Del porqué deshumanizar la psicología nos hace psicólogos

Logos del alma

El alegato por deshumanizar la psicología proviene de James Hillman, quien en su obra magna, “Re-imaginar la Psicología”, propone cuatro principios para reestructurar la visión misma de lo psicológico, sustentando su diatriba en la obra de C. G. Jung. El cuarto y último principio es “deshumanizar”, es decir, asumir la diferencia entre lo humano y lo psíquico y devolver su dignidad de sujetos objetivos al alma y a sus manifestaciones fenoménicas.

Dice Hillman: “La existencia humana es psicológica antes que cualquier otra cosa -económica, social, religiosa o física-. Pues todas las dimensiones posibles de la experiencia humana son fantasías anímicas y ellas mismas están modeladas a partir de las necesidades del alma.”

La psicología como ciencia, se ha desarrollado, al contrario, bajo el prejuicio de que el hombre tiene una mente, es decir, que los procesos psicológicos ocurren dentro del hombre, como sus epifenómenos, siendo el individuo (y el medio que envuelve al sujeto) el contexto del alma. Toda la psicología del siglo XX se construyó bajo tal premisa y escuelas teóricas tan dispares como el psicoanálisis y el conductismo coincidieron en concebir al ser humano, en sus facetas particulares, como el objeto de la psicología. Ya sea en la búsqueda del modelado de la conducta o en el tratamiento de las manifestaciones inconscientes, en el centro estaba, y aún sigue estando, la dignidad del ego.

Jung proponía que el ego no era más que un complejo entre otros tantos, un órgano psíquico con la función de permitir la supervivencia del sujeto al ayudarlo a adaptarse mejor al medio, y también afirmaba que el alma estaba en su mayor parte fuera del hombre. Derivado de esta perspectiva junguiana, Hillman podía decir entonces: “El hecho de que el alma se experimente como “propia” e “interior” remite a la intimidad y la interioridad de la vida psíquica. No implica una propiedad literal o un interioridad literal.[…] El hombre nunca es lo bastante grande como para poseer sus órganos psíquicos; no puede sino reflejar sus actividades.”

No es el hombre el que tiene un alma, es el alma quién contiene la imagen del hombre. La psique es el contexto de lo humano, y por lo tanto, todo lo humano evidencia los procesos anímicos. Es necesario, en consecuencia, repensar el concepto de la psicología y, según su etimología, priorizar a la psique, y a su logos, como el centro de la reflexión psicológica, lo que implica un rompimiento con todo el aparato ideológico que ha supuesto el desarrollo de la ciencia psicológica. Esto es lo que significa la liberación del espíritu embotellado.

Deshumanizar supone que el individuo deja de ser el centro de la atención reflexiva para tomar su lugar en el aparato psíquico como un campo de expresión y como un ayudante, de y en la tarea del alma de hacerse a sí misma, pues si el hombre no puede contener sus órganos psíquicos, pero estos sí abarcan al hombre, entonces poner atención al fenómeno psicológico obliga a desprenderse de la visión antropocéntrica habitual para posar la mirada en el Anthropos.

Desplazar el foco psicológico del sujeto requiere repensar cuál es el objeto de la psicología y además distinguir al individuo de la dimensión psíquica. Dice Hillman: “nuestra individualidad no es en absoluto humana, sino más bien el don de una daimon inhumano que exige servicios humanos.” En dicha frase hay varias presuposiciones que dan pistas de cuál es el papel de lo humano frente a lo psíquico: 1) Lo que es experimentado como individualidad es en realidad un complejo aparato psicológico que expresa un telos que no está fundado en la existencia humana y que ante dicho objetivo es solo la superficialidad de tal entramado y 2) esta finalidad, que es más profunda que lo humano, y que guarda como modelo lógico la estructura de lo humano, utiliza al individuo como un medio de auto-reflexión. Aquí se podría releer la máxima nietzscheana de que el hombre es un puente y, también, agregar que es la vía por donde el superhombre transita hacia sí mismo, solo que de lo que se estaría hablando no sería de una maximización de lo humano, sino de la emergencia de su negación, es decir, aquello más complejo y preexistente al hombre (un Adam Kadmon psicológico). Esto es hacía donde apunta la consciencia llegando a casa a sí misma, ya que ella es el inicio y el final de su propia jornada y el sujeto egóico es un vía de acceso a su profundidad.

Lo anteriormente dicho ¿no es acaso lo que Hillman intuye cuando menciona: “No es mi individuación, sino la del daimon […]. No es la vida la que importa sino el alma.”? El objeto real de la psicología no es la existencia particular, empírica, sino la vida lógica del alma.

Por ende, se puede decir que durante más de un siglo se ha errado el camino de la disciplina en cuestión, cabalgando sobre un equívoco, estudiando un objeto que no se corresponde con su logos, que no se constituye con una psicología asentada en el espíritu de su verdad, como la psique que se piensa a sí misma. Pero también es probable que esta desviación de sea una forma en que la consciencia hace patente que el individuo no es más que una cáscara vacía sobre la que se puede construir cualquier significado, precisamente porque ha dejado de ser relevante para el proceso anímico. Deshumanizar la psicología, por tanto, no es una opción del psicólogo, es la prerrogativa para poder hacer psicología en un mundo que exalta al hombre abstracto, descontextualizado de su raíz anímica, del espíritu de la época.

Wolfgang Giegerich es el mejor continuador de la obra de Hillman, en su obra el proyecto de deshumanizar la psicología ha tomado tal relevancia que ya ni siquiera es necesario hacer patente esta distinción, su propio corpus teórico lo hace por sí mismo. Si bien, es posible que la psicología como la disciplina de la interioridad no sea el punto final del avance sobre la teoría psicológica, si representa el camino más cercano a lo que aspira una psicología asentada en el concepto de alma. En ella, como ya se dijo, deshumanizar es algo que se presupone, ya que el centro de toda reflexión psicológica es, de facto, la vida lógica del alma.

El concepto central en este rubro corresponde a la diferencia psicológica. Esta distinción implica que el objeto de la psicología, como verdaderamente psicológica, han de ser los fenómenos vistos desde sí mismos, como procesos autónomos que se piensan de forma urobórica en su singular desarrollo, en su despliegue incesante, y que expresan la dimensión sintáctica a la que pertenecen y que es, de forma redundante, ese mismo acto de pensarse.

