La vacuidad de la lectura

Logos del alma

La lectura, el acto de leer, es uno de esos temas que han ido mistificándose a través de las generaciones. Los preconizadores de su importancia, han creado un aura sacra alrededor del verbo en cuestión, lo han convertido en imperativo, en una suerte de pharmakon en contra de la ignorancia y el atraso social, del racismo, de la injusticia y de todo lo que al final de cuentas es un rasgo humano de polaridad.

Pero en este gesto apologético se ha perdido el valor esencial de algo que no está hecho para ser adorado, sino para ser transgredido con el rótulo mendaz de la experiencia y de la reflexión, contaminado con la voz de quien descubre en lo escrito algo sin sustancia y que sólo la adquiere al ser despojado de su forma concreta y estática.

Leer es algo diferente a tantas otras actividades del genero humano, ya señalaba Borges que los libros son una extensión de la imaginación y de la memoria, procesos que forman la identidad y que permiten construir la cultura y con ello la civilización. Pero en esta misma tarea no siempre el acto conlleva la esencia del mismo acto, es decir, leer no es igual a comprender lo leído, esto se observa demasiadas veces en los sistemas educativos, en donde los textos se vuelven simples trámites para ascender de grado, se objetivan los discursos y se convierten en letra muerta que nadie vivifica pues cumplen un fin meramente técnico, su meta yace fuera de sí mismos.

Por sí misma, la lectura no es una actividad noble, ni mejora en algún sentido al que la practica, al contrario, como toda labor pasiva multiplica la miseria de quien la ejerce. Se tiene la creencia equivocada de que leer es benéfico para el espíritu y que hacerlo en demasía es proporcionalmente provechoso para las personas, pero tal quehacer es un espejo roto del sujeto lector que, la mayoría de las veces, sirve para justificar socialmente sus vicios.

Decía Cioran: “Cuando leo, tengo la impresión de «hacer» algo, de justificarme ante la sociedad, de tener un empleo, de escapar a la vergüenza de ser un ocioso… un hombre inútil e inutilizable.” Es en esta tensión donde la lectura tiene su nicho, entre la utilidad y lo inútil. Los preconizadores de la lectura exaltan el acto como si fuera en sí mismo importante, pero leer puede servir para muchos fines, como un espectáculo, por ejemplo, como la implantación de un ethos inadvertido o como un síntoma neurótico.

De tal manera, se puede notar que en leer no es importante, por más que esto incomode a los discursos propagandísticos del beneficio de la lectura, pues la misma se constituye como una ocupación vacua que quizás puede ser aprovechada para los fines que se propone siempre y cuando se cumpla un solo requisito: que quien lea no sea el individuo, sino que sea el alma quien se lee a sí misma a través del sujeto.

Leer es tan banal como cualquier otro oficio, si el lector permanece indemne después de hacerlo y como cualquier otra vía de conocimiento no es una senda que todos puedan recorrer. Por eso las estrategias de fomento y animación a la lectura, que se presentan como una panacea en el ámbito educativo, están destinadas a fracasar, ya que generalizan un destino que, realmente, elige a su portador y que lo sacrifica a tal rito. El acto numinoso de leer subvierte las normas de la moral educativa.

Por lo tanto la lectura es una pérdida de tiempo si ésta no destruye a su lector, si no lo obliga a confrontarse con la parte oscura de su existencia y éste no es sacrificado en la búsqueda de la comprensión. Pues el entendimiento de un texto no ocurre en la persona que lee, sino en el daimon que se escucha a través de esa lectura y es él quien guarda las palabras en la oscuridad de su corazón. Lo importante no es el solo el afán atender una narrativa, sino que sea el Otro quien preste atención a través de la propia lectura.

La vacuidad del hecho, sin embargo, no lo demerita, sino al contrario permite que sea su propia necesidad la que se imponga, como una hoja de papel de la que puede surgir el universo entero. Es entonces que es posible entender al individuo como un texto, al sujeto como el lector de sí y a la lectura como la continua relación del logos del alma consigo misma. En este tenor, lo importante no es cuanto se lea, ni a que autores o sobre que temas, sino que al leer el hombre se permita ser leído por el texto.

Desde la posición de una lectura del alma, leer cientos de libros o unos cuantos no es importante, porque el libro, y su contenido, no es sino un objeto en el que la misma alma cobra vida, siempre y cuando quien lea sea el animus que se cierna sobre la desgarradura, lo cual es fructífero únicamente si el pensamiento latente en la obra es capaz de ponerse frente a sí y estar a la altura de su dialéctica interna, todo esto a pesar del lector mismo.

