Los hombres buenos nunca dicen la verdad

Logos del alma

“¡Oh esos buenos! – Los hombres buenos no dicen nunca la verdad; para el espíritu el ser bueno de ese modo es una enfermedad. Ceden, estos buenos, se resignan, su corazón repite lo dicho por otros, el fondo de ellos obedece: ¡mas quien obedece no se oye a sí mismo”.

F. Nietzsche

La moral y las buenas costumbres son elementos necesarios para la socialización y la armonía en los grupos humanos y es evidente que es importante cultivar el respeto por el prójimo para procurar un entorno agradable donde los conflictos humanos puedan resolverse de forma pacifica. Pero si bien este ideal de las relaciones humanas es importante como meta de convivencia, es debido no confundir esta herramienta social con el acercamiento reflexivo ante los fenómenos psicológicos y menos aún con un modelo de aprensión del alma en donde se le pueda atrapar con el fin de resguardarse de ella.

La realidad psíquica, sigue principios éticos que no necesariamente coinciden con la moral del hombre. En el libro de Job, por ejemplo, es evidente esa disparidad al contrastar la situación horrifica que vive Job con su petición al dios que, sin embargo, ha permitido su desgracia. Job apela por el favor de la Sabiduría del dios en contra del mismo dios que lo destroza. Esto sugiere que una dimensión de lo divino se ha vuelto inconsciente, es decir, se ha ocultado a la consciencia volviéndose al interior del fenómeno, interiorizandose a fin de expresar una nueva forma de sí misma, la cual no será patente sino en el porvenir, pues la consciencia siempre ha de arribar después del hecho.

Solo en épocas recientes la presencia de un dios puede abstraerse de su matiz sombrío y considerarse puro amor y redentor de los pecados. En otros momentos de la historia de la consciencia el dios era la expresión completa del máximo bien, pero también del mayor mal posible. Tanto la crueldad como el beneficio son características de las antiguas deidades, por ello la madre divina podía ser dadora de vida pero también la que consumía a sus hijos. Esencialmente el dios era lo terrible, lo monstruoso.

Ante Job, Jehová responde con contundencia y hace evidente la pequeñez del anhelo del hombre ante la realidad que éste habita. El libro de Job es quizá uno de los primeros documentos que expresan el sentimiento patético del absurdo, que será tan importante en el desarrollo cultural del siglo XX y que no es otra cosa sino la constatación de que la esfera de los dioses ha sido abandonada y convertida en el centro de la vida lógica del alma. Por eso el hombre actual existe en la desnudez de un mundo infinito y sin un sentido experiencial dado. Como consecuencia debe sostenerse a sí mismo y elegir todo lo que le es otorgado y ser acompañado por el interminable sentimiento de angustia.

Esta condición descrita implica la incompatibilidad entre una moral dada y una norma ética universal, el sujeto nacido sufre la condición de tener que preguntarse, de forma constante, sobre la verdad presente en cada uno de los fenómenos con los cuales dialoga. Por ello es que el psicoterapeuta no puede presuponer una regla moral fija para toda vivencia psíquica, ni un modelo de comprensión estipulado a priori. Al contrario, su deber es atender a la ética particular de fenómeno presente y ajustarse a sus necesidades propias. El psicólogo quiere, debe querer, ser enseñado por la realidad y alejarse de la tentación de querer dictar lo que es “bueno” para el Otro.

Así, el gran límite de muchas personas inteligentes es su apego por la buena moral y las causas justas, ellos mantienen el hábito de ponerse del lado de “lo bueno” y “lo correcto” de forma unilateral. Necesitan saber que son parte de un bando y que su pertenencia le da soporte a su existencia; que no están solos sino que se suscriben al “lado adecuado”. Pero el ejercicio de pensar requiere haber dejado atrás la posición infantil que encuentra las reglas para aprender la realidad ya hechas. En cambio, el pensador, prefiere que sea el Otro quien piense y así poder reconocerse a través una inteligencia que no es la suya sino la del Proceso.

El pensar el pensamiento del otro es imposible si hay un modelo fijo como el de la moral que se superpone a la ética del propio fenómeno. El apego por los grandes valores es el vicio más difícil de expurgar, pues supone un deseo anhelante por ser sostenido por los padres celestiales que otorgaban preceptos éticos ya establecidos.

