Hades raptado o la interpretación psicológica del mito

Logos del alma

El problema esencial del análisis psicológico de los mitos es que el lector siempre se confabula con el personaje principal desde una preferencia moral inadvertida. Hay una posición preponderante que como un atractor obnubila al sujeto de la integridad del relato. Giegerich muestra que la narración es el despliegue de una noción única que se observa a sí misma de manera pictórica porque aún no ha llegado a casa, a la consciencia de sí misma. Entonces el abordaje de un mitologema requiere entender que todos los elementos ocurren a la vez e incluso preguntarse por la experiencia de aquello que no concuerda con el punto de vista establecido por la lectura cultural de un motivo.

Por ejemplo, en el mito del rapto de Perséfone se observa a la virginal Core con la nariz hundida entre los narcisos, luego viene el apartamiento del mundo de la madre, la integración del animus sombrío, etc. Pero nadie habla del dolor de Hades quien primero fue raptado, ultrajado aún antes por la inmaculada figura de Core. Él también fue apartado de sus dominios hacia un campo florido que poco recordaba la oscuridad del inframundo (¿serán los Campos Elíseos una rememoración del trauma del dios del submundo?). Perséfone fue también la oquedad por la que el desdichado dios resbaló hacia la manía erótica. En las imágenes míticas y psicológicas es arduo pronunciar donde comienza el agravio, por lo que se desdibuja la certeza de la víctima.

Por otra parte, ¿qué hay de la madre que sufre? Demeter ha gestado y cuidado de este tierno retoño durante años, ha construido un campo perenne a su alrededor del cual la pequeña Core es, sin saberlo, una prisionera. No obstante, la otra prisionera de esta florida cárcel es la madre misma, quien tomada por el rapto materno ha sido fascinada por el encanto de la apropiación del otro. En su hija, la madre, puede moldearse a sí misma y a sus deseos de tal manera que estos cobren forma y se sometan a las imágenes que le develan a esa otra madre antiquísima que rodea el destino de los dioses y de los mortales. Pero aquel que conquista un tesoro irremediablemente se vuelve presa del atributo alcanzado, por ello debe ser la ruptura del mundo quien libere las almas que han sucumbido al infierno de lo realizado.

El otro personaje implicado es el propio Zeus, padre de la niña, quien otorga su permiso para que su hermano sombrío despose y ultraje a su hija. ¿Pero es Zeus un dios diferente a Hades? El rey de los dioses es una representación del protogono, de aquel rayo de luz que emergió del gran huevo cósmico. Él es el rompimiento en sí mismo, el desmembramiento de la madre oscura, o del dragon primigenio, con cuyos huesos se construye el cosmos. Porque la centella que ilumina el cielo realmente lo divide para el observador lejano y, por ende, le otorga la estructura dialéctica y es el inicio de la división de los opuestos. Pero mientras en los linajes de las deidades antiguas la confrontación equivale a la destrucción abierta de una faceta, Zeus, en cambio, convive con su propio otro quien gobierna el reino oscuro del Hades.

Se puede imaginar al dios soberano del inframundo irrumpiendo en el mundo diurno como un incesante rayo oscuro, un deus negativo que irrumpe en el campo florido así como en el cuerpo inerme de la joven doncella que ahí permanece. Mientras que Zeus niega la dimensión titánica de la consciencia, Hades es la negación de la negación que lleva a la espléndida Core al plano de la negatividad absoluta. Perséfone, por lo tanto, es aquella que trae la muerte dentro de sí misma y en ella la vida diurna ha interiorizado el destello sombrio de la muerte y lo ha transformado en la noción central de su dinámica. La señora del submundo subvierte las estructuras cósmicas en sus nociones íntimas y se lleva consigo la realidad entera, con ella se marcha la vida vegetal, animal y aun las relaciones afectivas, al final solo el toque frío del alma (psycho) queda como rastro de la que era su antigua casa.

El rapto de Perséfone es un relato donde ciertos elementos se repiten de forma circular: el contenimiento y la liberación, la virginidad y el ultraje, el deseo de la madre de persistir inmutable y la inevitable destrucción del cosmos, este mito pertenece a una época donde el alma se sacrificaba a sí misma, se daba muerte como a un otro para liberarse de sus ataduras en el pleroma de la vida biológica. Su interpretación exige desligarla del deseo egóico de atribuirla a la experiencia de los sujetos y dejarla domorarse en su propio campo, pues es ahí, en su singular contención semántica, donde la noción que la rodea ha de liberarse desde su umbría interioridad.

La noción que penetra la comprensión impoluta del motivo del mito es el camino del pensamiento que se abre paso a través de las eras para emanciparse de su estadio previo e impulsar el discernimiento de sí mismo como un fenómeno presente. Deja atrás de sí, incluso, a la dimensión mítica que desea subsistir en sus encarnaciones lógicas que, sin embargo, ya la han superado y obligado a morar como el centro de una nueva realidad cuya sutileza y complejidad son totalmente nuevas y adecuadas a dicha objetividad. De este artificio surgirán otras contradicciones y otros raptos que obligarán a la joven Core a sufrir el mancillamiento de la lógica que criba en su adentridad, donde un Barba Azul o un Hades asaltarán las buenas consciencias de un alma bella que requiere de la muerte para ser la portadora de la vida lógica del alma.

Del porqué deshumanizar la psicología nos hace psicólogos

Logos del alma

El alegato por deshumanizar la psicología proviene de James Hillman, quien en su obra magna, “Re-imaginar la Psicología”, propone cuatro principios para reestructurar la visión misma de lo psicológico, sustentando su diatriba en la obra de C. G. Jung. El cuarto y último principio es “deshumanizar”, es decir, asumir la diferencia entre lo humano y lo psíquico y devolver su dignidad de sujetos objetivos al alma y a sus manifestaciones fenoménicas.

Dice Hillman: “La existencia humana es psicológica antes que cualquier otra cosa -económica, social, religiosa o física-. Pues todas las dimensiones posibles de la experiencia humana son fantasías anímicas y ellas mismas están modeladas a partir de las necesidades del alma.”

La psicología como ciencia, se ha desarrollado, al contrario, bajo el prejuicio de que el hombre tiene una mente, es decir, que los procesos psicológicos ocurren dentro del hombre, como sus epifenómenos, siendo el individuo (y el medio que envuelve al sujeto) el contexto del alma. Toda la psicología del siglo XX se construyó bajo tal premisa y escuelas teóricas tan dispares como el psicoanálisis y el conductismo coincidieron en concebir al ser humano, en sus facetas particulares, como el objeto de la psicología. Ya sea en la búsqueda del modelado de la conducta o en el tratamiento de las manifestaciones inconscientes, en el centro estaba, y aún sigue estando, la dignidad del ego.

Jung proponía que el ego no era más que un complejo entre otros tantos, un órgano psíquico con la función de permitir la supervivencia del sujeto al ayudarlo a adaptarse mejor al medio, y también afirmaba que el alma estaba en su mayor parte fuera del hombre. Derivado de esta perspectiva junguiana, Hillman podía decir entonces: “El hecho de que el alma se experimente como “propia” e “interior” remite a la intimidad y la interioridad de la vida psíquica. No implica una propiedad literal o un interioridad literal.[…] El hombre nunca es lo bastante grande como para poseer sus órganos psíquicos; no puede sino reflejar sus actividades.”

No es el hombre el que tiene un alma, es el alma quién contiene la imagen del hombre. La psique es el contexto de lo humano, y por lo tanto, todo lo humano evidencia los procesos anímicos. Es necesario, en consecuencia, repensar el concepto de la psicología y, según su etimología, priorizar a la psique, y a su logos, como el centro de la reflexión psicológica, lo que implica un rompimiento con todo el aparato ideológico que ha supuesto el desarrollo de la ciencia psicológica. Esto es lo que significa la liberación del espíritu embotellado.

Deshumanizar supone que el individuo deja de ser el centro de la atención reflexiva para tomar su lugar en el aparato psíquico como un campo de expresión y como un ayudante, de y en la tarea del alma de hacerse a sí misma, pues si el hombre no puede contener sus órganos psíquicos, pero estos sí abarcan al hombre, entonces poner atención al fenómeno psicológico obliga a desprenderse de la visión antropocéntrica habitual para posar la mirada en el Anthropos.

Desplazar el foco psicológico del sujeto requiere repensar cuál es el objeto de la psicología y además distinguir al individuo de la dimensión psíquica. Dice Hillman: “nuestra individualidad no es en absoluto humana, sino más bien el don de una daimon inhumano que exige servicios humanos.” En dicha frase hay varias presuposiciones que dan pistas de cuál es el papel de lo humano frente a lo psíquico: 1) Lo que es experimentado como individualidad es en realidad un complejo aparato psicológico que expresa un telos que no está fundado en la existencia humana y que ante dicho objetivo es solo la superficialidad de tal entramado y 2) esta finalidad, que es más profunda que lo humano, y que guarda como modelo lógico la estructura de lo humano, utiliza al individuo como un medio de auto-reflexión. Aquí se podría releer la máxima nietzscheana de que el hombre es un puente y, también, agregar que es la vía por donde el superhombre transita hacia sí mismo, solo que de lo que se estaría hablando no sería de una maximización de lo humano, sino de la emergencia de su negación, es decir, aquello más complejo y preexistente al hombre (un Adam Kadmon psicológico). Esto es hacía donde apunta la consciencia llegando a casa a sí misma, ya que ella es el inicio y el final de su propia jornada y el sujeto egóico es un vía de acceso a su profundidad.

Lo anteriormente dicho ¿no es acaso lo que Hillman intuye cuando menciona: “No es mi individuación, sino la del daimon […]. No es la vida la que importa sino el alma.”? El objeto real de la psicología no es la existencia particular, empírica, sino la vida lógica del alma.

Por ende, se puede decir que durante más de un siglo se ha errado el camino de la disciplina en cuestión, cabalgando sobre un equívoco, estudiando un objeto que no se corresponde con su logos, que no se constituye con una psicología asentada en el espíritu de su verdad, como la psique que se piensa a sí misma. Pero también es probable que esta desviación de sea una forma en que la consciencia hace patente que el individuo no es más que una cáscara vacía sobre la que se puede construir cualquier significado, precisamente porque ha dejado de ser relevante para el proceso anímico. Deshumanizar la psicología, por tanto, no es una opción del psicólogo, es la prerrogativa para poder hacer psicología en un mundo que exalta al hombre abstracto, descontextualizado de su raíz anímica, del espíritu de la época.

Wolfgang Giegerich es el mejor continuador de la obra de Hillman, en su obra el proyecto de deshumanizar la psicología ha tomado tal relevancia que ya ni siquiera es necesario hacer patente esta distinción, su propio corpus teórico lo hace por sí mismo. Si bien, es posible que la psicología como la disciplina de la interioridad no sea el punto final del avance sobre la teoría psicológica, si representa el camino más cercano a lo que aspira una psicología asentada en el concepto de alma. En ella, como ya se dijo, deshumanizar es algo que se presupone, ya que el centro de toda reflexión psicológica es, de facto, la vida lógica del alma.

El concepto central en este rubro corresponde a la diferencia psicológica. Esta distinción implica que el objeto de la psicología, como verdaderamente psicológica, han de ser los fenómenos vistos desde sí mismos, como procesos autónomos que se piensan de forma urobórica en su singular desarrollo, en su despliegue incesante, y que expresan la dimensión sintáctica a la que pertenecen y que es, de forma redundante, ese mismo acto de pensarse.

De otra manera, la óptica centrada en el individuo tiende a observar todo lo existente como un reflejo de sí misma, entonces los fenómenos que ocurren en la psique son concebidos como adecuados o patológicos dependiendo de las necesidades del ego y la moral en turno, reflejando su propia dinámica en ellos, pero condenando al fenómeno al enclaustramiento en esquemas que son externos a él. Desde esta vía de acción el fenómeno es utilizado para los fines del sujeto empírico, con objetivos tales como: exaltar, integrar, enseñar, edificar o encontrar significados diversos en su figura. Así, la persona puede acudir al síntoma para justificar su acción, para evadir su responsabilidad o para buscar su propio bien; pero entonces lo sintomático ha dejado de ser importante por sí mismo, para transformarse en una herramienta al servicio del ego. La vía del individuo es una vía tecnológica, instrumentalista.

La diferencia psicológica, por tanto, distingue entre el sujeto y el alma, no para separar ambas dimensiones, sino para asumirlas en la unidad de su unidad y su diferencia. No un opus parvum y un opus magnum, más bien el opus magnum como opus parvum superado. Esto es un proceso noético que no puede ser entendido de forma pictórica o imaginal, únicamente se le comprende con el pensamiento.

Por consiguiente, deshumanizar tiene que ver con el hecho de distinguir en qué lugar se lleva a cabo la reflexión psicológica, si ésta mora en el sujeto, y sus deseos, entonces no se está haciendo psicología, pero si el objeto de estudio es el alma, como la sintaxis lógica de los fenómenos, entonces el psicólogo tampoco es precisamente el sujeto que estudia, sino que lo es el pensamiento del fenómeno en el acto de pensarse a sí mismo.

Ser psicólogo requiere la propia disolución de la pretensión de ser psicólogo, para dar cabida al hecho de que el alma es la única que puede hacer psicología. En Giegerich el precepto de deshumanizar la psicología alcanza, hasta el momento actual, su cúspide.

Una vez que se ha asumido que la psicología estudia al alma, la visión del psicólogo se puede tornar psicológica, lo cual quiere decir que antes no lo era, pues estaba enfocada en los fenómenos que se presentaban desde una visión sesgada y tecnológica. Tal óptica implicaba que el fenómeno era comparado con un modelo egóico al cual se tenía que adaptar y al que debía servidumbre. Tal esquema es muy conveniente desde un punto de vista pragmático pues tal como Heracles en la mitología, el ego es capaz de grandes hazañas, pero es incapaz de reconocer al otro que se le presenta. Cuando Heracles llega al inframundo, como Hillman lo explica, pelea con las sombra e incluso hiere al mismo Hades; con su fuerza logra conmocionar el mundo subterráneo, pero él mismo no es conmocionado por esta realidad, permanece impávido a pesar de que ha viajado a una dimensión distinta, es un turista en medio del infierno.

Desde la posición del individuo, todo lo existente ha de adaptarse a la necesidad del ser humano. Incluso las teorías y alegatos ecologistas, pacifistas, inclusivos, etc., todos ellos basados en principios morales muy loables, son incapaces de desligarse de la dinámica depredadora de la ego-conciencia, pues toda búsqueda de ayuda y salvación está fincada en la predominancia del ego sobre el objeto que tiene frente a él, solo se puede ayudar a aquello que está fuera de uno mismo; y para dar la mano la mirada tiene que tornarse compasiva ante algo o alguien que se considera distinto, pero tal distinción reposa en el esquema de lo que el ego considera que debería ser el otro.

