La (in)evitable búsqueda espiritual

Logos del alma

Una característica de la posmodernidad es, según Lyotard, el desvanecimiento de los grandes relatos, aquellos que dotaban de dignidad a la cultura y que indicaban al hombre la dirección de su esfuerzo en la dimensión universal de su existencia. Sin ellos, el sujeto queda a la deriva de su propia soberanía, desnudo, como Giegerich indica, de los asideros metafísicos que le daban sentido a su quehacer humano. Es entonces que la angustia y el vacío se hacen presentes como características propias del hombre nacido, aquel que se ha desprendido de los antiguos padres celestiales.

Por ende, la búsqueda espiritual se inscribe en la carencia de un objetivo prefijado en la memoria del alma, ante esa falta el individuo que ha nacido no encuentra los lindes de su acción y en su desesperación acude a las doctrinas que le prometen un oriente común. Ya sea en la religión o en un grupo de apoyo, las personas desesperadas acuden en pos de una dirección existencial que les haga sentir el sostén de un ancla firme para no naufragar en su miedo a la desnudez metafísica.

Pero el hombre nacido, ya no tiene escapatoria, está condenado a ser solamente él mismo. Su dimensión es aquella de la muerte de dios. Para él el mito ha dejado de ser dominante, éste se ha contraído en los múltiples relatos que pueden ser elegidos, como variadas rutas por donde el sentido artificiosamente trabajado puede transitar. El acaecer mítico se convierte así en una herramienta ideológica que promete el re-encantamiento de una realidad que no ha escogido el destino de sus símbolos.

Por ello, la idea de la espiritualidad es irrelevante, o más bien son irrelevantes los lugares en los que se le busca. El discurso cultural dominante defiende la veracidad de la vida espiritual en la reinvención de las viejas religiones, de las antiguas creencias, de los mitos y otras cosmovisiones provectas. Supone que el presente no es suficiente, que algo en él es erróneo y que debe ser re-animado, es decir, reparado por aquello que se ha perdido y que resulta ser el pharmakon para el vacío contemporáneo. La antigua conexión con el anima mundi debe resarcirse y las esferas celestiales necesitan ser restauradas a su cauce.

Es imprescindible un monto de inflación psíquica en el ser humano para creer que sobre sus hombros pesan las decisiones de un movimiento anímico objetivo, que las intenciones individuales se traducirán en dinámicas sociales y que el fiel de la balanza es la persona y su responsabilidad. Lo cierto es que el hombre vive en un mundo que ya ha sucedido, su propio cuerpo ha sido elegido sin preguntarle, su lenguaje y su idiosincrasia pertenecen al espíritu de los tiempos donde nace de forma contingente. Todo en su experiencia tiene el carácter de la fatalidad y excepto por algunas pequeñas decisiones sin importancia su destino lo ha elegido como un pretérito perfecto.

Curiosamente, la espiritualidad es, antes que cualquier otra cosa, el sentimiento de pertenencia a un esquema cosmológico predeterminado. En tal sentido la religiosidad sigue siendo vigente, pero ya no en las formas simbólicas desusadas, más bien persiste en todo aquello que domina el paisaje cultural imperante y que no puede ser elegido, pues se impone como aquel contexto en el que el alma juega con sus propias imágenes e ideas. Esta danza inconsciente del espíritu de las profundidades no pregunta a las personas qué es lo mejor para ellas, tiene su propio telos que se configura como una decisión ya tomada desde el inicio.

En el cuento “La lotería de Babilonia” Borges decía: “También hay sorteos impersonales, de propósito indefinido: uno decreta que se arroje a las aguas del Eufrates un zafiro de Taprobana; otro que desde el techo de una torre se suelte un pájaro, otro que cada siglo se retire (o se añada) un grano de arena […]. Las consecuencias son, a veces, terribles”. Aquí Borges prefigura a la Teoría del Caos y la visión de los sistemas complejos, donde el contraste de lo tremendamente pequeño y sus consecuencias azarosas hasta el desastre pueden no ser entendidas de manera clara, pero precisamente esa es la idea central en la ficción borgiana, el universo tiene una dimensión indeterminada que el hombre no puede abarcar.

Bajo el ala de una realidad compleja e incomprensible ¿Se puede acaso elegir lo que está bien y lo que está mal? ¿Se puede juzgar el paso de la historia y tratar de remediarlo como si se le conociera en su totalidad? ¿están los caminos de la posibilidad abiertos a la voluntad humana? ¿No es esta pretensión de omnisciencia un producto de la hybris moderna? Verdaderamente el ser humano camina a ciegas en el campo de la existencia y las consecuencias de sus pasos están siempre desdibujados por la diosa fortuna, que subyuga bajo el azar las pretensiones más grandilocuentes.

Solo los bienaventurados rehuyen del hado, los que saben diferenciar entre el bien y el mal, y siempre están seguros de sus límites; quienes no claudican ante el motivo presente y para los cuales el mundo es blanco y negro. Ahí encuentran, impeturbables, lo correcto y allá lo que no lo es, y pueden juzgar todo fenómeno de acuerdo a su criterio personal. Para ellos hace falta más psicoterapia o más retiros espirituales, contactar con el niño interno, integrar el arquetipo femenino, sumergirse en el mundo de los sueños, pactar con el animal totémico; ellos tienen la clave, la última llave, porque han inventado la felicidad y saben como contagiar al mundo de la seguridad que los posee.

Son los últimos de los hombres, sin embargo, quienes no intuyen que su fantasía y su necesidad están fundadas en aquello que no aceptan, en la ruptura y la vacuidad, pues solo con el rompimiento del sujeto con el mundo de los dioses puede surgir la imagen de la unión y la enmienda y únicamente quien ha dejado atrás la casa de los padres puede soñar con volver a ella. Realmente se puede elegir solo lo que ya no es importante. Por lo tanto, la búsqueda espiritual en las antiguas creencias se entiende como el anhelo de lo que ha sido dejado atrás por la propia alma del mundo.

La creencia del sentido común es que el hombre concibe las ideas religiosas y que puede elegir entre ellas para sentirse mejor, que es capaz de desprenderse de la fatalidad si así lo desea, pero los dioses son el núcleo eidético de un momento determinado en la consciencia, no se les puede escoger, al contrario, todo sujeto está tomado por la divinidad desde su concepción, pues también él ha sido prefigurado como una idea, aun sin saberlo. La gente no inventa a los dioses, es incubada por ellos. Así, el ritual no se puede inventar, ni la religión se puede adoptar, éstos son el contexto inalienable de la vida lógica que preexiste a sus manifestaciones.

La búsqueda espiritual es obsoleta, en principio porque no habría que buscarla, se la vive diariamente y la propia existencia es una ofrenda constante a esa nueva religión que convoca, el individuo es un adepto sin advertirlo, y para no saberlo mejor la humanidad se embarca en vías soteriológicas que prometen lo imposible: la recuperación de lo irrecuperable, el regreso al paraíso perdido. Pero el mundo es como es y estar frente a él es el verdadero desafío del hombre daimónico, aquel que se apresta, con su propia existencia, a la misa del Deus absconditus quien domina en los paisajes psíquicos devastados.