Liberación de la corriente de los acontecimientos

Traducciones

Okeanos y la circulación de la sangre

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘The Neurosis of Psychology’, volumen I de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 12, pp. 233-255

Traducción de Alejandro Chavarria

En su libro H2O y las aguas del olvido, Ivan Illich analiza la historia de la imaginación del agua como materia. El agua no siempre ha sido H2O, como podríamos suponer, acostumbrados a nuestro pensamiento científico. Que haya llegado a ser H2O, después de haber sido una vez agua mítica, tiene una larga historia.

Un elemento esencial de esta historia es, según Illich, la invención de la circulación de la sangre por William Harvey (1628). Porque fue la sangre la que dio origen por primera vez a la idea de que una materia circula dentro de sí misma, una idea que a la larga se hizo esencial también para la planificación de las ciudades. Como muestra Illich, la idea que ahora damos por sentada, de que el agua, al igual que entra en la ciudad, debe salir de ella por sus alcantarillas, es muy moderna. Cito un pasaje más largo del texto de Illich:

La idea moderna de una «materia» que sigue su camino destinado, fluyendo siempre de vuelta a su fuente, era todavía ajena al pensamiento renacentista. El concepto de «circulación» y no sólo su plasmación en la sangre representa una profunda ruptura con el pasado. La novedad de la idea de circulación es quizá tan crucial para la transformación de la imaginación como lo fue la decisión de Kepler de sustituir las esferas translúcidas que portaban un planeta luminoso (en las que Copérnico aún creía) por las nuevas órbitas elípticas recorridas por globos rocosos. La circulación es una idea tan nueva y tan fundamental como la gravitación, la conservación de la energía, la evolución o la sexualidad. Pero ni la novedad radical de la idea de la «materia» circulante ni su impacto en la constitución del espacio moderno han sido estudiados con la misma atención que se prestó a las leyes de Kepler o a las ideas de Newton, Helmholtz, Darwin o Freud.

Los cuerpos siempre han podido dar vueltas alrededor de un centro. El concepto abstracto de movimiento circular se había prestado a influyentes metáforas. La presencia del centro «todo a la vez» en cada punto de la periferia del círculo había sido un símbolo de Dios, del alma y de la eternidad. Muchas escuelas también pensaban que el tiempo transcurría en círculos. El fénix era el símbolo de la renovación por el fuego; Platón describió la renovación cíclica como una inundación periódica. Las almas podían nacer y renacer de nuevo. Pero no se había establecido la conexión entre las «aguas» y lo que llamamos circulación. Antes de Harvey, la «circulación» de un líquido significaba lo que llamamos «evaporación»: la separación de un «espíritu» de un «agua», por ejemplo la destilación del licor del vino, o el proceso de «espiritualización» por el que se suponía que la sangre pasaba a través del tabique (que ahora consideramos impenetrable) de la izquierda a la derecha del cerebro. La idea de una materia que fluye eternamente hacia su propia fuente constituye una importante innovación en la percepción del agua, una transubstanciación de su «materia».

El primer líquido al que se atribuyó la «circulación» fue la sangre ….1

El cambio radical de la imaginación con el inicio de la era moderna que subraya Illich no puede subrayarse demasiado. Este cambio tiene, en efecto, el carácter de una revolución. Significa una transformación ontológica: un cambio del hombre y su mundo en su Ser. No se trata de un mero cambio en las teorías científicas: el mundo mismo y nosotros junto con él nos hemos vuelto realmente diferentes a través de esta revolución aparentemente sólo intelectual.

Pero en lo que respecta a la invención de la circulación de la sangre por Harvey en el siglo 17, me parece que la novedad radical no está exactamente donde Illich la sitúa. En realidad, no es completamente nuevo que una materia, y además el agua, circule en sí misma y vuelva a su fuente. Por lo tanto, la indiscutible novedad revolucionaria del descubrimiento de la circulación de la sangre me parece de otra naturaleza.

Pues la idea de una corriente de agua que circula en sí misma y vuelve a su principio pertenece al acervo más antiguo y universal de las imaginaciones míticas. Es la idea de un océano que rodea completamente el disco plano de la tierra: Okeanos. Originalmente, Okeanos no era un mar propiamente dicho, sino un río, y en consecuencia era masculino, y se le llamaba «Padre Okeanos» en contraste con la ecuación psicológica profunda de mar = el inconsciente = la madre. Es llamado por Homero «el origen de los dioses», «la generación de todo» porque con su inagotable poder procreador había engendrado todo con Tetis, la «madre», la diosa del agua primigenia receptiva.2 Del mismo modo, el océano primigenio egipcio Nun, que, como «Envolvedor del Mundo», rodeaba la tierra, fue denominado «Padre de los Dioses».3 Existe incluso una representación pictórica temprana de la corriente primigenia que rodea la tierra. Un mapa neobabilónico de la tierra de principios del siglo 6 a.c., que sin embargo se remonta a un original del siglo 8 o 9 a.c. y es presumiblemente el mapa más antiguo del mundo en general, muestra el océano primigenio, aquí llamado «Río Amargo», fluyendo alrededor del disco circular de la tierra.4

Kerényi dice del océano primigenio griego: «Sin embargo, Okeanos no era un dios fluvial ordinario, ya que su corriente no era una corriente ordinaria. Incluso después de que todo se originara en él, sigue fluyendo en un círculo en el extremo del mundo, volviendo a fluir hacia sí mismo. Los ríos, los manantiales y los pozos, el mar entero, todos ellos se originan continuamente en su amplia y fuerte corriente. Cuando el mundo ya estaba bajo el dominio de Zeus, sólo a él se le permitió permanecer en su antiguo lugar, que en realidad no es ningún lugar, sino mera corriente, frontera y separación del más allá»,5 al igual que según Hornung la Nun egipcia es la «frontera que abarca el mundo entre el mundo y el no mundo, entre el Ser y el No Ser».6 Okeanos es pura «corriente circular».7

Incluso en Platón, es decir, fuera del mundo mitológico antiguo, encontramos, en un mito filosófico que describe la estructura del mundo y del inframundo, la siguiente afirmación sobre los ríos: «En efecto, hay algunos que se mueven en círculos, se enrollan alrededor de la tierra una o varias veces como serpientes y luego … vuelven a verter. … Así hay bastantes … corrientes, … de las cuales la más grande y la que fluye alrededor como la más exterior es la llamada Okeanos».8

Aquí tenemos con toda claridad la concepción de un agua que vuelve continuamente a su fuente, en una circulación interminable. Incluso el significado etimológico de la palabra Okeanos, derivada del semítico, se supone que es «circular».9 Así pues, la aplicación de la idea de circulación a una materia líquida no puede ser lo novedoso del descubrimiento de Harvey de la circulación de la sangre y lo que provocó un cambio ontológico en el hombre moderno y su mundo. El descubrimiento de Harvey obedece más bien a una concepción mítica muy antigua, a una idea arquetípica, y es, en cuanto a su contenido y forma, francamente convencional.

Sin embargo, lo que hace que la invención de Harvey sea indudablemente revolucionaria debe ser algo más. Lo que es se hace evidente si comparamos las dos ideas: por un lado, la idea de una corriente del mundo, que encierra en el borde exterior de la tierra y como frontera entre el Ser y el No Ser, el mundo y el no mundo, todo lo que es y sucede; por otro lado, un río que circula en el hombre. Este contraste debe completarse con los hechos complementarios de que en la época en que Okeanos abarcaba la tierra, no existía una corriente (sanguínea) circulante en el hombre, y que en la época en que se descubrió la circulación de la sangre, Okeanos ya no fluía alrededor de la tierra circular. Para entonces, la Tierra se había convertido en un globo terráqueo y, a más tardar, con las expediciones de Colón (1492), Vasco da Gama (1498) y Fernando de Magallanes (que fue el primero en dar la vuelta al mundo, 1519-1522), el río que rodeaba y marcaba el límite del disco terrestre se había roto, de modo que la idea de un Okeanos había quedado psicológicamente obsoleta. La brecha a través del recinto hacia lo abierto, hacia el infinito, había sido sellada. De una vez por todas, Okeanos se redujo a un mero océano que, aunque inmenso, ya no separa el mundo del no mundo. En su otra orilla ya no se corre el peligro de caer en la nada; al contrario, se abren ante nosotros otros continentes iguales a los conocidos, el «Nuevo Mundo» (es decir, ¡todavía verdaderamente «mundo»!) en contraste con lo que sólo entonces empezó a denominarse el «viejo mundo». E incluso más allá de la tierra no hay nada, sino la inmensidad de un número infinito de mundos adicionales.

La cualidad casi literalmente mundial de este cambio se hace evidente a través de esta comparación: lo que psicológica o imaginariamente ocurrió a través del descubrimiento de la circulación de la sangre (o lo que se refleja en ella) es la transposición de la idea arquetípica de la corriente primigenia desde fuera del mundo hacia el interior del hombre. En la época mítica, esta idea arquetípica se proyectaba en la realidad cósmica; ahora, en la época científica, la misma idea se experimenta proyectada en el interior del cuerpo humano: el correr de la sangre en nuestras venas se ha convertido en el nuevo portador de la antigua idea mítica. El hombre, por así decirlo, ha incorporado, interiorizado a Okeanos, liberando así al mundo que le rodea del río primigenio que lo rodea. Pero quizás sería más adecuado decir que el hombre es la víctima de este proceso de transposición de Okeanos. En referencia a un motivo mitológico no demasiado alejado del nuestro, el motivo de los cuatro ríos (por ejemplo, los cuatro ríos del paraíso, Gn. 2:10-14, los cuatro ríos que fluyen desde el Monte Meru en la mitología india, los cuatro ríos germánicos que se originan en el manantial Hvergelmir, etc.), David Miller formuló una observación similar: «Cuando el sistema de símbolos mitológicos desapareció en favor de una visión más sofisticada del cosmos, los ríos pasaron a la clandestinidad en el cuerpo humano»,10 concretamente en forma de los cuatro humores del cuerpo en la doctrina medieval de los temperamentos.

La biología moderna «actúa» concretamente este mismo proceso imaginal de la incorporación del océano que Miller y yo intentamos reflejar críticamente. Tiene la misma idea, pero la proyecta en el organismo literal y su entorno. Cree en la interiorización del mar al descubrir una similitud en la composición de los iones del agua del mar y de la sangre (hecho que A. J. Ziegler me ha recordado amablemente) e imaginar, en consecuencia, la sangre como el mar llevado al interior del organismo. Biológicamente, por tanto, decimos que el hombre no se ha independizado realmente del océano como elemento original de la vida, sino que lleva consigo el mar, «en» cuyo medio sigue viviendo en el interior de su cuerpo, en la forma reducida del sistema sanguíneo. La biología, al demostrar científicamente que la idea de la interiorización del mar es un hecho literal, cumple psicológicamente la tarea de completar el proceso de esta interiorización. Ahora la interiorización es una teoría declarada, mientras que con Harvey esta interiorización, aunque ya se había convertido en un hecho, permanecía implícita e inconsciente. Si está «científicamente probado» y es un hecho objetivo, independiente de nuestro pensamiento y arraigado en la realidad de nuestra naturaleza física, que la sangre circulante es nuestro propio «océano» interior, entonces lo derruido psicológicamente de la naturaleza original de Okeanos como la corriente que nos rodea se ha convertido en algo absoluto: reificado, físico.

Esta transformación en la historia del alma es verdaderamente tremenda, porque equivale a una inversión del Ser, a un giro de adentro hacia afuera (o más bien, de afuera hacia adentro). 11Antes, el hombre se encontraba existencialmente en medio de la tierra, rodeado por la corriente primigenia, y se sabía rodeado por ella por todos lados; ¡hoy lleva la corriente de vida pulsante en sí mismo! Es evidente que este hecho dio al hombre una enorme carga o impulso. Pues, en lo que respecta a la psique objetiva, no tiene poca importancia si el hombre vive con la imagen del río de la vida que rodea todo lo terrenal y, por tanto, también su propia existencia, o si vive con la imagen de la corriente de la vida que circula en su propio cuerpo. Cada una de las dos posibilidades da lugar a un modo fundamentalmente diferente de ser-en-el-mundo, a una relación diferente consigo mismo y con las cosas de la tierra, a una orientación esencialmente diferente hacia fuera, hacia el mundo visible y tangible, y hacia arriba, desde la realidad sublunar hasta la esfera celeste superlunar. Cada una de ellas libera el mundo de manera diferente y, al mismo tiempo, establece límites distintos.

Para saber qué significa la existencia en un mundo rodeado por Okeanos, debemos adentrarnos en el imaginario mítico de este complejo de la realidad. Para el mundo griego, me baso en gran medida en el material recogido por los onianos.12 Okeanos no se limitaba a su manifestación como río de agua. Se le imaginaba más específicamente como una serpiente que ceñía el mundo como un cinturón sólido. Ya conocemos esta serpiente por el «Envolvedor del Mundo» egipcio citado anteriormente de Hornung, que era una serpiente, como lo era la serpiente germánica de Midgard que (según Gylfaginning 34) yace en el mar alrededor de todos los países y se muerde la cola. Porfirio comenta en un pasaje de Homero (donde se menciona una asamblea de todos los dioses a la que sólo un dios, Okeanos, no pudo acudir) que Okeanos tuvo que mantener las cosas unidas. Así pues, Okeanos no se limita a marcar la frontera entre el mundo y el no mundo en un sentido estático y geográfico; es, más bien, una fuerza activa y dinámica que puede compararse con el neumático de hierro que rodea una rueda de madera de radios: la faja que ata y mantiene unido lo que rodea. Por eso no puede marcharse, pues tiene una función de la que depende la existencia del mundo. Ya en la época de Séneca, todavía se habla del «vinculum terrarum Oceanus«. El hecho de que tenga la función de mantener unida la tierra nos ayuda a comprender que en otra cultura, en el mundo chamánico de Siberia, la concepción arquetípica correspondiente al océano mundial no se experimenta en la imagen de la corriente y la serpiente, sino como el cinturón inquebrantable y sólido de una cordillera (los montes Altai).

Estar rodeado de Okeanos significaba estar atado. Y, sin embargo, este cinturón también era dinámico: pura corriente, la corriente de los acontecimientos. La conexión entre flujo y atadura en la idea de Okeanos se realiza mediante una asociación órfica. En un mito órfico de la creación, el huevo del mundo es generado por una serpiente que surgió del agua y del limo; y esta serpiente se llamaba Chronos, una palabra que suele traducirse por «tiempo». Okeanos como corriente del mundo, la serpiente como vínculo, y el tiempo pertenecen todos juntos al mismo complejo arquetípico de imágenes, como lo confirman los testimonios de otras culturas. Así, los bantúes, por ejemplo, creen «que el tiempo es una corriente que vuelve a su propia fuente»,13 y los egipcios imaginaron el tiempo sobre todo en forma de serpiente.14 En el pensamiento griego, el tiempo y la serpiente y el arroyo se unen expresamente una vez más en la figura de Aion. Aion es, por un lado, el fluido vital procreador que, como médula espinal e identificado con la psyché, fue igualmente imaginado como una serpiente (cf. la serpiente Kundalini en el pensamiento indio). Por otra parte, Aion era un destino apremiante, un daimon que controlaba la vida, del que resultaba el significado de «vida», «período de tiempo» («eón») y «eternidad». Para Heraclito, Aion es el poder que controla los cambios del mundo. Como daimon se le representa como una figura alada con cabeza de león, pero por lo demás humana, enroscada por una serpiente. Según los órficos, Chronos estaba emparejado con Ananke15 (Necesidad), que también se encuentra alrededor del universo, como creían los pitagóricos.

El tiempo como corriente circulante, por lo tanto, no tenía originalmente el significado que conectamos con las expresiones «idea cíclica de la historia» o «recurrencia eterna» en contraste con una concepción lineal del tiempo. No se trata de una repetición continua, sino de que la existencia humana está ontológicamente aprisionada, por así decirlo, en la vida terrenal en su conjunto, y en cada momento en particular. Todo lo que pasa, todo lo que la corriente de los acontecimientos hace surgir, es apremiante e ineludible. Ananke reduce la existencia humana al aquí y al ahora. Cada presente es su propio Alfa y Omega, al igual que en las culturas rituales la creación del mundo no fue un acontecimiento único al principio de los tiempos, sino el comienzo esencial de cada nuevo tiempo. Aquí no hay un futuro al que el hombre pueda escapar del presente real, ni un pasado al que se pueda mirar como en los buenos tiempos, en los que se suponía que todo era mejor. La serpiente, como daimon inexorable, me enrosca y me sujeta en mi presente. El vínculo que rodea a todo el Ser me obliga a adentrarme cada vez más en cada realidad presente, me obliga a agotar esta realidad en toda su intensidad. No hay salida. No hay escapatoria. Aquí nunca puedo poner en juego una esperanza de futuro contra mi destino real presente, porque la serpiente del tiempo me encierra herméticamente en la experiencia de este destino. Si este destino ha de tener un sentido, entonces este sentido debe nacer del corazón de este mismo destino y dentro de las fronteras insuperables fijadas por la Necesidad; sólo puede revelarse por mi «guiso» en lo que ocurra. Nunca podría estar en un acontecimiento posterior, en un futuro o en un más allá. Si cada acontecimiento del destino no despliega por sí mismo su sentido, entonces no hay sentido alguno.

Así, Okeanos es la imagen por la que el hombre se sitúa expresamente ontológicamente en su naturaleza finita, como mortal en contraste con los inmortales. La idea arcaica, casi omnipresente, de una corriente o serpiente primigenia que ciñe el mundo, una serpiente acoplada a la Necesidad (al menos según el pensamiento griego), no fue en absoluto sugerida por la experiencia empírica. Surgió de una necesidad psicológica: la necesidad de comprometerse implacablemente con la vida en esta tierra tal y como era realmente (y no como podría desearse que fuera). En numerosos símbolos de la vida cotidiana -tanto públicos como privados- y en los correspondientes actos rituales, el hombre arcaico sintió la necesidad de mantener continuamente a la vista su ser atado, en el plano ontológico, por la serpiente que rodea cada aquí y ahora. Como símbolos de este tipo, menciono la banda, la corbata, el cordón, el anillo, la faja, el lazo, el nudo, el yugo, la corona, la tela tejida, el hilo hilado.

Si el poeta laureado recibía una corona, el vencedor una banda o un cinturón, esto no significaba originalmente un honor por un hecho pasado; más bien, era para hacer visible ese vínculo que era inherente al hecho mismo y con el que el vencedor había sido coronado invisiblemente todo el tiempo por el destino, a través de la propia ejecución de su hecho. Una victoria, un logro, se vivía como una banda puesta al hombre por los dioses o por las Parcas, y esta banda se consideraba como una porción de tiempo, un período de su vida, un destino hilado por la Moira.

Al igual que una victoria, también la realeza era una banda que convertía en rey a quien estaba obligado por ella. Vemos que, en general, cada acontecimiento, cada acción se consideraba una obligación vinculante. Si esto es así, no puedo renegar de un hecho que he cometido, no puedo simplemente desvincularme de él («no tenía intención de hacerlo», etc.). El hecho real me compromete con él en virtud de su realidad vinculante. Debo reconocerlo, inclinarme ante él, tal vez deba permitir que me enseñe sobre mi verdadera naturaleza, para vivir en armonía con mi realidad y necesidad.

La diadema con la que se coronaba al rey o al vencedor también nos ayuda a entender el collar que se ponía al cuello de un esclavo, atándolo así a la esclavitud. No hay ninguna diferencia esencial entre la banda de un rey y la de un esclavo. Ambos expresan la obligación inexorable de un destino. En los esclavos, el hombre antiguo mantenía continuamente el paradigma de la condición del hombre concretamente ante sus ojos. La esclavitud era la realización objetiva como institución social de lo que en esencia era la naturaleza ontológica del hombre.16 Esto explica también el hecho de que los que se habían convertido en esclavos se sometieran básicamente a su destino y lo aceptaran, como relata Tácito en su Germania, donde dice que los teutones juegan a los dados con tal temeridad que incluso después de haberlo perdido todo, se juegan, en una última tirada decisiva, su libertad y su vida. El perdedor entra en la esclavitud sin antagonismo. Aunque sea más joven, aunque sea más fuerte, se deja atar y vender. Comprendemos por qué: el lanzamiento de los dados no es un asunto accidental y ridículo, sino que pone de manifiesto la clase de banda que el destino ha puesto desde hace tiempo alrededor de la persona en cuestión. La esclavitud de hecho no es más que la realización externa de una necesidad fatídica existente. Rebelarse contra ella sería una tontería. Un ejemplo especialmente impresionante de este comportamiento y esta actitud se encuentra en la literatura india: el juego de dados del héroe Yudhisthira en la epopeya Mahabharata.

El mandala (que originalmente era el círculo de los Tiempos17 ) también puede verse bajo esta luz, como la imagen de lo que nos ata implacablemente a la corriente de los acontecimientos. Esta comprensión eliminaría el menosprecio y la dulcificación que la interpretación de Jung del mandala como la representación del Sí-mismo ha adquirido con algunos junguianos dentro de una ideología de «autodesarrollo» y «crecimiento» y «plenitud». El Sí-mismo podría volver a entenderse como el reinado de la necesidad inexorable de mi naturaleza sobre mí mismo, y la totalidad o plenitud como el telos, la banda imperiosa de cada porción fatídica de tiempo -no mi totalidad, sino la totalidad de cada momento.

La palabra telos me lleva a otro aspecto del cerco de la serpiente Okeanos. El significado original de telos no era, según los onianos, meta, fin, acto de finalización. Significaba más bien la banda hilada por el destino, la banda que da lugar al cumplimiento de una porción cualitativa del tiempo y que tiene su encarnación visible en la diadema. En el mundo ceñido por un sólido cinturón, cada acontecimiento, cada momento, así como mi vida en su conjunto y el mundo en general, estaban a priori completados, incluso si la finalización real no había ocurrido todavía e incluso sin importar si era un acontecimiento «positivo» o «negativo». Cada cosa, cada momento cualitativo descansaba en sí mismo y, por tanto, descansaba. La franja que rodea a cada tiempo o cosa particular daba a cada acontecimiento una medida y un límite (péras) y hacía que llevara su centro de gravedad, su sentido, en sí mismo.

Sólo por esta razón era posible que el mundo se experimentara como lleno de dioses y animado por seres míticos. La necesidad que ata al hombre a cada acontecimiento era el factor que obligaba a poner en primer plano la imagen o el rostro de cada realidad. Incondicionalmente entregado y arrojado sobre lo que pasaba, el hombre arcaico no podía refugiarse en la «explicación» de los acontecimientos a partir de causas externas, es decir, anteriores, ni en la esperanza de que los acontecimientos posteriores fueran mejores. Tenía que contemplar la profundidad imaginal, la esencia interior de cada acontecimiento: el Dios que hay en él. Si Okeanos no podía acudir a la asamblea de los dioses porque tenía la tarea de mantener el mundo unido, ahora comprendemos que realmente no podía acudir: porque su permanencia donde estaba era lo que hacía posible la aparición de los dioses en el mundo en primer lugar. Como la banda que rodea al mundo y nos sostiene ineludiblemente en cada acontecimiento, Okeanos otorga esa clase de incrustación en el Ser y esa devoción a cada momento por la que sólo el ser del hombre en el mundo (y el mundo mismo ) puede ser de constitución mítica, poética. Okeanos no puede aparecer nunca en lo que sólo a través de él es «mundo», el «kosmos» (bellamente, perfectamente ordenado); si apareciera como algo en el mundo, los dioses reunidos quedarían inmediatamente anulados en la medida en que entonces nuestra mirada, liberada de su vínculo, revolotearía de un acontecimiento a otro y ya no podríamos experimentar la profundidad divina de uno solo.

La serpiente llamada Okeanos o Chronos que nos rodea por todos lados es la imagen y la garantía de la existencia psicológica del hombre. Como Jung ha subrayado una y otra vez, estamos envueltos por la psique por todos lados, y es la naturaleza de la psique ser lo que nos rodea. Esta misma idea se encuentra también en la antigüedad. Cuando a Pitágoras le preguntaron qué era la serpiente Chronos, respondió que era la psique del universo (Onians).

El Dionysos órfico tenía el epíteto de Liseo (el «Aflojador»), pues se suponía que aflojaba, para los que iban a ser iniciados por ciertos ritos, la cuerda de los «cuidados difíciles de soportar». Sin embargo, el tipo de liberación que traía Dionysos seguía atado en el mundo mítico rodeado por la serpiente; era simplemente una liberación incidental de cada iniciado individual, sin cambiar el mundo en general en su constitución ontológica. La liberación total de la serpiente sólo la trajo el Cristo. Él es el Liseo absoluto que aborda el problema de una vez por todas y fundamentalmente, para el Ser como tal. «Y el Dios de la paz herirá en breve a Satanás bajo sus pies» (Rom. 16:20), Satanás, que, como sabemos, es «la vieja serpiente» (Ap. 20:2). Cristo ha cortado toda atadura imperiosa, «borrando la letra de las ordenanzas que había contra nosotros… clavándola en su cruz» (Col. 2:14). El rayo de la cruz rompe incluso el máximo vínculo de la vida en su conjunto, la muerte: «para destruir por medio de la muerte al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a los que, por el temor a la muerte, estaban durante toda su vida sujetos a la esclavitud» (Heb. 2, 14s.). El hombre cristiano es esencialmente un hombre liberado.

A menos que interpretemos este acontecimiento cristiano de liberación de nuevo en términos de su comprensión cristiana, esta liberación debe ser vista como un trauma, una herida del Ser. La viga del Gólgota se ha clavado en la articulación donde la serpiente se muerde la cola, y así se ha roto el vínculo imperioso en torno al Ser. El círculo del Padre Okeanos se rompió, el círculo cerrado del Tiempo se enderezó en una línea que se extiende en ambas direcciones hacia el infinito. Desde entonces, el tiempo es una Heilsgeschichte lineal (la historia del mundo interpretada como muestra de la obra de la gracia de Dios). Ahora es posible especular con Jaspers sobre «El origen y la meta de la historia» y con Teilhard de Chardin sobre una evolución desde el «punto Alfa» hasta el «punto Omega», y salir del anillo imperioso de cada presente hacia el futuro (esperanza del más allá, utopías, Ernst Bloch) o hacia el pasado (historicismo, restauración, conservación, nostalgia). Ahora hay una salida, y la idea de un «Huit clos» o «No Exit» se convierte en equivalente al infierno (Sartre), lo que por cierto corrobora una vez más la verdad de la experiencia anterior, aunque sólo sea a través del medio hostil del anhelo moderno de liberarse de toda atadura, pues el infierno no es más que el inframundo demonizado y, por tanto, sigue reflejando la naturaleza finita del hombre.

Por supuesto, la liberación por medio de Cristo estaba al principio todavía ligada a lo que en la terminología cristiana se llama «fe»; la redención era, pues, un determinado estado psíquico del hombre. La historia muestra que el mundo cristiano no se conformó, y probablemente no podía conformarse, con la liberación como estado psíquico y, por tanto, sujeto a factores contingentes y empíricos en la vida de los individuos; pues la fe siempre estuvo amenazada por la duda y la indiferencia. La liberación, sin embargo, debía convertirse en una certeza absoluta y, más allá de ser una experiencia personal, también en una realidad «cósmica». Porque «si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana es también vuestra fe. … Si sólo en esta vida tenemos esperanza en Cristo, somos los más miserables de todos los hombres» (1 Cor. 15:14, 19). Así pues, existía una fuerte presión interna desde el propio cristianismo para que la liberación pasara de ser una mera condición óntica de cada persona a un modo ontológico del Ser, un modo verdaderamente imperante aunque el individuo no estuviera personalmente en el estado de fe y firmemente fundado en él. La verdad cristiana debía ser reificada, convertida en una verdad «física». Ésta, la liberación de toda atadura, tenía que ser ella misma liberada de su propio ser atado por las vicisitudes del tiempo. Después de que la Edad Media estableciera firmemente al hombre en la fe como condición subjetiva, el alma del hombre occidental se puso en condiciones de traducir también la naturaleza objetiva del mundo y del hombre en el estado ontológico de la liberación. Esta ha sido la tarea de la temprana edad moderna, al final de la cual, es decir, hoy, se hace visible un paso adicional en el desarrollo histórico: la filtración de la redención ahora ontologizada y reificada en la psique personal del individuo. Pues la mayoría de los llamados «problemas psicológicos», la mayoría de las neurosis que aparecen en la consulta del analista, pueden entenderse en su contenido más profundo como un cristianismo que se ha retirado del mundo a la psique personal: la psicología moderna como cristianismo hundido.

El hombre devoto de la Edad Media vivía esencialmente en un mundo que todavía correspondía a la existencia en la necesidad precristiana (que ahora en el lenguaje cristiano podría traducirse como «enfermedad hasta la muerte», existencia en el pecado) y que de ninguna manera expresaba una liberación literal. El ordo medieval todavía estaba rodeado y sostenido por un océano primigenio. El hombre seguía viviendo entregado a cada presente, y cada actividad individual, como la del artesano, tenía su significado en sí misma. La fe simplemente había cambiado los antiguos dioses politeístas por el Dios Único del cristianismo, pero en general había dejado el estado ontológico del mundo como siempre había sido.

Pero, ¿cómo pudo la liberación de Okeanos, de la serpiente urobórica, del Tiempo (Chronos; el saeculum cristiano) convertirse en una realidad ontológica objetiva, si la existencia había estado efectivamente rodeada por el Envolvimiento del Mundo? ¿Cómo podría eliminarse la corriente primigenia que encierra al mundo? Ciertamente, a través de Cristo la serpiente había sido superada hace tiempo. Pero sólo para la condición psíquica de cada creyente, mientras que el mundo (incluido el mundo del propio creyente) seguía siendo mantenido por la Necesidad, con la única diferencia de que esta Necesidad recibía ahora nombres cristianos como el de Providencia de Dios. Así pues, aún quedaba por cumplir la tarea, y era una tarea enorme: ¿cómo podía esa realidad, cuyo sentido y esencia debían ser absolutamente ineludibles porque rodeaba la existencia humana por todos lados, ser eliminada precisamente por aquel que estaba rodeado por esta fuerza ineludible? ¿Cómo podría el hombre, por así decirlo, salir de un pantano por su propio pelo? La corriente de acontecimientos que fluye alrededor de la existencia humana como tal no podría librarse realmente, obligando a la Necesidad a no ser eliminada realmente: sólo podría ser incorporada, interiorizada. La manifestación del acontecimiento de esta incorporación ontológica de Okeanos por el hombre fue la invención de Harvey de la circulación de la sangre. La corriente pulsante de la vida, el origen siempre circundante de toda espontaneidad, se encontraba ahora en el hombre mismo. Ya no estaba expuesto a Okeanos y a la inescapabilidad del Ser; los llevaba en su cuerpo, y sólo en la medida en que los llevaba en sí mismo se desgarraban la cabeza y la cola de la serpiente enroscada en torno al mundo y éste quedaba liberado para ser absolutamente abierto, sin límites ni medida.

Así, en cierto modo, Illich tiene razón al afirmar que la idea de una materia que circula en sí misma era completamente desconocida para los antiguos. Si por materia se entiende lo visible y tangible, el agua de Okeanos no era materia. Porque Okeanos no era, como hemos oído decir a Kerényi, «una corriente ordinaria», es decir, no era un fenómeno del mundo como las demás corrientes, no era un objeto de una percepción posible (empírica). Dondequiera que fueras en el mundo visible, nunca te encontrarías con Okeanos como un río tendido ante tus ojos, porque tal ida tendría lugar inevitablemente dentro del mundo encerrado por él, de modo que todo lo que pudieras encontrar estaría a priori rodeado por él. Pero Okeanos es la frontera más externa entre el mundo y el no mundo. Como tal, tiene, incluso como materia (agua o banda sólida: serpiente, cordillera), una naturaleza imaginal, y sólo como corriente imaginal o más bien como corriente de lo imaginal era la fuente continua de todas las aguas visibles del mundo. La razón por la que la invención de la circulación de la sangre es radicalmente novedosa es que ahora la circulación se atribuye a algo en el mundo, a una materia óntica, empírica-factual, que fue también el nacimiento de la idea de una «materia» propiamente. La circulación de la sangre es verdaderamente «material» porque tiene su fundamento ontológico y su verdad exclusivamente en su existencia literal, física y manifiesta, mientras que para la mente mitológica incluso los ríos visibles, de hecho todas las cosas del mundo, no eran una materia meramente física, ya que se originaban, y por tanto tenían su verdad, en la corriente de lo imaginal que se llamaba expresamente «generación de todo». Por lo tanto, la inversión del Ser que se produjo con el cambio de Okeanos a la sangre circulante también significa una eliminación fundamental del hombre y del mundo del elemento ontológico de lo imaginal y su transposición al medio de la materialidad óntica, literal.

Parece que la idea arquetípica de Okeanos -o el nombre que queramos dar a la corriente inexorable de los acontecimientos- resulta ser una realidad ineludible incluso en el momento en que nos liberamos de ella. Pues esta liberación no nos liberó realmente del vínculo de Okeanos; incluso podríamos decir que nos cargó con él de una manera mucho más opresiva en la medida en que ahora es, en lugar de una realidad imaginal, una realidad literal (médica) y en la medida en que está «embutida» en los estrechos confines de la existencia personal de cada uno de nosotros. Es cuestionable que el interior de nosotros sea un lugar mejor que el límite exterior de la tierra. Si Okeanos está ahora en nosotros, ¿no es como si nos hubiéramos tragado algo demasiado grande e indigesto? Porque ahora tenemos que sufrir de vez en cuando su fuerza apremiante muy literalmente en nuestros propios cuerpos (ataques al corazón, colapso circulatorio, endurecimiento de las arterias, por no mencionar los «problemas» puramente psicológicos con los que ahora tenemos que luchar dentro de nosotros mismos -el espacio contenido en la piel-, mientras que antes sus equivalentes podían servirse de la amplia extensión de todo el mundo mítico).

La invención de la circulación de la sangre convirtió a Cristo en una realidad ontológica e hizo definitivo el desencadenamiento del Ser iniciado por Cristo. La letra escrita por el destino a través de cualquier acontecimiento ha sido borrada. No importa lo que una persona haya hecho, su acto ya no representa una obligación para ella: Cristo es la garantía de la liberación definitiva de todas nuestras acciones y destinos. Cristo es la alternativa, es decir, la disponibilidad fundamental de una salida (quizá no siempre empírica, sino metafísica) de la necesidad vinculante de lo que pasó. El confinamiento esencial en la existencia finita y terrenal ha sido levantado, el hombre ya no es «siervo» de la muerte ni está «esclavizado» a ella como frontera inexorable en torno a nuestras vidas; es absolutamente «libre de la ley del pecado y de la muerte» (Rom. 8:2). Por eso, Pablo no tiene que sacudir los cimientos de la esclavitud como institución social, porque esto es una nimiedad comparado con la liberación metafísica que sacude el mundo y de la que se ocupa. Si Pablo habla del hombre «según la carne» y «según la ley del pecado», no se refiere, en el plano óntico, a los obvios malhechores y endemoniados. Apunta mucho más radical y comprensivamente al estado ontológico de aquellos cuya condición es estar atados por la banda inexorable de cada situación real. Es un ataque total contra la incrustación original del hombre en el Ser.

En cuanto la liberación dejó de ser un mero estado psicológico del hombre (la fe) y se convirtió en una realidad ontológica, la banda que rodeaba la tierra se rompió incluso en la constitución ontológica de la realidad empírica, de modo que el cosmos se abrió en una infinidad de mundos (Giordano Bruno), la realidad se convirtió en un reino de posibilidades ilimitadas, y todas las cosas de esta tierra se entregaron a la voluntad del hombre sin restricciones. Las cosas y los momentos que antes estaban firmemente encerrados en su individualidad (en virtud de la cual cada uno llevaba su propio centro de gravedad y valor, en último término, su Dios, en sí mismo), eran ahora, ontológicamente hablando, piezas o partes igualitarias de un espacio y un tiempo homogéneos.

La realidad mítica y metafísica de Cristo como libertador absoluto ha pasado de ser un objeto de devoción a ser la constitución ontológica del hombre: esto es lo que ha hecho posible el auge revolucionario e indómito de la era moderna: el inicio de los exploradores, desde Colón hasta los astronautas; el desarrollo en espiral de las ciencias; el impulso ilimitado de ir más allá del mundo natural de las cosas con forma y contorno, hacia lo ilimitado de las dimensiones de la magnitud astronómica y la minuciosidad microfísica; el anhelo desatado de lo óptimo; y la manía interminable de estimulación a través de atracciones siempre nuevas y a través de experiencias que puedan proporcionar una respuesta a la pregunta del sentido de la vida. La liberación de la serpiente significa el desencadenamiento absoluto del deseo, de la búsqueda y el esfuerzo del hombre. Sólo el hombre cuya naturaleza se define como la de haber interiorizado la corriente primigenia del exterior en sí mismo, ya no se sabe contenido y atado al mundo por una banda inextricable y, a la inversa, ya no experimenta el mundo como una obligación vinculante, sino como una presa esencialmente libre a la manipulación del hombre, incluso como una invitación a la exploración y la explotación. Sólo el hombre con circulación sanguínea puede y debe partir en busca de nuevos continentes o aventurarse en el espacio exterior o en el ámbito de la microfísica. Sólo él debe buscar el sentido de la vida.

En la época en la que Okeanos aún mantenía unido el mundo, cada cosa estaba, como hemos señalado, firmemente encerrada y el hombre estaba ineludiblemente ligado a cada una de sus acciones. Por eso, las personas de épocas anteriores podían encontrar la plenitud en tipos de trabajo manual que nosotros consideraríamos intolerablemente monótonos, como cuando las mujeres africanas muelen sus granos a mano durante horas todos los días, o cuando en nuestra cultura los troncos se aserraban manualmente para convertirlos en tablas, o la lana se hilaba en hilo durante todo el invierno. La plenitud era posible porque estas personas estaban, en virtud de la situación ontológica, entregadas a cada actividad y no deseaban, no podían desear salir de ella, en la medida en que la banda de la serpiente las ataba y las mantenía en lo que hacían. El hombre liberado ya no puede habitar verdaderamente en el momento. Debe apresurarse hacia otros momentos, hacia algún tipo de más allá que pueda dar un sentido a un presente particular. Necesita que las máquinas le liberen de todo trabajo monótono para que pueda ser liberado para una vida más elevada «en el Espíritu» (Rom. 8:9): para la planificación, los grandes diseños, el control; quizás también para las actividades educativas y culturales, los deportes, el entretenimiento, los grupos de encuentro u otras experiencias psicológicas. Paradójicamente, incluso las actividades monótonas, como hilar o tejer, pueden ser redescubiertas ahora, pero sólo como pasatiempos que afirman la libertad absoluta del hombre, es decir, como lo contrario de lo que antes eran: trabajo necesario.

También se rompió el círculo de la relación económica del hombre con la naturaleza, ese círculo cerrado que, según el análisis de Marx, consistía en que en las sociedades agrícolas anteriores el intercambio de bienes servía más o menos para proporcionar lo que se iba a consumir, sin producir ningún beneficio.18 En el momento en que, en la misma época en que se iniciaron los viajes de descubrimiento, la ciencia moderna y la invención de la circulación sanguínea, el dinero pasó de ser un mero medio de intercambio a ser un «capital» autogenerador en el sentido de Marx, se produjo una explosión y se puso en marcha la espiral de crecimiento económico. Desde entonces tenemos un crecimiento de las necesidades de mercancías, así como de la producción industrial para llenar estas necesidades, lo que finalmente resultó en la reducción de las cosas a las mercancías alienadas de una sociedad de usar y tirar. De nuevo debemos decir: Sólo el hombre de la circulación sanguínea puede ser capitalista.

A través del estiramiento lineal del Tiempo, la existencia humana se ha colocado en el modo ontológico de lo comparativo (en el sentido lingüístico): ahora está sujeta a la idea de lo «mejor», lo más deseable. Esta idea y su culminación absoluta en la idea de lo «mejor» («óptimo») podían dar lugar por sí solas al optimismo y al pesimismo, lo que habría sido imposible en la época de Ananke, ya que entonces todo era como era, y el coqueteo con la idea de lo mejor estaba a priori excluido por la frontera insuperable que marcaba el océano primigenio entre el Ser y el No Ser, la realidad y la posibilidad. El hombre vivía en la «forma positiva» (lingüísticamente hablando), fuera o antes de cualquier grado de comparación: en su realidad, independientemente de que fuera, como hoy podríamos decir, «positiva» o «negativa». El teutón, recordemos, se dejaba vender como esclavo sin antagonismo una vez que había perdido su libertad por los dados. El hombre moderno, por el contrario, que gracias a la circulación en sí mismo se libera de la corriente vinculante que le rodea, nunca puede estar contento en ninguna situación; debe exigir enseguida algo mejor. Leibniz trató de rescatar algún tipo de contento dentro del mundo real mediante su laboriosa prueba de que este mundo era «el mejor de los mundos posibles» y que vivimos en «el óptimo». Pero tan pronto como esta prueba deja de tener credibilidad, el deseo indomable de lo mejor debe surgir y llevar a los unos al país de las posibilidades ilimitadas, a los otros a las esperanzas revolucionarias de un futuro mejor y de una sociedad ideal, y a los terceros a las esperanzas conservadoras de una restauración de los buenos tiempos o, en el caso de la variante pesimista, a la resignación, al cinismo o al suicidio.

Aunque la gente sigue comprando alianzas cuando se casa, el hombre de hoy es, sin embargo, incluso en el matrimonio, esencialmente un hombre liberado (liberado también del vínculo del matrimonio), es decir, está a priori divorciado. Como liberado del anillo de la Necesidad, la exigencia del cónyuge «óptimo» le es indispensable. Debe esperar siempre poder reformar al otro: el matrimonio como una especie de reformatorio para el cónyuge. Simplemente tiene que haber un momento -esta es la esperanza de la que vive la persona casada- en el que el otro finalmente entre en razón y cambie a mejor, se convierta en el cónyuge ideal que uno ha buscado en él o ella todo el tiempo. Surgen innumerables peleas porque uno quiere tener a su cónyuge mejor de lo que realmente es. El hombre liberado no puede contentarse con la forma en que su cónyuge es realmente, y no puede ver que cada ser humano es, por así decirlo, un caso perdido. No puede admitir que el matrimonio significa estar ineludiblemente ligado a una vida con la otra persona tal y como es realmente (sin salida) y tener la tarea de llevarse bien con ella para bien o para mal; incluso llegar a aprender a querer sus defectos, a quererla con todos sus defectos. Ser esencialmente «sin esperanza»: este es el sentido mismo del matrimonio. Pero esto es algo que el hombre liberado no puede aceptar de ninguna manera, porque la liberación significa ser esclavo de la esperanza. Es un ejemplo especialmente llamativo de la disociación en la conciencia cristiana el hecho de que la doctrina de la Iglesia católica insista en la indisolubilidad del matrimonio y prohíba el divorcio sin darse cuenta de que es su propia verdad -la liberación del hombre- la única que obliga a muchos casados a tomar el camino que conduce al divorcio. La verdad cristiana es indivisible. Si el hombre en el mundo cristiano es liberado, entonces esto no se aplica sólo al subjetivo «credo dominical», sino también objetivamente a todo lo que en toda la vida representaría una obligación imperiosa.

Sólo con la invención de la circulación sanguínea comienzan a separarse los mundos interior y exterior. En la época en que el hombre estaba ineludiblemente rodeado por Okeanos, su existencia estaba esencialmente anclada en el mundo y, por lo tanto, necesariamente miraba los acontecimientos que ocurrían en el mundo desde dentro, con una perspectiva «interior», y los veía en su profundidad imaginal: como imagen y Dios. Fue su arraigo lo que hizo que el mundo (y todo lo que hay en él) se iluminara con una luz mítica, pues la naturaleza psicológica o poética del mundo no es más que el correlato del arraigo del hombre en su realidad. La imaginación mítica no es una propiedad psicológica del hombre, que puede o no ser empleada; es un estado ontológico, una forma fundamental en que el hombre se sitúa en el cosmos: estar ineludiblemente rodeado de la serpiente psyché. La circulación de la sangre, por otra parte, significa que ahora la frontera entre la vida y la no-vida, entre lo esencial y lo no-esencial cae en el propio mundo empírico: lo que está fuera de él es el frío y muerto «mundo externo», mientras que la verdadera vida está rodeada por él como el «interior», el «mundo interno». Es gracias a la circulación que el hombre moderno se convirtió en un «sujeto» que tiene a las cosas de este mundo como sus «objetos» inevitablemente fuera y frente a sí mismo. El «interior» y el «exterior» sólo se separan por la corriente fronteriza incorporada del Ser; la exteriorización o alienación sólo se soporta desde la interiorización de Okeanos.

De acuerdo con nuestro lenguaje habitual, he hablado de que el sujeto tiene el objeto frente a sí mismo. Pero en realidad no se trata de una oposición. Como el hombre tiene ahora circulación en sí mismo y ya no está amarrado a lo que pase, es ahora totalmente libre para rodear él mismo los fenómenos del mundo. Las obras de arte, por ejemplo, se han convertido en «objetos» al ser colocadas en una vitrina de museo para que podamos pasear alrededor de ellas y verlas por todos lados, mientras que originalmente, como retablo, máscara o estatua de un Dios, habrían «asaltado» al hombre con su demanda de devoción, en cuyo sentido habrían rodeado al hombre ontológicamente por todos lados. Las cosas estudiadas por las ciencias son «objetos» porque, habiéndose convertido en mudas y proscritas, pueden ser giradas y retorcidas a gusto del científico para que la mirada científica las rodee por completo. Toda teoría del conocimiento tiene, simplemente en virtud de la pregunta que plantea y no sólo porque daría una respuesta reconfortante, la tarea psicológica de permitir al hombre moderno siempre de nuevo y en principio satisfacerse en cuanto a su capacidad de rodear todas y cada una de las cosas. La liberación de la incrustación en el Ser sólo es completa si el hombre mismo se ha convertido en el Envolvedor de la Cosa y del Mundo. Y sólo como Envolvedor del Mundo es verdaderamente «sujeto». Así, el sujeto no es tan opuesto, sino que está fundamentalmente por encima de lo que mira como objeto, del mismo modo que el Dios creador está por encima de su obra, teniendo una visión completa de la misma y penetrando con su mirada en el corazón mismo de las cosas.

También la psicología de Erich Neumann sirve para interiorizar de una vez por todas lo que originalmente era el Envolvimiento del Mundo. Neumann convierte al uroboros, que en su día fue el propio círculo de los Tiempos, en una mera fase de la evolución psicológica de la persona, una fase que nosotros, como adultos, hemos superado hace tiempo, aunque quizás debamos de vez en cuando retroceder a ella. Mientras que el círculo de los Tiempos, como la serpiente que se muerde la cola, era principio y fin en uno, ahora sólo es el punto de partida desde el que la línea de desarrollo se extiende hasta el estadio de la conciencia solar del héroe: el círculo se reduce a un punto en la línea recta y queda así incorporado por la línea. Antiguamente, el principio no era precisamente un punto del que partía algo; era lo que mantenía todo aquello de lo que era el principio inexorablemente rodeado y, por tanto, encerrado: Okeanos, la «generación de todo». Toda la dinámica y todo el desarrollo de un acontecimiento iniciado quedaban encerrados por y bajo el imperio de su comienzo (por eso el griego arché significa «comienzo» a la vez que «imperio»): todos los arroyos, manantiales, pozos surgen continuamente de la corriente primigenia que lo rodea todo. Y los héroes del mito (Heracles, Teseo, Sigfrido, etc.) como figuras mitológicas realizan sus hazañas dentro del mundo encerrado por el uroboros, mientras que para Neumann la conciencia heroica se caracteriza precisamente por haber salido de lo urobórico. Neumann priva a lo que nos rodea implacablemente de la ineludibilidad de su cerco. Pero tan pronto como la serpiente Okeanos deje de ser ineludible y no nos encierre hasta el final; tan pronto como Okeanos también pueda acudir a la asamblea de los dioses como uno más entre ellos porque se ha vuelto prescindible, el uroboros habrá dejado de ser un uroboros. El instrumento para hacer impotente a la serpiente reinante que nos rodea es aquí la idea de desarrollo, pues reduce la visión mitológica de la constitución ontológica del hombre a la idea de una condición óntica específica, correlativa a una fase evolutiva particular en la vida del hombre empírico: una caída de la psicología en la biología, del reino de lo imaginal a la cuestión del niño literal, la madre literal y la evolución literal desde el embrión.

Desde la perspectiva del pensamiento evolucionista, el hombre arcaico debe parecer primitivo, lo cual, aunque se nos asegure expresamente que esta palabra no debe entenderse como un término despectivo, significa sin embargo tanto como «todavía sin ego», «con un ego no desarrollado«, «que representa una etapa anterior». Quisiera oponer a este punto de vista otra comprensión: el primitivo como ese tipo de hombre que está incrustado en la Necesidad, inexorablemente entregado a su presente real, que no ha escapado del Ser a la liberación. La interpretación temporal de lo primitivo en el sentido de «etapa temprana», etc., sólo sirve para hacer impotente a la serpiente del tiempo apremiante.

El hombre de la circulación sanguínea está llamado a ser un todo autónomo, una «personalidad», un «individuo». La «personalidad» no es más que la forma concreta en que el hombre se representa a sí mismo -ante los demás y ante sí mismo- como la «Grosse Runde» (Neumann), como un círculo cerrado. Podríamos decir que es a William Harvey (este nombre tomado sólo como un código) a quien debemos todo el idealismo humanista y educativo de un Herder, Goethe, Schiller, Humboldt, el impulso de desarrollar la propia personalidad o el propio yo, además la necesidad de poner en práctica la idea de que yo, como individuo, soy un infinito interior y llevo el mundo entero en mí mismo (el Envolvedor del Mundo en apariencia psicológica). También le debemos la obligación de ser libre (libertad de pensamiento, emancipación, liberación, libre desarrollo de la personalidad, libertad del trabajo: vacaciones, fines de semana y tiempo libre). El hombre moderno debe ser libre, porque sólo en la medida en que es libre en varios aspectos se hace realidad la liberación del telos apremiante de Okeanos. Sin la circulación de la sangre, la idea del genio también sería impensable, pues en los tiempos de Okeanos, las personas no eran genios, sino que un daimon o genio implacable habitaba en ellas como en toda la naturaleza.

Pero el hombre moderno, convertido en personalidad, es, en virtud del círculo que él mismo es ahora, no sólo libre, sino también encerrado en sí mismo y decididamente impenetrable, inafectable. No es sólo por la arteriosclerosis que se produce un endurecimiento; el hombre moderno está a priori endurecido en el plano ontológico, inaccesible a la profundidad imaginal de los acontecimientos. Porque el círculo es la figura perfecta, inatacable. Nada puede penetrar la armadura de la dura coraza circular. Las mónadas, como bien dijo Leibniz, no tienen ventanas. Están cerradas, de una vez por todas. Esto no puede deshacerse mediante el «entrenamiento de la sensibilidad», tratando de aprender a sentir y a estar abierto a las experiencias emocionales. Las experiencias emocionales son precisamente lo que sólo puede tener ese tipo de hombre que se concibe como personalidad holística y, por tanto, a priori, encerrado en sí mismo. Como individuos y subjetividades estamos fundamentalmente, es decir, ontológicamente, alejados de ese locus existencial en el que podríamos ser alcanzados y afectados. Cualquier cosa que nos ocurra, por muy afectados que estemos emocionalmente, nunca es más que un estado óntico de emocionalidad que ocurre en el hombre ontológicamente blindado. Sólo en la medida en que el hombre tenía su esencia ontológica al estar rodeado por la implacable Necesidad y, por tanto, al estar incrustado en el mundo, podía ser alcanzado y golpeado por la esencia de los acontecimientos, porque sólo entonces estaba incondicionalmente expuesto a lo que ocurría y, como tal, era vulnerable. Del mismo modo que el mundo se convirtió en presa libre de la manipulación del hombre en cuanto el Okeanos urobórico se doblegó, así, a la inversa, la sustancia interior del hombre era a priori permeable para la profundidad imaginal de los acontecimientos y las exigencias que éstos le planteaban, mientras el hombre no se hubiera convertido en un círculo cerrado y autocontenido. La terapia reichiana de la coraza del carácter tampoco sirve de nada, pues se produce mucho después del hecho y no llega a la raíz del asunto. De hecho, intenta fijar el problema tratando de conseguir precisamente el Okeanos interiorizado en un flujo renovado y aumentado.

Okeanos era, como hemos dicho, pura corriente. Como el hombre ya no está en la corriente circulante del Tiempo, sino que lleva la corriente de la vida en sí mismo, el pulso de la vida depende ahora de él, de cada ser humano individual. Es el hombre quien ahora, con su propio esfuerzo y fuerza de voluntad, tiene que mantener el Tiempo en movimiento. Él debe ser su motor, porque ahora existe como el círculo mismo del Tiempo. ¿Es sorprendente que el hombre moderno esté plagado de prisas y tensiones, que se vea obligado a rendir, que tenga que hacer ejercicios físicos y probarse a sí mismo su juventud una y otra vez mientras viva, hasta que un fallo circulatorio o un infarto puedan, al fin y al cabo, ponerle fin inexorablemente, al hombre liberado? ¿Es sorprendente que quien lleva personalmente en sí mismo la corriente fronteriza entre el Ser y el No-Ser esté plagado de neurosis, neurosis cuya naturaleza es ser una especie de formación de compromiso entre alguna fuerza apremiante y obsesiva y el esfuerzo indispensable por liberarse de cualquier telos impuesto, liberarse de cualquier obligación fatídica que ate mi naturaleza y mi vida?

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1 Ivan Illich, H2bO y las aguas del olvido: Reflections on the Historicity of «Stuff» (Dallas: Theballas Institute of Humanities and Culture, 1985), capítulo «Harvey Invents Circulation». Sobre Harvey y el descubrimiento de la circulación sanguínea desde una perspectiva psicológica, imaginal, véase el estudio esencial de James Hillman, «El pensamiento del corazón», Eranos 48-1979 (Frankfurt: Insel, 1981), pp. 133-82.

2 Karl Kerényi, Die Mythologie der Griechen, vol. I (München: Deutscher Taschenbuch Verlag, 1979), p. 19. Mi traducción.

3 Erik Hornung, Der Eine und die Vielen (Darmstadt: Wiss. Buchgesellschaft, 1971), esp. pp. 154 y 276 s.

4 Hermann Bengtson y Vladimir Milojcic, Großer Historischer Weltaltlas, Erläuterungen I. Teil (München: Bayerischer Schulbuch-Verlag, 1954), col. 58.

5 Kerényi, ibídem, cursiva y traducción mía.

6 Hornung, op. cit., p. 154.

7 Kerényi, ibid.

8 Platon, Phaidon, 112 d y e.

9 Véase Weizsäcker, «Okeanos» en W. H. Roscher, Ausführliches Lexikon der und römischen Mythologie, 816.

10 David L. Miller, «Achelous and the Butterfly: Toward an Archetypal Psychology of Humor», en Spring 1973, pp. 1-23, en la p. 8.

11 El proceso de la «inversión del Ser» se trata brevemente en mi artículo «Saving the Nuclear Bomb», en Valerie Andrews, Robert Bosnak, Karen Walter Goodwin (eds.), Facing Apocalypse (Dallas: Spring Publications, 1987), pp. 96-108, y con mayor extensión en mis dos volúmenes sobre el Psychoanalyse der Atombombe (Die Atombombe als seelische Wirklichkeit. Ein Versuch über den Geist des christlichen Abendlandes (Zürich: Schweizer Spiegel Verlag, Raben-Reihe, 1988) y Drachenkampf oder Initiation ins Nuklearzeitalter, ibíd. 1989).

12 Richard Broxton Onians, The Origins of European Thought about the Body, the Mind, the Soul, the World, Time, and Fate (Los orígenes del pensamiento europeo sobre el cuerpo, la mente, el alma, el mundo, el tiempo y el destino), reimpresión de la edición de 1951 de Cambridge University Press, Nueva York: Arno Press, 1973, especialmente las páginas 249 y siguientes, 316 y siguientes, 411 y siguientes, 443 y siguientes.

13 My People, The Incredible Writings of Credo Vusa’mazulu Mutwa (Harmondsworth: Penguin, 1971), p. 54, citado de Heino Gehrts, «Initiation», en GORGO 8, 1985, p. 11.

14 Véase Erik Hornung, «Die Entdeckung des Unbewußten in Altägypten», GORGO 9, 1985, p. 63.

15 Sobre Ananke véase James Hillman, «On the Necessity of Abnormal Psychology-Ananke and Athene», Eranos 43-1977 (Leiden: Brill, 1974). Versión ampliada en: Facing the Gods, ed. James Hillman (Irving: Spring, 1980).

16 En relación con el tema de la esclavitud, véase Hillman, op. cit. (Facing the Gods) p. 6 y nota 12 (p. 34).

17 Heino Gehrts, «Beitrag zur Polytheismus-Diskussion», GORGO 2/1979, p. 62, quien, por otra parte, subraya que el mandala puede al mismo tiempo representar también lo contrario, la eternidad en pie del Dios único.

18 Cf. David Holt, «Jung and Marx: alchemy, Christianity, and the work against nature», en Harvest 1975, p. 50 y ss.

La esencia de los arquetipos

Traducciones

Jon Mills, Canada.

Jon Mills (2018): The Essence of Archetypes, International Journal of Jungian Studies.

Traducido por Alejandro Chavarria

Resumen

La noción de arquetipo de Jung sigue siendo un concepto equívoco, hasta el punto de que los junguianos y los posjunguianos no se han puesto de acuerdo sobre su naturaleza esencial. En este ensayo, deseo argumentar que un arquetipo puede entenderse como un esquema inconsciente que es auto-constitutivo y que emerge en la conciencia desde su propio terreno a  priori, por lo tanto un acto autónomo auto-determinante derivado de la ontología arcaica. Después de ofrecer un análisis del debate sobre el arquetipo, me propongo investigar filosóficamente la esencia de un arquetipo examinando sus orígenes y reflexiones dialécticas como un sistema de procesos que surge de sus propios parámetros autóctonos. Ofrezco una explicación descriptiva de la constitución interna y el nacimiento de un arquetipo basado en la ruptura interna y el deseo de proyectar su universalidad, forma y patrones en la realidad psíquica como replicadores autoinstanciados. El contenido arquetípico es la aparición de la esencia como producto de la automanifestación, ya que un arquetipo debe aparecer para poder realizarse. Aquí debemos cuestionar seriamente que, en principio, si un arquetipo se autoconstituye y se autogenera, la noción y la validez de un inconsciente colectivo se vuelven bastante dudosas, si no superfluas. Concluyo esbozando una teoría arquetípica de la alteridad basada en la lógica dialéctica. 



¿Qué constituye la esencia de un arquetipo? En otras palabras, ¿qué hace que sea lo que realmente es, exactamente, sin lo cual no sería? Jung no lo aclaró. Y las escuelas postjungianas, incluidos los movimientos junguianos contemporáneos, siguen sin responder a esta cuestión tan elemental. Como resultado, no hay claridad ni consenso entre la profesión.  Sugiero que el término «arquetipo» se utiliza sin comprender ni analizar adecuadamente sus características esenciales. Este ensayo pretende ofrecer un posible correctivo a tales ambigüedades y aporías teóricas, con el fin de rehabilitar la definición, la claridad y el valor que este término transmite adecuadamente. En este sentido, toda exposición de un arquetipo debe ponerse en relación con la cuestión de los orígenes. 

La teoría arquetípica debe lidiar con los parámetros internos de lo que constituye la esencia, el alcance y el fundamento de la aparición de un arquetipo. Como tal, ofreceré un relato dialéctico de la constitución interna de un arquetipo con un énfasis en la ontología de la diferencia como característica fundamental. Propongo que la configuración interna de un arquetipo conlleva sus propias relaciones y tensiones dialécticas con la alteridad dentro de su propia constitución, que se convierte en la plantilla para la diferenciación externa, la proyección y la automanifestación revelada a través de la alteridad. Lo que tengo en mente es explorar hasta qué punto la alteridad no sólo es ontológicamente necesaria para la identidad, sino que también es la instanciación de la división interna que se convierte en algo desconocido y ajeno al tejido interno de un arquetipo propio, dando lugar así a formas modificadas como la diferenciación de su esencia original. Lo que esto significa es que todas las instancias del proceso arquetípico surgen originalmente de su propia división interna como una mediación dialéctica hacia la alteridad que se exterioriza a través de formas y particularidades específicas. En lo que sigue, espero articular los factores metafísicos y las operaciones internas de las actividades de un arquetipo que enriquecen una justificación teórica para postular una base original y un fundamento para que la ontología arcaica se manifieste y se reinscriba a través de los fenómenos arquetípicos. Dicho de forma lacónica, intentaré dilucidar una nueva teoría de los arquetipos basada en la dinámica de la ruptura, la división y la exteriorización internas que se manifiestan como esquemas inconscientes. 

El debate sobre los arquetipos

El campo de los estudios junguianos no puede ponerse de acuerdo sobre lo que constituye la contribución más original de Jung a la teoría psicológica, a saber, la doctrina de los arquetipos. En ningún otro lugar, es decir, en ninguna otra tradición psicoanalítica, sugiero, asistimos a un debate semejante en el que se cuestiona el aspecto más fundamental del marco teórico de una comunidad. El principio teórico más básico del padre fundador del movimiento se cuestiona repetidamente dentro de las perspectivas posclásicas, reformadas y contemporáneas, hasta el punto de que no existe un consenso unificado sobre lo que define o constituye un arquetipo. Esto abre el campo a la crítica a ser etiquetado como una especialidad académica esotérica, un grupo insular de interés propio, o un gremio gnóstico, incluso un culto místico, injustamente podría añadir. El junguianismo necesita rehabilitar su imagen, posiblemente para modernizar su atractivo frente a otras disciplinas académicas y clínicas y hacerlo atractivo para las masas. Aquí, coincido con muchos otros, su encanto y éxito está en abordar la cuestión de lo espiritual (Mills, 2017), una carencia del psicoanálisis tradicional. Pero la ontología del arquetipo, aunque repetidamente negada por los seguidores y apologistas de Jung como si no tuviera ninguna pretensión metafísica, se encuentra en el corazón mismo de este enigma. Lo que falta es una adecuada expectación filosófica y un análisis de la esencia de los arquetipos, un andamiaje teórico que espero remediar en lo que sigue. 

Comencemos brevemente con Jung, quien se refirió a los arquetipos de formas tan variadas, enrevesadas y contradictorias, que su legado conjetural estaba destinado a ser retomado por los estudiosos postjungianos y contemporáneos en un esfuerzo por exponer, desenredar y limpiar el desorden teórico. Jung se refirió a los arquetipos como ideas innatas, formas, imágenes colectivas, instintos, organizaciones afectivas, fantasías, emociones, patrones de comportamiento e intensidades cualitativas como la numinosidad (CW, 8, pp. 133, 195, 201, 205-206, 436; Jung, 1957, p. xliv; 1964, p. 96). En otros lugares de las Obras Completas, las llama energías psíquicas, entidades y fuerzas y agencias independientes que se organizan de forma autónoma y pueden apoderarse o imponerse a una persona contra su propia voluntad (CW, 8, p. 231; Jung, 1961, p. 347). Además, atribuye la independencia de la mente a los arquetipos, que tienen un carácter trascendental, y que existen fuera de los relatos naturalizados del espacio y el tiempo debido a su estructura y presencia sobrenaturales (CW, 14, pp. 505, 536-538, 551-552; también afirmado en su entrevista con Freeman, 1959). Pero Jung también se refirió a los arquetipos como conceptos, hipótesis, modelos heurísticos y metáforas (CW, 9, p. 160) cuando estaba retrocediendo de sus compromisos filosóficos anteriores bajo la bandera de la ciencia. Y fue muy claro al anunciar que estaba llevando a cabo una psicología empírica, no una filosofía especulativa, y se esforzó en afirmar que su teoría no tenían nada que ver con la metafísica (CW, 11, p. 16), a pesar de que estaba comprometida con la ontología. Este no es un argumento convincente, y mucho menos coherente o sostenible. ¿Dónde nos deja esto? 

Puedo sugerir que la controversia sobre el destino del concepto de arquetipo ha sido enmarcada tradicionalmente en las siguientes categorías binarias, si no falsas dicotomías: (1) El debate Racionalismo vs. Empirismo, que involucra las preguntas generales de un apriorismo frente a la experiencia; (2) El debate Biología vs. Cultura, que involucra las cuestiones más específicas de la innatez, evolución y transmisión genética frente al papel del medio ambiente, el apego, la psicología del desarrollo, el lenguaje y la dinámica social; y (3) El debate Naturalismo vs. Sobrenaturalismo, que se relaciona con las categorías anteriores y se cruza con muchos microdebates que sitúan los argumentos matizados dentro de los paradigmas encarnados naturalizados en las estructuras sociales complejas frente a las entidades, organismos y energías transcendentes, transubjetivas, suprapersonales y transpersonales que tienen fundamentos, organizaciones y propiedades místicas sobrenaturales, que evocan cuestiones metafísicas mayores como el emanacionismo, la superveniencia y la postura de Dios. 

La cuestión del apriorismo o la innatez puede abordarse tanto desde las tradiciones filosóficas racionalistas como desde las empíricas, ya sea desde la metafísica especulativa con énfasis en los primeros principios, la lógica proposicional y el fundamento y la función de nuestros procesos epistemológicos, incluido el positivismo lógico, hasta el papel de la biología, la evolución, la genética, la cognición, la neurociencia, la epigenética, la teoría del apego, la psicología social y del desarrollo y la naturaleza de los universales. Los desarrollistas se pelean con los biólogos evolucionistas, y los ecologistas o sociólogos aborrecen cualquier paradigma reductor que reduzca un arquetipo a su naturaleza sustantiva (materialmente) determinista, aunque sea una condición ontológica a priori para el posterior desarrollo humano. Y tanto los naturalistas como los culturalistas se oponen a las implicaciones teosóficas de importar la ontoteología a cualquier discusión sobre la constitución de un arquetipo. Por favor, perdónenme si estoy siendo demasiado simplista aquí, pero parece que hay cuatro grupos predominantes que se solapan y debaten: (1) evolucionistas, (2) desarrollistas, (3) culturalistas y (4) transpersonalistas, seguidos de una serie de disputas flexibles dentro de cada campo que pueden anexionar otras perspectivas, como el emergentismo desarrollista, y que, por tanto, ponen de manifiesto la complejidad de la teoría de los arquetipos. 

