El problema de los padres suficientemente buenos

Logos del alma

«Nada afecta tanto a la vida del niño como la vida no vivida de sus padres.»

C. G. Jung

A menudo los padres se sienten culpables de los errores cometidos en el proceso de la crianza de sus hijos, se preguntan constantemente si lo están haciendo bien o no y llegan al grado de interpelar al terapeuta para que éste juzgue su actuar, lo que significa que la exigencia los ha sobrepasado y desean que alguien más cargue con el papel parental. La preocupación por adecuarse a un ideal crea una tensión palpable en la angustia creciente por cumplir con normas que son inalcanzables. Es un cruel imperativo social aquel que impele a los padres a que sean solamente buenos padres.

En los cuentos antiguos suele haber una madrastra malvada que se contrapone al amor puro de los padres ausentes, pero ésta es una reelaboración más bien reciente, porque en las versiones más antiguas de los cuentos la figura destructiva recae sobre la propia madre o en ambos padres. Esto sugiere que en algun momento la idealización de las figuras paternas obligó a la cultura de una época a escindir el papel atroz y la figura benevolente en distintos recipientes. Sin embargo, un análisis más atento mostraría que las figuras que componen estas historias conforman una unidad, donde lo aciago y lo afortunado se entrelazan para permitir el desarrollo de la narrativa, pues el protagonista no tendría que emprender un viaje si no sintiera el rechazo de su hogar, si él mismo no fuera alguien sin una morada propia; es en el ser obligado a marcharse lejos de su posición inicial que conoce a la princesa encantada y puede convertirse al fin en el rey, es decir ser inciado en el misterio profundo de la paternidad.

Este cisma, entre los padres buenos y los malos, fue utilizado por Melanie Klein en su teoría sobre el estadio esquizo-paranoide, donde la autora conjeturó que ante la pulsión de muerte el sistema yoico, aun en ciernes del niño recien nacido, se deshace (deflecta) tal impulso amenazante en la figura del pecho persecutorio y en cambio proyecta la pulsión de vida en un pecho ideal, es así como el infante fragmenta la experiencia de la realidad de la que se nutre, pero no sabe que ambas imágenes no son distintas, este hecho da pie a la integración del aparato psíquico que se consolidara en el interjuego entre la vida y la muerte. Antes de Klein, Freud había entendido que la vida pulsional del sujeto es posible porque hay un contrapunto entre una necesidad por mantener la vida y el deseo perderla, esa danza continua entre la reproducción y la destrucción es el sine qua non de la existencia del alma.

Por lo tanto, se debe advertir que en la vida del niño no puede existir solo una figura benévola por parte de los padres, estos contienen, y deben contener, el matiz destructivo de poder ser aquellos que no aman lo suficiente, ha de haber entre ellos y sus hijos un misterio que los separe, porque ser padres significa poder soportar la incertidumbre de una distancia infranqueable. De otra manera, si las figuras parentales se empeñan en vaciarse de lo nefasto, entonces la experiencia del error y de la maldad tendrá que ser admitida por otro sujeto continente, que en la mayoría de los casos resulta ser el propio hijo. Ello tiene como consecuencia la necesidad compulsiva del hijo de no ser adecuado e incluso de identificarse con una posición perniciosa en contraste con la luminosidad de sus progenitores, ya que la tensión inherente en su subjetividad se ha trasladado de sí mismos a la simbiosis psíquica con sus progenitores. Es por eso muchos hijos taimados tienen un sentimiento de rencor contra los padres buenos y la culpa por ese odio que parece no tener justificación los sumerge aún mas en su oscura vivencia, pues ésta resulta ser también un mecanismo protector de la limpidez parental.

En los casos afortunados, por más que los padres intenten ser solo buenos, su misma estructura psíquica los obligará a expresar su sombra permitiendo que el hijo pueda ser impulsado, hacia su singular camino hacia sí mismo, por medio de la desilusión narcisista por no tener a los padres ideales. Quizás, a su vez, estos hijos intentarán ser padres buenos y, si todo va bien, fallarán estrepitosamente y con ello permitirán que nuevas generaciones puedan descansar en la adecuación de la vida e impulsarse en el alejamiento fugaz ante la muerte, comprendiendo así que la tarea paterna es poder sostener esta tensión de forma irremediable y que, por lo tanto, para ser buenos padres se requiere poder soportar la realidad de no poder serlo.