La educación fuera de la escuela

Educación posmoderna

Hay muchas quejas porque la educación en línea no es verdadera educación, y quizá sea cierto, pero la educación presencial tampoco generaba verdadero conocimiento; no lo hace con planes educativos coercitivos y superfluos, no lo hacía hace diez años con criterios pedagógicos desdeñables, ni lo hará dentro de unas décadas con una escuela tendiente a la formación técnica y cientificista.

Lo que expone la situación actual es que la educación ya no se encuentra en la escuela y ya no se puede formar ahí mas que a través de su propia superación (destrucción).

Un alumno me comentaba a propósito de la educación en línea: “los profesores no nos enseñan nada, qué vamos a hacer”, yo le respondía: “lo que necesitaron hacer siempre, aprender por ustedes mismos lo que es verdaderamente importante”. ¿Y qué es aquello verdaderamente importante?, nadie lo sabe realmente hasta que se está sumergido en ello. Bernard Shaw lo sabía cuando dijo que a los seis años había tenido que abandonar su educación para ir a la escuela. Se siente como un llamado, ajeno a la propia voluntad, a desarrollar un tema durante toda la vida, a pensarlo de forma íntegra y exhaustiva, es un dios al que se le rinde culto y sacrificio.

La educación, por tanto, no existe en la escuela, lo hace en donde el culto y el sacrificio reales ocurren y no nos gustará saber donde es eso.

El lamento de Fafnir

Cotidianidad

Ya no puedo saber cuanto tiempo he estado en esta caverna, los años se diluyen lentamente en el olvido. A pesar de ello no he descuidado mi tarea. Los rumores de la gente me conceden muchas formas y algunos atributos, unos dicen que mi calidez es tan grande como la de una criatura angélica y otros comparan mi humildad con la ascesis más implacable. Por supuesto esas bocas ignorantes mienten, no conocen ninguna de las atrocidades que guarda mi pasado, no saben que terribles imágenes inundan los confines de mi sueño. Ningún ser está libre de pecado, todos somos culpables, aunque a veces no lo sepamos, la limpidez es una tentación continua y horrorosa. Yo mismo he tenido que brindar a mi padre una muerte salvaje y deshonrosa para poder ser yo mismo, para ser dueño de este lecho que guarda una alianza en su centro.

Las muchas lunas me han concedido visiones infaustas, he visto a los hombres luchar patéticamente desde el principio de las eras y antes que ellos a las razas de los dioses destruirse en guerras monótonas para luego volver a crearse, acaso ese sea el único ciclo de este universo. Pero he visto, entre tantas ilusiones, aquella de un hombre que se bañara en mi sangre y por fin podré dormir tranquilo, pues él cortara, junto con mi vida, los hilos de la necesidad que tanto me pesan, entonces mis alas podrán servir a su propósito. Mientras tanto espero y el fuego de esa esperanza me consume por dentro.

El uso del lenguaje “vulgar” en la interacción del docente con el alumno

Educación posmoderna

De acuerdo a las normas institucionales que rigen el trabajo del servidor publico y especialmente del trabajo docente, una de las pautas de interacción que deben de seguirse es el decoro en el lenguaje y la actuación en la relación del trabajador con su medio laboral. Lo cual implica mostrar un léxico adecuado al trabajo que se desempeña y una apariencia que destaque los valores que la institución en cuestión pretende formar en los educandos. Sin embargo, en el trabajo cotidiano con los alumnos surgen algunas premisas que es debido analizar ante las categorías de respeto y de decoro.

El trabajo del docente  requiere, en la practica, lograr un ambiente confortable y de desarrollo socioemocional en el salón de clases, en la interacción con los alumnos, en la relación con los directivos y en el trato hacia los padres de familia. El énfasis en el decoro recae en el trabajo con los jóvenes pues se tiene la creencia de que su léxico, así como sus valores y conducta, están en desarrollo y requieren ser moldeados, llevándolos del estado de precariedad lexicológica al uso adecuado, es decir, adulto del lenguaje. Se concibe entonces a los jóvenes como adultos en potencia cuya incompletitud está implicita en su condición adolescente.

Sin embargo, se omite la situación de que el lenguaje indecoroso, como lo son las groserías, las observaciones vulgares, las formas escatologícas verbales, asi como los mensajes sexualizantes, tienen funciones sociales importantes y juegan un papel relevante en la asunción de la identidad personal, entre estas funciones están:

