La bomba nuclear y el destino de Dios: Sobre la primera fisión nuclear

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘Technology and the Soul’, volumen II de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 5, pp. 101-115

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Si se observa una pintura medieval, como la de la escuela holandesa, hay que acercarse mucho para apreciar sus detalles. Cada pelo de un cuello de piel, cada brizna de hierba, parecen estar pintados por separado. Sin embargo, si nos acercáramos a un cuadro de un impresionista francés, sólo veríamos manchas de pintura, pero ningún cuadro. Así pues, cada cuadro prescribe al espectador la distancia que le corresponde. Esto no sólo es cierto para los cuadros, sino para todos los temas de contemplación, incluidos los de reflexión teórica. Por esta razón, depende mucho de que encontremos la distancia «correcta» a nuestro tema, la bomba nuclear. Porque si nos acercamos demasiado a ella y la contemplamos sólo desde nuestro presente inmediato, sólo en el contexto de los bloques de poder y las negociaciones de desarme actuales, sólo en el contexto de nuestros temores personales de supervivencia, entonces sólo tendremos una percepción esencialmente reducida de la bomba.

ENCONTRAR EL PUNTO DE VISTA ADECUADO

La bomba nuclear amenaza la vida en su totalidad. Esto significa que debemos encontrar un punto de vista que conceda a la bomba el horizonte más amplio posible dentro del cual sólo pueda desplegar toda su esencia. Porque todo lo que tiene el poder de poner en juego nuestro mundo en su conjunto debe ser una especie de equivalente de este mundo en pocas palabras y, como tal, estar profundamente entretejido y enraizado en la historia y la realidad de nuestro mundo occidental en general.

El contexto de los problemas de supervivencia y la política de poder actuales sólo permite una percepción muy limitada de la bomba. Nuestra imagen de ella sería igual de reducida si la entendiéramos meramente de forma personalista: como la expresión de nuestras agresiones reprimidas, nuestra «tradición patriarcal hipertrófica», nuestra arrogancia y nuestra actitud de aprendiz de brujo, por mencionar sólo algunos de los tópicos más comunes. La bomba nuclear, en su fenomenología, es tan inmensa y tan inhumana que, a pesar de ser un objeto fabricado por el hombre, se extiende mucho más allá de lo meramente humano hasta la dimensión de lo ontológico y lo teológico, hasta la dimensión del Ser y de los dioses. Sólo en este plano podemos esperar hacer algo de justicia a su espanto.

Sin embargo, no hablo como teólogo, sino como psicólogo y fenomenólogo. Como tal, estoy convencido de que siempre que se trata de puntos de inflexión fatídicos, ya sea en la historia o en nuestra vida personal, tenemos que mirar a los dioses y a su destino. Los dioses y lo que les ocurre son, simple y naturalmente, la articulación de ese fondo de la psique colectiva en el que se producen las grandes decisiones de calado histórico, decisiones que a su vez son el marco en el que transcurre la vida y el pensamiento de cada época histórica. No postulo dioses de manera metafísica, y mucho menos los propago como objetos de fe. Simplemente me quedo con la fenomenología de las imágenes de Dios tal y como se dan en la realidad. Considero que éstas son el punto en el que algo del trasfondo oculto de la existencia histórico-psicológica del hombre se nos hace visible en formas o rostros concretos, de modo que no estamos meramente condicionados por este trasfondo desde atrás como objetos aburridos, sino que podemos, como corresponde a los humanos conscientes, relacionarnos con ellos cara a cara. Así podemos establecer y cultivar una conexión psicológica que sin las imágenes de Dios no sería posible: la cultura y el culto psicológicos, la therapeia, la religio-como la observación cuidadosa (relegere) de los dominantes arquetípicos que vinculan (religare) nuestras percepciones, pensamiento y comportamiento.

El destino de Dios que tenemos que considerar en relación con nuestro tema me parece que tiene lugar en los acontecimientos que se nos cuentan en la historia  del Antiguo Testamento1 sobre la adoración del Becerro de Oro (Ex. 32).

LA HISTORIA DEL BECERRO DE ORO COMO DOMINANTE PSICOLÓGICA

No quiero leer esta historia como un documento histórico, ni con la pregunta en mente: ¿Qué ocurrió realmente y qué significó en el contexto de su época y para la vida religiosa de los judíos? Tampoco me ocuparé de cuestiones de crítica textual, fuentes, autoría y de las revisiones que haya podido sufrir el texto. Con tal planteamiento, el relato se convertiría en un mero objeto de indagación y quedaría desplazado a la lejanía de un pasado remoto y exótico que, en el fondo, nos es indiferente. Paradójicamente, la búsqueda del sentido «original» del cuento y de las intenciones «originales» de sus autores no nos devuelve a los verdaderos orígenes; más bien produce un artefacto, la reconstrucción de un pasado pretérito que sólo es posible gracias a ingeniosos métodos científicos. No es que pretenda dudar de la corrección de las reconstrucciones históricas. Simplemente pienso que nunca pueden conducirnos al origen, sino sólo a algo esencialmente derivado: la historia abstracta.

El origen no se encuentra en la edición crítica en la «lengua original» de un texto, ni en el conocimiento exacto de los hechos históricos que rodean al texto; el origen es más bien la historia de la Biblia tal y como nos la contaron en la infancia en nuestra lengua materna -en una forma, teológicamente hablando, posiblemente bastante insostenible- y, sobre todo, tal y como se la contaron durante siglos a nuestros antepasados, que ciertamente no se vieron afectados por las preocupaciones histórico-críticas. Sólo así está viva la historia en la psique occidental. Toda la erudición crítica llega demasiado tarde, va detrás de la imagen real arraigada en lo más profundo de nuestro ser y de nuestra tradición. Toda investigación científica presupone esta imagen y, por supuesto, en última instancia, sólo se lleva a cabo por ella y porque, en primer lugar, despertó la curiosidad de los estudiosos.

Es el trágico error del Occidente cristiano haber tomado lo histórica o teológicamente «correcto» por lo real, y así haber pensado que el verdadero cristianismo podía encontrarse en la interpretación más sofisticada y pura de la doctrina cristiana. Esta ficción nos hizo ciegos a los efectos reales de nuestra religión, permitiéndonos conformarnos con nuestro mejor juicio y pensar que, gracias a la corrección erudita de nuestras ideas, las imágenes primitivas se habían acabado. Pero la imagen simple no fue empujada a la inexistencia por la visión corregida, sino que simplemente desapareció de nuestro campo de visión, de modo que pudo estar en acción sin ser perturbada. Conserva su propia «voluntad», que no está necesariamente de acuerdo con la mejor exégesis teológica, y quiere materializarse a sí misma (en lugar de la «verdadera intención»). Incluso bajo la superficie de la teología más erudita, es la simple imagen la que realmente se cree y tiene fuerza motriz. Nuestro mejor juicio, precisamente porque es mejor, más elevado, meramente consciente, no tiene ni ha tenido nunca importancia psicológica e histórica, pues carece de poder transformador, mientras no se haya filtrado hasta convertirse, al cabo de mucho tiempo, en una nueva imagen en la psique por derecho propio. Sólo la imagen primitiva es históricamente potente, tanto en el individuo como en los pueblos.

Por lo tanto, me gustaría leer la historia del Becerro de Oro como la imagen psicológicamente real como la que se ha implantado, como una semilla, en la psique receptiva de los pueblos del Occidente cristiano inicial y, tras un periodo de incubación que duró varios siglos -llamado habitualmente «Edad Media»-, empezó a brotar hasta que finalmente dio frutos maduros en nuestro siglo. Intento escucharlo como parte de ese «mito» en el que vivimos y que sustenta la constitución ontológica del mundo occidental.

Esta historia es, por así decirlo, una historia de la colisión de dos mundos. El primer mundo está situado en las tierras bajas y se caracteriza por una imagen de Dios con forma de animal fundida en metal a la que el pueblo adorador lleva ofrendas y en cuyo honor celebra una fiesta, entregándose lúdicamente a esta celebración. El otro mundo es el de la cima de una montaña2 y se caracteriza por un Dios invisible y trascendente en las alturas, por un código de leyes morales grabado en tablas de piedra y, tanto por parte de Dios como de Moisés, por una ira feroz contra el pueblo celebrante.

Moisés, acalorado por la ira, con la Palabra de Dios en su mente y las tablas de la ley en sus manos, rompe la piedra en su ira. Irrumpiendo como un extraño en la multitud juguetona, interrumpe la celebración sagrada y pulveriza la imagen animal. A Aarón, que hasta ese momento había participado inocentemente en la ejecución del ritual, le da mala conciencia, de modo que Aarón se avergüenza y siente la necesidad de justificarse. Y finalmente obliga a todos a tomar una decisión: «¿Quién está del lado del Señor? Que venga a mí». Ordena a sus seguidores que tomen sus espadas y recorran el campamento de puerta en puerta y maten a cada uno de sus hermanos, a cada uno de sus compañeros y a cada uno de sus vecinos. «Y aquel día cayeron del pueblo unos tres mil hombres».

Siempre hay una diferencia crucial en cuanto a las imágenes «míticas» con las que nos informamos colectivamente. Hemos sido educados con esta historia; esta imagen de una masacre ejecutada sobre los adoradores del Becerro de Oro por celo del verdadero Dios ha sido implantada en el alma del hombre occidental durante dos mil años. Ha echado raíces profundas y nos ha imprimido miedos traumáticos. Todos vivimos bajo el hechizo de esta masacre. La conmoción es profunda. Desde que sonó la llamada «¿Quién está del lado del Señor? que venga a mí», resuena una y otra vez en lo más profundo de nuestro ser. Y desde entonces una grieta incurable atraviesa el «pueblo» de nuestra alma, infectando todos nuestros pensamientos y experiencias y moldeándolos según su imagen.

En lo que respecta a nuestras aspiraciones más nobles, desde entonces se nos ha colocado a priori en un lado, en el lado del verdadero Dios, independientemente de que lo conozcamos y nos guste o no, y no debemos, seamos creyentes o no, temer más que deslizarnos al otro lado, el de los adoradores del Becerro de Oro, el lado de los asesinados. No tenemos elección mientras no trabajemos conscientemente el trauma de esta escisión. Pero simultáneamente con el mantenimiento de un lado (el del Señor), el otro lado, el de la idolatría, se constela también, y nuestros instintos escindidos, más primitivos, sucumben por necesidad cada vez más a la fascinación cada vez mayor que la imagen terrestre, ahora denostada como ídolo, ejerce sobre nosotros. Pues esa grieta que separa al mundo sólo existe como oposición, es decir, como unidad separada, de ambas partes. Sin ídolos, no hay Dios «verdadero», y sin éste, no hay dioses «falsos».

DESCUBRIENDO LA CUESTIÓN NO MENCIONADA DE LA HISTORIA

Si seguimos la perspectiva del narrador, esta es una historia de la caída infiel de los hijos de Israel de su verdadero Dios que los sacó de la tierra de Egipto, y de su posterior castigo. Sin embargo, si vemos a través de la intención didáctica del informe narrativo a su contenido latente, obtenemos una imagen totalmente diferente. Los estudiosos del Antiguo Testamento nos informan de que la palabra hebrea traducida como «becerro» no pretende en realidad referirse a un becerro en esta historia, sino que es un término despectivo para la imagen de un toro que, de hecho, era el objeto de adoración.

Aún más importante es el hecho de que el propio Yahvé tenía originalmente una naturaleza de toro, de acuerdo con toda la antigua religión semítica. Esto se manifiesta incluso en tiempos posteriores, como en Amós 1:2: «El Señor rugirá».3 El Dios tribal de los israelitas, el Dios de la confianza, era, sin duda, un Dios joven, pero con él los israelitas se remontaban a la tradición religiosa más antigua del Próximo Oriente, al Dios más elevado de los antiguos semitas, El elión (Gn. 14), el Señor del Cielo y Dios del Mundo.4 Este Dios es constantemente apostrofado en los textos ugaríticos como «El Toro». Esto significa que la imagen del toro adorada por los Hijos de Israel en nuestra historia y conocida por nosotros con el nombre de Becerro de Oro no era un Dios diferente, ajeno, en oposición al Dios supremo, ¡sino que era este mismo Dios!

Desde este punto de vista, nuestra historia no es simplemente una historia de rebelión e infidelidad. Más bien esta historia narra un acontecimiento fatídico en la historia de este mismo Dios. Esta escena anuncia dramáticamente un cambio dentro de Dios. Dios se separa de un aspecto de sí mismo. La naturaleza de Dios se divide. El pueblo celebrante no era en absoluto desleal; al contrario, hacía lo que hasta ahora había sido siempre agradable a Dios. Pero ahora se ven sorprendidos, incluso descendidos de la nada, por este cambio en Dios, que por primera vez progresista Moisés parece haber previsto. Y como siempre que hay cambios en la esfera divina para los que la conciencia humana no está preparada, tienen que pagarlo caro.

En el antiguo Cercano Oriente no parece haber habido dioses estrictamente teriomorfos como los que había en Egipto (por ejemplo, el toro Apis). Más bien, se suele encontrar la conexión de dioses antropomórficos con animales como sus asistentes, es decir, una deidad con forma humana se muestra sentada en un trono mientras sus pies descansan sobre toros. El toro sirve de pedestal a la divinidad. Además, existe un culto muy extendido que se prolonga hasta la antigüedad tardía, en el que se erige el trono vacío de la deidad para invitar a bajar a la deidad, que en este caso se consideraba esencialmente invisible. En la historia del Becerro de Oro podríamos entender la imagen del toro como un pedestal erigido con el fin de invitar al alto Dios invisible a descender y manifestarse.

El animal como símbolo o pedestal de una deidad antropomórfica o invisible sugiere ya una diferenciación interna en la naturaleza de Dios. El aspecto animal como pedestal se ha convertido en un aspecto literalmente inferior de este Dios; el toro se ha convertido en un mero ayudante que acompaña al Dios, aunque siga siendo su fundamento, mientras que el propio Dios se desmarca obviamente del animal por medio de su forma humana, o incluso más como un Dios esencialmente invisible, el que una vez llevó él mismo el título de Toro. Pero incluso esta deidad apartada y elevada seguía estando esencialmente unida a su animal. Este era él mismo en su aspecto visible, y la imagen del toro poseía el poder de atraer el aspecto invisible hacia abajo.

Sin embargo, lo que ocurre en nuestra historia es que Dios se desprende, por así decirlo, de los toros, de su base animal, y despega hacia las alturas. Así, la espada de Moisés no sólo separa al pueblo en dos mitades, no sólo mata a los tres mil fieles al Becerro; sino que esa espada corta los últimos hilos que atan a Dios a su antigua forma divina de toro. Se trata, pues, de un relato del nacimiento de Dios tal y como lo conocemos a través de un desdoblamiento del Ser como tal, un relato del nacimiento de la noción de Dios dominante todavía hoy y que informa la constitución ontológica de nuestro mundo.

EL NUEVO DIOS

¿Cuál es la noción de Dios que resulta de la disociación en la naturaleza de Dios? En primer lugar, Dios se desprende de su visibilidad de una vez por todas y se convierte en un Dios totalmente invisible. El toro real era a la vez también una epifanía del Dios. Incluso el Dios invisible del antiguo Oriente Próximo estaba «basado» en su pedestal visible. Dios necesitaba una imagen animal visible para hacerse presente. Porque, como diría Thomas Mann, «¿Cómo contemplarías al Dios, si no es en el animal?».5 Ahora ya no puede haber epifanías. Dios sólo está presente en la fe y en la predicación de su palabra.

En segundo lugar, Dios deja de ser un poder inmanente al mundo y se eleva a la altura de un Dios completamente sobrenatural, trascendente, extramundano. Sólo como tal es posible que Dios se convierta en el creador en el sentido bíblico, es decir, en el creador de la nada. Los dioses míticos eran fenómenos naturales, el trueno, el grano, el sol, el océano, la muerte, y como tales no eran creadores extramundanos del mundo, sino partes o aspectos del mundo. Incluso el dios esencialmente invisible de Asia Menor no salía del mundo, sino que era el fenómeno de una fuerza invisible inmanente en el mundo.

En tercer lugar, este Dios se convierte en el Dios monoteísta absoluto. Mientras Dios tenía forma de toro, no podía haber un solo Dios, tan seguro como que había, además del toro, también sol, mar, rayo y trueno, etc. Como forma visible tenía que ser necesariamente particular, un Dios al lado o tal vez también por encima de muchos otros, pero incluso si por encima de ellos, entonces sin embargo sólo como primus inter pares.

En cuarto lugar, junto con la forma de toro, Dios rechaza su naturaleza animal y se define a partir de ahora como espíritu, puro espíritu.

En quinto lugar, pierde su realidad corporal concreta, convirtiéndose gradualmente en una idea idealizada. Digo gradualmente, porque sólo con el Nuevo Testamento se completa el proceso de la idealización completa de Dios como amor puro y Dios se identifica totalmente con este ideal de sí mismo. El lugar de la epifanía, es decir, de su manifestación en la realidad terrenal tal y como es en cada momento, lo ocupa ahora la revelación, es decir, la declaración verbal sobre su verdadera naturaleza. Como la epifanía ya no es una posibilidad para Dios, debe exigir la fe, la creencia en sus declaraciones. Las epifanías hablaban por sí mismas. Eran la autorrepresentación irreflexiva y sin censura de Dios a través de su comportamiento real en el mundo. No era necesario, es más, no se podía, creer en Baal, el Dios de la tormenta, o en Astarté, la Diosa del amor y la guerra, porque los tenías en la guerra y la tormenta ante tus ojos y estabas expuesto a su funcionamiento. Por el contrario, un autocomentario que ya no se confirma en la realidad sensorial depende de la creencia y la fe y requiere un flujo ininterrumpido de testigos que lo profesen.

Como sexta y última característica de la nueva noción de Dios que resultó del desdoblamiento de Dios, menciono el literalismo. El culto original se dirigía a la imagen, al fenómeno, a la manifestación fenoménica. Los adoradores del Becerro de Oro no confundían de ninguna manera, podemos suponer, con dios el Becerro de Oro como objeto en el sentido positivista, porque en una cultura ritualista tal objeto no existía todavía. No, dios era la visión visible del brillo dorado y la poderosa forma de toro, la visión de la imagen brillando desde lo que hoy llamaríamos un objeto muerto. Y los adoradores del Becerro de Oro no «creían» en la imagen a modo de mistificación, como si fuera algo diferente de lo que realmente era: una imagen, nada más. Porque todos sabían, por supuesto, que acababa de ser fundido de sus propias joyas. Pero cualquiera podía ver inmediatamente, por la calidad imaginal que irradiaba el toro, que se trataba de Dios. La esencia de Dios estaba originariamente en la radiación y en la numinosidad inherente a este brillo metafórico.

Al desprenderse de su imagen de toro, Dios se desprende también de todo brillo y apariencia,6 y se establece como un Dios literal. Esto significa no sólo un Dios de mandamientos escritos e inscritos, sino también un Dios que es inequívoco e incuestionable, exclusivamente Dios. Como se ha desprendido de todo lo sensorial y terrenal, puede declararse «el verdadero Dios» detrás de la realidad sensorial, y puede plantearse en un sentido metafísico como literalmente, casi me gustaría decir positivamente, existente. La fe es el modo de esa relación con la divinidad en la que ésta se toma literalmente y como absoluta, en último término como la entidad más elevada. La fe y su contraparte, la duda, se refieren principalmente a la existencia de Dios («porque el que se acerca a Dios debe creer que existe» -Heb. 11:6). En consecuencia, la cuestión de la existencia de Dios ha estado durante siglos en el centro del pensamiento sobre Dios, las mentes más grandes lucharon con el problema de las pruebas y refutaciones de su existencia. La cuestión de la existencia de los dioses míticos nunca se planteó, no podía plantearse. En la situación mítica, la única cuestión importante es el ¿Quién? (¿Cuál?) y el ¿Cómo? de la manifestación de los que brillan en nuestras vidas de forma tan evidente e incuestionable como el sol.

