Del porqué deshumanizar la psicología nos hace psicólogos

Logos del alma

El alegato por deshumanizar la psicología proviene de James Hillman, quien en su obra magna, “Re-imaginar la Psicología”, propone cuatro principios para reestructurar la visión misma de lo psicológico, sustentando su diatriba en la obra de C. G. Jung. El cuarto y último principio es “deshumanizar”, es decir, asumir la diferencia entre lo humano y lo psíquico y devolver su dignidad de sujetos objetivos al alma y a sus manifestaciones fenoménicas.

Dice Hillman: “La existencia humana es psicológica antes que cualquier otra cosa -económica, social, religiosa o física-. Pues todas las dimensiones posibles de la experiencia humana son fantasías anímicas y ellas mismas están modeladas a partir de las necesidades del alma.”

La psicología como ciencia, se ha desarrollado, al contrario, bajo el prejuicio de que el hombre tiene una mente, es decir, que los procesos psicológicos ocurren dentro del hombre, como sus epifenómenos, siendo el individuo (y el medio que envuelve al sujeto) el contexto del alma. Toda la psicología del siglo XX se construyó bajo tal premisa y escuelas teóricas tan dispares como el psicoanálisis y el conductismo coincidieron en concebir al ser humano, en sus facetas particulares, como el objeto de la psicología. Ya sea en la búsqueda del modelado de la conducta o en el tratamiento de las manifestaciones inconscientes, en el centro estaba, y aún sigue estando, la dignidad del ego.

Jung proponía que el ego no era más que un complejo entre otros tantos, un órgano psíquico con la función de permitir la supervivencia del sujeto al ayudarlo a adaptarse mejor al medio, y también afirmaba que el alma estaba en su mayor parte fuera del hombre. Derivado de esta perspectiva junguiana, Hillman podía decir entonces: “El hecho de que el alma se experimente como “propia” e “interior” remite a la intimidad y la interioridad de la vida psíquica. No implica una propiedad literal o un interioridad literal.[…] El hombre nunca es lo bastante grande como para poseer sus órganos psíquicos; no puede sino reflejar sus actividades.”

No es el hombre el que tiene un alma, es el alma quién contiene la imagen del hombre. La psique es el contexto de lo humano, y por lo tanto, todo lo humano evidencia los procesos anímicos. Es necesario, en consecuencia, repensar el concepto de la psicología y, según su etimología, priorizar a la psique, y a su logos, como el centro de la reflexión psicológica, lo que implica un rompimiento con todo el aparato ideológico que ha supuesto el desarrollo de la ciencia psicológica. Esto es lo que significa la liberación del espíritu embotellado.

Deshumanizar supone que el individuo deja de ser el centro de la atención reflexiva para tomar su lugar en el aparato psíquico como un campo de expresión y como un ayudante, de y en la tarea del alma de hacerse a sí misma, pues si el hombre no puede contener sus órganos psíquicos, pero estos sí abarcan al hombre, entonces poner atención al fenómeno psicológico obliga a desprenderse de la visión antropocéntrica habitual para posar la mirada en el Anthropos.

Desplazar el foco psicológico del sujeto requiere repensar cuál es el objeto de la psicología y además distinguir al individuo de la dimensión psíquica. Dice Hillman: “nuestra individualidad no es en absoluto humana, sino más bien el don de una daimon inhumano que exige servicios humanos.” En dicha frase hay varias presuposiciones que dan pistas de cuál es el papel de lo humano frente a lo psíquico: 1) Lo que es experimentado como individualidad es en realidad un complejo aparato psicológico que expresa un telos que no está fundado en la existencia humana y que ante dicho objetivo es solo la superficialidad de tal entramado y 2) esta finalidad, que es más profunda que lo humano, y que guarda como modelo lógico la estructura de lo humano, utiliza al individuo como un medio de auto-reflexión. Aquí se podría releer la máxima nietzscheana de que el hombre es un puente y, también, agregar que es la vía por donde el superhombre transita hacia sí mismo, solo que de lo que se estaría hablando no sería de una maximización de lo humano, sino de la emergencia de su negación, es decir, aquello más complejo y preexistente al hombre (un Adam Kadmon psicológico). Esto es hacía donde apunta la consciencia llegando a casa a sí misma, ya que ella es el inicio y el final de su propia jornada y el sujeto egóico es un vía de acceso a su profundidad.

Lo anteriormente dicho ¿no es acaso lo que Hillman intuye cuando menciona: “No es mi individuación, sino la del daimon […]. No es la vida la que importa sino el alma.”? El objeto real de la psicología no es la existencia particular, empírica, sino la vida lógica del alma.

Por ende, se puede decir que durante más de un siglo se ha errado el camino de la disciplina en cuestión, cabalgando sobre un equívoco, estudiando un objeto que no se corresponde con su logos, que no se constituye con una psicología asentada en el espíritu de su verdad, como la psique que se piensa a sí misma. Pero también es probable que esta desviación de sea una forma en que la consciencia hace patente que el individuo no es más que una cáscara vacía sobre la que se puede construir cualquier significado, precisamente porque ha dejado de ser relevante para el proceso anímico. Deshumanizar la psicología, por tanto, no es una opción del psicólogo, es la prerrogativa para poder hacer psicología en un mundo que exalta al hombre abstracto, descontextualizado de su raíz anímica, del espíritu de la época.

Wolfgang Giegerich es el mejor continuador de la obra de Hillman, en su obra el proyecto de deshumanizar la psicología ha tomado tal relevancia que ya ni siquiera es necesario hacer patente esta distinción, su propio corpus teórico lo hace por sí mismo. Si bien, es posible que la psicología como la disciplina de la interioridad no sea el punto final del avance sobre la teoría psicológica, si representa el camino más cercano a lo que aspira una psicología asentada en el concepto de alma. En ella, como ya se dijo, deshumanizar es algo que se presupone, ya que el centro de toda reflexión psicológica es, de facto, la vida lógica del alma.

El concepto central en este rubro corresponde a la diferencia psicológica. Esta distinción implica que el objeto de la psicología, como verdaderamente psicológica, han de ser los fenómenos vistos desde sí mismos, como procesos autónomos que se piensan de forma urobórica en su singular desarrollo, en su despliegue incesante, y que expresan la dimensión sintáctica a la que pertenecen y que es, de forma redundante, ese mismo acto de pensarse.

De otra manera, la óptica centrada en el individuo tiende a observar todo lo existente como un reflejo de sí misma, entonces los fenómenos que ocurren en la psique son concebidos como adecuados o patológicos dependiendo de las necesidades del ego y la moral en turno, reflejando su propia dinámica en ellos, pero condenando al fenómeno al enclaustramiento en esquemas que son externos a él. Desde esta vía de acción el fenómeno es utilizado para los fines del sujeto empírico, con objetivos tales como: exaltar, integrar, enseñar, edificar o encontrar significados diversos en su figura. Así, la persona puede acudir al síntoma para justificar su acción, para evadir su responsabilidad o para buscar su propio bien; pero entonces lo sintomático ha dejado de ser importante por sí mismo, para transformarse en una herramienta al servicio del ego. La vía del individuo es una vía tecnológica, instrumentalista.

La diferencia psicológica, por tanto, distingue entre el sujeto y el alma, no para separar ambas dimensiones, sino para asumirlas en la unidad de su unidad y su diferencia. No un opus parvum y un opus magnum, más bien el opus magnum como opus parvum superado. Esto es un proceso noético que no puede ser entendido de forma pictórica o imaginal, únicamente se le comprende con el pensamiento.

Por consiguiente, deshumanizar tiene que ver con el hecho de distinguir en qué lugar se lleva a cabo la reflexión psicológica, si ésta mora en el sujeto, y sus deseos, entonces no se está haciendo psicología, pero si el objeto de estudio es el alma, como la sintaxis lógica de los fenómenos, entonces el psicólogo tampoco es precisamente el sujeto que estudia, sino que lo es el pensamiento del fenómeno en el acto de pensarse a sí mismo.

Ser psicólogo requiere la propia disolución de la pretensión de ser psicólogo, para dar cabida al hecho de que el alma es la única que puede hacer psicología. En Giegerich el precepto de deshumanizar la psicología alcanza, hasta el momento actual, su cúspide.

Una vez que se ha asumido que la psicología estudia al alma, la visión del psicólogo se puede tornar psicológica, lo cual quiere decir que antes no lo era, pues estaba enfocada en los fenómenos que se presentaban desde una visión sesgada y tecnológica. Tal óptica implicaba que el fenómeno era comparado con un modelo egóico al cual se tenía que adaptar y al que debía servidumbre. Tal esquema es muy conveniente desde un punto de vista pragmático pues tal como Heracles en la mitología, el ego es capaz de grandes hazañas, pero es incapaz de reconocer al otro que se le presenta. Cuando Heracles llega al inframundo, como Hillman lo explica, pelea con las sombra e incluso hiere al mismo Hades; con su fuerza logra conmocionar el mundo subterráneo, pero él mismo no es conmocionado por esta realidad, permanece impávido a pesar de que ha viajado a una dimensión distinta, es un turista en medio del infierno.

Desde la posición del individuo, todo lo existente ha de adaptarse a la necesidad del ser humano. Incluso las teorías y alegatos ecologistas, pacifistas, inclusivos, etc., todos ellos basados en principios morales muy loables, son incapaces de desligarse de la dinámica depredadora de la ego-conciencia, pues toda búsqueda de ayuda y salvación está fincada en la predominancia del ego sobre el objeto que tiene frente a él, solo se puede ayudar a aquello que está fuera de uno mismo; y para dar la mano la mirada tiene que tornarse compasiva ante algo o alguien que se considera distinto, pero tal distinción reposa en el esquema de lo que el ego considera que debería ser el otro.

En este tono Baudrillard decía: “todas la formas de discriminación […] proceden de un duelo colectivo, de una alteridad difunta […].”, lo cual parece muy evidente, pero Baudrillard continuaba diciendo: “La misma indiferencia puede conducir a comportamientos exactamente inversos. El racismo busca desesperadamente al otro bajo la forma del mal a combatir. El humanitarismo lo busca no menos desesperadamente bajo la forma de víctimas a socorrer.” Se puede entender mejor, entonces, que la búsqueda de ayuda y salvación constituyen una forma velada de desprecio por el otro, una manera de utilizar al otro para los fines, honorables o no, del ego. Desde esta posición compasiva el fenómeno es un esclavo del sujeto.

Giegerich también observa las contradicciones en el deseo de salvación y ayuda, de la visión subjetiva y menciona que: «hay dos problemas con la intención de salvación. Primero, la idea es grandiosa, ¿no es hybris ya el hecho de jugar con la imaginaria idea de salvar el mundo? ¿Quiénes somos para esperar ser capaces de contribuir de alguna manera a la salvación de algo, y nada menos que el mundo? Salvación, sotéria, liberación, es un programa de un tipo demasiado grandioso, un programa adecuado exclusivamente para un sotér, un Salvador.»

El ego tiene que inflarse para esperar ayudar al mundo, e incluso lo hace para el simple hecho de intentar ayudar al otro. Por ello es muy cuestionable dicha esperanza en las manos del psicólogo y se puede preguntar, en la temática de la búsqueda de ayuda como una forma de ejercer poder sobre el otro, ¿cuál es la verdadera intención del psicólogo, del psicoterapeuta, cuando se afana a ayudar a sus pacientes, en esa relación asimétrica que es la consulta psicoterapéutica?, y más aún si esto se enmarca en el segundo problema que observa Giegerich:

“El instinto psicológico ante una dificultad, una patología, un síntoma, en tanto es un instinto verdaderamente psicológico, no consiste en salirse de ello, ni en desear «corregirlo». El anhelo del alma es que la consciencia entre cada vez más profundamente en el problema, hasta el corazón mismo del asunto, no por un masoquismo enfermizo, sino para preservar la visión alquímica de que, para comenzar, la confusión en que nos hallamos es la materia prima a la que están dedicados el Eros psicológico y toda la Obra. En este sentido, incluso podría decirse que ni el mundo ni el hombre debieran salvarse de la dificultad; al contrario, es el problema o la patología misma lo que debe salvarse o liberarse, en el sentido de la exigencia platónica de sozein tà phainómena, «salvar el fenómeno».

Por supuesto, solo se puede entender esta última frase si primero se ha asumido que la psicología tiene como objeto de estudio al alma y, a la vez, se parte de la noción de que la dimensión anímica es absolutamente autónoma, es decir, que el fenómeno es suficiente en sí mismo como un otro para sí.

Jung decía, en un sueño, a su paciente hundido en un foso: “no fuera sino a través”. Esta es la vía de reflexión del psicólogo, independientemente de su necesidad subjetiva, de sus prejuicios o de sus deseos para el otro, su pensamiento ha de descansar en lo que el otro necesita de sí mismo, en aquello que es pensado en él, en la lógica que el fenómeno expresa a través de su propio despliegue; lo cual a veces puede traer su salvación y a veces su destrucción, pero ese destino no depende más que del daimon que constituye su noción interna.

El desmembramiento de la psicología

Logos del alma

En el mito órfico Zagreo es mutilado por los gigantes de blanca faz, su cuerpo es sumergido en agua hirviente y devorado de manera impía. Al cabo de la matanza solo su corazón sobrevive y éste mismo es nuevamente comido para volver a nacer. Lo mismo sucede con la materia que yace envuelta por el vaso hermético, que al calor del fuego del atanor, es sometida a la tortura alquímica que la libera de la pesadez de su literalidad volviéndola metafórica y conduciéndola hacia su propia noción.

Esto constituye una imagen vivida del sufrimiento intrínseco en la vía dialéctica del fenómeno, donde la contradicción lo somete al tortuoso transcurso de la superación de sí mismo. En el sendero de lo antagónico lo que refuta el momento presente nunca es un suceso externo, es la propia interioridad sintomática quien somete al mítico Zagreo a la desintegración alquímica, pues la lógica del fenómeno es lo que lo devora constantemente para hacer perdurar su existencia.

Es así que el camino del alma para llegar a casa es siempre un proceso transgresor. La propia psicología y su forma de mirarse a sí misma, han de recorrer este mismo tránsito para emerger como una verdadera disciplina de la interioridad, como una psicología cuya noción esencial sea el alma y que, por lo tanto, esté siempre abierta a la pregunta sobre su concepto, que desde su negatividad estructura toda la dinámica psíquica.

Centrarse en el logos de la psique sigue la encomienda de Hillman de reivindicar la dimensión patologizante del alma y con ello se hace justicia a la frase arquetipal que dicta: “La psicología como campo independiente sólo es posible si nos centramos en la psique, no en lo que hoy consideramos humano”. Deshumanizar no es un asunto ético sino psicológico, en ello se esgrimen las intenciones de una disciplina psicológica que acoge la dimensión anímica como su particular campo de acción y libera a lo humano de su literalización y de la carga de ser el único portador del alma.

Entonces, la psicología puede aprestarse para atender al sufrimiento en el síntoma y ya no al pobre sujeto del cual el humanismo espera demasiado. Abrir la puerta a la psique en su manifestación y comprender que el único terapeuta es el alma misma, libera la carga enorme del narcisismo posmoderno y le devuelve su dignidad perdida a lo humano como una ficción más de la vida lógica desplegándose en lo real. Así, el paciente es el logos y el tratamiento responde a la necesidad inmanente de pensarse a sí mismo en su naturaleza mórbida como psicopatología.

Esto implica una psicología destilada, desmembrada, siempre en proceso; que no es, ni puede ser, una ciencia moderna, ya que se asume como el estudio atento y cuidadoso del logos en el fenómeno. Pero pensar en esta disciplina de la interioridad requiere el arduo esfuerzo de desgarrar la propia piel y desconfiar de todo aquello que se tiene por sabido, atreverse a ver lo ya conocido desde su ángulo mito-lógico, dudar, además, de la importancia del ego y del sujeto empírico para el arduo proceso de hacer alma. Pero, sobre todo, requiere lo que el pensamiento imaginal ya demandaba: deshumanizar la psicología.

¿Estará el psicólogo dispuesto a someterse a tal desgarradura o temblará de miedo, como una hoja otoñal, ante la presencia de un dios vivo que se cierne frente su mirada? Es debido, por ende, ejercitar la visión metafórica y mantener la razón afilada para estar abierto a la realidad y aprender el oficio de las transformaciones cotidianas de un alma que se alimenta de imágenes e ideas, y para la cual el hombre es sólo un cadáver al que consume lógicamente para nutrirse de la esencia de su aniquilación.

“Los locos somos otro cosmos”

Logos del alma

Mientras Rodolfo, desesperado, lucha por no recibir la descarga eléctrica, le dice al doctor Otto: “los locos solo somos otro cosmos…”, y en esa plegaria se encuentra expresada la tarea de la psicología, quizás la única real, la asunción de la presencia del otro. Ese otro es el síntoma quien con su aparición dolorosa brinda la epifanía de un alma en sufrimiento, que trastoca la normalidad del sujeto y lo obliga reflexionar sobre la condición contradictoria de ser él mismo y a la vez no serlo.

La posición de la otredad es aquella señalada por Freud en la tendencia exogámica que escinde al individuo del estado narcisista de la infantilidad, ahí la prohibición del incesto le conduce hacia el exterior donde su libido se muestra exotérica y se dirige al misterio del cuerpo ajeno y a la angustia de lo desconocido, porque como Hölderlin sabía: “donde está el peligro crece también lo que salva”.

Pero lo que salva no es la vida sino la muerte, el estado patológico que conduce a la destrucción de las certezas y que aguarda agazapado en cada hecho contingente y en cada rincón de la existencia. La muerte es lo ineludible que se apresta a hacerse presente cuando todo va viento en popa, cuando la vida se multiplica y expande sus horizontes, es el otro quien marca los límites de la pulsión y le obliga a someterse a su naturaleza psíquica.

Jung decía que el primer paso del opus magnum es el trabajo con la sombra, no obstante este concepto es mal entendido si se le reconoce solamente como lo maligno y lo moralmente indeseable. Realmente la sombra significa lo otro, aquello que confronta al fenómeno desde dentro de sí mismo como la dialéctica intrínseca que atiza el fuego de su dinámica. Es la consciencia doliente de lo semejante en el proceso de su reconocimiento como un huésped indeseable que, sin embargo, pertenece a la morada del fenómeno.

Es así que la otredad es la marcha del pensamiento a la consciencia de sí, por medio del diálogo constante con aquello que se muestra en su actividad auto-productiva. Por lo tanto, el psicólogo requiere, para su labor, saber que lo que se presenta en el consultorio es algo distinto de él mismo, pero que al mismo tiempo es la estructura viviente que lo envuelve, a él y al paciente. Hay una tensión constante entre ser uno mismo y ser otro y la psicología surge solo en aquel umbral y mientras ésta angustia permanece.

El otro psicológico tampoco debe entenderse como una alteridad externa, pues no viene de afuera, sino que asiste como un huésped que ya vive en los confines de la propia experiencia. Su devenir es el ya haber llegado, porque el otro es el reverso de lo normal, es lo que está fuera de todo locus y que por su falta de razón común es tomado como lo irracional, es el invitado que siempre dialoga con una locuacidad singular y sintomática, es, por lo tanto, lo no ortodoxo.

Piénsese por un momento, aunque sea breve, en una psicología que no busque curar la locura, que quiera acogerla y permitir que ella cure a la disciplina de su inusitado apego por la normalidad y por lo sano, por el crecimiento y por la curación, una ciencia de lo patológico, un oído abierto a aquello que, comúnmente, no se quiere escuchar, una disciplina de la interioridad de los fenómenos, es decir, una psicología con alma.

La humildad psicológica

Logos del alma

La búsqueda de una visión psicológica de los fenómenos acarrea la pregunta inmanente sobre el alma como la noción nuclear de la cual se desprenden las reflexiones que configuran una ciencia psicológica particular, distinta a la óptica materialista que se funda en la positivización de las imágenes e ideas anímicas y que asume, de manera reduccionista, que sus formas anquilosadas son la causa primera de lo psicológico.

Otra de esas reducciones sucede cuando el ser humano es concebido como el factor primordial de la psique. En el humanismo psicológico la imagen del hombre se exacerba y se convierte en una potestad que ya no puede concebir al sistema imaginal del cual es parte. Entonces, los fenómenos psicológicos encuentran su asiento en la persona y ésta se retrotrae a etapas infantiles donde la fantasía narcisista es alimentada por la esperanza de volver a ser el centro de la propia existencia.

Cuando Freud planteó el giro copernicano como la base de su labor psicoanalítica, suponía que el devenir humano ocurría en la forma de una humillación constante del sujeto, quien encerrado en una visión narcisista debía de romper los lazos con su grandiosidad para resignarse a ser quien es. Jung, por su parte, decía: “En mi caso, el progreso del peregrino consistió en tener que escalar mil escaleras hasta que pude alcanzar con mi mano el pequeño terrón de arcilla que soy”. En ambas concepciones subyace la presunción de que el individuo es pequeño en contraste con la realidad psíquica y que, por lo tanto, ser él mismo supone conformarse con su pequeñez.

También en la obra de James Hillman y de Wolfgang Giegerich hay un acento importante en la autonomía y en la objetividad de los procesos psíquicos, lo que involucra una toma de posición ante el humanismo preponderante. En esta tradición analítica se reconoce que la soberanía de la consciencia es un fundamento experiencial del trabajo que se lleva a cabo en el consultorio y en cualquier lugar donde se desarrolle una obra fundada en el espíritu de una psicología con alma. Se acepta que el sujeto no es el centro del aparato psíquico, sino un elemento más entre la gama de sujetos objetivos que conforman el entramado anímico.

Sin embargo, ante el compromiso psicológico con la psique objetiva, es debido preguntarse si la autoridad de los fenómenos psíquicos realmente es respetada por el psicoterapeuta, tanto en su concepción como en el abordaje de los mismos. Porque cuando el psicólogo analítico ata al síntoma a las necesidades de la persona, suponiendo que son los individuos el contexto, la fuente y el objetivo de los fenómenos psíquicos y que éstos tendrían que responder a los criterios de desarrollo y a las dinámicas cognitivas de los sujetos humanos; se olvida, en consecuencia, de que cada disposición, cada imagen y cada idea es una persona en sí misma.

Los fenómenos psicológicos no son objetos, son ficciones que tienen una vida anímica propia y ellos dictan el destino psicológico de la gente. Su única necesidad es representarse, encarnarse en modos singulares que les permitan dirigirse hacia el telos que está fincado en su peculiar estructura. Son narraciones verdaderas que tienen una naturaleza ouroborica que se realiza dialécticamente en forma de nociones que se piensan constantemente a sí mismas. La misma idea de lo humano se ciñe a esta dinámica inherente a su esencia psicológica y es a ella a quien le sirve irremediablemente, de manera inconsciente.

Jung llamaba a los sujetos objetivos: “la gente pequeña”, pero no de forma despectiva, los nombraba así para atender el asunto de su misteriosa personalidad, la cual se escapa siempre de la mirada de quien pretende conocerles. Son ellos los dueños de la casa, de la que el ego es un invitado más, y acaso el más reciente de todos. Por eso, como psicólogos analíticos, es un deber hacia la naturaleza autónoma del alma el poder liberarse de la concepción limitante de que la psique es una formación enclaustrada en la ecuación personal humana, cuando realmente es una organización política donde todos los elementos se conjugan en la vida lógica que supone la mente y cuya esencia es inhumana.

Del concepto del «alma» en la psicología analítica: Jung, Hillman y Giegerich

Logos del alma

Aunque la palabra “alma” es despreciada por la psicología académica como un arcaísmo, sin embargo constituye una parte ineludible de su etimología, pues psyche es el equivalente a un elemento que representa el puente entre el hombre finito y la esencia infinita que lo permea. En la obra de Jung el alma es la noción central de su concepción psicológica, se encuentra en el titulo de tantos ensayos y conferencias suyos, incluso él distingue su psicología como una psicología con alma, a diferencia de otras concepciones materialistas que han perdido todo contacto con su raíz anímica. Karl Kerenyi, en una entrevista posterior a la muerte de Jung, refería que su singularidad como pensador y la gran fuerza de su obra fue su profunda y genuina creencia en el alma como una realidad ineludible.

La palabra alma (seele en alemán) reúne una concepción especifica del fenómeno psíquico y Jung la utiliza en varios sentidos: a) Como la organización transpersonal orgánica de la consciencia como totalidad, a la cual denominó “la realidad del alma” y la caracterizó por su objetividad y como un componente psicoide, b) también para referir el complejo de interioridad del sujeto, es decir su personalidad interior que se ve alimentada tanto de las predisposiciones arquetipales como de las influencias del medio ambiente y c) finalmente cual sinónimo del concepto anima y su función mediadora entre las dimensiones consciente e inconsciente de la psique.

Curiosamente, en su obra el termino seele fue sustituido paulatinamente por el término selbst (Sí-mismo) como la representación de la organización interna de la psique, donde la palabra «interna» no esta en contraposición a una exterioridad, sino que apunta a la integración de lo externo y lo interno del mismo fenómeno. Por lo cual, se entiende que hubo un titubeo en Jung por seguir utilizando de forma amplia el vocablo «alma».

Así que “alma” en Jung es evocada en dos acepciones colindantes: como el carácter general de la psique y como el sentimiento de intimidad del sujeto y los factores aledaños. El alma, entonces, es la experiencia de interioridad de los fenómenos psicológicos, tema que será retomado por Hillman y luego por Giegerich.

James Hillman asume muchos de los elementos junguianos que definen el alma, pero pone énfasis en su carácter creativo, en su indeterminación y en su pluralidad. Para Hillman el alma no es una cosa concreta, ni una sustancia psíquica, más bien es una manera de ver a través de los múltiples fenómenos, es la perspectiva psicológica que transparenta las imágenes y las conduce a su naturaleza metafórica como “eterna recreación” de sí mismas.

El foco de atención de la psicología arquetipal está puesto en la función poiética de la psique, la cual genera continuamente imágenes como una representación incesante de la relación consigo misma, por ello para Hillman el alma no habla del hombre sino solamente de sí. La psicología es, en consecuencia, el estudio del logos de la psique, no del individuo. Hay una diferencia ontológica entre el alma y el ser humano.

Desde tal diferencia, la metáfora principal de la psicología la constituye el alma y su función es esencialmente imaginal, pues se deriva en múltiples significados en una miríada de imágenes vivas donde se representa la propia ambigüedad del movimiento psíquico. Entre sus funciones están la de hacer posible el significado al psicologizar los eventos y convertirlos en experiencias, al mismo tiempo que conduce al fenómeno a su raíz mítica que es la propia imagen de la muerte y finalmente permite la especulación reflexiva que trueca toda realidad en una forma simbólica.

Entonces, para Hillman el alma es la actividad psíquica creadora de representaciones, la verdadera realidad psicológica, que es una perspectiva que observa al mundo para hacerse consciente de sí misma desde la pluralidad psíquica. Es el sentimiento de interioridad de cada imagen y de cada fenómeno. El ser humano la experimenta como parte de su contexto psíquico y debido a su naturaleza de interioridad la confunde con su propia intimidad y la llama: “su alma”; pero el alma no le pertenece al hombre, más bien ésta lo edifica de manera incesante y permite que el ego, esa imagen que niega su propia naturaleza imaginal, pueda concebirse a sí mismo como una ficción, tocada por la mano mitologizante de la muerte.

Wolfgang Giegerich, en la misma estela de Hillman elabora las ideas de Jung y procura seguir el avance dialéctico presente en las mismas, sin embargo su abordaje difiere en algunos puntos esenciales, producto de haber puesto en el vaso alquímico el proceder y la teorización junguiana. Este devenir en su obra es patente en el mismo concepto del alma.

Para Giegerich el alma no existe y, sin embargo, es el órgano esencial del proceso de pensamiento de la consciencia, entendida ésta no dentro de la polaridad consciente-inconsciente, sino como la unidad de la unidad y la diferencia entre ambos, por lo que la consciencia es un equivalente de alma y de vida lógica.

La vida lógica es aquella mutación de la propia vida biológica que ha interiorizado como su centro la consciencia de la muerte. A través del proceso de la matanza ritual, el alma mató en sí misma su sustrato óntico y lo sumergió dentro de sí por medio de inflingirse la muerte de forma deliberada para poder integrarse en la negación dialéctica. En esta matanza primordial el alma sucumbió ante sí misma para emerger a su dimensión lógicamente negativa como pura noción o como una idea que se ha vaciado de sustancia para permanecer en el reino de la preexistencia.

Por ello, Giegerich dice que el alma no existe, no porque no sea potente, pues al contrario es lo más real y aquello que proporciona dinámica a los fenómenos. Pero aunque está en todos los lugares su presencia es intangible, no como un fantasma o como una entelequia, sino como un proceso puramente eidético, de naturaleza negativa, que funciona como la sintaxis de todo lo psicológicamente existente.

El alma comprende los significados compartidos por el proceso de pensar. Tales significados son autogenerativos y solo están dirigidos a su propia recreación. Su modelo estructural es el lenguaje, por consiguiente se puede concebir como un dialogo sin enunciador y sin otro objeto que el mero acto de dialogar. Pero tal intercambio no es un monologo, porque la experiencia de la otredad ocurre de forma inherente en ese acto de pura productividad.

En la vía productiva del alma, los desechos de su actividad son las obras de la cultura, que permacenen como cadáveres del proceso de la consciencia pensando sobre sí misma, y es en estas positividades donde el alma lleva a cabo la tarea de interiorizar dicha literalidad para impulsarse nuevamente hacia su senda negativa. Pero el alma no es el aliento que da vida lógica al cadáver, es la tensión que surge en ese encuentro.

Por ende, para Giegerich la psicología es la ciencia del alma, o más bien, la disciplina que se pregunta constantemente por la noción del alma y el anhelo que impulsa esta búsqueda de saber no puede ser satisfecho en el devenir, debe haber sido realizado en el pretérito perfecto del fenómeno, su verdad es anterior y el viaje busca llegar a aquello que ya ha ocurrido. El alma mora en el reino de la preexistencia y el psicólogo hace referencia a ella de manera mitologizante para poder concebirla, pero ella es solamente el proceso de interiorización de cada fenómeno en su noción particular.

En virtud de lo ya dicho se puede entender que hay convergencias en las posturas de cada uno de estos tres autores en cuanto al concepto del alma. El alma es el núcleo de la disciplina psicológica y proporciona la experiencia de interioridad de los fenómenos psicológicos. Éstos se pueden pensar como “profundos” porque hay un órgano psicológico que se encarga de interiorizarlos y convertirlos en imágenes, símbolos o ideas. La vida simbólica es la constatación del proceso anímico realizándose, inmarcesible, como “formación, transformación, eterna recreación de la mente eterna” como le gustaba citar a Jung.

