La tentación del profeta

Logos del alma

“En todo hombre dormita un profeta, y cuando se despierta hay un poco más de mal en el mundo…”
E. M. Cioran

Historias sórdidas se arremolinan alrededor de los maestros espirituales, perversiones, excesos, vejaciones y el abuso de poder giran en torno a aquellos que se han erigido como lideres de la vida de los otros. Desde el pequeño cabecilla de un grupo hasta el célebre gurú y, por supuesto, el psicoterapeuta, en todos ellos un daimon no reconocido se ha apoderado de sus vidas y de sus discursos y los ha hecho creer que pueden salvar al mundo y a los hombres y que merecen ser recompensados por ello.

C. G. Jung hacía notar que uno de los riesgos al explorar los procesos psíquicos era la posibilidad de que el psicólogo y el paciente se identificaran con ellos, es decir, que en su viaje en la exploración de los contenidos colectivos se dejarán invadir por los mismos y se constituyeran como los portadores de la verdad de la época y los conocedores de los misterios del inconsciente. Una suerte de posesión psicótica donde el ego, en lugar de ser fragmentado, se identificara con la fuente de los sucesos, con la psique objetiva.

Dicha situación encuentra su asiento en la necesidad egoica por ser una presencia vital en el medio de los sucesos y ser dotado de un monto exagerado de importancia personal. Adler llamó “complejo de inferioridad” a esa conducta donde el reconocimiento aciago de la vulnerabilidad de los órganos provoca que, de manera neurótica, el sujeto confunda un ideal con la realidad presente y se afane, en consecuencia, a cubrirse con fantasías grandiosas, mezclándose en ellas y siendo sostenido por una comunidad.

El guru necesita de seguidores que le instiguen a cargar con aquello que ellos no se atreven a representar. Todo maestro requiere alumnos que lo perpetúen en su papel y a su vez que éstos asuman la necesidad de dar soporte a su ideal particular en la forma de un hombre cuya neurosis sea lo suficientemente adecuada para recibir su propia hybris. El maestro espiritual es un hombre que ha cometido el pecado de la superbia, que ha ido demasiado adelante de sus limitaciones humanas y cuya retribución ha de ser contraída por sus víctimas, ellas serán los animales sacrificiales que se ofrezcan a la Nemesis vengativa.

Ante lo dicho, el psicoterapeuta ha de guardarse del peligro que representa la mentalidad del profeta, pues en el consultorio es muy sencillo caer bajo la impresión de que lo que se habla es dicho por la lengua del individuo, de que es el terapeuta quien conoce las vías por las cuales los símbolos se comunican y que él le enseña al paciente como debería vivir su vida psíquica para alcanzar los objetivos de su propia alma. El psicólogo, desde esta óptica, se apropia indebidamente del papel del psicopompo que guía al paciente por su tránsito en el inframundo y éste último, a su vez, corre el riesgo de encarnar otras figuras de posesión de los contenidos colectivos: el del discípulo y el del enfermo.

En la relación profética el arquetipo queda escindido y el psicoterapeuta se encarga de representar al sanador, aquel que porta la égida de la vara de Asclepio y que es capaz incluso de dar vida a los muertos; mientras que el paciente toma para sí la tarea de ser el avatar del síntoma, el enfermo que participa de esa folie a deux, mostrando al dios frente a él la ofrenda de su patología. Juega así un juego antiquisimo de participación mística, pero en un contexto donde tal relación destruye las vidas psíquicas de ambos, pues el ego ya ha nacido y no hay marcha atrás en el curso de la historia del alma.

En realidad, el psicoterapeuta y el paciente transitan por la senda de un misterio que se abre siempre y nuevamente ante cada sesión. Él psicólogo no es un experto, ni es un sanador, ni mucho menos un profeta, sino solo quien está dispuesto a brindarle atención al diálogo profundo que ocurre en los diversos planos narrativos de la consulta; su tiempo siempre es el presente y su trabajo es permanecer ahí donde los pacientes tratan, bajo muchos medios, de escapar de los desafíos de su existencia.