  • La formación de la autonomía del sujeto ante el lenguaje “adulto” de casa, situación que promueve la construcción de la identidad al ser capaz de romper los tabúes que son impuestos de forma arbitraria, lo que es necesario para el proceso de convertirse en uno mismo, de acuerdo las teorías psicodinámicas.
  • El uso de las emociones consideradas negativas como forma de integración de lo reprimido en la consciencia del sujeto, pues contrario de lo que se piensa el lenguaje soez es usado de forma cotidiana entre pares como una manera inerme de expresar emociones agresivas y de poder canalizarlas sin la necesidad de un daño real. Por lo cual, el uso de las expresiones vulgares tiene como efecto la disminución de los conflictos intergrupales, pues permite el “desahogo” de procesos emocionales que cuando son reprimidos, por la moral y las buenas costumbre, resultan en explosiones temperamentales y exabruptos que en el salón de clases se traslucen en peleas físicas y continuos conflictos interpersonales.
  • La integración del alumno entre pares a través de formas de expresión llamadas indebidas, por que contravienen las reglas morales, lo que permite la configuración de lazos de lealtad que fomentan su autonomía y la socialización de manera más adecuada, es decir, que los jóvenes utilizan el lenguaje vulgar como un conjunto de códigos que los distinguen y les dan pertenencia en su circulo social.
  • Las groserías también son factores de resiliencia pues fomentan la capacidad del sujeto de afrontar el dolor físico y emocional de manera activa y compartida.
  • En los círculos sociales juveniles, las vulgaridades tienen un efecto de solidaridad y camaradería, lo que permite, como se ha dicho, la integración de los alumnos a los grupos de convivencia que les son benéficos para la estructuración de su ser social.
  • Entre otros beneficios y necesidades, el uso de formas vulgares del lenguaje también desarrolla las capacidades intelectuales, pues los juegos que surgen del uso de ese tipo de léxico son verderamente complejos, como en el caso de los albures que potencian habilidades cognitivas y verbales. Al contrario de lo que se piensa el uso ingenioso de las groserías es llevado a cabo en círculos donde las habilidades intelectuales son altas.
  • También, el uso de las groserías, ofrece una imagen de honestidad y claridad de quién las emite, por lo cual un mensaje donde estan dichas con propósitos instruccionales tendrá mayor efecto que aquel en el que solo se utilizan palabras decorosas, pues el uso exagerado de estas últimas denota, al contrario, deshonestidad y opacidad en las intenciones.
  • Por último, las bromas de carácter sexual permiten el acercamiento a tales temas cuya conotación social es represiva, hablar de forma velada de temas que tiene que ver con su vida erotica da la apretura de construir, entre pares, una imageneria sobre lo realcionado con la sexualidad, que es parte primordial del sujeto en esta etapa de su existencia.

Entre otras características se puede observar que las palabras y comportamientos soeces son parte de la identidad juvenil y de la camaradería en todas los estadios de la vida. Por ello el docente necesita revisar la importancia de este tipo de lenguaje en la interacción con los educandos, pues el uso de las groserías permite entre otras cosas: disminuir los conflictos intergrupales, construir un liderazgo integrativo por parte del docente al permitir que el estudiante se sienta aceptado como un sujeto por derecho propio, fomentar la construcción de la autonomía del joven y que el docente pueda comunicarse de forma más honesta con sus alumnos y no desde el pedestal de la pedantería formal. Esto siempre y cuando sea utilizado como una herramienta psicopedagógica, que tome en cuenta que el alumno y el docente utilizaran estos códigos en forma de mutuo acuerdo y de manera limitada, pues es debido respetar las formas institucionales, lo cual requiere que la linea de demarcación recaiga en aquellos que no comparten este tipo de acuerdo de lenguaje y en las reglas propias de la institución, esto implica el aprendizaje de que hay un equilibrio entre un lenguaje que permite la expresión honesta de la personalidad y la asunción de reglas de comportamiento.

Ademas de estos elementos, el lenguaje vulgar con los alumnos utilizado como forma de interacción psicopedagógica, advirtiendo con antelación que será un acuerdo que terminará cuando alguien se sienta incomodo con las expresiones, uno de los efectos colaterales es coadyuvante en el mejoramiento del rendimiento académico, situación que atribuida a la comodidad del ambiente que se construye en la permisividad de las expresiones emocionales que comúnmente son vistas como negativas, pero que son necesarias para la integración del sujeto consigo mismo y con su medio.

Por lo tanto, en la relación con el adolescente se debe revisar la contigüidad del respeto y el decoro, pues específicamente en ese momento del propio desarrollo, el respeto implica la aceptación de la persona con sus formas particulares de interacción y el lenguaje que le es particular para poder expresar sus emociones reprimidas de forma adecuada, aunque esto conlleve formas de interacción que no se adecuan al modelo social de decoro.

La psicología no es medicina

Logos del alma

La psicología hereda de la medicina el concepto de salud-enfermedad, por lo que es común que aquella confunda sus objetivos con los de la disciplina médica, pero el psicólogo debe desligarse de tal concepción para poder brindar hospitalidad a los síntomas que se presentan en el contexto de la terapia. Ocurre que cuando un psicólogo busca el bienestar, la salud, la curación del fenómeno, por muy loable que sea su causa, ya no está haciendo psicología, pues una brújula moral ha matizado de ideología su objetivo ante el fenómeno psicológico, buscando llevarlo fuera de sí mismo hacia un objetivo técnico determinado. Este método es muy conveniente para la ciencias de la salud, pero el síntoma es un camino que debe de ser recorrido siempre hacia dentro de sí mismo, en una epístrofe que facilite la emergencia del espíritu mercurio atrapado en la imagen sufriente.

