El inconsciente no existe sino como metáfora

Logos del alma

La doctrina alquímica advierte tener cuidado con la fisicalidad de la materia, es decir que el adepto debe procurar mantener los procesos fenomenológicos en movimiento, siempre al calor del fuego del atanor, porque ellos mismos no son más que pura dinámica eidética, un conjunto de nociones desplegándose de manera sucesiva, en cuyo tránsito dejan atrás los restos positivos de su obra como conceptos fijos.

Haciendo uso de la metáfora alquímica se puede observar que el concepto del inconsciente, en psicología profunda, se ha utilizado comúnmente como un topos o como una entelequia a través de la cual todo proceso psíquico puede ser explicado. Esto conlleva la positivización de la naturaleza negativa de las experiencias psíquicas, cuya aparición como imágenes es anquilosada en peculiares esquemas que pretenden asir el vuelo de la dinámica de la consciencia en su carácter de absoluto.

En esta noción petrificada del inconsciente, que aun no es el lithos ou lithos, se pueden encontrar las respuestas a lo más particular y a lo más general del psiquismo, desde la oscuridad de la conducta o el sueño, hasta la raíz de los símbolos culturales de la civilización. El inconsciente tiene la función de ser un término que opera a modo de comodín para ofrecer respuestas contundentes e instrumentales ante cualquier interrogante del espíritu de los tiempos.

En la psicología conductista se ofrece la imagen de la caja negra como un subterfugio para evadir el fenómeno de lo mental. Según esta corriente psicológica, el interludio entre el input y el output de una conducta es incognoscible, lo cual no quiere decir que no se pueda estudiar la mente, en cambio indica que la mente no existe, pues los procesos psíquicos están acotados a los factores que los provocan y al complejo biológico que, al interactuar con el estímulo, desarrolla una respuesta consecuente.

La disparidad de opiniones sobre lo mental entre las psicologías positivistas y las corrientes psicodinámicas parece insalvable, sin embargo, si se atiende al hecho de que el inconsciente funciona como una hipóstasis, entonces se comprende que siguen caminos muy similares.

Mientras el conductismo oblitera a la psique en un intento de no sucumbir ante la tentación metafísica, deja de resolver la propia contradicción que el concepto propone y permanece en una epistemología virginal, solamente anima, atada a lo empírico. El materialismo es una noción imbuida en un complejo materno (mater/materia) que evita el contacto con el devenir lógico que se cierne. Una psicología sostenida en tal óptica no podrá dejarse penetrar por el alma (el animus) y desviará su atención a los factores concomitantes tales como la conducta, el comportamiento o los elementos neurofisiológicos que constituyen los restos empíricos de una visión propia del alma en busca de un asiento sensible.

De una manera distinta, pero con un propósito semejante, el concepto del inconsciente oblitera la realidad del alma, sobreponiéndose a la misma en el abordaje del fenómeno psicológico, en consecuencia la imagen o la idea que aparecen deben ser interpretadas bajo esquemas teóricos que provienen del exterior de lo sintomático. Pueden ser, entonces, la sexualidad o los modelos míticos los que se antepongan teóricamente al proceso psíquico, pero la hipótesis de un espacio trascendente a la psicología del objeto anímico lo suplanta en el camino lógico hacia sí mismo, pues anula el periplo de lo patológico ofreciendo una imagen sustituta que sirve de refugio ante el desmembramiento del concepto.

Sin embargo, las imágenes del alma y los conceptos que la estructuran, no tienen la forma de respuestas, ellos son apenas el susurro de una puerta que se abre a las incógnitas de la existencia, son contradicciones dinámicas que irrelevantifican los paradigmas antes vigentes y los llevan hacia su naturaleza negativa. Por ello, una noción positivizada, contrario a la dialéctica de lo anímico, se vuelve una forma de evitar el movimiento conceptual del alma, un escape al misterio tremendo que implica su presencia viva.

Al final, el trabajo alquímico de transparentar la idea de lo inconsciente requiere la disposición de entenderlo como un concepto histórico que sirvió a la psicología para poder explorar sus elementos autónomos en un momento determinado de su desarrollo. Hoy, no obstante, éste no puede ser entendido, ni tratado, como un lugar o un objeto, ni siquiera como una hipótesis, más bien debe ser absorbido por la propia fenomenología del alma, como una cualidad del mismo fenómeno y no como una categoría pragmática, pues el inconsciente no existe, en cambio, es una forma, entre tantas, a través de la cual el alma se imagina como una cuestión abierta al misterio de sí misma.

El suicidio y el alma. 2. El desafío del análisis. 9. El sesgo patológico

Traducciones

James Hillman, EE.UU

De Suicide and the Soul de James Hillman, Ed. Spring Publications, pp. 127 – 139

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

La PATOLOGÍA estudia el inicio y la evolución de los estados mórbidos. Se ha definido como aquella rama de la ciencia que se ocupa de la búsqueda de la causa y el mecanismo de la enfermedad. El concepto habitual de enfermedad se ha establecido abstrayendo aquellas características del enfermo que difieren de lo normal. La patología habla de los trastornos de Bios, el proceso de la vida. Existe tanto la patología orgánica como la psicopatología. 

Como hemos visto anteriormente, patología significa originalmente el estudio del sufrimiento; sin embargo, en la patología moderna el sufrimiento del sujeto, su dolencia, es sólo un factor que contribuye a los datos que determinan la enfermedad. No es en absoluto el factor central, y gran parte del trabajo de patología lo llevan a cabo personas que nunca han visto al paciente, sino sólo trozos de su sustancia material. Dado que cada paciente presenta variables subjetivas que distorsionan la precisión microscópica, al patólogo médico le parece mejor dejar al enfermo fuera del cuadro en la medida de lo posible para poder nombrar la enfermedad con rapidez y exactitud. Debido a la influencia de la patología, la medicina se ha convertido cada vez más en un reto intelectual y cada vez menos en una relación emocional entre médico y paciente. Al desplazar la atención de la cabecera del enfermo al laboratorio, o al dejar que los métodos de laboratorio de la patología influyan en sus actitudes clínicas, el médico asume un sesgo patológico. Este sesgo le llevaría a creer que las enfermedades existen aparte de los seres humanos y que el estudio de la enfermedad en sí es más apropiado que el estudio del ser humano enfermo.

Cuando un analista desplaza su interés de la persona que se queja a la queja y su causa, también ha pasado de la cabecera del enfermo al laboratorio. También él ha empezado a sufrir un sesgo patológico. Este desplazamiento es más grave en el análisis que en la medicina, porque en la medicina hay condiciones que pueden aislarse in vitro, donde también puede desarrollarse una antitoxina, por ejemplo, y sólo como etapa final aplicada al paciente. Pero en el análisis no hay parásitos, agentes infecciosos o componentes químicos aparte del paciente. No hay ninguna situación in vitro, ningún otro lugar donde buscar, porque la enfermedad es el paciente.

Cuando el patólogo intenta resolver «el enigma de la vida», incluso el histoquímico avanzado sigue procediendo por los métodos clásicos de la anatomía, que consiste en separar las cosas separables o, como decía Claude Bernard, «disociar sucesivamente todos los fenómenos complejos en fenómenos cada vez más simples». Esto conduce a una diferenciación cada vez mayor de las partes (como en la física nuclear), lo que a su vez requiere un equipo técnico más refinado. El organismo en toda su situación vital ya no es central porque es complejo. Y este complejo no puede ser captado por un especialista. La medicina tiende a desarrollar nuevos instrumentos y técnicas para disociar ese complejo, el paciente. Los fenómenos más sencillos suelen encontrarse retrocediendo hacia los orígenes. Este es el enfoque genético para explicar los problemas. Los procesos, como la enfermedad, se investigan en su más simple infancia, no en términos de los fines que alcanzan, ya que el fin es siempre ese estado general, la Muerte. Por tanto, lo embrionario tiende a ser más interesante que lo maduro, y se da más importancia a la infancia que a la vejez. 

Este enfoque genético ha tenido un efecto nefasto en la psicoterapia. El trastorno psicológico pasa a significar trastorno infantil, y se busca disociar el presente del pasado, lo complejo de lo simple, lo psicológico de los traumas materiales. Corremos hacia atrás por los raíles de este modelo falaz hacia acontecimientos anteriores más simples, deteniéndonos finalmente en esa única certeza aparte de la muerte: la madre. Muchos de los fenómenos del análisis se interpretan ahora en términos de la relación madre-hijo que uno debe preguntarse si la psicoterapia no está sufriendo de un complejo de madre inconsciente colectivo. Este «diagnóstico» encaja con su enfoque genético causal imitativo de la ciencia natural, y lo que es materia en la ciencia es madre en la psicología. 

Cuando los enfoques anatómico o genético no llegan a las causas profundas como se esperaba, entonces el sesgo patológico debe atacar sus problemas a través de la medición. La forma más sencilla de diferenciar las cosas es medir, ya que todo acontecimiento material existe en alguna cantidad y, por tanto, puede medirse. La salud y la enfermedad pueden expresarse en fórmulas: recuento sanguíneo, metabolismo basal, etc. Desgraciadamente, como ya hemos visto, este enfoque tiende a reducir las diferencias cualitativas a diferencias de cantidad. Esto conlleva otra filosofía: la buena vida tiende a significar más vida. Promover la vida empieza a significar prolongarla. El desarrollo de la conciencia empieza a significar mayor rendimiento. Los métodos de la patología llevados en el torrente sanguíneo de la medicina comienzan así a infectar la psicoterapia. 

En medicina, cuanto más rápido y seguro se reconozca la patología, mayores serán las posibilidades de un tratamiento rápido y seguro. Por esta razón, el médico está siempre atento a la patología. Si ha de ser un diagnosticador eficiente, de lo que depende el curso de su trabajo, la posibilidad de un trastorno insospechado debe afectar a todo lo que oye del paciente y a todo lo que observa. Cualquier cosa puede ser sintomática; la sospecha pertenece. Si un analista mantiene esta actitud médica, se trata de un sesgo patológico.

¿Cuándo una persona está enferma? ¿Cuándo una persona está mentalmente enferma? Los libros de medicina afirman con bastante frecuencia que los límites incluso de la patología orgánica no están claros. Hay niveles de complejidad; es decir, hay enfermedades como la rabia y la viruela en las que las variables individuales son menos importantes que el síndrome patológico que se explica bastante bien por sus causas próximas. Pero afecciones más complejas, como el suicidio, requieren modelos de causalidad más completos para ser comprendidas. Hay una diferencia entre las condiciones patológicas sencillas que pueden explicarse a través de una parte del sistema humano y otras condiciones que nunca pueden explicarse, sino que sólo pueden entenderse en términos de todo el sistema y su entorno. Aplicar un modelo más simple a condiciones complejas retuerce la naturaleza a un marco prefabricado. Es un sesgo patológico. 

Para encontrar los límites entre salud y enfermedad, hay que examinar más detenidamente la idea médica de salud. Generalmente se concibe como el buen funcionamiento, el bienestar físico, la solidez de las estructuras, la ausencia de morbilidad, la ausencia de trastornos o discapacidades, etc. Evidentemente, como ha dicho Dubos, esta idea de la salud es utópica; no deja lugar para las realidades de la salud humana, que incluyen el desorden y el sufrimiento a cada paso. La «salud» así concebida sólo proporciona terreno para el sesgo patológico y las prescripciones regresivas de la psiquiatría moderna, las anodinas, los tranquilizantes y los entretenimientos. El sufrimiento pertenece tanto a la suerte humana que se puede decir que es más «normal» que la salud ideal o, digamos, que el sufrimiento es la salud normal. Si es así, ¿dónde empieza la patología? Entre un tercio y dos tercios de las quejas con las que se encuentra el médico en la práctica no muestran ninguna patología estricta. En condiciones complejas, la definición de enfermedad es tan vaga como la de salud. Esta vaguedad es aún más pronunciada cuando se da más valor a la parte subjetiva, la queja. Puede haber pruebas patológicas objetivas y no haber quejas, quejas y no haber pruebas patológicas. El interior y el exterior pueden presentar signos muy diferentes. 

Para el médico, un signo primordial de patología es el dolor. El médico racional de antaño identificaba dolor y sufrimiento. Cuando el sufrimiento no tenía una base orgánica demostrable, era simplemente imaginario. El dolor tenía que ser la base del sufrimiento, como si el grito de Cristo procediera de sus heridas físicas. Hoy sabemos que el sufrimiento precede al dolor; es la psique la que traduce los acontecimientos fisiológicos en sensaciones dolorosas. Alterar la conciencia, como en la hipnosis, y los faquires caminan sobre el carbón o los dentistas perforan agujeros, sin dolor. Puede haber sufrimiento sin base orgánica, e incluso dolor sin base orgánica (dolor fantasma). Pero no puede haber dolor si no lo sufre la psique. Esto significa que el sufrimiento es primario al dolor, y que el dolor no es más que una espoleta -aunque la principal- para desencadenar el sufrimiento. 

Además del enfoque físico destinado a eliminar la causa del dolor, éste sólo puede atacarse psicológicamente de dos maneras. Podemos aumentar la capacidad de soportar el sufrimiento al modo espartano o estoico. Las técnicas psicológicas tienden en esta dirección. O podemos disminuir nuestra sensibilidad con anodinos al modo moderno. Esto conduce a una constricción de la capacidad de soportar, lo que a su vez reduce nuestra tolerancia a todo tipo de sufrimiento. El círculo vicioso que se inicia entonces no conduce a una disminución de la sensibilidad, sino a una mayor susceptibilidad al sufrimiento, de modo que los anodinos se hacen aún más imprescindibles. Con esto comienza una hipocondriasis crónica y la dependencia de fármacos y distracción de nuestra era. El sesgo patológico ha confundido el dolor con el sufrimiento, insensibilizándonos a ambos. El mensaje que anunciaría el sufrimiento queda anulado y se impide que los propósitos de nuestros dolores psíquicos entren en la conciencia. 

Esto ha llevado a algunos analistas a adoptar la postura contraria: abjurar de todos los tratamientos físicos. Pero entonces también ellos se ven atrapados por el sesgo patológico. También ellos confunden sufrimiento con dolor. En su reconocimiento del valor del sufrimiento, creen erróneamente que el dolor sólo debe reducirse in extremis. En su afirmación del sufrimiento para una conciencia más plena, olvidan que la conciencia puede estar radicalmente limitada por el dolor. 

El sufrimiento es necesario para aumentar la conciencia y el desarrollo de la personalidad. Llegamos a esta conclusión al hablar de la experiencia de la muerte. Nunca sabremos cuántas oportunidades de concienciación ha impedido la definición idealista de la salud. Podemos suponer que muchas experiencias de muerte, debido a la angustia concomitante, fueron detenidas por el prejuicio patológico, que no deja lugar para el sufrimiento en su imagen de la salud. Lo que esta misma idea de la salud ha hecho al propio desarrollo del médico es también un pensamiento infeliz. 

Si el mal funcionamiento y el sufrimiento se consideran sólo patológicamente, el médico se impide a sí mismo sentir su propia herida. En la antigüedad, el médico curaba a través de su propio sufrimiento, como Cristo curaba a través del suyo. La herida que no cicatrizaba era el pozo de las curaciones. El propósito del análisis formativo no es meramente curar la personalidad del analista, sino abrir sus heridas de las que fluirá su compasión. Pero el médico ya no trabaja emocionalmente, porque su predilección por la patología científica tiende a apartarle de la comprensión del sufrimiento en favor de la explicación de la enfermedad. Ya no aplica la antigua máxima: médico, cúrate a ti mismo. Los médicos son notoriamente malos pacientes, tal vez porque han perdido la capacidad de ser heridos. La idea de salud ha sido tan falsificada que el médico no puede curarse a sí mismo empezando por sus propias infecciones psíquicas, heridas y temores. El logos del sufrimiento no puede ser descrito por un libro de texto de patología que utilice términos clínicos para las experiencias del alma; pertenece también a los campos de la religión, la filosofía y la psicología. 

Así como el dolor y el sufrimiento difieren, dañar y herir no son lo mismo. Cuando el analista mantiene vivas sus propias heridas no se está dañando a sí mismo. Cuando la historia anímica vuelve una y otra vez a las heridas dolorosas básicas, a los complejos fundamentales, es para extraer de ellos nuevos significados. Cada retorno las reabre y comienza de nuevo su llanto, pero esto no entra en absoluto en conflicto con la máxima primum nihil nocere. Si un analista piensa así e intenta suturar las heridas en sí mismo o en el paciente y decir que esto o aquello es un capítulo cerrado, está actuando de nuevo médicamente. La cura equivocada, o la cura correcta en el momento equivocado, hace más daño que la herida abierta. La herida, como nos dice a menudo la poesía, es una boca y el terapeuta sólo tiene que escuchar. 

Una forma habitual de determinar la patología es mediante normas colectivas. Ciertas condiciones son patológicas sólo colectivamente. Con la viruela, por ejemplo, no hay diferencia entre lo individual y lo colectivo; con el suicidio sí la hay. El suicidio epidémico predicado por Hegesias en el Egipto romano tuvo que ser combatido con una acción colectiva. Pero los fenómenos psíquicos epidémicos no son actos individuales. Aplicar normas colectivas o medidas colectivas a un comportamiento que es ante todo individual muestra un sesgo patológico. El médico está obligado a utilizar normas colectivas. Por un lado, la epidemiología es su campo. No sólo defiende la vida de su paciente, sino también la vida de la sociedad, la salud pública. Esta tarea no puede sobrestimarse nunca. La prevención es básica para la salud pública, y un sesgo patológico ayuda a la medicina a buscar la patología en el saneamiento, en los alimentos y los medicamentos, en el aire y el agua. Además, los métodos colectivos para establecer enfermedades son muy relevantes para el diagnóstico médico. 

Puesto que una queja subjetiva puede no ser verificable mediante un examen objetivo, y puesto que las pruebas patológicas objetivas pueden ser tan tenues, o incluso faltar por completo, la medicina dispone de otro método además de la queja subjetiva y las pruebas objetivas. Se trata de la patología estadística. El concepto de enfermedad se basa en abstraer aquellas características de lo mórbido que difieren de lo normal. La patología dice con franqueza que los cambios anormales no son más que desviaciones de la norma. 

Las desviaciones de la normalidad dependen de una norma definida. Las desviaciones dependen de dónde se sitúen los límites de la normalidad, de la amplitud de la parte central de una curva. La mitad de las decisiones diarias que toma el médico se refieren a dolencias sin base orgánica, dolencias para las que no existen normas objetivas. Las desviaciones de la norma en estos casos tienden a ser desviaciones de la norma del médico. El médico obtiene su norma de su formación médica, su experiencia clínica, sus lecturas actuales; y en el caso de afecciones psicológicas complejas, su norma tiende a basarse en su tolerancia personal, en el grado de su temor. A diferencia del analista, no ha expuesto estas normas a evaluación. Permanecen como un sesgo patológico entre él y las normas del paciente, que pueden ser totalmente diferentes. 

La palabra «normal» procede del griego norma, que era una escuadra de carpintero, esa herramienta en ángulo recto para establecer la rectitud. Por supuesto, a partir de esa herramienta habrá «desviaciones», y todo lo que no sea «recto» y «cuadrado» será patológico. Lo normal se funde indistintamente con lo sano. El uso generalizado de la palabra «desviación» en política, en sexo, en tecnología atestigua la influencia de la norma estadística sobre el sesgo patológico. Nuestra concepción de lo normal tiende a basarse en expectativas estadísticas. Lo que excede o se queda corto se desvía de la norma. Cuanto más intelectualmente severa es la mente del médico, menos capaz es de hacer frente a las variables psicológicas. Las estadísticas médicas limitan la tolerancia y aumentan el pavor hacia aquellas condiciones que se encuentran en los extremos de la curva, es decir, los fenómenos más individuales. La formación médica carece de los conocimientos adquiridos en el estudio de las humanidades -historia, literatura, biografía- que muestran el significado de las situaciones que se desvían de la norma. Las expectativas que sólo son estadísticas ya no son humanas. Como Jung ha señalado en su última gran obra, The Undiscovered Self, ningún ser humano se ajusta a la norma estadística. Cada uno de nosotros está enfermo porque el modelo estadístico incorpora un sesgo patológico. 

El sesgo patológico funciona de otra manera. Es lo que los franceses llaman déformation professionnelle. Ver la vida a través de la propia profesión es uno de los resultados de la formación profesional. El escriba es ordenado, el burócrata indeciso, el sastre ve la costura y no al hombre. Uno se identifica con el papel que desempeña, con el personaje que lleva; el exterior se traslada al interior y determina la perspectiva. 

Para la medicina, este giro de la visión significa ver primero lo patológico. «Primero» significa ver lo patológico tanto antes que nada como detrás de todo lo demás, lo oculto antes que lo evidente. Por ejemplo, en el análisis freudiano la patología sexual está detrás de gran parte del hombre y de la cultura. La psicoterapia se ha visto distorsionada por este sesgo, y la propia vida cotidiana se ha torcido. La amistad es homosexualidad latente; y detrás de cada monumento de la cultura se esconden anhelos de incesto, sadismo, analidad, envidia del pene, ansiedad de castración y cosas por el estilo. En el existencialismo, la náusea, el espanto, el aburrimiento y la soledad son el núcleo de las acciones. En el marxismo, los logros de la historia se remontan a la esclavitud, la persecución, la explotación y la guerra. Lo patológico reduce lo mejor a lo peor. 

Se trata de un embrollo de modelos. La localización espacial se confunde con una escala de valores. Lo primero es lo más simple, lo más simple es lo más bajo, lo más bajo es lo peor. Lo último de todo apunta siempre hacia atrás, hacia los comienzos, hacia el primer eslabón de una cadena causal. En última instancia, sólo somos animales, células o mezclas bioquímicas. Expresado psicológicamente, se nos dice que en última instancia sólo somos lo que ocurrió durante los primeros años de vida. La psicología en profundidad tiende a significar la psicología en su forma más baja, más simple, más alejada del aquí y ahora. Los sueños se examinan por su contenido latente, no manifiesto. Entonces, cuando se ha descubierto lo peor y lo más bajo, se supone que también se ha encontrado lo último (lo más simple y básico). 

Sin embargo, también somos en última instancia aquello en lo que nos convertimos, lo que somos al morir. En cierto sentido, la muerte es más real que el nacimiento en la medida en que todos los comienzos han quedado atrás. La muerte es inmediatamente presente porque el momento de la muerte puede ser cada momento y es cada momento para el alma transformadora, que vive pereciendo. No hay ningún problema moral sobre el pasado, excepto el arrepentimiento. No hay un «cómo» entrar en la vida, pero sí hay un «cómo» entrar en la muerte. El sesgo patológico reduce anatómicamente los acontecimientos a sus elementos más simples y contempla los fenómenos desde su reverso. 

Por ejemplo, el suicidio se produce en gran medida en el entorno humano habitual y, sin embargo, se concibe en su caricatura patológica, como entre psicóticos internados. Se aborda allí donde es menos comprensible, donde se complica por factores orgánicos y otros factores endógenos sobre los que la psiquiatría tiene de todos modos pocas respuestas. Y se perpetúa la vieja falacia psiquiátrica: se aborda el alma a través de su anormalidad. Lo que se descubre se aplica luego en todas partes. Como dijo Chavigny, el psiquiatra francés: «Tout suicide doit être interpreté au point de vue psychiatrique«. Y Eissler completa esto: «Impedir el suicidio de un paciente es el deber evidente de un psiquiatra y no necesita más justificación ni discusión» (p. 165). Todos los suicidas son, en última instancia, el mismo enfermo. Cada suicidio, como todo sufrimiento, contiene semillas opuestas; hay, por supuesto, sombra para cada acto y patología en todas partes. Pero el sesgo se apodera primero del enfermo, encontrando en la sombra la raíz de todo acto. 

Un analista que trabaje a partir de este confuso modelo médico de psicología profunda probablemente encontrará a sus pacientes para siempre sintiéndose culpables. Por mucho que lo intenten, parece que nunca podrán llegar al fondo de sus problemas, y si una vez llegaran a este fondo, sería un mundo subterráneo de bestialidad. El paciente no puede ser arrancado de este terreno perverso mientras el analista reduzca los acontecimientos a ultimidades y sólo encuentre estas ultimidades en el nivel más bajo. El propio sesgo patológico del analista se trasplanta al paciente, produciendo metástasis en todos los rincones de su personalidad. La sombra está en todas partes y el paciente se preocupa por su responsabilidad en todo el mal que lleva consigo, mientras que gran parte de esta oscuridad es proyectada por la sombra del analista desde el sesgo de su postura. 

Tal vez un sesgo psicológico podría hacer menos daño a la medicina que el sesgo patológico al análisis. Todo acontecimiento, incluidas las enfermedades orgánicas propias de la medicina, tendría un lado oscuro. Y este otro lado sería su aspecto inconsciente, psicológico. 

Una teoría de la enfermedad llamada «infección atenuada» ha sido recientemente argumentada en detalle por H. J. Simon. Según esta teoría, el hombre y el microbio conviven pacíficamente en beneficio mutuo. Huésped y parásito forman parte del mismo sistema mayor, de modo que la infección es continua (atenuada) y habitual. Cuando el agente infeccioso procede de otro ámbito ecológico, como en la rabia y la peste, no hay coexistencia natural. Pero los virus patógenos, las bacterias intestinales, la tuberculosis y las infecciones por estafilococos y estreptococos forman parte de nuestro sistema de vida. 

Las medidas específicas contra ellas -radiación, cirugía, antibióticos- alteran la infección atenuada, perturban la coexistencia y, a veces, son la causa de nuevos síntomas e infecciones. Estas nuevas enfermedades se han denominado incluso «iatrogénicas», es decir, enfermedades causadas por el médico. Como el médico sigue vinculando infección con enfermedad y enfermedad con muerte, lucha y, al final, a menudo derrota su propio propósito. 

La teoría de la infección atenuada dice que un agente infeccioso es necesario para que se produzca la enfermedad en el huésped, pero no es suficiente para que se desencadene la enfermedad. Los gérmenes pueden estar presentes, pero la enfermedad no. Incluso cuando se identifica el agente, la causa de la enfermedad es un enigma. Eufemismos como «disminución de la resistencia» y «desequilibrio homeostático» nos dicen poco. Para obtener las condiciones suficientes para la enfermedad, debemos recurrir a una investigación del huésped. Aquí, un sesgo psicológico podría ayudar. Se pregunta: ¿Qué significado tiene esta enfermedad en este momento de la vida del paciente? ¿Qué ocurre en el inconsciente del paciente y en su entorno? ¿Cuál parece ser el propósito de la enfermedad, qué interrumpe o a qué sirve? El sesgo de la psicología supone que la enfermedad está consiguiendo algo. Propondría programas de investigación totalmente nuevos. En resumen, el sesgo patológico puede ver enfermedad donde no la hay y ser incapaz de dar cuenta de la enfermedad cuando está realmente presente, mientras que un sesgo psicológico podría dar información que la propia patología no puede proporcionar. 

Un primer paso para corregir el astigmatismo de la medicina ortodoxa y aportar un nuevo enfoque sería un sesgo psicológico por parte de cada médico. Esto podría romper el círculo vicioso tanto de la enfermedad iatrogénica como de la enfermedad recurrente. Más aún, podría llevar al médico a ocuparse de la psicología, empezando por el análisis de su propia personalidad, de sus propias heridas, con la misma dedicación que se convierte en su vocación. 

La teoría de la infección atenuada, las ideas de Jaspers y von Weizsäcker sobre el significado biográfico de la enfermedad, el enfoque de Clark-Kennedy, de Dubos, así como otros conceptos holísticos, presentan la práctica de la medicina bajo otra luz, más psicológica. Esta luz es menos brillante, pero ilumina un área más amplia. No sólo ve la parte afectada retraída bajo las lámparas del cirujano, sino al ser humano en la crisis situacional de su enfermedad. El médico ya no puede deshacerse de la patología sin, paradójicamente, un sesgo psicológico que no pretende deshacerse de ella en absoluto. Al preferir considerar el análisis como medicina laica, la medicina evita enfrentarse al único campo que más le ofrece para resolver sus dos problemas más urgentes: el significado de la enfermedad y la relación médico-paciente. Dicho de otro modo, el médico podría beneficiarse de convertirse él mismo en laico. Si laico significa no profesional, entonces laico significa abierto. Los prejuicios de la actitud profesional y el modelo rígido del pensamiento médico podrían dejarse de lado para dirigirse a los enigmas del paciente con el oído abierto. Hasta que la medicina no afronte el reto del análisis y deje que su pensamiento sea penetrado y fertilizado por la realidad del inconsciente, sus ideas no serán de este siglo, y su progreso seguirá siendo sólo técnico -químico, quirúrgico, instrumental- mientras su mente permanezca enclaustrada en la virginidad, caminando por los pasillos blancos de los hospitales con pintorescas nociones de sufrimiento, causalidad, enfermedad y muerte.

El suicidio y el alma. 2. El desafío del análisis. 8. El sanador como héroe

Traducciones

James Hillman, EE.UU

De Suicide and the Soul de James Hillman, Ed. Spring Publications, pp. 119 – 126

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Preguntémonos por qué, desde la perspectiva de la medicina, hay que prevenir el suicidio, oponerse a la enfermedad y aplazar la muerte. ¿Podría haber una metáfora raíz, una actitud arquetípica, que modele la perspectiva del médico y guíe su actividad? Hemos hablado de esta actitud como un temor a la muerte y hemos encontrado indicios de que afecta al trabajo del médico entre bastidores a través de su inconsciente. Es probable que este temor se corresponda con una visión arquetípica en la psique, no sólo de la muerte, sino de la inconsciencia.

En el simbolismo arquetípico de la Gran Madre se puede encontrar una metáfora que combina el pavor a la inconsciencia y el pavor a la muerte. Incluso las representaciones masculinas de la muerte (como puede leerse en Herzog) suelen tener un tinte oscuro y terrenal que se afilia a una diosa devoradora y omnipotente. El enemigo de la muerte es el héroe que representa la luz, el aire y el cielo, un dios solar, el principio de la conciencia.

Cuanto más materialista tomemos la visión de la muerte en la psique, más concreta será el arma del héroe y más físicamente visible será el principio de conciencia. Cuando la muerte se concibe sólo como muerte orgánica material, entonces el principio de conciencia debe ser portado por aquel que se enfrenta al desafío físicamente, en el nivel orgánico. Por lo tanto, el principal portador de la imagen del luchador contra la muerte hoy en día es el médico. El principio de conciencia, de luz, aire y cielo, se ha materializado en sus relucientes instrumentos quirúrgicos y farmacéuticos con los colores del arco iris, purgados por el fuego y el espíritu de todas las impurezas ctónicas.

El médico extrae su poder de este arquetipo. No son sus conocimientos los que le confieren el manto de héroe, ya que el médico sabe fundamentalmente poco más de lo que otros saben sobre la vida y la muerte, como muchos viejos consultores admitirán de buena gana, y como muchos pacientes curiosos y jóvenes médicos han descubierto, amargamente. Tampoco es su devoción y sacrificio lo que le confiere el aura heroica. Otros, incluso los mineros del carbón, tienen códigos de lealtad y corren otros tantos riesgos sin ser ennoblecidos por esta imagen. El médico es numinoso porque es el primero entre los luchadores contra la muerte oscura. La lucha contra la oscuridad es quizá la primera tarea humana; y la batalla contra el dragón regresivo de la inconsciencia, las «fauces de la muerte», se repite cada vez que el médico entablilla y venda o escribe una receta.

Por lo tanto, el médico debe tratar. Por encima de todo, debe hacer algo. Si no hiciera nada, nada en absoluto, depondría las armas contra la muerte y se despojaría de su papel arquetípico. Este papel le ha hecho eficaz en primer lugar. Cualquier pasividad por su parte se convierte en una especie de suicidio. Para él, una regresión terapéutica es un contrasentido. La curación debe ser un avance, un empuje contra los poderes de las tinieblas. Debe luchar contra la muerte en los demás y mantener el mito en sí mismo. Poco importa lo que haga mientras pueda constelar la imagen del salvador, el que retiene la muerte un poco más. Curar significa tratar.

Los experimentos con placebos, los tratamientos variados, a veces contrarios, para ciertas afecciones, y las diferentes escuelas de medicina (occidental ortodoxa, acupuntura china, charlatanería, remedios caseros, brujería, homeopatía, curación por la fe, fijación de huesos, Ciencia Cristiana, baños y aguas, curación no ortodoxa, etc.) demuestran que no es del todo lo que hace el médico, sino que lo hace. Esto no significa que el gran aparato de la medicina ortodoxa sea inútil y que se puedan recetar sanguijuelas y ventosas. Este no es el punto del argumento. Evidentemente, dentro del sistema de operaciones que utiliza hoy la medicina occidental, se prefieren ciertos tratamientos. Evidentemente, la medicina científica es eficaz. La cuestión es más bien que, dentro del sistema de operaciones de cualquier escuela de curación, existe el arquetipo del sanador. Es este arquetipo del sanador el que da al médico su luminosidad y hace que su tratamiento sea eficaz. En otras palabras, la curación reside tanto en el sanador como en la medicina.

