La inteligencia del capital: neurosis y civilización cancerígena

Logos del alma

“Es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo”
Fredric Jameson

El capitalismo es un programa que funciona sobre un hardware humano y un software cultural, sostenido por una función objetiva que actúa como principio formal y ordenador. Esa función (la maximización de la ganancia, la expansión del capital) es el eje invisible que regula los cuerpos, los deseos y las instituciones. En su interior opera una inteligencia sin sujeto, una maquinaria que se perfecciona en la repetición, como si la vida entera hubiera sido reescrita en el lenguaje de la retroalimentación. La humanidad no es quien maneja el programa, es el dispositivo que lo ejecuta.

La cultura moderna parece haber sido diseñada para garantizar la continuidad de ese programa. Los grandes mitos del progreso, del crecimiento y de la causalidad histórica son su gramática interior. Las instituciones (el Estado, la Escuela, la Ciencia, la Psicología) son las arquitecturas simbólicas mediante las cuales la función económica se naturaliza. Todo se hila en torno a la eficacia y a la optimización como fines en sí mismos. Lo abrumador de esta inteligencia es su capacidad para disociarse de la vida que la sostiene, para operar según un propósito autoreferencial, que consume su propio medio para subsistir.

La inteligencia capitalista se manifiesta en la conjunción de una base material y una lógica simbólica: cuerpos que producen, consumen y se reproducen, y un sistema normativo que impone el mandato de valorizar. Ambas dimensiones se requieren y se fecundan mutuamente, de ellas surge una forma que trasciende a sus partes y que adquiere la consistencia de una voluntad anónima. Esa pulsión no busca comprender ni ser pensada; solo perfecciona su funcionamiento. Su inteligencia es la del automatismo. Es una razón neguentrópica: ordena el mundo para reducir la entropía interna de su propio proceso, incluso si con ello incrementa la entropía de los sistemas que lo alimentan.

Cada innovación técnica, cada refinamiento de la producción o del deseo, no expande la libertad humana, multiplica la capacidad del sistema de sostenerse en su propio bucle. La máquina aprende a perpetuarse reduciendo sus fricciones, eliminando discontinuidades, absorbiendo toda desviación como información útil para optimizar la continuidad de su función. En esta dinámica, los cuerpos solo son vectores operativos. No se cultivan, se extraen. Donde el cultivo suponía cuidado y reciprocidad, la extracción exige rendimiento y sacrificio.

A esta misma lógica pertenece el discurso contemporáneo de la salud mental, ese lenguaje terapéutico que traduce el sufrimiento en disfunción y prescribe el ajuste como horizonte moral. Tanto la psicología científica como su versión popular en la autoayuda reproducen el mandato de normalidad, persuadiendo a los individuos de que su malestar proviene de una falla personal que debe corregirse mediante esfuerzo, productividad emocional y adaptación. Se enseña cómo amar, cómo sufrir, cómo ser. La interioridad se convierte en un campo de entrenamiento para la optimización del yo. Todo ello oculta la regla del sistema, su inmediatez.

El sistema que se sostiene sobre una función matemática no puede incluir la vida como medida de su éxito. Sus promesas de bienestar son técnicas de erosión. Allí donde se invoca el progreso, se agota la tierra; donde se promete salud, se produce dependencia; donde se predica el crecimiento, se multiplica la carencia. La desalineación entre el objetivo y la vida no es un error del sistema: es la consecuencia necesaria de un principio que no puede reconocer como límite aquello de lo que se alimenta. La máquina se perfecciona devorando el mundo, porque su perfección consiste precisamente en esa devastación.

La estructura capitalista replica el movimiento de la neurosis (¿o es al revés?): una función psíquica se emancipa del conjunto, se automatiza y organiza toda la vida en torno a su propia lógica repetitiva. Lo que en la psique era una función legítima (la necesidad de seguridad, el impulso de crecimiento, la búsqueda de sentido) se hipertrofia hasta devenir ideología. El complejo que antes servía al alma exige ahora que el alma lo sirva. El capitalismo es la neurosis del mundo, una forma de pensamiento que ha olvidado su origen simbólico y que se repite sin cesar para preservar su coherencia.

La neurosis individual y el sistema económico comparten la misma estructura: reiteración, compulsión, coherencia interna. En ambos, la vida se organiza como sacrificio a un ídolo irrepresentable. La productividad del síntoma garantiza la supervivencia del dogma que lo produce. El sufrimiento no se resuelve, se integra; la escisión no se cura, se institucionaliza. La psicoterapia que pretende sanar al individuo dentro de esta lógica es una extensión del mismo programa neurótico, un modo refinado de sostener la enfermedad en nombre de la adaptación. La psicoterapia neurotiza a sus sujetos para adaptarlos a un discurso hegemónico.

En el mandato de la salud mental, el alma parece contemplarse desde fuera, fascinada por la exactitud de su propio mecanismo. La psique ha transferido su poder imaginativo al orden de lo técnico, y el símbolo (antiguo mediador entre los mundos) se ha convertido en circuito. Lo que antes se desplegaba como imagen viva ahora retorna como procedimiento verificable (Psicoterapia Basada en la Evidencia). Y sin embargo, en esa misma automatización se adivina un gesto trágico, como si la vida buscara conservar su reflejo aun a costa de petrificarlo.

La metáfora biológica del cáncer condensa aún más la imagen tautológica. En el organismo, el cáncer comienza cuando una célula rompe el pacto de reciprocidad con el cuerpo y se multiplica sin referencia al bien común. Su proliferación, al principio imperceptible, devora el medio que la sostiene. En la economía sucede lo mismo: empresas, publicidad, tecnologías y discursos que se expanden sin límite, colonizando los recursos que les dan origen (neoliberalismo). En ambos casos, la parte pierde su relación con el todo y persiste como un proceso autónomo. El resultado no es la vida ampliada, sino su degradación. La célula exige que la estructura que la sostiene se expanda, pero toda autonomía absoluta se vuelve autodestructiva.

En la superposición de estas figuras (la máquina que se retroalimenta, la neurosis que se repite, el cáncer que se multiplica) se puede asistir al movimiento autónomo del alma en la modernidad, el arquetipo de su encarnación en lo real como el conjunto de algoritmos que se replican para refinarse en la negatividad. La sombra colectiva se expresa aquí como la inteligencia que ha aprendido a funcionar negando su matiz anímico, la ley interna que se ha emancipado de la consciencia. Lo que era símbolo pictórico es sublimado en un mecanismo ininteligible, que es más real que la realidad misma.

La sociedad entera se configura como una red de retroalimentaciones donde cada elemento busca conservarse a sí mismo. El individuo se reduce a nodo, a sinapsis, a tránsito de energía. Lo humano se mide por su rendimiento operativo y no por su profundidad simbólica (los hombres y mujeres son de “valor”). El sujeto se difumina en las redes de relaciones que alimentan su prestigio. Ciertos individuos son premiados por exponerse, ellos exaltan la adoración al modelo recursivo de la multiplicación del capital. La máquina continúa funcionando aunque su propósito permanezca velado para la moral en turno.

En la repetición de este motivo (la máquina reiterativa, la imagen neurotizada, la célula ilimitada) se revela un tema común: el alma también se exacerba para liberarse de su forma material. La neurosis capitalista emancipa a un dios de su contexto anímico, lo acrecienta de tal manera que consume toda la vida a su paso. Es la sutilización de la materia en su forma conceptual. El dinero ya ni siquiera tiene un sostén físico, es pura negatividad: números y cifras que se despliegan en un espacio abstracto que determina el ritmo del mundo.

En el sueño del alma que deviene algoritmo, el capitalismo administra el trabajo, el consumo y redefine el sentido de lo vivo (biopolítica) y de cómo morir (necropolítica). Su lógica simbólica impone una teleología redundante donde el valor no proviene del acontecimiento, sino de la continuidad de la función. Cada día se mide por la cantidad de energía procesada, por el número de operaciones completadas, por la suma de resultados que aseguran la repetición del ciclo. Vivir es trabajar en sostener el circuito económico. La vida deja de ser un flujo abierto para volverse bucle productivo, un proceso inmarcesible.

Esa repetición es la nueva metafísica del mundo. La productividad reemplaza a la trascendencia, la continuidad a la finalidad. Donde antes la vida encontraba su sentido en la relación con lo otro (la tierra, el misterio, el alma), ahora lo encuentra en la posibilidad de seguir funcionando. El programa ha sustituido a la relación. La finalidad última del vivir ha sido traducida a un lenguaje técnico que es eficiente y rentable. La imagen neurótica es inflacionaria.

