La creatividad debe ser destructiva

Logos del alma

Es socialmente adecuado resaltar los lazos constructivos en la dinámica relacional del sujeto, de tal manera que se respeten la vía del progreso y de la evolución del individuo, como marcas constitutivas de los ideales capitalistas de la acumulación, la productividad y el crecimiento exponencial, cual rutas de explotación de la presencia del otro.

Las personas, a su vez, son impelidas a la vivencia constante de la tecnificación de su subjetividad hasta el punto en que terminan por concebirse como un proyecto en constante desarrollo, dirigidos hacia la meta imposible de la integridad psíquica.

El mito del progreso, a menudo, sostiene su narrativa en el mito del héroe y sus grandes gestas, donde un personaje, casi siempre el hijo de un dios, se enfrenta a grandes peligros y alcanza cimas de la voluntad que solo son entendibles por sus orígenes divinos. Este magno héroe derrota al temible dragón primordial y de su cadáver da forma al cielo y a la tierra, o rompe el huevo primigenio para poder configurar el cosmos. Es, por lo tanto, una fuerza constructora.

Pero el periplo del héroe no es continuo y nunca es en ascenso, al contrario su labor ocurre de forma vertiginosa, pero llena de retrocesos, para finalmente cumplir con su destino que no es otro que la destrucción de sí mismo. Heracles siendo inmolado, Belerofonte cayendo del Olimpo, Ulises perdiéndose en su última aventura, Teseo atrapado en el inframundo. El destino creativo de estas figuras grandiosas parece siempre terminar en una consumación aciaga, como si de antemano el mito advirtiera que toda poiesis guarda en su corazón un recuerdo del caos al que deberá regresar, ese hogar entrópico que siempre le espera.

Por lo tanto, el derrotero vertical del ideal cultural se contrapone a la dialéctica creativa que constituye el núcleo de la vida lógica de los fenómenos y, en consecuencia, es posible que el énfasis que se pone sobre el matiz puramente constructivo de la existencia deba dar un lugar inconsciente a la faceta destructiva de la vida misma, esa sombra que se cierne en cada nuevo proyecto que el alma emprende y por la cual todo esfuerzo deberá ser frustrado.

La ilusión terapéutica que escinde la destrucción de la creación provoca que al rechazar la parte patológica del proceso, ésta misma tenga que ser encarnada por uno de los sujetos de la relación analítica. Por lo regular, es el paciente quien asume sin saberlo ese papel fragmentario y se le condena a un análisis prolongado y plagado de sabotajes. Este fenómeno es común a todas la relaciones humanas, Jung, por ejemplo, contaba el caso de un conocido suyo que representaba una figura pública y privada perfecta, pero al indagar en sus relaciones se dio cuenta de que quien cargaba con su sombra era su pareja.

En otros casos, el chivo expiatorio es aquel que resulta disruptivo en el grupo. Es común la situación del miembro familiar que mantiene el buen nombre de la familia a costa de la destrucción de su propia existencia a manos de una psicopatología. Porque quien se propone encarnar el bien se vuelve, inevitablemente, un sembrador de cizaña.

El psicoterapeuta debe estar atento para poder asumir que el trabajo en el consultorio es tan constructivo como destructivo y que el pathos presente en el proceso es un agente autónomo que ha de ser atendido y escuchado como un huésped importante. Por ello, el Rey Pescador, Ánfortas, aquel guardián del Grial que permanece postrado y doliente de una herida que nunca cierra, aguardando a quien pueda alcanzar el tesoro esperado e inesperado a la vez, es una de las representaciones simbólicas del trabajo terapéutico cuya meta ansiada es la sola pregunta: “¿a quién sirve el Grial?”.

Sin embargo, la esperanza medica de la cura es ya la patología misma, es la pregunta incorrecta, pues ella sostiene la escisión primordial del arquetipo de la salud y es el escape del dolor legítimo que se presenta. Pero el terapeuta sabe, o emprende el viaje para saber, que el síntoma y la cura son la misma cosa, y que el proceso terapéutico comienza una vez que se puede concebir al dolor como un pharmakon, como un veneno que a la vez es un remedio pues lo patológico es el espíritu de la negación, y en su senda el terapeuta y el paciente deberán de ser destruidos para poder servir adecuadamente.

El lamento del psicólogo

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El psicólogo (psyche-logos) se adentra en el conflicto presente, si escribe algo y esto no va en contra de lo políticamente correcto siente que no vale la pena haberlo dicho, porque el trabajo en el consultorio le ha enseñado que los hechos tienen un trasfondo complejo que debe ser desgarrado para estar a la altura de los fenómenos.

Su posición no es la de quien retrocede temeroso ante la muerte ya que su tarea consiste en aprender a morir y ver morir a los otros, solo en ese intersticio es posible la psicología. Paga el precio por el viaje sin retorno y se apresta a ser olvidado en el curso de su labor. Sabe que no debe quedar rastro de él mismo, ya que entre todos los mortales es el menos digno de ser amado.

Por eso busca transgredir incluso hasta lo transgresor mismo, siguiendo la actitud dictada por Cioran cuando dice que: “No hay nobleza sino en la negación de la existencia, en una sonrisa que domina paisajes aniquilados.” Apresta, entonces, sus perros de caza sin saber que habrá de ser devorado por ellos.

El psicoterapeuta (psyche-therapeutes) se ha formado el hábito de pensar que todo está bien tal como es, que hay que escuchar al síntoma sin caer en la tentación de desear cambiarlo. El eje de su terapia es el cuidado amoroso del alma en lo real. Por eso él es el más cristiano de los cristianos, porque atiende a los tiempos de Dios aun cuando Dios ha muerto y hace caso a la premisa que dicta que: «Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora».

Pero su dios es el logos del fenómeno mismo y lo honra cuando éste le dice: «No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada.» Deja, entonces, que sea el síntoma quien piense, quien viva sobre los restos de sus prejuicios humanos. Se ofrece cual sacrificio al pensamiento del otro y masculla, silencioso, para sí mismo: “no sea como yo quiero, sino como tú”.

Se ha despojado tanto de la mirada moral que clasifica lo terrible y que quiere curar al mundo de su sombra, como de la ilusión de la flecha causal que subvierte los hechos hacia un origen fantasmal y los encamina a la vorágine del espíritu del tiempo. Su único refugio yace en lo actual, en aquello que no puede ser elegido; y ahí duerme, umbrío, aguardando el vuelo del ave del anochecer.

Y sin embargo, resuena en su labor el lamento de Fausto y puede decir junto a él: «en mi lucha aún no he conquistado la libertad. ¡Si pudiera alejar la magia de mi camino, si pudiera borrar todo conjuro de mi memoria, si pudiera estar ante ti, Naturaleza, como un hombre sin más, entonces sí que valdría la pena ser una persona mortal!»

Es psicólogo y está en camino de serlo y quizás nunca lo sea, todo ello al mismo tiempo.

La vacuidad de la lectura

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La lectura, el acto de leer, es uno de esos temas que han ido mistificándose a través de las generaciones. Los preconizadores de su importancia, han creado un aura sacra alrededor del verbo en cuestión, lo han convertido en imperativo, en una suerte de pharmakon en contra de la ignorancia y el atraso social, del racismo, de la injusticia y de todo lo que al final de cuentas es un rasgo humano de polaridad.

Pero en este gesto apologético se ha perdido el valor esencial de algo que no está hecho para ser adorado, sino para ser transgredido con el rótulo mendaz de la experiencia y de la reflexión, contaminado con la voz de quien descubre en lo escrito algo sin sustancia y que sólo la adquiere al ser despojado de su forma concreta y estática.

Leer es algo diferente a tantas otras actividades del genero humano, ya señalaba Borges que los libros son una extensión de la imaginación y de la memoria, procesos que forman la identidad y que permiten construir la cultura y con ello la civilización. Pero en esta misma tarea no siempre el acto conlleva la esencia del mismo acto, es decir, leer no es igual a comprender lo leído, esto se observa demasiadas veces en los sistemas educativos, en donde los textos se vuelven simples trámites para ascender de grado, se objetivan los discursos y se convierten en letra muerta que nadie vivifica pues cumplen un fin meramente técnico, su meta yace fuera de sí mismos.

