Del porqué deshumanizar la psicología nos hace psicólogos

Logos del alma

El alegato por deshumanizar la psicología proviene de James Hillman, quien en su obra magna, “Re-imaginar la Psicología”, propone cuatro principios para reestructurar la visión misma de lo psicológico, sustentando su diatriba en la obra de C. G. Jung. El cuarto y último principio es “deshumanizar”, es decir, asumir la diferencia entre lo humano y lo psíquico y devolver su dignidad de sujetos objetivos al alma y a sus manifestaciones fenoménicas.

Dice Hillman: “La existencia humana es psicológica antes que cualquier otra cosa -económica, social, religiosa o física-. Pues todas las dimensiones posibles de la experiencia humana son fantasías anímicas y ellas mismas están modeladas a partir de las necesidades del alma.”

La psicología como ciencia, se ha desarrollado, al contrario, bajo el prejuicio de que el hombre tiene una mente, es decir, que los procesos psicológicos ocurren dentro del hombre, como sus epifenómenos, siendo el individuo (y el medio que envuelve al sujeto) el contexto del alma. Toda la psicología del siglo XX se construyó bajo tal premisa y escuelas teóricas tan dispares como el psicoanálisis y el conductismo coincidieron en concebir al ser humano, en sus facetas particulares, como el objeto de la psicología. Ya sea en la búsqueda del modelado de la conducta o en el tratamiento de las manifestaciones inconscientes, en el centro estaba, y aún sigue estando, la dignidad del ego.

Jung proponía que el ego no era más que un complejo entre otros tantos, un órgano psíquico con la función de permitir la supervivencia del sujeto al ayudarlo a adaptarse mejor al medio, y también afirmaba que el alma estaba en su mayor parte fuera del hombre. Derivado de esta perspectiva junguiana, Hillman podía decir entonces: “El hecho de que el alma se experimente como “propia” e “interior” remite a la intimidad y la interioridad de la vida psíquica. No implica una propiedad literal o un interioridad literal.[…] El hombre nunca es lo bastante grande como para poseer sus órganos psíquicos; no puede sino reflejar sus actividades.”

No es el hombre el que tiene un alma, es el alma quién contiene la imagen del hombre. La psique es el contexto de lo humano, y por lo tanto, todo lo humano evidencia los procesos anímicos. Es necesario, en consecuencia, repensar el concepto de la psicología y, según su etimología, priorizar a la psique, y a su logos, como el centro de la reflexión psicológica, lo que implica un rompimiento con todo el aparato ideológico que ha supuesto el desarrollo de la ciencia psicológica. Esto es lo que significa la liberación del espíritu embotellado.

Deshumanizar supone que el individuo deja de ser el centro de la atención reflexiva para tomar su lugar en el aparato psíquico como un campo de expresión y como un ayudante, de y en la tarea del alma de hacerse a sí misma, pues si el hombre no puede contener sus órganos psíquicos, pero estos sí abarcan al hombre, entonces poner atención al fenómeno psicológico obliga a desprenderse de la visión antropocéntrica habitual para posar la mirada en el Anthropos.

Desplazar el foco psicológico del sujeto requiere repensar cuál es el objeto de la psicología y además distinguir al individuo de la dimensión psíquica. Dice Hillman: “nuestra individualidad no es en absoluto humana, sino más bien el don de una daimon inhumano que exige servicios humanos.” En dicha frase hay varias presuposiciones que dan pistas de cuál es el papel de lo humano frente a lo psíquico: 1) Lo que es experimentado como individualidad es en realidad un complejo aparato psicológico que expresa un telos que no está fundado en la existencia humana y que ante dicho objetivo es solo la superficialidad de tal entramado y 2) esta finalidad, que es más profunda que lo humano, y que guarda como modelo lógico la estructura de lo humano, utiliza al individuo como un medio de auto-reflexión. Aquí se podría releer la máxima nietzscheana de que el hombre es un puente y, también, agregar que es la vía por donde el superhombre transita hacia sí mismo, solo que de lo que se estaría hablando no sería de una maximización de lo humano, sino de la emergencia de su negación, es decir, aquello más complejo y preexistente al hombre (un Adam Kadmon psicológico). Esto es hacía donde apunta la consciencia llegando a casa a sí misma, ya que ella es el inicio y el final de su propia jornada y el sujeto egóico es un vía de acceso a su profundidad.

