Cuando alguien cercano muere se inicia el proceso de asimilación de la perdida. Morir es faltar a un compromiso, traicionar un lazo, una urdimbre que une un afecto con una imagen; el que muere se oculta en el inframundo, en el Mictlán, en la tierra de los muertos. Ítalo Calvino imaginaba el otro mundo justo igual que el nuestro pero donde todo sucedía como si ocurriera en un espejo, esto significa que el mundo de los muertos ocurre de manera negativa, o mejor dicho que su lugar es el de la negatividad. El que muere se despoja de su ropaje positivo, abandona el sitio común y se refugia en el lugar de Mnemosyne, se vuelve, o más bien se revela como un recuerdo, como una idea.
La relación con los otros, y sobre todo con quien se ama, es un lazo afectivo que alimenta la subjetividad de la persona con la imagen y la idea del otro, la individualidad es acaso una experiencia nueva y mínima, lo que constituye al sujeto es realmente la conexión con el tejido social, el cual lo sostiene y le brinda identidad. Al morir, el otro, corta repentinamente esa unión y nos condena a vivir sin el sostén afectivo que es la presencia del ser amado, quien durante mucho tiempo fue un receptáculo y ahora ha decidido vaciarse y no volver a ser continente de la propia idea del yo. Por ello, la pérdida de los otros acarrea pena, pero sobre todo enojó, pues se ha sufrido una deslealtad.
Así, comienza una etapa de asimilación, de recogimiento de la carga afectiva depositada en el otro. En México, los rituales funerarios duran varios días, en donde de manera mecánica se llora y se lamenta la soledad sentida por la partida del otro y cada año se construye un altar con el alimento favorito de quienes se han marchado, el alma de los muertos come de esta ofrenda y se nutre del aroma del copal, del humo del anafre y del olor de la fruta, del pan y de la flor de cempasúchil. Estos rituales, en realidad, no están hechos para quien se ha ido, sino para los que requieren integrar el vínculo perdido en la propia experiencia del vivir, tal sufrimiento nunca desaparece pues es una parte insalvable de la existencia, es la negación constante que da movimiento al acto de existir, pues la persona camina de forma tenaz en la línea que divide la vida de la muerte, y morir es dar el paso definitivo.
Además, los rituales funerarios sitúan a la experiencia de la perdida en la dimensión social a la que pertenece, en ellos se lamenta la muerte más inmediata pero ésta acarrea el recuerdo de quienes han muerto antes. La muerte del padre, del esposo, del hijo, son la imagen simbólica de las muertes antes ocurridas, que en muchas ocasiones marcan la dinámica completa de grupos sociales, de familias, durante generaciones, nada nos une más que el recuerdo de nuestros muertos, y al mismo tiempo la presencia continua de nuestra propia caducidad.
El duelo por los muertos es interminable, pero con el tiempo se atenúa, el lazo afectivo se recoge y el otro mora entonces, definitivamente, en el inframundo, que decía James Hillman es el hogar del alma; así la persona fallecida se ha vuelto completamente negativa, un espíritu, la pura idea de lo que alguna vez fue positividad. De vez en cuando el nombre de aquel acudirá a la memoria y un suspiro o una breve lagrima lo hará patente, y entonces se volverá a la labor cotidiana mientras la imagen se diluye, y si hay suerte el recuerdo de los muertos se afirmará de vez en cuando en un altar que no será un anhelo por la muerte sino una afirmación de la vida y su fugacidad, y del sentido perdón hacia quienes nos han abandonado, pues justo por que se han ido es que permanecen presentes.
