La dificultad es el camino del alma

Logos del alma

Es una consigna de algunos centros de enseñanza de psicología que las cátedras sean lo más sencillas y simples posibles y que a los alumnos se les hable en un lenguaje limpio de complejidades, de tal forma que tengan la ilusión de que saben lo suficiente sobre su área de conocimiento, sin haberse enfrentado a la dificultad de atender la oscuridad teórica del opus psicológico.

En algunas formaciones profesionales el enfoque de los profesores es, en su mayor parte, práctico y cuando se cuestionan los fundamentos de su esquema teórico ellos desechan tales imprecaciones como minucias o resistencias por parte de los alumnos al entendimiento de un saber, él cual, una vez que no se puede cuestionar, se ha convertido ya en una doctrina dogmática.

La naturaleza del dogma es la de un pensamiento que ha sido desviado de la consciencia de sí mismo y de sus contradicciones. Mientras una idea debiera someterse a la tortura de la dimensión negativa que le es inmanente, el dogma ha escapado ilusoriamente de la confrontación consigo mismo y ha escindido su estructura lógica para entonces oponerse a su propia oposición. Tal situación marca la desaparición del Otro del horizonte de la reflexión.

Desde la perspectiva técnica, el alumno o el colega crítico peca de racionalismo, de no entender que lo que se siente y el efecto emocional de una dinámica son suficientes y más que suficientes para el trabajo psicológico. Indagar en el conocimiento es un signo incómodo, y si el resultado de tales meditaciones es la evidencia de contradicciones, entonces el psicólogo se volverá indeseable ya que habrá incurrido en el pecado de pensar por sí mismo.

Es común encontrar admoniciones que ridiculizan el trabajo de la revisión teórica crítica, ya que, por un lado, se concibe como si ésta fuera antitética a la dimensión pragmática y, además, porque la duda hace tambalear al edificio teórico que está sostenido solamente en sus certezas no reflexionadas. Por lo tanto, es el misterio lo que está vetado de la exploración teórica y con ello la consciencia de las contradicciones inherentes que mantienen todo saber en movimiento. Lo que se teme, en consecuencia, es la incertidumbre resultante del cambio inmarcesible al que los mismos conceptos se someten de forma continua.

Los psicólogos, ciegos ante el movimiento lógico de los conceptos, no se acostumbran a pensar, realmente se alejan de la tarea, se vuelven técnicos en psicología. Hay en ellos poco agrado por esforzarse lo suficiente para indagar en lo que su objeto de estudio les insta. Buscan una comprensión fácil, que no les requiera esfuerzo ni dolor y mucho menos sacrificio. Les asusta la complejidad. Acuden, por consiguiente, a manuales, resúmenes y, en el caso de los psicoterapeutas, a los autores de autoayuda, aquellos que usan una prosa sencilla y hacen parecer que la labor psicológica es un juego de niños.

En el ambiente junguiano, por ejemplo, son populares los autores que resuelven de un plumazo los más diversos problemas en psicología, sin advertir los vericuetos teóricos que están implicados. Construyen etiquetas y recetas para afrontar toda dificultad y les basta sólo con saber el tipo de apego, la tipología psicológica, el dios que se encarna, el signo astral que rige o cualquiera de las múltiples etiquetas gnoseológicas que se puedan inventar para reducir las complejidades de la existencia y así intentar calmar la angustia natural de vivir.

Se abren talleres de sueños, de mujeres que corren con lobos, donde se busca rescatar al niño interior herido, a los dioses de cada hombre y de cada mujer, la sabiduría interna de los antepasados y el orden arquetípico de la experiencia cotidiana. En todo ello hay consignas morales que no son cuestionadas y huecos teóricos que deben ser ocluidos para sostener la práctica vacía y el comercio inherente a los propósitos de tales ejercicios.

En cambio, la psicología no debería ser fácil o transparente, ni mucho menos indolora. Porque el método que propone consiste, finalmente, en destruir a su sujeto al enfrentarlo a la gran desilusión de sus anhelos y a la tensión constante de no poder satisfacer sus deseos y tener que sostenerse de pie a la angustia de estar desnudos frente a la realidad. Porque es solo al someter al individuo a la experiencia del desmembramiento en la negación de su meta práctica, que la disciplina del alma puede interiorizarse en sí misma y aspirar, por tanto, a ser psicológica.

Sin embargo, la psicología, hoy, se hace desde la comodidad de la ignorancia, a partir de los consejos simples y las taxonomías fáciles. Se somete al alma, que es pura negatividad lógica, a la transparentización de sus dinámicas y se pretende dominar la realidad, al inconsciente o simplemente descartar su concepto como una fantasía, una imprecisión o un arcaísmo. El oscuro terreno de la psyche es, en busca del reduccionismo, contenido en los órganos que ella ha imaginado y en las funciones que ha construido para sí misma. Atada a las cadenas de lo positivo el alma se apresta a ocultarse en las fantasías literalizadas.