De otra manera, la óptica centrada en el individuo tiende a observar todo lo existente como un reflejo de sí misma, entonces los fenómenos que ocurren en la psique son concebidos como adecuados o patológicos dependiendo de las necesidades del ego y la moral en turno, reflejando su propia dinámica en ellos, pero condenando al fenómeno al enclaustramiento en esquemas que son externos a él. Desde esta vía de acción el fenómeno es utilizado para los fines del sujeto empírico, con objetivos tales como: exaltar, integrar, enseñar, edificar o encontrar significados diversos en su figura. Así, la persona puede acudir al síntoma para justificar su acción, para evadir su responsabilidad o para buscar su propio bien; pero entonces lo sintomático ha dejado de ser importante por sí mismo, para transformarse en una herramienta al servicio del ego. La vía del individuo es una vía tecnológica, instrumentalista.

La diferencia psicológica, por tanto, distingue entre el sujeto y el alma, no para separar ambas dimensiones, sino para asumirlas en la unidad de su unidad y su diferencia. No un opus parvum y un opus magnum, más bien el opus magnum como opus parvum superado. Esto es un proceso noético que no puede ser entendido de forma pictórica o imaginal, únicamente se le comprende con el pensamiento.

Por consiguiente, deshumanizar tiene que ver con el hecho de distinguir en qué lugar se lleva a cabo la reflexión psicológica, si ésta mora en el sujeto, y sus deseos, entonces no se está haciendo psicología, pero si el objeto de estudio es el alma, como la sintaxis lógica de los fenómenos, entonces el psicólogo tampoco es precisamente el sujeto que estudia, sino que lo es el pensamiento del fenómeno en el acto de pensarse a sí mismo.

Ser psicólogo requiere la propia disolución de la pretensión de ser psicólogo, para dar cabida al hecho de que el alma es la única que puede hacer psicología. En Giegerich el precepto de deshumanizar la psicología alcanza, hasta el momento actual, su cúspide.

Una vez que se ha asumido que la psicología estudia al alma, la visión del psicólogo se puede tornar psicológica, lo cual quiere decir que antes no lo era, pues estaba enfocada en los fenómenos que se presentaban desde una visión sesgada y tecnológica. Tal óptica implicaba que el fenómeno era comparado con un modelo egóico al cual se tenía que adaptar y al que debía servidumbre. Tal esquema es muy conveniente desde un punto de vista pragmático pues tal como Heracles en la mitología, el ego es capaz de grandes hazañas, pero es incapaz de reconocer al otro que se le presenta. Cuando Heracles llega al inframundo, como Hillman lo explica, pelea con las sombra e incluso hiere al mismo Hades; con su fuerza logra conmocionar el mundo subterráneo, pero él mismo no es conmocionado por esta realidad, permanece impávido a pesar de que ha viajado a una dimensión distinta, es un turista en medio del infierno.

Desde la posición del individuo, todo lo existente ha de adaptarse a la necesidad del ser humano. Incluso las teorías y alegatos ecologistas, pacifistas, inclusivos, etc., todos ellos basados en principios morales muy loables, son incapaces de desligarse de la dinámica depredadora de la ego-conciencia, pues toda búsqueda de ayuda y salvación está fincada en la predominancia del ego sobre el objeto que tiene frente a él, solo se puede ayudar a aquello que está fuera de uno mismo; y para dar la mano la mirada tiene que tornarse compasiva ante algo o alguien que se considera distinto, pero tal distinción reposa en el esquema de lo que el ego considera que debería ser el otro.

En este tono Baudrillard decía: “todas la formas de discriminación […] proceden de un duelo colectivo, de una alteridad difunta […].”, lo cual parece muy evidente, pero Baudrillard continuaba diciendo: “La misma indiferencia puede conducir a comportamientos exactamente inversos. El racismo busca desesperadamente al otro bajo la forma del mal a combatir. El humanitarismo lo busca no menos desesperadamente bajo la forma de víctimas a socorrer.” Se puede entender mejor, entonces, que la búsqueda de ayuda y salvación constituyen una forma velada de desprecio por el otro, una manera de utilizar al otro para los fines, honorables o no, del ego. Desde esta posición compasiva el fenómeno es un esclavo del sujeto.

Giegerich también observa las contradicciones en el deseo de salvación y ayuda, de la visión subjetiva y menciona que: «hay dos problemas con la intención de salvación. Primero, la idea es grandiosa, ¿no es hybris ya el hecho de jugar con la imaginaria idea de salvar el mundo? ¿Quiénes somos para esperar ser capaces de contribuir de alguna manera a la salvación de algo, y nada menos que el mundo? Salvación, sotéria, liberación, es un programa de un tipo demasiado grandioso, un programa adecuado exclusivamente para un sotér, un Salvador.»

El ego tiene que inflarse para esperar ayudar al mundo, e incluso lo hace para el simple hecho de intentar ayudar al otro. Por ello es muy cuestionable dicha esperanza en las manos del psicólogo y se puede preguntar, en la temática de la búsqueda de ayuda como una forma de ejercer poder sobre el otro, ¿cuál es la verdadera intención del psicólogo, del psicoterapeuta, cuando se afana a ayudar a sus pacientes, en esa relación asimétrica que es la consulta psicoterapéutica?, y más aún si esto se enmarca en el segundo problema que observa Giegerich:

“El instinto psicológico ante una dificultad, una patología, un síntoma, en tanto es un instinto verdaderamente psicológico, no consiste en salirse de ello, ni en desear «corregirlo». El anhelo del alma es que la consciencia entre cada vez más profundamente en el problema, hasta el corazón mismo del asunto, no por un masoquismo enfermizo, sino para preservar la visión alquímica de que, para comenzar, la confusión en que nos hallamos es la materia prima a la que están dedicados el Eros psicológico y toda la Obra. En este sentido, incluso podría decirse que ni el mundo ni el hombre debieran salvarse de la dificultad; al contrario, es el problema o la patología misma lo que debe salvarse o liberarse, en el sentido de la exigencia platónica de sozein tà phainómena, «salvar el fenómeno».

Por supuesto, solo se puede entender esta última frase si primero se ha asumido que la psicología tiene como objeto de estudio al alma y, a la vez, se parte de la noción de que la dimensión anímica es absolutamente autónoma, es decir, que el fenómeno es suficiente en sí mismo como un otro para sí.

Jung decía, en un sueño, a su paciente hundido en un foso: “no fuera sino a través”. Esta es la vía de reflexión del psicólogo, independientemente de su necesidad subjetiva, de sus prejuicios o de sus deseos para el otro, su pensamiento ha de descansar en lo que el otro necesita de sí mismo, en aquello que es pensado en él, en la lógica que el fenómeno expresa a través de su propio despliegue; lo cual a veces puede traer su salvación y a veces su destrucción, pero ese destino no depende más que del daimon que constituye su noción interna.