Por sí misma, la lectura no es una actividad noble, ni mejora en algún sentido al que la practica, al contrario, como toda labor pasiva multiplica la miseria de quien la ejerce. Se tiene la creencia equivocada de que leer es benéfico para el espíritu y que hacerlo en demasía es proporcionalmente provechoso para las personas, pero tal quehacer es un espejo roto del sujeto lector que, la mayoría de las veces, sirve para justificar socialmente sus vicios.

Decía Cioran: “Cuando leo, tengo la impresión de «hacer» algo, de justificarme ante la sociedad, de tener un empleo, de escapar a la vergüenza de ser un ocioso… un hombre inútil e inutilizable.” Es en esta tensión donde la lectura tiene su nicho, entre la utilidad y lo inútil. Los preconizadores de la lectura exaltan el acto como si fuera en sí mismo importante, pero leer puede servir para muchos fines, como un espectáculo, por ejemplo, como la implantación de un ethos inadvertido o como un síntoma neurótico.

De tal manera, se puede notar que en leer no es importante, por más que esto incomode a los discursos propagandísticos del beneficio de la lectura, pues la misma se constituye como una ocupación vacua que quizás puede ser aprovechada para los fines que se propone siempre y cuando se cumpla un solo requisito: que quien lea no sea el individuo, sino que sea el alma quien se lee a sí misma a través del sujeto.

Leer es tan banal como cualquier otro oficio, si el lector permanece indemne después de hacerlo y como cualquier otra vía de conocimiento no es una senda que todos puedan recorrer. Por eso las estrategias de fomento y animación a la lectura, que se presentan como una panacea en el ámbito educativo, están destinadas a fracasar, ya que generalizan un destino que, realmente, elige a su portador y que lo sacrifica a tal rito. El acto numinoso de leer subvierte las normas de la moral educativa.

Por lo tanto la lectura es una pérdida de tiempo si ésta no destruye a su lector, si no lo obliga a confrontarse con la parte oscura de su existencia y éste no es sacrificado en la búsqueda de la comprensión. Pues el entendimiento de un texto no ocurre en la persona que lee, sino en el daimon que se escucha a través de esa lectura y es él quien guarda las palabras en la oscuridad de su corazón. Lo importante no es el solo el afán atender una narrativa, sino que sea el Otro quien preste atención a través de la propia lectura.

La vacuidad del hecho, sin embargo, no lo demerita, sino al contrario permite que sea su propia necesidad la que se imponga, como una hoja de papel de la que puede surgir el universo entero. Es entonces que es posible entender al individuo como un texto, al sujeto como el lector de sí y a la lectura como la continua relación del logos del alma consigo misma. En este tenor, lo importante no es cuanto se lea, ni a que autores o sobre que temas, sino que al leer el hombre se permita ser leído por el texto.

Desde la posición de una lectura del alma, leer cientos de libros o unos cuantos no es importante, porque el libro, y su contenido, no es sino un objeto en el que la misma alma cobra vida, siempre y cuando quien lea sea el animus que se cierna sobre la desgarradura, lo cual es fructífero únicamente si el pensamiento latente en la obra es capaz de ponerse frente a sí y estar a la altura de su dialéctica interna, todo esto a pesar del lector mismo.

El inconsciente no existe sino como metáfora

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La doctrina alquímica advierte tener cuidado con la fisicalidad de la materia, es decir que el adepto debe procurar mantener los procesos fenomenológicos en movimiento, siempre al calor del fuego del atanor, porque ellos mismos no son más que pura dinámica eidética, un conjunto de nociones desplegándose de manera sucesiva, en cuyo tránsito dejan atrás los restos positivos de su obra como conceptos fijos.

Haciendo uso de la metáfora alquímica se puede observar que el concepto del inconsciente, en psicología profunda, se ha utilizado comúnmente como un topos o como una entelequia a través de la cual todo proceso psíquico puede ser explicado. Esto conlleva la positivización de la naturaleza negativa de las experiencias psíquicas, cuya aparición como imágenes es anquilosada en peculiares esquemas que pretenden asir el vuelo de la dinámica de la consciencia en su carácter de absoluto.

En esta noción petrificada del inconsciente, que aun no es el lithos ou lithos, se pueden encontrar las respuestas a lo más particular y a lo más general del psiquismo, desde la oscuridad de la conducta o el sueño, hasta la raíz de los símbolos culturales de la civilización. El inconsciente tiene la función de ser un término que opera a modo de comodín para ofrecer respuestas contundentes e instrumentales ante cualquier interrogante del espíritu de los tiempos.

En la psicología conductista se ofrece la imagen de la caja negra como un subterfugio para evadir el fenómeno de lo mental. Según esta corriente psicológica, el interludio entre el input y el output de una conducta es incognoscible, lo cual no quiere decir que no se pueda estudiar la mente, en cambio indica que la mente no existe, pues los procesos psíquicos están acotados a los factores que los provocan y al complejo biológico que, al interactuar con el estímulo, desarrolla una respuesta consecuente.

La disparidad de opiniones sobre lo mental entre las psicologías positivistas y las corrientes psicodinámicas parece insalvable, sin embargo, si se atiende al hecho de que el inconsciente funciona como una hipóstasis, entonces se comprende que siguen caminos muy similares.

Mientras el conductismo oblitera a la psique en un intento de no sucumbir ante la tentación metafísica, deja de resolver la propia contradicción que el concepto propone y permanece en una epistemología virginal, solamente anima, atada a lo empírico. El materialismo es una noción imbuida en un complejo materno (mater/materia) que evita el contacto con el devenir lógico que se cierne. Una psicología sostenida en tal óptica no podrá dejarse penetrar por el alma (el animus) y desviará su atención a los factores concomitantes tales como la conducta, el comportamiento o los elementos neurofisiológicos que constituyen los restos empíricos de una visión propia del alma en busca de un asiento sensible.

De una manera distinta, pero con un propósito semejante, el concepto del inconsciente oblitera la realidad del alma, sobreponiéndose a la misma en el abordaje del fenómeno psicológico, en consecuencia la imagen o la idea que aparecen deben ser interpretadas bajo esquemas teóricos que provienen del exterior de lo sintomático. Pueden ser, entonces, la sexualidad o los modelos míticos los que se antepongan teóricamente al proceso psíquico, pero la hipótesis de un espacio trascendente a la psicología del objeto anímico lo suplanta en el camino lógico hacia sí mismo, pues anula el periplo de lo patológico ofreciendo una imagen sustituta que sirve de refugio ante el desmembramiento del concepto.

Sin embargo, las imágenes del alma y los conceptos que la estructuran, no tienen la forma de respuestas, ellos son apenas el susurro de una puerta que se abre a las incógnitas de la existencia, son contradicciones dinámicas que irrelevantifican los paradigmas antes vigentes y los llevan hacia su naturaleza negativa. Por ello, una noción positivizada, contrario a la dialéctica de lo anímico, se vuelve una forma de evitar el movimiento conceptual del alma, un escape al misterio tremendo que implica su presencia viva.

Al final, el trabajo alquímico de transparentar la idea de lo inconsciente requiere la disposición de entenderlo como un concepto histórico que sirvió a la psicología para poder explorar sus elementos autónomos en un momento determinado de su desarrollo. Hoy, no obstante, éste no puede ser entendido, ni tratado, como un lugar o un objeto, ni siquiera como una hipótesis, más bien debe ser absorbido por la propia fenomenología del alma, como una cualidad del mismo fenómeno y no como una categoría pragmática, pues el inconsciente no existe, en cambio, es una forma, entre tantas, a través de la cual el alma se imagina como una cuestión abierta al misterio de sí misma.

Factores de la preparación y la práctica del psicoterapeuta

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I. Elementos generales

Una duda común entre los interesados en contratar un servicio de psicoterapia o entre los psicólogos que aspiran a dedicarse al ejercicio psicoterapéutico como carrera profesional, es acerca del camino de formación que debería seguir un psicoterapeuta para obtener los conocimientos y las habilidades adecuadas para la praxis correcta que determina a un buen profesional.

