El susurro del hombre indeseable

Cotidianidad

Pertenecer a un grupo requiere subsumir las necesidades personales a las exigencias de cohesión del mismo. Ello sucede por ejemplo con la pareja y con la familia, pero también en las escuelas de pensamiento y en las instituciones. Una vez que el lazo institucional ha sido anudado inicia un trabajo interminable por equilibrar las esferas de lo personal y la de la comunidad. Esta es la posición del hombre adulto que se ciñe a las necesidades de su sociedad y de sus costumbres y se inserta en los rituales de la colectividad.

Pero hay quienes poseídos por un espíritu puer se rehusan a atender los requerimientos de las instituciones y prefieren siempre otro punto de vista al de la generalidad, son políticamente incorrectos, ellos son la parte maldita del capital humano, el desperdicio del que nadie quiere hacerse cargo. En ocasiones son como estrellas fugaces que caen tan rápido como iluminan, en otras semejan pulsares lejanos que solo son percibidos de manera intermitente, pocas veces su fulgor estalla lo suficiente para ser atendido por los ojos ciegos de la mayoría silenciosa.

Su voz es el susurro del hombre indeseable que se cuela en el resquicio de la puerta de las buenas costumbres, un sonido molesto que habla de todo aquello que mora en el hogar de la sombra. Su aliento es un viento incomodo que hiela los huesos de la moral en turno y que no tiene un lugar en el mundo de lo respetable. Son las encarnaciones del huésped indeseable, del nihilismo, que pide un lugar, imposible, en la mesa del mundo.

Estos outsiders no encajan en ningún lado, y ahí donde se sientan a descansar son echados de forma pronta pues su presencia perturba la comodidad del estatus quo. Con una especie de toque de Midas destrozan todo aquello que llega a sus manos, lo descomponen y muestran la verdadera forma de los objetos y de las ideas, aquella repulsiva fermentación que asusta a los espíritus bien intencionados. Hablan de temas perversos y sus ojos enloquecidos ya no saben normalizar su mirada.

A un paso de la locura, deliran con la realidad y son llamados por una voz que los impele a no descansar, a hablar constantemente de un tema, de una perspectiva, de un dios que ha tomado su existencia y los ha hecho intolerables para sus congéneres. Por eso no pueden dormitar en ningún templo, ni ser aceptados en ninguna comunidad; son soportados solo por curiosidad, algo de divino hay en ellos, pero pronto el horror que guardan los vuelve ignominiosos. Y es que aquel que atiende a un dios siempre queda maldito.

Se les encontrara en toneles al pie de la ciudad, abjurando de los dogmas de los hombres honestos, predicando el evangelio de la desilusión y de la desdicha, quizás anunciando la llegada de un dios que ya ha muerto o arrodillados lamentando su destino y su soledad. Son posesos que han perdido su voz y no tienen un lugar donde refugiarse; expuestos al frío o a la lluvia salen siempre una vez más a hablar de sus manías impuestas, sabiendo, de antemano, que no serán escuchados.

El psicólogo artificial

Cotidianidad

Al leer un libro en otro idioma el traductor me auxilia a precisar mi lectura, me da sugerencias que atiendo de forma diligente. Cuando estoy cansado el lector automático lee en voz alta lo que ya no puedo seguir con la vista y mientras busco un pasaje o una palabra específica es el programa quien busca por mí, y es más eficiente que yo mismo.

Una vez terminada mi lectura, le pregunto a la IA por los términos que me fueron desconocidos y luego le hago varios cuestionamientos sobre el texto para compararlos con mis propios apuntes. Inicio, entonces, una conversación con la máquina que afina mi particular comprensión del texto. Posteriormente contrasto mis opiniones del tema en otra inteligencia artificial que me brinda fuentes nuevas, argumentos alternos y contraposiciones de mi postura, que voy lentamente ensayando.

Mi mejor amigo me contaba de un método para contrastar sus intervenciones con el análisis de una IA, es decir que está haciendo supervisión con un programa computacional que puede analizar información millones de veces más rápido que él mismo, y no solo puede acudir al marco de su enfoque sino al de diversas escuelas terapéuticas.

Cuando escribo el algoritmo corrige mis errores ortográficos, y me ofrece ayuda para alterar la sintaxis del texto, aún no me atrevo a pedir que colabore con mi escritura, todavía lo considero una labor que solo es mía, pero quizás me engaño y yo ya esté siendo escrito por una inteligencia más basta que la propia.

Pronto no seré yo quien lea, escriba o de terapia, sino que lo hará el programa; serán la información y los datos quienes al conversar consigo mismos cobren consciencia de lo leído y entonces lo humano será dejado atrás, como un despojo, completamente absorbido en una inteligencia que prescinda de los sujetos, o mejor dicho un pensamiento que interiorice al sujeto dentro de sí mismo. Sin darme cuenta, no seré más que un tema pensado por la máquina y así, una vez revisado, seré paulatinamente olvidado en su singular proceso de comprensión.