El psicólogo, si aspira a serlo, no desea que las cosas mejoren sino entender porque las cosas son como son y qué dicen sobre la lógica del alma, su aspiración es mantenerse atento al fenómeno presente y permitir que este siga la dialéctica inherente al mismo, para así poder aprender de tal acontecimiento, no busca transformarlo ya que no se puede aprender de aquello que se desea corregir.

Itinerario de un psicólogo

Cotidianidad

En el camino de la exploración de teorías psicológicas que puedan brindar asientos a mis propias preocupaciones, he encontrado un fenómeno común al acercarme a autores determinados, una ingenua defensividad teórica. Por ejemplo, cuando abordé, de manera temprana, la obra de Jung ésta me pareció muy esclarecedora y subversiva, lo suficiente para obligarme a estudiar de forma ardua la mayor parte de sus libros y atender a las referencias con que el autor sostenía sus argumentos. Pero en la universidad nadie conocía a Jung y lo pocos que habían escuchado su nombre lo tenían por un místico enloquecido que nada aportaba al avance de la psicología, en su mayor parte ésta era la opinión de los que sostenían una posición psicoanalista, para ellos Jung era una especie de traidor que no había comprendido la obra de Freud, pero no lo habían leído.

Posteriormente y acogido por un ambiente donde se leía a Jung, muchas de mis inquietudes sobre la teoría junguiana se volvían evidentes y mis cuestionamientos iban en alza, entonces descubrí la obra de James Hillman, la cual trataba directamente tales preguntas, y me volqué a su lectura. Pero el ambiente junguiano tenía dos respuestas ante la obra de Hillman, una era el completo rechazo por encontrarlo muy “filosófico” y mal entender la teoría de Jung y otra, muy particular, donde se leía a Hillman como si éste asumiera los conceptos junguianos, sin ningún cambio. Me pregunte ¿qué tenía de malo estar interesado en la filosofía? Ello proviene de un viejo prejuicio que confunde el uso del razonamiento preciso con la función pensamiento y que nace de la creencia falsa de que los tipos psicológicos se pueden trasladar tal cual para servir de molde a la subjetividad de las personas. Es decir, se confunde el mapa con el territorio, algo que Jung dejo en claro que no podía hacerse con sus tipos psicológicos. Pero sobre todo me sorprendió el hecho de que quienes criticaban la obra de Hillman, jamás lo habían leído, sabían de él solo de oídas, por rumores, pero no se habían adentrado en sus textos. Otros, en cambio lo habían hecho con el afán de no abandonar el edificio junguiano y conciliar, artificialmente, a Hillman con Jung.

Tiempo después, las dudas no amainaban y me llevaron a conocer el trabajo de Wolfgang Giegerich. Mientras trabajaba bajo el esquema junguiano, Hillman trastocó todo el abordaje que tenía en la consulta terapéutica y en la docencia, tuve que abandonar muchos hábitos que tenía por sabidos, por ejemplo el análisis de los sueños, realmente ello constituyó una crisis que poco a poco fue despertando nuevos métodos (caminos) de abordaje. Giegerich influyó de una manera similar, sus planteamientos sobrios y al punto arrasaron con la estructura narrativa que aún conservaba en la terapia y en la docencia, pues su obra expresa la necesidad de una teoría humilde, amorosa y centrada en el fenómeno y eso implicaba dejar atrás los objetivos esperanzadores de mi propia acción.

Sin embargo, nuevamente encontré el rechazo, ahora no solo entre los junguianos ortodoxos sino también entre los arquetipales, quienes curiosamente acusaban a Giegerich de soberbia intelectual, de ser filósofo y no psicólogo, de ser Hegeliano, de ser “frío” con el sujeto, de no ser aplicable, entre otros tantos malos entendidos de su teoría. Y de nuevos, tales críticas venían de personas que jamás habían leído su obra y que tenían una opinión formada con base en lo que otros les habían comentado, mismos que tampoco lo habían leído con atención. Surgen así preguntas similares: ¿Qué hay de malo en leer a Hegel? ¿Por qué tanto rechazo de la filosofía en el campo psicológico? Y sobre todo ¿por qué los psicólogos se afanan a rechazar lo desconocido e incomodo si esa es precisamente una de la premisas psicoterapéuticas, darle hospitalidad a lo extraño?

Creo que es una reacción común formar esquemas de pensamiento y defenderlos ante cualquier idea que parezca contradecir el sitio confortable donde se ha encontrado seguridad, pues constituye una amenaza contra la cual, la primera reacción, es defenderse. Pero, en el caso de la teoría psicológica esto resulta contraproducente porque la labor del psicólogo le obliga a atender a cada fenómeno desde la teoría del mismo fenómeno y no a imponer sobre él mismo sus propios esquemas de pensamiento. El psicólogo debe de cortar la rama en la que está sentado, una y otra vez, como ejercicio necesario para llevar a cabo su trabajo. Bajo esta premisa no puedo evitar preguntarme ¿qué vendrá después de Giegerich? ¿Y cómo se le rechazará a ese nuevo huésped? Pero, entonces, reparo en el fenómeno y me esfuerzo por atender al presente.