Primer principio para leer a Jung

Logos del alma

Es frecuente encontrar a eximios comentaristas de libros, textos sueltos o algún otro tipo de obra, que siempre tienen una opinión desfavorable por ofrecer, son aquellos que saben más que el autor mismo y que antes de abrirse paso en el texto específico, ya intuyen cuáles son sus debilidades y sus defectos. Entonces se aprestan a aleccionar a los incautos con sapientísimas observaciones para mostrar que lo conocen mejor que nadie.

Esta es una forma defensiva de leer, el objetivo de la misma es permanecer indemne de aquello que se presenta como un desafío teórico, se trata de demostrar que lo que se sabe ya es suficiente y que la opinión personal basta para abordar lo que algún autor pudiera conjeturar de manera compleja. Así no es necesario leer más ni emprender la ardua tarea de comprender los significados del lenguaje del otro, porque lo conocido es ya lo idóneo.

Es una practica común y no es exclusiva de los legos en una materia, todos pueden caer en este tipo de huida del pensamiento, por miedo a que un concepto se infiltre en sus modos de ver el mundo y los someta al rigor de la presencia de la otro, obligándolos a romper el cascarón de su razonamiento narcisista.

Pero leer desde la suficiencia es como amar queriendo evadir las vicisitudes del deseo, en ambos casos las mandíbulas abiertas de la verdad no pueden desgarrar la carne pensante. Porque adentrarse en la obra de un autor exige un cierto grado de mansedumbre ante lo que es dicho por medio de la semántica propuesta. No es posible entrar en los confines de su obra sin estar preparado para ser consumido por la forma narrativa de un pensamiento desnudo e intrincado.

En el mito de Acteon y Artemisa, que Giegerich ha desgajado de manera prolija, el cazador se adentra en el bosque en pos de una presa desconocida, no sabe realmente lo que encontrará pero alista sus lebreles para aferrarse a aquello que se le pueda presentar.

En el bosque, Acteon encuentra a Artemisa bañándose y, al observar su desnudez, ella lo recompensa preñándolo con su don, lo transmuta en lo que ella misma es, un ciervo, y solo entonces los canes se aprestan a devorar a su dueño, pues Acteon ha podido transformarse en el objeto que buscaba, se le ha distinguido con la hazaña de ser destrozado por el entendimiento de la verdad desnuda, ha llegado a la rubedo.

De la misma manera leer requiere tener el valor de enfrentarse a un conjunto de ideas desconocidas y asumirlas desde la incertidumbre, obscurum per obscurius, permitiendo que el esfuerzo por entenderlas imbuya de su significado aquello que antes era lo normal y lo cotidiano. Si leer no transforma la propia visión del mundo, si no desarticula al lector, ello sugiere que no se ha leído verdaderamente, en cambio se han proyectado los prejuicios sobre el libro y se le ha vuelto manejable, un proyecto tecnológico.

Algo de dogmático hay en el acercamiento temprano a un cuerpo de pensamiento, pero sin esa disposición éste no podría penetrar en lo rincones íntimos del sujeto. Como sugiere Edinger pensar que el autor sabe algo que nosotros aún no sabemos permite mantener las puertas de la razón abiertas para pensar lo que en el fenómeno ya es pensado.

Leer a Jung, como a cualquier autor, precisa de la capacidad de advertir que aún no se sabe, que la comprensión está fuera de uno mismo y que por eso el quehacer del lector implica el intrincado esfuerzo por tratar de estar a la altura de lo que se presenta y permitir que el otro haga su trabajo en el corazón de quien, inseguro, se atreve a recibir al ángel que planta su semilla poietica en la mente que crecerá junto a ella.

No es exactamente Jung quien sabe más, es el daimón quien impregna con su noción aquello vertido en un trabajo de toda una vida, quien habla a través de las sinuosas vías de los conceptos entretejidos alrededor de un destino. Es este destino incierto el desafío al que el lector se apresta.

Luego vendrán las contradicciones, los desacuerdos y las dudas que romperán aquella normalidad teórica que la revisión cuidadosa y los años habrán forjado, llegará el momento de la devastación de la semántica de la obra para poder sublarla en su esencia negativa, sintáctica, pero ello advendrá después, en el tiempo justo del asesinato del padre, no obstante primero se deberá haber estado dispuesto a tener uno, un pater amado al cual haber apreciado lo suficiente como para desear destruirle algún día.

El autor imperfecto y el espíritu de la obra 

Logos del alma

Cuando la vida intima de un autor se revela y se observan las sombras de su imperfección, sus crímenes y perversiones, inmediatamente surgen detractores de su obra que creen encontrar en su criminalidad cotidiana, un factor que despoja a su trabajo de toda credibilidad e importancia. Otros muchos suponen que por medio de conocer la vida del autor se pueden saber los motivos y entresijos de su teoría y reducir aquella a las pequeñas experiencias del día a día, semejantes a quienes en la presencia de las imágenes de un sueño las atribuyen a la indigestión de la tarde.

