Que extraña costumbre la de citar. Leo ensayos en donde un párrafo tiene una sencilla línea y dos o tres citas, algunas de autores renombrados; en ocasiones solo figuran los nombres de los autores, entre paréntesis, como si estos fueran imágenes que con su numinosidad pudieran sostener lo argumentado. Otras veces la frase citada ni siquiera es más que un abstracción del espíritu de una obra, una sentencia mercenaria usada a mansalva. Hay páginas de Facebook que giran en torno a la compulsión de trasladar párrafos completos o solo algunas líneas y acompañarlos de una imagen que es, muchas veces, más interesante que lo citado.
Se cita para no tener que pensar, para evitar el duro agobio de permitir que lo leído haga su trabajo destructivo en uno mismo. Se cita cuando no se está seguro de lo que se dice o cuando existe la seguridad, no confesada, de que lo que se dice no tiene peso.
Poner el nombre de un autor sostiene un argumento muerto, pero es que en principio todo argumento es un cadáver al que la fuerza del pensamiento hacer vivir solo mientras se lo piensa, pero la cita compulsiva mantiene en su estado cadavérico a dicho argumento, no permite que el pensamiento llegue hasta él; es un actuar disociado, por un lado se le pretende dar importancia a lo dicho y por el otro se le destina a la inercia de la imposibilidad de un discurso que desde el inicio no tuvo la más mínima importancia.
No siempre es así, hay ocasiones en que alguien cita y en esa frase uno puede leer la profunda comprensión de quien trasladó el enunciado, uno puede sentir la vida del pensamiento vibrando en esa hoja caída del árbol del conocimiento.
