El ocaso de la figura docente

Educación posmoderna

La figura del profesor ha caído en un amplio descrédito, fruto de la mala publicidad por un lado y de las políticas educativas erróneamente adecuadas al contexto social, por el otro. Es una queja constante en el medio docente la falta de respeto y autoridad que experimenta el gremio y como los maestros sufren el ambiente hostil y carente de oportunidades. A este fenómeno podríamos llamarlo la desacralización de la labor docente. ¿Qué pasaría si, tomando este hecho como un fenómeno autónomo, nos preguntamos: por qué está bien que la labor docente sea disminuida en su valor? ¿A qué necesidad, de los tiempos actuales, responde está caída?

Como guías didácticas para avanzar en ese camino habrá que recordar tres fenómenos aunados:

1. La caída, míticamente, siempre es un proceso doloroso e injusto desde el punto de vista del individuo o del grupo que la sufre, pero en un nivel más complejo, la caída cumple con una necesidad lógica mayor. Un estadio necesita del derrumbe de antiguo estatus para erigirse sobre sí mismo y estar a la altura de procesos que no siempre comprende.

2. La pérdida de autoridad no solo ocurre en el caso del maestro, también sucede ante toda figura pública y específicamente sucede ante la figura privada del padre como representante de las normas y los valores sociales. Esto tiene dos vertientes, primero la destrucción continua de la figura del padre autoritario ante la emergencia de nuevas formas de parentalidad y luego la percepción generacional del cambio y la diferencia entre dos condiciones históricas distintas.

3. Los factores económicos que exigen nuevas formas y contenidos educativos para satisfacer la dinámica capitalista que expresa la verdad de nuestros tiempos: que el individuo es también un objeto de comercio y como tal hay que formarlo como producto de intercambio.

4. Las nuevas necesidades educativas que han dejado atrás el monopolio del saber centrado en la escuela como institución y que, por lo tanto, suponen del profesor un residuo caduco de una época donde la educación bancaria era la norma.

Estos puntos asumen que quizás el desprestigio del docente como figura central del proceso educativo no sea tan simple como suele pensarse y que, realmente, sirve a una agenda más allá de lo político, aparejada al espíritu de la época donde los recintos escolares son, cada vez más, las ruinas de una concepción obsoleta acerca del saber.

Sobre el respeto del docente a los alumnos

Educación posmoderna

Que difícil es hablar de este punto con los docentes, no se entiende (y me parece que no se entenderá en mucho tiempo) que el respeto por el alumno es una practica necesaria para la enseñanza y que ese respeto implica respetar la alteridad del educando y no simplemente coaccionarlo a seguir normas que para él no tienen sentido. Respetar a un alumno es observar su propia autonomía y ayudarlo a desarrollarla, incluso imitando su semántica, no decirle: “Te respeto siempre y cuando actúes como yo quiero, con el lenguaje que a mi me parece adecuado y con la conducta que yo se que es buena para ti”, esta última es la postura neurótica de la docencia. Paulo Freire lo entendía mejor:

”El profesor que menosprecia la curiosidad del educando, su gusto estético, su inquietud, su lenguaje, más precisamente su sintaxis y su prosodia; el profesor que trata con ironía al alumno, que lo minimiza, que lo manda «ponerse en su lugar» al más leve indicio de su rebeldía legítima, así como el profesor que elude el cumplimiento de su deber de poner límites a la libertad del alumno, que esquiva el deber de enseñar, de estar respetuosamente presente en la experiencia formadora del educando, transgrede los principios fundamentalmente éticos de nuestra existencia.”

Paulo Freire, “Pedagogía de la autonomía”

Sobre educación y tecnología

Ensayos

Cuando comúnmente se habla de tecnología, en el ámbito de la educación, surge la imagen de las computadoras personales, de los recursos técnicos elaborados como: pantallas inteligentes, teléfonos de última gama o del software más preciso para las tareas de la educación del siglo XXI. La imagen común de la tecnología transita por la misma senda de ese otro gran mito de la modernidad que es el progreso, se piensa que a mayor alcance de los medios técnicos más avanzados habrá también una evolución comparable en los ámbitos educativos. Durante los últimos años se ha asistido, incluso, al anuncio constante del internet gratuito y a la publicidad de empresas y gobiernos al dotar de equipos de computo a los más vulnerables. Sin embargo, una frase popular en los ámbitos digitales dicta que “cuando el servicio es gratis, el producto eres tu”, lo cual debería poner en cuestión la bondad de los recursos tecnológicos que se han desplegado durante esta etapa singular.