Para ser un “hombre bueno” se tienen que llegar a confundir las propias reglas y las buenas costumbres con la verdad presente en el fenómeno, por ello la propia verdad de éste nunca podrá hacerse consciente de sí misma, pues se le ha sustituido con un sucedáneo construido en lo ya conocido, es decir en aquello que ha sido dejado atrás por la historia del alma. Estas ideas positivizadas desconocen su sombra y por ello son enemigas de quién quiere pensar el pensamiento de los fenómenos, es decir, del que busca atender la ética del propio fenómeno.

Del sacrificio

Logos del alma

En la cultura azteca se alimentaba al dios sol con los corazones de hombres que les eran extraídos mientras aun estaban con vida, los Olmecas mucho antes que ellos sacrificaban niños al dios de la lluvia. Toltecas, Mayas, Totonacas, mataban, degollaban e incluso comían la carne de sus prisioneros, fueran niños o adultos. La masacre era, por así decirlo, el pan de cada día. Cuando sucedió la conquista, las culturas precolombinas fueron sacrificadas, diezmadas, su última sangre fue derramada a un dios que sacrifica a su hijo, que se sacrifica a sí mismo para existir.

La lógica de la destrucción y la violencia recorre la historia. Somos herederos de la sed de sangre, de la vida que se destruye a sí misma para perdurar.

El padre no es necesario

Cotidianidad

“El padre común, ordinario, no es solo ordinario, sino en su mayor parte es innecesario. […] el padre ordinario juega un papel menor en la familia y en la vida de los niños. Su función natural es la de un articulo de lujo.” 

Adolf Guggenhbuhl-Craig

Existe el consenso de que la figura del padre es primordial para el desarrollo psicosocial del infante y que es un pilar de las estructuras familiares equilibradas, por ello el enunciado de Guggenbuhl-Craig puede parecer estremecedor, ¿dónde queda entonces la estela del padre que introduce al niño en lo social, del padre castrante al que hay que destruir, del padre protector o del padre ogro?

Pero nuestra sociedad, sin embargo, desprecia lo paterno, en la forma de las figuras de autoridad que cada vez son más cuestionadas, de las instituciones que resultan menos verosímiles y de los ejes culturales que han demostrado no haber podido sostener la angustia de un mundo que ya no se siente más confortado por formas metafísicas que le ofrezcan sentido a su existencia.

En el malestar del feminismo, por ejemplo, se erige la forma ideológica de un padre terrible, violador, tiránico, de una figura proyectiva del animus no asumido que se reifica en un desprecio por el hombre como representante simbólico del constructo social llamado patriarcado. Y sin embargo, en el núcleo emocional de tal malestar no hay otra cosa más que el enojo por la ausencia del padre, es decir, por la falta de ejes sociales que ofrezcan cierta seguridad a esas hijas que han de imaginar un animus sombrío con tal de poder tener al menos un rastro de lo paterno. Como si fuera preferible lo destructivo del padre a su ausencia.

La crisis de lo paterno es evidente cuando se observan la incongruencia entre los valores culturales reales y los estipulados por un conjunto de instituciones que ya no gozan de credibilidad: el estado, la escuela, la familia y el matrimonio. Todas estructuras paternantes que dotaban de sentido a la cohesion del sujeto con su comunidad y con los estatutos sociales.

Efectivamente el padre es ya innecesario y si esto es cierto, quiere decir que el esfuerzo de nuestra cultura por encontrar el lugar del padre está fincado en un error, pues el padre ya no tiene una función primordial como quizás sí lo tenía en la época de los mitos y de los padres celestiales. «Dios ha muerto», quizás porque el padre se ha diluido en el sujeto.

Aunque, como dice Guggenbuhl-Craig, algunas veces es mejor tener un objeto de lujo a no tenerlo. Así queda la pregunta abierta sobre el papel del padre en el alma moderna qué tal vez pueda ser entendida con el precepto bíblico “el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán un solo ser”, entonces podría ser que el padre sea innecesario porque ha sufrido un proceso de irrelevantificación en la consciencia, imprescindible para esta conuntio con aquello Otro que también es ella misma.

La naturaleza ha muerto, dios ha muerto, el hombre ha muerto, quedamos los que nos alimentamos de sus restos

Logos del alma

Salvar a la naturaleza se ha vuelto cada vez más un eslogan, es una empresa que genera grandes dividendos y que se adhiere a la misma lógica, que paradójicamente, destruye al planeta. No se asume que la naturaleza y la imagen de la naturaleza son dos dimensiones distintas de un mismo concepto, ésta última ya ha sido abandonada hace mucho tiempo, porque la naturaleza destruye a la naturaleza, y lo hace de forma lógica.

