Diálogo sobre la totalidad y sus partes

Cotidianidad

Hombre 1: “El todo no es igual a la suma de sus partes”

Porque al interactuar, cada parte desarrolla nuevas propiedades que se manifiestan, por fin, en el todo. Por tanto, en el todo se emergen características que las partes por sí solas no podrían generar.

Hombre 2: “El todo es diferente a la suma de sus partes, pero no más complejo”

Y es que al relacionarse las partes, algunas de sus funciones son cesadas en beneficio de la totalidad. Dicha represión funciona a favor de la mejor coherencia del todo que se suscita. De otro modo tendría que lidiar con demasiadas contradicciones y paradojas. Por ello no se puede asegurar que el todo sea mayor o más complejo que sus partes, únicamente es diferente.

Hombre 3: “El todo y las partes son iguales”

El todo y las partes conviven en las dimensiones espaciales y en la dimensión temporal de nuestro universo. Todo espacio y todo tiempo son infinitamente divisibles. A causa de ello el todo y las partes también son infinitamente divisibles y, bajo esta óptica, lo que es infinito también es igual.

Hombre 4: “El todo y las partes son incognoscibles”

Ya que “todo” y “partes” son meros conceptos, es decir, palabras que pretenden hacer comprensibles una serie de objetos, pero al final no dejan de ser un conjunto de códigos y nunca los objetos que representan. El mundo no es experimentable en sí, sólo perceptible.

Hombre 5: “El todo y las partes no existen”

Un viento frio rondó las habitaciones vacías, y pronto ese viento y esas habitaciones tampoco ya eran.

La vida viene de arriba

Cotidianidad

Escucha, la vida es una llovizna tenue cayendo sobre el pasto seco e inservible, ya las nubes se arremolinan sobre tu cabeza y giran y se mueven. En una noche clara, si miras con atención, veras el cielo caminar poco a poco y a veces con demasiada prisa; la luna entonces se queda inmóvil, extática junto a las estrellas, contemplando como tú, la lejanía del firmamento.

Por supuesto que eres distinta, hay contornos en tus manos que cambian, como cambia todo lo que existe, y tu cabello no es el mismo después de acariciarlo largo rato, crece cuando te acuestas sobre él y lo desatas, se expande. A veces pareciera que nos sostiene, sobre todo cuando duermo a tu lado y nos cuidamos del frío el uno al otro, tu cabello entonces es una cálida noche.

El cielo gris y húmedo también crece hacia nosotros, lo sé porque nos llena cada vez que respiramos, ¿puedes sentirlo recorrerte, pasar dentro de ti? estás llena de cielo. Cuando mueras, cuando yo muera, el cielo saldrá de nuestras bocas, huirá apresurado, indiferente, y regresará a la altura de la que alguna vez llegó, se volverá nube y los astros la verán llover. Quedarán nuestros cuerpos extrañando su frágil aliento, y empapados, inútilmente, comenzarán a crecer de una forma diferente.

La predestinación

Cotidianidad

Él no lo sabía, nadie hubiera podido saberlo, como una noche sin estrellas es la estructura de la predeterminación que nos condena. Ayer estaban ahí las señales, una blanca nube en el cielo, un ave surcando el firmamento, los árboles de la calle bajo el yugo feroz de un inmarcesible viento. También pudo haber sido algo menos discreto, un auto rojo que lo rebaso aquella tarde en la autopista, la ultima palabra en un noticiero, quizás el beso de una mujer que nunca mas volvería a verlo.

Él había recordado un viejo poema y lo mascullaba como presintiendo: «La suavidad de los relojes/ Y el frió pasó del tiempo/ Rozan las tristes horas/ Y acechan cada último momento». Y de tantos momentos que habían pasado él no sabía que se había quedado sin tiempo.

Dicen que hay huracanes que empezaron con un aletear de diminutas alas, lo que no se dice es que lo contrario también es cierto, y hay una estrella palpitante que no apareció ayer en el firmamento.

Esa mañana él se puso su abrigo, abrió la puerta y salió de aquel departamento, él no lo sabia, ¿Cómo podía saberlo?, su victoria y su ebriedad eran esa nostalgia de lo incierto, y como quien lo ignora todo, salió, quiero imaginar que fue valiente, a enfrentar su destino, a encontrar, ese día, el hilo de un hado oscuro y secreto.

