Uno es el hombre

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«Uno es el hombre —lo han llamado hombre—/que lo ve todo abierto, y calla, y entra.«

Jaime Sabines

Uno es el hombre, y lo sabemos cuando nos confundimos con aquello que pensamos, entonces queremos ser todo lo que se nos achaca y nos vestimos de paciencia, sobriedad y empeño. Pero uno solo es el hombre y nada más; y entendemos que estamos ebrios, locos, iracundos, que tenemos miedo de ser solo el hombre, que buscamos secretamente la grandilocuencia de la emoción que nos aleje del tedio. Y nos ocultamos en la palabra y bajo una luz oscura cerramos los ojos para estar lejos de nosotros mismos, en la hora, también umbria, que se cierne. Somos la vergüenza y la acedia, la lujuria y la avaricia, nos despedazamos como un espejo roto, nos insertamos en nuestra propia sangre y nos disolvemos. Hay una ave oscura sobre el techo, es la noche, es la noche, y cae lentamente sobre nuestro cuerpo. Uno es el hombre y ha nacido hombre sin remedio.

Escribir en la arena

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Uno se cansa del hombre, la fatiga es el signo de los tiempos presentes. Se emiten mensajes que dejan de ser importantes en cuanto nacen, emergen con la banalidad a cuestas, incluso dejan de ser relevantes para quien los declara en cuanto se publican. Las redes sociales son una gran maquina de expresión y de vaciamiento, de la saturación de opiniones para alejarse del ejercicio de pensar. El exceso, en el impulso, determina su extinción.

Quizá seria más provechoso escribir en la arena…

El amor al dios vivo

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«El arco de la ira de Dios está tenso, y la flecha preparada en su cuerda. Y la justicia apunta la flecha hacia tu corazón y tira de la cuerda; y eso no es más que un puro placer de Dios, de un dios enfurecido, sin ninguna promesa u obligación, y hace esperar a la flecha un momento antes de que se embriague de tu sangre…»

Así comenzaba Jonathan Edwards, en el siglo XVIII, su sermón en Nueva Inglaterra. Es sencillo amar e invocar la bondad de Dios, del Dios bueno, del pequeño dios despojado de su sombra, separado de su faz diabólica. Pero el verdadero creyente es quien sabe que el Dios vivo es cruel y terrible, que no le importamos ni deberíamos de importarle pues su horror anega las más simples esperanzas de las criaturas simples que somos. Tal vez, como dice León Felipe, seamos la obra de un Dios monstruoso e inmisericorde, el alimento de un Dios oscuro y, al final, el excremento de un Dios indiferente ¡y todo se repite!

Amar a este Dios al que no le importamos y que no nos necesita  ¿no es acaso la verdadera fe, el verdadero fervor religioso? Y no la hipocresía de los mojigatos que solo aman lo que les es conveniente.

Las cosas

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ah si las cosas
nos dejaran mirarlas.

Tomas Castro

Tengo un teléfono inteligente, en él están los números de mis contactos, las plataformas de comunicación y redes sociales y mis cuentas de banco, ademas registra mi vida por medio de fotos y algunos videos; el teléfono me es necesario para poder trabajar, entretenerme y organizar mis finanzas, pero tengo que cambiarlo cada ciertos años pues se ponen en venta modelos más modernos y potentes. También tengo una tablet, fue muy costosa, pero vale la pena, en ella escribo, tengo libros digitales y comics, reviso referencias para mis actividades académicas, tengo la musica que me compaña todo el día y ahí leo las noticias recientes; es mi fuente de información y sin su práctica presentación no podría acceder al cumulo de información que requiero cada día, las aplicaciones son caras pero necesarias, sin embargo la pila se desgasta y en unos años será inservible. Además, tengo una computadora donde llevo a cabo trabajos que requieren mayor espacio de pantalla o más horas de concentración, desde ahí doy clases, cursos y actualmente solo doy terapia a través de sus herramientas digitales, la reemplazare en cuanto su trabajo no sea fluido o haya una novedad en el mercado. Por último, tengo un automóvil, es un modelo antiguo, me ayuda a desplazarme de manera celerosa y cómoda, pero hay que comprarle refacciones, un seguro, pagar impuestos e invertir en gasolina, espero impaciente el momento de comprar un modelo nuevo.

