El término “feminicidio” como ejemplo de un concepto paranoico

Logos del alma

I

Un problema específico con el término «feminicidio» es que engloba muchas variantes del asesinato sin atenderles debidamente y se convierte en un concepto hegemónico, consumido por la polivalencia de las variedades del comportamiento violento. Con tal término se pretende entender un fenómeno mucho más complejo, es decir, se intenta reducir al hecho de la violencia a una sola expresión y se diluyen en él otros tantos elementos aunados, pero no iguales entre sí. Al final no se logra entender ni el feminicidio ni la violencia, pues se intenta comprender, prevenir y resolver el problema de la hegemonía de la violencia con base en una noción también absolutista.

II

¿Por qué matamos? Por codicia, por miedo, por maldad, por pasión, por odio, por amor, por negocios, al ejercer poder, por accidente. El fenómeno del asesinato es distinto en cada caso y el asesino, como narrativa, tiene siempre un trasfondo particular. Todo individuo es un asesino en potencia si las circunstancias son favorables para desatar tal violencia. La imagen literalizada de la muerte subyace en cada persona. Entonces, al conjuntar una serie de situaciones en un término hegemónico ¿qué pasa con todas esas variantes? Ellas se pierden y es así que el concepto de la violencia es evadido ya que se le ha despojado de su complejidad para así poder libremente proyectarlo en cualquier objeto reflectante (un individuo, un grupo social, racial o de género). Por lo tanto, no se resuelve la violencia simplemente se otorga su responsabilidad a alguien más, primero al asesino, luego a un grupo social (los hombres, los pobres, los negros, etc.), pero los fenómenos sociales no pertenecen a individuos sino a la colectividad.

III

Cuando se sabe de un crimen, en la mayoría de los casos, se juzga de manera inmediata y de forma desfavorable, al victimario o a la víctima, se sacan conclusiones apresuradas; el propósito de este actuar es desembarazarse lo más pronto posible de aquello que se asemeja a nosotros en el otro al borrar todo rastro de semejanza. El otro se convierte en un objeto para poder descargar lo más oscuro de cada persona. El asesino o el culpable siempre es el otro y “nada de lo que hace tiene que ver conmigo o con mi grupo” dice la persona cotidiana. Tal razonamiento surge de una visión polarizada de la realidad, en ella la sombra no se integra en la propia concepción del mundo, el mal permanece, debe permanecer, afuera. Este tipo de pensamiento, polarizado, es germen de las ideologías pues es sencillo y falto de compromiso, es el lecho de los hombres buenos.

No es fácil asumir que el asesino y la víctima son responsabilidad de todos, que se bebe constantemente de la misma fuente y que somos abrazados por la misma oscuridad que aqueja al prójimo, porque aquello que incitó la acción más terrible en el otro vive dormido en cada persona.

IV

El pensamiento paranoico esencialmente divide al mundo en culpables y víctimas, siendo por supuesto, el grupo que lo ejerce el dueño de la razón y la justicia. De esa forma uno puede dejar de hacerse responsable de su participación en la dinámica social que permite e incluso necesita que ciertos crímenes atroces sucedan. No tenemos que preguntarnos si nuestro estilo de vida se sostiene en la necesidad de esclavos, trata de mujeres, tráfico de órganos, guerras sistemáticas, pornografía infantil, asesinos seriales, etc. Todo ello está clasificado en el concepto social del mal y es mejor no pensar mucho en ello, no sería bueno para la digestión y el buen dormir. Pero en cuanto es inevitable voltear hacia el horror es mejor que sea lejano y que sea culpa de otro, sobre todo de un monstruo, un ser sin cara o de cara terrible, sin emociones, loco, muy diferente a cualquiera de las “buenas personas”.

Freud llamaba a este mecanismo de defensa “proyección” y para él era el resultado de enfrentar aquello propio demasiado difícil de tratar como si viniera de afuera. Pero no viene de afuera, le pertenece a cada persona. El gran problema de este mecanismo de defensa es que la identidad del sujeto queda escindida, pues es necesario asumir lo terrible como propio para poder ser uno mismo.

Sin embargo, el pensamiento paranoico tiene otra función importante, una función política que se fomenta cuando se quiere convencer a la población de ciertas ideas, en entonces que surgen los enemigos de los buenos, de los justos, de la democracia, de la libertad, de la mujer, del hombre o de lo que mejor convenga a los intereses en turno.

V

La función política de la palabra feminicidio es evidente cuando es utilizada por el movimiento, partido o ideología en turno como una bandera de alarma. Las víctimas se vuelven entonces productos a los que se puede explotar de manera libre, sin restricciones y son usadas como proyectiles para atacar al grupo enemigo. La palabra feminicidio es así una categoría mercenaria, hecha a la medida para asesinar a las ideologías rivales.

Esto se ha visto una y otra vez a lo largo de la historia, los líderes políticos usan este tipo de palabras para afianzar su credibilidad, nada convence tanto como un enemigo común y un grupo propio lleno de virtudes, es muy tentador ser salvos de pecados y pertenecer a los “buenos”, aún a costa de responsabilizar a los demás de tales vicios.