Por su definición habitual la palabra técnica se entiende como una serie de protocolos destinados a la consecución de un objetivo práctico, su tarea es teleológica, son los fines los que importan. Así, se puede decir que gran parte del trabajo de los centros educativos está dirigido por un objetivo técnico, la implantación de la reforma educativa en turno y la toma de evidencias de tal acción, lo demás es el trabajo de los actores educativos por mostrar que ésta se aplica y que funciona, ello a través de la recolección y presentación de datos e información muchas veces vacíos.

Byung-Chul Han nota, que una característica importante de esta época es la mutación de los sistemas de cosas en formas libres de información, las no-cosas, aquellas formas sublimes de los objetos técnicos, tangibles y visibles, en meros datos abstractos que, sin embargo, son cada vez más dominantes. La evolución de los objetos muestra una situación desfavorable para el ser humano, mientras en épocas previas a la revolución industrial el objeto es común con la identidad de la persona y forma parte de ella, en la revolución industrial los objetos se multiplican y la identidades, antes fijas, se dividen en identidades móviles; hoy surge una nueva época donde los objetos se vuelven sutiles, al igual que la identidad, ésta se esfuma y se vive a guisa de información, lo que es posible observar claramente en la vida de los jóvenes que transcurre en la redes sociales y que con el paso del tiempo parece destinada a convertirse en mera virtualidad.

Se ha dicho, de manera descuidada, que los objetos técnicos no determinan el uso que se les destina, que son inermes al destino que el sujeto les presenta, se les puede utilizar para acciones terribles o constructivas. Este parecer surge de la atribución sin base que tiene el sujeto moderno sobre su propia naturaleza, pero aquí es donde la palabra tecnología adquiere relevancia. Cuando Aristóteles caracteriza al ser humano como un animal racional lo decía como: “zoon lógon échos”, es decir, el ser vivo capaz de discurso. El diálogo es el atributo humano que lo diferencia de los demás animales, pero el diálogo debe entenderse como la capacidad de construir narrativas que permitan estructurar realidades comunes, se puede decir de esta forma: el hombre es el ser vivo que contribuye a construir la realidad mediante el diálogo, esto de forma consensuada, de ahí la otra definición aristotélica del hombre como “zoon politikón”. Mientras el animal encuentra su realidad como algo dado y él es determinado por está, el ser humano construye su relación con el mundo en el diálogo común. Por ejemplo, en la cosmovisión ptolemaica el universo es un conjunto de esferas cerradas donde la tierra es el centro de la creación y está vuelta sobre sí misma, la técnica, por lo tanto, está supeditada a este logos, no así cuando las esferas celestiales se rompen en la nueva visión copernicana, es entonces que la técnica por fin puede abrirse paso y descubrir nuevos mundos, un universo abierto, con ello comienza una nueva etapa de la historia humana: la caída de la monarquía, el inicio de la globalización, la revolución industrial y el capitalismo. Todo ello no surge de la nada, sino que es parte del nuevo logos que se va construyendo en el diálogo constante que la consciencia tiene con su realidad.

La tecnología es, entonces, el diálogo en el que está inscrita la técnica y ese discurso no es un monólogo humano, es decir, no es una invención pura del sujeto sino una relación en donde las personas se inscriben y que se expresa también en la técnica. El logos de la técnica, la tecnología, por lo tanto, determina el mundo.

Por todo ello la labor de los docentes no solo debe estar dirigida a la implementación y el dominio de las nuevas tecnologías al ámbito educativo, como si ellas fueran la panacea para el rezago educativo y bastará con agregarlas a las aulas para ofrecer una mejor educación. Esta situación implica un abordaje compulsivo, es decir, inconsciente de la labor docente, pues no surge de la pregunta esencial del acto de educar, que implica sacar a la luz lo que se es, es decir, estar a la altura de la condición humana; esta pregunta es la pregunta por el ser, pues la técnica para Heidegger guarda en su esencia el des-ocultamiento de la realidad, la aletheia, la verdad. 

