La enfermedad viene de afuera

Logos del alma

El enfermo que visitaba el templo de Asclepios obtenía los signos que determinaban su curación en la leve ocurrencia del sueño. Cuando Pachita enterraba en el cuerpo del paciente aquel viejo cuchillo de campo y extraía el órgano enfermo para ser reemplazado por un nuevo órgano, materializado, tampoco había un equivalencia entre la curación y la enfermedad. Tanto el antiguo visitante del templo griego como el doliente en la miserable mesa de la curandera sabían que la enfermedad venía desde fuera, que era algo que les era otorgado, en ello obtuvo sustentó el desarrollo de la medicina, esa búsqueda implacable por encontrar al genio maligno que precedía a la enfermedad, por lo tanto desde los tejidos hasta los nucleótidos, la enfermedad era un viajero extraño que se hospedaba en el cuerpo y del que había que promover su retirada, entonces también la curación era un don inmerecido.

Pero cuando la enfermedad se vuelve culpa del sujeto, de su estilo de vida o de sus problemas emocionales no resueltos, el paciente comienza a confundirse con el genio y la salud se convierte ya no en un misterio sino en la culpa de un hombre que carga sobre sus hombros todo el peso de la existencia, un hombre-dios que determina su sanidad y que paga el precio por tal inflación. La salud es entonces la prueba de su devoción a la soteriología de los nuevos tiempos y la enfermedad es el pecado que lo encadena a tal dogma, es así que se acaba envenenando la herida devoradora con el espíritu del resentimiento. En cuanto la enfermedad es del hombre, el hombre es la enfermedad.