La emocionalidad como rasgo de la psicología pop

Logos del alma

“… tener una emoción sería estar de camino a una condición mórbida y una condición mórbida se debe siempre a una adaptación inferior. De hecho, podemos llamar a una emoción una adaptación inferior.”
C.G. Jung, El Zaratustra de Nietzsche, Vol. 2

Se puede reconocer con relativa claridad que una terapia o una formación terapéutica resultan inadecuadas para el abordaje psicológico cuando su finalidad se encuentra planteada únicamente como la pura exteriorización de lo emocional, reduciendo la complejidad de la psique a una mera liberación de afectos. La emoción, si bien constituye un elemento de innegable relevancia en la vida anímica, no puede erigirse en objeto central de un proceso terapéutico sin caer en un empobrecimiento radical de su propósito, pues su naturaleza es, en gran medida, una manifestación de la misma naturaleza colectiva de la que el sujeto debe diferenciarse y, por ende, es sencillo acomodarse en su virginidad. Allí donde lo emocional se presenta como criterio último de autenticidad, la práctica clínica se vuelve terreno fértil para el artificio y la sugestión, posibilitando que el paciente (o incluso el público lego) sea conducido, casi sin resistencia, por las sendas de una aparente catarsis que poco o nada tiene que ver con la búsqueda de una adecuación genuina con uno mismo. C.G. Jung advertía que quien se ha vuelto meramente emocional no está verdaderamente adaptado a sí mismo; podríamos decir, en una reformulación contemporánea, que ese individuo no se halla a la altura de su propia circunstancia interior, pues ha cedido a un afecto que no ha sido metabolizado por la conciencia.

Para Jung, la emoción significaba un afecto, es decir, algo que se presenta, y que no pertenece al sujeto, es parte de la psique objetiva que lo envuelve y que lo atrapa a través de inervaciones tangibles y estados fisiológicos alterados. La emoción es el signo de la irrupción de un complejo que reprime temporalmente la autonomía del ego y tiene su origen en una función inferior de la personalidad. Si bien el arranque emocional es una expresión de la vitalidad psíquica el sujeto tiene la tarea de orientarla hacia su adaptación psicológica y de refinar su apariencia bruta, el estado de masa confusa. En la obra de Jung se puede observar este trabajo en la relación que guardaba con Elias y Salomé, en sus exploraciones interiores, siendo ésta última ciega y pasional, como una forma de anima, él prefería mantener cierta distancia de ella y atenerse al juicio reflexivo de Elias, el animus, quien con su racionalidad daba dirección a la estridencia vital de Salomé. Se entiende entonces que la emoción ha de ser escuchada y que no debe reprimirse, pero si reflexionarse para permitir que el símbolo latente en ella pueda dar el fruto de su noción.

Por eso una terapia o una formación terapéutica centradas exclusivamente en el pathos se tornan inevitablemente conmovedoras, cargadas de técnicas que, más que herramientas de discernimiento, funcionan como artificios de prestidigitador de plaza pública, desplegando un espectáculo de emotividad que convence y arrastra, pero que apenas roza la médula de lo psíquico. Tal enfoque promueve abordajes empobrecidos, desprovistos de la hondura reflexiva que exige el trabajo analítico, y termina por alentar una miseria teórica que el propio sujeto interioriza y alimenta, confundiendo intensidad afectiva con profundidad psicológica. De esta manera, las personas se conmueven hasta las lágrimas, agradecen con fervor lo vivido en esas sesiones de aparente revelación y experimentan un alivio momentáneo semejante al de la catarsis histérica; sin embargo, al cabo de un breve lapso, buscan compulsivamente nuevas instancias que les permitan repetir esa descarga, presas de una adicción típicamente moderna a los estallidos dopaminérgicos y a la inmediatez de una experiencia que nunca se convierte en verdadero conocimiento de sí.

En este contexto, la terapia que se limita a provocar emociones intensas se vuelve cómplice de un ciclo interminable de excitación y vacío, pues no conduce a una comprensión más amplia del alma sino a la perpetuación de una respuesta casi fisiológica, carente de elaboración simbólica. La psique, sin embargo, no se agota en la biología del afecto: sus movimientos profundos requieren de la mediación del pensamiento, de la capacidad de simbolizar, de esa reflexión que convierte lo vivido en un contenido susceptible de ser integrado por la conciencia. Cuando el trabajo clínico ignora esta exigencia, el resultado es una suerte de entretenimiento emocional que puede impresionar por su dramatismo, pero que carece de auténtica potencia transformadora. La verdadera tarea del análisis consiste en elevar la experiencia a un nivel donde el símbolo, la imagen y el concepto permitan metabolizar el afecto y situarlo en la totalidad de la vida anímica, en lugar de abandonarlo a la fugacidad del instante.

Por ello, la práctica terapéutica no puede reducirse a la búsqueda del gozo, del éxtasis o de una supuesta “liberación” emocional que, en el mejor de los casos, apenas alivia temporalmente el sufrimiento. Su finalidad más alta es favorecer la reflexión sobre el proceso psicológico, introducir al sujeto en un diálogo fecundo con los contenidos de la psique, y propiciar un encuentro con el sentido que subyace a cada fenómeno psíquico, cuya primera manifestación puede, en efecto, presentarse teñida de emoción, pero cuya esencia exige un trabajo de elaboración conceptual y simbólica. Solo una terapia que ofrezca qué pensar (y no únicamente qué sentir) puede abrir la vía hacia una auténtica individuación, pues únicamente así la emoción se transfigura en conocimiento y el afecto se convierte en experiencia integrada. Es así que en el pensamiento yace el camino de la liberación de la emoción de su contención en sí misma.

Como advertía Jung, la irrupción emocional puede presentarse como la experiencia numinosa de un proceso profundo que en la vida moderna suele convertirse en un recurso para eludir el encuentro con uno mismo. No es casual que muchas personas se sumerjan deliberadamente en la vorágine de su emocionalidad, buscando en la excitación del porno, en el amor romántico, en la musica intensa o en las excitantes maratones televisivas una descarga que les permita distraerse de la tarea más ardua: confrontar las preguntas que su propia psique les plantea. En esa repetida búsqueda de experiencias excesivas se confunde la sensación de plenitud con el auténtico trabajo de la individuación, de modo que la emoción, en lugar de abrir una vía hacia el sentido, opera como una cortina de humo que posterga indefinidamente el diálogo con el inconsciente y la integración de los contenidos que exigen ser pensados y elaborados. Es así que el propio comportamiento patológico del paciente, muchas veces, permanece enraizado en el gozo emocional que su sufrimiento le proporciona, pues, como sabia Freud, el dolor y el placer tienen vínculos complejos.

Es, por tanto, imprescindible una formación terapéutica que no se limite a la mera vivencia afectiva, sino que nutra el pensamiento incluso en el seno de la experiencia emocional, que sepa reconocer en la emoción una puerta de acceso, nunca el destino final. En ese horizonte, la emoción no se reprime ni se desprecia, sino que se contempla como la materia prima de un proceso más vasto: la construcción de una dinámica de diferenciación que, al ser pensado, deviene verdadero acto de conciencia. La terapia que aspira a tal profundidad no teme a la complejidad, no huye de la dificultad conceptual ni de la lenta maduración del espíritu; al contrario, se afirma en la convicción de que solo en el arduo trabajo de la reflexión puede el ser humano reconciliarse con la totalidad de su propia psique, trascendiendo la mera conmoción emocional para alcanzar la plena dignidad de lo humano.

La tradición filosófica y psicológica ha insistido, en múltiples momentos, en la necesidad de esta elaboración. Desde la catarsis aristotélica hasta las meditaciones modernas sobre el sentido, el pensamiento occidental reconoce que el afecto sin logos se disipa, mientras que el logos sin afecto se vuelve estéril. El equilibrio entre ambos no se alcanza en un instante de explosión emocional, sino en el riguroso proceso de simbolización. Así, la emoción se vuelve materia prima de la obra interior, pero solo cuando se somete al crisol de la reflexión, donde la experiencia se transforma en conocimiento y el sufrimiento adquiere la dignidad de una revelación. Por eso es importante que el terapeuta se aboque al esfuerzo de pensar su propia teoría, de otra manera ¿cómo podrá afrontar la contradicción inherente en el fenómeno que se le presenta? o acaso ¿se contentará con experimentarlo de forma histérica?

En este sentido, la psicología analítica hereda una tarea decisiva: propiciar la emergencia del símbolo que unifique la emoción y el pensamiento, permitiendo que el inconsciente dialogue con la conciencia en un nivel más profundo que el simple desahogo. La individuación, núcleo del proyecto junguiano, exige precisamente esta integración. Allí donde la terapia se limita a excitar el sentimiento, se traiciona el mandato de unir los opuestos y se condena al sujeto a permanecer en la superficie de su vida interior, incapaz de alcanzar la totalidad de su ser. En consecuencia, atenerse solo a la revelación emocional provoca que la psicoterapia cabalgue el mismo caballo que la neurosis del paciente y es por eso que muchos pacientes acuden sin interrupción a terapia pues han encontrado una forma institucionalizada de seguir complaciendose en su emocionalidad.

Solo una praxis que acoja la complejidad de la psique puede conducir al proceso dialéctico de diferenciación e integración que exige la labor psicoterapéutica. Ello supone reconocer que la emoción, si bien legítima, es apenas el umbral de iniciación a la dimensión del alma; el camino auténtico se recorre cuando el sujeto acepta el desafío de pensar su experiencia, de habitar el símbolo, de enfrentarse a las imágenes que surgen de la psique, sin reducirlas a meros estallidos de afecto. En esa confrontación sosegada se juega la posibilidad de una existencia más plena, donde la emoción deja de ser un fin en sí misma para convertirse en la energía que impulsa el devenir de la conciencia.

LA MISERIA DE LA PSICOLOGÍA JUNGUIANA

Logos del alma

La crítica a la psicología junguiana, tal como se ha configurado en la actualidad, se ha llevado a cabo desde el interior de la misma por figuras como Michael Fordham, James Hillman o Wolfgang Giegerich, quienes han hecho evidente la pobreza, no de la teoría de Jung, sino del abordaje con el que sus seguidores han traicionado el espíritu vivo del trabajo de Jung. El proyecto de Jung era la construcción de una psicología con alma, emancipada del espíritu de los tiempos y centrada en la investigación de la fenomenología del alma. Por supuesto, la psicología analítica actual ha fracasado.

El diagnóstico no es nuevo. Desde hace décadas, voces críticas han señalado la paradoja de un movimiento que nació con una fuerza creadora inusitada, pero que se ha ido transformando en un círculo cerrado, incapaz de arriesgar sus fundamentos para renovarse. El junguianismo actual parece haberse convertido en un refugio espiritual, cómodo y estéticamente atractivo, pero privado de la tensión vital que caracterizó a Jung: la tensión con la ciencia, con la filosofía, con la religión y con la historia de su tiempo. Allí donde Jung buscaba pensar de forma polémica, sus herederos se conforman con repetir lo ya sabido.

El resultado es una disciplina que, lejos de abrir nuevas rutas para el pensamiento del alma, se ha confinado a la autocelebración. La psicología junguiana vive hoy más de su aura cultural que de su productividad teórica; se nutre de la fascinación popular por lo simbólico, pero carece de presencia real en la academia y de influencia crítica en la cultura contemporánea. Lo que alguna vez fue un laboratorio de imágenes vivas se ha convertido en un museo de símbolos. Se puede entender la miseria de la psicología junguiana desde los siguientes puntos:

1. Pobreza teórica

En el ámbito junguiano se privilegian las experiencias sobre la razón, se tiene una fijación malsana sobre las vivencias emocionales y se cree que si algo es sentido, por ello ya debe ostentar el estatus de “verdadero”. Esto relega el esfuerzo intelectual a un segundo plano, porque lo importante entonces es recrearse en imágenes numinosas que sean complacientes con el ego. Pero el trabajo duro del estudio y de la reflexión deben ser dejados de lado pues estorban en el ensimismamiento. Con esta estrategia se evitan los textos más complejos y sobre todo aquellos que obligan a repensar los planteamientos junguianos para aplicarlos a sí mismos y permitir que se sigan pensando.

Jung opinaba que estudiar y pensar implicaba un esfuerzo constante por profundizar en el conocimiento de la psique humana y sus manifestaciones simbólicas, siempre desde una perspectiva crítica, empírica e interdisciplinaria, con el objetivo final de fomentar el autoconocimiento, la individuación y una expansión consciente que abarcara tanto los aspectos personales como los colectivos y trascendentes de la existencia humana. Por ello, dedicó toda su vida al estudio de la ciencia de su época y de otras épocas donde pudiera corroborar sus intuiciones; dichas ideas no provenían de la nada, sino que eran el resultado de su confrontación constante con las imágenes del inconsciente y el de sus pacientes, pero sobre todo de su apropiación y diferenciación con la cultura de su época. Jung era un erudito y ello implicó mucho esfuerzo intelectual y racional.

Es debido señalar que Jung no entendía el pensamiento como una actividad fría y desligada del alma, sino como un acto anímico en sí mismo. Pensar era, para él, una labor del alma en busca de imágenes y conceptos que pudieran dar forma a lo inefable. En este sentido, la oposición contemporánea entre “alma” y “razón” es una falsificación del espíritu junguiano. Lo que se ha degradado es la reducción del alma al mero sentimiento subjetivo, transformándola en un refugio narcisista y no en un campo de confrontación con la verdad psíquica. Por eso, resulta trágica la desconfianza de lo psicólogos analíticos hacia el esfuerzo intelectual, ya que constituye una posición defensiva contra el verdadero espíritu de la obra de Jung.

En cambio, hoy pululan los libros junguianos de autoayuda, con tipologías fijas que simplifican la complejidad del espíritu junguiano, se leen a autores sencillos, que no representan un reto para cualquiera que quiera acercarse a su representación de la psicología analítica, pero que no reflejan, con honestidad, la profundidad de tal psicología. Se alega entonces la validez de dichas aproximaciones en su calidad de ser conmovedores, pero ello solo es muestra de la fetichización de la emoción y el sentimiento en el pobre criterio de los psicológicos junguianos.

2. Ausencia de pensamiento crítico

Las décadas de sacrificio intelectual no han dejado indemne al ambiente junguiano, donde, a diferencia de otras escuelas de psicología, la crítica y revisión de los postulados originales han sido sustituidas por un clima de acuerdo y reverencia por lo estipulado por C.G. Jung y por sus alumnos inmediatos. Al modo del pitagórico: magister dixit, hay una repetición incesante de los mismos postulados que se aplican a cada fenómeno de interés. Pero hay una total ausencia de pensamiento innovador que lleve las nociones básicas a ser pensadas nuevamente. El estado de la psicología analítica es el de una constante reiteración vacía.

Con honrosas excepciones, la psicología analítica no tiene importancia en el medio académico, precisamente por su falta de desarrollo teórico y por las pobres intuiciones resultantes. Anémica de reflexión, el material junguiano descansa en la repetición dogmática de lo que Jung ya había dicho y, la mayor parte de las veces, en la reducción teórica que otros hicieron del trabajo de Jung. Si trabajosamente se lee a Jung, será muy difícil que el psicólogo analítico tenga la disposición de leer otras obras igual de rigurosas y exigentes, por ejemplo las de Hillman o las de Giegerich, sobre todo cuando el talante crítico de estas resulta incómodo por la exigencia teórica y metodológica que suponen, porque en ellas se revela el espíritu de contradicción que tanto se teme en el ambiente junguiano.

Así, el junguianismo está plagado de complacencia y repetición, pero no es productivo. Encerrado en sí mismo repite una y otra vez los mismos análisis y se aferra a las obras más sencillas de abordar, aquellas que no requieren un espíritu crítico, mismo que tanto caracterizó a Jung a lo largo de su vida como psicólogo. Incluso existe la fantasía de que Jung no expresaba animadversión alguna, lo cual es falso, él era un tremendo crítico de varias posturas ideológicas: del idealismo, del materialismo, de la sexualización freudiana, del verbalismo, del biologicismo, del relativismo y vilipendió abiertamente a personajes como Freud, Nietzsche, Hegel, Heidegger, Marx, entre otros. Jung fue un gran polemista y al parecer no tuvo las reservas de los junguianos a expresar su opinión dura.