Es una cuestión relevante puesto que existe una marea de intrusismo en la psicoterapia, liderada por la cultura de la autoayuda y los prejuicios sobre los temas de salud mental profesados por pasantes de psicología que sin titularse atienden pacientes; practicantes ajenos al área con formaciones pseudo psicológicas como la tanatología, el coaching, las constelaciones familiares o la biodescodificación. También se difunden ideas sin rigor por parte de influencers en busca de nichos de comercialización, así como por aficionados a las prácticas esotéricas como la astrología, el tarot o la cábala.

Todas estas posturas no son parte de un marco psicoterapéutico adecuado, y si bien el psicólogo puede, y necesita, nutrirse de ciertos elementos culturales, debe ser cuidadoso de no ejercer desde ellos, porque cada uno de estos presupone objetivos particulares que no siempre coinciden con el de la obligación del fenómeno psíquico dentro del consultorio.

La respuesta sencilla a la cuestión inicial es que un psicoterapeuta debe formarse con antelación como licenciado en psicología, posteriormente llevará a cabo formaciones en alguna corriente psicoterapéutica: diplomados, especialidades, maestrías o doctorados que lo doten de las herramientas básicas de análisis, investigación, crítica y aplicación de los conceptos psicoterapéuticos.

Además, el psicoterapeuta en formación tendría que someterse a un proceso igual al que pretende ejercer. Jung propuso esto para la instrucción didáctica de los psicoanalistas, en su temprana colaboración con Freud, donde planteo el requisito de que el analista pudiera experimentar de primera mano el proceso de investigación de sus particularidades psíquicas y el trabajo con el síntoma patológico, con el fin de que el aspirante fuera capaz de explorar su contexto psicológico y estar atento de no contaminar los procesos de sus pacientes con sus necesidades inconscientes.

Por lo tanto, es claro porque un psicólogo recién egresado o un lego del área no deberían practicar la psicoterapia. De manera estricta constituyen dos dimensiones distintas, si bien la psicoterapia se alimenta de herramientas psicológicas, el psicólogo por sí mismo aún no las ha refinado para la aplicación en el campo; necesitará, de manera previa, de un entrenamiento de posgrado donde profundice tanto en las cuestiones teóricas como en las prácticas y donde tendrá que explorar, junto a colegas en ejercicio, sus propias cuestiones psicopatológicas.

Esto, por supuesto, supone una importante inversión de tiempo, dinero y esfuerzo, no solo por los 4 o 5 años de la carrera universitaria, sino que además le exigirá varios años más de formaciones de posgrado acompañadas de procesos terapéuticos intermitentes y de supervisión clínica. Sin mencionar que un buen profesional tendría que dedicar su vida al estudio profundo y constante de la materia en la que aspira a ser experto.

Con esas condiciones se puede comenzar a hablar de una praxis psicoterapéutica adecuada desde la cual el paciente puede tener cierta seguridad de que las bases académicas y metodológicas del psicoterapeuta están sustentadas por organismos institucionales que avalan el ejercicio del profesionista.

II. El complejo institucional

Si bien las bases institucionales del psicoterapeuta son necesarias, no siempre son suficientes para sostener el trabajo en terapia y en ocasiones también pueden ser un obstáculo para la praxis. Por ejemplo, la enseñanza de la psicología analítica en la universidad ha sido un foco de debate en los círculos junguianos, debido a que el entrenamiento del analista requiere un factor experiencial que no coincide con las necesidades institucionales de la mayoría de las universidades.

En las facultades de psicología hay un interés continuo por adaptarse a los requerimientos sociales y a la burocracia de los aparatos del estado que exigen cierta gama de conocimientos, verificables y aplicables, en diversos campos para obtener las certificaciones necesarias para mantener su reconocimiento y validez. Por esta razón una gran parte del esfuerzo de las universidades, y de los docentes de las mismas, está puesto en cubrir los requisitos administrativos que ofrecen recompensas en forma de presupuesto a quienes se abocan a tal empresa. Pero, entonces se descuida, casi siempre, la construcción activa de los saberes que es el verdadero objetivo de la universidad.

Es por ello que, sin el apoyo de la universidad, muchas escuelas terapéuticas se ven obligadas a constituirse como organismos educativos alternos sin el respaldo de la institución académica. Excepto por aquellas corrientes psicoterapéuticas que pueden, debido a su marco epistemológico, sustentarse en la narrativa del método científico, los esfuerzos de las corrientes hermenéutico-fenomenológicas se desarrollarán por cuenta propia y en nichos ajenos a la academia.

Pudiera parecer que el ostracismo académico de las corrientes psicodinámicas o humanistas les da cierta libertad de acción y de pensamiento, pero sucede lo contrario, pues heredan la preocupación constante de mantenerse firmemente estructuradas, hasta anquilosarse en un discurso dogmático que termina por volverlas elitistas y paranoicas. Justamente esto ha sucedido en los organismos junguianos, instituciones cerradas, que cobran grandes montos para ofrecer la ilusión de que se ha obtenido un saber privilegiado.

En estas escuelas prevalece un discurso soteriológico que, sin premeditarlo, entrena adeptos más que psicoterapeutas. Es por eso que sus congresos y publicaciones se convierten en repeticiones insulsas de análisis de elementos culturales que refuerzan de forma homogeneizante las nociones metodológicas ya conocidas y que procuran apagar el fuego de cualquier esfuerzo que busque aplicar los conceptos a sí mismos y contribuir al movimiento dialéctico de un cuerpo teórico.

Por lo tanto, un psicoterapeuta formado bajo la égida del respeto irreflexivo a una escuela terapéutica como institución dogmática repetirá la misma lógica en el consultorio, con sus pacientes, e intentará hacer coincidir el fenómeno con la teoría que bien conoce y sobre la cual no reflexiona. De esta manera no podrá atender al fenómeno presente, pues para ello tendría antes que haber roto con sus nociones previas y, por consiguiente, poder ser, como Jung proponía, un alma frente a otra alma.

III. El compromiso con la escuela de pensamiento

Otro factor importante en la formación del psicoterapeuta es la corriente de pensamiento a la que se adscribe. Es preciso aclarar que no hay uniformidad en el campo de la psicoterapia. Existen diversas escuelas que promulgan objetivos, conceptos y metodologías acorde a un cuerpo teórico del que se deriva una práctica muy particular. Tales propuestas no siempre confluyen con las de otras vías terapéuticas y muchas de ellas conciben de manera totalmente diferente al fenómeno humano y al psiquismo.

Se categorizan al menos cuatro movimientos psicoterapéuticos generales. 1) La escuela conductual propone que el estudio y la intervención psicológica solo pueden ocurrir en cuanto a factores empíricos comprobables bajo la metodología científica, por lo que elementos irrepresentables como la mente o la consciencia no son necesarios para sus objetivos funcionales. 2) Las escuelas psicodinámicas por otra parte construyen un aparato ideológico que permite analizar factores existenciales desde una mitología que ofrece sentido y coherencia al proceso psíquico del sujeto para darle así un lugar a la experiencia del síntoma. 3) Las psicologías sistémicas, dan primacía a los factores comunicativos que surgen entre el individuo y su entorno, situando a las dificultades en un contexto determinado y ofreciendo una perspectiva relacional en donde no es necesario profundizar en la experiencia sino conocer sus reglas de interacción. 4) Por último, las perspectivas humanistas dan prioridad a la vivencia libre del paciente y ponen énfasis en su dignidad, crecimiento y al ejercicio del albedrío por sobre las necesidades del aparato psicoterapéutico.

Cada una de estas corrientes de pensamiento se sostiene en presupuestos teóricos, éticos y metodológicos que excluyen a los de las otras posturas. Por esa razón el ambiente psicoterapéutico está compuesto de una miríada de enfoques que se desprenden en revisiones y transformaciones que parecen nunca desembocar en acuerdos teoréticos ni prácticos.

Sin embargo, a pesar de esta multiplicidad de posiciones, en 1936 Saul Rosenzweig introdujo una hipótesis nombrada como “el veredicto del Dodo”, aludiendo a la carrera, en Alicia en el País de las Maravillas, donde todos llegan al mismo tiempo. La premisa es que las diversas psicoterapias tienen la misma eficacia, y que ello depende de la relación contractual entre el terapeuta y el paciente. El veredicto del Dodo ha sido refutado constantemente, por nuevas investigaciones y a su vez ha sido verificado por otras tantas. Quizás lo importante de ese debate vivo consista en que cambia el énfasis pragmático sobre un criterio puesto en el marco teórico y lo traslada al compromiso del psicoterapeuta con su propia labor.

