El lamento del psicólogo

Logos del alma

El psicólogo (psyche-logos) se adentra en el conflicto presente, si escribe algo y esto no va en contra de lo políticamente correcto siente que no vale la pena haberlo dicho, porque el trabajo en el consultorio le ha enseñado que los hechos tienen un trasfondo complejo que debe ser desgarrado para estar a la altura de los fenómenos.

Su posición no es la de quien retrocede temeroso ante la muerte ya que su tarea consiste en aprender a morir y ver morir a los otros, solo en ese intersticio es posible la psicología. Paga el precio por el viaje sin retorno y se apresta a ser olvidado en el curso de su labor. Sabe que no debe quedar rastro de él mismo, ya que entre todos los mortales es el menos digno de ser amado.

Por eso busca transgredir incluso hasta lo transgresor mismo, siguiendo la actitud dictada por Cioran cuando dice que: “No hay nobleza sino en la negación de la existencia, en una sonrisa que domina paisajes aniquilados.” Apresta, entonces, sus perros de caza sin saber que habrá de ser devorado por ellos.

El psicoterapeuta (psyche-therapeutes) se ha formado el hábito de pensar que todo está bien tal como es, que hay que escuchar al síntoma sin caer en la tentación de desear cambiarlo. El eje de su terapia es el cuidado amoroso del alma en lo real. Por eso él es el más cristiano de los cristianos, porque atiende a los tiempos de Dios aun cuando Dios ha muerto y hace caso a la premisa que dicta que: «Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora».

Pero su dios es el logos del fenómeno mismo y lo honra cuando éste le dice: «No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada.» Deja, entonces, que sea el síntoma quien piense, quien viva sobre los restos de sus prejuicios humanos. Se ofrece cual sacrificio al pensamiento del otro y masculla, silencioso, para sí mismo: “no sea como yo quiero, sino como tú”.

Se ha despojado tanto de la mirada moral que clasifica lo terrible y que quiere curar al mundo de su sombra, como de la ilusión de la flecha causal que subvierte los hechos hacia un origen fantasmal y los encamina a la vorágine del espíritu del tiempo. Su único refugio yace en lo actual, en aquello que no puede ser elegido; y ahí duerme, umbrío, aguardando el vuelo del ave del anochecer.

Y sin embargo, resuena en su labor el lamento de Fausto y puede decir junto a él: «en mi lucha aún no he conquistado la libertad. ¡Si pudiera alejar la magia de mi camino, si pudiera borrar todo conjuro de mi memoria, si pudiera estar ante ti, Naturaleza, como un hombre sin más, entonces sí que valdría la pena ser una persona mortal!»

Es psicólogo y está en camino de serlo y quizás nunca lo sea, todo ello al mismo tiempo.

De la psicología de la bomba atómica

Logos del alma

A partir de los eventos de Hiroshima y Nagasaki no ha cesado el interés por el fenómeno de la bomba atómica y lo que ésta significa para la humanidad. Su potencia destructiva se presenta de forma traumática en los sueños terribles del espíritu de la época y ha marcado de manera indudable la vida psíquica de las generaciones venideras. El potencial apocalíptico de la fuerza atómica es tal que por primera vez en la historia humana se está frente a la posibilidad clara de destrucción del medio ambiente y, por consiguiente, de la autodestrucción.

Wolfgang Giegerich estuvo muy interesado en dicho problema, de tal manera que dedicó varios ensayos a su análisis e incluso publico un par de volúmenes sobre El psicoanálisis de la bomba atómica. Pero entendemos que su postura no es la que el sentido común podría esperar sino la de quién observa el fenómeno de la bomba desde una perspectiva psicológica en sí misma, es decir atendiendo al logos que se presenta en el estallido del tema y como su resplandor llega hasta los confines de nuestra comprensión anímica.

La cuestión psicológica, entonces, gira en torno al esfuerzo por concebir la bomba atómica como un fenómeno, lo cual supone entender el papel que juega la psicología ante aquellos acontecimientos que determinan la vida del hombre en la actualidad, no desde una perspectiva catastrofista, pero tampoco desde el anhelo por revivir estadios perdidos en la memoria del alma, sino desde el interés genuino por comprender el espíritu que se desenvuelve en el desarrollo de la bomba.

El alma, la vida lógica, no es algo que se deba crear, pues ya está dada como el clima psicológico que todos respiramos, por lo tanto el papel del pensador lo conmina a atender a los fenómenos ahí donde se muestran de manera más nítida. En nuestra época eso significa que el alma ya no está presente ni en los mitos, ni en los sueños, ni en los antiguos misterios de otros tiempos, sino que existe en lo que no puede ser elegido, es decir: el capitalismo, la guerra, la tecnología, las redes sociales, la IA y, por supuesto, la bomba atómica. Ahí, en la fatalidad está el nuevo templo de lo divino.

Por lo tanto, el papel del psicólogo ante tales predicamentos no consiste en querer remediarlos, ni mejorarlos, sino en tratar de entender como el alma se expresa través de ellos. La meta del psicólogo no es la de transformar o la de curar sino la de entender y ser enseñado por la realidad, por la verdad del síntoma que acaece.

Para entender a la bomba atómica como realidad psicológica debe quedar claro que el objeto técnico que ésta supone habita en un contexto lógico que lo sostiene y que le da potencia, es decir, que la bomba no es un producto de la inteligencia humana, sino que es el resultado de una inteligencia propia. Es, antes que una cosa, una vía de expresión anímica en la propia alquimia de la historia.

La fisión de los núcleos pertenece al proceso de la historia de la consciencia tornandose en un objeto positivo que contiene el impulso explosivo de una serie de sucesos que determinaron su construcción, pero su existencia como idea es anterior a su presencia material, e incluso se puede decir que no hubo nadie que la ideara, más bien su misma lógica es la artífice de la realidad de la que surge. Es ella la que se crea y nos crea de manera sucedanea.

Por ende, pensar psicológicamente en el objeto técnico nos remite inevitablemente a entender como la técnica se consolida como la forma de ser-en-el-mundo de los fenómenos enmarcados en un proceso que transita de una condición donde los sujetos estaban rodeados por un infinito caótico a poder asumirnos como individuos con un sentido de interioridad inédito en comparación con otros momentos históricos.

Se puede conjeturar que el momento liminal en la historia del alma para este hecho fue la irrupción del cristianismo en la antigua cosmovisión pagana, que posibilito la expansión de la consciencia al recrear su magnitud infinita en la logicización de la realidad, es decir en la construcción de un infinito interiorizado que ha sido el verdadero telos de la ciencia en la búsqueda de los mecanismos que develan el mundo.

Así, la artificiosa polarización entre el bien y el mal (que sin embargo hoy damos por sentada) fue el antecedente de la vivencia de un mundo exterior consciente y un mundo interior inconsciente, y dicha polaridad generó la energía suficiente para la expansión técnica y la posterior emancipación del pensamiento de su base humana. He ahí la división primordial desde la cual pudo concebirse, posteriormente, la división del átomo.

La bomba atómica, la exploración espacial, la televisión, el internet, las redes sociales, la IA y el capitalismo podrían parecer fenómenos dispares y sin ninguna conexión más que pertenecer a la actualidad como el tiempo histórico donde se insertan cual realidades ineludibles, sin embargo la emergencia de la lógica que hizo posible su cimentación es una narrativa común a todos estos hechos. Tales sucesos son la consecuencia de la irrelevantificación de una forma de ser-en-el mundo y su interiorización en sí misma, que da como resultado la expresión más pura de su concepto.

Tal mutación de la consciencia tiene muchos nombres y representaciones, pero todas se conjugan en el punto de quiebre de nuestra civilización: la emergencia del cristianismo. Se podría pensar que la historia de un hombre que es a la vez el Cristo es solo una ficción conveniente para la constitución de una religión entre otras, pero se pasaría de largo la tremenda importancia de la realidad subyacente en la idea expuesta por tal símbolo.

El cristianismo significó la destrucción de las posiciones mitológicas y ritualistas y la transición de una posición imaginal a una constitución lógica del alma. Cristo no solo es un alegoría religiosa sino una realidad psicológica que comenzó hace miles de años con un dios solitario que un día se impulso sobre sí mismo para encarnar y, para tal propósito, el alma debió crear el mundo de una forma completamente distinta, liberándose a sí misma de sus figuras metafísicas y separándose de sí. De esta escisión nace el pensamiento tecnológico y la ciencia como su teoría.

Tal separación es inherente en la figura de Cristo en la cruz y como ésta supone la base de lanzamiento de la consciencia hacia la exterioridad de un mundo antes encerrado sobre sí mismo, tal ruptura es el prefacio de nuestra civilización tecnológica y, por lo tanto, la verdadera forma de la imitatio christi.

El cristianismo no es una religión común, a pesar de tener todos los elementos culturales de una religión (mito, rito y adoración) su objetivo está orientado no hacia el culto monótono de un dios que muere y renace cíclicamente como en las antiguas culturas ritualistas. Al contrario, las transformaciones de su dios no ocurren en el plano imaginal de la realidad, sino que lo hacen en la dimensión interior de la lógica. Su núcleo narrativo corresponde a una transición en la historia de la consciencia desde posiciones meramente metafísicas hacia configuraciones lógicas que, sin embargo, ya estaban presentes en las imágenes míticas de sus antecedentes semíticos.

Un episodio precedente a esta separación es la adoración del becerro de oro a los pies del monte Sinaí. Ahí se observa claramente la división del Dios de sus elementos telúricos y la emergencia de su forma sutil e inaprensible. El becerro de oro corresponde a la contención, en la vasija anímica, de la parte animal de la divinidad, la cual, no obstante, debe regresar a él en todo su salvajismo, como el huésped indeseable de la modernidad o como la bomba atómica que si se desata amenaza con destruir el mundo.

De estas reflexiones se puede deducir que Dios ya no esta en los cielos pero tampoco es una fantasía, al contrario es la sintaxis de la cultura y sobre todo es su forma violenta y terrorífica, por lo tanto Dios es la bomba atómica. Y lo es porque al separarse de sus elementos positivos creo un espacio donde la fisión nuclear comenzó a gestarse, ahí en el abandono de una dimensión de su figura previa la contundencia de lo numinoso se trasladó, en una ruta de miles de años, a una nueva visión tremenda, la del hongo nuclear que yace en el aparato destructor.

Por lo dicho, se comprende que el fenómeno de la bomba atómica no comienza en el campo de pruebas, ni en las teorías físicas modernas, lo hace en esa apertura primera que libero al dios de su fuerza animal, y que fue seguida de una serie de reacciones que derivaron en la crucifixión. Estas divisiones no ocurrieron en el espacio, lo hicieron en el núcleo del alma donde la unicidad atómica la mantenía fija de la dimensión metafísica que le daba sostén. El rompimiento del núcleo dio apertura a un nuevo claro que se fue abriendo paso a través del tiempo y en la ideas más señeras de la cultura.

De manera común se cree que la ciencia y la religión son dos fenómenos antitéticos, pero como se ha visto solo son dos momentos distintos de un mismo proceso de división lógica, el proyecto cristiano encuentra su cumplimiento en el espíritu de la ciencia, es ahí donde la esencia del dios se ha vuelto sutil.

Es debido recordar que fueron los grandes escolásticos los que encontraron la puerta abierta a la experimentación en el mundo, y que la antigua idea de la naturaleza como el otro libro de Dios fue una encrucijada necesaria para que la mente humana pudiera aventurarse por los paramos de una nueva forma de acercarse a Dios, esta vez por medio de su acción en el mundo.

El terreno para la transformación de la potencia divina en la fuerza atómica que nos aterroriza es parte de la mutación histórica del alma en su avance hacia la emergencia de los conceptos que va desgranando como hojas de un árbol que debe de agotarse para dar nuevos frutos. La pregunta que surge es si nosotros seremos parte de esos símbolos muertos, cuya irrelevantificación es necesaria para permitir que el alma sea. ¿No es acaso el sueño del cristiano ser uno con Cristo?

La bomba atómica nos llama a un sueño del que somos imágenes, superadas y sometidas al calor de un Huevo Filosofal que es capaz de deshacer el mundo como lo conocemos, y hoy, como siempre, somos parte de un drama divino que inició antes de nosotros y que quizá termine con nuestra existencia. Pero el propósito del psicólogo no es alarmarse, ni hacer escándalo por ello, sino mantener su razón firme de tal manera que sea capaz a de atender a lo pensado en este tránsito quizá terrible. La pregunta no debe ser, en consecuencia, dirigida a la salvación del hombre sino a la del fenómeno, pues esa postura es la única que la psicología puede tomar para tratar de estar a la altura de los tiempos presentes y hacer justicia al potencial destructivo de una era marcada por la fragmentación y la explosividad de sus formas culturales.