Debemos tener en cuenta la dialéctica de este proceso de disociación. A través de la escisión de su naturaleza, Dios se elevó por encima de sí mismo y ascendió a cotas antes insospechadas. Pudo adquirir una existencia literal. Se convirtió en el Dios puro y verdadero, el absoluto. Pero todo esto no es simplemente una ganancia, sino también una pérdida. El ascenso a lo absoluto es como un absolvere (un desprendimiento) al mismo tiempo una privación: Dios sufrió una considerable pérdida de sustancia y es, como lo infinito, sólo un resto infinitamente diluido de lo que una vez fue, habiendo cambiado el estatus de una realidad fenoménica por el estatus empobrecido de una afirmación que depende de ser creída para obtener la convicción de realidad. Esto contrasta completamente con la existencia saturada e imperturbable que es propiedad de los dioses míticos desde el principio. Su ser-en-el-mundo, sin embargo, no tenía la cualidad de una existencia literal, positiva-factual, sino sólo la de epifanía, de manifestación fenoménica. En otras palabras, Dios sólo pudo adquirir su existencia literal pagando el precio de su sustancialidad, su autoevidencia y su encarnación mundana. Sólo abandonando su realidad sensorial, sólo a través de su mistificación, pudo convertirse en espíritu absoluto y verdadero Dios.

LA INVENCIÓN DE LA IDOLATRÍA Y LA DESTRUCCIÓN DE LA TIERRA

Simultáneamente con la autoexaltación de Dios,7 la realidad sensorial fue empujada a un nivel inferior. Es una misma acción -el golpe de espada de Moisés- que entronizó al verdadero Dios y estableció la idolatría «por primera vez». En esta simultaneidad de movimiento ascendente y descendente, la degradación de la imagen a la condición de falso Dios tiene una prioridad interna. Sólo porque la narración del Becerro de Oro es la historia didáctica de la invención de la idolatría puede ser también la historia de la instauración del Dios «verdadero». La lucha contra los ídolos es el modo en que surgen tanto el «Becerro de Oro» (en el sentido idolátrico del término) como el «verdadero Dios». Porque sin los ídolos y antes de cualquier lucha contra ellos, no había ídolos, sino sólo dioses míticos. Dios (en el sentido del Dios verdadero) y el ídolo -ambos igualmente distantes de los dioses míticos- son lo mismo, aunque no iguales, de modo que dondequiera que se encuentre la idolatría real se puede sospechar del «Dios verdadero» en el fondo y en el entorno de cualquier culto al Dios verdadero se puede contar con la idolatría de alguna manera. La idolatría y el servicio al Dios verdadero, aunque sean opuestos, son gemelos.

El hecho de que Moisés pulverice y derrita el Becerro de Oro es un asalto a la cualidad imaginal de la realidad como tal, un asalto que recibe su fundamento teológico expreso en el mandamiento: «No te harás ninguna imagen, ni ninguna semejanza» (Ex. 20:4), que también entra en el contexto de nuestro relato. Moisés reduce la realidad de Dios a «mera materia»: polvo en lugar de imagen divina. Al igual que Dios se convierte en un Dios literal, aquí se origina la materia en un sentido positivista, si extrapolamos un poco. Es este acto el que da lugar por primera vez a la idea de algo terrenal que no es «nada más que» terrenal, pues se ve privado de su brillo imaginal. Al igual que Dios se convirtió en algo sin mundo por su obtención de lo absoluto, la realidad terrenal se convirtió en algo sin Dios.

Es crucial ver aquí que el hecho de que Dios abandonara la figura visible del toro no significaba que el toro pudiera quedarse como estaba antes. Pues Dios se apartó de él como de su pedestal y al hacerlo lo empujó a las profundidades. Este empuje hacia abajo, puesto de manifiesto en nuestra historia por la trituración del Becerro por parte de Moisés, significa que la misma desimaginación que le tocó a Dios también ocurrió con las cosas de esta tierra. El éxodo de Dios de la realidad sensorial a la espiritualización absoluta, por un lado, y la destrucción de la forma imaginal de las cosas, por otro, son reflejos mutuos, siendo la espada de Moisés el espejo, por así decirlo, que mantiene separadas las dos imágenes del espejo.

Ciertamente, tuvieron que pasar siglos hasta que la imagen divina quedó completamente pulverizada. Sólo con nuestra actual visión del mundo se ha cumplido el programa establecido en esta historia y se ha desmantelado toda la realidad en el «polvo» de las moléculas, los átomos y las partículas elementales subatómicas, a las que, en cuanto a la realidad última y actual, pueden, es más, deben reducirse todas las cosas que tienen una forma visible. Al principio, sin embargo, las cosas conservaron su forma durante más de dos mil años. La destrucción de su cualidad imaginal, que produjo el literalismo, no debe entenderse en sí misma como literal. No es tanto la forma y la imagen de las cosas lo que se destruye, sino la naturaleza imaginal de su forma, su resplandor divino, su brillo dorado, su resplandor numinoso: el poder conmovedor de la imagen. La naturaleza imaginal que antes tenían las cosas reales se reduce ahora a la mera forma de la materia (morphê, forma), de modo que ahora sólo queda una comprensión formal de la imagen. Esto significa que lo imaginal se entiende ahora de forma literal y, por tanto, ha sido subsumido por su propio opuesto. La imagen despojada de su naturaleza imaginal ha sido, por supuesto, pulverizada de forma mucho más radical que si se hubieran pulverizado literalmente todas las cosas formadas.

LA EXPLOSIÓN NUCLEAR Y EL LEVANTAMIENTO PRIMARIO DE LA VOLUNTAD

Hasta ahora, hemos contemplado el proceso divino sólo como una separación en dos partes, en el animal (que se ha reducido a una comprensión biológica y, por tanto, puede ser idolatrado) y en el verdadero Dios. Pero lo que ocurrió comprende más que eso. La separación en dos implica tres aspectos. La unidad original que unía a los dos y que está oculta por esa unidad se libera del todo original como el Tercero de los Dos junto con la disociación. Para que esta disociación en mero toro y puro Dios sea posible en primer lugar, su naturaleza imaginal original, que mantenía a los dos y daba a ambos, Dios y toro, su esencia completa, debe ser primero arrancada de ambos. La descripción completa de lo sucedido en nuestra historia es, pues, la siguiente: primero, el ascenso de Dios a las alturas del espíritu sin imágenes (trascendencia); segundo, el empuje del toro o, más generalmente, de la realidad terrenal al estado no imaginal de la mera materia (positividad empírica); y tercero, la eliminación de lo imaginal de la ontología dominante.

Lo que ha ocurrido aquí es una enormidad. Es la primera fisión nuclear, la fisión nuclear, es decir, la escisión del núcleo del Ser: la imagen. Esta primera escisión fue la que hizo posible las explosiones nucleares de la física moderna. De lo que se trata aquí no es sólo un asunto para los estudiantes de historia religiosa. Se trata de una explosión ontológica que trastorna los fundamentos de la existencia, del Ser como tal. Porque el Ser, en su núcleo más íntimo, está anclado en la imaginalidad.

Si Hillman8 acuñó la frase «base poética de la mente», me gustaría ampliar esta idea y hablar de la base poética o cualidad imaginal del Ser. Y si Jung dijo que la imagen es psique, ahora podemos añadir que el Ser tiene calidad de imagen y de alma. Dios y el toro (el mundo) eran lo que eran sólo en virtud de su naturaleza imaginal.

En correspondencia con las explosiones nucleares de la física podemos describir los tres aspectos de la Primera fisión nuclear como sigue.

(1) La naturaleza divina de Dios, que es el primer componente de la imagen, se eleva a los cielos y se vuelve puramente espiritual. De este modo, irradia con una intensidad inaudita. Es lo que los físicos llaman la «estrella» en las explosiones nucleares.

(2) El segundo componente de la imagen, lo terrenal-sensible, se reduce a mera naturaleza, a creación de Dios, ya no divina por derecho propio. Esto es lo que se llama «ceniza nuclear». La ceniza nuclear no es sólo un producto empírico de las explosiones nucleares del siglo XX; la realidad en general ha sido ontológicamente ceniza nuclear durante más de dos milenios. Despojado de su divinidad inherente, el mundo se hizo accesible en su desnudez empírica a la investigación científica y a la explotación técnica de una época muy posterior. El oro del Becerro de Oro nunca podría haber sido sometido a un análisis químico, el toro nunca podría haber sido utilizado para experimentos biológicos: porque el predicado «Dios» irradiaba de ellos.

(3) La liberación del Tercero de los Dos, la cualidad imaginal, a través de la explosión de la imagen liberó una tremenda energía, al igual que las fisiones nucleares de la física. Esta energía liberada, en primer lugar, dio a Dios el impulso para su despegue hacia la trascendencia; en segundo lugar, proporcionó al mundo el poder para su demonización y para el inmenso aumento de la realidad que experimentó -volveremos sobre esto más adelante-; y, en tercer lugar, produjo lo que llamamos en metafísica y psicología, la Voluntad. La antigua historia del Becerro de Oro es, pues, en el contexto de la historia de nuestro Occidente cristiano, también el mito del nacimiento del ego moderno, cuya esencia más íntima es la voluntad.9

La psicología considera que el ego es un determinado complejo central de la personalidad. Pero es mucho más. Ante todo, es también el modo en que este complejo se ha interpretado y constituido a sí mismo para empezar. Pero incluso esto no es todo. Como poder arquetípico, el ego trasciende lo psicológico en el sentido personalista-humano de la palabra y es, en su significado integral, el modo de ser moderno de todo lo que es, el modo de ser de Dios, del mundo y del hombre. No somos nosotros los que tenemos un ego, el ego o la voluntad nos tiene a nosotros y a nuestro mundo. Al igual que las explosiones nucleares de la física se desencadenan por el bombardeo del uranio con electrones, el golpe de la espada pone en marcha la fisión nuclear ontológica. El golpe de espada, sin embargo, es la forma en que la Voluntad llega a ser. Es la expresión del tremendo celo que embarga a Moisés y que no es más que el reflejo en un humano de ese celo al que, en el mismo relato, Dios acaba de profesar («Yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso», Éxodo 20:5). Pero el golpe de la espada no es el resultado de una voluntad (el celo) existente con anterioridad como su causa o motivación. Más bien, al hacer estallar el modo imaginal del Ser, el golpe de la espada es el levantamiento primario de la voluntad, el acto mediante el cual la voluntad se libera a sí misma en la existencia por «primera» vez. La voluntad nace de sí misma, del ejercicio «repentino» del querer. Es su propio origen. Como ésta es la naturaleza de la voluntad, todo acto de querer tendrá el mismo carácter violento de un golpe de espada que corta el Ser y de una «primera» irrupción en el mundo imaginal.

Fue un acto de voluntad que expulsó a Dios, a la realidad terrenal y a la naturaleza del hombre, a los tres, del medio del ánima, es decir, de lo imaginal, y los sometió así a sí mismo -a la voluntad o al ego establecido por este mismo acto de subyugación- como el nuevo medio de la existencia en su conjunto. Si Nietzsche definió la esencia del mundo como la «Voluntad de Poder», caracterizó precisamente la cualidad metafísica más íntima del Ser, sin darse cuenta, sin embargo, de que ésta era sólo la cualidad del Ser tal como resultaba de la fisión nuclear ontológica, no la cualidad del Ser primigenio; y sin darse cuenta de que al proclamar la Voluntad de Poder como el principio supremo, él, Nietzsche, no era más que el portavoz del Dios-Creador cristiano, un agente de ejecución en la historia de la fisión nuclear ontológica, uno de los ejecutores finales de la voluntad de Moisés.

LA VOLUNTAD COMO PRINCIPIO ONTOLÓGICO SUPREMO

Mientras el Ser estaba inmerso en el reino imaginal del ánima, los rostros de los dioses miraban al hombre desde el interior de las cosas. Esto significa que las cosas reclamaban al hombre. Las cosas y las situaciones exigían de sí mismas tal o cual trato, eran vinculantes. Como imágenes afectaban directamente, en virtud de su numinosidad, al psiquismo instintivo, y por ello conducían a ese comportamiento que llamamos ritual. Desde el declive de la epifanía y el éxodo de los dioses de este mundo a la trascendencia, la fuerza vinculante ha salido de las cosas y las situaciones mismas. Esta fuerza se ha liberado y ahora tiene una existencia separada en forma de normas éticas absolutas. A éstas el hombre tiene que otorgar, por un acto de voluntad y por su propio esfuerzo espiritual, cualquier poder y realidad que puedan tener, porque no tienen fuerza propia.

El ego humano y su actitud moral cargan ahora con todo el peso de la responsabilidad, ya que la mirada divina que surge de la realidad ya no conduce de forma natural a la actividad ritual del alma en el nivel instintivo. El ethos de la época ritualista estaba anclado en la propia realidad externa. No sólo las acciones del hombre, sino que el mundo objetivo era, por así decirlo, ético en sí mismo. La ética abarcaba tanto al hombre como a la realidad. En el caso de la ética moralista, sin embargo, el hombre está solo con su responsabilidad moral frente al mundo de las cosas, que ahora no tiene obligación y está sujeto a decisiones arbitrarias. Las cosas ya no tienen voluntad ni pretensiones propias, son, como se dice, «éticamente neutrales».

En ese momento en que las cosas ya no son imágenes de dioses, sino que tienen a su Dios como creador extramundano fuera de ellas mismas, se han convertido en juego limpio, en objetos mudos para el estudio y la explotación. De ahí que una ley moral impuesta desde arriba se convierta en una necesidad para restringir el uso de la realidad ahora proscrita. Así, la historia de la separación de Dios del Becerro de Oro tenía que ser también, inevitablemente, la historia de los Diez Mandamientos tallados en tablas de piedra, es decir, la historia de un cambio de la relación psicológica y ritualista con el mundo a una relación espiritual y moralista, y al mismo tiempo la historia de la instalación del hombre en su nuevo modo de ser como el dispuesto.

Sin embargo, esta cosificación de la realidad no es obra de los hombres. Más bien, ser materia muerta explotable es la naturaleza real de las cosas desde que dejaron de ser imágenes divinas y se convirtieron en cosas creadas, en cosas hechas por Dios. Pues sólo secundariamente y de forma indirecta, es decir, sólo si el hombre cree en el creador extramundano con un acto de fe precario y constantemente sometido a tentaciones, se les puede suministrar una cierta calidad de imagen. Pero ésta seguirá siendo siempre una cualidad imaginal de segunda mano, una imago dei infinitamente alejada de Dios mismo.

El segundo componente de la imagen, Dios, también ha sido sumergido y sometido al elemento de la voluntad del ego, al igual que la realidad terrenal. Dios está ahora fuera del mundo, de modo que ya no habla al alma a través de epifanías visibles y ya no le impone la impresión abrumadora de su realidad incuestionable. Dios ya no es nada por sí mismo; ahora sólo es una idea, un flatus vocis, completamente sujeto a las contingencias y vicisitudes de la fe del hombre. Sólo indirectamente, sólo a través de un acto espiritual del hombre (la fe) se puede dotar a Dios de ese poder que le da una realidad secundaria. La fe es la afirmación volitiva que el hombre otorga a Dios. Y sin este impulso del hombre, «Dios» sigue siendo una palabra vacía, como demuestra la historia del mundo moderno. La fe tiene, pues, una naturaleza contradictoria. Por lo que dice como contenido de su creencia, erige a Dios como creador; pero por lo que hace, por lo que supone el acto de fe en sí mismo, hace que la realidad de Dios dependa de la voluntad del hombre. No es Dios quien crea al hombre a su imagen y semejanza, sino que el Ego crea a Dios.

DIOS «VERDADERO» Y DIOSES «FALSOS»: LA MORALIZACIÓN DEL SER

En esta coyuntura, profundicemos en el análisis de la disociación del Ser en el sentido de una fisión nuclear ontológica. La escisión de Dios de su imagen como toro tiene consecuencias para las categorías del Ser como tal. Lo que se escinde aquí, son, en última instancia, lo verdadero y lo real. El Dios resultante de la escisión es el Dios «verdadero»; lo que queda del toro después de la escisión es, ciertamente, visible y tangible, es decir: real, pero sólo es un ídolo, un Dios falso. Por lo tanto, también podemos decir que esta Primera fisión nuclear parte la verdad de Dios y su realidad.

Verdad y realidad son grandes palabras, con múltiples significados según el marco filosófico subyacente. ¿Cuál es la base filosófica de mi uso de estos términos? Ninguna. No aplico a nuestro tema los términos verdad y realidad como construcciones metafísicas prefabricadas y como elementos de mi «sistema» filosófico. No pretendo que exista algo como la verdad de Dios o que yo tenga conocimiento de la verdad de Dios. Más bien, tomo la palabra «verdad» y su significado de nuestro cuento. Vemos que en la historia del Becerro de Oro surge un Dios que dice ser «el Dios verdadero». «La verdad» en este sentido enfático y absoluto se plantea aquí «por primera vez», por así decirlo. Sólo me preocupa ese tipo de verdad que Dios reclama para sí mismo; si tiene alguna validez fuera de la fantasía y la terminología de este relato mítico no interesa en este contexto. Pues «lo absoluto» o «per se» está, como vemos, establecido por este mismo relato, de modo que metodológicamente no tendría ningún sentido postular como categoría a priori y necesaria del pensamiento lo que sólo es producto de un acontecimiento concreto de la mitología occidental, la escisión de la imagen.

Se puede describir fenomenológicamente el acontecimiento de nuestra historia como sigue: Toda la verdad de Dios, es decir, la divinidad de Dios (o el predicado Dios o también la idea pura de un Dios) se extrae de las imágenes de Dios y se aísla como un destilado purificado de la divinidad. Por un lado, Dios se convierte en el ideal de un Dios que carece de una realidad convincente. Por otro lado, surge una realidad terrenal de Dios cuya numinosidad se hace cada vez más insistente, pero se le niega el reconocimiento como divino. La palabra ídolo es la «formación de compromiso» resultante (en el sentido de Freud). En la palabra ídolo subyace tanto el reconocimiento del poder real, numinoso, que ciertas realidades tienen sobre el alma, como al mismo tiempo la negación del predicado Dios para este impacto numinoso que sentimos.