También coinciden en el esfuerzo por desmistificar la palabra alma y comprenderla como un termino necesario para poder hacer psicología, sin embargo mientras en Jung aún hay rastros de una posición metafísica. Hillman y Giegerich intentan resolver esta situación de forma particular. Hillman integra la naturaleza objetiva en cada una de las imágenes psíquicas, por lo que el alma no requiere comprenderse como ajena al fenómeno. Por su parte, Giegerich hace un corte entre una dimensión anímica y una dimensión humana o positiva, con lo que logra evidenciar la relación dialéctica entre ambas, pudiendo concebir al alma definitivamente como el proceso de pensar del propio fenómeno, y ya no como una cualidad de un inconsciente ni bajo la necesidad de un pensamiento imaginal que lo sostenga con su mitologización.

Es importante recalcar el énfasis que pone Giegerich en el papel primordial del alma como una actividad, él la llama pura actuosidad, aludiendo al termino medieval, con lo que sugiere que su carácter negativo limita la tentación, siempre presente, de hipostasiar un hecho insustancial. El alma es puro concepto, solamente movimiento psicológico, la esencia eidética del fenómeno, y aunado a ello la psicología solo se puede entenderse como la disciplina que esté siempre en pos de la definición de alma y que dialoga con la intuición sicigial de saber qué es el alma y al mismo tiempo nunca saberlo del todo.

Finalmente, se observa que la noción de alma es central en la psicología analítica porque evoca el corazón conceptual de una disciplina que, a diferencia de otras escuelas psicológicas, asume que la psique es un sujeto objetivo que tiene su fin en sí mismo y que es autónomo en su dinámica singular. El hombre participa de ese movimiento pero no lo provoca ni le pertenece, al contrario, él mismo es un lenguaje con el cual el alma habla sobre sí misma de forma tautológica, pues como Jung intuía la vida psicológica sucede, no tiene una causa fuera de sí, y se impone siempre como una tarea.

Sobre la paranoia

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Inhuman Relations’, volumen 7 de sus Uniform Edition, capítulo 22 pp. 307-354

Traducción de Alejandro Chavarria

Comenzaré con dos declaraciones de autoridades de la religión para situar mi tema, la Paranoia, en el contexto más amplio de este Tagung,1 lo Oculto, y para afirmar de entrada que esta conferencia se situará en esa coyuntura en la que la psicología no puede separarse totalmente de la religión -la religión como relación con la divinidad y como relación con la comunidad-, es decir, donde la psicología se ve arrastrada a considerar la teología y la política. La primera de estas afirmaciones es de un psicólogo, William James:

Si se nos pidiera que caracterizáramos la vida religiosa en los términos más amplios y generales posibles, podríamos decir que consiste en la creencia de que existe un orden invisible, y que nuestro bien supremo reside en ajustarnos armoniosamente a él. Esta creencia y este ajuste son la actitud religiosa en el alma.2

La segunda afirmación procede del principal diccionario teológico de Kittel, la entrada sobre «Apocalipsis».

Toda religión se ocupa de algún modo de la manifestación de la deidad. Consiste en eliminar la ocultación. No puede haber acceso directo a la deidad… la deidad está oculta. Incluso el hombre primitivo lo sabe. Por otra parte, no podría haber trato, y mucho menos comunión, con un Dios que permaneciera permanentemente oculto. En el sentido más amplio, por tanto, toda religión depende de la revelación… pertenece a la naturaleza de la deidad manifestarse. Lo que realmente cuenta es el método correcto.3

«Lo que realmente cuenta es el método correcto». Lo esencial no es la revelación como tal, sino la revelación correcta o, en palabras de Santiago, «ajustarnos armoniosamente» al orden invisible.

Las definiciones de revelación correcta pertenecen a la teología, mientras que las determinaciones de revelación errónea, falsa o engañosa pertenecen a la psicología anormal y a su categoría de paranoia (término que utilizaré para englobar a los paranoicos, paranoicos, etc.). En particular, en este estilo de comportamiento y en este tipo de carácter es donde encontramos intentos sinceros de ajustarse al orden invisible, vidas vividas para estar de acuerdo con la revelación que debe -siguiendo nuestras dos autorizadas afirmaciones iniciales- concederse la descripción de vidas vividas religiosamente. Y, sin embargo, la paranoia es una locura profunda, central, a menudo desastrosa y crónica. Aunque al principio nos centraremos en el método incorrecto, o paranoico, de revelación, nuestro objetivo va más allá, ya que suponemos que investigando lo incorrecto, o el engaño, podemos llegar a comprender lo correcto, o la revelación. Esperamos obtener incluso una mayor comprensión para entender por qué este lenguaje de lo correcto y lo incorrecto parece tan crucial en los contextos tanto de la paranoia como de la revelación.

Psiquiatría y paranoia

Paranoia: enajenación mental, locura, delirio, locura. Para + Noia: sobre pensar, mentalidad que está fuera de lugar, defectuosa, derouté, entgleist, dis-traída. Según Esquilo (Tebas, 756), fue la paranoia lo que hizo que Yocasta y Edipo fueran pareja. Según Eurípides (Orestes, 822), el asesinato de Clitemnestra fue una paranoia. En Platón (Theatetus, 195a), ese diálogo sobre el pensamiento correcto, la paranoia se utiliza para una persona que constantemente ve, oye y piensa mal, clasificando las cosas en lugares equivocados. Para Plotino (Enéada VI.8, 13: 4), paranoeteon se refiere a la desviación o relajación del razonamiento estricto.

Aunque se remonta al Corpus Hipocrático (donde paranoia aparece entre muchos términos similares –parakruein, paraphron, paraphrosyne, etc.), la palabra vuelve en su sentido común a medida que la psiquiatría se elabora a sí misma en nuestro sistema moderno actual, en particular a través de Rudolph Augustin Vogel, Johann Christian Heinroth, Wilhelm Sander, Carl Friedrich Otto Westphal, Karl Ludwig Kahlbaum y, finalmente, Emil Kraepelin, y con ellos las disputas en cuanto a su estructura, sus orígenes, curso y pronóstico, su tratamiento y, especialmente con Karl Jaspers, su naturaleza esencial. Porque si se pudiera establecer la definición esencial de la paranoia, entonces sí que podríamos definir la verdadera locura y atender a una mente enferma. Y la paranoia sigue atrayendo a mentes importantes a su red: Jacques Lacan, cuya disertación médica es sobre la paranoia; Elias Canetti, que concluye su gran obra, Masa y Poder, con un capítulo sobre «Gobernantes y Paranoicos».4

En el gran desfile de cuadros clínicos, esas imágenes inquietantes que presentan la historia de la psicología médica, la paranoia destaca como el único síndrome importante que no se ha reducido a la fisiología.5 Mientras que la manía y la melancolía, las esquizofrenias e incluso las personalidades patéticas se imaginan con bases orgánicas en la biogenética o la bioquímica, la paranoia sigue siendo, independientemente de la escuela que la defina, verdaderamente mental, un síndrome noético, un trastorno del nous.6 Puesto que la paranoia afirma la posibilidad genuina de que la Mente se vuelva loca, que hay Geisteskrankheit, la paranoia afirma la autonomía y la incontrovertible obstinación del Geist, y por lo tanto es un tema apropiado para Eranos.

Las preguntas psiquiátricas -¿cómo se origina?, ¿cuál es su estructura esencial, su curso característico y su posible remedio?- sitúan una investigación no sólo dentro de la fantasía médica de una entidad como enfermedad, sino también dentro del topos del realismo filosófico (en el sentido medieval) al que nosotros también nos adheriremos en este artículo incluso al examinar casos individuales. Supondremos que existe un referente para el término, que el término tiene una realidad sustancial, que se pueden analizar estados mentales aparte de las mentes individuales, que lo universal abarca e informa lo particular.

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Ya sea definida por los franceses como monomanie, folie raisonnante, délire chronique, o por la psiquiatría germanófona como primäre Verrücktheit, la característica determinante de la paranoia es la presencia de delirios (Wahnideen). «El delirio», escribe Niel Micklem, «es la esencia psíquica de la psicosis. La paranoia presenta el estado delirante más inmediata y abiertamente.»7 Así pues, la paranoia es efectivamente el trastorno mental paradigmático. Los delirios pueden ser de persecución (que me vigilan, me siguen, se burlan de mí); de celos (que mi mujer hace señales a los hombres a mis espaldas); de referencia -hipocondríacos, eróticos o querulantes- (que me ocurren diversos fenómenos por culpa de otros); y, en cuarto lugar, delirios de grandeza o megalomanía (que me llaman, que soy de alta alcurnia o que sobreviviré a una perdición venidera). Independientemente de lo peculiar que sea el delirio y de la duración o tenacidad con que se mantenga, debemos recordar lo que insisten todos los libros de texto, que «por regla general, el comportamiento, las emociones y el intelecto de los pacientes que sufren de este modo están bien conservados, de modo que si sus premisas fueran ciertas, su actitud general y su conversación pasarían por casi normales».8 «La conducta general, el habla y… las reacciones permanecen inalteradas.»9 «El deterioro del funcionamiento diario es raro. El funcionamiento intelectual y ocupacional suele estar preservado, incluso cuando el trastorno es crónico.”10

La psiquiatría clásica define el delirio simplemente como una creencia falsa. Una falsa creencia ordinaria es incorrecta, pero un delirio paranoide es incorregible; es impermeable a la persuasión por los sentimientos, a la lógica de la razón y a la evidencia de los sentidos.

Por ejemplo, este cuento psiquiátrico clásico. Un hombre cree que está muerto. Le dice a su familia: «Estoy muerto». La familia lo envía a un especialista. De inmediato, el hombre y el médico comienzan a discutir. El médico apela a sus sentimientos sobre la vida, sobre su familia. A continuación, el médico razona con él, mostrándole la contradicción inherente a su afirmación, que las personas muertas no pueden decir que están muertas porque eso es lo que significa estar muerto. Por último, el médico recurre a pruebas sensoriales. Le pregunta: «¿Los muertos sangran?». «Claro que no», responde el paciente, desdeñoso de la lenta simplicidad de la mente médica, «todo el mundo sabe que los muertos no pueden sangrar». El médico le pincha el pulgar. Paciente y médico se quedan mirando la burbuja de sangre. «Pues, sabe qué, doctor», dice el hombre, «¡los muertos sí sangran!».

Incorregible. Las percepciones y los razonamientos apoyan, más que contradicen, que está muerto. Los sentimientos, la razón y los hechos contribuyen a las defensas explicativas y sistematizadas de la experiencia primaria, una experiencia primaria que es un estado de conocimiento, una realidad noética en la que el paciente está fijado y que da sentido a todos los demás acontecimientos. «… el entorno ofrece un mundo de nuevos significados. Todo pensamiento es un pensamiento sobre significados… Hay un conocimiento inmediato e intrusivo del significado, y es esto lo que constituye en sí mismo la experiencia delirante.»11 La paranoia es un trastorno del significado.

Y ahora la pregunta: ¿Podemos distinguir el engaño -este «conocimiento intrusivo inmediato», este «momento de fijación» de modo que «la conciencia del significado, y por tanto de la realidad, se vuelve engañosa»12– de la revelación, tal como la define Richard Niebuhr: «Revelación significa este acontecimiento inteligible que hace inteligibles todos los demás acontecimientos».13

A continuación examinaremos tres casos con el fin de distinguir el engaño de la revelación.

Tres casos

Nuestro primer caso es el de Anton Boisen, pastor presbiteriano, autor de numerosos trabajos sobre psicopatología, psicología pastoral y religión, que publicó en 1960 el relato de su crisis nerviosa cuarenta años antes.14 En su prólogo, Boisen escribe: «Ofrezco esto como un caso de experiencia religiosa válida que fue al mismo tiempo locura de la variedad más profunda e inconfundible.» A los cuarenta y cuatro años, antes de asumir su primera Iglesia, se recluyó para examinar su experiencia religiosa y formular una Declaración de Creencias (78). Mientras escribía la Declaración, señala después, se produjo en el tercer párrafo una «transición hacia un estado anormal» (81). Señala un momento exacto: «De repente surgió en mi mente con tremenda fuerza esta idea» (81) «de que los débiles y los imperfectos deberían estar dispuestos a dar sus vidas, los imperfectos por los perfectos y los débiles por los fuertes… que la familia debería consistir de cuatro y no de dos, de los fuertes y los perfectos y de los ángeles guardianes» (80). «Junto con esto vino un curioso esquema que copié mecánicamente y repetí una y otra vez, como si aprendiera una lección» (81): un esquema cuádruple de los débiles, los fuertes, los perfectos y los imperfectos (82, 88). «El impacto fue tremendo y me sentí como atrapado en otro mundo» (82).

«Todo empezó entonces a arremolinarse. Parecía que el mundo se acababa. Algún tipo de cambio se avecinaba. Sólo unos pocos átomos diminutos que llamamos ‘hombres’ iban a salvarse. Yo iba a ser uno de ellos. Sin embargo, podría ayudar a otros» (83).

Tres días después, Boisen fue llevado al Hospital de Psicópatas de Boston, y permaneció bajo atención médica durante quince meses, a veces violento -cantando y gritando y golpeando el cristal (87, 94). Hablaba de morir para poder nacer de nuevo (107); en repetidas ocasiones se golpeó la cabeza contra una pared de ladrillo (106) e intentó ahogarse en la habitación de la bañera, donde pasó muchos días en vigilia en el suelo. En la primera carta que escribió junto con su Declaración de Creencias, Boisen dice: «el motivo que me ha sostenido durante todo este asunto es la convicción de que realmente estaba actuando en obediencia a un mandato divino» (85). Siguió dominado por la «idea del inminente desastre mundial y… la familia de cuatro», que se convirtió en un diagrama circulatorio cuaternario que conducía a un centro (88). La familia de cuatro sería un medio de prevenir la infección sifilítica (119). Durante este período de intensa ideación delirante, «parecía que el mundo era todo oídos, y que las palabras que yo había pronunciado traerían mi perdición» (86); «logró subir al sol» y se ocupó persistentemente de la luna (100), donde se encontraba a veces y «donde todos los intereses se referían franca y abiertamente a … la reproducción y el sexo … al llegar uno a la luna era probable que el sexo cambiara y … los médicos trataban de determinar si uno era hombre o mujer». Se descubrió que no era ninguna de las dos cosas (94), aunque creía que el sacrificio significaba «convertirse en mujer» (89) y que él era la mujer Magdalena y tenía «que volverse loco para casarse» (89). Además, creía que «debía descender al nivel más bajo posible» y a menudo adoptaba posturas desnudo en el suelo (120), lo que provocaba que los asistentes le golpearan con dureza (100).

Boisen estaba continuamente ocupado en pensar, a menudo en planes para derrotar a sus enemigos que requerían una «vigilancia constante» (120). Los médicos no eran de fiar. «Todo tenía un significado más profundo. Los pacientes… los asistentes y los médicos. Los diferentes tipos de comida significaban algo… y siempre era difícil saber qué comer y qué no» (120). Estaba inmerso en un gran acontecimiento cósmico, «se estaban formando nuevos mundos. Había música por todas partes, ritmo y belleza» (89). Un corderito nacía en una habitación del piso de arriba (90) y, al mismo tiempo, se producía una terrible catástrofe mundial – «la civilización cristiana parece condenada» (119)-, todo lo cual producía una «lucha titánica que aún no estaba decidida» y que a veces dependía sólo de él (107). Para orientarse, abrió la Biblia al azar (53-54), concluyendo, al mirar cuarenta años atrás, que «aquí había algo más que coincidencia… Aquellos pasajes de las Escrituras se referían con asombrosa franqueza a las cuestiones más importantes en su mente». (200).

Boisen se recuperó. Su relato de la recuperación incluye, por supuesto, la comprensión del trastorno. Por insight entiendo aquí un desplazamiento o tropo dentro de una revelación, de modo que la misma idea adquiere un sentido diferente. Este desplazamiento es precisamente lo que buscamos, pues sería nada menos que un medio para distinguir entre el método de revelación correcto o religioso y el incorrecto o psicopatológico. Los delirios convencieron a Boisen de que «el pabellón psicopático era el lugar de encuentro entre este mundo y el mundo del más allá» (119), y de que había roto un muro entre la medicina y la religión (91, 119). Consideraba que la recuperación derivaba, no del restablecimiento del muro que repudia los delirios, sino por «el fiel cumplimiento del propio delirio» (101) debido a «las fuerzas curativas de la religión que era en gran parte responsable del estado perturbado» (99). Los contenidos de los delirios que enumera (204-5) como ideas de renacimiento, autosacrificio, muerte y desastre mundial, identificación mística con el cosmos y misión profética son auténticamente religiosos y, como tales, son las fuentes tanto de la aflicción paranoide como de la recuperación de la misma. En su vida, Boisen mantuvo la abertura en el muro entre medicina y religión, llevando a cabo fielmente su delirio, que era también su vocación.

Del relato de Boisen podemos extraer tres factores que hicieron incorrecta su revelación (Kittel), que hicieron inarmónica su adaptación al orden oculto (James). En primer lugar, dice: «Fui demasiado lejos e intenté universalizar mi propia experiencia» (104-5). En segundo lugar, «la falacia fundamental era suponer que una idea tenía autoridad por la forma en que había surgido» (98). «Llegaron a mi mente con tanta prisa» (99). En tercer lugar, estas ideas «derivaban su autoridad del hecho de que eran absolutamente diferentes de todo lo que había pensado u oído antes» (ibíd.).

En resumen, deduzco de Boisen que la revelación aparece en el pabellón psicopático cuando se ha universalizado, llega con una avalancha de entusiasmos y se revela como algo totalmente distinto y novedoso. Se atribuye a sí mismo estas falacias, el mea culpa habitual del hombre imperfecto.15 Pero, si las revelaciones llegan así, ¿por qué culpar sólo al receptor? ¿No podría estar también el origen en la propia naturaleza de la revelación?

Cuando los delirios paranoides son religiosos en contenido y estilo, entonces la religión ofrece cobijo a la paranoia. El dios en el trastorno lo trae y lo quita; pero el dios no se va con la enfermedad si somos fieles, como dice Boisen, al propio delirio. Recuperar significa recuperar lo divino desde dentro del trastorno, viendo que su contenido es auténticamente religioso. Estos delirios pueden, a posteriori del análisis, ser psicógenos; fenomenológicamente, sin embargo, son teógenos, se originan en un dios. No son sólo mentales, sino también noéticos. Podemos atribuirlos no sólo a la psicodinámica invisible (inconsciente) de la mente humana, sino también a la dinámica del propio orden invisible. Rilke no necesita perder sus ángeles, ya que el pabellón psicopático es también un lugar de epifanía; las disciplinas que allí se soportan son del espíritu, el recinto también una escuela de teología.

El hospital como lugar para conocer al dios oculto mediante delirios es el tema principal de nuestro siguiente caso.

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Este segundo caso, el de John Perceval, es de nuevo una cuidada autobiografía del trastorno paranoide. John Perceval, nacido en 1803, era hijo del primer ministro británico, Spencer Perceval, asesinado en la Cámara de los Comunes en 1812. Al igual que la juventud de Boisen, la de Perceval también se vio perturbada por cuestiones religiosas.

No podemos encontrar el momento exacto en que comenzaron los delirios de Perceval, ya que la oración y el ayuno, así como las visiones y los entusiasmos en el seno de una secta, precedieron inmediatamente a su encarcelamiento, que duró tres años (1831-34).16 De todos modos, los criterios de la locura paranoica son a menudo sociales: dentro de una secta, los comportamientos y las experiencias son menos marcadamente extraños y más conformistas con las normas de la secta que cuando se manifiestan solos o en la vida secular habitual.

Perceval sí señala un momento concreto, el 19 de diciembre, cuando, habiendo sido invitado a cenar, «quería que yo hablara en una lengua desconocida, y que hiciera otras proezas maravillosas ante esta familia, para convencerlos» de sus doctrinas religiosas (27). «Estaba en un estado de gran excitación… urgido e inducido a intentar hablar y cantar… se dice en las Escrituras que los discípulos deberían hacer maravillas, y… se me ocurrió meter la mano en el fuego» (28). Luego se despertó por la noche con voces que se dirigían a él y un fuerte conflicto en su cuerpo «entre Satanás y Jesús». Como a Boisen, se le ordenó tomar «una posición en el suelo» (29). Percibió que su cuerpo era mitad blanco y mitad escarlata (30). Llamaron a un médico. A Perceval le pusieron una camisa de fuerza de cuero.

El relato de Perceval ocupa dos volúmenes. El contenido elabora el patrón que vimos en Boisen: tormento interior; voces, violencia, cantos, intentos de suicidio; fascinación por las bañeras; sumisión a las degradaciones («Casi dejé … casi dejé de resistirme a cualquier tentación y me entregué a todos los sentimientos y pensamientos bajos, rastreros, viles y a menudo salvajes que se apoderaban de mí» (308); escenas desvergonzadas, obscenas y lascivas (151); persuasión de que «se acercaba el momento del fin» (11), y referencias siempre presentes al Espíritu Santo, al Todopoderoso o a la Divinidad; un odio amargo e iracundo hacia la hipocresía de sus médicos, cuyas medidas médicas buscaban reducir al paciente al «autorrepudio» (xiii); un impulso de luchar y besar a su cuidador (280) y el amor por otro hombre (170); y, por supuesto, deliberaciones inmensamente engorrosas que giraban en torno a los significados de todo y las intenciones de los pensamientos, las sugerencias y los mandatos a los que estaba perpetuamente sujeto. Su narración es descriptiva de una mente que trabaja desesperada e incesantemente para comprender la «intravagancia» de lo que se le obliga a pensar, presenciar, oír y obedecer.

Perceval escribe:

No me daba cuenta ahora de que estaba loco… Me imaginaba… que me habían puesto aquí «para que me enseñaran los espíritus», es decir (porque todos hablaban en diferentes tonos y medidas, imitando generalmente las voces de parientes y amigos), para aprender cuál era la naturaleza de cada espíritu… si un espíritu de diversión, de humor, de sinceridad de honestidad, de honor, de hipocresía, de perfecta obediencia, o qué no, y adquirir conocimiento para responder a … cada uno, como ellos a su vez se dirigían a mí. (60)

Estaba, como dice, «rodeado de cuerpos espirituales» (285), espíritus personificados en la forma de sus compañeros de asilo, que entonces se llamaban Honestidad, Simplicidad, Contrición, Jovialidad, «según sus caracteres» (267). Las cualidades del carácter tienen una historia de personificación que se remonta hasta Teofrasto. Estaba aprendiendo la psicología del carácter, cómo notar las fisonomías individuales, diferenciar sus percepciones de los sentimientos por medio del trato diario con cuerpos espirituales que eran también sus compañeros de prisión y guardianes. En resumen, se le enseñaba a discernir los espíritus, diakrisis.

La experiencia de Boisen fue similar: «Los pacientes que me rodeaban eran en-carnaciones de espíritus buenos y malos» (120). El discernimiento de los espíritus es un don religioso, un signo del Espíritu (según Pablo [1 Corintios 12: 7-11]) como el don de curar, de conocer, de hablar en lenguas, de hacer milagros, etcétera. La interpretación religiosa que tanto Boisen como Perceval dan a sus delirios paranoicos implica que todo el enfoque humanista y secular de la terapia será experimentado por el paciente como la obra del anticristo, porque ignora deliberadamente, e intenta someter, la cualidad noética y espiritual de las revelaciones. Podemos extraer la lección para nuestro propio tiempo y nuestro propio trabajo de que los intentos de humanizar a los pacientes a través de la terapia de grupo y los encuentros sentimentales errarán el blanco mientras estas medidas no reconozcan al mismo tiempo lo que los propios delirios afirman: las personas no son meramente personas, los humanos no son meramente humanos; los cuerpos también son encarnaciones, que revelan en sus características y aspecto presentaciones arquetípicas del espíritu. Una persona humana individual es también siempre portadora de verdades eternas que la psicología no secular y no agnóstica percibe como daimones o espíritus.

Sin embargo, es sobre su noción de curación sobre la que quiero llamar especialmente su atención. Recuerden que Boisen, al revisar su cura, declaró: «Fui demasiado lejos e intenté universalizar mi propia experiencia». Boisen también notó a los pocos meses del inicio que «las cosas funcionan más literalmente de lo que había previsto». Hace de la vida un asunto muy severo y exigente» (111). Perceval insiste mucho en estos dos puntos: universalismo y literalidad. Escribe:

Sospecho que muchos de los delirios que… padecen los locos consisten en que confunden una forma de hablar figurada o poética con una literal… el espíritu habla poéticamente, pero el hombre lo entiende literalmente. Así, oiréis a un loco decir que es de hierro y que nada puede quebrantarle… El espíritu quiere decir que este hombre es fuerte como el hierro… pero el loco toma el sentido literal… su imaginación no está bajo su propio control… de ahí no se sigue que las cosas que se ven en el espíritu deban practicarse en la carne. (270-71, 307)

De nuevo, escribe :

Así, la locura es también confundir una orden que es espiritual con una que es literal, una orden que es mental con una que es física, y así concibo cuando se me ordenó besar y luchar con Herminet Herbert, la intención era cultivar tales y tales disposiciones hacia él, no prácticamente poner las palabras en ejecución. (279)

Perceval abre aquí una vía para comprender esa reacción paranoica llamada pánico homosexual, quizá pánico psicótico en general. Va de la mano del concretismo psicótico. El pánico implica una percepción única y natural, lo que Perceval llama «físico». Así como cuando se tiene pánico se literaliza, cuando se literaliza se es susceptible al pánico de poner «palabras en ejecución», una reacción premetafórica: el fundamentalismo arcádico de Pan.17 Respuesta primordial irreflexiva, la reacción «todo o nada» es siempre inmediata para la mente incrustada en lo uninatural. Pan, el gran dios de las reacciones naturales, deseaba por encima de todos a Silene, la luna de la luz reflejada y el ritmo medido. Así la locura, en virtud de su intensa mentalidad, sofistica, destilando en las constricciones y regulaciones del asilo las compulsiones pánicas de la materialidad primaria en el cultivo de las «disposiciones».

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La educación de Perceval en la realidad psíquica, en la distinción entre espíritu y letra -y su confusión, que, en términos modernos, se convierte en «acting-out»- le llevó más allá de esa ingenua comprensión de la psicología cristiana que identifica mente y acción: «Todo el que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella» (Mateo 5:28).

De hecho, cuando «la imagen expresa de una hembra de gran belleza, casada con uno de mis amigos, se le apareció» a Perceval mientras «yacía en la orilla cubierta de hierba en el patio de mi miserable prisión», se une a él y le llena de consuelo (308), Perceval recibe esta imagen y las de otras hembras desnudas «en acciones de refinada voluptuosidad» (306) como cuerpo sutil. Son tomadas como figuras imaginarias, imágenes que curan.

Las distinciones noéticas de la imaginación se convierten finalmente en lo que le cura. Reflexionando sobre sus tres años, presenta al final de su relato su teoría de la locura.

Concibo, pues, que la locura es también un estado de confusión del entendimiento, por el cual la mente confunde las órdenes de un espíritu de humor, o de ironía, o de chanza; que muchas mentes se encuentran en este estado; que, tal vez, éste sea el estado de toda mente humana… Quiero decir que en las operaciones del intelecto humano, la Divinidad… que en el malentendido o perversión de esta forma de dirigirse puede consistir el pecado original; o que tal malentendido… es la primera consecuencia del pecado original (si es que existe)… haciendo falsa toda deliberación, concepción y acción futuras. De ahí, imagino, que los que profesan la religión sean a menudo tan hipócritas. (281)

A continuación, explica su propia ambivalencia agónica de querer y no querer al mismo tiempo, ambivalencia que le torturó durante todos sus estados delirantes. Continúa:

De ahí, me imagino, surge también el gran misterio de que habla San Pablo: «Lo que quiero, no lo hago; lo que hago, no lo permito»… porque la mente del hombre, caída del estado de gracia, piensa con espíritu de humor, como si ese espíritu fuera un espíritu de verdad. (281)

Porque esto, de nuevo, es … locura, confundir un espíritu de humor … con un espíritu de sinceridad, o, como dicen los franceses, tomarlo «au pied de la lettre». (275)

¡Toda una revelación! El hombre caído es el hombre sincero es el hombre loco; porque, habiendo perdido el espíritu de humor, que es el estado de gracia, toma la levedad del espíritu de Dios por la gravedad de la verdad. De la levedad a la gravedad: esto es la Caída.

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Perceval -sin decirlo directamente, por supuesto- llega aquí a la etimología del delirio: de-ludere, jugar, burlarse, mofarse, como si el espíritu hablara juguetonamente, ridículamente, alusivamente. El espíritu habla ilusoriamente, digamos, o paranoicamente: el Verbo es elíptico, parabólico, bromista, juega con nuestras mentes definidoras. El discurso del espíritu se vuelve psiquiátricamente delirante cuando se oye como verdad, mandato, misión, profecía. El Todopoderoso piensa con espíritu de humor, un dios embaucador; Dios, un niño jugando (Heráclito, ed. Diels-Kranz, fr. 52); Dios jugando con Satán sobre Job. Dios, oscurecido con Mercurius, como diría Jung. Perceval escribe que «obedecía al espíritu del humor, que me hacía intentar engañar a mis espíritus» (113). (En cuanto a la gracia del humor, les recuerdo la conferencia de David Miller sobre la comedia aquí hace diez años:18 el retorno de Eranos a los mismos temas eternos. )

Perceval concluye: «El Todopoderoso condescendió a curar por la imaginación lo que, con engaños a la imaginación, había herido, roto y destruido» (308). Estaba aprendiendo no a repudiar los delirios, a expulsarlos, sino, como decía Boisen: «La curación ha consistido en llevar a cabo fielmente el propio delirio», pero como desilusión, de un modo lúdico, aprendiendo a eludir los delirios, a engañar al embaucador, utilizando la imaginación para curar la imaginación.

Incluso declara:

Cuando envejecí en mis aflicciones, descubrí que ningún paciente podía escapar de su confinamiento en un estado mental verdaderamente sano sin … admitir … que el engaño y la duplicidad son consistentes con una conciencia sana No podía buscar la salud mediante una conducta sana. No podría recuperar la cordura, sino por vías que sólo la locura puede justificar. (125)

Así, Perceval, al resumir su cura, utiliza de repente una extendida concepción metafórica de Mercurius y las dos serpientes de su varita como los constituyentes masculino y femenino de la naturaleza humana de dos caras. «El más débil o más femenino» trae «humor, alegría y jolgorio [que] son necesarios para la flexibilidad de la mente» (311). Vivió hasta los setenta años y, como Boisen, se casó después de su liberación, manteniendo, como Boisen, hasta la vejez una activa preocupación por las leyes sobre la locura (viii) y la difícil situación de los locos. Esto es interés social: Gemeinschaftsgefühl.