El cohete y la base de lanzamiento, o el salto de lo imaginal al espacio exterior llamado «realidad»

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘Technology and the Soul’, volumen II de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 6, pp. 117-135

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Independientemente de lo que se pueda decir sobre la insignificancia del vuelo a la Luna y otras misiones espaciales desde un punto de vista práctico y humanista, psicológica y «metafísicamente» la aventura en el espacio es un acontecimiento de la mayor importancia psicohistórica. Es el símbolo que señala que una verdad milenaria y «eterna» ha quedado obsoleta: la distinción entre el mundo sublunar y los cielos. También en otro sentido, los cohetes pueden considerarse fácilmente como un símbolo de este siglo; basta con pensar en el desarrollo vertiginoso de las ciencias y la industria. Pero justo aquí nos encontramos con una dificultad. Me refiero a la casualidad de que lo que yo llamo «conciencia natural», la conciencia que imagina «cosas» o más bien en un estilo de cosa en analogía con la percepción visual, se interpone y, por tanto, impide una comprensión verdaderamente simbólica y psicológica del cohete, así como de nuestra época.

Para la «conciencia natural» los cohetes son objetos particulares en la realidad entre millones de otros objetos. Sin embargo, es posible ir más allá de la conciencia natural. En el Kena Upanishad, por ejemplo, se pasa de «lo que los ojos pueden ver» a «lo que abre los ojos». Del mismo modo, la Psicología Arquetipal pasó de lo literal a lo imaginal, y Hegel ha mostrado cómo la transición de la mente natural al Entendimiento nos transporta a un «segundo mundo supersensible», que en contraste con el primer mundo supersensible (el reino platónico de las Formas atemporales), no es un reino por encima y más allá de la realidad ordinaria, sino un mundo invertido, es decir, el mismo mundo, pero como se ve cuando uno se pone de cabeza. Tenemos que hacer este movimiento para poder entender el cohete no como una cosa en la realidad, sino como la forma de nuestra (tipo de) realidad, la forma de la conciencia del hombre occidental, «conteniendo» en sí mismo todo lo que constituye el mundo en su conjunto, incluyendo los cohetes literales.

Otra diferencia con la conciencia natural es que, mientras que ésta tiende a temer un ataque con misiles nucleares como un posible acontecimiento futuro que hay que evitar a toda costa, yo propondría que este acontecimiento ha ocurrido hace mucho tiempo y es la base misma de la existencia del hombre occidental, de hecho de la «realidad» como tal.1 A diferencia de lo que se suele suponer, la «realidad», tal y como la experimentamos en Occidente, no es la palabra que designa lo que está naturalmente dado y que existe tanto antes como independientemente de nuestro pensamiento sobre él. Es más bien el resultado de un acontecimiento violento y «artificial» en la historia del alma: el lanzamiento de un cohete. El propósito de este artículo es meternos en el cohete, en su imaginación. De hecho, hemos vivido en este (tipo de) realidad durante más de dos mil años. Pero no de forma consciente e imaginaria. Es una necesidad psicológica para que finalmente traslademos sin reservas también nuestra conciencia e imaginación a lo que ha sido nuestra morada fáctica todo el tiempo.

Los cohetes necesitan bases, cimientos sólidos e inflexibles desde los que puedan despegar. Una tercera diferencia con respecto al punto de vista natural, que sostendría que la base de lanzamiento y el cohete son dos cosas distintas y que el cohete, una vez lanzado, deja atrás la base, es que, en lo que respecta al misil imaginario, es al lanzar el cohete cuando se establece la base de lanzamiento por primera vez. La base no es sólo el origen (el pasado) del cohete y el objetivo no sólo su destino (futuro). El cohete arquetípico crea su propia base de lanzamiento mientras vuela y se dirige a su objetivo. Cohete, objetivo y base son una misma cosa.

No podía haber tal base desde la que se pudiera disparar un cohete literal mientras, durante la etapa ritualista y mitológica de la civilización,2 el hombre vivía incrustado en lo imaginal. La imaginación mítica no permite el tipo de fijación necesario para constituir una base. Una base necesita la fiabilidad de la positividad (hecho positivo) como el equivalente metafísico de una gruesa capa de «hormigón». Debe ser una roca inflexible. Y debe estar en una posición exacta determinada geométricamente, o de lo contrario el cohete no podría ser llevado de forma fiable a su curso balístico calculado. Este tipo de exactitud matemática y fiabilidad positivista de un punto focal sólido es contrario al mundo del mito y el ritual.

Se podría objetar aquí que la imaginación mitológica poseía también la noción de un punto focal eminente, en la idea del centro de la Tierra, situado en ciertos lugares geográficos, como en Delfos. Sin embargo, este punto central carecía de las propiedades literales y positivistas exigidas a una base; no era un hecho geográfico, físico, no era un centro en el sentido rígidamente fijo de la geometría, porque había muchos centros de la Tierra. Cada templo, cada santuario, incluso cada lugar temporal de una ceremonia ritual era, mientras duraba el ritual, el centro de la Tierra. Por lo tanto, a pesar de ser el centro, no era una realidad literal y no poseía la autoidentidad inequívoca e inmutable que se requiere de una ubicación positiva. El centro podía estar potencialmente en cualquier parte, porque aquí el «centro» no se definía en términos de igual distancia a la circunferencia (en cuyo caso sólo habría un único punto que pudiera llamarse centro), sino en virtud de su cualidad «metafísica»: era el punto en el que una dimensión vertical rompía la superficie horizontal de nuestro mundo cotidiano, abriéndonos la profundidad del inframundo y la altura del cielo. Así pues, del mismo modo que horizontalmente el centro no podía identificarse de forma inequívoca, tampoco podía servir, en sentido vertical, como fundamento inamovible que ofreciera la resistencia necesaria para el despegue de los cohetes, en la medida en que su significado expreso era abrir el suelo sólido bajo nosotros a la dimensión de la profundidad (que por definición no tiene fondo).

Fue el logro del cristianismo dar a la humanidad la idea de un suelo absolutamente firme. «Sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno [el antiguo inframundo] no prevalecerán contra ella» (Mateo 16:18), una iglesia que a su vez se describe como «columna y fundamento de la verdad» (1 Tim. 4: 15). «Por tanto, cualquiera que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, le compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre una roca: Y descendió la lluvia, y vinieron las inundaciones, y soplaron los vientos, y golpearon aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre una roca» (Mt. 7: 24 ss.). «Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, que es Jesucristo» (1 Cor. 3:11). En estas citas se expresa un anhelo de algo absolutamente sólido, de un punto fijo literal, positivo, que pueda perdurar en el cambio de los tiempos. Es la voluntad de una inversión del significado mismo de «suelo»: base, lecho de roca, fundamento sobre el que apoyarse, en lugar de profundidad sin fondo (como en: el suelo del mar, del infierno, etc.); y suelo como lo que está puesto, en lugar de suelo primordial de donde surge todo lo que es (como de un manantial).

El cristianismo aportó la solución a la fantasía de Arquímedes de encontrar un «punto sobre el que pararse» que le permitiera desencajar el universo. Cristo no es otra cosa que este mismo punto arquimediano, y al mismo tiempo Cristo es quien efectivamente ha desquiciado el universo: «Anímense, yo he vencido [neníkêka, conquistado] el mundo» (Juan 16:33). En el ámbito del mito, ese deseo de desarticular el universo habría sido impensable. El héroe que más se aproxima a una postura tan violenta hacia el mundo, Hércules, no aprovechó la oportunidad que se le brindó de hacer algo parecido a desintegrar el universo. Es cierto que le arrebató a Atlas la bóveda celeste, pero se la llevó obedientemente y luego se la devolvió sin haber alterado el orden del cosmos.

Se podría pensar que el mensaje de la roca que se nos ha proporcionado en Cristo no es más que una audaz alegación que, como mera alegación, carece en sí misma de fundamento. Así es como solemos pensar en las afirmaciones religiosas: son una cuestión de fe, es decir, depende de nosotros creer o no en ellas. Pero yo sugiero que es de otra manera. El cristianismo es lo que promete y enseña. No es una cuestión de creencia. Al relegar ingenuamente el mensaje cristiano a la esfera de las meras creencias subjetivas, nos protegemos para no darnos cuenta de a qué nos enfrentamos. De hecho, el cristianismo sentó las bases mismas que predica. Es más, estableció la naturaleza ontológica del «suelo» como roca, después de que antes la esencia del suelo fuera la profundidad insondable.

Un famoso cartel de James Montgomery Flagg, utilizado para reclutar voluntarios para el ejército estadounidense durante la Primera Guerra Mundial, muestra a un hombre vestido como el Tío Sam que señala con su dedo índice directamente al espectador diciendo: «Te quiero a ti» (Fig. 1). Aquí ocurre algo extraordinario. La persona dibujada o pintada en el cartel irrumpe, por así decirlo, con su dedo índice señalado y su mirada penetrante a través del plano del cuadro; rompe su contención dentro del mundo ficticio o imaginario del cuadro y se adentra en la realidad literal «externa» donde viven los espectadores de carne y hueso.

Este cartel proporciona una manera sencilla y precisa de entender la naturaleza del logro singular del cristianismo. También el cristianismo hace estallar el «lienzo» del «cuadro», la «pantalla» de la «película» que presenta o el «texto» del «mythos» que tiene que contar. Al hacer estallar el plano del «cuadro», salta de la esfera de la realidad imaginal al espacio exterior de la realidad literal, una realidad que, sin embargo, sólo se crea originalmente mediante este mismo acto de salto arquetípico y primordial. También el cristianismo se centra en el individuo con una mirada penetrante y le señala directamente con el dedo índice. Se dirige a él a bocajarro, exigiéndole, por así decirlo, a punta de pistola: «Jesucristo te quiere a ti”. 

Con la idea del ataque cristiano al individuo (a todos los individuos) «a punta de pistola» no me refiero a la forma agresiva de predicar y misionar que se da entre ciertos fundamentalistas radicales. Su comportamiento podría considerarse, desde el punto de vista de la propia teología cristiana, como una aberración deplorable, como un error empírico (óntico) de los que se producen en la historia de cualquier movimiento debido a la incomprensión por parte de determinados individuos que lo practican. Pienso más bien en el ataque (ontológico) al individuo inherente a la propia lógica del mensaje cristiano. Desde el principio, el cristianismo se presenta con una pretensión absoluta sobre todos. Por mucho que, de hecho, el cristianismo deba dejarnos libres para decidir, lógicamente (en su visión ontológica del hombre) no nos da ninguna opción, ya que, según él, estamos metafísicamente amenazados, en caso de nuestra negativa, por la condenación eterna y absoluta. Simplemente debemos ser voluntarios como reclutas. No hay escapatoria, no hay alternativa, ya que la única alternativa se define como la idea misma de una no-alternativa: el infierno. Y mientras no nos hayamos incorporado, ya hemos sido arrojados metafísicamente al ser etiquetados como pecadores (en el sentido teológico de pecado). No existimos realmente. No tenemos Vida. Somos un cadáver.

En el negocio de la publicidad encontramos la idea del «público objetivo». Se basa en la constatación de que las necesidades, los gustos y el «lenguaje» de las personas son diferentes, de modo que lo que se vende y cómo se les vende tiene que diferir en consecuencia. En el contexto cristiano y en vista del implacable control cristiano sobre el individuo tenemos que dar a esta noción un significado mucho más radical, concretamente «metafísico». Aquí no significa el grupo óntico selectivo al que se dirige el mensaje cristiano; significa que a la humanidad como tal se le da por primera vez el estatus (onto-) lógico de «público» como «objetivo», como «objetivo» de una dirección a bocajarro, de hecho, de una especie de ataque. El público es ahora lo que hay que alcanzar, y alcanzarlo con una pretensión absoluta. El cristianismo no utiliza una forma cortés de dirigirse, mediante la cual se mostraría un respeto por la dignidad intocable del Otro y se evitaría una posible intromisión en su esfera privada. El cristianismo se dirige al Otro con una brusquedad casi indecorosa: «Jesucristo te quiere a ti»; de hecho, el cristianismo es la voluntad expresa de una intrusión y penetración en el santuario interior de una personalidad.

