Creatividad, espontaneidad e independencia, los valores del capitalismo emocional

Logos del alma

En la cultura posmoderna se evalúa al sujeto de rendimiento de acuerdo a ciertos estándares que determinan su adaptación al modelo socioeconómico imperante, estos atributos esperados no tienen que ver con la conveniencia de la persona sino con las necesidades de un mercado autónomo que requiere actividades incesantes como la producción y el consumo. El individuo es absorbido en una vorágine de productividad que le exige incluso que él mismo se fabrique una faceta como objeto de intercambio comercial. El propósito del capitalismo es la transformación de los individuos en productos.

Entre las actividades que fomentan la mutación mercantil de la persona, una de ellas es la demanda constante por el crecimiento personal o la búsqueda de la salud mental. Por supuesto, hay una oferta creciente de productos para poder lograr dicho objetivo, de ellas se alimentan las miríadas de terapias que ofrecen lo que también se ha llamado las emotional commodities, una especie de activos intangibles con los que se pueden hacer transacciones en el mercado del potencial humano o de lo que Sloterdijk ha llamado la antropotécnica, que no es otra cosa sino la fase técnica de la construcción del Yo, concebido, ilusamente, como libre de las ataduras sociales pero inmerso más que nunca en los esquemas ideológicos inadvertidos.

Entre dichos activos emocionales, se encuentran tres de los que Adolf Guggenbül-Craig nos habla en su ensayo “Creativity, Spontaneity, Independence: Three Childrens of the Devil”, ahí argumenta, con la brillantez que lo caracteriza, en contra de tres pilares de la psicoterapia moderna y que en la cultura popular se subrayan como facetas ideales del ser humano: la creatividad, la espontaneidad y la independencia. Este artículo puede ser encontrado en su libro “From the Wrong Side” editado por Spring Publications.

En cuanto a la idea de la independencia, propia del hombre self-made y de los alegatos posmodernos del desapego y de la atomización del sujeto, Guggenbül-Craig señala que resulta contra intuitivo promulgar la independencia del individuo pues éste no es otra cosa sino los lazos relacionales que lo constituyen, el hombre siempre está en una posición dependiente del medio, de sus congéneres y sobre todo de las múltiples imágenes que se expresan en su vida psíquica; nadie es realmente independiente. El ser humano es un proceso intencional dirigido siempre hacia los otros, inclusive factores como su identidad no pueden emerger sino es en la compañía de sus congéneres. La fragmentación del ego moderno evade la verdad sobre el hecho de que la unidad solo lo es en relación con su propia naturaleza multiple.

Por otra parte, la espontaneidad es un atributo poco deseable del sujeto, si todos actuáramos de forma espontánea, dejándonos llevar por nuestros impulsos inconscientes, ciertamente cometeríamos las más horribles atrocidades, nuestra imaginación está llena de buenos deseos, pero también, y quizá más predominantemente, de impulsos destructivos que tienen que ser refrenados continuamente para poder vivir en comunidad. Mucho se ha conjeturado en que la cultura no es sino el desvío de una violencia primaria hacia actos que la subliman. Ademas, ser espontáneo es bastante engañoso cuando responde a una prerrogativa de la moda imperante.

En cuanto a la creatividad, el autor indica que confundimos la habilidad personal o la sensibilidad subjetiva con la verdadera creatividad, la cual es una propiedad no del individuo sino del contexto psicológico en que éste se desarrolla, es el “alma” quien es creativa y usa al hombre de genio para expresar la verdad de su tiempo; esta situación no es un privilegio sino una carga que muchas veces arruina la vida de dicho hombre genial.

Al exigir al hombre moderno que sea espontáneo, creativo e independiente, la psicología actual le orilla al complejo de dios, es decir, a la apropiación de una voluntad autónoma que se manifiesta de forma inusitada en cada sujeto, esto es una clara señal de la inflación egoica que caracteriza los tiempos que transcurren y es, tal vez, la enfermedad de nuestra era.

Ante la urgencia del capitalismo emocional, una terapia verdaderamente psicológica tendría que estar centrada sobre todo en la desestimación de las ambiciones egoicas y en la aceptación de nuestra falta de grandiosidad, una terapia de la mediocridad, en una época en que tal palabra es casi un tabú, pero que nos sitúa justamente en el punto medio de una cadena que va desde lo más primitivo hasta lo más sofisticado, desde lo animal hasta lo divino y el ser humano justamente, ordinariamente, en un lugar equidistante de ambos puntos. Ni animal, ni dios, simplemente siendo lo que ya es.

Judas

Reseñas y recomendaciones

La historia de Judas Iscariote es de las más intrigantes en el Nuevo Testamento, en la que un hombre traiciona a su maestro y amigo, pero que, sin embargo, lo hace siguiendo un plan divino, que sin su pecado no podría consumarse; de cierta manera es un reflejo especular de ese primer pecado cometido en la guerra celestial, que transformó en príncipe de este mundo a la más bella de las criaturas y cuya caída permite la contradicción de la divinidad y abre la senda del hombre. Siempre la felix culpa es la que desata el flujo de la historia.

En un cuento, Borges conjeturaba sobre posibles tramas alrededor de la figura de Judas, al final el personaje principal de su historia entendía que Dios había descendido hasta lo más bajo de la existencia, hasta el pecado más terrible que un hombre puede cometer: la delación. Por lo tanto, la divinidad había escogido a Judas como su receptáculo, Cristo era realmente Judas.

Así, en el comic “Judas” publicado en el 2019, Jeff Loveness, de la mano del magnífico dibujo de Jakub Rebelka, nos relata un episodio particular sobre el apóstol traidor, donde justamente después de suicidarse, éste baja a los infiernos y comienza a reflexionar en la terrible determinación de la historia como la voluntad de un dios desplegándose y arrastrando la vida de los hombres, indefensos contra sus caprichos.

Sin embargo, en el momento en que Jesus desciende a los infiernos, tal como cuenta el mito, Judas es el único que puede acompañarle, es entonces que entiende su papel en el drama divino, él tiene un camino fijado pero es responsable de esa senda que le corresponde de manera particular. Entonces, mientras el Cristo rompía las puertas de los infiernos, él, el delator, tenía que ser el más fiel de los amigos y acompañar a su maestro para evitar que se perdiera en su humanidad.

Mientras a los apóstoles se les otorgaba la tarea de esparcir la palabra y ofrecer el camino al reino que no es de este mundo, la labor de Judas sería hacerlo en ese oscuro lugar lleno de almas sufrientes. Es entonces que nos damos cuenta de que Dios también está atrapado por su voluntad y que, igual que él, es nuestro deber cargar con la propia cruz.

“Judas” es una conmovedora historia de redención, pero sobre todo de amistad, que nos recuerda que: “No hay amor más grande que este: Dar la vida por los amigos”, pero también nos permite pensar en otros temas relevante como el lugar del fracaso en la existencia, la determinación y el libre albedrío, la historia como un compromiso interno a nuestra naturaleza y la fragilidad de nuestros juicios morales, todas ellas cuestiones que yacen inherentes en la propia enseñanza del cristianismo, no como institución sino como un camino de pensamiento.

Introducción a «The Neurosis of Psychology»

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Introducción al libro ‘The Neurosis of Psychology’, volumen I de los artículos reunidos en inglés, pp. 1-17

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Ha habido muchas denominaciones para la psicología establecida por C. G. Jung y continuada, de una forma u otra, por los llamados junguianos: «psicología junguiana», «psicología analítica», «psicología compleja», «psicología arquetípica». Jung también se refería a veces a su psicología, sin dar a esta frase el estatus de nombre oficial y sin indicar explícitamente que se refería a su propia psicología, como «la psicología moderna del inconsciente.» Pero también podía hablar de «mi psicología crítica».1 De nuevo, se trata más de una descripción que de un nombre. Pero por razones que expondré brevemente aquí, «psicología crítica» podría ser un buen candidato.

La última frase que he citado es del año 1957. Pero «psicología crítica» aparece en los escritos de Jung ya mucho antes, al menos a principios de los años treinta, por ejemplo, en su «Prólogo a la edición argentina» (1934) de Tipos psicológicos2 y en una carta a Wolfgang Kranefeldt de 1933.3 En el uso más temprano de la frase se refiere a una idea bastante directa, como muestra la explicación de Jung: «una psicología crítica que se ocupa de la organización y delimitación de los procesos psíquicos que pueden mostrarse como típicos»,4 «un aparato crítico para la criba del material empírico».5 La franqueza del pensamiento que prevalece en estas citas radica en el hecho de que aquí hay una clara distinción entre la tipología como herramienta («aparato»), por un lado, y el material u objeto al que se puede aplicar esta herramienta, por otro. El hecho de que Jung rechace aquí, o reduzca a una importancia secundaria, el «diagnóstico caracterológico del paciente» en favor de la tipificación «de sucesos psicológicos» no cambia realmente la clara separación entre instrumento aquí, y material críticamente «tamizado», «organizado» y «delimitado» por medio de ella allí.

Las primeras reflexiones de Jung que desembocaron en su posterior tipología habían servido, sin embargo, al propósito de hacer consciente el problema de la «ecuación personal». El origen de su tipología hacia 1913 y antes había sido el deseo de explicar psicológicamente las diferencias teóricas básicas entre la perspectiva freudiana del «eros» y la perspectiva adleriana del «poder» sobre los procesos psicológicos, que para Jung no podían resolverse declarando que una era verdadera y la otra falsa. La idea de tipos actitudinales básicos, tipos de movimiento psíquico (extraversión frente a introversión), parecía ofrecer una explicación. Lo interesante en este contexto es que esta idea rompió con la oposición lineal del psicólogo (estudioso de los procesos psíquicos) frente a los procesos psíquicos y comenzó a acercarse a una concepción circular de la relación entre el psicólogo y la realidad psicológica: el movimiento psíquico de la libido no sólo actuaba ahí fuera en el paciente, sino también en el analista, y no por separado (o el uno después del otro), sino de tal modo que precisamente mientras el psicólogo observaba los procesos psíquicos en el paciente, él mismo estaba sujeto a procesos psíquicos, de modo que sus explicaciones eran tanto un fenómeno psíquico como aquello que debían explicar. Es una misma vida psicológica la que aparece en ambos lados.

En sus comienzos, Jung aún no se había percatado plenamente de las trascendentales consecuencias de esta idea seminal suya para la constitución básica de la psicología. Pero con el paso de los años se fue imponiendo la diferencia decisiva entre la psicología y las ciencias naturales. Cayó en la cuenta de que en psicología era el alma misma la que tenía que reconocer al alma. Esta idea encontró su expresión más clara y sistemática en el último ensayo de Jung, «Sobre la naturaleza de la psique» (1954, versión anterior 1946). Allí leemos,

[La psicología] carece de la inmensa ventaja de un punto de Arquímedes como el que disfruta la física. … La psique … se observa a sí misma y sólo puede traducir lo psíquico de nuevo en lo psíquico…. La psicología no tiene ningún medio en el que reflejarse: sólo puede representarse a sí misma en sí misma y describirse a sí misma …. [Al describir los sucesos psíquicos, no nos hemos trasladado, desde el punto de vista científico, a ningún plano que esté por encima o al margen del proceso psíquico, y mucho menos lo hemos traducido a otro medio. (CW 8 § 421, trad. modif.)

… [L]a psicología se funde inevitablemente con el propio proceso psíquico. Ya no puede distinguirse de éste, y se convierte así en ella…. [No es, en el sentido más profundo, una explicación de este proceso, porque ninguna explicación de lo psíquico puede ser otra cosa que el proceso vivo de la psique misma. La psicología tiene que sublimarse como ciencia y ahí precisamente alcanza su meta científica. Toda otra ciencia tiene un punto fuera de sí misma; no así la psicología, cuyo objeto es el sujeto mismo que produce toda ciencia. (§ 429, trad. modif.)

El alma es autorreflexión, autorrelación, y la psicología (explicaciones o descripciones psicológicas) es una de las formas en que el alma se refleja a sí misma. La oposición básica de las ciencias de sujeto y objeto, teoría y naturaleza, no existe en y para la psicología. La psicología no puede ser una ciencia. Es en sí misma y desde el principio ciencia sublimada, en sí misma psicología «científica» sublimada. La clara distinción entre la psicología y su objeto, el alma, no puede mantenerse: la psicología es en sí misma alma y el alma es interpretación de sí misma (psicología). Tanto el alma como la psicología siguen una lógica «urobórica».

Si bien es uno de los mayores méritos de la psicología de Jung haber avanzado hasta esta perspicacia, es deplorable que Jung considerara negativamente la situación de la psicología, que analizó correctamente, como una «cosa trágica» (§ 421) y considerara que la psicología se encuentra por ello «en una situación desafortunada» (§ 429, trad. modif.). Esta valoración negativa es, en mi opinión, «lo trágico» del propio Jung.6 Por lo que puedo ver, su ideal tácito y expreso seguía siendo la idea de una psicología como ciencia objetiva y del psicólogo como observador neutral de la psique como un hecho de la naturaleza (pues incluso en el mismo pasaje que contiene su asombrosa perspicacia se dice explícitamente «en comparación con las demás ciencias naturales» que la psicología se encuentra en dicha desafortunada situación).

Así que sólo tenía la resignada conciencia de que -lamentablemente- este ideal no podía, por principio, hacerse realidad. No estuvo a la altura de su propia perspicacia. Lo vio correctamente, nos presentó aquellas afirmaciones que realmente superan lo que podríamos llamar el positivismo imperante de la mente científica convencional, pero las percibió y evaluó desde abajo, desde el viejo punto de vista positivista como su norma y medida. No se desprendió de las mismas expectativas y de ese sistema de valores que sus propios conocimientos superaron y destrozaron. Su perspectiva, o mejor dicho, la forma lógica de su conciencia, no se acomodaba al contenido semántico que su conciencia albergaba. El insight revolucionario se limitaba a la «semántica» de la conciencia, mientras que la «sintaxis» de la conciencia permanecía inalterada. Jung vislumbró una gran concepción desde lejos, pero no dio el paso adicional de entrar en ella, de aplicarla a su propia mentalidad o a la constitución lógica de la psicología. La suya fue y siguió siendo una reflexión externa (äußere o äußerliche Reflektion) sobre la psicología, mientras que el mensaje de esta reflexión externa era que la psicología es una reflexión interna o inmanente.

Más que eso, Jung tampoco fue capaz de aclamar esta situación de la psicología (tal como él la describió) como la distinción y el privilegio de la psicología, y como su oportunidad singular. Lejos de ser la trágica desventaja de la psicología, el inevitable carácter autorreflexivo de la psicología es en realidad algo así como su tierra prometida. Sólo si su carácter hubiera sido abrazado conscientemente por la psicología, habría vuelto a casa consigo misma, se habría unido lógicamente con el alma y de este modo, y sólo de este modo, se habría convertido en verdaderamente psicológica. Su alienación o exilio de su hogar, la tierra del alma, y de su objeto, la vida del alma, habría terminado. Pero Jung no se elevó al nivel requerido por su propia perspicacia, en el que podría haber apreciado que esta compleja e implicada estructura de autorreflexión traiciona y requiere a la vez un estatus superior de conciencia; que es indicativa de la conquista de un grado superior de refinamiento lógico de la mente y de un significativo avance cultural más allá de la ingenua inocencia de la postura de la inmediatez para la que existe una inequívoca separación de teoría aquí y hecho allá.

Por increíble que parezca, ya en 1954 declaró abiertamente que lo no psíquico es la norma y la medida de lo psíquico. «Si hemos de emprender reflexiones fundamentales sobre la naturaleza de lo psíquico, necesitamos [!] un punto arquimédico que sea el único que haga posible un juicio. Esto sólo puede ser lo no psíquico…» (CW 8 § 437). Una clara confesión por su parte a la reflexión externa como base de la psicología en todas las cuestiones fundamentales y a una postura en última instancia «positivista». Cuando se trata de la naturaleza de lo psíquico en sí, entonces de repente lo psíquico ya no tiene «todo lo que necesita dentro de sí».7 Más bien, Jung sugiere que hay que haber abandonado la psicología y posicionarse fuera de la psique -volverse no psicológico- para llegar a ser capaz de comprender la naturaleza de la psique. Da una razón para su punto de vista en la continuación de la frase citada: «… pues, como fenómeno vivo, lo psíquico yace incrustado en algo que parece ser de naturaleza no psíquica. Aunque percibimos esto último sólo como un dato psíquico, hay razones suficientes para creer en su realidad objetiva.» Se supone que la experiencia ordinaria y cotidiana del mundo del yo es decisiva. Esta experiencia es lo que aquí fundamenta Jung. Mientras que empírica y semánticamente el mundo entero está, como Jung subraya una y otra vez, incrustado en la psique y estamos ineludiblemente rodeados por la psique por todos lados (lo que incluso se confirma una vez más también en esta misma cita: «sólo un dato psíquico»), lógica, epistémica y sintácticamente para él es al revés. Jung (al menos aquí) no quiere que la psicología tome su propia medicina, esa medicina que se expresa, por ejemplo, en su advertencia (relativa al fenómeno psicológico individual): «Sobre todo, no dejes que nada de fuera, que no pertenezca, se introduzca en ella…»8 No quiere que la psicología se sumerja en su propia interioridad para encontrar la «verdad» más profunda sobre sí misma exclusivamente dentro de sí misma y a través de su propia autorreflexión.

Sin embargo, sólo es capaz de rescatarlo de su propia interioridad mediante una disociación. La «inmersión en el baño» (alquímico) está, por así decirlo, reservada al individuo que experimenta en la práctica de la psicología (análisis), pero rechazada cuando se trata de «reflexiones fundamentales» por parte de la teoría psicológica, es decir, cuando se trata de la forma lógica de la psicología misma.

Esta incapacidad de Jung para ver la situación básica de la psicología descrita y lamentada por él, a saber, que no tiene un punto de Arquímedes, como un paso adelante fundamental por parte del alma es, por cierto, una de las razones por las que necesitaba vehementemente y, por así decirlo, «instintivamente»9 para rechazar a Hegel.10

Pero sea como fuere, a pesar de estas deficiencias, Jung nos legó la preciosa visión del entrelazamiento mutuo de la observación psicológica y la fenomenología psíquica observada y la inextricable inmersión de la psicología como disciplina teórica en aquello de lo que trata esta disciplina, a saber, la vida del alma. La psicología no tiene la vida del alma claramente delante de sí como una positividad, un hecho natural. Desde el principio es ella misma una expresión de esta vida, de modo que tiene la vida del alma a la vez delante de sí y a sus espaldas, como su a posteriori y su a priori. Esto es lo que significa decir que el alma es autorreflexión. El carácter autorreflexivo del alma tiene como consecuencia que la vida del alma, por principio, no puede ser para la psicología un objeto idéntico (semejante a una cosa), un «hecho». En este sentido, el alma no debe ser comprendida como una parte de la naturaleza, ni en términos ontológicos (en términos de ser: como una entidad, una sustancia). Es esencialmente mental, noética, lógica.11 No es una realidad inmediata, sino en sí misma ya reflejada. No hay primero un alma como entidad existente que luego resulta que también se refleja a sí misma como una de sus actividades. «El alma» es autorreflexión y nada más: es interpretación y aquello de lo que es interpretación es ella misma interpretación. Podríamos expresarlo así: el acontecimiento real de tal autorreflexión, el acontecimiento de que una lógica «urobórica» se ha hecho explícita, es lo que llamamos, con un nombre todavía mitificador y sustantivador, «el alma.» Y puesto que «alma» y «psicología» son sólo dos momentos distintos de lo mismo en el sentido de la unidad de la unidad y diferencia de psicología y alma, la psicología tampoco es una teoría sobre o interpretación de ciertos hechos o acontecimientos naturales directos (inmediatos). Al tener una estructura autorreflexiva, es la interpretación de interpretaciones (puntos de vista, teorías) de la realidad. Cuando dije que la psicología no puede ser una ciencia, quise decir que no puede operar con la ficción de que tiene su objeto directamente frente a sí misma y que este objeto es lo que es, independientemente de sus interpretaciones (de la psicología).

A través de estas consideraciones basadas en las posteriores ideas de Jung, nuestra noción de «psicología crítica» se ha vuelto mucho más compleja y profunda. Una psicología crítica en este sentido implica una psicología que intenta llegar y mantenerse en el nivel de la lógica urobórica brevemente descrita. Por supuesto, nos queda a nosotros extraer de la intuición de Jung las consecuencias necesarias que él no pudo extraer por sí mismo. Lo que para él era y seguía siendo un contenido previsto de su pensamiento frente a la conciencia tiene que convertirse para nosotros en la base misma así como en la forma lógica intrínseca de nuestro pensamiento psicológico mismo. Y los trabajos reunidos en este volumen tienen en su mayor parte el propósito de preparar el terreno para tal concepción de la psicología o incluso mostrarla en acción.

Pero si estos papeles están en el camino de una «psicología crítica, ‘crítico’ también puede implicar el significado más ordinario, en nuestro caso una crítica cáustica en el sentido de «probar los espíritus», si están de acuerdo con la constitución desarrollada de la psicología o no. Hay una tremenda simplificación en el trabajo de la psicología junguiana tal como la practican los junguianos. Lejos de haber sacado las consecuencias del significativo discernimiento obtenido por Jung sobre el carácter autorreflexivo del alma y la psicología, por lo general incluso se han quedado atrás de este discernimiento y operan ingenuamente con la idea de una realidad psicológica como un dado inmediato, con su creencia en el alma como un hecho natural, con símbolos y arquetipos como entidades objetivas, etc. (Una marcada excepción es la Psicología Arquetípica, establecida por James Hillman, con, por ejemplo, sus ideas de la psicología como creación del alma, de la ficción de las historias de casos, de la base poética de la mente, y de las perspectivas arquetípicas que gobiernan nuestra visión y pensamiento sobre el material psicológico. Aquí se ve una estructura autorreflexiva en funcionamiento). Lo que generalmente rige es una postura caracterizada por la inmediatez y la positividad, por un pensamiento objetivista, naturalista y personalista, que es absolutamente incompatible con una psicología que ha tomado conciencia de sí misma. Incluso cuando se citan las ideas de Jung, por lo general sólo se hace caso omiso de ellas y no tienen ningún efecto de retroalimentación sobre la constitución de la psicología y la mentalidad real del psicólogo, que permanecen inmunes.

Una «psicología crítica» debe alejarse de este tipo de psicología simple. Por esta razón necesitamos un equivalente en psicología a lo que Nietzsche, en el subtítulo y prefacio de su Götzendämmerung, llamó «filosofar con un martillo». Lo que Nietzsche tenía en mente con el martillo no era una herramienta para destrozar. Incluso comparó el martillo con un diapasón (¡!), porque lo que trataba de discernir con la ayuda del suave tacto de un martillo era si aquello a lo que se aplicaba daba o no «ese famoso sonido hueco». No hace falta machacar, porque para la psicología, como para la filosofía, el sonido hueco, si se hace audible, es la autodestrucción de lo hueco. Sin embargo, este tipo de crítica no deja de ser una reflexión externa, porque el martillo o el diapasón se aplican desde fuera al texto o doctrina investigados. Debemos tener esto claro y distinguirlo de la «psicología crítica» propiamente dicha, que es autorreflexiva. En esta «Introducción» ya he probado el martillo sobre la postura cientificista de Jung. La revolucionaria visión de Jung sobre la naturaleza autorreflexiva de la psicología resultó ser hueca porque no se aplicó a sí misma a la psicología.