No se debe olvidar que educar no significa llenar al estudiante de contenidos, ni calificarlo con una escala arbitraria que lo compara con otros individuos y sus condiciones diferentes, ni mucho menos ofrecer índices de aprovechamiento que no toman en cuenta el proceso contextualizado del aprendizaje. Educar, en cambio, y con base a lo ya dicho, significa des-ocultar el diálogo que el sujeto tiene con su mundo de tal forma que aquello que lo hace humano emerja de forma consciente y pueda estar frente a él, esto implica constituirse como un ente crítico y consciente. Pero el ambiente tecnológico actual, siguiendo el planteamiento teórico de Han, tiene como objetivo el ocultamiento de esta realidad, la desaparición de la mente crítica y la prevalencia del sujeto de rendimiento, aquel que se evapora a través del esfuerzo medido en datos.

Así, educar en el siglo XXI, en el medio de una crisis sanitaria y de un logos técnico particular, es un acto transgresor, pues requiere ir en contracorriente de lo que el contexto tecnológico apremia, para ello los docentes requieren tener claro que las tecnologías educativas no son necesariamente los nuevos aparatos tecnológicos ni los sistemas virtuales de información, sino simplemente las maneras que el estudiante y el docente tienen de construir un diálogo, reflexionar sobre un logos, entre ellos y la realidad. Ambos son enseñados por el mundo y sus experiencias en él, en el trabajo constante por llegar a ser lo que son, para ello no se necesita internet, ni plataformas, ni teléfonos inteligentes, basta con la palabra, con el proceso didáctico que permita abrirse tanto a uno como al otro a su condición humana.

Tampoco hay que olvidar que los contenidos educativos son pretexto para despertar la reflexión en el estudiante y que el conocimiento se crea en la interacción de los sujetos, pero la tecnología actual navega firmemente al aislamiento de los individuos y a su atomización, entonces una educación dependiente de los medios tecnológicos actuales sin duda reproducirá ese logos intangible pero hegemónico. Por ello, no es relevante, en el medio educativo actual, si se cuenta con los recursos tecnológicos de punta o con el software más actual en cuestiones pedagógicas, sino que la labor básica de la escuelas, en cualquier nivel, sea brindar educación, formar seres humanos que puedan construir un mejor mundo para ellos y para la generaciones venideras, para eso basta con planteles educativos que tengan el apoyo económico de las instituciones públicas a cargo, maestros que cuenten con las condiciones adecuadas para dedicarse a su trabajo de forma comprometida y estudiantes dispuestos a aprender, y una didáctica que permita la labor educativa en la esencia de lo meramente humano, es decir, en el diálogo con el nuevo logos de la técnica actual. 

Lo que enseña el momento actual, a los actores educativos, sobre la tecnología, es que la crisis es el momento de reflexión sobre las dimensiones que son necesarias para la correcta consecución de la labor docente. No se aprende, solamente, frente a una computadora, la educación surge en el contacto del alumno con el profesor, con sus compañeros, con su familia, la educación es un acto dialógico entre sujetos y los objetos siempre son medios nunca fines en sí mismos, pero también se puede atender al diálogo latente en ellos. Al final, la escuela no necesita integrarse en la lógica de las redes sociales, sino al contrario, debe dotar a los jóvenes de la capacidad crítica para poder interactuar con esa marea informacional que paulatinamente destroza las formas más humanas de reciprocidad. 

La enseñanza inconsciente (1)

Educación posmoderna

La profesión docente es ciega ante algunos elementos de las relaciones humanas que subyacen al proceso de enseñanza-aprendizaje, es el caso de las relaciones transferenciales que se suscitan en el contacto cotidiano con los alumnos y que tendrían que ser tomadas en cuenta de forma seria por los profesores. El docente no solo enseña contenidos, sino que, y más importante aún, muestra la forma en que un ser humano se relaciona con el mundo, la cultura y el saber.

Día con día, el salón de clases se conforma como un espacio de instrucción inconsciente donde el maestro da testimonio de la construcción de su propia autonomía ante los prejuicios del entorno social y los alumnos aprenden de él como erigirse como entes independientes ante ideas fijas y dogmas, así forman juntos su relación con el conocimiento.

Lo que se enseña entonces es una posición ante la realidad. Dicha posición depende de muchos factores y uno de los más importantes es: cómo el profesor ha podido sobreponerse a los obstáculos que cualquier existencia provee y que lo han formado como individuo. Si el docente no ha podido estar a la altura de su propia existencia entonces usará el proceso de enseñanza como un medio más para evadirse de su responsabilidad para consigo mismo y su cátedra estará, sin darse cuenta, hablando de su propia falta, de sus necesidades anímicas insatisfechas.