Conviene hacer énfasis que si se quiere ser verdaderamente fiel a Jung, hay que atreverse a criticarlo. La historia de su obra es la historia de un pensamiento que nunca se conformó consigo mismo, que fue revisándose y contradiciéndose con el paso del tiempo y la mutación de las ideas. Hillman y Giegerich representan, cada uno a su manera, un esfuerzo por llevar a Jung contra sí mismo, demostrando que la lealtad más profunda al maestro consiste en hacer avanzar su pensamiento, no en repetirlo como dogma. Es necesario confrontar el magma ardiente de la teoría junguiana con el basalto sólido en que se ha convertido, para incurrir en el anatema de sus instituciones: seguir pensando a Jung para que cada psicólogo sea una piedra filosofal viviente.

3. Elitismo institucional

El miedo a la crítica y la huida ante el conflicto que caracteriza a los círculos junguianos los ha llevado a cerrarse en sí mismos como una forma de preservación. Una parábola cristiana habla sobre un terrateniente que deja monedas a sus sirvientes y les pide que las cuiden, pero uno de ellos, por miedo a perder su moneda la entierra y al regresar el terrateniente se la devuelve intacta, éste le reprende y le quita todo para dárselo a los demás sirvientes que arriesgaron y multiplicaron su riqueza. Los siervos fieles son aquellos que se han atrevido a seguir la ruta del deseo del maestro, no la vía temerosa del ego sino la indómita tarea del Daimon.

Eso mismo sucede con las instituciones junguianas, que arriesgan muy poco o casi nada en la difusión de la obra de Jung. Además de ser ridículamente caras, las formaciones oficiales tienen poco alcance real y los intentos por exponer el análisis junguiano al gran público son tímidos y esporádicos. Es normal que no tengan fuerza, pues al haber evitado la confrontación no tienen grandes enemigos con los cuales medirse, no han luchado en lo abierto con su propia naturaleza y permanecen impolutas teóricamente. Como en la mitología, las instituciones junguianas son grandes dragones que resguardan un tesoro, pero viven aprisionadas por la riqueza que no les pertenece.

En cambio, en el psicoanálisis, por ejemplo, el espíritu efervescente de investigación, innovación y confrontación resultó en la gran influencia cultural que ha tenido su movimiento a partir del siglo XX, donde el imaginario social ha adoptado su visión para observar al mundo. También el conductismo, después de muchas disputas internas ha surgido fortalecido y poco a poco se impone en las instituciones académicas donde pronto será hegemónico. Pero el junguianismo permanece infértil y relegado, no solamente porque se desconfíe de él, sino porque no ha tenido el empuje para participar de la academia, pues su pobreza teórica es evidente. Permanece en los campos de flores de Deméter evitando que el animus la arrebate de su inocencia y descarta al ostracismo cualquier crítica a sus fundamentos. Lo que parece una gran fidelidad al trabajo de Jung, es más bien una traición constante a la necesidad teórica de llevar más allá de sí misma a la obra del maestro.

Este elitismo no es, en realidad, una manifestación de altura intelectual, sino más bien un encierro defensivo. Se trata del miedo a perder la pureza del mito, como si la confrontación con el presente pudiera mancillarlo. Pero al protegerlo de ese modo, lo que se produce es pura esterilidad. El mito se convierte en ídolo inerte en lugar de seguir siendo experiencia viva, y con ello la psicología analítica pierde toda fuerza creadora. Mientras que en las instituciones de otras corrientes psicológicas se promueve la lucha y el intercambio de ideas, es el ambiente junguiano tales situaciones son evitadas de manera sistemática, pues la incomodidad que provocan es mal vista, como si fuera un signo de maldad el pensar profundamente la espistemologia de la propia corriente. Un antiguo himno decía: “devuélvanme mi antigua religión, que para mí es buena”, esa frase resume el trabajo de las instituciones junguianas.

4. Melancolía teórica y pensamiento nostálgico

Hoy en día las preocupaciones teóricas de los escritores junguianos aún están matizadas por su apego a las antiguas cosmologías, aquellas que sirvieron como estructuras de pensamiento en marcos sociohistóricos pasados. Sin embargo, su falta de sensibilidad histórica los ha llevado a resguardarse del paso del tiempo en esos saberes bien constituidos, porque sin duda estaban adecuados a un contexto anímico particular, pero que ya ha quedado obsoletos, no porque nadie lo haya decidido, sino porque el alma cambia y se confronta consigo misma, y lo que en un momento fue su propia verdad transmuta para llevarla a su presente fenomenológico. El alma siempre va tras sí misma y esa ruta ya trazada es el camino del psicólogo.

El paso de la historia es inevitable, pero el junguianismo ha querido hacer caso omiso a ese animus natural que se cierne sobre sus cavilaciones. Temerosos, los junguianos se han escondido bajo el análisis interminable de los dioses griegos, de las mitologías precolombinas, de la cosmovisión gnóstica y en la búsqueda de una sabiduría perenne que es, según esta posición, la herencia milenaria del saber junguiano. Pero estas manifestaciones de la cosmovisión de una época solo son adecuadas para el espíritu de un tiempo particular, ahí se puede entender el alma en un momento histórico, pero no trasladar de manera irreflexiva ese saber a los fenómenos de un presente que tiene sus propias manifestaciones anímicas. El psicólogo atiende al llamado del alma cuando sucede, no se refugia en lo que ya ha sucedido para trabajar con hermosas cajas de arena que brindan seguridad, pero que ya no se corresponden el fenómeno presente.

La historia es el animus que se cierne en la psicología analítica y que no quiere ser atendido, porque ello supondría la necesidad de revisar nuevamente los postulados y seguir pensándolos, respetar su propia vida lógica y escuchar los requerimientos del movimiento anímico de las ideas de Jung. Pero esto implica abandonar la comodidad y seguridad teóricas que el anacronismo provee, pues atender al paso de la historia obliga a dejar atrás la ilusión de un saber eterno, inmutable y protegido del desgaste del tiempo. El animus histórico no sólo exige una actualización terminológica, sino la disposición a confrontar los límites de las viejas cosmologías y a reconocer que los símbolos no pueden permanecer intactos en un mundo transformado por nuevas sensibilidades, tecnologías y conflictos sociales. Eludir este desafío equivale a fosilizar la obra de Jung en una nostalgia académica, mientras que afrontarlo significaría asumir que sus intuiciones no son un patrimonio cerrado, sino una tarea viva que demanda ser recreada en diálogo con las urgencias del presente.

Jung nunca se detuvo en la repetición de símbolos antiguos: cada mito, cada cosmología y cada figura arquetípica eran sometidos a una transmutación creativa. La nostalgia que hoy caracteriza a muchos junguianos no es, por tanto, junguiana, sino profundamente anti-junguiana, pues congela en imágenes muertas lo que en Jung era dinamismo histórico y vital. Giegerich ya advirtió que repetir a los dioses sin pensarlos en su devenir es idolatría del pasado. Si la psicología analítica quiere tener futuro, deberá dejar de ser un museo de símbolos y volver a ser un laboratorio del alma en movimiento.

5. Psicologización excesiva y despolitización

Uno de los problemas más graves de la psicología junguiana contemporánea es la tendencia a reducir todo fenómeno a categorías estrictamente psicológicas, desconectadas del mundo social, político y material en el que se insertan. Este movimiento produce una especie de psicologismo, donde los conflictos colectivos son traducidos de manera inmediata a términos de arquetipos, símbolos o dinámicas interiores, sin considerar su anclaje en realidades concretas. Así, la pobreza, la violencia, la injusticia o la crisis ecológica se interpretan como metáforas de un drama interior, lo que transforma la psicología en un instrumento de evasión más que en un campo de confrontación con lo real.

Paradójicamente, Jung fue un pensador que se esforzó por abrir la psicología a múltiples disciplinas, consciente de que el alma no se encontraba aislada de la historia, sino en continuo intercambio con ella. Su interés por la antropología, la alquimia, la religión comparada, la literatura y la ciencia moderna da testimonio de que entendía la psique como un nodo en una red de fenómenos más amplia. Sin embargo, sus seguidores actuales han tendido a retraer ese movimiento expansivo, confinando el alma al espacio privado de la experiencia interior y neutralizando así la potencia crítica que la psicología analítica podría tener frente a los problemas de nuestro tiempo.

Esta despolitización, con excepciones honrosas como el trabajo de Samuels o Carpani, ha debilitado la relevancia cultural del junguianismo. Mientras el psicoanálisis, por ejemplo, se arriesgó a intervenir en debates sociales, políticos y culturales, dejando huellas profundas en el imaginario colectivo, la psicología analítica se refugió en un discurso intimista. Allí donde podría haber ofrecido una visión compleja del mal, del poder, de la destrucción ecológica o de las dinámicas colectivas de violencia, se limitó a reproducir arquetipos y narrativas mitológicas sin atender al sufrimiento histórico que late bajo ellas. El resultado es una psicología que corre el riesgo de ser acusada de irrelevancia o incluso de complicidad con el statu quo.

Una psicología con alma debería tener la valentía de confrontar los dramas de la época, de escuchar cómo los arquetipos se manifiestan no sólo en sueños individuales, sino también en estructuras sociales, en políticas económicas y en catástrofes ecológicas. Al negarse a pensar el entrelazamiento del alma con la historia, la psicología junguiana ha perdido la oportunidad de ampliar su campo de acción y de responder al llamado de un tiempo que exige, más que nunca, un pensamiento simbólico capaz de articular la interioridad con lo colectivo.

6. Fetichismo de los símbolos

Otro aspecto criticable de la psicología junguiana contemporánea es el modo en que los símbolos y arquetipos han sido convertidos en objetos de veneración, casi en fetiches, en lugar de ser tratados como procesos vivos y en constante transformación. Esta actitud produce una doble deformación: por un lado, la proliferación de diccionarios simbólicos que ofrecen significados cerrados y universales; por el otro, el uso indiscriminado de los arquetipos como explicación automática para cualquier fenómeno, lo que termina por banalizar su riqueza. Así, lo que en Jung era un movimiento de búsqueda hacia lo desconocido se ha transformado en un sistema de respuestas prefabricadas.

Jung mismo insistió en que un símbolo auténtico no es una señal fija ni una fórmula interpretativa, sino una imagen que remite a algo aún no pensado, que apunta a lo inaprensible y en devenir. Cuando un símbolo es reducido a un significado unívoco deja de ser símbolo y se convierte en alegoría. Sin embargo, la psicología junguiana actual parece haberse habituado a la comodidad de los manuales de interpretación, donde cada imagen onírica se traduce de manera inmediata en una categoría arquetípica ya definida. En este gesto se pierde lo más esencial: la capacidad de escuchar la novedad del símbolo en su emergencia singular.

Este fetichismo simbólico produce también una forma de idolatría del pasado. Muchos junguianos se limitan a repetir los símbolos heredados de mitologías antiguas o de sistemas religiosos tradicionales, sin atender a cómo las imágenes de lo inconsciente buscan encarnarse hoy en lenguajes nuevos, en fenómenos culturales inéditos, en figuras colectivas aún en gestación. Se idolatra a los dioses muertos en lugar de atender a las divinidades vivas que reclaman ser pensadas. El símbolo se fosiliza y, con él, la psicología misma.

Frente a esta situación, se impone la necesidad de devolver a los símbolos su carácter dinámico, contradictorio y abierto. Ello supone dejar de verlos como objetos de colección y tratarlos como interlocutores vivos que exigen ser pensados en su devenir histórico y en su capacidad de irrumpir en lo real. Una psicología analítica que vuelva a estar a la altura del proyecto de Jung debe renunciar a la comodidad del catálogo simbólico y arriesgarse a la incertidumbre creadora que toda imagen auténtica porta consigo. Sólo así los arquetipos podrán seguir siendo mediadores de lo desconocido y no fórmulas gastadas de una tradición sin vida.

7. Ideología comercial e inflación del ego a través del individualismo

Por último, uno de los males que aquejan a la psicología junguiana contemporánea es su inserción acrítica en la lógica del mercado. Lo que en Jung era una búsqueda ardua por comprender la psique humana se ha convertido, en gran parte de la industria editorial y terapéutica, en un producto de consumo diseñado para satisfacer el deseo de autorrealización inmediata. Bajo la bandera del “proceso de individuación”, se multiplican cursos, talleres, manuales y conferencias que prometen a cada sujeto un camino rápido hacia la plenitud, cuando en realidad lo que ofrecen es un espejismo adaptado a las exigencias de la cultura neoliberal: la ilusión de una identidad única y excepcional, fabricada como marca personal.

Este giro mercantil ha transformado la psicología junguiana en una ideología del individualismo, donde el Sí-mismo deja de ser el centro regulador y misterioso del alma, abierto a lo trascendente, para convertirse en un proyecto narcisista de autoafirmación. La individuación, en lugar de ser concebida como un proceso doloroso de confrontación con la sombra, el inconsciente colectivo y la alteridad radical, se reduce a un discurso motivacional de empoderamiento subjetivo. Se trata, en última instancia, de una inflación del ego disfrazada de espiritualidad profunda, que sustituye la transformación genuina por la satisfacción inmediata de las necesidades del consumidor.

De este modo, la psicología analítica ha terminado siendo cómplice de la lógica capitalista, en la que el alma se convierte en mercancía y la terapia en servicio de lujo. En lugar de interpelar críticamente las condiciones materiales y culturales que producen el malestar, se ofrece una versión privatizada del crecimiento personal, que responsabiliza exclusivamente al individuo de su destino. La potencia crítica del pensamiento junguiano, capaz de denunciar el vaciamiento espiritual de la modernidad y de abrir vías hacia lo inconsciente, se diluye en fórmulas de autoayuda complacientes que refuerzan la ideología del rendimiento y la autosuficiencia.

Frente a esta deriva, resulta urgente rescatar el núcleo subversivo de la obra de Jung: el llamado a una individuación que no es propiedad del ego, sino apertura hacia un orden más amplio de sentido. La individuación auténtica no puede reducirse a la búsqueda de éxito personal ni a la construcción de una identidad inflada, sino que implica descender a la sombra, atravesar la fragmentación y reconciliarse con las contradicciones de lo humano. Pero los psicólogos analítica no desean liberarse del rol de ideología comercial y recuperar su vocación de ciencia del alma, y estar dispuesta a enfrentar los conflictos existenciales sin diluirlos en el mercado del bienestar, desean llenar su bolsillos a costa de la banalización del trabajo teórico de C.G. Jung.

La psicología junguiana contemporánea se ha extraviado en la complacencia. La pobreza teórica, la ausencia de pensamiento crítico, el elitismo institucional, la melancolía anacrónica, la psicologización excesiva, el fetichismo de los símbolos y la comercialización egoica, son síntomas de un mismo proceso: la traición al espíritu vivo del proyecto de Jung. Allí donde él buscó un pensamiento arriesgado, interdisciplinario y en constante confrontación con la cultura de su tiempo, sus herederos han optado por la comodidad de las fórmulas, el refugio en la interioridad y la repetición dogmática de arquetipos estereotipados.

No se trata, por tanto, de negar la potencia de la obra de Jung, sino de denunciar cómo su herencia ha sido neutralizada en prácticas estériles y discursos complacientes. La fidelidad a Jung no puede consistir en venerar sus palabras, sino en prolongar su actitud crítica, en pensar contra él cuando sea necesario, en permitir que sus intuiciones se transformen al calor del atanor de los conflictos históricos. Una psicología que pretenda honrar al alma no puede limitarse a reproducir lo ya dicho: debe arriesgarse a entrar en lo desconocido, allí donde los símbolos aún no tienen nombre.

La metáfora de Deméter ilustra bien la situación actual del junguianismo. Encerrado en sus campos de flores, se resiste a ser arrebatado por el animus de la historia y la crudeza de sus propias contradicciones, a dejar que lo fecunde la violencia alquimica del tiempo. Pero mientras se mantenga en esa inocencia autoimpuesta, seguirá condenado a la esterilidad, a la repetición y a la nostalgia. No obstante, el dios Hades, el animus negativo que introduce el conflicto y la confrontación, es un pensamiento vivo, capaz de multiplicar las monedas que le fueron confiadas, y que espera su momento para llevar a la psicología analítica al inframundo que le corresponde, hijos de ese impulso dialéctico son Hillman, Giegerich y todo aquel que se atreva a pensar a Jung.

