La psicología como un discurso científico y social es la narrativa que el modelo cultural hegemónico enarbola a la manera de un relato con el fin antropotécnico de exaltar al sujeto en su papel de figura dominante del proceso psíquico; este último había sido concebido, en épocas anteriores, como un hecho autónomo y objetivo que tenía su fin en sí mismo y que acaecía como una carga y una tarea para el hombre y no, tal como sucede en la actualidad, como una herramienta para el desarrollo de la persona.
Sin embargo, en el doble propósito de obliterar la dimensión anímica de la experiencia y de masificar al sujeto despojándolo de los elementos que sostienen su subjetividad, es decir la interacción con su medio y el trato cotidiano con los símbolos de la psique, el mito posmoderno propone objetivos confortables que se acoplen a la búsqueda de la salud como una meta loable y de la felicidad como un estado permanente del ser.
Esta empresa psicológica intenta desprender la negatividad de la vida del individuo y con ello omitir su naturaleza dialéctica, que es necesaria para el camino de la individuación, es decir para la diferenciación e integración de lo colectivo, la cual solo puede ser vivida como un sufrimiento intermitente. Aprender a morar en el fuego de la patología es una faceta cada vez más despreciada en la sociedad posmoderna, por ello la unilateralidad de las propuestas psicoterapéuticas es evidente.
La visión tecnologizante del alma ofrece medios pragmáticos para liberar al hombre de su sombra y lo hace con la terapia, con los medicamentos, con rituales ancestrales, con el uso de psicotrópicos y con el adoctrinamiento de la autoayuda. En dicho esquema conceptual se ofrece la esperanza de que el alma pueda ser controlada y regulada como si se tratara de un objeto material que tuviera su base física en el cerebro. No hay gran diferencia entre la evasión explicita de las redes sociales y la del que se apresta a un ritual de Peyote, ambos ostentan una visión tecnológica de la realidad.
Es debido notar que todo lenguaje guarda una dimensión inconsciente de su discurso, una teoría inadvertida que es evidente cuando se analizan los conceptos que la conforman. En este caso palabras tales como: inteligencia emocional, resiliencia, autosuperación, crecimiento personal, entre otros, constituyen el lenguaje común de la psicología tal como se ha concebido en el imaginario popular, de tal forma que los mismos psicólogos han adoptado dichas nociones para justificar su labor. No obstante, poco se ha pensado en las consecuencias y en el contexto de tales ideas. Entre otras cosas se pueden esbozar algunas conclusiones:
1. Son conceptos que exaltan el individualismo, pues aunque aluden al entorno social, no toman en cuenta los factores socio-históricos del fenómeno psicológico en cuestión. Hablan de relaciones pero inhiben el pensamiento del sujeto hacia sus congéneres. Atomizan al ego y lo despojan de la consciencia de su interacción con la sociedad y con la dimensión intrapsíquica, que está repleta de imagos objetivas. Dicha inflación psíquica, sin embargo, vacía a la persona de aquello lo hace humano: su contacto con la objetividad de los procesos psíquicos, en pos del deseo absurdo de ser mejor, es decir, diferente a quien ya se es.
2. Se sobrepatologizan procesos cotidianos y experiencias comunes por medio de una división entre situaciones sanas y enfermas, con un énfasis inconsciente en los valores vigentes, sin atender a la falta de pertinencia de un punto de vista moral para juzgar los fenómenos psicológicos. Al sobrepatologizar se literaliza el mecanismo patologizador del psiquísmo que construye símbolos para integrar experiencias dialécticas en su propia configuración, el sentido del sufrimiento se diluye y se le relega a la parte indeseable de la realidad, prolongando innecesariamente el sentimiento de falta de sentido.
3. Se culpabiliza al sujeto, responsabilizandolo de un ideal de sí mismo imposible de alcanzar e recriminandole no se capaz de llegar ahí. Su estado es el de un continuo intento, frustrante, de alcanzar metas imposibles como la felicidad o la integración. La culpa es el resultado de la inflación egoica, donde fenómenos autónomos y objetivos son atribuidos al yo y entonces éste requiere ensancharse lo suficiente para sostener las expectativas grandilocuentes que sin embargo lo despojan de toda capacidad de acción a causa de la sobrecarga de pseudo-símbolos con los cuales debe lidiar.