El objetivo es ya inherente al núcleo del propio drama cristiano y no sólo surge con la venta del mismo. Mientras que en otros mitos y dramas los protagonistas sólo interactúan con los demás «actores en escena» (con los dioses o los héroes míticos in illo tempore), la vida de Cristo tiene desde el principio un objetivo fuera de su propia esfera. Su interacción esencial no es con Dios, su Padre, ni con sus discípulos, ni con otros personajes de su drama. El objetivo de la obra cristiana es destruir la «ilusión» de la obra como un drama autónomo, relacionándose directamente con el público y haciéndolo participar directamente: la verdadera dirección está fuera del escenario, el único objetivo de la vida de Cristo es morir por sus espectadores desconocidos y anónimos, la humanidad en general: por su redención. Una inversión completa. El público ya no tiene que dejarse seducir por la imaginación de la obra y ser arrastrado así a una participación mimética en el mito en una especie de nivel visionario en la profundidad del alma. El héroe mítico, convertido en su siervo (Mt. 20:38, Lc. 22:27), sale a escena para dirigirse a ellos directamente, no sólo mediante un sermón literal, sino también y sobre todo representando el drama de su vida, por así decirlo, delante del telón ya cerrado, en el proscenio o incluso en la sobria y común realidad del «auditorio»: en el mundo empírico-histórico ordinario.3 Cristo quiere llegar al hombre precisamente en su realidad cotidiana.

Esta orientación hacia el exterior es lo que da al mensaje cristiano el carácter de misil. Como el cristianismo tiene carácter de misil, debe verse a sí mismo esencialmente frente a un público definido como un objetivo que debe ser alcanzado absolutamente. Y a la inversa, porque tiene un objetivo, adquiere el carácter de un misil que no se queda in illo tempore, o en el escenario o detrás del cristal que cubre un cuadro, sino que puede y debe atravesar la «pantalla de cine» y salir disparado hacia la realidad literal de los hechos duros, del público «real» de ahí fuera. Debido a esta dirección hacia un objetivo externo, se hace posible la diferenciación de dos tipos de realidad. También se podría decir que se produce su separación original, comparable a una división celular: la realidad positiva de ahí fuera (que para nosotros es la realidad propiamente dicha) y la realidad dentro de la imagen o la historia (que, debido a la ruptura del protagonista con la obra, o más bien a la reorientación del impulso de la obra directamente hacia el público, se degradó a una realidad secundaria y para nosotros no es más que «mera ficción», «imaginaria», una «ilusión»).

Así pues, el disparo del cohete cristiano es lo que originalmente abrió para sí mismo un espacio exterior (que antes simplemente no había existido) al que podía pasar. Este espacio debe su existencia a la idea revolucionaria de un mensaje como misil y un público como objetivo, cuya idea es la irrupción de lo imaginal. Hemos vivido en la (noción de) realidad conquistada por el cristianismo durante tanto tiempo que nos cuesta darnos cuenta de que se trata de una invención revolucionaria y de que podría haber existido, durante la era del mito, un modo de ser-en-el-mundo caracterizado por una constitución de la realidad fundamentalmente diferente, en la que todo estaba envuelto en el aura de lo imaginal y que simplemente no tenía nada «fuera» de sí mismo. Podemos hacernos una idea de esta antigua constitución de la realidad observando un cambio que se aprecia en las obras del arte griego primitivo.

Como han señalado B. Schweitzer y Bruno Snell4 , en el caso de las primeras estatuas griegas la estatua se identificaba, sin dudarlo, con la persona representada. Así, la inscripción de una estatua decía, por ejemplo «Soy Chares, gobernante de Teichiussa». Sólo en Atenas se encontraban inscripciones como «Soy la imagen de tal o cual…», que es una forma de decirlo que corresponde a la visión moderna. Para los atenienses, la realidad de la persona «real» se había separado obviamente de la de su imagen. La estatua sólo se refería o señalaba al gobernante, lo «significaba» o «representaba» o «recordaba», pero no era idéntica a él. En la situación anterior, la estatua misma hablaba como un «yo» y era él a quien, como debemos decir desde nuestro punto de vista moderno, «representaba»: «Yo soy Chares». La imagen, obviamente, irradiaba la autoridad del gobernante. La convicción de su poder real debe haber descendido sobre el espectador desde la mera visión de la estatua. El aura de Chares estaba presente de forma inmediata y completa en la imagen, de modo que el espectador se sentía sobrecogido y envuelto en el hechizo que emanaba de la estatua. La imagen tenía el poder de seducir a los espectadores en su propia realidad. Así, los espectadores se encontraban en el mundo imaginario de la imagen, rodeados por su aura. En la capacidad de la imagen para envolver al espectador en el hechizo de su profundidad arquetípica residía su autoridad silenciosa y no violenta sobre él y la verdad de su afirmación: «Yo soy Chares, el gobernante ….». Era una autoridad basada no en el poder empírico de la realidad «exterior» (armas, ejército, policía), sino en el resplandor de lo imaginal (sánscrito bharga, tejas, śrî: brillo, Fortuna, Königsheil, realeza, es decir, la sustancia «metafísica» de luz de la que debe estar lleno un rey para ser un verdadero rey). Todavía hoy, en medio de un ambiente completamente cristianizado y democrático, podemos tener una remota intuición de la fuerza hechizante de lo imaginal, cuando una novela o una película nos fascinan de tal manera que vivimos durante un tiempo en su mundo, absorbidos y conmovidos por su atmósfera, o cuando multitudes de personas se alinean en las calles con motivo de la visita de Estado de algún miembro de la realeza, para al menos por un momento bañarse en la śrî real que emana de ellos.

En las civilizaciones arcaicas, el hombre vivía en este tipo de realidad imaginaria. No había otra. El mensaje cristiano con su expreso y punzante TÚ («Jesucristo te quiere») expulsa radicalmente al espectador o al oyente de su incrustación en lo imaginal. Ya no nos atrae en su hechizo, ni siquiera en el de su propia verdad imaginal, sino que nos enfrenta, nos golpea con ella, apartándonos irremediablemente de ella y contra ella. El telón de lo imaginal se cierra definitivamente. El TÚ nos devuelve a nuestro lugar en el lado del auditorio del telón y detiene el deseo de la pasión y la imaginación del alma de transgredir (imaginariamente)5 al otro lado del telón en el drama divino en el escenario. De este modo, nos expulsa a un mundo «exterior», nos convierte en individuos aislados, en egos, que están desnudos frente a Cristo. Sólo el individuo existencialmente aislado e implacablemente arrojado sobre sí mismo puede decidirse por Cristo; y para pertenecer a Él, debemos decidirnos, y todo por nosotros mismos y desde el núcleo de nuestra existencia individual. Un sí o un no inequívoco y deliberado. No servirá simplemente dejarse atraer, encantar por las imágenes de la religión cristiana. Decidirse por Él será la afirmación definitiva para ser un paria de la realidad mítica y para ser arrojado de nuevo sobre la propia individualidad aislada, arrojado de nuevo sobre el principio del Uno, el principio del aislamiento. Pues si Cristo se dirige a nosotros a bocajarro con su exigencia de pertenecer a Él, esto es sólo la consecuencia de que este Cristo es Él mismo un TÚ expreso, incluso más que eso: Él es el principio de la posibilidad de señalar y «significar» las cosas o las personas con ese señalamiento confrontativo.

Se pueden distinguir tres características de la penetración a través de la superficie de la imagen en el espacio exterior de la realidad literalista. Primero: el señalamiento directo y abstracto (el «Esto»), segundo: el Uno, y tercero: el Todo.

Las siguientes citas bíblicas apuntan a la primera: «Este es aquel de quien dije: Después de mí viene un hombre que es preferido antes que yo» (Juan 1:30). «Y he aquí una voz del cielo, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mateo 3:17). «Este es el que vino por agua y sangre, Jesucristo» (1 Juan 5:6). «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel, que a ese mismo Jesús que vosotros crucificasteis, Dios lo ha hecho Señor y Cristo» (Hechos 2:36). «…es él quien habla contigo» (Juan 9:37). El señalamiento y el planteamiento que penetra en el «lienzo» de la imagen y entra en la realidad literal se expresa lingüísticamente también de otras maneras que no son el uso del pronombre demostrativo. «eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mateo 16:16). «Hoy se cumple esta Escritura en vuestros oídos» (Lucas 4:21). «Yo soy el que te habla» (Juan 4:26).

Esto, eso mismo, yo, tú, hoy (aquí y ahora): nos encontramos evidentemente en el mundo del capítulo «Sentido-certeza» de la Fenomenología del Espíritu de Hegel. Este capítulo no es, por así decirlo, más que la explicación filosófica de lo que en el Nuevo Testamento se había conquistado con la actitud que habla de las citas anteriores. Para comprender mejor la naturaleza de esta conquista, quiero volver a la inscripción «Yo soy Chares, gobernante…» y compararla con la última de las citas bíblicas citadas, «Yo… soy él» o con aquella otra famosa, «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Juan 14:6). A primera vista, las frases griegas primitivas y las cristianas parecen tener una estructura gramatical idéntica. Pero son afirmaciones fundamentalmente diferentes. Lo que dice la estatua tiene el carácter de una autopresentación; proporciona información, comunicando al espectador el nombre propio y la «profesión» de la persona retratada. Alguien se muestra y se da a conocer. El «Yo soy el camino, la verdad y la vida» de Cristo, por el contrario, no contiene ninguna información fáctica sobre el sujeto de la frase; es una identificación formal, y por eso puede abreviarse igualmente «Yo soy». La afirmación de Jesús no nos dice nada sobre él, sobre su «profesión» o su naturaleza particular. No dice, por ejemplo, Yo soy el camino, en contraposición a un lugar de reposo. Sólo quiere asegurarnos que Él «es».

Todas estas proposiciones con un «esto es», «hoy», «tú eres», «yo soy» sirven para detener a alguien o algo e identificarlo en un sentido casi criminológico. La pregunta en torno a la cual gira todo a partir de ahora es: «¿Es él o no es él?». Es la pregunta de las novelas policíacas, de los whodunits, de los detectives y de los jueces, y es la pregunta de la fe y la duda. Por eso también se puede negar la identificación: ¡No es él! Así leemos, por ejemplo, «¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿cómo es, pues, que dice: He bajado del cielo?» (Juan 6:42). Se trata de acorralar, señalar, mantener a raya, aprehender: ¡Éste es él! ¡Él lo ha hecho! Mientras que Chares se nos revela y se nos impone, la afirmación de Jesús se vuelve contra sí mismo y lo clava en o sobre sí mismo. El «yo soy él» es en realidad una (auto)incriminación y, como tal, sinónimo del «éste es él» o «tú eres el único» por el que el Cristo está firmemente aprisionado en el Jesús de Nazaret, o por el que Dios está encerrado en el Jesús histórico. Cristo no sólo fue clavado en el momento de su Crucifixión, sino que es Aquel que está clavado en sí mismo, que está absolutamente identificado consigo mismo, es más, ser el principio de la fijación y del señalamiento es su propia naturaleza.

La situación casi judicial explica también el papel decisivo de los testigos en el cristianismo. Cada cristiano tiene que ser un testigo más para «incriminar» de nuevo a Jesús. La finalidad más íntima de la existencia cristiana parece ser el acto de encerrar al Cristo imaginal en el Jesús empírico, histórico, y reafirmar su encierro solitario allí una y otra vez.

También en otras religiones hubo o hay personas empíricas que encarnan realmente a los dioses, por ejemplo, el faraón egipcio o el Dalai Lama. Pero aquí nunca se podría decir: «Este es él», porque la «existencia del faraón» o la «existencia del Dalai Lama» no estaba aprisionada exclusivamente en un solo individuo histórico; estaba diseminada en toda la serie de faraones o Dalai Lamas, que abarcaba miles de años y también futuras encarnaciones. Ciertamente, estaba presente en el ser humano particular que resultaba ser la encarnación actual, pero ningún faraón, ningún Dalai Lama tiene su divinidad como propiedad personal. Por el contrario, precisamente por ser la encarnación de una persona divina, se le quita importancia como individuo empírico que es y se le reintegra en la realidad divina más amplia que tiene que encarnar, y se le relativiza por sus múltiples encarnaciones en personas anteriores y futuras. En virtud de la diseminación de la encarnación en cada una de sus múltiples manifestaciones, su presencia es esencialmente suave, mientras que toda la divinidad de Cristo se concentra en la única persona histórica Jesús de Nazaret como foco exclusivo de la Historia como tal, lo que dota a la encarnación cristiana de una violenta agudeza. Todos los posibles «aquí» de una teofanía o epifanía han sido metidos de una vez por todas en el exclusivo Jesús histórico, de modo que ningún aquí y ahora real, antes o después de Él, puede ser ya el lugar de una epifanía en toda regla. El «allá» de ese Jesús de Nazaret se ha tragado todo posible «aquí y ahora». Ha privado al Tiempo de su vida y de su alma y se ha apoderado de él, de modo que el Tiempo ya no puede tener su vida en el flujo de momentos siempre nuevos que reciben su plenitud a través de la presencia epifánica de diversos personajes divinos. Ahora sólo hay un único momento cumplido (kairós) en toda la historia, dejando todo el resto del tiempo esencialmente (psico-lógicamente) vacío.

