Presentación del libro «Psicologia do animus» de Wolfgang Giegerich 2024

Traducciones

Presentación de W. Giegerich en Thiasos, de la traducción al portugués de su libro «Animus-Psychologie».

Transcripción y traducción de Alejandro Chavarria

Lo primero que quiero decir es gracias a Marcus Quintaes y a todos los organizadores por este evento, por haberme invitado a hablarles esta mañana. Hola a todos, me pregunto si hay tanta gente participando en este evento de todo el mundo. Y después de estos pocos comentarios introductorios, comenzaré con lo que preparé para hoy.

En 1948, se fundó el primer Instituto C.G. Jung en el mundo, el Instituto C.G. Jung en Zúrich. Hoy en día, parece que hay institutos de formación junguiana en todas partes del mundo. Curiosamente, el propio Jung se oponía al establecimiento de programas de formación y también a las sociedades de psicología analítica. Sin embargo, cuando se fundó el Instituto de Zúrich, Jung pronunció el discurso inaugural. Pero como Sonu Shandasani nos informó, comenzó su discurso según un testigo con un comentario, cito: «Mi abuelo fundó un hogar para niños retrasados, ahora estoy fundando uno para adultos retrasados». Fin de la cita.

Imagínense, el Instituto C.G. Jung como un instituto para adultos retrasados. Qué golpe a las altas aspiraciones que conectamos con la formación de los futuros analistas, los analistas junguianos. No sé si Jung realmente dijo esto, ni cuáles fueron sus razones exactas para esta afirmación, si es que la hizo. Una idea que ciertamente estaba en su mente es que él, al igual que uno de sus discípulos, C.A.  Meier, se opuso a cualquier “cinta trasnportadora de la que salieran analistas prefabricados”, fin de la cita.

Jung era muy exigente con los posibles analistas. Pero dejando aquí a un lado cuáles pueden haber sido las propias razones de Jung para la oposición a los programas de entrenamiento, me concentraré en lo que creo que es problemático con ellos.

Es un problema, pero podemos distinguir diferentes aspectos del mismo. El primer aspecto es el del horizonte. En los institutos de formación, la atención se centra inevitablemente en los casos. El problema es curarlos. La orientación es principalmente práctica. La psicología analítica es entonces vista como una de las profesiones de ayuda, y explícita o implícitamente concebida según el modelo de la medicina.

Por supuesto, además de los pacientes en el sentido más estricto, también están aquellos analizandos que simplemente quieren profundizar en su vida interior, y posiblemente someterse a un proceso de individuación en el sentido de Jung. Ciertamente, esto ya no es análogo a la medicina, pero, sin embargo, en lo que se refiere al horizonte mental y al enfoque en la persona del análisis en cuestión, no hay diferencia en el tratamiento de los pacientes.

El horizonte en ambos casos es lo que sucede dentro de las personas, es el individuo. ¡Qué fatídico estrechamiento del horizonte mental de Jung, del enfoque de sus obras! En los muchos volúmenes de sus Collected Works, Jung nunca publicó una presentación de  lo que discutía en su psicología sobre temas como el simbolismo de la misa, los platillos voladores, la controversia de los universales en la antigüedad y en la edad media y, las ideas estéticas de Schelling, el Zaratustra de Nietzsche, los Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola, el Árbol Filosófico, por mencionar solo algunos de una multitud.

No tienen ninguna relación inmediata con la psicoterapia. Se ocupan de temas psicológicos, es decir, del alma como tales. Estos pocos ejemplos nos dan una idea de la amplitud y profundidad del horizonte psicológico de Jung.

Los programas de entrenamiento de hoy en día comienzan por el lado equivocado. Van directamente a lo que se necesita para la preocupación práctica de tratar a los pacientes. Sin preocuparse antes por la adquisición del horizonte intelectual de la psicología junguiana por parte de los candidatos. Así, comienzan con una mezquindad, con un opus parvum, a pesar de advertir la pérdida de la gran conexión, afirman que el que niega lo grande debe buscar causas en lo pequeño. Es quizás similar a cómo sería si los que quieren convertirse en matemáticos fueran enviados a formarse a los departamentos de contabilidad de las empresas.

¿Qué le hace a la psicología junguiana y a las mentes de los miembros de la comunidad junguiana a largo plazo, si los junguianos de todo el mundo están entrenados para enfocarse en lo insignificante?, cualquier entrenamiento real en psicología, una psicología que merezca su nombre, debería ser de arriba hacia abajo. El horizonte de la psicología como estudio del alma objetiva debe ser lo primero. Y entonces no sería un programa de formación para profesionales, sino para psicólogos.

Tendría que ser, por un lado, el desarrollo privado y el refinamiento psicológico de la personalidad del candidato. Y por otro lado, un entrenamiento muy personal de la mente para permitirle pensar los grandes pensamientos que el alma ha tenido en su larga historia. Sólo a partir de entonces, la mente así entrenada también podra dirigirse a los problemas humanos-demasiado-humanos de los pacientes individuales. Pero ahora veran estos problemas desde una perspectiva ampliada y desde la profundidad de un horizonte verdaderamente psicológico. Hasta aquí el primer aspecto.

Un segundo aspecto, tal vez aún más grave, es que el enfoque en los casos solidifica imperceptiblemente la actitud y la creencia personalista natural que es la suposición tácita o explícita de que la gente o las personas individuales son el sustrato real, y el alma es un atributo de este sustrato. Algo que él o ella tiene de una manera similar a cómo las personas tienen un cerebro, un corazón y un estómago.

Lo que esta creencia significa es que la psicología no tiene ninguna posibilidad. La psicología propiamente dicha sólo existe si para ella el alma es la única sustancia real de la que se ocupa la psicología. Si para ella, el alma es una realidad por derecho propio, una realidad objetiva y autónoma, y no algo sobre o en las personas. Las personas están en el alma, no al revés.

Así también en este sentido, vemos que la formación convencional de los analistas junguianos comienza en el extremo equivocado. Comienza con los individuos y subsume la vida del alma en ellos, ubicándola en su interior. Pero, el único lugar legítimo del alma es la psicología, no la personalidad.

¿Por qué la psicología es el único lugar legítimo para el alma? Porque el alma no tiene realidad empírica. No es nada. No existe como el sol, la luna, los animales, las plantas y las personas, no como existen los órganos del cuerpo. Sólo existe como ideas, conceptos, puntos de vista, prejuicios, ficciones.

De hecho, el término alma no es más que una forma de hablar mitologizante, una forma abreviada de referirse simplemente a la lógica y la profundidad de la vida cultural colectiva e individual en curso. Podríamos decir también a la fenomenología de su desarrollo lógico.

En este caso, no hay más que un pequeño paso hacia el tercer aspecto del problema de la formación de las personas como analistas profesionales a través de los programas habituales de formación del Instituto. Este tercer aspecto es la fijación del objeto que necesariamente viene con un enfoque en el paciente y el analizando y es con la orientación de toda la consulta.

Equivale a una separación entre objeto y sujeto. Es decir, entre lo que se observa en la consulta y la teoría psicológica con la que interpretamos y tratamos estos fenómenos observados.

Así, los freudianos hacen una diferencia entre la fenomenología psicológica, por un lado, y la llamada metapsicología. Por otro lado, C.G. Jung, por el contrario, nos mostró que tal disociación entre sujeto y objeto, entre el hecho observado y la teoría o interpretación sobre el hecho, es insostenible en psicología. Es igual, por ejemplo, decir que hay personas que tienen una psicología freudiana o una psicología adleriana o junguiana. En otras palabras, la psicología es a la vez la teoría y la vida vivida de la que trata esta teoría.

La psicología y el alma están urobóricamente entrelazadas. El alma es sujeto-objeto u objeto-sujeto. Por la misma razón Jung nos enseñó que las neurosis existen porque la conciencia tiene la actitud equivocada, las ideas equivocadas que no se adaptan a la realidad interna o externa de la persona. En otras palabras, según este punto de vista, la neurosis es una disociación de la psicología misma en dos. Es la discrepancia entre la psicología en la que creo y la psicología que realmente es.

En relación con mi crítica de la fijación del objeto, debo mencionar los dos principales logros de Hillman. La primera fue la publicación de un libro de un joven analista de la posguerra, The Logos of Soul. La segunda fue su Re-imaginar la Psicología.

Vemos que el verdadero tema de Hillman era la psicología misma, nuestro pensamiento, no las personas, no los pacientes, no el objeto. Habiendo dicho esto acerca de Hillman, ahora puedo llegar a nuestro propio tema en cuestión, mi libro Animus Psychology.

Al igual que en el caso de Hillman, mi libro es sobre la psicología misma más que un libro de psicología sobre un objeto en particular, el Animus, por lo que uso el título psicología animus y no psicología del animus.

En este libro, el título “animus” se usa como un adjetivo o atributo que califica a la psicología, y como tal especifica un punto de vista particular de la psicología discutida en el libro.

En un libro de este tipo, también se debe discutir qué es qué es animus o qué se entiende exactamente por animus. No se trata del animus solo como un fenómeno particular de toda la gama de todos los diferentes fenómenos del alma, como el anima, la gran madre, el ouroboros, la sombra, etc.

Pero, ¿por qué la psicología del animus en primer lugar? Puede que sea más fácil explicarlo históricamente, con el tiempo en que escribí y publiqué este libro. Desde el principio, me había comprometido profundamente con el impresionante trabajo de Hillman y había sido un firme partidario de la psicología arquetipal y colaborador de él. Y algún tiempo después de revisar la psicología, Hillman comenzó a cambiar un poco a lo que él llamaba psicología imaginal, y comenzó a descuidar otras opciones que en realidad todavía estaban presentes en su re-imaginar la psicología.

De hecho, este mismo proyecto de re-visión es otro problema. Es un cambio lógico, un movimiento puramente intelectual, y precisamente no puede realizarse sobre la base de imágenes, ni explicarse imaginalmente. Sus ensayos sobre el ánima habían incluido claramente la importante idea de que el anima es un lado de la Sicigia, el otro lado de la tijera es el animus.

Pero si el anima y el animus tienen polos opuestos, finalmente forman un par y están dominados por la tijera, entonces pensé que la psicología no debe elegir unilateralmente el anima y lo imaginal como su punto de vista decisivo o principio rector. Con el fin de ser una psicología de pleno derecho, debe esforzarse por llegar y tomar su posición en el punto teórico más elevado, la Sicigia, y aprender a ver los fenómenos psicológicos desde ese punto de vista más elevado de comprension.

En el moviento de Hillman hacia una psicología predominantemente anima, es decir, hacia una identificación del alma con el anima y con la imagen, desde el punto de vista de la Sicigia, faltaba algo esencial. Hillman, por ejemplo, no pudo o no quiso incorporar la historia a su pensamiento psicológico, la historia del alma. Y no podía dar una respuesta verdaderamente psicológica a la modernidad a todas las tremendas abstracciones características del mundo moderno, más que estar en contra de ella.

Su respuesta a la modernidad siguió siendo algo nostálgica, por ejemplo, del universo al cosmos. Esto no significa que no haya podido apreciar muchas de sus siempre estimulantes discusiones novedosas por derecho propio. Sólo significa que vi lo que para mi mente faltaba, y lo que por lo tanto sentí que se necesitaba suministrar. Este es el trasfondo histórico personal de mi libro.

Y después de lo que dije acerca de la unilateralidad que creo ver en el Hillman tardio, comprenderán que la psicología animus no está destinada a eliminar el pensamiento imaginal en psicología, y a su atención en el anima en el sentido más amplio. El interés en el libro es sólo traer la otra mitad que falta, y apuntar a miras más altas para el punto de vista de mayor rango de la psicología de la Sicigia. La psicología debe ser como el mercurio alquimico, utriusque capax.

Sin duda, la imagen que pinté de anima y animus, como una pareja unidos en la Sicigia, por muy correcta que sea, puede ser engañosa. Este sería el caso si se leyera sólo desde el punto de vista de un lado de la pareja, es decir, desde el punto de vista del anima, y no también desde el punto de vista del animus.

Desde la perspectiva del anima, el anima y el animus tienen, como marido y mujer, naturalezas diferentes, pero están en el mismo nivel. Desde la perspectiva de animus, por el contrario, la diferencia entre ellos consiste precisamente en el hecho de que él es de un orden superior al anima, no en el sentido de que sea mejor, sino simplemente porque representa el poder de la negación, la negación lógica de lo que el anima produjo.

El anima da a todo lo que le concierne la forma de imagen de las personas o cosas existentes, las representa como entidades. Como tal, establece o mantiene la unio naturalis. Por misteriosas y fantásticas que sean, mitológicas o fantásticas, las imágenes producidas, sin embargo, son parte de la realidad ordinaria. Aunque las sirenas, centauros, esfinges, no existen en la realidad empírica, son imaginadas como seres reales.

Así, el ánima es el arquetipo de la lógica de la personificación y la sustanciación. También podríamos decir que es el arquetipo de todo el mundo imaginario, el Mundus Imaginalis, en el sentido de Corbin o de Hillman.

El animus, por el contrario, es el arquetipo de la lógica de la negación. Pero la negación no significa que aniquile. Lo que niega es la inocencia o la ingenuidad de la forma imaginal, la forma de la semejanza de las cosas. El animus, podríamos decir con una palabra moderna, deconstruye, des-ontologiza, subla, destila, reduce a la estructura o a la forma conceptual.

El ánima es ingenua porque ignora a su propio otro y sólo existe en virtud de su inocencia imperturbable. El animus no es inocente porque sabe de su otro, el anima. De hecho, sin ella, ni siquiera podría existir. Al estar dentro de sí mismo el conocimiento de sí mismo y de su otro, así como la relación con el otro, el animus es ya en sí mismo implícitamente toda la Sicigia.

Cuando hablo del animus y me refiero a él como un «él», debemos ser conscientes del hecho de que estamos hablando del «animus» de «manera anima». Él es personificado, cosificado contra su propia naturaleza real. En realidad, no es una entidad, sino más bien un viento, su espíritu, puro proceso de negación.

De la misma manera, el ánima no es una figura. Ella solo se presenta como tal. Nuestro hablar del anima es también un façon de parler anima. El anima mismo es como el proceso del animus, vida lógica, pero en contraste con el animus, no es un proceso de negación, sino de invención, de producción, de representación.

Volviendo a esta descripción de la diferencia esencial entre anima y animus con respecto a la Sicigia como tal, vemos que la Sicigia puede verse como una unión de una pareja, muy parecida a una pareja casada, que sería el punto de vista inocente e ingenuo de la anima. Pero también puede verse como lo que realmente es, es decir, una contradicción interna. Y el hecho de que sea contradicción es lo que la hace que viva. La Sicigia como contradicción interna de sí misma es la fuente, o tal vez simplemente el nombre de la vida lógica del alma.

Lo que les conté hoy no pretendía ser un resumen del contenido de mi libro, ni una introducción al mismo. El libro se explica por sí mismo.  Y para saber de qué se habla todo lo que contiene, hay que leerlo.

Baste indicar aquí que se trata de un libro de gran alcance y que abarca toda una gama de temas, algunos de los cuales pueden resultar completamente inesperados, con sólo escuchar el título del libro, como el animus como el espiritu asesino como amor, o a modo de otro ejemplo, el tema de la Trinidad.

Lo que quería hacer hoy con mi pequeño discurso era sólo contarles algo sobre la situación de fondo que hizo parecer necesario escribir este libro, y sobre los pensamientos que me motivaron. Y quiero saber que al final de mi charla, solo me queda agradecer, de corazón, a todos los que hicieron posible la publicación brasileña de este libro, sobre todo, a Sonia de Carvalho y André Dantas, y agradecerles a todos ustedes por su atención.

Pregunta 1. Implicaciones del avance tecnológico y la IA.

Sobre la inteligencia artificial y el alma, forma parte de la cuestión integral de la tecnología y el alma. Jung una vez señalo que en la modernidad, el espíritu ha descendido de sus alturas ardientes, que las estrellas han caído del cielo. Este es un evento que sacude al mundo. La pregunta para nosotros es, ¿a dónde, a qué lugar, han caído? La respuesta de Jung fue: «En el inconsciente». Ese es su error, un error fatal.

No, han caído en la tierra en la materia y, por lo tanto, en la tecnología. La tecnología es espíritu, pero el espíritu como realidad terrenal, física, como hecho positivo. Espíritu encarnado en la realidad material empírica. La inteligencia artificial y su hermana, la investigación del cerebro, la fisiología neuronal, son el máximo ejemplo de que las estrellas han caído del cielo. Porque aquí vemos claramente este espíritu como realidad material.

El alma no está en el inconsciente. Está en el desarrollo tecnológico continuo y en constante aceleración. Así también, la inteligencia artificial en sí misma como herramienta que utilizamos no es alma. Sin embargo, es producido por el alma.

El inconsciente, por el contrario, no es más que un patio de recreo subjetivo, un poco como cómo algunas personas hoy en día juegan con trenes de juguete, con trenes de juguete. Es solo el opus parvum

La segunda pregunta sobre el miedo a que la inteligencia artificial pueda reemplazar a los humanos no tiene nada que ver con el alma. Se refiere al ser humano ordinario, a todos los sentimientos o fantasías humanas. Yo diría que tales miedos en diferentes formas acompañan a todos los nuevos inventos tecnológicos. Pero la idea que subyace a este miedo no es plausible.

La inteligencia artificial puede reemplazar ciertos tipos de empleos que ahora existen, pero también creará otros nuevos puestos de trabajo. Sin embargo, lo que realmente hay que temer es el daño a nuestra humanidad y a la cultura. Cuanto más personas utilizan la inteligencia artificial, más delegan su propia capacidad de pensamiento a algoritmos externos. Pero sin la práctica constante del propio pensamiento, del propio recuerdo, y sin el propio conocimiento sólido, la mente humana se atrofia.

Pregunta 2. De la psicología animus a la vida lógica del alma

Se podría decir que la idea principal de mi psicología animus es un precursor preliminar de la vida lógica del alma. O se podría decir que mi libro Psicología Animus presenta la psicología todavía vestida con el ropaje de un cuento mitológico sobre actores separados, personajes separados con anima y animus como figuras actuantes.

En este sentido, mi libro es una presentación en una forma similar a la que también utilizamos si queremos hacer algo complicado, fácil de entender para los niños, es decir, la forma de una narración con personas o poderes personificados que hacen esto o aquello.

Los niños pequeños necesitan sus dedos para hacer sumas y necesitan historias e imágenes para lo que realmente requeriría pensamiento conceptual. De otra manera, también se podría decir que al escribir este libro, entré en el juego convencional del lenguaje junguiano o en la jerga de la época. Y en su interior trató de expresar una visión de la psicología que va decididamente más allá de este juego de lenguaje.

En mi trabajo posterior, anima y animus, por así decirlo, ya habían sido destilados químicamente, evaporado. Por lo tanto, su Sicigia había vuelto completamente a casa consigo misma. Y este medio se reveló a sí misma como simplemente el alma en su propia vida lógica, contradictoria, interna. Y como un proceso autopoiético.