Estar comprometido con una escuela de pensamiento significa, entre tantas cosas, emprender el lento camino de la interiorización de un paradigma que imbuya con sus nociones el mundo circundante hasta poder profundizar en él por medio de los conceptos aprendidos. Pero, además, implica el proceso de asumir las contradicciones de un cuerpo teórico y someterse a su propio movimiento lógico de tal manera que el compromiso se entienda como un examen cuidadoso de las ideas presentes para que estas puedan aplicarse a sí mismas y emerger como pura negatividad.

Por lo tanto, el trabajo dentro de una teoría psicoterapéutica no cesa con el aprendizaje de lo que racionalmente se puede comprender de ella, sino que continúa en la destrucción de las bases teóricas que permitan que la noción en potencia se actualice a la forma de una relación terapéutica entre el profesional y las ideas. Conocer todas las teorías y frente al paciente olvidarlas es un consejo que daba Jung y que no debe ser leído como un desprecio del esfuerzo intelectual sino como un avance de las nociones hacia su propia lógica sustentando en el pensamiento propio del síntoma.

De esta manera se admite el hecho de que es más importante la disposición del psicólogo ante el recibimiento del otro como el fenómeno que apela a su presencia, que la estructura doctrinal de la cual parta. Es decir que el pensamiento es un camino vivo, animado por sus propias contradicciones que necesita ser pensado continuamente para dejar atrás los restos de sus meditaciones. De esta disposición depende la relación terapéutica, que es el verdadero contexto del trabajo en el consultorio.

IV. Del encuadre terapéutico

El consultorio es un espacio de cuidado y atención de las imágenes y de las ideas psíquicas, donde el trabajo con la dimensión psicológica tiene lugar de manera responsable y comprometida, por lo cual se deben erigir bordes que eviten cualquier clase de iatrogenia. Es necesario un marco de trabajo claro y orientado a preservar cerrado el vaso alquímico donde la labor de investigación de la esfera psicológica se lleva a cabo.

Independientemente de la corriente psicoterapéutica hay reglas que sostienen la relación en el consultorio y es debido tener claridad sobre las mismas para fomentar la confianza que el paciente necesita para someterse al análisis de sus vulnerabilidades. También, estas reglas, servirán como un marco que delimite el tipo de interacción que se espera de los participantes de la terapia con el fin de mantener un ambiente centrado en el seguimiento del movimiento lógico del fenómeno sintomático.

Cada escuela terapéutica, de acuerdo a sus objetivos y conceptualizaciones, puede variar los acuerdos y restricciones en el trabajo psicoterapéutico. Desde un numero fijo de sesiones a un desarrollo ilimitado de las mismas, el tiempo de una hora o con escansión, el uso de técnicas psicocorporales o la evitación del contacto de la mirada, la utilización de pautas reguladas o la improvisación como técnica de abordaje. Todo ello deberá ser informado al paciente durante la sesión de entrevista junto a las normas que fomenten la claridad de las intenciones del proceso.

Entre los elementos que deben ser acordados se pueden encontrar las cuestiones concernientes al pago y su regularidad, a la naturaleza de la metodología usada en las sesiones, a las fechas fijas de los encuentros, a la confidencialidad y al respeto mutuo entre los involucrados. A causa de la apertura emocional y de la intimidad forjada en la interacción continua, estas pautas permitirán que los factores transferenciales puedan ser abordados de manera, más o menos, consciente.

Por supuesto, hay cambios que pueden surgir y ser benéficos para el proceso, pero ello depende de la observación atenta del terapeuta y de la aceptación del paciente. Teniendo como premisa la investigación psicológica y sus necesidades el lazo terapéutico tendrá que asumirse desde la unión sicigial de lo estable y lo inestable, del seguimiento de acuerdos fijos aunados a un monto de flexibilidad dictado por la demanda del transcurrir dialógico en la terapia.

La sensación que obtiene un paciente en un proceso cuyo marco está delimitado y donde el terapeuta se encuentra presente ante el desenvolvimiento del fenómeno psicológico es la de un singular sentimiento de ser entendido, escuchado y anunciado en un camino en el que tendrá que hacerse responsable de su propio contexto psíquico. No se sentirá presionado, ni amenazado o avergonzado, sino acompañado por un oído cordial, que no depositará su deseo en él ni en su síntoma, que no juzgará sus errores o bajezas y ante el cual no tendrá que evadir su propia existencia para ser aceptado tal cuál es.

El encuadre terapéutico limita a su vez la actividad del terapeuta, le recuerda que su trabajo es una investigación rigurosa del fenómeno psíquico presente y, por lo tanto, que su única tarea es fomentar la psicoterapia y permitir que lo que ya es pueda llegar a su hogar en la consciencia. El psicoterapeuta no es un maestro, ni un amigo, ni un confesor, ni lo impulsa el afán de que su paciente mejore o sea diferente de quién es, pues tal necesidad es ajena al desarrollo del objeto psicológico y constituye una carga indebida para el movimiento psíquico.

Con especial atención el psicoterapeuta procura evitar la tentación de ser un padre, o una madre, lleno de amor y cuidado, ni tampoco uno con exigencias “benéficas”, porque sabe que en tal caso el paciente tendría que tomar para sí mismo el lado complementario de ese papel y convertirse en un hijo que pueda depositar, nuevamente, su confianza en aquella figura parental neuróticamente impuesta. Se ha de tener en cuenta que una gran parte del proceso psicoterapéutico se sostiene en la fatalidad de la persona por asumirse como el adulto que es, es decir, por haber sido capaz de trasladar las imagos parentales desde la exterioridad positiva a la interioridad negativa de su vivencia.

En síntesis, el marco terapéutico permite delimitar los papeles de quienes se reúnen en el proceso analítico, diferenciar la dimensión psicológica de las necesidades personales y fomentar la autonomía y la responsabilidad del paciente sobre su acaecer psíquico, en un ambiente seguro y estable.

V. La cuestión del pago

Quizás una de las dificultades más comunes para el psicoterapeuta es la fijación de un monto por sus servicios, de manera similar el paciente puede estar muy confundido por las tarifas tan variables entre un profesional y otro, que no siempre responden a su eficacia o a su dominio del arte sino a factores meramente contingentes.

El pago tiene al menos dos funciones en el proceso terapéutico. El primero se refiere al costo monetario del trabajo del psicoterapeuta, ello comprende el esfuerzo que implica la preparación profesional, la educación recibida que tiene que ser actualizada en cursos, certificaciones o en la compra de materiales de consulta, libros, pruebas o elementos de apoyo que servirán como respaldo intelectual para el analista y que le permitirán ampliar su punto de reflexión sobre los fenómenos psicológicos.

También se considera la inversión que debe hacer el terapeuta en las actividades de respaldo de su profesión, tales como los procesos terapéuticos intermitentes a los que asiste, la supervisión clínica a la que se somete y la exploración cada vez más honda de su propia postura de trabajo. Esto le posibilita profundizar en la propia experiencia y delimitar sus asuntos de aquellos que le pertenecen al paciente. El psicoterapeuta siempre está en tratamiento pues atiende desde la herida abierta que le permite vislumbrar la dimensión patológica del alma.

Además, la tarifa le sirve al profesional para ganarse la vida de manera cómoda y responsable, procurando satisfacer sus necesidades económicas en el mundo objetual, sin que el dinero tenga que ser un elemento neurotizante de la relación con tal dimensión. Un ingreso suficiente tendría que permitirle dedicarse plenamente a su labor y que la necesidad material no allane la interacción con el paciente. Es debido tener en cuenta que el psicoterapeuta necesita los recursos materiales, como cualquier persona, para hacer frente al compromiso con su existencia.