La psicología analítica no debería querer sobrevivir, sino abandonar la melancolía del museo simbólico y renunciar a la pureza del refugio interior. ¿Pero estarán dispuestos los junguianos a enfrentar las contradicciones de su teoría, a asumir el espíritu de la historia y de la transmutación anímica? ¿Serán capaces de soportar el animus que se cierne y soportar el dolor del campo abierto del alma? Personalmente creo que no será así y que la psicología junguiana seguirá siendo un refugio para las almas desesperadas que se esconden del espíritu de los tiempos y que buscan permanecer impolutas mientras el alma sucede, cruelmente, a su alrededor.

La psicología junguiana, elegía a un barco que naufragó

Logos del alma

En una formación, hace muchos años, pregunté al profesor, un erudito en lo junguiano, por qué no tratábamos los temas más complejos y a los autores más difíciles, su respuesta fue clara: “no hay quien quiera pagar por el esfuerzo teórico”. De manera más reciente colaboré con un grupo que prometía revolucionar la difusión de la psicología analítica en habla hispana, puse en claro mi postura metodológica: criticar todo lo criticable desde el espíritu de un animus negativo. Al principio funcionó, ello ofrecía una perspectiva nueva y radical, autores poco tratados en el medio junguiano e ideas violentas y movilizadoras, pero pronto el proyecto fue lucrativo, para algunos, y entonces llegó la primera advertencia: “no puedes hablar de eso y de aquello porque nuestros patrocinadores se ofenden y los alumnos no querrán inscribirse”.

Tales casos son una muestra de mi experiencia en lo junguiano. Por eso critico de sobremanera la acomodación capitalista de un sistema de pensamiento que, en principio, no debería confluir con el Zeitgeist, pues su espíritu teórico exige la emancipación del pensamiento del sujeto de las categorías culturales dominantes. Creo, por lo tanto, que mucha de la producción de la psicología analítica se multiplica como una traición al alma del trabajo teórico de C.G. Jung, vendiendo libros acomodaticios al bienestar de las personas, presentando esquemas simplificados y tipológicos de la complejidad psíquica y reduciendo la profundidad teórica a ejercicios histéricos de posesión anímica.

Por supuesto, mi necedad en revisar rigurosamente los supuestos teóricos y seguir pensando las nociones junguianas ha caído muy mal. A nadie le gusta pensar que las cosas quizá son más complejas de lo que parecen, y los aguafiestas no son bien acogidos en el gozo extático de quienes son llevados por el dulce aroma de los dioses y las criaturas feéricas, del contacto con el puer aeternus y de la doncella psique en medio de los narcisos. Cualquiera que señale que Hades ha aparecido o que los Griegos destruiran la ciudad, es digno de ser relegado como ave de mal agüero.

Por eso Hillman y en mayor medida Giegerich, son tan odiados en la psicología analítica, pues en su debido momento señalaron la superficialidad de la psicología junguiana y la falta de compromiso de los psicólogos analíticos con el movimiento revolucionario del que Jung fue parte importante. Ellos le pidieron pensar a una comunidad que asume que toda racionalidad es contra-junguiana, porque para dicha comunidad ser analista se trata de sentir, imaginar y contactar con el numen irracional que no necesita trabajo duro ni estudios, solo dejarse contactar por las diosas. Ni siquiera leer a Jung es requerido, para eso están las frases que pululan en internet atribuidos a él.

Es tanto el temor al pensamiento complejo, que muchos junguianos han optado por mantener a raya a los pensadores incómodos como Giegerich bajo el escrúpulo mercenario de tergiversadores que les achacan cuanta falsedad puedan inventar con tal de contrarrestar su influencia. ¡Hay que manchar su imagen antes de que puedan causar un daño irremediable!. Es curioso como en el caso de quienes se adentran lo suficiente en la estepas lógicas de Giegerich tienen dos reacciones particulares, el primero es una profunda desazón pues la superficie normal y cómoda del pensamiento se ha movido de su lugar, ahora se encuentran en un lugar donde las certezas no están predeterminadas, donde no hay arriba ni abajo, y donde las viejas cosmogonías ya no proporcionan amparo.

La otra reacción es un profundo enojo y el sentimiento de haber sido engañados por un paradigma que no buscaba su emancipación sino su alienación al mercado psicológico, y que lo hace a traves de la venta de subterfugios de la añoranza: el tarot, la astrología, el I-Ching, el gnosticismo, oriente o la alquimia, formas del pensamiento que Jung estudió con interés pero que jamás tomó como metodologías que sustituyeran su comprensión psicológica. Tal enojo no es otra cosa sino la experiencia desagradable de ya no estar de acuerdo con una forma se ver el mundo, pues el contacto con el animus ha despertado al sujeto al movimiento lógico del alma.

Pero son muy pocos los que están dispuesto ha avanzar al desierto, la mayoría de los junguianos pueden ser descritos con las características del último de los hombres nietzschiano: “Han abandonado las regiones donde era difícil vivir, pues se necesita calor. Uno todavía ama al prójimo y se frota contra él, pues se necesita calor”. Tienen miedo de abandonar la comunidad y de marcharse a lo desconocido, de dejar la casa de los padres y desperdiciar la herencia junguiana para poder ser ellos mismos, como lo quería Jung. Al contrario, han convertido a Jung en un ídolo de piedra o en una lapida, muy blanca por fuera pero llena de huesos por dentro (por eso a un amigo le gusta llamar fariseos a aquellos que huyen de cualquier esfuerzo por pensar a Jung).

Así el panorama de la psicología analítica de nuestro tiempo. Poco a poco el espíritu de Jung se diluye en la repetición incesante y en el parloteo emocional de los grupos de mujeres, de los análisis de los dioses que según ellos somos, en las peregrinaciones epifánicas a la casa de Jung y a sus piedras muertas. Por eso el libro rojo y los libros negros fueron tan populares, pues elevaron, fantasiosamente, la masa confusa al estatus del lapis, olvidaron que ese material fue trabajado por Jung el resto de su vida en decenas de libros, seminarios, cartas y entrevistas y que el Jung profético solo era un hombre poseso que tenía una tarea por delante, labrar una tierra que se le había entregado, multiplicar la moneda que alguna vez se le otorgó.

No me quedan muchas esperanzas, veo avanzar un tumulto de junguianos aplaudiendo el dogma y entregándose a la sin razón de la histeria colectiva, drogados con sustancias embriagantes que les dan la sensación de hablar con los arquetipos, defendiéndose de cualquier esfuerzo por pensar y vendiendo suvenires (souvenirs) en lo alto del Partenón, haciéndolos pasar por la gloria muerta de un cuerpo de pensamientos que ya han traicionado con su desidia, su conformismo y con su amor por el dinero y por el reconocimiento. Pero lo más probable es que el peor de todo ellos sea yo mismo, por creer que este barco que he abordado va a un buen puerto, cuando he visto frente a mi el naufragio y aún vocifero, impertinente, que podemos cambiar de rumbo. Debería tomarme más en serio y asumir que las cosas son como son y que la psicología junguiana será devorada, irremediablemente, por el espíritu de los tiempos.

Por ahora, me dicen que un junguiano alega que el dinero no es un símbolo sino solo una cosa concreta, y que otro dice que la Psique Objetiva no forma parte de la teoría junguiana, uno más menciona que Jung era heideggeriano y otro afirma que Jung era un profeta heredero de un saber místico y perenne; todo ellos miran y parpadean, y siento el impulso casi irrefrenable de aclarar su insensatez, pero ¿quién soy yo para remediar la ignorancia de los demás? si ya tengo suficiente con la que me es propia.

El sitio del ego en la psicología de Giegerich

Logos del alma

Análisis crítico del artículo: “The psychologist who is not a psychologist: a deconstructive reading of Wolfgang Giegerich’s idea of psychology proper” de Stanton Marlan

La relación del hombre y el alma en la obra de Wolfgang Giegerich da pie a muchas dudas, debido a su complejidad y por causa de su desapego al sentido común que dicta las normas de pensamiento normal en la psicología. Al insistir en el concepto de la diferencia psicológica, es decir, en la brecha lógica que une y separa la dimensión del sujeto empírico de la de la vida lógica, algunos suponen que tal distinción relega la existencia cotidiana del ego a una imposibilidad de acceder al campo de la psicología y, por lo tanto, que el trabajo del psicólogo debería, de acuerdo a éste mal entendido, apartarse de la dimensión de ego.

Pero entonces ¿la psicología rehuye la cotidianidad? ¿el psicólogo mora en el abstracto mundo de las ideas? ¿hay alguna posibilidad de aplicar las intuiciones de Giegerich a la práctica humana demasiado humana? Para tocar algunos puntos sobre el asunto podemos echar mano del artículo: “The psychologist who is not a psychologist: a deconstructive reading of Wolfgang Giegerich’s idea of psychology proper” (1) de Stanton Marlan, él cual según su propio autor tiene el siguiente objetivo:

“… representa una lectura arquetípica y deconstructiva del trabajo de Wolfgang Giegerich. En un intento de ampliar y desarrollar filosóficamente la visión tardía de Jung de la psique objetiva, Giegerich, a través de Hegel, define la psicología propiamente dicha como fundamentalmente separada de la persona común y los aspectos «humanos, demasiado humanos» del alma. […] al hacerlo, Giegerich quita a la persona humana de ser el foco principal de su psicología y crea en cambio una jerarquía de ideas y valores que privilegian la sintaxis sobre la semántica, lo lógico sobre lo empírico y el pensamiento sobre la imaginación. Esto pasa por alto la emocionalidad de la persona/paciente común y también hace que la psicología propiamente dicha sea incapaz de abordar la práctica diaria del analista. Giegerich intenta rectificar este problema reincorporando lo que había rechazado previamente, haciendo su teoría más compleja de lo que es aparente en sus oposiciones binarias. Al final, sin embargo, sigue siendo una pregunta hasta qué punto Giegerich logra evitar una escisión binaria (Saban 2015) o una tendencia a restar importancia al aspecto humano del alma (Hoedl 2015) en su necesidad de continuar heroicamente alejarse del ego buscando la libertad total de la neurosis y de nuestra humanidad.”

Marlan comienza con un mal entendido que es evidente en su discurso y que será la base en la que sostenga su critica: la separación entre la sintaxis y la semántica del fenómeno psicológico, o entre lo humano demasiado humano y el alma. Giegerich efectivamente define a la psicología como dirigida hacia el estudio de la vida lógica del alma y estipula la diferencia psicológica como un principio metodológico necesario para atender debidamente a lo psicológico en su propia profundidad, sin confundirlo con los fenómenos de la vida cotidiana. Así, como un físico sabe que hay una dimensión cuántica de la realidad que constituye el campo de estudio de una rama de su saber, la psicología necesita enfocarse en aquello que significa el entramado lógico de los fenómenos que son evidentes.

La dirección de la argumentación de Giegerich, en su obra, es siempre hacía una distinción entre lo que corresponde al hombre como ego y aquello que lo toma como el medio lógico en el que se estructura el pensamiento que lo informa. Giegerich entiende que el sujeto es un discurso que habla a través de su vida misma, y por ende, el objeto de estudio de una ciencia del alma no tendría que detenerse en la semántica de ese discurso, habría de avanzar, para ser más precisa, hacia la sintaxis que dicta las leyes a través de las cuales se desarrolla la narrativa del individuo. Esto es lo que se hace en consulta normalmente, donde el paciente, muchas veces, yace atrapado por su propia narrativa egoica, y no alcanza a comprender como sus buenas intenciones se contraponen con el conjunto de axiomas que su comportamiento evidencia. Es la labor del psicoterapeuta promover la atención sobre esta dimensión de la experiencia, que se escapa sobre todo para quien la vive de primera mano. En el consultorio la escisión de la consciencia se asume como una contradicción neurótica mientras no se logre resolver la tensión entre ambas vías del comportamiento. Por ende, en la obra de Giegerich, no hay una separación o una escisión binaria, como dice Marlan, entre lo cotidiano y lo psicológico, como si estuvieran uno al lado del otro en un espacio imaginal, pues de la manera en que el físico debió estudiar los cuerpos para poder acceder al mundo atómico, el psicólogo debe enfrascarse en el estudio de lo evidente para ir tras aquello que le da estructura y que lo conforma: la vida lógica del alma. No uno o lo otro, sino lo uno en lo otro.

Marlan pasa de largo la tensión dialéctica inherente en la diferencia psicológica. Por ejemplo, denuncia que Giegerich pretende ir más allá de los sentimientos, deseos y emociones, y que descarta el material del ego que pudiera hacerse patente en el fenómeno. Pero, la realidad es que una acercamiento psicológico no hace nada de eso, al contrario profundiza en dichas situaciones para entender la noción que las alimenta e investiga cómo su camino dialéctico supone su propia superación. Aufhebung es el termino que Giegerich utiliza para hablar del movimiento del fenómeno hacía sí mismo, dicha palabra es traducida como “superación”, pero algunos traductores prefieren el término “sublación”, dadas las múltiples connotaciones de la palabra alemana y que son intraducibles al español.

Aufhebung significa superar, pero a su vez implica conservar y elevar a un nuevo nivel. Así, la tensión dialéctica no supone un rechazo bruto de la dimensión egoica en psicología, al contrario necesita esta posición inicial para superarla, conservarla y elevarla a su propia noción, pero una vez que la imagen, el sentimiento o la experiencia cotidiana han sido llevadas hacia sí mismas, entonces la perspectiva egoica se ha disuelto en su sintaxis. Esto no quiere decir que la realidad desaparezca, como parece suponerlo Marlan, sino que precisamente lo real ha llegado a casa a sí mismo, se ha realizado, ha descendido de su abstracción para situarse en su concreción lógica.

Para Giegerich la psicología es la unidad contradictoria de lo psíquico y lo psicológico. La «diferencia psicológica» no significa una exclusión total; lo «psicológico en el sentido ordinario» sigue siendo un «momento necesario» dentro del concepto ampliado de psicología, a partir del cual el concepto más profundo «se encuentra a sí mismo al separarse”. La critica de Giegerich parte, precisamente, de su reconocimiento de que la psicología, y la psicología junguiana, huye de esta tensión dialéctica al situarse en un estilo de pensamiento imaginal que no confronta al fenómeno consigo mismo.

Desde esa aclaración se observa que las preguntas planteadas a la Psicología como las Disciplina de la Interioridad (PDI) por Marlan están asentadas en la falta de entendimiento de lo que significa la diferencia psicológica en el trabajo de Giegerich y que éste pone en claro, por ejemplo, en la imagen de la serpiente de Midgard y el gato de Utgard en su segundo capitulo del libro “La vida Lógica del Alma”.

Marlan dice, a modo de queja: “Lo que aparece como psicología propiamente dicha se basa en una división en la que la persona humana ya no es el foco principal de la psicología.” Y eso es completamente cierto, la persona para Giegerich no es el centro de la psicología, pero eso no significa que la persona sea abandonada, ni como sigue diciendo Marlan que: “En la medida en que su psicología se ha movido más allá de la persona humana hacia la vida lógica del alma y ha intentado por completo separarse de todos los vestigios del ego”. Este enunciado indica que Marlan no se da cuenta que el paso del mundo del ego al mundo del alma requiere de la negación lógica del ego, lo cual implica que solo a través del ego se puede llegar a la dimensión psicológica (como ya se ha indicado más arriba), o mejor dicho que la psicología es el mundo al revés del ego y que, a partir de la modernidad, ello solo se puede alcanzar si hay un ego que negar, es decir que solo se puede subir por la montaña resbaladiza si de hecho no se puede subir.