Esta es la razón por la que ya no necesité las tempranas muletas de Jung de animus y anima. No debemos olvidar que el origen del anima y el animus de Jung es la idea de que fueron concebidos naturalistamente para ser contrasexuales. El anima como parte de la psique de los hombres, el animus como parte de la psique de las mujeres, que es irremediablemente biologista y antipsicológica.

La bella y la bestia o sobre la opresión femenina

Logos del alma

Y sabed esto también, aunque mis palabras hieran con fuerza vuestros corazones.
El asesinado es también responsable de su propio asesinato.
[…] Y el justo no es inocente de los actos del malvado.

Khalil Gibran, El profeta

Uno de los motivos más importantes en el corpus junguiano es la relación enantiodromica de cualquier fenómeno psicológico, donde se entiende que todo proceso se confronta, en algún momento de su movimiento lógico, con su opuesto, como el otro de sí mismo. Así, el mal devendrá bien y la víctima será concebida como victimaria, bajo esta luz nada puede permanecer indemne, ni presuponer inocencia, ya que todo se apresura hacia su contrario.

Jung utilizó las imágenes del anima y del animus para entender la relación intrínseca de un momento dado del fenómeno psicológico con su opuesto, dicho lazo de unión puede ser comprendido desde las figuras clásicas del mito o de los cuentos antiguos, por ejemplo la Bella y la Bestia, un antiguo cuento francés que se relaciona con la historia de Apuleyo sobre Eros y Psique.

El viejo motivo de La Bella y La Bestia puede ser leído como un relato sobre la conjunción de los opuestos, sin embargo en ocasiones es asumido como la representación de la amenaza masculina hacía el desarrollo femenino, la bestia entonces sería un animus negativo que invade la psique femenina y la encierra en ideas fijas y lógicas anquilosadas. Por supuesto, tal es la historia contada desde la mirada de la propia doncella virginal.

Pero el arribo de la bestia es también la entrada al mundo de lo desconocido, a un nuevo momento dialéctico que ha sido hechizado por un hada malvada la cual no ha sido reconocida de primera instancia y que, por lo tanto, aún no ha llegado a la consciencia de sí. La presencia de la bestia como la llegada del otro a la consciencia de sí, en este sentido comparte un trasfondo similar al cuento de Barba Azul donde un anima ingenua es amenazada, hasta la muerte, por su propia curiosidad asesina.

Para el punto de vista del anima virginal la irrupción del animus debe ser un acto bestial. El animus ha de tomar la figura de un asesino, del rey del inframundo emergiendo debajo del campo de flores; la violencia de su efigie corresponde al propio miedo del anima ante el movimiento de su posición actual a través de la negación de sí misma.

Tanto la Bella como la esposa de Barba Azul son llevadas por un impulso frenético que no les pertenece, tentadas a probar del fruto prohibido, y una vez que la doncella Psique es guiada al umbrío castillo y puede reflexionar, es decir, reflejar en sí misma la dimensión animus de su experiencia, es entonces, durante su muerte próxima o su ultraje, que puede por fin llegar a ser la esposa, la soror mistica, no de la bestia, sino de su propio concepto, porque la consciencia la ha trastocado.

No obstante a pesar del los finales reconfortantes, no se debe de olvidar que la Bestia, Barba Azul, la puerta o la habitación prohibida y el principe o el hermano, no son figuras distintas sino momentos precisos de la irrupción del animus y de su integración en el fenómeno presente, ellos representan la negación que destroza, la irrupción violenta de la otredad.

El cuento de La Bella y la Bestia, desde esta posición de análisis implica el relato del anima descubriendo su contraparte en sí misma e interiorizando lo que hasta entonces estuvo en la superficie como un síntoma inconsciente. Tal situación es vivida como una terrible violencia, pero es así porque el movimiento dialéctico constituye primariamente una matanza de la posición de la que se aleja.

Realmente no es importante la salvación y es posible que las figuras soteriológicas no sean sino recursos, posteriores, para suavizar el impacto emocional de la muerte, que es el verdadero destino de la conjunción. El hermano que llega o el hechizo que se rompe suavizan el destino aciago de la protagonista, pero ella debe morir, y debe hacerlo de forma horrenda. El alma no puede hacerse consciente de sí misma y permanecer intacta.

“Anima” y “animus” no son dos personajes, ni lo masculino o lo femenino en su realidad contrasexual. Son dos posiciones del mismo fenómeno, que se confrontan para dar vida al movimiento dialéctico del concepto subyacente. Se nombra anima a la dimensión inconsciente que espera ser preñada por la consciencia de sí misma, donde el otro parece venir desde fuera, pero en verdad ocurre como su propia interioridad.

Quizá se podría entender el relato moderno sobre la opresión femenina desde el movimiento psicológico como una narración del miedo del alma por verse a sí misma en el otro. Ahí se encuentran el terrible hombre del patriarcado, la dama despojada de su fuerza, la nekya de la virgen bajo el yugo de las instituciones y de la historia. Es muy probable que esta narrativa de tipo feminista no sea sino una actualización del tema de la conjunción de los opuestos, que, no obstante, es literalizada y detenida en un momento y convertida así en ideología.

La opresión femenina encarna, por razón de su materialidad, la lucha de personas que en principio no hacen sino identificarse con motivos que no les corresponden del todo, pues el drama psíquico no responde a la moral imperante ya que guarda en sí sus propias motivaciones.

Es así que este movimiento feminista, en su rama hegemónica, se constituye como la defensa de la posición puramente anima que observa a su perpetrador fuera de ella y que condena a éste a cargar con su propia contradicción. Sin embargo, en la experiencia de la opresión está también el deseo y el esfuerzo implícito por ejercer dicha facultad, de ahí la acusación de algunos sectores por los tintes totalitarios de las posiciones feministas más radicales.

Es posible que la visión de la opresión femenina sea un momento en el tema del anima asumiendo su parte sombría y la llegada de una violenta posición desde el animus, que resulta más terrible mientras mayor resistencia se ejerza hacia su devenir otro. Quizás, si se entiende a este proceso o como la asunción del otro en sí mismo, ya no será necesario bestializar a un genero u otro sino aventurarse en la experiencia de descubrir y amar esa bestialidad que representa la vivencia primera del encuentro con el prójimo.

Masculino y femenino, anima y animus, realmente no tienen forma alguna y no pertenecen a la realidad de las personas, son conceptos que se proyectan en ciertas figuras que a veces pueden ser el hombre o la mujer, pero en realidad hablan únicamente de la experiencia del alma ante el descubrimiento de su verdad interna.

La asunción del otro, si persiste, descubre que la bruja que bestializa, la dama que desencanta y el asesino que se cierne como una cruel sombra son uno y lo mismo en el camino dialéctico del concepto llegando a casa, a la consciencia de sí como una noción absoluta. Tal es la lógica del encuentro, de la matanza que espera a cualquiera que traspase el jardín de espinas de la verdad.

Animus-Psychologie, Parte 1, Preámbulo

Traducciones

Preámbulo

Wolfgang Giegerich, Alemania

En «Animus-Psychologie» de Wolfgang Giegerich, en editorial Peter Lang, 1994, pp. 37 a 59, traducido directamente del alemán.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria Rojo

El objetivo de este capítulo es encontrar un punto de entrada en el tema del animus. En la medida en que el animus no se da simplemente como un fenómeno, de modo que uno pueda simplemente señalarlo y mirarlo, analizarlo, el esfuerzo por obtener un punto de vista y encontrar un comienzo es, en efecto, algo así como una petitio principii. También se podría decir: al igual que en el capítulo anterior sobre el horizonte en el que se va a considerar el tema del animus en este libro, se trata de desvelar los presupuestos de los que va a partir la investigación posterior y de los que va a ser un despliegue más cercano.

La Sicigia. Ya sabemos que si se quiere profundizar en psicología, o adentrarse en ella, hay que dejarse caer en la gran metáfora de la psicología, el «alma». Pero, ¿qué significa eso, cómo se «hace» eso? Ante todo, significa reconocer y aferrarse a lo desconocido del «alma». No tenemos respuesta a la pregunta de qué es el «alma». Partimos del desconocimiento y nos basamos en él. La respuesta a la pregunta de qué es el «alma» sólo puede ser la psicología en su conjunto, es decir, el proceso esencialmente inacabado e inacabable de la experiencia y la «investigación» psicológicas. Por lo tanto, no empezamos con una definición, por muy general que sea. Esto ya establecería un marco firme y haría una presuposición, de modo que lo presupuesto sería el punto de partida y la base estable para todas las preguntas e investigaciones posteriores. En lugar de dejarnos «caer», ya estaríamos pisando un terreno y en un campo definido. Habríamos intervenido como un yo y, en una anticipación autónoma, habríamos puesto fin a la incertidumbre. Al principio, sin embargo, no sabemos nada del alma. No sabemos si es idéntica u otra cosa que «espíritu», «conciencia», «naturaleza», «mundo», «vida», «persona», «individuo», etc. Tampoco sabemos nada sobre su posible existencia. Tampoco sabemos nada de sus posibles partes, componentes, aspectos, nada de ego, yo, sombra, superego, de complejos y pulsiones. «Alma» es ante todo una mera palabra. Una palabra, nada más. Ni siquiera sabemos si se refiere a algo o a nada.

Nos dejamos caer en la gran metáfora «alma» cuando dejamos que el «alma» sea una mera palabra y perseveramos en ella. Si esta palabra ha de recibir un determinado significado, entonces no a través de nuestra propia determinación arbitraria, sino dejando que el significado o significados nos sean dados por la palabra, por el lenguaje mismo. Lenguaje aquí no significa ya lenguaje positivizado en el sentido de la lingüística, especialmente no de «diccionario». Lenguaje significa la realidad histórica del hablar. En la historia del hablar del alma, el «alma» ya se ha interpretado a sí misma (o ha empezado a interpretarse a sí misma, porque el proceso de autointerpretación del «alma» continúa inacabado).


Una de las primeras autointerpretaciones del «alma» es su indiferenciación del alma y el espíritu y de la vida y la muerte. El alma es el principio de la vida, pero también el alma de los muertos, el fantasma, el espíritu. Es el aliento que anima el mero cuerpo, pero también el aliento frío que sopla en nuestra existencia desde el inframundo y el reino de los espíritus.1 Para esta experiencia del mundo, la procreación de la vida se produce precisamente desde la psique del inframundo, desde el reino de los muertos.2 En latín, el «alma» tiene entonces dos aspectos de sí misma explícitamente separados como anima y animus, y Jung, basándose en este afortunado hallazgo, ha demostrado que el alma aparece innatamente de dos formas: como anima y como animus. Estas palabras latinas indican dos cosas: la identidad de las dos (expresada en la raíz anim-) y la diferencia de las dos (expresada en las terminaciones -a [femenino j frente a -us [masculino] y, por tanto, en su género opuesto). Nuestra metáfora básica «alma» no es, pues, nada unívoca, sino diferente en sí misma.

Si se quiere hacer hincapié en este aspecto, también se puede decir «sicigia» en lugar de alma o entender el alma como sicigia. En primer lugar, la sicigia debe entenderse muy concretamente como la imagen arquetipal de la pareja masculino-femenina de dioses, en la que, con Jung, podemos reconocer psicológicamente anima y animus o, más filosóficamente, Eros y Logos, aunque en esta última pareja ya no se expresa el sexo opuesto. Según Jung, la imagen del par de dioses se extiende desde las tinieblas de la mitología primitiva hasta la especulación filosófica del gnosticismo y la filosofía clásica china, donde aparece como el par conceptual cosmogónico del yin y el yang.3 También se extiende, lo que ya no está en la obra de Jung, a pares conceptuales filosóficos como percepción y pensamiento, receptividad y espontaneidad en la obra de Kant, y -como

podría olvidarse- a la pareja conceptual psicoanalítica de Eros y Tánatos, instinto de vida y muerte en Freud. Jung afirma que la imaginación está ligada a este motivo, de modo que en todo lugar y en todo momento se ve altamente inducida a proyectar lo mismo una y otra vez.4 Según Jung, el motivo de la sicigia expresa «que con un masculino siempre hay al mismo tiempo también un femenino correspondiente». La inmensa prevalencia y emotividad del motivo demuestran que se trata de un hecho fundamental y prácticamente importante, independientemente de que el psicoterapeuta o psicólogo individual comprenda dónde y de qué manera influye este factor psíquico en su campo de trabajo particular».5 En el «campo de las sicigias, a saber, los pares de opuestos», «lo uno nunca está separado de lo otro, de lo opuesto».6

En nuestro contexto, hay dos cosas que hay que subrayar y registrar decisivamente una vez más. 1. El motivo de la sizigia no es un motivo arquetipal cualquiera entre la multitud de imágenes míticas, sino el motivo arquetipal decisivo para la constitución de la psicología misma. Denota la perspectiva o metáfora básica que no sólo es, como todas las demás imágenes arquetipales, una contrapartida de la psicología, sino bajo cuya égida se erige la psicología misma. 2. Esta metáfora, que es a la vez una perspectiva y una metáfora de la psicología, es una metáfora de la psicología. Esta metáfora, que es a la vez objeto y «sujeto» rector de la psicología, el alma, es ambigua, ambivalente, diferente en sí misma. Aparece bajo dos formas distintas, incluso opuestas, anima y animus, alma en sentido estricto y espíritu. Y estrictamente hablando, el ánima no puede ser considerada y comprendida aparte de su emparejamiento con su propio opuesto, el animus, y el animus no puede ser comprendido aparte del ánima. Cada uno de ellos implica a su opuesto. Si estamos tratando con el ánima, entonces inevitablemente «al mismo tiempo», el animus también está a mano y viceversa, incluso si el psicoterapeuta individual no es consciente de ello, como acabamos de escuchar de Jung.

Si la sicigia es la metáfora básica constitutiva de la psicología, y si anima y animus se implican inevitablemente el uno al otro, la psicología no puede escapar a la sicigia. En ella, la psicología misma (y no sólo fuera en el objeto: en el alma del hombre), anima y animus estarán siempre operativos. La pregunta que hay que hacerse con Jung, sin embargo, es si la psicología «se da cuenta» de esto o si el efecto del otro sólo le sucede de facto, pero inadvertido. ¿Es, parafraseando a Fausto, «sólo consciente de una pulsión», o los tomas a ambos bajo su protección? Dicho de otro modo, ¿se lleva a cabo la psicología a partir de la tensión sostenida entre anima y animus, como dice J. Hillman: «Esto es la psicología, la interpenetración mutua de psique y logos en el marco de la sicigia».7 Se puede demostrar -volveremos sobre ello en los próximos capítulos- que en la psicología realmente existente, por mucho que se esfuerce en la práctica por la coniunctio oppositorum y se ocupe de la sicigia como su objeto, su propia actividad surge de un repliegue de la sicigia. La psicología no permanece dentro de esto en su ejecución.

Es obvio, sobre todo porque Anima y Animus tienen el mismo nombre, entender la relación de la pareja divina entre sí como si fuera el emparejamiento de un hermano y una hermana o de un antiguo matrimonio que hace tiempo que están alineados. Entonces Anima y Animus serían dos versiones de lo mismo, por así decirlo, aunque no fueran lo mismo debido a su sexo opuesto. Lo mismo en la medida en que, según Jung, es «función natural del animus (así como del ánima)» «establecer una conexión entre la conciencia individual y el inconsciente colectivo…» El anima y el animus deben funcionar como puente o puerta de acceso a las imágenes del inconsciente colectivo…»8 ¿Representan ambos realmente sólo dos potencias personificadas diferentes en el teatro de las figuras arquetípicas vinculadas por la igualdad de función? ¿Están codo con codo en el mismo escenario, en el mismo terreno, como sugeriría la idea de que en el hombre el ánima en el hombre corresponde al animus en la mujer? Entonces serían simples equivalentes o complementos, como la derecha y la izquierda, es decir, lo mismo en sus opuestos. Pero esto trivializaría la oposición de ambos. Incluso el par conceptual yin y yang, tal como aparece en el I Ching chino, ya no debe considerarse básicamente como puramente complementario. Uno puede incluso convertirse en el otro.

La visión de los dos lados de la sicigia como «equivalentes»9 vería la sicigia sólo desde su único miembro, a saber, desde el Änima y a través de sus gafas. Pues el ánima es el arquetipo desde cuya perspectiva la realidad psíquica aparece como el panorama intemporal de las imágenes, de los antepasados, de los dioses. Pero la pareja también debe ser apreciada desde su otro miembro, desde la perspectiva del animus. Entonces el animus y anima se entienden como verdaderamente diferentes el uno para el otro y no sólo como pares distintos. La alteridad, la oposición en su heterosexualidad, sólo se hace evidente cuando los entendemos como arquetipos o funciones heterogéneas pertenecientes a órdenes diferentes y como tales unidos en una sinergia. Niego por tanto que el animus, al igual que el anima, represente el puente (función relacional) hacia el inconsciente, sólo para el sexo opuesto. Anima y animus no se diferencian por el lugar de su aparición (hombre o mujer), sino por su función. Esto debe aclararse.

En la experiencia humana, la primera forma de manifestación del ánimus es el «tener opiniones», mientras que el ánima se expresa principalmente en «estados de ánimo». Utilizamos estas afirmaciones de Jung para visualizar la heterogeneidad de ambos. Los estados de ánimo son la primera inmediatez del contenido, de las imágenes o figuras personificadas. Los estados de ánimo, en su tono emocional preciso, aunque esquivo, son el primer indicio, aún indiferenciado, de las cualidades pictóricas que se esconden en ellos.

En el caso de la opinión tipo animus, podríamos decir que también se refiere al contenido. Pero aquí el tono no está en el contenido de la opinión, sino en el tener-opiniones, que como tipo animus es en gran medida indiferente al contenido específico. Es más o menos una cuestión de azar qué opinión tiene el poseedor del animus en un momento dado. En determinadas circunstancias, también podría ser la opinión contraria. Jung subraya el aspecto de poder del comportamiento del animus, es decir, la «insistencia en», el querer tener razón, el carácter dogmático de la opinión. En otras palabras: se trata de «el principio», o más exactamente: del carácter principista de la respectiva de la opinión afirmada. El animus como función psíquica se refiere a una actividad mental que sólo se sirve del contenido particular para ejercer su propia actividad de afirmación y toma de posición al respecto. En tener-opiniones tipo animus, el contenido de lo que se quiere decir en cada caso sólo está contenido como momentos suspendidos. El animus como función psíquica provoca así la suspensión (en el sentido hegeliano) de las imágenes y sus cualidades o contenidos inmediatos. Cuando la reacción del animus está plenamente desarrollada y diferenciada, más allá del mero tener opiniones, se muestra como un concepto. Se muestra como el contenido concebido, es decir, captado principalmente (como principio general). Por lo tanto, podemos decir: tener opiniones es la primera inmediatez del concepto, de los principios, de la reflexividad del contenido pictórico inmediatamente dado.