En segundo lugar, el pago ocurre también en la dimensión transferencial, es decir, como forma simbólica de la relación terapéutica. En principio el intercambio monetario sustituye la transacción sintomática que se pudiera sobreentender en el tratamiento de la psicopatología. Evita, por ende, que el paciente pague con su síntoma al terapeuta y que éste utilice al sujeto analizado como un recipiente de su deseo. El dinero, se supone, transfiere la necesidad al mundo de los objetos, permitiendo que se resuelva fuera del consultorio; aunque un monto de ésta siempre queda detrás y deriva en el trabajo de la transferencia.

El dinero es un elemento simbólico, por lo cual su manejo requiere un cuidado en el mismo orden de sentido. Las características proteicas de las monedas, su antigua relación con los dioses solares y su reciente logizización y descarnamiento, hacen que el movimiento del dinero se confunda en muchas ocasiones con un fin absoluto, como un telos hacia el cual la vida se dirige. Pero, al contrario, la lógica del intercambio monetario trasluce dentro de sí el tránsito de la vida hacía su propio flujo.

El modelo primordial del trueque no es el de los pueblos antiguos y sus equivalencias simbólicas, sino el de la vida misma como un proceso autopoiético que, en pos de su reproducción, invierte un capital biológico para preservarse. Por eso George Bataille podía equiparar el gasto como un elemento primordial de las civilizaciones, pues representa en sí mismo, el núcleo de la vida impregnándose a sí misma como un fuente y como un destino a la vez.

Por lo tanto, en el manejo del pago está implícita la relación con aquello que Jung denominó el Sí-mismo, es decir la representación psíquica del impulso vital, que para Jung debía de transformarse en un componente espiritual, lo que significa que los procesos psicológicos tienen como su modelo prístino el propio impulso de la vida por perpetuarse de maneras más complejas y refinadas, habiendo interiorizado el concepto de la muerte como el impulso requerido para desarrollar su faceta como consciencia.

Así que la cuota terapéutica funciona como un talismán, palabra que proviene del griego telesma y que alude al ritual sacrificial, pues en su acción el paciente paga por el trabajo que ya se ha realizado, es decir que imprime un monto consciente de re-ligación con los elementos que hasta ese momento permanecían inconscientes. Es el Óbolo que pertenece a Caronte y que determina el viático (ephodion) necesario para emprender el viaje al inframundo, porque, como decía James Hillman, el alma, el objeto de la psicología, solo mora en el reino de la muerte.

Por último cabe resaltar que una tarifa demasiado baja o demasiado alta pueden significar tanto el desdén que el psicoterapeuta siente por su labor, como su negativa para entrar a los intersticios del fenómeno psíquico. Con un pago insuficiente el terapeuta y el paciente pueden no comprometerse con los sacrificios requeridos por el trabajo y guardarse de las exigencias del barquero. Con una cuota onerosa la dimensión psíquica sucumbe a su faceta puramente materialista y al complejo materno concomitante (mater/materia), por lo que la nave de la muerte corre el riesgo de hundirse en el Estigia. Encontrar el precio justo es, por lo tanto, parte del diálogo con el alma.

VI. La actitud terapéutica

La concepción usual dicta que la labor terapéutica se trata de escuchar y ser escuchado, a partir de ahí, esta simple premisa puede decantar en la ironía de ir al psicoterapeuta solo para hablar de los problemas. Sin embargo la escucha terapéutica es diferente al diálogo natural entre dos personas, pues se constituye como una posición que pretende la atención inusitada al propio misterio del lenguaje y lo soporta de tal forma que la narrativa emergente otorga un asiento a lo que en el síntoma es pensado.

En sus inicios al psicoanálisis se le daba el mote de “la cura hablada”, lo que supone que la interacción comunicativa cobraba la mayor relevancia en el encuentro psicoterapéutico, esto se entiende mejor si se admite la premisa de que toda conducta es el indicativo de una relación y que toda relación es ya una acción comunicativa. Así, existir en el mundo es una larga conversación con la existencia misma y una afirmación continua de la propia identidad, definida ésta última como el papel que se produce en el intercambio, inmarcesible, con el otro.

Por esta razón la actitud del psicólogo debe diferenciarse de las otras disciplinas de la salud y la ayuda, pues mientras la medicina o el trabajo social, por ejemplo, se abocan a factores puramente positivos que hacen factible la empresa técnica del tratamiento y la prognosis; la psicología, en cambio, se sumerge en las particularidades de la colocación del sujeto frente a su realidad, es decir que su objeto de trabajo es el psiquismo que envuelve todas las representaciones que la persona tiene de sí misma y del mundo y cuya comprensión ocurre una vez que éstas ya se han realizado.

Estas representaciones tienen un matiz autónomo que las determina como significados compartidos o como la lógica interna que se despliega en su exhortación fenomenológica. Por lo tanto, el fenómeno psicológico no encuentra su lugar entre las cosas y los objetos externos, lo hace en la pura negatividad que se cierne a la sombra de la realidad y que, sin embargo, constituye su verdadera dinámica.

El emplazamiento del psicoterapeuta ante el paciente requiere un oido abierto a la negatividad del fenómeno, de tal manera que el profesional escuche en el paciente lo que es dicho a través de su conducta, en el relato de hechos que es erigido y desperdigado una y otra vez en la rememoración. El discurso normal guarda una dimensión conativa que le da profundidad y significado a cada palabra y a cada gesto que se expresa, y hay una voz lógica pronunciando conceptos que se entretejen en sus diversos significantes que recrean al individuo que habita en ellos.

Se puede decir entonces que el psicoterapeuta focaliza su atención en la cadena lógica de significados que dan vida a las narraciones cotidianas sobre el mundo con el cual el paciente dialoga. Sin embargo, y dada la autonomía presupuesta de la noción en movimiento, el profesional intuye que su escucha guarda un límite que la detiene en el misterio del lenguaje, porque no todo puede ser dicho por la narrativa y siempre hay un objeto que se escapa, y que debe escaparse, en el habla psicológica.

Es así que el diálogo psicoterapéutico comienza justamente en los límites de la charla común, pues su propósito no es la afirmación de la identidad sino su desenvolvimiento en imágenes e ideas, que la obligan a estar a la altura de su momento presente, confrontado con la disolución de su deseo en favor de su verdad.

Por todo ello, la actitud del psicoterapeuta conviene en tener ciertas características que le permitan escuchar al fenómeno y ser el vaso receptor de una lengua singular que se expresa a la vez que conserva su oscuridad. Se pueden enumerar ciertas pautas de una psicoterapia comprometida con el logos del fenómeno:

1. Tal psicoterapia no ofrece curación, ni un remedio, sino la investigación profunda de la lógica del síntoma que se presenta, por lo que lo psicopatológico se asume como un huésped terrible que necesita ser tomado en cuenta y atendido en la propia visión de la existencia. Si en el transcurso del tratamiento ocurre la curación será una necesidad del alma misma no de las personas.

2. El objeto de tratamiento es el desarrollo de la narrativa tal y como se despliega en la imagen de la fantasía, pero su camino no termina en la emocionalidad del acto, sino que ha de continuar hasta el núcleo de la noción que le corresponde. Es en ese sentido que se sigue la propuesta platónica de salvar al fenómeno (sôzein ta phainomena).

3. El psicoterapeuta está comprometido con la noción de alma, y presupone la autonomía de la misma. Sabe, en consecuencia, que su deber en el tratamiento es aprender de lo que ahí ocurre y que no puede anticiparse o saber más que el fenómeno mismo, el síntoma es el psicopompos.

4. El profesional asume que sus reflexiones no están dirigidas hacia las personas, sino que participan en el proceso del autodesenvolvimiento de los significados compartidos. Su vida psicológica es un don divino que no le pertenece.

5. La visión psicológica no se afana por la transformación o por el cambio, pues su mayor deseo es dejarse enseñar por la realidad, por lo que la pregunta que lo guía no es “¿Cómo tendría que ser el fenómeno?”. En cambio la cuestión de su abordaje se afirma en el interés por saber por qué el fenómeno es como es, de tal forma que se acepta el objeto psicológico como algo ya completo y absoluto en su propia dinámica y no como una estructura que debe ser compensada, curada o integrada con elementos externos. La noción es su propio destino.

