Mundus imaginalis, o lo imaginario y lo imaginal

Traducciones

Henry Corbin, Francia

Publicado en Working with Images: The Theoretical Base of Archetypal Psychology, compilado por Benajamin Sells, Spring Publications, Canadá, 2022.

Traducido por Alejandro Chavarria

Henry Corbin es el segundo padre inmediato de la psicología arquetipal después de Jung. En este magistral, aunque difícil, ensayo, Corbin muestra muchas de las razones. A través de su cuidadosa articulación del pensamiento islámico sobre lo imaginal, Corbin conecta el mundo de los arquetipos (mundus archetypalis) con el mundo de la imagen (mundus imaginalis). Este mundo imaginal presenta un orden de realidad propio, dice Corbin. Describe esta realidad como un mundo intermedio de la imagen que posee una integridad a la par que el mundo de la sensación corporal y el mundo del intelecto abstracto, planteando así un fundamento ontológico para el trabajo imaginal en general y la psicología arquetípica en particular. Completa este movimiento reconociendo que «la imaginación es la función cognitiva de este mundo [intermedio]». De un solo golpe libera a la imaginación de su exilio moderno como el tercio perdido del dualismo materia/espíritu. 

Es difícil sobreestimar la importancia de las opiniones de Corbin. Se trata de una perspectiva que restablece el mundo de la imagen como «perfectamente real» al tiempo que se niega a limitar la «realidad» a los fenómenos físicos literalizados. Corbin, y la tradición que presenta, ofrece un camino a través de los dilemas ofuscantes que presenta el intelecto racional y las percepciones erróneas cotidianas que presentan los sentidos. Negándose a quedar atrapado en ninguna de las dos zarzas, Corbin articula en cambio un mundo entre estos otros lugares. El mundus imaginalis, insiste, es un lugar intermedio y mediador que requiere métodos y estilos diferentes a los del intelecto o la sensación física. Según Corbin, el mundo de las imágenes «se oculta tras el acto mismo de la percepción sensorial y hay que buscarlo por debajo de su aparente certeza objetiva». He aquí una de las muchas ideas extraordinarias de Corbin: que el mundo de los sentidos se apoya en fundamentos imaginarios. 

Dada la integridad del mundus imaginalis, y las correspondencias entre éste y otros mundos, el mundo de la imagen, por tanto, «proporciona el fundamento para un conocimiento analógico riguroso». Un mundo imaginal implica y necesita capacidades imaginales, dice Corbin, y por ello identifica la imaginación como la capacidad y actividad primaria del mundus imaginalis. La perspectiva de Corbin establece así la realidad ontológica del mundo psicológico, al tiempo que nos enseña cómo proceder en él psicológicamente. 

El de Corbin es un apasionado e inteligente alegato, es más, una exigencia, por la integridad e independencia del alma. Lo «imaginal» no es «imaginario», dice, sino un lugar real que está a la vez en todas partes y en ninguna (Nâ-Kojâ-Abâd); un lugar intermedio de la imagen en el que todos los demás lugares tienen cabida.



Mi intención al proponer las dos palabras latinas mundus imaginalis como título de este trabajo era circunscribir un orden muy preciso de la realidad, que corresponde a un modo preciso de percepción. La terminología latina tiene la ventaja de proporcionarnos un punto de referencia fijo y técnico con el que podemos comparar y medir los diversos equivalentes, más o menos vagos, que sugieren las lenguas occidentales modernas. 

Para empezar, haré una confesión. La elección de las dos palabras empezó a ser inevitable para mí hace algún tiempo, porque me resultaba imposible contentarme con la palabra imaginario para lo que tenía que traducir o describir. Esto no pretende en absoluto ser una crítica a aquellos a los que el uso del lenguaje obliga a recurrir a esta palabra, ya que todos nosotros intentamos simplemente revalorizarla en sentido positivo. Sin embargo, a pesar de todos nuestros esfuerzos, no podemos evitar que, en el uso actual y no premeditado, el término imaginario se equipare con lo irreal, con algo que está fuera del marco del ser y del existir, en resumen, con algo utópico. La razón por la que tenía que encontrar absolutamente otra expresión era que, durante muchos años, mi vocación y mi profesión me exigían interpretar textos árabes y persas, cuyo significado habría traicionado sin duda si me hubiera contentado -incluso tomando todas las precauciones debidas- con el término «imaginario». Tuve que encontrar una nueva expresión para no engañar al lector occidental, al que, por el contrario, hay que despertar de su vieja y arraigada forma de pensar para que se dé cuenta de otro orden de cosas. 

En otras palabras, si en el uso francés (y en el inglés) equiparamos lo imaginario con lo irreal, lo utópico, esto es sin duda sintomático de algo que contrasta con un orden de la realidad, que yo llamo el mundus imaginalis, y que los teósofos del Islam designan como el «octavo clima». Después de un breve esbozo de este orden de realidad, estudiaremos el órgano que lo percibe, es decir, la conciencia imaginativa, la Imaginación cognitiva; y finalmente, sacaremos algunas conclusiones de las experiencias de quienes han estado realmente allí.

1. Nâ-Kojâ-Abâd o el octavo clima

Acabo de mencionar la palabra utópia. Curiosamente -o quizás sea el ejemplo más conmovedor- en persa, nuestros autores utilizan un término que parece ser su transferencia lingüística: Nâ-Kojâ-Abâd, «el país del no lugar». Y sin embargo, este lugar es cualquier cosa menos una utopía. 

Veamos las bellísimas narraciones, que son a la vez cuentos visionarios y de iniciación espiritual, escritas en persa por Sohrawardî, el joven jeque que fue «el resucitador de la antigua teosofía persa» en el Irán islámico del siglo XII. Al principio de cada relato, el vidente se encuentra en presencia de un ser sobrenatural de gran belleza, al que pregunta quién es y de dónde viene. En esencia, estos relatos ilustran la experiencia del gnóstico, vivida como la historia personal del Extranjero, el cautivo que aspira a volver a casa. 

Al principio de la narración, que Sohrawardî titula El arcángel carmesí, [1] el cautivo, que acaba de escapar de los ojos vigilantes de sus carceleros, es decir, que ha abandonado momentáneamente el mundo de la experiencia sensible, se encuentra en el desierto en presencia de un ser que le parece dotado de todas las gracias de la adolescencia. Por eso le pregunta: «¿De dónde vienes, oh, Juventud?» Y la respuesta es: «¿Cómo es eso? Soy el hijo mayor del Creador [en términos gnósticos el Protokistos, el Primer Creado] y me llamas joven». Su origen da la pista del misterioso color rojo púrpura en el que aparece: es el color de un ser que es pura Luz, cuyo brillo se atenúa a un púrpura crepuscular por la oscuridad del mundo de las criaturas terrestres. «Vengo de más allá del monte Qâf… Aquí es donde estabas al principio y es donde volverás, una vez que te liberes de tus grilletes». 

El monte Qâf es la montaña cósmica que, cima tras cima y valle tras valle, está formada por esferas celestiales, todas ellas envolventes. ¿Dónde está entonces el camino que sale de él? ¿Cuál es la distancia? «Por muy lejos que viajes», se dice, «siempre volverás al punto de partida», igual que la aguja de la brújula siempre se desvía hacia el punto magnético. ¿Significa esto simplemente que uno se abandona para volver a sí mismo? No del todo, porque, mientras tanto, un acontecimiento muy importante lo habrá cambiado todo. El yo que se encuentra allá, más allá del monte Qâf, es un yo superior, el yo experimentado como un «Tú». Como Khezr (o Khadir, el misterioso profeta, el eterno errante Elías o su doble), el viajero tiene que bañarse en el Manantial de la Vida:

El que ha descubierto el significado de la Verdadera Realidad ha llegado a este Manantial. Cuando emerge del Manantial, está dotado de un Don que lo asemeja al bálsamo del que una gota, destilada en el hueco de la mano que se sostiene contra el sol, traspasa al dorso de la mano. Si eres Khezr, tú también puedes pasar más allá del monte Qâf sin dificultad.

La expresión Nâ-Kojâ-Abâd es un término extraño. No figura en ningún diccionario persa y, por lo que sé, fue forjada por el propio Sohrawardî utilizando raíces puramente persas. Literalmente, significa la ciudad, la tierra (abâd) de los no lugares (Nâ-kojâ). Por eso nos encontramos aquí con un término que, a primera vista, puede parecernos el equivalente exacto del término ou-topía, que a su vez no figura en ninguno de los diccionarios griegos clásicos y que fue creado por Tomás Moro como concepto abstracto para denotar la ausencia de toda localización, de todo situs en el tipo de espacio que puede ser explorado y controlado por nuestra experiencia sensorial. Etimológicamente y literalmente podría ser correcto traducir Nâ-Kojâ-Abâd por outopía o utopía, y sin embargo creo que esto sería una interpretación errónea del concepto, de la intención que hay detrás de él, así como de su significado en términos de experiencia vivida. Por lo tanto, me parece sumamente importante, al menos, tratar de averiguar por qué sería una traducción errónea.

Creo que es indispensable tener claro aquí el verdadero significado y el impacto de la masa de información sobre las topografías exploradas en estado visionario, es decir, el estado intermedio entre la vigilia y el sueño, incluida la información que, para los espiritualistas del Islam chiíta, se refiere al «país del Imán oculto». Al alertarnos sobre un diferencial que se refiere a toda una zona del alma y, por tanto, a toda una cultura espiritual, esta aclaración nos llevaría a preguntarnos: ¿en qué circunstancias se hace posible lo que actualmente llamamos utopía y, por tanto, el tipo de hombre llamado utopista? ¿Cómo y por qué hace su aparición? De hecho, me pregunto si se puede encontrar algo parecido en el pensamiento islámico tradicional. No creo, por ejemplo, que las descripciones de la «Ciudad perfecta» de Fârâbi en el siglo X, o, en la misma línea, la «Regla del solitario» [2] del filósofo andalusí Ibn Bâjja (Avempace) en el siglo XII, fueran proyecciones de lo que hoy llamamos una utopía social o política. Para entender estas descripciones como utopías, me temo que tendríamos que abstraerlas de sus propias premisas y perspectivas, imponiendo en su lugar nuestras propias dimensiones. Pero, sobre todo, me temo que tendríamos que resignarnos a confundir la Ciudad Espiritual con una ciudad imaginaria. 

La palabra Nâ-Kojâ-Abâd no denota algo que tenga forma de punto, que no tenga extensión en el espacio. De hecho, la palabra persa abâd designa una ciudad, una región cultivada que está habitada y, por consiguiente, una extensión. Lo que Sohrawardî describe, pues, como situado «más allá del monte Qâf» es lo que todas las ciudades místicas, como Jâbalqâ, Jâbarsâ y Hûrqalyâ, representan para él y, a través de él, para toda la tradición teosófica del Islam. Queda bien claro que topográficamente esta región comienza en la «superficie convexa» de la novena Esfera, la Esfera de las Esferas, o la Esfera que envuelve al Cosmos en su conjunto. Esto significa que comienza en el mismo momento en que se sale de la Esfera Suprema, que define todos los tipos de orientación posibles en nuestro mundo (o en nuestro lado del mundo), la «Esfera» a la que se refieren los puntos cardinales. Resulta evidente que, una vez cruzada esta frontera, la pregunta «dónde» (ubi, koja) carece de sentido, al menos en cuanto al significado que tiene en el ámbito de la experiencia sensible. De ahí que encontremos la expresión Nâ-Kojâ-Abâd, que es un lugar fuera del espacio, un «lugar» que no está contenido en ningún otro lugar, en un topos, que permite dar una respuesta a la pregunta «dónde» mediante un gesto de la mano. Sin embargo, ¿a qué nos referimos precisamente cuando hablamos de «salir del dónde»? 

Sin duda, no se trata de un movimiento de una localidad a otra, [3] de un traslado corporal de un lugar a otro, como ocurriría en el caso de los lugares de un mismo espacio homogéneo. Como sugiere al final del relato de Sohrawardî el símbolo de la gota de bálsamo en el hueco de la mano levantada hacia el sol, es imprescindible ir hacia dentro, penetrar en el interior. Sin embargo, una vez alcanzado el interior, uno se encuentra paradójicamente en el exterior o, en el lenguaje de nuestros autores, «en la superficie convexa» de la novena Esfera, es decir, «más allá del monte Qâf». Se trata esencialmente de la relación entre lo exterior, lo visible, lo exotérico (en griego ta éxo, en árabe zâhir) y lo interior, lo invisible, lo esotérico (en griego ta éso, en árabe batîn), o sea la relación de lo natural con el mundo espiritual. Salir del dónde, de la categoría ubi, equivale a salir de las apariencias exteriores o naturales que encubren las realidades interiores ocultas, al igual que la almendra se oculta en su cáscara. Para el Extranjero, el Gnóstico, este paso representa un retorno al hogar, o al menos un esfuerzo en esta dirección. 

Sin embargo, por extraño que parezca, una vez completado el viaje, la realidad que hasta entonces era interior y oculta resulta envolver, rodear o contener lo que al principio era exterior y visible. Como resultado de la interiorización, se ha salido de la realidad externa. En adelante, la realidad espiritual envuelve, rodea, contiene la llamada realidad material. Por tanto, la realidad espiritual no se encuentra en el «dónde». El «dónde» está en ella. En otras palabras, la propia realidad espiritual es el «dónde» de todas las cosas. No está situada en ningún lugar y no está cubierta por la pregunta «dónde», la categoría ubi que se refiere a un lugar en el espacio sensible. Su lugar (abâd) en comparación con éste es Nâ-kôja (no lugar) porque, en relación con lo que está en el espacio sensible, su ubi es un ubique (en todas partes). Una vez comprendido esto, quizás entendamos lo más importante que nos permite seguir la topografía de las experiencias visionarias. Podemos descubrir el camino (sens en francés), tanto en términos de significado como de dirección. Además, puede ayudarnos a descubrir lo que distingue la experiencia visionaria de los espiritistas, como Sohrawardî y tantos otros, de términos tan peyorativos en nuestro vocabulario moderno como «productos de la mente» o «imaginaciones», es decir, fantasías utópicas

En este punto, sin embargo, debemos hacer un verdadero esfuerzo para superar lo que podríamos llamar el «reflejo agnóstico» del hombre occidental, ya que es el responsable del divorcio entre el pensar y el ser. Toda una serie de teorías recientes tienen su origen tácito en este reflejo, y se espera que nos ayude a escapar del otro reino de la realidad que nos enfrenta a ciertas experiencias y evidencias. Intentamos huir de esta realidad, incluso cuando nos sentimos secretamente atraídos por ella. En consecuencia, le damos todo tipo de explicaciones ingeniosas, pero descartamos la única que, por su propia existencia, sugeriría lo que es esta realidad. Para entender la insinuación tendríamos, en todo caso, que tener una cosmología que ni siquiera puede compararse con los descubrimientos más destacados de la ciencia moderna en relación con nuestro universo físico. Porque mientras nos ocupemos exclusivamente del universo físico, seguiremos atados al modo de ser «de este lado del monte Qâf». La cosmología tradicional de los teósofos islámicos se caracteriza por una estructura que consiste en los diversos universos y mundos intermedios así como intermedios «más allá del monte Qâf», es decir, más allá de los universos físicos. Sólo es inteligible para un modo de existencia cuyo acto de ser es una expresión de su presencia en estos mundos. A la inversa, debido a este acto de ser, estos mundos están presentes en él.[4] ¿Cuál es entonces la dimensión de este acto de ser que es, o será en el curso de las futuras palingenesias, el lugar de estos universos que están fuera de nuestro espacio natural? Y en primer lugar, ¿qué mundos son éstos?

Existe el mundo físico, sensible, que abarca tanto nuestro mundo terrestre (gobernado por las almas humanas) como el universo sideral (gobernado por las Almas de las Esferas). El mundo sensible es el mundo del fenómeno (molk). Existe también el mundo supersensible del Alma o de las Almas de los Ángeles, el Malakût, en el que se encuentran las mencionadas Ciudades místicas, y que comienza en la «superficie convexa de la novena Esfera». Y está el mundo de las Inteligencias arcangélicas puras. Cada uno de estos tres mundos tiene su órgano de percepción: los sentidos, la imaginación y el intelecto, que se corresponden con la tríada: cuerpo, alma y mente. Las tríadas rigen el triple desarrollo del hombre que se extiende desde este mundo hasta sus resurrecciones en los otros mundos. 

Nos damos cuenta inmediatamente de que ya no estamos confinados al dilema del pensamiento y la extensión, al esquema de una cosmología y una gnoseología restringidas al mundo empírico y al mundo del intelecto abstracto. Entre ambos existe un mundo intermediario e intermedio, descrito por nuestros autores como el ‘âlam al-mithâl, el mundo de la imagen, el mundus imaginalis: un mundo que es ontológicamente tan real como el mundo de los sentidos y el del intelecto. Este mundo requiere su propia facultad de percepción, a saber, el poder imaginativo, una facultad con una función cognitiva, un valor noético que es tan real como el de la percepción de los sentidos o la intuición intelectual. Hay que tener cuidado de no confundirla con la imaginación que el llamado hombre moderno identifica con la «fantasía» y que, según él, no es más que un desprendimiento de «imaginaciones». Esto nos lleva al meollo de la cuestión y a nuestro problema de terminología. 

¿Qué es este universo intermedio, es decir, aquel al que nos hemos referido antes como el «octavo clima»?[5] Para todos nuestros pensadores, el mundo sensible del espacio está constituido por los siete climas de la geografía tradicional. Sin embargo, existe otro clima representado por un mundo que posee extensión y dimensión, figuras y colores; pero estas características no pueden ser percibidas por los sentidos de la misma manera que si fueran propiedades de los cuerpos físicos. No, estas dimensiones, figuras y colores son objeto de la percepción imaginativa, o de los «sentidos psicoespirituales». Este mundo plenamente objetivo y real, con equivalentes para todo lo que existe en el mundo sensible sin ser perceptible por los sentidos, se designa como el octavo clima. El término habla por sí mismo, ya que significa un clima fuera de todos los climas, un lugar fuera de todos los lugares, fuera del dónde (Nâ-Kojâ-Abâd). 

El terminus technicus en árabe, ‘âlam al-mithâl, también podría traducirse por mundus archetypus, siempre que se tenga cuidado de evitar la confusión con otra expresión. En efecto, la misma palabra (‘âlam al-mithâl) se utiliza en árabe para designar el concepto de las Ideas platónicas (interpretadas por Sohrawardî en términos de angelología zoroastriana), con la única diferencia de que cuando se utiliza para designar las Ideas platónicas va casi siempre acompañada de la calificación muy precisa mothol (plural de mithâl), aflâtûnîya nûrânîya, «los arquetipos platónicos de la luz». Siempre que el término se utiliza para describir el mundo del octavo clima se refiere, por una parte, a las imágenes arquetípicas de las cosas individuales y singulares; en este caso se refiere a la región oriental del octavo clima, la ciudad de Jâbalqâ, donde estas Imágenes subsisten preexistentes y preordenadas en relación con el mundo sensible. Por otra parte, el término se refiere también a la región occidental, la ciudad de Jâbarsâ. Es el mundo o mundo intermedio donde habitan los espíritus después de su estancia en el mundo natural terrestre, y el mundo en el que subsisten las formas de nuestros pensamientos y deseos, de nuestros presentimientos y de nuestra conducta y de todas las obras realizadas en la tierra.[6] El ‘âlam al-mithâl, el mundus imaginalis, está constituido por todas estas manifestaciones. 

Para utilizar una vez más el lenguaje técnico de nuestros pensadores, el ‘âlam al-mithâl designado también como el mundo de las «Imágenes en suspenso» (mothol mo ‘allaqa). Sohrawardî y su escuela entienden por ello un modo de ser correspondiente a las realidades de este mundo intermediario, y que designaremos como Imaginalia.[7] Este estatuto ontológico bien definido se basa en experiencias espirituales visionarias que Sohrawardî considera tan pertinentes como las observaciones de Hiparco o Ptolomeo se consideran pertinentes para la astronomía. Por supuesto, las formas y figuras del mundus imaginalis no subsisten de la misma manera que las realidades empíricas del mundo físico, de lo contrario cualquiera tendría derecho a percibirlas. Los autores también advirtieron que esas formas y figuras no podían subsistir en el mundo puramente inteligible, que tenían efectivamente extensión y dimensión, una materialidad «inmaterial» respecto al mundo sensible, pero que también tenían una corporalidad y una espacialidad propias. (En este contexto, quiero recordar la expresión spissitudo spiritualis acuñada por Henry More, el platonista de Cambridge; tiene su equivalente exacto en los escritos de Sadrâ Shîrâzî, el platonista persa). Por la misma razón, consideraron imposible que una mente fuera el único sustrato de estas formas y figuras; y también se descartó la posibilidad de que fueran irreales, la pura nada, ya que de otro modo no podríamos discernirlas, calificarlas o evaluarlas. La existencia de este mundo intermedio, el mundus imaginalis, se convirtió, pues, en una necesidad metafísica. La imaginación es la función cognitiva de este mundo. Ontológicamente, se sitúa por encima del mundo de los sentidos y por debajo del mundo puramente inteligible; es más inmaterial que el primero y menos inmaterial que el segundo. [8] Este enfoque de la imaginación, que siempre ha sido primordial para nuestros teósofos místicos, les proporcionó una base para demostrar la validez de los sueños y de los informes visionarios que describen y relatan los «acontecimientos del cielo», así como la validez de los ritos simbólicos. Ofreció la prueba de la realidad de los lugares que ocurren durante la meditación intensa, la validez de las visiones imaginativas inspiradas, de las cosmogonías y teogonías y, sobre todo, de la veracidad del significado espiritual percibido en la información imaginativa suministrada por las revelaciones proféticas.[9] 

En resumen, se trata del mundo de los «cuerpos sutiles», del que es indispensable tener alguna noción para comprender que existe un vínculo entre el espíritu puro y el cuerpo material. Su modo de ser se describe, pues, como «estar en suspenso». Al igual que el de la Imagen o la Forma, este modo de ser constituye su propia «materia» y es independiente del sustrato al que es inmanente como por accidente.[10] En otras palabras, la Forma o Imagen no subsiste de la manera en que el color negro subsiste a través del cuerpo negro al que es inmanente. La comparación que regularmente utilizan nuestros autores es el modo en que las Imágenes «en suspenso» aparecen y subsisten en un espejo. La sustancia material del espejo, ya sea metálica o mineral, no es la sustancia de la Imagen; la Imagen sólo podría ser accidentalmente de la misma sustancia que el espejo. La sustancia es simplemente el «lugar de su aparición». Y así somos conducidos a una teoría general sobre los lugares y las formas epifánicas, mazhar (plural mazâhir), que son tan característicos de la «teosofía oriental» de Sohrawardî. 

La imaginación activa es el espejo por excelencia, el lugar epifánico de las imágenes del mundo arquetípico. Por ello, la teoría del mundus imaginalis está estrechamente ligada a una teoría de la cognición imaginativa y de la función imaginativa, que es una función verdaderamente central y mediadora, debido tanto a la posición mediana como mediadora del mundus imaginalis. La función imaginativa hace posible que todos los universos se simbolicen entre sí y, a título experimental, permite imaginar que cada realidad sustancial asume formas que corresponden a cada universo respectivo (por ejemplo, Jâbalqâ y Jâbarsâ en el mundo sutil corresponden a los Elementos del mundo físico, mientras que Hûrqalyâ corresponde a los Cielos). La función cognitiva de la imaginación proporciona el fundamento de un conocimiento analógico riguroso que permite eludir el dilema del racionalismo actual, que sólo nos da a elegir entre los dos términos dualistas banales de «materia» o «mente». En última instancia, la «socialización» de la conciencia está destinada a sustituir el dilema materia o mente por otro no menos fatal, el de «historia» o «mito». 