Todos los artículos de este volumen se escribieron por separado, y a menudo para ocasiones concretas, como conferencias. Sin embargo, aunque no era la intención en el momento de escribirlos, no sólo «circunvalan alrededor del mismo centro», sino que, al menos en parte, puede demostrarse que siguen una línea de pensamiento coherente, aunque no intencionada. Cada artículo aporta una exploración de un aspecto o componente esencial de una psicología que merecería su nombre. En los comentarios que siguen intentaré, en retrospectiva, aclarar la coherencia interna de los distintos temas y las diferentes orientaciones de cada uno de los trabajos.

El primer artículo de esta colección, sobre Erich Neumann, está dedicado, como indica el subtítulo, a una «Crítica fundamental» de su psicología, una crítica evidentemente sólo en el sentido de reflexión externa, como ya se ha explicado. La obra de Neumann y la pretensión esencial que conlleva se toman como «dados» objetivos y se someten a continuación a un examen crítico. A pesar de este carácter externo de la crítica, la cuestión es decisiva para la psicología junguiana. Lo que está en juego en la concepción de Neumann es la relación entre lo empírico-histórico y lo arquetípico o mítico (trascendencia), lo personal o individual y el género humano. La crítica principal de mi trabajo es que, en cada caso, la forma en que se establecen los dos polos en su esquema equivale a una mistificación. Esta mistificación es el resultado del hecho de que no se presta atención a una complicación psicológica esencial a la que se alude en el subtítulo del Mysterium Coniunctionis de Jung, a saber, la «separación y síntesis de los opuestos psíquicos». Neumann, se demuestra, «sintetiza» (amalgama, incluso iguala) los opuestos sin más, sin su previa separación implacable. La unidad que en realidad debería ser el resultado de una mediación en el sentido de unidad de la separación y unidad de los contrarios se convierte así en una unidad plana, inmediata (aunque inflada). («¿Ontogenia = Filogenia? Una crítica fundamental de la psicología analítica de E. Neumann»).

Pero los trabajos que siguen operan ya en el espíritu de una «psicología crítica» en el sentido más elevado de una psicología autorreflexiva (aunque la psicologización «a martillazos» sigue desempeñando aquí también un papel). Así, lo que emerge en «Sobre la neurosis de la psicología o El tercero de los dos» es que aquello de lo que la psicología terapéutica práctica trata de ocuparse «ahí fuera» en los pacientes, la neurosis, es ya, aunque sin saberlo, inherente a la propia teoría de la psicología. La inocente tendencia a centrarse en los casos y en el material psicológico antes que en la conciencia mantiene a la psicología inconsciente sobre el hecho de que la teoría (o teorías, en plural) que guían su conciencia están siempre en ella, desde el principio. Pero lo fuerte que es la tendencia a evitar la estructura autorreflexiva de la psicología se revela especialmente en dos hechos. En primer lugar, la idea misma de autorreflexión sólo existe en su forma literalizada y actuada como actividad separada y como comportamiento personal, a saber, en forma de análisis de entrenamiento que precede a la propia práctica del análisis. En segundo lugar, incluso el propio carácter inseparablemente urobórico de lo psicológico aparece a la conciencia psicológica convencional sólo como embutido en la esfera social literal, donde se positiviza como esos fenómenos que se llaman transferencia y contratransferencia. Lo que en realidad debería ser la forma intrínseca de la constitución de la psicología se reduce a sucesos empíricos que ocurren en el curso de la práctica de la psicología. Las personas empíricas tienen que llevar la carga que la psicología como teoría o la constitución lógica de la psicología no quiere llevar. Se mantiene sistemáticamente libre de la lógica urobórica que la convertiría en verdadera psicología, mientras que al mismo tiempo la psicología puede vivir con la sensación de dar constantemente a esta lógica lo que le corresponde ya que, después de todo, atiende con gran esfuerzo a la transferencia personalista.

El verdadero lugar del alma no es el individuo empírico en su positividad. Su verdadero locus es la psicología, la psicología no tal como se concibe abstractamente como ciencia, sino como ese pensamiento vivo concreto al que el individuo puede elevarse.

Después de que la psicología haya vuelto a sí misma desde su fijación exterior en las personas y acontecimientos empíricos que estudia, es necesario reflexionar sobre la oposición entre interioridad y exterioridad como tales. Esta es la tarea del artículo sobre la proyección («El salto después del lanzamiento: Sobre ‘ponerse al día con’ las proyecciones y sobre el origen de la psicología»). Resulta que, en el sentido del entrelazamiento urobórico de los opuestos, la verdadera interioridad no se alcanza retrayendo el movimiento hacia fuera inherente al fenómeno de la proyección, para volvernos hacia dentro (hacia lo que hay en nosotros mismos). Al contrario, este movimiento hacia el exterior debe ser seguido, incluso superado, y sólo así se alcanza la interioridad como «tierra del alma». O mejor dicho, no se alcanza, en la medida en que «lo interior» no es un lugar literalmente existente al que se pueda ir, sino que se produce originariamente como resultado del movimiento interiorizador hacia la «pro-yección» (hacia las ideas o ficciones producidas por el alma) o del autoabandono por parte del sujeto a las producciones del alma. «El alma» no es, hay que hacerlo, sin embargo de un modo tan autocontradictorio (dialéctico) que lo que sólo es el resultado producido es sin embargo a la vez el origen de todo el movimiento. Ni que decir tiene que con esta actitud psicológica se disuelve también la noción convencional positivista y abstracta de la verdad como algo estrictamente «objetivo». Para la psicología, la apariencia, la ficción, las opiniones subjetivas ya no son el opuesto abstracto de la verdad.

Una vez que hemos llegado a la interioridad del alma a través de nuestra entrega implacable al movimiento exterior del alma, es necesario dar otro paso: un cierre radical del espacio interior creado. La entrega al movimiento del alma continúa ahora en forma de una entrega sin reservas al fenómeno psicológico (el contenido «proyectado») para excluir todo lo de fuera que no corresponda. Así se establece el equivalente psicológico al recipiente alquímico herméticamente cerrado y se concibe el fenómeno psicológico, el fenómeno en su totalidad, psicológicamente como una verdadera materia prima. Para la psicología en general esto significa que tiene que partir sistemáticamente del presupuesto de la autonomía de la psique. No debe tener «coartada»: ningún otro afuera, ninguna causa externa. Precisamente no un deseo, como todavía lo tenía Jung, de una traslación del proceso psíquico a otro medio. («¡Sin coartada! Comentarios sobre «La psique autónoma. Una comunicación a Goodheart desde el campo bipersonal de Paul Kugler y James Hillman»).

Un cierre similar es constitutivo de la psicología en un sentido temporal. En «The Present as Dimension of the Soul: ‘Actual Conflict’ and Archetypal Psychology» exploro este aspecto: la dedicación sin reservas al fenómeno psíquico en cuestión en su realidad presente (incluso si se trata de una patología), sin jugar con la idea de ninguna causa que se encuentre en el pasado ni con la idea de un objetivo de desarrollo futuro para la persona. (El ataque en este trabajo al desarrollismo en psicología es característico de los primeros tiempos de la «psicología arquetípica»). El objetivo psicológico no debe ser liberar de la patología a la persona que la padece, sino escuchar lo que esta patología tiene que decir y aprender a ver el mundo a través de sus ojos. En este trabajo, presentado por primera vez en 1977, introduje por primera vez el concepto de «diferencia psicológica», la diferencia entre el hombre y el alma. Con este énfasis en el presente vemos que la «each-ness» mencionada en el párrafo anterior necesita ser complementada por la «nowness» y, podría añadir aquí, por la «my-ness», como los tres caracteres de la verdad psicológica.

Si el «cierre» en el sentido indicado es constitutivo de la psicología, esto tiene consecuencias para la naturaleza particular y el estatus de los conceptos y las ideas básicas de la propia psicología. En «The Provenance of C. G. Jung’s Psychological Findings» se intenta explorar, a modo de ejemplo, la cuestión de cómo Jung llegó, y por qué tuvo que llegar, al concepto de arquetipos tan central para él. El objetivo no es, sin embargo, rastrear el desarrollo histórico del pensamiento de Jung que le llevó a su teoría de los arquetipos. Más bien, este artículo se ocupa de la «fuente» psicológica y lógica y de la necesidad interna de ese concepto. Queda muy claro cómo y por qué la psicología de Jung es incompatible con las ciencias naturales empíricas. El concepto de arquetipo, por el contrario, puede mostrarse como el resultado necesario de esa postura metodológica particular que puede llamarse verdaderamente «fenomenológica» debido a su compromiso con la individualidad de cada fenómeno. Esta postura metodológica nos abre el «alma» (la profundidad interior y la verdad) del fenómeno en cuestión, y esta profundidad interior y verdad es lo que Jung llama «arquetipo». El enfoque fenomenológico sólo es capaz de abrirnos la profundidad arquetípica de un fenómeno porque se mantiene fiel a cómo éste, el fenómeno, aparece. La verdad psicológica es la verdad de la apariencia, una verdad independiente de la diferencia entre «hecho» e «ilusión» (o «engaño») -y en este sentido verdad absoluta: verdad absuelta de la diferencia entre hecho e ilusión. La apariencia (Schein) tiene su verdad en sí misma, es la verdad arquetípica del fenómeno. Del mismo modo que en el trabajo sobre el presente como dimensión del alma se rechazaba la traición al fenómeno en cuestión remontándose tras él a sus causas en el pasado, aquí se rechaza el intento de desertar de la apariencia («¡fainómeno!») buscando una verdad fáctica tras la apariencia y precisamente en contraste con la apariencia (porque esta verdad pondría al descubierto que la apariencia ha sido mera apariencia).

Al entregarse sin reservas al movimiento del alma y a la profundidad infinita del fenómeno que nos ocupa, la psicología deja de tener una base sólida en la que apoyarse. Como había afirmado Jung, la psicología se funde con el propio proceso psíquico. No es ningún tipo de teoría o doctrina científica («positiva»), una suma total de descubrimientos empíricos y supuestos axiomáticos en los que, como base segura, pueda apoyarse todo trabajo posterior; no, incluso como teorización es, sin embargo, sólo movimiento, proceso, fluidez. Esto tiene consecuencias para la cuestión de qué constituye la identidad de un junguiano. No puede haber una identidad en el sentido positivista de la palabra. La psicología resulta ser una «empresa sin fundamento». En este sentido, el movimiento que antes se describía como un movimiento hacia fuera puede verse ahora simultáneamente como una caída, una caída en lo sin fondo y en lo infinito del alma. Pero precisamente y exclusivamente en su falta de fondo la psicología encuentra su base sólida. («Psicología junguiana: Una empresa sin fundamento. Reflexiones sobre nuestra identidad como junguianos»).

Una vez que se ha comprendido que la psicología se funde con el proceso psíquico mismo, la noción misma de un «sujeto» que hace psicología también se ve afectada. No puede sostenerse como el yo concebido como observador autoidéntico y neutral del curso de los acontecimientos. No es sólo que no tenga una base sólida en la que apoyarse, como se ha señalado en el párrafo anterior. Incluso su identidad interna como positividad o sustancia estable se disuelve. Lo que surge en la discusión de «El pensamiento del yo de Jung a la luz de sus experiencias subyacentes» es que el sujeto, que es el «segundo creador» de lo que ve, es en sí mismo una unión de opuestos; es su propio opuesto y, por tanto, autocontradictorio. Pero si es a la vez sí mismo (su propia identidad) y a la vez en sí mismo su propio otro, entonces ya no puede ser imaginado en términos ontológicos como un ser, una especie de entidad, sino que tiene que ser comprendido como negatividad, como vida lógica, como el juego de los contrarios.

El pensamiento del Yo tal como lo concibe Jung no habría sido posible en la antigüedad, aunque la idea de una unión de opuestos, de la unidad de la unidad y la diferencia del hombre y su Otro (Dios), era ciertamente un patrón de pensamiento familiar en la antigüedad. El «Yo» es algo nuevo. Lo que surge aquí es un sentido de la historia, de la historia como diferencia radical. La diferencia en términos psicológicos puede explicarse como la que existe entre un pensamiento en términos de mito u ontología frente a otro en términos de logos, entre la esfera de la «semántica» y la de la «forma lógica» o la «sintaxis». La historia es, por así decirlo, el laboratorio alquímico del alma en el que, entre otras cosas, puede formarse «el Ser».

Era inevitable que la historicidad del alma saliera a la superficie una vez que se ha comprendido que la psicología se funde con el proceso psíquico mismo. Pues, ¿qué significa que con la psicología no nos hayamos retirado a «un plano en modo alguno por encima o al margen del proceso psíquico», que la psicología «ya no pueda distinguirse de este último»? Si el alma es en sí misma movimiento o proceso debe ser fundamentalmente histórica, es decir, precisamente no inmersa en la historia y sujeta al tiempo como todo en la tierra, porque entonces la psique se imaginaría como una sustancia lógicamente distante que sólo está expuesta secundariamente, empíricamente, al cambio histórico; alma e historia se imaginarían como dos realidades distintas. Pero no: el alma es ella misma historia, y la historia es el autodesdoblamiento del alma. No hay un alma detrás, por encima o al lado del curso histórico de los acontecimientos. No debemos imaginarla como una sustancia atemporal, como un conjunto de constantes antropológicas «por encima del proceso psíquico». Jung escribió una vez: «Tengo que estar en todas partes por debajo y no por encima«.12 Lo que Jung expresó aquí como su actitud subjetiva debe aplicarse a la psicología misma, a la postura «objetiva», teórica, del psicólogo. La psicología necesita lógicamente sumergirse en el propio proceso psíquico, y sólo lo hace en toda su extensión si ya no se resiste a fundirse con el proceso histórico de tal manera que nada quede atrás. Por eso, un volumen sobre una «psicología crítica» debe incluir necesariamente una perspectiva histórica.

Un breve artículo sobre los resultados de una investigación estrictamente histórica realizada por un historiador, aunque no se ocupa principalmente de la cuestión de la constitución de la psicología, se incluye aquí porque intenta discriminar entre un enfoque histórico literal de la historia y uno psicológico («The Question of Jung’s Anti-Semitism’: Postscript to Cocks»).

En «Hospitalidad hacia los dioses en una época impía. Filemón-Fausto-Jung», se explora la diferencia histórica mencionada, la diferencia entre las épocas del mito y la modernidad. Se revela como una inversión completa. Las posturas ante el mundo en las dos épocas son diametralmente opuestas. La era del mito se caracteriza por una apertura fundamental, una receptividad u «hospitalidad» hacia la dimensión no positivista (lógicamente negativa) del mundo: hacia los dioses, lo imaginal, el resplandor interior infinito del fenómeno o situación concretos en cada uno de sus aspectos. Es el mismo resplandor interior del phainomenon («apariencia») que, según el artículo sobre «La procedencia de los descubrimientos psicológicos de C. G. Jung», llevó a Jung a desarrollar el concepto de arquetipos. La era de la modernidad, por el contrario, se cierra sistemáticamente a esta dimensión profunda del mundo fenoménico e insiste, en cambio, en los hechos y resultados positivos. Pero este cierre moderno a la infinitud del mundo es, por supuesto, la condición previa de la psicología. Mientras existiera un modo «mítico» de ser-en-el-mundo, la psicología en nuestro sentido no era necesaria ni posible. En C. G. Jung podemos ver eso y cómo sobre la base y en el estilo de la postura moderna, que se expresa también en la existencia de la psicología, resurgió el equivalente a la antigua «hospitalidad» hacia la profundidad divina interior de la vida fenoménica.

Dado que la diferencia histórica equivale a un giro completo, también puede experimentarse como una ruptura fundamental y, si se observan los contenidos característicos de cada lado, como una línea divisoria que separa la «religión» de la «psicología». Dado que esta ruptura sitúa a la religión a un lado de este abismo y a la psicología al otro, ambas son incompatibles. Sin embargo, no porque sean simples opuestos no dialécticos, como el fuego y el agua o el sí y el no, sino porque la psicología tiene que ser comprendida en un sentido amplio como la configuración sucesora de la religión. El sucesor deja obsoleto a lo que sucede. Ocupa el lugar, el cargo, que antes ocupaba su predecesor. Así que es precisamente su identidad en su diferencia lo que hace que la psicología y la religión sean incompatibles. La psicología no es un campo de especialidad en el concierto de las ciencias (como imaginaba Ulrich Mann). Es religión sublimada (tanto como ciencia sublimada y psicología inmediata y personalista sublimada). Una vez que la conciencia ha superado ese estadio en el que su esencia más profunda y sus valores más elevados se articulaban en forma de religión y ha entrado en el estadio en el que tiene una postura psicológica ante el mundo y la vida, se queda, religiosa y metafísicamente, con las manos vacías. Pero es precisamente este vacío el que tiene el potencial de convertirse en una nueva apertura y receptividad. («Ruptura. O: Psicología y Religión».)

La dialéctica de la apertura y el cierre en el contexto de la inversión histórica radical es el tema de «La liberación de la corriente de los acontecimientos: Okeanos y la circulación de la sangre». El cierre fundamental que se expresaba en la era del mito en la imagen de Okeanos rodeando el mundo como frontera absoluta resulta ser la condición de posibilidad de la apertura infinita de la mente a lo infinito, a los dioses en el mundo. Okeanos como el río cuyas aguas fluyen constantemente hacia sí mismo es la forma imaginal en la que la lógica urobórica se articuló en el nivel de conciencia de la mitología. El cierre definitivo del mundo humano que convierte el mundo o la vida en un recipiente herméticamente cerrado, por un lado, y la lógica urobórica, por otro, son dos caras de la misma moneda. El mundo moderno temprano, por el contrario, abrió de par en par este cierre «ontológico» y vivió en un mundo fundamentalmente infinito que se extendía hasta el infinito. Pero junto con esta apertura de la definición del mundo, el cierre no desapareció del todo. Reaparece en la constitución del ser humano (cuyo «síntoma» para una comprensión psicológica es el descubrimiento (o más bien, psicológicamente hablando, la «invención») de Harvey de la circulación de la sangre). El ser humano puede ser ahora ipso facto el sujeto moderno («ego») y como tal el sujeto de una psicología personalista moderna con su introspección y la concentración narcisista del individuo sobre sí mismo. Llegamos aquí a un punto en el que vemos el trasfondo imaginal y el devenir histórico de esa psicología que fue criticada en el artículo «Sobre la neurosis de la psicología o El tercero de los dos», de modo que en cierto modo se cierra un círculo.

La última pieza, «La lección de la máscara», en un nivel primario es una exploración de lo que ocurre psico-lógicamente en los bailes de máscaras de las sociedades arcaicas. Pero implícitamente esta discusión sirve como un retrato imaginal -¿o debería decir alegoría?- de la vida del alma, como ejemplificación de una concepción no fundamentada del alma como movimiento, de un autoabandono deliberado y de permitirse a uno mismo hundirse en este movimiento. Como tal entrega deliberada de todo corazón (en el ámbito del comportamiento empírico) a un proceso autónomo, puede ser un modelo sensual abreviado para el movimiento (lógico) que se requiere para que nazca la psicología, para una psicología que ha vuelto a casa consigo misma. Sería una psicología que sabe que no existe en absoluto o que sólo existe urobóricamente, dialécticamente, autocontradictoriamente, como la siempre nueva zambullida de cabeza en el movimiento hacia su finis o telos o teleté para llegar allí a su primer comienzo u origen. Al mismo tiempo, este último trabajo puede considerarse también una respuesta indirecta al primer trabajo de este volumen: una resolución del grave problema que se descubrió en la psicología de Erich Neumann. Pues aquí, en «La lección de la máscara», vemos cómo los opuestos psíquicos, lo empírico y la trascendencia, lo (lógicamente) positivo y la negatividad, lo finito y lo infinito, pueden de hecho mediarse en el sentido de la unión de la separación y la unión de los opuestos.

* * *

Todos los artículos de este volumen fueron escritos durante las décadas de los setenta y ochenta del siglo pasado, salvo dos que lo fueron más tarde. Naturalmente, mi pensamiento ha evolucionado desde entonces, y si ahora tuviera que escribir sobre los mismos temas, probablemente lo haría de forma algo diferente. Pero aún hoy puedo mantener las ideas y posturas básicas presentadas en estos trabajos; los cambios no sólo, sino principalmente, se referirían a ciertos cambios de acento y al estilo de articulación (una diferencia muy notable sería la transición del lenguaje a veces «ontológico» inspirado en Heidegger a una formulación «lógica» deudora del pensamiento hegeliano, mucho más apropiado para la psicología; otra, el paso de la creencia de que con la noción de «lo imaginal» el pensamiento psicológico había llegado a la esencia más profunda del alma a la idea de que tenemos que ir más allá de «lo imaginal» para comprender el alma como «vida lógica»; el lector atento podría, sin embargo, percibir que este último punto de vista ya está implícitamente presente en muchos puntos de los artículos anteriores a este cambio explícito). No he hecho ningún intento de ajustar los textos para reflejar cómo vería y formularía las cosas en la actualidad. Sin embargo, no aparecen aquí exactamente en la misma forma en que se imprimieron originalmente. Aparte de cambios menores, como correcciones de errores de imprenta, en unos pocos casos he reinsertado de los manuscritos algunos pasajes que, por razones de espacio o de otro tipo, se omitieron en las versiones impresas de las revistas (especialmente en los artículos «Sobre la neurosis de la psicología» y «La hospitalidad hacia los dioses»). Además, en los dos casos de comentarios sobre artículos ajenos, he ampliado los títulos para dar alguna indicación sobre el tema.

Wolfgang Giegerich
Mayo de 2005

______________

1 C. G. Jung, Cartas 2, p. 378, a Bernhard Lang, junio de 1957.

2 CW 6, página xv.

3 Carta a Kranefeldt del 24 de octubre de 1933 (Jung Papers, Wissenschaftshistorische Sammlungen, ETH Zürich), citada en Sonu Shamdasani, Jungand the Making of Modern Psychology: The Dream of a Science (Cambridge: Cambridge University Press, 2003), p. 86.

4 CW 6, página xv.

5 Véase la nota 3.

6 Cf. sin embargo Cartas 2, p. 567 (a Bennet, 23 de junio de 1960), donde Jung dice respecto al hecho de que «en contradicción con todas las demás» [sc. otras ciencias] la psicología «intenta comprenderse a sí misma por sí misma»: «¡una gran desventaja en un sentido y una prerrogativa igualmente grande en el otro!».

7 CW 14, § 740.

8 Ibid.

9 Por un fuerte afecto y sin un conocimiento suficiente de Hegel, como él mismo confesó explícitamente.

10 Sobre Jung y Hegel, véase mi artículo «Jung’s Betrayal of his Truth: The Adoption of a Kant-based Empiricism and the Rejection of Hegel’s Speculative Thought», en Harvest journal farjungian Studies, vol. 44, nº 1, 1998, pp. 46-64.

11 Lógico» en este discurso significa «de naturaleza logos». Por supuesto, no quiere sugerir en modo alguno que el alma se ajuste siempre a las leyes formales del razonamiento correcto (lógica en sentido instrumental, técnico). No es una referencia a la disciplina filosófica especial llamada lógica formal. Está mucho más cerca del concepto alquímico (aunque imaginario) «mercurial».12 Cartas 2, p. 34, a Erich Neumann, 5 de enero de 1952.