Es posible que la enormidad de lo que ha sucedido aquí no nos haya llegado todavía. Originalmente, la verdad y lo real iban juntos como algo natural. Lo real era también lo verdadero y lo verdadero sólo lo era en la medida en que era real. La situación en la que verdad y realidad son lo mismo, aunque no sean iguales, tiene el carácter de phainesthai, apariencia, brillo. Es la situación de la realidad mítica o ritual. La unidad esencial de lo verdadero y lo real que encontramos en el mundo mítico se ilustra con mayor claridad en una conversación entre C. G. Jung y un jefe de los indios Pueblo. Para el jefe y su pueblo el sol era el Padre divino. Jung le preguntó al jefe si no pensaba que el sol era una bola de fuego, moldeada por un Dios invisible. Jung, en otras palabras, utilizó el argumento de Agustín: «Dios no es el sol, sino Aquel que hizo el sol».10 Para el indio esto era, según nos cuenta Jung, la más horrible blasfemia. Él se limitó a responder: «El sol es Dios. Todo el mundo puede verlo». «Esto es el Padre; no hay ningún Padre detrás».11

Este jefe Pueblo insistió en que los efectos numinosos de los fenómenos reales en la psique sean reconocidos de todo corazón como Dios. No hay nada detrás del fenómeno. Y, por tanto, tampoco una mera «realidad externa». Lo que se manifiesta e impresiona al alma (incluyendo, sobre todo, la imagen primordial de la manifestación o el brillo mismo: el sol) es verdadero en virtud de su brillo, y no hay aquí otra noción de verdad. Por eso la realidad debía ser vinculante y comprometedora en sí misma. Llevaba en sí la Verdad, es decir, la divinidad de Dios, y por tanto el valor anímico supremo. El significado de la verdad en este contexto es algo que nos vincula o incluso nos obliga y que es reconocido por nosotros sin reservas. Debemos admitir que 2 x 2 = 4. Sin embargo, hoy en día, la verdad en contextos filosóficos o religiosos es una categoría totalmente diferente de la realidad. Que la bomba nuclear sea real en la medida en que nos fascina y asusta profundamente, no significa en absoluto que sea algo incuestionablemente verdadero en el sentido actual de la palabra y que tenga un poder vinculante sobre nuestra actitud hacia ella. Por el contrario, tenemos que degradarlo junto con todo lo verdaderamente numinoso en un ídolo, incluso en algo satánico, ya que la habitual degradación subjetivista de los factores numinosos como mera ilusión o engaño no parece tener éxito en el caso de la bomba.

Con la distinción entre dioses verdaderos y falsos, se produce una confusión fundamental. La verdad ontológica se confunde con la verdad lógica, es decir, con la verdad de nuestros enunciados o predicados. El Ser real y nuestro reconocimiento de esta realidad como válida y vinculante se separan. El reconocimiento se convierte en algo independiente, del mismo modo que con el papel moneda, el valor de las cosas se convirtió en una entidad separada. Ahora se puede conceder o negar a cualquier realidad ad libitum.

En realidad, por supuesto, no puede haber dioses falsos. Porque o son dioses, entonces no son falsos, o son otra cosa, entonces tampoco son falsos. Lo real es simplemente lo que es, y en ello radica la verdad inconmovible de todo lo que existe. No hay clima verdadero y falso, no hay árboles verdaderos y falsos, pero hay muchas clases de climas y de árboles. «El Dios verdadero» tiene tanto sentido como una afirmación como «Sólo el sol es el clima verdadero; la lluvia es el clima falso». Las opiniones y las afirmaciones pueden ser falsas, pero no las realidades. Sin embargo, con las palabras «ídolo» y «falsos dioses» no se critica una opinión errónea. Más bien se degrada una realidad: la numinosidad del toro de oro, del sol, de la tormenta eléctrica.

La energía liberada por medio de la destrucción de la cualidad de imagen se ha convertido en un instrumento de poder con el que se pueden condenar arbitrariamente ciertos aspectos de la realidad12 mientras se exaltan otros, es decir, con el que se puede manipular el mundo en una determinada dirección -la dirección que frecuentemente se llama desarrollo de la conciencia, o progreso evolutivo. Aquí vemos de nuevo que la voluntad ha subyugado al Ser como tal. La espada de Moisés es la invención de la idea de que hay falsas realidades y que lo verdadero (o como se dice en psicología: el verdadero yo) no se ve, no se deja ver, en lo que realmente existe.

Mientras la realidad llevaba en sí misma el predicado verdad, cualquier cosa que tuviera ese tipo de efecto sobre el alma que a modo de abreviatura sólo quiero indicar con la única palabra numinosidad, era en sí misma dios o daimon. El efecto fáctico era la única medida de la verdad. Ahora, sin embargo, el efecto fáctico ya no cuenta. Qué y dónde está Dios está determinado por una definición predeterminada establecida en el dogma. Ahora sabemos a priori que ciertas cosas, aunque sean altamente reales y numinosas, no pueden ser Dios, porque no deben ser Dios. De este modo obtenemos una nueva formulación para la paradoja antes mencionada: que Dios al haberse elevado a la más alta altura de lo absoluto se ha sometido en verdad a un ideal o norma, y que a la inversa sólo puede ser el «verdadero Dios» en la medida en que se subordine a esta norma. Dios obedece ahora a un super-yo, por así decirlo. No puede simplemente ser y aparecer como es, no tiene libre juego para su naturaleza, sino que debe cumplir con una norma fija de una vez por todas (summum bonum, amor puro) que está inmunizada contra su comportamiento real por el dogma, el oficio doctrinal y la inquisición. Esto es lo que da a la nueva naturaleza de Dios el carácter de un ego-ideal.

Nuestra historia demuestra al mismo tiempo el fundamento arquetípico y la génesis del sentimiento de inferioridad y el afán de superioridad en su unidad. Es evidente que lo que disparó la ascensión de Dios desde un dios mítico y fenomenal hasta «el verdadero Dios» fue un poderoso afán de superioridad. No es sólo Dios quien profesa su celo o celos en este mismo lugar; también Moisés, su reflejo humano, muestra el mismo empeño. ¿Qué significa este celo? Dios quiere ser superior a la imagen visible del toro. Sobre todo, quiere que la opinión que se tiene de él sea más elevada que la de la imagen del toro. Para ello es necesario un instrumento de poder, la espada, que muestra que una pretensión de superioridad que no tiene poder de convicción propio ha de ser impuesta por la fuerza. Evidentemente, Dios no se conforma con existir sólo como epifanía mítica, como brillo fenomenal. Considera que su forma primaria es inferior. Quiere desarrollar «su verdadero ser», por así decirlo, y tener una existencia literal. De ello se desprende que el sentimiento de inferioridad se basa en el afán de superioridad y viceversa. Pues sólo porque Dios toma su idea verdadera (es decir, su ideal) como norma absoluta, debe despreciar su propia realidad como falsa. El mundo natural real se vuelve inferior.

Lo que ha ocurrido aquí se ha colado entretanto -con la llegada del siglo XX- en la psicología personal de los individuos. Si hoy en día muchos pacientes se sienten inferiores y piensan que tienen que aparecer como «más» (más educados, más dignos, más ricos, moralmente mejores, o lo que sea), esto no sólo tiene sus razones en la historia de la vida personal de estas personas. Más bien se trata de la representación ritual tardía de este paradigma divino en la vida personal de un ser humano.

EL CAMBIO EN LA NATURALEZA DE LA IMAGEN

La destrucción de la imagen divina no ha eliminado por completo la cualidad imaginal. No es que antes el hombre viviera en un mundo imaginario y hoy no. La imagen sólo ha sufrido un cambio fundamental de calidad. El modo de ser de la imagen ha cambiado, pero no ha disminuido. De hecho, la imagen sufrió la misma tremenda intensificación en un destilado de imagen que hemos visto que ocurre con respecto a la verdad de Dios. Es evidente que se ha producido una inflación inaudita de la imagen, de modo que ahora vivimos en una época absurdamente imagista. Nunca el mundo ha estado tan inundado de imágenes: carteles, revistas, grabados, libros de arte, cómics, televisión, publicidad en casi todos los envoltorios, enormes colecciones de cuadros en los museos de las ciudades, telas estampadas y papel pintado. … Además, hay un aumento inflacionario del uso figurativo del lenguaje, de los juegos de palabras y similares, lo que demuestra una vez más el dominio de la imagen.

Antes la imagen era la manifestación de algo. En la imagen del toro, por ejemplo, la esencia interna del toro -el toro Dios- se manifestaba. La imagen siempre transmitía una realidad como Otro numinoso distinta de la propia imagen; pero de tal manera que la realidad numinosa se manifestaba inmediatamente en la imagen, brillando desde ella, aunque sin ser idéntica a ella. La imagen tenía un contenido sustancial irreductible, por el que era imagen y al que se entregaba. Así, la imagen era imagen al ayudar a su contenido sustancial a hacerse presente, a manifestarse de tal manera que la imagen quedaba subsumida por su actividad de mostrar a su sujeto. La imagen era «santa» en la medida en que su realidad servía para mostrar la verdad.

La imagen presentada en la publicidad o en los programas de televisión se ha liberado de toda dependencia de su contenido. Es la imagen totalmente desatada, purificada, que sólo se muestra a sí misma Ya no está ahí para mostrar algo. La imagen en la publicidad es absolutamente indiferente a lo que muestra o de lo que es imagen. En esta indiferencia reside su total libertad y, por tanto, su carácter absoluto. Para un mismo producto se puede hacer publicidad mediante una imagen de la dura vida de los vaqueros con la misma facilidad que con la imagen opuesta de una sociedad refinada que lleva una vida lujosa. La Novena Sinfonía de Beethoven puede ser el fondo musical de un anuncio de jabón lo mismo que de un anuncio de coñac o de un partido político. Lo único que importa es que sea puro espectáculo y que haya llevado su presencia al más alto grado de forzamiento. El correlato en el hombre de este tipo de imagen desencadenada es, por tanto, la experiencia sentimental como en el turismo (si el efecto es consciente), o la «persuasión oculta» (si es inconsciente).

Aquí vemos de nuevo que la cualidad imaginal también ha sido subyugada a la voluntad. Sólo una imagen liberada en la indiferencia de su contenido puede ser utilizada y explotada arbitrariamente para cualquier fin; sólo sometiéndose totalmente a la voluntad puede la imagen liberarse de estar ligada a su sujeto como realidad numinosa de la sustancia, y ascender a lo absoluto. Por lo tanto, la finalidad del beneficio económico que está intrínsecamente ligada a la publicidad confirma el carácter absoluto de la imagen y es una condición para ella. La explotación financiera de la imagen es la garantía misma de que la imagen ha superado de forma absoluta su contenido sustancial, y ahora es espectáculo únicamente con fines de espectáculo.

Cuando oímos hablar de una explotación de la imagen, tendemos a reaccionar con una condena moral. La publicidad y la televisión se consideran bajas e inferiores. Ese es el consenso general, aunque este consenso no parezca restarles realidad y popularidad. Pero, después de lo que hemos comentado anteriormente, ya no podemos pensar de esta manera condenatoria, porque ese patrón de pensamiento fue la causa misma de lo que ahora, mirando a través de sus gafas, estaríamos condenando. Por lo tanto, debemos tratar de apreciar la publicidad, la televisión y toda la avalancha de imágenes de hoy como la forma moderna del culto a la imagen: como la auténtica y única forma posible de adorar la imagen del Dios cristiano.

Porque, ¿cuál es la imagen del Dios cristiano? Este Dios, en su forma del Antiguo Testamento como Yahvé, acaba de emitir en nuestra historia una prohibición: «No te harás ninguna imagen, ni ninguna semejanza ….» Esta prohibición sólo se dirige contra las deidades naturales, no contra las representaciones pictóricas del propio Yahvé13 Lo que se rechaza aquí es, por tanto, el culto a lo natural en cuanto pretende ser sustancial y divino por sí mismo; y lo que se exige ipso facto es un culto a un Dios-imagen que ha dejado atrás todo rastro de lo natural y no tiene ningún contenido sustancial: en otras palabras, es una imagen sin imagen. Esto corresponde exactamente a la nueva naturaleza de Dios, que se ha desprendido de su realidad natural y se ha purificado en una abstracción «irreal» idealizada, en una imagen en el sentido de las relaciones públicas de la palabra. La existencia del Dios cristiano no es sustancial, reside únicamente en su prestigio, en el efecto de sus «relaciones públicas», en que le crean sus «verdaderos creyentes», sus «fans». En resumen: su esencia está en la opinión pública que se tiene de él. Pues la definición de su naturaleza («bien supremo», «palabra verdadera», «todo amor») no contiene cualidades sustanciales particulares. Sólo nombra, de forma bastante abstracta, la relación con su público (amor, mensaje, Padre), o la reputación que quiere que se le conozca (summum bonum). Así, vive enteramente para su imagen pública y se reduce a ella, mientras que los antiguos dioses sólo se hacían presentes, sólo tenían su epifanía, en la imagen y como imagen, pero lo que se manifestaba en la imagen era su sustancialidad cualitativa y su esencia particular. Ahora, la imagen está vacía, aunque retrate la riqueza de todo el mundo; ya no hace que se manifieste nada, planteándose como un fin en sí mismo: puro prestigio.

La principal diferencia entre los llamados dioses paganos y el Dios cristiano no radica en que los primeros sean adorados en imágenes y los segundos no, sino en la transformación de la naturaleza del Dios-imagen. Hoy adoramos la imagen de nuestro Dios tanto como los antiguos adoraban sus imágenes de Dios. La única diferencia es que nuestra imagen de Dios no tiene la forma sensual de un fenómeno natural o de una imagen fundida, pintada o tallada, sino la forma abstracta y absoluta de la imagen per se: la imagen de las relaciones públicas. La numinosidad antes invertida en lo que la imagen manifestaba pertenece ahora a la «imagen por la imagen». Necesitamos imágenes, más y más imágenes, sin importar de qué.

El Dios absoluto sólo puede ser uno (monoteísmo: «para que te conozcan como el único Dios verdadero» -Juan 17:3), y por la misma razón sólo hay y puede haber una única imagen absoluta, sin importar cuántas «versiones» diferentes tenga. Da igual que se trate de la imagen de Dios, de un político, de una empresa, de un producto o de un particular: siempre es una y la misma cosa la que se muestra en la imagen (en el sentido de relaciones públicas de la palabra) gracias a su total indiferencia a cualquier contenido específico: el prestigio como tal, la alabanza del nombre por el nombre; no de un nombre particular, pues éste sería de nuevo el nombre de algo o de alguien. En la medida en que la naturaleza cualitativa de Dios es ser imagen (la opinión pública como tal), cualquier actividad que cultive el prestigio de algo (de la propia imagen o de la imagen de un producto u organización, o lo que sea) es una promulgación de la naturaleza de Dios y, como tal, un acto sagrado: el culto o la adoración de nuestro Dios-imagen. Con cada imagen en la publicidad o en las relaciones públicas, el Dios absoluto celebra su siempre nuevo triunfo de Dios absoluto sobre su forma de toro sustancial.

Para que el cristianismo superara definitivamente el politeísmo, tuvo que volverse absolutamente indiferente a cualquier contenido particular de la imagen, incluso a la idea misma de un contenido. Las imágenes sagradas eran meras representaciones, ayudas funcionales, no santas en sí mismas. Así, el cristianismo también tuvo que volverse indiferente a sus propios contenidos doctrinales, a su propia iconografía y sustancia mítica. La sustancia teológica literal del cristianismo, tal como se predica todavía hoy en las iglesias, es el último remanente pagano, por así decirlo, del propio cristianismo. Sólo allí donde este remanente de lo natural y sustancial se ha transformado completamente en función, y sólo allí donde los contenidos noéticos pretendidos se transmutan totalmente en forma objetivamente existente, el cristianismo ha alcanzado su forma consumada: publicidad, entretenimiento, turismo, relaciones públicas, ego-psicología, teoría de la información y cibernética -por muy chocante que pueda parecer esta percepción al principio. Porque detrás de cada contenido que insistiera en seguir siendo contenido, por muy cristiano que fuera, siempre estaría al acecho uno de los dioses míticos, un segmento de la divinidad autónoma del mundo natural: los ídolos.

Considerar todavía hoy que el cristianismo «actual» es el cristianismo en su forma teológica expresa, significaría pensar que la promesa cristiana podría cumplirse por el mero eco de la misma en lugar de hacerla buena, y pensar que la tarea establecida por la visión cristiana podría cumplirse por la repetición monótona de esta tarea en lugar de por su ejecución. El discurso teológico sólo podía ser una representación preliminar de la religión cristiana porque sólo era cristiano «accidentalmente», sólo en virtud de la intención consciente de la persona que hablaba. Con la publicidad, por mencionar sólo un ejemplo, esto ya no es así. Es en virtud de las necesidades de su esencia e independientemente de las contingencias de las intenciones humanas que la publicidad es la proclamación constante de la salvación y la confirmación constante en la creencia en la salvación. Aquí, el cristianismo (la predicación del Evangelio = la buena nueva y la misión de convertir) ya no es una actitud subjetiva: se ha transformado en una existencia objetiva, que opera su realidad sobre nosotros incluso en contra de nuestras «voluntades».

LA DEMONIZACIÓN DE LA REALIDAD

A medida que la verdad de Dios se fue elevando más y más hasta llegar a la cima absoluta en el Nuevo Testamento, su realidad se volvió inferior. Sin embargo, la supresión de la realidad de Dios en el estatus de los ídolos o, más tarde, del diablo, no significa que la realidad de Dios permaneciera congelada en su antigua condición. Por el contrario, sólo la persona idealizada de Dios como espíritu puro y amor puro quedó congelada una vez que alcanzó su forma más elevada posible con el Nuevo Testamento. Pues, ¿cómo podría seguir progresando lo absoluto, cómo podría seguir desarrollándose una verdad escindida de su realidad? La verdad de Dios había llegado a su fin. No así la realidad de Dios, que ahora se ha vuelto inferior. De hecho, le estaba reservada la fermentación y el desarrollo activos.

Mientras la realidad sensorial llevaba el predicado Dios, estaba firmemente anclada y ligada al nombre de Dios. Debido a su naturaleza divina, el mundo mítico tenía una plenitud pleromática y una gravedad en sí mismo que impedía que las cosas se esforzaran más allá de sí mismas hacia lo ilimitado (hubris, titanismo). Esto cambió en el momento en que la realidad fue cortada de su amarre interior en el centro de lo imaginal por un golpe de espada. A partir de entonces las cosas no tenían su centro ontológico, su centro de gravedad en ellas mismas. Ese centro había sido transferido desde su interior a la trascendencia, de modo que las cosas de este mundo fueron llevadas a un estado ontológico de inevitable malestar, ya que ahora tenían que anhelar su centro en un esfuerzo incesante. Desde entonces, para usar formulaciones de Nietzsche, el mundo está rodando desde su centro hacia la X, de forma similar a un arroyo que quiere llegar a su fin14 -un proceso que comenzó imperceptiblemente y que sólo se hizo claro para todos durante la era moderna.

Del mismo modo que la verdad de Dios separada de su realidad se había esforzado por alcanzar las más altas alturas como un globo liberado, así, a la inversa, la realidad, separada del nombre de Dios y así liberada, podía, y tenía que, esforzarse por hacer avanzar su realidad terrenal hasta grados de intensidad inauditos para corresponder a la intensificación alcanzada por el predicado «Dios». La tremenda cantidad de energía, liberada por su separación de la verdad de Dios, estaba ahora disponible para su desarrollo completamente autónomo. Toda la fuerza antes invertida en la vinculación ritual de la realidad y, por tanto, en la veracidad de la realidad, era ahora para el único beneficio de la realidad pura y dura. Esto significa que la realidad fue cargada enormemente, fue demonizada. También la realidad debía adquirir una existencia literal en lugar de imaginaria. El último resultado de este desarrollo es la bomba nuclear. Con ella, se ha alcanzado un grado de realidad tras el cual el salvajismo y el peligro del toro y de todos los demás antiguos animales divinos, incluidos Leviatán y Behemoth, se desvanecen en la nada.