Aquellos acostumbrados a residir en el «octavo clima», el reino de los «cuerpos sutiles», los «cuerpos espirituales» -el umbral del Malakût o el mundo del Alma- nunca habrían sido víctimas de este dilema. Dicen que el mundo de Hûrqalyâ comienza «en la superficie convexa de la Esfera suprema». Se trata evidentemente de una manera simbólica de señalar que este mundo se encuentra en el límite donde se invierte la relación de inferioridad expresada por la preposición «en», «dentro de». Los cuerpos o entidades espirituales no están en ningún mundo, ni en su mundo, del mismo modo que un cuerpo material está en su lugar o puede estar contenido en otro cuerpo. Por el contrario, su mundo está en ellos. De ahí que la Teología atribuida a Aristóteles (esa versión árabe de las tres últimas Enéadas de Plotino que Avicena anotó y que todos nuestros pensadores leyeron y meditaron a su vez) explique que cada entidad espiritual está «en toda la esfera de su Cielo». Por supuesto, todas estas entidades subsisten independientemente unas de otras. Sin embargo, todas existen simultáneamente y cada una está contenida en la otra. Sería completamente erróneo imaginar este otro mundo como indiferenciado y sin forma. En efecto, hay multiformidad, pero las posiciones relativas en el espacio espiritual difieren tanto de las del espacio que abarca el cielo estrellado, como la circunstancia de existir en un cuerpo difiere del hecho de estar «en la totalidad del propio Cielo». Por eso puede decirse que «detrás de este mundo hay un Cielo, una Tierra, un mar, animales, plantas y hombres celestes; pero todo ser en él es celestial; las entidades espirituales que allí subsisten son equivalentes a los seres humanos, pero esto no significa que sean terrestres.»

La formulación más exacta de todo esto en la tradición teosófica de Occidente se encuentra quizás en Swedenborg. Es difícil no sorprenderse por la medida en que las afirmaciones del gran teósofo y visionario sueco coinciden con las de Sohrawardî, Ibn ‘Arabî o Sadrâ Shîrâzî. Así, Swedenborg explica: 

Aunque todas las cosas en el cielo aparecen en el lugar y en el espacio como lo hacen en el mundo, sin embargo los ángeles no tienen ninguna noción o idea de lugar y espacio … Todas las progresiones en el mundo espiritual se hacen por los cambios del estado de los interiores … Por lo tanto es que los que están cerca juntos que están en un estado similar, y los distantes que están en un estado disímil; y que los espacios en el cielo son meramente estados externos que corresponden a [los] internos. Sólo en este caso los cielos son distintos entre sí… Cuando alguien va de un lugar a otro… llega antes cuando lo desea, y más tarde cuando no lo desea, siendo la propia distancia alargada o acortada según el deseo… He observado esto a menudo, y me he maravillado de ello. Por lo tanto, también es evidente que las distancias, y en consecuencia los espacios, son totalmente acordes con los estados de su interior con los ángeles; y que por esta razón ninguna noción o idea de espacio puede entrar en sus pensamientos, aunque hay espacios con ellos al igual que en el mundo.[11]

Esta descripción se aplica eminentemente bien al Nâ-Kojâ-Abâd y a sus Ciudades misteriosas. En resumen, se deduce que hay un lugar espiritual y un lugar corporal. El paso de uno a otro se realiza en cierto modo según las leyes de nuestro espacio físico homogéneo. Por comparación con el espacio corporal, el espacio espiritual es un no-lugar y para los que alcanzan el Nâ-Kojâ-Abâd todo sucede en contra de la evidencia de la conciencia ordinaria, que permanece orientada dentro de nuestro espacio. Pues en adelante el dónde, el lugar, se sitúa en el alma; la sustancia corporal reside en la sustancia espiritual; el alma rodea y lleva al cuerpo. En consecuencia, no se puede decir dónde está situado el lugar espiritual. Más que estar situado, se sitúa, está situando. Su ubi es un ubique. Por supuesto, pueden existir correspondencias topográficas entre el mundo sensible y el mundus imaginalis, uno simbolizando con el otro. Sin embargo, no es posible pasar de uno a otro sin ruptura. Así lo señalan muchos informes. Se empieza, pero en algún momento se produce una ruptura de las coordenadas geográficas que se encuentran en nuestros mapas. Sólo que el «viajero» no es consciente de ello en ese momento. Se da cuenta -con consternación o asombro- sólo después del acontecimiento. Si se diera cuenta, podría volver sobre sus pasos a voluntad o indicar el camino a otros. Sin embargo, sólo puede describir dónde ha estado; no puede mostrar el camino a nadie. 

2. imaginación espiritual

Aquí tocamos el punto decisivo para el que todo lo anterior nos ha preparado, es decir, el órgano mediante el cual se realiza la penetración del mundus imaginalis, el viaje al «octavo clima». ¿Cuál es este órgano capaz de producir un movimiento que constituye un retorno ab extra ad intra (del exterior al interior), una inversión topográfica? No son los sentidos ni las facultades del organismo físico, ni mucho menos el intelecto puro. Se trata más bien de la potencia intermediaria que tiene un papel mediador por excelencia, es decir, la imaginación activa. Pero que no haya malentendidos aquí. Se trata del órgano que hace posible una transmutación de los estados espirituales interiores en estados exteriores, en eventos de visión que simbolizan con estos estados interiores. Toda progresión en el espacio espiritual se realiza por medio de esta transmutación, o mejor aún, la propia transmutación es la que espacializa el espacio. Da lugar al espacio que está ahí, así como a las «cercanías», las «distancias» y los lugares «lejanos».

El primer postulado es que esta Imaginación debe ser una facultad puramente espiritual, independiente del organismo físico y, por tanto, capaz de seguir existiendo después de que éste haya desaparecido. Sadrâ Shîrâzî, entre otros, insistió en este punto en varias ocasiones.[12] Así como el alma es independiente del cuerpo material, físico, en cuanto a la capacidad intelectiva para el acto de recibir los inteligibles, el alma es también independiente en cuanto a su capacidad imaginativa y su actividad imaginativa. Además, cuando se separa de este mundo, puede seguir disponiendo de la imaginación activa. Por medio de su propia esencia y de esta facultad, el alma es, pues, capaz de percibir cosas concretas cuya existencia, tal y como se actualiza en el conocimiento (cognición) y en la imaginación, constituye eo ipso la propia forma existencial concreta de estas cosas. En otras palabras, la conciencia y su objeto son aquí ontológicamente inseparables. Después de esta separación, todas las potencias del alma se reúnen y concentran en la única facultad de la imaginación activa. Porque en ese momento la percepción imaginativa deja de estar dispersa por los diversos umbrales de los cinco sentidos del cuerpo físico, y porque ya no es necesaria para el cuidado del cuerpo físico, que está expuesto a las vicisitudes del mundo exterior, la percepción imaginativa puede finalmente mostrar su verdadera superioridad sobre la percepción de los sentidos. Shîrâzî escribe,

Todas las facultades del alma se vuelven entonces como si fueran una sola facultad, que es la capacidad de configurar y tipificar (taswîr y tamthîl). La imaginación del alma se vuelve como una percepción sensible de lo suprasensible. La percepción imaginativa del alma es como su percepción sensible. Así, su oído, su olfato, su gusto y su tacto [todos estos sentidos imaginativos] son como las correspondientes facultades sensibles, pero estos sentidos imaginativos se atribuyen a lo suprasensible. Mientras que en el mundo exterior hay cinco facultades sensibles, cada una con su órgano específico en el cuerpo, en el mundo interior están sintetizadas en una sola (hiss moshtarak).

Habiendo equiparado la imaginación con el currus subtilis (en griego okhēma, vehículo o cuerpo sutil) del alma, Sadrâ Shîrâzî, expone en estos textos toda una fisiología del «cuerpo sutil» y, por tanto, del «cuerpo de resurrección». Y por ello acusa incluso a Avicena de haber identificado estos actos de percepción imaginativa del otro mundo con lo que ocurre en los sueños durante la vida en el aquí y ahora. Pues, afirma Sadrâ Shîrâzî, incluso durante el sueño, el poder imaginativo se ve afectado por las actividades orgánicas que tienen lugar en el cuerpo físico. Por lo tanto, se requiere mucho más para que esta potencia se beneficie de un máximo de perfección y actividad, de libertad y pureza. De lo contrario, el sueño sería simplemente un despertar en el otro mundo. Sin embargo, no es así, como sugiere una afirmación atribuida a veces al Profeta y a veces al Primer Imîm de los Shî’ites: «Los seres humanos están dormidos. Sólo cuando mueren, despiertan». 

Resulta un segundo postulado: la imaginación espiritual es efectivamente una potencia cognitiva, un órgano de conocimiento verdadero. La percepción imaginativa y la conciencia imaginativa tienen su función y su valor noético (cognitivo) dentro de su propio mundo, que es -como ya se ha señalado- el ‘âlam al-mithâl, el mundus imaginalis, el mundo de las ciudades místicas como Hûrqalyâ, donde el tiempo se invierte y donde el espacio, siendo sólo el aspecto exterior de un estado interior, se crea a voluntad. 

La imaginación se sitúa así sólidamente en torno al eje de las otras dos funciones cognitivas: su propio mundo simboliza con los mundos a los que corresponden las otras dos funciones (cognición sensible y cognición intelectiva). En otras palabras, existe un tipo de control que protege a la imaginación de los extravíos y del despilfarro imprudente. De este modo, puede asumir la función que le corresponde y provocar los acontecimientos relatados en las narraciones visionarias de Sohrawardî y otros. Porque el acercamiento al octavo clima debe hacerse a través de la imaginación. Esta puede ser la razón de la extraordinaria sobriedad del lenguaje que se encuentra en las epopeyas místicas persas (que van de ‘Attâr a Jâmî y hasta Nûr ‘Alî’-Shâh), donde los mismos arquetipos son constantemente amplificados y reamplificados por nuevos símbolos. Cuando la imaginación se desvía y se derrocha imprudentemente, cuando deja de cumplir su función de percibir y producir los símbolos que conducen a la inteligencia interior, se puede considerar que el mundus imaginalis (que es el reino del Malakût, el mundo del alma) ha desaparecido. En Occidente, esta decadencia puede remontarse al momento en que el averroísmo rechazó la cosmología avicena con su jerarquía angélica intermedia de los Animae o Angeli caelestes. Estos Angeli caelestes (en un escalón inferior de la jerarquía que el de los Angeli intellectuales) tenían, en efecto, el privilegio del poder imaginativo en su forma más pura. Una vez desaparecido el universo de estas almas, la propia función imaginativa quedó desvirtuada y devaluada. Así se entiende la advertencia que hizo más tarde Paracelso, quien advirtió contra toda confusión de la Imaginatio vera, como la llamaban los alquimistas, con la fantasía, esa «piedra angular de los locos.»[13] 

Y es precisamente esta la razón por la que ya no podemos evitar el problema de la terminología. ¿Por qué en francés (y en inglés) no tenemos ninguna expresión actual y totalmente satisfactoria para la idea de ‘âlam al-mithâl? He propuesto el latín mundus imaginalis, porque hay que evitar toda confusión entre el objeto de la percepción imaginativa o imaginante, por una parte, y lo que comúnmente calificamos de «imaginario», por otra. Pues la tendencia general es a yuxtaponer lo real y lo imaginario como si este último fuera irreal, utópico, al igual que se acostumbra a confundir el símbolo con la alegoría, o la exégesis del significado espiritual con la interpretación alegórica. La alegoría, siendo inofensiva, es una tapadera, o más bien una parodia de algo que ya es conocido o al menos conocible de alguna otra manera; mientras que, la aparición de una Imagen que puede ser calificada como símbolo es un fenómeno primordial (Urphänomen). Su aparición es incondicional e irreductible y es algo que no puede manifestarse de ninguna otra manera en este mundo. 

Ni los relatos de Sohrawardî, ni los que en la tradición shî’ite hablan del «país del Imâm oculto», se sitúan en el ámbito de lo imaginario, lo irreal o la alegoría, precisamente porque el octavo clima o «país del no lugar» no es lo que comúnmente llamamos una utopía. Como mundo más allá del control empírico de nuestras ciencias, es un mundo supersensible. Sólo es perceptible por la percepción imaginativa y los acontecimientos que allí tienen lugar sólo pueden ser vividos por la conciencia imaginativa o imaginante. Permítanme subrayar de nuevo que no se trata de la imaginación tal como la entendemos en nuestro lenguaje actual, sino de una visión que es la Imaginatio vera. Y esta Imaginatio vera debe ser reconocida como poseedora de un valor plenamente noético o cognitivo. Si ya no somos capaces de hablar de la imaginación en otros términos que no sean los de la Jolie du logis [la imaginación, que traducida literalmente significa la «loca de la casa»], es que quizás hemos olvidado las normas y las reglas, la disciplina y la «disposición axial» que garantizan la función cognitiva de la imaginación, a la que a veces me he referido como imaginatrice

Hay que subrayar que el mundo en el que indagaron estos teósofos orientales es perfectamente real. Su realidad es más irrefutable y más coherente que la del mundo empírico, donde la realidad es percibida por los sentidos. Al regresar, los contempladores de este mundo son perfectamente conscientes de haber estado «en otra parte»; no son meros esquizofrénicos. Este mundo se oculta tras el acto mismo de la percepción de los sentidos y hay que buscarlo por debajo de su aparente certeza objetiva. Por ello, definitivamente no podemos calificarlo como imaginario en el sentido corriente de la palabra, es decir, como irreal, o inexistente. Así como la palabra latina origo nos ha proporcionado en francés los derivados originaire (originario de), original, originel (primario), la palabra imago puede darnos el término imaginal además del derivado regular imaginario. Tendríamos así el mundo imaginal como intermediario entre el mundo sensible y el mundo inteligible. Siempre que nos encontremos con el término árabe jism mithâlî para denotar el «cuerpo sutil» que alcanza el octavo clímax, o el «cuerpo de resurrección», podremos así traducirlo literalmente por cuerpo imaginal, pero, por supuesto, no por cuerpo imaginario. Quizás tengamos menos dificultades para situar las figuras que no son ni «mitológicas» ni «históricas», y quizás esta traducción nos proporcione la contraseña del camino que lleva al «continente perdido». 

Y para encontrar el valor de recorrer este camino, tendríamos que preguntarnos cuál es nuestra realidad, la realidad para nosotros, para que, al salir de ella, alcancemos algo más que un mundo imaginario, o una utopía. Además, tendríamos que preguntarnos: ¿cuál es la realidad de estos pensadores orientales tradicionales que les permite alcanzar el octavo clima, el Nâ-Kôjâ-Abâd? ¿Cómo son capaces de salir del mundo sensible sin salir de la realidad; o, más bien, cómo es que sólo al hacerlo alcanzan la verdadera realidad? Esto presupone una escala del ser con muchos más grados que la nuestra. No nos equivoquemos y afirmemos simplemente que nuestros precursores en Occidente concebían la imaginación de forma demasiado racional e intelectual. A menos que tengamos acceso a una cosmología estructurada de forma similar a la de los filósofos orientales tradicionales, con una pluralidad de universos dispuestos en orden ascendente, nuestra imaginación permanecerá desenfocada, y sus conjunciones recurrentes con nuestra voluntad de poder serán una fuente inagotable de horrores. En ese caso, nos limitaríamos a buscar una nueva disciplina de la Imaginación. Sin embargo, sería difícil encontrar esa nueva disciplina, mientras sigamos viendo en ella no más que una forma de tomar cierta distancia con lo que se llama realidad y una forma de actuar sobre la realidad. Ahora bien, esta realidad que sentimos está arbitrariamente limitada en cuanto la comparamos con la realidad descrita por nuestros teósofos tradicionales, y esta limitación degrada la realidad misma. Otra expresión que siempre se ofrece como excusa para confinar la realidad es la ensoñación, como la ensoñación literaria, por ejemplo, o, para ser más actuales, la fantasía social. 

Sin embargo, uno no puede evitar preguntarse si no era necesario que el mundus imaginalis se perdiera y diera paso a lo imaginario; si no era necesario secularizar lo imaginal en forma de imaginario para que lo fantástico, lo horrible, lo monstruoso, lo macabro, lo miserable y lo absurdo pudieran pasar a primer plano. En cambio, el arte y el imaginario de la cultura islámica en su forma tradicional se caracterizan por lo hierático, por la seriedad, la gravedad, la estilización y la significación. Ni nuestras utopías, ni nuestra ciencia ficción, ni siquiera el siniestro «punto omega» consiguen salir de este mundo, llegar a Nâ-Kôjâ-Abâd. Los que han conocido el octavo tiempo, por otra parte, no fabricaron utopías, como tampoco lo último del pensamiento chií es una fantasía social y política. Es una escatología porque es una expectativa y como tal implica, aquí y ahora, una presencia real en otro mundo y es una evidencia de este otro mundo. 


Sin duda, se podrían hacer innumerables comentarios sobre este tema tanto por parte de metafísicos tradicionalistas y no tradicionalistas como de psicólogos. Sin embargo, a modo de conclusión provisional, me gustaría limitarme a plantear tres pequeñas cuestiones: 

1) Ya no somos partícipes de una cultura tradicional. Vivimos en una civilización científica, de la que se dice que ha conseguido dominar incluso las imágenes. Es un lugar común referirse a nuestra civilización actual como la «civilización de la imagen» (a saber, nuestras revistas, películas y televisión). Pero uno se pregunta si -como todos los lugares comunes- éste no encierra también un malentendido radical, un completo equívoco. En efecto, en lugar de elevar la imagen al nivel del mundo al que pertenece, en lugar de revestirla de una función simbólica que la conduzca a un significado interior, la imagen tiende a reducirse simplemente al nivel de la percepción sensible y, por tanto, a degradarse definitivamente. ¿No habría que decir entonces que cuanto mayor es el éxito de esta reducción, más se pierde el sentido de lo imaginal y más se condena a no producir más que ficción? 

2) ¿Sería posible toda la imaginería, la escenografía de estas narraciones orientales sin el hecho inicial, objetivo, absolutamente primario e irreductible (Urphänomen) de las imágenes arquetípicas cuyo origen es irracional y cuya irrupción en nuestro mundo es imprevisible pero cuyo postulado no se puede rechazar? 

3) ¿No es precisamente el postulado de la objetividad del mundo imaginal el que nos sugieren, o nos imponen, ciertas figuras y ciertos emblemas simbólicos (hermetistas, cabalistas o los mandalas) que tienen un efecto mágico sobre las imágenes mentales para que adquieran realidad objetiva? 

Para insinuar una posible respuesta a la pregunta sobre la realidad objetiva de las Figuras sobrenaturales y los encuentros con ellas, quiero referirme a un texto extraordinario, en el que Villiers de l’Isle-Adam habla del rostro del Mensajero impenetrable con ojos de arcilla; su rostro «sólo puede ser percibido por la mente. Las criaturas vivas sólo experimentan la influencia inherente a la entidad arcangélica». «Los ángeles», escribe,

sólo existen sustancialmente en la libre sublimidad de los Cielos absolutos, donde la realidad es una con el ideal… Sólo se exteriorizan en el éxtasis al que dan lugar y que les es inherente.[14]

Estas últimas palabras -el éxtasis que les es inherente- me parecen de una lucidez profética, porque tienen la virtud de hacer añicos incluso la roca de la duda, de paralizar el «reflejo agnóstico» en el sentido de que rompen el aislamiento mutuo de la conciencia y su objeto, del pensamiento y del ser; aquí la fenomenología se convierte en ontología. Sin duda, este es el postulado implícito en la enseñanza de nuestros autores sobre lo imaginal. No hay otro criterio externo para la manifestación del Ángel que la propia manifestación. El Ángel es la propia ekstasis, el movimiento fuera de nosotros mismos, que representa un cambio en nuestro estado de ser. Por ello, estas palabras sugieren también cuál es el secreto del ser sobrenatural del «Imâm oculto» en la conciencia shî’í: el Imâm es la ekstasis de esta conciencia. Nadie que no esté en el mismo estado espiritual puede verlo. 

A esto aludió Sohrawardî en su narración del Arcángel Carmesí, a lo que se refería con la frase que citamos al principio: «Si eres Khezr, tú también puedes pasar más allá del monte Qâf sin dificultad».


Publicado originalmente en Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1972): 1-19. Traducido por Ruth Horine.

1.Véase la traducción francesa de este breve tratado (escrito en persa por Sohrawardî) en Henry Corbin, En Islam iranien: Aspects spirituels et philosophiques, 4 vols. (París: Gallimard, 1971-73), vol. 2: Sohrawardî et les Platoniciens de Perse. Para un estudio más completo de los temas aquí tratados, véase también el vol. 4: L’école d’Ispahan-L’école shaykhie-Le douzième Imâm sobre el duodécimo Imán o el «Imán caché».

2.Cf. Henry Corbin, History of Islamic Philosophy, traducido por Liadain Sherrard con la ayuda de Phillip Sherrard (Milton Park y Nueva York: Routledge, 2014), 230 ss.

3.Por lo tanto, la representación de la Esfera de las Esferas es sólo una indicación esquemática en la astronomía peripatética o tolemaica; sigue siendo válida, aunque esta astronomía haya sido abandonada. Esto significa que, por muy alto que se pueda llegar mediante cohetes o Sputniks, nunca se habrá progresado ni una pulgada hacia Nâ-Kôja-Abâd, porque no se habrá cruzado el «umbral».

4.Sobre esta noción de presencia, véase en particular mi introducción a Mollâ Sadrâ Shîrazî, Le Livre des pénétrations métaphysiques, traducido por Henry Corbin (Lagrasse: Verdier, 1988).

5.Sobre el «octavo clima», véase también Henry Corbin, Spiritual Body and Celestial Earth: From Mazdean Iran to Shī’ite Iran, traducido por Nancy Pearson (Princeton, N. J.: Princeton University Press, 1977), 73 y ss.

6.Ibídem, 160.

7.Ibídem, 87.

8.Ibídem, 164.

9. Ibídem, 87.


10. Ibid.


11. Emanuel Swedenborg, El cielo y sus maravillas y el infierno: From Things Heard and Seen (Philadelphia: J. B. Lippincott & Co., 1875), pars. 191-95. Swedenborg insistió repetidamente en esta doctrina del espacio y el tiempo, por ejemplo, en su pequeño libro De telluribus in mundo nostro solari. Si no se tiene en cuenta esta doctrina, las experiencias visionarias pueden ser rebatidas con argumentos tan fáciles como inválidos, porque confunden las visiones espirituales del mundo espiritual con las fantasías producidas por la ciencia ficción. Un abismo separa ambas nociones.


12. Véase Corbin, En Islam iranien, vol. 4: L’école d’Ispahan-L’école shaykhie-Le douzième Imâm, libro 4: «L’école d’Ispahân»; el capítulo 2 está enteramente dedicado a los escritos de Mollâ Sadrâ Shîrâzî.


13. Cf. Henry Corbin, Alone with the Alone: Creative Imagination in the Sūfism of Ibn ‘Arabī, traducido por Ralph Manheim (Princeton, N. J.: Princeton University Press, 1998), 179. Sobre la teoría de los Angeli caelestes, véase Henry Corbin, Avicenna and the Visionary Recital, traducido por Willard Trask (Princeton, N. J.: Princeton University Press, 1960).


14. »L’Annonciateur», en Comte de Villiers de l’Isle-Adam, Contes Cruels, 6ª ed. (París: Calmann Lévy, 1893), 342.

El viento mueve las hojas de los árboles

Cotidianidad

El viento mueve las hojas de los árboles y sus copas son parvadas de pájaros que van y vienen en el firmamento. Los hogares acaban pareciéndose a sus residentes. Veo en la esquina de la calle un edificio gris y apresurado, muy elegante; recuerdo entonces que mi casa es pequeña, con el mobiliario justo, lleno de cicatrices en forma de lineas de colores, hay mucho desorden y libros alborotados por doquier, también ellos son una parvada de pájaros que vuelan cada noche hacia un horizonte interminable; y me pregunto entonces si yo soy un pájaro, un libro o una cicatriz que no termina de cerrarse.

¿Quiénes son los criminales?

Traducciones

Jerry Fyerkenstad, Estados Unidos


Ensayo publicado en Encuentro con la sombra (Ed. Kairos, España), pp. 326-337, 1991.

Traducido por David González y Fernando Mora

Gente que se revuelca en el fango. Marginados. Sórdidos. Mezquinos. Indisciplinados. Maleantes. Gamberros. Ladrones. Canallas. Depravados. Repugnantes. Gente que parece pensar con el culo. Una verdadera porquería. Gentuza que desprecia la ley, el camino correcto, el único camino, el camino hecho y derecho. Gente que no teme a Dios ni respeta a sus semejantes. Bestias. Pervertidos. Perros. Gente de mala raza. Bastardos. Ignorantes. Locos. Enfermos. Psicópatas. Almas descarriadas. Almas perdidas. Egoístas. Carniceros. Quebrantahuesos. Asesinos despiadados y fríos como el hielo que no dudarían un instante en matar a su propia madre.