Con estas observaciones hemos entrado ya en la discusión de la segunda característica del salto que irrumpe en la naturaleza imaginal del Ser: el Uno. Es el tema de la exclusividad absoluta del Cristo. Jesucristo es el Único. «Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, que es Jesucristo» (1 Cor. 3:11). «Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos» (Hechos 4:12). Jesucristo está rodeado y protegido por todos lados por negaciones: ningún hombre, ni en ningún otro, ningún otro bajo el cielo. El señalamiento (el planteamiento del «Éste es») no apunta obviamente a un contenido positivo, sustantivo, sensual, sino que sirve esencialmente para excluir y alejar todo nombre concreto, la concreción como tal. El «Esto es él» significa la reducción a un espacio en blanco, a un punto desnudo en el sentido geométrico: el Alfa y el Omega; el axis mundi; el punto de inflexión del Tiempo; el punto cero de la historia. Porque el punto es esencialmente el punto cero, porque no tiene ninguna extensión, ninguna difusión en la amplitud del mundo. La introducción de la vara sagrada en el Gólgota es la implantación (posicionamiento) del punto cero en el Ser, que antes tenía un carácter mítico, imaginario. La vara (= la cruz en la que sufrió Cristo) es la imagen arquetípica de la idea que se enuncia expresamente en la proposición: «Éste es». Y el crucifijo, como dos ejes de coordenadas que se cruzan, es el símbolo del punto cero del Ser y de la subordinación del Ser bajo un sistema de coordenadas. Mucho antes de que el número cero fuera aceptado en las matemáticas, el cristianismo había inventado el cero como principio metafísico. Y, característicamente, el reconocimiento matemático del cero como número se produjo durante la época en la que comenzó la realización real del cristianismo,6 a saber, en el año 1629 (un año después de que Harvey descubriera la circulación de la sangre7 ) y de nuevo, sólo unos años más tarde, por una de las grandes mentes que impulsaron decisivamente la realización del cristianismo: Descartes (1637). Pues Descartes proporcionó al hombre moderno el fundamentum inconcussum, el ego, esa roca sobre la que la época moderna podía construir su casa y de la que podía desprender el mundo natural (el mundo vivido mítica o imaginariamente).

Al igual que en las matemáticas el concepto de cero permitió salir del ámbito de los números naturales (positivos) y conquistar los mundos de los números negativos, irracionales, imaginarios y trascendentes (por lo que el cero ha sido calificado como la invención más trascendental de las matemáticas), el cero metafísico es el punto en el que, hablando en sentido figurado, el Tío Sam rompe la contención en la realidad natural (imaginal) y se adentra en la realidad positiva «de ahí fuera».

Nos perdemos el sentido mismo del mensaje cristiano si no concebimos la exclusividad de Jesucristo estrictamente como el «Uno» que es el cero o un punto. Por supuesto, se podría partir de la idea de una persona real y natural que se llamaba Jesús de Nazaret y que tenía todo tipo de rasgos particulares, y luego decir que en esta persona, elegida por Dios entre todos los hombres, se reveló el Mesías. Pero este punto de vista se quedaría corto respecto a la idea cristiana. Seguiría siendo una recepción pagana del cristianismo, la traducción de lo específicamente cristiano a una versión mitológica del mismo. No puede ser que el Hijo de Dios, por así decirlo, por mera casualidad, se encarnara sólo en la única persona humana llamada Jesús y que, por lo tanto, al menos teóricamente fuera factible que el Cristo pudiera haber nacido igualmente «en varios otros nombres bajo el cielo» y en varios otros momentos. Jesús debe ser desde el principio y por necesidad e incuestionablemente el Único, si ha de ser el Jesucristo. Pero si Él es el Único absoluto, entonces Él es desde el principio el punto vacío, sin extensión. Incluso Su nombre no puede ser un nombre concreto bajo el cielo; debe ser el nombre del «no-nombre», del «esto» abstracto.

Se lleva a cabo una identificación o equiparación con las formulaciones «Éste es», «Jesús, el Cristo» y otras versiones de esta idea. Sin embargo, de acuerdo con lo que se acaba de decir, no es que se tome una persona empírica conocida aquí y una noción trascendental conocida allí para luego, por medio de la cópula, equipararla. «Jesús, el Cristo» no es una frase como «Einstein, el físico» o «Napoleón, el emperador de los franceses». No es una proposición en absoluto. Más bien, «Jesús (es) el Cristo» es el acto audaz de la equiparación, el acontecimiento de la proposición de «esto»: el salto de lo mítico o imaginal a lo positivo-factual («positivista»).

Si la frase «Jesús, el Cristo» conectara e identificara dos entidades conocidas (dos contenidos concretos) como en el caso de «Einstein, el físico» (sabemos quién era Einstein, y sabemos qué es un físico), permanecería dentro de la misma vieja esfera de la realidad sin irrumpir en ella en un salto radical. Esta ruptura fundamental sólo podría lograrse si en la frase «Jesús, el Cristo» no se identifica nada, nada que exista con anterioridad e independientemente del acto de identificación. Sólo podría lograrse si la frase como acto es nada más y nada menos que el esquema arquetípico de la identificación, el planteamiento original y por primera vez del signo igual, y si los contenidos particulares del sujeto y del predicado, de «Jesús de Nazaret» y «Cristo», se disuelven (como un «esto» vacío por un lado y un «él» vacío por otro) en el signo igual vacío como el Uno exclusivo abstracto, es decir, el cero. Si se supone que Jesucristo realmente ha vencido al mundo y nos ha redimido de él, no puede ser primero una persona concreta con muchos atributos y luego encima también el Encarnado. Debe tener su propia naturaleza en ser el evento desnudo del «Este es él», y todo lo demás que se nos enseña sobre Él debe seguir de, y estar contenido en, esta ecuación. La imagen gráfica y vívida de Jesucristo que se encuentra en la piedad cristiana es la imagen gráficamente embellecida del cero establecido en el «Este es él». De lo contrario, la salvación no podría funcionar.

Antes dije que las enseñanzas cristianas no tenían el estatus de meras alegaciones, sino que el cristianismo es lo que dice ser. Ahora ha quedado claro por qué tiene que ser así. El «Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, que es Jesucristo» de Pablo no es, en efecto, una mera afirmación en la que haya que creer o no, como tampoco son meras cuestiones de fe la invención de la rueda o la receta para mezclar la pólvora o construir la bomba atómica. No, la afirmación de Pablo es la verdad que formula, porque, en primer lugar, al identificar o equiparar a Jesús como el Cristo, realiza, en virtud de este acto de fijación, el planteamiento del «esto», que equivale al salto fuera de la esfera mítica, y, en segundo lugar, porque el fundamento sólido no es otra cosa que este acto de planteamiento originario. El planteamiento del «Esto (es él)» es la condición de la posibilidad a priori de una realidad positiva (positivista), una realidad que ya no debe su existencia y constitución a la manifestación epifánica de los dioses, sino que se ha establecido en virtud de un salto y debe su existencia al acto de un planteamiento.

Y no hay otro camino que el acto de plantear el cero establecido en «Jesús, el Cristo» para llegar a un punto fijo arquimediano fuera del mundo «abismal» de la imaginación mítica. Pero allí donde se ha producido realmente el acto de identificación y de establecimiento del punto cero, allí también se han puesto realmente los cimientos: se ha establecido el origen (punto cero) para un sistema de coordenadas que lo abarca todo (la cruz del mundo). En efecto, no puede haber ningún otro fundamento que pueda establecerse, ya que el punto cero sólo existe una vez. Incluso si su invención se produjera repetidamente, sería la invención de la misma cosa.

Así también es cierto que, como dice la sagrada escritura, nuestra fe «es la victoria que vence al mundo». «¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?». «El que tiene al Hijo tiene la vida; y el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida» (1 Juan 5:4s. y 12). Estas afirmaciones no son en sí mismas meras cuestiones de fe, como inocentemente nos gusta creer para evitar la percepción de que se trata de hechos duros que rigen nuestras vidas, independientemente de que nos definamos como creyentes o no. Esta inocencia es un lujo que ya no podemos permitirnos. El que cree que Jesús es el Hijo de Dios ha realizado el acto de identificación, que es la única forma de superar el mundo, porque en ese acto rompe de una vez por todas con el mundo natural (es decir, mítico, imaginal) y ha abierto arquetípicamente para sí la literalidad del Ser, la positividad de la realidad (cuyo nombre teológico es «Vida Eterna»). Los principales enunciados del cristianismo no hacen ninguna afirmación «misteriosa». En la terminología kantiana, se les podría llamar, en efecto, proposiciones analíticas (y no sintéticas): proposiciones cuyo predicado no añade nada nuevo a la noción expresada en el sujeto, sino que se limita a desplegar expresamente lo que contenía esa noción para empezar, como «el que salta al agua se moja». Es evidente que el salto al agua implica mojarse, y todos sabemos que un salto al agua es una posibilidad real (práctica). Igualmente es evidente que quien realiza el salto al «Esto es» tiene «vida eterna». Y no cabe duda de que este salto es una posibilidad práctica: porque todos vivimos en el Espacio Exterior, en la realidad establecida por este salto hace dos mil años.

En el mundo natural todo está contenido en el brillo mítico. Cristo sería aquí una imagen mítica, pero también el hombre Jesús de Nazaret, como todo acontecimiento empírico, estaría potencialmente envuelto en la esfera mítica. Más fundamentalmente, los pueblos de antaño derivaban incluso su ascendencia (y por tanto, en última instancia, su naturaleza real) de los dioses. A pesar de ser mortales, pertenecían a una misma esfera ininterrumpida con los dioses. Las realidades divinas y humanas, arquetípicas y empíricas, se reflejaban mutuamente, y la existencia estaba completamente envuelta en este proceso interminable de reflexión mutua, sin que hubiera un exterior, el punto fijo de un mundo positivo-factual.

El Tío Sam que aparece en nuestro póster lo tuvo fácil para salir de lo imaginal porque para el artista que lo pintó había habido siempre, después de 2.000 años de cristianismo, dos tipos de realidad, la imaginaria sobre el papel o el lienzo, y aquella en la que vivía el propio artista. Por supuesto, esto era muy diferente para el salto primordial fuera de la constitución mítica del Ser, porque «antes» de este salto no había existido otra realidad que la mítica. Aquí el salto tuvo que crearse originalmente de la nada, por así decirlo, el reino al que iba a saltar. El «Este es él» o «Jesús, el Cristo» pudo llevar a cabo con éxito la ruptura a través de lo mítico y el establecimiento inicial de la realidad positiva de la siguiente manera. Señalando absolutamente de entre toda la extensión de la múltiple realidad imaginal un punto (que sólo se reduce a un punto o a un cero por este acto de señalamiento) como el Uno y Único y estableciéndolo como un «esto» inequívoco al que hay que enfocar con toda la fuerza; y además, al equiparar absolutamente este «esto» con «Cristo» (la idea igualmente absolutizada de todo valor mítico o metafísico), todo lo demás en el mundo, todas las cosas y acontecimientos, de hecho la naturaleza como tal fue privada de su dignidad mítico-metafísica autónoma: de la posibilidad de ser «Cristo», es decire., de ser divina o epifánica. Con la identificación entró en el mundo una dualidad de «mundos»: Jesucristo aquí, realidad secular allí; o dentro de «Jesucristo»: el individuo empírico aquí, la persona divina allí. Al colocar un signo de igualdad entre el «esto» y el Cristo, se ha establecido por primera vez una división irreconciliable entre lo uno y lo otro (este mundo y el más allá).8

Es la separación absoluta y la simultánea identificación absoluta de los polos escindidos de esta diferencia lo que puso por primera vez el «fundamento firme»: la literalidad y positividad del Ser como tal. Este es el fundamento sobre el que puede construirse el mundo de los hechos positivos, extirpado radicalmente de la imaginalidad mítica, del mismo modo que podría basarse en él la fe literal en las «verdades» metafísicas: porque ambos están enraizados en la identidad dividida propia del cristianismo propiamente dicho. Sin embargo, la facticidad positiva (literalidad) se basa en la negación inherente al «Éste es» o «ningún otro». Más precisamente: la positividad de lo positivo-factual se basa en la negatividad del cero. Sin la negación absoluta, sin el repliegue radical desde la plenitud y la amplitud del mundo mítico hasta el punto cero vacío, no habría realidad positiva, ni roca arquimédica desde la que lanzar los cohetes llamados revolución científica, tecnológica e industrial, cohetes con los que, efectivamente, ya se ha desquiciado el universo.