El desmembramiento de la psicología

Logos del alma

En el mito órfico Zagreo es mutilado por los gigantes de blanca faz, su cuerpo es sumergido en agua hirviente y devorado de manera impía. Al cabo de la matanza solo su corazón sobrevive y éste mismo es nuevamente comido para volver a nacer. Lo mismo sucede con la materia que yace envuelta por el vaso hermético, que al calor del fuego del atanor, es sometida a la tortura alquímica que la libera de la pesadez de su literalidad volviéndola metafórica y conduciéndola hacia su propia noción.

Esto constituye una imagen vivida del sufrimiento intrínseco en la vía dialéctica del fenómeno, donde la contradicción lo somete al tortuoso transcurso de la superación de sí mismo. En el sendero de lo antagónico lo que refuta el momento presente nunca es un suceso externo, es la propia interioridad sintomática quien somete al mítico Zagreo a la desintegración alquímica, pues la lógica del fenómeno es lo que lo devora constantemente para hacer perdurar su existencia.

Es así que el camino del alma para llegar a casa es siempre un proceso transgresor. La propia psicología y su forma de mirarse a sí misma, han de recorrer este mismo tránsito para emerger como una verdadera disciplina de la interioridad, como una psicología cuya noción esencial sea el alma y que, por lo tanto, esté siempre abierta a la pregunta sobre su concepto, que desde su negatividad estructura toda la dinámica psíquica.

Centrarse en el logos de la psique sigue la encomienda de Hillman de reivindicar la dimensión patologizante del alma y con ello se hace justicia a la frase arquetipal que dicta: “La psicología como campo independiente sólo es posible si nos centramos en la psique, no en lo que hoy consideramos humano”. Deshumanizar no es un asunto ético sino psicológico, en ello se esgrimen las intenciones de una disciplina psicológica que acoge la dimensión anímica como su particular campo de acción y libera a lo humano de su literalización y de la carga de ser el único portador del alma.

Entonces, la psicología puede aprestarse para atender al sufrimiento en el síntoma y ya no al pobre sujeto del cual el humanismo espera demasiado. Abrir la puerta a la psique en su manifestación y comprender que el único terapeuta es el alma misma, libera la carga enorme del narcisismo posmoderno y le devuelve su dignidad perdida a lo humano como una ficción más de la vida lógica desplegándose en lo real. Así, el paciente es el logos y el tratamiento responde a la necesidad inmanente de pensarse a sí mismo en su naturaleza mórbida como psicopatología.

Esto implica una psicología destilada, desmembrada, siempre en proceso; que no es, ni puede ser, una ciencia moderna, ya que se asume como el estudio atento y cuidadoso del logos en el fenómeno. Pero pensar en esta disciplina de la interioridad requiere el arduo esfuerzo de desgarrar la propia piel y desconfiar de todo aquello que se tiene por sabido, atreverse a ver lo ya conocido desde su ángulo mito-lógico, dudar, además, de la importancia del ego y del sujeto empírico para el arduo proceso de hacer alma. Pero, sobre todo, requiere lo que el pensamiento imaginal ya demandaba: deshumanizar la psicología.

¿Estará el psicólogo dispuesto a someterse a tal desgarradura o temblará de miedo, como una hoja otoñal, ante la presencia de un dios vivo que se cierne frente su mirada? Es debido, por ende, ejercitar la visión metafórica y mantener la razón afilada para estar abierto a la realidad y aprender el oficio de las transformaciones cotidianas de un alma que se alimenta de imágenes e ideas, y para la cual el hombre es sólo un cadáver al que consume lógicamente para nutrirse de la esencia de su aniquilación.

“Los locos somos otro cosmos”

Logos del alma

Mientras Rodolfo, desesperado, lucha por no recibir la descarga eléctrica, le dice al doctor Otto: “los locos solo somos otro cosmos…”, y en esa plegaria se encuentra expresada la tarea de la psicología, quizás la única real, la asunción de la presencia del otro. Ese otro es el síntoma quien con su aparición dolorosa brinda la epifanía de un alma en sufrimiento, que trastoca la normalidad del sujeto y lo obliga reflexionar sobre la condición contradictoria de ser él mismo y a la vez no serlo.

La posición de la otredad es aquella señalada por Freud en la tendencia exogámica que escinde al individuo del estado narcisista de la infantilidad, ahí la prohibición del incesto le conduce hacia el exterior donde su libido se muestra exotérica y se dirige al misterio del cuerpo ajeno y a la angustia de lo desconocido, porque como Hölderlin sabía: “donde está el peligro crece también lo que salva”.

Pero lo que salva no es la vida sino la muerte, el estado patológico que conduce a la destrucción de las certezas y que aguarda agazapado en cada hecho contingente y en cada rincón de la existencia. La muerte es lo ineludible que se apresta a hacerse presente cuando todo va viento en popa, cuando la vida se multiplica y expande sus horizontes, es el otro quien marca los límites de la pulsión y le obliga a someterse a su naturaleza psíquica.

Jung decía que el primer paso del opus magnum es el trabajo con la sombra, no obstante este concepto es mal entendido si se le reconoce solamente como lo maligno y lo moralmente indeseable. Realmente la sombra significa lo otro, aquello que confronta al fenómeno desde dentro de sí mismo como la dialéctica intrínseca que atiza el fuego de su dinámica. Es la consciencia doliente de lo semejante en el proceso de su reconocimiento como un huésped indeseable que, sin embargo, pertenece a la morada del fenómeno.

Es así que la otredad es la marcha del pensamiento a la consciencia de sí, por medio del diálogo constante con aquello que se muestra en su actividad auto-productiva. Por lo tanto, el psicólogo requiere, para su labor, saber que lo que se presenta en el consultorio es algo distinto de él mismo, pero que al mismo tiempo es la estructura viviente que lo envuelve, a él y al paciente. Hay una tensión constante entre ser uno mismo y ser otro y la psicología surge solo en aquel umbral y mientras ésta angustia permanece.

El otro psicológico tampoco debe entenderse como una alteridad externa, pues no viene de afuera, sino que asiste como un huésped que ya vive en los confines de la propia experiencia. Su devenir es el ya haber llegado, porque el otro es el reverso de lo normal, es lo que está fuera de todo locus y que por su falta de razón común es tomado como lo irracional, es el invitado que siempre dialoga con una locuacidad singular y sintomática, es, por lo tanto, lo no ortodoxo.

Piénsese por un momento, aunque sea breve, en una psicología que no busque curar la locura, que quiera acogerla y permitir que ella cure a la disciplina de su inusitado apego por la normalidad y por lo sano, por el crecimiento y por la curación, una ciencia de lo patológico, un oído abierto a aquello que, comúnmente, no se quiere escuchar, una disciplina de la interioridad de los fenómenos, es decir, una psicología con alma.

