Pornografía

Logos del alma

Parte de la experiencia sexual es su camino hacia una satisfacción que nunca llega, el roce de los cuerpos, los labios entrelazados, ahí, en el habitáculo del otro, se busca al fantasma que éste significa y en el mejor de los casos ambos gozan, pero realmente uno de los dos siempre lo disfruta menos. Ser adulto requiere poder sostener esta insatisfacción por no poder penetrar o ser penetrado completamente, pero la búsqueda amorosa exige a la vez el deseo y su propia desilusión, es una danza que anima a los cuerpos y los invita silenciosamente hacia su propia muerte.

Sin embargo, la cultura posmoderna pretende evadir este secreto, quiere hacer posible la sexualidad por primera vez. Ante la empresa de hiperrealizar la realidad se reemplaza incluso la verdad en sí misma por su forma masificada: la pos-verdad. Jean Baudrillard decía que afortunadamente las estrellas en el cielo no eran inmediatas, la luz tiene que recorrer un camino de tiempo-espacio para poder llegar a los ojos que las observan, si no existiera esta mediación entonces las luz nos cegaría de manera fulminante y estaríamos obnubilados ante cualquier estimulo. Lo demasiado en también una forma de ocultar el objeto.

En la pornografía la ofuscación es evidente, en ella se tiene a una mujer totalmente complaciente que, llevada por su artificiosa pasión, se entrega sin restricción al falo, no al hombre que tiene enfrente sino al miembro que se erige de forma perenne. Es debido recordar que un pene erecto es también la representación de la vida misma, Hermes, Dionisos, Pan, son deidades que expresan la vida inmarcesible en la forma de una erección continua, que guarda lo spermatikos (quizás el logos) en su potencia. Así, la hembra se abdica a la gratificación de un sujeto que se confunde con la imagen que representa. Por eso los actores masculinos son incansables, su voracidad nunca se extingue, en su penetración eterna son a su vez una boca abierta que nunca deja de devorar lo que se le ofrece.

No obstante, la entrega de los amantes, en la pornografía, es inmediata, no hay seducción que los separe, la erección no cesa y la lubricación nunca amaina, al final los cuerpos fundidos no son otra cosa que la expresión de un deseo característico de la infancia: la satisfacción urgente del hambre y, por lo tanto, la evasión de la angustia en la unión simbiótica que supone la participación mística de los individuos. Ambos, entregados al deseo ilusorio, actúan la total confusión de las almas y de los cuerpos.

Por eso, la imagen pornográfica es tan satisfactoria ya que permite vivir de forma vicaria aquel deseo que nunca se confiesa, pero que está presente en la vida de todo sujeto: ser satisfecho sin tener que pagar el precio o, en otras palabras, ser amamantado solo por un pecho bueno que entregue su amor de forma incondicional, sin el deber de otorgar un monto de la existencia a la irrefrenable pulsión de muerte.

Es así que el sexo hiperreal de la pornografía promete un goce absoluto, es decir, infantilizado, que cuando se confronta con la vida real se enfrenta al obstáculo de que en ella las cosas son finitas y nunca pueden satisfacer completamente nuestros deseos. Entonces el hombre supone que su goce depende de ser el goce ajeno, el de la mujer, y se aboca a la tarea imposible de convertirse en el falo del otro, en una maquina sexual que ya no disfruta sino que ahora es eficiente y que, en consecuencia, tarde o temprano falla. De dicha inutilidad surge la culpa fantasiosa por la tragedia de no poder ser satisfecho ni satisfacer. Poco se repara en el hecho de que la impotencia no es sino la sombra de un deseo de poder titánico.