El ocaso de la figura docente

Educación posmoderna

La figura del profesor ha caído en un amplio descrédito, fruto de la mala publicidad por un lado y de las políticas educativas erróneamente adecuadas al contexto social, por el otro. Es una queja constante en el medio docente la falta de respeto y autoridad que experimenta el gremio y como los maestros sufren el ambiente hostil y carente de oportunidades. A este fenómeno podríamos llamarlo la desacralización de la labor docente. ¿Qué pasaría si, tomando este hecho como un fenómeno autónomo, nos preguntamos: por qué está bien que la labor docente sea disminuida en su valor? ¿A qué necesidad, de los tiempos actuales, responde está caída?

Como guías didácticas para avanzar en ese camino habrá que recordar tres fenómenos aunados:

1. La caída, míticamente, siempre es un proceso doloroso e injusto desde el punto de vista del individuo o del grupo que la sufre, pero en un nivel más complejo, la caída cumple con una necesidad lógica mayor. Un estadio necesita del derrumbe de antiguo estatus para erigirse sobre sí mismo y estar a la altura de procesos que no siempre comprende.

2. La pérdida de autoridad no solo ocurre en el caso del maestro, también sucede ante toda figura pública y específicamente sucede ante la figura privada del padre como representante de las normas y los valores sociales. Esto tiene dos vertientes, primero la destrucción continua de la figura del padre autoritario ante la emergencia de nuevas formas de parentalidad y luego la percepción generacional del cambio y la diferencia entre dos condiciones históricas distintas.

3. Los factores económicos que exigen nuevas formas y contenidos educativos para satisfacer la dinámica capitalista que expresa la verdad de nuestros tiempos: que el individuo es también un objeto de comercio y como tal hay que formarlo como producto de intercambio.

4. Las nuevas necesidades educativas que han dejado atrás el monopolio del saber centrado en la escuela como institución y que, por lo tanto, suponen del profesor un residuo caduco de una época donde la educación bancaria era la norma.

Estos puntos asumen que quizás el desprestigio del docente como figura central del proceso educativo no sea tan simple como suele pensarse y que, realmente, sirve a una agenda más allá de lo político, aparejada al espíritu de la época donde los recintos escolares son, cada vez más, las ruinas de una concepción obsoleta acerca del saber.

Apokatástasis

Logos del alma

En un cuento, “El eterno Adán”, Julio Verne narra la experiencia de un científico perteneciente a una cultura distante en el tiempo y que ya ha olvidado a la civilización de la que nos desprendemos. La raza humana ha crecido y nada sabe del pasado anterior a su historia. El protagonista encuentra, entonces, una caja con algunos papeles en su interior, escritos en una lengua desaparecida. Pasa años tratando de descifrarlos y cuando al fin lo hace descubre una verdad asombrosa, su propia civilización proviene de una civilización anterior, más avanzada, y aquel pueblo anterior a su época a su vez parece provenir de otra tierra llamada Atlántida.

En la historia de Verne el protagonista intuye que la raza humana ha vivido de manera cíclica durante eones, que su pueblo no es el primero en existir y posiblemente no será el último. Esa hipótesis recuerda, por supuesto, a la teoría del tiempo cíclico que tantas facetas ha tenido a través de la historia.

En la filosofía platónica se observa que el tiempo es la imagen móvil de la eternidad y que en algún lugar ambos confluyen, el tiempo siempre está regresando a su imagen arquetípica. En el Timeo, Platón dice que los siete planetas fueron creados para limitar al tiempo y que, como él, cíclicamente degeneran y renacen. El Eclesiastés, Heráclito y más recientemente Nietzsche dan noticias de hipótesis parecidas.

La idea de progreso había obliterado toda referencia al tema de la doctrina de los ciclos, ahora que ciertos valores modernos han sucumbido de su calidad de absolutos, la imaginación puede divagar en estos temas antiguos y que sin embargo se insinúan perennes, como el desgajarse del tiempo.

La civilización occidental contemporánea ha cruzado un periplo y acaso no lo ha terminado aun, aun así el movimiento parece cerrarse en ciclos alrededor de las etapas promulgadas por la historiografía humana, es decir, que cada etapa de la historia es semejante a la historia en general y, así mismo, la vida individual es reflejo de la vida social, pues contrario a lo que se cree la totalidad no es mayor que la suma de sus partes, porque cada parte contiene a su vez a la totalidad, analogía que corresponde al universo de la matemática fractal y de la teoría holográfica.

Por lo tanto, lo historiado narra una visión de un lapso entre tantos otros. La crítica histórica se encarga de momentos que se repiten incesantemente, no obstante, al llegar al análisis regularmente la conclusión decae en el terreno de la admonición pues las personas, de alguna manera, afirman que los elementos sociales que imperan contribuyen incesantemente al clima de infelicidad del hombre contemporáneo. Es posible que así sea y que el vació responda a la plétora de conductas que la posmodernidad ha heredado de otras épocas y a otras tantas en las que ha parecido innovar. Es más, es debido afirmar que la realidad del mundo corresponde a la proyección que el hombre imprime en los objetos al actuar de una u otra manera.

