La experiencia estética y el ego psicotizado

Logos del alma

Lo que hace evidente la desvalorización constante del esfuerzo por una complejidad artística, en contraste con la emergencia de producciones rápidas, entretenidas o edificantes de la ego-personalidad es que el arte es un proceso que se aprecia desde un horizonte cultural, es decir, que cada sujeto construye su experiencia estética en la medida en que se ha nutrido y se ha ejercitado en la apreciación de las obras artísticas. Esto no es un evento que suceda ante la imagen solamente, como una revelación, sino la constante reflexión sobre la misma experiencia estética, pues no se puede apreciar algo si la mirada no ha sido educada. Por lo tanto, los ojos se abren y se hacen a sí mismos en tanto la reflexión ha hecho su arduo trabajo en el sujeto.

La función del arte es la de permitir que la consciencia exprese los temas que la configuran, de manera que pueda crear piezas muertas las que el soplo del aliento de la contemplación insufle de movimiento lógico el pensamiento detenido en ellas y éste se vuelva material de consumo de un nuevo logos viviente. No es el hombre quien crea formas artísticas sino que estas representan la condición creativa prístina sobre la que la humanidad va esculpiendo y dibujando aquello que lo eleva sobre su condición natural y la acoge en un manto negativo de cultura y de contenidos compartidos.

Es así que la contemplación requiere de una educación continua de sus facultades, pues no hay pasividad en el acto de ver, al contrario, el alma, a través de los ojos que observan o de los oídos que escuchan, puede atender su matiz creativo de forma estructurada y racional, liberando el pensamiento implícito en la obra y permitiendo que éste cobre vida en el ejercicio de pensarlo desde una cultura enriquecida por el esfuerzo y la reflexión.

El arte no es un lujo ni una propiedad de las personas creativas, sino que es la manifestación figurativa del proceso a través del cual el alma crea la realidad o la verdad del momento presente, es decir, de la forma en que la consciencia se estructura de tal manera que pueda seguir creándose a sí misma ininterrumpidamente.

Por lo tanto, un arte puesto al servicio del sujeto es un contrasentido, que tiene como resultado la sobrecarga libidinal de una posición egoíca que se fragmenta a fuerza de ser complacida. Sin diques que le den soporte en una objetividad firme, asentada sobre sí misma, el alma exacerba su función expresiva y crea, a la vez que destruye, su material de trabajo, es decir al hombre que se recrea en la contemplación artística.

Pero en la cultura popular hay una exigencia cada vez más constante por hacer accesibles los elementos particulares del arte de forma sencilla e inocua, procurando que no requieran el esfuerzo del espectador. Por si fuera poco, se consagra el trabajo artístico al mero entretenimiento de las personas o, peor aún, a su edificación como individuos, proponiendo el poder curativo del arte, lo cual significa no otra cosa sino que el trabajo creativo debe ser puesto al servicio de la construcción del individuo, hecho que supone un proceso paulatino de inflación psíquica. Es quizás por ello que empieza a ser cada vez mas evidente la hipótesis de que el psiquismo del hombre posmoderno se parece a un estado de psicosis continuo.

El ego no es un órgano fijo en la estructura de la mente sino la posición que ha tomado la consciencia para poder asumirse como separada de sí misma, se ha desatado de su forma antigua para poder generar una dialéctica que permita actualizar sus contenidos inconscientes y producir alma de forma explosiva. De ahí que la revolución industrial y la expansión tecnológica, así como la idea de progreso, solo puedan ser posibles en este singular contexto anímico.

Pero en la psicosis la irrupción de contenidos psíquicos se vuelve incontrolable, la estructura que da coherencia a la realidad se desvanece a causa de los embates de la experiencia y de la fragmentación como estrategias de supervivencia. El alma pierde su posición egoíca y se retrotrae a estadios ya superados por la historia de la consciencia, de ahí las formas míticas y rituales que determinan la conducta del psicótico.

El sujeto psicótico se ha apropiado, sin premeditarlo, de una dimensión que no le corresponde y tal dimensión lo ha devorado. Así, el arte puesto al servicio de la edificación del sujeto supone que toda la dinámica de la construcción de la realidad, como la labor anímica primordial, recae sobre los hombros del frágil individuo, con las consecuencias de la fragmentación continua de su aprensión de la existencia, que no significa otra cosa sino el proceso a través del cual el espejo que refleja la luz se ha quebrado por la intensidad. Sin embargo, es la intensidad la nueva meta de la apreciación artística, la búsqueda de una emocionalidad desmedida.

En la época de la posverdad la ilusión de la voluntad, del subjetivismo y de las variedades de la experiencia de las que el hombre puede sujetarse sin compromiso aparente, no advierte de las consecuencias de soñar con apropiarse de un reino que no es de este mundo pero que lo configura como su núcleo eidético. La realidad se resquebraja bajo la fantasía del hombre creador que puede dominar el acto creativo que no le corresponde.

Realmente es el alma la que crea realidad cada día y si el ego no ha sido edificado, sostenido por la objetividad de la consciencia y educado en su tema de manera ardua, no podrá servir de vasija para el dios que de forma esporádica se presenta con el fin de llevar a cabo la labor artística y entonces se romperá una y otra vez sin haber alcanzado la comprensión de que el alma está hecha para lo divino.

El ego depredador en la psicología

Logos del alma

En las platicas, entrevistas, seminarios y demás actividades de propaganda, se oye la predica del psicólogo que pretende saber para que ocurren las cosas, según él la crisis sirve para saber valorar lo antes no valorado: la naturaleza, la familia, la salud, a las personas; critica al ser humano depredador de los recursos naturales y lo insta a aprender y a aprovechar el sufrimiento para el propio desarrollo. ¿Pero la crisis se preocupa por lo que las personas quieren o necesitan? ¿El fenómeno se configura con base en las necesidades humanas? ¿No tendría el psicólogo en cuanto psicólogo que preocuparse por lo que el fenómeno dice de sí mismo y no por lo que las personas quieren que les diga?

El psicólogo predica su cátedra moralista lleno de buenas intenciones y no se da cuenta de que el verdadero depredador es el ego desde el cual habla, pues devora todo fenómeno, todo rastro de pensamiento, todo proceso anímico y lo vuelve a su imagen y semejanza.

¡Oh psicólogo, no es importante lo que decimos sino desde donde decimos aquello que decimos!