En este tono Baudrillard decía: “todas la formas de discriminación […] proceden de un duelo colectivo, de una alteridad difunta […].”, lo cual parece muy evidente, pero Baudrillard continuaba diciendo: “La misma indiferencia puede conducir a comportamientos exactamente inversos. El racismo busca desesperadamente al otro bajo la forma del mal a combatir. El humanitarismo lo busca no menos desesperadamente bajo la forma de víctimas a socorrer.” Se puede entender mejor, entonces, que la búsqueda de ayuda y salvación constituyen una forma velada de desprecio por el otro, una manera de utilizar al otro para los fines, honorables o no, del ego. Desde esta posición compasiva el fenómeno es un esclavo del sujeto.

Giegerich también observa las contradicciones en el deseo de salvación y ayuda, de la visión subjetiva y menciona que: «hay dos problemas con la intención de salvación. Primero, la idea es grandiosa, ¿no es hybris ya el hecho de jugar con la imaginaria idea de salvar el mundo? ¿Quiénes somos para esperar ser capaces de contribuir de alguna manera a la salvación de algo, y nada menos que el mundo? Salvación, sotéria, liberación, es un programa de un tipo demasiado grandioso, un programa adecuado exclusivamente para un sotér, un Salvador.»

El ego tiene que inflarse para esperar ayudar al mundo, e incluso lo hace para el simple hecho de intentar ayudar al otro. Por ello es muy cuestionable dicha esperanza en las manos del psicólogo y se puede preguntar, en la temática de la búsqueda de ayuda como una forma de ejercer poder sobre el otro, ¿cuál es la verdadera intención del psicólogo, del psicoterapeuta, cuando se afana a ayudar a sus pacientes, en esa relación asimétrica que es la consulta psicoterapéutica?, y más aún si esto se enmarca en el segundo problema que observa Giegerich:

“El instinto psicológico ante una dificultad, una patología, un síntoma, en tanto es un instinto verdaderamente psicológico, no consiste en salirse de ello, ni en desear «corregirlo». El anhelo del alma es que la consciencia entre cada vez más profundamente en el problema, hasta el corazón mismo del asunto, no por un masoquismo enfermizo, sino para preservar la visión alquímica de que, para comenzar, la confusión en que nos hallamos es la materia prima a la que están dedicados el Eros psicológico y toda la Obra. En este sentido, incluso podría decirse que ni el mundo ni el hombre debieran salvarse de la dificultad; al contrario, es el problema o la patología misma lo que debe salvarse o liberarse, en el sentido de la exigencia platónica de sozein tà phainómena, «salvar el fenómeno».

Por supuesto, solo se puede entender esta última frase si primero se ha asumido que la psicología tiene como objeto de estudio al alma y, a la vez, se parte de la noción de que la dimensión anímica es absolutamente autónoma, es decir, que el fenómeno es suficiente en sí mismo como un otro para sí.

Jung decía, en un sueño, a su paciente hundido en un foso: “no fuera sino a través”. Esta es la vía de reflexión del psicólogo, independientemente de su necesidad subjetiva, de sus prejuicios o de sus deseos para el otro, su pensamiento ha de descansar en lo que el otro necesita de sí mismo, en aquello que es pensado en él, en la lógica que el fenómeno expresa a través de su propio despliegue; lo cual a veces puede traer su salvación y a veces su destrucción, pero ese destino no depende más que del daimon que constituye su noción interna.

Honrar la obra de Jung

Logos del alma

Los psicólogos analíticos sustentan su labor cotidiana sobre la obra de C. G. Jung, lo cual significa que comprenden sus preceptos teóricos y pueden ponerlos en marcha en los diversos ámbitos de su vida profesional. Ellos han integrado los conocimientos requeridos, después de arduas lecturas, de ejercicios didácticos y de análisis personales y supervisados, e incluso han configurado un estilo personal que los conduce al mandato de Jung de ser ellos mismos.

Sin embargo, aunque los conocimientos se hayan afianzado y los trámites institucionales se cumplan, eso puede no bastar para ser junguiano, ya que entonces se abre la puerta estrecha por la cual los verdaderos alumnos entran y que tiene inscripta en su frontispicio: “ser junguiano requiere no serlo”. No obstante, la suficiencia, el dogmatismo y el miedo a cortar la rama sobre la que se está sentado, conducen a una normalidad de congresos insulsos, de publicaciones complacientes y al anquilosamiento de la vida latente en la obra de Jung.

No siempre se pone atención a un elemento crucial de la misma comprensión teórica, que resulta después de interiorizar las nociones básicas y de permanecer con ellas en diversas situaciones problemáticas, que la senda de la praxis comprometida es la crítica de los conceptos que constituyen la estructura de cualquier escuela psicológica. Esto sucede porque el mismo concepto guarda la semilla de su contradicción, misma que una vez que emerge ya no soporta los límites estrechos de un pensamiento normalizado y debe superar sus conceptualizaciones y dejar que éstas avancen con dirección hacia sí mismas.

Wolfgang Giegerich utiliza una imagen esclarecedora, tomada de Jung, para entender el asunto en cuestión, imagina al espíritu teórico como la lava ardiente que se mueve por caminos inusitados, pero que de vez en cuando se solidifica. El basalto sólido son los conceptos fijados en formas teóricas que ayudan a comprender ciertos fenómenos de manera provisional, por ejemplo: “polaridad”, “complejos”, “arquetipos” o “el inconsciente”. El psicólogo analítico se apresta a apoyarse en estas palabras para hacer su trabajo y explicar su objeto de estudio, pero olvida, en la mayoría de los casos, que dentro de estas formaciones hay un espíritu vivo que no puede contenerse en las mismas. A este olvido de la vida lógica se le denomina: ideología.

En cambio, la lava ardiente busca seguir su propio tránsito y, para estar a su altura, es requerido que la dinámica latente, en los conceptos, pueda emerger de éstos a través de la disolución de la massa confusa en la que están atrapados. De manera semejante a la liberación de la Sophia en el gnosticismo, la idea sigue el tránsito de su desenvolvimiento noético en lo real por medio de un trabajo de reflexión continua, no bajo la racionalidad del individuo sino en la del sujeto objetivo que supone el fenómeno psicológico. Esta andadura es el flujo que deshace la piedra sólida y la devuelve a su movimiento lógico al someterla al calor del atanor de la mente.

Por lo tanto, pensar la obra de un autor, guardarle el respeto debido a su labor, exige que el aprendiz se asuma a sí mismo como un pensador que sigue una idea como quien va tras lo más anhelado y se deja transformar por ella, sin importar que esto suponga el desmembramiento de sus antiguas concepciones y la desintegración de su identidad teórica. Porque ser psicólogo es poner en entredicho aquello ya sabido, para dar lugar a la angustiante negatividad del fenómeno, al espíritu de contradicción que desalienta a quien desea morar en una teoría establecida.

Jung decía que su forma de escribir era tal que buscaba desanimar a los necios y que solo el psicólogo comprometido permaneciera, esto se puede interpretar también como el hecho de que en la senda de la reflexión de sus ideas, el psicólogo analítico aprende a diferenciarse dentro de la teoría y reconoce que los conceptos nunca fueron de nadie, sino que solo se pertenecen a sí mismos y únicamente ellos pueden pensarse de manera rigurosa.

Honrar y respetar la obra de Jung no equivale a convertirla en una ideología que deba ser asumida sin pensarla, Jung desdeñaba esa actitud recurriendo a la denominación: “sacrificium intellectus” para quienes perdían el ímpetu de dudar de lo ya sabido. Por ello recomendaba que cada psicólogo fuera quien ya es y que no aspirará a ser junguiano. Ello implica repensar, una y otra vez, la obra de Jung y atreverse a ser guiado por el movimiento propio del espíritu al cual él mismo Jung intentó enaltecer con su trabajo, porque como decía Nietzsche: “Se recompensa mal a un maestro si se permanece siempre discípulo”. Después de todo, ser psicólogo demanda adentrarse en el miedo terrible de cortar la propia carne.

La humildad psicológica

Logos del alma

La búsqueda de una visión psicológica de los fenómenos acarrea la pregunta inmanente sobre el alma como la noción nuclear de la cual se desprenden las reflexiones que configuran una ciencia psicológica particular, distinta a la óptica materialista que se funda en la positivización de las imágenes e ideas anímicas y que asume, de manera reduccionista, que sus formas anquilosadas son la causa primera de lo psicológico.

Otra de esas reducciones sucede cuando el ser humano es concebido como el factor primordial de la psique. En el humanismo psicológico la imagen del hombre se exacerba y se convierte en una potestad que ya no puede concebir al sistema imaginal del cual es parte. Entonces, los fenómenos psicológicos encuentran su asiento en la persona y ésta se retrotrae a etapas infantiles donde la fantasía narcisista es alimentada por la esperanza de volver a ser el centro de la propia existencia.

Cuando Freud planteó el giro copernicano como la base de su labor psicoanalítica, suponía que el devenir humano ocurría en la forma de una humillación constante del sujeto, quien encerrado en una visión narcisista debía de romper los lazos con su grandiosidad para resignarse a ser quien es. Jung, por su parte, decía: “En mi caso, el progreso del peregrino consistió en tener que escalar mil escaleras hasta que pude alcanzar con mi mano el pequeño terrón de arcilla que soy”. En ambas concepciones subyace la presunción de que el individuo es pequeño en contraste con la realidad psíquica y que, por lo tanto, ser él mismo supone conformarse con su pequeñez.

También en la obra de James Hillman y de Wolfgang Giegerich hay un acento importante en la autonomía y en la objetividad de los procesos psíquicos, lo que involucra una toma de posición ante el humanismo preponderante. En esta tradición analítica se reconoce que la soberanía de la consciencia es un fundamento experiencial del trabajo que se lleva a cabo en el consultorio y en cualquier lugar donde se desarrolle una obra fundada en el espíritu de una psicología con alma. Se acepta que el sujeto no es el centro del aparato psíquico, sino un elemento más entre la gama de sujetos objetivos que conforman el entramado anímico.

Sin embargo, ante el compromiso psicológico con la psique objetiva, es debido preguntarse si la autoridad de los fenómenos psíquicos realmente es respetada por el psicoterapeuta, tanto en su concepción como en el abordaje de los mismos. Porque cuando el psicólogo analítico ata al síntoma a las necesidades de la persona, suponiendo que son los individuos el contexto, la fuente y el objetivo de los fenómenos psíquicos y que éstos tendrían que responder a los criterios de desarrollo y a las dinámicas cognitivas de los sujetos humanos; se olvida, en consecuencia, de que cada disposición, cada imagen y cada idea es una persona en sí misma.

Los fenómenos psicológicos no son objetos, son ficciones que tienen una vida anímica propia y ellos dictan el destino psicológico de la gente. Su única necesidad es representarse, encarnarse en modos singulares que les permitan dirigirse hacia el telos que está fincado en su peculiar estructura. Son narraciones verdaderas que tienen una naturaleza ouroborica que se realiza dialécticamente en forma de nociones que se piensan constantemente a sí mismas. La misma idea de lo humano se ciñe a esta dinámica inherente a su esencia psicológica y es a ella a quien le sirve irremediablemente, de manera inconsciente.

Jung llamaba a los sujetos objetivos: “la gente pequeña”, pero no de forma despectiva, los nombraba así para atender el asunto de su misteriosa personalidad, la cual se escapa siempre de la mirada de quien pretende conocerles. Son ellos los dueños de la casa, de la que el ego es un invitado más, y acaso el más reciente de todos. Por eso, como psicólogos analíticos, es un deber hacia la naturaleza autónoma del alma el poder liberarse de la concepción limitante de que la psique es una formación enclaustrada en la ecuación personal humana, cuando realmente es una organización política donde todos los elementos se conjugan en la vida lógica que supone la mente y cuya esencia es inhumana.

Presentación del libro: «A vida lógica da alma» de Wolfgang Giegerich, 2022

Traducciones
Presentación de W. Giegerich en Thiassos, de la traducción al portugués de su libro «The Soul’s Logical Life».

Transcripción y traducción de Alejandro Chavarria

Buenos días queridos colegas y amigos, estoy profundamente impresionado por lo que escuché de Marcus Quintaes y André Dantas. Este profundo agradecimiento significa mucho para mí. Muchas gracias por este cordial saludo y por la presentación.

Ahora comenzaré con mi charla de esta mañana acerca de la publicación de mi libro «La Vida Lógica del Alma» en su traducción al portugués. Es, por supuesto, una ocasión feliz para mí y una oportunidad para expresar mi agradecimiento de una vez a todos los involucrados que hacen posible esta publicación y al editor por sacarla a la luz durante estos tiempos difíciles. Pero en lugar de hablar acerca de mis sentimientos me gustaría aprovechar mi tiempo, esta mañana, para hacer algunos comentarios sustanciales a modo de introducción.

Permítanme comenzar con un dicho proverbial: «él, o ella, no ve el bosque a causa de los árboles», la acusación que implica este dicho no es que se mire tan fijamente a un solo árbol que no se es consciente del bosque como la colección completa de todos los árboles; no, el dicho habla directamente de que se ven los árboles en plural, los mismos árboles que componen el bosque, pero el problema es que son vistos sólo como árboles individuales. Porque la atención está fijada en los árboles individuales, no podemos elevarnos al nivel superior de un bosque conceptual. En el bosque conceptual, todas estas cosas individuales, los árboles individuales, tienen que integrarse en una singularidad, en una unidad, este concepto todavía contiene una forma en que, como árboles individuales, han desaparecido en esta nueva unidad conceptual.

Mencioné esto porque este es también el problema de la psicología terapéutica, los psicólogos generalmente están obsesionados con los muchos casos individuales de los pacientes, se centran en lo que sucede dentro de las personas que vienen al consultorio, la perspectiva del psicólogo es la del clínico o del practicante clínico. Pero Jung dijo, por ejemplo, y cito, que «su psicología analítica rompe las cadenas que hasta ahora la habían atado al consultorio del médico», la psicología en su sentido es algo más que el estudio y tratamiento clínico de los problemas psicológicos de las personas, el trabajo con los pacientes y su psique subjetiva, desde el punto de vista de la psicología junguiana, no puede ser más que una psicología secundaria.

La psicología junguiana debe entenderse como el bosque. A diferencia de los árboles individuales, su objeto es el alma objetiva; mientras que la psique personal está dentro de cada individuo, el alma objetiva es el alma en la que están contenidos los individuos junto con su psique subjetiva, de la misma manera que los árboles con sus propias características particulares están contenidos en el bosque.

La diferencia entre los árboles y el bosque, entendida en la forma en que la analicé puede servirnos como una ilustración preliminar de lo que yo llamo: «la diferencia psicológica». Esta es la diferencia que constituye a la psicología, la diferencia entre el hombre y el alma, entre la psique y el alma, o entre la antropología y la psicología.

Mi libro tiene el subtítulo hacia una noción rigurosa de la psicología, al agregar este subtítulo quería enfatizar que mi libro está comprometido con esta visión crucial y con la profunda preocupación de C. G. Jung. Quería dejar claro desde el principio que el tema de mi libro es la psicología en sí misma, no los casos de los pacientes y sus experiencias.

