La psicología no debe ser una ciencia si aspira a ser psicológica

Logos del alma

El objetivo de la ciencia es una meta tecnológica sobre el mundo, que consiste en clasificar y sobreponer al objeto la mirada materialista a través de un método que despoja al fenómeno de su extrañeza y de su alteridad, para poder convertirlo en algo racional, fijo y manipulable. Este camino es muy eficiente pues la realidad se ajusta de forma servil a las diversas hipótesis científicas y gracias a este esfuerzo se ha logrado un avance tecnológico inusitado. Pero este valiente nuevo mundo, que parece dominado por el hombre, realmente es un producto del logos de la técnica que transforma a la realidad, paulatinamente, a su imagen y semejanza.

La psicología, en cambio, como la escucha atenta del logos de la psique, no puede darse el lujo de ser una ciencia si es que desea seguir su camino hacia sí misma, como su propio objeto, pues esto presupone que su posición ante el fenómeno es la de conservar su halo de misterio y, por lo tanto, de permanecer ante él mismo como un Otro. Su acercamiento al mundo, en consecuencia, no surge del deseo de desentrañar la verdad sino la de someterse a la labor de contenerla en su propia sintaxis y acompañarla hacia su realización; un objetivo que, por cierto, no yace en el futuro sino que ya ha ocurrido in illus tempore y precisamente por ya haber sucedido es que se puede alcanzar.

Tal es la diferencia entre un logos técnico y un logos de la psique, mientras la óptica científica experimenta con su objeto fuera de sí, la psicología es su propio objeto interiorizado en los fenómenos, los cuales permanecen en la vasija hermética del pensamiento, siendo cada uno de ellos absoluto y auto-produciendose de forma constante.

Cuando Heidegger decía que la ciencia no piensa, aludía a que lo interno de sí misma se le escapa en su esfuerzo pragmático por ocuparse del mundo, por expandir el logos de la técnica, por ello debe moverse con base a modelos prefijados y a un método invariable. La ciencia es calculadora y tiene es un método fijo de pensamiento. Aludir a la ausencia de pensamiento en cuanto a la ciencia no quiere decir considerar que ésta no sea útil o que los científicos no son inteligentes, pues al contrario son muy capaces y el saber científico es complejo y eficiente; simplemente se señala que el pensar de la ciencia es un pensar estable, técnico, determinado, que ya sabe o tiene hipótesis (las conclusiones que dormitan bajo el fenómeno) sobre lo que busca, es un pensamiento que no piensa sobre sí mismo y que imagina a su objeto como carente de un pensar propio para poder actuar sobre él.

En cambio, el ejercicio de la psicología exige un pensamiento reflexivo, sinuoso, que refleje el pensamiento del objeto de la psicología en su propia interioridad. A través del fenómeno la psicología se piensa a sí misma y el psicólogo va detrás del rastro dejado por esta meditación. No sabe lo que va a encontrar, pero se deja enseñar por todo lo que descubre, sin una ética determinada ni un método que lo ciña todo a una estructura predefinida. La psicología, en consecuencia, pertenece al ámbito de lo salvaje, de lo agreste, no sabe nada sobre su objeto más que el rastro que éste deja detrás de sí y en el camino el psicólogo habrá de ser devorado por sus propios perros de caza a fin de ser hallado por la verdad, pues es ella, la vida lógica, quien realmente produce la dimensión psicologica.

La dificultad intrínseca de la psicología

Logos del alma

Cuando hablamos de los temas de psicología y de la psicoterapia es común que cualquier persona crea que tiene la autoridad para poder emitir una opinión válida sobre el psiquismo, simplemente por que la experiencia con su propia psique se lo provee. Asistimos a una sarta de consejos bien intencionados y dictados desde el sentido común que pretenden hacerse pasar por eximias reflexiones psicológicas.

