La violencia de la virtud

Logos del alma

Tiene razón Cioran: la pérdida de la indiferencia es el comienzo de todas las catástrofes. Cuando el alma renuncia a ese delicado equilibrio que la mantiene suspendida entre el sí y el no, entre el mundo y su silencio, se precipita en el vértigo de la convicción. Entonces aparecen los creyentes, los poseídos por una idea, los que quieren salvar. No soportan que el otro piense distinto, porque la diferencia los hiere, les recuerda que su fe es efímera, como lo es toda creencia. Y en nombre de la luz, desgarran la sombra; en pos del bien, devoran los cuerpos que disienten. El dogma no conoce el límite ni saciedad porque cree amar (y no hay nada más violento que un amor que se cree puro).

La historia humana no está escrita por los perversos, sino por los virtuosos. Son los hombres buenos quienes destruyen el mundo, los que arden en celo por redimirlo, los que no comprenden que la existencia misma es una herida abierta que siempre sangra. Su bondad, al querer sanar, infecta. Pues no tolera el pus, ni el caos, ni la multiplicidad de formas que brotan de lo que llaman “el mal”. Lo que no entienden es que la realidad no puede curarse porque el mundo no está enfermo: es lo que debe ser. La vida es violencia que se hace carne y la constituye una tensión que sostiene el ser. Quien pretende purificar la existencia solo la vacía de sentido; el proyecto de salvar al hombre lo condena a la esterilidad de su espíritu.

El vicio, en cambio, se consume a sí mismo. Tiene la honestidad del exceso: se agota, se quema, se extingue en el fuego que lo engendra. Pero la virtud (esa llama fría) nunca se sacia. Se reproduce, se justifica, se alimenta de su propio resplandor. Y en su pureza se multiplica el horror. La virtud necesita víctimas, necesita oponentes que purificar, sombras que redimir. Su compasión no abraza sino que disuelve. Su perdón no libera, quiere colonizar el pensamiento ajeno. Todo aquel que se erige como salvador termina por ser verdugo de aquello que no cabe en su idea del bien.

Hay una crueldad que brota del amor no asumido, de esa ternura que no soporta su impotencia. Los bondadosos (los que predican la integración, la armonía, la reconciliación interior) olvidan que no se puede acoger la sombra sin ser desgarrados por ella. Integrar no es domesticar; es dejar que el monstruo respire en nosotros. Pero el alma virtuosa no soporta esa intemperie: quiere iluminar sin arder, sanar sin enfermarse, comprender sin desmoronarse. Y así su “trabajo de integración” no es más que una sofisticada forma de negación, un modo decoroso de mantener intacta y virginal la propia consciencia.

Lo que ha perdido el bondadoso es la dialéctica de la existencia, esa oscilación perpetua que abarca toda metamorfosis y que es el verdadero movimiento del alma, que crea y destruye a la vez. En su afán de imponer el bien y preservar la claridad, ha olvidado que todo vivir es transfiguración, que no hay creación sin ruina ni pureza que no se alimente del estiércol. La vida no es una línea recta que asciende hacia la virtud, sino un círculo que se consume en su propio devenir: nace y se destruye, florece y se pudre, se ilumina y se hunde en la sombra. El alma, cuando es fiel a sí misma, no teme ese vaivén, porque sabe que solo en el tránsito entre los contrarios se produce su devenir.

Pagamos caro no asumir el vacío. Lo llenamos con dioses, con causas, con bondades y deberes. Pero el vacío no se llena, se habita. Es el espacio donde la indiferencia (no como apatía, sino como sabiduría y paciencia) vuelve posible la coexistencia de los contrarios. Ser indiferente supone no caer en la tentación de querer salvar, es renunciar a la pretensión de pureza, es permitir que el mundo sea solo lo que ya es: un tejido de violencias, amores, ruina y horror que se sostienen mutuamente. Allí donde la virtud quiere ordenar, la indiferencia contempla y aprende de la realidad tal cual es.

Tal vez solo en esa renuncia pueda nacer una forma más alta de piedad: la que no busca redimir, sino comprender; la que no teme la oscuridad, porque sabe que la luz no es su opuesto, sino simplemente lo otro de sí misma. La verdadera bondad no es virtud, sino mirada: una mirada que no corrige ni absuelve, que se deja atravesar por lo que existe sin intentar mejorarlo. Solo entonces el alma deja de violentar lo real, porque comprende que el horror no está afuera, sino que late, dócil y terrible, en el centro de toda pureza, y así esta bien que sea.

Llenarse y vaciarse, la dialéctica del aprendizaje de la psicología

Logos del alma

En la vía del aprendizaje de la psicología una de las cuestiones que suelen ser más complejas es el papel del trabajo teórico y su implicación en la práctica profesional. El sentido común alude a la diferencia tácita entre ambas facetas del trabajo, y en la mayoría de las ocasiones es la dimensión pragmática quien se vuelve dominante en la urgencia de quien se dedica a estudiar el logos de la psique. Sin embargo, esta distinción es meramente aparente, en realidad la teoría y la práctica convergen de forma ineludible, y un aprendizaje teórico escueto empobrece la capacidad del sujeto de aprender la realidad compleja de su objeto de estudio.

No obstante, C. G. Jung creyó importante que la teoría psicológica no fuera un obstáculo en el tratamiento psicoterapéutico, advirtió que el psicólogo debía de conocer todo lo que pudiera sobre el simbolismo para después olvidarlo todo frente al análisis del sueño. Se puede ampliar esa afirmación y decir que el psicólogo aspira abarcar lo que su campo pueda ofrecerle, además de explorar otras dimensiones del saber, para constituirse como un profesional en su materia y aprovechar lo que la cultura le proporciona para forjar su entendimiento y brindarle complejidad a su mente, pero luego, frente al fenómeno, necesita perderlo todo.