Los criminales representan todo lo que nosotros no somos ni queremos ser, todo lo que rechazamos y deseamos expulsar de la sociedad. «Qué maravilloso sería que pudiéramos librarnos definitivamente de todos ellos. Esas personas ruines e indignas deben ser exterminadas. Encerrémoslas y tiremos la llave». Pero ese camino es un camino aparentemente erróneo del viaje del alma, un camino negativo, la Vía Negativa de la alquimia.

La alquimia en pocas palabras

La alquimia es muy simple. Comenzamos tomando la massa confusa, la materia prima, el plomo, y lo colocamos en un recipiente sellado, el vaso hermético. Después se calienta el recipiente y se realizan una serie de operaciones sobre la substancia para terminar transformándola en «oro». En opinión de Jung y Hillman, estas operaciones –la condensación, la destilación, la «repetitio», la «mortificatio» y «el matrimonio del rey y la reina»– no tienen ningún significado esotérico sino que se refieren metafóricamente al proceso que tiende a revelarnos la verdadera naturaleza de la substancia original. La massa confusa es pues equiparable a la piedra angular de la tradición bíblica y el oro –o el niño de oro– producto final del proceso, equivale al nacimiento del alma.

La alquimia es un Arte Hermético que, según se dice, es guiado por Hermes (Mercurio), que también era el dios de los ladrones, los criminales y otros ciudadanos clandestinos.

En nuestra cultura los delincuentes son la massa confusa, la piedra angular rechazada e indigna. Con ellos no puede hacerse nada sólido ni seguro. Rilke los llamaba los «necesitados», los imperfectos, esos a los que la gente no escucha si primero «no han confesado». Según Rilke «son sus voces las que pueden hacernos escuchar la bondad» y no las voces de los «eunucos de los coros eclesiales» que terminan aburriendo incluso a Dios. Aquí comienza todo. La Gracia sólo puede descender sobre lo imperfecto, sobre aquello que proclama sus faltas, sus iniquidades y sus debilidades.

Nosotros consideramos que los delincuentes comunes encarnan todos los rasgos negativos indeseables mientras creemos que nosotros somos «justos», buenos y observadores de la ley. ¿Pero se debe a qué somos personas naturalmente buenas o a que tenemos miedo a que nos «encierren»?

El delincuente se debate en el mundo de lo desconocido, más allá de la ley y el orden, en los dominios de Hermes y el inconsciente. El delincuente es cruel, violento e indiferente pero se ha atrevido a atravesar un límite que, en cierto modo, todos necesitamos cruzar. El teólogo y alquimista Sebastián Moore lo expresaba del siguiente modo: «Nuestro misterio más profundo consiste en que nuestras maldades y nuestros impulsos contra la totalidad nos exponen al amor de Dios de un modo y con una intensidad mayor que la que nos proporcionaría el mismo deseo de alcanzar la totalidad».

Nuestros delincuentes son personas que no pueden –o no quieren– crear oro utilizando los mismos procedimientos que la mayoría hemos decidido que son los correctos. Son aquellos que nos venden cosas que pretendemos no desear: cocaína, sexo, estéreos, bicicletas y automóviles «a precios casi regalados». Son aquéllos que están desesperados por su fracaso para alcanzar el «oro» siguiendo los criterios que los demás consideramos adecuados y viven explotando los reinos ocultos de la naturaleza humana que la mayoría negamos hipócritamente. De este modo, creemos erróneamente que al eliminar a los delincuentes nos libraremos también de nuestros propios vicios. Pero esta alternativa es imposible porque lamentablemente ignoramos que nuestros vicios encierran algo esencial para la naturaleza humana, algo que no puede ser encarcelado, abandonado o sacrificado sino que debe ser asumido, comprendido y trabajado alquímicamente.

Lo sagrado en lo profano

Jung creía que Dios, el Dios viviente, sólo puede ser encontrado donde menos queremos mirar, en el lugar en el que más nos resistimos a buscar. Ese Dios se halla oculto en nuestra oscuridad y nuestra sombra, entrelazado con nuestras heridas y complejos, inserto en nuestras patologías. Por otra parte, el Dios de la Creencia, el Dios que no tiene nada que ver con la creación y la vida cotidiana, el Dios ajeno a nuestras imperfecciones mundanas, sólo nos proporciona una excusa para permanecer alejados de las facetas más intrincadas de la existencia humana.

La alquimia es un proceso que nos permite extraer el Dios viviente de los aspectos más corruptos de la existencia. Pero ese proceso no puede comenzar hasta que no reconozcamos nuestra corrupción; una corrupción que se halla presente de manera explícita o implícita. Basta con limitarnos a reconocerla, admitir su existencia en nuestras acciones, en nuestras fantasías, en nuestros anhelos más secretos y momentos más ocultos.

En realidad, de lo que estamos hablando es de la diferencia entre el alma y el espíritu. El camino del espíritu es estrecho y ascendente pero el camino del alma, por el contrario, discurre de manera sinuosa, perturbadora y descendente. El camino del alma es también el camino de iniciación a nuestra propia humanidad. Nuestro objetivo, por tanto, no es el de llegar a ser «buenos», ingenuos e inocentes sino llegar a ser auténticos y reconocer nuestra oscuridad mediante la via negativa. Iniciarnos significa llegar a conocer de qué somos capaces, cuáles son nuestros límites, nuestros odios y nuestros deseos. Pero éste suele ser un conocimiento muy doloroso de adquirir. Sólo podemos ser realmente responsables de nuestras acciones y tomar decisiones inteligentes cuando seamos conscientes de esos factores.

Recordemos el cuento del Príncipe y el Dragón. Un matrimonio anciano que desea tener un hijo consulta a una comadrona que les aconseja que antes de dormir arrojen bajo la cama el agua con el que han lavado los platos. A la mañana siguiente descubren bajo la cama una flor con dos capullos, uno blanco y otro negro, y los recogen a ambos.

Al cabo de unos meses la comadrona vuelve a ser llamada para asistir al parto. Lo primero que aparece es una lagartija viscosa que la comadrona, con el beneplácito semiconsciente de la madre, arroja por la ventana. Unos instantes después nace un hijo robusto y hermoso al que todos aman. Tanta admiración despierta que llega a prometerse en matrimonio con la hija del rey.

Mientras tanto, el Dragón también va creciendo en secreto añorando a su hermano y a su familia, a quienes roba para poder seguir vivo y mantenerse caliente. De este modo, el Dragón termina desarrollando un carácter agrio, malhumorado y rencoroso.

Cuando, el día de la boda el príncipe sale del castillo, su carruaje debe detenerse súbitamente porque un gigantesco Dragón le corta el paso revelándole que es su hermano perdido hace tiempo y le pide que le encuentre una novia o, en caso contrario, jamás volverá a ver a su prometida. Entonces, comienza el difícil proceso –que durará varios años– de encontrar una mujer que esté dispuesta a pasar toda una noche con el Dragón en una habitación.

El punto crítico del relato reside en la escena en la que el Dragón sale de la oscuridad, declara su procedencia y reclama una muchacha que sea capaz de «amarle» tal como es. Hasta ese momento el Dragón se ha visto condenado a vivir como un criminal y un descastado. Ahora no quiere renunciar a ser como es. Ahora es una materia prima que quiere entrar en una habitación especial –el Vaso Hermético– y llevar a cabo un proceso alquímico que culmine en la forja de su alma. Sólo reconociéndose a sí mismo y reclamando lo que necesita podrá ser amado y disponer de un lugar en el mundo. Pero esto precisamente –mostrarnos a plena luz del día y reconocer los «sentimientos extraños» y los «deseos insanos» que nos abruman– es lo que tanto los delincuentes como los buscadores de chivos expiatorios nos negamos a hacer. En la medida en que «nos neguemos a experimentar esto» seguiremos enclaustrados, escondidos y seremos –como decía Goethe– «simples visitantes perturbados por la oscuridad de la tierra».

Tenemos miedo a ser capturados, a quemarnos (con el aceite), a nuestro Dragón oculto y a tomar conciencia de nuestras necesidades más desagradables. Es por ello que la mayoría de nosotros pretendemos ser absolutamente buenos. Sin embargo, ser bueno no es suficiente.

Casi todos creemos en la transformación, la muerte y el renacimiento –auspiciado por Hermes/Mercurio– pero no estamos dispuestos a afrontar la muerte. Queremos cambiar sin ser cambiados, queremos tener una «nueva imagen» pero no estamos dispuestos a sufrir las incomodidades, las molestias y el desequilibrio que necesariamente acompañan a todo cambio integral.

La psicología evolutiva, en especial la descrita por Robert Kegan, especifica las distintas fases que debemos atravesar para poder llegar a madurar como seres humanos. Sin embargo, la mayor parte de nosotros nos quedamos atascados en los estadios iniciales del proceso porque nunca se nos ha enseñado a hacer los sacrificios necesarios para afrontar las sucesivas muertes y renacimientos que constituyen el proceso evolutivo (una representación psicológica del proceso alquímico). Es por ello que tenemos dificultades para asimilar las lecciones que tiene que ofrecernos cada estadio (o, dicho en otras palabras, cada una de las operaciones del proceso alquímico).

La prisión: la entrada en el vaso hermético

El cautiverio, la prisión, la pena de muerte y la cadena perpetua representan condiciones verdaderamente alquímicas. El Vaso Hermético –el recipiente que contiene la materia prima, la massa confusa– debe permanecer sellado durante todo el proceso. Algo parecido ocurre en nuestro caso cuando encerramos en la cárcel a los criminales con la esperanza de que se transformen. Del mismo modo podríamos decir que el castigo y la terapia representan también operaciones alquímicas tales como la destilación y la putrefacción.

Pero no son los delincuentes los únicos que deberían sufrir este arduo proceso alquímico. Todos nosotros lo necesitamos y algunos de nosotros todavía más que ellos. Pero dado que nosotros nunca nos dejaremos capturar jamás nos someteremos al proceso. ¡Si hubiera algo que pudiera atraparnos! Dios sabe que no deseamos enfrentarnos a nosotros mismos y que tratamos de escapar de cualquier modo del proceso hermético. Pero para poder ser atrapados alguien debe delatarnos. Si evitamos la cárcel jamás podremos entrar en el vaso hermético –en el recinto sagrado– y el proceso alquímico jamás podrá iniciarse.

Al igual que sucede en el cuento del Príncipe y el Dragón, o en el mito de Eros y Psique, no puede ocurrir nada verdaderamente interesante hasta que el dragón –el monstruo que mora bajo la cama– sea «capturado», salga a plena luz del día y pueda ser visto e identificado. Sólo entonces puede comenzar el trabajo real. Hasta ese momento todo es inconsciente, impreciso y ciego.

Comparados con los criminales somos meros «voyeurs» que permanecemos fascinados contemplando a distancia el espectáculo. Muy pocos de nosotros confesaríamos –como Mick Jagger en “Simpatía por el Diablo”– que colaboramos inconscientemente con las fuerzas de la oscuridad y, de ese modo, nos negamos a penetrar en los dominios de la verdadera humanidad. Preferimos a un Dios a quien podamos adorar y ensalzar que a un co-creador que nos invite a colaborar en la creación. No estamos dispuestos a celebrar el «sacramento del asesinato» y reconocer que el núcleo de nuestra oscuridad, de nuestra atracción por el mal y de nuestro rechazo de la totalidad son tan esenciales para obtener la gracia, el alma y el «oro» como nuestras creencias y esfuerzos deliberados hacia la totalidad, la bondad y la perfección.

Consideramos que el crimen es algo antinatural e inhumano, un acto que va contra la naturaleza y la cultura. ¿Cómo podemos pues afirmar que el crimen sea una metáfora de algo esencialmente necesario? Nuestros sueños parecen querer violar, robar, saquear, profanar lo sagrado, golpear, mutilar, torturar, intimidar, etcétera, a nuestro ego cotidiano. De este modo, los sueños intentan enfrentarnos a nuestra massa confusa «relativizando» al ego. El sueño y la enfermedad son los principales medios que utiliza nuestra alma para comunicarse con nosotros. Es por ello que nuestra negativa cultural a comprometernos en el opus alquímico de trabajar con nuestros sueños aumenta la probabilidad del delito. De igual modo, la ampliación de nuestros presupuestos de defensa, el interés en la defensa personal, los sistemas antirrobo y las medidas de seguridad no hacen más que aumentar la probabilidad del delito ya que ese tipo de medidas profundizan el abismo, aumentan las diferencias y aseguran la inevitabilidad del ataque. Por tanto, si permitimos que los sueños se manifiesten y nos afecten –sin interpretarlos y darles un sentido que se acomode a nuestros conceptos previos– nos proporcionarán una vía de acceso al lado oscuro y criminal de nuestra mente y transformarla, así, en «oro».

El convicto debe seguir un camino diferente. Una parte muy importante de su «cura» (otra operación alquímica –curtir, oscurecer la piel, otra metáfora del castigo) consiste en aprender el rol de la víctima, sentir lo que siente, tomar, en definitiva, conciencia de todo el episodio y no limitarse solamente a desempeñar el papel de delincuente. Eso es lo que al criminal le parece antinatural, este es su opus contranatura, lo que puede curar su fragmentación y división.

Aumentar el calor

El fuego y el calor juegan un papel fundamental en muchas operaciones alquímicas como, por ejemplo, la destilación o calcinatio (secado). A los policías se les llama «maderos» y los delincuentes que todavía no han sido capturados tratarán a toda costa de evitar a los maderos y los que permanezcan cautivos intentarán huir o burlar el calor que produce ese tipo de leña.

«Calentarse», por otro lado, también se refiere al estado apasionado y vehemente por el que tenemos que pasar si queremos conseguir algo porque, de lo contrario, sólo seremos unos jodidos locos. Una persona «acalorada» es impredecible, irracional y testaruda. «Estar caliente» es también una forma de decir que estamos excitados sexualmente, un estado que no cesará hasta no haber satisfecho nuestro deseo. ¿Cuál es la motivación que impulsa al criminal cuando entra «en calor»? ¿Por qué está dispuesto a sacrificarse? ¿Cuál es esa perla de valor incalculable que sólo él parece conocer? ¿Se trata acaso del poder, el control, la riqueza, los objetos caros, las mujeres o las drogas? Según Gregory Bateson el delincuente busca algo esencial en su delito. ¿De qué se trata? ¿Qué cosa fantástica «imagina» que obtendrá? ¿Con quién quiere encamarse, acostarse, o fornicar? Sea como fuere ¡sólo esperamos no encontrarnos entre él y el objeto de su deseo!

Putrefacción, Repetitio y otras operaciones

Repetitio: si consideramos a la Tierra como vaso hermético todo lo que usamos y tiramos no sufre esta operación de repetitio. En lugar de seguir amontonando desperdicios que sólo hemos utilizado una vez debemos aprender a valorar y transformar la basura que se convierte en massa confusa.

Destilación: descartar lo superfluo y quedarnos con lo esencial. La mayoría tendemos a acumular objetos, ideas y proyectos sin llevarlos a cabo, sin hacer ningún tipo de selección previa, sin llegar a decidir jamás lo que es esencial, y actuar después en consecuencia.

Putrefacción: conocer nuestros aspectos despreciables y descubrir que nuestra mierda también apesta. Para los delincuentes convictos esto significa tomar clara conciencia de que sus acciones han dañado a los demás ya que, al igual que los políticos o los líderes religiosos, la mayoría de los delincuentes no se percatan de ello. Para poder simpatizar con el mundo que está más allá de nuestro ego y podamos darnos cuenta de sus imperiosas necesidades nuestra miopía debe disiparse. Para los no delincuentes, la putrefacción implica la toma de conciencia de su propia mierda y, en consecuencia, el cambio de rumbo en su continuo viaje hacia la superación y la perfección.

Contención: en el momento en que algo se escapa del vaso hermético el proceso alquímico se trunca y debe comenzar nuevamente. De este modo, aunque la ciencia, la industria y la tecnología moderna estén basadas en los antiguos principios herméticos, vierten todo tipo de sustancias tóxicas y las emisiones radioactivas procedentes de centrales nucleares contaminan nuestra tierra. Este vertido es fruto de un proceso sin integridad, un proceso en el que falta el alma y que no puede provocar, por tanto, ninguna transformación útil.

La importancia de la sal

Para los alquimistas la sal era un elemento imprescindible. La sal está asociada con la memoria porque sirve para conservar, para mantener las cosas en una condición utilizable y comestible. En los delincuentes, sin embargo, la memoria suele ser una cualidad bastante deteriorada. La terapia con los delincuentes parece funcionar mejor cuando se les pide que reconstruyan sus pasos, sus planes, su decisión de transgredir la ley, es decir, cuando se les pide que echen sal en el vaso que constituye su psiquismo o su alma. Por otra parte, la sal resulta también apropiada para mantener a los presidiarios ya que a todos se nos ha enseñado que poner sal en la cola de los pájaros impide su vuelo.

Sin embargo, el hecho de que hayamos pescado al delincuente no significa que éste no quiera zafarse del anzuelo. Debemos seguir con nuestras operaciones hasta encontrar un nuevo punto de vista que nos permita observar la totalidad del proceso. Debemos, pues, considerar al criminal como una parte de nuestra propia historia, debemos abrirle nuestro santuario privado para que nos despoje de todo aquello que no es imprescindible para vivir y nos haga sentir lo que es el dolor y la privación. Todo esto no sólo es aplicable al campo de los sueños sino que también sirve para que vayamos más allá de nuestra obra personal y privada y nos hagamos cargo del vaso mayor –el Vaso Hermético que es el planeta. De este modo, el delincuente suscita diversas reacciones paralelas ya que, si bien actúa en base a sus intereses personales y sus mezquinas necesidades, también constituye simultáneamente un elemento catalizador que puede activar el drama del alma en nuestra propia vida

Los delincuentes son los esclavos espirituales de las minas de nuestra ignorancia

En realidad, el deseo de erradicar el crimen es el deseo de eliminar al alma, la imperfección y la necesidad de la gracia, el deseo de construir un mundo regido por consultores, conductistas, empresarios y relaciones públicas. No resulta, por tanto, extraño afirmar que padecemos un fascismo edulcorado de rostro educado y amable (un fascismo literalmente no violento, como subraya reiteradamente Noam Chomsky en sus escritos sobre la sutileza del fascismo americano).

Necesitamos a los delincuentes para poder detener a alguien que no seamos nosotros mismos. Preferimos mandar a otros a las minas, algún voluntario desesperado, una víctima propiciatoria que se encargue de llevar a cabo el trabajo sucio. No es soprendente que nuestra cultura haya abrazado una religión como la cristiana cuya teología santifica el que otra persona (Cristo) haga nuestro trabajo esencial y muera para expiar nuestros pecados. Pero esto no hace más que postergar nuestra crucifixión, abortar el proceso alquímico antes de su conclusión e impedir nuestra transformación en profundidad.

Si prestamos atención, metafórica y literalmente hablando, al mundo del crimen descubriremos que necesitamos a los «delincuentes» para atacar, violar y asesinar a nuestro ego habitual, a las pautas conceptuales y emocionales que corrompen nuestra alma y nos empujan a tomar decisiones y llevar a cabo acciones dañinas para el cuerpo social y para los objetos y criaturas del mundo. Sin embargo, aunque este crimen sea inevitable también debemos apresar al delincuente, mirarle a la cara y aclarar las cosas. Debemos escuchar las razones que arguye para justificar su agresión, cosa que no lograremos, en cambio, si nos limitamos a encerrarlo y tirar luego la llave, a desterrarlo o simplemente a ejecutarlo.

Aunque sacrificáramos a toda la humanidad con ello no haríamos más que perder la oportunidad de hacernos más humanos y desaprovecharíamos la ocasión de profundizar nuestra comprensión tanto de los aspectos oscuros como de los luminosos de todo el espectro de la humanidad. Lo peor de todo es que también parece que nos gustara sacrificar a la tierra que nos sostiene e, incluso, al alma humana. Creemos que los aztecas eran primitivos porque sacrificaban seres humanos para complacer a sus dioses pero no queremos darnos cuenta de que, al amordazar nuestra conciencia para no admitir que nosotros también sacrificamos a los delincuentes, inmolamos al Tercer Mundo en aras de nuestra prosperidad y a las generaciones venideras a cambio de unos pocos bienes de consumo.

* * *

Estaba enojado con mi amigo,

Le expresé mi rabia y ésta terminó.

Estaba enojado con mi enemigo,

No se lo dije y mi rabia fue en aumento.

Noche y día la regué

Con las lágrimas de mi miedo

Y la expuse al sol de mis sonrisas;

Y con sutiles y engañosas artimañas

Siguió creciendo día y noche

Hasta que brotó una brillante manzana

Y mi enemigo percibió su resplandor.

Y supo que era mía

Y entró furtivamente en mi jardín

Cuando la noche oscurecía el orbe.

A la mañana siguiente, triste, descubrí

a mi enemigo, tendido, bajo el árbol.

WILLIAM BLAKE

Medicina Arquetipal, Theoria

Traducciones


Alfred Ziegler, Alemania

Publicado en Archetypal Medicine, Spring Publications, Canadá, pp. 7-46, 2000.

Traducido por Alejandro Chavarria

El HOMBRE es una quimera, una monstruosidad compuesta por un número indeterminado de contradicciones. Es más un monstruo que un ser racional, una circunstancia que la Naturaleza ha sabido disimular ingeniosamente hasta el punto de que nos sentimos más cómodos con él que con una extraña criatura del espacio exterior. Es como si el propio Edipo fuera la mismísima Esfinge con la que se encontró de camino a Tebas y que le preguntó: «¿Qué es el hombre?». Es como si el centauro al que los griegos consideraban el antepasado de los médicos ya diera fe, mediante su forma quimérica, de la verdad de que todo conocimiento esencial sobre la naturaleza del hombre tiene que ser híbrido.

¿O acaso no es cierto que en la humanidad el amor puede pervertirse en odio y a la inversa, que la eficiencia lleva consigo la desidia, o que detrás de todos los sistemas y el orden brilla el espectro de la desintegración? ¿No nos enfrentamos a cada paso con el fenómeno de que la crítica paralizante resplandece desde el amor maternal, que la traición mantiene viva la noción de fidelidad y viceversa, que la suerte fatídica del alcohólico proviene de la insaciabilidad de su sobriedad, o que los hipocondríacos esperan lo peor para sí mismos simplemente porque son muy desconsiderados con sus propias necesidades?

Desde que la psicología como ciencia, adormecida de espíritu pero racional en su enfoque, ha lidiado con las condiciones y los fenómenos existentes, ha descubierto más y más discrepancias de este tipo. Sin embargo, parece que la psicología, al descubrir las polaridades -que la extroversión y la introversión se entremezclan en cualquier individuo, que un sádico se esconde en cada masoquista y que el pensamiento digital debe estar siempre atento a los lapsos de superstición analógica- se regocija innecesariamente. Por muy esclarecedor que sea el conocimiento de los opuestos humanos, nuestra información hasta la fecha es lamentablemente escasa. Toda la riqueza de las polaridades humanas sólo parece hacerse visible cuando, en nuestras cavilaciones sobre los enigmas de la enfermedad, tropezamos con las múltiples cualidades humanas que desempeñan un papel tan importante en la génesis del malestar. Una y otra vez, una nueva polaridad encuentra la realidad material, como cuando el conflicto entre la sumisión y un «No» estoico sale a la luz en la artritis reumatoide o cuando la discrepancia entre una naturaleza particularmente dependiente y una intención continuamente vacilante de rechazar la dependencia se manifiesta en la esclerosis múltiple.

A pesar del patrón fundamentalmente polar, la naturaleza del hombre no es simétrica; sus características no están dispuestas como los radios de una rueda. El hombre no es una creación armónica, sino que tiene un perfil definido y un carácter individual no intercambiable. Los poetas han dado a conocer una inmensa abundancia de estas características individuales, mientras que los psicólogos, con sus tipologías, hacen una figura muy pobre en comparación. Están los iluminados, los insidiosos, los tontos; están los rectos que hacen el bien y no se arredran ante nadie, los directos, los rotundos, los rastreros, y muchos, muchos más. Sin embargo, sean cuales sean los contornos, no importa lo que caracterice a un individuo como ejemplar o repugnante, descubriremos que estas características no son más que los aspectos dominantes, «sanos», dentro de las polaridades, aquellos rasgos que sobre una base relativamente consistente comprenden la personalidad predominante y en los que se puede confiar más o menos. En su mayor parte, los rasgos dominantes nos ayudan a abrirnos camino en la vida y a adaptarnos a las circunstancias en relación con nuestros objetivos. Estos mismos rasgos son también los lados sobrevalorados y glorificados de nuestras personalidades, dentro de los cuales se esconden los rasgos oscuros y no admitidos, completándonos como quimeras dicotómicas. Los rasgos oscuros serían las cualidades recesivas y engañosas de las que generalmente no somos conscientes y que alternativamente hacen su inesperada aparición. Por su pura imprevisibilidad, nos resultan irritantes, sobre todo cuando nos meten en situaciones incómodas. Con frecuencia, son lo que pone en duda la imagen que presentamos para el consumo público y actúan como fuente de duda de nuestra propia identidad. Los rasgos recesivos son también los lados menos adaptados de nuestra personalidad, teniendo finalmente una curiosa tendencia a «descender» al cuerpo donde claman obstinadamente por nuestra atención como síndromes de enfermedad. Mientras que los rasgos dominantes, sobrevalorados, nos llevarían a considerarnos la corona de la creación, nuestras inferioridades recesivas nos proporcionan todas las razones para dudar de tal conclusión.

