En el camino de la exploración de teorías psicológicas que puedan brindar asientos a mis propias preocupaciones, he encontrado un fenómeno común al acercarme a autores determinados, una ingenua defensividad teórica. Por ejemplo, cuando abordé, de manera temprana, la obra de Jung ésta me pareció muy esclarecedora y subversiva, lo suficiente para obligarme a estudiar de forma ardua la mayor parte de sus libros y atender a las referencias con que el autor sostenía sus argumentos. Pero en la universidad nadie conocía a Jung y lo pocos que habían escuchado su nombre lo tenían por un místico enloquecido que nada aportaba al avance de la psicología, en su mayor parte ésta era la opinión de los que sostenían una posición psicoanalista, para ellos Jung era una especie de traidor que no había comprendido la obra de Freud, pero no lo habían leído.
Posteriormente y acogido por un ambiente donde se leía a Jung, muchas de mis inquietudes sobre la teoría junguiana se volvían evidentes y mis cuestionamientos iban en alza, entonces descubrí la obra de James Hillman, la cual trataba directamente tales preguntas, y me volqué a su lectura. Pero el ambiente junguiano tenía dos respuestas ante la obra de Hillman, una era el completo rechazo por encontrarlo muy “filosófico” y mal entender la teoría de Jung y otra, muy particular, donde se leía a Hillman como si éste asumiera los conceptos junguianos, sin ningún cambio. Me pregunte ¿qué tenía de malo estar interesado en la filosofía? Ello proviene de un viejo prejuicio que confunde el uso del razonamiento preciso con la función pensamiento y que nace de la creencia falsa de que los tipos psicológicos se pueden trasladar tal cual para servir de molde a la subjetividad de las personas. Es decir, se confunde el mapa con el territorio, algo que Jung dejo en claro que no podía hacerse con sus tipos psicológicos. Pero sobre todo me sorprendió el hecho de que quienes criticaban la obra de Hillman, jamás lo habían leído, sabían de él solo de oídas, por rumores, pero no se habían adentrado en sus textos. Otros, en cambio lo habían hecho con el afán de no abandonar el edificio junguiano y conciliar, artificialmente, a Hillman con Jung.
Tiempo después, las dudas no amainaban y me llevaron a conocer el trabajo de Wolfgang Giegerich. Mientras trabajaba bajo el esquema junguiano, Hillman trastocó todo el abordaje que tenía en la consulta terapéutica y en la docencia, tuve que abandonar muchos hábitos que tenía por sabidos, por ejemplo el análisis de los sueños, realmente ello constituyó una crisis que poco a poco fue despertando nuevos métodos (caminos) de abordaje. Giegerich influyó de una manera similar, sus planteamientos sobrios y al punto arrasaron con la estructura narrativa que aún conservaba en la terapia y en la docencia, pues su obra expresa la necesidad de una teoría humilde, amorosa y centrada en el fenómeno y eso implicaba dejar atrás los objetivos esperanzadores de mi propia acción.
Sin embargo, nuevamente encontré el rechazo, ahora no solo entre los junguianos ortodoxos sino también entre los arquetipales, quienes curiosamente acusaban a Giegerich de soberbia intelectual, de ser filósofo y no psicólogo, de ser Hegeliano, de ser “frío” con el sujeto, de no ser aplicable, entre otros tantos malos entendidos de su teoría. Y de nuevos, tales críticas venían de personas que jamás habían leído su obra y que tenían una opinión formada con base en lo que otros les habían comentado, mismos que tampoco lo habían leído con atención. Surgen así preguntas similares: ¿Qué hay de malo en leer a Hegel? ¿Por qué tanto rechazo de la filosofía en el campo psicológico? Y sobre todo ¿por qué los psicólogos se afanan a rechazar lo desconocido e incomodo si esa es precisamente una de la premisas psicoterapéuticas, darle hospitalidad a lo extraño?
Creo que es una reacción común formar esquemas de pensamiento y defenderlos ante cualquier idea que parezca contradecir el sitio confortable donde se ha encontrado seguridad, pues constituye una amenaza contra la cual, la primera reacción, es defenderse. Pero, en el caso de la teoría psicológica esto resulta contraproducente porque la labor del psicólogo le obliga a atender a cada fenómeno desde la teoría del mismo fenómeno y no a imponer sobre él mismo sus propios esquemas de pensamiento. El psicólogo debe de cortar la rama en la que está sentado, una y otra vez, como ejercicio necesario para llevar a cabo su trabajo. Bajo esta premisa no puedo evitar preguntarme ¿qué vendrá después de Giegerich? ¿Y cómo se le rechazará a ese nuevo huésped? Pero, entonces, reparo en el fenómeno y me esfuerzo por atender al presente.