El arquetipo del sanador se ha concebido de forma demasiado estrecha. Especialmente estrecha es la visión común de que el sanador es sólo el servidor de la vida. Una vez más, la vida se ha reducido a la fisiología, mientras que la palabra griega original bios significaba todo el proceso vital o el curso de una vida, no sólo su funcionamiento corporal. El verdadero dios del sanador no es la vida, sino la luz. El sanador representa la conciencia; es el héroe portador de luz. El dios griego de los sanadores, Esculapio, es hijo de Apolo. El propio Esculapio no pertenece al gran panteón. Es un vástago del dios sol, sólo una de las formas en que la luz de la conciencia actúa en el mundo. El arquetipo del sanador no depende de ningún modo o método específico de medicina, siempre y cuando el modo a través del cual brilla fomente la conciencia. La clarificación, la iluminación, la perspicacia y la visión, la concentración de la experiencia, así como horizontes espirituales más amplios también sirven a Apolo. La curación también puede producirse a través de la dialéctica del análisis y no tiene por qué limitarse a las técnicas concretas de la medicina física.

Con la secularización de la medicina, los dioses ya no son reales. Los dioses muertos difícilmente pueden curar. Hoy en día, sólo el médico puede curar, y por eso carga con tanto peso y siempre está impulsado a hacer algo. Es su propio agente, y la curación se produce a través de sus acciones. Antes era un agente de los dioses, pasivo ante sus intenciones. En la medicina esculapiana, un sistema de curación que duró al menos mil años (y que sigue funcionando en el análisis contemporáneo, como indica Meier), el curandero era bastante pasivo, en comparación con el furor por actuar del médico moderno. Los dioses daban la enfermedad y los dioses la quitaban cuando llegaba el momento. (Con frecuencia, el momento nunca estaba maduro, o más bien, la madurez era la muerte misma y, por tanto, la cura era la muerte). Entonces, era Apolo quien actuaba. Según Kerényi, uno de sus epítetos, bonthei, significaba que «se apresuraba a ayudar». El médico era el ayudante del dios, al servicio del proceso natural de curación a la luz de sus conocimientos. Pero esta luz nunca sustituía al proceso en sí; el conocimiento no era la curación. Hoy en día, el médico se enfrenta solo a la vida y a la muerte, porque los dioses han muerto, o eso cree él. Ha tomado el relevo de los dioses, y una marca de su asunción a un lugar divino es su prisa por ayudar, su furor por la acción, su furor agendi.

Aunque el médico todavía se deja llevar por su metáfora raíz, ha perdido la relación con ella, de modo que a veces Apolo parecería poseerlo e impulsar a la medicina hacia un deseo cada vez mayor de luz, orden, razón, moderación y perfección armoniosa y no emocional. El médico rinde culto a estos principios, y cada nuevo hospital es un templo al secularizado Apolo. Los sumos sacerdotes hacen sus rondas seguidos de su blanca comitiva, pasando entre los suplicantes enfermos, dispensando órdenes en la jerga de un culto. El médico sale cada vez menos de este recinto para entrar, mediante visitas a domicilio, en el mundo irracional y no estéril del enfermo. Cada vez más, esos dos grandes momentos de la vida, el nacimiento y la muerte, tienen lugar dentro del santuario del médico, que, por supuesto, no fue creado principalmente ni para el nacimiento ni para la muerte, sino para la enfermedad.

El analista, cuando investiga el inconsciente, debe tener cuidado con la influencia indebida de Apolo. La oscuridad no es el primer reino de Apolo. La conciencia apolínea tiende a retroceder ante el inconsciente, identificándolo con la muerte. El análisis médico, con su trasfondo apolíneo, utilizará la dialéctica demasiado intelectualmente, demasiado como técnica. El analista se encuentra tratando de producir orden, razón y desapego en su paciente. Intenta aclarar los problemas sacando a la luz el inconsciente. Se enorgullece de explicar los mecanismos y busca el equilibrio y la armonía. Por encima de todo, tiende a trabajar con desapego, desde un elevado trono olímpico omnisciente.

Si Apolo es el desapego y la claridad, Dioniso es la implicación. En su necesidad de Apolo, el analista puede ser llevado a antagonizar con el opuesto de Apolo, Dionisio. Si el analista debe mantener un pie dentro y otro fuera, como en el caso del riesgo de suicidio, es prudente que cada dios le proporcione un punto de vista.

Los cuentos de Dioniso muestran este otro punto de vista. Donde Apolo es la moderación, Dioniso es la exageración, de la que la orgía es el mejor ejemplo. Aparece en forma de toro, león, pantera y serpiente. Su feminidad es pronunciada. Se le celebraba en la danza y se le honraba como patrón del drama, que tenía intenciones terapéuticas. Los participantes en los misterios dionisíacos descuartizaban al dios, se lo comían y lo bebían como vino. Uno incorporaba el espíritu divino a sí mismo o entraba en su espíritu a través de la orgía embriagada, la danza alegre y las pasiones de un drama.

Cuando un analista trabaja desde el interior de sus emociones, donde él mismo es más oscuro y apegado, y trabaja con un espíritu que surge del instinto, está siguiendo este opuesto de Apolo. Este enfoque es difícilmente posible para la medicina, a menos que adopte los métodos del brujo. Este enfoque totalmente diferente del inconsciente también es unilateral. Pero aquí, al menos, el reino de la oscuridad ya no se identifica con la Gran Madre ni se experimenta con temor, como debe ser desde la perspectiva del héroe solar. Con la ayuda de Dioniso, un analista es más capaz de dejarse atrapar por el drama del paciente, de entrar en la locura y desgarrarse, de dejar que se muestre la mujer que hay en él, de admitir su forma animal y dejarse impeler por las pulsiones brutas del poder, de la risa descarnada, de la pasión sexual y de la sed de más y más. Dioniso ofrece la participación en el sufrimiento, y la marca del héroe-sanador aquí sería esa capacidad de experimentar en uno mismo las pruebas de la emoción y a través de estas emociones encontrar una identificación con los mismos poderes en el otro.

Los opuestos -mano izquierda, mano derecha; un pie dentro y otro fuera- mantienen la tensión de la conciencia en el analista. Demasiado de un lado o del otro -desapego o implicación- y el analista se ha deslizado inconscientemente hacia un papel arquetípico. El papel apolíneo es el más peligroso para él, porque tiende a llegarle desprevenido a través del trasfondo médico de la profesión. Entonces se convierte en el curador heroico, oponiéndose, impidiendo y temiendo las confusiones que el paciente le ha traído para que cure.

De hecho, el analista no es el Sanador. No hay sanadores; sólo hay aquellos a través de los cuales actúa el arquetipo del sanador, a través de los cuales hablan Apolo y Dionisio. Un analista aparece como sanador sólo ante la visión distorsionada del enfermo, porque el enfermo no puede encontrar la fuente de la curación en sí mismo. Ya no pueden oír las voces ni comprender el lenguaje de los poderes curativos en el inconsciente. Por lo tanto, el analista debe mediar entre ellos y los dioses y, tal vez, entre los propios dioses. Si un analista se identifica con el papel divino de Sanador, obliga al analizando a identificarse con el papel compensatorio de Paciente. Entonces el análisis se hace interminable, el analista necesita al paciente tanto como el paciente lo necesita a él. Dado que salud y curación significan etimológicamente lo mismo que «todo», la salud nunca podría depender de otra persona. El paciente debe seguir siendo Paciente mientras busque en el Sanador lo que no ha encontrado, es decir, su propia relación con los dioses. La salud, como la totalidad, se completa en la individualidad, y a ella pertenece también el lado oscuro de la vida: los síntomas, el sufrimiento, la tragedia y la muerte. Por tanto, la plenitud y la salud no excluyen estos fenómenos «negativos», sino que son un requisito para la salud. Podemos empezar a ver de qué manera tan diferente se relaciona un analista con el arquetipo del sanador que su colega médico moderno, demasiado influenciado por la tradición apolínea.

De todos modos, la tradición del desapego es bastante nueva en medicina. Antes, la medicina estaba más cerca de lo que es hoy el análisis, que abarcaba el cuerpo y el alma, lo apolíneo y lo dionisíaco. En todas las culturas, y en la nuestra hasta hace poco, los médicos servían a los dioses como sacerdotes; ahora el sacerdocio permanece, y los templos, pero ¿dónde están los dioses? La nueva religión de la ilustración ha entronizado la razón y el cuerpo en detrimento del eros y del alma. Y es precisamente en el área descuidada del eros y del alma, no en la técnica racional, donde la medicina moderna encuentra sus predicamentos: sobreespecialización, visitas a domicilio, honorarios, administración hospitalaria, la medicina en la política, educación médica, la relación médico-paciente… y todas esas cuestiones que muestran cómo el aspecto humano ha caído en la sombra.

Gran parte del problema tiene que ver con la represión de lo dionisíaco, ese elemento esencial en la curación tal y como se enfatizaba en toda la medicina hasta tiempos recientes. Cabe suponer que el médico contemporáneo no se ha librado del problema corporal actual y que no se siente más a gusto con la carne que sus pacientes. No se le puede culpar sólo a él por su materialismo y su huida al laboratorio y a la cirugía, donde la mente y el cuerpo pueden separarse tan limpiamente. Todos hacemos lo mismo de diferentes maneras en la era de la ciencia apolínea y la actuación dionisíaca en el afecto y la fantasía. El médico soporta la carga y nuestra decepción sólo porque lleva la imagen del sanador, y nosotros necesitamos desesperadamente ser curados. Esperamos que, de algún modo, nos muestre el camino y nos devuelva a la imagen arquetípica del sanador. Entonces el analista no se vería forzado a esas posiciones extremas de «sólo alma», «sólo eros», «sólo emoción». Entonces, un verdadero análisis médico podría fundarse en el espíritu de la curación en nombre de ambos dioses.

El suicidio y el alma. 2. El desafío del análisis. 7. Cuestión de palabras

Traducciones

James Hillman, EE.UU

De Suicide and the Soul de James Hillman, Ed. Spring Publications, pp. 109 – 118

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

LA práctica del análisis no está claramente dividida entre médicos y legos. En la mente del público se identifican profesionales de todo tipo con analistas: psiquiatras, trabajadores sociales, terapeutas de grupo, consejeros pastorales, curanderos, psicólogos clínicos y muchos otros. El público sabe poco sobre el análisis y poco sobre qué tipo de formación es necesaria para su práctica. Quienes han acudido a un psiquiatra o psicoterapeuta o psicoanalista asumen que toda psicoterapia es más o menos igual a la que ellos han conocido, sea del tipo que sea.

El requisito primordial para la práctica del análisis siempre ha sido muy sencillo. El analista debe analizarse a sí mismo antes de analizar a otros. Esta fue la premisa original de Freud y Jung y es mantenida por los genuinos freudianos y junguianos de hoy. Se llama análisis de formación reconocida e incluye también el estudio del inconsciente. Cuántas horas de análisis haya tenido un analista, si tiene o no el título de doctor, si está o no reconocido por sus colegas, licenciado por el estado, o graduado de un instituto de formación analítica, todas estas cuestiones son secundarias al primer criterio: el analista debe haber sido analizado antes de analizar a otros. Esta es tanto la formación primordial como la prueba de la vocación. Por lo tanto, un analista puede considerar legos a aquellos que no se han analizado, independientemente de sus credenciales académicas y de sus años de experiencia clínica. Naturalmente, tiende a favorecer a aquellos cuyos análisis han sido largos y minuciosos y con un maestro reconocido, que han realizado análisis de control bajo supervisión y que se han graduado en un instituto de formación.

El público tiende a meter en el mismo saco a todos los que tienen que ver con la psicoterapia, sin tener en cuenta que la mayoría de los psiquiatras nunca se han analizado y que el análisis no es una parte obligatoria de su formación. Por supuesto, muchos otros psiquiatras, por haber cumplido los requisitos analíticos, son analistas además de psiquiatras. Los psiquiatras se han formado primero en medicina, luego en clínicas con pacientes internados con los que en gran parte se prescriben métodos físicos de tratamiento. Los analistas, en cambio, trabajan con pacientes ambulatorios y utilizan métodos psicológicos. Algunos psiquiatras pasan de la clínica a la práctica privada basándose únicamente en su experiencia con otras personas, sin haber pasado ellos mismos por un análisis propio. Para un analista, este tipo de psiquiatra -si realiza algún análisis- es un analista lego, aunque sea un médico cualificado y especialista en psiquiatría.

Lo mismo ocurre con los psicólogos. Un psicólogo formado en las universidades con el título de Doctor en Filosofía puede haberse analizado o no, puede pertenecer o no a una sociedad de analistas reconocida profesionalmente. Algunos practican el análisis basándose en lo que han aprendido para obtener su título. Este aprendizaje académico de campos tales como métodos estadísticos, procesos de conciencia asociados con el sistema nervioso, experimentos de laboratorio con comportamiento animal, pruebas psicológicas y asesoramiento en clínicas mentales, es relevante sólo para la psicología general. De nuevo, estos psicólogos siguen siendo legos si analizan sin la formación psicológica específica ganada por haber sido analizados. 

El término «análisis lego» es utilizado también por los analistas de otra manera. Es lo que Freud llamaba «Psicoanálisis salvaje». La profesión analítica está organizada en diferentes sociedades locales e internacionales y sigue diferentes escuelas de pensamiento. A pesar de todas las diferencias, la profesión analítica tiene ciertos requisitos de admisión. Si alguien no ha hecho suficientes análisis, o no ha estado con un analista reconocido, o si no tiene las credenciales académicas correctas para esa sociedad, o no está licenciado porque sus credenciales son extranjeras o no están en los campos estipulados por la ley, etc., etc., y sin embargo practica el análisis, entonces tenemos de nuevo un analista «lego».

Sin embargo, hoy en día, la cuestión del análisis laico se presenta principalmente desde el punto de vista de la medicina. La propia palabra «lego» es peyorativa y procede originalmente del ámbito médico. Divide el análisis en dos tipos: médico y no médico. El argumento estrictamente médico es el siguiente: El análisis es una especialización de la psiquiatría y la psiquiatría es una especialización de la medicina; por lo tanto, el analista es un médico especialista. El análisis es un tratamiento terapéutico que trata la psicopatología. Todos los tratamientos de este tipo pertenecen única y exclusivamente a la profesión médica, que es la única autorizada por sí misma y por la ley para llevar a cabo tratamientos terapéuticos. Quien practica el análisis practica la medicina; quien practica la medicina sin título de médico no sólo es lego sino curandero.

Esta posición extrema no suele afirmarse con tanta audacia. Sin embargo, es necesario enunciarla porque influye mucho en el análisis. Afecta a la posición profesional del analista no médico. A veces, un analista puede tener que trabajar como subalterno de un psiquiatra que nunca ha sido analizado ni ha estudiado el inconsciente; o peor aún, puede que la ley le prohíba ejercer su profesión por completo.

Mucho más grave es el efecto que la posición médica ha tenido sobre el pensamiento y la práctica de todos los analistas, médicos y no médicos. El argumento -el análisis es una especialización de la psiquiatría y la psiquiatría es una especialización de la medicina- socava sutilmente al analista desde dentro a través de sus propias actitudes. Cree que trabaja en una disciplina médica. Así, tiende a concebir sus problemas y a formular sus respuestas de manera médica, lo que le lleva a considerarse como lego. Adopta la posición médica sin conocerla. Se pierde su razonamiento especioso, ya que sólo el análisis está totalmente comprometido con los problemas de la psique. Su material, sus métodos y sus objetivos son todos psicológicos. Es la única disciplina que investiga la psique en su entorno natural, es decir, dentro de una relación. El análisis puede definirse sencillamente como el estudio, dentro de una relación, de acontecimientos psicológicos inconscientes con el fin de que se realicen conscientemente. La psiquiatría es sólo un enfoque de estos acontecimientos, y este enfoque está limitado por su base médica. Hasta que el analista no haya limpiado dentro de sí mismo estos modelos inauténticos de pensamiento, nunca estará a la altura de la tarea de construir su disciplina a su manera.

Además, hasta que no esté totalmente con el alma, siempre fallará a su vocación y a su analizando.

Se ha argumentado que, dado que el análisis comenzó dentro de la medicina, pertenece a ella. Tanto Freud como Jung eran médicos; el primero, especialista en neurología; el segundo, en psiquiatría. El análisis comenzó en la medicina y fue descubierto por los médicos simplemente porque eran los únicos que prestaban oídos a la psicopatología, el sufrimiento del alma. Después de que Darwin desenterrara los ancestros simios del hombre y Nietzsche anunciara que Dios ha muerto, el alma corrió en busca de socorro a la consulta del alienista. La psique se había alienado del mundo que la rodeaba, porque este mundo había perdido su alma. Freud escuchó a sus pacientes histéricos, como Jung hizo con sus esquizofrénicos. Encontraron el sentido y, con ello, redescubrieron el alma en el lugar menos esperado: entre los enfermos y los dementes. Aunque se haya vuelto a encontrar allí, cabe preguntarse si el alma y sus sufrimientos deben permanecer para siempre en el ámbito de la medicina.

En otras palabras, las personas en búsqueda encuentran que su búsqueda les lleva finalmente a un analista. Podemos ridiculizar esta moda de «ver a un analista», pero sigue siendo un hecho psicológico. La religión y la medicina, antes y ahora, son demasiado sanas para ofrecer algo eficaz al alma in extremis. Es in extremis, en los sufrimientos y síntomas arraigados en el inconsciente, cuando empezamos a sentir el alma. El alma ha sido enterrada allí y quiere ayuda psicológica, ayuda en su propio lenguaje. Una persona pide a alguien que se ocupe de la psique como tal, un especialista del alma, no un médico ni un cura, ni siquiera un amigo. Los analistas no pedían ser sacerdotes ni médicos, ¡y sólo había amigos más sabios y verdaderos amantes! El análisis se ha visto obligado a ocupar su posición porque nadie más quería tener nada que ver con la psique per se. El análisis comenzó donde el alma yacía en la oscuridad, y los analistas se convirtieron así en especialistas en la oscuridad. Representaban lo inconsciente y lo reprimido, y su trabajo era de zurdos, siniestros, charlatanes, no académicos, esbirros del diablo. Pero desde esta posición extrema, el analista podía encontrarse con el alma, que también había sido exiliada a la vida in extremis.

Originalmente, la medicina tenía otro enfoque. Así lo ponen de manifiesto los significados básicos de las palabras para el médico. Veremos a través de una investigación de estas palabras que, a medida que la medicina se apartó del enfoque asistencial y adoptó cada vez más el punto de vista de las ciencias naturales, los aspectos que quedaron vacantes han comenzado a ser ocupados por el analista. 

«Médico», como «física», procede de la palabra griega para naturaleza, physis. La raíz de esta palabra es bhu, que significa crecer, producir. De la misma raíz viene «ser» y «estar». En su origen, el médico era el estudioso de la naturaleza. Era un filósofo, preocupado por la naturaleza del ser, u ontología, así como por el ser de la naturaleza. Aprendía sobre la naturaleza a través de su estudio del hombre, que siempre era el hombre en su totalidad, no sólo su naturaleza concebida como su materia. Esto fue antes de que el hombre y la naturaleza se escindieran y antes de que la naturaleza se identificara con la materia. Pero desde el siglo XVII, la física ha tomado el relevo de la filosofía de la naturaleza, y el médico recurre a la física para obtener su modelo último de la naturaleza humana y sus métodos para tratarla. Al orientarse hacia la ciencia natural, se ha alejado de la naturaleza del hombre. Esto ha dado lugar tanto a los grandes logros de la medicina moderna como a las grandes dificultades del médico moderno para comprender aquello de sus pacientes que no puede ser explicado por la ciencia racional.

«Doctor» procede del latín docere (enseñar). Es cognado de ducere (dirigir) y de educare (educar). Un animal «dócil» se instruye fácilmente; un «documento» (documentum) es una lección, al igual que una «doctrina» (doctrina) es el contenido de una enseñanza, una ciencia. Los hombres llamados en la tradición católica «Doctores de la Iglesia» fueron los grandes teólogos y filósofos. Los únicos médicos con derecho a la denominación de Doctor en las facultades de medicina medievales eran los que enseñaban, al igual que el Docente en las facultades de lengua alemana en la actualidad. La implicación es que quien lleva el título de doctor debe ser un hombre culto, erudito e inquisitivo, con capacidad para enseñar a otros. Es curioso que este título sea ahora tan exclusivo del médico.

Las palabras «medicina» y «médico» (médecin significa médico en francés) proceden de nuevo del latín. Medicus está cerca del verbo latino mederi (cuidar); y por tanto de «medicamento» y «remedio». Profundizando, encontramos de nuevo un aspecto filosófico. Mederi, es cognado de medeteri (meditación, reflexión). Tienen sus raíces en el antiguo iraní vi-mad (considerar, apreciar, medir): todos los actos de conciencia reflexiva. Comparables son los gaélicos midiur (juzgar) y med (equilibrar). Como señalan Prince y Layard, med como equilibrio es el punto de apoyo o cosa intermedia (medius) que mantiene unidos a los opuestos dividiéndolos (mediare).

Esto puede interpretarse como que el cuidado y la cura que ofrece la medicina están vinculados con la meditación, con el pensamiento reflexivo profundo. «Medida» y «equilibrio» van más allá de su uso farmacéutico. El medicus se mide a sí mismo, al igual que mide la fiebre y la dosis. Necesita consultarse a sí mismo para poder consultar adecuadamente al paciente. El cuidado y el remedio son más que acontecimientos producidos a través de la medicación externa. La medicación es, de hecho, una meditación que requiere la conciencia del médico. La ponderación de la teoría es tan necesaria como la práctica; las consultas con uno mismo son tan fructíferas como las consultas con los colegas. La meditación es theoria, esa actividad contemplativa y visionaria de la vida religiosa. En resumen, la «medicina» conduce al autoanálisis.

La palabra griega therapeia también hace referencia al cuidado. La raíz es dher, que significa llevar, apoyar, sostener, y está relacionada con dharma, el sánscrito que significa «hábito» y «costumbre» como «portador». El terapeuta es aquel que lleva y cuida como lo hace un sirviente (griego= theraps, therapon). También es una persona en la que apoyarse, a la que agarrarse y en la tener soporte, porque dher también está en la raíz de thronoi (trono, asiento, silla). Aquí encontramos una raíz etimológica de la relación analítica. La silla del terapeuta es, en efecto, un poderoso trono que constela la dependencia y las proyecciones numinosas. Pero el analizado también tiene su silla, y el analista es a la vez servidor y sostén del analizado. Ambos están emocionalmente implicados y la dependencia es mutua. Sin embargo, esta dependencia no es personal, del otro. Más bien, es una dependencia de la psique objetiva, a la que ambos sirven juntos en el proceso terapéutico. Llevando, prestando cuidadosa atención y cuidando devotamente de la psique, el analista traduce a la vida el significado de la palabra «psicoterapia». El psicoterapeuta es literalmente el asistente del alma.

Cabe señalar que la palabra terapia prácticamente ha desaparecido del uso médico. Aparece más en las profesiones no médicas: psicoterapia, terapia de grupo, fisioterapia, terapia ocupacional, ludoterapia, etc. Aquí priman los aspectos emocionales, como el cariño y la preocupación por el otro, mientras que en medicina han sido sustituidos por procedimientos más intelectuales, como el diagnóstico, la farmacología y la cirugía.

Donde el médico se ha alejado de este sentido de terapia, ahora está más cerca de la primera palabra griega para médico: iatros. El origen de iatros es dudoso, pero hay opiniones autorizadas que dicen que significa «el que reanima»; el iatros es el que agita y reanima, el que combate la muerte fría. Se dice que iatros es afín a ira, concepto latino de cólera, agresión, espíritu de voluntad, de poder, temperamento, ira, irascibilidad. «Psiquiatra» significaría, pues, animador o inspirador de la psique. Devuelve el calor y el temperamento mediante la estimulación y la excitación. El electroshock y otros estímulos externos son expresiones modernas y concretas de esta antigua idea.

Hay otras formas de suscitar, reanimar e inspirar. La vivificación puede producirse también a través de la implicación emocional con el paciente en el proceso terapéutico. Aquí el médico recurre a su propio espíritu y alma (anima) para aportar calor y vida al paciente. Por desgracia, con demasiada frecuencia su bata blanca, su equipo esterilizado, el ambiente médico en general, impiden esta implicación emocional. Desgraciadamente, también, la actitud médica ha impedido a muchos analistas mostrar su espíritu y temperamento por miedo a que fuera «sugerencia» o «consejo» y, por tanto, no científico. Si podemos juzgar a partir de esta raíz iatros, es tarea del sanador inspirar, animar y encender la emoción. Cuando el analista hace esto, puede ser en realidad más médico en el sentido antiguo que su colega médico independiente.

La implicación emocional con el paciente se pone de manifiesto en otras palabras europeas para designar al médico: läkare (sueco), lekarz (polaco), лекар (serbio, y similares en otras lenguas eslavas). El radical de estos términos es el mismo que se encuentra en el latín loqui, hablar, de donde tenemos «elocuencia» y «locuaz». Afiliados a través del mismo radical están tanto el discurso racional del griego lekein como la voz afectiva de la naturaleza animal laskein (llorar), lituano loti (ladrar), latín latrare (el llanto de un perro). La tarea del médico era, según estas raíces, afín a la del curandero. El nivel afectivo del tratamiento a través del encantamiento, la oración y el lamento ayudaba al médico primitivo a expulsar a los demonios. Intervenía con su voz y hablaba desde niveles inferiores al conocimiento racional. Incluso dejaba que los mismos demonios le poseyeran, asumiendo la enfermedad del paciente como propia.

De todas estas desviaciones lingüísticas, el cambio de significado que ha sufrido «patología» es el más revelador. Literalmente, patología significa el logos del pathos, que quizá se traduzca mejor como el estudio del sufrimiento. La raíz indogermánica de pathos es spa, que se encuentra en la palabra alemana moderna spannen (tensar); Spannung (estiramiento largo, como la tensión de la cuerda de un arco). De la misma raíz vienen «paciente» y «paciencia». Ambas son duraderas y, como decían los alquimistas, «en tu paciencia está tu alma». La erradicación de la patología en el sentido moderno de acabar con la enfermedad, cuando se aplica a la psique significa también acabar con la tensión y el sufrimiento, con la paciencia para aguantar y, finalmente, con el alma.

Que los pacientes del médico pongan a prueba su paciencia es más que un juego de palabras. En su paciencia está su alma, y en sus pacientes está el alma de la medicina. La forma en que el médico se encuentra con sus pacientes, comprende su patología, tolera el sufrimiento y la tensión y contiene su furor agendi, revela su propia paciencia y la profundidad de su alma.

El objetivo de esta digresión ha sido señalar otro lado en palabras básicas para la profesión médica. Esta otra vertiente, más antigua, es filosófica por un lado y emocional por otro. Apunta a la meditación y a una especie de participación emocional, que trascienden la visión demasiado estrechamente intelectual del médico como científico natural. Este otro lado se aproxima a la actitud del analista, que investiga la naturaleza comprendiendo al hombre. Hasta que el médico no haya encontrado el camino de vuelta a su visión anterior y más integrada de su vocación, no debería mantenerse una prerrogativa médica sobre palabras como «terapia», «médico», «paciente», etc., ni debería considerarse válida la opinión médica sobre quién o qué es lo que yace en la psicoterapia.

Hacia el modelo arquetipal de la inhibición de la masturbación

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Inhuman Relations’, volumen 7 de sus Uniform Edition, capítulo 21, pp. 286-306

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Justo al final de este lago donde estamos reunidos para nuestro Congreso, en Lausana, un médico suizo, inventor del término Nervenkrankheit o maladie des nerfs, Samuel Auguste André David Tissot, profesor de medicina en Lausana y Pavía, miembro de las Sociedades Reales de Londres, París, Milán y Estocolmo, publicó en el año 1758, su trigésimo año, una obra en latín que en su propia traducción francesa de 1764 se titula L’Onanisme: Dissertation sur les Maladies Produites par la Masturbation (Onanismo: Disertación sobre las enfermedades producidas por la masturbación). Esta obra apareció en pocos años en las principales lenguas europeas, y en un siglo se publicaron más de treinta ediciones. 

Tissot era un escritor experto en casi todos los aspectos de la medicina y en la segunda mitad del siglo XVIII gozaba de reputación internacional. Ha sido reconocido como uno de los médicos más famosos de su época. Su palabra se convirtió en una autoridad familiar -un Dr. Spock del siglo XVIII- y su libro sobre la masturbación en la obra de referencia sobre el tema. Desde su publicación, ha sido una de las principales influencias en las actitudes occidentales y, por lo tanto, sigue influyendo en nuestro trabajo psicoterapéutico actual.


Antes de pasar a los argumentos de Tissot contra la masturbación y al modelo teórico de su fisiología en el que se basan dichos argumentos, repasemos brevemente la visión moderna y contemporánea de la «cuestión de la masturbación.»

Las tradiciones judía y católica condenan rigurosamente la masturbación. Sin embargo, apenas se menciona en los escritos sobre medicina, el ars amatoria o la educación en la sociedad occidental hasta el siglo XVIII, es decir, el periodo de Tissot. Las pruebas antropológicas de otras sociedades «incivilizadas» demuestran que la masturbación es una de las prácticas sexuales menos castigadas. En general, se considera un asunto privado o familiar, no de clan o de sociedad. Sin embargo, en nuestra sociedad, en parte debido a la influencia de Tissot, la masturbación se convirtió no sólo en un pecado religioso y un delito social, sino en una enfermedad médica, es decir, se patologizó. Para Kant, el autoabuso era peor que el suicidio; Voltaire y Rousseau lo condenaron; Goethe y Lavater escribieron sobre la masturbación espiritual en su correspondencia.

A principios del siglo XIX, la «locura masturbatoria» había entrado en la psiquiatría (Hare 1962). Eminentes alienistas -Benjamin Rush en Estados Unidos, Esquirol en Francia, Ellis y Yellowlees en Inglaterra, Flemming y Griesinger en Alemania- consideraban la masturbación una causa de enajenación mental. La clitoridectomía se practicaba, sobre todo en Inglaterra y Estados Unidos, para aliviar la «epilepsia causada por la masturbación» (Duffy 1963). Se aplicaban fantásticos artilugios metálicos similares a los cinturones de castidad medievales para impedir el acto. Hacia 1900, en un reformatorio de Kansas para chicos, se practicaba la castración para evitar la masturbación (Hawke). Una de las «descalificaciones generales» de un candidato a la Academia Naval de Estados Unidos (1940) era la masturbación, que se consideraba una enfermedad moral. El manual de los Boy Scouts (antes de la intervención personal de Kinsey), del que se han editado unos diez millones de ejemplares en Estados Unidos, advertía contra la masturbación. El libro de texto de urología de Campbell, en su edición de 1959, recomendaba las restricciones mecánicas para evitarla. Aunque Taylor (1933) había cuestionado empíricamente la idea de la conservación de la semilla mostrando un grupo de casos en los que se lograban rendimientos atléticos superiores directamente después de la masturbación, la idea de que la masturbación era peligrosa y podía volver loco a uno seguía perdurando en nuestras actitudes culturales.

La primera reacción contra las actitudes represivas y prohibitivas se produjo en 1912, un año revolucionario en la psicología también en muchas otras áreas (Hillman 1972, 164-65 n.). En ese año, los psicoanalistas celebraron su primer simposio sobre Onanie, y la ponencia principal de ese simposio fue escrita por Victor Tausk. Por primera vez se intentó seriamente comprender la masturbación y situarla en el contexto más amplio del desarrollo psicosexual. Los miembros del simposio señalaron y consideraron dos hechos psicológicos de primera importancia en relación con la masturbación: la fantasía y la culpa. Además, el punto de vista de la conferencia fue más tolerante con la masturbación. La hipótesis anterior de Freud de que la masturbación, al igual que el coitus reservatus y el interruptus, era causa de ansiedad y neurosis neurasténica porque proporcionaba una descarga insuficiente, no encontró pleno apoyo (Reich 1951). (Todas las reflexiones de Freud sobre la masturbación han sido recogidas por Nagera 1974, 520-38.) El Simposio de 1912 tendía a aceptar la masturbación como una actividad habitual y ampliamente practicada en la infancia y la adolescencia, y por lo tanto era normal. Esto condujo a la posición de Stekel, que es, en resumen, que «la neurosis es una consecuencia de la abstinencia, no el resultado del hábito» (Stekel 1951), es decir, la perturbación de la sexualidad no es la masturbación, sino los sentimientos de culpa derivados de la prohibición de la masturbación en relación con los conflictos edípicos y la formación del superyó. Así pues, el enemigo no es la masturbación, sino la prohibición y el sentimiento de culpa innecesario.

En la Anthropophyteia de Krauss (1910, 1911, 1912), una enciclopedia de esoterismo antropológico, podemos encontrar secciones sobre «Onanie als Heilmittel» para secar las tripas en el periodo caluroso del año, o para librar a una persona de «Krankheitstoff«, o como acto religioso sacrificial (masturbación sagrada) -todas estas «pruebas» prestaron más apoyo a la dirección psicoanalítica inaugurada principalmente por Stekel.