Así, en el anima y el animus, vistos desde aquí, se oponen el ámbito del contenido, de las imágenes, de las figuras, por un lado, y el del ser reflejado y captar la imagen en el concepto, por otro. El ánima nos remite a toda la fenomenología de la realidad psíquica o arquetípica en su amplitud y diversidad, la fenomenología del mito o de lo imaginal. Es la inagotable actividad mitificadora del alma, pone ante nosotros figuras plásticas, personifica, produce contenidos, hila, poetiza, fabula y crea así un mundo fascinante ante nuestros ojos interiores. Y como hechicera que es, imbuye a lo que hila de sí misma de un ser absolutamente convincente, de subtancialidad, de objetualidad, de «objetividad», de modo que en la medida en que hila las imágenes de sí misma como realidades, también se hila a sí misma o a la conciencia en ellas al mismo tiempo. Cree en sus imágenes. Es la función de fascinarse por ellas, de dejarse llevar por ellas y por ellas, incluso posiblemente de enamorarse de ellas. El animus se opone a este mundo sustancialmente vivido. Se enfrenta a lo que tenemos ante nosotros pictórica y sustancialmente y transforma la sustancia en función o principio. Contrarrepresenta, abstrae, espiritualiza. Sustrae el ser, que es lo absoluto, de lo que se ve. Es la función de la putrefactio, destillatio y sublimatio alquímicas, de la elaboración psicoanalítica, del pensamiento analítico, de la reflexión crítica. Permite ver a través de la proyección anímica. Es la disolución de la «ontología» en «lógica», en movimiento mental. Como el ánima, no es sólo función; es el arquetipo de lo funcional, de la funcionalidad (en contraste con el ánima como arquetipo de la sustancialidad), el arquetipo de las operaciones y los actos, de la intervención. Así, en la sicigia, no se sitúa simplemente al lado del ánima como un simple complemento o contrapartida, sino, por así decirlo, transversalmente a ella como la anulación del mundo producido por el ánima y como la negación del anima misma. Su función es matar la inmediatez del anima.

Animus y anima son verdaderos opuestos. Pero como ya indica la similitud de nombres, la negación por el animus es la propia anulación del ánima. En el animus, el ánima tiene su propio otro. La anulación se produce dentro de la sicigia, no desde fuera, como un acontecimiento completamente ajeno al ánima y arbitrariamente infligido.

El ánima se asocia a menudo con lo «interior» porque conecta con las imágenes del inconsciente colectivo. Se podría pensar entonces que el anima tira del mundo exterior y tira hacia el interior. Pero eso sería un completo malentendido. El anima está intrínsecamente ligada al exterior. Parte de lo interior, se proyecta en el mundo y lo puebla. Pero también gira hacia lo que se proyecta, atrae y enreda en su profundidad, que es la profundidad arquetipal, pictórica, sensorial. Esta es su interioridad, que es indiferente a la oposición moderna de mundo interior y mundo exterior. En esta proyección hacia el exterior, es indiferente que el exterior sea «real» o «visionario». Este último no está «en» nosotros, sino que también es un exterior real. El chamán realiza un viaje anímico. El ánima no tiene nada que ver con la introversión, aparte de que el anima es la responsable de experimentar el carácter de realidad de la realidad (los estados patológicos de despersonalización y desrealización son trastornos del ánima10).

En todo caso, el animus apunta al interior, aunque sólo si su idea es asumida y sustancializada por el ánima en un sentido externo. Por naturaleza, sin embargo, el animus trae el retroceso críticamente reflexivo de lo que el anima ha proyectado hacia el exterior. Trae lo que llegaremos a conocer más de cerca como memoria (absolutamente negativa). Pero del mismo modo que el exterior del ánima no es idéntico al exterior en el contraste entre el mundo interior y el exterior, tampoco el retroceso en virtud del animus o del recuerdo es idéntico al interior en el mismo contraste.

Negatividad. Anima y animus pertenecen efectivamente a la sicigia, porque no son complementarios como hermano y hermana, ni «accidentalmente», unidos exteriormente en una unidad como marido y mujer , sino porque ya está en su concepto el estar indisolublemente unidos entre sí como opuestos, lo que sólo se indica exteriormente en la similitud de nombres. Lo que fuerza a ambos a la sinergia es la circunstancia de que uno es la pura negación del otro. El animus no tiene ser o esencia cualitativa propia. Es sólo como la anulación del ánima. Tener un ser cualitativo y un ser sustancial y conectar la conciencia con el reino de las imágenes es precisamente lo que distingue al anima, y sólo a ella. Los dos se pertenecen como el más y el menos, como el ser y la nada. El ánimus no es simplemente algo distinto del ánima, es lo otro del ánima por excelencia, a saber, su propia negación de sí misma, la nada del ánima. Tal vez se pueda seguir hablando del ánima independientemente de la sicigia, porque es el arquetipo de la sustancialidad. Esto es imposible con el animus, en la medida en que sólo existe como negación del anima.

Este hecho ha de apuntalarse con un recurso a lo dicho anteriormente y una anticipación de lo que vendrá después. Hemos subrayado que el animus no puede ser simplemente recogido en algún lugar  y observado como objeto fenomenológico. Más bien, recurrir a él es volverse primero contra sí mismo. No hay ninguna base empírica para el animus, ninguna prueba teórica. Se funda en última instancia en el propio pensamiento, en su propio concepto, como autoridad última para todas las afirmaciones sobre su esencia y como prueba de su existencia: sólo se hace verdaderamente experimentable y presente en la propia actividad del pensamiento y, en virtud de esta actividad, sólo en el propio esfuerzo de concepto. De lo contrario, no es más que una palabra o una idea que permanece sólo animada. Esto muestra su negatividad. No es algo positivo que se pueda mirar y demostrar.

También es obvio cuán descuidado fue el animus por Jung, cuán mala es su reputación y que el animus aparece en la literatura psicológica predominantemente sólo como animus negativo. A la luz de lo que aquí se ha elaborado, este extraño hallazgo puede entenderse ahora como perteneciente a la fenomenología del animus mismo. Ciertamente, este hallazgo apunta a una deficiencia, pero esta deficiencia es en sí misma característica del animus. No aparece del mismo modo que el ánima en imágenes y figuras encantadoras. No nos invita a ocuparnos de él de la misma manera. Ahora podemos confirmar de manera decisiva lo que antes sólo habíamos considerado vagamente: No tiene sentido decir que el ánimus, como cualquier arquetipo, puede ser positivo o negativo si lo que se quiere decir con esto es otra cosa que la distinción utilitaria entre sus efectos experimentados como agradables y los experimentados como desagradables. El animus no es negativo y positivo del mismo modo que un ser humano a veces está sano y a veces enfermo. La negatividad aquí no es una condición (atributo) de una sustancia persistente llamada animus. Más bien, es la naturaleza (función) del animus ser negativo. La negatividad pertenece a la definición del animus. El mismo es la negatividad. Para decirlo sin rodeos y de un modo que no es apropiado: no se dedica a un oficio productivo como el anima, sino a uno esencialmente negativo, del mismo modo que en la realidad social el verdugo, el anatomista, el basurero también se dedican a actividades puramente negativas (¡aunque en modo alguno sin importancia o despectivas!). «Animus negativo» es una frase como «cuervo negro». El adjetivo hace explícito lo que ya está implícito en el término animus. 

Kathrin Asper establece una relación interesante entre la valoración desfavorable del animus por parte de Jung y la contratransferencia. Dice: «Como es bien sabido, Jung no hablaba muy bien del animus. Ya se ha gastado mucha tinta en esto, así que no entraré en detalles. Pero lo que me llamó la atención en relación con mi preocupación por el animus y el trastorno de la autoestima es lo siguiente. ¿Podría ser, me pregunté, que Jung formulara su contratransferencia en su descripción negativa del animus, pero no lograra hacerla terapéuticamente fructífera?»11 La conexión tiene sentido. Si queremos hacer que esta idea sea psicológicamente fructífera, entonces, por supuesto, no debemos limitarnos a dejar la contratransferencia como un fenómeno que se entiende a sí mismo. Por el contrario, debemos apreciar esta contratransferencia como precipitación y automanifestación del animus y utilizarla así para la realización de lo que es el animus. En consecuencia, podemos incluso interpretar el hecho de que el concepto de animus haya sido rechazado de plano por las feministas como la expresión de un acontecimiento de animus. Pues esta negación del animus al por mayor es en sí misma un logro que debe mucho a la función del animus. El animus no se ocupa de la autopresentación. Sólo el anima se pone a sí misma en escena, tiene un impulso de forma vívida. Las feministas sólo fueron capaces de negar a este concepto cualquier justificación de esta manera radical porque y haciendo uso de lo que llamamos animus, de modo que el animus sigue mostrándose eficaz precisamente en la negación de sí mismo.

Por eso, precisamente porque el animus es una pura función y no una forma real, no una imagen sustancial, no hay que fijarse tanto en lo que se dice, en lo que se quiere decir en cuanto al contenido. El animus se manifiesta mucho más en la forma lógica y en el estilo intelectual del discurso. Y obviamente se confirma precisamente cuando el discurso vuelve la negación que es contra sí mismo.

Al mismo tiempo, estas observaciones nos proporcionan la primera visión de una importante diferencia que debe observarse en el animus. En efecto, el animus puede aparecer de dos maneras muy distintas. En primer lugar, la descripción negativa del animus, el trato poco amistoso que recibe en psicología y la negación completa de su existencia son, en efecto, formas en las que el ánimus se manifiesta. Pero sólo se actúa a través de ello, simplemente se vive y se realiza la función que es. No se refleja, y eso significa que aquí no se reconoce a sí mismo como animus. Pues si el animus se conociera a sí mismo como animus en la consumación de la negación de su propia existencia, entonces ya no podría ser negado. Se trata aquí, pues, de la primera inmediatez del animus o del animus en su forma inauténtica, que está todavía bajo la égida del anima. En la negación de éste, el alma, como el anima, simplemente hace girar el animus fuera de sí, lo vive completamente irreflexivamente como su propio otro. También podríamos decir: la conciencia se sienta sobre ella, se sienta sobre su negatividad; interpreta lo que es la esencia del ánima (la negatividad) «positivamente» como una mala cualidad en ella, como defectuosa, carente. El anima convierte la negatividad en algo positivo. Su negatividad es reprochada, culpabilizada. Entonces es verdad: todo lo que es el anima se utiliza contra él como «en un juicio». Pero esta acusación proviene de él mismo, pero sólo cuando simplemente se actúa sobre su negatividad. Entonces él mismo exige ser positivo y sin ambigüedades, y se molesta de que no sea así. El animus, que se supone que es logos, se manifiesta entonces en un resentimiento, un afecto animoso, es decir, en lo contrario de sí mismo. En esto, es evidente que todavía no ha llegado a sí mismo. Porque aparece en su primera inmediatez, él, que es negación, aparece muy lógicamente en forma de contradicción, incluso de autocontradicción: se manifiesta aquí negando su propia existencia.

Pero, en segundo lugar, también debe existir la posibilidad de que el animus se conozca a sí mismo como tal. Pues el conocimiento claro, el hacer transparente lo que es, el reflejo, es precisamente su poder. Cuando se conoce a sí mismo como lo que es, no puede resentir su negatividad. Entonces no se conoce simplemente como su distinción y su sentido, sino sobre todo como su ser. Es puramente negativo, no un algo que entonces tendría cualidades o inclinaciones negativas además de su ser. Este es el momento en que, por ejemplo, incluso la negación de su ser puede ser apreciada como su propio ser (una forma provisional, aún positivizadora, de su ser), lo que al mismo tiempo pone fin a la necesidad de negarlo. El animus que ha llegado a sí mismo ya no tiene que volverse y ejercer la negatividad contra otro, ni siquiera contra sí mismo como otro, sino que puede simplemente soportarla, habitar en ella, «ser» él mismo la negatividad. Es decir, puede «ser» como un no-ser. Entonces se ha convertido en un espíritu en el verdadero sentido.

Marie-Louise von Franz dice una vez de pasada sobre Barba Azul como animus negativo:

… Barba Azul es un asesino y nada más; no puede transformar a sus esposas ni ser transformado él mismo. Encarna los aspectos mortíferos y feroces del ánimus en su forma más diabólica; de él sólo es posible la huida…. El ánimus en su forma negativa… aleja a la mujer de la vida y le oculta la vida. Tiene que ver con las tierras fantasmales y la tierra de la muerte. De hecho, puede aparecer como la personificación de la muerte, como en el cuento francés de la Colección Diederich titulado «La esposa de la muerte»…12

Me adelanto con esto, porque tanto la historia de Barba Azul como las frases citadas de la Sra. von Franz nos ocuparán con más detalle. Por el momento, sólo nos interesa este tema en relación con el esfuerzo por desarrollar un concepto preliminar del animus. Barba Azul es sin duda la figura de animus más extrema que existe. No veo en esta forma extrema lo extravagante y excéntrico, que debe conservarse precisamente por ser fuera de lo común. Más bien veo en ella una figura muy central porque, como extremo, muestra el animus en su consecuencia última y en su concepto más exterior. Barba Azul arroja una vez más una luz decisiva sobre la negatividad del animus: sobre el animus como asesino y, por tanto, al mismo tiempo también sobre su ser sincigótico en tensión con el ánima. Si el animus tiene su esencia en ser un asesino, entonces no es nada sin su víctima. Depende de ésta, es decir, del ánima, y esta dependencia del uno respecto del otro es el yugo que une a ambos. Del ánima, dice von Franz, sólo se puede huir. Esto mostraría de nuevo la negatividad actuada: el carácter negativo del animus mismo se refleja en la huida.

El animus como asesino y como «devorador de cadáveres» sólo destruye. Extiende un aire frío a su alrededor. Apunta fuera de la vida y de la «biología» hacia el país de los fantasmas, hacia lo absurdo: lejos de lo empírico y lo vívido y fuera de la percepción y la imaginación hacia la fría esfera del pensamiento puro.

La unidad de la unidad y diferencia de los opuestos. Los dos lados de la sicigia no representan un par unificado. Para reconocer la relación sicigial de ambos, parto de la conocida sentencia histórico-psicológica de Jung: «Al estadio del animus-anima corresponde el politeísmo, pero al yo corresponde el monoteísmo».13 Esta frase es problemática. Dos cosas reclaman nuestra atención. En primer lugar, lo llamativo de la frase de Jung es que nombra animus y anima como una unidad sin complicaciones. Aquí forman un tándem sin tensión interna ni oposición. No puedo entender por qué, en la etapa del politeísmo, el animus debe mencionarse al mismo tiempo y con el mismo peso que el ánima. Ciertamente, si hay una sinergia entre las dos, entonces donde está la una, siempre está de alguna manera también la otra. Pero sólo de algún modo. Característico del estadio del politeísmo y manifiesto en él es el ánima sola, al menos en comparación con los estadios posteriores y visto desde éstos. Este estadio es, al fin y al cabo, de manera excelente el estadio de la psique creadora de mitos, el estadio de las imágenes y de la inocencia lógica que las acompaña, que son un requisito previo de la experiencia politeísta. Las contradicciones o discrepancias lógicas no se convierten aquí en un problema. Se pueden contar diferentes historias sobre el mismo dios o héroe, por ejemplo sobre su nacimiento y genealogía, sin que esto se experimente como una contradicción. Con razón, porque sólo son historias tipo anima. Las historias o imágenes descansan en sí mismas. Las distintas versiones de una historia no pueden contradecirse porque no compiten entre sí. Cada una es por sí misma lo que es. El animus como facultad de los conceptos lógicos y de la ordenación según principios no está totalmente ausente en el nivel del mito politeísta, pero sólo está latente, sólo está envuelto. Todavía está dormido, por así decirlo. Sólo aparece por sí mismo a través del monoteísmo, a través de la fijación y sujeción del Uno, al que se subsume la multiplicidad, por lo que a) las contradicciones pueden experimentarse como tales, pero también b) pueden desactivarse o evitarse a través de la subordinación lógica y similares.

Veo en el hecho de que Jung nombre aquí animus y anima juntos una falta de respeto al animus en su autonomía. La tensión de la sicigia no se ha mantenido. Para decirlo sin rodeos, el animus está subordinado al ánima. Esto también se corresponde con lo que ya se ha mencionado brevemente, que la sizigia como marco de la psicología no se ha sostenido. La oposición de ánima y ánimus fue empujada por Jung principalmente fuera de la psicología hacia la biología y el personalismo, es decir, reducida a la oposición de hombre y mujer. Ahora ya no está en la conciencia de la psicología como el marco de la psicología misma, como el campo de tensión dentro del cual tiene lugar todo lo que se llama psicología. Ahora se considera sólo como un contenido de la psicología, un dato único de su experiencia. Y ánima y animus se convierten en «componentes de sexo opuesto de la personalidad».14 Así, Jung también dice explícitamente en la misma página en la que se encuentra la frase sobre el politeísmo y el monoteísmo: «Su oposición [la oposición de ánimus y ánima] es la de los sexos».15 Psicológicamente, en cambio, debería decir: La oposición biológica de los sexos es la excelente imagen mítica en la que la oposición interior de la sicigia sólo se representa en el nivel del anima. La sicigia psicológica se proyecta sobre los sexos biológicos, fácticos. Éstos sirven como medio de expresión adecuado. Plantearlo de este modo estaría mucho más en consonancia con el propio enfoque psicológico de Jung. Hillman escribe en consecuencia: «Como Jung muestra a lo largo del Mysterium Coniunctionis (CW 14) y en otros lugares, “masculino” y “femenino” son metáforas biológicas de las condiciones psíquicas de consciente e inconsciente»16 y, yo añadiría, en la medida en que se trata de «consciencia masculina» e «inconsciencia femenina personificada», también metáforas de animus y anima. Como oposición de los sexos o como par de dioses, la sicigia, por su parte, es vista desde su único miembro, el ánima creadora de imágenes, proyectiva, incluso allí donde el ánimus, como en la filosofía china del yin y el yang, ya es un principio y es reconocido como igualmente importante junto al ánima. Pues es precisamente la yuxtaposición de igual rango la que muestra el punto de vista del ánima.

En la obra de Jung, se percibe la necesidad de superar la versión sexuada de los contextos psicológicos. Con motivo del sexualismo del símbolo del hermafrodita, Jung dice: «El sexualismo de estos contenidos significa siempre una identidad inconsciente del yo con una figura inconsciente (ánima y ánimus)… Nunca he observado el hermafrodita como figura de la meta, sino como símbolo del estado inicial, es decir, como expresión de una identidad con anima o animus. Estas imágenes son, por supuesto, anticipaciones…»17 Si se extrae la consecuencia de esta perspicacia, entonces habría que interpretar también la interpretación opuesta del anima y del animus, mediante la cual se convierten en componentes de la personalidad, por su parte como expresión de una identidad inconsciente de la teoría psicológica con la figura inconsciente del ánima, o como expresión de lo que yo llamo el estadio anímico del anima, o como expresión de lo que yo llamo el nivel anímico de la conciencia o de la cultura, de modo que aquí tampoco debería hablarse ya de una «identidad con el ánima o el ánimus», porque este discurso sólo está ligado una vez más al sexualismo y permanece así atascado en una anticipación aún no redimida. Hablar de «anima o animus» significa lo que yo entiendo por estadios anima o anima, pero como se ha hecho de la oposición de los sexos la base, debe dividir lo que en mi lenguaje es uno como estadio del anima en dos, en la identidad de conciencia en el hombre con el anima y en la mujer con el animus. 