Al final de la Narrativa de Perceval, descubrimos que nuestro autor sigue viendo visiones y oyendo voces. Las personas hablan en sus sueños. La curación no consiste en su erradicación. Relata estos fenómenos con imaginación: «No les prestaba más atención que a mis propios pensamientos, o que a los sueños, o a las ideas de los demás» (329). Se niega a literalizar incluso su propia comprensión de la realidad psíquica: «Tampoco pretendo determinar cuál fue la naturaleza de las influencias por las que me desvié. Otros pueden esperar que, como profeso estar en mi sano juicio, debería ser capaz de expresar una opinión decidida; pero yo considero… que no estaría en mi sano juicio si no dudara… Dejo que otros determinen… [esas influencias]» (326). Por encima de todo, ha aprendido a dudar, y está en su sano juicio, ya que fue a su incapacidad o falta de duda a lo que atribuyó la causa fundamental de su locura. «He perecido de un error habitual de la mente, común a muchos creyentes… el de temer dudar» (37).

Al final, dice, tuvo la tentación, en vista de su largo sufrimiento, de interpretar una imitatio Christi, «pero me negué resueltamente… con todos los defectos, así como con toda la sinceridad de un hombre natural: un inglés sencillo y muy débil» (329). Así concluye la Narrativa de Perceval.

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Nuestro último caso de tres, la autodescripción más famosa de la literatura, es la del Senatspräsident Daniel Paul Schreber, nacido en Leipzig en 1842. Su Denkwürdigkeiten eines Nervenkranken, publicado en 1903, relata nueve años de clínica, 1893-1902.19

Schreber escribe hacia el principio de su volumen de quinientas páginas:

Las voces que me hablan han subrayado diariamente desde el comienzo de mi contacto con Dios (mediados de marzo de 1894) [nótese de nuevo el intento de fijar una fecha exacta del comienzo]:(20) el hecho de que la crisis que estalló en los reinos de Dios fue causada porque alguien había cometido un asesinato de almas. (23)

El asesinato del alma se ha convertido desde entonces en el título de un libro que explica el caso de Schreber en términos de su infancia, cuando su alma fue supuestamente asesinada por un padre cruelmente represivo (recordado gratamente por haber inventado el Schrebergarten), que promulgaba una Erziehungslehre con restricciones mecánicas -su Pangymnastikon era un programa de fitness de las primeras máquinas Nautilus- cuyo objetivo era el «direktes Niederkämpfen» del deseo en la infancia.

En su lugar, nos dirigimos a la edad adulta de Schreber, a su logro más apasionado y sostenido, sus memorias, el contenido de la psicosis, de acuerdo con el método de Jung, intentando tanto prever lo que experimenta el paciente como dar cuenta de estas experiencias tal y como el paciente da cuenta de ellas. Si escuchamos los contenidos de un paciente, ¿por qué no también los pensamientos cuidadosamente construidos del paciente sobre los contenidos? Estos también son contenidos. Quedarse con las imágenes, ser fenomenológico, significa también escuchar los delirios que explican los delirios. Lo esencial de la paranoia es el significado que el paciente le da, su pensamiento sobre ella. Y este pensamiento no puede separarse de los delirios. «[E]l pensamiento de la revelación descansa sobre la revelación misma».21 «La revelación… es la premisa de todo razonamiento».22 Los delirios invitan a su propio relato teórico, que, por el contenido religioso de los delirios, no es otra cosa que una teología. «La comprensión de la revelación original es lo que llamamos teología».23 La megalomanía religiosa trae consigo una teología megalómana. La teología se convierte en el contenedor, el guardián, de la experiencia paranoica. Boisen dijo que actuaba «en obediencia a un mandato divino».24 Schreber escribe que era su «tiempo sagrado»: «Debido a mi enfermedad entré en relaciones peculiares con Dios». Schreber se dedicó durante esos nueve años a una tarea monumental: «Tenía que resolver uno de los problemas más intrincados que jamás se hayan planteado al hombre y que librar una batalla sagrada por el mayor bien de la humanidad» (146). Esta batalla consistía en comprender el conflicto en el reino de Dios y el «Orden del Mundo». La crisis del orden se debía a que Dios ignoraba a los seres humanos vivos: «Estaba acostumbrado a tratar sólo con cadáveres o, en el mejor de los casos, con seres humanos que yacían dormidos (soñando). Así surgió la exigencia casi monstruosa de que me comportara continuamente como si yo mismo fuera un cadáver» (141). Dios «sólo veía a los seres humanos vivos desde fuera». «Su omnipresencia y omnisciencia no se extendían dentro del hombre vivo» (30). No era, en nuestros términos, ni psicológico, ni existencial, ni fenomenológico. Este era un enorme fallo en el Orden del Mundo, y Schreber estaba llamado a resolver este problema dentro de Dios -nada menos que reordenando el cosmos que, de nuevo en nuestros términos, significa hacer a Dios consciente de sus fallos. La comunicación con las antesalas del Cielo, con los dioses superiores e inferiores (Ahriman y Ormuzd) y con la gente pequeña (flüchtig hingemachte Männer) se produjo por medio de rayos nerviosos, lenguaje nervioso, Grundsprache y das Aufschreibesystem (126) que finalmente se convirtieron en las Memorias, pero todo ello tenía una tarea esencialmente teológica. La profunda reordenación de Dios y el Mundo desordenó profundamente a Schreber incluso mientras «ponía a prueba» su alma (14).

Estas ideas religiosas básicas permitieron a Schreber sobrevivir a su tormento. «Sólo puedo ver», escribe al final de su libro, «un verdadero propósito en mi vida si consigo exponer la verdad de mis supuestos delirios para que… la humanidad obtenga una visión más verdadera de la naturaleza de Dios» (p. 352).

El tormento sigue el patrón que ya hemos visto en Boisen y Perceval: violencia e intentos de suicidio; bramidos y cantos; preocupación por los significados y ambivalencia en las acciones; operaciones dolorosas aunque milagrosas en los órganos del cuerpo; vigilias sin dormir; degradaciones; fascinación solar y Mondscheinseligkeit; pensamientos de catástrofe mundial y visiones de belleza; la fe en su importancia individual – «mi persona se ha convertido en el centro de los milagros divinos» (252)-, un odio y una desconfianza encarnizados contra los médicos, el aprendizaje de la comunicación con los espíritus, y, todo ello, una concentración incesante, intensa y desconcertante en el sentido de Dios, la agonía de teologizar, en medio de la larga monotonía de la vida exterior. «La razón de mi inmovilidad… que consideraba la pasividad absoluta casi un deber religioso» (141).

La sexualidad erótica impregna los delirios de Schreber. Lo llama voluptuosidad y su objetivo, Entmannung. Este componente también está presente en los relatos de Boisen y Perceval. Bleuler ha escrito que la identidad sexual incierta (ambigüedad de género, neutralidad o androginia) está presente en casi todos los casos de esquizofrenia paranoide. Pero ya aquí, antes de volver sobre este tema, tengamos cuidado de distinguir entre unmanning y afeminamiento voluptuoso, por una parte, y deseo homosexual, por otra.

El proceso de Entmannung de Schreber comenzó incluso antes de la idea del asesinato del alma, antes de la ruptura en noviembre y del contacto especial con Dios. Schreber relata esta experiencia onírica:

Una mañana, mientras aún estaba en la cama… tuve una sensación que… me pareció muy peculiar. Era la idea de que realmente debía ser bastante placentero ser una mujer sucumbiendo al coito. Esta idea era tan ajena a toda mi naturaleza que… la habría rechazado con indignación, si hubiera estado completamente despierto. (36)

«Esta idea era tan ajena a toda mi naturaleza» recuerda Schreber, diciendo que sus ideas eran tan absolutamente diferentes de todo lo que había pensado antes. La alteridad de la idea, no mía, no inventada por mí, golpea como una fuerza sin anticipación; una anunciación del totaliter aliter como acontecimiento inteligible que hace inteligibles todos los demás acontecimientos (la definición de revelación de Niebuhr). Esta súbita revelación de la alteridad en una idea plenamente formada que experimento como externa a mí, confiere a la idea una autoridad espiritual suprema. Su fundamento, ajeno a mis sentimientos, a la tradición, a la razón, es totalmente otro, el totalmente otro, el fundamento incorregible y numinoso de Dios.25

Por supuesto, los delirios no sufren corrección más que las revelaciones. «Cada ejemplo histórico muestra que la revelación se establece sólo por sí misma, no por otra cosa».26 Por supuesto, debo preguntar qué pretensión tiene esta idea sobre mí, quién soy yo para que esto haya venido a mí, cuál es mi papel de señal. Y así comienzan, a partir de ese momento fijador (Micklem), de esa Schlüsselerlebnis (Kretschmer) de mediados de marzo, o del 6 de octubre o del 19 de diciembre, los rasgos reconocibles de la megalomanía: inicio epifánico, ansiedad profética de reordenación cósmica, incorregibilidad fundamentalista, grandeza de mi persona singularizada y unicidad de visión o monomanie, y la teologización apasionada, es decir, las explicaciones sistematizadas de la revelación primaria o primäre Verrücktheit.

En el caso de Schreber, necesario para la reordenación cósmica y concomitante con ella a lo largo de los nueve años en el hospital e incluso después, fue el proceso, al principio agonizante, luego cada vez más placentero, de Entmannung, unmanning, que no significa emasculación en el sentido más estricto, sino eliminación de la categoría masculina (51). Schreber experimentó la retracción del miembro masculino, genitales femeninos rudimentarios, hinchazón de los senos, aceleración del embrión. Las voces le llamaban señorita Schreber. Su estatura disminuyó, adoptando la apariencia de la forma femenina y, tras la liberación, siguió cultivando la «feminidad» llevando cintas y joyas, cosiendo, quitando el polvo y haciendo las camas, y contemplando fotos de mujeres desnudas.

Unmanning no pretendía el amor de los hombres, homoeros en el sentido literal, homosexual. Su intención no era tanto la afeminización como el ánima, el alma, y procedía de la voluptuosidad, una voluptas siempre en desarrollo; Voluptas, el niño en el vientre de Psique embarazada en el cuento de Apuleyo. La voluptuosidad «es la forma de existencia del alma dentro del Orden del Mundo» (332). «Este estado de Bienaventuranza es principalmente un estado de goce voluptuoso (Wollust), que … necesita la fantasía de ser o desear ser un ser femenino» (337). «El desprecio varonil de la muerte, tal como se espera de los hombres … como los soldados y especialmente los oficiales en tiempo de guerra, no está en la naturaleza del alma» (333).

Todos los días hay períodos en los que floto en la voluptuosidad… una indescriptible sensación de bienestar que corresponde a los sentimientos femeninos… No siempre es necesario dejar que mi imaginación juegue con cuestiones sexuales; en otras ocasiones, como cuando leo una parte especialmente conmovedora de un poema, cuando toco una pieza de música en el piano que me agrada especialmente desde el punto de vista estético, o cuando disfruto de la naturaleza… la voluptuosidad del alma crea… una especie de anticipo de la Bienaventuranza. (336)

Como ya sabrán, Schreber regresó con su mujer y a su casa en 1902 (a los 60 años). Ejerció como abogado durante unos cinco años; publicó su libro. Dos semanas después de la muerte de su esposa, en 1907, volvió a ingresar en un hospital psiquiátrico, donde murió cuarenta meses más tarde, a los 68 años.

Schreber no se curó; Perceval sí. A partir de Perceval podemos empezar a entender por qué Schreber no lo fue. Los relatos de ambos hombres son récits, al menos en parte en el sentido de Corbin,27 es decir, testimonios escritos de experiencias imaginarias de revelación, pero los dos relatos difieren. Perceval dice que el espíritu habla poéticamente y el lunático toma el sentido literal. Para Perceval, la locura es literalismo, el literalismo es locura. Pero Schreber escribe que a menudo observó almas o rayos que aparecían como diminutos hombrecillos: «Hay que suponer, por tanto, que la capacidad de transformarse en forma humana… es una potencialidad innata de los rayos divinos. De este modo se arroja una luz totalmente nueva sobre la Biblia: ‘Creó al hombre a su imagen’ … este pasaje de la Biblia debe entenderse literalmente, lo que ningún ser humano se ha atrevido a hacer hasta ahora» (256).

Además, donde Perceval superó su miedo a dudar, Schreber confiesa (29) que él era un escéptico «hasta que la revelación divina me enseñó mejor». Al final de su relato, Perceval habla de sí mismo como un «inglés llano y muy débil». Schreber, al final de su relato, ofrece «mi persona como objeto de observación científica para el juicio de los expertos», incluyendo la «disección de mi cuerpo, que proporcionará pruebas rigurosas» (358). Así como la literalidad es locura, también lo es la misión. Perceval transformó la misión en preocupación por los lunáticos. Schreber literalizó la misión y la convirtió en la prueba de su reivindicación privada.

Schreber -después de nueve años- reconoce la burla y la broma en los delirios, diciendo: «se juega una especie de broma pesada con las cosas que yo uso más comúnmente» (352). Esta ambigüedad jocosa aparece de forma significativa en lo que Schreber llama «el sistema de no acabar una frase», «ideas inacabadas, o sólo fragmentos de ideas», que «se hizo cada vez más frecuente con el paso de los años» (217).

A Perceval le ocurría lo mismo con el lenguaje: «… en medio de mi frase… se han sugerido palabras contradictorias de las que iban antes; y he quedado desierto, boquiabierto, sin habla, o tartamudeando en gran confusión» (269). «Una palabra se pone por otra, y una letra se transpone con otra, y como la mente por una ley positiva siempre piensa en contrarios al mismo tiempo … la palabra que se utiliza por error es la contraria a la que se pretendía. Lo universal por lo particular, lo afirmativo por lo negativo, y cosas semejantes» (290). «El que gobierna la imaginación tiene el poder de … cubrir palabras escritas o impresas con otras palabras o letras que no están allí … y generalmente ocurre en pequeñas palabras que desvirtúan todo el sentido de una frase; como no, por sí … diferente, por similar; o en palabras similares, humor, por honor; charlatán, por rápido; y muestra, por simple» (310).

Fragmentos autocontradictorios, con juegos de palabras, aforísticos, incompletos, harían imposible la literalidad desde sus raíces, en las propias palabras y letras. El síntoma propone la cura del síndrome. La filosofía sigue tratando de establecer qué significan literalmente los fragmentos de Heráclito, a pesar de que se dice que el propio Heráclito dijo (ed. Diels-Kranz, fr. 93) que el habla que se origina en el espíritu no se oculta ni se revela, sino que se insinúa. Ni ocultación ni revelación. Estos opuestos confunden. En su lugar: insinuación, sugerencia, alusión.

Este «discurso entrecortado… la vena de poesía que recorrería su discurso»28 se ofrece a Schreber en el «sistema-de-no-terminar-una-frase», presentando también el estilo lingüístico de la creación continua, la Palabra como abierta, incompleta, el enunciado no terminado. Sin embargo, Schreber afirma que «dejé a mis nervios completar los fragmentos de forma satisfactoria para una mente pensante» (217). Al escribir sus Memorias en frases, convirtiendo el Aufschreibesystem en un libro publicable -en un principio concebido sólo como un relato privado para su esposa-, el juez Schreber fija las creencias en las declaraciones completas de su locura. Su libro lo convierte en «El caso Schreber». Mientras escribía su Declaración de Creencias, Boisen enloqueció por primera vez. La revelación escrita en declaraciones racionales puede convertirse en teología, y también en locura.

Freud y Jung

Dado que Daniel Paul Schreber ha sido nombrado «el paciente más famoso de la psiquiatría»29 y que Sigmund Freud ha sido el psicoanalista más citado de la psicología médica, la tradición nos obliga a fijarnos en lo que ese analista dijo sobre ese paciente.

El análisis de Freud de las memorias de Schreber y los posteriores trabajos de Freud sobre la paranoia interpretan las cuatro configuraciones principales de los delirios paranoicos como modos de negación del deseo homoerótico. Freud no incluye en su esquema el Abstammungswahn, el sensitiver Beziehungswahn, los delirios hipocondríacos, la querulousness litigiosa u otros delirios denominados por sus contenidos o estilos principales. Éstos, sin embargo, podrían subsumirse en uno u otro de los cuatro clásicos (esbozados a continuación) de los que nos hemos ocupado con estos tres: delirios de grandeza o megalomanía; de referencia erótica («todo lo que sucede es en referencia a mí», decía Schreber); y de persecución ya sea por enemigos, médicos, familiares, espíritus o Dios.

De los cuatro, la megalomanía parece ser el más abarcador e incluso de otro orden en que los delirios de referencia y persecución, en los tres de nuestros casos siguieron necesariamente de la grandiosidad religiosa primaria. Sus otros tormentos y meditaciones derivaban directamente de su relación especial con Dios. Si nos conformáramos con el método de Freud de reducir toda paranoia a una etiología única (negación del deseo homoerótico), más bien afirmaríamos que esa etiología es un intento de vivir armoniosamente con el sentido oculto, y la paranoia se definiría como la demostración de una revelación noética vivida literalmente.

El sistema interpretativo de Freud publicado en su estudio de 1911 sobre el caso Schreber afirma «que las principales formas conocidas de paranoia pueden representarse todas ellas como contradicciones de una única proposición: ‘Yo (un hombre) le amo (a un hombre)’, y de hecho que agotan todas las formas posibles en que podrían formularse tales contradicciones».30

La proposición «le amo» puede ser contradicha en primer lugar por los delirios de persecución, que afirman: «No lo amo, lo odio». Esta percepción interna del sentimiento no puede ser admitida por la conciencia paranoica y, por lo tanto, debe ser experimentada en proyección, es decir: «No lo amo-lo odio, porque me persigue.»

La segunda forma de contradicción produce delirios de referencia erótica. Éstos afirman: «No le amo a él, la amo a ella». Y obedeciendo a la misma necesidad de proyección, la proposición se transforma en: «Me doy cuenta de que ella me ama». Estos delirios, dice Freud, «comienzan invariablemente no con ninguna percepción interna de amar, sino con una percepción externa de ser amado.» («Todo lo que sucede se refiere a mí») Uno se siente señalado, elegido, llamado, objeto del deseo de otro.

«La tercera forma en que puede contradecirse la proposición original [le amo] nos conduce a delirios de celos». «No soy yo quien ama al hombre: ella le ama a él, y el hombre sospecha de la mujer en relación con todos los hombres a los que él mismo está tentado de amar».31 La cuarta contradicción «rechaza la proposición en su conjunto». Como sugerí más arriba, es de otro orden, total, megalómana en su forma. Esta contradicción afirma: «No amo en absoluto: no amo a nadie». Sin embargo, dice Freud, «la libido debe ir a alguna parte, [así] esta proposición parece ser el equivalente psicológico de la proposición: «Sólo me amo a mí mismo». De modo que este tipo de contradicción nos daría la megalomanía» (CP 3: 451).

No pretendo rebatir a Freud sino, más bien, recoger los contenidos de su sistema interpretativo en lo que expondré a continuación. Los dos contenidos esenciales de Freud son: primero, que la causa material es el deseo homoerótico, el deseo de lo semejante, de lo semejante por lo semejante; y segundo, que la causa formal de los delirios paranoicos es noética. El deseo es convertido, o subvertido, por la lógica, utilizando las leyes trascendentes del pensamiento (principio de contradicción, afirmación por proposición, gramática sujeto/objeto). Es la organización noética del deseo la que produce la paranoia, no el homoerotismo como tal, que como dice Freud contribuye «a la amistad y a la camaradería, al espíritu de cuerpo y al amor a la humanidad» (CP 3: 447). La paranoia es, en efecto, su propio nombre: paranoia mental, cognitiva, trastorno del sentido. Como dice Perceval, «mi mente estaba constantemente ocupada» (53). Esta actividad mental muestra la causa formal en funcionamiento, convirtiendo la relación libidinal, erótica, con el mundo en una relación semántica, hermenéutica, con el mundo. El mundo de la Gemeinschaftsgefühl se convierte en un mundo de significados. En lugar de deseo, significado.

Cuando examinamos con detenimiento la teoría de Freud, descubrimos que no son ni el deseo material ni la negación formal del deseo lo que da lugar al trastorno, sino su doble literalización. Cuando el deseo es literal, la derrota de ese deseo también lo es. Ejemplos de esta doble literalización se dan en las prácticas religiosas, donde la concupiscencia es contrarrestada por un ascetismo igualmente literal, y en la filosofía, donde el materialismo utilitario es contrarrestado por el idealismo metafísico, que, a pesar de sus abstracciones, sigue siendo literal.

En el tándem, material y formal, cuando cualquiera de los dos se literaliza, el otro le sigue. Cuando el sentimiento afín se convierte en homosexualidad (aunque sólo sea en teoría y no en comportamiento concreto), entonces el contramovimiento se vuelve igualmente fundamentalista, el aspecto noético literalizado en Declaraciones de Creencia (Boisen), sistemas de escritura (Schreber), voces alucinatorias, palabras como shibboleths. La negación del deseo como teología. La cura de Perceval es ilustrativa de la salida. Tuvo que distinguir las intenciones poéticas de las órdenes literales, los espíritus de los cuerpos de sus compañeros. Liberarse tanto del materialismo del deseo como del formalismo de la negación requiere ese término medio de lo poético, metafórico, humorístico, engañoso, imaginal, incompleto, esa luna (Boisen) donde no hay género, donde la conciencia no es ni esto ni aquello.

Desde este punto intermedio, el propio esquema explicativo de Freud parece una fórmula noética para eludir el material teológico real de los delirios de Schreber. Y ahora podemos ver por qué la teoría de Freud se ha mostrado tan exitosamente resistente al cambio, habiendo sido sostenida por el psicoanálisis ortodoxo sin mayores objeciones o desviaciones durante setenta años.32Porque no debe ser tomada literalmente. Los hechos no tienen nada que ver con ella.

Aunque nuestros tres casos mostraban contenidos homoeróticos e identidad de género confusa (es decir, fijación de género deliteralizada), la expresión manifiesta de estos contenidos no era el motivo de la curación. El homoerotismo y la paranoia no son convertibles, como si los homosexuales no pudieran ser paranoicos y los paranoicos no pudieran ser también homosexuales. Ambos comportamientos pueden darse sin conflicto en la misma persona (Kolb). Además, sólo un porcentaje menor de los paranoicos diagnosticados presentan material homosexual.33 Sin embargo, a la teoría psicoanalítica no le preocupan estos «hechos», ya que la teoría sostiene que el comportamiento homosexual real no elimina el homoerotismo reprimido latente en el inconsciente, que sigue siendo el fundamento de la paranoia.

Dado que los hechos «duros» no son pertinentes para el esquema freudiano, la brillantez perdurable de su lógica puede trascender los casos concretos. Persiste gracias a una estrecha estructura noética, la metáfora raíz de la cuadruplicación, ese fundamento metafísico utilizado por Aristóteles, Schopenhauer y Jung para una explicación completa.34 La universalidad absoluta de la forma requiere una materialidad-sexualidad igualmente universal e intratable; como si dijéramos, la idea literalizada del homoerotismo es la contrapartida necesaria del esquema lógico. Doble literalización. Debemos tener en cuenta que las ocasiones de paranoia no se explican suficientemente por la homosexualidad concreta real, su presencia o su ausencia. Lo que el relato psicoanalítico sí requiere, o ha inventado, es un homoerotismo latente, inconsciente, no fenoménico: una idea metafísica tomada al pie de la letra. En otras palabras, la idea de la homosexualidad latente ha sido requerida por la teoría de la paranoia. Puede que incluso sea una idea paranoica.

La opinión de Freud de que la teologización de Schreber evita la sexualidad se convierte en mi opinión de que la sexualización de Freud evita la teología. La explicación sexual de Freud cumple precisamente la misma función defensiva de negación que, según Freud, cumple la teologización en Schreber: La teoría de Freud funciona como una teología. Lo que se niega específicamente en el relato freudiano es el tema real de las memorias: La relación de Schreber con Dios, la teología manifiesta de Schreber.

Conviene ser prudente: las explicaciones de la paranoia tienden a atraparnos en los mismos significados que encontramos para explicarla. La paranoia parece contagiosa. Sin embargo, debemos seguir adelante, con peligro o sin él, porque la pregunta con la que empezamos -cómo caracterizar la diferencia entre engaño y revelación- sigue ante nosotros, sin respuesta.

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A diferencia de Freud, Jung escribió muy poco directamente sobre la paranoia. La esquizofrenia era su principal foco psiquiátrico. Indirectamente, sin embargo, los escritos de Jung ofrecen profundas enseñanzas sobre la paranoia. Los textos instructivos no son tanto sus primeras obras psiquiátricas como sus últimas -digamos- obras teológicas: Aion: Researches into the Phenomenology of the Self (CW 9.2), «The Undiscovered Self» (CW 10), « 10), “Flying Saucers: A Modern Myth of Things Seen in the Skies» (CW 10), Mysterium Coniunctionis (CW 14), «On Synchronicity» (CW 8), su biografía con Aniela Jaffé,35 y especialmente «Answer to Job» (CW 11).

Jung también se ocupó continuamente de la feminización de la unilateralidad masculina, ya fuera en su entusiasmo por la Asunción de María, su énfasis en Sofía, Regina o Luna en la alquimia, sus muchas elaboraciones del arquetipo del ánima, o su elección del Rosarium, con su hermafroditismo fantástico y explícitamente sexual para representar la estructura de las relaciones psicológicamente fructíferas.

Jung también dibujó diagramas de cuaterniones y estableció su propia «familia de cuatro». Y, al igual que la división de Dios en Ahriman y Ormuzd de Schreber, Jung también imaginó una autodivisión crítica dentro de la imagen de Dios, y especuló sobre la «inestabilidad interior de Yahvé» (CW 11: 686).

Como los demás que hemos descrito, Jung también experimentaba sus pensamientos y figuras como autónomos. Sus memorias cuentan cómo aprendió «que hay cosas en la psique que yo no produzco, pero que se producen a sí mismas y tienen vida propia…» «En mis fantasías mantenía conversaciones con él, y él decía cosas que yo no había pensado conscientemente. Pues observaba claramente que era él quien hablaba, no yo» (MDR, 183). «Me he dado cuenta», escribe, a propósito de sus propias visiones, «de que uno debe aceptar los pensamientos que se desarrollan en su interior por sí mismos como parte de su realidad… La presencia de los pensamientos es más importante que nuestro juicio subjetivo sobre ellos» (MDR, 298).

También Jung utilizó ritos mánticos, como Boisen abriendo la Biblia al azar; también Jung inventó una terminología rica, a veces arcaica, y reconoció el carácter «alquímico» y personificado de sus conceptos. El kobold, el complejo, el daimon y el espíritu eran también sus familiares.

Así pues, escuchemos ahora a Jung con la paranoia en mente y con oído para discernir las diferencias entre los tres primeros casos y este cuarto. En primer lugar, la voz profética con su misión: «Las generaciones venideras tendrán que tener en cuenta esta transformación trascendental si no queremos que la humanidad se destruya a sí misma» (CW 10: 585). Se sintió llamado a advertir de la fatalidad: «No es la presunción lo que me impulsa», escribe en el ensayo sobre los platillos volantes, «sino mi conciencia de psiquiatra, que me obliga a cumplir con mi deber y a preparar a los pocos que me escuchen para los acontecimientos que se avecinan y que corresponden al fin de una era» (CW 10: 589).

En defensa de su Answer to Job, Jung escribe:

Las cosas son comparativamente fáciles mientras Dios no quiera otra cosa que el cumplimiento de sus leyes, pero qué pasa si quiere que las incumplas … Ser la voz de Dios ya no es una función social … ¿qué he conseguido por mi seria lucha sobre Job … ? Se me considera blasfemo, despreciable, un desalmado, cuyo nombre es barro. Me tocó en suerte recoger a las víctimas del Summum Bonum y ayudarlas con mis pobres medios. CW 11: 1637)

Mientras daba un paseo antes de salir del manicomio, Perceval obedeció la instrucción de «levantar la cabeza y abrir la voz». Para su sorpresa, profirió horribles juramentos, blasfemias y obscenidades hacia el cielo (284). Schreber utiliza un lenguaje blasfemo y grosero similar; de hecho, la blasfemia aparece con frecuencia en la megalomanía paranoide. De Jung aprendemos que esto es un efecto de lo divino, como si el llamado por el cielo también tuviera que maldecir al cielo. Jung dice en una carta sobre su libro Job:

… «tosco» es suave en comparación con lo que sientes cuando Dios te disloca la cadera o cuando mata al primogénito … Ésa es una cara de mis experiencias con lo que se llama «Dios». «Burdo» es una palabra demasiado débil para ello. «Crudo», «violento», «cruel», «sangriento», «infernal», «demoníaco» serían mejores.36

También Jung estaba convencido de que el destino de la raza humana y el objetivo del mensaje cristiano dependían del individuo individual, «esa unidad infinitesimal de la que depende el mundo» (CW 10: 588) y habla de sí mismo como uno de esos «individuos». «Si el todo ha de cambiar, el individuo debe cambiar él mismo» (CW 10: 1378), que es precisamente lo que Boisen y Schreber creían y en lo que estaban comprometidos. Jung escribe que «el alfa y el omega de la religión es la experiencia individual subjetiva» (la misma justificación a la que Schreber apela una y otra vez). «La voluntad de Dios puede ser terrible», prosigue Jung, «y puede aislarte de tu familia y de tus amigos y, si eres lo bastante valiente o insensato, puedes acabar en el manicomio. Y, sin embargo, ¿cómo puede haber religión sin experiencia de la voluntad divina?». (CW 11: 1637). Y es Jung quien, en Answer to Job, propone una idea -blasfema para la teología y megalómana para la psiquiatría-: «la idea del hombre superior por el que Yahvé es derrotado moralmente» (CW 11: 665). El hombre individual es supremamente importante por el egoísmo de Dios según Schreber (359) o por la ceguera de Dios (CW 11: 585-91) según Jung.37 Y también Jung habla desde la certeza interior contra la hipocresía de la falsa religión, casi como si la verdadera religión fuera la secta de la psicología. «Sólo tengo una comunión real con los que tienen la misma o parecida experiencia religiosa, pero no con los creyentes en la Palabra… utilizan la Palabra para protegerse contra la voluntad de Dios».

Volvamos a la idea de significado para llevar más lejos los paralelismos entre nuestros tres primeros casos y el de Jung. Siguiendo a Karl Jaspers, la paranoia es un trastorno del sentido: «Todo pensamiento es un pensamiento sobre significados… las experiencias del delirio primario son análogas a esta visión del significado».38 La visión del significado fue el principal empeño de Jung: el suyo fue El mito del significado, como tituló Aniela Jaffé uno de sus libros sobre Jung.39 Jung amplió la idea misma de significado en dos direcciones: mediante su hipótesis de la sincronicidad, que elevaba el significado a la misma importancia que el espacio-tiempo, la causalidad y la energía, y reivindicando la autonomía del significado, independiente de la conciencia humana: «un significado objetivo que no es sólo un producto psíquico» CW 8: 915).