Pero entonces, en su promiscuidad, el secreto del alma queda a salvo, en espera de quien pueda soportar el dolor de asumirla como el verdadero Otro o como el objeto real de la psicología. Ahí en la oscuridad de sus complejidades, el concepto de alma aguarda a quien tenga el valor de pensarla, y de permitir que el fenómeno se piense a sí mismo, para que por fin, después del arduo trabajo de aprender todo y de olvidarlo todo, pueda llegar al hogar de la consciencia y morar frente al reflejo de sí.

El psicólogo debe afrontar la dificultad inherente a su materia y permitirse ser forjado en la fragua y el calor del trabajo duro. Más allá de la necesidad de prestigio se encuentra la materia prima que lo impele a dedicar su esfuerzo a una tarea interminable, de la cual nunca podrá gozar realmente y en esa limitación yace el terreno donde el dogma no fructifica, porque la consecución de tal obra pide que el sujeto sea despojado de su dignidad para que el alma objetiva perviva en la destrucción del individuo. El psicólogo es quien se empeña en ser un sirviente del logos de la psique y nada más.

El desprecio de la dificultad teórica en psicología

Logos del alma

«El mundo de los espíritus no está cerrado;/ es tu mente la que está cerrada, tu corazón muerto./ ¡Arriba, discípulo, sumerge sin fatiga/ el pecho terrenal en la luz de la mañana!»

Fausto, J. W. Goethe

Es un lugar común pensar que todo conocimiento tiene que ser sencillo y transmitirse de forma simple para exaltar su validez, ante tal opinión la oscuridad y la dificultad son factores de menosprecio, porque cualquiera debería ser capaz de adentrarse sin temor en una materia especializada e incluso los mismos profesionales no habrían de tener obstáculo alguno en la consecución de las dimensiones más complejas del saber en cuestión.

En la psicología y en la psicoterapia ha permeado este punto de vista que infravalora el rigor intelectual propio de la disciplina, tachándolo de “abstracto”, “racionalista” o “unilateral”, en favor de prácticas antropotécnicas edificantes de la ego personalidad. Esto es evidente en la corriente de psicología analítica donde se acude, para despreciar el esfuerzo teórico, a concepciones pragmáticas como vías para disminuir la complejidad de la labor de sumergirse en la obra de un autor o en lo intrincado del objeto de estudio particular.

Los analistas construyen prácticas histericamente reconfortantes que les hacen creer, a ellos y a sus pacientes, que han entrado en contacto con factores numinosos que dan muestra de su compromiso con lo trascendente. Además, crean nichos teóricos cimentados en unas pocas ideas que ofrecen la sensación de ser sólidos dogmas para poder sostener cualquier práctica psicoterapéutica que resultará, en consecuencia, más cercana a la autoayuda que a una psicoterapia rigurosa.

Este sacrificium intellectus es un malentendido que propone que la teoría puede separarse de la práctica y que ambas dimensiones no se corresponden. Pero, realmente, la pobreza teórica conlleva una práctica limitada, ya que las teorías son vías narrativas que enseñan al ojo a ver a través de sí mismas, son los caminos que le permiten al pensamiento atender su propia herramienta de observación. Este derrotero pide el trabajo arduo del profesional, quién enfrentado al material complejo termina por volver compleja su propia mente, lo que lo capacita para hospedar la profundidad real del fenómeno que se presenta.

Por supuesto, el rigor intelectual no debería tener la forma de la evasión del propio ser a través del diálogo vacío de la intelectualidad superficial, que pasa de un autor a otro sin ser tocado por sus obras; ni tampoco convertir al ejercicio intelectual en un escape del momento presente, o en una herramienta de la importancia personal. La verdadera profundización teórica apunta hacia el camino del sujeto por dilucidar el propio pensamiento subyacente en el fenómeno, que resulta en el desgarramiento del pensador mismo.

Esta dificultad constela el dolor de enfrentarse, con rigor, a la propia ignorancia e incapacidad, como desafíos constantes e ineludibles en el tratamiento de cada caso y de cada fenómeno en cuestión, pero el fruto de esa lucha es la paulatina interiorización de lo ya sabido y su ahondamiento en las ideas complejas que desentrañan la naturaleza del objeto abordado, esto es el ejercicio racional de asumir al otro como un pensamiento que se piensa a sí mismo.

El conocimiento no debería ser sencillo, al contrario es un proceso que inicia a la mente del pensador en temas exigentes y términos complicados, que exigen de él someterse a la negación de su concepción cotidiana y al sacrificio de los objetivos de reconocimiento, prestigio y seguridad.

El psicólogo no debe temer, ni alejarse de lo intelectualmente difícil, sino permanecer en ello y permitir que lo leído haga su trabajo destructivo ante la actitud defensiva que promete seguridad, pero que comúnmente es tierra fértil para el dogma, que es una idea detenida en su camino hacia sí misma en pos de la certidumbre del individuo, en cambio el campo de la psicología es la tierra temible y salvaje de la incertidumbre.