Pero el cartel del Tío Sam es y sigue siendo un cartel, una imagen. El Tío Sam representado en él no sale de la imagen para nosotros, el público. Sólo parece hacerlo mientras nosotros, por nuestra parte, miramos el póster con naturalidad, imaginariamente: somos seducidos por su aura. La irrupción de la imagen se produce en la imagen y como imagen. Teniendo esto en cuenta, se hace evidente que el «esto es él» y la realidad positiva que se origina en el salto fuera del mundo mítico no nos saca de hecho de la imaginación mítica al Espacio Exterior del mundo «real», sino que se queda dentro de lo imaginal. El Espacio Exterior es en sí mismo una fantasía mítica que, sin embargo, para estar «fuera» de lo imaginal, estando de hecho dentro de él, tiene que ocultar su naturaleza imaginal y estar en oposición radical a cualquier otra imagen mítica. El estallido de lo imaginal equivale simplemente a una restricción y constricción radicales de la misma esfera mítica a una sola idea arquetípica dentro de ella, la idea del «esto» vacío, que al estar exclusivamente focalizada adquiere ahora la apariencia imaginal de ser la única y verdadera realidad. La riqueza de nuestro conocimiento científico sobre los hechos positivos de la realidad no es otra cosa que la ampliación o explicación de esta única «imagen» arquetípica, el cero.

Pensamos que los agujeros negros descubiertos por los astrónomos están a muchos años luz de nosotros, allá en el espacio exterior. No nos damos cuenta de que desde ese salto de lo imaginario hemos estado viviendo todo el tiempo en un Espacio Exterior que es en sí mismo el agujero negro. Pero el hecho de que la idea de los agujeros negros haya sido descubierta en este siglo en el universo astronómico no hace más que subrayar una vez más la intuición psicológica de que el primer indicio (la primera inmediatez) de las grandes realizaciones sobre nosotros mismos (sobre nuestra psicología) nos viene siempre de fuera. Que los agujeros negros hayan podido ser descubiertos en este siglo podría indicar que ha llegado el momento de que nos demos cuenta de que estamos, aquí mismo, sentados en el agujero negro y que toda nuestra realidad tiene, de hecho, la naturaleza de dicho agujero negro: es el resultado de que el hombre occidental se haya atrincherado devotamente en los detalles cada vez más minuciosos de una sola imagen arquetípica («El Tío Sam te quiere» o «Este es él») en la que se ha centrado monomaníacamente (monoteísticamente), inflando este punto cero hasta convertirlo en un universo total y negando la existencia de todas las demás imágenes arquetípicas que lo rodean, así como cegándose a su propia naturaleza como imagen.

No es necesario añadir mucho sobre la tercera característica del establecimiento de la base de lanzamiento. El tercer aspecto es lo aparentemente opuesto al único punto cero: el Todo, el conjunto, la totalidad. El problema del punto cero es que no existe mientras haya algo, algo que además del Uno pueda pretender ser algo por derecho propio. Pues junto a él, el cero sería simplemente nada. Y el problema del Uno absoluto es que no es el Uno mientras haya otros (otros nombres bajo el cielo). Porque si no es el Uno, entonces también es sólo una de las muchas miles de cosas del mundo mítico y no se convierte en el fundamento establecido. Por eso el cero tiene que convertirse en el principio del todo, y en su único principio. Debe tener el estatus de una Aufhebung (sublación, superación) hegeliana del conjunto de las cosas naturales y habitar así un nivel fundamentalmente superior. Todo debe estar sometido a él, reunido bajo su dominio (que es lo que hace del punto cero el agujero negro). Esto es lo que encontramos expresado en Efesios 1:10, «Para que… reúna en uno todas las cosas en Cristo, tanto las que están en el cielo como las que están en la tierra; incluso en él». Jesús el Cristo (o el punto vacío de «Este es él») como el Señor sobre el Todo.

¿Cómo puede someterse todo a la regla del cero? ¿Cómo se puede hacer desaparecer el Todo en la irresistible succión de un agujero negro? La respuesta a esta pregunta es la cruz, que es la idea arquetípica del sistema de coordenadas como cuadrícula de todo lo que es. Este sistema arquetípico de coordenadas es, en efecto, capaz de engullir todo el cosmos natural (mítico) y de convertirlo así en el punto único del «universo» positivista. Y sólo habiendo transmutado el cosmos en su conjunto en la literalidad positivista del «universo», existe una base imaginal firme para el lanzamiento de misiles, de modo que también podrían construirse bases y cohetes literales. Si no fuera el mundo entero el que se hace inequívocamente fiable al estar subsumido en un sistema único, cualquier base particular dentro de él, sea en sí misma tan sólida como pueda serlo, sería en su conjunto inestable.

En el «universo» el Uno y el Todo son lo mismo, porque aquí todo lo que existe sólo existe en virtud y en términos de su relación con el punto cero. Son lo mismo como la trayectoria del misil que se dirige a su objetivo es idéntica a la potencia absorbente del agujero negro o como el desarrollo vertiginoso de las ciencias, de la tecnología y de la industria es idéntico a la cementación cada vez más sólida del universo como base de lanzamiento arquetípica.9 Pero todos ellos están igualmente alejados de la multiplicidad propia de la actualidad natural.

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1 Hay que tener en cuenta que la palabra «natural» se utiliza aquí en dos sentidos diferentes, casi opuestos: en relación con palabras como «mente» es en cierto modo sinónimo de «falacia naturalista» y en contradicción con una comprensión más profunda, imaginal; en referencia al Ser o al mundo denota un estado anterior a, y no perturbado por, una intervención humana artificial que establece un punto de vista firme frente a la imaginación.

2 En el sentido de Heino Gehrts. Gehrts distingue cuatro estadios culturales sucesivos distintos, la cultura chamánica, la ritualista, la religiosa y la científico-tecnológica, una línea divisoria que separa las dos primeras de las demás. En otras palabras, para Gehrts la religión no es una palabra omnicomprensiva que se aplica también al chamanismo y al modo ritualista de estar en el mundo. Más bien, la etapa religiosa de la cultura se caracteriza por una postura muy diferente, casi opuesta, del hombre en el cosmos, un sentido diferente del tiempo, etc., mucho más cercano a la postura científica que a las dos anteriores.

3 La tendencia de algunos teatros modernos a implicar directa y literalmente al público o a hacer que la obra sea inmediatamente «relevante» para sus preocupaciones sociales o políticas puede verse quizás como una mímesis ritual de la necesidad cristiana de socavar, dentro de la obra, la ilusión de la misma y evitar así una «regresión» a un nivel más profundo (mítico, imaginal: pagano) de implicación.

4 Véase Bruno Snell, Die Entdeckung des Geistes: Studien zur Entstehung des europäischen Denkens bei den Griechen (Göttingen: Vandenhoeck & Ruprecht,4 1975), p. 101.

5 Cf. James Hillman, «A Psychology of Transgression Drawn from an Incest Dream», Spring de 1987, pp. 66-76.

6 Considero la Edad Media como una etapa preliminar del cristianismo. Fue la época de la Escolástica, como bien se denominó a sí misma, la época de una primera escolarización del hombre occidental en la estructura interna del pensamiento cristiano, es decir, una especie de propedéutica cristiana. Con el comienzo de la época moderna (Neuzeit), el hombre se había «graduado» de esta escolarización, de modo que, al haberse convertido el modelo de pensamiento cristiano en una segunda naturaleza para él, ya no necesitaba expresar sus pensamientos en términos literalmente (dogmáticamente) cristianos. Todo lo que pensara o estudiara lo haría necesariamente con un espíritu completamente cristianizado.

7 Véase mi «Liberación de la corriente de los acontecimientos: Okeanos y la circulación de la sangre», en Sulfur 21 (invierno de 1988): 118-140, ahora en mi The Neurosis of Psychology (Nueva Orleans: Spring Journal Books, 2005), capítulo 12, pp. 233-255.

8 «Por primera vez» en este documento no debe tomarse demasiado literalmente. Me preocupan menos los primeros comienzos literales en el tiempo histórico que las raíces arquetípicas, (psico)lógicas y dónde encontraron su formulación más elevada y adecuada en el tiempo histórico.

9 Podríamos dejarnos engañar por las tendencias modernas hacia un pluralismo de teorías y modelos de mundo y tomarlas como una señal de superación del universo monolítico. Pero creo que este pluralismo (empírico, literal) de métodos y modelos está al servicio del monismo (psicológico u ontológico) del universo.

La invención de la potencia explosiva y el proyecto de la bomba: Un capítulo de la prehistoria imaginaria de nuestro problema nuclear

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Artículo publicado en ‘Technology and the Soul’, volumen II de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 5, pp. 101-115

Quinientos años antes de que se inventara la pólvora en Europa, hacia el año 1300, los chinos ya la conocían y la utilizaban para los petardos y cohetes. Pero esta invención en China no revolucionó en absoluto el espíritu y el desarrollo de la cultura china. Vista desde fuera, hasta 1912 la cultura china seguía siendo básicamente la misma de siempre. Por el contrario, desde la Edad Media, la mente de Occidente ha despegado como un cohete, comenzando lentamente a elevarse sobre el suelo, y luego acelerando exponencialmente, hasta que ahora, por poner sólo un ejemplo, puede decirse que cada ocho años se duplica la cantidad total de conocimientos científicos.

Esto no tiene parangón. Ninguna otra civilización muestra este desarrollo explosivo autopropulsado. Vistos desde esta perspectiva, las bombas atómicas y los misiles de este siglo no parecen subproductos accidentales de nuestra cultura, no son un invento más entre miles de otros, sino el símbolo de Occidente en su conjunto, símbolo en el sentido más amplio de la palabra como encarnación del significado interno de nuestro desarrollo.

Los físicos e ingenieros que inventaron la bomba no la inventaron de la nada. La bomba no es realmente un invento suyo. Es más bien al revés. Fueron los exponentes de la mente explosiva del Occidente cristiano. La Bomba los inventó a ellos; produjo a sus propios productores, como dijo Goethe: «Los poemas me crearon a mí, no yo a ellos».1 La Bomba sólo pudo ser inventada por una civilización que se formó a su vez a imagen y semejanza arquetípica de la Bomba. Sólo lo semejante descubre lo semejante.

Así que la construcción de la bomba como realidad técnica literal debe haber sido precedida por la edificación de la bomba en el alma occidental. Utilizo la palabra «edificación» deliberadamente, ya que tiene un significado religioso. Porque fue lo que en el lenguaje cristiano se llama edificación, es decir, la construcción del alma en la fe y la firmeza moral, lo que edificó la Bomba no sólo en el alma del hombre occidental, como dije antes, sino más bien como el alma del hombre occidental: la nuestra es un alma bomba, una mente explosiva, una conciencia de misil.

La imagen arquetípica de la bomba nos resulta familiar a todos. Está expresada en el cuento de hadas del diablillo de la botella, el Espíritu en el Vaso, contado por los hermanos Grimm. Una sustancia altamente peligrosa, personificada como un demonio llamado Mercurius, está encerrada en una botella. Un sello mantiene el explosivo en la botella, pero puede ser roto fácilmente por cualquiera que sea alcanzado por la tentadora llamada del interior de la botella: «Déjenme salir, déjenme salir». Si se le deja salir, el espíritu o la sustancia, que mientras estaba contenida en la botella parecía pequeña e inofensiva -el cuento de hadas la compara con una rana-, explotará fuera de la botella y adquirirá proporciones tremendas, amenazando con matar a su liberador.

Jung dedicó una conferencia de Eranos a este cuento, el único cuento de hadas tratado por él en profundidad. Jung plantea también un punto desconcertante: ¿cómo llegó el Espíritu Mercurius a la botella en primer lugar? Porque sabemos, por supuesto, que la naturaleza de la sustancia mercurial en la alquimia es ser extremadamente evasiva y aparecer en cualquier lugar, a nuestro alrededor, y que de igual manera la naturaleza del Dios Mercurio o Hermes en la religión griega era no pertenecer a una región, y mucho menos estar confinado. Más bien, como Dios mensajero, cruzaba todas las fronteras, estaba dentro y fuera, arriba y abajo. Pero en este cuento él o lo que queda de él puede ser localizado. Así que entre el estado natural de Mercurio y el estado en el que el cuento muestra que se encuentra ahora, debe haber ocurrido una intervención de alguna fuerza externa, de algún mago poderoso, por así decirlo, que interrumpe su libre despliegue y lo aprisiona artificialmente como un espíritu maligno. El cuento de hadas refleja así, indirectamente, el destino histórico que corrieron los dioses paganos en el mundo cristiano. Fueron demonizados, subsumidos bajo la imagen del diablo y embotellados -reprimidos, como decimos hoy-.