Sin embargo, mientras la critica social se plantea la consigna de que la estructura cultural falla en llevar al hombre a una meta que ni siquiera se ha planteado seriamente lo que aquí se quiere recalcar es que las acciones del hombre están sujetas a ordenaciones que existen fuera de su entendimiento racional.

Omar al Khayyam dice: “Todo lo que existe estaba ya marcado en la tabla de la Creación. Infaliblemente y sin cuidado la pluma escribe sobre el bien y el mal; desde el primer día, la pluma escribió lo que sucedería. Ni un dolor ni nuestras angustias podrán aumentar una letra ni borrar una palabra.”

Es una ofuscación humana el creer que se puede transgredir la predestinación, que se puede pecar o hacer el bien, lo cierto es que el sí mismo, tratando el concepto junguiano, se dirige siempre hacia un destino y el hombre es mera herramienta de ese proceso de individuación. Las ideas que se conciben sobre lo bueno y lo malo son simples categorizaciones, sin resquicio de inmanencia en el ser.

Lo que queda por cuestionar, ante esta cosmovisión, es cuál es el camino que ha recorrido el ser y cuál será la senda que seguirá transitando. Dice Omar al Khayyam que como piezas de ajedrez lo hombres son conducidos al estuche de la nada y probablemente ese sea el sino de la cultura posmoderna.

Vattimo dice: “El nihilista consumado o cabal es aquel que comprende que el nihilismo es su (única) chance. Lo que ocurre hoy respecto del nihilismo es lo siguiente: que hoy comenzamos a ser, a poder ser, nihilistas cabales.” Vattimo alude a que el nihilismo es una oportunidad que la historia aprovecha para su transformación y se apoya en Nietzsche para definir el nihilismo como: “…la situación en la cual el hombre abandona el centro para dirigirse a la X.”

Así, la nada no es más que la fuente de la que todo surge, y como lo sugieren las diversas mitologías e incluso las nuevas concepciones científicas, el universo y su orden emergen de un mar caótico de partículas indiferenciadas.

Como hombres no nos queda más finalidad que la Apokatástasis, el retorno de todo lo existente al seno de Dios. El próximo paso en el estudio del fenómeno humano habría de estar fundando en los conceptos dolientes como lo son el mal, el destino, la injusticia, el caos, el absurdo… Sólo ahí en donde la lógica no impera una especie de entendimiento podrá surgir, una comprensión devoradora que abatirá toda partícula y destruirá toda memoria. Y cuando todo termine y el fin nos arrebate será el momento de volver a comenzar, pues el tiempo no existe, el espacio no existe, estas letras se diluyen en su propia ilusión y el que escribe poco a poco se ha de ir borrando; todo retorna al vacío, todo proviene del vacío y la realidad es un mito que se renueva en su propia inexistencia.

La pantalla falaz

Ensayo

La televisión se estableció a través de las décadas como la máxima actividad de entretenimiento de las personas y, de alguna manera, ha transformado la forma de percibir la realidad en la mayoría de los hogares en que se instala. Giovanni Sartori bien lo dice, el sujeto transita a paso rápido hacia un estadio de homo videns, es decir, un sujeto atado a una lógica técnica determinada de la cual no es consciente y ante la que no puede sobreponerse por propia voluntad, pues ésta misma tecnología dirige sus deseos y limita su campo de acción.

Por lo dicho, entre las varias imprecaciones que se le pueden imputar al medio televisivo, una de ellas es la menos socorrida por los analistas del fenómeno mediático, se trata de la supremacía de la imagen sobre el símbolo en la observación de la realidad. Este hecho no es nada deleznable pues el hombre ha surcado toda una travesía marcada por su capacidad de utilizar los símbolos como modo de interacción interpersonal. El individuo es ante todo un ser simbólico, luego es, quizá, racional.

La diferencia más significativa entre este homínido de especie sapiens y otros animales radica en su capacidad simbólica, que lo obliga a relacionarse de maneras singulares con el mundo exterior. El ser humano percibe estímulos mas allá de los que le son estrictamente necesarios y se ve en la necesidad de clasificarlos y reducirlos a través signos y símbolos que le permiten una estructuración más o menos coherente del universo en que habita, de otro modo su atención se dispersaría y pondría en peligro su propia existencia.

Por ello la imagen tiene una importancia primordial en la construcción de la realidad, pues ella funciona como un mediador entre los objetos y las personas, permitiéndoles asir el mundo no como algo inmediatamente dado sino a través de una red lógica que refina la realidad y permite su manipulación a niveles inéditos en el mundo animal, al precio inadvertido de ser engullido por ese mismo aparato traductor.

La historia de la relación del hombre con su medio ha sido relatada de varias y diversas maneras, una que atiende al matiz que aquí se intenta resaltar podría ser la siguiente:

Al principio el hombre primitivo, en su estado animal, únicamente estaba en contacto con el objeto, de él se desprendía un halo misterioso e indescifrable, el mundo y las cosas llegaban a los aparatos perceptivos humanos de formas distorsionadas y difusas, además, el contenido de la apropiación sensorial era predominantemente subjetivo. El viejo homo sapiens descubrió por fin, ante la incertidumbre, un método para poder asir esos significados que se escapaban a su mera percepción. Encontró la manera de dotar a los objetos de un remanente simbólico, los capturó en figuras y así nació la imagen, herramienta primigenia del lenguaje.