¿Qué aspecto tiene, en cambio, la sicigia vista desde su otra extremidad? Desde este punto de vista, en lugar de la pareja, emerge lo contrario, que pertenece a la sicigia tanto como la unidad emparejada. La sicigia es la unidad y la oposición de los contrarios. Correspondientemente, «sicigia» en astronomía significa el término genérico (aquí lo mismo: la unidad) de conjunción y oposición de los cuerpos celestes. Y Hillman dice: «El trabajo consiste en mantener distintos espíritu y alma (la exigencia del espíritu) y mantenerlos unidos (la exigencia del alma)».18 En el propio Jung, este concepto de sicigia se expresa en el subtítulo de Mysterium Coniunctionis, según el cual este misterio es la unidad (o sicigia [coniunctio es la traducción latina del griego syzygia]) de «separación y composición de los opuestos del alma». Sólo por este carácter contradictorio la coniunctio es un misterio. Si fuera una síntesis simple, es decir, inequívoca, como en la química moderna, sería difícil ver por qué debería ser misteriosa. La sicigia se convierte en un misterio porque separa y une simultáneamente en un mismo acto. En primer lugar, tenemos dos opuestos (anima y animus). En segundo lugar, éstos pueden a su vez reconciliarse y unirse. Ése es el interés del anima. Pero también pueden separarse o dividirse. Ese es el interés del animus. Y la preocupación del alma como sicigia es, en tercer lugar, tener ambas preocupaciones al mismo tiempo (reunidas en una).

El animus, como el propio otro del anima y como aquello que la anula, aparece como una ruptura, una escisión, una división. Visto históricamente como la ruptura del mito al logos, según una conocida formulación.19 Así, el ánimus, cuando despierta de su estado crepuscular de estar envuelto y comienza a dar su propia interpretación de la sicigia, introduce en medio de la inocente yuxtaposición de imágenes o figuras de dioses en el escenario intemporalmente estático del teatro arquetipal una conciencia de la historia como cambio incisivo y movimiento vivo, como una sucesión de «épocas» o etapas separadas entre sí. Etapas porque la conciencia, bajo la influencia del animus, se repele lógicamente del reino de las imágenes dadas por el anima a los principios que le son propios, y porque al mismo tiempo ese reino es empujado a un momento subordinado dentro de sus principios. Y se repele porque los principios o conceptos generales no son sino las imágenes anteriores esencializadas, es decir, principal y abstractamente generalizadas. Sin que se abandonen absolutamente las imágenes míticas, se crea algo realmente nuevo, por lo que incluso el contraste de género se tiene en cuenta aquí mucho más profundamente, porque no se descuida el aspecto procreador del contraste.

Si la sicigia se entiende como la unidad de la unidad y la oposición de los opuestos, entonces resulta ser un movimiento lógico y no la unión de dos seres que han sido «accidentalmente» forzados a un pacto eterno como por un anillo de bodas. Anima y animus no son opuestos fijos, como lo son el hombre y la mujer en biología o dos casas en lados opuestos de la calle. Éstos siguen siendo lo que son aunque el opuesto cambie o incluso sea demolido. El hermano o el cónyuge pueden seguir viviendo, tienen vida propia, aunque la hermana o el cónyuge mueran. Son opuestos ontológicos. No son así anima y animus. Son una unidad que se separa en opuestos, como la electricidad positiva y negativa. Son el alma con su propio otro, con su propia contradicción. La sicigia es el uroboros, que es la unidad de presenciar y acoger, de hacedor y víctima, de principio y fin. Los opuestos se funden aquí. Son fluidos. El animus, como ya hemos visto, puede ser en sí mismo anima, y el anima, como ya hemos indicado, puede reaccionar como animus: el animus puede actuar. Cada lado de la oposición es en sí mismo al mismo tiempo toda la oposición.20 Esto sólo es posible si toda la sicigia es ella misma espiritual, es decir, si ya está dirigida desde el único polo de sí misma, el animus. Pues del ánima, que siempre tiende al naturalismo, resultaría la imagen más estática de un ser pareja, cuya interacción y dinámica relacional seguiría teniendo un carácter sustancial. Pues es precisamente el ánima la que fija las imágenes como ser desde sí misma.

El carácter urobórico del alma se expresa más claramente en las palabras de Pseudo Demócrito: «La naturaleza se deleita en la naturaleza. La naturaleza conquista a la naturaleza. La naturaleza gobierna a la naturaleza». Naturaleza en esta frase alquímica es tanto como naturaleza animada o alma. El alma es la unidad de, primero, unanimidad autosatisfecha consigo misma, segundo, antagonismo o contradicción consigo misma, y tercero, tal nueva unanimidad consigo misma que tiene dentro de sí el antagonismo o contradicción que se ha hecho explícito y lo soporta sin por ello enemistarse consigo misma. Esto es lo que se entiende por gobierno: no el gobierno coercitivo que tiene que suprimir toda oposición con la fuerza policial, que es siempre un signo de poder usurpado y, por tanto, de impotencia real. El verdadero gobierno se muestra en la soberanía, que puede permitir tranquilamente la oposición porque aquello que gobierna en virtud del poder no violento de la verdad ya no la experimenta como una amenaza. El verdadero gobierno es negativo por naturaleza, no una tiranía positiva. Gobierna lógicamente.

El alma no es estos tres estados de sí misma uno tras otro, en tres momentos diferentes, pronto de esta manera, pronto de aquella otra. Pero lo que Demócrito ha dicho aquí en tres frases expresa lo que el alma es como sicigia, todo a la vez. Se trata, pues, de la concepción de una identidad que tiene diferencia y, sin embargo, sigue siendo identidad. La diferencia no se toma como una objeción contra la identidad, como sucedía cuando se utilizaba contra ella la negatividad del animus, es decir, se hacía de ella un reproche.

Sin embargo, dentro de la sicigia se aplica lo que Hegel reconocía: “… Pero la vida del espíritu no es la vida que se asusta ante la muerte y se mantiene pura de la desolación, sino la que sabe afrontarla y mantenerse en ella. El espíritu sólo conquista su verdad cuando es capaz de encontrarse a sí mismo en el absoluto desgarramiento. El espíritu no es este poder como lo positivo que se aparta de lo negativo, como cuando decimos de algo que no es nada o que es falso y, hecho esto, pasamos sin más a otra cosa, sino que sólo es este poder cuando mira cara a cara a lo negativo y se detiene en él.”21

Visto sicigialmente o urobóricamente, parece pertenecer -no exclusivamente, sino también- a la naturaleza del alma violentarse a sí misma, herirse, despojarse de su propia inocencia, destruir su unidad pleromática consigo misma, de tal modo, por supuesto, que esta violencia asesina no le sobrevenga como algo absolutamente ajeno, sino de sí misma, y que a través de lo que se inflige a sí misma se trascienda, con lo que, solo entonces, alcanza entonces su más alto destino.

Hable de movimiento lógico, no de estructura lógica. La simultaneidad o la unidad de la unidad y la diferencia no es, pues, una yuxtaposición estática, no es la unidad del concepto genérico en relación con las especies que «caen bajo» él, sino que es la simultaneidad de los actos de separar y unir. En consecuencia, la serpiente uroboros es el movimiento de engendrar y dar a luz, de penetrar y expulsar, del comienzo original y de haber surgido siempre ya de las condiciones, y al mismo tiempo, como un círculo, la rueda eternamente giratoria. Y de lo que hablaba Demócrito es de la vida palpitante de agitarse dentro de uno mismo en la «inocencia soñadora» (Tillich), de luchar contra uno mismo y de gobernarse a sí mismo, de modo que, sin embargo, al no tratarse de actos sucesivos nítidamente separados, esta vida no puede ser vida natural en o sobre un ser llamado «espíritu» o «alma», sino sólo vida lógica, movimiento lógico por excelencia.

La sicigia como autointerpretación del alma. Hemos partido de la proposición de Jung acerca de la conexión entre el anima-animus y el politeísmo, por un lado, y el yo y el monoteísmo, por otro, y hemos discutido el primer problema, que para nosotros radica en el punto de vista expresado en ella. Pasemos ahora al segundo problema. No tiene sentido distinguir dos etapas de la historia si para cada una de ellas se elige un criterio de distinción o un punto de vista diferentes. Se puede contemplar la historia desde el aspecto de las imágenes de Dios y, a partir de las transformaciones y los símbolos de esas imágenes, cristalizar, por ejemplo, la etapa del politeísmo y la del monoteísmo. También se puede contemplar toda la historia desde el punto de vista del Animus-Anima (es decir, el alma) y, a continuación, elaborar las transformaciones y los símbolos del Animus-Anima para establecer en consecuencia las etapas históricas. También se puede contemplar la misma historia desde la perspectiva del Sí-mismo y descubrir diferentes etapas según las transformaciones y los símbolos del Sí-mismo. Pero saltar de la perspectiva del animus-anima a la del sí-mismo y seguir afirmando una secuencia de etapas es erróneo (a katábasis eis állo génos), porque las etapas sólo pueden reconocerse sobre la base de las transformaciones de un Sí-mismo persistente. Los estadios así postulados no son entonces más que el resultado hipostasiado del propio hacer, es decir, del salto de una perspectiva a otra.

La frase de Jung es de nuevo un pequeño indicio de lo fácil que es apartarse de la sicigia y no entender la historia psicológicamente, como un evento interno de la sicigia. Anima y Sí-mismo son dos arquetipos o perspectivas completamente diferentes y tan inconexamente yuxtapuestos. No hay ninguna justificación de por qué el camino deba ser del anima hacia el Sí-mismo. El postulado de tal secuencia sería puramente arbitrario o, lo que en el fondo es lo mismo, mero empirismo. Pero tal evidencia empírica, que confirme esta consecuencia, no existe en absoluto, o a lo sumo la hay para aquella conciencia que, en su observación del empirismo, salta de una perspectiva a otra.

Pero lo que es aún más grave para nosotros es que, con el curso al Sí-mismo, se abandona la metáfora básica de la psicología, el alma. Nuestra idea, sin embargo, era que sólo podemos avanzar dentro del horizonte de esta metáfora básica. Es necesario, decíamos, dejarse caer de lleno en esta metáfora básica y en su desconocimiento. Si lo hacemos, conceptos como yo, Sí-mismo, personalidad, hombre, mujer, madre, padre, díada madre-hijo, libido quedan excluidos como conceptos básicos. Incluso si, no, especialmente si, son conceptos «empíricos», son conceptos ajenos traídos de fuera y en la medida en que, en cierto sentido, son términos ideológicos dentro de una psicología real. Con anima y animus es muy distinto. Aparecen innatamente, sin que nosotros lo añadamos, como autointerpretación del alma. El concepto de alma, en la historia de su vida, se ha interpretado a sí mismo en los conceptos de anima y animus y los ha separado. Los ha generado a partir de sí mismo como términos del alma. Con ellos, uno no va más allá del concepto de alma a otra cosa, uno permanece con él y dentro de él. Pues anima y animus se llaman ambos alma, con diferentes acentuaciones, y por tanto pueden, no, deben servir como metáforas básicas de la psicología.

Esto no significa, por supuesto, que los conceptos aquí rechazados no tengan cabida en absoluto en la psicología. Lo único que se dice es que no pueden servir como metáfora básica. Sólo pueden entrar en el pensamiento psicológico como conceptos derivados, es decir, sólo si han sido generados a partir del concepto de alma (vistos desde el alma) o han sido derivados (vistos desde nosotros). El «empirismo» no es suficiente. Uno debe ser capaz de mostrar si, eso, cómo y hasta qué punto «yo», «sí mismo», «libido», «unidad madre-hijo», «persona», «deseos pulsionales», etc. se forman realmente a partir del «alma» y de la sinergia de anima y animus o no. Si no lo están, no tienen cabida en la psicología. Entonces son, precisamente empíricos, remanentes «mitológicos» o «metafísicos» de contrabandeados, que permanecen, mutatis mutandis, como lo eran en física el «éter» o la «armonía de las esferas». (Más adelante mostraré que, por ejemplo, «el yo» es generado por el alma como una sinergia en sí misma).

Parece extraordinariamente difícil comprender que los conceptos psicológicos no nombran lo que existe. No hay un anima, un animus, un ego como realidades, al igual que las piedras, las plantas, los animales están en la naturaleza y el corazón, los pulmones, el hígado en el organismo humano. El corazón, los pulmones, el hígado pueden ser extraídos del cuerpo y ser mostrados. Estas palabras tienen un sustrato objetivo. Las realidades psicológicas, sin embargo, no. No existen. «Sicigia» no es un término genérico lógico formal para los fenómenos supuestamente reales y empíricos anima y animus. No están subsumidos en él. Más bien, es precisamente lo contrario: el alma, cuando se la deja a sí misma y no se la perturba en su autodesarrollo imaginal o, más precisamente, lógico, se divide a sí misma en los opuestos sicigiales. Anima y animus no derivan de una experiencia empírica primaria, sino a la inversa, del concepto autointerpretado y autointerpretativo de alma. Esto pone al anima y al animus, al alma y al espíritu dentro de sí, fuera de sí y en oposición entre sí. Y no es otra cosa que este salirse de sí mismo y en oposición recíproca de sus contrarios interiores (que no existen, sino sólo puestos en acto de salir), por consiguiente no es otra cosa que esta actividad (lógica). La sicigia del anima y del animus es la primera autodiferenciación del alma. Conciencia, corazón, pulmones, alma, mente, anima y animus como términos psicológicos son -por banal y evidente que esto sea, parece que hay que decirlo una y otra vez- no seres reales, no nombres para algo que se daría empíricamente como sustrato. Son fantasías del alma sobre sí misma, o más exactamente: autodeterminaciones del alma, con lo cual, como el lector habrá advertido, con el término alma ya estamos a su vez haciendo uso de una autodeterminación del alma.

La historia occidental como historia del animus. En la historia occidental, la primera aparición manifiesta del animus como el Otro se hace visible en sinergia con la primera «invención» y desarrollo del pensamiento filosófico en la época de los presocráticos, los sofistas griegos, Sócrates y Platón, que luego continuó de forma intensificada, especialmente en la «segunda» Ilustración con el comienzo de la era moderna.

En la Ilustración griega, la repulsión deliberada del mundo anima ya se manifiesta exteriormente en la crítica del mito, mediante la cual el pensamiento fue adquiriendo gradualmente una lógica formal y conceptos puros. En las ideas suprahumanas de Platón todavía puede verse claramente que son imágenes míticas elevadas. En ellas se conserva lo que antaño se expresaba en imágenes e historias de los dioses. De ellas se desprende entonces también que las ideas o conceptos generales siempre han estado dormitando en la imagen mítica. En segundo lugar, las imágenes míticas ya no se almacenan en forma mítica en las ideas, sino en forma de conceptos universales, porque las ideas son también la abolición de las imágenes míticas en el sentido de su superación, es decir, de su muerte. En tercer lugar, las imágenes anteriores también han sido abolidas con las ideas en el sentido de «elevadas a un nivel superior».

Al hablar de un nivel superior, no estoy estableciendo una jerarquía de valores. Más bien, sólo estoy teniendo en cuenta el hecho obvio de que la Idea platónica, por ser la suspensión de la imagen mítica y tener ésta como uno de sus momentos en o bajo sí misma, es de una estructura lógica más compleja, más diferenciada que la imagen mítica lógicamente estructurada de modo simple. Pero el estadio superior se paga con una mayor primitividad y pobreza. Pues la idea, en su palidez abstracta, es muy inferior a la inagotable riqueza de relaciones de la imagen. Se vuelve aún más vacía con el proceso progresivo de abstracción y reducción, como vemos hoy, donde las antiguas ideas platónicas se reducen a meros valores teóricos de información más y menos. El camino hacia niveles lógicos superiores es al mismo tiempo el camino hacia abajo, hacia un mayor primitivismo.

La Ilustración griega y la filosofía que la siguió demuestran ser la etapa del animus porque trajo la primera negación y reflexión del mito. El resultado de esta reflexión es: el mito es mera apariencia. Son historias inventadas. Mientras que el ánima es la nefasta actividad creadora de mitos del alma misma, el animus trae la reflexión de que los mitos fueron creados por el alma. El ánima confiere a sus creaciones un carácter objetivo, metafísico, por así decirlo. Representa las figuras objetivadas, personificadas fuera del alma, de modo que realmente parecen estar fuera como cosas en sí mismas. (Así también se ve a sí misma, al anima, en el hombre biológico, y a su otro, el animus, en la mujer biológica). El animus ve a través de esto y hace consciente que lo que se ve fuera viene de ella, del alma misma, y pertenece a la psicología (no a las personas empíricas). Es el arquetipo del «recordar» en contraposición al «actuar». Este es el importante significado psicológico de la Ilustración y sus interpretaciones reduccionistas.

El pensamiento en Occidente comenzó en la época trágica de los griegos. Esto no es casualidad. El sentimiento trágico de la vida, que es el origen psicológico de la tragedia, surge de ahí y atestigua la pérdida de la ineludible incrustación en el mundo pleromático del mito y el ritual. El pensamiento filosófico provoca la expulsión del pleroma del mismo modo que presupone ser expulsado y estar fuera para ser posible en absoluto. Comienza con el thaumázein (llagarse) como signo de estar fuera y, por tanto, con el cuestionamiento. La experiencia primigenia en la cultura chamánica y ritual no era ni una pregunta ni una respuesta a una pregunta (por ejemplo, a una supuesta «pregunta sobre el sentido»). Era palabra («mythos«) incuestionable, verdad incuestionable, sentido experimentado por excelencia. Como ser humano estar en el pleroma era instintivo, no era necesario ni posible preguntar o buscar un sentido, y como se vivía en el milagro, tampoco podía haber asombro. En la experiencia primordial, se respiraba el significado como respiramos el aire.

La pregunta básica de la filosofía griega, la pregunta por el ser, que conlleva inmediatamente el concepto de la nada, no es otra cosa que el propio pleroma superado (y al mismo tiempo la superación continuada del mismo). Es el mismo pleroma en el que estaba inmerso el hombre de la época mitológico-ritualista, pero que ahora, en la época trágica, sólo ve desde fuera, lo cual es precisamente la tragedia de esta época, pero también la oportunidad filosófica. En el ser, el pleroma se conserva y se niega a la vez. Y precisamente por eso existe ahora la oposición del ser y la nada. En la escisión de ambos, psicológicamente hablando, el ser humano filosóficamente cuestionador del pleroma de la experiencia primordial (que era a la vez ser y no-ser, así como ninguno de los dos) vuelve a expresarse específicamente. La unidad de los conceptos filosóficos de «ser» y «nada» oculta toda la experiencia del mundo de las culturas chamánico-rituales. Es lo reflejado y, a través de la reflexión, colapsado en abreviación de todo el estadio cultural precedente, que ahora ya no era el elemento en el que tenía lugar la vida, sino que es el objeto o tema de la mundanidad filosófica india. También podríamos decir: el mundo anima en su conjunto es sólo un momento de la etapa animus.