Lo anteriormente dicho ¿no es acaso lo que Hillman intuye cuando menciona: “No es mi individuación, sino la del daimon […]. No es la vida la que importa sino el alma.”? El objeto real de la psicología no es la existencia particular, empírica, sino la vida lógica del alma.

Por ende, se puede decir que durante más de un siglo se ha errado el camino de la disciplina en cuestión, cabalgando sobre un equívoco, estudiando un objeto que no se corresponde con su logos, que no se constituye con una psicología asentada en el espíritu de su verdad, como la psique que se piensa a sí misma. Pero también es probable que esta desviación de sea una forma en que la consciencia hace patente que el individuo no es más que una cáscara vacía sobre la que se puede construir cualquier significado, precisamente porque ha dejado de ser relevante para el proceso anímico. Deshumanizar la psicología, por tanto, no es una opción del psicólogo, es la prerrogativa para poder hacer psicología en un mundo que exalta al hombre abstracto, descontextualizado de su raíz anímica, del espíritu de la época.

Wolfgang Giegerich es el mejor continuador de la obra de Hillman, en su obra el proyecto de deshumanizar la psicología ha tomado tal relevancia que ya ni siquiera es necesario hacer patente esta distinción, su propio corpus teórico lo hace por sí mismo. Si bien, es posible que la psicología como la disciplina de la interioridad no sea el punto final del avance sobre la teoría psicológica, si representa el camino más cercano a lo que aspira una psicología asentada en el concepto de alma. En ella, como ya se dijo, deshumanizar es algo que se presupone, ya que el centro de toda reflexión psicológica es, de facto, la vida lógica del alma.

El concepto central en este rubro corresponde a la diferencia psicológica. Esta distinción implica que el objeto de la psicología, como verdaderamente psicológica, han de ser los fenómenos vistos desde sí mismos, como procesos autónomos que se piensan de forma urobórica en su singular desarrollo, en su despliegue incesante, y que expresan la dimensión sintáctica a la que pertenecen y que es, de forma redundante, ese mismo acto de pensarse.

De otra manera, la óptica centrada en el individuo tiende a observar todo lo existente como un reflejo de sí misma, entonces los fenómenos que ocurren en la psique son concebidos como adecuados o patológicos dependiendo de las necesidades del ego y la moral en turno, reflejando su propia dinámica en ellos, pero condenando al fenómeno al enclaustramiento en esquemas que son externos a él. Desde esta vía de acción el fenómeno es utilizado para los fines del sujeto empírico, con objetivos tales como: exaltar, integrar, enseñar, edificar o encontrar significados diversos en su figura. Así, la persona puede acudir al síntoma para justificar su acción, para evadir su responsabilidad o para buscar su propio bien; pero entonces lo sintomático ha dejado de ser importante por sí mismo, para transformarse en una herramienta al servicio del ego. La vía del individuo es una vía tecnológica, instrumentalista.

La diferencia psicológica, por tanto, distingue entre el sujeto y el alma, no para separar ambas dimensiones, sino para asumirlas en la unidad de su unidad y su diferencia. No un opus parvum y un opus magnum, más bien el opus magnum como opus parvum superado. Esto es un proceso noético que no puede ser entendido de forma pictórica o imaginal, únicamente se le comprende con el pensamiento.

Por consiguiente, deshumanizar tiene que ver con el hecho de distinguir en qué lugar se lleva a cabo la reflexión psicológica, si ésta mora en el sujeto, y sus deseos, entonces no se está haciendo psicología, pero si el objeto de estudio es el alma, como la sintaxis lógica de los fenómenos, entonces el psicólogo tampoco es precisamente el sujeto que estudia, sino que lo es el pensamiento del fenómeno en el acto de pensarse a sí mismo.

Ser psicólogo requiere la propia disolución de la pretensión de ser psicólogo, para dar cabida al hecho de que el alma es la única que puede hacer psicología. En Giegerich el precepto de deshumanizar la psicología alcanza, hasta el momento actual, su cúspide.