La pregunta a la que está dedicada este libro es: ¿qué es necesario para que la psicología sea realmente fiel a lo que su nombre (psico-logía) implica, es decir, ser el logos o el estudio del alma?. Lo que hoy en día se entiende por psicología en la realidad práctica es, en cambio, el estudio del comportamiento de las personas, las emociones, las fantasías y los deseos.

Con la pregunta de qué se requiere para una psicología que merezca su nombre, también sigo los pasos de James Hillman cuyo interés decisivo fue revisar la psicología (Re-visioning Psychology), en su libro con ese título encontramos la afirmación de que «la medida adecuada de la humanidad es el hombre, la de la psicología es del alma»; esta afirmación es una expresión de la diferencia psicológica que nos exige pasar de los árboles al bosque desde una concepción de la psicología como estudio de lo humano demasiado humano a una psicología como el estudio del alma. La máxima de Hillman rechaza el sesgo personalista de la llamada psicología convencional.

El problema con el que comencé contiene otra idea útil, aunque quiere que veamos el bosque en lugar de solo los árboles, ahora tenemos que darnos cuenta de que un bosque no se puede ver en absoluto, ¿por qué no? Porque es un concepto y un concepto sólo puede pensarse. Concebido en la mente no es un objeto visible o tangible. Siempre y cuando lo que se exija sea ver en el sentido literal el proverbio no tiene sentido, pero ver literalmente no es realmente de lo que se trata el problema, sino del paso del árbol al bosque.

También quiere que la conciencia deje de aferrarse a cosas concretas y de depender de lo tangible, visible e imaginable y, en cambio, se eleve al nivel de las nociones, de las ideas, de los términos generales, de los conceptos universales, en sentido figurado, podríamos decir que quiere lograr el cambio del niño que todavía depende de sus dedos para calcular, a la mente madura capaz de hacer aritmética mental. El paso de lo visible e imaginable a lo noético es tan importante en psicología porque, como señaló el filósofo George Berkeley «el alma siempre piensa». El alma piensa incluso cuando se encara con sus deseos impulsados ​​por emociones o imágenes entretenidas, tal como el niño que hace aritmética, todavía necesita usar sus dedos o manzanas para hacer sumas.

Con estos comentarios he construido un puente hacia un término en el título principal de mi libro, el término
Lógica, o al menos a un primer aspecto del mismo. Lógico se refiere al carácter de logos, el carácter noético de la realidad del alma.

Mitológicamente, el carácter logos del alma se manifiesta, por ejemplo, en el hecho de que para los primeros griegos el alma era algo que, a diferencia de la vida emocional humana, sólo se volvía relevante después de la muerte. El alma tienen su lugar auténtico en el inframundo, es empíricamente inexistente, fantasmal, incorpórea, exangüe, la sombra frías y sólo puede susurrar.

En un nivel teórico muy diferente el carácter del logos también aparece en Jung, en la teoría de Jung, de que el alma se compone principalmente de arquetipos porque, según él, los arquetipos son patrones abstractos, estructuras meramente formales sin contenido, deben distinguirse estrictamente de las imágenes arquetípicas en las que estos patrones aparecen ya encarnados e inmersos en una realidad aparentemente empírica, el principal acceso al alma para nosotros es, por supuesto, precisamente a través de los mitos, los sueños y otros materiales imaginables, pero estos fenómenos imaginales no son en sí mismos el alma. Nosotros como psicólogos no debemos confundirlos con el alma misma, son simplemente la prenda sensual con la que el alma se viste para la conciencia humana ordinaria y con la que se revela y se oculta a la vez. La psicología no debe tomar la forma imaginal al pie de la letra, no debe caer en la forma imaginal.

Lo que todo esto significa puede quedar claro en el último capítulo de mi libro en el que trabajo extensamente con el mito de Acteón y Artemisa, que termina con el desmembramiento dionisiaco de Acteón. Al leer este capítulo, es especialmente importante tener en mente la diferencia psicológica y la noción de la vida lógica del alma, así como lo que dije sobre el enfoque de mi libro, a saber, que el foco es el de psicología rigurosa, de lo contrario, sería muy fácil malinterpretar de qué se trata mi discusión sobre el mito de Acteón.

A modo de advertencia ahora discutiré brevemente tres errores muy probables y, por lo tanto, resaltaré algunas ideas más cruciales.

El primer error sería tratar de tomar el mito personalmente, es decir, aplicarlo a uno mismo, como si el mito estuviera hablando indirectamente de nosotros los humanos, en este sentido se podría leer, por ejemplo, como un modelo que nos muestra lo que podría o idealmente debería sucedernos en una profunda individuación personal. En este proceso se podría tener la idea de que todos deberíamos sufrir una especie de desmembramiento dionisíaco como experiencia existencial esencial en general, no sólo con respecto a la historia de Acteón. Podríamos llamar este tipo de aplicación a uno mismo, la explotación de los mitos u otros materiales imaginales por y para el ego.

Para mí, como psicólogos este mito no habla de nosotros en absoluto no tiene relevancia existencial inmediata y personal. No, el alma habla, fría y objetivamente, sólo sobre sí misma y para sus propios fines. El mito expresa la propia necesidad interna del alma, describe una necesidad de la propia vida lógica del alma, una forma particular de su propia autorrealización, el mito no tiene nada que ver con nosotros. Si el propósito de la psicología es crear el alma, es decir, servir al alma de tal manera que pueda volverse real, entonces es la psicología la que necesita ser iniciada en el mito de Acteón, no nosotros.

La psicología desde el punto de vista objetivo, el cual es el único que puede percibir en primer lugar algo como el alma. Esta psicología tiene que ser la precisión del mito. Es la conciencia psicológica la que necesita seguir a Acteón y sufrir un desmembramiento dionisíaco; este desmembramiento entonces no es una experiencia espantosa y altamente emocional, es bastante sobria, una transformación de la constitución lógica de esa conciencia que quiere ser psicológica. El desmembramiento dionisíaco significa aquí la destrucción o descomposición alquímica del punto de vista naturalista de la conciencia ordinaria del ego, así como de la conciencia enfáticamente imaginable.

Los ritos de iniciación en las culturas indígenas solían tener como elemento esencial el propósito de vivir una experiencia de la muerte. El objetivo era hacer posible de este modo la vida de un adulto maduro que vive su vida como una persona lógicamente ya fallecida, como alguien que no tiene la muerte delante de sí en el futuro, sino psicológicamente detrás de sí. Este tipo de iniciación era una experiencia personal y decididamente experiencia existencial ahora lo que para los iniciados de las culturas indígenas arcaicas era justamente una experiencia personal para el psicólogo moderno tiene que ser la muerte o deconstrucción de la constitución lógica ordinaria de esa conciencia que quiere hacer de la psicología una transformación metodológica, es fácil ver que esto la diferencia entre las iniciaciones arcaicas y la transformación moderna de la conciencia es la misma diferencia en el nivel práctico que la teórica mencionada antes, es decir, la diferencia entre el mito que inevitablemente viene en forma imaginal y la psicología no debe caer en esta forma imaginal

El segundo error tiene que ver con cómo uno ve las figuras que aparecen en el mito. Obviamente es muy fácil y seductor leer un mito más o menos de la misma manera que leemos nuestras novelas o cuentos, las cuales tratan sobre personas que tienen sus propios personajes particulares, deseos, miedos, intenciones, etc. Pero el mito no se trata de personas como seres humanos. Acteón no se siente movido por el deseo de ir a cazar, ni se excita sexualmente al ver a Artemisa desnuda, ni siente remordimientos, ni sufre al ser despedazado por sus propios perros. De la misma manera Artemisa no está enfurecida por estar congelada y no quiere vengarse, las figuras de los mitos no son personas, son visualizaciones y personalizaciones de conceptos o, mejor dicho, de funciones, su comportamiento no se debe a ninguna motivación personal, sino que sus acciones son el paso a paso, de la explicación de las diferentes facetas de lo que son de la lógica interna de esa función particular que en cada caso representan. Estas figuras simplemente desempeñan sus roles asignados dictados por la necesidad objetiva superior del concepto, o la verdad del alma que el mito retrata. Podríamos llamar al segundo error: el de introducir de contrabando el ego sentimental, del sujeto moderno, en tales figuras.

El tercer error se acerca al segundo: consiste en ver las figuras del mito como individuos separados, individuos separados, como personas en la vida real, y ver sus acciones e interacciones con los demás, como sucesos, algo así como eventos contingentes en analogía con las interacciones de la vida real. Pero aquí nuevamente tengo que enfatizar que desde un punto de vista psicológico en los mitos no sucede nada, los sentimiento en los mitos no tienen una existencia separada, sino que en cada mito en particular estas figuras son desde el principio contrapartes coexistentes entre sí y se definen mutuamente en la vida real cuando una persona dice que su esposo muere, otra persona en mi examen la mayor parte de la mitología muestra que los arquetipos o la lógica de las verdades del alma no son entidades estáticas, el hecho de que tienen tal complejidad interna de su lógica es una de las razones principales por las que pienso en la vida lógica del alma. Están vibrantes de vida, pero esta vida es vida lógica.

Aquí, al final de mi charla, finalmente puedo describir el segundo aspecto que tiene el término lógico en mi psicología: se refiere a la dinámica interna que se desarrolla y que prevalece en tales verdades del alma y se refiere a la consistencia interna, de hecho, al carácter de necesidad absoluta de todos los diferentes momentos y aspectos que hace, por ejemplo, de un mito, un coherente y unificada totalidad.

Gracias, muchas gracias por su atención.

Animus-Psychologie, Parte 1, Preámbulo

Traducciones

Preámbulo

Wolfgang Giegerich, Alemania

En «Animus-Psychologie» de Wolfgang Giegerich, en editorial Peter Lang, 1994, pp. 37 a 59, traducido directamente del alemán.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria Rojo

El objetivo de este capítulo es encontrar un punto de entrada en el tema del animus. En la medida en que el animus no se da simplemente como un fenómeno, de modo que uno pueda simplemente señalarlo y mirarlo, analizarlo, el esfuerzo por obtener un punto de vista y encontrar un comienzo es, en efecto, algo así como una petitio principii. También se podría decir: al igual que en el capítulo anterior sobre el horizonte en el que se va a considerar el tema del animus en este libro, se trata de desvelar los presupuestos de los que va a partir la investigación posterior y de los que va a ser un despliegue más cercano.

La Sicigia. Ya sabemos que si se quiere profundizar en psicología, o adentrarse en ella, hay que dejarse caer en la gran metáfora de la psicología, el «alma». Pero, ¿qué significa eso, cómo se «hace» eso? Ante todo, significa reconocer y aferrarse a lo desconocido del «alma». No tenemos respuesta a la pregunta de qué es el «alma». Partimos del desconocimiento y nos basamos en él. La respuesta a la pregunta de qué es el «alma» sólo puede ser la psicología en su conjunto, es decir, el proceso esencialmente inacabado e inacabable de la experiencia y la «investigación» psicológicas. Por lo tanto, no empezamos con una definición, por muy general que sea. Esto ya establecería un marco firme y haría una presuposición, de modo que lo presupuesto sería el punto de partida y la base estable para todas las preguntas e investigaciones posteriores. En lugar de dejarnos «caer», ya estaríamos pisando un terreno y en un campo definido. Habríamos intervenido como un yo y, en una anticipación autónoma, habríamos puesto fin a la incertidumbre. Al principio, sin embargo, no sabemos nada del alma. No sabemos si es idéntica u otra cosa que «espíritu», «conciencia», «naturaleza», «mundo», «vida», «persona», «individuo», etc. Tampoco sabemos nada sobre su posible existencia. Tampoco sabemos nada de sus posibles partes, componentes, aspectos, nada de ego, yo, sombra, superego, de complejos y pulsiones. «Alma» es ante todo una mera palabra. Una palabra, nada más. Ni siquiera sabemos si se refiere a algo o a nada.

Nos dejamos caer en la gran metáfora «alma» cuando dejamos que el «alma» sea una mera palabra y perseveramos en ella. Si esta palabra ha de recibir un determinado significado, entonces no a través de nuestra propia determinación arbitraria, sino dejando que el significado o significados nos sean dados por la palabra, por el lenguaje mismo. Lenguaje aquí no significa ya lenguaje positivizado en el sentido de la lingüística, especialmente no de «diccionario». Lenguaje significa la realidad histórica del hablar. En la historia del hablar del alma, el «alma» ya se ha interpretado a sí misma (o ha empezado a interpretarse a sí misma, porque el proceso de autointerpretación del «alma» continúa inacabado).


Una de las primeras autointerpretaciones del «alma» es su indiferenciación del alma y el espíritu y de la vida y la muerte. El alma es el principio de la vida, pero también el alma de los muertos, el fantasma, el espíritu. Es el aliento que anima el mero cuerpo, pero también el aliento frío que sopla en nuestra existencia desde el inframundo y el reino de los espíritus.1 Para esta experiencia del mundo, la procreación de la vida se produce precisamente desde la psique del inframundo, desde el reino de los muertos.2 En latín, el «alma» tiene entonces dos aspectos de sí misma explícitamente separados como anima y animus, y Jung, basándose en este afortunado hallazgo, ha demostrado que el alma aparece innatamente de dos formas: como anima y como animus. Estas palabras latinas indican dos cosas: la identidad de las dos (expresada en la raíz anim-) y la diferencia de las dos (expresada en las terminaciones -a [femenino j frente a -us [masculino] y, por tanto, en su género opuesto). Nuestra metáfora básica «alma» no es, pues, nada unívoca, sino diferente en sí misma.

Si se quiere hacer hincapié en este aspecto, también se puede decir «sicigia» en lugar de alma o entender el alma como sicigia. En primer lugar, la sicigia debe entenderse muy concretamente como la imagen arquetipal de la pareja masculino-femenina de dioses, en la que, con Jung, podemos reconocer psicológicamente anima y animus o, más filosóficamente, Eros y Logos, aunque en esta última pareja ya no se expresa el sexo opuesto. Según Jung, la imagen del par de dioses se extiende desde las tinieblas de la mitología primitiva hasta la especulación filosófica del gnosticismo y la filosofía clásica china, donde aparece como el par conceptual cosmogónico del yin y el yang.3 También se extiende, lo que ya no está en la obra de Jung, a pares conceptuales filosóficos como percepción y pensamiento, receptividad y espontaneidad en la obra de Kant, y -como

podría olvidarse- a la pareja conceptual psicoanalítica de Eros y Tánatos, instinto de vida y muerte en Freud. Jung afirma que la imaginación está ligada a este motivo, de modo que en todo lugar y en todo momento se ve altamente inducida a proyectar lo mismo una y otra vez.4 Según Jung, el motivo de la sicigia expresa «que con un masculino siempre hay al mismo tiempo también un femenino correspondiente». La inmensa prevalencia y emotividad del motivo demuestran que se trata de un hecho fundamental y prácticamente importante, independientemente de que el psicoterapeuta o psicólogo individual comprenda dónde y de qué manera influye este factor psíquico en su campo de trabajo particular».5 En el «campo de las sicigias, a saber, los pares de opuestos», «lo uno nunca está separado de lo otro, de lo opuesto».6

En nuestro contexto, hay dos cosas que hay que subrayar y registrar decisivamente una vez más. 1. El motivo de la sizigia no es un motivo arquetipal cualquiera entre la multitud de imágenes míticas, sino el motivo arquetipal decisivo para la constitución de la psicología misma. Denota la perspectiva o metáfora básica que no sólo es, como todas las demás imágenes arquetipales, una contrapartida de la psicología, sino bajo cuya égida se erige la psicología misma. 2. Esta metáfora, que es a la vez una perspectiva y una metáfora de la psicología, es una metáfora de la psicología. Esta metáfora, que es a la vez objeto y «sujeto» rector de la psicología, el alma, es ambigua, ambivalente, diferente en sí misma. Aparece bajo dos formas distintas, incluso opuestas, anima y animus, alma en sentido estricto y espíritu. Y estrictamente hablando, el ánima no puede ser considerada y comprendida aparte de su emparejamiento con su propio opuesto, el animus, y el animus no puede ser comprendido aparte del ánima. Cada uno de ellos implica a su opuesto. Si estamos tratando con el ánima, entonces inevitablemente «al mismo tiempo», el animus también está a mano y viceversa, incluso si el psicoterapeuta individual no es consciente de ello, como acabamos de escuchar de Jung.