Honrar la obra de Jung

Logos del alma

Los psicólogos analíticos sustentan su labor cotidiana sobre la obra de C. G. Jung, lo cual significa que comprenden sus preceptos teóricos y pueden ponerlos en marcha en los diversos ámbitos de su vida profesional. Ellos han integrado los conocimientos requeridos, después de arduas lecturas, de ejercicios didácticos y de análisis personales y supervisados, e incluso han configurado un estilo personal que los conduce al mandato de Jung de ser ellos mismos.

Sin embargo, aunque los conocimientos se hayan afianzado y los trámites institucionales se cumplan, eso puede no bastar para ser junguiano, ya que entonces se abre la puerta estrecha por la cual los verdaderos alumnos entran y que tiene inscripta en su frontispicio: “ser junguiano requiere no serlo”. No obstante, la suficiencia, el dogmatismo y el miedo a cortar la rama sobre la que se está sentado, conducen a una normalidad de congresos insulsos, de publicaciones complacientes y al anquilosamiento de la vida latente en la obra de Jung.

No siempre se pone atención a un elemento crucial de la misma comprensión teórica, que resulta después de interiorizar las nociones básicas y de permanecer con ellas en diversas situaciones problemáticas, que la senda de la praxis comprometida es la crítica de los conceptos que constituyen la estructura de cualquier escuela psicológica. Esto sucede porque el mismo concepto guarda la semilla de su contradicción, misma que una vez que emerge ya no soporta los límites estrechos de un pensamiento normalizado y debe superar sus conceptualizaciones y dejar que éstas avancen con dirección hacia sí mismas.

Wolfgang Giegerich utiliza una imagen esclarecedora, tomada de Jung, para entender el asunto en cuestión, imagina al espíritu teórico como la lava ardiente que se mueve por caminos inusitados, pero que de vez en cuando se solidifica. El basalto sólido son los conceptos fijados en formas teóricas que ayudan a comprender ciertos fenómenos de manera provisional, por ejemplo: “polaridad”, “complejos”, “arquetipos” o “el inconsciente”. El psicólogo analítico se apresta a apoyarse en estas palabras para hacer su trabajo y explicar su objeto de estudio, pero olvida, en la mayoría de los casos, que dentro de estas formaciones hay un espíritu vivo que no puede contenerse en las mismas. A este olvido de la vida lógica se le denomina: ideología.

En cambio, la lava ardiente busca seguir su propio tránsito y, para estar a su altura, es requerido que la dinámica latente, en los conceptos, pueda emerger de éstos a través de la disolución de la massa confusa en la que están atrapados. De manera semejante a la liberación de la Sophia en el gnosticismo, la idea sigue el tránsito de su desenvolvimiento noético en lo real por medio de un trabajo de reflexión continua, no bajo la racionalidad del individuo sino en la del sujeto objetivo que supone el fenómeno psicológico. Esta andadura es el flujo que deshace la piedra sólida y la devuelve a su movimiento lógico al someterla al calor del atanor de la mente.

Por lo tanto, pensar la obra de un autor, guardarle el respeto debido a su labor, exige que el aprendiz se asuma a sí mismo como un pensador que sigue una idea como quien va tras lo más anhelado y se deja transformar por ella, sin importar que esto suponga el desmembramiento de sus antiguas concepciones y la desintegración de su identidad teórica. Porque ser psicólogo es poner en entredicho aquello ya sabido, para dar lugar a la angustiante negatividad del fenómeno, al espíritu de contradicción que desalienta a quien desea morar en una teoría establecida.

Jung decía que su forma de escribir era tal que buscaba desanimar a los necios y que solo el psicólogo comprometido permaneciera, esto se puede interpretar también como el hecho de que en la senda de la reflexión de sus ideas, el psicólogo analítico aprende a diferenciarse dentro de la teoría y reconoce que los conceptos nunca fueron de nadie, sino que solo se pertenecen a sí mismos y únicamente ellos pueden pensarse de manera rigurosa.

Honrar y respetar la obra de Jung no equivale a convertirla en una ideología que deba ser asumida sin pensarla, Jung desdeñaba esa actitud recurriendo a la denominación: “sacrificium intellectus” para quienes perdían el ímpetu de dudar de lo ya sabido. Por ello recomendaba que cada psicólogo fuera quien ya es y que no aspirará a ser junguiano. Ello implica repensar, una y otra vez, la obra de Jung y atreverse a ser guiado por el movimiento propio del espíritu al cual él mismo Jung intentó enaltecer con su trabajo, porque como decía Nietzsche: “Se recompensa mal a un maestro si se permanece siempre discípulo”. Después de todo, ser psicólogo demanda adentrarse en el miedo terrible de cortar la propia carne.

La tentación del profeta

Logos del alma

“En todo hombre dormita un profeta, y cuando se despierta hay un poco más de mal en el mundo…”
E. M. Cioran

Historias sórdidas se arremolinan alrededor de los maestros espirituales, perversiones, excesos, vejaciones y el abuso de poder giran en torno a aquellos que se han erigido como lideres de la vida de los otros. Desde el pequeño cabecilla de un grupo hasta el célebre gurú y, por supuesto, el psicoterapeuta, en todos ellos un daimon no reconocido se ha apoderado de sus vidas y de sus discursos y los ha hecho creer que pueden salvar al mundo y a los hombres y que merecen ser recompensados por ello.

C. G. Jung hacía notar que uno de los riesgos al explorar los procesos psíquicos era la posibilidad de que el psicólogo y el paciente se identificaran con ellos, es decir, que en su viaje en la exploración de los contenidos colectivos se dejarán invadir por los mismos y se constituyeran como los portadores de la verdad de la época y los conocedores de los misterios del inconsciente. Una suerte de posesión psicótica donde el ego, en lugar de ser fragmentado, se identificara con la fuente de los sucesos, con la psique objetiva.

Dicha situación encuentra su asiento en la necesidad egoica por ser una presencia vital en el medio de los sucesos y ser dotado de un monto exagerado de importancia personal. Adler llamó “complejo de inferioridad” a esa conducta donde el reconocimiento aciago de la vulnerabilidad de los órganos provoca que, de manera neurótica, el sujeto confunda un ideal con la realidad presente y se afane, en consecuencia, a cubrirse con fantasías grandiosas, mezclándose en ellas y siendo sostenido por una comunidad.

El guru necesita de seguidores que le instiguen a cargar con aquello que ellos no se atreven a representar. Todo maestro requiere alumnos que lo perpetúen en su papel y a su vez que éstos asuman la necesidad de dar soporte a su ideal particular en la forma de un hombre cuya neurosis sea lo suficientemente adecuada para recibir su propia hybris. El maestro espiritual es un hombre que ha cometido el pecado de la superbia, que ha ido demasiado adelante de sus limitaciones humanas y cuya retribución ha de ser contraída por sus víctimas, ellas serán los animales sacrificiales que se ofrezcan a la Nemesis vengativa.