Goodwyn (2010) reconsidera la cuestión de la innatez y el argumento de la herencia, que yuxtapone a las tendencias actuales que ven los arquetipos como una confluencia de procesos de desarrollo y constructivistas que se convierten en sistemas y propiedades emergentes dinámicos (Hogenson, 2001; Saunders y Skar, 2001), como los esquemas de imagen (Knox, 2003). El lugar de esta matizada deliberación es sobre cuánto heredamos de las presiones evolutivas y del condicionamiento genético frente a cómo emergen los procesos psicosociales de desarrollo dentro de un orden socio-simbólico que condiciona el contenido de nuestras producciones psíquicas, que no son originalmente heredadas. Stevens (2002) defiende el enfoque biológico clásico, que más o menos engloba a las ciencias cognitivas y neurociencias, incluyendo la noción de algoritmos específicos del cerebro que están preprogramados, preexistentes y preespecificados, mientras que los desarrollistas sostienen que todo lo que tiene significado simbólico no puede ser heredado, sino que sólo emerge de los apegos y los procesos de socialización dentro de un medio cultural. Los aprioristas y los evolucionistas -desde Kant hasta Darwin- están genéricamente de acuerdo en en que las predisposiciones constitucionales básicas condicionan toda la experiencia, mientras que los teóricos emergentes o los modelos de sistemas dinámicos enfatizarían el poder organizador de la experiencia por encima de las fuerzas causales reductoras, incluso si concedieran que siguen surgiendo de un terreno corpóreo a priori y se organizan dinámicamente a través de complejas interacciones entre los genes, la epigenética y el entorno, ya sea biológicamente encarnado, socioculturalmente mediado o ambos. Por supuesto, cualquier debate que privilegie un lado sobre el otro, por ejemplo, la genética frente a la cultura, debe lidiar con las espinosas cuestiones del determinismo causal, la libertad personal, la elección y la agencia, un debate que no tenemos que abordar aquí (véase Mills, 2013b para una revisión). 

Stevens (2002) llega a proclamar que «cuando defino el arquetipo como «potencial neuropsíquico innato», estoy hablando del arquetipo como tal» (p. 284, cursiva en el original). Aquí se refiere al Ding an sich, que se reduce a su sustrato biológico ontológico. Siguiendo las afinidades kantianas de Jung (y de Freud) de que la cosa-en-sí-misma no puede ser conocida directamente, sino sólo sus derivados, es decir, que sólo podemos tener acceso epistemológico a las formas en que aparecen, siendo el ejemplo paradigmático la imago, este tipo de reduccionismo dogmático plantea severos desafíos filosóficos. Reducir los arquetipos al cerebro es un realismo biológico burdo que Jones (2000) ha calificado de «mito de la modernidad» (p. 600). Decir que el arquetipo «real» es un correlato neurológico y una propiedad del cerebro que provoca la emergencia como tal es desplazar el rico discurso sobre los variados modos de aparición y la fenomenología de la experiencia vivida que puede estar sobredeterminada y derivada de múltiples hilos de causalidad que compiten entre sí y sus subsiguientes metaorganizaciones y funciones. La biología es una condición necesaria de todos los fenómenos psicológicos, pero no es una condición suficiente para explicar las complejidades de la mente y la sociedad. Podemos observar los estados cerebrales en una resonancia magnética o en un TAC, por ejemplo, pero estas observaciones no son testigos ni registran la conciencia. La conciencia no son imágenes de colores en la pantalla de un ordenador. Esto es un error mereológico, así como la falacia de la simple localización como concreción errónea. La conciencia no puede ser colapsada en ningún paradigma fisicalista sin sufrir la pérdida del alma. La psique es mucho más de lo que pueden proclamar estos modelos reductores, aunque sean científicamente inteligentes y políticamente de moda. 

Volviendo a las guerras culturales, Roesler (2012), al igual que Knox (2003), piensa que los arquetipos se transmiten más a través de los procesos sociales que de la biología, ya que los patrones simbólicos complejos no pueden ser codificados genéticamente o heredados y deben ser concebidos como originados por la socialización. Las posturas deterministas híbridas también se han centrado en la esencia de los arquetipos desde el interior de la psique y la sociedad, algunas únicamente desde el punto de vista de la imaginación (Hillman, 2013), como formas simbólicas (Pietikainen, 1998), patrones de acción (Hogenson, 2009), así como fenomenológicamente emergentes del compromiso y la acción humana encarnada en sus entornos sociales y físicos dentro de su mundo lingüístico (Colman, 2016); mientras que los defensores de la evolución desean argumentar cómo la biología es la base de los logros de desarrollo, sociales y culturales a pesar de estar ontológicamente entrelazados. Siguiendo a quienes han construido estudios empíricos para proporcionar la llamada «prueba» científica de la existencia de los arquetipos (véase Maloney, 1999), Goodwyn (2013) sostiene que los motivos recurrentes en todas las sociedades funcionan como «atractores resonantes» que pueden ser estudiados empíricamente en el campo narrativo y ofrece pruebas de la existencia de arquetipos innatos, aunque las posiciones de los atractores podrían explicarse con la misma facilidad a través de motivaciones psicodinámicas basadas en el deseo inconsciente, la defensa y la identificación, por lo que las microtensiones entre la psicología evolutiva, la emergencia del desarrollo y la influencia sociológica-cultural una cuestión de énfasis, si no un punto discutible, por no hablar de los peligros de probar la validez epistemológica. 

La introducción de Jung del arquetipo como una realidad transpersonal con propiedades trascendentales que se infiltra y ocupa la psique de todas las personas en todas las culturas, pero que es incognoscible en sí misma, suele ser interpretada por quienes no simpatizan con este punto de vista como una construcción mágica de procedencia sobrenatural (véase Jung, CW, 7, p. 187; CW, 8, p. 183, 209; CW, 9, p. 33). ¿Cómo podría un arquetipo estar flotando en el espacio (sin embargo, está fuera del espacio-tiempo pero sobreviene a la mente espacio-temporal) como una entidad y agencia independiente que impregna la psique de todas las personas, actúa de forma autónoma, se apodera del funcionamiento mental, obliga a una persona o a las fuerzas sociales a actuar en contra de su voluntad, y afirmar que está anclado en un proceso participativo inconsciente arcaico que se equipara con y/o se origina en Dios (véase Jung, CW, 11, pp. 468-470)? Jung llega a hacer del arquetipo un «sujeto vivo» (OC, 11, p. 469), un «organizador divino de formas psíquicas dentro y fuera de la psique» (véase Cartas II, p. 22). 

Ni que decir tiene que los naturalistas rechazarían cualquier afirmación sobrenatural por ser anticientífica, inverificable, infalsificable y falsas ilusiones, mientras que los transpersonalistas cuestionarían la arrogancia epistemológica de la ciencia, separarían las categorías de subjetividad, intersubjetividad y objetividad como modos distintos de experiencia, ser y conocimiento, replantearían el debate entre realismo e idealismo, ampliarían la noción de lo que constituyen los parámetros del naturalismo y favorecerían un discurso fenomenológico y hermenéutico por encima del método empírico. Las objeciones al naturalismo suelen estar motivadas por la necesidad de preservar las nociones de espiritualidad, teología, trascendencia y experiencia fenomenológica o mística, cuando los naturalistas y los positivistas lógicos se oponen a tales fenómenos basándose en diferencias ideológicas y disputas metafísicas y lingüísticas sobre la «verdadera» naturaleza de la realidad. Al final tenemos un choque irreconciliable de valores que colorea el marco, el contexto y los límites lógicos del debate. 

Para aumentar la controversia, hay quienes sostienen que Jung nunca tuvo realmente una teoría de los arquetipos (véase Hogenson, 2004, p. 33), «es una explicación redundante para el origen y la transmisión de los símbolos» (Colman, 2015, p. 525), ya no encuentran el término «arquetipo» necesario, y mucho menos útil (Merchant, 2009), y cuestionan si los arquetipos realmente existen. Este es el meollo de la cuestión. ¿Estamos simplemente conjurando ficciones, utilizando juegos de lenguaje para definir algo en la existencia, o estos procesos y presencias tienen una base ontológica? En otras palabras, ¿el término arquetipo no es más que una fabricación teórica, una construcción social, una semiótica, no una realidad, por tanto un significante más que una entidad concreta por derecho propio? Incluso si son «entidades inmateriales», como Segal (2014) prefiere llamarlas, todavía nos queda la tarea de definir sus limitaciones ontológicas. Estas son las cuestiones filosóficas que deseo explorar en nuestra investigación que sigue. 

Lo que resulta importante delinear es el terreno del que surge un arquetipo. No puede surgir ex nihilo sin importar algún edificio sobrenatural que se vea obstaculizado filosóficamente, a menos que nos replanteemos la noción de universalismo a priori. La emergencia no puede ocurrir independientemente de nuestra encarnación, ya sea materialmente dentro de nuestra biología o dentro de nuestros medios sociales concretos, ya que la psique está enmarañada y reside dentro del lugar. En otras palabras, los arquetipos no pueden surgir lógica o categóricamente de algún vapor efímero o reino mágico. Deben explicarse como derivados de un proceso de desarrollo orgánico que es compatible con la razón y la ciencia, incluso si nos dedicamos a las humanidades, es decir, a las ciencias humanas. 

La aparición de la ontología arcaica

Cuando planteamos la ontología arcaica, evocamos la noción de iniciación, de arché (ἀρχή), por lo tanto de orígenes. Los fenómenos psíquicos y culturales deben tener una prehistoria, unas condiciones previas que están en relación con sus instancias originales. Siguiendo el principio de razón suficiente, todo acontecimiento mental debe estar en relación con un objeto arcaico que se deriva de su fundamento original. En otras palabras, toda experiencia psíquica debe estar en relación con sus orígenes. Este es el prototipo del inconsciente. Si un arquetipo es un modelo ejemplar original o una plantilla participativa en la que la experiencia humana se correlaciona de alguna manera, si no emana de ella, entonces estamos invocando la cuestión, el terreno y el alcance de la ontología original. Aquí el significado de lo arquetípico debe lidiar con lo que yo llamo el «problema de la génesis» (Mills, 2002a) para explicar cómo la actividad mental participa de derivados y repeticiones anteriores del ser original que puede decirse que han derivado de las sociedades arcaicas establecidas dentro de un proceso transpersonal colectivo (aunque sea transmitido genética, evolutiva y culturalmente) que condiciona cómo llegamos a percibir y experimentar nuestro mundo contemporáneo. 

Dejando de lado por el momento la cuestión de un inconsciente colectivo que informa el desarrollo psíquico de la raza humana, que presumiblemente es la matriz del proceso arquetípico -la chora de Platón-, aquí me interesa principalmente perseguir un ámbito de investigación estrecho para definir y articular la esencia de un arquetipo. En otras palabras, ¿cómo está constituido estructuralmente? ¿Cuáles son sus configuraciones internas, sus planos y su dinámica funcional? ¿Por qué debemos presuponerlo en primer lugar? ¿Se demuestra a sí mismo? ¿Demuestra su existencia? ¿Tiene una fuente o punto de origen? No es fácil responder a estas preguntas, porque nos obliga a especular sobre las preapariciones. ¿De dónde aparecen los arquetipos? ¿Qué precede a la manifestación? ¿De dónde proceden? Para que algo sea verdaderamente arquetípico, ¿no tendría que estar en relación con su premanifestación desde un terreno óntico primigenio? Lo que se manifiesta simplemente no ocurre ex nihilo, sino que debe surgir de un estado de ser a priori. Lo que afirma la recapitulación de lo arcaico debe también revelar implícitamente su esencia a través de la reiteración de la apariencia, por lo tanto la réplica de la presencia original. 

Ampliando la noción de Eliade (1949) de la repetición del «instante mítico del comienzo» (p. 35), ¿qué constituiría un arquetipo ab origine? No sólo la experiencia psíquica estaría en relación con su prototipo fundamental, a saber, la forma original, sino que la manifestación de la experiencia misma participaría necesariamente de un principio organizador previo. Si este principio organizador deriva de un proceso sistémico supraordenado es otra cuestión, que podemos dejar de lado por el momento. Además, si suponemos que un arquetipo -si es que existe- refleja una forma original, ¿no procedería también de las condiciones que le permitieron surgir en primer lugar, de sus preinicios, por así decirlo, de lo preformado

Esto implicaría que la forma original deriva de constituciones ónticas anteriores. Pero por el momento no sabemos cuáles serían esas condiciones, aparte de lo que nuestras especulaciones pueden ofrecer abductivamente sobre la base de lo que se presenta como evidencia. Si bien Jung postuló el inconsciente colectivo, al final, esto puede ser superfluo, si no es que simplemente se hace la pregunta. Sin embargo, la metafísica de los orígenes exige un análisis minucioso de lo que aparece en la vida colectiva de la humanidad -a través de las sociedades, la geografía y el tiempo ; y eso es posiblemente más sustantivo y se realiza experimentalmente a través de los fenómenos que atribuimos al proceso arquetípico. 

Independientemente de que podamos responder adecuadamente a la cuestión de la génesis, si nos mantenemos centrados en la naturaleza de lo arquetípico, ¿cómo funcionaría el proceso o mecanismo de la manifestación? En primer lugar, debemos partir de lo que aparece y, a través de la abducción, intentar dar una explicación viable o plausible de cómo surge la apariencia a partir de su historicidad, es decir, la esencia original. De hecho, debemos insistir primero en un primer principio, a saber, que algo viene de algo. Si no lo hacemos, entonces no hay conexión metafísica con el pasado. Esta tesis me parece insostenible, porque la primacía arcaica del pasado es el precursor óntico que condiciona el presente. Lo arcaico es un terreno a priori por el que nada podría manifestarse sin él. 

Lo que resulta importante, sugiero, es diferenciar (al menos categóricamente) el fenómeno del proceso arquetípico de su punto de origen; porque lo que aparece o se manifiesta a la psique debe ser un derivado de una instanciación inconsciente anterior que distribuye su esencia a través de las modificaciones en las que el contenido, las formas y los patrones aparecen a la mente subjetiva – ya sea como imago, percepto, afecto, impulso conductual, lo numinoso, lo mítico, lo simbólico, etc. Aquí debemos distinguir la (a) dispersión de su esencia en modos diferenciados y modificados de la (b) aparición de la morfología arquetípica. Sin embargo, debemos preguntarnos qué ocurre antes de que aparezca el arquetipo. Hemos postulado que el arquetipo nunca aparece como tal, sólo sus derivados, por lo que puede ser una proposición prematura. Pero a lo que quiero llegar es a la cuestión del fundamento original. Para seguir con esta cuestión, ¿cuáles son las estructuras o procesos que dan lugar a la aparición? En otras palabras, ¿qué constituyen los parámetros formales de un arquetipo en el origen? Aquí la apariencia y la esencia no pueden estar ontológicamente separadas, pues la esencia condiciona la apariencia, [1] aunque la manifestación arquetípica puede considerarse una modificación de la forma original. 

Partamos del punto de vista de la metafísica especulativa. Supongamos por el momento que un arquetipo es autoconstitutivo, que es un sistema de procesos o «entidad» psíquica, como la llama Jung, [2] con sus propias pulsiones internas y su propia dinámica. ¿Y si los arquetipos fueran autóctonos, lo que podríamos decir que es autóctono de la psique y que deriva de su propia fuente primordial? ¿Y si los arquetipos «nacen partenógenamente… como autorrevelaciones de la psique» (Mogenson, 1999, pp. 129-130)? ¿Y si los arquetipos se engendran a partir de sí mismos, es decir, que cada arquetipo es un replicador generativo que exuda su esencia en manifestaciones concretas de la apariencia -la imagen, por ejemplo-? ¿Y si los arquetipos son «autónomos», como dice Jung (OC, 9, p. 40; OC, 11, p. 469),[3] comportándose «autocráticamente» como «manifestaciones involuntarias de procesos inconscientes» (OC, 9, pp. 154, 153, § 260) que surgen espontáneamente como actos autocreativos, y pueden generar sus propias producciones en nuestra conciencia, engendradas nada menos que desde un terreno inconsciente? Si esto es posible, entonces el concepto de inconsciente colectivo no es necesario como generador de arquetipos, ya que los arquetipos serían propagativos y autoproductivos. En otras palabras, el inconsciente colectivo sería gratuito, por lo que no sería necesario para explicar los fenómenos de los arquetipos. Esto implicaría que los arquetipos fundamentan su propio suelo, emanando de un Ungrund primordial, por así decirlo, como suelo sin suelo. 

Pero aquí nos encontramos con el problema del albedrío. Además, tenemos que dar cuenta de la causalidad, a menos que estemos dispuestos a conceder al arquetipo sus propias producciones espontáneas como actividad autodeterminante, lo que respondería aún más a la cuestión de la agencia, pues la generación autoespontánea es un acto agéntico. Pero si no podemos justificar este salto metafísico a la agencia, entonces lo más que podemos atribuir al arquetipo es el carácter de un arti-facto – como re-producción, un objeto o dato repetitivo para la conciencia, a pesar de que lleva su propio significado y mensaje, que debe ser descifrado, a menos que el significado sea relegado a la interpretación y proyección del sujeto. Pero cuando importamos el lenguaje de la hermenéutica, ya hemos entrado en el dominio de una complejidad dinámica que tiene un cierto grado de teleología, es más, una intención particular nada menos, pues el propósito y el significado se transmiten en el propio acto de producción. Así, cuando Jung proclama que los arquetipos pueden poseer un carácter mítico o son motivos infundidos simbólicamente como représentations collectives (CW, 5; CW, 8, p. 122; pp. 152, 155; CW, 9, p. 41), ya hemos entrado en el dominio del lenguaje y de la acción comunicativa, ya que todas las estructuras de significado transmiten un esquema conceptual, un mensaje, intencionado podría añadir, como intercambio informativo. 

Cuando los arquetipos alcanzan la complejidad de lo simbólico, aunque estén dominados por las percepciones de los sentidos, la emocionalidad y el deseo, transmiten un significado que está cargado semióticamente, ya que todos los símbolos están mediados lingüísticamente y transmiten propiedades télicas avanzadas que forman parte de su significación, especialmente cuando la significación está sobredeterminada. Esto significa que el lenguaje humano impregna un arquetipo si posee un significado simbólico. Si no es simbólico, correspondería por definición a propiedades emergentes menos organizadas y no articuladas. Y cuando el lenguaje humano está implicado, incluso cuando se plantea una humanidad arcaica, esto implicaría un proceso colectivo o cultural agentivamente informado. Aquí, una vez más, entra la cuestión de un inconsciente colectivo, o tal vez simplemente un proceso arquetípico que se organiza inconscientemente, se autoproduce y se dispersa en la realidad psíquica como la llegada a la presencia de formas y potencias anteriores. Pero independientemente de la profundidad o estratificación que atribuyamos al proceso inconsciente (individual o colectivo), pertenece a los rasgos universales de la psique humana, por lo que es un aspecto general y unánime de todas las personas del mundo, independientemente del género, la raza, la cultura, la geografía y el tiempo. Debido a la presunta universalidad del arquetipo, independientemente de los infinitos modos en que aparece, podemos esperar encontrar configuraciones aún más básicas que formen su estructura y redes de significado analizando de cerca sus componentes sistémicos, es decir, los mecanismos implicados en la generación de las apariencias. 

Sobre la constitución interna de un arquetipo

Al plantear la noción de terreno original, ¿qué podemos discernir al examinar de cerca la constitución interna de un arquetipo? Esperaríamos encontrar alguna configuración discernible si el concepto de arquetipo tiene alguna consistencia interna; y con toda seguridad esperaríamos encontrar pruebas empíricas de su aparición. Pero, ¿qué pasa con la consistencia interna? Antes de poder responder a esta pregunta, debemos definir primero lo que entendemos por interioridad. 

A diferencia de Giegerich (1998), que considera el alma como un pensamiento puro (vida lógica) basado en la «interioridad absoluta o infinidad interna» (p. 18),[4] aquí quiero mostrar cómo la interioridad emerge de sí misma y condiciona todas las producciones psíquicas. Por interioridad se entiende todo lo que pertenece a la constitución interna y a la vida experiencial de una organización o entidad compleja, sea o no orgánica. Posee sus propias estructuras internas y relaciones dinámicas, está en constante flujo y movimiento, y como tal es un proceso de devenir sistémico temporal-espacial. Como devenir, la psique se funda a sí misma como relatos internos a través de una serie de espacios subsiguientes dentro de su abismo inconsciente (Mills, 2002b, 2010). Lo que está en juego aquí es una metafísica especulativa de postular el funcionamiento interno de un sistema complejo que es auto-constitutivo, auto-organizado y orientado hacia el intercambio comunicativo, es decir, la tendencia a dispersar su presencia y contenidos esenciales en otros medios psíquicos. Aquí estoy pensando principalmente en las organizaciones internas inconscientes de unidades de experiencia casi autónomas como esquemas variados dentro de las mentes individuales de los sujetos humanos dentro de una sociedad colectiva. 

Sobre la universalidad

Si partimos de la premisa de que los arquetipos son «universales» (Jung, 1951, p. 585), y de que se originan en la humanidad arcaica, lo que históricamente se ha denominado peyorativamente «hombre primitivo», debemos concluir que son endémicos de la naturaleza humana, aunque aparezcan en variedades pluralistas (incluso incompatibles o antagónicas). En este caso, los arquetipos son sencillamente abundantes. Nos encontramos con ellos todos los días como parte de nuestros rituales perfuncionales sumergidos en el condicionamiento cultural inconsciente. Pero, ¿qué podemos decir de las generalidades? A primera vista, debemos apelar a los rasgos universales. ¿Qué es un arquetipo en nuestra comprensión más común? A partir de Jung (1957, p. xliv), importamos el contenido en cualquier definición, por ejemplo, la imagen arquetípica. Pero, ¿qué precede al contenido? ¿Qué estructuras a priori condicionan la aparición del contenido? 

Si un arquetipo presagia y significa la forma, ¿qué hacemos con una forma genérica que no tiene forma? Aquí no tenemos ningún contenido discernible más que el contenido de la forma amorfa, una categoría genérica redundante injertada en un principio teórico de explicación de los fenómenos. Si este es el caso, entonces nos quedamos con el análisis de la forma sin forma. Entonces, ¿cuál es el fundamento -la esencia- de un arquetipo si sólo es una forma sin rasgos? Aunque la conocemos como apariencia en todas sus manifestaciones multidimensionales y sutiles, debemos concluir que la forma sin forma constituye su estructura ontológica básica. Que esto sea un formalismo vacío es otra cuestión. Por un lado, la forma arquetípica, por definición, está poblada de contenido, pues su propia forma sirve de fundamento a su contenido, pero con estipulaciones. Por otro lado, su estructura genérica (universal) se ajusta a los factores esenciales que permiten que el contenido se manifieste. En otras palabras, debe tener necesariamente ciertas condiciones, sin las cuales no podría existir. ¿Cuáles son esos parámetros formales? Empecemos por su universalidad. 

Hay al menos seis clasificaciones que podemos atribuir a la definición de universal: (1) totalidad, entero; completo; totalidad; (2) una afirmación ontológica de inclusión absoluta; (3) una categoría general de participación; (4) un principio de unificación; (5) infinidad o presencia eterna; y (6), indiferenciación o una unidad indivisa. Es principalmente dentro de esta última clase de universalidad donde quiero situar mi argumento de la interioridad como el advenimiento de la experiencia interna desde la autoctonía inmediata como unidad indiferenciada hasta la dispersión de la interioridad diferenciada en la presencia psíquica y la particularidad de la apariencia. Por lo tanto, un arquetipo emerge de su propia universalidad inicial, indiferenciada. Como tal, es su propia esencia la que fundamenta su propio suelo.[5] Lo que esto significa es que un arquetipo es un sistema de procesos libremente determinante: no sólo es su propio suelo y está fundamentado, sino que se da a sí mismo forma, sustancia y contenido.[6]

Hemos argumentado que un arquetipo deriva de la forma original, es decir, de la instanciación primordial de la ontología arcaica. Como reiteración de la forma arcaica, los arquetipos condicionan las producciones individuales y culturales que pueblan la psique y la sociedad. Esto haría de los arquetipos un fenómeno universal, y no meramente relegado a la idiosincrasia personal particularizada o a la relatividad cultural, pues deben ser comunes a todos los seres humanos. De hecho, es importante subrayar que, para que haya una universalidad común, debe haber una estructura esencial que haga que algo sea lo que es, sin la cual no sería. De ahí que la doctrina de la esencia sea la teórica más rudimentaria que fortifica estructural y ontológicamente las condiciones del ser y del devenir.[7] Lo que esto significa es que lo universal condiciona lo particular. 

Sobre la forma y la apariencia

Lo que es particularmente universal no es su contenido, que varía ampliamente a lo largo de la civilización humana, sino la forma de un arquetipo como tal, que hasta ahora hemos dicho que no tiene rasgos ni forma en su composición genérica. Esto da lugar a un tipo especial de universalidad, a saber, una omnipresencia sin forma como un absoluto sin rasgos. Como universal, es a la vez omnipresente y absoluto, ya que todo lo que no sea una ubicuidad y una totalidad que lo abarque todo anularía su carácter universal. Pero, ¿cómo puede la forma no tener forma cuando, por definición, muestra una organización así como un modo o tipo de configuración? En este caso, la falta de forma sólo significa que carece de un contenido específico o definitorio; sin embargo, esto no significa que carezca de propiedades definitorias, aunque la cuestión del contenido quede suspendida por el momento. 

Tal vez esta forma sin rasgos no sea tan vacía después de todo, en la medida en que debe existir algo elemental para que haya esencia, sin la cual no puede ser ni aparecer. Lo que podemos concluir razonablemente en este punto, por nebuloso que siga siendo hasta ahora en nuestra investigación, siguiendo su constitución a priori, es que debe aparecer un arquetipo. De hecho, un arquetipo es la apariencia de la ontología arcaica, pues nada puede existir si no se actualiza. En el lenguaje de Hegel (1812), «La esencia debe aparecer… La existencia; es un ser que ha surgido de la negatividad y la interioridad… lo que es, existe«. (pp. 479, 481, cursiva en el original). Sin embargo, lo que el arquetipo manifiesta es el contenido: nunca se revela en su puro formalismo. Sólo podemos discernir esta forma lógicamente. Pero la afirmación más audaz es que la apariencia arquetípica es realmente la cosa-en-sí-misma – lo que aparece es real o actual como desvelamiento e instanciación de la esencia en sus modos de manifestación. En este caso, el noúmeno kantiano o el Anstoss fichteano -el límite, la frontera o la comprobación rígida- queda superado por el mero hecho de que podemos plantearlo. En efecto, no hay nada que podamos conocer con mayor certeza que la esencia de lo real, pues concebirla o pensarla presupone que ya la conocemos por el hecho de plantearla.[8]

Si adoptamos la noción de que toda manifestación (contenido) debe estar en relación óntica con su base original (forma esencial), entonces un arquetipo trasciende lo fenoménico, ya que es anterior a la apariencia como tal, y por lo tanto representa una realidad o fuente última a partir de la cual se manifiestan los fenómenos, es decir, aquello que condiciona toda experiencia. Aunque la apariencia y la base son equiprimordiales, nunca podemos experimentar el arquetipo en sí mismo, como si pudiéramos deslizarnos en su forma vacía o encontrar la base de la que emerge, aunque podamos afirmar que existe. En este sentido, no es más que un ideal platónico o un absoluto hegeliano, simplemente una abstracción idealizada del pensamiento. En otras palabras, podemos afirmar que lo conocemos, pero no lo experimentamos directamente en su forma original. Por lo tanto, tiene que haber un proceso en el que la apariencia surja de la tierra, que por extensión lógica se haría eco de su organización arcaica, como la reverberación de la ontología inconsciente, que informa las condiciones para la apariencia como tal. Este carácter trascendental del arquetipo hace que la metafísica de la experiencia sea interdependiente de un pasado arcaico que condiciona el presente, aunque podemos argumentar que no hace que un arquetipo sea necesariamente determinista, sólo determinante. 

Sobre la esencia

Volvamos ahora a la noción de esencia. ¿Qué constituiría una organización formal de la forma arcaica que precede a la apariencia? En otras palabras, ¿qué tipos de configuraciones, asociaciones, órdenes, propiedades y funciones poseería un arquetipo, necesariamente, en la medida en que es esencial para su naturaleza, sin la cual no existiría ni podría existir? La cuestión de la necesidad ontológica es tan indispensable que un arquetipo nunca podría llegar a ser o revelarse como la modificación o expresión de su instancia original o acto de ser inicial. En otras palabras, no habría fenomenología sin ontología. No puede haber apariencia sin algún suelo arcaico original u orden sistémico (como proceso inconsciente) que condicione el proceso de devenir. Todo es proceso, pero debe provenir de organizaciones previas que se constituyen históricamente como invasiones de lo real, la constatación traumática de que hay hechos y acontecimientos objetivos que fracturan e irrumpen en nuestras realidades vividas (psicológicas y materiales). 

Hemos determinado que un arquetipo posee el atributo de la universalidad, que es omnipresente y absoluta, pero al mismo tiempo está constituido de forma singular, ya que cada arquetipo tiene su propio carácter único cuando se revela (es decir, como imagen, emoción, motivo, etc.). Esto parece sugerir que cada arquetipo comienza como una unidad original cerrada y autónoma. Aunque a primera vista esto puede sonar bastante circular, monádico y solipsista, porque los arquetipos presumiblemente participan de la esencia formal de cada uno, es decir, de aquello que los hace ser lo que son, sin lo cual no serían, sus apariencias son sólo la apariencia de la singularidad y la diferencia – «en parte como diversidad, en parte como oposición» (Hegel, 1812, p. 449, cursiva en el original). Jung (1951) presumiblemente se hace eco de esta tesis cuando dice: «Si el arquetipo, que es universal, es decir, idéntico a sí mismo siempre y en cualquier lugar, es tratado propiamente en un solo lugar, es influenciado como un todo, es decir, simultáneamente y en todas partes» (p. 585). Para que esto sea así, todos los arquetipos deben participar de una esencia común

La esencia formal debe comenzar con una comunalidad compartida a todos los arquetipos que existen antes de que la división y la modificación sucedan a su ruptura en la distinción, la particularidad y la multiplicidad como la llegada a la existencia de la presencia psíquica vivida. Esto haría de la esencia compartida un rasgo ontológico de todos los arquetipos, independientemente de cómo aparezcan como ocurrencias singulares, por tanto formas derivadas de la forma original. 

A pesar de su singularidad y dispersión de la multiplicidad, si los arquetipos comparten una esencia común, tendrían los mismos parámetros formales independientemente de cómo aparezcan individualmente a la psique. La apariencia arquetípica a la psique -como imago, numinosidad, etc.- señala su modificación desde la forma original, es decir, la apariencia es la alteración de su composición original como tal. Esto implicaría, como mínimo, una división básica en su constitución interna: la división fractura su unidad original. La aparición es la llegada a la presencia de una nueva forma en la que el arquetipo ya no es simple e indiviso. La manifestación es la particularización del contenido como acontecimiento, ya sea como impulso, afecto, percepción, etc. 

Esto nos lleva a analizar la forma de la forma. ¿Cuál es la naturaleza o la esencia más íntima de esta forma? Si un arquetipo es una (1) unidad formal autoconstituida que es (2) universal en su a priorismo inconsciente, sólo para sufrir una modificación interna y manifestarse como (3) contenido, debemos por tanto explicar su movimiento desde (a) la unidad interna a (b) la alteración a (c) la manifestación. Aquí sugiero que un arquetipo debe tener una estructura básica que se constituye dialécticamente como auto-relación, y más aún como auto-en-relación, con la identidad y la diferencia. Al principio, un arquetipo tiene una unidad simple que debe someterse a la división, modificación y dispersión en la realidad psíquica: está destinado a revelarse, a brillar, a revelar su presencia oculta como contenido en la conciencia. La dialéctica de la identidad y la diferencia es, pues, inherente a la estructura de un arquetipo, sin la cual no podría aparecer como particularización. Dado que los procesos arquetípicos no aparecen de la misma manera, sino que se derivan de formas primordiales o arcaicas, participan de una base o esencia común que da orden a sus apariciones. De hecho, esas estructuras dinámicas internas son las propias condiciones ónticas (relacionales) para que los arquetipos se manifiesten. 

Puede ser más útil considerar la constitución interna de un arquetipo como un sistema de procesos más que como un objeto estático, como un formalismo impersonal presubjetivo que genera la multitud y las penumbras de la experiencia. No tiene sentido referirse a los arquetipos como «sujetos vivos», como hizo Jung (CW, 11, p. 469), que antropomorfiza el concepto y es simplemente mala filosofía. Hacer de un arquetipo un sujeto reificado es convertirlo en un agente personal en lugar de destacar simplemente la teleonomía y la teleología que operan dentro del propio sistema de procesos. En otras palabras, al afirmar que los arquetipos «no son meros objetos de la mente, sino que también son factores autónomos» (Ibid), Jung confunde vergonzosamente un objeto mental (concepto) con la función de cómo un proceso interno puede aparecer como una agencia exógena, un sujeto vivo nada menos, como los homúnculos que pueblan la psique. Podemos confundir fácilmente la fuente, el fundamento y la apariencia de nuestras experiencias internas hasta el punto de imaginar que emanan de una procedencia externa independiente de la mente. Esto no es más que una fantasía alimentada por el deseo inconsciente, la defensa y el conflicto. Los arquetipos no son ciertamente enanos internos que tiran de las cuerdas de la mente. La apariencia de autonomía o alienación de los esquemas psíquicos o de los contenidos internos no debe equipararse a entidades personales, y mucho menos a presencias deificadas, que flotan en la psique y lanzan un hechizo sobre el individuo como un encantamiento vudú. Al considerar un arquetipo como un formalismo impersonal presubjetivo que es a la vez esencia y fundamento, estamos poniendo de relieve los fundamentos ontológicos a priori en los que se condicionan las experiencias más subjetivas de la psique, que además transpiran dentro de un paisaje sociológico objetivo: las mentes de los colectivos. 

Volvamos a la oscilación equiprimordial de la identidad y de la diferencia que opera dialécticamente dentro del inconsciente como momentos de relatos negativos en busca de la mediación, la síntesis y la unificación de la oposición como «función trascendente». La noción de una gran síntesis es una falacia lógica y una fantasía que la psique fabrica en su búsqueda de la totalidad. Pero no podemos renunciar a ella porque es una necesidad psíquica de alcanzar la idealidad. Nunca alcanzamos la totalidad. ¿Cómo sería eso? Significaría el fin del proceso, la muerte de la dialéctica del deseo. Lo máximo que podemos hacer es concebir la totalidad como una culminación lógica de la imaginación. En la acertada conclusión de Hegel (1830), «la fantasía es la razón» (§ 131). 

La dialéctica de la identidad y la diferencia como momentos mutuos y relaciones ónticas es un movimiento inconsciente indispensable que fundamenta la conformación ontológica de un arquetipo. Desde cada lado, ambos son inmediatos y mediatos, implícitos y explícitos, indiferenciados y diferenciados en el proceso antediluviano de búsqueda de un tercer movimiento en la sublimación de sí mismos, elevando así el proceso a una nueva complejidad, en sí misma una nueva inmediatez. Esto hace que la configuración básica de un arquetipo sea más bien una biunidad con un aspecto dual de sus relaciones y funciones internas. De hecho, las simples divisiones de identidad y diferencia, sujeto y objeto, yo y otredad no son polaridades o binarios rígidos, sino que son relaciones dinámicas que siempre están en movimiento y flujo, dando cuenta así de la multiplicidad de contenidos que pueblan la conciencia emanando de un vasto submundo de pulsiones inconscientes, procesos paralelos, encuentros recíprocos y negociaciones en sus actos de materialización. Estos intercambios relacionales dinámicos se definen y articulan, por tanto, a través de sus compromisos dialécticos, no como una estructura bicameral, sino más bien como un intercambio mutuamente comunicativo de fuerzas opuestas que son necesariamente interdependientes, ontológicamente indivisibles, comunitariamente implicativas y recíprocamente conjuntas. Sostengo que este es un principio fundamental de todas las escuelas psicoanalíticas. 

Los arquetipos como esquemas inconscientes

En Orígenes: Sobre la génesis de la realidad psíquica, ofrezco una metafísica psicoanalítica formal que articula el nacimiento de la agencia psíquica. La mente inconsciente es una serie de espacios que primero se instancian como una multitud de esquemas, que son los bloques de construcción de la realidad psíquica. Un esquema es una unidad deseante-aperceptiva-ideativa de la autoexperiencia que está orientada teleológicamente y constituida dialécticamente. Los esquemas pueden ser vistos como microagentes con poderes semiautónomos de expresión télica que operan como autoestados al crear espacios dentro de la mente inconsciente. Los esquemas pueden adoptar diversas formas, desde las más arcaicas hasta las más refinadas, y materializarse como órdenes somáticos, sensuales, afectivos, perceptúales y conceptuales (simbólicos) dentro de la psique, cada uno de los cuales tiene sus propias presiones intrínsecas, valencias, intensidades, estrategias intencionales y defensivas, y qualia inconscientes. 

La microdinámica de la expresión esquemática puede ser altamente individualista en su apuesta por la libertad, la creatividad, la complejidad y la intención agentiva, y equivale a los procesos instintivos, deseantes y defensivos que estamos acostumbrados a atribuir a la mentación inconsciente en general. La diferencia aquí es que los esquemas son inherentemente tanto libres como determinados, o quizás más apropiadamente, libremente determinados, es decir, son autoconstituidos y determinados dentro de los parámetros naturales en los que se encuentran y operan. Esto significa que la expresión esquemática es altamente contextual y contingente; sin embargo, los esquemas existen en una multiplicidad de sistemas de procesos que comulgan, interactúan y participan en una sociedad de eventos que influyen mutuamente en la constitución única de cada estructura esquemática dentro del mar de la mente. Esta sobredeterminación de los procesos psíquicos garantiza que la agencia inconsciente subyace en última instancia a la constitución de todo el funcionamiento mental. 

Quiero aplicar este esquema conceptual a la naturaleza de un arquetipo. En mi lenguaje, un arquetipo equivaldría a un esquema inconsciente. Hay dos marcos teóricos generales que podemos adoptar. Uno es que simplemente asumamos que los arquetipos son formas y fantasías con propiedades de imagen afectiva deseable que son generadas por la mente derivadas de la génesis inconsciente. Este punto de vista podría ser compatible con las concepciones freudiana y junguiana del inconsciente. La segunda opción es que adoptemos otro marco especulativo que atribuya los poderes de autogeneración al propio arquetipo. Si un arquetipo es «autónomo» y se autoconstituye, como sostiene Jung, ¿no está justificado que atribuyamos un mínimo de agencia a su constitución interna? Aunque no me gustaría atribuir la autosuficiencia a la constitución de un arquetipo, como si fuera un yo, un sujeto o una personalidad por derecho propio, en sentido estricto, esto no excluiría la posibilidad de una agencia con capacidad de expresión determinada. De hecho, hay un cierto grado de teleología inherente a un arquetipo, porque está orientado a expresarse, a revelarse en la conciencia, a desvelarse desde la ocultación en su búsqueda por hacerse manifiesto. Aunque un arquetipo no es un agente propiamente dicho, sin embargo exuda y exe-cta la agencia por el mero hecho de aparecer en la psique y en todas las sociedades. Un arquetipo es, pues, un prototipo paradigmático o modelo ejemplar orientado a repetirse como forma arcaica en las producciones psíquicas. 

Hay una cierta independencia en la capacidad de un arquetipo para autoafirmarse, para imponer su presencia en la realidad psíquica. En otras palabras, aunque los arquetipos sean autoestados o cuasi-microagentes que se agrupan en sus propias organizaciones autónomas en la mente, tienen sus propias relaciones internas y modos de expresión télica. Aplicando la noción de esquemas inconscientes como un proceso télico experiencial de automanifestación, podemos explicar potencialmente cómo se manifiestan los arquetipos desde su ontología primordial. Comencemos primero con los orígenes, desde el precomienzo, el acto cosmogónico inconsciente de la creación. 

Dado que los arquetipos no pueden simplemente aparecer o parpadear en la existencia ex nihilo, como hemos argumentado, deben emerger de un terreno dinámico primario de la autoexperiencia. Lo menos que podemos decir es que los arquetipos deben derivar de un principio organizador inconsciente que se ve impulsado internamente a materializarse, es decir, a llegar a ser, y por lo tanto está sujeto a ser aprehendido en la conciencia, o de lo contrario los arquetipos nunca aparecerían. Debido a su autonomía innata para manifestarse, esto significa que un arquetipo tendría necesariamente un carácter agéntico con un telos particular, lo que explica su multiplicidad de formas o patrones, así como sus contenidos específicos, temas, cualidades, valencias, intensidades, etc. Además, podemos especular que, debido a su carácter autónomo, es auto-derivado y auto-activado, ya que sin él, no se liberaría de su letargo inconsciente o de su ocultamiento primigenio. En otras palabras, sin esa disposición o proclividad agéntica a proyectarse o exteriorizarse en la realidad psíquica, no aparecería. El punto aquí es que para que un arquetipo exista propiamente, debe actualizarse a través de la acción determinante como la llegada a la existencia de la presencia interna

Se interpreta que un arquetipo es una presencia interna, ante todo como una convocatoria del interior, pero no sabemos exactamente por qué irradia su esencia, si hay una fuerza, campo o sistema supraordenado previo que dirige el proceso, y/o qué significa realmente su esencia, sólo que su fuente proviene del interior. Los que afirman, como Jung, que los arquetipos son sucesos externos transpersonales y cósmicos u organizaciones superpuestas en nuestro interior tienen una carga epistemológica complicada con la que hay que contar. Añadir un agente/creador inconsciente colectivo o una entidad transsubjetiva solo antropomorfiza la construcción y problematiza aún más la cuestión de los orígenes al conjurar un macroantropo sobrenatural (Mills, 2013a). Puede resultar más fructífero centrarse en cómo la emergencia puede transpirar desde la interioridad, ya que esto es todo lo que podemos conocer directamente de forma epistémica como experiencia fenoménica-interior . Aquí sólo necesitamos adoptar el punto de vista teórico de la actividad derivada internamente para mostrar su coherencia lógica, pues la apariencia desciende y brota de sus movimientos dialécticos previos. Antes de la aparición, antes de la manifestación arquetípica, debemos plantear el terreno primordial como la condición a priori para el despliegue de la fenomenología inconsciente. En lugar de solicitar un proceso sobrenatural colectivo del que se dice que surgen los arquetipos, podemos comenzar más modestamente con un relato naturalizado de los fenómenos psíquicos derivados de los principios organizativos inconscientes que rigen la dinámica psicológica interna. En lugar de importar las implicaciones filosóficas del emanacionismo o la superveniencia (véase Mills, 2014a), lo más plausible es que los fenómenos internos condicionen nuestros postulados metafísicos. Aunque Jung estaría sin duda de acuerdo con esto, sus incongruencias sobre la naturaleza del inconsciente colectivo nublan una apreciación adecuada de la naturaleza exacta y la esencia de lo que constituye un arquetipo. Partiendo de la proposición de que los arquetipos son en esencia presencias internas, esto es mucho menos problemático que afirmar su existencia independiente de la mente bajo la rúbrica del realismo metafísico. 

Si logramos atribuir un mínimo de agencia a la constitución interna de un arquetipo, entonces un arquetipo debe tener un motivo -un telos, como objetivo- para revelarse, para expresarse o exteriorizarse, para hacer sentir y conocer su presencia. En este sentido, no es diferente del deseo inconsciente de cumplir un deseo; y lo hace objetivándose, es decir, convirtiéndose en un objeto para la conciencia. 

Los arquetipos surgen en la psique, para nosotros; pero ¿cómo surgen? En otras palabras, ¿cuál es el mecanismo o proceso que precede a su aparición en la conciencia? Si los arquetipos se autoactivan, entonces deben surgir de su propio terreno. Al principio, sugiero, un arquetipo es una unidad encerrada en sí misma que debe someterse a una división interna a través de un desdoblamiento por sus propias manos con el fin de exteriorizarse desde su vacío inconsciente de indeterminación. Esto requeriría un acto inicial de autoposicionamiento o autoafirmación en el que se despertaría o agitaría desde la indeterminación hasta el ser determinado, es decir, desde el paralaje inconsciente hasta la presencia consciente, desde la implícita inarticulada hasta la explícita articulada en la psique. 

En su despertar inicial como auto-despertar, un arquetipo debe primero tomarse a sí mismo como su propio contenido, que es al principio su propia unidad simple, su forma original. Al tomar su forma original como su contenido inicial, realiza su propia automediación como una promulgación dialéctica de la institución de la diferenciación en su forma, que se convierte en el movimiento inicial de una universalidad auto-encerrada a una identidad diferenciada como la dispersión de la particularidad, la instanciación de su esencia en la realidad psíquica. Este acto inicial de diferenciación y modificación se convierte en el modelo lógico para que transpiren otros patrones y relaciones dialécticas a medida que los arquetipos se liberan y comienzan a poblar la vida mental. 

Nacimiento de un arquetipo

Los arquetipos deben manifestarse primero como presencia interna antes de hacer su transición o trayectoria hacia la presencia externa, es decir, como universales concretos que adoptan muchas formas, como los motivos colectivos o antropológicos, los mitos, las producciones materiales, las expresiones artísticas y estéticas, las instituciones sociales, las organizaciones culturales, los ideales de las civilizaciones, las creencias religiosas, las costumbres, los rituales, etc. Estos ejemplos son los derivados de los arquetipos. Los arquetipos se manifiestan por primera vez como subjetividad inconsciente, pero se vuelven más ricos y robustos en contenido, esquemas y patrones cuando irrumpen en la conciencia y se objetivan en la personalidad individual y las estructuras semiótico-socio-simbólicas que definen y gobiernan cualquier cultura. 

Si un arquetipo es, en su configuración más básica, un patrón de un proceso universal, entonces dicho patrón no puede contener un formalismo vacío sin poner en peligro la integridad de la teoría. Más bien, sostengo, el patrón de un arquetipo surge de sus propias divisiones internas y maniobras de escisión que introducen naturalmente la mediación entre las oposiciones. Estas mediaciones son relaciones internas bidireccionales que pertenecen propiamente a la forma dialéctica de un arquetipo que tiene un contenido estructural básico como la bifuncionalidad de la identidad y la diferencia. 

Cuando un arquetipo se despierta a sí mismo a través de la ruptura de su letargo encerrado en sí mismo a la autocerteza de su propio ser prerreflexivo, de lo implícito a lo explícito, se aprehende a sí mismo como apercepción inconsciente, la llegada a la presencia de su forma simple incipiente. En este acto inicial de apercepción, un arquetipo lleva a cabo una determinación presubjetiva de instituir la diferenciación de su forma previa no modificada a través de la reflexión en sí mismo, que se eleva a un ser-para-sí determinado como autocerteza mediada. Aquí, el acto aperceptivo de la excitación es simultáneamente la concesión de su propia identidad discreta que establece sobre sí misma en relación con todas las particularidades de la diferencia. La oposición se convierte en la dinámica interna en la que tiene lugar la mediación dialéctica, que se conjuga ónticamente como un juego entre la identidad y la diferencia. Cuando un arquetipo se intuye a sí mismo como un ser aperceptivo, se da a sí mismo una identidad que está en relación con la alteridad, una alteridad que es necesaria para concretar el acto de autodefinición como el despertar de su esencia como un impulso interno para manifestarse. Aquí podemos decir que un arquetipo toma originalmente conciencia de sí mismo como una subjetividad prerreflexiva en ciernes, lo que podemos llamar una autoconciencia inconsciente, la simple inmediatez autoperceptiva de su ser. 

¿Por qué un arquetipo tiene ese impulso interno para manifestarse? Porque le falta. Porque desea. Aquí el deseo de despertar, de aprehenderse, de manifestarse, es la expresión de su propio ser sentido en relación con la carencia. Este es el prototipo de la psique humana. El deseo como ser-en-relación-con-la-carencia es la configuración esencial inicial de un arquetipo, pues quiere ser, experimentar, llegar a ser otra cosa que su mera unidad encerrada en sí misma. Esta irrupción en la experiencia como deseo de rectificar su falta de ser es el primer acto expresivo del autoposicionamiento, que eleva al arquetipo a un proceso vivo que se siente obligado a exteriorizar como el advenimiento de su propia existencia real. Aquí el proceso arquetípico se resume como la necesidad de experimentar como ser-hacia-la-vida. Al igual que un arquetipo agita la psique a través de la convulsión emocional, primero experimenta su propia agitación interna como autoconvulsión para despertar y exteriorizar su esencia como un proceso vivo a través de la autoruptura. Podemos sugerir, además, que este acto inicial de autoposicionamiento está impregnado de valor existencial y conlleva un tono emocional a medida que se aprehende a sí mismo en su autoinmediación despierta. 

La secuencia orgánica de dicha autoinstalación puede verse además a través de la lente de una ontología monista del desarrollo: pasar de la agitación de su propio deseo inquieto a la autopercepción constituye el nacimiento de un arquetipo, que nuestra propia conciencia puede a su vez aprehender como una entidad o presencia psíquica que puebla la vida mental. Del mismo modo que un arquetipo se apodera de sí mismo para despertarse, también la mente humana se ve sacudida para sentir su presencia interna. Por supuesto, podríamos hablar genéricamente del afecto crudo o de las emociones en general, pero la experiencia fenoménica es cualitativamente diferente. Los arquetipos se sienten como si estuvieran conectados a algo fuera o independiente del yo, a pesar de que surgen y se encuentran dentro. De este modo, podemos decir además que un arquetipo es el epítome de la alteridad, ya que su anuncio e imposición experiencial en la conciencia se registra como un acontecimiento sin límites. La epistemología de este proceso aparentemente autónomo es lo que añade una capa más de extrañeza y numinosidad a la experiencia, si no de alienación de sus orígenes, aunque nos equivoquemos o engañemos al interpretar la agencia de su recurrencia interna. Cuando la psique llega a notar la miríada de patrones en los que se manifiestan los arquetipos, un tema recurrente de repetición no puede escapar al cogito auto-reflexivo discernidor. 

La metafísica de la diferencia: Hacia una teoría arquetípica de la alteridad 

Un arquetipo es originalmente un Otro para sí mismo, la forma primordial de la alteridad, como alienación de su esencia o naturaleza interna, sólo para descubrirse a sí mismo en su propio proceso de devenir como un acto de desarrollo procreador. Su alteridad inicial está onticamente entrelazada en la estructura formal de la oposición que debe mediar y comprometerse dialécticamente a través de relaciones dinámicas intermedias de participación en la diferenciación, reconciliación y síntesis (reunificación) de sus diversos esquemas o autoestados a través del intercambio de información y la reflexión en sí mismo. La irrupción del arquetipo en la auto-relación a través del discernimiento de la alteridad -por lo tanto, la no-identidad fuera de su unidad solipsista original y formal- es el primer movimiento dialéctico hacia el descubrimiento y la definición de la auto-identidad que es mediada a través de conferir la diferencia como no-identidad. En resumen, la llegada a la presencia de un arquetipo dentro de la realidad psíquica se inicia por la ruptura o escisión de la unidad. Este acto inicial de autoafirmación, de puro anuncio absoluto, es el acto procreativo de la mente que se nutre del motivo original de todas las cosmogonías: lo arquetípico es primero, el advenimiento del Ser. Para reiterar mi punto, vale la pena repetirlo, los arquetipos representan y están en relación con los orígenes psíquicos. 

Aunque los arquetipos están por todas partes en la psique y la cultura, no debemos perder de vista su significado fundamental: son réplicas de la forma original. Podemos decir, además, que son replicadores autogenerados o no encontraríamos su ubicuidad sin el impulso antediluviano de la repetición espontánea. La civilización se ve obligada a reproducirlos en nuestros acuerdos psicosociales que rigen el intercambio humano, basándose en el simple hecho de que recordamos y reescribimos la historia en nuestra preocupación por el pasado. Esta constatación sociológica pone de manifiesto la primacía de mirar hacia atrás, revisitar, reconocer e incluso saborear la historia como una necesidad idealizada de nostalgia, no como presencia inmediata, sino como recapitulación, recurrencia eterna. Por ello, lo imaginario tiene tanta fuerza sobre la conciencia, pues los arquetipos se repiten a través de imágenes y fantasías asociativas más o menos intemporales. Esta noción (o fantasía) de recurrencia eterna es la psicomitología que la mente genera y hacia la que gravita para conferir sentido y fundamentar su ser. De este modo, siguiendo a Eliade, los arquetipos son el fundamento y el cumplimiento de la ontología arcaica: toda reproducción, toda repetición se erige in illo tempore como intento de duplicación y regeneración. 

¿Cuál es la forma más básica de regeneración? Me permito sugerir la búsqueda de lo mismo o de la familiaridad dentro de la diferencia, la restauración de lo universal, la reiteración de lo eterno.  Para ser más exactos, es la dialéctica del deseo y la diferencia con la que nos reencontramos dentro del proceso de la necesidad de retorno, aunque este retorno se anteponga al anhelo de novedad en su intento de renovación. El acto básico de escisión descansa en la institución o inserción de la diferencia en las relaciones mediadoras. Por lo tanto, el discernimiento o la interjección de la diferencia introduce una bifurcación dentro de la universalidad original que inaugura la escisión como una nueva biunidad. Buscar la semejanza o la similitud es buscar la universalidad dentro de la diferencia. Esto asegura que todos los actos de juicio identifican la diferencia al conferir la identidad, y que la diferenciación está en relación con lo universal. La diferenciación implica la alteridad, la diversidad y la oposición, la supresión de la unidad, la ruptura de la unidad, el origen perdido. La necesidad de volver a la familiaridad es tanto un acto de autofundamentación de la identidad como una función regenerativa de recapitulación de la esencia. Al igual que un arquetipo se descubre a sí mismo en su alteridad, el Otro es su exteriorización de la mismidad y la unidad perdida. En su alteridad, quiere volver a sí mismo, a su inmediatez perdida, pero al mismo tiempo busca lo universal en su diferenciación. En otras palabras, la diferencia, la variedad y la pluralidad significan el Otro, la autoinstalación inicial del arquetipo como devenir otro a sí mismo. La ruptura de la unidad inicial equivale al acto cosmogónico de dispersar su esencia en el mundo. La diferencia, la particularización y la pluralidad siempre están en relación con la forma original de la que se originó; sin embargo, en su modificación, sigue estando onticamente interrelacionada e interdependiente de su base o inicio original. 

Lo verdaderamente arcaico u original tiene una relación dialéctica óntica con la alteridad o la diferencia que se constituye lógica y estructuralmente como proceso inconsciente mediado por la alteridad. La actividad psíquica descansa en un punto de apoyo de la diferencia y la negación hasta el punto de que, sin un Otro identificable y discernible, cualquier noción de lo arcaico equivaldría a la simplicidad y el solipsismo, una propuesta insostenible en nuestro mundo pluralista de particularidad y diferencia contextual. 

¿Realiza un arquetipo un acto cognitivo? No, a menos que lo consideres una entidad psicológica por derecho propio. ¿Es registrado, sentido y percibido por la psique? Sí. Pero, ¿hay realmente alguna diferencia entre ambos? En otras palabras, ¿es un arquetipo independiente de la mente y la cultura? No es probable. Pero, ¿parece que es una fuerza autónoma en la psique? Epistemológicamente, categóricamente (por tanto, lógicamente) y fenomenológicamente, sí. Pero, ¿podemos conocer realmente su estatus metafísico? Hacer que un arquetipo sea supersensible, como hace Jung invocando las formas eternas de Platón, es un error, sostengo, porque esto les da un significado sobrenatural que no somos capaces de verificar de ninguna manera (Mills, 2014b). Todo lo que podemos conocer es la experiencia naturalizada, la llegada a la existencia de la presencia interior. 

Tal vez baste con relegar el nacimiento de un arquetipo como un movimiento auto-mediado a un proceso orgánico muy parecido al que atribuiríamos a los mecanismos teleonómicos autorreguladores que despliegan y controlan los procesos de la vida o de los organismos vivos. Si adoptamos esta filosofía del organismo, no sería inconcebible extrapolar este modelo en su aplicación a los sistemas inanimados, como ciertamente se ha tomado la libertad de hacer la disciplina de la física, por no hablar de lograr aplicar un paradigma metafísico especulativo bajo la rúbrica de la aceptabilidad científica al concebir el cosmos como un gran intercambio sistémico de información. Si un arquetipo puede compararse con un átomo material o una partícula energética, entonces podemos llamarlo con razón una «entidad» por derecho propio, como hace Jung (CW 8, p. 231), o en términos de Whitehead (1929), una «ocasión real». Si concebimos los arquetipos como ocasiones, como acontecimientos puros, podemos llegar a conocerlos a través de sus apariciones como patrones de forma original.[9]

Los patrones se convierten en el prototipo lógico para que los arquetipos se manifiesten, dando lugar a alteraciones en el contenido y las apariencias contextuales. Aunque las divisiones de la alteridad, los conflictos mutuamente implícitos y los complejos existen dentro de los dominios intrapsíquicos de los individuos y las sociedades casados con determinadas visiones del mundo y valores que se oponen intersubjetivamente a otros , la alteridad también se convierte en la manifestación social de las escisiones en la identidad y la diferencia que mantienen ciertas antítesis en nuestras experiencias vividas y percepciones del mundo. Esto asegura que la alteridad se convierta en un punto de apoyo en la construcción de la identidad basada en la diferenciación y el desconocimiento, el proceso de internalización y la naturaleza del reconocimiento y la relacionalidad hacia identificaciones y valores compartidos y negados. El reconocimiento de la otredad es una prehensión inconsciente inmediata que se registra internamente, se evalúa prerreflexivamente y se compara con la autoidentidad y, por lo tanto, está mediada dialécticamente como una relación entre el yo y el otro. En este caso, el arquetipo extranjero es sólo una de esas apariencias de la otredad, al igual que la Sombra, que subsume el principio destructivo de la humanidad. Pero lo que es ajeno a nosotros no es otra cosa que nuestra propia identificación proyectiva con nuestra interioridad negada que se percibe como extranjera. Sin embargo, es precisamente esta extranjería la que llegamos a reconocer como nuestra contraparte con la que nos identificamos en nuestro reencuentro con la universalidad perdida en nosotros mismos. Siguiendo a Hegel, llegamos a saber quiénes somos viéndonos a nosotros mismos en el deseo del Otro como reencuentro con la falta. Nos vemos a nosotros mismos en el otro, nuestro propio anhelo alienado perdido como ser-en-relación-con-la-carencia, un retorno de la forma original. Por eso estamos divididos internamente y a menudo tenemos que enfrentarnos a muchas ocasiones de diferencia y conflicto que buscan sus soluciones dialécticas a través de una oposición que suspende, niega, vincula o unifica. Aquí la función trascendente se convierte en un reencuentro de la escisión original en la unidad sintetizada a través de nuestros actos reflexivos de aprehensión de la alteridad. Esto garantiza que la alteridad conserve un papel definitivo en la estructura y la función de los arquetipos. 

Los arquetipos siempre evocan los espectros y el espectro del Otro, pues la diferenciación y la diferencia impregnan el fondo penumbral que informa la experiencia. La ontología originaria, la metafísica de los comienzos, la conciencia histórica de las sociedades tradicionales, toda la experiencia presupone referentes del Otro, a saber, la mentalidad arcaica del ethos colectivo, lo simbólico cultural que condiciona la historicidad de las civilizaciones y la raza in memoriam. Este otro simbólico siempre está ahí, incluso cuando se oculta, no se revela o no se manifiesta. Equivale a lo real lacaniano, el residuo de lo simbólico que permanece clausurado, ocluido, residiendo fuera de la cadena de significación como un resto de deseo y falta inefable. 

La dialéctica de lo familiar y lo extranjero siempre interpenetra nuestro encuentro con la alteridad. Ya sea en la aceptación o en la confrontación, la alteridad procede del terreno a priori de lo arcaico y forma parte de la condición humana. Este suelo arcaico es, de hecho, un abismo del que todo emerge, el submundo psíquico que brota en la familiaridad desconocida, un misterioso retorno al hogar. El Otro es la superación de la unidad original como pluralidad particularizada para participar en el Uno, la universalidad abarcadora que impregna la psique y la cultura. A medida que un arquetipo dispersa su esencia en la multiplicidad, se convierte en otro para sí mismo, sólo para recuperar su unidad original perdida en dicha alteridad como un retorno a sí mismo. En el arché está el origo, una apertura, otro, para surgir. 

Notas

1. Para Hegel (1807, 1817/1827/1830a), «la apariencia es la esencia» (PS § 147); «la esencia debe aparecer

(EL § 131), pues nada puede existir si no es actual, por lo que debe manifestarse. En otro lugar he mostrado cómo la filosofía del Espíritu de Hegel anticipa el psicoanálisis (Mills, 2002b) y que la psique humana se deriva de un abismo inconsciente, donde la inconsciencia aparece como conciencia, su forma modificada y evolucionada. 

2. Al hablar del unus mundus, Jung alude a un arquetipo como «entidad trascendental» (CW, 14, p. 536), lo que antes concebía como «entidades psíquicas» (CW, 8, p. 231). 

3. A lo largo de sus Obras Completas, Jung se refiere a los arquetipos que actúan como agentes autónomos dentro de la mente (véase Mills, 2013a para una revisión). De hecho, afirma que «se experimentan como agencias espontáneas» donde su propia «naturaleza» se deriva del «espíritu» (CW, 8, p. 216). 

4. Aunque he leído muy poco de las obras de Giegerich, lo que parece a primera vista es su anexión de la Lógica de Hegel a su discurso sobre el alma. En The soul’s logical life  (2001), nos da una pista. Al hablar de la «compleja lógica dialéctica» del alma, se refiere a la «Ciencia de la Lógica» de Hegel, que podría servir de modelo para el tipo de pensamiento abstracto necesario para hacer justicia a las complejidades de la difícil situación del alma moderna. La psicología necesita el ‘trabajo del Concepto» (p. 26). Compárese con Hegel (1812): ‘El comienzo es lógico en tanto que debe hacerse el elemento del pensamiento que es libre y por sí mismo, en el puro conocer. Está mediado porque el conocer puro es la verdad última y absoluta de la conciencia» (p. 68, cursiva en el original), de ahí el «trabajo» de Begriff. Como diría Hegel, la lógica es el «suelo absoluto» (p. 67). Aquí Giegerich parece tomar la Lógica de Hegel como punto de partida de cualquier discusión -desde la metafísica hasta la psicología- y luego aplica la lógica de la dialéctica a la noción de alma o lo que llamaríamos el sujeto moderno o la personalidad viva de la constitución psicológica de cada individuo. Parece adoptar la postura extrema de la interioridad absoluta como infinidad interior (como funcionamiento lógico) que privilegia sobre todos los demás aspectos de la mente -de ahí que se prefiera el pensamiento a la imagen, el afecto, la imaginación, el instinto o la acción. Esto equivale a una forma extrema de idealismo que no crea una escisión mediadora entre lo interior y lo exterior, sino sólo que no hay exterior. ¿Dónde va la dialéctica a partir de aquí? Supongo que a una vuelta a la interiorización absoluta. Esto parece muy solipsista, si no insostenible, y no es particularmente fiel al sistema general de Hegel, porque esta postura de interioridad radical sólo pone de relieve el espíritu en momentos particulares. Hay que cuestionar su noción de autonomía absoluta del psiquismo, que equipara con la interioridad negativa absoluta, una proposición bastante omnipotente por cierto. Aquí parece que toma la Lógica de Hegel como el advenimiento de la autoconciencia pura a través de los relatos dialécticos y luego la aplica estrechamente a las configuraciones internas de la psique. En el sistema de Hegel (1817/1827/1830c), la psicología es la sublación (Aufhebung) del alma (Seele), que articula en su sección sobre el Espíritu Teórico en la Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas. El alma sintiente es una condición inconsciente general y afectiva de la psique que se despliega dialécticamente y se eleva al punto de vista de la cognición y del dinamismo psicológico. Pero la Lógica condiciona todo esto, como el Génesis bíblico. El Geist es el pensamiento puro (algo así como Dios) que dispersa su esencia en la materialidad de la naturaleza (creación) (véase 1817/1827/1830b); y luego el alma (esbozada en la sección de Antropología de la Enciclopedia) es la germinación del espíritu humano que se abre paso dialécticamente desde su encarnación material (como mente incipiente -aquí más bien como un bebé-) hasta el yo de la conciencia como subjetividad (conciencia); y luego procede en la Fenomenología (1807, 1830) de la mente subjetiva (el funcionamiento interno de cada ser consciente) a la mente objetiva (la sociedad y el mundo), para cerrar el círculo y culminar en la unidad Absoluta en la plena autoconciencia como espíritu del mundo realizado a través de la Idea o Concepto del proceso de su propio devenir como puro conocimiento -por lo tanto, el pensamiento puro pensando en sí mismo y en todas sus operaciones. Y, sin embargo, esto es el retorno a sí mismo como la culminación y el cumplimiento de su naturaleza lógica como pensamiento puro que se piensa a sí mismo en el ser y cumple con su propio desarrollo como una fuerza espiritual-mental basada en un proceso racional. Tal vez el Espíritu Absoluto sea algo similar al concepto del anima mundi dentro del unus mundus, pero más impersonal. 

5. En la Wissenschaft der Logik de Hegel (1812), es muy claro: «La esencia se determina a sí misma como suelo (p. 444, cursiva en el original). 

6. Cf. Hegel (1812): «El suelo es, en primer lugar, suelo absoluto, en el que la esencia es, en primer lugar, un sustrato para la relación de suelo; pero además se determina a sí mismo como forma y materia y se da a sí mismo un contenido» (p. 445, cursiva en el original). 

7. En la Wesenslogik de Hegel (1812), éste afirma: «La verdad del ser es la esencia» (p. 389, cursiva en el original). 

8. Cf. Hegel (1812): «La apariencia es lo que la cosa es en sí misma, o su verdad» (p. 479). 

9. Tal vez, y no de forma inapropiada, podamos seguir una fórmula similar a la de la disciplina de la física que afirma haber descubierto el campo de Higgs a través de inferencias y pruebas indirectas. 

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La lección del árbol de Navidad (1)

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘The Soul Always Thinks’, volumen IV de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 1

Traducido por Alejandro Chavarria

La Navidad se asocia para nosotros a las esperanzas de paz en el mundo (sean religiosas o laicas), a dar y recibir regalos, a las acogedoras reuniones familiares o a las alegres fiestas. Pero que el Árbol de Navidad pueda enseñarnos algo puede ser una idea sorprendente. Sin embargo, como veremos, el Árbol de Navidad sí puede darnos una lección importante, siempre que nos fijemos bien en cómo se muestra y dejemos que hable su aspecto fainómeno, en lugar de darlo por sentado.