Pero este hecho no solo ocurre en boca de los legos de la materia, pues aún muchos profesionales de la psicoterapia conniven con el impulso por despojar de su fondo complejo a los saberes que han surgido de la investigación en el consultorio, a través de innumerables autores que han contribuido con su propia experiencia en el campo. Sin embargo, nadie haría lo mismo con un enunciado sobre la física de partículas, aun cuando todos estamos formados de éstas, nadie, que no sea un profesional educado en el arduo conocimiento de tal ciencia, pretendería decir algo valido desde su vivencia subjetiva.

Al comienzo de su libro: La vida lógica del alma, Wolfgang Giegerich da noticia sobre la negativa de Einstein para popularizar su ciencia, pues él consideraba que se requería un entrenamiento y procesos de abstracción complejos que solo podían adquirir aquellos que se dedicaran con entrega total a la disciplina. A continuación, Giegerich, se pregunta: ¿por qué no tendría que ser igual en el caso de la psicología?

El asunto implica que la psicología, y la psicoterapia, es un saber complejo, profundo, y que para entrar en él, el psicólogo debe hacer un esfuerzo prolongado y constante; dedicar su tiempo y su propia vida a tratar de atender cuestiones intelectualmente exigentes. El propósito no es solo la acumulación de saber sino la construcción de una mente refinada que pueda contener y hacer justicia a aquello sobre lo que se piensa. De nada sirve tener conocimientos si estos permanecen fuera del sujeto y no se adentran en él para llevar a cabo el desmembramiento teórico del mismo.

El saber no es un asunto sencillo ni indoloro, al contrario, supone un sacrificio voluntario ante cuestiones que consumirán la vida de quienes son llamados a esa amarga tarea, y no hay premios ni gratificaciones sino solo trabajo duro, a costa, muchas veces, de la vida personal de los escogidos por un tema.

¿Cuántos psicoterapeutas y aspirantes a psicólogos se conforman con aprender unas cuantas técnicas, unas cuantas palabras especializadas y algunos manuales que les dan cierta falsa certeza sobre lo que hablan, y forman así jugosos negocios aprovechándose de la credulidad de los legos? Son ellos los que se sirven de su disciplina.

Pero el verdadero psicólogo no está interesado en servirse de nada, al contrario sabe que debe perder su vida en pos de la perla más valiosa y es que solamente en el camino hacia la muerte se puede ser fiel a la lógica del alma, que no es otra cosa sino la massa confusa que el alquimista pone en su vasija hermética y a la cual le dedicará el resto de su vida para poder aprender de sus transformaciones.

Mateo 1: 1-17, la autogeneración del fenómeno

Logos del alma

En la numerología usada por Jung, el numero 4 es femenino y corresponde a la totalidad, el cuatro representa un proceso completo, una totalidad. El uno, en cambio, como unidad que aun no se despliega, se encuentra contenido en sí mismo a la espera de su desarrollo. El 1 y el 4 son dos facetas de un mismo proceso lógico, y podríamos pensarlos como una metáfora del hecho de que cualquier fenómeno que se exprese debe estar ya acabado, solo puede ser porque su totalidad ya está en si, aunque no para si, y en esta anticipación la búsqueda que se emprende inicia una vez alcanzada la meta. Hay diversas imágenes que hablan sobre este fenómeno, por ejemplo la del soñador que un día sueña con un tesoro en una tierra lejana y al llegar a ella y sufrir tormentos se da cuenta de que el tesoro siempre estuvo en su propia casa; o la de la búsqueda del Simurg, en donde los pájaros se reconocen en el objeto de su búsqueda. Este tipo de historias que son interpretadas de forma clásica como un movimiento de re-conocimiento iniciático tienen la desventaja de presentar estadios o momentos separados unos de otros, cuando realmente dichos momentos suceden al mismo tiempo, es la imagen quien los separa para poder observarlos.

Así, Jesus y Adan son dos momentos gemelos, y si seguimos algunas consideraciones teológicas podemos decir que Jesus precede a Adan, pero no solo por la hipóstasis de la trinidad, sino porque realmente Jesus se concibe a sí mismo, pues él representa al espíritu que se auto-contiene, que se niega a sí mismo con tal de generarse. Las generaciones que preceden a Cristo hablan de su propio despliegue, y del hecho de que Jesus preexiste a su encarnación como absoluta negatividad.