La realidad natural se ha intensificado en la realidad tecnológica. La forma animal de Dios ligada a todo el complejo de la vida ha sido superada por la forma de máquina abstracta y absolutamente desatada de Dios. Al igual que la verdad de Dios sufrió, con el Dios del amor puro y de la palabra verdadera, una estilización en el ideal absoluto limpio de toda realidad, así también la realidad, liberada de su atadura a la verdad de Dios, se intensificó en el puro destilado de la realidad. La energía nuclear es, por así decirlo, la realidad como tal, la realidad absoluta, limpiada de todas las «cenizas» del ideal que por necesidad se incorporaron originalmente a lo real.

NUESTRA EXPERIENCIA REAL DE DIOS

Sin embargo, con esta situación, el desarrollo se invierte. La bomba nuclear es tan aterradoramente real que simplemente obliga a la conciencia a reconocerla como una verdad innegable: fea, depravada, mortal, pero aún así, verdad. La realidad largamente degradada y reprimida ha vuelto a alcanzar a esa conciencia que se había fijado exclusivamente en la verdad pura. En la forma de la bomba, la realidad repudiada por Dios nos exige el pago, con intereses compuestos, de una deuda gigantesca, exige el nombre de Dios que fue retenido a la realidad durante más de dos milenios, el reconocimiento sin reservas de la realidad como verdadero Dios. La humanidad occidental tiene una deuda de adoración a la realidad, después de haberla despreciado como ídolo, falsos dioses, Mammón, Moloch, Reino de Satán, lo secular, y similares. El hombre occidental ha alabado la verdad de Dios hasta el cielo, es más, tanto que al final se evaporó; pero renegó de la realidad como un bastardo, a pesar de que esta realidad atrajo poderosamente la codicia del hombre (bienes de consumo), su curiosidad (ciencia) y su industria (grandes negocios), demostrando así su irresistible numinosidad. A través de la fe, creyendo, la humanidad se abandonó ciegamente al propio ídolo de Dios.

Aquí no hay que olvidar que fue el propio Dios quien se separó de su realidad y ordenó que se la despreciara. Con su celo, Dios mismo persiguió su estilización ascendente al Dios absolutamente verdadero y exigió la fe en esta imagen de sí mismo. Pero al igual que el psicoterapeuta le debería algo a su paciente si creyera ciegamente en la autorrepresentación de éste en lugar de percibir también su realidad inconsciente, también Dios ha sido traicionado en un sentido más profundo precisamente porque la humanidad creyó en su autorrepresentación y acató la degradación de la realidad de Dios perseguida por el propio Dios. Parece que al hombre le correspondía ser más perspicaz y probar los espíritus con agudeza crítica.

C. G. Jung subrayó repetidamente que la higiene psicológica requiere que la conciencia se distinga de aquellas verdades arquetípicas que puedan sobrevenirle. Es fundamental no sucumbir a ellas. Sobre todo en la terapia, el analista tiene que pagar caro el hecho de tomarse al pie de la letra las conjeturas neuróticas de su paciente. Pues la realidad inconsciente que aflora desde el interior de la patología insiste en ser vista como lo que es, a pesar de todas las buenas intenciones de la conciencia. Incluso el propio paciente quiere, en última instancia, ser reconocido en su realidad, por muy fuertes que sean sus defensas contra tal reconocimiento al principio y por mucho que insista, en sus palabras conscientes, en su verdad, es decir, en su yo idealizado. ¿Acaso la realidad de Dios en forma de bomba no insiste en el reconocimiento sin reservas, incluso contra su autorrevelación consciente como puro amor y verdad creativa? ¿No quiere Dios también ser visto en su realidad?

Lo que en forma de bomba nuclear llama a nuestra puerta y quiere ser recibido en la conciencia no es otra cosa que la propia realidad de Dios, esa realidad que hace siglos había desechado en forma de imagen de toro y, por tanto, desatado. Desde el punto de vista terapéutico, es una necesidad indispensable que lo desatado sea atado de nuevo, que lo que ha sido escindido se una con su otra mitad. No se debe volver a decir: «Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron» (Juan 1:11). Pero la unión de lo desatado no puede tener lugar sólo en la tecnología o mediante técnicas políticas. También, e incluso principalmente, debe tener lugar psicológicamente en el nivel objetivo de la psique, es decir, en nuestra ontología y teología. Porque sólo entonces no se ve constantemente amenazada por el colapso de nuestra buena voluntad, sino que está firmemente asentada en un fundamento que nos sostiene también a nosotros mismos. A la realidad de Dios hay que devolverle por fin su verdad, retenida durante tanto tiempo. Y por eso digo: La bomba nuclear es Dios.

No soy yo quien deifica la bomba nuclear. La fenomenología objetiva lo hace desde hace tiempo. Ante la bomba, ¿no debemos, citando a Schleiermacher, tener el sentimiento de nuestra absoluta dependencia? ¿No es la bomba nuclear, para hablar con Tillich, nuestra última preocupación? Frente a ella, ¿no debemos confesar, por utilizar la frase de Lutero, que «si confiáramos en nuestras propias fuerzas, nuestro esfuerzo se perdería»? ¿No es, por citar a Rudolf Otto, el poder numinoso de nuestra época? Es el gobernante supremo de nuestra existencia o inexistencia. Tiene el poder de llevar a cientos de miles de personas a manifestaciones públicas, una variedad moderna de procesiones sagradas. Provoca temores ilimitados, se muestra al hombre en innumerables sueños. Y, sobre todo, según su telos, es radiación que todo lo impregna (resplandor), calor abrasador, fuego ardiente, onda de presión que todo lo aplasta.

Esto es lo que realmente experimentamos. ¿Podemos reconocer esta experiencia como vinculante para nuestro pensar y hablar? ¿Permitimos que nuestra experiencia nos diga qué nombre darle, o nos quedamos ciegos ante ella y situamos nuestro pensar y hablar en un ámbito recortado de la conciencia? En última instancia, la cuestión es si concedemos, junto con C. G. Jung, por ejemplo, que la experiencia fenomenológica posee un poder ontológico vinculante, o si desde una posición espiritual suspendida desrealizamos nuestra experiencia psicológica como «meramente» psicológica, «meramente» subjetiva. Jung fundamentó la «verdad psicológica» en la «realidad de la psique». Decía que una idea «es psicológicamente verdadera en la medida en que existe», y de forma similar decía sobre la realidad física, a modo de ejemplo, que «un elefante es verdadero porque existe» (CW 11 § 4s.). Jung bajó así la noción de verdad del cielo trascendente a la tierra fenomenológica. La verdad «superior» ya no está literalmente por encima del mundo, sino que es la profundidad y la esencia del propio mundo real. Si, por tanto, nuestra experiencia real vincula nuestro pensar y hablar, entonces debemos decir que la bomba nuclear es Dios, nuestro verdadero Dios, el Dios del Occidente cristiano en su realidad.

Si, por el contrario, nos aferramos a una determinada idea de Dios y la inmunizamos contra toda experiencia real, entonces estaríamos pretendiendo tener un conocimiento absoluto sobre quién y cómo es Dios y qué y cómo no puede ser de ninguna manera. Para que tengamos tal conocimiento, para que poseamos una norma trascendente con la que medir las cualidades divinas o no divinas de los fenómenos reales, tendríamos que ser nosotros mismos trascendentes o incluso ser superiores a Dios. Sin embargo, si nos damos cuenta de nuestra naturaleza finita y del carácter finito de nuestro conocimiento, debemos comprender que estamos irremediablemente englobados en nuestro mundo fenomenal y que, por tanto, dependemos de adquirir no sólo nuestro conocimiento sobre los fenómenos individuales, sino también los criterios para juzgarlos, de la propia experiencia fenomenológica.

No conocemos al «Dios verdadero» (como insiste la propia teología negativa), y esto es así aunque Dios mismo establezca una imagen particular de sí mismo como la verdadera y exija la fe en ella. Que Dios sea el «Dios verdadero» o el absoluto es sólo su atributo o nombre, sólo el contenido de una estructura arquetípica. Como tal contenido, la afirmación es verdadera (verdad psicológica), pero esto, por supuesto, no significa que el arquetipo de lo absoluto sea en sí mismo de hecho absoluto (al igual que Muhammed Ali al decir «soy el más grande» no debe ser necesariamente el más grande). Sólo podríamos pensar así si nuestra conciencia estuviera infectada por la idea arquetípica de lo absoluto o del «verdadero Dios» como por un virus y, en un interminable ataque de megalomanía «febril», hubiera olvidado su naturaleza irremediablemente finita. ¿No es el mero coqueteo con la idea de lo infinito una presunción para el hombre mortal? Pues la conciencia finita no sería verdaderamente finita si pudiera acceder de algún modo a algo infinito. ¿No ha llegado el momento de despertar de este frenesí occidental y ver que la idea de un Dios absoluto e infinito es en sí misma una idea muy finita, humana y atemporal?

Que algo tan espantoso como la bomba nuclear sea supuestamente Dios, no es nada extraño en cuanto a la historia y la fenomenología de la religión. Incluso el Dios cristiano era espantoso en los tiempos del Antiguo Testamento. Por supuesto, esto contrasta con su autorrevelación como amor. Pero tal vez podamos aplicar a nuestro tema una diferenciación que en su día utilizó Kafka15 y decir sobre la base de nuestra experiencia fenomenológica real: sí, verdaderamente, Dios es amor, pero aún más verdaderamente es el terror del Ser o, como lo formuló Jung en su día, la sombra todopoderosa, el miedo que llena el cielo y la tierra.16 Sí, verdaderamente, Dios es su verdad, pero aún más verdaderamente es su realidad. Verdad, pero aún más verdad: ésta es la relación que prevalece entre la conciencia y el inconsciente, entre el yo idealizado y la realidad.

LA NUEVA PRIMITIVIDAD

La afirmación «La bomba nuclear es Dios» no puede tomarse literalmente. Sería absurdo. Más bien, esta afirmación hace estallar nuestra habitual noción literal de Dios, así como nuestra comprensión literal de la bomba como un objeto meramente técnico. No puedo «creer» en la bomba como Dios, porque entonces la habría idolatrado. Pero tampoco puedo buscar a Dios detrás de ella, detrás de la realidad, y atribuirle una existencia literal por encima de todo el mundo. En última instancia, esto también sería una idolatría, en la medida en que la idolatría significa que un aspecto escindido, parcial, es adorado como Dios por derecho propio. Tengamos en cuenta lo que decía el indio Pueblo: «El sol es Dios. Todo el mundo puede verlo. Él es el Padre, no hay padre detrás de él». Este sol venerado no es, por supuesto, el sol reducido de la física o la astronomía. Es el sol original en toda regla, la imagen que mira al alma desde la profundidad de la ONU. En la misma línea, la bomba nuclear no es Dios como objeto de la física, sino como imagen real del terror absoluto que arroja al alma y que la llena de miedo y temor, o es la imagen de ese resplandor inconcebible ante el que ya no podríamos ocultar nuestro rostro, sino que tendríamos que retirarnos a los refugios antinucleares. Aquí no tenemos que mistificar: Todo el mundo puede verlo.

No tenemos que buscar nada detrás del fenómeno. La visión real, no reducida, de la bomba nuclear es Dios. El literalismo, o la relación metafísica con el Ser, ha sido superado y el Ser vuelve a fundarse en la imagen metafórica, en la apariencia, en el brillo fenoménico. La noción de Dios que había sido elevada al cielo metafísico y, archivada allí, ha vuelto a bajar a la tierra, de modo que a la realidad se le puede atribuir de nuevo el poder vinculante de la verdad, es decir, el atributo Dios, simplemente porque es tan terriblemente real. La naturaleza y el espíritu ya no son los componentes últimos del mundo, ya no son opuestos absolutos. Se devuelven a la psique, y la psique, a su vez, se restablece en su rango hereditario como aquello que nos rodea por todos lados y no tiene nada fuera de sí.

Por nuestra parte, volvemos con esta posición metafórica, psicológica, fenomenológica, a una nueva primitividad; si se quiere, a una especie de «animismo», que, como se sabe, viene de anima. Como Jung declaró una vez en una conversación con un hombre de la iglesia: «Yo soy un primitivo; usted es un hombre civilizado». Cuando Jung relató esta conversación, añadió: «En cierto modo, este hombre es mucho más maravilloso que yo. Él puede [debido a los medios de gracia de la iglesia] ser un santo; yo no puedo ser un santo, sólo puedo ser un negro, muy primitivo, pasando por lo siguiente: bastante supersticioso» (CW 18 § 682).

Si nos atenemos a lo siguiente de esta manera tan «ingenua», entonces, supongo, nos arrodillaremos ante el espantoso terror y el indecible resplandor que nos mira desde el interior de la bomba nuclear. Entonces podrá concluirse la adoración del Becerro de Oro, interrumpida en ese momento, pero en el nivel completamente nuevo de lo absoluto al que hemos llegado entretanto. ¿No es la realidad de Dios, no es su espanto, no es la bomba nuclear la que nos exige que la adoremos? ¿No es la adoración la única posibilidad real de su propiciación? Con la adoración no quiero decir, por supuesto, que la aprobemos, que estemos «a favor» de ella. Me refiero simplemente a que correspondamos a la experiencia real en nuestra alma mediante un reconocimiento consciente de la sustancia de esta experiencia. Quiero decir que ocupamos expresamente nuestro lugar en lo que realmente es. Me refiero, en sentido figurado, a la danza en torno a nuestro Becerro de Oro. ¿Te imaginas esto? ¿Una humanidad que baila alrededor de la bomba? ¿Una humanidad cuyo endurecimiento y contención, cuya competencia de poder y protesta se suavizaría en la danza, una humanidad que se columpiaría en la música «atómica» del Ser? ¿Y una bomba que ya no tendría que ser utilizada, porque sería el centro que autorizaría la danza? ¿Una bomba que, como ese centro, vincularía al hombre y, al vincularnos, también se vincularía a sí misma?


1 Como me señaló amablemente David Miller, el nombre convencional en inglés «Old Testament» ya no se utiliza en los estudios religiosos. En su lugar se prefiere el término «Escrituras Hebreas». El hecho de que no cambie esta frase ahora (en 2006) no se debe sólo a mi aversión a lo «políticamente correcto» y al tipo de cambio de nombre sin cambio de pensamiento. El lenguaje es un bien demasiado preciado para ser sometido a la violencia de la manipulación deliberada; tampoco necesita ser disciplinado desde arriba, porque uno puede confiar en que cualquier cambio verdadero en las actitudes de un pueblo se reflejará tarde o temprano en el lenguaje por sí mismo, y sólo entonces un cambio de dicción es auténtico. Mi principal razón para no estar de acuerdo con este equivalente lingüístico de las purgas políticas conocidas de los sistemas totalitarios es psicológica. El «Antiguo Testamento» está arraigado en la tradición desde la que hablo. Es rico en tonos de sentimiento y está saturado de asociaciones y experiencias culturales centenarias. Cualquier nombre nuevo sería psicológicamente abstracto, esterilizado, cortado de sus raíces. Tenemos que preocuparnos, así lo sintió ya Jung (Cartas 2, 5 de enero de 1952, a Erich Neumann, p. 33), de la religión en tanto que es «específica» y «localmente válida», «bárbara» y «abismalmente anticientífica». Si desde el punto de vista «postcolonial» la denominación «Antiguo Testamento» puede parecer indicativa de la sombra de la cristiandad, debo recordar al lector que, en general, la labor del psicólogo no es saltarse o eliminar la sombra y los posibles prejuicios de uno, sino estar en contacto con ellos, responsabilizarse de ellos e integrarlos. No debemos traicionar nuestra propia tradición por miedo a ofender los sentimientos de los demás. Los sentimientos de los demás son su problema y su trabajo. La psicología no tiene la tarea de cultivar el narcisismo y la hipersensibilidad de las personas.

2 Sobre el significado psicológico de las cumbres y las tierras bajas, véase James Hillman, «Peaks and Vales», en Puer Papers (Irving, DC: Spring Publications, 1979), pp. 54-74.

3 Realenzyklopädie für protestantische Theologie 9 (1901), pp. 704-13. También podemos recordar aquí que Jesús en la cruz, en la hora de la desesperación total, cita el Salmo 22 («Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?») en el que también encontramos imágenes de estar acorralado por animales brutales («Muchos toros me han rodeado: fuertes toros… me han acorralado» -Ps. 22:13). Cf. James Hillman, «Betrayal», en Loose Ends (Zürich: Spring Publications, 1975), p. 69s. En el momento en que la imagen del Dios de la confianza se hace añicos, vuelve el toro.

4 Ulrich Mann, «Ikone und Engel als Gestalten geistleiblicher Mittlerschaft», en Eranos 52-1983, pp. 1-53.

5 Thomas Mann, Joseph und seine Brader (Sin lugar: S. Fischer, 1976), p. 512, (Capítulo «Nachtgespräch» en «Joseph in Ägypten»), mi traducción.

6 Es interesante notar que el brillo fue transferido de Dios a Moisés («Y cuando Aarón y todos los hijos de Israel vieron a Moisés, he aquí que la piel de su rostro resplandecía; y tuvieron miedo de acercarse a él»-Ex. 34:30).

7 Sobre la «autoexaltación» («Selbst-über-hebung») véase Wolfgang Giegerich, «Beitrag zur Polytheismus-Diskussion», GORGO 2 (1979): 61-69.

8 James Hillman, Re-Visioning Psychology (Nueva York: Harper tic Row, 1975), p. xi.

9 Sobre la voluntad y el surgimiento original de la voluntad, véase especialmente Martin Heidegger, Nietzsche, 2 vols. (Pfiillingen: Neske, 1961). La conexión psicológica entre el ego y la voluntad (y el animus) se aborda en James Hillman, «Anima (II)», Spring de 1974, especialmente en la página 143.

10 Augustinus, In Johannis Evangelium, XXIV, 2, col. 2037, tom. III/2: Non est Dominus sol factus, sed per quem sol factus est.

11 Cito los informes de este encuentro en Jung, MDR, p. 250 y siguientes, así como en Jung, CW 18 § 688.

12 Esto no significa «como uno quiera», sino según la ley inherente a la voluntad. La voluntad no es en sí misma una cuestión de libre elección.

13 Ulrich Mann, «Ikone und Engel», pp. 9 y ss.

14 Friedrich Nietzsche, Der Wille zur Macht, comp. Peter Gast (Stuttgart: Kröners Taschenbuchausgabe Band 78, 1959), nº 1.5 y «Vorrede» nº 2.

15 Franz Kafka, «Das Urteil», en F. K., Das Urteil und andere Erzählungen, (Frankfurt y Hamburgo: Fischer Bücherei, 1952), p. 21: «Ein unschuldiges Kind warst du ja eigentlich, aber noch eigentlicher warst du ein teuflischer Mensch!»