Prólogo a «The Neurosis of Psychology»

Traducciones

Greg Mogenson, Canadá

Prólogo al libro ‘The Neurosis of Psychology’, volumen I de los artículos reunidos en inglés de Wolfgang Giegerich, pp. xi-xiv

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

El pensador crítico, entregado en su compromiso a una determinada escuela de pensamiento, se sentirá alentado, tal vez incluso inspirado y guiado, por la feliz frase, tradicionalmente atribuida a Aristóteles, «Amo a Platón, pero amo más la verdad». Esto puede decirse ciertamente del autor de los trabajos recogidos en estos volúmenes. Alabado en su día por James Hillman como la persona que está haciendo «el pensamiento junguiano más importante que se hace ahora»,1 Wolfgang Giegerich lleva más de tres décadas dedicado a lo que ha llamado «pensar el mito junguiano en adelante».2 Amante de la psicología de Jung, especialmente por lo que ha elogiado como su auténtica noción del alma,3 Giegerich se ha visto obligado al mismo tiempo, por un respeto aún mayor por la verdad, a convertirse en su crítico más exigente. A veces, como Giegerich me ha dicho, esta tarea ha resultado tan difícil como «cortar en [su] propia carne».4 Pensamientos seminales de Jung, en los que él, como analista junguiano, ha tenido un interés personal, han tenido que ser rigurosamente interrogados. Pero así es como debe ser, pues sólo cuando la psicología de Jung se refleja en sí misma a la luz de sus contradicciones internas puede destilarse alquímicamente su esencia vaporizada y hallarse el elixir que contiene.

Ahora bien, es importante subrayar que la verdad que hay que amar más que a Platón, Jung o cualquier otro pensador no es una verdad importada de fuera. Como lo que Giegerich denomina «disciplina de la interioridad», la psicología trabaja estrictamente mediante la aplicación a sí misma de la teoría en cuestión o de la materia que nos ocupa. Evitando las referencias externas (es decir, las normas de validez de otras disciplinas), una psicología que es verdaderamente psicológica en su forma y enfoque procede por medio de la reflexión interna, la crítica inmanente, la lectura de Platón en términos de Platón, Jung en términos de Jung, los sueños, los síntomas y otros fenómenos en términos de sí mismos también.

Evidentemente, el contraste que separa la psicología, tal como se acaba de describir, de los enfoques científicamente concebidos que operan en términos de la idea de objetividad y verificación externa no podría ser más fuerte. Además, se podría decir que, desde el punto de vista de los primeros, la psicología científica se ha constituido desde el principio en una falacia. Comprometidos con una forma externa de reflexión, los enfoques científicos asignan el epíteto de «internos» a fenómenos tales como las imágenes, las emociones y los recuerdos, mientras siguen considerándolos ingenuamente como si estuvieran simplemente ahí fuera, frente a la conciencia, sin adulterar y puros.

Pero, ¿cómo proceder entonces, si no es mediante la ciencia? ¿Cómo puede la psicología llegar a la interioridad o «al alma» desde dentro de sí misma, desde el principio?

Mediante lo que en filosofía se conoce como deducción trascendental, Kant lanzó su filosofía crítica preguntándose cómo debe estar constituida la mente para que nos sea posible tener los tipos de experiencia que tenemos. La psicología, que trabaja con una forma más coloquial del mismo estilo de argumentación, plantea preguntas similares con respecto a sus ideas, sus teorías.

Los ejemplos son legión, no existiendo ningún tipo particular de fenómeno sobre el que tenga que versar la psicología. Como ya hemos indicado, todo lo que se requiere es que el tema, sea cual sea, se tome subjetiva o hermenéuticamente en términos de sí mismo.

Tararear unos compases de esta música trae a la mente una fantasiosa serie de preguntas de tipo trascendental-deducción expresadas coloquialmente.

¿Qué dice el hecho de que la psicología haya formulado las ideas que tiene sobre su concepción de sí misma? ¿Y cómo se equilibran las balanzas cuando cada una se pesa contra sí misma como contra una pluma? ¿Queda un resto cuando se hacen las cuentas? ¿Algo extra que ahora hay que contabilizar mediante actos posteriores de reflexión? La reseña en la revista, podemos preguntarnos más concretamente, ¿tiene un mango lo suficientemente robusto para la hoja que esgrime? El procedimiento que hemos inventado, la operación que hemos realizado, ¿pueden seguir calificándose de éxito dado que el paciente ha muerto? Y el humo de este cigarro, ¿tiene tanto peso a su manera como el habano que lo desprendió por primera vez?

«Nunca olvides», aconsejó Jung, «que en psicología el medio por el que juzgas la psique es la psique misma».5

Cabe citar aquí algunas frases de Hegel, el filósofo más citado por Giegerich. La primera de ellas no hace sino expresar la forma lógica de las preguntas que acabamos de formular: «… en lo que la conciencia dentro de sí misma designa como el An sich o lo verdadero, [en esto] tenemos la norma por la que la conciencia misma se propone medir su conocimiento».6 La segunda nos ayuda a comprender, con Hegel y Giegerich, que la reflexión, lejos de necesitar ser rechazada cuando no está a la altura de sí misma, debe pensar sus contradicciones en un nivel completamente nuevo, transformándose así a sí misma: «… [E]l Absoluto [como forma sublimada de las contradicciones que le han dado origen] es… la identidad de la identidad y de la no identidad, la oposición y la unidad están ambas en él».7

En los artículos que siguen, temas tan diversos como la fantasiosa historia de la conciencia de Neumann, la teoría de la proyección de la psicología analítica, el pensamiento del yo de Jung y la cuestión de la identidad junguiana se aplican reflexivamente a sí mismos del modo que acabamos de describir. El resultado es que, en cada caso, el tema en cuestión deja de ser un mero asunto de psicología. Aunque ciertamente sigue siéndolo en un nivel, cada uno se convierte, en virtud de haberse reflejado en sí mismo, en un comentario esclarecedor con respecto a la cuestión mayor de cómo se constituye a sí misma una psicología que puede pensar con autoridad propia, desde la profundidad de su propia noción. Como lo ha expresado Giegerich: «Lo que en un principio aparece como un contenido de la conciencia [por ejemplo, los temas de psicología antes mencionados] es en verdad la semilla de lo que quiere ser una nueva forma de conciencia en general.»8

La descripción que acabo de hacer del movimiento reflexivo que está en juego en este primer volumen de los Collected English Papers de Giegerich se aplica también a los cuatro. En efecto, como descubrirá el lector a medida que lea Tecnología y alma (vol. 2), Violencia del alma (vol. 3) y El alma siempre piensa (vol. 4), la nueva forma de conciencia psicológica que comenzó como una semilla con el artículo que da título al presente volumen, «La neurosis de la psicología», pasa cada vez más a primer plano.

Empezamos con un adagio de Aristóteles acerca de que su amor por la verdad era mayor que su amor por Platón. Luego lo extendimos a Jung. Volviendo ahora a los trabajos de Giegerich, podemos volver a formular este adagio, esta vez con la psicología como tema. Por lo general, se considera que la psicología es idéntica a las cosas a las que se aplica, es decir, a los fenómenos psíquicos de diversa índole. La diferencia entre tales fenómenos en su positividad y la lógica de la psicología como negatividad (o reflejo en sí misma) no se reconoce, no se dibuja. En su lugar, tenemos una proliferación de diferentes psicologías. El problema aquí, como ha señalado Giegerich, es que cada una de estas llamadas psicologías procede como si la psicología pudiera simplemente encontrarse ahí fuera, en los objetos que observa empíricamente. Tal ingenuidad, sin embargo, ignora drásticamente la idea crucial de Jung de que toda experiencia está psíquicamente mediada, de modo que ningún fenómeno, ya sea «interno» o «externo», es inmediatamente observable aparte de la constitución de la conciencia misma. Retomando esta idea (incluso a veces aupando a Jung sobre ella, como sobre su propio petardo), Giegerich ha demostrado que es precisamente porque todos los fenómenos se reflejan desde el principio por lo que surge la cuestión de su lógica, la cuestión de su verdad. No podemos, como ha argumentado Giegerich, tener simplemente psicología – «sin más«- en la forma de los temas fenoménicos que nos interesan, sino sólo como, en el caso de cada uno de ellos, y a través de la crítica de la aparente inmediatez de cada uno, llegamos a amar más la verdad.

Si hay un hilo conductor a través de las vueltas laberínticas de los Collected English Papers de Giegerich, se encuentra en nuestro reconocimiento de que la contribución más importante de Giegerich a la psicología reside en haber pensado rigurosamente la psicología en términos de la «diferencia psicológica» que acabo de describir. Retomando ahora este hilo, ojalá que, como amantes de este fenómeno o de aquella psicología, aprendamos con Giegerich que una psicología verdaderamente psicológica sólo puede fundarse a través de nuestro mayor amor a la verdad.


1 James Hillman, «Once More into the Fray: A Response to Wolfgang Giegerich’s ‘Killings'», Spring 56 (1994), p. 1.

2 Wolfgang Giegerich, «The ‘Patriarchal Neglect of the Feminine Principle’: A Psychological Fallacy in Jungian Theory», Harvest: Journal for Jungian Studies 45.1 (1999), p. 7.

3 Wolfgang Giegerich, La vida lógica del alma: Hacia una noción rigurosa de la psicología (Fráncfort del Meno: Peter Lang, 1998), pp. 39-43.

4 Comunicación personal, 20 de octubre de 2000.

5 CW 18, § 277.

6 Citado en Charles Taylor, Hegel (Cambridge: Cambridge University Press, 1975), p. 135.

7 Citado en Taylor, Hegel, p. 67.

8 Wolfgang Giegerich, «Is the Soul ‘Deep?’-Entering and Following the Logical Movement in Heraclitus’ ‘Fragment 45′» Spring 64 (Otoño/Invierno, 1998), p. 19.

Ruptura, o: Psicología y Religión

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘The Neurosis of Psychology’, volumen I de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 11, pp. 219-231

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

El subtítulo que he elegido para esta ponencia dentro de los límites del tema general «Religión y ciencias humanas en el mundo contemporáneo» puede dar lugar a la expectativa de que siga un informe sobre los hallazgos empíricos de la psicología en relación con el problema de la religión en la psique humana del hombre moderno y sobre la posición que adopta la psicología al respecto. Pero no puedo pasar sin más al tema que nos ocupa. Porque la palabra «psicología», cuando se coloca en la frase «psicología y religión» y cuando se ve en el contexto del tema general de este simposio, contiene algunas dificultades que no debemos ignorar. Así que, en lugar de proceder a lo que la psicología tiene que decir sobre la religión, volvamos la psicología sobre sí misma. Pero puede resultar que una reflexión de este tipo nos lleve también a una respuesta a la pregunta planteada por el tema de nuestro simposio, una respuesta más adecuada que si procediéramos directamente con los hallazgos de la psicología sobre la religión y sus puntos de vista al respecto.

El primer problema es el vergonzoso hecho de que, estrictamente hablando, no existe la psicología en singular, sino sólo una multitud de psicologías de convicciones a menudo muy diferentes, cuando no mutuamente excluyentes. No tenemos dificultades con el hecho de que haya muchas religiones o, dentro de una religión, muchas denominaciones. Pero el plural «psicologías» es difícil de aceptar. La división de la psicología en muchas escuelas diferentes, o denominaciones, le resta valor como ciencia. Parece convertir a la psicología en una especie de religión en sí misma, una serie de sectas con sus prácticas correspondientes. Esto significaría que no podríamos hablar legítimamente de psicología y religión en absoluto, como si fueran dos categorías completamente diferentes. Ambas pertenecerían, por así decirlo, al mismo lado del «y». Se trataría de una diferencia intrarreligiosa, no de una diferencia entre religión y otra cosa. No puedo entrar aquí en este problema,1 sino simplemente enumerarlo como una primera indicación tanto de la extraña relación entre psicología y religión como del hecho de que la psicología obviamente no encaja en la idea convencional de una ciencia humana. Me limitaré a matizar que, cuando hablo de psicología, me refiero a la psicología tal como se entiende en la tradición junguiana: la psicología analítica y, más concretamente, la psicología arquetípica en el sentido de James Hillman.

En segundo lugar, se observará que la frase «en nuestro mundo contemporáneo» contenida en el tema general se ha suprimido de mi encabezamiento. Mi título suena como si planteara la cuestión de la relación atemporal entre psicología y religión. Pero esto es sólo aparente. La psicología no sólo es históricamente hablando una ciencia muy nueva (como la psicología profunda es hija de este siglo), sino que también está intrínsecamente ligada a nuestro mundo contemporáneo. Desde el principio, la psicología analítica (así como el psicoanálisis freudiano) ha sido en el fondo nada menos que un intento de dar una respuesta al predicamento del hombre moderno, a la «neurosis», como se la denominó. Sin duda, la neurosis se descubrió como una especie de mal funcionamiento o trastorno dentro del individuo, y esta perspectiva personalista ha seguido siendo el marco de muchos psicólogos. Pero sin ser siempre consciente y explícita de ello, la psicología profunda ha considerado desde el principio la neurosis dentro de un contexto cultural más amplio y a la luz de la tradición mitológica y religiosa occidental, cuyo ejemplo más famoso es el «complejo de Edipo». Lo que guió el pensamiento psicoanalítico de forma factual pero más o menos inconsciente todo el tiempo, se elevó a la conciencia y recibió una expresión sistemática en la teoría de Jung de un inconsciente colectivo y una psique objetiva y transpersonal. Ahora, después de más de 80 años de psicoanálisis, podemos decir: la psicología ha sido un intento de dar cuenta y elevar a la conciencia lo que se había caído, perdido o reprimido en el camino hacia el modernismo. Jung lo dijo explícitamente: «Mi problema [como psicólogo y en contradicción con otras escuelas psicológicas] es luchar con el gran monstruo del pasado histórico, la gran serpiente de los siglos, la carga de la mente humana, el problema del cristianismo».2 Jung entendía que «sin historia no puede haber psicología, y ciertamente no puede haber psicología del inconsciente.»3

Al dar a la psicología esta tarea de luchar con el gran monstruo de nuestro pasado, Jung hizo dos cosas a la psicología (como se entiende aquí). (1) Definió la psicología como una psicología siempre terapéutica, incluso cuando es teórica y se ocupa de las grandes cuestiones de nuestra tradición y nuestra época. Cuando se concibe como un gran monstruo o como la serpiente de los siglos, la historia deja de ser el objeto científico neutro que es para el historiador. Es un vis-à-vis, casi un animal con el que luchar, algo que nos implica a nivel personal, existencial, el nivel de un compromiso terapéutico. (2) La terapia ya no se limita a los confines de los problemas personales y la biografía personal, sino que, incluso cuando es la terapia del individuo y sus problemas personales, siempre es también una terapia de nuestra historia colectiva. Siempre se dirige y responde a nuestra situación histórica concreta. La psicología ya no se ve como una ciencia antropológica en busca de verdades atemporales, sino que siempre es relativa a una situación histórica concreta.

Es cierto que ha habido intentos (un ejemplo notable: Malinowski) de demostrar la validez atemporal y transcultural de, por ejemplo, el complejo de Edipo, el complejo de Edipo, es decir, intentos de convertir la psicología en el estudio de la estructura y el funcionamiento intemporales de la psique, en última instancia, en el estudio de la «condición humana» abstracta, como si la psicología fuera una especie de antropología y pudiera concebirse a sí misma como algo parecido a la física, que se entiende a sí misma como el estudio de la organización intemporal del universo, o como la biología, que se considera la ciencia de la estructura y el funcionamiento intemporales del organismo vivo. Pero este interés por las esencias atemporales en la tradición del platonismo occidental no se corresponde realmente con la visión central y la vocación de la psicología. La psicología está llamada a abandonar las alturas y la pureza de los estudios neutrales e intersubjetivos y a descender a nuestro desorden real, a lo que Jung llamó en su día el lodo y el fango del fondo del alma humana1,4 sin olvidar, no obstante, que el «desorden real» no es personal, individualista, privado, sino que comprende en sí mismo la situación colectiva específica, que a su vez conserva en sí toda la historia anterior.

Así que habría sido más que superfluo mantener la frase «en nuestro mundo contemporáneo» en mi título. Habría sido engañoso, sugiriendo que la psicología podría aplicarse, como una teoría abstracta y neutral, a nuestro mundo contemporáneo, mientras que la implicación (terapéutica) con el aquí y ahora es inherente a la propia noción de psicología. La psicología siempre está hablando de nuestra situación real (contemporánea), incluso cuando abiertamente puede estar hablando de mitología antigua o alquimia medieval, etc. Tiene «nuestro mundo contemporáneo» dentro de sí como su momento (en el sentido de Hegel), no ahí fuera como un objeto de estudio al que puede dirigirse o no. De hecho, este sentido de «dentro de sí», esta interioridad intrínseca de su objeto de estudio, sea cual sea, es lo que constituye el modo psicológico de pensar o lo que hace que la psicología sea psicológica.

No es casualidad que la psicología haya sido una de las últimas «ciencias» en surgir. Sólo pudo surgir una vez que todas las grandes ciencias estuvieron firmemente asentadas y la modernidad fructificó a través de ellas o junto con ellas. En efecto, la psicología no debe entenderse como una ciencia más, que sólo se diferencia de las demás por tener un tema diferente. Su aparición no significa únicamente el descubrimiento de un nuevo campo o tema de investigación, de una nueva Fach (disciplina especializada) al lado de todas las demás especializaciones. La psicología debe entenderse más bien como la conquista de un nivel de reflexión totalmente nuevo, más allá del de las ciencias, como algo así como la «conciencia» (en un sentido no moral) de las ciencias, como la disciplina cuya tarea consiste en reflejar los cambios introducidos por las ciencias en la psique, es decir, en nuestro ser-en-el-mundo, y en elevar a la conciencia, dentro del mundo moderno, las ganancias y las pérdidas que ha traído consigo este mundo moderno en su conjunto. Dado que la psicología tiene la tarea de comprender, debe situarse por debajo, en un nivel más bajo y profundo que las ciencias. Se dirige al terreno del que surgieron las ciencias, la psique.

En la cita de Jung en la que habla de la gran serpiente de los siglos, también nombra el «problema del cristianismo» como una posible forma de formular lo que le preocupa como psicólogo. De nuevo observamos que la psicología no tiene por qué aplicarse a la religión, aquí al cristianismo, sino que, al menos para Jung, el cristianismo y los problemas que implica para nuestro ser-en-el-mundo son, para empezar, de lo que trata la psicología. También la religión está dentro de la psicología, no fuera de ella. Y así, estrictamente hablando, no hay, no puede haber, ningún «y» entre psicología y religión, porque el problema religioso es el problema propio de la psicología y no sólo el problema de tal o cual religión (o de la religión en general) ahí fuera. El psicólogo que sigue a Jung no puede estudiar la religión desde fuera como un objeto neutral, ni, como un creyente en una de las religiones, acercarse a la religión desde la base de la implicación confesional. Se acerca a la religión como algo suyo, como la carga y el predicamento propios del alma -para citar a Jung: «como las cargas históricas que el cristianismo ha amontonado sobre nosotros».5

La religión como carga: ¿qué significa esto? Se podría pensar que expresa una postura negativa y crítica hacia la religión: la religión se experimenta como la parte culpable y, por tanto, algo de lo que hay que deshacerse o contra lo que hay que luchar. Pero lo que se quiere decir aquí es casi lo contrario. Aquí se acepta la religión como nuestra propia carga, como nuestro propio problema con el que luchar. La religión como carga está en mí, soy yo mismo, no mi oponente ahí fuera. Más arriba he intentado sugerir que la psicología no está al mismo nivel que las ciencias, sino que se sitúa por debajo del plano en el que se encuentran las ciencias. Lo mismo parece ocurrir con la relación de la psicología con la religión. Tanto los creyentes o teólogos como los críticos de la religión (como Voltaire, Marx, Nietzsche) experimentan la religión, lógicamente hablando, en el mismo plano. La única diferencia es que unos dicen Sí a la religión y están a favor de ella, mientras que los otros dicen No y están en contra. El nivel de conciencia es el mismo. Sin embargo, el hecho de que Jung viera en la religión una gran carga de la que sufría es señal de que la experimentaba en un nivel de conciencia completamente nuevo.

Lo que intento sugerir aquí es que la psicología no encaja, sin más, en el tema general de este simposio tal y como ha sido formulado porque ocupa una posición muy peculiar tanto con respecto a las ciencias humanas como con respecto a la religión. La psicología hace estallar los conceptos contenidos en la formulación de este tema, y ser lo que hace estallar estos conceptos (y el estado de ánimo que implican también) es de lo que trata la psicología. Permítanme expresarlo en términos hegelianos. Antes de hacerlo, sin embargo, tenemos que darnos cuenta de que Jung, como los demás pioneros de la psicología, partió de la práctica cotidiana de la psicoterapia y no de una teoría bien elaborada. Las ideas teóricas surgieron (no sólo históricamente, sino también) lógicamente después de la experiencia práctica. Así pues, la teoría formulada no siempre está lógicamente a la altura de la lógica inherente a los descubrimientos e inquietudes de los propios psicólogos, sobre todo teniendo en cuenta que Jung, curiosamente, se enorgullecía de ser empirista, al parecer sin darse cuenta del flaco favor que estaba haciendo a su propio trabajo. Muy a menudo, las ideas revolucionarias se expresaban en términos de categorías de pensamiento que pertenecen a modos de pensar bastante convencionales y anticuados, realmente se ponía vino nuevo en recipientes viejos, porque el sesgo empirista impedía la clarificación lógica de las nuevas ideas. Así pues, cuando quiero expresar el estatus lógico de la psicología en términos hegelianos, me refiero al estatus realmente inherente al empuje principal de las propias realidades psicológicas que se mostraron a Jung, pero no me preocupa inmediatamente el estatus que se sugiere a sí mismo a partir de los términos y categorías que Jung utilizó para formular teóricamente sus descubrimientos psicológicos.

La psicología es la disciplina cuyo trabajo consiste en transgredir el estatus lógico de «esencia» (Wesen) al estatus de Begriff (Concepto o Noción) en el sentido hegeliano.6 Tanto la ciencia como la religión (al menos en Occidente) residen en el estatus de «esencia», en lo que Nietzsche analizó como el platonismo de nuestra tradición y lo que Heidegger mostró como las cadenas metafísicas del pensamiento occidental. Cuando se reflexiona sobre lo que el análisis junguiano individual, especialmente el llamado proceso de individuación, es y significa en última instancia para el individuo (lo que ha de producir), y cuando se reflexiona sobre lo que la aparición del fenómeno del psicoanálisis (tanto en el sentido del proceso de individuación como de una realidad intelectual) es y significa en última instancia para nuestra época, se puede decir en ambos casos que significa nada menos que la caída de un nivel de conciencia a otro, la caída de un estatus lógico a otro inferior (o superior). Esto es lo que quiero decir con la peculiar posición de la psicología con respecto tanto a las ciencias como a la religión.

Debemos darnos cuenta de que la religión, tal como la conocemos, no es sólo el conjunto de enseñanzas, emociones y prácticas que constituyen su sustancia, sino también el estatus lógico o nivel de conciencia que representa. Del mismo modo, las ciencias, y esto se aplica tanto a las ciencias humanas como a las naturales, no son sólo el sistema de conocimientos y métodos que las componen, sino también el estatus lógico que encarnan las ciencias modernas.

En el fondo, Jung tenía un claro conocimiento de que la psicología había descendido a un nivel diferente y, por tanto, ya no se encontraba en el mismo estatus lógico que las ciencias. Reflexionando sobre la posición de la psicología como ciencia, Jung dijo: «Ella [la psicología] debe sublimarse como ciencia [sich aufheben], y precisamente al hacerlo alcanza su meta científica» (OC 8 § 429, trad. modif.). Esta frase, junto con su contexto, no dice otra cosa sino que la psicología como «ciencia» es, en verdad hegeliana, la sublimación dialéctica (Aufhebung) de la ciencia. La psicología no es ni ciencia ni su opuesto no dialéctico, una fe no científica, una Weltanschauung, o lo que sea. Es la negación concreta, la nada determinada (bestimmte Nichts) de la ciencia. En la misma línea, también debemos afirmar que la psicología no es ni religión (o su equivalente secular: una Weltanschauung, ideología) ni el opuesto no dialéctico de la religión, una ciencia neutral irreligiosa. Es «religión sublimada», aufgehobene Religion, del mismo modo que es «ciencia sublimada», ya no sujeta a la contradicción ciencia versus religión, sino que, al haberla superado, contiene esta contradicción en sí misma.