El negocio de la psicoterapia hegemónica

Logos del alma

La psicoterapia hegemónica actual se ajusta bien a su tiempo y es un negocio rentable, especialmente para aquellos que creen en su propio dogma y tienen las herramientas precisas para salvar el alma del hombre moderno, sabiendo lo que es correcto y lo que no para la vida de sus pacientes. Sin pensar demasiado en ello, reproducen un discurso social que se inserta en el tejido del imaginario cultural y que reitera las necesidades de una lógica capitalista rampante que cosifica a sus sujetos hasta convertirlos en su forma más pura, como productos intercambiables del mercado.

Este discurso psicoeconómico se puede escuchar en todos los rincones de la cultura. Se observa en el lenguaje común del crecimiento personal, el autoconocimiento, la resiliencia, la educación socioemocional y la recomendación de la psicoterapia como una panacea. Todas estas palabras construyen la idea de un tipo de sujeto intercambiable y consumible, mejorable y siempre perfectible. Cuanto más se exalta su individualidad, más fácil es comercializar con su imagen, e incluso el cuidado personal se convierte en una herramienta de especulación financiera. Su identidad se reduce a la de un producto.

El esfuerzo ego-psicoterapéutico no se enfoca en permitir que el individuo sea lo que ya es, sino en convertirlo en lo que los anuncios mercantiles le obligan a ser: la mejor versión de sí mismo. Es decir, debe ser maleable para engrasar los engranajes de la gran máquina del sistema. Curarse o sanarse significa liberarse de la otredad absoluta de la experiencia humana, del conflicto, de esa parte maldita que no tiene función pecuniaria, que no produce, sino que se expresa como desperdicio puro o fracaso inevitable.

Para el paradigma psicoterapéutico el fracaso, el error y lo patológico, no son productivos, por lo que es necesario desecharlos del horizonte del sujeto, se crea, de esta manera una narración heroica sobre las cualidades de los hombres felices, libres y sanos y se vende como un un gran eslogan al que hay que ceñirse para poder sentir que se tiene una vida exitosa. Ahora no solo hay que ser afortunado sino también se debe trabajar arduamente en la fabricación de las emociones personales y en el proyecto de vida que nos depare la tiranía del gozo continuo. Por supuesto, el alma como lo incierto no tiene lugar en estos proceso gratificantes.

Claro que una psicoterapia de esa naturaleza no logra la emancipación de la persona ante el contexto que le impone una estructura determinada y que le impide seguir su propia necesidad. En cambio, lo alinea a la maquinaria de producción del sistema, lo convence de un discurso prefabricado y le vende la ilusión de objetivos como la felicidad, la auto-estima o el crecimiento; y luego lo certifica, una vez que está suficientemente adoctrinado, para ser un buen obrero de sí mismo y participar de forma eficiente en el sistema de producción al que todos nos adherimos. Lo vuelve «critico» dentro de un programa y anula así su capacidad para ser un individuo. La psicoterapia hegemónica participa de la misma enfermedad que dice curar, es un negocio redondo.

Amarás a tu prójimo como a ti mismo

Logos del alma

Las ideologías y los dogmas son lugares sencillos a los que recurrir, proveen de un marco de ideas fijo, tranquilizador; permiten adaptar todo lo que existe a un modelo que parece flexible y benevolente, pero que determina tiránicamente al objeto. Por ello, hablar de tolerancia desde una ideología es un contrasentido, así como de amor y compasión. La desesperación y un impulso infantil de inmutabilidad nos llevan a estos lugares apotropaicos.

La ideología no es otra cosa más que una idea que, atrapada en su vuelo, ha sido sostenida con pequeñas agujas sobre una mesa de taxidermia. Vive, pero su propósito es trastocado por la intención de quien la posee. Literalizada, se ha vuelto una alegoría, es decir, un recurso técnico para proveer de la fantasía de una verdad externa que, de forma común, tiene la intención de defender al sujeto del encuentro con aquello Otro que, sin embargo, también es él mismo.