16 Letters 1, 16 de marzo de 1943, a Arnold Künzli, p. 333.

La invención de la potencia explosiva y el proyecto de la bomba: Un capítulo de la prehistoria imaginaria de nuestro problema nuclear

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Artículo publicado en ‘Technology and the Soul’, volumen II de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 5, pp. 101-115

Quinientos años antes de que se inventara la pólvora en Europa, hacia el año 1300, los chinos ya la conocían y la utilizaban para los petardos y cohetes. Pero esta invención en China no revolucionó en absoluto el espíritu y el desarrollo de la cultura china. Vista desde fuera, hasta 1912 la cultura china seguía siendo básicamente la misma de siempre. Por el contrario, desde la Edad Media, la mente de Occidente ha despegado como un cohete, comenzando lentamente a elevarse sobre el suelo, y luego acelerando exponencialmente, hasta que ahora, por poner sólo un ejemplo, puede decirse que cada ocho años se duplica la cantidad total de conocimientos científicos.

Esto no tiene parangón. Ninguna otra civilización muestra este desarrollo explosivo autopropulsado. Vistos desde esta perspectiva, las bombas atómicas y los misiles de este siglo no parecen subproductos accidentales de nuestra cultura, no son un invento más entre miles de otros, sino el símbolo de Occidente en su conjunto, símbolo en el sentido más amplio de la palabra como encarnación del significado interno de nuestro desarrollo.

Los físicos e ingenieros que inventaron la bomba no la inventaron de la nada. La bomba no es realmente un invento suyo. Es más bien al revés. Fueron los exponentes de la mente explosiva del Occidente cristiano. La Bomba los inventó a ellos; produjo a sus propios productores, como dijo Goethe: «Los poemas me crearon a mí, no yo a ellos».1 La Bomba sólo pudo ser inventada por una civilización que se formó a su vez a imagen y semejanza arquetípica de la Bomba. Sólo lo semejante descubre lo semejante.

Así que la construcción de la bomba como realidad técnica literal debe haber sido precedida por la edificación de la bomba en el alma occidental. Utilizo la palabra «edificación» deliberadamente, ya que tiene un significado religioso. Porque fue lo que en el lenguaje cristiano se llama edificación, es decir, la construcción del alma en la fe y la firmeza moral, lo que edificó la Bomba no sólo en el alma del hombre occidental, como dije antes, sino más bien como el alma del hombre occidental: la nuestra es un alma bomba, una mente explosiva, una conciencia de misil.

La imagen arquetípica de la bomba nos resulta familiar a todos. Está expresada en el cuento de hadas del diablillo de la botella, el Espíritu en el Vaso, contado por los hermanos Grimm. Una sustancia altamente peligrosa, personificada como un demonio llamado Mercurius, está encerrada en una botella. Un sello mantiene el explosivo en la botella, pero puede ser roto fácilmente por cualquiera que sea alcanzado por la tentadora llamada del interior de la botella: «Déjenme salir, déjenme salir». Si se le deja salir, el espíritu o la sustancia, que mientras estaba contenida en la botella parecía pequeña e inofensiva -el cuento de hadas la compara con una rana-, explotará fuera de la botella y adquirirá proporciones tremendas, amenazando con matar a su liberador.

Jung dedicó una conferencia de Eranos a este cuento, el único cuento de hadas tratado por él en profundidad. Jung plantea también un punto desconcertante: ¿cómo llegó el Espíritu Mercurius a la botella en primer lugar? Porque sabemos, por supuesto, que la naturaleza de la sustancia mercurial en la alquimia es ser extremadamente evasiva y aparecer en cualquier lugar, a nuestro alrededor, y que de igual manera la naturaleza del Dios Mercurio o Hermes en la religión griega era no pertenecer a una región, y mucho menos estar confinado. Más bien, como Dios mensajero, cruzaba todas las fronteras, estaba dentro y fuera, arriba y abajo. Pero en este cuento él o lo que queda de él puede ser localizado. Así que entre el estado natural de Mercurio y el estado en el que el cuento muestra que se encuentra ahora, debe haber ocurrido una intervención de alguna fuerza externa, de algún mago poderoso, por así decirlo, que interrumpe su libre despliegue y lo aprisiona artificialmente como un espíritu maligno. El cuento de hadas refleja así, indirectamente, el destino histórico que corrieron los dioses paganos en el mundo cristiano. Fueron demonizados, subsumidos bajo la imagen del diablo y embotellados -reprimidos, como decimos hoy-.

Jung evalúa este destino de Mercurius a la luz de su conocida idea de que sin sentimientos de culpa moral y sin distinciones percibidas no podría haber conciencia en absoluto. Habría prevalecido una existencia meramente instintiva y una inconsciencia ingenua no perturbada por la culpa. Habríamos seguido siendo mera naturaleza, si el «maestro» no hubiera puesto fin a esto interrumpiendo el libre desarrollo del ser natural, introduciendo una distinción entre el «bien» y el «mal» y condenando al ostracismo al «mal». Debemos conceder al maestro de almas -esta es la evaluación de Jung- que su extraña intervención fue útil para el desarrollo de cualquier tipo de conciencia, y en este sentido algo bueno.

La afirmación de Jung contiene una visión impactante. El bien y el mal no son factores primarios dados con la naturaleza del mundo. Más bien, son el producto de una «intervención extraña», de una «distinción» introducida «artificialmente», el resultado de un acontecimiento histórico, a saber, la incursión del cristianismo en el mundo natural pagano. Hasta Jung, el mal se consideraba una verdad metafísica a priori, intemporal, eterna. Pero al igual que la rueda u otros inventos similares que revolucionaron la vida humana, el mal también fue «inventado» en el curso de la historia mediante un acto incisivo, una especie de operación alquímica de separatio realizada sobre lo que por sí mismo no está precisamente separado.

La filosofía nos da un apoyo indirecto a esta idea. Como han demostrado tanto Kant como Nicolai Hartmann, nadie puede desear hacer el mal por el mal. Es humanamente imposible. En todo lo que hacemos, incluso en un acto criminal, estamos motivados por algún bien. El asesino puede tener como objetivo un valor relativamente bajo (por ejemplo, enriquecerse) y violar un valor superior (la vida de los demás), pero sigue estando motivado por un valor y no por el «mal». Así pues, el mal en sentido estricto no se da en la experiencia humana primordial, y no es un factor eterno del mundo que en tiempos arcaicos simplemente no se hubiera descubierto todavía.

Jung ve a través de la artificialidad de la distinción entre el bien y el mal y, por lo tanto, nos hace conscientes de los opuestos morales que anteriormente se habían dado por sentados inconscientemente, es decir, que habían mantenido nuestra conciencia en sus garras. Y, sin embargo, el propio Jung parece estar todavía bajo el hechizo de la idea cuando afirma que la distinción entre el bien y el mal era necesaria y útil para el desarrollo de cualquier tipo de conciencia, y por lo tanto algo bueno. Jung parece creer que esta distinción trajo consigo una percepción más precisa, más adecuada y más consciente de la realidad. Pero esto no es una descripción de los efectos de los opuestos morales; es una evaluación en sí misma guiada por la propia distinción entre el bien y el mal que se supone que evalúa.

Esta distinción provocó cambios fundamentales, pero no en la dirección de una «conciencia superior», más diferenciada. Al contrario. La distinción entre el bien y el mal supuso una reducción y simplificación fundamental de la conciencia. Al igual que en la literatura la representación en blanco y negro de la novela occidental con sus «buenos» y «malos» refleja un nivel de conciencia muy burdo en comparación con las complejas y sutiles descripciones de los personajes en las grandes novelas o dramas, la enfática oposición entre el bien y el mal, Dios y el diablo, reduce las múltiples diferenciaciones de la era mítica a una única y abstracta distinción mínima: positivo frente a negativo. Zeus, Artemisa, Dionisio, Wotan no pueden ser tratados con una distinción tan burda, son demasiado complejos y multicolores.

La invención del bien y del mal supuso una pérdida de concreción y de diferenciación precisa. Y esta pérdida fue el precio de una ganancia, una ganancia, sin embargo, de naturaleza totalmente diferente a la que Jung tenía en mente: en lugar de diferenciarse más, la conciencia se radicalizó e intensificó enormemente. Las múltiples y sutiles diferenciaciones se concentraban ahora en una sola distinción. El ser fue electrificado, llevado a la máxima tensión de un polo positivo y uno negativo. Todas las diferenciaciones cualitativas debían ser subsumidas y utilizadas para una superdistinción, la distinción moral. La invención del bien y del mal no es una conciencia «más alta», que se acerque a la «verdad», como parece haber pensado Jung, sino una conciencia más tensa y electrificada. Esta invención es un motor metafísico y psicológico, la invención de un transformador del mundo. La idea del mal es una gigantesca central eléctrica psicológica. Por medio de los opuestos morales la conciencia pudo producir artificialmente más y más energía para sí misma quemando las múltiples cualidades imaginarias policromadas del mundo y explotar esta energía para ganar poder sobre toda la naturaleza.

El motor de energía requiere una tensión extrema. Para crear esta tensión de alto voltaje en el alma, el odio se vuelve vital; no el odio personal, sino el odio en un sentido ontológico. El eros cosmogónico que mantiene unidos a los opuestos y permite el libre flujo, por ejemplo, del Yin al Yang y viceversa, desaparece. En su lugar, la enemistad entre los opuestos se convierte en el principio que rige el ser en general. Esto se expresa en poderosas imágenes, como la de Satanás. Satán es el adversario como tal, el enemigo que como enemigo es el «príncipe de este mundo» (Mateo 13:39 y Juan 12:31). O, «Porque todo el que hace el mal odia la luz» (Juan 3:20, afirmando algo que, como aprendimos de Kant y Hartmann, es humanamente imposible). O bien, la muerte es «el último enemigo que será destruido» (1 Cor. 15:26); la enemistad se pone entre la serpiente y la mujer (Gn. 3:15) y entre el mundo y Dios (Sant. 4:4; Rom. 8:7). Enemistad significa aquí incompatibilidad absoluta, o más que eso: la voluntad fija por parte de uno de los opuestos de destruir totalmente al otro. ¡Qué fantasía tan diferente de la china del Yin y el Yang!

Una conciencia que vive con el antagonismo radical e irreconciliable del bien y del mal está continuamente, porque ontológicamente, puesta en alerta, lo que exige una movilización total de todas las reservas. La polarización es tal que el peligro es constante. Ontológicamente vivimos en tiempos de guerra perpetua. La situación es extremadamente inflamable. No debe haber sueño, ni descanso, ni juego libre para los impulsos y las imágenes del alma. «Sed sobrios y velad, porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar» (1 Pe. 5:8).

La idea del mal se deriva de un procedimiento de separación y purificación similar a los procedimientos de la química moderna por los que las materias primas naturales se separan artificialmente en sustancias valiosas purificadas, por un lado, y residuos venenosos, por otro. Detrás de esta idea opera una voluntad de veneno puro, la voluntad de que el mal puro sea. Vemos un poco de esta voluntad de maldad en el Sermón de la Montaña, cuando Jesús lleva los Diez Mandamientos al extremo. Por poner un solo ejemplo, ya no se considera malo el acto de adulterio cometido, sino el mero hecho de mirar «a una mujer para codiciarla» (Mt. 5:28). ¿Qué es lo que motiva este llevar a los extremos? Detrás de esta radicalización está la voluntad de dar autoridad absoluta a la idea del mal. Hasta entonces, cualquiera que no cometiera adulterio, que no matara, que no mintiera, podía ser considerado justamente bueno (justo). La diferencia entre el bien y el mal tenía un significado práctico preciso. Sin embargo, lo que el Sermón de la Montaña quiere conseguir es que se elimine la diferencia entre las personas que sí cometen esas acciones y las que no: todos son pecadores. Así, Jesús no quiere ayudar a las personas a vivir una vida mejor y más moral, sino que quiere imponerles la idea de la ineludibilidad del mal (el pecado) para aumentar la autoridad del mal. Se declara que el mal gobierna sobre todos, sin excepción. «No hay nadie que haga el bien, ni siquiera uno» (Salmo 14:3). El mal o Satanás es incluso entronizado como el «Dios de este mundo». Esto no es algo que se reconozca o se descubra que es así, es algo que se hace al mundo y al hombre.

Con respecto al mal, la gran pregunta que mueve al mundo cristiano ha sido siempre pdthen tô kakdn? ¿De dónde viene el mal? La pregunta correspondiente para las culturas arcaicas era la contraria: ¿Qué hacer con el mal? ¿Dónde ponerlo? Un método utilizado por estas culturas para tratar el mal era el ritual del chivo expiatorio. Se elegía a un miembro de la tribu, o a un animal, y se le cargaba ritualmente con toda la mancha y luego se le arrojaba al desierto o a una sima. Erich Neumann, Friedrich Seifert y otros han criticado esto como una represión temprana, literalmente realizada, mientras que ellos abogan por la integración del mal. Su punto de vista proyecta una condición psicológica u ontológica moderna hacia tiempos anteriores. Heino Gehrts rechazó con razón esta teoría del chivo expiatorio. Señaló que el hombre arcaico vivía en un mundo rodeado de infinidad por todos lados. El mundo humano ordenado y civilizado era una pequeña isla incrustada en un enorme desierto, en el Caos. Por eso, cuando el chivo expiatorio era conducido al desierto o a cualquier otra representación del Caos, no era reprimido, sino que, por el contrario, era liberado en la extensión abierta, en la que se disolvía. Desapareció realmente. Represión significa todo lo contrario: encapsular algo en la propia prisión interior para que no pueda perturbar inmediatamente nuestra conciencia; pero, al conservarse sin cambios en su interior, podría liberarse de nuevo en cualquier momento.

También en el cristianismo, la liberación del mal se imagina en la imagen del chivo expiatorio. Cristo es el cordero del sacrificio, sobre el que se nos dice que echemos todos nuestros cuidados (1 Pe. 5:7). He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Pero ¡qué diferencia con los rituales del chivo expiatorio de las culturas arcaicas! Aquí el pecado de todo el mundo se carga de forma abstracta y global sobre el cordero; en las culturas ritualistas se trataba siempre de manchas particulares, por lo que el ritual debía realizarse una y otra vez. El ritual cristiano es un único superritual que debe librarnos de todo el mal, pasado y futuro, para siempre.

Además, este ritual tiene lugar dentro de una constitución del ser totalmente nueva. Los dioses míticos eran dioses de y en este mundo. También ellos tenían el Caos, el Tiempo, las Parcas por encima y alrededor de ellos. El Dios cristiano, por el contrario, es el creador del mundo que está expresamente fuera y por encima de todo el mundo. Es lo último, lo absoluto. Ahora el mundo está completamente rodeado por Dios; no hay extensión abierta, ni frontera, ni fuera, ni nada. El mundo se ha vuelto finito, meramente secular. La humanidad no tiene acceso inmediato al infinito. Nuestro mundo está ineludiblemente encerrado, y el Dios cristiano no es más que la imagen primordial y el garante de su cerco absoluto y de su condición meramente secular. Por eso los místicos y los psicólogos tenían que mirar hacia dentro para encontrar un infinito «interior», el Dios interior (Jung). La situación se invierte. La posición y orientación del hombre arcaico en el cosmos es la opuesta a la nuestra; miraba hacia fuera, hacia el cosmos, hacia arriba, hacia los dioses superiores o hacia abajo, hacia los dioses inferiores. Para él este mundo tenía su propia infinidad en sí mismo. Mercurio o Hermes estaba a su alrededor y por todas partes, mientras que ahora, como hemos visto, está encerrado en una botella de cristal, reducido a un pequeño objeto rodeado en el foco del espectador humano, al igual que el Dios cristiano es el gran espectador para el que el mundo en su conjunto es como una pequeña botella de cristal frente a él.

Si el mundo está cerrado, y si al mismo tiempo el pecado acumulado del mundo se acumula en Cristo, la pregunta «¿Adónde? ¿Qué hacer con el mal?» ya no se plantea, puesto que no hay lugar para tal pregunta, no hay lugar para ningún adonde en un mundo absolutamente cercado. Aquí el chivo expiatorio no puede ser enviado a la nada, no puede ser soltado. Más bien, lo que sucede es que todo el mal se concentra en un punto, Cristo, y se conserva allí -un verdadero Endlagerung (almacenamiento final)- sin posibilidad alguna de dejarlo desaparecer en algún lugar abierto. En un mundo absolutamente cercado, la única manera de tratar el mal (al igual que con nuestros residuos nucleares) es la represión, el almacenamiento en el fondo, y el redentor debe paradójicamente convertirse él mismo en el plêrôma como kakzas, la plenitud del mal, por decirlo con una expresión gnóstica. La carga concentrada del pecado del mundo queda encerrada en el mundo, preservada para siempre. Nunca puede salir, porque ya no hay «salida». Pero tampoco debe salir, porque ¿quién, en su sano juicio, podría seguir queriendo arrojar el chivo expiatorio si este chivo expiatorio resulta ser ahora Cristo, el valor más alto y central del alma, psicológicamente hablando, la imagen del Ser? Cristo es indispensable. Pero si es indispensable y al mismo tiempo el chivo expiatorio, esto significa que en el cristianismo el chivo expiatorio y todo el pecado que lleva consigo tendrán que quedarse también con nosotros. Puede quitarnos el pecado para que seamos redimidos, pero el mal que lleva permanece irredento, como nuestros residuos nucleares depositados en lo más profundo de la tierra. Permítanme que pregunte esto a modo de inciso: ¿Podemos esperar encontrar una solución salvadora para los residuos nucleares mientras creamos vivir en un mundo finito, meramente secular, y ser nosotros mismos criaturas finitas? Sin una lógica del infinito, es decir, sin una capacidad de pensar realmente el infinito aquí y ahora, nuestra única opción es la represión, la llamada Endlagerung.

Por lo tanto, cabe preguntarse si el propósito psicológico secreto de la redención no ha sido la redención en el sentido inocente de la palabra, sino la máxima concentración del mal: la producción de una verdadera carga explosiva en la psique del hombre occidental, amontonando en un solo lugar todos los defectos individuales hasta entonces extendidos por todo el mundo y a lo largo del tiempo, e intensificándolos así en un Mal absoluto en el núcleo del ser (Cristo).

Todo el pecado del mundo concentrado en la pura maldad e irremediablemente contenido en el mundo: esto sí que es una dinamita imaginal por excelencia. Pero incluso esto no es todo. En el cristianismo, el lugar en el que se deposita el mal acumulado del mundo ya no es el chivo expiatorio, sino expresamente el cordero inocente e inmaculado (1 Pe. 1:19). En la fantasía cristiana actúa una voluntad de pensar la unión sin paliativos del mal absoluto y de la inocencia pura, una voluntad de hacer coincidir los opuestos purificados sin dejarlos sin embargo fundir, una voluntad de máxima tensión.