Aunque en el espacio de que dispongo aquí no podría explicar adecuadamente por qué y cómo la psicología es la sublación dialéctica de la ciencia y la religión, es decir, de todo el estatus lógico al que ambas pertenecen, dos cosas están claras: (1) una psicología que tiene que ser vista de esta manera debe ser una vergüenza para la mente dominante; no encaja en ninguna de las categorías a las que estamos acostumbrados; (2) con respecto a la cuestión de la religión en nuestro mundo contemporáneo, una psicología que tiene que ser entendida como religión y ciencia sublimadas nos transporta a una situación radicalmente nueva que hace que todo parezca muy diferente.

Tomemos por ejemplo el nihilismo y la secularización, esas dos fuerzas que suelen considerarse el aprieto en el que se encuentra la religión en nuestra época. Creo que la idea del nihilismo es una trampa en la que han caído Nietzsche y quienes le siguieron. El problema al que nos enfrentamos no es el nihilismo; nuestro problema es la interpretación de nuestra situación como nihilismo. Esta interpretación es una defensa contra la ruptura decisiva de un nivel de conciencia a otro, más profundo o más elevado, que ha tenido lugar desde hace mucho tiempo. Es el intento de dar cuenta de un cambio innegable y radical, que sacude la tierra, sin sufrirlo como nuestra transformación lógica y psicológica, como nuestra muerte y resurrección, es decir, la muerte y resurrección de nuestra conciencia. Al diagnosticar el «nihilismo» o la «secularización», podemos mantener el cambio ahí fuera, como una muerte de la religión en las condiciones objetivas de la sociedad, mientras rescatamos la continuidad de nuestra mente, nuestros ideales, expectativas, nuestra noción de religión. Mantenemos intacto el statu quo de nuestra mente y nos mantenemos inocentes («ilesos») culpando a la historia de haber conducido a un vaciamiento gradual de todo significado. Al admitir que el nihilismo prevalece en nuestro tiempo, conseguimos aferrarnos a las mismas categorías y valores dominantes que informan nuestro pensamiento y que abiertamente admitimos que han perdido su validez en nuestra situación objetiva. Es sólo una admisión simbólica. Una admisión real supondría el sacrificio de nuestras ideas e ideales, valores y categorías más preciados. Equivaldría a «perder la cabeza».

Jung escribió algo así como que nuestra conciencia sólo imagina perder a sus Dioses, mientras que en realidad simplemente hemos sido apartados del lugar donde podemos experimentarlos.7

En efecto, nos hemos alejado del locus de las religiones tradicionales. La «Verdad» ha emigrado a un nuevo continente, por así decirlo, mientras que nuestra conciencia conserva las categorías adquiridas en el viejo continente y adaptadas a él. ¿Cuál es este nuevo continente? El profesor Nishitani ha subrayado uno de sus aspectos más importantes: la universalidad o el alcance planetario del mundo moderno. Otro aspecto importante es el hecho de que hoy vivimos sabiendo que podríamos aniquilar literalmente la tierra habitada. Esto significa psicológicamente que, en cierto sentido, ya no estamos irrevocablemente incrustados en la naturaleza, sino de algún modo por encima de ella, nos guste y lo sepamos o no. Es la expresión externa del hecho de que el mundo natural ha sido lógicamente superado, sublimado, reducido a un momento de nuestra conciencia. El mundo natural en su conjunto ya no es la esfera en la que (lógica y psicológicamente) habitamos y que nos rodea fundamentalmente. Se ha reducido a una «cosa» o contenido en la (aún desconocida, pero ya real) nueva esfera de nuestra existencia.

Un tercer aspecto del «nuevo continente» en el que se desarrolla ahora nuestra existencia es el hecho, quizá aún más grave, de que lógica y ontológicamente (aunque no ónticamente), el mundo natural y sensual ya ha sido aniquilado. La «verdad» ya no reside en el nivel de las cosas con forma concreta y visible, sino en el de las partículas subatómicas y subcelulares. Sabemos que no podemos creer a nuestros ojos, confiar en nuestros sentidos; sabemos que lo que vemos como cosas sólidas es en realidad espacio vacío interdisperso de partículas a, por así decirlo, distancia cósmica unas de otras. Las cosas se han vuelto falsas, fantasmales, aunque no lo admitamos. Ya no necesitamos la enseñanza cristiana de «he vencido al mundo», ni la idea zen de «ninguna imagen», ni métodos religiosos que nos liberen del mundo sensual y nos permitan alcanzar el «vacío», porque lo que las religiones presentaban antes como una promesa o un objetivo por el que luchar, o como una verdad interior, hace tiempo que se ha convertido en un hecho consumado, una realidad cuasi «empírica» ahí fuera, en las cosas mismas. La religión (cuya lucha por la liberación espiritual del mundo literal sólo se producía en la interioridad subjetiva del hombre) ha sido superada por la realidad objetiva, de hecho física, de modo que los esfuerzos y aspiraciones centrales de la religión van a la zaga del estado real de las cosas. No hace falta que nos prediquen que no guardemos las cosas que la polilla y el óxido destruyen (Mt. 6:19), pues en una sociedad de usar y tirar ésta es ya la lógica objetiva inherente a las cosas que usamos. Ya nada de lo que coleccionamos para «acumular riquezas» puede hacernos ricos, porque incluso las cosas más caras, como un cuadro de 30 millones de dólares, se han vuelto ontológicamente baratas, como se desprende precisamente de su precio inflado.

Se ha producido un cambio fundamental. El «mismo» sol que el hombre vio hace 3.000 años ya no es el mismo. Ya no podemos hablar legítimamente de un amanecer, como en los tiempos míticos, y mucho menos ver en él al Dios o a la Diosa. El «amanecer» es, en el mejor de los casos, una Erlebnis subjetiva en nuestro «Lebenswelt» (Husserl), que sin embargo es un mundo privatizado sin validez objetiva.

La ruptura que se ha producido parece consistir en el hecho de que el mundo al que respondían las religiones conocidas se ha desplazado, por así decirlo, de debajo de ellas. Ahora nos enfrentamos a un mundo lógicamente totalmente nuevo, al que la religión ya no corresponde. La «pregunta» que el mundo, en tanto que constituido como «mundo natural», planteaba en su totalidad, es decir, como ámbito en el que el hombre vivía psicológicamente, ha sido respondida exhaustivamente a lo largo de los últimos 2.500 años. Ahora, un mundo cambiado, que existe en el nivel subatómico post-natural, representa una «pregunta» totalmente nueva. La «conversación» entre el mundo y el hombre, de la que las artes, la religión, la filosofía, la organización política y la cultura en general son el registro, ha pasado a la siguiente pregunta, por así decirlo. ¿Acaso las religiones tradicionales no se encuentran objetivamente en una situación similar a la de los coches de caballos de antaño? También ellos siguen siendo populares en los lugares de turismo, pero sólo como algo definitivamente obsoleto. Y sólo porque son obsoletos pueden colmar nuestro anhelo nostálgico. No creo que las religiones (como fe personal, como prácticas literales) estén amenazadas hoy en día; al contrario, gozan de una popularidad creciente. Lo que está amenazado, sin embargo, es ese estatus lógico o nivel de conciencia del que la religión es una encarnación. Sin embargo, parece erróneo hablar de amenaza, puesto que la destrucción o superación de la lógica, como lo que es la religión, ya es un hecho consumado. Esta lógica se ha convertido en algo del pasado por el curso objetivo de la historia, mientras que los productos de esta lógica, las religiones literales, se extienden hasta nuestra época e incluso se conservan, del mismo modo que se conservan las pinturas medievales y otras reliquias del pasado, incluso después de que el mundo al que pertenecen haya desaparecido irrevocablemente.

Ahora, a finales del siglo 20, a medida que aprendemos más sobre la historia primitiva y ganamos más distancia objetiva respecto a nuestra propia tradición, poco a poco llegamos a una posición que nos permite ver que la religión como tal puede haber sido sólo un interludio en la historia del hombre, en contraste con uno de los eternos de la existencia humana. Al decir esto, no quiero defender ningún tipo de posición atea, agnóstica o nihilista. Más bien, pienso en términos de la visión histórica de Heino Gehrts. Gehrts distingue cuatro etapas fundamentalmente diferentes de desarrollo cultural, las de las culturas chamánica, ritualista, religiosa y científica (o tecnológica).8 El chamanismo y las prácticas y creencias de las culturas ritualistas y las llamadas altas religiones no se agrupan bajo el epígrafe general de «religión». Más bien, según este punto de vista, un hiato fundamental, de hecho una línea divisoria, separa las dos primeras culturas de la religiosa, un hiato mucho más radical que el que se encuentra entre las culturas chamánicas y ritualistas o entre las culturas religiosas y científicas. La religión sólo es relativa a una etapa del desarrollo cultural. No existía hace 3.000 años. Puede que no exista en el futuro.

Esta visión es muy útil. Nos facilita desprendernos (no sólo de los contenidos específicos, sino de la noción misma) de la religión sin tener que temer que entonces tengamos que sucumbir al nihilismo. De hecho, podemos ver que el problema del nihilismo surge sólo para aquel que puede estar dispuesto a resignarse a la «muerte de Dios [o de otros contenidos de la religión]», pero sólo para aferrarse aún más, en sus secretas expectativas o como su demanda oculta, a la idea de religión. Podemos comprender que se nos exige más que el sacrificio de los contenidos de la religión y menos que nuestra reconciliación con el nihilismo absoluto. Hoy se trata simplemente de la ruptura de un estadio a otro. Del mismo modo que el chamanismo y el modo ritualista de ser-en-el-mundo fueron sustituidos por la religión, ahora la religión parece estar en proceso de ser sustituida por algo nuevo, de lo que todavía no tenemos ni idea.

La ‘religión’ es sólo la respuesta o el correlato de ese mundo que fue constelado como el mundo natural, el mundo tal como lo experimenta la «conciencia común y natural» en el sentido moderno de ‘natural’. Esto no es el mundo. Tampoco existió siempre y, como ya hemos señalado, ontológicamente hablando, ha empezado a dejar de existir para nosotros. El mundo de la época chamánica era muy diferente, y por eso la respuesta del hombre al mundo de entonces no fue la religión, sino el chamanismo.

Por tanto, no me preguntaría qué podemos esperar de la religión y qué medidas concretas hay que tomar para hacer realidad nuestras expectativas. No pensaría en cómo rescatar nuestras diversas tradiciones religiosas y trasladarlas al cambiante mundo actual. Porque, en mi opinión, cualquier intento de este tipo sólo equivaldría a un intento de rescatar el estatus lógico o el nivel de conciencia en el que vivimos subjetivamente y al que estamos cómodamente acostumbrados, y de congelarnos psicológicamente en el pasado, mientras que objetivamente llevamos mucho tiempo viviendo en una realidad caracterizada por un nuevo estatus lógico. La ruptura en el mundo objetivo de ahí fuera necesita una ruptura correspondiente en nosotros, y en nosotros no como personas, sino como la lógica o psicología como la que vivimos. No basta con intentar adaptar nuestras religiones a nuestra nueva situación, no son ellas las que tienen que ajustarse. Somos nosotros. Y por eso creo que la respuesta al problema de la religión en nuestro mundo contemporáneo es la «psicología», no la psicología como ciencia particular, como tal o cual escuela de pensamiento, sino la psicología como un movimiento que hay que hacer, el movimiento de volver la cuestión de la religión hacia nosotros mismos, hacia lo que tenemos más cerca: nuestro estado de conciencia; en otras palabras, la psicología como la realización de la necesidad inevitable de la muerte que ha de morir por nuestro estado de ánimo.

Mientras nos aferremos a nuestras religiones, nos cegaremos ante lo divino que se mostraría de forma totalmente nueva e inimaginada desde el interior de nuestro mundo real. Repetimos monótonamente la misma respuesta, incluso cuando se nos plantea una nueva pregunta. Estamos alejados del lugar en el que seríamos capaces de ver, como dijo Jung, pero, por supuesto, no porque nos hayamos alejado, sino más bien porque nos mantuvimos obstinadamente en el antiguo lugar de la verdad y no acompañamos, en nuestra conciencia subjetiva, el movimiento realizado por nuestra conciencia objetiva, la psicología o lógica «implícita» (ansichseiende) inherente a nuestro propio mundo moderno.

Quizá haya llegado el momento de aplicar el «Bienaventurados los pobres de espíritu» cristiano al propio cristianismo, a la religión como tal; y de aplicar el vacío que hasta ahora se buscaba en el Zen al propio Zen en su conjunto. Tenemos que aprender (no a luchar por el vacío, sino) a vivir con y en el vacío que ya existe. No necesitamos (activamente) sacrificar nuestras religiones, ni la noción y el estatus de la religión como tal. El sacrificio en cuestión ya nos ha sido infligido objetivamente. Sólo necesitamos asumirlo, permitirlo. Religiosa y metafísicamente, estamos con las manos vacías. Así lo vio también Jung. Nos comparó con mendigos que, tomando prestadas ideas religiosas exóticas de otras culturas que no son las nuestras, intentan hacerse pasar por reyes del teatro. Y dijo: «… [L]a pobreza espiritual busca renunciar a las falsas riquezas del espíritu para retirarse no sólo de los lamentables restos… de un gran pasado, sino también de todos los atractivos del oloroso Oriente; para, finalmente, volverse hacia el interior de uno mismo, donde, a la fría luz de la conciencia, la vacía esterilidad del mundo llega hasta las mismas estrellas.»9

Tenemos que aprender a sufrir que nuestras manos estén vacías, en el sentido más pleno de la palabra sufrir. Sin imágenes. Sin símbolos. Sin significado. Sin dioses: sin religión.

Porque ¿no es la mano vacía, y sólo la mano vacía, la que puede llenarse? Mientras nos aferremos a nuestras tradiciones religiosas, pretenderemos estar en posesión de algo. Impedimos así el advenimiento de lo que sólo puede llegar, si es que llega, como el don gratuito del mundo real a quien está dispuesto a recibirlo porque no tiene nada por sí mismo, como el don a quien ya no denuncia, con una modestia que es arrogancia disfrazada, nuestra pobreza como nihilismo, sino que la comprende como la presencia del futuro desconocido.


Nota del editor: Unos doce estudiosos de diversas disciplinas, aproximadamente la mitad de ellos de Japón y la otra mitad de otros países, habían sido invitados a debatir juntos el tema «Religión y ciencia humana en el mundo contemporáneo» en el Sexto Simposio Zen de Kioto, que tuvo lugar del 8 al 13 de marzo de 1988 en el Hotel Rantei de Kioto, Japón. La ponencia sobre «Ruptura» fue la contribución de Giegerich a este Simposio.

1 Wolfgang Giegerich, «Psicología junguiana: Una empresa sin fundamento: Reflexiones sobre nuestra identidad como junguianos», véase el capítulo siete de este volumen.

2 CW 18 § 279.

3 MDR, pp. 205 y ss.

4 Letters 2, p. 557, a Anónimo, 7 de mayo de 1960.

5 CW 18 § 279.

6 Estoy en gran deuda con Bruno Liebrucks, Sprache und Bewußtsein, 7 vols., Akademische Verlagsgesellschaft, Frankfurt (más tarde Verlag Peter Lang, Bern et. al.) 1964-1979 para mi comprensión de la lógica de Hegel.

7 Combino aquí dos pasajes de Jung, Letters 2, pp. 594 (a Serrano, 14 de septiembre de 1960) y 612 (a von Koenig-Flachsfeld, 30 de noviembre de 1960).

8 Véase, por ejemplo, Heino Gehrts, «Vom Weltenbaum zum brennenden Baum. Die kulturellen Entwickungsstufen im Geborgenheitserlebnis», GORGO 13, 1987, pp. 41-66 o ídem, Von der Wirklichkeit der Märchen (Regensburg: Erich Röth Verlag, 1992), especialmente la introducción y el capítulo 1.

9 C. G. Jung, CW9/1 § 29, trad. modif.

La cuestión del antisemitismo de Jung

Traducciones

Posdata a Cocks

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘Neurosis of Psychology’, volumen I de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 9, pp. 191-195

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Es sorprendente la persistencia y el énfasis con que se siguen atribuyendo calificativos como «fascista» o «antisemita» a ciertos pensadores como C. G. Jung o Martin Heidegger, y es deplorable que estos calificativos se utilicen en su mayor parte sólo para desacreditar sus obras en su totalidad y para absolver al público de la obligación de un estudio serio y abierto de sus ideas. En lugar de examinar la validez y el peso de tales acusaciones sobre la base y en el contexto de toda la vida y obra de estos hombres, a menudo se intenta, por el contrario (perversamente), interpretar su pensamiento de forma reductiva en términos de sus supuestas inclinaciones fascistas y, por lo tanto, se buscan en sus obras simplemente rasgos capaces de prestar algún tipo de apoyo a esta supuesta inclinación. Se trata de un planteamiento que no difiere mucho de la práctica de los propios nazis, para quienes las clasificaciones «judío», «comunista», etc. hacían superflua cualquier argumentación basada en la sustancia. Dado que la acusación de antisemitismo se adhiere al nombre de C. G. Jung, se hace necesario, incluso para aquellos que ven a Jung de manera diferente, examinar de cerca los fundamentos de esta acusación y entablar un debate imparcial sobre todo este tema. El artículo anterior es una valiosa contribución a este debate.1 Escribiendo como historiador, Cocks presenta hechos que hablan por sí mismos. Sin embargo, parece cuestionable que una cuestión tan cargada de emociones pueda «resolverse» únicamente con pruebas históricas. ¿Acaso las intensas emociones relacionadas con este tema no indican que se agita un punto sensible en lo más profundo de la psique, que este tema se extiende a dimensiones que van mucho más allá de lo histórico-factual? De hecho, los propios hechos establecidos por el historiador plantean una serie de interrogantes.

Por una vez, aunque parece claro a partir del material presentado por Cocks que el comportamiento de Jung no estaba motivado por un sesgo antisemita, aún queda la cuestión de por qué Jung habló públicamente de la diferencia entre una psicología judía y otra germánica, de un inconsciente ario y otro judío, y eso precisamente durante aquellos años en los que el antisemitismo empezó a pasar de ser una mera ideología a una realidad política que amenazaba la vida. Este es probablemente el principal punto de partida de estas acusaciones, tanto entonces como hoy.

Así, en una reseña en Psyche (1975, pp. 273-85) desde una perspectiva freudiana de las Briefe de Jung, en la que se acepta como verdad subjetiva la protesta de Jung sobre sus buenas intenciones como presidente de la Sociedad Médica General de Psicoterapia, encontramos la expresión de asombro ante «la ingenuidad política difícilmente creíble» con la que Jung se defendió «como malicioso malentendido de sus intereses completamente científicos» de la indignación general causada por haber hecho la distinción entre un inconsciente ario y uno judío y por haberse unido así de facto «al coro de los conformistas del régimen de la época». La autora de esta reseña, Ilse Grubrich-Simitis, no le reprocha tanto el fondo de sus reflexiones sobre las diferencias raciales, sino que afirma que fue sobre todo el momento en que hizo sus observaciones lo que las convierte en escandalosas, momento que delataba su falta de suspicacia y su total desprecio por la situación histórica. Jung contempló el fenómeno del fascismo con un estado de ánimo «en el que faltaban por completo categorías históricas, verdaderamente políticas, incluso criterios sociológicos o económicos, y que, por tanto, era inadecuado para una evaluación realista de la situación.» Concluye su análisis de este aspecto calificando las cartas de Jung de este periodo como «una conmovedora lección de psicología política.»

El propio Jung confirma esta «ingenuidad política» suya cuando afirma: «… [En el fondo yo era completamente apolítico» (Briefe 1: 280). Pero mientras que el desinterés político de Jung será desechado por muchos como una laguna en su personalidad o en su enfoque, puede convertirse en un punto de partida para una investigación más profunda: ¿por qué Jung no pensaba en términos estrictamente políticos y a qué apuntaba su enfoque? Aquí no podemos discutir esta cuestión en su totalidad, sino que debemos limitarnos a algunas observaciones generales. Lo que llama la atención es que Jung reaccionó ante la cuestión racial de la misma manera que lo hizo con respecto a los «cismas» en la psicología profunda. En ambos casos, Jung no creía en adoptar simplemente una postura a favor o en contra, en defender un punto de vista y combatir el otro y forzar así la cuestión a un punto muerto. Jung quería «reunir a las partes en torno a una mesa de conferencias, para que por fin pudieran conocer y reconocer sus diferencias» (CW 10 § 1032).

El suyo era un enfoque terapéutico. El terapeuta no resuelve los conflictos de sus pacientes llamando a una parte «correcta» o «buena» y a la otra «incorrecta» o «mala», sino que intenta elevar toda la cuestión a un nivel en el que uno ya no se vea atrapado por la cuestión por detrás y arrastrado por sus reacciones emocionales subjetivas. De forma muy parecida, Jung quería elevar el problema racial desde el nivel político, donde hay que elegir entre conformismo e inconformismo y donde, en última instancia, el poder decide la cuestión, a un nivel psicológico, donde la reflexión crítica y la conciencia son posibles -como ya había hecho con el conflicto teórico entre Freud y Adler, al considerarlo desde la perspectiva tipológica.

Visto así, lo que parecía «ingenuidad política» desde una perspectiva política, se revela nada menos que fe psicológica: «Esta ingenua creencia mía en el alma humana puede parecer, desde el punto de vista olímpico de un intelecto hipertrofiado o de una ceguera partidista, risible, sospechosa, antipatriótica y Dios sabe qué» (CW 10 § 1022). Jung no era apolítico, ni siquiera a-político, en el sentido de que evitaba las cuestiones políticas de la época y escapaba al reino de la «Innerlichkeit». Estaba muy comprometido, en el sentido de Mattoon (Spring 1978). Sólo era apolítico en el sentido de que quería -en lugar de una respuesta dogmática correcta/incorrecta- aplicar el enfoque de la resolución psicológica de conflictos a través de la reflexión crítica incluso a los conflictos políticos o ideológicos. No cayó en la trampa de la literalidad, ni uniéndose a la batalla de un lado u otro, por un lado, ni evitando toda la cuestión como si fuera «una zona tabú en la que nadie puede entrar so pena de muerte» (CW 10 §1031), por otro; quiso abordar el problema candente que encontró constelado en su época y ver a través de él.

En otras palabras, no limitó la psicologización a los problemas personales de la vida privada ni volvió a una posición prepsicológica en cuanto surgieron diferencias ideológicas, políticas o teóricas, sino que siguió siendo psicólogo en todo momento; y el hecho de que no tuviera éxito no se debió a una «laguna» por su parte, sino a la falta de fe psicológica y de madurez psicológica por parte del público: nadie estaba preparado para el enfoque psicológico, nadie le dio una oportunidad. La experiencia general de la psicoterapia justifica la opinión de que se podría haber quitado mucho viento de las velas de la cuestión racial si la gente hubiera estado dispuesta a cuestionar críticamente su implicación emocional en ella y a verla como un problema psicológico colectivo. Si hay que reprocharle algo a Jung, es que no se diera cuenta de que estaba «adelantado a su tiempo» y que sobrevalorara a sus contemporáneos, quienes, como ha demostrado la historia, sólo eran capaces de reaccionar en el plano de los juicios a favor y en contra. Puede que en este punto fuera realmente ingenuo, pero la fe en el alma probablemente nunca es «realista» y «eficaz».