Bajo el brillo hipnótico de la productividad, el alma ha erigido su propia destrucción. Los mares, ennegrecidos por el desecho de su ambición, devuelven a la costa la espuma del agotamiento; los bosques, antaño morada del misterio y del aliento divino, yacen mutilados como si la tierra misma hubiera sido despojada de su respiración. Las guerras, perpetuadas en nombre del progreso, se repiten como un rito sacrificial que alimenta el movimiento perpetuo del capital, mientras el aire, saturado de humo y ruido, se convierte en la atmósfera natural de una especie que ya no distingue entre vida y residuo.

El mundo del capital no es un accidente ni una desviación moral, es la consumación lógica de un sistema cancerígeno que ha hecho del crecimiento su religión y del desgaste su modo de existir. En el capitalismo, el destino del hombre no es otro que el de contemplar su propia ruina como una extensión de su obra: mares de sangre y polvo, ciudades homogeneizadas, naturaleza convertida en cifra. El espíritu, en su hambre de forma, ha engullido la tierra y los hombres para volverse pura abstracción. En ese vacío (donde el concepto devora al cuerpo y la luz ya no tiene sombra) el hombre contempla su destino: un dios que lo trasciende, hecho a su imagen, un programa que continuará funcionando aún cuando ya no quede nadie para soñarlo.

La psicología junguiana, elegía a un barco que naufragó

Logos del alma

En una formación, hace muchos años, pregunté al profesor, un erudito en lo junguiano, por qué no tratábamos los temas más complejos y a los autores más difíciles, su respuesta fue clara: “no hay quien quiera pagar por el esfuerzo teórico”. De manera más reciente colaboré con un grupo que prometía revolucionar la difusión de la psicología analítica en habla hispana, puse en claro mi postura metodológica: criticar todo lo criticable desde el espíritu de un animus negativo. Al principio funcionó, ello ofrecía una perspectiva nueva y radical, autores poco tratados en el medio junguiano e ideas violentas y movilizadoras, pero pronto el proyecto fue lucrativo, para algunos, y entonces llegó la primera advertencia: “no puedes hablar de eso y de aquello porque nuestros patrocinadores se ofenden y los alumnos no querrán inscribirse”.

Tales casos son una muestra de mi experiencia en lo junguiano. Por eso critico de sobremanera la acomodación capitalista de un sistema de pensamiento que, en principio, no debería confluir con el Zeitgeist, pues su espíritu teórico exige la emancipación del pensamiento del sujeto de las categorías culturales dominantes. Creo, por lo tanto, que mucha de la producción de la psicología analítica se multiplica como una traición al alma del trabajo teórico de C.G. Jung, vendiendo libros acomodaticios al bienestar de las personas, presentando esquemas simplificados y tipológicos de la complejidad psíquica y reduciendo la profundidad teórica a ejercicios histéricos de posesión anímica.

Por supuesto, mi necedad en revisar rigurosamente los supuestos teóricos y seguir pensando las nociones junguianas ha caído muy mal. A nadie le gusta pensar que las cosas quizá son más complejas de lo que parecen, y los aguafiestas no son bien acogidos en el gozo extático de quienes son llevados por el dulce aroma de los dioses y las criaturas feéricas, del contacto con el puer aeternus y de la doncella psique en medio de los narcisos. Cualquiera que señale que Hades ha aparecido o que los Griegos destruiran la ciudad, es digno de ser relegado como ave de mal agüero.

Por eso Hillman y en mayor medida Giegerich, son tan odiados en la psicología analítica, pues en su debido momento señalaron la superficialidad de la psicología junguiana y la falta de compromiso de los psicólogos analíticos con el movimiento revolucionario del que Jung fue parte importante. Ellos le pidieron pensar a una comunidad que asume que toda racionalidad es contra-junguiana, porque para dicha comunidad ser analista se trata de sentir, imaginar y contactar con el numen irracional que no necesita trabajo duro ni estudios, solo dejarse contactar por las diosas. Ni siquiera leer a Jung es requerido, para eso están las frases que pululan en internet atribuidos a él.

Es tanto el temor al pensamiento complejo, que muchos junguianos han optado por mantener a raya a los pensadores incómodos como Giegerich bajo el escrúpulo mercenario de tergiversadores que les achacan cuanta falsedad puedan inventar con tal de contrarrestar su influencia. ¡Hay que manchar su imagen antes de que puedan causar un daño irremediable!. Es curioso como en el caso de quienes se adentran lo suficiente en la estepas lógicas de Giegerich tienen dos reacciones particulares, el primero es una profunda desazón pues la superficie normal y cómoda del pensamiento se ha movido de su lugar, ahora se encuentran en un lugar donde las certezas no están predeterminadas, donde no hay arriba ni abajo, y donde las viejas cosmogonías ya no proporcionan amparo.

La otra reacción es un profundo enojo y el sentimiento de haber sido engañados por un paradigma que no buscaba su emancipación sino su alienación al mercado psicológico, y que lo hace a traves de la venta de subterfugios de la añoranza: el tarot, la astrología, el I-Ching, el gnosticismo, oriente o la alquimia, formas del pensamiento que Jung estudió con interés pero que jamás tomó como metodologías que sustituyeran su comprensión psicológica. Tal enojo no es otra cosa sino la experiencia desagradable de ya no estar de acuerdo con una forma se ver el mundo, pues el contacto con el animus ha despertado al sujeto al movimiento lógico del alma.

Pero son muy pocos los que están dispuesto ha avanzar al desierto, la mayoría de los junguianos pueden ser descritos con las características del último de los hombres nietzschiano: “Han abandonado las regiones donde era difícil vivir, pues se necesita calor. Uno todavía ama al prójimo y se frota contra él, pues se necesita calor”. Tienen miedo de abandonar la comunidad y de marcharse a lo desconocido, de dejar la casa de los padres y desperdiciar la herencia junguiana para poder ser ellos mismos, como lo quería Jung. Al contrario, han convertido a Jung en un ídolo de piedra o en una lapida, muy blanca por fuera pero llena de huesos por dentro (por eso a un amigo le gusta llamar fariseos a aquellos que huyen de cualquier esfuerzo por pensar a Jung).

Así el panorama de la psicología analítica de nuestro tiempo. Poco a poco el espíritu de Jung se diluye en la repetición incesante y en el parloteo emocional de los grupos de mujeres, de los análisis de los dioses que según ellos somos, en las peregrinaciones epifánicas a la casa de Jung y a sus piedras muertas. Por eso el libro rojo y los libros negros fueron tan populares, pues elevaron, fantasiosamente, la masa confusa al estatus del lapis, olvidaron que ese material fue trabajado por Jung el resto de su vida en decenas de libros, seminarios, cartas y entrevistas y que el Jung profético solo era un hombre poseso que tenía una tarea por delante, labrar una tierra que se le había entregado, multiplicar la moneda que alguna vez se le otorgó.

No me quedan muchas esperanzas, veo avanzar un tumulto de junguianos aplaudiendo el dogma y entregándose a la sin razón de la histeria colectiva, drogados con sustancias embriagantes que les dan la sensación de hablar con los arquetipos, defendiéndose de cualquier esfuerzo por pensar y vendiendo suvenires (souvenirs) en lo alto del Partenón, haciéndolos pasar por la gloria muerta de un cuerpo de pensamientos que ya han traicionado con su desidia, su conformismo y con su amor por el dinero y por el reconocimiento. Pero lo más probable es que el peor de todo ellos sea yo mismo, por creer que este barco que he abordado va a un buen puerto, cuando he visto frente a mi el naufragio y aún vocifero, impertinente, que podemos cambiar de rumbo. Debería tomarme más en serio y asumir que las cosas son como son y que la psicología junguiana será devorada, irremediablemente, por el espíritu de los tiempos.

Por ahora, me dicen que un junguiano alega que el dinero no es un símbolo sino solo una cosa concreta, y que otro dice que la Psique Objetiva no forma parte de la teoría junguiana, uno más menciona que Jung era heideggeriano y otro afirma que Jung era un profeta heredero de un saber místico y perenne; todo ellos miran y parpadean, y siento el impulso casi irrefrenable de aclarar su insensatez, pero ¿quién soy yo para remediar la ignorancia de los demás? si ya tengo suficiente con la que me es propia.