(Cabe señalar que a partir de aquí se puede suponer que el «paso atrás» de Heidegger a la cuestión del ser mismo resulta ser demasiado breve. Probablemente quería decir que en el terreno del mito y de los dioses también se nombraba al ser. Pero el «ser» es ya y sólo es la puerta cerrada al mito y a los dioses. El ser es ya el agujero negro en el que se embebe todo el colorido del mundo y la plenitud politeísta de la realidad. – Mutatis mutandis, esto podría aplicarse al concepto de «nada absoluta» de la filosofía del Lejano Oriente [por ejemplo, Keiji Nishitani]. En ambos casos, sólo se llega al límite de la primera reflexión, pero no más allá de este límite, no a la realidad del mundo, que siempre ha desaparecido ya en el ser mismo o en la nada absoluta y sólo se conserva en ella como desaparecida).

Además del desarrollo de la filosofía oficial, existe otra vertiente de la historia occidental como es la historia del animus, que va desde los impulsos iraníes de Oriente Medio, pasando por los cultos mistéricos helenísticos, el sincretismo de la Antigüedad tardía, los sistemas gnósticos, la alquimia medieval hasta la moderna psicología del inconsciente. Lo que está en juego aquí es una experiencia del mundo que se caracteriza por la idea de un espíritu «inferior» que ha estado aprisionado en el mundo físico desde la creación, visualizado como el ser humano primordial (anthropos) esférico, bisexual, inmerso en la criatura, que tiene que ser redimido del cuerpo físico. En la aparición de la idea del aprisionamiento del espíritu en la naturaleza se manifiesta la irrupción del animus en el mundo de la experiencia mítica. Para ésta, la realidad era siempre enteramente material-concreta y enteramente espiritual-simbólica en una sola, Dios-naturaleza, por utilizar la frase de Goethe. En este marco, nunca se habría podido hablar de un cautiverio del espíritu. No hay necesidad de redimir el espíritu de la naturaleza, porque siempre está «redimido» en la naturaleza. Si de repente, con un planteamiento audaz y «arbitrario», se afirma que lo que antes era la espiritualidad y la divinidad de la realidad natural es el cautiverio de un espíritu inferior (opuesto al espíritu superior del Creador), esto significa, que a partir de ese momento, la humanidad fue tomada por el animus para su proyecto de romper radicalmente la unidad anima (mítica) de la naturaleza y el espíritu y establecer (aislar) el espíritu para sí mismo – con el fin de que el mundo se experimente en su conjunto en un nivel espiritual.

Para que el animus cobrara vida propia, tuvo que expulsarse radicalmente del reino del anima y, por tanto, de este último. Para ello, tuvo que desgarrar la sicigia. Tuvo que querer ser animus puro, del mismo modo que el animus es la pulsión de pureza bajo la guía del principio de identidad, la pulsión de separación limpia. Pero este desgarramiento de la sicigia seguía teniendo lugar dentro de la sicigia, de hecho, como el funcionamiento anímico de la sicigia. Bajo el dominio del animus, el emparejamiento de la sizigia ya no se muestra como una coexistencia de igual rango, sino como una relación a modo de repulsión, como una contradicción. El animus o Logos no se ha escindido realmente del anima de este modo, sólo utiliza el reino del anima como punto de partida para su autopotenciación. Sólo ha desgarrado la sicigia de tal manera que ha cortado su conciencia de su pertenencia al anima y al mito. Para repelerse realmente del mito, tuvo que condenarlo. El mito no sólo es considerado como una ilusión, sino como una mera apariencia, un cuento de hadas, una superstición, que se enfrenta a la verdad ahora «real», la del animus.

Puesto que el animus sólo ha escindido la sicigia en la sicigia y se ha separado del anima, el anima no ha desaparecido en absoluto, sino que el pensamiento sólo se ha vuelto inconsciente de ella y, precisamente por ello, se ha convertido en un verdadero esclavo de ella. La obsesión del estadio del animus en el anima se muestra en el hecho de que el animus mitifica y objetiviza su propia actividad reflexiva. Hace de ella una metafísica. Cree en las ideas como la realidad actual y más elevada, cree en la lógica formal y en los números y leyes de las matemáticas como ideas eternas e igualmente divinas, hipostasía (es decir, «personifica», por así decirlo) su propia captación del mito en entidades metafísicas. Su nuevo Dios se reifica en el Ser Supremo. También ontologiza sus despreciativas explicaciones del mito. Así, por ejemplo, dice con Euhemeros que los dioses míticos eran meros héroes humanos que fueron elevados al cielo por sus descendientes. En todo esto puede verse un efecto anima dentro del animus.

El animus, precisamente porque quería (y tenía que querer) ser puro, no llegó plenamente a sí mismo. Como el que quiere ser puro cae, en y con su actividad puramente lógica, presa del anima formadora de mitos. Obviamente, sólo podría ser un animus verdadero, «puro», si no quisiera permanecer puro de su otro, sino que permaneciera consciente de estar en tensión con el anima. El pensamiento sólo sería libre del ánima personificante y ontologizante si se mantuviera conscientemente ligado al ánima.

La filosofía crítica de Kant significa el acontecimiento de la autorreflexión del logos en la historia del alma occidental. Kant, como ha mostrado en particular Bruno Liebrucks22, da un primer gran paso hacia el ver a través del ver y al hacerlo descubre el secreto de la primera reflexión (que marca el despertar del animus), que fue la repulsión del mito. Kant empieza a comprender (así es como se podría traducir su logro a nuestro lenguaje y para nuestro contexto) que las ideas de Platón y la metafísica no designan realidades, sino que sólo han sido creadas por el logos humano para servir a un propósito muy específico, a saber, garantizar una experiencia formal-lógicamente consistente y libre de contradicciones. Según Kant, esta experiencia, sin embargo, sólo se refiere a la apariencia, es decir, a un mundo que siempre ha sido «ya construido (positivizado)» con el propósito de la ausencia de contradicciones y la tratabilidad, no al mundo real, a la cosa en sí.

Kant mostró así cuál era el precio que pagamos por la unilateralidad lógico-formal. El precio que pagamos por la seguridad del mundo científicamente experimentado es la irrealidad de este mundo, la irrealidad del mundo en el que todos vivimos en la era de la cientificidad. Podríamos decir aquí: empieza a amanecer en la conciencia, con Kant, que la crítica que se hizo desde el animus al mundo anímico del mito como mera apariencia y producto del alma, se aplica igualmente al animus a su vez, es decir, al mundo supuestamente verdadero surgido de la primera reflexión anímica. Tampoco éste es conocimiento verdadero, sino que es producido por el alma, por la propia conciencia trascendental de Kant, y luego objetivado como así producido, es decir, personificado, por así decirlo, a la manera del anima, de modo que la generación permanece olvidada. La lógica formal tiene sus dioses al igual que el mito y, por tanto, es mítica a su vez, sólo que el mito que es se presenta con un ropaje conceptual abstracto.

Kant comienza así a darnos la oportunidad de ver a través de la adicción al anima del propio logos. Con Hegel, esto llega real y explícitamente a la conciencia, aunque Hegel, por supuesto, no expresara lo que tenía que decir con los términos junguianos animus y anima. Hegel, por así decirlo, aclara la Ilustración (o el animus) en una segunda Ilustración sobre sí mismo. Él ve plenamente a través de la licitud de lo que llama «esencia» (2ª parte de la ciencia de la lógica), es decir, de toda lógica formal y de los conceptos generales abstractos. En términos modernos, son construcciones que no sirven al conocimiento de la verdad, sino que se inventan con el fin de hacer el mundo técnicamente calculable y tratable. Puesto que los conceptos generales en el sentido de la tradición en realidad no «comprenden» en absoluto, no alcanzan el mundo real, el lenguaje de Hegel también les priva del nombre honorífico de concepto. Según Hegel, el concepto real sólo llega a existir a través del concepto formal-lógico, reflexivo-filosófico que cae víctima de sus propias contradicciones internas. El animus que ha llegado a sí mismo es sólo el que ha tomado conciencia de su propio apego al anima y a la mitificación y, de este modo, reconoce de nuevo la sicigia.23

El Romanticismo surge como un contra-movimiento contra el mundo abstracto del logos bajo la égida del animus. A partir de él, un camino en parte directo, en parte subterráneo, conduce a la moderna psicología del inconsciente. Esta última quiere hacernos conscientes de nuevo del otro polo de la sicigia, el anima. La psicología de Jung, en particular, puede considerarse como un redescubrimiento explícito del anima. A diferencia de la posición romántica, no se trata de una simple restauración. No es una vuelta al mundo anterior a la primera reflexión. La psicología moderna, incluso cuando no es muy científica, se sitúa plenamente en el terreno de la cientificidad moderna y, por tanto, en el terreno conquistado por el animus. Se podría pensar que, con ello, la sicigia como sicigia habría entrado plenamente en la conciencia y se habría convertido en realidad.

Pero creo que no es así. La psicología, incluso la inaugurada por Jung, no permanece en la sicigia y no es verdadera como una tensión viva de contrarios.


1 Véanse las declaraciones dispersas de Jung a este respecto (z.B. GW 9/1 § 385ff.) y los escritos de Edgar Herzog (Tod und Seele), Onians (Origins o f European Thought), James Hillman (The Dream and the Underworld).

2 Griechen: Onians, a.a.O. S. 109 ff.; Taoismus: Eliade, Geschichte der religiösen Ideen Bd. II, S. 361 f.; Ägypten: Heino Gehrts, »Die Opfemng des zeugerisch verbundenen Paares«, S. 26.

3 C.G. Jung, GW 9/1 § 120.

4 Ebd.

5 C.G. Jung, GW 9/1 § 134.

6 C.G. Jung, GW 9/1 § 194.

7 James Hillman, Anima: An Anatomy of a Personifled Notion, Dallas (Spring) 1985, S. 171/173,

meine Übersetzung.

8 C.G. Jung, Unveröffentlicher Seminarbericht, Vol. 1, 1925. Zit. nach Erinnerungen, »Glossar« s.v. Anima und Animus, S. 409.

9 Vgl. C.G. Jung, GW 9/1 § 27.

10 James Hillman, Anima, Kap. »Anima and Depersonalization«.

11 Kathrin Asper, »Animus – Gefühle und Gedanken – heute«, in: Dieselbe, Schritte ins Labyrinth: Tagebuch einer Psychotherapeutin, Olten (Walter) 1992, S. 253-269, hierS. 264.

12 Marie-Louise von Franz, An Introduction to the Psychology of Fairytales, Zürich (Spring Publ.) 1973, S. 125.

13 C.G. Jung, GW 9/II § 427.

14 C.G. Jung, GW 16 § 441.

15 C.G. Jung, GW 9/H § 425.

16 Hillman, Anima, S. 125.

17 C.G. Jung, GW 16 §534-536.

18 Hillman, Anima, S. 183.

19 Wilhelm Nestle, Vom Mythos zum Logos: Die Selbstentfaltung des griechischen Denkens, Stutt­

gart (Kröner) 21975 (1940).

20 Hoy en día, esta relación está en vías de penetrar en la conciencia, concretamente en virtud de la investigación sobre el caos, en la que uno se ha topado, por ejemplo, con los llamados «fractales», en los que cada elemento de la parte es siempre también una imagen del todo..

21 G.W.F. Hegel, Phänomenologie des Geistes, Werke Bd. 3, Theorie Werkausgabe, Frankfurt (Suhikamp) 1970, S. 36.

22 Bruno Liebmcks, Sprache und Bewußtsein, 7 in 9 Bänden, Frankfurt, jetzt Bern, 1964-79.

23 Debo mi comprensión de Hegel, fundamental para todo este libro, en gran parte al mencionado Weik de Bruno Liebrucks.

Animus-Psychologie, Parte 1, horizonte

Traducciones

Horizonte

Wolfgang Giegerich, Alemania

En «Animus-Psychologie» de Wolfgang Giegerich, en editorial Peter Lang, 1994, pp. 23 a 36, traducido directamente del alemán.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Ha resultado ser nuestra tarea sumergirnos en la intuición del animus contenida en la obra de Jung y en la psicología junguiana en general para desarrollar un concepto del mismo. No tiene sentido hacerlo sin más. Porque entonces no quedaría claro dentro de qué horizonte tiene lugar nuestro esfuerzo por conceptualizar el animus. Dependiendo de lo amplio o estrecho y de cuál sea exactamente el horizonte de pensamiento en el que se plantee la cuestión del animus, lo que surja como resultado puede ser más superficial o más profundo. La tarea consiste en encontrar el horizonte mental adecuado al pensamiento de Jung. Sería incoherente escoger un término de la psicología de Jung y luego querer definirlo más estrechamente dentro de un horizonte mental completamente distinto. Los conceptos individuales de una psicología son siempre la unidad de su definición en sentido estricto y de todo el espíritu que sopla en la psicología respectiva. Este espíritu es quizás aún más importante que la definición más estrecha del contenido de los términos individuales.

Discutiré el horizonte fijado para todo lo que sigue según cuatro direcciones. En primer lugar, me pregunto por la preocupación motriz de la psicología junguiana o la «cuestión principal» de Jung. Más allá de todas las investigaciones y descubrimientos individuales, ¿qué era lo que Jung realmente quería saber y quizás lograr? Esta es la cuestión del motivo, la fuerza motriz, de la investigación psicológica. 2. Estoy preguntando por el punto de referencia relacionado con el contenido, »modelo« o »paradigma«, que explícita o implícitamente dirige el pensamiento al considerar fenómenos individuales.  3. Pregunto sobre la «actitud» personal que debe adoptarse para obtener una perspectiva adecuada sobre cuestiones psicológicas.  La cuarta pregunta ya se refiere específicamente al ánimus.  Es la cuestión del «elemento» dentro del cual sólo el ánimus puede ser discutido significativamente.

La cuestión principal. Aquí quisiera ir un poco más lejos. Hace dos mil años se planteó la siguiente pregunta: «¿De qué le serviría al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? (Mt 16,26; cf. Mc 8,36s.) En esta frase se contraponen dos posibilidades. En una de las balanzas se pone el mundo entero, en la otra la psique, la vida o el alma del hombre. La pregunta es: ¿Puede un beneficio, por grande que sea, la ganancia del mundo, compensar un cierto daño, la pérdida del alma? La consecuencia de esta contraposición es que el mundo y el yo como tal se enfrentan en una dura alternativa. O se puede ganar el mundo y se debe pagar inevitablemente por ello dañando el alma, o viceversa: así es como suena la frase para un oyente imparcial. Sólo se puede tener una cosa, el mundo o la salvación del alma humana.

Parece que hoy vivimos en esta alternativa. Con mucho, la mayor parte de la sociedad en nuestras latitudes parece estar consagrada al objetivo de la «ganancia mundana» y en gran medida ajena a cualquier preocupación real por la salvación del alma. En el gran mundo, el de los negocios y la industria, pero también en el resto del público, lo que cuenta es el crecimiento, el beneficio, la promoción profesional, el nivel de vida y, por supuesto, para compensar, lo que ahora se llama «cultura». La psique y la psicología son aquí más o menos desconocidas y carentes de interés. No hay que olvidar que la psicología profunda es marginal, comparativamente insignificante de la vida social contemporánea. 

Por otra parte, en los últimos años se ha producido un verdadero auge de la psicología en una pequeña parte de la sociedad. En diversos grados, el dicho bíblico antes citado parece seguirse aquí, aunque en un nuevo sentido, ya no necesariamente relacionado con Cristo, sino secular. Cada vez más personas buscan el autodescubrimiento, la espontaneidad y la creatividad, el acceso a sus propias profundidades, a través de una amplia variedad de métodos analíticos, meditativos y otros métodos grupales o individuales, así como a través de la lectura en el mercado de libros de psicología, en enorme expansión. Uno se da cuenta de que ha sufrido daños en su propia alma, ya sea en el sentido de auténticas tormentas psíquicas o sólo en el sentido de un vacío palpable de la vida. La atención se vuelve hacia el interior, a menudo en un decidido alejamiento de los valores externos, materiales. No es necesario dar más detalles al respecto.

La pregunta «¿De qué le serviría a un hombre ganar el mundo entero y, sin embargo, sufrir un daño en su alma?» suena diferente hoy que hace dos mil años, porque se refiere a una situación completamente distinta. En aquella época, el mundo tenía una imperturbabilidad evidente. El alejamiento del mundo y de los tesoros externos, que el óxido y la polilla se comen, no dañaba al mundo. Descansaba, debía parecer, eternamente en sí mismo. Tanto si el hombre se volvía hacia él e incluso se enamoraba de él como si se apartaba de él, el mundo no se veía afectado. Sólo le afectaba a él personalmente. En aquel tiempo, la palabra bíblica era evidentemente una respuesta válida a la situación real de la época, la situación del hombre de la antigüedad tardía.

Sin embargo, nuestrol problema actual no se aborda con la consideración que se hace en el pasaje bíblico. Ya no podemos confiar en la imperecederidad del mundo. Debemos temer por su existencia, la de los bosques, la atmósfera, las aguas, las especies vegetales y animales, incluso, a la vista de las modernas armas de destrucción, por la existencia de todo el planeta Tierra. Si realmente se quisiera hablar de nuestra situación actual, la pregunta no debería ser más bien al revés: «¿De qué le serviría al hombre salvar su alma, si el mundo exterior se fuera al garete?” Y además, si se considera que en el Tercer Mundo -y es también nuestro mundo- millones de refugiados o los más pobres entre los pobres luchan por su mera existencia en una lucha demasiado a menudo inútil, ¿no parece la búsqueda de la propia salvación el lujo impúdico de una sociedad acomodada? ¿Salvo realmente mi alma si sólo puedo salvarla sumergiéndome en mi propio interior y apartando así automáticamente la mirada de la miseria que impera fuera, en el mundo? Un alma que sólo tuviera su salvación en su propio interior se habría expuesto como carente de emociones y de alma. Tendría que estallar de vergüenza. La miseria del mundo exterior se revela así al mismo tiempo que la propia miseria del alma.

Así pues, Jung, como psicólogo que señaló el camino hacia el interior como ningún otro, tuvo siempre presente, no obstante, la relación del ser humano con el mundo. Cuando dice: «Desgraciadamente, el alma no está hecho de hormonas, sino que es un mundo de dimensiones por así decirlo cósmicas «1 , este mundo podría tomarse aún como un mundo puramente interior. Pero la palabra «cósmico» ya lo indica. Y el apuro de la psicología, es decir, el apuro al que la psicología tiene la tarea de enfrentarse, es efectivamente la neurosis, que en primer lugar se hace sentir como corrientes personales en el ser humano individual. Pero Jung también ve esta neurosis individual en un contexto mundial. No sólo está dentro, sino también fuera, por ejemplo en la gran situación política mundial. En su libro de 1957 «Gegenwart und Zukunft» (Presente y futuro), se pregunta y nos pregunta: «¿Cuál es la intención de la grieta que atraviesa el telón de acero?2 El problema político de la Guerra Fría aparece como la angustia del alma occidental. Y Jung sabe que la neurosis del paciente individual no es exclusivamente, sino en gran medida, relativa a nuestra época, al estado moderno del mundo. Escribe algo así3:

Entre los llamados pacientes neuróticos de nuestros días hay no pocos que en épocas anteriores no se habrían vuelto neuróticos, es decir, divididos consigo mismos. Si hubieran vivido en una época y en un entorno en el que el hombre todavía estaba conectado por el mito con el mundo ancestral y, por tanto, con la naturaleza experimentada y no meramente vista externamente, se habrían ahorrado el desacuerdo consigo mismos. Se trata de personas que no pueden soportar la pérdida del mito y que no pueden encontrar su camino hacia un mundo que sólo es externo, es decir, hacia la cosmovisión de la ciencia de la naturaleza, ni pueden satisfacerse en el juego de fantasía intelectual con palabras que no tiene nada que ver con la sabiduría.