El hombre extrae su naturaleza quimérica de la vida misma, compartiendo esta cualidad con todo lo que vive hasta los organismos más primitivos, que remontan su existencia al océano primitivo. En todas partes, no sólo entre los hombres, sino incluso entre los protozoos del charco más pequeño, la vida depende de esta naturaleza quimérica, de cualidades ubicuamente polares. Devora en el abandono de un abrazo; es sensible e inmune al dolor; es pesada y ligera, brillante y tenue, empuja y es empujada, serpentea entre la salud y el sufrimiento, nadando suspendida con una parte en la sustancia inorgánica de sus orígenes oceánicos.

Podríamos representar el comienzo de la vida como una especie de excrecencia biológica primigenia capaz de separarse del licor madre inorgánico que la rodea gracias únicamente al principio quimérico. Siguió creciendo, propagándose en parejas siempre nuevas e inusuales. Si hubiéramos venido a la Tierra desde otro planeta y no hubiéramos estado acostumbrados a las múltiples formas de la Naturaleza desde nuestra más tierna infancia, probablemente nos sorprenderíamos de la cantidad de singularidades que se encuentran en el reino que llamamos nuestro mundo. Nos sorprendería aún más hasta qué punto la vida busca equilibrios extraordinarios, sobre todo por cómo este proceso preserva la enfermedad y la muerte.

Estaríamos muy equivocados si habláramos de los protozoos como «inmortales» simplemente porque se reproducen por división: son tan mortales como nosotros, nadando en sustancias tóxicas o encontrando a ciegas una boca abierta y, por tanto, un final en el tracto digestivo de algún animal. Si no fuera así, la vida de los protozoos habría aumentado de forma salvaje hasta alcanzar las proporciones de una pesadilla. No hay inmortalidad en la Naturaleza, como tampoco pertenece al esquema de las cosas que la eficiencia unilateral sea recompensada. La Naturaleza parece mucho más atenta a la creación de bastardos en los que el principio quimérico pueda preservarse mejor. De este modo, fomenta la progenie de criaturas no emparentadas para cumplir mejor su plan general. Ni en el mundo de los seres humanos ni en el de los animales tiene prioridad la acumulación de eficacia y salud, sino la preservación de la enfermedad y la muerte. Las visiones de Darwin sobre la preservación de la especie -y, por tanto, de la vida- empiezan a ser una perspectiva del pasado.

Vista desde otra perspectiva, la de la muerte y lo inorgánico, la vida parece una especie de emanación del reino mineral, un viaje por pantanos inexplorados o un acto de equilibrio. No es un error de la naturaleza, sino un plan de la misma, el que caigamos, nos desintegremos o nos disolvamos, no sólo un naufragio en los arrecifes de las circunstancias externas, sino también un surtido bien programado de enfermedades y muertes. La selección de enfermedades y muertes pertenece a la cualidad quimérica de la existencia humana, mientras que la salud como tal es sólo una preocupación secundaria.

Podemos considerar la enfermedad como la transformación de rasgos y tendencias recesivos en sufrimiento físico. Aunque son incoherentes, caprichosos y, por lo general, mal adaptados, estos rasgos tienen la curiosa tendencia a somatizarse y a aparecer como enfermedades identificables, como morbo. Lo que antes considerábamos sólo «comportamiento» o nuestra «condición» adquiere repentina o gradualmente dimensiones físicas y se traslada, por así decirlo, a otra condición agregada, metamorfoseándonos en «casos», provocando nuestra «caída» del ámbito de la psicología al de la medicina. Cuando los adolescentes, a pesar de sus tendencias ascendentes y exteriores y de la necesidad de enfrentarse a la vida y a sus exigencias, sufren una degeneración de la columna vertebral, ¿no somos testigos de cómo la humildad y la sumisión en el plano físico contrarrestan la impudicia acrítica de la juventud? ¿No vemos cómo el impulso de dominación desconsiderada de los demás es contrarrestado por una tendencia a la discreción cuando los asmáticos se enfrentan a la nueva realidad de tener órdenes e insultos atrapados en sus bronquios?

La metamorfosis que da lugar a la enfermedad física no es un acto autónomo de nuestras carencias: la enfermedad no es un hecho aislado. Más bien, es provocada por un énfasis particular en la salud, un énfasis que sirve de forma autosuficiente en su naturaleza compulsiva y limitante. La somatización es inconcebible si no va precedida de un «extravío» de nuestros talentos particulares. La naturaleza parece tolerar sólo una medida limitada de unilateralidad; cuando se sobrepasan los límites o si se dedica demasiada energía a la unilateralidad, la naturaleza contrarresta la tendencia a través de nuestros cuerpos, como si buscara un medio más eficaz o impresionante de exigir el reconocimiento de sus quiméricos planes. La insensibilidad de nuestra salud determina nuestras enfermedades. Nuestra falta de preocupación y atención sólo puede llegar hasta cierto punto antes de encontrar límites establecidos, límites que son difíciles de determinar, pero donde la superioridad unilateral se encuentra con su opuesto en forma física, donde se producen cambios visibles en las vértebras y se produce la constricción asmática de los bronquios. La metamorfosis o somatización en sí misma no puede predecirse, aunque podemos percibir un acontecimiento inminente de algún tipo, algo «en el viento». Los propios pacientes suelen estar desprevenidos, normalmente sorprendidos por lo que les ocurre. El interrogatorio o la introspección no arrojan nada concreto, mientras que otros pueden al menos señalar un indicio, una sospecha de algo que ha encontrado expresión en recordatorios, consejos bienintencionados o frustración. Por lo general, quienes conocen al paciente se sorprenden tanto como él por la enfermedad, y sólo se preguntan después de los hechos que algo tan obvio no se haya notado antes. La comprensión psicosomática suele ser retrospectiva. Cuando los planes de la naturaleza, tan oscuros como sabios, se hacen realidad en un individuo, el paciente se convierte en una figura barroca y surrealista. Entre otras cosas, el individuo enfermo despierta todo un espectro de sentimientos alienantes en los demás, pues la naturaleza humana alberga la enfermedad como una especie de perversión. Algo extraño o extraño, algo que no «pertenece», anida en la enfermedad. Si los primeros y espectaculares ataques de asma nos chocan, si al ver un doloroso caso de sarpullido de hiedra venenosa somos presa de la picazón de la curiosidad, entonces la visión de una fractura compuesta puede llenarnos de pavor, y un resfriado de ojos acuosos puede despertar nuestra empatía. Con un poco de sensibilidad, no podemos evitar la sensación de que algo absurdo está ocurriendo, una sensación que nuestros antepasados debían tener cuando describían la enfermedad como obra de duendes o de luces de duendes, de seres que no son del todo humanos.

La caída, la metamorfosis en sufrimiento físico, viene precedida de ciertas premoniciones: La naturaleza no trata con nosotros tan solapadamente como a veces puede parecer. Mucho antes de que la situación se agrave desde el punto de vista médico, nuestro corazón es torturado por un odio que sólo tiene en cuenta nuestros mejores intereses de forma profiláctica. Mucho antes de que se noten cambios morfológicos en la columna vertebral del futuro jorobado, éste se ve acosado por sentimientos de culpa. Mucho antes de que se produzca el primer episodio asmático, se produce una ansiedad nihilista, mientras que las crisis diuréticas reales no sirven sino como culminación de la incontinencia psíquica ante las dificultades. En otras palabras, los infartos se producen sin que haya infartos reales, los jorobados no son necesariamente deformes, los asmáticos no tienen que manifestar congestión bronquial y la diarrea no depende de la presencia de deposiciones frecuentes y sueltas.

Incluso puede decirse que la naturaleza alimenta la rica variedad de estas adversidades premonitorias, otorgándoles al mismo tiempo una medida especial de realidad. Dicho de otro modo, las premoniciones premórbidas se inmiscuyen lo justo para mostrarnos dónde estamos y hasta qué punto hemos sobrepasado los límites naturales de la salud según una ley de intensidad, de grados de prioridad. El hecho de que las premoniciones estén siempre presentes, de un modo u otro, atestigua la intención de la Naturaleza de prevenir continuamente. Las premoniciones premórbidas apoyan la salud, preceden a la enfermedad y guían a los que prestamos atención en el camino del bienestar físico.

Mientras lo que hemos llamado «premoniciones» permanezca apenas percibido en un estado premórbido, pueden potenciar nuestras capacidades hasta un punto insospechado. Sirven como una especie de levadura que nos motiva o impulsa a evadirnos en la ostentación de la salud y en los rendimientos concomitantemente sobresalientes. De este modo, las premoniciones premórbidas nos ensanchan, un proceso que, gracias a las nada despreciables posibilidades de represión y supresión, nos permite desarrollar una imagen inusualmente exagerada de nosotros mismos. Aunque el proceso puede llevarnos fácilmente por el mal camino y, con ello, evocar la enfermedad, también nos proporciona la comprensión de lo contrario, es decir, de cómo el genio prospera en el estiércol de la premorbilidad.

Sin embargo, a largo plazo, la salud se socava a sí misma, ya que, como nos enseña nuestra experiencia diaria, la vida humana se encuentra cada vez más con la enfermedad y termina finalmente con la muerte. Tendríamos que ser terriblemente ingenuos para considerar que la Naturaleza tiene exclusivamente en mente nuestro bienestar: no trabaja para mantener un estado de salud eternamente joven, sino para nuestra desaparición final. La existencia humana encaja en el plan de la Naturaleza sólo en tanto que es transitoria, y las premoniciones premórbidas no están pensadas únicamente para la prevención o como invernadero del genio, sino mucho más como memento mori.

La enfermedad es nuestra única herencia, ya que no hace falta más que echar un vistazo a la vida humana para determinar que la vida termina en la muerte por medio de la enfermedad. Sólo el espíritu de nuestro siglo prospectivo y optimista ha hecho que este hecho banal pase a un segundo plano de nuestra conciencia. Preferimos considerar el malestar como obra de las noxas externas y el envejecimiento como una avería debida al desgaste. Pero la vida humana no se desgasta ni se agota; nuestro patrimonio no es insuficiente, defectuoso o eugenésicamente inadecuado. Nuestra herencia, más bien, incluye un suicidio preprogramado que determina el curso de nuestra existencia a pesar de todo el bienestar y una asombrosa capacidad para resistir las tendencias inorgánicas. A pesar de toda la vitalidad de la vida, no podemos ignorar al menos un mínimo de descomposición inevitable.

La naturaleza parece vigilar y supervisar sus intenciones tanto celosamente como con misericordia, velando por que se cumplan. Contrariamente a la filosofía liberalizada del desarrollo de Darwin, con su noción de la supervivencia del más fuerte, la Naturaleza erradica especialmente a los «más fuertes», afirmando así su principio de equilibrio. La naturaleza asegura en exceso la muerte. Si el hombre consigue evitar la primera trampa que le ha tendido, le espera otra con la misma seguridad. Por lo general, lleva consigo numerosas muertes que esperan la oportunidad de poner fin a su existencia. La vida no sólo es «patotrópica», sino también «tanatrópica»: su telos no es la enfermedad, sino la muerte.

En esta medida, el hombre fue concebido como una monstruosidad desde el principio; la monstruosidad no es que oculte deficiencias o carencias, sino que es su naturaleza quimérica. La herencia del hombre, sus «genes», consisten en «disposiciones», en algo, en otras palabras, predispuesto a deshacerse, a desmoronarse. Nuestros complementos quiméricos heredados -dominantes y recesivos, superiores e inferiores- confieren a la existencia humana sus características particulares y únicas. A pesar de toda nuestra aptitud, nuestras «disposiciones» nos someten a las transformaciones surrealistas que llamamos enfermedad y, en última instancia, a una muerte única y particular.

Podemos captar el significado original de las imágenes de Totentanz de la Edad Media, imágenes que generalmente retratan aquellas formas de existencia humana que Darwin habría considerado «las más aptas». No sólo vemos mujeres voluptuosas con figuras esqueléticas que miran por encima de sus hombros, sino también generales que estrechan la mano de la muerte por última vez y burgomaestres que miran cómo la muerte hojea perezosamente sus papeles. La vida humana, la existencia humana, sigue siendo una danza de la muerte, una Totentanz, porque la muerte está anclada en nuestros genes.

Que no haya malentendidos: la Totentanz no personifica en absoluto una condición exclusivamente miserable y dolorosa. La muerte no sólo sirve como oponente malicioso o como una insidiosa desgracia que condena al individuo a un descalabro de por vida, sino que como «Goodman Death» mantiene largas e íntimas amistades. Como sabemos por experiencia, hay quienes están tan enamorados de la muerte que rara vez salen de su tanático enamoramiento. Su apasionada relación ejemplifica lo que un examen más detallado revela a nuestro alrededor: el hombre posee un anhelo primitivo por la existencia inorgánica e incluso un sentimiento de arrepentimiento por el hecho de que a la Naturaleza se le ocurriera, en primer lugar, crear algo parecido a la vida a partir del reino mineral.

Los antepasados sólo pueden transmitir un legado de enfermedades, sus propias disposiciones a enfermar, no enfermedades concretas. No heredamos las enfermedades como tales, sino la predisposición a enfermar. Los síndromes que se prestan mejor a los esfuerzos del tratamiento psicosomático no se comportan de forma diferente a los síndromes que no lo hacen. Aquellos trastornos que permiten suponer que los factores patógenos se encuentran entre las influencias de la primera infancia (artritis crónica, por ejemplo, o afecciones cardíacas) apuntan con la misma frecuencia a los factores de la herencia, como lo hacen las afecciones sobre las que la medicina psicosomática no puede arrojar ninguna luz. Los estudios sobre gemelos, en particular, demuestran estas conclusiones: ponen en tela de juicio todos los intentos psicosociales de prevención y desinflan nuestras preciadas nociones de alcanzar una utopía libre de enfermedades.

No ha pasado tanto tiempo desde que la relación del hombre con la muerte y los muertos, incluidos por supuesto los antepasados del hombre, era abiertamente problemática. Como mínimo, había motivos de sospecha en la medida en que la preocupación por la muerte no se consideraba decididamente morbosa o maligna. Sólo con el advenimiento de nuestro siglo positivista y cosmético perdimos la costumbre de temer a los muertos, teniendo todo lo que podíamos hacer para ocuparnos del futuro. Aunque los sentimientos hacia los que nos han precedido siguen siendo problemáticos en niveles más profundos, rara vez nos ocupamos de esas cosas conscientemente. En las naciones altamente industrializadas, rara vez vemos a los enfermos y lisiados en la calle, sobre todo en comparación con la Edad Media. En consecuencia, no nos enfrentamos a la necesidad de una relación «más natural» con el sufrimiento, la mortalidad, la muerte y nuestra propia naturaleza mórbida. Todas las prácticas de culto que servían para regular y ordenar las relaciones con los muertos -y que evitaban su intromisión en la vida cotidiana con los consiguientes estragos- sólo existen como restos rudimentarios. Hoy en día, los genetistas y los eugenistas son los únicos que se ocupan ética o médicamente de nuestro legado irracionalmente maligno. Son ellos los que han emprendido la exorcización de los muertos, sin poder cambiar en lo más mínimo la naturaleza básica de la disposición que nos fue legada.

Los etnólogos sufren un problema muy parecido. Los antepasados primigenios de los que una sociedad totemista rastrea su linaje se caracterizan no sólo por una valentía inusual, una sabiduría excepcional y otras cualidades positivas. En cuanto a la semejanza del antepasado venerado como figura tótem o como animal tótem encaramado a un poste o pilar, el observador se da cuenta no sólo de aspectos sobrehumanos, sino también de locura y enfermedad. Los etnólogos descubren en todas partes monstruosidades humanas atávicas, reversiones genéticas ancestrales y enfermedades. Aquí, los ojos saltones de la enfermedad de Grave, las anomalías dentales, las dislocaciones y las fracturas compuestas. Allí, el retraso en el crecimiento o el gigantismo, las deformidades, las dermatosis y los síntomas que podrían atribuirse fácilmente a graves trastornos internos. Apenas existe una sola figura totémica que sea incapaz de evocar fantasías médicas, un fenómeno que difícilmente puede atribuirse a la falta de talento artístico. Las creaciones artísticas de los pueblos primitivos parecen expresar más bien una actitud arrebatadora de profunda sabiduría hacia la disposición mórbida de la humanidad, actitud que encuentra su expresión en las máscaras empleadas por los chamanes con fines terapéuticos.

Cabe imaginar que un sentimiento similar de ascendencia común subyace a la formación de asociaciones contemporáneas dedicadas a esta o aquella enfermedad: la Asociación del Pulmón, la Fundación para la Esclerosis Múltiple o la Asociación contra el Cáncer. No podemos pasar por alto la importancia de estos grupos, pero nos vemos obligados a preguntarnos si realmente existen únicamente para promover la lucha contra sus respectivos trastornos o si no son una manifestación de la dinámica totémica que une a todos los que padecen la misma enfermedad.

Aunque las disposiciones se manifiestan a lo largo de toda la vida del individuo, son menos evidentes durante la infancia y la juventud, una época en la que las unilateralidades heroicas, las «saludes», toman forma más rápidamente que en la vida posterior. Sin embargo, a la «sombra» de estas saludes se encuentra la susceptibilidad a la enfermedad. Søren Kierkegaard, por ejemplo, fue uno de los primeros existencialistas, esa escuela filosófica que puso especial énfasis en la existencia, del latín que significa «destacar». Cabe preguntarse si habría sido tan eficaz como filósofo si no se hubiera convertido en jorobado como expresión concreta de la duda y la humildad.

Lo que se convierte en nuestra fuerza en el curso del desarrollo normal también proporciona el impulso hacia la enfermedad y la muerte. En este proceso, las relaciones primarias de un niño con su entorno apenas merecen la posición privilegiada que generalmente les otorga una época saturada de una mentalidad de producto/causalidad. A menudo parece como si hubiera relaciones pero no relaciones primarias. Las disposiciones hacen uso del entorno de un individuo a lo largo de toda su vida: la madre y el padre, los hermanos, los animales domésticos y las gallinas del corral. Los padres y el entorno de la infancia no sólo tienen un efecto formativo en el individuo, sino que son las primeras cosas que el niño usurpa.

Ver la influencia relativa del entorno infantil hace más comprensible la gran variedad de características dentro de una misma familia. De lo contrario, la variabilidad de personalidades que comparten orígenes similares desconcierta y confunde: personas marcadamente diferentes fueron azotadas por el mismo padre, intimidadas por la misma madre, consoladas por el mismo perro y despertadas por la mañana por el mismo gallo de compañía. A pesar de las influencias ambientales comunes, cada individuo es moldeado por su respectiva disposición en contornos únicos y quiméricos, encontrando su respectiva grandeza y su respectiva recesión de la que enferma y muere. El padre de Kierkegaard probablemente abusó de la disposición de su hijo para cultivar una filosofía existencialista: este mismo padre arrastró un deprimente sentimiento de «desesperación silenciosa» a lo largo de su propia vida por una vez, mientras era pastor, habiéndose burlado de Dios por su bajo estado en la vida.

Cuando nuestras heroicidades, nuestras «saludes» especiales, se engañan a sí mismas, nuestras inferioridades y cualidades recesivas vuelven a manifestarse corporalmente como functiones minoris resistentiae, funciones con mínima resistencia. Nuestras sombras adquieren sustancia, buscando ardientemente causas o cosas que provoquen su sustancialización. La búsqueda parece ser tan indiscriminada que se satisface con casi cualquier «cosa», quizá una de las razones por las que la enfermedad se consideraba antiguamente como una manía (por alguna «cosa»), una búsqueda frenética que hace que uno se consuma por su enfermedad.

De repente, la etiología pasa de ser un sistema de causalidad, una ciencia que responde a las preguntas sobre las cosas y las causas, a un sistema que describe la búsqueda ciega de noxas patológicas, respondiendo así a la pregunta sobre la finalidad, el telos, de la enfermedad en general. Tanto a largo como a corto plazo, la naturaleza necesita la enfermedad para mantener su quimérico equilibrio, agarrando en su falta de pretensiones cualquier cosa que le sirva para su propósito: bacterias, virus, hongos y protozoos, parejas matrimoniales, superiores o subordinados, el tráfico de automóviles y el clima. Cada uno de nosotros tiene su propio y único asesino.

Imagínese lo diferente que sería considerar a un individuo que sufre de asma alérgica como alguien que experimenta el mundo como algo cada vez más amenazante, poblado de un número creciente de espíritus hasta el punto de que los objetos más inofensivos se convierten en parásitos patógenos. Puede ser el polvo de la mesa, una neblina otoñal, el polen, el humo de la chimenea del vecino, un viejo conocido que mide media cabeza más, o incluso la visión de la cara vertical de una montaña en una postal. El hombre es extremadamente ingenioso en su búsqueda de la enfermedad necesaria; las causas las conjura simplemente de la nada.

Una larga lista de posibles factores etiológicos acompaña a la mayoría de los trastornos, despertando sentimientos de impotencia, como si nunca se entendiera bien el trastorno sin conocer las verdaderas causas. Tanto el sentimiento de impotencia como las suposiciones sobre la «realidad» están justificados. Sin embargo, la falta de comprensión no reside en la ignorancia de las causas, sino en la arrogancia inadvertida de la noción de causalidad. Considerar la causalidad como el único agente por el que se puede lograr un orden definitivo en el campo de la medicina parece ser tanto un deseo inflado como un signo de los tiempos. Desde la perspectiva de la medicina arquetipal, el entorno humano está, desde el principio, contaminado. No existen más que contaminantes, ya que nuestras disposiciones son capaces de convertir cualquier cosa en noxas de enfermedad. Nuestras disposiciones prestan a los factores «somatogénicos» y «psicogénicos» su eficacia. Nuestro entorno es tan higiénico como lo permite la búsqueda de la enfermedad y, para decirlo sin rodeos, los que se preocupan por la contaminación del aire son los que la necesitan.

Las nociones contemporáneas de salud e higiene tienden siempre a lo clásico, en tanto altas cualidades: lo que los griegos y romanos de la antigüedad representaban en sus esculturas simétricas y apolíneas difiere poco de nuestros conceptos modernos, convencionales, aficionados o profesionales de la salud. Poco importa que la salud se defina en positivo o, como hace la Organización Mundial de la Salud, en negativo -la OMS define la salud como la ausencia de sufrimiento físico, mental o social-. Es como si el objetivo de la medicina empírica fuera la creación de proporciones apolíneas y que el destino de los historiadores de la cultura durante el siglo pasado todavía espera a la ciencia médica. Como sabemos, la imagen de la simetría que los eruditos habían creado desde la antigüedad sufrió una transformación, gracias en gran medida a El nacimiento de la tragedia de Nietzsche. A la belleza y la armonía de Apolo, discernibles por doquier en Hellas (¡o eso se creía!), se unió la enfermedad de Dionisio, un dios carente de simetría en casi todos los aspectos. Parece que hoy en día no podemos evitar tener que revisar el clasicismo de la medicina para ajustarlo más a la realidad humana.

La imagen quimérica del hombre de la medicina arquetipal no es clásica. Más bien, se hace evidente que no sólo no existe una «salud» unificada e indivisible, sino que, en el mejor de los casos, hay una serie de «saludes» individuales que son idénticas a las dominantes de las que hemos hablado antes y que son especialmente adecuadas en varios aspectos. En consecuencia, estas «saludes» complementan todo lo inferior o recesivo y se sitúan en una paradójica relación de atracción/repulsión de toda enfermedad.