Si hoy en día es muy habitual colocar en Navidad un árbol iluminado, y si esta costumbre originaria de las regiones de habla alemana se ha extendido por muchas partes del mundo, llegando incluso a Australia y Japón, entonces se trata de la irrupción de una costumbre antigua en nuestra época. La cuestión que nos plantea este fenómeno es cuál es la situación en nuestro tiempo de las auténticas reliquias de la experiencia mítica de épocas anteriores. En otras palabras, ¿un símbolo o ritual que en sí mismo permanece más o menos igual que antes es inmune a los cambios en el carácter de los tiempos en los que aparece? Esta cuestión planteada por el árbol de Navidad probablemente también pueda arrojar luz sobre la cuestión más amplia de hasta qué punto son auténticas, de hecho, hasta qué punto son «arquetipales» y «míticas» las experiencias arquetipales en los sueños y las visiones de hoy en día.

En nuestra época, la Navidad se ha comercializado y ha sido presa de una actitud de «todo vale», hasta el punto de que apenas podemos atrevernos a considerar que sigue habiendo un mito vivo en ella. A través de este proceso de comercialización y kitsch, el propio símbolo del árbol de Navidad ha sufrido considerables modificaciones. Pero hace apenas medio siglo no era así, y por eso Jung aún pudo contrarrestar la objeción que se le hizo de que la costumbre de poner árboles de Navidad había surgido en tiempos relativamente recientes (la primera documentación en 1660) y que este hecho hace que su interpretación como basada en un arquetipo parezca improbable, con el comentario: «¡Al contrario! El modo en que el árbol de Navidad se ha impuesto en varios países y ha arraigado rápidamente, de modo que la mayoría de la gente cree realmente que es una costumbre milenaria, es sólo una prueba más de que su atractivo se basa en las profundidades del alma, en el inconsciente colectivo, y supera con creces el del pesebre, el buey y el asno».(2) Por lo tanto, en lo que se refiere a lo que sigue, hay que centrarse en el árbol de Navidad aún intacto de hace cinco o diez décadas, que todavía se puede encontrar ocasionalmente aquí o allá, en lugar del árbol devaluado y kitsch desde hace tiempo, que se ha alejado de su propia forma y sustancia.

La costumbre del árbol de Navidad nos permite ilustrar bastante bien una característica esencial de lo que es genuinamente mítico en un sentido más amplio (incluyendo mito, ritual, símbolo), y Jung señaló repetidamente esta característica. Se trata del hecho de que los actos rituales se «realizan sin pensar» (gedankenlos vollzogen)(3) y de que uno tampoco suele tener ideas o pensamientos claros sobre los mitos y símbolos que utiliza. A propósito de ciertas imágenes mitológicas cristianas (nacimiento virginal, divinidad de Cristo, Trinidad) Jung hace la siguiente afirmación fundamentalmente significativa «Casi parece como si estas imágenes acabaran de vivir, y como si su existencia viva se diera por sentada sin cuestionar y sin reflexionar, de la misma manera que todo el mundo decora los árboles de Navidad o esconde los huevos de Pascua sin saber nunca lo que significan estas costumbres. El hecho es que las imágenes arquetípicas llevan a priori su significado dentro de sí mismas, de modo que a la gente nunca se le ocurre preguntarse qué pueden significar» (CW 9i § 22, trad. modificada). De hecho, las imágenes míticas estaban vivas -esto lo tenemos que concluir sobre la base de nuestra discusión anterior- simplemente porque no se tenía ninguna idea o conocimiento consciente sobre ellas. El punto de vista original con respecto a ellas era, pues, «exotérico» en el sentido especial de Jung: no se puede saber lo que significan, no se pueden tener ideas conscientes sobre ellas, porque todo su significado y todo lo que podría «pensarse» sobre ellas está todavía contenido en el propio símbolo o acto ritual y no ha nacido todavía fuera de él. Como Jung había señalado, son significativos a priori,(4) por sí mismos y en sí mismos, mucho antes de que dirijamos nuestra atención a ellos y no se convierten en significativos primero a través de nuestra comprensión o experiencia de su significado. A Jung le gustaba ilustrar este rasgo característico de los símbolos cúlticos con una costumbre de los elgonyi africanos, con los que había permanecido durante cierto tiempo. Les había preguntado por las huellas de sus ideas y ceremonias religiosas. Sin embargo:

No sabían nada de las costumbres religiosas. Pero no me di por vencido, y finalmente, al terminar una de las muchas charlas infructuosas, un anciano exclamó de repente «Por la mañana, cuando sale el sol, salimos de las cabañas, escupimos en nuestras manos y las levantamos hacia el sol». Conseguí que realizaran la ceremonia para mí y la describieran exactamente. Se ponen las manos delante de la cara y escupen o soplan en ellas enérgicamente. A continuación, dan la vuelta a las manos y mantienen las palmas hacia el sol. Les pregunté el significado de lo que hacían, por qué soplaban o escupían en sus manos. Mi pregunta fue inútil. «Así es como se ha hecho siempre», dijeron. Fue imposible obtener una explicación, y me quedó claro que sólo sabían que lo hacían y no lo que hacían. No ven el sentido de su acción. (OC 10 § 144)(5)

No sólo no sabían cuál era el significado de esta acción, sino que al principio no la apreciaban realmente como un acto ritual significativo, y mucho menos religioso, pues cuando Jung les preguntaba por sus ceremonias religiosas durante mucho tiempo no se les ocurría el ejemplo de esta costumbre. No había un sentimiento emocionante de significado, ni un sentido de la significación. Simplemente lo hacían. La ceremonia se representaba completamente sin reflexión, sin gran implicación interior, incluso podríamos decir: de forma rutinaria, como un mero hecho («que lo hacen») y por esta razón permanecía (ciertamente no desconocida, pero) completamente desapercibida. «Es algo que siempre se ha hecho…».(6) Uno no se planteaba nada al respecto.

Lo que hacían era evidente para mí, pero no para ellos. Lo hacen sin más, nunca reflexionan sobre lo que hacen y, por lo tanto, son incapaces de explicarse. Evidentemente, se limitan a repetir lo que «siempre» han hecho al amanecer… Es muy poco probable que estos primitivos supieran alguna vez, incluso en un pasado remoto, el significado de su ceremonia. Por el contrario, sus antepasados probablemente sabían aún menos, porque eran más profundamente inconscientes y pensaban, si cabe, aún menos en sus actos. (CW 18 § 552)

Se trata de un auténtico ritual vivo en el que el sentido mítico está activo. Podemos complementar aquí el informe de Jung con una observación y una reflexión que Thomas Hardy nos dio mucho antes que Jung. En The Return of the Native escribió:

Un pasatiempo tradicional no se distingue de un mero renacimiento en ninguna otra característica más llamativa que en ésta: mientras que en el renacimiento todo es excitación y fervor, la supervivencia se lleva a cabo con una solidez y ausencia de movimiento que hace que uno se pregunte por qué una cosa que se hace tan desintersadamente debe mantenerse en absoluto. Al igual que Balaam y otros profetas reacios, los agentes parecen movidos por una compulsión interna a decir y hacer sus partes asignadas, quieran o no. Esta manera poco dulce de actuar es el verdadero anillo por el que, en esta época de renovación, se puede distinguir una supervivencia fosilizada de una reproducción espuria.(7)

Jung dijo que los Elgonyi realizaban la ceremonia «ciertamente con cierta emoción y de ninguna manera meramente mecánica» (OC 18 § 552). Pero esta afirmación hay que tomarla con pinzas. Sería ciertamente erróneo insinuar que los rituales en las culturas primitivas se promulgaban de forma «meramente mecánica», pues tal comportamiento mecánico es característico de épocas muy tardías; es relativo al ego moderno y a su voluntad libremente disponible, relativo también a la época de la industrialización. Lo «meramente mecánico» es la contrapartida de nuestro deseo igualmente moderno de sentir y experimentar. Ambos se corresponden, e incluso se presuponen, en la medida en que son las dos caras de una misma condición anímica abstracta. Del mismo modo que las personas que promulgaban un ritual no necesitaban ni podían tener pensamientos sobre él y comprender su significado, tampoco podían tener ninguna experiencia emocional profundamente edificante a través de él. Ambos son «esotéricos» en el sentido especial en que Jung utiliza este término: alejados del símbolo vivo.(8)

Experimentar emocionalmente y comprender el significado de los rituales es algo que requiere un ego consciente. Pero el ritual, mientras siga intacto, no es celebrado por el ego. Siempre es el no-ego el que lo promulga y éste es el destinatario, si se me permite decirlo, de lo mítico y lo simbólico. Podemos conceder que los Elgonyi realizaban el ritual de saludar al sol «con cierta emoción», siempre que pongamos el acento en la palabra «cierta» y no entendamos por ella más que el aura general de «significación», dignidad, quizá incluso «sacralidad», pero no una emoción subjetiva. Es decisivo ver que los sentimientos no eran precisamente importantes. «Lo único importante es hacer el ritual de la manera prescrita», dice un experto del mundo del ritual, Cesáreo Bandera.(9) También señala que, por ejemplo, en el campo español se contratan plañideras profesionales para un funeral, plañideras de las que el que las contrata no puede asumir que se duelan personal y emocionalmente. Pero esto no era desde el principio el objetivo ni la razón por la que se las contrataba. Lo único que realmente contaba era la realización meticulosa del acto ritual objetivo del luto según la antigua costumbre, incluso podría decir: nada más que el paso del luto (siempre que esta frase no se entienda en el sentido despectivo habitual).

Un pastor, que durante los años 20 de este siglo [el siglo 20] tenía su parroquia en un pueblo de la región de Westerwald, en Alemania, una zona donde el tiempo parecía haberse detenido, contó lo siguiente. Tenía que celebrar un funeral. Más o menos toda la gente del pueblo estaba de pie alrededor de la tumba abierta, y el ministro estaba listo para comenzar con la ceremonia. Se fijó en dos muchachas de unos 17 años cuyos pensamientos estaban, obviamente, en otro lugar totalmente distinto y charlaban animadamente sobre algo muy emocionante para ellas. Pero, de repente, cayeron en la cuenta de que estaban en un funeral y, en un instante, sacaron sus pañuelos y rompieron a llorar, porque en aquella época todavía era costumbre en este pueblo que todas sus habitantes femeninas tuvieran que llorar durante una ceremonia fúnebre. Este ejemplo demuestra muy bien que lo que la costumbre exigía no tenía nada que ver con las emociones personales. La costumbre no exigía un dolor subjetivo, sino un comportamiento de duelo objetivo.

Una vez más: ¿Por qué es precisamente la ejecución sin emoción, casi mecánica, del ritual un signo de autenticidad? Porque muestra que el significado mítico sigue estando completamente contenido y envuelto en el propio acto simbólico y que el hombre sólo puede ser bendecido por él si, como persona que experimenta y siente, pasa a un segundo plano, da prioridad absoluta al ritual autosuficiente y, por así decirlo, desaparece en él convirtiéndose en su marioneta. El sentido no se extrae del ritual para nuestro beneficio; el ritual no se utiliza ni se consume para que experimentemos y comprendamos el sentido. El ritual es en sí mismo su propio fin. El ritual tiene vida en sí mismo. «El hecho es que en tiempos pasados los hombres vivían sus símbolos más que reflexionar sobre ellos [y, por tanto, podríamos añadir, más que querer experimentarlos emocionalmente]» (OC 18 § 551). Eran ni más ni menos que ta drômena, «lo que se representa». Y los mitos eran ta legomena, «lo que se cuenta», lo que se dice, no lo que se siente y cree. En un sentido muy parecido encontramos en Jung la afirmación: «Fausto dice acertadamente: ‘Im Anfang war die Tat’ (en el principio estaba el hecho). Los hechos no se inventaron, se hicieron. … Sin embargo, la vida irreflexiva existía mucho antes que el hombre; no fue inventada, pero en ella el hombre se encontró a sí mismo como una idea tardía» (ibíd. § 553). El hombre como una idea tardía. En esta situación arcaica el hombre fue hecho, si se me permite decirlo así, para el sábado y no al revés. No tiene su vida dentro de sí mismo, en su propio sentimiento y pensamiento, sino que su vida está dentro de «lo que se promulga», dentro del ritual objetivo, en su estatua de dios, en la piedra sagrada («ahí fuera», por así decirlo). Eso, el ritual, el símbolo, el mito debe aumentar, el yo o el sujeto humano debe disminuir.(10) Esta es la naturaleza del ritual y del simbolismo: de lo que se trata es de que (para expresarlo simplemente mediante el ejemplo del luto ritual de los dolientes profesionales) el luto tenga una presencia empírica real en forma sensorial. Todo el sentido, toda la vida psíquica se invierte en esta forma sensorial objetivamente existente. El sentido no se ha retirado todavía de lo que se representa visiblemente ahí fuera ni de la imagen o estatua igualmente objetivamente presente en el interior de la fe y la experiencia sentida del hombre.

A pesar de que nuestras costumbres navideñas se han superpuesto durante mucho tiempo con el comercialismo, el consumismo y las tendencias de la moda, y de que, por otra parte, se aprovechan para nuestra experiencia subjetiva sentida (el estado de ánimo y la atmósfera de la Navidad), es decir, se han sentimentalizado, hace tan sólo unas décadas la costumbre navideña con su árbol de Navidad iluminado con velas todavía podía servir como ejemplo de un mito viviente. Porque también en aquella época era cierto que «se puede preguntar en vano a muchas personas civilizadas por la razón y el significado del árbol de Navidad o de los huevos de colores en Pascua, porque no tienen ni idea del significado de estas costumbres. El hecho es que hacen las cosas sin saber por qué las hacen» (OC 18 § 540), la gente de nuestras latitudes se encontraba entonces en una situación muy parecida a la del Elgonyi de Jung. ¿Significa esto al menos que era una auténtica reliquia del mito viviente? Transportémonos mentalmente a la época anterior a la comercialización total de la Navidad y dejémonos contar por el propio árbol de Navidad iluminado con velas, cuando aún se conservaba intacto, lo que ha llegado a ser el significado mítico en el siglo 20.

El significado original del árbol de Navidad tenía dos raíces distintas, una pagana y otra cristiana. Parte del simbolismo pagano son el árbol del mundo de hoja perenne, el árbol de la vida del individuo, la vegetación de pleno invierno y la fiesta del solsticio (que entre los pueblos germánicos se celebraba con un tronco de Yule ardiendo), quizás incluso la mitología levantina del dios moribundo. Si se considera también en su contexto cristiano, el árbol de Navidad simboliza el retorno de la Luz en la noche más larga y oscura del año, de acuerdo con la promesa: «El pueblo que andaba en tinieblas verá una gran luz» (Isa. 9:1). El árbol iluminado conduce directamente a la experiencia cristiana del nacimiento de la luz en el mundo: «Oh luz nacida de la luz» (Martin Opitz). Cristo es el «Resplandor matutino de la eternidad / La luz de la luz que no se agota» (Christian Knorr von Rosenroth). Paul Gerhardt escribe en su poema «Nun ruhen alle Wälder»: «¿Qué te ha pasado, Sol? / La noche te ha expulsado, / La noche, enemiga del día. / Vete. Otro sol, / Mi Jesús, mi delicia / Brilla muy fuerte en mi corazón». Las costumbres paganas y el significado cristiano se superponen a menudo; también podríamos decir que las costumbres paganas se reinterpretaron en sentido cristiano. En el bosque de Baviera, la Navidad se celebraba hasta el siglo 20 con la quema de un tronco en el que reconocemos fácilmente el tronco de Yule teutónico. Hasta la introducción del calendario gregoriano en 1582, el día de Santa Lucía se consideraba el día de mitad del invierno, el día con la noche más larga; ahora cae el 13 de diciembre. En Suecia sigue siendo una fiesta importante en la que las niñas se visten de blanco como «Lussibrud» (novia de Santa Lucía; Lucy o Lucia del lat. lux, luz) y, con una vela encendida en la cabeza, despiertan a sus padres por la mañana. Esta costumbre pagana de mediados de invierno fue rescatada para la era cristiana al ser rededicada a una santa cristiana, Sancta Lucia. Tanto esta fiesta sueca como la Navidad celebrada con un árbol de Navidad adornado con velas tienen que ver con el nacimiento de la luz desde la más oscura oscuridad. Sin duda, el árbol de Navidad en llamas, si se ve de forma aislada, debe reconocerse como un símbolo en toda regla.

Sin embargo, la cuestión con la que tendremos que preocuparnos es precisamente qué le ocurre a un símbolo o a un ritual que en sí mismo ha permanecido intacto y sin cambios cuando se sumerge en otra época. ¿Es el mito, el ritual, inmune frente al carácter de la época en la que se produce? En otras palabras: ¿se puede considerar el mito de forma abstracta por sí mismo, al margen de la época en la que está inmerso, o no resulta ipso facto que sólo tengamos una visión abstracta de él?

Durante el siglo 17, cuando existe la primera documentación del árbol de Navidad (aunque la costumbre bien podría ser mucho más antigua), en una época, en otras palabras, en la que la gente sólo podía producir una mísera luz por medio de una astilla de madera de pino, una vela de sebo o una lámpara de aceite y sólo si era realmente necesario, y en la que, en su mayor parte, simplemente permanecía la oscuridad durante la noche, entonces un árbol iluminado con numerosas velas era realmente capaz de proporcionar una experiencia del nacimiento de la luz en medio de la noche más profunda. En comparación con la oscuridad normalmente reinante o, en el mejor de los casos, con la escasa iluminación, el árbol de Navidad aportaba a la oscuridad de la noche una luz brillante que de otro modo sería inaudita.

El cuento de Peter Rosegger, «El primer árbol de Navidad en la casa del bosque [Waldheimat]», puede darnos al menos una vaga idea de esta experiencia (aunque sólo a través de la forma moderna de una recreación sentimental ya subjetivizada, lo que demuestra que, al igual que los cuentos de hadas en nuestros tiempos modernos, este ejemplo tiene que ser visto como si ya tuviera su lugar esencial en la guardería).

El autor del siglo 19 cuenta cómo, siendo estudiante en una gran ciudad alejada de su hogar rural, regresó a la mísera granja forestal de sus padres, cuando tuvo sus primeras vacaciones de Navidad. En la ciudad había oído hablar por primera vez de la costumbre de poner un árbol de Navidad, que todavía era desconocida en la remota región forestal de la que procedía. Toda la iluminación nocturna que se conocía en la casa de sus padres era la débil luz de una astilla de pino en los días ordinarios y una vela -una vela- en los días festivos. La luz que provenía de ellas era tan escasa, apenas digna de llamarse luz, que uno sólo podía reconocer las cosas después de que sus ojos se hubieran acostumbrado lentamente a ella. Cuando era estudiante y estaba de vacaciones en casa por Navidad, para sorprender a su familia, puso en secreto un árbol de Navidad iluminado con velas en la habitación delantera, y escondido detrás de la estufa contempló «la maravilla de luz que nunca se había visto en esta habitación» y esperó expectante la sorpresa de sus desprevenidos padres, de los peones y, sobre todo, de su joven hermano, cuando entraron en la habitación. Y cuenta que cuando llegaron, su hermano pequeño «se quedó sin palabras. En sus grandes y redondos ojos se reflejaban como estrellas las luces del árbol de Navidad».

Como en la antigüedad un árbol lleno de velas encendidas aportaba de hecho una iluminación sensorial, también podía servir como expresión válida de la iluminación espiritual y cósmica, es decir, podía ser realmente un símbolo. Expresado en lenguaje psicológico: provocaba la transformación o el transporte psíquico real y por así decirlo «automático» de la energía psíquica en dirección a la luz espiritual. Digo «automática» porque era independiente de si uno quería o no, lo sentía y era consciente de ello o no.

Hoy, en cambio, acostumbrados como estamos a la iluminación de habitaciones y calles de varios 100 vatios, tenemos que apagar expresamente nuestras luces eléctricas para poder disfrutar de la tenue luz de un árbol de Navidad iluminado con velas. Hoy en día, las velas ya no proporcionan, en medio de la noche de Navidad, una luz iluminadora como base indiscutible de la vida. Por el contrario, proporcionan una semiluz acogedora y malhumorada a través de la cual podemos recuperarnos de la luminosidad básica, por lo demás imperante, en la que vivimos. Entramos literalmente y a propósito en una regresión. Dentro de nuestro tiempo simulamos una vez más el tiempo anterior a nuestra noche iluminada. De este modo, volvemos a jugar a la «noche», por así decirlo, a pesar de que la noche hace tiempo que dejó de ser noche: un poder mítico. Para tenerla brillante, no esperamos, como los Elgonyi, que salga el sol por la mañana, el sol que triunfa (¡temporalmente!) sobre la oscuridad de la noche. Vivimos nuestra vida, al menos potencialmente, en la luz eterna, como los dioses olímpicos, y, cuando queremos que esté realmente oscuro, tenemos que oscurecer artificialmente nuestras habitaciones mediante persianas para que las luces de las calles de la ciudad y los carteles de neón no brillen en ellas. E incluso un corte de electricidad, un apagón, como fallo de la luz, es precisamente una confirmación de la regla fundamental de la luz.

Cuando Paul Gerhardt, como hemos oído, pudo escribir en su poema: «¿Qué te ha pasado, Sol? / La noche te ha alejado, / La noche, enemiga del día. / Vete. Otro sol, / mi Jesús, mi delicia / brilla muy fuerte en mi corazón», entonces vemos que tenía su lugar mental o anímico en un estadio intermedio entre dos condiciones del mundo. Por un lado, todavía le era posible experimentar la noche de forma casi mítica, como un poder cósmico: «La noche te ha alejado, / la noche, enemiga del día». Le era posible porque en el plano de la experiencia inmediata el poder de la Noche seguía intacto. Todavía no había ninguna luz eléctrica, ninguna iluminación fundamental de la noche, es decir, todavía no se había producido la victoria empírica-factual sobre la noche, o expresado al revés, todavía no se había producido el destronamiento fundamental de la Noche mítica. Para la experiencia primordial, la noche era la productora nunca envejecida de todas las cosas, hija del Caos, una diosa poderosa, gobernante del Todo, ya que lo aquieta todo, frena todas las pasiones, y es la causa del origen de todas las cosas. Ella era lo que englobaba en sí mismo el día y la luz. La luz del Sol nacía día a día sólo temporalmente de la noche, para volver siempre de nuevo por la tarde a ella como a su origen.

Para Paul Gerhardt, sin embargo, la noche ya no es la gran diosa que todo lo abarca y el terreno nativo incluso de la luz, sino «el enemigo del día». Y en segundo lugar, todo el mundo natural, y en la medida en que el mundo natural es la condición de posibilidad de la experiencia mítica, esta experiencia mítica como tal, son descartados. «Vete», le dice al sol expulsado por la noche. Todo el mundo mítico, la noche y el sol o el día, ha sido descartado. Otra experiencia («Otro sol…») ocupa su lugar, la sustituye. Es la experiencia interior, espiritual, de la verdad cristiana que es completamente independiente de la realidad natural, de la experiencia sensorial. Pero, por supuesto, esta experiencia independiente de la realidad sensorial y, por tanto, de la experiencia mítica, sigue siendo aquí una experiencia meramente interna, del corazón. De hecho, Gerhardt tiene que reconocer el poder de la noche, y por eso pronuncia su «Begone», que la desafía. La desestimación de la experiencia mítica es sólo subjetiva, psicológica, en la interioridad del alma individual. Todavía no se ha convertido en la realidad objetiva, evidente y absolutamente verdadera. El «Otro sol brilla con fuerza en mi corazón» sigue dependiendo de que una persona concreta crea en Jesucristo y se sienta realmente realizada con esta fe o con la experiencia que le corresponde.

Nuestra situación actual es totalmente diferente. El poder de la noche está objetivamente roto. Ya no es una diosa, es más, es totalmente imposible atribuir a la noche un poder de ser, una sustancialidad y una divinidad semejante a la persona. No tenemos que decirle al sol, desafiando a la noche, «vete». Para nosotros las luces de la calle se encienden automáticamente cada noche. La superación cristiana de la noche y, por extensión, del mito como tal, se ha convertido en una realidad objetiva que ya no depende de la fe subjetiva y de la interioridad del corazón. La victoria sobre la noche es un hecho objetivo autosuficiente y autoconfirmado.

Si comparamos el símbolo del árbol de Navidad de 1660 con el de hoy (o más bien de hace 50 o 60 años), vemos que aunque no ha habido un cambio significativo en la apariencia externa del símbolo (siempre que lo miremos de forma aislada), este símbolo ha experimentado, sin embargo, una inversión completa de su significado porque entonces y ahora está inmerso en dos condiciones o épocas del mundo radicalmente diferentes. Antaño apuntaba hacia adelante, de la oscuridad a la luz; hoy conduce regresivamente desde el exceso de brillo de nuestro mundo de conciencia moderno, altamente tecnificado y racionalizado, a una relajante penumbra, psicológicamente hablando, a un descenso de la conciencia.(11) Es probable que este valor recreativo psicológico de la fiesta de Navidad sea uno de los principales aspectos que han salvaguardado hasta ahora su singular popularidad por encima de todas las demás grandes fiestas de la Iglesia (Viernes Santo, Pascua, Día de la Ascensión, Pentecostés). La vida actual transcurre con tal brillo de conciencia, es extenuante hasta tal punto, que un hundimiento temporal, pero oficialmente ennoblecido y también en absoluto amenazante (porque está totalmente controlado) en un estado crepuscular es algo enormemente atractivo.

Una línea divisioria parece atravesar el centro del árbol de Navidad y hacer que el significado moderno de este símbolo que apunta en dirección al pasado sea absolutamente contrario a la dirección del significado original del mismo símbolo que apunta en dirección al progreso. Para establecer este hecho, no se necesita ninguna interpretación por nuestra parte. No tenemos que inmiscuirnos con opiniones propias. Precisamente cuando el símbolo del árbol de Navidad iluminado se sigue tomando como un símbolo, revela su verdad por sí mismo. Podemos saber qué tipo de «significado» tiene simplemente observando bien cómo aparece. Pues un símbolo sólo es símbolo al llevar su significado intelectual inmediatamente dentro de su apariencia sensorial y poseer este significado sólo en virtud de esta última. Ni siquiera podemos decir que encender velas en Navidad equivale a «llevar carbón a Newcastle», porque esta frase sugiere que el árbol de Navidad iluminado simplemente aportaría luz adicional a un mundo que ya está iluminado de por sí. Pero en nuestro caso se trata de una sustracción. La luz del árbol no es simplemente superflua, sino que supone una pérdida de luz. No equivale a una promesa de salvación futura. Es la consagración de algo así como unas «vacaciones del mundo del ego». La Navidad es un oasis rodeado por todos lados por la modernidad tecnológica y, por tanto, a priori, derrotado.

Un verdadero símbolo no es, como todos sabemos, una alegoría en el sentido de una representación pictórica de un concepto ya conocido. Es, en cambio, la mejor expresión posible de algo que aún no puede ser captado conceptualmente, sino sólo intuido. El árbol de Navidad iluminado es hoy, en el mejor de los casos, una alegoría. Como tal, sólo es «esotérico» en el sentido de Jung y está sujeto a la disposición arbitraria de la conciencia, hecho que se hace perfectamente evidente en el árbol artificial, desmontable y reutilizable. Como símbolo, el árbol de Navidad es redundante, tan inutil como lo es una rueca manual en nuestra economía actual o una pluma de ganso como utensilio serio de escritura. No hay ningún trabajo que sólo él pueda realizar. Ya no puede expresar realmente un misterio, ni puede representar, para la conciencia actual, un significado todavía inconsciente que no puede expresarse mejor de otro modo, porque lo que expresa precisamente ya se conoce desde hace tiempo.

Un símbolo se sostiene o cae con su forma sensorial. Si hoy quisiéramos expresar verdaderamente el nacimiento de la luz desde la oscuridad más profunda de forma simbólica y ritual, probablemente tendríamos que detonar una bomba atómica y exponernos a su brillo, para tener, al menos desde el lado sensorial, una experiencia de un «inexpresable» expresado «en forma insuperable».(12) Sólo contra la lámina de la explosión de la luz a través de una bomba atómica podría reconocerse todavía, o de nuevo, nuestro brillo real actual, en el nivel sensorial, como la benignidad de la conciencia, como la oscuridad de la noche que es el terreno indispensable para el símbolo del nacimiento de la luz. Todo lo que esté por debajo de ese nivel de luz, o bien confirma la luminosidad de la conciencia que prevalece de todos modos a su alrededor, o bien sirve para que uno se restablezca agradablemente de ella mediante un oscurecimiento insular en medio de esta luminosidad.

La conciencia debe, pues, embrutecerse artificialmente y escotomizar sistemáticamente la mayor parte de la realidad que conoce para poder fingir ante sí misma que todavía percibe el árbol de Navidad iluminado con velas como símbolo del nacimiento de la luz «En medio del frío, del frío invierno, / y en la oscura medianoche». Hoy en día, el árbol de Navidad sólo llega al yo o a la personalidad del ego, mientras que un símbolo auténtico se dirige en primer lugar al alma o, como diría Jung, al Sí-mismo (que no está tanto dentro de nosotros sino que en el que tenemos nuestro lugar, estando rodeados por él por todos lados, tanto por delante como por detrás, y tanto por el lado del pasado como por el del futuro).

Ahora también podemos entender por qué la comercialización, las tendencias de la moda y la mecanización de la fiesta de Navidad en su conjunto y del árbol de Navidad en particular (árboles de plástico reutilizables, velas eléctricas, árboles de colores de moda) pudieron ser posibles en primer lugar. Esto sólo fue posible porque el símbolo ya no es un símbolo. No es un compromiso. No es más que una maqueta de sí mismo y, como tal, es perfectamente legítimo que se manipule a voluntad. Ahora está en proceso de perder incluso su carácter alegórico (a través del cual seguiría apuntando a algo) y convertirse en una forma vacía, una mera decoración (por definición carente de significado), una exhibición autosuficiente, de acuerdo con la principal tendencia de nuestra época hacia la modernidad «medial», o hacia su profundización.

Lo que durante nuestro tiempo en la realidad está (ha estado) ocurriendo con la Navidad y con el árbol de Navidad debe, sin embargo, entenderse como la auto-representación inocente de su verdadera naturaleza actual. No es un abuso ilegítimo, no es una degeneración. Lo que parece un abuso y una degeneración no es más que un cambio, un cambio por el que la forma sensorial externa de lo que antaño era un símbolo se pone por fin en consonancia con la situación alterada (situación anímica) en la que se encuentra hoy. Precisamente ese árbol de Navidad sometido a todo tipo de modas, y precisamente esa Navidad que se celebra de forma abiertamente kitsch en un hotel turístico de playa en el Caribe nos confrontan con nuestro presente viviente, porque tal como son son la expresión real de el carácter de pasado de lo que es pasado.

Cabe suponer que lo que hemos podido ver aquí no se aplica únicamente al árbol de Navidad en particular. Más bien, podemos extrapolar lo que hemos encontrado al destino general de los símbolos y los mitos utilizando el árbol de Navidad como modelo. Hoy, en su obsolescencia, él mismo se convierte en un verdadero símbolo de la obsolescencia de los símbolos en general. Sólo tenemos que dejarnos enseñar por lo que dice: el símbolo y el mito, ambos tomados en ese sentido elevado en el que Jung y la psicología que le sigue los toman, se han desacoplado del tren del tiempo y ahora están parados en los vagones, como los trabajadores que en el curso de las eficientizaciones modernas se han vuelto redundantes y, desenganchados de la vida laboral, han sido empujados a los vagones del Estado de Bienestar.

Hace ya un siglo y medio, Eduard Mörike, en un poema («Um Mitternacht», A medianoche), todavía era capaz de evocar la Noche mítica por última vez.(13) El hecho de que el árbol de Navidad iluminado vaya irremediablemente a remolque del estado de la técnica o, al revés, que la tecnología despotencie fundamentalmente esa Noche mítica no es algo meramente externo y técnico. Más bien es el espejo externo y objetual (o una sola faceta de un espejo compuesto por innumerables facetas) del estado de nuestra realidad psíquica alcanzada hoy, el espejo de (como podríamos decir) la conciencia solar. Para ésta, sin embargo, la forma lógica del símbolo y del mito es algo que sólo conduce nostálgica y sentimentalmente a oasis de estados anímicos obsoletos. Como tal, puede gratificar emocionalmente a la conciencia del ego, pero ya no tiene ningún asidero con el que pueda seguir alcanzando y moviendo al alma misma, la forma lógica de la conciencia moderna. El modo simbólico o mitológico es relativo a una conciencia (digamos) lunar, una conciencia para la que la Noche era un poder real y una diosa omnicomprensiva, aunque el dios sol o el dios del cielo estuvieran quizá ya en el primer plano de la experiencia consciente y de la práctica religiosa. La conciencia solar está en un nuevo nivel. Es capaz de seguir viendo a través del suelo de cristal que la separa del hasta ahora único, pero ahora inferior, piso, los mitos y símbolos que antes expresaban la vida del alma y la ponían en movimiento. Puede reconocerlos exactamente en su forma externa, pero sólo como históricos y en este sentido como formas muertas que permanecen en principio fuera de su alcance y despotenciadas en lo que a ella respecta. La conciencia hoy en día está desenganchada, de modo que el «motor» de los símbolos y los mitos funciona en vacío. Pero la conciencia que está desenganchada de ellos no está parada. No es lo que está frenado. Al contrario, con una fuerza tremenda es impulsada hacia adelante por un motor nuevo, diferente, invisible, hacia un futuro desconocido. En la medida en que la conciencia cree buscar su motor, como antes, en los símbolos y en los mitos, y para ello en la forma de lo mítico en general, permanece inconsciente sobre su propio y verdadero motor que la impulsa hacia adelante con una dinámica insólita.

Con estas reflexiones tenemos al menos una primera respuesta a la otra importante cuestión planteada al principio, a saber, si una auténtica experiencia arquetípica en sueño o visión constituye hoy una excepción al hecho, por lo demás imperante, de que en nuestros días el mito no puede tener éxito. Si tomamos el árbol de Navidad iluminado como modelo de la situación del símbolo y el mito como tales hoy en día, podemos decir que nuestros sueños pueden contener los símbolos y motivos míticos más auténticos y numinosos (en sí mismos) y, en consecuencia, tocarnos profundamente. Sin embargo, no tienen ninguna posibilidad. El carácter de la época les quita el piso. O no, es al revés. La dinámica de la vida del alma pasa por encima de ellos, y ya no se elevan ni alcanzan la vida del alma. Ni siquiera la tocan. Permanecen completamente ajenos al nivel en el que el alma reside actualmente.

El punto es precisamente que no es el alma la que es alcanzada y abordada por los símbolos y mitos numinosos hoy en día, sino la personalidad del ego. Sentir y experimentar, emocionarse y conmoverse profundamente, por un lado, y comprender (esotéricamente), por otro, son modos del ego, no del alma. El alma está interesada, como ya hemos visto, muy poco en los drômena y los legomena, en la verdad autosuficiente de lo verdadero, su divulgación. Lo único que quiere es que la VERDAD encuentre una expresión y una presencia objetiva. El mero hecho de que la experiencia de las imágenes arquetípicas y míticas se vea siempre hoy desde la perspectiva del propio autodesarrollo, de la autorrealización, a veces también de la autoestabilización, delata el punto de vista del ego.

Lo que aprendemos de nuestra discusión es que no debemos mirar un símbolo de forma abstracta, aislado de la condición particular del mundo en el que está inmerso. Este es un gran error que cometemos fácilmente los junguianos: uno sólo ve la semántica y es ciego para la sintaxis. Uno se abstrae del carácter de la época, de la verdad de la época, y se fija únicamente en el motivo mítico desnudo en sí mismo, en la mera ocurrencia fáctica de imágenes, símbolos o patrones de comportamiento míticos. Uno se muestra rápidamente impresionado por su indudable cualidad «arquetípica», por su obvia correspondencia con impresionantes paralelos de antiguos mitologemas, y cree que sólo esto demuestra que se está tratando con un mito genuino. Pero es sólo el mito abstracto, la forma mítica descarnada. Por supuesto, en nuestra época es fácil ser ciego a la abstracción de esta llamada «experiencia mítica» porque el símbolo abstracto sirve de estímulo para que uno genere dentro de sí mismo un sentimiento (igualmente abstracto), un sentimiento o una atmósfera arquetípica, como en el caso del árbol de Navidad. Cuando estas dos abstracciones, el símbolo formalmente auténtico aquí y el sentimiento intensivo subjetivo allí, se unen, se refuerzan mutuamente; la emoción subjetiva presta su poder a la forma abstracta, ésta presta una reminiscencia de significado a la emoción, y la abstracción de ambas parece simplemente desaparecer. Debido a su vacuidad, las dos abstracciones opuestas se atraen mutuamente como potentes imanes y, por tanto, parecen fundirse en un todo orgánico, en una experiencia numinosa y mítica plena, de modo que al mismo tiempo -aparentemente- su abstracción se anula. Aparentemente, porque en realidad lo que se hace pasar por un todo es y sigue siendo algo pegado artificialmente a partir de dos cosas muertas, una forma abstracta aquí y un sentimiento abstracto allá.

El hecho de que hoy en día no se nos permita mirar un símbolo o un motivo mítico de forma abstracta y deducir sólo de él que todavía estamos ante un mito real, muestra que la situación psíquica del hombre moderno se ha vuelto más compleja y que, como dijo Jung (OC 9ii § 274), «se plantean exigencias mucho mayores al hombre actual que las que se planteaban a los hombres que vivían en la época apostólica» (y, por supuesto, añado, por la misma razón en todos los tiempos verdaderamente premodernos). Antes bastaba con mirar los sueños y las visiones, las estatuas simbólicas y los relatos míticos. No había que tomar conciencia explícita de la propia época. Bastaba con prestar una atención «religiosa» a los contenidos semánticos de la propia experiencia, a las imágenes. ¿Por qué? Porque el carácter de la época, es decir, la constitución lógica del ser del hombre en el mundo, se correspondía plenamente con el carácter mítico, arquetípico, de las imágenes. En la medida en que ambos aspectos no se desmoronaban, en la medida en que no había ninguna diferencia entre ellos, uno no era (ni podía ser) en lo más mínimo consciente del segundo aspecto, la cuestión de la constitución lógica de la conciencia o de la condición del mundo. Uno sólo tenía en cuenta lo que estaba inmerso en el carácter de la época y no necesitaba tomar nota de más. Ese medio, así como el hecho de que las imágenes estuvieran inmersas en un medio o condición anímica, no podía ser visto ni reflejado. En otras palabras, sólo se veían las entidades ónticas, pero no el Ser, sólo la semántica, no la sintaxis. La conciencia del Ser en el que una entidad óntica tiene su lugar es, como siempre, sólo posible cuando la diferencia emerge para la conciencia: cuando la constitución lógica inherente a los objetos y contenidos, por un lado, y la constitución lógica del medio intelectual para cualquier contenido experimentado, por otro, se han desmontado.

Como muestra la cita anterior de Jung, se había dado cuenta de que, sin llamarlo así, una diferencia lógica nos separa de la época apostólica, por ejemplo. Tras la frase parcial citada, el texto continúa,

para ellos [la gente que vivía entonces] no había ninguna dificultad en creer en el nacimiento virginal del héroe y semidiós, y Justino Mártir aún pudo utilizar este argumento en su apología. Tampoco era inaudita la idea de un hombre-Dios redentor, ya que prácticamente todos los potentados asiáticos junto con el emperador romano eran de naturaleza divina. Nosotros, por el contrario, ya ni siquiera tenemos una idea del derecho divino de los reyes. Los relatos milagrosos de los evangelios, que convencían fácilmente a la gente de entonces, serían una petra scandali en cualquier biografía moderna y evocarían lo más contrario a la creencia. La naturaleza extraña y maravillosa de los dioses era un hecho evidente cuando el mito aún estaba vivo… «Hermes ter unus» no era un absurdo intelectual sino una verdad filosófica. Sobre estas bases se pudo construir de forma convincente el dogma de la Trinidad. Para el hombre moderno este dogma es un misterio impenetrable o una curiosidad histórica, preferiblemente esto último. Para el hombre de la antigüedad la virtud del agua consagrada o la transmutación de las sustancias no era en ningún sentido una enormidad… (trad. modificada).

Lo que Jung señala es la perfecta concordancia en la antigüedad entre los contenidos semánticos del mito (y de los símbolos) y la mentalidad o sintaxis general de la conciencia que albergaba estos contenidos y, por el contrario, la ruptura entre ambos en la modernidad. En lo que respecta a su forma lógica, la conciencia en la antigüedad estaba en un nivel con las historias milagrosas contadas en el mito. Por eso no podían ser una petra scandali para la conciencia, sino que eran fácilmente abrazadas como verdades autoevidentes. La conciencia podía integrarlas sin problemas junto con todo su conocimiento de la vida ordinaria y las experiencias de tipo cotidiano. Eran especiales, sin duda, pero precisamente no estaban más allá de toda razón. Eran «verdades filosóficas». Eran intelectualmente aceptables como argumentos, incluso más que aceptables: verdades superiores o más elevadas. Que para nosotros estos milagros sean «escandalosos», que el nacimiento virginal y otros motivos similares nos presenten las mayores «dificultades», que el «Hermes ter unus» sea un «absurdo intelectual»(14) para nosotros, y que la conciencia tenga que forzarse con gran esfuerzo contra la razón para creer en la Trinidad (si es que quiere hacerlo), simplemente resulta de y muestra el hecho de que hemos abandonado lógicamente ese nivel y ahora vivimos muy por encima de él en un nivel de conciencia diferente. Todas estas concepciones, aunque todavía las retenemos fácticamente como contenidos de nuestro conocimiento histórico dentro de la conciencia (Jung dijo que como «curiosidades históricas»), se han convertido, sin embargo, en algo fundamentalmente ajeno a la estructura o forma lógica de la conciencia, verdaderos cuerpos extraños dentro de ella, que la conciencia no puede reconciliar consigo misma sin renunciar a sí misma.

El hecho de que esas viejas ideas sean «curiosidades históricas» para nosotros no es algo malo, no es un error. Es la inocente autoexposición de la diferencia fundamental, incluso de la incompatibilidad, entre esos antiguos contenidos de conciencia y todos los demás contenidos de conciencia ordinarios e intelectualmente aceptables y, por tanto, la autoexposición del hecho de que nuestra conciencia contiene dos pisos dentro de sí misma, el piso «inferior» del antiguo nivel de conciencia representado por esos contenidos obsoletos o «curiosidades históricas» y el piso «superior» de la conciencia moderna. Nuestra conciencia es «superior», no tanto porque esté por encima de la antigua forma de conciencia, sino porque es una conciencia de dos pisos frente a la conciencia de un solo piso de antaño, que podía colocar lo milagroso sin fisuras junto a lo ordinario en un mismo nivel de conciencia.

Por supuesto, Jung fundamentó y positivizó la moderna diferencia interna de la conciencia entre las «curiosidades históricas», por un lado, y todos los contenidos intelectualmente aceptables, por otro, como una diferencia externa radical entre la «conciencia» y lo que él llamó «el inconsciente» o «el inconsciente colectivo». Esperaba dar así a esas curiosidades históricas una nueva dignidad casi «ontológica» propia, pero tuvo que pagar por esta maniobra el caro precio de introducir una escisión axiomática, una disociación. La psicología imaginal, por el contrario, intentó resolver el problema de otra manera, a saber, simulando, en el nivel moderno de la conciencia, una nueva conciencia de un solo piso que puede, sin más, sentirse a gusto con las imágenes míticas y ver sin esfuerzo los acontecimientos de la vida actual en función de ellas. El precio que tuvo que pagar por esta visión armoniosa fue triple, en primer lugar, una negación de la incontrovertible discrepancia histórica, de la muerte de los dioses y de la obsolescencia de los contenidos míticos, en términos lógicos, una negación de la negación; en segundo lugar, una estetización y poetización, una reducción de los contenidos míticos a las metáforas, a la retórica, a «lo imaginal»; y, en tercer lugar, una moralización, una escisión entre un mundo purificado «sólo anímico» de las imágenes como algo que se dice que tiene alma y el mundo técnico típicamente moderno como «lo que no tiene alma».» Lo imaginal tiene la conciencia moderna abstracta no por así decirlo verticalmente «por encima» de sí misma, como el «inconsciente colectivo» de Jung, sino más bien horizontalmente, aunque sólo como rechazo, fuera y frente a sí misma, en un mismo plano con lo imaginal.

Está claro que con nuestra situación de conciencia de dos pisos, como había dicho Jung, efectivamente «se plantean al hombre actual exigencias mucho mayores que las que se planteaban a los hombres de la época apostólica». Pero también hay que suponer que ni a la manera de Jung, con su disociación entre conciencia e inconsciente, ni a la manera de la psicología imaginal, con su estetización de las «curiosidades históricas», se han cumplido o se pueden cumplir realmente estas exigencias mucho mayores. Ambas vías recurren a trucos para evadir el problema sin satisfacer realmente esas exigencias mayores.

Sea como fuere, hoy nos vemos obligados a tomar nota de la discrepancia histórica, y todos lo hemos hecho ya y lo hacemos inevitablemente, nos guste o lo sepamos o no: a saber, en forma de un mudo sufrimiento fáctico de nuestro tiempo. Es un sufrimiento por la pérdida de sentido, por la falta de hogar «metafísico» en el mundo, por el aislamiento fundamental como individuo moderno, por el sentimiento de alienación. Muy a menudo intentamos eludir la necesidad de reconocer conscientemente esta discrepancia, es decir, de apreciarla y reflexionar sobre ella. El sufrimiento fáctico, como una emocionalización de lo que es realmente una verdad, como el empuje de una verdad a la esfera meramente subjetiva de los sentimientos y su archivamiento allí, es, al igual que el acting-out, una formación de compromiso y sirve como defensa. Es sólo una reflexión implícita: la reflexión tiene lugar, pero todavía se mantiene en el viejo escenario y punto de vista de una conciencia aparentemente todavía intacta, como no más que un factor doloroso perturbador dentro de esta última, mientras que el verdadero telos de la reflexión sería superar este escenario. A esta reflexión no se le permite todavía volver plenamente a la conciencia, liberarse en su verdad y convertirse así en reflexión explícita. Si esto hubiera sucedido, se habría convertido en un nuevo estatus lógico, el nuevo escenario en el que la conciencia se situaría entonces de hecho y desde el que, como su punto de vista real, experimentaría lo que experimenta.

Sin embargo, independientemente de si el reflejo se mantiene y se aparta en un sentimiento especial como mero contenido (además de otros numerosos contenidos) dentro del antiguo estatus de la conciencia o si se ha liberado en su propia y verdadera naturaleza y se ha convertido así en el carácter total de un nuevo escenario para cualquier contenido de la experiencia, una cosa está clara: la diferencia se ha experimentado de una vez por todas y, por tanto, se ha producido la ruptura del tiempo; todo ha terminado con el mito. Porque el mito presupone una relación ininterrumpida entre el hombre y la naturaleza, entre la constitución del ser-en-el-mundo del hombre en la época en cuestión y la constitución lógica de los contenidos arquetípicos de la experiencia, de modo que dentro de lo que es una presencia natural, sensorial, está presente lo no sensorial, inteligible infinito y arquetípico. Como personas que han sido alcanzadas por la diferencia psíquica (anímica) hemos abandonado ese estatus de conciencia para el que sólo podría haber todavía mito y símbolos reales (no meramente sublimados que se han convertido en formaciones históricas o estéticas abstractas). Lo que acabo de decir es una descripción de la situación en términos de la pérdida que experimentamos. La formulación positiva sería: es nuestra tarea en el estatus de la reflexión (en ella como etapa fundamental de la conciencia y en la forma que le corresponde) determinar nuestra relación con la vida y con el mundo de una manera completamente nueva y aprender a tomar nuestra posición en esa relación. Los símbolos y los mitos ya no pueden ser una realidad presente para nosotros, sino sólo una presencia histórica.

El árbol de Navidad como símbolo está obsoleto porque en el medio sensorial ha tenido lugar un desarrollo técnico que, visto psicológicamente, convierte el objeto sensorial del árbol de Navidad inevitablemente en algo histórico, una especie de pieza de museo. Tanto en el árbol de Navidad como en la tecnología de iluminación que prevalece en la vida cotidiana tenemos una clara documentación de la sublación del lado sensorial del símbolo. Cuando el lado sensorial del símbolo está obsoleto (el árbol iluminado) o alienado (la tecnología de la iluminación) y en cualquiera de los casos existe simplemente como un símbolo sublimado, entonces esto no sólo hace que el portador específico de la expresión simbólica (la luz de las velas) y el símbolo específico (el árbol de Navidad) sean obsoletos, sino también el símbolo en general, la condición de la posibilidad del mito y del símbolo como tal. Por eso he dicho que el árbol de Navidad iluminado es el símbolo de la obsolescencia del «símbolo» como tal. Lo sensorial ya no puede ser en sí mismo una expresión auténtica y válida del significado intelectual y espiritual. La forma de la imagen como tal es la que, en lo que respecta al significado mítico, se ha quedado absolutamente sin trabajo, sin función: precisamente porque la imagen, la forma sensorial, se ha convertido hoy en algo absolutamente funcional. La imagen es hoy un medio para un fin, no un fin en sí mismo. Esto resulta cierto incluso en psicología, donde las imágenes tienen la función técnica (por supuesto no reconocida) de proporcionar una experiencia significativa.

Se podría decir que la funcionalización de la imagen es patológica. Tal vez sea así. Pero esto no significa mucho. No altera el hecho de que la imagen ya no puede ser el medio de una manifestación de significado mítico. En la funcionalización total de la imagen -por un lado, al inundarnos de imágenes publicitarias con fines de marketing y, por otro lado, al inundarnos de imágenes televisivas con fines de infoentretenimiento- nos presentamos constantemente de forma objetiva a la sublimación de lo sensorial-imaginal, es más, incluso a la continua destrucción de algo como el Sinn-Bild, la imagen significativa, por no mencionar aquí el fenómeno de la digitalización de las imágenes y la posibilidad que conlleva de su manipulación. La publicidad y la televisión son la demostración visible de la reductio ad absurdum de la imagen en la medida en que se supone que la imagen como algo sensorial tiene al mismo tiempo un significado.

Si acaso, entonces un portador de sentido sólo podría ser en estas circunstancias algo así como el «otro sol» de Paul Gerhardt, en oposición explícita al sol sensorial, al que como fenómeno natural se le ha dicho que se vaya. Sin embargo, el sol que Gerhardt tenía en mente tampoco es ya accesible para nosotros, porque está superado. Su sol, su Jesús, seguía brillando en la interioridad de su corazón. Pero vivimos en la época de la wahrgemacht, del cristianismo realizado, del cristianismo convertido en objetivo. El otro sol de Paul Gerhardt hace tiempo que brilla para nosotros objetivamente «ahí fuera», es decir, como luz eléctrica. Y por esta misma razón ya no proporciona subjetivamente el sentido y ya no tiene la forma de la religión, y mucho menos del mito, precisamente porque la verdad cristiana, así como su expresión ulterior, la luz de la Ilustración europea, se han convertido en objetivas en la luz eléctrica, de modo que la verdad cristiana ha llegado a un estado en el que está completamente libre de cualquier necesidad de fe personal y realización subjetiva.

En la superación técnica de la luz de las velas en el árbol de Navidad podemos ver pars pro toto el fenómeno lógico-psicológico que determina toda nuestra situación anímica: la tecnificación fundamental y, por tanto, la sublación de la naturaleza en su forma sensorial. Una a una, toda la naturaleza como «dada naturalmente» está siendo lógicamente destruida y se nos devuelve sólo como una naturaleza literalmente alterada tecnológicamente o como una que sólo puede ser preservada o protegida a través de la tecnología y es en este sentido lógicamente tecnificada. La naturaleza ya no es natural por naturaleza. Ya es «otra», ya es en sí misma reflexión. El sentido de la tecnología no es sólo pragmático, de «progreso técnico» y de alivio de la vida. También (y yo diría: predominantemente(15)) tiene un sentido psíquico (anímico) en el contexto del opus magnum alquímico que es la historia del alma. La mayor parte de las veces no vemos el lado anímico de este proceso. Por eso solemos pensar con toda seriedad que la tecnología sirve a nuestros fines prácticos, que existe por nuestro bien y que también debería estar ahí para nuestro beneficio. Esto es ego-psicológico. Sin embargo, su verdadero propósito es un propósito del alma. Lo que tomamos como propósito de la tecnología es sólo el pedazo de azúcar con el que el entrenador entrena a su caballo. La técnica es la forma en que se produce una transformación psíquica objetiva, es decir, una transformación del alma objetiva. El sentido psicológico de la ciencia y de la técnica -el sentido del opus anímico al que nos referimos bajo estos dos nombres- no es otra cosa que la destrucción de la apercepción ingenua de lo sensorial y natural, mediante la transformación objetiva de la naturaleza visible en forma pictórica en algo que siempre se refleja. Dicho de otro modo, la meta del opus magnum del alma a la que hoy nos vemos expuestos es la anulación de la intuición (Anschauung) y la imaginación como órganos de la experiencia del sentido. Siempre que la conciencia no se abstraiga de su situación real y se embrutezca (lo que, por supuesto, siempre es posible), hay un punto en el que todavía puede haber una verdadera manifestación. Pero lo que todavía hoy puede ser objeto de tal experiencia (es decir, lo que puede percibirse como un símbolo o una realidad mítica) ya no es ninguna cosa o acontecimiento sensorial individual (como el árbol de Navidad); el objeto individual ya no es por sí mismo un fainómeno (algo que se manifiesta, muestra, se revela). Más bien, un fenómeno en el verdadero sentido que todavía puede ser intuido es ahora sólo el conjunto, sólo esta única realidad: la sublación lógica de lo sensorial per se, de todo el mundo natural. Quien tiene ojos para ver puede percibir este phainomenon pars pro toto ejemplificado en el árbol de Navidad así como en otros mil «fenómenos» individuales de nuestra época. (Por supuesto, son los ojos de la mente los que «ven» aquí, es decir, piensan, no los ojos literales del cuerpo).

Lo que se ve evidentemente en nuestro ejemplo del árbol de Navidad es que el símbolo del nacimiento de la luz a partir de la más profunda oscuridad ha sido contrariado. Hace tiempo que ha sido superado infinitamente, de modo que el árbol de Navidad iluminado apunta ahora a la dirección inversa, a la de la regresión, a la penumbra de la conciencia. La progresión, el nacimiento y la intensificación de la luz tienen lugar en otro lugar: en la ciencia y la tecnología. La progresión, podemos decir por extensión, ha emigrado de la religión, del cristianismo. El cristianismo se ha superado a sí mismo como religión, ha progresado más allá de sí mismo, y por lo tanto se ha dejado a sí mismo como religión (como algo que tiene la forma de religión, o en la medida en que todavía intenta tener la forma de religión); junto con todos sus símbolos religiosos se ha dejado a sí mismo como antigüedades del alma en forma de museo.

Jung dijo una vez (CW 18 § 279): «Mi problema es luchar con el gran monstruo del pasado histórico, la gran serpiente de los siglos, la carga de la mente humana, el problema del cristianismo». Si retomamos por ahora sólo la imagen de la serpiente de esta cita, podemos decir que la serpiente ha mudado de piel; ha dejado atrás la forma de su existencia como religión como una piel sin vida y una envoltura muerta y, como serpiente viva, está ahora trabajando en algún lugar totalmente distinto.

Ya dije anteriormente, en vista de la percepción de la obsolescencia técnica del árbol de Navidad iluminado con velas, que, si acaso, sólo la bomba atómica detonada podría ser una expresión adecuada del nacimiento de la luz de la noche del mundo. Por mucho que este contraste pueda ayudarnos a percibir claramente la obsolescencia del símbolo navideño, es imposible que ahora, después de nuestra extrapolación de lo que podría realizarse del árbol de Navidad a la situación general de los símbolos, sigamos manteniendo este punto de vista. La cuestión no es precisamente que tengamos que elegir entre diversas cosas o acontecimientos sensoriales, los apropiados frente a los inapropiados, los correctos frente a los incorrectos, los obsoletos frente a los que «funcionan». Especialmente la bomba atómica deja perfectamente claro que incluso el medio o portador sensorial más extremo ya no podría tener ninguna potencia mítica o simbólica. El hecho es que la bomba atómica al explotar sólo destruiría físicamente, pero no iluminaría espiritual y psicológicamente. No, lo imaginal como tal se ha vuelto incapaz de expresar directamente el sentido o la verdad. Hemos sido expulsados del paraíso de la intuición y la imaginación y, de acuerdo con la idea de que «se nos plantean exigencias mucho mayores», nos encontramos remitidos al pensamiento, al Concepto.

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POSDATA 2008

Del hecho mismo de que el árbol de Navidad nos depare esta particular lección podemos extraer incluso una lección adicional de importancia metodológica general para la psicología. Lo explicaré comenzando con un comentario personal. Antes de desarrollar las ideas que se exponen en este artículo, yo era un gran admirador de Jung y, por lo tanto, aceptaba sus enseñanzas como una simple verdad de forma acrítica. En otras palabras, me había identificado bastante con las ideas de Jung y, por tanto, también con sus interpretaciones arquetípicas de los símbolos, como la del árbol de Navidad. La primera versión de este trabajo de 1984 marcó la primera instancia de mi emancipación de esta identidad inconsciente con las ideas de Jung. Mientras la identidad persistiera, me acercaría por norma a los fenómenos psíquicos con la intención metodológica de ver el arquetipo en funcionamiento en ellos, o, con la intención de la psicología arquetípica de Hillman de verlos «en términos de los dioses». El significado arquetípico de los símbolos y, para el caso, de todos los fenómenos psíquicos se daba por sentado. En retrospectiva, queda claro que esto fue una seria desventaja metodológica. Porque sólo entonces, en 1984, cuando me desprendí de esta fijación, me sentí de repente libre para ver el Árbol de Navidad con el telón de fondo de su propio contexto en la realidad moderna. Antes, esto había sido imposible. La teoría de los arquetipos o de «los Dioses» había ocupado el lugar del telón de fondo sobre el que debía verse cualquier fenómeno individual. En otras palabras, había sido inherente al enfoque metodológico que yo llegara a cualquier fenómeno aportando un telón de fondo estereotipado ya hecho (la teoría arquetipal) que le imponía, desplazando y sustituyendo así su propio contexto.

La teoría arquetipal, utilizada de este modo, era un prejuicio, un prejuzgamiento. Suministraba de una vez por todas un marco, un mismo marco («el arquetipo no tiene edad y está siempre presente»), en el que a priori se entendía que encajaba cualquier fenómeno. No se permitía que los fenómenos vinieran con su propio telón de fondo, su propio contexto. Esto equivalía a verlos sólo de forma aislada, obligándolos a aparecer como contenidos sin edad que flotan libremente, desvinculados de su contexto social, cultural, histórico (su Sitz im Leben): a ser abstracciones. Con las palabras prejuicio y prejuzgamiento no estoy criticando la teoría de los arquetipos como tal. Lo que critico es la creencia en esta teoría, el haberse identificado con ella de modo que uno envuelve rutinariamente en ella cualquier objeto de estudio como si fuera su telón de fondo evidente. Es el uso de la teoría arquetipal y de la teoría de los dioses como ideología.

Una «psicología en términos de los dioses» y de los arquetipos eternos es también un prejuicio en otro sentido metodológico. La psicología debe ser, estricta y exclusivamente, una psicología en términos del alma. «Ningún hombre puede servir a dos amos». Una «psicología en términos de los dioses», es decir, una psicología que quiere interpretar los fenómenos psíquicos (nuestros síntomas, sueños, ideas, fantasías) en términos de los dioses, se caracteriza por tener lealtades divididas. Funciona y se compromete con dos principios explicativos o axiomas separados, su propia raíz-metáfora, «alma», por un lado, y «dioses», por otro. Los dioses, como estructuras invariables e intemporales, se establecen lógicamente como algo dado para el alma («Son los señores de sus reinos del ser», «El alma no puede ser, excepto en uno de sus patrones. Toda la realidad psíquica se rige por una u otra fantasía arquetípica, sancionada por un Dios»(16)), algo lógicamente externo a su propia esfera de jurisdicción. Están literalmente pre-subpuestos al alma, y debido a este desalojo de la noción de alma misma están lógicamente literalizados e hipostasiados (aunque empíricamente puedan ser «imaginados»). Dado que tal psicología opera con algo («dioses») de lo que no puede dar cuenta en términos de su propia metáfora raíz, el alma, sino que simplemente tiene que dar por sentado, sus «dioses» son factores irracionales, incluso milagrosos,(17) para ella y tienen, dentro de su teorización, el estatus de mistificaciones. Esto es también lo que hace que tal posición psicológica sea ideológica.

Por el contrario, sin negar en absoluto la importancia esencial de los dioses para el alma, una psicología exclusivamente anímica concebiría a los dioses como si fueran ellos mismos («sólo») fenómenos psíquicos, ciertamente primordiales, pero sin embargo al mismo nivel que los demás fenómenos psíquicos. Son productos de la actividad fantasiosa o de la autoexpresión del alma y, como fenómenos de su propia hechura, también de su propia propiedad. Como tales, los dioses no están exentos sino que tienen su lugar en la vida lógica del alma. Por eso los dioses tienen sus tiempos particulares en la historia y por eso mueren de vez en cuando, como dijo Jung (OC 9i § 22). Es un requisito para una verdadera psicología poder dar cuenta de los dioses en términos de su metáfora raíz, el hacer del alma misma. Y se puede dar cuenta de ellos porque no son suprafenómenos, no son un fundamentum inconcussum para el alma en términos de los cuales todos los demás fenómenos psíquicos podrían ser, y tendrían que ser, interpretados.

Al rechazar la creencia en los dioses e insistir en la mera imaginación de los mismos, la psicología arquetipal admite de algún modo su condición de fenómenos anímicos y quiere verlos como internos al alma. Pero al concebirlos como los señores gobernantes de toda la realidad psíquica, señala y prioriza como principios absolutamente irreductibles ciertos fenómenos particulares de toda la gama de la fenomenología histórica del alma, estableciéndolos como gobernantes intemporales, universales y absolutos sobre todos los fenómenos psíquicos. La psicología arquetipal está en el nivel literal ciertamente correcto cuando afirma que su «preocupación no es el renacimiento de la religión». Pero psicológicamente o lógicamente conserva la postura religiosa, creyente, y es su verdadera, aunque involuntaria preocupación el rescate de la misma. No la ha superado en absoluto, no ha destronado a los dioses, vistos a través de ellos como productos históricos de la propia alma, sino que simplemente se ha «tragado» y, por lo tanto, ha «puesto entre paréntesis» el modo religioso -encapsulado, camuflado, suspendido, convertido en prácticamente intrascendente- para, de este modo, proporcionarle un asilo psicológico seguro durante una época -la modernidad- que ha superado psicológicamente a la religión y a algo como los dioses. Porque psicológicamente, es decir, para el alma, no hay gran diferencia si se adora ostensiblemente a los dioses (o al Dios) en el modo de la religión o se asegura su supervivencia en el retiro bien camuflado de una teoría abiertamente no teológica y racional que, sin embargo, en su interior declara que «los dioses nunca están muertos» y que el alma no puede estarlo, salvo en uno de sus patrones. En cualquier caso, el alma religiosa de antaño consigue psicológicamente lo que quiere. La visión de la psicología arquetípica tiene que aplicarse a sí misma.

La lección de meta-nivel que la lección del árbol de Navidad en sí mismo tiene para nosotros es que cada vez que queremos estudiar un fenómeno psíquico, en lugar de buscar invariablemente un mito, un dios o un arquetipo adecuado, tenemos que mirar de cerca no sólo a este fenómeno en sí mismo, sino también buscar su propio telón de fondo, es decir, permitir que este telón de fondo nos sea dado de forma fresca por el fenómeno real en cuestión. Un fenómeno es lo que no es por sí mismo y fuera de contexto (in abstracto), del mismo modo que una palabra significa lo que significa sólo en y en virtud de la frase concreta (¡y de la situación vital!) en la que se produce. El estatus lógico de la conciencia, la sintaxis del modo específico de ser-en-el-mundo en un momento histórico dado, es por tanto parte intrínseca de la esencia de cualquier fenómeno psíquico o símbolo en sí mismo.

El uso ideológico de las teorías de los arquetipos y de «lo imaginario» tampoco es psicológico. Los fenómenos psicológicos se definen como si tuvieran todo lo que necesitan dentro de sí mismos, incluso el telón de fondo contra el que tienen que ser vistos. Por supuesto, esto no es una afirmación ontológica, sino una máxima metodológica. Con la expectativa a priori de encontrar un arquetipo o «Dios» en cualquier fenómeno dado, éste se subsume bajo una premisa externa, un programa. Curiosamente, en la época arcaica esto era diferente. Avant la lettre, los fenómenos ya eran, en efecto, «psicológicos» en el sentido dado, en la medida en que nadie se acercaba a ellos con el deseo de ver en ellos arquetipos o dioses. Por el contrario, (ciertos) fenómenos se mostraban espontáneamente como epifánicos.

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1 La idea central de este artículo se presentó por primera vez en un breve discurso en el C.G. Jung-Institut de Stuttgart en 1984, se publicó en el Institutsbrief nº 2 (1985), y se amplió a la longitud actual en 1997 como un capítulo de un manuscrito (inacabado) sobre el significado y el papel del mito en la actualidad.

2 Georg Gerster, Entrevista «C.G. Jung und der Weihnachtsbaum» (en: Die Weltwoche [Zürich], Navidad de 1957), reimpresa en la traducción inglesa «Jung and the Christmas Tree» en William McGuire y R.F.C. Hull (eds.), C.G. Jung Speaking, Londres (ed. Picador, Pan Books) 1980, p. 333 (trad. modif.).

3 C.G. Jung Speaking tiene «acto ritual irreflexivo», p. 332.

4 «A priori significativo» = preñado de significado.

5 Traducción modificada. Cursiva añadida según la descripción casi idéntica en Erinnerungen, Träume, Gedanken, p. 270. Un informe similar aparece en CW 18 § 551, otro algo más breve en la citada entrevista de Gerster sobre el árbol de Navidad, op. cit. p. 330s.

