El tiempo de la psicología es el presente

Logos del alma

Pensemos en una historia conocida: Un hombre pierde un caballo y todos se lamentan, el hombre no sabe que sucederá y sigue trabajando, el caballo regresa con una tropilla y todos se alegran, pero el hombre se repite a sí mismo que no sabe que pasará; tiempo después su hijo se rompe una pierna al tratar de domar a uno de los caballos salvajes y los demás vuelven a lamentarse, el hombre, mientras tanto, no sabe que sucederá; viene entonces la guerra y reclutan a los jóvenes del pueblo, excepto a su hijo que está lisiado y para estas alturas ya imaginamos la reacción del hombre.

Imaginemos entonces que este hombre no es imperturbable, él se alegra y se entristece, pero no se anticipa el futuro, acepta el presente tal como es ¿no es esa la actitud que le corresponde al psicólogo? Cuando adviene el fenómeno, es decir, el sueño, el síntoma, la gran guerra o el gran desastre, entiende el sufrimiento como un malestar circunstancial, pero no desea algo distinto, al menos no lo hace como psicólogo; aquello que aparece lo acoge y lo recuesta en el diván, lo escucha durante largas horas y lo cuestiona, no para hacerlo cambiar, ni para que aprenda una lección, sino porque él mismo quiere ser enseñado por el fenómeno. Querer curarlo implicaría evadirse de su realidad, escapar a la fantasía medica y dejar de ser psicólogo, pues en tanto tal está determinado por su fidelidad a la noción que lo atraviesa y por ello no escapa, sino que se mantiene en la ciénaga y en el dolor y dice: “no afuera, sino a través”.

El hombre de la historia contada no lleva a cabo una contemplación pasiva, él juzga los sucesos por lo que son y sigue trabajando, no crea un doctrina ni un dogma sobre los hechos, solo continua con su labor actual. Olvida las cosas y las vuelve a observar cada vez y de nuevo. Así, también, es la mirada del psicólogo que aprende todo y enseguida lo vuelve a soltar, ¿cómo podría saber lo no sabido si conserva la ilusión de saber? El hombre común, en cambio, desde su sentido común, lo sabe todo, conoce que es el bien y que es el mal y se lamenta por el tiempo, o lo celebra; pero el psicólogo no sabe, y no puede darse el lujo de saber que pasará, su campo es indeterminado, solo sigue trabajando en el, intentando alzar la gruesa tierra con su azadón y en ese acompasado movimiento asume que cada cosa es ya lo que debe ser, pues todo es su propia individuación.

La psicología no es medicina

Logos del alma

La psicología hereda de la medicina el concepto de salud-enfermedad, por lo que es común que aquella confunda sus objetivos con los de la disciplina médica, pero el psicólogo debe desligarse de tal concepción para poder brindar hospitalidad a los síntomas que se presentan en el contexto de la terapia. Ocurre que cuando un psicólogo busca el bienestar, la salud, la curación del fenómeno, por muy loable que sea su causa, ya no está haciendo psicología, pues una brújula moral ha matizado de ideología su objetivo ante el fenómeno psicológico, buscando llevarlo fuera de sí mismo hacia un objetivo técnico determinado. Este método es muy conveniente para la ciencias de la salud, pero el síntoma es un camino que debe de ser recorrido siempre hacia dentro de sí mismo, en una epístrofe que facilite la emergencia del espíritu mercurio atrapado en la imagen sufriente.

El psicólogo, si aspira a serlo, no desea que las cosas mejoren sino entender porque las cosas son como son y qué dicen sobre la lógica del alma, su aspiración es mantenerse atento al fenómeno presente y permitir que este siga la dialéctica inherente al mismo, para así poder aprender de tal acontecimiento, no busca transformarlo ya que no se puede aprender de aquello que se desea corregir.