El sermón de la psicoterapia como antropotécnica

Logos del alma

Ante la pandemia, ante el desastre o ante la crisis, alza su voz el psicólogo y dice: “vengan a mi los pobres de espíritu porque de ellos será el reino de los cielos” y prédica el evangelio de la conciencia que dicta: “serás consciente de ti mismo y aprovecharas toda tragedia para engrandecerte, pues no podrás entrar en el reino de los cielos si no te has empequeñecido, si no te has vuelto como un niño y deseas, por lo tanto, crecer”.

Se abre entonces el templo de la consulta, al que acuden los necesitados, quienes llegan con pequeñas palomas que ofrecen entre llantos y abluciones y, mientras rasgan sus vestiduras, dicen al psicólogo: “eh aquí que te ofrezco este gran carnero para el bien de tu servicio”, y ambos se despiden satisfechos, seguros de haber sido bendecidos por su buena obra y de que el holocausto ha sido más que suficiente para saciar a las buenas consciencias.

En su montaña, en su pequeña montaña, el psicólogo reparte el pan a sus discípulos, que también llama pacientes o clientes y a los oyentes de su sermón, y se regocijan todos en la emotividad y numinosidad del momento; ahí está dios entre ellos, el pequeño dios trasluciendo a través de los astros, del tarot, de los enteógenos, de los grupos de mujeres, de la ceremonia ancestral, de la imaginación activa, de la abreacción, de la confesión, de las nuevas, siempre nuevas, formas de sentir mejor, de ser más ricos en emotividad, en las diez mil formas para desarrollarse y sanar.

En la gran boda del espíritu de los tiempos, el psicólogo transforma el agua en vino y al enfermo lo sana con su método milagroso, su diagnóstico es infalible, al que aun es niño le receta la adultez, al que es demasiado adulto lo guía hacia la infantilidad, al neurótico le permite sostenerse en historias más neuróticas aún e incluso da vida a lo que debería estay muerto y promete la felicidad al que tiene temor a la vida; bienaventurados los que sufren, pues ellos lo alimentan con su dolor.

Camina el psicólogo delante de sus discípulos y los reprende por no ser más ellos mismos, lo que significa que no son como él los ha ideado, ¡perdónalos psicólogo, porque no saben lo que hacen!, no se han dado cuenta de que tu conoces del camino, una vía perenne, lejos de la muerte, de la crucifixión, de la lógica de los tiempos presentes; no han entendido que sufrir es para mejorar, que lo poco es para lo mucho, que caer es para levantarse y que tu buscas el bien detrás de su mal; no han entendido que ellos caminan sobre dioses.

El psicólogo sabrá perdonar a sus ovejas descarriadas, pues son niños, niños pequeños, que pagan grandes sumas para sentirse mejor y no pensar y no asumir y no morir y no ser. Alza las manos psicólogo y regocíjate en la dicha de los desdichados y, como el buen pastor, acarrea tu rebaño hacía la redención de sus pecados, sobre todo a los más dolientes, y resguardalos en el redil de tus buenas intenciones.

Cuando, crucificado por tu propia angustia, se abra una herida en tu costado, recuerda oh psicólogo que yaces al lado de dos ladrones y que posiblemente tu también lo seas, pero siempre tendrás el consuelo de no saber lo que haces o quizás tener demasiada seguridad en ello, de haber sido abandonado por el padre, entonces pide un poco de vinagre y abre los ojos al cielo, sin coronas de espinas ni atavíos, no te queda más que ese reino de esperanzas y de sueños.

La inconsciencia teórica de la psicología

Logos del alma

La psicología académica sufre de superficialidad en su abordaje teórico, pues está abocada a un objetivo puramente tecnológico y se ha determinado como una serie de estrategias y técnicas ortodoxas al cuidado de la salud mental y del desarrollo humano, confluyendo de forma acrítica con el espíritu de la época que se encuentra delimitado por el valor del máximo beneficio y la construcción del yo en detrimento del sentimiento de comunidad.