6 Entrevista de Gerster, op. cit. p. 331.

7 Thomas HARDY, The Return of the Native, Harmondsworth (Penguin Books) 1978, p. 178.

8 Para el término «esotérico» de Jung en relación con el mito y el símbolo, véase CW 6 § 816, CW 18 § 632. Cf. MDR p. 332: «Uno ni siquiera entiende que un mito está muerto si ya no vive y se desarrolla más» (traducción modificada).

9 En su contribución a la discusión, en: Robert G. Hammerton-Kelly (Hg.), Violent Origins, Stanford (Stanford Univ. Press) 1987, p. 187.

10 Esta formulación ya es inexacta porque procede de una situación postritualista y postmitológica. Para ese tipo de hombre que vivía en un mundo constituido mitológica y ritualmente, no necesitaba ningún «debe aumentar – debe disminuir». Se encontraba, como decía Jung, a priori como una mera «ocurrencia posterior» en el ritual, que era lo realmente real.

11 Aquí no voy a entrar en ese otro aspecto importante del árbol de Navidad, a saber, que hoy en día para la conciencia pública el árbol de agujas, amenazado por el waldsterben, difícilmente puede ser un garante evidente de la vida eternamente verde. Por supuesto, es posible que la conciencia siga albergando subjetivamente esta idea, pero entonces, como árbol que sólo es, en opinión de uno, el garante de una vida siempre verde, sólo sería un signo. Un símbolo, por el contrario, tiene que ser la verdadera y mejor expresión posible (no de la opinión o el sentimiento subjetivo de uno, sino) de algo que todavía no puede, o nunca podrá, expresarse de otra manera. Obviamente, un árbol de Navidad artificial de plástico, fabricado industrialmente, fácilmente desmontable y reutilizable cada año, difícilmente puede ser un símbolo evidente de la vida que se renueva por sí misma.

12 CW 6 § 816, cursiva tomada del original alemán.

13 «Gelassen stieg die Nacht ans Land, / Lehnt träumend an der Berge Wand, / Ihr Auge sieht die goldne Waage nun / Der Zeit in gleichen Schalen stille ruhn; / Und kecker rauschen die Quellen hervor, / Sie singen der Mutter, der Nacht, ins Ohr / Vom Tage, / Vom heute gewesenen Tage. // …» (Tranquilamente la Noche ascendió a la tierra. Se apoya soñadoramente en la ladera de la montaña. Su ojo ve ahora las doradas escamas del tiempo tranquilamente equilibradas en el descanso. Y los manantiales se precipitan, cantando al oído de su madre, la Noche, el día, el día que acaba de ser. …)

14 O «un misterio impenetrable», que en realidad es lo mismo que un «absurdo intelectual». Ambas denominaciones expresan el hecho de que el contenido en cuestión es absolutamente indigerible, inintegrable para la conciencia, pero en un caso se da a este hecho una interpretación benévola, que es posible porque la naturaleza inaceptable del contenido ha sido puesta entre paréntesis y encajada de forma segura en la palabra (casi se podría decir: metalenguaje) «misterio», mientras que la otra interpretación es brutalmente honesta porque la conciencia en este caso se expone directamente a la experiencia de este contenido. Lo mismo que sobre el «misterio» podría decirse de otra palabra popular para designar tales contenidos: «paradoja».

15 Posiblemente incluso de forma exclusiva. Es muy posible que el aliciente a través del alivio que aporta la tecnología no sea más que el espadín con el que pescar la caballa, es decir, aquello con lo que se ceba a la humanidad para que se adentre en un camino de desarrollo psíquico que tiene lugar a través de la tecnificación. Creemos que lo hacemos para nuestros fines y beneficio, mientras que en realidad somos instrumentalizados para los fines del alma, fines que de ninguna manera son idénticos a los nuestros.

16 James Hillman, Re-Visioning Psychology, New York et al. (Harper & Row: 1975), p. 169 y ss.

17 «Personas limítrofes numinosas», ibídem, p. 169.

La escuela arquetipal

Traducciones

Michael Vannoy Adams, EE. UU.

Publicado en Soul and The Cambridge Companion to Jung, Spring Publications, EE. UU., 1982, pp. 107-124.

Traducido por Alejandro Chavarria

Jung, sobre los arquetipos y las imágenes arquetípicas

Aunque Jung llamó a su escuela de pensamiento «psicología analítica», podría haberla llamado con igual justificación «psicología arquetipal». Ningún otro término es más básico para el análisis junguiano que el de «arquetipo»; sin embargo, ningún otro término ha sido fuente de tanta confusión en su definición. Parte de la razón es que Jung definió «arquetipo» de diferentes maneras en diferentes momentos. A veces, hablaba de los arquetipos como si fueran imágenes. A veces, distinguía con mayor precisión entre los arquetipos como formas inconscientes desprovistas de cualquier contenido específico y las imágenes arquetípicas como los contenidos conscientes de esas formas. 

Tanto Freud como Jung reconocieron la existencia de arquetipos, que Freud denominó «esquemas» filogenéticos (1918/1955), o «prototipos» filogenéticos (1927/1961). Desde el punto de vista filosófico, Freud y Jung eran estructuralistas neokantianos que creían que las categorías hereditarias de la psique informan imaginativamente la experiencia humana de forma típica o esquemática. Freud (1918/1955) alude a Kant cuando dice que los esquemas filogenéticos son comparables a «las categorías de la filosofía» porque «se ocupan del asunto de «colocar» las impresiones derivadas de la experiencia real.» Afirma que el complejo de Edipo es «uno de ellos» -evidentemente uno entre muchos- «el más conocido» de los esquemas. Describe las circunstancias en las que un esquema puede ejercer una influencia dominante sobre la experiencia: 

Cuando las experiencias no encajan en el esquema heredado, se remodelan en la imaginación, un proceso que podría seguirse con mucho provecho en detalle. Son precisamente estos casos los que están calculados para convencernos de la existencia independiente del esquema. A menudo podemos ver cómo el esquema triunfa sobre la experiencia del individuo. (p. 119)

Según Jung (1976/1977), el complejo de Edipo «fue el primer arquetipo que descubrió Freud, el primero y el único». Afirma que Freud creía que el complejo de Edipo «era el arquetipo», cuando, en realidad, «hay muchos arquetipos de este tipo» (Jung, 1946/1977 pp. 288-289). Al igual que Freud, Jung (CW 11, pp. 517-518) sostiene que los arquetipos son «categorías análogas a las categorías lógicas que están siempre y en todas partes presentes como postulados básicos de la razón», excepto que son «categorías de la imaginación«. 

Muchos no junguianos creen erróneamente que lo que Jung entiende por arquetipos son ideas innatas. Jung rechaza expresamente cualquier noción de este tipo. Los arquetipos son potencialidades puramente formales, categóricas, ideacionales, que deben ser actualizadas experiencialmente. Según Jung (CW 10), sólo son «posibilidades innatas de ideas». Dice explícitamente que los arquetipos son «similares a las categorías kantianas». Aunque los arquetipos «no producen ningún contenido por sí mismos, dan forma definitiva a contenidos que ya han sido adquiridos» a través de la experiencia (CW 10, pp. 10-11). Jung (CW 15, p. 81) insiste en que los arquetipos no determinan el contenido de la experiencia, sino que limitan la forma de la misma, «dentro de ciertas categorías». Los arquetipos son una herencia colectiva de formas generales y abstractas que estructuran la adquisición personal de contenidos particulares y concretos. «Es necesario señalar una vez más», dice Jung (CW 9.1, p. 79), «que los arquetipos no están determinados en cuanto a su contenido, sino sólo en cuanto a su forma y entonces sólo en un grado muy limitado.» Un arquetipo «está determinado en cuanto a su contenido sólo cuando se ha hecho consciente y, por tanto, se ha llenado con el material de la experiencia consciente.» Por contenido, Jung entiende las imágenes. Los arquetipos, como formas, no son más que posibilidades de imágenes. Lo que se experimenta conscientemente -y luego se imagina- está informado inconscientemente por los arquetipos. Un contenido, o una imagen, tiene una forma arquetípica o típica. 

Un ejemplo concreto puede aclarar la distinción entre arquetipos e imágenes arquetípicas. Si Herman Melville nunca hubiera estado en condiciones de adquirir ninguna experiencia directa o indirecta de una ballena, nunca podría haber escrito Moby-Dick. Melville no podría haber heredado esa imagen específica. Sin embargo, podría haber escrito una gran novela americana sobre la experiencia arquetípica, o típica, de ser (o sentirse) psíquicamente engullido («tragado» o «devorado») y luego haber imaginado esa misma forma a través de otro contenido muy diferente. Jung (CW 5, p. 419) dice que el complejo «Jonás y la ballena» tiene «cualquier número de variantes, por ejemplo la bruja que se come a los niños, el lobo, el ogro, el dragón, etc.». El arquetipo es un tema abstracto (el engullimiento), y las imágenes arquetípicas (la ballena, la bruja, el lobo, el ogro, el dragón, etc.) son variaciones concretas de ese tema. 

James Hillman y la psicología arquetipal 

Lo que ahora se conoce como la escuela de «psicología arquetipal» fue fundada por James Hillman con otros junguianos en Zúrich a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970. La escuela surgió como reacción a lo que consideraban supuestos metafísicos innecesarios en Jung y a la aplicación complaciente y memorística de los principios junguianos. Hillman prefiere considerar la psicología arquetipal no como una «escuela» sino como una «dirección» o un «enfoque» (comunicación personal, 9 de septiembre de 1994). La psicología arquetipal es una psicología post junguiana (Samuels, 1985), una elaboración crítica de la teoría y la práctica junguianas después de Jung. La psicología post junguiana ha sido «tomada en serio en los últimos treinta años», dice Christopher Hauke (2000, p. 8), «en gran parte debido al trabajo del analista junguiano estadounidense James Hillman». Aunque ahora hay muchos psicólogos arquetipales, Hillman sigue siendo el más destacado de ellos. 

La escuela arquetipal rechaza el sustantivo «arquetipo», aunque mantiene el adjetivo «arquetipal». Para Hillman (1983), la distinción entre arquetipos e imágenes arquetípicas, que Jung considera comparables, respectivamente, al noúmeno y al fenómeno kantianos, es insostenible. Según él, todo lo que los individuos encuentran psíquicamente son imágenes, es decir, fenómenos. Hillman es un fenomenólogo o un imagista: «Simplemente sigo el camino imagista, fenomenológico: tomar una cosa por lo que es y dejarla hablar» (p. 14). Para la escuela arquetípica, no hay arquetipos como tales, ni categorías neokantianas, ni noumena. Sólo hay fenómenos, o imágenes, que pueden ser arquetipales

Para Hillman, lo arquetípico no es una categoría, sino una consideración, una operación de perspectiva que un individuo puede realizar sobre cualquier imagen. Así, Hillman (1977, pp. 82-83) dice que «cualquier imagen puede ser considerada arquetipal». Lo arquetipal es «un movimiento que uno hace más que una cosa que es». Considerar una imagen arquetipal es considerarla como tal, desde una determinada perspectiva, dotarla operativamente de tipicidad -o, como prefiere decir Hillman, de «valor». Así, desde el punto de vista de la perspectiva, cualquier individuo puede «arquetipalizar» cualquier imagen. El mero hecho de considerarla así la convierte en tal -o, como dice Hillman (1975/1979), el mero hecho de ponerla en mayúsculas la convierte en tal- como en la «Muchacha quemada por el sol» (p. 63). En efecto, la escuela arquetipal abraza lo que Jung intenta (nunca, admite, que lo logre del todo) evitar – es decir, lo que él (CW 9.1, p. 59) llama «concretismo metafísico». Jung dice que «cualquier intento de descripción gráfica» de un arquetipo sucumbe inevitablemente al concretismo metafísico «hasta cierto punto», porque el aspecto cualitativo «en el que aparece se aferra necesariamente a él, de modo que no puede ser descrito en absoluto sino en términos de su fenomenología específica.» Las cualidades descriptivas concretas se aferran de forma bastante evidente a un arquetipo como la Gran Madre (de forma menos evidente a un arquetipo como el Anima, que es más abstracto) – como también lo hacen con la Muchacha Quemada por el Sol. La mayoría de los junguianos serían reacios a dignificar a la Muchacha Quemada por el Sol como si tuviera el mismo estatus que la Gran Madre, o incluso a considerar la imagen como «arquetípica». Cuando Hillman pone en mayúsculas a la Muchacha Quemada por el Sol, considera que la imagen es arquetípica, típica o valiosa. No plantea ni infiere la existencia metafísica de arquetipos anteriores a las imágenes. Para los psicólogos arquetipales, cualquier imagen, incluso la más aparentemente banal, puede considerarse arquetipal. 

Este uso postjunguiano y postestructuralista del término «arquetipal» es controvertido. La mayoría de los junguianos mantienen el término «arquetipo» y siguen definiéndolo como lo hizo Jung. Un analista junguiano, V. Walter Odajnyk (1984), critica a Hillman por adoptar el nombre de «psicología arquetipal». Según Odajnyk, Hillman debería haber llamado simplemente a la escuela «psicología imaginal» para evitar una ambigüedad terminológica innecesaria. «La psicología arquetipal», dice Odajnyk (1984, p. 43), «suena como si estuviera basada en los arquetipos de Jung, cuando en realidad no lo está». Esta crítica es convincente para los junguianos que siguen siendo estructuralistas estrictos. No es convincente para los psicólogos arquetipales, ya que creen que lo arquetipal, o lo típico, está en el ojo del imaginador, o en el ojo de la imaginación. En cierto sentido, lo arquetipal está en el ojo del observador -el sujeto que contempla una imagen-, pero también está, en otro sentido, en el ojo de la imaginación, una dimensión trascendente que los psicólogos arquetipales consideran en última instancia irreductible a cualquier facultad inmanente en el sujeto. 

Re-imaginar la psicología y adherirse a la imagen

El ojo de la imaginación es una imagen decisiva para Hillman, que puede revisar -o, como él dice, «re-visionar» [La traducción al español del texto fue “Re-imaginar”]- el análisis junguiano. Las conferencias Terry de Hillman en la Universidad de Yale en 1972 se publicaron con el título Re-Visioning Psychology. Para los psicólogos arquetípicos, el análisis no es sólo una «cura del habla», sino también una «cura del ver», que valora lo visual al menos tanto como lo verbal. La visión ha sido una imagen dominante en el análisis desde Freud (o desde la ceguera de Edipo), pero Hillman (1975, p. 136) ha hecho hincapié no en «ver en» sino en «ver a través de», con lo que se refiere a la capacidad del ojo de la imaginación para ver a través de lo literal a lo metafórico. Revisar es desiteralizar (o metaforizar) la realidad. Según Hillman, el propósito del análisis no es hacer consciente el inconsciente, el ego del id o el yo del ego, sino hacer metafórico lo literal, lo real «imaginal». El objetivo no es inducir a los individuos a ser más realistas (como en el «principio de realidad» freudiano) sino permitirles apreciar que «la imaginación es la realidad» (Avens, 1980) y que la realidad es imaginación: que lo que parece más literalmente «real» es, de hecho, una imagen con implicaciones metafóricas potencialmente profundas. 

Hillman emplea «psicología imaginal» como sinónimo de «psicología arquetipal». Como para Hillman la imaginación es la realidad, prefiere «imaginal» a «imaginario», que connota peyorativamente «irreal». Adopta el término «imaginal» de Henry Corbin (1972), un eminente estudioso del Islam. Según Hillman, lo imaginal es tan real como (o incluso más inmediatamente real que) cualquier realidad externa. Esta posición es idéntica a la actitud que Jung estipuló para la práctica de la «imaginación activa», la inducción deliberada de la actividad imaginativa en el inconsciente. Activar la imaginación, imaginar activamente, requiere que el individuo considere las imágenes que surgen como si fueran autónomas e iguales en estatus ontológico a la realidad externa. Hillman aplica este método a todas las imágenes, no sólo a las que surgen en la imaginación activa. La psicología imaginal se basa en lo que Adams (2004) llama el «principio de la fantasía». 

El lema de la psicología imaginal es «adhiérete a la imagen», un mandato que Hillman (1975/1979) atribuye a Rafael López-Pedraza (p. 194). Evidentemente, este dictamen se inspira en Jung (CW 16, p. 149), quien dice: «Para comprender el significado del sueño debo ceñirme lo más posible a las imágenes oníricas». Apegarse a la imagen es adherirse al fenómeno (en lugar de, digamos, asociarse libremente a él, como sugiere Freud). Para Freud, la imagen no es lo que manifiestamente parece ser. Es latentemente otra cosa. Para Jung y para Hillman, la imagen es precisamente lo que parece ser, y nada más. Para expresar lo que pretende, la psique selecciona una imagen especialmente apta de entre todas las imágenes disponibles en la experiencia del individuo para servir a un propósito metafórico muy específico. En la psicología imaginal, la técnica de análisis conlleva la proliferación de imágenes, la adhesión estricta a estos fenómenos y la especificación de cualidades descriptivas y metáforas implícitas. El método evoca cada vez más imágenes y anima al individuo a adherirse atentamente a estos fenómenos a medida que van surgiendo, con el fin de proporcionar descripciones cualitativas de los mismos y elaborar después las implicaciones metafóricas que hay en ellos. Como analista, un psicólogo imaginario debe ser un imagista, un fenomenólogo y un metaforista. 

Imagen, objeto, sujeto

La psicología imaginal no es una psicología de relaciones de objeto. Para Hillman, las imágenes no son reducibles en ningún sentido a los objetos de la realidad externa. La imaginación no es secundaria y derivada, sino primaria y constitutiva. Una imagen no deriva necesariamente de un objeto de la realidad externa, ni se refiere a él, ni se corresponde exacta o exhaustivamente con él. De hecho, puede que no haya ningún objeto. Como dice la psicóloga imaginal Patricia Berry (1982, p. 57): «Con la imaginación cualquier cuestión de referente objetivo es irrelevante. Lo imaginal es bastante real a su manera, pero nunca porque se corresponda con algo exterior». Para los psicólogos imaginales, la discrepancia entre imagen y objeto es simplemente un hecho ineliminable de la existencia humana. 

Jung (CW 6) defiende una posición similar cuando habla de las imágenes psíquicas o «imagos» y de lo que llama interpretación en el nivel subjetivo. Ontológicamente, afirma que «la imagen psíquica de un objeto nunca es exactamente como el objeto». Epistemológicamente, sostiene que los factores subjetivos condicionan la imagen y «hacen extraordinariamente difícil un conocimiento correcto del objeto». Como consecuencia, dice, «es esencial que la imago no sea asumida como idéntica al objeto». Por el contrario, siempre es aconsejable «considerarla como una imagen de la relación subjetiva con el objeto». El objeto simplemente sirve como un «vehículo» conveniente para transmitir factores subjetivos (CW 6, pp. 472-473). Por ejemplo, cuando Jung interpreta un sueño en el nivel subjetivo, considera las imágenes del sueño no como referencias a objetos de la realidad externa, sino como correlativos de aspectos de la personalidad del soñador, el sujeto. 

Hillman (1975/1979) protesta contra lo que considera un énfasis desmesurado en la subjetividad. No cree que la incongruencia entre la imagen y el objeto sea simplemente una función de factores subjetivos. Al igual que los psicólogos imaginales no reducen las imágenes a objetos de la realidad externa, tampoco las reducen a aspectos de la personalidad del sujeto. Para Hillman, la imaginación es verdaderamente autónoma, trascendente al sujeto. Complementa el nivel subjetivo con un nivel transubjetivo. Esta noción es, por supuesto, también incipiente en Jung, que distingue el inconsciente personal del inconsciente colectivo o transpersonal. Ocasionalmente, Jung (CW 7, p. 98) emplea la expresión «transubjetivo» precisamente en este sentido. Según Hillman, la subjetividad es problemática porque es muy posesiva. El sujeto tiende ingenuamente a creer que todas las imágenes le pertenecen porque aparentemente se originan en él. Para Hillman (1983/2004a), sin embargo, estas imágenes vienen al sujeto y a través de él desde la imaginación – desde lo que él llama el «mundus imaginalis«, la dimensión transubjetiva de la imaginación (p. 15). 

Relativización frente a compensación 

Para Jung, el propósito del análisis es la individuación del ego en relación con el yo (o el «Self», como la mayoría de los junguianos prefieren ponerlo en mayúsculas para estipularlo como un arquetipo). En este proceso es fundamental lo que Jung (CW 6) llama «compensación». Según Jung, la función del inconsciente es plantear perspectivas alternativas que compensen las actitudes parciales, prejuiciosas, defectuosas, inadaptadas o disfuncionales del ego. En este proceso, no sólo lo que está reprimido o disociado, sino también lo que el ego ignora o descuida, es compensado por el inconsciente. El inconsciente repara lo que el ego excluye u omite de la consideración. El análisis ofrece así una oportunidad para la integración de la psique, mediante la compensación del ego por el inconsciente y la individuación del ego en relación con el Sí-mismo. 

A diferencia de Jung, Hillman considera que el propósito del análisis es la «relativización» del ego por la imaginación. La imaginación relativiza, o descentra radicalmente, al ego – demuestra que el ego, también, es una imagen, ni la única ni la más importante, sino simplemente una entre muchas igualmente importantes. Por ejemplo, cuando el ego aparece como una imagen en los sueños o en la imaginación activa, se tiende inmodestamente, incluso con arrogancia, a presumir que es la totalidad (o al menos el centro) de la psique, cuando en realidad es sólo una parte de ella. Demostrar la relatividad de todas las imágenes es, en efecto, empequeñecer (no humillar) al ego. Es desenmascarar los engreimientos del ego. Desde esta perspectiva, el objetivo del análisis no es la integración del psiquismo (mediante la compensación del ego por el inconsciente y la individuación del ego en relación con el yo) sino la relativización del ego (mediante la diferenciación de la imaginación). En este sentido, la psicología imaginal no es definitivamente una psicología del ego. Según Hillman (1983, p. 17), no se esfuerza por «fortalecer» el ego, sino que busca, en cierto sentido, «debilitarlo», es decir, desacreditar las pretensiones del ego. 

La imaginación contra la interpretación

Muchas imágenes que aparecen en sueños o en la imaginación activa son personificaciones. Jung (1963) cuenta cómo dos personificaciones, a las que llamó Elías y Salomé, se le aparecieron en la imaginación activa. Según Jung, las imágenes personificaban dos arquetipos: el Anciano Sabio (Logos) y el Anima (Eros). Inmediatamente reduce estas personificaciones a categorías a priori. Sin embargo, luego expresa una importante reserva: «Se podría decir que las dos figuras son personificaciones de Logos y Eros. Pero tal definición sería excesivamente intelectual. Es más significativo dejar que las figuras sean lo que eran para mí en ese momento, es decir, eventos y experiencias» (Jung, 1963, p. 182). En lugar de intelectualizar las personificaciones, Jung dice que prefiere experimentarlas tal como son, es decir, las considera como si fueran personas reales. Las involucra en una conversación, en el proceso dialógico que la psicóloga imaginal Mary Watkins (1986) describe maravillosamente en Invisible Guests: The Development of Imaginal Dialogues. En Waking Dreams (1976/1984), Watkins presenta una amplia historia de las técnicas imaginativas, entre las que destaca la imaginación activa. 

Hay, pues, dos tendencias en Jung: una, intelectual; la otra, experiencial. Hillman enfatiza sistemáticamente la segunda sobre la primera. Lo hace porque considera que los conceptos son demasiado generales, demasiado abstractos, en contraste con las imágenes (entre ellas, las personificaciones), que son particulares y concretas. El método fenomenológico de la psicología imaginal no es un método interpretativo, o «hermenéutico». Según Hillman (1983), la hermenéutica es ineludiblemente reduccionista. Define la interpretación como una conceptualización de la imaginación. Es decir, la interpretación implica la reducción de imágenes particulares a conceptos generales (por ejemplo, la reducción de una imagen concreta de una mujer en un sueño al concepto abstracto del Anima). Para Hillman (1983, p. 51), la interpretación no se ciñe a la imagen sino que interfiere en la «inteligibilidad de los fenómenos» intrínseca. No es en absoluto el único que defiende la fenomenología en lugar de la hermenéutica. Por ejemplo, la crítica cultural Susan Sontag (1967) también está «en contra de la interpretación», exactamente por la misma razón que Hillman: porque es una intelectualización de la experiencia, lo que ella llama «la venganza del intelecto sobre el mundo» (Sontag, 1967, p. 7). En resumen, Hillman no es un hermeneuta, sino un imagista, o fenomenólogo, que se ciñe a la imagen, se adhiere al fenómeno, y se niega rotundamente a interpretarlo, o a reducirlo a un concepto. 

Por ejemplo, en contraste con Jung (CW 9.1, p. 18), que dice: «El agua es el símbolo más común para el inconsciente». Hillman (1975/1979) advierte contra la interpretación de «cuerpos de agua en los sueños, por ejemplo, bañeras, piscinas, océanos, como ‘el inconsciente'» (p. 18). Insta a los individuos a atender fenomenológicamente al «tipo de agua en un sueño» (p. 152), es decir, a la especificidad de las imágenes concretas. Una psicología hermenéutica reduce las aguas plurales, las diferentes imágenes concretas (bañeras, piscinas, océanos), a un «agua» singular y luego a un concepto abstracto, el «inconsciente». La psicología imaginal valora la particularidad de todas las imágenes por encima de la generalidad de cualquier concepto. A diferencia de Freud (1933/1964), que dice que el análisis recupera la tierra (el ego) del mar (el id), Hillman no es un niño holandés que mantiene un dedo en el dique, sino un analista que prefiere experimentar el Zuider Zee imaginariamente en lugar de intelectualizarlo conceptualmente, o interpretarlo reduccionistamente. Las aguas en los sueños o en la imaginación activa pueden ser tan diferentes como los ríos lo son de los charcos. Estas aguas pueden ser profundas o poco profundas; pueden ser transparentes u opacas; pueden estar limpias o sucias; pueden fluir o estancarse; pueden evaporarse, condensarse, precipitarse; pueden ser líquidas, sólidas o gaseosas. Las cualidades descriptivas que exhiben son tan increíblemente diversas que son potencialmente infinitas, al igual que las implicaciones metafóricas. 

Multiplicidad

Para Hillman (1975), el autor más atroz del reduccionismo junguiano es Erich Neumann, quien reduce una vasta multiplicidad de imágenes concretas de lo femenino a una unidad, el concepto abstracto de la Gran Madre (o lo femenino). Tal operación es un procedimiento groseramente arbitrario que reduce las diferencias significativas a una identidad especiosa. No sólo los junguianos, sino también los freudianos, perpetran una reducción tan fácil. Hillman (1975, p. 8) dice: «Si las cosas largas son penes para los freudianos, las oscuras son sombras para los junguianos». No es sólo que (como podría decir Freud) una cosa larga es a veces sólo una cosa larga – o una cosa oscura a veces sólo una cosa oscura. Es que hay muchas «cosas» largas y oscuras muy diferentes -es decir, muchas imágenes muy diferentes- y no son reducibles a un concepto idéntico. En la controversia filosófica sobre lo uno y lo múltiple, la psicología imaginal valora la multiplicidad sobre la unidad. Es López-Pedraza (1971, p. 214) quien articula más sucintamente esta posición. Invierte la formulación habitual de que la unidad contiene la multiplicidad y propone, en cambio, que «lo múltiple contiene la unidad de lo uno sin perder las posibilidades de lo múltiple». 

Los psicólogos imaginales creen que la personalidad es fundamentalmente múltiple, más que unitaria. En cierto sentido, no hay personalidad, sólo personificaciones que, cuando los analistas las consideran como si fueran personas reales, asumen el estatus de personalidades autónomas. Cuando Hillman defiende la relatividad de todas las personificaciones, podría parecer que aprueba irresponsablemente el trastorno de personalidad múltiple (o «trastorno de identidad disociativo», como lo denomina ahora el Manual Diagnóstico y Estadístico). Hillman (1983/2004a) dice, de hecho: «La personalidad múltiple es la humanidad en su condición natural». Considerar la multiplicidad de la personalidad como «una aberración psiquiátrica» o como un fracaso en la integración de las «personalidades parciales» es simplemente una prueba de un prejuicio cultural que identifica erróneamente una personalidad parcial, el ego, con la personalidad como tal (p. 62). La definición de trastorno de personalidad múltiple implica que las personificaciones han sido literalizadas en lugar de metaforizadas y que la imaginación ha sido disociada en lugar de diferenciada. No sólo los psicólogos imaginales hacen hincapié en las personificaciones. El psicólogo de relaciones objetales W. R. D. Fairbairn (1931/1990) presenta un caso en el que un individuo sueña cinco personificaciones: el «niño travieso», el «yo» y el «crítico» (que Fairbairn asocia, respectivamente, con el id, el ego y el superego), así como la «niña» y el «mártir». Aunque Fairbairn afirma que el trastorno de personalidad múltiple es el resultado de una identificación extrema con las personificaciones, también dice, muy al estilo de Hillman, que dichas personificaciones son tan frecuentes en el análisis que «deben considerarse, no sólo como características, sino como compatibles con la normalidad» (Fairbairn, 1931/1990, pp. 217-219). 

Politeísmo frente a monoteísmo 

En consonancia con este énfasis en la multiplicidad, Hillman (1971/1981) aboga por una psicología politeísta en lugar de monoteísta. Según Hillman, la religión (o la teología) influye en la psicología. Históricamente, las tres religiones monoteístas -el judaísmo, el cristianismo y el islam- han reprimido sistemáticamente a las religiones politeístas. El judaísmo y el cristianismo no sólo han privilegiado a un dios por encima de muchos dioses (y diosas), a los que han despreciado como demonios, sino que también han privilegiado una conceptualización abstracta de ese único dios. El Islam ha sido igual de intolerante: un dios, sin imágenes. Para Hillman (1983), el cristianismo ha tenido un impacto especialmente nocivo en la psicología. Critica en particular al cristianismo fundamentalista, porque ha sido el más puritano e iconoclasta. Dado que el fundamentalismo ha considerado la imagen de forma literal en lugar de metafórica, ha condenado todo el imaginario como idolatría. Entre los practicantes de la psicología imaginal, David L. Miller, profesor de religión, es quien ha elaborado de forma más convincente la perspectiva politeísta en The New Polytheism: Rebirth of the Gods and Goddesses (1974/1981). 

Desde la perspectiva de la psicología imaginal, una de las razones por las que la psicología del ego parece tan atractiva es porque es muy compatible con los principios de la religión monoteísta. Es una psicología monista que valora un concepto unitario y abstracto, el ego, por encima de las imágenes múltiples y concretas. En cambio, la psicología imaginal tiene una orientación politeísta (o pluralista). No es una religión sino estrictamente una psicología. No rinde culto a los dioses y diosas. Los considera metafóricamente, como hizo Jung (CW 10, p. 185) – como «personificaciones de fuerzas psíquicas». Según Jung (CW 13), los dioses y diosas aparecen como «fobias, obsesiones y demás», «síntomas neuróticos» o «enfermedades». Como dice, «Zeus ya no gobierna el Olimpo, sino el plexo solar, y produce curiosos especímenes para la consulta del médico, o desórdenes en los cerebros de políticos y periodistas que, sin saberlo, sueltan epidemias psíquicas en el mundo» (CW 13, p. 37). Casi todos los ejemplos que los psicólogos imaginales citan de dioses y diosas son griegos. Justifican, o racionalizan, esta selectividad sobre la base de que el análisis es históricamente de origen europeo y que los dioses y diosas griegos son singularmente dominantes en ese contexto continental particular. Sin embargo, para que la psicología imaginal aspire a una psicología multicultural integral adecuada a las preocupaciones contemporáneas sobre la diversidad étnica, tendrá que incluir finalmente una amplia gama politeísta de dioses y diosas de todo el panteón mundial. 

Mitología 

Históricamente, el análisis ha tenido un interés especial en la mitología. A diferencia del análisis freudiano, la psicología imaginal no emplea los mitos simplemente con fines confirmatorios. Para Freud, el mito de Edipo es importante porque cree que confirma independientemente el descubrimiento -y la verdad teórica- del complejo de Edipo. Freud considera el complejo como algo primario, el mito como algo secundario. La psicología imaginal invierte este orden de prioridad. Por ejemplo, Hillman (1975/1979) dice que «el narcisismo no da cuenta de Narciso» (p. 221n.) Es una falacia reducir el mito de Narciso a un «complejo de Narciso» – o a un «trastorno narcisista de la personalidad». Nosológicamente, dice Hillman (1983, p. 81), el narcisismo confunde «el subjetivismo autoerótico con uno de los mitos más importantes y poderosos de la imaginación.» La psicología imaginal expresa una preferencia definida por los modos de discurso «literarios» sobre los «científicos». Según Hillman (1975, p. xi), la base misma de la psique es «poética» – o mitopoética. 

Sin embargo, Hillman critica lo que Jung llama el «mito del héroe». Lo que es potencialmente peligroso de este mito es la tendencia del ego a identificarse con el héroe y, por tanto, a representar el papel del héroe de forma agresiva y violenta. En contraste con lo que Hillman (1975/1979) llama el «ego imaginal» (p. 102) -un ego que reconocería modestamente que no es más que una imagen entre muchas otras imágenes igualmente importantes- el «ego heroico» asume arrogantemente el papel dominante y relega todas las demás imágenes a papeles subordinados. Las demás imágenes existen para servir a los propósitos del ego heroico, que puede entonces prescindir de ellas o deshacerse de ellas mediante la agresión y la violencia. El ego heroico, dice Hillman, «insiste en una realidad con la que puede lidiar, a la que puede apuntar con una flecha o a la que puede golpear con un garrote», porque «literaliza lo imaginal» (p. 115). En este relato, Hillman es culpable del mismo reduccionismo que critica en otros, pues el «héroe» es sólo un concepto abstracto, no una imagen concreta. Diferentes héroes tienen diferentes estilos. No todos son idénticos. Algunos son notablemente no agresivos y no violentos. Como dice Joseph Campbell (1949), el héroe tiene mil caras diferentes. 

Hillman (1989/1991) es más impresionante cuando revisa el mito de Edipo para volver a verlo. Según él, el mito de Edipo informa inconscientemente el propio método de análisis. Hay un «método de Edipo», así como un complejo de Edipo. Hillman no es el único analista que ha criticado las implicaciones metodológicas del mito de Edipo. Por ejemplo, el psicólogo del Self Heinz Kohut (1981/1991) sostiene que, en la medida en que el análisis aspira a ser algo más que una mera psicología anormal, el mito de Edipo es metodológicamente inadecuado. Se pregunta cómo habría sido el análisis si se hubiera basado en otro mito paterno-filial -por ejemplo, el mito de Odiseo-Telémaco- en lugar del mito de Layo-Edipo. Si Freud hubiera basado el análisis en el complejo de Telémaco en lugar del complejo de Edipo, sostiene Kohut, el método de análisis habría sido radicalmente diferente. Según Kohut, es la continuidad intergeneracional entre el padre y el hijo lo que «es normal y humano, y no las luchas intergeneracionales y los deseos mutuos de matar y destruir -por más que con frecuencia, e incluso de forma omnipresente, podamos encontrar rastros de esos productos de desintegración patológica de los que el análisis tradicional nos ha hecho pensar como una fase normal del desarrollo, una experiencia normal del niño» (Kohut, 1981/1991, p. 563). 

Hillman (1989/1991), sin embargo, es un crítico mucho más radical del mito de Edipo en la teoría y la práctica psicoanalítica tradicional que Kohut. Para él, la dificultad radica en que el mito de Edipo ha sido el único mito, o al menos el más importante, que los analistas han empleado con fines de interpretación. Según Hillman, el mito demuestra que la ceguera es el resultado de la búsqueda literalista del insight. El análisis ha sido un método ciego. El analista, un Tiresias que ha alcanzado el discernimiento después de haber sido cegado, imparte el discernimiento a un Edipo, el analizado, que luego es cegado. Este mito ha proporcionado al análisis un solo modo de investigación: el método de la perspicacia heroica que conduce a la ceguera. Hillman sostiene que si el análisis empleara otros mitos además del mito de Edipo, muchos mitos diferentes con muchos motivos diferentes -por ejemplo, Eros y Psique («amor»), Zeus y Hera («generatividad y matrimonio»), Ícaro y Dédalo («vuelo y artesanía»), Ares («combate, ira y destrucción»), Pigmalión («mímesis donde el arte se convierte en vida a través del deseo»), Hermes, Afrodita, Perséfone o Dionisio – entonces los métodos de análisis serían muy diferentes y mucho más fieles a la diversidad de la experiencia humana (Hillman, 1989/1991, pp. 139-140). La psicóloga imaginal Ginette Paris en Pagan Meditations (1986) y Pagan Grace (1990) es quizás el exponente más elocuente de esta diferenciación metodológica. 

Wolfgang Giegerich (1999) ha criticado la base mitológica de la psicología imaginal. En lugar de una psicología de la imagen basada en el mito, Giegerich aboga por una psicología del alma basada en la «lógica» (en el sentido filosófico distintivamente hegeliano de la palabra). Afirma que el mundo de la tecnología electrónica y de la información moderna -con el ordenador, Internet y el ciberespacio- es radicalmente diferente del mundo de la mitología antigua. «Para hacer justicia a nuestro mundo moderno», sostiene Giegerich (1999, p. 175), «no podemos recurrir a ninguna figura o patrón mitológico antiguo». Sostiene que una psicología basada en la mitología es obsoleta. Giegerich dice que «el punto mismo del ‘ego moderno’ (así como de la ciencia) es haber roto fundamentalmente con el mito como tal, es decir, con todo el nivel de conciencia en el que la experiencia verdaderamente mítica era factible» (Giegerich, 1999, p. 219). Adams (2001) sostiene, sin embargo, que los «dioses» y las «diosas» están vivos y bien, que la realidad psíquica contemporánea sigue siendo una realidad mítica, y que el inconsciente es fundamentalmente un «inconsciente mitológico». 

El alma en el mundo y el hacer alma

 La psicología imaginal es una psicología del alma más que una psicología del ego. Tal como Hillman (1964, p. 46) emplea el término «alma», se trata de «un concepto deliberadamente ambiguo» que desafía la definición denotativa. «Alma», por supuesto, es evocador de numerosos contextos religiosos y culturales. Hillman (1983, p. 128) señala que los afroamericanos introdujeron la palabra «alma» en la cultura popular. En la psicología imaginal, sin embargo, el término tiene una serie de connotaciones bastante específicas, las más importantes de las cuales son quizás la vulnerabilidad, la melancolía y la profundidad. Hillman (1983, p. 18) rechaza el ego fuerte, maníaco y superficial y aboga por un alma que reconozca lo débil, lo depresivo y lo profundo. «El alma», dice, «no está dada, tiene que hacerse». A tal efecto, Hillman (1975, p. ix) cita a Keats: «Llama al mundo, si te place, ‘El valle del hacer alma’. Entonces descubrirás la utilidad del mundo». Esto es una alusión al «alma-mundo» neoplatónico, o anima mundi, que Hillman traduce como «alma-en-el-mundo». El hacer alma en el mundo conlleva una profundización de la experiencia, en la que el ego se rebaja y se mantiene. En lugar de un ego que desciende a las profundidades inconscientes sólo para ser individuado en relación con el Sí-mismo y luego asciende a la superficie consciente, Hillman aboga por un ego que desciende a las profundidades imaginales -y permanece allí- para ser animado en un alma. Al igual que Jung, Hillman subraya que «ánima» significa «alma». En este sentido, el propósito del análisis no es la individuación sino la animación. El psicólogo imaginal Thomas Moore ha popularizado esta psicología del alma en Care of the Soul (1992) y Soul Mates (1994), al igual que Hillman en The Soul’s Code (1996). 

La psicología imaginal subraya que no sólo los individuos tienen alma, sino que el mundo tiene alma, o que los objetos materiales del mundo tienen alma. En contraste con el dualismo sujeto-objeto de Descartes, que afirma que sólo los «seres» humanos tienen alma, Hillman (1983) sostiene -lo dice metafóricamente, por supuesto- que las «cosas» no humanas también tienen alma. En efecto, la psicología imaginal es una psicología «animista». En contraste con la noción convencional de que el mundo es sólo materia «muerta», que los objetos materiales (no sólo los naturales, sino también los culturales, o artefactos) son inanimados, Hillman (1983, p. 132) insiste en que están animados, o «vivos». Quiere decir que no sólo los individuos sino también los objetos tienen una cierta «subjetividad», que las cosas tienen un cierto «ser». Según Hillman, el mundo no está muerto, pero tampoco está bien: está vivo pero enfermo. Es la actitud mortífera (en lugar de vivificante, llena de alma o animizante) del dualismo cartesiano sujeto-objeto hacia el mundo lo que lo ha enfermado. En lugar de analizar sólo a los individuos, Hillman recomienda que la psicología imaginal analice el mundo, o los objetos materiales en él, como si también fueran sujetos. Desde esta perspectiva, el mundo necesita terapia al menos tanto como los individuos. La psicología imaginal se ha convertido así en una psicología «ambiental» o «ecológica». Los analistas han tendido a ignorar o descuidar lo que Harold F. Searles (1960) llama el «entorno no humano». Una excepción a esta regla es el psicólogo imaginal Michael Perlman, que aborda la cuestión en The Power of Trees: The Reforesting of the Soul (1994). 

Activismo social y político 

La psicología imaginal convoca a los individuos a comprometerse con el mundo y a asumir una responsabilidad social y política. Uno de los ensayos más importantes que ha escrito Hillman se refiere a una cuestión social y política aparentemente insoluble: el sesgo de la supremacía blanca. Hillman (1986, p. 29) sostiene que los dilemas presuntamente debidos al «fanatismo étnico», aunque no son imposibles de alterar, son «fundamentalmente difíciles de modificar» porque la propia noción de supremacía es «arquetípicamente inherente a la propia blancura». Cita pruebas etnográficas de África para demostrar transculturalmente que no sólo los blancos sino también los negros tienden a considerar los colores «blanco» y «negro» como, respectivamente, superiores (o buenos) e inferiores (o malos). En On Human Diversity (1993), el crítico cultural Tzvetan Todorov también sugiere que el racismo puede persistir, en parte, «por razones que tienen que ver con el simbolismo universal: las parejas blanco-negro, luz-oscuridad, día-noche parecen existir y funcionar en todas las culturas, con el primer término de cada pareja generalmente preferido» (Todorov, 1993, p. 95). Tanto Hillman como Todorov se preguntan por qué el racismo parece resistirse tan obstinadamente a los esfuerzos sociales y políticos serios para erradicarlo, y ofrecen una explicación similar: la proyección inconsciente de un factor arquetípico, o universal, una valoración sobre el color (blanco-luz-día en oposición a negro-oscuridad-noche) sobre las personas. Según Hillman, el problema es que los racistas son literalistas que confunden irracionalmente la realidad física con la psíquica y aplican erróneamente la oposición de color blanco-negro con fines prejuiciosos y discriminatorios. Para abordar eficazmente esta dificultad y aminorar el racismo, sostiene que será necesario replantear (desiteralizar o metaforizar) la espuria lógica de oposición que emplean los supremacistas blancos. Desde esta perspectiva, el racismo es un fracaso de la imaginación, un ejemplo especialmente pernicioso de la falacia del literalismo. Adams aborda directamente la cuestión del racismo en el sentido blanco-negro en The Multicultural Imagination: «Race,» Color, and the Unconscious (1996). 

Robert Bosnak es quizás el más activo social y políticamente de los psicólogos imaginales. En Christopher’s Dreams: Dreaming and Living with AIDS (1989/1997), ha interpretado todo el diario de sueños de un cliente que sufrió y murió a causa del virus de la inmunodeficiencia humana. Ha organizado tres conferencias internacionales sobre el tema «Facing Apocalypse»: la primera, sobre la guerra nuclear (Andrews et al., 1987); la segunda, sobre la catástrofe medioambiental; la tercera, sobre el carisma y la guerra santa. En The Sacrament of Abortion (1992), Paris también ha aplicado la psicología imaginal a una cuestión social y política contemporánea. La guerra bien puede ser la cuestión social y política por excelencia. Hillman ha publicado un importante ensayo (1987) y un libro (2004b) sobre el «amor a la guerra», una actitud que la aprueba y la romantiza como algo heroico y perfectamente normal, con terribles consecuencias. 

Postestructuralismo, postmodernismo

La psicología imaginal es una escuela postestructuralista y posmoderna que tiene importantes afinidades tanto con la psicología semiótica de Jacques Lacan como con la filosofía deconstructiva de Jacques Derrida. Tanto Hillman como Lacan aborrecen la psicología del ego, y ambos descentran radicalmente el ego. El «imaginario» de Lacan es similar (aunque en absoluto idéntico) al «imaginal» de Hillman. Paul Kugler (1982/2002, 1987) afirma que el «imaginario» de Lacan es también similar a la «imago» de Jung. Adams (1985/1992) sostiene que lo que Hillman entiende por «re-visión» es comparable a lo que Derrida entiende por «deconstrucción». Tanto Hillman como Derrida critican la lógica metafísica que opone la imagen (o significante) al concepto (o significado) y que privilegia a este último sobre el primero. 

La institucionalización de la psicología arquetípica

Aunque hay institutos junguianos que forman y certifican a los analistas para que ejerzan profesionalmente, no hay ningún «Instituto Hillman». Spring Publications, una editorial de la que Hillman es propietario, ha publicado muchos libros de psicología arquetípica. Ahora ha comenzado a publicar la «Uniform Edition of the Writings of James Hillman». Durante muchos años, también publicó Spring, una revista de psicología arquetipal. Esa revista se publica ahora en una imprenta diferente, Spring Journal Books. El London Convivium for Archetypal Studies publicó varios números de Sphinx: A Journal for Archetypal Psychology and the Arts. En 1992 se celebró un «Festival de Psicología Arquetipal en honor a James Hillman» en la Universidad de Notre Dame. El Pacifica Graduate Institute de Santa Bárbara destaca la psicología arquetipal en los programas de grado de psicología clínica, psicología profunda y estudios mitológicos, y ha creado un archivo que contiene los manuscritos, cartas y otros documentos de Hillman. El Instituto de Humanidades y Cultura de Dallas también hace hincapié en la psicología arquetipal en los programas que ofrece. 

La psicología arquetipal existe desde hace menos de medio siglo, pero en ese tiempo ha prestado un importante servicio. Ha proporcionado una perspectiva crítica «revisionista» del análisis junguiano. Quizás la contribución más significativa de la psicología arquetipal es el énfasis en la imaginación, tanto cultural como clínicamente. En este sentido, la psicología arquetipal ha revisado la propia imagen del análisis junguiano tradicional. 

Referencias

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Monedas y cambio psicológico

Traducciones

Russell A. Lockhart, EE. UU.

Publicado en Soul and Money, Spring Publications, EE. UU., 1982, pp. 7-30.

Traducido por Alejandro Chavarria

Cuando era niño, solía desaparecer en el armario de mi habitación. Tras cerrar la puerta, encendía una linterna cubierta de plástico azul y empezaba a desmontar lo que mi madre llamaba «un montón de trastos». Eran juguetes viejos, libros, papeles y ropa. Lo que mi madre no sabía -lo que nadie en todo el mundo sabía- era que ese montón de trastos era un elaborado camuflaje que servía para esconder un secreto. Mi secreto era una vieja caja de cerillas de la cocina llena de monedas de plata -nickels, dimes y cuartos-. Desenterraba estas monedas y en esa extraña luz azul empezaba a imaginar. Imaginaba grandes riquezas y abundancia. Conocí el significado de un asunto plutónico. Pero más que las riquezas, la contemplación de los objetos plateados excitaba mi imaginación en general. Las monedas tenían un fuerte efecto generador. Se dice que el dinero engendra dinero. Pero entonces supe que el dinero engendra mundos imaginarios. También sabía que engendrar tenía algo que ver con el sexo. Todavía no era consciente de la curiosa relación entre gastar sexualmente, gastar energía, gastar tiempo y gastar dinero. O aún con los problemas de ahorrar sexualmente, ahorrar tiempo; ahorrar energía, ahorrar dinero. Entonces, gastaba el tiempo con monedas que nunca gastaría. Estas aventuras imaginarias estimuladas por mis monedas eran mis experiencias más valoradas. De vez en cuando, me despertaba de mis ensoñaciones mi madre aporreando la puerta y queriendo saber qué estaba haciendo. El tacto me impide profundizar en este tema, sólo puedo decir que mis primeras experiencias con la sincronización se produjeron en esos momentos de correspondencia entre las sospechas de mi madre y toda la extensión de mis exploraciones imaginarias.

Una tarde llegué a casa del colegio y con mi habitual entusiasmo fui a por mi armario y mis monedas secretas. Me sorprendió lo que encontré. El suelo del armario estaba desnudo, limpio, barrido. Busqué frenéticamente mis monedas. No pude encontrarlas. Mis monedas secretas habían desaparecido. Fui a la basura pero los botes estaban vacíos. Mis monedas eran tan secretas que no me atrevía a preguntar por ellas. Nunca más volví a mi armario a pasar esas horas imaginando. Algo se rompió en mí con esta pérdida. Poco después, desarrollé un caso grave de sarampión que se convirtió en mastoiditis y fui hospitalizado. Ya entonces relacioné la pérdida de mis monedas secretas con mi enfermedad. El efecto de esta experiencia fue que quise ser médico. Me olvidé de mis monedas. Me olvidé de imaginar. Volví mi atención al mundo y dejé de lado las cosas infantiles. Desde ese momento hasta que estuve en la escuela de posgrado no tuve sueños. Mis monedas, mi imaginación, incluso mis sueños habían desaparecido.

Hace unos meses me vino este sueño:

Estaba sentado frente a mi máquina de escribir. De repente, la máquina de escribir dejó de funcionar. Abrí la tapa y encontré una caja de cerillas en el mecanismo. Abrí la caja de cerillas y estaba llena de monedas. La dejé a un lado, cerré la tapa y seguí escribiendo.

Poco después de este sueño, el Dr. James Hillman me llamó y me presentó una invitación para hablar en el Congreso Internacional de Psicología Analítica sobre el tema del dinero. No sé por qué lo hizo. Puedo asegurar que no tengo ningún conocimiento o sabiduría especial sobre el dinero. Hablar sobre el dinero me parece una enorme inflación. Pero acepté el reto en parte como una forma de honrar el regreso de las monedas de mi infancia.

Me entusiasmó el regreso de mis monedas. Me parecía tan correcto escribir sobre el dinero bajo los auspicios de una imagen que en la infancia me había conectado tanto con la imaginación y el alma y el cuerpo. Pero algo iba mal. Por mucho que lo intentara, no podía escribir. Pasaron meses. Mi máquina de escribir estaba parada. Por supuesto. El sueño había mostrado que las monedas detenían mi máquina de escribir. En mi excitación por las monedas no me había dado cuenta de ello. En el sueño, cuando dejaba las monedas a un lado, podía seguir escribiendo. ¿Pero cómo podía escribir sobre el dinero y dejar de lado las monedas? En el sueño podía hacerlo, pero en la realidad del mundo cotidiano no podía. La llamada de mis monedas era demasiado fuerte.

Lo que sigue, pues, no es un artículo académico sobre la psicología del dinero. Tampoco he intentado una aproximación junguiana al significado del dinero en la práctica analítica o en la vida cotidiana de una manera formal o teóricamente adecuada. Todas estas cosas son, por supuesto, cuestiones vitales para nosotros, dignas de ser perseguidas. Pero aquí, en estas pocas páginas, tengo que seguir el camino de mis monedas, dejando que sean psicopompos una vez más.

En la primavera me fui a Escocia. Había trabajado durante meses para conseguir dinero y no había llegado a nada. Un aprendiz pareció decir más en un comentario humorístico de lo que yo había dicho con todo mi esfuerzo. Dijo: «El dinero es como el sexo: nunca hay suficiente de ambos». Pero seguramente en Escocia encontraría algo sobre el dinero que me liberaría del atolladero en el que me encontraba. Decidí recopilar algunas historias de los antiguos portadores de la tradición en las Tierras Altas Occidentales. Recibí muchas historias, pero ninguna sobre el dinero, aunque escuché un proverbio que excitó algo en mi propia sangre escocesa. Como analista junguiano, suelo centrarme en la redondez de las monedas, en su cualidad mandálica inherente, en su relación con la energía y los valores, y en su imagen del Ser. Este proverbio escocés fue una sacudida para mi perezoso pensamiento. El dinero», dicen los escoceses, «es plano y está hecho para ser apilado». ¡Tan típicamente escocés para notar la característica olvidada y recordar la utilidad de las cosas!

En medio de una oscura tormenta encontré el camino hacia el castillo de Dunvegan, hogar ancestral del clan McCloud en la isla de Skye. Me enfrasqué en una larga charla con un guía del castillo que estaba lleno de historias y encantado de tener un oído dispuesto. Mientras estábamos bajo la famosa bandera de las hadas, le pedí una historia sobre el dinero. Se quedó pensando un rato, miró abatido y dijo que no conocía ninguna. Luego, con un brillo tan élfico como nunca había visto, dijo que tenia una que podría servir. Al parecer, un día la vaca de un granjero se acercó demasiado a uno de los altos acantilados y, al tropezar con unas pequeñas rocas, cayó por el borde. Abajo, en el lago, un pescador pescaba perezosamente en su barca a la deriva. La vaca aterrizó en la barca, destruyéndola por completo y consiguiendo matarse en el intento. Los dos hombres se enzarzaron en una terrible discusión sobre quién tenía la culpa. El dueño de la vaca alegó que si el pescador no hubiera estado tan descuidado a la deriva, la vaca habría caído inofensivamente al agua. El dueño de la barca afirmaba que si el pastor no hubiera sido tan descuidado al dejar a su vaca cerca de la orilla, ésta no habría caído. Al no poder resolver su disputa, llevaron el asunto al jefe. El jefe se vio envuelto en un enorme conflicto y no pudo decidir qué era lo justo. Así que llamó a su sabio -lo que ahora llamaríamos obviamente su analista- y le pidió consejo. Jefe», dijo el analista, «debes pagar a los dos hombres, porque fue la roca de tu terreno la que

no aguantaría y las olas de su lago que llevaron la barca a donde estaba».

Me llamó la atención inmediatamente lo extraordinariamente difícil que es en cuestiones de dinero, que parecen tan caracterizadas por el binomio ganancia y pérdida, tener y no tener, gastar y ahorrar, lo difícil que es encontrar la sabiduría de esa tercera posición.

En este viaje descubrí algo en mis antecedentes ancestrales que parecía curiosamente relacionado tanto con mis intereses en la curación como con mi renovado interés por las monedas. En 1329, un grupo de caballeros escoceses emprendió una cruzada a Tierra Santa. Su líder, Lord Douglas, llevaba al cuello una caja de plata que contenía el corazón de Robert the Bruce, que había trabajado para liberar a Escocia del dominio inglés, pero que había muerto antes de peregrinar a Tierra Santa. Junto a Douglas cabalgaba Sir Symon Locard, que había sido nombrado caballero por Bruce, y a quien se le había confiado la tarea de llevar y custodiar la llave de la caja del corazón. Finalmente, entraron en batalla contra los sarracenos en España. Douglas murió, pero la gallardía de Sir Symon Locard salvó la caja del corazón. Después, para recordar el acontecimiento, el nombre de Locard se cambió por el de »Lockheart», y se acortó finalmente a »Lockhart». Un corazón dentro de un grillete se convirtió en el escudo de armas de la familia con el lema »corda serata pando», que significa «abro los corazones cerrados».

Durante esta batalla, Symon capturó a un príncipe emir de gran riqueza y distinción. Al pagar un cuantioso rescate de oro y plata, a la madre del príncipe se le cayó una joya de su bolsa. Mi astuto antepasado exigió que se incluyera en el rescate. Por supuesto, la madre accedió antes que perder a su hijo y le dijo a Sir Symon que era una antigua piedra curativa, un remedio soberano y sagrado contra todo tipo de males. Durante el reinado de Eduardo IV, la joya, una piedra triangular de color rojo intenso, se montó en una moneda de plata, y desde entonces se conoce como el penique de Lee, en honor al hogar ancestral de los Lockart en la zona de Lee y Carnwath, en el sur de Escocia. En la actualidad, el Lee Penny está en manos de Simon Macdonald Lockhart, actual poseedor de las tierras de Lee, quien amablemente me acogió durante mi reciente visita y me dio la oportunidad de estar a solas con la joya.

Al sostener el penique Lee y admirar la caja de oro hecha para guardarlo, que fue regalada a la familia Lockhart por María Teresa, la emperatriz reina de Austria, me sentí extrañamente excitado y empecé a experimentar un torrente de imágenes intermitentes de cosas que nunca había experimentado antes. La piedra estaba viva. Este talismán, que sirvió de impulso a la novela de Sir Walter Scott, El Talismán, tiene una notable historia de curación y una intrigante manera de ejercer su poder. El ritual para evocar su poder talismán consiste en sumergirlo en el agua con «dos inmersiones y un remolino». Durante este rito no se deben pronunciar palabras. Hablar hace que la piedra quede sin efecto. Este aspecto del rito tuvo un efecto muy curioso en mí, en alguien cuyo trabajo está tan relacionado con la palabra. El agua así tratada puede utilizarse para curar heridas, enfermedades del ganado y todo tipo de cosas, y hay muchos casos registrados de tales efectos. Puedo dar fe del poder inherente a este talismán, pero también recuerdo las palabras de mi anfitrión en su libro sobre la historia de la familia Lockhart: «El orgullo de poseer un amuleto robado a una madre desesperada no es la más gloriosa de las cualidades».1

Pero la naturaleza talismán del Lee Penny me ha perseguido desde que lo tuve en mis manos. Mis intentos de escribir sobre el dinero se atascaban, y mi intensa preocupación por el talismán como amuleto curativo seguía interfiriendo. La imagen de activar su poder sin decir nada seguía dando vueltas en mi psique y casi me dejó mudo. Entonces, por casualidad, me llamó la atención el capítulo 99 de Moby Dick, de Herman Melville.

II

En el palo mayor del Pequod había una moneda de oro, un gran doblón ecuatoriano, el premio por levantar la gran ballena blanca. Era, como cuenta Melville, el talismán de Moby Dick. La imagen me cautivó. También me cautivó una curiosa imagen, la moneda de oro y el penique Lee grabándose juntos. Sabía que la moneda de oro era una imagen del Sí-mismo, al igual que Moby Dick. Pero la asimilación de las imágenes a un concepto del Sí-mismo no era muy atractiva. Encuentro poca vida en esto. Pero a menudo encuentro vida en la conexión entre las imágenes, en la forma en que están vinculadas, en lo que yo llamo el «vínculo del eros» entre las imágenes. En la historia de Melville, las imágenes de la moneda y la ballena están vinculadas a través de la imagen del talismán. Fue este vínculo el que empezó a bailar en mi mente junto con el talismán del clan Lockhart.

Encontré en el magistral comentario del Dr. Edinger sobre Moby Dick una observación emocionante y confirmadora. Dijo de este vínculo que era «una conexión orgánica entre el significado simbólico de la moneda y el de la ballena».2 Para mí, el uso que hizo Edinger de la palabra «orgánico» fue crucial, porque señalaba la calidad viva del vínculo entre la moneda y la ballena. La idea de que la moneda y la ballena eran símbolos del Sí-mismo me resultaba árida porque ya la conocía. Pero la imagen de la moneda como talismán del Sí-mismo era algo que no conocía, y la sentía llena de vida y presagio.

Melville debía conocer la capacidad viva y orgánica del Sí-mismo para envolver los objetos de nuestra experiencia y sus relaciones en la psique. Al escribir sobre la moneda, le dio a esta envoltura un matiz peculiar e intrigante cuando dijo: En la imaginación de Melville, el mundo mismo está revestido de valor, de un significado que «se esconde» en todas las cosas. Fue esta imagen de acecho la que captó para mí la cualidad orgánica viva. Decir que el significado «está al acecho» en todas las cosas conduce de inmediato a esa interioridad metafórica en la que uno puede oír que el significado «está al acecho», que el significado está «listo para emboscarse», que el significado se mueve «furtivamente», «a hurtadillas», «secretamente», que el significado vive y respira sin ser observado, insospechado, oculto, escondido a la vista. En ese submundo imaginal, el propio sentido se personifica, se convierte en un ser vivo, que vive en la oscuridad, en las sombras, oscurecido, observando, esperando, buscando el momento adecuado para hacer su voluntad. Es cierto que podemos encontrar el sentido. También es cierto que el sentido nos encuentra a nosotros.

Me di cuenta, por supuesto, de que la moneda de oro, además de ser un símbolo del Sí-mismo y un talismán de Moby Dick era, de hecho, dinero. Quizá ninguna otra cosa (para que no sea la sexualidad) me parecía tan dura, tan real, tan concreta, tan literal, y sin embargo tan rápidamente simbolizada, interpretada o traducida en otra cosa. Mientras reflexionaba sobre esto, me di cuenta de que un aspecto de esto reside en la naturaleza del propio dinero: el dinero es la forma de transformación más poderosa, práctica y experimentada. De la forma más descarnada y real, uno puede convertir el dinero en cualquier cosa del mundo. Ninguna otra cosa alcanza esta gama de posibilidades de transformación en la actualidad o en la fantasía. En este sentido directo, el dinero lo simboliza todo. Byron dio en el clavo cuando observó que «cada guinea es una piedra filosofal».4 La vida y el alma del dinero deben residir en esta potencialidad transformadora. Esta es también la razón más profunda por la que la psique se siente atraída por la fascinación por el dinero. Al igual que en la búsqueda del oro alquímico, o en la búsqueda del amor verdadero, uno experimenta algo de la posibilidad de transformación en sí mismo cuando está en las garras del poder transformador del dinero. Supongo que por eso, cuando uno se encuentra en las profundidades de una depresión de plomo, gastar dinero levanta el espíritu.

La reflexión sobre la moneda de oro como dinero y Moby Dick como personificación del Sí-mismo produjo una afirmación muy curiosa que no me dejaba tranquilo: el dinero es un talismán del Sí-mismo. ¿Qué puede significar esto? Un talismán es un objeto dotado de un poder «sobrenatural» al que se puede recurrir de forma efectiva y activa para que ejerza sus efectos con el fin de alcanzar determinados fines. Se distingue del «amuleto» en que el amuleto aleja pasivamente el mal por desviación. Es evidente que un talismán tiene un poder transformador activo. El poder talismán del dinero reside en su naturaleza transformadora. Dado que el poder talismán puede invertirse en cualquier objeto, se deduce que cualquier objeto puede convertirse en dinero.

Si el dinero es un talismán del Sí-mismo, entonces el Sí-mismo debe usar el dinero para lograr sus objetivos. Esta extraña afirmación contrasta con el énfasis más habitual en el uso y la relación del Sí-mismo con el dinero. Sin embargo, hay un poder talismán que se esconde en el dinero, y ese poder es invertido allí por el Sí-mismo. Cuando nos enfrentamos al poder del dinero en nuestras vidas, nos enfrentamos al poder del «otro» en nosotros, un poder que hace su voluntad en el dinero y a través de él. Es el Sí-mismo. Fue este poder el que experimenté hace tiempo con mis monedas en el armario. El Sí-mismo utilizó las monedas para transformar mi mundo cotidiano en un mundo psíquico.

Llegados a este punto, podría haber profundizado en la historia y el significado de los talismanes y haber ampliado todo tipo de imágenes interesantes y poderosas sobre los talismanes y su uso, y sobre cómo todo esto puede verse en nuestro comportamiento y relaciones con el dinero. Quizás en otra ocasión. En lugar de eso, me sentí atrapado una vez más por lo que Paul Valery había notado: 

Seguramente habrán observado el curioso hecho de que una determinada palabra que resulta perfectamente clara cuando se la oye o se la utiliza en el lenguaje cotidiano, y que no plantea ninguna dificultad cuando se la emplea en el movimiento rápido de una frase ordinaria, se vuelve mágicamente embarazosa, introduce una extraña resistencia, frustra cualquier esfuerzo de definición tan pronto como se la saca de circulación para examinarla por separado y buscar su significado después de quitarle su función instantánea …. nos entendemos a nosotros mismos gracias únicamente a la velocidad de nuestros pases de palabras …. 5

Y, una vez más, me sentí atrapado por mi propia fascinación por las palabras.

Si yo mismo no hubiera escrito: 

El significado y la definición actuales son con demasiada frecuencia sólo la cáscara de una palabra. Utilizamos las palabras pero no conocemos su alma, ni siquiera nos importa. Todos abusamos de las palabras. Todo lo que nos ayude a liberarnos de la prisión del significado actual, de la literalidad y la rapidez del presente, nos ayudará a liberar a Psique de su caparazón carcelario. Las palabras cobran vida, inducen imágenes, excitan la imaginación, empiezan a tejer texturas entre sí y a contar historias completas si sólo rascamos la superficie de la palabra.6 

Así que, si tuviera que seguir esta idea del «dinero como talismán del Sí-mismo», tendría que seguir las palabras. Las palabras, como las monedas, son reinos donde se esconde el significado.

He abordado esta afirmación sacando de la circulación cada una de las imágenes de las palabras centrales: dinero, talismán, Sí-mismo. Una de las formas de hacerlo es entrando en una especie de »ensoñación etimológica» en un intento de descubrir y liberar los antiguos significados de las palabras que siguen vivos pero olvidados. El inconsciente recuerda estos antiguos significados, recuerda toda la historia de una palabra. Pero la mente consciente necesita que se lo recuerden.

Empecé con «talismán». Es un sustantivo francés y español, masculino como corresponde a su carácter de poder activo. Se importó del árabe tilsaman, plural de tilsam. Éste, a su vez, era un préstamo del griego telesma. Telesma se refería a «una ceremonia de consagración» y era un nombre para los «misterios». Derivaba de una palabra griega anterior, telein, que significaba «cumplir», «iniciar en los misterios» y «pagar». Las variaciones de estas palabras se referían al dinero pagado para cumplir con las obligaciones y deudas, al dinero pagado para entrar en el sacerdocio y al dinero pagado como parte de los ritos de los misterios. De la historia de la palabra »talismán» se desprende que la iniciación en los misterios, la realización y el cumplimiento, y el pago en dinero van juntos.

Las preguntas comenzaron a agitarse. ¿Cómo utiliza el Sí-mismo el dinero para sacralizar algo? ¿Cómo puede el dinero consagrar el trabajo que hacemos en el análisis? ¿Es el dinero pagado por un paciente el pago por la iniciación en los misterios del Ser? Recordé la advertencia de Tertuliano de que «nada de lo que es de Dios se puede obtener con dinero», y el eco de Thoreau: «el dinero no es necesario para comprar una necesidad del alma». Pero, ¿no somos nosotros trabajadores del alma? ¿No ocupamos las necesidades del alma en nuestro trabajo? Si es así, el dinero es necesario para comprar la conexión con el alma, la conexión con la psique y la conexión con el Sí-mismo a través de nosotros. Las raíces del talismán me dicen que los misterios sagrados y el dinero van juntos.