Al igual que hay un número limitado de enfermedades, también deberían numerarse, al menos teóricamente, las «saludes» que nos aquejan. En realidad, las cualidades particulares de nuestras «saludes» sólo se manifiestan cuando partimos de las enfermedades y extrapolamos las cualidades complementarias, cualidades que, de otro modo, permanecen en su mayor parte indistinguibles en las sombras proyectadas por la sobreiluminación de la conciencia. Esto es especialmente cierto en el caso de los jóvenes: dado que su concepto de enfermedad carece de experiencia concreta que le dé contenido -es aún incipiente, por así decirlo-, la salud permanece en gran medida inconsciente. Al haberles sido robada o negada la experiencia de la enfermedad por nuestro Zeitgeist, saben poco sobre la salud y, por la misma razón, poco específicamente sobre ellos mismos. La juventud vive embrujada por el hechizo de su piel lisa e inmaculada.

Mientras que la Salud se mueve y nos atrae hacia arriba -vuela, por así decirlo-, la Enfermedad se mueve fuertemente hacia abajo con sus quejas, fatiga, parálisis, dolor y confinamiento (¡en la cama, aunque sea!). En la enfermedad vemos la impotencia y la inactividad. En la enfermedad encontramos a los infelices, a los dependientes, a los minusválidos. En la enfermedad uno se retuerce de dolor o está inmovilizado por las náuseas. En nuestra mente todo el proceso se vuelve idiota al convertirse en clínico, especialmente si escuchamos el griego klinē, cama, en «clínico». La enfermedad avanza hacia la muerte a medida que la condición se vuelve grave. Estamos empantanados, hundidos, ahogados. La progresión es «cuesta abajo», hacia abajo, hacia la cama. Un resbalón, una caída, y puede pasar algún tiempo antes de que «salgamos» o «superemos». Al mismo tiempo, la enfermedad va acompañada de una sensación de invulnerabilidad: no nos enfrentamos a ninguna decisión, no se espera de nosotros que propongamos ninguna solución. Estamos exentos y suspendidos, el mundo se ha detenido y estamos, por así decirlo, muertos, con el privilegio de no ser responsables de nada.

Nuestras inferioridades, nuestras recesiones, adquieren sustancia en nuestras situaciones de desamparo y desesperanza, llamándonos inequívocamente a la conciencia, una especie de recordatorio de que el incierto equilibrio de nuestra salud puede dar giros repentinos. Nuestra recesividad recobra significado durante la pesadez de la enfermedad, maquinando su propia resurrección si no nos lleva de una vez por todas a la tumba. A los que se les atasca una maldición en la garganta debido a un repentino ataque de asma o a los que una fiebre les calienta la frígida desolación, se les da a entender sin ambages que lo que pende de un hilo no es la discreción ni el calor de la compañía humana, respectivamente. A menudo, una erupción cutánea es el único medio de expresión de la ira o del amor. Sin embargo, una y otra vez, parece ser el oro loco de nuestras superioridades, nuestros dominantes, lo que obliga a transformar las cualidades complementarias en manifestaciones físicas. La salud siempre evoca la enfermedad cuando la salud se vuelve compulsiva y se persigue ad absurdum.

Para entender la enfermedad desde esta perspectiva, es necesario abandonar el terreno firme de la medicina empírica, ya que, como ha demostrado la experiencia, la categorización de las patologías según entidades de enfermedad no permite apreciar la dinámica mutua de la salud y la enfermedad. Las enfermedades de las que hablaremos son síndromes, imágenes de enfermedad, no construcciones empíricas en las que los síntomas se agrupan más o menos arbitrariamente sobre la base de la frecuencia estadística y que, si es posible, se vinculan a un agente causal concreto. Las imágenes de enfermedad de las que nos ocuparemos no son formulaciones intelectuales, sino representaciones gráficas que aparecen de la manera más alienante y sensual.

Alejarse de las enfermedades como entidades y acercarse a las enfermedades como imágenes es casi un anacronismo, una especie de regresión médica a una época anterior a la investigación racional y científica en la que se hablaba de las enfermedades en términos de imágenes. Es como si la medicina arquetipal volviera y buscara conexiones en una época en la que todavía se hablaba de cólico, de tisis, o de la «rosa» como eritema, hoy mencionada sólo como síntoma de dermatosis.

Las enfermedades se originan en la abstracción. La naturaleza no puede permitir que algo tan fundamental para el proceso vital dependa del mundo de lo concreto. Sin embargo, las enfermedades no se instalan en ningún escenario con un telón de fondo particular y familiar; más bien, se producen a veces aquí, a veces allí, con poca o ninguna consideración de este o aquel entorno.

Si, en efecto, permitir que se produzcan enfermedades pertenece a la intención o las intenciones de la Naturaleza, ésta encuentra las «causas» necesarias en las regiones más dispares del mundo humano. La Naturaleza no puede permitirse la existencia de unas condiciones de vida «saludables»: la tribu hotentote de la selva tropical, tan sigilosa, no vive más peligrosamente que la población de una subdivisión urbana, y la taiga de las edades de hielo ocultaba tantos peligros (cuantitativamente, sino cualitativamente, los mismos) como el mundo contemporáneo de las profesiones industriales o corporativas. La susceptibilidad de la humanidad a las enfermedades se materializa en las más variadas circunstancias y gracias a la más amplia variedad de agentes. En otras palabras, el servicio militar proporciona una paleta tan rica de noxas de enfermedad como los matrimonios, las familias, los entornos laborales, las clínicas, los hospitales y -sí, por último pero no menos importante- las prácticas psicoterapéuticas, ya que aquí también se buscan fervientemente las fuentes y las causas de la enfermedad.

Vemos que las enfermedades surgen más de las condiciones que responden a la pregunta «¿Cómo?» que a la pregunta «¿Qué?» – más bien de lo específico y lo particular. Las enfermedades resultan menos de un comportamiento particular en asociación con objetos particulares que del modo y la manera en que este comportamiento tiene lugar, algo esencialmente inaprensible. Es como si tuviéramos que renunciar a todo nuestro concretismo y tuviéramos que olvidar las percepciones de nuestros órganos sensoriales para llegar a lo que contiene la capacidad de incorporación, una comprensión o perspectiva de la enfermedad que obvia platónicamente un énfasis excesivo en los hechos. Se trata de una comprensión que casi presupone una reticencia a buscar respuestas en la plétora de nombres, fechas y sucesos que nos apremian. La orientación también puede ser una forma de ceguera.

En otras palabras, cuando un albañil sufre un eczema en las manos, no es tanto el contacto con el cemento como objeto o su actividad particular como albañil lo que le hace enfermar. Más bien, estaría justificado suponer la existencia de una hipersensibilidad «inflamatoria» a su oficio concretada o calificada de manera particular por y a través de su eczema. Debido a su sentido del deber, es posible que el propio albañil apenas sea consciente de su hipersensibilidad. Lo que es cierto para un albañil es igualmente válido para un político. El estadista que sufre un infarto no ha sido puesto en peligro por la política y la administración, sino por una ansiedad oculta y un despotismo lleno de odio que, a pesar de profesar un sentido cristiano de la justicia, somatiza y estrangula su corazón.

La enfermedad demuestra una insidiosa tendencia a desarrollarse sólo hasta un determinado grado de gravedad, como si se hubiera predeterminado el grado en que la vida del individuo afligido se verá amenazada. El grado de somatización parece estar calculado, en otras palabras, y la extensión de la «caída» en las manifestaciones materiales de una forma particular de comportamiento o estado de ánimo aparentemente sigue leyes establecidas de materialización. No se puede esperar que la inflamación crónica del estómago, la gastritis hiperácida, se convierta en un tumor como algo natural, y los simples dolores de cabeza pueden seguir siendo simples dolores de cabeza y no tienen por qué transformarse en migrañas. La rigidez de una articulación no tiene por qué degenerar en artritis reumatoide, y una tendencia a la diarrea no tiene por qué mutar en una infección intestinal ulcerosa. Lo contrario también es cierto: al igual que una afección «leve» no degenera necesariamente en una grave, tampoco una afección grave «mejora» para convertirse en una más leve. Las afecciones graves son cualitativamente diferentes de las leves y viceversa. Además de las transiciones ininterrumpidas entre los grados de gravedad, también existen diferencias graduadas que la naturaleza suele observar con exactitud. La medicina orgánica se encuentra aquí con fenómenos predecibles similares a los encontrados en la psiquiatría. En psiquiatría, por ejemplo, una neurosis no presupone una eventual psicosis, e incluso los llamados casos límite siguen siendo casos límite con una considerable obstinación, sin mostrar ninguna inclinación a asumir el carácter de una neurosis ni a desarrollarse en un episodio psicótico agudo.

Las afecciones denominadas «leves» son más bien perturbaciones que enfermedades propiamente dichas y se denominan «psicógenas» o «funcionales». Rara vez pueden describirse o delimitarse de forma fiable, desarrollando síntomas ahora aquí, ahora allá. Junto con el estreñimiento, por ejemplo, se encuentran dolores de cabeza o un vago malestar estomacal o palpitaciones del corazón. Con frecuencia, las quejas o los síntomas desaparecen tan repentinamente como aparecieron y son difíciles de localizar con algún grado de exactitud. A veces parecen estar determinados por factores ambientales: los síntomas aparecen regularmente tras tal o cual tipo de experiencia o cuando son precedidos por una serie de males apenas registrados. En consecuencia, su curso es irregular, dando la impresión de ser arbitrario, incluso caprichoso. Las quejas y los síntomas nos llevan a conclusiones falsas y a prescribir las más variadas y amplias pruebas y exámenes, ocupando la atención de los hospitales más completamente, con sus cualidades efímeras, que los trastornos graves. Quoad vitam, en lo que respecta a la vida misma, estos síntomas se comportan generalmente de forma benigna, a pesar de su capacidad de aterrorizar como tantos duendes. Desde el punto de vista terapéutico, a menudo consideramos a estos pacientes candidatos a la psicoterapia porque el sufrimiento parece ser «nervioso», nacido y mantenido por conexiones atormentadoras. Para estas afecciones, como para todas las formas de somatización, las «causas» o factores causales no suelen ser más que factores entre otros factores, herramientas en manos del instinto de la enfermedad, que utiliza lo que está más a mano para lograr sus fines.

A diferencia de las enfermedades «leves», las «graves» permiten una descripción más exacta. Nos hacen el favor de comportarse según las formas clásicas de los libros de texto, con su correspondiente progreso y desarrollo. Parecen «estadísticamente significativas», lo que permite un diagnóstico incluso bajo un examen superficial, y son el tipo de casos que el novato en medicina cree que tratará principalmente. En realidad, las enfermedades graves -los casos en los que un médico puede confiar y con los que puede contar como parte de su práctica- no forman más que una parte de todo el ámbito conocido como enfermedad. La relación entre las enfermedades «graves» y el estado de la psique desempeña un papel tan secundario que rara vez el médico examinador se plantea siquiera indagar en la situación laboral del paciente o investigar las relaciones dentro de su familia. Las enfermedades graves dejan poco espacio para el capricho: por lo general, se comportan de forma poco imaginativa, siniestra, autónoma, siguiendo alguna oscura compulsión. Las enfermedades graves son asuntos serios y deben tomarse en serio, ya que el grado de somatización llega a lo más profundo del organismo, hasta el hueso, por así decirlo. Ahora se convierte en una cuestión de vida o muerte, y no simplemente en una cuestión de mayor o menor cantidad de dolor, náuseas, diarrea y similares. La terapia psicológica entra en escena sólo como una consideración secundaria y, no pocas veces, la sugerencia de que el psicólogo podría contribuir de alguna manera evoca una diversión condescendiente: hay cosas más importantes de las que ocuparse que el lujo de la condición psicológica del paciente. La enfermedad grave es la fuente del aura particular de la profesión médica.

Es como si la naturaleza hubiera querido que nuestro mayor nivel de salud posible fuera nuestro mayor nivel de enfermedad tolerable. Si nuestra «perdición» depende de la parte recesiva de nuestra división quimérica inherente (que guía el comportamiento habitual para que no nos desviemos demasiado) y si esta misma «perdición» se pervierte con demasiada facilidad como enfermedad física, es evidente que la Naturaleza no ha planeado para nosotros el mismo tipo de bienestar que se expresa en las nociones contemporáneas de «salud».

Por el contrario, el ser humano parece menos capaz de estar sano cuanto más cree que tiene que estarlo. Por esta razón, los deportes son mucho más peligrosos en la medida en que incorporan un pensamiento competitivo desconsiderado e irreflexivo. Cuanto más demos por sentada la necesidad de una actitud rígida ante la vida y el vivir, más ciertamente nos alcanzarán la cobardía y la timidez y nos poseerán en forma de temblores o a través de la voracidad tranquilizadora por la comida. El tipo de salud que la Naturaleza ha planeado para nosotros se comporta de forma muy parecida a las condiciones meteorológicas: no existe una zona de alta presión permanente sin las tormentas de los sistemas frontales invasores. No existe la salud continua sin el riesgo de muerte. En este sentido, parece que no somos en absoluto independientes de la Naturaleza. Más bien, vivimos como parte integrante del paisaje elemental de nuestro origen.

El ser humano está más sano cuando está enfermo. En su forma más pura, la salud es insoportable a largo plazo, ya que conlleva una responsabilidad demasiado grande y demasiada libertad como para que la asumamos indemne durante algún tiempo. La «ruina» y su manifestación, la enfermedad, son en definitiva necesarios. Nuestras aflicciones diarias no son en absoluto una acusación de la condición humana, sino una expresión de satisfacción de que nuestro bienestar y nuestro potencial humano tengan límites. Las aflicciones nos arraigan mejor, nos protegen y blindan, como si todos nuestros esfuerzos asumieran un toque de espontaneidad. Cuando nos falta el aire por culpa de la obesidad, podemos tomarnos todo un poco menos en serio, ya que podemos, por decirlo de alguna manera, aferrarnos a nuestro propio jadeo. Las molestias artríticas añaden un toque de dolor a todas nuestras empresas, legitimando las tendencias a la indolencia, mientras que una afección sinusal aguda o crónica nos permite mantener el mundo a distancia con la excusa de «estoy resfriado».

Siempre que sepamos qué buscar, encontraremos ejemplos de la ley de conservación de nuestra «perdición» y su corolario, la necesidad de la enfermedad, en cada rincón de la vida cotidiana. Cuando en el curso del tratamiento psicoterapéutico las molestias o síntomas físicos retroceden o desaparecen por completo, las circunstancias y el comportamiento que dieron lugar a los síntomas en primer lugar pueden reaparecer como disforias banales. Si antes un malestar abdominal persistente -con o sin infección de la vejiga- complicaba considerablemente la rutina diaria de un ama de casa, ahora las «quejas» o dolencias de otro tipo se enfrentan a ella y le dificultan la vida. Cuando, por otra parte, las dificultades psíquicas dan un giro positivo, no hay garantía de que no se manifiesten, si no lo han hecho ya, como dolencias corporales, «¡caen en el cuerpo!» Cuando el sufrimiento, la «desazón», expresada hasta ahora en una protesta social obstinada e inútil, mejora de repente, por ejemplo, no sería sorprendente verlo reaparecer como un doloroso reumatismo abdominal.

Lo que es válido para el individuo también lo es para la colectividad. La naturaleza nos ha preparado un mundo mórbido, con la intención de que nuestra «ruina» se acerque a una media probable y nuestro estado de salud sea aproximado. En otras palabras, la naturaleza, incluso en lo que respecta a la salud y la enfermedad, se limita a lo que razonablemente se puede esperar de nosotros.

La perspectiva anterior probablemente encontraría poco favor en la sociedad contemporánea. Podríamos ser capaces de entender la necesidad de un equilibrio entre nacimientos y muertes, para no encontrarnos con la imagen de un crecimiento con metástasis salvaje que se ha comido a sí mismo, literalmente, «fuera del hogar y de casa». Somos mucho menos capaces de reconocer la homeostasis entre la salud y la enfermedad. Podríamos reconocer que un estanque, no perturbado por los seres humanos, constituye un sistema ecológico cerrado con un equilibrio entre lo que está sano y lo que está enfermo, mientras que experimentamos una decidida dificultad para considerar el mundo de los seres humanos como el mismo tipo de sistema que se ajusta a las leyes de la enfermedad y la salud. En este sentido, parece que estamos atrapados en una ideología en la que el espíritu del cientificismo positivista brilla tanto como en el siglo anterior.

La naturaleza se esfuerza por conseguir un crecimiento cero de la población. En consecuencia, no debemos considerar las mutaciones genéticas en términos de las que son más sanas como las que tienen más posibilidades de supervivencia y propagación. Si la naturaleza ha producido algo tan especializado como el tejido cerebral, sin duda también ha tenido tiempo suficiente para elaborar el proceso considerablemente menos complejo de la degeneración del mismo tejido. La naturaleza parece mucho más preocupada por que nuestra susceptibilidad a la enfermedad y a la muerte siga el ritmo de todos los cambios y mutaciones, una consideración que nos parece muy plausible en términos de los ciclos animales y vegetales de un claro de bosque, pero bastante extraña y alienante cuando se superpone a nuestro propio paisaje humano. Desprenderse de nuestras nociones utópicas y darse cuenta de que no debería existir la «salud» porque no puede haberla es, a primera vista, desilusionante. Apenas somos capaces de registrar la corrección y el consuelo, la cualidad de alguna manera liberadora de un pensamiento tan sombrío. Tal vez sólo en retrospectiva podamos comprender hasta qué punto nuestro pensamiento está determinado por la idea clásica de salud, que sólo parece tan clara y brillante porque su razonamiento motivador es tan mórbido.

Nuestras políticas sanitarias son al mismo tiempo igual de exaltadas, tanto heroica como idiotamente, si se percibe un pensamiento detrás de ellas tan demacrado que no es más que una sombra de lo que fue. La población de las naciones occidentales representa una sociedad que en todos los aspectos ha sido corregida y pulida hasta el punto de parecerse a una enorme colección de figuras antiguas restauradas. Sólo cuando uno toma nota del número de personas de un grupo que han sido tratadas quirúrgica o químicamente o que se han salvado de alguna manera de volver al polvo del que proceden, se da cuenta de la intención ecológica moderna y sin embargo nunca cambiante de la Naturaleza.

Las enfermedades socializan. Es difícil decir hasta qué punto toda enfermedad hace posible la convivencia relativamente pacífica dentro de nuestra sociedad. Sería decididamente unilateral si consideráramos sólo las dificultades y los problemas que nos plantean las enfermedades y no tuviéramos en cuenta las aportaciones.

Difícilmente podemos comprender las cualidades sociales del hombre sin considerar que éste participa en la sociedad como una especie de molestia quimérica: empuja y es empujado, come y es comido. La sociedad es, en su mayor parte, un medio viscoso, y el movimiento del hombre dentro de este medio requiere una habilidad y energía considerables. La actividad en el ecosistema humano da forma y moldea nuestras capacidades y talentos, al tiempo que actualiza nuestra susceptibilidad morbosa, al igual que los humanos, por su parte, mortificamos y desafiamos nuestro entorno. Por así decirlo, la sociedad es un sistema relativamente cerrado en el que todos tenemos que encontrar nuestro lugar y en el que, sobre todo, los distintos grados de somatización desempeñan un considerable papel estabilizador.

En nuestro mundo humano, sin embargo, los seres humanos no son en absoluto el único factor implicado. Nuestro mundo no está formado únicamente por la especie homo sapiens, por muy omnipresente que sea. Dentro del medio en el que se mueve el hombre -la sociedad, en otras palabras-, el propio hombre no es más que una cualidad entre muchas otras, una parte de un entorno muy complejo que consta de mucha piedra y hormigón, de adornos artificiales y de trozos de cielo, flora y fauna. Al menos desde el punto de vista médico, nuestro prójimo tiene la misma e igual importancia que, por ejemplo, la propia casa, la vista de las montañas en el horizonte o la maceta del salón. En consecuencia, nuestras sensibilidades y apatías derivan y se dirigen por igual a nuestro gato mascota o a la primavera con sus brisas cargadas de polen que a nuestros semejantes.

Tanto en particular como en general, la morbilidad o la susceptibilidad a la enfermedad posee un potencial que no debe subestimarse para mantener la armonía social, ayudando a garantizar una sociabilidad altamente híbrida. ¿Quién sabe cuántos matrimonios deben su existencia a los ataques de migraña con los que una esposa y madre fundamenta un sadismo crispado y salva así a la familia en su conjunto? ¿Cuántas investigaciones han explorado hasta qué punto los sentimientos de odio y rabia de un empresario hacia sus empleados y clientes encuentran su expresión en el estado del corazón del empresario y no en el envenenamiento de las relaciones con otros seres humanos? ¿Quién ha tenido en cuenta que la ansiedad que acompaña a la ambición emprendedora a menudo se repliega en una susceptibilidad a los ataques de diarrea? Por último, ¿cuántas veces hemos reconocido la importancia de la hipertensión como factor de estabilización de la sociedad, incluso de preservación de la civilización en la medida en que las tensiones destructivas encuentran un receptáculo en la hipertensión física?

Es concebible que una determinada civilización recurra más a estos potenciales cuanto más se apoye en una noción idealista de la armonía como parte integrante de la existencia social. No podemos descartar el papel que desempeñan en este sentido nuestra llamada criminalidad y asocialidad, ni la utilidad de nuestra susceptibilidad a la enfermedad para embalsamar hasta cierto punto las tendencias asociales en patologías de diversa índole. ¿Cuántos de nosotros somos conscientes de las implicaciones positivas para la sociedad de un trastorno como la arteriosclerosis, al que se atribuye el mayor número de muertes «civilizadas»? ¿Cuántos «atentados» de carácter físico y patológico estaban destinados originalmente a los demás?

Nuestros hospitales, pues, asumen un papel algo diferente al que se les asigna habitualmente: puntos de recogida de la criminalidad larvada. Valdría la pena investigar en cada sala del hospital cuántos huesos rotos han evitado una «ruptura» de la ley. Las clínicas y los hospitales hacen honor a una forma de prevención de la delincuencia que rara vez se percibe como tal y, debido a la gran cantidad de antipatía sacrificada que reúnen, se transforman continuamente en una especie de Hôtel-Dieu. Ciertamente, nadie concluiría al verlos que los hospitales también sirven como una especie de penitenciaría.

De hecho, parece que son precisamente esas contribuciones -ya sean políticas, teológicas, filosóficas o científicas- recompensadas o motivadas en cierto modo por la premorbilidad o la enfermedad las que tienen un carácter epocal o genial. Parecen desarrollar una vitalidad y una longevidad tanto mayores cuanto más arraigadas estén en una morbilidad natural, cuanto más se incrusten en la paradoja de la naturaleza de la salud y la enfermedad.

Es una forma de entender la «inmortalidad» del filósofo Immanuel Kant, al que se sigue citando cada vez que se habla del lugar relativo de la razón. Como miembro de la pequeña burguesía, se esforzó por mantener un estilo de vida especialmente «razonable» hasta el último detalle. Nunca salió de la región de la ciudad en la que nació, viviendo más bien en términos de una estructura espacio-temporal estrictamente ordenada que recuerda a una prisión. En sus reflexiones sobre la razón, el espacio y el tiempo se convierten en los principales principios de ordenación según los cuales se estructuran nuestras impresiones sensoriales relativamente caóticas. La mente ilustrada de Kant parece haber exagerado compulsivamente el lugar de la racionalidad, una falta de razón irracional que debería haberse somatizado como demencia senil. En realidad, en su vejez, una cualidad espectral altamente irracional se abrió paso en su «razón». ¿O es que esta ausencia de razón motivó su filosofía desde el principio como un telón de fondo premórbido?

Lo que se aplica al filósofo se aplica también al científico. Robert Mayer, por ejemplo, médico y teórico, sufría una psicosis maníaco-depresiva, aunque no se ajustaba completamente a los ejemplos de los libros de texto. Su trastorno pertenece propiamente a la neurología, ya que va acompañado de una alteración del metabolismo enzimático en las células del cerebro. En sus Consideraciones sobre la equivalencia mecánica del calor, Mayer propuso la ley de la conservación de la energía, un área que parece haber ejercido una considerable fascinación para él. ¿Estaría fuera de lugar imaginar su descubrimiento, que marcó una época, como el concomitante de su condición física? ¿No habría que compensar la particular brillantez de su descubrimiento teórico con el correspondiente sufrimiento?