Esta perspectiva interesada por la eficacia y la aplicación pragmática como maneras de manipular a los fenómenos y dirigirlos hacia lo que el hombre espera de ellos, anula el carácter de ser otro de aquello que se debería de atender en su propia naturaleza lógica. La visión práctica es un esfuerzo de la posición egoica por sobreponer su parecer subjetivo sobre el pensamiento implícito en el fenómeno, por omitir el carácter autónomo y objetivo de la realidad, reduciéndola y mecanizándola para controlarla mejor.

Tal es el destino del alma en una psicología que se ha desprendido de su raíz en el fenómeno para constituirse como una doctrina antropotécnica que se sostiene en una narrativa de crecimiento y de curación del individuo, pero que secretamente se adhiere a las formas más salvajes de devastación de la consciencia de la alteridad. Después de todo el alter ego es aquella dimensión de la experiencia que se muestra desnuda y que permite que el Otro despiadado la destroce con su negatividad y la preñe de su verdad más íntima.

Pero la psicología, nacida de los ideales de la modernidad, se ha vuelto compulsiva en su actuar y ha separado la profundidad teórica de su carácter practico, proponiéndolos como espacios distintos y decantándose por una formación técnica donde el arquetipo se escinde y se encarna en ciertos individuos que alojarán en sus cuerpos y mentes los conceptos patologizantes que justifican la intervención psicoterapéutica. El paradigma psicológico construye a sus pacientes para legitimarse.

La imaginación de una psicología materialista ha cesado su movimiento y se ha detenido en sus clasificaciones, y sus fantasías se han petrificado en una gnoseología hegemónica, que no deja lugar a las especulaciones fenomenológicas o hermenéuticas sobre los fenómenos en su carácter lógico. Estos últimos no son objetos, ni cosas cuantificables, son conceptos en espera de ser asumidos como pensamientos que se piensan a sí mismos. Es labor de la educación psicológica atenderlos en su naturaleza esencial.

En los planes de estudio, de la carrera de psicología, donde debiera estar siempre presente el pensamiento filosófico, este ha desaparecido paulatinamente en pos de materias de aplicación sistemática, con manuales que ofrecen una óptica homogénea de las diversas manifestaciones del ser. En ellas el alma ha sido reducida a una sola posibilidad y literalizada en su forma materialista bajo el yugo de la religión científica. La perla de gran valor ha sido olvidada, por lo cual es sencillo ocluir las intenciones del espíritu de los tiempos.

Lo cierto es que no se puede hacer psicología, es decir, abrir oídos al logos de la psique, sin tener un pensamiento nutrido por la meditación crítica de sus estructuras teóricas. En consecuencia, despojada de sus consideraciones teoréticas, la psicología, en tanto ciencia, no puede pensar y los psicólogos son educados para evitar cualquier dificultad especulativa que los impela a la dura labor de meditar racionalmente, de comprometerse con el fenómeno psicológico en su carácter de concepto.

El psicólogo emerge de las facultades teniendo un objetivo técnico, loable pero contrario al objeto de su verdadero quehacer epistemológico: pensar el alma. Así, queda lejos del profesional el hábito de razonar, de criticar y de reflexionar. Como el viejo chiste de quien busca debajo del farol porque en otro lado no hay luz, el psicólogo se acostumbra a regodearse en la miseria que llama teoría y que no es otra cosa sino la repetición constante de una serie de ideas básicas que reafirman, en la misma medida que se reiteran, el discurso de una disciplina inconsciente de sí misma.

El papel social del discurso psicológico

Logos del alma

«Nosotros hemos inventado la felicidad» -dicen los últimos hombres, y parpadean.”
F. Nietzsche

Es característico de la época actual el deseo constante de actuar, de producir y de mostrar eficiencia, el imperativo práctico es un valor moral central sobre el cual se reflexiona poco, no obstante, la ideología del trabajo es inherente a una sociedad capitalista que, en su espíritu cristiano, concibe a lo productivo como lo bueno y a lo ocioso, la parte maldita, como un pecado. En la sociedad posmoderna esto significa el paso de una cultura que subyuga al sujeto de forma disciplinaria a la rueda de la economía, a otra que logra el mismo efecto desde el propio discurso del valor individual.