La palabra telein viene del griego telos. Ésta significaba «cumplimiento» y «plenitud» en el sentido de alcanzar un fin, un propósito, una meta final. Si nos remontamos a la prehistoria de la lengua, la raíz indoeuropea reconstruida de telos es qwel. Esta raíz contiene la imagen básica de ce “girando”, «moviéndose alrededor de un punto fijo», «habitando dentro». La misma raíz dio lugar al latín colere que significa «‘cultivar'» y que se convirtió en nuestra palabra inglesa »culture»; el inglés antiguo hweol que se convirtió en el inglés »wheel»; y el griego kiklos que significa »rueda».

Experimentar la naturaleza talismán de algo es experimentar que se gira, que se revuelve, que se atrae para habitar dentro, que se rodea. Es una experiencia temprana que dio lugar a las palabras de círculos, ciclos, ruedas. Un talismán no funciona de forma lineal, sino girando, moviéndose, circulando. Este giro, como telos, tiene que ver con el destino de uno, su propósito, su fin. Los puntos de giro son momentos talismán en los que nos dirigimos hacia nuestro destino. El dinero como talismán del Ser nos dice ahora que el Ser trabaja a través del dinero hacia nuestro telos, nuestro propósito, nuestro fin. Nuestra relación con el dinero debe llevar la evidencia de nuestro telos. El dinero funciona como talismán cuando nos hace girar, nos obliga, nos mueve a la confrontación con nuestro telos. Se dice que nuestro telos, nuestro fin último, nuestro propósito, determina nuestra valía. Cuando nos preguntan: «¿Cuánto vales?», ¿no vienen las imágenes del dinero atadas a todas las demás consideraciones? En este sentido, no es sorprendente que la palabra «valor» provenga de una raíz indoeuropea que significa «girar» y «doblar» y que da lugar a palabras como el inglés antiguo wyrd, que significa «suerte» y «destino» y que se convirtió en nuestra palabra inglesa «weird», Aquí también está el inglés antiguo writhan, que significa «retorcer» y «torturar», convirtiéndose en nuestra palabra «writhe». Anidado aquí está el inglés antiguo wyrgan que significa «estrangular», que se convirtió en el inglés »worry». Aquí está incrustada la palabra griega rhombus que significa »rueda mágica» y el inglés antiguo wyrm que significa »gusano», así como el latín vermis que significa »alimaña».

Así, la valía de alguien está profundamente ligada a las imágenes del destino, a los giros de la suerte y a las ruedas de la fortuna. Lo mismo ocurre con el dinero. Nuestra relación con el dinero es nuestra relación con el destino. Nuestra relación con el dinero es nuestra relación con el propósito, el fin, la meta, el telos. El dinero como talismán enfatiza esto, y el dinero como talismán del Sí-mismo enfatiza las formas y los medios a través de los giros y la circulación del dinero que el Sí-mismo nos lleva, nos hace girar, hacia nuestro telos. El ego, me parece, siempre tiene un propósito recto, la meta a la vista, el fin siempre a la vista. Los ojos del ego siempre están en la tangente hacia adelante. Pero el Sí-mismo trabaja para apartarnos de esa rectitud, y utiliza el dinero para hacerlo. Nos hace girar alrededor de un eje más profundo, y no podemos ver con los ojos abiertos a dónde nos lleva este giro. Se requiere un tipo de «visión» más profundo: la visión de los misterios. El significado básico de la palabra «misterio» es «ver con los ojos cerrados».

¿Hay algún eco en la propia palabra »dinero»? La palabra inglesa moderna »money» procede del inglés medio monoie, que viene del sustantivo femenino francés antiguo monie. Éste, a su vez, es un desarrollo de la palabra latina moneta, también un sustantivo femenino. Aunque este no es el lugar para seguir hablando del significado del género de las palabras, es sorprendente que la palabra dinero, tan a menudo considerada provincia, sea en sí misma femenina. Hay algo aún más profundamente femenino en la palabra. Es el nombre latino de la madre de las Musas, que en griego se llamaba Mnemosyne. Era la diosa de la memoria. Así, de la matriz o vientre de la memoria surgen esas engendradoras creativas que llamamos las Musas y que entran en el nombre de la acuñación, de la moneda y del dinero. El dinero esconde en su nombre a las musas creadoras y su fuente en la memoria.

Hay más. A continuación descubrimos que Moneta era un epíteto, un nombre, para Juno, la Reina Madre del Cielo. Fue, de hecho, en el templo de Juno donde se acuñó el dinero. Esto se produjo de la siguiente manera. Un ejército romano estaba perdiendo una batalla y estaba casi sin dinero. Esto provocó disensión, desmoralización y pérdida de ánimo. En un intento desesperado por encontrar una respuesta a su situación, consultaron a Juno. Ella les aconsejó que si su causa era justa y luchaban por ella, el dinero llegaría. Los soldados se reunieron en torno a esta imagen y siguieron luchando. Pronto llegó el dinero de Roma y la batalla fue ganada. En homenaje a los sabios consejos de Juno, se instaló la ceca en su templo, que albergaba también el tesoro romano. Todo esto sitúa los asuntos monetarios, podríamos decir también el asunto del dinero (es decir, el oro y la plata y otros metales), en el ámbito de la madre. Esto me recuerda lo que Jung había dicho que eran las tres «M» del análisis: madre, materia y dinero. Lo vemos aquí en esta dramática imagen de la materia que se convierte en dinero en el templo de la madre.

La palabra moneta procede de una palabra más antigua, moneo, que significa “recordar”, “poner en mente”, “recordar”, “amonestar”, “aconsejar”, “advertir”, “instruir”, “enseñar”. Se puede ver en esta palabra moneo a Mnemosyne trabajando como diosa de la memoria y el recuerdo. En su papel de Juno Moneta, Juno era una gran consejera y vidente. Podía ver el futuro. Se construyó un templo en su honor porque advirtió a la población de un inminente terremoto. Así que en la palabra «dinero» hay imágenes de recuerdo, consejo, advertencia y el sentido de enseñar e instruir a través del recuerdo del pasado. El olvido de pagar la factura, o el olvido de discutir la cuota, puede verse ahora como parte de la fenomenología del dinero en su carácter de memoria. Juno debe recibir su merecido si algo no se recuerda, y todos conocemos el tipo de retribución que Juno se llevó. Olvidar el dinero, no aprender del dinero, no hacer caso a las advertencias del dinero, son olvidos de Juno.

La raíz de moneo era men, que dio lugar a las palabras latinas memini, mens y mentio. Memini significa «recordar», «rememorar», «pensar en», «tener presente» y «mencionar una cosa». Una vez más se nos recuerdan las imágenes de recordar, de llenar la mente con una cosa. Si el dinero sale de este nido verbal, debemos atender a este extraordinario énfasis en el recuerdo y en la memoria. A este respecto, quizá sea revelador que se recuerde tan poco, que se mencione tan poco sobre el dinero en la literatura de nuestro campo y, muy probablemente, en los despachos de nuestra práctica.

Mens es un sustantivo femenino procedente de esta raíz y significa »mente», »corazón» y »alma». Sólo más tarde se restringió para referirse a la conciencia y más tarde aún se limitó a las facultades intelectuales de la razón y la racionalidad. En su forma personificada, Mens era la diosa romana del pensamiento. Imagínese, ¡una diosa del pensamiento! Pero aquí también viven otras diosas. Esta raíz mens da lugar al nombre de Minerva, la diosa romana de la sabiduría, de la reflexión, de las artes, las ciencias y la poesía, y del tejido.

Otras palabras que se desarrollan a partir de esta raíz básica, como monitor, mentor, monitum y monitus, transmiten imágenes de recordatorio, advertencia y amonestación, además de referirse a estos efectos mediante oráculos, presagios y profecías. Ciertamente, las imágenes de profecías, presagios y advertencias están muy vivas en relación con el dinero. Los mercados de valores del mundo se aceleran con profecías, presagios y predicciones. Los asesores monetarios están llenos de advertencias, amonestaciones y consejos. Juno Moneta está trabajando aquí.

Estas imágenes ya existían en épocas griegas anteriores. La palabra griega general para dinero, chrimatos, se refiere también a una respuesta oracular y a una advertencia divina. Así, en todas estas consideraciones y reflexiones sobre las imágenes que están en la raíz de la palabra «dinero», llegamos a alguna conexión básica entre el dinero, la memoria y las prácticas mánticas. Hemos llegado a esta conexión a través de un estudio sólo de la historia y los orígenes de la palabra »dinero» y sin beneficio de la teoría psicológica o la praxis. Considero que esto significa que si queremos tener una comprensión completa de nuestra relación con el dinero en nuestra práctica psicológica, así como en nuestra comprensión de los fenómenos monetarios a mayor escala, tendremos que aportar a tales reflexiones la intrincada red de conexiones entre el dinero, la memoria y las prácticas mánticas que reside en las profundidades olvidadas pero aún vivas de la palabra »dinero».

¿Qué hay en el fondo de la palabra »Sí-mismo»? Sus raíces llegan hasta seu-, un elemento maravillosamente rico que entra en palabras como »hermano», »chisme», »secreto», »seducir», »suicidio», »costumbre» y »hetaera». No hay tiempo para retomar todas estas imágenes en relación con nuestro tema del dinero como talismán del Ser. Pero el hecho de que »secreto» y »Sí-mismo» impliquen la misma raíz nos recuerda lo reservados que somos con el dinero. Es más fácil saber qué analistas se acuestan con los pacientes que averiguar los honorarios de esta conjunción analítica. Me parece que podemos hablar abiertamente de los asuntos sexuales -nuestros o de otros-, pero los asuntos de dinero siguen envueltos en el secreto. Me pregunto si el Sí-mismo trabaja menos ahora en los asuntos sexuales que en los asuntos de dinero. ¿Por qué somos tan reservados con el dinero? ¿Por qué nos cuesta tanto hablar y contar nuestra relación con el dinero incluso entre nosotros?

Si es cierto que el dinero es un talismán del Sí-mismo, debe ser que hablar de dinero comienza a revelar nuestra relación con el Sí-mismo de alguna manera que es extraordinariamente real, quizás más real que algunas de las otras maneras en que nos revelamos más fácilmente -y quizás más reveladoras. Entonces debemos considerar cómo la palabra «ética» se mezcla con el Sí-mismo y el secreto. ¿Cómo debemos considerar los problemas del dinero en términos de la ética del Sí-mismo? Recuerdo la afirmación de Jung de que la comprensión de la naturaleza de las propias imágenes debe convertirse en una obligación ética, y que «la falta de comprensión de las mismas, o la evasión de la responsabilidad ética, priva al hombre de su integridad y le impone una dolorosa fragmentación en su vida».7 Las imágenes del dinero y nuestro trato con el dinero, tanto en nuestra práctica como en nuestra vida cotidiana, no pueden escapar a esta obligación ética. Como se desprende de la palabra-trabajo, el Sí-mismo, la ética y el secreto están entrelazados. Ahora veo que el propósito más profundo del secreto no es encubrir lo que el ego quiere ocultar, sino llevar al ego a la conexión con el Sí-mismo, donde, en secreto, llega a conocer sus obligaciones éticas.

La inconsciencia del ego se cura frecuentemente a través de la revelación y el relato de secretos. Pero la conexión secreta con el Sí-mismo se revela no a través de la narración, sino a través de la promulgación de las obligaciones éticas aprendidas y recordadas en la consorte secreta con el Sí-mismo. Y en la medida en que estas reflexiones tienen que ver con nuestra relación con el dinero, lo que hacemos con el dinero, más que lo que decimos sobre el dinero, revela la plena realidad de nuestra relación ética con el Sí-mismo.

Esta relación ética con el Sí-mismo es lo que nos une como comunidad. Es lo que nos prometemos a nosotros mismos, a los demás y a los que buscan nuestra ayuda. Lo que hacemos con los frutos de nuestro trabajo del alma -ese dinero duro y frío- tiene mucho que decirnos sobre nuestra relación con el Sí-mismoh, nuestra relación con el telos, nuestra relación con las «necesidades del alma». Este dinero llega a nosotros marcado, marcado con las luchas del alma del «otro», No viene limpio, sino ensangrentado en las enormes batallas del alma de otro. «El dinero es otra clase de sangre», y cuando circula por nuestras manos viene quizás con más de lo que nos interesa saber.

Ill

«Su caja de seguridad está vacía». Esta voz onírica afectó tanto a mi paciente que se apresuró a ir al banco y comprobar sus diferentes cajas de seguridad. No faltaba nada. Se sintió enormemente aliviado, pero estaba profundamente preocupado por el sueño. Habló de haber perdido algunos objetos de valor internos. Le recordé que nunca había experimentado el sentido de los valores interiores, que todo su sentimiento y su vida estaban ligados a ganar dinero y a ejercer su poder. No es que se haya perdido nada; simplemente nunca ha estado ahí, y por tanto la caja está vacía. A veces, cuando una palabra me llama poderosamente la atención, trabajo en el momento con ella. Cogí el diccionario y simplemente dije las imágenes que aparecían bajo la palabra «vacío»:

Vacío de contenido

No contiene nada

Sin ocupantes, sin habitantes

Sin carga, sin cargamento

Falta de propósito, falta de sustancia 

Ocioso

Necesidad de alimentarse

Hambre

Desprovisto y desamparado

Vacío. 

El hecho de que dijera el significado de las palabras de esta manera, lentamente y con sentimiento, hizo que los ojos del soñador se llenaran de lágrimas. Las palabras le habían atravesado y le habían hecho sentir en forma de lágrimas. Cuando le dije que la palabra »vacío» viene de una palabra del inglés antiguo que significa »descanso» y »ocio», comprendió inmediatamente el vacío de su vida ociosa.

La raíz indoeuropea de vacío es med-, una raíz que significa «tomar las medidas adecuadas». Ya era hora, dije, de tomar las medidas adecuadas. Una palabra latina que surge de esta raíz es mederi, que significa «cuidar, sanar, curar», que es el origen de las palabras »medicina» y »remedio». Me pareció un poco peculiar que una palabra como »vacío» perteneciera al mismo nido verbal que una palabra que significa »sanar» y »curar». Dije que la medicina, el remedio, debía estar en el vacío, justo ahí, en esa caja de seguridad vacía.

Otra palabra de esta raíz es el latín meditari que significa «pensar en», «considerar profundamente», «reflexionar». Es el origen de nuestra palabra »meditar». La palabra pide al soñador que medite y reflexione sobre el vacío. Otra palabra de este nido es el latín modus significa «medida», «límite», «manera», «armonía», «melodía». Su trabajo analítico debe ser una toma de medida de sí mismo, encontrar sus límites, encontrar su manera, encontrar la armonía y la melodía en su vida. Todo estaba ahí, en el vacío. Las palabras inglesas «mode», «model», «modern», «modify», «mold», «commode», «commodious» y «commodity» provienen de este progenitor latino.

Meditó sobre la caja de seguridad vacía. No ocurrió gran cosa porque no estaba acostumbrado a ese esfuerzo introspectivo. Esa noche tuvo un sueño en el que se le acercaba una jovencita mientras subía a su limusina. La niña le dijo: «Lo encontraré por un centavo». El soñador se metió la mano en el bolsillo y, sacando un rollo de billetes, le entregó al chico un billete de cincuenta dólares. «No», dijo el niño, «por un centavo». Pero ni el soñador ni su chófer tenían un céntimo y el chico salió corriendo. El soñador se despertó asustado.

Aquí está el típico motivo de cuento de hadas de que la cosa sin valor tiene «el mayor valor». Pero me centré en el tema más sutil de que era la moneda lo que se necesitaba para poner en marcha la búsqueda de »eso». El soñador entendía que »eso» era su conexión con el alma, sin la cual su fortuna carecía de sentido. Era el camino, el remedio, la medicina para el vacío.

Hace tiempo que considero necesario, cuando se trata de sueños en los que aparecen imágenes de dinero, centrarse primero en la realidad de la relación del soñador con el dinero. ¿Qué pasa con los centavos? El soñador reveló que tenía la costumbre de rechazar los centavos en cualquier transacción. Sencillamente, no aceptaba centavos como cambio. Al investigar por qué rechazaba los centavos, descubrimos que no era porque tuvieran poco valor (como el motivo del cuento nos habría hecho creer), sino porque eran de cobre. Sólo aceptaba las monedas plateadas como cambio. Lo entendí, al menos empáticamente, porque mi propia caja de monedas de la infancia nunca admitía monedas de céntimo. Tenían que ser de plata. El hombre, al odiar el cobre, estaba odiando el propio metal necesario para encontrar su camino hacia el alma.

No podía recordar qué le había puesto tan en contra del cobre, tan en contra de los centavos. También dijo que sentía que si aceptaba monedas de un centavo, algo terrible sucedería. Se protegía de esos temores continuando escrupulosamente sin tocar los centavos. Aquí está la red de interconexiones entre el dinero, la memoria y las prácticas mánticas de las que hablé antes. Uno puede ver claramente cómo el destino de este hombre está intrincadamente ligado a estas monedas, cómo el centavo es requerido como una cuota para encontrar la conexión con el alma, y cómo su relación con el cobre produce el vacío de lo incompleto; cómo este «giro de los acontecimientos» lo convirtió, y cómo el irónico «giro» de un hombre rico que no tiene un centavo lo confrontó con su destino, enviándolo a una preocupación retorcida.

Como siempre, me intrigó la palabra «cobre». Se trata, por supuesto, del latín cuprum de una palabra griega anterior que era el nombre de la isla de Chipre. De allí procedía el mejor cobre de la antigüedad. Se cree que el nombre de Chipre deriva de una palabra hebrea, gopher, el nombre del árbol cuya madera se utilizó para hacer el arca. Fue esta imagen la que liberó el recuerdo reprimido del sacerdote golpeando sus manos al intentar robar del plato de ofrendas los pocos centavos que habían quedado allí. También al sacerdote le gustaba más la plata.

Un paciente, acostumbrado a pagarme con un cheque al principio de cada hora, estaba escribiendo uno, una actividad que suele realizar en silencio. Me dijo: «Bueno, ¿qué te ha pasado esta semana?». De repente me vi incapaz de recordar nada de mi semana. Me esforzaba por recordar algo cuando dijo: «No, espera a que te dé esto. Puede que a los dioses no les guste que empecemos antes de que pague». Evidentemente, para este paciente, el pago no sólo tenía que ver conmigo, sino con los dioses. Y aunque lo dijo en tono de broma, escuché también su serio propósito. El pago era una ofrenda mántica para propiciar a los dioses y asegurarse su buen consejo. Me entregó el cheque, que, aunque estaba a mi nombre, era para los dioses. ¿Qué se puede hacer con una ofrenda así? Algo que se acepta como parte de un ritual sagrado debe utilizarse para fines sagrados. ¿No es ésta una de las formas en que el dinero consagraría la obra? Empecé a pensar en el uso que podría darle a ese dinero. Me pregunté si gastar este dinero en algo que no fuera un propósito sagrado afectaría de alguna manera al proceso que nos comprometía. Al final de la hora me olvidé de mis cavilaciones, junté su cheque con los demás y los envié todos al banco.

A menudo trabajamos con diligencia para mantener a nuestros pacientes separados, llegando a menudo a elaborados extremos para que ningún paciente vea a otro, para que no quede ningún rastro de un paciente anterior en la oficina. Pero no dudamos en mezclar el dinero de nuestros pacientes. La conexión entre el origen del dinero y el destino del mismo se rompe poniendo el dinero en un fondo común e indiferenciado. Esto también nos impide atender a la conexión entre lo que nuestro paciente nos ha dado y lo que hacemos con él.

¿Importaba realmente cómo gastaba ese dinero? Me di cuenta enseguida de que esta pizca de conciencia -o era un romanticismo loco- haría muy difícil depositar ciegamente todos esos cheques cada mes en un fondo de dinero indiferenciado. Me di cuenta de que me iba a atormentar esta imagen de que el dinero transportaba algo del alma de mis pacientes y de que la forma en que utilizaba el dinero podía afectar no sólo a mi propia alma, sino también a la de ellos. Algo me gritaba: «No importa, no importa». Pero ahora no podía creerlo. Debe importar de alguna manera. «Tonterías», gritaban las voces.

Bueno, tal vez. Pero supongamos que nuestros pacientes no nos pagaran con cheques, ni siquiera con dinero en efectivo, sino con bienes y servicios como en otros tiempos. Entonces los huevos que comieras serían los que trajera esa mujer histérica, la tela que te hiciera los pantalones la traería ese depresivo que no puede meterse en la vida; tu techo lo arreglaría ese alcohólico que pega a su mujer, y tu jardín lo plantaría esa mujer con esa terrible transferencia erótica. Ahora bien, todo esto nos lleva a las cuestiones más fantásticas. Desde este punto de vista, disolver el dinero de nuestros pacientes en algún fondo común -que rompe la conexión entre el dinero y lo que hacemos con él- nos permite permanecer inconscientes de estas cosas.

Recientemente, un psicoterapeuta me consultó sobre un problema que no podía resolver. Estaba casado y tenía una vida familiar estable, pero por diversas razones se había involucrado con otra mujer. Su problema no era particularmente un conflicto sobre esta relación extramatrimonial – no estaba experimentando ninguna dificultad sobre esto. Su problema era de dinero. La otra mujer era cara, y él había caído en la tentación de mantenerla, pagando su alquiler, comprando ropa, etc. Se había imaginado que quizás valía más de lo que era. Y, durante un tiempo, no hubo dificultades. Pero ahora los costes cada vez más elevados de este asunto se estaban volviendo onerosos, y él no podía encontrar ninguna manera de reducirlos. Se vio desprovisto de recursos, lo que normalmente significaba que gastaba aún más en ella como forma de aliviar la depresión. La angustia de estos gastos crecientes le llevó al análisis.

Después de escuchar atentamente este relato durante un rato, le pregunté quién pagaba este asunto. Era él, por supuesto. ¿Y de dónde procedía el dinero? Bueno, casi todos sus ingresos procedían de su consulta privada. Luego discutimos las cantidades reales que se estaban pagando para mantener a la otra mujer. Oscilaban entre los 1.000 y los 1.500 dólares al mes y en aumento. Le pedí que imaginara el origen exacto de ese dinero. No lo entendió. Lo pagaba con dinero en efectivo, ahorros y su cuenta corriente. Sí, le dije, pero este dinero tiene una fuente exacta. El paciente A te paga 400 dólares al mes, el paciente B 200 dólares al mes y así sucesivamente. Estas son las sumas concretas que provienen de personas individuales de su consulta. ¿Podría especificar cuáles de sus pacientes están pagando este asunto?

Se enfadó bastante, me acusó de moralista y de intentar inducir la culpa. No discutí. Cuando se calmó, me limité a repetir la pregunta.

No sabía por qué había formulado la pregunta de esta manera. Sí sé que el arte del análisis consiste a menudo en encontrar la pregunta adecuada. No sé si ésta era la pregunta correcta. Pero mientras hablaba con él, mi propia mente se precipitaba hacia mis propios asuntos financieros y me planteaba la pregunta. Apenas había empezado a considerar una posible relación entre lo que me paga un paciente y lo que hago con él después. Había sido suficientemente instruido en cómo tratar y relacionarme con todo tipo de actitudes, sentimientos y comportamientos de los pacientes respecto al dinero. Pero nadie me había mencionado que lo que yo hacía con ese dinero podía tener alguna importancia genuina en el trabajo.

Imaginemos que el dinero que recibimos de un paciente lleva algo del alma, la psique, el valor o la energía de ese paciente. Este dinero personifica al paciente y, como he descrito antes, lleva algo del telos del paciente, su destino. El dinero es una sustancia, un metal, una moneda, un talismán transformador que pasa a nuestras manos como pago por nuestro tiempo, nuestra energía, nuestro amor, nuestro valor. ¿Se nos exige a los analistas que examinemos cómo tratamos este dinero? ¿El destino de este dinero tiene un impacto en el proceso analítico? Tienes que pagar una hipoteca el mes que viene. O tal vez alguna diversión secreta requiere dinero. ¿Podría elegir conscientemente qué dinero de sus pacientes va a utilizar de esta manera? Está claro que es más fácil romper toda conexión entre los pacientes individuales y el pago de nuestros propios gastos. Eso lo hacemos mezclando el dinero de todos nuestros pacientes. Pero, ¿podríamos tomar tales decisiones? ¿Sobre qué base se tomarían esas decisiones? ¿O sería mejor mantener inconsciente toda esta posibilidad y no mezclar el destino del dinero de nuestros pacientes de forma tan intrincada e individual en nuestra vida personal? Pero esto es sólo una máscara. No podemos evitar mezclar a nuestros pacientes en nuestra vida personal, porque la base financiera de nuestra vida personal -al menos para la mayoría de nosotros- la construyen nuestros pacientes. Aunque esta cuestión plantea enormes dificultades, no hay tiempo para tratarlas adecuadamente. Debo conformarme con plantear la cuestión. Y, además, como toda buena hora de análisis, el tiempo se acaba justo en el momento crítico, dejándonos no con respuestas sino, espero, con preguntas preñadas.

1. Simon Macdonald Lockhart, Seven Centuries: The History of the Lockhart ofLee and Carnwath (publicación privada de S.F. Macdonald Lockhart, Estate Office, Carnwath, Lanark, Escocia, 1977), p. 8.

2. Edward F. Edinger, Melville’s Moby Dick: A Jungian Commentary (Nueva York: New Directions, 1978), p. 107.

3. Herman Melville, Moby Dick; or The Whale (Chicago: Encyclopedia Britannica, 1971), p. 317.

4. Citado por H. L. Mencken, A New Dictionary of Quotations (Nueva York: Alfred A. Knopf, 1977), p. 804.

5. Citado en Gaston Bachelard, The Poetics of Reverie (Boston: Beacon Press, 1971), p. 48.

6. Russell A. Lockhart, «Words as Eggs», Dragonflies I/i (1978), p. 30.

7. C. G. Jung, Memories, Dreams, Reflections (Nueva York: Vintage Books, 1963), p. 193.

Mundus imaginalis, o lo imaginario y lo imaginal

Traducciones

Henry Corbin, Francia

Publicado en Working with Images: The Theoretical Base of Archetypal Psychology, compilado por Benajamin Sells, Spring Publications, Canadá, 2022.

Traducido por Alejandro Chavarria

Henry Corbin es el segundo padre inmediato de la psicología arquetipal después de Jung. En este magistral, aunque difícil, ensayo, Corbin muestra muchas de las razones. A través de su cuidadosa articulación del pensamiento islámico sobre lo imaginal, Corbin conecta el mundo de los arquetipos (mundus archetypalis) con el mundo de la imagen (mundus imaginalis). Este mundo imaginal presenta un orden de realidad propio, dice Corbin. Describe esta realidad como un mundo intermedio de la imagen que posee una integridad a la par que el mundo de la sensación corporal y el mundo del intelecto abstracto, planteando así un fundamento ontológico para el trabajo imaginal en general y la psicología arquetípica en particular. Completa este movimiento reconociendo que «la imaginación es la función cognitiva de este mundo [intermedio]». De un solo golpe libera a la imaginación de su exilio moderno como el tercio perdido del dualismo materia/espíritu. 

Es difícil sobreestimar la importancia de las opiniones de Corbin. Se trata de una perspectiva que restablece el mundo de la imagen como «perfectamente real» al tiempo que se niega a limitar la «realidad» a los fenómenos físicos literalizados. Corbin, y la tradición que presenta, ofrece un camino a través de los dilemas ofuscantes que presenta el intelecto racional y las percepciones erróneas cotidianas que presentan los sentidos. Negándose a quedar atrapado en ninguna de las dos zarzas, Corbin articula en cambio un mundo entre estos otros lugares. El mundus imaginalis, insiste, es un lugar intermedio y mediador que requiere métodos y estilos diferentes a los del intelecto o la sensación física. Según Corbin, el mundo de las imágenes «se oculta tras el acto mismo de la percepción sensorial y hay que buscarlo por debajo de su aparente certeza objetiva». He aquí una de las muchas ideas extraordinarias de Corbin: que el mundo de los sentidos se apoya en fundamentos imaginarios. 

Dada la integridad del mundus imaginalis, y las correspondencias entre éste y otros mundos, el mundo de la imagen, por tanto, «proporciona el fundamento para un conocimiento analógico riguroso». Un mundo imaginal implica y necesita capacidades imaginales, dice Corbin, y por ello identifica la imaginación como la capacidad y actividad primaria del mundus imaginalis. La perspectiva de Corbin establece así la realidad ontológica del mundo psicológico, al tiempo que nos enseña cómo proceder en él psicológicamente. 

El de Corbin es un apasionado e inteligente alegato, es más, una exigencia, por la integridad e independencia del alma. Lo «imaginal» no es «imaginario», dice, sino un lugar real que está a la vez en todas partes y en ninguna (Nâ-Kojâ-Abâd); un lugar intermedio de la imagen en el que todos los demás lugares tienen cabida.



Mi intención al proponer las dos palabras latinas mundus imaginalis como título de este trabajo era circunscribir un orden muy preciso de la realidad, que corresponde a un modo preciso de percepción. La terminología latina tiene la ventaja de proporcionarnos un punto de referencia fijo y técnico con el que podemos comparar y medir los diversos equivalentes, más o menos vagos, que sugieren las lenguas occidentales modernas. 

Para empezar, haré una confesión. La elección de las dos palabras empezó a ser inevitable para mí hace algún tiempo, porque me resultaba imposible contentarme con la palabra imaginario para lo que tenía que traducir o describir. Esto no pretende en absoluto ser una crítica a aquellos a los que el uso del lenguaje obliga a recurrir a esta palabra, ya que todos nosotros intentamos simplemente revalorizarla en sentido positivo. Sin embargo, a pesar de todos nuestros esfuerzos, no podemos evitar que, en el uso actual y no premeditado, el término imaginario se equipare con lo irreal, con algo que está fuera del marco del ser y del existir, en resumen, con algo utópico. La razón por la que tenía que encontrar absolutamente otra expresión era que, durante muchos años, mi vocación y mi profesión me exigían interpretar textos árabes y persas, cuyo significado habría traicionado sin duda si me hubiera contentado -incluso tomando todas las precauciones debidas- con el término «imaginario». Tuve que encontrar una nueva expresión para no engañar al lector occidental, al que, por el contrario, hay que despertar de su vieja y arraigada forma de pensar para que se dé cuenta de otro orden de cosas. 

En otras palabras, si en el uso francés (y en el inglés) equiparamos lo imaginario con lo irreal, lo utópico, esto es sin duda sintomático de algo que contrasta con un orden de la realidad, que yo llamo el mundus imaginalis, y que los teósofos del Islam designan como el «octavo clima». Después de un breve esbozo de este orden de realidad, estudiaremos el órgano que lo percibe, es decir, la conciencia imaginativa, la Imaginación cognitiva; y finalmente, sacaremos algunas conclusiones de las experiencias de quienes han estado realmente allí.

1. Nâ-Kojâ-Abâd o el octavo clima

Acabo de mencionar la palabra utópia. Curiosamente -o quizás sea el ejemplo más conmovedor- en persa, nuestros autores utilizan un término que parece ser su transferencia lingüística: Nâ-Kojâ-Abâd, «el país del no lugar». Y sin embargo, este lugar es cualquier cosa menos una utopía. 

Veamos las bellísimas narraciones, que son a la vez cuentos visionarios y de iniciación espiritual, escritas en persa por Sohrawardî, el joven jeque que fue «el resucitador de la antigua teosofía persa» en el Irán islámico del siglo XII. Al principio de cada relato, el vidente se encuentra en presencia de un ser sobrenatural de gran belleza, al que pregunta quién es y de dónde viene. En esencia, estos relatos ilustran la experiencia del gnóstico, vivida como la historia personal del Extranjero, el cautivo que aspira a volver a casa. 

Al principio de la narración, que Sohrawardî titula El arcángel carmesí, [1] el cautivo, que acaba de escapar de los ojos vigilantes de sus carceleros, es decir, que ha abandonado momentáneamente el mundo de la experiencia sensible, se encuentra en el desierto en presencia de un ser que le parece dotado de todas las gracias de la adolescencia. Por eso le pregunta: «¿De dónde vienes, oh, Juventud?» Y la respuesta es: «¿Cómo es eso? Soy el hijo mayor del Creador [en términos gnósticos el Protokistos, el Primer Creado] y me llamas joven». Su origen da la pista del misterioso color rojo púrpura en el que aparece: es el color de un ser que es pura Luz, cuyo brillo se atenúa a un púrpura crepuscular por la oscuridad del mundo de las criaturas terrestres. «Vengo de más allá del monte Qâf… Aquí es donde estabas al principio y es donde volverás, una vez que te liberes de tus grilletes». 

El monte Qâf es la montaña cósmica que, cima tras cima y valle tras valle, está formada por esferas celestiales, todas ellas envolventes. ¿Dónde está entonces el camino que sale de él? ¿Cuál es la distancia? «Por muy lejos que viajes», se dice, «siempre volverás al punto de partida», igual que la aguja de la brújula siempre se desvía hacia el punto magnético. ¿Significa esto simplemente que uno se abandona para volver a sí mismo? No del todo, porque, mientras tanto, un acontecimiento muy importante lo habrá cambiado todo. El yo que se encuentra allá, más allá del monte Qâf, es un yo superior, el yo experimentado como un «Tú». Como Khezr (o Khadir, el misterioso profeta, el eterno errante Elías o su doble), el viajero tiene que bañarse en el Manantial de la Vida:

El que ha descubierto el significado de la Verdadera Realidad ha llegado a este Manantial. Cuando emerge del Manantial, está dotado de un Don que lo asemeja al bálsamo del que una gota, destilada en el hueco de la mano que se sostiene contra el sol, traspasa al dorso de la mano. Si eres Khezr, tú también puedes pasar más allá del monte Qâf sin dificultad.

La expresión Nâ-Kojâ-Abâd es un término extraño. No figura en ningún diccionario persa y, por lo que sé, fue forjada por el propio Sohrawardî utilizando raíces puramente persas. Literalmente, significa la ciudad, la tierra (abâd) de los no lugares (Nâ-kojâ). Por eso nos encontramos aquí con un término que, a primera vista, puede parecernos el equivalente exacto del término ou-topía, que a su vez no figura en ninguno de los diccionarios griegos clásicos y que fue creado por Tomás Moro como concepto abstracto para denotar la ausencia de toda localización, de todo situs en el tipo de espacio que puede ser explorado y controlado por nuestra experiencia sensorial. Etimológicamente y literalmente podría ser correcto traducir Nâ-Kojâ-Abâd por outopía o utopía, y sin embargo creo que esto sería una interpretación errónea del concepto, de la intención que hay detrás de él, así como de su significado en términos de experiencia vivida. Por lo tanto, me parece sumamente importante, al menos, tratar de averiguar por qué sería una traducción errónea.

Creo que es indispensable tener claro aquí el verdadero significado y el impacto de la masa de información sobre las topografías exploradas en estado visionario, es decir, el estado intermedio entre la vigilia y el sueño, incluida la información que, para los espiritualistas del Islam chiíta, se refiere al «país del Imán oculto». Al alertarnos sobre un diferencial que se refiere a toda una zona del alma y, por tanto, a toda una cultura espiritual, esta aclaración nos llevaría a preguntarnos: ¿en qué circunstancias se hace posible lo que actualmente llamamos utopía y, por tanto, el tipo de hombre llamado utopista? ¿Cómo y por qué hace su aparición? De hecho, me pregunto si se puede encontrar algo parecido en el pensamiento islámico tradicional. No creo, por ejemplo, que las descripciones de la «Ciudad perfecta» de Fârâbi en el siglo X, o, en la misma línea, la «Regla del solitario» [2] del filósofo andalusí Ibn Bâjja (Avempace) en el siglo XII, fueran proyecciones de lo que hoy llamamos una utopía social o política. Para entender estas descripciones como utopías, me temo que tendríamos que abstraerlas de sus propias premisas y perspectivas, imponiendo en su lugar nuestras propias dimensiones. Pero, sobre todo, me temo que tendríamos que resignarnos a confundir la Ciudad Espiritual con una ciudad imaginaria. 

La palabra Nâ-Kojâ-Abâd no denota algo que tenga forma de punto, que no tenga extensión en el espacio. De hecho, la palabra persa abâd designa una ciudad, una región cultivada que está habitada y, por consiguiente, una extensión. Lo que Sohrawardî describe, pues, como situado «más allá del monte Qâf» es lo que todas las ciudades místicas, como Jâbalqâ, Jâbarsâ y Hûrqalyâ, representan para él y, a través de él, para toda la tradición teosófica del Islam. Queda bien claro que topográficamente esta región comienza en la «superficie convexa» de la novena Esfera, la Esfera de las Esferas, o la Esfera que envuelve al Cosmos en su conjunto. Esto significa que comienza en el mismo momento en que se sale de la Esfera Suprema, que define todos los tipos de orientación posibles en nuestro mundo (o en nuestro lado del mundo), la «Esfera» a la que se refieren los puntos cardinales. Resulta evidente que, una vez cruzada esta frontera, la pregunta «dónde» (ubi, koja) carece de sentido, al menos en cuanto al significado que tiene en el ámbito de la experiencia sensible. De ahí que encontremos la expresión Nâ-Kojâ-Abâd, que es un lugar fuera del espacio, un «lugar» que no está contenido en ningún otro lugar, en un topos, que permite dar una respuesta a la pregunta «dónde» mediante un gesto de la mano. Sin embargo, ¿a qué nos referimos precisamente cuando hablamos de «salir del dónde»? 

Sin duda, no se trata de un movimiento de una localidad a otra, [3] de un traslado corporal de un lugar a otro, como ocurriría en el caso de los lugares de un mismo espacio homogéneo. Como sugiere al final del relato de Sohrawardî el símbolo de la gota de bálsamo en el hueco de la mano levantada hacia el sol, es imprescindible ir hacia dentro, penetrar en el interior. Sin embargo, una vez alcanzado el interior, uno se encuentra paradójicamente en el exterior o, en el lenguaje de nuestros autores, «en la superficie convexa» de la novena Esfera, es decir, «más allá del monte Qâf». Se trata esencialmente de la relación entre lo exterior, lo visible, lo exotérico (en griego ta éxo, en árabe zâhir) y lo interior, lo invisible, lo esotérico (en griego ta éso, en árabe batîn), o sea la relación de lo natural con el mundo espiritual. Salir del dónde, de la categoría ubi, equivale a salir de las apariencias exteriores o naturales que encubren las realidades interiores ocultas, al igual que la almendra se oculta en su cáscara. Para el Extranjero, el Gnóstico, este paso representa un retorno al hogar, o al menos un esfuerzo en esta dirección. 

Sin embargo, por extraño que parezca, una vez completado el viaje, la realidad que hasta entonces era interior y oculta resulta envolver, rodear o contener lo que al principio era exterior y visible. Como resultado de la interiorización, se ha salido de la realidad externa. En adelante, la realidad espiritual envuelve, rodea, contiene la llamada realidad material. Por tanto, la realidad espiritual no se encuentra en el «dónde». El «dónde» está en ella. En otras palabras, la propia realidad espiritual es el «dónde» de todas las cosas. No está situada en ningún lugar y no está cubierta por la pregunta «dónde», la categoría ubi que se refiere a un lugar en el espacio sensible. Su lugar (abâd) en comparación con éste es Nâ-kôja (no lugar) porque, en relación con lo que está en el espacio sensible, su ubi es un ubique (en todas partes). Una vez comprendido esto, quizás entendamos lo más importante que nos permite seguir la topografía de las experiencias visionarias. Podemos descubrir el camino (sens en francés), tanto en términos de significado como de dirección. Además, puede ayudarnos a descubrir lo que distingue la experiencia visionaria de los espiritistas, como Sohrawardî y tantos otros, de términos tan peyorativos en nuestro vocabulario moderno como «productos de la mente» o «imaginaciones», es decir, fantasías utópicas

En este punto, sin embargo, debemos hacer un verdadero esfuerzo para superar lo que podríamos llamar el «reflejo agnóstico» del hombre occidental, ya que es el responsable del divorcio entre el pensar y el ser. Toda una serie de teorías recientes tienen su origen tácito en este reflejo, y se espera que nos ayude a escapar del otro reino de la realidad que nos enfrenta a ciertas experiencias y evidencias. Intentamos huir de esta realidad, incluso cuando nos sentimos secretamente atraídos por ella. En consecuencia, le damos todo tipo de explicaciones ingeniosas, pero descartamos la única que, por su propia existencia, sugeriría lo que es esta realidad. Para entender la insinuación tendríamos, en todo caso, que tener una cosmología que ni siquiera puede compararse con los descubrimientos más destacados de la ciencia moderna en relación con nuestro universo físico. Porque mientras nos ocupemos exclusivamente del universo físico, seguiremos atados al modo de ser «de este lado del monte Qâf». La cosmología tradicional de los teósofos islámicos se caracteriza por una estructura que consiste en los diversos universos y mundos intermedios así como intermedios «más allá del monte Qâf», es decir, más allá de los universos físicos. Sólo es inteligible para un modo de existencia cuyo acto de ser es una expresión de su presencia en estos mundos. A la inversa, debido a este acto de ser, estos mundos están presentes en él.[4] ¿Cuál es entonces la dimensión de este acto de ser que es, o será en el curso de las futuras palingenesias, el lugar de estos universos que están fuera de nuestro espacio natural? Y en primer lugar, ¿qué mundos son éstos?

Existe el mundo físico, sensible, que abarca tanto nuestro mundo terrestre (gobernado por las almas humanas) como el universo sideral (gobernado por las Almas de las Esferas). El mundo sensible es el mundo del fenómeno (molk). Existe también el mundo supersensible del Alma o de las Almas de los Ángeles, el Malakût, en el que se encuentran las mencionadas Ciudades místicas, y que comienza en la «superficie convexa de la novena Esfera». Y está el mundo de las Inteligencias arcangélicas puras. Cada uno de estos tres mundos tiene su órgano de percepción: los sentidos, la imaginación y el intelecto, que se corresponden con la tríada: cuerpo, alma y mente. Las tríadas rigen el triple desarrollo del hombre que se extiende desde este mundo hasta sus resurrecciones en los otros mundos. 

Nos damos cuenta inmediatamente de que ya no estamos confinados al dilema del pensamiento y la extensión, al esquema de una cosmología y una gnoseología restringidas al mundo empírico y al mundo del intelecto abstracto. Entre ambos existe un mundo intermediario e intermedio, descrito por nuestros autores como el ‘âlam al-mithâl, el mundo de la imagen, el mundus imaginalis: un mundo que es ontológicamente tan real como el mundo de los sentidos y el del intelecto. Este mundo requiere su propia facultad de percepción, a saber, el poder imaginativo, una facultad con una función cognitiva, un valor noético que es tan real como el de la percepción de los sentidos o la intuición intelectual. Hay que tener cuidado de no confundirla con la imaginación que el llamado hombre moderno identifica con la «fantasía» y que, según él, no es más que un desprendimiento de «imaginaciones». Esto nos lleva al meollo de la cuestión y a nuestro problema de terminología. 

¿Qué es este universo intermedio, es decir, aquel al que nos hemos referido antes como el «octavo clima»?[5] Para todos nuestros pensadores, el mundo sensible del espacio está constituido por los siete climas de la geografía tradicional. Sin embargo, existe otro clima representado por un mundo que posee extensión y dimensión, figuras y colores; pero estas características no pueden ser percibidas por los sentidos de la misma manera que si fueran propiedades de los cuerpos físicos. No, estas dimensiones, figuras y colores son objeto de la percepción imaginativa, o de los «sentidos psicoespirituales». Este mundo plenamente objetivo y real, con equivalentes para todo lo que existe en el mundo sensible sin ser perceptible por los sentidos, se designa como el octavo clima. El término habla por sí mismo, ya que significa un clima fuera de todos los climas, un lugar fuera de todos los lugares, fuera del dónde (Nâ-Kojâ-Abâd). 

El terminus technicus en árabe, ‘âlam al-mithâl, también podría traducirse por mundus archetypus, siempre que se tenga cuidado de evitar la confusión con otra expresión. En efecto, la misma palabra (‘âlam al-mithâl) se utiliza en árabe para designar el concepto de las Ideas platónicas (interpretadas por Sohrawardî en términos de angelología zoroastriana), con la única diferencia de que cuando se utiliza para designar las Ideas platónicas va casi siempre acompañada de la calificación muy precisa mothol (plural de mithâl), aflâtûnîya nûrânîya, «los arquetipos platónicos de la luz». Siempre que el término se utiliza para describir el mundo del octavo clima se refiere, por una parte, a las imágenes arquetípicas de las cosas individuales y singulares; en este caso se refiere a la región oriental del octavo clima, la ciudad de Jâbalqâ, donde estas Imágenes subsisten preexistentes y preordenadas en relación con el mundo sensible. Por otra parte, el término se refiere también a la región occidental, la ciudad de Jâbarsâ. Es el mundo o mundo intermedio donde habitan los espíritus después de su estancia en el mundo natural terrestre, y el mundo en el que subsisten las formas de nuestros pensamientos y deseos, de nuestros presentimientos y de nuestra conducta y de todas las obras realizadas en la tierra.[6] El ‘âlam al-mithâl, el mundus imaginalis, está constituido por todas estas manifestaciones. 

Para utilizar una vez más el lenguaje técnico de nuestros pensadores, el ‘âlam al-mithâl designado también como el mundo de las «Imágenes en suspenso» (mothol mo ‘allaqa). Sohrawardî y su escuela entienden por ello un modo de ser correspondiente a las realidades de este mundo intermediario, y que designaremos como Imaginalia.[7] Este estatuto ontológico bien definido se basa en experiencias espirituales visionarias que Sohrawardî considera tan pertinentes como las observaciones de Hiparco o Ptolomeo se consideran pertinentes para la astronomía. Por supuesto, las formas y figuras del mundus imaginalis no subsisten de la misma manera que las realidades empíricas del mundo físico, de lo contrario cualquiera tendría derecho a percibirlas. Los autores también advirtieron que esas formas y figuras no podían subsistir en el mundo puramente inteligible, que tenían efectivamente extensión y dimensión, una materialidad «inmaterial» respecto al mundo sensible, pero que también tenían una corporalidad y una espacialidad propias. (En este contexto, quiero recordar la expresión spissitudo spiritualis acuñada por Henry More, el platonista de Cambridge; tiene su equivalente exacto en los escritos de Sadrâ Shîrâzî, el platonista persa). Por la misma razón, consideraron imposible que una mente fuera el único sustrato de estas formas y figuras; y también se descartó la posibilidad de que fueran irreales, la pura nada, ya que de otro modo no podríamos discernirlas, calificarlas o evaluarlas. La existencia de este mundo intermedio, el mundus imaginalis, se convirtió, pues, en una necesidad metafísica. La imaginación es la función cognitiva de este mundo. Ontológicamente, se sitúa por encima del mundo de los sentidos y por debajo del mundo puramente inteligible; es más inmaterial que el primero y menos inmaterial que el segundo. [8] Este enfoque de la imaginación, que siempre ha sido primordial para nuestros teósofos místicos, les proporcionó una base para demostrar la validez de los sueños y de los informes visionarios que describen y relatan los «acontecimientos del cielo», así como la validez de los ritos simbólicos. Ofreció la prueba de la realidad de los lugares que ocurren durante la meditación intensa, la validez de las visiones imaginativas inspiradas, de las cosmogonías y teogonías y, sobre todo, de la veracidad del significado espiritual percibido en la información imaginativa suministrada por las revelaciones proféticas.[9] 

En resumen, se trata del mundo de los «cuerpos sutiles», del que es indispensable tener alguna noción para comprender que existe un vínculo entre el espíritu puro y el cuerpo material. Su modo de ser se describe, pues, como «estar en suspenso». Al igual que el de la Imagen o la Forma, este modo de ser constituye su propia «materia» y es independiente del sustrato al que es inmanente como por accidente.[10] En otras palabras, la Forma o Imagen no subsiste de la manera en que el color negro subsiste a través del cuerpo negro al que es inmanente. La comparación que regularmente utilizan nuestros autores es el modo en que las Imágenes «en suspenso» aparecen y subsisten en un espejo. La sustancia material del espejo, ya sea metálica o mineral, no es la sustancia de la Imagen; la Imagen sólo podría ser accidentalmente de la misma sustancia que el espejo. La sustancia es simplemente el «lugar de su aparición». Y así somos conducidos a una teoría general sobre los lugares y las formas epifánicas, mazhar (plural mazâhir), que son tan característicos de la «teosofía oriental» de Sohrawardî. 

La imaginación activa es el espejo por excelencia, el lugar epifánico de las imágenes del mundo arquetípico. Por ello, la teoría del mundus imaginalis está estrechamente ligada a una teoría de la cognición imaginativa y de la función imaginativa, que es una función verdaderamente central y mediadora, debido tanto a la posición mediana como mediadora del mundus imaginalis. La función imaginativa hace posible que todos los universos se simbolicen entre sí y, a título experimental, permite imaginar que cada realidad sustancial asume formas que corresponden a cada universo respectivo (por ejemplo, Jâbalqâ y Jâbarsâ en el mundo sutil corresponden a los Elementos del mundo físico, mientras que Hûrqalyâ corresponde a los Cielos). La función cognitiva de la imaginación proporciona el fundamento de un conocimiento analógico riguroso que permite eludir el dilema del racionalismo actual, que sólo nos da a elegir entre los dos términos dualistas banales de «materia» o «mente». En última instancia, la «socialización» de la conciencia está destinada a sustituir el dilema materia o mente por otro no menos fatal, el de «historia» o «mito». 

Aquellos acostumbrados a residir en el «octavo clima», el reino de los «cuerpos sutiles», los «cuerpos espirituales» -el umbral del Malakût o el mundo del Alma- nunca habrían sido víctimas de este dilema. Dicen que el mundo de Hûrqalyâ comienza «en la superficie convexa de la Esfera suprema». Se trata evidentemente de una manera simbólica de señalar que este mundo se encuentra en el límite donde se invierte la relación de inferioridad expresada por la preposición «en», «dentro de». Los cuerpos o entidades espirituales no están en ningún mundo, ni en su mundo, del mismo modo que un cuerpo material está en su lugar o puede estar contenido en otro cuerpo. Por el contrario, su mundo está en ellos. De ahí que la Teología atribuida a Aristóteles (esa versión árabe de las tres últimas Enéadas de Plotino que Avicena anotó y que todos nuestros pensadores leyeron y meditaron a su vez) explique que cada entidad espiritual está «en toda la esfera de su Cielo». Por supuesto, todas estas entidades subsisten independientemente unas de otras. Sin embargo, todas existen simultáneamente y cada una está contenida en la otra. Sería completamente erróneo imaginar este otro mundo como indiferenciado y sin forma. En efecto, hay multiformidad, pero las posiciones relativas en el espacio espiritual difieren tanto de las del espacio que abarca el cielo estrellado, como la circunstancia de existir en un cuerpo difiere del hecho de estar «en la totalidad del propio Cielo». Por eso puede decirse que «detrás de este mundo hay un Cielo, una Tierra, un mar, animales, plantas y hombres celestes; pero todo ser en él es celestial; las entidades espirituales que allí subsisten son equivalentes a los seres humanos, pero esto no significa que sean terrestres.»

La formulación más exacta de todo esto en la tradición teosófica de Occidente se encuentra quizás en Swedenborg. Es difícil no sorprenderse por la medida en que las afirmaciones del gran teósofo y visionario sueco coinciden con las de Sohrawardî, Ibn ‘Arabî o Sadrâ Shîrâzî. Así, Swedenborg explica: 

Aunque todas las cosas en el cielo aparecen en el lugar y en el espacio como lo hacen en el mundo, sin embargo los ángeles no tienen ninguna noción o idea de lugar y espacio … Todas las progresiones en el mundo espiritual se hacen por los cambios del estado de los interiores … Por lo tanto es que los que están cerca juntos que están en un estado similar, y los distantes que están en un estado disímil; y que los espacios en el cielo son meramente estados externos que corresponden a [los] internos. Sólo en este caso los cielos son distintos entre sí… Cuando alguien va de un lugar a otro… llega antes cuando lo desea, y más tarde cuando no lo desea, siendo la propia distancia alargada o acortada según el deseo… He observado esto a menudo, y me he maravillado de ello. Por lo tanto, también es evidente que las distancias, y en consecuencia los espacios, son totalmente acordes con los estados de su interior con los ángeles; y que por esta razón ninguna noción o idea de espacio puede entrar en sus pensamientos, aunque hay espacios con ellos al igual que en el mundo.[11]

Esta descripción se aplica eminentemente bien al Nâ-Kojâ-Abâd y a sus Ciudades misteriosas. En resumen, se deduce que hay un lugar espiritual y un lugar corporal. El paso de uno a otro se realiza en cierto modo según las leyes de nuestro espacio físico homogéneo. Por comparación con el espacio corporal, el espacio espiritual es un no-lugar y para los que alcanzan el Nâ-Kojâ-Abâd todo sucede en contra de la evidencia de la conciencia ordinaria, que permanece orientada dentro de nuestro espacio. Pues en adelante el dónde, el lugar, se sitúa en el alma; la sustancia corporal reside en la sustancia espiritual; el alma rodea y lleva al cuerpo. En consecuencia, no se puede decir dónde está situado el lugar espiritual. Más que estar situado, se sitúa, está situando. Su ubi es un ubique. Por supuesto, pueden existir correspondencias topográficas entre el mundo sensible y el mundus imaginalis, uno simbolizando con el otro. Sin embargo, no es posible pasar de uno a otro sin ruptura. Así lo señalan muchos informes. Se empieza, pero en algún momento se produce una ruptura de las coordenadas geográficas que se encuentran en nuestros mapas. Sólo que el «viajero» no es consciente de ello en ese momento. Se da cuenta -con consternación o asombro- sólo después del acontecimiento. Si se diera cuenta, podría volver sobre sus pasos a voluntad o indicar el camino a otros. Sin embargo, sólo puede describir dónde ha estado; no puede mostrar el camino a nadie. 

2. imaginación espiritual

Aquí tocamos el punto decisivo para el que todo lo anterior nos ha preparado, es decir, el órgano mediante el cual se realiza la penetración del mundus imaginalis, el viaje al «octavo clima». ¿Cuál es este órgano capaz de producir un movimiento que constituye un retorno ab extra ad intra (del exterior al interior), una inversión topográfica? No son los sentidos ni las facultades del organismo físico, ni mucho menos el intelecto puro. Se trata más bien de la potencia intermediaria que tiene un papel mediador por excelencia, es decir, la imaginación activa. Pero que no haya malentendidos aquí. Se trata del órgano que hace posible una transmutación de los estados espirituales interiores en estados exteriores, en eventos de visión que simbolizan con estos estados interiores. Toda progresión en el espacio espiritual se realiza por medio de esta transmutación, o mejor aún, la propia transmutación es la que espacializa el espacio. Da lugar al espacio que está ahí, así como a las «cercanías», las «distancias» y los lugares «lejanos».

El primer postulado es que esta Imaginación debe ser una facultad puramente espiritual, independiente del organismo físico y, por tanto, capaz de seguir existiendo después de que éste haya desaparecido. Sadrâ Shîrâzî, entre otros, insistió en este punto en varias ocasiones.[12] Así como el alma es independiente del cuerpo material, físico, en cuanto a la capacidad intelectiva para el acto de recibir los inteligibles, el alma es también independiente en cuanto a su capacidad imaginativa y su actividad imaginativa. Además, cuando se separa de este mundo, puede seguir disponiendo de la imaginación activa. Por medio de su propia esencia y de esta facultad, el alma es, pues, capaz de percibir cosas concretas cuya existencia, tal y como se actualiza en el conocimiento (cognición) y en la imaginación, constituye eo ipso la propia forma existencial concreta de estas cosas. En otras palabras, la conciencia y su objeto son aquí ontológicamente inseparables. Después de esta separación, todas las potencias del alma se reúnen y concentran en la única facultad de la imaginación activa. Porque en ese momento la percepción imaginativa deja de estar dispersa por los diversos umbrales de los cinco sentidos del cuerpo físico, y porque ya no es necesaria para el cuidado del cuerpo físico, que está expuesto a las vicisitudes del mundo exterior, la percepción imaginativa puede finalmente mostrar su verdadera superioridad sobre la percepción de los sentidos. Shîrâzî escribe,

Todas las facultades del alma se vuelven entonces como si fueran una sola facultad, que es la capacidad de configurar y tipificar (taswîr y tamthîl). La imaginación del alma se vuelve como una percepción sensible de lo suprasensible. La percepción imaginativa del alma es como su percepción sensible. Así, su oído, su olfato, su gusto y su tacto [todos estos sentidos imaginativos] son como las correspondientes facultades sensibles, pero estos sentidos imaginativos se atribuyen a lo suprasensible. Mientras que en el mundo exterior hay cinco facultades sensibles, cada una con su órgano específico en el cuerpo, en el mundo interior están sintetizadas en una sola (hiss moshtarak).

Habiendo equiparado la imaginación con el currus subtilis (en griego okhēma, vehículo o cuerpo sutil) del alma, Sadrâ Shîrâzî, expone en estos textos toda una fisiología del «cuerpo sutil» y, por tanto, del «cuerpo de resurrección». Y por ello acusa incluso a Avicena de haber identificado estos actos de percepción imaginativa del otro mundo con lo que ocurre en los sueños durante la vida en el aquí y ahora. Pues, afirma Sadrâ Shîrâzî, incluso durante el sueño, el poder imaginativo se ve afectado por las actividades orgánicas que tienen lugar en el cuerpo físico. Por lo tanto, se requiere mucho más para que esta potencia se beneficie de un máximo de perfección y actividad, de libertad y pureza. De lo contrario, el sueño sería simplemente un despertar en el otro mundo. Sin embargo, no es así, como sugiere una afirmación atribuida a veces al Profeta y a veces al Primer Imîm de los Shî’ites: «Los seres humanos están dormidos. Sólo cuando mueren, despiertan». 

Resulta un segundo postulado: la imaginación espiritual es efectivamente una potencia cognitiva, un órgano de conocimiento verdadero. La percepción imaginativa y la conciencia imaginativa tienen su función y su valor noético (cognitivo) dentro de su propio mundo, que es -como ya se ha señalado- el ‘âlam al-mithâl, el mundus imaginalis, el mundo de las ciudades místicas como Hûrqalyâ, donde el tiempo se invierte y donde el espacio, siendo sólo el aspecto exterior de un estado interior, se crea a voluntad. 

La imaginación se sitúa así sólidamente en torno al eje de las otras dos funciones cognitivas: su propio mundo simboliza con los mundos a los que corresponden las otras dos funciones (cognición sensible y cognición intelectiva). En otras palabras, existe un tipo de control que protege a la imaginación de los extravíos y del despilfarro imprudente. De este modo, puede asumir la función que le corresponde y provocar los acontecimientos relatados en las narraciones visionarias de Sohrawardî y otros. Porque el acercamiento al octavo clima debe hacerse a través de la imaginación. Esta puede ser la razón de la extraordinaria sobriedad del lenguaje que se encuentra en las epopeyas místicas persas (que van de ‘Attâr a Jâmî y hasta Nûr ‘Alî’-Shâh), donde los mismos arquetipos son constantemente amplificados y reamplificados por nuevos símbolos. Cuando la imaginación se desvía y se derrocha imprudentemente, cuando deja de cumplir su función de percibir y producir los símbolos que conducen a la inteligencia interior, se puede considerar que el mundus imaginalis (que es el reino del Malakût, el mundo del alma) ha desaparecido. En Occidente, esta decadencia puede remontarse al momento en que el averroísmo rechazó la cosmología avicena con su jerarquía angélica intermedia de los Animae o Angeli caelestes. Estos Angeli caelestes (en un escalón inferior de la jerarquía que el de los Angeli intellectuales) tenían, en efecto, el privilegio del poder imaginativo en su forma más pura. Una vez desaparecido el universo de estas almas, la propia función imaginativa quedó desvirtuada y devaluada. Así se entiende la advertencia que hizo más tarde Paracelso, quien advirtió contra toda confusión de la Imaginatio vera, como la llamaban los alquimistas, con la fantasía, esa «piedra angular de los locos.»[13] 

Y es precisamente esta la razón por la que ya no podemos evitar el problema de la terminología. ¿Por qué en francés (y en inglés) no tenemos ninguna expresión actual y totalmente satisfactoria para la idea de ‘âlam al-mithâl? He propuesto el latín mundus imaginalis, porque hay que evitar toda confusión entre el objeto de la percepción imaginativa o imaginante, por una parte, y lo que comúnmente calificamos de «imaginario», por otra. Pues la tendencia general es a yuxtaponer lo real y lo imaginario como si este último fuera irreal, utópico, al igual que se acostumbra a confundir el símbolo con la alegoría, o la exégesis del significado espiritual con la interpretación alegórica. La alegoría, siendo inofensiva, es una tapadera, o más bien una parodia de algo que ya es conocido o al menos conocible de alguna otra manera; mientras que, la aparición de una Imagen que puede ser calificada como símbolo es un fenómeno primordial (Urphänomen). Su aparición es incondicional e irreductible y es algo que no puede manifestarse de ninguna otra manera en este mundo. 

Ni los relatos de Sohrawardî, ni los que en la tradición shî’ite hablan del «país del Imâm oculto», se sitúan en el ámbito de lo imaginario, lo irreal o la alegoría, precisamente porque el octavo clima o «país del no lugar» no es lo que comúnmente llamamos una utopía. Como mundo más allá del control empírico de nuestras ciencias, es un mundo supersensible. Sólo es perceptible por la percepción imaginativa y los acontecimientos que allí tienen lugar sólo pueden ser vividos por la conciencia imaginativa o imaginante. Permítanme subrayar de nuevo que no se trata de la imaginación tal como la entendemos en nuestro lenguaje actual, sino de una visión que es la Imaginatio vera. Y esta Imaginatio vera debe ser reconocida como poseedora de un valor plenamente noético o cognitivo. Si ya no somos capaces de hablar de la imaginación en otros términos que no sean los de la Jolie du logis [la imaginación, que traducida literalmente significa la «loca de la casa»], es que quizás hemos olvidado las normas y las reglas, la disciplina y la «disposición axial» que garantizan la función cognitiva de la imaginación, a la que a veces me he referido como imaginatrice

Hay que subrayar que el mundo en el que indagaron estos teósofos orientales es perfectamente real. Su realidad es más irrefutable y más coherente que la del mundo empírico, donde la realidad es percibida por los sentidos. Al regresar, los contempladores de este mundo son perfectamente conscientes de haber estado «en otra parte»; no son meros esquizofrénicos. Este mundo se oculta tras el acto mismo de la percepción de los sentidos y hay que buscarlo por debajo de su aparente certeza objetiva. Por ello, definitivamente no podemos calificarlo como imaginario en el sentido corriente de la palabra, es decir, como irreal, o inexistente. Así como la palabra latina origo nos ha proporcionado en francés los derivados originaire (originario de), original, originel (primario), la palabra imago puede darnos el término imaginal además del derivado regular imaginario. Tendríamos así el mundo imaginal como intermediario entre el mundo sensible y el mundo inteligible. Siempre que nos encontremos con el término árabe jism mithâlî para denotar el «cuerpo sutil» que alcanza el octavo clímax, o el «cuerpo de resurrección», podremos así traducirlo literalmente por cuerpo imaginal, pero, por supuesto, no por cuerpo imaginario. Quizás tengamos menos dificultades para situar las figuras que no son ni «mitológicas» ni «históricas», y quizás esta traducción nos proporcione la contraseña del camino que lleva al «continente perdido». 

Y para encontrar el valor de recorrer este camino, tendríamos que preguntarnos cuál es nuestra realidad, la realidad para nosotros, para que, al salir de ella, alcancemos algo más que un mundo imaginario, o una utopía. Además, tendríamos que preguntarnos: ¿cuál es la realidad de estos pensadores orientales tradicionales que les permite alcanzar el octavo clima, el Nâ-Kôjâ-Abâd? ¿Cómo son capaces de salir del mundo sensible sin salir de la realidad; o, más bien, cómo es que sólo al hacerlo alcanzan la verdadera realidad? Esto presupone una escala del ser con muchos más grados que la nuestra. No nos equivoquemos y afirmemos simplemente que nuestros precursores en Occidente concebían la imaginación de forma demasiado racional e intelectual. A menos que tengamos acceso a una cosmología estructurada de forma similar a la de los filósofos orientales tradicionales, con una pluralidad de universos dispuestos en orden ascendente, nuestra imaginación permanecerá desenfocada, y sus conjunciones recurrentes con nuestra voluntad de poder serán una fuente inagotable de horrores. En ese caso, nos limitaríamos a buscar una nueva disciplina de la Imaginación. Sin embargo, sería difícil encontrar esa nueva disciplina, mientras sigamos viendo en ella no más que una forma de tomar cierta distancia con lo que se llama realidad y una forma de actuar sobre la realidad. Ahora bien, esta realidad que sentimos está arbitrariamente limitada en cuanto la comparamos con la realidad descrita por nuestros teósofos tradicionales, y esta limitación degrada la realidad misma. Otra expresión que siempre se ofrece como excusa para confinar la realidad es la ensoñación, como la ensoñación literaria, por ejemplo, o, para ser más actuales, la fantasía social. 

Sin embargo, uno no puede evitar preguntarse si no era necesario que el mundus imaginalis se perdiera y diera paso a lo imaginario; si no era necesario secularizar lo imaginal en forma de imaginario para que lo fantástico, lo horrible, lo monstruoso, lo macabro, lo miserable y lo absurdo pudieran pasar a primer plano. En cambio, el arte y el imaginario de la cultura islámica en su forma tradicional se caracterizan por lo hierático, por la seriedad, la gravedad, la estilización y la significación. Ni nuestras utopías, ni nuestra ciencia ficción, ni siquiera el siniestro «punto omega» consiguen salir de este mundo, llegar a Nâ-Kôjâ-Abâd. Los que han conocido el octavo tiempo, por otra parte, no fabricaron utopías, como tampoco lo último del pensamiento chií es una fantasía social y política. Es una escatología porque es una expectativa y como tal implica, aquí y ahora, una presencia real en otro mundo y es una evidencia de este otro mundo. 