Si la sicigia es la metáfora básica constitutiva de la psicología, y si anima y animus se implican inevitablemente el uno al otro, la psicología no puede escapar a la sicigia. En ella, la psicología misma (y no sólo fuera en el objeto: en el alma del hombre), anima y animus estarán siempre operativos. La pregunta que hay que hacerse con Jung, sin embargo, es si la psicología «se da cuenta» de esto o si el efecto del otro sólo le sucede de facto, pero inadvertido. ¿Es, parafraseando a Fausto, «sólo consciente de una pulsión», o los tomas a ambos bajo su protección? Dicho de otro modo, ¿se lleva a cabo la psicología a partir de la tensión sostenida entre anima y animus, como dice J. Hillman: «Esto es la psicología, la interpenetración mutua de psique y logos en el marco de la sicigia».7 Se puede demostrar -volveremos sobre ello en los próximos capítulos- que en la psicología realmente existente, por mucho que se esfuerce en la práctica por la coniunctio oppositorum y se ocupe de la sicigia como su objeto, su propia actividad surge de un repliegue de la sicigia. La psicología no permanece dentro de esto en su ejecución.

Es obvio, sobre todo porque Anima y Animus tienen el mismo nombre, entender la relación de la pareja divina entre sí como si fuera el emparejamiento de un hermano y una hermana o de un antiguo matrimonio que hace tiempo que están alineados. Entonces Anima y Animus serían dos versiones de lo mismo, por así decirlo, aunque no fueran lo mismo debido a su sexo opuesto. Lo mismo en la medida en que, según Jung, es «función natural del animus (así como del ánima)» «establecer una conexión entre la conciencia individual y el inconsciente colectivo…» El anima y el animus deben funcionar como puente o puerta de acceso a las imágenes del inconsciente colectivo…»8 ¿Representan ambos realmente sólo dos potencias personificadas diferentes en el teatro de las figuras arquetípicas vinculadas por la igualdad de función? ¿Están codo con codo en el mismo escenario, en el mismo terreno, como sugeriría la idea de que en el hombre el ánima en el hombre corresponde al animus en la mujer? Entonces serían simples equivalentes o complementos, como la derecha y la izquierda, es decir, lo mismo en sus opuestos. Pero esto trivializaría la oposición de ambos. Incluso el par conceptual yin y yang, tal como aparece en el I Ching chino, ya no debe considerarse básicamente como puramente complementario. Uno puede incluso convertirse en el otro.

La visión de los dos lados de la sicigia como «equivalentes»9 vería la sicigia sólo desde su único miembro, a saber, desde el Änima y a través de sus gafas. Pues el ánima es el arquetipo desde cuya perspectiva la realidad psíquica aparece como el panorama intemporal de las imágenes, de los antepasados, de los dioses. Pero la pareja también debe ser apreciada desde su otro miembro, desde la perspectiva del animus. Entonces el animus y anima se entienden como verdaderamente diferentes el uno para el otro y no sólo como pares distintos. La alteridad, la oposición en su heterosexualidad, sólo se hace evidente cuando los entendemos como arquetipos o funciones heterogéneas pertenecientes a órdenes diferentes y como tales unidos en una sinergia. Niego por tanto que el animus, al igual que el anima, represente el puente (función relacional) hacia el inconsciente, sólo para el sexo opuesto. Anima y animus no se diferencian por el lugar de su aparición (hombre o mujer), sino por su función. Esto debe aclararse.

En la experiencia humana, la primera forma de manifestación del ánimus es el «tener opiniones», mientras que el ánima se expresa principalmente en «estados de ánimo». Utilizamos estas afirmaciones de Jung para visualizar la heterogeneidad de ambos. Los estados de ánimo son la primera inmediatez del contenido, de las imágenes o figuras personificadas. Los estados de ánimo, en su tono emocional preciso, aunque esquivo, son el primer indicio, aún indiferenciado, de las cualidades pictóricas que se esconden en ellos.

En el caso de la opinión tipo animus, podríamos decir que también se refiere al contenido. Pero aquí el tono no está en el contenido de la opinión, sino en el tener-opiniones, que como tipo animus es en gran medida indiferente al contenido específico. Es más o menos una cuestión de azar qué opinión tiene el poseedor del animus en un momento dado. En determinadas circunstancias, también podría ser la opinión contraria. Jung subraya el aspecto de poder del comportamiento del animus, es decir, la «insistencia en», el querer tener razón, el carácter dogmático de la opinión. En otras palabras: se trata de «el principio», o más exactamente: del carácter principista de la respectiva de la opinión afirmada. El animus como función psíquica se refiere a una actividad mental que sólo se sirve del contenido particular para ejercer su propia actividad de afirmación y toma de posición al respecto. En tener-opiniones tipo animus, el contenido de lo que se quiere decir en cada caso sólo está contenido como momentos suspendidos. El animus como función psíquica provoca así la suspensión (en el sentido hegeliano) de las imágenes y sus cualidades o contenidos inmediatos. Cuando la reacción del animus está plenamente desarrollada y diferenciada, más allá del mero tener opiniones, se muestra como un concepto. Se muestra como el contenido concebido, es decir, captado principalmente (como principio general). Por lo tanto, podemos decir: tener opiniones es la primera inmediatez del concepto, de los principios, de la reflexividad del contenido pictórico inmediatamente dado.

Así, en el anima y el animus, vistos desde aquí, se oponen el ámbito del contenido, de las imágenes, de las figuras, por un lado, y el del ser reflejado y captar la imagen en el concepto, por otro. El ánima nos remite a toda la fenomenología de la realidad psíquica o arquetípica en su amplitud y diversidad, la fenomenología del mito o de lo imaginal. Es la inagotable actividad mitificadora del alma, pone ante nosotros figuras plásticas, personifica, produce contenidos, hila, poetiza, fabula y crea así un mundo fascinante ante nuestros ojos interiores. Y como hechicera que es, imbuye a lo que hila de sí misma de un ser absolutamente convincente, de subtancialidad, de objetualidad, de «objetividad», de modo que en la medida en que hila las imágenes de sí misma como realidades, también se hila a sí misma o a la conciencia en ellas al mismo tiempo. Cree en sus imágenes. Es la función de fascinarse por ellas, de dejarse llevar por ellas y por ellas, incluso posiblemente de enamorarse de ellas. El animus se opone a este mundo sustancialmente vivido. Se enfrenta a lo que tenemos ante nosotros pictórica y sustancialmente y transforma la sustancia en función o principio. Contrarrepresenta, abstrae, espiritualiza. Sustrae el ser, que es lo absoluto, de lo que se ve. Es la función de la putrefactio, destillatio y sublimatio alquímicas, de la elaboración psicoanalítica, del pensamiento analítico, de la reflexión crítica. Permite ver a través de la proyección anímica. Es la disolución de la «ontología» en «lógica», en movimiento mental. Como el ánima, no es sólo función; es el arquetipo de lo funcional, de la funcionalidad (en contraste con el ánima como arquetipo de la sustancialidad), el arquetipo de las operaciones y los actos, de la intervención. Así, en la sicigia, no se sitúa simplemente al lado del ánima como un simple complemento o contrapartida, sino, por así decirlo, transversalmente a ella como la anulación del mundo producido por el ánima y como la negación del anima misma. Su función es matar la inmediatez del anima.

Animus y anima son verdaderos opuestos. Pero como ya indica la similitud de nombres, la negación por el animus es la propia anulación del ánima. En el animus, el ánima tiene su propio otro. La anulación se produce dentro de la sicigia, no desde fuera, como un acontecimiento completamente ajeno al ánima y arbitrariamente infligido.

El ánima se asocia a menudo con lo «interior» porque conecta con las imágenes del inconsciente colectivo. Se podría pensar entonces que el anima tira del mundo exterior y tira hacia el interior. Pero eso sería un completo malentendido. El anima está intrínsecamente ligada al exterior. Parte de lo interior, se proyecta en el mundo y lo puebla. Pero también gira hacia lo que se proyecta, atrae y enreda en su profundidad, que es la profundidad arquetipal, pictórica, sensorial. Esta es su interioridad, que es indiferente a la oposición moderna de mundo interior y mundo exterior. En esta proyección hacia el exterior, es indiferente que el exterior sea «real» o «visionario». Este último no está «en» nosotros, sino que también es un exterior real. El chamán realiza un viaje anímico. El ánima no tiene nada que ver con la introversión, aparte de que el anima es la responsable de experimentar el carácter de realidad de la realidad (los estados patológicos de despersonalización y desrealización son trastornos del ánima10).

En todo caso, el animus apunta al interior, aunque sólo si su idea es asumida y sustancializada por el ánima en un sentido externo. Por naturaleza, sin embargo, el animus trae el retroceso críticamente reflexivo de lo que el anima ha proyectado hacia el exterior. Trae lo que llegaremos a conocer más de cerca como memoria (absolutamente negativa). Pero del mismo modo que el exterior del ánima no es idéntico al exterior en el contraste entre el mundo interior y el exterior, tampoco el retroceso en virtud del animus o del recuerdo es idéntico al interior en el mismo contraste.

Negatividad. Anima y animus pertenecen efectivamente a la sicigia, porque no son complementarios como hermano y hermana, ni «accidentalmente», unidos exteriormente en una unidad como marido y mujer , sino porque ya está en su concepto el estar indisolublemente unidos entre sí como opuestos, lo que sólo se indica exteriormente en la similitud de nombres. Lo que fuerza a ambos a la sinergia es la circunstancia de que uno es la pura negación del otro. El animus no tiene ser o esencia cualitativa propia. Es sólo como la anulación del ánima. Tener un ser cualitativo y un ser sustancial y conectar la conciencia con el reino de las imágenes es precisamente lo que distingue al anima, y sólo a ella. Los dos se pertenecen como el más y el menos, como el ser y la nada. El ánimus no es simplemente algo distinto del ánima, es lo otro del ánima por excelencia, a saber, su propia negación de sí misma, la nada del ánima. Tal vez se pueda seguir hablando del ánima independientemente de la sicigia, porque es el arquetipo de la sustancialidad. Esto es imposible con el animus, en la medida en que sólo existe como negación del anima.

Este hecho ha de apuntalarse con un recurso a lo dicho anteriormente y una anticipación de lo que vendrá después. Hemos subrayado que el animus no puede ser simplemente recogido en algún lugar  y observado como objeto fenomenológico. Más bien, recurrir a él es volverse primero contra sí mismo. No hay ninguna base empírica para el animus, ninguna prueba teórica. Se funda en última instancia en el propio pensamiento, en su propio concepto, como autoridad última para todas las afirmaciones sobre su esencia y como prueba de su existencia: sólo se hace verdaderamente experimentable y presente en la propia actividad del pensamiento y, en virtud de esta actividad, sólo en el propio esfuerzo de concepto. De lo contrario, no es más que una palabra o una idea que permanece sólo animada. Esto muestra su negatividad. No es algo positivo que se pueda mirar y demostrar.

También es obvio cuán descuidado fue el animus por Jung, cuán mala es su reputación y que el animus aparece en la literatura psicológica predominantemente sólo como animus negativo. A la luz de lo que aquí se ha elaborado, este extraño hallazgo puede entenderse ahora como perteneciente a la fenomenología del animus mismo. Ciertamente, este hallazgo apunta a una deficiencia, pero esta deficiencia es en sí misma característica del animus. No aparece del mismo modo que el ánima en imágenes y figuras encantadoras. No nos invita a ocuparnos de él de la misma manera. Ahora podemos confirmar de manera decisiva lo que antes sólo habíamos considerado vagamente: No tiene sentido decir que el ánimus, como cualquier arquetipo, puede ser positivo o negativo si lo que se quiere decir con esto es otra cosa que la distinción utilitaria entre sus efectos experimentados como agradables y los experimentados como desagradables. El animus no es negativo y positivo del mismo modo que un ser humano a veces está sano y a veces enfermo. La negatividad aquí no es una condición (atributo) de una sustancia persistente llamada animus. Más bien, es la naturaleza (función) del animus ser negativo. La negatividad pertenece a la definición del animus. El mismo es la negatividad. Para decirlo sin rodeos y de un modo que no es apropiado: no se dedica a un oficio productivo como el anima, sino a uno esencialmente negativo, del mismo modo que en la realidad social el verdugo, el anatomista, el basurero también se dedican a actividades puramente negativas (¡aunque en modo alguno sin importancia o despectivas!). «Animus negativo» es una frase como «cuervo negro». El adjetivo hace explícito lo que ya está implícito en el término animus. 

Kathrin Asper establece una relación interesante entre la valoración desfavorable del animus por parte de Jung y la contratransferencia. Dice: «Como es bien sabido, Jung no hablaba muy bien del animus. Ya se ha gastado mucha tinta en esto, así que no entraré en detalles. Pero lo que me llamó la atención en relación con mi preocupación por el animus y el trastorno de la autoestima es lo siguiente. ¿Podría ser, me pregunté, que Jung formulara su contratransferencia en su descripción negativa del animus, pero no lograra hacerla terapéuticamente fructífera?»11 La conexión tiene sentido. Si queremos hacer que esta idea sea psicológicamente fructífera, entonces, por supuesto, no debemos limitarnos a dejar la contratransferencia como un fenómeno que se entiende a sí mismo. Por el contrario, debemos apreciar esta contratransferencia como precipitación y automanifestación del animus y utilizarla así para la realización de lo que es el animus. En consecuencia, podemos incluso interpretar el hecho de que el concepto de animus haya sido rechazado de plano por las feministas como la expresión de un acontecimiento de animus. Pues esta negación del animus al por mayor es en sí misma un logro que debe mucho a la función del animus. El animus no se ocupa de la autopresentación. Sólo el anima se pone a sí misma en escena, tiene un impulso de forma vívida. Las feministas sólo fueron capaces de negar a este concepto cualquier justificación de esta manera radical porque y haciendo uso de lo que llamamos animus, de modo que el animus sigue mostrándose eficaz precisamente en la negación de sí mismo.