4. Homogeneizan a los individuos y a los procesos anímicos, proyectándolos en reglas estandarizadas de comportamiento. Así, el deseo particular se vuelve el deseo de lo general, de la masa uniforme que tiene un pensamiento único y que se repite constantemente en las consignas de la psicología positiva. Se impone un dogma que encasilla a los individuos en categorías nosológicas que encubren preferencias morales de autogobierno y antropotécnica. Ofrecen la seguridad de lo colectivo en detrimento de la angustia del hecho de estar desamparados de figuras metafísicas que sostengan la existencia.
5. Fomentan la expresión exacerbada como forma de relación, donde todo se vuelve transparente en detrimento de la intimidad y el silencio. La demasiada comunicación abarrota las vías de comprensión, se habla y se escribe para no decir nada. El contenido deja de ser relevante para dar paso al reinado de la forma, de la imagen saturante. Por ello se pone tanto énfasis en la emoción como figura primaria de la vivencia psíquica, pues tal expresión constituye una imagen atrapada en su representación prelógica, y se le contrapone al discurso racional que es desprovisto de toda dignidad para favorecer lo corporal, lo dinámico y lo emocional.
6. Debilita la conciencia de clase, ya que el sujeto se identifica con un ideal que surge en contextos en donde los factores socioeconómicos permiten la búsqueda de bienestar emocional como una forma de entretenimiento y se confunde el conjunto de privilegios con dicha ambición. Es debido notar que el trabajo de individuación, como lo estipula C. G. Jung, no es una actividad solitaria, sino que ocurre en el conjunto de relaciones que la persona cultiva a lo largo de su vida. Se mal entiende el carácter introspectivo de la introversión como un escape de lo social, cuando en realidad se trata de un involucramiento en la multiplicidad de la psique, cuya asunción es posible en la apertura a la otredad del prójimo.
7. Constriñen la inmensa variedad de las experiencias psicológicas y proponen un límite coercitivo para la expresión de las mismas, reduciendo el amplio campo de emociones y sensaciones a unas pocas palabras y a un único eje deseable de comportamiento. Son un medio de control, no solo de lo emocional, sino del sujeto que una vez subsumido al discurso del cuidado personal, se vuelve su propio explotador, convirtiéndose en un ente eficiente y productivo, en un objeto de intercambio comercial que debe mejorarse a sí mismo para no depreciarse en el mercado del capital humano.
Por lo tanto, estas ideas acerca de la salud mental, que se presentan como la narrativa psicológica contemporánea, no tienen como función el bienestar del hombre ni la atención a lo psicológico, son, en cambio, un medio para restringir, normalizar y limitar el papel político del individuo. Son vías para inhibir la complejidad de la realidad del alma. Su propósito es contrario a lo que el discurso dicta y con ello se dan pistas fehacientes sobre los verdaderos objetivos de la disciplina psicológica.
El espíritu de la época, que confluye con los valores del máximo beneficio y de la multiplicación infinita del capital, se promueve a sí mismo y se reproduce en el esfuerzo de un discurso normalizador del hombre, que necesita de la obliteración de la profundidad de su contexto anímico para someterlo al flujo materialista de la técnica. Privado del contacto consciente con la fuente simbólica de la psique objetiva, el hombre se encuentra listo para ocupar su lugar como un objeto muerto en la historia del tránsito del alma al pensamiento de sí.
Quizás sea la psicología y su discurso ego-edificante el requiem que acompaña al ser humano a su morada final como un símbolo inutilizable para la consciencia, y tal vez la psicologización de la sociedad y de sus relatos no sea otra cosa más que el recurso mitologizante contra la irreversible irrelevantificación del papel del hombre en el curso de la historia del alma. Pues si la psicología se apresta a encumbrar al ego y sobredotarlo de simbolismos, pareciera que la persona es un recipiente de la lógica de la consciencia y nada más; su importancia, por ende, radica en ser el vaso de la incubación del alma, que habrá de resquebrajarlo para por fin, estar frente a sí misma.