Sin duda, se podrían hacer innumerables comentarios sobre este tema tanto por parte de metafísicos tradicionalistas y no tradicionalistas como de psicólogos. Sin embargo, a modo de conclusión provisional, me gustaría limitarme a plantear tres pequeñas cuestiones: 

1) Ya no somos partícipes de una cultura tradicional. Vivimos en una civilización científica, de la que se dice que ha conseguido dominar incluso las imágenes. Es un lugar común referirse a nuestra civilización actual como la «civilización de la imagen» (a saber, nuestras revistas, películas y televisión). Pero uno se pregunta si -como todos los lugares comunes- éste no encierra también un malentendido radical, un completo equívoco. En efecto, en lugar de elevar la imagen al nivel del mundo al que pertenece, en lugar de revestirla de una función simbólica que la conduzca a un significado interior, la imagen tiende a reducirse simplemente al nivel de la percepción sensible y, por tanto, a degradarse definitivamente. ¿No habría que decir entonces que cuanto mayor es el éxito de esta reducción, más se pierde el sentido de lo imaginal y más se condena a no producir más que ficción? 

2) ¿Sería posible toda la imaginería, la escenografía de estas narraciones orientales sin el hecho inicial, objetivo, absolutamente primario e irreductible (Urphänomen) de las imágenes arquetípicas cuyo origen es irracional y cuya irrupción en nuestro mundo es imprevisible pero cuyo postulado no se puede rechazar? 

3) ¿No es precisamente el postulado de la objetividad del mundo imaginal el que nos sugieren, o nos imponen, ciertas figuras y ciertos emblemas simbólicos (hermetistas, cabalistas o los mandalas) que tienen un efecto mágico sobre las imágenes mentales para que adquieran realidad objetiva? 

Para insinuar una posible respuesta a la pregunta sobre la realidad objetiva de las Figuras sobrenaturales y los encuentros con ellas, quiero referirme a un texto extraordinario, en el que Villiers de l’Isle-Adam habla del rostro del Mensajero impenetrable con ojos de arcilla; su rostro «sólo puede ser percibido por la mente. Las criaturas vivas sólo experimentan la influencia inherente a la entidad arcangélica». «Los ángeles», escribe,

sólo existen sustancialmente en la libre sublimidad de los Cielos absolutos, donde la realidad es una con el ideal… Sólo se exteriorizan en el éxtasis al que dan lugar y que les es inherente.[14]

Estas últimas palabras -el éxtasis que les es inherente- me parecen de una lucidez profética, porque tienen la virtud de hacer añicos incluso la roca de la duda, de paralizar el «reflejo agnóstico» en el sentido de que rompen el aislamiento mutuo de la conciencia y su objeto, del pensamiento y del ser; aquí la fenomenología se convierte en ontología. Sin duda, este es el postulado implícito en la enseñanza de nuestros autores sobre lo imaginal. No hay otro criterio externo para la manifestación del Ángel que la propia manifestación. El Ángel es la propia ekstasis, el movimiento fuera de nosotros mismos, que representa un cambio en nuestro estado de ser. Por ello, estas palabras sugieren también cuál es el secreto del ser sobrenatural del «Imâm oculto» en la conciencia shî’í: el Imâm es la ekstasis de esta conciencia. Nadie que no esté en el mismo estado espiritual puede verlo. 

A esto aludió Sohrawardî en su narración del Arcángel Carmesí, a lo que se refería con la frase que citamos al principio: «Si eres Khezr, tú también puedes pasar más allá del monte Qâf sin dificultad».


Publicado originalmente en Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1972): 1-19. Traducido por Ruth Horine.

1.Véase la traducción francesa de este breve tratado (escrito en persa por Sohrawardî) en Henry Corbin, En Islam iranien: Aspects spirituels et philosophiques, 4 vols. (París: Gallimard, 1971-73), vol. 2: Sohrawardî et les Platoniciens de Perse. Para un estudio más completo de los temas aquí tratados, véase también el vol. 4: L’école d’Ispahan-L’école shaykhie-Le douzième Imâm sobre el duodécimo Imán o el «Imán caché».

2.Cf. Henry Corbin, History of Islamic Philosophy, traducido por Liadain Sherrard con la ayuda de Phillip Sherrard (Milton Park y Nueva York: Routledge, 2014), 230 ss.

3.Por lo tanto, la representación de la Esfera de las Esferas es sólo una indicación esquemática en la astronomía peripatética o tolemaica; sigue siendo válida, aunque esta astronomía haya sido abandonada. Esto significa que, por muy alto que se pueda llegar mediante cohetes o Sputniks, nunca se habrá progresado ni una pulgada hacia Nâ-Kôja-Abâd, porque no se habrá cruzado el «umbral».

4.Sobre esta noción de presencia, véase en particular mi introducción a Mollâ Sadrâ Shîrazî, Le Livre des pénétrations métaphysiques, traducido por Henry Corbin (Lagrasse: Verdier, 1988).

5.Sobre el «octavo clima», véase también Henry Corbin, Spiritual Body and Celestial Earth: From Mazdean Iran to Shī’ite Iran, traducido por Nancy Pearson (Princeton, N. J.: Princeton University Press, 1977), 73 y ss.

6.Ibídem, 160.

7.Ibídem, 87.

8.Ibídem, 164.

9. Ibídem, 87.


10. Ibid.


11. Emanuel Swedenborg, El cielo y sus maravillas y el infierno: From Things Heard and Seen (Philadelphia: J. B. Lippincott & Co., 1875), pars. 191-95. Swedenborg insistió repetidamente en esta doctrina del espacio y el tiempo, por ejemplo, en su pequeño libro De telluribus in mundo nostro solari. Si no se tiene en cuenta esta doctrina, las experiencias visionarias pueden ser rebatidas con argumentos tan fáciles como inválidos, porque confunden las visiones espirituales del mundo espiritual con las fantasías producidas por la ciencia ficción. Un abismo separa ambas nociones.


12. Véase Corbin, En Islam iranien, vol. 4: L’école d’Ispahan-L’école shaykhie-Le douzième Imâm, libro 4: «L’école d’Ispahân»; el capítulo 2 está enteramente dedicado a los escritos de Mollâ Sadrâ Shîrâzî.


13. Cf. Henry Corbin, Alone with the Alone: Creative Imagination in the Sūfism of Ibn ‘Arabī, traducido por Ralph Manheim (Princeton, N. J.: Princeton University Press, 1998), 179. Sobre la teoría de los Angeli caelestes, véase Henry Corbin, Avicenna and the Visionary Recital, traducido por Willard Trask (Princeton, N. J.: Princeton University Press, 1960).


14. »L’Annonciateur», en Comte de Villiers de l’Isle-Adam, Contes Cruels, 6ª ed. (París: Calmann Lévy, 1893), 342.

¿Quiénes son los criminales?

Traducciones

Jerry Fyerkenstad, Estados Unidos


Ensayo publicado en Encuentro con la sombra (Ed. Kairos, España), pp. 326-337, 1991.

Traducido por David González y Fernando Mora

Gente que se revuelca en el fango. Marginados. Sórdidos. Mezquinos. Indisciplinados. Maleantes. Gamberros. Ladrones. Canallas. Depravados. Repugnantes. Gente que parece pensar con el culo. Una verdadera porquería. Gentuza que desprecia la ley, el camino correcto, el único camino, el camino hecho y derecho. Gente que no teme a Dios ni respeta a sus semejantes. Bestias. Pervertidos. Perros. Gente de mala raza. Bastardos. Ignorantes. Locos. Enfermos. Psicópatas. Almas descarriadas. Almas perdidas. Egoístas. Carniceros. Quebrantahuesos. Asesinos despiadados y fríos como el hielo que no dudarían un instante en matar a su propia madre.

Los criminales representan todo lo que nosotros no somos ni queremos ser, todo lo que rechazamos y deseamos expulsar de la sociedad. «Qué maravilloso sería que pudiéramos librarnos definitivamente de todos ellos. Esas personas ruines e indignas deben ser exterminadas. Encerrémoslas y tiremos la llave». Pero ese camino es un camino aparentemente erróneo del viaje del alma, un camino negativo, la Vía Negativa de la alquimia.

La alquimia en pocas palabras

La alquimia es muy simple. Comenzamos tomando la massa confusa, la materia prima, el plomo, y lo colocamos en un recipiente sellado, el vaso hermético. Después se calienta el recipiente y se realizan una serie de operaciones sobre la substancia para terminar transformándola en «oro». En opinión de Jung y Hillman, estas operaciones –la condensación, la destilación, la «repetitio», la «mortificatio» y «el matrimonio del rey y la reina»– no tienen ningún significado esotérico sino que se refieren metafóricamente al proceso que tiende a revelarnos la verdadera naturaleza de la substancia original. La massa confusa es pues equiparable a la piedra angular de la tradición bíblica y el oro –o el niño de oro– producto final del proceso, equivale al nacimiento del alma.

La alquimia es un Arte Hermético que, según se dice, es guiado por Hermes (Mercurio), que también era el dios de los ladrones, los criminales y otros ciudadanos clandestinos.

En nuestra cultura los delincuentes son la massa confusa, la piedra angular rechazada e indigna. Con ellos no puede hacerse nada sólido ni seguro. Rilke los llamaba los «necesitados», los imperfectos, esos a los que la gente no escucha si primero «no han confesado». Según Rilke «son sus voces las que pueden hacernos escuchar la bondad» y no las voces de los «eunucos de los coros eclesiales» que terminan aburriendo incluso a Dios. Aquí comienza todo. La Gracia sólo puede descender sobre lo imperfecto, sobre aquello que proclama sus faltas, sus iniquidades y sus debilidades.

Nosotros consideramos que los delincuentes comunes encarnan todos los rasgos negativos indeseables mientras creemos que nosotros somos «justos», buenos y observadores de la ley. ¿Pero se debe a qué somos personas naturalmente buenas o a que tenemos miedo a que nos «encierren»?

El delincuente se debate en el mundo de lo desconocido, más allá de la ley y el orden, en los dominios de Hermes y el inconsciente. El delincuente es cruel, violento e indiferente pero se ha atrevido a atravesar un límite que, en cierto modo, todos necesitamos cruzar. El teólogo y alquimista Sebastián Moore lo expresaba del siguiente modo: «Nuestro misterio más profundo consiste en que nuestras maldades y nuestros impulsos contra la totalidad nos exponen al amor de Dios de un modo y con una intensidad mayor que la que nos proporcionaría el mismo deseo de alcanzar la totalidad».

Nuestros delincuentes son personas que no pueden –o no quieren– crear oro utilizando los mismos procedimientos que la mayoría hemos decidido que son los correctos. Son aquellos que nos venden cosas que pretendemos no desear: cocaína, sexo, estéreos, bicicletas y automóviles «a precios casi regalados». Son aquéllos que están desesperados por su fracaso para alcanzar el «oro» siguiendo los criterios que los demás consideramos adecuados y viven explotando los reinos ocultos de la naturaleza humana que la mayoría negamos hipócritamente. De este modo, creemos erróneamente que al eliminar a los delincuentes nos libraremos también de nuestros propios vicios. Pero esta alternativa es imposible porque lamentablemente ignoramos que nuestros vicios encierran algo esencial para la naturaleza humana, algo que no puede ser encarcelado, abandonado o sacrificado sino que debe ser asumido, comprendido y trabajado alquímicamente.

Lo sagrado en lo profano

Jung creía que Dios, el Dios viviente, sólo puede ser encontrado donde menos queremos mirar, en el lugar en el que más nos resistimos a buscar. Ese Dios se halla oculto en nuestra oscuridad y nuestra sombra, entrelazado con nuestras heridas y complejos, inserto en nuestras patologías. Por otra parte, el Dios de la Creencia, el Dios que no tiene nada que ver con la creación y la vida cotidiana, el Dios ajeno a nuestras imperfecciones mundanas, sólo nos proporciona una excusa para permanecer alejados de las facetas más intrincadas de la existencia humana.

La alquimia es un proceso que nos permite extraer el Dios viviente de los aspectos más corruptos de la existencia. Pero ese proceso no puede comenzar hasta que no reconozcamos nuestra corrupción; una corrupción que se halla presente de manera explícita o implícita. Basta con limitarnos a reconocerla, admitir su existencia en nuestras acciones, en nuestras fantasías, en nuestros anhelos más secretos y momentos más ocultos.

En realidad, de lo que estamos hablando es de la diferencia entre el alma y el espíritu. El camino del espíritu es estrecho y ascendente pero el camino del alma, por el contrario, discurre de manera sinuosa, perturbadora y descendente. El camino del alma es también el camino de iniciación a nuestra propia humanidad. Nuestro objetivo, por tanto, no es el de llegar a ser «buenos», ingenuos e inocentes sino llegar a ser auténticos y reconocer nuestra oscuridad mediante la via negativa. Iniciarnos significa llegar a conocer de qué somos capaces, cuáles son nuestros límites, nuestros odios y nuestros deseos. Pero éste suele ser un conocimiento muy doloroso de adquirir. Sólo podemos ser realmente responsables de nuestras acciones y tomar decisiones inteligentes cuando seamos conscientes de esos factores.

Recordemos el cuento del Príncipe y el Dragón. Un matrimonio anciano que desea tener un hijo consulta a una comadrona que les aconseja que antes de dormir arrojen bajo la cama el agua con el que han lavado los platos. A la mañana siguiente descubren bajo la cama una flor con dos capullos, uno blanco y otro negro, y los recogen a ambos.

Al cabo de unos meses la comadrona vuelve a ser llamada para asistir al parto. Lo primero que aparece es una lagartija viscosa que la comadrona, con el beneplácito semiconsciente de la madre, arroja por la ventana. Unos instantes después nace un hijo robusto y hermoso al que todos aman. Tanta admiración despierta que llega a prometerse en matrimonio con la hija del rey.

Mientras tanto, el Dragón también va creciendo en secreto añorando a su hermano y a su familia, a quienes roba para poder seguir vivo y mantenerse caliente. De este modo, el Dragón termina desarrollando un carácter agrio, malhumorado y rencoroso.

Cuando, el día de la boda el príncipe sale del castillo, su carruaje debe detenerse súbitamente porque un gigantesco Dragón le corta el paso revelándole que es su hermano perdido hace tiempo y le pide que le encuentre una novia o, en caso contrario, jamás volverá a ver a su prometida. Entonces, comienza el difícil proceso –que durará varios años– de encontrar una mujer que esté dispuesta a pasar toda una noche con el Dragón en una habitación.

El punto crítico del relato reside en la escena en la que el Dragón sale de la oscuridad, declara su procedencia y reclama una muchacha que sea capaz de «amarle» tal como es. Hasta ese momento el Dragón se ha visto condenado a vivir como un criminal y un descastado. Ahora no quiere renunciar a ser como es. Ahora es una materia prima que quiere entrar en una habitación especial –el Vaso Hermético– y llevar a cabo un proceso alquímico que culmine en la forja de su alma. Sólo reconociéndose a sí mismo y reclamando lo que necesita podrá ser amado y disponer de un lugar en el mundo. Pero esto precisamente –mostrarnos a plena luz del día y reconocer los «sentimientos extraños» y los «deseos insanos» que nos abruman– es lo que tanto los delincuentes como los buscadores de chivos expiatorios nos negamos a hacer. En la medida en que «nos neguemos a experimentar esto» seguiremos enclaustrados, escondidos y seremos –como decía Goethe– «simples visitantes perturbados por la oscuridad de la tierra».

Tenemos miedo a ser capturados, a quemarnos (con el aceite), a nuestro Dragón oculto y a tomar conciencia de nuestras necesidades más desagradables. Es por ello que la mayoría de nosotros pretendemos ser absolutamente buenos. Sin embargo, ser bueno no es suficiente.

Casi todos creemos en la transformación, la muerte y el renacimiento –auspiciado por Hermes/Mercurio– pero no estamos dispuestos a afrontar la muerte. Queremos cambiar sin ser cambiados, queremos tener una «nueva imagen» pero no estamos dispuestos a sufrir las incomodidades, las molestias y el desequilibrio que necesariamente acompañan a todo cambio integral.

La psicología evolutiva, en especial la descrita por Robert Kegan, especifica las distintas fases que debemos atravesar para poder llegar a madurar como seres humanos. Sin embargo, la mayor parte de nosotros nos quedamos atascados en los estadios iniciales del proceso porque nunca se nos ha enseñado a hacer los sacrificios necesarios para afrontar las sucesivas muertes y renacimientos que constituyen el proceso evolutivo (una representación psicológica del proceso alquímico). Es por ello que tenemos dificultades para asimilar las lecciones que tiene que ofrecernos cada estadio (o, dicho en otras palabras, cada una de las operaciones del proceso alquímico).

La prisión: la entrada en el vaso hermético

El cautiverio, la prisión, la pena de muerte y la cadena perpetua representan condiciones verdaderamente alquímicas. El Vaso Hermético –el recipiente que contiene la materia prima, la massa confusa– debe permanecer sellado durante todo el proceso. Algo parecido ocurre en nuestro caso cuando encerramos en la cárcel a los criminales con la esperanza de que se transformen. Del mismo modo podríamos decir que el castigo y la terapia representan también operaciones alquímicas tales como la destilación y la putrefacción.

Pero no son los delincuentes los únicos que deberían sufrir este arduo proceso alquímico. Todos nosotros lo necesitamos y algunos de nosotros todavía más que ellos. Pero dado que nosotros nunca nos dejaremos capturar jamás nos someteremos al proceso. ¡Si hubiera algo que pudiera atraparnos! Dios sabe que no deseamos enfrentarnos a nosotros mismos y que tratamos de escapar de cualquier modo del proceso hermético. Pero para poder ser atrapados alguien debe delatarnos. Si evitamos la cárcel jamás podremos entrar en el vaso hermético –en el recinto sagrado– y el proceso alquímico jamás podrá iniciarse.

Al igual que sucede en el cuento del Príncipe y el Dragón, o en el mito de Eros y Psique, no puede ocurrir nada verdaderamente interesante hasta que el dragón –el monstruo que mora bajo la cama– sea «capturado», salga a plena luz del día y pueda ser visto e identificado. Sólo entonces puede comenzar el trabajo real. Hasta ese momento todo es inconsciente, impreciso y ciego.

Comparados con los criminales somos meros «voyeurs» que permanecemos fascinados contemplando a distancia el espectáculo. Muy pocos de nosotros confesaríamos –como Mick Jagger en “Simpatía por el Diablo”– que colaboramos inconscientemente con las fuerzas de la oscuridad y, de ese modo, nos negamos a penetrar en los dominios de la verdadera humanidad. Preferimos a un Dios a quien podamos adorar y ensalzar que a un co-creador que nos invite a colaborar en la creación. No estamos dispuestos a celebrar el «sacramento del asesinato» y reconocer que el núcleo de nuestra oscuridad, de nuestra atracción por el mal y de nuestro rechazo de la totalidad son tan esenciales para obtener la gracia, el alma y el «oro» como nuestras creencias y esfuerzos deliberados hacia la totalidad, la bondad y la perfección.

Consideramos que el crimen es algo antinatural e inhumano, un acto que va contra la naturaleza y la cultura. ¿Cómo podemos pues afirmar que el crimen sea una metáfora de algo esencialmente necesario? Nuestros sueños parecen querer violar, robar, saquear, profanar lo sagrado, golpear, mutilar, torturar, intimidar, etcétera, a nuestro ego cotidiano. De este modo, los sueños intentan enfrentarnos a nuestra massa confusa «relativizando» al ego. El sueño y la enfermedad son los principales medios que utiliza nuestra alma para comunicarse con nosotros. Es por ello que nuestra negativa cultural a comprometernos en el opus alquímico de trabajar con nuestros sueños aumenta la probabilidad del delito. De igual modo, la ampliación de nuestros presupuestos de defensa, el interés en la defensa personal, los sistemas antirrobo y las medidas de seguridad no hacen más que aumentar la probabilidad del delito ya que ese tipo de medidas profundizan el abismo, aumentan las diferencias y aseguran la inevitabilidad del ataque. Por tanto, si permitimos que los sueños se manifiesten y nos afecten –sin interpretarlos y darles un sentido que se acomode a nuestros conceptos previos– nos proporcionarán una vía de acceso al lado oscuro y criminal de nuestra mente y transformarla, así, en «oro».

El convicto debe seguir un camino diferente. Una parte muy importante de su «cura» (otra operación alquímica –curtir, oscurecer la piel, otra metáfora del castigo) consiste en aprender el rol de la víctima, sentir lo que siente, tomar, en definitiva, conciencia de todo el episodio y no limitarse solamente a desempeñar el papel de delincuente. Eso es lo que al criminal le parece antinatural, este es su opus contranatura, lo que puede curar su fragmentación y división.

Aumentar el calor

El fuego y el calor juegan un papel fundamental en muchas operaciones alquímicas como, por ejemplo, la destilación o calcinatio (secado). A los policías se les llama «maderos» y los delincuentes que todavía no han sido capturados tratarán a toda costa de evitar a los maderos y los que permanezcan cautivos intentarán huir o burlar el calor que produce ese tipo de leña.

«Calentarse», por otro lado, también se refiere al estado apasionado y vehemente por el que tenemos que pasar si queremos conseguir algo porque, de lo contrario, sólo seremos unos jodidos locos. Una persona «acalorada» es impredecible, irracional y testaruda. «Estar caliente» es también una forma de decir que estamos excitados sexualmente, un estado que no cesará hasta no haber satisfecho nuestro deseo. ¿Cuál es la motivación que impulsa al criminal cuando entra «en calor»? ¿Por qué está dispuesto a sacrificarse? ¿Cuál es esa perla de valor incalculable que sólo él parece conocer? ¿Se trata acaso del poder, el control, la riqueza, los objetos caros, las mujeres o las drogas? Según Gregory Bateson el delincuente busca algo esencial en su delito. ¿De qué se trata? ¿Qué cosa fantástica «imagina» que obtendrá? ¿Con quién quiere encamarse, acostarse, o fornicar? Sea como fuere ¡sólo esperamos no encontrarnos entre él y el objeto de su deseo!

Putrefacción, Repetitio y otras operaciones

Repetitio: si consideramos a la Tierra como vaso hermético todo lo que usamos y tiramos no sufre esta operación de repetitio. En lugar de seguir amontonando desperdicios que sólo hemos utilizado una vez debemos aprender a valorar y transformar la basura que se convierte en massa confusa.

Destilación: descartar lo superfluo y quedarnos con lo esencial. La mayoría tendemos a acumular objetos, ideas y proyectos sin llevarlos a cabo, sin hacer ningún tipo de selección previa, sin llegar a decidir jamás lo que es esencial, y actuar después en consecuencia.

Putrefacción: conocer nuestros aspectos despreciables y descubrir que nuestra mierda también apesta. Para los delincuentes convictos esto significa tomar clara conciencia de que sus acciones han dañado a los demás ya que, al igual que los políticos o los líderes religiosos, la mayoría de los delincuentes no se percatan de ello. Para poder simpatizar con el mundo que está más allá de nuestro ego y podamos darnos cuenta de sus imperiosas necesidades nuestra miopía debe disiparse. Para los no delincuentes, la putrefacción implica la toma de conciencia de su propia mierda y, en consecuencia, el cambio de rumbo en su continuo viaje hacia la superación y la perfección.

Contención: en el momento en que algo se escapa del vaso hermético el proceso alquímico se trunca y debe comenzar nuevamente. De este modo, aunque la ciencia, la industria y la tecnología moderna estén basadas en los antiguos principios herméticos, vierten todo tipo de sustancias tóxicas y las emisiones radioactivas procedentes de centrales nucleares contaminan nuestra tierra. Este vertido es fruto de un proceso sin integridad, un proceso en el que falta el alma y que no puede provocar, por tanto, ninguna transformación útil.

La importancia de la sal

Para los alquimistas la sal era un elemento imprescindible. La sal está asociada con la memoria porque sirve para conservar, para mantener las cosas en una condición utilizable y comestible. En los delincuentes, sin embargo, la memoria suele ser una cualidad bastante deteriorada. La terapia con los delincuentes parece funcionar mejor cuando se les pide que reconstruyan sus pasos, sus planes, su decisión de transgredir la ley, es decir, cuando se les pide que echen sal en el vaso que constituye su psiquismo o su alma. Por otra parte, la sal resulta también apropiada para mantener a los presidiarios ya que a todos se nos ha enseñado que poner sal en la cola de los pájaros impide su vuelo.

Sin embargo, el hecho de que hayamos pescado al delincuente no significa que éste no quiera zafarse del anzuelo. Debemos seguir con nuestras operaciones hasta encontrar un nuevo punto de vista que nos permita observar la totalidad del proceso. Debemos, pues, considerar al criminal como una parte de nuestra propia historia, debemos abrirle nuestro santuario privado para que nos despoje de todo aquello que no es imprescindible para vivir y nos haga sentir lo que es el dolor y la privación. Todo esto no sólo es aplicable al campo de los sueños sino que también sirve para que vayamos más allá de nuestra obra personal y privada y nos hagamos cargo del vaso mayor –el Vaso Hermético que es el planeta. De este modo, el delincuente suscita diversas reacciones paralelas ya que, si bien actúa en base a sus intereses personales y sus mezquinas necesidades, también constituye simultáneamente un elemento catalizador que puede activar el drama del alma en nuestra propia vida

Los delincuentes son los esclavos espirituales de las minas de nuestra ignorancia

En realidad, el deseo de erradicar el crimen es el deseo de eliminar al alma, la imperfección y la necesidad de la gracia, el deseo de construir un mundo regido por consultores, conductistas, empresarios y relaciones públicas. No resulta, por tanto, extraño afirmar que padecemos un fascismo edulcorado de rostro educado y amable (un fascismo literalmente no violento, como subraya reiteradamente Noam Chomsky en sus escritos sobre la sutileza del fascismo americano).

Necesitamos a los delincuentes para poder detener a alguien que no seamos nosotros mismos. Preferimos mandar a otros a las minas, algún voluntario desesperado, una víctima propiciatoria que se encargue de llevar a cabo el trabajo sucio. No es soprendente que nuestra cultura haya abrazado una religión como la cristiana cuya teología santifica el que otra persona (Cristo) haga nuestro trabajo esencial y muera para expiar nuestros pecados. Pero esto no hace más que postergar nuestra crucifixión, abortar el proceso alquímico antes de su conclusión e impedir nuestra transformación en profundidad.

Si prestamos atención, metafórica y literalmente hablando, al mundo del crimen descubriremos que necesitamos a los «delincuentes» para atacar, violar y asesinar a nuestro ego habitual, a las pautas conceptuales y emocionales que corrompen nuestra alma y nos empujan a tomar decisiones y llevar a cabo acciones dañinas para el cuerpo social y para los objetos y criaturas del mundo. Sin embargo, aunque este crimen sea inevitable también debemos apresar al delincuente, mirarle a la cara y aclarar las cosas. Debemos escuchar las razones que arguye para justificar su agresión, cosa que no lograremos, en cambio, si nos limitamos a encerrarlo y tirar luego la llave, a desterrarlo o simplemente a ejecutarlo.

Aunque sacrificáramos a toda la humanidad con ello no haríamos más que perder la oportunidad de hacernos más humanos y desaprovecharíamos la ocasión de profundizar nuestra comprensión tanto de los aspectos oscuros como de los luminosos de todo el espectro de la humanidad. Lo peor de todo es que también parece que nos gustara sacrificar a la tierra que nos sostiene e, incluso, al alma humana. Creemos que los aztecas eran primitivos porque sacrificaban seres humanos para complacer a sus dioses pero no queremos darnos cuenta de que, al amordazar nuestra conciencia para no admitir que nosotros también sacrificamos a los delincuentes, inmolamos al Tercer Mundo en aras de nuestra prosperidad y a las generaciones venideras a cambio de unos pocos bienes de consumo.

* * *

Estaba enojado con mi amigo,

Le expresé mi rabia y ésta terminó.

Estaba enojado con mi enemigo,

No se lo dije y mi rabia fue en aumento.

Noche y día la regué

Con las lágrimas de mi miedo

Y la expuse al sol de mis sonrisas;

Y con sutiles y engañosas artimañas

Siguió creciendo día y noche

Hasta que brotó una brillante manzana

Y mi enemigo percibió su resplandor.

Y supo que era mía

Y entró furtivamente en mi jardín

Cuando la noche oscurecía el orbe.

A la mañana siguiente, triste, descubrí

a mi enemigo, tendido, bajo el árbol.

WILLIAM BLAKE

Medicina Arquetipal, Theoria

Traducciones


Alfred Ziegler, Alemania

Publicado en Archetypal Medicine, Spring Publications, Canadá, pp. 7-46, 2000.

Traducido por Alejandro Chavarria

El HOMBRE es una quimera, una monstruosidad compuesta por un número indeterminado de contradicciones. Es más un monstruo que un ser racional, una circunstancia que la Naturaleza ha sabido disimular ingeniosamente hasta el punto de que nos sentimos más cómodos con él que con una extraña criatura del espacio exterior. Es como si el propio Edipo fuera la mismísima Esfinge con la que se encontró de camino a Tebas y que le preguntó: «¿Qué es el hombre?». Es como si el centauro al que los griegos consideraban el antepasado de los médicos ya diera fe, mediante su forma quimérica, de la verdad de que todo conocimiento esencial sobre la naturaleza del hombre tiene que ser híbrido.

¿O acaso no es cierto que en la humanidad el amor puede pervertirse en odio y a la inversa, que la eficiencia lleva consigo la desidia, o que detrás de todos los sistemas y el orden brilla el espectro de la desintegración? ¿No nos enfrentamos a cada paso con el fenómeno de que la crítica paralizante resplandece desde el amor maternal, que la traición mantiene viva la noción de fidelidad y viceversa, que la suerte fatídica del alcohólico proviene de la insaciabilidad de su sobriedad, o que los hipocondríacos esperan lo peor para sí mismos simplemente porque son muy desconsiderados con sus propias necesidades?

Desde que la psicología como ciencia, adormecida de espíritu pero racional en su enfoque, ha lidiado con las condiciones y los fenómenos existentes, ha descubierto más y más discrepancias de este tipo. Sin embargo, parece que la psicología, al descubrir las polaridades -que la extroversión y la introversión se entremezclan en cualquier individuo, que un sádico se esconde en cada masoquista y que el pensamiento digital debe estar siempre atento a los lapsos de superstición analógica- se regocija innecesariamente. Por muy esclarecedor que sea el conocimiento de los opuestos humanos, nuestra información hasta la fecha es lamentablemente escasa. Toda la riqueza de las polaridades humanas sólo parece hacerse visible cuando, en nuestras cavilaciones sobre los enigmas de la enfermedad, tropezamos con las múltiples cualidades humanas que desempeñan un papel tan importante en la génesis del malestar. Una y otra vez, una nueva polaridad encuentra la realidad material, como cuando el conflicto entre la sumisión y un «No» estoico sale a la luz en la artritis reumatoide o cuando la discrepancia entre una naturaleza particularmente dependiente y una intención continuamente vacilante de rechazar la dependencia se manifiesta en la esclerosis múltiple.

A pesar del patrón fundamentalmente polar, la naturaleza del hombre no es simétrica; sus características no están dispuestas como los radios de una rueda. El hombre no es una creación armónica, sino que tiene un perfil definido y un carácter individual no intercambiable. Los poetas han dado a conocer una inmensa abundancia de estas características individuales, mientras que los psicólogos, con sus tipologías, hacen una figura muy pobre en comparación. Están los iluminados, los insidiosos, los tontos; están los rectos que hacen el bien y no se arredran ante nadie, los directos, los rotundos, los rastreros, y muchos, muchos más. Sin embargo, sean cuales sean los contornos, no importa lo que caracterice a un individuo como ejemplar o repugnante, descubriremos que estas características no son más que los aspectos dominantes, «sanos», dentro de las polaridades, aquellos rasgos que sobre una base relativamente consistente comprenden la personalidad predominante y en los que se puede confiar más o menos. En su mayor parte, los rasgos dominantes nos ayudan a abrirnos camino en la vida y a adaptarnos a las circunstancias en relación con nuestros objetivos. Estos mismos rasgos son también los lados sobrevalorados y glorificados de nuestras personalidades, dentro de los cuales se esconden los rasgos oscuros y no admitidos, completándonos como quimeras dicotómicas. Los rasgos oscuros serían las cualidades recesivas y engañosas de las que generalmente no somos conscientes y que alternativamente hacen su inesperada aparición. Por su pura imprevisibilidad, nos resultan irritantes, sobre todo cuando nos meten en situaciones incómodas. Con frecuencia, son lo que pone en duda la imagen que presentamos para el consumo público y actúan como fuente de duda de nuestra propia identidad. Los rasgos recesivos son también los lados menos adaptados de nuestra personalidad, teniendo finalmente una curiosa tendencia a «descender» al cuerpo donde claman obstinadamente por nuestra atención como síndromes de enfermedad. Mientras que los rasgos dominantes, sobrevalorados, nos llevarían a considerarnos la corona de la creación, nuestras inferioridades recesivas nos proporcionan todas las razones para dudar de tal conclusión.

El hombre extrae su naturaleza quimérica de la vida misma, compartiendo esta cualidad con todo lo que vive hasta los organismos más primitivos, que remontan su existencia al océano primitivo. En todas partes, no sólo entre los hombres, sino incluso entre los protozoos del charco más pequeño, la vida depende de esta naturaleza quimérica, de cualidades ubicuamente polares. Devora en el abandono de un abrazo; es sensible e inmune al dolor; es pesada y ligera, brillante y tenue, empuja y es empujada, serpentea entre la salud y el sufrimiento, nadando suspendida con una parte en la sustancia inorgánica de sus orígenes oceánicos.

Podríamos representar el comienzo de la vida como una especie de excrecencia biológica primigenia capaz de separarse del licor madre inorgánico que la rodea gracias únicamente al principio quimérico. Siguió creciendo, propagándose en parejas siempre nuevas e inusuales. Si hubiéramos venido a la Tierra desde otro planeta y no hubiéramos estado acostumbrados a las múltiples formas de la Naturaleza desde nuestra más tierna infancia, probablemente nos sorprenderíamos de la cantidad de singularidades que se encuentran en el reino que llamamos nuestro mundo. Nos sorprendería aún más hasta qué punto la vida busca equilibrios extraordinarios, sobre todo por cómo este proceso preserva la enfermedad y la muerte.

Estaríamos muy equivocados si habláramos de los protozoos como «inmortales» simplemente porque se reproducen por división: son tan mortales como nosotros, nadando en sustancias tóxicas o encontrando a ciegas una boca abierta y, por tanto, un final en el tracto digestivo de algún animal. Si no fuera así, la vida de los protozoos habría aumentado de forma salvaje hasta alcanzar las proporciones de una pesadilla. No hay inmortalidad en la Naturaleza, como tampoco pertenece al esquema de las cosas que la eficiencia unilateral sea recompensada. La Naturaleza parece mucho más atenta a la creación de bastardos en los que el principio quimérico pueda preservarse mejor. De este modo, fomenta la progenie de criaturas no emparentadas para cumplir mejor su plan general. Ni en el mundo de los seres humanos ni en el de los animales tiene prioridad la acumulación de eficacia y salud, sino la preservación de la enfermedad y la muerte. Las visiones de Darwin sobre la preservación de la especie -y, por tanto, de la vida- empiezan a ser una perspectiva del pasado.

Vista desde otra perspectiva, la de la muerte y lo inorgánico, la vida parece una especie de emanación del reino mineral, un viaje por pantanos inexplorados o un acto de equilibrio. No es un error de la naturaleza, sino un plan de la misma, el que caigamos, nos desintegremos o nos disolvamos, no sólo un naufragio en los arrecifes de las circunstancias externas, sino también un surtido bien programado de enfermedades y muertes. La selección de enfermedades y muertes pertenece a la cualidad quimérica de la existencia humana, mientras que la salud como tal es sólo una preocupación secundaria.

Podemos considerar la enfermedad como la transformación de rasgos y tendencias recesivos en sufrimiento físico. Aunque son incoherentes, caprichosos y, por lo general, mal adaptados, estos rasgos tienen la curiosa tendencia a somatizarse y a aparecer como enfermedades identificables, como morbo. Lo que antes considerábamos sólo «comportamiento» o nuestra «condición» adquiere repentina o gradualmente dimensiones físicas y se traslada, por así decirlo, a otra condición agregada, metamorfoseándonos en «casos», provocando nuestra «caída» del ámbito de la psicología al de la medicina. Cuando los adolescentes, a pesar de sus tendencias ascendentes y exteriores y de la necesidad de enfrentarse a la vida y a sus exigencias, sufren una degeneración de la columna vertebral, ¿no somos testigos de cómo la humildad y la sumisión en el plano físico contrarrestan la impudicia acrítica de la juventud? ¿No vemos cómo el impulso de dominación desconsiderada de los demás es contrarrestado por una tendencia a la discreción cuando los asmáticos se enfrentan a la nueva realidad de tener órdenes e insultos atrapados en sus bronquios?

La metamorfosis que da lugar a la enfermedad física no es un acto autónomo de nuestras carencias: la enfermedad no es un hecho aislado. Más bien, es provocada por un énfasis particular en la salud, un énfasis que sirve de forma autosuficiente en su naturaleza compulsiva y limitante. La somatización es inconcebible si no va precedida de un «extravío» de nuestros talentos particulares. La naturaleza parece tolerar sólo una medida limitada de unilateralidad; cuando se sobrepasan los límites o si se dedica demasiada energía a la unilateralidad, la naturaleza contrarresta la tendencia a través de nuestros cuerpos, como si buscara un medio más eficaz o impresionante de exigir el reconocimiento de sus quiméricos planes. La insensibilidad de nuestra salud determina nuestras enfermedades. Nuestra falta de preocupación y atención sólo puede llegar hasta cierto punto antes de encontrar límites establecidos, límites que son difíciles de determinar, pero donde la superioridad unilateral se encuentra con su opuesto en forma física, donde se producen cambios visibles en las vértebras y se produce la constricción asmática de los bronquios. La metamorfosis o somatización en sí misma no puede predecirse, aunque podemos percibir un acontecimiento inminente de algún tipo, algo «en el viento». Los propios pacientes suelen estar desprevenidos, normalmente sorprendidos por lo que les ocurre. El interrogatorio o la introspección no arrojan nada concreto, mientras que otros pueden al menos señalar un indicio, una sospecha de algo que ha encontrado expresión en recordatorios, consejos bienintencionados o frustración. Por lo general, quienes conocen al paciente se sorprenden tanto como él por la enfermedad, y sólo se preguntan después de los hechos que algo tan obvio no se haya notado antes. La comprensión psicosomática suele ser retrospectiva. Cuando los planes de la naturaleza, tan oscuros como sabios, se hacen realidad en un individuo, el paciente se convierte en una figura barroca y surrealista. Entre otras cosas, el individuo enfermo despierta todo un espectro de sentimientos alienantes en los demás, pues la naturaleza humana alberga la enfermedad como una especie de perversión. Algo extraño o extraño, algo que no «pertenece», anida en la enfermedad. Si los primeros y espectaculares ataques de asma nos chocan, si al ver un doloroso caso de sarpullido de hiedra venenosa somos presa de la picazón de la curiosidad, entonces la visión de una fractura compuesta puede llenarnos de pavor, y un resfriado de ojos acuosos puede despertar nuestra empatía. Con un poco de sensibilidad, no podemos evitar la sensación de que algo absurdo está ocurriendo, una sensación que nuestros antepasados debían tener cuando describían la enfermedad como obra de duendes o de luces de duendes, de seres que no son del todo humanos.

La caída, la metamorfosis en sufrimiento físico, viene precedida de ciertas premoniciones: La naturaleza no trata con nosotros tan solapadamente como a veces puede parecer. Mucho antes de que la situación se agrave desde el punto de vista médico, nuestro corazón es torturado por un odio que sólo tiene en cuenta nuestros mejores intereses de forma profiláctica. Mucho antes de que se noten cambios morfológicos en la columna vertebral del futuro jorobado, éste se ve acosado por sentimientos de culpa. Mucho antes de que se produzca el primer episodio asmático, se produce una ansiedad nihilista, mientras que las crisis diuréticas reales no sirven sino como culminación de la incontinencia psíquica ante las dificultades. En otras palabras, los infartos se producen sin que haya infartos reales, los jorobados no son necesariamente deformes, los asmáticos no tienen que manifestar congestión bronquial y la diarrea no depende de la presencia de deposiciones frecuentes y sueltas.

Incluso puede decirse que la naturaleza alimenta la rica variedad de estas adversidades premonitorias, otorgándoles al mismo tiempo una medida especial de realidad. Dicho de otro modo, las premoniciones premórbidas se inmiscuyen lo justo para mostrarnos dónde estamos y hasta qué punto hemos sobrepasado los límites naturales de la salud según una ley de intensidad, de grados de prioridad. El hecho de que las premoniciones estén siempre presentes, de un modo u otro, atestigua la intención de la Naturaleza de prevenir continuamente. Las premoniciones premórbidas apoyan la salud, preceden a la enfermedad y guían a los que prestamos atención en el camino del bienestar físico.

Mientras lo que hemos llamado «premoniciones» permanezca apenas percibido en un estado premórbido, pueden potenciar nuestras capacidades hasta un punto insospechado. Sirven como una especie de levadura que nos motiva o impulsa a evadirnos en la ostentación de la salud y en los rendimientos concomitantemente sobresalientes. De este modo, las premoniciones premórbidas nos ensanchan, un proceso que, gracias a las nada despreciables posibilidades de represión y supresión, nos permite desarrollar una imagen inusualmente exagerada de nosotros mismos. Aunque el proceso puede llevarnos fácilmente por el mal camino y, con ello, evocar la enfermedad, también nos proporciona la comprensión de lo contrario, es decir, de cómo el genio prospera en el estiércol de la premorbilidad.

Sin embargo, a largo plazo, la salud se socava a sí misma, ya que, como nos enseña nuestra experiencia diaria, la vida humana se encuentra cada vez más con la enfermedad y termina finalmente con la muerte. Tendríamos que ser terriblemente ingenuos para considerar que la Naturaleza tiene exclusivamente en mente nuestro bienestar: no trabaja para mantener un estado de salud eternamente joven, sino para nuestra desaparición final. La existencia humana encaja en el plan de la Naturaleza sólo en tanto que es transitoria, y las premoniciones premórbidas no están pensadas únicamente para la prevención o como invernadero del genio, sino mucho más como memento mori.

La enfermedad es nuestra única herencia, ya que no hace falta más que echar un vistazo a la vida humana para determinar que la vida termina en la muerte por medio de la enfermedad. Sólo el espíritu de nuestro siglo prospectivo y optimista ha hecho que este hecho banal pase a un segundo plano de nuestra conciencia. Preferimos considerar el malestar como obra de las noxas externas y el envejecimiento como una avería debida al desgaste. Pero la vida humana no se desgasta ni se agota; nuestro patrimonio no es insuficiente, defectuoso o eugenésicamente inadecuado. Nuestra herencia, más bien, incluye un suicidio preprogramado que determina el curso de nuestra existencia a pesar de todo el bienestar y una asombrosa capacidad para resistir las tendencias inorgánicas. A pesar de toda la vitalidad de la vida, no podemos ignorar al menos un mínimo de descomposición inevitable.

La naturaleza parece vigilar y supervisar sus intenciones tanto celosamente como con misericordia, velando por que se cumplan. Contrariamente a la filosofía liberalizada del desarrollo de Darwin, con su noción de la supervivencia del más fuerte, la Naturaleza erradica especialmente a los «más fuertes», afirmando así su principio de equilibrio. La naturaleza asegura en exceso la muerte. Si el hombre consigue evitar la primera trampa que le ha tendido, le espera otra con la misma seguridad. Por lo general, lleva consigo numerosas muertes que esperan la oportunidad de poner fin a su existencia. La vida no sólo es «patotrópica», sino también «tanatrópica»: su telos no es la enfermedad, sino la muerte.

En esta medida, el hombre fue concebido como una monstruosidad desde el principio; la monstruosidad no es que oculte deficiencias o carencias, sino que es su naturaleza quimérica. La herencia del hombre, sus «genes», consisten en «disposiciones», en algo, en otras palabras, predispuesto a deshacerse, a desmoronarse. Nuestros complementos quiméricos heredados -dominantes y recesivos, superiores e inferiores- confieren a la existencia humana sus características particulares y únicas. A pesar de toda nuestra aptitud, nuestras «disposiciones» nos someten a las transformaciones surrealistas que llamamos enfermedad y, en última instancia, a una muerte única y particular.

Podemos captar el significado original de las imágenes de Totentanz de la Edad Media, imágenes que generalmente retratan aquellas formas de existencia humana que Darwin habría considerado «las más aptas». No sólo vemos mujeres voluptuosas con figuras esqueléticas que miran por encima de sus hombros, sino también generales que estrechan la mano de la muerte por última vez y burgomaestres que miran cómo la muerte hojea perezosamente sus papeles. La vida humana, la existencia humana, sigue siendo una danza de la muerte, una Totentanz, porque la muerte está anclada en nuestros genes.

Que no haya malentendidos: la Totentanz no personifica en absoluto una condición exclusivamente miserable y dolorosa. La muerte no sólo sirve como oponente malicioso o como una insidiosa desgracia que condena al individuo a un descalabro de por vida, sino que como «Goodman Death» mantiene largas e íntimas amistades. Como sabemos por experiencia, hay quienes están tan enamorados de la muerte que rara vez salen de su tanático enamoramiento. Su apasionada relación ejemplifica lo que un examen más detallado revela a nuestro alrededor: el hombre posee un anhelo primitivo por la existencia inorgánica e incluso un sentimiento de arrepentimiento por el hecho de que a la Naturaleza se le ocurriera, en primer lugar, crear algo parecido a la vida a partir del reino mineral.

Los antepasados sólo pueden transmitir un legado de enfermedades, sus propias disposiciones a enfermar, no enfermedades concretas. No heredamos las enfermedades como tales, sino la predisposición a enfermar. Los síndromes que se prestan mejor a los esfuerzos del tratamiento psicosomático no se comportan de forma diferente a los síndromes que no lo hacen. Aquellos trastornos que permiten suponer que los factores patógenos se encuentran entre las influencias de la primera infancia (artritis crónica, por ejemplo, o afecciones cardíacas) apuntan con la misma frecuencia a los factores de la herencia, como lo hacen las afecciones sobre las que la medicina psicosomática no puede arrojar ninguna luz. Los estudios sobre gemelos, en particular, demuestran estas conclusiones: ponen en tela de juicio todos los intentos psicosociales de prevención y desinflan nuestras preciadas nociones de alcanzar una utopía libre de enfermedades.

No ha pasado tanto tiempo desde que la relación del hombre con la muerte y los muertos, incluidos por supuesto los antepasados del hombre, era abiertamente problemática. Como mínimo, había motivos de sospecha en la medida en que la preocupación por la muerte no se consideraba decididamente morbosa o maligna. Sólo con el advenimiento de nuestro siglo positivista y cosmético perdimos la costumbre de temer a los muertos, teniendo todo lo que podíamos hacer para ocuparnos del futuro. Aunque los sentimientos hacia los que nos han precedido siguen siendo problemáticos en niveles más profundos, rara vez nos ocupamos de esas cosas conscientemente. En las naciones altamente industrializadas, rara vez vemos a los enfermos y lisiados en la calle, sobre todo en comparación con la Edad Media. En consecuencia, no nos enfrentamos a la necesidad de una relación «más natural» con el sufrimiento, la mortalidad, la muerte y nuestra propia naturaleza mórbida. Todas las prácticas de culto que servían para regular y ordenar las relaciones con los muertos -y que evitaban su intromisión en la vida cotidiana con los consiguientes estragos- sólo existen como restos rudimentarios. Hoy en día, los genetistas y los eugenistas son los únicos que se ocupan ética o médicamente de nuestro legado irracionalmente maligno. Son ellos los que han emprendido la exorcización de los muertos, sin poder cambiar en lo más mínimo la naturaleza básica de la disposición que nos fue legada.

Los etnólogos sufren un problema muy parecido. Los antepasados primigenios de los que una sociedad totemista rastrea su linaje se caracterizan no sólo por una valentía inusual, una sabiduría excepcional y otras cualidades positivas. En cuanto a la semejanza del antepasado venerado como figura tótem o como animal tótem encaramado a un poste o pilar, el observador se da cuenta no sólo de aspectos sobrehumanos, sino también de locura y enfermedad. Los etnólogos descubren en todas partes monstruosidades humanas atávicas, reversiones genéticas ancestrales y enfermedades. Aquí, los ojos saltones de la enfermedad de Grave, las anomalías dentales, las dislocaciones y las fracturas compuestas. Allí, el retraso en el crecimiento o el gigantismo, las deformidades, las dermatosis y los síntomas que podrían atribuirse fácilmente a graves trastornos internos. Apenas existe una sola figura totémica que sea incapaz de evocar fantasías médicas, un fenómeno que difícilmente puede atribuirse a la falta de talento artístico. Las creaciones artísticas de los pueblos primitivos parecen expresar más bien una actitud arrebatadora de profunda sabiduría hacia la disposición mórbida de la humanidad, actitud que encuentra su expresión en las máscaras empleadas por los chamanes con fines terapéuticos.

Cabe imaginar que un sentimiento similar de ascendencia común subyace a la formación de asociaciones contemporáneas dedicadas a esta o aquella enfermedad: la Asociación del Pulmón, la Fundación para la Esclerosis Múltiple o la Asociación contra el Cáncer. No podemos pasar por alto la importancia de estos grupos, pero nos vemos obligados a preguntarnos si realmente existen únicamente para promover la lucha contra sus respectivos trastornos o si no son una manifestación de la dinámica totémica que une a todos los que padecen la misma enfermedad.

Aunque las disposiciones se manifiestan a lo largo de toda la vida del individuo, son menos evidentes durante la infancia y la juventud, una época en la que las unilateralidades heroicas, las «saludes», toman forma más rápidamente que en la vida posterior. Sin embargo, a la «sombra» de estas saludes se encuentra la susceptibilidad a la enfermedad. Søren Kierkegaard, por ejemplo, fue uno de los primeros existencialistas, esa escuela filosófica que puso especial énfasis en la existencia, del latín que significa «destacar». Cabe preguntarse si habría sido tan eficaz como filósofo si no se hubiera convertido en jorobado como expresión concreta de la duda y la humildad.

Lo que se convierte en nuestra fuerza en el curso del desarrollo normal también proporciona el impulso hacia la enfermedad y la muerte. En este proceso, las relaciones primarias de un niño con su entorno apenas merecen la posición privilegiada que generalmente les otorga una época saturada de una mentalidad de producto/causalidad. A menudo parece como si hubiera relaciones pero no relaciones primarias. Las disposiciones hacen uso del entorno de un individuo a lo largo de toda su vida: la madre y el padre, los hermanos, los animales domésticos y las gallinas del corral. Los padres y el entorno de la infancia no sólo tienen un efecto formativo en el individuo, sino que son las primeras cosas que el niño usurpa.

Ver la influencia relativa del entorno infantil hace más comprensible la gran variedad de características dentro de una misma familia. De lo contrario, la variabilidad de personalidades que comparten orígenes similares desconcierta y confunde: personas marcadamente diferentes fueron azotadas por el mismo padre, intimidadas por la misma madre, consoladas por el mismo perro y despertadas por la mañana por el mismo gallo de compañía. A pesar de las influencias ambientales comunes, cada individuo es moldeado por su respectiva disposición en contornos únicos y quiméricos, encontrando su respectiva grandeza y su respectiva recesión de la que enferma y muere. El padre de Kierkegaard probablemente abusó de la disposición de su hijo para cultivar una filosofía existencialista: este mismo padre arrastró un deprimente sentimiento de «desesperación silenciosa» a lo largo de su propia vida por una vez, mientras era pastor, habiéndose burlado de Dios por su bajo estado en la vida.

Cuando nuestras heroicidades, nuestras «saludes» especiales, se engañan a sí mismas, nuestras inferioridades y cualidades recesivas vuelven a manifestarse corporalmente como functiones minoris resistentiae, funciones con mínima resistencia. Nuestras sombras adquieren sustancia, buscando ardientemente causas o cosas que provoquen su sustancialización. La búsqueda parece ser tan indiscriminada que se satisface con casi cualquier «cosa», quizá una de las razones por las que la enfermedad se consideraba antiguamente como una manía (por alguna «cosa»), una búsqueda frenética que hace que uno se consuma por su enfermedad.

De repente, la etiología pasa de ser un sistema de causalidad, una ciencia que responde a las preguntas sobre las cosas y las causas, a un sistema que describe la búsqueda ciega de noxas patológicas, respondiendo así a la pregunta sobre la finalidad, el telos, de la enfermedad en general. Tanto a largo como a corto plazo, la naturaleza necesita la enfermedad para mantener su quimérico equilibrio, agarrando en su falta de pretensiones cualquier cosa que le sirva para su propósito: bacterias, virus, hongos y protozoos, parejas matrimoniales, superiores o subordinados, el tráfico de automóviles y el clima. Cada uno de nosotros tiene su propio y único asesino.

Imagínese lo diferente que sería considerar a un individuo que sufre de asma alérgica como alguien que experimenta el mundo como algo cada vez más amenazante, poblado de un número creciente de espíritus hasta el punto de que los objetos más inofensivos se convierten en parásitos patógenos. Puede ser el polvo de la mesa, una neblina otoñal, el polen, el humo de la chimenea del vecino, un viejo conocido que mide media cabeza más, o incluso la visión de la cara vertical de una montaña en una postal. El hombre es extremadamente ingenioso en su búsqueda de la enfermedad necesaria; las causas las conjura simplemente de la nada.

Una larga lista de posibles factores etiológicos acompaña a la mayoría de los trastornos, despertando sentimientos de impotencia, como si nunca se entendiera bien el trastorno sin conocer las verdaderas causas. Tanto el sentimiento de impotencia como las suposiciones sobre la «realidad» están justificados. Sin embargo, la falta de comprensión no reside en la ignorancia de las causas, sino en la arrogancia inadvertida de la noción de causalidad. Considerar la causalidad como el único agente por el que se puede lograr un orden definitivo en el campo de la medicina parece ser tanto un deseo inflado como un signo de los tiempos. Desde la perspectiva de la medicina arquetipal, el entorno humano está, desde el principio, contaminado. No existen más que contaminantes, ya que nuestras disposiciones son capaces de convertir cualquier cosa en noxas de enfermedad. Nuestras disposiciones prestan a los factores «somatogénicos» y «psicogénicos» su eficacia. Nuestro entorno es tan higiénico como lo permite la búsqueda de la enfermedad y, para decirlo sin rodeos, los que se preocupan por la contaminación del aire son los que la necesitan.

Las nociones contemporáneas de salud e higiene tienden siempre a lo clásico, en tanto altas cualidades: lo que los griegos y romanos de la antigüedad representaban en sus esculturas simétricas y apolíneas difiere poco de nuestros conceptos modernos, convencionales, aficionados o profesionales de la salud. Poco importa que la salud se defina en positivo o, como hace la Organización Mundial de la Salud, en negativo -la OMS define la salud como la ausencia de sufrimiento físico, mental o social-. Es como si el objetivo de la medicina empírica fuera la creación de proporciones apolíneas y que el destino de los historiadores de la cultura durante el siglo pasado todavía espera a la ciencia médica. Como sabemos, la imagen de la simetría que los eruditos habían creado desde la antigüedad sufrió una transformación, gracias en gran medida a El nacimiento de la tragedia de Nietzsche. A la belleza y la armonía de Apolo, discernibles por doquier en Hellas (¡o eso se creía!), se unió la enfermedad de Dionisio, un dios carente de simetría en casi todos los aspectos. Parece que hoy en día no podemos evitar tener que revisar el clasicismo de la medicina para ajustarlo más a la realidad humana.

La imagen quimérica del hombre de la medicina arquetipal no es clásica. Más bien, se hace evidente que no sólo no existe una «salud» unificada e indivisible, sino que, en el mejor de los casos, hay una serie de «saludes» individuales que son idénticas a las dominantes de las que hemos hablado antes y que son especialmente adecuadas en varios aspectos. En consecuencia, estas «saludes» complementan todo lo inferior o recesivo y se sitúan en una paradójica relación de atracción/repulsión de toda enfermedad.

Al igual que hay un número limitado de enfermedades, también deberían numerarse, al menos teóricamente, las «saludes» que nos aquejan. En realidad, las cualidades particulares de nuestras «saludes» sólo se manifiestan cuando partimos de las enfermedades y extrapolamos las cualidades complementarias, cualidades que, de otro modo, permanecen en su mayor parte indistinguibles en las sombras proyectadas por la sobreiluminación de la conciencia. Esto es especialmente cierto en el caso de los jóvenes: dado que su concepto de enfermedad carece de experiencia concreta que le dé contenido -es aún incipiente, por así decirlo-, la salud permanece en gran medida inconsciente. Al haberles sido robada o negada la experiencia de la enfermedad por nuestro Zeitgeist, saben poco sobre la salud y, por la misma razón, poco específicamente sobre ellos mismos. La juventud vive embrujada por el hechizo de su piel lisa e inmaculada.

Mientras que la Salud se mueve y nos atrae hacia arriba -vuela, por así decirlo-, la Enfermedad se mueve fuertemente hacia abajo con sus quejas, fatiga, parálisis, dolor y confinamiento (¡en la cama, aunque sea!). En la enfermedad vemos la impotencia y la inactividad. En la enfermedad encontramos a los infelices, a los dependientes, a los minusválidos. En la enfermedad uno se retuerce de dolor o está inmovilizado por las náuseas. En nuestra mente todo el proceso se vuelve idiota al convertirse en clínico, especialmente si escuchamos el griego klinē, cama, en «clínico». La enfermedad avanza hacia la muerte a medida que la condición se vuelve grave. Estamos empantanados, hundidos, ahogados. La progresión es «cuesta abajo», hacia abajo, hacia la cama. Un resbalón, una caída, y puede pasar algún tiempo antes de que «salgamos» o «superemos». Al mismo tiempo, la enfermedad va acompañada de una sensación de invulnerabilidad: no nos enfrentamos a ninguna decisión, no se espera de nosotros que propongamos ninguna solución. Estamos exentos y suspendidos, el mundo se ha detenido y estamos, por así decirlo, muertos, con el privilegio de no ser responsables de nada.

Nuestras inferioridades, nuestras recesiones, adquieren sustancia en nuestras situaciones de desamparo y desesperanza, llamándonos inequívocamente a la conciencia, una especie de recordatorio de que el incierto equilibrio de nuestra salud puede dar giros repentinos. Nuestra recesividad recobra significado durante la pesadez de la enfermedad, maquinando su propia resurrección si no nos lleva de una vez por todas a la tumba. A los que se les atasca una maldición en la garganta debido a un repentino ataque de asma o a los que una fiebre les calienta la frígida desolación, se les da a entender sin ambages que lo que pende de un hilo no es la discreción ni el calor de la compañía humana, respectivamente. A menudo, una erupción cutánea es el único medio de expresión de la ira o del amor. Sin embargo, una y otra vez, parece ser el oro loco de nuestras superioridades, nuestros dominantes, lo que obliga a transformar las cualidades complementarias en manifestaciones físicas. La salud siempre evoca la enfermedad cuando la salud se vuelve compulsiva y se persigue ad absurdum.

Para entender la enfermedad desde esta perspectiva, es necesario abandonar el terreno firme de la medicina empírica, ya que, como ha demostrado la experiencia, la categorización de las patologías según entidades de enfermedad no permite apreciar la dinámica mutua de la salud y la enfermedad. Las enfermedades de las que hablaremos son síndromes, imágenes de enfermedad, no construcciones empíricas en las que los síntomas se agrupan más o menos arbitrariamente sobre la base de la frecuencia estadística y que, si es posible, se vinculan a un agente causal concreto. Las imágenes de enfermedad de las que nos ocuparemos no son formulaciones intelectuales, sino representaciones gráficas que aparecen de la manera más alienante y sensual.

Alejarse de las enfermedades como entidades y acercarse a las enfermedades como imágenes es casi un anacronismo, una especie de regresión médica a una época anterior a la investigación racional y científica en la que se hablaba de las enfermedades en términos de imágenes. Es como si la medicina arquetipal volviera y buscara conexiones en una época en la que todavía se hablaba de cólico, de tisis, o de la «rosa» como eritema, hoy mencionada sólo como síntoma de dermatosis.

Las enfermedades se originan en la abstracción. La naturaleza no puede permitir que algo tan fundamental para el proceso vital dependa del mundo de lo concreto. Sin embargo, las enfermedades no se instalan en ningún escenario con un telón de fondo particular y familiar; más bien, se producen a veces aquí, a veces allí, con poca o ninguna consideración de este o aquel entorno.

Si, en efecto, permitir que se produzcan enfermedades pertenece a la intención o las intenciones de la Naturaleza, ésta encuentra las «causas» necesarias en las regiones más dispares del mundo humano. La Naturaleza no puede permitirse la existencia de unas condiciones de vida «saludables»: la tribu hotentote de la selva tropical, tan sigilosa, no vive más peligrosamente que la población de una subdivisión urbana, y la taiga de las edades de hielo ocultaba tantos peligros (cuantitativamente, sino cualitativamente, los mismos) como el mundo contemporáneo de las profesiones industriales o corporativas. La susceptibilidad de la humanidad a las enfermedades se materializa en las más variadas circunstancias y gracias a la más amplia variedad de agentes. En otras palabras, el servicio militar proporciona una paleta tan rica de noxas de enfermedad como los matrimonios, las familias, los entornos laborales, las clínicas, los hospitales y -sí, por último pero no menos importante- las prácticas psicoterapéuticas, ya que aquí también se buscan fervientemente las fuentes y las causas de la enfermedad.

Vemos que las enfermedades surgen más de las condiciones que responden a la pregunta «¿Cómo?» que a la pregunta «¿Qué?» – más bien de lo específico y lo particular. Las enfermedades resultan menos de un comportamiento particular en asociación con objetos particulares que del modo y la manera en que este comportamiento tiene lugar, algo esencialmente inaprensible. Es como si tuviéramos que renunciar a todo nuestro concretismo y tuviéramos que olvidar las percepciones de nuestros órganos sensoriales para llegar a lo que contiene la capacidad de incorporación, una comprensión o perspectiva de la enfermedad que obvia platónicamente un énfasis excesivo en los hechos. Se trata de una comprensión que casi presupone una reticencia a buscar respuestas en la plétora de nombres, fechas y sucesos que nos apremian. La orientación también puede ser una forma de ceguera.

En otras palabras, cuando un albañil sufre un eczema en las manos, no es tanto el contacto con el cemento como objeto o su actividad particular como albañil lo que le hace enfermar. Más bien, estaría justificado suponer la existencia de una hipersensibilidad «inflamatoria» a su oficio concretada o calificada de manera particular por y a través de su eczema. Debido a su sentido del deber, es posible que el propio albañil apenas sea consciente de su hipersensibilidad. Lo que es cierto para un albañil es igualmente válido para un político. El estadista que sufre un infarto no ha sido puesto en peligro por la política y la administración, sino por una ansiedad oculta y un despotismo lleno de odio que, a pesar de profesar un sentido cristiano de la justicia, somatiza y estrangula su corazón.

La enfermedad demuestra una insidiosa tendencia a desarrollarse sólo hasta un determinado grado de gravedad, como si se hubiera predeterminado el grado en que la vida del individuo afligido se verá amenazada. El grado de somatización parece estar calculado, en otras palabras, y la extensión de la «caída» en las manifestaciones materiales de una forma particular de comportamiento o estado de ánimo aparentemente sigue leyes establecidas de materialización. No se puede esperar que la inflamación crónica del estómago, la gastritis hiperácida, se convierta en un tumor como algo natural, y los simples dolores de cabeza pueden seguir siendo simples dolores de cabeza y no tienen por qué transformarse en migrañas. La rigidez de una articulación no tiene por qué degenerar en artritis reumatoide, y una tendencia a la diarrea no tiene por qué mutar en una infección intestinal ulcerosa. Lo contrario también es cierto: al igual que una afección «leve» no degenera necesariamente en una grave, tampoco una afección grave «mejora» para convertirse en una más leve. Las afecciones graves son cualitativamente diferentes de las leves y viceversa. Además de las transiciones ininterrumpidas entre los grados de gravedad, también existen diferencias graduadas que la naturaleza suele observar con exactitud. La medicina orgánica se encuentra aquí con fenómenos predecibles similares a los encontrados en la psiquiatría. En psiquiatría, por ejemplo, una neurosis no presupone una eventual psicosis, e incluso los llamados casos límite siguen siendo casos límite con una considerable obstinación, sin mostrar ninguna inclinación a asumir el carácter de una neurosis ni a desarrollarse en un episodio psicótico agudo.

Las afecciones denominadas «leves» son más bien perturbaciones que enfermedades propiamente dichas y se denominan «psicógenas» o «funcionales». Rara vez pueden describirse o delimitarse de forma fiable, desarrollando síntomas ahora aquí, ahora allá. Junto con el estreñimiento, por ejemplo, se encuentran dolores de cabeza o un vago malestar estomacal o palpitaciones del corazón. Con frecuencia, las quejas o los síntomas desaparecen tan repentinamente como aparecieron y son difíciles de localizar con algún grado de exactitud. A veces parecen estar determinados por factores ambientales: los síntomas aparecen regularmente tras tal o cual tipo de experiencia o cuando son precedidos por una serie de males apenas registrados. En consecuencia, su curso es irregular, dando la impresión de ser arbitrario, incluso caprichoso. Las quejas y los síntomas nos llevan a conclusiones falsas y a prescribir las más variadas y amplias pruebas y exámenes, ocupando la atención de los hospitales más completamente, con sus cualidades efímeras, que los trastornos graves. Quoad vitam, en lo que respecta a la vida misma, estos síntomas se comportan generalmente de forma benigna, a pesar de su capacidad de aterrorizar como tantos duendes. Desde el punto de vista terapéutico, a menudo consideramos a estos pacientes candidatos a la psicoterapia porque el sufrimiento parece ser «nervioso», nacido y mantenido por conexiones atormentadoras. Para estas afecciones, como para todas las formas de somatización, las «causas» o factores causales no suelen ser más que factores entre otros factores, herramientas en manos del instinto de la enfermedad, que utiliza lo que está más a mano para lograr sus fines.