El arquetipo del significado en el sistema de Jung es el Sí-mismo. Se deduce entonces que la paranoia como trastorno del significado es un trastorno del Sí-mismo, y que la fenomenología de la paranoia presenta la patologización del Sí-mismo. Los fenómenos del Sí-mismo han sido evidentes en todos nuestros casos: la preocupación por Dios, la cuádruple dimensión, el hermafroditismo, la grandeza cósmica, la trascendencia, etc. El Sí-mismo, que es el arquetipo más importante en la escala de Jung, se convierte en el recipiente de nuestro trastorno mental más importante. Recurrimos a los símbolos y experiencias individuales de nuestro Sí-mismo no sólo en busca de revelaciones, sino también para elucidar nuestra paranoia.

Así como uno puede caer en el amor y ser poseído por el eros, o caer en el alma, hechizado por el ánima, también uno puede caer en el sentido y ser engañado por el Sí-mismo, como atestiguan las certezas, exaltaciones y sexualidades conjuntadas que vimos en estos casos, y por sus contenidos, como los diagramas de «familia de cuatro» de Boisen o la capacidad de Schreber de mirar al sol, «punctum solis» (CW 11: 1638).

Lo que Jung quiere decir con significado significa más de lo que el significado suele significar. El significado trasciende las explicaciones del sentido. Lo equipara con la realidad del espíritu (CW 11: 554). El significado es más que semántico, contextual o incluso hermenéutico; es cosmológico, de modo que la lucha del alma con el significado, ya sea en Job o en cada paciente, es en última instancia una lucha con Dios, el espíritu, el cosmos. Esta extensión del sentido a los fundamentos más profundos pone en primer plano precisamente aquellos contenidos que suelen aparecer en los atormentados delirios religiosos de la paranoia. De ahí que la búsqueda de sentido del alma o, parafraseando a William James, su ajuste armónico con lo divino, requiera trabajar sobre la propia paranoia. Los esfuerzos psicológicos son siempre parcialmente paranoicos porque, como dice Jung, la psique no ofrece ningún punto de vista objetivo exterior. Siempre estamos atrapados en nuestra propia visión de las cosas. Además, nuestra vocación profesional depende de la capacidad paranoica de detectar, sospechar e interpretar para establecer extrañas conexiones entre los acontecimientos. Debemos «ver a través» de las pantallas de las apariencias hacia sus significados, y escuchar con un tercer oído. Debemos percibir en el otro lo que él niega que exista y basarnos en una teoría del «inconsciente» -por definición, el funcionamiento invisible de una mente invisible- para dar cuenta de este comportamiento autorizado como psicología profesional.

Cada vez que abrimos un significado invitamos al potencial paranoico. La psicología camina por la frontera entre el sentido y la paranoia: también los psicólogos son casos límite. El propio Jung, con la ironía de Perceval, comenta al respecto: «… el sentido es algo mental o espiritual. Llámelo ficción si quiere» (CW 11: 494). Ese es el brillo mercurial de Jung, que deconstruye el punto de apoyo de su teorización: el significado como ficción o la ficción como significado. Ideas paranoicas manifestando al Sí-mismo, el Sí-mismo manifestando ideas paranoicas. ¿Dónde acaba el engaño y empieza la revelación? Hermes camina por las fronteras. Y Hermes, dice Jung en una conferencia,40 es el «dios de la revelación» (CW 13: 256). Así que debemos esperar en la revelación lo que Perceval aprendió: la broma, el giro, la insinuación. Y, puesto que Hermes es el dios de la revelación, las revelaciones sólo deben escucharse con un oído hermético, mercurial, sus significados como ficciones, transponiendo la palabra del espíritu en una imagen poética, un movimiento que el pobre Schreber no podía hacer a causa del Asesinato del Alma, porque estaba privado del eco psíquico intermediario, dejando literal el mensaje. Así que Schreber tuvo que transponer su género real, convertirse en travesti, para encontrar la duplicidad mercurial, mientras que Perceval y Jung podían imaginar a Mercurius como analogías, como imágenes.

Sin embargo, la importancia reveladora, los contenidos temáticos y el sufrimiento divino impuesto en nuestros tres casos, y en Jung, siguen siendo iguales.

Revelación y engaño

¿Dónde radica entonces la diferencia entre el caso de Schreber y el caso de Jung, entre un método de revelación incorrecto y uno correcto? Hemos visto que no radica en los contenidos revelados. Material extraño, ilógico, cosmogónico, blasfemo aparece también en textos de cuerdos y de locos. Tampoco radica en la misión y la profecía a las que urgen estos contenidos. Consideremos Ezequiel y Jeremías, Swedenborg y Blake. Consideremos a Jung. La vocación, la advertencia, la visión de la catástrofe, la perspectiva de la regeneración, la androginia, son, como dijo Boisen, auténticos temas religiosos que aparecen tanto en cuerdos como en locos. Si el error de Boisen fue universalizar su experiencia, ¿no es ese «error» el que exige la revelación religiosa? ¿No es eso precisamente lo que exigen la misión y la profecía?

El criterio de la paranoia tampoco reside en la aceptación social. Todavía se enseña en psiquiatría que si suficientes personas, incluso muy pocas, comparten una visión, difícilmente puede calificarse clínicamente de paranoia. Si puedes reunir a unos cuantos para que te acompañen a la montaña a pasar la noche en quiliástica expectación por el fin del mundo mañana, entonces en virtud de tus compañeros perteneces a una secta y no a un diagnóstico. «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre» (Mateo 18: 20). Sin embargo, en Jonestown (Guyana), unas novecientas personas estaban reunidas en un patético delirio suicida, por no hablar de los delirios colectivos que compartimos durante los años treinta y que probablemente estemos compartiendo sin saberlo ahora mismo. El delirio no puede determinarse con criterios sociales.

Quizá el criterio sea el contexto. ¿Son los contenidos ajenos al portador de los mismos? Las ideas de Schreber, en efecto, tenían poco que ver con la historia vital y la mente del Senatspräsident y su entorno, pero las de Boisen, en general, y las de Jung encajaban bien en el contexto de sus intereses y niveau. Boisen dijo que estaba engañado en parte porque algunas de las ideas eran totalmente ajenas a cualquier cosa que hubiera pensado u oído, totalmente fuera de contexto. Pero, ¿qué decir de Oseas o del Santo ingenuo? ¿No reside su valor supremo precisamente en la novedad espontánea de su experiencia, completamente fuera de contexto? ¿No es el objetivo de los milagros, la glosolalia y otros descensos del espíritu romper, desafiar y anular el contexto? La revelación debe briser l’histoire porque es revelación de totaliter aliter, el otro totalmente santo.

Nocividad: otra marca distintiva que a veces ofrece la psiquiatría. ¿Es la idea dañina o peligrosa para uno mismo o para los demás? Pero, ¿qué ideas religiosas no son peligrosas? Como dijo Jung, «la verdadera relación del hombre con Dios debe incluir tanto el amor como el miedo para que sea completa» (CW 18: 1630). Mira a Job, y a Abraham que sacó el cuchillo contra su hijo, y mira lo que le pasó a la gente que siguió la visión de Moisés: todos expiraron en el desierto. Y, ¿han sido sólo benignas las ideas de Jesús sobre el amor o de Mahoma sobre la fraternidad? ¿Qué ha sido más peligroso para uno mismo y para los demás que las revelaciones del cristianismo y del islamismo: el martirio de uno mismo y las masacres de infieles, primitivos, paganos, nativos, animales, árboles… No; la nocividad no se sostiene como criterio.

Entonces, la diferencia debe residir en la persona. Sin duda, hay una distinción evidente entre las personas de Schreber y Jung. Sin embargo, Schreber era un hombre más bien convencionalmente racional, incluso burocrático, y demente; Jung, un hombre más bien idiosincrásico y cuerdo. Además, ¿en qué medida afecta el juicio sobre la persona a nuestro juicio sobre las revelaciones? Supongamos que la arqueología bíblica desenterrara ese fragmento que podría demostrar que el Ezequiel histórico había sido un interno de un manicomio, pintando con los dedos sus ruedas en la sala de arte. ¿Sus visiones serían descalificadas como revelaciones? Que Jung tuviera conversaciones con los fantasmas Filemón y Elías durante lo que Ellenberger41 llama la «enfermedad creativa» de Jung no devalúa esas visiones ni la revelación recibida sobre el mandala, la autonomía de las figuras y voces psíquicas o la disciplina de la imaginación activa.

Podemos mantener distintos textos paranoicos e individuos paranoicos. Un síndrome existe no sólo dentro de un estilo de personalidad; también puede manifestarse en un estilo textual: ilógico, defensivo, apodíctico, fantasioso. Muchos de nosotros mostramos características de personalidad paranoide; somos rígidos, suspicaces, hipervigilantes, despreocupados y egocéntricos, pero nos hemos librado de los delirios y las revelaciones. Los síndromes y las personas pueden solaparse, pero no deben coincidir. Como escribió el eminente psiquiatra alemán Kurt Schneider: «La formación del delirio no tiene nada que ver con los rasgos de la personalidad… El delirio no puede explicarse en términos de una personalidad particular, su desarrollo y sus conflictos internos.»42 La psicodinámica de la personalidad del homoerotismo reprimido, incluso la persecución y la traición reales, no causan delirios ni revelaciones de persecución o celos, ni esas experiencias reales son condiciones necesarias para ellos. El hecho de atribuir las revelaciones a factores de la personalidad es siempre a posteriori, al igual que gran parte del razonamiento psiquiátrico. El diagnóstico de personalidad paranoide no predice en absoluto que vayamos a entablar una relación peculiar con Dios, ni que Dios vaya a entablar una relación con nosotros.43 Histéricos, maníacos, epilépticos, esquizoides pueden ser llamados también. «El espíritu sopla donde quiere y tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene» (Juan 3: 8). No hemos encontrado la señal de diferencia entre revelación y engaño. No hemos respondido a la pregunta.

Puesto que he planteado esta pregunta imposible, me siento obligado a darle mi respuesta imposible. Cuestiono la pregunta: es una pregunta falsa, que surge de la suposición, tanto teológica como psiquiátrica, de que existe una clara distinción entre revelación y engaño, entre método correcto e incorrecto de manifestación de lo oculto. De ahí que la «incorregibilidad» haya sido siempre el estigma que distingue a la verdadera paranoia. «Bueno, qué sabe usted, doc», dice el hombre, «¡los hombres muertos sangran!». Incorregible.

Supongamos, sin embargo, que partimos de otro supuesto: no hay, ni puede haber, distinción clara. La revelación siempre viene como incorregible, siempre viene en forma delirante. Como «el delirio propiamente dicho es incorregible»44, así también lo es la revelación. Viene de la Autoridad Suprema, la voz misma de la Verdad con toda la certeza del nous trascendente. ¿Qué podría corregirse, y de qué otra perspectiva que no fuera inferior, falible y únicamente humana podría proceder tal corrección?

En lugar de buscar establecer el contexto y los criterios de una revelación correcta, invitando así a la teología sistemática y a la paranoia sistemática, yo corregiría esa noción de revelación y delirio que las separa, y asumiría en su lugar que todo delirio es revelador, toda revelación, delirante. Sostendría que la definición de Niebuhr se aplica por igual a ambos: un «acontecimiento inteligible que hace inteligibles todos los demás acontecimientos.»45 Mientras se insista, como insisten esos pasajes clave de James y Kittel, en que la Deidad está oculta y la relación con lo oculto es la esencia de la religión, entonces la revelación se hace necesaria para la religión, y el delirio también. La paranoia se da con nuestro Weltbild teológico. En consecuencia, la psiquiatría no puede alcanzar la paranoia endémica, el potencial delirante, en los individuos sin abordar su fuente en el colectivo: esa necesidad doctrinal de un Dios oculto que se revele y cuyas revelaciones no pueden distinguirse claramente de los delirios.

Ahora queda más claro por qué hemos tenido que adentrarnos en la teología para proseguir nuestro tema hasta sus raíces psicológicas, como hicieron Freud en El porvenir de una ilusión46 y Jung en sus escritos teológicos y sus controversias con los teólogos. La psicología y la teología necesitan su vínculo inherente, pues de lo contrario la teología pierde el alma y la psicología olvida a los dioses. Esta interpenetración es la tradición de Eranos desde sus inicios con C. G. Jung y Rudolf Otto, continuada por Gershom Scholem, Henry Corbin y Ernst Benz, y ahora por Ulrich Mann, David L. Miller y Wolfgang Giegerich. No podemos separar la psicología de la teología, como tampoco podemos separar el alma del espíritu.

Cuando Jacques Lacan advirtió, como se dice, que el psicoanálisis está acabado si triunfa la religión, entiendo que quería decir que la psicología es imposible allí donde triunfan los significados literales,47 allí donde la teologización rompe su hilo conductor con la psicologización. Sin embargo, esa amenaza está siempre presente. Mientras la cultura requiera revelación para su religión, habrá locura religiosa endémica en esa cultura; mientras la revelación sea necesaria para la esencia de la religión, debemos tener una teología dogmática, y una Iglesia, y un establecimiento psiquiátrico para garantizar la corrección de las revelaciones, y debemos esperar como algo bastante habitual esos contenidos que vimos en nuestros tres casos, y que vemos también en nuestra crisis apocalíptica actual, nuestro sectarismo fundamentalista, y nuestro mundo políticamente paranoico.

Perceval dijo que su locura era el literalismo: «El espíritu habla poéticamente» pero «el lunático toma el sentido literal». Sin embargo, este literalismo lunático resulta directamente de la revelación que excita y asegura literalismos de todo tipo al anunciarse como la voz de lo oculto, que dice la verdad. No podemos suprimir el hecho de que el Dios de la teología de nuestra cultura es una divinidad que debe revelarse para ser divina, revelarse con palabras, palabras que son literales, que este Dios teológico es él mismo un literalista que, si se persigue hasta el final, es por tanto «lunático», o paranoico; no porque este Dios sea ciertamente un Dios vengadoramente celoso o por la autorreferencia monomaníaca: todas las cosas se refieren a él y lo significan, o porque sea por dogma hipervigilante y sin debilidad, es decir, omnisciente y omnipotente, sino porque es un Dios teológico, un Dios de la Escritura, la santidad de la Escritura, que se identifica con su palabra. ¿Estaba realmente tan equivocado Schreber, o Jung, al anunciar un terrible conflicto en el reino de Dios? ¿Tan equivocado estaba Jung al conectar los horrores del Apocalipsis de Juan con el Evangelio de Juan, que se abre: «En el principio era la palabra y la palabra estaba con Dios y la palabra era Dios»?

Entonces, no, John Perceval. El espíritu no habla poéticamente, sino noéticamente; o como dice William James, con una cualidad noética: «iluminaciones, revelaciones, llenas de significado e importancia»; y éstas, dice, son «estados de conocimiento».48 El espíritu habla literalmente con instrucciones y profecías absolutamente literales y con milagros intensamente sensibles de la carne y de las cosas. Los muertos sangran, los cojos andarán, Lázaro resucitará: todos resucitarán de entre los muertos, nacidos de nuevo también en la carne. Y esta Resurrección físicamente literal requiere un Apocalipsis literalmente físico, un fin real de este mundo real.

La insistencia de Jung en Mercurius –extra Mercurius nulla salus, podría ser su lema- es magníficamente pragmática, una insistencia que es terapéutica, incluso salvadora. Su invocación de Mercurius no es un mero capricho alquímico, para proporcionar una compensación opuesta a la imagen de Cristo, o para cumplir la fórmula del mandala, su «familia de cuatro». Anima mercurialis da el oído que engaña a la mente para que no escuche el significado «verdadero». Sin Hermes el Mensajero, las insinuaciones y gestos divinos se convierten en órdenes literales, y el instinto religioso se vuelve desordenado, paranoico.

Jung equipara Mercurius con el inconsciente colectivo (CW 13: 284). La idea misma del inconsciente, a diferencia de la del homoerotismo, se vuelve crucialmente terapéutica con respecto a la paranoia porque, como Jung define el inconsciente, es un negativer Grenzbegriff. Como tal, se salva de la literalización; no puede identificarse con ningún estado mental o comportamiento real (a diferencia de la homosexualidad). El inconsciente no puede tener una fenomenología que le sea propia y las afirmaciones sobre él no pueden verificarse (CW 8: 417). Elusivo y mercurial, el inconsciente no es un lugar, ni un estado, sino un oscuro hermano irónico, una hermana que resuena, que recuerda.

Este sentido pragmático y funcional del inconsciente sirve de profilaxis contra todo lo que pueda suponer ilusoriamente que revela lo oculto. Como observa Jung, la revelación no puede distinguirse de un «funcionamiento autónomo del inconsciente» (CW 11: 237). La idea del inconsciente ensombrece la teología de la revelación con la psicología del engaño, salvando al alma de la certeza cegadora y a la teología, fundada sobre la revelación, de su locura inherente. El Deus absconditus no puede manifestarse al margen de las imágenes que presentan la manifestación. La revelación no puede separarse de la imaginación. Entre lo oculto y la percepción de lo oculto se encuentra el tercero, el poder imaginativo del alma, el portador de los mensajes, anima mercurialis. En virtud de la idea mercurial del inconsciente, las afirmaciones teológicas de Jung, tan parecidas a las de los tres primeros casos, siguen siendo psicológicas y no paranoicas. Hermes el ladrón, Mercurius el tramposo, un pícaro bromista, es el alma guía hacia lo oculto, salvándonos del literalismo, y de la paranoia. «El engaño y la duplicidad», decía Perceval, salvan del engaño, pues el engaño como falsa creencia sólo aparece con la creencia verdadera, sólo con la revelación.

Así que hay un camino a través, y Perceval todavía puede ser una guía. A medida que avanzaba su curación, «obedeció al espíritu del humor» porque «la Deidad… a menudo insinúa su voluntad bromeando». Podemos dejar que las revelaciones, las epifanías, las profecías desciendan sin creerlas ni dejar de creerlas. Serio ludere, decía la máxima renacentista. No dejemos que provoquen una respuesta de creencia, sino mantengámoslas teñidas de Mercurio. Creer en se sitúa dentro del texto. Boisen, recuerdan, se derrumbó mientras escribía su «Declaración de fe», súbitamente capturado por su texto al entrar en su tercer párrafo. Perceval, recuerdan, aprendió a dudar, mientras que Schreber superó la duda y nunca se recuperó. Porque es una función psicológica de la duda -no meramente escarmentar o probar la creencia- sino prevenir la creencia-respuesta inherente a la cual es la locura del literalismo. El pecado original, decía Perceval, no es otra cosa que tomar los mandatos de un espíritu de humor y pervertirlos en verdad, iluminación, estado de conocimiento.

La última risa, sin embargo, se la lleva el propio John Perceval, quien, al final de sus memorias, se engañaba sobre su curación. Su último e incurable engaño -por supuesto no reconocido por él, ya que lo esencial del engaño es que nosotros mismos no podamos verlo como tal- está encerrado en la teología de Perceval: Dios habla poéticamente, y el lunático toma el sentido literal. Pero «[l]a revelación existe en la afirmación y el mandato»49, y fue John Perceval quien aprendió a escuchar los mandatos literales con un oído metafórico. Sólo cuando se vuelve dubitativo, engañoso, irónico e imaginativo se convierte en un hombre cuerdo. No debemos pasar por alto este punto: cuando Perceval declara que el Pecado Original consiste en una Caída de lo poético y humorístico, porque la Deidad manifiesta su voluntad bromeando, lo estaríamos tomando literalmente si leyéramos esto como que los dioses hablan bromas, o que el único Dios verdadero es Mercurius porque no es verdadero. Más bien, leemos que Perceval atribuye la divinidad a lo poético y humorístico, imaginando que, antes de la Caída y de las desgarradoras narraciones del exilio, el Edén estaba lleno de humor, y nuestra nostalgia del Jardín es una añoranza de la risa. El paso al humor representa también, por un lado, un tránsito de géneros desde el oscuro otoño trágico de Perceval, pasando por la amarga ironía, hasta la comedia, su liberación del encierro y el matrimonio, la primavera; por otro, un proceso alquímico desde el caos primario, pasando por la nigredo, hasta la plata y el albedo.50

¿Qué implica la experiencia de Perceval de lo poético como terapéutico? ¿Paranoia superada por la poesía? Por supuesto, no poemas literales, poesía, poetas. No se mencionan. Más bien, del mismo modo que estudiamos los mitos para adquirir un sentido mítico y no para ajustarnos a tipologías míticas -yo vivo el mito de Edipo, tú eres una mujer Artemisa o un tipo Afrodita (que es en conjunto una comprensión literal y no mítica del mito)-, podemos recurrir a los textos poéticos para educar el sentido poético. Lo poético desconcierta el sentido a medida que el humor lo transpone, impidiendo el cautiverio en el texto revelador. Sus frases declarativas proporcionan una estructura de seguridad del sentido. Al final de su libro, Perceval ya no intenta declarar el sentido de los acontecimientos. Se libera de la revelación y, por tanto, del engaño. Lo poético vencería a la paranoia, un trastorno del sentido, porque «Un poema debe ser igual a / No verdadero… Un poema no debe significar / Sino ser».51

Cuando está dentro del texto, la persona está dentro del síndrome, sintiéndose llena de su significado, su persona significada por la grandeza de Dios, uno mismo el referente monomaníaco, significante de todas las cosas, o lo que la psiquiatría llama delirios de autorreferencia y grandeza. Sin embargo, la psiquiatría promulga la misma grandeza autorreferente en el disfraz pedestre de su teoría del ego, el ego como centro de la conciencia, dador de significado, y con el que todos los acontecimientos deben estar relacionados para su significación.

La revelación y lo oculto

La primera palabra que necesita desesperadamente nuestra terapia de des-literalización es la propia «revelación». En lugar de una revelación literal -de la ocultación a la revelación, de un espejo oscuro y enigmático a la iluminación y un estado de conocimiento (William James)- habría cambios continuos en cualquier presentación; «revelado» y «oculto», poco más que un juego de primer plano y fondo, superficie y profundidad; «revelado» y «oculto», transposiciones felices dentro de cualquier metáfora, modos de broma, alusión. Entonces el apocalipsis se vuelve innecesario, los velos delirantes, ningún velo que levantar o rasgar.

El velo, digámoslo así, no es más que esa sugerente insinuación, un aidos (una vergüenza o timidez) que reside en la revelación, en el sobresalto y la conmoción de toda presencia directa, un aidos artemiseano inherente a toda novedad, a toda desnudez; el velo, un sentimiento en el alma que nos mantiene, en palabras de Hilary Armstrong, «tímidos», reservados al respecto, nos impide pronunciarnos incluso en medio del significado. El velo no cubre el cuerpo con el que nos topamos de repente, sino que es la emoción adecuada al encuentro, la respuesta a la presencia plena que lo mantendría parcialmente ausente, oculto.

Las visiones reveladoras, las voces y las verdades, los momentos sincronísticos, también se reconocen como no más fundamentales, no más superiores -independientemente de que vengan con una oleada de esplendor- que la presencia inmediata del despliegue estético. Con esto me refiero a la Selbstdarstellung de Adolf Portmann como revelación, aquí en la tierra todos los días, el resplandor que brilla en cada cosa como un phainoumenon, la affordance dada por cada acontecimiento.52 Cada acontecimiento inteligible por su propia capacidad de inteligibilidad, el mundo como inherentemente inteligible en su presentación estética, sin necesidad de revelación para su divinidad, sin esotérico u oculto para su significado, sin Schlüsselerlebnis. La exégesis no se convierte entonces en una revelación de significados ocultos, sino más bien en una poiesis, una poética de lo dado en el disfrute de la imaginación continua.

Entonces, también, se puede reconocer que lo llamado «oculto» ha sido una literalización necesaria a posteriori de la perspicacia; como si el deleite animal que sentimos en la perspicacia, en el descubrimiento o en los relatos explicativos requiriera para su excitación la fantasía de algo realmente oculto. La perspicacia es primaria y la idea de lo oculto su correlato, y no al revés. La ocultación podría reconocerse entonces como una hipóstasis o literalidad de la interioridad, que, siguiendo de nuevo a Portmann, se manifiesta en la exhibición estética de fenómenos animados.

La revelación, por tanto, siempre se muestra. No requiere ningún testimonio literal, ningún don profético especial, sólo inteligencia exegética, esa capacidad de leer la exhibición, de percibir la belleza. Ningún testimonio, sólo una atenta observación, una apreciación considerada de «cada cosa» (William James), cada cosa en su imagen, cada palabra en su eco. Para decirlo de nuevo: lo oculto no es una ausencia que se convierte en presencia a través de la revelación, lo ininteligible hecho ahora inteligible, lo invisible ahora visible. Digamos, más bien, que lo oculto es una categoría de existencia que, si se «revela», se literaliza como lo «oculto», mientras que, como categoría de existencia, lo oculto proporciona profundidad, secreto, interioridad, embarazo, cámara, resonancia, potencialidad y muerte en cualquier fenómeno, promoviendo la atención hacia él, un cuidado estudioso, una vigilancia gratificante y una evaluación de cualquier fenómeno como si nunca fuera lo que simple y llanamente parece ser.

Esta atenta observación de una aisthesis despierta no es otra cosa que una «hipervigilancia paranoica» devuelta a la cordura. Pues esa sensibilidad vigilante que advierte la extraordinaria alteridad del mundo habitual es el terreno paranoico de la conciencia psicológica. Es también el terreno paranoico de la conciencia científica, empíricamente respetuosa de lo dado, observando minuciosamente el objeto. Y esta sensibilidad es la conciencia observadora de la religión, la religión que no depende de la revelación de un significado, sino la religión tal y como Jung la define en “The Undiscovered Self”: «Religión significa dependencia y sumisión a los hechos irracionales de la experiencia» (CW 10: 505). «Hago comprender a mis pacientes que todas las cosas que les suceden contra su voluntad son una fuerza superior… Dios no es más que esa fuerza superior en nuestra vida. Se puede experimentar a Dios todos los días».53

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Los hechos irracionales de la experiencia están aquí, allí y en todas partes. La otredad abunda; hay alienígenas por todas partes, así que nunca podremos estar alienados a menos que nos convirtamos en totalmente otros respecto a estos hechos irracionales, alienados en nuestro subjetivismo, proyectando nuestra alienación sobre los dioses y declarándolos como el Totalmente Otro. Una vez que podemos abandonar el engaño primario de la superioridad racional subjetiva -la perspectiva supuestamente normal de la psicología del ego normal- y su adicción al significado como relación con la subjetividad, empezamos a encontrarnos viviendo familiarmente, a diario, en lo mercurial, no deseado, irracional de la alteridad; el mundo entero religioso, la revelación tan continua y lo oculto tan presente que estos términos se vuelven redundantes.

La política de la paranoia

Acercándonos ya al final del tiempo -nuestro tiempo para esta conferencia- quiero repasar brevemente lo que hemos estado haciendo, y luego examinar una vez más el contenido de los delirios paranoides, especialmente los de Schreber.

Nuestro primer paso fue reconocer la esencialidad de la paranoia en los trastornos mentales porque demuestra un desfile paradigmático de delirios incorregibles. Concluimos que la certeza incorregible de estos delirios atestigua un factor impersonal y noético en la paranoia, situando así este trastorno de la mente en un trastorno previo del espíritu. A continuación, relacionamos el delirio con la revelación y el espíritu oculto o Dios, intentando ver a través o deconstruir el trasfondo teológico que, sugerimos, en realidad necesita la paranoia. Por un lado, nos negamos a diferenciar definitivamente entre revelación y engaño, insistiendo en que ambos tienen su fundamento en lo noético más allá de la mente personal, manteniendo que donde hay engaño hay revelación y donde hay revelación también hay engaño. Por otro lado, indicamos en el ejemplo de Jung una relación sana con lo noético, debido a la intervención de la idea del inconsciente y los fenómenos del anima mercurialis, como el sentido poético, metafórico y humorístico descrito por Perceval en contraste con el «asesinato del alma» y la literalidad descritos por Schreber. Además, cuestionamos la base de la paranoia en una idea literalizada del homoerotismo y su cura en intentos literalizados de Entmannung.

En el poco tiempo que nos queda, echaremos un segundo vistazo a la paranoia, ahora con una mirada más política que teológica. 

Soy consciente de que el foro de Eranos es apolítico y lo ha sido desde su creación en los años treinta. El hecho de que Eranos haya surgido en ese contexto político, como si lo desafiara valientemente, ya es profundamente político. La propia libertad para hablar aquí indica la política de libertad de expresión y reunión; el estímulo para seguir la propia disciplina dondequiera que conduzca, el respeto por las diferencias individuales, la congregación internacional y el hecho de que estemos en suelo suizo: todo esto es fundamental para Eranos y fundamentalmente político. Político, tal como yo lo entiendo, no implica partido político, sino piedad política; sugiere que no permitamos que las implicaciones políticas de las ideas se vuelvan groseramente inconscientes, que admitamos la parte política de la psique y tomemos parte política.

Además de estos aspectos más evidentemente políticos de Eranos, existe también una reivindicación arquetípicamente política sobre nosotros. Hellmut Wilhelm fue quien mejor lo expresó hace casi veinte años. Aquí, en 1967, dio una de sus sutiles y extraordinarias conferencias sobre el I Ching. Demostró que el I Ching, especialmente en sus capas más antiguas, utilizaba hechos políticos con un «realismo asombrosamente despiadado», transformando los hechos para que «fueran vistos como imágenes». Wilhelm dijo que estas realidades políticas, como los patrones en la historia, en los mitos y en el arte, «emergen de situaciones arquetípicas básicas.»54 Los patrones o «imágenes primordiales», dijo, «son ofrecidos por el Cielo… el Cielo los cuelga. La Tierra ofrece formas o figuras o incluso instituciones (fa)».55

Las instituciones políticas reciben y forman las grandes imágenes; también el gobierno tiene una necesidad arquetípica. Al no admitir la polis, la ciudad, como fenómeno psíquico primordial, como expresión simbólica del Sí-mismo en el lenguaje de Jung, estamos simplemente manteniendo ese literalismo dieciochesco llamado laicismo. El laicismo divide a Dios del César, excluye la divinidad del Estado, arriesgándose así al retorno de los excluidos a la polis en esas formas literales y sin alma de la burocracia materialista y la teocracia fundamentalista: la aburrida ciudad de la materia y la fanática ciudad del espíritu, ninguna de las dos una ciudad del alma.