6. Por último, el psicoterapeuta toma su papel con cautela. Como el experto que es deja que sea el proceso quien le dicte la senda terapéutica. En su andar ha de estar dispuesto a ser devorado por sus perros de caza y convertirse en la víctima propiciatoria cada vez que entra a consulta. Sabe que a cada paso la psicología debe volver a hacerse, siempre una vez más, a través del trabajo constante de la búsqueda del concepto por liberarse de la fisicalidad de su representación positiva. Los hechos han de volverse psicológicos.

En suma, la actitud psicoterapéutica precisa de una humildad particular hacia la autonomía del síntoma, resultado de la sensibilidad ante la diferencia psicológica entre la positividad de los hechos y su negatividad lógica Exige, además, la dedicación absoluta a la obra que se realiza en el encuentro terapéutico y en la investigación continua de lo fenoménico. Para ello se necesita de un sujeto que tenga una sed inagotable por saber, una disposición al lento tránsito del descubrimiento, un talante comprometido hacia su existencia y una apertura firme hacia lo que en otros tiempos era nombrado como la posesión y el discernimiento del mundo de los espíritus.

VII. Pensamientos finales

La palabra psicoterapia se compone de las raíces griegas psyche (alma) y therapeuien (cuidado o atención). A grosso modo la psicoterapia se ha constituido como una disciplina que trata supuestas entidades nosológicas que perturban el equilibrio “normal” de las personas. Se les ha denominado enfermedades mentales a estos padecimientos imaginándolos desde el mismo modelo con que se observan a las enfermedades físicas. No obstante, la naturaleza de los padecimientos psicológicos se vuelve cada vez más inextricable y el modelo biomédico parece insuficiente para atender las experiencias psicopatológicas.

Por otra parte, el paradigma capitalista, con su énfasis en el individualismo, la cosificación y la mercantilización de los sujetos, se apropia paulatinamente del discurso psicoterapéutico, convirtiéndolo en un producto rentable por medio de la exaltación de su matiz más pragmático. La autoayuda, el coaching o el mindfulness se desprenden de la popularización de una mitología pseudo psicológica que propone la imagen de un individuo atado a la responsabilidad del mundo mental que le pertenece y por el cual es obligado a cumplir un estándar de bienestar y autoconocimiento dictado por la cultura en turno. La persona internaliza el ideal de rendimiento psicológico y se vuelve un producto en el mercado del desarrollo personal.

Además de lidiar con las influencias médicas y capitalistas, la psicoterapia también se inclina a su integración inconsciente en el espíritu de la época al tratar de ser un proyecto científico y ajustarse a las necesidades de la técnica. Por ende, dentro del ámbito académico es muy común asistir al demérito de las corrientes humanistas, hermenéuticas o fenomenológicas, por no poder ser directamente verificables. Tal óptica divide a las terapias en aquellas basadas en la evidencia y las que no pueden comprobarse. Sin embargo, los criterios de eficacia, metodología y verificabilidad están acotados a una perspectiva hegemónica que no es capaz de asumir las contradicciones en el fenómeno psicológico y que, por ello, lo debe someter, entonces, a sus limitaciones. La ciencia es una visión ineludible, pero sin reflexión se constituye como una fantasía del alma cuya razón está ocluida de su propia naturaleza mental, es de esta forma que se vuelve un cientificismo.

Jung pensaba que se podía construir una ciencia psicológica sustentada en la noción del alma. Tal disciplina requiere un acercamiento fenomenológico a las imágenes e ideas que están presentes en la dinámica psíquica cotidiana. Esto involucra la aceptación de la autonomía y de la objetividad de la psique como partes de su dimensión autorreferencial. Es decir, que se precisa de comprender que la mente siempre piensa sobre sí misma y que ese movimiento noético solo puede ser asumido de forma rigurosa desde la palabra fundacional, aunque en desuso, del campo de la psicología: el “alma”.

El alma ha de ser concebida no como una sustancia, ni como una entidad, sino como la representación de los significados compartidos que siempre están en continua relación dialéctica con sus contradicciones internas y que pueden ser entendidas como únicamente como vida lógica. El alma como una perspectiva que solo se ve a sí misma no puede ser subsumida a un paradigma positivista, ni puede instrumentalizarse o volverse calculable. Por está razón las ópticas comunes no pueden hacer verdadera psicología, porque su punto de partida es el compromiso con el deseo positivo del sujeto, pero no con la inevitabilidad del pensamiento del fenómeno.

Es lo patológico quien se presenta a consulta. Es el síntoma, con su lógica realizándose continuamente, quien a pesar del individuo que la ostenta y que quisiera que ésta desapareciera de su vista, sigue su propio camino hacia sí mismo. El trabajo del psicoterapeuta, por tal motivo, no es con el deseo de la persona sino con la necesidad de la noción que se encuentra ofuscada en el despliegue fenomenológico. El proceso psicoterapéutico se conceptualiza como la escucha atenta del logos de la psique en la atención plena de la verdad anímica del fenómeno.

Por su naturaleza epistemológica la curación queda descartada de los objetivos psicoterapéuticos, así como la ayuda al mejoramiento humano o la búsqueda de la remisión de los síntomas, pues como Hillman sabía en el pathos está el alma y la eliminación de la experiencia del sufrimiento es una estrategia egoica para enmudecer el logos de la psique. Las buenas intenciones o los decretos morales sobre los fenómenos psíquicos no los resuelven, más bien los eternizan en la evitación de su consciencia dialéctica o lo que también se ha denominado como la “compulsión a la repetición”.

Es en este contexto donde el psicoterapeuta debe hacerse las preguntas sobre su profesión y donde su formación se lleva a cabo. Al inicio, se dijo qué hay un aparato institucional que sostiene la educación del terapeuta, sin embargo, y ante la naturaleza descrita de la psicoterapia, se intuye que la institucionalidad no es suficiente y que hace falta una contra-educación que permita que las contradicciones de los conceptos aprendidos puedan emerger como el desmembramiento de la praxis instruida. El conocimiento ha de interiorizarse en sí mismo para mostrarse como el concepto de sí.

La formación del psicoterapeuta descansa en este desgarro dialéctico que contiene la aprensión de la teoría como una práctica que busca ser consciente de sus ideas o como la unidad de la unidad y la diferencia entre ambas. Por todo lo mencionado, no basta con la erudición (aunque es imprescindible) puesto que la posición del profesional reclama la destrucción continua de todo aquello que le brinda seguridad teórica y, en consecuencia, debe volver a construir, una y otra vez, el aparato psicológico dictado por aquello Otro que se hace presente. Es, finalmente, en el recibimiento de ese huésped terrible (hospis/hostis) donde yace la consciencia psicoterapéutica a la que el terapeuta en formación aspira a servir.

Las ficciones crean al autor

Logos del alma

La obra de arte es el residuo de una contemplación absoluta, donde el alma se observa en el proceso puro de la creación, pues ella no es otra cosa sino el mero acto de producirse a sí misma. Se cree, de forma ingenua, que el arte puede ser observado, que hay una mirada tiránica que se cierne sobre el objeto artístico y que lo apresta para el deleite de su utilización en la dimensión pragmática del arte. Se imagina que el trabajo del Artista tiene un precio y que al pagar por aquel se ha adquirido la gracia de un daimon; no obstante éste siempre permanece impersonal e inaprensible.

Aunque haya un intercambio consensuado, la obra de arte tiene un precio inaccesible que subyace a su positividad, pues el Artista tiene exigencias excéntricas, quiere la fugacidad o, lo que es lo mismo, desea permanecer en lo negativo; para ello toma a diversos sujetos, desgraciados ellos, e hila a través de sus frágiles existencias una tela intangible donde habrá de sumergirse en sí mismo hasta volverse parte de lo creado, porque el Artista, si lo es, sueña con ser consumido por la obra.

La obra artística no pertenece verdaderamente al autor o, más precisamente, el autor no es quién comúnmente se piensa como creador. Goethe acostumbraba a decir que «El Fausto» lo había creado a él, lo cual supone una reversión en el orden que el sentido común propone sobre el acto creativo. Son las imágenes y las ideas quienes crean la realidad, son ellas las que se actualizan en el trabajo del individuo que lucha constantemente para poder recibirlas de forma digna, a la vez que intenta, vanamente, liberarse de las necesidades que le reclaman. La experiencia creadora es extática y tortuosa a la vez.

