Ora, lee, lee, lee, relee, trabaja y encontrarás

Educación posmoderna

Se hacen posgrados por necesidad laboral, quizá, en pocas ocasiones, por orgullo personal o en la búsqueda de prestigio académico, en algunas disciplinas éstos se usan como medios para acceder a mejores condiciones de investigación, pero nunca para seguir un tema de forma seria.

La escuela hoy es un gran aparato institucional que tiene como fin reproducir las políticas económicas imperantes, ante ellas pensar un tema es contraproducente y la reflexión profunda debe dar paso a la fabricación inocua de artículos académicos y textos que no tienen otro propósito que silenciar, con su vorágine de producción, las vías alternas de pensamiento que pudieran contraponerse a la estructura ideológica a la que se ciñen.

El medio científico y la cultura popular, de forma conjunta, sin saberlo, se aprestan al objetivo general del sistema actual, masificar, individualizar y emocionar al sujeto, que alienado de su propia circunstancia, de su contexto lógico, puede por fin ser liberado de la tarea de ser él mismo y de participar activamente en el flujo del pensamiento y entonces ser capaz de asumir su tarea como reproductor irreflexivo del dogma de los tiempos presentes.

En cambio, las personas tomadas por un tema especifico gastan décadas de su vida en el estudio silencioso de un autor o de una temática y, para ellos, desviarse en la ruta de los requerimientos institucionales significa una agónica pérdida de tiempo. Las mejores mentes se forman a pesar del mundo académico y de la intelectualidad institucionalizada, en la dedicación laboriosa y sacrificada al daimón que los impele a estudiar.

La escuela y la posibilidad de aprender

Educación posmoderna

La escuela no tiene cómo función real el aprendizaje, es cierto que lo propone y lo estipula como su objeto de acción, pero nunca ha sido el caso. La función de la escuela es culturizar, es decir, imbuir a los alumnos de los saberes sociales que les permitan convertirse en miembros productivos de su comunidad. Normaliza el saber y transmite reglas de comportamiento adecuadas. Pero aprender es algo distinto, ello exige complejidad, desorden, destrucción y desafío, siembra en quién lo hace una insana desconfianza en lo establecido.

Aprender, tal como amar, es un acto contracultural, envuelve al sujeto en una continua búsqueda, incesante, que lo hace distinto, que le otorga identidad, lo obliga a abandonar la metas sociales predichas; tal persona nunca será grata ni bien recibida por la cultura, al contrario se le relegará y se le observará como una lejana curiosidad a la que no hay que acercarse y si acaso despertara mucha curiosidad se tomaran de él pedazos y se los presentaran como un saber homogéneo, acorde al espíritu de la época.

El acto de aprender es una necesidad, pero solo de aquellos que sienten ese impulso y realmente son llevados por él, no lo buscan, es una pasión y como tal también es un padecimiento, un sufrimiento continuo, una sed que nunca cesa. El saber está en lo salvaje, en lo agreste. Mientras que la escuela brinda frutos ya cortados, el buscador es un cazador presto a la matanza y él mismo está abierto hacia su propia muerte. La cultura y la escuela, en cambio, son formas de evitar la muerte, por eso no pueden educar, sino solo masificar al individuo y convertirlo en un trabajador eficiente, en un buen ciudadano, pero nunca en un pensador.

La escuela normaliza, no educa, por ello si la necesidad de individuo es aprender lo hará fuera de las normas establecidas, abrirá muchos libros y buscará incesantemente algo que jamás encontrará del todo, pero el ansia por saber siempre estará presente y el sujeto vivirá para servirle. Aprenderá porque lo necesita, no porque sea lo correcto o lo deseable y nunca esperará que el aprendizaje venga de algún lado, porque no será un don que le sea otorgado sino una carga de la que jamás podrán librarse.