«El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» es una fantasía impactante. ¿Acaso el inocente cordero debe ser adecuado para cargar con el pecado del mundo? ¿No es esto como confiar el control de un depósito de municiones a niños pequeños? Pero con esta fantasía, el alma del hombre occidental ha sido informada. La unión de una conciencia verdaderamente inocente y de un «pecado» concentrado, ésta es la realidad del mundo occidental: «Si no os hacéis como niños» y el ataque a la naturaleza en forma de bestia; los «valores superiores» del idealismo y el materialismo desnudo; «Ama a tu prójimo» y el imperialismo; «Paz en la tierra» y la bomba atómica. Nietzsche habló del «humor de la cultura europea: se considera una cosa como verdadera, pero se hace la otra».2

El cristianismo nos impulsa a pensar en la cercanía y la distancia absolutas a la vez. El cordero, aunque lleva el pecado recogido del mundo, no se ve afectado por él, se conserva su inocencia inmaculada. Se trata, por supuesto, de una contradicción abierta para la que sólo hay una resolución posible, y esta resolución es, en efecto, el descubrimiento revolucionario del cristianismo: el «uno en otros». Puedo cargar con la culpa concentrada y, sin embargo, permanecer intacto por ella en la inocencia de mi conciencia si incorporo el pecado a mi interior (que en virtud de este acto de incorporación se configura como un reino separado en mí). Este acto crea por primera vez la diferencia entre la mente consciente, por un lado, y el interior inconsciente, por otro. El cristianismo no es una religión genuinamente dualista en la que Dios y el Diablo serían principios iguales, Dios también está por encima del Diablo, abarcándolo completamente. Del mismo modo, el cordero inocente y el pecado tienen la estructura del en-uno-otro. Así, el cristianismo tiene, después de todo, una especie de respuesta a la pregunta: «¿Adónde con el mal?», a pesar de que para el cristianismo ya no hay salida a la extensión infinita del caos. Su respuesta es: dentro, tragar en el interior, incorporar. ¿En qué otro lugar debería guardarse el mal -el tipo de mal que el propio cristianismo inventó- una vez que el mundo está encerrado y totalmente rodeado?

El trascendental descubrimiento de la interiorización es un descubrimiento al que debe su existencia toda la psicología moderna. Sin él, el hombre occidental no tendría un alma como propiedad personal y no la llevaría dentro de sí. Debido a 2.000 años de influencia cristiana, simplemente lo tomamos como algo evidente, aunque la idea de la interioridad es realmente revolucionaria. Los antiguos, ya lo dijimos, miraban hacia afuera o hacia arriba, no hacia adentro, no hacia su interior. Incluso el «conócete a ti mismo» délfico y socrático, que suena a los oídos modernos como una invitación a la introspección, tenía un significado muy diferente, más objetivo. Era una invitación a que el hombre conociera su lugar como mortal en distinción a los dioses. En efecto, los griegos no tenían ningún interior. Su alma estaba fuera, en el mundo, en el cielo, en las profundidades de la tierra, pues para ellos este mundo tenía su propia infinidad. La misión del cristianismo era dar la vuelta al ser-en-el-mundo del hombre y capacitarlo para ser aquel que, encerrado en un mundo secular finito, encerrado en un empirismo positivista, mira desde fuera hacia el interior de las cosas y de sí mismo.3

El cristianismo fue capaz de liberar del pecado a través del en-uno-otro del pecado concentrado y del cordero inocente. Sin embargo, este tipo de en-uno-otro es precisamente el modelo de la Bomba: fuera una cáscara inofensiva, dentro un terror diabólico concentrado. Cuanto mayor sea la tensión de los opuestos -es decir, cuanto más puros y concentrados estén, cuanto más cerca estén la inocencia y el poder agresivo, cuanto más íntimamente encapsule uno al otro- más fuerte será el poder explosivo. La cáscara explosiva no es un subproducto incidental del cristianismo; es esencial para su propósito central. Si el cristianismo quiere realmente vencer al mundo, debe tener el poder de hacer estallar el mundo, debe ser él mismo una bomba, y como tal el cristianismo siempre se ha entendido a sí mismo, aunque no por medio de esta metáfora.

La represión o incorporación debe permanecer inconsciente, porque en el momento en que fuéramos conscientes de ella, el contenido incorporado ya no estaría incorporado en el interior, sino que se objetivaría ante la conciencia. Por lo tanto, el cordero del sacrificio que lleva el pecado del mundo sigue siendo sólo inocente. El cristianismo no revela que el pecado está dentro del cordero, es el cordero. Sin embargo, la interiorización como método para conservar la inocencia mientras se concentra el mal encuentra una amplia expresión en el Nuevo Testamento a modo de proyección sobre sus oponentes. Una y otra vez se levanta el reproche de hipocresía contra los representantes de la antigua piedad israelita, por ejemplo: «Pero ¡ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!». (Mt. 23:13). La gran imagen de la estructura interna de la hipocresía se da en el pasaje «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces» (Mt. 7:15).

Debemos ver ambas imágenes juntas, la del cordero que quita el pecado del mundo y la del lobo voraz dentro de la inocente oveja. Juntas forman una sola fantasía.

El nombre bíblico de la invención del interior del bien y del mal es hipocresía. El descubrimiento del interior se produce como el descubrimiento o más bien la invención de la hipocresía. Pues la hipocresía no existía en todos los tiempos. Hypdchrisis en el griego clásico no tenía un significado negativo. Hypochrinomai se refería sobre todo a la actuación del actor en el teatro. Para la filosofía estoica, la capacidad de interpretar cualquier papel impuesto por el destino era la distinción misma del hombre de mente noble. Del mismo modo, en el griego clásico no existía una palabra para designar la mentira. Pseûdô significaba «decir algo que objetivamente no era cierto» sin insinuar necesariamente una intención subjetiva secreta y sin ninguna valoración despectiva.

También debemos suponer que los piadosos de Israel no eran francamente hipócritas. Ciertamente, intentaban cumplir la ley con honestidad, aunque fuera dentro de los límites de lo humano. Desempeñar un papel de forma engañosa o, a la inversa, sospechar de intenciones secretas o pretensiones en los demás no es una posibilidad para el hombre arcaico. Friedrich Georg Jünger dijo: «Donde el tipo está intacto, no hay necesidad de psicología [es decir, de la psicología personalista y reductora de la desconfianza] porque uno se conoce, sabe quién es el otro». Por supuesto: uno se conoce porque dentro de un mundo infinito, la vida se jugaba al aire libre. Vivir significaba mostrarse. La sospecha de pensamientos ocultos que difieren del comportamiento manifiesto no podía surgir, porque el abismo entre el interior y el exterior no se había abierto.

Jesús no descubre la hipocresía de los fariseos. Utiliza a los fariseos como pantalla de proyección para elaborar la nueva idea de hipocresía. Inventa el esquema de la hipocresía, saca a su público del mundo en el que se conoce y lo obliga a pensar que todo lo que se ve a la vista esconde intenciones siniestras en su interior. Enseña a sospechar de lo manifiesto. Y esta mirada recelosa crea el hombre interior. Sin lobos rapaces y sin la idea del mal, no hay interioridad. «Porque del corazón salen los malos pensamientos, los asesinatos, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios…» (Mt. 15:19). Sólo mediante la idea del mal, cargada de emociones, el corazón podía convertirse en este foco crucial, forzando toda la atención hacia el interior e invirtiendo la postura ontológica del hombre. Aquí hay que recordar la muy diferente comprensión de los crímenes en el cosmos mítico, donde no provienen del corazón de los hombres, sino de fuera, como la actuación de los dioses en la vida humana, de Hermes el ladrón y embaucador, Pan el violador, Afrodita la adúltera, etc.

La diferencia entre el interior y el exterior se lleva al contraste más agudo posible: el lobo y el cordero, el mal y la inocencia, es decir, el más y el menos. Este modo de pensamiento electrificado y violento, inaugurado en el Nuevo Testamento y tan diferente del pensamiento cosmológicamente armonioso del hombre mítico, se apoderó de la mente del Occidente cristiano produciendo la dinámica explosiva del desarrollo cultural europeo.

Quiero dar al menos dos ejemplos de los comienzos de la era moderna, de la época en que el hombre occidental, después de haber aprendido con esmero la lección cristiana durante la época de la «Escolástica», se dispuso a aplicar esta lección al mundo entero, lanzándose a la conquista del mundo mediante exploraciones literales de los viajes y de la ciencia. Mis ejemplos son de dos contemporáneos, Lutero e Ignacio de Loyola.

En cuanto a Lutero, me gustaría recordar su fórmula «simul justus et peccator» (a la vez justo y pecador) y las dos frases complementarias sobre la libertad del hombre cristiano:

«Un hombre cristiano es un señor libre sobre todas las cosas y súbdito de nadie». – «Un hombre cristiano es un esclavo servil de todas las cosas y súbdito de todos».

Ignacio, en el «fundamentum» (nº 23) al principio de su libro sobre los ejercicios espirituales,4 exige la actitud de indiferencia hacia todas las cosas creadas, por supuesto dentro de los límites de los Mandamientos, porque el hombre, dice, ha sido creado para servir a Dios y adorarlo, mientras que todas las demás cosas de la tierra han sido creadas para el hombre. Y en el nº 365 de la misma obra dice (aproximadamente): Lo que veo que es blanco, debo creer que es negro, si esto corresponde a la doctrina de la Iglesia. Pongo un ejemplo de lo que quiere decir Ignacio: Tengo que creer que precisamente lo que veo como un desastre absoluto, es decir, el Cristo crucificado, es la gloria, es el Cristo triunfante. Aquel que sabemos que es el hijo de un vulgar carpintero de Nazaret, tenemos que creer que es Dios.

Tenemos que desarrollar un sentimiento de lo que sucede aquí. Una misma cosa a la vez: señor y esclavo, blanco y negro, justo y pecador, desastre y triunfo; un hombre a la vez infinitamente culpable e infinitamente redimido. Es absolutamente libre y absolutamente atado. Lo que para los ojos del mundo aparece de una manera, es para los ojos de la fe (que no ven, sino que creen) lo contrario. Evidentemente, Ignacio y Lutero pusieron en práctica el modo de pensar dialéctico, «más afilado que una espada de dos filos» (Heb. 4:12), ensayado por primera vez en el Nuevo Testamento; a partir de ahora se convierte en todo el modo de ser-en-el-mundo del hombre moderno y se pone en práctica lentamente. El ser se vuelve explosivo. Los opuestos se cortocircuitan. Aquí se libera una enorme fuerza psicológica, una fuerza que era capaz de hacer estallar la incrustación original y normalmente irrevocable del hombre en la naturaleza. El hombre arcaico estaba rodeado por el vínculo de Ananke, la Necesidad, y en la mitología este cerco ontológico se expresaba, por ejemplo, en la imagen de una serpiente enroscada alrededor del disco de la Tierra, sujetándolo y forzándolo. Este vínculo de la Necesidad en torno a la Tierra fue roto por Cristo, el libertador, y su ruptura se manifestó siglos más tarde, cuando el hombre pudo abandonar la terra cognita, la Tierra conocida, y partir hacia lo desconocido, primero en busca de otros continentes, hoy del espacio exterior y de la estructura más interna de la materia. El hombre se libera.5

Podemos ver que esto sucede en la fórmula de Lutero «a la vez justo y pecador». Con esta fórmula, el hombre es catapultado fuera de ese nivel en el que importaba el valor moral de sus acciones específicas. Ahora es, aunque su conducta sea casi perfecta, sin embargo, un pecador absoluto, y a la inversa, incluso con los crímenes más horrendos es redimido de una vez por todas. Esto se aplica no sólo a la esfera moral. Se aplica a la existencia como tal. Aquel nivel en el que los hechos concretos y sus cualidades específicas eran metafísicamente esenciales ha sido arrancado del hombre. Lo quiera o no y lo sepa o no, el hombre ha descendido metafísicamente del nivel de los acontecimientos naturales, del nivel de las cosas concretas con forma y color visibles y sustancia tangible, al nivel fundamentalmente inferior de lo absoluto. Ahora vivimos metafísicamente, es decir: ahora la verdad reside, en el nivel post-natural de las «cosas» abstractas que ya no podemos ver pero que tenemos que creer, el nivel de la electricidad, del radar y de las ondas de televisión, de los átomos, de los electrones, de las células, de los genes, de los oligoelementos. … Y por el contrario, lo que vemos como cosas, tenemos que creer que en realidad es sobre todo espacio vacío, con comparativamente pocos átomos que giran en la distancia cósmica unos alrededor de otros. En efecto, el mundo ha sido superado. La naturaleza se ha vuelto obsoleta, conservada sólo en nuestra nostalgia.

A esta ruptura de la existencia natural corresponde el hecho de que el hombre, en el nuevo nivel de lo absoluto, fue sometido a una tremenda tensión. Ahora tenía que ser una polaridad absoluta de blanco y negro, justus et peccator, ser una contradicción existente de opuestos purificados. Esto significaba, por un lado, una condición existencial increíblemente intensificada, una alta bóveda (no emocional, sino ontológica) en su esencia más profunda, pues ahora el hombre estaba llamado a la tarea más elevada. Por otro lado, precisamente por estar llamado a la tarea más elevada, estaba sometido a una tensión extrema, impulsado, obsesionado, constantemente, es decir, ontológicamente, llamado al deber. El desarrollo moderno de las ciencias, de la técnica, de la industria, de la política y de la economía sólo podía ser realizado por ese tipo de humanidad cuyo núcleo metafísico estaba sometido a una tensión tan extrema.

La fórmula de Lutero nos dice que el hombre es ahora redimido como el pecador que es. La redención no es un segundo acontecimiento adicional que anule su condición de pecador. Más bien, el hombre es redimido sólo en virtud de su pecaminosidad fundamental e indeleble. Es redimido si, y mientras, se mantiene en el nivel de la dialéctica absoluta y sostiene la cuerda floja a la que equivale su ser-como-polaridad. Porque entonces se ha levantado de la condición natural, ha superado el mundo. Su redención como pecador reside en el hecho de que si es un pecador absoluto de todos modos, independientemente de su conducta concreta, simplemente por el hecho de ser humano, entonces es inatacable en su esencia. Goza de un privilegio de tonto metafísico. Todos los lazos religiosos naturales concretos que solían atar sus acciones así como su ser han sido explotados. Es absolutamente libre, liberado e incluso llamado al asalto ilimitado de la naturaleza, sin el temor de que las consecuencias de sus acciones puedan recaer sobre él, en lo que respecta a su esencia metafísica. Pues su pecaminosidad es segura desde el principio. Lo peor ya es un hecho, y ese peor ya está redimido, de modo que, metafísicamente, ya no puede ocurrir nada realmente terrible.

Por eso una regla ignaciana, tal como la formuló su discípulo Baltasar Gracián, puede ser la siguiente «Aplicad los medios humanos como si no hubiera los divinos, y los divinos como si no hubiera los humanos».6 La realidad divina y la realidad secular se dan jaque mate y, al estar desligadas la una de la otra, al mismo tiempo se intensifican mutuamente hasta el extremo. Se inmunizan totalmente la una de la otra y se reconcilian absolutamente entre sí. El ser se ha cargado, se ha convertido en una cáscara viva.

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1 «… wie mit Gedichten, ich machte sie nicht, sondern sie machten mich»-Johann Wolfgang von Goethe, Kampagne in Frankreich (bajo la fecha del 30 de agosto de 1792).

2 Friedrich Nietzsche, Der Wille zur Macht, Ausgewählt von Peter Gast (Stuttgart: Kröner Taschenbuchausgabe Band 78, 1959), #241.

3 Véase mi «El entierro del alma en la civilización tecnológica», capítulo 8 del presente volumen.

4 Ignacio de Loyola, Exercitia spiritualia (1548), muchas ediciones y traducciones.

5 He explorado el tema del vínculo de la Necesidad y su ruptura en mi «Liberación de la corriente de los acontecimientos: Okeanos y la circulación de la sangre», en Sulfur 21 (invierno de 1988): 118-40, ahora en Wolfgang Giegerich, The Neurosis ofPsychology, Collected English Papers, Vol. 1 (Nueva Orleans: Spring Journal Books, 2005), pp. 233-255.

6 Balthasar Gracian, Hand-Orakel und Kunst der Weltklugheit: Aus dessen Werken gezogen von D. Vincencio Juan de Lastanosa und aus dem Spanischen Original treu und sorgfältig übersetzt von Arthur Schopenhauer (Stuttgart: Reclam, 1953), No. 251, mi traducción.

La bomba nuclear como realidad psicológica

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘Technology and the Soul’, volumen II de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 2, pp. 37-54

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Si no repetimos irreflexivamente la frase «La bomba nuclear como realidad psicológica», sino que permitimos que lo que dice llegue a nosotros, entonces es de alguna manera «imposible». La bomba nuclear y el alma parecen ser casi contradictorias. La bomba, por un lado, y la realidad psicológica, por otro, pueden ser cada uno por separado un tema aceptable, pero el «como» que los une hace que este título sea intolerable. Sin embargo, es precisamente este «como» el que será nuestro tema aquí. El propósito, al principio sin duda desconcertante, de este trabajo es contribuir al rescate de la bomba nuclear para el alma y a la apertura del alma para la bomba nuclear.

Comienzo con un hecho triste: la bomba nuclear existe, y estamos atrapados con ella. Independientemente de que las negociaciones de desarme tengan éxito o no, nunca podremos volver de nuestro conocimiento de la bomba y de nuestro poder para destruir el mundo entero a un estado de inocencia, y por lo tanto nunca podremos estar seguros de si alguna persona o estado loco o malvado sucumbirá tarde o temprano a la tentación de poner en uso nuestro conocimiento de la bomba. Por lo tanto, es vital que el potencial destructivo sea desactivado de alguna manera, aunque, por supuesto, no es suficiente con desactivar las bombas reales. Mucho más importante sería desactivar nuestro peligroso conocimiento sobre el potencial explosivo de la naturaleza vinculándolo, integrándolo de alguna manera. Porque el problema de las bombas desactivadas o desmanteladas es que en cualquier momento pueden ser rechazadas y construidas de nuevo, con lo que siempre estaríamos en la situación más precaria de tener que esperar que la solidez de la razón del hombre, su buena voluntad y su sentido de la responsabilidad moral no se rompan.

Es relativamente fácil desactivar las bombas técnicamente. Pero cómo frenar su poder destructivo de manera que la existencia de la humanidad no dependa de las contingencias y vicisitudes de nuestro comportamiento razonable y amante de la paz es una pregunta sin respuesta. Hay un obstáculo fundamental que hace imposible por el momento encontrar una respuesta. Este obstáculo es que no vivimos en una sola realidad, sino en dos distintas. La bomba nuclear, por ejemplo, es, para empezar, un objeto físico y técnico para nosotros. Cómo construirla, repararla, desactivarla o encenderla, cómo financiarla, dónde colocarla y qué planes diplomáticos y estratégicos formular para su uso es el dominio de los técnicos en el más amplio sentido de la palabra, incluyendo economistas, políticos, militares.

Cuando los psicólogos, en cambio, ven la bomba, se ocupan únicamente de cuestiones como qué complejos reprimidos hicieron posible, en primer lugar, inventar una cosa tan absolutamente loca como la bomba, que amenaza no sólo al enemigo, sino a todos nosotros. O las cuestiones de cómo lidiar con nuestros miedos a la bomba y con nuestras imágines enemigas proyectadas. El objeto técnico, por tanto, puede ser causado por factores psicológicos en nosotros, y puede a su vez afectar al alma dándole pesadillas, pero no es en sí mismo nada psicológico. Sólo mi miedo a ella es psicológico, no la bomba en sí. Permanece fuera de mi realidad interior como una realidad física externa. Así que podemos decir que la psique, el campo de nuestras motivaciones, emociones, imaginaciones y comportamientos humanos, tiene la bomba fuera de sí misma, como la bomba tiene el alma fuera de sí misma.

Esta condición de escisión de la realidad en dos realidades -una física y técnica e irrevocablemente no psicológica, otra psicológica y con el objeto físico irrevocablemente fuera de sí- puede ser sometida a la reflexión psicológica. Aparece entonces como una condición muy crítica, como una escisión de la conciencia, como una disociación neurótica. Ante un mismo objeto, el hombre moderno dispone, por así decirlo, de dos compartimentos separados para organizar su visión de su realidad como un todo. Un aspecto de los fenómenos (los miedos y las esperanzas que provocan, la obligación moral que nos imponen y otros similares) se coloca siempre en un compartimento, y el otro aspecto «externo» de los mismos fenómenos en el otro, de modo que los dos aspectos nunca pueden encontrarse realmente. Por supuesto, nuestra visión del mundo permite que las conexiones causales vayan y vengan entre los contenidos de los dos compartimentos, pero mi miedo a la bomba nuclear y la realidad física de esta bomba siguen estando cada uno en su propio compartimento.