Así que estaría de acuerdo con I. Grubrich-Simitis, aunque por razones opuestas, en que las cartas de Jung de la época nazi pueden ser «una lección conmovedora de psicología política». No hay que ver en ellas una enseñanza para ser más político-factual o para adoptar una postura clara contra todo lo que parezca malo o erróneo; esto no sería más que una forma sublimada de resolución primitiva de conflictos por la fuerza bruta.

Más bien deberían considerarse una invitación a todos nosotros para que nos dejemos llevar de verdad por la verdadera cuestión que subyace a cualquier problema o prejuicio que se constate, independientemente de que sea razonable y aceptable o estúpido y vergonzoso, y así pasar del nivel de los hechos a otro en el que sea posible el movimiento psicológico.

Esta es la verdadera razón por la que, por muy valiosa que sea la investigación de Cocks, no basta con responder a la pregunta sobre el supuesto antisemitismo de Jung en el plano histórico-factual (con un sí o un no o algo intermedio). Pues tal respuesta no mueve nada. Una respuesta verdadera sólo puede darse asumiendo la tarea que Jung señaló y que aún está por hacer: la tarea de entrar en el recinto tabuizado de los prejuicios raciales, de permitir que nos toquen, de hacer de los imponderables de las propias diferencias étnicas un tema de examen psicológico y de penetrar en ellos hasta un punto en que se hagan visibles sus proporciones míticas y nuestro arraigo histórico y étnico. Esta es, sin embargo, una tarea que exige más conocimiento y perspicacia psicológica de lo que la mayoría de nosotros podemos ofrecer, como queda claro en una de las cartas de Jung de abril de 1957 sobre el trasfondo étnico del pensamiento de Freud:

Para una comprensión real del componente judío en la perspectiva de Freud sería necesario un conocimiento profundo de los supuestos específicamente judíos con respecto a la historia, la cultura y la religión. Puesto que Freud exige una evaluación extremadamente seria en todos estos niveles, habría que sumergirse profundamente en la historia de la mente judía. Esto nos llevaría más allá de la ortodoxia judía, a los trabajos subterráneos del jasidismo (por ejemplo, las sectas de Sabbatai Zwi), y luego a las complejidades de la Cábala, que aún permanece inexplorada psicológicamente. El hombre mediterráneo, al que también pertenecen los judíos, no está exclusivamente caracterizado y moldeado por el cristianismo y la Cábala, sino que todavía lleva dentro una herencia viva de paganismo que no pudo ser erradicada por la Reforma cristiana. Yo… me he dado cuenta de que hay que tener en cuenta todos estos hechos para comprender realmente el psicoanálisis en su forma freudiana ….

En vista de la sombra manchada de sangre que se cierne sobre la llamada «comprensión aria del judío», cualquier valoración que cayera por debajo del nivel de estas -como puede parecerle a usted- altisonantes condiciones no sería más que un lamentable malentendido, especialmente en suelo alemán. (A Edith Schroeder, Cartas II: pp. 358-59.)


1 Nota del editor: En un artículo titulado “C. G. Jung and German Psychotherapy, 1933–1940: A Research Note” (Spring 1979, pp. 221–227), el historiador Geoffrey Cocks investigó la cuestión de «si las acciones de Jung con respecto a Alemania tras la toma del poder por Hitler representan necesariamente la expresión de un antisemitismo fundamental por su parte». En la presente «Posdata», Giegerich continúa el planteamiento histórico de Cocks sobre esta cuestión con una discusión sobre cómo habría que concebir un enfoque psicológico de la misma.

La psicología como teoría liberada (dentro de sí misma)

Logos del alma

El objeto de la psicología es la conciencia en cuanto logos de la psique, al menos lo es para una perspectiva que asume al alma como su núcleo de estudio y que se concibe como psico-lógica. Por ende, el objetivo primordial del abordaje anímico no es la conducta, ni el comportamiento, ni el psiquismo humano y sus mapas topológicos y sus órganos imaginales. Tampoco tiene como fin el bienestar o el mejoramiento moral de las personas, ni su edificación, pues se considera que la individuación de la persona es una consecuencia, sin importancia, de la comprensión de que el alma preexiste en su propio carácter de absoluto. Además, desde la dimensión del alma el hombre es una cosa ínfima y sus necesidades nunca son fijas.

Todos los elementos psíquicos son imágenes e ideas por medio de las cuales la consciencia se conoce a sí misma y permanecen externos a ella hasta que no se lleva a cabo el ejercicio de la reflexión y se les permite desvanecerse en su negatividad, solo entonces cobran importancia, cuando lo pensado en ellos se piensa a sí mismo y se interioriza en su propia forma para poder existir como la no-existencia de ellas mismas, liberadas de su literalidad. Toda presencia guarda dentro de sí una noción atrapada en su positividad, la cual es debido pensar para poder emanciparla como autorreflexión, como noesis noeseos. El alma siempre piensa y lo hace en la profunda exterioridad de sus propios objetos.

Al abordaje activo de la psicología lo llamamos psicoterapia, pues implica un cuidado atento de la propia psique, como la perspectiva que atiende la inteligencia del fenómeno, considerando a su característica sintomática como una expresión legítima del propio movimiento lógico del alma. El síntoma es un pensamiento ocluido en sí mismo que es necesario seguir pensando de tal manera que éste pueda llegar a su hogar en la consciencia. Por eso se considera a lo patológico como una guía imprescindible y como el propio esfuerzo del alma por “curarse” a sí misma. El psicoterapeuta no es otra cosa sino un guardador, un aprendiz del pathos de la psique, ella tiene su propio ethos y no siempre compagina con lo que el individuo preferiría. Por todo esto la psicología debe ser psicoterapéutica para ser psicológica.

El psicoterapeuta guarda en su corazón el misterio del fenómeno, pero a su vez él mismo es introducido en el núcleo de dicho misterio, sin embargo a tal dimensión solo puede acceder aquello que es idéntico a lo que se presenta. Se asume entonces que el psicoterapeuta debe desaparecer mientras el opus se desenvuelve y que su labor implica el esfuerzo por desvanecerse de la mejor manera. Un buen psicólogo es quien en el ejercicio del pensar permite que lo otro sea quien se piense, el psicoterapeuta es aquel que se puede apartar para dejar que el logos del alma haga la psicoterapia.

Por todo lo dicho el objeto de la psicología no puede ser aprehendido bajo programas fijos o estrechos o ante esquemas externos al fenómeno, C. G. Jung recomendaba estudiar todo lo posible y frente al paciente olvidarlo todo. Esto no significa dejar a un lado la teoría y entregarse a la pura intuición o a una suerte de anarquismo teórico-metodológico; más bien implica que la teoría, aprendida con mucho esfuerzo, debe ser abandonada al ser superada por una dimensión nueva del conocimiento. Tal dimensión contiene lo estudiado y lo sabido, se funda en ello, o mejor dicho se nutre de esa cascara o cascaron vacío que ésta abandona una vez que ha surgido.

Lo conocido ha sido la vida del logos durante un momento, pero para desenvolverse tiene que abandonar dicha posición o hacerse consciente de que ya ha dejado atrás su antigua estancia. Pero esto no es el salto de una teoría a otra teoría mejor o diferente, lo cual solo sería un movimiento horizontal que mantendría a la consciencia en la misma dimensión, fingiendo que ha habido un cambio. El movimiento es un movimiento en la lógica del entendimiento y sólo así, con la muerte del saber del sujeto puede el objeto de la psicología surgir de manera plena y por fin morar en la consciencia, es decir, llegar a casa a sí mismo.

En cambio, un programa fijo cuyo objetivo primario es pragmático, cercará a su objeto para poder entenderlo, lo abstraerá de su contexto lógico, reduciéndolo a un objeto aislado y, sin saberlo, lo obligará a cumplir un destino programado por una metodología positivista. Todo ello dará buenos resultados y será útil y eficiente, medible y comparable, pero este sistema de poder prevalece a costa del propio saber del objeto, quien alienado de su consciencia permanecerá mudo, en un hacer separado del conocer, una vía tecnológicamente compulsiva que destruye sistemática su carácter de Otro.

La experiencia estética y el ego psicotizado

Logos del alma

Lo que hace evidente la desvalorización constante del esfuerzo por una complejidad artística, en contraste con la emergencia de producciones rápidas, entretenidas o edificantes de la ego-personalidad es que el arte es un proceso que se aprecia desde un horizonte cultural, es decir, que cada sujeto construye su experiencia estética en la medida en que se ha nutrido y se ha ejercitado en la apreciación de las obras artísticas. Esto no es un evento que suceda ante la imagen solamente, como una revelación, sino la constante reflexión sobre la misma experiencia estética, pues no se puede apreciar algo si la mirada no ha sido educada. Por lo tanto, los ojos se abren y se hacen a sí mismos en tanto la reflexión ha hecho su arduo trabajo en el sujeto.

La función del arte es la de permitir que la consciencia exprese los temas que la configuran, de manera que pueda crear piezas muertas las que el soplo del aliento de la contemplación insufle de movimiento lógico el pensamiento detenido en ellas y éste se vuelva material de consumo de un nuevo logos viviente. No es el hombre quien crea formas artísticas sino que estas representan la condición creativa prístina sobre la que la humanidad va esculpiendo y dibujando aquello que lo eleva sobre su condición natural y la acoge en un manto negativo de cultura y de contenidos compartidos.

Es así que la contemplación requiere de una educación continua de sus facultades, pues no hay pasividad en el acto de ver, al contrario, el alma, a través de los ojos que observan o de los oídos que escuchan, puede atender su matiz creativo de forma estructurada y racional, liberando el pensamiento implícito en la obra y permitiendo que éste cobre vida en el ejercicio de pensarlo desde una cultura enriquecida por el esfuerzo y la reflexión.

El arte no es un lujo ni una propiedad de las personas creativas, sino que es la manifestación figurativa del proceso a través del cual el alma crea la realidad o la verdad del momento presente, es decir, de la forma en que la consciencia se estructura de tal manera que pueda seguir creándose a sí misma ininterrumpidamente.

Por lo tanto, un arte puesto al servicio del sujeto es un contrasentido, que tiene como resultado la sobrecarga libidinal de una posición egoíca que se fragmenta a fuerza de ser complacida. Sin diques que le den soporte en una objetividad firme, asentada sobre sí misma, el alma exacerba su función expresiva y crea, a la vez que destruye, su material de trabajo, es decir al hombre que se recrea en la contemplación artística.

Pero en la cultura popular hay una exigencia cada vez más constante por hacer accesibles los elementos particulares del arte de forma sencilla e inocua, procurando que no requieran el esfuerzo del espectador. Por si fuera poco, se consagra el trabajo artístico al mero entretenimiento de las personas o, peor aún, a su edificación como individuos, proponiendo el poder curativo del arte, lo cual significa no otra cosa sino que el trabajo creativo debe ser puesto al servicio de la construcción del individuo, hecho que supone un proceso paulatino de inflación psíquica. Es quizás por ello que empieza a ser cada vez mas evidente la hipótesis de que el psiquismo del hombre posmoderno se parece a un estado de psicosis continuo.

El ego no es un órgano fijo en la estructura de la mente sino la posición que ha tomado la consciencia para poder asumirse como separada de sí misma, se ha desatado de su forma antigua para poder generar una dialéctica que permita actualizar sus contenidos inconscientes y producir alma de forma explosiva. De ahí que la revolución industrial y la expansión tecnológica, así como la idea de progreso, solo puedan ser posibles en este singular contexto anímico.

Pero en la psicosis la irrupción de contenidos psíquicos se vuelve incontrolable, la estructura que da coherencia a la realidad se desvanece a causa de los embates de la experiencia y de la fragmentación como estrategias de supervivencia. El alma pierde su posición egoíca y se retrotrae a estadios ya superados por la historia de la consciencia, de ahí las formas míticas y rituales que determinan la conducta del psicótico.

El sujeto psicótico se ha apropiado, sin premeditarlo, de una dimensión que no le corresponde y tal dimensión lo ha devorado. Así, el arte puesto al servicio de la edificación del sujeto supone que toda la dinámica de la construcción de la realidad, como la labor anímica primordial, recae sobre los hombros del frágil individuo, con las consecuencias de la fragmentación continua de su aprensión de la existencia, que no significa otra cosa sino el proceso a través del cual el espejo que refleja la luz se ha quebrado por la intensidad. Sin embargo, es la intensidad la nueva meta de la apreciación artística, la búsqueda de una emocionalidad desmedida.

En la época de la posverdad la ilusión de la voluntad, del subjetivismo y de las variedades de la experiencia de las que el hombre puede sujetarse sin compromiso aparente, no advierte de las consecuencias de soñar con apropiarse de un reino que no es de este mundo pero que lo configura como su núcleo eidético. La realidad se resquebraja bajo la fantasía del hombre creador que puede dominar el acto creativo que no le corresponde.

Realmente es el alma la que crea realidad cada día y si el ego no ha sido edificado, sostenido por la objetividad de la consciencia y educado en su tema de manera ardua, no podrá servir de vasija para el dios que de forma esporádica se presenta con el fin de llevar a cabo la labor artística y entonces se romperá una y otra vez sin haber alcanzado la comprensión de que el alma está hecha para lo divino.

La bomba nuclear y el destino de Dios: Sobre la primera fisión nuclear

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘Technology and the Soul’, volumen II de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 5, pp. 101-115

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Si se observa una pintura medieval, como la de la escuela holandesa, hay que acercarse mucho para apreciar sus detalles. Cada pelo de un cuello de piel, cada brizna de hierba, parecen estar pintados por separado. Sin embargo, si nos acercáramos a un cuadro de un impresionista francés, sólo veríamos manchas de pintura, pero ningún cuadro. Así pues, cada cuadro prescribe al espectador la distancia que le corresponde. Esto no sólo es cierto para los cuadros, sino para todos los temas de contemplación, incluidos los de reflexión teórica. Por esta razón, depende mucho de que encontremos la distancia «correcta» a nuestro tema, la bomba nuclear. Porque si nos acercamos demasiado a ella y la contemplamos sólo desde nuestro presente inmediato, sólo en el contexto de los bloques de poder y las negociaciones de desarme actuales, sólo en el contexto de nuestros temores personales de supervivencia, entonces sólo tendremos una percepción esencialmente reducida de la bomba.

ENCONTRAR EL PUNTO DE VISTA ADECUADO

La bomba nuclear amenaza la vida en su totalidad. Esto significa que debemos encontrar un punto de vista que conceda a la bomba el horizonte más amplio posible dentro del cual sólo pueda desplegar toda su esencia. Porque todo lo que tiene el poder de poner en juego nuestro mundo en su conjunto debe ser una especie de equivalente de este mundo en pocas palabras y, como tal, estar profundamente entretejido y enraizado en la historia y la realidad de nuestro mundo occidental en general.

El contexto de los problemas de supervivencia y la política de poder actuales sólo permite una percepción muy limitada de la bomba. Nuestra imagen de ella sería igual de reducida si la entendiéramos meramente de forma personalista: como la expresión de nuestras agresiones reprimidas, nuestra «tradición patriarcal hipertrófica», nuestra arrogancia y nuestra actitud de aprendiz de brujo, por mencionar sólo algunos de los tópicos más comunes. La bomba nuclear, en su fenomenología, es tan inmensa y tan inhumana que, a pesar de ser un objeto fabricado por el hombre, se extiende mucho más allá de lo meramente humano hasta la dimensión de lo ontológico y lo teológico, hasta la dimensión del Ser y de los dioses. Sólo en este plano podemos esperar hacer algo de justicia a su espanto.

Sin embargo, no hablo como teólogo, sino como psicólogo y fenomenólogo. Como tal, estoy convencido de que siempre que se trata de puntos de inflexión fatídicos, ya sea en la historia o en nuestra vida personal, tenemos que mirar a los dioses y a su destino. Los dioses y lo que les ocurre son, simple y naturalmente, la articulación de ese fondo de la psique colectiva en el que se producen las grandes decisiones de calado histórico, decisiones que a su vez son el marco en el que transcurre la vida y el pensamiento de cada época histórica. No postulo dioses de manera metafísica, y mucho menos los propago como objetos de fe. Simplemente me quedo con la fenomenología de las imágenes de Dios tal y como se dan en la realidad. Considero que éstas son el punto en el que algo del trasfondo oculto de la existencia histórico-psicológica del hombre se nos hace visible en formas o rostros concretos, de modo que no estamos meramente condicionados por este trasfondo desde atrás como objetos aburridos, sino que podemos, como corresponde a los humanos conscientes, relacionarnos con ellos cara a cara. Así podemos establecer y cultivar una conexión psicológica que sin las imágenes de Dios no sería posible: la cultura y el culto psicológicos, la therapeia, la religio-como la observación cuidadosa (relegere) de los dominantes arquetípicos que vinculan (religare) nuestras percepciones, pensamiento y comportamiento.

El destino de Dios que tenemos que considerar en relación con nuestro tema me parece que tiene lugar en los acontecimientos que se nos cuentan en la historia  del Antiguo Testamento1 sobre la adoración del Becerro de Oro (Ex. 32).

LA HISTORIA DEL BECERRO DE ORO COMO DOMINANTE PSICOLÓGICA

No quiero leer esta historia como un documento histórico, ni con la pregunta en mente: ¿Qué ocurrió realmente y qué significó en el contexto de su época y para la vida religiosa de los judíos? Tampoco me ocuparé de cuestiones de crítica textual, fuentes, autoría y de las revisiones que haya podido sufrir el texto. Con tal planteamiento, el relato se convertiría en un mero objeto de indagación y quedaría desplazado a la lejanía de un pasado remoto y exótico que, en el fondo, nos es indiferente. Paradójicamente, la búsqueda del sentido «original» del cuento y de las intenciones «originales» de sus autores no nos devuelve a los verdaderos orígenes; más bien produce un artefacto, la reconstrucción de un pasado pretérito que sólo es posible gracias a ingeniosos métodos científicos. No es que pretenda dudar de la corrección de las reconstrucciones históricas. Simplemente pienso que nunca pueden conducirnos al origen, sino sólo a algo esencialmente derivado: la historia abstracta.

El origen no se encuentra en la edición crítica en la «lengua original» de un texto, ni en el conocimiento exacto de los hechos históricos que rodean al texto; el origen es más bien la historia de la Biblia tal y como nos la contaron en la infancia en nuestra lengua materna -en una forma, teológicamente hablando, posiblemente bastante insostenible- y, sobre todo, tal y como se la contaron durante siglos a nuestros antepasados, que ciertamente no se vieron afectados por las preocupaciones histórico-críticas. Sólo así está viva la historia en la psique occidental. Toda la erudición crítica llega demasiado tarde, va detrás de la imagen real arraigada en lo más profundo de nuestro ser y de nuestra tradición. Toda investigación científica presupone esta imagen y, por supuesto, en última instancia, sólo se lleva a cabo por ella y porque, en primer lugar, despertó la curiosidad de los estudiosos.

Es el trágico error del Occidente cristiano haber tomado lo histórica o teológicamente «correcto» por lo real, y así haber pensado que el verdadero cristianismo podía encontrarse en la interpretación más sofisticada y pura de la doctrina cristiana. Esta ficción nos hizo ciegos a los efectos reales de nuestra religión, permitiéndonos conformarnos con nuestro mejor juicio y pensar que, gracias a la corrección erudita de nuestras ideas, las imágenes primitivas se habían acabado. Pero la imagen simple no fue empujada a la inexistencia por la visión corregida, sino que simplemente desapareció de nuestro campo de visión, de modo que pudo estar en acción sin ser perturbada. Conserva su propia «voluntad», que no está necesariamente de acuerdo con la mejor exégesis teológica, y quiere materializarse a sí misma (en lugar de la «verdadera intención»). Incluso bajo la superficie de la teología más erudita, es la simple imagen la que realmente se cree y tiene fuerza motriz. Nuestro mejor juicio, precisamente porque es mejor, más elevado, meramente consciente, no tiene ni ha tenido nunca importancia psicológica e histórica, pues carece de poder transformador, mientras no se haya filtrado hasta convertirse, al cabo de mucho tiempo, en una nueva imagen en la psique por derecho propio. Sólo la imagen primitiva es históricamente potente, tanto en el individuo como en los pueblos.

Por lo tanto, me gustaría leer la historia del Becerro de Oro como la imagen psicológicamente real como la que se ha implantado, como una semilla, en la psique receptiva de los pueblos del Occidente cristiano inicial y, tras un periodo de incubación que duró varios siglos -llamado habitualmente «Edad Media»-, empezó a brotar hasta que finalmente dio frutos maduros en nuestro siglo. Intento escucharlo como parte de ese «mito» en el que vivimos y que sustenta la constitución ontológica del mundo occidental.

Esta historia es, por así decirlo, una historia de la colisión de dos mundos. El primer mundo está situado en las tierras bajas y se caracteriza por una imagen de Dios con forma de animal fundida en metal a la que el pueblo adorador lleva ofrendas y en cuyo honor celebra una fiesta, entregándose lúdicamente a esta celebración. El otro mundo es el de la cima de una montaña2 y se caracteriza por un Dios invisible y trascendente en las alturas, por un código de leyes morales grabado en tablas de piedra y, tanto por parte de Dios como de Moisés, por una ira feroz contra el pueblo celebrante.

Moisés, acalorado por la ira, con la Palabra de Dios en su mente y las tablas de la ley en sus manos, rompe la piedra en su ira. Irrumpiendo como un extraño en la multitud juguetona, interrumpe la celebración sagrada y pulveriza la imagen animal. A Aarón, que hasta ese momento había participado inocentemente en la ejecución del ritual, le da mala conciencia, de modo que Aarón se avergüenza y siente la necesidad de justificarse. Y finalmente obliga a todos a tomar una decisión: «¿Quién está del lado del Señor? Que venga a mí». Ordena a sus seguidores que tomen sus espadas y recorran el campamento de puerta en puerta y maten a cada uno de sus hermanos, a cada uno de sus compañeros y a cada uno de sus vecinos. «Y aquel día cayeron del pueblo unos tres mil hombres».

Siempre hay una diferencia crucial en cuanto a las imágenes «míticas» con las que nos informamos colectivamente. Hemos sido educados con esta historia; esta imagen de una masacre ejecutada sobre los adoradores del Becerro de Oro por celo del verdadero Dios ha sido implantada en el alma del hombre occidental durante dos mil años. Ha echado raíces profundas y nos ha imprimido miedos traumáticos. Todos vivimos bajo el hechizo de esta masacre. La conmoción es profunda. Desde que sonó la llamada «¿Quién está del lado del Señor? que venga a mí», resuena una y otra vez en lo más profundo de nuestro ser. Y desde entonces una grieta incurable atraviesa el «pueblo» de nuestra alma, infectando todos nuestros pensamientos y experiencias y moldeándolos según su imagen.

En lo que respecta a nuestras aspiraciones más nobles, desde entonces se nos ha colocado a priori en un lado, en el lado del verdadero Dios, independientemente de que lo conozcamos y nos guste o no, y no debemos, seamos creyentes o no, temer más que deslizarnos al otro lado, el de los adoradores del Becerro de Oro, el lado de los asesinados. No tenemos elección mientras no trabajemos conscientemente el trauma de esta escisión. Pero simultáneamente con el mantenimiento de un lado (el del Señor), el otro lado, el de la idolatría, se constela también, y nuestros instintos escindidos, más primitivos, sucumben por necesidad cada vez más a la fascinación cada vez mayor que la imagen terrestre, ahora denostada como ídolo, ejerce sobre nosotros. Pues esa grieta que separa al mundo sólo existe como oposición, es decir, como unidad separada, de ambas partes. Sin ídolos, no hay Dios «verdadero», y sin éste, no hay dioses «falsos».