Hay un trasfondo ideológico en el enunciado que reza que se debe proteger al medio ambiente, que se debe salvar a la madre naturaleza de la destrucción. Se coloca, inadvertidamente, al orden de lo biológico en la dimensión perteneciente a la consciencia, afirmando con ello, de forma contraria a lo que se pretende, que lo natural ha sido dejado atrás al convertir el universo de la union naturalis en el residuo simbólico del cual el sujeto se alimenta para construir su identidad. Pero el individuo emergió del cuerpo lógicamente muerto de la madre naturaleza.

La vida biológica es el recuerdo que la consciencia tiene de su estar contenida en lo natural, pues aquello que se experimenta como «el mundo» no es sin una idea que ha surgido y ha abandonado su propia realidad como objeto, para constituirse, por fin, como parte de un proceso lógico, como una construcción de la mentalidad y nada más. Este recuerdo es la vida como un proceso vuelto dentro de sí para poder ser usado como una yesca de la cual lo psicológico enciende su propia llama. Es así como el alma ha nacido de sí misma al darse muerte dentro de, y como, su propia constitución biológica.

Hay, por lo tanto, una espera infantil en la ilusión del regreso a la armonía con el medio ambiente como si éste estuviera aun animado. Es una imagen proveniente de cuándo se entendía que sobre el cosmos yacían los padres celestiales en el hierosgamos y la existencia era un rezo continuo hacia su poder abrumador. Sin embargo, los dioses han roto su copula y el hombre ha nacido irremediablemente solo. Esto significa la muerte de Dios: el resquebrajamiento de las estructuras metafísicas que daban sostén a la experiencia del individuo para morar, ahora, en el plexo solar, a cambio del sacrificio del sujeto a la noción que lo contiene.

Ya no hay objetivos trascendentes, ni grandes sistemas de pensamiento, el hombre está maldito, condenado a ser solo quien ya es, con la mirada fija en el abismo. Tampoco queda el consuelo numinoso, pues si en otros tiempos las religiones imaginaban un alma ligada a un mundo espiritual y metafísico como un doble, esencial, del hombre, hoy ya no es posible hacer eso sino para ahogar la angustia por la inanidad de la existencia. Pensar en un anima mundi es esperar ser nuevamente niños complacientes, contenidos en las formas imaginarias, mirando hacia arriba, a un cielo, sin embargo, ya despojado de imágenes.

La naturaleza murió hace tiempo, de ahí nuestra angustia. El hombre también se volvió obsoleto desde hace algunos siglos, quedamos entonces sus restos viviendo de los residuos simbólicos de otras eras. Dejemos, entonces, que los muertos entierren a los muertos.

La enseñanza inconsciente (6)

Educación posmoderna

Hay un consenso que nos dice que el lenguaje de los jóvenes es “soez” «vulgar»o «grosero», sin embargo, la palabra soez refiere, en su etimología, a lo superficial, sucio o barato, es decir, a lo despreciable. Por otra parte, la palabra “grosería” implica cierta brutalidad y falta de reparo o fineza. Por último, la palabra ”vulgar” alude a la gente común u ordinaria de un modo despectivo. 

Cuando, como profesores, reprobamos la forma de hablar, soez, de los jóvenes, lo hacemos, sin saberlo, desde una posición clasista, discriminatoria, posicionándonos, nosotros, en el papel del modelo adecuado y al otro, al joven, en el lugar de lo incorrecto, ahí hay un mensaje implícito. Llevamos a cabo una empresa conquistadora, evangelizadora, que busca salvar el buen nombre de los padres, de las escuelas y de la moral en turno; pero nada de esto tiene que ver con la necesidad del muchacho y nadie se interesa por saber ¿cuál es la función de la grosería en la vida del alumno?

Para saberlo, basta con observar las reacciones de los implicados ante tales vulgaridades: 1) Nos impactan e incomodan, 2) Nos causan rechazo hacia sus usuarios y 3) Se presentan como un misterio compartido por los jóvenes.

Es decir, las groserías alejan a los jóvenes del mundo de los adultos, en el que, como niños, habían estado con-fundidos; pero ante el proceso de construcción de su identidad es necesario, ahora, el rechazo de la dimensión paterna (la muerte de los padres). A su vez, este rechazo necesita del refuerzo de los adultos para fomentarlo. El alejamiento ideológico es un factor necesario en la separación del niño y el adulto y, al mismo tiempo, en la separación de la edad infantil y la adultez en el joven mismo. Para ello, la formación de grupos es primordial, pues ante este trabajo de construcción de sí mismo requiere del apoyo y la confirmación de sus iguales justo en el momento mismo en que debe desligarse de la imagen de la familia de origen para poder saberse un individuo singular.