Una vez que se ha asumido que la psicología estudia al alma, la visión del psicólogo se puede tornar psicológica, lo cual quiere decir que antes no lo era, pues estaba enfocada en los fenómenos que se presentaban desde una visión sesgada y tecnológica. Tal óptica implicaba que el fenómeno era comparado con un modelo egóico al cual se tenía que adaptar y al que debía servidumbre. Tal esquema es muy conveniente desde un punto de vista pragmático pues tal como Heracles en la mitología, el ego es capaz de grandes hazañas, pero es incapaz de reconocer al otro que se le presenta. Cuando Heracles llega al inframundo, como Hillman lo explica, pelea con las sombra e incluso hiere al mismo Hades; con su fuerza logra conmocionar el mundo subterráneo, pero él mismo no es conmocionado por esta realidad, permanece impávido a pesar de que ha viajado a una dimensión distinta, es un turista en medio del infierno.

Desde la posición del individuo, todo lo existente ha de adaptarse a la necesidad del ser humano. Incluso las teorías y alegatos ecologistas, pacifistas, inclusivos, etc., todos ellos basados en principios morales muy loables, son incapaces de desligarse de la dinámica depredadora de la ego-conciencia, pues toda búsqueda de ayuda y salvación está fincada en la predominancia del ego sobre el objeto que tiene frente a él, solo se puede ayudar a aquello que está fuera de uno mismo; y para dar la mano la mirada tiene que tornarse compasiva ante algo o alguien que se considera distinto, pero tal distinción reposa en el esquema de lo que el ego considera que debería ser el otro.

En este tono Baudrillard decía: “todas la formas de discriminación […] proceden de un duelo colectivo, de una alteridad difunta […].”, lo cual parece muy evidente, pero Baudrillard continuaba diciendo: “La misma indiferencia puede conducir a comportamientos exactamente inversos. El racismo busca desesperadamente al otro bajo la forma del mal a combatir. El humanitarismo lo busca no menos desesperadamente bajo la forma de víctimas a socorrer.” Se puede entender mejor, entonces, que la búsqueda de ayuda y salvación constituyen una forma velada de desprecio por el otro, una manera de utilizar al otro para los fines, honorables o no, del ego. Desde esta posición compasiva el fenómeno es un esclavo del sujeto.

Giegerich también observa las contradicciones en el deseo de salvación y ayuda, de la visión subjetiva y menciona que: «hay dos problemas con la intención de salvación. Primero, la idea es grandiosa, ¿no es hybris ya el hecho de jugar con la imaginaria idea de salvar el mundo? ¿Quiénes somos para esperar ser capaces de contribuir de alguna manera a la salvación de algo, y nada menos que el mundo? Salvación, sotéria, liberación, es un programa de un tipo demasiado grandioso, un programa adecuado exclusivamente para un sotér, un Salvador.»

El ego tiene que inflarse para esperar ayudar al mundo, e incluso lo hace para el simple hecho de intentar ayudar al otro. Por ello es muy cuestionable dicha esperanza en las manos del psicólogo y se puede preguntar, en la temática de la búsqueda de ayuda como una forma de ejercer poder sobre el otro, ¿cuál es la verdadera intención del psicólogo, del psicoterapeuta, cuando se afana a ayudar a sus pacientes, en esa relación asimétrica que es la consulta psicoterapéutica?, y más aún si esto se enmarca en el segundo problema que observa Giegerich:

“El instinto psicológico ante una dificultad, una patología, un síntoma, en tanto es un instinto verdaderamente psicológico, no consiste en salirse de ello, ni en desear «corregirlo». El anhelo del alma es que la consciencia entre cada vez más profundamente en el problema, hasta el corazón mismo del asunto, no por un masoquismo enfermizo, sino para preservar la visión alquímica de que, para comenzar, la confusión en que nos hallamos es la materia prima a la que están dedicados el Eros psicológico y toda la Obra. En este sentido, incluso podría decirse que ni el mundo ni el hombre debieran salvarse de la dificultad; al contrario, es el problema o la patología misma lo que debe salvarse o liberarse, en el sentido de la exigencia platónica de sozein tà phainómena, «salvar el fenómeno».

Por supuesto, solo se puede entender esta última frase si primero se ha asumido que la psicología tiene como objeto de estudio al alma y, a la vez, se parte de la noción de que la dimensión anímica es absolutamente autónoma, es decir, que el fenómeno es suficiente en sí mismo como un otro para sí.