DESCUBRIENDO LA CUESTIÓN NO MENCIONADA DE LA HISTORIA

Si seguimos la perspectiva del narrador, esta es una historia de la caída infiel de los hijos de Israel de su verdadero Dios que los sacó de la tierra de Egipto, y de su posterior castigo. Sin embargo, si vemos a través de la intención didáctica del informe narrativo a su contenido latente, obtenemos una imagen totalmente diferente. Los estudiosos del Antiguo Testamento nos informan de que la palabra hebrea traducida como «becerro» no pretende en realidad referirse a un becerro en esta historia, sino que es un término despectivo para la imagen de un toro que, de hecho, era el objeto de adoración.

Aún más importante es el hecho de que el propio Yahvé tenía originalmente una naturaleza de toro, de acuerdo con toda la antigua religión semítica. Esto se manifiesta incluso en tiempos posteriores, como en Amós 1:2: «El Señor rugirá».3 El Dios tribal de los israelitas, el Dios de la confianza, era, sin duda, un Dios joven, pero con él los israelitas se remontaban a la tradición religiosa más antigua del Próximo Oriente, al Dios más elevado de los antiguos semitas, El elión (Gn. 14), el Señor del Cielo y Dios del Mundo.4 Este Dios es constantemente apostrofado en los textos ugaríticos como «El Toro». Esto significa que la imagen del toro adorada por los Hijos de Israel en nuestra historia y conocida por nosotros con el nombre de Becerro de Oro no era un Dios diferente, ajeno, en oposición al Dios supremo, ¡sino que era este mismo Dios!

Desde este punto de vista, nuestra historia no es simplemente una historia de rebelión e infidelidad. Más bien esta historia narra un acontecimiento fatídico en la historia de este mismo Dios. Esta escena anuncia dramáticamente un cambio dentro de Dios. Dios se separa de un aspecto de sí mismo. La naturaleza de Dios se divide. El pueblo celebrante no era en absoluto desleal; al contrario, hacía lo que hasta ahora había sido siempre agradable a Dios. Pero ahora se ven sorprendidos, incluso descendidos de la nada, por este cambio en Dios, que por primera vez progresista Moisés parece haber previsto. Y como siempre que hay cambios en la esfera divina para los que la conciencia humana no está preparada, tienen que pagarlo caro.

En el antiguo Cercano Oriente no parece haber habido dioses estrictamente teriomorfos como los que había en Egipto (por ejemplo, el toro Apis). Más bien, se suele encontrar la conexión de dioses antropomórficos con animales como sus asistentes, es decir, una deidad con forma humana se muestra sentada en un trono mientras sus pies descansan sobre toros. El toro sirve de pedestal a la divinidad. Además, existe un culto muy extendido que se prolonga hasta la antigüedad tardía, en el que se erige el trono vacío de la deidad para invitar a bajar a la deidad, que en este caso se consideraba esencialmente invisible. En la historia del Becerro de Oro podríamos entender la imagen del toro como un pedestal erigido con el fin de invitar al alto Dios invisible a descender y manifestarse.

El animal como símbolo o pedestal de una deidad antropomórfica o invisible sugiere ya una diferenciación interna en la naturaleza de Dios. El aspecto animal como pedestal se ha convertido en un aspecto literalmente inferior de este Dios; el toro se ha convertido en un mero ayudante que acompaña al Dios, aunque siga siendo su fundamento, mientras que el propio Dios se desmarca obviamente del animal por medio de su forma humana, o incluso más como un Dios esencialmente invisible, el que una vez llevó él mismo el título de Toro. Pero incluso esta deidad apartada y elevada seguía estando esencialmente unida a su animal. Este era él mismo en su aspecto visible, y la imagen del toro poseía el poder de atraer el aspecto invisible hacia abajo.

Sin embargo, lo que ocurre en nuestra historia es que Dios se desprende, por así decirlo, de los toros, de su base animal, y despega hacia las alturas. Así, la espada de Moisés no sólo separa al pueblo en dos mitades, no sólo mata a los tres mil fieles al Becerro; sino que esa espada corta los últimos hilos que atan a Dios a su antigua forma divina de toro. Se trata, pues, de un relato del nacimiento de Dios tal y como lo conocemos a través de un desdoblamiento del Ser como tal, un relato del nacimiento de la noción de Dios dominante todavía hoy y que informa la constitución ontológica de nuestro mundo.

EL NUEVO DIOS

¿Cuál es la noción de Dios que resulta de la disociación en la naturaleza de Dios? En primer lugar, Dios se desprende de su visibilidad de una vez por todas y se convierte en un Dios totalmente invisible. El toro real era a la vez también una epifanía del Dios. Incluso el Dios invisible del antiguo Oriente Próximo estaba «basado» en su pedestal visible. Dios necesitaba una imagen animal visible para hacerse presente. Porque, como diría Thomas Mann, «¿Cómo contemplarías al Dios, si no es en el animal?».5 Ahora ya no puede haber epifanías. Dios sólo está presente en la fe y en la predicación de su palabra.

En segundo lugar, Dios deja de ser un poder inmanente al mundo y se eleva a la altura de un Dios completamente sobrenatural, trascendente, extramundano. Sólo como tal es posible que Dios se convierta en el creador en el sentido bíblico, es decir, en el creador de la nada. Los dioses míticos eran fenómenos naturales, el trueno, el grano, el sol, el océano, la muerte, y como tales no eran creadores extramundanos del mundo, sino partes o aspectos del mundo. Incluso el dios esencialmente invisible de Asia Menor no salía del mundo, sino que era el fenómeno de una fuerza invisible inmanente en el mundo.

En tercer lugar, este Dios se convierte en el Dios monoteísta absoluto. Mientras Dios tenía forma de toro, no podía haber un solo Dios, tan seguro como que había, además del toro, también sol, mar, rayo y trueno, etc. Como forma visible tenía que ser necesariamente particular, un Dios al lado o tal vez también por encima de muchos otros, pero incluso si por encima de ellos, entonces sin embargo sólo como primus inter pares.

En cuarto lugar, junto con la forma de toro, Dios rechaza su naturaleza animal y se define a partir de ahora como espíritu, puro espíritu.

En quinto lugar, pierde su realidad corporal concreta, convirtiéndose gradualmente en una idea idealizada. Digo gradualmente, porque sólo con el Nuevo Testamento se completa el proceso de la idealización completa de Dios como amor puro y Dios se identifica totalmente con este ideal de sí mismo. El lugar de la epifanía, es decir, de su manifestación en la realidad terrenal tal y como es en cada momento, lo ocupa ahora la revelación, es decir, la declaración verbal sobre su verdadera naturaleza. Como la epifanía ya no es una posibilidad para Dios, debe exigir la fe, la creencia en sus declaraciones. Las epifanías hablaban por sí mismas. Eran la autorrepresentación irreflexiva y sin censura de Dios a través de su comportamiento real en el mundo. No era necesario, es más, no se podía, creer en Baal, el Dios de la tormenta, o en Astarté, la Diosa del amor y la guerra, porque los tenías en la guerra y la tormenta ante tus ojos y estabas expuesto a su funcionamiento. Por el contrario, un autocomentario que ya no se confirma en la realidad sensorial depende de la creencia y la fe y requiere un flujo ininterrumpido de testigos que lo profesen.

Como sexta y última característica de la nueva noción de Dios que resultó del desdoblamiento de Dios, menciono el literalismo. El culto original se dirigía a la imagen, al fenómeno, a la manifestación fenoménica. Los adoradores del Becerro de Oro no confundían de ninguna manera, podemos suponer, con dios el Becerro de Oro como objeto en el sentido positivista, porque en una cultura ritualista tal objeto no existía todavía. No, dios era la visión visible del brillo dorado y la poderosa forma de toro, la visión de la imagen brillando desde lo que hoy llamaríamos un objeto muerto. Y los adoradores del Becerro de Oro no «creían» en la imagen a modo de mistificación, como si fuera algo diferente de lo que realmente era: una imagen, nada más. Porque todos sabían, por supuesto, que acababa de ser fundido de sus propias joyas. Pero cualquiera podía ver inmediatamente, por la calidad imaginal que irradiaba el toro, que se trataba de Dios. La esencia de Dios estaba originariamente en la radiación y en la numinosidad inherente a este brillo metafórico.

Al desprenderse de su imagen de toro, Dios se desprende también de todo brillo y apariencia,6 y se establece como un Dios literal. Esto significa no sólo un Dios de mandamientos escritos e inscritos, sino también un Dios que es inequívoco e incuestionable, exclusivamente Dios. Como se ha desprendido de todo lo sensorial y terrenal, puede declararse «el verdadero Dios» detrás de la realidad sensorial, y puede plantearse en un sentido metafísico como literalmente, casi me gustaría decir positivamente, existente. La fe es el modo de esa relación con la divinidad en la que ésta se toma literalmente y como absoluta, en último término como la entidad más elevada. La fe y su contraparte, la duda, se refieren principalmente a la existencia de Dios («porque el que se acerca a Dios debe creer que existe» -Heb. 11:6). En consecuencia, la cuestión de la existencia de Dios ha estado durante siglos en el centro del pensamiento sobre Dios, las mentes más grandes lucharon con el problema de las pruebas y refutaciones de su existencia. La cuestión de la existencia de los dioses míticos nunca se planteó, no podía plantearse. En la situación mítica, la única cuestión importante es el ¿Quién? (¿Cuál?) y el ¿Cómo? de la manifestación de los que brillan en nuestras vidas de forma tan evidente e incuestionable como el sol.

Debemos tener en cuenta la dialéctica de este proceso de disociación. A través de la escisión de su naturaleza, Dios se elevó por encima de sí mismo y ascendió a cotas antes insospechadas. Pudo adquirir una existencia literal. Se convirtió en el Dios puro y verdadero, el absoluto. Pero todo esto no es simplemente una ganancia, sino también una pérdida. El ascenso a lo absoluto es como un absolvere (un desprendimiento) al mismo tiempo una privación: Dios sufrió una considerable pérdida de sustancia y es, como lo infinito, sólo un resto infinitamente diluido de lo que una vez fue, habiendo cambiado el estatus de una realidad fenoménica por el estatus empobrecido de una afirmación que depende de ser creída para obtener la convicción de realidad. Esto contrasta completamente con la existencia saturada e imperturbable que es propiedad de los dioses míticos desde el principio. Su ser-en-el-mundo, sin embargo, no tenía la cualidad de una existencia literal, positiva-factual, sino sólo la de epifanía, de manifestación fenoménica. En otras palabras, Dios sólo pudo adquirir su existencia literal pagando el precio de su sustancialidad, su autoevidencia y su encarnación mundana. Sólo abandonando su realidad sensorial, sólo a través de su mistificación, pudo convertirse en espíritu absoluto y verdadero Dios.

LA INVENCIÓN DE LA IDOLATRÍA Y LA DESTRUCCIÓN DE LA TIERRA

Simultáneamente con la autoexaltación de Dios,7 la realidad sensorial fue empujada a un nivel inferior. Es una misma acción -el golpe de espada de Moisés- que entronizó al verdadero Dios y estableció la idolatría «por primera vez». En esta simultaneidad de movimiento ascendente y descendente, la degradación de la imagen a la condición de falso Dios tiene una prioridad interna. Sólo porque la narración del Becerro de Oro es la historia didáctica de la invención de la idolatría puede ser también la historia de la instauración del Dios «verdadero». La lucha contra los ídolos es el modo en que surgen tanto el «Becerro de Oro» (en el sentido idolátrico del término) como el «verdadero Dios». Porque sin los ídolos y antes de cualquier lucha contra ellos, no había ídolos, sino sólo dioses míticos. Dios (en el sentido del Dios verdadero) y el ídolo -ambos igualmente distantes de los dioses míticos- son lo mismo, aunque no iguales, de modo que dondequiera que se encuentre la idolatría real se puede sospechar del «Dios verdadero» en el fondo y en el entorno de cualquier culto al Dios verdadero se puede contar con la idolatría de alguna manera. La idolatría y el servicio al Dios verdadero, aunque sean opuestos, son gemelos.

El hecho de que Moisés pulverice y derrita el Becerro de Oro es un asalto a la cualidad imaginal de la realidad como tal, un asalto que recibe su fundamento teológico expreso en el mandamiento: «No te harás ninguna imagen, ni ninguna semejanza» (Ex. 20:4), que también entra en el contexto de nuestro relato. Moisés reduce la realidad de Dios a «mera materia»: polvo en lugar de imagen divina. Al igual que Dios se convierte en un Dios literal, aquí se origina la materia en un sentido positivista, si extrapolamos un poco. Es este acto el que da lugar por primera vez a la idea de algo terrenal que no es «nada más que» terrenal, pues se ve privado de su brillo imaginal. Al igual que Dios se convirtió en algo sin mundo por su obtención de lo absoluto, la realidad terrenal se convirtió en algo sin Dios.

Es crucial ver aquí que el hecho de que Dios abandonara la figura visible del toro no significaba que el toro pudiera quedarse como estaba antes. Pues Dios se apartó de él como de su pedestal y al hacerlo lo empujó a las profundidades. Este empuje hacia abajo, puesto de manifiesto en nuestra historia por la trituración del Becerro por parte de Moisés, significa que la misma desimaginación que le tocó a Dios también ocurrió con las cosas de esta tierra. El éxodo de Dios de la realidad sensorial a la espiritualización absoluta, por un lado, y la destrucción de la forma imaginal de las cosas, por otro, son reflejos mutuos, siendo la espada de Moisés el espejo, por así decirlo, que mantiene separadas las dos imágenes del espejo.

Ciertamente, tuvieron que pasar siglos hasta que la imagen divina quedó completamente pulverizada. Sólo con nuestra actual visión del mundo se ha cumplido el programa establecido en esta historia y se ha desmantelado toda la realidad en el «polvo» de las moléculas, los átomos y las partículas elementales subatómicas, a las que, en cuanto a la realidad última y actual, pueden, es más, deben reducirse todas las cosas que tienen una forma visible. Al principio, sin embargo, las cosas conservaron su forma durante más de dos mil años. La destrucción de su cualidad imaginal, que produjo el literalismo, no debe entenderse en sí misma como literal. No es tanto la forma y la imagen de las cosas lo que se destruye, sino la naturaleza imaginal de su forma, su resplandor divino, su brillo dorado, su resplandor numinoso: el poder conmovedor de la imagen. La naturaleza imaginal que antes tenían las cosas reales se reduce ahora a la mera forma de la materia (morphê, forma), de modo que ahora sólo queda una comprensión formal de la imagen. Esto significa que lo imaginal se entiende ahora de forma literal y, por tanto, ha sido subsumido por su propio opuesto. La imagen despojada de su naturaleza imaginal ha sido, por supuesto, pulverizada de forma mucho más radical que si se hubieran pulverizado literalmente todas las cosas formadas.

LA EXPLOSIÓN NUCLEAR Y EL LEVANTAMIENTO PRIMARIO DE LA VOLUNTAD

Hasta ahora, hemos contemplado el proceso divino sólo como una separación en dos partes, en el animal (que se ha reducido a una comprensión biológica y, por tanto, puede ser idolatrado) y en el verdadero Dios. Pero lo que ocurrió comprende más que eso. La separación en dos implica tres aspectos. La unidad original que unía a los dos y que está oculta por esa unidad se libera del todo original como el Tercero de los Dos junto con la disociación. Para que esta disociación en mero toro y puro Dios sea posible en primer lugar, su naturaleza imaginal original, que mantenía a los dos y daba a ambos, Dios y toro, su esencia completa, debe ser primero arrancada de ambos. La descripción completa de lo sucedido en nuestra historia es, pues, la siguiente: primero, el ascenso de Dios a las alturas del espíritu sin imágenes (trascendencia); segundo, el empuje del toro o, más generalmente, de la realidad terrenal al estado no imaginal de la mera materia (positividad empírica); y tercero, la eliminación de lo imaginal de la ontología dominante.

Lo que ha ocurrido aquí es una enormidad. Es la primera fisión nuclear, la fisión nuclear, es decir, la escisión del núcleo del Ser: la imagen. Esta primera escisión fue la que hizo posible las explosiones nucleares de la física moderna. De lo que se trata aquí no es sólo un asunto para los estudiantes de historia religiosa. Se trata de una explosión ontológica que trastorna los fundamentos de la existencia, del Ser como tal. Porque el Ser, en su núcleo más íntimo, está anclado en la imaginalidad.

Si Hillman8 acuñó la frase «base poética de la mente», me gustaría ampliar esta idea y hablar de la base poética o cualidad imaginal del Ser. Y si Jung dijo que la imagen es psique, ahora podemos añadir que el Ser tiene calidad de imagen y de alma. Dios y el toro (el mundo) eran lo que eran sólo en virtud de su naturaleza imaginal.

En correspondencia con las explosiones nucleares de la física podemos describir los tres aspectos de la Primera fisión nuclear como sigue.

(1) La naturaleza divina de Dios, que es el primer componente de la imagen, se eleva a los cielos y se vuelve puramente espiritual. De este modo, irradia con una intensidad inaudita. Es lo que los físicos llaman la «estrella» en las explosiones nucleares.

(2) El segundo componente de la imagen, lo terrenal-sensible, se reduce a mera naturaleza, a creación de Dios, ya no divina por derecho propio. Esto es lo que se llama «ceniza nuclear». La ceniza nuclear no es sólo un producto empírico de las explosiones nucleares del siglo XX; la realidad en general ha sido ontológicamente ceniza nuclear durante más de dos milenios. Despojado de su divinidad inherente, el mundo se hizo accesible en su desnudez empírica a la investigación científica y a la explotación técnica de una época muy posterior. El oro del Becerro de Oro nunca podría haber sido sometido a un análisis químico, el toro nunca podría haber sido utilizado para experimentos biológicos: porque el predicado «Dios» irradiaba de ellos.

(3) La liberación del Tercero de los Dos, la cualidad imaginal, a través de la explosión de la imagen liberó una tremenda energía, al igual que las fisiones nucleares de la física. Esta energía liberada, en primer lugar, dio a Dios el impulso para su despegue hacia la trascendencia; en segundo lugar, proporcionó al mundo el poder para su demonización y para el inmenso aumento de la realidad que experimentó -volveremos sobre esto más adelante-; y, en tercer lugar, produjo lo que llamamos en metafísica y psicología, la Voluntad. La antigua historia del Becerro de Oro es, pues, en el contexto de la historia de nuestro Occidente cristiano, también el mito del nacimiento del ego moderno, cuya esencia más íntima es la voluntad.9

La psicología considera que el ego es un determinado complejo central de la personalidad. Pero es mucho más. Ante todo, es también el modo en que este complejo se ha interpretado y constituido a sí mismo para empezar. Pero incluso esto no es todo. Como poder arquetípico, el ego trasciende lo psicológico en el sentido personalista-humano de la palabra y es, en su significado integral, el modo de ser moderno de todo lo que es, el modo de ser de Dios, del mundo y del hombre. No somos nosotros los que tenemos un ego, el ego o la voluntad nos tiene a nosotros y a nuestro mundo. Al igual que las explosiones nucleares de la física se desencadenan por el bombardeo del uranio con electrones, el golpe de la espada pone en marcha la fisión nuclear ontológica. El golpe de espada, sin embargo, es la forma en que la Voluntad llega a ser. Es la expresión del tremendo celo que embarga a Moisés y que no es más que el reflejo en un humano de ese celo al que, en el mismo relato, Dios acaba de profesar («Yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso», Éxodo 20:5). Pero el golpe de la espada no es el resultado de una voluntad (el celo) existente con anterioridad como su causa o motivación. Más bien, al hacer estallar el modo imaginal del Ser, el golpe de la espada es el levantamiento primario de la voluntad, el acto mediante el cual la voluntad se libera a sí misma en la existencia por «primera» vez. La voluntad nace de sí misma, del ejercicio «repentino» del querer. Es su propio origen. Como ésta es la naturaleza de la voluntad, todo acto de querer tendrá el mismo carácter violento de un golpe de espada que corta el Ser y de una «primera» irrupción en el mundo imaginal.

Fue un acto de voluntad que expulsó a Dios, a la realidad terrenal y a la naturaleza del hombre, a los tres, del medio del ánima, es decir, de lo imaginal, y los sometió así a sí mismo -a la voluntad o al ego establecido por este mismo acto de subyugación- como el nuevo medio de la existencia en su conjunto. Si Nietzsche definió la esencia del mundo como la «Voluntad de Poder», caracterizó precisamente la cualidad metafísica más íntima del Ser, sin darse cuenta, sin embargo, de que ésta era sólo la cualidad del Ser tal como resultaba de la fisión nuclear ontológica, no la cualidad del Ser primigenio; y sin darse cuenta de que al proclamar la Voluntad de Poder como el principio supremo, él, Nietzsche, no era más que el portavoz del Dios-Creador cristiano, un agente de ejecución en la historia de la fisión nuclear ontológica, uno de los ejecutores finales de la voluntad de Moisés.

LA VOLUNTAD COMO PRINCIPIO ONTOLÓGICO SUPREMO

Mientras el Ser estaba inmerso en el reino imaginal del ánima, los rostros de los dioses miraban al hombre desde el interior de las cosas. Esto significa que las cosas reclamaban al hombre. Las cosas y las situaciones exigían de sí mismas tal o cual trato, eran vinculantes. Como imágenes afectaban directamente, en virtud de su numinosidad, al psiquismo instintivo, y por ello conducían a ese comportamiento que llamamos ritual. Desde el declive de la epifanía y el éxodo de los dioses de este mundo a la trascendencia, la fuerza vinculante ha salido de las cosas y las situaciones mismas. Esta fuerza se ha liberado y ahora tiene una existencia separada en forma de normas éticas absolutas. A éstas el hombre tiene que otorgar, por un acto de voluntad y por su propio esfuerzo espiritual, cualquier poder y realidad que puedan tener, porque no tienen fuerza propia.

El ego humano y su actitud moral cargan ahora con todo el peso de la responsabilidad, ya que la mirada divina que surge de la realidad ya no conduce de forma natural a la actividad ritual del alma en el nivel instintivo. El ethos de la época ritualista estaba anclado en la propia realidad externa. No sólo las acciones del hombre, sino que el mundo objetivo era, por así decirlo, ético en sí mismo. La ética abarcaba tanto al hombre como a la realidad. En el caso de la ética moralista, sin embargo, el hombre está solo con su responsabilidad moral frente al mundo de las cosas, que ahora no tiene obligación y está sujeto a decisiones arbitrarias. Las cosas ya no tienen voluntad ni pretensiones propias, son, como se dice, «éticamente neutrales».

En ese momento en que las cosas ya no son imágenes de dioses, sino que tienen a su Dios como creador extramundano fuera de ellas mismas, se han convertido en juego limpio, en objetos mudos para el estudio y la explotación. De ahí que una ley moral impuesta desde arriba se convierta en una necesidad para restringir el uso de la realidad ahora proscrita. Así, la historia de la separación de Dios del Becerro de Oro tenía que ser también, inevitablemente, la historia de los Diez Mandamientos tallados en tablas de piedra, es decir, la historia de un cambio de la relación psicológica y ritualista con el mundo a una relación espiritual y moralista, y al mismo tiempo la historia de la instalación del hombre en su nuevo modo de ser como el dispuesto.

Sin embargo, esta cosificación de la realidad no es obra de los hombres. Más bien, ser materia muerta explotable es la naturaleza real de las cosas desde que dejaron de ser imágenes divinas y se convirtieron en cosas creadas, en cosas hechas por Dios. Pues sólo secundariamente y de forma indirecta, es decir, sólo si el hombre cree en el creador extramundano con un acto de fe precario y constantemente sometido a tentaciones, se les puede suministrar una cierta calidad de imagen. Pero ésta seguirá siendo siempre una cualidad imaginal de segunda mano, una imago dei infinitamente alejada de Dios mismo.