Ante lo dicho, el psicoterapeuta ha de guardarse del peligro que representa la mentalidad del profeta, pues en el consultorio es muy sencillo caer bajo la impresión de que lo que se habla es dicho por la lengua del individuo, de que es el terapeuta quien conoce las vías por las cuales los símbolos se comunican y que él le enseña al paciente como debería vivir su vida psíquica para alcanzar los objetivos de su propia alma. El psicólogo, desde esta óptica, se apropia indebidamente del papel del psicopompo que guía al paciente por su tránsito en el inframundo y éste último, a su vez, corre el riesgo de encarnar otras figuras de posesión de los contenidos colectivos: el del discípulo y el del enfermo.

En la relación profética el arquetipo queda escindido y el psicoterapeuta se encarga de representar al sanador, aquel que porta la égida de la vara de Asclepio y que es capaz incluso de dar vida a los muertos; mientras que el paciente toma para sí la tarea de ser el avatar del síntoma, el enfermo que participa de esa folie a deux, mostrando al dios frente a él la ofrenda de su patología. Juega así un juego antiquisimo de participación mística, pero en un contexto donde tal relación destruye las vidas psíquicas de ambos, pues el ego ya ha nacido y no hay marcha atrás en el curso de la historia del alma.

En realidad, el psicoterapeuta y el paciente transitan por la senda de un misterio que se abre siempre y nuevamente ante cada sesión. Él psicólogo no es un experto, ni es un sanador, ni mucho menos un profeta, sino solo quien está dispuesto a brindarle atención al diálogo profundo que ocurre en los diversos planos narrativos de la consulta; su tiempo siempre es el presente y su trabajo es permanecer ahí donde los pacientes tratan, bajo muchos medios, de escapar de los desafíos de su existencia.

Por ello, el psicólogo tampoco debería huir al futuro, a la prognosis, dado que lo pretérito y el devenir están contenidos en el vaso hermético del momento presente del tiempo terapéutico. Un proceso autónomo que debe ser atendido de manera diligente y rigurosa, a sabiendas de que el verdadero hacedor de sí mismo es el síntoma, aquel pensamiento que se piensa a sí y que ha sido ocluido por un contexto determinado de la visión volitiva del paciente. Es el logos del pathos lo absoluto e indeterminado que rige la labor psicoterapéutica, dirigido únicamente hacia sí mismo y que, por ende, no puede ser soportado por ningún individuo humano.

La humildad psicológica

Logos del alma

La búsqueda de una visión psicológica de los fenómenos acarrea la pregunta inmanente sobre el alma como la noción nuclear de la cual se desprenden las reflexiones que configuran una ciencia psicológica particular, distinta a la óptica materialista que se funda en la positivización de las imágenes e ideas anímicas y que asume, de manera reduccionista, que sus formas anquilosadas son la causa primera de lo psicológico.

Otra de esas reducciones sucede cuando el ser humano es concebido como el factor primordial de la psique. En el humanismo psicológico la imagen del hombre se exacerba y se convierte en una potestad que ya no puede concebir al sistema imaginal del cual es parte. Entonces, los fenómenos psicológicos encuentran su asiento en la persona y ésta se retrotrae a etapas infantiles donde la fantasía narcisista es alimentada por la esperanza de volver a ser el centro de la propia existencia.

Cuando Freud planteó el giro copernicano como la base de su labor psicoanalítica, suponía que el devenir humano ocurría en la forma de una humillación constante del sujeto, quien encerrado en una visión narcisista debía de romper los lazos con su grandiosidad para resignarse a ser quien es. Jung, por su parte, decía: “En mi caso, el progreso del peregrino consistió en tener que escalar mil escaleras hasta que pude alcanzar con mi mano el pequeño terrón de arcilla que soy”. En ambas concepciones subyace la presunción de que el individuo es pequeño en contraste con la realidad psíquica y que, por lo tanto, ser él mismo supone conformarse con su pequeñez.

También en la obra de James Hillman y de Wolfgang Giegerich hay un acento importante en la autonomía y en la objetividad de los procesos psíquicos, lo que involucra una toma de posición ante el humanismo preponderante. En esta tradición analítica se reconoce que la soberanía de la consciencia es un fundamento experiencial del trabajo que se lleva a cabo en el consultorio y en cualquier lugar donde se desarrolle una obra fundada en el espíritu de una psicología con alma. Se acepta que el sujeto no es el centro del aparato psíquico, sino un elemento más entre la gama de sujetos objetivos que conforman el entramado anímico.

Sin embargo, ante el compromiso psicológico con la psique objetiva, es debido preguntarse si la autoridad de los fenómenos psíquicos realmente es respetada por el psicoterapeuta, tanto en su concepción como en el abordaje de los mismos. Porque cuando el psicólogo analítico ata al síntoma a las necesidades de la persona, suponiendo que son los individuos el contexto, la fuente y el objetivo de los fenómenos psíquicos y que éstos tendrían que responder a los criterios de desarrollo y a las dinámicas cognitivas de los sujetos humanos; se olvida, en consecuencia, de que cada disposición, cada imagen y cada idea es una persona en sí misma.

Los fenómenos psicológicos no son objetos, son ficciones que tienen una vida anímica propia y ellos dictan el destino psicológico de la gente. Su única necesidad es representarse, encarnarse en modos singulares que les permitan dirigirse hacia el telos que está fincado en su peculiar estructura. Son narraciones verdaderas que tienen una naturaleza ouroborica que se realiza dialécticamente en forma de nociones que se piensan constantemente a sí mismas. La misma idea de lo humano se ciñe a esta dinámica inherente a su esencia psicológica y es a ella a quien le sirve irremediablemente, de manera inconsciente.

Jung llamaba a los sujetos objetivos: “la gente pequeña”, pero no de forma despectiva, los nombraba así para atender el asunto de su misteriosa personalidad, la cual se escapa siempre de la mirada de quien pretende conocerles. Son ellos los dueños de la casa, de la que el ego es un invitado más, y acaso el más reciente de todos. Por eso, como psicólogos analíticos, es un deber hacia la naturaleza autónoma del alma el poder liberarse de la concepción limitante de que la psique es una formación enclaustrada en la ecuación personal humana, cuando realmente es una organización política donde todos los elementos se conjugan en la vida lógica que supone la mente y cuya esencia es inhumana.