Se entiende, por lo tanto, que quien aprende, realmente no es el individuo sino el daimón que subyace en esa hambre inmarcesible, ante la cual las personas no son sino altares desplegados para el beneficio de ese dios o demonio insaciable. Quizá, si la escuela atendiera, a este proceso, podría por fin educar.

La educación fuera de la escuela

Educación posmoderna

Hay muchas quejas porque la educación en línea no es verdadera educación, y quizá sea cierto, pero la educación presencial tampoco generaba verdadero conocimiento; no lo hace con planes educativos coercitivos y superfluos, no lo hacía hace diez años con criterios pedagógicos desdeñables, ni lo hará dentro de unas décadas con una escuela tendiente a la formación técnica y cientificista.

Lo que expone la situación actual es que la educación ya no se encuentra en la escuela y ya no se puede formar ahí mas que a través de su propia superación (destrucción).

Un alumno me comentaba a propósito de la educación en línea: “los profesores no nos enseñan nada, qué vamos a hacer”, yo le respondía: “lo que necesitaron hacer siempre, aprender por ustedes mismos lo que es verdaderamente importante”. ¿Y qué es aquello verdaderamente importante?, nadie lo sabe realmente hasta que se está sumergido en ello. Bernard Shaw lo sabía cuando dijo que a los seis años había tenido que abandonar su educación para ir a la escuela. Se siente como un llamado, ajeno a la propia voluntad, a desarrollar un tema durante toda la vida, a pensarlo de forma íntegra y exhaustiva, es un dios al que se le rinde culto y sacrificio.

La educación, por tanto, no existe en la escuela, lo hace en donde el culto y el sacrificio reales ocurren y no nos gustará saber donde es eso.

El uso del lenguaje “vulgar” en la interacción del docente con el alumno

Educación posmoderna

De acuerdo a las normas institucionales que rigen el trabajo del servidor publico y especialmente del trabajo docente, una de las pautas de interacción que deben de seguirse es el decoro en el lenguaje y la actuación en la relación del trabajador con su medio laboral. Lo cual implica mostrar un léxico adecuado al trabajo que se desempeña y una apariencia que destaque los valores que la institución en cuestión pretende formar en los educandos. Sin embargo, en el trabajo cotidiano con los alumnos surgen algunas premisas que es debido analizar ante las categorías de respeto y de decoro.

El trabajo del docente  requiere, en la practica, lograr un ambiente confortable y de desarrollo socioemocional en el salón de clases, en la interacción con los alumnos, en la relación con los directivos y en el trato hacia los padres de familia. El énfasis en el decoro recae en el trabajo con los jóvenes pues se tiene la creencia de que su léxico, así como sus valores y conducta, están en desarrollo y requieren ser moldeados, llevándolos del estado de precariedad lexicológica al uso adecuado, es decir, adulto del lenguaje. Se concibe entonces a los jóvenes como adultos en potencia cuya incompletitud está implicita en su condición adolescente.

Sin embargo, se omite la situación de que el lenguaje indecoroso, como lo son las groserías, las observaciones vulgares, las formas escatologícas verbales, asi como los mensajes sexualizantes, tienen funciones sociales importantes y juegan un papel relevante en la asunción de la identidad personal, entre estas funciones están:

  • La formación de la autonomía del sujeto ante el lenguaje “adulto” de casa, situación que promueve la construcción de la identidad al ser capaz de romper los tabúes que son impuestos de forma arbitraria, lo que es necesario para el proceso de convertirse en uno mismo, de acuerdo las teorías psicodinámicas.
  • El uso de las emociones consideradas negativas como forma de integración de lo reprimido en la consciencia del sujeto, pues contrario de lo que se piensa el lenguaje soez es usado de forma cotidiana entre pares como una manera inerme de expresar emociones agresivas y de poder canalizarlas sin la necesidad de un daño real. Por lo cual, el uso de las expresiones vulgares tiene como efecto la disminución de los conflictos intergrupales, pues permite el “desahogo” de procesos emocionales que cuando son reprimidos, por la moral y las buenas costumbre, resultan en explosiones temperamentales y exabruptos que en el salón de clases se traslucen en peleas físicas y continuos conflictos interpersonales.
  • La integración del alumno entre pares a través de formas de expresión llamadas indebidas, por que contravienen las reglas morales, lo que permite la configuración de lazos de lealtad que fomentan su autonomía y la socialización de manera más adecuada, es decir, que los jóvenes utilizan el lenguaje vulgar como un conjunto de códigos que los distinguen y les dan pertenencia en su circulo social.
  • Las groserías también son factores de resiliencia pues fomentan la capacidad del sujeto de afrontar el dolor físico y emocional de manera activa y compartida.
  • En los círculos sociales juveniles, las vulgaridades tienen un efecto de solidaridad y camaradería, lo que permite, como se ha dicho, la integración de los alumnos a los grupos de convivencia que les son benéficos para la estructuración de su ser social.
  • Entre otros beneficios y necesidades, el uso de formas vulgares del lenguaje también desarrolla las capacidades intelectuales, pues los juegos que surgen del uso de ese tipo de léxico son verderamente complejos, como en el caso de los albures que potencian habilidades cognitivas y verbales. Al contrario de lo que se piensa el uso ingenioso de las groserías es llevado a cabo en círculos donde las habilidades intelectuales son altas.
  • También, el uso de las groserías, ofrece una imagen de honestidad y claridad de quién las emite, por lo cual un mensaje donde estan dichas con propósitos instruccionales tendrá mayor efecto que aquel en el que solo se utilizan palabras decorosas, pues el uso exagerado de estas últimas denota, al contrario, deshonestidad y opacidad en las intenciones.
  • Por último, las bromas de carácter sexual permiten el acercamiento a tales temas cuya conotación social es represiva, hablar de forma velada de temas que tiene que ver con su vida erotica da la apretura de construir, entre pares, una imageneria sobre lo realcionado con la sexualidad, que es parte primordial del sujeto en esta etapa de su existencia.

Entre otras características se puede observar que las palabras y comportamientos soeces son parte de la identidad juvenil y de la camaradería en todas los estadios de la vida. Por ello el docente necesita revisar la importancia de este tipo de lenguaje en la interacción con los educandos, pues el uso de las groserías permite entre otras cosas: disminuir los conflictos intergrupales, construir un liderazgo integrativo por parte del docente al permitir que el estudiante se sienta aceptado como un sujeto por derecho propio, fomentar la construcción de la autonomía del joven y que el docente pueda comunicarse de forma más honesta con sus alumnos y no desde el pedestal de la pedantería formal. Esto siempre y cuando sea utilizado como una herramienta psicopedagógica, que tome en cuenta que el alumno y el docente utilizaran estos códigos en forma de mutuo acuerdo y de manera limitada, pues es debido respetar las formas institucionales, lo cual requiere que la linea de demarcación recaiga en aquellos que no comparten este tipo de acuerdo de lenguaje y en las reglas propias de la institución, esto implica el aprendizaje de que hay un equilibrio entre un lenguaje que permite la expresión honesta de la personalidad y la asunción de reglas de comportamiento.

Ademas de estos elementos, el lenguaje vulgar con los alumnos utilizado como forma de interacción psicopedagógica, advirtiendo con antelación que será un acuerdo que terminará cuando alguien se sienta incomodo con las expresiones, uno de los efectos colaterales es coadyuvante en el mejoramiento del rendimiento académico, situación que atribuida a la comodidad del ambiente que se construye en la permisividad de las expresiones emocionales que comúnmente son vistas como negativas, pero que son necesarias para la integración del sujeto consigo mismo y con su medio.

Por lo tanto, en la relación con el adolescente se debe revisar la contigüidad del respeto y el decoro, pues específicamente en ese momento del propio desarrollo, el respeto implica la aceptación de la persona con sus formas particulares de interacción y el lenguaje que le es particular para poder expresar sus emociones reprimidas de forma adecuada, aunque esto conlleve formas de interacción que no se adecuan al modelo social de decoro.

