El debate sobre el aborto parece haberse decantado en los valores modernos de la libre elección y de la propiedad del cuerpo, en la legalidad de llevar a cabo una alternativa que sitúa a la mujer como dueña de sus posibilidades y de su acción. Durante siglos ella estuvo encadenada al regimen patriarcal, pero hoy la mujer por fin puede desembarazarse de su cadenas y elegir libremente, tal como lo hacían sus antiguos verdugos.
Este relato, sin embargo, no responde ante las circunstancias inconscientes del acto de abortar. Es notorio que después del aborto, al menos en los casos que atiendo en el consultorio, hay componentes activos de un duelo y se observan en como el estado de animo se trastorna de tal manera que suele acarrear cambios de humor drásticos y sentimientos de tristeza, desesperanza y enojo persistentes; no obstante a causa de la prevalencia de cierto discurso ideológico estas pacientes se sienten, a su vez, culpables por los sentimientos posteriores a la muerte del feto, consideran que no debería ser un asunto importante, que no tendrían porque sufrirlo, pero aun así lo sufren y el dolor se multiplica por la culpa de no ser adecuadas para su paradigma ideológico. Su cuerpo y su psique las traicionan.
El problema es que la narrativa que dicta que el sujeto es dueño de su cuerpo, es más un deseo que una realidad, verdaderamente el ser humano nunca ha sido dueño de sí mismo, desde el principio estuvo sometido a un mundo cruel que lo mataba constantemente, a dioses que dictaban su destino y a un destino que le estaba prefijado y era anterior a él. La existencia siempre había sido irremediable y por ello el hombre era uno con su compromiso. Solo recientemente las imágenes metafísicas expulsaron al ser humano de su contenimiento para adentrarse en su carne y convertirse en sus limites lógicos, dando pie a compromisos ideológicos que dictan sus opiniones y sus disyuntivas, esta metamorfosis fue sentida por el alma como: “Dios ha muerto, nosotros lo hemos matado”.
El cuerpo no es propiedad de las personas, pues su verdadera sustancia no es material sino que está constituido como un entramado imaginal que gira en torno a la idea de corporalidad, por ello uno de los esfuerzos maniacos de nuestra cultura consiste en alterarlo, tratar de malearlo para convertirlo en un objeto idéntico a nuestros deseos, pero el cuerpo se presenta como un objeto proteico, inaprensible; justo cuando se cree tenerlo bajo control, éste enferma e incluso muere. El cuerpo siempre ha sido ajeno, un otro que sentimos habitar y la muerte es el Otro absoluto que demuestra nuestra subordinación inalienable.
Por ello, elegir no es asunto de libertad, al contrario representa una obligación con la posibilidad; se toma un camino y se paga el costo por transitarlo, se salda con la moneda de la angustia por todo aquello que se ha decidido abandonar. De modo que la perdida es una constante del hecho de vivir, siendo la libertad no otra cosa sino la capacidad de advertir conscientemente el sufrimiento de la elección. En este sentido es que el aborto entra en el comercio cotidiano con el destino, lo que se mata no es solamente a un futuro, sino las multiples contingencias que se gestaban en el vientre del misterio. Muere un hijo, pero también lo hace la madre y el lazo de posibilidades entre ambos, es esta circunstancia lo que suscita el duelo.
Visto de esta manera abortar es una elección tremenda que debe ser asumida en su propia gravedad, más allá de la legalidad del asunto, no hay un aparato social que sostenga esta acción, la madre tiene que perder a un hijo, perder una parte de sí misma y no puede sufrir por tal evento, es obligada a olvidar, a matar también su propia experiencia anímica. Si bien, no podemos interferir en el derecho propio a elegir sobre el cuerpo, debemos tener cuenta que tal acto recae en procesos inconscientes que no son tomados en consideración en el debate sobre el derecho de abortar.
Para sostener tal acción, para asumir el aborto como acto, requeríamos admitir de forma consciente que se está ante un rito que tiene como consecuencia el asesinato no solo de una potencia vital sino de un universo experiencial y entonces permitir que su ferocidad sea asumida por el grupo y éste le posibilite a la mujer particular atender las consecuencias psicológicas de las que irremediablemente será presa, pues ella ha de estar ante una situación terrible que le exige tolerar la gestación de su experiencia y no desembarazarse de su propia vida realmente vivida.