Desde 1912 -y a pesar de ciertas reservas expresadas por el segundo simposio psicoanalítico de 1928 sobre Onanie- el péndulo ha ido oscilando cada vez más lejos de Tissot, hacia la aprobación sin restricciones de la masturbación, de modo que en una moderna Conferencia de la Casa Blanca sobre Higiene Mental el consenso luchó con pancartas ondeantes a favor de la masturbación adolescente (Reich 1951). Los dos informes Kinsey (1948, 1953) blanquearon de una vez por todas estadísticamente la masturbación. Incluso la noción de que la masturbación podía ser excesiva se mostró como un absurdo, ya que el impulso sexual no responde cuando está saciado. El único escollo que quedaba era el anticuado moralismo folclórico -esa causa de culpabilidad, de mala conciencia- atribuible a Tissot.

Sin embargo, a pesar de toda esta aprobación de la masturbación, persistía una curiosa desaprobación. La desaprobación se disfrazaba, se desplazaba. Por ejemplo, se condenaba la masturbación «excesiva»; o las «fantasías masturbatorias» llevaban a uno al «retraimiento esquizoide introvertido» y lo alejaban de «la vida real y el amor»; o, aunque la masturbación es normal en la adolescencia, no es un comportamiento «maduro», o impide, en las mujeres el «orgasmo vaginal».

Sin embargo, los informes Kinsey señalan una alta frecuencia de masturbación a lo largo de la vida adulta y entre adultos que disfrutan de otras formas de actividad sexual: «Muchos adultos que no son inmaduros en ningún sentido realista se masturban, y no tiene sentido negarse a reconocer este hecho». Este hecho sobresaliente -que la actividad masturbatoria precede, corre paralela y sucede a la actividad heterosexual en la vida humana, se prolonga desde la infancia hasta la vejez, y es en aquellos sobre los que tenemos algunas estadísticas fiables, los estadounidenses, después del coito heterosexual, la siguiente forma más frecuente de actividad sexual- plantea cuestiones básicas. Ya no puede considerarse una forma sustitutiva de comportamiento, sino una actividad sexual sui generis. (Como tal, la actividad continúa incluso en hombres que han sido castrados por «masturbación perseverante» (Bremer 1959, 86-88]. Por ejemplo, once varones «esquizofrénicos», castrados entre los 23 y los 49 años siguieron masturbándose, incluso cuando el pene estaba flácido). Como psicólogos tenemos la tarea de comprender el hecho de la masturbación adulta que los informes Kinsey señalan, incluso subrayan, pero dejan sin explicación.


Primero debemos volver a Tissot. En su opinión, la masturbación era catastróficamente perjudicial. Le atribuía un sinfín de males des nerfs-tabes dorsalis, ojos débiles, granos, tisis, epilepsia, debilidad de las facultades intelectuales, trastornos sexuales y genitales, y toda una serie de síntomas hipocondríacos e histéricos en lo que constituye una descripción temprana del síndrome neurasténico. El principal argumento de Tissot contra la masturbación era que la pérdida de semillas es fisiológicamente perjudicial. Las ideas de Tissot sobre la «pérdida de la semilla» fueron confirmadas por otro médico de Montpellier en tres volúmenes con decenas de informes de casos (Lallemand 1836-42).

El modelo fisiológico en el que Tissot basa su argumentación está tan extendido y es tan recurrente que podemos calificarlo con razón de arquetípico. Este modelo de psicofisiología aparece temprano y con fuerza en Hipócrates, en quien Tissot se basa y cita extensamente. Según el modelo hipocrático, el sistema nervioso es un conjunto de tubos o conductos muy finos por los que circula la somata hormonta o cuerpo excitante (Bucher, 1958). Esta esencia circulante es un fluidum vital psicofísico descrito de muchas maneras y con muchos nombres en los siglos posteriores. Galeno lo relacionó con su teoría de los cuatro humores y su alimentación y reposición. Este «animal» o «espíritu vital» siempre ha sido ambiguamente psicofísico, a veces descrito como un fluido real, a veces como un flujo inmaterial (Hillman 1960, 75-7).

El modelo hidrodinámico de la circulación se remonta a los albores del pensamiento en China y presagia el descubrimiento de la circulación de la sangre (Boenheim 1957). Expresiones similares son el «empuje circular» (periousis) en el Timeo de Platón (79-80), el prana en la psicofisiología india, la noción de aliento en Avicena, cuya esencia es el elemento húmedo pero que es una sustancia luminosa como la «luz» que circula en El secreto de la flor de oro (Jung y Wilhelm 1929). La noción de Freud de la libido, de su represión y canalización por el yo, de su conexión especial con el instinto sexual -incluso con los fluidos sexuales- es una reformulación moderna del mismo modelo hidrodinámico arquetípico de la psique.

En este sentido, reviste especial importancia la teoría encefalomilogenética del semen sostenida por Hipócrates, Platón y muchas otras figuras autorizadas que influyeron en Tissot. Esta teoría concebía una línea anatómica directa desde el cerebro hasta los testículos, pasando por la columna vertebral (Lesky 1950). Se pueden encontrar ideas similares en los dibujos anatómicos tibetanos, en el yoga Kundalini y, lo que es más importante para nuestras ideas occidentales, en las primeras ideas griegas sobre la materia vital explicadas por Onians (1954). Esta materia vital, llamada eón, era un fluido o líquido que fluía por todas las partes del cuerpo, pero se asociaba especialmente con los líquidos sexuales, el cerebro, el líquido cefalorraquídeo, el agua de los ojos, las rodillas, los riñones, etc.

Tissot consideraba que el semen era el ejemplo por excelencia de este fluido vital. El semen es a la vez vital y visible, pero contiene un principio vital semimaterial invisible, una especie de homúnculo en su interior, para el que el fluido visible sirve de vehículo. Para Tissot, el semen era «el aceite esencial de los licores animales». Escribe: «Es cierto que ignoramos si los licores animales y el licor genital son la misma cosa; pero la observación nos enseña… que estos dos fluidos tienen una analogía muy estricta, y que la pérdida de uno u otro produce los mismos males» (Tissot 1772). Tissot reafirma en el lenguaje de su época la idea de que la pérdida de semen es pérdida de sustancia anímica, que debe circular por el cuerpo para mantener la vida y no gastarse.

La pérdida de semillas en la masturbación era perjudicial porque los movimientos de la masturbación eran más violentos que los del coito, lo que provocaba una excitación excesiva análoga al ataque epiléptico, dejando al individuo exhausto, seco y vacío. De nuevo la idea es antigua: el espíritu vital, o materia de la vida, debe circular en un flujo rítmico, moderado y armonioso, de acuerdo con las ideas griegas del alma como una armonía y las fibras del alma como un acorde. La pasión sobreestimula el flujo, forzándolo hacia pasajes equivocados y conduciendo a una excitación genital incesante y a obsesivas preocupaciones sexuales, es decir, al «mal hábito».

Además, la semilla perdida en la masturbación no se reponía. Para Tissot, había un torrente invisible que fluía entre dos personas en el coito, un intercambio a través de los poros, una transmisión de aliento vital que restablecía el vigor. La masturbación es solitaria; no hay inhalación, intercambio ni reposición.


No podemos contentarnos con rechazar los argumentos de Tissot por su fisiología anticuada. Como psicólogos -especialmente como psicólogos junguianos- consideremos que estas ideas tan arraigadas tienen en sí mismas alguna verdad psicológica arcaica, aunque sean fisiológicamente incorrectas. El modelo fisiológico de Tissot para la prohibición de la masturbación es defectuoso; pero este modelo, arraigado en una imagen arquetípica, dio a los argumentos de Tissot su asombrosa influencia colectiva. Así pues, no es que la masturbación excite y gaste algún cuasi «fluido nervioso». Más bien, es que la masturbación estimula y luego libera la tensión psíquica. Sólo tenemos que traducir el «gasto de fluido» fisiológico en la «fuga en la circulación del flujo psíquico» psicológico. Con este redescubrimiento del modelo arquetípico en el pensamiento de Tissot, ahora podemos abordar de nuevo el problema de la culpa y la inhibición de la masturbación.

Una de las principales conclusiones del simposio psicoanalítico de 1912 sobre el onanismo, como ya he informado, fue que el sentimiento de culpa estaba fundamentalmente relacionado con la masturbación. Estos sentimientos de culpa resultan irresolubles, irreductibles. Fenichel (1945) escribe: «En la adolescencia y más tarde en la vida, con frecuencia no sólo los temores y los sentimientos de culpa están todavía conectados con la masturbación, sino que incluso hay una clara resistencia por parte de los pacientes contra la iluminación sobre la naturaleza inofensiva de la masturbación. Parecen tener algún interés inconsciente en creer que la masturbación es algo espantoso.»

En su exhaustivo informe sobre los delincuentes sexuales (Gebhard et al. 1965), los investigadores de Kinsey señalan (503): «Una proporción sustancial de los varones que entrevistamos se habían preocupado a pesar de su conocimiento de que la masturbación es casi universal y a pesar del hecho de que ninguno de ellos informó haber sido dañado físicamente por ella. Es sorprendente cómo pocas personas se preguntaron por qué una pérdida de semen en la masturbación debería ser perjudicial mientras que una pérdida de semen en el coito no debería tener ningún efecto nocivo; nadie captó el concepto de que si la masturbación fuera perjudicial, el matrimonio sería por la misma razón suicida.» Una vez más, el modelo arquetípico es más fuerte que los hechos y la razón, ya sea en Tissot o en estos delincuentes sexuales. Es un argumento persuasivo en apoyo de nuestra posición que estos hombres, encarcelados por sodomía, homosexualidad, violación, incesto, abuso sexual de menores y otros «delitos sexuales», que en su mayoría tienen grandes dificultades para admitir su culpabilidad en relación con su delito, experimentan sin embargo preocupación, ansiedad y culpabilidad en relación con su masturbación. Esta afirmación, por supuesto, requiere una discusión más diferenciada, ya que el mecanismo de negación (804-7) puede funcionar con más fuerza en relación con el delito penal. Pero la conclusión principal sigue en pie: la masturbación va acompañada de una culpa preocupante – «la ansiedad es normalmente concomitante con la masturbación (generalmente cesa cuando cesa la masturbación)» (500)- incluso en aquellos que ejercen plenamente su sexualidad violando leyes prohibitivas y tabúes inhibitorios (incesto).

La culpa fundamental la ponen de manifiesto escritores sobre la masturbación que van desde teólogos católicos (Von Gagern 1955) hasta D. H. Lawrence. El pecado de Onán (Génesis 38: 9), que no tiene nada que ver explícitamente con la masturbación, fue sin embargo asumido por la psique como culpa por masturbación. Los datos antropológicos sobre la masturbación son difíciles de reunir, ya que el acto se practica en secreto, es culturalmente desaprobado y ampliamente ridiculizado. Es evidente que el hombre se siente incómodo con la masturbación. Nuestras propias actitudes, supuestamente ilustradas, también expresan culpabilidad; pues en la literatura psicológica se suele opinar que la masturbación es un comportamiento sustitutivo o regresivo, auténtico sólo en las circunstancias atenuantes de faute de mieux o Not-Onanie (presos, marineros), o en relación con la regresión terapéutica a niveles más juveniles.

¿Cuál es el origen de este malestar y desaprobación, de este sentimiento de culpa generalizado en la conciencia? ¿Podemos achacarlo enteramente a la prohibición impuesta por los representantes paternos de la cultura? ¿Se ha asociado la masturbación a una autoridad restrictiva introyectada, de modo que los dos -impulso y prohibición- aparecen siempre juntos? ¿O tiene la masturbación un inhibidor sui generis, como parte de la propia pulsión? ¿Prohibición o inhibición? La respuesta dependerá en parte de cómo veamos la psique. Si asumimos que la psique es un sistema de individuación relativamente cerrado y dirigido por objetivos, cuyo modelo básico es el Sí-mismo como flujo circulante de vida psíquica dentro de la persona, entonces este sistema también es autodirigido, autoguiado. La conciencia es la experiencia de la función spiritus rector del sistema de autodirección. La culpa en la conciencia es inhibición de la función: la inhibición de la función se siente como culpa en la conciencia. La inhibición es autoimpuesta por la actividad autorreguladora de la psique. Esta posición aparece ya en la discusión de Eugen Bleuler sobre Onanie-Hemmung (1913). Allí Bleuler reconoció la importancia señalada de la masturbación en la vida sexual del individuo y su particular relación con la vergüenza, la culpa y la tendencia al secreto. Freud incluso fue tan lejos en una nota escrita en 1938 (Nagera 1974, 438) como para sugerir que la base de toda inhibición en las esferas del intelecto y la actividad laboral parece residir en la inhibición de la masturbación infantil. La implicación tanto en Bleuler como en Freud es que la masturbación y la inhibición están fundamentalmente conectadas y que la inhibición en su sentido más amplio es derivada de la masturbación. No podemos tener la una sin la otra.

Jung (1958) dice de la conciencia: «el fenómeno de la conciencia no coincide con el código moral, sino que es anterior a él, trasciende su contenido». La culpa de la formación del superyó -la prohibición de masturbarse que viene de fuera- sólo es posible si la psique tiene la posibilidad fundamental ya dada de «sentirse culpable», y de encontrar sentido en los códigos morales como parte de su sistema de autoguiado.

La prohibición introyectada sólo funciona porque se hace eco de la inhibición autorreguladora previa. Y el levantamiento de la prohibición -como cuando Freud habla del «retorno terapéutico de la masturbación»- no elimina el malestar y la problemática fundamentales de la masturbación, como coinciden los psicoanalistas, que permanecen pero se desplazan a cuestiones como la masturbación «excesiva», «compulsiva» o «infantil-fijada».

La hipótesis de una inhibición de la masturbación encuentra apoyo en los hallazgos clínicos. Un paciente adolescente de Burghölzli, esquizofrénico y masturbador compulsivo, me dijo una vez que quería darle la vuelta para que le subiera a la cabeza y le curara. (Este fue el impulso para la investigación que dio lugar a este artículo.) Los casos tratados en el simposio de Onanie de 1928 informan de ansiedad por la pérdida de la semilla. Los chicos encuentran que la masturbación sin orgasmo, sin eyaculación ni pérdida de semillas, evoca menos culpa.

El hecho antropológico de que la masturbación evoca el menor castigo de todas las actividades sexuales implica una autoinhibición natural que requiere poco refuerzo prohibitivo externo. Si fuera un gran peligro para la sociedad o la especie, como algunos han interpretado la razón del castigo de Dios a Onán, la masturbación sería objeto de una aversión universal aún mayor que el incesto.

Otro argumento a favor de la hipótesis de la inhibición surge de las actitudes hacia la masturbación femenina. Incluso después de que Karl Ernst von Baer descubriera el óvulo en 1827, refutando así definitivamente la teoría galénica y medieval de que la mujer tenía semen (Gerlach 1937-38) y poniendo fin a la controversia sobre el papel de la mujer en la reproducción, la masturbación femenina siguió siendo condenada con el mismo rigor que la masculina. El mal era igual de grande, las consecuencias igual de desastrosas y las medidas infligidas para impedir la masturbación igual de drásticas. El hecho fisiológico no tenía ningún efecto sobre la idea arquetípica. En la masturbación femenina no se trata de una pérdida real de fluido vital o de semillas concretas, sino del significado arquetípico que el modelo del flujo circulante de la psique da a esta pérdida de fluido.

Admitiendo que la inhibición experimentada en la conciencia como angustia de culpabilidad es sui generis y no una prohibición cultural, tal vez su origen sea biológico. En otras palabras, ¿surge la culpa porque la masturbación va en contra de la «ley natural» al rechazar la procreación, de modo que la voz de la preservación de la especie habla a través del yo? Se trata de la vieja idea de que la masturbación es una perversión del instinto. La actividad masturbatoria de los animales, en particular de los primates -y en sus hábitats naturales- demuestra que la masturbación es una actividad que ocurre regularmente sin inhibición (por ejemplo, los puercoespines también se masturban -Wendt 1965, 297). No interfiere con la procreación, sino que corre paralela a ella. La inhibición tendría en esta analogía con los animales que encontrar su origen en otra parte que en la «perversión instintiva» o en la «culpa biológicamente generada». Biológicamente, la masturbación es «natural». No podemos basar la inhibición en una función biológica más de lo que podríamos hacerlo en prohibiciones culturales introyectadas.

Espero que a estas alturas haya quedado clara la diferencia entre «prohibición» e «inhibición». Una prohibición es un mandato negativo, una prohibición por parte de la autoridad. Una inhibición es la acción de obstaculizar, restringir, controlar, impedir. Una prohibición requiere autoridad, y en la historia de la discusión sobre la masturbación, esta autoridad ha ido desde Dios, que golpeó a Onán, hasta la figura paterna que prohíbe en la formación del superyó freudiano. Una inhibición, por otro lado, puede concebirse como nativa de, como parte de, una función en sí misma, como un control incorporado y un equilibrio necesario para la autorregulación.

Una prohibición es «antimasturbación»; se opone a ella. Una inhibición obstaculiza la masturbación; es una complicación de la misma. Además, la inhibición puede concebirse como parte de la propia función masturbatoria, a la manera de una partie inférieure y supérieure de la misma función -para utilizar el lenguaje de Janet tomado prestado por Jung en su descripción del arquetipo. La masturbación y su inhibición son aspectos de la misma actividad. El extremo inferior es el impulso a la acción, el extremo superior consiste en las fantasías y el spiritus rector de la conciencia.

La prohibición impuesta por la autoridad externa refuerza la inhibición, el extremo superior a expensas del extremo inferior, y divide el instinto contra sí mismo. Entonces encontramos ese patrón familiar de masturbación compulsiva alternando con rígidas restricciones superyoicas, culpa mórbida y fantasías eróticas desplazadas. El retorno terapéutico de la masturbación significa más que lo que Freud quería decir, es decir, la descarga de las energías del id canalizadas por el ego ahora liberado de las restricciones intolerables del superego. El retorno terapéutico de la masturbación significa la reunión de los dos extremos del espectro instintivo. Significa también el retorno de la inhibición, en forma de vida fantástica reavivada, y un sentido de la propia autonomía, de la propia conciencia innata que nos guía, en lugar de una moral superyoica impuesta.


Para recapitular brevemente: nuestro examen de la culpa por masturbación nos llevó a suponer la existencia de una inhibición de la masturbación. No hemos podido reducir esta inhibición ni a fuentes culturales ni biológicas. Más bien, hemos seguido una idea de Freud «que algo en la naturaleza del instinto sexual en sí es desfavorable para el logro de la gratificación absoluta» (1912, 214). Este factor inhibitorio es totalmente de origen psicológico y es un componente inherente de la actividad masturbatoria. El modelo de nuestra teoría, sin embargo, va en otra dirección que la de Freud, pues estamos asumiendo como base de la inhibición la idea arquetípica del yo como circulación de la psique dentro de un sistema contenedor, es decir, la autocontención de la psique.

Llegamos a nuestra pregunta final. ¿Cuál podría ser el significado y el propósito de la inhibición de la masturbación con respecto a la masturbación adulta? Como ha demostrado Layard (1945) en relación con el incesto, un tabú no sólo tiene una función preventiva negativa. El tabú del incesto también fomenta la extensión de la cultura. Del mismo modo, la inhibición de la masturbación no sólo actúa negativamente contra la liberación instintiva; también fomenta sentimientos subjetivos de culpa, preocupaciones introspectivas, conflictos psicológicos y fantasías eróticas. Sin el tabú del incesto, la cultura biológica y social podría satisfacerse principalmente dentro de la familia inmediata. Sin la inhibición de la masturbación, la tensión psicológica podría descargarse directamente.

Podríamos afirmar que la inhibición de la masturbación fomenta instintivamente dos funciones psicológicas. Estas funciones son la conciencia y la imaginación. Sobre la culpa, el malestar, el secreto, la preocupación moral en la conciencia que acompaña a la masturbación ya hemos hablado; sobre la fantasía vívida que acompaña a la masturbación, a veces incluso necesaria para ella, no necesitamos hablar ya que es muy bien conocida. «Los varones que nunca han tenido fantasías durante la masturbación son relativamente infrecuentes», dicen Gebhard et al. (1965, 503). ¿Sin la inhibición que acompaña a la masturbación habría fantasía? ¿No es la fantasía una parte del propio impulso sexual, como partie supérieure de la actividad? De hecho, pruebas experimentales recientes (Fisher, Gross y Zuch 1956) apoyan la hipótesis de que la excitación sexual y la fantasía son partes de la misma función. Los ciclos de erección del pene durante el sueño son sincrónicos con los ciclos de ensoñación. La fantasía sexual que es bloqueada por la ansiedad o la censura en el contenido del sueño también parece ser sincrónica con la pérdida de la erección del pene. Mientras que el tabú del incesto a través de la exogamia fomenta el desarrollo extravertido, la inhibición de la masturbación, a través del fomento de la tensión intrapsíquica, la conciencia moral y las imágenes mentales, fomenta el desarrollo introvertido. La masturbación vivifica especialmente las relaciones con parejas imaginarias (Lukianowicz 1960); es una forma de hacer figuras de la imaginación, tanto convincentes como satisfactorias.

El trabajo pionero de Spitz sobre el juego genital de los bebés también apunta a una relación entre la inhibición de la masturbación y la introversión. Escribe: «He descubierto que el juego genital en la infancia (o su ausencia) es un indicador de la naturaleza de las relaciones objetales del niño» (Spitz 1962). Los bebés con buenas relaciones de objeto con sus madres y sus sustitutos se masturban; los que están privados o aislados se masturban menos o no se masturban en absoluto. La actividad masturbatoria de los lactantes está directamente correlacionada con la relación instintiva de salida. En los lactantes no se trata, como solemos pensar, de un comportamiento autoerótico compensatorio activado por el aislamiento. Si aceptamos el punto de vista que se ha propuesto de que todos los bebés (no autistas, «normales») son extravertidos, es decir, orientados al objeto, la actividad masturbatoria desinhibida de los bebés pertenece a la extraversión.

La partie supérieure, la inhibición, evidentemente se despliega ontogenéticamente más tarde. La inhibición, reforzada por los conflictos edípicos, parecería aumentar con la maduración y el desarrollo de la subjetividad, la introspección, la introversión y la contención psicológica. Me arriesgaría a proponer que la inhibición se refuerza con más fuerza en torno a la pubertad que en la época de los conflictos edípicos de la primera infancia. Sobre la base de nuestro modelo fluido del alma, la aparición de las secreciones genitales sería el factor determinante. Esta es la experiencia física crítica que choca con el modelo arquetípico de la sustancia anímica como fluido, intensificando la inhibición, sus conflictos y fantasías.

Las palabras que utilizamos para referirnos a la masturbación -autoerotismo, vicio solitario, vicio secreto, autosatisfacción, autoestimulación, autoabuso- llaman la atención sobre la subjetividad del acto: la «tendencia al secreto» de Bleuler. Por ser la única actividad sexual que se realiza en solitario, se le ha dado un valor negativo para la cultura biológica y social.

El sinsentido de la masturbación para la especie y para la sociedad, es decir, la cultura externa, ha asociado durante mucho tiempo la masturbación con el suicidio. Sin embargo, al ser la única actividad sexual que se realiza en solitario, es muy posible que tenga otro tipo de significado: un impulso sexual para la cultura psicológica o interna. Su conexión con la producción de fuego y su papel en los mitos de la creación apuntan a su importancia psicológica (cf. CW 5, p. 142f.; CW 9.2, p. 207; Bachelard 1938). De interés aquí es el hecho de que un signo de la infancia del futuro chamán entre los Mohave es la masturbación frecuente (cf. Devereux 1936).

Aunque hemos venido mostrando que la masturbación es «natural» (se da a lo largo de toda la vida humana y en los animales), es al mismo tiempo un opus contra naturam. El aspecto contra naturam está representado por los concomitantes inhibitorios del secreto, la culpa y la fantasía. De ahí su significado chamánico. Y de ahí la denigración de la masturbación por parte de quienes sostienen las visiones naturalistas y literalistas de la sexualidad, es decir, que debe servir a la procreación biológica o a la relación social.

El aspecto contra naturam de la masturbación se expresa en diversas fantasías míticas que relacionan el acto con un monstruo, con una imagen antinatural que es a la vez negativa y creativa. El monstruo Golem de la leyenda judía es el resultado de que el esperma no penetre en la mujer; el monstruo Erichthonios es el resultado de que la semilla de Hefistos caiga en Gea (en lugar de Atenea); Pan, de quien se decía que había inventado la masturbación, es él mismo un monstruo con patas de cabra.

Como ha sugerido Murray Stein (1973), Hefesto es un dios de la libido introvertida, una estructura de conciencia que es a la vez contra naturam y al mismo tiempo está íntimamente conectada con la naturaleza; Hefesto activa la producción de simbolismo individual, forjando la naturaleza en imágenes. Pero es precisamente a esta producción de simbolismo individual y de conciencia a la que se oponen las religiones ortodoxas. Y son ellas las que más tienen que decir sobre la supresión de la masturbación. Por ejemplo, el Kitzur Shulhan Arukh (§ 151), un libro judío de leyes supuestamente redactado originalmente por el rabino Caro, compara explícitamente la masturbación con el asesinato (de ahí la justificación de Dios para castigar a Onán). Otro ejemplo es la postura adoptada por la Iglesia Católica Romana bajo Inocencio III en el IV Concilio de Letrán (1215). Fue en esa importantísima reunión donde la Iglesia estableció vigorosos modos de represión contra las fantasías individualistas (averroísmo, los albigenses); inauguró la Inquisición y una nueva Cruzada; circunscribió con el dogma las actividades de los ángeles y definió a los demonios como aquellos espíritus que se convertían en malvados por voluntad propia a través de sus propios actos; y reconfirmó con fuerza el celibato sacerdotal, dando un nuevo impulso al escrutinio de todas las actividades sexuales, incluida la masturbación.

La «monstruosidad» de la masturbación y el miedo al «exceso» se refieren a la enormidad de la fantasía que va más allá de la naturaleza. «Se sabe que el comportamiento sexual previsto en las ensoñaciones o fantasías durante la masturbación irá, en muchos casos, mucho más allá de cualquier comportamiento que el individuo haya experimentado o desee experimentar en la vida real. Esto es especialmente cierto en el caso de los varones». (Duvall & Duvall 1961). La exorbitancia de la fantasía en relación con la masturbación aparece también en las advertencias contra la actividad, como las que se encuentran en Tissot. Las horripilantes imágenes del niño idiota babeante o de la febril muchacha despilfarradora y lasciva presentadas en los libros de medicina casera del siglo XIX, en los consejos religiosos o en las exhibiciones itinerantes de fenómenos tienen su fuente psicológica en el aspecto contra naturam del arquetipo que presenta la misma idea en las imágenes de Pan y Hefesto.

En otras palabras, hay algo profundo en la vieja idea de que «la masturbación vuelve loco». Nydes (1950) ha interpretado que la locura que uno teme es una pérdida de realidad en favor de fantasías mágicas de omnipotencia. El vívido acontecer táctil de la masturbación, al dar cuerpo (experiencia física concreta) a las fantasías de omnipotencia, «fortifica la cualidad alucinatoria de la experiencia» (306). En efecto, la masturbación hace posible la experiencia de la realidad absoluta de la fantasía más allá, en exceso y en contradicción con la «naturaleza».


Por lo general, consideramos que la capacidad de contener la excitación y el desarrollo de la introversión pertenecen más a la madurez que a la juventud. Quizá ahora podamos entender por qué la masturbación ha sido condonada -e incluso, en algunas sociedades, fomentada- para los jóvenes, pero casi universalmente condenada para los adultos.

Las razones en contra de la masturbación adulta -que es fisiológicamente dañina, teológicamente mala, biológicamente amenazante, sociológicamente criminal- pueden ser todas erróneas. La condena de la masturbación adulta como juvenil y regresiva expresa la idea psicológica de que el desarrollo de la personalidad requiere tapas (calor interno), y que es «juvenil» ser incapaz de contener la excitación necesaria para este desarrollo.

La contención de la excitación sexual, incluida la retención de semillas, con fines de desarrollo psicológico es fundamental para el misticismo sexual (Études Carmélitaines 1953; Evola 1968). Las creencias sexuales chinas, especialmente las taoístas, han elaborado estas prácticas con gran detalle. Éstas han sido descritas con autoridad por Maspero (1937) en el Journal Asiatique, y explicadas con más detalle en relación con el yoga tántrico y la alquimia por Van Gulik (1961). Estas ideas místicas de autoalimentación a través de la sexualidad se han reducido de forma freudiana a la «oralidad» (Weakland 1956), un enfoque que pasa por alto el modelo arquetípico de «flujo» autorregulador que intentamos exponer aquí.

Para resumir brevemente estas ideas orientales El cuerpo inmortal no nace espontáneamente, ni lo dan los dioses. La salvación depende de la fabricación del propio cuerpo inmortal mediante la acción humana. Esta es la base de toda gimnasia, ética, dietética, alquimia, etc. En todos ellos, el trabajo principal es alimentar el espíritu vital, lo que se consigue principalmente «tragándose el aliento», es decir, introvirtiendo la fuerza vital y desarrollando la tensión psíquica. El principal opus contra naturam exige el dominio del instinto sexual. Dado que «un solo coito disminuye en un año la vida del cuerpo inmortal» (Maspero 1937), se recomienda la abstinencia. Sin embargo, la cópula es natural y necesaria. Por ello, se desarrollan técnicas para introvertir o «traducir» el semen mediante la supresión de la eyaculación (coitus reservatus), forzándolo así, como era la fantasía en el paciente de Burghölzli, a través de esos minúsculos tubos (de Tissot) y haciéndolo «fluir hacia arriba» hasta el cerebro. El sabio tiene relaciones con cualquier número de mujeres, preferentemente adolescentes, por sus «exhalaciones vitales», y sin excitación violenta para alimentar sus espíritus vitales sin pérdida, ni de la preciosa semilla ni por movimiento violento. Las prescripciones se corresponden sorprendentemente con los principales argumentos de Tissot. Ackerman amplía aún más estas ideas taoístas en términos de instrucciones de masturbación oculta y una mística de excitación, tumescencia, pero retención de la semilla para la dispersión interiorizada del fluido vital. Preformas de esta práctica exótica pueden encontrarse en adolescentes que luchan con la masturbación, que se permiten la estimulación genital pero no la eyaculación.

Las actitudes occidentales hacia la sexualidad son en gran medida extravertidas. No hemos sido capaces de dar todo su valor a la masturbación como tampoco lo hemos hecho con la introversión. Su infravaloración es un corolario de la infravaloración más amplia de la vida psíquica per se, a menos que se muestre claramente en la cultura biológica o social, es decir, en formas extravertidas. Por ello, seguimos encontrando la literatura sobre la masturbación en obras dedicadas a la infancia y la adolescencia, como si desapareciera de la vida psíquica después de la madurez.

Por lo tanto, hemos sido ciegos a la evidencia antropológica y psicológica de la inhibición, siempre asumiendo que una prohibición es necesaria-y las prohibiciones, viniendo de autoridades externas, también son extravertidas.

Además, nuestros prejuicios naturalistas extravertidos han aislado por completo la masturbación de su significado para el alma y de su relación con la religión. (No se menciona el «onanismo» en ninguna de estas obras estándar relacionadas con la religión: La rama dorada de Frazer, la Enciclopedia de las Ciencias Sociales de Seligman, el Diccionario de la Biblia de Hastings o su Enciclopedia de Religión y Ética; cf. Jeffreys 1951). Pero si, como ha dicho el filósofo Whitehead, «la religión es lo que una persona hace con su propia soledad», entonces la masturbación puede tener profundas implicaciones más allá de una mera psicoterapia de la función sexual. La propia individuación mostrará su omnipotencia en el mundo de fantasía de la masturbación y en la secreta preocupación introspectiva que acompaña al acto, obligando al individuo a reconocer al dios en el «síntoma», al alma en el cuerpo, al ritual en lo sexual. En las complejidades inherentes a la masturbación, nos encontramos con raíces del aspecto introvertido del instinto religioso: separación y soledad, vergüenza, sensación de pecado, formación de fantasías individuales y magia corporal. Nuestra resistencia individual a la confesión de la masturbación y la conciencia de las fantasías masturbatorias pertenecen, por tanto, a los niveles más profundos del instinto religioso. Estos sentimientos y fantasías secretos presentan patrones de nuestra individuación.

Incluso las ideas «libres» más recientes sobre la masturbación, originadas por Stekel, son extravertidas en el sentido de que se oponen a la prohibición en nombre de la expresión extravertida de la psicosexualidad. Los prejuicios extravertidos aparecen también en las discusiones habituales sobre la masturbación y el petting. La excitación que no conduce a la descarga se considera una práctica malsana y, como en el caso del primer Freud sobre el coitus reservatus, una fuente de neurosis. Si este prejuicio extravertido, apoyado por las religiones occidentales, no ha tenido en sí mismo un efecto malsano sobre el cultivo del eros y la intensificación de las tapas, lo dejo para el debate.