Y como es bien sabido, la principal preocupación de Jung era la neurosis que surge de la pérdida del mito. De esto es de lo que estamos hablando aquí, no de los trastornos puramente personales.

Según esta cita, la neurosis en este sentido amplio es un estado de división, la división de uno mismo. Pero no sólo de uno mismo, sino, como también aclara la cita, al mismo tiempo también estar aislado del mundo ancestral y, por tanto, de la tradición y la historia del pueblo, y en tercer lugar, la alienación del mundo que nos rodea, de la naturaleza o el cosmos. En cuarto lugar, está también la alienación de la comunidad humana. Estas cuatro formas en que la neurosis nos aliena: del yo, de la tradición histórica, de la comunidad y de la naturaleza, son, por supuesto, en conjunto una sola alienación, la alienación del mundo. Jung, en nuestra cita, atribuye a la pérdida del mito. La palabra clave mito no significa aquí narraciones mitológicas individuales o todas ellas. Se refiere a todo un estado del mundo que se caracterizaba por una ser en-el-mundo completamente diferente, precisamente mítico. Para retomar una vieja expresión que Jung también utiliza unas páginas antes del pasaje citado4 : se trata del estado de la «simpatía de todas las cosas», del estado simpático del mundo en el que el hombre estaba unido consigo mismo, con su mundo, sus antepasados y su sociedad. Vivía (si no necesariamente empíricamente, sí lógicamente) verdaderamente seguro en el mundo.

Si la tarea de la psicología es la curación de la neurosis, entonces en última instancia debe ser también el intento de restaurar algo parecido a un estado simpático del mundo en nuestra nueva situación. Se puede decir que éste es el gran motivo central que impulsó toda la psicología junguiana. Jung nunca se ocupó sólo de las necesidades exclusivamente privadas del individuo; Jung no quería «perderse» con los enfermos «en pequeños y minúsculos callejones de dudosa reputación»5 , aunque tampoco se ocupara exclusivamente de los grandes problemas de nuestra existencia histórica en el mundo. Más bien ocurría que Jung, incluso en la consulta, no quería perder de vista la «visión de conjunto», la «conexión con la totalidad del alma»6 , en definitiva, el problema del estado simpático del mundo. Para Jung, la psicoterapia no es el tratamiento de la neurosis, que a priori ya se consideraría una enfermedad exclusivamente personal del individuo. La psicoterapia es más bien el «tratamiento» de la neurosis como intento de responder a la cuestión psicológica de nuestro tiempo, la cuestión básica planteada por el problema de la modernidad: «¿cómo se ha de comprender, responder y posiblemente resolver la profunda división del hombre y del mundo?»7 «¿Dónde están las respuestas a las necesidades y presiones psicológicas de una nueva era? ¿Dónde está, de hecho, el conocimiento de los problemas psicológicos planteados por el desarrollo de la conciencia moderna? Nunca antes tal arrogancia de voluntad y capacidad ha sido más desafiante para la verdad eterna».8 «Las últimas y más elevadas cuestiones de la psicoterapia no son un asunto privado, sino una responsabilidad ante la más alta autoridad», la psicoterapia tiene lugar en un campo al que «se ha desplazado el centro de gravedad de los problemas de la humanidad».9

La idea de psicoterapia que surge de la «pregunta básica» es una idea que, aunque tenga lugar en la consulta, no tiene allí su lugar psicológico ni lógico. Pues la consulta forzaría la experiencia a un «formato dual» (Jung), porque prescribe este formato y, como un filtro, deja pasar todo lo experimentado sólo en la medida en que corresponde a él. Sin embargo, la idea de psicoterapia aquí contemplada contrasta fuertemente con la realidad de la psicoterapia tal y como se practica hoy en día en casi todas partes, incluso en la dirección junguiana. La libertad mental y la expansión de no estar en la sala de consulta, de no estar fijado en el paciente individual en el trabajo con él o ella, sino de mantener el «panorama general» a la vista, por lo general no se da, y probablemente no hay ni siquiera un indicio de que este podría y debería ser el caso. De niño se aprende a no señalar con el dedo a las personas. Pero la psicoterapia realmente existente, sin embargo, intenta llegar directamente al paciente, dispararle directamente, por así decirlo. Carece de tacto psicológico y de lo que Jung llamó una vez la «inteligencia más fina «10 o la «intelligence du coeur»11 . No comprende que lo que se alcanza y se puede alcanzar directamente es siempre sólo el individuo abstracto, el ser humano ya positivizado y reducido a un hecho: el «caso» casuístico, como se dice con razón; el que está subordinado a una generalidad abstracta, por ejemplo en el marco de un diagnóstico médico-psicodinámico12, mientras que al individuo concreto y real como «individuum ineffabile» sólo se llega si, en lugar de dirigirse directamente a él, sólo se le aborda circunvalándolo, hablando a su alrededor, sugiriéndolo, y permitiendo así al «ineffabile» ser puesto en el centro evocando el espacio para hacerse presente.

Es sin duda por esta razón que Jung prácticamente no ha dado historias de casos (o sólo aquellas en las que, al hablar de este hombre, al mismo tiempo no está hablando directamente de él, sino de su «historia», es decir, de su mito). Jung habla de las visiones de Zosimos, del Libro de Job, de la psicología de la alquimia, del Mysterium coniunctionis, de los símbolos de la transubstanciación, del símbolo de la transubstanciación en la misa, etc. etc. Pero no habla fuera de la caja. No desvela los secretos del psicoterapeuta. Una vez dice: «Él [el psicólogo] no quiere conseguir desterrar el alma a los confines del laboratorio o de la consulta del médico…»,13 y otra vez dice (refiriéndose concretamente a la discusión del material pictórico de la experiencia interior de una mujer): «Evito deliberadamente los detalles personales porque significan muy poco para mí. Todos estamos hechizados por estas circunstancias externas, y distraen nuestra atención de lo real, a saber, que nosotros mismos estamos divididos interiormente».14 Esta falta de concentración en los detalles fácticos de la biografía no tiene nada que ver con una evitación de la tarea terapéutica, sino más bien con el conocimiento de que con la mirada hechizada en las circunstancias externas de la vida, se pasa de largo lo que es terapéuticamente importante forzándolo a los confines de lo banal.

El desinterés de Jung por la técnica terapéutica corresponde a la “visión» del paciente real. En toda técnica, incluida la técnica del tratamiento psicológico, el ser humano se asume como un objeto positivizado de manipulación. Dado que la manipulación psicológica puede ser extremadamente sutil, es fácil pasar esto por alto o incluso ocultárselo a uno mismo, sobre todo porque los analistas normalmente pueden rechazar la manipulación en su mente consciente con honesta convicción. Pero en cuanto surge el interés por la técnica de tratamiento y la cuestión del «plan terapéutico», el «objetivo terapéutico» y las «técnicas a utilizar», los hechos contradicen la actitud. Von Fr.Th. Vischer (También Einer) enuncia la frase: la moral siempre se entiende a sí misma. También en el análisis, el comportamiento terapéutico-práctico siempre se comprende a sí mismo. La «técnica de tratamiento» no es un tema. Es un testimonio psicológico de valor. Es la señal de que uno no ha podido aferrarse a la vastedad de la vida lógica del alma, sino que ha caído en la positividad del manejo pragmático y se ha encerrado en la estrechez de la consulta.

La técnica de tratamiento no debe convertirse directamente en el tema, porque entonces el trabajo degenera en «tratamiento» (del ser humano ya positivizado y de su psique igualmente positivizada). ¿Cuándo y por qué la conducta terapéutica es evidente? Si y porque sólo es comportamiento psicoterapéutico, si surge por sí mismo, con deliberada involuntariedad, de la actitud viva del terapeuta como este ser humano real frente a este ser humano real que sufre en su situación concreta, y de la absorción de todo corazón en el trasfondo anímico arquetípico constelado por él – con simultánea conciencia despierta. El mejor entrenamiento en la técnica psicológica consiste, por tanto, en el arte de la indirecta, por un lado, y en la capacidad de captar los trasfondos anímicos con cierta profundidad y sensibilidad, por otro.

Sería un error decir: «No es necesario explicar la referencia, por ejemplo, del sueño a la realidad práctica de la vida del paciente, porque es evidente». Debería ser: «No hay que explicar esta referencia porque y para que pueda entenderse a sí misma». Querer deletrearlo, es decir, responder directamente a la pregunta de la vida real, es una defensa, porque significa querer comprenderlo, cuando se trataría de dejar que el sueño se comprendiera a sí mismo. Esto, por supuesto, también significaría dejar que se apodere de ti y de tu propia realidad de vida, captarlo y dejar que tenga un efecto sobre ti. Querer comprenderse a sí mismo es el modo en que la conciencia, contrariamente a la vida del alma, se instala firmemente en la conciencia natural y en la metafísica del sentido común y se aferra a la realidad positiva para escapar a ser comprendida y, por tanto, a la transformación.

Además, el deseo de que el sueño te conmueva o te diga algo es un signo de lo que podríamos llamar filisteismo en el arte. Se corresponde con la creencia de los teatreros de hoy en día de que pueden (y deben) dar «actualidad» a una tragedia clásica y hacerla «relevante» mediante un decorado contemporáneo, alusiones a las guerras de Vietnam o del Golfo y trajes de los actores en vaqueros azules. La pregunta (a menudo oída a los pacientes): «¿Qué significa este sueño para mí?» identifica al interrogador como miembro de la era de los medios de comunicación. El ego quiere sentirse interpelado, el sueño como mercancía debe ser «llevado al hombre», empaquetado y preparado de forma atractiva a través del marketing (ahora terapéutico) y la publicidad (terapéutica) (palabra clave «presentación»). Sólo si el sueño adquiere la «actualidad» personal de una emisión en directo y el paciente se siente muy cercano e implicado («En ARD y ZDF te sientas en primera fila»), estará dispuesto a «sintonizar». En caso contrario, su índice de visionado es nulo: «El sueño no me conmueve», «No me dice nada».

El deseo de relacionar el sueño con la propia actualidad es la admisión de que el sueño hace tiempo que se considera una mercancía y un consumo sin sentido, que sólo puede adquirir un significado secundario a partir del beneficio o la euforia subjetivos. Es la voluntad de explotar el sueño para los propios fines y de silenciar sistemáticamente su propio significado, que tal vez no nos sea accesible. Esto sólo tiene una oportunidad si al sueño se le permite entenderse a sí mismo y hablar de sí mismo o del alma, porque sólo entonces se le permite hablar en absoluto con lo que tiene que decir. Para ello, sin embargo, necesita el «silencio desapasionado de la sola cognición», lejos de todo pathos y deseo «existencialistas» (obsesionados con la propia existencia y actualidad). Necesita la devoción amorosa a la necesidad fríamente progresiva de la materia.

Lo que aquí se ha expuesto significa en la práctica para las siguientes discusiones de la psicología del animus que no toman como punto de partida la experiencia de la sala de consulta (aunque tampoco se sitúan a su lado ni la pasan de largo sin relación). No hablaré desde el armario del analista: no traeré casos, ni sueños, y no consideraré lo que se va a discutir desde el punto de vista del individuo.

El paradigma. Con las observaciones precedentes hemos llegado ya al ámbito del marco más sustantivo al que se refiere la investigación psicológica en la psicología de Jung. Jung no obtiene su paradigma -quizás podríamos decir también su visión de la tarea psicoterapéutica- de la experiencia de la consulta. Su paradigma no es la novela familiar, ni el cuadro de relaciones, ni los deseos pulsionales, ni la oposición patriarcado y matriarcado, ni el autodesarrollo (el ser humano asegurando y aumentando su existencia, su progreso, su satisfacción). Jung extrae su paradigma de la inmensidad de la mitología, de la historia religiosa, de la historia cultural del mundo entero. Podemos ilustrar la diferente comprensión resultante de la psicología con algo aparentemente muy lejano, la ejecución que Jung hace de las obras literarias. Jung explica, asombrosamente, que la novela psicológica, que adopta un enfoque no del todo distinto a la perspectiva de la consulta, no es especialmente productiva para el psicólogo. Esto contradice lo que la mente cotidiana entiende por «psicología». Para ellos, por supuesto, la novela psicológica tendría que considerarse psicológicamente relevante antes que cualquier otra literatura novelesca. Según Jung, la novela psicológica sólo se mueve dentro de los límites de lo que se puede comprender y captar psicológicamente (es decir, aquí: subjetivamente, personalmente); se ocupa de lo «originalmente conocido». Se permanece así «en el reino de la psicología transparente». «Nada ha permanecido oscuro, pues todo se explica convincentemente por sí mismo». Por lo tanto, no tiene más que un significado superficial para la psicología; lo que uno encuentra aquí es psicología, pero sólo psicología inauténtica. Hasta aquí la «novela psicológica» sin interés psicológico.

De la combinación contradictoria (atribución) de «psicológicamente poco interesante» con «novela psicológica» en dicha frase se desprende que para Jung la psicología no es simplemente psicología. Jung se aleja a sí mismo y a la psicología de un concepto ordinario de la psicología a otro. Tiene una comprensión más elevada y estricta de la psicología, y no sólo en términos metodológicos (cientificidad), sino en términos de cuál es el verdadero objeto de la psicología y cómo está constituido. Pero la diferencia así establecida (yo la llamo «diferencia psicológica») permanece dentro del concepto ampliado y estirado de psicología. Lo psicológico en el sentido ordinario no queda completamente eliminado del nuevo concepto de psicología. Lo psicológico en sentido ordinario no queda completamente eliminado del nuevo concepto de psicología, sino que sigue siendo un elemento dentro de él, y además necesario, porque el concepto más profundo (o más elevado) sigue dependiendo de él, en la medida en que sólo se encuentra a sí mismo alejándose de él.

Llegamos ahora al otro concepto real de psicología, tal como se desprende de las observaciones de Jung sobre la poesía. Jung dice: «Por el contrario, la novela no psicológica ofrece generalmente mejores posibilidades de penetración psicológica…». He aquí de nuevo la brusca recopilación de términos contradictorios en la que se produce la apertura de la diferencia psicológica. Aún más productiva que la novela no psicológica (a diferencia del tipo de creación artística psicológica) es la creación artística visionaria, en la que Jung piensa en obras como el Fausto II de Goethe. «Aquí todo se invierte: El material o la experiencia que se convierte en el contenido de la creación no es nada familiar, es de una esencia extraña, de naturaleza enigmática, como si procediera de los abismos de tiempos prehumanos o como si procediera de mundos de luz y oscuridad de naturaleza sobrehumana, una experiencia primordial…. El valor y la fuerza residen en la enormidad de la experiencia, que emerge extraña y fría o significativa y sublime de profundidades intemporales…». Se trata de la «visión primigenia».15 La psicología es psicología profunda, y su profundidad no se refiere a «capas» más profundas de la «maquina» psicológica o personalidad, sino a experiencias que se proyectan en la vida humana desde un «mundo no humano». El verdadero interés de la psicología está, pues, en el fondo arquetípico del alma como verdadero nivel de la vida humana, no en el primer plano de la experiencia, el esfuerzo, el deseo y la opinión, que, aunque se trate de impulsos o contenidos inconscientes, es siempre lo «primordial», lo «humano y demasiado humano» y como tal no lo verdadero, sino algo que se debe a una reducción metódica al nivel práctico-técnico. Hablar de «trasfondo anímico» significa también que la psicología de Jung se sitúa en un nivel de reflexión completamente distinto. Para distinguir este nivel del nivel de la comprensión común de la psicología, podemos decir en lenguaje figurado-objetivo:

La posición de Jung está determinada por el hecho de que existe una diferencia entre lo que siempre se ha conocido y lo que se conoce en todo el mundo, la fe del día, lo que permanece dentro de los límites del mundo bien ordenado y manejable de la conciencia, en el que «las leyes de la naturaleza se aplican como las leyes humanas en un estado ordenado», también podríamos decir: lo humano-todo-humano por un lado, y por otro un mundo nocturno ajeno. «¿Debemos creernos simplemente en posesión y control de nuestra alma, mientras que lo que la ciencia llama psique y entiende como un signo de interrogación encerrado en la cápsula del cráneo es en el fondo una puerta abierta por la que lo desconocido y lo misteriosamente activo entran a veces desde el mundo no humano y en alas nocturnas alejan al hombre de la humanidad y lo conducen a un trabajo y un destino suprapersonales?”16

Lo que he referido y citado aquí se refiere a la observación psicológica de la poesía. Pero también muestra de forma excelente el horizonte en el que Jung aborda las cuestiones psicológicas en general. Lo que Jung sólo insinúa brevemente aquí se refiere claramente a «experiencias primigenias» que podemos asociar con las experiencias en la iniciación chamánica, el viaje del alma al cielo, o también con las experiencias iniciáticas en las culturas rituales. Por consiguiente, incluso en el caso del cristianismo, mucho más tardío, y del desarrollo ulterior de su mito, Jung se ocupa de retomarlo allí donde «el Espíritu Santo se dirigió a los apóstoles». No sólo a ellos, sino a todos los demás que, a través de ellos y después de ellos, recibieron la filiatio, la filiación de Dios, y así también se hicieron partícipes de la certeza de que no sólo eran animalia autóctonos, descendientes de la tierra, sino que, como nacidos dos veces, estaban enraizados en la divinidad misma»17. «En el ritual, (las personas) están cerca de la divinidad; incluso son divinas. Basta pensar en el sacerdote de la Iglesia católica, que está en la divinidad. Se lleva a sí mismo al altar para el sacrificio; se ofrece a sí mismo como sacrificio.»18

Creo que, en última instancia, las categorías en las que se describen estas experiencias primordiales y las correspondientes referencias mítico-rituales nombran el paradigma de contenido a partir del cual -en su distancia o proximidad a él- todo lo psíquico ha de ser comprendido, juzgado y medido en su rango: la psicología tiene lugar allí donde se franquea la diferencia entre el ser humano como Hijo de la Tierra y el ser humano como Hijo de Dios (y eso significa: como divino él mismo19). Esta diferencia es su marco. Es una diferencia que, como algo que se puede formular objetivamente, es al mismo tiempo también una diferencia de niveles de reflexión.