El ocaso de la figura docente

Educación posmoderna

La figura del profesor ha caído en un amplio descrédito, fruto de la mala publicidad por un lado y de las políticas educativas erróneamente adecuadas al contexto social, por el otro. Es una queja constante en el medio docente la falta de respeto y autoridad que experimenta el gremio y como los maestros sufren el ambiente hostil y carente de oportunidades. A este fenómeno podríamos llamarlo la desacralización de la labor docente. ¿Qué pasaría si, tomando este hecho como un fenómeno autónomo, nos preguntamos: por qué está bien que la labor docente sea disminuida en su valor? ¿A qué necesidad, de los tiempos actuales, responde está caída?

Como guías didácticas para avanzar en ese camino habrá que recordar tres fenómenos aunados:

1. La caída, míticamente, siempre es un proceso doloroso e injusto desde el punto de vista del individuo o del grupo que la sufre, pero en un nivel más complejo, la caída cumple con una necesidad lógica mayor. Un estadio necesita del derrumbe de antiguo estatus para erigirse sobre sí mismo y estar a la altura de procesos que no siempre comprende.

2. La pérdida de autoridad no solo ocurre en el caso del maestro, también sucede ante toda figura pública y específicamente sucede ante la figura privada del padre como representante de las normas y los valores sociales. Esto tiene dos vertientes, primero la destrucción continua de la figura del padre autoritario ante la emergencia de nuevas formas de parentalidad y luego la percepción generacional del cambio y la diferencia entre dos condiciones históricas distintas.

3. Los factores económicos que exigen nuevas formas y contenidos educativos para satisfacer la dinámica capitalista que expresa la verdad de nuestros tiempos: que el individuo es también un objeto de comercio y como tal hay que formarlo como producto de intercambio.

4. Las nuevas necesidades educativas que han dejado atrás el monopolio del saber centrado en la escuela como institución y que, por lo tanto, suponen del profesor un residuo caduco de una época donde la educación bancaria era la norma.

Estos puntos asumen que quizás el desprestigio del docente como figura central del proceso educativo no sea tan simple como suele pensarse y que, realmente, sirve a una agenda más allá de lo político, aparejada al espíritu de la época donde los recintos escolares son, cada vez más, las ruinas de una concepción obsoleta acerca del saber.

La ética y la educación

Educación posmoderna


“… la educación debe lograr que [las emociones] sean las más adecuadas para la convivencia social, por ejemplo, que surja la compasión cuando se ve a otros sufrir, que se sienta vergüenza tras actuar de forma incorrecta. Si la educación le ayuda al niño a dar forma a estas emociones, estas van a favorecer el buen comportamiento o un comportamiento “ético””.

Este es un programa ético que presupone una moral a la cual no se ha cuestionado. Es un panfleto que vende una ideología. ¿porqué avergonzarse del error? ¿la compasión es la mejor manera de tratar el sufrimiento ajeno? ¿la escuela debe favorecer el buen comportamiento? Es un manual del buen ciudadano, pero la escuela no debería educar buenos ciudadanos, sino ciudadanos críticos que sean capaces de romper con las normas prescritas, destrozar la moral cuando ésta atenta contra su destino. La ley fue hecha para el hombre, no el hombre para la ley y la ética debe ser la vía de la voluntad de poder. No se debe educar para la servidumbre.

Los valores del ave que surca el cielo

Educación posmoderna

Se propone la enseñanza de valores como una panacea para hacer mejor al hombre, pero todavía no nos preguntamos: ¿De dónde vienen nuestros valores? ¿A quién sirven? ¿Qué es un hombre bueno? Y antes aún: ¿Qué es el hombre? La enseñanza de los valores es vacía si no se ha observado detenidamente el suelo en que se sostienen, los valores tradicionales enseñados en las escuelas son enfermedades que laceran el corazón del hombre moderno y debilitan su espíritu pues le enseñan a ver desde abajo, cuando su vista naturalmente busca la perspectiva del ave que surca el cielo.