El rechazo de lo vulgar refuerza el mismo rechazo del joven por lo familiar. Pero en el ámbito escolar habría que preguntarse de forma seria: ¿qué posición debe tomar el profesor frente a la dimensión vulgar del alumno? Rechazar el lenguaje soez pone al docente en un lugar apartado del educando y lo obliga a jugar el rol de castrador, de tirano, de normalizador, es decir, el de participar de un dispositivo de poder; por su papel de autoridad contribuye, así, al proceso de alienación del joven ante su propia identidad, necesidad que es fundamental en un sistema socio-político como el neoliberalismo. Además, como corolario, el profesor, rechaza, en su empresa rectificadora, también su propia dimensión ordinaria, superficial y mediocre, lo cual se convierte en un afirmación de las relaciones asimétricas en la sociedad capitalista. Se educan sujetos escindidos de la sombra, listos para la línea de producción, para la auto-opresión, no para la libertad.

Es el daimón quien aprende

Educación posmoderna

Hay un énfasis desmedido en la figura del profesor durante el proceso de enseñanza-aprendizaje, como si la carga total de la senda educativa recayera sobre este único elemento, pero los actores educativos son varios, ademas del docente. Esta proyección social sobre la figura del maestro omite que la educación es una empresa sistémica que implica varios ordenes institucionales: las políticas publicas, las configuraciones familiares y las representaciones del sujeto individual y en donde se entretejen un conjunto de condiciones socioeconómicas y personales. En pocas palabras, la educación del sujeto depende más del contexto social y del espíritu de la época que de la relación entre el alumno y el maestro, pues siempre hay un tercero, entre los dos, que rige el rumbo del trabajo áulico.

Wolfgang Giegerich ha llamado «alma» a la producción continua de significados compartidos que constituyen la mentalidad, ésta no tiene una existencia positiva porque en sí misma es la negatividad de todo lo existente, es su dimensión lógica. Desde esta posición, se puede entender que toda actividad humana tiene como contexto la sintaxis anímica en que se desarrolla la continua producción de significados, éstos no pertenecen a nadie, son mera expresión de sí mismos, por lo tanto, el proceso educativo ocurre primero en ese lugar negativo.

Así, la cultura es conjunto de discursos que se producen de forma continua, que no son creados por nadie, sino que se construyen de manera autónoma y se reifican en lo positivo a medida que se van destruyendo, los sujetos vivimos de los restos dejados atrás por el alma e incluso nuestra noción de «sujeto» es un cadáver de tal dinámica. La educación puede ser vista como la afirmación continua de narrativas que proveen de identidad a las personas, de tal manera que les permita socializar con su pares reproduciendo significantes ya establecidos. Significados y significantes son la vía a través de la cual el gran Otro llega a casa a sí mismo, por medio de la repetición de su discurso en el lenguaje que los individuos aprenden.

Todo esto supone que en principio es el Otro, el alma, el daimón, quien en su función creativa dialoga consigo mismo para poder alcanzar su propia posibilidad, tratando de llegar al devenir del que proviene. Eh ahí el modelo prístino de la educación, pues idealmente la enseñanza implica llevar al alumno a aquello que en él es elucidado, es decir, conducirlo a su dimensión noética, en el sentido de volver al sujeto sensible de los conceptos que constituyen el mundo en el que vive y no convertir dichos conceptos en ídolos.


Educar es permitir que el proceso educativo original suceda ante la propia reflexión, cuando se permite que los conceptos hagan su trabajo en el corazón de cada individuo. Por esto es que la figura del maestro ha sido tan exaltada y denostada a la vez, ya que no se contempla que su labor no es otro sino el de permitir que emerja (que se constele) el verdadero educador y por eso se le confunde continuamente con una figura arquetípica que no le corresponde. Se espera demasiado del profesor porque no se atiende al concepto que le da vida a su trabajo. Lo mismo podría decirse del alumno, pues debe de comprenderse que quien aprende, realmente, es el daimón. El dilema educativo ha de girar en torno a tratar de dar cabida de manera manera consciente a ese opus que ocurre como un misterio en el que el hombre moderno ha ser iniciado, en el que debe ser educado y donde aprender significa brindar hospitalidad al alma.

Nota sobre el prejuicio causal en psicología

Logos del alma

«Sin darnos cuenta nos ponemos una camisa de fuerza lógica al dejar que la causalidad eficiente determine todos nuestros esquemas explicativos.»