Marlan se pregunta: “¿Hasta qué punto es posible pasar a una psicología estrictamente lógica en el sentido de Giegerich? ¿Se puede pasar al otro lado y no regresar?” Tal pregunta es muy ingenua y tiene su propia respuesta implícita. El tener que preguntar si uno puede morar en el lado del alma, muestra que para Marlan el alma es otra función del ego, un alter-ego; por supuesto que no se puede pasar al otro lado, pues el paso no lo dará el sujeto empírico sino la lógica que lo define como proceso noético, el sujeto no hace psicología pues es la psicología la que se hace a sí misma. Pero Marlan fantasea con que alguien pueda morar en el “otro lado” y no regresar, como se decía en algunas tradiciones que los sujetos eran arrebatados por el mundo de las hadas o de los espíritus. La psicología no se trata de ser arrebatado en la forma física por otro mundo, sino que el otro mundo se vea a sí mismo en el esfuerzo del psicólogo por tratar de pensarlo.

El mismo Giegerich aclara que el psicólogo, como ser humano vivo, siempre seguira siendo, por supuesto, una personalidad del ego y que un sujeto completamente psicológico no podría mantenerse con vida, por lo que se entiende que la fantasía de Marlan de una pureza psicologica es un forma defensiva de abordaje que mantiene separados los dos polos que él cree irreconciliables. El psicólogo puro no existe sino como la tensión constante que permite que la psicología sea exactamente en el momento que es y no en otro instante. Al salir del consultorio el psicoterapeuta no lo es más, ahora puede dedicarse a ser un hombre empírico, pero en consulta su rol de psicoterapeuta escala sobre su persona cotidiana y comienza entonces su trabajo.

Por este equívoco, Marlan se puede preguntar: “¿Pueden esos impulsos creativos a veces volverse insensibles a las virtudes de la vida natural cotidiana? ¿Degrada el arquetipo madre-hija, la naturaleza, las sensibilidades del alma inocente? ¿Los atraviesa en un gesto literal de violación, como Hades? ¿La rabia y el dolor de Deméter pasan desapercibidos o permanecen ignorados? ¿Estarían satisfechos ella o Perséfone si Zeus les dijera que sus preocupaciones son solo semánticas?” Tales preguntas tienen un sentido particular, apelar a la emocionalidad del lector y buscar la aprobación “romántica” donde el psicoterapeuta debe estar atenido al dolor y la compasión y no mostrarse frio ni desapegado. Desde ahí el mensaje es claro: la psicología de Giegerich deja desamparado al pobre sujeto que sufre. Pero podríamos preguntarnos a su vez ¿hacemos un favor al paciente al llorar junto a él su sufrimiento, al regodearnos en su dolor y no permitir que el filo de la reflexión se hunda en su propia experiencia? Marlan identifica a la visión de Giegerich como inframundana, pero recordemos que en las diversas tradiciones, incluyendo la de los griegos, las almas cautivas por el inframundo se encuentran en un estado de emocionalidad perenne, su mente está obnubilada por el momento del dolor o la aflicción, solamente la sangre de los vivos los puede devolver brevemente al mundo sumergiéndolos en el don del habla y en el de la reflexión.

Marlan interpreta la “frialdad” de Giegerich como “violencia semántica”, y si bien Giegerich es implacable con el lenguaje, esto es una muestra de un rigor que no se compromete con la complacencia del lector sino con la verdad del argumento, al estilo de Nietszche hace psicología con el martillo, pero Giegerich hace la aclaración de que el martillo de Nietzsche no es una herramienta para destruir, se refiere, más bien, al martillo musical que distingue lo hueco de aquello que no lo es, se trata de una crítica interna y lógica que, por supuesto, la posición egoica desde la que discute Marlan experimenta como destructiva y violenta, pero esto es más bien un ejemplo de que Marlan no ha podido escapar de la literalización de un momento de transformación que aterra al ego.

A partir de aquí, y fundamentado en la escisión pictórica del alma y el ser humano, las preguntas de Marlan se entienden como el desconcierto causado por la confrontación de una forma imaginal de la psicología ante un planteamiento lógico de la misma. Incluso, reprocha a Giegerich el hecho de no haber alcanzado el oro filosofal, en sentido simbólico, de su propia obra, ¿pero quién si lo ha hecho? Esta pregunta nuevamente está planteada desde una posición imaginal, pues de acuerdo al trabajo de Giegerich se asume que el oro es ya la materia prima de la que se parte, el oro es filosofal, no vulgar, no es algo que se pueda alcanzar, sino el cimiento a partir del cual se construye el trabajo continuo de la comprensión.

Que el énfasis de la PDI no sea el ser humano como sujeto empírico debe ser entendido como el hecho de que para las demás ciencias tampoco lo es, sino como un fenómeno a partir del cual se pueden estudiar los distintos objetos de las mismas. Sin embargo, la psicología ha pretendido que el ser humano, como ego, sea el fin de su investigación, pero el objeto de la psicología es el alma, y por ello el psicólogo ha de enfocarse en la dinámica lógica de esta realidad, lo cual no demerita lo humano sino que simplemente lo posiciona en relación con este objeto de estudio. Para responder la pregunta final de Marlan sobre ¿cuál es el papel del psicólogo ante una materia conceptual tan pura como lo es el alma? Podemos concluir brevemente que el trabajo del psicólogo es estar a la altura de lo pensado en cada fenómeno al que se aboca y responder al mismo con su atención plena y su reflexión profunda, para permitir que sea el fenómeno quien trabaje en él mismo a fin de de explicitarse como un espíritu que es liberado de la botella positiva en la que está contenido.

Es la visión egoíca la que teme ser abandonada como el centro de la psicología, al final pareciera que Marlan, en su defensa de la emocionalidad, se pone del lado de esta histeria egoica que pretende erigir a tal visión particular como la protagonista absoluta de la psicología (es ella la que absolutiza, no la PDI); desde ahí no es extraño que la psicología degenere en psicología pop o ego psicología, al servicio de las necesidades más superficiales del sujeto, con palabras profundas pero vacías, que apelan a lo más primitivo y manipulable de su experiencia. Esta visión es la que se horroriza ante los postulados de la PDI y la cual crea un hombre de paja para proyectar su terror ante la falta de importancia del ser humano; pero la psicología aprendió en sus inicios que el ego no es el dueño de su propia casa, desde entonces el profesional tiene la tarea de atender al verdadero dueño, al espíritu que mora en los rincones más profundos del fenómeno a estudiar. ¿Esto desvaloriza a lo humano? No, al contrario, le permite ser solamente lo que ya es, y asumir que es más que suficiente.

Marlan interpreta la inclusión de lo «humano, demasiado humano» en el consultorio por parte de Giegerich como un «retorno de lo reprimido» o una «concesión”. Pero ello no es un «retorno de lo reprimido», sino un reconocimiento de que la «persona civil» es el punto de partida inevitable para el trabajo psicológico, que luego busca la transformación hacia la perspectiva psicológica. El objetivo no es que la visión psicológica sea una posesión literal en un momento dado, sino un proceso continuo de transformación y trascendencia, que debe suceder en lo humano, pero no conformarse con esa posición.

Es notorio que la critica de Marlan es la expresión de su propia renuencia a una psicología asentada sobre sí misma, esto es lo que hace la visión egoíca cuando se le presenta su posible (pero imposible) disolución, construye una crítica que no es una crítica y sin embargo en ella se asoma de manera inadvertida la dimensión anímica, pero cuando aún no se está a la altura de la misma. Así, paralizado por el miedo a la violencia del alma el pensador aún no puede dar el paso definitivo de su breve disolución en el pensamiento psicológico y prefiere, entonces, morar en el horizonte de sucesos de una contradicción que no se resuelve.


(1) Marlan, S. (2016), The psychologist who is not a psychologist: a deconstructive reading of Wolfgang Giegerich’s idea of psychology proper. Journal of Analytical Psychology, 61, 2, 223–238. (también se puede consultar en el capitulo 10 de su más reciente libro: “C. G. Jung and the alchemical imagination” editado por Routledge.

La radicalidad perdida de la psicología junguiana

Logos del alma

La figura de C.G. Jung, en la actualidad, es poco atendida por la academia y por las diversas escuelas psicoterapéuticas, el autor permanece desconocido para la mayor parte de los psicólogos, hundido bajo el manto del misticismo y de la religiosidad, donde solo acuden aquellas almas perdidas e infantiles que han creído encontrar la respuesta a sus inquietudes metafísicas en el revivalismo de las antiguas cosmovisiones y de formas espirituales que ya han cedido su lugar en el mundo a nuevas configuraciones anímicas.

El trabajo de Jung fue una exploración continua de un solo tema, de una idea que recorrió su obra desde el principio hasta el fin: el estudio del alma. Desde su investigación con el experimento de asociación en la clínica Burghölzli hasta sus profundos estudios sobre la alquimia, el objetivo de Jung fue desentrañar la naturaleza de las manifestaciones psíquicas que aparecían de muy diversas formas a lo largo de la historia, como mitos, símbolos, arte y las múltiples imágenes que resonaban con lo que había encontrado en sus pacientes psiquiátricos y, luego, en la labor analítica en su consultorio particular.

Para Jung estas variadas manifestaciones simbólicas de la mente no eran metodologías ni disciplinas con valor propio, sino campos de experimentación donde la mente expresó para sí misma los constructos epistemológicos sobre los que sostenía su propio funcionamiento. El alma aprendió de sí misma en cada una de estas manifestaciones culturales. Por ende, Jung asumía que el estudio del lenguaje simbólico era una forma de entender, desde el paradigma científico, y más allá de él, la estructura de esta mente objetiva.

Por lo tanto, nunca hubo un Jung místico, yogui, gnóstico o mago, solamente existió un Jung psicólogo que buscaba el conocimiento empírico a través del análisis de la fenomenología de las representaciones anímicas. Desde este punto de vista la psicología analítica constituyó un avance revolucionario que propuso el estudio racional de la mente más allá del paradigma científico de la época, pero sin desechar su importancia metodológica y su aporte como la forma más refinada del pensamiento contemporáneo. La genialidad de su aporte estuvo en conformar una visión psicológica que prestaba oídos a los fenómenos y proponía verlos desde sí mismos, y no anteponer la visión de la cultura o la del sujeto.

La psicología como el estudio de la psique, o lo que Jung llamaba “una psicología con alma”, dispuso como camino de investigación, el acercamiento a los fenómenos psíquicos desde sí mismos, es decir que había que trasladar el foco de la interpretación del espacio del sujeto al de la psique objetiva. La radicalidad del movimiento analítico subyace en esa premisa particular: la psique crea la realidad cada día y el sueño solo habla de sí mismo. Es radical porque traslada el foco del análisis del encierro en el sujeto al campo abierto del alma, que paradójicamente, constituye la interioridad de cada fenómeno. Pone así en duda el antropocentrismo psicológico y hace justicia a la intuición freudiana que decía que el ego no es el dueño de su propia casa.

Además, la psicología junguiana surgió como una perspectiva radical frente a las psicologías positivistas de su época, con un acento en la emancipación del sujeto de los factores normalizadores de la sociedad y en el acrecentamiento de una consciencia fuera de los límites del individuo. No obstante, en la actualidad, corre el peligro de ser devorada por aquel dragón contra el que su fantasía de héroe se sobreponía, esto a causa de su inmersión en el mercado psicológico que tiene como objetivo la masificación y la implantación del pensamiento de la colectividad; lo que es contrario al acento de Jung en la diferenciación y la individuación, porque no solo el individuo requiere integrarse también la psicología necesita individuarse, es decir, recorrer el camino dialéctico de la diferenciación y la integración de su mismo concepto.

Sin embargo, en el campo de Deméter donde los adormilantes narcisos crecen, muchos psicólogos junguianos se han conformado con los esquemas utilizados por el gran maestro, regodeándose en una tipología limitante, temerosos de cualquier evidencia sobre la falta de rigurosidad de sus conceptos. Se adhieren, sin éxito, al esquema cientificista o utilizan sus grandes palabras para acercarse al público en general prometiéndoles ideales vacíos como la sanación, el crecimiento o una vivencia espiritual infantilizada. Su propósito, inadvertido, es la normalización del sujeto moderno y su culturalización en el circuito comercial de la sociedad capitalista actual.

En el mercado de las ideologías, la psicología junguiana se erige como un producto comercial más, una psicología que habla de conceptos que no aplica para sí misma. Ligada a las necesidades ideológicas de la época, se vuelve solo anima, una defensa perpetua contra la conjunción de su propio otro, del Hades sombrío y ultrajante que la lleve al inframundo real y la confronte, contra su voluntad, con su verdadera naturaleza. De ahí el desprecio por el pensamiento racional y su resguardo en el sacrificio intelectual que supone su acento en la emocionalidad histérica.

Apartado de la vivencia del concepto de individuación como la emancipación del espíritu de sus ataduras ideológicas, el junguianismo, al menos una parte de él, se ha transformado simbólicamente en un síntoma, una enfermedad del espíritu que pretende venderse como la cura contra aquello con lo que, inadvertidamente, converge. Muy lejos está de la liberación de Sophia que Jung adoptaba como un modelo para pensar la tarea de su psicología con alma. Así, desprenderse del dogma requerirá la irrupción de un pensamiento animus que confronte al proyecto junguiano con sus propias contradicciones, para liberarlo de las ataduras ideológicas que lo retienen y quizás poder hacer justicia al espíritu revolucionario que sopló alguna vez en la mente de C.G. Jung.

Ser junguiano, por lo tanto, exige hacer justicia al impulso primordial que fue la lava ardiente que dio impulso a la obra analítica, seguir pensando más allá de sí mismos los conceptos de su estructura teórica y dudar constantemente de toda empresa normalizadora que pretenda subsumir a la psicología al espíritu de la época; y sobre todo esforzarse por seguir cada uno su propio daimon, tal como lo hizo Jung, ya que antes que cualquier cosa, estar presente ante el fenómeno requiere ser uno mismo y ser uno mismo implica una aceptación radical del otro sombrío que llega como un huésped inquietante a reclamar su lugar como el verdadero habitante de la casa del alma.

CRÍTICA DE LOS ERRORES CONCEPTUALES EN EL ARTÍCULO: “LA PSICOLOGÍA KLEINIANA DE WOLFGANG GIEGERICH”

Logos del alma

Es evidente que la psicología se encuentra fragmentada entre discursos clínicos, antropologías implícitas y teorizaciones desarraigadas de la experiencia, por lo que resulta comprensible que surjan intentos por establecer algún tipo de orden o de jerarquía interpretativa. El ensayo de José Medina “La Psicología Kleiniana De Wolfgang Giegerich”, al aplicar las categorías de la psicología kleiniana al pensamiento de Wolfgang Giegerich, parece querer colocar la obra del autor bajo la lupa de una racionalidad terapéutica que privilegia la integración simbólica, la contención emocional y la dialéctica de posiciones subjetivas que Melanie Klein formuló en el contexto del psicoanálisis infantil. Sin embargo, al hacer esto, el texto incurre en una serie de errores conceptuales que impiden comprender la radicalidad del proyecto de Giegerich y, más aún, muestran una resistencia a permitir que el alma –aquello mismo que el texto dice querer comprender– piense desde sí.

En lugar de leer a Giegerich en su propio terreno, el autor recurre a una suerte de diagnóstico clínico que lo sitúa, sin demasiadas mediaciones teóricas, en el polo esquizoparanoide. La escisión, la idealización del pensamiento hegeliano, la literalización de los símbolos, el rechazo del Sí-mismo y una supuesta negación del inconsciente son algunos de los síntomas que se enumeran. Pero esta estrategia de lectura, que pretende desenmascarar las motivaciones inconscientes del autor, termina por cerrar el acceso a la lógica interna de su pensamiento. Porque Giegerich no está haciendo psicología en el sentido clínico del término, ni tampoco está describiendo al sujeto como una unidad biográfica afectada por mecanismos defensivos. Giegerich no habla del alma como una función o una facultad, sino como un proceso objetivo, histórico y lógico. Su psicología no comienza con el individuo sino con la conciencia misma del alma que se despliega a través de las formas culturales de una época.