La memoria no almacena, fabula sus recuerdos

Logos del alma

Recordar se asume como un acto de recopilación. Los recuerdos se imaginan almacenados en alguna parte del cerebro, a donde la memoria acude para retomarlos como impresiones fieles de la realidad realmente vivida. Pero como Jung sabía, la realidad es lo irrepresentable, aquello que solamente puede ser asido por medio de la imaginación, reconstruido sobre modelos ya inscritos en la estructura objetiva del psiquismo, por lo que rememorar no es una cualidad humana, su potestad corresponde, verdaderamente, a los dioses.

Mnemósine, la memoria, es aquella titanide que junto a Zeus procreó a las musas, las representaciones de la poiésis salvaje de una consciencia en ciernes, que develó el mito para su propio deleite. Es así que esta figura de la memoria imagina narraciones verdaderas, siendo el epíteto “verdadero” no la confluencia entre una narración y su realidad, sino el diálogo entre un fenómeno y lo pensado en él, como la reconstrucción, incesante, de su estructura discursiva.

La memoria, por ende, resulta ser un movimiento creativo, que a través de imágenes y afectos edifican una continuidad mítica que coincide con los factores de la ecuación personal. La identidad, de esta manera, es una fantasía fundada en la necesidad del organismo de constituirse como una unidad homogénea. Sin embargo, aún como predisposición subjetiva supera los límites del individuo y se inscribe en los márgenes de un alma que se expresa continuamente en su singular transformación.

En el consultorio el paciente intenta construir una narración coherente sobre su vida, comenta un conjunto de hechos dispares y los une a través de la suposición de la causalidad entre ellos. Lo mismo sucede cuando relata un sueño, el orden de las imágenes viene mediado por la esperanza de que se puedan conjugar en un patrón. La personalidad es justamente ese conjunto de imágenes experimentadas que se unen a través de un hilo conductor por medio del diálogo constante con las figuras de la psique, sin embargo esas imágenes no son producto del ego, sino que él las encuentra hechas y les brinda coherencia en un esfuerzo por mantener la cohesión de las mismas.

En ese sentido, en el trabajo terapéutico, no debe olvidarse nunca que lo que se escucha es una ficción construyéndose de manera ininterrumpida, no son recuerdos positivamente reales en principio, son fabulaciones que se van sucediendo y que son tomadas al vuelo para poder moldear un relato. Freud lo descubrió cuando en una carta a su amigo Fliess les escribía: “mis histéricas me mienten”, con ello rompía con la teoría del trauma que estipulaba la causalidad entre lo real y las experiencias psíquicas y comenzaba así la mitologización de su teoría, en un intento de responder a las ficciones del alma con ficciones teóricas.

El alma imagina sus recuerdos porque la memoria no es más que un quehacer mitologizante, pero esto no debe ser leído desde el prejuicio común que indica que la realidad positiva es superior en grado a las construcciones ficticias, al contrario todo lo que se dice en el consultorio es verdad precisamente porque es inventado, pues en psicoterapia tratamos, decía Jung, con las fantasías, con la realidad psíquica.

El saber teórico y la evasión emocional

Logos del alma

En ciertas corrientes psicoterapéuticas pervive un prejuicio que promueve el desprecio por el conocimiento teórico, pues se aduce que éste se contrapone a la práctica y, por lo tanto, no tiene utilidad por sí mismo. Además, se asume que la vivencia emocional y la experiencia sentimental son la verdadera dinámica de la psique y que, por ello, basta con apelar a la emocionalidad para hacer psicoterapia.

En el campo psicológico tal postura ha favorecido la incursión de terapias que evaden el papel del aparato racional en la construcción de la práctica cotidiana, éstas mismas han llegado a confundir racionalidad con racionalismo, refiriéndose este último término a una defensa contra la asunción de la experiencia del fenómeno psíquico. Pero una huida similar ocurre desde la emoción, por eso Jung advertía: “… ser emocional ya va camino de una condición patológica…”, porque es tan terrible para el individuo dejarse poseer sin restricciones por una idea como por una emoción, en ambos casos se elude la tarea personal hacia los contenidos psicológicos.

La palabra “teoría” significa originalmente “contemplar”, es decir, acercarse a la realidad sin tratar de intervenir en ella, sino acogerla con la mirada y permitir que ésta se recree en la observación parsimoniosa de sí misma. El teórico (Theorein) era un delegado destinado a vislumbrar ciertos espectáculos sagrados, su tarea consistía en presenciar lo que ocurría dentro del templo. Así, la observación del teórico no era una asunción abstracta sino que estaba sostenida en los ritos que permitían experimentar la visión como el propio ver de los dioses. El acto de observar requería de un viaje tortuoso y de la abdicación del impulso de intervenir.

La teoría, por lo tanto, no es un proceso puramente especulativo sino que es, en sí mismo, reflexivo, pues permite que la mirada del Otro se refleje y pueda hacerse presente en el espacio sagrado de su propia manifestación. Sin un teórico la vista de la cultura permanece en el terreno de lo profano y los fenómenos son empequeñecidos para el deleite simple del sentido común que solo sabe ver con los ojos, pero que no puede ver a través de ellos.

Es así que el permanecer únicamente en el sentir se ha convertido en la forma de escapar de la noción donde se gesta el fenómeno, de evadir la otredad en un ejercicio narcisista que sustituye la numinosidad de la experiencia por la simple emoción individualista. Se permanece en la superficialidad de la relación con el alma como una manera de esconderse de su presencia viva, pues la aprehensión teórica requiere del sacrificio máximo del sujeto, de la muerte de su propio saber para servir como vía al saber de lo sagrado, lo cual exige un refinamiento continuo en el ejercicio, tan arduo y tan temido, de pensar.

Por lo tanto, una visión verdaderamente psicológica asumirá que el psicoterapeuta tiene un deber hacia el ejercicio de la razón, siempre y cuando está labor no se convierta en un subterfugio ante el fenómeno anímico. Es entonces que el pensar del sujeto se adecúa y puede reflexionar sobre el pensamiento del fenómeno, que es aquello que se piensa a sí mismo, tanto en la dimensión humana como en la psicológica. Solo así, ante el dialogo racional de la noesis noeseos, y no en el esfuerzo histérico de las compulsivas psicoterapias modernas, es que se puede asumir el oficio de “ser un alma frente a otra alma”.

