de una investigación estrictamente histórica realizada por un historiador, aunque no se ocupa principalmente de la cuestión de la constitución de la psicología, se incluye aquí porque intenta discriminar entre un enfoque histórico literal de la historia y uno psicológico («The Question of Jung’s Anti-Semitism’: Postscript to Cocks»).

En «Hospitalidad hacia los dioses en una época impía. Filemón-Fausto-Jung», se explora la diferencia histórica mencionada, la diferencia entre las épocas del mito y la modernidad. Se revela como una inversión completa. Las posturas ante el mundo en las dos épocas son diametralmente opuestas. La era del mito se caracteriza por una apertura fundamental, una receptividad u «hospitalidad» hacia la dimensión no positivista (lógicamente negativa) del mundo: hacia los dioses, lo imaginal, el resplandor interior infinito del fenómeno o situación concretos en cada uno de sus aspectos. Es el mismo resplandor interior del phainomenon («apariencia») que, según el artículo sobre «La procedencia de los descubrimientos psicológicos de C. G. Jung», llevó a Jung a desarrollar el concepto de arquetipos. La era de la modernidad, por el contrario, se cierra sistemáticamente a esta dimensión profunda del mundo fenoménico e insiste, en cambio, en los hechos y resultados positivos. Pero este cierre moderno a la infinitud del mundo es, por supuesto, la condición previa de la psicología. Mientras existiera un modo «mítico» de ser-en-el-mundo, la psicología en nuestro sentido no era necesaria ni posible. En C. G. Jung podemos ver eso y cómo sobre la base y en el estilo de la postura moderna, que se expresa también en la existencia de la psicología, resurgió el equivalente a la antigua «hospitalidad» hacia la profundidad divina interior de la vida fenoménica.

Dado que la diferencia histórica equivale a un giro completo, también puede experimentarse como una ruptura fundamental y, si se observan los contenidos característicos de cada lado, como una línea divisoria que separa la «religión» de la «psicología». Dado que esta ruptura sitúa a la religión a un lado de este abismo y a la psicología al otro, ambas son incompatibles. Sin embargo, no porque sean simples opuestos no dialécticos, como el fuego y el agua o el sí y el no, sino porque la psicología tiene que ser comprendida en un sentido amplio como la configuración sucesora de la religión. El sucesor deja obsoleto a lo que sucede. Ocupa el lugar, el cargo, que antes ocupaba su predecesor. Así que es precisamente su identidad en su diferencia lo que hace que la psicología y la religión sean incompatibles. La psicología no es un campo de especialidad en el concierto de las ciencias (como imaginaba Ulrich Mann). Es religión sublimada (tanto como ciencia sublimada y psicología inmediata y personalista sublimada). Una vez que la conciencia ha superado ese estadio en el que su esencia más profunda y sus valores más elevados se articulaban en forma de religión y ha entrado en el estadio en el que tiene una postura psicológica ante el mundo y la vida, se queda, religiosa y metafísicamente, con las manos vacías. Pero es precisamente este vacío el que tiene el potencial de convertirse en una nueva apertura y receptividad. («Ruptura. O: Psicología y Religión».)

La dialéctica de la apertura y el cierre en el contexto de la inversión histórica radical es el tema de «La liberación de la corriente de los acontecimientos: Okeanos y la circulación de la sangre». El cierre fundamental que se expresaba en la era del mito en la imagen de Okeanos rodeando el mundo como frontera absoluta resulta ser la condición de posibilidad de la apertura infinita de la mente a lo infinito, a los dioses en el mundo. Okeanos como el río cuyas aguas fluyen constantemente hacia sí mismo es la forma imaginal en la que la lógica urobórica se articuló en el nivel de conciencia de la mitología. El cierre definitivo del mundo humano que convierte el mundo o la vida en un recipiente herméticamente cerrado, por un lado, y la lógica urobórica, por otro, son dos caras de la misma moneda. El mundo moderno temprano, por el contrario, abrió de par en par este cierre «ontológico» y vivió en un mundo fundamentalmente infinito que se extendía hasta el infinito. Pero junto con esta apertura de la definición del mundo, el cierre no desapareció del todo. Reaparece en la constitución del ser humano (cuyo «síntoma» para una comprensión psicológica es el descubrimiento (o más bien, psicológicamente hablando, la «invención») de Harvey de la circulación de la sangre). El ser humano puede ser ahora ipso facto el sujeto moderno («ego») y como tal el sujeto de una psicología personalista moderna con su introspección y la concentración narcisista del individuo sobre sí mismo. Llegamos aquí a un punto en el que vemos el trasfondo imaginal y el devenir histórico de esa psicología que fue criticada en el artículo «Sobre la neurosis de la psicología o El tercero de los dos», de modo que en cierto modo se cierra un círculo.