En la cultura capitalista los signos pornográficos son omnipresentes, no solo en las imágenes de mujeres voluptuosas que prometen la satisfacción inmediata, sino que la lógica del porno sostiene todo discurso que promete la felicidad absoluta, el placer continuo y el gozo eterno. Así, el consumismo es una especie de pornografía, pero también lo son las terapias que auguran la gran salud o las pedagogías que se estructuran con base a la complacencia de los individuos, de manera similar la redes sociales acortan el ciclo de la gratificación y lo vuelven compulsivo, los límites, por lo tanto, tienen que ser abolidos. Todo aquello que niegue la potencia de la muerte funciona bajo la lógica de lo obsceno. El capitalismo y el progreso también son falos que nunca declinan, agazapados a la espera de la impotencia de su aparatos economicos.

Pero en la proliferación de la imagen sexual, lo que se acaba ocultando es la sexualidad misma, pues, si como se dijo al principio, el acto sexual requiere de la separación y del misterio, lo único que no está presente en la narrativa del porno es la propia sexualidad. Realmente la liberación sexual nunca ocurrió. Lo que Freud percibió en su teoría de la seducción es que siempre hay una diferencia entre el hecho y su traducción psíquica y que en esa disparidad radica la construcción de la realidad. A falta de seducción la reproducción maniaca del deseo se transmutó en la obcecación de una inmediatez imposible, de la persecución de ideales pueriles como la felicidad, la salud o la eficacia; pero el amor es un pathos que poco a poco nos consume, es el umbral constante entre la vida y la muerte, y la sexualidad es el gozo de este dolor terrible por vivir; nunca puede ser desvelado del todo porque no hay desnudez que lo abarque, al contrario, se oculta mejor en la exposición de dos cuerpos abiertos cuyas cavidades solo apuntan al vacío.

La pornografía es la narrativa del sujeto narcisista que de manera fatal cumple su deseo y convierte al Otro en un reflejo de sí mismo, lo que queda fuera de este esquema es la propia sexualidad, que esencialmente es la actividad evocadora del otro indisoluble, del espacio entre un estimulo y su captación. Como en una película de David Cronenberg la copula se satisface solo en la pantalla, es la maquina quien se impone con su prontitud, es ella quién tiene sexualidad, ya no nosotros, y aunque somos testigos de un goce, ya no tenemos nada que ver con él, pues la coniuntio sutil de los cuerpos solo puede darse en la separación y en la imposibilidad del placer, es decir, en la dimensión de la experiencia erótica como una alteridad radical.

“Ve a terapia” o el dictado de la hegemonía emocional

Logos del alma

Las redes sociales son un excelente laboratorio de los discursos culturales imperantes, en ellas se puede observar, hablando de forma mitologizante, “el inconsciente” de una sociedad que emite ideas de las que, realmente, no se hace cargo. Por ejemplo, una de estas ideas es el papel de la psicología como medio de coherción de la vida emocional y sentimental de lo sujetos, y de lso ideales que éstos deben desear.

Byung-Chul Han insiste en que los imperativos foucaultianos del panoptico y de la represión han sido sustituidos, en la posmodernidad, por otros medios más sutiles pero también más lacerantes, porque ya no responden a una coerción externa que someta a través del miedo y del castigo sino que se han mudado al interior del discurso del individuo y se han convertido en una cadena inconsciente que lo ata a ideales que dictan aquello a lo que cada persona “deberia” aspirar a ser, es decir que el objeto de la individuación, el ser más intimo, ya no lo debe encontrar en sí mismo, porque éste le ha sido prefrabricado y yace a la venta en los estilos de vida que observa de forma pasiva en los nuevos mass media.

Empero, con la palabra pasividad no se debe acudir a la imagen al antiguo homo videns, aterido frente a la pantalla recibiendo mensajes de forma continua y adhiriendo su opinión a los mismos, sino que el nuevo usuario de las redes sociales reproduce un conjunto de mensajes que le dan la ilusión de ser pensados y de obtener, por lo tanto, su acuerdo de forma libre, pero que en realidad son narrativas que se le imponen inadvertidamente. Asi, el meme es el medio de re-producción por excelencia que viraliza los discursos que imponen aquello sobre lo que se debe y no se debe decir y lo que se permite ser pensado y lo que no, en nuestra sociedad.