Por ello, el psicólogo tampoco debería huir al futuro, a la prognosis, dado que lo pretérito y el devenir están contenidos en el vaso hermético del momento presente del tiempo terapéutico. Un proceso autónomo que debe ser atendido de manera diligente y rigurosa, a sabiendas de que el verdadero hacedor de sí mismo es el síntoma, aquel pensamiento que se piensa a sí y que ha sido ocluido por un contexto determinado de la visión volitiva del paciente. Es el logos del pathos lo absoluto e indeterminado que rige la labor psicoterapéutica, dirigido únicamente hacia sí mismo y que, por ende, no puede ser soportado por ningún individuo humano.

El lamento del psicólogo

Logos del alma

El psicólogo (psyche-logos) se adentra en el conflicto presente, si escribe algo y esto no va en contra de lo políticamente correcto siente que no vale la pena haberlo dicho, porque el trabajo en el consultorio le ha enseñado que los hechos tienen un trasfondo complejo que debe ser desgarrado para estar a la altura de los fenómenos.

Su posición no es la de quien retrocede temeroso ante la muerte ya que su tarea consiste en aprender a morir y ver morir a los otros, solo en ese intersticio es posible la psicología. Paga el precio por el viaje sin retorno y se apresta a ser olvidado en el curso de su labor. Sabe que no debe quedar rastro de él mismo, ya que entre todos los mortales es el menos digno de ser amado.

Por eso busca transgredir incluso hasta lo transgresor mismo, siguiendo la actitud dictada por Cioran cuando dice que: “No hay nobleza sino en la negación de la existencia, en una sonrisa que domina paisajes aniquilados.” Apresta, entonces, sus perros de caza sin saber que habrá de ser devorado por ellos.

El psicoterapeuta (psyche-therapeutes) se ha formado el hábito de pensar que todo está bien tal como es, que hay que escuchar al síntoma sin caer en la tentación de desear cambiarlo. El eje de su terapia es el cuidado amoroso del alma en lo real. Por eso él es el más cristiano de los cristianos, porque atiende a los tiempos de Dios aun cuando Dios ha muerto y hace caso a la premisa que dicta que: «Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora».

Pero su dios es el logos del fenómeno mismo y lo honra cuando éste le dice: «No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada.» Deja, entonces, que sea el síntoma quien piense, quien viva sobre los restos de sus prejuicios humanos. Se ofrece cual sacrificio al pensamiento del otro y masculla, silencioso, para sí mismo: “no sea como yo quiero, sino como tú”.

Se ha despojado tanto de la mirada moral que clasifica lo terrible y que quiere curar al mundo de su sombra, como de la ilusión de la flecha causal que subvierte los hechos hacia un origen fantasmal y los encamina a la vorágine del espíritu del tiempo. Su único refugio yace en lo actual, en aquello que no puede ser elegido; y ahí duerme, umbrío, aguardando el vuelo del ave del anochecer.

Y sin embargo, resuena en su labor el lamento de Fausto y puede decir junto a él: «en mi lucha aún no he conquistado la libertad. ¡Si pudiera alejar la magia de mi camino, si pudiera borrar todo conjuro de mi memoria, si pudiera estar ante ti, Naturaleza, como un hombre sin más, entonces sí que valdría la pena ser una persona mortal!»

Es psicólogo y está en camino de serlo y quizás nunca lo sea, todo ello al mismo tiempo.

La vacuidad de la lectura

Logos del alma

La lectura, el acto de leer, es uno de esos temas que han ido mistificándose a través de las generaciones. Los preconizadores de su importancia, han creado un aura sacra alrededor del verbo en cuestión, lo han convertido en imperativo, en una suerte de pharmakon en contra de la ignorancia y el atraso social, del racismo, de la injusticia y de todo lo que al final de cuentas es un rasgo humano de polaridad.