El segundo componente de la imagen, Dios, también ha sido sumergido y sometido al elemento de la voluntad del ego, al igual que la realidad terrenal. Dios está ahora fuera del mundo, de modo que ya no habla al alma a través de epifanías visibles y ya no le impone la impresión abrumadora de su realidad incuestionable. Dios ya no es nada por sí mismo; ahora sólo es una idea, un flatus vocis, completamente sujeto a las contingencias y vicisitudes de la fe del hombre. Sólo indirectamente, sólo a través de un acto espiritual del hombre (la fe) se puede dotar a Dios de ese poder que le da una realidad secundaria. La fe es la afirmación volitiva que el hombre otorga a Dios. Y sin este impulso del hombre, «Dios» sigue siendo una palabra vacía, como demuestra la historia del mundo moderno. La fe tiene, pues, una naturaleza contradictoria. Por lo que dice como contenido de su creencia, erige a Dios como creador; pero por lo que hace, por lo que supone el acto de fe en sí mismo, hace que la realidad de Dios dependa de la voluntad del hombre. No es Dios quien crea al hombre a su imagen y semejanza, sino que el Ego crea a Dios.

DIOS «VERDADERO» Y DIOSES «FALSOS»: LA MORALIZACIÓN DEL SER

En esta coyuntura, profundicemos en el análisis de la disociación del Ser en el sentido de una fisión nuclear ontológica. La escisión de Dios de su imagen como toro tiene consecuencias para las categorías del Ser como tal. Lo que se escinde aquí, son, en última instancia, lo verdadero y lo real. El Dios resultante de la escisión es el Dios «verdadero»; lo que queda del toro después de la escisión es, ciertamente, visible y tangible, es decir: real, pero sólo es un ídolo, un Dios falso. Por lo tanto, también podemos decir que esta Primera fisión nuclear parte la verdad de Dios y su realidad.

Verdad y realidad son grandes palabras, con múltiples significados según el marco filosófico subyacente. ¿Cuál es la base filosófica de mi uso de estos términos? Ninguna. No aplico a nuestro tema los términos verdad y realidad como construcciones metafísicas prefabricadas y como elementos de mi «sistema» filosófico. No pretendo que exista algo como la verdad de Dios o que yo tenga conocimiento de la verdad de Dios. Más bien, tomo la palabra «verdad» y su significado de nuestro cuento. Vemos que en la historia del Becerro de Oro surge un Dios que dice ser «el Dios verdadero». «La verdad» en este sentido enfático y absoluto se plantea aquí «por primera vez», por así decirlo. Sólo me preocupa ese tipo de verdad que Dios reclama para sí mismo; si tiene alguna validez fuera de la fantasía y la terminología de este relato mítico no interesa en este contexto. Pues «lo absoluto» o «per se» está, como vemos, establecido por este mismo relato, de modo que metodológicamente no tendría ningún sentido postular como categoría a priori y necesaria del pensamiento lo que sólo es producto de un acontecimiento concreto de la mitología occidental, la escisión de la imagen.

Se puede describir fenomenológicamente el acontecimiento de nuestra historia como sigue: Toda la verdad de Dios, es decir, la divinidad de Dios (o el predicado Dios o también la idea pura de un Dios) se extrae de las imágenes de Dios y se aísla como un destilado purificado de la divinidad. Por un lado, Dios se convierte en el ideal de un Dios que carece de una realidad convincente. Por otro lado, surge una realidad terrenal de Dios cuya numinosidad se hace cada vez más insistente, pero se le niega el reconocimiento como divino. La palabra ídolo es la «formación de compromiso» resultante (en el sentido de Freud). En la palabra ídolo subyace tanto el reconocimiento del poder real, numinoso, que ciertas realidades tienen sobre el alma, como al mismo tiempo la negación del predicado Dios para este impacto numinoso que sentimos.

Es posible que la enormidad de lo que ha sucedido aquí no nos haya llegado todavía. Originalmente, la verdad y lo real iban juntos como algo natural. Lo real era también lo verdadero y lo verdadero sólo lo era en la medida en que era real. La situación en la que verdad y realidad son lo mismo, aunque no sean iguales, tiene el carácter de phainesthai, apariencia, brillo. Es la situación de la realidad mítica o ritual. La unidad esencial de lo verdadero y lo real que encontramos en el mundo mítico se ilustra con mayor claridad en una conversación entre C. G. Jung y un jefe de los indios Pueblo. Para el jefe y su pueblo el sol era el Padre divino. Jung le preguntó al jefe si no pensaba que el sol era una bola de fuego, moldeada por un Dios invisible. Jung, en otras palabras, utilizó el argumento de Agustín: «Dios no es el sol, sino Aquel que hizo el sol».10 Para el indio esto era, según nos cuenta Jung, la más horrible blasfemia. Él se limitó a responder: «El sol es Dios. Todo el mundo puede verlo». «Esto es el Padre; no hay ningún Padre detrás».11

Este jefe Pueblo insistió en que los efectos numinosos de los fenómenos reales en la psique sean reconocidos de todo corazón como Dios. No hay nada detrás del fenómeno. Y, por tanto, tampoco una mera «realidad externa». Lo que se manifiesta e impresiona al alma (incluyendo, sobre todo, la imagen primordial de la manifestación o el brillo mismo: el sol) es verdadero en virtud de su brillo, y no hay aquí otra noción de verdad. Por eso la realidad debía ser vinculante y comprometedora en sí misma. Llevaba en sí la Verdad, es decir, la divinidad de Dios, y por tanto el valor anímico supremo. El significado de la verdad en este contexto es algo que nos vincula o incluso nos obliga y que es reconocido por nosotros sin reservas. Debemos admitir que 2 x 2 = 4. Sin embargo, hoy en día, la verdad en contextos filosóficos o religiosos es una categoría totalmente diferente de la realidad. Que la bomba nuclear sea real en la medida en que nos fascina y asusta profundamente, no significa en absoluto que sea algo incuestionablemente verdadero en el sentido actual de la palabra y que tenga un poder vinculante sobre nuestra actitud hacia ella. Por el contrario, tenemos que degradarlo junto con todo lo verdaderamente numinoso en un ídolo, incluso en algo satánico, ya que la habitual degradación subjetivista de los factores numinosos como mera ilusión o engaño no parece tener éxito en el caso de la bomba.

Con la distinción entre dioses verdaderos y falsos, se produce una confusión fundamental. La verdad ontológica se confunde con la verdad lógica, es decir, con la verdad de nuestros enunciados o predicados. El Ser real y nuestro reconocimiento de esta realidad como válida y vinculante se separan. El reconocimiento se convierte en algo independiente, del mismo modo que con el papel moneda, el valor de las cosas se convirtió en una entidad separada. Ahora se puede conceder o negar a cualquier realidad ad libitum.

En realidad, por supuesto, no puede haber dioses falsos. Porque o son dioses, entonces no son falsos, o son otra cosa, entonces tampoco son falsos. Lo real es simplemente lo que es, y en ello radica la verdad inconmovible de todo lo que existe. No hay clima verdadero y falso, no hay árboles verdaderos y falsos, pero hay muchas clases de climas y de árboles. «El Dios verdadero» tiene tanto sentido como una afirmación como «Sólo el sol es el clima verdadero; la lluvia es el clima falso». Las opiniones y las afirmaciones pueden ser falsas, pero no las realidades. Sin embargo, con las palabras «ídolo» y «falsos dioses» no se critica una opinión errónea. Más bien se degrada una realidad: la numinosidad del toro de oro, del sol, de la tormenta eléctrica.

La energía liberada por medio de la destrucción de la cualidad de imagen se ha convertido en un instrumento de poder con el que se pueden condenar arbitrariamente ciertos aspectos de la realidad12 mientras se exaltan otros, es decir, con el que se puede manipular el mundo en una determinada dirección -la dirección que frecuentemente se llama desarrollo de la conciencia, o progreso evolutivo. Aquí vemos de nuevo que la voluntad ha subyugado al Ser como tal. La espada de Moisés es la invención de la idea de que hay falsas realidades y que lo verdadero (o como se dice en psicología: el verdadero yo) no se ve, no se deja ver, en lo que realmente existe.

Mientras la realidad llevaba en sí misma el predicado verdad, cualquier cosa que tuviera ese tipo de efecto sobre el alma que a modo de abreviatura sólo quiero indicar con la única palabra numinosidad, era en sí misma dios o daimon. El efecto fáctico era la única medida de la verdad. Ahora, sin embargo, el efecto fáctico ya no cuenta. Qué y dónde está Dios está determinado por una definición predeterminada establecida en el dogma. Ahora sabemos a priori que ciertas cosas, aunque sean altamente reales y numinosas, no pueden ser Dios, porque no deben ser Dios. De este modo obtenemos una nueva formulación para la paradoja antes mencionada: que Dios al haberse elevado a la más alta altura de lo absoluto se ha sometido en verdad a un ideal o norma, y que a la inversa sólo puede ser el «verdadero Dios» en la medida en que se subordine a esta norma. Dios obedece ahora a un super-yo, por así decirlo. No puede simplemente ser y aparecer como es, no tiene libre juego para su naturaleza, sino que debe cumplir con una norma fija de una vez por todas (summum bonum, amor puro) que está inmunizada contra su comportamiento real por el dogma, el oficio doctrinal y la inquisición. Esto es lo que da a la nueva naturaleza de Dios el carácter de un ego-ideal.

Nuestra historia demuestra al mismo tiempo el fundamento arquetípico y la génesis del sentimiento de inferioridad y el afán de superioridad en su unidad. Es evidente que lo que disparó la ascensión de Dios desde un dios mítico y fenomenal hasta «el verdadero Dios» fue un poderoso afán de superioridad. No es sólo Dios quien profesa su celo o celos en este mismo lugar; también Moisés, su reflejo humano, muestra el mismo empeño. ¿Qué significa este celo? Dios quiere ser superior a la imagen visible del toro. Sobre todo, quiere que la opinión que se tiene de él sea más elevada que la de la imagen del toro. Para ello es necesario un instrumento de poder, la espada, que muestra que una pretensión de superioridad que no tiene poder de convicción propio ha de ser impuesta por la fuerza. Evidentemente, Dios no se conforma con existir sólo como epifanía mítica, como brillo fenomenal. Considera que su forma primaria es inferior. Quiere desarrollar «su verdadero ser», por así decirlo, y tener una existencia literal. De ello se desprende que el sentimiento de inferioridad se basa en el afán de superioridad y viceversa. Pues sólo porque Dios toma su idea verdadera (es decir, su ideal) como norma absoluta, debe despreciar su propia realidad como falsa. El mundo natural real se vuelve inferior.

Lo que ha ocurrido aquí se ha colado entretanto -con la llegada del siglo XX- en la psicología personal de los individuos. Si hoy en día muchos pacientes se sienten inferiores y piensan que tienen que aparecer como «más» (más educados, más dignos, más ricos, moralmente mejores, o lo que sea), esto no sólo tiene sus razones en la historia de la vida personal de estas personas. Más bien se trata de la representación ritual tardía de este paradigma divino en la vida personal de un ser humano.

EL CAMBIO EN LA NATURALEZA DE LA IMAGEN

La destrucción de la imagen divina no ha eliminado por completo la cualidad imaginal. No es que antes el hombre viviera en un mundo imaginario y hoy no. La imagen sólo ha sufrido un cambio fundamental de calidad. El modo de ser de la imagen ha cambiado, pero no ha disminuido. De hecho, la imagen sufrió la misma tremenda intensificación en un destilado de imagen que hemos visto que ocurre con respecto a la verdad de Dios. Es evidente que se ha producido una inflación inaudita de la imagen, de modo que ahora vivimos en una época absurdamente imagista. Nunca el mundo ha estado tan inundado de imágenes: carteles, revistas, grabados, libros de arte, cómics, televisión, publicidad en casi todos los envoltorios, enormes colecciones de cuadros en los museos de las ciudades, telas estampadas y papel pintado. … Además, hay un aumento inflacionario del uso figurativo del lenguaje, de los juegos de palabras y similares, lo que demuestra una vez más el dominio de la imagen.

Antes la imagen era la manifestación de algo. En la imagen del toro, por ejemplo, la esencia interna del toro -el toro Dios- se manifestaba. La imagen siempre transmitía una realidad como Otro numinoso distinta de la propia imagen; pero de tal manera que la realidad numinosa se manifestaba inmediatamente en la imagen, brillando desde ella, aunque sin ser idéntica a ella. La imagen tenía un contenido sustancial irreductible, por el que era imagen y al que se entregaba. Así, la imagen era imagen al ayudar a su contenido sustancial a hacerse presente, a manifestarse de tal manera que la imagen quedaba subsumida por su actividad de mostrar a su sujeto. La imagen era «santa» en la medida en que su realidad servía para mostrar la verdad.

La imagen presentada en la publicidad o en los programas de televisión se ha liberado de toda dependencia de su contenido. Es la imagen totalmente desatada, purificada, que sólo se muestra a sí misma Ya no está ahí para mostrar algo. La imagen en la publicidad es absolutamente indiferente a lo que muestra o de lo que es imagen. En esta indiferencia reside su total libertad y, por tanto, su carácter absoluto. Para un mismo producto se puede hacer publicidad mediante una imagen de la dura vida de los vaqueros con la misma facilidad que con la imagen opuesta de una sociedad refinada que lleva una vida lujosa. La Novena Sinfonía de Beethoven puede ser el fondo musical de un anuncio de jabón lo mismo que de un anuncio de coñac o de un partido político. Lo único que importa es que sea puro espectáculo y que haya llevado su presencia al más alto grado de forzamiento. El correlato en el hombre de este tipo de imagen desencadenada es, por tanto, la experiencia sentimental como en el turismo (si el efecto es consciente), o la «persuasión oculta» (si es inconsciente).

Aquí vemos de nuevo que la cualidad imaginal también ha sido subyugada a la voluntad. Sólo una imagen liberada en la indiferencia de su contenido puede ser utilizada y explotada arbitrariamente para cualquier fin; sólo sometiéndose totalmente a la voluntad puede la imagen liberarse de estar ligada a su sujeto como realidad numinosa de la sustancia, y ascender a lo absoluto. Por lo tanto, la finalidad del beneficio económico que está intrínsecamente ligada a la publicidad confirma el carácter absoluto de la imagen y es una condición para ella. La explotación financiera de la imagen es la garantía misma de que la imagen ha superado de forma absoluta su contenido sustancial, y ahora es espectáculo únicamente con fines de espectáculo.

Cuando oímos hablar de una explotación de la imagen, tendemos a reaccionar con una condena moral. La publicidad y la televisión se consideran bajas e inferiores. Ese es el consenso general, aunque este consenso no parezca restarles realidad y popularidad. Pero, después de lo que hemos comentado anteriormente, ya no podemos pensar de esta manera condenatoria, porque ese patrón de pensamiento fue la causa misma de lo que ahora, mirando a través de sus gafas, estaríamos condenando. Por lo tanto, debemos tratar de apreciar la publicidad, la televisión y toda la avalancha de imágenes de hoy como la forma moderna del culto a la imagen: como la auténtica y única forma posible de adorar la imagen del Dios cristiano.

Porque, ¿cuál es la imagen del Dios cristiano? Este Dios, en su forma del Antiguo Testamento como Yahvé, acaba de emitir en nuestra historia una prohibición: «No te harás ninguna imagen, ni ninguna semejanza ….» Esta prohibición sólo se dirige contra las deidades naturales, no contra las representaciones pictóricas del propio Yahvé13 Lo que se rechaza aquí es, por tanto, el culto a lo natural en cuanto pretende ser sustancial y divino por sí mismo; y lo que se exige ipso facto es un culto a un Dios-imagen que ha dejado atrás todo rastro de lo natural y no tiene ningún contenido sustancial: en otras palabras, es una imagen sin imagen. Esto corresponde exactamente a la nueva naturaleza de Dios, que se ha desprendido de su realidad natural y se ha purificado en una abstracción «irreal» idealizada, en una imagen en el sentido de las relaciones públicas de la palabra. La existencia del Dios cristiano no es sustancial, reside únicamente en su prestigio, en el efecto de sus «relaciones públicas», en que le crean sus «verdaderos creyentes», sus «fans». En resumen: su esencia está en la opinión pública que se tiene de él. Pues la definición de su naturaleza («bien supremo», «palabra verdadera», «todo amor») no contiene cualidades sustanciales particulares. Sólo nombra, de forma bastante abstracta, la relación con su público (amor, mensaje, Padre), o la reputación que quiere que se le conozca (summum bonum). Así, vive enteramente para su imagen pública y se reduce a ella, mientras que los antiguos dioses sólo se hacían presentes, sólo tenían su epifanía, en la imagen y como imagen, pero lo que se manifestaba en la imagen era su sustancialidad cualitativa y su esencia particular. Ahora, la imagen está vacía, aunque retrate la riqueza de todo el mundo; ya no hace que se manifieste nada, planteándose como un fin en sí mismo: puro prestigio.

La principal diferencia entre los llamados dioses paganos y el Dios cristiano no radica en que los primeros sean adorados en imágenes y los segundos no, sino en la transformación de la naturaleza del Dios-imagen. Hoy adoramos la imagen de nuestro Dios tanto como los antiguos adoraban sus imágenes de Dios. La única diferencia es que nuestra imagen de Dios no tiene la forma sensual de un fenómeno natural o de una imagen fundida, pintada o tallada, sino la forma abstracta y absoluta de la imagen per se: la imagen de las relaciones públicas. La numinosidad antes invertida en lo que la imagen manifestaba pertenece ahora a la «imagen por la imagen». Necesitamos imágenes, más y más imágenes, sin importar de qué.

El Dios absoluto sólo puede ser uno (monoteísmo: «para que te conozcan como el único Dios verdadero» -Juan 17:3), y por la misma razón sólo hay y puede haber una única imagen absoluta, sin importar cuántas «versiones» diferentes tenga. Da igual que se trate de la imagen de Dios, de un político, de una empresa, de un producto o de un particular: siempre es una y la misma cosa la que se muestra en la imagen (en el sentido de relaciones públicas de la palabra) gracias a su total indiferencia a cualquier contenido específico: el prestigio como tal, la alabanza del nombre por el nombre; no de un nombre particular, pues éste sería de nuevo el nombre de algo o de alguien. En la medida en que la naturaleza cualitativa de Dios es ser imagen (la opinión pública como tal), cualquier actividad que cultive el prestigio de algo (de la propia imagen o de la imagen de un producto u organización, o lo que sea) es una promulgación de la naturaleza de Dios y, como tal, un acto sagrado: el culto o la adoración de nuestro Dios-imagen. Con cada imagen en la publicidad o en las relaciones públicas, el Dios absoluto celebra su siempre nuevo triunfo de Dios absoluto sobre su forma de toro sustancial.

Para que el cristianismo superara definitivamente el politeísmo, tuvo que volverse absolutamente indiferente a cualquier contenido particular de la imagen, incluso a la idea misma de un contenido. Las imágenes sagradas eran meras representaciones, ayudas funcionales, no santas en sí mismas. Así, el cristianismo también tuvo que volverse indiferente a sus propios contenidos doctrinales, a su propia iconografía y sustancia mítica. La sustancia teológica literal del cristianismo, tal como se predica todavía hoy en las iglesias, es el último remanente pagano, por así decirlo, del propio cristianismo. Sólo allí donde este remanente de lo natural y sustancial se ha transformado completamente en función, y sólo allí donde los contenidos noéticos pretendidos se transmutan totalmente en forma objetivamente existente, el cristianismo ha alcanzado su forma consumada: publicidad, entretenimiento, turismo, relaciones públicas, ego-psicología, teoría de la información y cibernética -por muy chocante que pueda parecer esta percepción al principio. Porque detrás de cada contenido que insistiera en seguir siendo contenido, por muy cristiano que fuera, siempre estaría al acecho uno de los dioses míticos, un segmento de la divinidad autónoma del mundo natural: los ídolos.

Considerar todavía hoy que el cristianismo «actual» es el cristianismo en su forma teológica expresa, significaría pensar que la promesa cristiana podría cumplirse por el mero eco de la misma en lugar de hacerla buena, y pensar que la tarea establecida por la visión cristiana podría cumplirse por la repetición monótona de esta tarea en lugar de por su ejecución. El discurso teológico sólo podía ser una representación preliminar de la religión cristiana porque sólo era cristiano «accidentalmente», sólo en virtud de la intención consciente de la persona que hablaba. Con la publicidad, por mencionar sólo un ejemplo, esto ya no es así. Es en virtud de las necesidades de su esencia e independientemente de las contingencias de las intenciones humanas que la publicidad es la proclamación constante de la salvación y la confirmación constante en la creencia en la salvación. Aquí, el cristianismo (la predicación del Evangelio = la buena nueva y la misión de convertir) ya no es una actitud subjetiva: se ha transformado en una existencia objetiva, que opera su realidad sobre nosotros incluso en contra de nuestras «voluntades».

LA DEMONIZACIÓN DE LA REALIDAD

A medida que la verdad de Dios se fue elevando más y más hasta llegar a la cima absoluta en el Nuevo Testamento, su realidad se volvió inferior. Sin embargo, la supresión de la realidad de Dios en el estatus de los ídolos o, más tarde, del diablo, no significa que la realidad de Dios permaneciera congelada en su antigua condición. Por el contrario, sólo la persona idealizada de Dios como espíritu puro y amor puro quedó congelada una vez que alcanzó su forma más elevada posible con el Nuevo Testamento. Pues, ¿cómo podría seguir progresando lo absoluto, cómo podría seguir desarrollándose una verdad escindida de su realidad? La verdad de Dios había llegado a su fin. No así la realidad de Dios, que ahora se ha vuelto inferior. De hecho, le estaba reservada la fermentación y el desarrollo activos.

Mientras la realidad sensorial llevaba el predicado Dios, estaba firmemente anclada y ligada al nombre de Dios. Debido a su naturaleza divina, el mundo mítico tenía una plenitud pleromática y una gravedad en sí mismo que impedía que las cosas se esforzaran más allá de sí mismas hacia lo ilimitado (hubris, titanismo). Esto cambió en el momento en que la realidad fue cortada de su amarre interior en el centro de lo imaginal por un golpe de espada. A partir de entonces las cosas no tenían su centro ontológico, su centro de gravedad en ellas mismas. Ese centro había sido transferido desde su interior a la trascendencia, de modo que las cosas de este mundo fueron llevadas a un estado ontológico de inevitable malestar, ya que ahora tenían que anhelar su centro en un esfuerzo incesante. Desde entonces, para usar formulaciones de Nietzsche, el mundo está rodando desde su centro hacia la X, de forma similar a un arroyo que quiere llegar a su fin14 -un proceso que comenzó imperceptiblemente y que sólo se hizo claro para todos durante la era moderna.

Del mismo modo que la verdad de Dios separada de su realidad se había esforzado por alcanzar las más altas alturas como un globo liberado, así, a la inversa, la realidad, separada del nombre de Dios y así liberada, podía, y tenía que, esforzarse por hacer avanzar su realidad terrenal hasta grados de intensidad inauditos para corresponder a la intensificación alcanzada por el predicado «Dios». La tremenda cantidad de energía, liberada por su separación de la verdad de Dios, estaba ahora disponible para su desarrollo completamente autónomo. Toda la fuerza antes invertida en la vinculación ritual de la realidad y, por tanto, en la veracidad de la realidad, era ahora para el único beneficio de la realidad pura y dura. Esto significa que la realidad fue cargada enormemente, fue demonizada. También la realidad debía adquirir una existencia literal en lugar de imaginaria. El último resultado de este desarrollo es la bomba nuclear. Con ella, se ha alcanzado un grado de realidad tras el cual el salvajismo y el peligro del toro y de todos los demás antiguos animales divinos, incluidos Leviatán y Behemoth, se desvanecen en la nada.