Cuando los psicólogos asumen que las imágenes e ideas derivadas del paciente le pertenecen a éste o que se gestan en la vida personal del sujeto, han olvidado que la realidad psíquica es primordial y más fehaciente que lo que los individuos conciben como real. Cuando en el consultorio el drama del síntoma que se hace presente se reduce a las singularidades de la vida común y corriente, a la causalidad cotidiana, el terapeuta, en realidad, intenta minimizar a un dios para hacerlo caber en los estrechos confines de la persona, a ese acto se le denomina: “inflación psíquica”.

El psicoterapeuta, en cambio, ejerce bajo la premisa de que el síntoma es el verdadero terapeuta y que su dolor es el camino profundo que recorre para poder liberarse de la literalidad de la carne que lo aprisiona. Sabe que la labor terapéutica consiste en permitir, de forma consciente, que el síntoma sea recibido como un huésped en el hogar lógico del paciente, para dejar que éste lleve a cabo su tarea creativa y continúe la senda de su dialéctica particular. Todo ello precisa que tanto el terapeuta como el paciente entiendan que es el alma quien los crea, que son las ficciones quienes, en realidad, se curan a sí mismas en el diálogo con su interioridad.

En este sentido la psicoterapia es la asunción del acto creativo puro, pues a diferencia de la creación artística su ejercicio no parte de los residuos objetuales para cincelar la forma subyacente en el trozo de roca o para pintar en el lienzo, sino que se sostiene de lo intangible, de aquello que es un concepto en sí mismo y así llega a comprender que es el proceso de la negatividad quien, genuinamente, modela el acto productivo de ser un alma frente a sí misma.

Primer principio para leer a Jung

Logos del alma

Es frecuente encontrar a eximios comentaristas de libros, textos sueltos o algún otro tipo de obra, que siempre tienen una opinión desfavorable por ofrecer, son aquellos que saben más que el autor mismo y que antes de abrirse paso en el texto específico, ya intuyen cuáles son sus debilidades y sus defectos. Entonces se aprestan a aleccionar a los incautos con sapientísimas observaciones para mostrar que lo conocen mejor que nadie.

Esta es una forma defensiva de leer, el objetivo de la misma es permanecer indemne de aquello que se presenta como un desafío teórico, se trata de demostrar que lo que se sabe ya es suficiente y que la opinión personal basta para abordar lo que algún autor pudiera conjeturar de manera compleja. Así no es necesario leer más ni emprender la ardua tarea de comprender los significados del lenguaje del otro, porque lo conocido es ya lo idóneo.

Es una practica común y no es exclusiva de los legos en una materia, todos pueden caer en este tipo de huida del pensamiento, por miedo a que un concepto se infiltre en sus modos de ver el mundo y los someta al rigor de la presencia de la otro, obligándolos a romper el cascarón de su razonamiento narcisista.

Pero leer desde la suficiencia es como amar queriendo evadir las vicisitudes del deseo, en ambos casos las mandíbulas abiertas de la verdad no pueden desgarrar la carne pensante. Porque adentrarse en la obra de un autor exige un cierto grado de mansedumbre ante lo que es dicho por medio de la semántica propuesta. No es posible entrar en los confines de su obra sin estar preparado para ser consumido por la forma narrativa de un pensamiento desnudo e intrincado.

En el mito de Acteon y Artemisa, que Giegerich ha desgajado de manera prolija, el cazador se adentra en el bosque en pos de una presa desconocida, no sabe realmente lo que encontrará pero alista sus lebreles para aferrarse a aquello que se le pueda presentar.

En el bosque, Acteon encuentra a Artemisa bañándose y, al observar su desnudez, ella lo recompensa preñándolo con su don, lo transmuta en lo que ella misma es, un ciervo, y solo entonces los canes se aprestan a devorar a su dueño, pues Acteon ha podido transformarse en el objeto que buscaba, se le ha distinguido con la hazaña de ser destrozado por el entendimiento de la verdad desnuda, ha llegado a la rubedo.

De la misma manera leer requiere tener el valor de enfrentarse a un conjunto de ideas desconocidas y asumirlas desde la incertidumbre, obscurum per obscurius, permitiendo que el esfuerzo por entenderlas imbuya de su significado aquello que antes era lo normal y lo cotidiano. Si leer no transforma la propia visión del mundo, si no desarticula al lector, ello sugiere que no se ha leído verdaderamente, en cambio se han proyectado los prejuicios sobre el libro y se le ha vuelto manejable, un proyecto tecnológico.

Algo de dogmático hay en el acercamiento temprano a un cuerpo de pensamiento, pero sin esa disposición éste no podría penetrar en lo rincones íntimos del sujeto. Como sugiere Edinger pensar que el autor sabe algo que nosotros aún no sabemos permite mantener las puertas de la razón abiertas para pensar lo que en el fenómeno ya es pensado.

Leer a Jung, como a cualquier autor, precisa de la capacidad de advertir que aún no se sabe, que la comprensión está fuera de uno mismo y que por eso el quehacer del lector implica el intrincado esfuerzo por tratar de estar a la altura de lo que se presenta y permitir que el otro haga su trabajo en el corazón de quien, inseguro, se atreve a recibir al ángel que planta su semilla poietica en la mente que crecerá junto a ella.

No es exactamente Jung quien sabe más, es el daimón quien impregna con su noción aquello vertido en un trabajo de toda una vida, quien habla a través de las sinuosas vías de los conceptos entretejidos alrededor de un destino. Es este destino incierto el desafío al que el lector se apresta.

Luego vendrán las contradicciones, los desacuerdos y las dudas que romperán aquella normalidad teórica que la revisión cuidadosa y los años habrán forjado, llegará el momento de la devastación de la semántica de la obra para poder sublarla en su esencia negativa, sintáctica, pero ello advendrá después, en el tiempo justo del asesinato del padre, no obstante primero se deberá haber estado dispuesto a tener uno, un pater amado al cual haber apreciado lo suficiente como para desear destruirle algún día.

El mundo es la puerta hacia el alma

Logos del alma

La psicología se puede definir como el opus de la escucha atenta del logos de la psique, ya que el fenómeno exige oídos abiertos que puedan aprehender cada sonido del movimiento rítmico del alma. En el compás de su andar, se enredan en sus pasos las tenues melodías que surgen del entramado complejo de sus múltiples andanzas. Por eso es el trabajo del psicólogo entrenar su oído para poder captar, en la medida de lo posible, el diálogo constante del alma consigo misma.

Desde su encuadre particular el psicólogo se concibe como un profesional atento a las manifestaciones del proceso psicológico, un investigador puntual que se esfuerza por ser capaz de traslucir el alma en los fenómenos que estudia y atenderlos como la actividad dialéctica que son. Este trabajo no puede ser una abstracción del mundo, al contrario sucede únicamente en la aparición común de los objetos cotidianos, en las imágenes e ideas que se entretejen para dar un cuerpo sutil a lo que normalmente se denomina como la realidad.

Es en el sol de cada mañana, en la sonrisa de la mujer amada o en el trajín del día a día donde se encuentra el solaz de la vida simbólica contemporánea. En los hechos ordinarios es donde mora el alma con su miríada de ideas dando forma a las experiencias comunes. Es inútil acudir a figuras anímicas ya abandonadas por el propio discurrir de la historia. Las antiguas representaciones simbólicas, que dictaban la vida corriente de una época, han sido devoradas por el proceso dialéctico del alma, que las conserva superadas en la lógica moderna.

La liturgia de la iglesia, la ceremonia del chamán o la lectura del astrólogo, son reliquias llenas de fascinación, pero ya no significan nada, han sido arrancadas del flujo que las hacia productoras de la verdad. Hoy, sin embargo, lo concretamente vivo es lo ineludible, aquello que ata fatídicamente al mundo. Por consiguiente, estar en presencia del mundo requiere poder escucharlo de forma abierta tal como se presenta, sin desear que sea distinto, sin añorar su mejoramiento y por consiguiente, como Jung aconsejaba, querer el mundo tal cual es.

En consecuencia, parte del camino de ser psicólogo es aprender a resignarse a que el fenómeno es completo y no tendría que ser distinto, porque el sueño de la realidad del alma ya ha alcanzado la fase de la individuación y nos encontramos siempre ante nociones absolutas, ya pensadas, que solo aguardan el tiempo de llegar a ellas mismas.