La cultura del meme sirve como una maquina reproductiva que utiliza a sus usuarios para poder sostener los imperativos que ya no se imponen desde fuera, sino que convierten a los entes en partes de la misma maquina, por medio de su participación en la miríada de opiniones que surgen de forma constante en los muros virtuales. En así que el hombre se enfrenta con un continuo de mensajes que le dicen como vivir, que pensar y que sentir y, en consecuencia, al recibir estas misivas, publica un meme. La publicación de un meme tiene al menos dos componentes basicos, el enunciado y la imagen que se observa y los mensajes que lo alimentan y le dan vida, pues es un organismo ideológico que se sostiene en su asunción por parte de los individuos bajo la misma lógica del complejo psicologico, es decir, como una imagen con una carga emocional exacerbada.

Las personas, entonces, reciben y reproducen dictados que les implelen a sentir de determinadas maneras y si no se adhieren a ellas, en tal caso, deben acudir a terapia, siendo la psicoterapia el nuevo brazo represor que alinea a aquellos que por sí mismos no pueden subsumirse a los dictados de la cultura. Los disidentes ya no son enviados a Siberia, o olvidados en un psiquiatrico, sino que son conducidos a un consultorio donde se les alecciona sobre los conceptos clave para ser buenos ciudadanos, ellos son enecrrados en palabras cotidianas como “crecimiento personal”, “resiliencia”, “busqueda del sentido”, “pensamiento positivo” y “felicidad”, que no son otra cosa sino campos políticos que concentran lo deseable de la existencia y que dejan fuera aquello que más se teme.

Lo que más se teme es lo que contradice los discursos imperantes, y en el caso de la emocionalidad es la experiencia de lo terrible, de tal modo que los sentimientos comunes como la tristeza, el odio, los celos, el rencor o la envidia son relegados a sistemas psicopatologizantes que los equiparan con enfermedades que deben ser curadas. Un sujeto no puede permitirse sentir algo distinto a los modelos preferidos por la cultura, pues de otra manera se vuelve peligroso y es entonces que el discurso de la redes sociales se evidencia como hegemonico, pues se sanciona, con el ridículo, con la reprobación o la cancelación, cualquier emocionalidad que se contraponga a la positividad y a la busqueda de la felicidad, esos estados ideales que encadenan a las personas.

Hoy ya no es posible sentirse triste, o proponer, por ejemplo, el odio como el lugar de la creación, versos como los de Eduardo Lizalde que dicen: “El odio es la sola prueba indudable/ de la existencia” o como los de Jaime Sabines que apremian: “No lo salves de la tristeza, soledad,/ no lo cures de la ternura que lo enferma” ya no pueden ser escuchados sin un gesto de desaprobación porque se debe ser feliz y se deben preferir, y permanecer, en las emociones constructivas. No obstante, la destrucción es parte vital del ser-en-el-mundo y en una realidad donde se sanciona lo negativo con el trabajo psicológico, esta dimensión necesaria ha de hallar formas de encarnarse fuera de la narrativa medicalizadora y mercantilizadora de la vida cotidiana.

Ora, lee, lee, lee, relee, trabaja y encontrarás

Educación posmoderna

Se hacen posgrados por necesidad laboral, quizá, en pocas ocasiones, por orgullo personal o en la búsqueda de prestigio académico, en algunas disciplinas éstos se usan como medios para acceder a mejores condiciones de investigación, pero nunca para seguir un tema de forma seria.

La escuela hoy es un gran aparato institucional que tiene como fin reproducir las políticas económicas imperantes, ante ellas pensar un tema es contraproducente y la reflexión profunda debe dar paso a la fabricación inocua de artículos académicos y textos que no tienen otro propósito que silenciar, con su vorágine de producción, las vías alternas de pensamiento que pudieran contraponerse a la estructura ideológica a la que se ciñen.