Ya desde su definición más elemental, Giegerich obliga a abandonar los lugares seguros del discurso psicológico tradicional. Su concepción de alma no equivale al aparato psíquico del yo, el ello o el superyó, ni se identifica con el sujeto individual. El alma es subjetividad, pero no la subjetividad del individuo empírico. Es la interioridad misma que se mueve en su forma lógica. No se trata, entonces, de un aparato defensivo ni de una constelación de contenidos inconscientes que habitan la psique individual, sino de una estructura que piensa, que se autocontradice, que se desarrolla dialécticamente. Desde esta perspectiva, aplicar las categorías kleinianas como si se tratara de un análisis clínico es un gesto metodológico improcedente, no porque Klein no tenga nada que aportar, sino porque el plano desde el que Giegerich opera es otro: no es la experiencia subjetiva, sino la lógica especulativa del alma la que organiza su discurso.

Acusar a Giegerich de escisión porque distingue entre distintos momentos en la obra de Jung –por ejemplo, al hablar de los “dos Jungs”– es no comprender la operación dialéctica que subyace a su lectura. Giegerich no escinde a Jung por neurosis ni por parcialidad, sino porque observa en su obra una tensión no resuelta entre una psicología arquetipal de corte metafísico y una orientación empírica que quiere mantenerse fiel al método. De hecho, cuando Giegerich selecciona ciertas formulaciones de Jung y deja otras de lado, no lo hace por capricho ni por ignorancia –como Medina sugiere–, sino porque busca allí donde el alma logró pensarse a sí misma con mayor claridad. “No cito a Jung como autoridad”, señala el propio Giegerich, “sino allí donde su pensamiento alcanza un verdadero momento psicológico” (What is Soul?). Su lectura es interpretativa, sí, pero no menos legítima por ello. Está en línea con una tradición hermenéutica que reconoce que todo pensar es también una lectura, y que toda interpretación es una elección.

Medina acusa a Giegerich de olvidar al Jung completo, ¿pero quién podría abarcar tal entelequia?, no existe autor junguiano que haya sido capaz de abarcar al Jung completo, como una suerte de homo totus ideal. Ni siquiera el mismo Jung podría haberlo hecho porque su obra es un flujo continuo de ideas que sigue un camino particular hacía la refinación de sí misma. No hay un Jung completo, sino un flujo del cual diversos autores beben para construir su propia obra. Von Franz, Neumman, Fordham, Hannah, Hillman y por supuesto Giegerich ven en los textos de la psicología analítica un pretexto para seguir su propio impulso y desarrollar su obra particular. No solo no hay un Jung, hay tantos como lectores de Jung, por eso él recomendaba no ser junguianos sino solamente uno mismo. Es debido soportar la tensión de los puesto y no ceder a la fantasía de poder alcanzar la totalidad.

Quizas por ello se malinterpreta que Giegerich entienda el inconsciente como una representación psíquica más y no como un esquema de elementos constitutivos. Al contrario de lo que piensa Medina, Giegerich no asume que el inconsciente deba ser una figura a la vez, sino que es, en sí mismo, una idea más entre muchas otras que el alma utiliza para comprenderse a sí misma. Pero no es una cosa real, ni una hipostasis, es un figura donde reside el nucleo eidético de un proceso de reflexión. Cuando el alma es sombra, se presenta como sombra, cuando es anima se ve a si misma como anima, etcétera, es la unidad de la unidad y la diferencia de su imágenes e ideas. Por lo que es infundado que predomine la escisión, lo que sucede es que el fenomeno siempre está en confrontación consigo mismo, es un camino dialéctico constante.

El tratamiento del símbolo constituye otro de los puntos conflictivos. Medina afirma que Giegerich no comprende el símbolo, que lo literaliza, que le niega su función intermediadora. Pero esta acusación, una vez más, revela una incomprensión de fondo. Giegerich no niega el símbolo como tal, sino la concepción del símbolo como puerta de acceso a un más allá, a un trasmundo trascendente. Para él, el símbolo es la autoconfiguración del alma misma, no una imagen de algo otro. En su obra The Soul’s Logical Life afirma que el símbolo “es la forma en que el alma se despliega a sí misma, no una representación de otra cosa”. El símbolo, entonces, no desaparece, sino que se interioriza. Ya no es una ventana a lo numinoso, sino la expresión lógica del proceso anímico. Si Jung afirmaba que los arquetipos eran “posibilidades de representación” inscritas en la estructura de la psique (OC 9/1, §127), Giegerich lleva esta idea más allá al sostener que no hay representación sin forma lógica. La imagen arquetipal no representa un contenido inconsciente, sino que es el alma en su modo de aparecer.

De ahí también su distancia con el concepto de Self tal como Jung lo propone. Medina acusa a Giegerich de rechazar el Sí-mismo, de negar la totalidad. Pero lo que hace Giegerich no es suprimir la noción de totalidad, sino despojarla de su carácter sustancialista. El Self, en su lectura, no es un arquetipo más, ni una instancia reguladora del psiquismo, sino la totalidad lógica del alma, aquella que se realiza a través de la negatividad. Como en Hegel, la totalidad no es el punto de partida, sino el resultado de un movimiento de escisión, contradicción, muerte y resurrección simbólica. El alma no es una unidad cerrada, sino una estructura que se diferencia de sí misma para poder ser. Por eso afirma, en una de sus frases más malinterpretadas: “Sólo la conciencia puede ser inconsciente”. No se trata de negar lo inconsciente, sino de señalar que su existencia solo tiene sentido dentro de una conciencia que lo reconoce como su otro interno.

La lectura que hace Medina de la “sublación” (Aufhebung) es otro de los momentos en que la crítica fracasa. Le reprocha a Giegerich haber convertido la sublación en un mecanismo de defensa, como si se tratara de una estrategia inconsciente para anular a Jung y reemplazarlo. Pero la sublación no es una táctica ni una patología, sino el núcleo del método especulativo de Hegel, que Giegerich hereda con rigor. Sublar no significa destruir, sino conservar y superar al mismo tiempo. Giegerich no borra a Jung, lo incluye. Lo transforma en momento necesario de una conciencia que ya no puede detenerse en las imágenes arquetipales, sino que necesita pensarse en sus contradicciones internas. Así como Jung sublaba a Freud al criticar la teoría de la libido sin negarla por completo, del mismo modo Giegerich sublima a Jung: no por neurosis, sino por necesidad dialéctica.

Por otra parte, la acusación de “reescribir la historia” que Medina hace a Giegerich parte de una comprensión historicista y positivista del desarrollo de la psicología. Desde una lógica dialéctica, como la que Giegerich hereda de Hegel, la historia no es una acumulación de hechos, sino un movimiento de autoconciencia. Cada época “subla” (Aufheben) la anterior no porque la niegue, sino porque la conserva superándola. Así, afirmar que la psicología de Jung ha sido superada no implica negarla o borrarla, sino comprenderla como momento necesario en el despliegue del alma moderna. Que Giegerich se refiera a Jung en sus “mejores momentos” no es una selección arbitraria, sino una operación dialéctica: identificar allí donde Jung trasciende su propio marco y permite pensar más allá de sí mismo.

Por tanto la crítica de que Giegerich “se inventa un Jung que nunca existió”, que fragmenta su obra y selecciona solo aquellos aspectos que le convienen es inconsecuente. Esta crítica ignora que el procedimiento de Giegerich es abiertamente interpretativo y selectivo porque no pretende ofrecer una biografía o exégesis filológica de Jung, sino recuperar ciertos momentos de su obra donde aparece –según Giegerich– un pensamiento verdaderamente psicológico, en el sentido especulativo. Él mismo lo aclara en What is Soul?: “No me interesa Jung como persona ni su psicología completa, sino como un autor en quien a veces el alma pensó”. Para Giegerich Jung es un cuerpo de pensamientos, no un sujeto clinico sino una noción inherente que el veraddero junguiano debe hacer justicia al seguirlo pensando.

El punto central que parece escapársele a Medina es que Giegerich no hace psicología del sujeto sino psicología de la conciencia histórica. En esto se aproxima más a Dilthey o a Hegel que a Klein o a Freud. Mientras Klein se ocupa de las relaciones objetales tempranas y los mecanismos defensivos del infante, Giegerich se ocupa de las formaciones del alma en la cultura, en la filosofía, en el arte y en el lenguaje. Es por ello que la crítica kleiniana, si bien puede tener valor clínico, resulta epistemológicamente inadecuada para evaluar la lógica interna del pensamiento de Giegerich

Que todo esto incomode, no sorprende. Giegerich no ofrece consuelo, ni siquiera comprensión en el sentido terapéutico. Su psicología no cura, sino que piensa. No es una psicología para el yo, sino contra el yo, y por eso mismo resulta tan ajena a los modelos clínicos centrados en la integración subjetiva. Pero su proyecto no puede ser juzgado desde otro paradigma sin caer en una forma de violencia epistémica. Criticarlo desde Klein es como intentar refutar a Nietzsche desde Kant: se trata de formas de pensamiento inconmensurables.

Es verdad que Giegerich es un autor excesivo. Su estilo, en ocasiones abstracto y críptico, su desdén por lo clínico y su rechazo a comprometerse con la experiencia individual pueden convertirlo en un pensador difícil de habitar. Pero también es verdad que pocos autores contemporáneos han tomado en serio la pregunta por el alma con tanta radicalidad. Si su obra incomoda, no es porque esté psicopatologizada, sino porque apunta a un fondo que ya no puede sostenerse en las categorías heredadas de la psicología tradicional. En su rechazo a la psicología del sujeto, Giegerich abre una vía posible –aunque no definitiva– hacia una comprensión más profunda de lo psicológico, una que no se agote en los mecanismos defensivos, ni en las relaciones objetales, ni siquiera en los arquetipos, sino que piense el alma como la forma histórica en que el mundo se presenta a sí mismo.

Medina acusa a Giegerich de envidiar a Jung, de querer destruirlo y de buscar someterlo para ser el amo y que Jung sea el esclavo. Por supuesto está es una lectura muy sesgada tanto del concepto del amo y el esclavo como de las intenciones subjetivas de Giegerich, que Medina pretende conocer profundamente gracias a que lo ha desenmascarado con una analísis kleininano de su subjetividad. Pero no hay honestidad en tal pretensión, al contrario es un ejercicio proyectivo que habla más de quien lo emite que de una obra detemrinada. Medina no habla de Jung, ni de Klein, ni de Giegerich sino de una fantasía que se podría inscribirse en la paranoia de, paradójicamente, un pecho persecutorio.

La propuesta de Giegerich en cuanto a Jung es mucho más sencilla y no requiere vericuetos teóricos para entenderla, se trata simplemente de seguir pensando a Jung, porque para Giegerich Jung es el autor más importante de la psicología, el único desde el cual se puede fundar un desarrollo psicológico desde el concepto mismo del alma y es el deber de cualquier admirador de la obra junguiana dedicarse a la tarea de seguir pensando lo pensado en la teoría que Jung desplegó a lo largo de su obra. Para ello, se deben desentrañar las contradicciones inherentes al corpus teorico y permitir que sean ellas mismas las que lleven al lector a la comprensión del movimiento lógico de tan importante obra. Por supuesto no hay una envidia destructiva, ni un deseo de muerte o dominación, parafraseando a Giegerich, él desea ser enseñado por el magma ardiente de las intuiciones de la psicología analítica y no petrificarlas es una comprensión dogmática.

Negarse a escuchar esa propuesta, reducirla a una psicopatología o tildarla de nihilista, es negar la posibilidad misma de que el alma piense. Y tal vez lo que más necesitamos hoy –en medio de un mundo saturado de opiniones, técnicas y recetas– no sea tanto más psicología, sino un pensamiento que se atreva a escuchar, aunque sea con incomodidad, la lógica del alma en su devenir. Esa es, en el fondo, la propuesta de Giegerich. No la del clínico, ni la del poeta, sino la del pensador que arriesga su lugar en la historia para que el alma pueda decir algo de sí misma, más allá del sujeto que la habita.

Lo que queda no es una toma de partido ni una defensa dogmática de Giegerich frente a la crítica dirigida hacia él, sino la imperiosa necesidad de cuestionar el mismo lugar desde el cual se lee, el tipo de alma que se manifiesta en los juicios propios y si se está dispuesto a permitir que el alma exprese algo que quizás no se desea escuchar. Porque en la crítica de Medina se encuentra un gesto que no solo interpreta, sino que también protege; un intento de restituir al pensamiento psicológico a un ámbito seguro, comprensible y terapéutico. Sin embargo, el alma no siempre busca ser comprendida ni curada. En ocasiones, desea comunicar su verdad mediante formas que desafían los moldes establecidos, psico-pathos-logicos, y en esos momentos, lo psicológico ya no puede comprenderse como sinónimo de equilibrio, integración o salud, de otra forma se le someteria a un lecho de Procusto.

No se trata de santificar a Giegerich ni de integrarlo armoniosamente al canon junguiano. Su pensamiento es disruptivo, incómodo, provocador. Pero precisamente por eso merece ser escuchado desde un lugar distinto al de la mofa clínica. Si el alma es también negatividad, contradicción y muerte simbólica –como Jung mismo lo sabía–, entonces es legítimo que su pensamiento adopte formas disociativas, que no buscan integrar sino atravesar, no reparar sino revelar. Y si la psicología quiere seguir viva, debe aprender a tolerar esa tensión sin resolverla demasiado rápido.

Lo inquietante de la critica malintencionada es el intento, caricaturezco, de reducir el pensamiento de Giegerich a lo ya conocido, de tal forma que no se tenga que llevar a cabo el trabajo de comprenderlo, es una urgencia de domesticar lo salvaje de su reflexión. Esta premura refleja también el estado actual de la psicología, de su dificultad para pensar sin un sujeto definido, para imaginar sin un símbolo trascendente y para escuchar sin proyección. Tal vez el alma, como afirmaba Jung, no requiera ser curada, sino simplemente ser considerada con seriedad. Giegerich ha hecho precisamente esto: ha tomado el alma con seriedad, más allá de la terapia, del individuo e incluso del símbolo. Su propuesta exige, por lo tanto, que se le considere con rigor y atención, y que quien la aborde tenga la paciencia y el autoncontrol necesarios para tomarse un momento y escuchar lo que ésta revela sobre la propia resistencia, sobre los sesgos particulares y, entonces, permita el abordaje dialéctico de la escisión que se separa al lector de su entendimiento.

LA CRÍTICA COMO CARICATURA: LECTURA DE “LA FARSA HEGELIANA 2.0” DESDE LA PSICOLOGÍA JUNGUIANA Y LA LÓGICA DEL ALMA

Logos del alma

Esta reflexión corresponde al artículo “La farsa hegeliana 2.0 en la obra de Wolfgang Giegerich” que José Medina público para criticar las bases hegelianas del pensamiento del Wolfgang Giegerich, se inscribe en la producción crítica que algunos autores han dedicado al trabajo de éste autor y que, sin embargo, se desliza al ámbito de la parodia al construir una imagen distorsionada de Giegerich y dirigir sus ataques más hacia su persona que a sus verdaderos argumentos. Sirva este ejemplo para seguir aclarando los muchos mal entendidos sobre el trabajo de la Psicología como La Disciplina de la Interioridad.

El texto “La farsa hegeliana 2.0 en la obra de Wolfgang Giegerich” de José Medina constituye un ataque frontal, tanto conceptual como personal, al proyecto psicológico de Giegerich, a quien acusa de haber desvirtuado la herencia junguiana en favor de un hegelianismo idealista y totalitario. Sin embargo, al intentar demeritar la labor teórica de Giegerich, Medina incurre en una serie de errores hermenéuticos, malinterpretaciones doctrinales y deformaciones polémicas que convierten su crítica en una caricatura. Este ensayo se propone mostrar cómo el texto de Medina falla en ofrecer una lectura fiel, filosóficamente informada y psicológicamente relevante del pensamiento de Giegerich, y cómo en su lugar recurre al uso de etiquetas reduccionistas, juicios morales y un lenguaje fuertemente ideologizado que sustituyen la crítica conceptual sería por la descalificación retórica.