Aquí se podría objetar inmediatamente que difícilmente podemos hablar de dos compartimentos que mantenemos separados, pero que efectivamente existen dos realidades separadas. Es un simple hecho que el miedo es algo interno, psicológico, subjetivo en mí, y la bomba algo técnico ahí fuera. A esto respondo que, sin duda, es cierto, pero, y ahora viene el punto crucial, sólo es cierto para el Occidente cristiano, e incluso allí sólo para la era moderna. En ningún momento anterior y en ninguna otra parte del mundo se ha dividido la realidad de esta manera. Ni en China, ni con los llamados primitivos, ni en la antigua Grecia, por mencionar sólo tres ejemplos bastante diferentes. Si el primitivo miraba su fetiche tallado, entonces éste no era para él un objeto físico exclusivamente hecho por el hombre que podía tener ciertos efectos en su alma, y, por otra parte, este efecto no era una mera emoción intrapsíquica. Más bien, el fetiche real, «externo», estaba en sí mismo animado y vivo. Para los griegos no había una yuxtaposición de física y psicología. Los fenómenos psicológicos, como el amor y la ira, pertenecían con todos los demás a la única naturaleza y eran también objeto de la física, pero la física no en el sentido matemático o incluso mecanicista moderno, sino en un sentido «poético», precisamente porque el alma y las materias divinas formaban parte de ella.

Así, si decimos que la psique y el mundo exterior objetivo son efectivamente dos realidades separadas, esto no significa que la separación sea un hecho de la naturaleza, sino que es un producto de la historia y está sujeta a las condiciones de la historia de nuestra alma. La relatividad histórica de esta verdad aparentemente absoluta debe hacerse consciente mediante la reflexión crítica. Para nosotros es cierto que existen dos realidades, porque nuestra conciencia, mucho antes de nuestro propio pensar y percibir, se ha dividido en esos dos compartimentos y porque nosotros, es decir, la humanidad occidental, residimos dentro de una neurosis. Y tal vez sólo ha habido este desarrollo tecnológico extremo hacia la bomba nuclear porque la tecnología se ha escindido del alma, y el alma, como realidad exclusivamente interna, se había escindido de la realidad externa para que el mundo externo pudiera experimentar un desarrollo sin restricciones ni limitaciones inherentes.

Mientras los dos mundos estén yuxtapuestos, seguiremos estando fundamentalmente amenazados porque todas las restricciones tienen que ser impuestas desde fuera, por nosotros, por nuestra moral y nuestras buenas intenciones. Pero esas limitaciones impuestas nunca podrán alcanzar y afectar a la naturaleza interna de la bomba y al propio potencial explosivo. La bomba, ya sea como objeto fáctico o como idea, seguirá siendo indomable y una tentación constante para probarla finalmente, una tentación que requiere enormes esfuerzos de la voluntad para resistirla. Esta condición tan insatisfactoria sólo puede esperarse que cambie si primero se puede eliminar la escisión que divide lo psicológico de lo físico y si se llega a un estado en el que la naturaleza explosiva exterior ya no está separada de los valores interiores, y los valores éticos y religiosos interiores ya no están separados de la realidad exterior. El objetivo de las siguientes reflexiones es permitirnos comprender más profundamente esta división y acercarnos un poco más a esa fusión de lo psicológico y lo externo.

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Durante los primeros siglos cristianos, una tradición de pensamiento sostenía que la mujer no tenía alma. Mulier non habet animam. Hoy nadie negaría seriamente el alma de la mujer. Esta idea nos parece absurda. Y de hecho, hoy en día se piensa con frecuencia que, si realmente existe una diferencia entre los sexos en lo que respecta al alma, la mayor afinidad con el alma debe atribuirse a las mujeres, al igual que el alma tiende a entenderse como una cualidad femenina y no masculina.

Pero sería un error suponer que porque pensamos así hemos superado la antigua tradición que declaraba a la mujer desprovista de alma. Pasamos por alto que utilizamos el mismo patrón de pensamiento, con la única diferencia de que se ha producido un desplazamiento de la mujer a la realidad externa en su conjunto. Por supuesto, no decimos, la mujer no tiene alma. Pero decimos, la realidad externa non habet animam, la tecnología no tiene alma, los objetos técnicos no tienen alma. Sólo las personas tienen alma, sólo los seres humanos pueden tener alma. El paralelismo entre la tesis «la mujer no tiene alma» y la tesis «el mundo técnico no tiene alma» no es meramente accidental y formal, sino que revela una auténtica conexión. Ambas son expresión de la misma postura, de la misma tradición intelectual. Ambas están informadas por una fantasía arquetípica, es decir, un patrón de pensamiento que antes de cualquier acto particular de pensamiento y antes de cualquier contenido particular ha trazado durante mucho tiempo el curso general y la estructura que nuestro pensamiento debe seguir o cumplir. La fantasía arquetípica que se encuentra en funcionamiento en las ideas que nos ocupan puede llamarse «maniquea», en un sentido laxo. Es la visión del mundo como desgarrado por una oposición fundamental e inevitable. Por un lado, el mundo «superior» del espíritu, de la luz y del bien, por otro, el mundo «inferior», totalmente corrupto y malvado, de la materia, del cuerpo, de lo femenino.

Este patrón de pensamiento sigue prevaleciendo hoy en día, aunque ejerce su influencia en una forma completamente nueva. Ya no proyectamos los opuestos en las grandes potencias mítico-metafísicas Espíritu y Materia. Por lo general, las ideas metafísicas ya no captan nuestra imaginación, parecen irreales y no nos tocan ni conmueven, mientras que hubo un tiempo en que las diferencias metafísicas provocaban incluso guerras. Nuestro pensamiento prefiere los problemas «concretos» y «prácticos». Pero esto no implica en absoluto que los opuestos metafísicos Espíritu y Materia hayan desaparecido. Hoy, simplemente están inmersos en el medio de lo terrenal o concreto. El lugar del Espíritu y la Materia lo ocupan ahora la naturaleza, por un lado, y la tecnología, por otro. Lo «natural» es el representante actual de lo que antaño era el principio del Espíritu, pues lo natural es -seamos o no conscientes de ello- considerado como la pureza original, en definitiva como la creación no adulterada de Dios, impregnada de su espíritu. La naturaleza, desde el punto de vista del psiquismo objetivo, ya no es la Madre Tierra, deidad femenina, barro y sangre, que da a luz y devora. En verdad, pero en secreto, tiene hoy carácter de logos y es de naturaleza espiritual, idea e ideal de lo primigenio, lo puro y verdadero, el mundo antes de la Caída, tal como fue concebido en la inteligencia infinita de Dios. La naturaleza debía tener esta cualidad desde que se convirtió en la creación del Dios cristiano, que es mente absoluta. Asimismo, la naturaleza significa para nosotros un cálido sentimiento por el campo y profundas emociones a la vista de su grandeza, por lo que se la considera anímica, ya que alma implica ante todo sentimiento para el hombre moderno.

La tecnología (sobre todo la bomba nuclear), por el contrario, es el ámbito que en nuestro tiempo cumple la otra mitad de este patrón arquetípico y debe llevar para nosotros el estigma del mundo corrupto y malvado de la materia, del cuerpo, de la oscuridad y de lo femenino. Al fin y al cabo, la tecnología es la responsable de la destrucción del medio ambiente y de la racionalización de la vida, y la bomba nuclear, en particular, es considerada como la expresión de nuestro pecado, como el mal incorporado. Entre la naturaleza y la invención de la tecnología hay para nuestro sentimiento una caída fundamental.

Curiosamente, la fantasía arquetípica del mundo corrupto y el mundo de la luz emplea hoy la idea de la oposición de lo patriarcal y lo matriarcal, de la racionalidad masculina unilateral frente a los valores femeninos. Dado que esta idea, al fin y al cabo, pretende una revalorización de lo femenino, a primera vista parece como si todo lo que se condenaba en el maniqueísmo -el mundo inferior caído del cuerpo y lo femenino- se liberara aquí de esta misma condena, mientras que el antiguo mundo superior de la racionalidad unilateral masculina se relativizara y rebajara. Pero la contraposición popular actual de lo patriarcal y lo matriarcal puede verse fácilmente como una nueva versión del pensamiento maniqueo, una nueva versión que, además, tiene la ventaja de estar disfrazada de lo contrario de sí misma y, por lo tanto, puede mantenerse más fácilmente inconsciente. Porque si estamos a favor de la naturaleza, de los productos alimenticios cultivados biológicamente, de la espontaneidad, del trabajo corporal y en contra de la mentalidad patriarcal orientada al logro, entonces esto parece prueba suficiente de que hemos renunciado al énfasis maniqueo en el reino puro del espíritu y al desprecio por la tierra.

Pero esto es sólo lo que parece. Porque, en primer lugar, no importa cuál de los dos polos del dualismo está arriba y cuál abajo. Basta con que, aunque el contraste se pusiera al revés, seguiría prevaleciendo el mismo patrón dualista, incluida la condena de un polo y la alabanza del otro. Sin embargo, en segundo lugar, el dualismo no se ha invertido, sino que sólo se ha rebautizado. Hoy como antes, el Espíritu o la Mente es lo bueno, y la Materia es lo malo, con la única diferencia de que el Espíritu inesperado se supone hoy en el mundo «virgen» de los «primitivos», en los valores «femeninos» de la cercanía a la naturaleza y la espontaneidad, de la emocionalidad y la sensibilidad corporal, mientras que el mundo malo de la materia y de lo femenino toma paradójicamente el nombre comercial de lo «patriarcal». Porque es lo «patriarcal» lo que dio origen a la ciencia y a la tecnología, y como dijimos, la tecnología es el disfraz con el que se nos da hoy la idea mítica de la Materia oscura y femenina.

La tecnología es «materialista» porque, según el consenso general, es materialista y desalmado poner el corazón en los televisores, los frigoríficos, los coches, los ordenadores y todos los demás artilugios técnicos. La tecnología es materialista porque, como parte del sistema capitalista, con su publicidad y su ansia de crecimiento, está al servicio de la codicia de los beneficios y está a cargo de Mamón. Pero si es materialista, entonces pertenece arquetípicamente al reino de la mater, la Gran Madre, por mucho que empíricamente haya sido producida por los hombres, pueda requerir un pensamiento racional y pueda conducir a la racionalización del proceso de producción en las fábricas. Lo verdaderamente «matriarcal» -el mundo bajo el control de la Gran Madre- simplemente ya no es el mundo de la tierra verde, del crecimiento de las plantas, aunque sigamos actuando como si lo fuera, y la propia Gran Madre ya no es la señora de los animales (en un sentido biológico). Hace tiempo que se ha alejado de la naturaleza y del reino corporal. Hoy la Gran Madre gobierna en la tecnología y sobre el «crecimiento» económico. No deja de ser significativo que las fábricas y otras obras industriales se denominen «plantas», al igual que apenas hay diferencia entre las palabras «producto» para las frutas y verduras y «productos» para lo que se fabrica en las industrias. La fantasía arquetípica que prevalece aquí y que nos informa sobre el lugar psicológico de todo el mundo de la industria es evidente: es la esfera de la diosa de la vegetación, la señora de la Tierra.

Que la esfera de la tecnología es realmente la forma moderna de lo femenino, lo terrenal, lo corporal, se hace plenamente evidente cuando nos damos cuenta de que recibe toda su parte de la condena maniquea del cuerpo como lo corrupto y lo malo. De la misma manera que antes se culpaba a la mujer de la existencia corporal y se proyectaba sobre ella la sensualidad y se la consideraba como vas iniquitatum, como recipiente de pecado, la tecnología es para nosotros la fuente de una sustancialidad negra y de un mal absoluto: de contaminantes, smog, residuos venenosos, rayos atómicos y todo tipo de contaminación. Son la realización literal del pecado negro, que antes se daba sólo en el modo de una realidad espiritual o mítica. Es como si la idea de la materia corrupta no pudiera descansar hasta que lo absolutamente nocivo hubiera recibido de hecho y literalmente una presencia objetiva y concreta en nuestro mundo, de modo que la posición de la materia maligna fuera ocupada por un símbolo visible y evidente.

Por supuesto, si generalmente en nuestra época la tecnología se atribuye al pensamiento patriarcal; si hoy la idea de lo patriarcal hipertrófico y lo matriarcal terriblemente descuidado es una charla común y despierta los sentimientos del público, entonces uno podría, sobre la base de este consenso general, suponer que con esta idea se debe haber descubierto una simple verdad. Pero para una psicología arquetípica, es decir, para una psicología crítica, esto parece muy diferente. El hecho de que el cliché del contraste hombre-mujer o patriarcado-matriarcado sea tan común y esté tan extendido es, desde un punto de vista psicológico, sospechoso en sí mismo. Da la impresión de que un patrón de pensamiento colectivo arquetípico, una idea mítica -la visión maniquea del mundo de la que hemos hablado- se ha apoderado de la conciencia y oscurece la percepción libre y desprejuiciada de los fenómenos mismos. Nuestro pensamiento está, al parecer, ocupado y puesto al servicio de este patrón mítico, de modo que nos vemos obligados a medir una y otra vez todo tipo de fenómenos históricos y actuales con el mismo viejo rasero y a tomarlos como prisioneros de este moderno mito nuestro. Es importante ser consciente del poder que este patrón de pensamiento arquetípico tiene sobre nosotros.

Como tantas veces, hace falta el ojo del poeta para ver a través del aspecto superficial a la imagen mítica y, por lo mismo, para reconocer en la tecnología la nueva forma de lo femenino (¡en un sentido mítico-psicológico, no biológico!), para reconocer que en los productos técnicos ha tomado forma la versión moderna del ánima. Presentaré un ejemplo al respecto. El escritor flamenco-francés Huysmans hace decir al héroe de su novela de 1884 A rebours («A contrapelo») que la naturaleza ha sido superada y está en su ocaso.

¿Por qué, si tomamos la más exquisita de todas sus obras, la única de todas sus creaciones cuya belleza es considerada por el consenso general como la más original y la más perfecta, es decir, la mujer, no han fabricado los hombres, por su propio esfuerzo, un organismo vivo, aunque artificial, que es todo su equivalente desde el punto de vista de la belleza plástica? ¿Existe en este mundo nuestro un ser, concebido en las alegrías de la fornicación y dado a luz en medio de los dolores de la maternidad, cuyo modelo, cuyo tipo es más deslumbrante, más magníficamente bello que el de las dos locomotoras recientemente adoptadas para el servicio del Ferrocarril del Norte de Francia?

Una, la Crampton, una rubia adorable, de voz chillona, de cintura delgada, con su reluciente corsé de latón pulido, su gracia flexible y felina, una rubia hermosa y fascinante, cuya perfección de encantos es casi aterradora cuando, endureciendo sus músculos de acero, derramando el sudor del vapor por sus flancos calientes, pone a girar el círculo pujante de sus elegantes ruedas y se lanza como un ser vivo a la cabeza del rápido expreso o de la especial de la costa.

La otra, la Engerth, una morena de complexión maciza, de cejas oscuras, de voz áspera y ronca, con lomos gruesos, ataviada con una armadura de chapa de hierro, una giganta con una melena desordenada de humo negro que se arremolina, con sus seis pares de ruedas bajas y acopladas, qué potencia abrumadora cuando sacude la misma tierra, lleva a remolque, lenta y deliberadamente, el pesado tren de vagones de mercancías.

Sin duda, entre las mujeres, ya sean frágiles bellezas de piel clara o majestuosas encantadoras de piel morena, no se encuentran tipos tan consumados de esbeltez delicada y de fuerza aterradora ….»1

Huysmans no se limita a percibir en la tecnología lo patriarcal y lo racional. Es más, para su ojo poético y fenomenológico la tecnología es la mujer, la bestia salvaje, y está lejos de menospreciar a esta hembra y de negarle el alma según el viejo lema, mulier non habet animam o según la versión que prevalece hoy, «la tecnología no tiene alma». Todo lo contrario. Lo que presenta es una imagen del ánima misma en dos de sus numerosas formas posibles. No habla ni a favor ni en contra de la tecnología, sino que se limita a mostrar su imagen interior, su naturaleza psicológica, es decir, cómo aparece si es vista por el corazón o por el alma y si nuestro pensamiento no está atrapado en un mito despectivo.

No se trata de una «mera» figura literaria, una «metáfora», originada por una «licencia poética». Se trata de una observación muy estricta que refleja fielmente la realidad. La única diferencia con la habitual visión externa de la tecnología es que aquí se ve desde dentro, nuestra mirada penetra hasta la imagen psicológica. C. G. Jung también vio que efectivamente ha habido un desplazamiento del ánima de la naturaleza a la tecnología.2 Dice que el paralelismo alquímico Cristo-lapis había tenido el efecto de «canalizar el numen religioso en la naturaleza física y, en última instancia, en la propia materia, que a su vez tuvo la oportunidad de convertirse en un principio «metafísico» autosubsistente» (CW 14 § 150). Yo diría: convertirse en el lugar y el portador de la psique objetiva. Jung también señala un cambio decisivo en el simbolismo inconsciente: «Hoy en día, los animales, los dragones y otros seres vivos son sustituidos fácilmente en los sueños por ferrocarriles, locomotoras, motocicletas, aviones y productos artificiales semejantes. … Esto expresa el alejamiento de la mente moderna de la naturaleza; los animales han perdido su numinosidad; se han vuelto aparentemente inofensivos; en su lugar, poblamos el mundo con monstruos que ululan, retumban y hacen ruido ….».3

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Es posible que haya oído hablar de un método psicoterapéutico llamado juego de arena, desarrollado por Dora Kalff. En una bandeja de arena de cierto tamaño, el paciente en la hora de análisis tiene que formar una escena dando forma a la arena de la manera que quiera y colocando en ella figuras de juguete. No se le ha dado un tema para crear, sino que se le dice que siga los impulsos de sus imaginaciones y necesidades internas. De esta manera se producen los más variados dibujos de arena. Una persona puede llenar toda la bandeja de arena con agua hasta que sólo sobresalga de la superficie una pequeña isla en forma de cono. En esta isla coloca a un niño pequeño. Este cuadro puede mostrar, por ejemplo, la condición psicológica de una conciencia del yo amenazada por las olas del inconsciente y apenas capaz de mantenerse. Otra persona puede construir un muro alto en el centro de la bandeja de arena, y a la derecha de este muro nivela meticulosamente la arena y coloca algunos objetos en ella en orden geométrico, mientras que a la izquierda crea una situación completamente caótica. En esto podríamos reconocer una evidente automanifestación de una disociación neurótica, es decir, de una condición psicológica en la que no hay conexión entre los dos polos del orden y el caos, ningún toma y daca, sino que ambos están absolutamente separados el uno del otro, aquí puro caos, allí orden absoluto. Estos dos ejemplos sirven para dar al menos una idea aproximada del juego de arena terapéutico.

