La creatividad debe ser destructiva

Logos del alma

Es socialmente adecuado resaltar los lazos constructivos en la dinámica relacional del sujeto, de tal manera que se respeten la vía del progreso y de la evolución del individuo, como marcas constitutivas de los ideales capitalistas de la acumulación, la productividad y el crecimiento exponencial, cual rutas de explotación de la presencia del otro.

Las personas, a su vez, son impelidas a la vivencia constante de la tecnificación de su subjetividad hasta el punto en que terminan por concebirse como un proyecto en constante desarrollo, dirigidos hacia la meta imposible de la integridad psíquica.

El mito del progreso, a menudo, sostiene su narrativa en el mito del héroe y sus grandes gestas, donde un personaje, casi siempre el hijo de un dios, se enfrenta a grandes peligros y alcanza cimas de la voluntad que solo son entendibles por sus orígenes divinos. Este magno héroe derrota al temible dragón primordial y de su cadáver da forma al cielo y a la tierra, o rompe el huevo primigenio para poder configurar el cosmos. Es, por lo tanto, una fuerza constructora.

Pero el periplo del héroe no es continuo y nunca es en ascenso, al contrario su labor ocurre de forma vertiginosa, pero llena de retrocesos, para finalmente cumplir con su destino que no es otro que la destrucción de sí mismo. Heracles siendo inmolado, Belerofonte cayendo del Olimpo, Ulises perdiéndose en su última aventura, Teseo atrapado en el inframundo. El destino creativo de estas figuras grandiosas parece siempre terminar en una consumación aciaga, como si de antemano el mito advirtiera que toda poiesis guarda en su corazón un recuerdo del caos al que deberá regresar, ese hogar entrópico que siempre le espera.

Por lo tanto, el derrotero vertical del ideal cultural se contrapone a la dialéctica creativa que constituye el núcleo de la vida lógica de los fenómenos y, en consecuencia, es posible que el énfasis que se pone sobre el matiz puramente constructivo de la existencia deba dar un lugar inconsciente a la faceta destructiva de la vida misma, esa sombra que se cierne en cada nuevo proyecto que el alma emprende y por la cual todo esfuerzo deberá ser frustrado.

La ilusión terapéutica que escinde la destrucción de la creación provoca que al rechazar la parte patológica del proceso, ésta misma tenga que ser encarnada por uno de los sujetos de la relación analítica. Por lo regular, es el paciente quien asume sin saberlo ese papel fragmentario y se le condena a un análisis prolongado y plagado de sabotajes. Este fenómeno es común a todas la relaciones humanas, Jung, por ejemplo, contaba el caso de un conocido suyo que representaba una figura pública y privada perfecta, pero al indagar en sus relaciones se dio cuenta de que quien cargaba con su sombra era su pareja.

En otros casos, el chivo expiatorio es aquel que resulta disruptivo en el grupo. Es común la situación del miembro familiar que mantiene el buen nombre de la familia a costa de la destrucción de su propia existencia a manos de una psicopatología. Porque quien se propone encarnar el bien se vuelve, inevitablemente, un sembrador de cizaña.

El psicoterapeuta debe estar atento para poder asumir que el trabajo en el consultorio es tan constructivo como destructivo y que el pathos presente en el proceso es un agente autónomo que ha de ser atendido y escuchado como un huésped importante. Por ello, el Rey Pescador, Ánfortas, aquel guardián del Grial que permanece postrado y doliente de una herida que nunca cierra, aguardando a quien pueda alcanzar el tesoro esperado e inesperado a la vez, es una de las representaciones simbólicas del trabajo terapéutico cuya meta ansiada es la sola pregunta: “¿a quién sirve el Grial?”.

Sin embargo, la esperanza medica de la cura es ya la patología misma, es la pregunta incorrecta, pues ella sostiene la escisión primordial del arquetipo de la salud y es el escape del dolor legítimo que se presenta. Pero el terapeuta sabe, o emprende el viaje para saber, que el síntoma y la cura son la misma cosa, y que el proceso terapéutico comienza una vez que se puede concebir al dolor como un pharmakon, como un veneno que a la vez es un remedio pues lo patológico es el espíritu de la negación, y en su senda el terapeuta y el paciente deberán de ser destruidos para poder servir adecuadamente.

Las ficciones crean al autor

Logos del alma

La obra de arte es el residuo de una contemplación absoluta, donde el alma se observa en el proceso puro de la creación, pues ella no es otra cosa sino el mero acto de producirse a sí misma. Se cree, de forma ingenua, que el arte puede ser observado, que hay una mirada tiránica que se cierne sobre el objeto artístico y que lo apresta para el deleite de su utilización en la dimensión pragmática del arte. Se imagina que el trabajo del Artista tiene un precio y que al pagar por aquel se ha adquirido la gracia de un daimon; no obstante éste siempre permanece impersonal e inaprensible.