El medio científico y la cultura popular, de forma conjunta, sin saberlo, se aprestan al objetivo general del sistema actual, masificar, individualizar y emocionar al sujeto, que alienado de su propia circunstancia, de su contexto lógico, puede por fin ser liberado de la tarea de ser él mismo y de participar activamente en el flujo del pensamiento y entonces ser capaz de asumir su tarea como reproductor irreflexivo del dogma de los tiempos presentes.

En cambio, las personas tomadas por un tema especifico gastan décadas de su vida en el estudio silencioso de un autor o de una temática y, para ellos, desviarse en la ruta de los requerimientos institucionales significa una agónica pérdida de tiempo. Las mejores mentes se forman a pesar del mundo académico y de la intelectualidad institucionalizada, en la dedicación laboriosa y sacrificada al daimón que los impele a estudiar.

El valiente nuevo mundo del ego

Logos del alma

Continuamente se emiten opiniones sobre asuntos políticos asentadas en una visión limitada del mundo y expresadas de forma visceral, no hay un pensamiento plenamente logrado dentro de ellas, sino enojo, miedo o admiración.

En el ámbito de la educación es cada vez más evidente el énfasis en la vida emocional del individuo, la educación socioemocional imbuye los planes de estudio como una necesidad del sujeto moderno que ha descubierto una parcela de su vida que antes no notaba.

La música que figura en las listas de éxitos no tiene un contenido importante, ni siquiera es musicalmente compleja, constituye una serie de repeticiones simples que alimentan la emocionalidad del oyente, lo posicionan en un estado de animo exaltado pero iterante.

La pandemia, como síntoma social, ha mostrado, como lo hace todo síntoma, la dinámica de la ideología del mercado que rige las relaciones personales y las divide en externas e internas; la reclusión se presentó como una imagen de la atomización del individuo y el miedo a la muerte como el verdadero proyecto de la sociedad occidental contemporánea.

¿Qué tienen que ver las opiniones políticas viscerales, la educación sociomocional, los estribillos anodinos de la música de masas y la cultura de la pandemia? Todas son formas en que la hegemonía del ego se manifiesta, una tiranía implícita pero terrible que traslada el dominio del mercado a la dimensión psicológica de las relaciones sociales. No es un capitalismo salvaje, sino un neoliberalismo emocional, donde el sujeto se expresa para silenciarse y se ocupa de sí mismo para convertirse en su propio explotador. El mercado se ha encarnado y ahí donde algunos habían descubierto el nuevo mundo de la mente ya se han construido centros comerciales, parques de diversiones y pequeños apartamentos a pagar en largas y cómodas mensualidades.

La familia devorada por el mercado

Logos del alma

La voracidad del capitalismo supone la engullición de todo concepto en la lógica comercial de sus interacciones, un ejemplo de sucede en el caso de la familia contemporánea. Donde en otro momento los hijos servían a un propósito social, continuaban la casta, daban sostén al proyecto político o servían a un fin sagrado, en la mutación de la modernidad tardía acontece la transformación de la parentalidad en su faceta más comercial, los hijos entonces responden a un proyecto de vida individualizador, propio de un sistema atomizado y de la misma forma que sucede con la construcción de la pareja, el ser padres se transforma en una vía de la industria del crecimiento personal, en un herramienta para la satisfacción de los ideales del culto a la personalidad donde los profesionales de la salud mental tienen un papel determinante.

Son los psicólogos aquellos que dictan que es ser un buen padre y lo hacen con una narrativa sostenida en un discurso pseudo científico que se apropia posteriormente de las categorías de la vida cotidiana. Así, la familia se somete a estándares construidos por una casta de profesionales que reproducen inconscientemente el discurso de la prioridad del capital.