Por eso, precisamente porque el animus es una pura función y no una forma real, no una imagen sustancial, no hay que fijarse tanto en lo que se dice, en lo que se quiere decir en cuanto al contenido. El animus se manifiesta mucho más en la forma lógica y en el estilo intelectual del discurso. Y obviamente se confirma precisamente cuando el discurso vuelve la negación que es contra sí mismo.

Al mismo tiempo, estas observaciones nos proporcionan la primera visión de una importante diferencia que debe observarse en el animus. En efecto, el animus puede aparecer de dos maneras muy distintas. En primer lugar, la descripción negativa del animus, el trato poco amistoso que recibe en psicología y la negación completa de su existencia son, en efecto, formas en las que el ánimus se manifiesta. Pero sólo se actúa a través de ello, simplemente se vive y se realiza la función que es. No se refleja, y eso significa que aquí no se reconoce a sí mismo como animus. Pues si el animus se conociera a sí mismo como animus en la consumación de la negación de su propia existencia, entonces ya no podría ser negado. Se trata aquí, pues, de la primera inmediatez del animus o del animus en su forma inauténtica, que está todavía bajo la égida del anima. En la negación de éste, el alma, como el anima, simplemente hace girar el animus fuera de sí, lo vive completamente irreflexivamente como su propio otro. También podríamos decir: la conciencia se sienta sobre ella, se sienta sobre su negatividad; interpreta lo que es la esencia del ánima (la negatividad) «positivamente» como una mala cualidad en ella, como defectuosa, carente. El anima convierte la negatividad en algo positivo. Su negatividad es reprochada, culpabilizada. Entonces es verdad: todo lo que es el anima se utiliza contra él como «en un juicio». Pero esta acusación proviene de él mismo, pero sólo cuando simplemente se actúa sobre su negatividad. Entonces él mismo exige ser positivo y sin ambigüedades, y se molesta de que no sea así. El animus, que se supone que es logos, se manifiesta entonces en un resentimiento, un afecto animoso, es decir, en lo contrario de sí mismo. En esto, es evidente que todavía no ha llegado a sí mismo. Porque aparece en su primera inmediatez, él, que es negación, aparece muy lógicamente en forma de contradicción, incluso de autocontradicción: se manifiesta aquí negando su propia existencia.

Pero, en segundo lugar, también debe existir la posibilidad de que el animus se conozca a sí mismo como tal. Pues el conocimiento claro, el hacer transparente lo que es, el reflejo, es precisamente su poder. Cuando se conoce a sí mismo como lo que es, no puede resentir su negatividad. Entonces no se conoce simplemente como su distinción y su sentido, sino sobre todo como su ser. Es puramente negativo, no un algo que entonces tendría cualidades o inclinaciones negativas además de su ser. Este es el momento en que, por ejemplo, incluso la negación de su ser puede ser apreciada como su propio ser (una forma provisional, aún positivizadora, de su ser), lo que al mismo tiempo pone fin a la necesidad de negarlo. El animus que ha llegado a sí mismo ya no tiene que volverse y ejercer la negatividad contra otro, ni siquiera contra sí mismo como otro, sino que puede simplemente soportarla, habitar en ella, «ser» él mismo la negatividad. Es decir, puede «ser» como un no-ser. Entonces se ha convertido en un espíritu en el verdadero sentido.

Marie-Louise von Franz dice una vez de pasada sobre Barba Azul como animus negativo:

… Barba Azul es un asesino y nada más; no puede transformar a sus esposas ni ser transformado él mismo. Encarna los aspectos mortíferos y feroces del ánimus en su forma más diabólica; de él sólo es posible la huida…. El ánimus en su forma negativa… aleja a la mujer de la vida y le oculta la vida. Tiene que ver con las tierras fantasmales y la tierra de la muerte. De hecho, puede aparecer como la personificación de la muerte, como en el cuento francés de la Colección Diederich titulado «La esposa de la muerte»…12

Me adelanto con esto, porque tanto la historia de Barba Azul como las frases citadas de la Sra. von Franz nos ocuparán con más detalle. Por el momento, sólo nos interesa este tema en relación con el esfuerzo por desarrollar un concepto preliminar del animus. Barba Azul es sin duda la figura de animus más extrema que existe. No veo en esta forma extrema lo extravagante y excéntrico, que debe conservarse precisamente por ser fuera de lo común. Más bien veo en ella una figura muy central porque, como extremo, muestra el animus en su consecuencia última y en su concepto más exterior. Barba Azul arroja una vez más una luz decisiva sobre la negatividad del animus: sobre el animus como asesino y, por tanto, al mismo tiempo también sobre su ser sincigótico en tensión con el ánima. Si el animus tiene su esencia en ser un asesino, entonces no es nada sin su víctima. Depende de ésta, es decir, del ánima, y esta dependencia del uno respecto del otro es el yugo que une a ambos. Del ánima, dice von Franz, sólo se puede huir. Esto mostraría de nuevo la negatividad actuada: el carácter negativo del animus mismo se refleja en la huida.

El animus como asesino y como «devorador de cadáveres» sólo destruye. Extiende un aire frío a su alrededor. Apunta fuera de la vida y de la «biología» hacia el país de los fantasmas, hacia lo absurdo: lejos de lo empírico y lo vívido y fuera de la percepción y la imaginación hacia la fría esfera del pensamiento puro.

La unidad de la unidad y diferencia de los opuestos. Los dos lados de la sicigia no representan un par unificado. Para reconocer la relación sicigial de ambos, parto de la conocida sentencia histórico-psicológica de Jung: «Al estadio del animus-anima corresponde el politeísmo, pero al yo corresponde el monoteísmo».13 Esta frase es problemática. Dos cosas reclaman nuestra atención. En primer lugar, lo llamativo de la frase de Jung es que nombra animus y anima como una unidad sin complicaciones. Aquí forman un tándem sin tensión interna ni oposición. No puedo entender por qué, en la etapa del politeísmo, el animus debe mencionarse al mismo tiempo y con el mismo peso que el ánima. Ciertamente, si hay una sinergia entre las dos, entonces donde está la una, siempre está de alguna manera también la otra. Pero sólo de algún modo. Característico del estadio del politeísmo y manifiesto en él es el ánima sola, al menos en comparación con los estadios posteriores y visto desde éstos. Este estadio es, al fin y al cabo, de manera excelente el estadio de la psique creadora de mitos, el estadio de las imágenes y de la inocencia lógica que las acompaña, que son un requisito previo de la experiencia politeísta. Las contradicciones o discrepancias lógicas no se convierten aquí en un problema. Se pueden contar diferentes historias sobre el mismo dios o héroe, por ejemplo sobre su nacimiento y genealogía, sin que esto se experimente como una contradicción. Con razón, porque sólo son historias tipo anima. Las historias o imágenes descansan en sí mismas. Las distintas versiones de una historia no pueden contradecirse porque no compiten entre sí. Cada una es por sí misma lo que es. El animus como facultad de los conceptos lógicos y de la ordenación según principios no está totalmente ausente en el nivel del mito politeísta, pero sólo está latente, sólo está envuelto. Todavía está dormido, por así decirlo. Sólo aparece por sí mismo a través del monoteísmo, a través de la fijación y sujeción del Uno, al que se subsume la multiplicidad, por lo que a) las contradicciones pueden experimentarse como tales, pero también b) pueden desactivarse o evitarse a través de la subordinación lógica y similares.

Veo en el hecho de que Jung nombre aquí animus y anima juntos una falta de respeto al animus en su autonomía. La tensión de la sicigia no se ha mantenido. Para decirlo sin rodeos, el animus está subordinado al ánima. Esto también se corresponde con lo que ya se ha mencionado brevemente, que la sizigia como marco de la psicología no se ha sostenido. La oposición de ánima y ánimus fue empujada por Jung principalmente fuera de la psicología hacia la biología y el personalismo, es decir, reducida a la oposición de hombre y mujer. Ahora ya no está en la conciencia de la psicología como el marco de la psicología misma, como el campo de tensión dentro del cual tiene lugar todo lo que se llama psicología. Ahora se considera sólo como un contenido de la psicología, un dato único de su experiencia. Y ánima y animus se convierten en «componentes de sexo opuesto de la personalidad».14 Así, Jung también dice explícitamente en la misma página en la que se encuentra la frase sobre el politeísmo y el monoteísmo: «Su oposición [la oposición de ánimus y ánima] es la de los sexos».15 Psicológicamente, en cambio, debería decir: La oposición biológica de los sexos es la excelente imagen mítica en la que la oposición interior de la sicigia sólo se representa en el nivel del anima. La sicigia psicológica se proyecta sobre los sexos biológicos, fácticos. Éstos sirven como medio de expresión adecuado. Plantearlo de este modo estaría mucho más en consonancia con el propio enfoque psicológico de Jung. Hillman escribe en consecuencia: «Como Jung muestra a lo largo del Mysterium Coniunctionis (CW 14) y en otros lugares, “masculino” y “femenino” son metáforas biológicas de las condiciones psíquicas de consciente e inconsciente»16 y, yo añadiría, en la medida en que se trata de «consciencia masculina» e «inconsciencia femenina personificada», también metáforas de animus y anima. Como oposición de los sexos o como par de dioses, la sicigia, por su parte, es vista desde su único miembro, el ánima creadora de imágenes, proyectiva, incluso allí donde el ánimus, como en la filosofía china del yin y el yang, ya es un principio y es reconocido como igualmente importante junto al ánima. Pues es precisamente la yuxtaposición de igual rango la que muestra el punto de vista del ánima.

En la obra de Jung, se percibe la necesidad de superar la versión sexuada de los contextos psicológicos. Con motivo del sexualismo del símbolo del hermafrodita, Jung dice: «El sexualismo de estos contenidos significa siempre una identidad inconsciente del yo con una figura inconsciente (ánima y ánimus)… Nunca he observado el hermafrodita como figura de la meta, sino como símbolo del estado inicial, es decir, como expresión de una identidad con anima o animus. Estas imágenes son, por supuesto, anticipaciones…»17 Si se extrae la consecuencia de esta perspicacia, entonces habría que interpretar también la interpretación opuesta del anima y del animus, mediante la cual se convierten en componentes de la personalidad, por su parte como expresión de una identidad inconsciente de la teoría psicológica con la figura inconsciente del ánima, o como expresión de lo que yo llamo el estadio anímico del anima, o como expresión de lo que yo llamo el nivel anímico de la conciencia o de la cultura, de modo que aquí tampoco debería hablarse ya de una «identidad con el ánima o el ánimus», porque este discurso sólo está ligado una vez más al sexualismo y permanece así atascado en una anticipación aún no redimida. Hablar de «anima o animus» significa lo que yo entiendo por estadios anima o anima, pero como se ha hecho de la oposición de los sexos la base, debe dividir lo que en mi lenguaje es uno como estadio del anima en dos, en la identidad de conciencia en el hombre con el anima y en la mujer con el animus. 

¿Qué aspecto tiene, en cambio, la sicigia vista desde su otra extremidad? Desde este punto de vista, en lugar de la pareja, emerge lo contrario, que pertenece a la sicigia tanto como la unidad emparejada. La sicigia es la unidad y la oposición de los contrarios. Correspondientemente, «sicigia» en astronomía significa el término genérico (aquí lo mismo: la unidad) de conjunción y oposición de los cuerpos celestes. Y Hillman dice: «El trabajo consiste en mantener distintos espíritu y alma (la exigencia del espíritu) y mantenerlos unidos (la exigencia del alma)».18 En el propio Jung, este concepto de sicigia se expresa en el subtítulo de Mysterium Coniunctionis, según el cual este misterio es la unidad (o sicigia [coniunctio es la traducción latina del griego syzygia]) de «separación y composición de los opuestos del alma». Sólo por este carácter contradictorio la coniunctio es un misterio. Si fuera una síntesis simple, es decir, inequívoca, como en la química moderna, sería difícil ver por qué debería ser misteriosa. La sicigia se convierte en un misterio porque separa y une simultáneamente en un mismo acto. En primer lugar, tenemos dos opuestos (anima y animus). En segundo lugar, éstos pueden a su vez reconciliarse y unirse. Ése es el interés del anima. Pero también pueden separarse o dividirse. Ese es el interés del animus. Y la preocupación del alma como sicigia es, en tercer lugar, tener ambas preocupaciones al mismo tiempo (reunidas en una).

El animus, como el propio otro del anima y como aquello que la anula, aparece como una ruptura, una escisión, una división. Visto históricamente como la ruptura del mito al logos, según una conocida formulación.19 Así, el ánimus, cuando despierta de su estado crepuscular de estar envuelto y comienza a dar su propia interpretación de la sicigia, introduce en medio de la inocente yuxtaposición de imágenes o figuras de dioses en el escenario intemporalmente estático del teatro arquetipal una conciencia de la historia como cambio incisivo y movimiento vivo, como una sucesión de «épocas» o etapas separadas entre sí. Etapas porque la conciencia, bajo la influencia del animus, se repele lógicamente del reino de las imágenes dadas por el anima a los principios que le son propios, y porque al mismo tiempo ese reino es empujado a un momento subordinado dentro de sus principios. Y se repele porque los principios o conceptos generales no son sino las imágenes anteriores esencializadas, es decir, principal y abstractamente generalizadas. Sin que se abandonen absolutamente las imágenes míticas, se crea algo realmente nuevo, por lo que incluso el contraste de género se tiene en cuenta aquí mucho más profundamente, porque no se descuida el aspecto procreador del contraste.

Si la sicigia se entiende como la unidad de la unidad y la oposición de los opuestos, entonces resulta ser un movimiento lógico y no la unión de dos seres que han sido «accidentalmente» forzados a un pacto eterno como por un anillo de bodas. Anima y animus no son opuestos fijos, como lo son el hombre y la mujer en biología o dos casas en lados opuestos de la calle. Éstos siguen siendo lo que son aunque el opuesto cambie o incluso sea demolido. El hermano o el cónyuge pueden seguir viviendo, tienen vida propia, aunque la hermana o el cónyuge mueran. Son opuestos ontológicos. No son así anima y animus. Son una unidad que se separa en opuestos, como la electricidad positiva y negativa. Son el alma con su propio otro, con su propia contradicción. La sicigia es el uroboros, que es la unidad de presenciar y acoger, de hacedor y víctima, de principio y fin. Los opuestos se funden aquí. Son fluidos. El animus, como ya hemos visto, puede ser en sí mismo anima, y el anima, como ya hemos indicado, puede reaccionar como animus: el animus puede actuar. Cada lado de la oposición es en sí mismo al mismo tiempo toda la oposición.20 Esto sólo es posible si toda la sicigia es ella misma espiritual, es decir, si ya está dirigida desde el único polo de sí misma, el animus. Pues del ánima, que siempre tiende al naturalismo, resultaría la imagen más estática de un ser pareja, cuya interacción y dinámica relacional seguiría teniendo un carácter sustancial. Pues es precisamente el ánima la que fija las imágenes como ser desde sí misma.