La imagen permite que el universo sea asequible para la cognición humana, le confiere una representación universal y la capacidad de ser transmisible en el contacto interpersonal. Sin embargo, la imagen interfiere entre el hombre y los objetos, sustituye al mundo y se convierte en un simulacro. Con el paso del tiempo esta imagen se antepuso a la realidad y la desechó, arrastrando al sujeto al infierno de la idolatría.

Cuando el hombre se rindió ante la imagen, hubo intentos fortuitos por romper con tal ilusión, algunos comenzaron a fragmentar la pantalla falaz y la acomodaron en patrones discernibles, convirtieron los símbolos en signos y así creyeron controlar el poder mágico de los ídolos. Tal es el proceso de génesis de la escritura. Con el texto nació a su vez la capacidad de crear conceptos y categorías, el acomodamiento de la realidad fue entonces más claro y organizado, no obstante este hecho no acercó al hombre a los objetos, sino que lo alejo aun más.

Desde entonces existió un proceso dialéctico entre la imagen y el texto, pues mientras el texto transfigura e interpreta las imágenes, éstas funcionan como el material a través del cual lo escrito es viable de imaginarse.

Paulatinamente se suscitó de nuevo un riesgo, pues si la escritura concibe un mundo inteligible, obstruye el paso entre las imágenes y el hombre y las banaliza. Pronto, el individuo creyó interactuar con el mundo por medio de los textos y estos se impusieron como la efigie primera de la realidad. En cuanto el hombre dejó de lado las imágenes y se abdicó a los textos, los mismos desistieron de ser imaginables y surgió así la textolatría.

Para saldar esa carencia de imagen, la perdida de la imaginación, se construyó entonces una referencia técnica al texto, una forma de representación de lo escrito que lo reificara. Aparece entonces la imagen técnica, aquella que tiene por origen un aparato, es decir, la aplicación de un texto científico al mundo inteligible.

Nos encontramos ahora en el dominio de las imágenes técnicas, desde la fotografía hasta el video de alta definición, pero las imágenes de tal tipo no atrapan tampoco a la realidad, al contrario se apartan, nuevamente, de ella pues su universo implícito es el de los conceptos, ellas significan textos y no objetos primarios.

A partir de lo tratado se puede corroborar que las nuevas imágenes aunque parecen ser nítidas y ciertas no son más que abstracciones de grado superior a las imágenes primitivas y a los textos. Alejan al hombre del contacto con el mundo, lo engañan y le presentan un nuevo cosmos transfigurado y simple.

Existe una gran diferencia entre las imágenes primitivas y las imágenes técnicas, mientras que las primeras reordenaban el exterior y lo sustentaban con una cosmovisión mágica, las imágenes técnicas transforman los conceptos en sí y les otorgan sustancia, alteran la percepción del hombre sobre la realidad y le elevan a su máxima potencia, a su grado hiperreal. Ya no es el mundo el que es transformado sino el modo en que se concibe tal sistema de objetos. Las máquinas antiguas y los aparatos modernos comparten la misma diferencia en su propósito.

La televisión, en este ámbito, recibe la suerte de los aparatos modernos, presenta al público una imagen artificial y la hace pasar por verdadera. Sartori nota que la imagen técnica, a diferencia del símbolo, no es un objeto de desciframiento, pues elude la necesidad inmanente del individuo por traducir e indagar en los contextos trascendentes de su estructura. Es decir, la imagen televisada no se interpreta, se cree.

La televisión, como las demás herramientas actuales de comunicación audiovisual, vende la promesa de que lo que a través de ella sucede es el remanente más puro y claro de lo que constituye lo real. Sólo en sus pantallas pretende la realidad ser asequible e incluso inmejorable. Y al parecer la gente juzga, sin discusión, que tal hecho es totalmente tácito.

Las personas no cuestionan lo que en las pantallas ocurre, la imagen entra a sus sentidos y la reflexión no alcanza mayores grados de complejidad, no hay critica ni discernimiento, el estimulo es demasiado veloz, demasiado ligero para que su cognición logre defenderse del mismo, la verdad de la imagen aturde al telespectador y lo obliga a la ignominia de la pasividad, del zapping.

Por lo tanto, la libertad de expresión en nuestra sociedad resulta ser muy ambigua, porque cuando una empresa o cualquier particular es dueño de una señal televisiva no únicamente ejerce su derecho a la libre expresión, con el ejercicio de ese poder arrastra un sin número de efectos sobre los telespectadores que presencian el espectáculo en su pantalla. La emisión de una señal de tal tipo, conlleva un grado de influencia en la interacción del sujeto con los cuerpos que limitan su existencia.

El dueño de ese medio no sólo vende un producto, vende también una forma de la verdad, vende un cosmos en el que la masa de homo videns tratará de encajar; el hombre de negocios utiliza las imágenes técnicas para comerciar pero en ese intento termina alterando la realidad de miríadas de atentos telespectadores. Y quien es capaz de afectar el fenómeno de lo real, tiene en su poder la capacidad de controlar la opinión y el actuar de quienes están bajo esa manifestación audiovisual.