Hay muchos ejemplos de esto, entre ellos pienso en Alice Miller que explicaba la obra de autores como Nietzsche con base en un pobre análisis psicológico, algo así le sucedió a Jung en sus seminarios sobre el Zaratustra donde proyectaba más de lo que comprendía. Sin embargo, todos estos análisis fallan por el simple hecho de que pasan de largo que el autor no es realmente la fuente de su obra, sino un mero instrumento de la misma. Goethe a menudo contaba que él sentía como el Fausto lo había creado y no al revés, de esta manera se entiende que la experiencia de la creación no es un asunto personal o individual, no hay algo así como un genio solitario, el autor siempre es acompañado por un Otro que es la poiesis misma.

El autor no es dueño de su obra, sino que sirve a un impulso trascendente a su persona que se identifica con la voz de la cultura o con el alma, Homero y Hesiodo propiciaban a las musas, por ello no habrían pensado que los libros que escribían eran sus libros, sino que había una tarea que hacer, un relato que contar y trataban de hacerlo lo mejor posible. El papel del artista no es crear sino permitir la creación, al someterse a ella, y sustentarla con las herramientas de la habilidad rigurosa.

Pero el influjo de un Otro en la vida del autor no es gratuito, le requiere de un pago continuo en forma de sacrificios cotidianos, es un demonio que ha arruinado la vida intima de no pocos artistas. Solo quien nunca ha sido tocado por el misterio de la creación, por el daimón que exige un tributo, puede creer que el autor y su obra son la misma cosa, pero quien ha sufrido el llamado angustiante de tal demonio, sabe bien que el hombre es la carne de la que se alimenta el espíritu de la creación y el creador no se mantendrá indemne ante su don. Ningún autor, afortunadamente, está a la altura de su obra.

Ora, lee, lee, lee, relee, trabaja y encontrarás

Educación posmoderna

Se hacen posgrados por necesidad laboral, quizá, en pocas ocasiones, por orgullo personal o en la búsqueda de prestigio académico, en algunas disciplinas éstos se usan como medios para acceder a mejores condiciones de investigación, pero nunca para seguir un tema de forma seria.

La escuela hoy es un gran aparato institucional que tiene como fin reproducir las políticas económicas imperantes, ante ellas pensar un tema es contraproducente y la reflexión profunda debe dar paso a la fabricación inocua de artículos académicos y textos que no tienen otro propósito que silenciar, con su vorágine de producción, las vías alternas de pensamiento que pudieran contraponerse a la estructura ideológica a la que se ciñen.

El medio científico y la cultura popular, de forma conjunta, sin saberlo, se aprestan al objetivo general del sistema actual, masificar, individualizar y emocionar al sujeto, que alienado de su propia circunstancia, de su contexto lógico, puede por fin ser liberado de la tarea de ser él mismo y de participar activamente en el flujo del pensamiento y entonces ser capaz de asumir su tarea como reproductor irreflexivo del dogma de los tiempos presentes.

En cambio, las personas tomadas por un tema especifico gastan décadas de su vida en el estudio silencioso de un autor o de una temática y, para ellos, desviarse en la ruta de los requerimientos institucionales significa una agónica pérdida de tiempo. Las mejores mentes se forman a pesar del mundo académico y de la intelectualidad institucionalizada, en la dedicación laboriosa y sacrificada al daimón que los impele a estudiar.

La escuela y la posibilidad de aprender

Educación posmoderna

La escuela no tiene cómo función real el aprendizaje, es cierto que lo propone y lo estipula como su objeto de acción, pero nunca ha sido el caso. La función de la escuela es culturizar, es decir, imbuir a los alumnos de los saberes sociales que les permitan convertirse en miembros productivos de su comunidad. Normaliza el saber y transmite reglas de comportamiento adecuadas. Pero aprender es algo distinto, ello exige complejidad, desorden, destrucción y desafío, siembra en quién lo hace una insana desconfianza en lo establecido.

Aprender, tal como amar, es un acto contracultural, envuelve al sujeto en una continua búsqueda, incesante, que lo hace distinto, que le otorga identidad, lo obliga a abandonar la metas sociales predichas; tal persona nunca será grata ni bien recibida por la cultura, al contrario se le relegará y se le observará como una lejana curiosidad a la que no hay que acercarse y si acaso despertara mucha curiosidad se tomaran de él pedazos y se los presentaran como un saber homogéneo, acorde al espíritu de la época.