Lynn Segal

La mala crianza no genera, irremediablemente, malos individuos y la buena crianza no necesariamente construye buenas personas. El mundo de la psique es mucho más complejo que esa simple correspondencia, nuestra confianza en la causalidad es infundada e ingenua, se sostiene en una etapa metafísica, donde el sujeto estaba atado a los objetos y estos le daban sentido a su existencia. Pero hoy, una vez que ha nacido el individuo, podemos saber ciertamente que el bien no genera bien, ni el mal resulta en mal de forma determinada.

No obstante, en psicoterapia sigue vigente el prejuicio causal que enlaza sucesos arbitrarios que simplifican la complejidad de la existencia. Esta situación abstrae a la persona de sus circunstancias y le evita el esfuerzo de tener que reflexionar sobre las múltiples aristas de un hecho, que como contingente tiene una vida interior que dialoga de manera constante con la sintaxis en la que está inscrito. Reducir un conjunto de eventos a otros, ya sean constelaciones astrológicas, patrones familiares o tipos psicológicos resulta sencillo y reconfortante pero somete al fenómeno psíquico al engañoso sesgo de confirmación que elimina su carácter de ser un Otro por sí mismo.

Pero un buen ser humano es algo relativo y es resultado de múltiples y complejos factores que posiblemente no se puedan conocer del todo, ha nacido de una cultura, de un contexto que lo construye, pero a su vez su propia vida interna es una miríada de factores que en su entrelazamiento lo empujan hacia una multitud de posibilidades. Dicho hombre bueno, de acuerdo a los hados que lo limitan, puede decantar en las peores acciones si las circunstancias son favorables y esas circunstancias son también indeterminadas. Las acciones terribles, a su vez, pueden degenerar en un bien mayor, o no, el hombre está ligado (religio) al destino de los dioses, que a su vez están atados por compromisos irrefrenables.

Los consejos psicológicos que recomiendan formas de crianza, de educación, de trato mutuo, las formulas que garantizan la perdición o el éxito en alguna esfera de la vida del individuo, son solo opiniones basadas en el sentido común y en una mitología propia de un mundo que no ha superado la visión causal y moralista de la realidad; tal perspectiva será acogida por personas desesperadas y sumidas en la necesidad de hacer responsables a otros, sujetos o circunstancias, de sus propias condiciones. Pero el individuo está liberado, ha nacido a su desnudez y no puede sino hacerse responsable de su propia corriente de acontecimientos.

Así que los buenos hombres a menudo se fortalecen en la podredumbre y otros tantos lo hacen en la virtud. Los padres pueden ayudar, quizás, si se ocupan de sí y de sus obligaciones y, a la vez, permiten que la vida enseñe a su hijos lo que cada uno puede ser. Ahora bien, esto no deriva sino en el azar. Una Babel de oportunidades y fracasos es la existencia y por ello vivir es un acto de fe en la vida misma.

La enseñanza inconsciente (5)

Educación posmoderna

“La educación debe comenzar por la superación de la contradicción educador-educando. Debe fundarse en la conciliación de sus polos, de tal manera que ambos se hagan, simultáneamente, educadores y educandos.”

Paulo Freire, Pedagogía del oprimido

El docente, en pos de su labor, debe de reconocer al alumno cómo un sujeto completo en sí mismo. El adolescente y el niño no están incompletos, ni son inadecuados, no necesitan madurar, ni crecer o desarrollarse, esas son fantasías de la cultura que tendrían que ser reflexionadas debidamente pues están basadas en la visión progresista de la modernidad occidental y surgen aledañas al paradigma socio-económico imperante.

En realidad, el hombre no se desarrolla o mejora, simplemente ya es quién es, en cada punto de su vida, pues como sujeto representa la completitud de él mismo y su contexto en cada momento actual. Así, el joven y el niño son completos y tienen todo lo que requieren en todo momento y con cada experiencia; y si sus circunstancias lo permiten, se harán conscientes de sí en cada nueva faceta vivida.

La labor docente consiste, bajo esta perspectiva, en la construcción de puentes que permitan el acercamiento consciente de cada individuo hacia sí mismo, comenzando por el propio profesor, quien al poder estar de forma honesta frente a sí, permite que sus alumnos se reconozcan y puedan mantener la reflexión constante sobre sus circunstancias.

En cambio, si el docente se acerca al estudiante, protegido tras la fantasía de progreso, el joven siempre se sentirá inadecuado y reaccionará de una u otra manera a tal violencia, se esforzará por adecuarse, por lo tanto, a un modelo externo a su existencia y perderá la oportunidad, junto al docente, de ser quien es, en la búsqueda vana por tratar de ser quien podría ser.