Incluso las ideas políticas tienen su origen en nuestra naturaleza orgánica. Los reumatólogos que investigaban los dolores asociados al reumatismo abdominal descubrieron que los bloqueos musculares isométricos servían para frenar la creencia supersticiosa en el valor de un estilo de vida demasiado fácil. No se puede evitar trasladar este ejemplo particular a una esfera más universal. Parece como si los puños cerrados isométricamente se alzaran contra cualquier proceso democrático demasiado isotónico, como si la dictadura del proletariado con una ideología que tiende a la obstinación personificara el equivalente político del funcionamiento muscular isométrico.

Nuestras Weltanschauungen surgen de nuestros órganos. El espíritu humano debe su existencia a ellos, siendo capaz de pensar únicamente en el lenguaje de los órganos y en las categorías que proporcionan las vísceras, los músculos y el esqueleto.

El cerebro no es una excepción, ya que no es más que un órgano entre los muchos que sirven a la función intelectual/espiritual. Sólo proporciona su propia parte. Una inspiración, por ejemplo, se registra la mayoría de las veces en los pulmones, no en el cerebro. La medicina psicosomática mantiene una reserva especial en relación con los trastornos cerebrales, casi como si el cerebro rozara el tabú, el reino del propio ego, que como punto arquimédico debe permanecer inviolado. Es como si algo en nosotros se rebelara ante cualquier intento de relativizar el ego o de implicarlo en un contexto más amplio. Es como si nuestra propia existencia se viera amenazada por la idea de que nuestro cerebro, con el que nos identificamos tan estrechamente, pudiera estar sujeto a las mismas leyes que el estómago, el sistema circulatorio, los genitales o la musculatura de la espalda. Sin embargo, el cerebro también está moldeado por la naturaleza, al igual que las vísceras. Permanece atrapado en su dependencia de las funciones naturales y lleva a cabo su singular actividad de forma parecida a como lo hace el infatigable y obstinado corazón. Independientemente de las teorías filosóficas, políticas, teológicas o científicas que tengan su origen en nosotros, el cerebro no parece desempeñar un papel más importante en su creación que los demás órganos.

La medida en que nuestros órganos determinan nuestras Weltanschauungen encuentra testimonio en nuestro lenguaje. Todo tratamiento del lenguaje y de su historia, de la etimología, parece conducir a las sensaciones endosomáticas, sensaciones que luego quedan como sustancia para todas las formulaciones posteriores. Cuando la etimología no logra penetrar en esas sensaciones, deja la impresión de que su tarea no se ha completado más que a medias. Si las llamadas raíces de las lenguas indogermánicas, por ejemplo, no coincidieran con una sensación física como la angustia, que aflora en la angina de pecho o en el Drang alemán (del Sturm und Drang), parecerían suspendidas, sin fundamento y sin raíces.

Incluso en los ámbitos más intelectuales o espirituales, no podemos prescindir del material de las sensaciones orgánicas. Al igual que nuestra visión del mundo está inequívocamente ligada a la experiencia óptica, toda postura que asumimos en materia de intelecto descansa finalmente en nuestras piernas. El entendimiento no parece tener más que ver con nuestro cerebro que con nuestras otras extremidades. Lo que se entiende es, en consecuencia, también algo que se convierte en algo natural y que puede fijarse o colocarse: asume una vida propia como el «taburete» etimológicamente relacionado. Incluso lo que es «estadísticamente» significativo es algo que puede valerse por sí mismo y que entendemos como una entidad casi autónoma. Cuando Martin Heidegger percibe el mundo empírico como un «soporte» o marco, se refiere a una construcción compuesta por bloques de construcción estadísticamente significativos, una postura filosófica que debe su existencia a las patas sobre las que nos apoyamos como seres humanos.

¿De dónde sacamos entonces la idea de que somos antagonistas de la Naturaleza? ¿No llevan todos los productos de nuestra tecnología el sello de nuestra naturaleza orgánica? ¿No es la tecnología una mejora o un enriquecimiento de la naturaleza? De alguna manera, preferimos imaginarnos como si hubiéramos escapado de la Naturaleza o, al menos, como si hubiéramos sido desterrados o exiliados por ella.

Mientras que la medicina arquetipal caracteriza la actividad del médico como «terapia», en las ramas de las profesiones curativas basadas en las ciencias naturales la actividad principal es el «tratamiento». Mientras que la terapia en su significado original implicaba el «culto», la actividad en torno a una enfermedad, el tratamiento es mucho más una manipulación, una imposición de manos con un comportamiento autoritario. El tratamiento connota una relación vertical entre el médico y el paciente mediante la cual se puede lograr la recuperación.

El tratamiento es la consecuencia lógica e inevitable de una Weltanschauung en la que lo negro es negro y lo blanco es blanco, en la que, por supuesto, la salud y la enfermedad están claramente separadas. En casos extremos, la perspectiva del tratamiento presupone una ideología incuestionable en la que la enfermedad, como una especie de surrealismo deformado, se mide con una norma de simetría casi clásica. El tratamiento presupone un pensamiento y un sentido moral en lo que respecta a la salud y la enfermedad y para el cual la salud y la enfermedad son tan distintas como los ángeles y los demonios en la perspectiva cristiana. El tratamiento se nutre continuamente de una indignación colectiva por el mal en el mundo que sólo la erradicación completa podría satisfacer.

Uno puede estar seguro de que el tratamiento no percibe el asma bronquial como el sufrimiento que resulta cuando una tendencia a la brutalidad espiratoria se inhibe por el miedo a la aniquilación y que, en consecuencia, merece una condena multiforme. Desde la perspectiva del tratamiento, el asma es más bien una perturbación respiratoria, leve o de curso espectacular, perjudicial y claramente negativa.

El tratamiento consiste en una serie de técnicas destinadas a restablecer el statu quo ante, para que el paciente vuelva a estar «como nuevo». El tratamiento consiste en contramedidas, tanto quirúrgicas como químicas; en el caso del asma, en otras palabras, en medidas antiasmáticas. Se recetan antialérgicos, antiflogísticos, antiespasmódicos, antibióticos o, incluso, antidepresivos. La postura básica es «anti», opuesta a todo lo malo, de acuerdo con el principio de contraria contrariis. El tratamiento es antagónico, con vistas a restaurar lo perdido. El tratamiento es prudente, sus esfuerzos son principalmente hechizos apotropaicos, exorcismos y, a menudo, persecución fanática de la enfermedad. Del mismo modo, el tratamiento implica una forma de higiene que aleja al paciente de todos los posibles alérgenos: las alfombras se limpian con trapos húmedos para liberarlas del polvo doméstico maligno. El efecto recuerda a una especie de magia de corral llevada a cabo en épocas anteriores en forma de lustraciones de agua. Además, se emplean cantos mágicos, conjuros que recuerdan a una purga o a una especie de absolución. Se recurre a retos sugestivos y a llamamientos aleccionadores para tener buen ánimo. El médico se ofrece como un pilar de fuerza al que el desdichado y desesperado paciente puede aferrarse en busca de apoyo.

Si el retrato del tratamiento que acabamos de exponer suena algo irónico, no va dirigido al tratamiento en sí, sino a las nociones médicas que subyacen al tratamiento, nociones que llegan a reclamar una eficacia exclusiva. El sarcasmo se dirige a la seriedad con la que la medicina se considera a sí misma como la única posición ética. La conveniencia del tratamiento no puede cuestionarse mientras la vida y el bienestar sean importantes. Sin embargo, el cinismo se instala cuando la medicina se absolutiza y, admitiendo o no, emprende un tratamiento exorcizante, que en su seriedad sádica rivaliza con la caza de brujas de la Edad Media. El cinismo comienza en el punto en el que la salud y la vida -bajo la rúbrica de salus est vita, la salud es la vida- se declaran sacrosantas con demasiada naturalidad. La experiencia nos muestra cómo la naturaleza socava, con medidas cada vez más drásticas, el impulso hacia la salud y la plenitud cuanto más obsesivo se vuelve. El sarcasmo debe instalarse antes de que las nociones de la medicina sobre sí misma se vuelvan contraproducentes.

Mientras que el tratamiento actúa principalmente, la terapia de las perturbaciones y enfermedades orgánicas en la medicina arquetipal es verbal y extremadamente poco práctica. La actividad que existe consiste únicamente en ciertos gestos «de culto» y directivas mímicas diseñadas para complementar el enfoque en lo verbal.

Sin embargo, la terapia verbal no se ocupa de la jerga y los conjuros, ni reparte consejos. No se hace ninguna reivindicación particular de autoridad. La terapia sigue siendo un diálogo que se esfuerza continuamente por lograr una relación horizontal entre el paciente y el terapeuta. En principio, la terapia requeriría un mínimo de conocimientos técnicos y mucha más empatía y una creatividad siempre atenta y brillante para abrirse camino a través de las vicisitudes de los conflictos y las paradojas. En lugar de la empresa y la racionalidad, la terapia se alía más fácilmente con el espíritu mercurial, que conduce y extravía incesantemente. A través de la dialéctica, la terapia se esfuerza por llegar a un acuerdo con la complementariedad de todas las tendencias dispares. Mientras que el tratamiento vive de la estricta diferenciación entre blanco y negro, salud y enfermedad, los aspectos terapéuticos de la medicina arquetipal se encuentran en un crepúsculo místico en el que los opuestos se dan cuenta de sus conexiones relacionadas. Es una forma de medicina en la que las posiciones cambian constantemente, en la que ahora el enfermo se convierte en el sano; ahora el sano, en el enfermo. A veces parece que la capacidad de que lo sano se convierta en enfermo fuera el único factor saludable, que la salud de un paciente no fuera más que una forma cuestionable de morbilidad.

Al ser relacional o relativa, la terapia en la medicina arquetipal está más libre de matices morales que el tratamiento. La terapia no está tan sujeta a la búsqueda Damocleana de los fracasos del pasado ni al espíritu de un culto a la vida y a la salud. En la terapia, la enfermedad es mucho menos una obra del Diablo que espera ser erradicada. Si, no obstante, aparece, suele hacerlo como jene Kraft, die stets das Böse will, und stets das Gute schafft (ese poder que siempre pretende el mal y realiza el bien). Incluso el horror que le acompaña puede percibirse a menudo como un crepúsculo luciferino. El cinismo médico, que florece tanto más cuanto más extendidas están las obligaciones del juramento hipocrático, aparece como una leve ironía. Así, la terapia de la medicina arquetipal, que se ocupa de los seres humanos como objetos quiméricos, está relacionada con la alquimia. También la medicina arquetipal es un arte de hacer oro y estiércol, donde el tesoro se encuentra en las aguas residuales de las alcantarillas o el oro se transforma en estiércol de carnero, según las relevancias establecidas por la Naturaleza.

Principalmente por la confianza en la alianza con el «Diablo», la terapia verbal de la medicina arquetipal busca «redimir» lo que se ha metamorfoseado en enfermedad física. Podemos imaginar el proceso como una «re-sublimación» de algo que ha sido víctima de la materialización. Sublimación puede entenderse como «flotar», una condición complementaria a la que en latín se designa gravis, pesado, y en inglés, «gravitation».

Precisamente mediante su posición casi irónica y cuasi masoquista frente a la enfermedad, su tendencia a la mística del sufrimiento y su relación de amor -que roza lo perverso- con la enfermedad, la medicina arquetipal intenta extraer el espíritu de la materia. El proceso no se produce sin una especie de Todeshochzeit, matrimonio con la muerte. Supongamos que el asmático se da cuenta de que la Naturaleza pretende estrangularlo por su inclinación a la grandeza espiratoria. Entonces también podría ocurrírsele que su asfixia interior sólo podría salir del ámbito físico cuando la asfixia en forma de autolimitación entre en enlace con sus tendencias a la «grandeza». Puede que se dé cuenta de que no tiene más remedio que «casarse» con el monstruo, entrar en un Todeshochzeit. El término es quizás un poco grandilocuente, pero ciertamente se aplica. Además, evoca el mitologema general de algo particularmente deseable que se une a algo terrible y, por tanto, «muere»: un monstruo que contiene algo de valor oculto. Un Todeshochzeit es sólo superficialmente tal, ya que la muerte desempeña un papel real muy pequeño y sólo desde la distancia. Por lo general, no es más que el espectro del Todeshochzeit lo que despierta el horror, la incredulidad, la risa o la indignación.

La inusual conjunción con la «muerte» da lugar a una sensación de ampliación de horizontes, como si el enfermo experimentara la «eternidad». Es como si la vida del individuo adquiriera por primera vez una unicidad inconfundible e incorruptible, una limitación particular y una libertad simultánea. Es como si este reconocimiento confiriera una seguridad inexpugnable en medio del ajetreo de la existencia humana.

El momento de este «matrimonio místico» también puede llevar consigo la dicha o el éxtasis. Al igual que la eternidad no es únicamente un reino en el que entramos al final de nuestra vida, un imperio en el que los estragos del tiempo ya no nos afectan, el éxtasis no es únicamente una condición que comienza con la eternidad. El éxtasis puede producirse en todos los matrimonios. Ciertamente, el menor de los matrimonios sería el Todeshochzeit, siempre y cuando no entendamos el éxtasis como una euforia, sino como una sensación interior de seguridad y bienestar. Los términos que solemos asociar con la religión vuelven a aparecer en la medicina en relación con el modo y la forma en que experimentamos la salud y la enfermedad.

Lo que se aplica a la eternidad y al éxtasis eterno se aplica también a la «resurrección». No hay que entender la resurrección exclusivamente como un ascenso póstumo de un cuerpo astral. Eso no es más que la versión religiosa de un acontecimiento completamente real, lo que la medicina denomina «reconvalescencia». Siempre que la vida continúa tras esas experiencias que hemos llamado Todeshochzeit, se ha producido algo parecido a una resurrección. Cuando el estado de un paciente infartado mejora después de haber sido liberado de la siniestra máquina infernal de una unidad de cuidados intensivos, muestra todos los signos de haber experimentado un Todeshochzeit. Puede decidirse a no invertir más su «corazón» en cosas que antes consideraba importantes, hasta que un odio desatendido le ataca literalmente. Si adopta la actitud, tal vez ingenua, de no tomarse ya las cosas tan en serio, se dirige a un statu quo ante, aunque en el que una cierta reserva ha ocupado su lugar. La reconvalescencia, en otras palabras, es una reconstitución en la que tomamos algo que antes se consideraba indigno o inútil y nos unimos a él en una especie de matrimonio sacramental. La reconvalescencia, por lo tanto, se asemeja a esas imágenes de resurrección de origen cristiano en las que el Cristo resucitado está afligido con todos los signos de su reciente calvario agónico. El Cristo resucitado del Retablo de Isenheim de Grünewald emana no sólo un sentido de lo eterno cuando se cierne ante el telón de fondo del universo, no sólo un sentido de éxtasis cuando la iluminación transforma la materialidad de su cuerpo en algo neumático. Más bien, lleva también las marcas de sus heridas, que emiten un brillo fosforescente que supera toda cirugía profana de primeros auxilios/emergencia. Cristo aparece como los mártires del cristianismo en general. La caridad y la piedad, la creencia en un más allá y en la paz eterna, y la condena de toda brutalidad obligan a la brutalidad a realizarse físicamente en los mártires. En consecuencia, los santos son, por regla general, mutilados. Si hubieran percibido su existencia desde un punto de vista menos idealista y más mórbido, probablemente no habrían encontrado con tanta frecuencia finales tan gloriosos y heroicos.

Es como si los seres humanos se movieran a lo largo de su vida hacia arriba y hacia abajo en un eje vertical para finalmente terminar y permanecer en el fondo. Las condiciones que denominamos «reconvalescencia», recuperación y remisión pertenecen a esta imagen bajo la rúbrica de recaída. Es como si todas las incertidumbres de la vida fueran una expresión de la misma verdad, a saber, que la vida es un rondar por el abismo de la muerte.

El curso que toma la reconvalescencia no sólo es perceptible en el marco de la terapia verbal. Abandonado a sí mismo o bajo tratamiento, el estado básico mejora generalmente, pero de forma lenta y luego interrumpida por recaídas. Los intervalos lúcidos duran más tiempo, las recaídas se vuelven menos graves y pierden el carácter de lo aporético, lo desesperado, lo total. Sin embargo, sobre todo entonces, cuando las antiguas actitudes se reafirman con demasiada rapidez y la unilateralidad anterior, superficialmente sana, toma el relevo como si no hubiera pasado nada, se vuelven a minar fácilmente. La reconvalescencia es una especie de imagen reflexiva de la tendencia de la Naturaleza a permitir que nuestra quimérica existencia se desintegre en cascada en una serie de pasos siempre descendentes. Es el reverso del patrón vital, según el cual nos recuperamos después de cada caída más o menos grave, para llegar finalmente a la muerte. Todos somos enfermos crónicos que de vez en cuando mejoran.

Este principio se aplica a la mayoría de las enfermedades. Un caso de gripe puede parecer casi cómico en personas jóvenes, y su naturaleza insidiosa sólo se pone de manifiesto cuando un individuo mayor se ve afectado. Aunque las varices nos parezcan meras molestias cosméticas, pueden dar lugar a una trombosis o a un síndrome embólico que conduzca posteriormente a la muerte. Cada lecho de enfermo adquiere un carácter agónico, como si cada paciente estuviera tendido en su lecho de muerte.

La medicina arquetipal retrata el sufrimiento corporal en forma de materialización y resublimación debido a la sobrecarga de la unilateralidad. En la imaginería religiosa, la medicina arquetipal encuentra una conexión con una tradición milenaria, aunque las perspectivas religiosas se mantienen menos por la ecuanimidad mística y la ironía esotérica y más por la sensibilidad moral. Lo que la medicina arquetipal considera un juego homeostático de la creación increada, la religión lo ve como una lucha seria, incluso sombría, por el poder. En consecuencia, los términos de la religión no son cuasi-físicos, sino que proceden directamente de la filosofía moral: pecado, castigo y expiación.

La moralización religiosa no es un fenómeno que hayamos superado ni se aplica sólo al coto de algunas sectas. El sentido moralista de la propia enfermedad está presente, al menos en cierta medida, incluso en los más ilustrados. Por lo general, la enfermedad ya no se percibe como una lucha sombría con un dios ofendido o un demonio insultado. Más bien, el remordimiento o el arrepentimiento aparecen cuando, a posteriori, se hace evidente la correlación entre una enfermedad o un sufrimiento crónico y nuestro estilo de vida, algo que podría haberse evitado. Los matices morales resuenan aún hoy en toda patología: responsabilidad, culpa, castigo y expiación. En épocas anteriores, esta perspectiva moralista de la enfermedad estaba en relación con las normas de socialización y con la conexión del individuo con lo divino. La arrogancia humana, la blasfemia contra el orden divino, los juramentos sacrílegos y la maldad hacia todo lo que un dios había creado atraían la enfermedad como castigo. El modelo no es sólo cristiano, sino generalmente religioso y omnipresente, una imagen primigenia de cómo el hombre percibe el ir y venir de la enfermedad.

No sólo es el diablo cristiano el que cojea como un paciente ortopédico, que fue arrojado del cielo a la tierra por su oposición al plan de salvación de Dios: de la misma manera fue arrojado Hefesto de los griegos desde el monte Olimpo. Prometeo, que robó el fuego del Olimpo para la humanidad porque no podía soportar su miseria, fue encadenado por Zeus a una roca en el Cáucaso, donde un águila se comía su hígado de día para que volviera a crecer de noche. A su desenfreno le siguió el sufrimiento y el miedo de una enfermedad hepática crónica. La irreflexión optimista de su hermano Epimeteo también dio frutos amargos, ya que, sin sospechar ningún mal, liberó enfermedades de la caja de la bella Pandora, multiplicando así las dolencias del mundo. Tántalo se vio envuelto en un destino más moral. Por robar néctar y ambrosía de la mesa de los dioses, fue castigado con una sed insaciable, una condición compartida con los diabéticos. Lo mitológico, donde la patología se manifiesta como algo moralista/teológico, también aparece menos exaltado en las leyendas donde los enfermos, en vida o póstumamente, deambulan «dañados», emitiendo gritos insólitos o arrastrando cadenas por la noche con la torpeza de los tullidos.

Mientras que la etiología se trata bajo el aspecto del castigo divino, las tradiciones religiosas y míticas también llevan la creencia de que la prevención y la terapia pueden ocurrir si el hombre, antes o después del hecho, asume el posible castigo como penitencia y expiación. En la penitencia y la expiación, nos encontramos no sólo con el principio de contraria contrariis, sino también con el de similis simile curatur. No sólo hay que tratar la enfermedad con los opuestos, sino también con los mismos. En consecuencia, nos exponemos prematuramente al sufrimiento para que éste nos deje en paz. Nos atormentamos y humillamos, tendiendo al sufrimiento como forma de prevención. Arrastramos pesadas cruces en procesiones de súplica, doblando nuestras espaldas bajo el peso y demostrando así el conocimiento psicosomático de que toda arrogancia humana se encuentra con deformidades jorobadas y otras múltiples afecciones vertebrales. Para evitar la reaparición de la epidemia de la danza de San Vito, la población de Echternach, en Luxemburgo, celebraba anualmente procesiones en forma de corea en las que los participantes saltaban como si estuvieran aquejados de la enfermedad. En Babilonia, cada año se sacrificaba un buey en relación con el culto a Mitra, como para evitar, mediante este sacrificio de poder, el agotamiento de las fuerzas humanas. Del mismo modo, los aztecas alimentaban a su dios del sol, cada vez más anémico, con la sangre y los corazones de los guerreros. Por último, el hombre contemporáneo parece intentar prevenir el castigo reumático de la movilidad y la flexibilidad indebidas mediante el uso de anillos y brazaletes pesados y vinculantes. Incluso el descubrimiento de la inmunización activa fue precedido en muchas zonas por prácticas cultuales sinónimas.

En comparación con el cirujano que deriva su denominación profesional del griego kheir, mano, y que opera, en su manto salpicado de sangre, con este y aquel instrumento, o con el médico de cabecera que palpa a sus pacientes, los examina y los somete a baterías de pruebas, la terapia verbal parece extraordinariamente pasiva. Las palabras son las herramientas principales, y las manos se limitan a gestos ocasionales, mientras que incluso los consejos se dan con moderación, si es que se dan.

Esta pasividad parece pertenecer a una forma especial y particular de servicio. Requiere un entrenamiento inusual para evitar recurrir a la acción concreta o a la actividad de cualquier tipo, sino para retener las energías emocionales hasta el punto de trabajar de forma invisible entre bastidores.

La terapia verbal incluye la reflexión y la consideración de los síndromes de la enfermedad que trae el paciente. No es una terapia que evalúe sobre la base de impresiones sensoriales, sino que busca la esencia, lo esencial, un proceso en el que las impresiones sensoriales desempeñan un papel secundario. La reflexión es en realidad hermenéutica, el arte de la interpretación fenomenológica, tan fácil como difícil. Parece ser la cosa más sencilla del mundo y al mismo tiempo la más compleja. La reflexión parece tener que reconocer el aparentemente superficial enigma de la Esfinge, los síndromes de la enfermedad como un filosofema general. Sabiendo que los rasgos recesivos del carácter se somatizan en la enfermedad, la tarea de la reflexión es extraer de los datos lo que «está mal» en el paciente.

Cuando a una mujer joven le molesta la inflamación continua de una infección vaginal evocada, por ejemplo, por las tricomonas, puede haber algo obstinado presente que «brota» ante los intentos de profundizar e influir en la condición. En consecuencia, el carácter crónico del trastorno se ve afectado a pesar del deseo de la paciente de ser útil y de proporcionar datos pertinentes sobre su estado. La comprensión de la enfermedad nos lleva al terreno de la impotencia y de lo enloquecedoramente molesto.

El momento de la reflexión satisfactoria suele tener un efecto repentino, pero su funcionamiento sigue siendo un enigma. La reflexión parece seguir siendo eficaz incluso cuando no hay más explicaciones, como si el momento de reflexión (¡y suele ser cuestión de un momento!) desarrollara un efecto psicológico. Es como si se practicara la «telequinesis» y toda la discusión posterior no fuera más que el cuidado de un embrión ya viable. Parece que la ocurrencia, el «momento», sacó a la enfermedad de un aislamiento en el que, en principio, tendría que haber caído a través del tratamiento objetivo, a través de la actividad «adecuada». La reflexión en este sentido diluye, alivia y transforma la densidad, la pesadez, de una enfermedad. Sublima, redime, trae la resurrección y, en la medida en que este proceso es reconocido como un rasgo esencial, reconecta al paciente con lo que estaba perdido y lo reúne.»