Del concepto del «alma» en la psicología analítica: Jung, Hillman y Giegerich

Logos del alma

Aunque la palabra “alma” es despreciada por la psicología académica como un arcaísmo, sin embargo constituye una parte ineludible de su etimología, pues psyche es el equivalente a un elemento que representa el puente entre el hombre finito y la esencia infinita que lo permea. En la obra de Jung el alma es la noción central de su concepción psicológica, se encuentra en el titulo de tantos ensayos y conferencias suyos, incluso él distingue su psicología como una psicología con alma, a diferencia de otras concepciones materialistas que han perdido todo contacto con su raíz anímica. Karl Kerenyi, en una entrevista posterior a la muerte de Jung, refería que su singularidad como pensador y la gran fuerza de su obra fue su profunda y genuina creencia en el alma como una realidad ineludible.

La palabra alma (seele en alemán) reúne una concepción especifica del fenómeno psíquico y Jung la utiliza en varios sentidos: a) Como la organización transpersonal orgánica de la consciencia como totalidad, a la cual denominó “la realidad del alma” y la caracterizó por su objetividad y como un componente psicoide, b) también para referir el complejo de interioridad del sujeto, es decir su personalidad interior que se ve alimentada tanto de las predisposiciones arquetipales como de las influencias del medio ambiente y c) finalmente cual sinónimo del concepto anima y su función mediadora entre las dimensiones consciente e inconsciente de la psique.

Curiosamente, en su obra el termino seele fue sustituido paulatinamente por el término selbst (Sí-mismo) como la representación de la organización interna de la psique, donde la palabra «interna» no esta en contraposición a una exterioridad, sino que apunta a la integración de lo externo y lo interno del mismo fenómeno. Por lo cual, se entiende que hubo un titubeo en Jung por seguir utilizando de forma amplia el vocablo «alma».

Así que “alma” en Jung es evocada en dos acepciones colindantes: como el carácter general de la psique y como el sentimiento de intimidad del sujeto y los factores aledaños. El alma, entonces, es la experiencia de interioridad de los fenómenos psicológicos, tema que será retomado por Hillman y luego por Giegerich.

James Hillman asume muchos de los elementos junguianos que definen el alma, pero pone énfasis en su carácter creativo, en su indeterminación y en su pluralidad. Para Hillman el alma no es una cosa concreta, ni una sustancia psíquica, más bien es una manera de ver a través de los múltiples fenómenos, es la perspectiva psicológica que transparenta las imágenes y las conduce a su naturaleza metafórica como “eterna recreación” de sí mismas.

El foco de atención de la psicología arquetipal está puesto en la función poiética de la psique, la cual genera continuamente imágenes como una representación incesante de la relación consigo misma, por ello para Hillman el alma no habla del hombre sino solamente de sí. La psicología es, en consecuencia, el estudio del logos de la psique, no del individuo. Hay una diferencia ontológica entre el alma y el ser humano.

Desde tal diferencia, la metáfora principal de la psicología la constituye el alma y su función es esencialmente imaginal, pues se deriva en múltiples significados en una miríada de imágenes vivas donde se representa la propia ambigüedad del movimiento psíquico. Entre sus funciones están la de hacer posible el significado al psicologizar los eventos y convertirlos en experiencias, al mismo tiempo que conduce al fenómeno a su raíz mítica que es la propia imagen de la muerte y finalmente permite la especulación reflexiva que trueca toda realidad en una forma simbólica.

Entonces, para Hillman el alma es la actividad psíquica creadora de representaciones, la verdadera realidad psicológica, que es una perspectiva que observa al mundo para hacerse consciente de sí misma desde la pluralidad psíquica. Es el sentimiento de interioridad de cada imagen y de cada fenómeno. El ser humano la experimenta como parte de su contexto psíquico y debido a su naturaleza de interioridad la confunde con su propia intimidad y la llama: “su alma”; pero el alma no le pertenece al hombre, más bien ésta lo edifica de manera incesante y permite que el ego, esa imagen que niega su propia naturaleza imaginal, pueda concebirse a sí mismo como una ficción, tocada por la mano mitologizante de la muerte.

Wolfgang Giegerich, en la misma estela de Hillman elabora las ideas de Jung y procura seguir el avance dialéctico presente en las mismas, sin embargo su abordaje difiere en algunos puntos esenciales, producto de haber puesto en el vaso alquímico el proceder y la teorización junguiana. Este devenir en su obra es patente en el mismo concepto del alma.

Para Giegerich el alma no existe y, sin embargo, es el órgano esencial del proceso de pensamiento de la consciencia, entendida ésta no dentro de la polaridad consciente-inconsciente, sino como la unidad de la unidad y la diferencia entre ambos, por lo que la consciencia es un equivalente de alma y de vida lógica.

La vida lógica es aquella mutación de la propia vida biológica que ha interiorizado como su centro la consciencia de la muerte. A través del proceso de la matanza ritual, el alma mató en sí misma su sustrato óntico y lo sumergió dentro de sí por medio de inflingirse la muerte de forma deliberada para poder integrarse en la negación dialéctica. En esta matanza primordial el alma sucumbió ante sí misma para emerger a su dimensión lógicamente negativa como pura noción o como una idea que se ha vaciado de sustancia para permanecer en el reino de la preexistencia.

Por ello, Giegerich dice que el alma no existe, no porque no sea potente, pues al contrario es lo más real y aquello que proporciona dinámica a los fenómenos. Pero aunque está en todos los lugares su presencia es intangible, no como un fantasma o como una entelequia, sino como un proceso puramente eidético, de naturaleza negativa, que funciona como la sintaxis de todo lo psicológicamente existente.

El alma comprende los significados compartidos por el proceso de pensar. Tales significados son autogenerativos y solo están dirigidos a su propia recreación. Su modelo estructural es el lenguaje, por consiguiente se puede concebir como un dialogo sin enunciador y sin otro objeto que el mero acto de dialogar. Pero tal intercambio no es un monologo, porque la experiencia de la otredad ocurre de forma inherente en ese acto de pura productividad.

En la vía productiva del alma, los desechos de su actividad son las obras de la cultura, que permacenen como cadáveres del proceso de la consciencia pensando sobre sí misma, y es en estas positividades donde el alma lleva a cabo la tarea de interiorizar dicha literalidad para impulsarse nuevamente hacia su senda negativa. Pero el alma no es el aliento que da vida lógica al cadáver, es la tensión que surge en ese encuentro.

Por ende, para Giegerich la psicología es la ciencia del alma, o más bien, la disciplina que se pregunta constantemente por la noción del alma y el anhelo que impulsa esta búsqueda de saber no puede ser satisfecho en el devenir, debe haber sido realizado en el pretérito perfecto del fenómeno, su verdad es anterior y el viaje busca llegar a aquello que ya ha ocurrido. El alma mora en el reino de la preexistencia y el psicólogo hace referencia a ella de manera mitologizante para poder concebirla, pero ella es solamente el proceso de interiorización de cada fenómeno en su noción particular.