Los padres acuden a los libros, al consultorio de especialistas, a los programas de televisión y a los consejos de los “expertos” para poder llevar a cabo su tarea, la paternidad se vuelve en un asunto de profesionales y los padres son convertidos en niños que necesitan ser educados. ¿Será que la emergencia de consejeros parentales sea la causa de la pérdida de autoridad y eficacia de las familias actuales y no su solución como se ha creído comúnmente? En este caso la labor por crear una educación de lo familiar podría ser más el síntoma que la cura.

En el tiempo de la erosión de las instituciones sociales, donde el genero y los roles se precipitan en productos comerciales, la familia se vuelve un bastión de reproducción de los valores emergentes. Los hijos son objetos para el comercio de servicios, son educados como trabajadores eficientes que se torturaran a sí mismos buscando metas como la salud mental y el crecimiento personal, dos palabras que caracterizan al sujeto de rendimiento. Los padres, a su vez, son clientes de un mercado de formación ideológica que vende la descomposición de su autonomía justamente con frases que significan lo contrario de lo que pretenden decir, pues empoderamiento o resiliencia, por ejemplo, deben leerse como metas opuestas a sus concepciones cotidianas, es decir como componentes de un aparato ideológico destinado a alienación del sujeto de sus lazos sociales.

La familia reproduce, así, la apuesta del proceso de inmersión del sujeto en la narrativa salvaje del capitalismo y se configura como un fabrica de reproducción que somete a sus integrantes al contexto neurótico del que toda la vida tratarán de escapar y donde incluso este intento de evasión se torna en un medio de sujeción a una lógica indestructible que los doblegará a las reglas invisibles del mercado.

La enfermedad viene de afuera

Logos del alma

El enfermo que visitaba el templo de Asclepios obtenía los signos que determinaban su curación en la leve ocurrencia del sueño. Cuando Pachita enterraba en el cuerpo del paciente aquel viejo cuchillo de campo y extraía el órgano enfermo para ser reemplazado por un nuevo órgano, materializado, tampoco había un equivalencia entre la curación y la enfermedad. Tanto el antiguo visitante del templo griego como el doliente en la miserable mesa de la curandera sabían que la enfermedad venía desde fuera, que era algo que les era otorgado, en ello obtuvo sustentó el desarrollo de la medicina, esa búsqueda implacable por encontrar al genio maligno que precedía a la enfermedad, por lo tanto desde los tejidos hasta los nucleótidos, la enfermedad era un viajero extraño que se hospedaba en el cuerpo y del que había que promover su retirada, entonces también la curación era un don inmerecido.

Pero cuando la enfermedad se vuelve culpa del sujeto, de su estilo de vida o de sus problemas emocionales no resueltos, el paciente comienza a confundirse con el genio y la salud se convierte ya no en un misterio sino en la culpa de un hombre que carga sobre sus hombros todo el peso de la existencia, un hombre-dios que determina su sanidad y que paga el precio por tal inflación. La salud es entonces la prueba de su devoción a la soteriología de los nuevos tiempos y la enfermedad es el pecado que lo encadena a tal dogma, es así que se acaba envenenando la herida devoradora con el espíritu del resentimiento. En cuanto la enfermedad es del hombre, el hombre es la enfermedad.

El fantasma del comunismo

Logos del alma

Desde hace décadas se sobrepone una estrategia de control esgrimida por las políticas neoliberales, la cual consiste en prometer un futuro totalitario a quienes cuestionen el sistema capitalista, lo nombran comunismo pero poco tiene que ver con el comunismo teorizado por Marx como la fase negativa del capitalismo, el cual sólo puede surgir en sociedades altamente industrializadas. Este comunismo de derecha (o capitalismo de estado), se impone en sociedades precarias que no pueden desarrollar los elementos necesarios para el reparto de bienes y servicios, y aunado a ello se construyen muros económicos alrededor de tales experimentos sociales con el fin de hacerlos morir de inanición y demostrar así el destino de los disidentes.