El carácter urobórico del alma se expresa más claramente en las palabras de Pseudo Demócrito: «La naturaleza se deleita en la naturaleza. La naturaleza conquista a la naturaleza. La naturaleza gobierna a la naturaleza». Naturaleza en esta frase alquímica es tanto como naturaleza animada o alma. El alma es la unidad de, primero, unanimidad autosatisfecha consigo misma, segundo, antagonismo o contradicción consigo misma, y tercero, tal nueva unanimidad consigo misma que tiene dentro de sí el antagonismo o contradicción que se ha hecho explícito y lo soporta sin por ello enemistarse consigo misma. Esto es lo que se entiende por gobierno: no el gobierno coercitivo que tiene que suprimir toda oposición con la fuerza policial, que es siempre un signo de poder usurpado y, por tanto, de impotencia real. El verdadero gobierno se muestra en la soberanía, que puede permitir tranquilamente la oposición porque aquello que gobierna en virtud del poder no violento de la verdad ya no la experimenta como una amenaza. El verdadero gobierno es negativo por naturaleza, no una tiranía positiva. Gobierna lógicamente.

El alma no es estos tres estados de sí misma uno tras otro, en tres momentos diferentes, pronto de esta manera, pronto de aquella otra. Pero lo que Demócrito ha dicho aquí en tres frases expresa lo que el alma es como sicigia, todo a la vez. Se trata, pues, de la concepción de una identidad que tiene diferencia y, sin embargo, sigue siendo identidad. La diferencia no se toma como una objeción contra la identidad, como sucedía cuando se utilizaba contra ella la negatividad del animus, es decir, se hacía de ella un reproche.

Sin embargo, dentro de la sicigia se aplica lo que Hegel reconocía: “… Pero la vida del espíritu no es la vida que se asusta ante la muerte y se mantiene pura de la desolación, sino la que sabe afrontarla y mantenerse en ella. El espíritu sólo conquista su verdad cuando es capaz de encontrarse a sí mismo en el absoluto desgarramiento. El espíritu no es este poder como lo positivo que se aparta de lo negativo, como cuando decimos de algo que no es nada o que es falso y, hecho esto, pasamos sin más a otra cosa, sino que sólo es este poder cuando mira cara a cara a lo negativo y se detiene en él.”21

Visto sicigialmente o urobóricamente, parece pertenecer -no exclusivamente, sino también- a la naturaleza del alma violentarse a sí misma, herirse, despojarse de su propia inocencia, destruir su unidad pleromática consigo misma, de tal modo, por supuesto, que esta violencia asesina no le sobrevenga como algo absolutamente ajeno, sino de sí misma, y que a través de lo que se inflige a sí misma se trascienda, con lo que, solo entonces, alcanza entonces su más alto destino.

Hable de movimiento lógico, no de estructura lógica. La simultaneidad o la unidad de la unidad y la diferencia no es, pues, una yuxtaposición estática, no es la unidad del concepto genérico en relación con las especies que «caen bajo» él, sino que es la simultaneidad de los actos de separar y unir. En consecuencia, la serpiente uroboros es el movimiento de engendrar y dar a luz, de penetrar y expulsar, del comienzo original y de haber surgido siempre ya de las condiciones, y al mismo tiempo, como un círculo, la rueda eternamente giratoria. Y de lo que hablaba Demócrito es de la vida palpitante de agitarse dentro de uno mismo en la «inocencia soñadora» (Tillich), de luchar contra uno mismo y de gobernarse a sí mismo, de modo que, sin embargo, al no tratarse de actos sucesivos nítidamente separados, esta vida no puede ser vida natural en o sobre un ser llamado «espíritu» o «alma», sino sólo vida lógica, movimiento lógico por excelencia.

La sicigia como autointerpretación del alma. Hemos partido de la proposición de Jung acerca de la conexión entre el anima-animus y el politeísmo, por un lado, y el yo y el monoteísmo, por otro, y hemos discutido el primer problema, que para nosotros radica en el punto de vista expresado en ella. Pasemos ahora al segundo problema. No tiene sentido distinguir dos etapas de la historia si para cada una de ellas se elige un criterio de distinción o un punto de vista diferentes. Se puede contemplar la historia desde el aspecto de las imágenes de Dios y, a partir de las transformaciones y los símbolos de esas imágenes, cristalizar, por ejemplo, la etapa del politeísmo y la del monoteísmo. También se puede contemplar toda la historia desde el punto de vista del Animus-Anima (es decir, el alma) y, a continuación, elaborar las transformaciones y los símbolos del Animus-Anima para establecer en consecuencia las etapas históricas. También se puede contemplar la misma historia desde la perspectiva del Sí-mismo y descubrir diferentes etapas según las transformaciones y los símbolos del Sí-mismo. Pero saltar de la perspectiva del animus-anima a la del sí-mismo y seguir afirmando una secuencia de etapas es erróneo (a katábasis eis állo génos), porque las etapas sólo pueden reconocerse sobre la base de las transformaciones de un Sí-mismo persistente. Los estadios así postulados no son entonces más que el resultado hipostasiado del propio hacer, es decir, del salto de una perspectiva a otra.

La frase de Jung es de nuevo un pequeño indicio de lo fácil que es apartarse de la sicigia y no entender la historia psicológicamente, como un evento interno de la sicigia. Anima y Sí-mismo son dos arquetipos o perspectivas completamente diferentes y tan inconexamente yuxtapuestos. No hay ninguna justificación de por qué el camino deba ser del anima hacia el Sí-mismo. El postulado de tal secuencia sería puramente arbitrario o, lo que en el fondo es lo mismo, mero empirismo. Pero tal evidencia empírica, que confirme esta consecuencia, no existe en absoluto, o a lo sumo la hay para aquella conciencia que, en su observación del empirismo, salta de una perspectiva a otra.

Pero lo que es aún más grave para nosotros es que, con el curso al Sí-mismo, se abandona la metáfora básica de la psicología, el alma. Nuestra idea, sin embargo, era que sólo podemos avanzar dentro del horizonte de esta metáfora básica. Es necesario, decíamos, dejarse caer de lleno en esta metáfora básica y en su desconocimiento. Si lo hacemos, conceptos como yo, Sí-mismo, personalidad, hombre, mujer, madre, padre, díada madre-hijo, libido quedan excluidos como conceptos básicos. Incluso si, no, especialmente si, son conceptos «empíricos», son conceptos ajenos traídos de fuera y en la medida en que, en cierto sentido, son términos ideológicos dentro de una psicología real. Con anima y animus es muy distinto. Aparecen innatamente, sin que nosotros lo añadamos, como autointerpretación del alma. El concepto de alma, en la historia de su vida, se ha interpretado a sí mismo en los conceptos de anima y animus y los ha separado. Los ha generado a partir de sí mismo como términos del alma. Con ellos, uno no va más allá del concepto de alma a otra cosa, uno permanece con él y dentro de él. Pues anima y animus se llaman ambos alma, con diferentes acentuaciones, y por tanto pueden, no, deben servir como metáforas básicas de la psicología.

Esto no significa, por supuesto, que los conceptos aquí rechazados no tengan cabida en absoluto en la psicología. Lo único que se dice es que no pueden servir como metáfora básica. Sólo pueden entrar en el pensamiento psicológico como conceptos derivados, es decir, sólo si han sido generados a partir del concepto de alma (vistos desde el alma) o han sido derivados (vistos desde nosotros). El «empirismo» no es suficiente. Uno debe ser capaz de mostrar si, eso, cómo y hasta qué punto «yo», «sí mismo», «libido», «unidad madre-hijo», «persona», «deseos pulsionales», etc. se forman realmente a partir del «alma» y de la sinergia de anima y animus o no. Si no lo están, no tienen cabida en la psicología. Entonces son, precisamente empíricos, remanentes «mitológicos» o «metafísicos» de contrabandeados, que permanecen, mutatis mutandis, como lo eran en física el «éter» o la «armonía de las esferas». (Más adelante mostraré que, por ejemplo, «el yo» es generado por el alma como una sinergia en sí misma).

Parece extraordinariamente difícil comprender que los conceptos psicológicos no nombran lo que existe. No hay un anima, un animus, un ego como realidades, al igual que las piedras, las plantas, los animales están en la naturaleza y el corazón, los pulmones, el hígado en el organismo humano. El corazón, los pulmones, el hígado pueden ser extraídos del cuerpo y ser mostrados. Estas palabras tienen un sustrato objetivo. Las realidades psicológicas, sin embargo, no. No existen. «Sicigia» no es un término genérico lógico formal para los fenómenos supuestamente reales y empíricos anima y animus. No están subsumidos en él. Más bien, es precisamente lo contrario: el alma, cuando se la deja a sí misma y no se la perturba en su autodesarrollo imaginal o, más precisamente, lógico, se divide a sí misma en los opuestos sicigiales. Anima y animus no derivan de una experiencia empírica primaria, sino a la inversa, del concepto autointerpretado y autointerpretativo de alma. Esto pone al anima y al animus, al alma y al espíritu dentro de sí, fuera de sí y en oposición entre sí. Y no es otra cosa que este salirse de sí mismo y en oposición recíproca de sus contrarios interiores (que no existen, sino sólo puestos en acto de salir), por consiguiente no es otra cosa que esta actividad (lógica). La sicigia del anima y del animus es la primera autodiferenciación del alma. Conciencia, corazón, pulmones, alma, mente, anima y animus como términos psicológicos son -por banal y evidente que esto sea, parece que hay que decirlo una y otra vez- no seres reales, no nombres para algo que se daría empíricamente como sustrato. Son fantasías del alma sobre sí misma, o más exactamente: autodeterminaciones del alma, con lo cual, como el lector habrá advertido, con el término alma ya estamos a su vez haciendo uso de una autodeterminación del alma.

La historia occidental como historia del animus. En la historia occidental, la primera aparición manifiesta del animus como el Otro se hace visible en sinergia con la primera «invención» y desarrollo del pensamiento filosófico en la época de los presocráticos, los sofistas griegos, Sócrates y Platón, que luego continuó de forma intensificada, especialmente en la «segunda» Ilustración con el comienzo de la era moderna.

En la Ilustración griega, la repulsión deliberada del mundo anima ya se manifiesta exteriormente en la crítica del mito, mediante la cual el pensamiento fue adquiriendo gradualmente una lógica formal y conceptos puros. En las ideas suprahumanas de Platón todavía puede verse claramente que son imágenes míticas elevadas. En ellas se conserva lo que antaño se expresaba en imágenes e historias de los dioses. De ellas se desprende entonces también que las ideas o conceptos generales siempre han estado dormitando en la imagen mítica. En segundo lugar, las imágenes míticas ya no se almacenan en forma mítica en las ideas, sino en forma de conceptos universales, porque las ideas son también la abolición de las imágenes míticas en el sentido de su superación, es decir, de su muerte. En tercer lugar, las imágenes anteriores también han sido abolidas con las ideas en el sentido de «elevadas a un nivel superior».

Al hablar de un nivel superior, no estoy estableciendo una jerarquía de valores. Más bien, sólo estoy teniendo en cuenta el hecho obvio de que la Idea platónica, por ser la suspensión de la imagen mítica y tener ésta como uno de sus momentos en o bajo sí misma, es de una estructura lógica más compleja, más diferenciada que la imagen mítica lógicamente estructurada de modo simple. Pero el estadio superior se paga con una mayor primitividad y pobreza. Pues la idea, en su palidez abstracta, es muy inferior a la inagotable riqueza de relaciones de la imagen. Se vuelve aún más vacía con el proceso progresivo de abstracción y reducción, como vemos hoy, donde las antiguas ideas platónicas se reducen a meros valores teóricos de información más y menos. El camino hacia niveles lógicos superiores es al mismo tiempo el camino hacia abajo, hacia un mayor primitivismo.

La Ilustración griega y la filosofía que la siguió demuestran ser la etapa del animus porque trajo la primera negación y reflexión del mito. El resultado de esta reflexión es: el mito es mera apariencia. Son historias inventadas. Mientras que el ánima es la nefasta actividad creadora de mitos del alma misma, el animus trae la reflexión de que los mitos fueron creados por el alma. El ánima confiere a sus creaciones un carácter objetivo, metafísico, por así decirlo. Representa las figuras objetivadas, personificadas fuera del alma, de modo que realmente parecen estar fuera como cosas en sí mismas. (Así también se ve a sí misma, al anima, en el hombre biológico, y a su otro, el animus, en la mujer biológica). El animus ve a través de esto y hace consciente que lo que se ve fuera viene de ella, del alma misma, y pertenece a la psicología (no a las personas empíricas). Es el arquetipo del «recordar» en contraposición al «actuar». Este es el importante significado psicológico de la Ilustración y sus interpretaciones reduccionistas.

El pensamiento en Occidente comenzó en la época trágica de los griegos. Esto no es casualidad. El sentimiento trágico de la vida, que es el origen psicológico de la tragedia, surge de ahí y atestigua la pérdida de la ineludible incrustación en el mundo pleromático del mito y el ritual. El pensamiento filosófico provoca la expulsión del pleroma del mismo modo que presupone ser expulsado y estar fuera para ser posible en absoluto. Comienza con el thaumázein (llagarse) como signo de estar fuera y, por tanto, con el cuestionamiento. La experiencia primigenia en la cultura chamánica y ritual no era ni una pregunta ni una respuesta a una pregunta (por ejemplo, a una supuesta «pregunta sobre el sentido»). Era palabra («mythos«) incuestionable, verdad incuestionable, sentido experimentado por excelencia. Como ser humano estar en el pleroma era instintivo, no era necesario ni posible preguntar o buscar un sentido, y como se vivía en el milagro, tampoco podía haber asombro. En la experiencia primordial, se respiraba el significado como respiramos el aire.

La pregunta básica de la filosofía griega, la pregunta por el ser, que conlleva inmediatamente el concepto de la nada, no es otra cosa que el propio pleroma superado (y al mismo tiempo la superación continuada del mismo). Es el mismo pleroma en el que estaba inmerso el hombre de la época mitológico-ritualista, pero que ahora, en la época trágica, sólo ve desde fuera, lo cual es precisamente la tragedia de esta época, pero también la oportunidad filosófica. En el ser, el pleroma se conserva y se niega a la vez. Y precisamente por eso existe ahora la oposición del ser y la nada. En la escisión de ambos, psicológicamente hablando, el ser humano filosóficamente cuestionador del pleroma de la experiencia primordial (que era a la vez ser y no-ser, así como ninguno de los dos) vuelve a expresarse específicamente. La unidad de los conceptos filosóficos de «ser» y «nada» oculta toda la experiencia del mundo de las culturas chamánico-rituales. Es lo reflejado y, a través de la reflexión, colapsado en abreviación de todo el estadio cultural precedente, que ahora ya no era el elemento en el que tenía lugar la vida, sino que es el objeto o tema de la mundanidad filosófica india. También podríamos decir: el mundo anima en su conjunto es sólo un momento de la etapa animus.