La institución religiosa actual es el prototipo de los sistemas dogmáticos, pues exige de sus adeptos un creencia ciega que se traduce en el sacrificio intelectual conveniente para sostener la incertidumbre propia de la existencia y, a su vez, crea la ilusión de un eje externo donde poder recargar la experiencia de la angustia. Ante este Gran Otro no hay que generar ninguna idea nueva ni permitir la mutación de las actuales, pues todo ya está escrito y ha sido dicho con antelación. No hay un cabello o una hoja que no se mueva en conformidad con un plan divino.

Pero no solo en la institución religiosa se cultiva tal actitud inquisidora, sucede también en la defensa a ultranza de cualquier cuerpo teórico, incluyendo a la ciencia. En psicología, por ejemplo, es común que las escuelas de pensamiento se vuelvan círculos herméticos, protegidos por lenguajes particulares y cuya resistencia ante la mutación de sus paradigmas pone en evidencia la defensa reactiva ante el miedo de que la teoría se mueva hacia el interior de sí misma. Se le mantiene, por lo tanto, detenida y no se permite que ocurra ninguna transformación en ella.

Por eso los dogmáticos tienen tanta seguridad en sus impresiones y ante ellos todo texto y todo fenómeno se somete a lo que ya se conoce con anticipación, pronto cualquier punto de vista distinto tiene que ser aborrecido porque no encaja con lo que siempre se ha dicho. Los podemos encontrar predicando la salvación, la diferencia entre el bien y el mal y corrigiendo continuamente a quienes no piensan de la misma forma, pues tienen la tarea autoimpuesta de ofrecer la Gran Salud a los pobres de espíritu.

Por lo tanto, en la actualidad, lo más difícil es dejar que el fenómeno se exprese tal cual es, que su alteridad trastorne la identidad y asumir que las ideas mutan y se vuelven distintas, que pensar implica estar a la altura del pensamiento del Otro, y que esto a veces requiere de nuestra propia destrucción. Es harto complejo amar al prójimo, ya que requiere dejar de verse a uno mismo para poder abrirse ante lo diferente, que es la única manera de amar y amarse de verdad, pues, lo cierto, es que yo siempre soy Otro.

La educación socioemocional como herramienta neoliberal

Educación posmoderna, Logos del alma

La cuestión de sí hay una correcta y una incorrecta educación socio-emocional es una ilusión conceptual. El acento de ambas posturas está puesto en el priorizar las habilidades del ego para ser más eficiente, lo cual ya es un discurso neoliberal y solo puede existir en una sociedad capitalista como la nuestra. No hay un desarrollo socio-emocional liberado de la tarea de hacer del individuo una mejor maquina de producción; por más abierta o critica que sea la teoría del docente, terapeuta o psicólogo, su discurso cultural siempre será autorreferente, pues quien habla nunca es la persona sino la cultura. 

La cultura terapéutica es la narrativa del capitalismo posmoderno y puede tener muchas vertientes, algunas en apariencia más nobles que otras, pero al final todas desembocan en el mismo cauce. Cuando se recomienda a un alumno que maneje sus emociones de manera eficiente ya se esta culturizando al sujeto en la lógica maquinal de la industria, cuando se le insta al paciente a trabajar consigo mismo, como un ente autónomo, ya se está cargando sobre sus hombros un peso que solo puede llevar un individuo sumido en la búsqueda moderna de sentido, justo en el tiempo donde el sentido ya no reside en la esencia de lo humano. No importa si es coaching, transpersonal, psicoanálisis, junguiano, cognitivo conductual, psiquiatría, neurología, pedagogía etc., el hilo conductor es el acento en el valor del máximo rendimiento.

No se mal entienda la critica, pues es bastante preferible estar bien con uno mismo, tener una visión consciente de las emociones, reflexionar continuamente sobre las necesidades psíquicas, ello permite un margen de acción más amplio y más complejo. Pero no somos más libres, ni dejamos de ser maquinas, simplemente somos obreros más eficientes en la gran industria del desarrollo personal.