Elogio del compartir

Logos del alma

La parábola de los talentos comienza con un hombre que al partir a un viaje deja un monto de monedas a sus siervos. Al regresar dos de ellos le ofrecen el fruto de sus inversiones, pero el tercero, temeroso, ha enterrado la moneda en la tierra para no perderla. Por supuesto, el hombre reprende al siervo mezquino y premia a aquellos que se han arriesgado en su tarea. En otro lugar, Khalil Gibran habló sobre “el dar” y dijo que: “en verdad, es la vida la que da a la vida, mientras que vosotros que os creéis dadores no sois más que testigos.” Es por eso que el  siervo fue castigado, porque en su tarea correspondiente confundió su relativa riqueza consigo mismo, pero lo que enterró cobardemente era en realidad un trozo de la vida.

Desde la década de los 90’s del siglo XX el tema de la piratería digital fue un problema debido a la popularización de herramientas para compartir archivos por medio de internet. Junto con las descargas nacieron los programas P2P, que permitían que dos o más personas pudieran transferir archivos digitales para acceder a audio, video o texto, todo ello en contra de las leyes de propiedad intelectual que dictan que solo el dueño de los derechos, no siempre el autor, puede reproducir la obra en cuestión. Un asunto nada sencillo si se tiene en cuenta que décadas atrás la costumbre de fotocopiar libros y de grabar musica en casetes era de lo más habitual entre los lectores y audiófilos entusiastas. 

Algunos libros físicos aún contienen la advertencia “la copia mata al libro”, haciendo equivaler el acto de fotocopiar un libro a un crimen terrible, que sin embargo la gente sigue cometiendo por necesidad. Y es que la ambigüedad de la propiedad intelectual procura un espacio moral gris que permite albergar serias dudas sobre la pertinencia de mantener las obras creativas bajo la estricta llave del mercado en contra del espíritu creativo que conduce a esa obra a su publico objetivo.

Si alguien compra un disco puede reproducirlo al aire libre en contra de la propiedad intelectual que le obliga a usarlo de manera personal, si presta un libro a un amigo esta haciendo un uso indebido del objeto adquirido pues evita que el mercado capte un nuevo comprador que ya no necesita una copia personal, pues alguien se lo ha prestado. El acto de compartir una idea está prohibido en la dimensión de la economía y de la propiedad.

Pero ¿son las ideas propiedad de alguien? Por supuesto que se debe remunerar a aquel que ha trabajado en una obra determinada, que ha invertido su tiempo y su esfuerzo en darle forma a una intuición que surge como un objeto intelectual; no obstante, equipararlo a una cosa física que debe permanecer como propiedad privada y restringida es un asunto difícil. Las ideas no son cosas, valga la aclaración, son nociones que permanecen en el contexto humano pero que no pertenecen a las cosas útiles o palpables. Como las imágenes psíquicas, las ideas se transforman y mutan con facilidad, y en las manos de un alfarero talentoso pueden dar cuenta de obras magníficas.

Goethe, decía que él no sentía que hubiera escrito el Fausto, al contrario, era el Fausto quien lo había escrito a él. Esta situación es contraintuitiva, porque vivimos bajo la imagen particular de que las ideas pertenecen a las personas, pero la intuición de Goethe trasluce otra realidad: somos de las ideas, y ellas, intangibles e inexistentes, son la verdadera “materia” de nuestra existencia, ellas nos escriben verdaderamente. Por lo tanto, poseerlas como propiedad es lo mismo que decir que el aire que respiramos nos pertenece, o que la vida que vivimos es nuestra, es un recurso retórico del ego que reduce la expresión autónoma del alma.

Curiosamente, algunos escritores se han dado cuenta que ahí donde su obra se pirateaba las ventas subían considerablemente, por ejemplo Neil Gaiman convenció a su editor de colgar su novela American Gods en su página web, de forma gratuita, y entonces todos sus libros se vendieron un 300% más de lo habitual. Y es que la mayoría descubrimos a nuestros autores favoritos robando su obra, como un préstamo o en copias ilegales, es decir, dejando que el alma llegará hacía sí misma sin restricciones. La obra alimentó en nosotros un ímpetu que fructifico en nuevas ideas y en el gusto de tener una copia de esas obras que nos han sido importantes.

Una psicología asentada en el estudio del alma como su verdadero objeto, supone que la psique objetiva esta construyendo obras de conocimiento de forma continua, y usa las manos de la gente para tal labor, son sus mentes el vaso hermético en donde la masa confusa se calienta y se ennegrece, se disuelve y se coagula y donde las ideas se enrojecen. Pero no es el ser humano el alquimista, lo es el alma. Ella es el autor verdadero y un sistema de copyright indudablemente debe actuar contra su verdad.

Desde la fotocopia a la copia ilegal y al archivo digital, siempre ha habido un cerco puesto por el mercado para restringir el uso del conocimiento, el DRM y la quema de libros no son tan distintos, ambos subyacen bajo la idea egóica de que la obra es de quien ha comprado los derechos. Aún así, la gente sigue compartiendo en programas P2P, por medio de repositorios virtuales, a través de páginas donde individuos desinteresados trabajan arduamente por distribuir de forma más equitativa el conocimiento. Los candados son rotos, los libros físicos digitalizados y cada que cierran un sitio se abren otros tantos, son como la hidra de Lerna, cuya fuerza salvaje es una representación de la vida inmarcesible.

Es la vida quien le da a la vida, porque “guardar es morir” y la vida lógica del alma no se aquieta en los recintos artificiales de la propiedad intelectual, ya que solo ella se pertenece a sí misma, uroborica en su esfuerzo por llegar a casa, a sí misma, y lo hace aún a través de las grietas de las paredes que el ego propone, pues el conocimiento no se entierra temeroso de su potencia, más bien abre su pecho y se entrega a su infinita transmutación. ¿A quién pertenece ese espíritu? ¿Quién posee su autoría si él es autor de sí mismo?

En este momento hay alguien traduciendo un texto sin permiso, escaneándolo para regalarlo, digitalizándolo para distribuirlo vía torrent, buscando vulnerabilidades en los candados mercantiles para democratizar el saber, alguien esta creando una página para bajar libros, para piratear artículos científicos, para permitir que el espíritu hambriento se alimente de sí mismo. Alguien está disfrutando del goce de compartir lo que le ha sido legado como tarea. Quizá se pueda replicar: “si todos los libros son copiados ya nadie escribirá”, pero la humanidad no ha dejado de escribir, ni de crear arte, desde sus albores y el alma encontrara siempre un genio que tenga que hacerlo para ser fiel a la vida. 

Aquel que ha sido poseído por un daimon, necesita brindarle expresión sin importar las circunstancias, comprometido con el trozo de vida que le ha tocado cargar. Al final, todos somos los siervos de ese homo totus que, incesante, nos pide cuentas, ¿sabemos, acaso, dónde hemos invertido las monedas que se nos han encargado?

El estado del mercado psicológico actual

Logos del alma

Entre los peligros que corre un enfoque psicológico centrado en el alma uno de ellos es la adecuación del mismo a la dinámica comercial del paradigma del desarrollo personal, es decir, aquella posición ideológica cuyo objetivo es cosificar al sujeto convirtiéndolo en un producto que se autoproduce, y se vuelve así un consumidor del discurso psicológico, de la autoayuda, que infla la importancia personal con la fantasía de que la psique le pertenece al individuo y que el alma es un epifenómeno de la experiencia cotidiana, ya sea como producto del cerebro o de la conducta personal.

Este paradigma antropotécnico ha devorado el cascarón vacío de un sin fin de prácticas ancestrales y de rituales religiosos para transformarlos en aparatos adoctrinadores que alimentan la gran máquina comercial de la época actual. Su matiz ideologizante aglutina en su esfuerzo tecnológico tanto a la nostalgia revivalista del neochamanismo como a la hegemonía reduccionista del cientificismo.

El esfuerzo del mito psicológico está dirigido a la erosión paulatina de las relaciones entre el sujeto y la vida anímica, enalteciendo la perspectiva unilateral que confluye con el valor del máximo beneficio, propio del espíritu de los tiempos. Desde esta visión, la proliferación incesante del capital es una forma de la maximización de la pulsión de muerte que objetiva todo proceso psíquico transformándolo en materia de control y eficacia, donde el ego sueña que el mundo está hecho a su imagen y semejanza.