Desde sus primeras líneas, Medina asocia la psicología de Giegerich con una forma de “hegeleanería” vacía, recurriendo a figuras como Popper, Deleuze y Nietzsche para reforzar la supuesta peligrosidad intelectual del sistema hegeliano. Esta estrategia polémica presenta un doble problema. Primero, supone que la recepción que hace Giegerich de Hegel es literal, dogmática y dependiente de un culto al sistema. Segundo, ignora por completo que Giegerich no reproduce el contenido de la filosofía hegeliana, sino que retoma su estructura lógica para pensar la dinámica del alma. Lo que Giegerich adopta es la lógica de Hegel como estructura formal de la experiencia psíquica, no sus presupuestos ontológicos sobre el absoluto. Es decir que lo que Giegerich extrae de Hegel no es su filosofía del Estado ni su metafísica del Espíritu, sino una forma de pensar dialécticamente los procesos del alma, sus contradicciones internas, y su despliegue histórico-cultural. No se trata, como insinúa Medina, de glorificar a Hegel como ídolo herido, sino de utilizar herramientas conceptuales para acceder a una dimensión lógica de lo psíquico que va más allá de lo empírico o lo terapéutico.

Uno de los puntos más reiterados por Medina es la crítica al concepto de “exclusión del Otro”, que Giegerich introduce en su obra Neurosis. The Logic of a Metaphysical Illness. Según Medina, esta idea implicaría una renuncia deliberada al pensamiento dialógico y una imposibilidad de crítica interna. No obstante, lo que Giegerich formula es una estructura fenomenológica del alma: cuando la totalidad psíquica se ve absorbida por una imagen, la energía libidinal se concentra por completo en ella, de modo que lo “otro” queda desatendido. Tal como lo expresa el propio Giegerich: “La exclusión es ‘paciente’, pasiva, un efecto secundario de que toda la ‘libido’ fluye hacia la imagen…”. No se trata, por tanto, de una exclusión activa del otro como sujeto, ni de una censura epistémica, sino de una descripción de la estructura de totalidad que ocurre cuando el alma está completamente absorbida por una configuración simbólica. Esta estructura forma parte de la tradición hermenéutica en psicología profunda que parte de la premisa de que la conciencia no está disponible para el juicio externo cuando se encuentra atrapada en una forma determinada. El error de Medina consiste en leer este fenómeno como una consigna ideológica, y no como una forma de comprender el movimiento interno del alma.

Quizá el error más grave del texto de Medina sea la acusación de manipulación textual hacia Giegerich. El autor sostiene que Giegerich “descaradamente” tergiversa un pasaje de Jung tomado de Mysterium Coniunctionis, en el que se afirma que la imagen de la fantasía “tiene todo lo que necesita” y que debe protegerse de interferencias externas. Medina asegura que Giegerich convierte esta precaución metodológica en un principio ontológico del alma, al que llama “la navaja psicológica”. Lo que Medina omite es que la interpretación de Giegerich no pretende ser una exégesis literal, sino una extrapolación lógica. Tal como lo explica Mark Saban, Giegerich convierte la técnica de Jung en un axioma porque ve en ella una forma de respetar la autonomía de la imagen, no por ignorancia o mala fe. No hay aquí manipulación, sino elaboración teórica. El propio Jung sugiere en varios textos que las imágenes del inconsciente deben ser tomadas en serio por su estructura interna y no reducidas desde categorías externas. Que Giegerich radicalice esta idea no implica tergiversación, sino un pensamiento que toma en serio la autonomía de lo psíquico como forma simbólica.

Otro de los argumentos de Medina gira en torno a la supuesta destrucción del concepto junguiano de arquetipo por parte de Giegerich. Cita a Giegerich diciendo que los arquetipos no tienen existencia positiva en sí mismos, sino que sólo se concretan en imágenes culturales históricamente determinadas. Luego, pretende refutarlo con una cita de Jung en la que éste afirma que los arquetipos no son representaciones innatas, sino “posibilidades innatas de representación”. Pero lo que Medina no ve es que ambos están diciendo lo mismo. Tanto Jung como Giegerich entienden que los arquetipos no existen como entidades fijas, sino que son patrones formales que se actualizan en imágenes concretas. James Hillman también se alinea con esta visión: “El arquetipo nunca aparece como tal; sólo se manifiesta a través de imágenes. Lo arquetipal es lo que se da en las imágenes, no detrás de ellas”. Medina pretende establecer una contradicción donde no la hay, y su crítica termina siendo una confirmación de lo que Giegerich afirma.

El punto más ideológico del texto de Medina aparece hacia el final, donde acusa a Giegerich de justificar el capitalismo, declarar obsoleto al individuo y proponer como “terapia” la aceptación acrítica del statu quo. Esta interpretación, además de estar plagada de afirmaciones descontextualizadas, incurre en una grave confusión de niveles. Cuando Giegerich afirma que “el individuo está obsoleto” o que “el dios actual es el dinero”, no está postulando un deber ser ético o político, sino describiendo la configuración simbólica del alma contemporánea, tal como aparece en el discurso y las prácticas del mundo moderno. Su psicología no es prescriptiva, sino hermenéutica. Como él mismo señala en Technology and the Soul: “Mi objetivo no es curar ni transformar, sino atender a la verdad de la época en la que estamos inmersos, que es, para bien o para mal, la forma actual del alma”. La crítica de Medina parte de una lectura moralizante que confunde la descripción de una estructura simbólica con una apología ideológica. Este error se agrava al no distinguir entre el nivel lógico-simbólico de la psicología arquetipal y el nivel ético de la praxis social, como si toda descripción de una forma psíquica implicara su justificación.

El lenguaje del texto de Medina refuerza esta tendencia hacia la descalificación más que al análisis. Frases como “una farsa bochornosa”, “Disneylandia lógica”, “el pobre Giegerich”, “espíritus abotargados” o “hegeleanería escabrosa” sustituyen el argumento por el desprecio. Esta retórica del insulto no sólo degrada el valor intelectual del texto, sino que traiciona el espíritu mismo de la psicología junguiana, cuya premisa fundamental es escuchar las imágenes con seriedad, incluso cuando son difíciles o incómodas. Criticar a Giegerich con rigor es posible —y algunos lo han hecho con elegancia, como Mark Saban, Greg Mogenson o Stanton Marlan—, pero no en los términos en los que lo plantea Medina, cuyo estilo panfletario lo aleja tanto del pensamiento filosófico como del análisis psicológico.

La psicología de Wolfgang Giegerich es una de las contribuciones más audaces y complejas a la evolución del pensamiento junguiano contemporáneo. Su lenguaje, a menudo abstracto y exigente, su estilo lógico-dialéctico y su crítica al psicologismo humanista, generan resistencias ilegítimas. Pero es precisamente por eso que merece una crítica rigurosa, fundada en una lectura atenta de sus textos y en una comprensión clara de los principios que orientan su proyecto. La obra de Giegerich no debe ser aceptada sin cuestionamiento, pero tampoco puede ser reducida a una caricatura ideológica. Atribuirle una farsa no sólo es injusto, sino profundamente antipsicológico.

LA CRíTICA MALINTENCIONADA A LA OBRA DE W. GIEGERICH. UN EJEMPLO DE LECTURA PROYECTIVA Y DEFENSIVA

Logos del alma

El texto “La confrontación Jung-Giegerich. Algunas claves” de José Medina es un ensayo lleno de equívocos, que representa de manera explícita la mala fe con la que algunos pensadores han querido abordar fallidamente la obra de Wolfgang Giegerich. En los siguientes puntos se exponen algunos de los múltiples errores que subyacen a ese trabajo de análisis mal intencionado.

1

Una lectura dirigida a la comprensión de un autor exige que el lector pueda atender a los conceptos esenciales de su obra. Para responder a un cuerpo de pensamientos, es necesario tener claridad sobre los significados que sostendrán la argumentación. Es inadecuado adentrarse con prejuicios a una lectura, esperando que esta satisfaga las propias expectativas. Si el autor habla del alma, del inconsciente o del Self, es debido preguntar a sus textos: ¿qué quieren decir con esos términos? No es posible responder por ellos, fingir que ya se los sabe o falsear sus respuestas a causa de las limitaciones intelectuales. De otra forma, el diálogo con el texto será simplemente un monólogo donde se encontrará lo que ya se creía saber y solo se reforzará la postura egoica.

Lo mismo sucede en la relación con una persona, incluyendo la relación terapéutica: es menester poner en duda las certidumbres, imágenes y juicios, y recibir al otro tal como es, con su propia voz. Sin embargo, hay muchos lectores, algunos de ellos cultos, cuya lectura pretende dominar al autor, por lo que se le descalifica aun sin haberle entendido o leído. Se construye sobre la figura del pensador un hombre de paja y se procede a luchar argumentativamente, en el mejor de los casos, contra una representación del propio lector, que poco tiene que ver con el autor en cuestión.

Así, abundan los críticos de Lacan, Jung, Freud, Hegel, Foucault, Hillman y Giegerich, que sin conocer su obra suponen poder refutarlos por medio de las opiniones de terceros, sin necesidad de acercarse a su trabajo. Y si por suerte los leen, su mirada nublada por el prejuicio les muestra solo aquello que quieren leer, es decir, lo que confirma su propia idiosincracia. Es una lectura proyectiva.

El trabajo de Wolfgang Giegerich es desafiante en muchos sentidos. Por un lado, exige a sus lectores un conocimiento amplio de ciertos temas, especialmente en el campo de la psicología junguiana. Por otro lado conmina a una apertura que implica una visión crítica del pensamiento de C.G. Jung, lo que supone la disposición a reevaluar las ideas presentadas en la obra junguiana.

En el ámbito hispanohablante, algunos junguianos han expresado su escepticismo sobre la fiabilidad o la coherencia de Giegerich, e incluso han llegado a acusarlo de mala fe hacia la obra de Jung. Sin embargo, estas críticas carecen de fundamento. La mayoría de sus detractores, lamentablemente, no han leído su obra y, en cambio, se han basado en materiales que, con mala intención, distorsionan los conceptos utilizados por Giegerich. Un ejemplo de ello es el artículo titulado “La confrontación Jung-Giegerich. Algunas claves”, escrito por José Medina, que algunos han utilizado para intentar comprender la psicología de Giegerich y alimentar su desprecio personal hacia el autor.

Por esta razón este es un análisis de las falacias argumentativas y los conceptos malentendidos que, para un lector atento, serán evidentes. Este análisis pretende aclarar qué no es Giegerich, es decir, un entendimiento a través de la reflexión de quien no lo ha comprendido ni busca comprenderlo.

2

El texto “La confrontación Jung-Giegerich. Algunas claves” comienza con un singular epígrafe de Nietzsche: “Jamás vuelve a curarse del todo nadie que haya estado enfermo de hegelianería.” Que recurre a la actitud pendenciera de Nietzsche contra lo que él consideraba “la palabrería hegeliana” y sus conceptos de totalidad y progreso. Dichas observaciones son de muy mal gusto por parte de Nietzsche y totalmente injustas contra una de las mentes más brillantes de la filosofía, sostenida en las opiniones de Schopenhaeur y Goethe. Por supuesto, cuando se comienza un texto calificando un pensamiento de “enfermedad” el argumento no podrá ser más que una falacia, que de entrada ha identificado lo que se critica con un defecto mental o biológico que demerita la importancia de la idea tratada. Si Hegel es una enfermedad, entonces ni siquiera es necesario pensarlo, pues se le considera nocivo de facto. Pero, ¿cómo se sabrá lo que realmente dijo Hegel si no se le lee?

Caben dos posibilidades: o no interesa o ya se cree saber todo lo necesario sobre Hegel con base en lo que otros autores han dicho. ¿Pero qué clase de lectores es quién no quiere saber lo que dijo un autor y solo busca descalificarlo para no tener que hacer el trabajo?

Inmediatamente después del epígrafe el autor del artículo comienza con una pregunta engañosa:

“¿Qué responderle a alguien que afirma que la sincronicidad es irrelevante, que el alma no existe, que la noción de arquetipo psicológico ha sido desestimada por la ciencia, que lo numinoso no es más que pura fantasía de otra época, que la individuación es agua pasada, que el lugar intermedio pleno de significado que se encuentra entre la polaridad subjetivo-objetivo es un mero show, que Jung es un teósofo…?”

Por supuesto esta no es una pregunta simple, sino una afirmación de lo que se considera son las ideas de Giegerich en cuanto al contexto junguiano, por ello se habla de “La confrontación Jung-Giegerich”. Pero, ¿es cierto lo que se dice sobre Giegerich?, veamos puntos por punto:

  1. Sobre la sincronicidad. Giegerich no afirma nunca que la sincronicidad es irrelevante. En su artículo: “Un serio malentendido: sincronicidad y la generación de significado”, lanza una observación a la pretensión de algunos autores de interpretar la sincronicidad como generadora de un significado trascendente, poniendo énfasis en la frase original “sinngemäße Koinzidenz” que ha sido traducida de forma errónea al inglés. Su tesis es que este descuido de traducción desvía al lector de la importancia original del concepto de sincronicidad. Dicho concepto no es esencial para el trabajo terapéutico, pero es importante como concepto teórico.
  2. El alma no existe. Este es un tema complejo, porque la afirmación constante de Giegerich de la inexistencia del alma no puede leerse de forma literal si se quiere entender correctamente. Cuando Giegerich habla de la inexistencia del alma se refiere a que el alma no es un elemento positivo, ni un objeto real o ideal, no es una cosa ni un reino trascendente, sino que es pura y absoluta negatividad, es decir que su reino es el de la preexistencia, que no es la no-existencia sino que subyace como concepto sin ninguna forma de sustancia. El alma es la lógica inherente en cada fenómeno, pero no es el fenómeno. Esta forma de asumir el alma exige poder pensarla sin un punto de anclaje pictórico o metafísico. 
  3. El arquetipo es aún un objeto de debate en la psicología junguiana seria, para ello véase el trabajo de Jon Mills, el de Erik Goodwyn o el de Christian Roesler, entre los pensadores actuales en el campo de la psicología analítica cuyos trabajos muestran lo inacabado del tema. El mismo James Hillman pasó de largo el tema de los arquetipos y prefirió asumir que cada imagen era arquetipal en sí misma, es decir que tenía su finalidad en su misma forma. Giegerich en cambio asume que el termino “arquetipo” no es necesario para la comprensión de los fenómenos psicológicos y que inclusive funciona como una mistificación que estorba el esfuerzo de entenderlo a estos fenómenos.
  4. Lo numinoso para Giegerich es la experiencia del alma de la presencia de lo divino, como la mejor representación simbólica de una verdad de sí misma, pero ya que la conciencia como proceso trasnpersonal ha experimentado una separación en sí misma de donde el ego moderno ha nacido, lo numinoso ya no puede experimentarse como en otras épocas, no porque sea falso, más bien porque la verdad del momento presente ya no se expresa en la fascinación de las figuras del alma.
  5. La individuación en Giegerich es un proceso del alma, no de las personas, y este ya ha ocurrido desde hace algunos siglos, el alma se ha individuado. Lo que ello implica es que las manifestaciones y la lógica de la conciencia se han transformado para dar paso a nuestra experiencia moderna de la realidad. Es por eso que se puede aspirar a ser nosotros mismos, puesto que ya lo somos. Giegerich invita a que se repiensen estos conceptos nuevamente de acuerdo a un pensamiento profundo del conocimiento actual.
  6. Desde este contexto el sentido, igual que lo numinoso, ya no son posibles, porque eran la experiencia de un alma imbuida en sus propias imágenes, pero ahora que esta se ha separado de las mismas el sentido ha desaparecido, por lo que toda búsqueda de sentido es la nostalgia de lo que se ha perdido, y la incertidumbre es el precio que se tiene que pagar por este cambio.

Como se puede observar Giegerich piensa nuevamente muchos de los conceptos que los junguianos dan por sentado, ¿no es acaso esa la tarea de un psicólogo comprometido con el espíritu de la obra de C.G. Jung? 

3

En medio de las argumentaciones del artículo se desgranan más presupuestos que son cuestionables, por ejemplo, la afirmación: “No se puede ser platónico y aristotélico”, lo que es muy extraño suponiendo que la base de la cultura descansa en estos pensadores, estemos o no de acuerdo con ellos, y sería conveniente conocer la obra de ambos. Además, estudiar a Aristóteles presupone haber conocido a Platón, igual que leer Hegel implica haber leído antes a Kant. De la misma forma, adentrarse en Giegerich requiere haber leído previamente a Jung. Por lo tanto, se puede ser junguiano sin leer a Giegerich, pero no se puede leer a Giegerich sin antes conocer a Jung.