Lo que me parece especialmente importante aquí es que Jung no devalúa psicológicamente estas experiencias visionarias. No las encierra en la cápsula craneal ni en ninguna otra parte interna del sujeto: para él no son meras imaginaciones subjetivas. En la cita anterior habla, aunque con cautela y en forma de pregunta, de una puerta abierta por la que entra algo ajeno procedente del mundo no humano. En la experiencia visionaria, algo se encuentra con el hombre; algo que no es él mismo, que está más bien «fuera de él», viene hacia él. Jung no despoja a las experiencias iniciáticas y otras experiencias visionarias del estatus lógico de conocimiento de la realidad, del estatus de verdad. En el mismo escrito, habla de la realidad psíquica [yo diría: realidad psíquica], «que tiene al menos la misma dignidad que la realidad física».20 «Igual dignidad» significa nada menos que: con respecto a la verdad y la realidad, tiene el mismo rango lógico, con una expresión anticuada también se podría decir: el mismo rango metafísico. El mundo no humano no es una «mera metáfora», se le atribuye una cierta dignidad «ontológica».21 Es un mundo y no una mera concepción en la conciencia o inconsciencia humanas, cuya referencia a una realidad y su objetividad serían de entrada cuestionables o incluso excluidas. Sólo porque a este mundo no humano se le otorga dignidad «ontológica» en el marco del modo objetivo de representación puede Jung tomarse en serio la adopción de un nivel de reflexión completamente diferente en términos metodológicos. (Por otra parte, queda abierta la cuestión de cómo deben entenderse lógicamente las formulaciones mitológicas utilizadas aquí, como «mundo no humano» o «algo que está aparte de él». Ni que decir tiene que no deben tomarse al pie de la letra y, sin embargo, tampoco deben desactivarse como «mera metáfora». El significado de esta contradicción aún no se ha aclarado aquí).

La apertura transgresora del alma al «exterior», el posible encuentro con otra dimensión «extramundana», «metafísica», «trascendente», pertenece así al paradigma del contenido. El alma no permanece encerrada en sí misma. Experimenta que hay algo más aparte de ella misma, pero tener esta experiencia es precisamente lo que pertenece al concepto de alma. El alma es en sí misma la referencia a esta dimensión «metafísica». Esta forma de hablar resulta chocante y embarazosa, sobre todo porque el término «metafísica» no se identifica aquí todavía de forma lógica, sino que permanece unido a una forma de hablar mitológica y despierta así la sospecha de lo meramente ideológico. A pesar del peligro de esta sospecha (mal entendida, aunque comprensible en ausencia de identificación lógica), debo volverme aún más ofensivo, expresar lo que aquí se quiere pensar de forma aún más rigurosa y contundente, libremente incluso sin identificarlo aquí lógicamente:

Sin Dios, no hay verdadera psicología; sin referencia a Dios, no podemos hablar del ser humano real, del mundo como realidad (en contraste con él como mundo externo positivo), de la conciencia y del alma. (Deliberadamente no entrecomillo a Dios y no hablo de arquetipos ni de «los dioses». Hablar de arquetipos ya es inofensiva palabrería científica; y hablar de dioses «politeístas» sale fácilmente de nuestros labios. Siempre es mero material educativo. Dado que, en primer lugar, no es realmente serio, tampoco dice realmente nada).

La actitud. ¿Dónde tengo que situarme para poder adoptar un punto de vista que merezca llamarse psicológico? ¿Qué debe ocurrirme como psicólogo – metódicamente – para que pueda tener realmente un punto de vista psicológico? Debo haber caído o dejarme caer sin reservas en la metáfora básica de la psicología, «alma»; «alma» en su indefinición y desconocimiento.

Curiosamente, la psicología, que pretende ser una ciencia, ha intentado en la mayoría de los casos evitar esta naturaleza abismal del «alma», bien eludiendo otro término como «comportamiento del organismo», bien anteponiendo a la teoría psicológica una definición del «alma». Es obvio que la psicología en cualquier sentido científico no puede surgir de esta manera. Pues no se debe anticipar la definición de la metáfora básica de una «ciencia», porque esta definición no es otra cosa que todo el curso de la investigación científica de esta metáfora básica misma. Si se piensa que hay que evitar de un modo u otro el desconocimiento de la metáfora básica, entonces se está revelando que la psicología no debe serlo en absoluto.

Aquí sólo lo estoy insinuando. En los capítulos siguientes se examinará más detenidamente qué es el «alma» y qué significaría caer en la incógnita de esta metáfora básica de la psicología.

El elemento. ¿Cuál se considera el elemento más intrínseco del animus? ¿Cómo debe interpretarse? Hemos hecho hincapié en que el animus depende de nuestro propio pensamiento, de la culminación de la comprensión de su significado, y en que no debemos recurrir precipitadamente a imágenes mitológicas. Emma Jung ha hecho aproximaciones a una diferenciación de los papeles del ánima y del ánimus, ambos de los cuales, según la teoría imperante, deberían tener la misma función de mediación hacia el inconsciente. Emma Jung explica que ambas no tienen esta función en el mismo sentido y de la misma manera. El ánima hace conscientes, visibles, los contenidos inconscientes, nos los presenta como una imagen. El animus, en cambio, tiene la tarea de reconocer, comprender, captar el significado. «Sólo después de que estos contenidos hayan llegado a la conciencia, tal vez ya hayan sido modelados [ésa sería la actividad del ánima], debe el animus desplegar su efecto».22

Aquí se ha captado algo decisivo que sólo hay que singularizar y radicalizar. El elemento dentro del cual debe tener lugar la discusión sobre el animus no puede ser la imaginación. Ni el reino del alma, ni el mito, ni el mundo de las bellas figuras (y desde luego tampoco la experiencia y el comportamiento de los personajes). Sino que su elemento es el concepto frío, el «ser» abstracto, el pensamiento, la filosofía – la lógica. En sentido figurado, sin embargo, su elemento es la distancia, el vacío y la frialdad del espacio, en contraste con la sangrienta realidad humana y la exuberancia y colorido de la naturaleza terrenal. El animus, como oiremos con más detalle, nos aleja de la realidad, de la vida. Remite al mundo de la muerte, a las «tierras de fantasmas». El estilo y la atmósfera de nuestra preocupación por el animus deben corresponder a esto desde el principio. Por ello, rebato la opinión de Th. Moore de que «a menos que se le dé voz y rostro, el animus sigue siendo abstracto… «23 Se trata de una idea abstracta de la concreción. El animus sólo se vuelve concreto si se le permite mostrarse en la abstracción que es su esencia.

James Hillman, cuando presentó su trabajo sobre el ánima, tuvo que disculparse por querer presentar la fenomenología del concepto de ánima. Tal era el clima anti-intelectual de la psicología analítica de la época. Desde entonces, su libro se ha ganado un lugar en la psicología junguiana. Sin embargo, es probable que la hostilidad conceptual no haya cambiado mucho. Pero en el caso del ánimus, las cosas son diferentes desde el principio que en el intento de describir la fenomenología del concepto del ánima. En este caso no es necesario disculparse, ya que el pensamiento está legitimado, es más, exigido, por el propio tema del animus. Puesto que el animus es logos, espíritu, pneuma, huelga decir que el acceso primario a él debe pasar también por el concepto.


  1. C.G. Jung, CW 10 § 366.

2. C.G. Jung, CW 10 § 488.

3. C.G. Jung, Erinnerungen, S. 149.

4. C.G. Jung, Erinnerungen, S. 143.

5. C.G. Jung, CW 10 § 367.

6. Ebd

7 C.G. Jung, GW 16 § 534. Meine Hervorhebung.
8 C.G. Jung, GW 16 § 396.
9 C.G. Jung, GW 16 § 449.
10 Vgl. C. G. Jung, Briefe Bd. III, S. 148 (an L. Kling, 14.1.58).
11 C.G. Jung, GW 8 § 543.
12 Siehe James Hillman, Healing Fiction, Barrytown (Station Hill) 1983. finden, Zürich (Schweizer Spiegel Verlag, Raben-Reihe) 1986

13 C.G. Jung, »Psychologie und Dichtung«, Vorrede, GW 15, S. 98.
14 C.G. Jung, The Visions Seminars, 2 Bde., Zürich, (Spring) 1976, Bd. 1, S. 2 (meine Übersetzung).

15 Referiert und zitiert nach C.G. Jung, GW 15 § 136-143.

16 C.G. Jung, GW 15 § 148.
17 C.G. Jung, Erinnerungen, S. 335, meine Hervorhebungen.
18 C.G. Jung, GW 18/1 § 627, meine Hervorhebungen.
19 Elijo «Hijo de Dios» en lugar de «Niño de Dios» no para discriminar a las mujeres, sino únicamente por la proximidad explosiva de «Hijo de Dios» al predicado «Hijo de Dios», que de otro modo está reservado solo para Jesús como Cristo.  Quizás también podríamos usar la expresión «Dios hombre».  «Niño de Dios», por otro lado, despierta ideas completamente diferentes e inofensivas.

20 C.G. Jung, GW 15 § 148.

21. Utilizo el término «ontológico» con plena conciencia, aunque sólo le doy una justificación muy preliminar.  Es necesaria en tanto se permanece en la comprensión cotidiana de la psicología como doctrina de ideas y sentimientos subjetivos y se piensa en la extrañeza de una «realidad psíquica» que tiene la misma dignidad que la física.  La expresión «lógico» sería más correcta, pero no es suficiente en este punto y para la conciencia mencionada, porque lo lógico se entiende por esto como «meramente» lógico.  Sólo cuando se ha aceptado la imposición inherente a la «dignidad ontológica» se puede transferir la categoría de lo ontológico a la de lo lógico, por supuesto de tal manera que la imposición no se deshaga.

22 Emma Jung, Animus und Anima, Zürich und Stuttgart (Rascher) 1967, S. 36.
23 Th. Moore, »Animus mundi: or the Bull at the Center of the World«, Spring 1987, hier S. 126.

Animus-Psychologie, Parte 1, La psicología y el Animus, el Animus y la psicología

Traducciones

La legitimidad de la animadversión

Wolfgang Giegerich, Alemania

En «Animus-Psychologie» de Wolfgang Giegerich, en editorial Peter Lang, 1994, pp. 13 a 22, traducido directamente del alemán.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Cuando hablo del animus, hablo desde una tradición determinada, la de la enseñanza de Jung. Ninguna otra escuela de psicología profunda o de psicología académica conoce el término animus. Y cuando planteo las cuestiones y los problemas relativos al animus, hablo desde esta tradición. Mis preguntas y reflexiones a este respecto no se producen en un espacio libre. Sin darnos cuenta, nuestro pensamiento se mueve siempre por caminos que él mismo no ha abierto. La tradición, ciertas convicciones básicas metódicas y de contenido derivadas de esta tradición, tal vez incluso algo así como una «concepción del hombre», siempre están ya implicadas, son coautoras silenciosas, por así decirlo, cuando me dirijo al tema del animus. Por eso es bueno ser consciente de ello específicamente. Cuanto más permanezca en la conciencia, más pronto será posible reflexionar sobre algo de las trayectorias por las que se ha movido el pensamiento sobre el animus, y entonces también avanzar en el tema del animus por su parte. Comienzo con algunas observaciones más bien externas sobre los sentimientos, los afectos, la atmósfera y las actitudes que se asocian al tema del animus, ya sea de forma subliminal o más explícita, o que ha traído consigo dentro de la tradición de la psicología analítica.

Lo primero que hay que observar es que el animus es el hijastro de la psicología de Jung. Jung descuidó bastante este tema. Es evidente que no le interesaba por sí mismo. Por supuesto, no descuidó abordarlo y tratarlo -si así fuera, no tendríamos en absoluto el término animus-, pero uno tiene la impresión de que lo hizo más por obligación que por otra cosa: cuando, por ejemplo, en un escrito sobre las relaciones entre el yo y el inconsciente, hablaba de la importancia del anima para el hombre, inevitablemente había que decir algo sobre la mujer y su animus. El ánima recibió una simpatía completamente diferente por parte de Jung. En lo que dice sobre ella, se percibe que tiene vida propia, que también procede de la experiencia personal de Jung, pero sobre todo que el interés de Jung por el tema del ánima y el mundo anímico, los mitos y los símbolos, fluye con toda naturalidad. Los pasajes sobre el animus son más secos y escasos. Parecen más un apéndice a las explicaciones sobre el ánima que un tratado sobre un tema de igual peso y valor.

Incluso desde las plumas de los alumnos de Jung, no se ha aportado mucho sobre el animus más allá de lo poco que dijo el propio Jung. El ensayo de Emma Jung es interesante por sí mismo, y Esther Harding y otros de los primeros estudiantes de Jung también proporcionan resúmenes sólidos, así como algunas adiciones individuales a la fenomenología del animus. Pero, en general, lo que se ha dicho se mantiene totalmente en la línea establecida por Jung. En lo que autores posteriores tenían que decir sobre el animus, el cuadro dibujado por C.G. Jung, Emma Jung, Esther Harding y otros fue en su mayor parte sólo repetido y quizás también algo difundido, revestido de diferentes palabras. Todavía no se ha presentado una monografía exhaustiva sobre el animus, como la que James Hillman ha proporcionado sobre el ánima1. No obstante, en sus escritos hay algunos indicios decisivos para la psicología del ánimus, a saber, cuando examina críticamente la correlación del ánima con el hombre y del ánimus con la mujer (es decir, la naturaleza de sexo opuesto de los dos arquetipos), cuando toca el tema de la sicigia y también se ocupa de la demarcación de las palabras ánimus y ánima, que son idénticas en cuanto a su raíz pero fundamentalmente diferenciadas en su significado psicológico, y, por ejemplo, muestra la conexión entre el ánimus y «el ego».

La crítica a la distribución del ánima y el ánimus entre los sexos, que Hillman había presentado y justificado por primera vez en el marco de una valoración diferenciada del problema general, fue retomada después sobre todo por autoras feministas, con lo que el concepto de ánimus de Jung fue discutido de forma bastante controvertida. Muchas feministas llegaron incluso a rechazar completamente el concepto, negaron la existencia de algo parecido al animus y condenaron la teoría por provenir de un típico prejuicio masculino. Este cuestionamiento del género opuesto de anima y animus y la negación de la validez del concepto de animus en general son las verdaderas innovaciones con respecto a la teoría convencional del animus, probablemente las únicas.

En este punto, la cuestión del sexo opuesto no debería preocuparnos todavía. No quiero entrar aquí en una discusión sobre el contenido del concepto de animus. Por el momento, sólo me ocupo de destacar algunos rasgos formales y afectivos de la teoría del animus, de su posición y estatus en el conjunto de la psicología junguiana y de la cuestión de su base (fundamento) teórica y fenomenológica.

La primera característica llamativa de la teoría del animus fue el escaso interés que suscitó. La segunda es su connotación negativa. El animus, a pesar de todas las afirmaciones posteriores en sentido contrario, tiene mala reputación. La experiencia básica que dio lugar al concepto de animus es el animus negativo. Es la experiencia de la mujer «obsesionada por el animus», es decir, la mujer que tiene opiniones rígidas y dogmáticas que no han «crecido en su propio estiércol», sino que han sido adoptadas «ciegamente» por alguna autoridad, por el padre, por los maestros, por grandes y admiradas mentes adoptadas “ciegamente”, pero sólo como principios muertos, no a la par con la espiritualidad viva que se ha desarrollado en esas personas y a través de la cual únicamente reciben su justificación. En la psicología personal del hombre, el ánima también se hace sentir de forma negativa al principio, a través del capricho. Sin embargo, predomina la valoración positiva del ánima. Aunque se acentúe la peligrosidad del ánima, esto no puede afectar significativamente a la valoración benévola de ella y a la fascinación por ella. Por supuesto, también debe existir un animus positivo. Cuando el ánimus inicialmente negativo se diferencia y desarrolla, cuando el complejo que «poseía» la conciencia de la mujer se ha convertido en una función psíquica a través de la integración en la conciencia, entonces se supone que surge de él una verdadera espiritualidad, pneuma, sentido. Pero uno tiene la impresión de que esto sigue siendo más bien un rumor o una promesa cuyo cumplimiento aún no se ha vislumbrado del todo y, desde luego, no se ha demostrado (documentado) de forma creíble.

Todo arquetipo tiene, como suele decirse, un «lado» positivo y otro negativo. Puede tener un efecto saludable y otro desfavorable. En el caso del animus, sin embargo, el predicado «negativo» parece indicar no tanto uno de los dos estados básicos en los que puede aparecer el animus como que ilumina su reputación general. Por mucho que se sepa teóricamente que también existe un «animus positivo», la palabra animus, pronunciada sola, se asocia involuntaria y tácitamente a la idea del «animus negativo». Para exagerar, es casi como si la formulación «animus negativo» fuera un pleonasmo, un «cuervo negro».

Además de la negligencia y de la valoración negativa del concepto de animus, una tercera característica es la forma mecánica de pensar con la que se opone el animus al ánima. Con cierta automaticidad, al parecer, el animus se deriva del ánima únicamente a través de su inversión en lo contrario. «Puesto que el ánima es un arquetipo que surge en el hombre, cabe suponer que debe haber un equivalente en la mujer, pues así como el hombre es compensado por lo femenino, la mujer es compensada por lo masculino «2. Puesto que el ánima = Eros, el animus = logos. La imagen anímica en el hombre debe (¡!) corresponder a una imagen anímica invertida en la mujer. Del mismo modo que biológicamente el pene y la vagina son contrapartes distribuidas exclusivamente al hombre y a la mujer, así también el ánima y el animus parecen estar distribuidos complementariamente a los sexos. En cierto sentido, sólo hay que cambiar el signo del ánima para hacer de ella un animus. Sólo tiene su esencia a través del contraste con su contraparte, como lugar en un sistema dado. Evidentemente, no se trata de una realidad independiente que se encontraría y sólo tendría que experimentarse gradualmente por sí misma en su totalidad, sino que es más bien como si pudiera deducirse del ánima, ya que, como en el caso del hombre esférico platónico, un todo dado en la idea parece haber sido dividido en sus mitades opuestas y distribuido entre los hombres y las mujeres.

En cuarto lugar, se nota que el ánimus no sólo es tratado más bien de forma negligente como tema de la psicología, sino también que la propia psicología junguiana no está particularmente inspirada y guiada por el ánimus en su estilo de proceder, en lo que subraya y en sus pensamientos. El animus sigue siendo parte integrante de la enseñanza, se localiza en los pacientes y debe ser tratado allí, en ellos, diferenciado y llevado a la conciencia por ellos, mientras que la psicología no asume el desarrollo de su «propio» animus en sus propias acciones y comportamiento. La cuestión es si está en mejores manos en las gmujeres de lo que estaría en la propia psicología, y si las mujeres pueden lograr en absoluto «desarrollar» el animus si la psicología, en cuyo marco se supone que tiene lugar el desarrollo, no ha realizado ella misma esta tarea y sigue rechazándola.

Y rechaza esta tarea. El animus, por mucho que podamos decir antes de entrar en la investigación propiamente dicha, tiene algo que ver con el logos, es decir, con la lógica y el pensamiento. La psicología junguiana, sin embargo, lo tiene difícil. Cultiva sobre todo la imaginación (además del sentimiento). Se ocupa de imágenes, mitos y cuentos de hadas, fantasías, en definitiva, de lo imaginario. Las imágenes tienen significado para ella, pero el significado no debe pensarse, adquirirse de un modo estrictamente pensante que no rehúya el trabajo conceptual disciplinado, sino que debe «mirarse» en las propias imágenes y «experimentarse» o «vivenciarse» mirándolas, y en parte debe «realizarse prácticamente» en la vida real. Pensar en psicología es impopular, incluso está mal visto. El pensamiento es condenado como «meramente teórico», como puramente «intelectual». No es de extrañar que el animus, por su parte, salga tan mal parado en psicología. Porque, entre otras cosas, también nos exigiría el trabajo extenuante y renunciatorio de pensar. Pero, ¿quién quiere asumir este trabajo? Es mucho más agradable mirar imágenes (simplemente mirarlas y experimentarlas con sentimiento), desarrollar ideas y, en la teoría psicológica, recorrer ideas y sentimientos sin tener que entrar nunca en el proceso de pensar. A menudo, incluso la actividad de desarrollar ideas y tener ideas y justificar ideas a través de otras ideas se considera pensamiento. Pero si el concepto de pensar en psicología ya es confuso, ¿cómo puede apreciarse adecuadamente el animus, como figura arquetípica a cuya competencia pertenece el pensar?