Los psicoanalistas actuales parecen estar de acuerdo con Spitz en que la masturbación y su inhibición van unidas. Spitz (1962) escribe: «Desde el punto de vista de nuestra civilización, las consecuencias de la masturbación sin restricción son probablemente tan indeseables como las de la restricción sin masturbación. Ambas conducen a la esterilidad, ya sea mental o reproductiva». Desgraciadamente, el argumento se basa en el viejo modelo de un impulso instintivo incontrolado contrarrestado por una prohibición restrictiva. Spitz, y todos los demás que he leído, echan de menos la inhibición, el autogobierno del instinto principalmente a través de la fantasía y la conciencia, que nos ofrece el modelo de Tissot. Que el instinto se exprese principalmente en el extremo inferior o en el superior dependería de si la tensión psíquica debe ser liberada o retenida y cultivada de acuerdo con lo que es beneficioso en ese momento para la constelación psico-lógica.

Es la constelación la que determina la experiencia masturbatoria. Si es puer, entonces la masturbación es libertad y omnipotencia; si es heroica, entonces la inhibición y el control se vuelven dominantes; si es dionisíaca, entonces la relajación y el gasto adquieren más importancia. Gran parte de los prejuicios contra la masturbación, incluida la asociación de Freud con la neurastenia, pueden referirse a la postura del yo heroico contra el debilitamiento dionisíaco. Aunque la constelación arquetípica determina la experiencia, la ambivalencia fundamental entre compulsión e inhibición no se pasa por alto; esta ambivalencia simplemente adopta diferentes formas al seguir diferentes patrones míticos. Así, el valor psicológico crucial de la masturbación reside precisamente en la experiencia de la ambivalencia, de la tensión psíquica, que refleja la autoinhibición incluso de lo que parece más natural, simple y placentero.

Dos sueños ilustran la importancia de la masturbación para la introversión y el desarrollo de la tensión psíquica. Un hombre de unos cuarenta años ha vivido su sexualidad con mujeres desde la adolescencia. En el momento del sueño ha proyectado su talento creativo en una mujer artista que es su amante. Descuida sus considerables dotes artísticas. Sueña que una mujer mayor le ordena masturbarse en una copa de plata. El sueño me dio a entender que debería dirigir parte de su energía sexual hacia su propia ánima, contenerla allí, en lugar de volcarla toda en la relación.

Otro hombre, de unos treinta años, que está luchando con su homosexualidad muy activa -es decir, si quedarse en casa por la noche y masturbarse o salir a la calle- sueña que está en poder de un homosexual mayor brutal y endurecido. Al masturbar a este hombre mayor, disminuye su poder y se libera. Entendía que este sueño significaba que la masturbación era ahora la respuesta a su impulso sexual; de lo contrario, estaría bajo el dominio de su insensible sombra. En ambos casos, la masturbación significaba la frustración de la sexualidad extravertida orientada al objeto en aras del factor subjetivo. En ambos casos, la masturbación había sido considerada como un sustituto infantil. Después de los sueños, la masturbación pudo ser conectada con la vida interior y la inhibición reconocida como la función de fantasía-inquietud de la propia actividad.

El modelo arquetípico de Tissot, que relaciona los líquidos sexuales con el flujo de energía psíquica, nos dice lo que la masturbación puede significar realmente para la psique. Es justo lo que dice el término: autoestimulación, un estímulo para la circulación de la psique, al principio principalmente constelando un polo para la libido opuesto a la cabeza. La energía sexual se entrega a la introversión. La inhibición impide la descarga directa de la excitación aumentada, prolongando así la circulación o rotación de la psique. El misterio de la masturbación adulta puede verse ahora bajo una nueva luz. Es un aspecto de la introversión adulta, un intento primitivo de autocentrarse y autorregularse, más aún, de imaginación activa en su nivel fundamental.


Examinamos los argumentos de Tissot contra la masturbación y el modelo teórico de la fisiología subyacente a estos argumentos, dando un breve repaso a la «cuestión de la masturbación» moderna y mostrando la conexión entre masturbación, pecado, crimen y enfermedad. Para Tissot, la pérdida de semen era la pérdida de la sustancia del alma: no se podía reponer. Parece haber una verdad psicológica arcaica detrás de los argumentos fisiológicamente incorrectos de Tissot; su modelo de fluidos especiales circulantes en un circuito autónomo está arraigado en una imagen arquetípica. Este significado redescubierto del modelo de Tissot conduce a una revisión necesaria del problema de la culpa y de la inhibición masturbatoria. Los sentimientos de culpa irresolubles asociados a la masturbación han sido reconocidos por los psicoanalistas en 1912, y por muchos desde entonces. Aunque la literatura profesional tiende a considerar la masturbación como un comportamiento sustitutivo o regresivo, existen pruebas colaterales de observaciones clínicas y de otros campos de que esto no es en absoluto todo. Se postula una inhibición masturbatoria sui generis, anterior a la prohibición motivada cultural o biológicamente. Esto encaja con la visión de Jung de la conciencia como anterior al código moral, no necesariamente idéntica a él y trascendiéndolo, así como con los hallazgos psicoanalíticos. Para aclarar la diferencia entre prohibición e inhibición me serví de los conceptos de Janet de partie inférieure y supérieure de una misma función. Cuando la prohibición refuerza la inhibición, el instinto puede dividirse contra sí mismo. Esta escisión puede curarse en el tratamiento analítico («el retorno de lo reprimido»), pero la inhibición original también regresa, manifestándose en formas tales como una vida fantástica reavivada, un sentido de autonomía y conciencia. Refiriéndome a la opinión de Layard sobre la función positiva del tabú del incesto, examiné el significado y el propósito de la inhibición masturbatoria en relación con la masturbación adulta, afirmando que la conciencia y la imaginación se ven favorecidas por esta inhibición; esto fomenta la tensión intrapsíquica que puede conducir a un desarrollo introvertido cada vez mayor. Spitz discute la relación entre la inhibición masturbatoria y la introversión, y encuentra que la actividad masturbatoria de los bebés está directamente correlacionada con una relación satisfactoria con el objeto, y no es un comportamiento auto-erótico compensatorio activado por el aislamiento. Evidentemente, la inhibición se desarrolla ontogenéticamente más tarde. Entonces me aventuré a afirmar que la inhibición se refuerza con más fuerza alrededor de la pubertad que en la época del conflicto edípico de la primera infancia. Esto encajaría con el modelo de fluido anímico de Tissot. Desde el punto de vista de la preservación de la especie y de la cultura, la masturbación se ha asociado durante mucho tiempo al suicidio. También puede considerarse como el impulso sexual del opus contra naturam de la cultura psicológica o interna (cf. los mitos de la creación y de la fabricación del fuego).


Referencias

Ackerman, P. “Erotic Symbolism in Chinese Literature,” unpublished manuscript, Institute for Sex Research, University of Indiana.

Bachelard, Gaston. La Psychanalyse du feu (Paris: Gallimard, 1938).

Bleuler, Eugen. “Der Sexualwiderstand,” Jahrbuch for Psychoanalytische und Psychopathologische Forschungen 5, no. 1 (1913): 442–52.

Boenheim, Felix. Von Huang-ti bis Harvey (Jena: Gustav Fischer Verlag, 1957).

Bremer, Johan. Asexualization: A Follow-up Study of 244 Cases (Oslo: Oslo University Press, 1959).

Brown, Julia S. “A Comparative Study of Deviations from Sexual Mores,” American Sociological Review 17, no. 2 (April 1952): 135–146.

Bucher, H. W. Tissot und sein Traité des Nerfs (Zurich: Juris-Verlag, 1958).

Devereux, Georges. “Sexual Life of the Mohave Indians: An Interpretation in Terms of Social Psychology,” diss., University of California, 1935.

Duffy, John. “Masturbation and Clitoridectomy: A Nineteenth-Century View,” JAMA 186 (1963): 246–48.

Duvall, Evelyn Ruth Millis and Sylvanus Milne Duvall, eds. Sex Ways – In Fact and Faith: Bases for Christian Family Policy (New York: Association Press, 1961 ), ch. 10 by W. B. Pomeroy.

Evola, Julius. Métaphysique du sexe (Paris: Payot, 1968).

Fenichel, Otto. The Psychoanalytic Theory of Neurosis (New York: W. W. Norton).

Fisher, Charles, Joseph Gross, and Joseph Zuch. “Cycle of Penile Erection Synchronous with Dreaming (REM) Sleep,” Archives of General Psychiatry 12, no. 1: 29–45.

Freud, Sigmund (1896). “Heredity and the Aetiology of the Neuroses,” Collected Papers, vol. 1 (London: Hogarth Press, 1924).

―. (1912), “The Most Prevalent Form of Degradation in Erotic Life,” Collected Papers, vol. 4 (London: Hogarth Press, 1925).

Von Gagern, Friedrich. The Problem of Onanism (Cork: Mercier Press, 1959).

―. Die Zeit der geschlechtlichen Reife (Frankfurt am Main: Knecht, 1953).

Gebhard, Paul H., John H. Gagnon, Wardell B. Pomeroy, and Cornelia V. Christenson. Sex Offenders: An Analysis of Type (New York: Harper & Row, 1965).

Gerlach, Wolfgang. “Das Problem des ‘weiblichen Samens’ in der antiken und mittelalterlichen Medizin,” Sudhoffs Archiv für Geschichte der Medizin und der Naturwissenschaften 30, no. 4/5 (February 1938): 177–93.

Hare, E.  H. “Masturbatory Insanity: the History of an Idea,” Journal of Mental Science 108, no. 452 (January 1962): 1–25.

Hawke, C. C. “Castration and Sex Crimes,” The Journal of the Kansas Medical Society 51 (1950): 470–73.

Hillman, James. Emotion: A Comprehensive Phenomenology of Theories and Their Meanings for Therapy (London: Routledge & Kegan Paul, 1960).

―. “An Essay on Pan,” in Pan and the Nightmare (Thompson, Conn.: Spring Publications, 2020).

―. The Myth of Analysis: Three Essays in Archetypal Psychology (Evanston, Ill.: Northwestern University Press, 1998).

Jeffreys, M. D. W. “Onanism: An Anthropological Survey,” International Journal of Sexology 5 (1951): 61–65.

Jung, C. G. CW 9.2: Aion.

―. CW 5: Symbols of Transformation.

―. CW 10: Civilization in Transition.

―, and Richard Wilhelm. The Secret of the Golden Flower: A Chinese Book of Life (London: Routledge & Kegan Paul, 1962).

Kinsey, Alfred C., Wardell B. Pomeroy, and Clyde E. Martin. Sexual Behavior in the Human Male (Philadelphia: W. B. Saunders, 1948).

―, Wardell B. Pomeroy, Clyde E. Martin, and Paul H. Gebhard. Sexual Behavior in the Human Female (Philadelphia: W. B. Saunders, 1953).

Krauss, Friedrich S., ed. Anthropophyteia: Jahrbücher für Folkloristische Erhebungen und Forschungen zur Entwicklunggeschichte der geschlechtlichen Moral, vols. 7–9 (Leipzig: Ethnologischer Verlag, 1910–12).

Lallemand, M. Des pertes seminales involontaires, 3 vols. (Paris: Bechet Jeune, 1836).

Layard, John. “The Incest Taboo and the Virgin Archetype,” Eranos Yearbook 12 (1945): 253–307.

Lesky, Erna. Die Zeugungs-und Vererbungslehren der Antike und ihr Nachwirken (Wiesbaden: F. Steiner, 1951).

Lukianowicz, Narcyz. “Imaginary Sexual Partner: Visual Masturbatory Fantasies,” Archives of General Psychiatry 3 (1960): 429–49.

Maspero, Henri. “Les procédés de ‘nourrir le principe vital’ dans la religion taoïste ancienne,” Journal asiatique 229 (1938): 177–252, 353–430.

Nagera, Humberto, ed. Psychoanalytische Grundbegriffe: Eine Einführung in Sigmund Freuds Terminologie und Theoriebildung, trans. Friedhelm Herborth (Frankfurt am Main: S. Fischer, 1974).

Nydes, Jule. “The Magical Experience of the Masturbation Fantasy,” The American Journal of Psychotherapy 4, no. 2 (1950): 303–10.

Onians, Richard Broxton. The Origins of European Thought: About the Body, the Mind, the Soul, the World, Time and Fate (Cambridge: Cambridge University Press, 1951).

Reich, Annie. “The Discussion of 1912 on Masturbation and Our Present-Day Views,” The Psychoanalytic Study of the Child 6 (1951): 80–94.

Spitz, René A. “Autoerotism re-examined,” The Psychoanalytic Study of the Child 17 (1962): 283–315.

Stein, Murray. “Hephaistos: A Pattern of Introversion,” Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1973): 35–51.

Stekel, Wilhelm. Auto-Erotism: A Psychiatric Study of Onanism and Neurosis (London: Peter Nevill, 1951).

Taylor, W. S. A Critique of Sublimation in Males: A Study of Forty Superior Single Men (Worcester, Mass.: Clark University, 1933).

Tissot, Samuel Auguste André David. An Essay on Onanism (Dublin: James Williams, 1772).

Van Gulik, Robert Hans. Sexual Life in Ancient China: A Preliminary Survey of Chinese Sex and Society from ca. 1500 b. c. till 1644 a. d. (Leiden: Brill, 1961).

Various Authors. Die Onanie: Vierzehn Beiträge zu einer Diskussion der “Wiener Psychoanalytischen Vereinigung” (Wiesbaden: J. F. Bergmann, 1912).

Various Authors. Mystique et Continence: Travaux scientifiques du 7e Congrès International d’Avon (Bruges (Les Études Carmélitaines/Desclée de Brouwer, 1952).

Weakland, John H. “Orality in Chinese Conceptions of Male Genital Sexuality,” Psychiatry 19, no. 3 (1956): 237–47.

Wendt, Herbert. The Sex Life of the Animals, trans. Richard and Clara Winston (New York: Simon and Schuster, 1965).

Regulations Governing the Admission of Candidates into the United States Naval Academy As Midshipmen (Washington, D. C.: U. S. Government Printing Office, 1940).

Presentación del libro: «A vida lógica da alma» de Wolfgang Giegerich, 2022

Traducciones
Presentación de W. Giegerich en Thiassos, de la traducción al portugués de su libro «The Soul’s Logical Life».

Transcripción y traducción de Alejandro Chavarria

Buenos días queridos colegas y amigos, estoy profundamente impresionado por lo que escuché de Marcus Quintaes y André Dantas. Este profundo agradecimiento significa mucho para mí. Muchas gracias por este cordial saludo y por la presentación.

Ahora comenzaré con mi charla de esta mañana acerca de la publicación de mi libro «La Vida Lógica del Alma» en su traducción al portugués. Es, por supuesto, una ocasión feliz para mí y una oportunidad para expresar mi agradecimiento de una vez a todos los involucrados que hacen posible esta publicación y al editor por sacarla a la luz durante estos tiempos difíciles. Pero en lugar de hablar acerca de mis sentimientos me gustaría aprovechar mi tiempo, esta mañana, para hacer algunos comentarios sustanciales a modo de introducción.

Permítanme comenzar con un dicho proverbial: «él, o ella, no ve el bosque a causa de los árboles», la acusación que implica este dicho no es que se mire tan fijamente a un solo árbol que no se es consciente del bosque como la colección completa de todos los árboles; no, el dicho habla directamente de que se ven los árboles en plural, los mismos árboles que componen el bosque, pero el problema es que son vistos sólo como árboles individuales. Porque la atención está fijada en los árboles individuales, no podemos elevarnos al nivel superior de un bosque conceptual. En el bosque conceptual, todas estas cosas individuales, los árboles individuales, tienen que integrarse en una singularidad, en una unidad, este concepto todavía contiene una forma en que, como árboles individuales, han desaparecido en esta nueva unidad conceptual.

Mencioné esto porque este es también el problema de la psicología terapéutica, los psicólogos generalmente están obsesionados con los muchos casos individuales de los pacientes, se centran en lo que sucede dentro de las personas que vienen al consultorio, la perspectiva del psicólogo es la del clínico o del practicante clínico. Pero Jung dijo, por ejemplo, y cito, que «su psicología analítica rompe las cadenas que hasta ahora la habían atado al consultorio del médico», la psicología en su sentido es algo más que el estudio y tratamiento clínico de los problemas psicológicos de las personas, el trabajo con los pacientes y su psique subjetiva, desde el punto de vista de la psicología junguiana, no puede ser más que una psicología secundaria.

La psicología junguiana debe entenderse como el bosque. A diferencia de los árboles individuales, su objeto es el alma objetiva; mientras que la psique personal está dentro de cada individuo, el alma objetiva es el alma en la que están contenidos los individuos junto con su psique subjetiva, de la misma manera que los árboles con sus propias características particulares están contenidos en el bosque.

La diferencia entre los árboles y el bosque, entendida en la forma en que la analicé puede servirnos como una ilustración preliminar de lo que yo llamo: «la diferencia psicológica». Esta es la diferencia que constituye a la psicología, la diferencia entre el hombre y el alma, entre la psique y el alma, o entre la antropología y la psicología.

Mi libro tiene el subtítulo hacia una noción rigurosa de la psicología, al agregar este subtítulo quería enfatizar que mi libro está comprometido con esta visión crucial y con la profunda preocupación de C. G. Jung. Quería dejar claro desde el principio que el tema de mi libro es la psicología en sí misma, no los casos de los pacientes y sus experiencias.

La pregunta a la que está dedicada este libro es: ¿qué es necesario para que la psicología sea realmente fiel a lo que su nombre (psico-logía) implica, es decir, ser el logos o el estudio del alma?. Lo que hoy en día se entiende por psicología en la realidad práctica es, en cambio, el estudio del comportamiento de las personas, las emociones, las fantasías y los deseos.

Con la pregunta de qué se requiere para una psicología que merezca su nombre, también sigo los pasos de James Hillman cuyo interés decisivo fue revisar la psicología (Re-visioning Psychology), en su libro con ese título encontramos la afirmación de que «la medida adecuada de la humanidad es el hombre, la de la psicología es del alma»; esta afirmación es una expresión de la diferencia psicológica que nos exige pasar de los árboles al bosque desde una concepción de la psicología como estudio de lo humano demasiado humano a una psicología como el estudio del alma. La máxima de Hillman rechaza el sesgo personalista de la llamada psicología convencional.

El problema con el que comencé contiene otra idea útil, aunque quiere que veamos el bosque en lugar de solo los árboles, ahora tenemos que darnos cuenta de que un bosque no se puede ver en absoluto, ¿por qué no? Porque es un concepto y un concepto sólo puede pensarse. Concebido en la mente no es un objeto visible o tangible. Siempre y cuando lo que se exija sea ver en el sentido literal el proverbio no tiene sentido, pero ver literalmente no es realmente de lo que se trata el problema, sino del paso del árbol al bosque.

También quiere que la conciencia deje de aferrarse a cosas concretas y de depender de lo tangible, visible e imaginable y, en cambio, se eleve al nivel de las nociones, de las ideas, de los términos generales, de los conceptos universales, en sentido figurado, podríamos decir que quiere lograr el cambio del niño que todavía depende de sus dedos para calcular, a la mente madura capaz de hacer aritmética mental. El paso de lo visible e imaginable a lo noético es tan importante en psicología porque, como señaló el filósofo George Berkeley «el alma siempre piensa». El alma piensa incluso cuando se encara con sus deseos impulsados ​​por emociones o imágenes entretenidas, tal como el niño que hace aritmética, todavía necesita usar sus dedos o manzanas para hacer sumas.

Con estos comentarios he construido un puente hacia un término en el título principal de mi libro, el término
Lógica, o al menos a un primer aspecto del mismo. Lógico se refiere al carácter de logos, el carácter noético de la realidad del alma.

Mitológicamente, el carácter logos del alma se manifiesta, por ejemplo, en el hecho de que para los primeros griegos el alma era algo que, a diferencia de la vida emocional humana, sólo se volvía relevante después de la muerte. El alma tienen su lugar auténtico en el inframundo, es empíricamente inexistente, fantasmal, incorpórea, exangüe, la sombra frías y sólo puede susurrar.

En un nivel teórico muy diferente el carácter del logos también aparece en Jung, en la teoría de Jung, de que el alma se compone principalmente de arquetipos porque, según él, los arquetipos son patrones abstractos, estructuras meramente formales sin contenido, deben distinguirse estrictamente de las imágenes arquetípicas en las que estos patrones aparecen ya encarnados e inmersos en una realidad aparentemente empírica, el principal acceso al alma para nosotros es, por supuesto, precisamente a través de los mitos, los sueños y otros materiales imaginables, pero estos fenómenos imaginales no son en sí mismos el alma. Nosotros como psicólogos no debemos confundirlos con el alma misma, son simplemente la prenda sensual con la que el alma se viste para la conciencia humana ordinaria y con la que se revela y se oculta a la vez. La psicología no debe tomar la forma imaginal al pie de la letra, no debe caer en la forma imaginal.

Lo que todo esto significa puede quedar claro en el último capítulo de mi libro en el que trabajo extensamente con el mito de Acteón y Artemisa, que termina con el desmembramiento dionisiaco de Acteón. Al leer este capítulo, es especialmente importante tener en mente la diferencia psicológica y la noción de la vida lógica del alma, así como lo que dije sobre el enfoque de mi libro, a saber, que el foco es el de psicología rigurosa, de lo contrario, sería muy fácil malinterpretar de qué se trata mi discusión sobre el mito de Acteón.

A modo de advertencia ahora discutiré brevemente tres errores muy probables y, por lo tanto, resaltaré algunas ideas más cruciales.

El primer error sería tratar de tomar el mito personalmente, es decir, aplicarlo a uno mismo, como si el mito estuviera hablando indirectamente de nosotros los humanos, en este sentido se podría leer, por ejemplo, como un modelo que nos muestra lo que podría o idealmente debería sucedernos en una profunda individuación personal. En este proceso se podría tener la idea de que todos deberíamos sufrir una especie de desmembramiento dionisíaco como experiencia existencial esencial en general, no sólo con respecto a la historia de Acteón. Podríamos llamar este tipo de aplicación a uno mismo, la explotación de los mitos u otros materiales imaginales por y para el ego.

Para mí, como psicólogos este mito no habla de nosotros en absoluto no tiene relevancia existencial inmediata y personal. No, el alma habla, fría y objetivamente, sólo sobre sí misma y para sus propios fines. El mito expresa la propia necesidad interna del alma, describe una necesidad de la propia vida lógica del alma, una forma particular de su propia autorrealización, el mito no tiene nada que ver con nosotros. Si el propósito de la psicología es crear el alma, es decir, servir al alma de tal manera que pueda volverse real, entonces es la psicología la que necesita ser iniciada en el mito de Acteón, no nosotros.

La psicología desde el punto de vista objetivo, el cual es el único que puede percibir en primer lugar algo como el alma. Esta psicología tiene que ser la precisión del mito. Es la conciencia psicológica la que necesita seguir a Acteón y sufrir un desmembramiento dionisíaco; este desmembramiento entonces no es una experiencia espantosa y altamente emocional, es bastante sobria, una transformación de la constitución lógica de esa conciencia que quiere ser psicológica. El desmembramiento dionisíaco significa aquí la destrucción o descomposición alquímica del punto de vista naturalista de la conciencia ordinaria del ego, así como de la conciencia enfáticamente imaginable.

Los ritos de iniciación en las culturas indígenas solían tener como elemento esencial el propósito de vivir una experiencia de la muerte. El objetivo era hacer posible de este modo la vida de un adulto maduro que vive su vida como una persona lógicamente ya fallecida, como alguien que no tiene la muerte delante de sí en el futuro, sino psicológicamente detrás de sí. Este tipo de iniciación era una experiencia personal y decididamente experiencia existencial ahora lo que para los iniciados de las culturas indígenas arcaicas era justamente una experiencia personal para el psicólogo moderno tiene que ser la muerte o deconstrucción de la constitución lógica ordinaria de esa conciencia que quiere hacer de la psicología una transformación metodológica, es fácil ver que esto la diferencia entre las iniciaciones arcaicas y la transformación moderna de la conciencia es la misma diferencia en el nivel práctico que la teórica mencionada antes, es decir, la diferencia entre el mito que inevitablemente viene en forma imaginal y la psicología no debe caer en esta forma imaginal

El segundo error tiene que ver con cómo uno ve las figuras que aparecen en el mito. Obviamente es muy fácil y seductor leer un mito más o menos de la misma manera que leemos nuestras novelas o cuentos, las cuales tratan sobre personas que tienen sus propios personajes particulares, deseos, miedos, intenciones, etc. Pero el mito no se trata de personas como seres humanos. Acteón no se siente movido por el deseo de ir a cazar, ni se excita sexualmente al ver a Artemisa desnuda, ni siente remordimientos, ni sufre al ser despedazado por sus propios perros. De la misma manera Artemisa no está enfurecida por estar congelada y no quiere vengarse, las figuras de los mitos no son personas, son visualizaciones y personalizaciones de conceptos o, mejor dicho, de funciones, su comportamiento no se debe a ninguna motivación personal, sino que sus acciones son el paso a paso, de la explicación de las diferentes facetas de lo que son de la lógica interna de esa función particular que en cada caso representan. Estas figuras simplemente desempeñan sus roles asignados dictados por la necesidad objetiva superior del concepto, o la verdad del alma que el mito retrata. Podríamos llamar al segundo error: el de introducir de contrabando el ego sentimental, del sujeto moderno, en tales figuras.

El tercer error se acerca al segundo: consiste en ver las figuras del mito como individuos separados, individuos separados, como personas en la vida real, y ver sus acciones e interacciones con los demás, como sucesos, algo así como eventos contingentes en analogía con las interacciones de la vida real. Pero aquí nuevamente tengo que enfatizar que desde un punto de vista psicológico en los mitos no sucede nada, los sentimiento en los mitos no tienen una existencia separada, sino que en cada mito en particular estas figuras son desde el principio contrapartes coexistentes entre sí y se definen mutuamente en la vida real cuando una persona dice que su esposo muere, otra persona en mi examen la mayor parte de la mitología muestra que los arquetipos o la lógica de las verdades del alma no son entidades estáticas, el hecho de que tienen tal complejidad interna de su lógica es una de las razones principales por las que pienso en la vida lógica del alma. Están vibrantes de vida, pero esta vida es vida lógica.

Aquí, al final de mi charla, finalmente puedo describir el segundo aspecto que tiene el término lógico en mi psicología: se refiere a la dinámica interna que se desarrolla y que prevalece en tales verdades del alma y se refiere a la consistencia interna, de hecho, al carácter de necesidad absoluta de todos los diferentes momentos y aspectos que hace, por ejemplo, de un mito, un coherente y unificada totalidad.

Gracias, muchas gracias por su atención.

El suicidio y el alma. I. Suicidio y análisis. 5. Hacer frente al riesgo de suicidio

Traducciones

James Hillman, EE.UU

De Suicide and the Soul de James Hillman, Ed. Spring Publications, pp. 77 – 94

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

LA experiencia de la muerte es necesaria, pero ¿es también necesario el suicidio real? ¿Cómo procede el analista cuando la experiencia de la muerte es arrastrada por fantasías suicidas? ¿Cómo puede satisfacer las necesidades de su analizado y mantener separadas las necesidades internas de las externas? 

Mantener diferenciados el interior y el exterior es una de las principales tareas del analista. Si utiliza bien sus herramientas, libera la vida de proyecciones enredantes y libera el alma de su mundanidad. Interior y exterior se mantienen separados para que más tarde puedan reunirse adecuadamente, el alma expresándose en el mundo y la vida exterior alimentando al hombre interior. La amenaza de suicidio, como cualquiera de los problemas que llevan a una persona al análisis en primer lugar, es una confusión de lo interior y lo exterior. Sufrimos cuando confundimos la realidad psíquica con personas y acontecimientos concretos, simbolizando así la vida y distorsionando su realidad. Y a la inversa: sufrimos cuando sólo somos capaces de experimentar la realidad psíquica representando concretamente nuestras fantasías e ideas. 

El exterior y el interior, la vida y el alma, aparecen como paralelos en la «historia de un caso» y la «historia del alma». La historia de un caso es una biografía de acontecimientos históricos en los que uno participó: la familia, la escuela, el trabajo, la enfermedad, la guerra, el amor. La historia del alma a menudo olvida por completo algunos o muchos de estos acontecimientos, e inventa espontáneamente ficciones e «paisajes internos» sin mayores correlaciones externas. La biografía del alma se refiere a la experiencia. Parece no seguir la dirección unidireccional del flujo del tiempo, y se relata mejor a través de las emociones, los sueños y las fantasías. Se prescinde de lapsos de años y acontecimientos, mientras que los sueños dan vueltas y vueltas en torno a determinados aspectos de la historia del caso como símbolos de significado portadores de la experiencia del alma. Estas experiencias deben su existencia a la actividad natural de formación de símbolos de la psique. Las experiencias que surgen de los grandes sueños, las crisis y los insights dan definición a la personalidad. También tienen «nombres» y «fechas», como los acontecimientos externos de la historia clínica; son como mojones que delimitan el terreno individual de cada uno. Estas marcas pueden negarse menos que los hechos externos de la vida, ya que la nacionalidad, el matrimonio, la religión, la ocupación e incluso el propio nombre pueden alterarse. Negar o intentar borrar el propio «pasaporte» simbólico es traicionar la propia naturaleza y perderse en un anonimato sin raíces igual, si no peor, que un desastre exterior. Tampoco ningún análisis reductor podrá vaciar de significado estos símbolos remitiéndolos a traumas exteriores. 

La historia de los casos informa sobre los logros y fracasos de la vida con el mundo de los hechos. Pero el alma no ha logrado ni fracasado de la misma manera porque el alma no ha trabajado de la misma manera. Su material es la experiencia y sus realizaciones no se logran sólo con esfuerzos de la voluntad. El alma imagina y juega, y el juego no es una crónica. ¿Qué queda de los años de juego de nuestra infancia que pueda ser recogido en una historia clínica? Los niños, y los llamados «pueblos primitivos», no tienen historia; en cambio, tienen el residuo de su juego cristalizado en mitos y símbolos, lenguaje y arte, y en un estilo de vida. Realizar una historia del alma significa captar emociones, fantasías e imágenes entrando en el juego y soñando el mito junto con el paciente. Realizar una historia del alma significa formar parte del destino de la otra persona. Mientras que un historial clínico presenta una secuencia de hechos que conducen a un diagnóstico, la historia del alma muestra más bien un espiral concéntrico que apunta siempre más allá de sí mismo. Sus hechos son símbolos y paradojas. La historia del alma requiere la intuición del diagnosticador a la antigua usanza y una comprensión imaginativa de un estilo de vida que no puede sustituirse por la acumulación de datos y la explicación a través de la historia clínica. No podemos obtener una historia del alma a través de un historial clínico. Pero podemos conseguir una historia del alma mediante una exploración prolongada en la historia del alma, que no es otra cosa que el propio análisis. 

A medida que avanza el análisis, se desplaza desde la historia clínica hacia la historia del alma, es decir, explora los complejos más por sus significados arquetipales y menos por su historia traumática. La historia del alma se recupera separándola de las ofuscaciones de la historia clínica. Los familiares directos, por ejemplo, se convierten en las personas reales que son, no distorsionadas por significados internos, que se habían visto obligados a cargar. El redescubrimiento de la historia del alma se manifiesta en el despertar de la emoción, la fantasía y el sueño, en un sentido del destino mitológico penetrado por lo transpersonal y por el tiempo acausal espontáneo. Refleja la «curación» de una identificación crónica del alma con acontecimientos, lugares y personas exteriores. A medida que se produce esta separación, uno deja de ser un caso para convertirse en una persona. La historia del alma emerge cuando uno se despoja de la historia de un caso o, en otras palabras, cuando uno muere al mundo como escenario de proyección. La historia del alma es un obituario viviente, que registra la vida desde el punto de vista de la muerte, dando la singularidad de una persona sub specie aeternitatis. A medida que uno construye su propia muerte, escribe su propio obituario en su historia del alma. 

El hecho de que exista la historia del alma nos obliga a considerar la muerte de alguien en análisis desde este punto de vista. La historia clínica clasifica la muerte por accidente de coche de forma diferente a la muerte por sobredosis de somníferos. La muerte por enfermedad, por accidente y por suicidio se denominan distintos tipos de muerte, y así son, desde fuera. Incluso las clasificaciones más sofisticadas (muerte no premeditada, premeditada y submeditada) no dan pleno crédito a la implicación de la psique en cada muerte. Estas categorías no reconocen plenamente que el alma siempre está meditando la muerte. En el sentido de Freud, Tánatos está siempre presente; el alma necesita la muerte y la muerte reside en el alma permanentemente. 

¿Está el analista menos implicado en un tipo de muerte que en otro? ¿Es más responsable en un suicidio premeditado que en un accidente submeditado o en un cáncer no premeditado? Su decisión sobre una muerte -independientemente de cómo se produzca- depende de su comprensión de la historia del alma. Sus preguntas intentan situar esta muerte en relación con los símbolos fundamentales, esos marcadores del destino, dados en la historia del alma. Su responsabilidad es la adecuación psicológica de los acontecimientos, su justicia interior o sistema, independientemente de cómo aparezcan exteriormente. 

