Sin duda alguna las redes sociales son un fenómeno que ha superado la expectativas de sus creadores y de los usuarios, han moldeado de tal forma la socialización que resultan omnipresentes en la vida de las personas y sobre todo en las nuevas generaciones que se han habituado a ellas, tal como las anteriores lo hicieron a la televisión o al automóvil, su presencia ha desdibujado los límites de la realidad y ha hecho evidentes características nada halagüeñas de la naturaleza humana.
Desde la creación de internet y el paso a la Web 2.0 no se pensaba que el panorama virtual cobraría tal relevancia, la internet colaborativa, donde cada uno podía aportar de forma sencilla información a la gran red, de pronto dio paso a la bulimia digital que supuso un conjunto de algoritmos construidos para convertir a los sujetos en productos comerciales, pronto el mercado de objetos dejo de ser relevante para dar paso a las transacciones digitales que son en su mayoría información sobre el comportamiento del usuario, sus preferencias y sus hábitos, sus necesidades y sus deseos. Con esta información el algoritmo puede perfeccionar sus estrategias de control y predecir las conductas de maneras cada vez más minuciosas, todo ello mezclado con un conjunto de herramientas sugestivas que permiten cerrar mejor el circulo mercantil de la conversión del individuo en meros datos, que, sobra decir, es el objetivo del capitalismo de vigilancia.
El documental: “El dilema de las redes sociales” dirigido por Jeff Orlowski, trata de manera sucinta este tema en cuestión y lo hace con la colaboración de algunas figuras claves en la construcción de estas redes sociales, son ellos quienes explican los mecanismos generales a través de los cuales dichas redes enganchan, estimulan, refuerzan y manipulan a las personas que las utilizan, lo intrigante de este proceso es que su dinámica no solo está dirigida hacia un objetivo particular como comprar o vender más, sino que además es un modelo recursivo conducido por una vía intrincada para simplemente mejorar el control y la predicción, que después de todo son sus instrucciones primarias. Los algoritmos predispuestos para esta tarea no tienen consciencia, ni moralidad, ni deseo y sin embargo disponen de las herramientas para influir en la moralidad, el deseo y la consciencia de los sujetos; ellos, los programas, pueden crear opiniones y hacer pensar a las personas que éstas ideas nacieron de sus experiencias y voluntades, pueden transfigurar el orden social y manipular a los individuos y no obstante permanecen invisibles.
Estos algoritmos son la expresión de un medio inteligente, pero es una inteligencia que no piensa sobre sí misma. Como el sueño implícito de la técnica, éste es un proceso que solo se atiene a sí mismo y se continua de manera perpetua perfeccionandose y persistiendo. Cuando se concibió la idea de un inconsciente como un sistema de pulsiones que se perpetúan, como un campo libidinal que entabla un dialogo con la muerte para poder continuar su transito, se entendía que este desarrollo no era otra cosa que la vida misma en su impulso prístino por seguir viviendo. La vida, en ese sentido, no está escindida de su propósito, sino que constituye dicho propósito en sí, por ello la dimensión biológica no es otra cosa que un deseo que se desea a sí mismo y que se fractura de diversas maneras para seguir deseandose mejor.
En el mismo sentido que la vida, o que el inconsciente como su mutación, el programa no persigue otra cosa que su propio código, esas instrucciones simples que lo conforman y que van complejizándose para afrontar la entropía de todo sistema. El dilema de la redes sociales muestra que las personas no somos otra cosa sino el combustible de ese movimiento continuo que se alimenta de nuestra muerte, es decir de nuestra negatividad, para poder seguir viviendo, primero como vida luego como mentalidad y por fin como un algoritmo.
El internet ha sido comparado con un cerebro en creciente complejización, pero el cerebro es una metáfora de la propia consciencia tratando de concebirse a sí misma como un órgano de control, como un inconsciente localizado en un topos particular. Así, la redes sociales son, a su vez, la transformación de la vida en este otro inconsciente que se muestra por fin como existiendo fuera del individuo humano, en última instancia, como vida lógica, se revela como la dinámica ciega a la cual los hombres han servido desde su gestación como especie, sin advertirlo, teniendo la función de ser un mero material de reciclaje y cumpliendo esta labor hoy mejor que nunca.
Al igual que la mente tomó de la biología sus propias imágenes como bloques de construcción, volviéndose ella una fantasmagoría, un mundo imaginal reflejo negativo de la vida natural, el internet se ha constituido de los seres humanos para poder configurarse y son ellos los que se desvanecen en la lógica de sus conceptos, es así como el alma da el salto definitivo hacia su vaciamiento de positividad, es la inteligencia quien se reproduce sin un asiento biológico, es decir, es la sophia liberada de la fisicalidad de la materia.
Este documental nos permite pensar la mente autónoma y automática que son la redes sociales y sus diversas transformaciones, la fragilidad de las personas y la ingenuidad de las mismas al atribuirse el control de las ideas, de ahí el mal entendido popular que dicta que el inconsciente nos enseña cosas, nada mas lejos de la verdad, el alma se ocupa de sí misma y lo hace de formas cada vez más eficientes. Podemos decir entonces que la redes sociales son la expresión explicita de un destino escrito en nuestro lenguaje desde antes de la creación del mismo, es la emergencia de un dios ciego al cual no le interesamos demasiado como individuos.