Aunque haya un intercambio consensuado, la obra de arte tiene un precio inaccesible que subyace a su positividad, pues el Artista tiene exigencias excéntricas, quiere la fugacidad o, lo que es lo mismo, desea permanecer en lo negativo; para ello toma a diversos sujetos, desgraciados ellos, e hila a través de sus frágiles existencias una tela intangible donde habrá de sumergirse en sí mismo hasta volverse parte de lo creado, porque el Artista, si lo es, sueña con ser consumido por la obra.

La obra artística no pertenece verdaderamente al autor o, más precisamente, el autor no es quién comúnmente se piensa como creador. Goethe acostumbraba a decir que «El Fausto» lo había creado a él, lo cual supone una reversión en el orden que el sentido común propone sobre el acto creativo. Son las imágenes y las ideas quienes crean la realidad, son ellas las que se actualizan en el trabajo del individuo que lucha constantemente para poder recibirlas de forma digna, a la vez que intenta, vanamente, liberarse de las necesidades que le reclaman. La experiencia creadora es extática y tortuosa a la vez.

Cuando los psicólogos asumen que las imágenes e ideas derivadas del paciente le pertenecen a éste o que se gestan en la vida personal del sujeto, han olvidado que la realidad psíquica es primordial y más fehaciente que lo que los individuos conciben como real. Cuando en el consultorio el drama del síntoma que se hace presente se reduce a las singularidades de la vida común y corriente, a la causalidad cotidiana, el terapeuta, en realidad, intenta minimizar a un dios para hacerlo caber en los estrechos confines de la persona, a ese acto se le denomina: “inflación psíquica”.

El psicoterapeuta, en cambio, ejerce bajo la premisa de que el síntoma es el verdadero terapeuta y que su dolor es el camino profundo que recorre para poder liberarse de la literalidad de la carne que lo aprisiona. Sabe que la labor terapéutica consiste en permitir, de forma consciente, que el síntoma sea recibido como un huésped en el hogar lógico del paciente, para dejar que éste lleve a cabo su tarea creativa y continúe la senda de su dialéctica particular. Todo ello precisa que tanto el terapeuta como el paciente entiendan que es el alma quien los crea, que son las ficciones quienes, en realidad, se curan a sí mismas en el diálogo con su interioridad.

En este sentido la psicoterapia es la asunción del acto creativo puro, pues a diferencia de la creación artística su ejercicio no parte de los residuos objetuales para cincelar la forma subyacente en el trozo de roca o para pintar en el lienzo, sino que se sostiene de lo intangible, de aquello que es un concepto en sí mismo y así llega a comprender que es el proceso de la negatividad quien, genuinamente, modela el acto productivo de ser un alma frente a sí misma.

La creatividad es inhumana

Logos del alma

El alma es productiva, sin embargo no se le debería imaginar como una fabricadora de fenómenos o como un agente de cuya actividad derivan formas, imágenes o ideas, porque el alma no existe y tampoco lo hacen sus producciones, o mejor dicho una vez que algo ha sido producido ya ha dejado atrás su componente anímico. No obstante, es cierto que el alma nunca deja de crear, pues su impulso incesante es, en sí mismo, su esencia particular.

James Hillman insistió en que el reino del alma es el inframundo, porque sus ramas crecen siempre hacia los hondos valles de la experiencia cotidiana donde su reflexión resulta oscura y profundísima. Por lo tanto, su poiesis es una acción puramente negativa, donde lo negativo se entiende como la emergencia constante del concepto que vive implícito en el fenómeno. No basta morar en una nekya metafórica, en un descenso que ocurre de forma semántica. Pensar en la negatividad del alma supone someterla a una caída primordial en su propia realidad.

De esta manera el alma es creativa en el momento justo del límite de su actividad, es decir, en la contradicción inherente al síntoma, en aquel pensamiento que subyace como movimiento lógico siempre presente en la obra o en el suceso y que desgarra lo positivo del acontecimiento para convertirlo en pura experiencia psíquica. Es en el recibimiento del animus asesino, donde la creatividad realmente existe y no en los campos embriagantes del anima maternante. La tierra tiene que abrirse bajo los pies para que el impulso creador arrebate a la realidad de su estéril virginidad y pueda ser consciente de su lugar en el mundo del Hades.

Por lo dicho, es el Otro el que irrumpe como un huésped (hostes) hostil (hostis) en la morada inerte de la positividad, en la forma pictórica del fenómeno que ha sido atrapado en su fisicalidad y que lo arranca de su contención óntica para poder sumergirlo en la profundidad de su vida lógica. Por ello resulta imposible que el proceso creativo pueda dirigirse al sujeto, a la ego-personalidad, porque precisamente la generación de la verdad del fenómeno exige el sacrificio continuo de la individualidad. Ser creativo es servir a Otro.