La imaginación mítica que rige la vida psíquica y es la profundidad de la psicología profunda está anclada, recordémoslo, en una polis y no sólo en los textos. Una psicología arquetípica que siguiera a los dioses hasta el Olimpo también los encontraría allí donde cuelgan en las instituciones de la sociedad, en las calles de la ciudad que también son moradas de figuras míticas. Eusébia era el término griego. Las tragedias de Esquilo y Sófocles, cuyas configuraciones míticas aún describen nuestro comportamiento, son obras sobre la Atenas política, no sólo sobre literatura o psicología. El testimonio del alma de Sócrates en el Fedón tiene lugar en la celda de una cárcel. Los profetas, los apóstoles en sus actos y cartas, y la revolución de Jesús conciernen al orden de la comunidad, aunque ahora leamos sus transcripciones en un cubículo o en un banco alejado del ágora. Y los maestros renacentistas del mito y del alma, incluidos Dante, Petrarca y Ficino, no pudieron escapar de la polis.

Del mismo modo que el mito es sólo una mitad de sí mismo cuando se separa del culto, la psique sólo se realiza a medias cuando no se representa en la polis. La República de Platón proporciona la metáfora raíz para esta relación de psique y polis, alma y ciudad, esa analogía entre el estado del alma y el alma del estado. Si, como hemos estado describiendo, existe un estado paranoico del alma, hoy llamado «el estilo paranoico de la personalidad», podemos esperar encontrar una psicología paranoica análoga en el Estado. Por lo tanto, podemos leer las descripciones convencionales del alma paranoica (que he extraído principalmente del Manual de Diagnóstico estándar utilizado por los médicos en los Estados Unidos56) como también descripciones del alma del estado paranoico.

«Sospecha y desconfianza generalizadas e injustificadas». «Los individuos son hipervigilantes y toman precauciones contra la amenaza percibida». «Perciben una gama inusualmente amplia de estímulos». «Tienden a evitar la culpa incluso cuando está justificada». «Evitar la depresión». «Cuestionar la lealtad de los demás.» «Insistir en el secreto». «Severo y crítico con los demás». «Tendencia al contraataque». «Poco dispuesto al compromiso». «Ira intensa pero reprimida». «Impulsivo, ambicioso, agresivo e inusualmente hostil y destructivo». «Genera inquietud y miedo en los demás». «A menudo interesado en dispositivos mecánicos, electrónicos y automatización». «Evitan las actividades de grupo a menos que estén en una posición dominante». «Evitan la sorpresa anticipándola virtualmente». «Temor… rendición pasiva». «Los amigos son puestos a prueba constantemente hasta que se retiran o se vuelven antagónicos». «Miedo desmesurado a perder el poder de moldear los acontecimientos de acuerdo con sus propios deseos». «Transformación de la tensión interna en tensión externa». «Estado continuo de movilización total». «Ceder a la dominación externa y ceder a la presión interna suponen una amenaza». «Miedo a ser engañado para que renuncie a algún elemento de autodeterminación». «Generalmente desinteresado por el arte o la estética.» «Rara vez se ríen». «Falta de un verdadero sentido del humor». «Lo que parece una cómoda familiaridad… parece una imitación… No es amistoso; sólo está diseñado para parecer amistoso.» «Muy conscientes … de quién es superior o inferior.» «Desprecian a las personas vistas como débiles, blandas, enfermizas o defectuosas.»

Oír estas descripciones como si pertenecieran al alma del Estado soviético o estadounidense57 literaliza «político» como política de partido, parteiisch, captando sólo una parte. En lugar de ello, necesitamos escuchar estas descripciones como pertenecientes a la política y al gobierno como tales para reconocer la paranoia inherente al alma del Estado como tal. El problema más profundo del arte de gobernar es cómo gobernar la paranoia inherente al gobierno para que sus síntomas no se exacerben en una tiranía corrupta y una parálisis bizantina, síntomas como la policía secreta, los juramentos de lealtad, la detección de mentiras, la vigilancia electrónica, el miedo a la debilidad, las defensas y predicciones sistematizadas (teoría del dominó) y la ausencia de esas cualidades del alma, el humor, la estética y la suavidad sustituidas por grandes ideales escatológicos: orden, paz, humanidad, fraternidad, derechos y Dios.

Dada esta paranoia inconsciente inherente, será necesario proyectar un enemigo imaginario y defensas fantásticas contra el enemigo imaginario. Las situaciones siempre se evaluarán mediante constructos de fuerza y debilidad, ganar y perder. La exigencia de rendición incondicional y el miedo a ella serán primordiales. Los tratados basados en el compromiso serán casi imposibles de negociar. Una nación aliada con otras se verá obligada a vetar o retirarse, siempre que sea incapaz de dominar al grupo. La posibilidad de una hostilidad abierta está siempre presente y será negada. La negación oficial será esencial para mantener un gobierno «por encima de toda sospecha» y fiel a sus idealizaciones. Habrá poco interés por el arte o la estética, y cuando el gobierno deba intervenir, entonces la estética tenderá a ser subestimada como arte de Estado al servicio de la resolución nacional. Incluso las relaciones exteriores más solícitas tenderán a generar inquietud y miedo en los demás. La defensa contra la depresión motivará defensas cada vez mayores. El desdén por los débiles, los enfermos y los defectuosos pondrá en primer plano ese conflicto contemporáneo, aunque siempre recurrente, entre seguridad y compasión (armas frente a mantequilla, espadas frente a rejas de arado), entre la carga del armamento para la defensa y la carga del bienestar para los necesitados. Debido al miedo a la dependencia, la autosuficiencia se idealizará en un aislamiento llamado «espléndido».

Por encima de todo habrá desconfianza y expectativas de engaño entre los gobernados y su gobierno, lo que requerirá comités de vigilancia, oficinas de investigación, defensores de todo tipo de reformas, ya que la sospecha paranoica es inherente al alma misma del Estado. El Estado no sólo desconfiará de los extranjeros (xenofobia), sino que dentro de sus fronteras también desconfiará de los extranjeros, de las subculturas y de las minorías, a menos que sean «fuertes», lo que requiere grupos de presión minoritarios y la división del cuerpo político en distritos electorales monomaníacos o monotemáticos rivales. Cuanto más rígido sea el gobierno con respecto a los gobernados, y viceversa, más abundarán las sospechas de corrupción, especialmente las relativas a la «seguridad», y más se valorará la recopilación y el almacenamiento de información y el litigio como modo de decisión. La relación negativa con Mercurio da lugar a la proposición básica de toda paranoia: todo lo que está oculto es perjudicial (de ahí que la revelación sea igual a la seguridad), lo que requiere un escaneo continuo, una hipervigilancia hacia los alimentos que comemos, los informes que escuchamos, los contratos que firmamos. Exponer y encubrir se convierten en el modus operandi: nuestro paradigma teológico de revelación y ocultación en la esfera política.

A pesar de la promulgación del Estado-nación por el Estado-nación, su paranoia inherente fomenta la desconfianza en las propias instituciones que son sus pilares, incluida la validez de la ciudad y la vocación de la política. El bienestar de los ciudadanos y las instituciones que sirven al bien común pasan a un segundo plano, debido a la confusión primaria del bienestar con la seguridad, el bien común con la fuerza nacional o las «necesidades militares». (Debería ser evidente que me estoy refiriendo no sólo al mundo contemporáneo, sino a los estados-nación desde Asiria hasta Roma, y otros analizados por Toynbee). Cuando las nobles instituciones de la vida política, como la retórica política, el papel providencial del liderazgo, los cargos públicos y el servicio público, caen presas de la sistematización paranoica, entonces las grandes imágenes de la justicia, la prudencia, la equidad, la comunidad y similares, cuelgan del cielo sin ser recibidas, las formas contenedoras para los poderes arquetípicos en desorden. Mientras tanto, obsesionado por su delirante necesidad de seguridad, el Estado paranoico recurre a mecanismos de defensa de proyección y formación de reacciones, es decir, a una mayor exploración en busca de enemigos, terroristas y desertores (defectuosos), con políticas patrocinadas no por la iniciativa paralizada por la ambivalencia (inmovilidad combinada con bramidos), sino racionalizadas como reacciones «puramente» defensivas ante la amenaza.

La amenaza pertenece a lo que Jung llama el fin del eón (CW 9.2: p. ix); el Apocalipsis anuncia la catástrofe apocalíptica. Vivimos en un Zeitgeist de amenaza, en un estado anímico y político de paranoia. Esto se ha revelado en las Escrituras y se está confirmando políticamente en el estado mental soviético (siempre honrando a los veinte millones que murieron defendiéndose de la última invasión occidental) y en el estadounidense (siempre defendiéndose de la penetración en el cuerpo político de emisarios del Imperio del Mal: pinko de color, terroristas y espías). La amenaza de catástrofe justifica las medidas tomadas contra la amenaza, con lo que ésta se hace cada vez más literal: «el miedo a la catástrofe es lo más probable que provoque el síndrome de la retórica paranoica».58 Peor aún: el síndrome requiere que la catástrofe cumpla su propia profecía. El círculo vicioso de la psicología paranoica es la realidad política actual.

Si nuestra analogía platónica entre el alma del estado y el estado del alma se mantiene, entonces deberíamos ser capaces de encontrar remedio para la paranoia del estado en los remedios propuestos por nuestros pacientes para sus almas paranoicas. Me refiero a dos remedios particulares -el sentido poético de Perceval y el Entmannung de Schreber- y a uno general: La idea del inconsciente de Jung.

Esta idea apareció en sociedades menos seculares y racionales como los dioses, el Destino o Fortuna. El Estado reconocía los límites de su conciencia gobernante, propiciando las intervenciones de Mercurio recurriendo a oráculos, augures, videntes y profetas, como el individuo recurre a sueños, dudas y ecos. La sospecha ritualizada como superstición. Por supuesto, los estados antiguos no eran menos paranoicos a pesar de estas consultas porque ellos también leían los signos literalmente, como los sueños pueden leerse todavía hoy, o como los pronósticos económicos sobre la depresión y la inflación pueden leerse en la esfera pública. No obstante, la idea de un inconsciente desplaza la atención hacia los otros, más allá del control humano, y la aleja de la fijación en las intenciones ocultas del enemigo (por ejemplo, la vigilancia del Kremlin). Esa atención fijada es precisamente patognomónica de la paranoia según la observación de Freud: «Su anormalidad se reducía realmente a esto, a que vigilaba la mente inconsciente de su mujer… haciéndose consciente de la de ella y magnificándola enormemente consigue mantener inconsciente la suya» (CP 2: 235-36). La idea de un inconsciente permite a los enemigos reconocer que no están viendo las intenciones ocultas del otro, sino una pantalla en la que pueden leer las suyas. Cada afirmación sobre el otro sería autorreflexiva, y la amenaza podría llegar a casa.

En el penúltimo párrafo del estudio de Freud sobre Schreber, Freud escribe: «Queda para el futuro decidir si hay más delirio en mi teoría… o si hay más verdad en el delirio de Schreber» (CP 3: 456-66). Este giro extraordinariamente psicológico no sólo relativiza a Freud y a Schreber, sino también a la verdad y al delirio, abriendo el camino a la lectura de Schreber como revelador de la verdad, como profeta. Durante todo el siglo hemos ignorado este comentario de Freud, suprimiendo con éxito las revelaciones de Schreber con el análisis que Freud hace de ellas. Sin embargo, ambos hombres transmiten el mismo mensaje, ya sea verdad o delirio: así como la Entmannung es para la redención del alma, el homoeros es para la cordura social, y tanto la Entmannung como el homoeros, como amistad, interés social (Gemeinschaftsgefühl), sentimiento de compañerismo, dan indicaciones para un nuevo orden mundial, ese contenido principal de los delirios paranoicos.59

Freud, recordémoslo, consideraba que el fin del análisis, la cura, sólo llega cuando el «repudio de la feminidad», también llamado «la lucha contra la pasividad», llega a su fin cuando una persona puede someterse sin derrota, cuando la conciencia fálica del yo,60 la envidia del pene, la protesta masculina es superada tanto en un hombre como en una mujer.61 «La hombría… como se espera de… los soldados… en tiempos de guerra, no está en la naturaleza del alma», dijo Schreber (333). En su lugar, la pasividad que es voluptuosidad.

Debilidad, sumisión, perímetros violados; confianza en lo que uno no puede leer; aprender el arte de la entrega rindiéndose primero al62 humor, y a las voces del otro; duda, incluso miedo, de la propia certeza, en lugar de sospecha del otro – todo esto, y lo que trajimos a este podio en 1969 sobre la feminidad psicológica,63 es Entmannung cuando se escucha a la manera metafórica de Perceval. Una dedicación al placer del alma en lugar de erguirse erguida, misiles multicéfalos de penetración profunda, sistemas de alerta temprana, escudos protectores, tridentes, titanes, mega empuje.

Recordemos: el síntoma prodrómico en el caso de Schreber era «sucumbir» como mujer; el delirio primario (Schlüsselerlebnis) en el caso de Boisen se expresaba en el lenguaje de la fuerza y la debilidad, el débil debía sacrificarse por el fuerte. Sin embargo, los tres casos mostraban que la supervivencia dependía de la entrega. Esto se debe a que, como dijo Jung, la conexión humana no se produce a través de la superioridad, que aísla, sino a través de la debilidad: la necesidad humana de comunidad, Gemeinschaftsgefühl. Si el engaño teológico es la literalidad y la cordura la duda y la broma, el engaño político es la superioridad y la cordura, la confianza en la debilidad.

Al igual que la teología ha explorado la importancia de la duda, la política puede explorar la debilidad en sus variedades, como humillarse, doblegarse, ceder, dar, renunciar, rendirse, perder y perderse. Se trata de una exploración psicológica que va más allá de la negociación, el compromiso o la resolución de conflictos, pues parte de la realidad psíquica de la derrota. «Tomar posición en el suelo» (Perceval); «Descender al nivel más bajo posible» (Boisen). ¿Cuál es el telos de la psique en la derrota? ¿Cómo imaginarlo más allá de los literalismos paranoicos en los que se fija?

Cuando sugiero leer los delirios de Schreber como proféticos, no es sólo porque la misma pérdida del alma o asesinato del ánima, el mismo conflicto en el reino de Dios y el orden del mundo fueron luchados por Jung, el Jung que dijo lo que Schreber podría haber dicho: «Mi problema es luchar con el gran monstruo del pasado histórico, la gran serpiente de los siglos, la carga de la mente humana, el problema del cristianismo» (CW 18: 279).

Al leer a Schreber como profeta, me refiero también a algo más: Schreber como experimentador profético que, en su cuerpo, experimentó la encarnación de la Asunción de María mientras cumplía condena en ese laboratorio psíquico o monasterio del siglo XIX llamado manicomio donde se abre el muro entre la medicina y la religión, y donde la entrega a degradaciones, la disolución en bañeras, las posturas supinas, las palizas, las vigilias y el silencio fueron la introducción literal a su nueva teología de la dicha del alma a través del unmanning. En gran medida, los delirios de Schreber profetizaron nuestros literalismos actuales: el movimiento feminista; la hipótesis Gaia de que el globo es un ser orgánico femenino; las psico-religiones del matriarcado y las diosas; el fundamentalismo de las creencias literalizadas; la obsesión intelectual por la significación lingüística; la androginia bisexual como comportamiento recomendado; los flüchtig hingemachte Männer; la invasión del mundo humano por otros alienígenas; el determinismo dietético y el ambivalente embrujo de la comida. ¿Verdad o engaño, o ambas cosas? Donde se reúnen dos o tres, las ideas y los movimientos sólo son cuestionablemente paranoicos. Déjese guiar por John Perceval: escuche con oído poético mercurial.

Para Schreber, la unmanning era parte integrante de una nueva cosmología en la que ya no habría más Asesinato del Alma, una cosmología en la que la psique volvería a la vida, esse in anima, ser en un alma placentera. Si hemos optado por escuchar a este profeta, aventurándonos en lugares lejanos de la teología y la política, y entregándonos a una misión propia, ésta ha sido desanclar a la teología de su delirio revelador y a la política, de su estado paranoico, para volver a ponerlas a ambas al servicio del alma.



1. [Esta conferencia fue pronunciada en la Conferencia Eranos de Ascona, Suiza, en agosto de 1985.-Ed.].

2. William James, The Varieties of Religious Experience: A Study in Human Nature (Nueva York: Vintage Books/The Library of America, 190), 55.

3. Theological Dictionary of the New Testament, vol. 3 (Grand Rapids, Mich.: William B. Eerdmans Publishing Company, 1965), 564-65.

4. Elias Canetti, Crowds and Power, trad. Carol Stewart (Nueva York: Farrar, Strauss y Giroux, 1984).

5. Las obsesiones, compulsiones y fobias -aunque sean importantes en cuanto a sufrimiento- suelen considerarse menores como neurosis y no mayores como psicosis; o bien forman parte del cuadro clínico de uno u otro de los trastornos psiquiátricos mayores.

Sobre la experiencia y el diagnóstico de los estados paranoides, véase además: Dale Alfred Peterson, The Literature of Madness: Autobiographical Writings by Mad People and Mental Patients in England and America from 1436 to 1975, diss. Stanford University, 1977; The Inner World of Mental Illness, ed. Bert Kaplan (Nueva York: Harper & Row, 1964); Morag Coate, Beyond All Reason (Nueva York: J. B. Lippincott Company, 1964); Clarence G. Schulz y Rose K. Kilgalen, Case Studies in Schizophrenia (Nueva York: Basic Books, 1969); Werner Leibbrand y Annemarie Wettley, Der Wahnsinn: Geschichte der abendländischen Psychopathologie (Friburgo: Karl Alber, 1961); Eugen Bleuler, Affektivität, Suggestibilität, Paranoia (Halle a. S.: Verlag von Carl Marhold, 1906; David W. Swanson, Philip J. Bohnert y Jackson Algernon Smith, The Paranoid (Boston: Little, Brown, 1970); Nils Retterstøl, Prognosis in Paranoid Psychoses (Oslo: Universitetsforlaget, 1970).

6. Al asumir la influencia de estructuras invisibles mayores (nous, dioses míticos o bíblicos, o el espíritu tal como se anuncia en nuestros casos a continuación), admito que mi método para comprender la paranoia refleja en sí mismo el estilo paranoico. Esta correlación del método con el tema está en consonancia con ese principio de comprensión arquetípica tal como lo he venido presentando en Eranos: similis similibus curantur; por ejemplo, la comprensión de la transferencia erótica («On Psychological Creativity», Eranos Yearbook 35 [1966]), de los fenómenos histéricos (“First Adam, then Eve: Fantasies of Female Inferiority in Changing Consciousness,” Eranos Yearbook 38 [1969]), del desarrollismo (“Abandoning the Child,” Eranos Yearbook 40 [1971]), de los sueños (“The Dream and the Underworld,” Eranos Yearbook 42 [1973]) y de la psicología anormal en general (“On the Necessity of Abnormal Psychology,” Eranos Yearbook 43 [1974]). El camino hacia cualquier cuadro clínico es convertirse en parte del cuadro, y esto es tan válido para la comprensión teórica de un síndrome como para la terapia de un caso individual que sufre el síndrome. El mismo método se aplica a la teoría y a la terapia.

7. Niel Micklem, , “The Intolerable Image: The Mythic Background of Psychosis,” Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1979): 8.

8. David Henderson y R. D. Gillespie, A Textbook of Psychiatry, 7ª ed. (Londres: Oxford University Press, 1950).

9. Lawrence C. Kolb, Modern Clinical Psychiatry (Filadelfia: W. B. Saunders, 1977), 481.

10. Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorder, 3ª ed. (DSM-III) (Washington, D.C.: American Psychiatric Association, 1980), 195.

11. Karl Jaspers, General Psychopathology, trad. J. Hoenig y Marian W. Hamilton (Chicago: University Chicago Press, 1963), 99.

12. Micklem, “The Intolerable Image,” 7.

13. H. Richard Niebuhr, Niebuhr, The Meaning of Revelation (Louisville: Westminster John Knox Press, 2006), 50.

14. Anton T. Boisen, Out of the Depth: An Autobiographical Study of Mental Disorder and Religious Experience (Nueva York: Harper, 1960).

15. Este hábito de echarse la culpa a sí mismo, tan compensatorio de la inflación de la revelación, es uno de los principales engaños de las revelaciones cristianas. El espíritu que habla es la autoridad suprema, correcta e incontestable. Cf. Karl Jaspers, Philosophical Faith and Revelation, trans. E. B. Ashton (Nueva York: Harper & Row, 1967): «La revelación procede de otra fuente… ninguna constatación humana puede decir si es o qué es» (8). «Podemos definir la revelación como una manifestación directa de Dios por palabra, mandato, acción o acontecimiento … Todo esto sucede por una invasión objetiva desde el exterior» (17). Esto sólo permite que la fragilidad del recipiente terrenal, el mea culpa del receptor, expliquen la larga historia de revelaciones «incorrectas»: posesiones demoníacas, histerias, falsos profetas y los delirios paranoicos que estamos considerando aquí. Cf. Keith Thomas, Religion and the Decline of Magic: Studies in Popular Beliefs in Sixteenth and Seventeenth-Century England (Londres: Penguin, 1991), cap. 5: «Prayer and Prophecy».

16. Perceval’s Narrative: A Patient’s Account of his Psychosis, 1830-1832, ed. Gregory Bateson. Gregory Bateson (Stanford: Stanford University Press, 1961). (Publicado originalmente entre 1838 y 1840 en dos volúmenes como A Narrative of the Treatment Experienced by a Gentleman during a State of Mental Derangement: Designed to Explain the Causes and the Nature of Insanity and to Expose the Injudicious Conduct Pursued Towards Many Unfortunate Sufferers Under that Calamity.

17. Véase mi «An Essay on Pan,» en James Hillman, Pan and the Nightmare (Thompson Conn.: Spring Publications, 2020), sobre «Pánico.»

18. David L. Miller, «Images of Happy Ending», Eranos Yearbook 44 (1975): 61-89.

19. Daniel Paul Schreber, Schreber, Memoirs of My Nervous Illness, trans. Ida MacAlpine y Richard A. Hunter (Londres: Dawson, 1955). (La paginación sigue la edición original en alemán, como se indica en la edición de Dawson). Más sobre Schreber: Roberto Calasso, L’impuro folle (Milán: Adelphi, 1974); Morton Schatzman, Soul Murder: Persecution in the Family (Nueva York: Random House, 1973); C. Barry Chabot, Freud on Schreber: Psychoanalytic Theory and the Critical Act (Amherst: University of Massachusetts Press, 1982).

20. Los intentos de datar el inicio, es decir, de fijar con precisión el momento fijador, que hemos visto en los tres casos y en muchos otros atestiguados en la bibliografía, suscitan la idea de que la datación histórica puede ser un gesto paranoico. ¿Qué estamos haciendo, psicológicamente, cuando fijamos el flujo de los acontecimientos y sus múltiples condiciones en un momento preciso de origen? Quizá tengamos que volver a mirar con ojos psiquiátricos las fantasías de Quellenforschung, fons et origo y Urtext.

21. Jaspers, Philosophical Faith and Revelation, 22.

22. Ibídem, 27.

23. Ibídem, 21.

24. Boisen, Out of the Depth, 85.

25. Karl Barth describe la revelación como: «El ‘instante’ es y sigue siendo algo único en comparación con lo que le precedió y lo que le siguió, es diferente, extraño, no se prolonga en lo que le sigue, ni tiene sus raíces en lo que le precedió. No guarda ninguna relación temporal, causal o lógica, es siempre y en todas partes lo absolutamente nuevo, siempre el ser, el tener y el hacer de Dios». Der Römerbrief, citado de H. Martin Rumscheidt, Revelation and Theology: An Analysis of the Barth-Harnack Correspondence of 1923 (Cambridge: Cambridge University Press, 1972), 153-54. La posible confusión de revelación y engaño fue planteada a Barth por Adolf von Harnack en la «Frage 3» de sus quince preguntas. Barth respondió que la fe despertada por Dios es «prácticamente indistinguible del fanatismo incontrolado». Pero, ¿por qué no podría ser … un síntoma confuso y un testimonio del despertar de la fe?». (ibid., 32).

26. Jaspers, Philosophical Faith and Revelation, 28.

27. Henry Corbin, Avicenna and the Visionary Recital, trans. Willard R. Trask (Princeton, N. J.: Princeton University Press, 1990), 42-44; Creative Imagination in the Sūfism of Ibn ‘Arabī, trans. Ralph Manheim (Princeton, N. J.: Princeton University Press, 1981), 21-22.

28. Perceval’s Narrative, 219.

29. Schreber, Memoirs of My Nervous Illness, 8.

30. Sigmund Freud, «Notas psicoanalíticas sobre un relato autobiográfico de un caso de paranoia (Dementia Paranoides)», en CP 3; y «Un caso de paranoia contrario a la teoría psicoanalítica de la enfermedad», en CP 2.

31. He omitido los delirios de infidelidad o los celos mórbidos por varias razones: a) nuestros tres casos se libraron de este sufrimiento; b) los celos mórbidos son la forma menos grave desde el punto de vista pronóstico y, por lo tanto, menos esencial para la paranoia; c) a menudo son un acompañamiento de factores orgánicos como el alcoholismo y, por lo tanto, pueden quedar en parte fuera de un relato totalmente psicológico como el nuestro. Mi cuarta razón requiere algunas explicaciones. Los delirios de infidelidad parecen presentar una defensa contra lo divino. El aspecto divino de Eros se desplaza a lo humano, desde la fe en el Eros divino hasta la fidelidad erótica humana que diviniza a la esposa, al marido, al amante -y especialmente al tercero invisible imaginado- en lugar de Eros, el dios. Es esta divinización la que hace que la fantasía de la infidelidad esté arquetípicamente cargada, por lo tanto insoportable, y personalmente concreta en el mismo momento. La infidelidad fundamental -desertar y ser abandonado por el dios- esa infidelidad, que es fuente de humanismo, se convierte en una experiencia personal agónica, de modo que los celos, como cualquier otro síntoma psicológico mórbido, son un compromiso. El síntoma intenta recuperar al dios divinizando a la otra persona sin cuya fidelidad erótica no puedo vivir. Verlo así implica que los celos mórbidos también son un delirio religioso, aunque secularizado más allá del reconocimiento como tal, una secularización que es su propio fundamento. Porque lo que revelan las fantasías eróticas de los celos es la suprema autonomía de lo divinizado. El intento de adueñarse del dios, de vincular sus movimientos y localizar sus límites a tal o cual relación se demuestra imposible por las fantasías atormentadoras. El Otro invisible ha invadido la pareja personal.

Cf. Ronald Rae Mowat, Morbid Jealousy and Murder: A Psychiatric Study of Morbidly Jealous Murderers at Broadmoor (Londres: Tavistock, 1966); Gabriel Langfeldt, «The Erotic Jealousy Syndrom: A Clinical Study», Acta Psychiatrica et Neurologica Scandinavica (1961), suppl. 151.

32. Para una amplia revisión de la literatura, véase la bibliografía anotada en Yehuda Fried y Joseph Agassi, Paranoia: A Study in Diagnosis (Dordrecht y Boston: D. Reidel Publishing Company, 1976); para revisiones dentro de la escuela freudiana, incluidas las desviaciones, véase W. W. Meissner, «Schreber and the Paranoid Process», The Annual of Psychoanalysis 4 (1976): 3-40; Philip M. Kitay, «Symposium on ‘Reinterpretation of the Schreber Case,’ » Revista Internacional de Psicoanálisis 44 (1963): 191-94.

33. William G. Niederland, The Schreber Case: Psychoanalytic Profile of a Paranoid Personality (Nueva York: Quadrangle, 1974), 160.

34. Las cuatro causas de Aristóteles (Metafísica Α), la cuádruple raíz del principio de razón suficiente de Schopenhauer y las cuádruples estructuras explicativas de Jung (tipología, sincronicidad, teología, etc.) son sólo tres ejemplos de un modelo que también se encuentra en la santa tetraktys de los pitagóricos, los humores de la medicina hipocrática, el quattuor coaequeva de la teología de Agustín, la división ontológica de la naturaleza de Eruigena, los cuatro principios del ser de Heidegger y, axiomáticamente, en las cuatro direcciones, elementos, estaciones, fases de la luna, letras en el nombre de Dios y la bestia mítica de cuatro patas sobre la que descansa el mundo. El relato de Freud sobre la paranoia invoca esta estructura noética. Y estamos inamoviblemente convencidos, no por la demostración empírica, sino por el poder persuasivo de la lógica interna del sistema, o psico-lógica, que, como dice Freud, «agota todos los caminos posibles» («No podemos nombrar ninguno más allá de éstos», como dice Aristóteles, Metafísica Α.10). La retórica de un arquetipo convence de que no hay más preguntas. «Siempre que se utiliza una raíz cuádruple para circunscribir los fenómenos, parece ser evidente por sí misma e incluir su propia demostración. O, para ir más lejos, este modelo se utiliza para dar cuenta de lo indemostrable … las cuatro causas de Aristóteles proporcionan explicación como los requisitos mínimos para la comprensión total, porque son una forma del símbolo de la raíz cuádruple. Se trata de un símbolo de culminación y plenitud, el fundamento indemostrable del ser mismo. Como tal, es lo que Jung llama un símbolo del Ser. Representa una psique que ya no se pregunta «por qué». La pregunta… está respondida, o mejor dicho, ha desaparecido». James Hillman, Emotion: A Comprehensive Phenomenology of Theories and Their Meanings for Therapy (Londres: Routledge and Kegan Paul, 1960), 247-48.

35. C.G. Jung, Memories, Dreams, Reflections (MDR), ed. Aniela Jaffé, trans. R. y C. Winston (Nueva York: Vintage Books, 1989).

36. C. G. Jung, Letters, ed. G. Adler y Aniela Jaffé, 2 vols. G. Adler y Aniela Jaffé, 2 vols. (Princeton, N. J.: Princeton University Press, 1973), 2: 156.

37. «Así el hombre ordinario se convirtió en fuente del Espíritu Santo … Este hecho significa la encarnación divina continuada y progresiva. Así, el hombre … parece destinado a desempeñar un papel decisivo en ella; por eso debe recibir el Espíritu Santo. Considero la recepción del Espíritu Santo como un hecho altamente revolucionario que no puede tener lugar hasta que se reconozca la naturaleza ambivalente del Padre» (CW 11: 1551).

38. Jaspers, General Psychopathology, 99.

39. Aniela Jaffé The Myth of Meaning in the Work of C. G. Jung, trans. R. F.C. Hull (Zúrich: Daimon Verlag, 1985).

40. «Der Geist Mercurius», Eranos Yearbook 9 (1942).

41. Henri F. Ellenberger, The Discovery of the Unconscious: The History and Evolution of Dynamic Psychiatry (Nueva York: Basic Books, 1970), 672.