El lamento de Fafnir

Cotidianidad

Ya no puedo saber cuanto tiempo he estado en esta caverna, los años se diluyen lentamente en el olvido. A pesar de ello no he descuidado mi tarea. Los rumores de la gente me conceden muchas formas y algunos atributos, unos dicen que mi calidez es tan grande como la de una criatura angélica y otros comparan mi humildad con la ascesis más implacable. Por supuesto esas bocas ignorantes mienten, no conocen ninguna de las atrocidades que guarda mi pasado, no saben que terribles imágenes inundan los confines de mi sueño. Ningún ser está libre de pecado, todos somos culpables, aunque a veces no lo sepamos, la limpidez es una tentación continua y horrorosa. Yo mismo he tenido que brindar a mi padre una muerte salvaje y deshonrosa para poder ser yo mismo, para ser dueño de este lecho que guarda una alianza en su centro.

Las muchas lunas me han concedido visiones infaustas, he visto a los hombres luchar patéticamente desde el principio de las eras y antes que ellos a las razas de los dioses destruirse en guerras monótonas para luego volver a crearse, acaso ese sea el único ciclo de este universo. Pero he visto, entre tantas ilusiones, aquella de un hombre que se bañara en mi sangre y por fin podré dormir tranquilo, pues él cortara, junto con mi vida, los hilos de la necesidad que tanto me pesan, entonces mis alas podrán servir a su propósito. Mientras tanto espero y el fuego de esa esperanza me consume por dentro.

Itinerario de un psicólogo

Cotidianidad

En el camino de la exploración de teorías psicológicas que puedan brindar asientos a mis propias preocupaciones, he encontrado un fenómeno común al acercarme a autores determinados, una ingenua defensividad teórica. Por ejemplo, cuando abordé, de manera temprana, la obra de Jung ésta me pareció muy esclarecedora y subversiva, lo suficiente para obligarme a estudiar de forma ardua la mayor parte de sus libros y atender a las referencias con que el autor sostenía sus argumentos. Pero en la universidad nadie conocía a Jung y lo pocos que habían escuchado su nombre lo tenían por un místico enloquecido que nada aportaba al avance de la psicología, en su mayor parte ésta era la opinión de los que sostenían una posición psicoanalista, para ellos Jung era una especie de traidor que no había comprendido la obra de Freud, pero no lo habían leído.

Posteriormente y acogido por un ambiente donde se leía a Jung, muchas de mis inquietudes sobre la teoría junguiana se volvían evidentes y mis cuestionamientos iban en alza, entonces descubrí la obra de James Hillman, la cual trataba directamente tales preguntas, y me volqué a su lectura. Pero el ambiente junguiano tenía dos respuestas ante la obra de Hillman, una era el completo rechazo por encontrarlo muy “filosófico” y mal entender la teoría de Jung y otra, muy particular, donde se leía a Hillman como si éste asumiera los conceptos junguianos, sin ningún cambio. Me pregunte ¿qué tenía de malo estar interesado en la filosofía? Ello proviene de un viejo prejuicio que confunde el uso del razonamiento preciso con la función pensamiento y que nace de la creencia falsa de que los tipos psicológicos se pueden trasladar tal cual para servir de molde a la subjetividad de las personas. Es decir, se confunde el mapa con el territorio, algo que Jung dejo en claro que no podía hacerse con sus tipos psicológicos. Pero sobre todo me sorprendió el hecho de que quienes criticaban la obra de Hillman, jamás lo habían leído, sabían de él solo de oídas, por rumores, pero no se habían adentrado en sus textos. Otros, en cambio lo habían hecho con el afán de no abandonar el edificio junguiano y conciliar, artificialmente, a Hillman con Jung.

Tiempo después, las dudas no amainaban y me llevaron a conocer el trabajo de Wolfgang Giegerich. Mientras trabajaba bajo el esquema junguiano, Hillman trastocó todo el abordaje que tenía en la consulta terapéutica y en la docencia, tuve que abandonar muchos hábitos que tenía por sabidos, por ejemplo el análisis de los sueños, realmente ello constituyó una crisis que poco a poco fue despertando nuevos métodos (caminos) de abordaje. Giegerich influyó de una manera similar, sus planteamientos sobrios y al punto arrasaron con la estructura narrativa que aún conservaba en la terapia y en la docencia, pues su obra expresa la necesidad de una teoría humilde, amorosa y centrada en el fenómeno y eso implicaba dejar atrás los objetivos esperanzadores de mi propia acción.