La volición humana es más débil de lo que se pretende, un pequeño desfase en su concepción del mundo y toda ella se reestructura y cambia.

El ámbito de los medios de comunicación va más allá de los términos comunes de las críticas cotidianas a su influencia, sobrepasa términos confusos como lo son la libertad y la moral. Su dominio altera algo más que la estructura social de la moda y de las preferencias estéticas, tergiversa con su mácula aquel fenómeno que los hombres han dado por sentado, la realidad.

Sin embargo, no se debe entender este proceso como algo instigado por sujeto particulares, aun los dueños de los medios sucumben al poder la lógica del espíritu de época, ellos son, igual que el ciudadano de a pie, fieles creyentes en las nuevas divinidades que se han instaurado en el lugar de los antiguos dioses y quienes exigen una misa continua frente al poder de la imágenes técnicas omnipresentes.

Las diatribas, en cuanto al poder de las imágenes, giran en torno a fenómenos secundarios, la gente descree del poder tremendo de la imagen técnica, pero la televisión posee, como una suerte de basilisco, una mirada terrible y habrá que indagar largamente cuales son los alcances de los medios de comunicación en nuestra cultura, ya que el problema no radica en la falta o el exceso de libertad de expresión ni en la escasa normatividad sobre la calidad y el contenido de lo expuesto, sino en la propia forma del aparato, en su capacidad técnica como medio de convencimiento y, sobre todo, en la carencia de reflexión del individuo que recibe toda esa plétora de mensajes.

La soberbia

Logos del alma

La ϋβρις es, en efecto, la desmesura por exceso que nosotros designamos con el nombre que le dieron los romanos de superbia. Es el ser-más que se dispara hacia el ser demasiado. Aplicable primaria y eminentemente al hombre, el adjetivo latino superbus está calcado del griego ύπέρβιος, que cualifica a quien posee fuerza o poder en grado excepcional. La soberbia no es la posesión, sino la exhibición y el abuso del poder.

La soberbia representa el alarde del poder, su exposición de manera exagerada o de forma ruin. El hombre soberbio ha transgredido límites que los dioses consideran importantes, ha sobrepasado barreras en cuya irrupción se incurre en el pecado. Pero el soberbio no es un hombre hiperbólico, aunque finge serlo, es más bien un ser que se ha consumido en la carencia, en la mendicidad, su miseria consiste en ser menos que los demás, en tener menor poder sobre sí mismo.

Hay varios ejemplos en la mitología que muestran las consecuencias de la ubris (hybris). En la tradición hebrea encontramos el mito de la Caída, éste relata como cierto dios prohíbe a sus hijos primigenios, llamados Adán y Eva, comer del fruto de un árbol ubicado en el centro del paraíso construido para ellos. Sin embargo, una serpiente, cuya identidad es ambigua, insta a Eva a probar la fruta aciaga. Ella lo hace, luego convida a Adán. 

Aquel dios es omnipresente, y al saber que sus hijos le han desobedecido los destierra del paraíso y los arroja a la mortalidad. Dos seres con llameantes espadas guardan, mientras tanto, la entrada a la tierra del origen. Tal desfallecimiento del espíritu es una emulación de una anterior revuelta instada por el ángel Lucifer, con ello notamos que los mitos judíos son cíclicos en sus temas.

Otro mitologema semejante es el de Prometeo, en la cultura griega. Prometeo era hijo de Yapeto y de Climena, hija de Océano. Entre sus hermanos se encontraban el gran Atlas, Meniteo y Epimeteo. Hesiodo caracterizó a Prometeo como “sagaz y astuto”, luego cuenta: “…cuando los dioses y los hombres mortales disputaban en Melona, Prometeo mostró un gran buey que adrede había repartido, queriendo engañar al espíritu de Zeus”.

Prometeo había recubierto los huesos con la grasa del animal para que así fueran, los restos, más apetecibles para Zeus y por consiguiente la carne pudieran apropiársela los hombres, no obstante Zeus era muy sabio y descubrió la treta, aun así siguió el juego de Prometeo sólo para poder dar un justo castigo a la humanidad.

“Y desde aquel tiempo, acordándose siempre de ese fraude, rehusó la fuerza del fuego inextinguible que brota del roce de los maderos de encina a los míseros hombres mortales que habitan sobre la tierra.”

“Pero todavía le engañó el hijo excelente de Yapeto, robándole una porción espléndida del fuego inextinguible, que oculto en una caña hueca”

La nueva ofensa no hizo sino enfurecer más al gran Zeus que le deparó un cruel castigo al insubordinado hijo de Yapeto:

“Y sujetó Zeus con cadenas sólidas al sagaz Prometeo, y le ató con duras ligaduras alrededor de una columna. Y le envió un águila de majestuosas alas que le comía su hígado inmortal. Y durante la noche renacía la parte que le había comido durante todo el día el ave de alas desplegadas.” Tal es la descripción que nos brinda Hesiodo.