Jung decía, en un sueño, a su paciente hundido en un foso: “no fuera sino a través”. Esta es la vía de reflexión del psicólogo, independientemente de su necesidad subjetiva, de sus prejuicios o de sus deseos para el otro, su pensamiento ha de descansar en lo que el otro necesita de sí mismo, en aquello que es pensado en él, en la lógica que el fenómeno expresa a través de su propio despliegue; lo cual a veces puede traer su salvación y a veces su destrucción, pero ese destino no depende más que del daimon que constituye su noción interna.

El desmembramiento de la psicología

Logos del alma

En el mito órfico Zagreo es mutilado por los gigantes de blanca faz, su cuerpo es sumergido en agua hirviente y devorado de manera impía. Al cabo de la matanza solo su corazón sobrevive y éste mismo es nuevamente comido para volver a nacer. Lo mismo sucede con la materia que yace envuelta por el vaso hermético, que al calor del fuego del atanor, es sometida a la tortura alquímica que la libera de la pesadez de su literalidad volviéndola metafórica y conduciéndola hacia su propia noción.

Esto constituye una imagen vivida del sufrimiento intrínseco en la vía dialéctica del fenómeno, donde la contradicción lo somete al tortuoso transcurso de la superación de sí mismo. En el sendero de lo antagónico lo que refuta el momento presente nunca es un suceso externo, es la propia interioridad sintomática quien somete al mítico Zagreo a la desintegración alquímica, pues la lógica del fenómeno es lo que lo devora constantemente para hacer perdurar su existencia.

Es así que el camino del alma para llegar a casa es siempre un proceso transgresor. La propia psicología y su forma de mirarse a sí misma, han de recorrer este mismo tránsito para emerger como una verdadera disciplina de la interioridad, como una psicología cuya noción esencial sea el alma y que, por lo tanto, esté siempre abierta a la pregunta sobre su concepto, que desde su negatividad estructura toda la dinámica psíquica.

Centrarse en el logos de la psique sigue la encomienda de Hillman de reivindicar la dimensión patologizante del alma y con ello se hace justicia a la frase arquetipal que dicta: “La psicología como campo independiente sólo es posible si nos centramos en la psique, no en lo que hoy consideramos humano”. Deshumanizar no es un asunto ético sino psicológico, en ello se esgrimen las intenciones de una disciplina psicológica que acoge la dimensión anímica como su particular campo de acción y libera a lo humano de su literalización y de la carga de ser el único portador del alma.

Entonces, la psicología puede aprestarse para atender al sufrimiento en el síntoma y ya no al pobre sujeto del cual el humanismo espera demasiado. Abrir la puerta a la psique en su manifestación y comprender que el único terapeuta es el alma misma, libera la carga enorme del narcisismo posmoderno y le devuelve su dignidad perdida a lo humano como una ficción más de la vida lógica desplegándose en lo real. Así, el paciente es el logos y el tratamiento responde a la necesidad inmanente de pensarse a sí mismo en su naturaleza mórbida como psicopatología.

Esto implica una psicología destilada, desmembrada, siempre en proceso; que no es, ni puede ser, una ciencia moderna, ya que se asume como el estudio atento y cuidadoso del logos en el fenómeno. Pero pensar en esta disciplina de la interioridad requiere el arduo esfuerzo de desgarrar la propia piel y desconfiar de todo aquello que se tiene por sabido, atreverse a ver lo ya conocido desde su ángulo mito-lógico, dudar, además, de la importancia del ego y del sujeto empírico para el arduo proceso de hacer alma. Pero, sobre todo, requiere lo que el pensamiento imaginal ya demandaba: deshumanizar la psicología.

¿Estará el psicólogo dispuesto a someterse a tal desgarradura o temblará de miedo, como una hoja otoñal, ante la presencia de un dios vivo que se cierne frente su mirada? Es debido, por ende, ejercitar la visión metafórica y mantener la razón afilada para estar abierto a la realidad y aprender el oficio de las transformaciones cotidianas de un alma que se alimenta de imágenes e ideas, y para la cual el hombre es sólo un cadáver al que consume lógicamente para nutrirse de la esencia de su aniquilación.