Pero en este gesto apologético se ha perdido el valor esencial de algo que no está hecho para ser adorado, sino para ser transgredido con el rótulo mendaz de la experiencia y de la reflexión, contaminado con la voz de quien descubre en lo escrito algo sin sustancia y que sólo la adquiere al ser despojado de su forma concreta y estática.

Leer es algo diferente a tantas otras actividades del genero humano, ya señalaba Borges que los libros son una extensión de la imaginación y de la memoria, procesos que forman la identidad y que permiten construir la cultura y con ello la civilización. Pero en esta misma tarea no siempre el acto conlleva la esencia del mismo acto, es decir, leer no es igual a comprender lo leído, esto se observa demasiadas veces en los sistemas educativos, en donde los textos se vuelven simples trámites para ascender de grado, se objetivan los discursos y se convierten en letra muerta que nadie vivifica pues cumplen un fin meramente técnico, su meta yace fuera de sí mismos.

Por sí misma, la lectura no es una actividad noble, ni mejora en algún sentido al que la practica, al contrario, como toda labor pasiva multiplica la miseria de quien la ejerce. Se tiene la creencia equivocada de que leer es benéfico para el espíritu y que hacerlo en demasía es proporcionalmente provechoso para las personas, pero tal quehacer es un espejo roto del sujeto lector que, la mayoría de las veces, sirve para justificar socialmente sus vicios.

Decía Cioran: “Cuando leo, tengo la impresión de «hacer» algo, de justificarme ante la sociedad, de tener un empleo, de escapar a la vergüenza de ser un ocioso… un hombre inútil e inutilizable.” Es en esta tensión donde la lectura tiene su nicho, entre la utilidad y lo inútil. Los preconizadores de la lectura exaltan el acto como si fuera en sí mismo importante, pero leer puede servir para muchos fines, como un espectáculo, por ejemplo, como la implantación de un ethos inadvertido o como un síntoma neurótico.

De tal manera, se puede notar que en leer no es importante, por más que esto incomode a los discursos propagandísticos del beneficio de la lectura, pues la misma se constituye como una ocupación vacua que quizás puede ser aprovechada para los fines que se propone siempre y cuando se cumpla un solo requisito: que quien lea no sea el individuo, sino que sea el alma quien se lee a sí misma a través del sujeto.

Leer es tan banal como cualquier otro oficio, si el lector permanece indemne después de hacerlo y como cualquier otra vía de conocimiento no es una senda que todos puedan recorrer. Por eso las estrategias de fomento y animación a la lectura, que se presentan como una panacea en el ámbito educativo, están destinadas a fracasar, ya que generalizan un destino que, realmente, elige a su portador y que lo sacrifica a tal rito. El acto numinoso de leer subvierte las normas de la moral educativa.

Por lo tanto la lectura es una pérdida de tiempo si ésta no destruye a su lector, si no lo obliga a confrontarse con la parte oscura de su existencia y éste no es sacrificado en la búsqueda de la comprensión. Pues el entendimiento de un texto no ocurre en la persona que lee, sino en el daimon que se escucha a través de esa lectura y es él quien guarda las palabras en la oscuridad de su corazón. Lo importante no es el solo el afán atender una narrativa, sino que sea el Otro quien preste atención a través de la propia lectura.

La vacuidad del hecho, sin embargo, no lo demerita, sino al contrario permite que sea su propia necesidad la que se imponga, como una hoja de papel de la que puede surgir el universo entero. Es entonces que es posible entender al individuo como un texto, al sujeto como el lector de sí y a la lectura como la continua relación del logos del alma consigo misma. En este tenor, lo importante no es cuanto se lea, ni a que autores o sobre que temas, sino que al leer el hombre se permita ser leído por el texto.

Desde la posición de una lectura del alma, leer cientos de libros o unos cuantos no es importante, porque el libro, y su contenido, no es sino un objeto en el que la misma alma cobra vida, siempre y cuando quien lea sea el animus que se cierna sobre la desgarradura, lo cual es fructífero únicamente si el pensamiento latente en la obra es capaz de ponerse frente a sí y estar a la altura de su dialéctica interna, todo esto a pesar del lector mismo.