Desde esta perspectiva, la bala del asesino, accidental y no premeditada para la víctima, puede pertenecer a un patrón mítico de su destino, tanto como un suicidio deliberado y meditado tras años de intentos fallidos. Porque no sólo lo que pertenece a la dinámica psíquica personal de un caso y es explicable a través de sistemas de motivaciones, puede considerarse la muerte correcta o necesaria. Hay muertes equivocadas, como la del héroe, la del compañero servicial, la de la imagen amorosa del alma, la del hombre en la cruz, que sin embargo son trágicamente correctas. Encajan dentro de un patrón mítico definido. En los mitos hay lugar para lo que está mal y, sin embargo, es necesario. 

Los mitos gobiernan nuestras vidas. Dirigen una historia desde abajo a través de la historia del alma. La irracionalidad, el absurdo y el horror de los experimentos de la naturaleza, que intentamos vivir, son recogidos por las imágenes y los motivos del mito y, de algún modo, se hacen comprensibles. Algunas personas deben vivir la vida equivocadamente y luego abandonarla equivocadamente. ¿Cómo explicar si no el crimen, la perversidad o el mal? La fascinante intensidad de esas vidas y muertes muestra que hay cosas que van más allá de lo meramente humano. El mito, que da cabida a todo tipo de atrocidades, ofrece más objetividad al estudio de esas vidas y muertes que cualquier examen de la motivación personal. 

Un analista no tiene acceso privilegiado a los secretos de la naturaleza. No es capaz de leer las claves y dar justificaciones oraculares. Puede, sin embargo, deo concedente, a través de su familiaridad con la historia del alma y los mitologemas allí expuestos intentar llegar al fondo de las cosas, por debajo de las cuestiones de los motivos racionalmente explicables y los moralismos del bien y del mal. La moralidad racional de la propia vida siempre ha estado abierta a la duda; ¿es diferente en el caso de la muerte? 

Desde la perspectiva de la historia del alma, la liga secreta determina la responsabilidad del analista (tal como lo describiremos en la última parte de este libro). Su responsabilidad se extiende hasta su implicación en la historia anímica de la otra persona, hasta su participación en ella. Teóricamente, participaría por igual en todo tipo de muerte, y no sería más responsable en el suicidio que en cualquier otro. En el suicidio, el fracaso de la responsabilidad del analista no significaría el mero acto del suicidio, como se piensa cuando se dice que todo suicidio es un fracaso terapéutico. Significaría más bien su falta a la liga secreta de dos maneras posibles: o no estar implicado o no estar conscientemente a favor de la implicación. Hay que mantener la posición de un pie dentro y otro fuera. Ambos pies fuera es la no implicación; ambos pies dentro es la inconsciencia de la responsabilidad. No somos responsables de la vida o la muerte de los demás; la vida y la muerte de cada uno son suyas. Pero somos responsables de nuestros implicados. Y la frase de John Donne «Y, por lo tanto, nunca envíes a saber por quién doblan las campanas; dobla por ti» se convierte en una máxima ideal para la actitud del analista. 

Dado que un historial clínico siempre se cierra con la muerte, no puede contar toda la historia. Está limitada en el tiempo. No hay seguimiento. Pero el alma parece tener elementos de premonición y trascendencia. Para el alma, es como si la muerte e incluso la forma y el momento de entrar en ella pudieran ser irrelevantes, como si no importaran, como si casi no hubiera muerte para la historia del alma en absoluto. 

Aquí comienza la respuesta a la pregunta sobre el suicidio para el analista lego. Aquí, también, el punto de vista analítico se separa del punto de vista médico. El punto de vista del médico está ligado a la lucha contra la muerte, a la prolongación de la vida y al mantenimiento de la esperanza. La vida del cuerpo está por encima de todo y, por lo tanto, la reacción médica debe ser salvar esa vida prolongándola. La historia clínica debe mantenerse abierta el mayor tiempo posible. El analista médico está obligado por su formación y tradición a dar la primera consideración a la muerte orgánica, lo que deja en segundo plano la muerte simbólica y la experiencia de la muerte. Pero cuando el analista médico da más peso a lo físico que a lo psicológico, socava su propia posición analítica. Infravalora el alma como realidad primaria para el análisis y toma partido por el cuerpo. En otras palabras, a menos que el análisis médico abandone el marco médico, no puede ir al límite en un análisis. A riesgo de la vida se ve obligado a renunciar al alma. Ya no es psicoterapia analítica, sino medicina. 

Cuando un analista antepone la muerte concreta hace muchas cosas no psicológicas. En primer lugar, ha perdido una posición individual y se ha visto superado por el pavor colectivo a la muerte que le afecta a través del analizado. De este modo ha alimentado la ansiedad del otro y ha contribuido a su represión de la muerte. Esto contribuye a la neurosis del paciente. El intento honesto de enfrentarse a lo que surja se bloquea de repente. Si un analista prefiere la muerte simbólica a la muerte orgánica porque considera que la primera es segura, muestra a su paciente que ha elaborado una posición individual sobre la muerte en la psique, pero que sigue siendo colectiva sobre la muerte en el cuerpo. Una señal temprana de sucumbir al pavor colectivo a la muerte es interrumpir las consultas individuales y entregar a la persona a un asilo colectivo. Cuando el analista hace esto, ha dejado de lado el punto de vista psicológico, perdiendo así el contacto con el alma de su paciente. Sin embargo, la pérdida del alma, y no la pérdida de la vida, debería ser su principal temor. Además, ha cometido un error de pensamiento al identificar el modo de una experiencia con la experiencia misma. No ha sabido distinguir claramente lo interno de lo externo. 

Hemos elaborado el punto de que el alma necesita la experiencia de la muerte. Ésta puede producirse de diversas maneras. Algunas de las imágenes y emociones internas de la experiencia se mencionaron en el capítulo anterior. El suicidio no es más que uno de los modos; algunos otros son la depresión, el colapso, el trance, el aislamiento, la intoxicación y la exaltación, el fracaso, la psicosis, la disociación, la amnesia, la negación, el dolor y la tortura. Estos estados pueden experimentarse de forma simbólica o concreta. Pueden estar presentes en la historia del caso o en la historia del alma. El modo de la experiencia psicológica parece no importar al alma siempre que tenga la experiencia. Para algunos, la muerte orgánica a través del suicidio real puede ser el único modo a través del cual la experiencia de la muerte es posible. 

Este es el quid del problema. ¿Debemos, entonces, protegernos de la experiencia de la muerte con medidas médicas porque una amenaza de suicidio puede acarrear la muerte física? Aunque la respuesta debe ser siempre individual, conviene tener claro de qué se trata. Desde el punto de vista médico, las cuestiones del alma y su destino son más bien irrelevantes cuando nos enfrentamos a un cadáver. Por muy comprometido que esté un analista con el alma, parece que su trabajo también se detiene con la muerte física. El tratamiento ha terminado, el caso está cerrado. No hay psicoterapia con un cadáver. El argumento médico considera que las medidas médicas siempre están justificadas ante la amenaza de suicidio. 

Sólo hay una manera de responder a una crítica reveladora, y es radicalmente. Aparte de los argumentos que muestran el lugar del suicidio en la experiencia de la muerte y la justificación del suicidio dentro de un patrón mítico, vimos anteriormente que no sabemos si el alma muere. No sabemos si la historia del caso y la historia del alma comienzan y terminan en el mismo momento, ni en qué medida la primera condiciona a la segunda. Desde la evidencia del alma misma, la terminación de la historia del caso se refleja en la historia del alma de varias maneras: como irrelevante, como parcial (sólo muere un aspecto o imagen), como desafío urgente (para afrontar el problema de la salvación), o como renacimiento con sus emociones exaltadas concomitantes. 

En las culturas no occidentales, donde se presta más atención a la psique y donde su «tratamiento» constituye una parte importante de las preocupaciones de todo hombre, las almas de los muertos se tienen en cuenta regularmente y se considera plenamente su suerte, con la oración, con el culto a los antepasados, con la observación ritual y a través de las almas gemelas, los tocayos, los descendientes y los amigos. La comunicación con los muertos continúa. Nuestras almas les afectan. Lo que hacemos con nuestras almas influye en el progreso de las suyas. Sus almas siguen en proceso. Nos encontramos con ellas en forma de retornados, en sueños y a través de nuestras propias imágenes vivas de ellas, que viven especialmente en aquellos que estuvieron más implicados en su historia anímica. Si seguimos radicalmente la posición de la inmortalidad, en lugar de adularla con deseos, la dialéctica analítica con la imagen viva de los muertos no cesa con la muerte física. Seguimos estando implicados, y somos responsables. Este punto de vista no requiere tablas ouija ni poltergeists. No es misticismo, sino realismo psicológico. Es una inducción del empirismo de las imágenes y creencias del alma, evidenciadas en las prácticas y actitudes de los pueblos de la mayoría de las culturas. Es la base de las oraciones por los muertos incluso en nuestra propia sociedad, indicando que nuestra relación con ellos no ha terminado y que importa cómo los tratemos. Implica que el tratamiento nunca termina; que el análisis es realmente interminable. En este sentido, el cadáver no excluye la psicoterapia; o mejor dicho, el análisis no es en ningún caso una dialéctica con el cuerpo como cuerpo, ya sea vivo o muerto. También se puede responder al argumento de que debe haber cuerpos para la relación psicológica, aunque sólo sea para hablar. El Otro muerto sigue existiendo como una realidad psicológica con la que uno se comunica, como lo demuestran las relaciones con los santos y maestros muertos y la amada muerta. Es un racionalismo cómodo, un psicologismo, pretender que estas realidades psíquicas son sólo imágenes internas o sólo objetivaciones de la propia subjetividad. Si la realidad psíquica es la realidad, entonces debemos seguir su lógica sin remordimientos. No podemos tenerla de las dos maneras: por un lado, creída como una especie de realidad objetiva, y por otro, reducida a figuras y funciones subjetivas en algún lugar de la cabeza. La realidad física modifica drásticamente la realidad psíquica, y viceversa. Pero no coinciden, excepto en aquellos que no han sido capaces de distinguir entre su propia alma y su cuerpo. Cuando la historia de un alma comienza a salir de su confusión en la vida corporal – uno de cuyos signos es la experiencia de la muerte – entonces comienza también a realizarse la realidad independiente del alma y su trascendencia del cuerpo. Entonces, mantener un cuerpo vivo ya no es la condición sine qua non para mantener viva toda relación psicológica. 

Sin embargo, un analista puede estar de acuerdo con el punto de vista médico con una condición: que estas medidas médicas no vayan en contra del alma: Primum animae nihil nocere. El tratamiento debe dirigirse al alma, respetar sus emociones e imágenes y tener en cuenta sus reivindicaciones. Esto significa que las medidas médicas no son meras acciones de emergencia para prolongar la vida, de modo que más tarde pueda reanudarse la psicoterapia. No, se inician principalmente por el bien del alma y constituyen un complemento de la psicoterapia. En otras palabras, la asistencia médica es bienvenida; la sustitución médica, rechazada. Prevalece el punto de vista analítico. Cuando un analista pide una intervención médica (fármacos o reclusión) por razones médicas de prevención, ha fallado a su vocación. Prácticamente, la asistencia médica significa para un analista que un médico confíe en él y que pueda aceptar la autoridad del analista que proviene de su posición única «dentro» de la situación. En este momento el médico es, en cierto sentido, «laico». 

Así como un analista no puede recurrir a la prevención médica, tampoco puede intentar «simbolizar» su salida. Porque el modo simbólico, si se utiliza defensivamente para prevenir el suicidio, puede engañar a la persona mediante una sustitución que no satisface su necesidad de la experiencia de la muerte. Entonces la simbolización no funcionará; el problema volverá a surgir, o no podrá hacerlo nunca. 

La experiencia es necesaria y no hay salida, ni médica ni simbólica. Los gruesos muros levantados contra la muerte atestiguan su poder y nuestra necesidad. Tanto como la adoración, tanto como el amor, tanto como el sexo, el hambre, la autoconservación y el propio espanto, es el impulso hacia la verdad fundamental de la vida. Si algunos llaman a esta verdad Dios, entonces el impulso hacia la muerte es también hacia el encuentro con Dios, que algunas teologías sostienen que sólo es posible mediante la muerte. El suicidio, tabú en teología, exige que Dios se revele. Y el Dios que exige el suicidio, así como el demonio que parecería incitar al acto, es el Deus absconditus que es incapaz de ser conocido, pero capaz de ser experimentado, que no es revelado, pero más real y presente en la oscuridad del suicidio que el Dios revelado y todo su testimonio. El suicidio ofrece la inmersión en, y la posible regeneración a través de, el lado oscuro de Dios. Enfrentaría la última, o peor, verdad en Dios, Su propia negatividad oculta. 

Pero todos los conocimientos y argumentos no le servirán al analista para razonar con la otra persona. El analista puede estar convencido de que las fantasías suicidas son aproximaciones a la experiencia de la muerte y que el paciente está confundiendo trágicamente lo simbólico y lo concreto, pero será incapaz de transmitir esto a la persona que está en la otra silla. Tales argumentos, si bien son sustituciones intelectuales, no logran penetrar en la experiencia crucial. Son arrojados por el dinamismo zumbante de la emoción suicida, cayendo embotados a los pies del analista. Tampoco se pueden ofrecer los consuelos de la religión y la filosofía. Como señala Ringel, la intensidad del impulso suicida se apodera tanto del alma que cualquier idea que se introduzca en el sistema se convertirá en mucha más energía para las fantasías suicidas. No estamos ante una «falacia lógica», sino ante un hombre presa de un símbolo. El alma insiste ciega y apasionadamente en su intención. No se dejará disuadir, tendrá su muerte, de verdad, ahora. 

Debe tener su muerte, si quiere renacer. Si se priva de algún modo a la muerte de su abrumadora realidad, la transformación es errónea y el renacimiento será abortivo. 

El analista no puede negar esta necesidad de morir. Tendrá que acompañarla. Su trabajo consiste en ayudar al alma en su camino. No se atreve a resistir el impulso en nombre de la prevención, porque la resistencia sólo hace que el impulso sea más apremiante y la muerte concreta más fascinante. Tampoco puede condenar cada deseo de suicidio como una «actuación», porque de nuevo establece una prohibición de prevención antes de poder estar seguro de si el acto es necesario para la experiencia. Puede que no favorezca un modo sobre otro. Pero al ir con él, al ser el puente a través del cual el paciente puede entrar en la muerte, la experiencia puede llegar antes de que se produzca la muerte real. No se trata de una sustitución simbólica, aunque en ese momento el modo simbólico pueda aparecer espontáneamente. Si nace, anuncia la llegada del hombre dos veces nacido. El modo simbólico significa que está naciendo un nuevo tipo de realidad. La persona obsesionada por las fantasías suicidas no ha podido experimentar psicológicamente la muerte. No puede experimentar la realidad de la psique aparte de sus proyecciones, y por eso la realidad concreta y la muerte física son tan apremiantes. Pero cuando el impulso a la propia muerte física ha sido vencido por su realización dentro de la psique, la realidad psíquica adquiere una cualidad numinosa e indestructible. Es lo que la tradición llamaba el «cuerpo de diamante», más firme que la vida misma. 

Acompañando el impulso suicida, el analista comienza a constelar el alma para presentar sus exigencias en forma psicológica. Le da el primer lugar y no rehúye ninguna de sus intenciones. En este sentido, ha aprendido del chamán, que concede la máxima importancia a la experiencia de la muerte. Supera en la medida de lo posible los prejuicios contra ella en cualquiera de sus formas. Al igual que el chamán, ya ha estado él mismo en la muerte, pues los muertos son los que mejor pueden comunicarse con los muertos. Como el chamán, acoge la llegada del impulso como un signo de transformación y está dispuesto a ayudar al otro a entrar en la experiencia. No da especial importancia al modo físico de la muerte, sino que se concentra en las experiencias. Al confirmar la muerte psíquica, puede liberarse de su fijación orgánica. 

Esta experiencia, como hemos dicho, adopta muchas formas, como la rabia, el odio a sí mismo y el tormento, pero principalmente es desesperación. Cuanto más consciente sea el impulso hacia el suicidio, más tenderá a teñir de desesperación toda la vida psíquica. Y cuanto más se pueda sostener esta desesperación, menos «sucederá» el suicidio. No esperar nada, no aguardar nada, no exigir nada. Esto es la desesperación analítica. No albergar falsas esperanzas, ni siquiera esa esperanza de alivio que le lleva a uno al análisis en primer lugar. Es el vacío del alma y de la voluntad. Es la condición presente desde esa hora en que, por primera vez, el paciente siente que no hay esperanza alguna de mejorar, o incluso de cambiar, en absoluto. Un análisis conduce a este momento y al constelar esta desesperación deja libre el impulso suicida. De este momento de la verdad depende todo el trabajo, porque se trata de la muerte de la vida falsa y de las esperanzas equivocadas de las que ha surgido la queja. Como es el momento de la verdad, es también el momento de la desesperación, porque no hay esperanza. 

Cuando el analista puede dejar de lado su reacción médica para ofrecer esperanza a través del tratamiento, puede entrar en la desesperación con el paciente. Al ceder su propia esperanza, puede empezar a aceptar la experiencia del paciente de que no hay nada que hacer. No ofrece nada más que la propia experiencia. No podemos ir más allá de esta desesperación resucitando esperanzas ahogadas, inyectando sugerencias y consejos o prescribiendo remedios. Si la desesperación es profunda, presentando los signos clínicos de la depresión, las fantasías suicidas tienden a ser el contenido principal de las horas. Sin embargo, la situación no es más precaria que cuando estos mismos contenidos acechaban en las profundidades y el analizado se aferraba a quimeras en un mar de confusión. 

Para sí mismo, el analista podría reflexionar que no ofrecer nada es, en realidad, la mejor forma de tratamiento, porque da al movimiento natural de la psique la oportunidad de expresarse. Si actúa de acuerdo con esta idea, no está ofreciendo nada; está tratando de nuevo. Ha dejado al analizado solo en la desesperación y lo ha traicionado de nuevo sustituyéndolo. Esta sustitución es más sutil: ofrece un simulacro de desesperación que en realidad es una prevención esperanzada. 

En este punto, el analista se ve obligado a averiguar por qué quiere que la otra persona viva. Si su paciente significa sólo una carga, una carga asumida al «asumir el caso», estará matando inconscientemente a su paciente, porque en alguna parte todos queremos librarnos de cargas. La sensación de ser una carga es ya tan fuerte en muchos de los que se suicidan, que a menudo el acto se hace de forma altruista, para aligerar la carga de otros. A la hora de la verdad, principios como el compromiso terapéutico y la responsabilidad ante la vida no son suficientes. El analista se ve acorralado en su eros personal, en sentir por qué este individuo es personalmente valioso para él. ¿Realmente lo necesito y quiero que viva? ¿Cuál es la singularidad de nuestra relación? ¿Cómo me implico con esta persona como con ninguna otra? Sin esta implicación personal, cada paciente podría ser cualquier otro paciente. Todo discurso sobre la individualidad sería vacío. 

Sin esta era personal, no hay recipiente que contenga las fuerzas destructivas, los deseos de herir y matar, que pueden constelarse durante la crisis. El vínculo estrecho focaliza los afectos suicidas en el análisis. La rabia, el odio y la desesperación parecen dirigidos contra el analista, personalmente. Algunos intérpretes han intentado reducir todo el asunto a representaciones transferenciales de luchas infantiles. Es cierto que una mancha de infancia tiñe la mayoría de nuestras acciones, especialmente durante las crisis; pero el ataque al analista se considera mejor a la luz de la liga secreta y la ambivalencia constelada por la naturaleza simbólica de todo vínculo personal estrecho. El principal propósito que intentan alcanzar estos afectos destructivos es: disolver en la desesperación el recipiente de la relación misma. Por lo tanto, debe haber lugar incluso para la desesperación dentro de las eras de un analista. Entonces sus eras no se utilizarán como método, como «vive porque te quiero», para coaccionar al paciente a salir de la desesperación. 

Al mantenerse fiel a la condición desesperada tal como es, constela una especie de coraje estoico en sí mismo y en la otra persona. Al mantener esta vigilia, la amenaza de una acción de pánico retrocede. Se quedan quietos juntos mirando la vida y la muerte, o la vida o la muerte. No hay tratamiento porque ambos han renunciado a la esperanza, a las expectativas, a las exigencias. Han abandonado el mundo y su punto de vista exterior, tomando como única realidad las imágenes, emociones y significados que presenta la psique. La muerte ya ha entrado porque la rabia de vivir ha pasado. La historia del caso registra que «no pasa nada», mientras que la historia del alma puede estar dando cuenta de una experiencia profunda y sin palabras. 

Mantener esta vigilancia también significa prestar atención a los detalles absurdos y triviales de la vida. Porque la experiencia de la muerte no sólo es grandiosa, profunda y sin palabras; también disuelve lo cotidiano en el sinsentido. Suceden todo tipo de cosas; milagros y errores a la vez. Pero esta cuidadosa consideración de los detalles no puede utilizarse con intenciones terapéuticas: para «ayudar a que la vida continúe» o para «sostener el ego». La atención al absurdo parece una parte espontánea de la propia experiencia de la muerte, que saca significados totalmente nuevos y asombrosos de viejos hábitos. Y la transformación está marcada por la conciencia de la paradoja y la sincronicidad, donde se funden el sentido y el sinsentido. 

Algunos dicen que siguen vivos sólo gracias a sus hijos, a sus padres… a los demás. Teniendo esto en cuenta, el analista puede empezar a recordar al paciente el efecto de esta muerte sobre los demás. Pero, de nuevo, esto evita el riesgo en su intensidad desnuda. El suicidio pone in extremis a la sociedad, a la responsabilidad humana e incluso a la comunidad de almas. Por eso, como hemos visto, los puntos de vista oficiales lo condenan con razón. El suicidio es el paradigma de nuestra independencia de todos los demás. Tiene que ser así durante la crisis del suicidio porque en este momento todos los demás representan el statu quo: la vida y el mundo, que hay que negar absolutamente. Estas cosas ya no cuentan realmente. Recordarlas sólo sirve para intensificar la pulsión. Por lo tanto, un analista bien puede tomar el gesto suicida como un «grito de auxilio», pero no para vivir. Más bien es un grito de ayuda para morir, para atravesar la experiencia de la muerte con sentido. El analista sólo es eficaz como vínculo con la vida cuando no afirma este vínculo. No defiende ni la vida ni la muerte, sino la experiencia de estos opuestos. 

Como paradigma de la independencia, el suicidio es también egoísmo. El mundo se encoge a la pequeña medida del «yo»: mi acción, mi muerte. La abnegación es simplemente omnipotencia disfrazada. Ya sea en sigiloso silencio o a la vista de todos desde la cornisa del centro de la ciudad, hay una obsesión egoísta por mi propia importancia. Y el mundo de los demás -como las salas de urgencias a las que se lleva primero a quienes fracasan en sus intentos- reacciona con desprecio ante este egoísmo. Sin embargo, un analista puede ver dentro de este egoísmo la pequeña semilla de la mismidad. Una semilla debe encerrarse en sí misma para generar su propio ser; debe ser exclusivamente «yo». En lo negativo el egoísmo es una afirmación de la individualidad. 

El analista continúa el proceso analítico fijando inconscientemente las experiencias a medida que se desarrollan. Se realizan conscientemente en la personalidad a través de la confirmación y la amplificación. La experiencia de la muerte no sólo se atraviesa. Se alcanza, se logra y se construye en la psique. 

Al evitar la nada, hace posible que el paciente experimente la muerte. Da a la persona la oportunidad que se le niega en todas partes. El analista desempeña ahora el papel de verdadero psicopompos, guía de almas, al no romper el vínculo de confianza en el momento en que es más crucial. Ha mantenido su fe en la liga secreta. La persona sabe que puede confiar en el analista, porque el entendimiento entre ambos no puede romperse ni siquiera con la muerte. Al evitar la nada, el analista hace, sin embargo, lo máximo que puede hacer para evitar la muerte real. Al haber entrado tan de lleno en la posición del otro, éste ya no está aislado. Tampoco él puede ya romper libremente la liga secreta y dar un paso en solitario. 

La desesperación analítica no es otra cosa que enfrentarse juntos a la realidad, y el a priori de toda realidad humana es la muerte. El individuo se ve así animado a satisfacer su necesidad imperiosa de lo trascendente y absoluto. Volvemos a la proposición de Spinoza de que el hombre liberado piensa en la muerte, pero su meditación es sobre la vida. 

La transformación comienza en este punto en el que no hay esperanza. La desesperación produce el grito de salvación, para el que la esperanza sería demasiado optimista, demasiado confiada. No fue con voz de esperanza como Jesús gritó: «Elí, Elí, ¿lama sabactani? (Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?)». El grito en la cruz es el arquetipo de todo grito de auxilio. Suena la angustia de la traición, el sacrificio y la soledad. No me queda nada, ni siquiera Dios. Mi única certeza es mi sufrimiento, que pido me sea quitado muriendo. La conciencia animal del sufrimiento y la plena identificación con él se convierten en el humillante terreno de la transformación. La desesperación inaugura la experiencia de la muerte y es al mismo tiempo la exigencia de la resurrección. La vida tal y como era antes, el statu quo ante, murió cuando nació la desesperación. Sólo existe el momento tal y como es -la semilla de lo que pueda venir- si se sabe esperar. La espera es todo y la espera es juntos. 

Este énfasis en la experiencia, esta lealtad al alma y la objetividad científica desapasionada hacia sus fenómenos, y esta afirmación de la nave de la relación analítica pueden liberar la transformación que el alma ha estado buscando. Puede que llegue en el último momento. Puede que no llegue nunca. Pero no hay otro camino. 

Si no llega, el analista queda solo para juzgar si el suicidio era necesario o no. Necesario significa inevitable, como un accidente o una enfermedad. El famoso criterio de Platón sobre el suicidio justificado fue enunciado en el Fedón 62, donde hace decir a Sócrates: «Puede haber razón en decir que un hombre debe esperar y no quitarse la vida hasta que Dios lo convoque…». Hasta ahora, esta «llamada» (traducida como «necesidad», «compulsión») se entendía siempre como un acontecimiento exterior, algo que llega como una circunstancia funesta (derrota, accidente, enfermedad, catástrofe). Sin embargo, ¿no podría la necesidad provenir también del alma? Si un analista ha permitido al máximo la experiencia de la muerte y aun así el alma insiste en la muerte orgánica a través del suicidio, ¿no podría considerarse también una necesidad inevitable, una llamada de Dios? 

Pasar más allá de este punto especulando por qué algunos deben entrar así en la muerte, por qué Dios convoca a algunos al suicidio, significa plantear preguntas sobre Dios y lo que Él quiere del hombre. Sin embargo, esto nos llevaría al terreno de la metafísica y la teología, es decir, más allá del alcance de la psicología y de este libro. 

Las ficciones crean al autor

Logos del alma

La obra de arte es el residuo de una contemplación absoluta, donde el alma se observa en el proceso puro de la creación, pues ella no es otra cosa sino el mero acto de producirse a sí misma. Se cree, de forma ingenua, que el arte puede ser observado, que hay una mirada tiránica que se cierne sobre el objeto artístico y que lo apresta para el deleite de su utilización en la dimensión pragmática del arte. Se imagina que el trabajo del Artista tiene un precio y que al pagar por aquel se ha adquirido la gracia de un daimon; no obstante éste siempre permanece impersonal e inaprensible.

Aunque haya un intercambio consensuado, la obra de arte tiene un precio inaccesible que subyace a su positividad, pues el Artista tiene exigencias excéntricas, quiere la fugacidad o, lo que es lo mismo, desea permanecer en lo negativo; para ello toma a diversos sujetos, desgraciados ellos, e hila a través de sus frágiles existencias una tela intangible donde habrá de sumergirse en sí mismo hasta volverse parte de lo creado, porque el Artista, si lo es, sueña con ser consumido por la obra.

La obra artística no pertenece verdaderamente al autor o, más precisamente, el autor no es quién comúnmente se piensa como creador. Goethe acostumbraba a decir que «El Fausto» lo había creado a él, lo cual supone una reversión en el orden que el sentido común propone sobre el acto creativo. Son las imágenes y las ideas quienes crean la realidad, son ellas las que se actualizan en el trabajo del individuo que lucha constantemente para poder recibirlas de forma digna, a la vez que intenta, vanamente, liberarse de las necesidades que le reclaman. La experiencia creadora es extática y tortuosa a la vez.

Cuando los psicólogos asumen que las imágenes e ideas derivadas del paciente le pertenecen a éste o que se gestan en la vida personal del sujeto, han olvidado que la realidad psíquica es primordial y más fehaciente que lo que los individuos conciben como real. Cuando en el consultorio el drama del síntoma que se hace presente se reduce a las singularidades de la vida común y corriente, a la causalidad cotidiana, el terapeuta, en realidad, intenta minimizar a un dios para hacerlo caber en los estrechos confines de la persona, a ese acto se le denomina: “inflación psíquica”.

El psicoterapeuta, en cambio, ejerce bajo la premisa de que el síntoma es el verdadero terapeuta y que su dolor es el camino profundo que recorre para poder liberarse de la literalidad de la carne que lo aprisiona. Sabe que la labor terapéutica consiste en permitir, de forma consciente, que el síntoma sea recibido como un huésped en el hogar lógico del paciente, para dejar que éste lleve a cabo su tarea creativa y continúe la senda de su dialéctica particular. Todo ello precisa que tanto el terapeuta como el paciente entiendan que es el alma quien los crea, que son las ficciones quienes, en realidad, se curan a sí mismas en el diálogo con su interioridad.

En este sentido la psicoterapia es la asunción del acto creativo puro, pues a diferencia de la creación artística su ejercicio no parte de los residuos objetuales para cincelar la forma subyacente en el trozo de roca o para pintar en el lienzo, sino que se sostiene de lo intangible, de aquello que es un concepto en sí mismo y así llega a comprender que es el proceso de la negatividad quien, genuinamente, modela el acto productivo de ser un alma frente a sí misma.

Animus-Psychologie, Parte 1, Preámbulo

Traducciones

Preámbulo

Wolfgang Giegerich, Alemania

En «Animus-Psychologie» de Wolfgang Giegerich, en editorial Peter Lang, 1994, pp. 37 a 59, traducido directamente del alemán.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria Rojo

El objetivo de este capítulo es encontrar un punto de entrada en el tema del animus. En la medida en que el animus no se da simplemente como un fenómeno, de modo que uno pueda simplemente señalarlo y mirarlo, analizarlo, el esfuerzo por obtener un punto de vista y encontrar un comienzo es, en efecto, algo así como una petitio principii. También se podría decir: al igual que en el capítulo anterior sobre el horizonte en el que se va a considerar el tema del animus en este libro, se trata de desvelar los presupuestos de los que va a partir la investigación posterior y de los que va a ser un despliegue más cercano.

La Sicigia. Ya sabemos que si se quiere profundizar en psicología, o adentrarse en ella, hay que dejarse caer en la gran metáfora de la psicología, el «alma». Pero, ¿qué significa eso, cómo se «hace» eso? Ante todo, significa reconocer y aferrarse a lo desconocido del «alma». No tenemos respuesta a la pregunta de qué es el «alma». Partimos del desconocimiento y nos basamos en él. La respuesta a la pregunta de qué es el «alma» sólo puede ser la psicología en su conjunto, es decir, el proceso esencialmente inacabado e inacabable de la experiencia y la «investigación» psicológicas. Por lo tanto, no empezamos con una definición, por muy general que sea. Esto ya establecería un marco firme y haría una presuposición, de modo que lo presupuesto sería el punto de partida y la base estable para todas las preguntas e investigaciones posteriores. En lugar de dejarnos «caer», ya estaríamos pisando un terreno y en un campo definido. Habríamos intervenido como un yo y, en una anticipación autónoma, habríamos puesto fin a la incertidumbre. Al principio, sin embargo, no sabemos nada del alma. No sabemos si es idéntica u otra cosa que «espíritu», «conciencia», «naturaleza», «mundo», «vida», «persona», «individuo», etc. Tampoco sabemos nada sobre su posible existencia. Tampoco sabemos nada de sus posibles partes, componentes, aspectos, nada de ego, yo, sombra, superego, de complejos y pulsiones. «Alma» es ante todo una mera palabra. Una palabra, nada más. Ni siquiera sabemos si se refiere a algo o a nada.

Nos dejamos caer en la gran metáfora «alma» cuando dejamos que el «alma» sea una mera palabra y perseveramos en ella. Si esta palabra ha de recibir un determinado significado, entonces no a través de nuestra propia determinación arbitraria, sino dejando que el significado o significados nos sean dados por la palabra, por el lenguaje mismo. Lenguaje aquí no significa ya lenguaje positivizado en el sentido de la lingüística, especialmente no de «diccionario». Lenguaje significa la realidad histórica del hablar. En la historia del hablar del alma, el «alma» ya se ha interpretado a sí misma (o ha empezado a interpretarse a sí misma, porque el proceso de autointerpretación del «alma» continúa inacabado).