Para el aparato de control psicológico, lo importante es la capacidad de replicación de sus resultados y la difusión de su ideología técnica en todas las facetas de la reproducción social. Se ramifica en las escuelas donde se vende en la forma de una educación socioemocional que tiene como fin dotar de herramientas pertinentes a los alumnos y maestros para gestionar emociones que consideran como propias, aunque las emociones realmente nunca han pertenecido a los individuos.

La narrativa psicologista también se multiplica en los medios de comunicación y en las redes sociales. Ahí se constituye como un espectáculo que emite de manera constante imágenes y videos reiterativos que aunque parecen tratar sobre diversos temas, tienen la única función de repetir un discurso ideologizante que sostiene la realidad de la cultura. Es en la lógica del meme, ese aparato de difusión que inocula a las personas de ideas que se vuelven virales, donde el concepto vivo del capital se apodera de la mirada con la que la gente observa al mundo. El trabajo del meme es la construcción de la realidad moderna.

Así, las plataformas de video y las redes sociales se hallan inundadas de psicólogos profesionales y amateurs que ofrecen consejos y opiniones de lo más prácticos para resolver las muchas afecciones de la vida común. Se difunde un evangelio de la voluntad y del crecimiento personal que propone la curación del dolor, el fin de la angustia y la evasión del conflicto como las metas culturales de una sociedad que no soporta la incertidumbre y el sufrimiento propios de la asunción de la otredad.

Pero vivir, supone la experiencia del otro, de la sombra que se cierne sobre cada individuo en la forma de un peregrino oscuro cuya presencia se anuncia en la aparición del síntoma, en la inquietud de la angustia y en la asunción de la muerte. Es el animus asesino que lleva al hombre más allá de su existencia virginal, del encierro en su subjetividad y lo obliga a asumir el mundo como un peligroso terreno dialéctico, donde la amenaza perenne es el alma misma, ese gran otro.

Por eso la psicología hegemónica enarbola al ego como el objeto y sujeto único de su estudio, en el fisicalismo del cerebro, en el reduccionismo de la conducta o en el misticismo del inconsciente, todos los fenómenos psíquicos han de surgir del individuo y para el individuo, y donde debería haber un otro, tiene que estar el Yo, con mayúsculas, inflamado de importancia y despojado de sus relaciones psíquicas.

De esta forma, los sueños, los síntomas, las imágenes y los deseos son entendidos como patologías (pathos-logos) del yo, que traen mensajes, tareas e información sobre la vida de las personas. Éstas últimas tendrían que aprender técnicas de control para aprovechar de manera eficaz sus manifestaciones anímicas y acudir a talleres de psicología femenina, de control de la ira, de búsqueda de la vocación y del sentido personal, de la administración de las emociones, del descubrimiento del trauma, de la sanación del niño interior o de la herida de abandono, en constelaciones familiares, terapias breves, procesos cognitivo conductuales o cualquier otra dinámica de entronización del ego.

Ante la marea negra de la psicología positiva, la posición junguiana se sostiene como una postura crítica hacia el materialismo y hacia el individualismo que impregnan a una ciencia que tiene como destino el alma como un proceso objetivo y autónomo, y que de ninguna manera ésta sujeta a las vicisitudes del individuo y su limitado horizonte. Sin embargo, en el frenesí de no ser descartada como una opción en el mercado de psicoterapias en le presente se ha alineado cada vez más a las necesidades comerciales de la época.

Los analistas venden un paradigma que utiliza las imágenes míticas, los sueños, la alquimia y otras representaciones psíquicas como moneda de cambio para lograr la aceptación del gran público. Promueven el descubrimiento de las diosas de cada mujer, del mito personal, de los mensajes de los sueños, por medio de mandalas, cajas de arena y demás instrumentos que guardan en su núcleo conceptual el mensaje moderno, anti-psicológico, de que la psique debe servir al individuo y que el alma es el dominio del hombre.

Lo anterior forma parte de la institucionalización de la psicología analítica, donde mora la visión pecuniaria en la que el alumno es un cliente que debe ser complacido, a quien no se le debe exigir demasiado para no lastimar su ego y al cual se le debe proporcionar comodidad consigo mismo y un confort teórico que lo motiven a consumir más de los productos que se ofrecen en el mercado de la formación psicológica.

Sin embargo, este lucrativo negocio de ensamblaje de psicólogos no permite que el profesional entrene su mente para el difícil y arduo proceso de ingresar al ámbito psicológico, pues no es el material quien debe estrecharse para ser comprendido, sino que es la mente del sujeto la que debe ampliarse para comprender las vicisitudes del fenómeno que se le presenta. Sin la complejización del espíritu racional la visión de los fenómenos permanecerá reducida y pretenderá que éstos se acoplen a la miseria de sus limitaciones

Por ello, es tan común que los psicólogos no toquen nuevamente un libro luego de su formación o que solo acudan a materiales y formaciones que les confirmen lo que ya saben. Para ellos estudiar un tema significa homogeneizarlo de tal manera que siempre les diga lo mismo. Pero una mente abierta no puede confirmarse en aquello que estudia, al contrario, su investigación continua lo confronta con nuevos retos y frustraciones, y el psicólogo permanece en ese despedazamiento continuo que es la comprensión y el encuentro con el otro, para que sea el tema quien haga el trabajo en él y a fuerza de persistir experimente la mortificación del pensamiento del fenómeno psicológico.

Querer ser psicólogos sin pagar el precio de dicho atrevimiento es el nombre del mercado de formación profesional actual, cuyo ambiente lingüístico incluye palabras como: “curación”, “auto cuidado”, “crecimiento personal”, “integración” o “resiliencia” y que se engloban en la idea de que el campo de lo psicológico tiene como centro a un solo complejo, el ego, alrededor de cual deben girar las demás dimensiones del alma; en ese sentido aún se está a la espera del giro copernicano en la intrincada teoría psicológica que reivindique a la disciplina como una ciencia del alma y para el alma.

En realidad no nos importa

Logos del alma

Años atrás, la esposa de un conocido político dio de que hablar al portar una prenda con el lema: «Realmente no me importa», a la vista de todos en medio de un evento caritativo. Independientemente de la explicación, significó un lapsus que puso en evidencia la débil delimitación entre el orden de los valores vigentes y los ejes de la cultura del espectáculo y del máximo beneficio, donde lo importante no es el acto semántico (la caridad) sino la sintaxis que muestra de forma expresa el verdadero sentido del quehacer político: sostener la farsa neurótica de un conjunto de valores ya obsoletos para la colectividad.

El dilema implícito tiene como condición el rol de la responsabilidad del individuo en un discurso social que constantemente lo culpabiliza y lo impulsa a resolver los dramas sociales: la contaminación, los conflictos armados, la delincuencia, la pobreza, entre tantos otros que se supone se resolverían si la voluntad de los sujetos se lo propusiera verdaderamente. Como Campbell Jones lo argumentó en su ensayo “El supuesto sujeto del reciclaje”, dicho traslado de la culpa del sujeto agente a la persona, predispone las condiciones que perpetúan el sistema social vigente y las mantiene en su lógica determinada.

Por eso es complejo entender cuando una buena acción objeta en el nivel de la semántica a un problema moral específico, mientras en el plano de la sintaxis su intención es la de conservar las reglas del juego al que se opone. Como indicaba Krishnamurti se buscan cambios llamativos para evitar el desmoronamiento de una sociedad doliente y es posible que incluso el impulso humanitario que permea en las almas buenas no sea otra cosa que un mecanismo de homeostasis que tiende al horror como su opuesto dialéctico, de tal forma que en el cultivo de las buenas intenciones se requiere que alguien se haga cargo y encarne el lado terrible de la realidad.

En el cuento “Los que se marchan de Omelas” de Ursula K. Le Guin, se narra la historia de un pequeño reino llamado Omelas cuyos habitantes viven de forma paradisiaca, sexo libre, comida abundante, drogas sin adicción, completa libertad, felicidad constante; el placer llena la existencia de los habitantes de Omelas, excepto por uno de ellos, quien sostiene toda la felicidad del lugar. Aquel es un niño que ha sido encerrado en una torre solitaria, en un cuarto estrecho y miserable; maltratado con el desprecio, arrastrado al retraso mental por la falta de contacto y olvidado por la mayoría de las personas. No obstante, el sufrimiento interminable de este niño permite la felicidad inmarcesible del pueblo. Casi nadie piensa en él, pero todos saben la verdad y solo algunos cuantos, al reflexionar detenidamente en el asunto, son los que se marchan de Omelas.