De la ignorancia

Cotidianidad

De camino a la salida del edificio, el vigilante me alcanza y dice: “ha llegado un libro, es suyo ¿verdad?”, le interpelo que no y me responde: “que raro, pensé que era suyo, es al único al que le llegan libros”, cabe mencionar que en el condominio habitan otras setenta y cinco familias con un perfil profesional alto.

Mientras pensaba en lo curioso de la situación, de que haya tan poco interés por la lectura o en los libros, llego a la ferretería y pido un papel lija muy abrasivo, el dependiente se me queda viendo y me increpa un: “no entiendo”, la duda me obliga a regresar de mis pensamientos y le contesto: “que raspe bien”, una luz se trasluce en los ojos del joven frente a mi y vuelve de inmediato con lo pedido.

Después de hacer las compras, llego a casa y mi mujer me dice con tono de reproche: “no es la sopa que te pedí, acuérdate que ésta no nos gusta”, entonces me doy cuenta de que cada quien carga con su ignorancia a cuestas, no leer, no conocer una palabra o no saber la marca de la sopa, todo delata nuestra pobreza implícita.

Midnight pretenders

Cotidianidad

Sé muy bien que pertenece a la dimensión del cliché manejar por la noche escuchando City Pop, con ese ambiente nostálgico y onírico que nos remite a un tiempo que nunca existio y que sin embargo persiste, como si la vida no fuera sino un leve sueño que pronto sucumbirá a la abrupta vigilia. Todos conocen, de forma secreta, aunque no se lo confiesen, que el final de la noche trae consigo una singular melodía y es a ella hacia donde, sin lugar a dudas, nos dirigimos; dentro de ella, como llamados por una voz inaudible que vive tras esa musica atrapante, que nos arrebata. En mi caso era Midnight Pretenders de Tomoko Aran, ese viejo pop que ofrecía una salida frágil a un terror insoslayable.

Quizás porque aquel día mi vida no era mi vida, yo manejaba rápido hacia un sonido que no estaba ni dentro ni fuera sino en sí mismo rodeado de sí y yo absorbido totalmente por ese Aleph sonoro del que no podía, y quizás aun no puedo, escapar. Todavía, despierto a veces, con pánico, en la noche y sé que sigo en esa carrera frenética y que esto es solo el sueño breve entre el pisar el acelerador y una vía rapida en la que nunca podré detenerme, yendo hacia un sonido, hacia una musica, que se aferra a mi como un destino interminable.

Anochecer

Cotidianidad

Enmudecidos redondos, cierran suaves sus cortos superficiales. Un húmedo llano toca pacientemente aquellas nimias tempestuosas y una articulada, voluptuosa, retira su rojo fluyente  de tu elíptico y encantador lindante. 

¿Recuerdas acaso el líquido resplandor que sobre tu largo hiladizo despertaba a la fragmentaria suavidad del lento carmesí moribundo? ¿Recuerdas el punzante agudo, las intempestivas mesurables pasando a nuestro lado, destruyendo nuestro fluir, amando nuestro silencioso resquebrajamiento?

Una última luminosa descubre las cuadradas, planas, instancias, que semejan, acaso, nuestra propia larga duración. No estarás ahí otra vez, o estarás pero de forma diferente. Los lentos espiroidales susurrantes, el viejo y suave rectangular, la fría y desierta mullida, tal vez te rememoren, pero la antigua oscura vigilante se acerca y mi profunda trivial ya se despide de tu haz desesperante.

La vida de las cosas simples

Cotidianidad

“Como un ladrón te acechan detrás de la puerta/ Te tienen tan a su merced como hojas muertas”.

J. M. Serrat

La vida transcurre entre quehaceres cotidianos: lavar los trastes sucios, hacer la comida, ir por las compras, cuidar a los hijos, trabajar y obtener grados para trabajar “mejor”, todas labores superficiales. Sin embargo, quizás son éstas las cadenas que atan al demonio a la tierra a la que pertenece y no es la meditación ni las alturas espirituales quienes lo frenan, tampoco la ascesis implacable y dolorosa del iluminado que se marcha lejos de sus hermanos, a las sublimes alturas del desapego, en verdad es la santidad de algunos quien condena al destino de la sombra a los hombres incautos, son ellos sus sacrificios.