Jung evalúa este destino de Mercurius a la luz de su conocida idea de que sin sentimientos de culpa moral y sin distinciones percibidas no podría haber conciencia en absoluto. Habría prevalecido una existencia meramente instintiva y una inconsciencia ingenua no perturbada por la culpa. Habríamos seguido siendo mera naturaleza, si el «maestro» no hubiera puesto fin a esto interrumpiendo el libre desarrollo del ser natural, introduciendo una distinción entre el «bien» y el «mal» y condenando al ostracismo al «mal». Debemos conceder al maestro de almas -esta es la evaluación de Jung- que su extraña intervención fue útil para el desarrollo de cualquier tipo de conciencia, y en este sentido algo bueno.

La afirmación de Jung contiene una visión impactante. El bien y el mal no son factores primarios dados con la naturaleza del mundo. Más bien, son el producto de una «intervención extraña», de una «distinción» introducida «artificialmente», el resultado de un acontecimiento histórico, a saber, la incursión del cristianismo en el mundo natural pagano. Hasta Jung, el mal se consideraba una verdad metafísica a priori, intemporal, eterna. Pero al igual que la rueda u otros inventos similares que revolucionaron la vida humana, el mal también fue «inventado» en el curso de la historia mediante un acto incisivo, una especie de operación alquímica de separatio realizada sobre lo que por sí mismo no está precisamente separado.

La filosofía nos da un apoyo indirecto a esta idea. Como han demostrado tanto Kant como Nicolai Hartmann, nadie puede desear hacer el mal por el mal. Es humanamente imposible. En todo lo que hacemos, incluso en un acto criminal, estamos motivados por algún bien. El asesino puede tener como objetivo un valor relativamente bajo (por ejemplo, enriquecerse) y violar un valor superior (la vida de los demás), pero sigue estando motivado por un valor y no por el «mal». Así pues, el mal en sentido estricto no se da en la experiencia humana primordial, y no es un factor eterno del mundo que en tiempos arcaicos simplemente no se hubiera descubierto todavía.

Jung ve a través de la artificialidad de la distinción entre el bien y el mal y, por lo tanto, nos hace conscientes de los opuestos morales que anteriormente se habían dado por sentados inconscientemente, es decir, que habían mantenido nuestra conciencia en sus garras. Y, sin embargo, el propio Jung parece estar todavía bajo el hechizo de la idea cuando afirma que la distinción entre el bien y el mal era necesaria y útil para el desarrollo de cualquier tipo de conciencia, y por lo tanto algo bueno. Jung parece creer que esta distinción trajo consigo una percepción más precisa, más adecuada y más consciente de la realidad. Pero esto no es una descripción de los efectos de los opuestos morales; es una evaluación en sí misma guiada por la propia distinción entre el bien y el mal que se supone que evalúa.

Esta distinción provocó cambios fundamentales, pero no en la dirección de una «conciencia superior», más diferenciada. Al contrario. La distinción entre el bien y el mal supuso una reducción y simplificación fundamental de la conciencia. Al igual que en la literatura la representación en blanco y negro de la novela occidental con sus «buenos» y «malos» refleja un nivel de conciencia muy burdo en comparación con las complejas y sutiles descripciones de los personajes en las grandes novelas o dramas, la enfática oposición entre el bien y el mal, Dios y el diablo, reduce las múltiples diferenciaciones de la era mítica a una única y abstracta distinción mínima: positivo frente a negativo. Zeus, Artemisa, Dionisio, Wotan no pueden ser tratados con una distinción tan burda, son demasiado complejos y multicolores.

La invención del bien y del mal supuso una pérdida de concreción y de diferenciación precisa. Y esta pérdida fue el precio de una ganancia, una ganancia, sin embargo, de naturaleza totalmente diferente a la que Jung tenía en mente: en lugar de diferenciarse más, la conciencia se radicalizó e intensificó enormemente. Las múltiples y sutiles diferenciaciones se concentraban ahora en una sola distinción. El ser fue electrificado, llevado a la máxima tensión de un polo positivo y uno negativo. Todas las diferenciaciones cualitativas debían ser subsumidas y utilizadas para una superdistinción, la distinción moral. La invención del bien y del mal no es una conciencia «más alta», que se acerque a la «verdad», como parece haber pensado Jung, sino una conciencia más tensa y electrificada. Esta invención es un motor metafísico y psicológico, la invención de un transformador del mundo. La idea del mal es una gigantesca central eléctrica psicológica. Por medio de los opuestos morales la conciencia pudo producir artificialmente más y más energía para sí misma quemando las múltiples cualidades imaginarias policromadas del mundo y explotar esta energía para ganar poder sobre toda la naturaleza.

El motor de energía requiere una tensión extrema. Para crear esta tensión de alto voltaje en el alma, el odio se vuelve vital; no el odio personal, sino el odio en un sentido ontológico. El eros cosmogónico que mantiene unidos a los opuestos y permite el libre flujo, por ejemplo, del Yin al Yang y viceversa, desaparece. En su lugar, la enemistad entre los opuestos se convierte en el principio que rige el ser en general. Esto se expresa en poderosas imágenes, como la de Satanás. Satán es el adversario como tal, el enemigo que como enemigo es el «príncipe de este mundo» (Mateo 13:39 y Juan 12:31). O, «Porque todo el que hace el mal odia la luz» (Juan 3:20, afirmando algo que, como aprendimos de Kant y Hartmann, es humanamente imposible). O bien, la muerte es «el último enemigo que será destruido» (1 Cor. 15:26); la enemistad se pone entre la serpiente y la mujer (Gn. 3:15) y entre el mundo y Dios (Sant. 4:4; Rom. 8:7). Enemistad significa aquí incompatibilidad absoluta, o más que eso: la voluntad fija por parte de uno de los opuestos de destruir totalmente al otro. ¡Qué fantasía tan diferente de la china del Yin y el Yang!

Una conciencia que vive con el antagonismo radical e irreconciliable del bien y del mal está continuamente, porque ontológicamente, puesta en alerta, lo que exige una movilización total de todas las reservas. La polarización es tal que el peligro es constante. Ontológicamente vivimos en tiempos de guerra perpetua. La situación es extremadamente inflamable. No debe haber sueño, ni descanso, ni juego libre para los impulsos y las imágenes del alma. «Sed sobrios y velad, porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar» (1 Pe. 5:8).

La idea del mal se deriva de un procedimiento de separación y purificación similar a los procedimientos de la química moderna por los que las materias primas naturales se separan artificialmente en sustancias valiosas purificadas, por un lado, y residuos venenosos, por otro. Detrás de esta idea opera una voluntad de veneno puro, la voluntad de que el mal puro sea. Vemos un poco de esta voluntad de maldad en el Sermón de la Montaña, cuando Jesús lleva los Diez Mandamientos al extremo. Por poner un solo ejemplo, ya no se considera malo el acto de adulterio cometido, sino el mero hecho de mirar «a una mujer para codiciarla» (Mt. 5:28). ¿Qué es lo que motiva este llevar a los extremos? Detrás de esta radicalización está la voluntad de dar autoridad absoluta a la idea del mal. Hasta entonces, cualquiera que no cometiera adulterio, que no matara, que no mintiera, podía ser considerado justamente bueno (justo). La diferencia entre el bien y el mal tenía un significado práctico preciso. Sin embargo, lo que el Sermón de la Montaña quiere conseguir es que se elimine la diferencia entre las personas que sí cometen esas acciones y las que no: todos son pecadores. Así, Jesús no quiere ayudar a las personas a vivir una vida mejor y más moral, sino que quiere imponerles la idea de la ineludibilidad del mal (el pecado) para aumentar la autoridad del mal. Se declara que el mal gobierna sobre todos, sin excepción. «No hay nadie que haga el bien, ni siquiera uno» (Salmo 14:3). El mal o Satanás es incluso entronizado como el «Dios de este mundo». Esto no es algo que se reconozca o se descubra que es así, es algo que se hace al mundo y al hombre.

Con respecto al mal, la gran pregunta que mueve al mundo cristiano ha sido siempre pdthen tô kakdn? ¿De dónde viene el mal? La pregunta correspondiente para las culturas arcaicas era la contraria: ¿Qué hacer con el mal? ¿Dónde ponerlo? Un método utilizado por estas culturas para tratar el mal era el ritual del chivo expiatorio. Se elegía a un miembro de la tribu, o a un animal, y se le cargaba ritualmente con toda la mancha y luego se le arrojaba al desierto o a una sima. Erich Neumann, Friedrich Seifert y otros han criticado esto como una represión temprana, literalmente realizada, mientras que ellos abogan por la integración del mal. Su punto de vista proyecta una condición psicológica u ontológica moderna hacia tiempos anteriores. Heino Gehrts rechazó con razón esta teoría del chivo expiatorio. Señaló que el hombre arcaico vivía en un mundo rodeado de infinidad por todos lados. El mundo humano ordenado y civilizado era una pequeña isla incrustada en un enorme desierto, en el Caos. Por eso, cuando el chivo expiatorio era conducido al desierto o a cualquier otra representación del Caos, no era reprimido, sino que, por el contrario, era liberado en la extensión abierta, en la que se disolvía. Desapareció realmente. Represión significa todo lo contrario: encapsular algo en la propia prisión interior para que no pueda perturbar inmediatamente nuestra conciencia; pero, al conservarse sin cambios en su interior, podría liberarse de nuevo en cualquier momento.

También en el cristianismo, la liberación del mal se imagina en la imagen del chivo expiatorio. Cristo es el cordero del sacrificio, sobre el que se nos dice que echemos todos nuestros cuidados (1 Pe. 5:7). He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Pero ¡qué diferencia con los rituales del chivo expiatorio de las culturas arcaicas! Aquí el pecado de todo el mundo se carga de forma abstracta y global sobre el cordero; en las culturas ritualistas se trataba siempre de manchas particulares, por lo que el ritual debía realizarse una y otra vez. El ritual cristiano es un único superritual que debe librarnos de todo el mal, pasado y futuro, para siempre.

Además, este ritual tiene lugar dentro de una constitución del ser totalmente nueva. Los dioses míticos eran dioses de y en este mundo. También ellos tenían el Caos, el Tiempo, las Parcas por encima y alrededor de ellos. El Dios cristiano, por el contrario, es el creador del mundo que está expresamente fuera y por encima de todo el mundo. Es lo último, lo absoluto. Ahora el mundo está completamente rodeado por Dios; no hay extensión abierta, ni frontera, ni fuera, ni nada. El mundo se ha vuelto finito, meramente secular. La humanidad no tiene acceso inmediato al infinito. Nuestro mundo está ineludiblemente encerrado, y el Dios cristiano no es más que la imagen primordial y el garante de su cerco absoluto y de su condición meramente secular. Por eso los místicos y los psicólogos tenían que mirar hacia dentro para encontrar un infinito «interior», el Dios interior (Jung). La situación se invierte. La posición y orientación del hombre arcaico en el cosmos es la opuesta a la nuestra; miraba hacia fuera, hacia el cosmos, hacia arriba, hacia los dioses superiores o hacia abajo, hacia los dioses inferiores. Para él este mundo tenía su propia infinidad en sí mismo. Mercurio o Hermes estaba a su alrededor y por todas partes, mientras que ahora, como hemos visto, está encerrado en una botella de cristal, reducido a un pequeño objeto rodeado en el foco del espectador humano, al igual que el Dios cristiano es el gran espectador para el que el mundo en su conjunto es como una pequeña botella de cristal frente a él.

Si el mundo está cerrado, y si al mismo tiempo el pecado acumulado del mundo se acumula en Cristo, la pregunta «¿Adónde? ¿Qué hacer con el mal?» ya no se plantea, puesto que no hay lugar para tal pregunta, no hay lugar para ningún adonde en un mundo absolutamente cercado. Aquí el chivo expiatorio no puede ser enviado a la nada, no puede ser soltado. Más bien, lo que sucede es que todo el mal se concentra en un punto, Cristo, y se conserva allí -un verdadero Endlagerung (almacenamiento final)- sin posibilidad alguna de dejarlo desaparecer en algún lugar abierto. En un mundo absolutamente cercado, la única manera de tratar el mal (al igual que con nuestros residuos nucleares) es la represión, el almacenamiento en el fondo, y el redentor debe paradójicamente convertirse él mismo en el plêrôma como kakzas, la plenitud del mal, por decirlo con una expresión gnóstica. La carga concentrada del pecado del mundo queda encerrada en el mundo, preservada para siempre. Nunca puede salir, porque ya no hay «salida». Pero tampoco debe salir, porque ¿quién, en su sano juicio, podría seguir queriendo arrojar el chivo expiatorio si este chivo expiatorio resulta ser ahora Cristo, el valor más alto y central del alma, psicológicamente hablando, la imagen del Ser? Cristo es indispensable. Pero si es indispensable y al mismo tiempo el chivo expiatorio, esto significa que en el cristianismo el chivo expiatorio y todo el pecado que lleva consigo tendrán que quedarse también con nosotros. Puede quitarnos el pecado para que seamos redimidos, pero el mal que lleva permanece irredento, como nuestros residuos nucleares depositados en lo más profundo de la tierra. Permítanme que pregunte esto a modo de inciso: ¿Podemos esperar encontrar una solución salvadora para los residuos nucleares mientras creamos vivir en un mundo finito, meramente secular, y ser nosotros mismos criaturas finitas? Sin una lógica del infinito, es decir, sin una capacidad de pensar realmente el infinito aquí y ahora, nuestra única opción es la represión, la llamada Endlagerung.