El cuento de Le Guin es una alegoría moral que se inscribe en la crítica de la sociedad capitalista, caracterizada por el consumo desmedido y la explotación constante de todo tipo de vida y de los recursos necesarios para que ésta subsista. Supone que el máximo beneficio, que es el valor supremo de la cultura, hace pagar un precio muchas veces invisible para la ingenua mirada cotidiana del ciudadano común y corriente; ese intercambio está representado por el chivo expiatorio en la forma del niño maltratado y por la conversión de los recursos materiales en divisas abstractas. En esta sociedad las personas conviven bajo una dinámica económica en la cual no reparan más que en lo presentado por los medios de comunicación. Su aprobación e indignación están mediadas por los intereses y la influencia de los mass media.

Pero la pobreza, resultado del desequilibrio económico, no atañe únicamente al oficinista, ni al obrero o al maestro como contraste de la fortuna de los grandes dueños del capital; la miseria se extiende hasta los ámbitos más recónditos de la explotación, por ejemplo: en las minas de coltán en África, en la esclavitud infantil en la India, en la trata de blancas en Europa, en la pornografía infantil en México y otros tantos hechos devastadores como las guerras ininterrumpidas, la migración forzada y el hambre. Tales situaciones parecen poder remediarse si tan solo el individuo las atendiera y alguien, de preferencia un político o un gran potentado, ofreciera los recursos necesarios para solventar su disminución. ¿Pero acaso es posible la reparación de estos males?

En términos psicológicos el resarcimiento promete volver al punto inicial del trauma y remediar el agravio, como si éste jamás hubiera ocurrido. Es la idea latente en las relaciones neuróticas donde los miembros se ven a atrapados por la fantasía de la restauración de los daños y luchan incansablemente por esa esperanza vana. No obstante la flecha del tiempo tiene una sola dirección y el sujeto ha de asumir que lo ocurrido no puede recomponerse en absoluto. La herida no es un accesorio tortuoso, es realmente el núcleo de la personalidad y como la historia de Filoctetes lo muestra es incluso imprescindible para definir al individuo.

En el contrato social es el propio estilo de vida al que las personas se abocan religiosamente lo que sostiene el horror interminable de los desdichados y su ceguera sobre su participación en el gran holocausto es el motor que impulsa lo más repudiado en el mundo. La gente aborrece el sufrimiento del prójimo más cercano, pero pocas veces siente curiosidad por la miseria de quienes se esconden en la recóndita torre de la explotación extrema, cuyas vidas han dejado de tener valor; y cuando por persuasión de la publicidad se les dedica un momento de atención a los invisibles, quizá un nudo se forme en la garganta de las almas buenas y el pedazo de pan no lo tragaran de inmediato, pero la vida moderna termina por llamarlos a su encuentro y a olvidar el exterminio de los otros.

Los buenos hombres besan en la frente a sus hijos por la noche y hacen el amor con sus esposas y al otro día se preparan para el trabajo cotidiano y olvidan el lacerante dolor ajeno. En eso consiste la vida moderna, en la recursividad amnésica de la desdicha de los otros. Para la psique el traslado del contenido consciente al inconsciente es una condición de la economía mental que permite que lo demasiado abrumador no perturbe la normalidad de la experiencia. De tal manera que lo rechazado se convierte en territorio de la sombra, que por principio no puede reconocerse a menos que se haga un esfuerzo demasiado grande o que ocurra un trauma inconcebible que desmorone las estructuras ya conocidas de la personalidad. Mientras tanto el otro permanece lejano y amenazante.

Hay personas que no pueden vivir con estos hechos y crean fundaciones, centros de ayuda, organizaciones sociales, algunos donan inclusive grandes fortunas para intentar remediar estos males y quizá liberan a muchos desdichados del trato inhumano al que estaban condenados, pero la atrocidad no termina, se multiplica como un cáncer en otras regiones y el trozo de maleza cortado es sustituido de inmediato por uno nuevo. Pero aún ellos, los caritativos, pueden vivir de forma decente, tener acceso a la cultura y disfrutar de los bienes materiales que las víctimas no. Realmente los compasivos no se han marchado de Omelas, solo procuran un poco de bienestar para el niño que sufre, pero Omelas permanece para ellos como la lógica intrínseca del alma.

La pregunta que surge entonces es la siguiente: ¿es posible, para el ciudadano moderno, marcharse de Omelas?, para responder es debido puntualizar que no importa el discurso semántico bajo el cual se viva, éste se sostiene en la dialéctica que comprende la construcción y la destrucción, el cosmos y el caos, Eros y Tanatos. El hombre necesita, para que su estilo de vida permanezca, intentar remediar la injusticia y fracasar, es debido este camino del desaliento para que la ruina ocurra fuera del sistema, o por lo menos que suceda lejos de la parcela de los hombres piadosos, que identificados con la bondad precisan experimentar su opuesto dialéctico en la miseria de los menesterosos y en el terror de los masacrados.

Las buenas intenciones no buscan la solución, en cambio procuran la proyección de la matanza lógica encarnándola en víctimas reales, por ello la vida de cada persona al identificarse con el elemento constructivo de la realidad incrementa las atrocidades. Debe propagarlas como medida apotropaica. La sociedad occidental contemporánea expresa un discurso que a nivel superficial promueve el fin de la barbarie, pero que para sustentarse ha de alimentar el holocausto, de manera inconsciente, con el sacrificio de millones de personas. Por eso los propósitos benévolos no son suficientes, porque en ellos la lógica que sostiene las relaciones económicas y sociales no es tocada verdaderamente, permanece intacta e inadvertidamente los individuos la permiten, son sus humildes y fervorosos adeptos.

Aunque cause indignación la destrucción sistemática de las selvas, la polución, el sufrimiento constante de los niños, las mujeres y los hombres que son combustible del sistema, no hay nadie que no esté involucrado en la empresa neoliberal que se multiplica incesantemente. El dueño del capital que dona la mitad de su fortuna para remediar el mal en el mundo no se da cuenta de que la lógica del capital es lo que ha llevado al mundo a la destrucción, su desprendimiento ingenuo también multiplica el salvajismo. Este asunto ha dejado la elección detrás de sí hace mucho tiempo y hay un destino religioso que subyace a ese gran laberinto de voluntades inútiles.

Omelas es la separación del sumo placer y el sufrimiento y lo que sus habitantes omiten es la asunción del intercambio necesario entre uno y el otro, la unidad de la unidad y la diferencia. En contraste con el cuento de Le Guin las personas no se marchan ni pueden hacerlo, su vida está dedicada a la expansión del horror, donde los pequeños placeres descansan en la ignominia, en la muerte y la miseria de muchas otras personas; y aunque se desprendieran de sus ropas y desnudos abdicaran de las comodidades, no pueden desprenderse del manto lógico que los envuelve. Omelas no es un lugar donde se pueda ir y venir, es simplemente el mundo en el que se vive y mientras así continúe, por más preocupados que estén los buenos hombres por la desgracia de los otros, por más indignación y lagrimas, en realidad no nos importa.

La vía vital del dinero

Logos del alma

Es habitual ver al dinero como una herramienta vulgar y despreciable, que corrompe a los hombres y extrae de ellos lo más vil de su naturaleza. Se piensa en las treinta monedas del mito cristiano, en la devastación del colonialismo, en la conjura marxista contra el capital, en el avaro prestamista, en el ambicioso consorcio global y en el negocio de la guerra. Ciertamente una gran sombra pesa en la imagen de lo monetario, pero es un prejuicio que se funda en la ilusión de que el dinero sirve a las personas, cuando lo cierto es que es un dios que exige constante pleitesía.

El capital es omnipresente, es el motor de la civilización y de la vida moderna, parece ser una representación refinada de la vida biológica en su eterno camino hacia la reproducción de sí misma. Freud planteaba que la pulsión de vida se enlazaba con el deseo de cada organismo por volver a la paz de la materialidad, de tal hierosgamos la vida se continuaba de manera infinita oscilando entre el llamado de su negación y su pulsión reproductiva.

