El equilibrista

Logos del alma

«Yo amo a quienes no saben vivir de otro modo que hundiendose en su ocaso».

F. Nietzsche

El equilibrista se apresta a su peligrosa tarea, va de una torre a otra torre sobre una delgada cuerda, él es el hombre: una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, camina entonces sobre sí mismo, en su propio concepto. No ha de sobrevivir a esa travesía, ni debe hacerlo.

El bufón se abre camino, le insta a volver a su torre, pero el equilibrista absorto en su tarea de existir es abatido y se precipita al suelo donde el impacto habrá de destrozarlo, ¿pero no sé dijo antes: «permanecer fieles a la tierra»? El hombre debe ser su propio ocaso.

Aún después del impactó, aún después de los brazos y piernas dolientes (y es que el hombre es el animal moribundo, perpetuamente moribundo), el equilibrista clama por un sentido, por una fuerza divina, ese veneno de los hombres buenos. Es entonces que el hombre a su lado le dice que solo hay este mundo y que pronto ya no lo habrá para él. Así que el equilibrista tiende su mano al infinito en señal de agradecimiento y muere. Debe morir para dar paso a aquel del que nacen las estrellas, estrellas danzantes.