En el campo de la psicología y la psicoterapia contemporáneas, sin embargo, la situación es distinta, en el ejercicio de la profesionalización hay una legión de psicólogos que han aprendido lo mínimo necesario para poder certificar su grado y otros tantos que se han especializado en un área de conocimiento y no tienen interés alguno por otro campo distinto del saber. También pululan incontables individuos haciendo psicoterapia sin haber pasado por un entrenamiento adecuado. Y, por último, hay psicólogos talentosos y eximios apegados en demasía a la teoría que han asumido, sin poder traicionar su saber cuando es debido. Por lo anterior, es necesario cuestionar: ¿qué significa la petición de Jung en la época actual para las profesiones de la salud mental?

En primer lugar, se asume que el psicólogo se interesa en ser un personaje culto, que posee una mente refinada, compleja, fraguada en el yunque de la confrontación con los problemas teóricos de su área y los de otras áreas distintas a la suya. Jung, por ejemplo, médico de formación, se interesaba por el simbolismo, la mitología, el estudio de la religión, la física de su época y, por supuesto, estaba al tanto de los pormenores de la psicología. Desde ese panorama se entiende que una actitud tal y un esfuerzo como el de este autor constituyen una aspiración del propio opus. Es claro que un profesional que sostiene su saber en lo sencillo y asequible no podrá acceder a esa dimensión del conocimiento mencionada y experimentada por Jung.

En segundo lugar, el psicólogo debe estar dispuesto a probar de su propia medicina y confrontarse consigo mismo en lo abierto y con los vericuetos de su propia vida interior. Es debido recordar que Jung fue el promotor más entusiasta del análisis didáctico. Por lo tanto, el profesional de la psicología, y de la psicoterapia, ha de ser sometido a su propia teoría. En un sentido chamánico, sus huesos, sus ojos, su piel han de ser arrancados para dotarlo con nuevos huesos, nuevos ojos y nueva piel. Por lo cual sucede un desprendimiento de la antigua personalidad y el advenimiento de un nuevo hombre, que resulta de la negación de su propia humanidad. La teoría aquí juega un papel importante pues constituye la nueva forma de ver la realidad y el umbral que tiene que ser traspasado para acceder al ámbito psicológico. Por todo ello, el conocimiento teórico no es nada despreciable ya que si el sujeto permite que éste haga su labor, su experiencia será la de un desmembramiento continuo de sus antiguas preconcepciones.

En tercer lugar, aún se debe dar otro paso más, el cual implica internalizar el umbral ya traspasado y pasar nuevamente por él. Hasta aquí el camino ha sido duro pero el joven psicólogo ha obtenido algo que antes no tenia y se siente orgulloso de su saber, sin embargo aún no ha hecho más que comenzar, porque el último punto requiere que lo olvide todo para estar frente al fenómeno. La teoría si bien es una herramienta para observar, por si sola y fijada en un dogma se convierte en un lecho de Procusto por el que la realidad es mutilada, o en una tela invisible, como la de Maya, que se interpone entre el sujeto y el fenómeno. El psicólogo que es el estudioso del alma no puede darse el lujo de obliterar la realidad de lo que se le presenta, ha de abandonar su teoría, pero ¿cómo abandonarla, si la ha internalizado y ya es parte de su propia piel, de sus propios huesos, si es los ojos con los que ve? Necesita sacrificar, por lo tanto, lo que tortuosamente ha acumulado y dejarlo atrás. Para ello ha de pasar él mismo junto a su teoría de nuevo por la puerta de entrada, en la confrontación de la teoría consigo misma, manteniéndose atento a sus contradicciones y siguiéndolas hasta la disolución del saber.

Sólo en este camino dialéctico, el fenómeno puede surgir como la verdadera teoría, únicamente así la voz del fenómeno se alza y se revela como el objeto de la psicología con alma y es entonces cuando la desnudez de la verdad es capaz de descarnar al psicólogo. Todo ello ocurre, una y otra vez, en cada ocasión en que el psicólogo, y el psicoterapeuta, se enfrenta al fenómeno frente a él. Así, un llenarse y un vaciarse continuos es lo que requiere la psicología de aquel que pretende acercarse a ella, estudiarlo todo y luego, frente al fenómeno, dejar que sea éste quien se piense a sí mismo.

Se asume que la dialéctica intrínseca en este caminar psicológico exige un quehacer inhumano por parte del adepto que se apresta a ser parte del opus del alma. En él la pulsión creativa se realiza sin tomar en cuenta las necesidades del individuo, el impulso ciego se dirige hacia la toma de consciencia no del hombre sino del fenómeno. Es el pensamiento de lo otro lo que debe ser pensado en la psicoterapia. La teoría, por ende, es el fuego que dota de dinámica al proceso psicológico de la psique objetiva, en ella, y a través del esfuerzo de quien se atiene al cuidado de esta tarea, se destila un pensamiento que, liberado de la ilusión material, puede asumirse como una noción que se piensa a sí misma.

El largo caminar del psicólogo termina ahí donde comienza el andar propio del alma, su compromiso lo devora de tal manera que el conocimiento obtenido lo deja atrás, olvidando al sujeto humano que arduamente le proporcionó un espacio de recreación y construyendo sobre el cadáver del hombre la comprensión psicológica real, así se lleva a cabo la kenosis y entonces solo persiste la inteligencia del objeto que se presenta, será éste quien haga la psicología y no la persona. Quizá también por ello James Hillman decía que la psicología era una preparación para la muerte. Tal es la naturaleza del vaciamiento de la teoría, que cabe resaltar se lleva a cabo una y otra vez ante cada nuevo paciente, donde el teorizar abre la puerta que, empero, nadie estará dispuesto a traspasar.