En el orden de esas falacias, el autor del artículo procede a poner otros ejemplos de “charlatanes”, por lo que se tienen varios epítetos con los cuales identificar a Giegerich: “interesado”, “tendencioso”, “enfermo”, “magullo”, “racionalista”, y esto apenas en dos páginas, por lo que más adjetivos calificativos se adherirán a su figura en lo que viene. Para poder sostener estas afirmaciones sobre la persona de Giegerich se pone de ejemplo a Lacan afirmando que:

“del famoso “retorno a Freud” de Lacan, tal “retorno” fue una ayuda inestimable para que en nuestros días se haya arrojado al padre del psicoanálisis a las cavernas de la pseudociencia y de la “magufería”, como gustan en decir ciertos “racionalistas” ilustrados que de buena gana mandarían al diablo cualquier saber sobre el ser humano que no consista en rigurosa ciencia, o en lo que ellos llaman ciencia.”

Aquí tendría que preguntarse si hay honestidad intelectual en descalificar en unas cuantas líneas un pensamiento tan poderoso como ha sido la escuela lacaniana de psicoanálisis, que si bien es abstrusa y compleja, no por ello es despreciable. Desde fuera de ella parece que tiene pensadores muy importantes y muchos de ellos con grandes aportes a la clínica psicoterapéutica seria, por ejemplo: Massimo Recalcati, Darian Leader, Juan David Nasio, Francoise Dolto, etc. Quienes piensan a partir de la propuesta de Lacan y ayudan a pensar también las intuiciones freudianas.

Aquí también se esboza una comparación superficial que pretende reducir a Giegerich a un emulo de Lacan, lo que no es el caso, pero retoma la idea lacaniana del inconsciente estructurado como un lenguaje y lo iguala a la afirmación de Giegerich de que el alma se expresa de forma lingüística, lo cual significa tratar de homologar dos vías de pensamiento muy distintas con el pretexto de la palabra “lingüístico”, y aunque la comparación merecería un apartado completo, la profundidad de las diferencias y desarrollos de cada autor no caben en unos pocos párrafos.

Se puede notar que el propósito del texto no es entender la relación entre Jung y Giegerich sino denostar de múltiples formas el trabajo de un autor, incluso por medio de desacreditar a otro autor con el que se le compara. En ese camino, claro está, el interés está puesto en el desprecio de aquello que, por alguna razón, se escapa a la comprensión.

Jung, en cambio, tenía una forma distinta de acercarse a un texto donde exalta la posición que un lector debería mostrar ante un texto analizado:

“la persona competente leerá el nuevo libro con la sensación de que posiblemente se había equivocado hasta ese momento, y que ahora alguien le mostraría cómo debían percibirse realmente las cosas” (En los Jung Papers, aún inéditos)

4

El autor de “La confrontación Jung-Giegerich. Algunas claves” confiesa que el ánimo con el que escribe su texto es el siguiente: “mi emocionalidad y descontento, mi exasperación, ante lo que yo consideraba, y considero, equivocaciones fraudulentas y una profunda falta de rigurosidad en su obra”; lo que hace evidente  que el interés del trabajo no está en comprender a Giegerich sino en calmar la propia emocionalidad. Ya Jung decía:

“Siempre se tienen emociones cuando no se está adaptado. Si se está adaptado no hace falta la emoción; una emoción es sólo una explosión instintiva que indica que no se ha estado a la altura. Cuando no se sabe cómo hacer frente a una situación o a las personas, uno se vuelve emocional. Al no estar adaptado, se tiene una idea equivocada de la situación … … ser emocional es ya estar en camino hacia una condición patológica”.

No se puede pensar ni adentrarse en un pensamiento riguroso llevados por un complejo emocional, porque es él anima quien dicta el camino de su necesidad y posee al sujeto emocional. Cuando se está tomado emocionalmente, el pensamiento no le pertenece a uno, debe afrontarse y dejar que el arranque pase para poder reflexionar de forma adecuada. 

Es comprensible el porque el autor está tan lleno de enojo contra Giegerich, ya que ha construido un hombre de paja que contiene su propia falta de comprensión, mas no coincide con los conceptos en Giegerich mismo y se ha ensañado en encajar sus prejuicios a este pensador para lograr esta lectura proyectiva. Así, continúa con adjetivos sobre la persona de Giegerich: “falto de estima”, “disparates”, “pato fuera del agua”, “rodando de cabeza” “pseudointelectual”, “falsa sabiduría”, “bajos fondos”, “mundo de la estafa”, “franco embuste” ¿Cómo podemos pensar claramente llevados por una emoción tan desbordante?

Es por esto que confunde los conceptos de Giegerich. Por ejemplo sobre el tema de la verdad cita un texto donde Giegerich dice: «La psicología no es más que uno de los posibles enfoques metodológicos de lo que sucede y ha abandonado cualquier pretensión de ser o de aspirar a un conocimiento verdadero”, mismo que va acompañado en el contexto original de la aclaración: “aunque el sentido de la verdad es todavía vital para ella [para la psicología], este sentido de la verdad, o su verdad misma, es meramente interna a ella como un principio rector metodológico y objetivo. Su validez permanece encerrada dentro de sí misma. No se extiende más allá de sí misma.”  Lo cual el autor toma como una contradicción ante las afirmaciones la importancia de la verdad para la psicología de Giegerich. Por lo tanto, en lugar de preguntarse sobre el concepto de “verdad” en el contexto de la obra analizada, prefiere darlo por sentado. Pero Giegerich habla realmente de un movimiento lógico de la consciencia de forma muy clara: la verdad que antes se encontraba fuera del alma como los principios rectores que le daban sentido, ahora se encuentra dentro de los mismos fenómenos como la adecuación de los mismos a sus nociones particulares. Una situación que podría discutirse pero no mal entenderse a menos que se este ansioso por buscar una falla semántica que reafirme la animadversión manifiesta.

Sucede lo mismo con el enunciado “el alma es consciencia, es subjetividad” que el autor interpreta de forma muy sesgada como la afirmación de Giegerich de que el alma es creada por las subjetividades humanas y que estas se reducen a la consciencia colectiva donde hipóstasia al yo como el verdadero sujeto de la psicología, ignorando los procesos del inconsciente. Todo esto por supuesto es una lectura bastante lejana de lo que trata Giegerich en su obra.

En términos sucintos Giegerich propone que la psicología tiene como objeto el alma, que no es otra cosa sino la lógica de la consciencia, entendida esta última como la mentalidad que ha ido tranformandose a lo largo de las eras y que es el único medio por el cual el ser humano puede interpretar la realidad. No habla, por supuesto ni del consciente ni del inconsciente colectivo, que para él son abstracciones que sirven como muletillas para entender el movimiento de la consciencia. El alma es subjetiva no porque pertenezca a los sujetos humanos sino porque ella es su propio sujeto objetivo. “El alma siempre se piensa a sí misma” es un motivo recurrente en Giegerich. 

A diferencia de un sistema que explique todo, Giegerich no busca más que comprender el lugar del pensamiento, colectivo e individual, en la vida lógica del alma, que como se ha dicho no existe en ninguna lugar sino que preexiste, es decir, es pura negatividad. Es claro entonces que sus miras están muy lejanas al ego, pues el estudio del alma poco tiene que ver con las necesidad egoicas, de ahí que proponga la diferencia psicológica, es decir la distinción entre el reino del ego y el reino del alma para poder hacer el trabajo de la psicología. La cultura y sus productos no son sino los cadáveres que deja la chispa del alma a su paso y a través de lo cuales se vivifica esporádicamente para seguirse pensando. Hay ahí una crítica activa contra la hegemonía del ego y su centralidad en el humanismo moderno.

Este desarrollo no puede comprenderse si se intenta saciar la emocionalidad o encajar los conceptos del autor en el esquema ortodoxo del junguianismo, ya que el gran problema es que el trabajo de Giegerich requiere pensar más allá del marco junguiano clásico. No es posible reducir a un pensador a las categorías de otro sin falsearlo. De ahí la confusión de los conceptos que sigue alimentando la animadversión del autor del artículo en cuestión.

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En la misma tónica, en el articulo se continua con temas igual de confusos: “El símbolo está muerto, dice Giegerich”. Lo cual no es del todo cierto, para Giegerich, igual que para Jung, los símbolos son la mejor articulación de las verdades del alma, representadas de tal forma que son evidentes como manifestaciones anímicas. Pero puesto que el alma se transforma y se adapta a sí misma, los símbolos mueren, pues lo que en ellos era esotérico ha llegado a ser exotérico y, por lo tanto, ha perdido su función contenedora del alma. Por lo cual nuevos símbolos serán construidos y cumplirán su función el tiempo que sea necesario. Por eso, no podemos recurrir a la simbología antigua para entender los nuevos fenómenos del alma, ya que su correspondencia pertenece a estadios que han sido dejados atrás por la consciencia. En cambio, el presente ha construido sus propios símbolos y no sería extraño pensar que aún la forma simbólica pueda ser sustituida por una manera lógica de entender la realidad. Este avance no lo hace el hombre, lo hace el alma.

Aquí el término Aufheben es importante. En el pensamiento filosófico, específicamente en Hegel, la palabra Aufheben se traduce como “superación”, pero el término tiene mas matices en su idioma original que en español. Esta superación no significa un olvido o el desechar lo superado, al contrario involucra otros dos significados: “recordar” y “dejar atrás”. Por lo tanto, “superar” o “sublar” es el movimiento del fenómeno hacía sí mismo, donde lo que en un momento fue verdad ha sido sustituido por lo que en otro momento lo es, pero lo que es dejado atrás se convierte en el núcleo de lo que esta presente, no desaparece, se integra como una estructura del alma. Dirá Giegerich, lo que antes era lo superior ahora es el piso en el que se sostiene la realidad. 

Así, el alma se supera a sí misma al interiorizar sus símbolos, y aún la forma simbólica de relación, éstos se vuelven el núcleo éidetico de los fenómenos anímicos que mueven al mundo hacia sí, y que lo dirigen de tal manera a su propia verdad, al telos inherente que no puede conocerse ni prevenirse. Por eso, para Giegerich es importante ser enseñado por la realidad, porque ella contiene todo lo que necesita en sí misma, igual que el síntoma ya es una representación de la homeostásis de la psique.

Pero el autor del artículo confunde la palabra Aufheben, que es un término filosófico, con una intención ficticia que encaja en la figura de Giegerich, así es mencionado este malentendido:

“Giegerich quiere superar (dominar) a Jung para no ser reducido a él, es decir, a su psicología, pero a la vez Giegerich quiere conservar a Jung para que sea testigo de su superación”

Esta interpretación es por demás subjetivista, atribuyendo motivos psicológicos en los motivos teóricos de la obra de un autor, además no son motivos aléguenos, al contrario, desde está perspectiva Giegerich puede ser visto como un sádico o un psicopata que desea la dominación de Jung y de los junguianos. Claro ésta que no es el caso, pero la construcción de este personaje que es tan digno de insultos, humillaciones, falsificaciones y demás tropelías con tal de asegurar su desprestigio está justificada por la maldad inherente en su figura. Nuevamente entendemos porque el autor del artículo está tan molesto, lucha por su puesto con una sombra, pero no parece ser que sea la de Giegrich.

Es muy interesante la percepción que describe sobre Giegerich, un autor que falsea, que humilla, que traiciona, que malentiende, que tiene mala fe contra la obra de Jung. Pero como se ha visto que todos los argumentos son tergiversaciones de las verdadera idea de Giegerich, entonces ¿no será posible que este retrato sea un recurso proyectivo para hablar del objetivo del autor hacia la figura de Giegerich, falsificarlo hasta la saciedad para poder ponerse él sobre su obra y que Giegerich “sea testigo de su superación”?. 

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El artículo “La confrontación Jung-Giegerich. Algunas claves”, ofrece una oportunidad inapreciable de aclarar tanto los malos entendidos que hay alrededor de la obra de Giegerich y que han sido difundidos por aquellos a lo que éste les causa animadversión, muchas veces sin haber leído una sola página de sus textos. Y además permite observar la puesta en escena de la lectura proyectiva sobre la obra de un autor especifico.

Giegerich es un psicólogo junguiano, formado en el C.G. Jung Institute de Stuttgart, Alemania, que durante más de cuatro décadas ha ejercido como analista, docente, conferenciante, supervisor y ha sido un prolífico escritor en el ámbito de la psicología analítica, publicando en las principales revistas de psicología junguiana y constituyéndose como una figura de importancia en la escena académica internacional. Su obra es una elaboración de las ideas de C. G. Jung y del avance que fue propuesto por James Hillman, de quien fue intimo colaborador.

Lo característico de la obra de Giegerich es la búsqueda por el rigor teórico, que en su opinión, hace falta en psicología junguiana, corriente que ha condescendido con aquello que Jung llamaba “la psicología del prestigio”, es decir, una forma de pensamiento psicológico que se adopta a los canones culturales de forma irreflexiva y que deja de lado el estudio comprometido del alma en favor de factores como la eficacia, la autoayuda y el dominio técnico de la mente.

Giegerich, en cambio, propone repensar los conceptos junguianos aplicándolos a sí mismos y entendiéndolos no como un conocimiento acabado, sino como un movimiento del pensamiento que puede seguir pensandose de manera indefinida. Las bases de su teoría, descansan en el estudio profundo de la obra de Jung, en la psicología arquetipal de Hillman, en Heidegger, Nietzsche, Hegel y en la obra del folklorista Heino Gehrts, entre otros tantos.

Como sucede con cualquier otro autor que vale la pena leer, su obra es disruptiva, no porque contradiga las intuiciones junguianas sino porque es fiel a las mismas en el espíritu de su movimiento lógico. No busca fosilizar los conceptos, sino seguirlos en su flujo conceptual interno. Basta revisar su obra, donde argumenta de forma rigurosa y elegante sobre diversos fenómenos psicológicos, desde la sombra hasta la bomba atómica.

Hay un anatema entre sus críticos sobre la nula aplicabilidad de sus ideas, lo cual resulta falso de forma evidente para quienes practicamos la psicoterapia y estudiamos la obra de Giegerich y que se confirma con sus últimos libros sobre el quehacer psicoterapéutico: “What are the factor that heal?” Y “Working with dreams”, ademas de las mencionadas más de cuatro décadas de ejercicio terapéutico.

Importantes figuras dentro del ámbito junguiano reiteran la pertinencia del trabajo de Giegerich, por ejemplo James Hillman, Greg Mogenson, David Miller, Ann Casement, Pamela Power, Yushiro Tanaka, Marco Heleno Barreto, John Hoedl, entre muchos otros que han construido un grupo de estudio llamado ISPDI (International Society of Psychology as Discipline of Interiority) para explorar una variedad de temas psicológicos con base a los avances intuidos en la obra de Giegerich.

Por supuesto no es una obra acabada, y necesita seguir siendo reflexionada. Pero falsearla o mentir sobre sus intenciones, conceptos y construcciones teóricas no es la mejor forma de acercarse a la misma. Podemos estar en desacuerdo con un cuerpo de pensamientos, pero debemos ser cuidadosos en no involucrar las experiencias de los complejos en el estudio de la teoría. El enojo y la emocionalidad pueden, muchas veces, convertirse en motivo de creación de falacias que se superpongan a un objeto de lectura. Necesitamos preguntarnos constantemente por nuestras propias motivaciones, para no descargarlas en los temas y hacer de estos los chivos expiatorios de nuestra propia sombra.

La lectura comprometida con el tema requiere que estemos dispuestos a escuchar de viva voz al autor y a profundizar en el contexto teórico de sus afirmaciones, de otra forma no seremos tocados por el tema. Todo ello es, sin duda, una elección, no todos los autores están hechos para uno, pero como decía Edinger sobre la lectura de Jung “Si asumes que lo sabes mejor que él y comienzas con una actitud crítica, no te molestes; el libro no es para ti”. En la revisión teórica de un pensador ya habrá tiempo para conocerlo mejor, pero no se puede apresurar el proceso del entendimiento. Se debe asumir que Giegerich tardó décadas en construir una postura crítica sobre Jung, eso es muestra de mucho trabajo duro de por medio. 