Normalmente, la pregunta «¿Qué hago ahora?» sigue a una reflexión exitosa. La pregunta es fundamentalmente falsa y superflua. El reconocimiento fue el hacer, y lo más importante ya ha tenido lugar. Lo que ahora sigue no será más que una profundización y ampliación de lo que se ha reconocido. El reconocimiento, la reflexión, la comprensión de la esencia son la terapia. El reconocimiento cambia y nos motiva a formas de acción que antes no podíamos o no hubiéramos pensado. Es como si el pensamiento/espíritu y el hecho/acción se comportaran de forma complementaria, como si no pudieran tratarse simultáneamente, sino sólo secuencialmente, excluyéndose mutuamente. Y aunque el efecto del espíritu se desarrolla tanto más intensamente cuanto más «paralizada» está la actividad terapéutica, el éxito de la actividad depende de la motivación del espíritu.

La terapia verbal, por tanto, presupone, requiere incluso, un cierto alejamiento de la realidad. Un exceso de conocimientos fácticos sólo parece conducir a la ineficacia. Cuanto mayor sea el número de hechos, mayor será el peligro de que la esencia no emerja, quedando incomprensible en el torrente fáctico. La terapia verbal en la medicina arquetipal vive de una cantidad limitada de datos. Hay ciertos requisitos previos para la aplicación de dichos datos, requisitos previos que se encuentran en ciertos terapeutas, al igual que en ciertos adivinos y curanderos.

El lenguaje es psicosomático por excelencia. El lenguaje tiene una naturaleza híbrida, que se extiende desde lo espiritual/sutil indoloro, por un lado, hasta las dificultades y la sensualidad del cuerpo, por otro. En ocasiones, parece posible construir mundos enteros sólo con el lenguaje, mundos separados de todo lo demás donde las palabras se mueven de un lado a otro y se unen entre sí. Sin embargo, las apariencias engañan. También el lenguaje está tan ampliamente contaminado por la suciedad de la tierra y por la lujuria del ser que debemos cuestionar fundamentalmente si alguna vez podremos elevarnos por encima de la superficie de la tierra. Parece que no nos queda más remedio que seguir emitiendo gritos inarticulados que no difieren esencialmente de los gritos de los simios, los susurros de los árboles del bosque, el trueno de las rocas al caer, el murmullo de un arroyo o el susurro del viento en la maleza.

En realidad, la palabra sigue siendo organísmica, un gorjeo. Aplicada terapéuticamente, se alinea con todos los métodos de tratamiento psicosomático que crean conciencia de nuestros órganos enfermos, uniendo así sonido y resonancia.Su uso pertenece de forma natural a métodos de terapia como la eutonía, la bioenergética, el entrenamiento Feldenkrais, etc., aquellos métodos que intensifican la conciencia del cuerpo y para el cuerpo enfermo también, para que éste no tenga más remedio que cambiar. El habla por sí misma tiene el mismo efecto cuando está suficientemente cargada de sensaciones físicas y sensuales de la respectiva enfermedad. En este contexto, el discurso no debe ser demasiado abstracto; su terminología no debe proceder ni de la ciencia empírica ni de la filosofía casi pura. El discurso debe conducir al espíritu y hacer así sublime aquello de lo que habla. Al mismo tiempo, debe seguir siendo imaginal, dirigido hacia las imágenes primarias, hacia las imágenes arquetipales donde el contenido y la forma se vuelven idénticos. El diálogo durante una hora terapéutica es una realidad multifacética en la que, como sabemos, el orden de los asientos, las actitudes posicionales de terapeuta y paciente, la melodía de lo que se dice o se habla, los gestos, etc., tienen su lugar y su valor. El diálogo es una interacción compleja, la discusión es en realidad un contacto mutuo. Se acerca a lo físico y, en esa medida, es también un tratamiento, una imposición de manos. El paciente también muestra todas las reacciones que podría tener un paciente sometido a otro tipo de tratamiento más concreto: hace una mueca de dolor o manifiesta otros signos de dolor; se imagina que le están examinando y se retuerce a causa del examen de sondeo. Puede que de repente sienta un escalofrío o que se sienta aliviado cuando se acabe, o que le parezca que le han aplicado un bálsamo refrescante. Después de la hora de terapia, puede sentirse restaurado y reconfortado o agotado. En otras palabras, la manipulación y el manejo se producen tanto en la consulta analítica como en la mesa de examen del cirujano. Si de vez en cuando se expresa la opinión de que las consultas analíticas no son más intensas que una fiesta de té, no debemos olvidar que las visitas al médico a menudo no son en sí mismas más que Kaffeeklatsch.

A menudo suponemos, de forma algo errónea, que los predecesores de los practicantes de la terapia verbal se encuentran especialmente entre los sacerdotes. Al hacer esta suposición, probablemente tenemos en mente la noción de que el contacto físico es de importancia secundaria en ambas formas de relación. Siguiendo lo dicho anteriormente, esta noción sólo tiene una validez limitada. Los predecesores de los terapeutas verbales son más bien todos aquellos que, de una forma u otra, practican el arte de curar. Esto se aplica tanto a los curanderos como a los que han hecho incisiones, cauterizado o medicado. Si concedemos algún poder al lenguaje terapéutico, ese poder deriva su eficacia de la capacidad híbrida del lenguaje de ser una realidad tanto física como espiritual.

Dado que la medicina empírica piensa en términos de sistemas abiertos, ha tenido que desarrollar una ética especialmente seria. Para la medicina empírica, los hechos son y siguen siendo únicos, mientras que la enfermedad y la salud llevan el sello de una realidad incuestionable. No son intercambiables y, como tales, surgen causalmente. Lo que es adquiere una realidad plomiza y se convierte en algo de lo que hay que hablar. En la medicina empírica y en una época dominada por su perspectiva, la avalancha de información debe necesariamente convertirse en una bola de nieve: la educación se convierte en una cuestión de vida o muerte. Como los hechos son tan únicos (con ciertas limitaciones temporales debidas al cambio), hay que concederles la máxima seriedad.

La medicina empírica también mantiene la concepción de la vida como un proceso lineal en el que cualquier «después» no puede ser un «antes». Este principio coloca a la medicina empírica en la posición de tener que mantener el ceño fruncido y las cejas perpetuamente y con sentido. La imagen de la vida como un proceso lineal que se extiende de la salud a la enfermedad y de ahí a la muerte (según la cual «salud» significa «vida'») obliga a la medicina empírica a convertirse en medicina de urgencias, y el desarrollo general tiende a hacer unidades de cuidados intensivos de países enteros.

Mientras que la ética de la medicina empírica es una moral seria, no se aplica a la medicina arquetipal. Dado que la medicina arquetipal piensa en sistemas cerrados en los que los elementos se organizan en polaridades y sólo obtienen valor en relación con otra cosa, resulta una ética más amoral. En principio, nada es único. Es más, lo que parecía único en un momento dado puede volver a ser lo contrario en poco tiempo. En consecuencia, la información ya no es decisiva, pues sobre toda información pende el espectro de la inutilidad y la futilidad. Los acontecimientos, incluso los de importancia médica, adquieren algo de la Gestaltung, Umgestaltung, des ewigen Sinnes ewige Unterhaltung (formación, transformación, de la mente eterna) de Goethe.

Si tenemos en cuenta, además de las diferencias éticas, que la medicina arquetipal emplea los hechos principalmente como punto de partida para intuir la esencia (por ejemplo, la discusión de un caso de anemia se desplaza a consideraciones sobre las cosas pálidas, deslavadas y blancas), la cualidad de distracción de la realidad médica aumenta aún más. Es como si para la medicina arquetipal todo fuera una realidad a medias, como si una sonrisa o una risa final no desaparecieran nunca, y que permaneciera una constante incredulidad de que la Naturaleza pretendiera realmente ser tan seria con nosotros. Es como si nuestro mundo humano tuviera la cualidad de una fata morgana, que se confunde fácilmente con el sinsentido. Allí donde se practica la intuición, la realidad conserva siempre la cualidad de brujería y, por tanto, la ética de la medicina arquetipal tiende a la ironía. A pesar de todo el existencialismo, la vida sigue conservando algo de virtual.

Si el objeto de la medicina empírica es un asunto serio, entonces el médico que lo trata debe ser serio. Por lo general, es venerado, venerado con la misma reverencia que le correspondía al dios griego Apolo, quien, como figura exaltada de perfección anatómica, blanca como el mármol, contemplaba el Golfo de Corinto desde las alturas de Delfos. Como progenitor de todos los médicos, Apolo conquistó a Pitón, una serpiente que representaba todo lo repugnante, lo misántropo, lo maligno y lo que provocaba la enfermedad y la muerte. Apolo era un vencedor, un conquistador, un dios del sol, cualidades que conservan sus descendientes médicos. Pero esta noble herencia puede socavarse a sí misma. Parece como si la ironía a la que nos referimos se viera obligada a proliferar salvajemente como cinismo indignado cuando no se le concede su lugar en el esquema de las cosas.

La medicina arquetipal rinde homenaje al hermano de Apolo, Mercurio (o Hermes), un dios mucho menos simétrico y saludable. Mercurio se encarga de que todo esté conectado con todo lo demás, para que el cosmos siga siendo un sistema cerrado. Practica la magia y posee ingenio, algo que no puede decirse de Apolo. Su sonrisa es arcaica. Mientras que lo apolíneo ha seguido siendo dominante y sus características se han conservado a lo largo de los siglos en un mundo cristiano de luz y oscuridad, Mercurio ha llevado una existencia más bien apócrifa y secreta. Encuentra veneración entre las subculturas, entre las que, por ejemplo, se encuadran en la alquimia. Así es incluso hoy en día.

Pertenece a la naturaleza de lo apolíneo que el hombre se sienta obligado a considerar su propia existencia -y el ser en general- como milagrosa. Es como si el hombre estuviera implantado con una convicción fundamental, gracias a la cual todo es capaz de parecer bueno. Esta creencia primaria se vuelve sospechosa cuando, sin ser cuestionada, se convierte en una manía, como ocurre hoy en día. Cada vez que el sol se oscurece, se sacrifican víctimas, sobre todo del corazón, como en la época de los aztecas. El valor económico de la religión de la existencia milagrosa es incontestable: crea innumerables puestos de trabajo y consume enormes cantidades de energía.

Lo que se aplica a nuestra época en su conjunto se aplica a la medicina empírica específicamente. Para la medicina empírica, un paciente enfermo es esencialmente una privatio boni, un Bien disminuido y deformado, el saqueo de algo considerado como una totalidad legítima. Al igual que toda nuestra época, la medicina empírica tiene su tarea heroica específica en la restauración de lo que falta, una tarea que persigue inquebrantablemente a pesar de las similitudes con la tarea de Sísifo. La actitud de la medicina empírica incluye una celebración a priori de -un júbilo ante- la creación, mientras que todo lo que no corresponde a la creación se separa como error y equivocación.

La medicina arquetipal no comparte esta actitud. Al servicio de un dios mercurial que posee numerosas conexiones con la muerte y el morir, la ética de la medicina arquetipal no se nutre de una celebración incuestionable. Sus características herméticas permiten que la medicina arquetipal experimente desde el principio todo el ser -y, en consecuencia, la existencia humana- como un mal necesario. Al igual que podemos asumir que las flores son lo que realmente importa y que el abono sólo sirve para favorecer la floración o que la putrefacción y el deterioro no son más que una decepción inevitable, también podemos considerar el propio abono como algo primario, aquello de lo que brotan las maravillas. Mientras que una posición de júbilo primario debe ser necesariamente apoyada con todo tipo de persistencia, trucos, mentiras, etc., para que su volumen no disminuya, la medicina arquetipal experimenta muchas cosas como resultado de la gracia.

En contraste con la medicina empírica, que consciente o inconscientemente reverencia toda la vida y con ello la existencia humana, la medicina arquetipal resuena con burla. Reina una blasfemia y un agravio narcisista. En la medicina arquetipal, ni la enfermedad ni la muerte son un error de la Naturaleza, sino una negligencia aparentemente inevitable y casi criminal. Si nuestra forma de vida, un híbrido de deseo y tormento, era todo lo que la Naturaleza podía permitir que proliferara a partir de lo inorgánico, la Naturaleza bien podría haber dejado las cosas como están. En consecuencia, la medicina arquetipal es algo vengativa, se alía con el Diablo y arriesga su destino. Podríamos designar tal fundamento ético como morboso o morbista. El morbismo, por su parte, sería la teoría de que toda la vida, especialmente la humana, existe sólo como enfermedad o como salud en conjunción con la enfermedad. Esta teoría no es en absoluto nueva: resuena con tonos medievales y románticos, audibles para un tipo de individuo caracterizado lógicamente como morbidezza.

Para promover una mejor comprensión de lo que podría ser la medicina arquetipal, se la ha presentado como si se tratara de algo claro, algo distinto en la práctica cotidiana de la medicina empírica. La impresión es engañosa. Ni las dos formas de medicina pueden separarse completamente ni hay médicos que practiquen exclusivamente una u otra. En realidad, la diferencia es mucho más una cuestión de tendencias respectivas en las que existe la más amplia variación.


1 La raíz indogermánica del habla es pers, que significa «resonancia». El habla en este sentido se convierte, por así decirlo, en la resonancia de la existencia física.

La suave convicción de los ingenuos

Cotidianidad

¡Quién tuviera la convicción de los ingenuos!, la dulce mirada de los que lo saben todo, para ellos no hay misterio o si lo hay es un promesa de conocimiento, primero la sombra, luego la luz. Los ingenuos enarbolan banderas y se lanzan envueltos en ellas, son los héroes del mundo, los profetas que están seguros de que las cosas van mal y saben porque.

Los otros en cambio, dormimos intranquilos, temerosos de que a cada paso el suelo se desvanezca, comemos nuestras propias alas para domarnos y nos entregamos, con los ojos cerrados, al frío silencio de un mundo sin dioses.

¡Quién tuviera la suave convicción de los ingenuos!

La función de la sombra

Logos del alma

En el abrazo primordial de Cronos y Ananke, la necesidad y lo ilimitado, el huevo cósmico es quebrado y de su interior emerge Phanes el protogono, así surge la consciencia de su contenimiento en el mundo de la materia.

Cuando Elokim creó a Adam, lo hizo de su propia sombra, es decir desde su imagen y semejanza. A su vez, para que esta criatura fuera completa, capaz de dominar, hizo caer sobre él un sueño profundo y de su sombra amaso a una compañera llamada Ishá. Elokim les conminó a comer de todo fruto excepto de los árboles interiores, el de la vida y el del bien y del mal. Más tarde, Ishá será tentada por la serpiente y convidará a Adam del fruto del árbol del conocimiento y ambos se descubrirán desnudos y sabios.

¿Qué padre no sabe que la prohibición acarrea la falta?, pareciera ser que Elokim desea, secretamente, que ambos coman, pero no puede darles el fruto por sí mismo, sería muy sencillo, tiene que haber una negativa terrible de por medio; entonces la serpiente, que más tarde será la personificación del primer hijo de Dios, es decir, su primera sombra, los tienta y guía a la sombra del hombre a ser consciente de sí misma. Es entonces cuando el hombre nace a la desnudez. Liberados de la protección del padre celestial se cubren con la última herencia de su creador y parten al mundo y a la muerte, ese es el momento en que el alma baja a la tierra y se encarna para seguir conociéndose.

El alma se libera de su contenimiento en la naturaleza al romper el huevo cósmico, pero sólo a través su acción sobre ella misma logra conocerse de mejor manera, esto tendrá que ser repetido una y otra vez en las diversas cosmogonías. En este devenir, la sombra juega un papel primario pues ella representa la separación, es decir la contradicción inherente al fenómeno que permite su distanciamiento de sí mismo y, por lo tanto, el movimiento dialéctico. ¡He ahí la función de la sombra!, despojada de la moralina psicológica, la sombra no es el mal, ni aquello que compensa; la sombra es el momento de la contradicción del alma consigo misma.

Diálogo sobre la totalidad y sus partes

Cotidianidad

Hombre 1: “El todo no es igual a la suma de sus partes”

Porque al interactuar, cada parte desarrolla nuevas propiedades que se manifiestan, por fin, en el todo. Por tanto, en el todo se emergen características que las partes por sí solas no podrían generar.

Hombre 2: “El todo es diferente a la suma de sus partes, pero no más complejo”

Y es que al relacionarse las partes, algunas de sus funciones son cesadas en beneficio de la totalidad. Dicha represión funciona a favor de la mejor coherencia del todo que se suscita. De otro modo tendría que lidiar con demasiadas contradicciones y paradojas. Por ello no se puede asegurar que el todo sea mayor o más complejo que sus partes, únicamente es diferente.

Hombre 3: “El todo y las partes son iguales”

El todo y las partes conviven en las dimensiones espaciales y en la dimensión temporal de nuestro universo. Todo espacio y todo tiempo son infinitamente divisibles. A causa de ello el todo y las partes también son infinitamente divisibles y, bajo esta óptica, lo que es infinito también es igual.

Hombre 4: “El todo y las partes son incognoscibles”

Ya que “todo” y “partes” son meros conceptos, es decir, palabras que pretenden hacer comprensibles una serie de objetos, pero al final no dejan de ser un conjunto de códigos y nunca los objetos que representan. El mundo no es experimentable en sí, sólo perceptible.

Hombre 5: “El todo y las partes no existen”

Un viento frio rondó las habitaciones vacías, y pronto ese viento y esas habitaciones tampoco ya eran.

Reglas generales hacia una práctica de la psicología arquetipal

Traducciones

Patricia Berry, Estados Unidos

Ensayo publicado en Echo’s Subtle Body (Spring Publications, Canadá), pp. 181-192, 2008 (segunda edición).

Traducido por Alejandro Chavarria

El otro día me preguntaron si todavía me consideraba un psicólogo arquetipal. La pregunta me asombró. ¿Cómo no iba a hacerlo? Estuve en el nivel básico antes de que la psicología arquetipal fuera nombrada «psicología arquetipal», primero como estudiante adepta, luego como soror mystica, inclinándome sobre el borde con aquellos que agitaban este brebaje embriagador. Tritones, lagartijas, nuestras entrañas estaban todas en la olla. No solo sentí que la psicología arquetipal era yo, sino que también formaba parte de ella, por uno o dos dedos del pie, toda mi cabeza y mucha saliva.

Sin embargo, es cierto, en los últimos años no he pasado mucho tiempo con la gente hablando de psicología arquetipal. Una de las razones de mi ausencia es que, a medida que la discusión arquetipal se ha centrado cada vez más en las ideas, yo me he vuelto cada vez menos. Ciertamente honro la ideación; la teoría es importante. Ninguna escuela de nada existiría sin ella. Pero no es para todos nosotros, todo el tiempo. A medida que envejezco, me vuelvo más “práctico” en la mayoría de las cosas. Esto no significa que no pienso, sólo que cuando lo hago, los pensamientos tienden a aparecer disfrazados de dinámicas psicológicas, mecanismos, apareciendo en individuos, relaciones, grupos o incluso situaciones. Esta práctica de ver las ideas mientras funcionan es algo divertido para mí, y ahí es donde he pasado mi tiempo. ¿Sigue siendo eso psicología arquetipal? Bueno, tu dime. Tal vez sea solo mi psicología arquetipal, una de las muchas psicologías arquetipal. En cualquier caso, en las siguientes páginas expondré algo de cómo he llegado a pensar. Estas son mis reglas generales para la práctica, así como puedo describirlas ahora.

Regla general n.° 1: Cualquier idea se puede usar a la defensiva

Aquí, con “regla general” me refiero a: aproximadamente, o más o menos. Me parece que no hay ideas “correctas”, más o menos. La parte “menos” es que algunas ideas realmente son más útiles, ricas, fructíferas, interesantes, prometedoras. Ah, pero eso no significa que tengan razón, o que estén equivocados, para el caso.

Como psicóloga profunda, mi atención se centra en cómo funciona la psique. Una de las formas en que funciona la psique, según la psicología profunda, es a través de un ego frágil que se defiende de lo que percibe como amenazas internas o externas. Para protegerse contra estas amenazas, el ego saca de su arsenal todo tipo de armamento defensivo.

Las ideas son como las murallas que rodean el castillo. Están diseñados para evitar que se inmiscuyan otras ideas. En tiempos de paz, pueden brindar a los amantes un lugar seguro para reunirse, a los sabios un espacio para conversar sobre las copas de los árboles sin interrupción, un lugar para que las mujeres giren al aire libre y los magos puedan conjurar bajo las estrellas. Pero en tiempos de guerra, las murallas se usan para esconderse detrás mientras las flechas vuelan y las rocas son catapultadas. Así también con las ideas. Las ideas pueden nutrir la vida o pueden servir como estructuras defensivas.

Regla general n.º 2: Si una vaca sagrada bloquea el camino, ahuyéntala

La psicología profunda asume una realidad llamada inconsciente. La parte “in” del inconsciente se refiere a lo que no es, no consciente, desconocido. Hacer consciente lo inconsciente, en el sentido freudiano, o (en términos junguianos más modernos) integrar contenidos y dinámicas inconscientes en posiciones más viables, añadiendo recursos, complejidad y riqueza a la personalidad, ese es ciertamente un objetivo del trabajo psicológico profundo. Los medios para llevar a cabo este trabajo requieren una continua vigilancia.

El método de la psicología profunda es algo así como una vía negativa. Con esto quiero decir que con mayor frecuencia rechazamos lo que bloquea el camino que pretendemos saber cuál debería ser realmente el camino. No obstante, se asumen algunos valores generales, aunque su énfasis puede variar dependiendo del contexto y de un profesional a otro. Algunos de estos valores son: lo desconocido, la profundidad, la resonancia, la complejidad, la interconexión, la integración, la riqueza, la maestría. Seguro que puedes añadir otros.

Los valores o los conceptos cargados de valores pueden brindar orientación, pero uno debe sentir y elegir conscientemente cuándo se va a aplicar uno u otro conjunto de valores. Cuando se aferra a los valores, uno tiende a perderse en su brillo de tal manera que ya no puede discernir los eventos psíquicos más sutiles, nuevos, desafiantes o, incluso diría, reales. Cuando uno u otro sentimiento cargado de valores se abraza de tal manera que el ego se esconde detrás de él, entonces es posible que tengamos que dejar de lado el valor en sí mismo, ahuyentarlo del camino, incluso si ese valor huele a Verdad y Maternidad, o Alma, Psique, y Mundo. Cualesquiera que sean los términos sagrados, los apretones de manos secretos, tales valores pueden y serán usados ​​para ocultar desarrollos más interesantes, desafiantes o fecundos en la vida psicológica.

Regla general n.° 3: Las ideas no deben aplicarse

El problema con la noción de praxis es que tendemos a pensar en ella como una aplicación de la teoría. Cuando aplicamos ideas a situaciones prácticas, encuentro que generalmente resulta en una mala aplicación de un tipo u otro. De hecho, las primeras veces, el mal uso es casi un hecho. Una nueva idea es como una nueva herramienta o juguete que uno puede probar en muchos lugares, la mayoría de los cuales no son apropiados. En mi experiencia, pocas situaciones de la vida son tales que una sola idea les haga justicia.

Mi opinión es que es mejor trabajar desde el evento hasta la idea y no al revés. (1) Comenzar con el acontecimiento vivo, es decir, la imagen; (2) enfocarse en la imagen/evento, sintiéndolo; y (3) rastrear bits de resonancia que comienzan a formarse a partir del evento. No importa si estas resonancias son inmediatamente como ideas conocidas o meros fragmentos. Eventualmente, las ideas brotarán como malas hierbas alrededor ya a través de ellos.

Las ideas son orgánicas. Viven en cosas, algo así como el «barril de rueda rojo cubierto de lluvia» de William Carlos Williams. Tal vez aquí la lluvia son los fragmentos, los destellos de ideas brillantes.

Regla general #4: Cuando sea posible, piense poéticamente

Para Aristóteles, la practicidad o praxis conduce a la acción, mientras que la creación o poeisis conduce a la producción. Aparte de la praxis como práctica espiritual, que, en mi opinión, da en el clavo, la praxis tiende a prestarse más al pensamiento político. Marx consideró su materialismo dialéctico como praxis. A veces, sin embargo, se trata más de hacer —simplemente hacer— que de política. Cuando ese es el caso, como suele ser para mí, la fantasía de hacer, crear, solo la actividad por sí misma, es bastante atractiva. Para mí, «hacer» movimientos psicológicos, interpretaciones, intervenciones, reflexiones y momentos parece más apropiado que cualquier otra conceptualización de lo que soy.