En las sociedades democráticas se atribuyen al comunismo la falta de derechos, el despojo de bienes, la limitación de la libertad y el terror como forma de control político. Por un lado, se amenaza al hombre moderno con la supresión de sus comodidades, las cuales están fincadas en la depredación voraz de los recursos naturales y en la mercantilización de los mismos sujetos humanos. Por otro lado, se le augura que si opta este camino equivocado perderá la ilusoria vivencia de los ideales sobre los que fundamenta su «cómoda» forma de vida.

La idea del comunismo tiene la función de pedirle al hombre no pensar en aquello que vive, conformarse con esta única realidad siendo inconsciente de sus contradicciones. Así, el terror al comunismo es una forma de control de los regímenes capitalistas, el sujeto se encuentra aterrado por la posibilidad de la pérdida de su normalidad y por las amenazas venideras (terrorismos, pandemia, dictaduras, pobreza), pero a su vez evade la verdad de sus propias formas de control y la búsqueda, neoliberal, de maneras cada vez más flexibles de sometimiento.

El sujeto capitalista limita sus derechos ante el desastre, real o ficticio, es un sujeto hipervigilante e hipervigilado a través de todas sus numerosas comodidades, la domótica y las redes sociales lo cercan en guetos virtuales que son imperceptibles, entrega su vida a ideales fútiles que lo esclavizan de manera cada vez más ingeniosa; él mismo se vuelve su propio explotador cuando se encadena a la búsqueda de la salud, del bienestar, del auto cuidado, todo ello mediado por un mercado totalitario en el que el hombre es un objeto de cambio y cuyos únicos derechos están limitados al movimiento del capital. De forma paulatina el sujeto es presa de su mera subjetividad, el otro se desvanece, se convierte en virtual, en mercancía, en inteligencia artificial y, entonces, la misma identidad claudica en el espantoso encierro de la soledad posmoderna. No hace falta la dictadura comunista para vivir un régimen totalitario, el hombre actual lo experimenta de forma blanda, pero lacerante, en una sociedad que vende la ilusión de la libertad como una forma de aprisionamiento. Incluso el aplanamiento intelectual de los regímenes totalitarios no es nada comparado con la imposibilidad de pensar del hombre moderno.

Así, el miedo al comunismo no es otra cosa sino la realidad del capitalismo proyectada hacia una visión fantasmal. El fantasma del comunismo recorre el mundo democrático y no es otra cosa sino el espíritu del mismo capitalismo en su forma sombría.

Nota antropológica desde un futuro distante

Cotidianidad

Enterraban a sus muertos, lo cual denota una civilización en ciernes, por lo demás, se hacinaban en construcciones de roca y metal para protegerse de las inclemencias del tiempo y de la presencia de los otros, pues se mataban constantemente para obtener bienes y riquezas. Rezaban a dioses que personificaban con su incipiente tecnología y gastaban todo su tiempo en alimentar tal culto. Destruyeron su hábitat, pues nunca llegaron a comprender que ellos mismos eran parte del mundo en que vivían, su religión era demasiado costosa.

La enseñanza inconsciente (6)

Educación posmoderna

Hay un consenso que nos dice que el lenguaje de los jóvenes es “soez” «vulgar»o «grosero», sin embargo, la palabra soez refiere, en su etimología, a lo superficial, sucio o barato, es decir, a lo despreciable. Por otra parte, la palabra “grosería” implica cierta brutalidad y falta de reparo o fineza. Por último, la palabra ”vulgar” alude a la gente común u ordinaria de un modo despectivo. 

Cuando, como profesores, reprobamos la forma de hablar, soez, de los jóvenes, lo hacemos, sin saberlo, desde una posición clasista, discriminatoria, posicionándonos, nosotros, en el papel del modelo adecuado y al otro, al joven, en el lugar de lo incorrecto, ahí hay un mensaje implícito. Llevamos a cabo una empresa conquistadora, evangelizadora, que busca salvar el buen nombre de los padres, de las escuelas y de la moral en turno; pero nada de esto tiene que ver con la necesidad del muchacho y nadie se interesa por saber ¿cuál es la función de la grosería en la vida del alumno?

