La familia devorada por el mercado

Logos del alma

La voracidad del capitalismo supone la engullición de todo concepto en la lógica comercial de sus interacciones, un ejemplo de sucede en el caso de la familia contemporánea. Donde en otro momento los hijos servían a un propósito social, continuaban la casta, daban sostén al proyecto político o servían a un fin sagrado, en la mutación de la modernidad tardía acontece la transformación de la parentalidad en su faceta más comercial, los hijos entonces responden a un proyecto de vida individualizador, propio de un sistema atomizado y de la misma forma que sucede con la construcción de la pareja, el ser padres se transforma en una vía de la industria del crecimiento personal, en un herramienta para la satisfacción de los ideales del culto a la personalidad donde los profesionales de la salud mental tienen un papel determinante.

Son los psicólogos aquellos que dictan que es ser un buen padre y lo hacen con una narrativa sostenida en un discurso pseudo científico que se apropia posteriormente de las categorías de la vida cotidiana. Así, la familia se somete a estándares construidos por una casta de profesionales que reproducen inconscientemente el discurso de la prioridad del capital.

Los padres acuden a los libros, al consultorio de especialistas, a los programas de televisión y a los consejos de los “expertos” para poder llevar a cabo su tarea, la paternidad se vuelve en un asunto de profesionales y los padres son convertidos en niños que necesitan ser educados. ¿Será que la emergencia de consejeros parentales sea la causa de la pérdida de autoridad y eficacia de las familias actuales y no su solución como se ha creído comúnmente? En este caso la labor por crear una educación de lo familiar podría ser más el síntoma que la cura.

En el tiempo de la erosión de las instituciones sociales, donde el genero y los roles se precipitan en productos comerciales, la familia se vuelve un bastión de reproducción de los valores emergentes. Los hijos son objetos para el comercio de servicios, son educados como trabajadores eficientes que se torturaran a sí mismos buscando metas como la salud mental y el crecimiento personal, dos palabras que caracterizan al sujeto de rendimiento. Los padres, a su vez, son clientes de un mercado de formación ideológica que vende la descomposición de su autonomía justamente con frases que significan lo contrario de lo que pretenden decir, pues empoderamiento o resiliencia, por ejemplo, deben leerse como metas opuestas a sus concepciones cotidianas, es decir como componentes de un aparato ideológico destinado a alienación del sujeto de sus lazos sociales.

La familia reproduce, así, la apuesta del proceso de inmersión del sujeto en la narrativa salvaje del capitalismo y se configura como un fabrica de reproducción que somete a sus integrantes al contexto neurótico del que toda la vida tratarán de escapar y donde incluso este intento de evasión se torna en un medio de sujeción a una lógica indestructible que los doblegará a las reglas invisibles del mercado.