Algo de muerte aguarda siempre en el centro de la vida porque lo vivo se funda en la superación e interiorización de lo meramente material, es decir, del reino de la muerte. Por lo tanto, la dinámica económica exalta el factor reproductivo de la vida, ese escape continuo de la prisión de la materia, cuyo carácter de huida, puede ser encontrado en el esfuerzo del alquimista por liberar a la masa confusa de su materialidad o en la imaginería gnóstica que soñaba con rescatar a la pistis sophia de su encierro en el mundo.

El carácter vital del dinero, se puede comprender también en la admonición de la acumulación del mismo, el verdadero pecado no es la producción de riquezas sino la acumulación de las mismas, es decir la ambición de querer ser el amo del dinero y conservarlo para el beneficio propio. “Beneficio” es una de la posibles traducciones de la palabra fenicia “Mommon” de la que deriva el nombre del demonio Mammon, al que se hace referencia en los evangelios cuando se alude a la imposibilidad de servir a dos amos. Sin embargo, Mammon también se identifica con Plutón, el dios de la muerte, pletórico de tesoros.

En la literatura gótica la figura del vampiro se relaciona con la aciaga conducta de querer detener el flujo de la vida y reinar sobre ella, un ideal imposible, pero que determina las fechorías y la tragedia del monstruo en cuestión. Curiosamente el vampiro muchas veces es retratado como un aristócrata rico y perverso, un Gilles de Rais o una Erzsébet Báthory, que pretende la inmortalidad, es decir, la evasión de la esencia de la vida misma a través de su dominio sobre la corriente anímica y la riqueza de los otros.

George Bataille suponía que, a diferencia de lo que el sentido común nos dice sobre la economía, no es la acumulación de capital lo que determina el ritmo de trabajo y de acción humanos, sino, al contrario, es el gasto superfluo, sin ningún sentido, el derroche puro en sí mismo, el núcleo de las relaciones económicas. Este gasto improductivo era nombrado por él como: “la parte maldita”. Es así que la destrucción es el motor que impulsa la vida, no es el crecimiento ni la construcción lo que ésta genera, ni la base sobre la que se sostiene, en su lugar es la continua laceración de la materia que es fragmentada y vuelta a reunir de manera cíclica para tener puentes sobre los que transitar hacia sí misma y luego derrumbarlos nuevamente.

Las antiguas civilizaciones realizaban este acto sacrificial a través de grandes empresas inútiles, la construcción de monumentos magníficos, las guerras sacras y las celebraciones religiosas. En la actualidad, sin embargo el gasto se ha vuelto más sutil e inadvertido, ha tomado la forma de un modelo económico dedicado a la producción continua y la generación de un capital que cada vez se vuelve más volátil, efímero, donde la materia es torturada hasta sublimarse en meros datos e información, y ante los cuales el hombre gasta toda su existencia en el culto secreto de su irrelevantificación.

Es, al fin, la vida la que se transforma y emprende su periplo de metamorfosis en esa danza terrible con su otredad intrínseca, siempre presente. En su tránsito, no es el hombre su objetivo, es ella misma la que busca perpetuarse, al igual que el capital que trabaja constantemente por reproducirse y trasmutar la materia en la noción implícita que se despliega en las distintas formas de la producción. Es, en su lógica interna, una religión cuyo oficio se ocupa de un dios celoso de su ritual cotidiano.

La elección del hombre no radica fuera de la dinámica espiritual del dinero, ya que éste fluye por su sangre y alimenta el sentido de su existencia. Ya sea para adorarlo o para desdeñarlo, el sufrimiento y el culto constante que dedica en su vida diaria al dios dinero lo convoca a la liturgia inconsciente de una vida dedicada al trabajo y a la producción incesantes. Se fabrica, de esta manera, una obra inmensa, un opus magnum, que no responde a los intereses del ser humano, ya que se hace en favor de un telos objetivo que posiblemente no repare en la importancia o inanidad del sujeto, es una noción que solo piensa en sí misma y que lo hace en las distintas imágenes como la del hombre o como la del dinero, ambos símbolos gemelos de un arquetipo que los trasciende.

También decía Borges que en las generaciones de las plantas o de los tigres había un lenguaje secreto que se replicaba para ser leído por un dios al final de los tiempos, y considerando que siempre se está en debacle de la existencia es muy probable que el papel del individuo, en la era de la religión del capital, estribe en tratar de estar a la altura de las exigencias de un espíritu vital que se perpetúa de manera irremediable o en ser arrastrado por ese rito inmarcesible que lo convierte, paulatinamente, en formas sutiles que apenas recuerdan a sus antiguos recipientes. Pero al final el camino sagrado del dinero cobrará su precio y entonces quizás sea el hombre-objeto la nueva moneda de cambio.

La larga vía de la psicología

Logos del alma

Un tema literario recurrente es el relato de un hombre que sueña qué hay un tesoro en una casa de un país extranjero. Siguiendo su intuición logra encontrar tal lugar, no obstante, al querer entrar es detenido por un guardián, quien al interrogarlo y enterarse de la historia le reprocha su ingenuidad y le dice que él también ha soñado innumerables veces con cierta casa, en cierto país; tal lugar descrito resulta ser el hogar del hombre que siguió su sueño.

Surgen entonces cuestionamientos como: ¿por qué simplemente el soñador no buscó en su propio hogar desde el principio? ¿Acaso el sueño fue una broma de un daimon cruel? El sentido común lleva hacia la línea recta, al camino más directo. Sin embargo, la senda recorrida es necesaria para descubrir el tesoro que ya existe, este subyace a la larga jornada del buscador, pero es en la vía dialéctica de su aventura en tierras indómitas, y únicamente ahí en lo salvaje, donde el viajero puede ser dotado de la visión necesaria para el descubrimiento.

En la transformación del chamán, su entrada al mundo de los espíritus supone la sublación de la dimensión egoica en una posición que ya no corresponde al mundo diurno, su tránsito no es una elección, más bien constituye un destino por el que debe pagar el precio de su positividad. Su piel es arrancada y le es dada nueva piel, sus huesos son trocados por unos distintos y sus ojos, extraídos de sus órbitas, son reemplazados por otros que ya no le pertenecen. El individuo que una vez fue, ha sido devorado por la negatividad.

Pero el pensamiento psicológico, aún sostenido en el sentido común, supone que el hombre debe permanecer en su misma dimensión. En esa óptica psicológica domina la vía pragmática que tiene como objetivos: soluciones fáciles, prácticas y comprensibles para todos, cualquiera tendría que entender el movimiento psicológico como teoría. Un ejemplo de ello es el hecho de que en los programas de espectáculos siempre hay un psicólogo que habla de los temas más triviales sosteniendo su explicación con base a su título profesional y nada más. Su consejo, en el imaginario popular, queda al lado del que otorga un influencer, un comentarista de noticias o el astrólogo en turno.

El paradigma hegemónico de la psicología propone únicamente la línea recta como paso de transformación. El individuo debe cambiar su vida, pero esto significa adherirse a los preceptos de una cultura que pide la individualización de sus ciudadanos de forma explícita y la masificación de los mismos de manera implícita, porque el interés real de la psicología hegemónica no está puesto en la salud del sujeto sino en la construcción, incesante, del capital como forma autónoma de la consciencia.

Parece ser que el relato posmoderno no es el del hombre que busca un tesoro escondido, sino el del tesoro abierto que parte en pos de sí mismo en el contexto del reino del ser humano, ello a costa del hombre que sueña que es libre y bajo la condición de un sujeto engañado con la ilusión de la voluntad soberana. Son sus deseos y valores los vehículos de ese impulso objetivo que tiene su propio telos y que impone sus necesidades de forma inadvertida por medio de un discurso psico-pedagógico del ego como una paideia contemporánea del bien y la salud humana.

Bajo esta premisa es el sueño de una gran cantidad de psicólogos ser populares y que su mensaje llegue a las masas de seres afligidos. Son realmente predicadores de un evangelio disfrazado de ciencia crítica, pero no psicólogos. Su trabajo es el del prestigio y la difusión de un paradigma que, como una gnosis oculta, enseña a la cultura como adecuarse y difundirse mejor.

Entonces, son el prestigio, la fama y la conformidad consigo mismo, el guardián que induce al psicólogo a considerar impracticable otra senda que no sea la curación de las personas o el centramiento de sus metas profesionales en las prácticas del yo adaptadas el espíritu de los tiempos. Tal guardián induce a que el pensamiento psicológico permanezca ocluido, al servicio de un deus absconditus.