Para saberlo, basta con observar las reacciones de los implicados ante tales vulgaridades: 1) Nos impactan e incomodan, 2) Nos causan rechazo hacia sus usuarios y 3) Se presentan como un misterio compartido por los jóvenes.

Es decir, las groserías alejan a los jóvenes del mundo de los adultos, en el que, como niños, habían estado con-fundidos; pero ante el proceso de construcción de su identidad es necesario, ahora, el rechazo de la dimensión paterna (la muerte de los padres). A su vez, este rechazo necesita del refuerzo de los adultos para fomentarlo. El alejamiento ideológico es un factor necesario en la separación del niño y el adulto y, al mismo tiempo, en la separación de la edad infantil y la adultez en el joven mismo. Para ello, la formación de grupos es primordial, pues ante este trabajo de construcción de sí mismo requiere del apoyo y la confirmación de sus iguales justo en el momento mismo en que debe desligarse de la imagen de la familia de origen para poder saberse un individuo singular.

El rechazo de lo vulgar refuerza el mismo rechazo del joven por lo familiar. Pero en el ámbito escolar habría que preguntarse de forma seria: ¿qué posición debe tomar el profesor frente a la dimensión vulgar del alumno? Rechazar el lenguaje soez pone al docente en un lugar apartado del educando y lo obliga a jugar el rol de castrador, de tirano, de normalizador, es decir, el de participar de un dispositivo de poder; por su papel de autoridad contribuye, así, al proceso de alienación del joven ante su propia identidad, necesidad que es fundamental en un sistema socio-político como el neoliberalismo. Además, como corolario, el profesor, rechaza, en su empresa rectificadora, también su propia dimensión ordinaria, superficial y mediocre, lo cual se convierte en un afirmación de las relaciones asimétricas en la sociedad capitalista. Se educan sujetos escindidos de la sombra, listos para la línea de producción, para la auto-opresión, no para la libertad.

La enseñanza inconsciente (5)

Educación posmoderna

“La educación debe comenzar por la superación de la contradicción educador-educando. Debe fundarse en la conciliación de sus polos, de tal manera que ambos se hagan, simultáneamente, educadores y educandos.”

Paulo Freire, Pedagogía del oprimido

El docente, en pos de su labor, debe de reconocer al alumno cómo un sujeto completo en sí mismo. El adolescente y el niño no están incompletos, ni son inadecuados, no necesitan madurar, ni crecer o desarrollarse, esas son fantasías de la cultura que tendrían que ser reflexionadas debidamente pues están basadas en la visión progresista de la modernidad occidental y surgen aledañas al paradigma socio-económico imperante.

En realidad, el hombre no se desarrolla o mejora, simplemente ya es quién es, en cada punto de su vida, pues como sujeto representa la completitud de él mismo y su contexto en cada momento actual. Así, el joven y el niño son completos y tienen todo lo que requieren en todo momento y con cada experiencia; y si sus circunstancias lo permiten, se harán conscientes de sí en cada nueva faceta vivida.

La labor docente consiste, bajo esta perspectiva, en la construcción de puentes que permitan el acercamiento consciente de cada individuo hacia sí mismo, comenzando por el propio profesor, quien al poder estar de forma honesta frente a sí, permite que sus alumnos se reconozcan y puedan mantener la reflexión constante sobre sus circunstancias.

En cambio, si el docente se acerca al estudiante, protegido tras la fantasía de progreso, el joven siempre se sentirá inadecuado y reaccionará de una u otra manera a tal violencia, se esforzará por adecuarse, por lo tanto, a un modelo externo a su existencia y perderá la oportunidad, junto al docente, de ser quien es, en la búsqueda vana por tratar de ser quien podría ser.