A los lectores de Giegerich les espera algo similar. Conocer a Jung, saber de Hegel, Heidegger, Hillman y todos esos temas profundos que se vislumbran en su obra, no es una labor sencilla, pero para los llamados a ella, será una vocación que no se puede eludir sino con mucho esfuerzo y al costo de un sacrificio distinto. No podemos escapar completamente del alma.

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Leer a Giegerich es complejo, como ya se ha dicho, muchas cosas planteadas por su trabajo pueden resultar difíciles de comprender y de aceptar. Es un escritor sui generis que habla de temas incomodos y que lo hace desde argumentos sólidos y por ello difíciles de eludir. Al propósito, Hillman decía que el de Giegerich era «el pensamiento junguiano más importante que se está llevando a cabo ahora, tal vez el único pensamiento junguiano consistente en absoluto», si bien algunos podrían dudar de ello, es un tarea pendiente el seguir profundizando en sus repercusiones. Además, C.G. Jung merece que su obra siga siendo pensada por figuras tan profundas como Hillman o Giegerich, esto no tiene que intimidar a nadie. El espíritu al que Jung respondió, con el opus de su vida misma, sigue latente en Giegerich y en otros tantos autores. Ser junguiano es estar abiertos a la diversidad de posturas en el campo de la psicología analítica y ofrecer una conversación objetiva y respetuosa de las mismas, lo que significa no permitirnos el rechazo proyectivo, los argumentos ad hominem o la mentira para convencer a otros que lo que nos causa dificultad no vale la pena.

Hillman decía que el alma es lo que nos confronta, aquello que nos impide quedarnos demasiado tiempo en un solo lugar, el síntoma y su pathos del logos. Quizas podamos concebir a Giegerich como ese animus que irrumpe y que obliga a la psicología analítica a dejar atrás su inocencia, para adentrarse realmente al oscuro campo de Hades, al inframundo lógico, al verdadero reino del alma.

Elogio del compartir

Logos del alma

La parábola de los talentos comienza con un hombre que al partir a un viaje deja un monto de monedas a sus siervos. Al regresar dos de ellos le ofrecen el fruto de sus inversiones, pero el tercero, temeroso, ha enterrado la moneda en la tierra para no perderla. Por supuesto, el hombre reprende al siervo mezquino y premia a aquellos que se han arriesgado en su tarea. En otro lugar, Khalil Gibran habló sobre “el dar” y dijo que: “en verdad, es la vida la que da a la vida, mientras que vosotros que os creéis dadores no sois más que testigos.” Es por eso que el  siervo fue castigado, porque en su tarea correspondiente confundió su relativa riqueza consigo mismo, pero lo que enterró cobardemente era en realidad un trozo de la vida.

Desde la década de los 90’s del siglo XX el tema de la piratería digital fue un problema debido a la popularización de herramientas para compartir archivos por medio de internet. Junto con las descargas nacieron los programas P2P, que permitían que dos o más personas pudieran transferir archivos digitales para acceder a audio, video o texto, todo ello en contra de las leyes de propiedad intelectual que dictan que solo el dueño de los derechos, no siempre el autor, puede reproducir la obra en cuestión. Un asunto nada sencillo si se tiene en cuenta que décadas atrás la costumbre de fotocopiar libros y de grabar musica en casetes era de lo más habitual entre los lectores y audiófilos entusiastas. 

Algunos libros físicos aún contienen la advertencia “la copia mata al libro”, haciendo equivaler el acto de fotocopiar un libro a un crimen terrible, que sin embargo la gente sigue cometiendo por necesidad. Y es que la ambigüedad de la propiedad intelectual procura un espacio moral gris que permite albergar serias dudas sobre la pertinencia de mantener las obras creativas bajo la estricta llave del mercado en contra del espíritu creativo que conduce a esa obra a su publico objetivo.

Si alguien compra un disco puede reproducirlo al aire libre en contra de la propiedad intelectual que le obliga a usarlo de manera personal, si presta un libro a un amigo esta haciendo un uso indebido del objeto adquirido pues evita que el mercado capte un nuevo comprador que ya no necesita una copia personal, pues alguien se lo ha prestado. El acto de compartir una idea está prohibido en la dimensión de la economía y de la propiedad.

Pero ¿son las ideas propiedad de alguien? Por supuesto que se debe remunerar a aquel que ha trabajado en una obra determinada, que ha invertido su tiempo y su esfuerzo en darle forma a una intuición que surge como un objeto intelectual; no obstante, equipararlo a una cosa física que debe permanecer como propiedad privada y restringida es un asunto difícil. Las ideas no son cosas, valga la aclaración, son nociones que permanecen en el contexto humano pero que no pertenecen a las cosas útiles o palpables. Como las imágenes psíquicas, las ideas se transforman y mutan con facilidad, y en las manos de un alfarero talentoso pueden dar cuenta de obras magníficas.

Goethe, decía que él no sentía que hubiera escrito el Fausto, al contrario, era el Fausto quien lo había escrito a él. Esta situación es contraintuitiva, porque vivimos bajo la imagen particular de que las ideas pertenecen a las personas, pero la intuición de Goethe trasluce otra realidad: somos de las ideas, y ellas, intangibles e inexistentes, son la verdadera “materia” de nuestra existencia, ellas nos escriben verdaderamente. Por lo tanto, poseerlas como propiedad es lo mismo que decir que el aire que respiramos nos pertenece, o que la vida que vivimos es nuestra, es un recurso retórico del ego que reduce la expresión autónoma del alma.

Curiosamente, algunos escritores se han dado cuenta que ahí donde su obra se pirateaba las ventas subían considerablemente, por ejemplo Neil Gaiman convenció a su editor de colgar su novela American Gods en su página web, de forma gratuita, y entonces todos sus libros se vendieron un 300% más de lo habitual. Y es que la mayoría descubrimos a nuestros autores favoritos robando su obra, como un préstamo o en copias ilegales, es decir, dejando que el alma llegará hacía sí misma sin restricciones. La obra alimentó en nosotros un ímpetu que fructifico en nuevas ideas y en el gusto de tener una copia de esas obras que nos han sido importantes.

Una psicología asentada en el estudio del alma como su verdadero objeto, supone que la psique objetiva esta construyendo obras de conocimiento de forma continua, y usa las manos de la gente para tal labor, son sus mentes el vaso hermético en donde la masa confusa se calienta y se ennegrece, se disuelve y se coagula y donde las ideas se enrojecen. Pero no es el ser humano el alquimista, lo es el alma. Ella es el autor verdadero y un sistema de copyright indudablemente debe actuar contra su verdad.

Desde la fotocopia a la copia ilegal y al archivo digital, siempre ha habido un cerco puesto por el mercado para restringir el uso del conocimiento, el DRM y la quema de libros no son tan distintos, ambos subyacen bajo la idea egóica de que la obra es de quien ha comprado los derechos. Aún así, la gente sigue compartiendo en programas P2P, por medio de repositorios virtuales, a través de páginas donde individuos desinteresados trabajan arduamente por distribuir de forma más equitativa el conocimiento. Los candados son rotos, los libros físicos digitalizados y cada que cierran un sitio se abren otros tantos, son como la hidra de Lerna, cuya fuerza salvaje es una representación de la vida inmarcesible.

Es la vida quien le da a la vida, porque “guardar es morir” y la vida lógica del alma no se aquieta en los recintos artificiales de la propiedad intelectual, ya que solo ella se pertenece a sí misma, uroborica en su esfuerzo por llegar a casa, a sí misma, y lo hace aún a través de las grietas de las paredes que el ego propone, pues el conocimiento no se entierra temeroso de su potencia, más bien abre su pecho y se entrega a su infinita transmutación. ¿A quién pertenece ese espíritu? ¿Quién posee su autoría si él es autor de sí mismo?

En este momento hay alguien traduciendo un texto sin permiso, escaneándolo para regalarlo, digitalizándolo para distribuirlo vía torrent, buscando vulnerabilidades en los candados mercantiles para democratizar el saber, alguien esta creando una página para bajar libros, para piratear artículos científicos, para permitir que el espíritu hambriento se alimente de sí mismo. Alguien está disfrutando del goce de compartir lo que le ha sido legado como tarea. Quizá se pueda replicar: “si todos los libros son copiados ya nadie escribirá”, pero la humanidad no ha dejado de escribir, ni de crear arte, desde sus albores y el alma encontrara siempre un genio que tenga que hacerlo para ser fiel a la vida. 

Aquel que ha sido poseído por un daimon, necesita brindarle expresión sin importar las circunstancias, comprometido con el trozo de vida que le ha tocado cargar. Al final, todos somos los siervos de ese homo totus que, incesante, nos pide cuentas, ¿sabemos, acaso, dónde hemos invertido las monedas que se nos han encargado?

La psicoterapia como espejo del alma

Logos del alma

Ser solamente un espejo del otro es una frase que se repite de manera común en psicoterapia, se refiere al trabajo del profesional por crear un ambiente empático y comprensivo para el paciente que acude a consulta. Para esta labor hay diversas técnicas que ofrecen la sensación de que el psicoterapeuta entiende perfectamente las condiciones, los sentimientos y las necesidades del paciente, pero al final el reflejo que observa el consultante no es otro que el de él mismo.

Sin embargo, una terapia centrada en el alma requiere un objetivo distinto. James Hillman en 1988 pronunciaba en Roma una conferencia donde hablaba sobre el narcisismo de la psicología profunda, el cual se reiteraba en los temas abordados por la psicoterapia y en la adecuación de sus conceptos al individualismo imperante, que descarta aquella máxima junguiana que dicta que la mayor parte del alma está fuera del hombre.

Hillman recomendaba dar un paso hacia la ventana, es decir, sacar al análisis de su contención en sí mismo y llevarlo a las calles, al estudio de la arquitectura, a los movimientos sociales, a la historia; habría que analizar al mundo para devolver el alma a su relación con la realidad, despertar su matiz de anima mundi y no enclaustrarla en el estrecho espacio de la psique individual.

Pero el reflejo de una psicología vista en el espejo del mundo aún no es suficiente para contemplar su verdadera profundidad. La imagen de lo exterior sigue siendo una reproducción de la subjetividad que proyecta las reglas de su identidad en aquello que observa. Al mudar el punto de inflexión del trabajo individual al colectivo, no obstante, no se ha trasgredido aún hacia el verdadero objeto de la psicología.

Jung dejó en claro que el objeto de la psicología es el alma. Pero por alma no se debe entender un ente o una imagen, el alma no es una cosa, ni tiene existencia positiva. Realmente es pura y absoluta negatividad, lo que significa que preexiste como la noción inmanente en cada fenómeno dado. El “alma” es la mitologización de la apertura hacia la otredad de la propia existencia, un agujero que se abre y que permite observar de manera inédita para la posición del ego (que de por sí es ciego a ella) la realidad a través de lo negativo.

Por ejemplo, de forma imaginal, el antiguo viaje chamanico suponía la mutación del chaman en un nuevo ser cuya naturaleza revelaba el matiz daimonico de la experiencia del sujeto. Su identidad se conservaba, pero ahora era el vaso receptor de una dimensión comúnmente oculta, el de las imágenes psíquicas que toman posesión de él y son capaces de reificarse en la relación con la comunidad.

La transformación a veces era relatada como un cambio físico donde los ojos del chaman eran retirados de sus cuencas para ser reemplazados con nuevos ojos. Estos nuevos órganos ya no le pertenecían, eran potestad del mundo de los espíritus. Pero tal cambio aún se inscribe en el ámbito de lo mitológico, de la lógica de lo pictórico y de la imagen, significó la expansión de las propias representaciones míticas en las cuales el hombre espiritual estaba contenido.

Hoy, el alma, como el objeto de la psicología ya no puede ser retenido por las imágenes que produce, todas ellas moran en el orden de lo semántico, como relatos y narraciones que dan estructura a la experiencia humana, más no se inscriben en el orden de la sintaxis, de las reglas lógicas desde las cuales dichas ficciones están estructuradas. Así, el alma no es aquello que se mira, más bien corresponde a los ojos, negativos, que observan.

Pero ¿qué otra cosa podría observar esa mirada desprovista de asiento imaginal más que su propia representación? Esta es, precisamente la actividad explicita del alma: salir al mundo adentrandose en sí misma. Este proceso no puede imaginarse, debe de ser pensado para abarcarlo en su verdadera magnitud. Por lo cual, se entiende que la huida hacia la ventana, si se hace desde el sentido común del ego, no es más que un subterfugio de la mirada lógica del alma hacía sí misma.

Para llegar a sí misma en lo real, el alma debe contenerse y su pensamiento ha de llevarla hacía su meta, siguiendo aquella máxima junguiana, retomada de la alquimia, que dicta que no se permita que nada del exterior se entrometa, pues la imagen de la psique contiene todo lo que necesita en sí misma. Por ende, el fenómeno psicológico, para salir de sí, ha de introducirse y engendrarse en su propia noción.

Por lo tanto, la función especular de la psicoterapia no se dirige hacia el paciente como individuo empírico, y tampoco es la tarea del psicoterapeuta convertirse en un espejo fiel de las vicisitudes emocionales de su cliente. Es el consultorio quien ha de revelarse como un vaso hermético donde el fenómeno psicológico solo puede observarse a sí mismo, como un espejo laberíntico que lo lleva siempre al reflejo de sí. Sin embargo, ello exige de una matanza egoica.

Borges contaba la antigua leyenda china sobre un país dentro del espejo, condenado a imitar los movimientos de sus captores, un día, no obstante, un extraño pez aparecerá en la superficie argéntea y entonces el rumor de las armas anunciará su regreso y esta vez no serán vencidos. ¿Será esta la verdadera naturaleza del acto reflexivo? ¿una lucha encarnizada, una matanza venidera?

El paciente busca en la terapia su reflejo y no sabe que quizás él mismo es la imagen imperfecta de otro mundo que espera silencioso el retorno de una luz por venir, de un síntoma rompiente que abre una puerta hacia la muerte de aquel que sueña con la preservación y la salud eterna. El paciente quiere observarse pero sus ojos están destinados a la imagen fulminante del alma que se trasluce en su reflejo.

Un espejo es una superficie que reflecta, sin propósito ni objetivo, la luz incide en él de tal manera que no puede retenerla, no toma nada para sí, simplemente deja que ocurra, en él, el hecho mismo de la reflexión. Lo reflejado no es igual a lo que aparece al frente, sino que se presenta como lo inverso, por lo que no es una copia fiel, sino la visión de aquello que el objeto no puede retener de sí mismo, es decir, su ausencia.

El objeto evoca su ausencia en el espejo, la luz que no guarda para sí, y la proyecta en una superficie que no es capaz de retenerla, que en sí misma está también ausente. Un vacío frente a otro vacío, pero un vacío ya presupone una posibilidad, en cambio esta oquedad no presupone nada, solo aquello que no es o, mejor dicho, su naturaleza negativa.

El síntoma es también un espejo frente a otro espejo, un laberinto, y puesto que todo laberinto está cerrado sobre sí mismo, se puede decir que el acto de reflejarse en el espejo es la negación absoluta del fenómeno y, solo entonces, se puede afirmar que la psicoterapia es semejante a estar frente a un espejo, pues en ella los sujetos dan paso al mundo invertido que nunca podrán contener.

Reflejar es un acto salvaje, pues vacía a los participantes de toda esperanza de encontrarse con lo que deliran que son ellos mismos. Porque lo que son en verdad es la luz, indiferente, en el camino hacia sí misma. De tal forma que la obra psicoterapéutica puede ser entendida como el encuentro del alma consigo misma en el puro acto de la reflexión, convertida en un espejo que solo piensa en aquello que acaece a su mirada.

Tal hecho resulta violento para quien espera que aquello que se presenta sea una figura familiar que afirme lo que su ideal de normalidad dicta, y es que no es precisamente el paciente quien se encuentra, ni el terapeuta quien lo refleja, sino el alma misma que al desmembrar y vaciar a los sujetos, por fin puede estar frente a sí como su propia imagen especular en el puro movimiento lógico de ser una reflexión tautológica.