(Cabe señalar que a partir de aquí se puede suponer que el «paso atrás» de Heidegger a la cuestión del ser mismo resulta ser demasiado breve. Probablemente quería decir que en el terreno del mito y de los dioses también se nombraba al ser. Pero el «ser» es ya y sólo es la puerta cerrada al mito y a los dioses. El ser es ya el agujero negro en el que se embebe todo el colorido del mundo y la plenitud politeísta de la realidad. – Mutatis mutandis, esto podría aplicarse al concepto de «nada absoluta» de la filosofía del Lejano Oriente [por ejemplo, Keiji Nishitani]. En ambos casos, sólo se llega al límite de la primera reflexión, pero no más allá de este límite, no a la realidad del mundo, que siempre ha desaparecido ya en el ser mismo o en la nada absoluta y sólo se conserva en ella como desaparecida).

Además del desarrollo de la filosofía oficial, existe otra vertiente de la historia occidental como es la historia del animus, que va desde los impulsos iraníes de Oriente Medio, pasando por los cultos mistéricos helenísticos, el sincretismo de la Antigüedad tardía, los sistemas gnósticos, la alquimia medieval hasta la moderna psicología del inconsciente. Lo que está en juego aquí es una experiencia del mundo que se caracteriza por la idea de un espíritu «inferior» que ha estado aprisionado en el mundo físico desde la creación, visualizado como el ser humano primordial (anthropos) esférico, bisexual, inmerso en la criatura, que tiene que ser redimido del cuerpo físico. En la aparición de la idea del aprisionamiento del espíritu en la naturaleza se manifiesta la irrupción del animus en el mundo de la experiencia mítica. Para ésta, la realidad era siempre enteramente material-concreta y enteramente espiritual-simbólica en una sola, Dios-naturaleza, por utilizar la frase de Goethe. En este marco, nunca se habría podido hablar de un cautiverio del espíritu. No hay necesidad de redimir el espíritu de la naturaleza, porque siempre está «redimido» en la naturaleza. Si de repente, con un planteamiento audaz y «arbitrario», se afirma que lo que antes era la espiritualidad y la divinidad de la realidad natural es el cautiverio de un espíritu inferior (opuesto al espíritu superior del Creador), esto significa, que a partir de ese momento, la humanidad fue tomada por el animus para su proyecto de romper radicalmente la unidad anima (mítica) de la naturaleza y el espíritu y establecer (aislar) el espíritu para sí mismo – con el fin de que el mundo se experimente en su conjunto en un nivel espiritual.

Para que el animus cobrara vida propia, tuvo que expulsarse radicalmente del reino del anima y, por tanto, de este último. Para ello, tuvo que desgarrar la sicigia. Tuvo que querer ser animus puro, del mismo modo que el animus es la pulsión de pureza bajo la guía del principio de identidad, la pulsión de separación limpia. Pero este desgarramiento de la sicigia seguía teniendo lugar dentro de la sicigia, de hecho, como el funcionamiento anímico de la sicigia. Bajo el dominio del animus, el emparejamiento de la sizigia ya no se muestra como una coexistencia de igual rango, sino como una relación a modo de repulsión, como una contradicción. El animus o Logos no se ha escindido realmente del anima de este modo, sólo utiliza el reino del anima como punto de partida para su autopotenciación. Sólo ha desgarrado la sicigia de tal manera que ha cortado su conciencia de su pertenencia al anima y al mito. Para repelerse realmente del mito, tuvo que condenarlo. El mito no sólo es considerado como una ilusión, sino como una mera apariencia, un cuento de hadas, una superstición, que se enfrenta a la verdad ahora «real», la del animus.

Puesto que el animus sólo ha escindido la sicigia en la sicigia y se ha separado del anima, el anima no ha desaparecido en absoluto, sino que el pensamiento sólo se ha vuelto inconsciente de ella y, precisamente por ello, se ha convertido en un verdadero esclavo de ella. La obsesión del estadio del animus en el anima se muestra en el hecho de que el animus mitifica y objetiviza su propia actividad reflexiva. Hace de ella una metafísica. Cree en las ideas como la realidad actual y más elevada, cree en la lógica formal y en los números y leyes de las matemáticas como ideas eternas e igualmente divinas, hipostasía (es decir, «personifica», por así decirlo) su propia captación del mito en entidades metafísicas. Su nuevo Dios se reifica en el Ser Supremo. También ontologiza sus despreciativas explicaciones del mito. Así, por ejemplo, dice con Euhemeros que los dioses míticos eran meros héroes humanos que fueron elevados al cielo por sus descendientes. En todo esto puede verse un efecto anima dentro del animus.

El animus, precisamente porque quería (y tenía que querer) ser puro, no llegó plenamente a sí mismo. Como el que quiere ser puro cae, en y con su actividad puramente lógica, presa del anima formadora de mitos. Obviamente, sólo podría ser un animus verdadero, «puro», si no quisiera permanecer puro de su otro, sino que permaneciera consciente de estar en tensión con el anima. El pensamiento sólo sería libre del ánima personificante y ontologizante si se mantuviera conscientemente ligado al ánima.

La filosofía crítica de Kant significa el acontecimiento de la autorreflexión del logos en la historia del alma occidental. Kant, como ha mostrado en particular Bruno Liebrucks22, da un primer gran paso hacia el ver a través del ver y al hacerlo descubre el secreto de la primera reflexión (que marca el despertar del animus), que fue la repulsión del mito. Kant empieza a comprender (así es como se podría traducir su logro a nuestro lenguaje y para nuestro contexto) que las ideas de Platón y la metafísica no designan realidades, sino que sólo han sido creadas por el logos humano para servir a un propósito muy específico, a saber, garantizar una experiencia formal-lógicamente consistente y libre de contradicciones. Según Kant, esta experiencia, sin embargo, sólo se refiere a la apariencia, es decir, a un mundo que siempre ha sido «ya construido (positivizado)» con el propósito de la ausencia de contradicciones y la tratabilidad, no al mundo real, a la cosa en sí.

Kant mostró así cuál era el precio que pagamos por la unilateralidad lógico-formal. El precio que pagamos por la seguridad del mundo científicamente experimentado es la irrealidad de este mundo, la irrealidad del mundo en el que todos vivimos en la era de la cientificidad. Podríamos decir aquí: empieza a amanecer en la conciencia, con Kant, que la crítica que se hizo desde el animus al mundo anímico del mito como mera apariencia y producto del alma, se aplica igualmente al animus a su vez, es decir, al mundo supuestamente verdadero surgido de la primera reflexión anímica. Tampoco éste es conocimiento verdadero, sino que es producido por el alma, por la propia conciencia trascendental de Kant, y luego objetivado como así producido, es decir, personificado, por así decirlo, a la manera del anima, de modo que la generación permanece olvidada. La lógica formal tiene sus dioses al igual que el mito y, por tanto, es mítica a su vez, sólo que el mito que es se presenta con un ropaje conceptual abstracto.

Kant comienza así a darnos la oportunidad de ver a través de la adicción al anima del propio logos. Con Hegel, esto llega real y explícitamente a la conciencia, aunque Hegel, por supuesto, no expresara lo que tenía que decir con los términos junguianos animus y anima. Hegel, por así decirlo, aclara la Ilustración (o el animus) en una segunda Ilustración sobre sí mismo. Él ve plenamente a través de la licitud de lo que llama «esencia» (2ª parte de la ciencia de la lógica), es decir, de toda lógica formal y de los conceptos generales abstractos. En términos modernos, son construcciones que no sirven al conocimiento de la verdad, sino que se inventan con el fin de hacer el mundo técnicamente calculable y tratable. Puesto que los conceptos generales en el sentido de la tradición en realidad no «comprenden» en absoluto, no alcanzan el mundo real, el lenguaje de Hegel también les priva del nombre honorífico de concepto. Según Hegel, el concepto real sólo llega a existir a través del concepto formal-lógico, reflexivo-filosófico que cae víctima de sus propias contradicciones internas. El animus que ha llegado a sí mismo es sólo el que ha tomado conciencia de su propio apego al anima y a la mitificación y, de este modo, reconoce de nuevo la sicigia.23

El Romanticismo surge como un contra-movimiento contra el mundo abstracto del logos bajo la égida del animus. A partir de él, un camino en parte directo, en parte subterráneo, conduce a la moderna psicología del inconsciente. Esta última quiere hacernos conscientes de nuevo del otro polo de la sicigia, el anima. La psicología de Jung, en particular, puede considerarse como un redescubrimiento explícito del anima. A diferencia de la posición romántica, no se trata de una simple restauración. No es una vuelta al mundo anterior a la primera reflexión. La psicología moderna, incluso cuando no es muy científica, se sitúa plenamente en el terreno de la cientificidad moderna y, por tanto, en el terreno conquistado por el animus. Se podría pensar que, con ello, la sicigia como sicigia habría entrado plenamente en la conciencia y se habría convertido en realidad.

Pero creo que no es así. La psicología, incluso la inaugurada por Jung, no permanece en la sicigia y no es verdadera como una tensión viva de contrarios.


1 Véanse las declaraciones dispersas de Jung a este respecto (z.B. GW 9/1 § 385ff.) y los escritos de Edgar Herzog (Tod und Seele), Onians (Origins o f European Thought), James Hillman (The Dream and the Underworld).

2 Griechen: Onians, a.a.O. S. 109 ff.; Taoismus: Eliade, Geschichte der religiösen Ideen Bd. II, S. 361 f.; Ägypten: Heino Gehrts, »Die Opfemng des zeugerisch verbundenen Paares«, S. 26.

3 C.G. Jung, GW 9/1 § 120.

4 Ebd.

5 C.G. Jung, GW 9/1 § 134.

6 C.G. Jung, GW 9/1 § 194.

7 James Hillman, Anima: An Anatomy of a Personifled Notion, Dallas (Spring) 1985, S. 171/173,

meine Übersetzung.

8 C.G. Jung, Unveröffentlicher Seminarbericht, Vol. 1, 1925. Zit. nach Erinnerungen, »Glossar« s.v. Anima und Animus, S. 409.

9 Vgl. C.G. Jung, GW 9/1 § 27.

10 James Hillman, Anima, Kap. »Anima and Depersonalization«.

11 Kathrin Asper, »Animus – Gefühle und Gedanken – heute«, in: Dieselbe, Schritte ins Labyrinth: Tagebuch einer Psychotherapeutin, Olten (Walter) 1992, S. 253-269, hierS. 264.

12 Marie-Louise von Franz, An Introduction to the Psychology of Fairytales, Zürich (Spring Publ.) 1973, S. 125.

13 C.G. Jung, GW 9/II § 427.

14 C.G. Jung, GW 16 § 441.

15 C.G. Jung, GW 9/H § 425.

16 Hillman, Anima, S. 125.

17 C.G. Jung, GW 16 §534-536.

18 Hillman, Anima, S. 183.

19 Wilhelm Nestle, Vom Mythos zum Logos: Die Selbstentfaltung des griechischen Denkens, Stutt­

gart (Kröner) 21975 (1940).

20 Hoy en día, esta relación está en vías de penetrar en la conciencia, concretamente en virtud de la investigación sobre el caos, en la que uno se ha topado, por ejemplo, con los llamados «fractales», en los que cada elemento de la parte es siempre también una imagen del todo..

21 G.W.F. Hegel, Phänomenologie des Geistes, Werke Bd. 3, Theorie Werkausgabe, Frankfurt (Suhikamp) 1970, S. 36.

22 Bruno Liebmcks, Sprache und Bewußtsein, 7 in 9 Bänden, Frankfurt, jetzt Bern, 1964-79.

23 Debo mi comprensión de Hegel, fundamental para todo este libro, en gran parte al mencionado Weik de Bruno Liebrucks.

Primer principio para leer a Jung

Logos del alma

Es frecuente encontrar a eximios comentaristas de libros, textos sueltos o algún otro tipo de obra, que siempre tienen una opinión desfavorable por ofrecer, son aquellos que saben más que el autor mismo y que antes de abrirse paso en el texto específico, ya intuyen cuáles son sus debilidades y sus defectos. Entonces se aprestan a aleccionar a los incautos con sapientísimas observaciones para mostrar que lo conocen mejor que nadie.

Esta es una forma defensiva de leer, el objetivo de la misma es permanecer indemne de aquello que se presenta como un desafío teórico, se trata de demostrar que lo que se sabe ya es suficiente y que la opinión personal basta para abordar lo que algún autor pudiera conjeturar de manera compleja. Así no es necesario leer más ni emprender la ardua tarea de comprender los significados del lenguaje del otro, porque lo conocido es ya lo idóneo.

Es una practica común y no es exclusiva de los legos en una materia, todos pueden caer en este tipo de huida del pensamiento, por miedo a que un concepto se infiltre en sus modos de ver el mundo y los someta al rigor de la presencia de la otro, obligándolos a romper el cascarón de su razonamiento narcisista.

Pero leer desde la suficiencia es como amar queriendo evadir las vicisitudes del deseo, en ambos casos las mandíbulas abiertas de la verdad no pueden desgarrar la carne pensante. Porque adentrarse en la obra de un autor exige un cierto grado de mansedumbre ante lo que es dicho por medio de la semántica propuesta. No es posible entrar en los confines de su obra sin estar preparado para ser consumido por la forma narrativa de un pensamiento desnudo e intrincado.

En el mito de Acteon y Artemisa, que Giegerich ha desgajado de manera prolija, el cazador se adentra en el bosque en pos de una presa desconocida, no sabe realmente lo que encontrará pero alista sus lebreles para aferrarse a aquello que se le pueda presentar.

En el bosque, Acteon encuentra a Artemisa bañándose y, al observar su desnudez, ella lo recompensa preñándolo con su don, lo transmuta en lo que ella misma es, un ciervo, y solo entonces los canes se aprestan a devorar a su dueño, pues Acteon ha podido transformarse en el objeto que buscaba, se le ha distinguido con la hazaña de ser destrozado por el entendimiento de la verdad desnuda, ha llegado a la rubedo.

De la misma manera leer requiere tener el valor de enfrentarse a un conjunto de ideas desconocidas y asumirlas desde la incertidumbre, obscurum per obscurius, permitiendo que el esfuerzo por entenderlas imbuya de su significado aquello que antes era lo normal y lo cotidiano. Si leer no transforma la propia visión del mundo, si no desarticula al lector, ello sugiere que no se ha leído verdaderamente, en cambio se han proyectado los prejuicios sobre el libro y se le ha vuelto manejable, un proyecto tecnológico.

Algo de dogmático hay en el acercamiento temprano a un cuerpo de pensamiento, pero sin esa disposición éste no podría penetrar en lo rincones íntimos del sujeto. Como sugiere Edinger pensar que el autor sabe algo que nosotros aún no sabemos permite mantener las puertas de la razón abiertas para pensar lo que en el fenómeno ya es pensado.

Leer a Jung, como a cualquier autor, precisa de la capacidad de advertir que aún no se sabe, que la comprensión está fuera de uno mismo y que por eso el quehacer del lector implica el intrincado esfuerzo por tratar de estar a la altura de lo que se presenta y permitir que el otro haga su trabajo en el corazón de quien, inseguro, se atreve a recibir al ángel que planta su semilla poietica en la mente que crecerá junto a ella.