Regla general n.º 5: Vaya connatural

Connaturalidad es un término acuñado por el teólogo católico Jacques Maritain. Maritain se interesó por la interrelación entre los procesos artísticos y los procesos de la naturaleza. Desde su punto de vista, la tarea del artista o artesano es alinearse miméticamente con “el funcionamiento secreto y las formas internas de la naturaleza”. Vio la actividad artística, cuando funciona correctamente, como un intento de paralelo a los procesos de la naturaleza. La creatividad humana es como la creatividad de la naturaleza. La tarea es trabajar connaturalmente con la naturaleza en un nivel muy consciente: sentir las operaciones de la naturaleza, sentirlas, verlas, escucharlas. El intento de profundizar en los procesos psicológicos naturales, en sintonía con lo que se percibe, es de lo que se trata la psicología profunda.

Regla general n.º 6: Los símbolos no son símbolos de nada sino simbólicos con muchas cosas

El erudito islámico Henry Corbin caracterizó los símbolos como «simbolizando con» en lugar de «simbólicos para» sus referentes. La distinción es importante porque ningún símbolo se considera necesariamente anterior o más importante que otro. El tipo de hacer implicado aquí se desarrollaría a través de similitudes, reverberaciones e improvisaciones miméticas o paralelas a los movimientos y procesos naturales. En ese mismo espíritu, más bien como el espíritu de la connaturalidad de Maritain, nuestro profundo trabajo psicológico avanza con un oído atento a las reverberaciones de la naturaleza, tanto naturales como simbólicas.

Regla general n.º 7: Adhiérase a la imagen

De acuerdo, esta es una regla antigua. Todos lo sabemos. Siempre se lo he atribuido a Rafael López-Pedraza, ya que fue el tipo al que se lo escuché en repetidas ocasiones. En este momento de mi vida, sin embargo, mi sentido puede haberse desviado un poco del de Rafael. Hoy considero la imagen como una noción más flexible que antes. Una forma de entender su adaptabilidad es hablar de encuadre.

Regla general n.º 8: Para conocer hay que encuadrar 

Por favor, déjeme ser claro. No digo que las cosas existan sólo por su encuadre. Estoy diciendo que los marcos organizan lo que vemos. Bien organizado, lo que vemos puede volverse fresco, incluso impresionante. La forma en que se enmarca una imagen se convierte en parte de su efecto y significado. El marco de la ventana sobre mi escritorio ofrece una vista particular del bosque exterior. Cuando encuadro una imagen en el visor de mi cámara, estoy posicionando la vista de tal manera que permita que surja algo revelador. En una imagen en movimiento, muchos fotogramas que se precipitan uno tras otro se convierten en la película que luego un editor corta y da forma, es decir, fotogramas, en la película final. El propósito del encuadre es poner límites a la vista para que lo que está dentro de esos límites pueda enfocarse con mayor claridad y frescura.

La forma en que enmarcamos una historia que le contamos a un amigo o la presentación de un caso a colegas tiene que ver con lo que queremos mostrar (y quizás cómo queremos que se vea a nosotros mismos). Cómo enmarcamos algo también condiciona cómo lo abordan los demás, qué obtienen de ello y qué actividades generan a su alrededor. Esto no es tan obvio como puede parecer. En un coloquio de casos, por ejemplo, alguien presenta una situación con un cliente con el que está teniendo dificultades. En términos generales, lo que verán los participantes en el grupo, siendo participantes psicológicos astutos, no es lo que el presentador “quiso” que vieran, sino lo que el presentador no ha presentado y quizás no sabe.

Considero que la imagen aquí es tanto lo que presentó el presentador como lo que otros vieron, el funcionamiento inconsciente detrás de la presentación y evocado por ella. El encuadre consciente fue el encuadre de la presentación, pero ese encuadre también trajo otros niveles, otras percepciones y otros puntos de vista a la discusión.

Si el practicante hubiera presentado la historia de manera diferente, lo que los participantes percibieron también habría sido algo diferente. Digamos que el practicante ha enmarcado la historia, principio y final, con una afirmación sobre lo molesto que se siente con este paciente en particular. Entonces, el grupo tendería a trabajar en el caso con esta emoción contratransferencial en mente. Mi punto es que las situaciones enmarcadas de manera diferente son diferentes, y los comentarios, así como la dinámica del grupo, cambiarán en consecuencia, porque la imagen es diferente.

A veces, las imágenes se encuadran de forma estrecha. Cuando se le da muy poco contexto a una situación, trabajar con ello tiende a volverse suelto, proyectivo, menos acotado y menos significativo en términos de la situación real. Por otro lado, a veces los eventos psicológicos se enmarcan de manera tan grande que es difícil trabajar en ellos en profundidad o con algo que no sea trazos amplios y amplios. En ocasiones estos grandes trazos son justo lo que buscas, como, por ejemplo, al abordar temas a nivel cultural o político. En este nivel, el trabajo de imagen particular y preciso no es útil ni apropiado.

Regla general n.° 9: El observador y lo observado pueden o no serlo

Nuestra convención perceptiva es experimentarnos a nosotros mismos cuando observamos; por ejemplo, los participantes observan la presentación del caso (como discutimos anteriormente) como algo separado de lo que estamos observando. Sabemos por la física moderna, la fenomenología y otras disciplinas, que estamos, de una forma u otra, implicados en lo que observamos. Pero en un nivel práctico, las posiciones que asumimos con respecto al “otro”, sea lo que sea “otro” (sueño, cliente, colegas, el mundo de la psicología) varía considerablemente.

A veces es importante estar cerca del “otro”, tan cerca como para fusionarse. Con el sueño de un cliente, digamos, algunos terapeutas pueden querer estar tan cerca que sientan las energías del sueño a través de sus propios músculos y órganos. Entonces podrían hablarle al sueño a través de su propia imaginación. Sus imaginaciones (o amplificaciones o asociaciones, para el caso) pueden ser tan importantes para el proceso como las imaginaciones del paciente.

O uno puede asumir una posición a cierta distancia del paciente y del material. No es que una u otra postura sea la correcta; cada uno tiene ventajas y puede ser más o menos adecuado según las circunstancias. A veces es útil acercarse lo más posible a la experiencia. En otras ocasiones, es crucial que te descubras para que puedas verlo más claramente. Lo importante aquí es saber que estás asumiendo posiciones y tratar de desarrollar un repertorio lo más amplio posible. En cualquier situación, puedes elegir conscientemente tu postura, lo que incluye, por supuesto, conocer los efectos de esa posición, sus puntos fuertes, sus limitaciones y sus peligros.

A veces uno desea enmarcar lo que está pasando, digamos, en una situación terapéutica, en términos de “dinámicas de transferencia/contratransferencia”. Cuando uno encuadra la situación dentro de esta fantasía conceptual, puede ver que todo ocurre dentro ya causa de esas relaciones. Para aprobar los exámenes en muchos institutos de formación junguianos en la actualidad, uno debe ser experto en este modo de encuadre y en el uso del lenguaje que lo acompaña. Como cualquier otro marco, este recinto de transferencia limita y revela. En mi opinión, el peligro de este modelo es que es el actualmente aceptado, por lo que generalmente se asume que es «verdadero» y se toma literalmente.

Regla general n.° 10: Contraste: es un montaje

Considero que la noción de multiplicidad de James Hillman no solo es un paraguas más grande y generoso, sino también una actitud más interesante que, por ejemplo, el dualismo. Sin embargo, a veces, uno quiere señalar fuertes contrastes. En tales ocasiones, uno podría sonar dualista como «o esto o lo otro». Los contrastes son formas de hacer que los puntos se destaquen claramente. Imagina una pintura con un fondo oscuro y figuras blancas en primer plano. Las figuras blancas destacan por el contraste del fondo. Cuando la psicología arquetipal establece oposiciones, es importante recordar que estas oposiciones tienen que ver con el contraste y no con la exclusión literal. Piense en algunas de las oposiciones de la psicología arquetipal: el inframundo frente al mundo diurno, el ego imaginario frente al heroico, el mundo frente al consultorio y (mi favorito) lo psicológico frente a lo literal. Los buenos se colocan en un extremo de la oposición y los malos en el otro, los buenos en primer plano, los malos en segundo plano.

Estéticamente hablando, estas exclusiones de «o esto o lo otro» crean contrastes para hacer un punto. Pero, no olvidemos, estos tipos malos son simplemente testaferros arrastrados para ser criticados. En el drama, las caricaturas de hombres de paja actúan como contrastes para los personajes principales más complejos. Algunos dramaturgos que conozco sostienen que el gusto colectivo exige estas figuras. Tal vez sea así, pero como psicólogos debemos recordar que es un montaje.

Regla general n.° 11: Robar herramientas cuando sea necesario

Hillman caracterizó su método psicológico como el de un bricoleur (un ingenioso que hace las cosas por sí mismo); Diría que el mío es como un ladrón, aunque un buen ladrón y por buenas razones, espero. Aunque la psicología arquetipal se distingue filosóficamente de psicologías colectivas generalizadas como el conductismo o la psicología cognitiva, sin embargo, como practicante, en ocasiones uno puede sacar una o dos herramientas de sus brillantes cajas. En ocasiones, esas cajas de herramientas pueden contener algo útil. La herramienta puede ser una que nos permita centrarnos en el comportamiento como tal, o abogar por un cambio en el comportamiento antes de comprender de qué se trata el comportamiento. Esto puede sonar bastante diferente a la psicología profunda, pero a veces es necesario, como en situaciones de abuso o adicción. Dado que hay tantas explicaciones de los eventos como perspectivas psicológicas para verlos, a veces un simple refuerzo negativo (como terminar la terapia) es el camino a seguir.

Si tomamos en serio la imagen de Maritain/Corbin de los procesos paralelos, entonces tal vez el cambio imaginal pueda comenzar con un cambio de comportamiento y viceversa. A veces agarrar el palo por el otro extremo es más fácil. Me parece que no son otras psicologías las que son reduccionistas, materiales y literales, somos nosotros, siempre que las veamos sin un ojo psicológico.

Si nos paramos en terreno psíquico, in media res, manteniendo nuestra conciencia desde esa posición, lo que hagamos tendrá una base psicológica. Es una cuestión de conciencia. Cuando somos psicológicamente conscientes, nuestros medios serán metafóricos y nuestras herramientas reflexivas.

Regla general n.º 12: No tome lo literal literalmente

Anteriormente dije que lo literal versus lo psicológico era mi oposición favorita. Pero, ya sabes, uno no debe tomar ni siquiera lo literal tan literalmente. Hacerlo es volverse demasiado literal. Esa voz literal, que insiste en «nada más que», es solo una de las muchas voces en el coro. A veces es útil para emitir tonos fuertes y seguros, pero el punto es escucharlo como una sola voz, en lugar de la verdad completa, nada más que la verdad que pretende ser.

Regla general n.º 13: La verdad o el daimon

A veces pienso en la verdad de forma imaginativa, como en la «línea verdadera» que un carpintero podría determinar, un navegante estimar o un maestro zen dibujar en la arena. La verdad es para mí de mayor valor, pero no uso mayúsculas en la palabra. En términos de una psique individual, pienso en la verdad como el camino de la individuación. Este término junguiano pasado de moda es lo suficientemente vago, subjetivo e interior como para que funcione para mí. Algunos podrían hablar de seguir el propio daimon en lugar de la noción de individuación de Jung como guía, pero los daimons son llamativos. Además, los daimons también son demonios, ¡y es muy fácil identificarse con ellos! Así también, nociones como “psique” y alma no funcionan para mí como antes. En el comienzo de la psicología arquetipal, estas palabras estaban verdaderamente vivas, estremecedoras, electrizantes, audaces como diablos. Ahora son clichés en los títulos de la mitad de los libros de las estanterías de autoayuda. ¿Es verdadera la noción (psique, alma)? Por supuesto. Pero hoy en día es difícil inspirar en alguien como yo mucho sentimiento de una línea verdadera de esas palabras.

Tiendo a orientarme con nociones estéticas más prácticas como “lo que funciona”. Lo que “funciona” como novela, película, pintura o pieza musical está determinado por la pieza misma. Cada pieza establece sus propios criterios. De esta manera, el trabajo se mide contra sí mismo, algo así como lo que implica la individuación en la psicología personal, donde la naturaleza única de la persona es la meta.

Regla general n.º 14: Regla de Layard 

Tiendo a ver los sueños a través de la regla de Layard. Puede que no siempre comparta esta visión con mi cliente. Pero a menudo lo hago, porque de hecho así es como veo las cosas. John Layard fue antropólogo y analista junguiano de primera generación que residió en Inglaterra. James Hillman me transmitió la máxima hace casi cuarenta años, atribuyéndola a Layard, y yo también. Desde entonces, esta regla general me ha servido bien a mí y a varias generaciones de estudiantes. Es mi herramienta favorita.

La regla dice así: «Todo en el sueño es correcto excepto quizás el ego del sueño». El propósito de esta regla general es llevar la conciencia hacia un reino más allá del ego. Su uso desliteraliza el punto de vista habitual del ego, lo que permite un cambio de perspectiva.

Al igual que con cualquier otra regla general, esta se aplica solo de manera flexible y, a veces, no se aplica en absoluto. Siempre es, creo, una perspectiva útil para los practicantes en la profundización de su propia conciencia. No siempre es la herramienta adecuada para la terapia. En algunos casos, por ejemplo, cuando el apoyo o la estabilización son una prioridad, moverse en contra de la perspectiva del ego no es terapéuticamente inteligente. En tales casos, la regla de Layard no es la herramienta adecuada. Toma otra. Como con cualquier otra regla, esta es simplemente más o menos útil y apropiada, una de muchas en la caja de herramientas.

Como ejemplo, veamos el siguiente sueño:

entro en mi baño. Mi perro, Max, está en la bañera, bajo el agua. Él simplemente está acostado allí como suele mentir. Estoy horrorizado, sabiendo que se va a ahogar. Él solo me mira como si nada estuviera mal.

No sé nada de la mujer que soñó este sueño, su situación de vida, sus complejos, en qué parte de su proceso analítico se encuentra, nada. Pero eso no significa que no pueda obtener algo del sueño.

Desde una perspectiva naturalista (la perspectiva del ego aquí), el perro parece como si fuera a ahogarse, y eso se siente terrible para el soñador. Sin embargo, para aplicar la regla de Layard (aquí, una perspectiva submarina así como del “inframundo”), ponemos entre paréntesis el sentimiento del ego y miramos al perro. Max actúa como si nada estuviera mal. Quizás este sea un perro submarino, capaz de sobrevivir bajo el agua. O quizás se va a ahogar, a disolverse en la solución alquímica, y eso es parte del proceso. En cualquier caso, sabemos claramente desde el punto de vista del perro, según Layard, que efectivamente “no pasa nada”. Todo es como debe ser.

Este punto de vista le parecería horrible a un psicólogo orientado al ego o al humanismo en varios aspectos. Por un lado, la situación no es natural. Los perros no están naturalmente contentos bajo el agua. Por lo tanto, algo anda mal con el “perro” de esta mujer. Su instinto de perro es inconsciente, autodestructivo. Otra razón por la que el sueño no sentaría bien es que en la psicología humanista es el ser humano el más valorado. Las perspectivas y los valores humanos se identifican y se toman literalmente.

Dar la vuelta a las cosas de tal manera que estemos mirando desde la perspectiva del perro, confiando en el animal sobre el punto de vista humano, puede llevarnos a tomas de conciencia que otras perspectivas más habituales no permiten. La perspectiva de Layard profundiza y enriquece nuestra comprensión. Si todo está bien excepto el ego del sueño, es “correcto” que el perro muera. Quizás el perro es como un viejo instinto, eficaz durante muchos años para olfatear qué era qué, pero ya no se necesitaba. Tal vez sea necesario un nuevo perro con nuevos sentidos.

Regla general n.º 15: Escucha a tus amigos, ama a tu maestro

Regularmente dirijo seminarios para estudiantes en las etapas finales del estudio psicológico profundo. El simulacro es que cada estudiante se toma varias horas durante el fin de semana para hablar sobre su trabajo con un cliente.

A medida que los participantes interactúan en torno a las imágenes y los procesos que surgen, me sorprende lo bien que han llegado a entenderse unos a otros. Por supuesto, cada uno llega al fin de semana con perspectivas particulares y teorías favoritas. Puede que no siempre estén de acuerdo, pero eventualmente todos llegan a apreciarse mutuamente, a entender lo que se dice y de dónde viene. Se escuchan unos a otros, ya mí.

¿Saben que soy un psicólogo arquetipal? ¿Conocen mis antecedentes? No sé. Si lo saben, ciertamente no en detalle. Sin embargo, están haciendo lo que considero psicología arquetipal. Están enfocando cuidadosamente lo que aparece como imagen, conscientes de su encuadre, las lentes que usan. Ponen entre paréntesis las explicaciones causales y aprecian las resonancias miméticas. Han aprendido a robar. Hacen un uso inventivo de los recursos disponibles (¡el bricoleur!). En un grado u otro, cada uno tiene buen ojo para alguna línea «verdadera». Recitan la regla de Layard como un mantra. ¿Es esto psicología arquetipal? Bueno, ciertamente es una forma de eso.

Gracias, James Hillman. Esos años en la mezcla contigo fueron fundamentales para mi aprendizaje, gloriosos en alcance, difusión y elevación, más allá de la inspiración. Fue un viaje extraordinario. Quedo profunda y eternamente agradecido contigo, mi maestro.

La dinámica de las ideas

Logos del alma

En mi soledad he visto cosas muy claras, que no son verdad.

Antonio Machado

La palabra “idea” proviene del griego eidos que significa “forma”, para Platón tales imágenes permanecían eternas en el mundo de los arquetipos, aquellas figuras primordiales de las cuales los objetos del mundo son mero reflejos. La raíz etimológica remite la palabra al verbo griego designado para indicar el acto de ver. Así, la idea es aquello que se ve, pero también a través de lo cual se ve. A partir de esa paradoja, Platón pudo configurar una particular teoría en la cual, existen formas esenciales que son invisibles para los ojos, la salvedad se encuentra en el establecimiento de distintos niveles de percepción, pues el hombre normal, según Platón, es incapaz de alcanzar sensorialmente el mundo de las ideas arquetípicas, sólo le es permitido tener acceso a las sombras que éstas representan ante la realidad. Las ideas son inalcanzables por la vía cotidiana, pero sus remanentes constituyen lo perceptible.

En la filosofía platónica las ideas son inmutables, su forma terrena en cambio es siempre inconstante. Esto supone la dualidad entre la esencia y la apariencia. En cada ser, si se piensa en esa ontología fragmentaria que es la óptica individualista, existe una forma que se conserva y otra que no, la primera corresponde a una estructura perenne que proporciona una identidad definida, es decir, una igualdad con una estructura de orden arquetípico. La segunda es un cascarón siempre renovable. Por lo tanto, las ideas son cambiantes y estáticas a la vez.

En la mitología china se aduce que aun después de la creación de las diez mil cosas, del universo, éstas siguen siendo una unidad, dicha intuición resarce la naturaleza mutable y la inmutable del ser. Pero el acceso humano a lo real es sumamente limitado, el contacto del hombre con el mundo, y esto incluye a otros hombres, se inicia primariamente en el plano sensorial. El individuo, expuesto a los estímulos exteriores, recibe ciertos impulsos a través de sus sentidos, dispuestos por su morfología orgánica, luego, los mismos, convertidos en señales eléctricas y químicas, son reconfigurados por las estructuras nerviosas superiores basándose en las experiencias anteriores del sujeto en cuestión. Esto implica que el hombre jamás tiene acceso al mundo objetal, su único contacto con esa esfera de la existencia es a través de la experiencia estrictamente subjetiva. La acepción común del concepto de idea, es precisamente el acomodamiento perceptual que el sujeto lleva a cabo, de forma inconsciente, para entrar en una relación irreal con el mundo que lo rodea. Ese contacto, aunque ficticio, es lo que le permite desarrollarse y sobrevivir.

En principio el mundo es real, pero no hay forma de saberlo, la interacción únicamente ocurre en un nivel imaginario, el universo es una invención del ser que lo concibe. Aun así, es necesario seguir inventando dicho universo, los conceptos o ideas cobran entonces un papel predominante pues acercan y sirven como medio para interactuar con lo real, a modo de filtro y de puente. Una vez inventada la idea, ésta sirve de vía única para la relación sujeto-objeto. Pero entonces surge la cuestión de ¿quién es el verdadero observador? ¿el sujeto o la idea misma? pues si fuera el sujeto éste tendría que ocupar un lugar sobre el plano noético y ser autónomo de tal dimensión, sin embargo, el proceso de la auto-consciencia que caracteriza al ser humano conlleva que él mismo está imbuido por ideas y, realmente, no es sino la dinámica de éstas en el proceso de ser conscientes de sí mismas. De esta forma la idea ha transcurrido de ser “a través de lo que se observa y lo observado” a ser “quien se observa a sí misma” o simplemente el puro acto de observación. Su naturaleza delusoria es parte inherente de su estructura, pues requiere ser fantasía para conservarse como un proceso móvil que ha de ser concebido solo como movimiento lógico.

Las ideologías son el conjunto de ideas que conforman la percepción sistemática de la existencia, surgen como rutas de supervivencia y dotan de esquemas formales que con el tiempo se concretan. El hombre las asume y las despliega a lo largo de su vida, ya que le proporcionan seguridad acerca de su medio, no obstante dicha constancia es limitada, pero es mejor que cualquier incertidumbre. Una buena ideología proporciona un equilibrio entre la dinámica ordenada y la caótica, explica algunas cosas que suceden y deja abierta la respuesta a otras, permitiendo la mutación de los esquemas que le son propios, su confrontación con sus contradicciones inherentes. Sin embargo, esto sucede pocas veces de manera sencilla, lo más común es que el conjunto de individuos, cómodo con el cúmulo de ideas que ostentan, prefiera no cambiar y ni siquiera cuestionar su visión del mundo. Se resisten al movimiento lógico de las ideas, por que temen la faz oscura de la incertidumbre, así se establecen de manera rígida en las ideas hegemónicas y las implantan a guisa de sistemas inamovibles. Por ello, las ideologías son comúnmente nociones detenidas y por eso es difícil cambiar los esquemas cognitivos de cualquier persona, a menos que estos entren en conflicto con su vivencia actual y estén en pleno desequilibrio.

Lo común es que las personas defiendan ciegamente las ideas que sustentan su experiencia cotidiana. La historia de las civilizaciones tiene como marco la constante batalla entre la evolución y el estatismo de los sistemas conceptuales, la religión y sus guerras santas son un perfecto ejemplo de cómo los conceptos inamovibles decaen en la destrucción de quienes se oponen a ellos, y no sólo la religión también la razón y la ciencia sufren de este mismo destino pues sus defensores no se dan cuenta de que la presencia de un método es en principio una invención útil que por supuesto habrá de ser superada. La literalización de las ideas es parte de su camino hacia sí mismas siempre que la constitución de los edificios teóricos sea sucedida por la demolición de aquellos.

En la dimensión de las imágenes no hay diferencia entre el mundo de los dioses y el de las partículas elementales, ninguno representa fielmente la realidad, empero, la emergencia de la noción en ambas figuras permite diferenciarlas de acuerdo a sus contextos y a la vida lógica a la que se adecuan. Pero en cuanto se olvida que la vida es sueño nacen de este descuido los ismos y la ceguera, que tienen como matriz el miedo innato al cambio y a la tempestad. Dicha situación, ciertamente, dura poco, y realmente es un tanto inútil; y es que la dinámica de la realidad, aunque desconocida, termina siempre por derribar los muros limitantes. Mientras tanto, el horror de la incertidumbre permanece. Las ideas son vehículos para alcanzar un mundo inalcanzable, ilusorio y necesario, pero el olvido de su naturaleza proteica sume al hombre en el sufrimiento y la desesperación, el servidor se convierte en el tirano o en el esclavo, dos facetas de la misma vivencia, y se llega así al izamiento de creencias dogmáticas, aquella que enuncian una realidad estable y que desprecian todo lo que no se ajuste a su método de indagación. En esta sociedad dominada por las ideas rígidas cualquier desequilibrio resulta desastroso, pues no existe la claridad de que las cosas son ideas y, por ello, puro movimiento lógico. Por eso lo real es tan peligroso, pues quien cree haber entendido el mundo es dueño de un universo muerto y degradado, pero la verdad, felizmente, será siempre transitoria y fija a la vez.