42. Citado en Theodore Millon, Disorders of Personality: DSM-IV ™ and Beyond (Nueva York: Wiley-lnterscience, 1981), 377.

43. Cf. Emil Brunner, The Divine-Human Encounter (Filadelfia: Westminster Press, 1943), 51: «La revelación de Dios a los hombres es el elemento decisivo de lo que Dios hace por ellos… Dios es el Dios que se acerca al hombre sólo porque, y en la medida en que se revela a Sí mismo… el acontecimiento que es la relación entre Dios y el hombre es, por tanto, siempre un acto de revelación.»

44. Jaspers, General Psychopathology, 105.

45. Niebuhr, The Meaning of Revelation, 50.

46. Sigmund Freud, The Future of an Illusion, trans. W. B. Roleson-Scott, rev. and ed. James Strachey (Nueva York: Doubleday and Co., 1983).

47. «La religión existe cada vez que un grupo de seres humanos se aferra a un sentido, ya sea divino o humano … la cuestión del sentido seguía siendo crucial … [Lacan] lanzó un ataque contra la idea misma de sentido: la suya era una campaña anticlerical … La lucha contra la dominación de la noción de «sentido» era así para Lacan una manera de defender … el psicoanálisis … «No es frívolo decir que la estabilidad de la religión se debe a que el sentido es siempre religioso», dijo Lacan cuando disolvió su escuela.» Catherine Clément, Vidas y leyendas de Jacques Lacan, trad. Arthur Goldhammer (Nueva York: Columbia University Press, 1983), 183-84.

48. James, The Varieties of Religious Experience, 343.

49. Jaspers, Philosophical Faith and Revelation, 22.

50. Sobre los «humores» del Edén, véase David L. Miller, «Achelous and the Butterfly: Toward an Archetypal Psychology of Humor», Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1973): 1-23. Sobre el paso a través de los géneros a la comedia y a Spring, véase Northrop Frye, Anatomy of Criticism: Four Essays (Princeton, N. J.: Princeton University Press, 1957), «The Mythos of Spring: Comedy». Sobre el proceso alquímico, véase James Hillman, «Silver and the White Earth, I and II», Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1980): 21-48 y (1981): 21-66.

51. «Ars Poetica», en Archibald MacLeish, Poems, 1924-1933 (Boston: Houghton Mifflin, 1933).

52. he tratado de desarrollar la idea de Portmann sobre la autopresentación, así como la idea de J. J. Gibson de asuquible -percepción directa por parte de los organismos de lo que se les ofrece en el despliegue de su entorno- en mis dos conferencias anteriores en Eranos, «The Thought of the Heart,” Eranos Yearbook 48 (1979), y «The Animal Kingdom in the Human Dream,” Eranos Yearbook 51 (1982).

53. C.G. Jung Speaking: Interviews and Encounters, ed. William McGuire y R. F.C. Hull (Princeton, N. J.: Princeton University Press, 1977), 250.

54. Hellmut Wilhelm, «The Interplay of Image and Concept in the Book of Changes», Eranos Yearbook 36 (1967): 52-53.

55. Ibídem, 36-37.

56. DSM-III (véase la nota 10 anterior) y también de David Shapiro, Neurotic Styles (Nueva York: Basic Books, 1965); Fredrick C. Redlich y Daniel X. Freedman, The Theory and Practice of Psychiatry (Nueva York: Basic Books, 1966); Kolb, Modern Clinical Psychiatry; y Millon, Disorders of Personality, cap. 13.

57. Cf. Richard Hofstadter, The Paranoid Style in American Politics (Nueva York: Alfred A. Knopf, 1965), para la paranoia política específicamente estadounidense, aunque el autor «quisiera subrayar de nuevo que el estilo paranoico es un fenómeno internacional». Se basa en la obra de Norman Cohn The Pursuit of the Millennium (Londres: Oxford University Press, 1957), 38-39, para mostrar «un complejo psicológico persistente» en la Europa medieval. Las metáforas político-militares (enemigo, dominio, defensa, movilización, batalla, dos frentes, etc.) marcan la descripción de «El estilo paranoico» de Shapiro.

58. Hofstadter, The Paranoid Style in American Politics, 39.

59. Parafraseando a William James («Lo que ahora tenemos que descubrir en el ámbito social es el equivalente moral de la guerra», The Varieties of Religious Experience, 332-33), Schreber y Freud indican un equivalente erótico de la guerra. Pero el homoeros no es suficiente, ya que la emoción que une a los semejantes en el sentimiento fraternal sigue proyectando sombra sobre los diferentes. En el amor de los semejantes hay una connivencia en la sombra contra lo diferente; sigue existiendo la necesidad de un enemigo. Esto se muestra en la unión ferozmente leal de los compañeros en la guerra contra un enemigo común. Y ambos bandos en la guerra participan en la colusión más amplia de la propia guerra, en la que la necesidad de un enemigo y el vínculo homoerótico son concomitantes. El proyecto común (la guerra) requiere una proyección común (el enemigo). Para que un equivalente erótico de la guerra tuviera éxito, tendría que imaginar un enemigo aún más delirante, más allá de la biosfera en su conjunto -principalidades, poderes, fuerzas, extraterrestres- para que el propio globo y todos sus valores estuvieran unidos por el sentimiento de lo mismo.

60. Sigmund Freud, CP 5: 354-56.

61. El espectro de la psicología, desde la fenomenología y el psicoanálisis hasta el conductismo y la fisiología cerebral, define la conciencia con metáforas fálicas: despierta, activa, intencional, unilateral, conducta manifiesta, sensible al objeto, disparo espontáneo, excitación (cortical). Todas estas definiciones desertan del sentido inherente a la palabra: conocer con, conocer juntos.

62. Sobre el arte como rendición, véase Kurt H. Wolff, Surrender and Catch: Experience and Inquiry Today (Dordrecht y Boston: D. Reidel Publishing Company, 1976).

63. James Hillman, «First Adam, then Eve: Fantasies of Female Inferiority in Changing Consciousness», Eranos Yearbook 38 (1969), y como Parte III de The Myth of Analysis (Nueva York: Harper & Row, 1978).

El suicidio y el alma. Una posdata de reflexiones

Traducciones

James Hillman, EE.UU

De Suicide and the Soul de James Hillman, Ed. Spring Publications, pp. 192 – 202

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

UNIVERSAL y sin edad, el suicidio es arquetipal; sin embargo, la forma en que lo vemos está enmarcada por el tiempo. Este libro está ligado al tiempo y libre de él. Lleva huellas de mediados de siglo, cuando fue concebido por primera vez, la psicoterapia de finales de los cincuenta y principios de los sesenta todavía bajo la influencia de modelos médicos, una época totalmente anterior al alma de finales de los noventa.

Parece extraño ahora: hace cuarenta años, el «alma» era más bien un vagabundo, que sólo se encontraba en las calles de las ciudades o enterrada en los sermones y cementerios de la religión. Este libro, de hecho, resucitó el «alma» de su relicario en la espiritualidad eclesiástica e infundió a la idea la vida cotidiana cargada de pasión de la comida del alma, la música del alma, el hermano del alma, la hermana del alma y la muerte del alma. Se puede afirmar con razón que ha sido el primero en situar el «alma» en el centro del discurso clínico, incluso blasonando la palabra con valentía en el título del libro.

La elevación del alma al título de un libro de terapia deriva de la famosa obra de Jung titulada en inglés Modern Man in Search of a Soul (1933). Mi libro intenta llevar sus ideas de una psicología informada por el alma a la agonía más desgarradora de la práctica terapéutica: el suicidio del paciente. Por eso se escribió y por eso se sigue leyendo. Llega al corazón de la terapia. Puesto que cada uno de nosotros estamos en una terapia silenciosa con nosotros mismos, la cuestión del suicidio llega al corazón de cada uno de nosotros.

Dado que la psicoterapia de los años cincuenta tenía una orientación tan médica, gran parte del libro (segunda parte) establece la distinción entre dos actitudes opuestas: la médica y la psicológica. El libro en su conjunto lleva esta distinción más allá radicalizando el corte entre vida y alma. Sostiene que la principal tarea del psicoterapeuta es «hacer el alma» (un término que más tarde descubrí en John Keats) y no conservar la vida. Y, además, si la vida y el alma pueden ir por caminos separados, el paradigma más claro de esta distinción aparece como el suicidio.

Ahora bien, aunque esta distinción sea útil en la mente, en la práctica alma y vida no se dividen tan fácilmente. De hecho, en la mayoría de mis escritos posteriores sobre el alma (y, por supuesto, la obra de Thomas Moore sobre el cuidado del alma en el mundo), mostrar con cierto detalle cómo la vida puede ser perseguido sin pérdida de alma, y el alma se puede hacer sin perder las llamadas de la vida.

En años anteriores no solía ver esta fácil interacción, trazando la línea entre el alma y la vida cotidiana con mayor firmeza, como en The Dream and the Underworld, en los capítulos sobre el puer aeternus y en los escritos alquímicos sobre el azul de la melancolía y la tierra blanca imaginal. Más tarde llegó un contratiro desde el lado de la vida, atestiguado por escritos sobre el diseño urbano y los hábitos, la ciudadanía y la ecología; un lado u otro, oscilaciones entre el alma y la vida. Finalmente, en 1981 llegó una resolución mediante el concepto del anima mundi, alma del mundo y en el mundo; y ese mismo año, la conferencia de Eranos sobre la «Imaginación del aire en la alquimia», que mostraba cómo el alma salía de los recipientes cerrados del secreto introvertido al mundo público de la química y la tecnología.

Además de querer corregir la primera oposición -entre hacer el alma y vivir la vida-, hay que abordar otra. Este libro muestra un sesgo contra el modelo médico, aunque en el contexto de los años sesenta esta animadversión era heroicamente valiosa y válida. La psicoterapia tenía, y sigue teniendo, una sombra médica. Esta sombra es un introyecto del canon cultural que elige la psiquiatría por encima de la psicología, el cuerpo por encima del alma, el cerebro por encima de la mente y la ciencia por encima del arte. Así, el trabajo del psicoterapeuta siempre está ensombrecido por sentimientos de inferioridad que se aferran al hecho de que «no es médico». Para que la psicoterapia adquiera entidad propia, tiene que desmarcarse de su opresor médico, que habla con la voz del materialismo, el cientificismo y la causalidad lineal.

De nuevo, sólo más tarde (en Healing Fiction) me di cuenta de que el sentimiento de inferioridad se da con el alma y no es meramente un resultado del canon cultural y su defensa de la medicina como ciencia. Así pues, este libro también presenta la lucha de su autor con la sombra médica.

Por esta lucha, por este heroísmo, este libro anula la verdad de que el pensamiento médico también puede influir en la práctica psicológica por el camino de la virtud. No lo olvidemos. Por ejemplo: el código ético sobre la privacidad; el lema, primum nihil nocere (ante todo, no hagas daño); la máxima apolínea de apresurarse a ayudar que reconoce que la terapia compromete a sus practicantes en una empresa altruista. La terapia está centrada en el otro.

El modelo médico también tiene en cuenta los asuntos públicos: contagio, epidemiología, salud pública. Esta preocupación por lo público se traduce en la terapia en una atención más amplia al paciente que sólo como un individuo autónomo, un individuo destacado sin antecedentes en la polis.

Otra virtud del modelo médico es el ojo patologizado. El médico está impregnado de patología, de distorsión, enfermedades y muerte. Este ojo está atento a las sombras, intentando discernir los movimientos minuciosamente complejos del trastorno. Al fin y al cabo, lo que lleva a cualquier paciente a terapia no tiene nada que ver con la transferencia, la resistencia, la manipulación, la represión y todas las demás técnicas de la práctica y la dinámica de las teorías, sino simplemente con la miseria encarnada a menudo como enfermedad. Algo ya no es soportable y se siente mal.

La mente médica mantiene presente la primacía de la enfermedad, y una idea de enfermedad debe impregnar la práctica terapéutica, anclándola en el dolor y la paciencia de la condición humana. De lo contrario, la consulta de psicoterapia se convierte en una cámara estanca inflada con ideas gaseosas de autorrealización y trascendencia espiritual, y el alma vuelve a la iglesia.

Recordemos también que hay divinidades en el modelo médico. A pesar del cientificismo contemporáneo y de la idolatría de los medicamentos y las máquinas, la medicina tiene sus dioses: Apolo, Esculapio, Hygieia, Quirón, Maquión, Podalirio, Panacea, Dioniso, Artemisa, Paean. El bastón entrelazado de Mercurio sigue significando ayuda médica. A Hércules se le llamaba sanador-salvador; incluso Aquiles podía curar heridas de batalla. Además de lo divino, la medicina encarna una valiosa tradición humana de observación reflexiva y preocupación centrada en el misterio de la condición humana, una condición que la medicina sabe sanguinariamente que no cumple las idealizaciones en las que los humanos caen con demasiada facilidad y que la psicoterapia, sin su formación médica, puede olvidar, incluso negar.

A pesar de esta reverencia a lo médico, sigo defendiendo lo que escribí aquí hace treinta y cinco años. El alma sí tiene afinidad con la muerte, aparte de la enfermedad y el desorden, que no son los únicos mensajeros de la muerte. Por tanto, la muerte no puede ser un privilegio de la medicina. La afinidad inherente del alma con el inframundo y el otro lado distingue ontológicamente al alma de cualquier modelo médico que defina la vida y la muerte en términos médicos. La muerte cerebral puede no servir como medida completa de la muerte, e incluso esta medida de la muerte puramente física ha sido impugnada. Lo que sustenta la vida difícilmente puede reducirse a un sistema de soporte vital. Mientras las complejidades y perplejidades de la muerte se limiten a las definiciones médicas, no será fácil mantener unidas la medicina y el alma. Se separan y se oponen, ya que la primera se vuelve adicta a los procedimientos farmacéuticos y mecánicos duros, y la segunda sucumbe a la serenidad espiritual.

La distinción básica entre alma y vida que subyace en el pensamiento de este libro no conduce necesariamente al corolario que también se presenta en estas páginas. Con esto quiero decir que no tiene por qué seguirse que el alma es privada y la muerte asunto sólo del individuo. Quizá hace años, cuando el libro empezaba a ocupar un lugar en mi mente, el existencialismo y su exasperación solitaria tenían habitaciones en el mismo edificio. Camus, Sartre, Kierkegaard, Heidegger y su Espanto y Arrojo – estos eran los vecinos. Por supuesto, Jung tenía toda la planta baja desde la que emanaba a mis aposentos superiores su inspiradora filosofía del Sí-mismo y su individualismo radical.

Las actitudes individualistas derivadas de estas filosofías insultan a la esfera pública. Se concibe como un infierno sin sentido (El infierno son los otros, escribió Sartre), un mero «colectivo» en el término de Jung, un término que describe la brutalidad de la agricultura soviética y las plagas y moscas de Camus y Sartre mejor de lo que se adapta a la sociedad humana de la que el alma depende para su sustento y sus placeres. Por supuesto, Jung y los escritores franceses estaban por debajo del colectivo. Acababan de atravesar la Segunda Guerra Mundial con sus horrores masivos, colaboradores, SS y campos de exterminio. Sin embargo, Calígula, Atila y Cortés aparecen en cualquier momento y lugar, incluso bajo el pentáculo del Pentágono. Al fin y al cabo, «la psique colectiva» no es otra cosa que la polis. Es la civilización misma y no simplemente la muchedumbre, las masas, la turba descerebrada. Al forzar a individuo y colectivo a formar un par de antagonistas lógicos, el individuo se convierte en un extraño en su propia ciudad, esa condición existencial de extrañamiento. Para este yo aislado, la muerte sólo puede imaginarse como algo desnudo y singular, lógica y ontológicamente aparte de cualquier comunidad de almas. El suicidio es un asunto personal y privado. Tortura al individuo como individuo al modo de Hamlet. Ser o no ser debe convertirse en la cuestión principal de cada uno de nosotros, extraños, como escribió Camus.

Sin embargo, si «alma» se refiere también a un anima mundi, un alma del mundo, entonces, como escribieron alquimistas como Sendivogius y Paracelso, gran parte del alma se encuentra «fuera» de la persona. Pertenece también al mundo más allá de su propia autoridad. Entonces la decisión sobre el suicidio no te pertenece sólo a ti. Puede que tu cuerpo y su vida estén en tus manos, pero tu alma participa en el mundo. Puede que seas el único verdugo, pero ¿puedes ser también el único juez?

Hace unos años, en una amplia crítica de la terapia, me debatí con su excesivo individualismo, su olvido del mundo. ¿Por qué no, propuse, definir el «yo» como la interiorización de la comunidad? ¿Por qué no devolver al alma su importancia cosmológica, envolviendo por definición el entorno y la ciudadanía con nuestra individualidad? ¿Por qué no reconocer el apego como una necesidad ontológica, esencial a la naturaleza del alma?

Entonces, la relación entre las personas, así como entre las personas y las cosas, se daría de forma inherente, y ya no se concebiría como conexiones externas entre individuos atomísticos separados encerrados en sus pieles. Entonces, ya no «crearíamos» relaciones ni «trabajaríamos sobre» relaciones; en su lugar, reconoceríamos, realizaríamos y refinaríamos lo que ya está dado. Entonces, la terapia podría descubrir que la transferencia simplemente exhibe este apego innato e irreductible. Una vez que hayamos comprendido que la implicación es fundamental para el alma, estaríamos ineludiblemente conectados por definición, girando y retorciendo los hilos de nuestro destino con las almas de los demás. Los demás están enredados en tu muerte como tú lo estás en la suya. El suicidio se convierte en un asunto comunitario.

Antiguos decretos eclesiásticos prohibían enterrar los cadáveres de suicidas en el cementerio común. Evidentemente, se creía que el suicidio separaba tu cuerpo y tu alma del cuerpo anímico de la comunidad. El suicidio no sólo te quitaba la vida, sino que te sacaba de tus vínculos inherentes con los demás, cortando los hilos con la polis. Al quitarte la vida estabas afirmando que ontológicamente no eras un ciudadano, ni un miembro, como si estuvieras totalmente libre de cualquier tipo de participación cósmica.

Sin embargo, no es el acto lo que corta. Es el pensamiento de que mi alma es mía y, por tanto, mi muerte sólo me pertenece a mí. Puedo hacer con mi muerte lo que quiera. Puesto que puedo poner fin a mi vida cuándo, cómo y dónde me plazca, soy totalmente mi propio ser, totalmente autodeterminado, libre de la restricción fundamental que oprime al ser humano: la certeza incierta de la muerte. Ya no soy el súbdito de la Muerte, a la espera de su voluntad para elegir cuándo y cómo y dónde de su llegada. He quitado mi muerte de las manos de la Muerte. El suicidio se convierte en el poder definitivo. Soy mi propio redentor – «Muerte, ¿dónde está tu victoria?» [1 Cor. 15: 55) – la superbia del individualismo.

Esto ayuda a explicar la reacción común contra los que intentan suicidarse. No son recibidos con simpatía por la familia, los amigos o la clínica, sino más bien con ira y repugnancia. Antes de simpatizar con la difícil situación de la persona o el dolor que puede haber ocasionado el intento, culpamos; nos encontramos espontáneamente molestos, indignados, condenatorios. Creo que esta respuesta tan común apunta al estrato perdurable de la psique que todos compartimos, llámese nuestra humanidad arquetípica. En efecto, somos animales de sociedad, además de tener destinos individuales. Algo insiste en que pertenecemos a un alma más amplia y no sólo a nosotros mismos.

Así pues, esta posdata desvincularía el suicidio del individualismo. Quiero mantener el misterio que impregna este libro, pero ahora reflejar ese misterio en el espejo de un alma más amplia, su participación en el cosmos que es más grande que mi vida, quizá que la vida misma. Tan grande es esta participación que no se pueden encontrar límites (Heráclito). Puesto que los límites del anima mundi no pueden determinarse, no puedo justificar lógica o moralmente mi suicidio como una llamada de mi Sí-mismo libremente autónomo. Los contrarios fundamentales no son el alma y la vida, sino el alma y la libertad autodestructiva de la individualidad.

Los argumentos en torno al suicidio asistido de Kevorkian vuelven a plantear la antigua cuestión: ¿a quién pertenece el alma? Si es mía, entonces sin duda tengo el «derecho» de ir a Michigan y que el Dr. Kevorkian me ayude a morir. Si el alma pertenece a un contexto más amplio – usurpado ahora por el Estado laico y sometido a sus legalismos – entonces mi decisión y su ayuda están fuera de la ley. Kevorkian presenta la posición heroica del individuo libre y autodeterminado; el Estado, la autoridad dogmática y opresiva del colectivo.

En este cansino nivel de lo individual frente a lo colectivo, la cuestión no puede resolverse. Necesitamos un contexto más amplio que abarque a ambos. Esta Posdata propone el anima mundi como ese contexto, y una definición del yo como la interiorización de la comunidad. El suicidio, literalmente «matarse a sí mismo», significaría ahora tanto matar a la comunidad como implicar a la comunidad en el asesinato.

He aquí, pues, mi argumento y una propuesta.

Si el alma está esencialmente implicada con el alma en el mundo, entonces cualquier suicidio debe reconocer esta condición, pues de lo contrario la decisión de quitarse la vida no es verdaderamente un acto del alma, sino sólo un acto de independencia. El «mundo» de los «otros» debe ser incluido en la decisión, no deliberada y literalmente, sino ritual y simbólicamente. Hay que convocar a algún representante del cuerpo político, el llamado «colectivo», como emisario de los invisibles cósmicos. El mundo debe ser testigo.

En otro tiempo, este papel lo desempeñaba el rabino, el ministro o el sacerdote, aunque esta figura no podía representar auténticamente al anima mundi, ya que cualquier religioso confesional estaba constreñido por la fe en el dogma y no estaba plenamente disponible a los signos del destino. Tampoco el juez al servicio del Estado laico puede representar adecuadamente a los «otros»; ni el médico fiel al modelo médico y a la preservación de la vida.

El anima mundi podría, propongo, ser presentada simbólicamente por una especie de tribunal comunitario: jurídico, médico, estético, religioso, filosófico, así como familiar y de amigos. No es que este tribunal estuviera autorizado a conceder permisos o prohibir, ni siquiera a facilitar o disuadir. La tarea de estos otros es ritual, simplemente sostener ante el público la idea del suicidio, formalizar su significado, honrar su valor y sentir su poder, para que la muerte no se privatice. Entonces, el hecho de cometer el acto en soledad o de cometerlo, ya no pesa tanto. Porque la soledad ha sido superada por el ritual.

Al inclinarte ante este cuerpo exterior y cooperar en el ritual, reconocerías que parte de tu alma está fuera del cuerpo y de su vida, que es por definición comunitaria, y que las realidades invisibles también participan en tu muerte como lo han hecho a lo largo de toda tu vida. Esta contemplación del suicidio antes del acto implica al mundo en un gesto ritual de cierre con el mundo. Exonera -no el «pecado» del suicidio, que el acto en sí no es- sino la superbia del individualismo. El gesto confiere dignidad al acto, que deja de ser una preparación furtiva, vergonzosa y solitaria, una muerte clandestina y furtiva, para convertirse en una muestra pública de honestidad. El suicidio sale del armario.

Sacar el suicidio del armario legal es lo que la Hemlock Society y el Dr. Kevorkian han intentado conseguir. Sin embargo, no han conseguido liberarlo del armario psicológico del individualismo. Sigue siendo una agonía personal.

La salida del armario suscita nuevas preguntas. Ya no se trata de la moral: ¿está bien o mal el suicidio?, ni de la médico-legal: ¿en qué casos está justificado, cómo y por quién? La cuestión se vuelve más bien psicológica: ¿por qué la feroz resistencia de la civilización occidental a abrir la puerta del armario? ¿Por qué el pánico persecutorio cuando surge la «amenaza» del suicidio? – Acción policial, encierros, criminalización de los ayudantes, dosis hasta la saciedad. Evidentemente, sacar el suicidio del armario de la individualidad privada amenaza la esencia de la individualidad privada. Introducir a otros en su cuestionamiento profundo ofrece al suicidio un trasfondo antiguo en Roma y ritual en Japón. Se reconoce algo más que mi persona. Retrocedemos también a la metapsicología de Freud y al mito que él devolvió a la terapia. Freud declaró que Hades y su inframundo son una fuerza universal en el cosmos. Vinculó el alma ineluctablemente al principio thanatos, la pulsión hacia la muerte, la pulsión de Muerte.

Freud estaba impregnado de las fuentes griegas del pensamiento psicológico. Su psicología insistía en que la muerte no es una cuestión de tiempo, una mera etapa final hacia la que avanza toda la vida. Es más bien una pulsión interior. El alma busca la muerte mientras vive. La muerte siempre está en marcha, y por eso nos suicidamos mientras vivimos. Lo llamamos cambio radical, crecimiento, renovación, y sentimos sus concomitantes: pérdida y remordimiento. El alma contiene ambas cosas: una primavera continua de alcances eróticos y un invierno interminable de dolor y luto. Esta universalidad del suicidio, este thanatos dentro de la vida de cada alma, significa que los miembros del tribunal no son meros testigos observadores; son participantes en el agón. No juzgan, sino que sienten empatía por tu situación.

Por último, recordemos que la individualidad es una idea arquetípica sostenida por un mito. La idea obsesiona la mente en muchos lugares y épocas. Por ejemplo, las perplejidades de la filosofía medieval: ¿cómo dar cuenta del principio de individualidad, de las diferencias entre las cosas, de que cada una tiene una esencia específica? La individualidad aparece en el pensamiento asiático como una ilusión fundamental, de hecho, el engaño más grave de la mente separada. Y la idea es crucial para la elevada noción de persona, que alimenta las raíces cristianas de los valores occidentales relativos a la santidad de cada individuo humano, afectando a nuestra ética, nuestros sistemas políticos y nuestras nociones de propiedad privada.

Una idea arquetípica, sí; pero, qué difícil darse cuenta cuando uno se siente más «yo mismo». Qué difícil aceptar que la «experiencia» más preciadamente privada de la singularidad es en conjunto un fenómeno colectivo disponible para cualquiera, en cualquier momento y en cualquier lugar. El arquetipo de la individualidad se refleja en la conciencia personalizada que, si se toma simple y literalmente, se convierte en la ideología del individualismo y la mitología del monoteísmo.

Si, como propongo en estas reflexiones y en el libro en su conjunto, el suicidio como «auto-muerte» literaliza el deseo de dar muerte a este yo, entonces la muerte que busca es la muerte de la idea arquetípica del yo que ha aprisionado el alma en un confinamiento solitario y me ha convencido de mi individualidad. La fuerza de la idea de singularidad refleja el mito del monoteísmo: un Uno autosuficiente, egocéntrico, automotivado y omnipotente. Si esto es así, entonces el impulso de acabar con uno mismo puede tener su fuente arquetípica en los otros excluidos: otros dioses, otros seres, su llamada al alma. Su venganza puede actuar como mi suicidio, con el objetivo de liberar mi alma en un cosmos más amplio y pleno de participación con ellos. Para repetirlo de nuevo: el individuo es algo más que su individualidad personal. Algo más que «yo mismo» habita en el alma, participa en su vida y tiene voz en su muerte.

Lo que es esencialmente característico de «mí» viene dado por mi daimon (elaborado en El código del alma), cuyo compañero soy y que eligió mi vida para habitarla. Como escribió Henry Corbin, nuestra preocupación debe ser su individuación, el cumplimiento de su llamada a la que sirve nuestra vida. Así, la pregunta del suicidio se dirige a tu daimon en busca de una respuesta, preguntando qué pretende al acecharte con el deseo de abandonar este mundo al que parece haber querido venir. ¿Quiere irse, irse a otra parte, o eres tú la causa urgente? Sólo ella puede saberlo, por lo que puede ofrecerte respuestas que quizá no seas capaz de imaginar. Dirigirse a ella con desesperación y perplejidad puede iniciar una conversación similar a la del primer documento suicida que la cultura humana aún atesora, el papiro egipcio del Nuevo Reino, traducido como Diálogo de un hombre cansado del mundo con su Ba-Alma.

Las ideas arquetípicas pueden atraparnos. Todos lo sabemos: hemos estado enamorados, hemos creído en nuestro crecimiento, hemos tocado el cielo en señal de victoria, nos han inundado los miedos y la indecisión o nos hemos perdido en ciénagas de perdición. En estos estados del alma, nuestra conciencia se esclaviza a una idea dominante, ofreciendo un testimonio convincente del arquetipo que se ha apoderado de nosotros. Así, también, podemos convertirnos en víctimas de la individualidad. Sin embargo, no tenemos que deshacernos de nosotros mismos para librarnos de la idea. En lugar de ver a través de ella hasta nuestro fin, podemos ver a través de ella hasta su fin. Las fantasías suicidas literalizan el intento de epistrofia. Para liberar el alma, no tenemos que abandonar literalmente el mundo para abandonar su mundanidad, ya que el mundo también puede convertirse en una obsesión arquetípica. Necesitamos ver a través del exterior del mundo y dentro de su alma con la que cada daimon está ligado y que reclama nuestra participación. Porque, si no devolvemos al alma del mundo algo de lo que nos da, ¿no se marchitará por negligencia, el mundo se volverá cada vez más desalmado y nuestro impulso al suicidio cada vez más fuerte? 

– J. H.
Thompson, Connecticut, 1997

El suicidio y el alma. 2. El desafío del análisis. 11. Esperar, crecer y el proceso analítico

Traducciones

James Hillman, EE.UU

De Suicide and the Soul de James Hillman, Ed. Spring Publications, pp. 153 –

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

«Donde hay vida, hay esperanza» es la máxima del médico. La esperanza infunde ánimo en el paciente, fortaleciendo su voluntad de vivir. El médico nunca se atreve a renunciar a la esperanza. Es la esencia de su actitud terapéutica. 

Esta máxima significa más que su uso secular, médico, es decir, mientras el paciente viva, hay esperanza de curación. La frase establece una identidad de vida y esperanza. Donde hay vida, hay esperanza. Y esta esperanza es la propia voluntad de vivir, el deseo de futuro – o como lo define el diccionario, «esperar con deseo». ¿Cómo podríamos seguir adelante sin ella; qué es el mañana sin ella? La máxima del médico ofrece la idea de que la fuerza motriz fundamental del hombre bien podría ser la esperanza, del mismo modo que la desesperanza es la atmósfera del suicidio. Donde hay vida, debe haber esperanza. La esperanza nos hace seguir adelante. O como T. S. Eliot: 

Vamos, vamos, vamos, dijo el pájaro: la especie humana 
No soporta mucho la realidad.

Y si la esperanza es la fuerza emocional fundamental de la vida, quizá sea también, como insinúa Eliot, lo contrario: el engaño fundamental, como la expectativa y el deseo que nos aleja del momento. 