A diferencia de las enfermedades «leves», las «graves» permiten una descripción más exacta. Nos hacen el favor de comportarse según las formas clásicas de los libros de texto, con su correspondiente progreso y desarrollo. Parecen «estadísticamente significativas», lo que permite un diagnóstico incluso bajo un examen superficial, y son el tipo de casos que el novato en medicina cree que tratará principalmente. En realidad, las enfermedades graves -los casos en los que un médico puede confiar y con los que puede contar como parte de su práctica- no forman más que una parte de todo el ámbito conocido como enfermedad. La relación entre las enfermedades «graves» y el estado de la psique desempeña un papel tan secundario que rara vez el médico examinador se plantea siquiera indagar en la situación laboral del paciente o investigar las relaciones dentro de su familia. Las enfermedades graves dejan poco espacio para el capricho: por lo general, se comportan de forma poco imaginativa, siniestra, autónoma, siguiendo alguna oscura compulsión. Las enfermedades graves son asuntos serios y deben tomarse en serio, ya que el grado de somatización llega a lo más profundo del organismo, hasta el hueso, por así decirlo. Ahora se convierte en una cuestión de vida o muerte, y no simplemente en una cuestión de mayor o menor cantidad de dolor, náuseas, diarrea y similares. La terapia psicológica entra en escena sólo como una consideración secundaria y, no pocas veces, la sugerencia de que el psicólogo podría contribuir de alguna manera evoca una diversión condescendiente: hay cosas más importantes de las que ocuparse que el lujo de la condición psicológica del paciente. La enfermedad grave es la fuente del aura particular de la profesión médica.

Es como si la naturaleza hubiera querido que nuestro mayor nivel de salud posible fuera nuestro mayor nivel de enfermedad tolerable. Si nuestra «perdición» depende de la parte recesiva de nuestra división quimérica inherente (que guía el comportamiento habitual para que no nos desviemos demasiado) y si esta misma «perdición» se pervierte con demasiada facilidad como enfermedad física, es evidente que la Naturaleza no ha planeado para nosotros el mismo tipo de bienestar que se expresa en las nociones contemporáneas de «salud».

Por el contrario, el ser humano parece menos capaz de estar sano cuanto más cree que tiene que estarlo. Por esta razón, los deportes son mucho más peligrosos en la medida en que incorporan un pensamiento competitivo desconsiderado e irreflexivo. Cuanto más demos por sentada la necesidad de una actitud rígida ante la vida y el vivir, más ciertamente nos alcanzarán la cobardía y la timidez y nos poseerán en forma de temblores o a través de la voracidad tranquilizadora por la comida. El tipo de salud que la Naturaleza ha planeado para nosotros se comporta de forma muy parecida a las condiciones meteorológicas: no existe una zona de alta presión permanente sin las tormentas de los sistemas frontales invasores. No existe la salud continua sin el riesgo de muerte. En este sentido, parece que no somos en absoluto independientes de la Naturaleza. Más bien, vivimos como parte integrante del paisaje elemental de nuestro origen.

El ser humano está más sano cuando está enfermo. En su forma más pura, la salud es insoportable a largo plazo, ya que conlleva una responsabilidad demasiado grande y demasiada libertad como para que la asumamos indemne durante algún tiempo. La «ruina» y su manifestación, la enfermedad, son en definitiva necesarios. Nuestras aflicciones diarias no son en absoluto una acusación de la condición humana, sino una expresión de satisfacción de que nuestro bienestar y nuestro potencial humano tengan límites. Las aflicciones nos arraigan mejor, nos protegen y blindan, como si todos nuestros esfuerzos asumieran un toque de espontaneidad. Cuando nos falta el aire por culpa de la obesidad, podemos tomarnos todo un poco menos en serio, ya que podemos, por decirlo de alguna manera, aferrarnos a nuestro propio jadeo. Las molestias artríticas añaden un toque de dolor a todas nuestras empresas, legitimando las tendencias a la indolencia, mientras que una afección sinusal aguda o crónica nos permite mantener el mundo a distancia con la excusa de «estoy resfriado».

Siempre que sepamos qué buscar, encontraremos ejemplos de la ley de conservación de nuestra «perdición» y su corolario, la necesidad de la enfermedad, en cada rincón de la vida cotidiana. Cuando en el curso del tratamiento psicoterapéutico las molestias o síntomas físicos retroceden o desaparecen por completo, las circunstancias y el comportamiento que dieron lugar a los síntomas en primer lugar pueden reaparecer como disforias banales. Si antes un malestar abdominal persistente -con o sin infección de la vejiga- complicaba considerablemente la rutina diaria de un ama de casa, ahora las «quejas» o dolencias de otro tipo se enfrentan a ella y le dificultan la vida. Cuando, por otra parte, las dificultades psíquicas dan un giro positivo, no hay garantía de que no se manifiesten, si no lo han hecho ya, como dolencias corporales, «¡caen en el cuerpo!» Cuando el sufrimiento, la «desazón», expresada hasta ahora en una protesta social obstinada e inútil, mejora de repente, por ejemplo, no sería sorprendente verlo reaparecer como un doloroso reumatismo abdominal.

Lo que es válido para el individuo también lo es para la colectividad. La naturaleza nos ha preparado un mundo mórbido, con la intención de que nuestra «ruina» se acerque a una media probable y nuestro estado de salud sea aproximado. En otras palabras, la naturaleza, incluso en lo que respecta a la salud y la enfermedad, se limita a lo que razonablemente se puede esperar de nosotros.

La perspectiva anterior probablemente encontraría poco favor en la sociedad contemporánea. Podríamos ser capaces de entender la necesidad de un equilibrio entre nacimientos y muertes, para no encontrarnos con la imagen de un crecimiento con metástasis salvaje que se ha comido a sí mismo, literalmente, «fuera del hogar y de casa». Somos mucho menos capaces de reconocer la homeostasis entre la salud y la enfermedad. Podríamos reconocer que un estanque, no perturbado por los seres humanos, constituye un sistema ecológico cerrado con un equilibrio entre lo que está sano y lo que está enfermo, mientras que experimentamos una decidida dificultad para considerar el mundo de los seres humanos como el mismo tipo de sistema que se ajusta a las leyes de la enfermedad y la salud. En este sentido, parece que estamos atrapados en una ideología en la que el espíritu del cientificismo positivista brilla tanto como en el siglo anterior.

La naturaleza se esfuerza por conseguir un crecimiento cero de la población. En consecuencia, no debemos considerar las mutaciones genéticas en términos de las que son más sanas como las que tienen más posibilidades de supervivencia y propagación. Si la naturaleza ha producido algo tan especializado como el tejido cerebral, sin duda también ha tenido tiempo suficiente para elaborar el proceso considerablemente menos complejo de la degeneración del mismo tejido. La naturaleza parece mucho más preocupada por que nuestra susceptibilidad a la enfermedad y a la muerte siga el ritmo de todos los cambios y mutaciones, una consideración que nos parece muy plausible en términos de los ciclos animales y vegetales de un claro de bosque, pero bastante extraña y alienante cuando se superpone a nuestro propio paisaje humano. Desprenderse de nuestras nociones utópicas y darse cuenta de que no debería existir la «salud» porque no puede haberla es, a primera vista, desilusionante. Apenas somos capaces de registrar la corrección y el consuelo, la cualidad de alguna manera liberadora de un pensamiento tan sombrío. Tal vez sólo en retrospectiva podamos comprender hasta qué punto nuestro pensamiento está determinado por la idea clásica de salud, que sólo parece tan clara y brillante porque su razonamiento motivador es tan mórbido.

Nuestras políticas sanitarias son al mismo tiempo igual de exaltadas, tanto heroica como idiotamente, si se percibe un pensamiento detrás de ellas tan demacrado que no es más que una sombra de lo que fue. La población de las naciones occidentales representa una sociedad que en todos los aspectos ha sido corregida y pulida hasta el punto de parecerse a una enorme colección de figuras antiguas restauradas. Sólo cuando uno toma nota del número de personas de un grupo que han sido tratadas quirúrgica o químicamente o que se han salvado de alguna manera de volver al polvo del que proceden, se da cuenta de la intención ecológica moderna y sin embargo nunca cambiante de la Naturaleza.

Las enfermedades socializan. Es difícil decir hasta qué punto toda enfermedad hace posible la convivencia relativamente pacífica dentro de nuestra sociedad. Sería decididamente unilateral si consideráramos sólo las dificultades y los problemas que nos plantean las enfermedades y no tuviéramos en cuenta las aportaciones.

Difícilmente podemos comprender las cualidades sociales del hombre sin considerar que éste participa en la sociedad como una especie de molestia quimérica: empuja y es empujado, come y es comido. La sociedad es, en su mayor parte, un medio viscoso, y el movimiento del hombre dentro de este medio requiere una habilidad y energía considerables. La actividad en el ecosistema humano da forma y moldea nuestras capacidades y talentos, al tiempo que actualiza nuestra susceptibilidad morbosa, al igual que los humanos, por su parte, mortificamos y desafiamos nuestro entorno. Por así decirlo, la sociedad es un sistema relativamente cerrado en el que todos tenemos que encontrar nuestro lugar y en el que, sobre todo, los distintos grados de somatización desempeñan un considerable papel estabilizador.

En nuestro mundo humano, sin embargo, los seres humanos no son en absoluto el único factor implicado. Nuestro mundo no está formado únicamente por la especie homo sapiens, por muy omnipresente que sea. Dentro del medio en el que se mueve el hombre -la sociedad, en otras palabras-, el propio hombre no es más que una cualidad entre muchas otras, una parte de un entorno muy complejo que consta de mucha piedra y hormigón, de adornos artificiales y de trozos de cielo, flora y fauna. Al menos desde el punto de vista médico, nuestro prójimo tiene la misma e igual importancia que, por ejemplo, la propia casa, la vista de las montañas en el horizonte o la maceta del salón. En consecuencia, nuestras sensibilidades y apatías derivan y se dirigen por igual a nuestro gato mascota o a la primavera con sus brisas cargadas de polen que a nuestros semejantes.

Tanto en particular como en general, la morbilidad o la susceptibilidad a la enfermedad posee un potencial que no debe subestimarse para mantener la armonía social, ayudando a garantizar una sociabilidad altamente híbrida. ¿Quién sabe cuántos matrimonios deben su existencia a los ataques de migraña con los que una esposa y madre fundamenta un sadismo crispado y salva así a la familia en su conjunto? ¿Cuántas investigaciones han explorado hasta qué punto los sentimientos de odio y rabia de un empresario hacia sus empleados y clientes encuentran su expresión en el estado del corazón del empresario y no en el envenenamiento de las relaciones con otros seres humanos? ¿Quién ha tenido en cuenta que la ansiedad que acompaña a la ambición emprendedora a menudo se repliega en una susceptibilidad a los ataques de diarrea? Por último, ¿cuántas veces hemos reconocido la importancia de la hipertensión como factor de estabilización de la sociedad, incluso de preservación de la civilización en la medida en que las tensiones destructivas encuentran un receptáculo en la hipertensión física?

Es concebible que una determinada civilización recurra más a estos potenciales cuanto más se apoye en una noción idealista de la armonía como parte integrante de la existencia social. No podemos descartar el papel que desempeñan en este sentido nuestra llamada criminalidad y asocialidad, ni la utilidad de nuestra susceptibilidad a la enfermedad para embalsamar hasta cierto punto las tendencias asociales en patologías de diversa índole. ¿Cuántos de nosotros somos conscientes de las implicaciones positivas para la sociedad de un trastorno como la arteriosclerosis, al que se atribuye el mayor número de muertes «civilizadas»? ¿Cuántos «atentados» de carácter físico y patológico estaban destinados originalmente a los demás?

Nuestros hospitales, pues, asumen un papel algo diferente al que se les asigna habitualmente: puntos de recogida de la criminalidad larvada. Valdría la pena investigar en cada sala del hospital cuántos huesos rotos han evitado una «ruptura» de la ley. Las clínicas y los hospitales hacen honor a una forma de prevención de la delincuencia que rara vez se percibe como tal y, debido a la gran cantidad de antipatía sacrificada que reúnen, se transforman continuamente en una especie de Hôtel-Dieu. Ciertamente, nadie concluiría al verlos que los hospitales también sirven como una especie de penitenciaría.

De hecho, parece que son precisamente esas contribuciones -ya sean políticas, teológicas, filosóficas o científicas- recompensadas o motivadas en cierto modo por la premorbilidad o la enfermedad las que tienen un carácter epocal o genial. Parecen desarrollar una vitalidad y una longevidad tanto mayores cuanto más arraigadas estén en una morbilidad natural, cuanto más se incrusten en la paradoja de la naturaleza de la salud y la enfermedad.

Es una forma de entender la «inmortalidad» del filósofo Immanuel Kant, al que se sigue citando cada vez que se habla del lugar relativo de la razón. Como miembro de la pequeña burguesía, se esforzó por mantener un estilo de vida especialmente «razonable» hasta el último detalle. Nunca salió de la región de la ciudad en la que nació, viviendo más bien en términos de una estructura espacio-temporal estrictamente ordenada que recuerda a una prisión. En sus reflexiones sobre la razón, el espacio y el tiempo se convierten en los principales principios de ordenación según los cuales se estructuran nuestras impresiones sensoriales relativamente caóticas. La mente ilustrada de Kant parece haber exagerado compulsivamente el lugar de la racionalidad, una falta de razón irracional que debería haberse somatizado como demencia senil. En realidad, en su vejez, una cualidad espectral altamente irracional se abrió paso en su «razón». ¿O es que esta ausencia de razón motivó su filosofía desde el principio como un telón de fondo premórbido?

Lo que se aplica al filósofo se aplica también al científico. Robert Mayer, por ejemplo, médico y teórico, sufría una psicosis maníaco-depresiva, aunque no se ajustaba completamente a los ejemplos de los libros de texto. Su trastorno pertenece propiamente a la neurología, ya que va acompañado de una alteración del metabolismo enzimático en las células del cerebro. En sus Consideraciones sobre la equivalencia mecánica del calor, Mayer propuso la ley de la conservación de la energía, un área que parece haber ejercido una considerable fascinación para él. ¿Estaría fuera de lugar imaginar su descubrimiento, que marcó una época, como el concomitante de su condición física? ¿No habría que compensar la particular brillantez de su descubrimiento teórico con el correspondiente sufrimiento?

Incluso las ideas políticas tienen su origen en nuestra naturaleza orgánica. Los reumatólogos que investigaban los dolores asociados al reumatismo abdominal descubrieron que los bloqueos musculares isométricos servían para frenar la creencia supersticiosa en el valor de un estilo de vida demasiado fácil. No se puede evitar trasladar este ejemplo particular a una esfera más universal. Parece como si los puños cerrados isométricamente se alzaran contra cualquier proceso democrático demasiado isotónico, como si la dictadura del proletariado con una ideología que tiende a la obstinación personificara el equivalente político del funcionamiento muscular isométrico.

Nuestras Weltanschauungen surgen de nuestros órganos. El espíritu humano debe su existencia a ellos, siendo capaz de pensar únicamente en el lenguaje de los órganos y en las categorías que proporcionan las vísceras, los músculos y el esqueleto.

El cerebro no es una excepción, ya que no es más que un órgano entre los muchos que sirven a la función intelectual/espiritual. Sólo proporciona su propia parte. Una inspiración, por ejemplo, se registra la mayoría de las veces en los pulmones, no en el cerebro. La medicina psicosomática mantiene una reserva especial en relación con los trastornos cerebrales, casi como si el cerebro rozara el tabú, el reino del propio ego, que como punto arquimédico debe permanecer inviolado. Es como si algo en nosotros se rebelara ante cualquier intento de relativizar el ego o de implicarlo en un contexto más amplio. Es como si nuestra propia existencia se viera amenazada por la idea de que nuestro cerebro, con el que nos identificamos tan estrechamente, pudiera estar sujeto a las mismas leyes que el estómago, el sistema circulatorio, los genitales o la musculatura de la espalda. Sin embargo, el cerebro también está moldeado por la naturaleza, al igual que las vísceras. Permanece atrapado en su dependencia de las funciones naturales y lleva a cabo su singular actividad de forma parecida a como lo hace el infatigable y obstinado corazón. Independientemente de las teorías filosóficas, políticas, teológicas o científicas que tengan su origen en nosotros, el cerebro no parece desempeñar un papel más importante en su creación que los demás órganos.

La medida en que nuestros órganos determinan nuestras Weltanschauungen encuentra testimonio en nuestro lenguaje. Todo tratamiento del lenguaje y de su historia, de la etimología, parece conducir a las sensaciones endosomáticas, sensaciones que luego quedan como sustancia para todas las formulaciones posteriores. Cuando la etimología no logra penetrar en esas sensaciones, deja la impresión de que su tarea no se ha completado más que a medias. Si las llamadas raíces de las lenguas indogermánicas, por ejemplo, no coincidieran con una sensación física como la angustia, que aflora en la angina de pecho o en el Drang alemán (del Sturm und Drang), parecerían suspendidas, sin fundamento y sin raíces.

Incluso en los ámbitos más intelectuales o espirituales, no podemos prescindir del material de las sensaciones orgánicas. Al igual que nuestra visión del mundo está inequívocamente ligada a la experiencia óptica, toda postura que asumimos en materia de intelecto descansa finalmente en nuestras piernas. El entendimiento no parece tener más que ver con nuestro cerebro que con nuestras otras extremidades. Lo que se entiende es, en consecuencia, también algo que se convierte en algo natural y que puede fijarse o colocarse: asume una vida propia como el «taburete» etimológicamente relacionado. Incluso lo que es «estadísticamente» significativo es algo que puede valerse por sí mismo y que entendemos como una entidad casi autónoma. Cuando Martin Heidegger percibe el mundo empírico como un «soporte» o marco, se refiere a una construcción compuesta por bloques de construcción estadísticamente significativos, una postura filosófica que debe su existencia a las patas sobre las que nos apoyamos como seres humanos.

¿De dónde sacamos entonces la idea de que somos antagonistas de la Naturaleza? ¿No llevan todos los productos de nuestra tecnología el sello de nuestra naturaleza orgánica? ¿No es la tecnología una mejora o un enriquecimiento de la naturaleza? De alguna manera, preferimos imaginarnos como si hubiéramos escapado de la Naturaleza o, al menos, como si hubiéramos sido desterrados o exiliados por ella.

Mientras que la medicina arquetipal caracteriza la actividad del médico como «terapia», en las ramas de las profesiones curativas basadas en las ciencias naturales la actividad principal es el «tratamiento». Mientras que la terapia en su significado original implicaba el «culto», la actividad en torno a una enfermedad, el tratamiento es mucho más una manipulación, una imposición de manos con un comportamiento autoritario. El tratamiento connota una relación vertical entre el médico y el paciente mediante la cual se puede lograr la recuperación.

El tratamiento es la consecuencia lógica e inevitable de una Weltanschauung en la que lo negro es negro y lo blanco es blanco, en la que, por supuesto, la salud y la enfermedad están claramente separadas. En casos extremos, la perspectiva del tratamiento presupone una ideología incuestionable en la que la enfermedad, como una especie de surrealismo deformado, se mide con una norma de simetría casi clásica. El tratamiento presupone un pensamiento y un sentido moral en lo que respecta a la salud y la enfermedad y para el cual la salud y la enfermedad son tan distintas como los ángeles y los demonios en la perspectiva cristiana. El tratamiento se nutre continuamente de una indignación colectiva por el mal en el mundo que sólo la erradicación completa podría satisfacer.

Uno puede estar seguro de que el tratamiento no percibe el asma bronquial como el sufrimiento que resulta cuando una tendencia a la brutalidad espiratoria se inhibe por el miedo a la aniquilación y que, en consecuencia, merece una condena multiforme. Desde la perspectiva del tratamiento, el asma es más bien una perturbación respiratoria, leve o de curso espectacular, perjudicial y claramente negativa.

El tratamiento consiste en una serie de técnicas destinadas a restablecer el statu quo ante, para que el paciente vuelva a estar «como nuevo». El tratamiento consiste en contramedidas, tanto quirúrgicas como químicas; en el caso del asma, en otras palabras, en medidas antiasmáticas. Se recetan antialérgicos, antiflogísticos, antiespasmódicos, antibióticos o, incluso, antidepresivos. La postura básica es «anti», opuesta a todo lo malo, de acuerdo con el principio de contraria contrariis. El tratamiento es antagónico, con vistas a restaurar lo perdido. El tratamiento es prudente, sus esfuerzos son principalmente hechizos apotropaicos, exorcismos y, a menudo, persecución fanática de la enfermedad. Del mismo modo, el tratamiento implica una forma de higiene que aleja al paciente de todos los posibles alérgenos: las alfombras se limpian con trapos húmedos para liberarlas del polvo doméstico maligno. El efecto recuerda a una especie de magia de corral llevada a cabo en épocas anteriores en forma de lustraciones de agua. Además, se emplean cantos mágicos, conjuros que recuerdan a una purga o a una especie de absolución. Se recurre a retos sugestivos y a llamamientos aleccionadores para tener buen ánimo. El médico se ofrece como un pilar de fuerza al que el desdichado y desesperado paciente puede aferrarse en busca de apoyo.

Si el retrato del tratamiento que acabamos de exponer suena algo irónico, no va dirigido al tratamiento en sí, sino a las nociones médicas que subyacen al tratamiento, nociones que llegan a reclamar una eficacia exclusiva. El sarcasmo se dirige a la seriedad con la que la medicina se considera a sí misma como la única posición ética. La conveniencia del tratamiento no puede cuestionarse mientras la vida y el bienestar sean importantes. Sin embargo, el cinismo se instala cuando la medicina se absolutiza y, admitiendo o no, emprende un tratamiento exorcizante, que en su seriedad sádica rivaliza con la caza de brujas de la Edad Media. El cinismo comienza en el punto en el que la salud y la vida -bajo la rúbrica de salus est vita, la salud es la vida- se declaran sacrosantas con demasiada naturalidad. La experiencia nos muestra cómo la naturaleza socava, con medidas cada vez más drásticas, el impulso hacia la salud y la plenitud cuanto más obsesivo se vuelve. El sarcasmo debe instalarse antes de que las nociones de la medicina sobre sí misma se vuelvan contraproducentes.

Mientras que el tratamiento actúa principalmente, la terapia de las perturbaciones y enfermedades orgánicas en la medicina arquetipal es verbal y extremadamente poco práctica. La actividad que existe consiste únicamente en ciertos gestos «de culto» y directivas mímicas diseñadas para complementar el enfoque en lo verbal.

Sin embargo, la terapia verbal no se ocupa de la jerga y los conjuros, ni reparte consejos. No se hace ninguna reivindicación particular de autoridad. La terapia sigue siendo un diálogo que se esfuerza continuamente por lograr una relación horizontal entre el paciente y el terapeuta. En principio, la terapia requeriría un mínimo de conocimientos técnicos y mucha más empatía y una creatividad siempre atenta y brillante para abrirse camino a través de las vicisitudes de los conflictos y las paradojas. En lugar de la empresa y la racionalidad, la terapia se alía más fácilmente con el espíritu mercurial, que conduce y extravía incesantemente. A través de la dialéctica, la terapia se esfuerza por llegar a un acuerdo con la complementariedad de todas las tendencias dispares. Mientras que el tratamiento vive de la estricta diferenciación entre blanco y negro, salud y enfermedad, los aspectos terapéuticos de la medicina arquetipal se encuentran en un crepúsculo místico en el que los opuestos se dan cuenta de sus conexiones relacionadas. Es una forma de medicina en la que las posiciones cambian constantemente, en la que ahora el enfermo se convierte en el sano; ahora el sano, en el enfermo. A veces parece que la capacidad de que lo sano se convierta en enfermo fuera el único factor saludable, que la salud de un paciente no fuera más que una forma cuestionable de morbilidad.

Al ser relacional o relativa, la terapia en la medicina arquetipal está más libre de matices morales que el tratamiento. La terapia no está tan sujeta a la búsqueda Damocleana de los fracasos del pasado ni al espíritu de un culto a la vida y a la salud. En la terapia, la enfermedad es mucho menos una obra del Diablo que espera ser erradicada. Si, no obstante, aparece, suele hacerlo como jene Kraft, die stets das Böse will, und stets das Gute schafft (ese poder que siempre pretende el mal y realiza el bien). Incluso el horror que le acompaña puede percibirse a menudo como un crepúsculo luciferino. El cinismo médico, que florece tanto más cuanto más extendidas están las obligaciones del juramento hipocrático, aparece como una leve ironía. Así, la terapia de la medicina arquetipal, que se ocupa de los seres humanos como objetos quiméricos, está relacionada con la alquimia. También la medicina arquetipal es un arte de hacer oro y estiércol, donde el tesoro se encuentra en las aguas residuales de las alcantarillas o el oro se transforma en estiércol de carnero, según las relevancias establecidas por la Naturaleza.

Principalmente por la confianza en la alianza con el «Diablo», la terapia verbal de la medicina arquetipal busca «redimir» lo que se ha metamorfoseado en enfermedad física. Podemos imaginar el proceso como una «re-sublimación» de algo que ha sido víctima de la materialización. Sublimación puede entenderse como «flotar», una condición complementaria a la que en latín se designa gravis, pesado, y en inglés, «gravitation».

Precisamente mediante su posición casi irónica y cuasi masoquista frente a la enfermedad, su tendencia a la mística del sufrimiento y su relación de amor -que roza lo perverso- con la enfermedad, la medicina arquetipal intenta extraer el espíritu de la materia. El proceso no se produce sin una especie de Todeshochzeit, matrimonio con la muerte. Supongamos que el asmático se da cuenta de que la Naturaleza pretende estrangularlo por su inclinación a la grandeza espiratoria. Entonces también podría ocurrírsele que su asfixia interior sólo podría salir del ámbito físico cuando la asfixia en forma de autolimitación entre en enlace con sus tendencias a la «grandeza». Puede que se dé cuenta de que no tiene más remedio que «casarse» con el monstruo, entrar en un Todeshochzeit. El término es quizás un poco grandilocuente, pero ciertamente se aplica. Además, evoca el mitologema general de algo particularmente deseable que se une a algo terrible y, por tanto, «muere»: un monstruo que contiene algo de valor oculto. Un Todeshochzeit es sólo superficialmente tal, ya que la muerte desempeña un papel real muy pequeño y sólo desde la distancia. Por lo general, no es más que el espectro del Todeshochzeit lo que despierta el horror, la incredulidad, la risa o la indignación.

La inusual conjunción con la «muerte» da lugar a una sensación de ampliación de horizontes, como si el enfermo experimentara la «eternidad». Es como si la vida del individuo adquiriera por primera vez una unicidad inconfundible e incorruptible, una limitación particular y una libertad simultánea. Es como si este reconocimiento confiriera una seguridad inexpugnable en medio del ajetreo de la existencia humana.

El momento de este «matrimonio místico» también puede llevar consigo la dicha o el éxtasis. Al igual que la eternidad no es únicamente un reino en el que entramos al final de nuestra vida, un imperio en el que los estragos del tiempo ya no nos afectan, el éxtasis no es únicamente una condición que comienza con la eternidad. El éxtasis puede producirse en todos los matrimonios. Ciertamente, el menor de los matrimonios sería el Todeshochzeit, siempre y cuando no entendamos el éxtasis como una euforia, sino como una sensación interior de seguridad y bienestar. Los términos que solemos asociar con la religión vuelven a aparecer en la medicina en relación con el modo y la forma en que experimentamos la salud y la enfermedad.

Lo que se aplica a la eternidad y al éxtasis eterno se aplica también a la «resurrección». No hay que entender la resurrección exclusivamente como un ascenso póstumo de un cuerpo astral. Eso no es más que la versión religiosa de un acontecimiento completamente real, lo que la medicina denomina «reconvalescencia». Siempre que la vida continúa tras esas experiencias que hemos llamado Todeshochzeit, se ha producido algo parecido a una resurrección. Cuando el estado de un paciente infartado mejora después de haber sido liberado de la siniestra máquina infernal de una unidad de cuidados intensivos, muestra todos los signos de haber experimentado un Todeshochzeit. Puede decidirse a no invertir más su «corazón» en cosas que antes consideraba importantes, hasta que un odio desatendido le ataca literalmente. Si adopta la actitud, tal vez ingenua, de no tomarse ya las cosas tan en serio, se dirige a un statu quo ante, aunque en el que una cierta reserva ha ocupado su lugar. La reconvalescencia, en otras palabras, es una reconstitución en la que tomamos algo que antes se consideraba indigno o inútil y nos unimos a él en una especie de matrimonio sacramental. La reconvalescencia, por lo tanto, se asemeja a esas imágenes de resurrección de origen cristiano en las que el Cristo resucitado está afligido con todos los signos de su reciente calvario agónico. El Cristo resucitado del Retablo de Isenheim de Grünewald emana no sólo un sentido de lo eterno cuando se cierne ante el telón de fondo del universo, no sólo un sentido de éxtasis cuando la iluminación transforma la materialidad de su cuerpo en algo neumático. Más bien, lleva también las marcas de sus heridas, que emiten un brillo fosforescente que supera toda cirugía profana de primeros auxilios/emergencia. Cristo aparece como los mártires del cristianismo en general. La caridad y la piedad, la creencia en un más allá y en la paz eterna, y la condena de toda brutalidad obligan a la brutalidad a realizarse físicamente en los mártires. En consecuencia, los santos son, por regla general, mutilados. Si hubieran percibido su existencia desde un punto de vista menos idealista y más mórbido, probablemente no habrían encontrado con tanta frecuencia finales tan gloriosos y heroicos.

Es como si los seres humanos se movieran a lo largo de su vida hacia arriba y hacia abajo en un eje vertical para finalmente terminar y permanecer en el fondo. Las condiciones que denominamos «reconvalescencia», recuperación y remisión pertenecen a esta imagen bajo la rúbrica de recaída. Es como si todas las incertidumbres de la vida fueran una expresión de la misma verdad, a saber, que la vida es un rondar por el abismo de la muerte.

El curso que toma la reconvalescencia no sólo es perceptible en el marco de la terapia verbal. Abandonado a sí mismo o bajo tratamiento, el estado básico mejora generalmente, pero de forma lenta y luego interrumpida por recaídas. Los intervalos lúcidos duran más tiempo, las recaídas se vuelven menos graves y pierden el carácter de lo aporético, lo desesperado, lo total. Sin embargo, sobre todo entonces, cuando las antiguas actitudes se reafirman con demasiada rapidez y la unilateralidad anterior, superficialmente sana, toma el relevo como si no hubiera pasado nada, se vuelven a minar fácilmente. La reconvalescencia es una especie de imagen reflexiva de la tendencia de la Naturaleza a permitir que nuestra quimérica existencia se desintegre en cascada en una serie de pasos siempre descendentes. Es el reverso del patrón vital, según el cual nos recuperamos después de cada caída más o menos grave, para llegar finalmente a la muerte. Todos somos enfermos crónicos que de vez en cuando mejoran.

Este principio se aplica a la mayoría de las enfermedades. Un caso de gripe puede parecer casi cómico en personas jóvenes, y su naturaleza insidiosa sólo se pone de manifiesto cuando un individuo mayor se ve afectado. Aunque las varices nos parezcan meras molestias cosméticas, pueden dar lugar a una trombosis o a un síndrome embólico que conduzca posteriormente a la muerte. Cada lecho de enfermo adquiere un carácter agónico, como si cada paciente estuviera tendido en su lecho de muerte.

La medicina arquetipal retrata el sufrimiento corporal en forma de materialización y resublimación debido a la sobrecarga de la unilateralidad. En la imaginería religiosa, la medicina arquetipal encuentra una conexión con una tradición milenaria, aunque las perspectivas religiosas se mantienen menos por la ecuanimidad mística y la ironía esotérica y más por la sensibilidad moral. Lo que la medicina arquetipal considera un juego homeostático de la creación increada, la religión lo ve como una lucha seria, incluso sombría, por el poder. En consecuencia, los términos de la religión no son cuasi-físicos, sino que proceden directamente de la filosofía moral: pecado, castigo y expiación.

La moralización religiosa no es un fenómeno que hayamos superado ni se aplica sólo al coto de algunas sectas. El sentido moralista de la propia enfermedad está presente, al menos en cierta medida, incluso en los más ilustrados. Por lo general, la enfermedad ya no se percibe como una lucha sombría con un dios ofendido o un demonio insultado. Más bien, el remordimiento o el arrepentimiento aparecen cuando, a posteriori, se hace evidente la correlación entre una enfermedad o un sufrimiento crónico y nuestro estilo de vida, algo que podría haberse evitado. Los matices morales resuenan aún hoy en toda patología: responsabilidad, culpa, castigo y expiación. En épocas anteriores, esta perspectiva moralista de la enfermedad estaba en relación con las normas de socialización y con la conexión del individuo con lo divino. La arrogancia humana, la blasfemia contra el orden divino, los juramentos sacrílegos y la maldad hacia todo lo que un dios había creado atraían la enfermedad como castigo. El modelo no es sólo cristiano, sino generalmente religioso y omnipresente, una imagen primigenia de cómo el hombre percibe el ir y venir de la enfermedad.

No sólo es el diablo cristiano el que cojea como un paciente ortopédico, que fue arrojado del cielo a la tierra por su oposición al plan de salvación de Dios: de la misma manera fue arrojado Hefesto de los griegos desde el monte Olimpo. Prometeo, que robó el fuego del Olimpo para la humanidad porque no podía soportar su miseria, fue encadenado por Zeus a una roca en el Cáucaso, donde un águila se comía su hígado de día para que volviera a crecer de noche. A su desenfreno le siguió el sufrimiento y el miedo de una enfermedad hepática crónica. La irreflexión optimista de su hermano Epimeteo también dio frutos amargos, ya que, sin sospechar ningún mal, liberó enfermedades de la caja de la bella Pandora, multiplicando así las dolencias del mundo. Tántalo se vio envuelto en un destino más moral. Por robar néctar y ambrosía de la mesa de los dioses, fue castigado con una sed insaciable, una condición compartida con los diabéticos. Lo mitológico, donde la patología se manifiesta como algo moralista/teológico, también aparece menos exaltado en las leyendas donde los enfermos, en vida o póstumamente, deambulan «dañados», emitiendo gritos insólitos o arrastrando cadenas por la noche con la torpeza de los tullidos.

Mientras que la etiología se trata bajo el aspecto del castigo divino, las tradiciones religiosas y míticas también llevan la creencia de que la prevención y la terapia pueden ocurrir si el hombre, antes o después del hecho, asume el posible castigo como penitencia y expiación. En la penitencia y la expiación, nos encontramos no sólo con el principio de contraria contrariis, sino también con el de similis simile curatur. No sólo hay que tratar la enfermedad con los opuestos, sino también con los mismos. En consecuencia, nos exponemos prematuramente al sufrimiento para que éste nos deje en paz. Nos atormentamos y humillamos, tendiendo al sufrimiento como forma de prevención. Arrastramos pesadas cruces en procesiones de súplica, doblando nuestras espaldas bajo el peso y demostrando así el conocimiento psicosomático de que toda arrogancia humana se encuentra con deformidades jorobadas y otras múltiples afecciones vertebrales. Para evitar la reaparición de la epidemia de la danza de San Vito, la población de Echternach, en Luxemburgo, celebraba anualmente procesiones en forma de corea en las que los participantes saltaban como si estuvieran aquejados de la enfermedad. En Babilonia, cada año se sacrificaba un buey en relación con el culto a Mitra, como para evitar, mediante este sacrificio de poder, el agotamiento de las fuerzas humanas. Del mismo modo, los aztecas alimentaban a su dios del sol, cada vez más anémico, con la sangre y los corazones de los guerreros. Por último, el hombre contemporáneo parece intentar prevenir el castigo reumático de la movilidad y la flexibilidad indebidas mediante el uso de anillos y brazaletes pesados y vinculantes. Incluso el descubrimiento de la inmunización activa fue precedido en muchas zonas por prácticas cultuales sinónimas.

En comparación con el cirujano que deriva su denominación profesional del griego kheir, mano, y que opera, en su manto salpicado de sangre, con este y aquel instrumento, o con el médico de cabecera que palpa a sus pacientes, los examina y los somete a baterías de pruebas, la terapia verbal parece extraordinariamente pasiva. Las palabras son las herramientas principales, y las manos se limitan a gestos ocasionales, mientras que incluso los consejos se dan con moderación, si es que se dan.

Esta pasividad parece pertenecer a una forma especial y particular de servicio. Requiere un entrenamiento inusual para evitar recurrir a la acción concreta o a la actividad de cualquier tipo, sino para retener las energías emocionales hasta el punto de trabajar de forma invisible entre bastidores.

La terapia verbal incluye la reflexión y la consideración de los síndromes de la enfermedad que trae el paciente. No es una terapia que evalúe sobre la base de impresiones sensoriales, sino que busca la esencia, lo esencial, un proceso en el que las impresiones sensoriales desempeñan un papel secundario. La reflexión es en realidad hermenéutica, el arte de la interpretación fenomenológica, tan fácil como difícil. Parece ser la cosa más sencilla del mundo y al mismo tiempo la más compleja. La reflexión parece tener que reconocer el aparentemente superficial enigma de la Esfinge, los síndromes de la enfermedad como un filosofema general. Sabiendo que los rasgos recesivos del carácter se somatizan en la enfermedad, la tarea de la reflexión es extraer de los datos lo que «está mal» en el paciente.

Cuando a una mujer joven le molesta la inflamación continua de una infección vaginal evocada, por ejemplo, por las tricomonas, puede haber algo obstinado presente que «brota» ante los intentos de profundizar e influir en la condición. En consecuencia, el carácter crónico del trastorno se ve afectado a pesar del deseo de la paciente de ser útil y de proporcionar datos pertinentes sobre su estado. La comprensión de la enfermedad nos lleva al terreno de la impotencia y de lo enloquecedoramente molesto.

El momento de la reflexión satisfactoria suele tener un efecto repentino, pero su funcionamiento sigue siendo un enigma. La reflexión parece seguir siendo eficaz incluso cuando no hay más explicaciones, como si el momento de reflexión (¡y suele ser cuestión de un momento!) desarrollara un efecto psicológico. Es como si se practicara la «telequinesis» y toda la discusión posterior no fuera más que el cuidado de un embrión ya viable. Parece que la ocurrencia, el «momento», sacó a la enfermedad de un aislamiento en el que, en principio, tendría que haber caído a través del tratamiento objetivo, a través de la actividad «adecuada». La reflexión en este sentido diluye, alivia y transforma la densidad, la pesadez, de una enfermedad. Sublima, redime, trae la resurrección y, en la medida en que este proceso es reconocido como un rasgo esencial, reconecta al paciente con lo que estaba perdido y lo reúne.»

Normalmente, la pregunta «¿Qué hago ahora?» sigue a una reflexión exitosa. La pregunta es fundamentalmente falsa y superflua. El reconocimiento fue el hacer, y lo más importante ya ha tenido lugar. Lo que ahora sigue no será más que una profundización y ampliación de lo que se ha reconocido. El reconocimiento, la reflexión, la comprensión de la esencia son la terapia. El reconocimiento cambia y nos motiva a formas de acción que antes no podíamos o no hubiéramos pensado. Es como si el pensamiento/espíritu y el hecho/acción se comportaran de forma complementaria, como si no pudieran tratarse simultáneamente, sino sólo secuencialmente, excluyéndose mutuamente. Y aunque el efecto del espíritu se desarrolla tanto más intensamente cuanto más «paralizada» está la actividad terapéutica, el éxito de la actividad depende de la motivación del espíritu.

La terapia verbal, por tanto, presupone, requiere incluso, un cierto alejamiento de la realidad. Un exceso de conocimientos fácticos sólo parece conducir a la ineficacia. Cuanto mayor sea el número de hechos, mayor será el peligro de que la esencia no emerja, quedando incomprensible en el torrente fáctico. La terapia verbal en la medicina arquetipal vive de una cantidad limitada de datos. Hay ciertos requisitos previos para la aplicación de dichos datos, requisitos previos que se encuentran en ciertos terapeutas, al igual que en ciertos adivinos y curanderos.

El lenguaje es psicosomático por excelencia. El lenguaje tiene una naturaleza híbrida, que se extiende desde lo espiritual/sutil indoloro, por un lado, hasta las dificultades y la sensualidad del cuerpo, por otro. En ocasiones, parece posible construir mundos enteros sólo con el lenguaje, mundos separados de todo lo demás donde las palabras se mueven de un lado a otro y se unen entre sí. Sin embargo, las apariencias engañan. También el lenguaje está tan ampliamente contaminado por la suciedad de la tierra y por la lujuria del ser que debemos cuestionar fundamentalmente si alguna vez podremos elevarnos por encima de la superficie de la tierra. Parece que no nos queda más remedio que seguir emitiendo gritos inarticulados que no difieren esencialmente de los gritos de los simios, los susurros de los árboles del bosque, el trueno de las rocas al caer, el murmullo de un arroyo o el susurro del viento en la maleza.

En realidad, la palabra sigue siendo organísmica, un gorjeo. Aplicada terapéuticamente, se alinea con todos los métodos de tratamiento psicosomático que crean conciencia de nuestros órganos enfermos, uniendo así sonido y resonancia.Su uso pertenece de forma natural a métodos de terapia como la eutonía, la bioenergética, el entrenamiento Feldenkrais, etc., aquellos métodos que intensifican la conciencia del cuerpo y para el cuerpo enfermo también, para que éste no tenga más remedio que cambiar. El habla por sí misma tiene el mismo efecto cuando está suficientemente cargada de sensaciones físicas y sensuales de la respectiva enfermedad. En este contexto, el discurso no debe ser demasiado abstracto; su terminología no debe proceder ni de la ciencia empírica ni de la filosofía casi pura. El discurso debe conducir al espíritu y hacer así sublime aquello de lo que habla. Al mismo tiempo, debe seguir siendo imaginal, dirigido hacia las imágenes primarias, hacia las imágenes arquetipales donde el contenido y la forma se vuelven idénticos. El diálogo durante una hora terapéutica es una realidad multifacética en la que, como sabemos, el orden de los asientos, las actitudes posicionales de terapeuta y paciente, la melodía de lo que se dice o se habla, los gestos, etc., tienen su lugar y su valor. El diálogo es una interacción compleja, la discusión es en realidad un contacto mutuo. Se acerca a lo físico y, en esa medida, es también un tratamiento, una imposición de manos. El paciente también muestra todas las reacciones que podría tener un paciente sometido a otro tipo de tratamiento más concreto: hace una mueca de dolor o manifiesta otros signos de dolor; se imagina que le están examinando y se retuerce a causa del examen de sondeo. Puede que de repente sienta un escalofrío o que se sienta aliviado cuando se acabe, o que le parezca que le han aplicado un bálsamo refrescante. Después de la hora de terapia, puede sentirse restaurado y reconfortado o agotado. En otras palabras, la manipulación y el manejo se producen tanto en la consulta analítica como en la mesa de examen del cirujano. Si de vez en cuando se expresa la opinión de que las consultas analíticas no son más intensas que una fiesta de té, no debemos olvidar que las visitas al médico a menudo no son en sí mismas más que Kaffeeklatsch.

A menudo suponemos, de forma algo errónea, que los predecesores de los practicantes de la terapia verbal se encuentran especialmente entre los sacerdotes. Al hacer esta suposición, probablemente tenemos en mente la noción de que el contacto físico es de importancia secundaria en ambas formas de relación. Siguiendo lo dicho anteriormente, esta noción sólo tiene una validez limitada. Los predecesores de los terapeutas verbales son más bien todos aquellos que, de una forma u otra, practican el arte de curar. Esto se aplica tanto a los curanderos como a los que han hecho incisiones, cauterizado o medicado. Si concedemos algún poder al lenguaje terapéutico, ese poder deriva su eficacia de la capacidad híbrida del lenguaje de ser una realidad tanto física como espiritual.

Dado que la medicina empírica piensa en términos de sistemas abiertos, ha tenido que desarrollar una ética especialmente seria. Para la medicina empírica, los hechos son y siguen siendo únicos, mientras que la enfermedad y la salud llevan el sello de una realidad incuestionable. No son intercambiables y, como tales, surgen causalmente. Lo que es adquiere una realidad plomiza y se convierte en algo de lo que hay que hablar. En la medicina empírica y en una época dominada por su perspectiva, la avalancha de información debe necesariamente convertirse en una bola de nieve: la educación se convierte en una cuestión de vida o muerte. Como los hechos son tan únicos (con ciertas limitaciones temporales debidas al cambio), hay que concederles la máxima seriedad.

La medicina empírica también mantiene la concepción de la vida como un proceso lineal en el que cualquier «después» no puede ser un «antes». Este principio coloca a la medicina empírica en la posición de tener que mantener el ceño fruncido y las cejas perpetuamente y con sentido. La imagen de la vida como un proceso lineal que se extiende de la salud a la enfermedad y de ahí a la muerte (según la cual «salud» significa «vida'») obliga a la medicina empírica a convertirse en medicina de urgencias, y el desarrollo general tiende a hacer unidades de cuidados intensivos de países enteros.

Mientras que la ética de la medicina empírica es una moral seria, no se aplica a la medicina arquetipal. Dado que la medicina arquetipal piensa en sistemas cerrados en los que los elementos se organizan en polaridades y sólo obtienen valor en relación con otra cosa, resulta una ética más amoral. En principio, nada es único. Es más, lo que parecía único en un momento dado puede volver a ser lo contrario en poco tiempo. En consecuencia, la información ya no es decisiva, pues sobre toda información pende el espectro de la inutilidad y la futilidad. Los acontecimientos, incluso los de importancia médica, adquieren algo de la Gestaltung, Umgestaltung, des ewigen Sinnes ewige Unterhaltung (formación, transformación, de la mente eterna) de Goethe.

Si tenemos en cuenta, además de las diferencias éticas, que la medicina arquetipal emplea los hechos principalmente como punto de partida para intuir la esencia (por ejemplo, la discusión de un caso de anemia se desplaza a consideraciones sobre las cosas pálidas, deslavadas y blancas), la cualidad de distracción de la realidad médica aumenta aún más. Es como si para la medicina arquetipal todo fuera una realidad a medias, como si una sonrisa o una risa final no desaparecieran nunca, y que permaneciera una constante incredulidad de que la Naturaleza pretendiera realmente ser tan seria con nosotros. Es como si nuestro mundo humano tuviera la cualidad de una fata morgana, que se confunde fácilmente con el sinsentido. Allí donde se practica la intuición, la realidad conserva siempre la cualidad de brujería y, por tanto, la ética de la medicina arquetipal tiende a la ironía. A pesar de todo el existencialismo, la vida sigue conservando algo de virtual.

Si el objeto de la medicina empírica es un asunto serio, entonces el médico que lo trata debe ser serio. Por lo general, es venerado, venerado con la misma reverencia que le correspondía al dios griego Apolo, quien, como figura exaltada de perfección anatómica, blanca como el mármol, contemplaba el Golfo de Corinto desde las alturas de Delfos. Como progenitor de todos los médicos, Apolo conquistó a Pitón, una serpiente que representaba todo lo repugnante, lo misántropo, lo maligno y lo que provocaba la enfermedad y la muerte. Apolo era un vencedor, un conquistador, un dios del sol, cualidades que conservan sus descendientes médicos. Pero esta noble herencia puede socavarse a sí misma. Parece como si la ironía a la que nos referimos se viera obligada a proliferar salvajemente como cinismo indignado cuando no se le concede su lugar en el esquema de las cosas.

La medicina arquetipal rinde homenaje al hermano de Apolo, Mercurio (o Hermes), un dios mucho menos simétrico y saludable. Mercurio se encarga de que todo esté conectado con todo lo demás, para que el cosmos siga siendo un sistema cerrado. Practica la magia y posee ingenio, algo que no puede decirse de Apolo. Su sonrisa es arcaica. Mientras que lo apolíneo ha seguido siendo dominante y sus características se han conservado a lo largo de los siglos en un mundo cristiano de luz y oscuridad, Mercurio ha llevado una existencia más bien apócrifa y secreta. Encuentra veneración entre las subculturas, entre las que, por ejemplo, se encuadran en la alquimia. Así es incluso hoy en día.

Pertenece a la naturaleza de lo apolíneo que el hombre se sienta obligado a considerar su propia existencia -y el ser en general- como milagrosa. Es como si el hombre estuviera implantado con una convicción fundamental, gracias a la cual todo es capaz de parecer bueno. Esta creencia primaria se vuelve sospechosa cuando, sin ser cuestionada, se convierte en una manía, como ocurre hoy en día. Cada vez que el sol se oscurece, se sacrifican víctimas, sobre todo del corazón, como en la época de los aztecas. El valor económico de la religión de la existencia milagrosa es incontestable: crea innumerables puestos de trabajo y consume enormes cantidades de energía.

Lo que se aplica a nuestra época en su conjunto se aplica a la medicina empírica específicamente. Para la medicina empírica, un paciente enfermo es esencialmente una privatio boni, un Bien disminuido y deformado, el saqueo de algo considerado como una totalidad legítima. Al igual que toda nuestra época, la medicina empírica tiene su tarea heroica específica en la restauración de lo que falta, una tarea que persigue inquebrantablemente a pesar de las similitudes con la tarea de Sísifo. La actitud de la medicina empírica incluye una celebración a priori de -un júbilo ante- la creación, mientras que todo lo que no corresponde a la creación se separa como error y equivocación.

La medicina arquetipal no comparte esta actitud. Al servicio de un dios mercurial que posee numerosas conexiones con la muerte y el morir, la ética de la medicina arquetipal no se nutre de una celebración incuestionable. Sus características herméticas permiten que la medicina arquetipal experimente desde el principio todo el ser -y, en consecuencia, la existencia humana- como un mal necesario. Al igual que podemos asumir que las flores son lo que realmente importa y que el abono sólo sirve para favorecer la floración o que la putrefacción y el deterioro no son más que una decepción inevitable, también podemos considerar el propio abono como algo primario, aquello de lo que brotan las maravillas. Mientras que una posición de júbilo primario debe ser necesariamente apoyada con todo tipo de persistencia, trucos, mentiras, etc., para que su volumen no disminuya, la medicina arquetipal experimenta muchas cosas como resultado de la gracia.

En contraste con la medicina empírica, que consciente o inconscientemente reverencia toda la vida y con ello la existencia humana, la medicina arquetipal resuena con burla. Reina una blasfemia y un agravio narcisista. En la medicina arquetipal, ni la enfermedad ni la muerte son un error de la Naturaleza, sino una negligencia aparentemente inevitable y casi criminal. Si nuestra forma de vida, un híbrido de deseo y tormento, era todo lo que la Naturaleza podía permitir que proliferara a partir de lo inorgánico, la Naturaleza bien podría haber dejado las cosas como están. En consecuencia, la medicina arquetipal es algo vengativa, se alía con el Diablo y arriesga su destino. Podríamos designar tal fundamento ético como morboso o morbista. El morbismo, por su parte, sería la teoría de que toda la vida, especialmente la humana, existe sólo como enfermedad o como salud en conjunción con la enfermedad. Esta teoría no es en absoluto nueva: resuena con tonos medievales y románticos, audibles para un tipo de individuo caracterizado lógicamente como morbidezza.

Para promover una mejor comprensión de lo que podría ser la medicina arquetipal, se la ha presentado como si se tratara de algo claro, algo distinto en la práctica cotidiana de la medicina empírica. La impresión es engañosa. Ni las dos formas de medicina pueden separarse completamente ni hay médicos que practiquen exclusivamente una u otra. En realidad, la diferencia es mucho más una cuestión de tendencias respectivas en las que existe la más amplia variación.


1 La raíz indogermánica del habla es pers, que significa «resonancia». El habla en este sentido se convierte, por así decirlo, en la resonancia de la existencia física.

Reglas generales hacia una práctica de la psicología arquetipal

Traducciones

Patricia Berry, Estados Unidos

Ensayo publicado en Echo’s Subtle Body (Spring Publications, Canadá), pp. 181-192, 2008 (segunda edición).

Traducido por Alejandro Chavarria

El otro día me preguntaron si todavía me consideraba un psicólogo arquetipal. La pregunta me asombró. ¿Cómo no iba a hacerlo? Estuve en el nivel básico antes de que la psicología arquetipal fuera nombrada «psicología arquetipal», primero como estudiante adepta, luego como soror mystica, inclinándome sobre el borde con aquellos que agitaban este brebaje embriagador. Tritones, lagartijas, nuestras entrañas estaban todas en la olla. No solo sentí que la psicología arquetipal era yo, sino que también formaba parte de ella, por uno o dos dedos del pie, toda mi cabeza y mucha saliva.

Sin embargo, es cierto, en los últimos años no he pasado mucho tiempo con la gente hablando de psicología arquetipal. Una de las razones de mi ausencia es que, a medida que la discusión arquetipal se ha centrado cada vez más en las ideas, yo me he vuelto cada vez menos. Ciertamente honro la ideación; la teoría es importante. Ninguna escuela de nada existiría sin ella. Pero no es para todos nosotros, todo el tiempo. A medida que envejezco, me vuelvo más “práctico” en la mayoría de las cosas. Esto no significa que no pienso, sólo que cuando lo hago, los pensamientos tienden a aparecer disfrazados de dinámicas psicológicas, mecanismos, apareciendo en individuos, relaciones, grupos o incluso situaciones. Esta práctica de ver las ideas mientras funcionan es algo divertido para mí, y ahí es donde he pasado mi tiempo. ¿Sigue siendo eso psicología arquetipal? Bueno, tu dime. Tal vez sea solo mi psicología arquetipal, una de las muchas psicologías arquetipal. En cualquier caso, en las siguientes páginas expondré algo de cómo he llegado a pensar. Estas son mis reglas generales para la práctica, así como puedo describirlas ahora.

Regla general n.° 1: Cualquier idea se puede usar a la defensiva

Aquí, con “regla general” me refiero a: aproximadamente, o más o menos. Me parece que no hay ideas “correctas”, más o menos. La parte “menos” es que algunas ideas realmente son más útiles, ricas, fructíferas, interesantes, prometedoras. Ah, pero eso no significa que tengan razón, o que estén equivocados, para el caso.

Como psicóloga profunda, mi atención se centra en cómo funciona la psique. Una de las formas en que funciona la psique, según la psicología profunda, es a través de un ego frágil que se defiende de lo que percibe como amenazas internas o externas. Para protegerse contra estas amenazas, el ego saca de su arsenal todo tipo de armamento defensivo.

Las ideas son como las murallas que rodean el castillo. Están diseñados para evitar que se inmiscuyan otras ideas. En tiempos de paz, pueden brindar a los amantes un lugar seguro para reunirse, a los sabios un espacio para conversar sobre las copas de los árboles sin interrupción, un lugar para que las mujeres giren al aire libre y los magos puedan conjurar bajo las estrellas. Pero en tiempos de guerra, las murallas se usan para esconderse detrás mientras las flechas vuelan y las rocas son catapultadas. Así también con las ideas. Las ideas pueden nutrir la vida o pueden servir como estructuras defensivas.

Regla general n.º 2: Si una vaca sagrada bloquea el camino, ahuyéntala

La psicología profunda asume una realidad llamada inconsciente. La parte “in” del inconsciente se refiere a lo que no es, no consciente, desconocido. Hacer consciente lo inconsciente, en el sentido freudiano, o (en términos junguianos más modernos) integrar contenidos y dinámicas inconscientes en posiciones más viables, añadiendo recursos, complejidad y riqueza a la personalidad, ese es ciertamente un objetivo del trabajo psicológico profundo. Los medios para llevar a cabo este trabajo requieren una continua vigilancia.

El método de la psicología profunda es algo así como una vía negativa. Con esto quiero decir que con mayor frecuencia rechazamos lo que bloquea el camino que pretendemos saber cuál debería ser realmente el camino. No obstante, se asumen algunos valores generales, aunque su énfasis puede variar dependiendo del contexto y de un profesional a otro. Algunos de estos valores son: lo desconocido, la profundidad, la resonancia, la complejidad, la interconexión, la integración, la riqueza, la maestría. Seguro que puedes añadir otros.

Los valores o los conceptos cargados de valores pueden brindar orientación, pero uno debe sentir y elegir conscientemente cuándo se va a aplicar uno u otro conjunto de valores. Cuando se aferra a los valores, uno tiende a perderse en su brillo de tal manera que ya no puede discernir los eventos psíquicos más sutiles, nuevos, desafiantes o, incluso diría, reales. Cuando uno u otro sentimiento cargado de valores se abraza de tal manera que el ego se esconde detrás de él, entonces es posible que tengamos que dejar de lado el valor en sí mismo, ahuyentarlo del camino, incluso si ese valor huele a Verdad y Maternidad, o Alma, Psique, y Mundo. Cualesquiera que sean los términos sagrados, los apretones de manos secretos, tales valores pueden y serán usados ​​para ocultar desarrollos más interesantes, desafiantes o fecundos en la vida psicológica.

Regla general n.° 3: Las ideas no deben aplicarse

El problema con la noción de praxis es que tendemos a pensar en ella como una aplicación de la teoría. Cuando aplicamos ideas a situaciones prácticas, encuentro que generalmente resulta en una mala aplicación de un tipo u otro. De hecho, las primeras veces, el mal uso es casi un hecho. Una nueva idea es como una nueva herramienta o juguete que uno puede probar en muchos lugares, la mayoría de los cuales no son apropiados. En mi experiencia, pocas situaciones de la vida son tales que una sola idea les haga justicia.

Mi opinión es que es mejor trabajar desde el evento hasta la idea y no al revés. (1) Comenzar con el acontecimiento vivo, es decir, la imagen; (2) enfocarse en la imagen/evento, sintiéndolo; y (3) rastrear bits de resonancia que comienzan a formarse a partir del evento. No importa si estas resonancias son inmediatamente como ideas conocidas o meros fragmentos. Eventualmente, las ideas brotarán como malas hierbas alrededor ya a través de ellos.

Las ideas son orgánicas. Viven en cosas, algo así como el «barril de rueda rojo cubierto de lluvia» de William Carlos Williams. Tal vez aquí la lluvia son los fragmentos, los destellos de ideas brillantes.

Regla general #4: Cuando sea posible, piense poéticamente

Para Aristóteles, la practicidad o praxis conduce a la acción, mientras que la creación o poeisis conduce a la producción. Aparte de la praxis como práctica espiritual, que, en mi opinión, da en el clavo, la praxis tiende a prestarse más al pensamiento político. Marx consideró su materialismo dialéctico como praxis. A veces, sin embargo, se trata más de hacer —simplemente hacer— que de política. Cuando ese es el caso, como suele ser para mí, la fantasía de hacer, crear, solo la actividad por sí misma, es bastante atractiva. Para mí, «hacer» movimientos psicológicos, interpretaciones, intervenciones, reflexiones y momentos parece más apropiado que cualquier otra conceptualización de lo que soy.

Regla general n.º 5: Vaya connatural

Connaturalidad es un término acuñado por el teólogo católico Jacques Maritain. Maritain se interesó por la interrelación entre los procesos artísticos y los procesos de la naturaleza. Desde su punto de vista, la tarea del artista o artesano es alinearse miméticamente con “el funcionamiento secreto y las formas internas de la naturaleza”. Vio la actividad artística, cuando funciona correctamente, como un intento de paralelo a los procesos de la naturaleza. La creatividad humana es como la creatividad de la naturaleza. La tarea es trabajar connaturalmente con la naturaleza en un nivel muy consciente: sentir las operaciones de la naturaleza, sentirlas, verlas, escucharlas. El intento de profundizar en los procesos psicológicos naturales, en sintonía con lo que se percibe, es de lo que se trata la psicología profunda.

Regla general n.º 6: Los símbolos no son símbolos de nada sino simbólicos con muchas cosas

El erudito islámico Henry Corbin caracterizó los símbolos como «simbolizando con» en lugar de «simbólicos para» sus referentes. La distinción es importante porque ningún símbolo se considera necesariamente anterior o más importante que otro. El tipo de hacer implicado aquí se desarrollaría a través de similitudes, reverberaciones e improvisaciones miméticas o paralelas a los movimientos y procesos naturales. En ese mismo espíritu, más bien como el espíritu de la connaturalidad de Maritain, nuestro profundo trabajo psicológico avanza con un oído atento a las reverberaciones de la naturaleza, tanto naturales como simbólicas.

Regla general n.º 7: Adhiérase a la imagen

De acuerdo, esta es una regla antigua. Todos lo sabemos. Siempre se lo he atribuido a Rafael López-Pedraza, ya que fue el tipo al que se lo escuché en repetidas ocasiones. En este momento de mi vida, sin embargo, mi sentido puede haberse desviado un poco del de Rafael. Hoy considero la imagen como una noción más flexible que antes. Una forma de entender su adaptabilidad es hablar de encuadre.

Regla general n.º 8: Para conocer hay que encuadrar 

Por favor, déjeme ser claro. No digo que las cosas existan sólo por su encuadre. Estoy diciendo que los marcos organizan lo que vemos. Bien organizado, lo que vemos puede volverse fresco, incluso impresionante. La forma en que se enmarca una imagen se convierte en parte de su efecto y significado. El marco de la ventana sobre mi escritorio ofrece una vista particular del bosque exterior. Cuando encuadro una imagen en el visor de mi cámara, estoy posicionando la vista de tal manera que permita que surja algo revelador. En una imagen en movimiento, muchos fotogramas que se precipitan uno tras otro se convierten en la película que luego un editor corta y da forma, es decir, fotogramas, en la película final. El propósito del encuadre es poner límites a la vista para que lo que está dentro de esos límites pueda enfocarse con mayor claridad y frescura.

La forma en que enmarcamos una historia que le contamos a un amigo o la presentación de un caso a colegas tiene que ver con lo que queremos mostrar (y quizás cómo queremos que se vea a nosotros mismos). Cómo enmarcamos algo también condiciona cómo lo abordan los demás, qué obtienen de ello y qué actividades generan a su alrededor. Esto no es tan obvio como puede parecer. En un coloquio de casos, por ejemplo, alguien presenta una situación con un cliente con el que está teniendo dificultades. En términos generales, lo que verán los participantes en el grupo, siendo participantes psicológicos astutos, no es lo que el presentador “quiso” que vieran, sino lo que el presentador no ha presentado y quizás no sabe.

Considero que la imagen aquí es tanto lo que presentó el presentador como lo que otros vieron, el funcionamiento inconsciente detrás de la presentación y evocado por ella. El encuadre consciente fue el encuadre de la presentación, pero ese encuadre también trajo otros niveles, otras percepciones y otros puntos de vista a la discusión.

Si el practicante hubiera presentado la historia de manera diferente, lo que los participantes percibieron también habría sido algo diferente. Digamos que el practicante ha enmarcado la historia, principio y final, con una afirmación sobre lo molesto que se siente con este paciente en particular. Entonces, el grupo tendería a trabajar en el caso con esta emoción contratransferencial en mente. Mi punto es que las situaciones enmarcadas de manera diferente son diferentes, y los comentarios, así como la dinámica del grupo, cambiarán en consecuencia, porque la imagen es diferente.

A veces, las imágenes se encuadran de forma estrecha. Cuando se le da muy poco contexto a una situación, trabajar con ello tiende a volverse suelto, proyectivo, menos acotado y menos significativo en términos de la situación real. Por otro lado, a veces los eventos psicológicos se enmarcan de manera tan grande que es difícil trabajar en ellos en profundidad o con algo que no sea trazos amplios y amplios. En ocasiones estos grandes trazos son justo lo que buscas, como, por ejemplo, al abordar temas a nivel cultural o político. En este nivel, el trabajo de imagen particular y preciso no es útil ni apropiado.

Regla general n.° 9: El observador y lo observado pueden o no serlo

Nuestra convención perceptiva es experimentarnos a nosotros mismos cuando observamos; por ejemplo, los participantes observan la presentación del caso (como discutimos anteriormente) como algo separado de lo que estamos observando. Sabemos por la física moderna, la fenomenología y otras disciplinas, que estamos, de una forma u otra, implicados en lo que observamos. Pero en un nivel práctico, las posiciones que asumimos con respecto al “otro”, sea lo que sea “otro” (sueño, cliente, colegas, el mundo de la psicología) varía considerablemente.

A veces es importante estar cerca del “otro”, tan cerca como para fusionarse. Con el sueño de un cliente, digamos, algunos terapeutas pueden querer estar tan cerca que sientan las energías del sueño a través de sus propios músculos y órganos. Entonces podrían hablarle al sueño a través de su propia imaginación. Sus imaginaciones (o amplificaciones o asociaciones, para el caso) pueden ser tan importantes para el proceso como las imaginaciones del paciente.

O uno puede asumir una posición a cierta distancia del paciente y del material. No es que una u otra postura sea la correcta; cada uno tiene ventajas y puede ser más o menos adecuado según las circunstancias. A veces es útil acercarse lo más posible a la experiencia. En otras ocasiones, es crucial que te descubras para que puedas verlo más claramente. Lo importante aquí es saber que estás asumiendo posiciones y tratar de desarrollar un repertorio lo más amplio posible. En cualquier situación, puedes elegir conscientemente tu postura, lo que incluye, por supuesto, conocer los efectos de esa posición, sus puntos fuertes, sus limitaciones y sus peligros.

A veces uno desea enmarcar lo que está pasando, digamos, en una situación terapéutica, en términos de “dinámicas de transferencia/contratransferencia”. Cuando uno encuadra la situación dentro de esta fantasía conceptual, puede ver que todo ocurre dentro ya causa de esas relaciones. Para aprobar los exámenes en muchos institutos de formación junguianos en la actualidad, uno debe ser experto en este modo de encuadre y en el uso del lenguaje que lo acompaña. Como cualquier otro marco, este recinto de transferencia limita y revela. En mi opinión, el peligro de este modelo es que es el actualmente aceptado, por lo que generalmente se asume que es «verdadero» y se toma literalmente.

Regla general n.° 10: Contraste: es un montaje

Considero que la noción de multiplicidad de James Hillman no solo es un paraguas más grande y generoso, sino también una actitud más interesante que, por ejemplo, el dualismo. Sin embargo, a veces, uno quiere señalar fuertes contrastes. En tales ocasiones, uno podría sonar dualista como «o esto o lo otro». Los contrastes son formas de hacer que los puntos se destaquen claramente. Imagina una pintura con un fondo oscuro y figuras blancas en primer plano. Las figuras blancas destacan por el contraste del fondo. Cuando la psicología arquetipal establece oposiciones, es importante recordar que estas oposiciones tienen que ver con el contraste y no con la exclusión literal. Piense en algunas de las oposiciones de la psicología arquetipal: el inframundo frente al mundo diurno, el ego imaginario frente al heroico, el mundo frente al consultorio y (mi favorito) lo psicológico frente a lo literal. Los buenos se colocan en un extremo de la oposición y los malos en el otro, los buenos en primer plano, los malos en segundo plano.

Estéticamente hablando, estas exclusiones de «o esto o lo otro» crean contrastes para hacer un punto. Pero, no olvidemos, estos tipos malos son simplemente testaferros arrastrados para ser criticados. En el drama, las caricaturas de hombres de paja actúan como contrastes para los personajes principales más complejos. Algunos dramaturgos que conozco sostienen que el gusto colectivo exige estas figuras. Tal vez sea así, pero como psicólogos debemos recordar que es un montaje.