En virtud de lo ya dicho se puede entender que hay convergencias en las posturas de cada uno de estos tres autores en cuanto al concepto del alma. El alma es el núcleo de la disciplina psicológica y proporciona la experiencia de interioridad de los fenómenos psicológicos. Éstos se pueden pensar como “profundos” porque hay un órgano psicológico que se encarga de interiorizarlos y convertirlos en imágenes, símbolos o ideas. La vida simbólica es la constatación del proceso anímico realizándose, inmarcesible, como “formación, transformación, eterna recreación de la mente eterna” como le gustaba citar a Jung.

También coinciden en el esfuerzo por desmistificar la palabra alma y comprenderla como un termino necesario para poder hacer psicología, sin embargo mientras en Jung aún hay rastros de una posición metafísica. Hillman y Giegerich intentan resolver esta situación de forma particular. Hillman integra la naturaleza objetiva en cada una de las imágenes psíquicas, por lo que el alma no requiere comprenderse como ajena al fenómeno. Por su parte, Giegerich hace un corte entre una dimensión anímica y una dimensión humana o positiva, con lo que logra evidenciar la relación dialéctica entre ambas, pudiendo concebir al alma definitivamente como el proceso de pensar del propio fenómeno, y ya no como una cualidad de un inconsciente ni bajo la necesidad de un pensamiento imaginal que lo sostenga con su mitologización.

Es importante recalcar el énfasis que pone Giegerich en el papel primordial del alma como una actividad, él la llama pura actuosidad, aludiendo al termino medieval, con lo que sugiere que su carácter negativo limita la tentación, siempre presente, de hipostasiar un hecho insustancial. El alma es puro concepto, solamente movimiento psicológico, la esencia eidética del fenómeno, y aunado a ello la psicología solo se puede entenderse como la disciplina que esté siempre en pos de la definición de alma y que dialoga con la intuición sicigial de saber qué es el alma y al mismo tiempo nunca saberlo del todo.

Finalmente, se observa que la noción de alma es central en la psicología analítica porque evoca el corazón conceptual de una disciplina que, a diferencia de otras escuelas psicológicas, asume que la psique es un sujeto objetivo que tiene su fin en sí mismo y que es autónomo en su dinámica singular. El hombre participa de ese movimiento pero no lo provoca ni le pertenece, al contrario, él mismo es un lenguaje con el cual el alma habla sobre sí misma de forma tautológica, pues como Jung intuía la vida psicológica sucede, no tiene una causa fuera de sí, y se impone siempre como una tarea.

La creatividad debe ser destructiva

Logos del alma

Es socialmente adecuado resaltar los lazos constructivos en la dinámica relacional del sujeto, de tal manera que se respeten la vía del progreso y de la evolución del individuo, como marcas constitutivas de los ideales capitalistas de la acumulación, la productividad y el crecimiento exponencial, cual rutas de explotación de la presencia del otro.

Las personas, a su vez, son impelidas a la vivencia constante de la tecnificación de su subjetividad hasta el punto en que terminan por concebirse como un proyecto en constante desarrollo, dirigidos hacia la meta imposible de la integridad psíquica.

El mito del progreso, a menudo, sostiene su narrativa en el mito del héroe y sus grandes gestas, donde un personaje, casi siempre el hijo de un dios, se enfrenta a grandes peligros y alcanza cimas de la voluntad que solo son entendibles por sus orígenes divinos. Este magno héroe derrota al temible dragón primordial y de su cadáver da forma al cielo y a la tierra, o rompe el huevo primigenio para poder configurar el cosmos. Es, por lo tanto, una fuerza constructora.

Pero el periplo del héroe no es continuo y nunca es en ascenso, al contrario su labor ocurre de forma vertiginosa, pero llena de retrocesos, para finalmente cumplir con su destino que no es otro que la destrucción de sí mismo. Heracles siendo inmolado, Belerofonte cayendo del Olimpo, Ulises perdiéndose en su última aventura, Teseo atrapado en el inframundo. El destino creativo de estas figuras grandiosas parece siempre terminar en una consumación aciaga, como si de antemano el mito advirtiera que toda poiesis guarda en su corazón un recuerdo del caos al que deberá regresar, ese hogar entrópico que siempre le espera.

Por lo tanto, el derrotero vertical del ideal cultural se contrapone a la dialéctica creativa que constituye el núcleo de la vida lógica de los fenómenos y, en consecuencia, es posible que el énfasis que se pone sobre el matiz puramente constructivo de la existencia deba dar un lugar inconsciente a la faceta destructiva de la vida misma, esa sombra que se cierne en cada nuevo proyecto que el alma emprende y por la cual todo esfuerzo deberá ser frustrado.

La ilusión terapéutica que escinde la destrucción de la creación provoca que al rechazar la parte patológica del proceso, ésta misma tenga que ser encarnada por uno de los sujetos de la relación analítica. Por lo regular, es el paciente quien asume sin saberlo ese papel fragmentario y se le condena a un análisis prolongado y plagado de sabotajes. Este fenómeno es común a todas la relaciones humanas, Jung, por ejemplo, contaba el caso de un conocido suyo que representaba una figura pública y privada perfecta, pero al indagar en sus relaciones se dio cuenta de que quien cargaba con su sombra era su pareja.

En otros casos, el chivo expiatorio es aquel que resulta disruptivo en el grupo. Es común la situación del miembro familiar que mantiene el buen nombre de la familia a costa de la destrucción de su propia existencia a manos de una psicopatología. Porque quien se propone encarnar el bien se vuelve, inevitablemente, un sembrador de cizaña.

El psicoterapeuta debe estar atento para poder asumir que el trabajo en el consultorio es tan constructivo como destructivo y que el pathos presente en el proceso es un agente autónomo que ha de ser atendido y escuchado como un huésped importante. Por ello, el Rey Pescador, Ánfortas, aquel guardián del Grial que permanece postrado y doliente de una herida que nunca cierra, aguardando a quien pueda alcanzar el tesoro esperado e inesperado a la vez, es una de las representaciones simbólicas del trabajo terapéutico cuya meta ansiada es la sola pregunta: “¿a quién sirve el Grial?”.

Sin embargo, la esperanza medica de la cura es ya la patología misma, es la pregunta incorrecta, pues ella sostiene la escisión primordial del arquetipo de la salud y es el escape del dolor legítimo que se presenta. Pero el terapeuta sabe, o emprende el viaje para saber, que el síntoma y la cura son la misma cosa, y que el proceso terapéutico comienza una vez que se puede concebir al dolor como un pharmakon, como un veneno que a la vez es un remedio pues lo patológico es el espíritu de la negación, y en su senda el terapeuta y el paciente deberán de ser destruidos para poder servir adecuadamente.