No es exactamente Jung quien sabe más, es el daimón quien impregna con su noción aquello vertido en un trabajo de toda una vida, quien habla a través de las sinuosas vías de los conceptos entretejidos alrededor de un destino. Es este destino incierto el desafío al que el lector se apresta.

Luego vendrán las contradicciones, los desacuerdos y las dudas que romperán aquella normalidad teórica que la revisión cuidadosa y los años habrán forjado, llegará el momento de la devastación de la semántica de la obra para poder sublarla en su esencia negativa, sintáctica, pero ello advendrá después, en el tiempo justo del asesinato del padre, no obstante primero se deberá haber estado dispuesto a tener uno, un pater amado al cual haber apreciado lo suficiente como para desear destruirle algún día.

El mundo es la puerta hacia el alma

Logos del alma

La psicología se puede definir como el opus de la escucha atenta del logos de la psique, ya que el fenómeno exige oídos abiertos que puedan aprehender cada sonido del movimiento rítmico del alma. En el compás de su andar, se enredan en sus pasos las tenues melodías que surgen del entramado complejo de sus múltiples andanzas. Por eso es el trabajo del psicólogo entrenar su oído para poder captar, en la medida de lo posible, el diálogo constante del alma consigo misma.

Desde su encuadre particular el psicólogo se concibe como un profesional atento a las manifestaciones del proceso psicológico, un investigador puntual que se esfuerza por ser capaz de traslucir el alma en los fenómenos que estudia y atenderlos como la actividad dialéctica que son. Este trabajo no puede ser una abstracción del mundo, al contrario sucede únicamente en la aparición común de los objetos cotidianos, en las imágenes e ideas que se entretejen para dar un cuerpo sutil a lo que normalmente se denomina como la realidad.

Es en el sol de cada mañana, en la sonrisa de la mujer amada o en el trajín del día a día donde se encuentra el solaz de la vida simbólica contemporánea. En los hechos ordinarios es donde mora el alma con su miríada de ideas dando forma a las experiencias comunes. Es inútil acudir a figuras anímicas ya abandonadas por el propio discurrir de la historia. Las antiguas representaciones simbólicas, que dictaban la vida corriente de una época, han sido devoradas por el proceso dialéctico del alma, que las conserva superadas en la lógica moderna.

La liturgia de la iglesia, la ceremonia del chamán o la lectura del astrólogo, son reliquias llenas de fascinación, pero ya no significan nada, han sido arrancadas del flujo que las hacia productoras de la verdad. Hoy, sin embargo, lo concretamente vivo es lo ineludible, aquello que ata fatídicamente al mundo. Por consiguiente, estar en presencia del mundo requiere poder escucharlo de forma abierta tal como se presenta, sin desear que sea distinto, sin añorar su mejoramiento y por consiguiente, como Jung aconsejaba, querer el mundo tal cual es.

En consecuencia, parte del camino de ser psicólogo es aprender a resignarse a que el fenómeno es completo y no tendría que ser distinto, porque el sueño de la realidad del alma ya ha alcanzado la fase de la individuación y nos encontramos siempre ante nociones absolutas, ya pensadas, que solo aguardan el tiempo de llegar a ellas mismas.

Los antiguos gnósticos imaginaban su ocupación como la liberación de la Sophia atrapada en la materia, ellos debían permitir que lo concreto pudiera liberar su matiz noético, es decir, que el concepto estructurador de la representación positiva de los hechos emergiera en su faceta negativa, como el espíritu de la contradicción.

Así, el objetivo del psicólogo es la atención cuidadosa del proceso de autoproducción de las imágenes y la volatilización de las mismas en ideas, de tal manera que lo eidético se muestre por fin como aquello más concreto y real al sumergir su positividad en la vía negativa del movimiento dialéctico, para que entonces el mundo pueda cumplir con la función lógica de ser el valle del hacer alma.

En ese sentido el quehacer psicológico necesita de las imágenes del mundo para poder llevarse a cabo, pero su objetivo no es el mejoramiento del mundo, ni su transformación, ni mucho menos el bienestar de las personas, sino, exclusivamente, pensar sobre lo ya pensado y tratar de estar a la altura del momento presente de la vida lógica del alma.

La psicología y el complejo de inferioridad del hombre

Logos del alma

“Yo amo a quienes no saben vivir de otro modo que hundiéndose en su ocaso…”

F. Nietzsche

La psicología, de forma inadvertida, es la narrativa moderna cuya función es la de ser un refugio del hombre ante el nihilismo, así que recrea, re-imagina, antiguos ídolos ahí donde el martillo de la historia ya los había derrumbado. Una de las imágenes que prueban este hecho es el esquema crisis-renacimiento que presupone que de un momento caótico o angustiante devendrá, si el sujeto así lo desea: el aprendizaje, la riqueza y el crecimiento, tal afirmación se deriva de la antigua creencia cristiana en el paraíso prometido, al que el buen creyente podía ir después de sufrir lo suficiente en este mundo.

El cristianismo sigue arraigado en la psique, no obstante su espíritu se ha diluido en dos vertientes, aparentemente antitéticas. Por un lado se disfruta de él como un productor de sentido, al precio de sacrificar la asunción de la realidad en un mundo post-metafísico. Ello no implica que la metafísica o que la religión hayan sucumbido al olvido, únicamente que la sintaxis que les daba vida se ha disuelto en nuevas formas lógicas.

El segundo camino del telos cristiano ya se ha realizado desde hace más de dos mil años, pero la consciencia debe seguir haciendo una peregrinación a la tierra santa de la historia de sus transmutaciones. La encarnación y el vaciamiento (kenosis) de la divinidad ya han ocurrido, fue el propósito implícito en la crucifixión, pero tiene su preludio en la separación de lo divino de su esfera naturalista en la masacre posterior a la adoración del becerro de oro en el monte Sinaí, en Yahvé aborreciendo los sacrificios en el episodio de Isaac o en Job reivindicando el asiento humano ante un dios inconsciente de sí mismo.

A pesar de que un cristiano tardío como Nietzsche pudo intuir las consecuencias de la encarnación, la cultura aún requiere de ese sostén celestial que proporcionaba un sentimiento profundo de interioridad y de pertenencia. Las personas todavía se refugian en la iglesia, donde a pesar de las ruinas evidentes, pueden fingir que es la casa de un huésped que, empero, ha seguido su propia senda fuera de ella, porque como decía Juan Gelman: “no es para quedarnos en casa que hacemos una casa…”.

Por lo tanto, han de surgir aún falsos profetas, no porque lo que digan sea equivocado sino porque está construido como una neurosis del alma misma, en ese esfuerzo anímico por permanecer en aquello que esta imbuido en el presente pero que ya no es realmente operante. Es en esa dimensión del alma engañándose a sí misma que se enmarcan los subterfugios psicologistas como el mencionado esquema crisis-renacimiento, que es un ejemplo a su vez de el prejuicio de la causalidad psicológica.

Los objetivos psicoterapéuticos tienen su raíz en el anterior contexto religioso y reproducen la moral cristiana de la que Nietzsche sospechaba con tanta vehemencia. Ahí se confiere al hombre un papel determinante en los procesos psíquicos que le acaecen, con toda la inflación y la culpa producidos por asumir un destino que no le es propio. Tal circunstancia fue a la cual los primeros psicólogos llamaron neurosis.

Esta situación provee de un escape a la contingencias del espíritu, es decir, al hecho de que el sentido ha dejado de ser determinante en la dimensión de la existencia, puesto que ya se han roto las esferas celestiales y los viejos dioses ya no moran en el Olimpo sino en el plexo solar, lo cual supone el peligro constante de inflación psíquica que no era posible, como un estado constante del individuo, sino hasta la modernidad.

Esta inflación también supone que el sujeto, frente a la realidad, solo debe atender a su experiencia si ésta le es favorable, aunque sea como promesa, delirando con un falso sentido de control sobre la misma. Hay una espera fútil en la idea de que el universo está hecho para satisfacer al ser humano como una especie de principio antrópico narcisista que evita que el sujeto entre en contacto con su propia negación, con aquello otro que lo constituye como un ser desnudo frente a la muerte de los dioses que le brindaban sustento ontológico.

El nihilismo es la pérdida necesaria de los antiguos valores, la muerte de Dios como el representante de un mundo que ya ha transitado a una forma inédita de sí mismo ¿no es acaso, esperar un futuro propicio un mecanismo de defensa contra el vacío de la existencia, contra la falta de significado propia del crepúsculo de una cosmovisión moribunda?

La idea de un buen porvenir alivia la angustia ante la incertidumbre, pero a la vez prueba la verdad de los tiempos presentes, que ya no hay significado y que solo podemos acceder a éste a través de crearlo artificialmente con propósitos meramente personales.

Pensar que los sucesos están hechos para la superación personal del sujeto o que el individuo debe aprovecharlos ¿no expresa un exceso de importancia personal? ¿No es una muestra de soberbia? ¿Y no implica esta soberbia un complejo de inferioridad de la especie humana?

¿Qué pasaría si el hombre asumiera que el mundo es caótico, que la crisis es una constante de la existencia y que no necesariamente habrá un buen final para los sucesos? ¿Qué sucedería si entendiera que la realidad no está hecha a su imagen y semejanza sino que son los fenómenos los que transitan hacia sí mismos y solo como agregado podrá acaso sacar algún partido, que por supuesto siempre será efímero?

Y además ¿Cómo sería una psicología liberada de su necesidad de mejorar al individuo, de generar significado, de curar, es decir, emancipada del proyecto de alejar al sujeto de sí mismo y de la lógica del alma?

Son preguntas para el futuro, mientras tanto, habitamos las huellas que deja el alma en su camino hacia sí misma, construimos civilizaciones y las narrativas necesarias para brindarles cimientos ideológicos. La psicología es uno de esos mitos del mundo moderno y crea casos para poder validarse. No es verdad que la psicología estudie al hombre, más bien su discurso se inserta en la piel lógica del ser humano para constituirlo y amasarlo como el trozo de barro noético que siempre ha sido.

Somos información

Logos del alma

La emergencia del home office y de las clases virtuales hicieron evidente que la vida moderna gira en torno a la producción digital y a la lógica de las redes sociales. Ello sucedía desde hace décadas, en una lenta imposición de aparatos y de medios de comunicación cada vez más apremiantes e ineludibles. El internet y los teléfonos inteligentes se han convertido desde entonces en una segunda psique, que comparte varios rasgos con aquello que los psicoanalistas llamaron “el inconsciente”.

Una gran parte de las personas están constantemente siendo azuzadas por el tábano de las notificaciones de sus teléfonos, como siguiendo el destino de la desdichada Io. Correos electrónicos, mensajes de las redes sociales, publicidad, spam, todo ello es un recordatorio constante de la hiperconectividad que caracteriza a los tiempos presentes. Cada apremio debe ser atendido, no se puede dejar ningún mensaje por leer y, no obstante, es imposible dar cabida a la gran miríada de estímulos siempre constantes.

Los teléfonos inteligentes no están hechos para dormir, permanecen despiertos hasta altas horas de la noche, al igual que sus usuarios, en la búsqueda continua de nuevos estímulos en forma de videos cortos, de noticias impactantes y de imágenes excitantes. Se pierde entonces el espacio entre el sujeto y el deseo, porque todo debe ser inmediato, acelerado y atractivo, por ello el lujo de cerrar los ojos es ya un imposible.

En la novela Océano Mar, de Alessandro Baricco, uno de los niños de la posada donde transcurre parte de la historia le explica al hombre de ciencia Bartleboom que los barcos son los ojos del mar y que cuando zozobran es signo de que se han cerrado esos ojos en particular. Pero los cientos de barcos son insignificantes ante los millones de aparatos electrónicos que tienen la mirada fija hacia los sujetos de rendimiento. Nuevamente, como Io, el ser humano es vigilado por un Argos digital que nunca cesa de observar.

¿Pero que mira ese Gran Hermano informático? Hace casi veinte años Giegerich advertía sobre la omnipresencia de la televisión y de la lógica que representaba, justo antes de que la televisión como forma de ser-en el-mundo cediera su potestad a la World Wide Web. Durante el tiempo de la televisión ésta, aunque parecía que era mirada, realmente era un ojo vigilante de los deseos de las personas, hasta el punto de que pronto los individuos ya no sabían desear sino era a través del aparato técnico. He ahí la función de publicidad, despojar a la realidad de su sustancia, volverla datos donde no haya una presencia sensual que separe a la imagen de su cumplimiento. No obstante, ese ojo ubicuo solo se ve a sí mismo llevando a cabo su tarea lógica.

Se cree, de forma ilusoria, que el instrumento técnico es susceptible a las necesidades del sujeto y que es éste quien decide el uso de la tecnología, entonces si quisiera utilizarlo adecuadamente el problema del impacto de tal aparato en el mundo podría ser resuelto. Sin embargo, la tecnología es un discurso autónomo que crea su propio contexto, en él la persona experimenta la libertad ingenua de suponer que ha creado la realidad; en cambio, y sin darse cuenta, el hombre vive atado, irremediablemente, a la lógica de la maquina.

En tiempos pretéritos, el telever, como también lo indico Sartori, no era la acción del ser humano frente a la máquina, sino la indicación de que la máquina era la sintaxis de l forma de ser-en-el-mundo. La televisión era el medio del hombre, su caverna platónica, solo que en esa caverna la verdad no estaba afuera, sino que el mismo encierro era la verdad del momento presente.

Con el internet y la redes sociales se ha prolongado tal encierro y no hay forma de escapar de ello. Aun quienes no tienen computadora o servicio de internet son afectados por su discurso perpetuo. Como es evidente, somos impelidos por la lógica de una realidad moldeada por el mundo digital. Nos hemos vuelto adictos a las redes y aunque no las usemos ellas son un dios al que se le adora indefectiblemente. Inclusive, se podría decir, parafraseando a Giegerich, que realmente son las redes el sujeto y el hombre es el verdadero aparato técnico.

Contra lo que pudiera decir el sentido común la internet aprende de nosotros y al mismo tiempo nos moldea. En consecuencia, es muy posible que solo seamos datos, entretenimiento, mera información al servicio de un proceso logizizador que tiene como fin la realización de una encarnación sutil del alma. Es esta destitución de la realidad la que determina el curso de la invención y de la cultura, es su mirada la que nunca se apaga y su pensamiento, que es imperturbable, siempre piensa en sí mismo.

No deberíamos guardar mucha esperanza, pues la información no es otra cosa más que los residuos que atestiguan el movimiento de las ideas, el devenir lógico de la consciencia. Como solo datos, el hombre, entonces, es el recuerdo de un momento que acaso ya ha sucumbido a la dialéctica inherente en la artificialidad, de una inteligencia que desde el inicio ha sido una senda productiva en el que sus invenciones de carne y hueso ya han cumplido su propósito y pueden ser guardadas, al fin, en la memoria de los tiempos.