Me gustaría utilizar la idea del juego de arena como una analogía que nos ayude a superar ese patrón de pensamiento que nos obliga a yuxtaponer el alma como realidad interior frente a una realidad exterior concebida como carente de alma. Propongo que intentemos mirar el mundo de los objetos técnicos, de la industria y de la economía como si fueran un gigantesco cuadro de arena, un cuadro de arena que no ha sido creado por los científicos, técnicos y gestores industriales individuales de la historia a partir de sus necesidades interiores personales, sino uno en el que el inconsciente colectivo o la psique objetiva de la humanidad occidental intentó expresarse. La bandeja de arena en la que se desarrolla este juego de arena no tendría las dimensiones de 50 por 30 pulgadas, y las figuras que se introducirían en la obra no serían figuras de juguete en una estantería. Se trataría más bien de una obra en la que la «arena» es el mundo entero y en la que las figuras son personas reales y vivas, nosotros mismos y la humanidad en general. Toda la historia moderna sería entonces, por así decirlo, una única sesión de terapia en la que el hombre occidental ha trabajado y sigue trabajando en el cuadro de arena colectivo.

Del mismo modo, se pueden ver los mundos de otras civilizaciones y otras épocas como sus diferentes imágenes de arena. Si, por ejemplo, se observa el cuadro creado por los primitivos, se encuentra un sistema social de clases matrimoniales con tabúes estrictos y reglas complejas, se encuentran casas para las reuniones de los hombres, máscaras y tótems, toreros, tatuajes, sacrificios de animales y demás. Si miramos el cuadro de arena de los griegos, encontraremos templos espléndidos, la poesía de Homero, la Tragedia griega, la diferencia entre hombres libres y esclavos, la institución de la pederastia, la polis como forma de unidad política, mientras que, muy diferente también, el cuadro de arena medieval se caracteriza por la división de poder entre el emperador y el papa, por la caballería, el monacato, los gremios comerciales, por las catedrales góticas, etc. Sin embargo, si observamos nuestra imagen de arena, encontramos en ella fábricas, cintas transportadoras, ordenadores, libros de bolsillo, relojes de cuarzo, bombas nucleares, seguridad social, derechos humanos, etc.

Ningún juego de arena, ya sea en la psicoterapia o en la historia, puede calificarse de «erróneo» mientras los que juegan no traicionen las necesidades internas de su cuadro, es decir, mientras no hagan trampas. No está «mal» representar los mundos del orden y del caos en pura concentración y separados por un muro, aunque sea problemático o neurótico. El terapeuta no podría estar «en contra» de esa imagen y no debería tratar de intervenir y, a modo de «arreglar» las cosas, aconsejar al paciente que derribe el muro que separa los dos reinos. Por el contrario, esta imagen es bastante correcta y terapéutica en sí misma. Porque al crear esta imagen de arena, el paciente produce para sí mismo un recipiente visible en el que toda su alma, precisamente con su escisión, puede fluir, una casa en la que las energías de su psique inconsciente pueden fluir. De este modo, la escisión ya no se queda encerrada en la prisión de su propio interior, sino que se presenta y crea para sí misma algo real en el exterior en el que puede moverse y en el que puede sentirse como en casa. Sólo esto hará que las cosas se muevan en él.

Lo mismo ocurre con nuestra imagen colectiva de la arena. En él, el hombre moderno no ha construido templos como los griegos ni catedrales como en la Edad Media -es obvio que eso sería inconcebible en la situación psicológica de la modernidad-. Más bien, la energía psíquica del hombre occidental fluyó hacia la producción de fábricas, máquinas, ordenadores, armas y también de la bomba nuclear. La escena representada de este modo es, sin duda, muy peligrosa, altamente explosiva, pero esto no significa en absoluto que esta imagen, incluida la bomba, sea «errónea», siempre que estemos dispuestos a considerarla no sólo política y moralmente, sino verdaderamente psicológica. No, psicológica y terapéuticamente la bomba nuclear es obviamente un símbolo central de nuestro, el moderno inconsciente colectivo. Con la bomba, la psique objetiva intenta crear para sí misma ese recipiente visible que sería capaz de contener y sostener las tremendas energías colectivas-psicológicas aparentemente desatadas en el hombre moderno.

Ciertamente, la bomba nuclear es una amenaza terrible, pero también es un contenedor, un receptáculo para la peligrosa condición del inconsciente colectivo moderno. Y sería inimaginable lo que ocurriría psicológicamente si no tuviéramos al menos este contenedor, por insuficiente que sea, para los explosivos de la psique colectiva. Como esta dualidad de recipiente de amenaza y contención, la bomba es, al igual que C. G. Jung dijo una vez de la neurosis, «nuestro mejor enemigo o amigo» y algo eminentemente terapéutico, quizás incluso nuestra única oportunidad. Porque al reflejar nuestra condición inconsciente, es decir, oculta, sólo puede ayudarnos a tomar conciencia de las tremendas energías que deben haberse desatado en la psique colectiva y de lo cargada que debe estar ésta. Sin la bomba, podríamos seguir permaneciendo definitivamente en nuestras ilusiones y no tendríamos que despertar a nuestra realidad. Al igual que el fervor religioso de la Edad Media exigía catedrales para que hubiera un recipiente en el que pudiera fluir, también parece que la psique inconsciente del hombre moderno exige algo como la bomba nuclear para tener un equivalente visible y una contención para una condición anímica que es obviamente muy explosiva.

El cuadro de arena de la sesión psicoterapéutica es una realidad externa, material, y sin embargo no es algo meramente externo. Es también, incluso principalmente, algo psicológico. La catedral medieval es una obra técnica, pero a nadie se le ocurriría decir que no es más que un objeto técnico. Todos sabemos que es más bien algo esencialmente religioso y simbólico y la expresión del alma medieval. Lo mismo ocurre con la bomba nuclear. Está construida por técnicos, pero eso no significa en absoluto que sea algo exclusivamente técnico. Tal vez nos resulte tan difícil verlo sólo porque no lo vemos desde la distancia de los siglos como en el caso de la catedral, en segundo lugar porque se trata de un símbolo terrible y no atractivo, y en tercer lugar porque no revela abiertamente su carácter religioso y simbólico. En el caso de la catedral, el propósito religioso es obvio y explícito. En el caso de la bomba está igualmente presente, pero oculto. Al igual que la catedral, tiene primero un carácter imaginario y psicológico y sólo después es también un objeto técnico. Es una obra de la poesía (poiesis) del alma. La única diferencia es que nuestra alma ya no desemboca en la belleza de las estatuas griegas de los dioses o en la profunda e intensa devoción de las representaciones góticas de la Virgen María, sino que adopta la forma de elegantes coches, jets, cohetes lunares, de sofisticados microchips y pantallas de radar, y en lugar de mármol, bronce o pinturas al óleo, utiliza como soporte fibras de vidrio, nylon, silicio y uranio, para corresponder a una realidad psicológica fundamentalmente cambiada.

Así, el mundo de la tecnología no tiene que entenderse como una realidad externa sin alma que, en el mejor de los casos, interactúa con el mundo interior psicológico. Podría ser más bien un fenómeno psicológico en sí mismo: la imagen del alma del hombre moderno y su inconsciente colectivo. El inconsciente real no sólo estaría entonces en nosotros, en el interior del hombre, sino que también estaría en nuestro mundo real ahí fuera, tal y como ha sido representado en nuestro «juego de arena» de acuerdo con las necesidades e impulsos internos de nuestra alma. Y la única cuestión sería qué actitud adoptar ante nuestra imagen del alma, cómo tratarla.

Puede ser que si hemos creado un cuadro de arena o hemos tenido un sueño no nos guste nada el cuadro completo o un elemento del mismo. Puede ser, por ejemplo, muy embarazoso. En esta situación hay varias formas alternativas de reaccionar. Podemos eliminar el elemento vergonzoso de la imagen o, en terapia, suprimir la escena onírica objetiva al informar sobre el sueño y actuar como si la imagen o el sueño estuvieran completos sin esta parte. La mitad perturbadora de la imagen de la arena se declara como no perteneciente. Sólo la mitad derecha inofensiva de la imagen, por ejemplo, se considera ahora como la imagen real. Por supuesto, esto es un engaño. Sólo nos engañaríamos a nosotros mismos sin cambiar la situación real en lo más mínimo. Pero del mismo modo se podría reaccionar ante la bomba. Porque es tan inhumana que se podría decir que no pertenece a nuestro cuadro de arena. No es el elemento sombrío de nuestro cuadro, que forma parte de él tanto como los toques de luz, sino que es un error, un error en la construcción del cuadro. Nuestro cuadro real sólo incluye la dignidad del hombre, la libertad democrática, la prosperidad y la educación para todos, etc., pero, por supuesto, no los residuos venenosos, el smog, las bombas nucleares, los barrios marginales y los regímenes totalitarios.

Sin embargo, ¿no podría ser que la imagen verdaderamente creada por nosotros sea la unión del «amor al prójimo» y la bomba nuclear, la unión de la libertad democrática y el armamento, del humanismo y la explotación, es decir, que en esta imagen la bomba nuclear sería tan «correcta» como nuestro humanismo, y que este último sería verdadero en la medida en que la bomba también lo es?

El filósofo Hegel dijo que la verdad está en el conjunto, y esto es correcto al menos en el caso de un cuadro o una obra de arte. Si uno de los elementos, la bomba nuclear, es eliminado de nuestro cuadro de arena, entonces inevitablemente todos los demás elementos también, de hecho este cuadro en su conjunto, dejará de ser verdadero.

Si en una imagen no se pueden tener los aspectos deseables sin los dolorosos y estos últimos no sin los primeros, tal vez se pueda pensar que lo mejor sería borrar toda la imagen de arena y empezar de nuevo desde cero, creando una imagen fundamentalmente nueva en la que no sea necesario un elemento vergonzoso o terrible para empezar. Pero la segunda imagen, tal vez mucho más armoniosa, no cambiaría el hecho de que la primera imagen era exactamente como era, incluido el elemento vergonzoso. La realidad psicológica de la primera imagen no se deshace realmente al borrarla y crear una nueva. Sólo se habría vuelto invisible para nosotros, sin por ello dejar de ser real. Conocemos este planteamiento como pensamiento utópico, el deseo de una reforma total de la sociedad, de una vuelta a la naturaleza o de cualquier otro nuevo comienzo, condenando la historia en su totalidad como un desarrollo equivocado.

Como psicoterapeuta, no me satisface ninguna de las dos posibilidades, ya que ambas equivalen a una negación y represión. Como terapeuta, no tengo ningún conocimiento sobre cómo debería ser un cuadro de arena concreto. Más bien intento ver cómo es y trabajar con lo que realmente contiene, sea bello o feo, delicioso o terrible. El trabajo de la terapia quizá pueda imaginarse mejor en términos de la obra alquímica. La alquimia significa trabajar en la transformación de cualquier sustancia. En este sentido, lo que quiero decir no es una mera conservación o arreglo de una mala situación existente. Es ciertamente importante que las cosas cambien. Pero la cuestión es cómo. Si seguimos el pensamiento alquímico, todo lo que forma parte de nuestro cuadro debe meterse en un solo recipiente alquímico, por así decirlo, de modo que el ultraje de la bomba nuclear ya no quede al lado de nuestros nobles ideales como la dignidad humana, la libertad de desarrollo personal y la pureza del aire, etc., sino que lo ultrajante y lo noble se toquen, se cocinen juntos y se impregnen mutuamente. De ahí podría surgir una nueva imagen, pero no sería, como en el caso del pensamiento utópico, un nuevo comienzo absoluto. Sería la misma imagen de siempre, sólo que con una nueva forma. Todos sus ingredientes seguirían estando ahí, incluso aquellos de los que está hecha la bomba nuclear. Sería una transformación de la imagen desde dentro.

No podemos escapar del cuadro de arena de nuestra historia, ni podemos eliminar dentro de nuestro cuadro de arena el elemento terrible. Pero me parece que la bomba nuclear no es en absoluto el verdadero problema patológico. Mucho más patológico que la bomba es la separación de la mitad idealista de nuestra imagen de arena de la mitad terrible. Para reducirlo a una fórmula bastante burda, la patología real consiste en que mantenemos nuestra conciencia cristiana humanitaria y la bomba nuclear separadas en dos compartimentos distintos, en lugar de dejarlas chocar como los ingredientes de un solo recipiente alquímico, los componentes de nuestra única realidad mental, para que puedan disolverse mutuamente. Lo más precario es que repudiemos un aspecto del cuadro de arena construido por nosotros como si fuera un hijo ilegítimo y lo menospreciemos como un bastardo, es decir, que no lo reconozcamos como nuestro cuadro que hace visible para nosotros la verdad inconsciente sobre nosotros mismos. Trabajamos en este cuadro, pero luego le damos la espalda despectivamente y no queremos saber nada de él, mientras que el propósito mismo de los cuadros de arena es decirnos algo sobre nuestra condición psicológica oculta, para que podamos permitir que los nuevos contenidos que salen a la luz desde el cuadro de arena pasen a formar parte de nuestra vida consciente.

Que renegamos de nuestra imagen de arena se revela en que concebimos la bomba nuclear sólo como una realidad técnica externa ante la que tenemos que reaccionar política, moral y humanísticamente como un problema literal de armamento y poder. Se manifiesta en que nos negamos a verla también psicológicamente, es decir, como imagen del alma, como figura mítica y criatura anímica. Esto, por supuesto, tiene el resultado contraproducente de que nuestra propia actitud permanece endurecida por estar fijada en el complejo de poder y que la realidad técnica seguirá estando privada de la afluencia del corazón y la imaginación que tan urgentemente necesita. ¿Cómo se van a suavizar de forma duradera las estructuras de poder externas que se materializan en las instituciones de la sociedad y en realidades objetivas como el armamento, si nosotros mismos nos enfrentamos a ellas sólo con un estado de ánimo orientado al poder y al conflicto y las privamos de las cualidades del sentimiento? ¿Pero cómo puede el sentimiento, cómo puede el amor fluir en la llamada realidad externa y animarla si no vemos la imagen que se esconde en ella?

Quien quiera tener un conocimiento experto del aspecto técnico de la bomba nuclear tiene que someterse a una larga formación en matemáticas superiores, en física e ingeniería nuclear. Pero quien quiera opinar sobre el aspecto psicológico y moral de la bomba sólo parece necesitar su conciencia y unas cuantas categorías como «el bien y el mal», «patriarcal y matriarcal», «agresiones reprimidas» y «proyección de imagotipos enemigos». Por un lado, la vertiente técnica, la más alta diferenciación y profesionalidad; por otro, la vertiente psicológica o ética, un nivel de conversación de cóctel y una decidida condición de aficionado. ¿No es aterrador que una realidad tan compleja y sofisticada, en la que se invierte el trabajo y el ingenio de siglos, se encuentre con un talante tan simplista en nosotros? Es como si hiciéramos que un artesano de la Edad Media, con sus toscas herramientas, reparara un ordenador, o que un niño fuera el piloto de un avión. Es evidente que algo no funciona. El nivel de comprensión psicológica y moral seguramente debería corresponder al nivel de diferenciación alcanzado en la ciencia y la tecnología. El derecho a opinar sobre la evaluación psicológica o moral de nuestra situación tendría que adquirirse a través de una formación tan diferenciada en este ámbito y mediante una concentración tan seria de la mente como lo es el derecho a opinar sobre la física moderna.

¿Por qué no es así? En esta desconexión de la actitud mental con la realidad técnica, la escisión del mundo único en dos realidades (por un lado la naturaleza objetiva estudiada por las ciencias, y por otro nuestras actitudes y comportamientos subjetivos estudiados en los campos de la psicología y la ética) se muestra de forma especialmente dolorosa. Debido a esta disociación, nuestra conciencia puede obstinarse en permanecer en un nivel ingenuo «medieval» y en abordar esta realidad absolutamente increíble e inédita de la bomba nuclear con categorías tan ridículamente inconmensurables como el bien y el mal, la guerra y la paz, la imago enemiga y el aprendiz de brujo. Puede negarse a acompañar los cambios de la psique objetiva, es decir, los cambios tecnológicos, y a verse verdaderamente afectado y transformado por la explosión fundamental de todos nuestros puntos de vista y expectativas tradicionales durante la modernidad. Este es nuestro principal problema. La bomba nuclear por sí misma es comparativamente inofensiva.

¿Podemos pensar realmente que el desafío que plantea la bomba nuclear puede ser superado si cargamos la realidad con la tarea de adaptarnos a los ideales de nuestro ego? ¿O no somos nosotros, la humanidad de hoy, los que tenemos que adaptarnos paso a paso a la inaudita situación de ahí fuera haciendo acopio de todas nuestras fuerzas y facultades y sacrificando ideas morales y religiosas largamente acariciadas, por muy doloroso que sea?

¿Cuál es esta situación inédita que exige nuestra transformación en una condición humana fundamentalmente nueva? Es que la psique objetiva hace tiempo que emigró del mundo macrofísico de las cosas perceptibles con nuestros sentidos desarmados, y se ha instalado en el nivel de las partículas nucleares y la biología subcelular. El mundo tal y como lo hemos conocido se ha desmoronado en sus partículas nucleares. Sus propios cimientos se han resquebrajado. El mundo natural ha quedado definitivamente obsoleto, ahora sólo tiene el mismo grado de realidad que una fachada. Hoy el mundo real es como nos lo muestra la física nuclear. Las sillas en las que estás sentado no son lo que parecen ser: materia sólida. En su mayor parte son espacio vacío, apenas intercalado con partículas diminutas en distancias cósmicas entre sí. Lo sabemos, pero no lo admitimos. Nuestra conciencia quiere aferrarse al modo «medieval» de percibir el mundo como constituido por cosas formadas, por cuerpos. Es sorda al mensaje de su propio conocimiento científico, y consigue hacerse la sorda declarando que los resultados de la ciencia pertenecen a un compartimento, el del mundo externo material que supuestamente no tiene nada que ver con nuestra experiencia subjetiva, nuestros sentimientos, puntos de vista y valores, en definitiva con la psique. De hecho, sentimos que nuestra conciencia bienintencionada debe defender militantemente los antiguos puntos de vista y valores como una posesión interior contra los hechos objetivos establecidos por la ciencia. Pero los resultados de la ciencia tienen que ver con nuestra psique. Pertenecemos a este cambio como a nuestro cuadro de arena, a nuestra verdad oculta. Este cambio es un acontecimiento tan fundamental en la historia del alma que ya no debe mantenerse alejado de nuestra conciencia. Todas nuestras facultades deben concentrarse en hacer que nuestro modo de existencia se corresponda cada vez más con el cuadro de arena que ha estado durante mucho tiempo ante nuestros ojos, pero que ha sido rechazado y negado por nosotros, sus constructores. Esta es la tarea del futuro. Y de nuestro dominio de esta tarea dependerá también que seamos capaces o no de hacer justicia al principal símbolo del nuevo nivel nuclear de la realidad: la bomba nuclear.

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1 J. K. Huysmans, Against the Grain, with an Introduction by Havelock Ellis (Nueva York: Illustrated Editions Company, 1931), p. 104f. Estoy en deuda con James Hillman, quien amablemente me señaló este pasaje.

2 Wolfgang Giegerich, «Das Begräbnis der Seele in die technische Zivilisation», Eranos 52-1983 (ahora como «El entierro del alma en la civilización tecnológica», capítulo 8 del presente volumen).

3 Cartas 2, 23 de abril de 1949, a Christian Stamm, pp. xlvi s. Cursiva mía.