Por lo tanto, cabe preguntarse si el propósito psicológico secreto de la redención no ha sido la redención en el sentido inocente de la palabra, sino la máxima concentración del mal: la producción de una verdadera carga explosiva en la psique del hombre occidental, amontonando en un solo lugar todos los defectos individuales hasta entonces extendidos por todo el mundo y a lo largo del tiempo, e intensificándolos así en un Mal absoluto en el núcleo del ser (Cristo).

Todo el pecado del mundo concentrado en la pura maldad e irremediablemente contenido en el mundo: esto sí que es una dinamita imaginal por excelencia. Pero incluso esto no es todo. En el cristianismo, el lugar en el que se deposita el mal acumulado del mundo ya no es el chivo expiatorio, sino expresamente el cordero inocente e inmaculado (1 Pe. 1:19). En la fantasía cristiana actúa una voluntad de pensar la unión sin paliativos del mal absoluto y de la inocencia pura, una voluntad de hacer coincidir los opuestos purificados sin dejarlos sin embargo fundir, una voluntad de máxima tensión.

«El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» es una fantasía impactante. ¿Acaso el inocente cordero debe ser adecuado para cargar con el pecado del mundo? ¿No es esto como confiar el control de un depósito de municiones a niños pequeños? Pero con esta fantasía, el alma del hombre occidental ha sido informada. La unión de una conciencia verdaderamente inocente y de un «pecado» concentrado, ésta es la realidad del mundo occidental: «Si no os hacéis como niños» y el ataque a la naturaleza en forma de bestia; los «valores superiores» del idealismo y el materialismo desnudo; «Ama a tu prójimo» y el imperialismo; «Paz en la tierra» y la bomba atómica. Nietzsche habló del «humor de la cultura europea: se considera una cosa como verdadera, pero se hace la otra».2

El cristianismo nos impulsa a pensar en la cercanía y la distancia absolutas a la vez. El cordero, aunque lleva el pecado recogido del mundo, no se ve afectado por él, se conserva su inocencia inmaculada. Se trata, por supuesto, de una contradicción abierta para la que sólo hay una resolución posible, y esta resolución es, en efecto, el descubrimiento revolucionario del cristianismo: el «uno en otros». Puedo cargar con la culpa concentrada y, sin embargo, permanecer intacto por ella en la inocencia de mi conciencia si incorporo el pecado a mi interior (que en virtud de este acto de incorporación se configura como un reino separado en mí). Este acto crea por primera vez la diferencia entre la mente consciente, por un lado, y el interior inconsciente, por otro. El cristianismo no es una religión genuinamente dualista en la que Dios y el Diablo serían principios iguales, Dios también está por encima del Diablo, abarcándolo completamente. Del mismo modo, el cordero inocente y el pecado tienen la estructura del en-uno-otro. Así, el cristianismo tiene, después de todo, una especie de respuesta a la pregunta: «¿Adónde con el mal?», a pesar de que para el cristianismo ya no hay salida a la extensión infinita del caos. Su respuesta es: dentro, tragar en el interior, incorporar. ¿En qué otro lugar debería guardarse el mal -el tipo de mal que el propio cristianismo inventó- una vez que el mundo está encerrado y totalmente rodeado?

El trascendental descubrimiento de la interiorización es un descubrimiento al que debe su existencia toda la psicología moderna. Sin él, el hombre occidental no tendría un alma como propiedad personal y no la llevaría dentro de sí. Debido a 2.000 años de influencia cristiana, simplemente lo tomamos como algo evidente, aunque la idea de la interioridad es realmente revolucionaria. Los antiguos, ya lo dijimos, miraban hacia afuera o hacia arriba, no hacia adentro, no hacia su interior. Incluso el «conócete a ti mismo» délfico y socrático, que suena a los oídos modernos como una invitación a la introspección, tenía un significado muy diferente, más objetivo. Era una invitación a que el hombre conociera su lugar como mortal en distinción a los dioses. En efecto, los griegos no tenían ningún interior. Su alma estaba fuera, en el mundo, en el cielo, en las profundidades de la tierra, pues para ellos este mundo tenía su propia infinidad. La misión del cristianismo era dar la vuelta al ser-en-el-mundo del hombre y capacitarlo para ser aquel que, encerrado en un mundo secular finito, encerrado en un empirismo positivista, mira desde fuera hacia el interior de las cosas y de sí mismo.3

El cristianismo fue capaz de liberar del pecado a través del en-uno-otro del pecado concentrado y del cordero inocente. Sin embargo, este tipo de en-uno-otro es precisamente el modelo de la Bomba: fuera una cáscara inofensiva, dentro un terror diabólico concentrado. Cuanto mayor sea la tensión de los opuestos -es decir, cuanto más puros y concentrados estén, cuanto más cerca estén la inocencia y el poder agresivo, cuanto más íntimamente encapsule uno al otro- más fuerte será el poder explosivo. La cáscara explosiva no es un subproducto incidental del cristianismo; es esencial para su propósito central. Si el cristianismo quiere realmente vencer al mundo, debe tener el poder de hacer estallar el mundo, debe ser él mismo una bomba, y como tal el cristianismo siempre se ha entendido a sí mismo, aunque no por medio de esta metáfora.

La represión o incorporación debe permanecer inconsciente, porque en el momento en que fuéramos conscientes de ella, el contenido incorporado ya no estaría incorporado en el interior, sino que se objetivaría ante la conciencia. Por lo tanto, el cordero del sacrificio que lleva el pecado del mundo sigue siendo sólo inocente. El cristianismo no revela que el pecado está dentro del cordero, es el cordero. Sin embargo, la interiorización como método para conservar la inocencia mientras se concentra el mal encuentra una amplia expresión en el Nuevo Testamento a modo de proyección sobre sus oponentes. Una y otra vez se levanta el reproche de hipocresía contra los representantes de la antigua piedad israelita, por ejemplo: «Pero ¡ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!». (Mt. 23:13). La gran imagen de la estructura interna de la hipocresía se da en el pasaje «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces» (Mt. 7:15).

Debemos ver ambas imágenes juntas, la del cordero que quita el pecado del mundo y la del lobo voraz dentro de la inocente oveja. Juntas forman una sola fantasía.

El nombre bíblico de la invención del interior del bien y del mal es hipocresía. El descubrimiento del interior se produce como el descubrimiento o más bien la invención de la hipocresía. Pues la hipocresía no existía en todos los tiempos. Hypdchrisis en el griego clásico no tenía un significado negativo. Hypochrinomai se refería sobre todo a la actuación del actor en el teatro. Para la filosofía estoica, la capacidad de interpretar cualquier papel impuesto por el destino era la distinción misma del hombre de mente noble. Del mismo modo, en el griego clásico no existía una palabra para designar la mentira. Pseûdô significaba «decir algo que objetivamente no era cierto» sin insinuar necesariamente una intención subjetiva secreta y sin ninguna valoración despectiva.

También debemos suponer que los piadosos de Israel no eran francamente hipócritas. Ciertamente, intentaban cumplir la ley con honestidad, aunque fuera dentro de los límites de lo humano. Desempeñar un papel de forma engañosa o, a la inversa, sospechar de intenciones secretas o pretensiones en los demás no es una posibilidad para el hombre arcaico. Friedrich Georg Jünger dijo: «Donde el tipo está intacto, no hay necesidad de psicología [es decir, de la psicología personalista y reductora de la desconfianza] porque uno se conoce, sabe quién es el otro». Por supuesto: uno se conoce porque dentro de un mundo infinito, la vida se jugaba al aire libre. Vivir significaba mostrarse. La sospecha de pensamientos ocultos que difieren del comportamiento manifiesto no podía surgir, porque el abismo entre el interior y el exterior no se había abierto.

Jesús no descubre la hipocresía de los fariseos. Utiliza a los fariseos como pantalla de proyección para elaborar la nueva idea de hipocresía. Inventa el esquema de la hipocresía, saca a su público del mundo en el que se conoce y lo obliga a pensar que todo lo que se ve a la vista esconde intenciones siniestras en su interior. Enseña a sospechar de lo manifiesto. Y esta mirada recelosa crea el hombre interior. Sin lobos rapaces y sin la idea del mal, no hay interioridad. «Porque del corazón salen los malos pensamientos, los asesinatos, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios…» (Mt. 15:19). Sólo mediante la idea del mal, cargada de emociones, el corazón podía convertirse en este foco crucial, forzando toda la atención hacia el interior e invirtiendo la postura ontológica del hombre. Aquí hay que recordar la muy diferente comprensión de los crímenes en el cosmos mítico, donde no provienen del corazón de los hombres, sino de fuera, como la actuación de los dioses en la vida humana, de Hermes el ladrón y embaucador, Pan el violador, Afrodita la adúltera, etc.

La diferencia entre el interior y el exterior se lleva al contraste más agudo posible: el lobo y el cordero, el mal y la inocencia, es decir, el más y el menos. Este modo de pensamiento electrificado y violento, inaugurado en el Nuevo Testamento y tan diferente del pensamiento cosmológicamente armonioso del hombre mítico, se apoderó de la mente del Occidente cristiano produciendo la dinámica explosiva del desarrollo cultural europeo.

Quiero dar al menos dos ejemplos de los comienzos de la era moderna, de la época en que el hombre occidental, después de haber aprendido con esmero la lección cristiana durante la época de la «Escolástica», se dispuso a aplicar esta lección al mundo entero, lanzándose a la conquista del mundo mediante exploraciones literales de los viajes y de la ciencia. Mis ejemplos son de dos contemporáneos, Lutero e Ignacio de Loyola.

En cuanto a Lutero, me gustaría recordar su fórmula «simul justus et peccator» (a la vez justo y pecador) y las dos frases complementarias sobre la libertad del hombre cristiano:

«Un hombre cristiano es un señor libre sobre todas las cosas y súbdito de nadie». – «Un hombre cristiano es un esclavo servil de todas las cosas y súbdito de todos».

Ignacio, en el «fundamentum» (nº 23) al principio de su libro sobre los ejercicios espirituales,4 exige la actitud de indiferencia hacia todas las cosas creadas, por supuesto dentro de los límites de los Mandamientos, porque el hombre, dice, ha sido creado para servir a Dios y adorarlo, mientras que todas las demás cosas de la tierra han sido creadas para el hombre. Y en el nº 365 de la misma obra dice (aproximadamente): Lo que veo que es blanco, debo creer que es negro, si esto corresponde a la doctrina de la Iglesia. Pongo un ejemplo de lo que quiere decir Ignacio: Tengo que creer que precisamente lo que veo como un desastre absoluto, es decir, el Cristo crucificado, es la gloria, es el Cristo triunfante. Aquel que sabemos que es el hijo de un vulgar carpintero de Nazaret, tenemos que creer que es Dios.