El acto de aprender es una necesidad, pero solo de aquellos que sienten ese impulso y realmente son llevados por él, no lo buscan, es una pasión y como tal también es un padecimiento, un sufrimiento continuo, una sed que nunca cesa. El saber está en lo salvaje, en lo agreste. Mientras que la escuela brinda frutos ya cortados, el buscador es un cazador presto a la matanza y él mismo está abierto hacia su propia muerte. La cultura y la escuela, en cambio, son formas de evitar la muerte, por eso no pueden educar, sino solo masificar al individuo y convertirlo en un trabajador eficiente, en un buen ciudadano, pero nunca en un pensador.

La escuela normaliza, no educa, por ello si la necesidad de individuo es aprender lo hará fuera de las normas establecidas, abrirá muchos libros y buscará incesantemente algo que jamás encontrará del todo, pero el ansia por saber siempre estará presente y el sujeto vivirá para servirle. Aprenderá porque lo necesita, no porque sea lo correcto o lo deseable y nunca esperará que el aprendizaje venga de algún lado, porque no será un don que le sea otorgado sino una carga de la que jamás podrán librarse.

Se entiende, por lo tanto, que quien aprende, realmente no es el individuo sino el daimón que subyace en esa hambre inmarcesible, ante la cual las personas no son sino altares desplegados para el beneficio de ese dios o demonio insaciable. Quizá, si la escuela atendiera, a este proceso, podría por fin educar.

Es el daimón quien aprende

Educación posmoderna

Hay un énfasis desmedido en la figura del profesor durante el proceso de enseñanza-aprendizaje, como si la carga total de la senda educativa recayera sobre este único elemento, pero los actores educativos son varios, ademas del docente. Esta proyección social sobre la figura del maestro omite que la educación es una empresa sistémica que implica varios ordenes institucionales: las políticas publicas, las configuraciones familiares y las representaciones del sujeto individual y en donde se entretejen un conjunto de condiciones socioeconómicas y personales. En pocas palabras, la educación del sujeto depende más del contexto social y del espíritu de la época que de la relación entre el alumno y el maestro, pues siempre hay un tercero, entre los dos, que rige el rumbo del trabajo áulico.

Wolfgang Giegerich ha llamado «alma» a la producción continua de significados compartidos que constituyen la mentalidad, ésta no tiene una existencia positiva porque en sí misma es la negatividad de todo lo existente, es su dimensión lógica. Desde esta posición, se puede entender que toda actividad humana tiene como contexto la sintaxis anímica en que se desarrolla la continua producción de significados, éstos no pertenecen a nadie, son mera expresión de sí mismos, por lo tanto, el proceso educativo ocurre primero en ese lugar negativo.

Así, la cultura es conjunto de discursos que se producen de forma continua, que no son creados por nadie, sino que se construyen de manera autónoma y se reifican en lo positivo a medida que se van destruyendo, los sujetos vivimos de los restos dejados atrás por el alma e incluso nuestra noción de «sujeto» es un cadáver de tal dinámica. La educación puede ser vista como la afirmación continua de narrativas que proveen de identidad a las personas, de tal manera que les permita socializar con su pares reproduciendo significantes ya establecidos. Significados y significantes son la vía a través de la cual el gran Otro llega a casa a sí mismo, por medio de la repetición de su discurso en el lenguaje que los individuos aprenden.

Todo esto supone que en principio es el Otro, el alma, el daimón, quien en su función creativa dialoga consigo mismo para poder alcanzar su propia posibilidad, tratando de llegar al devenir del que proviene. Eh ahí el modelo prístino de la educación, pues idealmente la enseñanza implica llevar al alumno a aquello que en él es elucidado, es decir, conducirlo a su dimensión noética, en el sentido de volver al sujeto sensible de los conceptos que constituyen el mundo en el que vive y no convertir dichos conceptos en ídolos.


Educar es permitir que el proceso educativo original suceda ante la propia reflexión, cuando se permite que los conceptos hagan su trabajo en el corazón de cada individuo. Por esto es que la figura del maestro ha sido tan exaltada y denostada a la vez, ya que no se contempla que su labor no es otro sino el de permitir que emerja (que se constele) el verdadero educador y por eso se le confunde continuamente con una figura arquetípica que no le corresponde. Se espera demasiado del profesor porque no se atiende al concepto que le da vida a su trabajo. Lo mismo podría decirse del alumno, pues debe de comprenderse que quien aprende, realmente, es el daimón. El dilema educativo ha de girar en torno a tratar de dar cabida de manera manera consciente a ese opus que ocurre como un misterio en el que el hombre moderno ha ser iniciado, en el que debe ser educado y donde aprender significa brindar hospitalidad al alma.