Una de las primeras autointerpretaciones del «alma» es su indiferenciación del alma y el espíritu y de la vida y la muerte. El alma es el principio de la vida, pero también el alma de los muertos, el fantasma, el espíritu. Es el aliento que anima el mero cuerpo, pero también el aliento frío que sopla en nuestra existencia desde el inframundo y el reino de los espíritus.1 Para esta experiencia del mundo, la procreación de la vida se produce precisamente desde la psique del inframundo, desde el reino de los muertos.2 En latín, el «alma» tiene entonces dos aspectos de sí misma explícitamente separados como anima y animus, y Jung, basándose en este afortunado hallazgo, ha demostrado que el alma aparece innatamente de dos formas: como anima y como animus. Estas palabras latinas indican dos cosas: la identidad de las dos (expresada en la raíz anim-) y la diferencia de las dos (expresada en las terminaciones -a [femenino j frente a -us [masculino] y, por tanto, en su género opuesto). Nuestra metáfora básica «alma» no es, pues, nada unívoca, sino diferente en sí misma.

Si se quiere hacer hincapié en este aspecto, también se puede decir «sicigia» en lugar de alma o entender el alma como sicigia. En primer lugar, la sicigia debe entenderse muy concretamente como la imagen arquetipal de la pareja masculino-femenina de dioses, en la que, con Jung, podemos reconocer psicológicamente anima y animus o, más filosóficamente, Eros y Logos, aunque en esta última pareja ya no se expresa el sexo opuesto. Según Jung, la imagen del par de dioses se extiende desde las tinieblas de la mitología primitiva hasta la especulación filosófica del gnosticismo y la filosofía clásica china, donde aparece como el par conceptual cosmogónico del yin y el yang.3 También se extiende, lo que ya no está en la obra de Jung, a pares conceptuales filosóficos como percepción y pensamiento, receptividad y espontaneidad en la obra de Kant, y -como

podría olvidarse- a la pareja conceptual psicoanalítica de Eros y Tánatos, instinto de vida y muerte en Freud. Jung afirma que la imaginación está ligada a este motivo, de modo que en todo lugar y en todo momento se ve altamente inducida a proyectar lo mismo una y otra vez.4 Según Jung, el motivo de la sicigia expresa «que con un masculino siempre hay al mismo tiempo también un femenino correspondiente». La inmensa prevalencia y emotividad del motivo demuestran que se trata de un hecho fundamental y prácticamente importante, independientemente de que el psicoterapeuta o psicólogo individual comprenda dónde y de qué manera influye este factor psíquico en su campo de trabajo particular».5 En el «campo de las sicigias, a saber, los pares de opuestos», «lo uno nunca está separado de lo otro, de lo opuesto».6

En nuestro contexto, hay dos cosas que hay que subrayar y registrar decisivamente una vez más. 1. El motivo de la sizigia no es un motivo arquetipal cualquiera entre la multitud de imágenes míticas, sino el motivo arquetipal decisivo para la constitución de la psicología misma. Denota la perspectiva o metáfora básica que no sólo es, como todas las demás imágenes arquetipales, una contrapartida de la psicología, sino bajo cuya égida se erige la psicología misma. 2. Esta metáfora, que es a la vez una perspectiva y una metáfora de la psicología, es una metáfora de la psicología. Esta metáfora, que es a la vez objeto y «sujeto» rector de la psicología, el alma, es ambigua, ambivalente, diferente en sí misma. Aparece bajo dos formas distintas, incluso opuestas, anima y animus, alma en sentido estricto y espíritu. Y estrictamente hablando, el ánima no puede ser considerada y comprendida aparte de su emparejamiento con su propio opuesto, el animus, y el animus no puede ser comprendido aparte del ánima. Cada uno de ellos implica a su opuesto. Si estamos tratando con el ánima, entonces inevitablemente «al mismo tiempo», el animus también está a mano y viceversa, incluso si el psicoterapeuta individual no es consciente de ello, como acabamos de escuchar de Jung.

Si la sicigia es la metáfora básica constitutiva de la psicología, y si anima y animus se implican inevitablemente el uno al otro, la psicología no puede escapar a la sicigia. En ella, la psicología misma (y no sólo fuera en el objeto: en el alma del hombre), anima y animus estarán siempre operativos. La pregunta que hay que hacerse con Jung, sin embargo, es si la psicología «se da cuenta» de esto o si el efecto del otro sólo le sucede de facto, pero inadvertido. ¿Es, parafraseando a Fausto, «sólo consciente de una pulsión», o los tomas a ambos bajo su protección? Dicho de otro modo, ¿se lleva a cabo la psicología a partir de la tensión sostenida entre anima y animus, como dice J. Hillman: «Esto es la psicología, la interpenetración mutua de psique y logos en el marco de la sicigia».7 Se puede demostrar -volveremos sobre ello en los próximos capítulos- que en la psicología realmente existente, por mucho que se esfuerce en la práctica por la coniunctio oppositorum y se ocupe de la sicigia como su objeto, su propia actividad surge de un repliegue de la sicigia. La psicología no permanece dentro de esto en su ejecución.

Es obvio, sobre todo porque Anima y Animus tienen el mismo nombre, entender la relación de la pareja divina entre sí como si fuera el emparejamiento de un hermano y una hermana o de un antiguo matrimonio que hace tiempo que están alineados. Entonces Anima y Animus serían dos versiones de lo mismo, por así decirlo, aunque no fueran lo mismo debido a su sexo opuesto. Lo mismo en la medida en que, según Jung, es «función natural del animus (así como del ánima)» «establecer una conexión entre la conciencia individual y el inconsciente colectivo…» El anima y el animus deben funcionar como puente o puerta de acceso a las imágenes del inconsciente colectivo…»8 ¿Representan ambos realmente sólo dos potencias personificadas diferentes en el teatro de las figuras arquetípicas vinculadas por la igualdad de función? ¿Están codo con codo en el mismo escenario, en el mismo terreno, como sugeriría la idea de que en el hombre el ánima en el hombre corresponde al animus en la mujer? Entonces serían simples equivalentes o complementos, como la derecha y la izquierda, es decir, lo mismo en sus opuestos. Pero esto trivializaría la oposición de ambos. Incluso el par conceptual yin y yang, tal como aparece en el I Ching chino, ya no debe considerarse básicamente como puramente complementario. Uno puede incluso convertirse en el otro.

La visión de los dos lados de la sicigia como «equivalentes»9 vería la sicigia sólo desde su único miembro, a saber, desde el Änima y a través de sus gafas. Pues el ánima es el arquetipo desde cuya perspectiva la realidad psíquica aparece como el panorama intemporal de las imágenes, de los antepasados, de los dioses. Pero la pareja también debe ser apreciada desde su otro miembro, desde la perspectiva del animus. Entonces el animus y anima se entienden como verdaderamente diferentes el uno para el otro y no sólo como pares distintos. La alteridad, la oposición en su heterosexualidad, sólo se hace evidente cuando los entendemos como arquetipos o funciones heterogéneas pertenecientes a órdenes diferentes y como tales unidos en una sinergia. Niego por tanto que el animus, al igual que el anima, represente el puente (función relacional) hacia el inconsciente, sólo para el sexo opuesto. Anima y animus no se diferencian por el lugar de su aparición (hombre o mujer), sino por su función. Esto debe aclararse.

En la experiencia humana, la primera forma de manifestación del ánimus es el «tener opiniones», mientras que el ánima se expresa principalmente en «estados de ánimo». Utilizamos estas afirmaciones de Jung para visualizar la heterogeneidad de ambos. Los estados de ánimo son la primera inmediatez del contenido, de las imágenes o figuras personificadas. Los estados de ánimo, en su tono emocional preciso, aunque esquivo, son el primer indicio, aún indiferenciado, de las cualidades pictóricas que se esconden en ellos.

En el caso de la opinión tipo animus, podríamos decir que también se refiere al contenido. Pero aquí el tono no está en el contenido de la opinión, sino en el tener-opiniones, que como tipo animus es en gran medida indiferente al contenido específico. Es más o menos una cuestión de azar qué opinión tiene el poseedor del animus en un momento dado. En determinadas circunstancias, también podría ser la opinión contraria. Jung subraya el aspecto de poder del comportamiento del animus, es decir, la «insistencia en», el querer tener razón, el carácter dogmático de la opinión. En otras palabras: se trata de «el principio», o más exactamente: del carácter principista de la respectiva de la opinión afirmada. El animus como función psíquica se refiere a una actividad mental que sólo se sirve del contenido particular para ejercer su propia actividad de afirmación y toma de posición al respecto. En tener-opiniones tipo animus, el contenido de lo que se quiere decir en cada caso sólo está contenido como momentos suspendidos. El animus como función psíquica provoca así la suspensión (en el sentido hegeliano) de las imágenes y sus cualidades o contenidos inmediatos. Cuando la reacción del animus está plenamente desarrollada y diferenciada, más allá del mero tener opiniones, se muestra como un concepto. Se muestra como el contenido concebido, es decir, captado principalmente (como principio general). Por lo tanto, podemos decir: tener opiniones es la primera inmediatez del concepto, de los principios, de la reflexividad del contenido pictórico inmediatamente dado.

Así, en el anima y el animus, vistos desde aquí, se oponen el ámbito del contenido, de las imágenes, de las figuras, por un lado, y el del ser reflejado y captar la imagen en el concepto, por otro. El ánima nos remite a toda la fenomenología de la realidad psíquica o arquetípica en su amplitud y diversidad, la fenomenología del mito o de lo imaginal. Es la inagotable actividad mitificadora del alma, pone ante nosotros figuras plásticas, personifica, produce contenidos, hila, poetiza, fabula y crea así un mundo fascinante ante nuestros ojos interiores. Y como hechicera que es, imbuye a lo que hila de sí misma de un ser absolutamente convincente, de subtancialidad, de objetualidad, de «objetividad», de modo que en la medida en que hila las imágenes de sí misma como realidades, también se hila a sí misma o a la conciencia en ellas al mismo tiempo. Cree en sus imágenes. Es la función de fascinarse por ellas, de dejarse llevar por ellas y por ellas, incluso posiblemente de enamorarse de ellas. El animus se opone a este mundo sustancialmente vivido. Se enfrenta a lo que tenemos ante nosotros pictórica y sustancialmente y transforma la sustancia en función o principio. Contrarrepresenta, abstrae, espiritualiza. Sustrae el ser, que es lo absoluto, de lo que se ve. Es la función de la putrefactio, destillatio y sublimatio alquímicas, de la elaboración psicoanalítica, del pensamiento analítico, de la reflexión crítica. Permite ver a través de la proyección anímica. Es la disolución de la «ontología» en «lógica», en movimiento mental. Como el ánima, no es sólo función; es el arquetipo de lo funcional, de la funcionalidad (en contraste con el ánima como arquetipo de la sustancialidad), el arquetipo de las operaciones y los actos, de la intervención. Así, en la sicigia, no se sitúa simplemente al lado del ánima como un simple complemento o contrapartida, sino, por así decirlo, transversalmente a ella como la anulación del mundo producido por el ánima y como la negación del anima misma. Su función es matar la inmediatez del anima.

Animus y anima son verdaderos opuestos. Pero como ya indica la similitud de nombres, la negación por el animus es la propia anulación del ánima. En el animus, el ánima tiene su propio otro. La anulación se produce dentro de la sicigia, no desde fuera, como un acontecimiento completamente ajeno al ánima y arbitrariamente infligido.

El ánima se asocia a menudo con lo «interior» porque conecta con las imágenes del inconsciente colectivo. Se podría pensar entonces que el anima tira del mundo exterior y tira hacia el interior. Pero eso sería un completo malentendido. El anima está intrínsecamente ligada al exterior. Parte de lo interior, se proyecta en el mundo y lo puebla. Pero también gira hacia lo que se proyecta, atrae y enreda en su profundidad, que es la profundidad arquetipal, pictórica, sensorial. Esta es su interioridad, que es indiferente a la oposición moderna de mundo interior y mundo exterior. En esta proyección hacia el exterior, es indiferente que el exterior sea «real» o «visionario». Este último no está «en» nosotros, sino que también es un exterior real. El chamán realiza un viaje anímico. El ánima no tiene nada que ver con la introversión, aparte de que el anima es la responsable de experimentar el carácter de realidad de la realidad (los estados patológicos de despersonalización y desrealización son trastornos del ánima10).

En todo caso, el animus apunta al interior, aunque sólo si su idea es asumida y sustancializada por el ánima en un sentido externo. Por naturaleza, sin embargo, el animus trae el retroceso críticamente reflexivo de lo que el anima ha proyectado hacia el exterior. Trae lo que llegaremos a conocer más de cerca como memoria (absolutamente negativa). Pero del mismo modo que el exterior del ánima no es idéntico al exterior en el contraste entre el mundo interior y el exterior, tampoco el retroceso en virtud del animus o del recuerdo es idéntico al interior en el mismo contraste.

Negatividad. Anima y animus pertenecen efectivamente a la sicigia, porque no son complementarios como hermano y hermana, ni «accidentalmente», unidos exteriormente en una unidad como marido y mujer , sino porque ya está en su concepto el estar indisolublemente unidos entre sí como opuestos, lo que sólo se indica exteriormente en la similitud de nombres. Lo que fuerza a ambos a la sinergia es la circunstancia de que uno es la pura negación del otro. El animus no tiene ser o esencia cualitativa propia. Es sólo como la anulación del ánima. Tener un ser cualitativo y un ser sustancial y conectar la conciencia con el reino de las imágenes es precisamente lo que distingue al anima, y sólo a ella. Los dos se pertenecen como el más y el menos, como el ser y la nada. El ánimus no es simplemente algo distinto del ánima, es lo otro del ánima por excelencia, a saber, su propia negación de sí misma, la nada del ánima. Tal vez se pueda seguir hablando del ánima independientemente de la sicigia, porque es el arquetipo de la sustancialidad. Esto es imposible con el animus, en la medida en que sólo existe como negación del anima.

Este hecho ha de apuntalarse con un recurso a lo dicho anteriormente y una anticipación de lo que vendrá después. Hemos subrayado que el animus no puede ser simplemente recogido en algún lugar  y observado como objeto fenomenológico. Más bien, recurrir a él es volverse primero contra sí mismo. No hay ninguna base empírica para el animus, ninguna prueba teórica. Se funda en última instancia en el propio pensamiento, en su propio concepto, como autoridad última para todas las afirmaciones sobre su esencia y como prueba de su existencia: sólo se hace verdaderamente experimentable y presente en la propia actividad del pensamiento y, en virtud de esta actividad, sólo en el propio esfuerzo de concepto. De lo contrario, no es más que una palabra o una idea que permanece sólo animada. Esto muestra su negatividad. No es algo positivo que se pueda mirar y demostrar.

También es obvio cuán descuidado fue el animus por Jung, cuán mala es su reputación y que el animus aparece en la literatura psicológica predominantemente sólo como animus negativo. A la luz de lo que aquí se ha elaborado, este extraño hallazgo puede entenderse ahora como perteneciente a la fenomenología del animus mismo. Ciertamente, este hallazgo apunta a una deficiencia, pero esta deficiencia es en sí misma característica del animus. No aparece del mismo modo que el ánima en imágenes y figuras encantadoras. No nos invita a ocuparnos de él de la misma manera. Ahora podemos confirmar de manera decisiva lo que antes sólo habíamos considerado vagamente: No tiene sentido decir que el ánimus, como cualquier arquetipo, puede ser positivo o negativo si lo que se quiere decir con esto es otra cosa que la distinción utilitaria entre sus efectos experimentados como agradables y los experimentados como desagradables. El animus no es negativo y positivo del mismo modo que un ser humano a veces está sano y a veces enfermo. La negatividad aquí no es una condición (atributo) de una sustancia persistente llamada animus. Más bien, es la naturaleza (función) del animus ser negativo. La negatividad pertenece a la definición del animus. El mismo es la negatividad. Para decirlo sin rodeos y de un modo que no es apropiado: no se dedica a un oficio productivo como el anima, sino a uno esencialmente negativo, del mismo modo que en la realidad social el verdugo, el anatomista, el basurero también se dedican a actividades puramente negativas (¡aunque en modo alguno sin importancia o despectivas!). «Animus negativo» es una frase como «cuervo negro». El adjetivo hace explícito lo que ya está implícito en el término animus. 

Kathrin Asper establece una relación interesante entre la valoración desfavorable del animus por parte de Jung y la contratransferencia. Dice: «Como es bien sabido, Jung no hablaba muy bien del animus. Ya se ha gastado mucha tinta en esto, así que no entraré en detalles. Pero lo que me llamó la atención en relación con mi preocupación por el animus y el trastorno de la autoestima es lo siguiente. ¿Podría ser, me pregunté, que Jung formulara su contratransferencia en su descripción negativa del animus, pero no lograra hacerla terapéuticamente fructífera?»11 La conexión tiene sentido. Si queremos hacer que esta idea sea psicológicamente fructífera, entonces, por supuesto, no debemos limitarnos a dejar la contratransferencia como un fenómeno que se entiende a sí mismo. Por el contrario, debemos apreciar esta contratransferencia como precipitación y automanifestación del animus y utilizarla así para la realización de lo que es el animus. En consecuencia, podemos incluso interpretar el hecho de que el concepto de animus haya sido rechazado de plano por las feministas como la expresión de un acontecimiento de animus. Pues esta negación del animus al por mayor es en sí misma un logro que debe mucho a la función del animus. El animus no se ocupa de la autopresentación. Sólo el anima se pone a sí misma en escena, tiene un impulso de forma vívida. Las feministas sólo fueron capaces de negar a este concepto cualquier justificación de esta manera radical porque y haciendo uso de lo que llamamos animus, de modo que el animus sigue mostrándose eficaz precisamente en la negación de sí mismo.

Por eso, precisamente porque el animus es una pura función y no una forma real, no una imagen sustancial, no hay que fijarse tanto en lo que se dice, en lo que se quiere decir en cuanto al contenido. El animus se manifiesta mucho más en la forma lógica y en el estilo intelectual del discurso. Y obviamente se confirma precisamente cuando el discurso vuelve la negación que es contra sí mismo.

Al mismo tiempo, estas observaciones nos proporcionan la primera visión de una importante diferencia que debe observarse en el animus. En efecto, el animus puede aparecer de dos maneras muy distintas. En primer lugar, la descripción negativa del animus, el trato poco amistoso que recibe en psicología y la negación completa de su existencia son, en efecto, formas en las que el ánimus se manifiesta. Pero sólo se actúa a través de ello, simplemente se vive y se realiza la función que es. No se refleja, y eso significa que aquí no se reconoce a sí mismo como animus. Pues si el animus se conociera a sí mismo como animus en la consumación de la negación de su propia existencia, entonces ya no podría ser negado. Se trata aquí, pues, de la primera inmediatez del animus o del animus en su forma inauténtica, que está todavía bajo la égida del anima. En la negación de éste, el alma, como el anima, simplemente hace girar el animus fuera de sí, lo vive completamente irreflexivamente como su propio otro. También podríamos decir: la conciencia se sienta sobre ella, se sienta sobre su negatividad; interpreta lo que es la esencia del ánima (la negatividad) «positivamente» como una mala cualidad en ella, como defectuosa, carente. El anima convierte la negatividad en algo positivo. Su negatividad es reprochada, culpabilizada. Entonces es verdad: todo lo que es el anima se utiliza contra él como «en un juicio». Pero esta acusación proviene de él mismo, pero sólo cuando simplemente se actúa sobre su negatividad. Entonces él mismo exige ser positivo y sin ambigüedades, y se molesta de que no sea así. El animus, que se supone que es logos, se manifiesta entonces en un resentimiento, un afecto animoso, es decir, en lo contrario de sí mismo. En esto, es evidente que todavía no ha llegado a sí mismo. Porque aparece en su primera inmediatez, él, que es negación, aparece muy lógicamente en forma de contradicción, incluso de autocontradicción: se manifiesta aquí negando su propia existencia.

Pero, en segundo lugar, también debe existir la posibilidad de que el animus se conozca a sí mismo como tal. Pues el conocimiento claro, el hacer transparente lo que es, el reflejo, es precisamente su poder. Cuando se conoce a sí mismo como lo que es, no puede resentir su negatividad. Entonces no se conoce simplemente como su distinción y su sentido, sino sobre todo como su ser. Es puramente negativo, no un algo que entonces tendría cualidades o inclinaciones negativas además de su ser. Este es el momento en que, por ejemplo, incluso la negación de su ser puede ser apreciada como su propio ser (una forma provisional, aún positivizadora, de su ser), lo que al mismo tiempo pone fin a la necesidad de negarlo. El animus que ha llegado a sí mismo ya no tiene que volverse y ejercer la negatividad contra otro, ni siquiera contra sí mismo como otro, sino que puede simplemente soportarla, habitar en ella, «ser» él mismo la negatividad. Es decir, puede «ser» como un no-ser. Entonces se ha convertido en un espíritu en el verdadero sentido.

Marie-Louise von Franz dice una vez de pasada sobre Barba Azul como animus negativo:

… Barba Azul es un asesino y nada más; no puede transformar a sus esposas ni ser transformado él mismo. Encarna los aspectos mortíferos y feroces del ánimus en su forma más diabólica; de él sólo es posible la huida…. El ánimus en su forma negativa… aleja a la mujer de la vida y le oculta la vida. Tiene que ver con las tierras fantasmales y la tierra de la muerte. De hecho, puede aparecer como la personificación de la muerte, como en el cuento francés de la Colección Diederich titulado «La esposa de la muerte»…12

Me adelanto con esto, porque tanto la historia de Barba Azul como las frases citadas de la Sra. von Franz nos ocuparán con más detalle. Por el momento, sólo nos interesa este tema en relación con el esfuerzo por desarrollar un concepto preliminar del animus. Barba Azul es sin duda la figura de animus más extrema que existe. No veo en esta forma extrema lo extravagante y excéntrico, que debe conservarse precisamente por ser fuera de lo común. Más bien veo en ella una figura muy central porque, como extremo, muestra el animus en su consecuencia última y en su concepto más exterior. Barba Azul arroja una vez más una luz decisiva sobre la negatividad del animus: sobre el animus como asesino y, por tanto, al mismo tiempo también sobre su ser sincigótico en tensión con el ánima. Si el animus tiene su esencia en ser un asesino, entonces no es nada sin su víctima. Depende de ésta, es decir, del ánima, y esta dependencia del uno respecto del otro es el yugo que une a ambos. Del ánima, dice von Franz, sólo se puede huir. Esto mostraría de nuevo la negatividad actuada: el carácter negativo del animus mismo se refleja en la huida.

El animus como asesino y como «devorador de cadáveres» sólo destruye. Extiende un aire frío a su alrededor. Apunta fuera de la vida y de la «biología» hacia el país de los fantasmas, hacia lo absurdo: lejos de lo empírico y lo vívido y fuera de la percepción y la imaginación hacia la fría esfera del pensamiento puro.

La unidad de la unidad y diferencia de los opuestos. Los dos lados de la sicigia no representan un par unificado. Para reconocer la relación sicigial de ambos, parto de la conocida sentencia histórico-psicológica de Jung: «Al estadio del animus-anima corresponde el politeísmo, pero al yo corresponde el monoteísmo».13 Esta frase es problemática. Dos cosas reclaman nuestra atención. En primer lugar, lo llamativo de la frase de Jung es que nombra animus y anima como una unidad sin complicaciones. Aquí forman un tándem sin tensión interna ni oposición. No puedo entender por qué, en la etapa del politeísmo, el animus debe mencionarse al mismo tiempo y con el mismo peso que el ánima. Ciertamente, si hay una sinergia entre las dos, entonces donde está la una, siempre está de alguna manera también la otra. Pero sólo de algún modo. Característico del estadio del politeísmo y manifiesto en él es el ánima sola, al menos en comparación con los estadios posteriores y visto desde éstos. Este estadio es, al fin y al cabo, de manera excelente el estadio de la psique creadora de mitos, el estadio de las imágenes y de la inocencia lógica que las acompaña, que son un requisito previo de la experiencia politeísta. Las contradicciones o discrepancias lógicas no se convierten aquí en un problema. Se pueden contar diferentes historias sobre el mismo dios o héroe, por ejemplo sobre su nacimiento y genealogía, sin que esto se experimente como una contradicción. Con razón, porque sólo son historias tipo anima. Las historias o imágenes descansan en sí mismas. Las distintas versiones de una historia no pueden contradecirse porque no compiten entre sí. Cada una es por sí misma lo que es. El animus como facultad de los conceptos lógicos y de la ordenación según principios no está totalmente ausente en el nivel del mito politeísta, pero sólo está latente, sólo está envuelto. Todavía está dormido, por así decirlo. Sólo aparece por sí mismo a través del monoteísmo, a través de la fijación y sujeción del Uno, al que se subsume la multiplicidad, por lo que a) las contradicciones pueden experimentarse como tales, pero también b) pueden desactivarse o evitarse a través de la subordinación lógica y similares.

Veo en el hecho de que Jung nombre aquí animus y anima juntos una falta de respeto al animus en su autonomía. La tensión de la sicigia no se ha mantenido. Para decirlo sin rodeos, el animus está subordinado al ánima. Esto también se corresponde con lo que ya se ha mencionado brevemente, que la sizigia como marco de la psicología no se ha sostenido. La oposición de ánima y ánimus fue empujada por Jung principalmente fuera de la psicología hacia la biología y el personalismo, es decir, reducida a la oposición de hombre y mujer. Ahora ya no está en la conciencia de la psicología como el marco de la psicología misma, como el campo de tensión dentro del cual tiene lugar todo lo que se llama psicología. Ahora se considera sólo como un contenido de la psicología, un dato único de su experiencia. Y ánima y animus se convierten en «componentes de sexo opuesto de la personalidad».14 Así, Jung también dice explícitamente en la misma página en la que se encuentra la frase sobre el politeísmo y el monoteísmo: «Su oposición [la oposición de ánimus y ánima] es la de los sexos».15 Psicológicamente, en cambio, debería decir: La oposición biológica de los sexos es la excelente imagen mítica en la que la oposición interior de la sicigia sólo se representa en el nivel del anima. La sicigia psicológica se proyecta sobre los sexos biológicos, fácticos. Éstos sirven como medio de expresión adecuado. Plantearlo de este modo estaría mucho más en consonancia con el propio enfoque psicológico de Jung. Hillman escribe en consecuencia: «Como Jung muestra a lo largo del Mysterium Coniunctionis (CW 14) y en otros lugares, “masculino” y “femenino” son metáforas biológicas de las condiciones psíquicas de consciente e inconsciente»16 y, yo añadiría, en la medida en que se trata de «consciencia masculina» e «inconsciencia femenina personificada», también metáforas de animus y anima. Como oposición de los sexos o como par de dioses, la sicigia, por su parte, es vista desde su único miembro, el ánima creadora de imágenes, proyectiva, incluso allí donde el ánimus, como en la filosofía china del yin y el yang, ya es un principio y es reconocido como igualmente importante junto al ánima. Pues es precisamente la yuxtaposición de igual rango la que muestra el punto de vista del ánima.

En la obra de Jung, se percibe la necesidad de superar la versión sexuada de los contextos psicológicos. Con motivo del sexualismo del símbolo del hermafrodita, Jung dice: «El sexualismo de estos contenidos significa siempre una identidad inconsciente del yo con una figura inconsciente (ánima y ánimus)… Nunca he observado el hermafrodita como figura de la meta, sino como símbolo del estado inicial, es decir, como expresión de una identidad con anima o animus. Estas imágenes son, por supuesto, anticipaciones…»17 Si se extrae la consecuencia de esta perspicacia, entonces habría que interpretar también la interpretación opuesta del anima y del animus, mediante la cual se convierten en componentes de la personalidad, por su parte como expresión de una identidad inconsciente de la teoría psicológica con la figura inconsciente del ánima, o como expresión de lo que yo llamo el estadio anímico del anima, o como expresión de lo que yo llamo el nivel anímico de la conciencia o de la cultura, de modo que aquí tampoco debería hablarse ya de una «identidad con el ánima o el ánimus», porque este discurso sólo está ligado una vez más al sexualismo y permanece así atascado en una anticipación aún no redimida. Hablar de «anima o animus» significa lo que yo entiendo por estadios anima o anima, pero como se ha hecho de la oposición de los sexos la base, debe dividir lo que en mi lenguaje es uno como estadio del anima en dos, en la identidad de conciencia en el hombre con el anima y en la mujer con el animus. 

¿Qué aspecto tiene, en cambio, la sicigia vista desde su otra extremidad? Desde este punto de vista, en lugar de la pareja, emerge lo contrario, que pertenece a la sicigia tanto como la unidad emparejada. La sicigia es la unidad y la oposición de los contrarios. Correspondientemente, «sicigia» en astronomía significa el término genérico (aquí lo mismo: la unidad) de conjunción y oposición de los cuerpos celestes. Y Hillman dice: «El trabajo consiste en mantener distintos espíritu y alma (la exigencia del espíritu) y mantenerlos unidos (la exigencia del alma)».18 En el propio Jung, este concepto de sicigia se expresa en el subtítulo de Mysterium Coniunctionis, según el cual este misterio es la unidad (o sicigia [coniunctio es la traducción latina del griego syzygia]) de «separación y composición de los opuestos del alma». Sólo por este carácter contradictorio la coniunctio es un misterio. Si fuera una síntesis simple, es decir, inequívoca, como en la química moderna, sería difícil ver por qué debería ser misteriosa. La sicigia se convierte en un misterio porque separa y une simultáneamente en un mismo acto. En primer lugar, tenemos dos opuestos (anima y animus). En segundo lugar, éstos pueden a su vez reconciliarse y unirse. Ése es el interés del anima. Pero también pueden separarse o dividirse. Ese es el interés del animus. Y la preocupación del alma como sicigia es, en tercer lugar, tener ambas preocupaciones al mismo tiempo (reunidas en una).

El animus, como el propio otro del anima y como aquello que la anula, aparece como una ruptura, una escisión, una división. Visto históricamente como la ruptura del mito al logos, según una conocida formulación.19 Así, el ánimus, cuando despierta de su estado crepuscular de estar envuelto y comienza a dar su propia interpretación de la sicigia, introduce en medio de la inocente yuxtaposición de imágenes o figuras de dioses en el escenario intemporalmente estático del teatro arquetipal una conciencia de la historia como cambio incisivo y movimiento vivo, como una sucesión de «épocas» o etapas separadas entre sí. Etapas porque la conciencia, bajo la influencia del animus, se repele lógicamente del reino de las imágenes dadas por el anima a los principios que le son propios, y porque al mismo tiempo ese reino es empujado a un momento subordinado dentro de sus principios. Y se repele porque los principios o conceptos generales no son sino las imágenes anteriores esencializadas, es decir, principal y abstractamente generalizadas. Sin que se abandonen absolutamente las imágenes míticas, se crea algo realmente nuevo, por lo que incluso el contraste de género se tiene en cuenta aquí mucho más profundamente, porque no se descuida el aspecto procreador del contraste.

Si la sicigia se entiende como la unidad de la unidad y la oposición de los opuestos, entonces resulta ser un movimiento lógico y no la unión de dos seres que han sido «accidentalmente» forzados a un pacto eterno como por un anillo de bodas. Anima y animus no son opuestos fijos, como lo son el hombre y la mujer en biología o dos casas en lados opuestos de la calle. Éstos siguen siendo lo que son aunque el opuesto cambie o incluso sea demolido. El hermano o el cónyuge pueden seguir viviendo, tienen vida propia, aunque la hermana o el cónyuge mueran. Son opuestos ontológicos. No son así anima y animus. Son una unidad que se separa en opuestos, como la electricidad positiva y negativa. Son el alma con su propio otro, con su propia contradicción. La sicigia es el uroboros, que es la unidad de presenciar y acoger, de hacedor y víctima, de principio y fin. Los opuestos se funden aquí. Son fluidos. El animus, como ya hemos visto, puede ser en sí mismo anima, y el anima, como ya hemos indicado, puede reaccionar como animus: el animus puede actuar. Cada lado de la oposición es en sí mismo al mismo tiempo toda la oposición.20 Esto sólo es posible si toda la sicigia es ella misma espiritual, es decir, si ya está dirigida desde el único polo de sí misma, el animus. Pues del ánima, que siempre tiende al naturalismo, resultaría la imagen más estática de un ser pareja, cuya interacción y dinámica relacional seguiría teniendo un carácter sustancial. Pues es precisamente el ánima la que fija las imágenes como ser desde sí misma.