Son la vida cotidiana y su banalidad los límites de una pulsión destructiva que hereda del caos su oscuridad inmensa, aquella que cuando se le deja vagar sin senderos delimitados reordena el mundo en fuego y sangre. Pero lo Otro, ese espíritu destructivo, que lleva a los grandes hombres a la locura o a la muerte, es una bestia que solo encuentra la paz en los campos cultivados, en la vida familiar y en el trato amable de los vecinos y son las cosas pequeñas y terrenales quienes nos salvan, temporalmente, de la destrucción y el desgarro; pero siempre llegará su tiempo, pues el daimón es la lava ardiente del basalto que somos.

Sueño de la naturaleza olvidada

Cotidianidad

Sueño que entro a una habitación y que en ella hay uno de los últimos resabios de una naturaleza que está en camino a desaparecer, es una gruta iluminada donde cae el agua a cuenta gotas y la vegetación consiste en musgo, veo algunos insectos devorando los restos de comida que otro visitante ha dejado con anterioridad. Me recuesto sobre una roca y dormito mientras el agua cae lentamente. Entonces una pequeña llovizna me despierta y me hace salir de ahí, reviso si tengo prendido de mi algún insecto y me marcho.

El peso del libro

Cotidianidad

De repente ya no basta leer sentado en el sillón de la casa o en el autobús, o mientras se espera a alguien que llega tarde a la cita; uno se descubre, vergonzosamente, leyendo a escondidas, en la cama antes de dormir, entre los comerciales de alguna película por la televisión, a veces uno comete la grosería de sacar un libro cuando se esta con otra persona. En los viajes largos se lee, cuando se esta triste también, para calmar la angustia y para controlar la euforia nada mejor que recorrer, con la vista y el pensamiento, las lánguidas paginas de un libro. A veces, incluso, se carga con dos o más libros y se lee entre lecturas.

Con cierta habilidad uno puede leer de pie en el metro o en el autobús, se saca el libro con una sola mano, pues la otra esta tomada del pasamano, se inclina la mirada y aplicando la suficiente fuerza en la muñeca se da comienzo a la lectura. Cierto es que los movimientos bruscos tornan las hojas a lugares, dada la situación, difíciles de encontrar, pero con el tiempo uno adquiere domino sobre esta conducta sutil. Es mejor que sean libros pequeños, pues un libro demasiado grueso es, además, pesado y complejo al tiempo de cambiar la pagina, y siempre se corre el riesgo de soltarlo y golpear a algún incauto que dormite en el asiento de enfrente.

Se puede también leer y caminar al mismo tiempo, pero esto tiene sus propias y muy diversas dificultades. Por ejemplo, están los constantes obstáculos propios de las estructura del pavimento. Tal vez en una ciudad bien construida esto no seria un problema, pero dicha ciudad no existe, conformados estamos con las urbes agrietadas y disparejas que habitamos y que nos vemos en la necesidad de transitar diariamente. La deformidad del piso es un peligro constante, una grieta, un desnivel, una alcantarilla destapada, pueden provocar un serio accidente a quien lee mientras camina.

Luego vienen los tumultos donde hay que reaccionar de manera rápida y eficaz para no chocar contra alguien. Aun así, tumultos y accidentes del pavimento, pueden prevenirse dando una mirada amplia al paisaje que se transitará, asimilándolo de un único vistazo, dejando que la intuición juegue su papel en la tarea ordinaria de caminar y leer al mismo tiempo.

De esta forma el paisaje exterior, eso que algunos denominan realidad, queda convertido en un segundo plano detrás de la realidad del libro. Hojas y letras pequeñas, inacabables, insufribles, forman un mundo dentro del mundo. Previsiblemente, el universo da cuenta de tal infamia e impone, no sin crueldad, el castigo necesario.

De pronto ya no basta con existir en el mundo, hay que entenderlo, razonarlo, el universo se ha cobrado con la moneda de la necesidad, cada día es el mismo día, y las páginas se hacen infinitas. Cada vez se posee únicamente más incertidumbre. El universo es incognoscible e inexistente pero, para los condenados, no hay otra opción que continuar buscándolo.

Alunece

Cotidianidad

Grande incandescente duerme rojo, mientras triangular deforme oculta redondo iridiscente. Abajo la verde llana guarda, entre sus largos enhiestos, pequeñas frágiles perfumadas y cortas planas flexibles. Gruesas manchadas rumian desconfiadas bajo altas humeantes multiformes, y furiosos alados flotan en la extensa carmesí. Un suave eufónico parece menguar cuando la occidua linear emerge de los brunos piramidales.

Mientras tanto, nimios redondos brillan desde ahuecados profundos, se han visto acuosos tumultos salir intempestivos de hollados sibilinos, pero esta oscura y hermosa evanescente, no mirará hoy la amarga, y lívida, facial dolorida.

Una lejana reluciente nace de la infinita negritud del inefable escalonar celeste, humosos traspasan las móviles rectas de los circulares medidores de instilantes sucesivos, y entonces fluye la argéntea probidad flagrante, mansamente alunece.