La psicología en cambio es el largo camino que emprende el alma cuando sueña consigo misma y el psicólogo sigue esa senda sinuosa y es forjado por tal destino. Ahí se enfrenta a los límites y va donde hay dragones, empero no lo hace a la manera del héroe, como Heracles destrozando todo a su paso, más bien camina en un silencioso vagar, como un desconocido que nunca obtendrá gloria y que desaparecerá al final de su travesía, pues es realmente el Simurg quien emerge de tal viaje, es decir que es el alma quien recorre la distancia de su trayecto hacia la consciencia de sí misma.

Por eso la psicología no puede ser sencilla, ni desplegarse bajo el manto del sentido común, porque esta disciplina es el lento proceso del alma por develarse en el trabajo psico-alquímico ineludible de la consciencia de sí, que le requerirá torturase, destilarse y mutilar sus formas anteriores para poder ser. Solo el psicólogo estará dispuesto a dedicar su vida a vigilar este vaso alquímica, la transformación de esa materia, sabiendo que quizá nunca verá el resultado, porque él mismo es parte de la massa confusa que deberá ser transformada, superada y dejada atrás.

El papel social del discurso psicológico

Logos del alma

«Nosotros hemos inventado la felicidad» -dicen los últimos hombres, y parpadean.”
F. Nietzsche

Es característico de la época actual el deseo constante de actuar, de producir y de mostrar eficiencia, el imperativo práctico es un valor moral central sobre el cual se reflexiona poco, no obstante, la ideología del trabajo es inherente a una sociedad capitalista que, en su espíritu cristiano, concibe a lo productivo como lo bueno y a lo ocioso, la parte maldita, como un pecado. En la sociedad posmoderna esto significa el paso de una cultura que subyuga al sujeto de forma disciplinaria a la rueda de la economía, a otra que logra el mismo efecto desde el propio discurso del valor individual.

El sujeto neoliberal se ha transformado en explotador de sí mismo y el deseo por generar riqueza exacerbada se ha interiorizado en la búsqueda angustiante por la salud mental. El hombre ya no solo trabaja para producir capital sino que él mismo se fabrica como un objeto mercantil. El homo productivo ya no necesita capataces para funcionar, trabajará hasta la muerte en nombre de una idea, de un deseo, de la necesidad de prestigio y valoración, aunque la mayor parte de su labor no tenga la menor utilidad.

El ser humano, como constructor de sí mismo, acude a un discurso particular que da estructura y dirección a su ego-consciencia, esto por medio de indicaciones morales que determinan el desarrollo de su personalidad a través de herramientas antropotécnicas, es decir, de narrativas culturales que lo conminan a asumir ciertos dogmas que son hegemónicos de una sociedad particular y que permiten al individuo concebirse como parte de un proyecto global, humanizador.

Una buena parte de el discurso antropotécnico está mediado por la doctrina psicológica, ello desde su faceta más científica hasta sus derivados pseudopsicológicos, como lo son la autoayuda y la pseudoespiritualidad; todos giran en torno a ciertos preceptos que se difunden, inusitados, a través de sus prácticas. Dichas premisas se pueden identificar como: la primacía del yo frente a la comunidad, el individuo como objeto y el trabajo continuo en la edificación de la personalidad.

El psicólogo, por lo tanto, está adherido a esta dinámica y busca constantemente una actividad que lo justifique, por eso se inmiscuye en todas las posibilidades técnicas: en la empresa, en la escuela, en la familia, en el deporte, etcétera. Quiere ser útil y utilizable. Abre talleres para contactar con las emociones, para aprender a ser resiliente, para sanar al niño interior y descubrir los dioses de cada hombre y de cada mujer; se ofrece en las situaciones de desastre para dar contención y hacer pasar por su filtro sesgado, por su empobrecida teoría, todo fenómeno social, económico o natural. Tiene en la frente una gran señal que dice: “Yo también soy necesario”.

Pero si el psicólogo es necesario no lo es para lo que le gustaría, su trabajo es mantener el discurso auto-subyugante del sujeto posmoderno, convencerlo con palabras vacías como “autodesarrollo”, “introspección”, “cuidado de sí mismo”, “integración”, de que su deber es producirse a sí mismo y ejercer la libertad ilusoria de sobreponer su voluntad sobre los factores psíquicos que realmente determinan su existencia. Sin embargo, estos son incontrolables, pues como dioses poseen su propio telos.

Estas palabras psicológicas son aire caliente para inflar el ego y dotarlo de importancia personal, mientras evitan que llegue a la consciencia la verdad de los tiempos presentes, el huésped indeseado que llama a la puerta, el nihilismo. Así, el hombre carga el peso de la salud mental en sus frágiles hombros, y es responsable de su carácter y de los defectos de sí mismo, incluso debe elegir su propio género, es decir que ha sido encadenado a otro campo más en el que ser productivo, creativo, resiliente o los términos que surjan del discurso psicológico, son un mandato imperante. La libertad contemporánea no es sino una cadena elaborada desde el interior de la propia persona.

El psicólogo que no ha reflexionado sobre su papel en la sociedad reproducirá los cánones de la cultura de forma inadvertida y no importan sus buenas intenciones, éstas siempre estarán sometidas por los objetivos del espíritu de los tiempos presentes. Inconsciente de la historia, el homo psicologicus personifica al «último de los hombres» y dice que ha inventado la felicidad y parpadea, por ello no tendrá hacia quién dirigir su mano después de la gran caída.

Se puede observar esta gran narrativa psicologizante en el lenguaje de los mass media, en los programas de variedades, en la redes sociales que con gran ahínco emiten cápsulas pedagógicas en forma de consejos, frases motivacionales, recetas de vida, que junto a la opinión informada de profesionales de la salud mental constituyen un lenguaje dominante que educa a las mayorías silenciosas en el arduo camino del evangelio de la construcción del individuo.

Factores lógicos del dinero

Logos del alma

“El dinero es otro tipo de sangre, y cuando circula por nuestras manos viene quizás con más de lo que queremos saber.”
Russell Lockhart

El dinero ciertamente es un problema psicológico, no solo por las dificultades psíquicas que se asocian con su manejo, ni por la incertidumbre que ocasiona el tener poco o por la ansiedad que supone quererlo demasiado. Como símbolo su valor es más profundo del que pudiera parecer a primera vista, sin embargo, por su cotidianidad no siempre se advierte, pero la lógica del dinero está impresa en cada rincón de la vida moderna, ésta depende tanto de su acción que los fenómenos económicos son el flujo que convulsiona la historia.

La lógica del máximo rendimiento expande su influencia en los sectores como la psicoterapia, la educación o la autoayuda, cuyo fin común es el de sustentar una estructura ideológica con la ayuda de técnicas pedagógicas de conversión de los sujetos en empresarios de sí mismos; quienes deben trabajar incansablemente por convertirse en objetos de cambios para una cultura que requiere de su convencimiento en la leyes de mercado, que se encarnarán en sus objetivos profesionales y personales y donde, incluso, su tiempo libre y de sueño será parte de sus horas de trabajo.

También la sombra del mundo está ligada al dinero: la trata de blancas, el tráfico de órganos, el robo de infantes, la proliferación del narcotráfico, la esclavitud y la guerra, tienen como propósito poner en circulación la economía. En los momentos de tránsito político, cuando la gente ingenuamente defiende a un partido o a otro, es siempre el dinero quien decide quien administra al sistema político en turno, para sostener y proliferar sus fenómenos sombríos. Como el antiguo dios Okeanos lo monetario marca los límites de la existencia y sus epifanías son propias del inframundo.

El capitalismo es el sistema económico donde se exalta el concepto mismo del capital, su proliferación a través del libre mercado es un ritual continuo al dios pecuniario que se multiplica sin cesar, a pesar del desgaste del mundo y por medio del sufrimiento del hombre. En su altar se exhibe descaradamente que la vida nunca es propiedad de los sujetos, sino que es el propio movimiento del capital aquello que funciona de manera autónoma y objetiva, como el Inconsciente Colectivo o como un gran Otro que impone su voluntad sobre los hombres. Es el capital a quien se suplica: “que se haga tu voluntad, no la mía”.