Tenemos que desarrollar un sentimiento de lo que sucede aquí. Una misma cosa a la vez: señor y esclavo, blanco y negro, justo y pecador, desastre y triunfo; un hombre a la vez infinitamente culpable e infinitamente redimido. Es absolutamente libre y absolutamente atado. Lo que para los ojos del mundo aparece de una manera, es para los ojos de la fe (que no ven, sino que creen) lo contrario. Evidentemente, Ignacio y Lutero pusieron en práctica el modo de pensar dialéctico, «más afilado que una espada de dos filos» (Heb. 4:12), ensayado por primera vez en el Nuevo Testamento; a partir de ahora se convierte en todo el modo de ser-en-el-mundo del hombre moderno y se pone en práctica lentamente. El ser se vuelve explosivo. Los opuestos se cortocircuitan. Aquí se libera una enorme fuerza psicológica, una fuerza que era capaz de hacer estallar la incrustación original y normalmente irrevocable del hombre en la naturaleza. El hombre arcaico estaba rodeado por el vínculo de Ananke, la Necesidad, y en la mitología este cerco ontológico se expresaba, por ejemplo, en la imagen de una serpiente enroscada alrededor del disco de la Tierra, sujetándolo y forzándolo. Este vínculo de la Necesidad en torno a la Tierra fue roto por Cristo, el libertador, y su ruptura se manifestó siglos más tarde, cuando el hombre pudo abandonar la terra cognita, la Tierra conocida, y partir hacia lo desconocido, primero en busca de otros continentes, hoy del espacio exterior y de la estructura más interna de la materia. El hombre se libera.5

Podemos ver que esto sucede en la fórmula de Lutero «a la vez justo y pecador». Con esta fórmula, el hombre es catapultado fuera de ese nivel en el que importaba el valor moral de sus acciones específicas. Ahora es, aunque su conducta sea casi perfecta, sin embargo, un pecador absoluto, y a la inversa, incluso con los crímenes más horrendos es redimido de una vez por todas. Esto se aplica no sólo a la esfera moral. Se aplica a la existencia como tal. Aquel nivel en el que los hechos concretos y sus cualidades específicas eran metafísicamente esenciales ha sido arrancado del hombre. Lo quiera o no y lo sepa o no, el hombre ha descendido metafísicamente del nivel de los acontecimientos naturales, del nivel de las cosas concretas con forma y color visibles y sustancia tangible, al nivel fundamentalmente inferior de lo absoluto. Ahora vivimos metafísicamente, es decir: ahora la verdad reside, en el nivel post-natural de las «cosas» abstractas que ya no podemos ver pero que tenemos que creer, el nivel de la electricidad, del radar y de las ondas de televisión, de los átomos, de los electrones, de las células, de los genes, de los oligoelementos. … Y por el contrario, lo que vemos como cosas, tenemos que creer que en realidad es sobre todo espacio vacío, con comparativamente pocos átomos que giran en la distancia cósmica unos alrededor de otros. En efecto, el mundo ha sido superado. La naturaleza se ha vuelto obsoleta, conservada sólo en nuestra nostalgia.

A esta ruptura de la existencia natural corresponde el hecho de que el hombre, en el nuevo nivel de lo absoluto, fue sometido a una tremenda tensión. Ahora tenía que ser una polaridad absoluta de blanco y negro, justus et peccator, ser una contradicción existente de opuestos purificados. Esto significaba, por un lado, una condición existencial increíblemente intensificada, una alta bóveda (no emocional, sino ontológica) en su esencia más profunda, pues ahora el hombre estaba llamado a la tarea más elevada. Por otro lado, precisamente por estar llamado a la tarea más elevada, estaba sometido a una tensión extrema, impulsado, obsesionado, constantemente, es decir, ontológicamente, llamado al deber. El desarrollo moderno de las ciencias, de la técnica, de la industria, de la política y de la economía sólo podía ser realizado por ese tipo de humanidad cuyo núcleo metafísico estaba sometido a una tensión tan extrema.

La fórmula de Lutero nos dice que el hombre es ahora redimido como el pecador que es. La redención no es un segundo acontecimiento adicional que anule su condición de pecador. Más bien, el hombre es redimido sólo en virtud de su pecaminosidad fundamental e indeleble. Es redimido si, y mientras, se mantiene en el nivel de la dialéctica absoluta y sostiene la cuerda floja a la que equivale su ser-como-polaridad. Porque entonces se ha levantado de la condición natural, ha superado el mundo. Su redención como pecador reside en el hecho de que si es un pecador absoluto de todos modos, independientemente de su conducta concreta, simplemente por el hecho de ser humano, entonces es inatacable en su esencia. Goza de un privilegio de tonto metafísico. Todos los lazos religiosos naturales concretos que solían atar sus acciones así como su ser han sido explotados. Es absolutamente libre, liberado e incluso llamado al asalto ilimitado de la naturaleza, sin el temor de que las consecuencias de sus acciones puedan recaer sobre él, en lo que respecta a su esencia metafísica. Pues su pecaminosidad es segura desde el principio. Lo peor ya es un hecho, y ese peor ya está redimido, de modo que, metafísicamente, ya no puede ocurrir nada realmente terrible.

Por eso una regla ignaciana, tal como la formuló su discípulo Baltasar Gracián, puede ser la siguiente «Aplicad los medios humanos como si no hubiera los divinos, y los divinos como si no hubiera los humanos».6 La realidad divina y la realidad secular se dan jaque mate y, al estar desligadas la una de la otra, al mismo tiempo se intensifican mutuamente hasta el extremo. Se inmunizan totalmente la una de la otra y se reconcilian absolutamente entre sí. El ser se ha cargado, se ha convertido en una cáscara viva.

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1 «… wie mit Gedichten, ich machte sie nicht, sondern sie machten mich»-Johann Wolfgang von Goethe, Kampagne in Frankreich (bajo la fecha del 30 de agosto de 1792).

2 Friedrich Nietzsche, Der Wille zur Macht, Ausgewählt von Peter Gast (Stuttgart: Kröner Taschenbuchausgabe Band 78, 1959), #241.

3 Véase mi «El entierro del alma en la civilización tecnológica», capítulo 8 del presente volumen.

4 Ignacio de Loyola, Exercitia spiritualia (1548), muchas ediciones y traducciones.

5 He explorado el tema del vínculo de la Necesidad y su ruptura en mi «Liberación de la corriente de los acontecimientos: Okeanos y la circulación de la sangre», en Sulfur 21 (invierno de 1988): 118-40, ahora en Wolfgang Giegerich, The Neurosis ofPsychology, Collected English Papers, Vol. 1 (Nueva Orleans: Spring Journal Books, 2005), pp. 233-255.

6 Balthasar Gracian, Hand-Orakel und Kunst der Weltklugheit: Aus dessen Werken gezogen von D. Vincencio Juan de Lastanosa und aus dem Spanischen Original treu und sorgfältig übersetzt von Arthur Schopenhauer (Stuttgart: Reclam, 1953), No. 251, mi traducción.

La enseñanza inconsciente (3)

Educación posmoderna

El problema real no recae en los métodos de aprendizaje, sino en que aquello que se aprende tiene como contexto una forma de control y normalización que contradice de la visión cultural de la educación. La neurosis se puede conceptualizar de manera sencilla como la existencia de dos momentos contradictorios de una idea pero, además, un esfuerzo porque la contradicción no sea consciente. Así, en la educación hay una escisión neurótica entre lo que se predica y lo que realmente se hace.

El profesor, sin darse cuenta, y con la mejor intención, impone en el estudiante una forma fija de pensar y al mismo tiempo ejerce su propia necesidad de poder sobre el alumno. A veces, esta imposición tiene matices salvíficos y se hace presente un docente que actúa como si redimiera de la ignorancia a sus alumnos, o a veces se es testigo testigo del docente liberal que convence y coacciona a través de la confianza y la crítica, e incluso quizá el menos dañino sea el profesor que abiertamente ejerce su poder sobre los alumnos sobajándolos, ya que ante él, el alumno tiene aún la oportunidad de sentirse conscientemente vulnerado y luchar contra tal situación.

Hay una sombra en la labor docente que actúa en contra de lo que dicha labor pretende y no importa el esfuerzo de los individuos, ni de las instituciones, siempre hay una mano oculta que hace claudicar los objetivos más generosos y las didácticas más certeras. Se puede decir que la educación es una empresa técnica y como tal su labor es realmente la comercialización de los sujetos, su conversión en objetos de cambio. Por eso está destinada a fracasar en sus objetivos abiertos, así los mejores estudiantes serán buenos engranes del sistema y los peores terminarán como combustible y desecho. Debido a ello, la labor del profesor está más cerca de la del clérigo que de la del filósofo, pues su trabajo esencialmente, aunque no lo sepa y aunque se esfuerce por lo contrario, es convertir a los hombres a la fe del sistema.

(¿Hay una alternativa a este sombrío panorama? A modo de Koan se puede decir que educar solo es posible fuera de la escuela, pero como la escuela es omnipresente, a ésta se le debe permitir llegar hasta su culmen, hasta su sofocación en la negatividad de la anti-escuela, en la enseñanza del no-saber)

Mateo 1: 1-17, la autogeneración del fenómeno

Logos del alma

En la numerología usada por Jung, el numero 4 es femenino y corresponde a la totalidad, el cuatro representa un proceso completo, una totalidad. El uno, en cambio, como unidad que aun no se despliega, se encuentra contenido en sí mismo a la espera de su desarrollo. El 1 y el 4 son dos facetas de un mismo proceso lógico, y podríamos pensarlos como una metáfora del hecho de que cualquier fenómeno que se exprese debe estar ya acabado, solo puede ser porque su totalidad ya está en si, aunque no para si, y en esta anticipación la búsqueda que se emprende inicia una vez alcanzada la meta. Hay diversas imágenes que hablan sobre este fenómeno, por ejemplo la del soñador que un día sueña con un tesoro en una tierra lejana y al llegar a ella y sufrir tormentos se da cuenta de que el tesoro siempre estuvo en su propia casa; o la de la búsqueda del Simurg, en donde los pájaros se reconocen en el objeto de su búsqueda. Este tipo de historias que son interpretadas de forma clásica como un movimiento de re-conocimiento iniciático tienen la desventaja de presentar estadios o momentos separados unos de otros, cuando realmente dichos momentos suceden al mismo tiempo, es la imagen quien los separa para poder observarlos.

Así, Jesus y Adan son dos momentos gemelos, y si seguimos algunas consideraciones teológicas podemos decir que Jesus precede a Adan, pero no solo por la hipóstasis de la trinidad, sino porque realmente Jesus se concibe a sí mismo, pues él representa al espíritu que se auto-contiene, que se niega a sí mismo con tal de generarse. Las generaciones que preceden a Cristo hablan de su propio despliegue, y del hecho de que Jesus preexiste a su encarnación como absoluta negatividad.

Amarás a tu prójimo como a ti mismo

Logos del alma

Las ideologías y los dogmas son lugares sencillos a los que recurrir, proveen de un marco de ideas fijo, tranquilizador; permiten adaptar todo lo que existe a un modelo que parece flexible y benevolente, pero que determina tiránicamente al objeto. Por ello, hablar de tolerancia desde una ideología es un contrasentido, así como de amor y compasión. La desesperación y un impulso infantil de inmutabilidad nos llevan a estos lugares apotropaicos.

La ideología no es otra cosa más que una idea que, atrapada en su vuelo, ha sido sostenida con pequeñas agujas sobre una mesa de taxidermia. Vive, pero su propósito es trastocado por la intención de quien la posee. Literalizada, se ha vuelto una alegoría, es decir, un recurso técnico para proveer de la fantasía de una verdad externa que, de forma común, tiene la intención de defender al sujeto del encuentro con aquello Otro que, sin embargo, también es él mismo.

La institución religiosa actual es el prototipo de los sistemas dogmáticos, pues exige de sus adeptos un creencia ciega que se traduce en el sacrificio intelectual conveniente para sostener la incertidumbre propia de la existencia y, a su vez, crea la ilusión de un eje externo donde poder recargar la experiencia de la angustia. Ante este Gran Otro no hay que generar ninguna idea nueva ni permitir la mutación de las actuales, pues todo ya está escrito y ha sido dicho con antelación. No hay un cabello o una hoja que no se mueva en conformidad con un plan divino.

Pero no solo en la institución religiosa se cultiva tal actitud inquisidora, sucede también en la defensa a ultranza de cualquier cuerpo teórico, incluyendo a la ciencia. En psicología, por ejemplo, es común que las escuelas de pensamiento se vuelvan círculos herméticos, protegidos por lenguajes particulares y cuya resistencia ante la mutación de sus paradigmas pone en evidencia la defensa reactiva ante el miedo de que la teoría se mueva hacia el interior de sí misma. Se le mantiene, por lo tanto, detenida y no se permite que ocurra ninguna transformación en ella.

Por eso los dogmáticos tienen tanta seguridad en sus impresiones y ante ellos todo texto y todo fenómeno se somete a lo que ya se conoce con anticipación, pronto cualquier punto de vista distinto tiene que ser aborrecido porque no encaja con lo que siempre se ha dicho. Los podemos encontrar predicando la salvación, la diferencia entre el bien y el mal y corrigiendo continuamente a quienes no piensan de la misma forma, pues tienen la tarea autoimpuesta de ofrecer la Gran Salud a los pobres de espíritu.

Por lo tanto, en la actualidad, lo más difícil es dejar que el fenómeno se exprese tal cual es, que su alteridad trastorne la identidad y asumir que las ideas mutan y se vuelven distintas, que pensar implica estar a la altura del pensamiento del Otro, y que esto a veces requiere de nuestra propia destrucción. Es harto complejo amar al prójimo, ya que requiere dejar de verse a uno mismo para poder abrirse ante lo diferente, que es la única manera de amar y amarse de verdad, pues, lo cierto, es que yo siempre soy Otro.