Si el animus es tan controvertido que su existencia puede ser negada rotundamente, aunque sólo sea por algunas feministas radicales, por no mencionar el hecho de que ninguna otra escuela de psicología ha tomado nota o incluso adoptado el concepto de animus, la cuestión de la legitimidad del concepto de animus se hace urgente. No tiene sentido querer investigar algo si tal vez sólo sea un fantasma, un producto de la imaginación junguiana, al que nada corresponde en la realidad. Antes de abordar seriamente la cuestión del animus, debemos tener en cuenta el hecho de que la palabra animus se refiere a algo y no a nada. De lo contrario, toda la empresa podría ser un juego autocomplaciente y encerrado en sí mismo, sin ninguna referencia a la realidad. Lo primero que tenemos que hacer es proporcionar una especie de prueba del animus, una prueba de la existencia del animus.

Esto nos plantea las siguientes preguntas. ¿De dónde sacamos el término animus? ¿En qué se basa? ¿De dónde sacó Jung su concepto del animus? ¿O basta con remitirse simplemente a Jung como autoridad e, independientemente de lo que le haya podido dar derecho a hablar del animus, partir sin más de la doctrina existente sobre el animus? ¿Cuál es el criterio para abordar ciertas experiencias e imágenes en el sueño y el mito como manifestaciones del animus?

En la teoría de la enfermedad se ha planteado la cuestión de la realidad de la enfermedad, la cuestión de la «unidad nosológica». ¿Es el animus en este sentido una «unidad psicológica», una entidad existente real, un complejo o una función? Esa sería la variante realista desde el punto de vista de la disputa universal medieval. ¿O es «animus» sólo nominalmente una designación como moneda de uso corriente para aspectos meramente recortados de la multiplicidad de la realidad según los puntos de vista pragmáticos humanos, es decir, más o menos arbitrariamente, un medio práctico de comprensión (una etiqueta), sin poseer una realidad propia, del mismo modo que el dinero es un medio práctico con el que es mucho más fácil pagar que con huevos, pollos, cerdos, vacas o sacos de maíz, del mismo modo que el dinero, al menos el papel moneda y el dinero de plástico, ya no posee un valor sustancial propio. En otras palabras, ¿tiene el animus un «esse in re» o sólo un «esse in intellectu»? ¿Existe el animus en la psique del mismo modo que el corazón, los pulmones o el estómago en el organismo? ¿De dónde sacamos el derecho de escoger algunos de los fenómenos y decir: eso es animus, y de dónde sacamos el derecho de hablar de «el» animus en absoluto?

Está claro que apelar a la autoridad de Jung no puede bastarnos. Entonces seguiríamos en la Edad Media. Debe sernos comprensible cuál es la base del animus en la realidad. Es habitual apelar a la experiencia empírica o fenomenológica. Esta experiencia, a su vez, puede basarse en dos cosas: el comportamiento del organismo o personalidad, o los productos pictóricos elaborados por la psique. De ambos ámbitos, que no se tratan aquí por separado, se desprenden algunos fenómenos que se asignan al animus. 1. En el comportamiento de los seres humanos, se encuentra la obstinación en sostener y representar opiniones, que suele considerarse la primera manifestación (negativa) del animus. 2. En los sueños, en la mitología, en las leyendas, etc., existen figuras típicas que se supone que tienen carácter de animus, como la figura del «amante en la sombra». 3. También en la mitología y en la filosofía natural metafísica hay parejas, una de las cuales, la masculina, se supone que representa el animus, la femenina el anima (parejas de dioses, conceptos como netkos y philia en Empédocles, yin y yang en la filosofía china). Pero la apelación a la fenomenología no nos ayuda realmente. Parece dar al concepto de animus una base real, pero no más que una base. Porque estas imágenes y figuras, así como el comportamiento anímico, no aparecen con un cartel en el cuello que diga: soy un fenómeno anímico. Al contrario, seguimos siendo nosotros los que elegimos estos fenómenos particulares de entre toda la plétora de fenómenos y les atribuimos que pertenecen al animus. La cuestión de qué derecho tenemos a hacer esto sigue abierta.

Es cuestionable partir directamente de la «experiencia empírica» y tomarla como base. El gran problema del empirismo es que entonces uno tiene sus presuposiciones detrás. La implicación de la propia psique en ver lo que luego se encuentra fuera permanece oculta. Aunque Jung se presentaba repetidamente como empirista, no era tan ingenuo como para no ver estos problemas. Comprendió «… que las ciencias naturales en particular se esfuerzan por presentar los resultados de sus investigaciones como si hubieran surgido sin la intervención humana, es decir, la indispensable participación de la psique permanece invisible.» 3 Jung también fue capaz de aplicar esta perspicacia a sus propias hipótesis, que consideraba demostradas empíricamente, y así hablar de una hipótesis, por ejemplo, «que ciertamente procede de mí mismo -aunque imagine que la he encontrado a partir de la experiencia «4. El concepto de animus no procede de la experiencia. Si el animus se encuentra fuera, en el material empírico, procede ya del ver que lo encuentra. Así que nada está «probado» en absoluto. La apelación al empirismo es circular, una petitio principii. Siempre es necesario un concepto preliminar del animus para identificar determinadas imágenes y modos de comportamiento como manifestaciones del animus.

Existe una segunda vía para legitimar las herramientas psicológicas que utilizamos. Esta vía, por lo que veo, sólo ha sido tomada por Jung y es una vía verdaderamente psicológica. El hecho de que Jung reconociera y siguiera este camino le distingue como psicólogo. La idea básica aquí es que en la teoría psicológica sólo se pueden utilizar términos que procedan de lo que Jung llamó el «consensus omnium» o «consen sus gentium». Los términos deben ser validados por la tradición. Así, Jung fundamentó el concepto de libido en las nociones arcaicas de «energía» que se dan «por doquier» en el mundo (mana, wakanda, churin- ga, manitu, etc.), el concepto de «arquetipo» a partir del uso de este término en la filosofía antigua (Academia platónica, Agustín, etc.), y para sus conceptos tipológicos de extraversión e introversión, pensamiento y sentimiento, se inspiró en una tradición ampliamente expuesta en su libro sobre los tipos, desde los Padres de la Iglesia, pasando por la Escolástica y la polémica de la Última Cena de Lutero y Zwinglio, hasta Schiller, Nietzsche e incluso autores más modernos.

Es importante darse cuenta de que Jung no hizo esto sólo ni principalmente con intenciones históricas. Más bien, estas explicaciones históricas tienen un sentido sistemático: sirven para fundamentar (legitimar) sus conceptos. Esto resulta ciertamente desconcertante para quienes se orientan hacia la ciencia moderna. ¿Qué información sobre la legitimidad de los términos que se van a utilizar en una ciencia puede obtenerse del hecho de que términos análogos ya hayan sido utilizados por otros y en otros lugares? En el pasado se utilizaron todo tipo de términos abstractos que nuestra ciencia ya no puede utilizar porque acaba de refutar su legitimidad (por ejemplo, éter, música de las esferas). Y, sin embargo, Jung ha dado al menos en la diana con este intento de justificación. Sólo hay que recordar que se trata de conceptos psicológicos. La justificación de los conceptos psicológicos sólo puede tener lugar con referencia a la fenomenología del alma misma. Esta es precisamente la base del intento junguiano de fundamentar los conceptos en una tradición. El alma misma siempre se ha articulado en la tradición. Si los conceptos de la psicología se obtienen de las automanifestaciones del alma, es evidente que no se le aportan desde fuera y desde una posición arbitraria. La psicología se atiene a lo último. Refleja su objeto de forma inmanente. Se deja dar sus categorías, con las que quiere observar la vida del alma, a partir de la vida ya visible y comprobada del alma misma. Sin embargo, dado que todos los conceptos proceden de la psique, sigue siendo importante ver si los conceptos tienen una cierta universalidad según la edad y la distribución mundial, porque de lo contrario alguna manifestación extravagante e inusual del alma podría elevarse a categoría para la vida del alma en general. De ahí el criterio del «consensus gentium».

Ahora, por supuesto, el «animus» no está probado por la tradición. «El» animus no existe. Se trata de una creación junguiana con hábil recurso a las palabras latinas anima y animus, palabras latinas de la lengua normal, ojo, y por lo general en absoluto términos de significación terminológica, como es el caso de Jung. El hecho afortunado de que en latín la palabra alma se presente en dos formas fonética y gramaticalmente sólo ligeramente diferenciadas, a saber, una masculina y otra femenina, obviamente le vino a Jung perfectamente para poder expresar su teoría de un ánima del hombre y un ánimus de la mujer con sus opuestos complementarios. Pero esta teoría no está amparada por la tradición y el consensus gentium. Hace unos años, Thomas Moore presentó un estudio detallado de la palabra animus en latín.5 Aparentemente creía que del uso lingüístico de la palabra animus en latín podía derivar el concepto de animus tal y como se denomina en la psicología junguiana. Incluso dio con un «animus mundi», que era la contrapartida del «anima mundi» que se conocía desde hacía tiempo, sobre todo por los estudios alquímicos de Jung, y que indicaba que el animus tenía una dimensión cosmológica más allá de su papel en la psique personal.

Pero esta investigación no es convincente. Sigue sin resolverse el gran problema de hasta qué punto el uso de la palabra animus en la lengua latina corriente puede utilizarse para «el» animus en sentido terminológico. Cuando el psicólogo habla de anima y animus, ¿existe una identidad real o al menos una continuidad con los términos latinos que iría esencialmente más allá de la equivalencia de palabras? Del mismo modo, queda sin responder la pregunta de hasta qué punto la elección de la palabra animus en lugar de anima en ciertas frases latinas podría ser accidental (quizás anima podría haber estado ahí perfectamente) y hasta qué punto es significativa. En alemán, uno puede reflexionar sobre algo en su «corazón», en su «mente», en su «pecho», en su «seno», en su «sentido», en su «espíritu» o en su «conciencia». Ciertamente, cada una de estas palabras tiene asociaciones diferentes y se asocia a distintos tonos de sentimiento. Pero en determinadas frases podría utilizarse una u otra palabra con más o menos igual justificación y significado. Sobre todo, no tendría que referirse necesariamente a una cosa distinta en cada caso, a un órgano diferente del alma, por así decirlo. Sospecho que del mismo modo el latín anima y animus podrían utilizarse indistintamente en muchas frases sin demasiada pérdida de sentido, a pesar de todos los matices de significado, y sobre todo de que no siempre se trata de dos «órganos» o «funciones» psicológicas diferentes. Esto me parece muy claro en el caso del animus mundi tomado de Ficino, que evidentemente no se refiere a un segundo factor del mundo paralelo al anima mundi, como supone Moore, sino que es sólo otro nombre intercambiable de anima mundi. Pues Ficino utiliza a menudo ambas formas lingüísticas en un mismo párrafo para una misma circunstancia sin ninguna diferenciación aparente de significado, al igual que, por cierto, las formas simples anima y animus. Anima y animus pueden ser, pues, sinónimos en sentido estricto, sólo que con una pequeña diferencia formal, del mismo modo que en el siglo XVIII todavía era posible decir «el conocimiento» y «la cognición» en el mismo sentido.

No parece haber ninguna justificación externa (filológica, biológica, empírica) para el término animus. En realidad, no podemos vincularlo a nada y liberarnos así de nuestra propia responsabilidad por este término. El concepto no puede estar asegurado por ninguna justificación extrapsicológica (autoridades, empirismo, fenomenología, tradición). Tampoco nos es posible referirnos a la oposición de género y a los genes, ni mucho menos a ningún tipo de inspiración o iluminación. Más bien, nos vemos abocados a nosotros mismos, a nuestro propio pensamiento. Tenemos que mostrar nuestros colores nosotros mismos, mantener la cabeza en alto, por así decirlo. El animus de Jung es una intuición, una visión, un pensamiento. Su justificación depende de nuestra capacidad para pensar el animus. La pregunta debe ser: ¿se puede desarrollar un concepto a partir de lo que había en la intuición de Jung, a partir del cual se pueda desarrollar lo que debe pertenecer a la fenomenología y al carácter del animus como internamente coherente y con el que al mismo tiempo también se comprenda algo, algo de la vida del alma?

Tenemos que asumir la idea junguiana del animus, tal como se presenta inmediatamente, en su incertidumbre y falta de fundamento, y desplegar coherentemente (rigurosamente) lo así asumido. Debemos soportar ya la falta de prueba empírica, la falta de toda justificación externa. Precisamente en esta incertidumbre acerca de la justificación del concepto de animus debemos perseverar, detenernos en su falta de fundamento, en lugar de ponernos en marcha debido a la incomodidad causada por tal incertidumbre y terminar abruptamente, por ejemplo, decidiendo en contra de todo el concepto. No nos ayuda preguntarnos: ¿existe el animus, es correcto o incorrecto lo que Jung enseñó? No podemos obtener ninguna ayuda del exterior. Tampoco podemos refugiarnos en ningún argumento traído de fuera, ni a favor ni en contra. El animus no nos lo pone tan fácil. Más bien, tenemos que seguir el pensamiento de Jung en nuestro propio pensamiento, ampliarlo, profundizarlo, radicalizarlo, porque sólo en nuestra culminación del pensamiento puede quedar claro si la «verdad» y la «autoridad» son inherentes a él o no, y si nuestro pensamiento tiene poder o no. Necesitamos el valor de utilizar conceptos, de pensar por nosotros mismos. ¿De qué otra forma se supone que el Animus, que se supone que es el Logos, va a demostrar su existencia si no es mediante el pleno esfuerzo del concepto por nosotros mismos? Sólo lo semejante puede reconocer lo semejante.

El animus sólo puede justificarse como experiencia propia de sentido. Yo mismo debo haber captado el significado de «animus» y el significado o coherencia de la diferencia entre anima y animus y desde el centro de este concepto desarrollar o juzgar todo lo demás – y luego defenderlo. El animus es sólo una aproximación (mental) (que proviene de «setting»). No se me permite evitar las imágenes desde el principio. Pues el espíritu nunca es algo parecido a una cosa existente y visible. No es un fenómeno del fin del ser. Los fenómenos e imágenes existentes sólo pueden ser siempre una base para enunciar el animus, nada más. Y sólo a partir del significado ya experimentado y comprendido de «animus» pueden seleccionarse las imágenes mitológicas que son realmente relevantes para él y éstas pueden convertirse en la base para la discusión del animus.

Por lo tanto, el recurso de Jung a la solución de Abälard del problema de los universales a través de la idea de esse in anima6 también me parece problemático. Depende mucho de cómo se entienda. Si uno toma como base la comprensión obvia de esta fórmula, que los universales tienen un ser en el alma en el mismo sentido de ser que está presente en «esse in intellectu» o «esse in re», entonces uno podría y tendría que persistir en la búsqueda, uno podría, por así decirlo, esperar tranquilamente a ver si y cómo el animus «se muestra a sí mismo», por ejemplo, como una imagen en un sueño. Sería un objeto (imaginal), exterior, frente a nosotros. Con el anima esto puede ser apropiado: anima habet «esse» in anima, el alma tiene un ser en sí misma, en el alma, y siempre es también el arquetipo de la ontologización. ¿Pero el espíritu? ¿»Es»?


1. James Hillman, Anima. An Anatomy ofa Personified Notion, Dallas (Spring Publications) 1985.

2. C.G.  Jung, GW 9/II § 27. Jung, por supuesto, agrega: “Con esta consideración, sin embargo, no quiero dar la impresión de que estas relaciones de compensación fueron deducidas”.

3 C.G. Jung, GW 10 § 498.

4 C.G. Jung, GW 4 § 778.

5. Thomas Moore, »Animus mundi: or the Bull at the Center of the World«, Spring 1987, S. 116- 131.

6. Anima aquí = alma en sentido general, no específicamente: el ánima.

¿Una psicología femenina?

Logos del alma

Cuando se propone una “psicología femenina” desde la posición junguiana, no se asume el despropósito que significa hablar de lo femenino como una cualidad asociada únicamente con la mujer, sin embargo a la luz de la ideología hoy es una posición imposible de zanjar por el mero diálogo racional. Confundir arquetipo y género es lo que resulta de la falta de reflexión sobre el concepto de lo femenino. Lo femenino es un atributo, una posición o una categoría, pero de ninguna manera es una posesión exclusiva de algún género; en cambio, es parte del contexto cultural que ha bebido, en un primer orden, de las metáforas biológicas, pero que con el paso de la historia las ha dejado atrás a la vez que las conserva como categorías de pensamiento.

“La mujer no existe” decía Lacan y al hacerlo no hablaba de una mujer particular sino de aquello implícito en lo femenino: el Otro o Dios mismo, como el objeto del goce que nunca se puede alcanzar. En este sentido, lo femenino es un mito y pertenece a la lógica dual del mito y, por tanto, no existe pero siempre está presente. Es quizá una debilidad del feminismo y de la búsqueda de la reivindicación de la mujer confundir las dimensiones categoriales del arquetipo y del género, al hacerlo se infla a las mujeres con un único atributo, el concepto entonces se subyuga a las necesidades del individuo, es alienado de su propia lógica y se vuelve un objeto de intercambio, un producto. El feminismo, así visto, no es otra cosa que capitalismo.

En cambio, lo femenino siempre está presente de forma negativa y en conjunción con lo masculino, no hay ánima sin ánimus y uno y otro son facetas propias del movimiento del fenómeno en camino a casa de sí mismo. Una visión realmente feminista en psicología implicaría ser capaces de permitir que lo Otro hable a través del síntoma, es decir de la unión y simultaneidad de lo diferente, independientemente de si se trata de hombres o de mujeres, pero entonces ya no sería necesario hablar de ismos sino solo de psicología como sustantivo señero.

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El esfuerzo por profundizar en la psicología analítica nos ha conducido por muchos caminos y autores de lo mas interesantes. En está labor particular Alejandro Bica ha llevado a cabo una empresa ingente al iniciar el proyecto de edición y publicación de los artículos reunidos de Wolfgang Giegerich en español, autor desconocido en habla hispana pero que constituye la obra más rica y compleja dentro del campo de la psicología junguiana actual.

En el espíritu de este caminar, Ale Bica y Alberto Arenales nos invitan a este nuevo proyecto «una escuela virtual dedicada a la enseñanza de una psicología con alma», es decir de un espacio para la reflexión profunda del tema mismo de la psicología, como no se ha visto antes.

Me siento honrado de pertenecer a este proyecto como docente, proximamente estaremos hablando del curso que impartire: «Re-imaginar la Psicología». Sean bienvenidos a este espacio de interiorización.

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