El sujeto neoliberal se ha transformado en explotador de sí mismo y el deseo por generar riqueza exacerbada se ha interiorizado en la búsqueda angustiante por la salud mental. El hombre ya no solo trabaja para producir capital sino que él mismo se fabrica como un objeto mercantil. El homo productivo ya no necesita capataces para funcionar, trabajará hasta la muerte en nombre de una idea, de un deseo, de la necesidad de prestigio y valoración, aunque la mayor parte de su labor no tenga la menor utilidad.

El ser humano, como constructor de sí mismo, acude a un discurso particular que da estructura y dirección a su ego-consciencia, esto por medio de indicaciones morales que determinan el desarrollo de su personalidad a través de herramientas antropotécnicas, es decir, de narrativas culturales que lo conminan a asumir ciertos dogmas que son hegemónicos de una sociedad particular y que permiten al individuo concebirse como parte de un proyecto global, humanizador.

Una buena parte de el discurso antropotécnico está mediado por la doctrina psicológica, ello desde su faceta más científica hasta sus derivados pseudopsicológicos, como lo son la autoayuda y la pseudoespiritualidad; todos giran en torno a ciertos preceptos que se difunden, inusitados, a través de sus prácticas. Dichas premisas se pueden identificar como: la primacía del yo frente a la comunidad, el individuo como objeto y el trabajo continuo en la edificación de la personalidad.

El psicólogo, por lo tanto, está adherido a esta dinámica y busca constantemente una actividad que lo justifique, por eso se inmiscuye en todas las posibilidades técnicas: en la empresa, en la escuela, en la familia, en el deporte, etcétera. Quiere ser útil y utilizable. Abre talleres para contactar con las emociones, para aprender a ser resiliente, para sanar al niño interior y descubrir los dioses de cada hombre y de cada mujer; se ofrece en las situaciones de desastre para dar contención y hacer pasar por su filtro sesgado, por su empobrecida teoría, todo fenómeno social, económico o natural. Tiene en la frente una gran señal que dice: “Yo también soy necesario”.

Pero si el psicólogo es necesario no lo es para lo que le gustaría, su trabajo es mantener el discurso auto-subyugante del sujeto posmoderno, convencerlo con palabras vacías como “autodesarrollo”, “introspección”, “cuidado de sí mismo”, “integración”, de que su deber es producirse a sí mismo y ejercer la libertad ilusoria de sobreponer su voluntad sobre los factores psíquicos que realmente determinan su existencia. Sin embargo, estos son incontrolables, pues como dioses poseen su propio telos.

Estas palabras psicológicas son aire caliente para inflar el ego y dotarlo de importancia personal, mientras evitan que llegue a la consciencia la verdad de los tiempos presentes, el huésped indeseado que llama a la puerta, el nihilismo. Así, el hombre carga el peso de la salud mental en sus frágiles hombros, y es responsable de su carácter y de los defectos de sí mismo, incluso debe elegir su propio género, es decir que ha sido encadenado a otro campo más en el que ser productivo, creativo, resiliente o los términos que surjan del discurso psicológico, son un mandato imperante. La libertad contemporánea no es sino una cadena elaborada desde el interior de la propia persona.

El psicólogo que no ha reflexionado sobre su papel en la sociedad reproducirá los cánones de la cultura de forma inadvertida y no importan sus buenas intenciones, éstas siempre estarán sometidas por los objetivos del espíritu de los tiempos presentes. Inconsciente de la historia, el homo psicologicus personifica al «último de los hombres» y dice que ha inventado la felicidad y parpadea, por ello no tendrá hacia quién dirigir su mano después de la gran caída.

Se puede observar esta gran narrativa psicologizante en el lenguaje de los mass media, en los programas de variedades, en la redes sociales que con gran ahínco emiten cápsulas pedagógicas en forma de consejos, frases motivacionales, recetas de vida, que junto a la opinión informada de profesionales de la salud mental constituyen un lenguaje dominante que educa a las mayorías silenciosas en el arduo camino del evangelio de la construcción del individuo.