Merece la pena recordar las historias sobre el origen de la esperanza en el mundo. En la India, la esperanza pertenece a Maya, la Gran Diosa, que nos tienta con la ronda de la ilusión. Al igual que Maya, la esperanza teje las innumerables fantasías de nuestro destino. Estamos atrapados en una red de esperanzas, que es la voluntad de vivir experimentada como proyecciones hacia el futuro. Como emoción fundamental, la esperanza de Maya sería lo que la psicología moderna llama la función proyectiva de la psique que nunca nos deja ir mientras vivimos, atrayéndonos hacia adelante. En Occidente, Pandora es la contrapartida de Maya. Las historias de su creación muestran paralelismos. En Grecia, Zeus hizo de Pandora una estatua de tamaño natural, una muñeca de belleza pintada, la primera «dulce tramposa» (kalon kakon), dotada de virtudes por veinte de las divinidades griegas. En la India, la Gran Diosa surgió como producto combinado del panteón hindú reunido para salvar al mundo de la desesperación. En otro relato apareció en forma de Amanecer; y luego, como Sati, fue modelada por Brahma en presencia de veinte divinidades para tentar a Shiva a salir del aislamiento ascético para que el eterno juego de la vida pudiera continuar, reproduciéndose y exfoliándose sin cesar. Asociadas a la Diosa, griegas e hindúes, están todas las locuras y vicios de la pasión humana, y todas las energías creadoras (Shiva y Brahma; Prometeo, Hefesto, Zeus) de las búsquedas humanas. 

En su forma original, Pandora era representada como una gran jarra o vasija. Como han demostrado Dora y Erwin Panofsky, este recipiente se convirtió en una caja en la tradición posterior. En Pandora, como vasija, yacían ocultos todos los males del mundo. Cuando se abrió (y debe ser inevitablemente, de la misma manera que Eva trajo el Pecado al mundo al ceder a la tentación de lo prohibido) salieron volando los males, todos excepto la Esperanza. La creación del mundo fenoménico de la ilusión es similar en Grecia, en la India, en el Antiguo Testamento. 

El cuento de Pandora de Hesíodo nos dice que la esperanza es uno de los males que había en el recipiente, y es el único que permanece dentro. Permanece oculta donde no se ve, mientras que todos los demás males, fantasías y pasiones son proyecciones que encontramos fuera, en el mundo. Éstas pueden recuperarse integrando las proyecciones. Pero la esperanza está dentro, ligada al dinamismo de la vida misma. Donde está la esperanza, está la vida.

Nunca podemos enfrentarnos a ella directamente, como tampoco podemos aprovechar la vida, porque la esperanza es el impulso de vivir hacia el mañana, la inclinación despreocupada hacia el futuro. Vamos, vamos, vamos. 

¿Acaso la esperanza religiosa no es totalmente diferente? La encontramos en la Epístola de Pablo a los Romanos, VIII: «Porque por la esperanza somos salvos; pero la esperanza que se ve no es esperanza; porque lo que el hombre ve, ¿por qué lo espera todavía? Pero si esperamos lo que no vemos, entonces lo aguardamos con paciencia». Esperar no es esperar lo que se espera; no se espera lo que ya se conoce. Tal esperanza es la esperanza de algo equivocado. Es una ilusión. Utilizando de nuevo las palabras de Eliot: 

Dije a mi alma, estate quieta, y espera sin esperanza
Porque la esperanza sería la esperanza de la cosa equivocada; esperar sin amor
Porque el amor sería amor a lo malo; aún hay fe
Pero la fe, el amor y la esperanza están en la espera.

El sentido religioso de la esperanza implica el sacrificio de toda esperanza. Esta esperanza religiosa, en la que la espera lo es todo, ¿no es acaso la esperanza de la desesperación que aparece ante el riesgo de suicidio? 

La esperanza secularizada se manifiesta mejor en medicina. Durante las recientes reuniones de la Sociedad Americana del Cáncer, un experto consultor explicó por qué nunca se debe abandonar la batalla para salvar a un paciente de cáncer. No importa el gasto, el dolor y la agonía psíquica, siempre existe la esperanza de que, durante un aplazamiento temporal, la ciencia médica encuentre un remedio y salve la vida del paciente. La calidad de vida y la entrada en la muerte tienden a pasar a un segundo plano frente al principal objetivo médico: prolongar la vida. La vida ya no es para nada más, sino que se ha convertido en su propia medida. 

Esto es suficiente y correcto para la medicina científica; pero ¿es suficiente y correcto para el análisis? Salvar la vida tiene diferentes significados. Para el médico, salvar la vida significa en primer lugar aplazar la muerte. Esto es sencillo y claro. Se puede evaluar por medida: por años, días, horas. La esperanza de salvación que ofrece el médico es la esperanza de más tiempo, es decir, una cantidad de vida. Y la esperanza a la que sirve el médico es la demanda del paciente de más vida, no de una vida mejor, no de una vida transformada. Cuando la vida se convierte en su propia medida, la buena vida significa simplemente más vida, y la muerte se convierte en el gran mal. Y supongamos que se ha encontrado el remedio, que ha volado hasta la cabecera de la cama, ¿qué esperanza tiene el paciente? ¿Qué se ha hecho para salvar al paciente, para su salvación? Este tipo de esperanza médica sirve a la salvación secularizada, y no existe tal cosa. 

La medicina vincula la enfermedad con la muerte, la salud con la vida. Gaubius de Leyden (1705-80) dio esta definición: «La medicina es la guardiana de la vida y la salud contra la muerte y la enfermedad»; mientras que hoy en día la medicina dice que faltan pruebas para la idea de una «muerte natural», porque las autopsias muestran que toda muerte puede atribuirse a los residuos de la enfermedad. Esto implica la esperanza de que si acabamos con la enfermedad también acabaremos con la muerte. Sin embargo, una vida enferma y una muerte sana también son realidades. Esta reordenación de los pares habituales ofrece otra forma de ver los problemas de muerte con los que se encuentra el analista. La lucha contra la enfermedad puede separarse del temor a la muerte, porque la enfermedad es enemiga tanto de la vida como de la muerte. La enfermedad interfiere tanto con la muerte como con la vida. Una metáfora hindú de la muerte muestra que la muerte requiere salud; uno cae intacto y maduro del árbol de la vida en el momento adecuado. Esto implica que el médico puede tomar las armas contra la enfermedad no sólo por el bien de la vida, sino también en nombre de la muerte, para permitir que su encargo fructifique conscientemente. 

O, para los esquimales, cuando uno cae enfermo, adopta un nuevo nombre, una nueva personalidad enferma. Para superar una enfermedad, hay que «superarla» literalmente trascendiéndola, es decir, muriendo. La única esperanza de curación reside en la muerte de la personalidad enferma. La salud exige la muerte. 

Tal vez esto es lo que Sócrates quiso decir con sus últimas y oscuras palabras sobre deber un gallo de sacrificio a Esculapio. Una vez sacrificado el arrogante orgullo de la vida que canta esperanzado al amanecer de cada día, el instinto del mañana se rinde. La muerte es entonces la cura y la salvación, y no sólo el último y peor estadio de una enfermedad. El canto del gallo al amanecer también anuncia la resurrección de la luz. Pero la victoria sobre la enfermedad y el nuevo día sólo comienza cuando se ha abandonado en el altar la ambición por ella. La enfermedad que cura la experiencia de la muerte es la rabia de vivir. 

Esta enfermedad se expresa mejor con el término médico-estadístico «esperanza de vida». Esperar, «esperar con deseo», está justificado estadísticamente; uno tiene derecho a una cierta cantidad de vida. Esta esperanza tiende a enredar al médico y al paciente en esperar lo equivocado. Esperan más de la vida que ya se conoce, es decir, para el pasado. Una esperanza de este tipo difícilmente sirve para la salvación o incluso para nuevos comienzos. Es regresiva porque evita el desafío de la muerte. Es egoísta porque pide más de lo que uno era. Difícilmente es la esperanza que describe Pablo, que no se ve y en la que «mejorar» significaría una cualidad del ser, no una aproximación a lo normal. Se hace creer que el deseo de librarse de la enfermedad significa en realidad volver a lo que se era antes de la enfermedad, al statu quo ante. Cuando el médico se une al paciente en la esperanza de restaurar o devolverle la salud con una rápida recuperación, se mueven contra el flujo del tiempo, el proceso de envejecimiento y la realidad de la muerte. Su esperanza conjunta niega la morbilidad de toda vida. 

A menudo, un analista se encuentra con que pasa deliberadamente por alto los síntomas que aparecen en su consulta. En lugar de investigar estos síntomas, se dirige a la vida de la persona que ha fomentado la patología. Su premisa es que la enfermedad tiene su significado en la vida del paciente y él intenta comprender este significado. No puede albergar la esperanza habitual de curación o incluso de alivio de los síntomas. Su experiencia analítica le dice que la esperanza que presenta el paciente forma parte de la propia patología. La esperanza del paciente surge como parte esencial de la constelación de su sufrimiento. Con frecuencia está regida por la exigencia imposible de liberarse del sufrimiento mismo. La misma condición que consteló los síntomas es justamente la condición que estos síntomas están interrumpiendo y matando – o curando. Por lo tanto, un analista no espera volver a esa condición de la que surgieron los síntomas y la esperanza de alivio. 

Como la esperanza tiene este núcleo de ilusión, favorece la represión. Al esperar el statu quo ante, reprimimos el estado actual de debilidad y sufrimiento y todo lo que puede acarrear. Las posturas de fuerza son responsables de muchas de las principales dolencias actuales: úlceras, afecciones vasculares y coronarias, hipertensión, síndrome de estrés, alcoholismo, accidentes de tráfico y deportivos, colapso mental. La voluntad de enfermar, al igual que el impulso suicida, conduce al paciente y al médico cara a cara con la morbilidad, que regresa obstinadamente a pesar de toda esperanza en contrario. Cabe preguntarse si la propia esperanza médica no es en parte responsable de la recurrencia de la enfermedad; puesto que nunca permite plenamente la debilidad y el sufrimiento, la experiencia de la muerte no es capaz de producir su sentido. Las experiencias se ven defraudadas de su efecto profundo por una recuperación rápida. Hasta que el alma no consigue lo que quiere, tiene que volver a enfermar. Y comienza otro círculo vicioso iatrogénico de enfermedad recurrente. 

La imagen médica de la salud, con sus expectativas sobre la vida, simplemente no permite suficiente sufrimiento. La medicina nos libraría de él. El médico puede pretender librar a su paciente de su enfermedad porque la considera una invasión extranjera de la que hay que deshacerse. Pero «librarse» es imposible en el análisis porque, como hemos visto, la enfermedad es el paciente. Y la enfermedad no es el sufrimiento del que el paciente debe salvarse, sino la condición necesaria para la salvación. Si el paciente es la enfermedad, «librarse» significa un rechazo destructivo del paciente. La única protección del paciente en este caso puede ser una transferencia magnificada en la que el alma – engatusando, aferrándose, seduciendo – exige más intensamente que nunca que se le permita ser. Mientras curarse signifique «librarse», ninguna persona en análisis querrá nunca dejar de ser paciente. 

Sin embargo, parece que la esperanza del tratamiento médico es alcanzar esa utopía en la que no hay pacientes. En algún lugar, de alguna manera, el paciente siempre siente que «no debería» estar enfermo. La propia medicina nos lleva, a través de su noción de salud, a vivir más allá de nosotros mismos, impulsados y agotados, en peligro de colapso, debido a la negación de la fragilidad humana. Cuando el médico advierte que hay que bajar el ritmo, su propio «adelante, adelante, adelante» y furor agendi impiden que su advertencia surta efecto. «Mejorar» significa «fortalecerse»; la salud se ha convertido en equivalente a la fuerza, la fuerza a la vida. Estamos construidos para rompernos y luego ser reconstruidos como antes, como una máquina atrapada en una retroalimentación acelerada. El alma parece capaz de hacerse oír sólo hablando los síntomas del lenguaje del médico. 

Ser débil y sin esperanza, ser pasivo ante las manifestaciones sintomáticas del inconsciente, es a menudo una condición altamente positiva al comienzo del análisis. No se siente positivo porque nuestra esperanza está puesta en otra cosa, en algo que esperamos a partir de lo que ya conocemos. Pero la muerte está ocurriendo y es probable que se produzca una transformación. Un analista puede animar a su paciente a experimentar estos acontecimientos, a darles la bienvenida, incluso a atesorarlos, ya que algunos mejoran empeorando. Si empieza a esperar con el paciente que se «deshaga» de ellos, ha empezado a reprimir de forma médica. Algunos deben llegar a este lugar donde comienza la humildad sólo a través de la humillante derrota de la enfermedad o de los intentos de suicidio, sólo a través del modo orgánico. Pero aquí la esperanza médica, con su arsenal de recetas, apunta a la fuerza del statu quo ante. Envía al paciente, fortalecido, lejos de nuevo. Como estos pacientes estaban en camino hacia la salud acercándose a la muerte, la medicina los envía de nuevo a la vida y a la enfermedad.

El analista aborda la dependencia, la pasividad y la desesperanza de manera diferente, porque parte de su propia debilidad. Se enfrenta a admitir en la primera hora que no puede hacer ningún diagnóstico, que no conoce la causa de la dolencia, ni si puede tratarla o curarla. Se muestra, en cierto modo, pasivo ante ella. Ha tenido que abandonar sus expectativas sobre la vida de sus pacientes y ofrece poco para alimentar la esperanza del paciente. Si tiene alguna esperanza, es en el inconsciente, en lo desconocido que podría surgir de la dialéctica analítica, que es una esperanza «por aquello que no vemos». Esta actitud fue presentada en detalle en el capítulo «Frente al riesgo de suicidio». 

Al igual que ocurre con la esperanza, ocurre con el crecimiento. El médico se ha formado en biología. Su modelo de desarrollo procede de estudios de evolución, principalmente sobre especies subhumanas. Reconoce el desarrollo por el crecimiento en tamaño, la diferenciación en función, el aumento de la viabilidad, la aproximación a la norma para la especie y, en las formas superiores de vida, reconoce la madurez por la capacidad de reproducirse. La genética, la bioquímica, la histología y la embriología han proporcionado al médico sus conocimientos básicos sobre el crecimiento. 

Trasladado al proceso analítico del desarrollo anímico, este modelo malinterpreta algunos fenómenos fundamentales. Una vez más, el análisis freudiano se ve influido por su trasfondo médico. Por lo general, el análisis freudiano llega a su fin cuando el paciente ha logrado una adaptación sexual satisfactoria. El análisis freudiano rara vez acepta analizados de más de cuarenta y cinco años. La noción de desarrollo está condicionada por el pensamiento biológico. La capacidad biológica de reproducirse se transfiere a la psique y se convierte en criterio de «madurez». Pero, ¿deben coincidir la plasticidad biológica y la capacidad psíquica? 

Incluso la idea de creatividad, el preciado objetivo de tanta gente, está moldeada por estas nociones biológicas de potencia y reproducción. Dado que la semilla de todos los procesos naturales siempre se manifiesta físicamente, la creatividad se concibe como un acto reproductivo con un resultado tangible -un niño, un libro, un monumento- que tiene una vida física que va más allá de la vida de su productor. La creatividad, sin embargo, puede ser intangible en forma de una buena vida, o un acto bello, o en otras virtudes del alma como la libertad y la apertura, el estilo y el tacto, el humor, la amabilidad. La capacidad de crear virtudes en uno mismo siempre ha sido para la filosofía y la religión un bien primordial. Tradicionalmente, este tipo de crecimiento tenía prioridad sobre el crecimiento físico. Para lograrlo, puede que haya que sacrificar el modelo biológico de creatividad y el tipo de crecimiento que muestra la naturaleza. Pero el crecimiento del alma no requiere las exageraciones del mártir y del asceta. Basta recordar que la vida creativa muestra espontaneidad y libertad, y que creatividad no significa sólo productividad de tipo físico voluminoso. El paciente quiere «crecer» y «volverse creativo». Y una buena parte de la psicoterapia se engaña con la idea de que todo el mundo debe ser normal (curado), tener hijos y «hacer cosas», o ser creativo escribiendo o pintando o «haciendo cosas». Cuando una persona habla de la creatividad como productividad tiende a encontrar un oído receptivo en el analista médico debido al modelo biológico de crecimiento. (La actitud médica está correctamente ligada a esta forma de pensar porque, como recordamos, la raíz de «médico» es bhu, que significa «crecer», «producir»). 

Esta noción de crecimiento traiciona las mismas expectativas que la esperanza. De nuevo, es cuantitativa. Tiende a ver el proceso analítico principalmente como una adición a la personalidad. Un analista que ve las cosas de este modo espera que su paciente se vuelva más completo, más adaptado, más exitoso, más productivo. O, si sus objetivos son introvertidos, el crecimiento tiende a significar una subjetividad más rica y diferenciada, formulada como «ampliación de la conciencia». Tanto si la expansión es extrovertida como introvertida, el crecimiento tiende a significar aumento y los objetivos están influidos por el pensamiento biológico. La persona espera crecer siguiendo las líneas del modelo biológico, y el analista que se apoya totalmente en este modelo corre el riesgo de juzgar el crecimiento sólo según las normas de los procesos evolutivos. Tales ideas de desarrollo son más adecuadas para el niño en crecimiento que para el adulto, para quien el aumento de tamaño y la viabilidad, la reproducción y la aproximación a la norma ya no son objetivos. El crecimiento sólo como aumento, el crecimiento sin muerte, se hace eco del deseo de una Madre amorosa con leche siempre fluyendo de su pecho. La creatividad como productividad expansiva contiene las fantasías omnipotentes del falicismo ambicioso. El mantenimiento de tales objetivos en la edad adulta, incluso si ahora se transfieren al «desarrollo psíquico» y a la «creatividad», revela que no todas las cosas infantiles se han dejado de lado. Son los inmaduros los que se preocupan por la búsqueda de la madurez. ¿Y no es típico de la adolescencia ver el crecimiento y la creatividad en imágenes proteicas del «devenir»? La esperanza y el crecimiento, como la juventud, son verdes. El furor agendi creativo, apoyado en metáforas erróneas del crecimiento, puede impedir el verdadero desarrollo psíquico, por lo que un analista se ve llevado a ver el crecimiento bajo una luz totalmente distinta. 

La creatividad del análisis no tiene por qué ir más allá del propio análisis. No tiene que producir otra cosa. La creatividad está ahí, presente durante la hora del propio análisis. La relación analítica, es decir, una relación mutuamente trabajada, es la forma básica de creatividad mutua. Otros actos creativos tienen lugar en soledad, como la pintura y la escritura, o en grupos complejos, como en las artes escénicas. Pero en el mejor de los casos, en el análisis, dos personas se crean mutuamente. ¿No constituye el análisis la metáfora fundamental de la creatividad en cualquier relación, en la que la interacción fructífera es el trabajo, pero el trabajo no es por sus frutos? 

El proceso analítico consiste en transformaciones hacia la individualidad; conduce a ser uno mismo. De la observación empírica de este proceso se podría afirmar que la individualidad es la norma de la especie, el hombre. Esto es paradójico porque la individualidad es siempre diferente de la especie y desmiente todas las verdades estadísticas. El analista se encuentra, por tanto, fomentando un crecimiento que, en todo caso, conduce hacia lo atípico y lo excéntrico. Se encuentra adoptando posturas, como la postura ante el suicidio, que parecen definitivamente opuestas a las normas de la especie tal como se concibe biológicamente. 

El crecimiento del alma puede alejarnos totalmente de la adaptabilidad y la diferenciación. Por ejemplo, a través del análisis, una mujer joven e introvertida o un hombre joven para quien el sentimiento se antepone al pensamiento, pueden encontrarse más retraídos y con menos dominio del mundo que les rodea. En primer lugar, han tenido que ser lo que son antes que llevarse bien con un mundo que para ellos plantea exigencias inauténticas. A más largo plazo, quizá estén ahora más adaptados, pero los pasos hacia esta adaptación parecen totalmente distintos de la noción biológica habitual de crecimiento. Incluso algunos extremos del asilo, como el aumento de la dependencia y el retraimiento autista, un analista puede verlos como fenómenos de crecimiento. El alma puede realizar desarrollos sin que salgan a la luz, y sus manifestaciones pueden parecer contrarias al mundo, a la vida y al cuerpo. Debemos volver a pensar en la antigua idea de una mente sana en un cuerpo sano. Cuando hablamos de una vida plena, no siempre nos referimos también a un alma plena. A veces una vida plena puede significar un «vacío interior», del mismo modo que alguien de quien se dice que tiene un alma rica o que es una buena persona puede no haber vivido ni un solo día de su vida con buena salud desde el punto de vista médico. 

Es posible que haya que renunciar a los objetivos biológicos de ampliación y diferenciación en favor de la concentración. Para algunos jóvenes dotados, el horizonte y todas sus luminosas posibilidades se encogen. El desarrollo de la conciencia requiere perseverancia y determinación. La concentración en uno mismo y en su destino desarrolla una estrechez de miras y una intensidad emocional que no encajan con el modelo de diferenciación biológica ni con la viabilidad de un hombre completo que ha puesto en juego todas sus facultades. 

El análisis no es una psicoterapia dinámica. La propia palabra «psicodinámica» traiciona la Weltanschauung esperanzadora y creciente. El análisis a menudo conduce a condiciones en las que la dinámica del cambio se desvanece, terminando en estabilidad. Esta estabilidad los alquimistas la entendían como la Piedra; no conocida por su capacidad de crecer y volverse diferente, sino simplemente la misma. La simplicidad de esta condición no es pesimista, pero lastra las expectativas optimistas. 

El crecimiento puede ser un desarrollo alejado del mundo. El proceso analítico lo muestra mediante imágenes de pérdida, de desprendimiento, de muerte. Se pierde tanto como se añade. Cuando se superan las ilusiones, lo que queda es a menudo más pequeño de lo que se esperaba, porque llegar a ser uno mismo significa reducirse a lo que uno es -esa piedra de arcilla común- del mismo modo que amarse a uno mismo significa aceptar su realidad limitada, que es, también, su singularidad. El desarrollo analítico, especialmente en las personas mayores, parece alejarse de lo que se muestra hacia lo que no se muestra. (Una vez más, ¿no es el niño quien debe mostrárnoslo todo?) Las cuestiones de los resultados manifiestos se vuelven cada vez menos apremiantes, aunque el trabajo analítico pueda volverse cada vez más urgente. Aquí, la creatividad se ocupa plenamente de la creación de uno mismo. Hemos hablado de ello anteriormente en el lenguaje de la tradición como el cuerpo sutil, o el cuerpo de diamante inmortal, o la construcción de la propia muerte. Este crecimiento y creatividad no pueden medirse con criterios biológicos; se corresponden más con los patrones de desarrollo espiritual de la religión, el misticismo y la filosofía. 

Por lo tanto, el proceso analítico se describe mejor como refinamiento cualitativo que como crecimiento cuantitativo. La alquimia presenta, como Jung tan cuidadosamente documentó, la imagen más clara de este tipo de desarrollo. El mineral (nuestra sustancia común) se funde para producir un metal precioso; los fluidos (nuestras vagas corrientes emocionales) se destilan para obtener una gota de rara esencia; las masas sólidas (nuestras acumulaciones amorfas) se reducen a sus elementos. La separación procede por discriminación y la escoria se desecha. O, a través del fuego y la sal (de nuestras experiencias calientes y amargas) se queman las superfluidades y se da permanencia a los valores. Lo demasiado grosero se vuelve sutil, lo demasiado pesado se volatiliza, lo demasiado mercurial se carga de plomo y lo demasiado seco se fertiliza con la lluvia. El rendimiento de la cosecha es siempre menor que el grano en pie. El trabajo analítico tiende a producir la personalidad más pequeña en el sentido religioso, donde el crecimiento parece proceder hacia abajo y hacia adentro, y hacia atrás, hacia los espíritus ancestrales y las semillas germinales de las que hemos brotado. Como dice la alquimia, el proceso analítico es un opus contra naturam, un trabajo contra natura. La ontogenia del alma difícilmente recapitula la filogenia biológica, aunque nuestros intelectos deban utilizar metáforas biológicas para las descripciones. Por tanto, el crecimiento psíquico es paradójicamente un crecimiento contra la vida natural, cuando ésta se concibe de forma demasiado ingenua. El crecimiento del alma sería a través de la muerte, el mayor opus contra naturam. No, no es crecimiento, sino más bien como dijo Buda en sus últimas palabras: «La decadencia es inherente a todas las cosas componentes. Trabaja en tu salvación con diligencia». 

Así como la esperanza y el crecimiento son inadecuados para concebir el proceso analítico, también sus opuestos, la desesperación y la muerte, son metáforas insatisfactorias. O, más bien, mientras discutamos el análisis sólo como un proceso de mejora, cualquier modelo de refinamiento, transformación, crecimiento y desarrollo servirá. Pero todas esas metáforas raíz engañan cuando se convierten en escudos contra la experiencia directa. Y la experiencia directa, único alimento del alma, es el corazón del análisis, porque genera conciencia. El perfeccionamiento, la transformación, el crecimiento y el desarrollo requieren momentos individuales de experiencia directa, que niegan con intensidad demoledora el proceso de desarrollo acumulado. 

El proceso puede confundirse con demasiada facilidad con el progreso, el progreso enmascara con demasiada facilidad el momento. Un momento, cualquier momento de hecho, puede ser el momento de la muerte, de modo que todo el proceso se condensa siempre en el ahora. No está en otra parte ni en el futuro, sino aquí y ahora, en cualquier momento de conciencia emocionalmente intensa. 

Sabemos poco sobre la conciencia. Después de todas las épocas que el hombre lleva en este mundo, todavía somos incapaces de decir mucho sobre el acontecimiento central de la vida psíquica. Tenemos hipótesis fiables sobre su base fisiológica y sus conexiones sensoriales. También tenemos buenas razones para creer que la conciencia consume energía, que requiere tensión psicológica o «set», y que está ligada a lo que se llama «realidad.» Por el contrario, utilizamos la palabra inconsciente cuando hay distorsión o incognición de la realidad. De lo que tenemos constancia, parece que la conciencia se intensifica cuando la realidad se experimenta con mayor audacia.

Esta suposición concuerda con las descripciones de la mayoría de las disciplinas espirituales, que desarrollan la conciencia mediante la intensificación de la concentración en un prisma de atención. Esta atención no es meramente intelectual. Es una atención, una espera o una escucha de la realidad que habla, cuya imagen es el Buda: sus enormes orejas receptivas, todo el lado de su cabeza abierto. La conciencia se vivifica en el análisis mediante audaces confrontaciones con la realidad, cuyo paradigma es afrontar juntos la realidad de la muerte por suicidio. Llegar a este lugar donde caen todos los velos se expresa en innumerables metáforas para el desarrollo de la conciencia, tales como: deambular por los callejones sin salida y los rodeos del laberinto; el progreso del peregrino a través de inflaciones, depresiones y obstáculos resistentes; pelar, una a una, las envolturas externas de la cebolla cabalística, etc. Cualquiera que sea la metáfora, el objetivo es llegar a una experiencia directa de la realidad, de las cosas tal como son. La conciencia mística, incluso las «visiones instantáneas» químicas de Huxley, aspiran a esta penetración vívida, de modo que la división entre la conciencia subjetiva aquí y la naturaleza objetiva allá desaparezca. La vida y la imaginación se unen en momentos de sincronía. 

Los desvíos, los muros y los velos son los sistemas que hemos construido para impedir el contacto directo. Son el crecimiento que impide crecer, las costras que protegen la sensibilidad de la exposición inmediata. Porque la inmediatez es el gran tabú, y la experiencia se ha vuelto vicaria. 

El alimento del alma se envasa. La persona ya no siente que está dentro de su propia vida, sino que está fuera, en algún lugar, mirándola o poniéndola en palabras. Se ha convertido en el personaje de una película, en el autor de sus propias memorias, en un pedazo de la imaginación familiar que hace realidad las esperanzas surgidas de la desesperación de otros. La madre vive la vida a través de sus hijos y el padre a través de su organización. El contacto a través de la sexualidad se vuelve compulsivo cuando toda otra posibilidad de inmediatez desnuda retrocede. El alma se desnudaría ante otra en su simple elocuencia, pero sólo impele al cuerpo a la locura adúltera. Más sutilmente, la experiencia está mediada por la propia psicología, sus héroes, sus imágenes y sus vidas, sus técnicas y sus términos. La persona se convierte en un caso clínico, representando conceptos del libro en un proceso de autoanálisis que fragmenta la espontaneidad emocional en trozos de polvo. Incluso todas las actividades de ocio y responsabilidad social que merecen la pena, los pasatiempos del suburbio, así como las búsquedas «más elevadas» como la religión, el arte y el idilio del amor personal pueden impedir la experiencia directa, de modo que la vida adquiere esa cualidad llamada «falsa» por los jóvenes, que, como todavía son capaces de inmediatez, se resisten con violencia a enjaular su visión prístina en las trampas prefabricadas de las evasiones adultas. Por eso hemos llamado al análisis ruptura continua y lo hemos relacionado con la creatividad. Debe ser iconoclasta. Procede rompiendo los recipientes en los que está atrapada la experiencia, incluso el propio recipiente del análisis.

De todos los vasos, el médico es el más tentador para el analista, sobre todo porque contiene tan bien las expectativas del paciente. Observando el crecimiento y esperando la hora siguiente, se pueden evitar los asuntos inconclusos de esta hora. En el análisis sólo existe el ahora numinoso; y el crecimiento y la esperanza se alejan de esta confrontación. Aquí sólo sirve la audacia, hasta el punto de que la habilidad terapéutica en el sentido médico cede el paso a la franqueza humana y al riesgo de la emoción. Aquí, estamos desnudos y bastante desesperadamente mudos y de ninguna manera somos superiores al paciente. 

El único instrumento del analista para intensificar la conciencia durante la hora analítica es su propia persona. Por lo tanto, el analista siempre ha considerado su propio análisis como el criterio primordial de su trabajo; lo no analizado es profano. Sueños, asociaciones, acontecimientos pueden acudir en su ayuda, pero con la misma facilidad pueden ser utilizados por el paciente como nuevos velos y nuevas defensas contra la experiencia directa. Por eso es tan importante el encuentro presente, porque en él el analista no sólo refleja al paciente. Lo confronta con la propia reacción del analista. El paciente ha venido a buscar esta reacción. No busca ni crecimiento, ni amor, ni curación, sino conciencia en la realidad inmediata. El encuentro presente requiere que los interlocutores estén intensamente concentrados, o «todo ahí», una especie de «estar presente» total, que debido a la base física de la conciencia no puede mantenerse durante mucho tiempo. Una vez más, como ya comentamos en el capítulo 6, este compromiso total de estar en el proceso es el fundamento ontológico del trabajo, porque estar analíticamente presente significa también la presencia del ser analítico. 