Las personas ven a través de las ideas y si una idea se promulga como superlativa entonces la gente comenzará a vislumbrar el mundo a través de la nueva categoría emergente. Lo que antes no sobresalía, lo hace repentinamente gracias al incremento de la atención sobre el fenómeno social, lo que aumenta es la atención no el fenómeno, en psicología se conoce a este proceso como “atención selectiva”.

Esta atención selectiva es aprovechada y magnificada, moldeada y vendida, se le envuelve con eslóganes (“ni una más”, “las queremos vivas”, etc.) y se le lanza al mercado. Este nuevo producto, este espectáculo nuevo, no es importante por sí mismo, lo es en la medida que funciona como caballo de Troya para la ideología a la que se adhiere.

Por lo tanto, la pregunta (una pregunta terapéutica) que hay que hacer, antes incluso de querer resolver el problema al que apunta la palabra feminicidio es ¿a quién le conviene que exista tal término? ¿quién se beneficia por los fenómenos que desencadena?

VI

Se puede concluir que la palabra “feminicidio” tiene una función política, surge de la necesidad ideológica al servicio de un grupo, promueve el miedo y la intolerancia y se adhiere a la necesidad humana de excluir lo extraño y asegurarse en lo conocido.

Como categoría social, estigmatiza y reduce un fenómeno complejo a una expresión mínima que no lo representa, exalta una de sus variantes, pero deja en la oscuridad a la miríada de formas que tiene la violencia humana. El tema, entonces, qué es la violencia, queda indemne y fuera del pensamiento y en su lecho inconsciente crece al acecho. Con la palabra en cuestión no se resuelve el clima de peligro, sino que se agrava, ya que el problema nunca ha sido la agresión contra un grupo sino el papel de la agresión en el ámbito humano. Lo que queda en la sombra prolifera.

Como forma de identificación individual segmenta la profundidad de la psique y se deslinda de sus formas negativas, no deseadas, creando fragmentación en el mismo sujeto. Este vacío que queda en él, esta necesidad de sí mismo que surge de una escisión autoinflingida, prepara el terreno para crear individuos frágiles y manipulables, es decir buenos ciudadanos, que saben a quien odiar y a quien mostrar lealtad, conociendo de antemano qué es el mal pues han proyectado en sus formas el miedo a sí mismos. La muerte, la violación, la tortura es la condición de esta psique separada de su lado oscuro, con el peligro constante de que la fantasía inconsciente se manifieste y reclame su preciada seguridad.

VII

Entonces ¿cuál es el fenómeno que hay que pensar?, es una pregunta abierta y que queda para el futuro. Hay algunas pistas que pueden servir de utilidad:

  1. La violencia no es un problema en sí mismo, pues constituye una faceta de la existencia y como herramienta sirve a una necesidad cualquiera. Centrarse en la violencia es perder de vista que el ser humano es esencialmente un homo necans, un asesino por definición. En la violencia el hombre tiene su hogar.
  2. Es curioso como muchas modalidades del asesinato y la tortura tienen como eje el comercio sexual con mujeres y niños, la sexualidad entonces es un elemento a tomar en cuenta y desde ahí la emoción, la sensación y en conjunto la relación del hombre con la carne. ¿Qué es el niño y qué es la mujer en la lógica de nuestro tiempo?
  3. El cristianismo tiene como premisa la separación del alma y el cuerpo, quedando la dimensión corporal cargada de una sombra insoportable. Freud intuyó de la necesidad de abrir la prisión del cuerpo y exponer las fantasías ocultas en su represión. Pero no ha sido suficiente, el hombre está aún descarnado, ¿será que el asesino o el violador esencialmente cometen el crimen de intentar sentir, tal como otros lo hacen a través de los tantos pasatiempos?, no debemos olvidar que todos somos, sepamos o no, cristianos y vivimos bajo la moral del resentimiento.
  4. El hombre que mata o que ultraja lo hace cosificando al otro, el otro se convierte en moneda de cambio para obtener lo que anhela. Hay una lógica económica en su haber criminal. Todos vivimos bajo tales premisas, pero él criminal toma rumbos que nadie se atreve a admitir más que en el sueño y en la fantasía. El criminal expone el lado oculto de la forma de vida normal, expresa la fantasía inexpresable.
  5. Detrás del sexo está la emoción, detrás la emoción la carne, detrás de la carne la fantasía y detrás de la fantasía yace la noción. ¿Qué no hemos atendido que nos devora con su manía destructiva?, ¿no es acaso el crimen que témenos la experiencia de un crimen primordial que hemos olvidado, no es su grito lo que nos aterra en la noche oscura que se cierne?.
  6. ¿Y si no hubiera nada que resolver? ¿Y si todo es como tiene que ser? ¿Qué pensamiento nos pide estar a su altura para poder pensarlo?