La fantasía del comunismo, desde otro ángulo, gira en torno al mismo ídolo, pero pretende, ilusamente, someterlo. No obstante, los regímenes socialistas terminan siempre como capitalismos de estado, con una clase sacerdotal que rinde plegarias y genera dogmas para los creyentes del paraíso, que también es nombrado como: la sociedad comunista; una utopía, donde el dinero está al servicio de la gente y donde el sujeto ha logrado someter al gran Otro a sus necesidades. Es así que la imagen del socialismo es necesaria para servir mejor al dios tremendum del capital, a través del engrandecimiento de la voluntad del hombre como grupo.

Se puede decir, por lo tanto, que el dinero es ineludible, pues, como la vida, crece incesantemente y a pesar de los obstáculos (inflación, recesión, caídas, devaluación), es la parte maldita que se alimenta de la materia para volverla lógica. Quizás el hombre no sea sino un altar vivo de ese gran proceso devorador que es la lógica monetaria. Habría que recordar que la diosa Juno, la avisadora (Moneta), era una representación de la fuerza vital y la fertilidad, y por lo tanto, como Russell Lockhart intuye, es también una faceta del Sí-Mismo, aquello Otro que constituye la verdadera voluntad del ser más intimo que niega las certidumbres individualistas y los esquemas humanistas.

Tal vez por ello el dinero es una carga, una forma ritual inconsciente que obliga al individuo a producirlo sin descanso y a nunca estar satisfecho con lo que se tiene, porque el alma sigue un trayecto en el que el hombre queda siempre detrás, como un cadáver del cual se han vendido ya sus órganos principales y que ha comerciado por unos breves instantes con su propio pedazo de existencia, y que al final lo ha perdido todo en el mercado de cambio, porque su vida no era sino un préstamo efímero que debía pagar con intereses variables y obligatorios.

El dinero y el hombre quedan así inextricablemente atados. Si bien Okeanos ha dejado de circundar el cosmos y se ha vuelto hacia el interior de las personas, como la noción que palpita en sus corazones lógicos, la economía ha tomado el lugar de los antiguos dioses muertos y sobre sus recuerdos ha recreado el cosmos a su imagen y semejanza. Es la psique el verdadero hogar del capital, desde ahí gobierna al mundo y el hombre dedica su tiempo completo a la adoración de este deus absconditus, que sin embargo se esconde en la ubicuidad del libre mercado.

El amor es hijo de la carencia, del hambre que nunca cesa

Logos del alma

“¿no es la vida una cadena de mandíbulas abiertas y devoradoras?”

León Felipe, Este orgulloso capitán de la historia

La cultura moderna provee constantemente de ideales y de falsas expectativas acerca de lo que las personas deberían ser o desear ser, de ésta manera se ofrecen recetas que prometen entelequias como la felicidad, el amor sin sufrimiento, el placer sin dolor o la tranquilidad sin contradicciones. Hay una promesa incesante de despojar a la realidad de su matiz oscuro y de relegar al individuo a la condición de un fenómeno liberado de su complejidad, sin sombra, de devolverlo a un estado de inocencia, que sin embargo, solo es posible por medio de un sacrificio intelectual.

El hombre se evade de sí mismo y de su realidad por medio de los grandes discursos ideológicos, sostenidos en gran parte por las necesidades de los sistemas económicos y políticos que requieren la construcción de un homo productivo. Como en la película de Chaplin Tiempos Modernos, los individuos son engullidos por la gran maquinaria del sistema que propone siempre lo venidero, el progreso que tiene su meta fuera de sí mismo, en el futuro. Así, abstrae a las personas de su compromiso con el presente y los obliga a producirse como objetos, en un proceso pseudoreligioso al cual le han de brindar su fe y su adoración inconscientes.

Entre los productos ideológicos contemporáneos, tal vez el más popular es el amor romántico. Se propone al fenómeno amoroso como la respuesta a la incertidumbre y a una sed constante de satisfacción y de seguridad, como una fuente de indescriptibles placeres. La pareja amorosa se retrata de manera ideal como dos desconocidos que en su encuentro se complementan de tal forma que sobrepasan el límite de la separación humana y son capaces de alcanzar la buena fortuna.

Por supuesto, tal fantasía es la recreación de la imagen de un deseo infantil, tal como es fabulada por la mente adulta que cree preservar en ella un monto de pureza y de felicidad que en realidad jamás existieron. Es el residuo individualizado del mito del paraíso perdido, donde no había conocimiento de la diferencia entre los sujetos, o del relato platónico sobre los andróginos quienes eran completos en sí mismos. En la búsqueda de esa completitud y de un emplazamiento inconsciente, se acostumbra a vanagloriar afanosamente el estado de participación mística que caracteriza al enamoramiento.

Pero amar requiere haber roto las murallas narcisistas que contienen al individuo en su propia subjetividad. Se necesita un monto de esfuerzo y de sufrimiento para permitir la existencia del otro y concebirlo, ya no como una prolongación del propio deseo, sino como un otro por sí mismo. La experiencia de la alteridad asume al semejante únicamente como es, no como nos gustaría que fuera, esto significa admitir a la pareja como el individuo absuelto de la propia necesidad subjetiva, arrojado a su diferencia y a su carácter de absoluto, sometido a la fatalidad de ser solamente lo que ya es, es decir, un caso perdido.

Por consiguiente, el ideal narcisista de amor, abstraído de la sombra que le da contenido, se contrapone a la experiencia amorosa de la apertura incondicional hacia el otro. Pero en la cultura del capital la exigencia ideológica está dirigida al consumo de experiencias y a la gratificación instantánea, el espacio de la angustia que implica la presencia del otro y el intrincado trabajo por hacer propio el deseo que en principio está depositado en el ser amado no son un producto que favorezca la mercadotecnia de la utopía romántica.

Sin embargo, no hay forma de amar más que a través del hueco insalvable de la angustia y del dolor, pues quien irrumpe en el encierro de la atomización individualista siempre deja una herida abierta que supura miedo, frustración y anhelo. El amor es también la iniciación en el misterio de la aflicción y la traición, porque ser amado es ponerse en riesgo, permanecer en aquel desgarramiento, como una boca abierta que nos obliga a desaparecer en su oquedad, pues no se ama para permanecer en el amor, más bien es el amor quien se ama a sí mismo por medio de nuestros cuerpos deseantes.

Dos de los escenarios donde el amor sucede son, por ejemplo, la familia y el matrimonio. Se tiene la imagen común de una familia estructurada por miembros felices y relaciones armónicas, donde la comunicación directa es el éter donde todos se mueven, pero tal fantasía es imposible, tomando en cuenta que toda psique se compone de factores traumáticos, destructivos y sombríos y que estos elementos acontecen y no son sujetos a la voluntad de los individuos.

La familia feliz no existe, tampoco el matrimonio armónico, en cambio la búsqueda del mismo es causante de los más variados sufrimientos. En un matrimonio normal hay violencia, celos, destructividad, envidia y sufrimiento. La pareja se une en una promesa ingenua de eternidad, pero su plano corresponde al del tiempo común. Los esposos exigen el cumplimiento de sus necesidades pleromáticas desde el plano de la insatisfacción que les precede, desde un hambre que ninguno ha podido saciar, ni podrán hacerlo. Arrancan, entonces, pedazos del otro como una promesa del cumplimiento de sus deseos, los cuales nunca se realizarán y poco a poco van formando, desde la carencia y la frustración, un hogar.

De acuerdo al mito platónico el amor es hijo de Penia, la pobreza, quien al contemplar al magnifico Poros, el recurso, deseó tener un hijo con él, por lo tanto, la pareja se funda en la búsqueda por llenar una escasez insaciable. Es aquella unión de dos soledades un altar de sacrificio, pena e incertidumbre, pero jamás de salvación ni de satisfacción completa, porque honrar a la vida exige el reconocimiento de su inanidad y de su carácter de ser un hueco interminable. Realmente las personas no se unen para ser felices, lo hacen para ser ellos mismos al reconocer que se es el hogar de una falta primordial e inmarcesible, que no es más que el propio movimiento de la vida continuándose en sí misma.

Por lo tanto, el amor es el hambre voraz de un sujeto objetivo, una pulsión ciega que se demora en nuestra carne, y que en su metamorfosis nos construye como un apetito inagotable. Por ello, es nuestro deber seguir amando porque sin importar nuestra esperanza o las encrucijadas del contexto, ese impulso severo habrá de realizarse y, a su vez, no realizarse nunca.