El carácter urobórico del alma se expresa más claramente en las palabras de Pseudo Demócrito: «La naturaleza se deleita en la naturaleza. La naturaleza conquista a la naturaleza. La naturaleza gobierna a la naturaleza». Naturaleza en esta frase alquímica es tanto como naturaleza animada o alma. El alma es la unidad de, primero, unanimidad autosatisfecha consigo misma, segundo, antagonismo o contradicción consigo misma, y tercero, tal nueva unanimidad consigo misma que tiene dentro de sí el antagonismo o contradicción que se ha hecho explícito y lo soporta sin por ello enemistarse consigo misma. Esto es lo que se entiende por gobierno: no el gobierno coercitivo que tiene que suprimir toda oposición con la fuerza policial, que es siempre un signo de poder usurpado y, por tanto, de impotencia real. El verdadero gobierno se muestra en la soberanía, que puede permitir tranquilamente la oposición porque aquello que gobierna en virtud del poder no violento de la verdad ya no la experimenta como una amenaza. El verdadero gobierno es negativo por naturaleza, no una tiranía positiva. Gobierna lógicamente.

El alma no es estos tres estados de sí misma uno tras otro, en tres momentos diferentes, pronto de esta manera, pronto de aquella otra. Pero lo que Demócrito ha dicho aquí en tres frases expresa lo que el alma es como sicigia, todo a la vez. Se trata, pues, de la concepción de una identidad que tiene diferencia y, sin embargo, sigue siendo identidad. La diferencia no se toma como una objeción contra la identidad, como sucedía cuando se utilizaba contra ella la negatividad del animus, es decir, se hacía de ella un reproche.

Sin embargo, dentro de la sicigia se aplica lo que Hegel reconocía: “… Pero la vida del espíritu no es la vida que se asusta ante la muerte y se mantiene pura de la desolación, sino la que sabe afrontarla y mantenerse en ella. El espíritu sólo conquista su verdad cuando es capaz de encontrarse a sí mismo en el absoluto desgarramiento. El espíritu no es este poder como lo positivo que se aparta de lo negativo, como cuando decimos de algo que no es nada o que es falso y, hecho esto, pasamos sin más a otra cosa, sino que sólo es este poder cuando mira cara a cara a lo negativo y se detiene en él.”21

Visto sicigialmente o urobóricamente, parece pertenecer -no exclusivamente, sino también- a la naturaleza del alma violentarse a sí misma, herirse, despojarse de su propia inocencia, destruir su unidad pleromática consigo misma, de tal modo, por supuesto, que esta violencia asesina no le sobrevenga como algo absolutamente ajeno, sino de sí misma, y que a través de lo que se inflige a sí misma se trascienda, con lo que, solo entonces, alcanza entonces su más alto destino.

Hable de movimiento lógico, no de estructura lógica. La simultaneidad o la unidad de la unidad y la diferencia no es, pues, una yuxtaposición estática, no es la unidad del concepto genérico en relación con las especies que «caen bajo» él, sino que es la simultaneidad de los actos de separar y unir. En consecuencia, la serpiente uroboros es el movimiento de engendrar y dar a luz, de penetrar y expulsar, del comienzo original y de haber surgido siempre ya de las condiciones, y al mismo tiempo, como un círculo, la rueda eternamente giratoria. Y de lo que hablaba Demócrito es de la vida palpitante de agitarse dentro de uno mismo en la «inocencia soñadora» (Tillich), de luchar contra uno mismo y de gobernarse a sí mismo, de modo que, sin embargo, al no tratarse de actos sucesivos nítidamente separados, esta vida no puede ser vida natural en o sobre un ser llamado «espíritu» o «alma», sino sólo vida lógica, movimiento lógico por excelencia.

La sicigia como autointerpretación del alma. Hemos partido de la proposición de Jung acerca de la conexión entre el anima-animus y el politeísmo, por un lado, y el yo y el monoteísmo, por otro, y hemos discutido el primer problema, que para nosotros radica en el punto de vista expresado en ella. Pasemos ahora al segundo problema. No tiene sentido distinguir dos etapas de la historia si para cada una de ellas se elige un criterio de distinción o un punto de vista diferentes. Se puede contemplar la historia desde el aspecto de las imágenes de Dios y, a partir de las transformaciones y los símbolos de esas imágenes, cristalizar, por ejemplo, la etapa del politeísmo y la del monoteísmo. También se puede contemplar toda la historia desde el punto de vista del Animus-Anima (es decir, el alma) y, a continuación, elaborar las transformaciones y los símbolos del Animus-Anima para establecer en consecuencia las etapas históricas. También se puede contemplar la misma historia desde la perspectiva del Sí-mismo y descubrir diferentes etapas según las transformaciones y los símbolos del Sí-mismo. Pero saltar de la perspectiva del animus-anima a la del sí-mismo y seguir afirmando una secuencia de etapas es erróneo (a katábasis eis állo génos), porque las etapas sólo pueden reconocerse sobre la base de las transformaciones de un Sí-mismo persistente. Los estadios así postulados no son entonces más que el resultado hipostasiado del propio hacer, es decir, del salto de una perspectiva a otra.

La frase de Jung es de nuevo un pequeño indicio de lo fácil que es apartarse de la sicigia y no entender la historia psicológicamente, como un evento interno de la sicigia. Anima y Sí-mismo son dos arquetipos o perspectivas completamente diferentes y tan inconexamente yuxtapuestos. No hay ninguna justificación de por qué el camino deba ser del anima hacia el Sí-mismo. El postulado de tal secuencia sería puramente arbitrario o, lo que en el fondo es lo mismo, mero empirismo. Pero tal evidencia empírica, que confirme esta consecuencia, no existe en absoluto, o a lo sumo la hay para aquella conciencia que, en su observación del empirismo, salta de una perspectiva a otra.

Pero lo que es aún más grave para nosotros es que, con el curso al Sí-mismo, se abandona la metáfora básica de la psicología, el alma. Nuestra idea, sin embargo, era que sólo podemos avanzar dentro del horizonte de esta metáfora básica. Es necesario, decíamos, dejarse caer de lleno en esta metáfora básica y en su desconocimiento. Si lo hacemos, conceptos como yo, Sí-mismo, personalidad, hombre, mujer, madre, padre, díada madre-hijo, libido quedan excluidos como conceptos básicos. Incluso si, no, especialmente si, son conceptos «empíricos», son conceptos ajenos traídos de fuera y en la medida en que, en cierto sentido, son términos ideológicos dentro de una psicología real. Con anima y animus es muy distinto. Aparecen innatamente, sin que nosotros lo añadamos, como autointerpretación del alma. El concepto de alma, en la historia de su vida, se ha interpretado a sí mismo en los conceptos de anima y animus y los ha separado. Los ha generado a partir de sí mismo como términos del alma. Con ellos, uno no va más allá del concepto de alma a otra cosa, uno permanece con él y dentro de él. Pues anima y animus se llaman ambos alma, con diferentes acentuaciones, y por tanto pueden, no, deben servir como metáforas básicas de la psicología.

Esto no significa, por supuesto, que los conceptos aquí rechazados no tengan cabida en absoluto en la psicología. Lo único que se dice es que no pueden servir como metáfora básica. Sólo pueden entrar en el pensamiento psicológico como conceptos derivados, es decir, sólo si han sido generados a partir del concepto de alma (vistos desde el alma) o han sido derivados (vistos desde nosotros). El «empirismo» no es suficiente. Uno debe ser capaz de mostrar si, eso, cómo y hasta qué punto «yo», «sí mismo», «libido», «unidad madre-hijo», «persona», «deseos pulsionales», etc. se forman realmente a partir del «alma» y de la sinergia de anima y animus o no. Si no lo están, no tienen cabida en la psicología. Entonces son, precisamente empíricos, remanentes «mitológicos» o «metafísicos» de contrabandeados, que permanecen, mutatis mutandis, como lo eran en física el «éter» o la «armonía de las esferas». (Más adelante mostraré que, por ejemplo, «el yo» es generado por el alma como una sinergia en sí misma).

Parece extraordinariamente difícil comprender que los conceptos psicológicos no nombran lo que existe. No hay un anima, un animus, un ego como realidades, al igual que las piedras, las plantas, los animales están en la naturaleza y el corazón, los pulmones, el hígado en el organismo humano. El corazón, los pulmones, el hígado pueden ser extraídos del cuerpo y ser mostrados. Estas palabras tienen un sustrato objetivo. Las realidades psicológicas, sin embargo, no. No existen. «Sicigia» no es un término genérico lógico formal para los fenómenos supuestamente reales y empíricos anima y animus. No están subsumidos en él. Más bien, es precisamente lo contrario: el alma, cuando se la deja a sí misma y no se la perturba en su autodesarrollo imaginal o, más precisamente, lógico, se divide a sí misma en los opuestos sicigiales. Anima y animus no derivan de una experiencia empírica primaria, sino a la inversa, del concepto autointerpretado y autointerpretativo de alma. Esto pone al anima y al animus, al alma y al espíritu dentro de sí, fuera de sí y en oposición entre sí. Y no es otra cosa que este salirse de sí mismo y en oposición recíproca de sus contrarios interiores (que no existen, sino sólo puestos en acto de salir), por consiguiente no es otra cosa que esta actividad (lógica). La sicigia del anima y del animus es la primera autodiferenciación del alma. Conciencia, corazón, pulmones, alma, mente, anima y animus como términos psicológicos son -por banal y evidente que esto sea, parece que hay que decirlo una y otra vez- no seres reales, no nombres para algo que se daría empíricamente como sustrato. Son fantasías del alma sobre sí misma, o más exactamente: autodeterminaciones del alma, con lo cual, como el lector habrá advertido, con el término alma ya estamos a su vez haciendo uso de una autodeterminación del alma.

La historia occidental como historia del animus. En la historia occidental, la primera aparición manifiesta del animus como el Otro se hace visible en sinergia con la primera «invención» y desarrollo del pensamiento filosófico en la época de los presocráticos, los sofistas griegos, Sócrates y Platón, que luego continuó de forma intensificada, especialmente en la «segunda» Ilustración con el comienzo de la era moderna.

En la Ilustración griega, la repulsión deliberada del mundo anima ya se manifiesta exteriormente en la crítica del mito, mediante la cual el pensamiento fue adquiriendo gradualmente una lógica formal y conceptos puros. En las ideas suprahumanas de Platón todavía puede verse claramente que son imágenes míticas elevadas. En ellas se conserva lo que antaño se expresaba en imágenes e historias de los dioses. De ellas se desprende entonces también que las ideas o conceptos generales siempre han estado dormitando en la imagen mítica. En segundo lugar, las imágenes míticas ya no se almacenan en forma mítica en las ideas, sino en forma de conceptos universales, porque las ideas son también la abolición de las imágenes míticas en el sentido de su superación, es decir, de su muerte. En tercer lugar, las imágenes anteriores también han sido abolidas con las ideas en el sentido de «elevadas a un nivel superior».

Al hablar de un nivel superior, no estoy estableciendo una jerarquía de valores. Más bien, sólo estoy teniendo en cuenta el hecho obvio de que la Idea platónica, por ser la suspensión de la imagen mítica y tener ésta como uno de sus momentos en o bajo sí misma, es de una estructura lógica más compleja, más diferenciada que la imagen mítica lógicamente estructurada de modo simple. Pero el estadio superior se paga con una mayor primitividad y pobreza. Pues la idea, en su palidez abstracta, es muy inferior a la inagotable riqueza de relaciones de la imagen. Se vuelve aún más vacía con el proceso progresivo de abstracción y reducción, como vemos hoy, donde las antiguas ideas platónicas se reducen a meros valores teóricos de información más y menos. El camino hacia niveles lógicos superiores es al mismo tiempo el camino hacia abajo, hacia un mayor primitivismo.

La Ilustración griega y la filosofía que la siguió demuestran ser la etapa del animus porque trajo la primera negación y reflexión del mito. El resultado de esta reflexión es: el mito es mera apariencia. Son historias inventadas. Mientras que el ánima es la nefasta actividad creadora de mitos del alma misma, el animus trae la reflexión de que los mitos fueron creados por el alma. El ánima confiere a sus creaciones un carácter objetivo, metafísico, por así decirlo. Representa las figuras objetivadas, personificadas fuera del alma, de modo que realmente parecen estar fuera como cosas en sí mismas. (Así también se ve a sí misma, al anima, en el hombre biológico, y a su otro, el animus, en la mujer biológica). El animus ve a través de esto y hace consciente que lo que se ve fuera viene de ella, del alma misma, y pertenece a la psicología (no a las personas empíricas). Es el arquetipo del «recordar» en contraposición al «actuar». Este es el importante significado psicológico de la Ilustración y sus interpretaciones reduccionistas.

El pensamiento en Occidente comenzó en la época trágica de los griegos. Esto no es casualidad. El sentimiento trágico de la vida, que es el origen psicológico de la tragedia, surge de ahí y atestigua la pérdida de la ineludible incrustación en el mundo pleromático del mito y el ritual. El pensamiento filosófico provoca la expulsión del pleroma del mismo modo que presupone ser expulsado y estar fuera para ser posible en absoluto. Comienza con el thaumázein (llagarse) como signo de estar fuera y, por tanto, con el cuestionamiento. La experiencia primigenia en la cultura chamánica y ritual no era ni una pregunta ni una respuesta a una pregunta (por ejemplo, a una supuesta «pregunta sobre el sentido»). Era palabra («mythos«) incuestionable, verdad incuestionable, sentido experimentado por excelencia. Como ser humano estar en el pleroma era instintivo, no era necesario ni posible preguntar o buscar un sentido, y como se vivía en el milagro, tampoco podía haber asombro. En la experiencia primordial, se respiraba el significado como respiramos el aire.

La pregunta básica de la filosofía griega, la pregunta por el ser, que conlleva inmediatamente el concepto de la nada, no es otra cosa que el propio pleroma superado (y al mismo tiempo la superación continuada del mismo). Es el mismo pleroma en el que estaba inmerso el hombre de la época mitológico-ritualista, pero que ahora, en la época trágica, sólo ve desde fuera, lo cual es precisamente la tragedia de esta época, pero también la oportunidad filosófica. En el ser, el pleroma se conserva y se niega a la vez. Y precisamente por eso existe ahora la oposición del ser y la nada. En la escisión de ambos, psicológicamente hablando, el ser humano filosóficamente cuestionador del pleroma de la experiencia primordial (que era a la vez ser y no-ser, así como ninguno de los dos) vuelve a expresarse específicamente. La unidad de los conceptos filosóficos de «ser» y «nada» oculta toda la experiencia del mundo de las culturas chamánico-rituales. Es lo reflejado y, a través de la reflexión, colapsado en abreviación de todo el estadio cultural precedente, que ahora ya no era el elemento en el que tenía lugar la vida, sino que es el objeto o tema de la mundanidad filosófica india. También podríamos decir: el mundo anima en su conjunto es sólo un momento de la etapa animus.

(Cabe señalar que a partir de aquí se puede suponer que el «paso atrás» de Heidegger a la cuestión del ser mismo resulta ser demasiado breve. Probablemente quería decir que en el terreno del mito y de los dioses también se nombraba al ser. Pero el «ser» es ya y sólo es la puerta cerrada al mito y a los dioses. El ser es ya el agujero negro en el que se embebe todo el colorido del mundo y la plenitud politeísta de la realidad. – Mutatis mutandis, esto podría aplicarse al concepto de «nada absoluta» de la filosofía del Lejano Oriente [por ejemplo, Keiji Nishitani]. En ambos casos, sólo se llega al límite de la primera reflexión, pero no más allá de este límite, no a la realidad del mundo, que siempre ha desaparecido ya en el ser mismo o en la nada absoluta y sólo se conserva en ella como desaparecida).

Además del desarrollo de la filosofía oficial, existe otra vertiente de la historia occidental como es la historia del animus, que va desde los impulsos iraníes de Oriente Medio, pasando por los cultos mistéricos helenísticos, el sincretismo de la Antigüedad tardía, los sistemas gnósticos, la alquimia medieval hasta la moderna psicología del inconsciente. Lo que está en juego aquí es una experiencia del mundo que se caracteriza por la idea de un espíritu «inferior» que ha estado aprisionado en el mundo físico desde la creación, visualizado como el ser humano primordial (anthropos) esférico, bisexual, inmerso en la criatura, que tiene que ser redimido del cuerpo físico. En la aparición de la idea del aprisionamiento del espíritu en la naturaleza se manifiesta la irrupción del animus en el mundo de la experiencia mítica. Para ésta, la realidad era siempre enteramente material-concreta y enteramente espiritual-simbólica en una sola, Dios-naturaleza, por utilizar la frase de Goethe. En este marco, nunca se habría podido hablar de un cautiverio del espíritu. No hay necesidad de redimir el espíritu de la naturaleza, porque siempre está «redimido» en la naturaleza. Si de repente, con un planteamiento audaz y «arbitrario», se afirma que lo que antes era la espiritualidad y la divinidad de la realidad natural es el cautiverio de un espíritu inferior (opuesto al espíritu superior del Creador), esto significa, que a partir de ese momento, la humanidad fue tomada por el animus para su proyecto de romper radicalmente la unidad anima (mítica) de la naturaleza y el espíritu y establecer (aislar) el espíritu para sí mismo – con el fin de que el mundo se experimente en su conjunto en un nivel espiritual.

Para que el animus cobrara vida propia, tuvo que expulsarse radicalmente del reino del anima y, por tanto, de este último. Para ello, tuvo que desgarrar la sicigia. Tuvo que querer ser animus puro, del mismo modo que el animus es la pulsión de pureza bajo la guía del principio de identidad, la pulsión de separación limpia. Pero este desgarramiento de la sicigia seguía teniendo lugar dentro de la sicigia, de hecho, como el funcionamiento anímico de la sicigia. Bajo el dominio del animus, el emparejamiento de la sizigia ya no se muestra como una coexistencia de igual rango, sino como una relación a modo de repulsión, como una contradicción. El animus o Logos no se ha escindido realmente del anima de este modo, sólo utiliza el reino del anima como punto de partida para su autopotenciación. Sólo ha desgarrado la sicigia de tal manera que ha cortado su conciencia de su pertenencia al anima y al mito. Para repelerse realmente del mito, tuvo que condenarlo. El mito no sólo es considerado como una ilusión, sino como una mera apariencia, un cuento de hadas, una superstición, que se enfrenta a la verdad ahora «real», la del animus.

Puesto que el animus sólo ha escindido la sicigia en la sicigia y se ha separado del anima, el anima no ha desaparecido en absoluto, sino que el pensamiento sólo se ha vuelto inconsciente de ella y, precisamente por ello, se ha convertido en un verdadero esclavo de ella. La obsesión del estadio del animus en el anima se muestra en el hecho de que el animus mitifica y objetiviza su propia actividad reflexiva. Hace de ella una metafísica. Cree en las ideas como la realidad actual y más elevada, cree en la lógica formal y en los números y leyes de las matemáticas como ideas eternas e igualmente divinas, hipostasía (es decir, «personifica», por así decirlo) su propia captación del mito en entidades metafísicas. Su nuevo Dios se reifica en el Ser Supremo. También ontologiza sus despreciativas explicaciones del mito. Así, por ejemplo, dice con Euhemeros que los dioses míticos eran meros héroes humanos que fueron elevados al cielo por sus descendientes. En todo esto puede verse un efecto anima dentro del animus.

El animus, precisamente porque quería (y tenía que querer) ser puro, no llegó plenamente a sí mismo. Como el que quiere ser puro cae, en y con su actividad puramente lógica, presa del anima formadora de mitos. Obviamente, sólo podría ser un animus verdadero, «puro», si no quisiera permanecer puro de su otro, sino que permaneciera consciente de estar en tensión con el anima. El pensamiento sólo sería libre del ánima personificante y ontologizante si se mantuviera conscientemente ligado al ánima.

La filosofía crítica de Kant significa el acontecimiento de la autorreflexión del logos en la historia del alma occidental. Kant, como ha mostrado en particular Bruno Liebrucks22, da un primer gran paso hacia el ver a través del ver y al hacerlo descubre el secreto de la primera reflexión (que marca el despertar del animus), que fue la repulsión del mito. Kant empieza a comprender (así es como se podría traducir su logro a nuestro lenguaje y para nuestro contexto) que las ideas de Platón y la metafísica no designan realidades, sino que sólo han sido creadas por el logos humano para servir a un propósito muy específico, a saber, garantizar una experiencia formal-lógicamente consistente y libre de contradicciones. Según Kant, esta experiencia, sin embargo, sólo se refiere a la apariencia, es decir, a un mundo que siempre ha sido «ya construido (positivizado)» con el propósito de la ausencia de contradicciones y la tratabilidad, no al mundo real, a la cosa en sí.

Kant mostró así cuál era el precio que pagamos por la unilateralidad lógico-formal. El precio que pagamos por la seguridad del mundo científicamente experimentado es la irrealidad de este mundo, la irrealidad del mundo en el que todos vivimos en la era de la cientificidad. Podríamos decir aquí: empieza a amanecer en la conciencia, con Kant, que la crítica que se hizo desde el animus al mundo anímico del mito como mera apariencia y producto del alma, se aplica igualmente al animus a su vez, es decir, al mundo supuestamente verdadero surgido de la primera reflexión anímica. Tampoco éste es conocimiento verdadero, sino que es producido por el alma, por la propia conciencia trascendental de Kant, y luego objetivado como así producido, es decir, personificado, por así decirlo, a la manera del anima, de modo que la generación permanece olvidada. La lógica formal tiene sus dioses al igual que el mito y, por tanto, es mítica a su vez, sólo que el mito que es se presenta con un ropaje conceptual abstracto.

Kant comienza así a darnos la oportunidad de ver a través de la adicción al anima del propio logos. Con Hegel, esto llega real y explícitamente a la conciencia, aunque Hegel, por supuesto, no expresara lo que tenía que decir con los términos junguianos animus y anima. Hegel, por así decirlo, aclara la Ilustración (o el animus) en una segunda Ilustración sobre sí mismo. Él ve plenamente a través de la licitud de lo que llama «esencia» (2ª parte de la ciencia de la lógica), es decir, de toda lógica formal y de los conceptos generales abstractos. En términos modernos, son construcciones que no sirven al conocimiento de la verdad, sino que se inventan con el fin de hacer el mundo técnicamente calculable y tratable. Puesto que los conceptos generales en el sentido de la tradición en realidad no «comprenden» en absoluto, no alcanzan el mundo real, el lenguaje de Hegel también les priva del nombre honorífico de concepto. Según Hegel, el concepto real sólo llega a existir a través del concepto formal-lógico, reflexivo-filosófico que cae víctima de sus propias contradicciones internas. El animus que ha llegado a sí mismo es sólo el que ha tomado conciencia de su propio apego al anima y a la mitificación y, de este modo, reconoce de nuevo la sicigia.23

El Romanticismo surge como un contra-movimiento contra el mundo abstracto del logos bajo la égida del animus. A partir de él, un camino en parte directo, en parte subterráneo, conduce a la moderna psicología del inconsciente. Esta última quiere hacernos conscientes de nuevo del otro polo de la sicigia, el anima. La psicología de Jung, en particular, puede considerarse como un redescubrimiento explícito del anima. A diferencia de la posición romántica, no se trata de una simple restauración. No es una vuelta al mundo anterior a la primera reflexión. La psicología moderna, incluso cuando no es muy científica, se sitúa plenamente en el terreno de la cientificidad moderna y, por tanto, en el terreno conquistado por el animus. Se podría pensar que, con ello, la sicigia como sicigia habría entrado plenamente en la conciencia y se habría convertido en realidad.

Pero creo que no es así. La psicología, incluso la inaugurada por Jung, no permanece en la sicigia y no es verdadera como una tensión viva de contrarios.


1 Véanse las declaraciones dispersas de Jung a este respecto (z.B. GW 9/1 § 385ff.) y los escritos de Edgar Herzog (Tod und Seele), Onians (Origins o f European Thought), James Hillman (The Dream and the Underworld).

2 Griechen: Onians, a.a.O. S. 109 ff.; Taoismus: Eliade, Geschichte der religiösen Ideen Bd. II, S. 361 f.; Ägypten: Heino Gehrts, »Die Opfemng des zeugerisch verbundenen Paares«, S. 26.

3 C.G. Jung, GW 9/1 § 120.

4 Ebd.

5 C.G. Jung, GW 9/1 § 134.

6 C.G. Jung, GW 9/1 § 194.

7 James Hillman, Anima: An Anatomy of a Personifled Notion, Dallas (Spring) 1985, S. 171/173,

meine Übersetzung.

8 C.G. Jung, Unveröffentlicher Seminarbericht, Vol. 1, 1925. Zit. nach Erinnerungen, »Glossar« s.v. Anima und Animus, S. 409.

9 Vgl. C.G. Jung, GW 9/1 § 27.

10 James Hillman, Anima, Kap. »Anima and Depersonalization«.

11 Kathrin Asper, »Animus – Gefühle und Gedanken – heute«, in: Dieselbe, Schritte ins Labyrinth: Tagebuch einer Psychotherapeutin, Olten (Walter) 1992, S. 253-269, hierS. 264.

12 Marie-Louise von Franz, An Introduction to the Psychology of Fairytales, Zürich (Spring Publ.) 1973, S. 125.

13 C.G. Jung, GW 9/II § 427.

14 C.G. Jung, GW 16 § 441.

15 C.G. Jung, GW 9/H § 425.

16 Hillman, Anima, S. 125.

17 C.G. Jung, GW 16 §534-536.

18 Hillman, Anima, S. 183.

19 Wilhelm Nestle, Vom Mythos zum Logos: Die Selbstentfaltung des griechischen Denkens, Stutt­

gart (Kröner) 21975 (1940).

20 Hoy en día, esta relación está en vías de penetrar en la conciencia, concretamente en virtud de la investigación sobre el caos, en la que uno se ha topado, por ejemplo, con los llamados «fractales», en los que cada elemento de la parte es siempre también una imagen del todo..

21 G.W.F. Hegel, Phänomenologie des Geistes, Werke Bd. 3, Theorie Werkausgabe, Frankfurt (Suhikamp) 1970, S. 36.

22 Bruno Liebmcks, Sprache und Bewußtsein, 7 in 9 Bänden, Frankfurt, jetzt Bern, 1964-79.

23 Debo mi comprensión de Hegel, fundamental para todo este libro, en gran parte al mencionado Weik de Bruno Liebrucks.

El suicidio y el alma. I. Suicidio y análisis. 4. La experiencia de la muerte

Traducciones

James Hillman, EE.UU

De Suicide and the Soul de James Hillman, Ed. Spring Publications, pp. 56 – 76

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

La PSICOLOGÍA no ha prestado suficiente atención a la muerte. Qué poca literatura hay en comparación con esos serios estudios anotados sobre las trivialidades de la vida. El examen de la muerte a través del estudio del alma es sin duda una de las tareas primordiales de la psicología. Pero la psicología no podrá emprenderla hasta que se haya liberado de su sentimiento de inferioridad con respecto a las demás ciencias que tienden, por sus modelos de pensamiento, a apartarse de esta indagación. Si la psicología partiera de la psicoterapia, poniendo así la psique real en el centro de su interés, se vería obligada a afrontar el problema de la muerte antes que cualquiera de esos otros temas que consumen tanto talento académico.

¿Es la evitación de la muerte por parte de la psicología académica sólo por razones científicas, sólo porque la muerte no es un tema de investigación empírica? El sueño, la contrapartida simbólica de la muerte, también se descuida en la psicología moderna. Como señala Webb, los estudios sobre el sueño (y también sobre la ensoñación) son escasos en proporción a otras investigaciones. ¿Podría el relativo desinterés de la psicología académica por soñar, dormir y morir ser un testimonio más de su pérdida de alma y de su temor a la muerte?

La teología siempre ha sabido que la muerte es la primera preocupación del alma. En cierto sentido, la teología está consagrada a la muerte, con sus sacramentos y ritos funerarios, sus elaboraciones escatológicas y sus descripciones de cielos e infiernos. Pero la muerte en sí misma apenas está abierta a la investigación teológica. Los cánones han sido establecidos por artículos de fe. La autoridad de los sacerdocios extrae su fuerza de los cánones que representan una posición elaborada ante la muerte.

La postura puede variar de una religión a otra, pero siempre está ahí. El teólogo sabe cuál es su postura ante la muerte. La Escritura, la tradición y el oficio le dicen por qué existe la muerte y qué se espera de él al respecto. El ancla de la psicología del teólogo, y su autoridad, es su doctrina sobre la vida después de la muerte. Las pruebas teológicas de la existencia del alma están tan ligadas a los cánones de la muerte – cánones sobre la inmortalidad, el pecado, la resurrección, el juicio final – que una investigación abierta pone en tela de juicio la base misma de la psicología teológica. La posición teológica, debemos recordar, comienza en el extremo opuesto a la psicológica. Parte del dogma, no de los datos; de la experiencia cristalizada, no viva. La teología requiere un alma para fundamentar el elaborado sistema de creencias sobre la muerte que forma parte de su poder. Si no existiera el alma, cabría esperar que la teología inventara una para autorizar las antiguas prerrogativas del sacerdocio sobre la muerte.

El punto de vista de las ciencias naturales, incluida la medicina, se parece más al de la teología. Se trata de una postura fija ante la muerte. Este punto de vista muestra signos del mecanicismo moderno; la muerte es simplemente la última de una cadena de causas. Es un estado final de entropía, una descomposición, una quietud. Freud concibió la pulsión de muerte de este modo porque trabajaba a partir de la base de las ciencias naturales del siglo pasado. Las imágenes de la muerte, como el agotamiento, el enfriamiento, la ralentización, la rigidez, el desvanecimiento, muestran la muerte como la última etapa de la descomposición. La muerte es el último eslabón del proceso de envejecimiento.

Cuando observamos la naturaleza, este punto de vista parece correcto. La muerte muestra decadencia y quietud. El mundo vegetal cae en el silencio tras la maduración y la producción de semillas. La muerte completa un ciclo. Cualquier muerte anterior al ciclo completo es obviamente prematura. Cuando se califica al suicidio de «antinatural», se quiere decir que va en contra del ciclo vegetal de la naturaleza, que la naturaleza humana también comparte. Sorprendentemente, sin embargo, sabemos poco sobre el ciclo vegetal, que muestra patrones variables de senescencia y muerte. La genética del envejecimiento de las células, su duración natural, el papel de los factores medioambientales (incluida la radiación) siguen siendo enigmas biológicos, sobre todo a medida que subimos en la escala de complejidad de las especies. Según Leopold, las explicaciones en este campo son notablemente escasas. ¿Se trata de nuevo de una señal de que el miedo a la muerte influye en la investigación científica? Las nociones médicas de suicidio «prematuro» y «antinatural» no pueden encontrar mucho apoyo en la investigación biológica porque no sabemos a qué se refieren estos términos ni siquiera en el mundo vegetal. Además, todos los juicios sobre los procesos vitales que no sean los humanos se hacen desde fuera, por lo que debemos alejarnos enérgicamente de las metáforas de las ciencias naturales. Éstas nunca pueden ser plenamente válidas para la vida y la muerte humanas, que sólo adquieren su sentido desde el hecho de que tienen un interior. Es desde esta perspectiva interior desde la que habrá que responder a todas las preguntas sobre lo «natural» y lo «apropiado».

A primera vista, quienes intentan suicidarse para encontrar una quietud vegetativa antes de completar su ronda están acortando la vida de forma antinatural. Pero esto es lo que parece desde fuera. No sabemos qué complejidades desencadenan la senectud y la muerte en las plantas y menos sabemos de un «ciclo natural» o duración de años en el hombre. No sabemos en qué punto de una curva de longevidad se supone estadísticamente que cada vida entra en la muerte. No sabemos cómo influye el tiempo en la muerte. No sabemos si el alma muere.

Ni la teología, ni la ciencia médica, sino un tercer campo, la filosofía, son los que más se acercan a la formulación de las experiencias de muerte del analista. Dicha por primera vez por Platón (Fedón 64), repetida en otros lugares en otros momentos, exagerada, impugnada, arrancada de su contexto, la máxima de los filósofos es cierta: la filosofía es la búsqueda de la muerte y del morir. El viejo filósofo natural, que solía ser a la vez médico y filósofo, reflexionaba con el cráneo sobre su mesa. No sólo veía la muerte desde el punto de vista de la vida. Veía la vida a través de las cuencas del cráneo.

La vida y la muerte vienen juntas al mundo; los ojos y las cuencas que los sostienen nacen en el mismo momento. En el momento en que nazco, tengo edad para morir. Mientras sigo viviendo, estoy muriendo. La muerte se introduce continuamente, no sólo en el momento de la muerte tal como se define legal y médicamente. Cada acontecimiento de mi vida contribuye a mi muerte, y construyo mi muerte a medida que avanzo día a día. La contraposición también debe seguirse lógicamente: cualquier acción dirigida contra la muerte, cualquier acción que se resista a la muerte, daña la vida. La filosofía puede concebir la vida y la muerte juntas. Para la filosofía no tienen por qué ser opuestos exclusivos, polarizados en el Eros y el Tánatos de Freud, o el Amor contra el Odio de Menninger, uno enfrentado al otro. Una larga tradición filosófica plantea la cuestión de otra manera. La muerte es el único absoluto en la vida, la única certeza y verdad. Porque es la única condición que toda vida debe tener en cuenta, es el único a priori humano. La vida madura, se desarrolla y aspira a la muerte. La muerte es su finalidad. Vivimos para morir. La vida y la muerte se contienen mutuamente, se completan, sólo son comprensibles la una en función de la otra. La vida adquiere su valor a través de la muerte, y la búsqueda de la muerte es el tipo de vida que los filósofos han recomendado a menudo. Si sólo los vivos pueden morir, sólo los moribundos están realmente vivos. 