Todo es imprescindible me digo a mí mismo, pero tengo la sensación de que hace algunos años no tenia nada de ello, ¿cómo podía prescindir de sus favores y trabajar, vivir y aprender?, me convenzo, entonces, de qué tal sensación es una tontería, pues mis actividades dependen claramente de las cosas y debo trabajar para poder reemplazarlas, pero ya no tengo muy claro si las cosas son mías o yo soy de las cosas, ya no es importante la diferencia.

Nota antropológica desde un futuro distante

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Enterraban a sus muertos, lo cual denota una civilización en ciernes, por lo demás, se hacinaban en construcciones de roca y metal para protegerse de las inclemencias del tiempo y de la presencia de los otros, pues se mataban constantemente para obtener bienes y riquezas. Rezaban a dioses que personificaban con su incipiente tecnología y gastaban todo su tiempo en alimentar tal culto. Destruyeron su hábitat, pues nunca llegaron a comprender que ellos mismos eran parte del mundo en que vivían, su religión era demasiado costosa.

De la costumbre compulsiva de citar

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Que extraña costumbre la de citar. Leo ensayos en donde un párrafo tiene una sencilla línea y dos o tres citas, algunas de autores renombrados; en ocasiones solo figuran los nombres de los autores, entre paréntesis, como si estos fueran imágenes que con su numinosidad pudieran sostener lo argumentado. Otras veces la frase citada ni siquiera es más que un abstracción del espíritu de una obra, una sentencia mercenaria usada a mansalva. Hay páginas de Facebook que giran en torno a la compulsión de trasladar párrafos completos o solo algunas líneas y acompañarlos de una imagen que es, muchas veces, más interesante que lo citado.

Se cita para no tener que pensar, para evitar el duro agobio de permitir que lo leído haga su trabajo destructivo en uno mismo. Se cita cuando no se está seguro de lo que se dice o cuando existe la seguridad, no confesada, de que lo que se dice no tiene peso.

Poner el nombre de un autor sostiene un argumento muerto, pero es que en principio todo argumento es un cadáver al que la fuerza del pensamiento hacer vivir solo mientras se lo piensa, pero la cita compulsiva mantiene en su estado cadavérico a dicho argumento, no permite que el pensamiento llegue hasta él; es un actuar disociado, por un lado se le pretende dar importancia a lo dicho y por el otro se le destina a la inercia de la imposibilidad de un discurso que desde el inicio no tuvo la más mínima importancia.

No siempre es así, hay ocasiones en que alguien cita y en esa frase uno puede leer la profunda comprensión de quien trasladó el enunciado, uno puede sentir la vida del pensamiento vibrando en esa hoja caída del árbol del conocimiento.

El viento mueve las hojas de los árboles

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El viento mueve las hojas de los árboles y sus copas son parvadas de pájaros que van y vienen en el firmamento. Los hogares acaban pareciéndose a sus residentes. Veo en la esquina de la calle un edificio gris y apresurado, muy elegante; recuerdo entonces que mi casa es pequeña, con el mobiliario justo, lleno de cicatrices en forma de lineas de colores, hay mucho desorden y libros alborotados por doquier, también ellos son una parvada de pájaros que vuelan cada noche hacia un horizonte interminable; y me pregunto entonces si yo soy un pájaro, un libro o una cicatriz que no termina de cerrarse.

La suave convicción de los ingenuos

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¡Quién tuviera la convicción de los ingenuos!, la dulce mirada de los que lo saben todo, para ellos no hay misterio o si lo hay es un promesa de conocimiento, primero la sombra, luego la luz. Los ingenuos enarbolan banderas y se lanzan envueltos en ellas, son los héroes del mundo, los profetas que están seguros de que las cosas van mal y saben porque.

Los otros en cambio, dormimos intranquilos, temerosos de que a cada paso el suelo se desvanezca, comemos nuestras propias alas para domarnos y nos entregamos, con los ojos cerrados, al frío silencio de un mundo sin dioses.

¡Quién tuviera la suave convicción de los ingenuos!