La realidad natural se ha intensificado en la realidad tecnológica. La forma animal de Dios ligada a todo el complejo de la vida ha sido superada por la forma de máquina abstracta y absolutamente desatada de Dios. Al igual que la verdad de Dios sufrió, con el Dios del amor puro y de la palabra verdadera, una estilización en el ideal absoluto limpio de toda realidad, así también la realidad, liberada de su atadura a la verdad de Dios, se intensificó en el puro destilado de la realidad. La energía nuclear es, por así decirlo, la realidad como tal, la realidad absoluta, limpiada de todas las «cenizas» del ideal que por necesidad se incorporaron originalmente a lo real.

NUESTRA EXPERIENCIA REAL DE DIOS

Sin embargo, con esta situación, el desarrollo se invierte. La bomba nuclear es tan aterradoramente real que simplemente obliga a la conciencia a reconocerla como una verdad innegable: fea, depravada, mortal, pero aún así, verdad. La realidad largamente degradada y reprimida ha vuelto a alcanzar a esa conciencia que se había fijado exclusivamente en la verdad pura. En la forma de la bomba, la realidad repudiada por Dios nos exige el pago, con intereses compuestos, de una deuda gigantesca, exige el nombre de Dios que fue retenido a la realidad durante más de dos milenios, el reconocimiento sin reservas de la realidad como verdadero Dios. La humanidad occidental tiene una deuda de adoración a la realidad, después de haberla despreciado como ídolo, falsos dioses, Mammón, Moloch, Reino de Satán, lo secular, y similares. El hombre occidental ha alabado la verdad de Dios hasta el cielo, es más, tanto que al final se evaporó; pero renegó de la realidad como un bastardo, a pesar de que esta realidad atrajo poderosamente la codicia del hombre (bienes de consumo), su curiosidad (ciencia) y su industria (grandes negocios), demostrando así su irresistible numinosidad. A través de la fe, creyendo, la humanidad se abandonó ciegamente al propio ídolo de Dios.

Aquí no hay que olvidar que fue el propio Dios quien se separó de su realidad y ordenó que se la despreciara. Con su celo, Dios mismo persiguió su estilización ascendente al Dios absolutamente verdadero y exigió la fe en esta imagen de sí mismo. Pero al igual que el psicoterapeuta le debería algo a su paciente si creyera ciegamente en la autorrepresentación de éste en lugar de percibir también su realidad inconsciente, también Dios ha sido traicionado en un sentido más profundo precisamente porque la humanidad creyó en su autorrepresentación y acató la degradación de la realidad de Dios perseguida por el propio Dios. Parece que al hombre le correspondía ser más perspicaz y probar los espíritus con agudeza crítica.

C. G. Jung subrayó repetidamente que la higiene psicológica requiere que la conciencia se distinga de aquellas verdades arquetípicas que puedan sobrevenirle. Es fundamental no sucumbir a ellas. Sobre todo en la terapia, el analista tiene que pagar caro el hecho de tomarse al pie de la letra las conjeturas neuróticas de su paciente. Pues la realidad inconsciente que aflora desde el interior de la patología insiste en ser vista como lo que es, a pesar de todas las buenas intenciones de la conciencia. Incluso el propio paciente quiere, en última instancia, ser reconocido en su realidad, por muy fuertes que sean sus defensas contra tal reconocimiento al principio y por mucho que insista, en sus palabras conscientes, en su verdad, es decir, en su yo idealizado. ¿Acaso la realidad de Dios en forma de bomba no insiste en el reconocimiento sin reservas, incluso contra su autorrevelación consciente como puro amor y verdad creativa? ¿No quiere Dios también ser visto en su realidad?

Lo que en forma de bomba nuclear llama a nuestra puerta y quiere ser recibido en la conciencia no es otra cosa que la propia realidad de Dios, esa realidad que hace siglos había desechado en forma de imagen de toro y, por tanto, desatado. Desde el punto de vista terapéutico, es una necesidad indispensable que lo desatado sea atado de nuevo, que lo que ha sido escindido se una con su otra mitad. No se debe volver a decir: «Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron» (Juan 1:11). Pero la unión de lo desatado no puede tener lugar sólo en la tecnología o mediante técnicas políticas. También, e incluso principalmente, debe tener lugar psicológicamente en el nivel objetivo de la psique, es decir, en nuestra ontología y teología. Porque sólo entonces no se ve constantemente amenazada por el colapso de nuestra buena voluntad, sino que está firmemente asentada en un fundamento que nos sostiene también a nosotros mismos. A la realidad de Dios hay que devolverle por fin su verdad, retenida durante tanto tiempo. Y por eso digo: La bomba nuclear es Dios.

No soy yo quien deifica la bomba nuclear. La fenomenología objetiva lo hace desde hace tiempo. Ante la bomba, ¿no debemos, citando a Schleiermacher, tener el sentimiento de nuestra absoluta dependencia? ¿No es la bomba nuclear, para hablar con Tillich, nuestra última preocupación? Frente a ella, ¿no debemos confesar, por utilizar la frase de Lutero, que «si confiáramos en nuestras propias fuerzas, nuestro esfuerzo se perdería»? ¿No es, por citar a Rudolf Otto, el poder numinoso de nuestra época? Es el gobernante supremo de nuestra existencia o inexistencia. Tiene el poder de llevar a cientos de miles de personas a manifestaciones públicas, una variedad moderna de procesiones sagradas. Provoca temores ilimitados, se muestra al hombre en innumerables sueños. Y, sobre todo, según su telos, es radiación que todo lo impregna (resplandor), calor abrasador, fuego ardiente, onda de presión que todo lo aplasta.

Esto es lo que realmente experimentamos. ¿Podemos reconocer esta experiencia como vinculante para nuestro pensar y hablar? ¿Permitimos que nuestra experiencia nos diga qué nombre darle, o nos quedamos ciegos ante ella y situamos nuestro pensar y hablar en un ámbito recortado de la conciencia? En última instancia, la cuestión es si concedemos, junto con C. G. Jung, por ejemplo, que la experiencia fenomenológica posee un poder ontológico vinculante, o si desde una posición espiritual suspendida desrealizamos nuestra experiencia psicológica como «meramente» psicológica, «meramente» subjetiva. Jung fundamentó la «verdad psicológica» en la «realidad de la psique». Decía que una idea «es psicológicamente verdadera en la medida en que existe», y de forma similar decía sobre la realidad física, a modo de ejemplo, que «un elefante es verdadero porque existe» (CW 11 § 4s.). Jung bajó así la noción de verdad del cielo trascendente a la tierra fenomenológica. La verdad «superior» ya no está literalmente por encima del mundo, sino que es la profundidad y la esencia del propio mundo real. Si, por tanto, nuestra experiencia real vincula nuestro pensar y hablar, entonces debemos decir que la bomba nuclear es Dios, nuestro verdadero Dios, el Dios del Occidente cristiano en su realidad.

Si, por el contrario, nos aferramos a una determinada idea de Dios y la inmunizamos contra toda experiencia real, entonces estaríamos pretendiendo tener un conocimiento absoluto sobre quién y cómo es Dios y qué y cómo no puede ser de ninguna manera. Para que tengamos tal conocimiento, para que poseamos una norma trascendente con la que medir las cualidades divinas o no divinas de los fenómenos reales, tendríamos que ser nosotros mismos trascendentes o incluso ser superiores a Dios. Sin embargo, si nos damos cuenta de nuestra naturaleza finita y del carácter finito de nuestro conocimiento, debemos comprender que estamos irremediablemente englobados en nuestro mundo fenomenal y que, por tanto, dependemos de adquirir no sólo nuestro conocimiento sobre los fenómenos individuales, sino también los criterios para juzgarlos, de la propia experiencia fenomenológica.

No conocemos al «Dios verdadero» (como insiste la propia teología negativa), y esto es así aunque Dios mismo establezca una imagen particular de sí mismo como la verdadera y exija la fe en ella. Que Dios sea el «Dios verdadero» o el absoluto es sólo su atributo o nombre, sólo el contenido de una estructura arquetípica. Como tal contenido, la afirmación es verdadera (verdad psicológica), pero esto, por supuesto, no significa que el arquetipo de lo absoluto sea en sí mismo de hecho absoluto (al igual que Muhammed Ali al decir «soy el más grande» no debe ser necesariamente el más grande). Sólo podríamos pensar así si nuestra conciencia estuviera infectada por la idea arquetípica de lo absoluto o del «verdadero Dios» como por un virus y, en un interminable ataque de megalomanía «febril», hubiera olvidado su naturaleza irremediablemente finita. ¿No es el mero coqueteo con la idea de lo infinito una presunción para el hombre mortal? Pues la conciencia finita no sería verdaderamente finita si pudiera acceder de algún modo a algo infinito. ¿No ha llegado el momento de despertar de este frenesí occidental y ver que la idea de un Dios absoluto e infinito es en sí misma una idea muy finita, humana y atemporal?

Que algo tan espantoso como la bomba nuclear sea supuestamente Dios, no es nada extraño en cuanto a la historia y la fenomenología de la religión. Incluso el Dios cristiano era espantoso en los tiempos del Antiguo Testamento. Por supuesto, esto contrasta con su autorrevelación como amor. Pero tal vez podamos aplicar a nuestro tema una diferenciación que en su día utilizó Kafka15 y decir sobre la base de nuestra experiencia fenomenológica real: sí, verdaderamente, Dios es amor, pero aún más verdaderamente es el terror del Ser o, como lo formuló Jung en su día, la sombra todopoderosa, el miedo que llena el cielo y la tierra.16 Sí, verdaderamente, Dios es su verdad, pero aún más verdaderamente es su realidad. Verdad, pero aún más verdad: ésta es la relación que prevalece entre la conciencia y el inconsciente, entre el yo idealizado y la realidad.

LA NUEVA PRIMITIVIDAD

La afirmación «La bomba nuclear es Dios» no puede tomarse literalmente. Sería absurdo. Más bien, esta afirmación hace estallar nuestra habitual noción literal de Dios, así como nuestra comprensión literal de la bomba como un objeto meramente técnico. No puedo «creer» en la bomba como Dios, porque entonces la habría idolatrado. Pero tampoco puedo buscar a Dios detrás de ella, detrás de la realidad, y atribuirle una existencia literal por encima de todo el mundo. En última instancia, esto también sería una idolatría, en la medida en que la idolatría significa que un aspecto escindido, parcial, es adorado como Dios por derecho propio. Tengamos en cuenta lo que decía el indio Pueblo: «El sol es Dios. Todo el mundo puede verlo. Él es el Padre, no hay padre detrás de él». Este sol venerado no es, por supuesto, el sol reducido de la física o la astronomía. Es el sol original en toda regla, la imagen que mira al alma desde la profundidad de la ONU. En la misma línea, la bomba nuclear no es Dios como objeto de la física, sino como imagen real del terror absoluto que arroja al alma y que la llena de miedo y temor, o es la imagen de ese resplandor inconcebible ante el que ya no podríamos ocultar nuestro rostro, sino que tendríamos que retirarnos a los refugios antinucleares. Aquí no tenemos que mistificar: Todo el mundo puede verlo.

No tenemos que buscar nada detrás del fenómeno. La visión real, no reducida, de la bomba nuclear es Dios. El literalismo, o la relación metafísica con el Ser, ha sido superado y el Ser vuelve a fundarse en la imagen metafórica, en la apariencia, en el brillo fenoménico. La noción de Dios que había sido elevada al cielo metafísico y, archivada allí, ha vuelto a bajar a la tierra, de modo que a la realidad se le puede atribuir de nuevo el poder vinculante de la verdad, es decir, el atributo Dios, simplemente porque es tan terriblemente real. La naturaleza y el espíritu ya no son los componentes últimos del mundo, ya no son opuestos absolutos. Se devuelven a la psique, y la psique, a su vez, se restablece en su rango hereditario como aquello que nos rodea por todos lados y no tiene nada fuera de sí.

Por nuestra parte, volvemos con esta posición metafórica, psicológica, fenomenológica, a una nueva primitividad; si se quiere, a una especie de «animismo», que, como se sabe, viene de anima. Como Jung declaró una vez en una conversación con un hombre de la iglesia: «Yo soy un primitivo; usted es un hombre civilizado». Cuando Jung relató esta conversación, añadió: «En cierto modo, este hombre es mucho más maravilloso que yo. Él puede [debido a los medios de gracia de la iglesia] ser un santo; yo no puedo ser un santo, sólo puedo ser un negro, muy primitivo, pasando por lo siguiente: bastante supersticioso» (CW 18 § 682).

Si nos atenemos a lo siguiente de esta manera tan «ingenua», entonces, supongo, nos arrodillaremos ante el espantoso terror y el indecible resplandor que nos mira desde el interior de la bomba nuclear. Entonces podrá concluirse la adoración del Becerro de Oro, interrumpida en ese momento, pero en el nivel completamente nuevo de lo absoluto al que hemos llegado entretanto. ¿No es la realidad de Dios, no es su espanto, no es la bomba nuclear la que nos exige que la adoremos? ¿No es la adoración la única posibilidad real de su propiciación? Con la adoración no quiero decir, por supuesto, que la aprobemos, que estemos «a favor» de ella. Me refiero simplemente a que correspondamos a la experiencia real en nuestra alma mediante un reconocimiento consciente de la sustancia de esta experiencia. Quiero decir que ocupamos expresamente nuestro lugar en lo que realmente es. Me refiero, en sentido figurado, a la danza en torno a nuestro Becerro de Oro. ¿Te imaginas esto? ¿Una humanidad que baila alrededor de la bomba? ¿Una humanidad cuyo endurecimiento y contención, cuya competencia de poder y protesta se suavizaría en la danza, una humanidad que se columpiaría en la música «atómica» del Ser? ¿Y una bomba que ya no tendría que ser utilizada, porque sería el centro que autorizaría la danza? ¿Una bomba que, como ese centro, vincularía al hombre y, al vincularnos, también se vincularía a sí misma?


1 Como me señaló amablemente David Miller, el nombre convencional en inglés «Old Testament» ya no se utiliza en los estudios religiosos. En su lugar se prefiere el término «Escrituras Hebreas». El hecho de que no cambie esta frase ahora (en 2006) no se debe sólo a mi aversión a lo «políticamente correcto» y al tipo de cambio de nombre sin cambio de pensamiento. El lenguaje es un bien demasiado preciado para ser sometido a la violencia de la manipulación deliberada; tampoco necesita ser disciplinado desde arriba, porque uno puede confiar en que cualquier cambio verdadero en las actitudes de un pueblo se reflejará tarde o temprano en el lenguaje por sí mismo, y sólo entonces un cambio de dicción es auténtico. Mi principal razón para no estar de acuerdo con este equivalente lingüístico de las purgas políticas conocidas de los sistemas totalitarios es psicológica. El «Antiguo Testamento» está arraigado en la tradición desde la que hablo. Es rico en tonos de sentimiento y está saturado de asociaciones y experiencias culturales centenarias. Cualquier nombre nuevo sería psicológicamente abstracto, esterilizado, cortado de sus raíces. Tenemos que preocuparnos, así lo sintió ya Jung (Cartas 2, 5 de enero de 1952, a Erich Neumann, p. 33), de la religión en tanto que es «específica» y «localmente válida», «bárbara» y «abismalmente anticientífica». Si desde el punto de vista «postcolonial» la denominación «Antiguo Testamento» puede parecer indicativa de la sombra de la cristiandad, debo recordar al lector que, en general, la labor del psicólogo no es saltarse o eliminar la sombra y los posibles prejuicios de uno, sino estar en contacto con ellos, responsabilizarse de ellos e integrarlos. No debemos traicionar nuestra propia tradición por miedo a ofender los sentimientos de los demás. Los sentimientos de los demás son su problema y su trabajo. La psicología no tiene la tarea de cultivar el narcisismo y la hipersensibilidad de las personas.

2 Sobre el significado psicológico de las cumbres y las tierras bajas, véase James Hillman, «Peaks and Vales», en Puer Papers (Irving, DC: Spring Publications, 1979), pp. 54-74.

3 Realenzyklopädie für protestantische Theologie 9 (1901), pp. 704-13. También podemos recordar aquí que Jesús en la cruz, en la hora de la desesperación total, cita el Salmo 22 («Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?») en el que también encontramos imágenes de estar acorralado por animales brutales («Muchos toros me han rodeado: fuertes toros… me han acorralado» -Ps. 22:13). Cf. James Hillman, «Betrayal», en Loose Ends (Zürich: Spring Publications, 1975), p. 69s. En el momento en que la imagen del Dios de la confianza se hace añicos, vuelve el toro.

4 Ulrich Mann, «Ikone und Engel als Gestalten geistleiblicher Mittlerschaft», en Eranos 52-1983, pp. 1-53.

5 Thomas Mann, Joseph und seine Brader (Sin lugar: S. Fischer, 1976), p. 512, (Capítulo «Nachtgespräch» en «Joseph in Ägypten»), mi traducción.

6 Es interesante notar que el brillo fue transferido de Dios a Moisés («Y cuando Aarón y todos los hijos de Israel vieron a Moisés, he aquí que la piel de su rostro resplandecía; y tuvieron miedo de acercarse a él»-Ex. 34:30).

7 Sobre la «autoexaltación» («Selbst-über-hebung») véase Wolfgang Giegerich, «Beitrag zur Polytheismus-Diskussion», GORGO 2 (1979): 61-69.

8 James Hillman, Re-Visioning Psychology (Nueva York: Harper tic Row, 1975), p. xi.

9 Sobre la voluntad y el surgimiento original de la voluntad, véase especialmente Martin Heidegger, Nietzsche, 2 vols. (Pfiillingen: Neske, 1961). La conexión psicológica entre el ego y la voluntad (y el animus) se aborda en James Hillman, «Anima (II)», Spring de 1974, especialmente en la página 143.

10 Augustinus, In Johannis Evangelium, XXIV, 2, col. 2037, tom. III/2: Non est Dominus sol factus, sed per quem sol factus est.

11 Cito los informes de este encuentro en Jung, MDR, p. 250 y siguientes, así como en Jung, CW 18 § 688.

12 Esto no significa «como uno quiera», sino según la ley inherente a la voluntad. La voluntad no es en sí misma una cuestión de libre elección.

13 Ulrich Mann, «Ikone und Engel», pp. 9 y ss.

14 Friedrich Nietzsche, Der Wille zur Macht, comp. Peter Gast (Stuttgart: Kröners Taschenbuchausgabe Band 78, 1959), nº 1.5 y «Vorrede» nº 2.

15 Franz Kafka, «Das Urteil», en F. K., Das Urteil und andere Erzählungen, (Frankfurt y Hamburgo: Fischer Bücherei, 1952), p. 21: «Ein unschuldiges Kind warst du ja eigentlich, aber noch eigentlicher warst du ein teuflischer Mensch!»

16 Letters 1, 16 de marzo de 1943, a Arnold Künzli, p. 333.

La lectura proyectiva

Logos del alma

“En todo hombre dormita un profeta, y cuando se despierta hay un poco más de mal en el mundo…”

E. M. Cioran

Es común que los lectores de una nota o de un libro saquen conclusiones que, en principio, están fuera del propósito de dicho texto. Lo hacen exagerando, desviando o añadiendo pretensiones moralmente negativas, no solo de lo enunciado, sino también envileciendo en su imaginación a la figura del propio autor. De esta manera, se intenta borrar la diferencia entre el sujeto y su creación, como si ambas situaciones tuvieran que sustentarse mutuamente para dar validez a su argumento y, por lo tanto, la devastación de uno implicara la invalidación de lo otro.

La fusión entre el creador y la creatura es solo el primer paso de un mecanismo que podríamos denominar «lectura proyectiva», donde quien lee lo hace con un afán que no busca descubrir ni reflexionar, sino reafirmar una postura con la que se ha identificado tanto que ha confundido su propia persona con la noción literal que defiende. Es decir, sostiene su subjetividad en un dogma, donde se preserva, y supone que los demás hacen lo mismo.

En la época actual es muy frecuente este tipo de lectura, ya que supone el deseo nostálgico del sujeto. Éste, liberado de las amarras metafísicas que sostenían la seguridad de su existencia, ha sido emancipado del significado y del sentido, y a causa de ello, tiene que construirlos con sus propias manos. Muchas veces, esta incertidumbre resulta insoportable, por lo que es común caer en la tentación de convertir una serie de opiniones en un sistema de pensamiento que permita sustituir los antiguos asideros ya abandonados por el espíritu de la época. Estos asideros dotaban de una dirección fija al individuo en otros momentos de la historia, pero ahora son dioses que solo sobreviven en la forma de impostaciones.

El lector proyectivo defiende un paradigma incuestionable con el que ha formado un sistema simbiótico. No necesita siquiera leer aquello frente a él, pues su defensividad es anterior al texto. Su opinión está formada a priori y solo precisa sobreponerla sobre lo escrito para encarnar el prejuicio que lo mantiene resguardado, aquello que piensa por él de forma inadvertida. No desea analizar ni reflexionar, sino solo encajar lo ya conocido en aquello que teme conocer. A través del no-entendimiento, se protege del influjo del otro, negándolo aún antes de que nazca a la consciencia; ya que si una idea nueva surgiera, esta vida emergente supondría la muerte de lo que antes era importante.

Un pasaje cristiano nos advierte sobre la necesidad de estar dispuestos a perder la vida para poder conservarla. Esta paradoja apunta al movimiento dialéctico del fenómeno, que experimenta sus mutaciones como «muertes» que, no obstante, permiten que la vida lógica en tal fenómeno persista. En cambio, el lector proyectivo es aquel hombre rico que no podrá pasar por el ojo de la aguja porque va demasiado cargado de certezas. Está apegado en demasía a una lógica que ya ha sido superada y que solo se conserva al precio de su ideologización.

Por lo tanto, cualquier indicio de una razón que contradiga las opiniones del lector proyectivo se convierte en una señal que debe ser remediada. Esto se hace desde perspectivas condescendientes hasta otras más abiertamente hostiles. Sin embargo, el objetivo final siempre es suprimir aquella idea que contradice la propia posición ideológica que, sin embargo e inadvertidamente, ya forma parte de ella. El lector proyectivo no se da cuenta de que aquello contra lo que lucha ya está presente en las ideas que lo sostienen. Su disputa realmente es un intento por no ser consciente de lo que ya se ha presentado y que solo puede ser percibido como pensamiento proyectado.

En esta negación continua del Otro, el lector proyectivo sustituye la idea del texto, al que le teme, con la suya propia. Así, observa lo ominoso, lo moralmente terrible, en el Otro y se presta a la tarea soteriológica de corregirlo. Podemos verlo en acción al sermonear, burlarse o insultar a quienes no piensan como él. En su fragmentación, una parte de su subjetividad se ha perdido, la que corresponde al decoro o al pudor. Por eso puede insultar sin misericordia, pues el Otro no es humano sino un objeto de su invención fantástica al que debe moldear adecuadamente.

En todo lector de este talante reside un dictador en potencia que busca el bien y la salud, y que sabe que debe sanar y censurar a los demás para proveerles de aquella verdad ciega a su estatus de verdad. Tiene una voluntad fija de invadir con sus comentarios punzantes los territorios enemigos para poder expandir su propia necesidad y, por fin, eliminar la otredad que le es tan peligrosa. No es necesario ir a la guerra o a los regímenes totalitarios para encontrarlo, ni se le hallará solo en los campos de concentración. Lo podemos ver como el homo commentator, tan abundante y prolijo de opiniones en las redes sociales, batallando heroicamente contra las huestes dogmáticas que su visión no puede dejar de observar.