Los antiguos gnósticos imaginaban su ocupación como la liberación de la Sophia atrapada en la materia, ellos debían permitir que lo concreto pudiera liberar su matiz noético, es decir, que el concepto estructurador de la representación positiva de los hechos emergiera en su faceta negativa, como el espíritu de la contradicción.

Así, el objetivo del psicólogo es la atención cuidadosa del proceso de autoproducción de las imágenes y la volatilización de las mismas en ideas, de tal manera que lo eidético se muestre por fin como aquello más concreto y real al sumergir su positividad en la vía negativa del movimiento dialéctico, para que entonces el mundo pueda cumplir con la función lógica de ser el valle del hacer alma.

En ese sentido el quehacer psicológico necesita de las imágenes del mundo para poder llevarse a cabo, pero su objetivo no es el mejoramiento del mundo, ni su transformación, ni mucho menos el bienestar de las personas, sino, exclusivamente, pensar sobre lo ya pensado y tratar de estar a la altura del momento presente de la vida lógica del alma.

La curación y el aprendizaje son vías, pero no fines, del trabajo psicológico

Logos del alma

La actividad del psicólogo es un tema que aún no queda del todo claro. Sus múltiples fuentes funcionan como lastres que atan sus objetivos a los de facetas ya superadas de la propia historia epistemológica de éste saber. A veces, el psicólogo se confunde a sí mismo con una especie de médico de almas y su trabajo se define como la búsqueda de entelequias morales tales como la salud mental y el crecimiento personal. En otras ocasiones se enmaraña con el rol del educador que instruye con su sabiduría a una sociedad carente de certidumbres y de normas adecuadas, para producir buenos ciudadanos y contribuir al progreso social.

Pero la visión que se tiene de la psicología es cambiante y depende de la metáfora raíz a través de la cual se interprete la realidad y sus fenómenos. Dichos esquemas no son algo que las personas puedan concebir sencillamente, ya que solo se puede llegar a ellos a través del arduo ejercicio de la reflexión del fenómeno. A este proceso James Hillman lo llamó “transparentar” o “psicologizar”.

De forma muy distinta a la tendencia psicologista de la cultura contemporánea, que pretende someter a la realidad a los preceptos de una ciencia con objetivos morales inadvertidos, la tarea de psicologizar sugiere el camino que hace el pensamiento por ahondar en los hechos cotidianos que pudieran parecer fijos. Tales hechos son imágenes e ideas que se despliegan de forma corriente y que constituyen el psiquismo que las personas, erróneamente, consideran propio.

En realidad, el psiquismo es una transmutación que ocurre de forma autónoma y que utiliza a las personas para poder probar nuevas vías de acción. Pareciera como si su telos fuera únicamente la plena investigación de sus múltiples configuraciones. El trabajo de psicologizar conlleva el pleno reconocimiento de que el objeto de la psicología es un componente absuelto de la necesidad de mantener su faceta positiva y que debe presentarse bajo la efigie de imágenes patológicas que indican la negatividad de su naturaleza.

Por lo tanto, y sin un punto arquimédico donde apoyarse, la psicología asume que su objeto no es otra cosa que ella misma. Su estudio no hace referencia a nada fuera de sí, por que es una ciencia recursiva, tautológica, de tal manera que Jung podía decir que en los sueños, en las fantasías y en los mitos el alma siempre habla de sí misma.

Así, se puede entender que el opus psicológico es el mantenimiento del carácter redundante del fenómeno anímico. Lo que se estudia no se dirige a la reproducción de un ethos particular, ni a la búsqueda del bienestar de los individuos o a la educación de las personas. Más bien, la labor del profesional de la psicología es la constante reflexión del alma sobre sí misma y todo su esfuerzo está puesto en confeccionar un pensamiento que pueda estar a la altura de lo pensado en el fenómeno.

Bajo estas premisas el rol del psicoterapeuta tendría de ser interpretado como el procedimiento por medio del cual la psicología se piensa a sí misma en su búsqueda incesante por confrontarse con sus propias contradicciones, a fin de ser consciente de sí. El alma quiere llegar a su propia casa y en ese periplo el psicólogo se afana a ser un digno acompañante, aún a sabiendas de que posiblemente él no podrá llegar al lugar deseado.

Sin esa metáfora raíz, la que corresponde a la psicología, es muy sencillo confundir el trabajo en la consulta con la de otros campos que resultan ajenos. Todos ellos fundan su quehacer en sus metáforas singulares, pero la psicoterapia trata con el alma in extremis, por ello todas sus imágenes, síntomas e ideas, han de ser aceptadas como las vías a través de las cuales el fenómeno vuelve a sí mismo para pensarse de forma compleja.

Si el psicoterapeuta pretende ser médico deberá asumir el fatal destino de la encarnación de la enfermedad en sus pacientes. Si su deseo es enseñar, encontrará la ignorancia imbuida en sus consultantes, ya que todo el que tenga una doctrina hallará adeptos y comprobaciones, porque el alma busca irremediablemente altares para pensar las ideas que habrá de negar en otro momento.

Pero el psicólogo solo atiende al logos del alma, pues ésta es la es la forma vacía donde la psique se confronta a sí misma en el acto dialógico con el que el espíritu de la negación convierte los sucesos en experiencias psicológicas. Tal curso de la investigación anímica en lo real es lo que se puede nombrar como hacer alma, es decir la labor alquímica que eleva el objeto psicológico a su fase de lapis philosophorum.

La creatividad es inhumana

Logos del alma

El alma es productiva, sin embargo no se le debería imaginar como una fabricadora de fenómenos o como un agente de cuya actividad derivan formas, imágenes o ideas, porque el alma no existe y tampoco lo hacen sus producciones, o mejor dicho una vez que algo ha sido producido ya ha dejado atrás su componente anímico. No obstante, es cierto que el alma nunca deja de crear, pues su impulso incesante es, en sí mismo, su esencia particular.

James Hillman insistió en que el reino del alma es el inframundo, porque sus ramas crecen siempre hacia los hondos valles de la experiencia cotidiana donde su reflexión resulta oscura y profundísima. Por lo tanto, su poiesis es una acción puramente negativa, donde lo negativo se entiende como la emergencia constante del concepto que vive implícito en el fenómeno. No basta morar en una nekya metafórica, en un descenso que ocurre de forma semántica. Pensar en la negatividad del alma supone someterla a una caída primordial en su propia realidad.

De esta manera el alma es creativa en el momento justo del límite de su actividad, es decir, en la contradicción inherente al síntoma, en aquel pensamiento que subyace como movimiento lógico siempre presente en la obra o en el suceso y que desgarra lo positivo del acontecimiento para convertirlo en pura experiencia psíquica. Es en el recibimiento del animus asesino, donde la creatividad realmente existe y no en los campos embriagantes del anima maternante. La tierra tiene que abrirse bajo los pies para que el impulso creador arrebate a la realidad de su estéril virginidad y pueda ser consciente de su lugar en el mundo del Hades.

Por lo dicho, es el Otro el que irrumpe como un huésped (hostes) hostil (hostis) en la morada inerte de la positividad, en la forma pictórica del fenómeno que ha sido atrapado en su fisicalidad y que lo arranca de su contención óntica para poder sumergirlo en la profundidad de su vida lógica. Por ello resulta imposible que el proceso creativo pueda dirigirse al sujeto, a la ego-personalidad, porque precisamente la generación de la verdad del fenómeno exige el sacrificio continuo de la individualidad. Ser creativo es servir a Otro.

La creatividad es un proceso inhumano que se asienta en la vida del sujeto de forma autónoma, otras culturas hablaban de musas, daimones, shides o del duende, en todas esas figuras se sabía que el impulso creador era una tarea impuesta que debía honrarse y que presagiaba un enorme sacrificio para el sujeto. En la época actual, empero, la creatividad se ha cargado sobre los hombros del individuo y éste, inflamado por la llama creativa, se quema sin remedio hasta extinguirse en el dolor de no poder concebir su poiesis como un invitado al que hay que recibir y atender solo mientras sucede.