La creatividad es un proceso inhumano que se asienta en la vida del sujeto de forma autónoma, otras culturas hablaban de musas, daimones, shides o del duende, en todas esas figuras se sabía que el impulso creador era una tarea impuesta que debía honrarse y que presagiaba un enorme sacrificio para el sujeto. En la época actual, empero, la creatividad se ha cargado sobre los hombros del individuo y éste, inflamado por la llama creativa, se quema sin remedio hasta extinguirse en el dolor de no poder concebir su poiesis como un invitado al que hay que recibir y atender solo mientras sucede.

Creatividad, espontaneidad e independencia, los valores del capitalismo emocional

Logos del alma

En la cultura posmoderna se evalúa al sujeto de rendimiento de acuerdo a ciertos estándares que determinan su adaptación al modelo socioeconómico imperante, estos atributos esperados no tienen que ver con la conveniencia de la persona sino con las necesidades de un mercado autónomo que requiere actividades incesantes como la producción y el consumo. El individuo es absorbido en una vorágine de productividad que le exige incluso que él mismo se fabrique una faceta como objeto de intercambio comercial. El propósito del capitalismo es la transformación de los individuos en productos.

Entre las actividades que fomentan la mutación mercantil de la persona, una de ellas es la demanda constante por el crecimiento personal o la búsqueda de la salud mental. Por supuesto, hay una oferta creciente de productos para poder lograr dicho objetivo, de ellas se alimentan las miríadas de terapias que ofrecen lo que también se ha llamado las emotional commodities, una especie de activos intangibles con los que se pueden hacer transacciones en el mercado del potencial humano o de lo que Sloterdijk ha llamado la antropotécnica, que no es otra cosa sino la fase técnica de la construcción del Yo, concebido, ilusamente, como libre de las ataduras sociales pero inmerso más que nunca en los esquemas ideológicos inadvertidos.

Entre dichos activos emocionales, se encuentran tres de los que Adolf Guggenbül-Craig nos habla en su ensayo “Creativity, Spontaneity, Independence: Three Childrens of the Devil”, ahí argumenta, con la brillantez que lo caracteriza, en contra de tres pilares de la psicoterapia moderna y que en la cultura popular se subrayan como facetas ideales del ser humano: la creatividad, la espontaneidad y la independencia. Este artículo puede ser encontrado en su libro “From the Wrong Side” editado por Spring Publications.

En cuanto a la idea de la independencia, propia del hombre self-made y de los alegatos posmodernos del desapego y de la atomización del sujeto, Guggenbül-Craig señala que resulta contra intuitivo promulgar la independencia del individuo pues éste no es otra cosa sino los lazos relacionales que lo constituyen, el hombre siempre está en una posición dependiente del medio, de sus congéneres y sobre todo de las múltiples imágenes que se expresan en su vida psíquica; nadie es realmente independiente. El ser humano es un proceso intencional dirigido siempre hacia los otros, inclusive factores como su identidad no pueden emerger sino es en la compañía de sus congéneres. La fragmentación del ego moderno evade la verdad sobre el hecho de que la unidad solo lo es en relación con su propia naturaleza multiple.

Por otra parte, la espontaneidad es un atributo poco deseable del sujeto, si todos actuáramos de forma espontánea, dejándonos llevar por nuestros impulsos inconscientes, ciertamente cometeríamos las más horribles atrocidades, nuestra imaginación está llena de buenos deseos, pero también, y quizá más predominantemente, de impulsos destructivos que tienen que ser refrenados continuamente para poder vivir en comunidad. Mucho se ha conjeturado en que la cultura no es sino el desvío de una violencia primaria hacia actos que la subliman. Ademas, ser espontáneo es bastante engañoso cuando responde a una prerrogativa de la moda imperante.

En cuanto a la creatividad, el autor indica que confundimos la habilidad personal o la sensibilidad subjetiva con la verdadera creatividad, la cual es una propiedad no del individuo sino del contexto psicológico en que éste se desarrolla, es el “alma” quien es creativa y usa al hombre de genio para expresar la verdad de su tiempo; esta situación no es un privilegio sino una carga que muchas veces arruina la vida de dicho hombre genial.

Al exigir al hombre moderno que sea espontáneo, creativo e independiente, la psicología actual le orilla al complejo de dios, es decir, a la apropiación de una voluntad autónoma que se manifiesta de forma inusitada en cada sujeto, esto es una clara señal de la inflación egoica que caracteriza los tiempos que transcurren y es, tal vez, la enfermedad de nuestra era.

Ante la urgencia del capitalismo emocional, una terapia verdaderamente psicológica tendría que estar centrada sobre todo en la desestimación de las ambiciones egoicas y en la aceptación de nuestra falta de grandiosidad, una terapia de la mediocridad, en una época en que tal palabra es casi un tabú, pero que nos sitúa justamente en el punto medio de una cadena que va desde lo más primitivo hasta lo más sofisticado, desde lo animal hasta lo divino y el ser humano justamente, ordinariamente, en un lugar equidistante de ambos puntos. Ni animal, ni dios, simplemente siendo lo que ya es.