Este castigo ejemplar fue acompañado con la liberación de las calamidades que Pandora, accidentalmente, desato sobre los hombres. Por ahora no importa si Prometo fue liberado por Heracles y recibió gloria posteriormente, lo que interesa es que Prometeo desafió a los dioses y fue castigado. Icaro, Sísifo, Aracne y Medusa son otras figuras que acompañan a los griegos en la imaginería concerniente a la soberbia.

La soberbia acaece ante la indigencia del ser, el sujeto se eleva hasta cimas inalcanzables en un acto de equilibrio, como una forma de compensación ante su falta de poder sobre su propio campo de acción. Tal condición resume muchas vidas desgraciadas.

La fotografía y la realidad

Logos del alma

Cuando los dioses crearon al hombre, según una leyenda del Quiche, y le dieron forma a su carne, y labraron su corazón fuerte y sabio, el hombre se levantó y rindió tributo a sus creadores, les agradeció por tan magnifico estado, por la lucidez y la clarividencia, les prometió, al fin, lealtad eterna. Sin embargo, los dioses no vieron con buenos ojos las capacidades de los mortales, pues su creación estaba dotada del saber de lo grande y lo pequeño, y de sus causas, nada había que fuera desconocido para estas nuevas criaturas; pronto, con el paso de las generaciones, serían iguales a los dioses. Las viejas deidades nublaron, entonces, los ojos de sus hijos terrenos, protegiéndoles así de la maldición de la soberbia.

Desde entonces el ser humano ha vivido observando todo pero sin conocerlo, a través de su vista transcurre el mundo, rápido y doloroso, pero él nada sabe de lo que está a su alrededor. Un manto oscuro es el universo y los ojos de quien lo observa no son menos sombríos.

Ver el mundo es inventarlo, tratar con fantasmagorías que se imponen al paisaje inmóvil y perenne en un marco prescrito pero irreal. Cuando asir lo real se convierte en el pretexto de una vida, se puede saber que esa vida es ya ficticia, pues no existe lo real sino como una hipótesis, poco lucida por cierto, que esconde tras su estructura una esencia poblada por el miedo profundo y arquetípico hacia el vació. 

Si el universo existe, no lo sabemos, lo único posible es observarle con ojos que no son totalmente nuestros y actuar en el contexto aparente que forma la vida de cada persona.

La fotografía, esa herramienta, constituye una forma más de observar e interpretar la realidad inasible, y hay quien confunde sus resultados con el mundo detrás de las apariencias. No nos equivoquemos, la fotografía no registra, comenta, no observa, fábula, es un arte y como todo arte retoma la forma del paisaje y lo transforma de acuerdo a su estructura como máquina, y a los deseos de quien toma en su manos la cámara fotográfica.

El acto de fotografiar confabula al sujeto con la máquina para dar vida a sueños que sólo existen en la mente del artista, los límites aparentes, el programa y los contextos, se convierten en caminos provechosos para que el fotógrafo plasme su mirada en el marco de la cámara y a su vez este aparato extraiga un trozo del mundo, para regocijo de quien lo utiliza.

En cada fotografía es visible una parte de aquel oscuro secreto, de eso indecible que supone el interior del pensamiento, que parece entregársenos a ratos y cuando nos damos cuenta tenemos las manos vacías.

Por otro lado, en estos tiempos, tomar la fotografía como una imagen nítida del mundo es el cliché que se ha extendido a través del desarrollo de tal arte, y las cámaras comerciales instan al individuo a fotografiar todo lo que vea, pues el hombre tiene miedo, también, de perder su memoria, su identidad, de sucumbir al caos, que es otro nombre del vació. Pocos se atreven a ir más allá del círculo redundante de la fotografía normal, a esos viajeros les interesan no las formas cotidianas y monótonas, sino las cosas que nunca existieron hasta que la lente se poso sobre ellas, se dan cuenta de que el paisaje cotidiano esconde en sí mismo una originalidad no vislumbrada que espera únicamente el que algo se las arranque, y si esto no es suficiente siempre hay elementos que combinados muestran las insondables maravillas.

Se puede decir, aunque tal vez sea un error, que la historia de la cultura tiene como base el eterno deseo de conocer el mundo, como si una ínfima parte del hombre aun recordara y añorara el lejano tiempo cuando esté tenía en su poder el saber ahora proscrito. La nostalgia de lo ya perdido propulsa el paso de cada ser humano que ha poblado y poblará esta triste tierra.

En un mundo que quisiéramos estuviera poblado por signos, permanentes y seguros, nos encontramos con que lo único existente son símbolos cambiantes y divergentes, que se nos escapan a la menor provocación, al más ínfimo signo de intención interpretativa. Como si el afuera tuviera conciencia y jugara con el hombre frente a él. 

Al ver a Dios la criatura queda ciego. Los dioses son egoístas y tienen miedo. Crearon una visión incompleta y fugaz, y dotaron al hombre de la capacidad de convivir con ella. Desde entonces eso es el mundo. La fotografía nos recuerda, que hay algo de irreal en el tejido cósmico, sus imágenes nos impelen a creer que son ciertas, pero cada vez que nos acercamos a ellas presenciamos la triste verdad, cada nueva foto nos aleja, cada vez más, de la certeza.