La última pieza, «La lección de la máscara», en un nivel primario es una exploración de lo que ocurre psico-lógicamente en los bailes de máscaras de las sociedades arcaicas. Pero implícitamente esta discusión sirve como un retrato imaginal -¿o debería decir alegoría?- de la vida del alma, como ejemplificación de una concepción no fundamentada del alma como movimiento, de un autoabandono deliberado y de permitirse a uno mismo hundirse en este movimiento. Como tal entrega deliberada de todo corazón (en el ámbito del comportamiento empírico) a un proceso autónomo, puede ser un modelo sensual abreviado para el movimiento (lógico) que se requiere para que nazca la psicología, para una psicología que ha vuelto a casa consigo misma. Sería una psicología que sabe que no existe en absoluto o que sólo existe urobóricamente, dialécticamente, autocontradictoriamente, como la siempre nueva zambullida de cabeza en el movimiento hacia su finis o telos o teleté para llegar allí a su primer comienzo u origen. Al mismo tiempo, este último trabajo puede considerarse también una respuesta indirecta al primer trabajo de este volumen: una resolución del grave problema que se descubrió en la psicología de Erich Neumann. Pues aquí, en «La lección de la máscara», vemos cómo los opuestos psíquicos, lo empírico y la trascendencia, lo (lógicamente) positivo y la negatividad, lo finito y lo infinito, pueden de hecho mediarse en el sentido de la unión de la separación y la unión de los opuestos.

* * *

Todos los artículos de este volumen fueron escritos durante las décadas de los setenta y ochenta del siglo pasado, salvo dos que lo fueron más tarde. Naturalmente, mi pensamiento ha evolucionado desde entonces, y si ahora tuviera que escribir sobre los mismos temas, probablemente lo haría de forma algo diferente. Pero aún hoy puedo mantener las ideas y posturas básicas presentadas en estos trabajos; los cambios no sólo, sino principalmente, se referirían a ciertos cambios de acento y al estilo de articulación (una diferencia muy notable sería la transición del lenguaje a veces «ontológico» inspirado en Heidegger a una formulación «lógica» deudora del pensamiento hegeliano, mucho más apropiado para la psicología; otra, el paso de la creencia de que con la noción de «lo imaginal» el pensamiento psicológico había llegado a la esencia más profunda del alma a la idea de que tenemos que ir más allá de «lo imaginal» para comprender el alma como «vida lógica»; el lector atento podría, sin embargo, percibir que este último punto de vista ya está implícitamente presente en muchos puntos de los artículos anteriores a este cambio explícito). No he hecho ningún intento de ajustar los textos para reflejar cómo vería y formularía las cosas en la actualidad. Sin embargo, no aparecen aquí exactamente en la misma forma en que se imprimieron originalmente. Aparte de cambios menores, como correcciones de errores de imprenta, en unos pocos casos he reinsertado de los manuscritos algunos pasajes que, por razones de espacio o de otro tipo, se omitieron en las versiones impresas de las revistas (especialmente en los artículos «Sobre la neurosis de la psicología» y «La hospitalidad hacia los dioses»). Además, en los dos casos de comentarios sobre artículos ajenos, he ampliado los títulos para dar alguna indicación sobre el tema.

Wolfgang Giegerich
Mayo de 2005

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1 C. G. Jung, Cartas 2, p. 378, a Bernhard Lang, junio de 1957.

2 CW 6, página xv.

3 Carta a Kranefeldt del 24 de octubre de 1933 (Jung Papers, Wissenschaftshistorische Sammlungen, ETH Zürich), citada en Sonu Shamdasani, Jungand the Making of Modern Psychology: The Dream of a Science (Cambridge: Cambridge University Press, 2003), p. 86.

4 CW 6, página xv.

5 Véase la nota 3.

6 Cf. sin embargo Cartas 2, p. 567 (a Bennet, 23 de junio de 1960), donde Jung dice respecto al hecho de que «en contradicción con todas las demás» [sc. otras ciencias] la psicología «intenta comprenderse a sí misma por sí misma»: «¡una gran desventaja en un sentido y una prerrogativa igualmente grande en el otro!».

7 CW 14, § 740.

8 Ibid.

9 Por un fuerte afecto y sin un conocimiento suficiente de Hegel, como él mismo confesó explícitamente.

10 Sobre Jung y Hegel, véase mi artículo «Jung’s Betrayal of his Truth: The Adoption of a Kant-based Empiricism and the Rejection of Hegel’s Speculative Thought», en Harvest journal farjungian Studies, vol. 44, nº 1, 1998, pp. 46-64.

11 Lógico» en este discurso significa «de naturaleza logos». Por supuesto, no quiere sugerir en modo alguno que el alma se ajuste siempre a las leyes formales del razonamiento correcto (lógica en sentido instrumental, técnico). No es una referencia a la disciplina filosófica especial llamada lógica formal. Está mucho más cerca del concepto alquímico (aunque imaginario) «mercurial».12 Cartas 2, p. 34, a Erich Neumann, 5 de enero de 1952.