Sobre el respeto del docente a los alumnos

Educación posmoderna

Que difícil es hablar de este punto con los docentes, no se entiende (y me parece que no se entenderá en mucho tiempo) que el respeto por el alumno es una practica necesaria para la enseñanza y que ese respeto implica respetar la alteridad del educando y no simplemente coaccionarlo a seguir normas que para él no tienen sentido. Respetar a un alumno es observar su propia autonomía y ayudarlo a desarrollarla, incluso imitando su semántica, no decirle: “Te respeto siempre y cuando actúes como yo quiero, con el lenguaje que a mi me parece adecuado y con la conducta que yo se que es buena para ti”, esta última es la postura neurótica de la docencia. Paulo Freire lo entendía mejor:

”El profesor que menosprecia la curiosidad del educando, su gusto estético, su inquietud, su lenguaje, más precisamente su sintaxis y su prosodia; el profesor que trata con ironía al alumno, que lo minimiza, que lo manda «ponerse en su lugar» al más leve indicio de su rebeldía legítima, así como el profesor que elude el cumplimiento de su deber de poner límites a la libertad del alumno, que esquiva el deber de enseñar, de estar respetuosamente presente en la experiencia formadora del educando, transgrede los principios fundamentalmente éticos de nuestra existencia.”

Paulo Freire, “Pedagogía de la autonomía”

La enseñanza inconsciente (6)

Educación posmoderna

Hay un consenso que nos dice que el lenguaje de los jóvenes es “soez” «vulgar»o «grosero», sin embargo, la palabra soez refiere, en su etimología, a lo superficial, sucio o barato, es decir, a lo despreciable. Por otra parte, la palabra “grosería” implica cierta brutalidad y falta de reparo o fineza. Por último, la palabra ”vulgar” alude a la gente común u ordinaria de un modo despectivo. 

Cuando, como profesores, reprobamos la forma de hablar, soez, de los jóvenes, lo hacemos, sin saberlo, desde una posición clasista, discriminatoria, posicionándonos, nosotros, en el papel del modelo adecuado y al otro, al joven, en el lugar de lo incorrecto, ahí hay un mensaje implícito. Llevamos a cabo una empresa conquistadora, evangelizadora, que busca salvar el buen nombre de los padres, de las escuelas y de la moral en turno; pero nada de esto tiene que ver con la necesidad del muchacho y nadie se interesa por saber ¿cuál es la función de la grosería en la vida del alumno?

Para saberlo, basta con observar las reacciones de los implicados ante tales vulgaridades: 1) Nos impactan e incomodan, 2) Nos causan rechazo hacia sus usuarios y 3) Se presentan como un misterio compartido por los jóvenes.

Es decir, las groserías alejan a los jóvenes del mundo de los adultos, en el que, como niños, habían estado con-fundidos; pero ante el proceso de construcción de su identidad es necesario, ahora, el rechazo de la dimensión paterna (la muerte de los padres). A su vez, este rechazo necesita del refuerzo de los adultos para fomentarlo. El alejamiento ideológico es un factor necesario en la separación del niño y el adulto y, al mismo tiempo, en la separación de la edad infantil y la adultez en el joven mismo. Para ello, la formación de grupos es primordial, pues ante este trabajo de construcción de sí mismo requiere del apoyo y la confirmación de sus iguales justo en el momento mismo en que debe desligarse de la imagen de la familia de origen para poder saberse un individuo singular.