Regla general n.° 11: Robar herramientas cuando sea necesario

Hillman caracterizó su método psicológico como el de un bricoleur (un ingenioso que hace las cosas por sí mismo); Diría que el mío es como un ladrón, aunque un buen ladrón y por buenas razones, espero. Aunque la psicología arquetipal se distingue filosóficamente de psicologías colectivas generalizadas como el conductismo o la psicología cognitiva, sin embargo, como practicante, en ocasiones uno puede sacar una o dos herramientas de sus brillantes cajas. En ocasiones, esas cajas de herramientas pueden contener algo útil. La herramienta puede ser una que nos permita centrarnos en el comportamiento como tal, o abogar por un cambio en el comportamiento antes de comprender de qué se trata el comportamiento. Esto puede sonar bastante diferente a la psicología profunda, pero a veces es necesario, como en situaciones de abuso o adicción. Dado que hay tantas explicaciones de los eventos como perspectivas psicológicas para verlos, a veces un simple refuerzo negativo (como terminar la terapia) es el camino a seguir.

Si tomamos en serio la imagen de Maritain/Corbin de los procesos paralelos, entonces tal vez el cambio imaginal pueda comenzar con un cambio de comportamiento y viceversa. A veces agarrar el palo por el otro extremo es más fácil. Me parece que no son otras psicologías las que son reduccionistas, materiales y literales, somos nosotros, siempre que las veamos sin un ojo psicológico.

Si nos paramos en terreno psíquico, in media res, manteniendo nuestra conciencia desde esa posición, lo que hagamos tendrá una base psicológica. Es una cuestión de conciencia. Cuando somos psicológicamente conscientes, nuestros medios serán metafóricos y nuestras herramientas reflexivas.

Regla general n.º 12: No tome lo literal literalmente

Anteriormente dije que lo literal versus lo psicológico era mi oposición favorita. Pero, ya sabes, uno no debe tomar ni siquiera lo literal tan literalmente. Hacerlo es volverse demasiado literal. Esa voz literal, que insiste en «nada más que», es solo una de las muchas voces en el coro. A veces es útil para emitir tonos fuertes y seguros, pero el punto es escucharlo como una sola voz, en lugar de la verdad completa, nada más que la verdad que pretende ser.

Regla general n.º 13: La verdad o el daimon

A veces pienso en la verdad de forma imaginativa, como en la «línea verdadera» que un carpintero podría determinar, un navegante estimar o un maestro zen dibujar en la arena. La verdad es para mí de mayor valor, pero no uso mayúsculas en la palabra. En términos de una psique individual, pienso en la verdad como el camino de la individuación. Este término junguiano pasado de moda es lo suficientemente vago, subjetivo e interior como para que funcione para mí. Algunos podrían hablar de seguir el propio daimon en lugar de la noción de individuación de Jung como guía, pero los daimons son llamativos. Además, los daimons también son demonios, ¡y es muy fácil identificarse con ellos! Así también, nociones como “psique” y alma no funcionan para mí como antes. En el comienzo de la psicología arquetipal, estas palabras estaban verdaderamente vivas, estremecedoras, electrizantes, audaces como diablos. Ahora son clichés en los títulos de la mitad de los libros de las estanterías de autoayuda. ¿Es verdadera la noción (psique, alma)? Por supuesto. Pero hoy en día es difícil inspirar en alguien como yo mucho sentimiento de una línea verdadera de esas palabras.

Tiendo a orientarme con nociones estéticas más prácticas como “lo que funciona”. Lo que “funciona” como novela, película, pintura o pieza musical está determinado por la pieza misma. Cada pieza establece sus propios criterios. De esta manera, el trabajo se mide contra sí mismo, algo así como lo que implica la individuación en la psicología personal, donde la naturaleza única de la persona es la meta.

Regla general n.º 14: Regla de Layard 

Tiendo a ver los sueños a través de la regla de Layard. Puede que no siempre comparta esta visión con mi cliente. Pero a menudo lo hago, porque de hecho así es como veo las cosas. John Layard fue antropólogo y analista junguiano de primera generación que residió en Inglaterra. James Hillman me transmitió la máxima hace casi cuarenta años, atribuyéndola a Layard, y yo también. Desde entonces, esta regla general me ha servido bien a mí y a varias generaciones de estudiantes. Es mi herramienta favorita.

La regla dice así: «Todo en el sueño es correcto excepto quizás el ego del sueño». El propósito de esta regla general es llevar la conciencia hacia un reino más allá del ego. Su uso desliteraliza el punto de vista habitual del ego, lo que permite un cambio de perspectiva.

Al igual que con cualquier otra regla general, esta se aplica solo de manera flexible y, a veces, no se aplica en absoluto. Siempre es, creo, una perspectiva útil para los practicantes en la profundización de su propia conciencia. No siempre es la herramienta adecuada para la terapia. En algunos casos, por ejemplo, cuando el apoyo o la estabilización son una prioridad, moverse en contra de la perspectiva del ego no es terapéuticamente inteligente. En tales casos, la regla de Layard no es la herramienta adecuada. Toma otra. Como con cualquier otra regla, esta es simplemente más o menos útil y apropiada, una de muchas en la caja de herramientas.

Como ejemplo, veamos el siguiente sueño:

entro en mi baño. Mi perro, Max, está en la bañera, bajo el agua. Él simplemente está acostado allí como suele mentir. Estoy horrorizado, sabiendo que se va a ahogar. Él solo me mira como si nada estuviera mal.

No sé nada de la mujer que soñó este sueño, su situación de vida, sus complejos, en qué parte de su proceso analítico se encuentra, nada. Pero eso no significa que no pueda obtener algo del sueño.

Desde una perspectiva naturalista (la perspectiva del ego aquí), el perro parece como si fuera a ahogarse, y eso se siente terrible para el soñador. Sin embargo, para aplicar la regla de Layard (aquí, una perspectiva submarina así como del “inframundo”), ponemos entre paréntesis el sentimiento del ego y miramos al perro. Max actúa como si nada estuviera mal. Quizás este sea un perro submarino, capaz de sobrevivir bajo el agua. O quizás se va a ahogar, a disolverse en la solución alquímica, y eso es parte del proceso. En cualquier caso, sabemos claramente desde el punto de vista del perro, según Layard, que efectivamente “no pasa nada”. Todo es como debe ser.

Este punto de vista le parecería horrible a un psicólogo orientado al ego o al humanismo en varios aspectos. Por un lado, la situación no es natural. Los perros no están naturalmente contentos bajo el agua. Por lo tanto, algo anda mal con el “perro” de esta mujer. Su instinto de perro es inconsciente, autodestructivo. Otra razón por la que el sueño no sentaría bien es que en la psicología humanista es el ser humano el más valorado. Las perspectivas y los valores humanos se identifican y se toman literalmente.

Dar la vuelta a las cosas de tal manera que estemos mirando desde la perspectiva del perro, confiando en el animal sobre el punto de vista humano, puede llevarnos a tomas de conciencia que otras perspectivas más habituales no permiten. La perspectiva de Layard profundiza y enriquece nuestra comprensión. Si todo está bien excepto el ego del sueño, es “correcto” que el perro muera. Quizás el perro es como un viejo instinto, eficaz durante muchos años para olfatear qué era qué, pero ya no se necesitaba. Tal vez sea necesario un nuevo perro con nuevos sentidos.

Regla general n.º 15: Escucha a tus amigos, ama a tu maestro

Regularmente dirijo seminarios para estudiantes en las etapas finales del estudio psicológico profundo. El simulacro es que cada estudiante se toma varias horas durante el fin de semana para hablar sobre su trabajo con un cliente.

A medida que los participantes interactúan en torno a las imágenes y los procesos que surgen, me sorprende lo bien que han llegado a entenderse unos a otros. Por supuesto, cada uno llega al fin de semana con perspectivas particulares y teorías favoritas. Puede que no siempre estén de acuerdo, pero eventualmente todos llegan a apreciarse mutuamente, a entender lo que se dice y de dónde viene. Se escuchan unos a otros, ya mí.

¿Saben que soy un psicólogo arquetipal? ¿Conocen mis antecedentes? No sé. Si lo saben, ciertamente no en detalle. Sin embargo, están haciendo lo que considero psicología arquetipal. Están enfocando cuidadosamente lo que aparece como imagen, conscientes de su encuadre, las lentes que usan. Ponen entre paréntesis las explicaciones causales y aprecian las resonancias miméticas. Han aprendido a robar. Hacen un uso inventivo de los recursos disponibles (¡el bricoleur!). En un grado u otro, cada uno tiene buen ojo para alguna línea «verdadera». Recitan la regla de Layard como un mantra. ¿Es esto psicología arquetipal? Bueno, ciertamente es una forma de eso.

Gracias, James Hillman. Esos años en la mezcla contigo fueron fundamentales para mi aprendizaje, gloriosos en alcance, difusión y elevación, más allá de la inspiración. Fue un viaje extraordinario. Quedo profunda y eternamente agradecido contigo, mi maestro.

El mito del inconsciente colectivo

Traducciones

Jon Mills, Canadá

Resumen

Mills J. The myth of the collective unconscious. J Hist Behav Sci. 2018;1–14.

Este ensayo cuestiona el principio más básico de la psicología analítica de Jung, a saber, la existencia del inconsciente colectivo. A pesar de que se supone que hay procesos universales y características ontológicas de la mente en todas las escuelas de pensamiento psicoanalítico, la de Jung es única en la historia de las ideas psicoanalíticas por plantear una psique transpersonal supraordenada y autónoma que sigue siendo la fuente, el suelo y el manantial del que derivan todas las manifestaciones inconscientes y conscientes. Esta audaz afirmación se analiza a través de una inspección minuciosa de los textos de Jung que cuestiona la justificación filosófica para postular un macroantropos sobrenatural o una mente colectiva reificada. Señalando los problemas de la agencia y las falacias de la hipostatización, no es necesario evocar una cosmogonía transpersonal para explicar cómo la universalidad impregna la subjetividad individual dentro de los colectivos sociales. Aquí podemos concluir que el constructo inconsciente colectivo es un significante de las dinámicas y características psicológicas comunes de la humanidad compartida. En este sentido, el mito del inconsciente colectivo se entiende mejor como metáfora de una abstracción superior o principio ideal dotado de valor numinoso. 


En este ensayo, deseo examinar una noción central de la psicología analítica, sino el punto de apoyo sobre el que descansa la filosofía de la mente y la cultura humana de Jung. Aquí abordaré una cuestión muy específica con un ámbito de análisis reducido; a saber, ¿existe un Inconsciente Colectivo? Y si es así, ¿qué es exactamente? En realidad, el propio Jung (1953/1973) da muy poca cuenta del inconsciente colectivo a lo largo de sus Obras Completas, centrándose en cambio casi por completo en los arquetipos, el contenido que se presupone de una psique colectiva. Más que centrarme en el contenido, deseo sostener la cuestión del fondo original, la matriz metafísica de todo devenir. En efecto, aunque se supone que el arquetipo es su propia forma original (arché-origen, type-forma), el inconsciente colectivo es la fuente original de estas innumerables formas autoinstanciadas, el fundamento, el manantial o el principio abarcador en el que se originan los arquetipos, la causa última y la base de las apariencias como tales. Aunque esta investigación puede constituir una herejía dentro de ciertos círculos ortodoxos, para dar coherencia y credibilidad a este postulado teórico, nos corresponde ofrecer una defensa filosófica de este concepto tan importante y radical que fundamenta todo el edificio del pensamiento junguiano. 

Como condición universal y necesaria a priori para que la vida psíquica exista y emerja, el inconsciente colectivo se convierte en la fuerza más ontológicamente dependiente y en el locus de toda la actividad humana, presuponiendo quizás incluso una matriz transpersonal que arroja una significación cósmica, si no sobrenatural. Pero antes de sacar cualquier conclusión, es importante que desgranemos el concepto de Jung sobre el inconsciente colectivo y veamos si las implicaciones filosóficas de su teoría tienen plausibilidad y mérito, si no utilidad pragmática. 

En la literatura junguiana se ha criticado mucho la noción de arquetipos. De hecho, este concepto puede muy bien ser el aspecto más controvertido de la psicología analítica de Jung. Pero sea cual sea el análisis al que derivemos, no debemos olvidar que los arquetipos están condicionados por algo mucho más ontológicamente básico, es decir, indispensablemente primordial. 

Dado que los arquetipos son esencialmente los contenidos de la psique colectiva que se dice que se emiten en las mentes individuales -lo cual es una afirmación presunta que requiere justificación-, esto desafía aún más el formalismo de Kant, donde sólo existen categorías a priori para la comprensión y formas de sensibilidad, que son las estructuras mentales formales que nos permiten aprehender los objetos de la experiencia; mientras que Jung importa el contenido (los arquetipos) desde el principio que constituye el agente presubjetivo, es decir, las precondiciones ontológicas que hacen posible la subjetividad, por lo tanto presentes en el nacimiento sin la ayuda de la percepción de los sentidos, el espacio y el tiempo. Esto se vuelve problemático a menos que uno esté dispuesto a conceder que los contenidos de la experiencia ancestral pasada se incorporan, organizan, preservan y recapitulan por la humanidad, se transmiten filogenéticamente y reaparecen en instancias transgeneracionales posteriores en futuras líneas de tiempo históricas de la raza humana. Aquí debemos diferenciar entre una fuente original y las formas, contenidos y objetivos de la manifestación. Recordemos que la transición de lo no manifiesto a lo manifiesto se realiza y se lleva a cabo a través de los arquetipos. ¿Es el inconsciente colectivo el verdadero arché, el verdadero comienzo, o debería atribuirse más propiamente a los propios arquetipos, suponiendo que existan, lo que requiere además una argumentación? 

¿Quizás el inconsciente colectivo no es más que un símbolo, una metáfora del Centro, o tiene una ontología distinta, lo «realmente real», la zona de una realidad absoluta? Si llevamos esta cuestión más allá, los límites se difuminan rápidamente hasta el punto de que el inconsciente colectivo podría ser sinónimo del concepto de Dios, del actor y del acto de creación que tiene lugar en el centro del cosmos. Si adoptamos este punto de vista, a saber, el de deificar el inconsciente colectivo como un macroantropos sobrenatural, sería desastroso para los estudios junguianos, ya que el fundamento teórico de la psicología analítica sucumbiría a la invención de ficciones no verificables que satisfacen las fantasías de la imaginación a expensas de la razón, la lógica y la ciencia. 

1) JUNG SOBRE EL INCONSCIENTE COLECTIVO

El primer uso que Jung hace del término aparece en Símbolos de Transformación (Jung, 1912, CW, 5, p. 177n), a lo que inicialmente se refirió como una «universalidad supraindividual» (p. 177), «la herencia arcaica de la humanidad» (p. 178), el nacimiento del «espíritu» (p. 413). Aquí Jung hace una afirmación audaz: el espíritu (Geist) proviene de un inconsciente colectivo y aparece como arquetipos, tanto como «imágenes primordiales» como «formas primarias» (p. 413). En su prólogo a la 4ª edición suiza, Jung concluye que «la psique no es de hoy; su ascendencia se remonta a muchos millones de años… desde el rizoma perenne… la materia raíz» del inconsciente, «la madre de todas las cosas» (p. xxiv). En otras palabras, la mente y sus contenidos proceden de un sustrato preontológico que condiciona la aparición de todos los acontecimientos psicológicos hasta nuestros días. 

Jung hace muchas afirmaciones en sus escritos que recogen una visión nativista de la psique derivada de subestructuras innatas que favorecen las explicaciones evolutivas (Jung, 1961, p. 348), pero también confunde los contenidos de la mente (arquetipos) con el propio inconsciente colectivo. Dice específicamente que «El inconsciente colectivo no se desarrolla individualmente, sino que se hereda» (Jung 1936, CW, 9, i, p. 43). ¿Cómo se hereda un inconsciente colectivo perteneciente a la humanidad arcaica? ¿Cómo puede ser congénita una mente colectiva inconsciente? Esto parecería sugerir que en realidad heredamos alguna otra mente supraordenada que opera en nosotros y nos domina desde el principio como algún proceso extraño superpuesto a nuestra conciencia. En otras palabras, heredamos otra Mente o las mentes de muchas personas que se agrupan en una abstracción categórica llamada el alma del mundo (anima mundi). ¿Cómo es esto posible? Por supuesto, heredamos estructuras innatas, pero afirmar que las «imágenes» o la supraordinación son innatas es otra cosa. 

¿Cómo es que el llamado inconsciente colectivo es «idéntico en todos los individuos» pero no se desarrolla individualmente? ¿Cómo es posible que una configuración suprapersonal -una organización compleja- sea innata? Una forma de interpretar estas afirmaciones es colapsar el concepto de inconsciente colectivo en una categoría general abstracta subsumida en la biología evolutiva, como hace Jung cuando identifica por primera vez los instintos (Triebe) con imágenes innatas y patrones de comportamiento derivados de procesos inconscientes. En este caso, el inconsciente colectivo se convierte en un mero marcador de posición para algo común en todas las personas, nuestra encarnación de base que da lugar a la experiencia consciente. Hasta aquí no se avanza ninguna tesis nueva respecto a la de la teoría psicoanalítica clásica. 

Pero Jung no tarda en lanzar el guante. En su insistencia en que hay «elementos formales universalmente presentes» en la psique, salta rápidamente a plantear el contenido de los arquetipos y se pregunta: «¿existen o no existen formas universales inconscientes de este tipo? Si existen, entonces hay una región de la psique que se puede llamar el inconsciente colectivo» (Jung, 1936, CW, 9, i, p. 44). Pero, ¿por qué este salto inferencial? ¿Por qué se equiparan las formas universales con el contenido arquetípico? ¿Cómo es que el formalismo es lo mismo que las particularidades? ¿Existe una diferencia entre la estructura inconsciente, la forma y el contenido (como proceso, como las precondiciones para que la cognición transpire)? Estas clasificaciones diferenciales de la explicación marcan una diferencia en la forma en que llegamos a conceptualizar la noción de un inconsciente colectivo. La apresurada generalización de Jung se encuentra, además, con un descargo de responsabilidad seguido de la afirmación de que «el inconsciente colectivo no es una cuestión especulativa ni filosófica, sino empírica» (Ibid). Lo que es «empírico» es el mero hecho de nuestra encarnación biológica que está innatamente equipada con presiones evolutivas, pulsiones, deseos, afectos y estructuras cognitivas a priori que permiten a todos los seres humanos experimentar el mundo y sus realidades psicológicas, mientras que plantear una psique colectiva trascendental u objetiva (objetivada) es una construcción «especulativa» «filosófica» que debe ser justificada con argumentos lógicos y demostrada empíricamente. Hasta ahora, Jung no ha podido argumentar -y mucho menos demostrar- que el hecho de que haya estructuras mentales universales comunes a todas las personas signifique que éstas deriven de una fuente colectiva o red cósmica de todo el devenir. Aquí se presenta el primer problema para fundamentar una ontología transpersonal teóricamente justificada, especialmente cuando se infla al ámbito de la cosmogonía. 

Cuando Jung desdibuja su definición del inconsciente colectivo y lo hace sinónimo de los arquetipos, problematiza aún más su proyecto. Declara que el inconsciente colectivo está formado por los instintos y sus «correlatos, los arquetipos», que todos poseen, pero que también poseen «un stock de imágenes arquetípicas» (Jung, 1919, CW, 8, ¶281, p. 138). Esto significaría que las «imágenes» se almacenan en una psique colectiva y se transmiten a lo largo de los años a través de los mecanismos evolutivos que han creado o dado forma a la aparición del Homo sapiens actual. Dejando a un lado las implicaciones reductoras, como mínimo Jung cree (estipulado a modo de hipótesis) que las imágenes son experimentadas por la humanidad y almacenadas evolutivamente en el cerebro, que se transmiten transgeneracionalmente de forma genética y cultural, y que tienen un significado universal fijo en su simbolismo. Se trata de un modelo muy determinista de emergencia evolutiva en el que la imagen y el significado simbólico parecen estar preestablecidos, programados o codificados. Tampoco parece haber una distinción real entre el contenido del inconsciente colectivo y una agencia que produce dicho contenido. ¿Por qué presumir de un cúmulo de imágenes que exudan de una mente arcaica que supuestamente está presente al nacer y que brota en la psique cuando los mismos fenómenos pueden explicarse a partir de procesos cognitivos innatos que estamos diseñados evolutivamente para experimentar y adaptarnos a nuestro mundo en el que estamos lanzados? 

2) SOBRE LA CUESTIÓN DE LA AGENCIA

Jung afirma explícitamente desde el principio que «Los instintos y los arquetipos forman juntos el ‘inconsciente colectivo'» (Jung, 1919, CW, 8, pp. 133-134). Aquí hace del deseo, como parte de nuestras pulsiones, junto con el papel formativo de imagos, la sustancia de lo que comprende el inconsciente colectivo. Esto significa que nuestras pulsiones, que forman parte de nuestra corporeidad, así como las imágenes innatas, forman la organización y el contenido del inconsciente colectivo. Pero, ¿qué pasa con la agencia? ¿Cómo se liberan o descargan las pulsiones y las imagos en la psique? ¿Cómo se constituyen agencialmente los aspectos personales o subjetivos de la mente, y mucho menos provienen de una procedencia o supraordenación colectiva? Aquí Jung no responde a estos elementos teóricos básicos. 

Para exponer mi primera serie de críticas, debemos establecer que Jung efectivamente a veces confunde el inconsciente colectivo y los arquetipos con una agencia, mientras que en otras ocasiones, incluso en algunos de sus escritos posteriores, es más cuidadoso en sus proposiciones teóricas. Veamos primero algunas de sus afirmaciones sobre la reificación. Al hablar de la mitología, Jung dice explícitamente que «toda la mitología podría tomarse como una especie de proyección del inconsciente colectivo»; y al referirse a la influencia astrológica de los astros, afirma que «estas influencias no son más que percepciones inconscientes e introspectivas de la actividad del inconsciente colectivo» (Jung, 1947, CW, 8, 325, p. 152). En lugar de situar estas percepciones y juicios determinantes dentro de la mente subjetiva de un individuo, aquí las objetiva como una cosa concreta que realiza actos cognitivos. Comete la falacia de tratar una abstracción como si fuera una entidad o cosa real. Este tipo de concreción teórica como hipóstasis es filosóficamente problemática, si no simplemente insostenible. 

Cuando Jung se refiere al inconsciente colectivo como «reguladores y estimuladores» o «dominantes» (Jung, 1947, CW, 8, ¶403, p. 204), la noción de agencia se atribuye además al inconsciente colectivo como organizador de los procesos mentales; aunque se refiere a esta constelación psíquica como «impersonal», por lo tanto carente de mismidad, refiriéndose aquí presumiblemente a sus funciones más que a un agente por derecho propio. Pero esto no está en absoluto claro y está abierto a la interpretación, especialmente dado que se refiere a los arquetipos como «entidades» (Jung, 1947, CW, 8, p. 231) y «agencias espontáneas» (Jung, 1947, CW, 8, p. 216) en otros lugares. Dada la preocupación de Jung por los arquetipos, el inconsciente colectivo parece presuponerse a veces sin ofrecer un argumento filosófico o una justificación teórica de por qué es necesario incluso plantear tal entidad en primer lugar. En su primera obra, Símbolos de la transformación, al centrarse en el contenido del «stock de imágenes primordiales» como «formas innatas propias de los instintos», colapsando así la imago dentro de la pulsión (en lugar de una función agéntica que genera imágenes y experimenta impulsos internos), se refiere a «esta psique «potencial» el inconsciente colectivo» (Jung, 1912, CW, 5, p. 408). Aquí lo colectivo es sólo una potencialidad. Pero «en este mundo del inconsciente colectivo el espíritu aparece como un arquetipo» (Jung, 1912, CW, 5, p. 413). ¿Cómo pasamos de la potencialidad a la actualidad, de lo posible a lo real? Jung se apresura a sugerir que el espíritu (Geist) emerge de la psique colectiva y aparece como contenido (arquetipos). Las imágenes universales colectivas o vivenciales no tienen por qué proceder de una mente colectiva. ¿Por qué un salto inferencial tan persistente (si no superficial)? La psique está obviamente diseñada a priori para encontrar, aprehender y percibir imágenes de la experiencia, así que ¿por qué sugerir que provienen de una mente supraestructural y transpersonal? No hay ninguna defensa lógica al hacer esta afirmación, aparte de ser una intuición intelectual, que se exhibe bajo el lenguaje científico de una «hipótesis». Pero aquí la hipótesis de Jung de que existe una mente colectiva es bastante sospechosa. ¿Por qué se necesita para explicar los fenómenos de la conciencia que están condicionados por procesos inconscientes que pueden generalizarse a todos los seres humanos sin la carga teórica añadida de importar y justificar una Suprapsique que mueve todos los hilos detrás de la cortina antrópica? Esto implicaría que el inconsciente colectivo es un macroanthropos (Mills, 2013), una forma bastante anticuada de ver la diversidad psicológica de la socialización y la difusión cultural que surge de una supuesta divinidad cósmica. Volvamos a la ambivalencia de Jung en la forma en que llegó a luchar y avanzar en su teoría. 

3) UNA VUELTA A LO BÁSICO

Jung estaba obsesionado con la «actividad de la psique» (Jung, 1947, CW, 8, p. 233), pero se apresuró a atribuirla a una causa suprema. Aquí no puede escapar a la influencia de sus inculcaciones teológicas y su educación cristiana. Pero examinemos más sobriamente su lado racional. Aunque en sus pensamientos y escritos fluctúa de forma bastante desordenada , es evidente que se debate entre lo que quiere transmitir a su público en función de su estado de ánimo o de su temperamento psicológico en ese momento, algo parecido a su teoría de la tipología, ya que cada configuración psicológica ofrece sus propias ideas. De forma bastante incoherente, somos testigos de cómo Jung tiende a contradecirse ofreciendo cavilaciones contrarias e incongruentes. Examinemos algunas de sus ideas más sensatas y perspicaces. 

En uno de sus primeros escritos sobre estética, Jung (1931) afirma que «el inconsciente colectivo no debe pensarse como una entidad autosubsistente; no es más que una potencialidad que nos ha sido transmitida desde los tiempos primordiales en la forma específica de imágenes mnémicas o heredada en la estructura anatómica del cerebro. No hay ideas innatas, pero hay posibilidades innatas de ideas» (CW, 15, pp. 80-81). Se trata de una afirmación muy sensata, a pesar de sus declaraciones posteriores en sentido contrario. Aquí está afirmando que la psique colectiva no es un ser en sí mismo, sino que es meramente un receptáculo de imágenes heredadas de la experiencia de los primeros tiempos del hombre que han sido incorporadas dentro de nuestras estructuras cognitivas evolutivamente informadas que dan lugar a ideas potenciales encontradas en nuestra experiencia del mundo. Esto es teóricamente compatible con los puntos de vista nativistas desde Kant hasta la psicología evolutiva. Jung no hace más que reforzar la idea de que lo colectivo es universal para todos los seres humanos, independientemente del tiempo, la geografía y el contexto, lo que hoy solemos considerar como nuestra naturaleza humana común. Pero a pesar de que concede que el inconsciente colectivo no debe concebirse como una «entidad autosubsistente», insiste sin embargo en una división básica entre el inconsciente personal y el colectivo, cuando esta separación categórica no es nada clara ni está justificada. Si cada sujeto tiene su propia experiencia subjetiva del mundo, pero está condicionado por los rasgos universales objetivos de la mente que pertenecen a la especie humana, entonces lo que es subjetivo o personal también está informado simultáneamente por las mismas estructuras psíquicas que permiten que la subjetividad surja en primer lugar. En lo que va de nuestra investigación, no veo la necesidad de crear un binario entre lo personal y lo universal cuando ambos son operativos dentro de las mentes de todas las personas en un momento dado. Aquí la verdadera distinción es entre las idiosincrasias experienciales de un individuo o sujeto único que son peculiares de esa persona específica como personalidad distinta frente a lo que es un sustrato orgánico y estructural a priori común que pertenece y condiciona inconscientemente a la raza humana a nivel universal. 

Hasta ahora, el «colectivo» no es más que un significante de «universal», es decir, de lo que es común a todos nosotros. Si el colectivo es entonces cosificado (o deificado) al estatus de una supraestructura, por no hablar de una entidad supraordenada, entonces tenemos algunos serios enigmas filosóficos con los que lidiar, similares a justificar la cuestión de Dios o plantear un ser supremo que condiciona todas las actividades de la psique. ¿Podemos apelar a estructuras psíquicas universales sin importar una mente colectiva que apoye el emanacionismo o la ontoteología? Kant, al igual que Hegel y Freud, no tuvieron ningún problema en hacerlo porque cada uno de ellos afirmó un aspecto objetivo de la mente que sirve de condición previa para la experiencia subjetiva y la epistemología. Para Kant (1781) eran las formas intuitivas de la sensibilidad y las categorías para el entendimiento mediadas a través de la unidad trascendental de la apercepción, mientras que Freud (1923, 1932-1933, 1938/1940) introdujo un discurso más propio sobre los procesos inconscientes que dan lugar a estas facultades. Incluso cuando Hegel (1807/1977) defendió la existencia de una mente o espíritu objetivo (Geist), a pesar de las estipulaciones y las disputas académicas, esto se basó en última instancia en la lógica dialéctica y no en un gran agente o cosmogonía transpersonal presupuesta que condiciona todos los actos psíquicos, como el concepto de Jung del inconsciente colectivo. ¿A dónde vamos a partir de aquí? Volvamos a su tratamiento de las experiencias humanas universales. 

Jung se centra primero en las imágenes, que insiste con razón en que dan forma «a innumerables experiencias típicas de nuestros antepasados… el residuo psíquico de innumerables experiencias del mismo tipo» (CW, 15, p. 81). Inmediatamente después dice que estas imágenes primordiales son «productos de la fantasía creativa» mediada («traducida») a través del lenguaje. Pero estos conceptos mediadores significan «los procesos inconscientes que se encuentran en las raíces de las imágenes primordiales» (Ibid). Lo que Jung piensa que se encuentra en las «raíces» -el rizoma- es el inconsciente colectivo, que se supone que genera esas imágenes que se depositan en una psique ancestral. Aquí se sugiere una cierta hipostatización y se evocan rápidamente los arquetipos. ¿Estamos justificados al plantear una psique ancestral en primer lugar, lo que Jung llama la psique «objetiva», o simplemente nos referimos a la mente arcaica que perteneció a los humanos en el pasado, no como un punto de origen o una entidad procreadora sobrenatural, sino más bien como una idea abstracta utilizada para denotar una característica universal común atribuida a todas las personas, que ahora informa evolutiva y culturalmente los procesos mentales actuales de los colectivos? Si nos mantenemos en sintonía con el poder creativo de la imaginación para formar significado a través de la mediación semiótica y simbólica, entonces podemos argumentar que una psique colectiva hipostasiada apenas es teóricamente necesaria, ya que la fantasía es la base de (y es el lenguaje básico de) toda la humanidad. 

Jung da mucha importancia a la intensidad emocional de la experiencia y a veces hace inferencias y generalizaciones apresuradas para importar alguna fuente Über mayor como fundamento o causa de la intensidad afectiva, cuando ésta puede estar simplemente supeditada a los procesos universales de organización psíquica y de surgimiento del desarrollo comunes a todos los humanos. Que las emociones nos embarguen no significa que procedan de un receptáculo o manantial colectivo último que provoque resonancias filogenéticas. Jung afirma: «En esos momentos ya no somos individuos, sino la raza; la voz de toda la humanidad resuena en nosotros» (OC, 15, p. 82). Aunque Jung atribuye esto a las «fuerzas ocultas del instinto», también cree que éstas reflejan «los espíritus de [nuestros] antepasados». En lugar de afirmar que la intensidad del afecto es tanto el residuo evolutivo de la historia dentro de la maduración del desarrollo como la difusión cultural que proviene de un lugar y una época particulares en el tiempo, sugiere una reificación de un prototipo original al «reino de lo siempre duradero» que se reactiva en el encuentro personal. Al equiparar el poder abrumador y la sensación de liberación afectiva con la experiencia arquetípica en lugar de con la experiencia psíquica, hace un salto de fe filosófico para generalizar dicha intensidad emocional a lo universal, pero no a cualquier universal: más bien lo convierte en una Psique Colectiva. No sólo es similar al Espíritu Objetivo de Hegel, sino que también se objetiva como una mente transpersonal. En lugar de que la intensidad emocional se duplique en los colectivos debido a una confluencia e interpenetración inseparable de la biología y la cultura, se convierte en El Colectivo, la matriz abarcadora de todo, el Uno Neoplatónico. 

En muchos lugares de sus escritos, Jung equipara el inconsciente colectivo con un alma mundial correspondiente (anima mundi) representada como un Anthropos (Jung, 1944/1952, CW, 12, pp. 189, 233) envuelto dentro de un cosmos metafísico unificado más amplio, a saber, el unus mundus (véase Jung, 1955, CW, 14, pp. 462-465), presumiblemente unido por Dios (véase Jung, 1959, CW, 9, ii, pp. 194-195). Podemos concluir, además, que el inconsciente colectivo sirve como su propia divinidad y es un símbolo o sustituto de la creación divina original y del punto de origen causal. Permítanme sugerir que este salto no es filosóficamente necesario para fundamentar una teoría de los arquetipos que se sitúan en relación con la ontología arcaica. No es necesario evocar una cosmogonía transpersonal para explicar cómo la universalidad impregna al individuo dentro de las masas. Se trata de desentrañar cómo opera la universalidad dentro de la pluralidad, la diferencia, la individualidad y las expresiones de los colectivos, en lugar de atribuirla a una Fuente psíquica supraordenada que condiciona todas las producciones psicológicas dentro de los individuos y las sociedades de todo el mundo. 

4) CONFUNDIR FUENTE CON FORMA Y CONTENIDO

Jung suele equiparar los arquetipos con el inconsciente colectivo cuando, en rigor, son dos categorías fundamentales. Una es ab origine, basada en el terreno óntico primigenio, mientras que la otra es derivada de dicha fuente original. Esta confusión se ejemplifica cuando Jung afirma que heredamos un «stock de imágenes primordiales que cada uno trae consigo como su derecho de nacimiento humano, la suma total de formas innatas propias de los instintos». He llamado a esta psique «potencial» el inconsciente colectivo» (Jung, 1912, CW, 5, ¶631, p. 408). Aquí Jung equipara las imágenes con las formas innatas que pertenecen a las pulsiones, que luego atribuye vacilantemente a una psique colectiva «potencial». Escrito originalmente en 1912, Jung se aleja de Freud, pero aún no ha dado el paso de hacer del inconsciente colectivo el heredero de las pulsiones. Aquí podemos ver cómo quiere hacer imaginarias las formas innatas (arquetipos) (imagos), que se establecen dentro de los sustratos biológicos de la mente humana, y por lo tanto son contenidos involuntarios instintivos y eventos naturales. Jung continúa enfatizando la equiprimordialidad de la imagen inherente al mito dentro de un lugar de nacimiento colectivo como algo que trasciende cualquier subjetividad personal de los agentes individuales y, por lo tanto, surge del tejido ontológico de una fuente colectiva. 

La imagen se denomina primordial cuando posee un carácter arcaico. Hablo de su carácter arcaico cuando la imagen está en sorprendente concordancia con motivos mitológicos conocidos. Expresa entonces un material derivado principalmente del inconsciente colectivo, e indica al mismo tiempo que los factores que influyen en la situación consciente del momento son colectivos y no personales. (Jung, 1921, CW, 6, ¶746, p. 443) 

Aquí Jung está haciendo hincapié en todas las personas y no en una sola, o en la personalidad subjetiva de un individuo, pero está situando su argumento de tal manera que puede considerarse como un falso binario. Todas las subjetividades personales participan dentro de organizaciones colectivas que son universales aunque puedan ser promulgadas de forma peculiar desde una persona concreta que no refleje otras personalidades, pero esto no justifica una distinción ontológica entre lo individual y lo colectivo. La colectividad es simplemente una abreviatura de las dimensiones universales de la naturaleza humana. Lo colectivo no triunfa ni sustituye a lo personal, ni lo individual anula a lo colectivo: ambos son equiprimordiales y están dialécticamente unidos aunque desarrollen procesos complementarios y paralelos. 

En su pensamiento evolutivo, Jung sigue privilegiando lo colectivo sobre lo individual de tal manera que lo eleva de meros atributos comúnmente compartidos de la humanidad al de una construcción supraordenada que condiciona evolutivamente todas las particularidades de la conciencia y la cultura. Es entonces cuando comienza a alejarse de las referencias genéricas al inconsciente colectivo mediante un desplazamiento y una preocupación por el contenido arcaico de los arquetipos como formas imaginarias que pueblan la psique. «La imagen primordial, también llamada arquetipo, es siempre colectiva, es decir, es al menos común a pueblos o épocas enteras. Con toda probabilidad, los motivos mitológicos más importantes son comunes a todas las épocas y razas» (Jung, 1921, CW, 6 ¶747, p. 443). A pesar de su apresurada generalización, la fuente, la forma y el contenido son ontológicamente inseparables, aunque hay una escisión forjada entre el manantial generativo y el producto manifiesto. El inconsciente colectivo produce presumiblemente arquetipos, pero los arquetipos son apariencias fenoménicas, mientras que la llamada psique objetiva permanece oscura, inaccesible a la experiencia directa o a la observación: por lo tanto, sigue siendo una hipótesis, una inferencia informada, una conjetura educada. 

Para Jung, las imágenes primordiales son innatas y heredadas, dadas a priori, no a través de la experiencia consciente que luego se deposita mnémicamente en el inconsciente, sino que pertenecen «a ciertos determinantes internos de la vida psíquica» (Jung, 1921, CW, 6, ¶748, p. 444). La imagen se convierte en «una condensación del proceso viviente» que desprende energías psíquicas al encontrarse con estímulos perceptivos en el entorno, lo que da sentido y orden a la conciencia y motiva vías de acción conectadas con dicho sentido (Jung, 1921, CW, 6, ¶749, p. 445).  Para Jung, el arquetipo es un «organismo autoactivado» espontáneo que libera sus energías vitales en la psique como poderes procreativos (Jung, 1921, CW, 6, ¶754, p. 447). Jung continúa elaborando:

La imagen primordial es una organización heredada de la energía psíquica, un sistema arraigado, que no sólo da expresión al proceso energético sino que facilita su funcionamiento. Muestra cómo el proceso energético ha seguido su curso invariable desde tiempos inmemoriales, permitiendo al mismo tiempo una repetición perpetua del mismo por medio de una aprehensión o captación psíquica de las situaciones para que la vida pueda continuar en el futuro. (Jung, 1921, CW, 6, ¶754, p. 447)

Tanto si se lee este pasaje a través de la lente de la psicología evolutiva1 como si se trata de un proceso animador innato perteneciente a la psique (ψυχή), el alma (Seele) o el espíritu (Geist), lo que está claro es que el arquetipo ha pasado de ser un mero contenido o producto del inconsciente colectivo a ser un sistema autoactivado o un principio organizador por derecho propio, es decir, una entidad autónoma que hace equipo con las energías psíquicas. Al pasar Jung del inconsciente colectivo a la naturaleza y función del arquetipo, está, aunque no sea su intención, preparando un andamiaje teórico que pone en cuestión la naturaleza de los orígenes. Si un arquetipo es autoactivado, autónomo, sistémicamente autocontenido y autogenerador, entonces el inconsciente colectivo se convierte en una categoría innecesaria: teóricamente es superfluo. En otras palabras, si el arquetipo se convierte en el prototipo de la mente colectiva de la especie humana y es autónoma, el inconsciente colectivo se convierte en un concepto redundante. 

Al principio de su conceptualización del inconsciente colectivo, Jung era más fiel al naturalismo científico de su época, al igual que Freud, y defendía los paradigmas evolutivos que dieron credibilidad al surgimiento de la psicología moderna. En Tipos Psicológicos, una obra temprana de reconocida importancia, Jung ya se preocupa por las «envolturas de la colectividad» (Jung, 1921, CW, 6, ¶12, p. 10). Cuando escribe Estudios Alquímicos en su última época, equipara el inconsciente colectivo a los procesos neurológicos cognitivos que operan en todos los seres humanos, independientemente de la raza, el tiempo, la ubicación y la relatividad cultural. 

El inconsciente colectivo es simplemente la expresión psíquica de la identidad de la estructura cerebral, independientemente de todas las diferencias raciales. Esto explica la analogía, a veces incluso la identidad, entre los diversos motivos y símbolos de los mitos, y la posibilidad de comunicación humana en general. Las distintas líneas de desarrollo psíquico parten de un tronco común cuyas raíces se remontan al pasado más lejano. Esto también explica los paralelismos psicológicos con los animales (Jung, 1967, CW, 13, ¶11). 

Aquí se mantiene fiel a la línea del partido científico, reduciendo las funciones psicológicas colectivas a la «estructura del cerebro» universal, lo que en general no difiere de la neurociencia actual, con la excepción de que Jung quería incluir todos los aspectos de la raza humana, por lo que durante su época la eugenesia estaba en auge en el populismo. Al identificarse con la humanidad colectiva, al buscar a tientas una forma de expresar el sentimiento de unión de todas las personas, Jung probablemente estaba luchando con una teoría psicológica universal con la que los filósofos, los místicos, los gnósticos y los medievalistas luchaban a su manera mucho antes que él. Pero Jung se separó más tarde de una explicación puramente evolucionista de la psicología, ya que no podía llenar la cuenta. Lo que faltaba en estas ontologías reductoras era el mysterium de lo trascendente, lo religioso, el soliloquio de la vida afectiva, la resonancia de la experiencia prelingüística, y lo que queda ocluido de la mediación lingüística, como las reverberaciones internas intuitivas o los autoestados, las intuiciones estéticas y morales, y la búsqueda de lo numinoso y la sublimidad. 

5) COMPROMISOS METAFÍSICOS POSTERIORES DE JUNG

La conceptualización de Jung de la psique colectiva difiere de la de Freud en el sentido de que él presumía la existencia de todo un acervo de contenido en forma de imágenes primordiales y motivos culturales-mitológicos en el momento del nacimiento y, más concretamente, que eran anteriores y preexistentes en un ámbito potencial transpersonal o espacio psíquico antes del nacimiento de cualquier individuo. Dicho contenido (es decir, los arquetipos) es la materia prima alquímica de la psique, una efusión del inconsciente que cuando es tomada por la conciencia puede ser reactivada y reorganizada dentro de un orden de significado recién asimilado (Jung, 1912, CW, 5, p. 408). Esta psique «potencial» es a menudo objetivada o cosificada por Jung como una entidad o ser-en-sí; es aquí cuando Jung se mete en problemas filosóficos porque no tiene el cuidado de delinear rigurosamente sus proposiciones teóricas. Por un lado, Jung logra, al igual que Freud, ofrecer una metapsicología que articula las características inconscientes universales de la mente humana. Los apologistas empíricos se contentan con subsumir el inconsciente colectivo dentro de esta rúbrica universal por la que los contenidos inconscientes se convierten en emergentes fiables a pesar de las amplias variaciones en el contexto y los entornos sociales. Pero por otro lado, para Jung, la animación del inconsciente colectivo se convierte en mucho más que la simple infraestructura inconsciente que todos poseemos como seres humanos; es sobrenatural

En muchos de sus escritos, hace de lo colectivo un alma mundial, entidad deificada o sujeto transpersonal que condiciona todas las producciones inconscientes. Aquí es donde eleva el inconsciente colectivo en prioridad ontológica y lo convierte en un primer principio, el origen último y el prototipo de la Mente. Este paso teórico de la mera universalidad formal a la cosmogonía, de la psicología evolutiva a la hierofanía, constituye el alistamiento neoplatónico de una divinidad o macroantropos que sobreviene a la humanidad, por lo que dispersa su esencia y propiedades en la psique de todas las personas a lo largo de eones desde el tiempo in memoriam a través de algún proceso emanacionista mal definido. Aquí el inconsciente colectivo se convierte en una primera realidad trascendente de la que se deriva todo lo demás. Este orden metafísico o fuerza cósmica que lo abarca todo, presupone un principio de divinidad unitario o una base arcaica sobre la que todo lo demás se materializa y aparece. El inconsciente colectivo se convierte en la raíz de todas las cosas que surgen o fluyen de una fuente óntica como suelo absoluto que da lugar al universo psíquico fenomenal perteneciente a la humanidad, pero bien podría ser una forma de panpsiquismo que interpenetra todo en el cosmos. Esto haría del inconsciente personal una hipóstasis de un gran originador metafísico. Si todos los contenidos a priori de la mente están implantados y condicionados de forma nativa por un principio espiritual superior que engendra el anima mundi, entonces el inconsciente colectivo constituiría una Sobre-Alma. 

Dada la naturaleza aporética de la construcción del inconsciente colectivo, podemos preguntarnos: ¿Por qué necesitamos una psique colectiva reificada para realizar estas funciones mentales y por qué no simplemente un inconsciente genérico que nos sea común a todos? Si el inconsciente es meramente universal y subjetivo, no hay necesidad de plantear una agencia transpersonal o un macroantropos que mueva los hilos detrás de la cortina de la psique. Para apropiarnos del lenguaje de Jung, el inconsciente «personal» lo explica todo, mientras que el inconsciente colectivo objetivado como entidad supraordenada no es más que un mito en sí mismo. Se puede tener una subjetividad inconsciente (es decir, un ego inconsciente en el centro de la agencia, es decir, universal en todas las personas) que realiza estas actividades de la mente, que además da lugar a formas superiores de conciencia sin necesidad de apelar a una supraordinación que dirija estos procesos psicológicos. La confianza de Jung en un macro agente que es el punto de origen para generar arquetipos también introduce la debacle de una regresión infinita en la que necesitaríamos dar cuenta de cómo una agencia inconsciente colectiva y los contenidos de la mente llegaron allí en primer lugar. Sin prestar atención a tales complicaciones, Jung se embarca en un salto de fe teórico e introduce todo tipo de problemáticas filosóficas, como la cuestión de los orígenes, la cuestión de la agencia, del suelo, de cómo el inconsciente personal está coloreado o condicionado por otra entidad, de la libertad y el determinismo, etc. Visto desde esta perspectiva, el inconsciente colectivo parece una construcción mágica que emana y desciende de un cielo imaginativo y que induce contenidos como una forma de supraveniencia sobre la psique. Desde este punto de vista, sostengo que el postulado del inconsciente colectivo no es necesario. La vida psíquica puede explicarse parcialmente desde el punto de vista de los procesos inconscientes universales que condicionan las subjetividades únicas de cada agente. Tal inconsciente universal no es una entidad, sino que es el hardware dado de la psique, una condición necesaria aunque no suficiente para la vida mental. Por un lado, el inconsciente es trans subjetivo, transhistórico y universal, por lo que está compuesto por estructuras, rasgos y organizaciones a priori que permiten el surgimiento de la vida psíquica subjetiva; mientras que, por otro lado, no es más que un principio organizador formal y no personal, el fundamento óntico que da lugar a la conciencia y a la personalidad individual. Así, cuando me refiero al inconsciente universal, no hago más que destacar la ubicuidad de la estructura inconsciente que subyace a los procesos mentales y condiciona la manifestación o aparición de todos los fenómenos psicológicos. 

Si las operaciones lógicas de la mente observan un camino en el que la conciencia debe surgir de un terreno óntico previo, entonces, siguiendo el principio de razón suficiente, todo objeto mental debe estar en relación con su ocurrencia previa, de ahí sus orígenes o terreno arcaico. Debe haber algún preordenamiento u organización reguladora interna a la psique (es decir, siguiendo procesos teleonómicos y télicos) que nos permita experimentar el mundo de la conciencia. La conciencia surge de configuraciones inconscientes aunque sean burdas y biológicamente informadas. Yo describiría primero estas organizaciones básicas como constelaciones a través de esquemas inconscientes que adoptan formas autoperceptivas de deseo y pulsión, sensibilidad y afecto, para luego irrumpir en la conciencia como percepción e imagen, imaginación y fantasía, y finalmente pensamiento propiamente dicho, aunque podamos decir que cualquier forma de mentación es pensamiento mediador implícito (Mills, 2010). La razón o la lógica es la culminación del pensamiento y debe derivar de sus constituyentes anteriores. De hecho, la imaginación es la facultad mediadora entre la intuición y el pensamiento en muchas de las grandes tradiciones idealistas modernas y alemanas, lo que lleva a Hegel (1817/1830) a concluir que «la fantasía es la razón» (§457). Realmente no se puede pensar sin imaginación. La lógica es imaginativa además de ordenada. La matemática es la invención de la mente imaginativa, aunque sea la sublación de la razón. Como fuente de la imaginación, el inconsciente es la casa del Ser. 

Cuando Jung se hunde en sus identificaciones neoplatónicas, el planteamiento del inconsciente colectivo se eleva a la esfera supraordenada de la Divinidad, el Anima Mundi dentro del Unus Mundus. Es lamentable que nunca haya trabajado estas complejidades teóricas en su sistema. En lugar de evitar la metafísica en sus escritos, debería haberla adoptado más plenamente. Aquí su teoría se resiente porque no es capaz de dar cuenta de estos detalles. Al afirmar que la metafísica es mera especulación y antitética a la ciencia, cae en el dualismo profesional (y político) de su época: el empirismo es el único camino supuestamente creíble hacia la verdad, mientras que la filosofía y la teología (a pesar de su constante compromiso con ambas disciplinas) pasan a un segundo plano para revelar la verdadera realidad y el conocimiento. Sin embargo, esto no es más que una línea de partido, una apariencia para ganar su credibilidad profesional. No habría perdido su tiempo estudiando estas tradiciones en las humanidades si no tuviera una inversión personal en el resultado. Jung se adentró en todas las cuestiones contrarias a la ciencia extrospectiva, no sólo en la filosofía, sino en el gnosticismo, la teosofía, la alquimia medieval, el ocultismo, el orientalismo y todo lo que insinuaba lo sobrenatural. Intentando distanciarse de la teología a pesar de sus fuertes inclinaciones e identificaciones personales, hizo de la psicología la nueva divinidad. Y con razón. Toda la experiencia humana está mediada psicológicamente. Esto es un hecho empírico incuestionable. Pero no significa que la psicología humana esté animada desde una divinidad (Mills, 2017). En sus intentos más monistas de postura teórica, Jung hace la siguiente afirmación: 

Mientras que el concepto del unus mundus es una especulación metafísica, el inconsciente puede ser experimentado indirectamente a través de sus manifestaciones. Aunque en sí mismo es una hipótesis, tiene al menos una probabilidad tan grande como la hipótesis del átomo. Del material empírico del que disponemos hoy en día se desprende que los contenidos del inconsciente, a diferencia de los contenidos conscientes, se contaminan mutuamente hasta tal punto que no pueden distinguirse unos de otros y, por lo tanto, pueden ocupar fácilmente el lugar de los demás, como puede verse con mayor claridad en los sueños. La indistinguibilidad de sus contenidos da la impresión de que todo está conectado con todo lo demás y, por lo tanto, a pesar de sus múltiples modos de manifestación, que en el fondo son una unidad. (Jung, 1955, CW, 14, ¶660, pp. 462-463)

 Aquí podemos discernir los elementos místicos del pensamiento de Jung al pasar de la manifestación fenomenológica a la unidad ontológica subyacente. Comienza con el Uno Plotínico, para luego modificar y diferenciar su esencia en particularidades, que eventualmente regresan al ciclo del ser como la recapitalización de su unidad dividida reunida nuevamente como una recurrencia eterna. Pero dado que el campo contemporáneo de la física especula que el universo está interconectado en todos sus múltiples detalles, Jung estaría entre una buena compañía. Desde los Upanishads hasta el CERN, la Organización Europea para la Investigación Nuclear, la metafísica no es un tema anticuado. 

En las correspondencias más informales de Jung (1951/1973-1975) en sus Cartas, retoma la noción de unidad de forma más mística, pero con implicaciones metafísicas importadas. Al referirse al inconsciente colectivo, Jung nos dice:

Esta psique particular se comporta como si fuera una y no como si estuviera dividida en muchos individuos. Es no personal. (La llamo «psique objetiva»). Es la misma en todas partes y en todo momento. (Si no fuera así, la psicología comparativa sería imposible.) Como no se limita a la persona, tampoco se limita al cuerpo. Por lo tanto, se manifiesta no sólo en los seres humanos, sino también, al mismo tiempo, en los animales e incluso en las circunstancias físicas. (Respuestas a las preguntas de Rhine, 1945, p. 395) Nótese la cosificación de la psique como una mente cósmica ampliada, la tendencia a colapsar la diferencia y la individualidad dentro de un medio global -la «sustancia» de Aristóteles a Spinoza-, el comienzo indiferenciado de la igualdad a lo largo de la historia del mundo, y la sugerencia de que tal supraordinación sobrepasa y a la vez trasciende el cuerpo, por lo que es inmaterial. 

En su carta al pastor Max Frischknecht, Jung (1946) escribe: 

El inconsciente colectivo, por el contrario, se compone de contenidos que se forman personalmente sólo en un grado menor y en lo esencial en absoluto, no son adquisiciones individuales, son esencialmente los mismos en todas partes y no varían de un hombre a otro. Este inconsciente es como el aire, que es el mismo en todas partes, es respirado por todo el mundo, y sin embargo no pertenece a nadie. Sus contenidos (llamados arquetipos) son las condiciones previas o patrones de formación psíquica en general. Tienen un esse in potentia et in actu pero no in re, pues como res ya no son lo que eran sino que se han convertido en contenidos psíquicos. Son en sí mismos no perceptibles, irrepresentables (ya que preceden a toda representación), en todas partes y «eternamente» iguales. De ahí que no haya más que un inconsciente colectivo, que es en todas partes idéntico a sí mismo, del que toma forma todo lo psíquico antes de ser personalizado, modificado, asimilado, etc., por las influencias exteriores. (Cartas, Vol. 1, p. 408)

Aquí Jung reconoce una pequeña modificación de su teoría, a saber, que los elementos personales de la experiencia pueden alterar ligeramente la psique colectiva de la humanidad y su confluencia en el individuo, pero se mantiene firme en su teoría de la universalidad como algo «igual en todas partes» sin variación en la vida del «hombre». Se dice que estos contenidos -los arquetipos- «preceden a todas las representaciones» cuando, como argumento lógico, vuelven a presentar imágenes originales que están almacenadas en un supuesto receptáculo psíquico colectivo. Aquí Jung problematiza la cuestión de la primordialidad y la transmisión de lo arcaico. Pero a continuación pasa de lo real (contenidos) al dominio potencial (imperceptible e inefable) de una realidad envuelta que nunca podremos conocer en sí misma, el mysterium donde todo es «idéntico» y «‘eternamente’ igual». Aquí podemos concluir que Jung está buscando a tientas una forma de explicar el problema de lo uno y lo múltiple, la diferenciación de la unidad, lo particular de lo universal. 

En el punto álgido de su circunvolución, Jung se adentra en aguas aún más profundas de especulación al describir lo arquetípico, dándole un ambiente mágico por derecho propio. 

Las imágenes primordiales que, en su totalidad, constituyen un mundo-espejo psíquico. Es un espejo con la peculiar facultad de reflejar los contenidos existentes de la conciencia, no en su forma conocida y habitual, sino, por así decirlo, sub specie aeternitatis, algo así como una conciencia de un millón de años podría verlos. Una conciencia así vería el devenir y la desaparición de las cosas simultáneamente con su existencia momentánea en el presente, y no sólo eso, también vería lo que era antes de su devenir y lo que será después de su desaparición. (Jung, 1921, CW, 6, ¶649, p. 395) 

Comencemos con la afirmación de que la imagen constituye un reflejo en el espejo de una «conciencia de un millón de años», como si las representaciones se establecieran mnemotécnicamente tal como habrían ocurrido y transpirado originalmente en las mentes de los ancestros primitivos hace más de un millón de años, como si esto fuera remotamente posible. Esta noción, por definición, enarbola un duro determinismo psíquico de pura réplica del contenido original, cuando lo máximo que podemos decir es que las representaciones sufren mediación, traducción, transmogrificación y un desplazamiento de la experiencia subjetiva en cualquier reiteración, recurrencia e interpretación del pasado. No hay una reproducción prístina e intacta de los arquetipos, ya que todo en la psique está mediado y sujeto a la traducción y reinterpretación de los llamados eventos arcaicos inscritos a través de la resonancia persistente de los efectos posteriores (Nachträglichkeit o après-coup), o quizás más apropiadamente, las réplicas. En este caso, la tesis de las «representaciones colectivas» universales se considera, en el mejor de los casos, sospechosa. Cuando Jung continúa con su lenguaje hipostasiado de hacer de la imagen una «facultad» psicológica que tiene su propia «conciencia» que se regenera como réplica pura y no adulterada de su instancia original en la antigüedad, ha reificado la mente arcaica y la ha superpuesto como un artefacto fijo en la psique contemporánea sin considerar cómo las fuerzas evolutivas y culturales habrían mutado y dado forma a nuestra comprensión contemporánea de la cognición hoy. Cuando Jung evoca además la fantasía de una conciencia supraordenada y omnipotente que puede observar el nacimiento y la desaparición de todo lo que ha ocurrido en la experiencia colectiva de la humanidad, ha sucumbido a una teoría metafísica mística de la conciencia que carece de argumentación, justificación teórica o apoyo empírico. Según los estándares actuales, en su valor nominal, la teoría de Jung es anticuada y carece de fundamento desde el dominio de la lógica y los principios científicos modernos. 

La noción de que el arquetipo es un «mundo-espejo» de un mundo anterior experimentado en las mentes de hombres y mujeres arcaicos sugiere que nuestras representaciones psíquicas son la duplicación o reiteración holográfica de la experiencia de otra persona o agente en el pasado, en lugar de nuestro propio y único compromiso fenoménico con el mundo. Equiparar mi experiencia actual con una supraordinación o entidad amorfa y ancestral que determina cómo percibo y encuentro el mundo es ilógico, si no delirante. ¿Cómo podría una mente cósmica distribuir su esencia en mi mente como contenido disposicional y pensamiento? ¿Cómo podría funcionar, y mucho menos ser remotamente probable? A lo sumo, esto puede explicarse psicológicamente, sugiero, como una fantasía de fusión con un objeto omnipotente como una divinidad, o como una repetición del mito de la recurrencia eterna, del ciclo de la omnipresencia infinita y atemporal a través de una forma modificada, sólo para reconectarse con su fuente y unidad original perdida, motivada por el anhelo de retorno, renacimiento y regeneración. Aquí podemos concluir que la construcción del inconsciente colectivo no es más que una abstracción significada basada en la identificación con las estructuras inconscientes universales y los rasgos de la humanidad compartida. 

6) REFLEXIONES FINALES

Al hacer del inconsciente colectivo una hipostatización, Jung comete la falacia de la concreción errónea, es decir, hace de la idea qua idea o abstracción una entidad concreta o realidad por derecho propio. Este concretismo o creación de cosas, al otorgar identidad y existencia real a un concepto elevado a los cielos incorpóreos, pero ocluido de la observación directa o la epistemología, es la mitología en su máxima expresión. En este sentido, el mito del inconsciente colectivo se entiende mejor como una metáfora para el efecto retórico, o cuando se simboliza, una representación imaginada de una abstracción superior o principio ideal ordenado con valor. Aquí podemos comparar lo colectivo con la idea de infinito, eternidad, atemporalidad, el apeiron de los griegos, el numen de los romanos, o la chora platónica: el útero, la matriz o el intervalo de todo devenir. Como marcador de posición teórico -un espacio que transfiere y engendra la idealidad-, el constructo inconsciente colectivo se convierte en un conducto o medio para representar la plusvalía, de forma muy parecida a la metáfora del Alma Mundial o Espíritu Universal, que representa los valores de la humanidad compartida como personificaciones. 

La hipótesis del inconsciente colectivo sólo es sostenible a través de la psicología naturalizada concebida como un constructo que significa la universalidad y los contornos psíquicos profundos de la mente inconsciente, ya sea considerada desde perspectivas evolutivas nativistas o como facultades a priori pertenecientes a las estructuras y procesos funcionales que informan la emergencia de la vida psíquica. Como tal, el inconsciente colectivo no es un sustantivo, no es una cosa, sino que es un significante para los inconscientes colectivos de las masas -las mentes inconscientes de los sujetos- que comprenden colectivos dentro de la sociedad y a través de las culturas históricamente subsumidas en ciertas épocas a lo largo del surgimiento y desarrollo de la civilización humana. 

No tiene sentido que un inconsciente colectivo sea una entidad reificada sin importar la ontoteología, el emanacionismo o la superviencia de un artífice divino o de una fuente cósmica como «matriz de todo», y de ahí que se devalúe peyorativamente el concepto convirtiéndolo en una fuerza sobrenatural que tira de las palancas de la maquinaria del universo. Esto equivale en realidad a la creencia en el pensamiento mágico por el que el mito del inconsciente colectivo se convierte en su propio dogma recalcitrante o religiosidad sagrada. Entonces, ¿dónde nos deja esto? ¿Qué podemos concluir razonablemente sobre un colectivo universal? 

Para que haya représentations collectives, debe haber un proceso de memorialización que se inscriba en el psiquismo y quede como una marca o huella, que se transmita como semiótica a escala colectiva. Sin memoria ni replicadores, si utilizamos el lenguaje de la biología evolutiva, los motivos culturales no serían universales. Pero vemos formas o patrones recurrentes en todas las civilizaciones, desde la primitiva hasta la refinada. Ahora bien, no tiene sentido, como se ha sugerido antes, que este inconsciente colectivo sea una Mente Cósmica o una Psique Universal en sí misma, ya que esto haría del inconsciente colectivo o cultural un macroantrhopos equivalente a una divinidad o agente o ser transpersonal supraordenado. Más bien, las representaciones colectivas deben ser codificadas y retenidas como universales concretos dentro de las estructuras materiales de la sociedad objetiva (por ejemplo, en las instituciones educativas, los museos, las bibliotecas, los yacimientos arqueológicos, las instalaciones públicas, etc.) sólo para ser reiteradas como imágenes y patrones simbólicos instanciados en un contexto social particular y un medio cultural. Por eso tenemos variaciones de contenido dentro de réplicas de formas y patrones que son similares en todas las culturas, sociedades, tiempos y eones históricos. 

Si el inconsciente colectivo es la fuente, ¿cómo se conservan y memorizan las representaciones (Vorstellung) en alguna escala psíquica cósmica y luego se imparten a cada persona al nacer? ¿No sería suficiente concebir tal proceso como un hecho naturalizado y explicable a través de la razón, la lógica y la ciencia, ya sea desde el punto de vista de la metafísica, la transmisión cultural, la ciencia cognitiva o la teoría evolutiva, a pesar de las amplias variaciones en el alcance y la especulación? Recordemos que no estoy hablando de los arquetipos per se, sino de una fuente o abismo más fundamental in illo tempore de donde se dice que todo viene, surge y es ontológicamente dependiente para que se produzca cualquier posibilidad de manifestación. La construcción del inconsciente colectivo como semiosis puede ser vista como una heurística para explicar el proceso en el que la replicación y la presencia, es decir, la forma y el contenido re-presentados, se establecen ab origine, se memorizan y se activan a lo largo del desarrollo histórico de la raza humana en formas transfiguradas como repetición colectiva. Lo que es de hecho arcaico no son simplemente los arquetipos como pre-representaciones que surgen dentro de la conciencia, sino las organizaciones inconscientes primordiales o las estructuras psíquicas dentro del organismo que hacen posible la memorialización, la reactivación, la transmisión semiótica y la reduplicación simbólica. Aquí podemos decir que el inconsciente colectivo se convierte en una semiosis que confiere significado; además, la noción de un colectivo abarcador significa un significado existencial de importancia supraordinada, a saber, el valor ideal. 

Aunque el inconsciente colectivo es universal, no es más que una descripción teórica y un explanandum de los fenómenos referidos a los procesos psicológicos universales inherentes a la especie humana que saturan el ethos cultural de los colectivos, pero no es un explanans. De hecho, la predicción de Jung de que el psiquismo colectivo es una explicación para los fenómenos en cuestión es presuponer la existencia de la propia cosa que necesita una explicación; de ahí que esté planteando la cuestión. Cuando vuelve a hablar de los arquetipos como productos de un inconsciente colectivo, los convierte en sinónimos de lo colectivo y, por tanto, su manifestación óntica está condicionada causalmente por la presuposición original de una Mente colectiva. Y cuando Jung justifica teóricamente que los fenómenos colectivos rezuman de un suelo colectivo originario, esto se derrumba en una tautología. Aquí podemos decir que el inconsciente colectivo equivale a un mito como explanans, ya que proporciona una historia de orígenes, de funciones, de estructuras inherentes a los procesos mentales humanos. De hecho, la generalización y reificación, si no deificación, del inconsciente colectivo ha generado su propio mito entre muchos junguianos, donde se piensa que una psique colectiva mantiene su propia independencia ontológica, que por lo tanto fundamenta, condiciona y es el fundamento de todas las producciones de conciencia, sobreviene a nuestras mentes subjetivas a través de medios sobrenaturales como el emanacionismo, y es de procedencia divina, a saber, la presencia o derivación de la mente de Dios. 

NOTA FINAL

1 Cf. «La psique humana posee un sustrato común que trasciende todas las diferencias de cultura y conciencia. He llamado a este sustrato el inconsciente colectivo. Este psiquismo inconsciente, común a toda la humanidad, no consiste simplemente en contenidos capaces de volverse conscientes, sino en predisposiciones latentes hacia reacciones idénticas (Jung, 1967, CW, 13, ¶11). 

REFERENCIAS

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BIOGRAFÍA DEL AUTOR

Jon Mills, PsyD, PhD, ABPP es filósofo, psicoanalista y psicólogo clínico. Es profesor de psicología y Psicoanálisis en la Adler Graduate Professional School de Toronto y dirige una corporación de salud mental en Ontario, Canadá. Galardonado con numerosos premios por su erudición, es autor y/o editor de 20 libros sobre psicoanálisis, filosofía, psicología y estudios culturales, entre ellos Inventing God (Routledge, 2017); Underworlds (Routledge, 2014); Conundrums: A Critique of Contemporary Psychoanalysis (Routledge, 2012); Origins: On the Genesis of Psychic Reality (McGill-Queens University Press, 2010); Treating Attachment Pathology (Rowman & Littlefield, 2005); The Unconscious Abyss: Hegel’s Anticipation of Psychoanalysis (State University of New York Press, 2002); y The Ontology of Prejudice (Rodopi, 1997).