La filosofía moderna ha vuelto a la muerte, corriente principal de su tradición. A través del problema de la muerte, la filosofía y la psicología vuelven a unirse. Freud, Jung, Sartre y Heidegger han situado la muerte en el centro de sus obras. La mayoría de los seguidores de Freud rechazaron su metapsicología de la muerte. Sin embargo, hoy en día, la psicoterapia está fascinada con Heidegger, cuyo tema central es una metafísica de la muerte. La lengua germánica de Heidegger, llevada por el viento de la Selva Negra, no es lo que interesa a los analistas. Tampoco sirve su lógica, porque no se corresponde con los hechos psicológicos. Cuando dice que la muerte es la posibilidad fundamental, aunque no pueda experimentarse como tal, no hace sino repetir los argumentos racionalistas de que existencia y muerte (ser y no-ser) son contrarios lógicos: donde yo estoy, la muerte no está; donde la muerte está, yo no estoy. Bridgman (que se suicidó en su vejez) razona de la misma manera: «No hay ninguna operación por la que pueda decidir si estoy muerto; ‘siempre estoy vivo’.» Esta línea de pensamiento la adoptan quienes tienen problemas para separar el ámbito de la experiencia psicológica del ámbito de la mentación o conciencia racional. Esta línea argumenta que morir puede experimentarse, pero no la muerte. Si le seguimos la corriente, caemos en la insensatez, pues tendremos que decir que el sueño y el inconsciente tampoco pueden experimentarse. Tales argucias no afectan a la experiencia psicológica más de lo que lo hacen las oposiciones lógicas que se obtienen en el alma.

La muerte y la existencia pueden excluirse mutuamente en la filosofía racional, pero no son contrarios psicológicos. La muerte puede experimentarse como un estado del ser, una condición existencial. Los muy ancianos nos informan a veces de experiencias de encontrarse en otro mundo, que no sólo es más real, sino desde el que ven esto. En los sueños y en las psicosis se puede pasar por la angustia de morir, o se está muerto; se sabe y se siente. En las visiones, los muertos regresan e informan sobre sí mismos. Todos los análisis muestran experiencias de muerte en toda su variedad, y en breve veremos ejemplos. La experiencia de la muerte no se puede forzar en una definición lógica de la muerte. Lo que da a Heidegger -ese hombre no psicológico- su influencia en la psicoterapia es una idea crucial. Confirma a Freud al situar la muerte en el centro de la existencia. Y los analistas no pueden seguir adelante sin una filosofía de la muerte.

Pero los filósofos no dan respuestas a las preguntas más que los analistas, o más bien dan muchos tipos de respuestas al desdoblar las preguntas para revelar muchas semillas de significado. Un analista que se vuelve hacia la filosofía no obtendrá el mismo punto de vista definido sobre la muerte y el suicidio que el que obtendrá de los sistemas de la religión, el derecho y la ciencia. La única respuesta que obtendrá de la filosofía es la filosofía misma; porque cuando preguntamos sobre la muerte hemos comenzado a practicar la filosofía, el estudio del morir. Este tipo de respuesta también es psicoterapia.

Filosofar es, en parte, entrar en la muerte; la filosofía es el ensayo de la muerte, como decía Platón. Es una de las formas de la experiencia de la muerte. Se la ha llamado «morir al mundo». El primer movimiento en el trabajo a través de cualquier problema es tomar el problema sobre sí mismo como una experiencia. Uno entra en un problema uniéndose a él. Uno se acerca a la muerte muriendo. Acercarse a la muerte requiere morir en alma, diariamente, como el cuerpo muere en tejido. Y así como el tejido del cuerpo se renueva, también el alma se regenera a través de las experiencias de muerte. Por lo tanto, trabajar en el problema de la muerte es tanto un morir del mundo con su esperanza ilusoria de que no hay muerte, no realmente, como un morir a la vida, como una preocupación fresca y vital con lo esencial.

Porque vivir y morir en este sentido se implican mutuamente, cualquier acto que retrase la muerte impide la vida. «Cómo» morir significa nada menos que «cómo» vivir. Spinoza dio la vuelta a la máxima platónica, diciendo (Ética IV, 67) que el filósofo no piensa en otra cosa que en la muerte, pero esta meditación no es de la muerte sino de la vida. Vivir en función del único fin cierto de la vida significa vivir orientado hacia la muerte. Este fin está presente aquí y ahora como el propósito de la vida, lo que significa que el momento de la muerte -en cualquier momento- es cada momento. La muerte no puede aplazarse para el futuro y reservarse para la vejez. Cuando lleguemos a viejos, puede que ya no seamos capaces de experimentar la muerte. O puede que ya la hayamos experimentado, de modo que la muerte orgánica haya perdido todo su aguijón. Pues la muerte orgánica no puede deshacer los logros fundamentales del alma. La muerte orgánica tiene un poder absoluto sobre la vida cuando no se ha permitido la muerte en medio de la vida. Cuando rechazamos la experiencia de la muerte, rechazamos también la cuestión esencial de la vida y dejamos la vida sin realizar. Entonces, la muerte orgánica impide que nos enfrentemos a las cuestiones últimas y corta nuestra posibilidad de redención. Para evitar este estado del alma, tradicionalmente llamado condenación, estamos obligados a ir a la muerte antes de que nos llegue.

La filosofía nos diría que construimos hacia la muerte día a día. Construimos cada uno nuestro propio «barco de la muerte» dentro de nosotros mismos. Desde este punto de vista, al fabricar nuestras propias muertes, nos estamos matando diariamente, de modo que cada muerte es un suicidio. Ya sea «por un león, un precipicio o una fiebre», cada muerte es obra nuestra. Entonces no necesitamos suplicar con Rilke: «Oh Señor, dale a cada hombre su propia muerte», ya que justo eso Dios nos da, aunque no lo veamos porque no nos gusta. Cuando un hombre construye la estructura de su vida hacia arriba como un edificio, subiendo peldaño a peldaño, historia a historia, sólo para salir por la ventana alta o para ser derribado por un ataque al corazón o un derrame cerebral, ¿no ha cumplido su propio plan arquitectónico y se le ha dado su propia muerte? Desde este punto de vista, el suicidio ya no es una de las formas de entrar en la muerte, sino que toda muerte es suicidio, y la elección del método sólo es más o menos evidente, ya sea un accidente de coche, un ataque al corazón o esos actos que suelen llamarse suicidio.

Al ir conscientemente hacia la muerte, la filosofía dice que construimos el mejor recipiente. Lo ideal es que, a medida que envejecemos, este edificio se vuelva más incorruptible, para que el paso a él desde la carne que falla sea sin miedo, feliz y fácil. Esta muerte que construimos en nuestro interior es esa estructura permanente, el «cuerpo sutil», en el que se aloja el alma en medio de la decadencia de la impermanencia. Pero la muerte no es un asunto fácil; y morir es un asunto desgarrador, feo, cruel y lleno de sufrimiento. Ir hacia la muerte conscientemente, como propone la filosofía, debe ser por tanto un gran logro humano, que nos ofrecen las imágenes de nuestros héroes religiosos y culturales.

Un analista puede hacer bien en considerar la filosofía como un primer paso en su lucha con el problema del suicidio. El suicidio puede ser para algunos un acto de filosofía inconsciente, un intento de comprender la muerte uniéndose a ella. El impulso hacia la muerte no tiene por qué concebirse como un movimiento anti-vida; puede ser una exigencia de encuentro con la realidad absoluta, una exigencia de una vida más plena a través de la experiencia de la muerte.

Sin temor, sin los prejuicios de posiciones preparadas, sin un sesgo patológico, el suicidio se vuelve «natural». Es natural porque es una posibilidad de nuestra naturaleza, una elección abierta a cada psique humana. La preocupación del analista es menos la elección suicida como tal, que ayudar al otro a comprender el sentido de esta elección, la única que pregunta directamente por la experiencia de la muerte.

Uno de los principales significados de la elección es la importancia de la muerte para la individualidad. A medida que crece la individualidad también lo hace la posibilidad del suicidio. La sociología y la teología lo reconocen, como hemos visto. Allí donde el hombre es ley para sí mismo, responsable ante sí mismo de sus propios actos (como en la cultura de las ciudades, en el niño no amado, en las zonas protestantes, en las personas creativas), la elección de la muerte se convierte en una alternativa más frecuente. En esta elección de la muerte, por supuesto, se esconde lo contrario. Hasta que no podamos elegir la muerte, no podremos elegir la vida. Hasta que no podamos decir no a la vida, no le habremos dicho realmente sí, sino que sólo habremos sido arrastrados por su corriente colectiva. El individuo que se opone a esta corriente experimenta la muerte como la primera de todas las alternativas, porque el que va contra la corriente de la vida es su oponente y se ha identificado con la muerte. Una vez más, la experiencia de la muerte es necesaria para separarse de la corriente colectiva de la vida y descubrir la individualidad.

La individualidad requiere valor. Y la valentía ha estado ligada desde los tiempos clásicos a los argumentos del suicidio: hace falta valor para elegir la prueba de la vida y hace falta valor para adentrarse en lo desconocido por decisión propia. Unos eligen la vida porque tienen miedo a la muerte y otros eligen la muerte porque tienen miedo a la vida. Desde fuera no podemos valorar con justicia la valentía o la cobardía. Pero podemos entender por qué el problema del suicidio plantea estas cuestiones de valentía, ya que la cuestión del suicidio obliga a cada uno a encontrar su postura individual en la cuestión básica: ser o no ser. La valentía de ser -como se dice modestamente- no significa sólo elegir la vida ahí fuera. La verdadera elección es elegir a uno mismo, su verdad individual, incluido el hombre más feo, como Nietzsche llamaba al mal interior. Para continuar la vida, sabiendo el horror que uno es, hace falta realmente valor. Y no pocos suicidios pueden surgir de una experiencia abrumadora de la propia maldad, una percepción que llega más fácilmente a los dotados creativamente, a los psicológicamente sensibles y a los esquizoides. Entonces, ¿quién es el cobarde y quién tira la primera piedra? El resto de los hombres brutos que vamos por ahí embotados ante nuestras propias sombras.

En cada análisis se llega a la muerte de una forma u otra. El soñador muere en sus sueños y hay muertes de otras figuras interiores; mueren parientes; se pierden posiciones que nunca se recuperarán; muertes de actitudes; la muerte del amor; experiencias de pérdida y vacío que se describen como muerte; la sensación de la presencia de la muerte y el terrible miedo a morir. Algunos están «medio enamorados de la muerte fácil» para sí mismos o la desean para los demás, queriendo morir o matar. Hay muerte en elevarse hacia el sol como el joven Ícaro, en trepar por el poder, en las ambiciones arrogantes de las fantasías de omnipotencia, donde de un golpe de odio y rabia todos los enemigos desaparecen. Algunos parecen empujados a la muerte; otros son acosados por ella; otros se sienten atraídos por una llamada de lo que sólo puede describirse empíricamente como «el otro lado», la añoranza de un amante, un padre o un hijo muerto. Otros pueden haber tenido una visión mística aguda como un encuentro con la muerte que ha perseguido sus vidas, formando una experiencia no comprendida hacia la que anhelan. Para algunos, cada separación es la muerte, y separarse es morir. Hay quienes se sienten malditos, seguros de que su vida es un progreso ineluctable hacia la perdición, una cadena del destino cuyo último eslabón se llama suicidio. Algunos pueden haber escapado de la muerte en un holocausto o en una guerra y no haber escapado aún interiormente, y la ansiedad se repite una y otra vez. Las fobias, las compulsiones y el insomnio pueden revelar un núcleo de muerte. La masturbación, solitaria y contra la llamada del amor y, como el suicidio, llamada la «enfermedad inglesa», evoca fantasías de muerte. La muerte puede incidir en el «cómo» moral de la vida del individuo: la revisión de la vida, la propia fe, los pecados, el destino; cómo se ha llegado a donde se está y cómo continuar. O si hay que continuar.

Para comprender todos estos patrones de muerte, el análisis no puede recurrir a otro lugar que no sea el alma para ver qué dice sobre la muerte. El análisis desarrolla sus ideas sobre la muerte empíricamente a partir del alma misma. De nuevo Jung ha sido el pionero. Simplemente escuchó al alma contar sus experiencias y observó las imágenes de la meta de la vida, que la psique viviente produce a partir de sí misma. Aquí no fue ni filósofo, ni médico, ni teólogo, sino psicólogo, estudioso del alma.

Descubrió que la muerte tiene muchas apariencias y que no suele aparecer en la psique como muerte en sí, como extinción, negación y finalidad. Las imágenes de la muerte y las ideas sobre la muerte tienen otros significados en los sueños y las fantasías. El alma pasa por muchas experiencias de muerte, pero la vida física continúa; y cuando la vida física llega a su fin, el alma a menudo produce imágenes y experiencias que muestran continuidad. El proceso de la conciencia parece no tener fin. Para la psique, ni la inmortalidad es un hecho, ni la muerte es un fin. No podemos probar ni refutar la supervivencia. La psique deja la cuestión abierta.

Buscar pruebas y demostraciones de la inmortalidad es un pensamiento confuso, porque las pruebas y las demostraciones son categorías de la ciencia y la lógica. La mente utiliza estas categorías y la mente se convence mediante pruebas. Por eso la mente puede ser sustituida por máquinas y el alma no. El alma no es mente y tiene otras categorías para tratar su problema de inmortalidad. Para el alma, los equivalentes de la prueba y la demostración son la creencia y el significado. Son tan difíciles de desarrollar y aclarar como la prueba. El alma lucha con la cuestión de la vida después de la muerte en términos de sus experiencias. A partir de estas experiencias, y no del dogma, la lógica o las pruebas empíricas, se construyen las posiciones de fe. Y sólo el hecho de que la psique tenga esta facultad de creer, que no se ve afectada por pruebas o demostraciones, nos empuja hacia la posibilidad de la inmortalidad psíquica. Inmortalidad psíquica no significa ni resurrección de la carne ni vida después de la muerte. La primera se refiere a la inmortalidad del cuerpo, la segunda a la inmortalidad de la mente. Nuestra preocupación es la inmortalidad del alma.

¿Cuál podría ser la función de estas categorías de creencia y significado en el alma? ¿No forman parte del equipo del alma -como la prueba y la demostración son utilizadas por la mente- para tratar con la realidad? Si es así, entonces los objetos de la creencia pueden ser efectivamente «reales». Este argumento psicológico a favor de la inmortalidad tiene como premisa la vieja idea de correspondencia de que el mundo y el alma del hombre están íntimamente ligados. La psique funciona en correspondencia con la realidad objetiva. Si el alma tiene una función de creencia, ello implica una realidad objetiva correspondiente para la cual la creencia tiene su función. Esta posición psicológica se ha manifestado en los argumentos teológicos de que sólo los creyentes llegan al Cielo. Sin la función de la creencia, no existe la realidad correspondiente del Cielo.

Este enfoque psicológico de la inmortalidad puede expresarse de otro modo: siguiendo a Jung, el concepto de energía y su indestructibilidad era una noción antigua y muy extendida, asociada de innumerables maneras a la idea del alma, mucho antes de que Robert Mayer formulara la conservación de la energía como una ley científica. Incluso en la psicología científica moderna, que sigue hablando de la psique en términos dinámicos, no podemos alejarnos de esta imagen primordial. Lo que es inmortalidad y reencarnación del alma en psicología es conservación y transformación de la energía en física. La certeza de la mente de que la energía es «eterna» viene dada por la ley en física. Esto se corresponde con la convicción del alma de que es inmortal, y el sentido de la inmortalidad es el sentimiento interior de la eternidad de la energía psíquica. Pues si la psique es un fenómeno energético, entonces es indestructible. Su existencia en «otra vida» no puede probarse como tampoco puede probarse la existencia del alma en esta vida. Su existencia sólo se da psicológicamente en forma de certeza interior, es decir, de creencia.

Cuando nos preguntamos por qué cada análisis se topa con la experiencia de la muerte tan a menudo y en tal variedad, descubrimos, en primer lugar, que la muerte aparece para dar paso a la transformación. La flor se marchita alrededor de su vaina hinchada, la serpiente se despoja de su piel y el adulto abandona sus costumbres infantiles. La fuerza creadora mata mientras produce lo nuevo. Toda agitación y trastorno llamados neurosis pueden verse como una lucha a vida o muerte en la que los actores están enmascarados. Lo que el neurótico llama muerte, principalmente porque es oscuro y desconocido, es una nueva vida que intenta abrirse paso en la conciencia; lo que él llama vida porque es familiar no es más que un patrón moribundo que intenta mantener vivo. La experiencia de la muerte rompe el viejo orden, y en la medida en que el análisis es un «ataque de nervios» prolongado (que también sintetiza a medida que avanza), el análisis significa morir. El pavor a comenzar un análisis toca estos terrores profundos, y el problema fundamental de la resistencia no puede tomarse superficialmente. Sin una muerte al mundo del viejo orden, no hay lugar para la renovación, porque, como consideraremos más adelante, es ilusorio esperar que el crecimiento no sea más que un proceso aditivo que no requiere ni sacrificio ni muerte. El alma favorece la experiencia de la muerte para iniciar el cambio. Visto así, el impulso suicida es un impulso de transformación. Dice: «La vida tal como se presenta debe cambiar. Algo debe ceder. Mañana y mañana y mañana es un cuento contado por un idiota. El patrón debe detenerse por completo. Pero, ya que no puedo hacer nada con la vida de ahí fuera, después de haber intentado todos los giros y vueltas, voy a ponerle fin aquí, en mi propio cuerpo, esa parte del mundo objetivo sobre la que todavía tengo poder. Pongo fin a mí mismo».

Cuando examinamos este razonamiento, descubrimos que conduce de la psicología a la ontología. El movimiento hacia una parada completa, hacia esa plenitud en estasis donde cesan todos los procesos, es un intento de entrar en otro nivel de realidad, de pasar del devenir al ser. Ponerse fin a uno mismo significa llegar a su fin, encontrar el final o el límite de lo que uno es, para llegar a lo que todavía no es. Se cambia «esto» por «aquello»; se elimina un nivel por otro. El suicidio es el intento de pasar de un reino a otro por la fuerza a través de la muerte.

Este movimiento hacia otro aspecto de la realidad puede formularse mediante esos opuestos básicos llamados cuerpo y alma, exterior e interior, actividad y pasividad, materia y espíritu, aquí y más allá, que se simbolizan mediante la vida y la muerte. La agonía por el suicidio representa la lucha del alma con la paradoja de todos estos opuestos. La decisión del suicidio es una elección entre estas contradicciones, que parecen imposibles de conciliar. Una vez hecha la elección, superada la ambivalencia (como muestran los estudios de Ringel y Morgenthaler sobre las notas de suicidio, la persona suele ser deliberada y tranquila, sin dar señales de su intención de matarse. Ha cruzado el umbral.

Esta calma se corresponde con la experiencia de la muerte de los moribundos físicos, de los que Sir William Osler dijo: «Unos pocos, muy pocos, sufren gravemente en el cuerpo y menos aún en la mente.» La agonía suele tener lugar antes del momento de la muerte orgánica. La muerte llega primero como una experiencia del alma, tras la cual el cuerpo expira. «El miedo», dice Osis, «no es una emoción dominante en el moribundo», mientras que la euforia y la exaltación ocurren con frecuencia. Otras investigaciones sobre la muerte arrojan resultados similares. El miedo a morir se refiere a la experiencia de la muerte, que es independiente de la muerte física y no depende de ella.

Si el suicidio es un impulso de transformación, podemos considerar la preocupación actual por el suicidio masivo a través de la bomba como un intento de la psique colectiva de renovarse liberándose de las ataduras de la historia y del peso de sus acumulaciones materiales. En un mundo en el que predominan abrumadoramente las cosas y la vida física, en el que las mercancías se han convertido en el «bien», aquello que las destruiría y a nosotros con ellas a causa de nuestros apegos se convertirá, por supuesto, en el «mal». Sin embargo, ¿no podría ser este mal en alguna parte un bien disfrazado, al mostrar lo tambaleantes y relativos que son nuestros valores actuales? A través de la Bomba vivimos a la sombra de la muerte. Si bien puede acercar la experiencia de la muerte, no debe significar que el suicidio masivo también esté más cerca. Allí donde se aferra a la vida, el suicidio adquiere el atractivo compulsivo del «ensañamiento». Pero allí donde se convive con la muerte colectiva, como en los campos de concentración nazis o durante la guerra, el suicidio es poco frecuente. La cuestión es: cuanto más inmanente es la experiencia de la muerte, mayor es la posibilidad de transformación. El mundo está más cerca de un suicidio colectivo, sí; que este suicidio deba producirse realmente, no. Lo que debe ocurrir si el suicidio real no llega es una transformación en la psique colectiva. La Bomba puede ser así la mano oscura de Dios, que Él ha mostrado antes a Noé y a los pueblos de las Ciudades de la Llanura, instando no a la muerte sino a una transformación radical en nuestras almas.

En los individuos en los que el impulso suicida no está directamente asociado con el ego, sino que parece una voz o figura o contenido del inconsciente que empuja o conduce u ordena a la persona al auto-asesinato, de nuevo puede estar diciendo: «No podemos volver a encontrarnos hasta que se produzca un cambio, un cambio que ponga fin a tu identificación con tu vida concreta». Las fantasías suicidas permiten liberarse de la visión actual y habitual de las cosas y encontrarse con las realidades del alma. Estas realidades aparecen como imágenes y voces, así como impulsos, con los que uno puede comunicarse. Pero para estas conversaciones con la muerte hay que tomar el reino del alma -con sus espíritus nocturnos, sus emociones extrañas y sus voces sin forma, donde la vida es incorpórea y altamente autónoma- como una realidad. Entonces, lo que parecen impulsos regresivos pueden revelar sus valores positivos.

Por ejemplo, un joven que se ahorcaría después de un fracaso en un examen es atraído a ahogar su espíritu, o a volarse los sesos, después de haber intentado volar demasiado alto. La muerte es oscura y fácil; la pasividad y la inercia de la materia le atraen de nuevo hacia abajo. La melancolía, esa aflicción negra en la que se producen tantos suicidios, muestra la atracción de la gravedad hacia abajo, hacia los huesos oscuros y fríos de la realidad. La depresión estrecha y concentra las esencias, y el suicidio es la negación final de la existencia en aras de la esencia. O, una figura paterna muerta (como el fantasma de Hamlet) sigue fascinando a una mujer a través de pensamientos suicidas. Cuando ella se vuelve para mirarle, le encuentra diciendo: «Estás perdida en lo mundano porque has olvidado a tu padre y enterrado tus aspiraciones. Muere y asciende». Incluso en esas notas de suicidio en las que el marido se suicida aparentemente para eliminar el obstáculo a la libertad y la felicidad de su mujer, hay un intento de alcanzar otro estado del ser a través del suicidio. Hay un intento de transformación. 

La transformación, para ser auténtica y completa, siempre afecta al cuerpo. El suicidio es siempre, en alguna parte, un problema corporal. Las transformaciones de la infancia a la niñez van acompañadas de cambios físicos tanto en la estructura corporal como en las zonas libidinales; lo mismo ocurre con los grandes momentos transformadores de la vida en la pubertad, la menopausia y la vejez. Las crisis son emocionales, transfunden el cuerpo de alegría y angustia y alteran el aspecto y los hábitos. Los ritos de iniciación son ordalías de la carne. La experiencia de la muerte enfatiza la transformación del cuerpo y el suicidio es un ataque a la vida corporal. La idea platónica de que el alma estaba atrapada en el cuerpo y se liberaba con la muerte tiene relevancia aquí. Algunos se sienten extraños en su propio cuerpo durante toda su vida. Para encontrar el reino del alma como una realidad igual a la visión habitual de la realidad, es necesario morir al mundo. Esto puede producir el impulso de destruir la trampa corporal. Y, como nunca podremos saber si la vieja idea del alma inmortal en cuerpo mortal es cierta o no, el analista al menos considerará el suicidio a la luz de una oposición cuerpo-alma.

El ataque a la vida corporal es para algunos un intento de destruir la base afectiva de la conciencia del yo. Las mutilaciones suicidas son distorsiones extremas de esta forma de experiencia de la muerte. Tales mutilaciones pueden entenderse a la luz de las técnicas de meditación orientales o de la imaginería universal del sacrificio del animal portador, la vida corporal. Dado que las imágenes y las fantasías impulsan a la acción, se utilizan métodos para eliminar el impulso afectivo de los contenidos psicológicos. Se lava la memoria del deseo. Para que la acción se purgue del impulso y la imagen quede libre para el juego imaginativo y la concentración meditativa, el deseo corporal debe morir. No debe morir directamente a través del suicidio, que en este caso sería una mala interpretación concreta de una necesidad psicológica. La necesidad es simplemente que, para una conciencia más allá de las limitaciones egocéntricas, el afecto y la imagen deben separarse. Esta separación pasa por la introversión de la libido, arquetípicamente representada por el complejo de incesto. Entonces el deseo corporal se une con el alma, en lugar de con el mundo. El impulso afectivo se vuelve entonces totalmente psíquico a través de esta conjunción y se transforma.

Cuando la psique persiste en presentar sus demandas de transformación puede utilizar, además de la muerte, otros símbolos que muestren nacimiento y crecimiento, transiciones de lugar y tiempo, y similares. Sin embargo, la muerte es el símbolo más eficaz porque conlleva esa emoción intensa sin la cual no se produce ninguna transformación. La experiencia de la muerte desafía a la mayoría, exigiendo una respuesta vitalmente íntegra. Significa que todo proceso se detiene. Es la confrontación con la tragedia, porque no hay salida, excepto hacia adelante, hacia ella. La tragedia nace in extremis, cuando uno se ve acorralado a dar un salto mortal hacia otro plano del ser. La tragedia es el salto de la historia al mito; la vida personal es atravesada por las flechas impersonales del destino. La experiencia de la muerte ofrece a cada vida la apertura hacia la tragedia, ya que, tal y como la veían los románticos, la muerte extingue lo meramente personal y transpone la vida a la clave heroica, donde no sólo suenan la aventura, el experimento y el absurdo, sino más bien el sentido trágico de la vida. Tragedia y muerte están necesariamente entrelazadas, de modo que la experiencia de la muerte tiene el mordiente de la tragedia, y el sentido trágico es la conciencia de la muerte. 

Los demás símbolos de transformación (como el nacimiento, el crecimiento, las transiciones de lugar y tiempo) indican abiertamente una próxima etapa. Presentan esta próxima etapa antes de que termine la actual. Despliegan nuevas posibilidades y ofrecen esperanza, mientras que la experiencia de la muerte nunca se siente como una transición. Es la gran transición la que, paradójicamente, dice que no hay futuro. Ha llegado el final. Todo ha terminado: demasiado tarde.

Bajo la presión del «demasiado tarde», sabiendo que la vida ha ido mal y que ya no hay salida, se ofrece el suicidio. Entonces el suicidio es la urgencia de una transformación precipitada. No se trata de una muerte prematura, como diría la medicina, sino de la reacción tardía de una vida retrasada que no se transformó sobre la marcha. Moriría de golpe, y ahora, porque antes se le pasó la crisis de la muerte. Esta impaciencia e intolerancia reflejan un alma que no siguió el ritmo de su vida; o, en las personas mayores, una vida que ya no alimenta con experiencias a un alma que sigue acechando. Para los viejos hay culpa y pecado que expiar, y así soy mi propio verdugo. El cónyuge está muerto. Puede que no haya certeza sobre un reencuentro en la otra vida, pero al menos puede existir la posibilidad de unirse en el «otro lado», mientras que aquí no hay más que un dolor estéril. O está la sensación de haber muerto ya; una indiferencia apática que dice: «Me da igual vivir que morir». El alma ya ha abandonado un mundo por el que el cuerpo se mueve como cartón pintado. En cada caso, el tiempo está fuera de lugar, y el suicidio lo arreglaría.

Cuando el análisis presenta la experiencia de la muerte, a menudo se asocia con esas imágenes primarias del alma, el ánima y el ánimus. Las luchas con las seducciones del ánima y los complots del ánimus son contiendas con la muerte. Estas luchas son más letales en la vida adulta que las amenazas paternas de las imágenes negativas de la madre y el padre. Los desafíos del ánima y el ánimus amenazan incluso la vida del organismo, porque el núcleo de estos dominantes arquetípicos es psicoide, es decir, está ligado a la vida física del cuerpo a través de la emoción. La enfermedad, el crimen, la psicosis y la adicción son sólo algunas de las manifestaciones más burdas de los aspectos de muerte de los arquetipos ánima y ánimus. Una y otra vez, el animus aparece como el asesino y el anima como la tentadora que aparentemente lleva al hombre a la vida, pero sólo para destruirlo. La psicología de Jung ofrece profundos conocimientos sobre estos portadores específicos de la muerte en el alma.

En el análisis, una persona encuentra la muerte a su alrededor, especialmente en sueños. Allí corta el viejo orden con cuchillos, lo quema y lo entierra. Los edificios se desmoronan; hay podredumbre, gusanos o fuego en las paredes. Sigue cortejos fúnebres y entra en cementerios. Suena una música extraña. Ve cadáveres desconocidos, observa a las mujeres rezando y oye doblar las campanas. Su nombre se inscribe en un álbum familiar, un registro o una lápida. Partes de su cuerpo se desintegran; el cirujano, el jardinero y el verdugo acuden para desmembrarlo. Un juez condena, un sacerdote realiza la extremaunción. Un pájaro yace caído de espaldas. Son las doce, o los sucesos se suceden de tres en tres. Aparecen garras, ataúdes, mortajas, máscaras con muecas y dientes. Guadañas, serpientes, perros, huesos, caballos blancos y negros, cuervos presagian destrucción. Se corta un hilo, se tala un árbol. Las cosas se hacen humo. Hay señales de puertas y umbrales. Es conducido hacia abajo por una mujer ambigua; o, si es una mujer, ojos, dedos, alas y voces incorpóreas le indican un camino oscuro. O puede haber un matrimonio, relaciones con un ángel, una danza extraña, disturbios en un velatorio, un banquete ancestral de alimentos simbólicos o un viaje a una tierra paradisíaca feliz. Se siente una sensación de humedad, como de tumba, y una repentina ráfaga de viento helado. Hay muerte por aire, por fuego, por agua y por enterramiento en la tierra. El coma, el éxtasis y el trance de la pasividad sin esfuerzo hacen flotar al soñador. O queda atrapado en una red o en una telaraña. Asiste a la muerte de todos los portadores de formas de adaptación que ya no son viables, como los favoritos de la infancia, los héroes del mundo, incluso como las queridas mascotas y plantas y árboles. A medida que las viejas relaciones se desvanecen en la vida cotidiana, se producen abandonos y pierde las formas habituales de comportarse; se encuentra ermitaño en una cueva, junto a un estanque estancado, en el desierto sediento, al borde del abismo o en una isla lejana. También se ve amenazado por fuerzas de la naturaleza (el mar o el rayo), perseguido por manadas de animales, asesinos (ladrones y saqueadores) o máquinas siniestras. O puede volverse contra sí mismo.

La variedad de imágenes sobre la experiencia de la muerte parece ilimitada. Cada una relata la forma en que la visión consciente de la muerte es reflejada por el inconsciente, desde una dulce huida hasta un brutal asesinato. Cada vez que uno experimenta estas imágenes y comienza un nuevo turno de sufrimiento, se está entregando un trozo de vida y pasamos por la pérdida, el duelo y la pena. Con ello llega la soledad y el vacío. Cada vez que algo se ha detenido.

Cuando la experiencia de la muerte insiste en una imagen suicida, entonces es el «yo» del paciente y todo lo que él considera su «yo» lo que está llegando a su fin. Toda la red y la estructura se romperán, toda atadura se soltará, todo vínculo se aflojará. El «yo» será liberado total e incondicionalmente. La vida que se ha construido es ahora una jaula de compromisos que debe saltar; para un hombre es a menudo con la violencia de la fuerza masculina y para una mujer una disolución en la suave recepción de la naturaleza a través del ahogamiento, la asfixia o el sueño. Lo que venga después ya no importa en el sentido de «será mejor o peor»; lo que venga después será con toda seguridad otra cosa, completamente, lo Totalmente Otro. Lo que venga después es irrelevante, porque se aleja de la experiencia de la muerte y la despoja de su efecto. 

Este efecto es lo único que cuenta. Cómo y cuándo se produce son cuestiones secundarias respecto a por qué se produce. A partir de la evidencia que la psique produce de sí misma, el efecto de la experiencia de la muerte es traer a casa en un momento crítico una transformación radical. Intervenir en ese momento con prevención en nombre de la preservación de la vida frustraría la transformación radical. Una crisis profunda es una experiencia de muerte; no podemos tener la una sin la otra. De ello se deduce que la experiencia de la muerte es necesaria para la vida psíquica. Esto implica que la crisis suicida, por ser una de las formas de experimentar la muerte, también debe considerarse necesaria para la vida del alma.