Sin embargo, nuevamente encontré el rechazo, ahora no solo entre los junguianos ortodoxos sino también entre los arquetipales, quienes curiosamente acusaban a Giegerich de soberbia intelectual, de ser filósofo y no psicólogo, de ser Hegeliano, de ser “frío” con el sujeto, de no ser aplicable, entre otros tantos malos entendidos de su teoría. Y de nuevos, tales críticas venían de personas que jamás habían leído su obra y que tenían una opinión formada con base en lo que otros les habían comentado, mismos que tampoco lo habían leído con atención. Surgen así preguntas similares: ¿Qué hay de malo en leer a Hegel? ¿Por qué tanto rechazo de la filosofía en el campo psicológico? Y sobre todo ¿por qué los psicólogos se afanan a rechazar lo desconocido e incomodo si esa es precisamente una de la premisas psicoterapéuticas, darle hospitalidad a lo extraño?

Creo que es una reacción común formar esquemas de pensamiento y defenderlos ante cualquier idea que parezca contradecir el sitio confortable donde se ha encontrado seguridad, pues constituye una amenaza contra la cual, la primera reacción, es defenderse. Pero, en el caso de la teoría psicológica esto resulta contraproducente porque la labor del psicólogo le obliga a atender a cada fenómeno desde la teoría del mismo fenómeno y no a imponer sobre él mismo sus propios esquemas de pensamiento. El psicólogo debe de cortar la rama en la que está sentado, una y otra vez, como ejercicio necesario para llevar a cabo su trabajo. Bajo esta premisa no puedo evitar preguntarme ¿qué vendrá después de Giegerich? ¿Y cómo se le rechazará a ese nuevo huésped? Pero, entonces, reparo en el fenómeno y me esfuerzo por atender al presente.

Dices que te asusta la enfermedad

Cotidianidad

Dices que te asusta la enfermedad, pero la malaria mata a tres millones de personas cada año, muere la gente por cáncer, por inmunodeficiencias, por diabetes, por paros cardiacos. La hepatitis arrebató la vida a un amigo y para mi eso fue más grave que una pandemia. Se muere también por impactos, por caídas, por accidentes, el lugar preciso para la tragedia es este en el que te encuentras.

Las personas no hacemos otra cosa más que morirnos, vivir y morir, inexorablemente. Dices que te asusta la enfermedad, el contagio, pero nacimos con la enfermedad a cuestas, morimos de tiempo en tiempo. Somos enfermos de vida, la existencia nos condenó desde el principio. Vida mía, la enfermedad no se contagia, la enfermedad viene de adentro. 

(Dice Sabines que la muerte no existe, es cierto, aquello que te formo ya existía y seguirá haciéndolo después de abandonar tu forma; existes unos instantes y partes a un nuevo viaje, germen de la tierra es tu cuerpo y el polvo del universo te ha formado con su silencio. Tú no has sido y no serás, sin embargo siempre eres y este momento es eterno.)

El asalariado

Cotidianidad

Antes era alguien, tenia un rotulo, podía salir a la calle y aunque nadie veía tal marca, un aura de resplandor callado cubría mi cuerpo, era un asalariado, el estado me proveía de un pago, a cambio únicamente de mi creatividad cercenada, de rendirle mi existencia hasta poder ajustarme a su normalidad de por vida, ¡que precio más pequeño por la tranquilidad!, mi familia y amigos podían ver mi notorio cansancio, pero estaban de acuerdo en la fortuna de tener un pago seguro, yo mismo me convencía de la suerte de esa cadena que me mantenía protegido de las inclemencias de la existencia. Tenía un padre y una madre sustitutos que me sostenían y en quienes confiaba.

Sin embargo, y como en todo periplo, aquello que me acogía un día me expulsó sordidamente, con garras innombrables me deslizo hacia la incertidumbre y el miedo y su violencia me apartó sin remedio del hogar, del trabajo monótono, de la labor vacía pero sencilla. Ahora, bajo la intemperie, añoro el falso calor de lo determinado; mis huesos tiemblan en medio de la noche y la tormenta, y camino con temor bajo el cielo abierto de los días, descubro entonces que soy un hombre, que he dejado nuevamente la niñez a un lado y siento el tremendo peso de haber nacido una vez más y nuevamente.

Jugando en la playa

Cotidianidad

Mi hija y yo hemos creado un sistema de montañas, con nuestras manos. En algunos segundos, quizá, vida efímera las pueblen, en manadas, en grupos o solos, sobrevivirán largas eras que durarán menos de lo que un respiro para nosotros. Quizá algunos de ellos cobren consciencia sobre sí mismos y pensaran en nosotros buscando respuestas a su existencia, pero son tan pequeños que no nos importan, no pueden importarnos, ni siquiera sabemos, mientras jugamos, que son posibles. Mi hija hace un gesto y me dice -papá juguemos a  otra cosa-, entonces vamos a mojar nuestros pies al mar y en algunos minutos el universo desaparece.