El paso del diván a la silla, es decir, el paso de Freud a Jung, muestra este desplazamiento de lo diagnóstico y lo mediato a lo dialéctico y lo inmediato. La posición física es paralela a otra posición ontológica, dando otro significado a «estar en análisis». El paciente en la silla ya no se mira a sí mismo con el ojo médico como objeto de diagnóstico y tratamiento. El cambio del sillón a la silla representa un cambio de enfoque en la propia persona, de lo-que-tiene a lo-que-es. El sillón nos arrincona en nosotros mismos, nos devuelve al interior de nuestra realidad, tal como somos, cara a cara, rodilla con rodilla, audazmente confrontados en el espejo del otro, sin posibilidad de experiencia vicaria. Ya no existe la libertad de asociación con la esperanza de que aparezca algo nuevo. No hay expectativas de algo diferente, sino la uniformidad de lo que uno es ahora. Experimentamos lo inmutable bajo los cambios recurrentes. Los primeros griegos llamaban Ser a esa igualdad e inmutabilidad, y es la igualdad de la propia singularidad lo que los alquimistas imaginaron en la Piedra. Aquí, en este punto de quietud y de herida, no hay esperanza ni crecimiento, ni devenir, sino sólo lo que es ahora, y deo concedente, puro y claro como el cristal. 

El proceso puede describirse como una serie de momentos de claridad únicos y de valor incalculable, que a menudo se imaginan en la psique como un collar de piedras preciosas. La tradición se ha referido a la construcción de estos momentos prismáticos como la construcción del cuerpo de diamante. Ahora surge la relevancia del trabajo analítico para realizar en el alma los valores indestructibles de la conciencia para nuestro tema de la muerte, la inmortalidad y la construcción del cuerpo de diamante. 

¿No podríamos concluir entonces que el paciente que acude para resolver su problema psicológico está pidiendo en el fondo resolver el problema de su psique; es decir, resolver el propio problema significa resolver o salvar la propia alma. Esto es lo que la tradición siempre ha llamado salvación o redención. Detrás de todos los impulsos de crecer y desarrollarse, de crear y producir, de esperar más fuerza, más vida y más tiempo, detrás del ir, ir, ir, está la necesidad de salvar el alma, de un modo u otro, por las buenas o por las malas, por las malas o por las malas, por el Zen o por Freud o por Jung. A través de la experiencia directa que posibilita el análisis, hacemos lo que dijo Buda: «Trabaja en tu salvación con diligencia».

La vacuidad de la lectura

Logos del alma

La lectura, el acto de leer, es uno de esos temas que han ido mistificándose a través de las generaciones. Los preconizadores de su importancia, han creado un aura sacra alrededor del verbo en cuestión, lo han convertido en imperativo, en una suerte de pharmakon en contra de la ignorancia y el atraso social, del racismo, de la injusticia y de todo lo que al final de cuentas es un rasgo humano de polaridad.

Pero en este gesto apologético se ha perdido el valor esencial de algo que no está hecho para ser adorado, sino para ser transgredido con el rótulo mendaz de la experiencia y de la reflexión, contaminado con la voz de quien descubre en lo escrito algo sin sustancia y que sólo la adquiere al ser despojado de su forma concreta y estática.

Leer es algo diferente a tantas otras actividades del genero humano, ya señalaba Borges que los libros son una extensión de la imaginación y de la memoria, procesos que forman la identidad y que permiten construir la cultura y con ello la civilización. Pero en esta misma tarea no siempre el acto conlleva la esencia del mismo acto, es decir, leer no es igual a comprender lo leído, esto se observa demasiadas veces en los sistemas educativos, en donde los textos se vuelven simples trámites para ascender de grado, se objetivan los discursos y se convierten en letra muerta que nadie vivifica pues cumplen un fin meramente técnico, su meta yace fuera de sí mismos.

Por sí misma, la lectura no es una actividad noble, ni mejora en algún sentido al que la practica, al contrario, como toda labor pasiva multiplica la miseria de quien la ejerce. Se tiene la creencia equivocada de que leer es benéfico para el espíritu y que hacerlo en demasía es proporcionalmente provechoso para las personas, pero tal quehacer es un espejo roto del sujeto lector que, la mayoría de las veces, sirve para justificar socialmente sus vicios.

Decía Cioran: “Cuando leo, tengo la impresión de «hacer» algo, de justificarme ante la sociedad, de tener un empleo, de escapar a la vergüenza de ser un ocioso… un hombre inútil e inutilizable.” Es en esta tensión donde la lectura tiene su nicho, entre la utilidad y lo inútil. Los preconizadores de la lectura exaltan el acto como si fuera en sí mismo importante, pero leer puede servir para muchos fines, como un espectáculo, por ejemplo, como la implantación de un ethos inadvertido o como un síntoma neurótico.

De tal manera, se puede notar que en leer no es importante, por más que esto incomode a los discursos propagandísticos del beneficio de la lectura, pues la misma se constituye como una ocupación vacua que quizás puede ser aprovechada para los fines que se propone siempre y cuando se cumpla un solo requisito: que quien lea no sea el individuo, sino que sea el alma quien se lee a sí misma a través del sujeto.

Leer es tan banal como cualquier otro oficio, si el lector permanece indemne después de hacerlo y como cualquier otra vía de conocimiento no es una senda que todos puedan recorrer. Por eso las estrategias de fomento y animación a la lectura, que se presentan como una panacea en el ámbito educativo, están destinadas a fracasar, ya que generalizan un destino que, realmente, elige a su portador y que lo sacrifica a tal rito. El acto numinoso de leer subvierte las normas de la moral educativa.

Por lo tanto la lectura es una pérdida de tiempo si ésta no destruye a su lector, si no lo obliga a confrontarse con la parte oscura de su existencia y éste no es sacrificado en la búsqueda de la comprensión. Pues el entendimiento de un texto no ocurre en la persona que lee, sino en el daimon que se escucha a través de esa lectura y es él quien guarda las palabras en la oscuridad de su corazón. Lo importante no es el solo el afán atender una narrativa, sino que sea el Otro quien preste atención a través de la propia lectura.

La vacuidad del hecho, sin embargo, no lo demerita, sino al contrario permite que sea su propia necesidad la que se imponga, como una hoja de papel de la que puede surgir el universo entero. Es entonces que es posible entender al individuo como un texto, al sujeto como el lector de sí y a la lectura como la continua relación del logos del alma consigo misma. En este tenor, lo importante no es cuanto se lea, ni a que autores o sobre que temas, sino que al leer el hombre se permita ser leído por el texto.

Desde la posición de una lectura del alma, leer cientos de libros o unos cuantos no es importante, porque el libro, y su contenido, no es sino un objeto en el que la misma alma cobra vida, siempre y cuando quien lea sea el animus que se cierna sobre la desgarradura, lo cual es fructífero únicamente si el pensamiento latente en la obra es capaz de ponerse frente a sí y estar a la altura de su dialéctica interna, todo esto a pesar del lector mismo.

El suicidio y el alma. 2. El desafío del análisis. 10. Diagnóstico y dialéctica analítica

Traducciones

James Hillman, EE.UU

De Suicide and the Soul de James Hillman, Ed. Spring Publications, pp. 140 – 152

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

¿Pertenece realmente el diagnóstico a las principales tareas del médico examinadas en el capítulo 2? ¿No sirve más bien el diagnóstico a objetivos más fundamentales, como prevenir, tratar, reparar… o el general de promover la vida? Durante miles de años, el diagnóstico ha sido, y sigue siendo en muchos lugares hoy en día, rudimentario o simplemente erróneo. Los distintos sistemas de medicina reconocen los signos clínicos de forma diferente. Sin embargo, los médicos eran y son capaces de tratar y curar, de reparar y animar, de promover la vida. La historia de la medicina muestra que el diagnóstico ha sido muy inadecuado en el pasado. Sin embargo, ¡qué eficaces han sido los médicos! Esta discrepancia entre la teoría y la práctica médica puede explicarse en parte por el arquetipo del sanador, como hemos visto anteriormente. 

El diagnóstico ocupa un lugar secundario en el arte de curar, porque la medicina es una ciencia aplicada; se sostiene o decae con sus efectos sobre el paciente. No puede haber una ciencia pura del diagnóstico, del conocimiento médico, porque no hay medicina sin enfermedad ni enfermedad sin paciente. Como ciencia aplicada, el arte y el método del médico son lo primero. Los conocimientos del médico pueden ser menos importantes que sus acciones, especialmente su capacidad para constatar la curación. También puede ser menos importante lo que hace el médico que lo que lo hace. 

Pero el diagnóstico se ha ido desplazando cada vez más al centro de la medicina moderna. Esto se debe en parte a la influencia de las ciencias naturales sobre la medicina, especialmente desde el siglo XVII. La importancia del diagnóstico refleja el papel cada vez mayor del conocimiento en la medicina, por encima y en contra de su arte y práctica. La medicina científica busca las causas de los signos clínicos, que cuando se encuentran determinan el curso del tratamiento. El diagnóstico correcto requiere conocimientos, y estos conocimientos son cada vez más complejos, ya que cada año se añaden a la bibliografía once millones de páginas de textos de revistas médicas. El médico se ve obligado a alejarse del paciente y dirigirse al laboratorio para su diagnóstico, porque en el laboratorio este conocimiento complejo e inmenso puede sistematizarse y condensarse. Los signos clínicos tienden a convertirse en informes de laboratorio, es decir, mediante el examen de radiografías, gráficos de EEG y ECG, análisis de sangre y orina, etc., el médico elabora su diagnóstico. Del mismo modo, para su tratamiento, el médico recurre al laboratorio, que ha preparado productos que responden a las categorías diagnósticas. 

De este modo, el médico se ha convertido en un intermediario entre el paciente y el investigador, y al retirar su personalidad en la medida de lo posible, evita obstruir el paso de información precisa del paciente al laboratorio y la prescripción correcta de vuelta del laboratorio al paciente. Las máquinas informáticas de diagnóstico para mejorar la precisión del diagnóstico y la prescripción son el resultado lógico de la evolución científica de la medicina. Mientras el médico intente aproximarse al punto de vista del físico asumiendo el modelo de pensamiento de las ciencias naturales, debe mantenerse «al margen» en la medida de lo posible definiendo nítidamente el «corte» entre él y el paciente. Debe seguir siendo un observador objetivo de los procesos que tienen lugar en el paciente y proteger estos acontecimientos de interferencias subjetivas. Por lo tanto, el mejor médico es el que menos se mete en la situación. Trasladado a la psicoterapia, el mejor analista sería el que, en el modelo ortodoxo, se sienta detrás del paciente, rara vez habla y mantiene su propia personalidad a cubierto.

¿No sigue el mismo patrón la psicología académica y clínica? En las últimas décadas se han inventado miles de pruebas diagnósticas con el fin de proporcionar al profesional una información precisa, similar a la de un laboratorio. Este conocimiento pretende ayudar a la clasificación diagnóstica y facilitar la elección del tratamiento. La situación de la prueba es como la del laboratorio; la participación del psicólogo debe reducirse al mínimo. Para obtener un conocimiento exacto hay que eliminar los factores derivados de las simpatías personales. Parecería que el conocimiento y la comprensión son incompatibles. A medida que la comprensión, con su implicación intuitiva simpática con el otro, ha ido desapareciendo porque no se podía confiar en ella desde el punto de vista científico, la evaluación de otra persona ha pasado a depender cada vez más de las herramientas de diagnóstico. ¿Puede este tipo de conocimiento compensar alguna vez la pérdida de comprensión? 

Los conflictos que surgen en los equipos clínicos entre psiquiatra y trabajador social reflejan esta diferencia entre conocimiento y comprensión. Cuando el entrevistador o el psicólogo de pruebas conoce bien a su sujeto y ha establecido una relación de compenetración, su observación puede dejar de ser suficientemente objetiva. Ya no tiene la misma validez diagnóstica. 

La dialéctica del análisis, por su parte, intenta superar la distancia entre sujeto y observador tejiendo lazos que acerquen a ambos. Esto sólo comienza cuando ya no está tan claro quién es el sujeto y quién el observador. El paciente comienza a observarse a sí mismo y al analista, participando así en la dialéctica; y el analista, al estar sometido al proceso en curso, deja de ser un observador que hace un diagnóstico. Tanto el diagnóstico como la dialéctica parten de lo conocido y trabajan con lo desconocido. Ambos utilizan el intelecto y ambos requieren una respuesta por parte del paciente. Sin embargo, mientras que el diagnóstico se detiene cuando se ha dado a conocer lo desconocido, cuando se ha clasificado la enfermedad, la dialéctica continúa hacia lo desconocido y no se detiene. Se corresponde con el proceso sin fin de la toma de conciencia, más allá de las restricciones del intelecto racional. 

Esta diferencia entre diagnóstico y dialéctica se manifiesta de nuevo en la diferencia entre curación y conciencia. El fin del tratamiento clínico es la curación. El proceso llega a un fruto y todas las medidas médicas son etapas hacia este cumplimiento. La conciencia, sin embargo, por lo que podemos leer en la evidencia, no llega a ninguna meta definida, a ninguna fructificación final, sino que es un proceso continuo en curso. El analista que tiene la noción de curación como meta de su trabajo está pensando médicamente. No ha comprendido la naturaleza del complejo, la base del proceso analítico. No hay antídotos para los complejos. No se pueden curar porque los complejos no son causas, aunque sean los determinantes de la vida psíquica. Son básicos, dados con el alma misma, como núcleos energéticos y focos cualitativos de la vida psíquica. Un modelo médico tiende a concebirlos como heridas y traumatismos, o como crecimientos malignos y cuerpos extraños que hay que extirpar a la manera médica. Pero si los complejos son centros energéticos, no pueden «curarse» sin dañar la vitalidad del paciente. Cuando un analista procede con este fin en mente, descubre que la curación tiende a manifestarse en que sus pacientes se vuelven más fríamente ordenados, menos vibrantes y libres. (La gente del arte siempre ha temido que el análisis médico pudiera extirpar sus complejos y, al cauterizar sus heridas, castrar su creatividad). Como centros energéticos, los complejos en lugar de curarse o morir pueden transformarse, y como entelequias intencionadas la dialéctica con ellos desarrolla su dinamismo y fomenta la conciencia. 

¿Significa esto que cada análisis debe ser «eterno» porque la dialéctica para la conciencia parece no tener fin? Significa más bien que la dialéctica del proceso analítico dura al menos tanto como la vida. Este proceso, por extraño que parezca, sólo es el resultado secundario del análisis real entre los dos interlocutores. La dialéctica se desarrolla en el alma de cada persona, entre el ego y los dominantes inconscientes, esas grandes fuerzas psíquicas que modelan el carácter y guían el destino. La dialéctica está ahí antes de que comience el análisis, y se manifiesta a menudo como síntomas, siempre que el ego no la haya asumido y respondido positivamente. El desarrollo del alma procede a través de tensiones, donde en un momento el peso está con el ego y en el siguiente está con el inconsciente. La energía psíquica es como una corriente alterna que se intensifica con el análisis. El analista proporciona el polo opuesto cuando el paciente ha perdido el contacto con el opuesto en sí mismo. Entonces, todas las fuerzas escindidas del inconsciente del paciente se constelan en el análisis. Como un imán, el analista parece atraerlas hacia sí. Él representa el inconsciente del paciente, ahora a la intemperie, de modo que el analista se convierte en una ocupación principal del paciente, y tenemos lo que se llama «transferencia». Esto continúa hasta que, a través de la dialéctica, el analizado puede objetivar las realidades del alma sin necesidad de que la persona del analista lo haga por él. Entonces puede mantener solo el proceso de intensificación de la conciencia, volviendo ocasionalmente al analista para trabajar sobre un campo de energía particularmente desorganizado. 

La dialéctica actúa como una comadrona, decía Sócrates, el inventor del método. Su presencia ayuda al paciente a dar a luz la nueva vida que evoluciona a partir de sí mismo. El analista favorece un proceso que es fundamentalmente el del propio analizado. La dialéctica intrapersonal, la relación con el psiquismo inconsciente, es primordial en todas las relaciones interpersonales. 

La dialéctica también se desarrolla en cada uno de los interlocutores por separado. El analista también tiene sueños, emociones, síntomas, con los que debe mantenerse en contacto, como el médico «se mantiene al día» con la literatura reciente. El analista trata así de practicar la máxima de «médico, cúrate a ti mismo», aplicándose su propia medicina. Trata de mantener su propia conciencia para no ser inconsciente con cada uno de sus pacientes. Si empieza a resbalar, cae en los papeles que le asignan. Entonces ya no pueden distinguir entre sus proyecciones y la realidad del analista, porque éste se ha identificado con sus propias fantasías. Sólo manteniendo su propio polo a través de su propia dialéctica con sus propios sueños, fantasías, emociones y síntomas puede ser útil al analizado. 

El análisis aborda el cuerpo como fuente de síntomas y emociones de forma diferente a la medicina. El enfoque diagnóstico trata el cuerpo como un objeto. El diagnóstico requiere un estudio meticuloso de este objeto. Aquí, el analista no médico es absolutamente lego. No puede golpear un pecho o palpar un vientre con conocimiento de causa. Esta ignorancia médica era la razón principal por la que el analista no médico -aunque compensara con el aprendizaje necesario de la psiquiatría orgánica- era considerado lego. No podía diagnosticar; no conocía el cuerpo. 

Además de ser un objeto, el cuerpo es también una experiencia. El cuerpo es a la vez «eso» y «yo». La experiencia del cuerpo va más allá de la noción de «imagen corporal». La experiencia del cuerpo está en el trasfondo de toda conciencia y del sentido interno de la propia realidad exterior. Cuando el paciente presenta su cuerpo para el diagnóstico, consigue retraerse fuera de él, uniéndose al médico que lo examina en un estudio desapegado de sí mismo sobre la mesa. O se acobarda desnudo, sintiéndose desventuradamente sacrificado, interiormente expuesto. Estas reacciones básicas muestran la escisión que constela el enfoque diagnóstico. El cuerpo se convierte sólo en objeto o sólo en sujeto. Mientras que, en realidad, el cuerpo es un objeto subjetivo y un sujeto objetivo. Estas experiencias del cuerpo – especialmente la separación de él y la observación de él – son lo que el análisis trabaja para transformar. Por lo tanto, el analista es cauteloso a la hora de utilizar un enfoque diagnóstico, que, a pesar de todo su valor en medicina, no hace más que dividir aún más lo que el análisis pretende curar. 

El análisis también presta una atención meticulosa al cuerpo. Observa y escucha el cuerpo como experiencia. El cuerpo es el recipiente en el que tiene lugar el proceso de transformación. El analista sabe que no hay cambios duraderos si el cuerpo no se ve afectado. La emoción siempre desgarra el cuerpo, y la luz de la conciencia requiere el calor de la emoción. Estas afecciones del cuerpo durante un análisis son sintomáticas -no en el sentido diagnóstico- de etapas de la dialéctica. Tomarlas como diagnóstico y tratarlas médicamente podría perjudicar el proceso. La aparición de erupciones cutáneas, trastornos circulatorios, dolencias de los órganos internos, achaques y dolores, reflejan nuevas zonas de la experiencia corporal, que a menudo deben aparecer primero bajo la forma de dolencias hasta que el cuerpo pueda hacerse oír sin tener que gritar para que se le reconozca. El analista también presta la misma atención cuidadosa a su propio cuerpo, escuchando las señales en su propia carne para ayudar a su dialéctica. Trata de percibir durante la hora en que está cansado y hambriento, excitado sexualmente, decaído en la pasividad, irritado e inquieto, o desarrollando síntomas y enfermedades. Su cuerpo es una caja de resonancia. Esta sensibilidad es propia del cuerpo como experiencia y se ajusta al trabajo analítico. Aunque no es diagnóstica, apenas es laica. 

Esto lleva a considerar los síntomas desde los puntos de vista diagnóstico y dialéctico. Para uno el síntoma es un signo clínico, para el otro tiene un significado simbólico. Los dolores de estómago y de cabeza son signos clínicos, pero también expresan significados diferentes según el simbolismo general del estómago y la cabeza en una persona concreta. De este modo, el proceso dialéctico obtiene información de los síntomas, del mismo modo que el diagnóstico recurre a ellos como signos de patología. Síntomas persistentes como la tartamudez, la úlcera recurrente y la «tos del fumador» son asumidos por el proceso dialéctico, y la integración de este sufrimiento también tiene lugar a través del símbolo. 

Mientras que la medicina busca curar el síntoma porque sólo significa mal funcionamiento, el análisis explora el síntoma por su significado simbólico. Los síntomas no son sólo defectos funcionales. Como todas las heridas, también son deficiencias que tienen un trasfondo arquetípico, es decir, los seres humanos han sufrido de estas formas particulares desde que la historia tiene registros. La biografía, la mitología, la literatura y la sabiduría popular -no sólo la medicina- proporcionan un trasfondo para la sintomatología. El enfermo puede encontrar sentido a su herida relacionándose con ella simbólicamente. Puede que incluso deje de necesitar el síntoma reversible una vez que los aspectos simbólicos del mismo hayan entrado en su conciencia. Entonces, su atención no se verá arrastrada forzosamente y con dolor al mismo viejo y persistente problema. Si se produce la curación, será como un subproducto de la conciencia. 

El diagnóstico y la dialéctica también utilizan métodos diferentes. Al estudiar los signos diagnósticos, el médico busca la precisión definiendo exactamente qué está afectado, dónde duele, el recuento y la composición de la sangre, etc. El analista, en cambio, trata de ampliar el alcance de la conciencia explorando el trasfondo simbólico de los síntomas. El método de uno es la definición; el del otro, la amplificación.

La definición establece lo que algo es y lo separa de lo que no es. La definición excluye lo que no pertenece a ella. Cuanto más exacta y ajustadamente pueda definirse algo, mejor lo conoceremos. Dado que gran parte del alma es ambigua y que el conocimiento sobre ella sigue siendo incompleto, las definiciones tajantes son prematuras. Los principales problemas que el analizado trae al análisis son los principales problemas de toda vida: amor, familia, trabajo, dinero, emoción, muerte; y el cuchillo definidor puede más bien mutilar estos problemas que liberarlos de su entorno. De todos modos, las definiciones son más apropiadas para la lógica y las ciencias naturales, donde deben seguirse convenciones estrictas sobre las palabras y donde las definiciones sirven a sistemas cerrados de operaciones. La psique no es un sistema cerrado de la misma manera. La definición resuelve el malestar al precisar las cosas. La amplificación es más útil para el análisis, porque libera las cosas de sus marcos rígidos habituales. La amplificación enfrenta a la mente con paradojas y tensiones, revela complejidades. Tiende incluso a construir símbolos. Esto nos acerca más a la verdad psicológica, que siempre tiene un aspecto paradójico inconsciente, que la definición, con su racionalidad exclusivamente consciente. 

El método de amplificación se parece bastante a los métodos de las humanidades y las artes. Al girar en torno al asunto vigilado se amplifica exhaustivamente un problema. Esta actividad es como una meditación prolongada, o variaciones sobre un tema musical, o los patrones de la danza o las pinceladas. También tiene un aspecto ritual, porque la dignidad del problema que se amplifica nunca es totalmente reivindicada por el conocimiento. Uno empieza sabiendo que no puede conocerlo; sólo puede cernirse sobre él, empujarlo y rendirle pleitesía mediante una atención devota. Esto permite que se revelen los niveles de significado de cualquier problema, y se corresponde con la forma en que el alma misma presenta sus demandas mediante su regreso iterativo a los complejos básicos para elaborar una nueva variación e instar a la conciencia a seguir adelante. 

El don del sentido no es el resultado de la interpretación, que tan a menudo no es más que una traducción a palabras razonables que despotencian el inconsciente. El sentido no es algo dado por el analista a un collage de sueños y acontecimientos. No se introduce, sino que se extrae. Por lo tanto, precede a la interpretación y hace posible la interpretación, ya que si el significado no estuviera ya ahí como una potencialidad en cada acontecimiento psíquico, no habría interpretación posible. El sentido es a priori, de modo que cualquier acontecimiento puede convertirse en una experiencia significativa. El analista hace aflorar el sentido de dos maneras: desnudando y cortando hasta lo esencial, e hinchando los acontecimientos hasta preñarlos mediante la amplificación. 

Para el primero, hace preguntas igual que el diagnosticador. Pero en el diagnóstico el interrogatorio busca respuestas precisas y objetivas. ¿Dónde le duele? ¿Cuándo empezó? ¿Cuál es su temperatura al despertarse? Las preguntas terminan cuando se ha obtenido la información. Las preguntas del análisis no producen respuestas definitivas. Más bien suscitan un proceso que sólo plantea más preguntas e indaga más en la vida. Lo desconocido cobra sentido. Se descubren cosas que apenas podían imaginarse, del mismo modo que Sócrates, a través de preguntas, sacó verdades desconocidas de Menón. El estilo socrático de preguntar estimula la búsqueda del alma. Puesto que se trata de preguntas sobre la vida, el cuestionamiento pone en tela de juicio la vida misma. Una vez más, encontramos que la dialéctica del proceso analítico conduce a experiencias de muerte. 

Para el segundo, la amplificación da lugar a nuevos símbolos. A medida que los antiguos se hacen cada vez más conscientes y se formulan, los significados que encierran parecen secarse. Al volver de nuevo sobre el tema a través de un nuevo giro de la amplificación -ya sea a través de la lectura, de la vida, del sueño- se descubre otro aspecto simbólico, dando rienda suelta a otra experiencia. Los acontecimientos adquieren un aspecto simbólico; el interior de la vida (el aspecto suksma en sánscrito) comienza a mostrarse en todas partes, un objetivo de muchas disciplinas espirituales. Esto lleva a profundizar en la capacidad de experimentar. Al familiarizarse con los complejos básicos del alma, se llega a ciertas verdades sobre uno mismo. Este conocimiento íntimo es a la vez verdad objetiva y comprensión. 

Dado que los temas a los que se vuelve a través de la amplificación no son sólo tus heridas más profundas y las mías, sino también los temas eternos del alma, nunca pueden resolverse por definición de una vez por todas. Como experiencias objetivas y colectivas en las que cada uno de nosotros participa, empezamos también a comprender a los demás alcanzando los niveles objetivos y colectivos en nuestros propios problemas. El análisis formativo desarrolla la objetividad al ampliar los problemas del candidato más allá del nivel personal. Entonces puede comprender a la otra persona «desde abajo», por así decirlo. 

Si la comprensión fuera mera simpatía, sería personal. Entonces, en efecto, sólo el conocimiento podría conducir a la verdad. Este punto es muy importante. Si la comprensión fuera meramente una identificación con el punto de vista del otro y compartir su sufrimiento personal, todos los juicios sobre un caso serían subjetivos. El analista quedaría atrapado en un círculo solipsista de empatía y no habría objetividad alguna. El análisis apenas se diferenciaría de cualquier conmiseración personal. Lo que hace que el análisis sea objetivo y ofrece la oportunidad de una ciencia del alma es justamente el aspecto objetivo y colectivo del alma. Este aspecto que el alma tiene en común con los demás, y que se muestra en la capacidad de concebir, imaginar, comportarse y ser movida según metáforas fundamentales que Jung ha denominado patrones arquetípicos. 

Por lo tanto, la comprensión requiere conocimiento, conocimiento de la psique objetiva. Sin este conocimiento del inconsciente colectivo, el analista tiende a reducir los problemas fundamentales a las trivialidades personales de una vida individual. La dialéctica se convierte en un diálogo superficial de persecución de informes y recuerdos, y en un intercambio de opiniones personales. La individualidad no significa este tipo de diferencias personales en los detalles. La individualidad del alma no descansa en los accidentes de la educación y las circunstancias, sino más probablemente en la capacidad de cada uno de nosotros para descubrir su llamada particular, de la que estos accidentes forman parte y deben relacionarse. Este movimiento hacia ser lo que uno está destinado a ser se reconoce a través de una sucesión de experiencias abrumadoramente significativas, que comprenden la historia del alma. Jung ha marcado los patrones globales y las etapas generales de estas experiencias en sus investigaciones sobre el proceso de individuación y ha dado ejemplos personales de una historia del alma en su autobiografía, Recuerdos, sueños y pensamientos . El analista intenta comprender al otro y hacer que se comprenda a sí mismo, relacionando la historia del caso con la historia del alma, poniendo las trivialidades en relación con el mito central de la vida del paciente. 

Aunque el analista es un especialista, su campo, el alma, abarca nada menos que toda la naturaleza humana y quizá incluso más. Los problemas con los que se encuentra el analista no son meras historias clínicas privadas y subjetivas. Es una modestia innecesaria para un analista describirlos como tales, y es insuficiente para la dimensión completa del alma atribulada utilizar el estrecho enfoque de los mecanismos psicopatológicos y el lenguaje de la clínica. Los desafíos que el alma le plantea en la práctica exigen que estudie. Debe saber situar lo subjetivo en un contexto psicológico objetivo o, de lo contrario, quedará atrapado en trivialidades. Y cuando habla de su trabajo, utilizar un lenguaje profesional también es una injusticia para el alma. Tiene una obligación que va más allá de su especialidad, pues lo que entra en su consulta es hoy. El nivel colectivo del alma atribulada es la historia de la humanidad. Concierne a todos. 

El conocimiento de un analista se toma de la filosofía, la etnología, las artes, la religión y la mitología con preferencia a la medicina ortodoxa, porque estos campos presentan las formulaciones de la psique objetiva. Informan sobre cómo el alma ve y experimenta la vida y la muerte. Los problemas que se le piden al analista no son curar la enfermedad y normalizar la salud, sino los problemas de «cómo vivir» y «cómo morir». Una rica y prolongada dialéctica sobre estos temas se amplificará desde muchos flancos. Las humanidades están aquí más concernidas que las ciencias, y la medicina es menos útil que el mito, donde ejemplos con detalles precisos en imágenes y comportamiento muestran cómo la psique, en sus niveles más fundamentales y objetivos, establece sus problemas y soluciones alternativas. 

Cada sueño recapitula estos problemas eternos en un lenguaje eterno, mezclado con las trivialidades accidentales de las circunstancias. El analista está obligado a renunciar a reducir cualquiera de los dos niveles al otro, pero a través de la dialéctica con el soñador une ambos. Su posición de un pie dentro y otro fuera significa no sólo conocimiento y comprensión, desapego e implicación, sino sobre todo comprensión del nivel personal de la psique a la luz del conocimiento del nivel impersonal. Esto proporciona ese desapego desde dentro, una especie de pensamiento simbólico, que es totalmente diferente de tener un pie fuera apoyado en un pedestal médico.