El rechazo de lo vulgar refuerza el mismo rechazo del joven por lo familiar. Pero en el ámbito escolar habría que preguntarse de forma seria: ¿qué posición debe tomar el profesor frente a la dimensión vulgar del alumno? Rechazar el lenguaje soez pone al docente en un lugar apartado del educando y lo obliga a jugar el rol de castrador, de tirano, de normalizador, es decir, el de participar de un dispositivo de poder; por su papel de autoridad contribuye, así, al proceso de alienación del joven ante su propia identidad, necesidad que es fundamental en un sistema socio-político como el neoliberalismo. Además, como corolario, el profesor, rechaza, en su empresa rectificadora, también su propia dimensión ordinaria, superficial y mediocre, lo cual se convierte en un afirmación de las relaciones asimétricas en la sociedad capitalista. Se educan sujetos escindidos de la sombra, listos para la línea de producción, para la auto-opresión, no para la libertad.

Es el daimón quien aprende

Educación posmoderna

Hay un énfasis desmedido en la figura del profesor durante el proceso de enseñanza-aprendizaje, como si la carga total de la senda educativa recayera sobre este único elemento, pero los actores educativos son varios, ademas del docente. Esta proyección social sobre la figura del maestro omite que la educación es una empresa sistémica que implica varios ordenes institucionales: las políticas publicas, las configuraciones familiares y las representaciones del sujeto individual y en donde se entretejen un conjunto de condiciones socioeconómicas y personales. En pocas palabras, la educación del sujeto depende más del contexto social y del espíritu de la época que de la relación entre el alumno y el maestro, pues siempre hay un tercero, entre los dos, que rige el rumbo del trabajo áulico.

Wolfgang Giegerich ha llamado «alma» a la producción continua de significados compartidos que constituyen la mentalidad, ésta no tiene una existencia positiva porque en sí misma es la negatividad de todo lo existente, es su dimensión lógica. Desde esta posición, se puede entender que toda actividad humana tiene como contexto la sintaxis anímica en que se desarrolla la continua producción de significados, éstos no pertenecen a nadie, son mera expresión de sí mismos, por lo tanto, el proceso educativo ocurre primero en ese lugar negativo.

Así, la cultura es conjunto de discursos que se producen de forma continua, que no son creados por nadie, sino que se construyen de manera autónoma y se reifican en lo positivo a medida que se van destruyendo, los sujetos vivimos de los restos dejados atrás por el alma e incluso nuestra noción de «sujeto» es un cadáver de tal dinámica. La educación puede ser vista como la afirmación continua de narrativas que proveen de identidad a las personas, de tal manera que les permita socializar con su pares reproduciendo significantes ya establecidos. Significados y significantes son la vía a través de la cual el gran Otro llega a casa a sí mismo, por medio de la repetición de su discurso en el lenguaje que los individuos aprenden.

Todo esto supone que en principio es el Otro, el alma, el daimón, quien en su función creativa dialoga consigo mismo para poder alcanzar su propia posibilidad, tratando de llegar al devenir del que proviene. Eh ahí el modelo prístino de la educación, pues idealmente la enseñanza implica llevar al alumno a aquello que en él es elucidado, es decir, conducirlo a su dimensión noética, en el sentido de volver al sujeto sensible de los conceptos que constituyen el mundo en el que vive y no convertir dichos conceptos en ídolos.


Educar es permitir que el proceso educativo original suceda ante la propia reflexión, cuando se permite que los conceptos hagan su trabajo en el corazón de cada individuo. Por esto es que la figura del maestro ha sido tan exaltada y denostada a la vez, ya que no se contempla que su labor no es otro sino el de permitir que emerja (que se constele) el verdadero educador y por eso se le confunde continuamente con una figura arquetípica que no le corresponde. Se espera demasiado del profesor porque no se atiende al concepto que le da vida a su trabajo. Lo mismo podría decirse del alumno, pues debe de comprenderse que quien aprende, realmente, es el daimón. El dilema educativo ha de girar en torno a tratar de dar cabida de manera manera consciente a ese opus que ocurre como un misterio en el que el hombre moderno ha ser iniciado, en el que debe ser educado y donde aprender significa brindar hospitalidad al alma.